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La corona más humilde

"Todo empezó en el Vía crucis"

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Hacía ya algunos días que el automóvil de Juan había requerido un abastecimiento de agua mayor de lo normal, era evidente que el radiador o alguna manguera se había dañado. Para agravar las cosas, el ritmo de trabajo de Juan no le había permitido llevar su auto al taller, por lo que tan sólo se limitaba a ponerle el agua que este iba necesitando.

             

 Y así las cosas, cierta tarde después de comer, Juan salió rumbo a su trabajo, y como contaba con tiempo de sobra para llegar, decidió revisar el nivel de agua de su radiador. Lo que él no sabía es que debido al uso continuo que había sufrido su auto aquella mañana, el agua en el interior de éste se encontraba literalmente hirviendo. Sin tomar esto en cuenta, Juan abrió el cofre e imprudentemente retiró el tapón del radiador; de inmediato, un chorro de agua hirviente salió disparado hacia él, tan velozmente que no tuvo oportunidad de ver más; instintivamente cerró los ojos y lo único que pudo hacer fue alejarse de ahí lo más rápido posible. Sin embargo, Juan pudo percibir de inmediato, que no se había retirado con la rapidez que se requería.

             

 El daño estaba hecho, Juan no pudo evitar que aquel chorro de agua caliente diera contra el dorso de su mano derecha, mientras que otro tanto había bañado, aunque de manera más leve, el lado derecho de su rostro. Tan rápido como pudo, se dirigió hacia su casa, en tanto no dejaba de pensar: ¿Qué hago? ¿Qué me pongo? ¿Tenemos algo en casa contra quemaduras?.

             

 Se dirigió hacia la cocina y colocó su mano herida bajo el chorro de agua con el que su esposa lavaba los trastos en ese momento. Ella, al darse cuenta de lo que sucedía, de inmediato le aplicó un remedio casero, mismo que con el tiempo resultaría muy efectivo, pero que en ese momento, al igual que el agua, resultó insuficiente para aliviar el dolor. Era aquel un dolor diferente, algo nunca antes sentido por Juan.

             

Y aunque él sabía que su accidente no había sido grave, y que sus quemaduras eran pequeñas y superficiales, el dolor estaba ahí, aguijoneándole una mano y parte de su rostro. La piel que había sido alcanzada por el agua hirviendo se observaba completamente roja, al mismo tiempo que la presión arterial de Juan se había alterado súbitamente. Estaba asustado, pero no decía palabra, tan sólo pensaba y soportaba el dolor con la esperanza de que este pasara pronto. Y así fue, pasados apenas unos minutos, el dolor empezó a ceder y la presión de Juan volvió poco a poco a la normalidad.

 

Mas tarde, una vez revisados los daños y recobrada la calma, Juan decidió reanudar el camino hacia su trabajo. Las únicas huellas de aquel incidente serían el susto y el ardor en la piel de su mano y rostro, molestia que tardaría algunas semanas en desaparecer.

             

 Aquel contratiempo, tan sólo alteró la vida de Juan por unas horas, sin embargo, más tarde, al llegar la calma de la noche, se detuvo a reflexionar sobre aquello y se preguntó: "¿Que sentirán las personas que se queman con fuego y que padecen quemaduras consideradas graves?. Y continuó: "Si esta quemadura superficial me dolió tanto y me asusté como si fuera un niño; ¿Cómo sufrirán las personas que se queman totalmente?, ¿Cuál será el sufrimiento de quienes, incluso, mueren a causa de ese tipo de heridas?.

          

Y dejando vagar su mente, recordando momentos propios de dolor, trajo a su memoria las molestias sufridas por él, unos años antes, durante una celebración del vía crucis en su Parroquia. Recordó el dolor que había padecido a causa del golpeteo de la cruz sobre su hombro, y revivió la molesta sensación que le provocaba su propio sudor, que luego de correr por su frente, cubrió completamente su rostro. Recordó además, la vergüenza que había sentido, cuando algunas personas desde sus casas, con rostro burlón, dirigían sus miradas hacia él y hacia el resto de quienes participaban en aquella procesión.

             

 Aquel día – de unos años antes-, Juan había atesorado una vivencia muy valiosa, después de aquella experiencia, sólo tenía que multiplicar los dolores y sufrimientos vividos en aquel vía crucis, y así, podría acercarse a entender, lo que Jesús había padecido el día de su crucifixión.

                                     

 Más, por algún motivo, con el paso del tiempo, Juan había olvidado estas reflexiones. Y ahora, años después, se había llegado el momento de retomar aquella experiencia, era tiempo de poner en práctica sus habilidades matemáticas. Aquel accidente con su auto había dado el pretexto.

 

Esa noche, con su mano y parte de su rostro aún maltrechos por el contacto con el agua hirviente, Juan tomó el valor que le había faltado antes, y en la quietud de la sala de su casa, acomodándose en un sillón, se dispuso a dejarse llevar por su meditación; sin siquiera imaginar las consecuencias que esta decisión le acarrearía.

 

Para iniciar su ejercicio, Juan buscó en sus pensamientos, y descubrió que entre sus vivencias tenía algunos recuerdos que le podían ayudar a imaginar el sufrimiento de Jesús.

             

 Y reflexionando en la noche en que Jesús fue entregado, el primero en surgir fue el recuerdo de las noches que él mismo había pasado en vela, sin poder dormir; las ocasiones en las que había sentido el enorme peso del cansancio y la imperiosa necesidad de descansar sin poder lograrlo. Revivió momentos de su vida en los que debido a alguna preocupación o a la inminente realización de algún suceso importante se había sentido fuertemente perturbado.  

             

 Juan imaginó entonces el Huerto de Getsemaní, unas horas antes de la aprehensión de Jesús. Y pudo ver como el maestro sudaba presa de la desesperación. Pudo observar cuando gotas de sangre brotaron de su frente, resultado de la aplastante angustia de aquellos momentos decisivos. ¿Cuántos y cuales pensamientos cruzarían por la mente de Cristo aquella noche?¿Cuán enorme desconsuelo se cernía sobre él?

 

Y sacando sus propias conclusiones, Juan determinó que aquellas gotas de sangre en la frente de Cristo, se debieron a un impresionante sufrimiento; este inusual sudor, era el producto de una intensa angustia. Jesús seguramente ya imaginaba el intenso dolor de las horas por venir.

             

Y así, tomando como referencia cuánto había desesperado él mismo, ante la cercanía de algún evento trascendente, pudo percibir la enorme pena de Jesús. Sin embargo, sabía que nunca podría comparar su congoja personal, con la divina aflicción de Jesús, a unas cuantas horas de su anunciada muerte.

 

 

 

Para continuar con su reflexión, Juan intentó recordar  si en su vida hubo alguien en quien él confiara plenamente, alguien a quien además hubiera querido mucho. Y trató de recordar si alguno de aquellos seres queridos, ante alguna dificultad, simplemente se había olvidado del estrecho laso de cariño que los había unido.

             

 Y Juan acongojado recordó que sí, que él había pensado que algunas de sus amistades durarían para toda la vida, pero se había equivocado; algunas de aquellas amistades ya no existían, habían muerto, dejando tras de sí tan sólo dolor y desencanto.

             

 Juan pensó entonces en la traición de Judas, y se preguntó: “¿Qué sentiría Jesús cuando eso sucedió?. Y sí, sí pudo Juan imaginarlo, contaba con el dolor, la desilusión y el vacio que él mismo había sentido cuando alguno de sus mejores amigos le había vuelto la espalda.

 

 Ninguna de sus frustradas amistades había valido para él, lo que la fidelidad de los apóstoles significaba para Jesús; eran sus elegidos, eran los amigos más cercanos que el maestro había tenido; los unía una amistad divina, amistad que Jesús esperaba perdurara por siempre. Sin embargo, tomó su propio desencanto y se imaginó cuanta frustración ensombreció el corazón del maestro cuando Judas lo traicionó. Pero aún faltaba, aquella tristeza debía ser multiplicada varias veces más, había que agregarle el abandono de la mayoría de sus discípulos, quienes temerosos, se habían escondido cuando Jesús fue llevado a juicio.

             

 Al llegar a estas alturas de su reflexión, Juan sintió vergüenza, y tuvo que reconocer que él también había abandonado a Jesús en muchas ocasiones. Sí, él mismo lo había negado cada vez que sintiéndose autosuficiente había tratado de seguir su vida sólo, sin Él. Fue frustrante para Juan el comprender que había negado a Cristo cada vez que alguien hablaba mal de su Iglesia o se burlaba de los valores cristianos y fingiendo no escuchar, se había escondido detrás de su cobardía, haciéndose pasar por prudente.  

 

 

 

Después de unos instantes de aflicción,  sus pensamientos lo llevaron a su infancia, y trató de recordar si en castigo por alguna travesura había sido corregido por sus padres. Juan no tuvo que esforzarse mucho. Recordó haber sido un niño bastante inquieto, a quien en más de una ocasión había sido necesario corregir  a través del antiguo método del cintarazo. Tampoco le fue difícil recordar el dolor punzante que había sentido por ello, dolor que si bien no había sido insoportable, fue sin embargo suficiente para convencerlo de portarse mejor, por lo menos por unos días.

             

 Entonces volvió nuevamente su atención hacia Jesús, y recordó los latigazos que él tuvo que soportar. Comparó, y reconoció que nunca será igual el dolor que provoca un cinto golpeando sobre la ropa, que el provocado por un latigazo sobre la piel desprotegida de una persona.  El cinto tan sólo es una prenda de vestir, mientras que el látigo fue diseñado para fines más violentos. El látigo de un verdugo, que sería el caso del utilizado contra Jesús, había sido confeccionado para castigar, así que tomando esto en cuenta, Juan realizó la primera multiplicación.

 

Recordando en él, el dolor del golpe de un cinto, que aunque insuficiente, era el que tenía registrado en sus recuerdos; lo aumentó imaginando sobre sí, no un cinto, sino un látigo. Pero además, Juan tomó en cuenta que aquel látigo fue utilizado por un verdugo entrenado, preparado para hacer sufrir lo indecible a cualquier persona sin sentir el menor remordimiento.

             

Entonces, una vez que tuvo en su imaginación todo este dolor, Juan lo multiplicó por cuatro, ya que ese era el número de correas con que contaba el látigo utilizado para flagelar a Cristo. “Efectivamente –reflexionó Juan-, los látigos utilizados en aquella época constaban de varias correas, colocadas en ese número con la intención de aumentar el castigo de cada golpe, ahorrando energía al verdugo, quien así podía causar mas daño con menos esfuerzo. Ensimismado en su meditación, Juan se animó a imaginar aquel látigo golpeando sobre su propia espalda, y empezó irremediablemente a sentir sobre sí un terrible y lascerante dolor. Dolor que sin embargo, seguía estando lejos de parecerse al sangrante castigo que soportó Jesús.

             

Para ese momento de la Pasión, en la mente y en el corazón de Juan, se acumulaba ya un agobiante sufrimiento, sin embargo, aún faltaba. Recordó algo más, sus estimaciones sobre el suplicio de Jesús durante su flagelación aún no terminaban. No podían terminar sin agregar el castigo que con seguridad infringieron en el cuerpo de Cristo, las punzantes esquirlas atadas al final de cada correa de aquel despiadado látigo; pequeños trozos de hueso y metal, mismos que estaban ahí, pensados para que cada vez que golpearan, no sólo causaran dolor, sino que al retirarse, después de magullar, se llevaran consigo pedazos de piel.  Por tanto, cada latigazo había arrancado parte de la piel de Jesús. Y Juan se preguntaba: “¿De qué partes?. ¿Acaso de su espalda, de sus piernas, de sus brazos, de su pecho e incluso de su rostro?.”

 

Y pudo ver y sentir como llegó el primer latigazo, y luego otro y otro, y después varios más. Y podía ver a Jesús hincado, ya sin fuerza, desfallecido, castigado impunemente por un experto; un verdugo curtido por los años, quien sin sentir el menor remordimiento, mostraba a su público la pericia con la que manejaba su instrumento de trabajo. Juan no pudo continuar observando aquella escena, le dolía demasiado.  

 

 

 

 Juan se tomó un respiro, se sentía cansado, pero sin ceder se propuso  profundizar aún más en el dolor de Jesús. Y después de unos momentos de calma, se armó de coraje y decidió terminar lo que había empezado.

  

 Así pues, siguió haciéndose preguntas: ¿Alguna parte de tu cuerpo ha sido lastimada al clavarse en ella alguna astilla o espina?. Y recordó que sí, sabía en carne propia que aquel era un dolor punzante, extraño y molesto; tanto, que el mismo cuerpo en un intento de autodefensa adormece la parte en donde una astilla o espina se ha encajado.

             

 Y pensaba en esto, porque Juan estaba ahora contemplando la corona de espinas, aquel improvisado adorno con el que unos  ásperos soldados romanos habían coronado a Jesús. Y tomó el dolor provocado en él por una insignificante espina de rosal, para calcular el lascerante dolor que seguramente provoca una gran espina al encajarse en la piel de la cabeza de una persona. Y tomó tal cantidad de dolor y la multiplicó por doce, que era el número de espinas que Juan calculaba habrían lastimado y desgarrado la piel de Jesús; y multiplicó luego este dolor por cinco, estimando en ese número, los golpes que con un bastón le propinaron sobre ella, asegurándose así, de que ésta no se cayera.

 

 Y Juan pudo sentir como aquellos golpes clavaron aún más las espinas en la cabeza ya lastimada de Jesús; espinas que para entonces, seguramente habían ya calado hasta su cráneo.

             

 Y de esta forma, Juan se imaginó el sufrimiento con el que Jesús se hizo merecedor de aquel triste adorno. Y con lágrimas en los ojos y una dolorosa opresión en su pecho, llegó a la siguiente conclusión: "Es claro que la opulencia de una corona no es la que hace al Rey, puesto que el Rey de Reyes prefirió para sí, la corona más humilde".

 

            

 

 Pero sabiendo que la odisea de Cristo no había terminado con la colocación de la corona de espinas, Juan continuó. Y revisando sus recuerdos, enfocándose ahora en la sangre vertida por Jesús, trató de recordar si alguna vez en su vida él había perdido sangre. Y así, vino a su mente el recuerdo de cierta ocasión en la que había donado sangre para una de sus hermanas. Y revivió la extraña sensación de ir cediendo aquel líquido esencial para su cuerpo. Recordó que sin poder evitarlo, con cada gota de sangre que perdía, sus fuerzas lo habían abandonado, al tiempo que su ánimo decayó con una rapidez asombrosa. Y cómo olvidar que con igual prontitud, su mente embotada, dejó de pensar con la misma claridad con la que sólo unos momentos antes lo hacía.

             

 Y comprendió entonces, que para esas alturas de la Pasión, por las heridas que cubrían casi todo el cuerpo de Jesús, lentamente, con cada paso, al maestro se le había ido escapando la vida.

          

 Y mientras aquel desfile avanzaba tortuosamente hacia el monte calvario, Juan veía en su imaginación como Jesús se desangraba. Y dedujo que para esos momentos, la mente de Cristo, seguramente se encontraba más que agobiada.  Además, después de horas de desvelo y de castigo, seguramente su cuerpo contaba ya con muy pocas fuerzas, entendiendo así, el porque de sus caídas bajo el peso de la cruz.

 

 Y al pensar en esto, Juan sufría, pero al mismo tiempo se sentía contento. Comprendió que aún sabiendo que todo esto sucedería, Jesús no huyó, no corrió ni se escondió. Aún sabiendo cuan grande sería su sufrimiento, no rechazó probar aquel amargo trago. Por el contrario, se entregó como ofrenda para el sacrificio. Holocausto ofrecido por él, por Juan, en una muestra de amor total, en la que Jesús había entregando hasta la última gota de su sangre.

             

 En esos momentos Juan consideró detenerse, calcular el sufrimiento de Jesús había resultado una tarea mucho más dolorosa y  agotadora de lo que había previsto; más tuvo que reconocer que si bien sentía dolor y cansancio, estos eran fácilmente superados por su vergüenza. Ahora que comprendía con más claridad cuánto Jesús había padecido por él, Juan se sentía realmente apenado. Jesús había dado todo, sin límites, mientras que él, en cambio, tan sólo le correspondía con regateos, evasivas y de vez en cuando con algunas horas libres de su tiempo.

   

         

 

 Después de unos instantes de respiro, y no sin antes proponerse dar una mejor respuesta al sacrificio de Jesús, Juan decidió seguir calculando.

             

 Y continuó cuestionándose: ¿Mis manos o alguna otra parte de mi cuerpo han sentido el dolor provocado por una aguja?: Sí, y no una, sino varias veces -se contestó Juan-. Sí había sentido ese tipo de dolor punzante y molesto, sobre todo cuando había llegado de forma repentina. Y reflexionó; "¿Qué es una aguja o un alfiler comparado con un clavo?”. 

 

 Comparó entonces y se imaginó los rústicos clavos con los que clavaron el cuerpo de Jesús. Pensó en sí mismo y midió el intenso dolor que le provocaría uno de aquellos toscos clavos al penetrar violentamente entre la carne y los huesos de alguna de sus manos. Los imaginó desgarrando y rompiendo tejidos y huesos, impulsados por el certero golpe de un mazo experto. Y pudo de esta manera imaginar el enorme dolor de Jesús, y comprendió que a partir de aquel día cambiaría el significado que tenían para él las palabras; “Y murió por ti, clavado en la cruz”.

             

 Sintiendo aquel dolor en una de sus propias manos, Juan entonces lo multiplicó por cuatro, tomando en cuenta la manera en que fueron lacerados los dos pies y las dos manos de Jesús. Nunca más, se propuso Juan, vería igual a Jesús clavado en la cruz. Definitivamente llegar hasta ahí, hasta su trono en el mundo, a Jesús le había costado un sufrimiento indescriptible.     

 

 

 

 Finalmente, Juan recordó las ocasiones en las que jugando había sufrido la desesperante sensación de quedarse sin aire; sin poder respirar. Recordó cuando de niño alguna pelota había dado por accidente contra su estómago, con tal fuerza, que el dolor lo había dejado tendido sobre el suelo. Se recordaba pateando el viento, tratando desesperado de llevar algo de aire a sus pulmones.

          

 Repentinamente el rostro de Juan se ensombreció aún más de lo que ya estaba. En medio de tantos desprecios, en medio del dolor provocado por las innumerables heridas en su cuerpo, perdiendo la vida con cada gota de sangre que derramaba, después de la ignominiosa afrenta de ser levantado como malhechor, y después de sentir desgarrarse sus manos -que para entonces cargaban todo el peso de su cuerpo-,  ahora, por si fuera poco, a Jesús llegaba la asfixia. Su último sufrimiento.

 

 Y Juan contempló a Jesús. El rictus de dolor en su rostro anunciaba que su tiempo se acababa, que moriría irremediablemente. Y que más aún, no era oportuno que fuera rescatado, no convenía que vinieran legiones de ángeles en su auxilio. Era imprescindible que muriera ahí, justo en ese lugar y en ese momento. El sacrificio debía consumarse para así dar cumplimiento a su misión; salvarlo a él, salvar a Juan y con él, al resto de la humanidad.

                                     

 Para entonces, con lágrimas corriendo libremente por sus mejillas, Juan observaba en su mente los últimos momentos de la vida de Cristo; ya no había aire en sus pulmones, ya no tenía fuerza para seguir luchando. Sus brazos ya no lo levantaban, sus piernas ya no lo soportaban. El peso de su cuerpo seguramente era enorme, se había convertido en el peso de los pecados de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. Se ahogaba, y llegó el momento en que ya no pudo más; Jesús, inevitablemente murió.

             

 Por unos instantes se hizo el silencio en el interior de Juan, después, mientras enjugaba sus lágrimas, le dio gracias a Dios. Ahora sabía que el sacrificio de Jesús iba mucho mas allá de lo que hasta ese día había advertido. Para entenderlo, debió ir más allá de tan sólo escucharlo constantemente en misa, o de estarlo leyendo en su Biblia a manera de estudio o recordatorio; tuvo que esforzarse un poco más, pero había valido la  pena.

             

 Juan, aunque lloraba se sentía dichoso, aquel día no sólo había podido contemplar el sacrificio de Jesús de una manera extraordinaria; ya que además, al acompañarlo paso a paso en su pasión, había sentido fuertemente, en su corazón, el infinito y sincero amor con el que Jesús le amaba.

 

 Momentos después, cuando se calmó en su interior todo aquel ajetreo, nuestro amigo se levantó del sillón en el que había pasado la última hora y se fue a dormir. Para nuestro personaje, aquel ejercicio había resultado agotador, pero al mismo tiempo mucho más trascendente de lo que él mismo imaginaba. En el transcurso de aquel día, sin darse cuenta, Juan había dado uno de los pasos más importantes de su caminar con Cristo.

                FIN

 

 

 

Del libro “Todo empezó en el Vía crucis”.

De: José Luis Contreras Sáenz.

http://www.evangelizando.cjb.net

3,480  palabras.

 

 

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