P. ÁNGEL PEÑA BENITO O.A.R.
EXPERIENCIAS DE DIOS
LIMA - PERÚ
EXPERIENCIAS DE DIOS
Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú
Agustino Recoleto
Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca
(Perú)
ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA - PERÚ 2009 ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN Dios es Trinidad. Dios es amor. Dios Padre. Dios
Hijo. Dios Espíritu Santo. María. El cielo. Sed santos.
Experiencias místicas: Noche del sentido. El desposorio. Noche del
espíritu. Matrimonio espiritual. Experiencias de Dios. Voto de lo
más perfecto. Elevación a la Trinidad.
CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA INTRODUCCIÓN
En este libro queremos presentar algunas experiencias de Dios.
Él nos ama con todo su infinito amor y quiere nuestra felicidad
eterna. Dios es Amor, pero un amor trinitario, pues son tres
personas en un solo Dios. Y nos ama tanto que quiere lo mejor para
nosotros.
Él quiere que seamos santos y desea llevarnos a las más altas
cumbres de la santidad: al matrimonio espiritual. Allí seremos
transformados por el amor divino, seremos divinizados en cierta
manera y viviremos en una especie de cielo en la tierra.
Sin embargo, para llegar a esas alturas del matrimonio
espiritual, Dios necesita purificarnos de todos los apegos a las
cosas de la tierra. Hay que pasar por las noches del sentido y del
espíritu, que son dolorosas, pero que son necesarias para llegar a
la total purificación del alma, y así conseguir la unión total y
la transformación total en Dios.
Ojalá que estas experiencias espirituales puedan animar a muchos
a seguir el camino de la santidad para que se abandonen a los planes
divinos y traten de cumplir en cada momento su santa voluntad.
Dios no se dejará ganar en generosidad y les hará sentir su
presencia con toda la fuerza de su divino amor. Vale la pena dejarse
llevar por Dios y abandonarse en sus manos sin condiciones.
Confiando en su amor y en su poder, todo se hará más fácil en el
camino de la santificación personal.
Dios es Trinidad
Dios es amor en tres personas distintas, permaneciendo un solo
Dios. En el concilio IV de Letrán se afirmó con claridad:
Firmemente creemos y simplemente confesamos que existe un solo Dios
verdadero, eterno, inmenso, inmutable, incomprensible, omnipotente e
inefable: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tres personas,
pero una esencia, sustancia o naturaleza completamente simple. El
Padre no proviene de ninguno, el Hijo únicamente del Padre, y el
Espíritu Santo de los dos a la vez; sin comienzo ni fin. El Padre
engendra, el Hijo nace y el Espíritu Santo procede. Son
consustanciales e iguales entre sí, conjuntamente omnipotentes y
eternos.
Dice el Catecismo de la Iglesia católica: El misterio de la
Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es
el misterio de Dios en sí mismo. Es la fuente de todos los otros
misterios de la fe; es la luz que los ilumina (Cat 234). Dios es
único, pero no solitario. El Hijo no es el Padre, y el que es el
Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo es el Padre o el Hijo. El
Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado y el Espíritu
Santo es quien procede. La unidad divina es trina (Cat 254). Todo es
uno en ellos. A causa de esta unidad, el Padre está todo en el
Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre,
todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el
Padre y todo en el Hijo (Cat 255).
Los tres hacen todo unidos. Los hombres buenos son templos de la
Santísima Trinidad. Y la Iglesia es un pueblo reunido en virtud de
la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
La vida cristiana comienza con el bautismo, que recibimos en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Los demás
sacramentos se reciben también en nombre de la Trinidad. Y en la
Eucaristía, que es el centro y culmen de nuestra vida cristiana,
está el Padre con Jesús (Dios-hombre) y el Espíritu Santo. Esto
se expresa de modo elocuente en el momento en que el sacerdote,
levantando la hostia y el vino consagrados, dice: Por Cristo, con
Él y en Él, a Ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del
Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los
siglos Amén. Ese momento majestuoso es como un resumen de lo que es
la misa: un ofrecimiento de Cristo al Padre por el Espíritu Santo.
Por otra parte, no debemos olvidar que todas nuestras oraciones
deben ir al Padre por medio de Jesús. Así nos lo dice San Pablo:
Por medio de Jesús tenemos libre acceso al Padre en el Espíritu
Santo (Ef 2,18). Y a su vez, todos los bienes que descienden de Dios
Padre, nos vienen a través del Hijo y nos alcanzan en el Espíritu
Santo.
Santa Teresa de Jesús (1515-1582) nos cuenta: Un día, después
de San Mateo…, se me representaron las tres personas distintas,
que cada una se puede mirar y hablar por sí. Estas personas se aman
y comunican y se conocen. Pero ¿cómo decimos que las tres son una
sola esencia? Y lo creemos y es una gran verdad y por ella moriría
yo mil muertes. En estas tres personas no hay más que un querer, y
un poder y un señorío, de manera que ninguna cosa puede una sin la
otra, sino que, de cuantas criaturas hay, es sólo un Creador.
¿Podría el Hijo criar una hormiga sin el Padre? No, que es todo un
poder, y lo mismo el Espíritu Santo; así que es un solo Dios
todopoderoso y todas estas tres personas una Majestad. ¿Podría uno
amar al Padre sin querer al Hijo y al Espíritu Santo? No, sino que
quien contentare a una de estas tres personas divinas contenta a las
tres y quien la ofendiere, lo mismo. ¿Podrá el Padre estar sin el
Hijo y sin el Espíritu Santo? No, porque es una esencia y donde
está uno están los tres, pues no se pueden dividir. Las personas
veo claro que son distintas, el cómo no lo sé, pero sé que no es
imaginación.
Lucie Christine, seudónimo de Mathilde Bertrand (1844-1908), una
esposa y madre de cinco hijos, gran mística, en su Diario
Espiritual dice el 22 de octubre de 1822: Ayer comencé la oración,
diciendo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y
mi alma, incendiada en amor, permaneció en contemplación. Yo vi la
unión del amor y vida por la cual nuestras almas están unidas al
Creador, al Redentor y al Santificador. La bondad inefable de la
Santísima Trinidad me llenó toda la tarde de una alegría inmensa…
Esta mañana, en la comunión, mi alma se puso a contemplar la
persona del Padre, el principio eterno del cual todo existe. Y vi
las relaciones que existen entre las tres divinas personas… El
alma conoce, sin poderse engañar, la unidad de la naturaleza divina
y ve, al mismo tiempo, la distinción de las tres personas. Ninguno
de los tres se comunica del mismo modo. Podría decirse que uno no
es el otro y no tiene la semblanza del otro y no obra como el otro,
pero los tres son Dios.
La venerable Concepción Cabrera de Armida (1862-1937), esposa y
madre de nueve hijos, también gran mística, dice: Debo vivir en
contacto continuo con la Trinidad, unida a las tres divinas personas
por la gracia de la encarnación mística: con el Padre,
ofreciéndole al Verbo, con el Hijo para ser la delicia del Padre,
con el Espíritu Santo tomándolo como el inspirador y santificador
del todos los sentimientos y de todo lo que soy. Debo vivir,
respirar y trabajar, en el seno de los TRES. Ellos deben constituir
la atmosfera donde viva.
¡Qué grande es la Trinidad! ¡Qué bella es su unidad! El
Señor me ha hecho ver cómo son las tres personas divinas, que
constituyen una sola esencia, una misma sustancia, una sola
divinidad… Hoy el Señor, durante la oración, me ha dado luces
para entender un poco la unidad de la Trinidad. ¡Qué abismo de
perfecciones! ¡Qué delicias en Dios! ¿Qué será el cielo, Dios
mío?
Adrienne von Speyr (1902-1967) dice: Dios en su esencia es
Trinidad. Por eso, no puede revelarse, sino en modo trinitario… El
Hijo es engendrado en nosotros por el Padre, quien nos da la vida
por medio del Espíritu Santo; y nosotros volvemos con el Hijo en el
Espíritu Santo al Padre. En el camino del Hijo hacia el Padre, el
Hijo nos transforma y el Padre nos acoge como hijos, haciéndonos
participar en la misión del Hijo… El amor es la esencia común de
las tres divinas personas y es, por eso, amor trinitario. La
Trinidad debe manifestarse en toda nuestra vida. Todos somos
misioneros de la Trinidad.
La mística Lucia Mangano (1896-1846) escribe el 16 de diciembre
de 1933: No puedo expresar lo que veo en la visión beatífica,
porque ninguna lengua humana puede decirlo. Me parece conocer a Dios
en su esencia, uno y trino, con sus atributos y cada atributo
distinto del otro… Dios me ha dado la gracia de la visión
beatífica y me parece que mi alma está confirmada en gracia, el
cuerpo está espiritualizado, porque no siente la inclinación de
las pasiones y me parece que el alma participa de alguna manera en
la gloria de los santos.
Trinidad Sánchez Moreno, fundadora de las Obras de la Iglesia,
declara en 1963: Cuando estás en gracia, en todo momento y en toda
circunstancia la Trinidad te está besando con un beso amoroso e
infinito. En nuestra alma está el amor infinito, besándonos en
silencio amoroso… ¡Silencio! ¡Que te besa la divinidad!.
Santa Faustina Kowalska escribió en su Diario: Durante la misa,
de repente, fui unida a la Santísima Trinidad. Conocí su Majestad
y su Grandeza. Estaba unida con las tres personas. Cuando estaba
unida a una de estas venerables personas, al mismo tiempo estaba
unida a las otras dos personas. La felicidad y el gozo que se
comunicaron a mi alma son indescriptibles. Me apena no poder
expresar con palabras aquello para lo cual no existen palabras.
La beata Isabel de la Trinidad decía: Todo mi ejercicio consiste
en entrar en mí misma y perderme en los Tres que allí habitan.
Veamos el testimonio de una mística anónima: El Espíritu me
introdujo en el misterio del amor trinitario. El intercambio
embelesador del dar y recibir se obró también a través de mí: de
Cristo, al que estaba unida, al Padre y del Padre al Hijo. Pero
¿cómo expresar lo inefable? No veía nada, pero era mucho más que
ver y mis palabras resultan impotentes para traducir este
intercambio en el júbilo, que se recibía y daba. Y de aquel
intercambio fluía una intensa vida de uno al otro, como la tibia
leche que fluye del seno de la madre a la boca del niño. ¡Oh santa
y viva Trinidad! Estuve como fuera de mí dos o tres días y
todavía hoy esta experiencia permanece fuertemente grabada en mí.
Oh Trinidad infinita, cantamos tu gloria en este día, porque en
Cristo nos has hecho hijos y nuestros corazones son tu morada.
Eterna, sin tiempo, fuente de la vida, que no muere, a ti retorna
la creación en el incesante flujo del amor.
A Ti nuestra alabanza. ¡Oh Trinidad dulcísima y dichosa!, que
siempre manas y siempre refluyes en el mar tranquilo de tu mismo
Amor. Amén.
DIOS ES AMOR
Dios, uno y trino es amor (1 Jn 4,8). La característica más
específica del ser de Dios es el amor. El Padre engendró al Hijo
por amor y del amor del Padre y del Hijo procede el Espíritu Santo.
Dios es una comunidad de amor. Y ha querido compartir su amor, dando
vida a los ángeles y creando todo un universo material para la vida
de los hombres. Y nosotros hemos sido creados por amor. Nuestro ser
más profundo está hecho de amor de Dios. Y Dios quiere que vivamos
con amor para dar sentido a nuestra existencia. Sin amor, nuestra
vida no tendría sentido. Hemos sido hechos por amor y para amar.
Por eso, nuestra santificación personal, o dicho con otras
palabras, nuestra felicidad, consiste en amar y acercarnos cada vez
más a la fuente de todo amor, que es Dios. Decía san Agustín, que
Dios es el Dios del amor y de la felicidad. Dice literalmente: Él
es el Dios feliz que nos hace felices. Y en el libro de las
Confesiones nos dice por experiencia propia: Nos hiciste, Señor,
para Ti y nuestro corazón está insatisfecho hasta que descansa en
Ti (Conf 1,1). Por lo cual, está claro que, cuanto más santos
seamos y más llenos estemos de su amor, seremos también más
felices, porque el amor de Dios es lo único que nos puede dar la
verdadera felicidad. La Escritura nos habla constantemente del deseo
de Dios de hacernos felices y de cómo nos trata con amor de Padre.
Como un Padre tiene ternura con sus hijos, así el Señor tiene
ternura con sus fieles (Sal 103,13). Confía en Dios y obra el bien.
Haz del Señor tus delicias y Él te dará lo que pide tu corazón.
Encomiéndale todos tus afanes, confía en Él y Él actuará (Sal
36, 3-5). Él te colmará de gracia y de ternura (Sal 103, 4).
¿Qué más podemos decir del amor de Dios? Que Él nos ama tanto
que cuida de nosotros hasta en los más mínimos detalles. Tiene
contados hasta los cabellos de la cabeza (Lc 12,7). Y se preocupa de
si comemos o si tenemos lo suficiente para vivir. No andéis
buscando qué comeréis o qué beberéis y no andéis ansiosos,
porque todas estas cosas las buscan las gentes del mundo, pero
vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de ellas. Buscad
el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por
añadidura (Lc 12, 29-30).
Por eso, Jesús nos invita tantas veces a confiar en Él, que es
un Dios clemente y compasivo, tardo a la cólera y lleno de amor
(Sal 103, 8).
DIOS PADRE
En el Antiguo Testamento se emplea 15 veces la palabra Padre para
designar a Dios, mientras que en los Evangelios se usa 170 veces.
Cuando la palabra Padre se usa en el Antiguo Testamento, se refiere
más a una paternidad general. Dios es Padre de Israel en su
conjunto. Y, cuando se usa esta palabra Padre, suele venir
acompañada de otras como Señor, Altísimo, Eterno, que confirman
la distancia existente entre Dios y el hombre; una distancia
infranqueable. De modo que, incluso hoy, el judío practicante, como
en tiempos antiguos, no se atreve a escribir o pronunciar el nombre
de Dios y recurre a perífrasis para designarlo.
Jesús, al venir al mundo, nos trajo una revelación maravillosa:
llamar a su Padre celestial con la palabra cariñosa de papá.
¿Quién se hubiera atrevido a llamar a Dios con este nombre, que
los niños hebreos daban a su papá? Nadie, porque ni siquiera se
podía pronunciar el nombre de Dios (Yahvé) para evitar así
faltarle al respeto. Pero Jesús nos dijo que el Padre del cielo era
un papá que quería amor y cariño de sus hijos y no miedo o temor.
Por eso, nos enseñó a llamarlo papá, (abbá en arameo, que era la
lengua que hablaba Jesús).
Para muchos teólogos, usar esta palabra abbá es algo insólito
y marca una nueva manera de dirigirnos a Dios. Hubiera sido más
normal haber empleado abi (padre mío) o abinu (padre nuestro). Pero
Jesús quiere decirnos que el Padre quiere amor y confianza.
Por eso, en otros pasajes en los que Jesús dice Padre, podía
haber dicho papá y, si no lo hizo, fue para no escandalizar a los
oyentes con esta manera sencilla de tratar a Dios. Pero nosotros
podemos entender la intención de Jesús.
Abbá es un diminutivo de la palabra padre, que expresa mucha
confianza. Y esto es algo único no solo en la historia del
judaísmo sino también en la historia de todas las religiones. Esta
era una novedad tan grande que el mismo san Marcos, al hablar de la
Pasión, pone esta palabra aramea en boca de Jesús en lugar de
traducirla al griego en que escribe, para aclarar bien que se trata
de un diminutivo cariñoso de Padre, es decir, papá o papito. Dice
Jesús en sus momentos más difíciles de Getsemaní: Abbá, Papá,
todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi
voluntad sino la tuya (Mc 14,36).
San Pablo, siguiendo esta tradición, que viene de Jesús,
también en alguna oportunidad renuncia a la traducción griega de
Padre y pone la palabra original de Jesús. Dice: Ustedes no han
recibido un espíritu de esclavitud, sino un espíritu de hijos
adoptivos que nos hace llamar a Dios: Abbá, es decir, Papá (Rom
8,15-17). Por ser hijos envió Dios a nuestros corazones al
Espíritu de su Hijo que grita: Abbá, Papá (Gal 4,4-7).
Ciertamente que tener un Dios Papá nos cambia la vida y la
perspectiva de cómo es Dios. Dios no es un ser todopoderoso tan
alto y elevado, tan distante y frío, que exige respeto y temor a
toda costa. Dios es un Padre amoroso que está cercano, tan cercano
que ha querido hacer su morada dentro de nuestro corazón humano, es
decir, de nuestra alma. Así lo dice Jesús: Si alguno me ama, mi
Padre lo amará y vendremos a Él y haremos morada en Él (Jn
14,23).
DIOS HIJO
Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo unigénito para que
todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna
(Jn 3,16). Y el Hijo de Dios nos amó tanto que quiso hacerse uno de
nosotros, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado. Al
llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de
una mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo
la Ley (Gal 4, 4-5). Y el Verbo se hizo hombre, y habitó entre
nosotros (Jn 1,14).
Y quiso sufrir como el que más; hasta morir para demostrarnos su
amor. Basta recorrer los Evangelios para darnos cuenta de cuánto
amor y cuánta paciencia tenía Jesús con todos los que le
rodeaban, empezando por los apóstoles, que no lo entendían.
¡Cómo quería a los niños! Los abrazaba y los bendecía,
imponiéndoles las manos (Mc 10,16). Tenía compasión con los
pecadores y los perdonaba como a Zaqueo, a Mateo, a María
Magdalena, a la mujer adultera, a Pedro o al buen ladrón. Y lo
mismo podemos decir con los enfermos, a quienes curaba para darles
la alegría de hacerles sentir su amor. A los hambrientos les daba
de comer como en el caso de la multiplicación de los panes. Y a
todos les daba esperanza, alegría y paz, pues toda su vida fue una
entrega total al servicio de los demás, dándonos incluso ejemplo
de servicio, lavando los pies a sus apóstoles, algo que sólo
hacían los siervos o los esclavos.
Cristo Jesús, siendo de condición divina, se despojó de su
rango, tomando la condición de siervo, haciéndose en todo
semejante a los hombres; y en su condición de hombre se humilló a
sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz (Fil 2,5-8).
Y resucitando nos abrió el camino a la esperanza. No todo
termina con la muerte, sino que Él nos espera para hacernos
eternamente felices en el cielo. Por eso, en la Carta Magna de
Evangelio, que son las bienaventuranzas, nos dice claramente:
Felices los pobres de espíritu… los que lloran… los que tienen
hambre y sed de justicia… los que padecen persecución…
Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan y con mentira
digan contra ustedes toda clase de mal por mí. Alégrense, porque
grande será su recompensa en el cielo (Mt 5, 1-12). Pase lo que
pase en esta vida, suframos lo que suframos, Jesús nos promete una
felicidad eterna, si lo sufrimos por su amor, confiando en Él.
Ojalá que podamos decir nosotros como san Pablo: Sufro, pero no me
avergüenzo, porque sé de quién me he fiado (2 Tim 1,11).
Pero hay mucho más, Jesús nos ha amado tanto que no ha querido
abandonarnos y dejarnos huérfanos después de su Ascensión al
cielo. Ha querido permanecer junto a nosotros para que, en cualquier
momento en que tengamos problemas podamos acudir a Él para hablarle
personalmente y recibir sus bendiciones. Él ha querido quedarse con
nosotros físicamente, también como hombre, y no sólo como Dios,
en el sacramento de la Eucaristía. Ahí esta esperándonos todos
los días como un amigo. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que
yo os digo (Jn 15,14).
En la Eucaristía está esperando nuestra compañía y nuestras
visitas de amigo a amigo, para tener la alegría de bendecirnos y
abrazarnos en el momento de la comunión. En la comunión
eucarística nos unimos también a Padre y al Espíritu Santo, que
están presentes en la hostia consagrada. En la comunión recibimos
fuerza y amor para mejorar y superar las dificultades de cada día.
La Eucaristía es el mejor alimento espiritual para unirnos a Dios y
llenarnos de su amor. Por eso, Jesús nos dice: Yo soy el pan vivo
bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre y el
pan que yo le voy a dar es mi carne para la vida del mundo (Jn
6,51). El que come este pan vivirá para siempre (Jn 6,59).
Jesús nos ama, no tengamos miedo de acercarnos a Él, que nos
espera con los brazos abiertos en la confesión para perdonarnos y
que nos espera para darnos su abrazo en la comunión. Vayamos a Él
con la confianza de un amigo, que nos sigue diciendo a cada uno como
a Jairo: No tengas miedo, solamente confía en Mí (Mc 5,36).
La hermana Magdalena de Jesús sacramentado escribió: Jesús
hostia ha ejercido siempre en mi alma una atracción especial.
Alguna noche me quedaba en vigilia después de Maitines hasta la
mañana, cuando se levantaba la Comunidad. Y ¿qué hacía durante
esas tres horas de noche allí sola con Jesús? No sé decirlo, pero
sí sé que en mi pensamiento estaba fija la idea de una misión que
tenía que cumplir y a la que debía prepararme. Él me disponía y
trabajaba en mi pobre alma cuanto más estaba con Él junto a su
divino Corazón, horno de amor.
Otra religiosa me escribía: Ayer todo el día lo pasé mirando a
Jesús con ojos “nuevos”, con mirada nueva y lo he visto tan
hermoso… Él me ha llamado, me ha acariciado, acercándome a su
Corazón, abrasado de amor, y me ha dicho: Esposa mía, mi querida,
mi amada. Ven, reposa, sáciate y repara por tantas ofensas y por
tanto desamor. Déjame que continúe en ti mi vida y que sufra en tu
propia carne lo que falta a mi pasión.
¿Cómo puedo vivir así? No me lo explico. Nunca he sido tan
activa como lo soy ahora. Cuanto más adentrada estoy en Dios, más
fecunda es mi vida. Él me está comunicando su misma fecundidad. En
la oración, especialmente en la Eucaristía, lo recibo, en la
actividad lo doy. Mi alma es un servicio al plan de Dios sobre mí.
Las almas me lo reclaman, la Iglesia, los sacerdotes, mis hermanas…
Siento como un reclamo de amor de mi Dios, una exigencia de su amor.
Jesús es un océano de vida y de amor y yo me sumerjo en Él al
comulgar, y con Él entro al mar infinito de la Trinidad.
La venerable María Angélica Álvarez Icaza dice: Jesús,
enamorado apasionadamente de mí, me buscaba, me atraía, me
acariciaba, besándome con tal ternura que yo no puedo comparar con
nada sus besos de amor. ¿Serán los besos ardientes como de una
madre? No, más, mucho más. ¿Como los de un esposo? No, muchísimo
más. ¿Pues cómo? Como Dios. No se pueden explicar, sólo gozar de
ellos entre inefables júbilos. Y escribía:
Lo he sentido, Señor, Tú me has besado. Con ósculo de amor mi
alma te toca y con profundo amor pide a su amado que le dé otro
beso de su boca… He sentido la unión santa y divina que mi alma
con su Dios ha celebrado. Como se une una gota cristalina con un
inmenso mar, ilimitado. He sentido la unión, supremo instante,
celestial donación, feliz herida, en que el alma se estrecha con su
amante en que queda de amores derretida. Sólo una cosa sé; en
adelante, ya no hay entre los dos tuyo ni mío. Mi voluntad será la
de mi amante. Mis intereses son de Él y en Él confío.
DIOS ESPIRITU SANTO
El Espíritu Santo es el Espíritu de amor. Es la
personificación del amor del Padre y del Hijo, de los cuales
procede. San Pablo dice que: el amor de Dios ha sido derramado en
nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom
5,5). Esto quiere decir que no podemos tener amor en el alma sin el
Espíritu Santo. No puede haber santidad sin el Espíritu Santo,
como lo decía san Basilio en el siglo IV. Sin el poder del
Espíritu Santo, los discípulos de Jesús no hubieran sido capaces
de predicar. Estaban reunidos en el Cenáculo unas 120 personas con
las puertas y ventanas cerradas por miedo a los judíos. El día de
Pentecostés quedaron todos llenos el Espíritu Santo y recibieron
una fortaleza y una claridad tan grande sobre las verdades de la fe
que ese mismo día salieron a predicar, sin temor a la muerte, y
convirtieron a tres mil personas.
El poder del Espíritu Santo es el poder del amor que transforma
las vidas de quienes están perdidos en la oscuridad de la
ignorancia, de la tristeza o de la desesperación. Sin el Espíritu
Santo, nuestra vida estaría triste, sin luz, sin sentido. Sin el
Espíritu, la Iglesia estaría vacía, sin poder y sin vida. El
Evangelio sería letra muerta, incomprensible, fuente de división.
El Espíritu Santo se encuentra en el origen y término de todas las
obras buenas de todos los hombres.
Jesús, como hombre, también necesitó el poder del Espíritu
Santo. Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo (Lc
1,35). Estaba lleno del Espíritu Santo (Lc 4,1). A veces, actuaba
impulsado por el Espíritu Santo (Lc 1,14). Fue llevado por el
Espíritu Santo al desierto (Lc 4,1). Ungido por el Espíritu Santo
pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo
(Hech 10,38). Y con frecuencia, se sentía inundado de la alegría
del Espíritu Santo (Lc 10,21).
Por eso, si Jesús necesitó el Espíritu Santo, nosotros
también lo necesitamos para ser santos y crecer cada día más en
el amor a Dios Padre, nuestro papá. Y también para amar todo lo
que es de Jesús, pues el Espíritu Santo nos da un amor especial
para la madre de Jesús, la Virgen María; para la Iglesia de
Jesús, nuestra Iglesia católica; para el representante de Jesús
en la tierra, el Papa; para la palabra de Jesús, escrita en los
Evangelios; para todos los hermanos de Jesús, que son todos los
hombres. Y, muy en especial, nos da un amor grande y sublime para
Jesús presente como Dios y hombre en la Eucaristía.
Por todo ello, digamos día y noche sin cansarnos jamás: Ven,
Espíritu Santo, y lléname de tu amor y de tu felicidad. Así
podremos comprender que el Reino de Dios es justicia, alegría y paz
en el Espíritu Santo. (Rom 14,17).
MARÍA
Está íntimamente unida a la Trinidad divina. Ella es la hija
del Padre, la madre del Hijo y la esposa del Espíritu Santo. A este
respecto, decía san Francisco de Asís: Santa Virgen María, no hay
ninguna mujer en el mundo semejante a ti. Eres hija y esclava del
Altísimo, Rey supremo, Padre celeste. Eres Madre del Santísimo
Señor Nuestro Jesucristo y esposa del Espíritu Santo. Ruega por
nosotros con san Miguel arcángel y con todas las potencias del
cielo, en compañía de todos los santos ante tu Santísimo y
predilecto Hijo, Señor y Maestro Jesús.
Otros muchos santos hablan de María como esposa del Espíritu
Santo, como san Roberto Belarmino, san Lorenzo de Brindis, San Luis
María Grignion de Montfort, san Alfonso María de Ligorio… Santa
Matilde, en el siglo XIII, la llamaba esposa de la santa Trinidad.
Ella es Madre de Dios (Hijo) como fue definido en el concilio de
Éfeso el año 431. Ellas es siempre virgen como fue definido en el
III concilio de Letrán el año 649. Fue concebida inmaculada, sin
pecado original, como fue definido por el papa Pío IX el año 1854
y fue asunta al cielo en cuerpo y alma como fue definido por el Papa
Pío XII en 1950.
Muchos santos hablan de su mediación universal, aunque no es
dogma de fe. Afirman que todas las gracias y bendiciones que
recibimos de Dios, las recibimos por medio y por manos de María,
por haber sido constituida por Jesús como madre nuestra (Jn 19, 27)
y mediadora ante Él para llegar al Padre. El mejor camino es ir por
medio de María a Jesús y por Jesús al Padre con la ayuda y gracia
del Espíritu Santo.
San Luis María Grignion de Montfort dice: El Altísimo la ha
constituido tesorera única de todos sus tesoros y única
dispensadora de sus gracias. San Bernardino de Siena (1380-1444):
Éste es el proceso de la distribución de las gracias divinas: de
Dios fluyen a Cristo y de Cristo a su Madre; y de ella a toda la
Iglesia. No vacilo, por ello, en decir que ha recibido jurisdicción
sobre las gracias que se administran por sus manos.
San Bernardo afirma: María es la mediadora universal de todas
las gracias. Toda gracia, que Dios da a los hombres, pasa de Dios a
Cristo, de Cristo pasa a María y por María se nos da a nosotros.
San Alfonso María de Ligorio declara: Dios quiere que todas las
gracias que han sido, son y serán dispensadas a los hombres hasta
el fin del mundo por los méritos de Jesucristo, sean dispensadas
por las manos y por la intercesión de María. Ella es la tesorera
de todas las gracias que Dios nos quiere dispensar. La relación
entre María y el Espíritu Santo lo proclama de modo excelente san
Juan Eudes: El Espíritu Santo es todo amor; el Corazón de María
está plenamente transformado en amor. El Espíritu Santo es vida y
fuente de vida; por ello, la Iglesia lo llama Espíritu vivificante.
El Corazón de María es vida y fuente de nuestra vida natural y
sobrenatural, temporal y eterna, pues por medio del Corazón
misericordiosísimo de la madre de la gracia, la vida nos fue
restituida… El Espíritu Santo es el principio de toda santidad,
de toda gracia y de toda gloria en el cielo y en la tierra. El
Corazón de la reina de los ángeles es el origen de todos los
tesoros que se encierran en el orden de la gracia y de la gloria.
Por otra parte, María nos guía a su Hijo Jesús, presente en la
Eucaristía. Como decía el Papa Juan Pablo II: María guía a los
fieles a la Eucaristía. Ella está siempre presente junto a Jesús
Eucaristía y siempre está presente durante la misa como madre que
nos lleva a Jesús. Así como la Iglesia y la Eucaristía son un
binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y la
Eucaristía. Por eso, el recuerdo de María en la celebración
eucarística es unánime ya desde la antigüedad en las Iglesias de
Oriente y Occidente. Y la mirada embelesada de María, al contemplar
el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos,
¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de
inspirarse cada comunión eucarística?.
Además ella es la hija predilecta del Padre, y lo alaba en el
Magnificat diciendo: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se
alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la
humillación de su esclava. Desde ahora, me felicitarán todas las
generaciones, porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su
nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación
en generación (Lc 1).
EL CIELO
El cielo es la comunión de vida y amor con la Santísima
Trinidad, con la Virgen María, los ángeles y todos los
bienaventurados (Cat 1024). El cielo es la felicidad colmada, la
plenitud del amor. San Agustín dice que allí descansaremos y
contemplaremos, contemplaremos y amaremos, amaremos y alabaremos:
éste será el fin que no tiene fin. Será una felicidad tan plena
que san Pablo dice: Sé de un hombre, si en el cuerpo o fuera del
cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe, fue arrebatado al paraíso y oyó
palabras inefables que el hombre no puede expresar (2 Co 12, 3-4).
¡Imagínate vivir toda una eternidad en el reino del amor,
hablando con los ángeles y santos, estando sumergido para siempre
en el océano de la vida, de luz y de amor que es Dios! ¡Qué
maravilla y qué felicidad!
Por eso, vale la pena cualquier esfuerzo para conseguirlo, y para
tener un sitio de preferencia, es decir, para ser de los más santos
y más felices. Ya que en el cielo no todos serán igualmente
felices. Nuestro cielo será tan grande como la medida de nuestro
amor. De ahí la necesidad de esforzarnos más y más cada día y
aprovechar al máximo esta vida para ir creciendo en el amor.
Después de este mundo que pasa, cuando las sombras de la tierra
se hayan desvanecido, tu vida transcurrirá ante la faz de la
Trinidad en incesante alabanza de gloria a Dios Padre, Hijo y
Espíritu Santo. Sueña con ese cielo hermoso, que, aunque te
imagines las cosas más hermosas, siempre te quedarás corto.
En una ocasión, santa Angela de Foligno trataba de explicar a su
confesor fray Arnaldo que comprendiera la imposibilidad de
explicarle sus experiencias místicas, pues decía que cuanto más
conocía a Dios menos podía hablar de Él. El confesor la
estimulaba a explicarse mejor y ella le dijo: Padre, si viese lo que
yo veo y luego tuviera que subir al púlpito a predicar, le digo lo
que haría. Se detendría un momento, luego, mirando a la gente
diría: Hermanos, id con la bendición de Dios, porque de Dios hoy
no sé deciros nada y bajaría del púlpito en silencio.
Hay una leyenda, narrada por un escritor alemán moderno. En un
monasterio, vivían dos monjes entre los que existía una profunda
amistad. Uno se llamaba Rufus y el otro Rufinus. En todas sus horas
libres no hacían sino tratar de imaginar y describir cómo sería
el cielo. Rufus, que era maestro de obras, se lo imaginaba como una
ciudad con puertas de oro, cuajada de piedras preciosas. Rufinus,
que era organista, lo soñaba resonando con melodías celestes.
Al final, llegaron a un acuerdo: el primero que muriese de ellos,
volvería la noche siguiente para asegurar al amigo que las cosas
sucedían como habían imaginado. La contraseña consistiría
solamente en una palabra. Si pasaba como habían pensado, diría
simplemente: taliter, es decir, así es. Si fuese de otro modo,
diría: aliter, es decir, diferente.
Una tarde, mientras estaba al órgano, el corazón de Rufinus se
detuvo. El amigo veló tembloroso toda la noche, pero no pasó nada.
Esperó con vigilias y ayunos semanas y meses, pero no pasó nada.
Finalmente, en el aniversario de la muerte de Rufinus, de noche, en
un halo de luz, entra en su celda el amigo. Viendo que callaba, le
pregunto: ¿Taliter? ¿Así es? Pero el amigo sacudió la cabeza en
ademán negativo. Desesperado, gritó entonces: ¿Aliter? ¿Es
diferente? De nuevo, el signo negativo de cabeza.
Y, finalmente de los labios cerrados del amigo brotaron como un
soplo dos palabras: totaliter aliter, es decir, totalmente
diferente. Rufus comprendió en un abrir y cerrar de ojos que el
cielo es infinitamente más de lo que habían imaginado, que es algo
indescriptible; y, al poco tiempo, murió también él por el deseo
de experimentarlo.
Ciertamente, el cielo es algo imposible de imaginar. Por eso, san
Pablo que tuvo una experiencia celestial dice: Ni el ojo vio ni el
oído oyó ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado
para los que le aman (1 Cor 2, 9).
Te deseo que seas feliz eternamente con Dios en el cielo por toda
la eternidad. Amén.
SED SANTOS
Ése es el grito de Jesús. Sed santos como vuestro Padre
celestial es santo (Mt 5,48). Jesús quiere nuestra felicidad y, por
eso, nos invita a ser santos, es decir, a caminar sin cesar por el
camino del amor, que es el camino de la santificación personal. Ya
en el Antiguo Testamento Dios nos decía: Sed santos, porque yo
vuestro Dios soy santo (Lev 19, 2; 20, 26). Sí, la voluntad de Dios
es nuestra santificación (1 Tes 4, 3). Y los santificados en Cristo
Jesús estamos llamados a ser santos (1 Co 1, 2).
La misma Iglesia nos invita a ello: Todos los cristianos, de
cualquier estado o condición, están llamados cada uno por su
propio camino a la perfección de la santidad (Cat 825). El mismo
concilio Vaticano II insistía: Estamos invitados y aun obligados
todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y
la perfección dentro del propio estado (Lumen gentium 42).
Dios lo quiere ¿y tú? Ciertamente que no es fácil. Hay que
comenzar, como diría santa Teresa de Jesús, en tener una
determinada determinación, una decisión seria de ser santos y
pedir esta gracia constantemente y poner de nuestra parte. También
es muy importante dejarse guiar por algún director espiritual
experimentado. Y cumplir fielmente las obligaciones personales. Un
medio necesario es el acudir lo más frecuentemente posible a Jesús
Eucaristía, recibiéndolo en la comunión y visitándolo siempre
que podamos ante en el sagrario.
El amor a María es también indispensable, pues no ha habido
ningún santo del Nuevo Testamento que no haya tenido amor a María,
ella es el mejor camino para llegar a Jesús y, por Jesús, al
Padre. Pide al Espíritu Santo que llene tu corazón de amor para
que cada día ames más a Dios y a los demás. Y no tengas miedo,
haz lo que puedas, no te pongas nervioso o impaciente, si ves que no
avanzas mucho. Dios tiene sus caminos, que son diferentes para cada
uno. Ofrécele tu deseo de santidad para que te haga santo tal y
como Él quiere y cuando Él quiera. Porque puede dejarte en tus
defectos toda la vida y, en el último instante, puede elevarte a la
más alta santidad. Para Dios no hay nada imposible y no se deja
llevar de esquemas preestablecidos. Sin embargo, expondremos algunas
experiencias más comunes de los místicos en su camino hacia el
matrimonio espiritual.
EXPERIENCIAS MÍSTICAS
Para llegar a la máxima unión con Dios en el matrimonio
espiritual hace falta estar totalmente purificados en los sentidos y
en el alma. Antes de llegar al desposorio, que es como la promesa
del matrimonio, hay que pasar por lo que suele llamarse la noche del
sentido. Después del desposorio, hay que pasar aún otra
purificación más difícil, llamada la noche del espíritu, antes
de llegar al matrimonio místico o espiritual. Por supuesto que
antes de llegar a la noche del sentido, el alma ya tiene una vida de
contemplación y de unión con Dios suficientemente grande como para
que pueda soportar las pruebas que se le avecinan.
Noche del sentido
En esta etapa, después de haber recibido gracias
extraordinarias, que son como un aliciente eficaz para desear la
santidad, y después de haber experimentado en muchas ocasiones los
goces inefables del amor de Dios, llega esta noche para despegarnos
de toda atadura a las criaturas. El Señor pide renunciar incluso a
esos goces espirituales que disfrutaba el alma, aunque alguna vez
puedan volver para animarla en el duro camino de la noche oscura. En
esta etapa, el alma se encuentra árida y seca, no siente gusto ni
atractivo por nada. Debe despegarse de los placeres de los sentidos
corporales y buscar en todo la voluntad de Dios y no su
satisfacción personal. A veces, se juntan graves enfermedades y
fuertes tentaciones del demonio. Pueden venir incomprensiones de los
amigos, de los Superiores, humillaciones de toda clase… Y, sobre
todo, se sufre del alejamiento de Dios, al que ya no se siente como
antes, creyendo que eso se debe a los propios pecados, como si Dios
la hubiera abandonado por su culpa. Y, por eso, gime y llora,
buscando al Amado ausente, sin el cual no puede vivir. Y lo busca y
lo busca y sigue avanzando a rastras sin saber a dónde. Y así se
va purificando sin darse cuenta. San Juan de la Cruz diría:
A oscuras y segura sin otra luz ni guía sino la que en el
corazón ardía.
La Madre Carmela de la Cruz, una religiosa italiana con quien
tuve la gracia de comunicarme por carta, dice por experiencia: En la
noche del sentido, el Señor quiere quitar las malas hierbas del
jardín del alma. Quiere hacerla morir a sí misma y a sus sentidos,
quitándole toda satisfacción humana y natural, de modo que no
halle gusto en nada. Así el Señor le cierra todo camino que la
aleje de Él y le hace que se vuelva hacia Él, pidiendo ayuda. El
Señor la prepara para ser su esposa y la pobre tortolita, no
conociendo las intenciones del Amado, gime, llora y sufre, suplica y
clama, porque cree que lo ha disgustado y, por eso, le ha dado las
espaldas.
¿Qué debe hacer el alma en esta situación? ¿Desesperarse?
¿Entristecerse? En esas circunstancias, debe volverse a Él con
toda confianza y abandono total y debe demostrarle que le sigue
siendo fiel. Él la deja navegar en el más puro padecer. Encuentra
muchas contrariedades, sufrimientos y humillaciones, y hasta el
cuerpo se rebela con enfermedades. Y ella sufre doblemente, pensando
que ha ofendido a su Señor. Pero Él espera el momento en que esté
purificada para darse a ella como desposado. ¡Oh, cómo desea el
esposo divino encontrar jardines de reposo y descanso! Él busca
hospitalidad, porque sus delicias están en habitar en templos
vivos.
Ella se siente indigna y mala, pero siente unos deseos inmensos
de ser desposada, porque no puede vivir sin Él… Y Él la va
purificando, porque no tolera el más mínimo pecado. Son duras las
pruebas, pero vale la pena por todo lo que vendrá.
Otra religiosa me escribía: La noche del sentido fue muy dura,
pero necesaria para llegar a Él y despegarme del apego a las
criaturas. Es como arrancar la fibra más sensible del corazón y de
las entrañas, es como quedar en la más completa pobreza y sin el
menor arrimo de nada ni de nadie, es el momento de ir a tientas y en
la oscuridad más cerrada de la noche hasta gritar con Cristo: Padre
mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Qué hacer, a quién acudir?
Se siente frío, miedo, desgana. La soledad aterra y el silencio
envuelve el alma y la hace estremecer. Los segundos son eternos y
así días y días. Se cree el alma que está perdida, sin remedio,
hasta desear morir. Está en un callejón sin salida y no sabe si es
un sueño, si delira o si ha perdido la cabeza. No acierta a dar con
el porqué de todo ello y no sabe qué hacer. Todo esto es tremendo,
pero es la hora de Dios. Él es el único que puede saciar al finito
con su infinitud.
¡Qué bondad la de este Dios amor! Te exige que te arranques de
cuajo de todo aquello que no es Él, hasta de ti misma. No parece le
dé más ni menos el que sufras por ello. Quiere ser Él solo tu
dueño y Señor. Así ama Dios, bajando, sufriendo, muriendo.
Una noche, cuando bajaba la escalera del coro, fui tirada al
suelo por el diablo, dándome fuertes golpes en todo el cuerpo con
palabras sucias, ademanes y posturas provocativas. Ya hacía tiempo
que me venía molestando con ruidos, poniendo en mi boca blasfemias
que ni las había oído en mi vida ni mi corazón las sentía. Esto
me hacía sufrir mucho, pero no sabía cómo consultarlo y lo fui
pasando en silencio y angustia. El 15 de octubre de ese año 1974
fue la segunda vez que me volvió a tirar y a darme golpes tan
fuertes que, al día siguiente, no pude levantarme en todo el día,
pero pasó como que eran dolores de siempre, de la columna. Desde
entonces, fue una guerra sin cuartel la que me declaró. Mi alma
sentía angustias indecibles y me envolvía una densa oscuridad. Me
sentía rechazada por Dios. Mi vida era un total vacío, un sin
sentido, una condena clara y sin remedio.
Con todo, a pesar de mi angustia, no sentía desesperación y
seguía esperando sin saber qué. Las noches las pasaba de rodillas
ante el crucifijo de la celda. Sólo le decía: Amor, no puedo más.
Mándame alguien que me ayude. Alguna vez pensé que mi vida era una
farsa y que me debía salir del convento. Pero ¿a dónde? No
sabía. Sólo podía esperar y, aunque tropezando y cayendo sin más
ayuda que la noche más cerrada y el total silencio de lo alto,
dando pequeños pasos en la oración, seguía a paso de tortuga; el
caso era no parar. Alguna vez, en medio de tan cerrada oscuridad e
impresionante silencio, me parecía ver una pequeña centellita en
la lejanía y me decía yo misma: ¿Será Él? Pero pronto
desaparecía y la angustia crecía ¿No sería una temeridad seguir
empeñada en el camino? ¿Gritar? Volvía a mí el eco de mi grito,
haciéndome temblar hasta en lo más hondo de mi ser. Sólo podía
esperar sin parar y a rastras seguía… Y seguía como impulsada
por una fuerza que, sin ser mía, estaba en mí. Cuando ya mi alma
se iba aligerando del peso y de las cosas que le impedían
establecerse en Dios. Él me hizo comprender la inmensa riqueza que
entrañaba su amistad íntima y me llevó de asombro en asombro, de
gozada en gozada, de entrega en entrega. Ya no reparaba en el dolor,
aunque lo sentía. ¡Benditas lágrimas que limpiaron los ojos de
mí alma y me hicieron contemplar la mirada dulce, serena y amorosa
del Dios amor! Al final, llegó la aurora y un nuevo día amaneció
para mí.
El Desposorio
Después de la noche del sentido, viene el desposorio. Dice san
Juan de la Cruz: El alma se ha ido purificando, sosegando,
fortaleciendo y haciéndose estable para poder recibir la unión,
que es el divino desposorio entre el alma y el Hijo de Dios. En ese
dichoso día de su desposorio, comunica Dios al alma grandes cosas
de Sí, hermoseándola de grandezas y majestad de dones y virtudes y
vistiéndola de conocimiento y honra de Dios. En el desposorio, Dios
hace al alma grandes mercedes y la visita amorosísimamente muchas
veces con grandes favores y deleites. Pero que no tienen que ver con
los del matrimonio, porque todos ellos son disposiciones para la
unión del matrimonio.
En el desposorio, aunque algunas veces hay visitas del esposo a
la esposa y le da dádivas, pero no hay unión de las personas.
El desposorio puede realizarse, igual que el matrimonio, de
distintas formas de acuerdo a las características de cada persona y
a los deseos de Jesús, que no tiene esquemas fijos y supera
cualquier programa prefijado.
Dios es totalmente libre y omnipotente, y su modo de actuar es
imprevisible. Lo que sí es cierto es que puede renovar el
desposorio varias veces para hacerle desear al alma la llegada del
matrimonio, que será la unión definitiva e indisoluble. El
desposorio sería, hablando en términos humanos, como un compromiso
matrimonial que se puede renovar frecuentemente.
Santa Teresa de Jesús pone como ejemplo de desposorio la unión
de dos velas que forman una sola llama, pero que después pueden
separarse. En cambio, en el matrimonio espiritual es como si cayera
agua del cielo en un río o en el mar y ya no pueden separarse más.
A partir del desposorio, se hacen más frecuentes y más íntimas
las visitas de Jesús al alma. Dios le da al alma un amor inmenso
por los demás. La hace partícipe de su deseo de salvación
universal, haciéndola de un modo extraordinario madre de las almas.
Esta maternidad espiritual llegará a su culmen con el matrimonio
espiritual. ¡Qué maravillas de intimidad se viven en esos
momentos! La esposa busca ansiosamente a su Amado y Jesús la visita
con sus regalos de amor. Estos regalos pueden ser, en algunos casos,
éxtasis, arrobamientos, vuelos del espíritu, raptos de amor,
incendios de amor… Y la esposa se enamora más y más de su
esposo, soñando con el día del matrimonio definitivo, que se le ha
prometido. Pero antes debe pasar por las oscuras tinieblas de la
terrible noche del espíritu.
Una religiosa habla de su desposorio como de un beso de amor
trinitario. Dice: El Espíritu Santo me ha hecho saborear el gozo
pleno de ser besada por el esposo. Este beso no es sino la fusión
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y no sólo con el alma,
sino con todos los miembros del cuerpo. Es tanta la unión del amor
que todo el ser humano prueba esta felicidad. Este beso del esposo
cambia a la esposa en un ser más divino que humano, y el Espíritu
Santo la ilumina para comprender que en ella ha sucedido una
transformación como sucede con la hostia en el momento de la
consagración. Este beso divino diviniza el alma y ella puede decir
con san Pablo: “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en
mí”.
Este beso de amor se renueva, de vez en cuando, y el alma se
llena de inmensa alegría. Es un beso que produce vida divina, es
como permanecer y vivir en sociedad y unión con las tres divinas
personas. El alma, después del beso de amor, es poseída plenamente
por los TRES y recibe la impronta y característica particular de
cada uno de los TRES.
Otra religiosa escribía sobre su experiencia en tercera persona:
Por la mañana se levantó, va a rezar el oficio y se siente llena
de una inmensa alegría. Siente en su corazón algo insólito,
diferente, y vibra de amor sintiendo la llamada del esposo, que le
dice: “Ven, esposa mía, ven”. Ella invita a sus tres ángeles
custodios, que la revistan de la triple vestimenta de María:
pureza, humildad y amor. Ruega a los santos predilectos que la
acompañen a la comunión. Y siente cercanos a los santos y ángeles
al recibir a Jesús de manos de María, como siempre lo hace.
Recibida la comunión, Jesús le presenta el anillo que,
después, lo recibe y se lo coloca María Santísima. Y Jesús le
dice solemnemente en presencia de la Trinidad: “Tú eres mi esposa
para siempre”. El Verbo hecho carne, Jesús, se une al alma fiel.
¡Cuántos abrazos de amor vendrán ahora que es esposa del Rey
eterno! Pero este desposorio es el paso previo a la unión
transformante del matrimonio espiritual, donde ya no serán dos sino
uno solo, pues sus almas se unirán como en una sola esencia. ¡Qué
maravillas obra Dios en el alma! ¡Cómo la espiritualiza y
diviniza!
Noche del espíritu
Después del desposorio viene la noche del espíritu. En esta
noche, el alma ya no queda vacía solamente del apego sensible a las
criaturas, sino que queda vaciada de todo lo que no sea Dios en las
potencias interiores del alma. En esos momentos de oscuridad, el
alma se siente como en un desierto. ¡Pobre alma! Llora de tristeza,
como si estuviera perdida en un lago tenebroso donde no puede ni
pronunciar el nombre de Jesús. El demonio la ataca, a veces
visiblemente con figuras horrendas y con terribles tentaciones.
Parece abandonada de la misericordia de Dios y grita desde el fondo
de su ser: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? A
pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza (Sal 21, 1).
Dice san Juan de la Cruz que el alma padece del entendimiento
grandes tinieblas; acerca de la voluntad, grandes sequedades y
aprietos; y en la memoria, grave noticia de sus miserias…, no
hallando alivio en nada. No se puede encarecer lo que el alma padece
en este tiempo, es a saber, muy poco menos que un purgatorio.
Todo es tinieblas alrededor, es como un túnel largo y oscuro,
pero lo que más le hace sufrir y llegar hasta el borde de la
desesperación es creer que se va a condenar, porque ha sido infiel
a las gracias recibidas de Dios y, por eso, Dios la ha abandonado
para siempre. Ella lo llama y lo invoca con lágrimas y suspiros.
Pero nadie contesta. No puede orar y se cree abandonada de Dios por
sus pecados. Esto es un verdadero purgatorio, es como un martirio
para el alma.
Al mismo tiempo, le vienen graves enfermedades que la hacen
incapaz de buscar con fe y amor a su esposo. Se siente impotente y
prueba en lo más hondo la profunda debilidad y nulidad de su ser
humano. Son horas y días tremendos en los que el cuerpo queda
destrozado y el alma queda a oscuras y vacía. ¡Oh si conociésemos
bien el valor santificador y purificador de esta noche espiritual!
¡Si todas las almas conocieran el misterio del dolor que es
necesario para llegar a la intimidad con Dios! Pero qué triste que
haya almas que, después de haber llegado a estas purificaciones, no
pasan adelante por miedo o por falta de una guía segura o de un
buen director espiritual. Se asustan y se echan atrás,
resignándose a no ser santas y a no llegar al matrimonio prometido
por considerarse indignas ¡Cuánto sufre Jesús con este desplante!
¡Cuánto daño para la Iglesia y para el mundo!
La beata Dina Bélanger (1897-1929) nos dice: A partir de julio
cayeron sobre mi alma las tinieblas más oscuras. Jesús dormía y
no sólo eso, sino que parecía que me rechazaba descontento de mi
proceder. Me veía descender al infierno; ¿acaso no era éste el
lugar que merecía? Mis obras me parecían imperfectas, pobres, sin
valor alguno. Pero mi confianza y abandono crecían en proporción
directa con la oscuridad en que me encontraba. ¡Qué gracias me
concedía el Señor!
Con frecuencia, le decía: Parece que me rechazas y, precisamente
por eso, me escondo todavía más en tu Corazón. Me veo descender
al infierno; como Tú quieras Jesús, pero caminemos juntos, porque
no podemos separarnos, estando anonadada ante Ti. Allá en el fondo
del abismo te amaré, esposo mío. Entonces, ya no será más
infierno, porque allí no se puede amar.
Los ataques del demonio eran violentos. Ayer por la noche sentí
su presencia a mi lado, a la izquierda, tan realmente como hubiese
podido ver la presencia de un ser visible. Al mismo tiempo, sentía
su tentación infernal; estaba furibundo y multiplicaba sus acciones
diabólicas. Los asaltos eran astutos y fuertes. No tenía miedo
escondida en mi celestial retiro, en el Corazón de mi Dios, orando
con fervor y confianza. Muchas veces, durante la noche, el ángel de
las tinieblas quiso sorprenderme y no es necesario añadir que
redoblaba sus sugestiones para impedir mi comunión de la mañana
siguiente. El Señor me ha protegido y guardado.
En medio de estas tentaciones infernales y humillantes y de mis
reiterados actos de obediencia ciega, sentí un hambre indecible de
la Eucaristía. A las cuatro y media de la madrugada, hubiera ido a
la capilla, robando la sagrada hostia si hubiera sido posible.
¡Qué felicidad la mía al comulgar! No por la alegría sensible,
sino por el amor consumado en Él.
El Corazón eucarístico de Jesús me atrae cada vez más en la
hostia. Incluso, cuando paso cerca de la capilla, siento una fuerza
irresistible que me invita. Junto al sagrario, experimento un gozo
que no sé definir. Cuando el Santísimo Sacramento está expuesto,
me siento invadida y como paralizada por este amable Corazón
eucarístico. Cuando dejo la capilla, es como arrancarme. Pero no
dejo de estar con Él. Todo esto pasa en el Corazón de la Trinidad,
inmensamente lejos de la tierra. Jesús quiere que goce con la
Eucaristía y sufra a la vez nostalgia, cuando me alejo de ella.
En los momentos difíciles el alma debe seguir confiando. Nunca
desconfiar del amor de Dios, de su perdón y de su poder para
sacarla de las tinieblas. Dios la mira con amor en su lucha interior
y la anima por dentro a seguir caminando por el túnel. No debe
dejarse llevar de las opiniones de las criaturas que la consideran
“rara o loca” por su deseo de buscar la soledad y oración. Hay
que seguir, seguir adelante sin ver el camino. Pero sabiendo que
Jesús la ama y la está mirando con amor… hasta que llegue el
día en que, purificada en su ser más íntimo y en todas sus
potencias interiores, pueda salir de la tempestad y encontrar su
alma tranquila y sosegada.
Desde este crudo invierno de la noche del espíritu que puede
durar un año o varios años, comenzará la primavera que la
llevará en poco tiempo al matrimonio. La palabra de Dios nos dice:
Pasó el invierno frío y han cesado las lluvias. Las flores
comienzan a brotar en nuestra tierra, llegó el tiempo de la poda, y
se oyó la voz de la tórtola, la higuera ya tiene retoños y las
viñas despiden aroma. Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven
(Cant 2, 11-13). Y san Juan de la cruz dice:
En una noche oscura con ansias en amores inflamada, ¡oh dichosa
ventura! salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada.
En la noche dichosa, en secreto, que nadie me veía, ni yo miraba
cosa sin otra luz y guía, sino la que en el corazón ardía.
¡Oh noche que guiaste! ¡Oh noche amable más que el alborada!
¡Oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado
transformada.
&&&&&&&
O como decía Sor Cecilia del Nacimiento: ¡Oh noche cristalina,
que juntaste con esa luz hermosa, en unión divina, al esposo y la
esposa, haciendo de ambos una misma cosa!
Matrimonio espiritual
Según san Juan de la Cruz es una transformación total en el
Amado, en que se entregan ambas partes por total posesión de la una
a la otra con cierta consumación de unión de amor, en que está el
alma hecha divina y Dios por participación cuanto se puede en esta
vida. Este es el más alto grado a que en esta vida se puede llegar…
Consumado este matrimonio espiritual entre Dios y el alma, son dos
naturalezas en un espíritu y amor.
El alma está como divina, endiosada, pues así como la desposada
no pone en otro su amor ni su cuidado ni su obra fuera de su esposo,
así el alma ya no tiene ni afectos ni voluntad ni inteligencia de
entendimientos ni cuidados ni obra alguna fuera de Dios. Oh cuán
dichosa es esta alma que siempre siente estar Dios, descansando y
reposando en su seno… Está Él allí de ordinario como dormido en
un abrazo con la esposa, en la sustancia de su alma.
Algunos llaman al matrimonio unión transformante y consiste en
una unión real e indisoluble entre Dios y el alma. Es una especie
de deificación del alma, una fusión espiritual. Jesús y el alma
se funden y se pierden en el amor de los TRES como la gota de agua
que cae al océano divino. El alma se siente tan unida a su esposo
Jesús, y con Él y en Él, a las TRES divinas personas que hay una
unión transformante que la deifica y eleva hasta alturas jamás
imaginadas.
Por supuesto que en esta etapa hay muchos grados de intensidad,
pues un alma que ha llegado al matrimonio espiritual sigue avanzando
en el océano de Dios más y más, pues es un océano infinito que
nunca lo abarcará totalmente. Por eso, la distancia entre María y
cualquier alma que ha llegado a estas alturas será inmensa, pues
Ella es la Reina de cielos y tierra por encima de todas las
criaturas.
Hay quienes llegan al matrimonio y, al poco tiempo, Dios las
lleva consigo. Pero hay muchas otras almas que viven es ese estado
de matrimonio durante muchos años. Conozco a una religiosa que ya
lleva unos 35 años desde aquella memorable fecha.
El modo de realizar el matrimonio, como ya hemos dicho, es
diferente en cada persona. A veces, se realiza con anillo visible o
invisible. Normalmente, se realiza después de la comunión en un
éxtasis de amor, pero no necesariamente. Siempre está presente
María, que es la Madre que presenta a la desposada a su hijo
Jesús. Y el matrimonio se realiza por el poder del Espíritu Santo.
Además, no olvidemos que es un matrimonio del alma, que se realiza
con Jesús y, por medio de Jesús y de su humanidad, también es una
unión total con el Padre y el Espíritu Santo, es decir, una unión
transformante con toda la Trinidad.
Sor María de san Alberto decía:
Allí la dulce esposa, transformada en su Amado y convertida en
Él, vive y reposa y de Él recibe vida, quedando ya la suya
consumida
Y ella, elevada a la categoría de Reina, esposa del Rey de
Reyes, puede decir con san Juan de la Cruz:
Míos son los cielos y mía la tierra. Míos son las gentes, los
justos son míos y míos los pecadores. Los ángeles son míos y la
Madre de Dios es mía y todas las cosas son mías, y el mismo Dios
es mío, porque Cristo es mío y todo para mí.
“A este matrimonio sea servido llevar a todos los que invocan
su Nombre el dulcísimo Jesús, esposo de las almas fieles”.
Experiencias de Dios
Un día, después de la comunión, Jesús me llevó al seno del
Padre. En ese momento, me tomó amorosamente, me besó con amor de
esposo, de Padre, de amante, de enamorado. ¡Oh Jesús, hermosura
sin igual! Un impulso o fuerza interior me movió a estrechar el
crucifijo y besarlo con ternura hasta oír de sus labios estas
palabras: “Soy un mendigo de amor y en la humanidad sólo
encuentro indiferencia y frialdad. Vengo a ti, esposa mía, para
recibir tu amor, tus caricias, tu compañía y, al mismo tiempo,
darme a ti, hacerte una misma cosa conmigo, renovar nuestro mutuo
amor”.
Fue un éxtasis dulcísimo y me dejó confundida y anonadada.
Vivo en ansias de anonadamiento y humildad. Muchas veces, en la
oración me veo como un átomo imperceptible dentro de Jesús y con
Él en los TRES. Me siento inmensamente feliz y, a veces, participo
algo de la felicidad de Dios mismo en las profundidades de su eterna
vida.
Siento en mi alma deseos, que no los puedo expresar. A veces, me
hacen sufrir. A veces, me hacen gozar. Es un ardor tan intenso, que
me impide respirar. Es un dolor…, pero pienso principia mi
eternidad. Sin Él no puedo vivir. Me es muy dulce este penar, de
Él quisiera morir antes que sin Él quedar. Siento abrasarme por
dentro, sé que esto sí es amar. Sólo amar es lo que intento, pero
necesito más. Mi corazón no se sacia, sólo Tú puedes colmar, mis
deseos y mis ansias de hacia la patria volar. ¿Está aún lejos
este encuentro? ¡Cómo lo deseo, Amor! ¡Qué feliz será el
momento de encontrarnos Tú y yo! Allá te poseeré por toda la
eternidad y tu amor yo cantaré siempre, siempre más y más.
* * * * * * *
El 29 de marzo de 1945 el Señor me manifestó toda su hermosura
y yo quedé para siempre plenamente enamorada de Él. Aquel día
sentía en el pecho un fuego que me abrasaba y que me empujaba hacia
Él. Yo no era yo, era Él en mí. No sé si lo vi con los ojos
humanos o con los ojos del alma, lo que sí puedo decir es que su
hermosura arrebató mi alma y la dulzura de su mirada y el amor que
vi en sus ojos fue tal que hasta ahora es la vida de mi vida. ¡Qué
día! No podía separarme del sagrario… ¡Qué dulce fuego!...
Desde ese día, me enamoré locamente de Jesús. Con frecuencia
sentía un fuerte dolor en el corazón, que a la vez abrasaba todo
mi ser, pero era tal el gozo que no quería quedarme sin Él. Yo lo
llamaba dolor de amor… y Él seguía realizando su obra en mí.
Él me envolvía, me mimaba y me daba a gustar pequeños sorbos del
dulce néctar de la cruz. Sólo el amor era mi guía…
Pero principió la noche del sentido, en la que mi alma no
entendía, no sabía, no sentía nada… Pero la noche era tiempo de
salvación. No es agradable pasar por la noche del sentido o del
espíritu. Pero Él es un esposo de sangre, y sangre con sangre se
responde.
Yo quisiera decirles a todas las almas consagradas que no teman
al Amor. Él sólo exige amor. ¿Quién no puede dar amor? Él es el
Esposo más amante que se pueda desear. Si algún día descubres en
tu alma su dulce y penetrante mirada, no podrás olvidarla jamás…
Merece la pena seguirle, entregarse hasta las últimas
consecuencias, sin regateos, por amor. Acurrúcate bajo el manto de
la Mamá, en su Corazón, en su regazo. ¡Te ama tanto! Si tienes
miedo, díselo a Ella.
Si sientes cansancio, cuéntaselo. Si te faltan las fuerzas,
pídele que te ayude. Si te sientes a oscuras, dile que te alumbre,
pues es la Madre de Cristo, Luz del mundo.
Si te sientes poca cosa para ser la esposa de Dios, Trino y Uno,
pídele a Ella que te dé la mano de su Hijo y que te ayude para que
tu matrimonio con Él sea eterno.
Después de un período de pruebas, sufrimientos e
incomprensiones, una noche sentí una fuerte oleada caliente del
pecho a los labios y… sangre. Sólo acerté a decirle: ¿Y ahora?
Él me contesto: “Sigue subiendo. No temas. Yo estoy contigo. Eres
mi esposa de sangre”.
Mi naturaleza se rebelaba, pero en el fondo de mi alma me sentía
contenta y lo quería con todo mi ser. Me repetía a mí misma sin
cesar: ERES MI ESPOSA DE SANGRE… Estaba al límite de mis fuerzas
humanas, con gran cansancio y fatiga, incomprendida y sola. Y Él me
repetía: “Sigue subiendo”. ¿Hasta dónde? “Hasta la cruz”.
Así se realizó mi desposorio con Jesús, en la cumbre del
Calvario, al aire libre. Mis testigos fueron el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo. El regalo de mi Boda fue la cruz… mi cruz, a la
que amo, abrazo y llevo con alegría, pues es de Él, a quien estoy
unida de por vida y para siempre.
Mi matrimonio espiritual tuvo lugar el 14 de junio de 1985. Aquel
día yo me sentía muy mal, estaba en plena noche del espíritu. Me
parecía que Él estaba enojado conmigo y mi corazón se partía de
dolor. Como fuera de mí, le dije: “Amor, ¿dónde estas? No puedo
vivir más sin Ti. Si por mi culpa me has dejado sola y ya no me
quieres, corta mi vida. Sin Ti no quiero nada. Sólo a Ti… Sólo a
Ti”.
En un instante, mi alma quedó en paz y envuelta en luz. Me “perdí”
y oí estas palabras: “Por la cruz se va a la luz”. Me tomó en
sus brazos divinos. Me besó, lo besé y me dijo: “TE AMO”. Yo
le respondía: “Tú lo sabes todo, Tú sabes que TE AMO”. Mi
corazón ardía. Su mirada era mi delicia. Tomó mi mano y la puso
en su Corazón y la suya en el mío. Me volvió a mirar, me besó de
nuevo y tomándome en sus brazos me dijo: “Laten al unísono. Ya
eres totalmente mía. ERES MI ESPOSA DE SANGRE. Me perteneces, te
pertenezco, no lo olvides”.
Todo fue sencillo, íntimo, apasionante, mi corazón quedó
herido de amor. ¡Es tan dulce vivir herida por Él! Ahora mi mayor
dolor es el saber que el Amor no es amado. Quisiera tener un
corazón tan grande como el mundo, amar con el corazón de todos los
hombres, amar como Él mismo se ama, abrasarme, consumirme,
desaparecer en Él para siempre.
Hoy, en un rato de oración, he sentido viva y claramente en mi
alma a mis TRES. Me hundí en mi nada y encontré a mi TODO,
repitiendo sin cesar: “Dios mío y todas mis cosas”. Me siento
invadida por Él de tal manera que tengo ratos en que no sé si vivo
en el destierro o estoy ya en la patria. Con todo, sólo quiero,
Jesús mío, lo que Tú quieras, pero abrásame, consúmeme con el
fuego de tu amor. Tú sabes el hambre que siento de tu gloria y de
tu amor. Quisiera corresponder a tu amor, pero como soy pobre y
miserable, te pido que me des tu amor para amarte con tu mismo amor.
La impresión de tu mirada llameante de aquel día, no la puedo
olvidar. ¿Recuerdas?
Oh cristalina fuente si en esos tus semblantes plateados formases
de repente los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados.
Y tú me respondías: “Ámame por tantos que no quieren ni
saber de Mí”. En ese momento, me embargó el llanto y me sentía
colmada de tu amor. ¡Qué feliz me sentía! Quiero, Jesús mío,
seguirte, aunque sea muy duro el camino. Quiero vivir sufriendo…
por amor… por ellos. Quiero decirte como san Ignacio de
Antioquía: “Trigo soy de Dios y quiero ser triturada por los
dientes de las fieras”. Haz de mí lo que Tú quieras, que a todo
diré que Sí (con tu gracia).
Amor mío, te quiero, pero dame el quererte más y más hasta
enloquecer de amor por Ti. Tú eres el que diriges mi vida hacia Ti.
¡Qué dulce la muerte, qué dulce el sufrir, qué dulce, Dios mío,
por Vos el morir!
Cuando rompas mis cadenas de carne y mi alma se vea libre,
entonaré el Tedéum por toda la eternidad. Ya no tendré miedo a
pecar por falta de amor, ni tampoco a perderte para siempre.
Entonces, te veré, te poseeré, te amaré, como Tú te ves, te
posees y amas. ¿Puede haber más dicha? Y todo por una locura de
amor sin medida. Mi queridísimo Jesús, Amor mío, Esposo mío,
postrada en tierra y con mi pobrísimo corazón palpitando a mil por
segundo de emoción, te prometo no pecar jamás deliberadamente,
pero con tu ayuda y la de la Mamá sacerdotal. Esto mismo pido para
ellos. Son tus ungidos, tus ministros, en los que pones tus tesoros
y tu misión sacerdotal. Ellos son los hijos de mi dolor y me siento
madre de todos ellos.
¡Cuánto siento el tiempo perdido sin amarte como ahora! Por
eso, Madre mía, ayúdame a vivir solamente para Él, ponme bajo la
cruz de Jesús para que su sangre caiga a torrentes sobre mi alma.
Puedo decir que muchas veces me siento abrasar, la respiración
quema mis labios. ¡Es tan fuerte el fuego de su amor! Hay momentos
en que siento una gran necesidad de perderme en Él y me encuentro
como dentro de un gran globo de luz, en el que puedo ver y
comprender su obra salvadora en mí.
Un día, en la oración, me pareció ver un inmenso mar, de una
serenidad total. Las aguas eran tan transparentes que podías
contemplar el fondo con toda facilidad. Era Él y mi pobre ser
totalmente sumergida en la inmensidad del mar.
Tengo una necesidad inmensa de amar, es algo que no puede
contener en el pecho mi pobre corazón, se siente asfixiar, necesita
más y más y sólo Él lo puede saciar. Comprendo que esto será en
la patria celestial y que ya falta menos; pero, a medida que más me
acerco a este fin tan deseado, el deseo aumenta y el camino se me
hace más largo. ¡Qué ganas de verle, de fundirme en Él para
siempre, de ser eterna alabanza de su gloria!
El otro día, estuve mucho tiempo junto al sagrario. No podía
decirle nada, sólo amarlo. Era tal la luz que recibía de su mirada
que no podía hablar. El Padre seguía sobre mí su obra creadora.
El Hijo me envolvió con su mirada dulce y penetrante, y
mostrándome sus cinco llagas, que eran cinco ríos de sangre, me
decía: “Báñate, purifícate. Este es mi amor y tu precio”. Y
mi alma, loca de amor, se zambullía en ese mar infinito, quedando
tan limpia que el Espíritu santificador se reflejaba en ella a su
gusto.
El Padre me creó para amarle. El Hijo me redimió para
enamorarme y desposarme con Él. El Espíritu Santo me santificó
para hacer de mi ser su templo viviente ¡Tengo unas ganas enormes
de remontar el vuelo hacia Él! ¡Qué larga es la espera! ¡Ya
falta menos! Eternidad… Dios… Infinito… Amor… Plenitud. Y
todo para siempre. Veré a María, mi Madre querida, que me ha
llevado en sus brazos desde la infancia.
* * * * * * *
La beata Dina Bélanger escribía en su Autobiografía: Jesús me
dijo el 13 de setiembre de 1928: Una persona no puede acercarse a mi
Corazón y no ser feliz, porque soy el origen de la alegría y de la
felicidad. Incluso, en los momentos en los que asocio íntimamente a
un alma a mi pasión y a mis sufrimientos, puedo cambiar en dulzura
todas sus amarguras. La alegría perfecta y constante es la mayor
prueba de la unión plena conmigo. Tú me amas sinceramente y soy yo
quien actúa. Quiero demostrártelo, reflejando en ti mi alegría
divina.
El 5 de agosto de 1927, Jesús me introdujo en una inmensidad
infinita, donde la luz era tan viva que, desde entonces, estoy como
deslumbrada. Desde ese momento, me sentí unida a cada una de las
divinas personas distintamente, al Padre, al Hijo y al Espíritu
Santo; y al mismo tiempo, perdida y anonadada en la Unidad de Dios.
* * * * * * *
La Madre Carmela de la Cruz escribía en tercera persona:
Después de dos años de su desposorio, llegó el matrimonio. Vino
así. Una mañana del día de Pentecostés se despierta por la
mañana con un fervor desacostumbrado, aunque no entiende nada.
Durante el rezo de las Horas, se siente inundada de Dios. Reza a sus
tres ángeles. La Santísima Virgen se hace presente y la cubre con
un velo de humildad, de pureza y amor, mirándola como a una hija
predilecta y no la deja sola. El alma pide la ayuda de los santos
protectores que se hacen presentes. La Santísima Trinidad se hace
presente y el alma se siente abismada en su indignidad ante la
santidad divina y pide perdón a Dios de sus pecados. La Madre
Santísima le dice que esté silenciosa, porque es un momento
solemne y es preciso el silencio. La misma Virgen María se dirige
al Padre para que le dé a su Hijo. El Padre mira al Hijo, aunque el
Hijo parece no estar dispuesto a darse aún. Entonces, la
Santísima Virgen le suplica: “Toma por esposa a esta hija mía”.
Jesús se acerca y le da la absolución como la da el sacerdote en
el confesonario... Termina todo, pero en la tarde se vuelve a
renovar la escena y Jesús se acerca y le coloca el anillo místico
en el dedo y una corona en la cabeza. Y le dice: “Tú eres mi
esposa para siempre” y repite hasta tres veces estas palabras, que
como flechas dulcísimas se esculpieron en el corazón de la esposa.
Después, Jesús continuó: “De ahora en adelante tu único
pensamiento será mi gloria. Tú eres toda mía y no debes ocuparte
más que de Mí y de mis intereses, que son la salvación de las
almas”.
Mientras Jesús hablaba, fue introducida con Él en el seno de
Dios Padre. No se puede expresar lo que sentía, fue como si una
gota de agua cayera en el mar, como una chispa que se pierde en el
horno encendido. Fue como un vuelo en Dios, después del cual ella
se siente perdida en Dios. Y podía decir como san Pablo: “Ya no
vivo yo, es Cristo quien vive en mí”.
A partir de ese momento, es 1a esposa del rey. Y desde ese día,
queda como alejada de las cosas de la tierra y totalmente embriagada
de amor celestial. Ha comprendido que Jesús es todo Amor y ella
quiere ser para Él toda Amor. Ama a Dios, ama a Jesús, su esposo,
ama a la Madre, a sus ángeles custodios, a sus santos protectores y
ama a todo el mundo, porque Jesús le ha encendido su corazón con
la llama de la caridad. Jesús la ha constituido a partir de ahora
en madre de las almas y le encomienda su salvación.
* * * * * * *
Desde los primeros días de mi vida religiosa en el convento, la
devoción sublime hacia el Dios Trinidad iba aumentando en mi alma.
Recibía luces y gracias de las divinas personas. Solamente
recogerme en mi interior y ya sentía, sensiblemente, su amorosa
presencia en el fondo de mi alma. Dentro de mi ser, se obraban
inefables operaciones. Esto me hacía andar sumergida en el abismo
de mi nada en donde me perdía y luego levantaba el vuelo hacia las
sublimes alturas de la divinidad. Allí me establecía con
frecuencia, enajenadísima de todo cuanto pasaba a mi alrededor y
padecía mucho, cuando me veía precisada a ocuparme de las cosas de
la tierra.
En medio de esta familiaridad con las divinas personas, se me
iban las horas del día sin sentir, aunque no podía dedicarme a
ello por miedo a ser descubierta de las hermanas. A veces, me veía
precisada a salir por unos momentos de la sala de labor o de otros
sitios y retirarme a la celda sin testigos oculares. Donde estos
divinos impulsos llegaban a su colmo era en las horas de oración y
después de recibir a Jesús en la comunión. Pensar simplemente en
la inmensidad de Dios, servía para abismarme por completo en la
divinidad, de tal manera que me pasaba las horas de oración, de
rodillas, sin sentir.
El amor divino me hería como si me atravesara con un rayo de
fuego. Experimentaba un doloroso y, al mismo tiempo, amoroso
martirio que no quería que terminase. Deseaba yo vivir crucificada
para identificarme con mi Dios. Sólo anhelaba darle gloria a
cualquier precio que fuera y, para ello, estaba dispuesta a
renunciar a toda clase de consuelos.
Estando un día en la oración de la tarde, sentí un dolor
intensísimo de mis pecados y este dolor aumentaba a medida que iba
creciendo el conocimiento de la grandeza y santidad infinitas de
Dios. Llegó un momento en que noté que el divino Espíritu
recorría todo mi interior y me arrebató el alma con tal fuerza que
sentí como si me hiciesen una herida de fuego. Con ese fuego,
consumía todas las manchas que afeaban mi alma y la dejaba limpia y
resplandeciente como antes de pecar. No me explico cómo he podido
resistir estos torrentes de amor. Son torrentes de fuego que abrasan
y no consumen.
Mi amante divino me hacía frecuentes visitas. Se me presentaba
de mil maneras y en el momento en que menos lo esperaba. No sólo me
visitaba y me regalaba en la oración, sino también en el trabajo y
en el recreo, así como en las noches cuando me despertaba del
sueño. Y lo hacía con señal sensible de llamada y me veía
obligada a pasar algunos ratos en su compañía. Me hacía
comprender lo mucho que se le ofendía con el pecado en las horas de
la noche.
A veces, en estas visitas, me daba la impresión de tocarle con
mis manos. En Él, al igual que en mí, su prometida, sólo había
un ansia: juntarnos para ir ultimando los detalles y amueblando la
casa. Él, el amante, y la Madre me iban embelleciendo,
enriqueciendo y adornando con su gracia divina. Después de todos
estos incendios de amor, comencé a sentir que mi alma era
arrebatada y colocada allá en la eternidad antes de la Creación.
No sé decir cómo se obró en mí esta gracia especial, pues fue un
favor del todo divino, puramente sobrenatural, que para mí no tiene
explicación.
Sin saber cómo notaba que mi alma atravesaba los siglos y la
colocaban en el abismo de la eternidad. La divina esencia se
extendía en la inmensidad del espacio, que todavía no era creado.
Anonadada hasta el polvo, contemplaba a mi Dios Padre y Él se me
descubría como el principio fontal, no ya sólo de las cosas sino
de su Verbo y del Espíritu Santo; aunque el Padre no existió antes
que estas divinas personas. Mi gozo era indecible al ver que el
Padre celestial no era engendrado por nadie: existía por sí mismo.
Otras veces, me sentía adherida a su divino ser y Él extendía
sobre mí su potencia generatriz para que el Verbo, el Hijo del
Padre, fuera también engendrado en mi alma de manera afectiva.
Ante estas finezas, experimentaba gran confusión y vergüenza;
acudía a mi Madre querida y a los santos y ángeles, pero todavía
no habían sido creados y así me encontraba yo sola. Frente a
frente a la adorable Trinidad, sumergida en Ella misma. ¿Cómo Dios
no temería que su hijita profanase sus tesoros?
El conocimiento del ser divino, su grandeza, su pureza, su
santidad me hacían por este tiempo cercano al desposorio, penetrar
en el abismo de mi nada y pequeñez de tal manera que me sentía sin
fuerzas para acercarme a recibir a mi Dios Eucaristía; pero, por
otro lado, era tal la atracción que veía en Él que mi alma
deseaba abandonar el cuerpo para sumergirse en ese océano de Amor,
de Luz, de Belleza y de Verdad.
A veces, mi alma participaba del tedio, amargura y desamparo,
padeciendo lo indecible. Me consumía una tristeza mortal. Pero, con
estos sufrimientos, mi Padre celestial me preparaba con amor y dolor
para el solemne desposorio que se avecinaba.
Fue un período largo de vida interior, llena de fervor y de
haber pasado por las purificaciones del sentido y por toda clase de
pruebas y sufrimientos por parte de Dios, de las criaturas, del
demonio, de todos los elementos y de haberme dejado hecha pedazos
bajo los duros golpes que me llevaron a la muerte mística. Y
también después de tantos y tantos consuelos y gozos, visitas del
Amado... Por fin llegó el día imborrable para mí.
Habiendo sido engalanada por mi querida Madre, llegaron las siete
de la tarde de aquel día inolvidable. En la oración de le tarde se
me representaron las TRES divinas personas. Sin saber por qué, me
fijé con predilección en el Espíritu Santo. En Él había una
belleza, un encanto y un no sé qué tan arrobador que quedé
locamente arrebatada y prendada de Él. Deseaba poseerle y se lo
pedí a Dios Padre. Me había enamorado ciegamente de Él y me
resultaba imposible vivir sin su posesión. Llegué a tal punto de
enamoramiento que deseé celebrar con Él el místico desposorio.
Sin duda que en esto era Él mismo el que me impulsaba y yo no
reparaba en mi indignidad para concebir tales deseos. No era dueña
de mí y sólo hacía responder al llamamiento misterioso.
Así pasé dos o tres días hasta que ya se hicieron mis ansias
irresistibles. En la oración de la mañana, estaba inundada de
gozo, pero no pensaba ciertamente en ninguna cosa especial, pues me
creía indigna, pero sí sentía ansias de correr y postrarme a los
pies de mi Amado. Supliqué al Padre que se compadeciera de mí y me
lo entregara, pues ya no podía vivir sin su posesión absoluta.
Esta misma petición se la hacía al Verbo y al mismo divino
Espíritu consolador; que me había herido tan profundamente con su
hermosura.
Aquí me dijo Dios Padre: “La Esposa tiene que ser semejante al
esposo y por lo tanto ha de tener las cualidades que agraden al
esposo y tú, hija mía, ¿qué tienes? ¿Cómo te atreves a tanto?”
Corrida me quedé y llena de confusión. Y, entonces, mi Jesús se
me dejó sentir sensiblemente y se me entregó como herencia eterna
para que yo lo presente y ofrezca a Dios, su Padre celestial, como
único tesoro de que dispongo. ¡Cuánto agrada cada día esta
ofrenda a su divino Padre! En ese mismo momento, se efectuó nuestro
feliz y eterno desposorio.
No hubo señales externas de anillos ni nada especial. Mi alma se
vio envuelta en una luz intensa y tan superior a mis fuerzas que me
deslumbró del todo. Sentí que me arrebataban el alma sin saber
quién ni a dónde me llevaban. No estaba ya en este mundo y los
sentidos los tenía perdidos completamente. Delante de mí, vi una
inmensa claridad como nunca había visto y comprendí que era el
seno del Padre. Era el mismo Padre celestial el que me llamaba y me
introducía en aquella luz de su seno inmaculado. Allí me esperaba
Jesús, el esposo. Lo vi dentro del Padre, era como de unos 30
años, hermosísimo. Mi alma, saliendo del cuerpo, lo sentí
sensiblemente, se introdujo en aquel pecho de mi Cristo Amado. Los
dos quedamos unificados y oí las palabras del Padre: “Hija mía,
te quiero fiel, sólo así me darás gloria y no me veré obligado a
arrojarte de este lugar, donde te he colocado hoy. Aquí vivirás mi
misma vida y será para siempre. Seguirás en 1a tierra, pero tu
espíritu se encontrará en lo divino, lejos, muy lejos de la
tierra, saboreando las delicias del Amor. Vivirás en mi Seno”.
Un fuego divino reposaba sobre la cabeza del Verbo divino
humanado y comprendí ser el Espíritu Santo. Se me dio también un
conocimiento profundo del misterio de la Trinidad adorable. La Madre
de mi alma nos cubrió a los dos desposados con su manto. Desde ese
momento, una vida nueva se apoderó de mí. La vida del Amor ¡La
vida de Dios¡
Dios me pedía fidelidad a toda prueba, aun en las cosas
mínimas. El esposo lo quería todo, sólo y únicamente para Él.
Yo ponía todo mi esmero en serle fiel y seguirle, no sólo en los
consuelos, sino también en las espinas y dolores del Calvario. Y
vino la noche del espíritu. Una de las etapas más difíciles y
duras de mi vida. Había días que parecía sucumbir. De la noche a
la mañana, un peso aplastante cayó sobre mí. De continuo me
asaltaban temores, el demonio me asaltaba por todas partes. Yo no
podía comprender todo esto y desconcertada me metí en un mar de
amarguras y terribles tormentas como si estuviera en el infierno.
Todo ello producido por la mucha luz y las gracias que había
recibido. E1 sol brillaba demasiado y mis ojos tan débiles no
podían resistirlo. Era necesaria una purificación más fuerte. Me
horrorizaba de verme tan sucia como si fuera una molécula infame,
que serpenteando hubiera levantado la cabeza hacia mi Supremo
Hacedor de infinita grandeza. Recuerdo no poder quitar de mi vista
la negrura, la fealdad, el pecado y la miseria horrible que me
distanciaba y alejaba de Él. Y me creía haberle perdido para
siempre. Era un temor en extremo doloroso y, a veces, me ponía al
borde del abismo. Creía desesperarme. Entonces, acudía a mi Madre.
En ocasiones tampoco la encontraba. Lo más doloroso era amar sin
saberme correspondida.
Y Él callaba. Terrible en extremo me resultaba este martirio de
creer que Dios no me amaba y sí me aborrecía para siempre,
eternamente. ¡Pobre de mí¡ Después de haberme regalado tanto,
después de habernos prometido fidelidad los dos, ahora... me deja,
huye de mí y me mete en tinieblas e incertidumbres, más densas de
las que había pasado en la noche del sentido.
¡Qué pena! Me veía privada del sentido y gusto de las cosas
espirituales. Me había quitado el gusto de la contemplación
mística. Sentía en mí misma los atroces tormentos que causa la
pena de daño a las benditas almas del purgatorio e, incluso, a las
condenadas del infierno. Lloraba una y mil veces la pérdida de mi
Dios, el único que me llenaba en esta vida y al cual creía que
había perdido para siempre. Ante mis ojos, no veía otra cosa que
el infierno abierto para tragarme. Estaba totalmente convencida de
que lo tenía bien merecido por mi vida de pecado que, ante mis
ojos, aparecía como nunca de negra. Hubiera preferido sufrir los
martirios más atroces, antes de verme privada de mi Dios, de mi
Dueño. Me resultaba imposible vivir sin Él. Pero, de vez en
cuando, me animaba y confortaba con minutos de cielo y llamaradas de
incendios divinos que, a la vez que me herían y dejaban perdida en
dulzuras divinas, me sostenían en el atroz martirio de amor en el
que cada vez era introducida con mayor intensidad.
Con estos golpes, el alma, se iba endiosando y disponiendo para
la unión con las divinas personas. Con frecuencia, creía que
mentía al confesor y que todo había sido mentira en mi vida. Así
aumentaba grandemente mi pena, alejándome, en alguna oportunidad de
la comunión; pero el día que no comulgaba, era el que peor lo
pasaba. Parecía que el infierno se había abierto para tragarme.
Eran momentos de verdadera angustia en los que mi alma, abrumada de
pena, sentía sobre sí todo el peso de Dios, que me la dejaba hecha
trizas. ¡Oh, pensaba, si mi vida de mentira desapareciera de mi
vista! ¿Cómo podré agradar a Dios a quien tanto he ofendido?
Impulsada por el demonio, estuve a veces al borde de la
desesperación; pero, pesar de todo, seguía resignada a la voluntad
de Dios.
Una de tantas veces, me acerqué al confesor en un supremo
esfuerzo de humildad y quise convencerlo de que todo lo que le
había manifestado de mi vida había sido mentira. Me escuchó con
paciencia y dijo con autoridad: Te ordeno y te mando en nombre de
Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo creer en mi palabra como crees
en el Evangelio que es Palabra de Dios.
Esta decisión del confesor de que no eran mentiras y la profunda
fe que le tenía con el amor a la obediencia, me hizo salir del
confesonario contenta, regenerada y resignada a sufrir todas las
tribulaciones y la ausencia de mi Dios en esta vida, si con eso le
podía dar más gloria y salvar más almas. Fue como un oasis en
medio del desierto y, por unos momentos, se calmó la tempestad.
En los períodos de paz, como un descanso en el camino, recobraba
la seguridad absoluta de que los favores recibidos no eran
fingimiento ni obra del demonio, sino sólo y únicamente
misericordias del Señor. Cierto que aún en 1as horas de más
ofuscación y oscurecimiento, allá en el fondo de mi espíritu
había un algo que me aseguraba y decía ser gracias de Dios, pero
este algo que sentía no lo escuchaba; ya que me parecía que así
no llegaría jamás a estar tranquila y prefería un camino
ordinario que no me obligase a dar cuenta a los sacerdotes ni a
llamar la atención de las criaturas.
En esta época, mi oración consistía en abandonarme
absolutamente en las manos providentes de mi Padre Dios. Veía a
Dios, aunque a oscuras, y lo sentía muy cerquita de mí de tal
manera que no podía dudar. En ocasiones, esto me servía de mayor
tormento. Era un gozar y un penar a la vez. A medida que me daba
tormentos, me hacía entrar en la posesión de sus regalos eternos,
reservados para los que Él ama con predilección.
En esta etapa de la noche del espíritu, sufrí tentaciones
terribles y furiosos ataques del demonio que me llevaban hasta
perder el sueño y el apetito. Mis fuerzas morales y físicas se
decaían por completo. Mi alma no sentía gusto en nada y me
encontraba sin energías y sin ganas de nada, solo suspiraba noche y
día por el Amado de mi alma, que tan fuertemente me hería.
Me daba la impresión de estar metida en un pozo profundo o
túnel. Y yo procuraba unirme con todos mis fuerzas a la voluntad de
Dios, que así lo quería, y lo ofrecía para su gloria y mayor
servicio, Mi continua aspiración era unirme al divino querer. Y, al
igual que el hierro se deja penetrar por el fuego, así en ese fuego
divino procuraba arrojar todos mis pecados, ingratitudes y miserias.
Buscaba hacer en todo la voluntad de Dios y me acogía fuertemente a
mi querida Madre.
Fue en este tiempo, cuando se me permitió hacer los votos de
muerte mística y de obrar siempre lo más perfecto sin obligación
alguna de pecado. Sólo me obligué a hacer alguna penitencia o
reparación por las faltas que cometiera. Y esto me obligaba a
entregarme con más fuerza al amor.
Mis principales tentaciones eran el desaliento, el temor de
condenarme, que no pocas veces rayaba en la desesperación,
tentaciones contra la fe, contra la pureza, incluso, de palabras
feas, de palabras poco decentes que se me venían sin quererlas y
sin llegar a pronunciarlas, aunque me quedaba la impresión terrible
de haberlas pronunciado. No faltaban tampoco las tentaciones contra
1a dirección, aunque no consentí lo más mínimo. En ocasiones,
sentía la presencia sensible del demonio. Sin el auxilio maternal
de mi querida Madre del cielo, no habría podido resistir. Ella me
guardaba dentro de su inmaculado Corazón.
En algunas oportunidades, sentía la presencia sensible del
demonio, incluso de varios. Me cercaban por todas partes y me
sobrecogía un pavor mortal. Visiblemente se me manifestaba en
figuras horrendas. Unas veces, en forma de animalitos o bichitos,
que pretendían acercarse a mí. Por dos veces permitió Dios que mi
alma sintiese su presencia fuera y, al mismo tiempo dentro de mí.
El influjo de Satanás fue de tal manera que, al sentirme estrechada
por semejante fuerza interior, me encontré como en un estado poco
normal. Recuerdo haberle llamado en mi ayuda una o dos veces; el
mismo diablo me obligaba a ello y ponía en mi boca palabras poco
decentes y me incitaba a blasfemar. Todo esto torturaba mi alma
grandemente. No había perdido la razón y me daba cuenta de ello
perfectamente. No recuerdo haber consentido nada. Mi Dios y mi Madre
me cuidaron.
El diablo me movía, a veces, sin yo querer a hacer el mal. Al
estar así sugestionada por el diablo, parecía querer hacer el mal,
pero interiormente lo rechazaba con todas mis fuerzas. Todo esto
torturaba mi corazón al encontrarme en perfecto equilibrio, pero
dudaba de si había o no consentido en ofender a mi Dios. Y tenía
un gran temor hasta que encontraba a alguien que me aseguraba de no
haber pecado.
En este tiempo, pronunciaba mucho los nombres de Jesús y María,
y usaba agua bendita. Siempre solía llevar un frasquito conmigo y
hacía frecuentemente la señal de la cruz. Y con gran confianza,
como una niña pequeñita, me colgaba y apretaba fuertemente de1
cuello de mi Padre Dios y de mi Madre Santísima.
Como diría san Juan de la Cruz:
En una noche oscura con ansias en amores inflamada ¡oh dichosa
ventura! salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada.
La noche del espíritu fue el último retoque y filigrana de
preparación al ENLACE que se aproximaba y que sería para siempre.
Para ello era preciso el despojo absoluto y renovarse hasta las
profundidades del espíritu pare revestirse del hombre nuevo.
Después de la celebración del místico desposorio con Cristo, me
encontraba en una contemplación que era sabiduría secreta en lo
escondido.
Me parecía imposible que pudiese haber en esta vida otro matiz
superior de elevación en el trato con las divinas personas ni mayor
grado de perfección en el obrar. Pero no era así. El desposorio
espiritual era como el billete de entrada en el abismo de la
misericordia, grandeza y santidad de mis TRES. Sería el prólogo de
esa página sublime que se iba a escribir en mi alma y en todo mi
ser a partir de aquella dichosa y feliz fecha, imborrable, del
matrimonio espiritual.
Purificada hasta el fondo según el querer y los amorosos
designios de mi Dios, limpia la inteligencia en el recogimiento,
limpia y purificada la voluntad, limpias todas mis potencias y
sentidos en la plena unión, estaba lista ya la prometida para las
bodas místicas.
El desposorio había procurado a mi alma un contacto con Cristo y
el Espíritu Santo. Fue como una dulce entrevista que había sido
ocasión de querernos más los dos y llegar al conocimiento mutuo.
Mi alma se sentía transportada y arrebatada. A lo largo de la
dolorosa etapa de purificación de la noche del espíritu, nos hemos
buscado recíprocamente con pureza y ardorosos amores, que han
terminado en el don perfecto y mutuo del matrimonio espiritual.
Aquel día del matrimonio, mi vida era una verdadera lástima. A
eso de las seis de la mañana, desperté, me levanté y quise adorar
a mis TRES, pero ni los sentía ni me sentía atraída. Sentía más
bien repugnancia a todo lo que era Dios. Por otra parte, quería
encontrarlo y lo buscaba con todo el amor de mi alma. Hacía todas
las penitencias que se me permitían y deseaba vivir en donde nadie
me viese, abandonada de todos y de todo. Todo el día lo pasé en
angustia.
Por la tarde, me retiré a la oración y, cuando menos lo
esperaba, me sorprendió la amorosa presencia de mis TRES. Todo fue
quedarme de rodillas y, sin darme cuenta de que estaba rezando, me
perdí. El Dios uno y trino, mi Dios Trinidad, se me hizo presente
fuera de mí a una altura de dos metros en una luz envuelta en nubes
o algo así. Y vino la unión. Todo se realizó en intensa paz y
gran unidad interior. Sentí el toque íntimo y profundo de ellos.
Un extraordinario llamamiento a la Santidad. Algo que me unía
estrechamente y me elevaba a la divinidad. Algo tan sublime que
nunca en mi vida había sentido.
Todo esto se realizó en un segundo y, al momento, me sentí
elevada y me quedé hecha con Él una sola cosa. Fue un llamamiento
que se realizó dentro de mi alma, en su misma esencia, donde fue
consumada la unión matrimonial. Pero he de decir que, primero, lo
sentí fuera de mí, es decir, venía de lo alto, lo distinguía
perfectamente como si Ellos, los TRES, me llamaran desde la altura,
donde se mostraban a la vez. Dios uno y trino, el Padre, el Hijo y
el Espíritu Santo, descendieron del cielo, de lo alto, para
comunicarse a mi alma, que se sentía atraída hacia ellos. Al mismo
tiempo, ellos descendían hacia mí y tomaban posesión de mi ser,
comunicándome su misma vida.
Ellos cayeron amorosamente sobre mi alma y se me entregaron en
unión matrimonial en inefable abrazo de amor. Y una voz dulce me
decía: “Mis cosas son tuyas y tus cosas son mías”. En el mismo
centro de mi alma, los TRES se me mostraban como una luz
sobrenatural tan clara y distinta, en visión intelectual, que en lo
sucesivo no se ha apartado de mí esta vista amorosísima y suave de
mis TRES, con los que vivo de continuo enamorada locamente; incluso,
en 1as ocupaciones que más atención requieren o en mis atenciones
a las hermanas, cuando el deber o la caridad lo exigen.
En el matrimonio espiritual no fue solamente unión como en otras
ocasiones anteriores. Hubo fusión. Y en esta fusión de vidas me
quedó la distinción de personas. Al entregárseme las divinas
personas, sentí un algo en mi alma y en todo mi ser, como si
grabasen en mí estas sublimes palabras: Amor, santidad,
divinización, repetidas tres veces.
Cuando desperté del profundo y dulce sueño, mi vida había
cambiado totalmente, era muy superior a la que antes tenía. Me daba
la impresión de estar muy distante de la tierra y de las criaturas.
Me parecía carecer de cuerpo y hasta hallarme siempre en su gracia
¡Qué grandes prodigios obra Dios en las almas!
Ahora, solamente con dirigir la mirada al interior de mí misma,
ya me hallo en la presencia viva y radiante de las tres divinas
personas. Me parece imposible poder llevar en este mundo miserable
este género de vida. Mi alma se halla absorta, gozando de una
gloria anticipada. Todo me parece poco con tal de manifestarles mi
amor a ellos. Dios me posee y yo lo poseo. Dios es todo para mí.
Una de las certezas que me dejó esta experiencia fue un claro
conocimiento y una absoluta certeza de la permanente morada de Dios
en mi alma. Sí, su morada en lo íntimo de mi ser. Dios se hizo el
centro de mi ser y de mi vida y lo siento dentro de mí
habitualmente y, al mismo tiempo, yo me encuentro sumergida en las
profundidades de su ser, de su esencia divina. Continuamente me
siento llagada, son llagas con sabor a vida eterna por la gran
alegría que me proporcionan en el alma y por el sufrimiento que en
ella me despiertan. Una de estas llagas es la de fecundidad. Querer
comunicar la vida divina a las almas.
Desde ese día del matrimonio espiritual, ya no se ha vuelto a
ocultar Jesús. Sólo alguna vez se queda como velado. Ahora me
encuentro segura de su posesión: “Yo soy tuya y tu eres mío”.
Así me decía una voz tranquila, suave y dulcísima. En lo
profundo de mí misma, siento paz y me siento protegida, con un no
sé qué que a vida eterna sabe. A veces, Dios se ha manifestado a
mi alma y he gustado el beso de su paz ¡Cómo gustaba y gozaba de
este amoroso beso!
Apetecía la soledad de mi celda y a ella me retiraba en las
horas libres, después de haber cumplido con mis obligaciones. Al
igual que el pez en el agua, así estaba yo en la soledad. Todo lo
veía lleno de Dios y Él me acompañaba a todas partes. Por eso, en
ocasiones tenía que violentarme en presencia de las hermanas en el
recreo o en el cumplimiento de mis deberes.
Gozaba de continuo de la visión de la divinidad. La música, el
canto de las avecillas, el murmullo de las aguas, todo me elevaba y
comprometía. Sentarme en la huerta y contemplar la naturaleza me
era de gran placer y devoción. Las horas del coro eran de gran
delicia, a la vez que un compromiso por encontrarme en compañía de
la Comunidad y no poder dejar dilatarse mi pobre corazón.
Ahora mi oficio único y principal es el amor."Amar es mi
ejercicio". Velar por los intereses del reino de mi Dios, como
esposa fiel. Sin cuidarme de mí, arrojando en ellos todos mis
cuidados. Mi ocupación ha sido conocerlos más y más en las
profundidades del ser infinito, en sus divinos atributos, dejándome
deificar, divinizar y transformar más y más en ellos por el amor.
Las relaciones de Dios con mi alma son relaciones purísimas y
únicas, de una fidelidad como de esposos. La pobre aldeana y
pecadora ha sido llamada e introducida en el palacio del Rey. Ellos
han hecho ese palacio en mi corazón y en todo mi ser. Soy templo de
la Beatísima Trinidad, morada de mis TRES.
Después de mi matrimonio espiritual, mi cuerpo, mis intereses
personales, mi salud, toda mi vida estaba abandonada a la amorosa
providencia de los TRES. Nada me preocupaba: ni mi salud ni mi fama.
Todas las mañanas me colocaba en el altar y vertía en el cáliz mi
gotita diminuta de agua para que unida al vino, se convirtiese en
sangre de Cristo. Vivía en una ofrenda permanente. Quería amar a
todos sin excepción. Sólo quería darme y darme sin medida.
Sentía grandes ansias de ser muy fecunda en santidad y en almas
nuevas convertidas y salvadas, pues todo lo de mi esposo era mío y
todo lo mío era suyo. Unas veces, me unía en especial a una
persona divina y otras a otra; en ocasiones a los TRES o a la Madre
Inmaculada, según el mismo Espíritu Santo me guiaba.
Unas veces, me unía estrechamente al Verbo y con Él me unía al
Padre y al Espíritu Santo. Con Él y desde Él, amaba y glorificaba
al Padre y al Espíritu Santo. Otras veces, unida al Padre, amaba y
glorificaba con Él al Verbo y al Espíritu Santo. Otras, me unía
al Espíritu Santo para glorificar al Padre y al Verbo. También me
unía a la Madre de mi alma y, con ella, glorificaba y amaba a los
TRES. Ésta era mi vida: glorificar, amar, servir, atender a mi
esposo y a mis TRES, viviendo como si ya estuviera en la eternidad
y, desde allí, viera pasar las cosas y las criaturas.
Un día, hice un barrido de algunas cositas de mi celda como
libros, fotos. Lo rifé todo en el recreo para pasar un buen rato
con las hermanas y estar desprendida de todo hasta lo mas mínimo.
Me movía al soplo del Espíritu y se me exigía santidad por mis
queridos sacerdotes, a los cuales el Señor me confió como hijos.
Cada día me iba adentrando más en el silencio de Dios. Me parecía
ser como una cuarta persona de la Trinidad; en el Hijo recibía el
ser y el amor del Padre, y en el Padre recibía, el amor y la
redención del Hijo; y en todo obraba a impulsos del Espíritu
Santo, unida con María. El mismo Espíritu y amor nos unía a los
cinco.
Como gotita de agua diluida en el océano de la divinidad,
seguía navegando mar adentro en la esencia de Dios y así aprendí
que la eternidad de Dios, no es “no tener principio ni fin",
aunque no lo tenga, sino que es un sencillo vivir presente,
siempre... Eterno es el Padre, eterno es el Hijo y eterno es el
Espíritu Santo en un eterno vivir presente. El Padre no es antes
que el Hijo ni que el Espíritu Santo, sino una presente eternidad,
vida de los TRES. El Padre dice al Hijo: “Tú eres mi Hijo, yo te
he engendrado hoy”. El Padre es padre per ser el principio fontal;
no engendró al Hijo de una vez para siempre, sino que, en un eterno
presente, lo sigue engendrando por vía de conocimiento. El Hijo,
igual al Padre, lo está conociendo y recibiendo de Él el ser Hijo.
“Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiera
revelar”. Comprendí también, en un arrebato de amor, que el Hijo
agota y abarca todo el conocimiento del Padre. Y el Hijo amado
devuelve al Padre todo cuanto de Él recibe: el ser, las
perfecciones infinitas… y los dos tienen el mismo Espíritu que se
dan y se reciben recíprocamente, dándose el ser.
Ahora mi alma se va ensanchando y dilatando en su capacidad de
amar. Dios se me presenta siempre con gran paz. Él es Paz, Silencio
eterno, Inmutabilidad, Eternidad. Nada inquieta el silencio de mi
espíritu. En el fondo de mi alma, hallo un remanso de paz, de
confianza, de abandono y amor.
Agradezco a María, que fue la encargada de preparar las bodas y
de hacerlas realidad. Ella ha estado siempre presente en todas mis
cosas. Gracias, Madre.
Voto de lo más perfecto
Mi santa Trinidad, mi único bien y mi todo. Yo N.N., aquí en
vuestra presencia, para mejor responder a vuestra voluntad y deseos,
me obligo con voto a obrar siempre lo más perfecto. Me entrego a
mí misma a vuestro divino querer y deseo ser en todo semejante a mi
Señor Jesucristo y con Él ser hostia por la santa Iglesia y por
las almas, especialmente por las de mis queridos sacerdotes.
Este voto ha de consistir principalmente en la obediencia a Dios,
a mis reglas y Superiores, y en el cumplimiento fiel y exacto de los
deberes propios de mi estado, procurando descubrir siempre y
realizar con fidelidad el maravilloso plan de Dios. También
consiste en no permitirme voluntariamente ningún pensamiento
inútil y evitar cualquier distracción. También supone crucificar
mi propia voluntad, mis gustos y mis deseos en todo.
Y en las dudas sobre lo que sea más perfecto, obraré con entera
libertad, entre dos extremos moralmente buenos, buscando siempre lo
mejor. Así, si la omisión de una obra es menos perfecta que el
hacerla, aunque sólo se trate de dar buen ejemplo, tendré
obligación de ejecutarla. Por otra parte, siempre procuraré
sonreír a mis TRES, aunque me tengan en cruz.
A ejemplo de mi querida Madre y bajo su amparo maternal,
cumpliré mi deber obrando con perfección en todo, especialmente en
lo más pequeño. Me comprometo con este voto a vivir alejada por
completo del mal, viviendo una vida pura, dejando mis cuidados en
Dios y sin que nada de la tierra me afecte. No es mi intención
obligarme a pecado con este voto, pero sí a hacer muchos actos de
amor y reparación por cualquier falta que cometa y a dar cuenta de
ello a mi director. Renovaré este voto todos los días con nueva
decisión y amor, pero con entera libertad de suspenderlo, si me lo
indica mi padre espiritual.
Mi santa Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, aceptad y
bendecid estos deseos y obligaciones que me impongo para vuestra
gloria, para santificación de todas las almas consagradas y
sacerdotales y para el bien de toda la Iglesia y de mi propia
santificación.
Elevación a la Trinidad
¡Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme
totalmente de mí para establecerme en Ti, inmóvil y serena, como
si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi
paz, ni hacerme salir de Ti, mi Dios inmutable, sino que cada
momento me sumerja más adentro en la profundidad de tu Misterio.
Pacifica mi alma, haz en ella tu cielo, tu morada más querida y el
lugar de tu descanso. Que nunca te deje solo allí, sino que esté
por entero allí contigo, bien alerta mi fe, en total adoración
y completamente entregada a tu acción creadora.
¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor! Quisiera ser esposa
para tu Corazón; quisiera cubrirte de gloria; quisiera amarte...
¡hasta morir de amor!
Pero conozco mi impotencia y te pido que me revistas de ti mismo,
que identifiques mi alma con todos los sentimientos de tu alma, que
me sumerjas en Ti, que me invadas, que ocupes Tú mi lugar, para que
mi vida no sea más que una irradiación de tu Vida. Ven a mí como
Adorador, como Reparador y como Salvador.
¡Oh Verbo eterno, palabra de mi Dios! Quiero pasar mi vida
escuchándote, quiero ser toda oídos a tu enseñanza para
aprenderlo todo de Ti. Y luego, en medio de todas las noches, de
todos los vacíos y de todas mis impotencias, quiero vivir con los
ojos siempre clavados en Ti y permanecer bajo tu inmensa luz.
¡Oh mi Astro querido! Fascíname de tal manera, que ya nunca
pueda salir de tu irradiación divina. ¡Oh Fuego devorador,
Espíritu de Amor! Ven a mí para que se produzca en mi alma una
especie de encarnación del Verbo: que yo sea para Él una humanidad
suplementaria en la que Él pueda renovar todo su misterio.
Y Tú ¡oh Padre!, inclínate sobre esta pobre criatura tuya,
cúbrela con tu sombra, y no veas en ella más que a tu Hijo el
amado, en quien has puesto todas tus complacencias.
¡Oh mis Tres, mi todo, mi eterna Bienaventuranza, Soledad
infinita, Inmensidad donde me pierdo!, yo me entrego a Ti como
víctima. Escóndete en mí para que yo me esconda en Ti, hasta que
vaya a contemplar en tu luz el abismo de tus grandezas.
(Beata Isabel de la Trinidad)
CONCLUSIÓN
Después de haber visto muchas experiencias místicas sobre el
desposorio y matrimonio espiritual podemos decir que Dios es Amor.
Ciertamente, el amor de Dios envuelve y empapa toda nuestra
existencia. Por eso, el sentido de nuestra vida está en amar y ser
amados. Ahora bien, cuanto más avanzamos en el camino de la
santidad, más vivimos y entendemos que el amor de Dios es
trinitario.
Dios es uno y trino y los tres unidos nos aman y están presentes
en nuestra alma. Cuando un alma se une en matrimonio espiritual a
Dios, lo hace en Jesús por el Espíritu Santo. Es decir, es un
matrimonio con los TRES por medio de la humanidad de Jesús. Jesús,
el hombre-Dios, es el puente para llegar a la plenitud del amor en
la Trinidad. Y en todo el proceso, María, nuestra Madre, está
presente como colaboradora y animadora de la unión del alma con
Dios.
De todo esto podemos concluir la importancia inmensa que tiene la
Eucaristía en nuestra vida espiritual, para llegar a la plenitud
del amor trinitario. En la Eucaristía está realmente presente
Jesús como hombre y como Dios. En Él debemos centrar nuestra vida
para llegar al Padre con la ayuda del Espíritu Santo. También es
importante el amor a María, que nos lleva a amar más y más a
Jesús.
El Espíritu Santo es parte indispensable de toda santificación,
porque es el santificador; y el Padre es la fuente y fin de toda
vida y de todo amor. Por eso, la unión transformante con Jesús es,
a la vez, con el Padre y el Espíritu Santo. Es, como dicen algunos
místicos, llegar a ser UNO con la Trinidad, es como transformarse
en la Trinidad; es, de alguna manera, como trinificarse, hacerse UNO
con ella.
Por ello, amemos cada día más a Dios, uno y trino, y tengamos
una profunda gratitud al Espíritu Santo, viviendo intensamente el
amor a Jesús Eucaristía y a María, nuestra Madre para que
lleguemos un día a la plenitud del amor en el matrimonio
espiritual.
Éste es mi mejor deseo para cada uno y, en especial, para las
almas consagradas. Que Dios te bendiga y te haga santo.
Tu hermano y amigo desde Perú. P. Ángel Peña O.A.R. Agustino
Recoleto
BIBLIOGRAFÍA
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Salamanca, 1999. Beata Dina Bélanger, Autobiografia, Ed. Religiosas
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