P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.
LA ORACIÓN DEL CORAZÓN
LIMA - PERÚ 2009
LA ORACIÓN DEL CORAZÓN
Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú
Agustino Recoleto
Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca
(Perú)
ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA - PERÚ 2009 ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN
Necesidad de la oración. Orar es amar. Convertidos. Algunos
ejemplos. La oración de algunos santos. La Eucaristía. La
Eucaristía, fuente de bendiciones. Orar sin interrupción. La
oración del corazón. Testimonios. Oración de abandono. Amar a los
demás. Para amar mejor. Oraciones.
CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA
INTRODUCCIÓN
La oración es un tema demasiado amplio. Nosotros solamente
queremos hablar de una manera sencilla de orar, de la oración del
corazón, que consiste en la repetición amorosa de alguna frase
que, de tanto repetirla, nos llega al alma para hacerla carne de
nuestra carne y sangre de nuestra sangre.
Evidentemente, no tocaremos nada de lo que se refiere a métodos
de oración ni a grados de oración ni mucho menos a la oración
contemplativa en sus últimos estadios, de los que nos hablan tanto
los místicos.
Queremos dar unas simples pinceladas para que los principiantes
puedan hacer una oración sencilla y eficaz. Sin embargo, debo
aclarar que esta oración de repetición amorosa, que propondremos,
también sirve a quienes están en los últimos grados de la
oración contemplativa, por la sencilla razón de que la oración es
amor y cuanto más amor haya en la repetición amorosa, más nos
unirá a Dios.
Quiero agradecer en este momento a tantas religiosas de vida
contemplativa que, con su oración y su ayuda espiritual, me han
ayudado en mi vida espiritual y han sido un ejemplo para mí. A
ellas les dedico estas páginas, deseando que Dios las bendiga a
través de la lectura de este libro. NECESIDAD DE LA ORACIÓN
La oración es el alimento del alma y la energía del espíritu.
Sin la oración no podemos vivir espiritualmente e iremos muriendo
poco a poco en el alma. Dice el Catecismo de la Iglesia católica:
Orar es una necesidad vital… Quien ora se salva y quien no ora se
condena ciertamente, como decía san Alfonso María de Ligorio (Cat
2744). Por eso, dice el mismo Catecismo que es necesario acordarse
de Dios más a menudo que de respirar (Cat 2697). Chiara Lubich, la
fundadora del Movimiento de los Focolares, decía: La oración es la
respiración del alma, el oxígeno de toda la vida sobrenatural. La
expresión de nuestro amor a Dios, el carburante de toda nuestra
actividad
Gandhi escribió en su Diario: La oración es más necesaria al
alma que el alimento para el cuerpo, porque el cuerpo puede ayunar,
pero el alma no. Orar es como abrir una botella de perfume para que
su fragancia se extienda durante todo el día. Todo el día debe
quedar perfumado por la oración de la mañana. Por eso, es
imprescindible la oración diaria. Sus efectos no sólo son
beneficiosos para el alma, sino también para el cuerpo.
El gran convertido Alexis Carrel, premio Nóbel de Medicina,
decía: El influjo que la oración ejerce sobre el espíritu y el
cuerpo del hombre puede demostrarse con tanta facilidad coma la
secreción de sus glándulas, sus efectos se miden por un aumento de
energía física, de vigor intelectual, de fuerza moral y por una
comprensión más profunda de las realidades fundamentales.
El que se habitúa a orar con sinceridad, siente pronto cómo su
vida queda profunda y claramente transformada. La oración marca con
su sello indeleble las acciones y los modales del hombre... La
oración es una fuerza tan real como pueda serlo la gravitación
universal. En el ejercicio de mi profesión he visto a muchos
hombres hacerse superiores a la enfermedad y a la depresión que la
acompaña, cuando habían ya fracasado todos los recursos de la
terapéutica, gracias al esfuerzo sereno de la oración...
La oración es un acto propio del hombre maduro que es
indispensable para el completo desarrollo de la personalidad.
Ahora bien, algunos van a orar y no oran porque no ponen de su
parte y se dejan simplemente llevar de su imaginación o del sueño.
Y es como ir a comer y no comer o que no nos aproveche la comida. La
oración requiere atención de nuestra parte. Quizás podemos
ayudarnos de algunas cosas para centrar la atención. Se pueden
escribir todos los afectos y sentimientos, que tenemos hacia el
Señor como si estuviéramos hablando con Él. Quizás nos puede
ayudar leer un libro para que nos suscite algún pensamiento, del
que nos sirvamos para hablar con Jesús. Pero orar es distinto de
lectura espiritual. Si sólo se hacen reflexiones espirituales sobre
lo leído, todo puede quedar en una fría gimnasia mental. Lo
importante es que la lectura sirva de pie para amar al Señor. Por
tanto, hay que dejar la lectura, cuando tengamos algo que conversar
o que decir a raíz de lo leído. Porque una oración sin
comunicación amorosa con Dios no es buena oración. La oración es
amor y, cuanto más amor, mejor será la oración. Para ello hay que
dedicar algún tiempo, exclusivamente para orar. No basta decir,
como una vez escuché a cierto sacerdote: Todo el día estoy en
oración, porque todo el día estoy hablando de Dios. Sí, hablaba
mucho de Dios, pero no hablaba con Dios. Y hay muchos que pueden
hacer muchas buenas actividades y caer en la herejía de la acción:
hacer muchas cosas buenas, pero no orar. Y hay que dedicar tiempo
para estar a solas con Dios.
El 6 de agosto de 1981, el padre Arrupe, general de la Compañía
de Jesús, les decía a los jesuitas de Bangkog en Tailandia: Orad
mucho. Los problemas no se resuelven con esfuerzo humano. Tenemos
muchas reuniones y encuentros, pero no oramos bastante. Hay que orar
más. Jesús nos dice: Pedid y recibiréis (Mt 7, 7)
Muchas cosas no recibimos, porque no las pedimos. O como decía
aquella madre, cuyo hijo se salvó milagrosamente, después de haber
estado 20 minutos bajo el agua en una piscina: Muchos niños mueren,
porque sus padres no rezan. Dios deja de hacer muchos milagros en el
mundo, porque muchos no tienen la fe suficiente para pedir un
milagro. Pero la oración no es sólo para momentos de necesidad. La
oración es el alimento diario del alma. Por eso, es imprescindible
en la vida espiritual. Sin oración, nuestra alma estará vacía y
sin luz. La oración es algo de vida o muerte. Sin oración,
estaremos muertos por dentro. Pero no olvidemos que oración no es
simplemente una comunicación con Dios de tipo administrativo para
informarle de lo que hacemos o de lo que necesitamos. Orar es una
comunicación amorosa con nuestro Padre Dios. Sin amor no habrá
verdadera oración.
ORAR ES AMAR
La beata Madre Teresa de Calcuta decía: No hay diferencia entre
oración y amor. No podemos decir que oramos, pero que no amamos o
que amamos sin necesidad de orar, porque no hay oración sin amor y
no hay amor sin oración. Santa Teresa de Jesús afirmaba: Orar es
tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien
sabemos que nos ama (Vida 8, 5). No está la cosa en pensar mucho,
sino en amar mucho, y así lo que más os despertare a amar, eso
haced. El aprovechamiento del alma no está en pensar mucho, sino en
amar mucho.
Como vemos, orar es amar y cuanto más amor haya en nuestra
oración, ésta será mejor. Sin amor, la oración se puede reducir
a una repetición vacía de palabras de memoria o a la realización
de una serie de ritos vacíos. Hay quienes van a la iglesia por
cumplir un compromiso y no son capaces de decir en todo el tiempo
que permanecen en el templo: Señor, te amo. Están de cuerpo
presente como espectadores a una ceremonia, sin participar ni hablar
con el Señor. Son como mudos o ciegos, que no oyen la voz de Dios
ni lo ven presente entre ellos, porque les falta fe. Y la fe es amor
y confianza en Dios; y es un regalo que podemos recibir en la medida
que lo deseemos y lo pidamos.
Sin amor, nada vale nada. Dice san Pablo: Ya podría hablar
lenguas de hombres y de ángeles, si no tengo amor, soy como bronce
que suena o címbalo que hace ruido... Ya podría repartir en
limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo
amor, de nada me sirve (1 Co 13, 1-3).
La oración verdadera debe estar llena de amor a Dios. Debe ser
una comunicación amorosa con Dios. Para ello, no necesariamente
hace falta hablar. Se puede amar con palabras o sin palabras. De
ahí que una de las más sublimes maneras de orar es la oración
contemplativa, en que el alma se queda como extasiada, contemplando
a Dios y sintiendo su amor. Es como una oleada de amor que envuelve
el alma y la deja sin palabras, respondiendo con un amor silencioso.
Es un silencio amoroso o un amor silencioso. Es como un fundirse dos
en uno por el amor, donde sobran las palabras o, a lo máximo, sólo
puede repetirse constantemente: Te amo, te amo, te amo...
Es la oración de aquel campesino de que habla el santo cura de
Ars. Iba a rezar todos los días a la iglesia y un día el santo le
preguntó:
Tú ¿qué haces? ¿Cómo oras? Yo lo miro y él me mira.
Era una oración de simple mirada de amor. O como aquella
religiosa que, cuando se sentía cansada o enferma y no podía orar,
simplemente tomaba entre sus dedos el anillo de compromiso de sus
votos. Era como decirle constantemente a Jesús con ese gesto, que
era su esposa y que lo amaba, a pesar de no sentir nada ni ser capaz
de nada. En una oportunidad, vi a una mujer muy pobre de mi
parroquia de Arequipa que encendía una vela delante de una imagen
de Jesús. Y se quedó mirando la vela hasta que se apagó. Casi una
hora mirando una vela, que para ella era como una oración dirigida
con amor a Jesús, que estaba en la imagen. No sabía rezar con
bonitas oraciones, pero sí sabía amar y, por eso, su oración fue
del agrado de Dios.
En otra oportunidad, una mamá fue llorando con su hijo enfermo
delante de una imagen de la Virgen y lo colocó en su altar. No
rezaba, sólo lloraba. No sé si le diría algo, pero el gesto de
entregárselo era más que suficiente para decirle a la Virgen con
todo su amor de madre que le curara a su hijo. Y Dios se lo curó
milagrosamente por medio de María. Nunca me olvidaré tampoco de
aquel campesino pobre que me pidió que le pusiera el manto de la
Virgen. Y yo le coloqué sobre su cabeza uno de los mantos que ya no
se usaban. ¡Qué felicidad para aquel hombrecito! Estoy seguro que
no dijo muchas palabras, estaba en silencio, disfrutando de sentirse
protegido y amparado por el manto de la Mamá Virgen María,
pidiéndole por sus necesidades sin palabras.
En mi parroquia de Arequipa había un catequista, de unos 58
años, que había sido seminarista de jovencito. Él rezaba mucho
por las almas del purgatorio. Y creía que las oraciones en latín
valían más que las oraciones en castellano. Por eso, rezaba todos
los días algunos responsos por los difuntos, en latín, en un
librito antiguo. No sabía muy bien lo que decía, pero decía las
palabras, aunque mal pronunciadas, con amor por los difuntos. Y
estoy seguro que Dios escuchaba su oración mucho mejor que la de
muchos otros que rezan de prisa y corriendo, sin amor en su
corazón.
También recuerdo con mucho cariño a aquellos campesinos de la
Sierra del Perú, de la parroquia de Pimpincos, en el norte del
país. El primer viernes era para ellos el día de su fiesta. Eran
los llamados Hermanos del Apostolado. Venían desde distintos
lugares, de hasta cuatro o cinco horas de camino, con lluvia o sol,
con frío o calor; algunos, descalzos; pero todos con fervor. Y
algunos me traían sus regalitos: una piña, unos huevos, unas
frutas, una limosna... Esos regalos, dados con amor, era como una
oración ofrecida a Dios. Y, después de confesarlos durante tres
horas, yo celebraba la misa, participada por ellos con devoción. Y,
al día siguiente temprano, otra vez a la misa antes de partir para
sus casas. Para ellos, el sacrificio de la caminata de ida y vuelta
era como una peregrinación de amor por Jesús. Valía la pena, pues
regresaban a sus casas contentos y muchos de ellos cantando. Dios
los había bendecido y había recibido su misa, comunión y
peregrinación como una hermosa ofrenda de amor. ¡Qué fácil es
orar, cuando hay amor!
Durante los días de la fiesta de la Virgen, en mi parroquia de
Arequipa, había personas que dejaban cartitas escritas con sus
peticiones y necesidades. Era una manera de orar, sabiendo que la
Virgen oiría su oración. Recuerdo a una religiosa que un día me
entregó una cartita, diciéndome que era su consagración como
víctima y que la pusiera dentro del sagrario. Así lo hice, porque
para ella ese pequeño gesto era como si Jesús leyera su entrega y
la aceptara.
¡Cuántas maneras de orar con pequeños gestos de amor! Como
aquel niño, que era mi amiguito, y yo lo llevé a la iglesia a
rezar y le regalé una flor de las que estaban delante del sagrario.
Para él fue un regalo del propio Jesús. La llevó a su casa y la
puso ante una imagen de Jesús para que la flor le dijera a Jesús
cuánto lo amaba.
Con frecuencia, las personas sencillas, que dicen que no saben
orar, porque no saben bonitas oraciones, pueden darnos ejemplo al
orar con pequeños gestos, llenos de amor, como una flor, una vela,
una carta, una limosna... Para ellos, llevar una imagen en la
cartera o llevar una medalla o el escapulario al cuello, puede ser
una permanente oración, porque llevan esos objetos con amor. En
cambio, muchos grandes teólogos o personas muy cultas, que son muy
sabidos, desprecian estas manifestaciones sencillas como si fueran
supersticiones. Me acuerdo muy bien de un hombre sencillo de Lima,
que iba todos los años a las procesiones del Señor de los
Milagros, donde se reúnen miles y miles de personas en el mes de
octubre. Para él, ir a la procesión era simplemente acompañar al
Señor y se sentía feliz. Era su mejor manera de orar. El olor del
incienso, el ambiente de religiosidad, los cantos religiosos..., le
hacían sentirse feliz. El acompañar a la imagen sagrada era para
él una bella manera de orar y de amar a Jesús sin palabras.
Por supuesto que a esta gente sencilla hay que enseñarles que no
se queden sólo en imágenes y gestos externos. Hay que hablarles
mucho de la Eucaristía para que no se olviden que el verdadero
Jesús, vivo y resucitado, está en la Eucaristía, esperándolos.
¡Es tan fácil hablar con Él! ¡Es tan fácil orar! ¡Es tan
fácil amarlo! ¡Es tan fácil tratarlo como a un amigo cercano! Una
monjita me escribía y me decía: Yo siento en cada momento que me
mira. ¿No siente usted su mirada? Sentir su mirada y sonreírle,
decirle que lo queremos, darle gracias por todo, contarle con
sencillez nuestras cosas, puede ser una manera muy fácil de orar y
manifestarle nuestro amor. Lo importante es amarlo mucho. Decía san
Josemaría Escribá de Balaguer: ¿No sabes orar? Ponte en la
presencia de Dios y, en cuanto comiences a decir: Señor, ¡no sé
hacer oración!..., está seguro de que has empezado a hacerla. Lo
importante no es tanto lo que dices o lo que haces sino el amor con
que lo dices o haces.
CONVERTIDOS
San Agustín habla mucho en sus escritos de la oración como
camino para llegar a Dios, pero a este camino le llama amor. Por
eso, afirma que a Dios no vamos caminando, sino amando (Ep 155, 4,
13).
Por otra parte, insiste mucho en que en este camino hacia Dios,
en este camino del amor, en este camino de la oración, no hay que
darse tregua, hay que orar sin interrupción, hay que hacer de la
vida una permanente oración, un amor continuo. Y afirma: Si dices
basta, ya estás perdido. No te detengas, avanza siempre; no vuelvas
hacia atrás, no te desvíes. En este camino, el que no adelanta,
retrocede (Sermo 169, 18). También nos invita a caminar cantando,
es decir, con amor, a pesar de las dificultades, pues lo más
importante es el amor. Dice: Canta y camina. Avanza siempre en el
bien. Si tú progresas y adelantas, caminas; pero progresa en el
bien, progresa en la fe, progresa en las santas costumbres. Canta y
camina. No te extravíes, no te vuelvas atrás, no te detengas
(Sermo 256, 3).
Por ello, es significativo que nos aconseje: Ama y haz lo que
quieras; si callas, calla por amor; si corriges, corrige por amor;
si perdonas, perdona por amor. Que la raíz de todas tus obras sea
el amor (In ep Io ad parth tr. 7, 7-8). Sin olvidar que la medida
del amor es el amor sin medida (Epist 109.2).
San Agustín, sin embargo, nos pone en guardia para no confundir
el amor auténtico a Dios y a los demás, con el amor carnal y
egoísta. Afirma: Sólo el amor verdadero merece el nombre de amor,
lo demás es pasión (De Trin 8, 7, 10). La verdadera amistad no es
auténtica, sino entre los que Tú, Señor, unes entre sí por medio
del amor derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que
se nos ha dado (Conf 4, 4, 7).
Además, nos enseña que para amar de verdad hay que ser
humildes, pues la oración es un autentico acto de humildad. Dice:
En la oración somos mendigos de Dios. Nos ponemos en la puerta del
gran Señor; aún más, nos arrojamos el suelo, gemimos suplicantes,
deseando recibir algo, y ese algo es el mismo Dios (Sermo 83, 2). El
camino del amor es: primero humildad; segundo, humildad; y tercero,
humildad. Si la humildad no precede, acompaña y sigue todas
nuestras buenas acciones, todo queda arruinado por la soberbia
(Epist 118, 22).
La humildad es propia de los grandes; la soberbia, en cambio, es
la falsa grandeza de los débiles. El humilde no puede dañar, y el
soberbio no puede no dañar (Sermo 353, 2).
Y aconsejaba: Tú, haz lo que puedas, pide lo que no puedas y
Dios te dará para que puedas (De nat et gr 43, 50). ¡Oh amor, que
siempre ardes y nunca te apagas! Amor, Dios mío, abrásame,
¿Mandas continencia? Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras
(Conf 10, 29, 40). Haz Señor, Dios mío, que te comprenda y te ame
(De Trin 18, 28, 51). Oh Señor, te amo y, si es poco, haz que te
ame más intensamente (Conf 13, 8, 9). Cuán tarde te conocí,
hermosura tan antigua y tan nueva, cuán tarde te conocí. Tú
estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Llamaste y clamaste y
rompiste mi sordera; brillaste, resplandeciste y curaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume y respiré, y ahora suspiro por Ti y siento
hambre y sed de Ti (Conf 10, 27, 38). Nos hiciste, Señor para Ti y
nuestro corazón está insatisfecho hasta que descanse en Ti (Conf
1, 1, 1). Por ello, sólo orando de verdad, amando sin cesar,
llegaremos a Dios y encontraremos la felicidad, que es el gozo de la
verdad (Conf 10, 23, 33).
Alexis Carrell (1873-1944), el gran convertido y premio Nóbel de
Medicina, en su libro Meditaciones escribió sobre su deseo de amar
a Dios: Mi vida ha sido un desierto, porque no te he conocido,
Señor. Haz que, a pesar del otoño, este desierto florezca. Que
cada minuto de los días que me queden, esté consagrado a Ti. Dame
luz pare que pueda ayudar a aquellos a quienes amo.
Ando a tientas en la oscuridad, buscándote sin cesar. Muéstrame
tu camino. Toma la dirección de mi vida. Todo lo que tu voluntad me
inspire hacer, lo cumpliré... Oh, Dios mío, cómo lamento no haber
comprendido nade de la vida, haber intentado entender cosas que es
inútil tratar de comprender. Y es que la vida no consiste en
comprender sino en amar, en ayudar a los demás, en orar y trabajar.
Haz, Dios mío, que no sea demasiado tarde... Que cada minuto del
tiempo que aún me quede de vida transcurra, cumpliendo tu voluntad.
En tus manos, Señor, pongo lo poco que soy, por entero, sin reserva
alguna. Haz conmigo lo que el viento con el humo. ¡Bendito sea tu
Nombre! Haz, Señor, que pueda emplear el resto de mi vida en tu
servicio y en el de los que sufren... Oh Dios mío, me abandono
totalmente a Ti con el sentimiento de haber pasado la vida como un
ciego. Oh Señor, guíame en la oscuridad.
Otro gran enamorado de Dios, después de su conversión del
ateísmo, fue André Frossard (1915-1995). Para él, la Eucaristía
era centro de su vida y decía: Oh Dios mío, entro en tus iglesias
desiertas y veo a lo lejos vacilar en la penumbra la lamparilla roja
de tus sagrarios y recuerdo mi alegría. ¡Cómo podría olvidarlo!
¿Cómo echar en olvido el día en que se descubre el amor
desconocido por el que se ama y se respira; donde se ha aprendido
que el hombre no está solo, que una invisible presencia lo
atraviesa, lo rodea y lo espera: que más allá de los sentidos y de
la imaginación, existe otro mundo, al lado del cual el universo
material por hermoso que sea no es más que vapor incierto y reflejo
lejano de la belleza de quien lo ha creado?.
Lo que de Él os he dicho tan sólo lo he escrito pare que le
améis más, si ya le améis; y, si no lo conocéis, que al menos
tengáis un pensamiento pare Él... Porque todo ser humano, que
procede del amor, al amor vuelve por la fe y la esperanza, a través
del sufrimiento y de la muerte. ¡Oh Amor, ni toda la eternidad
será suficiente para amarte y decirte cuánto te amo!
ALGUNOS EJEMPLOS
Hay una leyenda que cuenta la vida de un volatinero, que daba
saltos y saltos por los pueblos para alegrar a la gente. Un día,
cansado de esa vida, quiso entrar a un convento para servir a Dios y
fue aceptado por su buen corazón. Pero, cuando los monjes iban a la
iglesia a rezar en sus grandes libros, él se sentía triste, porque
no sabía leer y creía que nunca podría hacer oración como los
otros monjes. Una noche, cuando todos estaban dormidos, se fue a la
capilla y le dijo al Señor: Señor, Tú sabes que yo no sé leer ni
rezar, pero te amo y te lo quiero demostrar con mis saltos y
piruetas como cuando hacía reír a la gente. Ojalá te pueda
consolar y hacer reír. Así empezó su sesión de saltos y más
saltos para alegrar a Jesús. Pero el Superior oyó ruidos y fue a
la capilla. Y, cuando le iba a llamar seriamente la atención, vio
que Jesús se sonreía desde su imagen; y entendió que estaba
contento de aquella manera sencilla de expresarle su amor, que era
una bella manera de orar.
Orar no es decir palabras bonitas. Había una vez un campesino
pobre que todos los días llevaba su librito de oraciones al campo
para orar en los momentos de descanso. Un día se sintió triste,
porque se había olvidado su librito y ese día no podría rezar.
Entonces, humildemente le dijo: Señor, Tú conoces las oraciones,
yo te voy a recitar las letras del alfabeto y tú juntas las letras
y compones las bellas oraciones que yo quisiera decirte. Y así
empezó a recitar las letras del alfabeto varias veces: A, B, C, D,
E, F, G... Y Dios se sintió contento de esa oración, porque para
Él lo más importante es el amor.
El padre Mateo Crawley, el apóstol mundial de la devoción al
Corazón de Jesús, relata que en una oportunidad se encontró con
un indígena chileno, que era carbonero y apenas conocía algo de
religión. Era muy ignorante y no sabía ni el padrenuestro ni el
avemaría. Pero rezaba todos los días con confianza a Dios. El
padre Mateo le preguntó: ¿Cómo rezas? Y el indígena respondió:
Por las mañanas le digo: Señor Jesús, tu costal de carbón está
listo para trabajar, ayúdame. Y en la tarde le digo: Señor, tu
costal de carbón va a descansar, ayúdame. Dice el padre Mateo que
ante la fe de aquel carbonero humilde, estuvo a punto de
arrodillarse para agradecerle su fe y amor a Dios.
Otro caso. En cierta parroquia, un anciano estaba gravemente
enfermo y el párroco fue a visitarlo. Apenas entró en la
habitación, el sacerdote advirtió una silla vacía. Estaba al lado
de la cama como algo misterioso, como si estuviera ocupada por un
ser invisible. El enfermo le dijo:
Padre, pienso que en esta silla está sentado Jesús. Hace muchos
años, cuando no sabía rezar, descubrí que orar era hablar
amigablemente con Jesús. Así que ahora me imagino que Jesús está
sentado en esta silla. Le hablo, lo escucho, le cuento mis cosas y
le digo que lo amo. Y me siento contento.
Unos días más tarde, se presentó en el despacho parroquial la
hija del enfermo y le comunicó al párroco que su padre había
muerto. Y le dijo:
Lo dejé solo un par de horas. Al volver a su habitación, lo
encontré muerto, con la cabeza apoyada en la silla vacía, que
tenía siempre al lado de su cama.
El sacerdote comprendió que había muerto en los brazos de
Jesús.
Ahora bien, el mejor lugar para manifestarle nuestro amor a
Jesús es en la Eucaristía, donde está verdadera y realmente
presente. ¡Qué hermoso es ir a una iglesia solitaria o a una
capilla donde está Expuesto el Santísimo Sacramento para poder
hablar personalmente con el mismo Jesús de Nazaret! El mismo
Jesús, que hace dos mil años sanaba a los enfermos y bendecía a
los niños. ¡Qué alegría para Él, cuando le decimos, con
palabras o sin palabras, que lo amamos! Jesús Eucaristía es la
mayor fuente de bendiciones del mundo entero. Ahí debemos acudir
todos los días para calentar nuestro corazón al sol divino del
amor de Jesús. Y ahí tomaremos fuerzas para continuar el camino
arduo de la vida diaria.
Dos casos concretos. El 13 de enero de 2001 hubo un terremoto en
El Salvador y el padre claretiano Gonzalo Fernández dice: En la
calzada, protegida por un toldo improvisado, encontré a una anciana
de 86 años, a la que el terremoto había arrebatado parte de la
casa en la que vivía con su hija y sus nietos. Pero Lidia no había
perdido la sonrisa ni profería palabras contra Dios ni deseaba
morirse. La única cosa que me pidió insistentemente fue la
comunión. Me dijo con voz estremecida: Sin la comunión (sin
recibir a Jesús) somos como cerdos, no hacemos más que comer y
dormir.
El otro caso lo cuenta el novelista francés René Bazin. Durante
la segunda guerra mundial, iba todos los días a misa y veía allí
a una joven señora, que estaba con gran recogimiento y serenidad, a
pesar de haber perdido a su esposo y tener a sus hijos prisioneros
en un campo de concentración. Un día, le preguntó cuál era la
razón de su tranquilidad, y ella respondió:
Todos los días recibo a Jesús en la comunión y me da fuerzas
para las 24 horas siguientes. La fuerza que recibo en la comunión,
me hace superar todas las dificultades.
El sagrario de nuestras iglesias o la custodia donde está
Expuesto Jesús sacramentado es el mejor lugar del mundo para
entablar una relación de amor y amistad con Dios. Allí nos espera
el Dios omnipotente y allí podemos decirle, mejor que en ningún
otro lugar, que lo amamos. Por eso, es el mejor lugar del mundo para
hacer oración.
Una religiosa contemplativa me escribió: Mi oración ante Jesús
Eucaristía es sencilla. Amo con Jesús a todas las almas. Él me
enseña a amar interiormente con su Corazón, como Él ama. Mi
único deseo es estar unida y perdida en Él. Cuando llego a la
capilla por la mañana, Jesús ya está en oración y yo me pongo a
su lado y me uno a su oración. No sé hacer otra cosa que dejarle
hacer a Él su oración en mí. Él pone fuego en mi alma y un deseo
inmenso de la salvación de todas las almas. Por eso, me siento
madre de toda la humanidad.
No puedo explicarte lo que siento dentro de mí, cuando miro a
Jesús y me dejo mirar por Él. Nos amamos con locura y se me pasan
las horas de oración y silencio sin darme cuenta. Si aquí en la
tierra me pasa esto, ¿cómo será el cielo? Hace un tiempo nos
mirábamos en la oración cara a cara y sentí un amor y una
alegría inmensa. No tengo palabras para expresarlo. Y Él me dijo:
“Esto que ahora sientes, en el cielo será mucho más”. Me dejó
fuera de mí.
LA ORACIÓN DE ALGUNOS SANTOS
San Juan María Vianney (1786-1859)
Decía: El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y
amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este
mundo. La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Dios y el
alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie
puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre
criatura: es una felicidad que supera toda comprensión.
Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su
bondad, nos ha permitido hablar con Él. Nuestra oración es el
incienso que más le agrada. Hijos míos, vuestro corazón es
pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a
Dios... En la oración, hecha debidamente, se funden las penas como
la nieve ante el sol. Otro beneficio de la oración es que hace que
el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite que no se
percibe su duración. Hay personas que se sumergen en la oración
como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al
buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas
almas generosas! Pero nosotros, ¡cuántas veces venimos a la
iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo,
cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué
vamos. Hay algunos que, incluso, parece que le dijeran al buen Dios:
Sólo dos palabras para deshacerme de ti. Muchas veces, pienso que,
cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le
pedimos, si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy
puro.
El cura de Ars se dejaba embargar particularmente ante la
presencia real de Jesús en la Eucaristía. Ante el sagrario pasaba
frecuentemente largas horas en adoración antes del amanecer o
durante la noche; durante las homilías solía señalar el sagrario,
diciendo con emoción: Él está ahí. Y ciertamente, él lo amaba y
se sentía irresistiblemente atraído hacia el sagrario. En toda
ocasión, él inculcaba a sus fieles el respeto y amor a la divina
presencia eucarística, incitándolos a acercarse con frecuencia a
la comunión, y él mismo daba ejemplo de esta profunda piedad. Para
convencerse de ello, refieren los testigos, bastaba verle celebrar
la santa misa y hacer la genuflexión, cuando pasaba delante del
sagrario.
Santa Teresita del Niño Jesús (1873-1897)
Esta gran santa y doctora de la Iglesia decía: La oración es un
impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito
de agradecimiento y de amor, tanto en medio de la tribulación como
en medio de la alegría. En fin, algo grande, algo sobrenatural, que
me dilata el alma y me une a Jesús (MC 25). A ella le resultaba muy
difícil rezar el rosario y, con frecuencia, su oración se reducía
a decir despacio el padrenuestro y el avemaría. Pero toda su vida
era un continuo acto de amor a Dios y a los demás. Ella se sentía
como un niño en los brazos de Dios y todo lo hacía por su amor,
diciéndole muchas veces que lo amaba. Nos dice:
¿Cómo demostrará el niño su amor, si el amor se prueba con
las obras? Pues bien, el niñito arrojará flores, perfumará con
sus aromas el trono real, cantará con su voz argentina el cántico
del amor... ¡Oh, Amado mío, no tengo otro modo de probarte mi amor
que arrojando flores, es decir, no desperdiciando ningún pequeño
sacrificio, ninguna mirada, ninguna palabra, aprovechando las más
pequeñas cosas y haciéndolas por amor! Quiero sufrir por amor y
hasta gozar por amor; de esta manera, arrojaré flores delante de tu
trono. No hallaré flor en mi camino que no deshoje para Ti...
Además de arrojar mis flores, cantaré, cantaré, aun cuando tenga
que recoger mis flores de en medio de las espinas. Y tanto más
melodioso será mi canto, cuanto más largas y punzantes sean las
espinas... Oh Jesús mío, os amo. Amo a la Iglesia, mi Madre.
Recuerdo que el más pequeño movimiento de puro amor le es más
útil que todas las demás obras juntas (Manuscrito B 4).
Y ese amor a Jesús lo manifestaba especialmente en la
Eucaristía. Y, por eso, habla de las horas benditas pasadas a los
pies de Jesús ante el sagrario (Carta 46). Cuando estoy junto al
sagrario no sé decir más que una sola cosa a Nuestro Señor: “Dios
mío, Tú sabes que te amo” (Carta 131). En una época de
tribulación para la Comunidad, tuve el consuelo de recibir todos
los días la sagrada comunión (no era costumbre en ese tiempo).
Jesús me hizo este regalo durante mucho tiempo, durante más tiempo
que a sus fieles esposas, pues me permitió recibirlo, cuando las
demás se veían privadas de tanta dicha. También me sentía
dichosa de tocar los vasos sagrados y de preparar los corporales,
destinados a recibir a Jesús (Manuscrito A 79).
Beata Isabel de la Santísima Trinidad (1880-1906)
Nos dice: Dios ha infundido en mi corazón una sed del infinito y
un anhelo tan grande de amor que sólo Él puede saciarlo. Me dirijo
a Él como el niño a su madre para que invada y llene plenamente mi
ser, para que se posesione de mí y me lleve en sus brazos. Tenemos
que ser sencillos en nuestro trato con el Señor (Carta 147). He
hallado mi cielo en la tierra, pues el cielo es Dios y Dios está en
mi alma. El día que comprendí esta verdad, todo se iluminó para
mí. Quisiera revelar este secreto a todas las personas a quienes
amo para que ellas se unan siempre a Dios a través de todas las
cosas, y se cumpla así la oración de Jesucristo: “Padre, que
sean completamente uno” (Carta 110).
Ya sea que barra, trabaje o haga oración, todo me resulta
encantador y delicioso, porque descubro a mi divino Maestro en todas
partes (Carta 83). A Dios se le encuentra lo mismo en la colada que
en la oración. Él lo llena todo. Se le vive. Se le respira. Si
vierais qué feliz soy... Mi horizonte se ensancha cada día (Carta
84). Soy un alma miserable, pero os amo tanto, Señor. Acudo a Vos,
sencillamente, con la misma confianza con que se acude a un amigo
entrañable. Creo que os agrada esta dulce familiaridad. Y espero
con total abandono y confianza el momento que me unirá a Vos para
siempre. En el cielo no podré sufrir por Vos, pero espero seguir
trabajando por vuestra gloria. Dadme la gracia de hacer algún bien,
mientras permanezco en este mundo. Soy vuestra pequeña víctima.
Servíos de mí. Haced de mí lo que os plazca. Os ofrezco todo mi
ser: mi cuerpo y mi alma, mis deseos y mi voluntad. Os lo entrego
todo.
Quisiera vivir sólo de amor. Quisiera vivir por encima de este
mundo, donde todo deja vacío el alma (Carta 206). Quiero vivir de
amor, es decir, vivir solamente de Él, en Él y por Él (Carta 50).
La plenitud de mis deseos Señor, es recibiros en la Eucaristía
todos los días y vivir de una comunión a otra en vuestra unión,
en vuestra intimidad. ¡Oh! Esto sería el paraíso en la tierra.
Jesús mío, concededme, os suplico, esta gran felicidad. Reconozco
que soy débil, que soy indigna, pero ¿no sois, Señor, el autor de
la vida? ¿No sois toda mi fortaleza y todo mi apoyo? Venid, venid
todos los días a mi pobre corazón.
Beato Rafael Arnáiz (1911-1938)
Para él la oración era vivir amando. Para ello, el silencio de
la Trapa le ayudaba mucho. Un día estaba pelando nabos y dice:
Estoy pelando nabos, ¿para qué? Y el corazón, dando un brinco
contesta medio alocado: Pelo nabos por amor, por amor a
Jesucristo... Se pueden hacer de las más pequeñas acciones de la
vida, actos de amor a Dios..., el cerrar o abrir un ojo hecho en su
nombre nos puede hacer ganar el cielo. El pelar nabos, por verdadero
amor a Dios, le puede a Él dar tanta gloria y a nosotros tantos
méritos como la conquista de las Indias... Si me hubiera dejado
llevar de mis impulsos interiores, hubiera comenzado a tirar nabos a
diestra y siniestra, tratando de comunicar a las pobres raíces de
la tierra la alegría del corazón... Hubiera hecho verdaderas
filigranas con los nabos, la navaja y el mandil... La próxima vez
que vuelva a pelar raíces, sean las que sean, le pido a María que
me envíe a los ángeles del cielo para que yo, pelando, y ellos
llevando en sus manos el producto de mi trabajo, vayan poniendo a
sus pies rojas zanahorias; a los pies de Jesús, blancos nabos y
patatas y cebollas, coles, lechugas...
En fin, si vivo muchos años en la Trapa, voy a hacer del cielo
una especie de mercado de hortalizas y, cuando el Señor me llame y
me diga basta de pelar, suelta la navaja y el mandil, y ven a gozar
de lo que has hecho..., cuando me vea en el cielo entre Dios y los
santos y tanta legumbre, Señor Jesús mío, no podré menos de
echarme a reír.
Dios me quiere tanto que los mismos ángeles no lo comprenden.
¡Qué grande es la misericordia de Dios! ¡Quererme a mí, ser mi
amigo, mi hermano, mi padre, mi maestro, ser Dios y ser yo lo que
soy! ¡Cuánto te amo, Señor, en mi soledad! ¡Cuánto quisiera
ofrecerte que no tengo, pues ya te lo he dado todo! Pídeme, Señor;
pero ¿qué he de darte? ¿Mi cuerpo? Ya lo tienes; es tuyo. ¿Mi
alma? ¿En quién suspira, sino en Ti para que de una vez la acabes
de tomar? ¿Mi corazón? Está a los pies de María, llorando de
amor. ¿Mi voluntad? ¿Acaso, Señor, no deseo lo que Tú deseas?
Dime, Señor, cuál es tu voluntad y pondré la mía a tu lado. Amo
todo lo que Tú me envíes y me mandes, tanto salud como enfermedad,
tanto estar aquí como allí, tanto ser una cosa como otra. ¿Mi
vida? Tómala, Señor Dios mío, cuando Tú quieras. ¡Cómo no ser
feliz así!.
El otro día todo lo veía negro; mi vida oscura y encerrada en
la enfermería, sin sol, sin luz sin nada que la ayudara a soportar
la carga que Dios ha echado encima de mí... Enfermedad, silencio,
abandono, no sé, mi alma sufría mucho... Mis pensamientos eran
tristes, lóbregos. Me veía sin amor a Dios, olvidado de los
hombres, sin fe y sin luz... Me pesaba el hábito. Tenía frío,
sueño... No sé, todo se juntaba. La oscuridad de la iglesia me
entristecía. Miraba al sagrario y nada me decía. Me veía muerto
en vida, me veía encerrado en el monasterio como el muerto en el
sepulcro... El demonio se empeñaba en hacerme padecer con el
recuerdo del mundo, de la luz, de la libertad y me insinuaba la
alegría de vivir... Vi después que era tentación. Pero con el
alma en este estado me acerqué a recibir al Señor. Acababa de
ponerme de rodillas con deseos de pedirle a Jesús sosiego para mi
espíritu, cuando sentí un fervor muy grande y un amor inmenso a
Jesús y un olvido absoluto de todos mis anteriores pensamientos, al
recordar las palabras que yo creo que Jesús me inspiró en aquel
momento y que decían: Yo soy la Resurrección y la Vida. ¿Para
qué expresar lo que mi alma se consoló? Casi lloraba de alegría
al verme a los pies de Jesús. Mis manos apretaban el crucifijo y mi
corazón hubiera querido morir de rodillas, abrazado a la cruz,
amando la voluntad de Dios, amando mi enfermedad, mi encierro, mi
silencio, mi oscuridad, mi soledad. Amando mis dolores; que en un
momento de luz y con una chispita de amor de Dios, tan pronto se
olvidan... En fin, cómo desaparecía todo ante la inmensa bondad de
un Dios que se abate hasta mí para decirme: ¿Por qué sufres? Yo
soy la salud. Yo soy la vida.
Jesús Eucaristía era el centro de su vida. Su confesor, el
padre Teófilo Sandoval dice: Pasábase horas enteras junto al
sagrario a solas con su Dios en elevadísima unión con Él y luego,
al volver a reanudar su vida en el monasterio, veíanle
transformado, reflejada en su límpida mirada, aquella llama de amor
ardiente que le consumía.
Gabriela Bossis (1874-1950)
Esta gran mística francesa recibía mensajes de Jesús en los
que le pedía una vida de comunicación amorosa y sencilla con Él.
En su libro Él y Yo, que es su Diario y, tiene más de 50
ediciones, ella nos va desgranando los mensajes recibidos. Jesús
quería que su vida fuera un continuo acto de amor y comunicación
amorosa con Él. Veamos algunos mensajes:
Si supieras lo sensible que soy para las cosas pequeñas... Nada
es pequeño para Mí (Nº 45 y 60). Pon tu felicidad en servirme en
los más mínimos detalles, porque nada es pequeño, cuando se hace
con amor (Nº 1466). Ofréceme tus acciones más ordinarias, las
más pequeñas como un ramillete de flores de campo. ¿A quién no
le gustan esas florecillas tan modestas? (Nº 761).
Un Gloria al Padre puede producir allá a lo lejos una
conversión, cambiar la actitud de un gobernante, pacificar un
pueblo, ayudar al Papa, extender la acción de los misioneros, hacer
vivir a Dios en el interior de las almas, someter a un moribundo
difícil. ¿Qué no podrá lograr un solo Gloria al Padre, animado
por la divina misericordia? (Nº 1477). No pierdas ni un minuto. Es
poco el tiempo de la vida para salvar a tantas almas. Y no creas que
la salvación se obtiene solamente con oraciones: todo sirve, aun
las más ordinarias acciones de la vida de todos los días, cuando
se vive la vida para Dios (Nº 1338).
Cuando estés despierta, durante la noche, llena esos momentos de
amor por la comunión que vas a recibir a la mañana siguiente.
Tiéndeme los brazos. Dame los nombres más dulces, aunque estés
medio dormida (Nº 1257). Inventa continuamente maneras nuevas de
amarme. ¿No te sentirás feliz de saber que me haces feliz? (Nº
663). Rodéame de flores, inventa delicadezas de cariño (Nº 703).
Invita a los ángeles para que te ayuden. ¡Tengo tanto deseo de que
estés más cerca! ¡Es tanto lo que tengo que darte y que decirte!
¡Ven, siempre más cerca! (Nº 981). Pide cada mañana ayuda a mi
madre, al santo del día y a tu ángel (Nº 1027). Mientras tú
duermes, yo no te quito de encima la mirada. Ruega a tu ángel que
me ofrezca en tu nombre todas las respiraciones de tu reposo. ¡Qué
sencillo es el amor! Despiertos, se ama; dormidos, también se ama
(Nº 1118).
Ayuda a la gente. Sé siempre agradable. ¡Hay tanta gente que
lleva una pesada cruz! Tú pasas diciendo una palabra con una
sonrisa, y su alma se ilumina. Es un vigor como el que los ángeles
me dieron en el desierto y en la hora de mi agonía. Imita a aquel
ángel lleno de compasión. Los ángeles son vuestros hermanos
mayores. Y dime siempre gracias. Me deleitan esas pequeñas y
simples palabritas, que son como una caricia de amor (Nº 1126).
¿Te gusta que te den gracias? Pues a Mí también. Es la delicadeza
del corazón (Nº 1226). Un gracias de amor es para mí más dulce
de cuanto puedas imaginar (Nº 1343). Dame con frecuencia tu sonrisa
y tu mirada cariñosa (Nº 1214).
¡Qué dulce es para Mí ese buenos días que me das, cuando te
despiertas, al amanecer o a media noche! (Nº 1592). Trata de
ofrecerme cada día algo de tu invención, como si cada día fuera
una fiesta. Pregúntate: ¿Qué le ofreceré hoy para agradarle?
¿Qué dulce palabra le podré decir? (Nº 1559). Llámame con los
nombres más dulces y eso con mucha frecuencia (Nº 1429).
¡Oh, si pudieras ver mi esplendor en el sagrario! ¡Mi poder y
mi dulzura! ¡Y la corte de honor amorosa con que me rodean mis
ángeles! Adora en unión con todos los santos y ángeles este
cielo, que soy yo, en el sagrario. Ama con ellos, canta y alaba.
Nunca será demasiado (Nº 1251). ¡Cuántas veces en mi sagrario he
tenido las manos llenas de dones, pero nadie ha venido por ellos. Y,
sin embargo, algunos habían entrado a la iglesia para una corta
visita distraída, lejana, como si mi cuerpo estuviera muerto en la
Eucaristía y mi alma allá arriba en el cielo... Esforzaos en
pensar en la realidad de mi presencia eucarística para amarme! (Nº
1805). Yo os pido que vengáis a hacer una hora santa cada día para
hacerme compañía en unión con los ángeles (Nº 1413).
Juan Pablo II
Toda su vida fue una continua oración. Era un hombre de
oración. Se había consagrado a Jesús por María. Su vida era de
Jesús y de María para servir a la Iglesia y a todos los hombres.
¡Cuánto amaba a Jesús y a María! Un detalle nos lo cuenta su
médico personal, el doctor Renato Buzzonetti: El día del atentado
(13-5-1981), en la ambulancia que lo llevaba al hospital, el Santo
Padre daba ligeros gemidos e invocaba ininterrumpidamente en polaco:
Jesús, María, Madre Mía. Las primeras palabras que dijo
públicamente después de la operación, a raíz del atentado,
fueron éstas: En unión con Cristo, sacerdote y víctima, ofrezco
mis sufrimientos por la Iglesia y el mundo. Y a ti, Virgen María,
te repito: Totus tuus ego sum (Soy todo tuyo).
Su amor a Jesús lo manifestaba especialmente cada día en la
celebración de la misa. Decía: Nada tiene para mí mayor sentido
ni me da mayor alegría que celebrar la misa todos los días. Ha
sido así desde el mismo día de mi ordenación sacerdotal (USA,
14-9-1987).
Para mí, el momento más importante y sagrado de cada día es la
celebración de la Eucaristía. Jamás he dejado la celebración del
santísimo sacrificio. La santa misa es el centro de toda mi vida y
de cada día (27-10-1995). Desde los primeros años de sacerdocio,
la celebración de la Eucaristía ha sido, no sólo el deber más
sagrado, sino sobre todo la necesidad más profunda del alma... El
misterio eucarístico es el corazón palpitante de la Iglesia y de
la vida sacerdotal.
En mi capilla privada, no solamente rezaba, sino que me sentaba y
escribía. Allí escribía mis libros... Estoy convencido de que la
capilla es un lugar del que proviene una especial inspiración. Es
un enorme privilegio poder vivir y trabajar al amparo de esta
presencia de Jesús. ¡Cómo no sentir una renovada necesidad de
estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración
silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el
Santísimo Sacramento! ¡Cuántas veces he hecho esta experiencia y
en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!.
Juan Pablo II, el gran devoto de María, que decía
frecuentemente: El rosario es mi oración predilecta. Un hombre de
Dios, que sabía amar a todos sin excepción, y que nos enseña a
llevar una vida llena de Dios, de amor y de oración.
LA EUCARISTÍA
El mejor lugar del universo para encontrarnos con nuestro Dios y
manifestarle nuestro amor es la Eucaristía. La Eucaristía es la
presencia viva y real de un Dios que, por amor a nosotros, ha venido
a esta tierra y ha vivido entre nosotros para demostrarnos su amor.
Y, además de todo eso, ha querido quedarse con nosotros hasta el
fin del mundo como un amigo cercano. La Eucaristía no es algo
hermoso, es Alguien infinitamente hermoso, porque es el mismo Dios
en la persona de Jesús.
La Eucaristía es la máxima cercanía de Dios entre los hombres,
es su presencia más cercana, la más intensa y más profunda.
Cuando vamos ante el sagrario, ahí está realmente el mismo Jesús
de Nazaret, a quien podemos hablar con la confianza de un amigo.
Cuando asistimos a la misa, ahí asistimos al gran misterio de la
Navidad, pues Jesús se hace presente entre nosotros, renovando el
gran misterio de aquella noche brillante de la humanidad, cuando
Dios vino a la tierra en la figura de un niño pequeñito. Además,
la misa es el memorial de su infinito amor, ya que renueva y hace
presente entre nosotros el gran amor que nos manifestó, al sufrir,
morir y resucitar por nosotros. Y, en el momento de la comunión,
podemos recibir su abrazo amoroso, que es la más grande unión que
podemos tener con Él en esta tierra. Ni siquiera los ángeles
pueden comulgar. Es una gracia sólo para los hombres. ¡Tanto nos
ama!
De ahí que la mejor oración, la mejor manera de demostrarle
nuestro amor, es hacerlo personalmente ante Él mismo, presente en
la Eucaristía. ¿Cómo? Puede haber diferentes maneras: poniéndole
velas, flores, haciéndole compañía en adoración silenciosa o,
simplemente, diciéndole muchas veces que lo amamos. Él se sentirá
feliz de vernos y nos bendecirá más de lo que podemos imaginar.
Por eso, cuando no podamos visitarlo personalmente, hagamos visitas
espirituales, unámonos a todas las misas que se celebran en el
mundo y, sobre todo, deseemos recibirlo todos los días en comunión
para recibir su abrazo de amor.
Decía el cardenal Ratzinger, futuro Papa Benedicto XVI: Una
iglesia, sin la presencia de Cristo, se halla, de algún modo,
muerta; aunque pretenda invitar a los hombres a la oración. Pero,
una iglesia, en la cual hay un sagrario, ante el cual luce la
lamparita, está siempre viva y es algo más que una edificación de
piedra.
El Papa Juan Pablo II decía que Jesús Eucaristía es el
corazón palpitante de la Iglesia, el centro de nuestra vida. Por
eso, nunca dejemos solo a Jesús, hagamos turnos de adoración en
las iglesias, construyamos capillas hermosas a Jesús sacramentado,
donde esté permanentemente Expuesto en la custodia, rodeémoslo de
flores y de luces para que sintamos más de cerca su amor y su
presencia, y nos resulte más fácil decirle que lo amamos.
Cuantas más veces visites a Jesús sacramentado, más robusta
estará tu alma. ¡Qué momentos tan sublimes puedes pasar delante
de Jesús! La luz roja del sagrario parpadea como si fuera un
corazón, que late de amor por Jesús. No seas menos que la
lamparita, haz que tu corazón vibre de amor por Jesús, déjate
bañar por su luz invisible y dile muchas veces: Jesús te amo. No
olvides las palabras que tu ángel te inspira y que Marta le dijo a
su hermana María: El Maestro está ahí y te llama (Jn 11, 28).
Por eso, veamos algunas cosas que podrían mejorar la oración:
Algunos días, se puede poner una bonita música de fondo durante
la oración. Se pueden colocar más luces y flores ante el sagrario
para resaltar la presencia viva de Jesús. Se puede hacer la
oración ante el Santísimo Expuesto en la custodia para sentir más
cercana su presencia.
Ciertamente, orar ante Jesús Expuesto en la custodia con flores
y luces especiales, nos llega más al alma. Ojalá que en todas las
parroquias del mundo hubiera capillas de adoración perpetua a
Jesús sacramentado. La experiencia enseña que estas capillas de
adoración dan más facilidad a los fieles para acercarse a Jesús y
allí se siente más intensamente su presencia real.
Un sacerdote me decía que en una parroquia habían construido
una bella capilla al Santísimo Sacramento para adorarlo durante el
día. Y consiguió que todos los días fuera mucha gente a visitar a
Jesús con enormes bendiciones para todos. Pero él mismo que, antes
se dormía o se distraía fácilmente en su oración personal, iba
ante Jesús Expuesto en la custodia y sentía su presencia más
cercana, viva y real. Para él, el orar ante Jesús Expuesto en la
custodia, resultó ser una fuente inmensa de bendiciones jamás
antes conocidas.
Veamos lo que la Virgen María le decía al padre Esteban Gobi,
fundador del Movimiento sacerdotal mariano, aprobado por la Iglesia:
Que el Santísimo Sacramento esté rodeado de flores y luces.
Adoren a Jesús Eucaristía... Expóngalo frecuentemente a la
veneración de los fieles. Multipliquen las horas de adoración
pública para reparar la indiferencia, los ultrajes, los numerosos
sacrilegios y las terribles profanaciones a las cuales se ve
sometido durante las misas negras... En la Eucaristía, Jesús está
rodeado de innumerables milicias de ángeles, de santos y de almas
del purgatorio (31 de marzo de 1988).
Hijos míos, cuanto más se desarrolle su vida a los pies del
sagrario en íntima unión con Jesús en la Eucaristía, tanto más
crecerán en santidad... Han llegado los tiempos en que los quiero a
todos delante del sagrario, especialmente a los sacerdotes... Estos
son los tiempos en que Jesús eucarístico debe ser adorado, amado,
agradecido y glorificado por todos... Al pie de cada sagrario en la
tierra, estoy con mi presencia maternal, que forma en torno a Él
una armonía celestial que lo rodea con todo el encanto del
paraíso, con los coros adoradores de los ángeles, la plegaria
celestial de los santos y la dolorosa aspiración de tantas almas
que están en el purgatorio. En mi Corazón inmaculado todos forman
un concierto de adoración perenne de incesante oración y de
profundo amor a Jesús, realmente presente en cada sagrario de la
tierra. Pero mi Corazón de Madre se entristece, al ver tanto
abandono, tanta negligencia, tanto silencio...
Hijos mío, por un milagro de amor que sólo llegarán a
comprender en el paraíso, Jesús les ha dado el don de permanecer
siempre entre ustedes en la Eucaristía. Pido que se vuelva de nuevo
en todas partes a la práctica de las horas de adoración ante
Jesús Expuesto en el Santísimo Sacramento. Deseo que se acreciente
el homenaje de amor a la Eucaristía y que se destaque aún por las
señales sensibles más expresivas de su piedad. Rodeen a Jesús
eucarístico con flores y luces, cólmenlo de delicadas atenciones,
acérquense a Él con profundos gestos de genuflexión y de
adoración. ¡Si supieran cómo Jesús eucarístico los ama, cómo
un pequeño gesto de su amor lo llena de gozo y de consolación!
Jesús perdona tantos sacrilegios y olvida una infinidad de
ingratitudes ante una gota de puro amor.
Cuando van delante de Él, los ve; cuando le hablan, los escucha;
cuando le confían algo, acoge en su corazón cada palabra suya;
cuando piden, siempre los escucha. Vayan al sagrario para entablar
con Jesús una relación de vida simple y cotidiana. Con la misma
naturalidad con que buscan un amigo, con que confían en las
personas que les son queridas, con que sienten necesidad de un amigo
que los ayude, así vayan al sagrario a buscar a Jesús. Hagan de
Jesús el amigo más querido, la persona en quien más confían, la
más deseada y más amada. Digan su amor a Jesús, repítanselo con
frecuencia, porque esto es lo único que lo deja inmensamente
contento, lo consuela y lo recompensa de todas las traiciones.
Díganle: “Jesús, tú eres nuestro amor; Jesús, tú eres
nuestro gran amigo; Jesús, nosotros te amamos; Jesús, estamos
enamorados de Ti” (21 de agosto de 1987).
Repetir continuamente una frase de amor a Jesús Eucaristía
puede ser una bellísima manera de orar, y esta frase de amor
podemos repetirla en las actividades normales de cada día, haciendo
así de nuestra vida una continua oración.
LA EUCARISTÍA, FUENTE DE BENDICIONES
La venerable Sor Consolata Betrone dice en su Diario: Una tarde,
fui a la parroquia para la Exposición del Santísimo Sacramento. En
el momento en que miré la blanca hostia, me sentí invadida de una
dulce y suave alegría. Y, desde aquel momento, la presencia real de
Jesús en la Eucaristía no fue para mí un misterio de fe. Yo lo
percibía dentro de la custodia, yo lo sentía en la santa comunión
y Él me atraía hacia Sí con la ternura de su amor... Acostumbraba
a repetir la frase: “Dios mío, os amo”. Un día, sentí una
alegría suave e indescriptible al pronunciarla. Recuerdo que lloré
de emoción.
Me pasaba horas contemplando a Jesús en la custodia, cuando
estaba Expuesto en el Santísimo Sacramento y me sentía llena de
alegría y de amor. Cuando regresaba de nuevo a las tareas del
mundo, me parecía estar en un helado desierto. A partir de 1918,
comulgaba diariamente y Jesús me conquistaba con sus dulzuras
sensibles, que duraban hasta la consumación de la hostia. Por eso,
me acostumbré hasta los 21 años, a tener la hostia pegada al
paladar para que durara más tiempo la presencia real de Jesús. No
podía vivir sin la sagrada comunión y estoy segura que, en
aquellos años, hubiera distinguido claramente la hostia consagrada
de lo que no lo era.
Una religiosa contemplativa me escribía: Mi celda está cerquita
del sagrario y puedo irme a la tribuna a visitar a Jesús. Acabo de
estar con Él y me envolvió un silencio impresionante y me dejé
llevar... Fue algo tan hermoso... Jesús Eucaristía me hacía
sentir las dulzuras de su amor sacramentado. Y me pareció oír su
dulce voz, pero fuertemente persuasiva: “Yo te amo”. Fue tal la
paz de mi alma que perdí por completo la noción del tiempo y de mi
condición de criatura. Y yo le repetía muy despacio: “Dios...
mío; Dios... mío”. Todavía siento el regusto de esos momentos
pasados en su compañía.
Jesús nos espera siempre en la Eucaristía para sanarnos y
bendecirnos más de lo que podemos imaginar. El padre Jorge
Córdova, cuenta que en cierta ciudad de México se acercó un
muchacho y le dijo:
Padre, soy homosexual, vivo con otro homosexual como marido y
mujer; he ido a muchos médicos, sicólogos, siquiatras, programas
de rehabilitación y no puedo salir de esto, aunque sí me
gustaría.
El padre Jorge le dijo:
Mira, quiero hacerte una propuesta sencilla. Vas a ir todos los
días a una iglesia y vas a estar un cuarto de hora por lo menos
delante de Jesús Eucaristía, pidiéndole que te inunde de su amor
y que te cambie. El secreto está en hacerlo todos los días. Pide a
Jesús que sane tu área sexual. Esto lo vas a hacer durante un mes.
Después vienes a verme.
Dice el padre Jorge: Antes de un mes, vino a verme y me dijo:
Padre, ¡no lo va a creer! Ya no estoy viviendo con mi pareja, no me
pregunte cómo; pero, a pesar de que hasta materialmente estábamos
unidos, ya todo se acabó... A los pocos meses, tuve más noticias
de él. Me dijo: Padre, no lo va a creer; pero ya no me gustan los
hombres, ahora me gustan las mujeres, cosa que antes ni caso les
hacía... Le animé a que siguiera cada día con sus visitas a
Jesús sacramentado. Y, después de unos meses, me dijo que estaba
de novio y al año, más o menos, se casó. Ahora tiene una hija y
una familia preciosa para gloria de Dios. De estos casos ha habido
muchos con los mismos resultados, porque Jesús sana desde el
sagrario. Él es el Sol que nace de lo alto (Lc 1, 78). Es el Sol de
justicia que lleva la salud en sus rayos (Mal 3, 20).
Otra persona se me acercó, diciendo que estaba muy metido en
cosas de brujería, había practicado la magia y la ouija; e,
incluso, había leído muchos libros esotéricos. Y no podía
dormir, porque siempre estaba con mucho miedo y sentía la presencia
del diablo.
Le pregunté:
¿Quieres salir realmente de esa situación? Con todo mi
corazón, porque ya no puedo soportar más todo esto.
Lo animé a ayunar, a comulgar todos los días, después de estar
bien confesado, y a visitar todos los días a Jesús Eucaristía
durante quince minutos. Y, al poco tiempo, vino lleno de alegría,
porque había encontrado la libertad y la alegría de vivir.
Conocí a un hombre drogadicto que había llegado a probar no
sólo marihuana, sino también cocaína y heroína. Era un hombre
totalmente esclavizado por la droga. Comenzó con la oración diaria
de quince minutos ante el sagrario, dejando que Jesús tomara
posesión del área de su mente donde más estaba esclavizado por la
droga. Y, poco a poco, llegó a liberarse hasta el punto que ahora
ayuda a otros drogadictos...
Cierta esposa tuvo que enfrentarse a la dura realidad de
descubrir la infidelidad de su esposo. Por más que trataba de
perdonarlo y tratarlo con amor no podía. Era una vida insoportable
para ella. Por supuesto que para el marido también, aunque ya se
había arrepentido. Ella comenzó a ir todos los días a visitar a
Jesús para pedirle que la inundara de su luz y de su amor,
especialmente en el área que más lo necesitaba, para saber
perdonar. Descubrió que ella también era culpable, porque no le
había dado a su esposo la atención y el amor que hubiera debido
darle, pues había estado muy absorbida pidiendo por sus hijos.
Comenzó ella, pidiendo perdón a su esposo y a Jesús que la
transformara en una buena esposa. Y hoy trabajan juntos en la
parroquia para gloria de Dios.
¡Cuánto amor, cuánta luz y cuánta salud y paz sale del
sagrario! Vayamos a visitarlo diariamente y digámosle sin cesar:
Jesús, yo te amo.
ORAR SIN INTERRUPCIÓN
Toda nuestra vida puede ser una continua oración, haciendo todo
por amor a Dios. Y una manera eficaz de hacerlo todo por Dios es
repetir constantemente una jaculatoria o frase de amor. Decía san
Juan Crisóstomo: Aunque estés fuera de la iglesia, exclama: Ten
piedad de mí. No te contentes con mover los labios, grita con el
pensamiento. Incluso los que se callan son escuchados por Dios. Lo
que importa no es el lugar. Reza de viaje, en la cama, en el
trabajo, en cualquier lugar que sea. Eres templo de Dios, no te
preocupes del lugar, sólo tu voluntad es necesaria.
San Pablo nos dice claramente: Orad sin interrupción (1 Tes 5,
17). Quiero que oren en todo lugar (1 Tim 2, 8). Orad en todo tiempo
(Ef 6, 18).
Lo importante es el amor con que decimos las palabras. A una
enamorada no le importa que su novio le diga siempre las mismas
palabras de amor, porque cada día le parecen distintas y, además,
porque cada día necesita escucharlas para sentirse feliz. Por eso,
el que ama nunca se cansa de amar y de decir las mismas cosas. El
amor es siempre igual y siempre distinto. Por ello, la oración es
siempre igual y siempre distinta.
Dios, que es nuestro Padre, está locamente enamorado de nosotros
y siempre nos dice las mismas palabras en nuestro interior: Tú eres
mi hijo querido, un latido de mi corazón hecho historia. Tú eres
lo más importante del mundo para mí. Te amo infinitamente.
¿Seremos capaces de creernos estas palabras amorosas de Dios? ¿O
acaso no podemos creer que Dios nos ama infinitamente?
Nos lo dice la Biblia: Te amo desde toda la eternidad (Jer 31,
3). Tú eres a mis ojos de gran precio, de gran estima, y yo te amo
mucho (Is 43, 4).
Cuando leas la Biblia, léela como un joven enamorado que lee la
carta de su novia. Y dite a ti mismo: Esta carta la ha escrito mi
Padre Dios para mí, que soy su hijo. Es una carta personal, porque
me ama.
¿Serás capaz de responder a tanto amor con tu propio amor? Una
bella manera de responder a su amor es repetirle constantemente que
lo amas, para hacer así una oración ininterrumpida. Repetir
jaculatorias u oraciones cortas es una costumbre muy antigua en la
Iglesia, sobre todo, entre los Orientales. San Juan Crisóstomo
(344-407) aconsejaba mucho esta práctica. En Occidente, San
Agustín (354-430) fue uno de los que más aconsejaba repetir muchas
veces: Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en
socorrerme. Arsenio (+ 449) repetía: Señor, llévame por el camino
de la salvación. Esta práctica fue muy usada por los maestros
espirituales carmelitas y por los jesuitas, siguiendo una tradición
que se remonta a san Ignacio de Loyola. De san Francisco Javier se
dice que repetía incansablemente: ¡Jesús, Hijo de David, ten
piedad de mí! ¡Oh, Virgen María, Madre de Dios, acuérdate de
mí! El jesuita William Doyle repetía una jaculatoria unas cien mil
veces al día. El hermano lasallista Mutien Marie hacía lo propio
muchas veces más. El jesuita Juan Bautista Reus (+ 1947) decía
unas doce mil veces cada día: Jesús, José y María.
La jaculatoria más famosa y que más se ha repetido a lo largo
de la historia cristiana es la llamada oración a Jesús. Es la
oración del ciego de Jericó: Jesús, Hijo de David, ten piedad de
mí (Lc 18, 38). Esta oración, con diferentes modalidades, ha sido
una oración modelo para muchos monjes del desierto con la que se
han santificado innumerables personas en el mundo entero.
En la Vida de san Dositeo (VI-VII) se nos dice que repetía
siempre: Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí y
sálvame. El llamado Seudo-Crisóstomo (siglo VI) repetía: Señor
Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy un pecador. En
la vida de Simeón, el nuevo teólogo, cuenta que un día,
repitiendo según su costumbre la oración: Señor, ten piedad de
mí, que soy un pecador, de pronto lo cegó una luz maravillosa. Él
parecía haberse convertido en luz y en ese estado luminoso,
identificado con Dios, fue colmado de una inmensa alegría e
inundado de cálidas lágrimas de amor; y lo más extraño de ese
maravilloso acontecimiento es que, para su sorpresa, gritaba en alta
voz: Señor, ten piedad de mí... Más tarde, habiéndose retirado
poco a poco la luz, volvió a su cuerpo y al interior de su celda, y
encontró su corazón colmado de una alegría inefable y su boca
gritando en alta voz: Señor, ten piedad de mí.
En el Catecismo de la Iglesia se nos dice: Esta invocación
sencilla ha sido desarrollada en la tradición de la oración bajo
diversas formas en Oriente y Occidente. La formulación más
habitual transmitida por los espirituales del Sinaí, de Siria y del
monte Athos es la invocación: “Jesús, Cristo, Hijo de Dios,
Señor, ten piedad de nosotros pecadores” (Cat 2667). La
invocación del santo nombre de Jesús es el camino más sencillo de
la oración continua. Repetida con frecuencia por un corazón
humildemente atento, no se dispersa en palabrerías... Es posible en
todo tiempo, porque no es una ocupación al lado de otra, sino la
única ocupación, la de amar a Dios, que anima y transfigura toda
acción en Cristo Jesús (Cat 2668).
Y, repitiendo estas oraciones o jaculatorias constantemente,
haremos una bellísima oración que llegará al alma,
convirtiéndose en una oración profunda, que el corazón irá
repitiendo a toda hora desde lo intimo de nuestro ser.
LA ORACIÓN DEL CORAZÓN
Ya hemos anotado anteriormente que una de las maneras más
sencillas y eficaces de orar es repetir incansablemente una
jaculatoria, que nos guste de una manera especial. Pero debemos
hacerlo de modo que esta oración nos llegue al alma y se haga
oración del corazón, hasta el punto que todo nuestro ser la repita
inconscientemente, amando a Dios en todo momento y lugar. Esta
oración debe hacerse carne de nuestra carne y sangre de nuestra
sangre.
No necesariamente debe ser la oración: Señor Jesús, ten piedad
de mí, que soy un pecador. Puede ser repetir solamente el nombre de
Jesús o decir Jesús, José y María u otra jaculatoria conocida
como Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío; Dulce Corazón de
María, sed la salvación mía; Jesús yo te amo, yo confío en Ti.
Lo importante es que nos guste y sintamos algo especial al
repetirla, porque cumple uno de nuestros principales anhelos como
puede ser el anhelo de perdón: Señor, ten piedad de mí; o de
ayuda: Dios mío, ven en mi auxilio; date prisa en socorrerme; o de
bendición: Señor, bendíceme y santifícame; o de curación:
Señor, sáname y dame tu paz. Lo que sí se recomienda es que no se
cambie continuamente de oración; pues, para que llegue al alma y se
haga vida de nuestra vida, es importante repetirla miles de veces a
lo largo incluso de muchos años.
Decía el padre Laplace que la repetición es la ciencia de la
oración. Y cuenta: Un día encontré una anciana que rezaba el
rosario desde hacía muchos años y que me hizo esta pregunta:
¿Tengo que recitar el avemaría con los labios? Desde que me
levanto por la mañana, me da la impresión de que sorprendo a mi
corazón rezando el avemaría.
Henri Brémond escribe en su libro “Historia del sentimiento
religioso”: La Madre de Ponconnas, fundadora de las Bernardinas
reformadas, siendo niña, estuvo al cargo de una vaquera tan
rústica que pensó que no tenía ningún conocimiento de Dios. Ella
comenzó con todo interés a darle alguna instrucción. La vaquera
le rogó con abundantes lágrimas que le enseñase lo que tenía que
hacer para terminar el padrenuestro, pues decía: Yo no sé llegar
hasta el final. Desde hace casi cinco años, cuando pronuncio la
palabra Padre y considero que Él está arriba, lloro de alegría y
me quedo todo el día en este estado, cuidando mis vacas.
En el famoso libro El peregrino ruso se recomienda mucho la
oración: Jesús mío, ten misericordia de mí, que soy un pecador.
Se trata de un joven ruso nacido en la provincia de Orel. Huérfano
a los tres años y sin un brazo desde los siete, tuvo por única
fortuna a su abuelo, que le enseñó a leer la Biblia. Su juventud
se vio asediada de desgracias. Un incendio le destruyó la casa, y
una pulmonía le arrebató a su joven esposa. Quedó llorando en su
choza. Pero luego distribuyó a los pobres cuanto tenía, tomó una
alforja con algo de pan y la Biblia; y se hizo un peregrino. Durante
trece años fue por los caminos de Rusia, pidiendo limosna y
visitando monasterios e iglesias. Se acostumbró a vivir en la
soledad de las estepas y, a los treinta años, escribió su
experiencia en el famoso relato El peregrino ruso, donde dice:
Camino sin cesar y rezo ininterrumpidamente la oración a Jesús,
que es para mí más preciosa y dulce que todas las cosas del mundo.
A veces, ando hasta setenta kilómetros al día y no me siento
cansado: sólo sé que he rezado. Cuando el frío intenso me
agarrota, repito con más intensidad mi oración y me siento
aliviado. Cuando el hambre comienza a torturarme, invoco con más
frecuencia el nombre de Jesucristo y me olvido de que quería comer.
Cuando estoy enfermo y me duelen la espalda, las piernas y los
brazos, escucho las palabras de la oración y desaparecen mis
dolores. Si alguno me hiere, me basta pensar: ¡Qué dulce es la
oración a Jesús!, para que la ofensa y el resentimiento se alejen
y sean olvidados. He llegado casi a la insensibilidad, nada me
atrae. Lo único que deseo es orar, orar incesantemente.
Después de algún tiempo me di cuenta de que mi oración había
pasado de los labios al corazón. Me parecía que el corazón, con
cada uno de sus latidos, repetía las palabras de la oración: 1)
Jesús, 2) mío, 3) ten misericordia... Dejé de pronunciar mi
oración con los labios y escuchaba atentamente lo que decía mi
corazón. Me parecía que mis ojos penetraban en su interior.
Sentía en mi alma un amor tan grande a Jesucristo que me parecía
que, si hubiese logrado verle, me hubiera arrojado a su pies, los
hubiese abrazado y besado mil veces, llorando; le habría dado las
gracias por haberme concedido benignamente tan grande consolación a
mí, criatura suya y llena de pecados. Y experimentaba en mi pecho y
en mi corazón un fuego singular y beatificante.
Máximo, un santo griego del siglo IV, escuchó un día en la
iglesia que hay que orar sin cesar, tal como aconseja san Pablo. Se
impresionó tanto que pensó que debía seguir ese consejo. Se fue a
los montes cercanos y quiso orar continuamente. Como sabía el
padrenuestro y pocas oraciones más, empezó a decirla
constantemente. De momento, se sintió feliz. Todo parecía
maravilloso aquel día hasta que se ocultó el sol y vino el frío
de la noche. Entonces, se dejaron oír una serie de ruidos
inquietantes: crujido de ramas bajo las patas de las fieras de ojos
brillantes, luchas entre bestias salvajes en las que las más
fuertes mataban a las más débiles, etc. Se sintió muy solo en
medio de aquel peligro; comprendió que estaba perdido sin la ayuda
de Dios y empezó a decir: Jesús, ten compasión de mí. Así se
pasó toda la noche, repitiendo esta oración. Cuando despuntó el
alba y todas las fieras se ocultaron, se dijo: Ahora voy a poder
orar de nuevo, pero sintió hambre. Quiso coger frutos y se acercó
a los setos, pero pensó que podían estar allí las fieras. Y
avanzó con precaución, repitiendo a cada paso: Jesús, sálvame,
ven en mi ayuda, socórreme y protégeme.
Años después, se encontró con un asceta muy anciano que le
preguntó cómo había aprendido a orar sin cesar. Máximo le
respondió:
Creo que fue el diablo el que me enseñó.
Máximo le explicó cómo se acostumbró, poco a poco, a los
ruidos y peligros del día y de la noche. Luego cómo vinieron las
tentaciones de alma y del cuerpo, y más tarde los ataques del
demonio. De modo que no había instante del día o de la noche en
que no estuviera gritando: Jesús, ten piedad de mí, socórreme,
ayúdame.
Lo importante es que nuestra jaculatoria llegue al alma para que,
de tanto repetirla, podamos decir con el Cantar de los cantares: Yo
duermo, pero mi corazón vela (Cant 5, 2).
La beata Dina Bélanger (1897-1929) escribió en su
Autobiografía: Jesús fue mi maestro de oración, enseñándome a
comunicarme con Él. Un día, ante el sagrario, leí estas palabras
en un libro de oración: “Señor, Dios mío”. Ya no leí más.
Sumergida en el silencio en la paz y en la soledad, sentía estar
con Él, saboreando estas palabras. Olvidé el tiempo. La
jaculatoria: “Jesús mío, misericordia” la repetía cientos de
veces.
TESTIMONIOS
a) Santa Teresa de Jesús
Santa Teresa de Jesús dice: Conozco una persona que nunca pudo
tener sino oración vocal y, asida a ésta, lo tenía todo; si no
rezaba se le iba el entendimiento tan perdido que no lo podía
sufrir. En ciertos padrenuestros que rezaba, se estaba algunas
horas. Vino una vez a mí muy acongojada, porque no sabía tener
oración mental ni podía contemplar, sino rezar vocalmente. Le
pregunté qué rezaba y vi que, asida el padrenuestro, tenía pura
contemplación y la levantaba el Señor a juntarla consigo en
unión; y bien parecía en sus obras recibir tan grandes mercedes,
porque gastaba muy bien su vida. Así alabé al Señor y tuve
envidia de su oración vocal.
b) Santa Teresita del Niño Jesús
Santa Teresita del Niño Jesús decía: Algunas veces, cuando mi
espíritu se encuentra en una sequedad tan grande que me es
imposible formar un solo pensamiento para unirme a Dios, rezo muy
despacio un padrenuestro y luego la salutación angélica. Estas
oraciones, así rezadas, me encantan y alimentan mi alma mucho más
que si las recitara precipitadamente un centenar de veces (MC fol
26). Cuando estoy junto al sagrario no sé decir más que una sola
cosa a Nuestro Señor: “Dios mío, Tú sabes que te amo” (Carta
131).
c) Venerable Sor Consolata Betrone (1903-1946)
A esta santa religiosa Jesús mismo le enseñó a hacer de su
vida un continuo acto de amor, repitiendo constantemente: Jesús,
María, os amo, salvad almas. Y le decía:
Un “Jesús, María, os amo” repara mil blasfemias. Recuerda
que un acto perfecto de amor decide la salvación eterna de un alma.
Por eso, ten remordimiento de perder un solo “Jesús, María, os
amo, salvad almas” (7 de octubre de 1935).
Tengo sed de tu acto de amor. Consolata, ámame, ámame siempre.
Tengo sed de amor. Ámame por todos y por cada uno de los corazones
humanos que existen. ¡Tengo tanta sed de amor! (13 de octubre de
1935). Si tú interrumpes el acto continuo de amor por seguir un
pensamiento o por pronunciar una frase, no estrictamente necesaria,
tú haces un robo de amor (13 de setiembre de 1936).
Y ella dice: Apenas me despierto, comienzo a repetir el acto de
amor, hasta que me duermo en la noche, cuando le pido a mi ángel
que rece en mi lugar (Febrero de 1937). Te ruego, ángel mío, que
me duerma con el acto de amor y que me despierte con el “Jesús,
María, os amo, salvad almas”. El ángel sabe que lo quiero mucho.
En el paraíso espero demostrarle sensiblemente mi gran gratitud por
su heroica constancia en seguirme en todos los momentos de mi vida.
Y Jesús le decía: Tú te afanas por demasiadas cosas, una sola
cosa es necesaria: amarme. Yo prefiero un acto de amor y una
comunión de amor a cualquier otra cosa que puedas ofrecerme.
Algunos creen que para acercarse a Mí es necesaria una vida austera
y pertinente... Olvidan el mandamiento que os he dado que es el
resumen de toda la Ley: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu
corazón y con toda tu alma. Hoy como ayer como mañana, a mis
criaturas sólo les pediré amor y siempre amor (16 de diciembre de
1935).
Hazlo todo con amor. Ya trabajes o comas o bebas o duermas, hazlo
todo con amor. Yo tengo sed de amor. En una acción lo que busco es
el amor (29 de noviembre de 1935). El alma que me es más querida es
la que me ama más... El amor es santidad. Cuanto más me ames, más
santa serás (20 de agosto de 1935). Ámame y serás feliz. Cuanto
más me ames, serás más feliz (15 de marzo de 1934). Tú piensa
sólo en amarme, Yo pensaré en ti y en todas tus cosas hasta en los
más mínimos detalles.
Cuando tu último “Jesús, María, os amo, salvad almas” se
pronunciado, yo lo acogeré y lo transmitiré a millones de almas
que, aunque sean pecadoras, lo acogerán y seguirán con confianza y
amor y así me amarán. Quiero que desde la tierra suba al cielo una
ola de amor. Yo te he dado todo, ahora dame tú todo a Mí: todo tu
amor, todos los latidos de tu corazón en un incesante acto de amor.
Quiero que me demuestres tu fidelidad y tu generosidad en la
renuncia completa a todo pensamiento y a toda palabra inútil para
no interrumpir el acto de amor. Amor siempre, sin interrupción
(Diciembre de 1935).
d) Beata Madre Teresa de Calcuta
La Madre Teresa de Calcuta se dedicaba al cuidado de los más
pobres, pero primero se dedicaba a orar ante Jesús Eucaristía. Por
eso, actualmente, las hermanas misioneras de la Caridad, fundadas
por ella, tienen una hora diaria de adoración ante el Santísimo
Sacramento para recibir la fuerza necesaria para atender a los más
pobres, como si fueran el mismo Jesús. Ella demostraba su amor,
atendiendo a los enfermos, pero hacía de su vida una continua
oración, rezando constantemente las avemarías del rosario. Cuando
iba de viaje, siempre se le veía con su cajita de cartón y su
rosario en la mano. Ella misma lo decía: Un medio para orar
constantemente es rezar el rosario, cuando caminan o trabajan; y si
encuentran dificultades, digan una y otra vez: Ven, Jesús, a mi
corazón.
e) Santo Pío de Pietrelcina (+ 1968)
Además del inmenso amor a Jesús Eucaristía que lo vivía al
celebrar la misa diaria, repetía incansablemente el rosario como
una oración continua, que le hacía estar permanentemente en unión
con Dios.
Llevaba siempre el rosario consigo o enrollado en la mano o en el
brazo, como si fuera una sarta de perlas o un escudo de defensa.
Tenía rosarios en todas partes, bajo la almohada, en la mesilla de
noche, en los bolsillos, donde quiera... Era el religioso del
rosario. Consideraba el rosario como su arma predilecta contra toda
clase de enemigos... Decía: “Diariamente recitaré no menos de
cinco rosarios completos”. Con frase feliz se le llegó a llamar
el devorador insaciable de rosarios... Decía: Amad a la Virgen y
hacedla amar. Rezad el rosario, rezadlo siempre. Rezadlo cuantas
veces podáis... la oración del rosario es la oración que hace
triunfar de todo y a todos. María nos lo ha enseñado así, lo
mismo que Jesús nos enseñó el padrenuestro... Como testimonio de
la devoción que el padre Pío sentía al santo rosario, fue
enterrado con la cruz, con la regla de san Francisco entre las manos
y con el santo rosario entrelazado en sus dedos. Sobre la puerta de
la celda, que habitó el padre Pío, están escritas estas palabras
de san Bernardo, que iluminaron todos los pasos de su vida: María
es toda la razón de mi esperanza.
Al padre Pío, que se definió a sí mismo como un padre fraile
que reza, el repetir las avemarías del rosario le ayudaba a estar
en continua oración y comunicación con Dios.
f) Nguyen Van Thuan
Fue obispo de Saigón, en Vietnam, y llegó a ser cardenal. Dice
en su libro Testigos de esperanza que, estando en la cárcel, había
muchos días en los que llevado del cansancio o de la enfermedad no
podía hacer oración.
Cuando me resulta imposible orar, suelo recurrir a la Virgen,
diciendo: “Madre, tú ves que estoy en el límite extremo y no
logro recitar ninguna oración. Entonces, te diré solamente Ave
María con todo mi afecto. Te ruego que distribuyas esta oración a
todos los necesitados de la Iglesia, de mi diócesis”... Otra
manera que me ha ayudado a orar es el padrenuestro. Cuando estando
débil y sin fuerzas no podía ni rezar, pensaba en la oración del
Señor con una fórmula abreviada... Me gusta la oración de san
Francisco de Asís, que pasaba toda la noche en la nieve,
repitiendo: Mi Dios y mi todo; o la oración de Don Marmion, abad de
Maredsous: Dios mío, misericordia mía.
Ciertamente, entre los medios que mantienen vivo el espíritu de
oración están los brevísimos flechazos al cielo, las
jaculatorias, que nada en el mundo puede impedir o detener, porque
son inspiraciones del alma, latidos del corazón... A menudo,
Jesús, la Virgen o los apóstoles utilizan oraciones breves, pero
muy hermosas, que asocian a la vida cotidiana. Yo, que soy débil y
tibio, amo estas oraciones breves ante el sagrario, por la calle,
estando solo. Cuanto más las repito, más penetran en mí:
A tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46). Señor, ¿qué
quieres que haga? (Hech 22, 10). Señor, ten misericordia de mí,
que soy un pobre pecador (Lc 18, 13). Acuérdate de mí, cuando
llegues a tu reino (Lc 23, 42). Padre, perdónalos, porque no saben
lo que hacen (Lc 23, 34). Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que
te amo (Jn 21, 17).
Todas estas breves oraciones, unidas una a otra, forman una vida
de oración. Como una cadena de gestos discretos, de miradas, de
palabras íntimas, forman una vida de amor. Nos mantienen en un
ambiente de oración sin apartarnos de la tarea presente, sino
ayudándonos a santificar cada cosa...
La última etapa de la oración continua, según los autores
espirituales, es cuando no sólo se ora siempre sino que se es
oración. Isaac de Nínive describe con estas palabras a quien vive
así: Tanto si come, bebe o duerme o hace cualquier otra cosa,
incluso en el sueño más profundo, el perfume de su oración se
eleva sin esfuerzo en su corazón... Los movimientos del corazón y
del intelecto purificado son las voces llenas de dulzura con las
cuales tales hombres no cesan de cantar en secreto al Dios
escondido.
Cada minuto quiero decir: “Jesús, te amo”. Cada minuto
quiero cantar con toda la Iglesia: Gloria al Padre y al Hijo y al
Espíritu Santo... En 1989, cuando salí de la cárcel, recibí una
carta de la Madre Teresa de Calcuta, en la que me decía: Lo que
importa no es el número de nuestras actividades, sino la intensidad
del amor que ponemos en cada acción.
Cada palabra, cada gesto, cada llamada telefónica, cada
decisión, deben ser la cosa más hermosa de nuestra vida.
Reservemos a todos nuestro amor, nuestra sonrisa sin perder un
segundo. Cada momento de nuestra vida es el primer momento, el
último momento, el único momento.
Ciertamente, que no importa tanto lo que hacemos cuanto el amor
con que lo hacemos. Y debemos llenar nuestra vida de actos continuos
de amor para hacer así con nuestra vida, un himno de amor a nuestro
Dios. Y esto debe realizarse de modo especialmente pleno en el
momento de la Eucaristía. Nos dice él mismo:
Nunca podré expresar mi gran alegría al celebrar la misa
diariamente con tres gotas de vino y una gota de agua... Cada día,
al recitar las palabras de la consagración, confirmaba con todo el
corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre
Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía. ¡Han sido las
misas más hermosas de mi vida!... La Eucaristía se convirtió para
mí y para los demás cristianos prisioneros en una presencia
escondida y alentadora en medio de todas las dificultades... Todos
sabían que Jesús estaba en medio de ellos. Por la noche, los
prisioneros católicos se alternaban en turnos de adoración. Jesús
eucarístico ayudaba de un modo inimaginable con su presencia
silenciosa: muchos volvían al fervor de su fe. Su testimonio de
servicio y de amor producía un impacto cada vez mayor en los demás
prisioneros. Budistas y otros no cristianos alcanzaban la fe... La
prisión se transformó en escuela de catecismo. Los católicos
bautizaban a sus compañeros y eran sus padrinos... Así Jesús se
convirtió, como decía santa Teresa de Jesús, en el verdadero
compañero nuestro en el Santísimo Sacramento.
Su amor a María iba de la mano de su amor a Jesús Eucaristía.
Dice sobre María: Mi madre me infundió en el corazón el amor a
María desde niño... María ha tenido un papel especial en mi vida.
Fui arrestado el 15 de agosto de 1975, fiesta de la Asunción de
María. Salí en el coche de la policía con las manos vacías, sin
un céntimo en el bolsillo, sólo con el rosario, pero estaba en
paz. Esa noche, por la larga carretera de 450 kilómetros, recité
muchas veces el “Acuérdate, oh piadosísima, Virgen María”...
Cuando las miserias físicas y morales, en la cárcel, se hacían
demasiado pesadas y me impedían orar, entonces decía el avemaría,
repetía cientos de veces el avemaría, ofrecía todo en las manos
de María Inmaculada, pidiéndole que repartiese gracias a todos
cuantos las necesitasen en la Iglesia. Todo con María, por María y
en María.
Oh, Madre, me consagro a Ti, todo a Ti, ahora y para siempre. Te
amo, Madre nuestra, compartiré tu fatiga, tu preocupación y tu
combate por el Reino del Señor Jesús. Amén.
Para él también, la repetición de oraciones cortas o
jaculatorias, fue una fuente inmensa de bendiciones.
g) Padre Ignacio Larrañaga
El padre Ignacio Larrañaga nos dice en su libro “La rosa y el
fuego”: La vida me fue enseñando que el amor es la suprema
energía del mundo y que el principio de toda santidad consiste en
dejarse amar, porque sólo los amados, aman... Una noche me senté
en una piedra en el campo y me encogí sobre mí mismo, tomé mi
cabeza entre las manos y permanecí inmóvil, paralizado, vacío de
todo durante un buen rato. Después, concentrado, tranquilo,
comencé a repetir la inefable invocación: “¡Abba! ¡Papá
querido!”. Innumerables veces la repetí, cada vez con mayor
concentración; y, desde el fondo de la eternidad, poco a poco, fue
emergiendo el Padre con una mirada amorosa, envolviéndome con un
amor sin medidas ni controles... Y yo seguía invocándolo con
pausas largas de silencio: “¡Papá querido!”. Y tuve la
sensación de que todo mi cuerpo, mejor dicho, mis arterias se
habían transformado en ríos caudalosos de dulzura. “¡Papá
querido!”.
Los perfiles de los cerros y las estrellas mismas habían
desaparecido. Una pleamar hecha miel y ternura subía y subía... Al
final, sólo quedó el Amor. ¡Oh mi querido papá, mil veces
bendito! Yo me dejé arrastrar por las olas y no supe más.
Para el padre Larrañaga la repetición de ¡Papá querido! Fue
la mejor manera de expresar su amor y su mejor manera de orar en ese
momento de éxtasis amoroso, en que sobraban las palabras.
h) Monseñor Giussani
Es el fundador de Comunión y Liberación. A un periodista que le
preguntó sobre su oración personal, le respondió: Mi oración es
la liturgia (misa) y la repetición continuada de una fórmula: Veni
Sancte Spiritus, veni per Mariam (Ven Espíritu Santo. Ven, por
María). Esta antigua jaculatoria es síntesis de toda la tradición
y señala el método de Dios para darse a conocer a los hombres: la
Encarnación. Todo el cristianismo está ahí.
i) Guy de Larigaudie
En su libro Buscando a Dios nos habla de su manera de orar,
viendo a Dios en todas las cosas de la naturaleza y diciéndole
continuamente que lo amaba. Dice: Tan hermoso es pelar patatas por
amor de Dios como edificar catedrales. Descabezando zanahorias,
masticando una brizna de hierba, afeitándose por la mañana, se le
puede decir a Dios sin cansarse, sencillamente, que lo amamos... Y
hablarle, incluso saltando de alegría bajo el sol de la playa o
esquiando sobre la nieve. Tener a Dios siempre cerca, como a un
compañero del que podemos fiarnos... ¡Hace falta tan poco para que
los buenos lleguen a ser santos! Simplemente más amor de Dios,
mayor sumisión a la voluntad de Dios, algo de sacrificio y el amor
en las pequeñas cosas de cada día... Hay que amarlo todo: una
orquídea bruscamente abierta en la jungla, un caballo hermoso, un
gesto de niño, un chiste, una sonrisa de mujer. Hace falta admirar
toda la belleza, descubrirla, aunque sea en el lodo, y elevarla
hacia Dios... Hay que acostumbrarse a hablar familiarmente con Dios
en la soledad y en el silencio de la creación... Nuestra vida no es
más que una sucesión de gestos ínfimos que, divinizados, labran
nuestra eternidad.
Dios mío, te ofrezco este día. Todas mis acciones, todos mis
pensamientos, todas mis palabras, todos mis gestos. Todas mis
alegrías y mis tristezas. Todo el bien que pueda hacer en este
día, Dios mío, lo deposito a tus pies para tu gloria y salvación
de las almas.
Él todo lo hacía por amor a Dios, hasta las pequeñas cosas de
cada día. Era como estar diciendo a Dios en cada momento: Señor,
te amo. Por eso, sonreía a todos y los amaba con el amor de Dios.
Dice: Sonríe siempre. Sonríe al pobre, a quien das limosna; a la
señora a la cual cediste el asiento; al señor que se disculpa por
haberte pisado. Es muy difícil, a veces, dar con la palabra justa,
la actitud verdadera, el gesto apropiado. Sonriendo, se arreglan
fácilmente las cosas. La sonrisa es un reflejo de la alegría. Es
su fuente. Y donde reina la alegría, también florece la amistad.
Seamos portadores de sonrisas y de este modo, sembradores de
alegría.
Para él, el amor a Dios y al prójimo estaban íntimamente
unidos. Y nosotros debemos hacer de nuestra vida una continua
oración, es decir, un acto de amor continuo, a Dios y a los demás.
Esto resulta fácil teniendo la intención de hacerlo todo por amor
y repitiendo a Jesús antes de cada acción: Señor, por tu amor; te
lo ofrezco con todo cariño etc.
AMAR A LOS DEMÁS
Hemos dicho repetidamente que la oración es amor. Ahora bien, el
amor no necesariamente debe expresarse con palabras. Podemos
acercarnos al sagrario y no decir nada, simplemente quedarnos
contemplando a Jesús, como si lo viéramos con los ojos del cuerpo
y decirle sin palabras: Te amo. O dejarle una flor o encender una
vela o enviarle besos con el corazón o una sonrisa… Hay infinidad
de maneras de amar sin palabras.
Pues bien, esto mismo podemos hacerlo con los que nos rodean.
Porque el amor a Dios debemos manifestarlo también, amando a los
demás. No necesitamos decir a cada uno: Te amo. Basta con
manifestarle nuestro cariño con sinceridad. Y hay mil maneras de
demostrar nuestro cariño a los demás. Puede ser un saludo sincero,
una sonrisa, acordarse de su cumpleaños y felicitarlo, o hacer
pequeños favores, dar las gracias por sus servicios, un gesto
amable, una palabra de admiración o alabanza, un pequeño regalo,
una llamada por teléfono preguntando como está… Son infinidad
las maneras con las que podemos demostrar nuestro amor sincero y
nuestra preocupación por los demás. A veces, también escuchando
sus quejas o corrigiendo sus defectos con paciencia o regalando
flores, chocolates… El amor, que tenemos dentro, se manifiesta
espontáneamente en la manera de hablar, de contestar el teléfono,
en el modo de servir a la mesa, de barrer o hasta de cocinar. Todo
puede transformarse en un don de Dios para los demás, pues debemos
recordar que nuestra vida debe ser un regalo de Dios para los
demás. Y que nadie debe alejarse de nosotros sin ser mejor y más
feliz.
Veamos algunos ejemplos.
En la vida del gran eremita san Antonio abad, se refiere la
conversación que tuvo con un zapatero de Alejandría. Un ángel le
había dicho que el humilde zapatero estaba más aventajado que él
y decidió saber cuál era su secreto. Le preguntó:
¿Qué haces de extraordinario para santificarte? ¿Yo? Hago
zapatos. Pero debes tener algún secreto. ¿Cómo vives? Divido mi
vida en tres partes: Oración, trabajo y sueño. ¿Y en cuanto a
pobreza? Divido lo que tengo en tres partes: Una para la Iglesia,
otra para los pobres y otra para mí. Debe haber alguna otra cosa,
pues yo lo he dado todo y rezo todo el día. Dime, cuando vienen
esas personas, que no saben distinguir la mano derecha de la
izquierda y que irán probablemente al infierno, ¿qué haces? ¿Las
soportas? Ah, no, no puedo acostumbrarme. No lo soporto, entonces,
pido a Dios que me haga bajar a mí al infierno y que los salve a
ellos.
Entonces, comprendió san Antonio que, evidentemente, era más
santo que él y que su vida era una continua oración a Dios,
haciendo zapatos y viviendo amando a los demás hasta ser capaz de
dar su vida por ellos.
Amar a Dios puede ser tan sencillo como jugar con los niños y
hacerlos felices. En la vida del monje Serafín de Sarov se cuenta
que, después de muchos años de soledad en el desierto, volvió al
monasterio y, como tenía fama de santo, muchos visitantes venían a
verlo. Él se escondía entre los arbustos para que no lo vieran. Un
día, una niña de cinco años lo descubrió y él se puso a jugar
con ella. Cuando la niña encontró a su mamá, le dijo: Mamá, es
extraordinario, es como nosotros, su carne es tierna y blanca como
la nuestra.
Un autor cuenta su experiencia:
Un día pasé por la calle de un barrio pobre y vi sentado a la
puerta de su casa a un anciano pobre, vestido muy pobremente, con
sus manos arrugadas y su bigote blanco. El anciano estaba llorando.
Al pasar, yo lo miré, le sonreí y lo saludé con la mano, pero no
me atreví a acercarme a él y preguntarle qué le pasaba o qué
necesitaba. Toda la tarde estuve pensando en él, parecía como si
un insecto molesto me estuviera molestando continuamente y me
estuviera recordando que había hecho mal y que no había tenido
compasión de aquel hermano que sufría. Por la noche, al irme a
acostar, no podía dormir pensando en él. Traté de olvidarme e
hice el propósito de visitarlo al día siguiente.
Muy temprano, me desperté pensando en él. Preparé un termo con
café, compré unos panecillos y algunas otras cosas y, a media
mañana, me dirigí a su casa. Golpeé la puerta. Un hombre salió y
me dijo:
¿Qué desea? Busco a un anciano que vive en esta casa. Mi padre
murió ayer por la tarde. Me quedé decepcionado. Había llegado
demasiado tarde. ¿Usted quién es? No importa. Ayer pasé junto a
la puerta y vi a su padre que estaba llorando y no me atreví a
preguntarle qué le pasaba. Por eso, hoy he vuelto para hablar con
él y ver si podía ayudarlo. Ah, usted es la persona de la que
habla en su Diario. Pase, le voy a enseñar lo que escribió en su
última página. Dice: “Hoy me regalaron una sonrisa y un saludo
amable. Hoy es un día bello para mí”. ¡Si yo me hubiera
detenido unos momentos y hubiera conversado con su padre!
Entonces, el hijo me agradeció por mi saludo y mi sonrisa. Y me
dijo:
Si yo hubiera venido a visitarlo, al menos una vez en el último
año, quizás su saludo y su sonrisa no hubieran significado tanto
para él. Ahora he comprendido lo importante que es ayudar, servir,
amar, sonreír y saludar a los demás, mientras todavía están
vivios. Después puede ser demasiado tarde.
Carlo Carretto en su libro Lo importante es amar dice: Llegué
una mañana a Tazrouk, en el norte de África, a visitar los
campamentos de Uksem, donde vivía la gente más pobre. Hacía frío
todavía. Me llevaron a una tienda aislada, donde había una mujer
que se estaba muriendo. Era una esclava negra sin marido, pero con
un hijo pequeño. Entré en la tienda: una miseria indescriptible.
La pobre estaba tendida sobre una estera de hierbas secas: temblaba.
Estaba cubierta con unos trapos de algodón azul, el color
característico de los tuáregs, sus amos. Estaban enteramente
deshilachados y no podían darle calor. Junto a ella, envuelto en
una media manta de lana, había un niño.
Me quedé admirado. Ante la muerte, esta pobre mujer había
preferido temblar de frío y calentar al niño. Esta mujer pobre, no
cristiana, obligada a la prostitución por sus amos, que no contaba
con nada de nada, que se moría como mueren los verdaderos pobres
del tercer mundo, había practicado con su hijo el amor perfecto, lo
había amado hasta el sacrificio y así, con sencillez, como si no
hiciera nada, como si aquello fuera cosa de ninguna importancia.
Bajo aquella tienda, infinitamente pobre, Dios estaba presente y
había aceptado un acto digno del amor de Jesús sobre el calvario:
el don de sí hasta la muerte.
Bernardo era un joven argentino de 28 años, que fue asesinado
por unos delincuentes en una calle de Buenos Aires el año 2002. Su
madre recibió a los pocos días una carta del Hogar-comedor Santa
Rosa. En ella le decían:
Con alegría y profunda tristeza nos dirigimos a usted. No sé si
usted sabe cómo lo conocimos. Habíamos pedido ayuda por
televisión y él nos llamó por teléfono y después nos visitó. A
las dos horas, regresó con su coche lleno de comida para los
huérfanos. Otro día nos ofreció sacar a los chicos a pasear. Fue
así como fuimos invitados a un excelente restaurante. Nuestros
niños no olvidarán nunca ese hermoso momento. Para muchos era la
primera vez que salían del Hogar. Esto se repitió varias veces.
Algunas veces nos llevó a la playa, donde los niños jugaban al
aire libre y tenían el almuerzo asegurado.
Siempre era un placer conversar con él y nunca quiso que
publicáramos lo que hacía por nosotros. Tenía un corazón de oro
y su amor era desinteresado. Por eso, ahora, después de su partida,
pensamos que gente con tanta humildad y con un corazón tan noble no
son para este mundo.
PARA AMAR MEJOR
Chiara Lubich, la fundadora del Movimiento de los focolares, nos
da algunas pautas para amar más y mejor a los demás. Ella nos
dice: Para amar de verdad hay que tomar siempre la iniciativa sin
esperar a que el otro dé el primer paso. Hay que levantarse por la
mañana y decir sólo esto: “Voy a ser el primero en amar a todas
las personas que encuentre durante el día; a ése o a ese otro
siempre el primero, siempre el primero, siempre el primero”.
Otra cosa importante que nos propone es amarlos, como si
fuéramos su madre. Dice: Frente a cada prójimo en casa, en el
trabajo, por la calle, con aquel con quien estamos hablando, con las
personas con las que hablamos por teléfono, con aquellos para cuyo
bien realizamos nuestro trabajo…, ante cada uno tenemos que pensar
sencillamente así: “Tengo que actuar como si fuera su madre”. Y
obrar en consecuencia. Una madre sirve, sirve siempre. Una madre
perdona, perdona siempre. Una madre espera, espera siempre. Como si
fuera su madre: éste debe ser el pensamiento que debe predominar.
Éste es nuestro compromiso para estar seguros de no apedrear a
nadie, y para poder ser para todos la presencia de María en la
tierra.
También nos invita a vivir en plenitud el momento presente.
Dice: Es importante que no se te escape el presente, que es lo
único que tienes en tus manos. Nada de lo que se hace por amor es
pequeño. Haz bien lo que haces, sin prisa, y con todo tu amor…
Ama la sonrisa que vas a ofrecer, el trabajo por realizar, el coche
que debes conducir, la comida que vas a preparar, la actividad que
tienes que organizar, la lágrima que vas a derramar por el hermano
que sufre, el instrumento que vas a tocar, el artículo o la carta
que debes escribir, el acontecimiento alegre que vas a festejar con
los demás, el vestido por limpiar. Todo debe convertirse en
instrumento para demostrar a Dios y a los demás tu propio amor.
Ella nos recomienda poner en práctica la regla de oro del
Evangelio: Haz a los demás lo que quieras que te hagan a ti (Mt 7,
12; Lc 6, 31). No quieras para los demás lo que no quieras para ti
(Tob 4, 15).
Algo importante también es ver a los demás, como si no tuvieran
defectos, verlos dignos de ser amados sin las consideraciones
negativas de sus defectos. Pero, sobre todo, hay que valorarlos y
hacerles sentir importantes y nunca despreciarlos.
A veces, estamos demasiado ocupados en ciertas cosas, que creemos
muy importantes, de modo que no nos dignamos mirar al prójimo que
viene a molestarnos, pidiéndonos algo y quizás lo despachamos con
poca consideración. Pero, frente a un hermano, debemos olvidarnos
por un momento de todo lo bello, grande y útil que estamos haciendo
y estar dispuestos a servir. Así lo hizo el padre Maximiliano
Kolbe. ¿Acaso no podía pensar que aquella Obra, que había hecho
nacer en la Iglesia, habría podido glorificar más a Dios estando
vivo que estando muerto? Él, en cambio, no dudó y ofreció su vida
para salvar la de un padre de familia... Olvidó en un instante toda
su gran Obra, toda su amplia actividad editorial, sus ciudadelas de
la Inmaculada, sus hijos espirituales, sus cartas..., para ocupar el
lugar del otro.
En resumen, Chiara Lubich nos enseña a ver en el otro a un
hermano, hijo del mismo Padre Dios, y a amarlo con todo nuestro
amor, sin pensar si se lo merece o no, sabiendo perdonarlo,
corregirlo y ayudarlo en todo momento.
ORACIÓN DE ABANDONO
La oración de abandono es la oración más perfecta, porque es
una comunicación con Dios en la que hay una entrega total y sin
condiciones, una confianza total a sus planes, una entrega total de
nuestra voluntad para hacer en cada momento su santa voluntad. Todos
los santos llegaron a ese estado de abandono, en el que confiaban
tan plenamente en el Señor que le entregaban todo su ser, su cuerpo
y su alma, sus bienes materiales, sus deseos de santidad, su vida y
su muerte, su salud o enfermedad, su pasado, presente y futuro,
todo, absolutamente todo.
Abandonarse es dejarse llevar por sus manos divinas sin reclamar
nada ni preguntar nada. Aceptando lo que Él decida para nosotros en
cada momento. Obedeciendo a los Superiores como representantes de
Dios. La obediencia es fundamental para no dejarnos llevar de
nuestras propias ideas y opiniones. Un santo desobediente sería tan
absurdo como un círculo cuadrado.
Abandonarse en Dios es creer firmemente en su amor infinito y
dejarse perder en Él como la gotita de agua que cae al océano.
Abandono es dejarse llevar con total confianza, sabiendo que Él
siempre quiere lo mejor para nosotros, aunque no entendamos nada ni
sintamos nada.
Dios, a veces, es desconcertante. Puedes estar orando todos los
días y estar en una sequedad total. En cambio, el día menos
pensado, te hace sentir su amor y su alegría. Dios es imprevisible
y sorprendente. Nos sorprende con sus cosas imprevistas, que nos
rompen todos nuestros planes y esquemas humanos. Él no está sujeto
a reglas ni leyes. Él da lo que quiere, a quien quiere y cuando
quiere. Él no se repite, cada experiencia de Dios es diferente en
cada uno, su pedagogía es distinta en cada uno. Por eso,
simplemente, hay que aceptar el camino de Dios, poniendo de nuestra
parte lo que creamos mejor para hacer su santa voluntad.
Debemos aprender la lección de que todo es gracia, todo es
regalo, nada puede ser merecido por nosotros y, por eso, debemos ser
agradecidos. La oración de agradecimiento es muy importante en la
vida espiritual. Ahora bien, para ir por buen camino y no
equivocarnos es bueno tener un director espiritual. Si no es
posible, pidamos al Espíritu Santo que nos guíe. San José es un
buen maestro en los caminos de la oración. También se recomienda
pedirle a nuestro ángel que nos ayude cada vez que vamos a orar.
La oración debe ser una entrega total. Dejémonos llevar con
confianza en los brazos de Dios y nunca seremos defraudados.
El padre Llorente, jesuita misionero en Alaska, contaba lo que le
había sucedido en cierta ocasión: El deshielo había desbordado el
Yukón, arrastrando su iglesia y su casa casi 300 metros más debajo
de la aldea. Estaba inundada de cieno inservible hasta el punto de
tener que vivir en una tienda de campaña. Por fin, consiguió un
poco de dinero, remontó río arriba y se fue a una zona donde pudo
talar unos árboles. Después de unos días de frío, cansancio y
hambre, volvía con aquellos troncos puestos en una balsa
arrastrados por una pequeña motora para construir la iglesia.
Volvía exhausto. De repente, aquel motor del vaporcillo que le
remolcaba por uno de los afluentes del Yukón, comenzó a fallar.
Hubo un momento, dice el padre Llorente, en el que ya no podía
más. Me sentía exhausto. Entonces, casi sin fuerzas, volví el
rostro hacia el cielo y dije:
Señor, Dios mío, por el amor de todas las almas que piden por
mí, por el amor de tu Santísima Madre, por el amor de Jesucristo y
de san José, por lo que más quieras, que no se pare el motor.
Estamos solo a 100 metros del Yukón. Si me coge la corriente,
estaré a salvo. No puedo más. ¡Dios mío, que no se pare el
motor!
En aquel mismo momento, el motor hizo ploff y se paró. Entonces,
me puse de rodillas en aquella barquita, los brazos en cruz, miré
al cielo y grité:
No importa, Señor. No importa nada. Lo único que importa es que
Tú sigas siendo Tú.
La venerable María Angélica Álvarez Icaza refiere lo
siguiente: Estaba un día gravemente enferma. Poco a poco, me fui
quedando sin movimiento, la mitad del cuerpo ya no lo sentía y no
podía hablar, pero la cabeza la tenía muy despejada el oído
finísimo. Estando así, me vino una tentación muy fuerte que
consistía en hacerme temer que me fueran a enterrar viva y me vino
con una vehemencia espantosa. ¡Qué tentación tan terrible! ¡Dios
mío, si me entierran viva y yo me desespero, me voy al infierno y
te pierdo para siempre, pensaba! Dios mío ¿qué hare para moverme?
Me preocupaba perder a Dios. Así luché espantosamente casi toda la
noche hasta que, a la madrugada, hice un acto de abandono en las
manos de Dios: “Yo me dejo, Dios mío, a tú disposición, haz de
mí lo que quieras, lo acepto todo, tú eres mi Padre y me amas; haz
de mí en el tiempo y en la eternidad lo que sea de tu agrado”.
Apenas terminé este acto de abandono, me invadió la paz y tras
ella una comunicación inefable con Dios que jamás había
experimentado, como si Él me dijera: “Tu único temor era
perderme…, no, no me perderás, me entrego a ti” ¡Oh, lo que
entonces comprendí de un Dios enamorado! En esa noche, se me abrió
una ventanita del cielo. Fue el principio de las gracias más
grandes de Dios.
Otro caso. Dice el Padre Larrañaga: En una ciudad de México me
pidieron que fuera al hospital a visitar a una mujer de 35 años,
madre de cinco niños entre dos y doce años, que por una
intervención quirúrgica mal hecha estaba agonizando y estaba en
coma. Fui a su habitación en la clínica. La joven madre tenía
todos los síntomas del estado de coma: inmovilidad absoluta, no
oía ni miraba, respiración dificultosa con aparatos especiales. Al
lado, el marido lloraba. En medio de una pena difícil de medir
comencé a improvisar en voz alta, con fervor, una oración de
abandono, expresándome con toda el alma, poniéndome en el lugar de
la agonizante.
Al terminar la oración, la joven madre no dio la más pequeña
señal de reacción. Efectivamente, estaba en coma profundo. Al mes
y medio, estando yo en otra ciudad, me comunicaron que la señora
estaba en casa con sus cinco hijos completamente restablecida y
feliz. Manifesté mi deseo de saber qué había pasado y la señora
me hizo llegar las siguientes informaciones: Ella había oído todo
cuanto había dicho. Y había asumido con emoción y fervor la
actitud de abandono que le dio una completa tranquilidad y paz. Como
consecuencia de tanta paz, según los médicos, pudo comenzar un
ascenso en el proceso de su restablecimiento hasta llegar a sanarse
completamente.
Oremos ahora con total confianza y abandono:
Toma mi corazón, Jesús del alma mía, tan pobre como es, es
todo para Ti. Con él te quiero dar, por manos de María, todo lo
que ahora soy y todo lo que fui. En tu misericordia arrojo mi
pasado, dejo a tu providencia mi porvenir, Señor. El momento
presente sólo me he reservado para emplearlo siempre en probarte mi
amor. Toma mi corazón, es tuyo, todo tuyo. Me abandono en tus manos
para siempre. Amén.
*******
Señor, me pongo en tus manos, haz de mí lo que Tú quieras, sea
lo que sea, te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto
todo, con tal de que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus
criaturas. No deseo nada más. Te confío mi alma, te la doy con
todo el amor de que soy capaz, porque te amo y necesito darme. Me
pongo en tus manos sin medida con una inmensa confianza, porque Tú
eres mi Dios y mi Señor. Amén.
*******
Vuestra soy, para Vos nací. ¿Qué mandáis hacer de mí? Dadme
muerte, dadme vida. Dad salud o enfermedad, honra o deshonra me dad.
Dadme guerra o paz cumplida ¿Qué queréis hacer de mí?
******* (Sta. Teresa de Jesús)
ORACIONES
Oh Jesús, quisiera que mi vida fuera una canción de amor para
Ti. Quisiera tener el corazón de un niño y un alma pura para
cantarte en unión con los ángeles. Señor, todo mi amor es un
regalo de tu bondad y siento deseos de más amor para amarte más y
más. Jesús, te amo. Sí, te amo con las flores y las rosaledas. Te
canto con los pájaros y el mar. Te canto con el cielo azul y las
montañas de mi país, y con las lejanas estrellas y galaxias del
universo.
Gracias, Señor, por tu amor. Me siento deslumbrado por tanto
amor que has derramado en mi vida. Y me siento pequeño y miserable
por tanta ingratitud de parte mía. Por eso, Señor, aunque mi boca
estuviera muda, quisiera cantarte con las olas del mar y con el
silbido del viento canciones de eterno amor. Cada momento quisiera
abrir mis brazos hacia Ti y decirte sin palabras que te quiero.
Hay días en que veo nubes en el horizonte de mi vida y tengo
miedo. Manos invisibles parece que me tiran hacia atrás y no me
atrevo a dar un paso al frente. Me da vergüenza hablar de Ti, me
siento débil y temeroso. Por eso, Jesús, necesito tu fortaleza
para caminar. Dame tu fuerza para seguir adelante. Contigo voy
seguro y tranquilo. Y Tú me dices: No tengas miedo, solamente
confía en Mí (Mc 5, 36).
Jesús, en este momento, siento como si todas mis canciones
estuvieran a mi puerta, queriendo salir para decirte cuánto te amo.
Todas las olas de amor de mi corazón quieren llegar hasta el
sagrario para besar tus pies y darte un beso de amor. Y quiero
cantar con las maravillas del cosmos un cántico de amor. Gracias,
Señor, por mi vida. Gracias por todos mis familiares y antepasados.
Tú eres la razón de mi existir. Tú eres la alegría de mi vida.
Tú eres mi Dios y mi todo. Me rindo a tus pies y te consagro mi
vida entera como un himno de amor. Quiero hacer de mi vida un
continuo acto de amor y repetir a cada latido de mi corazón:
Jesús, yo te amo y yo confío en Ti. Gracias, Señor. A ti el honor
y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
*******
El alma sin oración es como un huerto sin agua, como sin fuego
la fragua, como nave sin timón. Nunca dejes la oración, si quieres
salvar tu alma. Sin gracia no hay salvación y sin oración no hay
gracia.
CONCLUSIÓN
Después de haber leído el presente libro, podemos concluir que
vivir verdaderamente, es amar y orar es amar; y que la oración del
corazón o repetición amorosa de una frase de amor a Dios es una
experiencia muy enriquecedora para el alma. Prácticamente, todos
los grandes místicos han recurrido a esta clase de oración en
algunos momentos de su vida. Unos, rezando constantemente el
avemaría al rezar el rosario. Otros, rezando el padrenuestro con
amor, y, en general, orando repetidamente con alguna frase de su
especial devoción, como puede ser: Mi Dios y mi todo; Jesús, yo te
amo; yo confío en Ti; Jesús, María, os amo, salvad almas; Jesús,
ven a mi corazón…
Y esto, que hacen los grandes santos y místicos, podemos hacerlo
también nosotros a lo largo del día, para poder renovar en
nosotros la presencia de Dios y poder elevar hacia Él nuestros
sentimientos de amor.
Pero aclaremos que en Dios no hay celos ni envidias. Por eso, si
uno dice continuamente una frase de amor al Padre (Padre mío, te
amo), o se dirige al Espíritu Santo (Ven, Espíritu Santo) o a
Jesús (Jesús, ten compasión de mí), estamos amando a Dios, uno y
trino, pues lo que le decimos a uno es como si se lo dijéramos a
los Tres. Incluso, cuando nos dirigimos a María y le decimos por
ejemplo: Madre mía, te entrego mi corazón, ayúdame, estamos
amando a Dios y nuestra oración es eficaz.
Por lo cual, aprendamos a hacer de nuestra vida una continua
oración, repitiendo alguna frase cariñosa, y nuestra vida
mejorará notablemente; sin olvidar que el centro y fundamento de
toda nuestra existencia es y debe ser siempre Jesús Eucaristía.
Que Dios te bendiga y te haga santo. Es mi mejor deseo para ti.
Tu hermano y amigo del Perú. P. Ángel Peña O.A.R. Agustino
Recoleto
La oración es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios. (San
Agustín)
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