El vía crucis

"Todo empezó en el Vía crucis" 

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Aquella soleada mañana de viernes  Santo, Juan salió de su cama sin siquiera sospechar que ese día sería uno de los más importantes de su vida.

           

           Aquella mañana se levantó temprano como de costumbre, y apenas se había puesto en pie cuando un dolorcito punzante en su cintura le recordó que aquellos eran días santos. Era un dolorcito ya conocido de años anteriores, resultado de haber estado de pie durante casi dos horas en la celebración del día anterior. Esta pequeña molestia era bien recibida por Juan, pues la  consideraba  como un pequeño sacrificio, que ofrecía en esos días, como atenuante por las faltas que había cometido durante el año.

           

           Olvidándose un poco de sus molestias físicas, planeó sus actividades para aquel día: "Hoy, la celebración de la palabra es a las 3:00 p.m., así que tengo  tiempo de descansar para aguantar de pie la celebración de la pasión de Cristo de esta tarde".

           

            Y en eso estaba, cuando recordó que en su parroquia el Vía crucis se celebraría a las 10:30 de la mañana, recordó, además, que él nunca había asistido a uno en toda su vida, y que ese año tampoco había planeado asistir.  Y ese, ese fue el momento, ese fue el pensamiento que desencadenó toda una serie de situaciones que hicieron de ese día algo muy especial en la vida de Juan.

           

            A partir de ese instante, Juan ya no pudo apartar de su mente la idea de asistir a la celebración de aquella mañana. Sentía curiosidad por saber de que se trataba. El pensó que el motivo de su repentino interés era tan sólo la curiosidad, pero debió ser algo más poderoso, pues  al momento de haber decidido asistir a aquella procesión, se bañó, se vistió y sin siquiera ver la hora, apenas despidiéndose de su familia salió de su casa rumbo a su Parroquia.

           

            Unos minutos después de salir de su casa, Juan llegó al lugar de la cita, ávido  de satisfacer su curiosidad. Sin haberlo planeado, su apuro lo llevó al templo media hora antes de empezar la celebración. No había nadie, pero pensó: "Mejor así, de esta forma tendré tiempo de ver todo desde el principio sin perderme de nada".

           

            No mucho tiempo después, hizo su aparición el Párroco, el Padre Gámez, vestido de traje negro, camisa blanca y una corbata tan seria como la expresión de su rostro. Aún así, Juan pudo adivinar en el semblante de aquel sacerdote la ilusión y el deseo de que aquella celebración resultara provechosa para quienes participaran en ella.

           

            Y sin que Juan pudiera notarlo, en cuestión de minutos y tan repentinamente como él mismo había llegado, se congregaron cientos de feligreses, dispuestos todos a participar fervorosamente de aquella celebración al aire libre.

 

            Y aquello comenzó; Juan desconocía todo, pero él, sereno, se dispuso, "en calidad de observador", a dejarse llevar.

           

           Atraído por el movimiento, Juan pudo observar que en el centro del atrio unos hombres colocaron tres cruces en el piso, no tan grandes como la que cargó Jesús, -supuso Juan-, ya que calculaba que aquellas cruces no eran tan altas ni tan resistentes como para soportar a un hombre clavado y colgado en ellas hasta morir. Sin embargo, estimó que eran lo suficientemente grandes, largas y pesadas como para que un hombre las pudiera cargar sobre sus hombros con algo de dificultad.

 

           Después, aparecieron tres personas que Juan dedujo sin equivocarse serían los elegidos para cargar aquellas cruces. Aquellos tres hombres eran muy jóvenes y se veían ataviados con unas largas túnicas blancas y caminaban con sus pies descalzos; por su edad Juan pensó que seguramente pertenecían a alguno de los grupos juveniles de la Parroquia.

           

            Una vez que todo estuvo listo, se leyeron unas palabras y unas oraciones que Juan no conocía, mismas que prácticamente no escuchó, pues se encontraba absorto en las tres cruces colocadas sobre el piso; así como en las blanquísimas túnicas de quienes se disponían a cargarlas.

           

            Y sin darle tiempo de reaccionar, las cruces fueron levantadas y colocadas sobre los hombros de los jóvenes. Estos empezaron a caminar, y entre rezos y cantos la multitud caminó tras ellos, acompañándolos en su recorrido por las calles de una de las colonias cercanas al templo. El vía crucis había empezado. Y Juan, cuando ya casi se quedaba sólo, aún sin pensar claramente, empezó a caminar tras ellos, más expectante que participante.

           

            Y llegaron a una primera parada, que después Juan se enteró, correspondía a la primera de catorce estaciones de las que consta un vía crucis. Se leyeron otras palabras, se hicieron unas oraciones y se cantó. En ese momento, Juan empezó a darse cuenta de que era parte de aquello y pensó: "Esta es mi Iglesia, es semana santa y esta es una celebración relacionada con Jesús; todas las personas que están aquí son las mismas que asistieron ayer a la celebración del lavatorio de los pies y que la tarde de hoy estarán seguramente en el templo, en la celebración de este viernes". Empezó pues a sentirse a gusto; estaba entre amigos, entre hermanos, y empezó a rezar y a cantar, tibiamente en un principio, pero ya no era tan sólo un observador, ya era parte de la procesión, ya estaba dentro del vía crucis. Más aquello había sido tan sólo el comienzo, Juan ni siquiera imaginaba todo lo que estaba por venir.

           

            Ya una vez a gusto, empezó a disfrutar aquello, y contempló el panorama frente a él; señoras, señores, niños, jóvenes, ancianos y ancianas, todas las edades estaban ahí representadas. Y ya que iba caminando al final de la procesión fue sencillo para Juan contemplar la larguísima fila de gente. Le resultaba alentador ver a tanto fiel acompañando a Jesús en su pasión, y el paisaje no era menos bello, gracias al improvisado adorno que agregaban a la celebración docenas de sombrillas multicolores que protegían aquella mañana a sus dueños de los rayos del sol, un sol radiante, pero clemente.

           

            Juan, disfrutaba al ver a toda esa gente que se había reunido para rezar y cantar mientras caminaban detrás de las cruces que iban allá lejos, en el frente. Y precisamente allá lejos, como a cien metros, contempló parte de los maderos de las cruces; no podía ver ni siquiera la cabeza de quienes las cargaban, pero los recordó: jóvenes, vestidos de blanco y con la determinación de cargar aquellas cruces hasta el final; sin importar si su inmaculado atuendo se manchaba, sin importar el dolor en sus hombros, sin importar que la gente los viera caerse y sin importar llegar al final del recorrido arrastrando lastimosamente la cruz, emulando a Jesús. Y fue en ese momento cuando "un anhelo" tocó el corazón de Juan. Y éste pensó: "Que maravilla, a estos jóvenes les ha tocado cargar la cruz este año. ¿Qué habrán hecho para merecerlo?. ¿Qué obras realizarían durante el año para obtener tal honor?. ¿Cómo entre tantas personas de la Parroquia fueron escogidos ellos para cargar una cruz?".

           

            Y en ese momento, Juan se propuso firmemente, en lo íntimo de su corazón, investigar en que podía ayudar, en que podía servir en su Iglesia. Se propuso trabajar duro para acumular méritos, y así, con un poco de suerte, entre tantos que trabajan en la Parroquia, ser escogido para cargar una cruz el siguiente año.

 

            "¿Y si no piensan en mí?", -se preguntaba Juan-. "Pues seguiré trabajando para ver si al siguiente año si me toman en cuenta” -se contestó decididamente-.

           

           Llegaron entonces a la segunda estación, que al igual que la primera y las restantes doce, consistía de una pequeña mesa cubierta por un mantel, sobre la mesa, se podía observar un crucifijo de madera como de unos cuarenta y cinco centímetros de alto, y a sus pies, un ramillete de bellas y frescas flores colocadas en un sencillo florero. Después de unos momentos en que se leyó, se rezó y se cantó, la joven se unió a la procesión y el vía crucis continuó.

           

            Y fue en el trayecto a la tercera estación cuando "un deseo" tocó el corazón de Juan, y éste pensó: "Como me gustaría poder cargar una cruz". Juan se había empezado a sentir un tanto inútil. Siendo joven y fuerte, bien podría estar al frente cargando una cruz, y sintió un gran deseo de tener una entre sus brazos, sentirla sobre sus hombros, sentir aunque fuera por unos momentos algo parecido a lo que sintió Jesús. Sabía que la pasión real de Jesús había sido mucho más dolorosa de lo que él pudiera sentir ahora, pero quería mostrarle a Jesús de una manera visible que él estaba dispuesto a seguirlo.

           

           Llegaron así a la siguiente estación, y para entonces Juan ponía más atención, empezaba ya a aprenderse los rezos y comenzó también a cantar con más fervor. Y fue saliendo de la tercera estación cuando "una necesidad" tocó el corazón de Juan, ya no fue suficiente consuelo para él pensar que tal vez el siguiente año podría participar cargando una cruz. Sentía dentro de él algo que empezaba a inquietarlo, algo que le decía que cargar la cruz tenía que ser ya, ese mismo día. Pensaba en el año por venir y sabía que sería un año largo y penoso, y se preguntaba: "¿Y si no notan mi trabajo?. ¿Y si mis méritos no son suficientes?. ¿Para quedar fuera tan sólo se necesitan tres personas con más merecimientos que los míos?". Juan empezó a perder la calma y aparecieron en su mente más preguntas: "¿Y si se cansaran estos jóvenes?. ¿Si por algún motivo ya no pudieran cargar con su cruz?, ¿Si alguno de ellos se lastimara un pie y me escogieran a mí para cargarla?".

           

            De inmediato, Juan recapacitó y se dio cuenta que sus pensamientos eran extremos, no dignos de alguien que pretende realizar una buena obra, sino de alguien lleno de envidia. Y siguió cavilando mientras la procesión continuaba su marcha. Pero sus labios ya no se abrían a la par de los del resto de aquellos fieles; dentro de él, en su interior, ideas, planes, anhelos, culpas y necesidades habían ya encontrado descanso en la oración.

           

           Durante el tiempo que duraron las siguientes dos estaciones, Juan se mantuvo absorto, orando en silencio, pidiendo perdón por sus turbios pensamientos de hacia unos momentos. Se arrepintió también de no haber ido antes a un vía crucis. Si hubiera asistido antes, quizá ahora ya tendría los meritos suficientes y en ese preciso instante estuviera al frente, ayudando a Jesús, cargando su cruz. Pedía paciencia para esperar un año o los que fueran necesarios para llegar a merecer cargarla. Pedía y rogaba con tanto fervor, ponía tanto ahínco en su oración que no escuchaba nada de lo que en esos momentos ocurría a su alrededor. Incluso por instantes entrecerraba los ojos, y tan sólo se guiaba observando los zapatos de las personas que caminaban delante de él. Juan seguía a la procesión, siempre caminando atrás, al final de aquella larguísima fila de parroquianos.

           

            Y fueron los gritos de una voz joven y potente los que lo sacaron de su letargo. Para su sorpresa, aquella voz invitaba a gritos: "Por favor, se suplica a todos los hombres jóvenes y mayores que quieran ayudar a cargar una cruz pasen al frente a relevar a los muchachos que ya se cansaron".

 

            No podía creerlo, sus ruegos habían sido escuchados. Y dando gracias a Dios de inmediato alargó su zancada para llegar hasta el frente, en donde una pesada y tosca cruz lo esperaba para ser cargada. Lo que Juan no sabía es que todo aquello seguía siendo tan sólo el principio, que su propio calvario estaba apenas empezando.

           

            Juan se encontraba muy lejos de su meta, entre él y el frente de la procesión había un mar de gente; cientos de personas que siempre habían estado ahí, pero que Juan nunca había considerado como una obstáculo que tendría que vencer. Decidido, empezó a avanzar esquivando niños, señores, señoras y familias completas en un afán que empezaba a ser desesperado; hasta pequeños empujones llegó a propinar, pero todo fue inútil, llegaron a la siguiente estación y todo el mundo se detuvo. Juan, atrapado en medio de la multitud no pudo moverse ni un centímetro.

           

           Pasados unos minutos, al avanzar todos de nuevo, Juan no podía comprender como es que otra vez había quedado al final, tan lejos como al principio. No lo entendía, pero la promesa existía, la oferta estaba en pie y empezó una vez más  a luchar por alcanzarla. Avanzó otra vez reconociendo carriolas y sombrillas que ya antes había rebasado. Y empezó a inquietarse, empezó a sentirse como quien está perdido en un bosque y se da cuenta que sólo ha estado caminando en círculos. No entendía como es que niños, ancianos y todo el mundo parecía caminar más aprisa que él, y para colmo observaba como una gran cantidad de señores y jóvenes se abrían libremente camino entre la multitud y llegaban fácilmente hasta las cruces. Simplemente no se explicaba cómo es que su corazón le decía que ya estaba cerca y, sin embargo, sus ojos veían que no importaba cuanto se esforzara, siempre quedaba al final, siempre rezagado, justamente donde había empezado.

           

            Para ese momento no se sorprendió cuando las lágrimas aparecieron en sus ojos. Si, Juan había empezado a llorar. Sus lágrimas llegaron como muestra patente de la desesperación, la necesidad y la impotencia que en aquellos momentos sentía.

 

            Pero en medio de su tristeza se preguntaba: "¿Qué hago?. No quiero renunciar. Sin embargo, comprobado está que todo esfuerzo físico es inútil". Y en eso recordó la oración, ya antes le había funcionado, seguramente aquel recurso le funcionaría de nuevo. Y empezó a rezar fervorosamente: "Padre nuestro que estás en el cielo..., Dios te salve María, llena eres de gracia...", una y otra vez, mientras sus piernas no cejaban de intentar y sus brazos de abrir camino.

           

            Por fin, llegando a la décima estación, después de mucho esfuerzo logró colocarse muy cerca del frente; más con tristeza pudo apreciar que detrás de cada cruz había una larga fila de espera. Descontó del número de estaciones restantes la cantidad de aspirantes y se percató de que formarse sería inútil, no alcanzaría ni a tocar siquiera aquellos maderos. Juan, resignándose decidió formarse de cualquier manera, pensó que el intentarlo hasta el final le procuraría algo de consuelo.

           

            Al avanzar los pocos metros que le faltaban para llegar a formarse, Juan notó que detrás de la cruz del centro había un mayor número de personas. "Claro" -dedujo Juan-, es la cruz de Jesús, todos quieren cargarla, incluso yo mismo. Todos queremos pensar que le estamos ayudando, evitando con eso un poco de su sufrimiento". Luego notó que la siguiente en número de aspirantes era la cruz de la derecha,  y de este detalle Juan pensó: "Claro, si no se puede cargar la de Jesús, bueno, pues la de la derecha, la de Dimas, el buen ladrón, que por lo menos al final de su vida se acercó a Jesús ganándose el cielo en los últimos momentos de su vida". Pero era inútil, ambas cruces eran muy solicitadas; el número de personas que se ofrecían para cargarlas era ya demasiado.

           

            La cruz de la izquierda, en cambio, contrastaba con las otras dos, a Juan le resultó extraño observar que por lo menos en apariencia, por su peso, tamaño y calidad de madera la tercera cruz era exactamente igual a las otras dos. Sin embargo, el número de aspirantes a cargarla era notablemente menor. E incluso, Juan notó que la apariencia de los aspirantes era diferente a la de las personas de las otras dos filas. Los de la fila de la cruz de la izquierda eran en número muchos menos; su edad era la más avanzada y, además, colgando en el pecho de la mayoría de ellos Juan pudo reconocer “la custodia”, una especie de medallón que los distinguía como pertenecientes a la Adoración Nocturna de la Parroquia.

           

            Pero, de cualquier forma, aunque fueran menos aspirantes, Juan tuvo que reconocer que por lo menos ese año no iba a poder cargar ni siquiera la cruz de la izquierda; la menospreciada cruz que Gestas, mofándose de Cristo, despreció en el monte calvario.

           

            Todos estos pensamientos cruzaban por la mente de Juan; le llegaban unas ideas, se iban otras, volvían las primeras y se remolinaban todas en su mente. Todo aquello, provocaba que hubiera instantes en que se tranquilizaba resignado, pero en sólo unos segundos volvía a sentirse angustiado y anhelante. Más en el interior de Juan, hubo algo que nunca se confundió con otros pensamientos, Juan mantuvo su oración. Fuertemente, como fondo a todos sus pensamientos, con un eco potente podía percibir su propia oración, calmada, segura, confiada: "Padre nuestro que estás en el cielo..., Dios te salve María..., una y otra vez; cada rezo diferente al anterior, las palabras eran las mismas, pero en cada Padre nuestro y en cada Salve, Juan ponía toda su esperanza y también su confianza.

           

            La multitud avanzaba, las estaciones se agotaban y Juan observaba, mientras en su interior oraba. En eso, algo lo sobresaltó, alguien le estaba haciendo señas desde la fila de la tercera cruz. En un inicio pensó que aquellos gestos no eran para él, pero acabó por convencerse de que sí. Y reconoció en quien trataba de llamar su atención a Don César, el encargado de tocar las campanas del templo para llamar a misa. Juan, como pudo, llegó cerca de él; para entonces, el corazón de Juan latía con gran fuerza, algo le decía que no todo estaba perdido, que algo importante estaba por suceder.

           

            Y fue entre los rezos y los cantos de la procesión que los oídos anhelantes de Juan escucharon una invitación formidable. Nunca había obtenido algún premio en rifa o sorteo alguno, nunca nada, ni siquiera un reloj o algún pastel casero, pero ese día era distinto, era viernes  Santo y escuchó con atención las palabras de Don César: "¿Quiere usted cargar esta cruz?", -preguntó aquel hombre, indicándole a Juan con su mano izquierda el espacio vacío que estaba delante de él, invitándolo a ocuparlo-.

 

            Juan, que con dificultad pudo ocultar su inmensa alegría pudo notar que a esas alturas de la procesión Don César era el primero de esa fila, de aceptar, prácticamente él sería el siguiente en cargar la cruz de la izquierda; la que no tenía dueño, la que Gestas había rechazado.

           

            Juan sabía que detrás de Don César se encontraban otras personas esperando su turno, y, como quien se acerca a pedirle a otra persona formada en una fila larguísima que realice un pago por ella, le contesto en voz baja y con disimulo:  “Si, si me gustaría, pero hay otras personas formadas y se pueden molestar”.

           

             “No se preocupe - le contestó sonriente Don César-. Nosotros ya cargamos la cruz en estaciones anteriores y también en años pasados, por eso ya nos vamos a quitar para que se formen personas que no la han cargado”.

           

            Don Cesar volvió su rostro hacia el resto de la fila, y Juan pudo observar que todos con gesto amable asintieron con su cabeza para que ocupara, adelante de todos ellos, el lugar ofrecido. Y Juan, sin poder ocultar su gozo por más tiempo, esbozando una amplia sonrisa aceptó.

           

            Y ahí estaba, a tan sólo una estación de lograr su objetivo, mismo que esa mañana, hacía tan sólo un par de horas no existía. Objetivo que tuvo su origen en un anhelo, luego se había vuelto un deseo, para convertirse finalmente en una imperiosa necesidad. Y ahora estaba a punto de ser un logro, mismo que fue forjándose a través del esfuerzo y la oración. Ahora su deseo estaba a punto de cumplirse.

           

            Y por fin, se llegó el momento ansiado. Al terminar las palabras, los rezos y los cantos de la penúltima estación, la persona que cargaba la cruz de la izquierda volvió su rostro hacia Juan y con expresión solemne, viéndolo siempre a los ojos, le entregó la cruz. En la mirada de aquel hombre había algo que le decía a Juan que estaba a punto de realizar algo especial, un acto que no era cualquier cosa, que no era un premio o algo parecido, que era algo que implicaba respeto, cuidado y sobre todo compromiso. La cruz fue colocada sobre el hombro derecho de Juan y éste la abrazó con cariño. Dieron la señal de que todos estaban listos y la multitud reinicio su caminar; más esta vez, Juan ya no estaba atrás indiferente, ni tampoco iba entre la multitud forcejeando por llegar al frente. Juan comprendió entonces, que en esos precisos instantes estaba en el lugar que correspondía a su afán para aquel día.

           

            En ese momento, en la mente de Juan se agolpaban multitud de pensamientos. Todo le hacía recordar la Pasión de Cristo, específicamente los momentos en que Jesús iba dolorosamente avanzando hacia el monte calvario; y ahora, Juan estaba ahí, estaba siendo parte de aquel suceso, reconociendo que él creía en eso, que creía en el valor del sacrificio de Jesús. 

           

            Más al avanzar unos cuantos metros, el peso de la cruz sobre su hombro empezó a ser molesto y eso lo sacó de sus pensamientos. Juan descubrió entonces que aquella  cruz de madera pesaba más de lo que había calculado. En apariencia aquellos maderos no pesaban mucho, pero ahora que lastimaban su hombro se daba cuenta de que sí. Además, el extremo trasero de la cruz rebotaba libremente sobre el empedrado de aquella calle y con su peso hacía crispar las pequeñas piedras sueltas que había sobre todo el recorrido. Aquel rebotar de la madera sobre las piedras sueltas provocaba un sonido bastante escandaloso que al retumbar a lo largo del madero llegaba aumentado al oído derecho de Juan, y ya, apenas a unos cuantos pasos del tramo en que Juan llevaría la cruz, aquel retumbar empezaba a aturdirlo.

 

            Al levantar la vista, Juan vio campo despejado. La calle libre frente a él no se apreciaba como al inicio cuando caminaba tras la multitud. Ahora, el escuchar los rezos y los cantos era lo único que le indicaba que detrás de ellos, de las cruces, aún caminaban los cientos de personas que habían iniciado aquel recorrido.

           

            Ahora, desde su nueva posición pudo observar a personas en las que antes no había puesto atención. Hasta aquel momento notó a la gente que de pie desde la puerta o el jardín de sus casas tan sólo miraban sin participar. Y en los rostros de algunas de aquellas personas, Juan pudo apreciar un gesto de respeto y de simpatía, pero en otros percibió gestos de burla, de ironía o de indiferencia. Todo esto, en medio del escándalo que provocaba el roce poderoso de la madera contra las piedras.

 

            Y Juan avanzó unos metros más, cuando llamó poderosamente su atención el paso de un automóvil deportivo, que sin bajar ni un ápice el fuerte volumen de su estruendoso estereo, pasó lentamente al lado de la procesión. Juan no pudo ver al conductor, pero lo imaginó: joven, sentado muy erguido sobre el asiento de su auto, sin cohibirse y sintiéndose muy orgulloso de su acción. “Esta persona –pensó Juan- evidentemente se siente feliz por dejar muy clara su rebeldía hacia que sé yo; hacia la Iglesia, hacia Dios, hacia Jesús, o quizás, -se resignó-, aquella persona ni siquiera sabía de que se trataba aquel gentío, tal vez estaba de vacaciones de Semana Santa y aquella era su manera de disfrutarlas.

           

            Pero Juan no pudo dedicarle mucho tiempo a aquellas reflexiones, el dolor ahora más intenso en su hombro lo distrajo de sus pensamientos; además, el sudor en su frente y en sus manos, y la molestia en su oído por el retumbar de la madera sobre las piedras se hacían más molestos con cada paso que daba, y por si fuera poco, ahora había que agregar la vergüenza que le provocaban las miradas burlonas de la gente.

 

            El sol, por su parte, para aquellos momentos del día, desplegaba ya con todo su esplendor sus calurosos rayos; y aquel calor, la larga caminata y el esfuerzo desplegado hicieron aparecer el sudor en la frente y en las manos de Juan.

 

            Sin embargo, todos aquellos inconvenientes convencieron a Juan de una cosa: Ese día, había recibido un gran regalo, el regalo de haber participado, aunque fuera en una escala muy pequeña, del dolor de Jesús, del sufrimiento de Cristo. Ahora Juan se sentía dueño de una fracción de una fórmula, que según planeaba él, le ayudaría a entender cuánto Jesús había padecido por él. Poseía la parte esencial de aquella ecuación, y ahora, tan sólo tenía que multiplicar lo que él sentía en aquel momento por 1,000 por 10,000 o por el número de hombres y mujeres que han existido, existen y existirán, y así, se aproximaría a entender cuanto sufrimiento soportó Jesús durante su pasión.

 

            Juan se sentía feliz porque no sólo le estaba ayudado a Jesús, además, aquel día, había dejado de ser un observador de su religión; se había convertido en un participante vivo y activo de ella. Por otro lado, su fe se encontraba fortalecida, ya que había comprobado de una manera más que contundente la enorme fuerza de la oración. Y Juan, vislumbraba con claridad la trascendencia que todo esto tendría para el resto de su vida.

           

            Que más podía pedir en aquel momento, todo estaba en su lugar, todo tenía sentido, no le faltaba nada. Aquel día, en esos instantes, Juan sentía que casi..., casi tocaba el cielo. Embelesado, Juan se resistía a aceptar que aquellos momentos de inmensa alegría habrían de terminar. Más con cada paso que daba, se llegaba el momento en que tendría que ceder la cruz a otra persona. Juan se sintió contento al pensar que alguien más pudiera sentir lo que él experimentaba en esos instantes. Y recordó la expresión en el rostro de quien le había entregado la cruz a él, y entendió entonces lo que aquella persona con su rostro serio y ceremonioso quiso decirle; y ya se veía a sí mismo, expresándole a quien habría de relevarlo, un sinfín de sentimientos con la sola expresión de su rostro.

           

            Sin embargo, faltando unos cinco metros para llegar a la estación en la que Juan entregaría la cruz, una voz joven, que Juan reconoció como la voz de quien antes había invitado a cargar las cruces, exclamó: "No se detengan en esta estación, vamos directo al templo, ahí será la última estación". Juan no podía creerlo; "Hasta el templo -pensó-, directo hasta el templo...  entraré con la cruz al templo... ". Y se veía a sí mismo cansado, sudoroso y dolorido llegando hasta el altar: "¿Qué mejor sacrificio puedo ofrecerte en estos días Jesús?". Estos eran los pensamientos de Juan, quien vislumbraba gozoso los momentos de gloria ya tan cercanos.

           

            Pero, unos instantes después, al llegar al lugar en donde se había planeado celebrar la última estación, Juan notó que las personas que cargaban las cruces del centro y de la derecha aceleraron el paso, Juan se preguntaba el por qué, cuando pudo observar que quienes estaban formados detrás de ellos, a quienes se les hubieran entregado las cruces en esa estación, levantaban sus brazos y posaban su mano suave y casi suplicante sobre el hombro de los que cargaban aquellas dos cruces. En ese instante, él mismo sintió sobre su hombro izquierdo el toque de una mano. Aquella mano no exigía, tan sólo, tímidamente intentaba llamar su atención. Pero Juan no hizo caso, siguió caminando y aceleró el paso hasta alcanzar a los otros dos, quería al igual que ellos, retener aquel momento especial el mayor tiempo posible.

           

            Pero para Juan, abruptamente todo cambió. La felicidad momentos antes tan palpable, se fue tan repentinamente que Juan se sacudió con una oleada de temor. La clara lucidez de momentos antes había desaparecido. De pronto, aquella cruz significó para Juan lo que era, tan sólo unos trozos de madera, el dolor ya no era dulce, cargar aquella cruz ya no era un regalo, e ir al frente de aquella multitud de pronto se había convertido en un peso enorme. La sensación de aquella mano suplicante sobre su hombro que le decía: "Por favor dame la cruz, yo también quiero mostrarle a Jesús que puede contar conmigo", le quemaba acusadoramente el hombro donde se había posado. Juan ahora se sentía el mayor de los egoístas; la gloria de momentos antes simplemente se había evaporado.

           

            No pasó mucho tiempo para que las lágrimas aparecieran de nuevo en sus ojos de Juan. Más ahora no eran de anhelo por cargar una cruz, eran lágrimas que clamaban: "Señor ayúdame", y Juan gritaba en su interior: "Señor, ¿por qué me siento así?. Ésta es una celebración tuya, ésta es tu Iglesia, estoy participando cargando una cruz. ¿Por qué Señor?. ¿Por qué me siento tan mal?".

           

            Y mientras la procesión continuaba, Juan oraba esperando respuestas. En eso, un eco en su mente apareció de nuevo, poco a poco, cada vez con más fuerza: "Padre nuestro que estás en el cielo..., Dios te Salve María...",  y poco a poco la calma volvió, poco a poco el temor fue cediendo terreno, mientras tanto, Juan no cesaba en su oración.

           

            De pronto algo lo sobresaltó. Repentinamente el joven que cargaba la cruz del centro había detenido sus pasos y con un tono en su voz que pedía disculpas le dijo a la persona que estaba detrás de él: "Toma, por favor ayúdame, yo ya no puedo". Inmediatamente y casi al unísono el señor que cargaba la cruz de la derecha y Juan siguieron su ejemplo. Juan volvió su rostro hacia su izquierda y vio tras él a un joven que no llegaba a los veinte años, no estaba ya Don César, quien tal como había dicho, les había cedido su lugar a otras personas. Juan observó que aquel joven, al momento de adivinar que la cruz le iba a ser cedida esbozó una sonrisa tan extraordinariamente grande que Juan pensó que su rostro se quedaría así para siempre. Pudo ver como sus ojos brillaban de alegría, mostrando la felicidad de quien pierde algo muy preciado y de pronto lo recupera.

           

            Juan no escuchó un “Gracias”, y a decir verdad no lo necesitaba; seguramente aquel joven ya con la cruz sobre su hombro iba caminando sobre nubes, tendiendo sus brazos, tratando de tocar el cielo; un cielo que seguramente en esos momentos veía muy..., pero muy cerca de él.

           

            Juan, dando unos pasos hacia atrás se hizo a un lado, y se quedó ahí de pie. Se quedó estático, no atinaba a moverse, se quedó contemplando cómo se alejaban las cruces. Sin moverse, observó pasar a la multitud tras ellas, vio pasar otra vez a todas aquellas señoras, niños, carriolas y ancianos que había rebasado tantas veces durante las últimas dos horas. Pero Juan, ya no se sentía desesperado como al inicio de aquella odisea, tampoco se sentía lleno de aquel gozo extremo que lo había sobrecogido en el momento culminante de la misma, ni sentía sobre él aquella oscuridad sofocante que lo había cubierto cuando quiso para sí toda la gloria. Ahora Juan, de nuevo ahí, atrás de la procesión,  justo donde inició, se sintió lleno de paz.

           

            Y fue aquella paz la que lo llevó caminando lentamente hasta el templo. Juan fue el último en entrar, y de pie, contempló y escuchó el final de la última estación. No hablaba, no cantaba, tan sólo observaba y disfrutaba en su interior de aquella paz que el Señor ahora le regalaba.

 

Momentos después, Juan caminaba hacia su casa, pero ya no era el mismo, algo en su interior había cambiado. “Vino nuevo, exige vaso nuevo”, y Juan sabía que aquella mañana Jesús se había llevado lo que quedaba de su agrietado vaso viejo. Aquel día, Juan estrenaba corazón y por fin, después de tantos años de pasividad, felizmente había dado el primer paso hacia su conversión.

           

           

FIN

 

 

Del libro “Todo empezó en el Vía crucis”.

De: José Luis Contreras Sáenz.

http://www.ecatolico.com

5,346 palabras.

 

 

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