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| el hombre, nacido de mujer, corto de días y harto de tormentos. |
| Como la flor, brota y se marchita, y huye como la sombra sin pararse. |
| ¡Y sobre un ser tal abres tú los ojos, le citas a juicio frente a ti! |
| Mas ¿quién podrá sacar lo puro de lo impuro? ¡Ninguno! |
| Si es que están contados ya sus días, si te es sabida la cuenta de sus meses, si un límite le has fijado que no franqueará, |
| aparta de él tus ojos, déjale, hasta que acabe, como un jornalero, su jornada. |
| Una esperanza guarda el árbol: si es cortado, aún puede retoñar, y no dejará de echar renuevos. |
| Incluso con raíces en tierra envejecidas, con un tronco que se muere en el polvo, |
| en cuanto siente el agua, reflorece y echa ramaje como una planta joven. |
| Pero el hombre que muere queda inerte, cuando un humano expira, ¿dónde está? |
| Podrán agotarse las aguas del mar, sumirse los ríos y secarse, |
| que el hombre que yace no se levantará, se gastarán los cielos antes que se despierte, antes que surja de su sueño. |
| ¡Ojalá en el seol tú me guardaras, me escondieras allí mientras pasa tu cólera, y una tregua me dieras, para acordarte de mí luego |
| - pues, muerto el hombre, ¿puede revivir? - todos los días de mi milicia esperaría, hasta que llegara mi relevo! |
| Me llamarías y te respondería; reclamarías la obra de tus manos. |
| En lugar de contar mi pasos, como ahora, no te cuidarías más de mis pecados; |
| dentro de un saco se sellaría mi delito, y blanquearías mi falta. |
| Ay, como el monte acabará por derrumbarse, la roca cambiará de sitio, |
| las aguas desgastarán las piedras, inundará una llena los terrenos, así aniquilas tú la esperanza del hombre. |
| Le aplastas para siempre, y se va, desfiguras su rostro y le despides. |
| Que sean honrados sus hijos, no lo sabe; que sean despreciados, no se entera. |
| Tan solo por él sufre su carne, sólo por él se lamenta su alma. |
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