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Un don especial

"Todo empezó en el Vía crucis"

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             Por aquellos días, Juan recién acababa de descubrir un gran tesoro, amanecía a una nueva realidad que le anunciaba que tenía entre sus manos algo realmente precioso; algo más valioso que un cofre lleno de oro, plata y las joyas más preciosas. Descubría una riqueza que siempre había estado ahí, pero no se había dado tiempo para valorar.

           

            Y es que Juan, desde hacía algunos años tan sólo se había contentado con ir a misa cada domingo; y por que no decirlo, ni siquiera eso apreciaba en su verdadera dimensión. Sin embargo, algunos eventos acontecidos recientemente, habían cimbrado la vida de Juan, y ahora para él, aprender y hablar de Dios, de Jesús y de María, se había convertido en lo más importante. Juan, por fin, estaba descubriendo la excelsa riqueza que le aguardaba en su Iglesia.

           

            Ahora el valor de la misa era apreciado por Juan, la Biblia había vuelto a ser su lectura preferida y después de su reciente evangelización, ahora él también evangelizaba. Y así las cosas, la vida de Juan no tenía razón de ser, si no descubría cada día alguna de las maravillas de su Religión. 

           

            Y así, en esta búsqueda, Juan descubrió un nuevo rasgo de su Iglesia, algo que realmente lo impactó, algo que en misa nunca había observado, que no podía entender, pero que lo atraía enormemente. Y aunque Juan no podía negar que ya había oído hablar del don de lenguas, tenía que aceptar que nunca lo había presenciado; tan sólo sabía que esto le ocurría a un primo de un amigo o a la vecina de algún tío, pero él nunca había tenido la oportunidad de presenciarlo por sí mismo.

           

            En medio de su ignorancia, fue para él una sorpresa y un motivo de gran alegría, descubrir que en su Iglesia esta manifestación del Espíritu Santo; hablar en lenguas, si bien no era algo de todos los días, ni muy bien aceptado por todos, si era algo conocido, e incluso para algunas parroquias, algo bastante común.

           

            Tiempo después, gracias a algunas visitas que realizó a distintas comunidades de la ciudad, Juan descubrió que en algunas de ellas, este don, se vivía con frecuencia. Más su asombro llegó al máximo, cuando descubrió que en uno de sus mejores amigos también se manifestaba este carisma; y que si él no se había enterado fue porque había vivido en la luna, pendiente de todo, menos de lo que ocurría dentro de su Iglesia.

           

            Para Juan, aquella era una época de descubrimientos. Se daba cuenta de lo ciego que había estado, de lo poco que conocía y de lo mucho que le faltaba por aprender. Se encontraba fascinado, encandilado por la cantidad prodigios, que a torrentes, iba encontrando en su camino de recién convertido.

 

            Con todo esto, no resulta difícil comprender, el por que Juan se encontraba ansioso; él quería ser parte activa de todo aquello. Ahora quería correr, después de tanto tiempo de haber estado prácticamente paralizado.

           

            Así pues, desesperado, como era característico en él, decidió tomar un camino rápido. Para recuperar el tiempo perdido, tomaría un atajo. Estaba decidido a no bajar de su nube. Juan no quería volver a pisar la tierra, no deseaba volver al mundo sin significado, en el que había permanecido por tanto tiempo. Y fue por eso, que sin comprender lo que se decía cuando alguien hablaba en lenguas, y sin siquiera saber para que sirviera aquello, decidió que él también quería tenerlo.

           

            Para él, aquello era algo extraordinario, algo poco común; le parecía misterioso, y creía que poseerlo lo haría una persona más espiritual. En su mente, su renovada fe en Cristo le decía que si hablaba lenguas, para todas las personas que lo conocían quedaría clara la validez de su entrega.

           

            Y fue así, que haciendo uso de su también recién descubierto derecho de cristiano, empezó a tocar para que le abrieran, empezó a pedir para que se le diera;  y cierto día, Juan le agregó a su oración nocturna una petición más; clara, directa y concisa: “Señor concédeme el Don de lenguas”.

           

            Juan estaba tan convencido de que aquello aumentaría su devoción y que le ayudaría a tal grado en su labor de evangelización, que cada noche le ponía todo su ímpetu a esta parte de su oración. Física, espiritual y mentalmente se entregaba especialmente en esta petición; su cuerpo se cansaba y su espíritu se elevaba, mientras que su mente imaginaba los rostros asombrados de quienes lo escucharían.

           

            Y Juan oró y oró, noche tras noche: “Señor concédeme el don de lenguas”. Nunca en su vida había deseado y solicitado algo con tanto ahínco. De tal forma se empecinó en aquello que al poco tiempo, Juan también amaneció pidiendo “lenguas”. Y su primer pensamiento al despertar y el último al dormir, sin remedio era el mismo: “Señor, manda tu Espíritu Santo, quiero hablar en lenguas”.

           

            Y así pasaron dos semanas, luego un mes y sin respuesta pasaron tres. Más Juan seguía pidiendo confiado, sin desanimarse. No sabía cuanto tiempo más tendría que “llamar”, pero él sabía que sería escuchado. Y como las Sagradas Escrituras son palabra de Dios, y el argumento que Juan ejercía estaba basado en ellas, su insistencia surtió efecto; Dios escuchó su oración, y el prodigio que tanto anhelaba le fue concedido.

           

            Cierta mañana, en apariencia igual a cualquier otra, Juan como de costumbre no abrió sus ojos al despertar. Antes de hacerlo, hizo un recuento de las labores que aquel día realizaría. Luego, aún con los ojos cerrados hizo oración, misma que claro está, incluyó la ya acostumbrada petición: “Señor, concédeme el don de lenguas”; infundiendo en este segmento el habitual esfuerzo mental, físico y espiritual.

           

            Momentos después, una vez que terminó su oración se encomendó, tomó valor para empezar el día y finalmente abrió los ojos. Pero justo al hacerlo, un sobresaltó lo sobrecogió. Al enfocar su vista, Juan se llevó una sorpresa. A unos cuantos centímetros de él, se encontró con el rostro de su esposa, quien lo observaba recostada en su almohada, inmóvil y con la mirada fija directo en sus ojos recién abiertos. Juan se extrañó de aquella actitud, pero no comentó nada, sólo mantuvo su mirada en la de su esposa, imitando su silencio.

           

            Pasaron unos instantes y por fin la esposa de Juan preguntó: “¿Desde cuándo tienes el don de lenguas?”.

           

            Juan se estremeció. El no lo sabía, aquel era el primer indicio de que aquel don pudiera manifestarse en él.

           

            “No..., no lo sabía” -respondió Juan con voz titubeante-. Y de inmediato pasó por su mente el recuerdo de todas las oraciones realizadas por él durante los últimos meses; cientos de ellas, en las que había pedido que Dios le concediera aquella gracia.

           

            “Pero, ¿por qué lo preguntas?” – le inquirió Juan, aparentando no saber de que le hablaba-.

           

            A lo que ella contestó sin rodeos: “Porque anoche estuviste largo rato hablando así, en lenguas”.

           

            Juan se sintió feliz, y en su interior agradeció por haber sido escuchado; sintió como su fe se fortalecía dentro de él. El poder de la oración se manifestaba una vez más frente a sus ojos. Había tocado con insistencia, y la puerta otra vez le había sido abierta. Pero quería saber mas datos, quería saberlo todo. Aquel era un día de fiesta, uno de los más importantes de su vida; así que continuó preguntando: “Pero, cuéntame, ¿cómo fue?. ¿Qué hice?. ¿Qué dije?.”

           

            “Pues mira -le respondió ella-, no sé a que hora de la madrugada fue, pero me desperté cuando escuché que estabas hablando en voz alta; y cuando pude poner atención a lo que decías no entendía, y por más cuidado que puse no comprendía. Fue entonces cuando me di cuenta de lo que pasaba, estabas hablando en “lenguas”. No sé cuanto tiempo tenías ya así, pero seguiste hablando sin parar como unos quince minutos. Por la expresión de tu rostro se veía que estabas feliz, después te calmaste y te dormiste. Así que tan sólo me quedé observándote y pasados unos minutos yo también me quedé dormida.”

           

            “Pero, ¿y qué más? -preguntó Juan-. ¿No dije algo que pudiera entenderse?. ¿No volví a hablar más tarde?.

           

            “No -contestó ella-, no entendí nada y ya no volviste a hablar así en toda la noche”.

           

            Pero Juan insistió: “¿Y no me habías escuchado hablar así en alguna otra ocasión?”.

           

            “No -respondió ella con seguridad-, que yo me diera cuenta, esta fue la primera vez”.

           

            Ella guardó silencio, y Juan se quedó sólo con sus pensamientos. Sus posibilidades como evangelizador, según calculaba, ahora serían enormes. ¿Cómo serían ahora sus temas?. ¿Cuál el alcance de su oración?. A partir de aquella mañana, seguramente todo sería muy diferente; su vida entera -pensaba él-, estaba a punto de experimentar un gran cambio.

           

            Se tranquilizó cuanto pudo e hizo oración, dio gracias y se puso en manos de Dios, para que aquello resultara según su voluntad. Y así, una vez que todo estuvo en orden, se levantó de su cama, listo para iniciar una nueva vida; la que su recién estrenado don ahora le deparaba.

           

            Pero pasó aquel día, y simplemente no aconteció nada extraordinario. La vida de Juan transcurrió exactamente igual que antes.  Y así, pasaron varios días con sus noches, y nada nuevo sucedió.

 

            Después de un tiempo, intrigado, Juan preguntaba cada mañana a su esposa: “¿Hablé anoche en lenguas?.” Y ella le contestaba: “Esta noche no, por lo menos que yo me diera cuenta.”

           

            Luego llegaría el día en el que por primera vez, desde aquel prodigio, nuestro persistente personaje visitó una comunidad; y al llegar el momento de la oración, se apresuró a dirigirla, pero, las lenguas, al igual que los días anteriores, nunca llegaron.

           

            Y en las siguientes semanas se presentaron nuevas oportunidades en otros grupos, pero por más que Juan se esforzaba, el don de lenguas nunca apareció. Y ni en sueños, ni en grupos, ni siquiera en el Congreso Católico que llegó poco después, pudo Juan estrenar en público su nuevo don. Y pasaron las semanas, luego meses y después pasarían los años, más sin importar cuanta entrega volcara Juan en su oración, nunca nadie, ni de día ni de noche, lo escuchó hacer gala de aquel carisma.

           

            Más, sin poder resignarse, en el transcurso de los meses siguientes a aquella noche extraordinaria, Juan se había preguntado: “¿Por qué?”. Y a diario, en oración, le solicitaba a Dios una explicación, quería saber el por que aquella manifestación de su Espíritu en él, había sido tan sólo flor de un día.

           

            Y fue con el tiempo, que Dios le permitió a Juan comprender lo que había sucedido. Y tal como le había concedido el don que tanto le había solicitado, de igual manera, meses después le concedió conocer el por que aquel regalo no había durado.

           

            Como un relámpago, que con su luz ilumina en medio de la noche, así se aclaró la mente de Juan gracias al discurso de un sacerdote. Ocurrió durante cierta misa, en la que el Párroco de nuestro amigo, hablaba sobre las manifestaciones del Espíritu Santo. Inesperadamente, en algún momento de la homilía, Juan vislumbró la respuesta que esperaba. Fueron tan sólo unos instantes, pero no hubo necesidad de más explicaciones. Entendiendo más allá de las palabras, Juan pudo comprender por que aquel prodigio no se había manifestado en él nuevamente. Pudo ver además, que la respuesta había estado siempre frente a él, pero que su vanidad no le había permitido verla.

           

            Ese día, Juan entendió que la manifestación de aquel don en él, había sido efímera  por una sencilla razón: porque no lo necesitaba. Para realizar la misión para la que había nacido, definitivamente necesitaba de talentos, pero no de este. Comprendió que Dios ciertamente le encomendaba a cada uno de sus hijos una misión, y que según la dificultad de la empresa, le proporcionaba a cada hombre y mujer, las armas necesarias para poder cumplirla, y que por el momento, para realizar la suya, no necesitaba de hablar en lenguas.

           

            Comprendió que Dios, en una muestra de gran amor y misericordia, y en respuesta a su fe y perseverancia, lo había consentido dándole lo que con tanto tesón le había pedido. Pero, también pudo ver que Dios quería mostrarle algo más: Dios había querido manifestarle que Él era el dueño de todos los dones; de los conocidos y aún de los desconocidos; de los espectaculares y de los sencillos; de los públicos y de los privados; de los que se deben mostrar y pregonar abiertamente a los cuatro vientos, y de los que se deben vivir íntimamente y en silencio. Y que en su calidad de dueño de todo, y por gracia de su sabiduría infinita, Él sabe lo que cada uno de sus hijos  necesita y el momento para tenerlo.

           

            Juan, ahora entendía que durante su vida tenía una misión que realizar, y que por eso recibiría del Espíritu Santo lo necesario para llevarla a buen término. Y más aún, que de los dones que le serían confiados, probablemente algunos ya estaban en él, y que no los había descubierto por haber estado ignorante de todo esto durante toda su vida.

           

            Juan entonces comprendió, que tenía mucho trabajo por hacer; que era tiempo de orar nuevamente, pero no para solicitar nuevos talentos; ahora tendría que pedir para poder descubrir los que ya poseía, y sobre todo, tenía que ponerlos a trabajar. Se llegaba el momento de pedir para que los dones que el Espíritu Santo había sembrado en él, fueran cuidados y alimentados. Sus talentos debían ser cultivados para que crecieran y con el tiempo dieran frutos. Era tiempo de esforzarse para que sus cualidades se manifestaran en servicio, entrega, fortaleza y amor; y así, al final, dar buenas cuentas de las habilidades que Jesús hubiere dejado bajo su custodia.

           

            Juan comprendió aquello y no volvió a preguntar por su “Don de lenguas”. Había comprendido que él necesitaba de otras cualidades, y que era Dios quien sabía cuáles eran.

           

            Después de aquella lección, Juan supo que la búsqueda de los dones que el Señor le había concedido, y de los que durante el resto de su vida le confiaría, estaba apenas comenzando. Para Juan, una nueva labor dio inicio, empezaba una búsqueda interior, en la que trataría de descubrir sus talentos personales; no los que otros poseían, sino los de él, los que Dios había elegido para Juan.

           

             Comprendió que tendría que seguir pidiendo por los dones que le faltaran; pero como ninguna obra de Dios es en vano, esta experiencia le había hecho crecer; y es por eso que desde entonces, en sus oraciones diarias, se le escuchó decir: “Señor, como debió ser desde el principio; manda tu Santo Espíritu sobre mí, y concédeme, no lo que mi vanidad te pide, sino lo que necesito. Y de los dones que ya has infundido en mí, ayúdame a descubrirlos. Ven y enciéndelos, ponlos a trabajar, y que sus frutos, Señor, sean para tu Gloria”.

           

                FIN

 

 

 

Del libro “Todo empezó en el Vía crucis”.

De: José Luis Contreras Sáenz.

http://www.evangelizando.cjb.net

2,501  palabras.

 

 

 

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