Una tarde lluviosa

"Todo empezó en el Vía crucis"

| Inicio | Imágenes | Diversión | Temas | Música | Oraciones | La Biblia | ConocerLibrosVideos | Chat | Cine | Autor | MapaEnlacesWebmasters | Televisión | Radio |



Únete a "Mi Comunidad Católica" Nuestra Red Social

 

 

            Mientras en medio de su tristeza Juan se afanaba por conducir su automóvil sobre aquella calle empapada por la lluvia, las lágrimas inevitablemente inundaron su rostro. Aquella era una tarde borrascosa, que invitaba a eso; a la nostalgia y a la reflexión.

                         

           Aquellos últimos días, sin que Juan se diera cuenta, esas lágrimas habían ido acumulándose, esperando el momento oportuno para manifestarse. Desde hacía cuatro días, Juan se había dado a la tarea de elegir un tema interesante para compartirlo con un grupo de jóvenes de su Parroquia. Ricardo, el coordinador del mismo, le había dado carta abierta para que eligiera el tema que a Juan le pareciera el más adecuado, siempre y cuando tomara en cuenta la edad y al crecimiento espiritual del grupo.

              

            Juan, inicialmente había elegido un tema que le pareció bastante profundo y rico en enseñanzas. Sin embargo había dudado, al pensarlo mejor, le había parecido que para un grupo tan joven, aquel era un tema demasiado fuerte. De cualquier forma se dio a la tarea de prepararlo. Y sin estar plenamente convencido estructuró el desarrollo del mismo; apoyó los puntos importantes con citas bíblicas, seleccionó de entre sus notas algunas anécdotas interesantes y ya con todo este material frente a él, procedió a darle forma definitiva a su exposición. Y así, al cabo de una hora, el tema estuvo listo. Sin embargo, en Juan, la duda persistía.

 

           Desde el inicio, hubo algo que no lo convencía, y una vez que terminó su elaboración se dio cuenta de lo que era. Aquel tema definitivamente le parecía demasiado fuerte. Más aún, le parecía duro e inoportuno. Estrujante para él mismo,  por lo que con certeza lo sería también para los jóvenes de aquella comunidad.

                

          Juan, lo pensó unos minutos y decidió no utilizar aquel material. Decidió preparar un tema más agradable, más tierno, incluso por que no, más dulce. Con esto en mente, Juan se dio a la tarea de preparar un nuevo tema, en el que hablaría del gran amor que Dios nos tiene, de cuánto Jesús nos ama y nos acompaña en los momentos difíciles de nuestra vida. De esto trataría el nuevo tema. "Sin duda –pensó Juan-, éste será mucho más grato para todos y seguramente les gustará mucho. Será agradable compartir con el grupo todas estas anécdotas y citas bíblicas que nos invitan a abandonarnos en los brazos amorosos de Dios y será un momento especial cuando los invite a cobijarnos en el amor y la protección que Jesús nos ofrece. Será grato acurrucarnos en el regazo de Jesús, al igual que los pollitos, cuando se cobijan bajo las alas amorosas de la gallina".

              

            Sin embargo, Juan seguía confundido. Y se preguntaba: "¿Cambié el tema porque en verdad era muy duro para los muchachos, o lo hice por que me resulta más cómodo hablar de sucesos agradables?. Aunque –reflexionó para sí-, después de todo, a la mayoría de las personas les gusta escuchar sobre cosas bonitas; preferimos escuchar sobre la parte bella de la buena nueva del amor de Dios, sobre todo cuando este amor es gratuito".

              

            Sin embargo, no hizo mucho caso, y en unos cuantos minutos, Juan, se convenció a sí mismo de que era preferible no exponer el tema fuerte, decidió presentar en esta ocasión el agradable. Dejaría el espinoso para un futuro. Para cuando el grupo lo necesitara o estuviera preparado para recibirlo.

                         

             Pero, durante los siguientes días, aún después de haber tomado la decisión, e incluso después de estudiar a detalle el tema que expondría, Juan seguía luchando consigo mismo. Cada vez con más claridad se daba cuenta de que había cambiado su exposición porque le resultaba más cómodo hablar de cosas placenteras ya que con seguridad la respuesta sería muy buena por parte del grupo.

 

¿Quién, recién convertido y disfrutando aún de las mieles de saberse totalmente amado y perdonado por Dios recibe con agrado la noticia que ahora tiene que ponerse a trabajar para ayudar en la obra de la Salvación?. ¿Quién no se desanima un poco cuando se entera que tiene que esforzarse y poner su grano de arena para que otros se conviertan y conozcan a Jesús, como él o ella ahora lo conoce?.

                      

            A nadie le gusta que le recuerden que para mantener viva su fe requiere de mucha entrega. ¿A quién, que busca su santidad y que sacrifica tanto por conseguirla, le agrada que le recuerden que aún falta?. Que tendrá que mantener su esfuerzo día con día, y que lo hecho hasta el momento no tendrá valor si no persevera hasta el final. Pensar en esto, convenció a Juan de permanecer firme en su decisión; hablaría tan sólo de cosas bellas.

 

            Y se llegó el sábado, por lo que Juan sintió un gran alivio. Equivocado o no, aquella tarde por fin expondría, su confusión quedaría atrás y la vida seguiría adelante. Después de todo, el material que había preparado no era malo; además de ser agradable, la temática elegida era bastante educativa, llena de anécdotas divertidas y pasajes bíblicos impregnados de esperanza y buenas nuevas: "Elegí bien", -concluyó Juan, convenciéndose a sí mismo-.

              

Aquella tarde, según su costumbre, Juan llegó temprano a la cita. A su arribo, se llevaba a cabo la misa de 6:00 p.m., Juan se encaminó hacia el templo y entró en silencio para que su llegada motivara la menor distracción posible. Su presentación sería en uno de los salones anexos al templo, pero él tenía por hábito encomendarse en oración antes de sus temas. Así pues, se puso de rodillas, se santiguó e inició su oración.

 

"Señor, gracias. Te agradezco por todo lo que me das y también por todo lo que no me das. Gracias, porque no me concedes todo lo que te pido, pues tú sabes el daño que yo mismo me causaría. Te doy gracias Dios mío, pues como buen padre siempre me proteges.

Perdona Señor mi negligencia, mi ceguera y mi sordera. Toma por favor todas mis fallas, mis excesos y mis culpas. Destrúyelas Señor y permíteme seguirte aunque no lo merezco.  

              

            Tú sabes Señor por qué estoy aquí, sabes a que he venido. Pongo Señor en tus manos mi boca, mi mente, mi corazón. Toma también a estos jóvenes. Que no sea yo quien les hable. Se Tú, Señor, quien les diga lo que necesitas que escuchen. Se Tú, quien toque sus corazones. Sé que yo podría hablar sin tropiezos, con gran elocuencia y con perfecta modulación en mi voz, pero si Tú no estás ahí, si no eres Tú quien toque sus corazones de nada servirá mi labor.

              

            Te pido también por mí, Señor, por favor instrúyeme, permite que también aprenda yo, ya que soy quien más lo necesita".

                         

            Luego guardó silencio por unos instantes y finalmente, Juan concluyó su oración: "Que todo sea Señor para tu gloria, y que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Amén".

            Y al pronunciar estas últimas palabras, Juan se quedó estático, aquella última frase de su oración lo sacudió; "Que no se haga mi voluntad, sino la tuya". En ese instante, súbitamente pasó por su mente aquel tema que había desechado, lo descubrió íntegro, completo, como si lo hubiera estudiado para presentar un examen. Aquel tema ríspido que tanto desasosiego había provocado en su interior. Ahora éste estaba ahí, como un mandato tan claro que Juan se estremeció. Se dio cuenta que a unos momentos de exponer tenía en su mente el desarrollo de ambos temas. Estaba consciente además, de que las notas de ambos temas habían sido plasmadas en el mismo cuaderno, en ese cuaderno que estaba en sus manos, justo al lado de su Biblia Latinoamericana. Juan, una vez más luchaba, se daba perfecta cuenta de que si dudaba de nuevo no era un accidente.

                         

            "Nada es casualidad -reflexionó Juan-, pero el primero es un tema demasiado agrio". Juan se resistía, la dureza de su corazón evidentemente aún no había sido quebrantada.

                         

Retardando lo más posible el momento decisivo, caminó con paso lento los pocos metros que separaban al templo de los salones de Pastoral. Con la duda ahora más grande, luchando consigo mismo en lo interior continuó su camino. E irremediablemente llegó a su destino, al salón en donde ya se encontraba reunida la comunidad que lo había invitado. Juan saludó a todos con un movimiento de su cabeza y se unió al canto que en aquellos momentos entonaban. Dos cantos más antecedieron a una breve pero sentida oración y acto seguido, sin más preámbulos, el coordinador del grupo informó que el tema de aquella tarde sería impartido por Juan. Y después de indicarle a éste con un ademán de su mano que la atención del grupo era toda suya, tomó asiento al lado del resto de los jóvenes, quienes con rostro expectante estaban ya muy atentos a las palabras de un Juan, aún ausente.

                      

            Y segundo a segundo la expectación fue en aumento, contrario a su costumbre, Juan guardaba silencio. Normalmente iniciaba sus temas saludando o agradeciendo efusivamente, y cuando su ímpetu era demasiado intenso entraba de lleno al tema, atacando velozmente los puntos importantes, antes de que el tiempo le impidiera compartir cada detalle de lo que había preparado. Pero en esta ocasión, de pie, frente al grupo, Juan permanecía completamente inmóvil y sin decir palabra. De Juan, tan sólo podía percibirse el movimiento de sus ojos, que observaban lentamente uno a uno aquellos rostros juveniles; aquel movimiento era lo único que indicaba que Juan seguía ahí.

 

            La mente de Juan en aquellos instantes era escenario de una gran batalla, misma que había iniciado días antes, pero que ahora, se encontraba en el máximo de su fragor: “¿Cuál tema?, ¿El bonito o el duro?. Al escoger el tema agradable, ¿Estoy respetando su voluntad o estoy haciendo la mía?”. Juan seguía debatiéndose, encontrando puntos favorables y desfavorables a uno y a otro. Al mismo tiempo, observaba a aquellos muchachos y se decía: "Son tan jóvenes, ¿Qué fallas pueden tener?, ¿Qué culpas pueden ellos cargar a su edad?. Se ven tan piadosos, tan inocentes, tan tranquilos. Pero, ¿Yo que sé? -recapacitó Juan-, estas preguntas yo no las puedo responder, yo no conozco la vida de cada uno de ellos. Yo no puedo ver lo que tienen en su corazón. Pero Jesús sí, Él sabe perfectamente lo que cada uno de ellos vive, piensa y siente; por lo tanto, Jesús conoce sin lugar a dudas que es lo que necesitan. Al reflexionar en esto, el velo en el corazón de Juan se corrió.

 

            La siguiente hora sería larga, sería una tarde de caras igualmente largas, e incluso, Juan se preparó para que a mitad del tema alguien emprendiera graciosa huída.

"Muchachos –exclamó por fin Juan rompiendo el silencio-, hace sólo unos momentos aún no sabía cuál sería el tema de hoy. La decisión estaba entre un tema muy bello y agradable y otro no tanto. Más bien considero que la otra opción es un tema bastante duro. Pero como no se trata de hacer lo que yo quiero, el tema de hoy será este último, por lo que quizá el crecimiento de hoy no nos resulte agradable.

 

            Sin embargo - enfatizó Juan-, quiero decirles que muchas de las cosas que hoy me escucharán decir, me las estaré diciendo a mí mismo. Yo seré el primero que pondrá atención. Incluso, tal vez el Señor nos halla reunido aquí, no para decirles algo a ustedes, quizás Él desea que quien recapacite con la enseñanza de hoy sea yo".

 

            Y así, el tema dio inicio, y una a una las sonrisas iniciales en el rostro de aquellos muchachos fueron desapareciendo. Conforme el discurso avanzaba, la cabeza de algunos fue ladeándose lentamente hacia un lado, mientras que en sus rostros, las miradas parecían perderse en un mar de reflexiones personales. Otros, inclinaron sus rostros hacia el piso y se quedaron inmóviles por largo rato. Juan no podía ver sus rostros, pero estaba seguro de que no habían escogido aquellas posiciones para descansar ni para dormir; aquellos jóvenes pensaban, recordaban, recapacitaban o quizás oraban, pero de ninguna manera dormían.

                      

          Al acercarse el momento de finalizar de la exposición, Juan notó que nadie lo veía a los ojos, todas las miradas estaban clavadas en cualquier cosa, menos en él. Era pues el momento de preparar el cierre. Sabía que el tono de su voz aumentaría, que la profundidad de las citas bíblicas y de los comentarios serían para algunos saetas punzantes, lanzadas por el más certero de los arqueros directamente a sus corazones. Y Juan lo sabía porque se sentía confiado a llegar hasta las últimas consecuencias. Lanzaría piedras a granel, sin importar si él mismo resultaba golpeado por alguna. 

                      

            Y resultó tal como Juan lo imaginó desde el día en que preparó aquel tema. Aquellos cuarenta y cinco minutos  fueron estrujantes, resultaron momentos intensos en los que incluso en algunos rostros las lágrimas se habían hecho presentes. También para Juan había sido duro, él había estado hablando pero aunque no se percibía, con cada una de sus propias palabras él se había ido sintiendo cada vez más pequeño. Juan, en apariencia había estado frente al grupo firmemente plantado, su voz había tronado acusadora como la voz de quien no tiene mancha que se le pueda reprochar, pero, en su interior Juan también lloraba. Sentía el ardor de su propia vergüenza, se sentía indigno de estar ahí, se sentía el más aludido por sus propias palabras. Quería salir de ahí en ese mismo instante. Juan quería correr. Le resultaba imperioso llorar para poder liberarse de aquel dolor que se le clavaba en el pecho, sofocándolo.

                         

Finalmente, el tema concluyó, y a diferencia de otras ocasiones, esta vez no hubo aplausos. No hubo sonrisas, preguntas, ni comentarios. Se hizo un profundo silencio; roto apenas por algunos suspiros, que indicaban que la calma empezaba a llegar después de la tormenta.

 

Pasados unos instantes, nuevamente se escuchó la voz de Juan, que con tono reconciliador les dijo: "Muchachos, no espero que este tema les halla gustado, pero es mi deseo que les halla servido". Juan se sorprendió de su propio comentario, esta era la primera vez que utilizaba aquella frase; lo que él no sabía, es que en adelante, en ése y en otros grupos y eventos, la utilizaría con frecuencia.

                         

            Unos minutos después la reunión terminó, Juan se despidió y se retiró a su casa donde lo esperaba su esposa, con la que saldría aquella tarde de sábado a cumplir otro compromiso.

                         

            Ya en su casa, Juan saludó a su esposa, pero ella, observadora como siempre notó al instante que algo le pasaba a Juan. Ella percibió que su esposo no era el mismo que dos horas antes había salido de aquella casa. Sin embargo, conociéndolo no preguntó nada, ella sabía que era cuestión de tiempo, que tarde o temprano sabría lo que provocaba aquella expresión en el rostro de Juan.

 

            Poco más tarde, con tiempo suficiente para llegar a su destino ambos salieron de su casa. Para aquella hora del día el clima había cambiado, la tarde había estado nublada, pero en aquellos momentos una lluvia de fríos goterones empezó a caer obligándolos a correr hasta su auto.

                         

Mientras tanto, Juan aún ausente no había cesado de pensar, se sentía apesadumbrado, triste e indigno. Se sentía como lo que era, nada. Empezó a conducir, pero seguía guardando silencio. En tanto su esposa, intuitiva, lo respetaba sin preguntar. El automóvil avanzó hacia las calles principales de la ciudad, pero Juan no quería llegar a su destino, aún deseaba correr, quería estar lo más lejos posible de aquel barullo que lo rodeaba. Le hubiera gustado estar sólo, en la cima de alguna montaña o en medio de un inmenso llano. Necesitaba llorar, le era preciso gritar la frustración que sentía, quería desahogarse, y al no poder resistir más tiempo decidió compartir con su más querida confidente aquel dolor que lo ahogaba.

                         

            "Sabes - inició por fin Juan-, quiero contarte algo".

                         

            La esposa de Juan no contestó, tan sólo volvió su rostro hacia él y asintió con su cabeza, indicándole con esta que contaba con toda su atención.

                         

            Juan continuó: "Hoy el tema en el grupo estuvo muy fuerte, muy duro y me siento muy triste".

                         

            “¿Por qué?”. -Preguntó con ternura la esposa de Juan-.

                         

            El no pudo contestar, tan sólo fijó su mirada hacia el frente, se aferró con ambas manos al volante de su auto y balanceando levemente su cabeza de un lado a otro, apretó los labios fuertemente. Juan irremediablemente había empezado a llorar.

                         

Pasados unos instantes, en los que Juan trató de tranquilizarse para poder hablar, con lágrimas corriendo por sus ojos al fin contestó: "Porque, ¿Quién soy yo para decir todas esas cosas? ¿Quién soy yo para recordarle a los demás sus fallas, cuando yo mismo tengo tantas como ellos o quizás más? ¿Cómo es que les digo que Jesús les pide un cambio de vida, cuando yo mismo batallo tanto para lograr un cambio en la mía?.

                         

            Juan no pudo más. Con una fuerza incontenible toda la tristeza y el dolor que oprimían el corazón de Juan brotaron en un torrente de llanto.

                         

            En cuanto le fue posible, Juan salió de los carriles principales y se estacionó. Y mientras en el exterior la lluvia incrementaba su ímpetu, en el interior de su automóvil Juan libremente dejó salir todo lo que había estado conteniendo.

 

            El dolor era asfixiante, e inútilmente trataba de seguir hablando, necesitaba sin embargo desahogarse, quería explicar todo lo que sentía.

                         

            En tanto, su esposa guardaba silencio, permanecía inmóvil, sin decir palabra alguna; respetaba pacientemente el dolor de su esposo.

 

Después de algunos minutos, Juan como pudo retomó la palabra: "Yo no soy digno de dar temas, yo no merezco andar hablando a los demás de Dios y de lo que El espera de ellos". Después de esto ya no habló más, desviando su rostro hacía la ventanilla del auto para que su esposa no viera sus lágrimas, Juan continuó llorando.

                         

            En ese momento, la esposa de Juan consideró que había llegado la hora de intervenir y le contestó brevemente: "Pero, aún así, el Señor quiere mandarte a ti".

                         

            Y recobrando un poco la calma, Juan argumentó: "Si, eso es cierto, pero hay muchísima gente que sabe más que yo y que son mejores personas y también mejores católicos que yo".

                         

            “Si, eso puede ser verdad -contestó ella-. Pero el problema es que muchos de esos católicos que saben mucho de las cosas de Dios y que están según nosotros mucho más cerca del cielo que tú, no trabajan. No están dispuestos a andar de arriba para abajo como lo haces tú, en una Parroquia y en otra, de un grupo a otro, dando temas aquí y cantando allá. Estamos siempre tan preocupados por las cosas que no son de Dios que no tenemos tiempo de ponernos a preparar temas e ir lejos de casa para visitar grupos que se reúnen entre semana. Tampoco estamos dispuestos  a  sacrificar fines de semana en retiros, mientras que tú sí lo haces. Sin contar con que tú al igual que muchos, tienes un trabajo y a nosotros, tu familia, a la que también tienes que atender".

                         

"Tienes razón –le respondió Juan, cediendo un poco-, pero eso sigue sin consolarme, porque eso también me entristece. Cuán poca ha de ser la gente dispuesta a trabajar, si Dios tiene que utilizarme a mí, que soy tan ciego, tan torpe y tan necio. Imagínate cuántos católicos que saben más que yo y que son mejores que yo, no están sirviendo. ¿Cuántos, con tanto trabajo que hay no están trabajando?".

                         

            "Así es Juan –retomó ella la palabra-, recuerda que está escrito: Es mucha la mies y pocos los trabajadores. No somos muchos los dispuestos a evangelizar, no a muchos nos interesa ir a trabajar a la labor de Dios. La gran mayoría preferimos quedarnos en nuestra casa, sacándole brillo a nuestra perfección y a nuestra santidad; sin darnos cuenta que estamos escondiendo los dones que Dios nos dio para trabajar en su Iglesia. 

 

Algunos tan sólo aprovechamos nuestra sabiduría y nuestra perfección para lograr nuestra propia Salvación. Se nos olvida que llegado el momento, Dios nos preguntará que hicimos con las cualidades que nos dio para servir a nuestros hermanos; y que si se los devolvemos nuevesitos, sin usar, nos cuestionará duramente por no haberlos aprovechado.

                         

            "Si, -aceptó Juan ya más convencido y recuperando el temple- tienes razón, quizás yo no soy la mejor de las personas y también estoy muy lejos de ser el mejor de los católicos, pero eso no me va a detener. Si Él me necesita trabajando así como soy, pues yo trabajo. Él sabe mucho mejor que yo, por que hace las cosas".

                         

            Y con la alegría de ver que su esposo había recuperado el aplomo que lo caracterizaba, le dirigió a Juan un último comentario: "Recuerda que tú mismo me has dicho: Por nosotros mismos y con nuestras propias fuerzas no podemos hacernos dignos de Dios, es Él quien nos hace dignos. Y Él hace digno a quien quiere y cuando quiere, aún al más ruin de todos nosotros. Porque de El es todo y tiene el poder y el derecho de hacerlo. Si en tu pequeñez te hace digno de trabajar para Él -concluyó la esposa de Juan-, no lo cuestiones, acéptalo; porque efectivamente, aunque a veces no lo entendemos, Él sabe perfectamente lo que hace y por que lo hace".

                         

            Y con esto, Juan finalmente sonrió, levantó la vista y observó que afuera, en la calle, la lluvia había cedido en su intensidad y las nubes empezaban a despejar el cielo. Juan, agradeció a su esposa, tomó la mano de su esposa entre las de él y le obsequió un cariñoso beso. Luego encendió el motor de su auto y lo puso en movimiento; estaba listo para seguir adelante. Totalmente repuesto, Juan partió decidido a cumplir su compromiso, aquel contratiempo no había logrado detenerlo.

                  

 

                FIN

 

 

 

Del libro “Todo empezó en el Vía crucis”.

De: José Luis Contreras Sáenz.

http://www.evangelizando.cjb.net

3,652  palabras.

 

 

 

Ir al Indice de este libro

 

 

 

Si esta Página ha sido de su agrado

por favor entre aquí y

Recomiéndela


 

El Administrador de este Sitio tiene algo que decirte, escúchalo en su Album "Mis Charlas en el Chat Católico Omega Voz". Escúchalo y si te gusta algún mensaje, descárgalo y compártelo. Para ir y escucharlo presiona aquí

 

VISITE NUESTRO CHAT CATOLICO "OMEGA VOZ", CHAT DE TEXTO Y AUDIO

 

Ir a Chat Omega Voz

  

Preguntas Frecuentes

 

 


 

| Inicio | Imágenes | Diversión | Temas | Música | Oraciones | La Biblia | ConocerLibrosVideos | Chat | Cine | Autor | MapaEnlacesWebmasters | Televisión | Radio |



 

Presione g+1 para recomendar esta página