San Basilio Magno (Basilio el Grande) Doctor de la Iglesia de
Cesarea (329-379) Etim: Basilio = rey Fiesta: 2 de enero, junto a su
gran amigo San Gregorio Nacianceno
Ver también sus escritos: Tenemos depositada en nosotros una
fuerza que nos capacita para amar, Regla mayor, respuesta 2,1-4 La
acción del Espíritu Santo
Mas escritos del santo >>
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San Basilio Benedicto XVI, Audiencia, 4-VII-07
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy queremos recordar a uno de los grandes padres de la Iglesia,
san Basilio, definido por los textos litúrgicos bizantinos como una
«lumbrera de la Iglesia» Fue un gran obispo del siglo IV, por el
que siente admiración tanto la Iglesia de Oriente como la de
Occidente por su santidad de vida, por la excelencia de su doctrina
y por la síntesis armoniosa de capacidades especulativas y
prácticas.
Nació alrededor del año 330 en una familia de santos,
«verdadera Iglesia doméstica», que vivía en un clima de profunda
fe. Estudió con los mejores maestros de Atenas y Constantinopla.
Insatisfecho por los éxitos mundanos, al darse cuenta de que había
perdido mucho tiempo en vanidades, él mismo confiesa: «Un día,
como despertando de un sueño profundo, me dirigí a la admirable
luz de la verdad del Evangelio…, y lloré sobre mi miserable
vida» (Cf. Carta 223: PG 32,824a).
Atraído por Cristo, comenzó a tener ojos sólo para él y a
escucharle solo a él (Cf. «Moralia» 80,1: PG 31,860bc). Con
determinación se dedicó a la vida monástica en la oración, en la
meditación de las Sagradas Escrituras y de los escritos de los
Padres de la Iglesia y en el ejercicio de la caridad (Cf. Cartas. 2
y 22), siguiendo también el ejemplo de su hermana, santa Macrina,
quien ya vivía el ascetismo monacal. Después fue ordenado
sacerdote y, por último, en el año 370, consagrado obispo de
Cesarea de Capadocia, en la actual Turquía.
Con la predicación y los escritos desarrolló una intensa
actividad pastoral, teológica y literaria. Con sabio equilibrio
supo unir al mismo tiempo el servicio a las almas y la entrega a la
oración y a la meditación en la soledad. Sirviéndose de su
experiencia personal, favoreció la fundación de muchas
«fraternidades» o comunidades de cristianos consagrados a Dios, a
las que visitaba con frecuencia (Cf. Gregorio Nacianceno, «Oratio
43,29 in laudem Basilii»: PG 36,536b). Con la palabra y los
escritos, muchos de los cuales todavía hoy se conservan (Cf.
«Regulae brevius tractatae», Proemio: PG 31,1080ab), les exhortaba
a vivir y a avanzar en la perfección. De esos escritos se valieron
después no pocos legisladores de la vida monástica, entre ellos,
muy especialmente, San Benito, que considera a Basilio como su
maestro (Cf «Regula» 73, 5).
En realidad, san Basilio creó un monaquismo muy particular: no
estaba cerrado a la comunidad de la Iglesia local, sino abierto a
ella. Sus monjes formaban parte de la Iglesia local, eran su núcleo
animador que, precediendo a los demás fieles en el seguimiento de
Cristo y no sólo de la fe, mostraba su firme adhesión a él, el
amor por él, sobre todo en las obras de caridad.
Estos monjes, que tenían escuelas y hospitales, estaban al
servicio de los pobres y de este modo mostraron la vida cristiana de
una manera completa. El siervo de Dios Juan Pablo II, hablando del
monaquismo, escribió: «muchos opinan que esa institución tan
importante en toda la Iglesia como es la vida monástica quedó
establecida, para todos los siglos, principalmente por san Basilio o
que, al menos, la naturaleza de la misma no habría quedado tan
propiamente definida sin su decisiva aportación» (carta
apostólica «Patres Ecclesiae» 2).
Como obispo y pastor de su extendida diócesis, Basilio se
preocupó constantemente por las difíciles condiciones materiales
en las que vivían los fieles; denunció con firmeza el mal; se
comprometió con los pobres y los marginados; intervino ante los
gobernantes para aliviar los sufrimientos de la población, sobre
todo en momentos de calamidad; veló por la libertad de la Iglesia,
enfrentándose a los potentes para defender el derecho de profesar
la verdadera fe (Cf. Gregorio Nacianceno, «Oratio 43,48-51 in
laudem Basilii»: PG 36,557c-561c). Dio testimonio de Dios, que es
amor y caridad, con la construcción de varios hospicios para
necesitados (Cf. Basilio, Carta 94: PG 32,488bc), una especie de
ciudad de la misericordia, que tomó su nombre «Basiliade» (Cf.
Sozomeno, «Historia Eclesiástica». 6,34: PG 67,1397a). En ella
hunden sus raíces las los modernos hospitales para la atención de
los enfermos.
Consciente de que «la liturgia es la cumbre a la cual tiende la
actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana
toda su fuerza» («Sacrosanctum Concilium» 10), Basilio, si bien
se preocupaba por vivir la caridad, que es la característica de la
fe, fue también un sabio «reformador litúrgico» (Cf. Gregorio
Nacianceno, «Oratio 43,34 in laudem Basilii»: PG 36,541c). Nos
dejó una gran oración eucarística [o anáfora] que toma su nombre
y que ha dado un orden fundamental a la oración y a la salmodia:
gracias a él, el pueblo amó y conoció los Salmos e iba a rezarlos
incluso de noche (Cf. Basilio, «In Psalmum» 1,1-2: PG
29,212a-213c). De este modo, podemos ver cómo liturgia, adoración,
oración están unidas a la caridad, se condicionan recíprocamente.
Con celo y valentía, Basilio supo oponerse a los herejes,
quienes negaban que Jesucristo fuera Dios como el Padre (Cf.
Basilio, Carta 9,3: PG 32,272a; Carta 52,1-3: PG 32,392b-396a;
«Adversus Eunomium» 1,20: PG 29,556c). Del mismo modo, contra
quienes no aceptaban la divinidad del Espíritu Santo, afirmó que
también el Espíritu Santo es Dios y «tiene que ser colocado y
glorificado junto al Padre y el Hijo» (Cf. «De Spiritu Sancto»:
SC 17bis, 348). Por este motivo, Basilio es uno de los grandes
padres que formularon la doctrina sobre la Trinidad: el único Dios,
dado que es Amor, es un Dios en tres Personas, que forman la unidad
más profunda que existe, la unidad divina.
En su amor por Cristo y su Evangelio, el gran capadocio se
comprometió también por sanar las divisiones dentro de la Iglesia
(Cf. Carta 70 y 243), tratando siempre de que todos se convirtieran
a Cristo y a su Palabra (Cf. «De iudicio» 4: PG 31,660b-661a),
fuerza unificadora, a la que todos los creyentes tienen que obedecer
(Cf. ibídem 1-3: PG 31,653a-656c).
Concluyendo, Basilio se entregó totalmente al fiel servicio a la
Iglesia en el multiforme servicio del ministerio episcopal. Según
el programa que él mismo trazó, se convirtió en «apóstol y
ministro de Cristo, dispensador de los misterios de Dios, heraldo
del reino, modelo y regla de piedad, ojo del cuerpo de la Iglesia,
pastor de las ovejas de Cristo, médico piadoso, padre y nodriza,
cooperador de Dios, agricultor d Dios, constructor del templo de
Dios» (Cf. «Moralia» 80,11-20: PG 31,864b-868b).
Este es el programa que el santo obispo entrega a los heraldos de
la Palabra, tanto ayer como hoy, un programa que él mismo se
comprometió generosamente por vivir.
En el año 379, Basilio, sin haber cumplido los cincuenta años,
agotado por el cansancio y la ascesis, regresó a Dios, «con la
esperanza de la vida eterna, a través de Jesucristo, nuestro
Señor» («De Bautismo» 1, 2, 9). Fue un hombre que vivió
verdaderamente con la mirada puesta en Cristo, un hombre del amor
por el prójimo. Lleno de la esperanza y de la alegría de la fe,
Basilio nos muestra cómo ser realmente cristianos.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit.
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Vida De San Basilio
BASILIO nació en Cesarea, la capital de Capadocia, en el Asia
Menor, a mediados del año 329. Por parte de padre y de madre,
descendía de familias cristianas que habían sufrido persecuciones
y, entre sus nueve hermanos, figuraron San Gregorio de Nicea, Santa
Macrina la Joven y San Pedro de Sebaste. Su padre, San Basilio el
Viejo, y su madre, Santa Emelia, poseían vastos terrenos y Basilio
pasó su infancia en la casa de campo de su abuela, Santa Macrina,
cuyo ejemplo y cuyas enseñanzas nunca olvidó. Inició su
educación en Constantinopla y la completó en Atenas. Allá tuvo
como compañeros de estudio a San Gregorio Nacianceno, que se
convirtió en su amigo inseparable y a Juliano, que más tarde
sería el emperador apóstata.
Basilio y Gregorio Nacianceno, los dos jóvenes capadocios, se
asociaron con los más selectos talentos contemporáneos y, como lo
dice éste último en sus escritos, “sólo conocíamos dos calles
en la ciudad: la que conducía a la iglesia y la que nos llevaba a
las escuelas”. Tan pronto como Basilio aprendió todo lo que sus
maestros podían enseñarle, regresó a Cesárea. Ahí pasó algunos
años en la enseñanza de la retórica y, cuando se hallaba en los
umbrales de una brillantísima carrera, se sintió impulsado a
abandonar el mundo, por consejos de su hermana mayor, Macrina. Esta,
luego de haber colaborado activamente en la educación y
establecimiento de sus hermanas y hermanos más pequeños, se había
retirado con su madre, ya viuda, y otras mujeres, a una de las casas
de la familia, en Annesi, sobre el río Iris, para llevar una vida
comunitaria.
Fue entonces, al parecer, que Basilio recibió el bautismo y,
desde aquel momento, tomó la determinación de servir a Dios dentro
de la pobreza evangélica. Comenzó por visitar los principales
monasterios de Egipto, Palestina, Siria y Mesopotamia, con el
propósito de observar y estudiar la vida religiosa. Al regreso de
su extensa gira, se estableció en un paraje agreste y muy hermoso
en la región del Ponto, separado de Annesi por el río Iris, y en
aquel retiro solitario se entregó a la plegaria y al estudio. Con
los discípulos, que no tardaron en agruparse en torno suyo, entre
los cuales figuraba su hermano Pedro, formó el primer monasterio
que hubo en el Asia Menor, organizó la existencia de los religiosos
y enunció los principios que se conservaron a través de los siglos
y hasta el presente gobiernan la vida de los monjes en la Iglesia de
oriente. San Basilio practicó la vida monástica propiamente dicha
durante cinco años solamente, pero en la historia del monaquismo
cristiano tiene tanta importancia como el propio San Benito.
Lucha contra la herejía arriana
Por aquella época, la herejía arriana estaba en su apogeo y los
emperadores herejes perseguían a los ortodoxos. En el año 363, se
convenció a Basilio para que se ordenase diácono y sacerdote en
Cesárea; pero inmediatamente, el arzobispo Eusebio tuvo celos de la
influencia del santo y éste, para no crear discordias, volvió a
retirarse calladamente al Ponto para ayudar en la fundación y
dirección de nuevos monasterios. Sin embargo Cesárea lo necesitaba
y lo reclamó. Dos años más tarde, San Gregorio Nacianceno, en
nombre de la ortodoxia, sacó a Basilio de su retiro para que le
ayudase en la defensa de la fe del clero y de las Iglesias. Se
llevó a cabo una reconciliación entre Eusebio y Basilio; éste se
quedó en Cesárea como el primer auxiliar del arzobispo; en
realidad, era él quien gobernaba la Iglesia, pero empleaba su gran
tacto para que se diera crédito a Eusebio por todo lo que él
realizaba. Durante una época de sequía a la que siguió otra de
hambre, Basilio echó mano de todos los bienes de todos los bienes
que le había heredado su madre, los vendió y distribuyó el
producto entre los más necesitados; mas no se detuvo ahí su
caridad, puesto que también organizó un vasto sistema de ayuda,
que comprendía a las cocinas ambulantes que él mismo, resguardado
con un delantal de manta y cucharón en ristre, conducía por las
calles de los barrios más apartados para distribuir alimentos a los
pobres.
Obispo de Cesárea
El año de 370 murió Eusebio y, a pesar de la oposición que se
puso de manifiesto en algunos poderosos círculos, Basilio fue
elegido para ocupar la sede arzobispal vacante. El 14 de junio tomó
posesión, para gran contento de San Atanasio y una contrariedad
igualmente grande para Valente, el emperador arriano. El puesto era
muy importante y, en el caso de Basilio, muy difícil y erizado de
peligros, porque al mismo tiempo que obispo de Cesárea, era exarca
del Ponto y metropolitano de cincuenta sufragáneos, muchos de los
cuales se habían opuesto a su elección y mantuvieron su
hostilidad, hasta que Basilio, a fuerza de paciencia y caridad, se
conquistó su confianza y su apoyo.
Antes de cumplirse doce meses del nombramiento de Basilio, el
emperador Valente llegó a Cesárea, tras de haber desarrollado en
Bitrina y Galacia una implacable campaña de persecuciones. Por
delante suyo envió al prefecto Modesto, con la misión de convencer
a Basilio para que se sometiera o, por lo menos, accediera a tratar
algún compromiso. Varios habían renegado por miedo, pero nuestro
santo le respondió:
¿Qué me vas a poder quitar si no tengo ni casas ni bienes, pues
todo lo repartí entre los pobres? ¿Acaso me vas a atormentar? Es
tan débil mi salud que no resistiré un día de tormentos sin morir
y no podrás seguir atormentándome. ¿Qué me vas a desterrar? A
cualquier sitio a donde me destierres, allá estará Dios, y donde
esté Dios, allí es mi patria, y allí me sentiré contento . . .
El gobernador respondió admirado: “Jamás nadie me había
contestado así”. Y Basilio añadió: “Es que jamás te habías
encontrado con un obispo”.
El emperador Valente se decidió en favor de exilarlo y se
dispuso a firmar el edicto; pero en tres ocasiones sucesivas, la
pluma de caña con que iba a hacerlo, se partió en el momento de
comenzar a escribir. El emperador quedó sobrecogido de temor ante
aquella extraordinaria manifestación, confesó que, muy a su pesar,
admiraba la firme determinación de Basilio y, a fin de cuentas,
resolvió que, en lo sucesivo, no volvería a intervenir en los
asuntos eclesiásticos de Cesárea.
Pero apenas terminada esta desavenencia, el santo quedó envuelto
en una nueva lucha, provocada por la división de Capadocia en dos
provincias civiles y la consecuente reclamación de Antino, obispo
de Tiana, para ocupar la sede metropolitana de la Nueva Capadocia.
La disputa resultó desafortunada para San Basilio, no tanto por
haberse visto obligado a ceder en la división de su arquidiócesis,
como por haberse malquistado con su amigo San Gregorio Nacianceno, a
quien Basilio insistía en consagrar obispo de Sasima, un miserable
caserío que se hallaba situado sobre terrenos en disputa entre las
dos Capadocias. Mientras el santo defendía así a la iglesia de
Cesárea de los ataques contra su fe y su jurisdicción, no dejaba
de mostrar su celo acostumbrado en el cumplimiento de sus deberes
pastorales. Hasta en los días ordinarios predicaba, por la mañana
y por la tarde, a asambleas tan numerosas, que él mismo las
comparaba con el mar. Sus fieles adquirieron la costumbre de
comulgar todos los domingos, miércoles, viernes y sábados. Entre
las prácticas que Basilio había observado en sus viajes y que más
tarde implantó en su sede, figuraban las reuniones en la iglesia
antes del amanecer, para cantar los salmos. Para beneficio de los
enfermos pobres, estableció un hospital fuera de los muros de
Cesárea, tan grande y bien acondicionado, que San Gregorio
Nacianceno lo describe como una ciudad nueva y con grandeza
suficiente para ser reconocido como una de las maravillas del mundo.
A ese centro de beneficencia llegó a conocérsela con el nombre de
Basiliada, y sostuvo su fama durante mucho tiempo después de la
muerte de su fundador. A pesar de sus enfermedades crónicas, con
frecuencia realizaba visitas a lugares apartados de su residencia
episcopal, hasta en remotos sectores de las montañas y, gracias a
la constante vigilancia que ejercía sobre su clero y su insistencia
en rechazar la ordenación de los candidatos que no fuesen
enteramente dignos, hizo de su arquidiócesis un modelo del orden y
la disciplina eclesiásticos.
No tuvo tanto éxito en los esfuerzos que realizó en favor de
las iglesias que se encontraban fuera de su provincia. La muerte de
San Atanasio dejó a Basilio como único paladín de la ortodoxia en
el oriente, y éste luchó con ejemplar tenacidad para merecer ese
título por medio de constantes esfuerzos para fortalecer y unificar
a todos los católicos que, sofocados por la tiranía arriana y
descompuestos por los cismas y la disensiones entre sí, parecían
estar a punto de extinguirse. Pero las propuestas del santo fueron
mal recibidas, y a sus desinteresados esfuerzos se respondió con
malos entendimientos, malas interpretaciones y hasta acusaciones de
ambición y de herejía. Incluso los llamados que hicieron él y sus
amigos al Papa San Dámaso y a los obispos occidentales para que
interviniesen en los asuntos del oriente y allanasen las
dificultades, tropezaron con una casi absoluta indiferencia, debido,
según parece, a que ya corrían en Roma las calumnias respecto a su
buena fe. “¡Sin duda a causa de mis pecados, escribía San
Basilio con un profundo desaliento, parece que estoy condenado al
fracaso en todo cuanto emprendo!"”
Sin embargo, el alivio no había de tardar, desde un sector
absolutamente inesperado. El 9 de agosto de 378, el emperador
Valente recibió heridas mortales en la batalla de Adrianópolis y,
con el ascenso al trono de su sobrino Graciano, se puso fin al
ascendiente del arrianismo en el oriente. Cuando las noticias de
estos cambios llegaron a oídos de San Basilio, éste se encontraba
en su lecho de muerte, pero de todas maneras le proporcionaron un
gran consuelo en sus últimos momentos. Murió el 1º de enero del
año 379, a la edad de cuarenta y nueve años, agotado por la
austeridad en que había vivido, el trabajo incansable y una penosa
enfermedad. Toda Cesárea quedó enlutada y sus habitantes lo
lloraron como a un padre y a un protector; los paganos, judíos y
cristianos se unieron en el duelo.
San Gregorio Nacianceno, Arzobispo de Constantinopla, en el día
del entierro: “Basilio santo, nació entre santos. Basilio pobre
vivió pobre entre los pobres. Basilio hijo de mártires, sufrió
como un mártir. Basilio predicó siempre con sus labios, y con sus
buenos ejemplos y seguirá predicando siempre con sus escritos
admirables”.
Setenta y dos años después de su muerte, el Concilio de
Calcedonia le rindió homenaje con estas palabras: “El gran
Basilio, el ministro de la gracia quien expuso la verdad al mundo
entero indudablemente que fue uno de los más elocuentes oradores
entre los mejores que la Iglesia haya tenido; sus escritos le han
colocado en lugar de privilegio entre sus doctores.
Se conserva una extensa colección de sus cartas:
En una de ellas nos cuenta que él pedía un cumplimiento
estricto de la disciplina, lo mismo entre clérigos que entre
laicos, y que cierto diácono, que no era malo, pero sí rebelde y
un poco alocado y que solía presentarse en medio de un grupo de
muchachas que cantaban himnos y bailaban, tuvo que vérselas con
él; con igual determinación combatió la simonía en los puestos
eclesiásticos y la admisión de personas indignas entre el clero;
luchó contra la rapacidad y la opresión de los funcionarios y
llegó a excomulgar a todos los complicados en la “trata de
blancas”, una actividad muy difundida en Capadocia. Podía
reconvenir con temible severidad, pero prefería las maneras suaves
y gentiles; como un ejemplo, están sus cartas a una muchacha
descarriada y a un clérigo colocado en un puesto de gran
responsabilidad, que se estaba mezclando en política; muchos
ladrones que solo aguardaban ser entregados a los jueces para sufrir
un castigo terrible, fueron amparados por el santo y devueltos a sus
casas en completa libertad, pero con una imborrable amonestación
sobre sus conciencias. Pero tampoco se quedaba callado Basilio
cuando eran los acaudalados y poderosos quienes quebrantaban sus
deberes. “¡Os negáis a dar con el pretexto de que no tenéis lo
suficiente para vuestras necesidades!”, exclamó en uno de sus
sermones. “Pero en tanto que vuestra lengua os excusa, vuestra
mano os acusa: ¡Cuántos deudores podrían ser rescatados de la
prisión con uno de esos anillos! ¡Cuántas pobres gentes ateridas
por el frío se cubrirían con uno solo de vuestros guardarropas!
¡Y sin embargo, vosotros dejáis ir a los pobres de vuestras
puertas, con las manos vacías!” No era únicamente a los ricos a
quienes imponía la obligación de dar. “¿Dices que tú eres
pobre? Bien; pero siempre habrá otros más pobres que tú. Si
tienes lo bastante para mantenerte vivo diez días, aquel hombre no
tiene suficiente para vivir uno . . . No tengáis temor de dar lo
poco que tengáis. No coloquéis nunca vuestros propios intereses
antes que la necesidad común. Dad vuestro último mendrugo de pan
al mendigo que os lo pide y confiad en la misericordia de Dios”.
San Basilio el Grande: ¡rogad por nosotros!