Experiencias de Dios

Libro del Padre Angel Peña O.A.R.

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P. ÁNGEL PEÑA BENITO O.A.R.

 

EXPERIENCIAS DE DIOS

 

LIMA - PERÚ 

 

 

EXPERIENCIAS DE DIOS

Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú Agustino Recoleto

Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca (Perú)

ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA - PERÚ 2009 ÍNDICE GENERAL

INTRODUCCIÓN Dios es Trinidad. Dios es amor. Dios Padre. Dios Hijo. Dios Espíritu Santo. María. El cielo. Sed santos. Experiencias místicas: Noche del sentido. El desposorio. Noche del espíritu. Matrimonio espiritual. Experiencias de Dios. Voto de lo más perfecto. Elevación a la Trinidad.

CONCLUSIÓN

BIBLIOGRAFÍA INTRODUCCIÓN

En este libro queremos presentar algunas experiencias de Dios. Él nos ama con todo su infinito amor y quiere nuestra felicidad eterna. Dios es Amor, pero un amor trinitario, pues son tres personas en un solo Dios. Y nos ama tanto que quiere lo mejor para nosotros.

Él quiere que seamos santos y desea llevarnos a las más altas cumbres de la santidad: al matrimonio espiritual. Allí seremos transformados por el amor divino, seremos divinizados en cierta manera y viviremos en una especie de cielo en la tierra.

Sin embargo, para llegar a esas alturas del matrimonio espiritual, Dios necesita purificarnos de todos los apegos a las cosas de la tierra. Hay que pasar por las noches del sentido y del espíritu, que son dolorosas, pero que son necesarias para llegar a la total purificación del alma, y así conseguir la unión total y la transformación total en Dios.

Ojalá que estas experiencias espirituales puedan animar a muchos a seguir el camino de la santidad para que se abandonen a los planes divinos y traten de cumplir en cada momento su santa voluntad.

Dios no se dejará ganar en generosidad y les hará sentir su presencia con toda la fuerza de su divino amor. Vale la pena dejarse llevar por Dios y abandonarse en sus manos sin condiciones. Confiando en su amor y en su poder, todo se hará más fácil en el camino de la santificación personal.

Dios es Trinidad

Dios es amor en tres personas distintas, permaneciendo un solo Dios. En el concilio IV de Letrán se afirmó con claridad: Firmemente creemos y simplemente confesamos que existe un solo Dios verdadero, eterno, inmenso, inmutable, incomprensible, omnipotente e inefable: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tres personas, pero una esencia, sustancia o naturaleza completamente simple. El Padre no proviene de ninguno, el Hijo únicamente del Padre, y el Espíritu Santo de los dos a la vez; sin comienzo ni fin. El Padre engendra, el Hijo nace y el Espíritu Santo procede. Son consustanciales e iguales entre sí, conjuntamente omnipotentes y eternos.

Dice el Catecismo de la Iglesia católica: El misterio de la Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina (Cat 234). Dios es único, pero no solitario. El Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo es el Padre o el Hijo. El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado y el Espíritu Santo es quien procede. La unidad divina es trina (Cat 254). Todo es uno en ellos. A causa de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre y todo en el Hijo (Cat 255).

Los tres hacen todo unidos. Los hombres buenos son templos de la Santísima Trinidad. Y la Iglesia es un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

La vida cristiana comienza con el bautismo, que recibimos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Los demás sacramentos se reciben también en nombre de la Trinidad. Y en la Eucaristía, que es el centro y culmen de nuestra vida cristiana, está el Padre con Jesús (Dios-hombre) y el Espíritu Santo. Esto se expresa de modo elocuente en el momento en que el sacerdote, levantando la hostia y el vino consagrados, dice: Por Cristo, con Él y en Él, a Ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos Amén. Ese momento majestuoso es como un resumen de lo que es la misa: un ofrecimiento de Cristo al Padre por el Espíritu Santo.

Por otra parte, no debemos olvidar que todas nuestras oraciones deben ir al Padre por medio de Jesús. Así nos lo dice San Pablo: Por medio de Jesús tenemos libre acceso al Padre en el Espíritu Santo (Ef 2,18). Y a su vez, todos los bienes que descienden de Dios Padre, nos vienen a través del Hijo y nos alcanzan en el Espíritu Santo.

Santa Teresa de Jesús (1515-1582) nos cuenta: Un día, después de San Mateo…, se me representaron las tres personas distintas, que cada una se puede mirar y hablar por sí. Estas personas se aman y comunican y se conocen. Pero ¿cómo decimos que las tres son una sola esencia? Y lo creemos y es una gran verdad y por ella moriría yo mil muertes. En estas tres personas no hay más que un querer, y un poder y un señorío, de manera que ninguna cosa puede una sin la otra, sino que, de cuantas criaturas hay, es sólo un Creador. ¿Podría el Hijo criar una hormiga sin el Padre? No, que es todo un poder, y lo mismo el Espíritu Santo; así que es un solo Dios todopoderoso y todas estas tres personas una Majestad. ¿Podría uno amar al Padre sin querer al Hijo y al Espíritu Santo? No, sino que quien contentare a una de estas tres personas divinas contenta a las tres y quien la ofendiere, lo mismo. ¿Podrá el Padre estar sin el Hijo y sin el Espíritu Santo? No, porque es una esencia y donde está uno están los tres, pues no se pueden dividir. Las personas veo claro que son distintas, el cómo no lo sé, pero sé que no es imaginación.

Lucie Christine, seudónimo de Mathilde Bertrand (1844-1908), una esposa y madre de cinco hijos, gran mística, en su Diario Espiritual dice el 22 de octubre de 1822: Ayer comencé la oración, diciendo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y mi alma, incendiada en amor, permaneció en contemplación. Yo vi la unión del amor y vida por la cual nuestras almas están unidas al Creador, al Redentor y al Santificador. La bondad inefable de la Santísima Trinidad me llenó toda la tarde de una alegría inmensa… Esta mañana, en la comunión, mi alma se puso a contemplar la persona del Padre, el principio eterno del cual todo existe. Y vi las relaciones que existen entre las tres divinas personas… El alma conoce, sin poderse engañar, la unidad de la naturaleza divina y ve, al mismo tiempo, la distinción de las tres personas. Ninguno de los tres se comunica del mismo modo. Podría decirse que uno no es el otro y no tiene la semblanza del otro y no obra como el otro, pero los tres son Dios.

La venerable Concepción Cabrera de Armida (1862-1937), esposa y madre de nueve hijos, también gran mística, dice: Debo vivir en contacto continuo con la Trinidad, unida a las tres divinas personas por la gracia de la encarnación mística: con el Padre, ofreciéndole al Verbo, con el Hijo para ser la delicia del Padre, con el Espíritu Santo tomándolo como el inspirador y santificador del todos los sentimientos y de todo lo que soy. Debo vivir, respirar y trabajar, en el seno de los TRES. Ellos deben constituir la atmosfera donde viva.

¡Qué grande es la Trinidad! ¡Qué bella es su unidad! El Señor me ha hecho ver cómo son las tres personas divinas, que constituyen una sola esencia, una misma sustancia, una sola divinidad… Hoy el Señor, durante la oración, me ha dado luces para entender un poco la unidad de la Trinidad. ¡Qué abismo de perfecciones! ¡Qué delicias en Dios! ¿Qué será el cielo, Dios mío?

Adrienne von Speyr (1902-1967) dice: Dios en su esencia es Trinidad. Por eso, no puede revelarse, sino en modo trinitario… El Hijo es engendrado en nosotros por el Padre, quien nos da la vida por medio del Espíritu Santo; y nosotros volvemos con el Hijo en el Espíritu Santo al Padre. En el camino del Hijo hacia el Padre, el Hijo nos transforma y el Padre nos acoge como hijos, haciéndonos participar en la misión del Hijo… El amor es la esencia común de las tres divinas personas y es, por eso, amor trinitario. La Trinidad debe manifestarse en toda nuestra vida. Todos somos misioneros de la Trinidad.

La mística Lucia Mangano (1896-1846) escribe el 16 de diciembre de 1933: No puedo expresar lo que veo en la visión beatífica, porque ninguna lengua humana puede decirlo. Me parece conocer a Dios en su esencia, uno y trino, con sus atributos y cada atributo distinto del otro… Dios me ha dado la gracia de la visión beatífica y me parece que mi alma está confirmada en gracia, el cuerpo está espiritualizado, porque no siente la inclinación de las pasiones y me parece que el alma participa de alguna manera en la gloria de los santos.

Trinidad Sánchez Moreno, fundadora de las Obras de la Iglesia, declara en 1963: Cuando estás en gracia, en todo momento y en toda circunstancia la Trinidad te está besando con un beso amoroso e infinito. En nuestra alma está el amor infinito, besándonos en silencio amoroso… ¡Silencio! ¡Que te besa la divinidad!.

Santa Faustina Kowalska escribió en su Diario: Durante la misa, de repente, fui unida a la Santísima Trinidad. Conocí su Majestad y su Grandeza. Estaba unida con las tres personas. Cuando estaba unida a una de estas venerables personas, al mismo tiempo estaba unida a las otras dos personas. La felicidad y el gozo que se comunicaron a mi alma son indescriptibles. Me apena no poder expresar con palabras aquello para lo cual no existen palabras.

La beata Isabel de la Trinidad decía: Todo mi ejercicio consiste en entrar en mí misma y perderme en los Tres que allí habitan.

Veamos el testimonio de una mística anónima: El Espíritu me introdujo en el misterio del amor trinitario. El intercambio embelesador del dar y recibir se obró también a través de mí: de Cristo, al que estaba unida, al Padre y del Padre al Hijo. Pero ¿cómo expresar lo inefable? No veía nada, pero era mucho más que ver y mis palabras resultan impotentes para traducir este intercambio en el júbilo, que se recibía y daba. Y de aquel intercambio fluía una intensa vida de uno al otro, como la tibia leche que fluye del seno de la madre a la boca del niño. ¡Oh santa y viva Trinidad! Estuve como fuera de mí dos o tres días y todavía hoy esta experiencia permanece fuertemente grabada en mí.

Oh Trinidad infinita, cantamos tu gloria en este día, porque en Cristo nos has hecho hijos y nuestros corazones son tu morada.

Eterna, sin tiempo, fuente de la vida, que no muere, a ti retorna la creación en el incesante flujo del amor.

A Ti nuestra alabanza. ¡Oh Trinidad dulcísima y dichosa!, que siempre manas y siempre refluyes en el mar tranquilo de tu mismo Amor. Amén.

DIOS ES AMOR

Dios, uno y trino es amor (1 Jn 4,8). La característica más específica del ser de Dios es el amor. El Padre engendró al Hijo por amor y del amor del Padre y del Hijo procede el Espíritu Santo. Dios es una comunidad de amor. Y ha querido compartir su amor, dando vida a los ángeles y creando todo un universo material para la vida de los hombres. Y nosotros hemos sido creados por amor. Nuestro ser más profundo está hecho de amor de Dios. Y Dios quiere que vivamos con amor para dar sentido a nuestra existencia. Sin amor, nuestra vida no tendría sentido. Hemos sido hechos por amor y para amar. Por eso, nuestra santificación personal, o dicho con otras palabras, nuestra felicidad, consiste en amar y acercarnos cada vez más a la fuente de todo amor, que es Dios. Decía san Agustín, que Dios es el Dios del amor y de la felicidad. Dice literalmente: Él es el Dios feliz que nos hace felices. Y en el libro de las Confesiones nos dice por experiencia propia: Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está insatisfecho hasta que descansa en Ti (Conf 1,1). Por lo cual, está claro que, cuanto más santos seamos y más llenos estemos de su amor, seremos también más felices, porque el amor de Dios es lo único que nos puede dar la verdadera felicidad. La Escritura nos habla constantemente del deseo de Dios de hacernos felices y de cómo nos trata con amor de Padre.

Como un Padre tiene ternura con sus hijos, así el Señor tiene ternura con sus fieles (Sal 103,13). Confía en Dios y obra el bien. Haz del Señor tus delicias y Él te dará lo que pide tu corazón. Encomiéndale todos tus afanes, confía en Él y Él actuará (Sal 36, 3-5). Él te colmará de gracia y de ternura (Sal 103, 4).

¿Qué más podemos decir del amor de Dios? Que Él nos ama tanto que cuida de nosotros hasta en los más mínimos detalles. Tiene contados hasta los cabellos de la cabeza (Lc 12,7). Y se preocupa de si comemos o si tenemos lo suficiente para vivir. No andéis buscando qué comeréis o qué beberéis y no andéis ansiosos, porque todas estas cosas las buscan las gentes del mundo, pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de ellas. Buscad el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura (Lc 12, 29-30).

Por eso, Jesús nos invita tantas veces a confiar en Él, que es un Dios clemente y compasivo, tardo a la cólera y lleno de amor (Sal 103, 8).

DIOS PADRE

En el Antiguo Testamento se emplea 15 veces la palabra Padre para designar a Dios, mientras que en los Evangelios se usa 170 veces. Cuando la palabra Padre se usa en el Antiguo Testamento, se refiere más a una paternidad general. Dios es Padre de Israel en su conjunto. Y, cuando se usa esta palabra Padre, suele venir acompañada de otras como Señor, Altísimo, Eterno, que confirman la distancia existente entre Dios y el hombre; una distancia infranqueable. De modo que, incluso hoy, el judío practicante, como en tiempos antiguos, no se atreve a escribir o pronunciar el nombre de Dios y recurre a perífrasis para designarlo.

Jesús, al venir al mundo, nos trajo una revelación maravillosa: llamar a su Padre celestial con la palabra cariñosa de papá. ¿Quién se hubiera atrevido a llamar a Dios con este nombre, que los niños hebreos daban a su papá? Nadie, porque ni siquiera se podía pronunciar el nombre de Dios (Yahvé) para evitar así faltarle al respeto. Pero Jesús nos dijo que el Padre del cielo era un papá que quería amor y cariño de sus hijos y no miedo o temor. Por eso, nos enseñó a llamarlo papá, (abbá en arameo, que era la lengua que hablaba Jesús).

Para muchos teólogos, usar esta palabra abbá es algo insólito y marca una nueva manera de dirigirnos a Dios. Hubiera sido más normal haber empleado abi (padre mío) o abinu (padre nuestro). Pero Jesús quiere decirnos que el Padre quiere amor y confianza.

Por eso, en otros pasajes en los que Jesús dice Padre, podía haber dicho papá y, si no lo hizo, fue para no escandalizar a los oyentes con esta manera sencilla de tratar a Dios. Pero nosotros podemos entender la intención de Jesús.

Abbá es un diminutivo de la palabra padre, que expresa mucha confianza. Y esto es algo único no solo en la historia del judaísmo sino también en la historia de todas las religiones. Esta era una novedad tan grande que el mismo san Marcos, al hablar de la Pasión, pone esta palabra aramea en boca de Jesús en lugar de traducirla al griego en que escribe, para aclarar bien que se trata de un diminutivo cariñoso de Padre, es decir, papá o papito. Dice Jesús en sus momentos más difíciles de Getsemaní: Abbá, Papá, todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya (Mc 14,36).

San Pablo, siguiendo esta tradición, que viene de Jesús, también en alguna oportunidad renuncia a la traducción griega de Padre y pone la palabra original de Jesús. Dice: Ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud, sino un espíritu de hijos adoptivos que nos hace llamar a Dios: Abbá, es decir, Papá (Rom 8,15-17). Por ser hijos envió Dios a nuestros corazones al Espíritu de su Hijo que grita: Abbá, Papá (Gal 4,4-7).

Ciertamente que tener un Dios Papá nos cambia la vida y la perspectiva de cómo es Dios. Dios no es un ser todopoderoso tan alto y elevado, tan distante y frío, que exige respeto y temor a toda costa. Dios es un Padre amoroso que está cercano, tan cercano que ha querido hacer su morada dentro de nuestro corazón humano, es decir, de nuestra alma. Así lo dice Jesús: Si alguno me ama, mi Padre lo amará y vendremos a Él y haremos morada en Él (Jn 14,23).

DIOS HIJO

Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo unigénito para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna (Jn 3,16). Y el Hijo de Dios nos amó tanto que quiso hacerse uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado. Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley (Gal 4, 4-5). Y el Verbo se hizo hombre, y habitó entre nosotros (Jn 1,14).

Y quiso sufrir como el que más; hasta morir para demostrarnos su amor. Basta recorrer los Evangelios para darnos cuenta de cuánto amor y cuánta paciencia tenía Jesús con todos los que le rodeaban, empezando por los apóstoles, que no lo entendían. ¡Cómo quería a los niños! Los abrazaba y los bendecía, imponiéndoles las manos (Mc 10,16). Tenía compasión con los pecadores y los perdonaba como a Zaqueo, a Mateo, a María Magdalena, a la mujer adultera, a Pedro o al buen ladrón. Y lo mismo podemos decir con los enfermos, a quienes curaba para darles la alegría de hacerles sentir su amor. A los hambrientos les daba de comer como en el caso de la multiplicación de los panes. Y a todos les daba esperanza, alegría y paz, pues toda su vida fue una entrega total al servicio de los demás, dándonos incluso ejemplo de servicio, lavando los pies a sus apóstoles, algo que sólo hacían los siervos o los esclavos.

Cristo Jesús, siendo de condición divina, se despojó de su rango, tomando la condición de siervo, haciéndose en todo semejante a los hombres; y en su condición de hombre se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz (Fil 2,5-8).

Y resucitando nos abrió el camino a la esperanza. No todo termina con la muerte, sino que Él nos espera para hacernos eternamente felices en el cielo. Por eso, en la Carta Magna de Evangelio, que son las bienaventuranzas, nos dice claramente: Felices los pobres de espíritu… los que lloran… los que tienen hambre y sed de justicia… los que padecen persecución… Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan y con mentira digan contra ustedes toda clase de mal por mí. Alégrense, porque grande será su recompensa en el cielo (Mt 5, 1-12). Pase lo que pase en esta vida, suframos lo que suframos, Jesús nos promete una felicidad eterna, si lo sufrimos por su amor, confiando en Él. Ojalá que podamos decir nosotros como san Pablo: Sufro, pero no me avergüenzo, porque sé de quién me he fiado (2 Tim 1,11).

Pero hay mucho más, Jesús nos ha amado tanto que no ha querido abandonarnos y dejarnos huérfanos después de su Ascensión al cielo. Ha querido permanecer junto a nosotros para que, en cualquier momento en que tengamos problemas podamos acudir a Él para hablarle personalmente y recibir sus bendiciones. Él ha querido quedarse con nosotros físicamente, también como hombre, y no sólo como Dios, en el sacramento de la Eucaristía. Ahí esta esperándonos todos los días como un amigo. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os digo (Jn 15,14).

En la Eucaristía está esperando nuestra compañía y nuestras visitas de amigo a amigo, para tener la alegría de bendecirnos y abrazarnos en el momento de la comunión. En la comunión eucarística nos unimos también a Padre y al Espíritu Santo, que están presentes en la hostia consagrada. En la comunión recibimos fuerza y amor para mejorar y superar las dificultades de cada día. La Eucaristía es el mejor alimento espiritual para unirnos a Dios y llenarnos de su amor. Por eso, Jesús nos dice: Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre y el pan que yo le voy a dar es mi carne para la vida del mundo (Jn 6,51). El que come este pan vivirá para siempre (Jn 6,59).

Jesús nos ama, no tengamos miedo de acercarnos a Él, que nos espera con los brazos abiertos en la confesión para perdonarnos y que nos espera para darnos su abrazo en la comunión. Vayamos a Él con la confianza de un amigo, que nos sigue diciendo a cada uno como a Jairo: No tengas miedo, solamente confía en Mí (Mc 5,36).

La hermana Magdalena de Jesús sacramentado escribió: Jesús hostia ha ejercido siempre en mi alma una atracción especial. Alguna noche me quedaba en vigilia después de Maitines hasta la mañana, cuando se levantaba la Comunidad. Y ¿qué hacía durante esas tres horas de noche allí sola con Jesús? No sé decirlo, pero sí sé que en mi pensamiento estaba fija la idea de una misión que tenía que cumplir y a la que debía prepararme. Él me disponía y trabajaba en mi pobre alma cuanto más estaba con Él junto a su divino Corazón, horno de amor.

Otra religiosa me escribía: Ayer todo el día lo pasé mirando a Jesús con ojos “nuevos”, con mirada nueva y lo he visto tan hermoso… Él me ha llamado, me ha acariciado, acercándome a su Corazón, abrasado de amor, y me ha dicho: Esposa mía, mi querida, mi amada. Ven, reposa, sáciate y repara por tantas ofensas y por tanto desamor. Déjame que continúe en ti mi vida y que sufra en tu propia carne lo que falta a mi pasión.

¿Cómo puedo vivir así? No me lo explico. Nunca he sido tan activa como lo soy ahora. Cuanto más adentrada estoy en Dios, más fecunda es mi vida. Él me está comunicando su misma fecundidad. En la oración, especialmente en la Eucaristía, lo recibo, en la actividad lo doy. Mi alma es un servicio al plan de Dios sobre mí. Las almas me lo reclaman, la Iglesia, los sacerdotes, mis hermanas… Siento como un reclamo de amor de mi Dios, una exigencia de su amor. Jesús es un océano de vida y de amor y yo me sumerjo en Él al comulgar, y con Él entro al mar infinito de la Trinidad.

La venerable María Angélica Álvarez Icaza dice: Jesús, enamorado apasionadamente de mí, me buscaba, me atraía, me acariciaba, besándome con tal ternura que yo no puedo comparar con nada sus besos de amor. ¿Serán los besos ardientes como de una madre? No, más, mucho más. ¿Como los de un esposo? No, muchísimo más. ¿Pues cómo? Como Dios. No se pueden explicar, sólo gozar de ellos entre inefables júbilos. Y escribía:

Lo he sentido, Señor, Tú me has besado. Con ósculo de amor mi alma te toca y con profundo amor pide a su amado que le dé otro beso de su boca… He sentido la unión santa y divina que mi alma con su Dios ha celebrado. Como se une una gota cristalina con un inmenso mar, ilimitado. He sentido la unión, supremo instante, celestial donación, feliz herida, en que el alma se estrecha con su amante en que queda de amores derretida. Sólo una cosa sé; en adelante, ya no hay entre los dos tuyo ni mío. Mi voluntad será la de mi amante. Mis intereses son de Él y en Él confío.

DIOS ESPIRITU SANTO

El Espíritu Santo es el Espíritu de amor. Es la personificación del amor del Padre y del Hijo, de los cuales procede. San Pablo dice que: el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5,5). Esto quiere decir que no podemos tener amor en el alma sin el Espíritu Santo. No puede haber santidad sin el Espíritu Santo, como lo decía san Basilio en el siglo IV. Sin el poder del Espíritu Santo, los discípulos de Jesús no hubieran sido capaces de predicar. Estaban reunidos en el Cenáculo unas 120 personas con las puertas y ventanas cerradas por miedo a los judíos. El día de Pentecostés quedaron todos llenos el Espíritu Santo y recibieron una fortaleza y una claridad tan grande sobre las verdades de la fe que ese mismo día salieron a predicar, sin temor a la muerte, y convirtieron a tres mil personas.

El poder del Espíritu Santo es el poder del amor que transforma las vidas de quienes están perdidos en la oscuridad de la ignorancia, de la tristeza o de la desesperación. Sin el Espíritu Santo, nuestra vida estaría triste, sin luz, sin sentido. Sin el Espíritu, la Iglesia estaría vacía, sin poder y sin vida. El Evangelio sería letra muerta, incomprensible, fuente de división. El Espíritu Santo se encuentra en el origen y término de todas las obras buenas de todos los hombres.

Jesús, como hombre, también necesitó el poder del Espíritu Santo. Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo (Lc 1,35). Estaba lleno del Espíritu Santo (Lc 4,1). A veces, actuaba impulsado por el Espíritu Santo (Lc 1,14). Fue llevado por el Espíritu Santo al desierto (Lc 4,1). Ungido por el Espíritu Santo pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo (Hech 10,38). Y con frecuencia, se sentía inundado de la alegría del Espíritu Santo (Lc 10,21).

Por eso, si Jesús necesitó el Espíritu Santo, nosotros también lo necesitamos para ser santos y crecer cada día más en el amor a Dios Padre, nuestro papá. Y también para amar todo lo que es de Jesús, pues el Espíritu Santo nos da un amor especial para la madre de Jesús, la Virgen María; para la Iglesia de Jesús, nuestra Iglesia católica; para el representante de Jesús en la tierra, el Papa; para la palabra de Jesús, escrita en los Evangelios; para todos los hermanos de Jesús, que son todos los hombres. Y, muy en especial, nos da un amor grande y sublime para Jesús presente como Dios y hombre en la Eucaristía.

Por todo ello, digamos día y noche sin cansarnos jamás: Ven, Espíritu Santo, y lléname de tu amor y de tu felicidad. Así podremos comprender que el Reino de Dios es justicia, alegría y paz en el Espíritu Santo. (Rom 14,17).

MARÍA

Está íntimamente unida a la Trinidad divina. Ella es la hija del Padre, la madre del Hijo y la esposa del Espíritu Santo. A este respecto, decía san Francisco de Asís: Santa Virgen María, no hay ninguna mujer en el mundo semejante a ti. Eres hija y esclava del Altísimo, Rey supremo, Padre celeste. Eres Madre del Santísimo Señor Nuestro Jesucristo y esposa del Espíritu Santo. Ruega por nosotros con san Miguel arcángel y con todas las potencias del cielo, en compañía de todos los santos ante tu Santísimo y predilecto Hijo, Señor y Maestro Jesús.

Otros muchos santos hablan de María como esposa del Espíritu Santo, como san Roberto Belarmino, san Lorenzo de Brindis, San Luis María Grignion de Montfort, san Alfonso María de Ligorio… Santa Matilde, en el siglo XIII, la llamaba esposa de la santa Trinidad. Ella es Madre de Dios (Hijo) como fue definido en el concilio de Éfeso el año 431. Ellas es siempre virgen como fue definido en el III concilio de Letrán el año 649. Fue concebida inmaculada, sin pecado original, como fue definido por el papa Pío IX el año 1854 y fue asunta al cielo en cuerpo y alma como fue definido por el Papa Pío XII en 1950.

Muchos santos hablan de su mediación universal, aunque no es dogma de fe. Afirman que todas las gracias y bendiciones que recibimos de Dios, las recibimos por medio y por manos de María, por haber sido constituida por Jesús como madre nuestra (Jn 19, 27) y mediadora ante Él para llegar al Padre. El mejor camino es ir por medio de María a Jesús y por Jesús al Padre con la ayuda y gracia del Espíritu Santo.

San Luis María Grignion de Montfort dice: El Altísimo la ha constituido tesorera única de todos sus tesoros y única dispensadora de sus gracias. San Bernardino de Siena (1380-1444): Éste es el proceso de la distribución de las gracias divinas: de Dios fluyen a Cristo y de Cristo a su Madre; y de ella a toda la Iglesia. No vacilo, por ello, en decir que ha recibido jurisdicción sobre las gracias que se administran por sus manos.

San Bernardo afirma: María es la mediadora universal de todas las gracias. Toda gracia, que Dios da a los hombres, pasa de Dios a Cristo, de Cristo pasa a María y por María se nos da a nosotros.

San Alfonso María de Ligorio declara: Dios quiere que todas las gracias que han sido, son y serán dispensadas a los hombres hasta el fin del mundo por los méritos de Jesucristo, sean dispensadas por las manos y por la intercesión de María. Ella es la tesorera de todas las gracias que Dios nos quiere dispensar. La relación entre María y el Espíritu Santo lo proclama de modo excelente san Juan Eudes: El Espíritu Santo es todo amor; el Corazón de María está plenamente transformado en amor. El Espíritu Santo es vida y fuente de vida; por ello, la Iglesia lo llama Espíritu vivificante. El Corazón de María es vida y fuente de nuestra vida natural y sobrenatural, temporal y eterna, pues por medio del Corazón misericordiosísimo de la madre de la gracia, la vida nos fue restituida… El Espíritu Santo es el principio de toda santidad, de toda gracia y de toda gloria en el cielo y en la tierra. El Corazón de la reina de los ángeles es el origen de todos los tesoros que se encierran en el orden de la gracia y de la gloria.

Por otra parte, María nos guía a su Hijo Jesús, presente en la Eucaristía. Como decía el Papa Juan Pablo II: María guía a los fieles a la Eucaristía. Ella está siempre presente junto a Jesús Eucaristía y siempre está presente durante la misa como madre que nos lleva a Jesús. Así como la Iglesia y la Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y la Eucaristía. Por eso, el recuerdo de María en la celebración eucarística es unánime ya desde la antigüedad en las Iglesias de Oriente y Occidente. Y la mirada embelesada de María, al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?.

Además ella es la hija predilecta del Padre, y lo alaba en el Magnificat diciendo: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora, me felicitarán todas las generaciones, porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación (Lc 1).

EL CIELO

El cielo es la comunión de vida y amor con la Santísima Trinidad, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados (Cat 1024). El cielo es la felicidad colmada, la plenitud del amor. San Agustín dice que allí descansaremos y contemplaremos, contemplaremos y amaremos, amaremos y alabaremos: éste será el fin que no tiene fin. Será una felicidad tan plena que san Pablo dice: Sé de un hombre, si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe, fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que el hombre no puede expresar (2 Co 12, 3-4).

¡Imagínate vivir toda una eternidad en el reino del amor, hablando con los ángeles y santos, estando sumergido para siempre en el océano de la vida, de luz y de amor que es Dios! ¡Qué maravilla y qué felicidad!

Por eso, vale la pena cualquier esfuerzo para conseguirlo, y para tener un sitio de preferencia, es decir, para ser de los más santos y más felices. Ya que en el cielo no todos serán igualmente felices. Nuestro cielo será tan grande como la medida de nuestro amor. De ahí la necesidad de esforzarnos más y más cada día y aprovechar al máximo esta vida para ir creciendo en el amor.

Después de este mundo que pasa, cuando las sombras de la tierra se hayan desvanecido, tu vida transcurrirá ante la faz de la Trinidad en incesante alabanza de gloria a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Sueña con ese cielo hermoso, que, aunque te imagines las cosas más hermosas, siempre te quedarás corto.

En una ocasión, santa Angela de Foligno trataba de explicar a su confesor fray Arnaldo que comprendiera la imposibilidad de explicarle sus experiencias místicas, pues decía que cuanto más conocía a Dios menos podía hablar de Él. El confesor la estimulaba a explicarse mejor y ella le dijo: Padre, si viese lo que yo veo y luego tuviera que subir al púlpito a predicar, le digo lo que haría. Se detendría un momento, luego, mirando a la gente diría: Hermanos, id con la bendición de Dios, porque de Dios hoy no sé deciros nada y bajaría del púlpito en silencio.

Hay una leyenda, narrada por un escritor alemán moderno. En un monasterio, vivían dos monjes entre los que existía una profunda amistad. Uno se llamaba Rufus y el otro Rufinus. En todas sus horas libres no hacían sino tratar de imaginar y describir cómo sería el cielo. Rufus, que era maestro de obras, se lo imaginaba como una ciudad con puertas de oro, cuajada de piedras preciosas. Rufinus, que era organista, lo soñaba resonando con melodías celestes.

Al final, llegaron a un acuerdo: el primero que muriese de ellos, volvería la noche siguiente para asegurar al amigo que las cosas sucedían como habían imaginado. La contraseña consistiría solamente en una palabra. Si pasaba como habían pensado, diría simplemente: taliter, es decir, así es. Si fuese de otro modo, diría: aliter, es decir, diferente.

Una tarde, mientras estaba al órgano, el corazón de Rufinus se detuvo. El amigo veló tembloroso toda la noche, pero no pasó nada. Esperó con vigilias y ayunos semanas y meses, pero no pasó nada. Finalmente, en el aniversario de la muerte de Rufinus, de noche, en un halo de luz, entra en su celda el amigo. Viendo que callaba, le pregunto: ¿Taliter? ¿Así es? Pero el amigo sacudió la cabeza en ademán negativo. Desesperado, gritó entonces: ¿Aliter? ¿Es diferente? De nuevo, el signo negativo de cabeza.

Y, finalmente de los labios cerrados del amigo brotaron como un soplo dos palabras: totaliter aliter, es decir, totalmente diferente. Rufus comprendió en un abrir y cerrar de ojos que el cielo es infinitamente más de lo que habían imaginado, que es algo indescriptible; y, al poco tiempo, murió también él por el deseo de experimentarlo.

Ciertamente, el cielo es algo imposible de imaginar. Por eso, san Pablo que tuvo una experiencia celestial dice: Ni el ojo vio ni el oído oyó ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman (1 Cor 2, 9).

Te deseo que seas feliz eternamente con Dios en el cielo por toda la eternidad. Amén.

SED SANTOS

Ése es el grito de Jesús. Sed santos como vuestro Padre celestial es santo (Mt 5,48). Jesús quiere nuestra felicidad y, por eso, nos invita a ser santos, es decir, a caminar sin cesar por el camino del amor, que es el camino de la santificación personal. Ya en el Antiguo Testamento Dios nos decía: Sed santos, porque yo vuestro Dios soy santo (Lev 19, 2; 20, 26). Sí, la voluntad de Dios es nuestra santificación (1 Tes 4, 3). Y los santificados en Cristo Jesús estamos llamados a ser santos (1 Co 1, 2).

La misma Iglesia nos invita a ello: Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados cada uno por su propio camino a la perfección de la santidad (Cat 825). El mismo concilio Vaticano II insistía: Estamos invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado (Lumen gentium 42).

Dios lo quiere ¿y tú? Ciertamente que no es fácil. Hay que comenzar, como diría santa Teresa de Jesús, en tener una determinada determinación, una decisión seria de ser santos y pedir esta gracia constantemente y poner de nuestra parte. También es muy importante dejarse guiar por algún director espiritual experimentado. Y cumplir fielmente las obligaciones personales. Un medio necesario es el acudir lo más frecuentemente posible a Jesús Eucaristía, recibiéndolo en la comunión y visitándolo siempre que podamos ante en el sagrario.

El amor a María es también indispensable, pues no ha habido ningún santo del Nuevo Testamento que no haya tenido amor a María, ella es el mejor camino para llegar a Jesús y, por Jesús, al Padre. Pide al Espíritu Santo que llene tu corazón de amor para que cada día ames más a Dios y a los demás. Y no tengas miedo, haz lo que puedas, no te pongas nervioso o impaciente, si ves que no avanzas mucho. Dios tiene sus caminos, que son diferentes para cada uno. Ofrécele tu deseo de santidad para que te haga santo tal y como Él quiere y cuando Él quiera. Porque puede dejarte en tus defectos toda la vida y, en el último instante, puede elevarte a la más alta santidad. Para Dios no hay nada imposible y no se deja llevar de esquemas preestablecidos. Sin embargo, expondremos algunas experiencias más comunes de los místicos en su camino hacia el matrimonio espiritual.

EXPERIENCIAS MÍSTICAS

Para llegar a la máxima unión con Dios en el matrimonio espiritual hace falta estar totalmente purificados en los sentidos y en el alma. Antes de llegar al desposorio, que es como la promesa del matrimonio, hay que pasar por lo que suele llamarse la noche del sentido. Después del desposorio, hay que pasar aún otra purificación más difícil, llamada la noche del espíritu, antes de llegar al matrimonio místico o espiritual. Por supuesto que antes de llegar a la noche del sentido, el alma ya tiene una vida de contemplación y de unión con Dios suficientemente grande como para que pueda soportar las pruebas que se le avecinan.

Noche del sentido

En esta etapa, después de haber recibido gracias extraordinarias, que son como un aliciente eficaz para desear la santidad, y después de haber experimentado en muchas ocasiones los goces inefables del amor de Dios, llega esta noche para despegarnos de toda atadura a las criaturas. El Señor pide renunciar incluso a esos goces espirituales que disfrutaba el alma, aunque alguna vez puedan volver para animarla en el duro camino de la noche oscura. En esta etapa, el alma se encuentra árida y seca, no siente gusto ni atractivo por nada. Debe despegarse de los placeres de los sentidos corporales y buscar en todo la voluntad de Dios y no su satisfacción personal. A veces, se juntan graves enfermedades y fuertes tentaciones del demonio. Pueden venir incomprensiones de los amigos, de los Superiores, humillaciones de toda clase… Y, sobre todo, se sufre del alejamiento de Dios, al que ya no se siente como antes, creyendo que eso se debe a los propios pecados, como si Dios la hubiera abandonado por su culpa. Y, por eso, gime y llora, buscando al Amado ausente, sin el cual no puede vivir. Y lo busca y lo busca y sigue avanzando a rastras sin saber a dónde. Y así se va purificando sin darse cuenta. San Juan de la Cruz diría:

A oscuras y segura sin otra luz ni guía sino la que en el corazón ardía.

La Madre Carmela de la Cruz, una religiosa italiana con quien tuve la gracia de comunicarme por carta, dice por experiencia: En la noche del sentido, el Señor quiere quitar las malas hierbas del jardín del alma. Quiere hacerla morir a sí misma y a sus sentidos, quitándole toda satisfacción humana y natural, de modo que no halle gusto en nada. Así el Señor le cierra todo camino que la aleje de Él y le hace que se vuelva hacia Él, pidiendo ayuda. El Señor la prepara para ser su esposa y la pobre tortolita, no conociendo las intenciones del Amado, gime, llora y sufre, suplica y clama, porque cree que lo ha disgustado y, por eso, le ha dado las espaldas.

¿Qué debe hacer el alma en esta situación? ¿Desesperarse? ¿Entristecerse? En esas circunstancias, debe volverse a Él con toda confianza y abandono total y debe demostrarle que le sigue siendo fiel. Él la deja navegar en el más puro padecer. Encuentra muchas contrariedades, sufrimientos y humillaciones, y hasta el cuerpo se rebela con enfermedades. Y ella sufre doblemente, pensando que ha ofendido a su Señor. Pero Él espera el momento en que esté purificada para darse a ella como desposado. ¡Oh, cómo desea el esposo divino encontrar jardines de reposo y descanso! Él busca hospitalidad, porque sus delicias están en habitar en templos vivos.

Ella se siente indigna y mala, pero siente unos deseos inmensos de ser desposada, porque no puede vivir sin Él… Y Él la va purificando, porque no tolera el más mínimo pecado. Son duras las pruebas, pero vale la pena por todo lo que vendrá.

Otra religiosa me escribía: La noche del sentido fue muy dura, pero necesaria para llegar a Él y despegarme del apego a las criaturas. Es como arrancar la fibra más sensible del corazón y de las entrañas, es como quedar en la más completa pobreza y sin el menor arrimo de nada ni de nadie, es el momento de ir a tientas y en la oscuridad más cerrada de la noche hasta gritar con Cristo: Padre mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Qué hacer, a quién acudir? Se siente frío, miedo, desgana. La soledad aterra y el silencio envuelve el alma y la hace estremecer. Los segundos son eternos y así días y días. Se cree el alma que está perdida, sin remedio, hasta desear morir. Está en un callejón sin salida y no sabe si es un sueño, si delira o si ha perdido la cabeza. No acierta a dar con el porqué de todo ello y no sabe qué hacer. Todo esto es tremendo, pero es la hora de Dios. Él es el único que puede saciar al finito con su infinitud.

¡Qué bondad la de este Dios amor! Te exige que te arranques de cuajo de todo aquello que no es Él, hasta de ti misma. No parece le dé más ni menos el que sufras por ello. Quiere ser Él solo tu dueño y Señor. Así ama Dios, bajando, sufriendo, muriendo.

Una noche, cuando bajaba la escalera del coro, fui tirada al suelo por el diablo, dándome fuertes golpes en todo el cuerpo con palabras sucias, ademanes y posturas provocativas. Ya hacía tiempo que me venía molestando con ruidos, poniendo en mi boca blasfemias que ni las había oído en mi vida ni mi corazón las sentía. Esto me hacía sufrir mucho, pero no sabía cómo consultarlo y lo fui pasando en silencio y angustia. El 15 de octubre de ese año 1974 fue la segunda vez que me volvió a tirar y a darme golpes tan fuertes que, al día siguiente, no pude levantarme en todo el día, pero pasó como que eran dolores de siempre, de la columna. Desde entonces, fue una guerra sin cuartel la que me declaró. Mi alma sentía angustias indecibles y me envolvía una densa oscuridad. Me sentía rechazada por Dios. Mi vida era un total vacío, un sin sentido, una condena clara y sin remedio.

Con todo, a pesar de mi angustia, no sentía desesperación y seguía esperando sin saber qué. Las noches las pasaba de rodillas ante el crucifijo de la celda. Sólo le decía: Amor, no puedo más. Mándame alguien que me ayude. Alguna vez pensé que mi vida era una farsa y que me debía salir del convento. Pero ¿a dónde? No sabía. Sólo podía esperar y, aunque tropezando y cayendo sin más ayuda que la noche más cerrada y el total silencio de lo alto, dando pequeños pasos en la oración, seguía a paso de tortuga; el caso era no parar. Alguna vez, en medio de tan cerrada oscuridad e impresionante silencio, me parecía ver una pequeña centellita en la lejanía y me decía yo misma: ¿Será Él? Pero pronto desaparecía y la angustia crecía ¿No sería una temeridad seguir empeñada en el camino? ¿Gritar? Volvía a mí el eco de mi grito, haciéndome temblar hasta en lo más hondo de mi ser. Sólo podía esperar sin parar y a rastras seguía… Y seguía como impulsada por una fuerza que, sin ser mía, estaba en mí. Cuando ya mi alma se iba aligerando del peso y de las cosas que le impedían establecerse en Dios. Él me hizo comprender la inmensa riqueza que entrañaba su amistad íntima y me llevó de asombro en asombro, de gozada en gozada, de entrega en entrega. Ya no reparaba en el dolor, aunque lo sentía. ¡Benditas lágrimas que limpiaron los ojos de mí alma y me hicieron contemplar la mirada dulce, serena y amorosa del Dios amor! Al final, llegó la aurora y un nuevo día amaneció para mí.

El Desposorio

Después de la noche del sentido, viene el desposorio. Dice san Juan de la Cruz: El alma se ha ido purificando, sosegando, fortaleciendo y haciéndose estable para poder recibir la unión, que es el divino desposorio entre el alma y el Hijo de Dios. En ese dichoso día de su desposorio, comunica Dios al alma grandes cosas de Sí, hermoseándola de grandezas y majestad de dones y virtudes y vistiéndola de conocimiento y honra de Dios. En el desposorio, Dios hace al alma grandes mercedes y la visita amorosísimamente muchas veces con grandes favores y deleites. Pero que no tienen que ver con los del matrimonio, porque todos ellos son disposiciones para la unión del matrimonio.

En el desposorio, aunque algunas veces hay visitas del esposo a la esposa y le da dádivas, pero no hay unión de las personas.

El desposorio puede realizarse, igual que el matrimonio, de distintas formas de acuerdo a las características de cada persona y a los deseos de Jesús, que no tiene esquemas fijos y supera cualquier programa prefijado.

Dios es totalmente libre y omnipotente, y su modo de actuar es imprevisible. Lo que sí es cierto es que puede renovar el desposorio varias veces para hacerle desear al alma la llegada del matrimonio, que será la unión definitiva e indisoluble. El desposorio sería, hablando en términos humanos, como un compromiso matrimonial que se puede renovar frecuentemente.

Santa Teresa de Jesús pone como ejemplo de desposorio la unión de dos velas que forman una sola llama, pero que después pueden separarse. En cambio, en el matrimonio espiritual es como si cayera agua del cielo en un río o en el mar y ya no pueden separarse más.

A partir del desposorio, se hacen más frecuentes y más íntimas las visitas de Jesús al alma. Dios le da al alma un amor inmenso por los demás. La hace partícipe de su deseo de salvación universal, haciéndola de un modo extraordinario madre de las almas. Esta maternidad espiritual llegará a su culmen con el matrimonio espiritual. ¡Qué maravillas de intimidad se viven en esos momentos! La esposa busca ansiosamente a su Amado y Jesús la visita con sus regalos de amor. Estos regalos pueden ser, en algunos casos, éxtasis, arrobamientos, vuelos del espíritu, raptos de amor, incendios de amor… Y la esposa se enamora más y más de su esposo, soñando con el día del matrimonio definitivo, que se le ha prometido. Pero antes debe pasar por las oscuras tinieblas de la terrible noche del espíritu.

Una religiosa habla de su desposorio como de un beso de amor trinitario. Dice: El Espíritu Santo me ha hecho saborear el gozo pleno de ser besada por el esposo. Este beso no es sino la fusión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y no sólo con el alma, sino con todos los miembros del cuerpo. Es tanta la unión del amor que todo el ser humano prueba esta felicidad. Este beso del esposo cambia a la esposa en un ser más divino que humano, y el Espíritu Santo la ilumina para comprender que en ella ha sucedido una transformación como sucede con la hostia en el momento de la consagración. Este beso divino diviniza el alma y ella puede decir con san Pablo: “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”.

Este beso de amor se renueva, de vez en cuando, y el alma se llena de inmensa alegría. Es un beso que produce vida divina, es como permanecer y vivir en sociedad y unión con las tres divinas personas. El alma, después del beso de amor, es poseída plenamente por los TRES y recibe la impronta y característica particular de cada uno de los TRES.

Otra religiosa escribía sobre su experiencia en tercera persona: Por la mañana se levantó, va a rezar el oficio y se siente llena de una inmensa alegría. Siente en su corazón algo insólito, diferente, y vibra de amor sintiendo la llamada del esposo, que le dice: “Ven, esposa mía, ven”. Ella invita a sus tres ángeles custodios, que la revistan de la triple vestimenta de María: pureza, humildad y amor. Ruega a los santos predilectos que la acompañen a la comunión. Y siente cercanos a los santos y ángeles al recibir a Jesús de manos de María, como siempre lo hace.

Recibida la comunión, Jesús le presenta el anillo que, después, lo recibe y se lo coloca María Santísima. Y Jesús le dice solemnemente en presencia de la Trinidad: “Tú eres mi esposa para siempre”. El Verbo hecho carne, Jesús, se une al alma fiel. ¡Cuántos abrazos de amor vendrán ahora que es esposa del Rey eterno! Pero este desposorio es el paso previo a la unión transformante del matrimonio espiritual, donde ya no serán dos sino uno solo, pues sus almas se unirán como en una sola esencia. ¡Qué maravillas obra Dios en el alma! ¡Cómo la espiritualiza y diviniza!

Noche del espíritu

Después del desposorio viene la noche del espíritu. En esta noche, el alma ya no queda vacía solamente del apego sensible a las criaturas, sino que queda vaciada de todo lo que no sea Dios en las potencias interiores del alma. En esos momentos de oscuridad, el alma se siente como en un desierto. ¡Pobre alma! Llora de tristeza, como si estuviera perdida en un lago tenebroso donde no puede ni pronunciar el nombre de Jesús. El demonio la ataca, a veces visiblemente con figuras horrendas y con terribles tentaciones. Parece abandonada de la misericordia de Dios y grita desde el fondo de su ser: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? A pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza (Sal 21, 1).

Dice san Juan de la Cruz que el alma padece del entendimiento grandes tinieblas; acerca de la voluntad, grandes sequedades y aprietos; y en la memoria, grave noticia de sus miserias…, no hallando alivio en nada. No se puede encarecer lo que el alma padece en este tiempo, es a saber, muy poco menos que un purgatorio.

Todo es tinieblas alrededor, es como un túnel largo y oscuro, pero lo que más le hace sufrir y llegar hasta el borde de la desesperación es creer que se va a condenar, porque ha sido infiel a las gracias recibidas de Dios y, por eso, Dios la ha abandonado para siempre. Ella lo llama y lo invoca con lágrimas y suspiros. Pero nadie contesta. No puede orar y se cree abandonada de Dios por sus pecados. Esto es un verdadero purgatorio, es como un martirio para el alma.

Al mismo tiempo, le vienen graves enfermedades que la hacen incapaz de buscar con fe y amor a su esposo. Se siente impotente y prueba en lo más hondo la profunda debilidad y nulidad de su ser humano. Son horas y días tremendos en los que el cuerpo queda destrozado y el alma queda a oscuras y vacía. ¡Oh si conociésemos bien el valor santificador y purificador de esta noche espiritual! ¡Si todas las almas conocieran el misterio del dolor que es necesario para llegar a la intimidad con Dios! Pero qué triste que haya almas que, después de haber llegado a estas purificaciones, no pasan adelante por miedo o por falta de una guía segura o de un buen director espiritual. Se asustan y se echan atrás, resignándose a no ser santas y a no llegar al matrimonio prometido por considerarse indignas ¡Cuánto sufre Jesús con este desplante! ¡Cuánto daño para la Iglesia y para el mundo!

La beata Dina Bélanger (1897-1929) nos dice: A partir de julio cayeron sobre mi alma las tinieblas más oscuras. Jesús dormía y no sólo eso, sino que parecía que me rechazaba descontento de mi proceder. Me veía descender al infierno; ¿acaso no era éste el lugar que merecía? Mis obras me parecían imperfectas, pobres, sin valor alguno. Pero mi confianza y abandono crecían en proporción directa con la oscuridad en que me encontraba. ¡Qué gracias me concedía el Señor!

Con frecuencia, le decía: Parece que me rechazas y, precisamente por eso, me escondo todavía más en tu Corazón. Me veo descender al infierno; como Tú quieras Jesús, pero caminemos juntos, porque no podemos separarnos, estando anonadada ante Ti. Allá en el fondo del abismo te amaré, esposo mío. Entonces, ya no será más infierno, porque allí no se puede amar.

Los ataques del demonio eran violentos. Ayer por la noche sentí su presencia a mi lado, a la izquierda, tan realmente como hubiese podido ver la presencia de un ser visible. Al mismo tiempo, sentía su tentación infernal; estaba furibundo y multiplicaba sus acciones diabólicas. Los asaltos eran astutos y fuertes. No tenía miedo escondida en mi celestial retiro, en el Corazón de mi Dios, orando con fervor y confianza. Muchas veces, durante la noche, el ángel de las tinieblas quiso sorprenderme y no es necesario añadir que redoblaba sus sugestiones para impedir mi comunión de la mañana siguiente. El Señor me ha protegido y guardado.

En medio de estas tentaciones infernales y humillantes y de mis reiterados actos de obediencia ciega, sentí un hambre indecible de la Eucaristía. A las cuatro y media de la madrugada, hubiera ido a la capilla, robando la sagrada hostia si hubiera sido posible. ¡Qué felicidad la mía al comulgar! No por la alegría sensible, sino por el amor consumado en Él.

El Corazón eucarístico de Jesús me atrae cada vez más en la hostia. Incluso, cuando paso cerca de la capilla, siento una fuerza irresistible que me invita. Junto al sagrario, experimento un gozo que no sé definir. Cuando el Santísimo Sacramento está expuesto, me siento invadida y como paralizada por este amable Corazón eucarístico. Cuando dejo la capilla, es como arrancarme. Pero no dejo de estar con Él. Todo esto pasa en el Corazón de la Trinidad, inmensamente lejos de la tierra. Jesús quiere que goce con la Eucaristía y sufra a la vez nostalgia, cuando me alejo de ella.

En los momentos difíciles el alma debe seguir confiando. Nunca desconfiar del amor de Dios, de su perdón y de su poder para sacarla de las tinieblas. Dios la mira con amor en su lucha interior y la anima por dentro a seguir caminando por el túnel. No debe dejarse llevar de las opiniones de las criaturas que la consideran “rara o loca” por su deseo de buscar la soledad y oración. Hay que seguir, seguir adelante sin ver el camino. Pero sabiendo que Jesús la ama y la está mirando con amor… hasta que llegue el día en que, purificada en su ser más íntimo y en todas sus potencias interiores, pueda salir de la tempestad y encontrar su alma tranquila y sosegada.

Desde este crudo invierno de la noche del espíritu que puede durar un año o varios años, comenzará la primavera que la llevará en poco tiempo al matrimonio. La palabra de Dios nos dice: Pasó el invierno frío y han cesado las lluvias. Las flores comienzan a brotar en nuestra tierra, llegó el tiempo de la poda, y se oyó la voz de la tórtola, la higuera ya tiene retoños y las viñas despiden aroma. Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven (Cant 2, 11-13). Y san Juan de la cruz dice:

En una noche oscura con ansias en amores inflamada, ¡oh dichosa ventura! salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada.

En la noche dichosa, en secreto, que nadie me veía, ni yo miraba cosa sin otra luz y guía, sino la que en el corazón ardía.

¡Oh noche que guiaste! ¡Oh noche amable más que el alborada! ¡Oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada.

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O como decía Sor Cecilia del Nacimiento: ¡Oh noche cristalina, que juntaste con esa luz hermosa, en unión divina, al esposo y la esposa, haciendo de ambos una misma cosa!

Matrimonio espiritual

Según san Juan de la Cruz es una transformación total en el Amado, en que se entregan ambas partes por total posesión de la una a la otra con cierta consumación de unión de amor, en que está el alma hecha divina y Dios por participación cuanto se puede en esta vida. Este es el más alto grado a que en esta vida se puede llegar… Consumado este matrimonio espiritual entre Dios y el alma, son dos naturalezas en un espíritu y amor.

El alma está como divina, endiosada, pues así como la desposada no pone en otro su amor ni su cuidado ni su obra fuera de su esposo, así el alma ya no tiene ni afectos ni voluntad ni inteligencia de entendimientos ni cuidados ni obra alguna fuera de Dios. Oh cuán dichosa es esta alma que siempre siente estar Dios, descansando y reposando en su seno… Está Él allí de ordinario como dormido en un abrazo con la esposa, en la sustancia de su alma.

Algunos llaman al matrimonio unión transformante y consiste en una unión real e indisoluble entre Dios y el alma. Es una especie de deificación del alma, una fusión espiritual. Jesús y el alma se funden y se pierden en el amor de los TRES como la gota de agua que cae al océano divino. El alma se siente tan unida a su esposo Jesús, y con Él y en Él, a las TRES divinas personas que hay una unión transformante que la deifica y eleva hasta alturas jamás imaginadas.

Por supuesto que en esta etapa hay muchos grados de intensidad, pues un alma que ha llegado al matrimonio espiritual sigue avanzando en el océano de Dios más y más, pues es un océano infinito que nunca lo abarcará totalmente. Por eso, la distancia entre María y cualquier alma que ha llegado a estas alturas será inmensa, pues Ella es la Reina de cielos y tierra por encima de todas las criaturas.

Hay quienes llegan al matrimonio y, al poco tiempo, Dios las lleva consigo. Pero hay muchas otras almas que viven es ese estado de matrimonio durante muchos años. Conozco a una religiosa que ya lleva unos 35 años desde aquella memorable fecha.

El modo de realizar el matrimonio, como ya hemos dicho, es diferente en cada persona. A veces, se realiza con anillo visible o invisible. Normalmente, se realiza después de la comunión en un éxtasis de amor, pero no necesariamente. Siempre está presente María, que es la Madre que presenta a la desposada a su hijo Jesús. Y el matrimonio se realiza por el poder del Espíritu Santo. Además, no olvidemos que es un matrimonio del alma, que se realiza con Jesús y, por medio de Jesús y de su humanidad, también es una unión total con el Padre y el Espíritu Santo, es decir, una unión transformante con toda la Trinidad.

Sor María de san Alberto decía:

Allí la dulce esposa, transformada en su Amado y convertida en Él, vive y reposa y de Él recibe vida, quedando ya la suya consumida

Y ella, elevada a la categoría de Reina, esposa del Rey de Reyes, puede decir con san Juan de la Cruz:

Míos son los cielos y mía la tierra. Míos son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores. Los ángeles son míos y la Madre de Dios es mía y todas las cosas son mías, y el mismo Dios es mío, porque Cristo es mío y todo para mí.

“A este matrimonio sea servido llevar a todos los que invocan su Nombre el dulcísimo Jesús, esposo de las almas fieles”.

Experiencias de Dios

Un día, después de la comunión, Jesús me llevó al seno del Padre. En ese momento, me tomó amorosamente, me besó con amor de esposo, de Padre, de amante, de enamorado. ¡Oh Jesús, hermosura sin igual! Un impulso o fuerza interior me movió a estrechar el crucifijo y besarlo con ternura hasta oír de sus labios estas palabras: “Soy un mendigo de amor y en la humanidad sólo encuentro indiferencia y frialdad. Vengo a ti, esposa mía, para recibir tu amor, tus caricias, tu compañía y, al mismo tiempo, darme a ti, hacerte una misma cosa conmigo, renovar nuestro mutuo amor”.

Fue un éxtasis dulcísimo y me dejó confundida y anonadada. Vivo en ansias de anonadamiento y humildad. Muchas veces, en la oración me veo como un átomo imperceptible dentro de Jesús y con Él en los TRES. Me siento inmensamente feliz y, a veces, participo algo de la felicidad de Dios mismo en las profundidades de su eterna vida.

Siento en mi alma deseos, que no los puedo expresar. A veces, me hacen sufrir. A veces, me hacen gozar. Es un ardor tan intenso, que me impide respirar. Es un dolor…, pero pienso principia mi eternidad. Sin Él no puedo vivir. Me es muy dulce este penar, de Él quisiera morir antes que sin Él quedar. Siento abrasarme por dentro, sé que esto sí es amar. Sólo amar es lo que intento, pero necesito más. Mi corazón no se sacia, sólo Tú puedes colmar, mis deseos y mis ansias de hacia la patria volar. ¿Está aún lejos este encuentro? ¡Cómo lo deseo, Amor! ¡Qué feliz será el momento de encontrarnos Tú y yo! Allá te poseeré por toda la eternidad y tu amor yo cantaré siempre, siempre más y más.

* * * * * * *

El 29 de marzo de 1945 el Señor me manifestó toda su hermosura y yo quedé para siempre plenamente enamorada de Él. Aquel día sentía en el pecho un fuego que me abrasaba y que me empujaba hacia Él. Yo no era yo, era Él en mí. No sé si lo vi con los ojos humanos o con los ojos del alma, lo que sí puedo decir es que su hermosura arrebató mi alma y la dulzura de su mirada y el amor que vi en sus ojos fue tal que hasta ahora es la vida de mi vida. ¡Qué día! No podía separarme del sagrario… ¡Qué dulce fuego!...

Desde ese día, me enamoré locamente de Jesús. Con frecuencia sentía un fuerte dolor en el corazón, que a la vez abrasaba todo mi ser, pero era tal el gozo que no quería quedarme sin Él. Yo lo llamaba dolor de amor… y Él seguía realizando su obra en mí. Él me envolvía, me mimaba y me daba a gustar pequeños sorbos del dulce néctar de la cruz. Sólo el amor era mi guía…

Pero principió la noche del sentido, en la que mi alma no entendía, no sabía, no sentía nada… Pero la noche era tiempo de salvación. No es agradable pasar por la noche del sentido o del espíritu. Pero Él es un esposo de sangre, y sangre con sangre se responde.

Yo quisiera decirles a todas las almas consagradas que no teman al Amor. Él sólo exige amor. ¿Quién no puede dar amor? Él es el Esposo más amante que se pueda desear. Si algún día descubres en tu alma su dulce y penetrante mirada, no podrás olvidarla jamás… Merece la pena seguirle, entregarse hasta las últimas consecuencias, sin regateos, por amor. Acurrúcate bajo el manto de la Mamá, en su Corazón, en su regazo. ¡Te ama tanto! Si tienes miedo, díselo a Ella.

Si sientes cansancio, cuéntaselo. Si te faltan las fuerzas, pídele que te ayude. Si te sientes a oscuras, dile que te alumbre, pues es la Madre de Cristo, Luz del mundo.

Si te sientes poca cosa para ser la esposa de Dios, Trino y Uno, pídele a Ella que te dé la mano de su Hijo y que te ayude para que tu matrimonio con Él sea eterno.

Después de un período de pruebas, sufrimientos e incomprensiones, una noche sentí una fuerte oleada caliente del pecho a los labios y… sangre. Sólo acerté a decirle: ¿Y ahora? Él me contesto: “Sigue subiendo. No temas. Yo estoy contigo. Eres mi esposa de sangre”.

Mi naturaleza se rebelaba, pero en el fondo de mi alma me sentía contenta y lo quería con todo mi ser. Me repetía a mí misma sin cesar: ERES MI ESPOSA DE SANGRE… Estaba al límite de mis fuerzas humanas, con gran cansancio y fatiga, incomprendida y sola. Y Él me repetía: “Sigue subiendo”. ¿Hasta dónde? “Hasta la cruz”. Así se realizó mi desposorio con Jesús, en la cumbre del Calvario, al aire libre. Mis testigos fueron el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El regalo de mi Boda fue la cruz… mi cruz, a la que amo, abrazo y llevo con alegría, pues es de Él, a quien estoy unida de por vida y para siempre.

Mi matrimonio espiritual tuvo lugar el 14 de junio de 1985. Aquel día yo me sentía muy mal, estaba en plena noche del espíritu. Me parecía que Él estaba enojado conmigo y mi corazón se partía de dolor. Como fuera de mí, le dije: “Amor, ¿dónde estas? No puedo vivir más sin Ti. Si por mi culpa me has dejado sola y ya no me quieres, corta mi vida. Sin Ti no quiero nada. Sólo a Ti… Sólo a Ti”.

En un instante, mi alma quedó en paz y envuelta en luz. Me “perdí” y oí estas palabras: “Por la cruz se va a la luz”. Me tomó en sus brazos divinos. Me besó, lo besé y me dijo: “TE AMO”. Yo le respondía: “Tú lo sabes todo, Tú sabes que TE AMO”. Mi corazón ardía. Su mirada era mi delicia. Tomó mi mano y la puso en su Corazón y la suya en el mío. Me volvió a mirar, me besó de nuevo y tomándome en sus brazos me dijo: “Laten al unísono. Ya eres totalmente mía. ERES MI ESPOSA DE SANGRE. Me perteneces, te pertenezco, no lo olvides”.

Todo fue sencillo, íntimo, apasionante, mi corazón quedó herido de amor. ¡Es tan dulce vivir herida por Él! Ahora mi mayor dolor es el saber que el Amor no es amado. Quisiera tener un corazón tan grande como el mundo, amar con el corazón de todos los hombres, amar como Él mismo se ama, abrasarme, consumirme, desaparecer en Él para siempre.

Hoy, en un rato de oración, he sentido viva y claramente en mi alma a mis TRES. Me hundí en mi nada y encontré a mi TODO, repitiendo sin cesar: “Dios mío y todas mis cosas”. Me siento invadida por Él de tal manera que tengo ratos en que no sé si vivo en el destierro o estoy ya en la patria. Con todo, sólo quiero, Jesús mío, lo que Tú quieras, pero abrásame, consúmeme con el fuego de tu amor. Tú sabes el hambre que siento de tu gloria y de tu amor. Quisiera corresponder a tu amor, pero como soy pobre y miserable, te pido que me des tu amor para amarte con tu mismo amor.

La impresión de tu mirada llameante de aquel día, no la puedo olvidar. ¿Recuerdas?

Oh cristalina fuente si en esos tus semblantes plateados formases de repente los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados.

Y tú me respondías: “Ámame por tantos que no quieren ni saber de Mí”. En ese momento, me embargó el llanto y me sentía colmada de tu amor. ¡Qué feliz me sentía! Quiero, Jesús mío, seguirte, aunque sea muy duro el camino. Quiero vivir sufriendo… por amor… por ellos. Quiero decirte como san Ignacio de Antioquía: “Trigo soy de Dios y quiero ser triturada por los dientes de las fieras”. Haz de mí lo que Tú quieras, que a todo diré que Sí (con tu gracia).

Amor mío, te quiero, pero dame el quererte más y más hasta enloquecer de amor por Ti. Tú eres el que diriges mi vida hacia Ti. ¡Qué dulce la muerte, qué dulce el sufrir, qué dulce, Dios mío, por Vos el morir!

Cuando rompas mis cadenas de carne y mi alma se vea libre, entonaré el Tedéum por toda la eternidad. Ya no tendré miedo a pecar por falta de amor, ni tampoco a perderte para siempre. Entonces, te veré, te poseeré, te amaré, como Tú te ves, te posees y amas. ¿Puede haber más dicha? Y todo por una locura de amor sin medida. Mi queridísimo Jesús, Amor mío, Esposo mío, postrada en tierra y con mi pobrísimo corazón palpitando a mil por segundo de emoción, te prometo no pecar jamás deliberadamente, pero con tu ayuda y la de la Mamá sacerdotal. Esto mismo pido para ellos. Son tus ungidos, tus ministros, en los que pones tus tesoros y tu misión sacerdotal. Ellos son los hijos de mi dolor y me siento madre de todos ellos.

¡Cuánto siento el tiempo perdido sin amarte como ahora! Por eso, Madre mía, ayúdame a vivir solamente para Él, ponme bajo la cruz de Jesús para que su sangre caiga a torrentes sobre mi alma.

Puedo decir que muchas veces me siento abrasar, la respiración quema mis labios. ¡Es tan fuerte el fuego de su amor! Hay momentos en que siento una gran necesidad de perderme en Él y me encuentro como dentro de un gran globo de luz, en el que puedo ver y comprender su obra salvadora en mí.

Un día, en la oración, me pareció ver un inmenso mar, de una serenidad total. Las aguas eran tan transparentes que podías contemplar el fondo con toda facilidad. Era Él y mi pobre ser totalmente sumergida en la inmensidad del mar.

Tengo una necesidad inmensa de amar, es algo que no puede contener en el pecho mi pobre corazón, se siente asfixiar, necesita más y más y sólo Él lo puede saciar. Comprendo que esto será en la patria celestial y que ya falta menos; pero, a medida que más me acerco a este fin tan deseado, el deseo aumenta y el camino se me hace más largo. ¡Qué ganas de verle, de fundirme en Él para siempre, de ser eterna alabanza de su gloria!

El otro día, estuve mucho tiempo junto al sagrario. No podía decirle nada, sólo amarlo. Era tal la luz que recibía de su mirada que no podía hablar. El Padre seguía sobre mí su obra creadora. El Hijo me envolvió con su mirada dulce y penetrante, y mostrándome sus cinco llagas, que eran cinco ríos de sangre, me decía: “Báñate, purifícate. Este es mi amor y tu precio”. Y mi alma, loca de amor, se zambullía en ese mar infinito, quedando tan limpia que el Espíritu santificador se reflejaba en ella a su gusto.

El Padre me creó para amarle. El Hijo me redimió para enamorarme y desposarme con Él. El Espíritu Santo me santificó para hacer de mi ser su templo viviente ¡Tengo unas ganas enormes de remontar el vuelo hacia Él! ¡Qué larga es la espera! ¡Ya falta menos! Eternidad… Dios… Infinito… Amor… Plenitud. Y todo para siempre. Veré a María, mi Madre querida, que me ha llevado en sus brazos desde la infancia.

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La beata Dina Bélanger escribía en su Autobiografía: Jesús me dijo el 13 de setiembre de 1928: Una persona no puede acercarse a mi Corazón y no ser feliz, porque soy el origen de la alegría y de la felicidad. Incluso, en los momentos en los que asocio íntimamente a un alma a mi pasión y a mis sufrimientos, puedo cambiar en dulzura todas sus amarguras. La alegría perfecta y constante es la mayor prueba de la unión plena conmigo. Tú me amas sinceramente y soy yo quien actúa. Quiero demostrártelo, reflejando en ti mi alegría divina.

El 5 de agosto de 1927, Jesús me introdujo en una inmensidad infinita, donde la luz era tan viva que, desde entonces, estoy como deslumbrada. Desde ese momento, me sentí unida a cada una de las divinas personas distintamente, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; y al mismo tiempo, perdida y anonadada en la Unidad de Dios.

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La Madre Carmela de la Cruz escribía en tercera persona: Después de dos años de su desposorio, llegó el matrimonio. Vino así. Una mañana del día de Pentecostés se despierta por la mañana con un fervor desacostumbrado, aunque no entiende nada. Durante el rezo de las Horas, se siente inundada de Dios. Reza a sus tres ángeles. La Santísima Virgen se hace presente y la cubre con un velo de humildad, de pureza y amor, mirándola como a una hija predilecta y no la deja sola. El alma pide la ayuda de los santos protectores que se hacen presentes. La Santísima Trinidad se hace presente y el alma se siente abismada en su indignidad ante la santidad divina y pide perdón a Dios de sus pecados. La Madre Santísima le dice que esté silenciosa, porque es un momento solemne y es preciso el silencio. La misma Virgen María se dirige al Padre para que le dé a su Hijo. El Padre mira al Hijo, aunque el Hijo par­ece no estar dispuesto a darse aún. Entonces, la Santísima Virgen le suplica: “Toma por esposa a esta hija mía”. Jesús se acerca y le da la absolución como la da el sacerdote en el confesonario... Termina todo, pero en la tarde se vuelve a renovar la escena y Jesús se acerca y le coloca el anillo místico en el dedo y una corona en la cabeza. Y le dice: “Tú eres mi esposa para siempre” y repite hasta tres veces estas palabras, que como flechas dulcísimas se esculpieron en el corazón de la esposa. Después, Jesús continuó: “De ahora en adelante tu único pensamiento será mi gloria. Tú eres toda mía y no debes ocuparte más que de Mí y de mis intereses, que son la salvación de las almas”.

Mientras Jesús hablaba, fue introducida con Él en el seno de Dios Padre. No se puede expresar lo que sentía, fue como si una gota de agua cayera en el mar, como una chispa que se pierde en el horno encendido. Fue como un vuelo en Dios, después del cual ella se siente perdida en Dios. Y podía decir como san Pablo: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”.

A partir de ese momento, es 1a esposa del rey. Y desde ese día, queda como alejada de las cosas de la tierra y totalmente embriagada de amor celestial. Ha comprendido que Jesús es todo Amor y ella quiere ser para Él toda Amor. Ama a Dios, ama a Jesús, su esposo, ama a la Madre, a sus ángeles custodios, a sus santos protectores y ama a todo el mundo, porque Jesús le ha encendido su corazón con la llama de la caridad. Jesús la ha constituido a partir de ahora en madre de las almas y le encomienda su salvación.

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Desde los primeros días de mi vida religiosa en el convento, la devoción sublime hacia el Dios Trinidad iba aumentando en mi alma. Recibía luces y gracias de las divinas personas. Solamente recogerme en mi interior y ya sentía, sensiblemente, su amorosa presencia en el fondo de mi alma. Dentro de mi ser, se obraban inefables operaciones. Esto me hacía andar sumergida en el abismo de mi nada en donde me perdía y luego levantaba el vuelo hacia las sublimes alturas de la divinidad. Allí me establecía con frecuencia, enajenadísima de todo cuanto pasaba a mi alrededor y padecía mucho, cuando me veía precisada a ocuparme de las cosas de la tierra.

En medio de esta familiaridad con las divinas personas, se me iban las horas del día sin sentir, aunque no podía dedicarme a ello por miedo a ser descubierta de las hermanas. A veces, me veía precisada a salir por unos momentos de la sala de labor o de otros sitios y retirarme a la celda sin testigos oculares. Donde estos divinos impulsos llegaban a su colmo era en las horas de oración y después de recibir a Jesús en la comunión. Pensar simplemente en la inmensidad de Dios, servía para abismarme por completo en la divinidad, de tal manera que me pasaba las horas de oración, de rodillas, sin sentir.

El amor divino me hería como si me atravesara con un rayo de fuego. Experimentaba un doloroso y, al mismo tiempo, amoroso martirio que no quería que terminase. Deseaba yo vivir crucificada para identificarme con mi Dios. Sólo anhelaba darle gloria a cualquier precio que fuera y, para ello, estaba dispuesta a renunciar a toda clase de consuelos.

Estando un día en la oración de la tarde, sentí un dolor intensísimo de mis pecados y este dolor aumentaba a medida que iba creciendo el conocimiento de la grandeza y santidad infinitas de Dios. Llegó un momento en que noté que el divino Espíritu recorría todo mi interior y me arrebató el alma con tal fuerza que sentí como si me hiciesen una herida de fuego. Con ese fuego, consumía todas las manchas que afeaban mi alma y la dejaba limpia y resplandeciente como antes de pecar. No me explico cómo he podido resistir estos torrentes de amor. Son torrentes de fuego que abrasan y no consumen.

Mi amante divino me hacía frecuentes visitas. Se me presentaba de mil maneras y en el momento en que menos lo esperaba. No sólo me visitaba y me regalaba en la oración, sino también en el trabajo y en el recreo, así como en las noches cuando me despertaba del sueño. Y lo hacía con señal sensible de llamada y me veía obligada a pasar algunos ratos en su compañía. Me hacía comprender lo mucho que se le ofendía con el pecado en las horas de la noche.

A veces, en estas visitas, me daba la impresión de tocarle con mis manos. En Él, al igual que en mí, su prometida, sólo había un ansia: juntarnos para ir ultimando los detalles y amueblando la casa. Él, el amante, y la Madre me iban embelleciendo, enriqueciendo y adornando con su gracia divina. Después de todos estos incendios de amor, comencé a sentir que mi alma era arrebatada y colocada allá en la eternidad antes de la Creación. No sé decir cómo se obró en mí esta gracia especial, pues fue un favor del todo divino, puramente sobrenatural, que para mí no tiene explicación.

Sin saber cómo notaba que mi alma atravesaba los siglos y la colocaban en el abismo de la eternidad. La divina esencia se extendía en la inmensidad del espacio, que todavía no era creado. Anonadada hasta el polvo, contemplaba a mi Dios Padre y Él se me descubría como el principio fontal, no ya sólo de las cosas sino de su Verbo y del Espíritu Santo; aunque el Padre no existió antes que estas divinas personas. Mi gozo era indecible al ver que el Padre celestial no era engendrado por nadie: existía por sí mismo. Otras veces, me sentía adherida a su divino ser y Él extendía sobre mí su potencia generatriz para que el Verbo, el Hijo del Padre, fuera también engendrado en mi alma de manera afectiva.

Ante estas finezas, experimentaba gran confusión y vergüenza; acudía a mi Madre querida y a los santos y ángeles, pero todavía no habían sido creados y así me encontraba yo sola. Frente a frente a la adorable Trinidad, sumergida en Ella misma. ¿Cómo Dios no temería que su hijita profanase sus tesoros?

El conocimiento del ser divino, su grandeza, su pureza, su santidad me hacían por este tiempo cercano al desposorio, penetrar en el abismo de mi nada y pequeñez de tal manera que me sentía sin fuerzas para acercarme a recibir a mi Dios Eucaristía; pero, por otro lado, era tal la atracción que veía en Él que mi alma deseaba abandonar el cuerpo para sumergirse en ese océano de Amor, de Luz, de Belleza y de Verdad.

A veces, mi alma participaba del tedio, amargura y desamparo, padeciendo lo indecible. Me consumía una tristeza mortal. Pero, con estos sufrimientos, mi Padre celestial me preparaba con amor y dolor para el solemne desposorio que se avecinaba.

Fue un período largo de vida interior, llena de fervor y de haber pasado por las purificaciones del sentido y por toda clase de pruebas y sufrimientos por parte de Dios, de las criaturas, del demonio, de todos los elementos y de haberme dejado hecha pedazos bajo los duros golpes que me llevaron a la muerte mística. Y también después de tantos y tantos consuelos y gozos, visitas del Amado... Por fin llegó el día imborrable para mí.

Habiendo sido engalanada por mi querida Madre, llegaron las siete de la tarde de aquel día inolvidable. En la oración de le tarde se me representaron las TRES divinas personas. Sin saber por qué, me fijé con predilección en el Espíritu Santo. En Él había una belleza, un encanto y un no sé qué tan arrobador que quedé locamente arrebatada y prendada de Él. Deseaba poseerle y se lo pedí a Dios Padre. Me había enamorado ciegamente de Él y me resultaba imposible vivir sin su posesión. Llegué a tal punto de enamoramiento que deseé celebrar con Él el místico desposorio. Sin duda que en esto era Él mismo el que me impulsaba y yo no reparaba en mi indignidad para concebir tales deseos. No era dueña de mí y sólo hacía responder al llamamiento misterioso.

Así pasé dos o tres días hasta que ya se hicieron mis ansias irresistibles. En la oración de la mañana, estaba inundada de gozo, pero no pensaba ciertamente en ninguna cosa especial, pues me creía indigna, pero sí sentía ansias de correr y postrarme a los pies de mi Amado. Supliqué al Padre que se compadeciera de mí y me lo entregara, pues ya no podía vivir sin su posesión absoluta. Esta misma petición se la hacía al Verbo y al mismo divino Espíritu consolador; que me había herido tan profundamente con su hermosura.

Aquí me dijo Dios Padre: “La Esposa tiene que ser semejante al esposo y por lo tanto ha de tener las cualidades que agraden al esposo y tú, hija mía, ¿qué tienes? ¿Cómo te atreves a tanto?” Corrida me quedé y llena de confusión. Y, entonces, mi Jesús se me dejó sentir sensiblemente y se me entregó como herencia eterna para que yo lo presente y ofrezca a Dios, su Padre celestial, como único tesoro de que dispongo. ¡Cuánto agrada cada día esta ofrenda a su divino Padre! En ese mismo momento, se efectuó nuestro feliz y eterno desposorio.

No hubo señales externas de anillos ni nada especial. Mi alma se vio envuelta en una luz intensa y tan superior a mis fuerzas que me deslumbró del todo. Sentí que me arrebataban el alma sin saber quién ni a dónde me llevaban. No estaba ya en este mundo y los sentidos los tenía perdidos completamente. Delante de mí, vi una inmensa claridad como nunca había visto y comprendí que era el seno del Padre. Era el mismo Padre celestial el que me llamaba y me introducía en aquella luz de su seno inmaculado. Allí me esperaba Jesús, el esposo. Lo vi dentro del Padre, era como de unos 30 años, hermosísimo. Mi alma, saliendo del cuerpo, lo sentí sensiblemente, se introdujo en aquel pecho de mi Cristo Amado. Los dos quedamos unificados y oí las palabras del Padre: “Hija mía, te quiero fiel, sólo así me darás gloria y no me veré obligado a arrojarte de este lugar, donde te he colocado hoy. Aquí vivirás mi misma vida y será para siempre. Seguirás en 1a tierra, pero tu espíritu se encontrará en lo divino, lejos, muy lejos de la tierra, saboreando las delicias del Amor. Vivirás en mi Seno”.

Un fuego divino reposaba sobre la cabeza del Verbo divino humanado y comprendí ser el Espíritu Santo. Se me dio también un conocimiento profundo del misterio de la Trinidad adorable. La Madre de mi alma nos cubrió a los dos desposados con su manto. Desde ese momento, una vida nueva se apoderó de mí. La vida del Amor ¡La vida de Dios¡

Dios me pedía fidelidad a toda prueba, aun en las cosas mínimas. El esposo lo quería todo, sólo y únicamente para Él. Yo ponía todo mi esmero en serle fiel y seguirle, no sólo en los consuelos, sino también en las espinas y dolores del Calvario. Y vino la noche del espíritu. Una de las etapas más difíciles y duras de mi vida. Había días que parecía sucumbir. De la noche a la mañana, un peso aplastante cayó sobre mí. De continuo me asaltaban temores, el demonio me asaltaba por todas partes. Yo no podía comprender todo esto y desconcertada me metí en un mar de amarguras y terribles tormentas como si estuviera en el infierno. Todo ello producido por la mucha luz y las gracias que había recibido. E1 sol brillaba demasiado y mis ojos tan débiles no podían resistirlo. Era necesaria una purificación más fuerte. Me horrorizaba de verme tan sucia como si fuera una molécula infame, que serpenteando hubiera levantado la cabeza hacia mi Supremo Hacedor de infinita grandeza. Recuerdo no poder quitar de mi vista la negrura, la fealdad, el pecado y la miseria horrible que me distanciaba y alejaba de Él. Y me creía haberle perdido para siempre. Era un temor en extremo doloroso y, a veces, me ponía al borde del abismo. Creía desesperarme. Entonces, acudía a mi Madre. En ocasiones tampoco la encontraba. Lo más doloroso era amar sin saberme correspondida.

Y Él callaba. Terrible en extremo me resultaba este martirio de creer que Dios no me amaba y sí me aborrecía para siempre, eternamente. ¡Pobre de mí¡ Después de haberme regalado tanto, después de habernos prometido fidelidad los dos, ahora... me deja, huye de mí y me mete en tinieblas e incertidumbres, más densas de las que había pasado en la noche del sentido.

¡Qué pena! Me veía privada del sentido y gusto de las cosas espirituales. Me había quitado el gusto de la contemplación mística. Sentía en mí misma los atroces tormentos que causa la pena de daño a las benditas almas del purgatorio e, incluso, a las condenadas del infierno. Lloraba una y mil veces la pérdida de mi Dios, el único que me llenaba en esta vida y al cual creía que había perdido para siempre. Ante mis ojos, no veía otra cosa que el infierno abierto para tragarme. Estaba totalmente convencida de que lo tenía bien merecido por mi vida de pecado que, ante mis ojos, aparecía como nunca de negra. Hubiera preferido sufrir los martirios más atroces, antes de verme privada de mi Dios, de mi Dueño. Me resultaba imposible vivir sin Él. Pero, de vez en cuando, me animaba y confortaba con minutos de cielo y llamaradas de incendios divinos que, a la vez que me herían y dejaban perdida en dulzuras divinas, me sostenían en el atroz martirio de amor en el que cada vez era introducida con mayor intensidad.

Con estos golpes, el alma, se iba endiosando y disponiendo para la unión con las divinas personas. Con frecuencia, creía que mentía al confesor y que todo había sido mentira en mi vida. Así aumentaba grandemente mi pena, alejándome, en alguna oportunidad de la comunión; pero el día que no comulgaba, era el que peor lo pasaba. Parecía que el infierno se había abierto para tragarme. Eran momentos de verdadera angustia en los que mi alma, abrumada de pena, sentía sobre sí todo el peso de Dios, que me la dejaba hecha trizas. ¡Oh, pensaba, si mi vida de mentira desapareciera de mi vista! ¿Cómo podré agradar a Dios a quien tanto he ofendido? Impulsada por el demonio, estuve a veces al borde de la desesperación; pero, pesar de todo, seguía resignada a la voluntad de Dios.

Una de tantas veces, me acerqué al confesor en un supremo esfuerzo de humildad y quise convencerlo de que todo lo que le había manifestado de mi vida había sido mentira. Me escuchó con paciencia y dijo con autoridad: Te ordeno y te mando en nombre de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo creer en mi palabra como crees en el Evangelio que es Palabra de Dios.

Esta decisión del confesor de que no eran mentiras y la profunda fe que le tenía con el amor a la obediencia, me hizo salir del confesonario contenta, regenerada y resignada a sufrir todas las tribulaciones y la ausencia de mi Dios en esta vida, si con eso le podía dar más gloria y salvar más almas. Fue como un oasis en medio del desierto y, por unos momentos, se calmó la tempestad.

En los períodos de paz, como un descanso en el camino, recobraba la seguridad absoluta de que los favores recibidos no eran fingimiento ni obra del demonio, sino sólo y únicamente misericordias del Señor. Cierto que aún en 1as horas de más ofuscación y oscurecimiento, allá en el fondo de mi espíritu había un algo que me aseguraba y decía ser gracias de Dios, pero este algo que sentía no lo escuchaba; ya que me parecía que así no llegaría jamás a estar tranquila y prefería un camino ordinario que no me obligase a dar cuenta a los sacerdotes ni a llamar la atención de las criaturas.

En esta época, mi oración consistía en abandonarme absolutamente en las manos providentes de mi Padre Dios. Veía a Dios, aunque a oscuras, y lo sentía muy cerquita de mí de tal manera que no podía dudar. En ocasiones, esto me servía de mayor tormento. Era un gozar y un penar a la vez. A medida que me daba tormentos, me hacía entrar en la posesión de sus regalos eternos, reservados para los que Él ama con predilección.

En esta etapa de la noche del espíritu, sufrí tentaciones terribles y furiosos ataques del demonio que me llevaban hasta perder el sueño y el apetito. Mis fuerzas morales y físicas se decaían por completo. Mi alma no sentía gusto en nada y me encontraba sin energías y sin ganas de nada, solo suspiraba noche y día por el Amado de mi alma, que tan fuertemente me hería.

Me daba la impresión de estar metida en un pozo profundo o túnel. Y yo procuraba unirme con todos mis fuerzas a la voluntad de Dios, que así lo quería, y lo ofrecía para su gloria y mayor servicio, Mi continua aspiración era unirme al divino querer. Y, al igual que el hierro se deja penetrar por el fuego, así en ese fuego divino procuraba arrojar todos mis pecados, ingratitudes y miserias. Buscaba hacer en todo la voluntad de Dios y me acogía fuertemente a mi querida Madre.

Fue en este tiempo, cuando se me permitió hacer los votos de muerte mística y de obrar siempre lo más perfecto sin obligación alguna de pecado. Sólo me obligué a hacer alguna penitencia o reparación por las faltas que cometiera. Y esto me obligaba a entregarme con más fuerza al amor.

Mis principales tentaciones eran el desaliento, el temor de condenarme, que no pocas veces rayaba en la desesperación, tentaciones contra la fe, contra la pureza, incluso, de palabras feas, de palabras poco decentes que se me venían sin quererlas y sin llegar a pronunciarlas, aunque me quedaba la impresión terrible de haberlas pronunciado. No faltaban tampoco las tentaciones contra 1a dirección, aunque no consentí lo más mínimo. En ocasiones, sentía la presencia sensible del demonio. Sin el auxilio maternal de mi querida Madre del cielo, no habría podido resistir. Ella me guardaba dentro de su inmaculado Corazón.

En algunas oportunidades, sentía la presencia sensible del demonio, incluso de varios. Me cercaban por todas partes y me sobrecogía un pavor mortal. Visiblemente se me manifestaba en figuras horrendas. Unas veces, en forma de animalitos o bichitos, que pretendían acercarse a mí. Por dos veces permitió Dios que mi alma sintiese su presencia fuera y, al mismo tiempo dentro de mí. El influjo de Satanás fue de tal manera que, al sentirme estrechada por semejante fuerza interior, me encontré como en un estado poco normal. Recuerdo haberle llamado en mi ayuda una o dos veces; el mismo diablo me obligaba a ello y ponía en mi boca palabras poco decentes y me incitaba a blasfemar. Todo esto torturaba mi alma grandemente. No había perdido la razón y me daba cuenta de ello perfectamente. No recuerdo haber consentido nada. Mi Dios y mi Madre me cuidaron.

El diablo me movía, a veces, sin yo querer a hacer el mal. Al estar así sugestionada por el diablo, parecía querer hacer el mal, pero interiormente lo rechazaba con todas mis fuerzas. Todo esto torturaba mi corazón al encontrarme en perfecto equilibrio, pero dudaba de si había o no consentido en ofender a mi Dios. Y tenía un gran temor hasta que encontraba a alguien que me aseguraba de no haber pecado.

En este tiempo, pronunciaba mucho los nombres de Jesús y María, y usaba agua bendita. Siempre solía llevar un frasquito conmigo y hacía frecuentemente la señal de la cruz. Y con gran confianza, como una niña pequeñita, me colgaba y apretaba fuertemente de1 cuello de mi Padre Dios y de mi Madre Santísima.

Como diría san Juan de la Cruz:

En una noche oscura con ansias en amores inflamada ¡oh dichosa ventura! salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada.

La noche del espíritu fue el último retoque y filigrana de preparación al ENLACE que se aproximaba y que sería para siempre. Para ello era preciso el despojo absoluto y renovarse hasta las profundidades del espíritu pare revestirse del hombre nuevo. Después de la celebración del místico desposorio con Cristo, me encontraba en una contemplación que era sabiduría secreta en lo escondido.

Me parecía imposible que pudiese haber en esta vida otro matiz superior de elevación en el trato con las divinas personas ni mayor grado de perfección en el obrar. Pero no era así. El desposorio espiritual era como el billete de entrada en el abismo de la misericordia, grandeza y santidad de mis TRES. Sería el prólogo de esa página sublime que se iba a escribir en mi alma y en todo mi ser a partir de aquella dichosa y feliz fecha, imborrable, del matrimonio espiritual.

Purificada hasta el fondo según el querer y los amorosos designios de mi Dios, limpia la inteligencia en el recogimiento, limpia y purificada la voluntad, limpias todas mis potencias y sentidos en la plena unión, estaba lista ya la prometida para las bodas místicas.

El desposorio había procurado a mi alma un contacto con Cristo y el Espíritu Santo. Fue como una dulce entrevista que había sido ocasión de querernos más los dos y llegar al conocimiento mutuo. Mi alma se sentía transportada y arrebatada. A lo largo de la dolorosa etapa de purificación de la noche del espíritu, nos hemos buscado recíprocamente con pureza y ardorosos amores, que han terminado en el don perfecto y mutuo del matrimonio espiritual.

Aquel día del matrimonio, mi vida era una verdadera lástima. A eso de las seis de la mañana, desperté, me levanté y quise adorar a mis TRES, pero ni los sentía ni me sentía atraída. Sentía más bien repugnancia a todo lo que era Dios. Por otra parte, quería encontrarlo y lo buscaba con todo el amor de mi alma. Hacía todas las penitencias que se me permitían y deseaba vivir en donde nadie me viese, abandonada de todos y de todo. Todo el día lo pasé en angustia.

Por la tarde, me retiré a la oración y, cuando menos lo esperaba, me sorprendió la amorosa presencia de mis TRES. Todo fue quedarme de rodillas y, sin darme cuenta de que estaba rezando, me perdí. El Dios uno y trino, mi Dios Trinidad, se me hizo presente fuera de mí a una altura de dos metros en una luz envuelta en nubes o algo así. Y vino la unión. Todo se realizó en intensa paz y gran unidad interior. Sentí el toque íntimo y profundo de ellos. Un extraordinario llamamiento a la Santidad. Algo que me unía estrechamente y me elevaba a la divinidad. Algo tan sublime que nunca en mi vida había sentido.

Todo esto se realizó en un segundo y, al momento, me sentí elevada y me quedé hecha con Él una sola cosa. Fue un llamamiento que se realizó dentro de mi alma, en su misma esencia, donde fue consumada la unión matrimonial. Pero he de decir que, primero, lo sentí fuera de mí, es decir, venía de lo alto, lo distinguía perfectamente como si Ellos, los TRES, me llamaran desde la altura, donde se mostraban a la vez. Dios uno y trino, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, descendieron del cielo, de lo alto, para comunicarse a mi alma, que se sentía atraída hacia ellos. Al mismo tiempo, ellos descendían hacia mí y tomaban posesión de mi ser, comunicándome su misma vida.

Ellos cayeron amorosamente sobre mi alma y se me entregaron en unión matrimonial en inefable abrazo de amor. Y una voz dulce me decía: “Mis cosas son tuyas y tus cosas son mías”. En el mismo centro de mi alma, los TRES se me mostraban como una luz sobrenatural tan clara y distinta, en visión intelectual, que en lo sucesivo no se ha apartado de mí esta vista amorosísima y suave de mis TRES, con los que vivo de continuo enamorada locamente; incluso, en 1as ocupaciones que más atención requieren o en mis atenciones a las hermanas, cuando el deber o la caridad lo exigen.

En el matrimonio espiritual no fue solamente unión como en otras ocasiones anteriores. Hubo fusión. Y en esta fusión de vidas me quedó la distinción de personas. Al entregárseme las divinas personas, sentí un algo en mi alma y en todo mi ser, como si grabasen en mí estas sublimes palabras: Amor, santidad, divinización, repetidas tres veces.

Cuando desperté del profundo y dulce sueño, mi vida había cambiado totalmente, era muy superior a la que antes tenía. Me daba la impresión de estar muy distante de la tierra y de las criaturas. Me parecía carecer de cuerpo y hasta hallarme siempre en su gracia ¡Qué grandes prodigios obra Dios en las almas!

Ahora, solamente con dirigir la mirada al interior de mí misma, ya me hallo en la presencia viva y radiante de las tres divinas personas. Me parece imposible poder llevar en este mundo miserable este género de vida. Mi alma se halla absorta, gozando de una gloria anticipada. Todo me parece poco con tal de manifestarles mi amor a ellos. Dios me posee y yo lo poseo. Dios es todo para mí.

Una de las certezas que me dejó esta experiencia fue un claro conocimiento y una absoluta certeza de la permanente morada de Dios en mi alma. Sí, su morada en lo íntimo de mi ser. Dios se hizo el centro de mi ser y de mi vida y lo siento dentro de mí habitualmente y, al mismo tiempo, yo me encuentro sumergida en las profundidades de su ser, de su esencia divina. Continuamente me siento llagada, son llagas con sabor a vida eterna por la gran alegría que me proporcionan en el alma y por el sufrimiento que en ella me despiertan. Una de estas llagas es la de fecundidad. Querer comunicar la vida divina a las almas.

Desde ese día del matrimonio espiritual, ya no se ha vuelto a ocultar Jesús. Sólo alguna vez se queda como velado. Ahora me encuentro segura de su posesión: “Yo soy tuya y tu eres mío”. Así me decía una voz tranquila, suave y dulcísima­. En lo profundo de mí misma, siento paz y me siento protegida, con un no sé qué que a vida eterna sabe. A veces, Dios se ha manifestado a mi alma y he gustado el beso de su paz ¡Cómo gustaba y gozaba de este amoroso beso!

Apetecía la soledad de mi celda y a ella me retiraba en las horas libres, después de haber cumplido con mis obligaciones. Al igual que el pez en el agua, así estaba yo en la soledad. Todo lo veía lleno de Dios y Él me acompañaba a todas partes. Por eso, en ocasiones tenía que violentarme en presencia de las hermanas en el recreo o en el cumplimiento de mis deberes.

Gozaba de continuo de la visión de la divinidad. La música, el canto de las avecillas, el murmullo de las aguas, todo me elevaba y comprometía. Sentarme en la huerta y contemplar la naturaleza me era de gran placer y devoción. Las horas del coro eran de gran delicia, a la vez que un compromiso por encontrarme en compañía de la Comunidad y no poder dejar dilatarse mi pobre corazón.

Ahora mi oficio único y principal es el amor."Amar es mi ejercicio". Velar por los intereses del reino de mi Dios, como esposa fiel. Sin cuidarme de mí, arrojando en ellos todos mis cuidados. Mi ocupación ha sido conocerlos más y más en las profundidades del ser infinito, en sus divinos atributos, dejándome deificar, divinizar y transformar más y más en ellos por el amor. Las relaciones de Dios con mi alma son relaciones purísimas y únicas, de una fidelidad como de esposos. La pobre aldeana y pecadora ha sido llamada e introducida en el palacio del Rey. Ellos han hecho ese palacio en mi corazón y en todo mi ser. Soy templo de la Beatísima Trinidad, morada de mis TRES.

Después de mi matrimonio espiritual, mi cuerpo, mis intereses personales, mi salud, toda mi vida estaba abandonada a la amorosa providencia de los TRES. Nada me preocupaba: ni mi salud ni mi fama. Todas las mañanas me colocaba en el altar y vertía en el cáliz mi gotita diminuta de agua para que unida al vino, se convirtiese en sangre de Cristo. Vivía en una ofrenda permanente. Quería amar a todos sin excepción. Sólo quería darme y darme sin medida. Sentía grandes ansias de ser muy fecunda en santidad y en almas nuevas convertidas y salvadas, pues todo lo de mi esposo era mío y todo lo mío era suyo. Unas veces, me unía en especial a una persona divina y otras a otra; en ocasiones a los TRES o a la Madre Inmaculada, según el mismo Espíritu Santo me guiaba.

Unas veces, me unía estrechamente al Verbo y con Él me unía al Padre y al Espíritu Santo. Con Él y desde Él, amaba y glorificaba al Padre y al Espíritu Santo. Otras veces, unida al Padre, amaba y glorificaba con Él al Verbo y al Espíritu Santo. Otras, me unía al Espíritu Santo para glorificar al Padre y al Verbo. También me unía a la Madre de mi alma y, con ella, glorificaba y amaba a los TRES. Ésta era mi vida: glorificar, amar, servir, atender a mi esposo y a mis TRES, viviendo como si ya estuviera en la eternidad y, desde allí, viera pasar las cosas y las criaturas.

Un día, hice un barrido de algunas cositas de mi celda como libros, fotos. Lo rifé todo en el recreo para pasar un buen rato con las hermanas y estar desprendida de todo hasta lo mas mínimo. Me movía al soplo del Espíritu y se me exigía santidad por mis queridos sacerdotes, a los cuales el Señor me confió como hijos. Cada día me iba adentrando más en el silencio de Dios. Me parecía ser como una cuarta persona de la Trinidad; en el Hijo recibía el ser y el amor del Padre, y en el Padre recibía, el amor y la redención del Hijo; y en todo obraba a impulsos del Espíritu Santo, unida con María. El mismo Espíritu y amor nos unía a los cinco.

Como gotita de agua diluida en el océano de la divinidad, seguía navegando mar adentro en la esencia de Dios y así aprendí que la eternidad de Dios, no es “no tener principio ni fin", aunque no lo tenga, sino que es un sencillo vivir presente, siempre... Eterno es el Padre, eterno es el Hijo y eterno es el Espíritu Santo en un eterno vivir presente. El Padre no es antes que el Hijo ni que el Espíritu Santo, sino una presente eternidad, vida de los TRES. El Padre dice al Hijo: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy”. El Padre es padre per ser el principio fontal; no engendró al Hijo de una vez para siempre, sino que, en un eterno presente, lo sigue engendrando por vía de conocimiento. El Hijo, igual al Padre, lo está conociendo y recibiendo de Él el ser Hijo. “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiera revelar”. Comprendí también, en un arrebato de amor, que el Hijo agota y abarca todo el conocimiento del Padre. Y el Hijo amado devuelve al Padre todo cuanto de Él recibe: el ser, las perfecciones infinitas… y los dos tienen el mismo Espíritu que se dan y se reciben recíprocamente, dándose el ser.

Ahora mi alma se va ensanchando y dilatando en su capacidad de amar. Dios se me presenta siempre con gran paz. Él es Paz, Silencio eterno, Inmutabilidad, Eternidad. Nada inquieta el silencio de mi espíritu. En el fondo de mi alma, hallo un remanso de paz, de confianza, de abandono y amor.

Agradezco a María, que fue la encargada de preparar las bodas y de hacerlas realidad. Ella ha estado siempre presente en todas mis cosas. Gracias, Madre.

Voto de lo más perfecto

Mi santa Trinidad, mi único bien y mi todo. Yo N.N., aquí en vuestra presencia, para mejor responder a vuestra voluntad y deseos, me obligo con voto a obrar siempre lo más perfecto. Me entrego a mí misma a vuestro divino querer y deseo ser en todo semejante a mi Señor Jesucristo y con Él ser hostia por la santa Iglesia y por las almas, especialmente por las de mis queridos sacerdotes.

Este voto ha de consistir principalmente en la obediencia a Dios, a mis reglas y Superiores, y en el cumplimiento fiel y exacto de los deberes propios de mi estado, procurando descubrir siempre y realizar con fidelidad el maravilloso plan de Dios. También consiste en no permitirme voluntariamente ningún pensamiento inútil y evitar cualquier distracción. También supone crucificar mi propia voluntad, mis gustos y mis deseos en todo.

Y en las dudas sobre lo que sea más perfecto, obraré con entera libertad, entre dos extremos moralmente buenos, buscando siempre lo mejor. Así, si la omisión de una obra es menos perfecta que el hacerla, aunque sólo se trate de dar buen ejemplo, tendré obligación de ejecutarla. Por otra parte, siempre procuraré sonreír a mis TRES, aunque me tengan en cruz.

A ejemplo de mi querida Madre y bajo su amparo maternal, cumpliré mi deber obrando con perfección en todo, especialmente en lo más pequeño. Me comprometo con este voto a vivir alejada por completo del mal, viviendo una vida pura, dejando mis cuidados en Dios y sin que nada de la tierra me afecte. No es mi intención obligarme a pecado con este voto, pero sí a hacer muchos actos de amor y reparación por cualquier falta que cometa y a dar cuenta de ello a mi director. Renovaré este voto todos los días con nueva decisión y amor, pero con entera libertad de suspenderlo, si me lo indica mi padre espiritual.

Mi santa Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, aceptad y bendecid estos deseos y obligaciones que me impongo para vuestra gloria, para santificación de todas las almas consagradas y sacerdotales y para el bien de toda la Iglesia y de mi propia santificación.

Elevación a la Trinidad

¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme totalmente de mí para establecerme en Ti, inmóvil y serena, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de Ti, mi Dios inmutable, sino que cada momento me sumerja más adentro en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma, haz en ella tu cielo, tu morada más querida y el lugar de tu descanso. Que nunca te deje solo allí, sino que esté por entero allí con­tigo, bien alerta mi fe, en total ado­ración y completamente entregada a tu acción creadora.

¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor! Quisiera ser esposa para tu Corazón; quisiera cubrirte de gloria; quisiera amarte... ¡hasta morir de amor!

Pero conozco mi impotencia y te pido que me revistas de ti mismo, que identifiques mi alma con todos los sentimientos de tu alma, que me sumerjas en Ti, que me invadas, que ocupes Tú mi lugar, para que mi vida no sea más que una irradiación de tu Vida. Ven a mí como Adora­dor, como Reparador y como Salva­dor.

¡Oh Verbo eterno, palabra de mi Dios! Quiero pasar mi vida escuchándote, quiero ser toda oídos a tu enseñanza para aprenderlo todo de Ti. Y luego, en medio de todas las noches, de todos los vacíos y de todas mis impotencias, quiero vivir con los ojos siempre clavados en Ti y permanecer bajo tu inmensa luz.

¡Oh mi Astro querido! Fascíname de tal manera, que ya nunca pueda salir de tu irradiación divina. ¡Oh Fuego devorador, Espíritu de Amor! Ven a mí para que se produzca en mi alma una especie de encarnación del Verbo: que yo sea para Él una humanidad suplementaria en la que Él pueda renovar todo su misterio.

Y Tú ¡oh Padre!, inclínate sobre esta pobre criatura tuya, cúbrela con tu sombra, y no veas en ella más que a tu Hijo el amado, en quien has puesto todas tus complacencias.

¡Oh mis Tres, mi todo, mi eterna Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad donde me pierdo!, yo me entrego a Ti como víctima. Escóndete en mí para que yo me esconda en Ti, hasta que vaya a contemplar en tu luz el abismo de tus grandezas.

(Beata Isabel de la Trinidad)

CONCLUSIÓN

Después de haber visto muchas experiencias místicas sobre el desposorio y matrimonio espiritual podemos decir que Dios es Amor. Ciertamente, el amor de Dios envuelve y empapa toda nuestra existencia. Por eso, el sentido de nuestra vida está en amar y ser amados. Ahora bien, cuanto más avanzamos en el camino de la santidad, más vivimos y entendemos que el amor de Dios es trinitario.

Dios es uno y trino y los tres unidos nos aman y están presentes en nuestra alma. Cuando un alma se une en matrimonio espiritual a Dios, lo hace en Jesús por el Espíritu Santo. Es decir, es un matrimonio con los TRES por medio de la humanidad de Jesús. Jesús, el hombre-Dios, es el puente para llegar a la plenitud del amor en la Trinidad. Y en todo el proceso, María, nuestra Madre, está presente como colaboradora y animadora de la unión del alma con Dios.

De todo esto podemos concluir la importancia inmensa que tiene la Eucaristía en nuestra vida espiritual, para llegar a la plenitud del amor trinitario. En la Eucaristía está realmente presente Jesús como hombre y como Dios. En Él debemos centrar nuestra vida para llegar al Padre con la ayuda del Espíritu Santo. También es importante el amor a María, que nos lleva a amar más y más a Jesús.

El Espíritu Santo es parte indispensable de toda santificación, porque es el santificador; y el Padre es la fuente y fin de toda vida y de todo amor. Por eso, la unión transformante con Jesús es, a la vez, con el Padre y el Espíritu Santo. Es, como dicen algunos místicos, llegar a ser UNO con la Trinidad, es como transformarse en la Trinidad; es, de alguna manera, como trinificarse, hacerse UNO con ella.

Por ello, amemos cada día más a Dios, uno y trino, y tengamos una profunda gratitud al Espíritu Santo, viviendo intensamente el amor a Jesús Eucaristía y a María, nuestra Madre para que lleguemos un día a la plenitud del amor en el matrimonio espiritual.

Éste es mi mejor deseo para cada uno y, en especial, para las almas consagradas. Que Dios te bendiga y te haga santo.

Tu hermano y amigo desde Perú. P. Ángel Peña O.A.R. Agustino Recoleto

BIBLIOGRAFÍA

Amato Angelo, María y la Trinidad, Ed. Secretariado trinitario, Salamanca, 1999. Beata Dina Bélanger, Autobiografia, Ed. Religiosas de Jesús-María, Barcelona, 1993. Beata Isabel de la Santísima Trinidad, Obras completas, Ed. Monte Carmelo, Burgos, 1995. Bernadot, De la Eucaristía a la Trinidad, Imprenta Caritas, Córdoba (Argentina), 1996. Carmela della Croce, Il giardino dell'anima inabitata, Milano, 1992. Carmela della Croce, Nei Vertice dei tre, Milano, 1989. Cantalamessa Raniero, Contemplando la Trinidad, Ed. Monte Carmelo, Burgos, 2004. Fazzari Jorge, Meditaciones sobre la Trinidad, Ed. Claretiana, Buenos Aires, 2005. González Marcelo, La Trinidad: un nuevo nombre para Dios, Ed. Paulinas, Buenos Aires, 2000. Philipon, La Trinidad en mi vida, Imprenta Caritas, Córdoba (Argentina), 1997. Santa Faustina kowalska, Diario, Ed. Padres marianos, Stockbridge, 1996. San Juan de la Cruz, Obras completas, Ed. Apostolado de la prensa, Madrid, 1958. Santa Teresa de Jesús, Obras completas, BAC, Madrid, 1967.

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