P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.
LA VENERABLE SOR MÓNICA DE JESÚS Y SU ÁNGEL CUSTODIO
LIMA - PERÚ
LA VENERABLE SOR MÓNICA DE JESÚS Y SU ÁNGEL CUSTODIO
Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú
Agustino Recoleto
Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca
(Perú)
ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA - PERÚ
ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN
Vida familiar. Entrada al convento. Los primeros años. Cambio de
corazones. Almas del purgatorio. Bilocación. La Pasión en Semana
Santa. Los pecadores. Asociación de víctimas. Experiencias con su
ángel. Reflexiones.
CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA
Nota.- Los datos del Summarium o de los Documenta están
recogidos del libro Positio super virtutibus, presentado a la
Congregación para las causas de los santos, Roma, 1987.
INTRODUCCIÓN
Sor Mónica de Jesús es una sierva de Dios cuyo proceso de
beatificación está en marcha y esperamos verla pronto en los
altares. Su vida ha sido una maravillosa obra de arte de Dios. Dios
se ha glorificado en ella dándole dones y carismas extraordinarios.
Jesús era el centro de su vida y se le aparecía frecuentemente. En
algunas ocasiones, hasta le cambiaba su divino Corazón por el suyo
para hacerle sentir las delicias de su amor inefable. La Virgen
María se le aparecía como madre o como niña (el día de su
natividad). También hay otros santos de su especial devoción que
se le presentaban de vez en cuando como san José, san Agustín,
santa Mónica, santa María Magdalena...
Pero quien más aparece en su vida, de modo casi permanente, es
su ángel custodio. Por eso, hemos querido hacer una recopilación
de lo que ella misma nos dice en las cartas a su director espiritual
o de lo que su director u otras religiosas de su convento nos dicen
al respecto.
Esperamos que este librito nos estimule en el amor a nuestro
ángel custodio y, de esta manera, podamos crecer más en el amor a
Jesús, que siempre nos espera con María en la Eucaristía.
VIDA FAMILIAR
Sor Mónica de Jesús se llamaba Basilia Cornago Zapater. Nació
en la villa de Monteagudo (Navarra) el 17 de mayo de 1889. Sus
padres eran muy buenos cristianos y tuvieron diez hijos; tres de los
cuales, consagrados a Dios: sor Mónica, sor Sacramento, religiosa
en su mismo convento, y el padre Tomás. Todos de la misma Orden de
agustinos recoletos. También tuvo una sobrina religiosa, sor
Dolores, de la misma Orden y dos sobrinos de la Orden hospitalaria
de san Juan de Dios, Roque y Benjamín
Sor Mónica fue bautizada el mismo día de su nacimiento en la
iglesia parroquial de su pueblo. El sacramento de la confirmación
lo recibió antes de cumplir un año de vida, en la misma iglesia
parroquial, por el obispo de Tarazona Juan de Soldevilla.
Su madre contaba que, cuando tenía tres o cuatro años de edad,
se puso delante de un caballo desbocado, que se detuvo en seco.
Cuando su madre le riñó, ella le dijo que el jinete iba a morir y
estaba en pecado mortal. Ella quiso evitarlo y se metió
prácticamente bajo las patas del caballo, que sólo le hizo una
pequeñísima cicatriz en el rostro, que no la afeó en absoluto.
Cuando tenía cinco años de edad le dieron en una casa un poco
de queso para merendar y, cuando se enteró de que era robado, le
sentó mal y fue a pedir perdón al sacerdote del pueblo y a sus
padres por haber cometido, según ella, un gran pecado.
Ya desde muy niña tenía inclinación a la vida religiosa. A
veces, siendo ya jovencita, se pasaba toda la noche en la iglesia y
su madre tenía que ir a recogerla en la madrugada. En alguna
oportunidad, se equivocó de hora y fue a la iglesia a las tres de
la mañana, queriendo llegar la primera al templo para estar con
Jesús.
Basilia era regordeta, de ojos grandes y algo alta; de carácter
fuerte, pero alegre y simpática. Siempre dispuesta a hacer favores
a los demás. De los 16 a los 19 años estuvo en la casa de su
abuela Simeona, atendiéndola. También estuvo varias noches
seguidas velando a una amiga, llamada María Planillo, que estaba
tísica, hasta que murió a los pocos días. Era tan caritativa que,
algunas veces, les daba a los pobres hasta las patatas que su padre
tenía para sementera; pero al enterarse éste, ella se humilló y
le pidió perdón.
Hizo su primera comunión el 16 de mayo de 1901, a los doce
años. Ese fue un gran día para ella. Dice su director espiritual:
El día de su primera comunión vio al niño Jesús en la hostia en
el copón. Su ángel (a quien llamará siempre el hermano mayor) la
acompañó todo el día hasta la comida de la casa. Era muy
pequeño, pero de esto nada dijo ella, porque creía que todos lo
veían. Ella misma en una carta le decía a su director el padre
Eugenio Cantera: La primera vez que recuerdo haber visto al ángel
fue el día de mi primera comunión. Pasamos a comulgar con las
velas encendidas en las manos y yo casi me enciendo el manto blanco
que llevaba, pues no me fijaba en nada y, entonces, fue cuando vino
el ángel y me retiró la vela y la tuvo todo el tiempo que había
que tenerla encendida. Lo mismo hizo en la procesión con la vela
que, por cierto, recuerdo que en la procesión a una niña se le
incendió el manto y se quemó parte de la cabeza.
ENTRADA AL CONVENTO
Entró al convento de las agustinas recoletas de Baeza (Jaén) el
14 de agosto de 1908 a los 19 años de edad. Ese mismo día al
entrar, vio por primera vez al demonio en figura de un hombre grande
entre las dos puertas del convento. Nada le dijo, pero lo sintió.
Parecía que todo el convento se le venía encima por el disgusto
que le daba al diablo.
Desde el mismo día de su entrada, el demonio empezó a hacerle
la guerra en toda la línea. Su hermana sor Sacramento dice: El
Señor permitió que, a los pocos días de llegar al convento, sor
Mónica se llenase de miseria. Con este motivo, alguna religiosa, al
verla así, le decía: “¿Es que en tu casa no hay más que
miseria?”. Y ella contestaba con toda sencillez: “No, en la casa
de mis padres todo era muy limpio”. Al ver esto, la Madre Dolores
muy comprensiva y delicada, procuraba que sor Mónica se bañase y
asease todos los días a fondo. Y, a pesar de todo, cuanto más se
limpiaba parece que le salía más miseria. Por ello, algunas
religiosas pensaron hasta en echarla del convento. La Madre Dolores,
la Superiora, dice: Ella me confesó que no había tenido nunca tal
cosa, pero que el demonio lo que pretendía era hacerla odiosa y
echarla del convento, ya que no podía quitarle la vida.
Desde el principio, ella quiso ser hermana lega (hermana de
obediencia o de velo blanco) y no hermana de coro, para poder así
dedicarse a las labores más humildes del convento. Por eso, casi
toda la vida, además de atender, a veces, en la cocina, se dedicó
sobre todo al cuidado de los animales de la granja. En una época
tenían hasta 3.000 gallinas y muchos conejos, abejas, cerdos... Por
espíritu de pobreza procuraba ahorrar hasta los hilos que sobraban,
daba vuelta a los sobres de correo usados, arreglaba los zapatos de
las hermanas y era curiosa para arreglar cualquier clase de
utensilios.
Hizo su profesión temporal el 6 de enero de 1910, escogiendo el
nombre de sor Basilia de santa Mónica; pero, como había otra
religiosa que se llamaba sor Basilia, empezaron a llamarla sor
Mónica de Jesús. Ya desde el principio empezaron a manifestarse en
su vida éxtasis y otras cosas extrañas. La Superiora la envió al
convento de Martos (Jaén) donde estuvo dos años y donde hizo la
profesión perpetua, aunque no se sabe la fecha, pues en la guerra
civil se quemaron los libros.
LOS PRIMEROS AÑOS
Mucho tuvo que sufrir por la incomprensión de algunas religiosas
que no entendían lo que le pasaba. Esto se agravó, porque el padre
Alcalá decía que todo eso era obra del demonio, que quería jugar
con la Comunidad. Solamente la Priora, Madre Dolores, trataba de
comprenderla y ayudarla. Felizmente, en 1914 consigue que el padre
Cantera sea su director espiritual y, desde ese momento, ya ella
misma tiene más seguridad de ir por buen camino y lo mismo la
Superiora. El padre Cantera, un agustino recoleto, doctor en
filosofía, doctor en derecho canónico y licenciado en teología,
fue el instrumento de Dios para lanzarla a velas desplegadas por los
caminos de la mística.
Sor Mónica centraba su vida en Jesús Eucaristía. El padre
Cantera pensaba que podía tener a Jesús Eucaristía
permanentemente en su corazón. Y en una de sus notas escribe: Ella
me dice que “desde que tengo a Jesús en mi corazón, lo llamo y
me responde y lo siento”. Y añade él: ¿Es por la incorrupción
de las especies sacramentales?.
El Señor le regaló los estigmas de su pasión para que
participara con Él de sus sufrimientos por la salvación de los
pecadores. Dice el padre Cantera: Las llagas comenzaron en el
noviciado (1908). A veces, corría mucha sangre y con trapos la
empapaba. Comenzaban el jueves a las 12 de la noche y se cerraban
automáticamente el viernes a la misma hora. En tiempos de la
Cruzada (1936-1939) cesó la sangre, pero tenía los dolores, porque
entonces vivía con seglares.
Decía ella: ¡Qué alegría, padre mío, mi pecho es un sagrario
y en el sagrario no hay nadie más que Jesús! ¡Ay, qué dicha es
ésta! ¡Cómo no morirme de amor!. Y Jesús, desde el sagrario o
desde la custodia, la llamaba para que fuera a visitarlo y adorarlo.
Durante la guerra, ella fue de las más intrépidas. Iba a buscar la
Eucaristía al hospital o incluso a la ciudad de Úbeda, para
después ella misma dar la comunión a las religiosas que vivían en
casas particulares. Sor Clara Garrido, que la conoció, dice que
cuando estaba ante el Santísimo sacramento era tal su recogimiento
que parecía un serafín.
CAMBIO DE CORAZONES
Ella le cuenta estos hechos a su director con toda naturalidad.
Dice: Ayer, muy de madrugada, vino Jesús... Jesús se sacó su
Corazón y lo puso en el de sor Mónica y al de sor Mónica lo puso
en el hueco que quedó en donde estaba el de Jesús. Así estuvo un
buen rato. Con qué violencia latía (su Corazón en mí), pues el
Corazón de Jesús es tan grande que no cabía en el agujero que
tenía el de sor Mónica, pero latía con tanta violencia que Jesús
solo sabe lo que entonces pasé... Y lo amé muy deprisa. Después,
Jesús se llevó su Corazón y lo puso en su lugar y el otro, donde
estaba antes. El hueco que había quedado era más ancho y el
corazón de sor Mónica todo el día latía muy fuerte; pero, como
tenía anchura, no hacía tanto daño como otras veces.
Otro día vino Jesús y me dijo: “¿Quieres cambiar tu corazón
con el mío un ratito?”. Yo le dije que no quería más que hacer
su voluntad en todo, pero que le quería amar mucho. Me dejó su
Corazón un ratito, pero no sé cómo pude resistir, pues creí que
me moría. Ni sé cómo corazón tan pobrecito como el mío pueda
contener tanto ardor. Sólo le digo que entonces se rompió todo y
más que hubiera llevado. Llevaba 25 telas interiores más la
chaqueta, el santo hábito y el escapulario y, si más hubiera
llevado, más se rompe, pero ¡qué bien se le ama a Jesús
entonces, padre!.
Después de comulgar, ¿sabe lo que hizo Jesús? Me dijo: “Trae
tu corazón y toma el mío. El mío es más grande, pero haré que
quepa en ese lugar”. Ya sabe lo que pasa en esas ocasiones: se
vive, porque Jesús quiere .
El ángel, en la mañana, tuvo el atrevimiento de darme un
abrazo. Estuve un buen ratito con mi cabeza sobre su pecho.
¡Cuántas cosas me dijo y me dio a conocer de Jesús! Bien conocí
lo mucho que me quiere y el interés que se toma, para que a todo
trance sea buena. Eso es querer de verdad. Jesús en la comunión no
sé qué hizo, su Corazón latía con mucha violencia y no cabía en
el lugar de mi corazón. Trabajillo costó, pero entró. No sé
explicar lo qué pasó, pero sé que amaba mucho y sufría. No se
puede expresar.
ALMAS DEL PURGATORIO
Con frecuencia se le aparecían las almas del purgatorio para
agradecerle las oraciones que había hecho por ellas. Nos dice: Al
amanecer del día siete me dijo el hermano mayor que su padre había
muerto. Yo lloré al decirme el ángel: “Nuestro abuelito ha
muerto”. Al momento no caí (en lo que me decía), pero después
él me lo dijo. Al verme llorar, el ángel me dijo: “Ha sido la
voluntad de Jesús el llevárselo y le ha hecho un beneficio”.
Entonces, dije: “Cúmplase la voluntad de Jesús en todo”.
Le pregunté al ángel: “¿Su alma, se ha salvado?”. Y me
dijo que sí que se había salvado, pero que había sido llevada al
purgatorio por un poco de tiempo y le dije que salía fiadora de él
y que le dijese a Jesús que me diese a mí lo que él tuviera que
sufrir y se lo llevase a gozar. De esto, ninguna respuesta tuve ni
he tenido. El hermano mayor me dijo que comulgase nueve días por
él con mucho fervor por la queja que Jesús había tenido de él
por no haberlo recibido con más frecuencia, cuando podía hacerlo.
Hoy mismo hace los nueve días. En estos días he ofrecido a Jesús
todos mis sufrimientos por su alma con mucha paciencia y alegría,
porque él había tenido alguna impaciencia en los sufrimientos.
También he ofrecido algunos días tres y cinco disciplinas. Creo
que está muy pronto a salir ya, según me ha dicho el hermano
mayor.
Mi hermano mayor lo ha sentido, porque cuando me dio la noticia,
estaba tristecillo. Después se puso natural. Me dice que le dé a
usted, padre, su más sentido pésame.
Cuando muere la madre del padre Cantera, el ángel también se
muestra triste. Dice sor Mónica: La muerte de su querida madre no
lo supe de fijo hasta que usted escribió. Lo que pasó fue lo
siguiente: Le decía yo a mi hermano mayor que la cuidase hasta la
última hora. Ese día 18, cuando se lo dije al ángel, se puso muy
triste y a mí me dio un vuelco el corazón. Le dije: “¿Ha
acabado ya sus días?”. No me contestó y, como nada me dijo,
todos los días le insistía en mi petición y noté que todos los
días, después de su muerte, al pedirle al ángel, se mostraba con
la cabeza baja e inclinada como adorando la voluntad de Dios.
Cuando usted escribió, le di las quejas por no habérmelo dicho.
Le pregunté si se había salvado y me dijo que sí, que estaba en
el purgatorio, pero que saldría pronto, porque con su última
enfermedad había purgado dos terceras partes de purgatorio. El
ángel estuvo con ella en su última hora.
María Herrero Gallego declara: Al mes de morir mi madre, me
aseguró sor Mónica que mi madre había salido del purgatorio y que
iba radiante de alegría y hermosura, como si tuviera treinta y
tantos años. Cuando yo le dije que ella no conocía a mi madre, me
respondió que no la conoció en vida, pero que la había visto en
el purgatorio y al salir de él, y que el ángel de mi madre era
quien le había dicho que ella era la madre de María y que el
ángel había cumplido con el encargo que le había confiado Dios,
desapareciendo mi madre y el santo ángel.
Josefina Fernández Centeno, cuya familia hospedó a sor Mónica
en Baeza durante la guerra civil, dice que pasado un año, más o
menos, de la muerte de mi padre, llamó expresamente sor Mónica a
mi madre con el monjero del convento, porque tenía algo muy
importante que decirle. Mi madre fue acompañada de mi hermano
Eliseo, y sor Mónica le dijo que ese mismo día de la Asunción de
la Virgen, estando en oración, había visto entrar gloriosa en el
cielo el alma de mi padre.
La Madre Espíritu Santo afirma: En una ocasión, yo me acercaba
a comulgar y sor Mónica me dijo que aquella mañana mi padre había
salido del purgatorio. Mi padre había muerto hacía un mes. Esta
noticia me produjo una gran emoción. Cuando salimos del coro, fui a
la celda de sor Mónica. Yo lloraba de emoción. Sor Mónica me
consolaba, pero yo le hice ver a ella que mis lágrimas eran
lágrimas de alegría, porque me parecía que era demasiado corto el
purgatorio que había padecido mi padre.
Sor Asunción Delatte escribe: El 25 de marzo de 1963, estando
sor Mónica enferma me llamó a su celda. Me dijo que aquella noche
había estado mi madre en su celda. Mi madre hacía 8 meses que
había muerto. Sor Mónica me dijo que había venido a darle las
gracias. Sor Mónica la conocía por fotografía y me dijo que
estaba especialmente radiante de hermosura y felicidad y que había
entrado en el cielo.
Sor Concepción Roiz declara: A la mañana siguiente de la muerte
del Papa Juan XXIII la vi sonriente y le pregunté por qué estaba
tan contenta; y sor Mónica me contestó radiante: “Porque el Papa
ya ha salido del purgatorio”.
BILOCACIÓN
Unos de los fenómenos más extraordinarios de la vida de sor
Mónica es el don de bilocación. Era llevada por su ángel a
distintos lugares. El padre Cantera dice en sus notas: La noche del
28 al 29 de junio de 1932 se convirtieron 29 pecadores, 10 de ellos
eran españoles. A uno le leyeron ella y el ángel la recomendación
del alma a las cuatro de la mañana. Hacía 27 años que no se
confesaba. Esta recomendación del alma la hacen los dos con el
devocionario escogido que le regaló Mercedes Burillo. A Ramón, el
primo de esta Mercedes, se la leyeron por espacio de un mes todos
los días.
En otra oportunidad, parece que el ángel la llevó al lugar del
martirio de 31 personas en la guerra civil. Dice Adriana Rubio: Mi
hermano Baldomero murió con otras 30 personas que murieron
ejecutadas en la carretera a Ibros. De los 31, once eran sacerdotes.
Recuerdo que uno de ellos era Don Francisco Martínez, canónigo
penitenciario de la catedral de Baeza. Algunos testigos pudieron
presenciar que Don Francisco Martínez dirigió unas palabras a sus
compañeros de martirio con el fin de prepararse todos a bien morir.
Sus palabras fueron tan inspiradas por Dios que los rojos quisieron
perdonarle la vida, pero él no aceptó el privilegio y prefirió
seguir con sus compañeros de martirio. De estos martirizados, sor
Mónica nos informó que todos se habían salvado y que, estando sus
cuerpos aún calientes, ya estaban todos en la presencia del Señor.
Tuvimos la impresión de que sor Mónica había presenciado el
martirio.
Ya hemos anotado el testimonio de María Herrero Gallego a quien
sor Mónica le dijo que había conocido a su madre en el purgatorio.
Luego quiere decir que estuvo allí visitando a las almas benditas.
Sor Margarita Bustamante recuerda haberle oído decir al padre
Cantera que el Señor le había permitido visitar y consolar en
México a los presos durante el gobierno de Calle y en Marruecos,
arengando a los soldados españoles en una batalla que estaban
perdiendo.
La Madre Dolores escribe: Cuando los padres agustinos recoletos
tuvieron capítulo, ella asistió y oyó las cosas que trataron en
él y aquel mismo día del capítulo dijo a Sor Ángeles que al
padre Benito Cañas, que había sido confesor suyo en el mundo, lo
mandaban a América. Después se supo que así fue...
También asistió a la consagración de España al Sagrado
Corazón hecha por su Majestad Alfonso XIII el día 30 de mayo de
1919 en el Cerro de los Ángeles. Su ángel le dijo: “Vamos a ver
una cosa muy hermosa”. Y la llevó a ver la estatua del Corazón
de Jesús. Me dijo que no vio a nadie, solo al Rey de lado y ella
con la mirada fija en el Sagrado Corazón. Su hermano mayor le dijo
que asistiera al rey, y estuvo a su lado mientras duró el acto. El
rey nació el mismo día que sor Mónica, aunque en distinto año. Y
le pregunté un día, si Jesús le había encargado alguna vez que
pidiera por el rey, y me contestó: “Muchas veces y espero que se
ha de salvar”. Siempre habla del rey con afecto a su persona.
Ella misma refiere: El 30 de mayo (de 1919) pasaron muchas cosas.
¡Qué día tan hermoso! Mandé a mi hermano mayor para que le
ayudase al rey y así lo hizo. Se colocó en su hombro derecho y lo
hizo muy bien. También me dio a entender cómo estaba el Sagrado
Corazón en Getafe. ¡Cuánto gocé ese día! Y mi hermano mayor fue
también el que estuvo en una Junta de señoras de Madrid y él fue
el que dijo que pidieran al rey que fuera la consagración de
España el día 30, y el rey aprobó en seguida gustoso que fuera
ese día. ¡Ve usted qué bueno es mi hermano mayor!.
Cuando me enteré que los reyes iban a visitar al Papa, le
manifesté al ángel el gusto que tendría yo de ver la primera
impresión de los reyes delante de Su Santidad. Y ¿sabe lo que
hizo? Me llevó. Yo llegué en el momento de presentarse delante de
Su Santidad. En seguida el rey se adelantó a postrarse de rodillas
y le besó la mano y el pie, y lo mismo hizo la reina. Muy poco rato
estuve, pues yo no quería, pero gocé muchísimo de ver las
alegrías de unos y de otros, no sólo al exterior sino también al
interior.
Tenemos un rey muy bueno, mi ángel lo quiere mucho y también el
ángel del rey me quiere mucho a mí, porque, aunque en diferentes
años, nacimos el mismo día.
Pero algo realmente extraordinario es lo que ella misma nos
cuenta de que su ángel la llevó a la guerra de España contra
Marruecos en 1921.
El día 29 del pasado mes de setiembre 1921 vino el ángel a
decirme que parte de las tropas de los nuestros retrocedían atrás
y por esta causa había muchas bajas. ¡Qué pena me dio! Entonces
le dije: “Nunca he deseado salir de clausura, pero ahora mismo iba
yo de buena gana sin que nadie lo supiera, porque de lo contrario
tampoco querría ir”. Al instante, me dijo: “Sí, ahora mismo te
llevo”. No sé cómo fue ni por dónde fui, lo cierto es que me
encontré en medio de varias filas de soldados, y efectivamente,
decían que no querían pelear. Yo les dije: “¡Cobardes!” y
otras muchas cosas y, al momento, no sé por dónde, me vino una
espada y me puse la primera de todos y decía: “¡Adelante,
adelante, no temamos!”, y todos siguieron. Mucho susto tenía,
pero a todos los moros hubiera hecho tajos. Muchos, muchos murieron,
y de los nuestros habían muerto antes muchos también, pero
después sólo hubo algunos heridos.
Yo no sé el tiempo que estuve allí, pues otra vez me encontré
aquí. Me volvieron a llevar otra vez el día primero de éste e
hice lo mismo, pero ese día, todos los nuestros estaban con valor
de luchar y vencer. Se adelantó mucho terreno y sólo hubo seis
bajas y varios heridos y una herida, que fui yo, en la pierna
izquierda. Me traspasó una bala o dos, pues el agujero era bastante
grande, que se metían los dedos con facilidad. Yo no sentí nada
hasta que estuve aquí, pues medias y zapatos, todo, estaba empapado
de sangre. En seguida el ángel me dio gasa, diciéndome que era
desinfectante mojado no sé en qué. Yo tenía amor propio de andar
coja, pero no podía andar de otra manera y esto con mucha
dificultad, pues me dolía mucho. El día de los ángeles tenía la
pierna hecha un botijo de inflamada; pero yo, aunque coja, andaba y
hacía como que apenas tenía nada. Me decían las madres: “¿Qué
tiene usted que está coja?”. Yo les decía: “Se me ha inflamado
la pierna; hasta que quiera deshincharse, ahí está”. Cuando ya
se pasaron unos días, Madre Dolores y sor Ángeles, empezaron a
decirme: “Ésta se ha ido a los moros”, y en todo esto, una
noche me lo daban que lo sabían y Madre Dolores tanto me apuraba y
aseguraba que lo sabía que le dije que sí, que era verdad. No
querían más que curarme la herida entre las dos. Yo les dije que
nadie me la veía, pues era muy arriba y no me dejaba de ninguna de
las maneras.
La primera vez que vino mi hermano mayor, le di las quejas, y me
contestó: “Jesús lo ha permitido así, pero ellas curarte de
ningún modo, mucho cuidadito, que ninguna te lo vea”. Él me ha
traído gasas y algodones todos los días. Lo que él me daba me lo
ponía. He pasado muy malos días y peores noches, pero ya la tengo
mejor y no ando coja. Todavía me meto un clavo pequeño de gasa.
Llegaba el agujero hasta el hueso. Cuando metía la hila, rozaba el
hueso y, estando así, fui cuatro o cinco veces después, los días
recuerdo que fueron el 7 y el 10 de este mes, los demás no sé de
fijo. Ya desde que lo supieron iba con disgusto y el último día 12
me dijo el ángel que ya no iría más y estaría sepultada en el
convento. Padre ¿habré pecado?, yo no podía ir, me llevaron.
Las veces que estuve en aquellas tierras fueron cinco veces.
Hablar no hablé con nadie en particular sino el primer día con
todos los soldados que estaban. Les dije ¡Cobardes!, y varias cosas
de esas, y les dije que siguieran adelante y no retrocedieran. Vi
varios jefes, en todos los regimientos había uno al frente, y de
grupo en grupo había otro que, por los galones y cosas que llevaban
colgadas, debían mandar también, pero no sé quiénes eran ni
cómo se llamaban, pues nunca les había visto ni me metí con ellos
para nada.
No sé como se llaman aquellos terrenos, pues yo no iba mirando
lo que había por allí, ni mucho menos, yo lo que miraba era sólo
a los enemigos del nombre cristiano y de Jesús. El ángel estaba a
mi lado, le veía muchas veces y le decía: “No me dejes, porque
yo no conozco estos caminos para volver a casa”. Sólo una vez me
dijo el ángel: “Mira, este soldado es un hermano de una monja de
tu convento”. Le miré yo entonces a ese soldado, era muy alto y
estaba preparando un cañón y le metía muchas balas. Yo le dije
entonces: “¿Será el hermano de sor Consolación?”, y me dijo
que sí era, pero yo al soldado nada le dije. Y al poco rato vi que
mi ángel le decía a aquel soldado que fuera a Melilla, y después
me dijo el ángel que aquel cañón estaba muy desgastado y
estallaría. Así fue, estalló y mató a un soldado y a otros dejó
heridos.
Nadie me decía nada a mí, porque antes de ir, el ángel me dijo
que no temiera, que nadie me vería ni me echarían de menos aquí
en el convento, pues él ocuparía mi puesto, al mismo tiempo que
allí me guardaría dos días. Cuando todo terminó, y los enemigos
corrieron a su tierra, había muchos muertos de los nuestros y
muchos heridos. Ayudé a vendar a siete de los heridos con mi
ángel, otro día a tres, pues era tarde y no me entretenía. El
día que cercaron una montaña que hay muy grande, ese día ayudé a
curar a treinta y cinco, y cuando se tomó toda la montaña, hubo
muchos muertos. Ese día curé yo sola a cincuenta y siete. Era por
la mañana. La bala que me hirió no la guardo, ni sé dónde fue.
Me entró por un lado y me salió por otro sin saber a dónde fue,
ni yo me di cuenta hasta estar aquí de vuelta. No estaba la cosa
para pararse. A mí me llevaban, cuando ya estaban para comenzar el
combate.
Pocos o casi ningún soldado había que al coger el fusil o
cañón no hicieran la señal de la cruz; levantaban los ojos al
cielo, invocaban a María Santísima y muchos se ponían hasta de
rodillas con los brazos en cruz un momento. Padre, esos casos
conmueven mucho y se ve la fe a montones; hasta los endurecidos lo
hacen y en particular mentan a María Santísima, que venga en su
auxilio. Cada uno llama a la suya según los muchos títulos de
María Santísima. Se les ve esa confianza tan hermosa. Otros muchos
decían: “Señor, perdónanos y coge nuestras almas en buena hora”.
Otros: “Señor, danos fuerza y fortuna para matar a esta canalla
que no os quiere”. A gritos muy grandes decían: “¡Señor,
perdónanos nuestros pecados y ten misericordia de nuestra España!;
¡Madre del Pilar, venid aquí, sois nuestra Capitana!”. En fin,
muchas cosas, padre, que partían el corazón y daban valor. Fui de
día todas las veces, pero siempre me cogió la noche. Sólo me di
cuenta la primera vez que fue el 29 de setiembre. Entonces estuve 21
horas. Las demás veces no me pude dar cuenta ni cuándo fui ni
cuándo vine ni las horas que estuve.
La herida la tengo mejor, pero no bien. Por el centro está
cerrado y sólo meto hilas por los dos lados; antes era meter por un
lado y salía por otro.
La Madre Dolores escribe: El día 10 de octubre, creo que estando
en el Oficio divino, tuve este pensamiento sobre sor Mónica: “Debe
haber ido a la guerra”. Después de cenar me reuní con ella, y
como en broma se lo dije. Al oírme, se quedó cortada. En esto se
acercó sor Ángeles y ya tomó parte, y cada una le decíamos una
cosa, total que casi lo confesó. Al día siguiente, seguimos
trasteándola hasta que nos confesó que sí y, poco a poco, hemos
sabido que está herida en el muslo izquierdo.
El día 11, víspera de la Virgen del Pilar, me quedé en el coro
hasta las doce. También habían pedido otras cuatro hermanas, entre
ellas: sor Consolación y sor Mónica. Las otras dos hermanas
estaban en un coro, y Consolación y yo nos fuimos junto a sor
Mónica en el coro más pequeño. A poco de las diez, quedó en
éxtasis y al poco rato hizo ademán de contar con los dedos y
empezó a decir: “Ese capitán que se vaya ya al quinto pino”.
Después, dijo: “Por la derecha no, que tendrán bajas. De los
tres caminos, por el de la izquierda”. Y repetía: “Aunque haya
despeñadero, no importa, la veredita” y calló. Volvió del
éxtasis cerca de las once. Tengo en mi poder el pedazo de falda que
tiene los agujeros por donde pasó la bala que sor Ángeles ha
cortado, y otras dos faldas tiene también rotas. Las heridas no ha
permitido que se las veamos y a usted no se lo ha dicho en la otra
carta, para que no le mandase que nos las enseñara.
Sor Mónica escribió sobre la guerra en 1925: El día dos
(octubre 1925) pedí a los siete ángeles (de las víctimas) que
fueran a pelear a favor de nuestra patria y, al instante, me dijeron
que sí se iban y que se daba la gran batalla y se ganaría. Ellos
me convidaron a mí para que fuera también, pero yo les dije que
era monja para estar en el convento y que debía estar encerradita,
pero que pediría a Jesús y a su bendita madre que les ayudase y se
quedaron conformes. Mi ángel vino, serían las once de la mañana y
me dijo: “Hemos triunfado, hemos ganado. ¡Viva España!”. La
alegría mía no sé explicarla, padre, lo que sé decir es que
gocé mucho. El día fue completo. Se convirtieron siete personas.
La Madre Dolores le dice al padre Cantera: Me dijo que la gran
victoria (de Alhucemas) había sido el día 2, día de los ángeles
custodios. En otra ocasión le hice unas preguntas sobre esto y me
dijo que el mismo día dos lo supo ella que los hermanos mayores
iban y venían al lugar del combate y que le dijeron que todo estaba
asolado. Ella les dijo a los hermanos mayores que fueran a ayudar a
los españoles y que estos querían que fuese ella, pero les dijo
que no. Entonces yo le estuve diciendo que por qué no había ido y
me contestó: “Ya se ve que no ha estado nunca en la guerra y no
sabe las penas que se pasan y después lo que duran esas penas”.
Me dijo también que su ángel le había querido llevar a la
beatificación de la Madre Sacramento.
LA PASIÓN EN SEMANA SANTA
Durante los días de Semana Santa, desde el Jueves Santo hasta el
sábado de gloria vivía en continuo éxtasis. Muchas veces era su
propio ángel el que actuaba en su lugar y bajo su figura para que
nadie se diera cuenta de nada. Veamos lo que ella misma nos dice:
El Jueves Santo, a las diez de la mañana, Jesús vino y se
despidió. ¡Qué pena embargó todo mi ser hasta el sábado hacia
las diez y media de la mañana! De nada de esta vida me di cuenta,
pero el ángel dice que él ha hecho como me prometió, que todo lo
haría y no faltaría y cumpliría mis obligaciones. Por lo visto y
por lo que me dicen, yo a todo he ido y todo lo he hecho, pero de
nada me he dado cuenta. Dice el ángel que él lo hacía en mí y yo
nada de eso sé. De lo único que me acuerdo es de que me hablaba de
Jesú: “En esta hora hicieron a Jesús esto y a esta hora esto”.
Después, el domingo muy tempranito vino Jesús muy resplandeciente
y hermoso que apenas se le podía mirar. Las llagas las tenía, pero
salía luz de ellas. Parecía que me iban a abrasar. Después ha
estado la madre de Jesús. ¡Cuán buenos son los dos y cuánto
merecen ser amados!.
¡Cuánto he sufrido estos días de Semana Santa! Se marchó
Jesús y no lo he visto hasta las tres de la mañana del domingo. El
ángel me decía: “A esta hora entró Jesús en el calabozo y le
hicieron esto y lo otro”. Sólo Jesús puede decir lo que en estos
días ha podido sufrir este corazón. Desde que Jesús se despidió
de esta pobrecita, de nada me he dado cuenta sino de sufrir de las
cosas que el ángel me decía de Jesús. Hasta muy cerca de las once
de la mañana del sábado que me dijo el ángel: “Ya basta de
sufrir, Jesús ya no está muerto. Aleluya”. Se me quitó toda
pena...
El domingo fueron ya las últimas meditación y plática de mi
hermano mayor. ¡Qué bien me explicó la resurrección de Jesús y
cómo el alma debe resucitar también! ¡Cuánto me quiere!
¡Cuánto le debo! Cuando vino Jesús el domingo temprano vinieron
con Él los siete ángeles de las víctimas y otros más. Todos
cantaron muy contentos y alegres los Aleluyas, con unas voces que la
celda se venía abajo, pero ¡qué bien lo hicieron! Yo los
acompañé también dos veces, pero ellos cantaron muchas y muy
bien. ¡Qué confusión me entró después! Si me hubiera sido
posible, me hubiera metido debajo de la tierra y allí hubiera amado
a Jesús escondida. Sólo la gran misericordia de Jesús puede hacer
tanto y tanto por esta gran pecadora.
LOS PECADORES
Su principal preocupación era la salvación de los pecadores y
con mucha frecuencia, cuando Jesús le manifestaba que había
algunos pecadores que le ofendían mucho y estaban en peligro de
eterna condenación, ella se ofrecía a sufrir por ellos todo lo que
fuera necesario. A veces enviaba al propio ángel a que fuera junto
a ellos para convertirlos.
Dice: El otro día el ángel no se encontraba conmigo, porque
había ido a que se confesara y se arrepintiera un pecador que está
obstinado hasta no poder más. Ya lleva yendo tres veces y todavía
no lo ha podido conseguir y yo, al mismo tiempo, a todas horas, le
aprieto a Jesús y Jesús me dice que aquel pecador no lo quiere y
que Él no tiene obligación de querer a los que no lo quieren.
Estoy pasando unos días con el corazón partido con ese hombre. Yo
no sé dónde está ni cómo se llama, pero Jesús dice que le
ofende mucho y que no lo quiere. Padre, esto me da tanta pena que me
hace sufrir tremendamente. Sí es verdad que, casi todos los días,
hay conversión de pecadores, pero los que se pierden, se pierden
para siempre.
Un pecador estaba obstinado y me eché a los pies de Jesús
llorando, y le dije: No me retiraré de vuestro lado, Jesús, hasta
que no lo perdones. Es un alma que es vuestra. Yo, padre, no sé
cómo no me morí de pena, pues el corazón latía con tal violencia
que todavía me duele en esa parte. Yo le dije: “Dale otro aviso,
Jesús, ya os va a oír”. Y me contestó que no iba más que a
usar de su justicia. Y se marchó.
Yo me quedé llorando mucho y se me apoderó un dolor de cabeza
tan fuerte que no sabía siquiera dónde estaba. Me había quedado
en el coro tres noches seguidas hasta las 12 y me iba a quedar
también aquella noche, pero no pude. La Madre me mandó acostar.
Pero no se puede figurar la pena que embargaba mi corazón. Estando
acostada y llorando, vino el ángel. Al instante, le dije: “Vos,
ángel mío, sabréis dónde está ese pecador que tanto ofende a
Jesús. Andad y decidle que sea bueno y que conozca al creador de
cielos y tierra y que lo ame, y lo perdonará”.
El ángel me dijo que estaba muy obstinado y que de nada servía
y que ya no le quedaba más que unas horas de vida. Y también se
negaba a ir a ver cómo estaba. No le puedo explicar lo que pasé y
lo que el corazón sintió. Yo le decía al ángel: “Llévame a
donde esté y yo se lo diré”. Y me dijo: “Tú no puedes salir
fuera de la clausura. Quédate durmiendo; si no, no vas a poder
recibir mañana a Jesús”. ¿Y queréis que duerma estando a punto
de perderse un alma que tanto costó a Jesús? Eran las 12 de la
noche y le dije: “Id y decidle a Jesús que yo pagaré lo que esa
alma le haya ofendido y que no se pierda”. Y me contestó: “Aunque
padecieras todos los tormentos que ha habido y habrá todo el tiempo
que vivieses, no lo podrías sacar del purgatorio, si Jesús le
perdona”. Y me dijo: “Échate a dormir y confía en el Amado”.
Entonces, me quedé, al instante, dormida. Y a las tres de la
mañana vino el ángel, me dio un golpecito en el hombro y me dijo:
“Ha confesado y amado a Jesús con mucha contrición de sus
pecados y ya ha expirado. ¿Estás tranquila?”. Me dio mucha
alegría, padre, y he sentido una paz sin igual desde entonces. Creo
que estará en el purgatorio, pero ya su alma se ha salvado.
En mi día tuve más de 30.000 conversiones. Han muerto muchos y
el día del patrocinio de san José y de la Madre del Buen Consejo
pasaron de 55.000. Por la noche ya habían muerto más de 42.000.
Parece que fueron la mayor parte de las tierras de la guerra los que
se salvaron. ¿No le parece a usted que es para morir de alegría y
amar a Jesús hasta morir?.
El día 30 se convirtieron 12.000 pecadores. El día dos, 14.000
y el tres, 2.000; y todos los días se convierten: cien, doscientos
y mil muchas veces. Es raro el día que no sepa que se convierten,
pero también tengo que decirle que se condenan muchísimos. Creo
que la mayoría de estas almas son de las que están en guerra.
Hoy los pecadores se portaron muy bien, se convirtieron más de
mil y en los días de este mes pasan de 5.000. Esto me alegra
muchísimo. Quisiera que no se quedara ninguno que no conociera al
buen Jesús, pues en conociéndole es imposible que no lo amen.
El día ocho, nacimiento de nuestra amadísima madre, se
convirtieron muchos pecadores, pues pasaron de mil. La mayoría, me
dijo mi hermano mayor, eran de los muy gordos por hacer muchos años
que eran muy pecadores y cinco hacían su primera comunión ya de
muchos años. Dos de ellos han muerto, uno de 80 años y el otro de
93, y han muerto muy contentos.
El día dos de octubre la pasamos de primera. Vinieron muchos
hermanos mayores. A todos los felicité y les di una estampita que
tanto agradecieron. Primero muy temprano vinieron los siete hermanos
mayores y les di las más bonitas que tenía. Más tarde, vinieron
los siete con los demás, que fueron muchos. Hubo conversiones,
cinco mil y pico, aunque le dije lo que usted me decía: mil por
cada uno. Yo procuré ser buena, pero por lo visto no fui como usted
me decía: “Si era buena me los concederían”. Quedé muy
contenta a pesar de no conseguir mil por cada uno. Cuando estuvieron
los siete, les pedí perdón por las siete víctimas.
La Madre Dolores escribía: La conversión de los pecadores es la
vida de su vida y en lo que Jesús quiere que se ocupe. Ella misma,
en sus diarias ocupaciones, se queja del trato que recibe de los
malos. Muchas veces, lo ve cubierto de llagas y de sangre para
moverla a compasión. No le dice ni quiénes son ni dónde están,
pero le encarga dos o tres o más pecadores en particular. Entonces,
ella con su ángel de la guarda, se conviene y lo manda a los
pecadores, que Jesús o el mismo ángel le han encargado. Algunas
veces, el ángel se resiste a ir, porque ya ha ido varias veces sin
conseguir la conversión del pecador y entonces ella se disgusta y
le dice muchas cosas que ella llama malas.
Y sigue diciendo la M. Dolores: Hoy, 29 de julio de 1919, me ha
dicho que su hermano mayor ha salvado a un pecador que estaba
ahogándose; a otro que, desesperado, se iba a ahorcar, y a otro que
estaba enfermo ha impedido que entren en su habitación amigos de
sus vicios y pecados.
ASOCIACIÓN DE VÍCTIMAS
Algo muy importante en la vida de sor Mónica fue la formación,
por inspiración de Jesús, de un grupo de almas víctimas. Ella le
dice a su director que Jesús deseaba tener almas que lo
acompañasen en los dolores internos de su Corazón.
El primer grupo fueron siete, llamadas víctimas mayores para
distinguirlas de las que vinieron después, que se llamarían
víctimas pequeñas, con un compromiso menor. El padre Cantera
escribió el reglamento por el que debían regirse y él mismo
redactó la fórmula de consagración. Firmaba con su sangre para
ser así el padrino de cada una de las víctimas, que también
debían firmar con su sangre para sellar el compromiso con
Jesucristo. Jesús mismo bendijo las insignias preparadas para las
víctimas.
Las siete víctimas mayores fueron sor Mónica, el padre Eugenio
Cantera, su madre María Zapater (la madre carnal de sor Mónica,
que vivía en Monteagudo), Jenara Anguita (seglar), Madre Dolores
Martínez, sor Ángeles Torres y sor María de la Cruz. Cuando
moría una de estas víctimas, sor Mónica, de acuerdo con Jesús,
escogía otra. A la muerte de sor Mónica, el grupo fue
desapareciendo según iban muriendo, pero su espíritu de
consagración como víctimas al Corazón de Jesús sigue vivo entre
muchas religiosas y seglares que la conocieron o que siguen sus
huellas.
La fecha de inicio de la Asociación fue el 30 de marzo de 1917,
día en que hicieron su compromiso de víctimas con Jesús. Por este
motivo, todos los 30 de mes, estas víctimas lo celebraban de modo
especial.
Hay que recalcar que, a partir de la consagración de las siete
víctimas, los siete ángeles custodios estaban íntimamente unidos
y, con frecuencia, sor Mónica los veía unidos dentro del mismo
Corazón de Jesús.
Dice ella misma: Cada día estoy más contenta con el Corazón de
Jesús. Padre, ¿sabe usted lo que pasó el viernes? Subí a mi
celda y vi que en el Corazón de Jesús aparecían siete corazones
más, el de Jesús era el mayor. Yo le dije al ángel, que estaba
conmigo, que se fijara y me explicara lo que significaba aquello y
qué corazones eran aquellos. El ángel me estuvo diciendo: “¿Tú
quieres saber cuáles son esos corazones? El del padre Cantera, el
de la Madre, sor Mónica de Jesús, Jenara de Jesús, sor María de
la Cruz, Sor Ángeles y tu madre carnal. Todos unidos quieren amar
mucho a Jesús en su Sacratísimo Corazón”.
El verlo duró poco, pero, ¡si usted supiera la alegría que yo
tenía al ver siete corazones en medio del de Jesús! El verlo duró
poco rato, pero se me quedaron muy grabados en el pensamiento.
Después le dije al ángel: “¿Por qué se los ha llevado? ¿Es
que no los quiere Jesús?”. Él me contestó: “Los ha metido
dentro, porque encerrados están mejor”.
Otro día, vino Jesús y le pedí perdón por todas las víctimas
y Jesús se mostró contento y amable como siempre. Dijo que lo
amásemos mucho, cada vez más, que para eso nos encerró en su
Corazón. ¡Cuánto gocé al ver los siete corazones uniditos! Y
esto ¿quién lo puede hacer? Sólo el amor loco que Él tiene a las
criaturas... Sólo un rato estuvieron los ocho corazones en
movimiento. Jesús decía: “¿Ves cómo los amo a todos?”. En
eso del movimiento que tenían, conocí que los siete estaban amando
a Jesús y el de Jesús a los siete. Estuvo Jesús mucho rato, pero
a mí se me hizo muy chico.
A las diez de la mañana estaba en la celda y, de pronto,
vinieron siete hermanos mayores. Mi ángel me los presenta. El
primero, dijo el ángel: El del padre con su estampita en la mano.
Me la enseñó con flores azules. Después el de la Madre Dolores
con su estampita, después el de Jenara con su estampita, después
el de mi madre y su estampita; y detrás el de sor María con su
estampita. Los últimos se presentaron el de Sor Ángeles y el
nuestro juntos con su medalla cada uno. El de sor Ángeles con el
cordón y mi ángel con un imperdible que yo tenía en la almohada y
que se puso él mismo con la medalla. Todavía tienen todos sus
regalos, porque el viernes pasado lo tenían cuando volvieron a
venir. ¡Qué alegre y contenta me puse de haberles regalado a
todos!
Un día, el ángel me tapaba con una de sus alas. Después me la
quitaba, pero no crea que tenía mucha vergüenza, estaba san
Joaquín con santa Ana y la madre de Jesús. Todos me dijeron que
amara mucho a Jesús y a su madre, que era corredentora del género
humano. Yo no sé si todos los hermanos mayores que allí había
cuidan de las almas, porque los que estaban junto a la madre de
Jesús tenían más claridad que los otros, aunque todos tenían
mucha. Allí estaban los de las siete víctimas; porque, cuando
vinieron el día dos, los conocía. ¿Dónde era todo aquello? Yo no
lo sé explicar. Era una cosa tan grande que yo estaba como tonta,
ni conozco yo las cosas aquellas.
El día de la Virgen del Pilar en la noche, vinieron los hermanos
mayores de las siete víctimas. Vi que el ángel de Jenara no
llevaba su medalla y en seguida me entró curiosidad de saber qué
había hecho con ella, pero como en la carta que Jenara mandó
cuando las envió decía: “Suyas son y pueden hacer lo que ellos
quieran con ellas”, yo me acordaba y no me atreví a decirle qué
había hecho con ella. Mi ángel se lo preguntó y le dijo que se la
había dado a una anciana muy cristiana que estaba en México y
pedía a Jesús en comunión y un sacerdote; y ni le llevaban a
Jesús ni al sacerdote, ya que no había sacerdote alguno. Y el
ángel para su consuelo se la había colgado al cuello.
Sor Margarita Bustamante, que fue priora federal, recuerda que, a
finales de 1963, hizo su visita general al convento de Baeza y le
preguntó a sor Mónica por la mañana: Dígame, ¿qué es lo que ha
pasado esta noche? Ella se echó a reír y me dijo: “Pues mire,
cuando terminamos de hacer la hora santa mi hermano mayor y yo,
vinieron los otros hermanos mayores y mi hermano mayor fue a su
celda y cogió la virgencita de Lourdes y la trajo a nuestra celda
y, entonces, todos juntos comenzamos a cantar a la Virgen con gran
fervor, pero ellos armaban una algarabía tan grande que yo no
hacía más que decirles: “Cállense que se va a despertar la
Madre y no va a poder dormir”.
El padre Cantera en sus notas personales escribió: Me dijo sor
Mónica: Esta noche vinieron los siete ángeles con un escudo cada
uno que decía: “Viva María”. Eran muy hermosos. Me invitaron a
amar mucho a Jesús y a María... Quiero morir para amar a Jesús,
sólo por eso. Pero de vivir no quiero vivir sin sufrir... Cuando
formamos la liga de víctimas, el primer viernes después de ir a
comulgar me decía el ángel: “Vamos, que ahora tengo que tirar,
no de uno, sino de siete”.
Ciertamente, muchas veces aparecen los siete ángeles de las
siete víctimas mayores en las apariciones de Jesús o de María en
unión con su propio ángel. La unión entre estos siete ángeles es
algo muy hermoso. Ella los enviaba a convertir pecadores e incluso a
la guerra. Y los ángeles peleaban a favor de su patria como ella se
lo pedía.
EXPERIENCIAS CON SU ÁNGEL
En mi día lo pasé muy bien y muy obsequiada de todos. Jesús
estuvo muy tempranito yyo estuve bastante tiempo recostada en su
pecho con su bendita madre cogida de la mano. También el ángel me
dio un abrazo y vinieron los siete de las víctimas. Estuvieron muy
alegres y contentos, felicitándome.
En mi día, muy temprano, vino primero el hermano mayor. Al
poquito rato vino Jesús y ¿sabe lo que hizo el hermano mayor?
Siempre, cuando Jesús viene, él se postra un poquito retirado;
pues en mi día no hizo eso. Me tomó de la mano y me presentó a
Jesús, cosa que nunca había hecho. Después, vino la madre de
Jesús e hizo lo mismo. Después vino nuestra madre santa Mónica y
me presentó también... Estuvieron un ratito los tres y todos me
preguntaron cuánto los amaba y me aconsejaron que amara a Jesús.
Como quería amarlo, les pregunté cómo lo alcanzaría ya que por
más que trabajaba y lo deseaba, no lo conseguía. Y María
Santísima me dijo: “Cuando estés en el cielo”. Todos se reían
de todas mis palabras y me dijeron que siguiese así y se marcharon
todos juntos.
El día de Reyes lo pasé muy contenta y muy bien. Por la mañana
vino Jesús con su bendita madre y mi ángel ese día estuvo a mi
lado sin postrarse tanto como él acostumbra, cuando viene Jesús.
Estuvimos un rato solos amándonos. Después Jesús se quitó la
cruz del cuello y me la dio. Mi ángel me la puso a mí en el
cuello, diciéndome: “Hoy te pusieron un anillo, desposándote
(día de los votos) con el dulcísimo Jesús y Jesús te regala esta
cruz como obsequio en tu aniversario”.
Al padre Cantera le dice, como aconsejándole: Ya veo que usted
no conoce a mi hermano mayor... Es tan apacible, cariñoso y
simpático que se hace querer e inspira mucha confianza, aunque no
lo conozca. Conociéndole, mucho más. Yo sí lo temo algunas veces
por lo recto que es en todo; pero, aunque me regaña y castiga, lo
quiero mucho. Lo hace por mi bien y él no se enfada por cualquier
cosa... Se lo he dicho todo como usted me decía y sólo hizo
sonreír y atenderme con mucha atención... El hermano mayor me
aprieta, pues lleva unos días diciéndome: “Date prisa, amando al
celestial esposo, porque el padre te va a ganar. Mira que está
corriendo y te va a ganar”. Yo entonces le decía: “Vamos,
enséñame a amar muy deprisa, pues no quiero que me gane nadie en
el amor a Jesús. Yo quiero morir de amor”. Entonces, si usted
viera, padre, con qué velocidad andaba el pobre corazón. ¿Cuándo
será el día que ame a Jesús por completo?
A las doce de la noche vino el hermano mayor. Yo le felicité por
su día (2 de octubre) y le colgué al cuello la cruz que usted sabe
que me dio la Madre para que se la regalase. Me lo agradeció
mucho... Se sonrió y todo el día la llevó puesta y hoy también
la lleva puesta. ¡Qué hermoso estaba! Daba respeto el mirarle,
mucho más que otros días. Casi todo el día estuvo conmigo y yo no
me cansaba de mirarlo. ¡Lo hermoso que estaba! ¡La cruz estaba
oscurilla sobre el blanco de su vestido y mire que la cruz era bien
blanca! Antes de comulgar, le dije: “Cuando reciba a Jesús y me
coloques en mi sitio, quisiera que fueras a hacerle una visita al
padre. Daos prisa por el camino, amando a Jesús, que me parece que
ahora voy a ganaros yo, amando a Jesús”. Se marchó y yo me
quedé amando a Jesús. ¡Qué alegría me dio esto! No lo puedo
remediar, pero me alegro mucho cuando le gano, lo peor es que son
pocas veces.
Yo le dije al ángel que no quería que él me ganase en amar a
Jesús. Y me dijo: “Pues vamos a correr a ver quién va más de
prisa”. Yo le dije: “Vamos a pasar las hojas de un libro, el que
pase más deprisa es el que va más adelantado y el que se quede
atrás tiene que correr”. ¿Sabe usted que gané al hermano mayor?
Él pasó ciento mientras yo pasé ciento cincuenta y ocho. Me puse
muy contenta, pero me dijo que se iba a dar mucha prisa y que me
ganaría. Yo le dije que corriera, que yo tampoco me dejaría ganar,
pues con mis horas de amor, ¿a quién le iba a temer? Y me
contestó: “Algo les temo yo a esas horas de amor, pues ni
siquiera me quieres atender a mí lo que te digo y te quiero
enseñar”... Se sonrió mucho rato y me dijo: “Vaya, vaya,
cualquiera se mete contigo”, pero riéndose.
Hoy, día de los santos Reyes, he ganado al hermano mayor a amar
a Jesús. Le he ganado siete veces. Mire, también yo he perdido,
pues 21 telas se rompieron. Esto fue de noche y otras tantas se
rompieron de día. A este paso no sé en qué vamos a parar, pues
las telas están muy caras.
El día de Reyes (aniversario de mi profesión) hacia las tres de
la mañana, me dijo el hermano mayor: “Hoy todas las víctimas te
dan un abrazo por el día tan grande que fue para ti y también para
mí”. Le dije: “Aquí, sólo estamos cuatro de las víctimas”.
Y dijo: “Por los que no están, lo haré yo ahora”. Al mismo
tiempo echó sus brazos sobre mis hombros, me dio un abrazo y dijo:
“Éste por el padre, que tanto mira por tu alma y que tanto te
quiere y yo también lo quiero y lo amo mucho por este motivo. Éste
por Jenara de Jesús que te ama y te quiere mucho. Éste por tu
buena madre, que te llevó en sus entrañas y te ama como a la niña
de sus ojos y yo también la amaré por toda la eternidad”. De muy
buena gana le hubiera echado yo mis brazos sobre sus hombros, aunque
es más alto, pero me dio mucha vergüenza y no hice más que
recostar mi cabeza.
El día 2, la Madre me regaló unos caramelos. Estando en la
celda le dije al ángel: “No quisiera que matachín (el diablo) me
los quitara”. Me dijo el ángel: “Yo te enseñaré a esconderlos
para que no te los quite”. Saqué una cajita y me dijo: “Échalos
aquí”. En la tapa puso una estampa de la madre de Jesús y me
dijo: “No tengas miedo, que aquí no puede llegar”.
La víspera del día de los ángeles (2 de octubre) en el Oficio
divino daba gusto oír a las hermanas con toda su voz. En vísperas
me estaba fijando y vi a todos los hermanos mayores de cada una, de
todas las que estaban en el coro. Me dio mucha alegría, pero
también tuve pena, porque todos estaban contentos, pero no todos
alegres. Se lo pregunté a mi ángel y me dijo que era por no rezar
con todo el fervor que ellos querían que tuvieran sus almas.
Anteayer recibí, padre, su carta de felicitación para los
hermanos mayores. La leyó mi ángel, tan resalado y tan guapo.
¡Qué bien lo hizo!. Yo, por mi parte, les pedí perdón por todo
lo malo y el mal comportamiento que habíamos tenido en no amar a
Jesús como le habíamos prometido el año pasado. Ellos son tan
buenos que me dijeron que todo nos perdonaban, si lo pedimos de todo
corazón. Yo les di las gracias por todos los beneficios recibidos y
por los que nos quedaban por recibir. Les di a todos sus regalitos:
estampas para todos y medallas para algunos. También dieron las
gracias a todos y lo agradecieron mucho. Pasamos una madrugada muy
buena, amamos a Jesús todos y todos hablaron, uno cada vez...
¡Qué bueno es Jesús y cómo lo alaban y bendicen los ángeles!
¡Cuánta paciencia deben tener con nosotros los hermanos mayores!
¡Cuánto mal hacemos que ellos no quieren que hagamos!.
Yo estoy muy contenta de los ángeles de la guarda. El día de la
octava de los ángeles, se convirtieron tres pecadores. Hoy mi
ángel me ha concedido y trabajado cinco convertidos. El día dos
por la noche pregunté a mi ángel cuántas almas habían salido del
purgatorio en la misa que usted ofrecía por las almas del
purgatorio como dijimos y me dijo que habían salido siete por los
siete hermanos mayores de las víctimas. Ya ve usted que estuvo bien
aprovechada la misa. ¡Bendito sea Jesús en todas sus criaturas!.
Anteanoche, serían las ocho de la noche, y el ángel me dijo:
“Es hora de que descanses bien” y ¿sabe lo que hizo? Me dio un
beso en la frente y me dijo: “¡A descansar!”. Quedé en seguida
dormida. Después de las diez, cuando sor Ángeles subió, se vio
negra para poderme hacer que tomara alimento.
La víspera del día 8 (Natividad de María) le dije al ángel
que no tenía nada que regalarle a la madre de Jesús. Y me dijo:
“Yo te regalaré a ti misma. ¿Será buen regalo?”. Yo le dije:
“¡Cosa tan mala! ¿No se merece acaso nuestra querida madre un
regalo bueno?”. Yo casi me disgusté, pero él, risa que risa, y
así nos quedamos. En la madrugada me dijo: “Vamos, que ya te voy
a regalar”. Sería la una de la mañana y perdí el conocimiento.
No sé por dónde me llevó, lo cierto es que me encontré en una
habitación, digo habitación, pero no sé si era, porque no se
veía pared alguna. Estaba toda ella llena de hermanos mayores. Me
pasó por todos hasta que llegamos adonde estaban santa Ana con
María santísima y me dijo el ángel: “Aquí os presento este don
que, queriendo ella regalaros algo a Vos, no tenía qué y, por eso,
yo os presento a ella misma”. Yo no podía hablar. Entonces, todo
se volvió amor y nada más, pero ¡qué rato pasé! No lo sé
explicar ni decir. Después me pasó por delante de todos los
ángeles que se quedaban mirando, y, cuando yo me di cuenta, estaba
ya en la tierra entre las cuatro y media de la mañana. ¡Cuánto me
quiere el ángel! Yo también lo quiero mucho a él. Después de
Jesús y la madre de Jesús, lo quiero a él.
El día de los hermanos mayores (dos de octubre) gocé mucho. Muy
temprano vinieron los siete o sea los ángeles de las siete
víctimas. ¡Qué hermosos estaban todos! Al principio, estuvo mi
ángel solo, después vinieron los demás. Les saqué las estampas y
escogieron una cada uno. Yo tenía medallas preparadas para todos...
Las dos veces que tomaron los regalos les dije a todos que con la
estampa iba el corazón de cada una de las almas, que en su nombre
se las daba y lo mismo les dije cuando las medallas y, al mismo
tiempo, que nos ayudasen a amar a Jesús cada vez más. Así lo
prometieron y yo les prometí en nombre de todas, amar a Jesús sin
medida hasta morir de amor. ¡Qué dos ratos tan buenos pasé! Me
dijeron todos muchas cosas de lo obligados que estamos a amar a
Jesús, adorarle y quererlo constantemente y lo mucho que Jesús
había hecho y cómo debíamos corresponder con el abandono total de
nosotros mismos en Jesús.
Anteayer estuve todo el día en cama. Al hacer la comunión
espiritual vino el ángel. Tenía la palmatoria con la luz y otro
ángel, que yo no había visto ninguna vez, trajo a Jesús. Sentí
un gusto tan exquisito como algunas veces se deja sentir Jesús.
El ángel me ha traído tres veces la comunión, cuando no podía
bajar a comulgar y yo hacía las comuniones espirituales. Yo
lloraba, porque quería recibir a Jesús sacramentalmente. Y estas
tres veces me dijo: “Prepárate como cuando bajas”. Él estuvo
también un rato preparándome y, antes de irse, encendió una vela
que yo tenía y, poco después, vino con Jesús. Estas tres veces lo
vi (a Jesús) en la hostia santa con los ojos de la carne, pero
otras veces no lo he visto, pero he sentido el gusto a sangre en la
boca como muchas veces la siento comulgando sacramentalmente.
Estuve unos días en cama y mi ángel me trajo a Jesús por la
mañana. Su hermano mayor y el de la madre traían cada uno una
vela, alumbrando a Jesús. ¡Cuán bueno es mi ángel y cuánto me
quiere!
La Madre me mandó tomar la leche antes de las doce de la noche y
que me avisaran. Así lo hizo el ángel todos los días. Si estaba
durmiendo, me despertaba y, si estaba con Jesús, me decía: “Hay
que obedecer y tomar la leche”. Pero desde que el termo se rompió
hace ocho días, le dije que ya no me llamara que no iba a tomar,
porque no me parece bien que a esas horas él baje a la cocina a
calentar la leche para mí. Yo me aguanto y nada he dicho a la Madre
de que no tomo. ¿Voy a tener de criado a mi hermano mayor, yo que
soy menor? Y, como la leche está fría, no me viene bien.
Sor Ángeles le escribió al padre Cantera: En este tiempo de
Pascua, como estaba tan débil, le mandó nuestra Madre que de noche
batiera un huevo y lo tomara antes de las doce y la noche que se le
olvidaba prepararlo, el ángel se lo batía y a su hora la llamaba
para que lo tomara. La asiste y sirve como si fuera un criado.
La Madre Dolores por su parte le escribió al padre Cantera:
Desde que se encuentra peor de sus dolores, el ángel de su guarda
le hace muchos días la cama, la cual se conoce muy bien que se la
hace, porque se la pone muy primorosa.
Y sigue diciendo: Hoy, día 9 de setiembre de 1924, le pregunté
y me dice que los hermanos mayores trajeron ayer a la bendita niña
María, pero que la medalla que tan bonita era y tanto brillaba,
parecía de cobre en comparación de los adornos que la Virgen
tenía. Estos eran del cielo y la medalla era de la tierra. También
me dijo que le dio un beso a la niña y le compuso la ropa que a
ella le gustaba tocársela.
Estando a solas en el coro con sor Mónica, a poco de dar las
diez de la noche, quedó extasiada y, después de un tiempo de
silencio, comenzó a decir: “El padre celebrará misa de seis y
media a siete a intención de mi hermano mayor”. Y hablando con
éste le decía: “Vaya, cuánto os quiere mi padre que celebrará
la misa a vuestra intención”.
Sor Espíritu Santo que fue su Priora en la última parte de su
vida, dice: Tenía una especial devoción al ángel de la guarda.
Quería que su imagen estuviera en todas las clases (del colegio) y
nos recomendaba insistentemente que les habláramos frecuentemente a
las niñas del ángel de la guarda. La presencia del ángel
ayudaría mucho, decía sor Mónica, para evitar muchos pecados y
especialmente los pecados contra la castidad. Sor Mónica vivía
profundamente esta devoción y la propagaba mediante estampas y
medallas. El oficio de la fiesta de los santos ángeles fue
propagado intensamente por ella.
A su sobrino Benjamín, hermano de san Juan de Dios le escribía:
Quiere mucho a tu ángel de la guarda que está siempre a tu lado.
Escucha sus inspiraciones, obedece sus mandatos sin pensar en otra
cosa y verás cómo eres feliz a pesar de tener miserias, porque
estamos hechos de barro.
Sor Gloria de la Eucaristía Serrano declaró: El año 1959 en el
incendio voraz que ocurrió en el convento de la Magdalena y que
amenazaba destruir el convento, ardieron 400 cargas de leña. Las
llamas eran espantosas y dificultaban totalmente el que pudieran
actuar los bomberos, ya que las llamas y el humo impedían el poder
penetrar en el sótano para poder introducir la manga que llevara el
agua necesaria para sofocar el incendio que cada vez era más
grande. En esas circunstancias, se presentó en el convento un niño
de unos 15 años aproximadamente con camisa verde. Este chico se
puso un pañuelo en la boca y arrastrándose, para no quedar
sofocado por el humo espeso, pudo penetrar llevando consigo la manga
con la que pudo introducirse el agua necesaria. Todas las personas
que estábamos allí, tanto religiosas como seglares que habían
entrado para ayudarnos a sofocar el incendio, pudimos comprobar la
presencia de este muchacho al cual no conocíamos ni vimos más.
Después de unos días, comentando las religiosas quién podría
ser aquel muchacho, sor Mónica nos dijo que no sabríamos nunca
quien fue ese niño. Todas tuvimos la convicción de que
posiblemente aquel muchacho era el ángel de la guarda de sor
Mónica.
Ella misma nos dice: Tuvimos incendio. Si hubiera sido de noche
seguro que habíamos amanecido en la eternidad. ¡Qué cosa más
espantosa! No dije palabras duras sino con mucho amor y fe, pero
grité mucho: “Jesús, que es tu casa y queremos vivir en ella.
Madre de la Consolación, que es tu casa, cuida de ella. A los
ángeles, a toda la Orden, a todos los santos del cielo”... Yo
estaba sola allí en el motor para que tuvieran agua. Fui de las
primeras que vio la llamarada que salió... El fuego estaba en medio
de la casa y en lo más hondo de ella. Se agotaron los pozos y era
tanta la asfixia que nos llevaron a la casa que da a las minas,
cuando ya había muchos hombres y bomberos. ¡Qué milagro tan
grande de Jesús, de la Virgen, de los ángeles y de todos los
santos, el que no se viniera al suelo todo el convento!
Dicen que hubo momentos de mucho apuro, pues no podían llegar a
echar el agua, pero hubo valientes que agachándose llegaban. Y no
estuve tranquila hasta que sacaron todo de la “cantina”. El día
cuatro todavía salieron ascuas encendidas y ahora es cuando ya
está todo el suelo sin nada.
REFLEXIONES
La existencia de los ángeles no es opcional para un católico,
es una obligación, porque es una verdad de fe. Así lo dice el
Catecismo de la Iglesia católica: La existencia de seres
espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama
habitualmente ángeles, es una verdad de fe (Cat 328). Por tanto,
los ángeles no están pasados de moda ni la Iglesia los ha dejado
de lado. Son tan actuales y tan necesarios para nosotros como lo han
sido siempre. En este sentido, la vivencia personal de muchos
santos, que los veían frecuentemente, es para nosotros un
testimonio que confirma nuestra fe.
Suele decirse que hay nueve coros de ángeles: Ángeles,
arcángeles, virtudes, principados, potestades, dominaciones,
tronos, querubines y serafines. Entre ellos hay alguien muy
importante para nosotros. Nos referimos a nuestro ángel personal, a
nuestro ángel guardián o ángel custodio. En la palabra de Dios se
nos dice: Yo mandaré un ángel delante de ti para que te defienda
en el camino y te haga llegar al lugar que te he dispuesto.
Acátale, escucha su voz y no le resistas (Ex 23, 20-22). Para el
hombre hay un ángel, un protector entre mil, que le haga ver al
hombre su deber (Job 33, 23). El mismo Jesús nos dice que los
ángeles de los niños ven continuamente el rostro de mi Padre
celestial (Mt 18, 10).
Todos los santos, sin excepción, han creído en los ángeles y
concretamente en el ángel custodio. La Iglesia ha establecido un
día para celebrar su fiesta: el dos de octubre, fiesta de los
ángeles custodios. Y el 29 de setiembre para festejar especialmente
a los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael.
Es interesante observar cómo a sor Mónica el ángel la lleva en
bilocación a diferentes lugares, incluso a la guerra. A veces,
tomaba su figura para poder hacer sus veces, cuando ella no podía
hacer las cosas por estar extasiada; sobre todo, en Semana Santa. El
ángel le llevaba la comunión, cuando estaba enferma y le hacía
pequeños servicios. Incluso, iba de parte de sor Mónica a
convertir a los pecadores por quienes ella rezaba.
Procuremos invocarlo cada día, diciéndole la oración: Ángel
de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de
día. No me dejes solo que me perdería, asistidme en mi última
agonía hasta que descanse en los brazos de Jesús, José y María.
No olvidemos que vivimos en nuestra casa con los ángeles de
nuestros familiares, a quienes podemos invocar y también pedir
ayuda. A nuestro ángel podemos enviarlo a que ayude a nuestros
seres queridos que se encuentran lejos o están en peligro.
Es importante que le pongamos un nombre a nuestro gusto para
poder llamarlo con más cariño. Cuando viajamos, invoquemos a los
ángeles de nuestros compañeros de viaje y, especialmente, al del
chofer. Cuando hablamos con alguien, saludemos también a su ángel.
Si damos una conferencia, invoquemos a los ángeles de los
presentes. Si vamos al hospital y debemos someternos a una
operación, invoquemos al ángel del cirujano y de los ayudantes.
Vemos en la vida de sor Mónica cómo los siete ángeles de las
siete víctimas consagradas a Jesús, estaban muy unidos. Y, con
frecuencia, se le presentan los siete ángeles en las principales
fiestas para festejar y cantar. Sor Mónica solía regalarles
estampas o medallas, que después le devolvían y ella regalaba a
otras personas.
El ángel de sor Mónica parecía ser el jefe de los otros
ángeles del grupo de víctimas. Era el que leía la felicitación
que a ellos les enviaba cada año el padre Cantera para el día de
su fiesta, dos de octubre. En una oportunidad, en 1959, cuando se
incendiaron 400 cargas de leña y parecía que se iba a quemar todo
el convento, sor Mónica invocó con fervor a Jesús, a María y a
todos los ángeles y santos; y un jovencito pudo ayudar a sofocar el
incendio. Ese jovencito parece que era el ángel de sor Mónica.
Por eso, ¡de cuántos peligros de enfermedades, accidentes o
tentaciones pueden librarnos nuestros ángeles, si les pedimos
ayuda! ¡Cuántos accidentes hay, por no orar antes de salir de
viaje! ¡Cuántos caen en las tentaciones, porque no piden ayuda y
no oran! ¡Cuánto nos puede alegrar nuestro ángel y con cuánto
amor puede llenar nuestro corazón, si lo invocamos más
frecuentemente y lo consideramos como un amigo cercano, siempre
presente a nuestro lado!
Sin embargo, ¡cuántas veces le habremos hecho sufrir con
nuestro mal comportamiento! ¡Cuántas veces habrá tenido que
apartar su mirada de nosotros para no ver nuestras malas acciones!
¡Cuántos disgustos le habremos dado con nuestra soberbia y nuestro
egoísmo!
Hagamos el propósito firme de amarlo y de ser sus amigos.
Podemos consagrarnos a nuestro ángel para que nuestra unión sea
más fuerte de lo normal y sea como un compromiso mutuo de amarnos,
respetarnos y ayudarnos en todo momento. También podemos, de vez en
cuando, mandar celebrar una misa en su honor como hacía el padre
Cantera.
Un día, iba yo por una avenida de la ciudad de Lima y, al
detenerse el coche en un semáforo, vi que junto a mí estaba
sentado en la acera un hombre pobre con una cara muy triste. Yo lo
miré, él me miró y yo le dije: “Que Dios te bendiga, hermano”.
Aquel hombre se sonrió y me dijo: “Gracias, padre”. Durante
todo el día no pude olvidarme de ese hombrecito y le mandé varias
veces a mi ángel a darle mi bendición. Estoy seguro que cumplió
mi encargo. Y esto lo hago muchas veces, pidiéndole que bendiga en
mi nombre a tal o cual persona que necesita ayuda o que lo salude en
mi nombre. También, cuando alguna persona conocida debe ir por la
noche a su casa, le pido a mi ángel que la acompañe y sé que lo
hace y le da seguridad.
No pensemos que los ángeles son seres totalmente serios que
están todo el día con la cara larga. No, son seres felices, que
viven la plenitud de la felicidad con Dios y transmiten su
felicidad, aunque a veces tengan que llamar seriamente la atención
y corregirnos para evitar que ofendamos a Dios. En la vida de sor
Mónica se ve cómo su ángel se ríe con ella y cómo juega
frecuentemente a amar a Jesús. Ella le ganaba a veces; otras,
perdía. En ocasiones, jugaba a amar a Jesús con los ángeles de
los siete y, a veces, también ganaba. Pero es hermoso ver la
frescura y naturalidad con que ella cuenta estas cosas sin creerse
más que los demás, sino con toda humildad, incentivando a todos a
amar a Jesús, a María y al ángel de la guarda, que eran los tres
grandes amores de su vida. CONCLUSIÓN
Después de haber visto tantas manifestaciones maravillosas y
sobrenaturales del ángel de sor Mónica, podemos decir con alegría
que la devoción al ángel de la guarda no es un invento para hacer
dormir a los niños ni es un cuento del siglo XIV para convertir a
los incautos. La existencia del ángel custodio es una hermosa
realidad. Y Dios ha querido que cada uno de nosotros tenga un ángel
que nos cuide de parte de Dios. Y, si no creemos en su existencia y
no lo invocamos, nos perderemos muchas bendiciones que Dios quiere
darnos a través de él.
Como vemos en la vida real de sor Mónica, al igual que en la de
otros muchos santos como santa Gema Galgani, santa Francisca Romana
o san Pío de Pietrelcina, el ángel custodio, le hacía infinidad
de servicios, especialmente cuando estaba enferma, como llevarle la
comunión a su celda. Por eso, amar a nuestro ángel e invocarlo
pidiéndole ayuda, no sólo es una buena acción sino una decisión
importante de la que puede depender nuestro mayor o menor progreso
espiritual.
Pensemos, en los ángeles de nuestros familiares con quienes
vivimos. Pensemos en los ángeles de las personas que nos rodean y
con quienes nos comunicamos cada día. Saludémoslos con cariño y
recibiremos infinidad de bendiciones, muchas más de las que podemos
pensar o imaginar.
Que Dios te bendiga por medio de María. No te olvides que en el
camino de la vida tienes un ángel bueno que te acompaña. ¡Buen
viaje! Saludos de mi ángel y saludos a tu ángel
Tu hermano y amigo para siempre desde Perú.
Ángel Peña Benito O.A.R. Agustino Recoleto BIBLIOGRAFÍA
Ayape Eugenio, Sor Mónica de Jesús y el padre Cantera, Ed.
Augustinus, Madrid, 1986. Cartas de sor Mónica al padre Eugenio
Cantera, tomos I, II y III. En total 582 cartas entre 1914 y 1955.
Positio super virtutibus, presentado a la Congregación para las
causas de los santos, Roma, 1987. En este libro se encuentra
información sobre sus virtudes, el Summarium (Sumario) y los
Documenta (documentos) a los que hacemos alusión en el texto.
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