INTRODUCCION
Estas páginas quieren manifestar mi afecto fraterno a todas las
almas consagradas, especialmente a las contemplativas. Este es el
cuarto folleto, que escribo para ellas. En la primera parte, hago
una exposición doctrinal y, en la segunda, recojo algunos
testimonios más representativos.
Ellas necesitan ser conscientes de su gran misión en el mundo
como madres de las almas. Cristo las escogió desde toda la
eternidad para ser santas e inmaculadas ante El por el amor (Ef
1,4). Están llamadas a ser sacerdotes por el amor y deben vivir
esta dimensión sacerdotal de su vida consagrada con un ofrecimiento
constante de su vida por la salvación del mundo. Ellas deben tener
una total disponibilidad a los planes divinos y estar abiertas a lo
infinito de Dios y a las necesidades de los hombres. Esto significa
aspirar constantemente a la santidad y querer ser, como María,
hostias puras de amor para Jesús. Muy especial debe ser su
relación con los sacerdotes, a quienes deben apoyar con su
oración, su amor y su dolor.
Ellas son misioneras de amor y del Amor. Por eso, pueden decir
con Sta. Teresita del Niño Jesús: "Oh Jesús mío, por fin he
encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi
propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que Tú me has
señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre,
yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá
colmado... Porque el amor encierra en sí todas las vocaciones, el
amor lo es todo, abarca todos los tiempos y lugares, en un palabra,
el amor es eterno". Y podíamos añadir: porque el amor es de
Dios y Dios es Amor.
Deseo que este librito les ayude a vivir en plenitud su
sacerdocio de amor y así puedan llegar más fácilmente a la
santidad.
PRIMERA PARTE
REFLEXIONES
Dios te ama así como eres
Jesús te ama tanto que daría de nuevo su vida por ti. Vales
tanto como la sangre de Cristo, que El entregó para salvarte. Eres
la persona más importante del mundo para El. A nadie ama más que a
ti. Te ama con todo su amor infinito. ¿Por qué no le pides
prestados sus ojos para que veas todo desde su punto de vista? No te
veas con tus propios ojos. No te devalúes a ti misma. No te vendas
fácilmente, mintiendo o halagando para obtener la estima de los
demás. No lo necesitas. Dios te ama así como eres en este preciso
momento. Te ama infinitamente, porque eres su hija, a pesar de tu
pasado, y seguirá amándote eternamente. Nunca dudes de su amor. Tu
vida es muy importante para Dios. Para El no hay vidas menos
importantes. Nada es pequeño a sus ojos.
Por eso, el no valorarte debidamente, le duele en lo más
profundo. Es como dudar de su amor por ti. El te ama como eres, alta
o baja, guapa o fea. El te ha hecho a su gusto. ¿Por qué te
rechazas a veces a ti misma? ¿No te gustas? ¿No eres perfecta?
Tampoco Dios quiere que lo seas ni lo necesitas para cumplir bien tu
misión. ¿Tienes envidia de quienes tienen más cualidades que tú?
Ellos deben cumplir su misión y tú la tuya. Lo importante es que
tú cumplas bien esa misión que Dios te a encomendado.
Tu vida es una aventura fascinante y misteriosa, tras la que
están millones y millones de años de Dios. Desde toda la
eternidad, cuando todavía no existía nada de lo que se ha hecho,
Dios pensó en ti y te amó y "soñó" contigo (Jer 31,3).
¿Cómo serán los "sueños" de Dios? Soñó en hacerte
santa y te encomendó una misión universal. Desde el mismo día de
tu concepción, en el que creó tu alma con un acto de infinito amor
por ti, desde ese día sigue derramando su amor sobre tu vida y
sigue esperando con ilusión tu respuesta a sus planes divinos.
Jesús pensó en ti, cuando estaba clavado en la cruz y derramó
toda su sangre por ti. Sí, por ti. No lo dudes. El te ha perdonado.
No estés continuamente, lamentándote por tu pasado. Vive en
plenitud el presente. Acéptate como eres, Dios no hace basura. Dios
te ha creado con infinito amor y te ha formado con infinito cariño.
Tú eres muy preciosa a sus ojos (ls 43,4). Te ha llamado con
especial predilección. No lo defraudes con tus egoísmos. No te
sientas indigna de tanto amor. El desea lo mejor para ti y quiere tu
felicidad.
¿Has pensado alguna vez en tu gran dignidad como hija de Dios,
esposa de Jesús, princesa del cielo? El Padre de Jesús es tu
padre. La Madre de Jesús es tu madre. Todos los santos y ángeles
son tus hermanos. Tú perteneces a la gran familia de Dios. Vive de
acuerdo a tu gran dignidad. Vive con sinceridad, con claridad, con
transparencia. Sé auténtica. Nunca mientas ni engañes. No trates
de imitar a otros. Tú no eres fotocopia. Tú eres una persona
única en el mundo. Desde que existe el mundo, nunca ha existido ni
existirá otra persona exactamente como tú. Tú eres algo distinto
y especial para Dios. El tiene un plan diferente para ti, un plan
único y maravilloso, que nadie más que tú podrá realizar.
¿Dejarás que en el mundo haya un vacío de amor por no cumplir
fielmente el plan de Dios sobre ti? No traiciones sus planes,
perderías tu propia felicidad. Y ¡cuántas almas podrían
condenarse eternamente por tu infidelidad y tu falta de generosidad!
Tu vida es demasiado valiosa para Dios. Dile SI a todo lo que te
pida. No le niegues nada. Y no olvides que, decirle SI, es cumplir
su voluntad, es morir a tus propios planes para vivir de acuerdo al
plan de Dios.
No te preocupes demasiado de lo que piensan los demás. Piensa,
más bien, en lo que Dios espera de ti. Desarrolla tus talentos,
estudia, supérate, corrige tus defectos. No te lamentes de ser o de
tener menos que los otros. No hagas comparaciones inútiles. Tú
eres diferente. Y, cuando al verte llena de defectos, sientas que tu
ánimo se te cae por tierra, levántate. Dios todavía no ha
terminado contigo. Déjate cambiar por El. Estás en proceso de
maduración. Estás en camino a la santidad. No te detengas y
síguelo, aunque sea por el camino de la cruz.
Aprecia y disfruta de las pequeñas cosas de la vida para ser
feliz. No necesitas cosas caras o lujosas para tener alegría y paz.
Vive el presente con seriedad y responsabilidad. Haz bien todo lo
que haces. Admira la belleza de la naturaleza. Disfruta del perfume
y belleza de las flores, de una hoja de hierba, del rumor del
riachuelo, del canto de los pájaros. ¡Hay tantas cosas lindas que
tu Padre ha creado para que seas feliz! Sólo por ti crearía de
nuevo el Universo. ¿No lo crees? ¿Tan poco crees que vales para
Dios?.
No sientas complejo de inferioridad. No te devalúes. No ocultes
tus talentos. Desarrolla tus cualidades. Haz de tu corazón un
cielo, donde viva a gusto Jesús. Haz de tu vida una fuente
inagotable de amor, donde puedan saciar su sed de Dios tantos
hermanos tuyos que te necesitan. Dios te ama, no lo olvides. El
cuenta contigo para salvar al mundo.
Hacia la santidad
Todos estamos llamados por el bautismo a ser santos. La santidad
no es un lujo de unos pocos, sino el simple deber de todos. ¿Alguna
vez has pensado que puedes ser santa? ¿Se lo has pedido al Señor?
El desea lo mejor para ti y quiere que seas feliz. Ora y trabaja por
tu santificación personal. No te desanimes al verte tan frágil y
llena de defectos. Sigue adelante en la gran empresa de tu
santificación y pídele a Jesús todos los días que te haga santa.
La santidad, a la vez que es un don de Dios, es también fruto de
nuestro esfuerzo. Ora, como si todo dependiera de Dios, y
esfuérzate, como si todo dependiera de ti. Tú puedes ser santa.
Dios lo quiere. Inténtalo.
El tiene todo su tiempo exclusivamente para ti. Nunca estará
demasiado ocupado para no atenderte. Eres demasiado importante como
para que te haga esperar. Más bien, El está esperando tu llamada
para ayudarte. No tengas miedo de molestarlo o de decirle siempre
las mismas cosas. Déjate ayudar y verás qué fácilmente se
solucionan muchos de tus problemas y puedes superar poco a poco tus
defectos. El está a tu lado las veinticuatro horas de cada día. No
rechaces sus caminos. No te rebeles contra sus planes. El te guía.
No le tengas miedo. El sabe mejor que tú lo que te conviene y te
ama con un amor incondicional y seguirá amándote pase lo que pase
y hagas lo que hagas. El seguirá confiando en ti hasta el final.
Pero no puede hacer nada sin tu ayuda y colaboración. El respeta tu
libertad y no te obligará a ser santa. Tú debes decidirlo
libremente. ¿Estás dispuesta a intentarlo?
Que el amor sea la norma suprema de tu vida y que, por amor,
obedezcas y cumplas siempre la voluntad de Dios. Entonces, tu alma
vivirá siempre en primavera.
Oh Dios mío, te entrego mi voluntad y cuanto soy y tengo. Toma
posesión de mi ser. Haz de mí lo que tú quieras. Santifícame a
cualquier precio. No me pidas permiso. Hazme santa.
Santidad y obediencia
Toda la vida de Jesús se puede resumir en una sola palabra:
Obediencia. “Tomó la forma de siervo, haciéndose semejante a los
hombres; y en la condición de hombre, se humilló y se hizo
obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil 2,7-8), El nos
dice: “He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la
voluntad del que me envió” (Jn 6,38). En los momentos difíciles
de la Pasión, le decía a su Padre: “Padre, que no se haga mi
voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42). Ahora bien, obedecer es amar.
Hay que obedecer con amor y por amor. El amor y la obediencia van
íntimamente unidos. Y nosotros, porque debemos amar a Dios, debemos
obedecerlo y respetarlo como buenos hijos. Aquí está el secreto de
la santidad. No hay claves mágicas ni misterios escondidos. No
hacen falta experiencias maravillosas ni grandes penitencias.
Simplemente se nos pide amar y obedecer. Cumplir la voluntad de Dios
en cada momento es la clave de la santidad (Mt.7,21).
Hazlo todo lo mejor que puedas en cada instante por amor a Dios.
Lo único que importa es el amor, triunfes o fracases humanamente.
Si has puesto lo mejor de ti misma, El no te puede pedir más. Haz
lo que haces con sinceridad, tratando de hacer felices a los que te
rodean. Si lo haces así, encontrarás el camino hacia lo profundo
de ti misma y hacia tu propia felicidad. Ten siempre presente que
vivir es un hermoso privilegio que Dios te ha dado. Aprovecha al
máximo el tiempo que El te regala. No lo desperdicies sin hacer
nada o haciendo las cosas mal. Esfuérzate, lucha, trabaja.... y
ofrece generosamente tus sufrimientos por los demás.
Debes estar plenamente convencida de que todo lo que sucede está
bajo control de Dios. Nada existe por casualidad. No puede pasarte
absolutamente nada, sino lo que Dios quiera, o al menos permita,
para tu bien (Rom 8,28). El es el chofer de tu vida. El te lleva en
sus brazos con cariño. No temas, dale las gracias por todo lo que
te ocurre, aun por las cosas desagradables, y duerme tranquila. El
sabe el porqué de todo. Por eso, no busques ansiosamente las causas
segundas, el porqué tuviste ese accidente, quién tuvo la culpa de
aquella injusticia o por qué tuvo que ocurrirte a ti tal cosa. Mira
siempre en todas las cosas la mano de Dios que dirige tu vida.
Acepta los acontecimientos como manifestación de la voluntad de
Dios. En cada momento, debes decir: Aquí está la mano de Dios y lo
acepto con amor.
Dile Sí en cada instante. Procura estar atenta y despierta para
comprometerte con lo que haces y hacer las cosas bien. Procura estar
consciente de lo que te pide y no se lo niegues. Cumple las leyes y
normas establecidas. Trata siempre de servir y hacer felices a los
demás. No les niegues tu ayuda y tus servicios siempre que los
necesiten. Ama sin descanso a todos los que te rodean.
Si quieres saber cuán santa eres, debes examinar tu grado de
amor. Dicho de otra manera, con que perfección cumples en cada
momento la voluntad de Dios y le obedeces ¿Por qué no te abandonas
completamente en sus manos? ¿Por qué no te dejas llevar por El
como un niño en brazos de su madre? Hazte el propósito de dejarte
amar por Jesús y aceptarlo todo como venido de sus manos. Dile
ahora mismo: “Jesús, creo en tu amor por mí, acepto tus planes
sobre mí. Te entrego mi voluntad para que hagas de mí lo que tú
quieras, sin pedirme permiso”.
Así ya no te preocuparán tanto tus problemas. Estás en las
manos de Jesús y estás en buenas manos. Tú le perteneces desde el
día de tu bautismo. Déjate cuidar y guiar por El. Vive con
alegría tu consagración religiosa. El es tu esposo y le entregaste
tu voluntad, tus propiedades, tu cuerpo, tu afectividad... tu vida
entera. No seas mediocre. No seas egoísta, buscando pequeños
placeres que te alejen de El. Procura hacerlo feliz.
Dale carta blanca para que pueda hacer en ti lo que crea más
conveniente. Obedece sin vacilar. El te dice: “Dame, hija mía, tu
corazón y que tus ojos hallen deleite en mis caminos” (Prov
23,26). Y no olvides que, para ser santa, necesitas el poder del
Espíritu Santo y “Dios da el Espíritu Santo a los que le
obedecen” (Hech 5,32).
Jesús Eucaristía es para ti un modelo de obediencia. Se hace
presente en la hostia, obedeciendo a las palabras del sacerdote,
aunque sea pecador. Después, está a su disposición, dejándose
llevar por sus manos para quedarse en el sagrario o para darse en
comunión. Ellos, por así decirlo, son sus conductores y El
obedece. Jesús, en el sagrario, está en actitud de obediencia ¿no
podrás tú obedecerlo y cumplir su voluntad?.
Fe en la Eucaristía
Creemos que Jesús está verdaderamente presente con su cuerpo,
sangre, alma y divinidad en el sacramento de la Eucaristía. Así
nos lo enseña la Iglesia. Así nos lo dice el Evangelio: "Esto
es mi cuerpo... Esta es mi sangre” (Mt 26,26-28). “Yo soy el pan
vivo bajado, del cielo, el que come de este pan vivirá para siempre
y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn
6,51). Así nos lo dice también la fe y experiencia de los santos.
La Eucaristía es el compendio y suma de toda nuestra fe.
La Eucaristía es un milagro sólo visible a los ojos de la fe.
Hallarse frente a un pedazo de "pan" y creer que se trata
del mismo Dios en persona, es algo que estremece el alma. La
Eucaristía es Dios en medio de nosotros. Es el centro de nuestra fe
cristiana. Es la puerta de entrada a las maravillas de Dios.
¡Cuánto amor deberíamos experimentar al saber que vivimos bajo el
mismo techo que Jesús! ¡Cuántas bendiciones recibimos al
visitarlo, recibirlo y adorarlo! ¡Cuántas bendiciones reciben
aquellos conventos que tienen la adoración perpetua! ¡Cuánta
sanación y amor para los enfermos, los tristes, los que están sin
esperanza! Desde el sagrario, Jesús nos invita y nos dice: “Venid
a Mí...”
Jesús nos espera día y noche y, a veces, ni siquiera le
dirigimos un pensamiento de amor. ¡Cuánta indiferencia para el
Amor de los Amores! El espera el consuelo de nuestra visita y
compañía y, fácilmente, nos excusamos con tantas ocupaciones....
Pero El sigue y seguirá esperando. ¿Crees realmente que el Jesús
de la Eucaristía es el mismísimo Jesús, el Hijo de María, que
nació en Belén y murió por ti en la cruz? ¿El mismo Jesús que
caminaba por aquellos caminos de Palestina, haciendo milagros y
sanando a los enfermos? ¿Crees en su presencia eucarística? ¡Hay
tantos que sufren, porque quisieran tenerla ¡
En un pueblecito de los Andes peruanos, hacía 22 años que no
habían visto a un sacerdote. Todos los domingos, el catequista los
reunía en la capilla y allí abría el corporal sobre el altar y
les decía: “Adoremos a Jesús, hecho Eucaristía aquí hace 22
años. El estuvo aquí en medio de nosotros. Pidámosle que vuelva
realmente a estar con nosotros, que nos envíe un sacerdote”. Y El
escuchó su oración.
En un pueblecito del Congo, en África, durante 20 años, cinco
viejecitas se reunían todos los domingos para orar y pedirle a
Jesús que les enviara un sacerdote para tener la Eucaristía. Y
Jesús les envió un sacerdote y un convento de monjas
contemplativas.
En un pueblo de las islas Kiribati, en Oceanía, había un grupo
de católicos que nunca habían sido visitados por un sacerdote. Los
sacerdotes más próximos estaban a 5,000 Kms. Todos los domingos se
reunían en la playa y, mirando a la lejana Tahití, se arrodillaban
para adorar a Jesús, presente en aquellas lejanas iglesias de
Tahití. Juntos decían esta oración: “Señor, qué alegría
sentiremos, cuando tengamos con nosotros un sacerdote, que pueda
celebrar la Eucaristía, perdonar nuestros pecados y darnos la
unción de los enfermos a la hora de nuestra muerte. Envíanos,
Señor, un sacerdote que sea nuestro Padre y nuestro hermano, y tu
representante en medio de nosotros”.
Después de 10 años, el Señor les mandó un misionero. Lo
recibieron con gran alegría, con vestidos de fiesta y un rosario al
cuello y con el altar ya preparado para la celebración de la misa.
¡Qué alegría!
Cuántas veces, personas no católicas, han afirmado haber
experimentado una presencia invisible, una atracción inexplicable
hacia el sagrario. Así hablaban algunas jóvenes musulmanas, cuando
me encontraba de capellán militar en Ceuta. Ese fue, precisamente,
el golpe de gracia para la conversión de una joven, hoy religiosa
contemplativa.
Milagros Eucarísticos
A lo largo de los siglos, Jesús ha manifestado su presencia
eucarística con muchos prodigios. Uno de ellos fue el ocurrido en
Bolsena (Italia) el año 1263. Un sacerdote celebraba la misa,
dudando de la presencia real de Jesús, cuando al partir la hostia,
brotó súbitamente tal cantidad de sangre que cayó sobre el
cáliz, empapó el corporal y los manteles y algunas gotas cayeron
al piso. Sto. Tomas de Aquino y el Papa Urbano IV pudieron
certificar la veracidad de este prodigio. Este mismo Papa instituyó
la fiesta del Corpus Christi.
Otro prodigio importante ocurrió en Siena (Italia) en 1730. Unos
ladrones robaron 223 hostias consagradas de la basílica de S.
Francisco el 14 de Agosto y, desde entonces hasta ahora, se
conservan milagrosamente. Las hostias están tan frescas e intactas
como el primer día, sin presentar ningún signo de descomposición.
Esto, según los científicos que han hecho análisis de
laboratorio, va en contra de toda ley física, química y
biológica. El mismo Papa Juan Pablo II el 14-9-80 en Siena dijo:
“Aquí esta la presencia real de Jesús”. Su conservación
milagrosa es una señal para nuestro tiempo.
Pero el mayor de todos los prodigios ocurrió en Lanciano
(Italia) en el siglo VIII. Durante la celebración de la misa, la
hostia se transformó en un pedazo de carne viva y el vino
consagrado en sangre, coagulándose después en cinco piedrecitas
diferentes, cada una de las cuales pesaba exactamente igual que
varias de ellas o que todas juntas.
En el correr de los siglos se han realizado muchas
investigaciones serias sobre esta carne y sangre milagrosas, que
todavía se conservan en un relicario. En 1971 un grupo de expertos,
entre ellos el profesor Odoardo Linoli, catedrático de anatomía,
histología patología y microscopía clínica, y el profesor
Ruggero Bertelli, ambos de la Universidad de Siena, efectuaron
análisis en el laboratorio y llegaron a resultados sorprendentes.
Después de 12 siglos, la carne es verdaderamente carne y la sangre
es verdaderamente sangre de un ser humano vivo y tienen el mismo
grupo sanguíneo "AB". El diagrama de esta sangre
corresponde al de una sangre humana que ha sido extraída del cuerpo
vivo ese mismo día. La carne pertenece al corazón.
¿No nos está diciendo claramente el Señor, a través de este
milagro, que El está siempre vivo entre nosotros en este
sacramento? Acerquémonos a El con reverencia y recogimiento. No lo
dejemos solo, hagámosle compañía. Vayamos en espíritu a tantos
sagrarios abandonados y solitarios y adorémosle, porque El es
nuestro Dios.
Eucaristía es alegría, fortaleza, amistad
En la Eucaristía, participamos de la alegría de Jesús. Muchas
veces, en mi vida misionera, me sentía feliz de ser sacerdote y
llevarles a mis hermanos la alegría de su perdón y de su amor.
Cuando llegaba a un caserío, era para ellos una gran fiesta, que
con frecuencia sólo ocurría una vez al año. Casi todos se
confesaban y comulgaban. Era una fiesta familiar. Asistían a la
misa, aunque tuvieran que hacer grandes sacrificios. Los primeros
viernes, venían de todos los rincones de la parroquia los
"hermanos del apostolado" para confesar y comulgar. Ese
día la casa parroquial era la casa de todos. Todos compartíamos
noticias y alegrías y esperanzas. Era la fiesta parroquial de cada
mes. Era hermoso ver venir ancianos, niños, adultos, con lluvia,
con sol, con frío o con calor, después de tres o cuatro horas de
camino. Y allí, en aquellas soledades de los Andes, entre ríos y
quebradas, entre precipicios y montañas, ante tantas maravillas de
la creación, cantábamos alegres por la alegría de tener a Jesús,
hecho pan, entre nosotros.
Cuántas veces también, durante los nueve meses en que estuve
destacado como capellán militar en una pequeña isla del Norte de
África, me iba por las tardes a mirar el mar y a disfrutar de la
belleza de un hermoso atardecer. Me parecía soñar con un mundo
nuevo y me llenaba de paz. A continuación, iba a la pequeña
capilla y celebraba la misa con la alegría reciente de aquel lindo
atardecer. Y Jesús se hacía presente entre mis manos y me daba
alegría y fuerza para seguir adelante en mi vocación. Pero, al
volver a la ciudad, aturdido por el ruido de la civilización, dejé
de orar y de celebrar la misa diariamente y mi vocación empezó a
tambalear y mi fe a decaer. Entonces, pedí oración a religiosas
contemplativas y Dios me salvó. ¿Cuántas oraciones y cuántas
horas de sagrario fueron necesarias para salvarme?.
Actualmente, una de las alegrías más frecuentes que recibo
proviene de la inocencia y pureza de los niños. Quiero mucho a los
niños y su sonrisa y su amor llenan mi alma de la alegría de Dios.
Cuando en la misa, en el momento de la paz, vienen a saludarme, me
parece que sus besos son los besos de Jesús. Por eso, al comulgar,
quiero acercarme con la inocencia y la pureza de los niños y sentir
en cada comunión el beso de Jesús.
La Eucaristía también es fortaleza en la adversidad.
Un sacerdote, que pasó 45 días solo, en el desierto, en un
retiro voluntario.... dice que la Eucaristía era su alimento, su
fortaleza y su compañía. Allí solo, entre la arena y el cielo
estrellado, con Jesús era feliz.
Otro, que pasó 20 años, solo, encerrado en una prisión, cuando
podía celebrar la misa con un poco de pan y vino, se sentía
fortalecido para afrontar todas sus penalidades y su soledad. Sin
Jesús a su lado se habría vuelto loco.
Muchos sacerdotes, durante la segunda guerra mundial, llevaban
sobre su pecho la Eucaristía y esto les daba valor para soportar
todas las pruebas de la guerra. Con Jesús a nuestro lado todo es
más fácil. Jesús es nuestro refugio y nuestra fortaleza.
La Eucaristía es también amistad. Jesús es el compañero
inseparable, que nunca falla. Es el Emmanuel, el Dios con nosotros,
el amigo fiel. Recuerdo la experiencia de unión y fraternidad que
viví en el retiro mundial de sacerdotes, del 5-9 de octubre de
1984, en Roma. Allí había sacerdotes de todas partes del mundo y
todos nos sentíamos unidos en Jesús ¡Qué hermoso ver a 7.000
sacerdotes en adoración ante el Santísimo Sacramento todos los
días en la Basílica Vaticana! ¡Qué misas celebrábamos, todos
unidos en la lengua de la Iglesia, el latín! ¡Todos cantando en
distintas lenguas! ¡Todos sintiéndonos hermanos y amigos en
Jesús! Allí se notaba la presencia del Espíritu. Todos éramos
UNO en Cristo Jesús. ¡Qué grande es la dignidad del sacerdote!.
El Sacerdote
Decía el patrono de los sacerdotes, S. Juan Ma. Vianney: “El
sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús. Si comprendiésemos
bien lo que es el sacerdote,,moriríamos, no de pavor, sino de
amor".
¡Oh sublime dignidad del sacerdote! ¿Quién eres tú ? Tú eres
el servidor de todos los hombres, el "siempre disponible
", el hombre "para" los demás, el esposo de la
Iglesia. Tú eres el hombre de Dios. El que habla a Dios de los
hombres y a los hombres de Dios. Tú eres el puente... Tú, en cada
misa, te transformas en Jesús, el Hombre-Dios. Tú eres hombre y
eres Dios. Eres todo y eres nada. Eres superior a los ángeles....
Eres Padre de todos los hombres. Eres sacerdote eternamente.
El sacerdote es representante y embajador de Cristo en el mundo y
debe actuar en su Nombre y con su poder. Es depositario y
distribuidor de los tesoros de la Redención. Es pastor y guía del
pueblo de Dios y debe estar dispuesto a dar su vida por sus ovejas
(Jn 10,11). Debe diferenciarse de los demás como el pastor se
distingue de sus ovejas. En su aspecto exterior, debe reflejar su
dignidad; en su comportamiento, debe inspirar confianza como un
"padre". En la misa debe llevar en su corazón a todos sus
hijos del mundo entero y ofrecerse por ellos. En cierto modo, es
"responsable" de la Humanidad y debe preocuparse de la
salvación de las almas y de la gloria de Dios, luchando siempre
contra el mal y contra el Maligno. Su vida y su tiempo no le
pertenecen. Por eso, debe ser un hombre de oración, estudio y
sacrificio en favor de los demás.
Es sacerdote y víctima y continúa la obra de la Redención en
la tierra por medio de los sacramentos. Es Maestro de la Palabra de
Dios... instrumento de reconciliación, y debe ser un hombre
universal, "para todos" sin excepción. Su modo de vida no
debe escandalizar a los más pobres y nunca debe despreciar a nadie.
Además, debe tener un corazón eucarístico, enamorado de Jesús.
El es el hombre de la Eucaristía y debe ser, como Jesús,
"alabanza de la gloria del Padre". Será también el
hombre de la acción de gracias, es decir, el hombre Eucaristía. Su
vida debe centrarse y culminar en la misa de cada día, pues debe
vivir principalmente de la Eucaristía y para la Eucaristía.
El sacerdote es un don de Dios para el mundo, valoremos y
respetemos su dignidad.
Memorial de Cristo
El sacerdote es el hombre del memorial, el que hace presente el
pasado, el que hace presente a Cristo hoy entre los hombres.
Memorial es hacer vivo y real entre nosotros, ahora, un
acontecimiento salvífico, que tuvo lugar en tiempos pasados. El
sacerdote, en la misa, actualiza, renueva y realiza eficazmente la
obra de la Redención, de la Pasión, Muerte y Resurrección de
Cristo. Por eso, decimos que la misa es el memorial de la Pascua de
Cristo, el memorial de su infinito amor, el memorial de la Cena del
Señor, el memorial de la Redención, el memorial de su Pasión,
Muerte y Resurrección. Cuando Cristo nos dice: Haced esto en
conmemoración mía (en griego: touto poieite eis ton emen
anamnesin) no se refiere a una representación teatral recordatoria,
sino a hacerlo como un memorial, como una presencia real, como una
reactualización, eficazmente presente.
Ahora bien, en vez de decir que en la misa el sacerdote hace
presente o actualiza el sacrificio de Cristo, algunos autores
prefieren decir que el sacerdote se hace presente, aquí y ahora, al
único sacrificio de Cristo, que se prolonga por los siglos.
Nosotros estamos acostumbrados a decir que el sol
"sale" todos los días, pero el sol no "sale",
está "ahí", es la tierra la que va a su encuentro, la
que se hace presente a él y así participa cada día de sus
beneficios. De la misma manera, podríamos decir que el sacerdote,
en cada misa, nos lleva, nos hace presentes a ese único sacrificio
de Cristo, que está "ahí", pero no podemos vivirlo ni
disfrutarlo hasta que no se celebra la misa.
Supongamos que estuviéramos obligados a vivir toda la vida en
una casa fría y tenebrosa, sin esperanza de vida, y que el Sol de
Cristo está "ahí, brillando permanentemente en el cielo.
Cuando el sacerdote celebra la misa, nos hace presentes al sol,
abriendo las puertas y ventanas. La misa es para nosotros luz, vida
y esperanza, si sabemos abrir la puerta de nuestro corazón al Sol
de Dios.
La misa es el memorial de Cristo, que sufre, muere y resucita por
nosotros. Pero también podríamos decir que el sacerdote es, en la
misa, el memorial de Cristo, ya que no sólo representa a Cristo,
sino que es realmente el mismo Cristo; no es "otro"
Cristo, es Cristo mismo en persona. Durante la misa, el sacerdote
actúa In persona Christi", en la persona de Cristo,
personifica a Cristo (Canon 899). Cristo toma posesión de su
persona y, a través de él, se ofrece a sí mismo al Padre, como lo
hizo en la cruz. Cuando dice: ESTO ES MI CUERPO, ESTE ES EL CALIZ DE
MI SANGRE, es Jesús quien lo dice. El sacerdote le presta a Jesús
su voz, sus manos, su cuerpo y debe entregarle también su vida
entera, como hostia viva, agradable a Dios.
De ahí que sea tan importante que haya una identificación entre
el sacerdote y Jesús en la vida diaria. Tanto más cuanto que, por
la ordenación, el sacerdote recibe un carácter indeleble, un sello
invisible, que lo marca para siempre y lo configura profundamente
con Cristo sacerdote. En la misa, es Jesús quien celebra. El
sacerdote es un instrumento suyo, un ministro suyo, consciente y
libre. Su ser es como absorbido por Jesús. Hay una identificación
"ontológica" con Jesús, una especie de
"transustanciación". Poniendo un ejemplo, podríamos
pensar en el hierro rusiente. El fuego se ha posesionado de él de
tal manera que, sin dejar de ser hierro, se "hace" fuego,
actúa como fuego y, con el poder del fuego, quema y da luz y calor,
capaces de transformar a cuanto lo rodea.
¡Qué grande es el poder del sacerdote! Cuando confieso a
grandes pecadores arrepentidos y perdono sus pecados en Nombre de
Dios, siento una gran alegría en mi alma. ¿Quién soy yo, hombre
débil y pecador, para que Dios me haya dado semejante poder? Cuando
celebro la misa, especialmente para los enfermos, me gusta
imponerles las manos y bendecirlos y creo que es Jesús mismo quien
los bendice a través de mí... para sanarlos. El sacerdote está
llamado, a semejanza de Cristo, a dar su vida por los demás, a
perdonar, predicar, sanar y bendecir, para que todos "tengan
vida y vida en abundancia" (Jn 10,10).
El sacerdote, identificado con Cristo en la misa, necesita vivir
esta dimensión cristológica de su ser a lo largo de toda su vida y
actuar siempre como "Cristo".
La bendición sacerdotal
No faltan quienes la consideran algo anticuado y supersticioso,
no quieren saber nada de agua bendita o de imágenes o cosas
benditas. Pero la bendición del sacerdote es la bendición de
Cristo y de la Iglesia, a través de él. Incluso los laicos
también pueden bendecir, sobre todo los padres a sus hijos, en
virtud de su sacerdocio común (Vat II SC 79; canon 1168).
Decía la beata Ana Catalina Emmerick que "el poder de la
bendición sacerdotal penetra hasta el purgatorio, y consuela, como
rocío del cielo, a las almas, a quienes con fe firme bendice el
sacerdote". Ella, como otros santos, tenía el don de la
hierognosis (conocimiento de lo sagrado) y podía distinguir
claramente los objetos benditos de los que no lo eran.
La bendición sacerdotal es oración, que nos obtiene muchos
beneficios, es fuerza contra las tentaciones, es protección contra
el Maligno, es luz y vida para el alma. Es bueno darse la bendición
uno mismo y bendecir, incluso a distancia, a los seres queridos, a
los enfermos y necesitados etc. Muchas veces, mis fieles, con su fe
sencilla, me piden la bendición. A mí me agrada bendecirlos,
especialmente a los niños. Me gusta bendecir las medicinas de los
enfermos y, con frecuencia, les digo a todos:"QUE EL SEÑOR TE
BENDIGA".
La misa y su importancia
La misa es el acto más grande, más sublime y más santo, que se
celebra todos los días en la tierra. La misa es el acto que mayor
gloria y honor puede dar a Dios. Todos los actos de amor de todos
los hombres, no son nada en su comparación. Toda la gloria y
alabanza que recibe de todas las maravillas de la Creación, toda la
predicación de todos los santos y misioneros, todos los milagros
realizados, toda la bondad de todas la criaturas y de todos los
hombres, que han existido, existen y existirán, no son nada en
comparación del amor y gloria y reparación que recibe el Padre en
una sola misa por medio de su Hijo Jesús. Dice Sto. Tomás de
Aquino que la misa vale tanto como la muerte de Jesús en la cruz.
La misa es la renovación y actualización del sacrificio del
Calvario.
El efecto de la misa abarca a todos los hombres de todos los
tiempos y a todo el Universo. Desde el primer hombre hasta el
último, desde la primera partícula creada hasta la última, desde
el lugar en que me encuentro hasta el más remoto lugar del Cosmos.
Es una misa cósmica, una misa universal, una misa
"católica", en el mejor sentido de la palabra. Por ser la
misa de Jesús, tiene el mismo valor que la misa del Calvario y
sirve para la salvación de todos los hombres, incluso de los que ya
murieron y de los que vendrán. En el hoy de Dios; no hay pasado ni
futuro, todo es presente.
Por eso, Dios pudo haber bendecido a mis antepasados, incluso
hace cientos de años, en previsión de las misas que yo celebraría
por ellos. Igualmente, Dios puede bendecir en el futuro, cuando
existan, a mis hijos espirituales en atención a las misas ya
celebradas por ellos. ¿Cuántas bendiciones habrán recibido y
seguirán recibiendo los miembros de Ordenes religiosas en virtud de
las oraciones y misas celebradas por sus fundadores y santos de su
Orden? Por eso, es tan importante tener presentes en cada misa a los
familiares e hijos espirituales que Dios nos encomienda y pedir por
ellos y reparar por ellos. Celebrar bien la misa es una gran
responsabilidad del sacerdote. En ella, "somos colmados de
gracia y bendición" (Pleg l).
Sin embargo, ¡cuántos sacerdotes la celebran como instrumentos
ciegos e ignorantes del misterio que se celebra! Muchos la celebran
en 15 minutos, otros celebran tres o cuatro misas diarias, sin
permiso, y sin causa justificada, con la consiguiente rutina.
Algunos le dan tanta importancia a una larga predicación, que el
resto lo pasan con excesiva rapidez. Hay sacerdotes que sólo
celebran, cuando hay fieles o tienen "intención". No
sienten necesidad de celebrar, cuando están de vacaciones etc. etc.
Pero la Iglesia “recomienda encarecidamente la celebración
diaria, la cual, aunque no pueda tenerse con asistencia de fieles,
es una acción de Cristo y de la Iglesia, en cuya realización los
sacerdotes cumplen su principal ministerio” (canon 904 y Vat II PO
13).
Precisamente, porque la misa es su principal ministerio y su
oficio sacerdotal se da en favor de los fieles (PO 5), existe una
"obligación moral" de celebrarla diariamente para obtener
tantas bendiciones para el mundo. La misa es la mayor fuente de
energía espiritual, que puede existir en el mundo, y no podemos
privar a los demás de tantas bendiciones, que Dios pone a nuestro
alcance. Pero ¡cuántas misas dejan de celebrarse o se celebran
mal! ¡Cuántas misas que no se han celebrado ni se celebrarán,
porque hay más de 80,000 sacerdotes, que abandonaron su ministerio!
¡Qué tristeza! ¡Qué tremenda sangría y qué gran vacío
espiritual para la Iglesia y para el mundo! ¿Podemos extrañarnos
de que el mundo esté tan mal? Hasta la Creación se rebela contra
el hombre. S. Pablo nos dice que “la Creación entera gime y
siente dolores de parto... y espera ser liberada de la servidumbre
de la corrupción para participar de la libertad de la gloria de los
hijos de Dios” (Rom 8, 21-22).
En la celebración de la misa, manifestamos nuestra esperanza en
una “Creación nueva, liberada de toda corrupción”, “y en un
mundo nuevo, donde habite la plenitud de la paz” (Pleg Rec I y
II).
Pues bien, la misa que "es la fuente y cumbre de toda la
vida cristiana” (LG 11) y la plenitud de la vida espiritual,
según Sto. Tomás de Aquino, debe ser el centro de la vida del
sacerdote. Debe ser el acto más importante y trascendental de cada
día de su vida. Todo debe ser supeditado a ella. Nunca debe estar
demasiado ocupado para no celebrarla o para no tener unos minutos de
preparación y acción de gracias (canon 909). No puede considerarla
como una "obligación" más, pues es la esencia de su
vida.
¡Qué importante es la misa para el mundo! Supongamos que un
hombre tuviera la responsabilidad de controlar la energía
eléctrica de su país y que, por descuido, negligencia o ignorancia
culpable, dejara a oscuras varios días al mes a toda la población.
¡Cuánto perjuicio económico y social ocasionaría! Eso no es
nada, comparado con el perjuicio espiritual que recibe el mundo
entero por tantas misas no celebradas o mal celebradas. Por esto,
hay que rezar tanto por los sacerdotes para que valoren la misa y la
celebren como si fuera la única misa, como si fuera su última
misa, porque de ella depende la salvación de muchas almas. Decía
el santo Cura de Ars que la causa del relajamiento de muchos
sacerdotes estaba en que no dan suficiente importancia a la santa
misa.
La misa, sacramento de unidad y de vida
En cada misa, Jesús se hace presente entre nosotros como en una
nueva Navidad y se hace uno de nosotros. Ya no es solamente judío,
sino de todos y cada uno de los países, es un hombre entre los
hombres. Vive en medio de los hombres, en todos los países. Es el
“Dios con nosotros” . El es el “Hombre-Dios” de todos y para
todos. En El todos somos UNO. Por ello, todas las misas del mundo
forman una sola misa en Cristo. Propiamente hablando, sólo hay una
misa, la misa de Cristo, que cada sacerdote actualiza en cada
Eucaristía. También podemos decir que todas las comuniones de
todos los hombres de todos los tiempos, forman una sola comunión o
común unión con Cristo.
En cada misa y comunión, al unirnos a Cristo, nos unimos
también, a través de El, a todo el Universo y a toda la Humanidad.
Nos dice S. Pablo que “El es el primogénito de toda criatura, ya
que en El fueron hechas todas las cosas, las del cielo y las de la
tierra...Todo fue hecho por El y para El.... El es también la
cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia. El es el primogénito de entre
los muertos... Por El quiso Dios reconciliar todo lo que existe y
por El...g Dios establece la paz en el cielo y en la tierra” (Col
1,15-20). Todas las cosas han sido hechas por El y todo le
pertenece. El es el centro del Universo y con El vivimos en el
centro mismo del Corazón del Dios. El Corazón de Jesús es un
Corazón cósmico, el centro propulsor de todo y de todos. Todo se
centra en El y desde El irradia su amor, su luz su vida y su paz. A
El y en El converge todo en un flujo y reflujo constante. De El y
por El viene la vida. De El proviene la Redención. Por El nos viene
la Salvación.
También en Cristo nos unimos a todos los ángeles, santos y
almas del Purgatorio, porque todos formamos la única Iglesia de
Cristo (triunfante, purgante o militante). En la misa, también
ellos están presentes para adorar la majestad de Dios, hecho hombre
por nosotros.
La misa es, verdaderamente, sacramento de unidad. En ella, todos
juntos, como hermanos de la misma familia, hijos del mismo Padre,
rezamos el Padre nuestro. "Todos formamos un solo cuerpo,
porque todos participamos del mismo pan” (1 Cor 10,17). Y pedimos
que se consoliden “los vínculos de unidad entre los laicos y los
pastores de la Iglesia” (Pleg V/d) para que un día “todos nos
reunamos en la heredad de su reino” (Pleg IV).
Nos dice el concilio Vaticano II que la unidad de los fieles se
realiza por el sacramento de la Eucaristía (LG 3). Y que en la
celebración de la Eucaristía “se contiene todo el bien
espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo... que da la vida a
los hombres” (PO 5). Cristo es la vida y nos alimenta con el pan
de vida. El ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia
(Jn 10,10). El nos da la vida para compartirla con los demás. Esto
supone en nosotros una gran responsabilidad de amar la vida creada,
en todas sus formas. Respetar la naturaleza y no destruirla
inútilmente. Respetar la vida humana desde el primer instante de la
concepción hasta sus últimos momentos.
Igualmente, debemos respetar la vida en los más débiles y
necesitados. Pensemos en tantos cristos rotos, que viven junto a
nosotros, en los que se sienten solos y abandonados, los
inmigrantes, los refugiados, los desocupados, los ancianos, los
enfermos, los niños. Jesús nos dice: “Lo que hiciereis a uno de
estos mis hermanos, a Mí me lo hacéis” (Mt 25,40). La comunión
con Cristo nos lleva a la comunión con los hermanos. La Eucaristía
es sacramento de caridad (Sto. Tomás). S. Agustín, ante este gran
misterio de amor de la Eucaristía, exclamaba: “¡Oh sacramento de
piedad! ¡Oh signo de unidad! ¡Oh vínculo de caridad!”.
La misa del amor y de la paz
La misa es una celebración gozosa, una fiesta con Jesús.
Sentimos la inmensa alegría de tener con nosotros a Jesucristo
glorioso y resucitado. La misa no puede ser un velorio, sino una
fiesta familiar con un banquete, “el banquete pascual de su amor”,
en el que todos deben participar, recibiendo el manjar de su cuerpo
y de su sangre. Esta fiesta, si es posible, debe celebrarse
cantando, pues el canto es expresión de alegría.
La misa es una celebración del amor de Dios. Se celebra en el
mismo Corazón de Dios, en el seno de la Trinidad, en el amor de los
TRES. El amor del Espíritu Santo hace posible la encarnación de
Cristo en las especies sacramentales. Jesús se entrega y se ofrece
por amor a nosotros y obediencia al Padre. El Padre recibe con amor
la ofrenda de su Hijo por el Espíritu Santo. La misa comienza y
termina con una invocación a la Trinidad. Es una celebración de
paz, porque es sacramento de paz. Es el “sacrificio de la
reconciliación perfecta” (Pleg Rec II). En ella, en el rito de la
comunión, le pedimos al Señor que nos libre de todos los males y
nos conceda la paz.... que no tenga en cuenta nuestros pecados y,
conforme a su palabra, nos conceda la paz y la unidad. Nos damos la
paz como hermanos y, al final, el sacerdote despide a todos con
"Podéis ir en paz".
¡Qué poder tan grande el de la misa para conseguir la paz! Es
el mismo poder de Jesús, que está presente en el sacerdote, y se
lo pide a su Padre. El no podrá menos de alegrarse y sonreír como
aquella noche de Navidad y decir, como los ángeles: “Paz en la
tierra a los hombres de buena voluntad”. ¡Qué importante es la
intercesión del sacerdote para que la víctima divina “traiga la
paz y la salvación al mundo entero” (Pleg III). Si en una
comunidad hay incomprensiones o divisiones. Si en una parroquia hay
violencia y discordias. Si en un país hay odio, guerras,
revoluciones y todos los sacerdotes y fieles se unen para pedir la
paz .Entonces, Jesús, el Príncipe de la paz, nos dará la paz,
aunque sea por la intercesión de unos pocos (léase Génesis
18,20-33). La paz en un don de Dios. Pidamos la paz en la misa de
cada día.
La misa de la Iglesia
Al celebrar la misa, el sacerdote no actúa como persona
individual e independiente, sino como ministro de Cristo y de la
Iglesia; es decir, como ministro del Cristo total, de la Cabeza y
del Cuerpo, inseparablemente unidos. La ofrenda de Jesús solo sin
la Iglesia, sería, en cierto modo, insuficiente. Jesús se ofrece a
sí mismo y consigo ofrece todo lo suyo y todos los suyos (el
Universo, la Humanidad, su Iglesia), especialmente a su sacerdotes y
consagrados. Del mismo modo, el sacerdote debe ofrecerse con Cristo
y todo lo suyo en unión con toda la Iglesia. Esto supone en El
obediencia a la jerarquía. “El ministerio sacerdotal, por el
hecho de ser ministerio de la Iglesia misma, sólo puede cumplirse
en comunión jerárquica con todo el Cuerpo” (PO 15). Ellos son
cooperadores de los obispos con el fin de construir y edificar la
Iglesia (PO 12).
La misa es una acción de Cristo y de la Iglesia (canon 904). En
ella estamos “reunidos en comunión con toda la Iglesia” (Pleg
I). Y veneramos la memoria ante todo de la Virgen María, de S.
José y de todos los santos, pidiendo que se acuerde de los que
duermen ya el sueño de la paz.
En la misa, toda la Iglesia se ofrece con Cristo al Padre por el
Espíritu Santo. Por eso, suele decirse que la Eucaristía hace la
Iglesia, construye la Iglesia y hace de la Iglesia una Eucaristía.
La misa espiritual
Cuando por motivos de salud, viajes, no se puede asistir a la
misa, es bueno unirse espiritualmente a la misa de la comunidad, de
la parroquia o de otra iglesia, sobre todo, si se transmite por
radio o televisión. De la misma manera, el sacerdote enfermo o
impedido, puede concelebrar espiritualmente a distancia. El renovar
nuestro ofrecimiento a Jesús por la salvación del mundo, siempre
será muy provechoso y eficaz.
Por esto, pensando que, en cada momento, se está celebrando, en
algún lugar del mundo, la santa misa, sería muy bueno unirse a
esas misas en espíritu. ¡Cuántas bendiciones podríamos recibir
si nos unimos con Jesús en cada patena que se ofrece al Padre! Cada
mañana podemos decirle: “Jesús mío, quiero unirme a ti y
ofrecerme contigo en cada patena, adorarte en cada sagrario,
acompañarte en cada hostia consagrada. Quiero hacer de mi vida una
misa espiritual continua y un ofrecimiento permanente por el
sufrimiento y el amor.”
El cielo será una misa celeste, una comunión de amor con
Cristo, que nos seguirá ofreciendo al Padre por el Espíritu Santo.
Será una misa de amor en la Trinidad, una misa de amor sin fin. En
esa misa celestial, que se prolongará por toda la eternidad,
estará presente también con nosotros nuestra Madre María.
María y los sacerdotes
María es la Madre especial de todos los sacerdotes. Al engendrar
a Jesús en sus entrañas, engendró con El, en cierto modo,
también a los sacerdotes. Ellos son sus hijos predilectos y tiene
para ellos toda la ternura y cariño que tuvo para el mismo Jesús.
María fue el último regalo que nos entregó Jesús antes de
morir. Se la dio como madre a S. Juan, un sacerdote joven, recién
ordenado el día anterior y que, en ese momento, representaba a toda
la Humanidad. Nos dice el Evangelio que “desde aquella hora el
discípulo la recibió en su casa” (Jn 19,27). Todo sacerdote,
como S. Juan, debe recibir a María en su casa, en su corazón, y
obedecerla, respetarla, defenderla y amarla. En una palabra, debe
"consagrarse" a ella en cuerpo y alma.
Ella es Purísima e Inmaculada, modelo de pureza para los
sacerdotes. Jesús se la entregó a Juan, el discípulo que más
quería (Jn 19,26), por su pureza. La devoción a María será para
los sacerdotes ayuda en la tentación y protección contra el
Maligno. Todo sacerdote está llamado a reflejar pureza en su cuerpo
y en su alma, en acciones e intenciones. Una pureza interior y
exterior, sólo y acompañado, de noche y de día. No sólo en su
cuerpo, sino también en su mente, de modo que su vida sea
transparente y con una sinceridad a toda prueba. El sacerdote debe
ser puro, muy puro, especialmente, en la celebración de la misa
para que, Jesús, el Cordero puro y sin mancha, se una a su
humanidad y lo transforme en Sí. Ellos deben reparar tanta impureza
del mundo con su pureza.
Por otra parte, los sacerdotes deben estar llenos del Espíritu
Santo, como María. El Espíritu Santo debe circular por su alma
como la sangre por sus venas. Debe impregnar sus pensamientos,
palabras y obras. A El le deben su vocación. El los ungió para el
sacerdocio. El da virtud a sus palabras en la consagración. El los
santifica y los transforma en Jesús. No hay mejor momento que la
celebración de la misa para que María se sienta feliz al ver a
Jesús en el sacerdote, unidos en un solo corazón y una sola alma.
En ese momento, Ella también está unida a ellos y forman los tres
un solo Corazón en Dios. Jesús y María son inseparables. El
Corazón de Jesús comenzó a latir al unísono con el Corazón de
María y siempre están unidos. Por ello, todo sacerdote debe vivir
en el Corazón de Jesús por medio del Corazón Inmaculado de
María, incluso en su vida diaria.
También es importante que todos los sacerdotes se sientan
hermanos en María, y ofrecerse juntos con Jesús, apoyarse
mutuamente con su oración y sacrificio, reparar unos por otros y
recordar a los que todavía están en el Purgatorio. Decía el Papa
Juan Pablo II que entre ellos hay un "vínculo ontológico” y
deben vivir esta comunión sacerdotal con una colaboración generosa
y fraterna en el ámbito ontológico, psicológico y espiritual.
María fue el sagrario viviente de Jesús y es el sagrario de
todo sacerdote. En su corazón maternal los abraza a todos. Ella ve
a Jesús en cada sacerdote y lo ofrece al Padre como a su
"Hijo".
Sacerdocio común de los fieles
Después de haber tratado del sacerdocio ministerial, veamos
ahora algo sobre el sacerdocio común de los fieles. Por el
bautismo, todos participamos del sacerdocio de Cristo. Ya S. Pedro
nos dice claramente: “Vosotros sois raza escogida, un reino de
sacerdotes, una nación consagrada, un pueblo que Dios eligió para
sí para proclamar sus maravillas" (1 Pe 2,9). Y el concilio
afirma: “Los bautizados son consagrados por la regeneración y por
la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio
santo...,ofrézcanse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a
Dios y den testimonio por doquiera de Cristo..., en virtud de su
sacerdocio regio concurren a la ofrenda de la Eucaristía y lo
ejercitan en la recepción de los sacramentos, en la oración y
acción de gracias, mediante el testimonio de una vida santa y en la
abnegación y caridad operante” (LG 10).
Todo cristiano está llamado a ser otro Cristo en el mundo. Como
El, debe obedecer totalmente al Padre y ofrecer su vida, con todo lo
que es, hace y tiene, para gloria de su Nombre. Está llamado
también a ser profeta de Dios y predicar su Palabra. Debe hablar y
actuar siempre en Nombre de Cristo. Su vida debe ser un modelo de
vida cristiana y confirmar su palabra con señales evidentes (Mc
16,20). En la medida en que estén identificados con Cristo, podrán
tener un poder "real" sobre las enfermedades y los
elementos y para convertir los corazones.
Jesús dice: “Impondrán las manos sobre los enfermos y éstos
quedarán curados” (Mc 16.18). “El que cree en Mí hará las
obras que yo hago y aún mayores que éstas” (Jn 14,12). También
podrán decir a los de corazón destrozado "vete en paz"
(Mc 5,34). Participarán así de la triple misión de Cristo,
Sacerdote, Profeta y Rey. Serán instrumentos del amor de Dios en el
mundo, para la realización de su plan de salvación sobre los
hombres.
En cada misa podrán “cantar la grandeza de su amor y proclamar
la alegría de su salvación” (Pleg Rec I). Así empezarán a
reinar con Cristo, ya desde ahora, y después por toda la eternidad.
Tienen, pues, una gran misión que cumplir como sacerdotes del
Señor por el amor.
Sacerdocio de amor
El sacerdocio común de los fieles es esencialmente diferente del
sacerdocio de los sacerdotes ordenados, que, durante la misa, se
identifican realmente con Cristo. Ahora bien, entre los ministros
ordenados, hay distintos grados de participación del sacerdocio,
sean obispos, sacerdotes o diáconos. De la misma manera, entre los
laicos, podríamos considerar distintos grados según sean
consagrados o no. Las almas consagradas, por sus votos, tienen una
relación existencial más intima con Cristo y, por tanto, deben
vivir más profundamente y plenamente su sacerdocio. A este
sacerdocio de los consagrados, lo llamaremos sacerdocio místico de
amor o sacerdocio de amor. María es el modelo ideal de este
sacerdocio. Ella participó, de modo eminente, del sacerdocio de
Cristo y vivió más intensamente que los demás la misa del
Calvario, llegando a ser corredentora. Ella, no sólo se ofreció a
sí misma en la cruz, sino que ofreció a Aquel que amaba más que a
sí misma. Ella hizo de su vida entera una continua oblación de
amor, al servicio de Jesús, viviendo con El, por El y para El.
Las consagradas también deben vivir en forma total su
sacerdocio, a semejanza de María. Toda su vida debe estar al
servicio de Jesús y vivir con El, por El y para El. Vivir su
maternidad universal por todos los hombres, pero en especial por los
sacerdotes, a quienes deben amar con todo su amor, como María. Es
preciso que hagan de la Eucaristía el centro de su vida y se
ofrezcan como víctimas de amor, como flores de Jesús, sin
condiciones. Esto supone aceptar todos los sufrimientos que su amor
les envíe. Los sufrimientos son joyas del cielo, que les abren el
Corazón de Dios y son el mejor medio de asemejarse a su esposo
Jesús. También es el mejor regalo que Jesús puede dar a sus
esposas, ya que el sufrimiento es el alma del amor; y cuanto más
sean capaces de sufrir por El, más le demostrarán su amor y más
unidas estarán a su Corazón. “El amor es la plenitud de la ley”
(Rom 13,10) El amor es vida, es Dios en el alma. El amor dará
sentido a su vida y plenitud a su sacerdocio.
Hay consagradas que hacen voto de abandono, de lo más perfecto,
de víctimas. Esto puede ser conveniente en la medida en que las
hace más conscientes de su gran compromiso con Jesús y las almas
para vivir mejor su vocación sacerdotal. Ellas por el bautismo,
confirmación y consagración religiosa ya son plenamente de Jesús
y le pertenecen totalmente. Sin embargo, en la práctica, al
comprobar su debilidad, sus imperfecciones y su miedos al
sufrimiento y a la entrega total, necesitan algo que las estimule a
vivir más perfectamente este ministerio de amor en el mundo.
Así como María está siempre presente en la celebración de la
misa, así las consagradas sentirán la necesidad de asistir a la
misa diaria y de estar unidas con María al Corazón Eucarístico de
Jesús y con El a todo el Universo. Tendrán un corazón
eucarístico, universal, sacerdotal, pero no olvidemos que Jesús en
la Eucaristía está en estado de víctima y ellas deben ser
Eucaristía de Jesús. Esto significa estar en unión íntima con
El. Unir su voluntad a la suya por la obediencia, su sangre a la
suya, su dolor a su dolor, su amor a su amor, su vida a la suya. De
modo que puedan decir de verdad como S. Pablo: “Ya no vivo yo es
Cristo quien vive en Mí” (Gal 2,20).
Veamos lo que decía sobre el sacerdocio místico Mons. Luis Ma.
Martínez, arzobispo de México, en carta dirigida a la M. Ma.
Angélica Alvarez Icaza, religiosa de la Visitación: “Jesús
quiso perpetuar su sacrificio del Calvario de dos maneras, en el
altar y en las almas. En el altar se celebra la inmolación mística
del cuerpo real de Jesús, y en las almas la inmolación real del
cuerpo místico. De aquí que hay dos participaciones del sacerdocio
de Jesús, ya que cada sacrificio supone un sacerdocio: el
sacerdocio oficial y el sacerdocio místico.
El alma, que participa del sacerdocio místico, necesita la
transformación en Jesús, puesto que la perfección del sacerdocio
exige la unión transformante. El Jesús, que nosotros ofrecemos, es
el que por la fuerza omnipotente de las palabras de la consagración
está bajo los accidentes de pan y vino. Pero el Jesús que ofrecen
las almas que tienen el sacerdocio místico, es el Jesús que vive
en ellas.
El sacrificio místico de estas almas tiene su ofertorio, cuando
se ofrecen como víctimas, su consagración cuando se transforman en
Jesús y se inmolan con El, su comunión, cuando se dan en comunión
al Padre para glorificarlo y salvarle almas.
El sacerdocio místico está destinado a ayudar al sacerdocio
ministerial, como éste a producir aquél. Las almas víctimas
tienen que suplir nuestras deficiencias y tienen que alcanzamos las
gracias que necesitamos para ejercer santamente nuestro sacerdocio.
Y el nuestro tiene que producir como fruto maduro y precioso esas
almas sacerdotales, pues así como la bellota, que brota de la
encina, produce otra encina, la Eucaristía tiene que producir
eucaristías y el sacrificio del altar los sacrificios de las
almas".
La misa del corazón
La misa única de Jesús, que tuvo su punto culminante en el
Calvario, sigue haciéndose viva y actual entre nosotros al celebrar
la Eucaristía. Y esta Eucaristía produce muchas eucaristías en
las hostias consagradas, en las que Jesús sigue celebrando su
"misa", ofreciéndose al Padre por la salvación del
mundo.
Cuando nosotros comulgamos, y mientras están presentes en
nosotros las especies sacramentales, Jesús sigue celebrando la
"misa" en el altar de nuestra alma. Podríamos decir que
la misa de Jesús se prolonga en nuestras misas y que éstas se
prolongan en las "misas" de las hostias consagradas y en
la del altar de nuestra alma, al comulgar.
Ha habido santos que han recibido la gracia inmensa de ser
sagrarios vivientes, de tener permanentemente la Eucaristía en su
cuerpo. Así nos lo cuenta, por ejemplo, S. Antonio Ma. Claret: “El
26 de Agosto de 1861, hallándome en oración en la Iglesia del
Rosario, en la Granja, a las 7 de la tarde, el Señor me concedió
la gracia grande de la conservación de las especies sacramentales y
tener siempre, día y noche, el Santísimo sacramento en el pecho”.
En este caso, el alma puede vivir su “misa” ininterrumpidamente,
uniéndose a la “misa” que Jesús sigue celebrando en su “corazón”.
Sta. Teresa de Jesús nos cuenta que ”una vez, acabando de
comulgar, se me dio a entender cómo este Sacratísimo Cuerpo de
Cristo lo recibe su Padre dentro de nuestra alma y cuán agradable
le es esta ofrenda de su Hijo” (CC 19). En nuestro caso, debemos
prolongar la "misa" de nuestra alma hasta la próxima
comunión, anhelando fervientemente recibir a Jesús, haciendo
constantes comuniones espirituales y esperando con alegría y
esperanza la comunión de cada día. De este modo, nuestra vida
entera será una comunión espiritual con Cristo, una misa
permanente, una misa de amor y sentiremos una necesidad "vital”
de la misa y comunión diaria.
En cada momento, podemos dirigir nuestra mirada a Jesús, que
vive en nosotros y ofrecerle todo lo que hacemos, somos y tenemos
para que “El nos transforme en ofrenda permanente” (Pleg III),
víctimas por el amor.
Víctimas de amor
En la misa, Jesús se ofrece al Padre como víctima y nos quiere
asociar a nosotros también como víctimas de amor.
En las Plegarias eucarísticas decimos: “Acéptanos a nosotros,
Padre santo, juntamente con la ofrenda de tu Hijo” (Rec II) para
que “seamos con Cristo víctima viva para alabanza de tu gloria”
(IV). “El se ha puesto en nuestras manos para que te lo ofrezcamos
como sacrificio nuestro y junto con El nos ofrezcamos a ti”
(niños II).
Por ende, es preciso que, ya en el momento del ofertorio, nos
ofrezcamos a nosotros mismos con el pan y el vino “para que este
sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios Padre Todopoderoso”.
Acerquémonos, así preparados, al momento cumbre de la misa y
vivamos plenamente conscientes, las palabras de la consagración:
JESUS
Tomó pan.- El pan es nuestra vida que El toma con cariño entre
sus manos para transformarla. El nos llama a la santidad y sigue
confiando en nosotros.
Dándote gracias.- Le da gracias al Padre y lo bendice por
nuestra vida, nuestra vocación....
Lo partió.- Así como Jesús se "partió" a sí mismo
por la salvación del mundo y fue obediente hasta la muerte y muerte
de cruz, así nosotros, almas consagradas, debemos dejarnos
"partir" por Jesús. Debemos deponer cualquier rigidez
ante Dios, cualquier rebelión, romper nuestro orgullo, doblegarnos
a su voluntad, decirle SI, obedecer.
La Eucaristía se llamó también "fracción del pan".
Ser Eucaristía con Jesús, significa abandonarse completamente a su
voluntad. El sabe el camino....
Y lo dio sus discípulos.- Nuestra vida es para los demás,
sufrimos en favor de los demás.
Tomad y comed ESTO ES MI CUERPO, que será entregado por
vosotros.- Es como si dijéramos: Esto es mi cuerpo, esta es mi
vida, que entrego y ofrezco por vosotros. Estoy dispuesto a sufrirlo
todo, a darlo todo con tal de que su voluntad se cumpla en mí. Me
entrego sin condiciones por la salvación del mundo. Tomad y comed,
todo mi amor y toda mi vida es para vosotros.
ESTE ES EL CALIZ DE MI SANGRE. Sangre de la alianza nueva y
eterna que será derramada por vosotros y por todos los hombres para
el perdón de los pecados.
Quiere decir que estamos dispuestos, incluso, a derramar nuestra
sangre y perder la vida por todos nuestros hermanos. Sobre todo,
debemos estar dispuestos a la muerte lenta de cada día, muriendo a
nuestros egoísmos y pecados y aceptando los fracasos, enfermedades
y humillaciones o limitaciones.
Haced esto en conmemoración mía.- Significa hacer realidad en
nuestra vida el sacrificio de Cristo, hacer de nuestra vida una
Eucaristía permanente, eucaristizando todo lo que hacemos.
Supongamos que somos incomprendidos y "partidos" por
las críticas injustas, las oposiciones declaradas, el carácter
difícil de los hermanos, si lo ofrecemos al Señor, estamos
celebrando una eucaristía con El. Cuando realizamos un trabajo
escondido y no valorado con mil pequeños detalles, que dan la
impresión de que no hacemos nada importante o creemos que ha sido
un día perdido, si lo hacemos por Jesús, con El y en El, ese día
también es eucaristía. Cuando aprendemos a decir continuamente:
Esto es mi Cuerpo y ofrecemos nuestros dolores y todo lo que hacemos
a Jesús, y resistimos las tentaciones y glorificamos a Dios con
nuestro cuerpo, entonces, también estamos celebrando una misa con
Jesús. Y siempre que la caridad nos lleva a ayudar a nuestros
hermanos y a todos los que están en necesidad, somos otros Jesús
en el mundo y hacemos de nuestra vida una eucaristía viviente.
De esta manera, podemos celebrar la misa de amor de nuestra vida
con un constante: “Por Cristo, con El y en El, a ti Dios Padre
Omnipotente en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda
gloria por los siglos de los siglos. AMEN”.
Sacerdotes y almas consagradas
Ambos participan del mismo sacerdocio de Cristo, aunque de modo
diferente. El uno es ministerial, el otro es sacerdocio místico de
amor. El uno es visible, el otro invisible; el uno externo, el otro
interno; el uno está marcado por un sello indeleble, el otro no; en
uno hay identificación “ontológica” con Cristo en la misa, en
el otro no.
Sin embargo, a las almas consagradas les corresponde de modo
extraordinario la acción íntima y fecunda de la inmolación, de la
oración, del amor, del dolor salvador. Ellas, con su ministerio de
amor universal, dan un sentido sacerdotal a su vida. Ellas tienen un
corazón maternal para todos, en especial para los sacerdotes. Ellas
son el alma del sacerdocio ministerial. ¿Qué sería de los
sacerdotes sin su ayuda? Mutuamente tienen que apoyarse, orar,
reparar, ofrecerse. Ambos sacerdocios, el de Jesús y el de María,
el de los sacerdotes y el de las almas consagradas, están llamados
a estar unidos, a vivir el uno para el otro. Ambos se necesitan
mutuamente, y son complementarios, como lo son el hombre y la mujer
en el plan de Dios. Ambos, unidos, deben dar fecundidad a la
Iglesia.
Tanto los sacerdotes como las consagradas deben sentirse
responsables de la Humanidad y llevar sobre sus hombros el peso del
mundo. Ellos como Jesús y María, deben celebrar juntos la misa,
unir sus almas en una sola ofrenda, como dos llamas unidas, y hacer
de la misa una hoguera ardiente, que incendie el mundo entero. Ambos
necesitan vivir en el mismo Corazón eucarístico de Jesús por
medio de María y pedir para el mundo un nuevo Pentecostés de amor.
SEGUNDA PARTE
TESTIMONIOS DE VIDA CONTEMPLATIVA
Comenzará por dar mi propio testimonio. Después copiaré
algunos testimonios más representativos de religiosas
contemplativas, en los que manifiestan cómo viven su vocación
sacerdotal por todos los hombres y, en especial, por los sacerdotes.
A todas ellas, a todas las contemplativas, a todas las almas
consagradas sin excepción, mi agradecimiento por su dedicación, su
amor y su entrega en favor de los sacerdotes. Debemos estar siempre
unidos en la oración y en la misa de cada día. Por mi parte, les
prometo una oración en cada Eucaristía.
Soy Sacerdote
Y sacerdote por la eternidad. Tengo una dignidad superior a los
ángeles. Vivo en íntima unidad con Jesús en cada misa. El cielo y
la tierra se arrodilla para adorar a Dios, que se hace presente
entre mis manos. Los ángeles, los santos, las almas del purgatorio
están presentes conmigo en cada Eucaristía. No soy un desconocido
para ellos.
Soy tan importante para Dios que me ha confiado la salvación de
millones de almas. Todos los días en la patena, le ofrezco el mundo
entero, mis hermanas contemplativas, las almas consagradas, mis
hermanos sacerdotes. Debo ser santo para ellos.
Debo vivir en plenitud mi sacerdocio, con una pureza total, para
identificarme plenamente con Cristo y llegar al matrimonio
espiritual y a la unión perfecta con El. Debo ser Jesús en la vida
y la muerte, en la misa y en la vida diaria. Ser Jesús por medio de
María.
Después de veinticinco años de sacerdote y de haber pasado por
momentos de crisis, en que pensaba abandonar el ministerio, puedo
decir que me siento feliz de ser sacerdote. Con frecuencia, le digo
a Jesús: GRACIAS, POR SER SACERDOTE. Y me parece intuir que lo hago
feliz. ¡Cómo suspirará por aquel día en que todos los sacerdotes
del mundo se sientan felices de su sacerdocio y valoren su gran
dignidad sacerdotal! ¡Cuánta tristeza para su Corazón, al verlos
tristes y desanimados! Pidamos mucho por los sacerdotes.
Gracias, Señor, por mi sacerdocio. Gracias también por el
sacerdocio de mis hermanos. Dales a todos los sacerdotes la gracia
de vivir con alegría su sacerdocio, de entregarse sin temor a tu
Amor, de ser agradecidos por el don sublime de “su” sacerdocio,
de “tu” sacerdocio, de “nuestro” sacerdocio común.
Consagración del sacerdocio al I. C. de María.
Virgen María, Madre de Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, hoy te
consagro mi sacerdocio a tu Inmaculado Corazón y te pido que se lo
presentes a Jesús para que viva siempre contigo en su divino
Corazón.
Quiero ser otro Cristo en el mundo, una pequeña copia de Jesús,
el Buen Pastor, "que dio su vida por sus ovejas". Quiero
que mi vida sea una ofrenda permanente al Padre, una misa continua.
Quiero ofrecer cada día en la patena de mi corazón el peso de las
almas: sus gozos y esperanzas, sus miserias, sus luchas y sus penas.
Madre mía, Lléname de tu pureza inmaculada, ayúdame a vivir mi
sacerdocio con un renovado espíritu de oración y penitencia, con
la máxima fidelidad a Cristo y a la Iglesia y en la celebración
gozosa de cada Eucaristía. Intercede por mí para que el Espíritu
Santo me inunde con su poder y me transforme cada día en la imagen
perfecta de JESUS, para gloria del Padre.
Bendice, Oh Madre, con Jesús a todos los sacerdotes del mundo.
Amen.
Ofrenda sin condiciones
Mi alma necesita volar a la región en que Dios mora y vivir ya
en la plenitud del Amor. Me siento físicamente muy cansada, mi
corazón está un tanto mal, aunque aún sirve para amar. Le pido a
El que me haga morir en un total acto de amor. Mi ofrenda por los
sacerdotes fue sin condiciones y para siempre.
Mi camino a Dios ha estado siempre cuajado de zarzas y espinas.
La cruz de la incomprensión ha sido muy pesada sobre mis hombros,
Pero, muy pronto, experimenté el vacío de todo lo que no es El.
Esto me ayudó a comprender lo caduco que es el hombre y me ayudó a
buscar a Dios con toda mi alma. El dolor y la alegría parecían
correr juntos, pero el primero se adelantó y con mucho a su
compañera. Mi alma sangraba, pero, aún así, mis ocurrencias y
carcajadas seguían haciendo reír a mis hermanas. Mi pobre
naturaleza se empezó a resentir y enfermé del pulmón y del
vientre, y mi calvario empezó en serio. Yo era entonces joven y no
me gustaba quejarme. Esto les parecía mal a mis hermanas...
Fue por aquel entonces, cuando me ofrecí por los sacerdotes y El
me aceptó. El siete de Junio me puse en sus manos y en octubre ya
era ya un cacharrito. La fiebre y la tos me delataron y tuve que
guardar cama y reposo total, durante seis meses. Mi cruz crecía y,
poco a poco, la fui conociendo y amando mejor. Mi alma estaba en la
más completa oscuridad, caminaba a tientas. Me creía o me sentía
rechazada por Dios. Mi vida era un total vacío, un sin sentido, una
condena clara y sin remedio. Con todo, a pesar de mi angustia, no
sentía desesperación, seguía esperando sin saber qué. Las noches
las pasaba de rodillas ante el crucifijo de mi celda. Sólo le
decía: Amor mío, no puedo más, mándame alguien que me ayude.
Alguna vez pensé que mi vida era una farsa y que debía marchar
del convento. Pero ¿a dónde? No sabía. Sólo podía esperar y,
aunque tropezando y cayendo sin más ayuda que la noche cerrada y el
total silencio de lo alto, dando pequeños pasos en la oración,
seguí a paso de tortuga, el caso era no parar. Esto mismo lo hacía
inconscientemente, como llevada y sin darme cuenta de esto mismo.
Alguna vez, en medio de tan cerrada oscuridad e impresionante
silencio, me parecía ver una pequeña centellita en la lejanía y
me decía: ¿será El? Mas, de pronto, desaparecía y la angustia
crecía. ¿No sería una temeridad seguir empeñada en el camino?
¿gritar? Volvía a mí el eco de mi grito, haciendo tambalear hasta
lo más profundo de mi ser. Sólo podía esperar, pero sin parar. Me
parecía que detenerme, en tal circunstancia, sería la muerte y,
aunque a rastras, seguía.
Una noche, me parecía ir por un camino muy largo, difícil y
solitario. De pronto, se formó una nube con rayos y truenos,
acompañados de un fortísimo aguacero y granizo. No tenía donde
refugiarme y, como siempre, seguía mi camino sin parar, pero
también sin saber a dónde iba (no sin saber a dónde ir). Para mí
esto es lo grande, que nunca me pregunté ni me preocupó el porqué
del porqué de todo esto. Sólo quería seguir y seguía mi camino
como guiada por una fuerza que sin ser mía estaba en mí. Tuve la
impresión de que alguna prueba especial me esperaba y así fue.
Una noche en 1974, bajando la escalera del coro, fui tirada al
suelo por el enemigo, dándome fuertes golpes en todo el cuerpo con
palabras sucias. Ya hacía tiempo que me venía molestando con
ruidos, poniendo en mi boca blasfemias que ni las había oído en mi
vida ni mi corazón las sentía. Esto me hacía sufrir mucho, y lo
fui pasando en silencio y angustia. Al mes siguiente, fue la segunda
vez que me volvió a tirar y darme golpes tan fuertes que al día
siguiente no pude levantarme. Pero todo pasó como que eran los
dolores de siempre, de la columna. Desde entonces fue una guerra sin
cuartel la que me declaró.
Ahora me siento tranquila, porque toda aquella prueba pasó y me
siento feliz de haber entregado mi vida por los sacerdotes. Mi
ofrenda fue sin condiciones y no me arrepiento. Fue como tirarse de
cabeza al vacío, confiando en El, y ahora sé que caí en su
Corazón divino. Allí conocí también a la dulce Mamá. Quiero
estar con Ella y con Jesús, cantando por toda la eternidad las
alabanzas del Tres veces Santo. ¡La quiero tanto! La siento a mi
lado y sé que me escucha y me ayuda y me ama.
Ella es la patena en que pongo mis dolores y mi amor para que los
presente a Jesús por los sacerdotes. Y me siento muy feliz de
haberme entregado por ellos como esposa de Jesús.
Me ofrecí por ellos
La santificación de los sacerdotes ha sido siempre el centro de
mis oraciones y de mi ofrecimiento cotidiano. En una ocasión,
estaba visitando a mi familia en el norte de Italia (era entonces de
vida activa) y me enteré de que un sacerdote, ordenado hacía pocos
años y al que habíamos hecho una gran fiesta en la parroquia,
había dejado el ministerio de mala manera y se había casado. Esto
me dolió mucho y, de repente, me vino la inspiración de ofrecer mi
vida por él y por todos los sacerdotes que se encuentran en
peligro. Fue algo espontáneo. Al Señor le agradó mi ofrecimiento
y me envió sufrimientos en abundancia.
Me causa mucho dolor la noticia del abandono de sacerdotes y
religiosos de su vida de consagrados. Quisiera cargar sobre mí este
sufrimiento para que Jesús no lo sintiera. Me gustaría comprar con
mi propia sangre, unida a la suya, la fidelidad de todos sus
ministros. Quisiera ser una vela que arde y se consume
incansablemente en la presencia de Dios, para ser luz para tantas
almas cansadas y abatidas de su consagración al Señor. Quiero ser
un cirineo para cargar con todos sus cansancios y sufrimientos.
Cada día que pasa, siento más la necesidad de ser una hostia
viva, que se ofrece con Jesús al Padre por los sacerdotes. Quiero
que, por mi oración y por mi amor, se despierten cada día con un
corazón joven y fresco, lleno de rosas, para perfumar el mundo con
la alegría y la sonrisa de su entrega generosa.
Cuanto más aumenta mi amor a Jesús, más cariño siento por sus
sacerdotes. Mi amor por ellos es una prolongación del amor que
siento a Jesús. El día de Jueves Santo mi oración se centró en
la Eucaristía y en el sacerdocio. ¡Cuánto recé por los
sacerdotes para que se parezcan cada vez más a Jesús! Saboreaba la
dicha de ser amada por Jesús. Sentía que un rayo de luz salía del
sagrario y se fundía en mi corazón. ¡Lo amo tanto! Los dos
estamos enamorados. El sagrario es el centro de mi vida, ahí está
el amor de mi alma, el esposo de mi corazón. El me enseña a amar a
todos los sacerdotes con un amor maternal, como María.
Orar por ellos
Cuando yo era joven, tenía un amigo de mi mismo pueblo (en
Dinamarca). Ambos éramos de la misma edad y convertidos del
protestantismo. El se hizo sacerdote y yo religiosa contemplativa. A
los pocos años él se retiró del ministerio y yo sentí la
necesidad de orar por él. Al poco tiempo, se hizo de nuevo
protestante y se casó, ejerciendo su ministerio como pastor. Su
matrimonio fracasó y vivió solo y triste. Perdí el contacto con
él por mucho tiempo. Pero un día, hace dos años, inesperadamente,
me llamó por teléfono. Hablamos durante media hora muy bien y me
dijo que había vuelto a Dios y que tenía un pequeño altar en su
habitación (quizás celebraba misa algunas veces en su soledad).
Había tenido muchos problemas en su vida y no había sido feliz
y cayó enfermo de SIDA por su vida disipada. Sin embargo, estoy
segura de que, al final, se encontró con Dios, como me lo confirmó
en su llamada, y que mis oraciones habían sido escuchadas. Por eso,
quiero hacer de mi vida una continua oración por ellos para que
sean fieles y sean santos.
Sacerdote de amor
Después de mi profesión, con el apoyo de mi director
espiritual, me consagré a María y, por medio de María, me
consagré a Jesús como víctima por los sacerdotes. En 1986 hice
voto de lo más perfecto con permiso de mi director. A partir de
1989, Jesús se comenzó a manifestar a mi alma de un modo
totalmente nuevo. Lo sentía siempre a mi lado. Era como estar en un
cuarto oscuro y saber con certeza que alguien está allí sin verlo
ni oírlo.
Con frecuencia, experimentaba sus caricias, especialmente en la
misa y en el rezo del oficio divino. Estas caricias las siento hasta
hoy mismo. En este preciso momento, en que escribo, mi adorado
Jesús está aquí. Siento que me envuelve con sus brazos divinos.
Es algo maravilloso. Toda la felicidad del mundo no es nada
comparada con una sola caricia de Jesús. Y si esto es así en la
tierra ¿qué será en el cielo? Sus caricias son como dardos de
amor, que traspasan mi alma y la empapan de amor. Mi misión es amar
al Amor y comunicar su amor a todos los hombres. Quiero ser
sacerdote de amor entre los hombres. Estoy enamorada de Jesús y lo
amo con locura y, desde que me consagré a El, sólo vivo para El y
me siento la persona más feliz del mundo. Si en esta tierra me
siento tan feliz de amarlo ¿qué no será poseerlo y amarlo por
toda la eternidad?.
Gracias, Señor, por mi vocación religiosa, gracias por
aceptarme como víctima de tu amor por los sacerdotes. Quiero que
todo mi amor sea para ellos como un bálsamo que los cure, que los
consuele, que les dé fuerza en su caminar. Ayúdales, Señor, estoy
dispuesta a todo lo que tú quieras con tal de que ninguno de ellos
se pierda. Que sean santos. Y gracias también por todas tus
caricias y tu amor. Gracias, por compartir conmigo un poquito de tu
Pasión.
Un ministerio de amor
En el convento, Jesús me ha dado muchos regalos de amor, pero
también su cruz. Yo me consagré totalmente a El y le pedí ser
humillada y despreciada. Y El me ha hecho compartir su Pasión para
salvarle almas. Actualmente, vivo mi vocación, especialmente por
los sacerdotes. En una ocasión, Jesús me hizo ver su divino
Corazón y dentro de El estaban los sacerdotes y me hizo comprender,
de manera inefable, el misterio del sacerdocio y hasta la gloria y
recompensa que después tendrán. Por eso, deseo vivamente
ayudarlos. Ese es mi mayor anhelo y mi debilidad. Ellos son mi gozo
y mi cruz de cada día. Por ellos oro y sufro, por ellos extiendo
permanentemente mis manos vacías a Jesús para que me las llene.
Nunca podré agradecer bastante a Dios mi vocación. No hay
palabras para describir mi felicidad. Vivo en un ininterrumpido
cántico de amor, porque el reconocimiento de mi nada me lleva al
agradecimiento. Soy inmensamente feliz. Mi felicidad es Dios y mi
mayor deseo es ser transformada por El. En la soledad y el silencio
de mi celda o del sagrario, yo le canto desde lo más profundo de mi
ser y mi alabanza secreta llega hasta las almas.
Me consuela mucho vivir en profundidad la consagración de la
misa en cada momento del día o de la noche. Jesús se ofrece al
Padre en cada misa y me ofrece con El. Parece como si me perdiese
con El en la patena y me hiciese una con El. ¡Es algo tan sublime!
Mi vida es un misterio y un ministerio de amor por todos, y, es
especial, por los sacerdotes.
Una misa viviente
Yo pertenecía a una Congregación de vida activa, fui misionera
en África por muchos años y, desde muy joven, sentía una
inclinación muy profunda a la vida contemplativa. Antes de hacer mi
profesión perpetua, lo consulté a un sacerdote y me dijo que me
olvidara de eso, pues era una tentación del demonio. Yo obedecí,
pero mi pobre alma sufrió mucho. Había algo en mí que no me
dejaba tranquila, pero viví con alegría y responsabilidad mi
vocación misionera.
Un día de 1959 escuché la voz de mi Jesús, que me decía en mi
interior: "Tú entrarás en un convento contemplativo, yo te
ayudaré". No se lo dije a nadie y seguí mi vida normalmente.
Al poco tiempo, otra vez, escuché su voz, que me dijo:
"Escribe al convento de N.N.". Escribí y, para mi
sorpresa, todo fue tan fácil que, al poco tiempo, ya estaba en
aquel monasterio, gracias a la comprensión de mis Superioras.
Al día siguiente de mi entrada, le dije a Jesús en la
comunión: “Hazme una gran santa. Te quiero amar con todo mi
corazón”. Durante estos 34 años he sido la esposa de Jesús
crucificado, clavada con El en la cruz, pero me siento feliz. Yo me
ofrecí a Jesús por la Iglesia y por los sacerdotes y El me tomó
la palabra. He sufrido mucho en mi vida, Jesús metió mi pobre
gotita de agua en el cáliz de su sangre y me hizo vivir la misa y
participar de su Pasión. Mi vida ha sido una santa misa de amor,
una misa viviente en unión con el Redentor ¡Y soy feliz!.
Alma sacerdotal
Quiero ser santa, una gran santa. Estoy plenamente enamorada de
Jesús. El me enamora con tantas cosas bellas que hay en el mundo.
Esta mañana, durante la hora de adoración en Comunidad, he tenido
un sentimiento de amor tan grande que quería abrazar a todos los
hombres con Jesús. Era bello y doloroso a la vez.
Siento sed de Jesús, sed de almas, de salvar a los pecadores.
Procuro unirme a todas las misas que se celebran en el mundo y
ofrecerme en ellas a Jesús. Cuando estoy en la capilla, trato de
sumergirme en el paraíso de amor del tabernáculo y fundirme en un
abrazo de amor con Jesús, que quisiera fuera eterno. Soy víctima
de su amor y todo lo sufro y ofrezco por su amor. Con frecuencia,
siento que Jesús me abraza y me acaricia. Hay días en que, estando
en oración, me parece vivir en el centro mismo del Amor. Me veo
como bañada en una luz profunda muy suave y sencilla. Esto lo
experimento en el centro mismo del alma, en su misma sustancia. Es
un estado de paz profunda, en el que Dios me posee por completo y
allá, en lo íntimo de mi alma, oigo una dulce voz que me dice:
Dame tu amor.
Oh Jesús del sagrario, dame un alma sacerdotal. En ti quiero
vivir y morir. Quisiera que mi corazón fuera un copón. En ti
encuentro mi paz y alegría. No puedo vivir sin ti.
Un día, al momento de arrodillarme ante el sagrario, le dije a
Jesús: “Oh Amor mío, abrásame con tu amor”. En ese mismo
momento, un rayo de amor inundó mi alma como una llama ardiente y
lloraba mucho, me caían gruesas lágrimas por mis mejillas. ¡Me
sentía tan feliz! Sentía el abrazo cariñoso de Jesús a mi alma.
Es algo que no lo puedo describir.
Me siento inmensamente feliz y quiero hacer de mi vida una
ofrenda de amor, quiero tener un alma sacerdotal y engrandar a
Jesús en las almas, ser madre de las almas.
¡Oh Amor eterno de mi alma! Quisiera amarte con tu mismo
Corazón y ser un volcán de fuego. Quisiera convencer a las almas
de que Tú eres Amor y que las amas con un amor eterno y sin fin.
Tú eres el alma de mi alma, el corazón de mi corazón, luz de mi
luz, vida de mi vida .Tú lo eres todo para mí.
Canto a la Eucaristía
¡Oh Jesús Eucaristía! Te abriste a mi vida joven con la
novedad de un mundo nuevo. Eras el Amor encarnado y silencioso en
esas especies de pan, que hicieron de mi vida, sin grandes ideales,
una fascinación maravillosa.
Te encuentro en el sagrario, vivo y palpitante. Tú eres la
razón de mi vivir y, sin darme cuenta, me siento contigo como
eucaristizada. Cada día mi interior se abre a tu acción fecunda
con la alegría y frescura de un nuevo amanecer, al verme amada con
un desbordamiento infinito. No sé cómo explicar esto. Me parece
que vivimos el uno para el otro. No falta en esta alianza el sello
de la cruz. El Padre nos la regala como un presente de bodas y nos
une en ella.
Me haces experimentar tu fortaleza y tu fidelidad y me haces
feliz. Nuestro tiempo pasa en un mirarnos silencioso. Me das tu pan
y yo la harina de mi trigo, quemado al sol de tu amor, para que
hagas de mí una hostia inmaculada y comulgamos en un intercambio
maravilloso.
A veces me introduces en la “noche”. Siento cómo mi cuerpo
toma tierra en una especie de desierto y experimento todo el peso de
mi carne de pecado. Entonces, toda la dulzura se convierte en
desolación. Me llevas por caminos desconcertantes. Pero TE AMO.
Tengo la certeza de que TÚ, Jesús, eres lo único importante y que
Tú me diriges por todos los caminos. Tú haces de mi vida una
Eucaristía y contigo soy alabanza y ofrenda del Padre.
Sacerdote con los sacerdotes
Desde mi bautismo me siento miembro de Cristo, Sacerdote, Profeta
y Rey. Sentirme sacerdote con Jesús es la fuerza motriz de mi vida
y lo que me empuja a una entrega total "pro eis". Me
siento sacerdote con los sacerdotes. Yo soy vuestros ojos, vuestra
lengua, vuestras manos, vuestros pies, vuestro corazón. Vuestras
penas son mías, vuestras luchas son mías, vuestros gozos son
míos, vuestras conquistas son mías. Yo no tengo nada que me
pertenezca, todo se lo entregué y he salido ganando, pues le tengo
a El.
Me siento totalmente realizada en Cristo. Mi vida es por vosotros
y, aunque tuviera mil vidas, todas las daría por vosotros. Soy
sacerdote con los sacerdotes. ¿Puedo desear algo más? Nos damos
cita en el Corazón Eucarístico de Jesús, allí nos encontraremos
cada día. Allí estaremos unidos también con María.
Vida sacerdotal
Hace varios años en una visión deliciosa, se me presentó la
Santísima Virgen con un objeto muy bello entre sus manos y me dijo
que era el sello sacerdotal. Era como una hostia de alabastro, en
la, cual estaban grabadas, como con rubíes rojos, las tres
iniciales JHS. Lo aplicó fuertemente sobre mi corazón y allí
quedaron grabadas para siempre. Y me dijo: “Así marco a las almas
sacerdotales, continuadoras de la obra de mi Hijo en la tierra.
Nunca se borrará este sello de ti y será una de las joyas más
preciosas que conservarás en el joyel de tu alma”. Y añadió:
“Es un sello indeleble que brilla magníficamente en el cielo y
que arde y tortura terriblemente en el infierno a los condenados”.
Desde ese día, me considero partícipe del sublime y único
sacerdocio de Jesucristo y siento la necesidad de ofrecer cada día
el divino sacrificio en el altar de mi alma con adoración, alabanza
y amor.
En una ocasión, en visión interior, vi a Jesús que celebraba
la misa en mi alma con la hostia que recibía en la comunión. Y me
dijo: “Yo celebro una misa en tu alma con la hostia que tú
recibes”. De ahí que mi vida en su totalidad debe ser, hasta en
los actos más insignificantes, una preparación para esta
"transustanciación" diaria que se opera en mi alma. Y
así como Jesús en todos sus actos obraba como sacerdote y eran
actos sacerdotales por su unión con el Verbo, de la misma manera,
quiero que mi vida sea una vida sacerdotal por mi unión con Jesús,
Sacerdote Único y Eterno. Yo participo místicamente de su
sacerdocio y quiero celebrar con El la misa mística que celebra en
mi alma. He recibido su sello sacerdotal y quiero vivir totalmente
para El.
Misa Mística Perpetua
Desde que tengo conciencia de la presencia de la Santísima
Trinidad en mi alma (cuando era postulante en 1942 en un país
asiático), mi deseo más grande ha sido siempre honrarla, amarla y
adorarla lo más dignamente que puedo y vivir con intimidad con mis
Amados TRES por medio de lo que yo llamo la misa mística perpetua.
En cualquier momento, del día o de la noche, dirijo mi atención
al interior de mi alma y le pido a Jesús que reciba mi ofrenda. Le
ofrezco la acción del momento presente, sea la que sea, en unión
con todo mi ser. De esta manera, Jesús une mi pequeño ofrecimiento
a su infinita oblación y los dos juntos la ofrecemos para gloria de
la Trinidad, que vive en mí. Así santifico todo lo que hago y
prolongo en mí la misa que ofrezco cada mañana con el sacerdote.
En esta misa mística, que se celebra en el fondo de mi alma, le
llevo a Jesús todo, la Iglesia, mis hermanas de Comunidad, lo que
estoy haciendo.... en una palabra, mi vida, el mundo, la humanidad.
Cuando sufro, es cuando vivo más intensamente esta misa de mi
corazón, pues participo de la Pasión de Jesús.
Vivir la misa mística perpetua es vivir en íntimo amor y
oblación con Jesús. Todos los momentos del día son como gotitas
de agua que Jesús une a su gran oblación y esto me hace más
conciente y responsable para cumplir fielmente mis deberes de cada
instante. De este modo, también me es más fácil el recogimiento
interior, sobre todo, en la misa y comunión de cada día, que son
para mí una necesidad vital.
¡Qué contenta y agradecida estoy a Nuestro Señor por este gran
don de compartir mi vida con El y unirme a su perpetua oblación!.
Esto hace que viva en continua oración y en un total abandono a su
Providencia sobre mí, que me da mucha paz y serenidad en las
pruebas y sufrimientos. A veces, siento una paz tan maravillosa en
el hermoso palacio de mi alma, que me es imposible describirla con
palabras. Mi último suspiro quiero que sea el acto supremo de
oblación de mi misa mística en la tierra, que espero prolongar con
Jesús por toda la eternidad.
Ofrecimiento diario
Oh Jesús divino, Hostia santa, Sacerdote eterno. Yo te amo y
quiero ofrecerte mi corazón como “altar vivo” sobre el cual te
pido que te dignes celebrar sin cesar tu sacrificio místico.
Concédeme la gracia de permanecer siempre fiel a ti y que jamás
abandone el templo y el altar de mi corazón, sino que permanezca
siempre ahí contigo para gloria de la Trinidad. Que mi vida sea una
misa mística perpetua para alabanza de tu gloria.
Esposa del Amor
Desde los primeros años de mi vida religiosa, mi devoción se
centró en la Santísima Trinidad. Bastaba recogerme un poquito en
mi interior y sentía su amorosa presencia en el fondo de mi alma. A
veces, necesitaba retirarme a la celda por unos momentos para evitar
que se dieran cuenta las hermanas.
Estos divinos impulsos llegaban a su colmo en las horas de
oración y después de recibir a Jesús en mi pecho. Pensar
simplemente en la INMENSIDAD de Dios era suficiente para abismarme
por completo en la divinidad, de tal modo que me pasaba las horas de
oración, de rodillas, sin sentirlo.
Quería estar a solas con El en el sitio más oculto de la
tierra. En esos momentos, me parecía que me atravesaban el corazón
de una parte a otra con un rayo de fuego. Era un doloroso y amoroso
martirio, que no quería que terminase. Deseaba vivir crucificada
para identificarme con mi Jesús y sólo deseaba darle gloria a
cualquier precio, incluso renunciando a toda clase de consuelos.
Estando un día en la oración de la tarde, sentí un dolor
intensísimo de mis pecados. Este dolor aumentaba a medida que iba
creciendo el conocimiento de su grandeza y santidad infinitas.
Llegó un momento en que noté que el divino Espíritu recorría
todo mi interior, y me arrebató el alma con tal fuerza que sentí
como que me hiciesen una herida de fuego. Un fuego que limpió todas
las manchas que afeaban mi alma y la dejó brillante y transparente
como antes de pecar. No me explico cómo pude resistir estos
torrentes de amor, que me abrasaban sin consumirme.
Después de todos estos incendios de amor, comencé a sentir que
mi alma era arrebatada y colocada allá en la eternidad, antes de la
creación. No sé decir cómo se obró en mí esta gracia tan
especial, pues fue un favor del todo divino, puramente sobrenatural,
que para mí no tiene explicación.
Sin saber cómo, notaba que mi alma atravesaba los siglos y la
colocaban en el abismo de la eternidad. La divina Esencia, se
extendía en la inmensidad del espacio, que todavía no era creado.
Este divino horizonte era el que se representaba a mi alma y me
sostenía. Anonadada hasta el polvo, contemplaba a mi Dios Padre, y
El se me manifestaba como principio fontal, no sólo de las cosas,
sino de su Verbo y del Espíritu Santo. ¡Mi gozo era indecible!.
Y yo, ante estas finezas, experimentaba gran confusión y
vergüenza, y acudía a mi Madre querida y a los santos y ángeles.
Pero todavía no habían sido creados y así, me encontraba yo sola,
frente a frente a la adorable Trinidad, sumergida en Ella misma.
¿Cómo Dios no temería que su hijita profanase sus tesoros? El
conocimiento del Ser Divino, su Grandeza, su Pureza y Santidad me
hacían penetrar cada vez más en el abismo de mi nada y pequeñez.
Otro día, se me representaron las Tres divinas personas. Sin
saber por qué me fijé con predilección en el Espíritu Santo. En
El había una belleza, un encanto y un no sé qué arrobador y me
quedé locamente arrebatada y prendada de El. Deseaba poseerle y se
lo pedía a Dios Padre. Me había enamorado de El ciegamente y me
resultaba imposible vivir sin su posesión. Llegué a tal punto de
enamoramiento, que deseé celebrar con El el místico desposorio.
Sin duda que a esto era El mismo el que me impulsaba y yo no
reparaba en mi indignidad casi infinita para concebir tales deseos.
No era dueña de mí y sólo hacía responder a un llamamiento
misterioso.
Así pasé dos o tres días hasta que mis ansias se hicieron
irresistibles. Le pedía y le pedía al Padre que se compadeciera de
mí y me entregara al Espíritu Santo por esposo, pues ya no podía
vivir sin su posesión absoluta. Esta misma petición se la hacía
al Verbo y al mismo Divino Consolador, que me había herido tan
profundamente con su hermosura. Entonces, escuché al Padre que me
dijo: “La esposa tiene que ser semejante al esposo y, por tanto,
ha de tener las cualidades que agraden al esposo. Tú, hija mía,
¿qué tienes?, ¿cómo te atreves a tanto?”. Corrida me quedé y
llena de confusión. Pero Jesús vino en mi ayuda, me hizo sentir
sensiblemente su presencia y se me entregó como herencia eterna
para que lo presentara y ofreciera a su Padre Celestial, como único
tesoro de que disponía . ¡Cuánto agradó esta ofrenda a su
Padre!. En ese mismo momento, se efectuó nuestro feliz y eterno
Desposorio con el Espíritu divino. No hubo señales externas de
anillos ni nada especial, sino un gozo inmenso de estar desposada
con el AMOR, de vivir la vida del AMOR, la vida de Dios, ¡Qué
dulce me resultaba llamarle ESPOSO!.
¡Cómo comprendí lo que vale a los ojos del Padre la ofrenda de
su Hijo Jesús, que cada día renuevo, especialmente en la MISA!.
Por eso, quiero vivir en plenitud mi MISION DE ESPOSA DEL AMOR, como
María, en favor de todos los hombres.
Amor sin Fronteras
Tengo 32 años. Entré en el convento totalmente decidida a
seguir a Jesús hasta las últimas consecuencias. El me cautivó y
me enamoró. El día de mi profesión temporal, a la hora de las
ofrendas, coloqué en el altar la oración en donde me ofrecí como
víctima al Amor misericordioso por la Iglesia y por los sacerdotes.
Desde entonces, vivo mi consagración con la sicología de una
esposa, esposa del Rey, Cristo Jesús.
Jesús me ha hecho sentir que mi vocación es "ser
María", esclava del Señor, totalmente disponible a sus planes
sobre mí. Me ha dado un corazón abierto hasta los límites del
mundo. Por eso, quiero ser misionera hasta los extremos de la
tierra. Ya me he ofrecido para ir a fundar un nuevo convento,
próximamente, en tierras de misión. Me siento misionera y quiero
ser un rayito de luz, que pueda penetrar hasta los rincones, donde
los misioneros no pueden llegar.
El día de mi Profesión Solemne le dije a Jesús: 0 VENCER 0
MORIR. QUIERO SER SANTA. Le supliqué que tomara el timón de mi
barquilla, porque no quería ser mediocre. Y Jesús me tomó la
palabra. Me sometió a un proceso de purificación interior y
exterior tremendo. A veces creía que Dios me había abandonado.
Había momentos en que me encontraba desolada por la sequedad, las
tentaciones, las incomprensiones, las humillaciones y el demonio se
valía de esta situación para inquietarme y hacerme pensar que me
había equivocado de camino. Sin embargo, yo me daba cuenta de que
el mundo necesitaba de Dios y eso me daba fuerzas para seguir mi
carrera. Además, ponía mis ojos en la Santísima Virgen y Ella me
alentaba para seguir adelante.
El 12 de Noviembre de 1989 en el colmo del sufrimiento interior,
con Jesús en el Gólgota, creía morir. Eran las 3 a.m. y sentí la
voz de Jesús que me dijo: “Tú serás Yo y Yo seré Tú”.
Inmediatamente, me inundó una paz inexplicable, una alegría
inmensa, una fortaleza de roble, una libertad de espíritu
inenarrable, que persiste hasta el día de hoy. Yo sólo hacía
llorar y llorar, alabando y bendiciendo a Dios. Aquel día El me
transformó desde las raíces hasta donde yo nunca podía imaginar.
Ahora ¡soy libre! Puedo amar a Dios con una fe más pura, y en Dios
a todo el Universo. No quiero defraudar al Amor, a mi esposo
Jesucristo, crucificado y resucitado por mí.
Soy un pequeñísimo grano de arena en medio del Universo, que
sólo busca la plena realización en el Dios del Amor. La misa y la
comunión son mi mayor alegría cada día. Jesucristo es el Amor de
mi vida, por El vivo y por El muero. El me dijo: "Tú serás
Yo". Desde ese día quiero identificarme más y más con El y
ser otro "Jesús". Ambos nos ofrecemos juntos cada día
como sacerdotes del Padre, ambos nos fundimos en un solo Amor por el
Espíritu.
Como ves, mi vida es como un río caudaloso, que corre a veces
manso y tranquilo, otras turbulento y devastador, pero que no se
detiene, pues tiene cita con el océano inmenso de Dios. Allí me
espera, con los brazos abiertos, para decirme "TE AMO".
Mientras tanto, me estoy preparando, cumpliendo mi misión de esposa
y de madre, una misión de amor sin fronteras.
VOCACION DE AMOR
a) Vocación de pájaro
Mi nombre antes de ser religiosa era Paloma. Por eso, me siento
identificada con los pájaros. Ser pájaro es ver las cosas desde
arriba,. con perspectiva divina. Así quiero yo ver siempre las
cosas: desde el punto de vista de Dios. Tener vocación de pájaro
es sumergirse en el aire, volar por los espacios infinitos, donde
está Dios, es respirar a pleno pulmón la alegría del amor de
Dios. Es duro tener vocación de pájaro, cuando uno tiene que estar
pisando tierra a cada momento y sufrir las limitaciones y
dificultades de la vida diaria. Por eso, necesito retirarme a orar,
a entrar en contacto con mi Dios, a elevarme a las alturas y
olvidarme de los problemas de este mundo. Es como tomar fuerza para
seguir sufriendo y elevar a otros hombres hacia Dios, enseñándoles
a volar para que no se queden estancados entre el barro y las
miserias de esta vida.
Me gusta volar y hacer excursiones por el universo infinito del
amor de Dios. A veces vienen las tormentas y, entre los rayos y
truenos, parece ocultarse el sol de Dios, pero sigo confiando en su
amor, a pesar de todo. Y, cuando sale el sol de nuevo y el cielo
está limpio y azul, me gusta soñar e irme hacia la estrella más
lejana, hasta la estrella matutina, hasta María y decirle que la
quiero y que me cobije entre sus brazos.
Tener vocación de pájaro es volar hasta los extremos del mundo
con la oración y aliviar el cansancio de los que están cansados y
tender una mano cariñosa a todos los que están tristes y darles
alegría y esperanza. Es acariciar con la sonrisa a todos los que me
rodean, es amar sin descanso a todos los hombres sin excepción.
También me gusta volar muy alto con mis deseos. Aquí está el
gran deseo de mi vida. Quiero abrazar a todos los niños, incluso
antes de nacer, y bautizarlos con el bautismo de deseo para
presentárselos a Dios como mis hijos. Me siento madre de todos los
hombres, pero muy especialmente de todos los niños nacidos o por
nacer. A todos los acaricio y abrazo bajo mi manto y los lleno del
amor de Dios ¡Qué alegría!. Me siento la madre más dichosa del
mundo y esto significa mucha responsabilidad de orar y trabajar por
ellos para que sean santos.
También me gusta cantar como los pájaros y alegrar a mis
hermanas. Quiero ser el pájaro de Dios y cantarle con mi amor y con
mi vida un canto de alabanza, que se prolongue por toda la
eternidad. El me dice: Ven, paloma mía, amada mía, ven. Y yo le
digo: Enferma estoy de amor. Entonces, oigo el aleteo del Espíritu
Santo que me envuelve con ternura y me llena de amor.
b) Sacerdote por el amor
Quisiera ser misionera y recorrer el mundo, pero ya que eso no es
posible, lo haré en espíritu en alas de la oración. Pido mucho
por los misioneros y sacerdotes para que Dios bendiga su trabajo
apostólico. Si yo fuera sacerdote, ¡cómo hablaría a las almas
del amor de Jesús y de María! Ciertamente, yo no soy sacerdote
nombrado por nuestra Santa Madre Iglesia, pero sí me considero
sacerdote por el amor, porque me entrego a Jesús con todo mi amor
por la salvación de las almas.
Tengo una necesidad inmensa de amar, es algo que no puedo
contener en mi pecho, mi pobre corazón se siente asfixiar, necesita
más espacio, que sólo El puede darme y que sólo El puede saciar.
Comprendo que esto será en la Patria y que ya falta menos, pero a
medida que me acerco más a este fin tan deseado, el deseo aumenta y
el camino se me hace más largo. ¡Qué ganas tengo de verlo, de
fundirme con El para siempre, de ser una eterna alabanza de su
gloria!.
Gracias, Señor, por mi vida y mi vocación de amor. Mi alma te
ansía y te desea como la cierva desea las corrientes de agua. Tú
estás en lo más profundo de mi alma . Tú estás en lo más alto
de los cielos. Dame, Jesús, alas de serafín para volar por encima
de las montanas y llegar hasta tu cielo y quedarme allí contigo
para siempre.
Cristo me llamó
No sé cómo fue... Alguien paso junto a mi vera en el cruce de
un camino y me habló. Sus huellas se clavaron en el polvo, El se
fue... A solas me detuve, no supe adivinar quien era el caminante,
que aprisa se alejaba. Contemplé de sus huellas las pisadas,
marcadas en la arena, y en mi corazón una voz que me decía:
SIGUEME. No quise responder... Quizás mañana... mas El su ruta
proseguía, buscando seguidores, perdido en el recodo de un camino.
Entonces, emprendí veloz carrera hasta alcanzarlo y preguntarle:
¿A mí, Señor, me quieres? El me miró... Nos miramos... Era
JESUS... El me buscaba sin yo saberlo, en las tardes oscuras... en
las noches claras. Y... con El me quedé. El camino iba hacia el
Calvario, donde estaba Maria. Allí, los tres unidos, celebramos la
misa. Yo le ofrecí mi vida... Le di gracias por haberme escogido,
por hacerme su esposa... Y El me dijo: "Vive de amor. Te quiero
Santa”. Ahora sólo me queda vivir feliz mi sacerdocio y decirles
a todas mis hermanas SEGUID SUS HUELLAS.
CONCLUSIÓN
Al finalizar este escrito, quiero dirigirme a cada una de las
consagradas en particular:
Estás llamada a la santidad, a vivir en plenitud tu sacerdocio
de amor por todos los hombres, en especial por los sacerdotes. Tu
vida sólo tendrá sentido por el amor. Vivir por amor y para amar,
pero con un amor tan grande como el Universo. Y sólo Jesús podrá
llenar totalmente tu corazón enamorado. El te espera cada día en
la Eucaristía, hecho Amor por nosotros. Haz de tu vida una
Eucaristía viva, ofrécele todo lo que tienes sin condiciones. No
temas las exigencias de Jesús. El es tu esposo. El te ama y quiere
tu felicidad. No temas entregarte al Amor. María será tu guía y
ejemplo.
Tu misión es necesaria al mundo. Si tú fallas, nadie podrá
llenar tu vacío. Lo que tú no hagas, quedará eternamente sin
hacer. Por eso, debes sentirte necesaria para la gran tarea de
salvar al mundo. Ora mucho por los sacerdotes. Ellos necesitan tu
apoyo, tu amor y tu dolor. No los defraudes.
Jesús mismo espera tu respuesta a sus planes de santidad sobre
tu vida. El no quiere medias tintas ni mediocridades. Debes estar
decidida a ser santa, a ser una ofrenda permanente de amor por
Jesús y por las almas. No te detengas. Vive con seriedad tu
vocación sacerdotal. Sigue a Jesús a tiempo completo y sin
reservas. ¿Estás dispuesta?.
El te espera al final del camino. EL TE AMA y te necesita y sigue
esperando tu respuesta. El desea que seas santa. Dile Sí.
Que El te bendiga por medio de María.
¡HASTA CADA EUCARISTIA!
Tu hermano y amigo Ángel Peña (Agustino Recoleto)
“Nada tiene para mí mayor sentido ni me da mayor alegría que
celebrar la Misa todos los días y servir al pueblo de Dios en la
Iglesia” (Juan Pablo II.)