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LA VOCACIÓN Un llamamiento al amor

P. ÁNGEL PEÑA O.A.R

LIMA - PERU

LA VOCACIÓN Un llamamiento al Amor

Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú Agustino Recoleto

Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca (Perú)

ÁNGEL PEÑA O.A.R LIMA - PERÚ 2009

ÍNDICE GENERAL

INTRODUCCIÓN

La vocación religiosa Juan Pablo II y la vocación Vita consecrata. Vida consagrada Esposas de Jesús. Esposas del Rey Esposas de Jesús Eucaristía Las bodas eternas. Esposas santas. Maternidad espiritual. Testimonios: a) Por los sacerdotes b) Conversiones. C) Esposas de Jesús d) Madres de las almas e) Deseos de santidad Mensaje de Jesús a sus esposas. Oraciones Hacia la santidad. Cristo me llamó

CONCLUSIÓN

INTRODUCCIÓN

En este librito vamos a tratar el tema de la vocación, que es un llamamiento al amor. Dios nos llama a amarlo a Él con todo el corazon y a amar a todos los hombres sin excepción. El amor no tiene barreras y se puede amar desde el convento a todos los hombres del mundo y abarcar con nuestro amor a toda la humanidad pasada, presente y futura.

Precisamente, las religiosas, a las que me dirijo especialmente en este libro, se sienten esposas de Jesús y madres de todos los hombres. Una verdadera religiosa debe vivir su vocación, abrazando en su corazon a todos los hombres sin distinción y orando por su salvación. Ellas no pueden restringir su misión a aquellos más inmediatos a quienes conocen. Su misión es una misión universal, y debe abarcar a la humanidad de todos los tiempos, y de modo especial a los sacerdotes.

En este libro presentaré testimonios de religiosas que se sienten felices de su vocación para estimular a tantas jóvenes, que son llamadas por el Señor, pero se debaten entre la duda y la indecisión. Vale la pena vivir enteramente para Dios y para los demás. Vale la pena darlo todo y aspirar a la santidad. Ellas lo confirman por propia experiencia.

LA VOCACIÓN RELIGIOSA

La vocación religiosa es un misterio de amor entre un Dios que llama y un ser humano que le responde libremente y por amor. La vocación es un misterio de elección divina. No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure (Jn 15,16). Antes de haberte formado en el seno materno, te conocía y, antes que nacieses, te tenía consagrado (Jer 1, 5).

La vocación es un llamado de Dios para ser puentes entre Dios y los hombres; para hablar a Dios de los hombres y a los hombres de Dios. Es un llamado a seguir en el mundo sin ser del mundo, para salvarlo. Y este llamado divino exige una respuesta, ya que muchos son los llamados y pocos los escogidos (Mt 20, 16). Dios llama a muchos, pero son pocos los que le responden y se entregan totalmente y sin condiciones a su servicio y al bien de sus hermanos. Incluso, vemos cómo en la vida real hay muchos que un día le dijeron SI y, después de un tiempo o de unos años, se cansan de su vida consagrada y renuncian a su misión, regresando a la vida del mundo. ¿Por qué? Se ha dicho muchas veces que la principal causa de las defecciones religiosas y sacerdotales está en la falta de oración. Cuando falta la oración, que es comunicación amorosa con el Señor, es como si nos faltara el amor para la entrega total. Somos incapaces de seguir adelante, como un coche que se queda sin gasolina y ya no puede avanzar más. Por eso, hay que ser fieles a la oración diaria, es decir, al amor diario con el Señor. La oración es la base y fundamento de la vida espiritual y de la vida religiosa. Sin oración auténtica no puede haber amor profundo y total a Dios. Con una oración superficial ¿qué se puede esperar?

La vocación es entrega total, es aspiración a la santidad, es un llamado a ser luz y amor para los demás. Es un eco actual de la llamada eterna de Dios, pues Dios nos ha escogido desde toda la eternidad para amar a todos sin condiciones. La vocación es una invitación a seguirle en exclusiva. Es como si Jesús dijera: ¿Me amas? ¿Quieres amarme como esposa y madre de todos los hombres?

La vocación es una predilección maravillosa, un privilegio inmerecido, un regalo extraordinario, que nunca podremos agradecer suficientemente. Es una llamada gratuita y personal de Dios que espera también una respuesta diaria y personal. Esto quiere decir que debemos vivir nuestra vocación día a día con nuestras renuncias, nuestra obediencia, nuestra entrega y nuestro amor total. Así la vocación irá madurando y seremos más y más conscientes de lo que significa para nosotros esa predilección de la llamada de Dios y de lo que supone nuestra respuesta definitiva a su amor.

La vocación hay que vivirla sin medias tintas, sin ambigüedades, sino con un corazon indiviso para Dios y para los demás. El amor es lo que da sentido a la llamada y a la respuesta personal. Sin amor, la vida religiosa sería como una lámpara sin aceite. Ser esposas de Jesús significa entregarse totalmente a Él para hacerlo feliz en cada instante de la vida y, por Él y con Él, hacer felices a los que nos rodean, abarcando con nuestro amor a todo el universo.

La vocación, en una palabra, implica una misión de servicio universal, ser madres de todos los hombres, ser luz en el mundo y vivir para los demás con una aspiración constante a la santidad.

JUAN PABLO II Y LA VOCACIÓN

Decía el Papa Juan Pablo II: Quisiera preguntar, amadísimos jóvenes, a cada uno de vosotros: ¿Qué vas a hacer de tu vida? ¿Cuáles son tus proyectos? ¿Has pensado alguna vez en entregar tu existencia totalmente a Cristo? ¿Crees que puede haber algo más grande que llevar a Jesús a los hombres y a los hombres a Jesús? (Roma, 13 de mayo de 1984).

Pido a cada uno de vosotros, que se interrogue seriamente sobre si Dios no lo llama a seguirle. Y a todos los que sospechan tener esta posible vocación personal, les digo: Rezad tenazmente para tener la claridad necesaria, pero luego decid un alegre sí. Dios ha pensado en nosotros desde toda la eternidad y nos ha amado como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por nuestro nombre. (Cristifideles laici 58).

La vocación es un misterio que el hombre acoge y vive en lo más íntimo de su ser. Depende de su soberana libertad y escapa a nuestra comprensión. No tenemos que exigirle explicaciones o decirle: ¿Por qué me haces esto? Puesto que quien llama es el dador de todos los bienes... Experimentar la vocación es un acontecimiento único, indecible, que sólo se percibe como suave soplo a través del toque esclarecedor de la gracia; un soplo del Espíritu Santo que, al mismo tiempo que perfila de verdad nuestra frágil realidad humana..., enciende en nuestros corazones una nueva luz (Roma, 17 de marzo de 1982).

¡Ánimo, jóvenes! ¡Cristo os llama y el mundo os espera! Recordad que el reino de Dios necesita vuestra generosa y total entrega. No seáis como el joven rico, que invitado por Cristo, no supo decidirse y permaneció con sus bienes y con su tristeza. Sed como aquellos pescadores que, llamados por Jesús, dejaron todo inmediatamente y llegaron a ser pescadores de hombres... No permitáis que la insidia de la duda, del cansancio o de la desilusión, empañen el frescor de la entrega (Bari, 26 de febrero de 1984).

Cristo necesita de vosotros y os llama para ayudar a millones de hermanos vuestros a salvarse. Abrid vuestro corazon a Cristo, a su ley de amor, sin condicionar vuestra disponibilidad, sin miedos a respuestas definitivas; porque el amor y la amistad no tiene ocaso. (Javier -España- 6 de noviembre de 1982).

Son muchos los que no conocen a Cristo o no lo conocen suficientemente. Por eso, no podéis permanecer callados e indiferentes. Ciertamente, la mies es mucha y se necesitan obreros en abundancia. Cristo confía en vosotros y cuenta con vuestra colaboración. Os invito, pues, a renovar vuestro compromiso apostólico. ¡Cristo tiene necesidad de vosotros! ¡Responded a su llamamiento con el valor y el entusiasmo característicos de vuestra edad! (Roma, 27 de noviembre de 1987).

Muchas veces me preguntan, sobre todo, la gente joven por qué me hice sacerdote. Quizás alguno de vosotros quiera hacerme la misma pregunta. Os contestaré brevemente... En cierto momento de mi vida, me convencí que Cristo me decía lo que había dicho a miles de jóvenes antes que a mí: “Ven y sígueme”. Sentí claramente que la voz que oía en mi corazon no era humana ni una ocurrencia mía. Cristo me llamaba a servirle como sacerdote. Y como habréis adivinado, estoy profundamente agradecido a Dios por mi vocación al sacerdocio. Nada tiene para mí mayor sentido ni me da mayor alegría que celebrar la misa todos los días al pueblo de Dios en la Iglesia. Ha sido así desde el mismo día de mi ordenación sacerdotal. Nada lo ha cambiado, ni siquiera el llegar a ser Papa (Los Ángeles, 14 de setiembre de 1987).

¡Orad al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies! Se debe rezar con insistencia para conseguir este regalo. Debe pedirse de rodillas. La vocación religiosa es un don libremente ofrecido y libremente aceptado. Es una profunda expresión del amor de Dios hacia vosotros y, por nuestra parte, requiere a cambio un amor total a Cristo. Por tanto, toda la vida de un religioso esta encaminada a estrechar el lazo de amor que fue primero forjado en el sacramento del bautismo. Me es grato reafirmar con fuerza el papel eminentemente apostólico de las religiosas de clausura. Dejar el mundo para dedicarse en la soledad a una oración más profunda y constante no es más que una forma particular de ser apóstol. Sería un error considerar a las religiosas de clausura como criaturas separadas de sus contemporáneos y como apartadas del mundo y de la Iglesia. Por el contrario, están presentes de la manera más profunda posible con la misma ternura de Cristo (Roma, 13 de mayo de 1983).

VITA CONSECRATA

El Papa Juan Pablo II, en la exhortación apostólica Vita consecrata (Vida consagrada) nos dice: La vida consagrada es una respuesta de amor total a Dios y a los hermanos (Nº 33). Dios pide un compromiso total que comporta el abandono de todas las cosas para vivir en intimidad con Él y seguirlo donde vaya (Nº 18). La persona consagrada debe responder con la entrega incondicional de su vida, consagrando TODO, presente y futuro, en sus manos (Nº 17).

La persona consagrada manifiesta que lo que muchos creen imposible, es posible y verdaderamente liberador con la gracia del Señor Jesús. Sí, ¡en Cristo es posible amar a Dios con todo el corazon, poniéndolo por encima de cualquier otro amor y amar así, con la libertad de Dios, a todas las criaturas! Este testimonio es necesario hoy más que nunca; precisamente, porque es algo casi incomprensible en nuestro mundo... La castidad consagrada aparece así como una experiencia de alegría y libertad (Nº 88).

Las mujeres consagradas están llamadas a ser, de una manera muy especial y a través de su dedicación vivida en plenitud y con alegría, un signo de la ternura de Dios hacia el género humano (Nº 57).

Vivid plenamente vuestra entrega a Dios para que no falte a este mundo un rayo de la divina belleza que ilumine el camino de la existencia humana. Los cristianos, inmersos en las ocupaciones y preocupaciones de este mundo, pero llamados también a la santidad, tienen necesidad de encontrar en vosotros, corazones purificados que ven a Dios en la fe, personas dóciles a la acción del Espíritu Santo, que caminan libremente en la fidelidad al carisma de la llamada y de la misión (Nº 109). El programa de toda la vida consagrada es, en síntesis, aspirar a la santidad (Nº 93).

Podríamos decir que ser religioso es ser aspirante a la santidad, a amar sin condiciones a Dios y a los demás, sin reservarse la propia voluntad (voto de obediencia), ni las cosas materiales (voto de pobreza), ni el placer sexual (voto de castidad).

VIDA CONSAGRADA

Los consagrados son las espigas maduras del reino de Dios, aspiran a la santidad y son luz del mundo y sal de la tierra. Ellos, como ángeles en la tierra, iluminan el mundo y lo guían hacia la luz divina. Son como faros que iluminan a los hombres en la noche oscura de la humanidad, que está llena de vicios y pecados. Sin ellos, la humanidad estaría irremisiblemente condenada a las tinieblas sin fin. Especialmente, los sacerdotes, al celebrar cada día la misa, abren el cielo sobre la tierra para que Dios derrame sobre la humanidad entera sus dones y gracias de luz, amor y bendición.

Si no hubiese sacerdotes, no habría misas y la humanidad hace mucho tiempo que habría perecido por la corrupción y la maldad de sus habitantes; pero los sacerdotes, al ofrecer cada día al Padre la víctima divina, Cristo Jesús, hacen que el Padre siga perdonando y derramando amor, luz y bendiciones sobre la humanidad pecadora, que todavía tiene esperanzas, porque Dios sigue confiando en los hombres.

La renuncia al matrimonio de los consagrados tiene su sentido en tener mayor disponibilidad para amar y servir a todos sin excepción, especialmente, como Jesús, a los más pobres y desamparados: a aquellos que el mundo mira con desprecio como pueden ser los ancianos, los enfermos, los minusválidos, los enfermos mentales, los ignorantes… Las almas vírgenes no renuncian al amor sino a los límites estrechos de un amor familiar o conyugal. La renuncia a las relaciones sexuales en el legítimo matrimonio no empequeñece su persona, sino que la enriquece con un amor más amplio y universal al servicio de todos los hombres. Este amor sublimado y entregado para los demás, es un amor tan grande que los santos lo han comparado con el amor de los ángeles.

Renunciar al matrimonio no significa renunciar a ser fecundos, sino ser fecundos de una manera más espiritual. Por eso, un consagrado que no ama a los demás, que no sirve, que no ora por los demás..., está de más en la vida religiosa, ha renunciado interiormente a su sublime vocación de amor a todos sin excepción. Pero los que son conscientes de su misión y de su vocación son las personas más felices del mundo. Porque Dios no se puede dejar ganar en generosidad y los hace inmensamente felices.

La vida consagrada no es la renuncia al amor, sino a la exclusividad del amor. Por eso, decía Roger Schultz, el fundador de la comunidad ecuménica de Taize (Francia), que la virginidad nos permite abrir los brazos sin cerrarlos nunca, evitando abrazar a una sola persona. Un auténtico consagrado debe estar enamorado del Señor, de modo que pueda decirle cada día: Tú eres la razón de mi vida y el centro de mi corazon. Sin Ti no puedo vivir. Por Ti he dejado todo y te amo y te sirvo en mis hermanos.

Dice Jesús: Hay quienes han renunciado al matrimonio por el reino de los cielos. Quien pueda entender que entienda (Mt 19, 10-12). Todo el que dejare hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o campos por amor a mi Nombre, recibirá cien veces más en está vida y heredará después la vida eterna (Mt 19, 29).

El mismo San Pablo nos dice: Yo quisiera que todos los hombres fueran como yo, pero cada uno tiene de Dios su propio don. Sin embargo, a los casados y a las viudas les digo que les es mejor permanecer como yo. Pero, si no pueden guardar continencia, cásense, que es mejor casarse que abrasarse (1 Co 7, 7-9). Sobre las vírgenes no tengo precepto del Señor, pero puedo daros un consejo como quien ha obtenido del Señor la gracia de ser fiel... Yo os querría libres de preocupaciones. El célibe se cuida de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. En cambio, el casado ha de preocuparse de las cosas del mundo y de cómo agradar a su mujer, y así está dividido. La mujer no casada y la doncella sólo tiene que preocuparse de las cosas del Señor, de ser santas en cuerpo y en espíritu… Así pues, quien casa a su hija doncella hace bien, y quien no la casa, hace mejor... Más feliz será, si permanece conforme a mi consejo, que yo también creo tener el espíritu de Dios (1 Cor 7, 25-40).

ESPOSAS DE JESÚS

Las consagradas se llaman a sí mismas esposas de Jesús. Ya san Ambrosio de Milán decía: La virgen se desposa con Dios (De Virginibus PL 16, 202). El Papa Pío XII, en la encíclica Sacra Virginitas (Sagrada virginidad), afirmaba: La virginidad consagrada es una especie de matrimonio espiritual mediante el cual, el alma se une con Cristo. Las vírgenes consagradas celebran desposorios místicos con Jesucristo, el hijo de Dios, y se entregan al servicio de la Iglesia. En el rito de consagración de vírgenes (año 1970) se dice después de la entrega del anillo y del libro de la Liturgia de las Horas: Recibe este anillo de tu sagrada alianza matrimonial con Cristo y conserva intacta la fidelidad a tu esposo para que merezcas ser admitida a las bodas del gozo eterno.

Y ¿qué es ser esposa de Jesús? Decía la beata Isabel de la Santísima Trinidad: Ser esposa de Jesús es tener los ojos en sus ojos... Sentirse totalmente invadida por Él. Es estar mirándolo de hito en hito y sorprender hasta la más pequeña señal y su menor deseo, es entrar en todas sus alegrías y compartir todas sus tristezas. Es ser fecunda corredentora y engendrar almas para Dios. Por eso, el pueblo fiel, que tiene un sexto sentido, llama Padre al sacerdote y Madre a las religiosas. La misma Santa Teresita del Niño Jesús tomaba en serio su consagración y decía: Oh Jesús, ser tu esposa y ser por mi unión contigo, madre de todas las almas (MB folio 2).

Y tú ¿has pensado bien lo que significa ser esposa de Jesús y que Él te haya escogido entre millones de mujeres del mundo entero? Ser esposa de Jesús significa acompañarlo en el Calvario, acompañarlo en los momentos difíciles y tratar de hacerlo feliz, amándolo con todo tu corazon. Y ser esposa de Jesús es ser madre de todos los hombres, que han existido, existen y existirán. Es ser madre de toda humanidad, pues Jesús ha venido a salvar a todos sin excepción y todos los hombres son, de alguna manera, tus hijos espirituales. De ahí que por ellos debes sacrificarte como buena madre y darles un buen ejemplo de vida. Si tú fallas, ¡cuántos hijos tuyos, hijos de Dios, se podrán condenar, porque tú no has sido fiel a tu vocación!

Si te decides por ser esposa de Jesús y madre de las almas, no vuelvas tu vista atrás, mira hacia delante, piensa en tantos millones de hijos que esperan tanto de ti, ora por ellos, sufre por ellos y dales siempre tu amor, tu servicio y tu amistad, empezando por aquellos que están a tu lado, tus familiares y tus hermanas de Comunidad.

Te deseo un feliz viaje por la vida como esposa de Jesús. No te detengas en el camino del amor, no digas basta, porque el camino hacia Dios es infinito y nunca serás suficientemente santa como para poder descansar. Además, ya tendrás tiempo en el cielo de descansar, ahora estás en la tierra para servir y trabajar, para amar y ayudar. Hay demasiada gente en el mundo que no es feliz y ellos, todos ellos, son tus hijos, no importa quiénes sean o cómo se llamen o a qué religión pertenezcan, son tus hijos y todos los días debes ofrecer tu vida por ellos. Te aseguro que nunca te arrepentirás de haberte consagrado a Dios. Al menos, yo te lo digo por experiencia personal y deseo lo mejor para ti.

ESPOSAS DEL REY

Las religiosas, como esposas del Rey Jesús, son reinas. Santa Teresita del Niño Jesús dice en su Historia de un alma: Al pronunciar mis votos (8 de setiembre de 1890), ¡cuántas gracias pedí! Creyéndome verdaderamente reina, aproveché mi título para alcanzar las mercedes del Rey. Y la invitación que escribió para participar sus desposorios con Jesús decía: El Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, soberano dominador del mundo, y la gloriosísima Virgen María, Reina de la corte celestial, tienen a bien participaros del matrimonio de su augusto hijo Jesús, el Rey de Reyes y Señor de los Señores, con la señorita Teresa Martín, ahora señora y princesa de los reinos aportados en dote por su divino esposo (MA fol 78).

Santa Teresa de Jesús escribía sobre la profesión religiosa:

¡Oh casamiento sagrado! Que el Rey de la Majestad haya sido desposado. ¡Oh dichosa tal zagala! pues ha tomado marido, que reina y ha de reinar. Ricas joyas os dará este Esposo Rey del cielo, que es Rey y bien lo podrá. ¡Oh qué venturosa suerte os estaba aparejada! ¡Que os quiera Dios por amada! En servirle estad muy fuerte, Pues que lo habéis profesado. ¡Que el Rey de la Majestad es ya vuestro desposado!

La señal de tu matrimonio con Jesús es tu anillo nupcial. Llévalo con dignidad, respeto y amor. Y cada vez que lo veas, recuerda tu alianza de bodas con Jesús y dale un beso en tu corazon. Ser esposa de Jesús es una gran dignidad. Y esta dignidad no es exclusiva de las religiosas mujeres, esto es fundamentalmente para todo ser humano, pues todos estamos llamados a una alianza nupcial con Jesús, pues la unión con Jesús es espiritual, con nuestra alma. Y todo debemos celebrar las bodas místicas con Jesús, especialmente en la Eucaristía.

ESPOSAS DE JESÚS EUCARISTÍA

Las religiosas deben centrar su vida en Jesús, su divino esposo. Al igual que cualquier casada, ellas deben amar a su esposo y tratar de servirlo, acompañarlo y hacerlo feliz en todo. Ahora bien, Jesús no es un ente abstracto, no está demasiado lejano como para no poder comunicarse con Él. Jesús esta muy cerca; como hombre y como Dios, está presente en cada hostia consagrada. Por eso, la Eucaristía es el lugar de encuentro entre Jesús y su esposa. La Eucaristía debe ser para cada consagrada el centro de su vida. Debe pasarse mucho tiempo mirando a Jesús delante de la custodia o del sagrario, acompañándolo para que no se sienta solo, y sirviéndolo y amándolo. La mejor manera de amarlo y servirlo es uniendo su vida a la suya durante la misa, ofreciéndose con Jesús al Padre por la salvación del mundo y renovando en cada misa su alianza matrimonial con Jesús. Especialmente importante, es el momento de la comunión o común unión con el esposo Jesús. En ese momento, recibe el abrazo cariñoso de su esposo divino. En la comunión, une su sangre y su vida a la de Jesús. Y le entrega todo lo que es y todo lo que tiene con una disponibilidad absoluta para hacer siempre su voluntad.

Para una religiosa el participar en la misa y comulgar cada día es una necesidad moral; pues, de otro modo, perdería para todos sus hijos infinidad de bendiciones. Además, Jesús quiere verla y abrazarla cada día en la misa y comunión. No asistir a misa o no comulgar sin motivo razonable sería una infidelidad. Por eso, cada día debe renovar su unión matrimonial y renovar su fidelidad en el abrazo de la comunión. La misa sin comunión o la misa sin ofrecerse con Jesús, sería una pobre misa. Y ella debe hacer de su vida una misa continua por su ofrecimiento y su deseo permanente de ser UNO con Él. Recomiendo decir cada día en la misa estas o parecidas palabras:

Jesús, esposo mío, Rey mío y Dios mío, te ofrezco mi vida con mis sufrimientos y mi amor. Te doy cuanto soy y cuanto tengo. Recibe conmigo a todos mis hijos del mundo entero, especialmente a mis familiares y hermanas de Comunidad. Recibe el pan de mi vida y el vino de mi amor, porque quiero ser tuya para siempre y vivir en fidelidad contigo hasta el último momento. Aquí está mi vida y todo lo que tengo y todo lo que soy; todo es tuyo, haz de mí lo que Tú quieras, sea lo que sea, te doy las gracias, porque te amo y confío en Ti, porque Tú eres mi esposo y el amor de mi vida. Ofréceme contigo al Padre en cada misa y úneme a Ti en cada comunión para ser UNA contigo, ahora y para siempre Amén.

LAS BODAS ETERNAS

Llegará un día no muy lejano en el que tu matrimonio con Jesús será eterno. El día de tu muerte comenzará una nueva etapa en tu matrimonio. Si necesitas ser purificada en el purgatorio, Él te esperará. Y, cuando salgas totalmente pura y radiante, te recibirá en el cielo para presentarte como esposa a todos los ángeles y santos. Ese día les dirá a todos: Venid a las bodas (Mt 22,4). Venid, que les voy a presentar a la esposa del Cordero (Ap 2,9). Alegrémonos y regocijémonos, porque han llegado las bodas del Cordero y su esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino de deslumbrante blancura (Ap 19, 7).

Entonces, tú, feliz y orgullosa como una reina, entrarás con Jesús en el reino de Dios. Ahora bien, desde ahora Jesús quiere sentirse orgulloso de ti, quiere verte hermosa y pura para Él. Procura no serle infiel ni en los más mínimos detalles. Vive para Él, ámalo sin condiciones, hazlo feliz, haciendo felices a los demás. Vive cada día tu unión con Él en la misa y comunión. En una palabra, aspira a ser cada día más santa y más bella para Jesús.

Y ahora quiero preguntarte: ¿Estás enamorada de Jesús? ¿Lo consideras verdaderamente tu esposo? ¿Estás dispuesta a hacerlo feliz en cada momento? ¿Lo obedeces, obedeciendo a tus Superiores? Analiza cómo transcurren tus días y dime: ¿Cuántos detalles de cariño has tenido hoy con Él? ¿Cuántos besos le has dado a distancia o en alguna de sus imágenes? ¿Estás satisfecha de tu matrimonio con Jesús? ¿Le eres fiel hasta en el pensamiento? ¿Acaso estás pensando en el divorcio? ¿Te sientes frustrada o fracasada? Cuando tienes tentaciones y problemas, ¿acudes a contárselo ante el sagrario? ¿Acudes a tu confesor o director espiritual?

Dile ahora con todo tu corazon: Oh Jesús, Rey mío, ¿cómo pudiste enamorarte de mí? Tu corazon divino me fascina. ¡Qué dulce hogar para una pecadora como yo! Haz que sienta tu amor cada mañana, porque yo confío en Ti (Sal 143,8). Gracias por haberme escogido. Te suplico que me des un corazon de fuego y un alma ardiente, que sea capaz de abrasar la tierra. Sacia mi sed de amor, que te ame hasta la locura. Tú eres mi Todo y yo espero todo de Ti.

Esposo mío, haz de mi corazon un jardín lleno de flores para Ti. Ven a descansar aquí, porque he plantado azucenas muy hermosas de pureza y amor. ¡Oh Amor, Amor! Tú sabes cuánto te amo, cuánto deseo hacerte feliz. ¡Oh mi Cristo amado, crucificado por mi amor! Quisiera ser una esposa digna de tu corazon. Quisiera cubrirte de besos, quisiera amarte hasta morir de amor.

ESPOSAS SANTAS

La santidad es amor y las religiosas deben amar a Dios y a los demás hasta las últimas consecuencias. Sin embargo, para que puedan amar cada día más y tener el corazon lleno de amor, deben acercarse más y más a la fuente del amor: Jesús, presente en la Eucaristía. La Eucaristía es la fuente suprema del amor en el mundo. Es el trono de Dios en la tierra. La Eucaristía es la central de energía espiritual del universo. Por consiguiente, si desean ser santas, deben vivir la misa y la comunión con toda intensidad por su ofrecimiento permanente con Jesús al Padre.

Ser santas significa hacer la voluntad del Señor y abandonarse en sus manos, aceptando sin condiciones lo que Dios quiera en cada instante. Un ejemplo claro de esto es la Madre Teresa de Calcuta, que daba tanta importancia a la Eucaristía, que a sus religiosas ha mandado hacer una hora diaria de adoración ante el Santísimo. Y que a lo largo de toda su vida se dejó llevar por la voluntad de Dios, abandonándose a sus planes.

Cuando tenía 36 años y era una joven religiosa de la Congregación de Loreto, dedicada a dar clases como profesora en un colegio de la India, el Señor le pidió dejarlo todo, incluida su Congregación, y dedicarse a los más pobres de entre los pobres. Y ella, como Abraham, lo dejó todo y se abandonó a la voluntad de Dios. Veamos lo que ella misma nos dice:

Fue el 10 de setiembre de 1946, en el tren que me llevaba a Darjeeling. Allí, mientras oraba a Nuestro Señor en la intimidad y silencio, percibí con claridad que me urgía a renunciar a todo para seguirle a Él, en las chabolas. El mensaje estaba muy claro: tenía que dejar el convento de Loreto para entregarme al servicio de los pobres, viviendo en medio de ellos. Era un mandato... Abandonar Loreto constituyó para mí el mayor sacrificio. Algo mucho más difícil que abandonar mi familia y mi patria por primera vez para entrar en el convento. Loreto significaba todo para mí... Después de dos años de la llamada (con los permisos correspondientes) abandoné Loreto el 16 de agosto de 1948. Me encontré en la calle, carente por completo de techo, de compañía, de ayuda, de dinero, de un empleo, de garantía material alguna. De mis labios brotó entonces esta oración: Tú, Dios mío. Nadie más que Tú. Tengo fe en tu llamada y en tu inspiración. Estoy segura de que no me abandonarás jamás. Ayúdame a serte fiel. Yo confío en Ti.

El mismo día que abandoné Loreto, en mi primer recorrido por las calles de Calcuta, se me acercó un sacerdote y me pidió un donativo para una colecta a favor de la prensa católica. Yo había abandonado Loreto con cinco rupias, de las cuales había dado ya cuatro a los pobres. Le di a aquel sacerdote la única rupia que me quedaba.

Aquella misma tarde, ese sacerdote me vino a ver y traía un sobre. Me dijo que un hombre le había hecho entrega de él por haber oído hablar de mis proyectos, que quería favorecer. En el sobre había 50 rupias. En aquel momento, experimenté la sensación de que Dios había comenzado a bendecir la Obra y de que ya no me abandonaría jamás. Y Dios la bendijo mucho más de lo que jamás hubiera podido imaginar. Y hoy es una santa.

MATERNIDAD ESPIRITUAL

Todas las religiosas, como esposas de Jesús, deben ser también madres de todas las almas. Y deben preocuparse por la salvación del mundo entero. Pero de modo especial, de los sacerdotes. La vocación a la maternidad espiritual es poco conocida o practicada. Por eso, el Papa Juan Pablo II quiso que en el mismo Vaticano hubiera un convento de religiosas contemplativas que oraran especialmente por las intenciones del Santo Padre.

Santa Teresita, la patrona de las misiones, vivió intensamente esta vocación por los sacerdotes. Lo comprendió, cuando tenía solo 14 años e hizo un viaje de peregrinación a Roma. Ella dice: Comprendí mi vocación en Italia. Durante un mes, conviví con muchos sacerdotes santos y comprobé que, si su dignidad sublime los eleva por encima de los ángeles, no por eso dejan de ser hombres débiles y frágiles. Si los santos sacerdotes a los que Jesús llama en su Evangelio la sal de la tierra, muestran con su conducta que tienen necesidad extrema de oraciones, ¿qué se habrá de decir de los que son tibios? ¿No dijo también Jesús: Si la sal se vuelve insípida con qué la salarán?

¡Oh madre mía, qué bella es la vocación que tiene por fin conservar la sal destinada a las almas! Esta es la vocación del Carmelo, puesto que el único fin de nuestras oraciones y de nuestros sacrificios es ser cada una de nosotras “apóstol de apóstoles”, rogando por los sacerdotes, mientras ellos evangelizan a las almas con su palabra y, sobre todo, con su ejemplo.

Ella misma tuvo dos hermanos espirituales sacerdotes con quienes compartió su vida, sus oraciones y sacrificios. ¡Qué hermosa es esta vocación de madre espiritual de los sacerdotes, que todos pueden tener, incluidos los laicos, hombres y mujeres!

Pero veamos algunas experiencias interesantes sobe la maternidad espiritual.

El cardenal Nicolás Cusano (1401-1464) fue un gran transformador de la vida espiritual del clero en el siglo XV y Dios le mostró en un sueño el poder de la oración de las religiosas en el silencio de sus conventos.

Dice: “Un día soñé que en una pequeña iglesia, muy antigua, adornada con mosaicos de los primeros siglos había millares de religiosas orando. Estaban muy recogidas en oración. Estaban de pie con la mirada fija en un punto lejano. Sus brazos estaban abiertos y las manos dirigidas hacia lo alto en señal de ofrecimiento. Pero estas religiosas tenían en sus manos hombres y mujeres, emperadores y reyes, ciudades y países. A veces, sus manos se cerraban sobre una ciudad o país, pero la mayoría sostenía en su mano un solo hermano o hermana. En las manos de una joven religiosa, casi niña, vi al Papa. Su rostro irradiaba alegría y oraba por el Papa. En las manos de una religiosa anciana estaba yo mismo, cardenal de la Iglesia.

De pronto, en compañía de mi guía o ángel me encontré en la cripta de esa iglesia donde rezaban millares de hermanas. Pero mientras en la anterior visión las religiosas tenían a las personas en sus manos, éstas de la cripta las tenían en sus corazones. Se trataba de almas cuya salvación estaba en peligro.

El ángel me dijo: Así tienen estas hermanas a quienes han dejado de amar. A veces, sucede que se calientan al calor de sus corazones, pero no siempre. A veces, pasan de las manos de quienes las quieren salvar a las del juez divino a quien deberán dar cuenta de las oraciones y sacrificios ofrecidos por ellas sin fruto.

Fijé la mirada sobre aquellas almas víctimas. Siempre había sabido de su existencia, pero nunca había tenido claro lo que significaban para la Iglesia, para el mundo o para los pueblos. Sólo ahora comprendía su significado profundo. Y me incliné con reverencia ante aquellas mártires del amor”.

El obispo alemán Wilhelm Ketteler (1811-1877) contaba que, cuando ya había recibido el título de abogado y pensaba dedicarse a esta profesión y fundar una familia, un día tuvo un sueño divino: Cristo estaba sobre mí en una nube de luz y me mostraba su Sagrado Corazón. Delante de Él, se encontraba de rodillas una monjita que levantaba sus manos en señal de oración. Y Jesús me dijo: “Ella reza por ti ininterrumpidamente”. Vi claramente su figura y no pude nunca olvidarme de su rostro.

Esta experiencia fue tan fuerte que me decidí a dejarlo todo y hacerme sacerdote. Y comencé mis estuDios de teología a los 30 años. Estaba convencido de que una religiosa desconocida oraba por mí.

Pero un día el obispo de Ketteler fue a celebrar misa a un convento de religiosas y, al dar la comunión a la última de ellas, se quedó como inmóvil al reconocer a la religiosa de su sueño. Pidió a la Superiora que hiciera venir a todas las religiosas para conversar con ellas. Pero faltaba ella. ¿Por qué? Porque era la última hermana, la que se dedicaba a las tareas de la huerta y de la cocina. Pidió que la hiciera venir y, después, pudo conversar con ella a solas. Ella le confesó que todo lo que hacía y sufría lo ofrecía por un alma necesitada. El Señor sabrá a quién le ofrece mis oraciones. Siempre he orado como me enseñaba mi párroco por las personas más necesitadas de oración. Y hablando, el obispo se dio cuenta de que el día de su sueño y de su conversión era exactamente el día del nacimiento de esa religiosa.

Dios le había concedido su conversión en virtud de los méritos y oraciones que, en su providencia, sabía que iba a ofrecer esa religiosa por un alma necesitada y Dios lo escogió a él como beneficiario. Y el obispo bendijo a la hermana y la animó a seguir orando por esa intención. A ella no le descubrió el secreto. Pero sí a la madre Priora, a quien dijo que su vocación se la debía a esa pobre religiosa, que rezaba todos los días por un alma necesitada. Y el obispo le dijo: Si alguna vez me siento tentado de enorgullecerme de mis obras o de mis éxitos, no quiero olvidarme que todo se debe, no a mis méritos, sino a las oraciones de esa simple hermana, que trabaja en la cocina, en el gallinero y en las cosas más humildes del convento. Y esas cosas pequeñas tienen tanto valor ante Dios que han podido dar un obispo a la Iglesia.

La beata Alexandrina da Costa (1904-1955) fue beatificada el 25 de abril de 2004. Vivió los últimos 13 años de su vida sin comer ni beber. Sólo recibía la comunión cada día. Fue sometida a una observación exhaustiva en un hospital de Oporto (Portugal), vigilada las 24 horas del día por testigos imparciales. Y, al final de los 40 días de prueba, ella había mantenido su peso, temperatura y presión arterial. Los médicos no pudieron encontrar explicación científica o médica a estos hechos.

Ella vivió muchos años enferma en cama. Un día de 1941 le escribió a su padre espiritual, padre Maríano Pinho: Jesús me ha dicho que en Lisboa hay un sacerdote que está en peligro de condenación eterna. “El me ofende gravemente. Llama a tu padre espiritual y pídele permiso para sufrir de modo particular por esa alma”.

Recibido el permiso de su director espiritual, Dios le mandó sufrimientos para reparar por aquel sacerdote pecador. Y ella le decía a Jesús: No, que no vaya al infierno. Me ofrezco como holocausto hasta que Tú quieras Señor. Jesús le reveló el nombre y apellido de aquél sacerdote. Y su director quiso investigar quién era ese sacerdote y le preguntó al cardenal de Lisboa si lo conocía. Y le confirmó que sí lo conocía y que era un sacerdote que le daba muchas preocupaciones por su mal comportamiento.

Poco tiempo después, el padre David Novais le contó al padre Pinho, director de Alexandrina, que había dado ejercicios espirituales en Fátima y que había participado un señor muy reservado que había tenido un comportamiento ejemplar. La última tarde de los ejercicios tuvo un ataque al corazon, pero hubo tiempo de llamar a un sacerdote, que lo confesó y le dio la comunión. Al poco rato, murió reconciliado con Dios. Y se descubrió que ese señor, vestido de laico, era el sacerdote por el cual tanto había rezado y sufrido Alexandrina.

Berthe Petit (1870-1943) fue una gran mística belga, un alma víctima. Desde que tenía 15 años se acostumbró a pedir a Jesús, en cada misa a la que asistía, que hiciera santo al sacerdote que celebraba la misa. Cuando tenía 17 años, pensó en hacerse religiosa, pero su director espiritual le dijo que su vocación era quedarse en el mundo a cuidar a sus padres ancianos y enfermos. Ella aceptó esta situación con sacrificio y cada día le pedía a Jesús por intercesión de María que, en lugar de su vocación, llamara a alguien para ser sacerdote santo.

Esto sucedió con el joven abogado de 22 años doctor Louis Decorsant. Estando rezando un día delante de una imagen de la Virgen Dolorosa, de pronto, tuvo la certeza de que era llamado al sacerdocio. Dejó todo y entró al Seminario. Después de sus estuDios en Roma, fue ordenado sacerdote en 1893, a los 27 años.

Un día de ese mismo año, celebró la misa en un barrio de París. A esa misma hora, Berthe se ofrecía al Señor como víctima por los sacerdotes y, en especial, por el sacerdote de su vida. Después de la misa, en el momento de la Exposición del Santísimo Sacramento, Jesús le dijo: Tu ofrenda ha sido aceptada. Aquí está el sacerdote de tu vida que un día conocerás. Ella vio el rostro del sacerdote por quien tanto había orado. Era el sacerdote Decorsant, a quien encontrará en 1908. Lo encontró en una peregrinación al santuario de Lourdes. El sacerdote la invitó a ella y a una amiga a su misa y, mientras elevaba la hostia, Jesús le dijo a Berthe: Este es el sacerdote por el cual he aceptado tu sacrificio.

Ella entendió que Dios le encomendaba esa alma. El padre Decorsant fue su director espiritual y su apoyo en su misión de alma víctima por los sacerdotes. Durante 24 años hasta su muerte, él la acompañó como director espiritual y la apoyó en su misión reparadora y de maternidad espiritual con los sacerdotes del mundo entero.

TESTIMONIOS

POR LOS SACERDOTES

El 7 de Junio de 1956, después de mucho pedírmelo el Señor y yo no darle un SI, en la noche, no sé si despierta o dormida, me pareció ver algo que me hizo estremecer. El deseo de ofrecer mi vida por los SACERDOTES era para mí como una sombra de la que no podía deshacerme, pero no me decidía. Hasta que Él, cansado de esperar, me tiró como a Saulo y me hizo caer de mí misma. Soñé o no sé qué fue aquello. Me pareció ver que un SACERDOTE, mirándome con los ojos desorbitados, me decía: Por tu culpa, por tu culpa me condeno. Como un rayo me tiré de la cama y me ofrecí en aquel momento y le di mi SI. No sé el tiempo que pasé de rodillas, pero la luz del día me encontró a los pies del crucifijo de mi celda. No sentía cansancio ni miedo, pero sí la paz de haber dado el SÍ.

En algún momento me he despistado un poco, pero hoy es algo tan fuerte que no puedo vivir sin ese SÍ, dado aquella noche y que para mí fue el principio del día del Amor de Jesús. Me gustaría gritar a muchas almas consagradas y decirles: No tengáis miedo de entregaros al Amor, es muchísimo más lo que se recibe. Él no se deja ganar en generosidad y ¿qué podemos dar que no sea dado por Él? Te mando la fórmula espontánea que hice: SÍ, JESUS MIO, CUANDO QUIERAS, LO QUE QUIERAS Y COMO QUIERAS. Tú, Señor, tienes derecho de exigirme. Aumenta las luchas de mi alma, destroza mi cuerpo. Mis ojos están dispuestos a cerrarse para que ellos (los sacerdotes) vean claro tus caminos. Mis labios para que ellos difundan tu palabra. Mis manos para que ellos eleven las suyas para bendecir, bautizar y perdonar. Mis pies para que ellos corran tras las almas perdidas. Mi corazon para que ellos te amen con locura. Pero dame el vivir con tu mismo Corazón para poder seguir mereciendo para ellos. Así: sin recompensa, sin descanso, POR AMOR.

De esto hace ya treinta años y siempre ha sido el ideal de mi vida. Hoy ya no es el ideal, es mi vida hecha vida y la única razón de ella. Quisiera tener sobre mí todas las penas, luchas, angustias y dolores de cada uno de ellos y así se lo pido a Él. Y te puedo decir que lo ha tomado en serio. Sufro física y moralmente, pero quisiera sufrir más. Cuando me cuesta y me quejo, para tranquilizarme me basta estar unos cinco minutos delante de Él en el coro o en la celda (a la que yo llamo mi oratorio particular). Cuando entro en ella, es como que algo en mi interior se ensancha, es como respirar hondo... Sólo Él... y yo. El uno para el otro. Le digo mil locuras y lo siento muy dentro de mí.

Es en este mi pobre ser donde puedo ver claramente la función de los TRES en mí. Es como entrar en un globo de luz en el que yo misma me pierdo. En Él me siento sumergida, anegada, perdida y de sólo Él hallada. Él es mi morada. Esto sólo se podrá comprender en la ETERNIDAD..., cuando el Amor llegue a su plenitud.

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- La santificación de los sacerdotes ha sido siempre el centro de mis oraciones y de mi ofrecimiento cotidiano. En una ocasión, estaba visitando a mi familia en el Norte de Italia y me enteré que un sacerdote, ordenado hacía pocos años y al que habíamos hecho una gran fiesta en la parroquia, había dejado el ministerio de mala manera y se había casado. Esto me dolió mucho y, de repente, me vino la inspiración de ofrecer mi vida por él y por todos los sacerdotes que se encuentran en peligro. Fue algo espontáneo. Al Señor le agradó mi ofrecimiento y me envió sufrimientos en abundancia.

Me causa mucho dolor la noticia del abandono de religiosos de su vida de consagrados. Quisiera cargar sobre mí este sufrimiento para que Jesús no lo sienta. Me gustaría comprar con mi propia sangre, unida a la suya, la fidelidad de todos sus ministros. Quisiera ser una vela que arde y se consume incansablemente en la presencia de Dios, para ser luz para tantas almas cansadas y abatidas de su consagración al Señor. Quiero ser un cirineo para cargar con todos sus cansancios y sufrimientos.

Cada día que pasa, siento más la necesidad de ser una hostia viva, que se ofrece con Jesús al Padre por los sacerdotes. Quiero que, por mi oración y por mi amor, se despierten cada día con un corazon joven y fresco, lleno de rosas, para perfumar el mundo con la alegría y la sonrisa de su entrega generosa.

Cuanto más aumenta mi amor a Jesús, más cariño siento por sus sacerdotes. Mi amor por ellos es una prolongación del amor que siento a Jesús. El día de Jueves Santo mi oración se centró en la Eucaristía y en el Sacerdocio. ¡Cuánto recé por los sacerdotes para que se parezcan cada vez más a Jesús! Saboreaba la dicha de ser amada por Jesús. Sentía que un rayo de luz salía del sagrario y se fundía en mi corazon. ¡Lo amo tanto! Los dos estamos enamorados. El sagrario es el centro de mi vida, ahí está el amor de mi alma, el esposo de mi corazon. Él me enseña a amar a todos los sacerdotes con un amor maternal, como María.

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- Cuando yo era joven, tenía un amigo de mi mismo pueblo (en Dinamarca). Ambos éramos de la misma edad y convertidos del protestantismo. Él se hizo sacerdote y yo religiosa. A los pocos años, él se retiró del ministerio y yo sentí la necesidad de orar por él. Al poco tiempo, se hizo de nuevo protestante y se casó, ejerciendo su ministerio como pastor. Su matrimonio fracasó y vivió solo y triste. Perdí el contacto con él por mucho tiempo. Pero un día, inesperadamente, me llamó por teléfono. Hablamos durante media hora muy bien y me dijo que había vuelto a Dios y que tenia un pequeño altar en su habitación (quizás celebraba misa algunas veces en su soledad).

Había tenido muchos problemas en su vida y no había sido feliz, cayendo enfermo de sida por su vida disipada. Sin embargo, estoy segura de que, al final, se encontró con Dios, como me lo confirmó en su llamada, y que mis oraciones habían sido escuchadas. Por eso, quiero hacer de mi vida una continua oración por ellos para que sean fieles y sean santos.

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- Después de mi profesión, con el apoyo de mi director espiritual, me consagré a María y, por medio de María, me consagré a Jesús como víctima por los sacerdotes. En 1986 hice voto de lo más perfecto con permiso de mi director. A partir de 1989, Jesús se comenzó a manifestar a mi alma de un modo totalmente nuevo. Lo sentía siempre a mi lado. Era como estar en un cuarto oscuro y saber con certeza que alguien está allí sin verlo ni oírlo.

Con frecuencia, experimentaba sus caricias, especialmente en la misa y en el rezo del Oficio divino. Estas caricias las siento hasta hoy mismo. En este preciso momento, en que escribo, mi adorado Jesús esta aquí. Siento que me envuelve con sus brazos divinos. Es algo maravilloso. Toda la felicidad del mundo no es nada comparada con una sola caricia de Jesús. Y, si esto es así en la tierra, ¿qué será en el cielo? Sus caricias son como dardos de amor, que traspasan mi alma y la empapan de amor. Mi misión es amar al Amor y comunicar su amor a todos los hombres. Quiero ser sacerdote de amor entre los hombres. Estoy enamorada de Jesús y lo amo con locura y, desde que me consagré a Él, sólo vivo para Él y me siento la persona mas feliz del mundo. Si en esta tierra me siento tan feliz de amarlo, ¿qué no será poseerlo y amarlo por toda la eternidad?

Gracias, Señor, por mi vocación religiosa, gracias por aceptarme como víctima de tu amor por los sacerdotes. Quiero que todo mi amor sea para ellos como un bálsamo que los cure, que los consuele, que les dé fuerza en su caminar. Ayúdales, Señor, estoy dispuesta a todo lo que Tú quieras con tal de que ninguno de ellos se pierda. Que sean santos. Y gracias también por todas tus caricias y tu amor. Gracias, por compartir conmigo un poquito de tu Pasión.

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- Tengo un deseo enorme de llegar a la santidad y este deseo va creciendo día a día. Jamás me he arrepentido de haberme entregado a Jesús y haber seguido su llamada. Mi alma está siempre llena de una profunda felicidad, no porque me falten cruces, que las tengo en abundancia, sino porque siento que Él está junto a mí y me sostiene con su brazo poderoso. Muchas veces, le pido que me permita apoyar por un instante mi cabeza sobre su pecho, para que pueda oír espiritualmente los latidos de su Sagrado Corazón. Y así recobro las fuerzas para seguir sufriendo. Al terminar la prueba, le doy las gracias por haberme permitido sufrir, comprando de esta manera la felicidad eterna para muchas almas.

Además, me he comprometido con mi propia sangre a ayudar a todos aquellos que están en camino al sacerdocio. Los llamados a la vida sacerdotal son la pupila de mis ojos: todos los seminaristas del mundo y los jóvenes que sienten en su corazon el llamado de Cristo. Por supuesto que los que ya son sacerdotes, ocupan un lugar privilegiado en mi corazon. Veo que el rezar y sufrir por los sacerdotes, es como una parte esencial de toda vocación religiosa. Por eso, para que los sacerdotes sean santos, hay que acompañarlos con la oración, el sufrimiento, el trabajo y de otras mil maneras, en todo el tiempo de su formación, para que construyan su vocación sobre fuertes y profundos cimientos.

Me dan ganas de pedirle a Jesús más y más sufrimientos para poder ayudar mejor a aquellos que han recibido la gracia del santo ministerio. Quisiera decirles a todos los sacerdotes del mundo y a todos los jóvenes, que aún están en camino, especialmente a aquellos que desfallecen bajo el peso de la cruz o que vacilan: NO ESTÁN SOLOS, nosotras, desde aquí, detrás de las rejas, estamos para sostenerlos, alentarlos y ayudarlos a seguir la marcha y perseverar hasta el fin. Mi vida, desde la clausura, es por ellos y para ellos; y así, a través de ellos, salvar al mundo entero.

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- Mi vocación es Jesús y mi vida es Él. Él hace que me pierda en su mirada única e infinita y así se me pasa el día como un segundo. A veces, he sentido las palabras del Padre que me decía: Tú eres mi hija muy amada en quien tengo puestas mis complacencias. Y me quedaba confundida, porque sentía muy profundamente que el Padre me amaba en Cristo su hijo, y eso me hacía rebosar de felicidad.

De pronto, mi vida cambió, me detectaron un cáncer avanzado. Me operaron dos veces y tuve que soportar muchos tratamientos de quimioterapia y radioterapia. Un día subí a mi celda y me arrodillé ante mi Cristo, que tengo en la cabecera, y con todo mi corazon le di gracias por mi cáncer. No sé lo que me pasó, me quedé fuera de mí. ¡Veía en el cáncer tanto amor y tanta delicadeza, haciéndome participar del ministerio de su Pasión! En esos momentos, estaba gustando interiormente las alegrías del cielo. Jesús me entregaba al Padre con Él, y me ofrecía totalmente sin condiciones, y el Padre complacido aceptaba el sacrificio y la vida de su pequeña víctima, perdida en Cristo. El amor de ambos, que me abrasaba con el fuego del Espíritu Santo, me envolvía y me tenía fuera de mis sentidos, disfrutando de una felicidad incomparable. No escuché timbres ni campanas. Cuando subieron a llamarme, no podía ni hablar, creyeron que me había dormido.

Me siento muy unida a Jesús en su Pasión, sufro y gozo con mis dolores y me pierdo con ellos en Cristo Jesús. No sé lo que ha hecho el Señor conmigo. Me ha enamorado de su cruz de tal manera que no cambio mi cáncer con mis dolores por todas las alegrías del mundo. Todo lo que me rodea, la sala de labor, el claustro, la huerta, las flores..., lo veo invadido de la presencia de mi Dios. Amo a Dios con locura y acepto todo lo que Él quiera de mí, hasta la muerte, por su amor y por la salvación de las almas, especialmente de mis queridos sacerdotes.

Mi querido Jesús, Esposo adorado, cuenta siempre conmigo. Cuando estés agonizando de dolor, consuélate en mí. Cuando te sientas calumniado y humillado, refúgiate en mí. Cuando te sientas triste y abandonado, ven a mí. Cuando te falten víctimas para sufrir por tu amor, piensa en mí. Cuando necesites cariño y comprensión, búscalo en mí. Aquí estoy, Jesús, cuenta conmigo para todo, como yo cuento contigo. Estoy loca de amor por Ti y todo lo hago para hacerte feliz. Por eso, quiero decirte siempre SÍ a todo lo que me pidas, estoy dispuesta a todo por amor a tus sacerdotes. Sacia en mí todas tus ansias y deseos de amor, de reparación y de consuelo. Descansa en mí y tómame para sufrir en tu lugar. Te amo, Jesús, Tú eres mi TODO.

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- Antes de entrar al convento, una fuerza grande me empujaba a pedir y ofrecerme entera por los sacerdotes. Desde siempre, vosotros, cada sacerdote, sois alguien muy especial en mi vida. Esto se incrementó cuando conocí en Salamanca a una religiosa. Las dos ofrecemos cada día nuestras vidas en clave Pro-eis (por ellos). ¡Qué sentido tan hermoso tiene así todo para que vosotros, los encargados de llevar a Cristo a las almas, seáis santos! ¡Cuántas veces durante el día se eleva mi oración en el ajetreo del trabajo cotidiano desde la morada interior donde están ellos, para que cada sacerdote sea de verdad otro Cristo! Es cierto que todos estamos llamados a la santidad, pero vosotros sois espejos del mismo Cristo Sacerdote. Pasé unos años en la asistencia, a la cabecera de los enfermos por la noche. ¡Qué hermosa misión! En los ratos en que el enfermo descansaba, visitaba cada sagrario y le decía al ángel de la guarda que llevara a Jesús mi cariño y velara por cada sacerdote extendido por el mundo. ¡Qué noches tan deliciosas junto al lecho de tantos enfermos! ¡Es que nuestra misión es tan bella!

Soy un alma sacerdotal. El alma sacerdotal es profundamente AMANTE DEL SAGRARIO. Toda ella debe estar marcada por la adoración, por el silencio reverente y adorante del amor a su Jesús oculto y silencioso en el sagrario. Y, junto al sagrario, el amor por la EUCARISTIA, amor que lo desea tan íntimo, tan cercano, que no puede vivir si no lo lleva dentro de sí misma. De aquí se desprende otra característica del alma sacerdotal: la alegría ¿Cómo no vivir ALEGRE, sabiendo que a Él lo llevas dentro y tu vida está llena de sentido y es fecunda, entregada por sus cristos? ¡Alma sacerdotal! El alma del SÍ PLENO Y PROFUNDO a todos los mínimos detalles de Jesús. El alma del FIAT amoroso, imitando constantemente a María en sus "SÍ" ilimitados a Dios. Alma dócil al Espíritu que la purifica, que la hace entregarse y conocerse, amando a Cristo.

¡Por ellos! Con cuanta fuerza grita en mi corazon esta frase. En mi recuerdo, actuar, oración…, continuamente viven ellos. Mi vida entera, en oración permanente, es por los sacerdotes. Jesús mío, las palabras quedan vacías, son inadecuadas, cuando quiero expresar todo lo que un sacerdote es. ¡Si todos tus sacerdotes lo entendiesen, si cada uno de ellos, junto con cada alma sacerdotal, viviera como hostia ofrecida, entregada, amasada para la gloria de Dios! ¡Qué distinto sería el mundo! Madre Inmaculada, primera alma sacerdotal, rodea con tu presencia a cada sacerdote. Infunde tu amor de madre al Papa, obispos, sacerdotes... para que en sus momentos de dolor e incomprensión sientan a su lado el amor de una madre que los levanta y los lanza con fuerza de fuego a que la Iglesia sea preservada del mal y confortada con todo el amor que del Corazón de tu hijo brotó en la cruz. ¡Qué pobre me siento, Jesús, para escribir sobre esto! Pero, a medida que escribo, unas ganas infinitas de santidad brotan dentro: Padre, yo por ellos me santifico, para que sean santificados en la verdad (Jn 17,19). Hago mía esta frase que sintetiza todo mi ser, que quiere cada día inmolarse por ellos.

Santo Espíritu de Dios, hazme entender que sólo mi vida estará plena, si es hostia y patena por tus cristos. María, Madre Inmaculada, dame tu pureza, tu vuelo de penetrar en las almas sacerdotales para comprenderlas, para disculparlas, para orar siempre por su santidad. Jesús, Tú que has puesto en mi alma, estas ansias de santidad sacerdotal, esta joya preciosa de pedir por los sacerdotes, dame cuanto necesito. Tú conoces mi pobreza, y mi debilidad, pero te amo y deseo cumplir tu voluntad. Mira a cada alma sacerdotal extendida a lo largo del mundo, infunde en ellas el deseo de santidad. Jesús, mis palabras son muy pobres, pero mis ansias de amor, de entregarme, de inmolarme..., son infinitas. Mima, Jesús, a tus sacerdotes.

CONVERSIONES

Yo tenía 23 años, cuando decidí alejarme completamente de Dios y de la Iglesia. No podía creer en la existencia de Dios. Si Dios existía, no podía existir el dolor. Sin embargo, busqué la ayuda sincera de algunas personas, incluso sacerdotes, pero no encontré una respuesta satisfactoria. Todos me decían: Reza, pidiendo fe. Pero yo no podía rezar, porque no tenía fe. Así que abandoné la Iglesia, me olvide de Dios y me dediqué a la música, que era lo único que me interesaba en aquel momento.

Pero un día, al cumplir mis padres 30 años de casados, querían que todos sus hijos comulgaran. Yo no sabía qué hacer, quería quedar bien con mis padres para no hacerles sufrir, así que a última hora me fui a confesar. Me emocioné un poco al comulgar, aunque no lo quería admitir. Ese mismo día, compré los evangelios y comencé a leerlos. Lo hacía a la hora de la siesta para que nadie me viera. Leía de corrido, porque deseaba terminar cuanto antes. Leí los tres primeros evangelios sin que sintiera nada especial, pensaba que todo era muy bonito y que eso había sucedido en tiempos de Jesús, pero que eso no cambiaba mi vida ni mi dolor de hoy. Sin embargo, llegué a San Juan y en el capítulo 14, cuando leí: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida..., algo se transformó dentro de mí. No pude seguir leyendo, sólo veía: YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA. Pero ya no eran sólo las palabras, era una voz que me hablaba fuerte al corazon y que mis oídos escucharon y que me decían lo mismo. Caí allí mismo de rodillas. Había encontrado a Dios. Dios me había salido al encuentro y yo lo amaba y Él me amaba. Las lágrimas brotaron abundantes, lágrimas de arrepentimiento y de amor. Esa misma tarde fui a hablar con el sacerdote. Él esperaba mis preguntas, mis dudas, pero yo no tenía dudas ni preguntas. Dios ya me había respondido.

Así comienza mi pequeña historia de amor que no terminará sino en el cielo. Comprendí que de ahí en adelante debía vivir de fe y creer por lo que no había querido creer. A los pocos meses, entré en el convento. Y ahora quisiera dar hasta la última gota de mi sangre para que un alma descarriada se encuentre con Dios. Amo a Dios con todas las fibras de mi corazon y soy feliz.

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- Yo nací en Bélgica y mi vida ha sido una serie de luchas y sufrimientos hasta encontrar a Jesús. Mi madre nunca me amó. Cuando era pequeña, ella me pegaba casi todos los días, descargando sobre mí su infelicidad personal. Para escapar del infierno de la vida de mis padres, a los doce años me refugié en casa de mi abuela paterna (que era testigo de Jehová). Por ese tiempo, perdí la fe. A los 14 años, la vida ya no tenía sentido para mí y no creía en Dios. Si existía, ¿cómo podía permitir tanto sufrimiento? Decidí suicidarme... Pero Jesús me salió al encuentro y, en un instante, descubrí que me amaba. En ese momento, todo cambió para mí y empezó un romance con Jesús que dura hasta hoy.

Jesús es el amor de mi vida. Estoy enamorada de Él con un amor total y apasionado. Sin embargo, hasta mi entrada en el convento tuve muchos altibajos. El demonio trataba de convencerme que yo no podía amar a Jesús, porque era indigna de su amor y una pecadora. Y yo me desalentaba, al reconocer mi indignidad y mis pecados. Tenía sentimientos de culpabilidad y no me atrevía a decirle a Jesús que lo amaba. Hasta que en un retiro, Dios me iluminó y me hizo entender que no debía apoyarme, en mis propias fuerzas y sentimientos, que dejara a un lado mi pasado y me entregara a Él sin temor. El Espíritu Santo me llenó de amor y ya pude decirle con toda alegría y libertad: JESÚS TE AMO.

Mi vida religiosa es por mis padres, por los sacerdotes y por todos los hombres del mundo entero. Ahora he comprendido que mi vida tiene un sentido universal y me siento feliz. Amo a Jesús con un amor tan fuerte que, a veces, me parece que un fuego inextinguible quema mi pecho y quisiera que me redujera a cenizas por la salvación de mis hermanos. Desde este convento de Nazaret en que me encuentro, muchas veces pienso en Jesús y María. Ellos vivieron aquí, caminaron por estos lugares, vieron estos mismos paisajes. Jesús pensaría también en mí y me amaría desde entonces. Por eso, quiero serle fiel y decirle SÍ, como María el día de la Anunciación. Mi único deseo es llegar a ser santa. A María le he encomendado la tarea de mi santificación para llegar a ser verdadera esposa de Jesús. Mi lugar está en el Corazón divino de Jesús y me gozo con frecuencia, repitiendo las palabras del Cantar de los Cantares: Mi amado es para mí y yo soy para mi amado (Cant 2, 16).

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- Nací un día de mucho frío en una gran ciudad de Alemania. Mis padres eran protestantes y me bautizaron en la Iglesia evangélico-luterana. Durante varios años, canté los domingos en la iglesia, y durante la semana ayudaba a un grupo de niños que dirigía una diaconisa. A los 15 años, recibí la confirmación.

A partir de entonces, empecé a cuestionarme mi fe y me hacía muchas preguntas sobre la Biblia. El pastor trataba de darme explicaciones, pero yo no me sentía convencida. A los 20 años comencé a estudiar Sicología en un ambiente dominado por sectas orientales, gurus y métodos de meditación. Me inicié en la meditación transcendental. Practiqué el yoga. Muchas veces, hacía ayuno a solo agua... Conocí a una monja budista, que enseñaba raya-yoga, y todos los días iba en bicicleta a hacer con ella la meditación para conseguir la purificación total y llegar a la unión con Dios.

Un día tuvimos en un cine un gran encuentro con un famoso gurú de la India. Tenía unos 70 años, barba blanca y hablaba en inglés. Venían con él muchos acompañantes, discípulos y admiradores. En la pared del fondo habían colocado su retrato y todos le aplaudían mucho. A uno de los Directores le dije: Aquí no seguimos a Cristo. Me contestó: El camino de Cristo es el camino estrecho, nosotros vamos por la autopista y con la meditación del gurú llegamos primero. Todos parecían hipnotizados y yo empecé a orar: Cristo es más fuerte que tú, Cristo es más fuerte que tú. De pronto, el retrato del gurú cayó a tierra y se hizo añicos. Yo me reí de puro gusto y me retiré para siempre de aquellos grupos.

Comencé a leer la Biblia y cada vez sentía más fuerte en mi corazon el deseo de amar a Cristo, repitiendo las palabras Cristo-Amor... Viajé a Italia y, como no tenía dinero, me alojé en la Casa de las religiosas de la Santa Faz, una Congregación dedicada al cuidado de los ancianos e impedidos. Estuve con ellas dos años, asistía con ellas a la oración y allí empezó el cambio de mi conversión a la fe católica, con la ayuda de un sacerdote y del obispo. Ellos me prepararon y un día, en una misa, después de mi confesión, hice mi profesión de fe y recibí la comunión. Mi alegría fue inmensa. Había encontrado el Amor. A partir de esa fecha, cuando pasaba delante de una iglesia, no podía dejar de saludar a Jesús y decirle: Jesús te amo.

Poco a poco, pensé en dedicar mi vida a Jesús. Hice mis primeros votos en la fiesta de Pentecostés de 1987; y mis votos perpetuos en junio de 1990. Me gusta pintar y lo hago con mucho amor, tratando de reflejar las maravillosas bellezas de Dios. Mi salud es frágil, pero todo se lo ofrezco al Señor por los sacerdotes y la unidad de la Iglesia.

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- Yo nací en Londres de familia judía. A los 11 años, mis padres me enviaron a estudiar a una escuela católica, regentada por las Madres Bernardas. Un día, una amiga no católica me invitó a ir a visitar la capilla del colegio y, al entrar, instantáneamente, sin pensarlo, sentí con una fuerte claridad que allí, en el sagrario, que yo llamaba "caja" (Box), allí estaba Dios. No sabría explicarlo, pero esto mismo me pasó en las dos siguientes iglesias católicas que visité. Entonces, me di cuenta claramente que la Iglesia católica tenía la presencia de Dios y que yo debía hacerme católica y ser religiosa como las Madres de mi colegio.

Cuando comencé mi preparación religiosa católica, en el catecismo había una imagen de Santa Teresita y yo me decidí a ser como ella. Mas tarde leí su Autografía, que me emocionó muchísimo. Fui bautizada a los 14 años. Al día siguiente, hice mi primera comunión. Mis padres se convirtieron, se bautizaron y se casaron por la Iglesia cuatro años mas tarde. ¡Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento!

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Desde mi nacimiento hasta los 24 años nunca pisé una iglesia. Un día, estaba yo tan cansada de tanto viajar toda la semana que buscaba ansiosamente un hotel para descansar y no encontraba alojamiento. Por fin, fui a una abadía benedictina (estaba en el Senegal) y me concedieron alojamiento por una noche. Pero, a pesar de estar tan cansada, no podía dormir. En la habitación había un crucifijo y yo le decía: ¿Por qué estás clavado en la cruz? ¿Qué haces ahí? Él me contestó en una luz maravillosa, me mostró todo su amor por mí y por todos los hombres, y la necesidad que tenía de que hombres y mujeres lo dejaran todo y fueran por el mundo a predicar su Palabra y hablarles de su amor. Inmediatamente, yo le dije: Señor, lo dejaré todo y entraré en un monasterio. A los pocos meses, lo hice realidad.

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Yo nací en Polonia, pero no nací santa. Cuando era niña, me peleaba frecuentemente con mis amigas y con mi hermano. Jugaba al fútbol con los chicos, me gustaba el baile, el deporte y, casi todos los domingos, iba al cine o a la discoteca. También me gustaban mucho los libros de aventuras. A los 15 años, perdí la fe. Este período de unos tres meses fue terrible para mí, porque, al perder la fe en Dios, perdí el sentido de mi vida. Pero el Señor, sin merecerlo, poco a poco, me devolvió la fe y, al mismo tiempo, me dio la gracia de la vocación. Desde entonces, comencé a vivir de otra manera. El Señor me llenó de sus gracias con experiencias sobrenaturales. Y mi cambio fue tan profundo que hasta ahora me parece un sueño. Ahora soy muy feliz. Me faltan palabras para expresarle mi agradecimiento. Jesús es el Señor y el esposo de mi corazon, y lo amo con todo mi ser. Soy la mujer más feliz del mundo.

ESPOSAS DE JESÚS

Mi Jesús es único, es el Esposo más bello que jamás ojo alguno haya podido contemplar. Es el amor personificado. Su ternura y su cariño son mayores de lo que pueda imaginar. Y Él me pidió un día mi mano para casarse conmigo.

Por Él lo dejé todo libremente y Él me quitó mis andrajos y me vistió con los vestidos de una reina. Me coronó con el diamante de la pobreza, la esmeralda de la obediencia y los rubíes de la castidad. Para mí vivir la pobreza es estar siempre disponible, con las manos abiertas para dar y el corazon libre enteramente para Él. La obediencia es buscar siempre su voluntad para complacerle en todo. Él nunca me ha obligado, pues ha respetado siempre mi libertad, pero me ha mostrado sus deseos a través de la voluntad de los Superiores. La castidad la he vivido siempre con la alegría de estar enamorada y saber que le pertenezco sólo a Él.

Cuando se ha gustado las delicias de su amor, es imposible no enamorarse y no proclamar ante el mundo que Él es el único amor de la vida. Mis pensamientos, mis palabras, mis acciones..., son suyas. En el trabajo, en el descanso, en el sueño, en la vigilia, en el caminar de cada día, SOY DE JESUS. A Él lo amo como nadie sabe ni puede imaginar. Sólo Él ha podido colmar mi corazon sediento de ternura y de amor. Por eso puedo decir llena de alegría:

Bendita sea la hora en que Jesús puso sus ojos en mí y se enamoró de mí. Bendita sea la hora en que me escogió para ser su esposa. Bendita sea la hora en que me tendió su mano, pidiéndome la mía. Bendita sea la hora en que le consagré mi virginidad. Bendita sea la hora en que le juré ser suya para siempre. Bendita sea la hora en que me metió en su Corazón. Bendita sea la hora en que lo acepté como Esposo para siempre.

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Ser esposa de Jesús ha significado para mí estar abierta a su Amor, a las inspiraciones de su Espíritu, dejarme llevar por Él... Un día, a través de sus luces y mis sombras, me descubrió en la intimidad de mi corazon mi nueva vocación: SER EPIFANIA DE SU AMOR MISERICORDIOSO. Desde ese día, creo en su Amor más allá de mis propios pecados. Procuro dejarme llevar total y plenamente en sus manos, a pesar de mis debilidades, imperfecciones, impotencias y oscuridades. Quiero vivir en una continua acción de gracias; porque, pase lo que pase, ÉL ME AMA sin condiciones. Quiero ser “hostia” silenciosa, como lo es Él en la Eucaristía. Quiero ser el “tronco” en el que Jesús pueda seguir muriendo, crucificado por la salvación del mundo. Estoy crucificada por Cristo y deseo vivir, día y noche, en el Corazón Inmaculado de María, pues Ella es la Sede de la Misericordia.

Jesús, dame la gracia de ser un apóstol oculto de tu amor misericorDioso para que tu Misericordia infinita sea conocida y triunfe de todo mal. Quiero ser la esposa predilecta de tu Corazón.

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Nací en una pequeña ciudad del norte de Italia, cerca de Milán. Mi infancia se desarrollo en el seno de una familia católica y tuve una buena educación religiosa. Me gustaban las actividades de la parroquia y participaba en ellas con mucho interés. En varias ocasiones, escuché hablar de la vocación a la vida religiosa o consagrada, pero lo veía como algo muy lejano.

Un verano, cuando tenía entre los 18 ó 20 años, fui a visitar un monasterio. Recuerdo perfectamente el testimonio de una joven religiosa que nos contó su vocación. Tenía unos bellísimos ojos azules, llenos de luz, y su voz era serena y tranquila. Concluyó su testimonio con estas palabras exactas: La vocación es el deseo más grande que traemos en el corazon. Después de ese día, mis preguntas existenciales comenzaron a hacerse más intensas. ¿Cuál es mi vocación? Un día fui a la capilla y hablé con Jesús con mucha sencillez. Me puse de rodillas delante del sagrario, pidiéndole que me explicase todo con claridad. Él me decía: Religiosa, religiosa. Pero esto no me gustaba. Le expliqué que no podía ponerme falda y tampoco velos y que prefería casarme y ser mamá.

Los años pasaron. De vez en cuando, me surgía alguna duda. Mi vida había cambiado: Había terminado mis estuDios, tenía coche, tuve algunos novios, muchos amigos y una vida como la mayoría de los jóvenes. Estaba muy comprometida en mi parroquia y en muchas otras actividades, pero no me llenaba. Siempre buscaba más y más. ¿Qué buscaba? Yo no lo sabía. Pero me dada cuenta de que sólo a su lado mi vida cobraría pleno sentido. Un día le dije: ¿Quieres que sea religiosa? Está bien; pero, por favor, sin velo.

En noviembre de 1999 participé en las actividades de la Juventud misionera italiana. Me gustaba ir a misiones. El 26 de julio del 2000, me incorporé al Movimiento Regnum Christi y, poco después, me fui a México de misionera. Ahí conocí mejor el Movimiento y, por fin, me decidí. Fue en una Semana Santa en Roma. Me sentía feliz, ya había dado el primer paso hacia lo que durante años había rechazado. La voluntad de Dios era clara: Ser religiosa sin velo y con un novio como nadie en la tierra lo tiene: Jesús. Eso era lo que Dios quería para mí. Era Jesús y estaba esperando mi Sí desde hacía mucho tiempo. Finalmente, el 8 de setiembre del 2001 fue mi esposo.

Puedo decir, con toda la verdad de mi corazon, que lo mejor de mi vida ha sido mi vocación. No viviré lo suficiente para dar gracias a Dios. No soy religiosa por ningún desencanto o decepción; soy religiosa por una ilusión muy grande y esa ilusión se llama JESUCRISTO. Si pudiera gritarlo por el mundo entero, lo haría.

Quien haya experimentado en su vida lo que es vivir la alegría de una amistad verdadera, sabrá por experiencia que ese amor transforma tu vida, todo tiene para ti un sentido distinto, porque sabes que alguien te quiere de verdad, te quiere por ser tú mismo. Esa amistad es la que yo he encontrado en Jesús. Él cambió por completo el sentido de mi vida, me hizo una persona nueva, distinta, hasta el punto que puedo decir con toda verdad que yo no sabría vivir sin Él.

Ojalá este testimonio pueda ayudar a alguien a creer siempre en la bondad de Dios, a vivir en Él la alegría que produce siempre el encuentro con un amigo verdadero del que te puedes fiar siempre, en lo bueno y en lo malo, porque sabes que nunca te fallará. Ese Amigo tiene un nombre y se llama JESÚS.

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Nací el 25 de agosto de 1971 en Xalapa, México. Un día estaba admirando una de las grandes maravillas del mundo, el Taj Mahal de la India, cuando por primera vez me pregunté sobre el sentido de mi vida y para qué me había creado Dios. Aunque yo estaba de turista, sentí tristeza al ver a aquellos buenos hombres que con su buena voluntad, sus ofrendas y sus cantos, no conocían a Cristo. ¡Reverenciaban vacas y buscaban ser buenos en la vida para ver si podían reencarnarse en una vida mejor! Entonces, me di cuenta de que mi vida no era sólo para vivirla yo, sino tambien para hacer algo por los demás.

Fuimos a Calcuta, lugar de mucha pobreza: niños muriendo de hambre, leprosos pidiendo ayuda, mujeres abandonadas, enfermos... Este segundo factor reforzó esa inquietud de hacer algo por los demás. No podía ser igual después de aquel viaje y aquellas experiencias. Entonces tenía 18 años.

Al terminar el año de estudio de francés en Suiza, comencé la carrera de mercadotecnia en el Tecnológico de Monterrey. Me involucré en varios proyectos de acción social, estuve en la mesa directiva del Tecnológico. Empecé a salir con chicos, pero sinceramente nadie me llenaba, hasta que conocí a uno que compartía los mismos intereses e ideales que yo. Nos hicimos novios y, al ver que la relación se iba formalizando, recordé que un día le había prometido a Dios darle un año de mi vida. Sabía que ése era el momento. Se lo conté a mi novio y él me apoyó incondicionalmente, pero acordamos formalizar la relación antes de que yo me fuera.

La experiencia de ese año, ofrecido a Dios, fue muy enriquecedora. Fui constatando que Jesucristo me llenaba cada día más. Irlo conociendo me hizo darme cuenta de su divinidad, pero también descubrí su humanidad, al verlo en cada persona y acontecimiento. Nunca había pensado en serio en ser religiosa, pero en la Semana Santa de aquel año, le pedí a Dios que me hiciera ver qué quería de mí. El Sábado Santo percibí con mucha claridad que Él me llamaba a consagrarle mi vida. Él me fue conquistando poco a poco y ya no pude decirle que no.

Fue muy difícil dejarlo todo, pero volvería a hacerlo una y otra vez y le volvería a decir Sí con tal de tener la dicha de ser de Dios y dedicar mi vida a su servicio. La plenitud y la felicidad con que vivo mi vida consagrada me han hecho darme cuenta de que en el mundo hay muchas maravillas, pero que la única, verdadera y duradera, es Dios. Ser esposa de Jesús es la vocación más maravillosa del mundo.

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Cuando yo era joven, deseaba ser religiosa, pero mi familia se oponía a mi vocación y yo estaba confundida. Incluso, estaba pensando en irme al convento a escondidas de mi familia. Una tarde, pensando qué hacer y llena de confusión, pasé delante de una imagen del Corazón de Jesús que teníamos en el pasillo. Me fijé en Jesús, pidiéndole con todas mis fuerzas que, si era su voluntad, allanara el camino, pues no sabía qué hacer. Después de rezarle, quise besarlo, pero, como estaba un poco alto y no llegaba a Él, cogí una silla, me puse sobre ella y lo besé con todo mi amor.

¿Qué pasó? Siempre que lo recuerdo se me hace vivo aquel momento. Cuando lo estaba besando, la imagen dejó de ser escayola, se animó y tomó vida sólo por un momento. Del susto que me llevé, me tiré de un salto al suelo. Fue tanta la impresión que me tuve que apoyar en la pared para poder sostenerme. Me quedé mirándole sin quitar mis ojos de Él. Al cabo de un rato, muy despacito, alargué mi mano para tocarlo, pero lo que toqué no era más que escayola, lo mismo que al principio. Sólo había tomado vida en el escaso tiempo de un beso. Después de esto, dominada por la impresión, se me olvidaron todas mis dificultades y me sentí animada y feliz. Me preparé, tomé el primer coche que encontré y me fui al convento. Cuando estaba llegando, me di cuenta de que no era yo quien actuaba. Alguien lo hacía por mí. ¿Quién iba a ser ese Alguien sino Jesús? Y aquí estoy para siempre, para amarlo y servirle con todo mi amor.

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Desde la edad de 9 años quería ser religiosa. A los diez, hice en privado el voto de virginidad con permiso de mi padre espiritual. A los 17 intenté hacerme religiosa, pero mi padre se opuso con toda su fuerza. Mi sufrimiento fue grande, pero nada ni nadie logró convencerlo, ni siquiera el verme sufrir y llorar. Yo tenía costumbre de ir todas las tardes a la iglesia a hacer oración. Me ponía cerquita del sagrario, ya que siempre estaba sola. Uno de esos días, me sentía más triste, pues creía que nunca podría realizar mi ideal de ser religiosa, y lloraba con toda mi alma. Entonces, en el gran silencio de la iglesia, escuché una voz de hombre, clara y bien timbrada, que me dijo: Tú serás religiosa. Me asusté, miré a todas partes, pero no había nadie. Por eso, me quedé convencida de que había sido Jesús desde el sagrario.

Desde ese día, terminó mi sufrir y estaba con la esperanza de que algún día realizaría mi ideal. Tuve que esperar 7 años; pero, al final, lo conseguí. Siendo ya religiosa, hace unos dos años, pasé una crisis de fe. Me venían muchas dudas sobre si Jesús estaba o no estaba en la Eucaristía. Esto me hacía sufrir, porque siempre me venían estas dudas cuando estaba en el coro en oración... Una noche soñé que la Madre estaba exponiendo a Jesús y, cuando abrió el sagrario para poner la hostia en la custodia, vi un ángel bellísimo que, con su resplandor, llenaba de luz toda la iglesia. Cuando la Madre colocó la hostia en la custodia, el ángel se postró rostro en tierra para adorar a Jesús. Desde ese momento, desaparecieron mis dudas y tentaciones y, cada vez que voy a adorar a Jesús ante el sagrario, me parece ver allí esa bellísima cara del ángel con su gran resplandor, pues nunca se me puede olvidar; y lo veo en mi interior como si hubiera sucedido hoy. ¡Vale la pena amar a Jesús con todo el corazon!

MADRES DE LAS ALMAS

Tenía 19 años, cuando sentí la llamada del Señor a la vida consagrada. Me encontraba en Asís de vacaciones con una amiga. Allí estudiaba italiano e historia del arte. Tenía muchos amigos y soñaba con un buen matrimonio… Un día, me encontraba delante de un crucifijo rezando y sentí claramente la llamada del Señor y, sin vacilar, le dije SÍ. Dejé a los chicos que me pretendían y seguí cursos especiales de hebreo y de Sagrada Escritura. Sin embargo, cuando les conté a mis amistades que quería entrar a un convento, todos creían que estaba loca. Me decían: Si te atrae esa vida, cuídate, es algo patológico. Deberías ir al sicólogo. Eso se debe a que buscas un refugio. Tienes miedo a la vida, a los hombres... Los conventos de clausura son una vieja historia ya superada. Esas monjas contemplativas son seres inútiles. No hacen nada por la sociedad. Estás en el siglo XX y no debes someterte a normas y costumbres trasnochadas. Estas opiniones hicieron tambalear mi vocación y, como habían muerto mis padres y debía cuidar a un hermano demasiado joven, demoré siete años en entrar al monasterio.

He pasado por momentos difíciles de dudas y vacilaciones, pero actualmente mi vida es una continua acción de gracias. Quisiera tener en mis brazos a todos los hombres del mundo para ofrecérselos al Señor. Son los hijos de mi alma, de mi oración, de mi sacrificio, y quiero salvarlos a todos.

Me siento madre de todos. Debo anotar que la Santísima Virgen tuvo un papel muy importante en mi vida. Sin ella no hubiera podido superar mis problemas. Desde que entré en el convento, descubrí poco a poco su amor maternal y todas las noches me iba al Capítulo, donde hay una hermosa imagen de María, para despedirme de Ella y ponerme bajo su protección. Ella siempre me acompañó y me cuidó.

Ahora me es dulce caminar con Jesús, sabiendo que con Él todo es siempre nuevo cada día. ¡Qué maravilloso es Jesús! Me ha devuelto la alegría de mi juventud y la felicidad de ser su esposa. Tengo la ilusión de ser más pura cada día para Él y hacerlo feliz. Su amor ha hecho de mí la persona más feliz del mundo.

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Mi nombre antes de ser religiosa era Paloma. Por eso, me siento identificada con los pájaros. Ser pájaro es ver las cosas desde arriba con perspectiva divina. Así quiero yo ver siempre las cosas: desde el punto de vista de Dios. Tener vocación de pájaro es sumergirse en el aire, volar por los espacios infinitos, donde está Dios, es respirar a pleno pulmón la alegría del amor de Dios. Es duro tener vocación de pájaro, cuando uno tiene que estar pisando tierra a cada momento y sufrir las limitaciones y dificultades de la vida diaria. Por eso, necesito retirarme a orar, a entrar en contacto con mi Dios, a elevarme a las alturas y olvidarme de los problemas de este mundo. Es como tomar fuerza para seguir sufriendo y elevar a otros hombres hacia Dios, enseñándoles a volar para que no se queden estancados entre el barro y las miserias de esta vida.

Me gusta volar y hacer excursiones por el universo infinito del amor de Dios. A veces, vienen las tormentas y, entre los rayos y truenos, parece ocultarse el sol de Dios, pero sigo confiando en su amor, a pesar de todo. Y, cuando sale el sol de nuevo y el cielo está limpio y azul, me gusta soñar e irme hacia la estrella más lejana, hasta la estrella matutina, hasta María, y decirle que la quiero y que me cobije entre sus brazos.

Tener vocación de pájaro es volar hasta los extremos del mundo con la oración y aliviar el cansancio de los que están cansados y tender una mano cariñosa a todos los que están tristes y darles alegría y esperanza. Es acariciar con la sonrisa a todos los que me rodean, es amar sin descanso a todos los hombres sin excepción.

Tambien me gusta volar muy alto con mis deseos. Aquí está el gran deseo de mi vida. Quiero abrazar a todos los niños, incluso antes de nacer, y bautizarlos con el bautismo de deseo para presentárselos a Dios como mis hijos. Me siento madre de todos los hombres, pero muy especialmente de todos los niños nacidos o por nacer. A todos los acaricio y abrazo bajo mi manto y los lleno del amor de Dios. ¡Qué alegría! Me siento la madre más dichosa del mundo y esto significa mucha responsabilidad de orar y trabajar por ellos para que sean santos.

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Estudié Derecho en la universidad y terminé mi carrera con buenas notas. Conseguí trabajo muy pronto y estuve ejerciendo mi profesión durante más de tres años en una entidad publica. Y, en ese momento, cuando ya tenía todo lo que había deseado, sentí en mi alma que Dios me pedía que hiciera una opción radical por Él, dándole todo. Fue un encuentro con Dios particularmente fuerte, inefable. Vi claramente en mi alma que Cristo me llamaba. Es como si me estuviera diciendo al oído: Mira, todo esto que estás haciendo es bueno, está bien..., pero ahora vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres y ven y sígueme.

Este Ven y sígueme comenzó a resonar en mi alma cada vez con más fuerza y se fue abriendo paso en mi corazon entre vacilaciones interiores. Y decidí corresponder libremente al amor de Dios. Comencé a ir a misa todos los días y a comulgar diariamente. Recibir a Jesús en la comunión se convirtió para mí en una necesidad. Necesitaba contemplarle, quería darme por entero a Él.

La gente me decía: Eres joven, tienes buen trabajo y toda la vida por delante... ¿Y lo vas a echar todo a rodar de esa manera? ¿Es que te has vuelto loca? Yo confié en Dios, me arriesgué y opté por Él, contando con su gracia y su fortaleza. Y ahora aquí me tienes, vale la pena entregarse del todo a Dios. El Señor da el ciento por uno. Me siento inmensamente alegre y feliz. A todos los llevo en mi corazon y los presento cada día al Señor. Esa es la misión de mi vida: orar por todos los hombres y ofrecer mi vida por ellos para salvarlos.

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Nací en una familia cristiana y en un pueblo muy religioso. Llegué a conocer 19 sacerdotes o religiosos, 30 religiosas y 3 consagradas en Institutos seculares. Los sacerdotes del pueblo me fueron llevando progresivamente a vivir una vida de mayor intimidad con Jesús. El toque de gracia lo recibí en unos Ejercicios espirituales que nos dio el sacerdote a las jóvenes de la parroquia. Al explicarnos tan al vivo la Pasión de Jesús, descubrí el gran amor que tiene por cada uno de nosotros. Vislumbré un poco el amor personal que tenía por mí y pensé: No puedo gastar mi vida en cualquier cosa que no sea en agradecer y corresponder a su amor con mi amor. Desde entonces, quise ser toda de Él e hice mi voto de virginidad a mis 18 años.

En la comunión diaria, sentía que Jesús me decía: Tengo sed de ti, de que seas totalmente mía. Calma mi sed. Al principio, me regalaba muchos consuelos... En los días de las fiestas del pueblo, mientras la música y el baile alegraban el ambiente de la plaza junto a la iglesia, yo estaba sola con Jesús ante el sagrario. Un día, un seminarista me dijo: ¿No te da envidia todo eso de afuera? Y le contesté: Si todos los que están bailando supieran cómo se está aquí, al momento lo dejarían y vendrían aquí.

En el grupo parroquial hicimos comedias. Una de ellas, Amor y sacrificio, me ayudó a irme al convento, pues en ella yo repetía la frase: Señor, sólo por Ti voy a dar este paso, aunque mi corazon está chorreando sangre. Y esto lo repetía yo a solas muchas veces para darme valor. Porque temía lanzarme al vacío, a lo desconocido, y el demonio también me ponía chicos que me pedían relacionarse conmigo.

Al fin, Dios venció y decidí entrar al convento, aunque me costara. Y me fui rebosante de felicidad y alegría, mientras todos quedaban llorando. El día que entré al convento pensé que, al ir a acostarme, tendría que llorar y saqué mi pañuelo para dar rienda suelta a mis lagrimas, pero me dije: No tiene sentido que ahora llore, cuando he conseguido lo que tantos años soñé y deseé. Y me dormí tranquila y feliz.

Y aquí sigo cada día más feliz, queriendo que toda mi vida sea una acción de gracias y que cada acto sea un acto de amor como desagravio por los pecados y por la salvación de las almas. Ser madre de las almas cuesta, pero vale la pena.

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Nací el 31 de enero de 1977 en Santiago de Chile, en una familia profundamente católica. Mis padres representaban para mí el ideal máximo de amor al que creía poder aspirar. Los veía felices, realizados, siempre abiertos a los demás. Como fruto de su amor, cuatro hijos, a los que se dedicaron en cuerpo y alma.

Estudié en un colegio del Opus Dei, donde aprendí que la vida es un camino de santidad. Allí es donde se suscitó en mí por primera vez el deseo de ser santa. Si todos estamos llamados a la santidad, debía ser sencillo cumplir la voluntad de Dios. ¿De qué sirve vivir, si no llegamos al cielo? ¿No hemos sido creados para eso? En la clase de religión, la profesora nos decía que la vocación era una luz especial que Dios pone en el alma desde el momento de su creación. Sólo algunos la tienen y se descubre en el momento en que Él la muestra. ¡Una luz en el alma! Algo así como una estrellita que brilla desde dentro. Pero ese deseo de ser santa y religiosa se perdió en un rincón de mi alma y sólo volvió, cuando tenía 17 años.

Mi padre fue destinado como observador de guerra de la ONU a Pakistán. Y las cosas, que habían estado claras, parecieron nublarse. ¿Acaso no quería Dios la entrega que le ofrecía? Me aterraba pensar en ese año en Pakistán. Estaba acostumbrada a frecuentar los sacramentos, ir a retiros, hacer actividades apostólicas. ¿Me los quería quitar Dios ahora? El 16 de diciembre de 1994 partimos a Pakistán. Allí cambió el ritmo de mi vida. De ser agitada y activa, se transformó en monótona y pasiva.

Pasaba ratos en soledad, pensando, escribiendo, cantando. No era sólo una soledad externa, sino tambien un vacío del corazon. Una tarde de esas en que no tenía nada que hacer, me llamó una amiga, hija tambien de un militar, desde Israel. Me invitó a irme con ella a estudiar allí. La idea sonaba a locura, pero fantástica. Después de varias semanas de hablarlo con mis padres, accedieron. ¡Qué caminos tan torcidos usa Jesús para escribir derecho! Parecía que aquello no conduciría a nada, pero Él me esperaba en aquel lugar. Allí había pensado llamarme desde toda la eternidad. Lo vi claro, tan claro como para que desde ese momento mi vida cambiara de rumbo totalmente.

Una tarde en el mar de Galilea, la historia del amor eterno de Dios se repitió. Después de la llamada, vino un largo proceso de maduración, de aceptación, de rendición ante el plan de Dios. Un camino lleno de inquietudes, pero que, al final, triunfó sobre mi egoísmo, mis planes y mis miedos de entrega. Sólo Dios podía llenar la sed insaciable que tenía de eternidad. Él quería para mí una posesión que no tuviera límites, un amor eterno. Un amor fecundo en la entrega no sólo a un hombre, a una familia..., sino a miles de almas a las que podré transmitirles la vida eterna. Dios lo fue entretejiendo todo para llamarme aquella tarde en el mar de Galilea y para hacer de mí la mujer que Él había pensado desde toda la eternidad.

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Ingresé al monasterio, cuando iba a cumplir los 27 años, después de que Dios vació mi corazon. Vivo mi consagración con una gran alegría. Tengo el corazon ancho como el universo y en él caben todos los hombres del mundo con sus dolores y gozos, con sus fracasos y esperanzas. Mi vida es un canto de alegría a la amistad y al amor. María Santísima me ha enseñado a descubrir la belleza de todas las cosas y a vivirla con sencillez. Y a Jesús lo amo con todo mi corazon de esposa.

DESEOS DE SANTIDAD

Quiero ser santa, una gran santa. Estoy plenamente enamorada de Jesús. Él me enamora con tantas cosas bellas que hay en el mundo. Esta mañana, durante la hora de adoración en Comunidad, he tenido un sentimiento de amor tan grande que quería abrazar a todos los hombres con Jesús. Era bello y doloroso a la vez.

Siento sed de Jesús, sed de almas, de salvar a los pecadores. Procuro unirme a todas las misas que se celebran en el mundo y ofrecerme en ellas a Jesús. Cuando estoy en la capilla, trato de sumergirme en el paraíso de amor del tabernáculo y fundirme en un abrazo de amor con Jesús, que quisiera fuera eterno. Soy víctima de su amor y todo lo sufro y ofrezco por su amor. Con frecuencia, siento que Jesús me abraza y me acaricia. Hay días en que, estando en oración, me parece vivir en el centro mismo del Amor. Me veo como bañada en una luz profunda muy suave y sencilla. Esto lo experimento en el centro mismo del alma, en su misma sustancia. Es un estado de paz profunda, en el que Dios me posee por completo y allá, en lo íntimo de mi alma, oigo una dulce voz que me dice: Dame tu amor.

Un día, al momento de arrodillarme ante el sagrario, le dije a Jesús: Oh Amor mío, abrázame con tu amor. En ese mismo momento, un rayo de amor inundó mi alma como una llama ardiente y lloré mucho, me caían gruesas lágrimas por mis mejillas. ¡Me sentía tan feliz! Sentía el abrazo cariñoso de Jesús a mi alma. Es algo que no lo puedo describir.

¡Oh Amor eterno de mi alma! Quisiera amarte con tu mismo Corazón y ser un volcán de fuego. Quisiera convencer a las almas de que Tú eres Amor y que las amas con un amor eterno y sin fin. Tú eres el alma de mi alma, el Corazón de mi corazon, luz de mi luz, vida de mi vida... Tú lo eres todo para mí.

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Mi primer encuentro consciente con el Señor fue a los 14 años al comulgar. Sentí al Señor como una persona muy cercana, muy íntima, dentro de mí, que me amaba. Lo sentí como Amor y prendió en mí un fuego extraño. Fue algo tan bonito y maravilloso que me marcó para siempre y cambió el rumbo de mi vida por completo. Apenas tenía un momento libre, me iba junto sagrario a charlar con el Señor y, si no podía ir a la iglesia, me encerraba en mi habitación y allí tenía mis largos coloquios con Él. Aquellos largos ratos de coloquio con el Señor dieron fruto en mi vida práctica. Creo que me volví más formal y menos egoísta, más dulce y suave, pues tenía mucho genio.

En casa se dieron cuenta del cambio y varias veces oí el comentario de que no sabían lo que me pasaba, pero que yo no era la misma, y creo que era verdad. Fue por entonces, con mis quince años, en que sentí deseo de entregarme totalmente al Señor y ser suya para siempre. Y pensé ser religiosa de una Congregación que tuviera expuesto al Santísimo Sacramento donde se le adorara día y noche. Sentía unos deseos enormes de estar delante del Santísimo Sacramento. No me bastaba el sagrario, necesitaba la custodia y me dediqué a buscar en Granada iglesias donde estuviese expuesto el Santísimo, pasándome allí las mejores horas de mi vida.

Mi director espiritual me recomendó leer la Historia de un alma de santa Teresita del Niño Jesús. Lo hice por pura obediencia y me gustó muchísimo. Comprendí que el Señor me quería misionera al estilo de esta santa. Le tomé cariño a santa Teresita. Por fin, entré en la Comunidad el 3 de febrero de 1957. Han pasado muchos años desde aquel día, pero puedo decir, con toda verdad, que soy plenamente feliz. Si mil veces naciera, otras tantas sería religiosa. Cada día descubro nuevas profundidades en nuestra maravillosa vocación. Y quiero ser santa.

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Entré al convento totalmente decidida a seguir a Jesús hasta las últimas consecuencias. Él me cautivó y me enamoró. El día de mi profesión temporal, a la hora de las ofrendas, coloqué en el altar la oración en donde me ofrecí como víctima al Amor misericorDioso por la Iglesia y por los sacerdotes. Desde entonces, vivo mi consagración con la sicología de una esposa, esposa del Rey, Cristo Jesús.

Jesús me ha hecho sentir que mi vocación es “ser María”, esclava de Señor, totalmente disponible a sus planes sobre mí. Me ha dado un corazon abierto hasta los límites del mundo. Por eso, quiero ser misionera hasta los extremos de la tierra. Ya me he ofrecido para ir a fundar un nuevo convento, próximamente, en tierras de misión. Me siento misionera y quiero ser un rayito de luz, que pueda penetrar hasta los rincones, donde los misioneros no pueden llegar.

El día de mi profesión perpetua le dije a Jesús: O VENCER O MORIR. QUIERO SER SANTA. Le supliqué que tomara el timón de mi barquilla, porque no quería ser mediocre. Y Jesús me tomó la palabra. Me sometió a un proceso de purificación interior y exterior tremendo. A veces, creía que Dios me había abandonado. Había momentos en que me encontraba desolada por la sequedad, las tentaciones, las incomprensiones, las humillaciones, y el demonio se valía de esta situación para inquietarme y hacerme pensar que me había equivocado de camino. Sin embargo, yo me daba cuenta de que el mundo necesitaba de Dios y eso me daba fuerzas para seguir mi carrera. Además, ponía mis ojos en la Santísima Virgen y Ella me alentaba para seguir adelante.

El 12 de noviembre de 1989, en el colmo del sufrimiento interior, con Jesús en el Gólgota, creía morir. Eran las 3 a.m. y sentí la voz de Jesús que me dijo: Tú serás Yo y Yo seré Tú. Inmediatamente, me inundó una paz inexplicable, una alegría inmensa, una fortaleza de roble, una libertad de espíritu inenarrable, que persiste hasta el día de hoy. Yo sólo hacia llorar y llorar, alabando y bendiciendo a Dios. Aquel día, Él me transformó desde las raíces hasta donde yo nunca podía imaginar. Ahora ¡soy libre! Puedo amar a Dios con una fe más pura, y en Dios a todo el universo. No quiero defraudar al Amor, a mi esposo Jesucristo, crucificado y resucitado por mí.

Como ves, mi vida es como un río caudaloso, que corre a veces manso y tranquilo, otras turbulento y devastador, pero que no se detiene, pues tiene cita con el océano inmenso de Dios. Allí me espera, con los brazos abiertos, para decirme TE AMO. Mientras tanto, me estoy preparando, cumpliendo mi misión de esposa y de madre, una misión de amor sin fronteras.

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Quiero ser santa. Mi corazon está siempre con la puerta abierta para que entre Jesús, cuando Él quiera, no tiene que pedir permiso. Anoche en la oración comunitaria, sólo pude decirle: AMOR. Eso fue todo. Y el AMOR se apoderó con toda su fuerza de mi ser entero y me olvidé de mí misma. Una vez, hace muchos años vi los ojos de mi AMOR. Los vi en el fondo de mi alma. Era una mirada amorosa, dulce, cálida, elocuente, muy elocuente, pues me mostraba su Corazón inmenso e infinito. Vi los ojos de mi Amado y fue tal la impresión que sentí, que no lo podré olvidar jamás. La mirada que dejó grabada en mi alma, no podrá ser borrada y espero reconocerla en la patria tan deseada. Cuando esta mirada me envuelve de nuevo, me lleno de una infinita delicia.

Esto es tan sublime que no puede ser explicado con palabras. Cuando el amor se apodera de mí, me siento abrasar y es algo tan fuerte que me siento fuera de mis facultades, como perdida en Él. Quisiera abrasarme, abrasarme, ser un volcán en constante erupción y ser abrasada como en un holocausto y abrasar toda la tierra. Muchas veces, le pido que me dé el amor de todos los santos y ángeles y de su Madre bendita para amar e, incluso, poder amar con su divino Corazón.

Mi celda esta cerquita del sagrario y puedo ir fácilmente a visitar a Jesús. Acabo de estar con Él y me envolvió un silencio impresionante y me dejé llevar por Él. Fue algo tan hermoso... Jesús Eucaristía me hacía sentir las dulzuras de su amor sacramentado. Y me pareció oír su dulce voz, pero fuertemente persuasiva y dulcemente tajante: Soy yo quien te quiero llenar, revestir, ayudar, santificar...

Fue tal la paz de mi alma que perdí por completo la noción del tiempo y de mi condición de criatura. Yo era una con Él y sólo deseaba su voluntad en mí. Todavía siento el regusto de esas horas pasadas en su compañía. Mi amado Jesús me espera siempre en la Eucaristía. Allí me quiero dejar abrasar totalmente por Él.

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Entré muy joven al convento y, durante los años de noviciado, fui feliz; era la alegría del noviciado. Después de mi profesión solemne, seguí tan feliz como en el noviciado. Pero, al poco tiempo, mi vida espiritual comenzó a decaer, mi oración empezó a decaer y empecé a dudar de mi vocación. Creía que mi camino no era éste, que me había equivocado, y los días se me hacían inmensamente largos. Por esta época, empezó a visitarme un seminarista de mi pueblo. Él me contaba sus cosas y yo las mías, pero llegó un momento en que, en vez de ayudarnos, lo que estábamos haciendo era todo lo contrario, pues empezamos a enamorarnos uno del otro.

Ante esta situación, llegué a creer que verdaderamente no tenía vocación y, por lo tanto, tenía que salir del convento. Empecé a hacer todas las gestiones y, cuando ya lo tenía todo preparado, la última noche que pensaba pasar en el convento, después de Completas, cuando habían salido todas las hermanas, me quedé en el Coro para recoger mis libros. Y, cuando salía del coro, al hacer la genuflexión, experimenté como que alguien me cogía por la espalda y me decía: ¿Dónde vas? ¿Me dejas solo? ¿Qué vas hacer? Y, sin darme cuenta, caí de rodillas llorando a más no poder. En esos momentos, parecía que el corazon se me partía de dolor, pero Jesús es Padre y, después de varias horas, a pesar de aquella tremenda amargura que sentía, empecé a sentir consuelo y gozo en el alma, pasándome toda la noche en vela ante el Santísimo, dándole gracias y bendiciendo su amor para conmigo. Tenía yo 32 años y, desde entonces, todas las cosas que me pueden pasar no son nada para mí en comparación del amor de Jesucristo y de María. ¡Qué alegría sentirme amada por el Amor! Por eso, te diré que cada día estoy más contenta y te suplico que todos los días me bañes en la sangre de Jesús para que purifique mi alma y me haga santa.

MENSAJE DE JESÚS A SUS ESPOSAS

(Este testimonio-mensaje pertenece a una contemplativa europea, que lo recibió de Jesús, la noche del 13-12-47, siendo maestra de novicias).

Jesús tomó mi corazon y metiéndolo en el suyo, que ardía con llamas de fuego, me dijo: Lo vacío de todo lo humano y lo lleno de amor divino. De ahora en adelante vivirá, amará y latirá al unísono conmigo. Tu corazon será mi pequeño refugio, a donde me retiraré a descansar, cuando sea ofendido por las almas consagradas. Tengo un deseo vehemente, infinito, de poseer el corazon de mis esposas. Al menos, tú ámame, déjame libre para obrar en ti según mis designios. No temas. Descarga en mí todas tus miserias. Yo soy el amor y la misericordia.

¡Oh mis esposas! Mi corazon abierto ¿no os dice nada? Si acudís a mí, yo os perdonaré y os estrecharé entre mis brazos con mi ternura divina. Mi corazon está herido con las punzantes espinas, que me clavan algunas de vosotras. Acercaos a mi corazon, dejaos abrazar por el fuego de mi amor. Mi corazon es un "paraíso de maternidad". Debéis venir aquí para ser verdaderamente madres de las almas. Necesito almas víctimas que se inmolen por la gran causa de mis sacerdotes. Debéis tener un corazon de madre para ofreceros por ellos.

Esposa mía, ámame, déjame sufrir en ti, que yo pueda compartir contigo mi cruz, que es una señal de predilección para ti. Muchas de mis esposas no saben ni quieren saber nada de sufrimiento y sacrificio. Sólo buscan comodidades y satisfacciones. ¿Para eso han venido a mi casa? Un alma que no sabe mortificarse no puede llamarse mi esposa. Por eso, mortificaos en todo, no acariciéis tanto vuestro cuerpo, no temáis tanto el dolor, no rechacéis mi cruz... Miradme, con frecuencia, clavado en la cruz con ojos y corazon de esposas. La cruz ¿no os habla del amor infinito de mi divino Corazón? No tengáis miedo a la cruz. Quiero continuar en vosotras mi vida dolorosa. Quiero destruir todo lo humano de vuestro corazon y en su lugar, edificar lo divino. ¡Oh, si me dejarais actuar libremente! ¡Cuántas maravillas obraría en vuestras vidas!

Yo quiero que cada comunidad sea una sonrisa para mi corazon. Mi corazon sangrante busca vuestra sonrisa. Esposas mías, amadme, quiero poseer vuestro corazon. Necesito almas de fuego, decididas a afrontar el sufrimiento sin temores humanos. Yo, el amor, quiero vuestro amor puro y generoso. Quiero que seáis fervorosas, humildes, obedientes y fieles a las exigencias de la voluntad divina. Pero... encuentro cerrados muchos de vuestros corazones; ¿a dónde iré?, ¿dónde encontraré alivio y consuelo? Ábreme, esposa mía, tengo prisa de derramar sobre ti los torrentes de gracia de mi amor infinito. No soporto la vida mediocre de mis esposas.

El mundo va a la ruina, porque en muchas de vosotras falta el fuego del amor, despertad de vuestro sueño para que amanezca la aurora de una mañana luminosa. Huid de las tinieblas del egoísmo, del orgullo y de la satisfacción de los sentidos... Yo, el sol divino, quiero calentaros con los rayos de mi amor. Quiero introduciros en el centro amoroso de mi corazon.

El demonio, el mundo y la carne quieren destruir mi Iglesia. Levantaos, legiones de Cristo, esposas del Rey victorioso, tomad las armas de la santidad, combatid, siguiendo a vuestro divino capitán. La victoria está en vuestras manos. Cuento con vosotras.

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Le decía Jesús a la beata Dina Bélanger (1897-1929), la famosa mística canadiense: Mira esa alma consagrada, me ama, pero guarda sus apegos a las cosas de la tierra y eso me impide darle grandes gracias. Mira esa otra. Resplandezco más en ella, porque me ama más. Pero fíjate en mi Corazón, herido por pequeñísimas espinas. Son las cosas pequeñas que me niega y que me impide entregarle todos los tesoros de mi Corazón. Considera ésta de aquí. Mis manos y mis pies están atados con cuerdas. Es un alma tibia. En ella mi acción está paralizada; está muy próxima a separarse de Mí.

Ahora fíjate en aquélla. Es un alma separada de Mí por el pecado mortal. Mira cómo el demonio se apodera de mi imagen y la ata fuertemente con cadenas de hierro; con estrépito se ríe, baila y juega con mi imagen y tiraniza a la pobre alma, haciéndola desgraciada y zarandeándola de un lado para otro. Tú me la puedes recobrar en unión con mi Madre bendita, arrancándola del demonio por el amor y el sacrificio.

Mira allá a lo lejos. Me ves resplandeciente. Es un alma que no me niega nada. Nada percibes de ella, porque está aniquilada en Mí. A ella puedo darle libremente todos los tesoros de mi Corazón. La hago feliz y ella me consuela...

Hija mía, llamo a todas las almas consagradas a entregarse a Mí, a dejarse llenar de Mí, a dejarme obrar libremente en ellas. Las llamo a todas y mira qué pocas son las que nada me niegan. En cada una de las almas de esa muchedumbre de consagradas, no debería verse nada humano, debiera vérseme a Mí solo. Escucha, esposa mía, escúchame bien. Si todas las almas consagradas no me negasen nada y me dejaran siempre obrar libremente en ellas, todas las otras almas se salvarían. Sí, todas las otras almas se salvarían.

Mi pequeña esposa, muchas almas veo caer en el infierno, ciertamente porque ellas quieren, pero también por el abuso que de mis gracias hacen las almas consagradas. Ora y suplica a mi Padre celestial, por medio de mi Madre y de mi divino Corazón, que salve y santifique a todas las almas consagradas. Mi Corazón ama infinitamente a cada alma.

ORACIONES

Señor, hazme santa. Es la única cosa que sé decirte. Tú, Señor, conoces toda la extensión y magnitud de mi miseria. Conoces mis innumerables defectos y las veces que te he traicionado con mis ingratitudes. Oh Señor, si me miro a mí misma, me lleno de tristeza y desconfianza. Me siento demasiado débil. Me parece que ser santa es una misión imposible. Pero Tú eres poderoso. Tú me amas y me quieres así como soy. Y, por eso, me entrego a Ti del todo y para siempre. Tú no me harías desear la santidad, si no me la quisieras dar. Pero ¿cómo lo harás, Señor, si caigo a cada paso y soy infiel en cada momento? ¡Oh Señor!, escucha mi suplica. Tú sabes que surge de lo más profundo de mi alma. Oblígame a hacer tu voluntad. Arrebátame la libertad de ofenderte. Señor, soy débil... ten piedad y misericordia de mí. ¡Quiero ser santa, Señor! ¡Que sepa abandonarme a Ti! ¡Que se cumpla en mí tu santa voluntad!

Yo no sé, si el cumplir tu voluntad me traerá sufrimientos. Soy demasiado débil y conozco muy bien mi debilidad. Nunca me atrevería a pedirte sufrimientos. Pero sé tambien que no me enviarás nada superior a mis fuerzas. Por tanto, Señor, en este momento y con todo mi corazon y mi voluntad, acepto el cumplimiento total de tu voluntad sobre mí con todo lo que me tengas destinado para llegar al grado de santidad que Tú quieres para mí. ¡Oh Señor!, sé que Tú conoces el interior de los corazones y sabes que hago esta petición muy sinceramente, pero sabes tambien que soy impotente para cumplirla. Por eso, te digo y te pido con todas mis fuerzas que me ates con los lazos de tu amor para que nunca más te ofenda voluntariamente. Quítame, Señor, la salud o la vida antes de dejarme caer en pecado mortal. Señor, si Tú quieres, puedes sanarme. Jesús, hijo de David, ten compasión de mí que soy una pecadora. ¡Hazme santa!

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Señor, mi Dios, aquí estoy, aquí me tienes, soy tuya, haz de mí lo que Tú quieras. Estoy lista, empezamos cuando Tú quieras. No me pidas permiso para nada. Guíame a donde quieras. Yo confío en Ti. Sólo quiero decirte que te amo y quiero ser tuya totalmente y para siempre. Gracias, Jesús, por haberme dado a María como madre mía.

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Oh Jesús mío, en quien creo, espero y a quien amo con todo mi corazon. Tú eres el infinito en quien me siento amada y en quien me hallo realizada. Tú eres mi hermano, mi Señor y mi esposo, a quien pertenezco con todo el gozo de mi alma. Tú, Señor, haces florecer mis ilusiones y me haces feliz.

¿Qué puede decirte? Tú eres el sol de mi vida, el descanso de mi corazon, el deleite de mi espíritu, la dicha de todo mi ser. Mi vida religiosa es la respuesta a tu llamada amorosa. Tú eres el ÚNICO necesario, Tú eres mi Dios y sin Ti no puedo vivir. Y quiero que mi vida sea una señal de tu ternura infinita hacia los hombres. Quiero dar testimonio de que soy tu esposa y buscar en todo momento hacerte feliz a Ti, mi Señor, y a mis hermanos por amor a Ti.

Oh Jesús, rey de mi vida y de mi corazon, lléname de tu amor y haz que sea para todos los que me rodean un testimonio vivo de que Tú existes y nos amas. Quiero hacer de mi vida una ofrenda de amor permanente para alabanza de tu gloria. Amén.

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Oh Jesús, mi divino esposo, por mediación de la Santísima Virgen tu madre, acepto y te ofrezco lo que Tú, en tu divina bondad, quieras enviarme desde este momento. Acepto y te ofrezco la enfermedad o sufrimientos que me vengan en el futuro. El perder cualquiera de mis sentidos o todos ellos a la vez, el quedarme como un ser inútil para todo, el perder el conocimiento de mí misma. En fin, TODO cuanto me puedas pedir y sea para tu gloria. Me abandono en los brazos de tu gran misericordia y te ofrezco mi suerte final y mi eternidad, que espero sea llegar a gozarla entre tus dulces brazos sin temor ya de perderte nunca. Oh Jesús, mi dulce Amor, no te merezco, pero te necesito tanto que, aunque indigna, quiero vivir muy dentro de tu divino Corazón, poseyéndote siempre. Toma TODO cuanto deseas de mí. Me abandono enteramente a Ti. Jesús, soy TODA tuya para siempre.

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HACIA LA SANTIDAD

Pon tu mano en el arado, No vuelvas la vista atrás. Pon tu mano en el arado y busca la santidad.

Sólo a Dios busca en la vida, sólo Dios tu caminar, sólo Dios en tu mirada. Y a tu Dios encontrarás.

Tu vivir será ser Cristo, Él tu camino será. Camino que lleva al Padre con rumbo de eternidad.

No quieras coger las flores, ni lo que dejaste atrás, vive con Dios el presente, vive en Cristo la Verdad.

Pon tu mano en el arado, no vuelvas la vista atrás. Pon tu mano en el arado y busca la santidad.

LA VOCACION

No sé cómo fue... Alguien pasó junto a mi vera en el cruce de un camino y me habló. Sus huellas se clavaron en el polvo, Él se fue... A solas me detuve, no supe adivinar quién era el caminante, que aprisa se alejaba. Contemplé de sus huellas las pisadas, marcadas en la arena, y en mi corazon una voz que me decía: SÍGUEME. No quise responder... Quizás mañana... mas Él su ruta proseguía, buscando seguidores, perdido en el recodo de un camino. Entonces, emprendí veloz carrera hasta alcanzarlo y preguntarle: ¿A mí, Señor, me quieres? Él me miró... Nos miramos... Era JESÚS... Él me buscaba sin yo saberlo, en las tardes oscuras... en las noches claras. Y... con Él me quedé... El camino iba hacia el Calvario, donde estaba María. Allí, los tres unidos, celebramos la misa. Yo le ofrecí mi vida... Le di gracias por haberme escogido... por hacerme su esposa... Y... Él me dijo: "Vive de amor... Te quiero Santa". Ahora sólo me queda vivir feliz mi sacerdocio y decirles a todas mis hermanas: SEGUID SUS HUELlAS.

CONCLUSIÓN

A ti, joven, que sientes en tu corazon el llamado del Señor, te dirijo estas palabras. La vida consagrada es un regalo maravilloso que Dios te ofrece. Desde toda la eternidad, Jesús pensó en ti y soñó con hacerte tu esposa. Te ha escogido entre millones de mujeres del mundo entero. Te ha llamado, no porque seas más hermosa o más inteligente que las otras. Simplemente, porque Él te ha amado, a pesar de tus defectos y debilidades, incluso, a pesar de tu vida pasada no tan santa.

Vale la pena dejarlo todo y seguir a Jesús para siempre y sin condiciones. Vale la pena dar la vida entera por Él y por los demás. Ciertamente, debes renunciar a ser madre físicamente, pero Dios te dará infinidad de hijos espirituales a quienes debes cuidar. ¿Has pensado alguna vez cuántas personas desconocidas y a quienes sólo conocerás en el cielo, extienden sus manos hacia ti, porque necesitan tu ayuda? Son los hijos que Dios te da, pues Él quiere hacerte madre de muchas almas. Para ellas debes ser luz en su oscuridad, ayuda en sus penas, alegría en su tristeza, esperanza en su desesperación. No los defraudes. Hay demasiada gente en el mundo que necesita de ti para ser feliz y espera tu respuesta fiel y generosa a la llamada de Dios.

¿Recuerdas el capitulo 18 del libro del Génesis? Dios había decidido destruir las ciudades de Sodoma y Gomorra por sus pecados y corrupción. Abraham intercede por ellas y le dice: Señor, ¿vas a destruir al justo con el malvado? ¿No los vas a perdonar por cincuenta justos que hubiera adentro? Y Dios dijo: Si encuentro cincuenta justos, no destruiré la ciudad por amor a ellos. Y siguió Abraham intercediendo... Y si hubiera cuarenta y cinco... Y si hubiera cuarenta… Y si hubiera treinta... Y si hubiera veinte... Por fin, insistió por última vez: Señor, no te enfades, ya sólo te lo voy a pedir esta última vez... Y ¿si hubiera diez justos? Y Dios dijo: Tampoco en atención a esos diez destruiría la ciudad. Pero no había ni siquiera diez justos en Sodoma y Gomorra, y Dios las destruyó.

La enseñanza es clara: Por unos pocos buenos, Dios puede proteger a muchos otros. Y esa es, precisamente, la misión de los consagrados: interceder por todos sus hermanos los hombres para conseguirles la salvación. Ellos son los pararrayos del mundo, que detienen la cólera de Dios. Son la raíz escondida que lleva la savia vital a todo el árbol de la Iglesia. Son la antorcha encendida que guía en la noche a los desorientados.

Así que tú estás llamada a ser antorcha, estrella de la noche, pararrayos de Dios, luz en la oscuridad del mundo. Tú estás llamada a reparar y consolar a tu Dios por tantas ofensas que recibe en el mundo. Dios quiere que seas santa, pues sólo así podrás cumplir fielmente y plenamente tu misión. En la medida en que seas santa y ames más a Dios y a tus hermanos los hombres, podrás cumplir mejor tu misión.

Por supuesto que en la vida religiosa no todo es color de rosa. Encontrarás consagradas mediocres, comodonas, más preocupadas por sus cosas que por las cosas de Dios... Pero no te desanimes, tú has venido al convento por Dios. Eres esposa de Jesús y debes hacerlo feliz, incluso ofreciéndole los problemas y sufrimientos que debas soportar. El monasterio no es un cielo, pero es un lugar desde donde es más fácil llegar a él.

No olvides que de tu generosidad depende la salvación de muchas almas, que en el cielo te llamarán MADRE y que esperan tu respuesta generosa y fiel al Señor. Jesús te necesita y cuenta contigo para salvar al mundo. Tú tienes la respuesta. Si tienes dudas, puedes pedir hacer una experiencia de unos días en un convento para conocer mejor su vida antes de entrar. Pero defiende tu vocación contra viento y marea. No te preocupes tanto de lo que digan los demás, incluso familiares, sino de lo que diga Dios. Defiende tu vocación. No te aferres a tus seguridades humanas. Déjalo todo como Abraham, a quien Dios dijo: Deja tu tierra y tu parentela y vete a la tierra que yo te mostraré (Gen 12,1). Y él lo dejó todo para seguir la voluntad de Dios y nunca se arrepintió. Recuerda a los apóstoles, a quienes Jesús les prometio hacerlos pescadores de hombres, y lo siguieron sin pensarlo dos veces. Ellos dejaron al instante las redes y le siguieron (Mt 4, 20). En cambio, el joven rico a quien Jesús tambien llamó y le dijo: Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y luego ven y sígueme…, se fue triste, porque tenía muchos bienes (Mt 19, 21-22).

Vale la pena arriesgarlo todo por Jesús. No te arrepentirás, te lo digo por experiencia. Con Jesús nunca pierdes, siempre saldrás ganando. Todo el que dejare hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o campos por amor a mi nombre, recibirá cien veces más en esta vida y después la vida eterna (Mt 19,29).

Y para terminar, unas preguntas: ¿Qué vas a hacer con tu vida? ¿Cuáles son tus proyectos? ¿Has pensado en la posibilidad de ser religiosa y consagrarte totalmente al servicio de Dios y de los demás? Si no estás segura, te recomiendo que vayas todos los días a los pies de Jesús, ante el sagrario, y le preguntes: Señor, ¿qué quieres de mí? ¿Cuál es mi misión? Y Él te responderá, quizás sin palabras, pero con toda claridad.

 

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