LA PROVIDENCIA DE DIOS
Nihil Obstat P. Fortunato Pablo Prior Provincial Agustino
Recoleto
Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca
(Perú)
ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA-PERÚ 2005
ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN
La Creación. La historia humana. El Antiguo y el Nuevo
Testamento. Dios nos habla. Jesús nos habla. Reflexión. Hombres
sin fe. La providencia de Dios. Providencia y libertad. Providencia
y oración. Providencia y sufrimiento. La enfermedad. Providencia y
obediencia. La voluntad de Dios. Abandono de Dios. Confianza total.
Dios te ama. El poder del amor. Cristo, María y la Iglesia. La
misa. Instrumentos de la providencia. Los santos y la providencia.
Santa Catalina de Siena. Casos extraordinarios. Ejemplos de vida.
Providencia y milagros. Milagros cotidianos. Dios actúa con
sencillez. Reflexiones. Oraciones. Un mensaje para ti. Hacia el
encuentro.
CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA
INTRODUCCIÓN
En este libro queremos tratar el tema de la providencia de Dios.
Dios es amor y nos ama infinitamente. Por eso, nada de lo que nos
pasa puede ser indiferente para Él. Él nos cuida como a la niña
de sus ojos y tiene contados hasta de los cabellos de nuestra
cabeza. Dios dirige toda nuestra existencia hasta en los más
mínimos detalles. Nada escapa a su cuidado y las mismas fuerzas del
universo están a su servicio para bien de los hombres.
Él vela por nosotros las 24 horas de cada día y no nos deja
solos ni un instante. De ahí que creer en la providencia de Dios
nos da una seguridad y tranquilidad extraordinaria. Podemos dormir
tranquilos, sabiendo que nada pasará, sino lo que Dios permita y
hasta donde lo permita por nuestro bien (Rom 8,28). Su amor
misericordioso inunda nuestra vida. Él nunca se olvida de nosotros,
pues nos conoce a cada uno por nuestro nombre y apellidos.
Por consiguiente, su providencia guía nuestra vida y su amor
abraza todo nuestro ser. Nunca dudemos de su presencia amorosa a
nuestro lado, sino hagamos un acto de fe en su amorosa providencia y
confiemos en Él, aun cuando no podamos entender las cosas que nos
suceden. Hay cosas que solamente las podremos comprender en la
eternidad. Lo importante es creer que, pase lo que pase, Dios nos
ama, y nos cuida y que, a pesar de todo, nosotros podemos seguir
creyendo en su amor.
Jesús, que siempre te ama y te espera en la Eucaristía, te dice
como a Jairo: No tengas miedo, solamente confía en Mí (Mc 5,36)
¿Estás dispuesto a confiar en el amor providente de Dios hasta las
últimas consecuencias? Dios espera tu respuesta de amor y confianza
para hacer maravillas en tu vida. Que Él te bendiga.
Cada día, la providencia de Dios amanece antes que el
sol.LA CREACIÓN
La providencia de Dios se manifiesta desde el principio mismo de
la creación del universo. Dios no quiso crearlo perfecto y completo
en sí mismo. Quiso crear un universo en evolución constante, un
universo en marcha permanente. Los científicos, que estudian la
evolución de las especies hasta el hombre, están de acuerdo en
afirmar que se dieron las condiciones adecuadas para el desarrollo
de la vida de animales superiores. La historia de la evolución de
la tierra es única, cualquier otra alternativa hubiera podido
desembocar en un fracaso o en una esterilidad completa. Veamos lo
que dice el gran astrónomo jesuita, asesor de la NASA y miembro del
Observatorio del Vaticano, el padre Manuel Carreira:
Un factor crucial en la trayectoria de la vida en la tierra es el
proceso catastrófico de extinción, que, en diversas ocasiones,
eliminó en muy poco tiempo hasta el 90% de las especies vivientes
en la tierra en un determinado momento. Se encuentran indicaciones
de cinco grandes episodios de extinción en los últimos quinientos
millones de años, aproximadamente, y en cada caso la evolución
cambió drásticamente de rumbo. El caso más conocido es el de la
desaparición de los grandes reptiles, hace setenta y cinco millones
de años. De no haber ocurrido, es muy dudoso que los mamíferos
constituyesen hoy la forma de vida más desarrollada… La
trayectoria de la evolución ha sido única. No es posible predecir
que algo semejante se hubiese dado en cualquier posible repetición
de la historia del planeta… Cualquier modificación de la historia
del planeta, podría haber dado como resultado su esterilidad vital
o la limitación de formas vivientes.
La tierra, como él mismo dice, es un planeta privilegiado y no
es posible suponer que esas condiciones privilegiadas, que se dieron
aquí, se hayan dado en otros lugares del universo. De todos modos,
lo cierto es que, hasta desde el punto de vista científico, parece
que una mano superior ha dirigido al universo hasta la actual
vitalidad de la tierra con los mamíferos y, finalmente, al hombre.
Ahora bien, para la existencia del hombre se necesitó una
intervención especial a Dios. Como decía el Papa Juan Pablo II a
los miembros de la Academia Pontificia de Ciencias, el 22-10-1996:
Al llegar al hombre nos encontramos con una diferencia de orden
ontológico, ante un salto ontológico. Por eso, debe aclararse que,
si bien el cuerpo humano puede ser fruto de la evolución universal,
pues podría venir de un primate desarrollado, hay que admitir que
su alma no es fruto de la evolución natural, sino que es creada
directamente por Dios. Y creó Dios al hombre a imagen suya, a
imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra (Gén 1,27).
Y Dios creó al hombre para hacerlo eternamente feliz en Cristo y
por Cristo. Por eso, sin Cristo no tiene sentido la creación. San
Pablo dice muy bien: En Él fueron creadas todas las cosas del cielo
y de la tierra... todo fue creado por Él y para Él (Col 1,16). De
modo que podemos decir que la gran obra de la creación del universo
encuentra su sentido más profundo en Jesucristo, de acuerdo al
plan, que Dios en su providencia, trazó desde toda la eternidad.
LA HISTORIA HUMANA
Podemos decir que la historia humana está dirigida por dos
grandes fuerzas: La providencia de Dios y la libertad del hombre. La
providencia de Dios guía siempre a cada hombre hacia el bien y
hacia su felicidad, pero el hombre con su libertad personal puede
aceptar o rechazar el amor de Dios.
San Agustín, en su gran obra La ciudad de Dios dice: Dos amores
han construido dos ciudades: la terrenal, el amor de sí mismo, que
llega hasta el desprecio de Dios; y la celestial, el amor de Dios,
que llega hasta el menosprecio de sí mismo. Aquélla se gloría en
sí misma, ésta en el Señor. Aquélla busca la gloria humana; para
ésta, la máxima gloria es Dios, testigo de su conciencia (De civ
Dei 14,28). Y en otro lugar reafirma esta idea diciendo: Dos amores
han construido dos ciudades; a Jerusalén, la ha construido el amor
de Dios. A Babilonia, el amor a este mundo. Vea, pues, cada uno lo
que ama y hallará de dónde es ciudadano y, si viere que es
ciudadano de Babilonia, (que simboliza las fuerzas del mal), extirpe
la codicia y plante la caridad, y, si viere que es ciudadano de
Jerusalén (que simboliza las fuerzas del bien) tolere la cautividad
y espere la libertad (En in ps 64,2; PL 36,775).
San Agustín no olvida que la humanidad entera es asumida por
Cristo, al tomar la naturaleza humana, y, por eso, considera a todos
los hombres, hermanos en Cristo. Al final de los tiempos, cuando
llegue el fin del mundo, Cristo juzgará a todas las naciones y
será la felicidad de los elegidos. Mientras que los que lo
rechazaron irán eternamente a vivir con los demonios, pues se
fabricaron su propio infierno, al no querer amar y hacerse un
corazón lleno de odio y de maldad. Dios respetará su decisión.
Pero los buenos gozarán eternamente. Precisamente, las últimas
palabras del libro La Ciudad de Dios hablan del cielo y dice: Allí
descansaremos y contemplaremos, contemplaremos y amaremos, amaremos
y alabaremos. He aquí lo que será la dicha que no tiene fin.
En el libro del Apocalipsis se plantea también la historia de la
humanidad como una batalla entre el bien y el mal. Al final, Dios
triunfará. Y dice: Fueron arrojados los muertos según sus obras…
La muerte y el infierno fueron arrojados al estanque de fuego y todo
el que no fue hallado escrito en el libro de la vida fue arrojado en
el estanque de fuego (Ap 20,12-15).
Por tanto, la historia humana terminará en dos grandes bloques,
los buenos y los malos, los que aman y los que no quieren amar, los
felices y los infelices. Nosotros tenemos la decisión final. Dios
nos ama tanto que respeta nuestra libertad hasta si queremos odiarlo
por toda la eternidad. Pero Él, como buen Padre, que conoce todo y
quiere nuestro bien, nos guía amorosamente hacia el bien y el amor,
porque nos quiere ver felices con Él eternamente en el cielo.
La humanidad toda, de todos los tiempos, va avanzando aún a
través de horrores y errores, en un constante peregrinar hacia la
gran luz de Jesús. Al fin de los días, como dirían los profetas
del Antiguo Testamento, o sea, en un futuro todavía lejano, la
humanidad se encontrará en actitud de oración y adoración,
arrodillada a los pies de la cruz. Así se iniciará el reino de
Dios. Aun cuando parezca que tarde, el Día del Señor llegará.
EL ANTIGUO Y EL NUEVO TESTAMENTO
Si analizamos detenidamente el Antiguo Testamento, veremos una
serie de hechos claves en los que se manifiestan el amor y la
providencia de Dios sobre su pueblo predilecto. Dios salva a Noé y
a su familia en el arca (Gén 6-8). El nacimiento de Isaac aparece
como milagroso, cuando ya Sara no podía tener hijos; esto mismo
pasa con Sansón o con Juan Bautista. Dios salva a Lot de la
destrucción de Sodoma y Gomorra, ciudades corrompidas. En la
historia de José, virrey de Egipto, también aparece claramente la
providencia de Dios, que permite que sea vendido como esclavo para
después bendecir a su familia.
Y ¿qué podríamos decir de la liberación de Israel del poder
de Egipto? ¿Y de la conquista de la tierra prometida por Josué?
¿Y del regreso de la cautividad de Babilonia? Igualmente, los
profetas son hombres providenciales, que, en el plan de Dios,
trataron de recordar al pueblo la alianza y el compromiso de
fidelidad con Dios.
Todo el Antiguo Testamento es una continua intervención de Dios
para guiar a su pueblo hacia el bien: desde el paso del mar Rojo y
el paso del Jordán hasta la lucha de liberación de los Macabeos,
en los cuales interviene Dios con prodigios admirables (2 Mac 3,25;
10,29; 11,8).
Pero así como Dios es un Padre bueno y misericordioso, también
aparece como padre justo, que no puede permitir la corrupción y los
pecados de sus hijos. Por eso, interviene, a veces, permitiendo que
sean oprimidos por los pueblos vecinos e, incluso, que sean llevados
cautivos a Babilonia, como castigo de sus pecados para que se
enmienden y se purifiquen.
No hace falta decir que, en el Nuevo Testamento, los casos de
intervención divina son incontables a través de la persona de
Jesús con sus milagros y su amor personal por cada uno de los que
le rodean. María y José, los apóstoles y Pablo, los evangelistas…
son sólo unos pocos ejemplos de tantos seres providenciales,
enviados por Dios al mundo para guiarlo por el camino de la
salvación. Y, a lo largo de los siglos, la Iglesia ha seguido el
camino de Jesús, con muchos altibajos, es cierto, al igual que el
pueblo de Israel, pero con paso firme, porque Jesús nunca abandona
a su Iglesia y ha prometido que el poder del infierno nunca la
podrá destruir (Mt 16,18).
¡Y cuántos santos y cuántas Órdenes religiosas providenciales
y cuánto amor ha ido derramado y sigue derramando en el mundo por
medio de la Iglesia!
DIOS NOS HABLA
Dios nos quiere tanto que nos ha querido escribir una carta de
amor en la Biblia para enseñarnos el camino del bien y que no
dudemos de su amor. Allí nos dice: Como un Padre tiene ternura con
sus hijos, así el Señor tiene ternura con sus fieles (Sal 103,13).
Y quiere que nos dirijamos a Él con total confianza y le llamemos
papá. Porque hemos recibido el espíritu de adopción por el que
aclamamos Abba, papá… Somos hijos de Dios y, si hijos, también
coherederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo (Rom
8,15.17).
Él es cariñoso con todas sus criaturas (Sal 145,9). Y nos mima
como un buen padre: Cuando Israel era un niño yo lo amé… Lo
levanté en mis brazos. Fui para ellos como quien alza una criatura
contra su mejilla y me bajaba hasta ella para darle de comer (Os
11,1-4). ¡Cuánto nos ama nuestro Padre!
Él, como un Padre providente hace justicia a los oprimidos, da
pan a los hambrientos y libra a los presos, abre los ojos del
ciego..., guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la
viuda (Sal 146,7-9).
Por eso, Señor, todos esperan de ti que les des alimento a su
tiempo. Tú se lo das y ellos lo toman; abres tu mano y se sacian de
bienes (Sal 104,27-28). Ciertamente, a los que buscan a Dios no les
falta bien alguno (Sal 34,11). Por ello, podemos decir llenos de
confianza con el Salmo 23:
El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace
recostar. Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas;
me guía por el sendero justo, por el honor de Su nombre. Aunque
camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú (Señor) vas
conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan.
¡Qué hermoso es saber que, aun en los momentos más difíciles
de la vida, cuando todo es oscuridad y tiniebla a nuestro alrededor,
nuestro Padre Dios vela por nosotros! No importa, si somos
importantes o sencillos, Dios nos ama a todos por igual. Dios ha
hecho al pequeño y al grande, e igualmente cuida de todos (Sab
6,7).
Y ¡qué bello es leer el Salmo 91, que es un canto a la
providencia de Dios!:
Tú, que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra
del Omnipotente, di al Señor: Refugio mío, alcázar mío, Dios
mío, confío en Ti. Él te librará de la red del cazador, de la
peste funesta. Te cubrirá con sus plumas, bajo sus alas te
refugiarás. Su brazo es escudo y armadura. No temerás el espanto
nocturno, ni la flecha que vuela de día ni la peste que se desliza
en las tinieblas, ni la epidemia que devasta a medio día… A sus
ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos, te
llevarán en sus palmas para que tu pie no tropiece en la piedra,
caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones.
Se puso junto a mí: lo libraré, lo protegeré, porque conoce mi
nombre, me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la
tribulación, lo defenderé, lo glorificaré, lo saciaré de largos
días y le haré ver mi salvación.
¡Que hermoso es saber que el Padre Dios me ama y cuida de mí!
Por eso, confía en el Señor y haz el bien, habita tu tierra y
practica la lealtad; sea el Señor tu delicia y Él te dará lo que
pida tu corazón. Encomienda tu camino al Señor, confía en Él y
Él actuará (Sal 37,3-5). Confía en el Señor de todo corazón y
no te apoyes en tu propia inteligencia (Prov 3,5). ¡Qué pena,
cuando un hombre sólo confía en sus propias fuerzas y se olvida de
Dios! Él mismo se fabrica su ruina y su propia infelicidad, porque
sin Dios nadie puede ser feliz. De ahí que podamos decir con
Jeremías: Maldito el hombre que confía en otro hombre, alejando su
corazón de Dios… Pero dichoso el hombre que confía en Dios y
pone en Él su confianza (Jer 17,5.7).
Dios guía nuestros caminos, aunque sean incomprensibles para
nosotros. Nada ocurre por azar o casualidad. Vemos en el Antiguo
Testamento el caso de José, virrey de Egipto. Sus hermanos lo
habían vendido como esclavo y él les dice: Vosotros creíais
hacerme un mal, pero Dios ha hecho de él un bien, cumpliendo lo que
hoy sucede; poder conservar la vida de un pueblo numeroso (Gén
50,20). Cuando Abraham era viejo y Sara no podía tener hijos, Dios
le dijo: Sarai, tu mujer, no se llamará ya Sarai, sino Sara, pues
la bendeciré y te daré de ella un hijo, a quien bendeciré y
engendrará pueblos y saldrán de él reyes (Gén 17,15). Cuando
Abraham va a sacrificar a su hijo Isaac por orden de Dios, y no
tiene nada para el holocausto, le dice Dios proveerá la res para el
holocausto, hijo mío (Gén 22,8) y así fue. Moisés era tartamudo
y Dios lo escoge para ser el jefe de su pueblo y liberarlo de los
egipcios. Dios le dijo: Vete, yo te envío al faraón para que
saques a mi pueblo, a los hijos de Israel, de Egipto (Ex 3,10). Yo
estaré en tu boca y te enseñaré lo que has de decir (Ex 4,12). Y,
cuando los israelitas están en el desierto y no tienen que comer,
Dios les manda el maná y Moisés les dice: Éste es el pan que os
da Dios para alimento. Mirad que Dios ha mandado a cada uno de
vosotros la cantidad que necesita para alimentarse (Ex 16,15-18).
Dios pensaba en ellos y los cuidaba como a hijos queridos. Por
eso, debemos confiar en Él sin condiciones y no acumular bienes con
avaricia, pensando en el mañana, porque el mañana está en las
manos de Dios. Más bien, debemos saber compartir nuestros bienes
con los necesitados para conseguir así un tesoro en el cielo.
Recordando siempre que Dios proveerá (Gén 22,8 y Fil 4,19).
JESÚS NOS HABLA
En la vida de Jesús podemos observar con claridad el amor de
Dios en acción. Jesús, el Dios encarnado, el Dios humano, el
hombre Dios, nos manifiesta, en cada paso de su vida, su amor
infinito por los hombres. Perdona a los pecadores, sana a los
enfermos, bendice a los niños y predica a todos el camino del amor
y de la salvación. Y llegó hasta tal punto su amor que, para
salvarnos, no dudó en hacerse en todo semejante a nosotros menos en
el pecado. Toda su vida es una manifestación clara del amor y de la
providencia de Dios. Él nos dice:
No os inquietéis por vuestra vida sobre qué comeréis ni qué
beberéis ni por vuestro cuerpo sobre qué os vestiréis. ¿No es la
vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las
aves del cielo, no siembran ni almacenan ni siegan y vuestro Padre
celestial las alimenta ¿No valéis vosotros más que ellas?… No
os preocupéis, diciendo: ¡qué comeremos, qué beberemos o con
qué nos vestiremos! Los gentiles se afanan por todo eso, pero bien
sabe vuestro Padre celestial que de todo eso tenéis necesidad.
Buscad primero el reino de Dios y su justicia… No os inquietéis,
pues, por el mañana (Mt 6,25-34).
¿No se venden dos pajaritos por unos céntimos? Sin embargo, ni
uno de ellos cae en tierra sin la voluntad de vuestro Padre. Cuanto
a vosotros, hasta los pelos de vuestra cabeza están contados. No
tengáis miedo, pues valéis más que muchos pajarillos (Mt
10,29-31).
Mirad los cuervos que ni hacen sementera ni cosecha, que no
tienen despensa ni granero y Dios los alimenta… Mirad los lirios
cómo crecen; ni trabajan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en
toda su gloria se vistió como uno de ellos. Si a la hierba que hoy
está en el campo y mañana se echa al fuego, así la viste Dios,
¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? No andéis buscando
qué comeréis y qué beberéis y no andéis ansiosos, porque todas
estas cosas las buscan las gentes del mundo, pero vuestro Padre sabe
que tenéis necesidad de ellas. Vosotros buscad primero el reino de
Dios y su justicia, que todo lo demás se os dará por añadidura.
No temas, rebañito mío, porque vuestro Padre se ha complacido en
daros el reino (Lc 12,24-32).
REFLEXIÓN
Reflexionemos brevemente sobre las anteriores palabras de Jesús.
Él tiene el control absoluto de nuestra vida hasta en los más
mínimos detalles, pues tiene contados hasta los cabellos de nuestra
cabeza. Esto es una manera de decirnos que nada de nuestra vida es
insignificante para Él. Que somos tan importantes que se preocupa
de todo lo que nos pasa; si estamos alegres o tristes, sanos o
enfermos… Todo lo nuestro es importante para Él, porque somos sus
hijos. Él vela como un buen padre por nuestro bienestar material y
espiritual. No sólo de lo espiritual, que es ciertamente lo más
importante, sino también de las cosas materiales de cada día. Pero
lo que no quiere es que estemos angustiados, como si estuviéramos
abandonados, sin padre ni madre, en un mundo adverso, donde sólo
pueden vivir los más sagaces y violentos. No, Él está pendiente
de si nos falta comida o bebida o vestido. Sin embargo, Él quiere
que nosotros colaboremos con nuestro esfuerzo, pues nos ha dado la
libertad para que pongamos de nuestra parte, ya que Él no quiere
hacer milagros sin necesidad.
Por consiguiente, si no tenemos comida, quiere que la busquemos o
la pidamos, pues Él puede dárnosla a través de medios normales,
por intermedio de otros hermanos. Y, si estamos enfermos, quiere que
vayamos al médico y tomemos las medicinas. Y, si necesitamos
trabajo para vivir, Él quiere que lo busquemos y que trabajemos, y
no vayamos por el camino fácil del préstamo o de la limosna; pues,
si pudiendo trabajar, no queremos trabajar, Dios no nos podrá
ayudar.
Pero, si ponemos todo lo posible de nuestra parte, Dios no nos
puede pedir más y, aun en el caso de que muriéramos de hambre,
podríamos morir tranquilos y Dios nos recibiría contento en su
cielo. Si tenemos fe y confiamos en Él, será capaz de hacer hasta
milagros espectaculares para demostrarnos su amor. Por ejemplo, el
profeta Elías estaba huyendo de la reina Jezabel y, yendo por el
desierto, no tenía nada para comer… Y Dios mandó un ángel para
darle una torta cocida y una vasija de agua (1 Re 19,6). Y, cuando
huía de Ajab, y estaba junto al torrente Querit, los cuervos le
llevaban pan por la mañana y carne por la tarde y bebía del agua
del torrente (1 Re 17). Y, cuando Elías fue a Sarepta de Sidón,
multiplicó la harina y el aceite de una mujer viuda, que le daba de
comer. Y le dijo: He aquí lo que dice Yahvé: No faltará harina en
la tinaja ni disminuirá el aceite en la vasija hasta el día en que
Yahvé haga caer la lluvia sobre la tierra (1 Re 17). También el
profeta Eliseo multiplicó el pan para dar de comer a cien personas
y multiplicó el aceite a una mujer de Sunam (2 Re 4).
Si tenemos fe, Dios no se dejará ganar en generosidad y siempre
estará atento a nuestras necesidades para ayudarnos, especialmente,
en casos difíciles, cuando la ayuda humana sea imposible. Y esto,
no solamente en necesidades de comida, sino en toda clase de
necesidades y problemas de la vida. Dios hizo muchos milagros por
medio de los apóstoles, de modo que hasta la sombra de Pedro sanaba
a los enfermos (Hech 5,15).
San Pablo, en la isla de Malta, sanó a muchos enfermos. Para los
malteses fue providencial que san Pablo estuviera allí después de
haber sido librado del naufragio del barco con toda la tripulación.
Dios salvó a Pablo de la picadura de la serpiente y así pudo
predicarles la palabra de Dios con eficacia (Hech 28).
En el Evangelio vemos cómo Jesús da de comer en dos
oportunidades a miles de personas con la multiplicación de los
panes y los peces. Y bendice a aquella viuda pobre, que echa unos
centavitos en la alcancía del templo (Lc 21,4). Podemos creer que
Dios le proporcionó la comida a esta viuda, que confió en el
Señor, dándole lo poco que tenía para vivir.
Por eso, podemos creer lo que dice san Pablo: Dios proveerá a
todas vuestras necesidades según sus riquezas en Cristo Jesús (Fil
4,19). Además, el mismo Jesús nos ha dicho y nos ha prometido: Dad
y se os dará (Lc 6,38). Y todo el que dejare hermanos o hermanas, o
padre o madre, o hijos o campos por amor de mi nombre, recibirá
cien veces más en esta vida y después la vida eterna (Mt 19,29).
Y, sobre todo, nos ha dicho: Buscad primero el reino de Dios y su
justicia que todo lo demás se os dará por añadidura (Lc 12,31).
HOMBRES SIN FE
¡Qué triste es ver a muchos hombres sin fe que, al no creer en
el amor de Dios, van buscando seguridad en adivinos para que les
lean el futuro o les hagan su carta astral para poder así controlar
el futuro y poder defenderse de las fuerzas del mal! Sin embargo, no
creen en el poder de Dios ni el poder de la oración y sus vidas van
cada día más a la deriva, como barcos sin rumbo en medio de las
tormentas y dificultades de la vida.
Es lamentable ver cómo proliferan en las grandes ciudades
modernas, especialmente del primer mundo, los adivinos, los brujos y
toda clase de sectas filosóficas, orientales o de cualquier otro
tipo, que tratan de vender la idea de la felicidad a tantos millones
de hombres, que están vacíos por dentro. Al no tener fe, quizás
tienen una vaga idea de Dios, caminan a oscuras y, cuando tienen
problemas, tratan de solucionarlos con amuletos o leyendo los
horóscopos.
Incluso, cuando tienen enfermedades, van buscando igualmente
mediums o curanderos, que los convencen de sus bondades y, de esta
manera, los convierten en clientes fijos. Pero su corazón, alejado
de Dios, no puede disfrutar de la auténtica felicidad, que sólo
Dios puede dar. Muchos de nuestros contemporáneos ya no creen en
milagros ni quieren oír hablar de la providencia de Dios. Para
ellos creer en la providencia sería creer que Dios, un ser tan
importante, se rebajara para estar pendiente de nuestros pequeños
asuntos de cada día, pues creen que tiene cosas más importantes en
qué pensar. Ellos no pueden entender que un Dios tan omnipotente e
infinito pueda tener tiempo para cuidar de los pajaritos y de las
flores del campo. Ellos creen que es suficiente con que este Dios,
tan grande y majestuoso, se preocupe del cuidado de los astros y del
ir y venir de los planetas y de las estrellas.
Para ellos todo lo que sucede en nuestro mundo se debe a las
causas segundas, como dicen los filósofos, es decir, simplemente, a
la relación de causa-efecto de las fuerzas naturales. No pueden
creer que este Dios pueda ser tan humano y cariñoso como para
cuidar de los mínimos detalles de sus hijos. Ellos no pueden
entender ni podrán entender nunca a un Dios humano como Jesús, que
amaba a los niños y curaba a los enfermos. Nunca podrán entender
que Dios se rebaje hasta el punto de cuidar nuestra vida y guiarnos,
personalmente, hacia el bien y la felicidad.
Por eso, nosotros debemos hacer un acto de fe en el amor de Dios
y en su providencia. Dios no sólo cuida de los pajaritos, sino
también de los más pequeños de los seres humanos. Como dice
Jesús: Mirad de no despreciar a ninguno de estos pequeñitos,
porque, en verdad, os digo que sus ángeles ven de continuo en el
cielo el rostro de mi Padre celestial... La voluntad de vuestro
Padre, que está en los cielos, es que no se pierda ninguno de estos
pequeñitos (Mt 18, 10-14). No temas, rebañito mío, porque vuestro
Padre se ha complacido en daros el reino (Lc 12,32). Hasta los
cabellos de vuestra cabeza los tiene contados (Lc 12,7). Sí, existe
la providencia de Dios, porque Dios nos ama.
LA PROVIDENCIA DE DIOS
La providencia de Dios es el cuidado y solicitud que Dios tiene
sobre todas sus criaturas, procurándoles todo lo que necesitan. El
Catecismo de la Iglesia Católica dice que la solicitud de la divina
providencia… tiene cuidado de todo, desde las cosas más pequeñas
hasta los más grandes acontecimientos del mundo y de la historia
(Cat 303). Pero Dios no da solamente a sus criaturas la existencia,
les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas
y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de
su designio. (Cat 306). Los hombres, cooperadores a menudo
inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el
plan divino no sólo por sus acciones y oraciones, sino también por
sus sufrimientos. Entonces, llegan a ser plenamente colaboradores de
Dios y de su Reino (Cat 307). Especialmente, la oración cristiana
es cooperación con su providencia y su designio de amor hacia los
hombres (Cat 2738).
La providencia de Dios es el amor de Dios en acción. Por eso, lo
que ocurre en nuestra vida no es fatalismo determinado por el curso
de los astros o de las estrellas como dice la astrología. La vida
del hombre no depende de un destino ciego o de la casualidad. No
estamos abandonados a nuestra suerte por un creador que se ha
olvidado de nosotros; sino todo lo contrario, nos guía con amor en
cada uno de nuestros pasos, como un Padre, que vigila los pasos
vacilantes de su hijo pequeño.
Felizmente para nosotros, el amor y la misericordia de Dios es
más grande que nuestros errores y pecados, y siempre nos da la
oportunidad de rectificar el camino. Pero debemos entender que Dios
no es un dictador despiadado, que nos obliga a seguir su camino a
buenas o a malas. Dios quiere el amor de sus criaturas y el amor
sólo es válido, cuando se ama en libertad. Ciertamente, Dios es
omnipotente, pero su omnipotencia no es para destruir y matar, sino
para construir, amar y hacer felices a los hombres. Su omnipotencia
es omnipotencia de amor y sólo puede hacer lo que le inspire su
amor hacia los hombres.
Hablar, pues, de la providencia de Dios significa hablar del amor
de Dios. Creer en su amor significa creer que tiene el control de
todos los detalles que nos suceden y de todo lo que pasa en el
universo entero. Sí, Dios rige los astros del firmamento, guía el
curso de los planetas y controla la rotación de la tierra. Vela
sobre la hormiga que trabaja en su granero, cuida a los insectos que
pululan por el aire y sobre cada gota de agua del océano. Ninguna
hoja de árbol se agita sin su permiso, ni una brizna de hierba
muere sin Él saberlo, ni los granos de arena movidos por el viento.
Vela con solicitud sobre las aves y los lirios del campo. En una
palabra, creer en su amor providente significa creer que Él cuida
de los pasos de cada estrella, de cada ser humano, de cada átomo…,
porque su amor omnipotente mueve y da vida a todo lo que existe.
Por eso mismo, hablar de providencia es hablar de seguridad y de
tranquilidad existencial, sabiendo que alguien todopoderoso vela
sobre nosotros. Y que, por tanto, ningún enemigo, por poderoso que
sea, y ninguna fuerza maligna puede hacernos daño, porque nuestro
Padre Dios está siempre vigilante. Y, si permite que nos sucedan
cosas negativas y que nos toque alguna fuerza del mal, lo hace por
nuestro bien.
Santa Teresita del Niño Jesús habla de la providencia de Dios
con relación a las distintas vocaciones y dice: Durante mucho
tiempo estuve preguntándome a mí misma por qué Dios tenía
preferencias, por qué no todas las almas recibían las gracias con
igual medida... Me preguntaba por qué los pobres salvajes, por
ejemplo, morían en gran número sin haber oído siquiera pronunciar
el nombre de Dios... Jesús se dignó instruirme acerca de este
misterio. Puso ante mis ojos el libro de la naturaleza y comprendí
que todas las flores creadas por él son bellas, que el brillo de la
rosa y la blancura de la azucena no le quitan a la diminuta violeta
su aroma ni a la margarita su encantadora sencillez... Comprendí
que, si todas las flores pequeñas quisieran ser rosas, la
naturaleza perdería su gala primaveral, los campos ya no estarían
esmaltados de florecillas... Lo mismo acontece en el mundo de las
almas, que es el jardín de Jesús. Él ha querido crear santos
grandes, que pueden compararse a las azucenas y a las rosas; pero ha
creado también otros más pequeños, y éstos han de contentarse
con ser margaritas o violetas, destinadas a recrearle los ojos a
Dios, cuando mira al suelo. La perfección consiste en hacer su
voluntad, en ser lo que Él quiere que seamos.
La providencia de Dios se ocupa de cada flor del campo y de cada
alma en particular, como si no hubiera nadie más en el universo.
Todo su amor es para cada uno y vela por cada uno en particular.
Podríamos decir que la providencia de Dios dirige a todos y cada
uno hacia el amor. Somos flores de jardín de Dios, luces de su
divino resplandor, hijos de su gran familia, herederos de su reino,
y nos ama a cada uno con todo su infinito amor.
PROVIDENCIA Y LIBERTAD
Dios nos ama y guía nuestros pasos con amor de padre. El
problema es que nosotros, con frecuencia, no nos queremos dejar
guiar por Él y queremos ser libres a nuestra manera. Y, entonces,
surgen las dificultades, pues nos fabricamos nuestra propia
felicidad, lejos de Dios. La libertad humana, mal usada, es el gran
obstáculo para que toda la creación pueda ir con seguridad y
suavidad hacia Dios. Ya decía Georges Bernanos: El gran escándalo
de la creación no es el sufrimiento, sino la libertad. El hombre
puede decir: que se haga la voluntad de Dios o que no se haga. La
libertad puede dar origen al infierno o al paraíso en nosotros.
Ahora bien, también ocurre que nosotros somos llevados
frecuentemente por caminos que no hemos buscado y que no queríamos.
Dios, a veces, permite que nos sucedan cosas totalmente
incomprensibles o muy dolorosas. ¿Podemos pensar que es Dios el que
las quiere para nosotros? Digamos que muchas cosas nos suceden sin
que Dios las quiera, pero las permite para nuestro bien (Rom 8,28).
Dios no quiere que alguien muera en la guerra, porque no ha querido
la guerra. Dios no quiere que un delincuente mate, pero Dios lo ha
permitido. Dios no quiere que alguien tenga un accidente por
imprudencia, pero Dios ha respetado la libertad de quien ha manejado
a alta velocidad y se ha estrellado y ha matado consigo a sus
compañeros de viaje... Y así podríamos seguir hablando de muchas
otras cosas dolorosas que nos pueden suceder.
Nosotros queremos tener salud, trabajo, dinero y todas las
comodidades necesarias para vivir bien. Y Dios, a veces, sin culpa
de nadie, rompe nuestros esquemas y permite enfermedades o
cataclismos naturales o accidentes de los que nadie es culpable.
¿Echaremos la culpa a Dios? ¿No podemos ver en esos casos también
la mano amorosa de Dios, aunque nos duela? Si muere un ser querido o
quedamos enfermos o inutilizados de por vida... ¿Tendrá Dios la
culpa? ¿Será un Dios cruel que no tiene compasión de nosotros? He
ahí un problema que muchos se plantean y que, cuando su fe no es
fuerte, puede llevarlos al suicidio o a la desesperación o al
rechazo de Dios; pero, cuando se aceptan humildemente los planes de
Dios, entonces, podemos ver que, a pesar de todos los infortunios y
desgracias, Dios lleva la barca de nuestra vida hacia Él y hacia
nuestra felicidad.
PROVIDENCIA Y ORACIÓN
Dice Jesús a la gran mística francesa Gabriela Bossis en su
Diario Él y yo, Nº 845: ¿No se te ha ocurrido alguna vez pensar
que tal o cual gracia, que has recibido, te ha sido concedida a
causa de una plegaria que alguien hizo por ti? ¿O debido a ésta o
aquella bendición de un sacerdote? ¿O por los méritos que hubo en
la vida de tus padres? ¿O simplemente por la divina misericordia?
¿O de la bondad de mi Madre?.
Santa Teresita del Niño Jesús dice también: ¡Cuántas veces
he pensado que muchas de las gracias extraordinarias con las que
Dios me ha colmado, se las debo a algún alma humilde a la que sólo
conoceré en el cielo! ¿Qué quiere decir esto? Que Dios nos da
muchas gracias y bendiciones, si se las pedimos y no nos las dará,
si no se las pedimos. Por eso mismo, es una gracia muy grande de
Dios poner en nosotros el deseo de pedir algo que nos conviene.
Dice la misma santa Teresita: Dios nunca me ha hecho desear algo
que luego no me lo haya concedido (MA folio 71). No ha querido que
tuviese ni un solo deseo sin verlo realizado; no sólo mis deseos de
perfección, sino aun aquéllos cuya vanidad yo comprendía sin
haberla experimentado (MA fol 81).
Y es que Dios, como Padre amoroso, siente mucha más necesidad de
regalarnos sus dones que nosotros de recibirlos. Pero no quiere
darnos muchas cosas en contra de nuestra voluntad. Por eso, pone su
deseo en nosotros, como para pedirnos permiso.
Dice santa Teresita que la oración es como una reina que tiene
siempre libre entrada en el palacio del Rey, pudiendo obtener todo
lo que pide. ¿Nos damos cuenta ahora de cuántas bendiciones se
pierden los que no piden ni oran? Por supuesto que la mejor oración
es la misa, pues es la misa de Jesús en la que se ofrece al Padre
por la salvación del mundo. Si nos ofrecemos con Jesús en cada
eucaristía, todo será más fácil; pues, al estar unidos a Jesús,
el Padre nos verá como Jesús. De ahí que, para que la oración
sea más eficaz, deberíamos vivir la eucaristía en todo momento,
es decir, hacer de nuestra vida una misa continua, o sea, estar
unidos a Jesús en cada momento, de modo que Él y yo seamos uno, mi
voluntad sea la suya, y todo lo mío sea suyo. Vivir con Jesús, en
Jesús, por Jesús y para Jesús como María.
La oración puede hacer milagros y maravillas. Pero, cuando falta
la oración, todo puede ocurrir.
Muchas familias viven tragedias, separaciones y desgracias,
porque no oran. La oración es como poner un dique ante el ataque
del maligno. Dios nos ha hecho libres, pero quiere que nosotros le
pidamos, humildemente y con perseverancia, las gracias que
necesitamos para ser felices. Por eso, se ha dicho con insistencia:
La familia que reza unida permanece unida. Orar en familia es traer
sobre ella la bendición y la paz de Dios.
¿Imaginamos cuántas bendiciones podemos recibir, si las
pedimos? ¿Pensamos en todo lo que podemos obtener para nuestros
amigos, familiares y conocidos a través de nuestra oración? Yo me
imagino que la oración es como la lluvia y sólo los campos que la
reciben pueden producir buenos frutos. Pidamos sin descanso, porque
los almacenes de Dios nunca se agotan y están llenos de
bendiciones. Y, si nosotros siendo malos, damos cosas buenas a
nuestros hijos ¡cuánto más el Padre que está en los cielos dará
cosas buenas a los que se las pidan! (Mt 7,11). Velad y orad para no
caer en la tentación (Mt 26,41).
Necesitamos orar para tener fuerza y poder cumplir la voluntad de
Dios. A veces, Dios rompe nuestros esquemas y planes humanos y nos
lleva por caminos difíciles y desconocidos. Y es muy doloroso
seguirle y aceptar su voluntad. Pensemos en lo que pasó al mismo
Jesús. Cuando estaba en el huerto de Getsemaní, el diablo lo
tentaba para que no aceptara la pasión y muerte en cruz. Estaba en
una agonía interior tremenda, era una lucha a muerte con la
tentación, sudaba sangre, pero insistía en la oración, aunque
parecía que el cielo estaba cerrado a sus súplicas. Quería
cumplir la voluntad del Padre, pero su naturaleza humana se rebelaba
hasta que llegó un momento en que se rindió y aceptó la voluntad
del Padre. Así pudo cumplir su misión y conseguir la salvación
para todo el género humano. ¿Qué hubiera pasado, si hubiera dicho
NO al Padre por miedo a sufrir?
Pensemos ahora en el huerto (jardín) del paraíso terrenal;
allí Adán y Eva dijeron NO a Dios, porque querían ser como
dioses, querían hacer su voluntad y creían que Dios les impedía
ser felices a su manera. Y ¿qué paso? Se dieron cuenta de haber
sido engañados por el diablo y, como consecuencia, vinieron todas
las desgracias y todos los sufrimientos de todos los hombres de
todos los tiempos por su pecado.
A veces, en la vida pueden ocurrir momentos de agonía, en los
que no vemos a Dios, en los que nuestra oración parece que no es
oída o que Dios ya no nos ama. Tenemos un cáncer y nos
desesperamos, al pensar en una muerte inminente. Sufrimos y
luchamos, oramos y no sucede nada. En esos momentos difíciles,
parece que el diablo nos invita a rechazar el dolor y la muerte.
Pero, si nos decidimos a aceptar la voluntad de Dios y le decimos de
corazón como Jesús: Padre, aparta de mí este cáliz, pero que no
se haga mi voluntad sino la tuya, entonces, una nueva luz brillará
en nuestra vida. Al aceptar esa enfermedad y la muerte como Dios
quiere y cuando Dios quiera, podremos tener paz y, sobre todo,
nuestros sufrimientos serán beneficiosos para la humanidad. Porque
asumidos, en Cristo y con Cristo, serán de un valor inmenso para la
salvación del mundo y nosotros seremos así bienhechores de la
humanidad en una forma que jamás hubiéramos podido imaginar.
Pensemos que Dios nos ama infinitamente y quiere lo mejor para
nosotros, dejémonos llevar por Él, aunque no entendamos nada. Él
sabe el camino. Él tiene para cada uno un camino particular, aunque
no nos guste. Él ve las cosas desde una perspectiva de eternidad.
No desconfiemos de sus planes y aceptemos su voluntad para poder
cantar eternamente sus alabanzas en el cielo.
Recordemos que con la oración podemos cambiar el mundo. Con la
oración podemos cambiar la dirección de nuestra vida. Con la
oración podemos hacer mucho bien a la humanidad. Seamos hombres de
oración y oremos siempre por la paz y el amor entre los hombres.
Orar es darle permiso a Dios para que actúe en nuestra vida para
nuestro bien
PROVIDENCIA Y SUFRIMIENTO
El tema del sufrimiento es uno de los más difíciles de
comprender, sobre todo para los que no tienen fe. Ellos nos dicen:
Si Dios existe y es bueno, ¿por qué permite el sufrimiento de los
niños inocentes? ¿Por qué permite tantas injusticias? ¿Por qué
no hace nada para evitar tanto dolor que hay en el mundo?
En primer lugar, digamos que Dios creó un mundo feliz, donde sus
hijos los hombres iban a vivir en un paraíso terrenal. En sus
planes divinos, no existía la muerte ni la enfermedad, pero Dios
creó al hombre libre y nuestros primeros padres pecaron y
rechazaron a Dios y le desobedecieron, queriendo ser felices sin
Él. Y, entonces, descubrieron su error y que el diablo los había
engañado. En vez de la felicidad buscada, encontraron un mundo de
dolor. Perdieron los dones preternaturales, que Dios les había
regalado, que eran: la inmortalidad (no morir), la impasibilidad (no
sufrir enfermedades corporales), la ciencia infusa (conocimiento
natural de las cosas) y la integridad (equilibrio y armonía
interior).
Y, como resultado de su pecado, su alma quedó con cuatro heridas
permanentes, según Santo Tomás: ignorancia (dificultad para
conocer la verdad), malicia (debilitamiento de la voluntad),
concupiscencia (deseo desordenado de satisfacer los sentidos) y
fragilidad (cobardía ante las dificultades para obrar el bien).
Pero Dios, que los seguía amando, les ofreció su perdón y les
devolvió la esperanza y la paz con el derecho de ser felices
eternamente en el cielo. Así que el origen del sufrimiento y de la
muerte, no está en Dios sino en el pecado. Todos los sufrimientos y
muertes de todos los hombres de todos los tiempos, tienen su origen
en el pecado.
Lo malo es que muchos hombres, a lo largo de la historia humana,
han seguido rechazando a Dios y buscando la felicidad fuera de Él.
Y siguen creyendo que Dios es un tirano, que impone por capricho sus
mandamientos. Sin embargo, Dios lo único que quiere es ayudarnos a
ser felices y, por eso, nos guía a través de la conciencia y a
través de los mandamientos. Es como si nos dijera:
- Mira, hijo mío, vete por aquí, no vayas por allá. No
mientas, no robes, no calumnies, no mates. Di siempre la verdad, sé
honesto y honrado, sé responsable y nunca hagas daño a nadie…
Pero muchos hombres no aceptan sus consejos y prefieren ser
libres y hacer lo que ellos quieren sin imposiciones o consejos de
ninguna clase. Y de ahí vienen tantos fracasos y sufrimientos y
tantas vidas destruidas, ya que, fuera de Dios, no puede existir el
bien ni la paz.
Muchos de los sufrimientos que hay en el mundo, son producto de
los propios pecados, errores o irresponsabilidades. Y otros muchos
sufrimientos se deben al egoísmo de otros que no saben compartir o
que no quieren ayudar.
En el mundo mueren muchos niños inocentes de hambre y de frío,
y eso Dios no lo quiere, pues nosotros podríamos darles de comer.
En el mundo hay suficientes alimentos para todos. ¿Qué puede hacer
Dios? ¿Matar a todos los ricos? Con ello no se solucionaría el
problema, porque el problema está en el egoísmo y otros egoístas
ocuparían su lugar. Entonces, ¿qué podemos hacer? Debemos
predicar la solidaridad y generosidad a los ricos para que compartan
sus bienes. Debemos compartir nosotros mismos lo que está a nuestro
alcance. Dios quiere que cada uno de nosotros le ayude en la tarea
de hacer un mundo más humano y más feliz. En su providencia divina
estamos nosotros como instrumentos de su amor para los demás.
La Madre Teresa de Calcuta decía: Cuando una persona muere de
hambre o de pena, no es porque Dios la haya descuidado, sino porque
nosotros no hicimos nada para ayudarla. No fuimos instrumentos de su
amor, no supimos reconocer a Cristo bajo la apariencia de ese hombre
desamparado, de ese niño abandonado.
Jesús podría decirnos a cada uno: Cada gota de mi sangre la
derramé por ti. Y decir que la derramó por ti y por mí significa
que pensó en ti y quería tu felicidad eterna, pues para eso te
creó. Por tanto, nunca digas que Dios te ha abandonado y se ha
olvidado de ti.
Recuerden siempre que Dios todo lo permite por nuestro bien (Rom
8,28). Incluso el que Dios permita la actividad diabólica es un
gran misterio, pero nosotros sabemos que en todas las cosas Dios
interviene para el bien de los que le aman (Cat 395). Ya decía san
Agustín: Dios todopoderoso..., por ser soberanamente bueno, no
permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal, si no
fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del
mismo mal (Ench 11,3).
Por supuesto que Dios podría suprimir todos los sufrimientos del
mundo y matar a todos los malos, pero, como nos enseña en la
parábola del trigo y de la cizaña, no lo hace para dar oportunidad
a muchos malos a que se conviertan y a los buenos de ser mejores.
Además, si no existieran los sufrimientos ni las guerras, si no
hubiera pobres ni necesitados…, ¿seríamos menos egoístas y
menos violentos? ¿Seríamos mejores o peores? Dios sabe lo que
hace, dejemos a Dios ser Dios y no queramos enseñarle a ser Dios,
diciéndole lo que tiene que hacer. Simplemente, aceptemos en
nuestra vida los sufrimientos de cada día y ofrezcamos todo lo que
somos y tenemos por su amor. Y, por otra parte, procuremos ayudar a
todos los que sufren con nuestra ayuda generosa y nuestro amor.
La Madre Teresa de Calcuta decía que lo que hacía era como una
gota de agua en el océano de dolor del mundo. En el mundo hay
millones de pobres y de enfermos, pero ella cuidaba a uno cada vez.
Y Dios quiere que nosotros ayudemos lo que podamos de acuerdo a
nuestras posibilidades. No nos pide más.
Cuenta la Madre Teresa: Un día, yendo por la calle me encontré
con una niña que estaba tosiendo y casi muerta de frío con un
vestido roto y sucio. Pedía limosna con cara de hambre. Todos
pasaban de largo. Aquel espectáculo me irritó y me hizo exclamar
interiormente: “Pero ¿cómo Dios permite esto? ¿Por qué no hace
algo para que esto no suceda?”. De momento la pregunta quedó sin
respuesta. Pero por la noche, en el silencio de mi habitación, pude
oír la voz de Dios que me decía: “Claro que hice algo para
solucionar estos casos, te he hecho a ti”.
Pues bien, quizás a nosotros nos podría decir lo mismo: ¿Qué
has hecho tú para aliviar los sufrimientos de los demás? Tú eres
parte de mi providencia para ayudar a tus hermanos. Cumple tu
misión.
LA ENFERMEDAD
Algunas veces, la enfermedad viene a tocar la puerta de nuestra
vida y, con frecuencia, nos rebelamos contra Dios, como si Él fuera
la causa de nuestros sufrimientos. Lo mismo podemos decir, cuando
ocurren catástrofes naturales o accidentes, que nos producen
sufrimientos en nosotros mismos o en nuestros seres queridos sin
culpa nuestra. ¿Tiene algún sentido en la providencia de Dios
nuestro dolor? Quizás nos puede parecer absurdo e incomprensible de
acuerdo a nuestro modo de pensar. Pero Dios tiene una visión más
amplia de la vida y del mundo. Por ello, en los momentos difíciles,
cuando no entendamos nada, debemos decir como Jesús en el huerto de
Getsemaní: Padre mío, que no se haga mi voluntad sino la tuya (Mt
26,39).
Dios tiene un plan superior, que no nos ha mostrado, y que es
mejor que nuestros planes humanos. Nos dice en Isaías: Mis caminos
no son vuestros caminos ni mis pensamientos son vuestros
pensamientos (Is 55,8).
Lo que Él quiere es que confiemos, que no dudemos en ningún
momento de su bondad ni de su amor por nosotros, aunque no
comprendamos sus motivos. Dejémonos llevar como un niño en brazos
de su madre, sabiendo que lo que Él ha dispuesto para nosotros es
lo mejor. Él tiene una visión de conjunto de la realidad de las
cosas y desea nuestra santificación personal, ya que, de acuerdo a
ella, así será nuestra felicidad eterna.
Por eso, podemos decir con seguridad que, si aceptamos sin
rebelarnos los sufrimientos que nos vienen sin buscarlos, Dios nos
puede hacer adelantar en el camino espiritual más que en muchos
años de vida normal. Eso quizás no lo podamos entender
fácilmente, pero así es en verdad. Al aceptar nuestras
enfermedades, nos estamos asemejando a Jesús y nuestro sufrimiento,
unido al suyo, nos hace ser colaboradores de la humanidad en la gran
tarea de la salvación.
Los enfermos y todos los que sufren con amor, o al menos sin
rechazarlo expresamente, son bienhechores de la humanidad, aunque no
lo sepan. Decía la Madre Teresa de Calcuta: La vida de los pobres,
de los rechazados de la sociedad, de los físicamente disminuidos,
de los ciegos, de los sordos, de los moribundos..., es una continua
oración a Dios. Con su paciencia y sus sufrimientos interceden, sin
saberlo, por la salvación del mundo. Sus sufrimientos, pues, no son
inútiles. Y ella misma decía que la casa del moribundo en Calcuta
era su banco espiritual del que sacaba infinidad de bienes
espirituales para todas sus obras.
Además, los pobres y enfermos, al sentirse humanamente débiles,
son, generalmente, más humildes y esto es una bendición desde el
punto de vista espiritual. Por eso, confiemos en los planes de la
providencia de Dios sobre nosotros.
Él nos dice: No tengas miedo, porque yo estoy contigo (Is 43,5).
Yo te he tomado la mano (Is 42,6). Te tengo grabado en la palma de
mis manos (Is 49,16). Y serás como una corona de gloria en la mano
del Señor, una diadema real en la palma de tu Dios (Is 62,3).
Porque con amor eterno te amé… y nunca se apartará de ti mi amor
(Is 54,8-10). Y los que en Mí confían, nunca jamás serán
confundidos (Is 49,23).
Mira, hermano, con el paso de los años te harás viejo y un día
morirás. Tu nombre se olvidará de la memoria de los hombres. Pero,
si has contribuido a la redención del mundo, aun sin saberlo, con
tu amor y tu dolor, tu vida habrá valido la pena haberla vivido,
aunque hayas muerto joven. Tu nombre nunca se apartará de la mente
de Dios y, aunque nadie se acuerde de ti, habrás realizado una
labor transcendente, porque tu vida y tus dolores redentores
estarán escritos en el corazón de Dios y habrán salvado muchas
almas. Piénsalo, cuando sufres, estás haciendo por el progreso del
mundo y por el cumplimiento del plan de Dios, mucho más que todos
los científicos y sabios del mundo juntos. Acepta con amor la
voluntad de Dios y di como Job: Dios me dio (la salud), Dios me la
quitó ¡Bendito sea el nombre de Dios! (Job 1,21).
La Madre Teresa de Calcuta decía que el sufrimiento es el beso
de Jesús, un regalo de Jesús, que nos quiere asociar a su pasión
y participar en su plan de salvación del mundo.
Y contaba un caso concreto: Hace unos meses encontrándome en
Nueva York, uno de nuestros enfermos de sida me mandó llamar. Y,
cuando estuve a su lado, me dijo: - Puesto que Ud. es mi amiga,
quiero hacerle una confidencia. Cuando el dolor de cabeza se me hace
insoportable, lo comparo con el sufrimiento que tuvo Jesús con la
corona de espinas. Cuando el dolor se desplaza a la espalda, lo
comparo con el que debió soportar Jesús, cuando fue azotado por
los soldados. Cuando siento dolor en las manos, lo comparo con el
sufrimiento de Jesús al ser crucificado. - Soy muy consciente de
que no tengo curación y que me queda poco tiempo de vida. Pero
encuentro coraje para vivir en el amor de Jesús, compartiendo su
pasión. Por eso, tengo paz y alegría interior.
Sí, solamente para el que tiene fe puede tener sentido el
sufrimiento. Sin fe, uno se desespera y no tiene más camino que el
suicidio.
Otro caso, contado por ella misma:
- Una madre tenía doce hijos. La más pequeña de todos, que era
niña, tenía una profunda minusvalía. Es difícil explicar esto
desde el punto de vista físico y emocional. Se me ocurrió
brindarme a acoger a la niña en uno de nuestros hogares, donde
teníamos otros niños en condiciones parecidas. Pero la madre
empezó a llorar: - Por favor, Madre Teresa, no me diga eso. Esta
criatura es el mayor regalo que Dios ha hecho a mi familia. Todo
nuestro amor se centra en ella. Si se la lleva, nuestras vidas
carecerán de sentido.
¡Cuánto amor podemos dar, al cuidar enfermos, y cuántas
bendiciones podemos recibir a través de ellos! Cuando tengamos que
sufrir por enfermedades propias o ajenas, digamos con fe: Señor, te
ofrezco mis dolores y te pido que hagas de mí un colaborador tuyo
en la tarea de salvación de mis hermanos. Haz que pueda ser para
ellos, un ángel que los conforte, los consuele y los ayude a
salvarse. Amén.
PROVIDENCIA Y OBEDIENCIA
Dios tiene cuidado de todo y, especialmente, de sus hijos los
hombres, pero su providencia no es providencialismo fácil. Es
decir, no debemos esperarlo todo de Dios, como si todo dependiera
sólo de Él. Debemos orar, sí, como si todo dependiera de Él.
Pero, a la vez, debemos esforzarnos y trabajar, como si todo
dependiera exclusivamente de nosotros. La providencia de Dios no
anula nuestra libertad, sino que la enaltece. A este respecto,
decía muy bien san Agustín: Él que te creó sin ti, no te
salvará sin ti. Dios no te dará la salvación sin tu colaboración
y sin tu voluntad de ser salvado. Él quiere que seas libre en
aceptar o rechazar su amor.
Por todo esto, debes tener como norma de vida el Ora et labora de
los benedictinos. Orar y trabajar. Confiar en Dios y colaborar de tu
parte. ¿Quieres ser profesional? Confía en Dios, pídele la salud
y los medios necesarios para estudiar, pero estudia y esfuérzate
para conseguir los conocimientos necesarios para que un día llegues
a ser un buen profesional.
El plan fundamental de la providencia de Dios es la salvación de
todos los hombres. Por consiguiente, nosotros debemos ser sus
colaboradores en esta gran tarea. Dios nos guiará en cada momento a
través de nuestra conciencia, a través de las normas de la Iglesia
y de las leyes civiles (que sean buenas). Quizás se sirva de los
consejos de nuestros padres, maestros o superiores y, en este caso,
el obedecer es seguir la voluntad de Dios y cumplir nuestra misión.
Decía santa Faustina Kowalska: Un alma desobediente se expone a
grandes desventajas y no progresará para nada en la perfección y
no obtendrá ningún resultado en la vida espiritual. Dios, en
cambio, colma de gracias muy abundantes a las almas obedientes.
Y Jesús le dijo a santa Margarita María de Alacoque: De tal
modo rechaza mi Corazón a los desobedientes que cuanto más
procuran acercarse a Mí por medio de los sacramentos, oraciones y
demás ejercicios, más me alejo yo de ellos por el horror que me
inspiran… Puesto que el superior, bueno o malo, ocupa mi lugar
(Fragmentos autobiográficos).
Así pues, la mejor manera de seguir la voluntad de Dios es
obedeciendo a las legítimas autoridades. Nunca se hace mejor la
voluntad de Dios que, cuando se obedece a los superiores… A Dios
le es más grato el sacrificio que le hacemos de nuestra voluntad,
sometiéndola a la obediencia, que todos los demás sacrificios que
podemos ofrecerle, dado que en las demás cosas, damos a Dios cosas
nuestras, en cambio, dándole nuestra voluntad, le hacemos el don de
nosotros mismos.
Santa Teresita del Niño Jesús decía: Desde hace mucho tiempo
no me pertenezco ya a mí misma, estoy entregada totalmente a
Jesús; por lo tanto Él es libre de hacer conmigo lo que le
plazca... ¡Qué felices son las simples religiosas! Siendo su
única brújula la voluntad de los superiores, están siempre
seguras de seguir el camino recto. No tienen miedo de equivocarse,
aunque les parezca con certeza que los superiores se equivocan.
Pero, cuando el alma deja de mirar la brújula infalible (de la
obediencia), cuando se aparta del camino que ella señala bajo
pretexto de cumplir la voluntad de Dios que, a su entender, no
ilumina con claridad a los que, sin embargo, son sus representantes,
entonces, inmediatamente, el alma se extravía por caminos áridos,
en los que pronto llega a faltarle el agua de la gracia (MC f. 11).
A san Alfonso María de Ligorio, estando enfermo, le prohibieron
bajar a la iglesia a adorar a Jesús sacramentado. A veces, llevado
de su amor Jesús, se olvidaba de la prohibición y se arrastraba
hasta la escalera, atraído por una fuerza irresistible; pero, de
pronto, le venía el recuerdo de la prohibición y se retiraba a su
habitación y decía: Jesús, es mejor alejarse de Vos por obedecer
que permanecer a tus pies desobedeciendo.
Alguien ha dicho que obedecer es amar. Pues bien, la mejor manera
de amar a Dios es obedecerle. Y la mejor manera de obedecerle a Él,
cuando no sabemos claramente su voluntad, es obedecer a las personas
constituidas en autoridad; pues, al obedecer las normas y leyes
establecidas y a los legítimos superiores, estamos obedeciendo a
Dios. Esto quiere decir que la obediencia es un camino seguro que
nos propone la providencia de Dios. Lo cual quiere decir que no
podemos seguir nuestros impulsos naturales o nuestras propias
opiniones, cuando está de por medio la obediencia. Dios da el
Espíritu Santo a los que le obedecen (Hech 5, 32). La obediencia es
como una autopista espiritual por donde podemos correr mucho más
rápidamente que por otros caminos y, sobre todo, con seguridad.
El hacer mortificaciones, obras de caridad, servicios a los
hermanos..., son cosas buenas; pero, si las hacemos desobedeciendo,
Dios las detestaría y no nos aprovecharían. Por eso, decía san
Vicente de Paúl: El bien es un mal, si se hace cuando Dios no
quiere. Pongamos un ejemplo. Los papás le prohíben al niño
ayunar. Si él ayuna, porque cree que, ayunando, hará más feliz al
niño Jesús, se está equivocando. Si alguien va a comulgar contra
la orden del confesor, la comunión no será del agrado de Dios ni
le aprovechará espiritualmente, por estar desobedeciendo. Si el
médico, por nuestro bien, nos prohíbe comer ciertos alimentos, que
nos hacen daño, al comerlos desobedecemos también Dios. Si una
religiosa quiere dar limosna a los pobres contra la voluntad expresa
de la superiora, está desobedeciendo también a Dios. Y lo mismo,
si ayuna o se mortifica contra la voluntad de los superiores.
Muchos católicos dicen: Yo creo, yo opino, a mí me parece que
la Iglesia se ha equivocado en cuanto a los anticonceptivos o en
cuanto al no dar la comunión a los divorciados vueltos a casar, o
en cuanto a la eutanasia o al aborto en situaciones extremas… Si
siguen su propia opinión y hacen algo en contra de la doctrina de
la Iglesia, están ofendiendo a Dios y pueden estar seguros de que
lo que hagan no les hará más felices, sino al contrario, pues la
verdadera y auténtica felicidad solamente está en Dios y viene de
Dios.
Decía la Madre Teresa de Calcuta: La obediencia es Palabra de
Dios. Hay que obedecer para ser santos. La santidad no está en un
sentimiento, sino en la obediencia... Créanme, la obediencia es
seguro signo de santidad. Pregúntense a Uds. mismas: ¿Soy santa?
¿Cómo sabré si soy santa? Fíjese cómo anda su obediencia... Si
la obediencia no va bien en nuestra vida religiosa, no somos más
que un número y ninguna de nosotras ha dejado casa, familia, etc.,
para ser un número.
Obedezcan cordialmente con una obediencia de alma y espíritu.
Obedezcan hasta en el más mínimo detalle. ¿En las cosas más
pequeñas y más ridículas? También en esas. Yo puedo cometer un
error al destinarlas aquí o allá, y después de seis meses a otro
lugar. Pero ustedes jamás lo cometerán, obedeciendo.
En resumen, obedecer es la manera más segura de seguir la
voluntad de Dios y de no equivocarnos, el mejor modo de cumplir
fielmente el plan que Dios tiene en su providencia sobre nosotros
desde toda la eternidad.
LA VOLUNTAD DE DIOS
Jean Pierre de Caussade (1673-1751), escribió un libro muy
famoso titulado El abandono en la divina providencia. En este libro
habla de abandonarse confiadamente en la providencia de Dios,
cumpliendo en cada momento su santa voluntad.
Dice: Todo lo que sucede en cada momento lleva en sí el sello de
la voluntad de Dios… Ninguno de nuestros instantes es pequeño,
pues todos llevan en sí un reino de santidad (p. 60). El momento
presente es siempre como un embajador, que manifiesta la voluntad de
Dios (p. 59)
La voluntad de Dios se presenta a cada instante como un mar
inmenso que nuestro corazón no puede agotar… En la voluntad
divina, escondida y oculta en todo lo que va sucediendo en el
momento presente, es donde hallaremos un tesoro que excede
infinitamente todos nuestros deseos (p. 49).
La máxima sublime de la espiritualidad es este abandono puro y
entero a la voluntad de Dios, para ocuparse enteramente en amarle y
obedecerle, apartando temores y reflexiones como también
inquietudes, producidas por el cuidado de la salvación o de la
propia perfección. Puesto que Dios se nos ofrece a arreglar
nuestros asuntos, dejémosle hacer y no nos ocupemos más que de Él
mismo y de sus cosas (p. 22).
Todas las criaturas viven en la mano de Dios. Los sentidos no ven
otra cosa que la acción de la criatura, pero la fe cree en la
acción divina y la ve en todo… La acción de las criaturas es un
velo que cubre los profundos misterios de la acción divina… Pero
todo lo que sucede en nosotros, alrededor de nosotros, envuelve y
encubre la acción divina invisible. Muchas veces, nos sorprende y,
cuando reconocemos se presencia, desaparece. Pero, si viésemos a
través del velo, si estuviésemos más vigilantes y atentos, Dios
se nos revelaría sin cesar y nosotros gozaríamos de su acción en
todo lo que nos sucede. Entonces, en cada instante y circunstancia,
diríamos: Es el Señor (p. 63).
Por tanto, está claro que el momento presente siempre tiene un
mensaje de Dios y es un embajador de Dios. Juan XXIII decía: Debo
hacer cada cosa bien hecha, rezar cada oración, cumplir aquel punto
del reglamento, como si no tuviera otra cosa que hacer, como si el
Señor me hubiera puesto en el mundo sólo para hacer bien aquella
acción y mi santificación y mi eternidad dependiera del éxito de
ella, sin pensar en las cosas de antes o en las que vendrán.
El cardenal vietnamita Nguyen Van Thuan, que estuvo 12 años
prisionero de los comunistas de su país, aprendió a ver la
voluntad de Dios en cada momento y hacer todas las cosas con amor.
Decía: Tengo miedo de perder un segundo viviendo sin sentido…
Cada conversación telefónica, cada decisión que tomo es la cosa
más bella de mi vida y debo reservar para los demás todo mi amor y
mi sonrisa… Por eso, para ti el momento más bello debe ser el
momento presente. Vívelo en la plenitud del amor de Dios. Tu vida
es maravillosamente bella, si es como un cristal formado por
millones de esos momentos.
Sin embargo, a veces, la voluntad de Dios se manifiesta en
acontecimientos adversos y dolorosos. En esos momentos, podemos
decir: Dios lo ha querido así. Y decir con amor: Señor, haz de mí
y de todas mis cosas lo que te agrade. Que se cumpla tu santa
voluntad. Si los serafines comprendieran que la voluntad de Dios era
el que se ocuparan por toda la eternidad en amontonar las arenas de
las playas y en arrancar las hierbas de los jardines, lo harían de
buena gana y con el mayor placer. Y, si tú comprendes que la
voluntad de Dios para ti es cocinar todos los días o limpiar la
casa o vender caramelos… hazlo con toda alegría, porque así te
santificarás mejor que con cualquier otra cosa, aparentemente
mejor.
Decía san Agustín: La voluntad de Dios es que estés sano,
algunas veces; otras, que estés enfermo. Si la voluntad de Dios es
dulce para ti, cuando estás sano, y amarga cuando estás enfermo,
no eres de corazón perfecto. ¿Por qué? Porque no quieres encauzar
tu voluntad a la voluntad de Dios, sino que pretendes torcer la de
Dios a la tuya.
San Juan de Ávila le decía a un sacerdote enfermo: Amigo mío,
no examinéis lo que haríais estando sano, sino contentaos con ser
un buen enfermo todo el tiempo que Dios quiera. Si es su voluntad lo
que buscáis, ¿qué os importa estar sano o enfermo?.
Y san Francisco de Sales: Obedezcan, tomen las medicinas y
alimentos y otros remedios por amor de Dios... Deseen curar para
servirle, pero no rehúsen estar enfermos para obedecerle: y
dispónganse a morir, si así le place, para alabarle y gozar de
Él... Humíllense de buena gana ante aquellos actos que
externamente son menos dignos, cuando sepan que Dios los quiere,
porque no tiene importancia que los actos que hacemos sean grandes o
pequeños, con tal que se cumpla la voluntad de Dios. Aspiren a
menudo a la unión de su voluntad con la de nuestro Señor.
¿Qué quiere decir esto? Que cuando nos sucedan cosas adversas,
debemos aceptarlas con amor, como venidas de parte de nuestro Padre
Dios. Debemos aceptar las cosas que no dependen de nosotros como el
calor, frío, lluvia o escasez. No digamos: ¡Qué calor tan
insoportable!, ¡qué desgracia!, ¡qué tiempo tan malo!, pues
indicaría que estamos en contra de lo que Dios ha permitido y
querido para nosotros. De la misma manera, debemos aceptar
resignadamente las enfermedades y hacer uso de los remedios
convenientes para curarnos; pero, si no dan resultado, aceptemos los
sufrimientos como voluntad de Dios.
Dios está por encima de las causas segundas o de la imprudencia
del médico o de otras personas, y Dios lo permite todo por nuestro
bien. Job dice: Dios me lo dio, Dios me lo quitó... No dice: Dios
me lo dio y el diablo me lo quitó. Todo se hace como agrada a Dios
y no al demonio. En todas las cosas hay que remontarse a Dios. Y
así evitaremos tanta desesperación o incomprensión.
Jamás pongamos en duda el cuidado amoroso de Dios sobre todo lo
que nos sucede. Es como un padre bueno que está pendiente en cada
instante de todo lo que nos pasa o de lo que nos pudiera suceder.
Practiquemos la conformidad con la voluntad de Dios en las
pequeñas cosas de cada día: la molestia de un perro que ladra; de
la luz, que se apaga; de un olvido que nos incomoda, de una mosca
inoportuna; del vestido que se rompe o se ensucia... Unamos nuestra
voluntad a la de Dios y digamos como Jesús: Padre, que no se haga
mi voluntad, sino la tuya.
Algo parecido podemos decir de las desolaciones espirituales. San
Juan de la Cruz ha descrito de manera conmovedora los horrores de
las noches en las que el alma angustiada parece caminar sola y a
tientas, como abandonada de Dios. ¡Cuánta necesidad tiene el alma
de confianza en esos momentos y de esperar contra toda esperanza! Si
el alma se angustia o se desespera o se inquieta demasiado,
impedirá la acción purificadora de Dios, divino cirujano, que
quiere cortar todo lo que nos ata al mundo. Cuando nuestra alma
parezca más seca que un desierto y no sintamos la presencia ni el
amor de Dios, aceptemos su voluntad, porque no puede haber mejor
cosa para nosotros que aceptarla.
La más alta perfección consiste en permanecer unidos a la
santísima voluntad de Dios. La suma perfección no está en regalos
interiores ni en grandes arrobamientos ni en visiones ni en
espíritu de profecía, sino en estar nuestra voluntad tan conforme
con la de Dios que ninguna cosa entendamos que quiere, que no la
queramos con toda nuestra voluntad.
Un alma dispuesta siempre a hacer la voluntad de Dios es como un
licor que no teniendo forma propia, adopta la del vaso que lo
contiene. Si lo ponemos en cien vasos diferentes, tomará las
diferentes formas sin quejarse. Así el alma, es como una bola de
cera que se deja moldear a gusto del obrero o como un papel en
blanco en el que Dios puede escribir a su gusto.
Y debemos aceptar la voluntad de Dios, incluso en cosas en que no
quisiéramos estar de acuerdo. Por ejemplo, en el grado de santidad
que Dios quiera para nosotros, aunque nos gustaría otro grado más
alto; o en el puesto a ocupar en la sociedad o en la comunidad
religiosa. Y lo mismo podemos decir en lo referente al día de
nuestra muerte, aunque quisiéramos vivir más años, o al modo de
morir. Y así en todas las cosas de la vida. Dejar que Dios realice
sus planes en nuestra vida y no imponerle nuestros planes o lo que
creemos que sería mejor para nosotros.
Un ejemplo. Un día santa Gertrudis, subiendo a una colina, se
resbaló y cayó varios metros hacia abajo. Cuando la rescataron sus
compañeras, le preguntaron si había tenido miedo a morir sin
sacramentos. La santa les respondió: Mucho deseo morir con
sacramentos, pero prefiero morir, haciendo la voluntad de Dios. Otro
día, estaba pidiendo la curación de una amiga y Jesús le dijo:
Tú me pones en un aprieto, implorándome la curación de tu amiga.
Yo mismo le he enviado esta enfermedad y ella la acepta con
admirable sumisión a mi voluntad. La estoy preparando para un cielo
más hermoso por toda la eternidad.
Incluso, puede ocurrir que Dios permita ciertos males aparentes
para nuestro bien. Veamos el caso de san Agustín. Santa Mónica, su
madre, se oponía a su partida para Italia, temiendo, como buena
madre, que allí podía perderse en su cuerpo y en su alma. Pero
Dios lo esperaba en Italia para convertirlo por medio de san
Ambrosio.
La plegaria cotidiana de santa Mónica era que su hijo se
convirtiera y Dios la escuchó; aunque aquellos días previos a su
partida a Italia, ella le pedía que no se fuera, y Dios atendió su
primera plegaria y no la segunda. Dice san Agustín en el libro de
las Confesiones: Apenas logré convencerla de que aquella noche se
quedara en un lugar cercano a nuestra nave, donde había una
capilla. Y aquella misma noche me escapé a escondidas y ella se
quedó en tierra rezando y llorando. ¿Qué era lo que te pedía,
Dios mío, con tantas lágrimas, sino que me impidieras zarpar?
Pero, en tus elevados designios y escuchando en el fondo su deseo,
desestimaste su demanda de momento para hacer de mí aquello que
constituía el objeto continuo de sus plegarias (Conf V, 8,15). Por
eso, dice muy bien: Dios es tan bueno que, a veces, no nos da lo que
queremos, sino lo que deberíamos querer.
Cuenta Cesareo, prior de Heisterbach, que cierto hermano
cirterciense, Aniano de Eberbach, si bien en lo exterior no se
diferenciaba de los demás, sin embargo, había llegado a tal grado
de santidad que con sólo el contacto de sus vestidos curaba a los
enfermos. Maravillado de esto su superior, un día le preguntó
cómo obraba tales milagros. Respondió que también él se
maravillaba y que no sabía el porqué. Pero ¿qué devociones
practicáis?, le dijo el abad. El buen religioso contestó que él
nada o muy poco hacía, pero que siempre había tenido gran cuidado
de querer únicamente aquello que Dios quería…
Ni la prosperidad, dijo, me levanta, ni la adversidad me abate.
Todas mis oraciones tienden a este fin: que su voluntad se cumpla
perfectamente en mí.
- Y de los daños, repuso el superior, que el otro día nos
ocasionó nuestro enemigo, quitándonos el sustento, dando fuego a
la hacienda, donde estaban nuestros cereales y ganados, ¿no sentís
ningún resentimiento? - No, padre mío, respondió él, al
contrario, di gracias a Dios por ello, sabiendo que Dios todo lo
hace o permite para su gloria y para nuestro mayor bien y así vivo
siempre contento por todo lo que sucede.
Después de oír esto, el abad, viendo en aquella alma tanta
conformidad con la voluntad divina, ya no se asombró de que hiciera
milagros tan grandes.
Una religiosa escribió su aventura de fe así: Un día después
de haber visitado al médico, me comunicaron que tenía lepra. Yo
traté de estar tranquila, pero algo por dentro me intranquilizaba.
No sabía qué sería de mi futuro. La Madre superiora, al otro
día, me habló y me llevó a un leprosorio para quedarme a vivir
allí. Todos los enfermos que encontré estaban prácticamente
abandonados de sus amigos y familiares. Solamente unas religiosas
los cuidaban con algunos médicos y enfermeras. El día de mi
llegada pregunté a qué hora era la misa. La hermana me respondió
con evasivas y comprendí que tampoco tendría la oportunidad de
asistir a la misa diariamente.
Cuando vienen algunas de mis hermanas de comunidad a visitarme,
quisiera abrazarlas y sentir el calor de su amistad, pero nos separa
una barrera: la lepra. Y ello me obliga a mantener una respetuosa
distancia. Yo le pido al Señor la gracia de poder morir en mi
convento entre los brazos de mis hermanas. Pero, si el Señor lo
quiere así, acepto el sacrificio de morir leprosa, en este lugar.
Que sea hecha su santa voluntad, lo ofreceré como un martirio del
corazón por la salvación de mis hermanos.
En resumen, la santidad consiste en amar a Dios hasta el punto de
aceptar sin condiciones en todo momento su santa voluntad. Juan
XXIII decía: Mi verdadera grandeza consiste en hacer totalmente y
con perfección la voluntad de Dios.
Por eso, digamos al Señor con santa Teresa de Jesús:
Dadme muerte, dadme vida, dad salud, o enfermedad, honra o
deshonra me dad, dadme guerra o paz cumplida, flaqueza o fuerza a mi
vida, que a todo diré que sí. ¿Qué queréis hacer de mí?
Dadme riqueza o pobreza, dad consuelo o desconsuelo, dadme
alegría o tristeza, dadme infierno o dadme cielo, vida dulce, sol
sin velo, pues del todo me rendí. ¿Qué mandáis hacer de mí? Si
queréis, dadme oración, si no, dadme sequedad, si abundancia o
devoción, y si no esterilidad. Soberana Majestad, sólo hallo paz
aquí. ¿Qué mandáis hacer de mí? Vuestra soy, para Vos nací.
¿Qué mandáis hacer de mí?
² ² ²
Dichoso el corazón enamorado, que en solo Dios ha puesto el
pensamiento. Por Él renuncia a todo lo criado y en Él halla su
gloria y su contento. Aun de sí mismo vive descuidado, porque en su
Dios está todo su intento, y así alegre pasa y muy gozoso las
ondas de este mar tempestuoso.
² ² ²
Nada te turbe. Nada te espante. Todo se pasa. Dios no se muda. La
paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta, sólo
Dios basta.
ABANDONO EN DIOS
Si creemos que Dios es amor y nos ama con todo su infinito amor,
la conclusión lógica es que podemos abandonarnos tranquilamente en
sus manos, sabiendo que Él piensa en nosotros y nos cuida y quiere
lo mejor para nosotros. Abandonarse es fiarse de Dios. Es aceptar su
voluntad en cada instante. Es no rebelarse contra sus planes sobre
nosotros. Es dejarse llevar sin preguntar a dónde ni porqué. Es
entregarle la responsabilidad de la vida. Algo así como firmarle un
cheque en blanco. Abandonarse significa estar en permanente actitud
de escucha y de apertura a su voluntad en cada momento. Es estar
totalmente disponible a sus planes. Es dejarse perder en su Amor
como una gotita de agua en el mar. Es creer hasta la audacia en su
providencia amorosa. Por eso, te pregunto: ¿Estás dispuesto a
aceptar una enfermedad o cualquier otra desgracia humana sin
rebelarte contra Él? Entonces, ¿por qué tienes miedo de
abandonarte? ¿No te fías? ¿No estás dispuesto a aceptar el
sufrimiento? ¿Solamente quieres recibir bienes y alegrías?
Deja que Él piense por ti en lo que más te conviene. Déjalo
actuar y confía en Él. Puedes estar seguro que será la mejor
decisión de tu vida, porque Dios necesita tener las manos libres
para hacer de tu vida una obra de arte espiritual. Él te dice: Yo
nunca te dejaré ni te abandonaré (Jos 1,5; Heb 13,5). Puedes estar
seguro que Él nunca te va a fallar ni te va a engañar. Por eso,
acepta sus planes sobre ti. Entrégale la responsabilidad de tu
vida. Vale la pena abandonarse en los brazos de un Dios tan bueno y
misericordioso. Si así lo haces, verás maravillas en tu vida.
Acuérdate de Abraham. Dios le dijo: Sal de tu tierra, de tu
parentela y de la casa de tu padre, y vete a la tierra que yo te
mostraré (Gén 12,1). Y Abraham dejó todas sus seguridades humanas
y se lanzó a una aventura desconocida, solamente confiando en Dios.
Y Dios lo bendijo, dándole una descendencia numerosa. También
bendijo a Moisés que aceptó ir a hablar con el faraón, a pesar de
ser tartamudo (Ex 4); y bendijo a Noé que obedeció a Dios al hacer
el arca. Y Noé hizo en todo como Dios se lo mandó (Gén 6,22). Y
Dios lo salvó a él y a su familia.
Abandónate en sus brazos como la hija de aquel cirujano que
tenía miedo a operarse, pero confiando en su padre, se dejo operar.
Vale la pena abandonarse sin condiciones. Y, en los momentos
difíciles, cuando todo parezca oscuro y no sientas la mano de Dios
en tu vida, cuando parezca que se ha olvidado de ti, dite a ti
mismo:
Mi Padre Dios me ama y cuida de mí. Él sabe todo lo que me pasa
y conoce mis necesidades. Confío en Él, y sé que ya está tomando
las medidas necesarias para ayudarme y solucionar mis problemas.
CONFIANZA TOTAL
La confianza es esencial en la vida humana. Si un hijo no tuviera
confianza en su madre o una esposa en su esposo…, ¿cómo podrían
vivir? Lo mismo pasa en la vida espiritual, si desconfiamos de Dios,
si le tenemos miedo, si creemos que si seguimos su voluntad nos va a
llevar por caminos de sufrimiento, como si se gozara de hacernos
sufrir…, nuestra vida espiritual será un ir tirando. Nos
faltarán las alas de la confianza para correr y volar por los
caminos del espíritu.
Por ello, no te confundas ni te agites, pensando en tus
problemas. Esfuérzate, pon de tu parte lo que puedas y después…,
confía en Dios. Cierra los ojos y dile repetidamente: Jesús, yo te
amo y yo confío en Ti. Repítelo hasta el cansancio cuantas veces
puedas, día y noche, mañana y tarde, y verás la diferencia.
Recuerda lo que Jesús le decía a la venerable Consolata
Betrone: Tú piensa sólo en amarme. Yo pensaré en ti y en todas
tus cosas hasta en los más mínimos detalles (31 de julio de 1936).
La confianza es la flor más hermosa del amor. Por eso, decía
Jesús a una santa religiosa: Si me amas, confía en Mí; si quieres
amarme más, confía más en Mí; si quieres amarme inmensamente,
confía inmensamente en Mí.
La beata Teresa de Calcuta decía: Jesús desea que pongamos toda
nuestra confianza en Él. Yo le pido que haga de mí una santa,
dejando en sus manos la elección de los medios que pueden llevarme
a ella.
Santa Faustina Kowalska dice sobre las grandes tinieblas
espirituales que padecía: El pensamiento que más me atormentaba
era el ser rechazada por Dios. Tenía estos pensamientos: ¿A qué
empeñarse en la virtud y en las buenas acciones? ¿Para qué, si
soy rechazada por Dios? Y sólo Dios sabe lo que ocurría en mi
corazón. En un momento, en que estaba terriblemente oprimida por
estos sufrimientos, entré en la capilla y dije, desde lo profundo
de mi alma:
Jesús, haz de mí lo que Tú quieras. Te adoraré de todas
maneras. Que se haga tu santa voluntad. Yo glorificaré tu infinita
misericordia. Y, repentinamente, cesaron mis terribles tormentos y
vi a Jesús y me dijo: Yo estoy siempre en tu corazón.
Un gozo indecible inundó mi alma y la llenó de tanto amor de
Dios que inflamó mi pobre corazón. Veo que Dios no permite nunca
pruebas más allá de lo que podemos soportar… Un solo acto de
confianza, en esos momentos, da más gloria a Dios que muchas horas
transcurridas en el gozo de las consolaciones.
Ciertamente, en los momentos de oscuridad, el sentir el rechazo
de Dios turba al alma y el diablo aprovecha la oportunidad para
inculcarle pensamientos de desaliento; pero, si el alma sigue
confiando, aunque se sienta condenada, está salvada. Lo único que
la apartará de Dios será la desconfianza, la desesperación y la
falta de fe. Como dice la Escritura en Prov 28,1: El que confía en
Dios es fuerte como un león .
La confianza en Dios es como una mina de oro de la que podemos
sacar inmensas bendiciones para nuestra alma. Santa Teresita del
Niño Jesús decía: ¡Qué dulce es el camino del amor! ¡Cómo
deseo guiarme con el más absoluto abandono a cumplir la voluntad de
Dios! (MA f. 84) Mi camino es todo de confianza y de amor… Veo que
basta reconocer la propia nada y abandonarse como un niño en los
brazos de Dios (Carta 203). Este camino es el abandono del niñito
que se duerme sin miedo en los brazos de su padre (MB 1). El
abandono es el fruto delicioso del amor (poesía 42).
¡Oh Jesús, cómo se alegra tu pajarillo de ser débil y
pequeño! ¿Qué sería de él, si fuera grande? Nunca tendría la
audacia de comparecer en tu presencia, de dormitar delante de ti...
Oh Jesús, déjame que te diga, en el exceso de mi gratitud, déjame
que te diga que tu amor llega hasta la locura. ¿Cómo quieres que
ante esta locura mi corazón no se lance hacia Ti? ¿Cómo habría
de tener límites mi confianza?... Si por un imposible, encontrases
a un alma más débil, más pequeña que la mía, te complacerías
en colmarla de favores mayores todavía, con tal que ella se
abandonara con entera confianza a tu misericordia infinita (MB f.
5).
Abandónate en Dios. No temas. Confía. Respira hondo. Respira su
amor a través del aire que entra en tus pulmones, mira su bondad,
reflejada en las bellezas de la naturaleza, en la sonrisa de los
niños o en las flores de los campos. Reacciona, piensa, confía y
déjate llevar por Él sin condiciones. Él te dice: No tengas
miedo, solamente confía en Mí (Mc 5,36). No tengas miedo, porque
yo estoy contigo (Is 41,10).
Y ahora dile con total confianza la oración de Charles de
Foucauld:
Padre mío, me pongo en tus manos. Haz de mí lo que Tú quieras
sea lo que sea te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto
todo, con tal de que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus
criaturas. No deseo nada más, Padre. Te confío mi alma, te la doy
con todo el amor de que soy capaz. Porque te amo y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida, con una confianza infinita, porque
Tú eres mi Padre.
Ojalá que confíes en tu Padre Dios como aquella niñita que,
antes de ser operada, hizo esta oración en el mismo quirófano:
Jesús, mi querido pastor, bendice a tu corderita en este día y
guárdame sana hasta el día de mañana. Entonces, aquella niñita
de siete años, sonrió y le dijo al cirujano: Estoy lista. Ahora no
tengo miedo, porque Jesús cuidará de mí.
DIOS TE AMA
Dios te ama, aunque seas el hombre más pecador del mundo. Dios
te ama, no porque te lo merezcas, sino porque eres su hijo y quiere
hacerte feliz. Dios es amor y no puede menos de amar. El problema
está en si tú quieres amarlo a Él. Dios te ha dado libertad para
que lo ames, pero no quiere imponerte su amor. Él te ama desde toda
la eternidad. Y te lo dice con claridad: Con amor eterno te amé
(Jer 31,3). Por eso, no temas responder a su amor con tu amor.
Ámalo con plena conciencia y libertad. Y sentirás la alegría de
amar.
Sin embargo, hay muchos hombres, que aprovechando la libertad que
Él les ha dado, la usan para ofenderlo y creen que pueden ser
felices sin Él. Eso le pasó a aquel drogadicto de Haarlem, en
Nueva York, que escribió, parafraseando el salmo 23:
La heroína es mi pastor, de la que siempre tendré necesidad. Me
hace reposar y me conduce hacia una dulce demencia. Destruye mi alma
y me lleva por el camino del infierno, por amor de su nombre. Sí,
aunque camine por valles de sombras de muerte, no temeré mal
alguno, porque la droga está conmigo, mi jeringa y mi aguja me
llevan consuelo y paz.
Y es que muchos hombres se hacen dioses a quienes adorar y a
quienes servir, alejándose del verdadero Dios, que es Amor. Y esos
dioses materiales son exigentes y les exigen su vida y su alma a
cambio de unos momentos de placer. Pero, si quienes están hundidos
en el abismo de su propia miseria humana, levantan la cabeza y piden
ayuda a este Dios Amor, Él responderá y su oración será
escuchada y bendecida. Veamos un ejemplo. Hace unos años un joven,
muerto en accidente de carretera, dejó escrito:
Señor, yo no soy capaz de rezar. Nunca me han enseñado a
hacerlo. Ahora no sé qué cosa decirte: ¿Tú existes? Si existes,
¿por qué no te dejas ver de mí? ¿Acaso pretendo demasiado? El
mar, las flores, los montes… todo habla de ti, pero yo no soy
capaz de descubrirte. Dicen que el amor es una prueba de tu
existencia. Quizás es por esto que todavía no te he encontrado,
nunca he sido amado de modo que pueda sentir tu presencia. Señor,
hazme encontrar un amor que me lleve a ti, un amor sincero,
desinteresado, fiel y generoso, un amor que sea como un reflejo de
tu amor. Señor, ayúdame.
No sabemos cómo terminó su vida. Pero esta breve oración, en
la que pide ayuda, creemos que fue suficiente para hacer sonreír al
Padre Dios, que lo recibiría en sus brazos con amor.
El ejemplo de Charles de Foucauld es también significativo. Él
tenía un corazón inquieto y tenía sed de Dios. Sentía que le
faltaba algo, pero no sabía qué. El 30 de octubre de 1886 hizo
esta breve oración: Oh Señor, si existes, haz que yo te conozca.
Dios no le respondió con un milagro instantáneo, pero se
sintió feliz de su hijo, que lo llamaba desde lo más hondo de su
corazón. Por fin, estando en París, se fue un día a buscar al
padre Huvelin, de la iglesia de san Agustín, y, hablando con Él,
aclaró sus dudas y descubrió al Dios Amor. Y nos dice: Apenas
creí en la existencia de Dios, entendí que no podía hacer otra
cosa que vivir sólo para Él. Mi vocación religiosa nació en el
mismo instante que mi fe. ¡Dios es tan bueno y tan grande! ¡Hay
tanta diferencia entre lo que es Dios y lo que no lo es!.
Otro ejemplo. Jacques Fesh, francés, había sido condenado a
muerte por un grave delito que había cometido. Un día de octubre
de 1954, se encontraba en la cárcel y estaba especialmente triste.
Sentía que su vida estaba vacía. Él dice: En ese momento, como
pidiendo ayuda, grité desesperado: ¡Mon Dieu, mon Dieu! (Dios
mío, Dios mío). Y, al instante, como si Dios estuviera presente a
mi lado, esperándome, una paz inmensa me subió hasta la garganta…
La alegría me invadió y sentí una gran paz. En pocos instantes,
todo se hizo claro y sentí una alegría sensible y fortísima. Fue
una conversión instantánea. Dios le había contestado con su
inmenso amor, cuando más hundido y desesperado se encontraba.
El día de su ejecución en la guillotina (1-10-1957) escribió:
Faltan cinco horas. Espero al Amor. Ha sufrido tanto por mí… Dios
es amor. Tengo los ojos fijos en el crucifijo y mis miradas no se
apartan de las llagas del Salvador. Quiero conservar su imagen en
mis ojos hasta el final. Recitaré el rosario y las oraciones de los
moribundos y, después, pondré mi alma en las manos del buen Dios.
Dentro de cinco horas, veré a Jesús.
Jacques Fesch murió como un santo. Su Diario es tan impactante
que el mismo cardenal Lustiger, arzobispo de París, desea iniciar
su proceso de beatificación.
¡Es maravilloso cómo Dios nos espera con su infinito amor para
hacernos felices, si le damos la oportunidad y nos dejamos amar! Si
le pedimos ayuda, Él siempre está dispuesto a respondernos con
amor. A veces, nos ama y nos manifiesta su amor a través de otras
personas. Por ejemplo, la Madre Teresa de Calcuta decía de sí
misma: Yo soy un pequeño lápiz en las manos de Dios, con el que
Él escribe su carta de amor al mundo. Pues bien, seamos también
nosotros pequeños lápices para que Él escriba su carta de amor a
tantos que tienen necesidad de su amor. Eso fue precisamente, lo que
hicieron dos buenos esposos norteamericanos, Clarissa Defeo y Rocco
y su esposo, que querían compartir su amor con los más
necesitados. Tenían una niña y, después, adoptaron un niño y una
niña de Korea, de cinco y dos años respectivamente. Un día vieron
la foto de otro niño coreano de seis años, que estaba necesitando
adopción y lo aceptaron también, a pesar de que tenía una pierna
gravemente desviada. Dos años después, adoptaron tres hermanitos
de Filipinas de quince, diez y siete años. Por último,
consiguieron una nueva niña en Tailandia. Y dice la esposa: Hemos
celebrado, mi esposo y yo, treinta y un años de casados. Pero, si
hubiera algún niño que estuviera esperando un nuevo hogar y una
nueva vida, no le cerraríamos las puertas.
Sí, el amor no puede guardarse en el rincón oscuro del
egoísmo, sino que debe compartirse. Por eso, pidamos a Jesús que
nos llene de su amor para poder dar más amor a los demás. Y no
olvidemos que Él, cuando nosotros damos un paso hacia Él, Él ya
ha dado cien pasos hacia nosotros. Su providencia amanece antes que
el sol y ya nos está esperando antes de nosotros despertar. Por
ello, no es de extrañar que el gran místico musulmán del siglo
IX, Bayezid Bastami, dijera: He estado buscando a Dios por treinta
años y, cuando al fin he abierto los ojos, he comprendido que era
Él quien me estaba buscando a mí.
Busca a Dios, si todavía no lo has encontrado. Busca su amor, si
todavía no lo has experimentado. Déjate amar por Él y dile:
Señor, quítame el miedo de dejarme amar por Ti. Quítame el miedo
a amarte sin condiciones. Quítame el miedo a amar a los demás sin
esperar recompensa. Quítame el miedo a la verdad, a la enfermedad y
a la muerte. Quítame el miedo a tus exigencias. Y dame valor para
dejarme amar por Ti hasta las últimas consecuencias y confiar en Ti
hasta el punto de creer que tu amor y tu providencia velan
continuamente sobre mí para darme siempre lo que más me conviene.
Amén.
EL PODER DEL AMOR
El amor es la fuerza más poderosa del universo. Dios es amor (1
Jn 4,8). El sentido de nuestra vida está en el amor. Por eso, sólo
por el amor podremos avanzar en el camino de nuestra realización
personal y de nuestra felicidad. Dios ha hecho el mundo de tal
manera que sólo el amor construye, mientras que el desamor
destruye. El amor nos enriquece espiritualmente, mientras que el
desamor nos hunde en un abismo interior de oscuridad y maldad.
El gran filósofo francés Henri Bergson (1859-1941) decía en su
libro Las dos fuentes de la Moral y la Religión: Hemos sido
llamados a la existencia para amar y ser amados y la energía
creadora debe definirse por el AMOR. Sí, la energía creadora del
universo fue el Amor y este universo todavía no está terminado,
sigue su ritmo evolutivo hacia el Amor. Por eso, hasta que llegue el
final de los tiempos y el universo material llegue a su fin, el amor
seguirá siendo la energía poderosa, que va perfeccionando las
cosas y, sobre todo, va santificando y espiritualizando a los
hombres.
La providencia de Dios en el mundo se manifiesta a través de su
amor omnipresente. Todo lo que sucede, incluso las cosas negativas,
puede ser enderezado por Dios para la realización del fin último.
En el mundo hay muchas enfermedades, accidentes y sufrimientos de
toda índole, pero en las manos de Dios, cuando los hombres los
aceptan con paz, vienen a ser como instrumentos que esculpen y pulen
la piedra de nuestra alma.
La historia de los santos y, en general, de todos los personajes
célebres por su inteligencia o su bondad, se halla llena de casos
de los que vemos salir al hombre engrandecido, templado, renovado
tras una prueba o, incluso, una caída, que parecían deber apocarle
o derrotarle para siempre. Los fracasos y problemas de la vida
desempeñan para nosotros el papel del timón de profundidad en el
avión o, si se prefiere, de podadera para la planta. Canaliza
nuestra savia interior, pone de relieve los componentes más puros
de nuestro ser y nos hace ascender más y más rectamente (hacia
Dios).
El amor de Dios es el motor del universo. El amor divino empapa
todas las cosas con su presencia, pues en Él vivimos, y nos movemos
y existimos (Hech 17,28).
CRISTO, MARÍA Y LA IGLESIA
Según Teilhard de Chardin, el amor de Dios guía la evolución
del universo hacia Cristo. Cristo es el punto de convergencia de
todas las energías del universo hacia el Dios Amor. Por eso, el
proceso evolutivo del universo y de la humanidad entera es un
proceso de cristificación continua, de centrarlo todo en Cristo, y
por Cristo en el Padre. El mismo san Pablo dice que en Él fueron
creadas todas las cosas del cielo y de la tierra,… Todo fue creado
por Él y para Él. Él es antes que todo y todo subsiste en Él.
Él es el principio, el primogénito de los muertos, para que tenga
la primacía sobre todas las cosas. Y quiso el Padre que en Él
habitasen toda la plenitud y por Él reconciliar consigo todas las
cosas, pacificando con la sangre de su cruz tanto las cosas de la
tierra como las del cielo (Col 1,16-20).
Cristo es el principio y el fin, el alfa y la omega, el centro y
el culmen de todo lo que existe. Por ello, el amor de Dios pasa a
través de Cristo hasta nosotros y de nosotros llega al Padre por
medio de Cristo, Cristo es el puente, el camino, hacia el Dios Amor.
Nuestro proceso de santificación debe ser una transformación en
Cristo, una cristificación continua, un llenarnos del amor de Dios
por medio de Jesucristo.
Ahora bien, la providencia de Dios ha querido darnos un medio
admirable y asombroso para unirnos a Cristo: la Eucaristía. Cristo
nos espera en la Eucaristía como un amigo cercano con todo su amor
divino. Cristo se deja comer por nosotros para asimilarnos mejor a
Él. Cristo se hace cercano, como lo fue hace dos mil años, para
dejarse tocar, para dejarse amar. Y, en el momento de la comunión
eucarística, nos transforma en Él y somos UNO con Él. Por eso, la
Eucaristía es el mejor medio, que Dios nos ha regalado, por
disfrutar de su amor en Cristo y por Cristo.
Si comulgamos frecuentemente, Cristo nos irá cristificando y
asemejando a Él y llegará a ser el centro de nuestra vida. En la
Eucaristía tenemos a la Trinidad en pleno, amando al alma y
dejándose amar por la criatura, de la mejor manera posible en este
mundo.
¡Qué grande y transformadora es la Eucaristía! Escuchemos a
Teilhard de Chardin: Al contacto eucarístico reaccionaré mediante
el esfuerzo entero de mi vida, de mi vida de hoy y de mi vida de
mañana, de mi vida individual y de mi vida unida a todas las demás
vidas. En mí, periódicamente, podrán desvanecerse las santas
especies. Cada vez me dejarán un poco más profundamente hundido en
las manos de su Omnipotencia: viviendo y muriendo, en ningún
momento dejaré de avanzar contigo, Señor. Por tanto se justifica
con un vigor y un rigor insospechado el precepto implícito de la
Iglesia de que es preciso siempre y en todas partes comulgar. La
Eucaristía debe invadir mi vida. Mi vida debe hacerse, gracias a
este sacramento, un contacto contigo sin límite y sin fin… Mi
vida se descubre ahora como una Comunión mediante el Mundo contigo.
El sacramento de la vida. El sacramento de mi vida, de mi vida
recibida, de mi vida vivida, de mi vida abandonada. Sí, mi vida,
vivida y abandonada en las manos de Jesús, con quien debo vivir mi
vida en todo instante, pero que la hará más vida y más plena
cuanto más unido esté a Él en la Eucaristía.
Mi vida, pues, sólo tendrá pleno sentido en la unión total con
Cristo en la tierra y por toda la eternidad. Por Cristo llegaré al
Padre y a Cristo llegaré con el poder del Espíritu Santo. En este
proceso me ayudarán también todos los santos y los ángeles.
Ahora bien, no nos olvidemos de María, la madre de Jesús y
madre nuestra. Ella es la criatura más pura y santa que Dios ha
creado. Es la persona humana más perfecta, que ha existido, existe
y existirá. Ella es más santa y pura que todos los santos y
serafines. Ella es la única criatura que, mirando al divino Jesús,
le ha podido decir: Tu sangre es mi sangre, tu vida es mi vida. La
única criatura que le ha podido decir a su Dios: Tú eres mi Hijo.
Ella entraba en los planes de la providencia divina como parte del
plan de salvación. Sin ella, la creación hubiera quedado
incompleta, según el plan querido por Dios. Dice Teilhard de
Chardin:
Cuando llegó el momento de la Encarnación, tuvo Dios necesidad
de suscitar en el mundo una virtud capaz de atraerlo hasta nosotros.
Necesitaba una Madre que lo engendrase en las esferas humanas. Y
¿qué hizo entonces? Creó a la Virgen María. Hizo que apareciera
sobre la tierra una pureza tan grande que llegara a poder abismarse
en esa transparencia y pureza hasta que viniera al mundo como un
pequeño niño. La potencia de la pureza de María hizo hacer a Dios
entre nosotros.
E hizo a María, Virgen y Madre. Hizo que su pureza sea más
fecunda que la de todas las madres del mundo y la hizo Madre de
todos los hombres. Por eso, María es parte de la providencia de
Dios en el mundo y todos aquellos que quieran prescindir de su amor
y de su protección maternal, estarán privándose de muchísimas
bendiciones que Dios quería darles a través de Ella. Ella es la
Madre de la divina providencia.
Ella fue la persona que mejor vivió su unión total con Cristo.
Ella fue un sagrario viviente durante los meses que lo llevó en su
seno. Su vida entera fue un vivir por Jesús y para Jesús. Jesús
era el centro de su existir. Algo parecido fue también para san
José, que fue quien más de cerca vivió con Él y con María. Por
eso, los hombres, en la medida en que vivan esta unión íntima con
Jesús, especialmente en la Eucaristía, podrán realizar su ideal
de santificación y perfección personal. Ahora bien, Dios nos
ofrece la Eucaristía en la Iglesia y por la Iglesia, que es el
nuevo pueblo de Dios en el Nuevo Testamento. Por eso, la Iglesia
católica es parte fundamental de la providencia de Dios en su plan
de salvar al mundo. La Iglesia es el instrumento de la redención
universal (Vat II, LG 9), pensado por Dios para llevar a todos los
hombres a la plenitud. Decía el Papa Juan Pablo II que la plenitud
del misterio salvífico de Cristo pertenece también a la Iglesia
inseparablemente unida a su Señor (Dominus Jesús N° 16). Así
pues la Iglesia Católica está llamada a ser el medio ideal para
que los hombres lleguen a Cristo y formar en Cristo y con Cristo el
pueblo de Dios.
La Iglesia es el proyecto visible del amor de Dios a la
humanidad, que quiere que todo el género humano forme un único
pueblo de Dios (Cat 776). Por ello, podemos decir que el mundo fue
creado en orden a la Iglesia, que es la finalidad de todas las cosas
(Cat 760).
La Iglesia viene a ser la autopista de amor para llegar más
rápidamente a la plenitud de Cristo. En ella estamos seguros de
caminar con paso firme hacia la patria definitiva, guiados por la
mano de nuestro Padre Dios, que ha querido a la Iglesia como Madre y
guía para todos los hombres.
¡Qué gracia tan grande ser católicos! Vivamos nuestra fe en
plenitud y demos gracias a Dios por este gran regalo que nos ha dado
por su misericordia infinita.
LA MISA
En la providencia amorosa de Dios, la misa ocupa un papel
fundamental. Ya hemos dicho que Cristo es el principio y fin del
universo, el centro y el punto de convergencia de todo lo que
existe. Pues bien, en cada eucaristía, los cielos y la tierra se
admiran y asombran ante el gran misterio que se celebra: el Hijo de
Dios, que se sigue encarnando entre nosotros para seguir empujando
la creación hacia Él. La eucaristía, por tanto, es como el motor
principal del universo, la expresión más grande de su amor por
nosotros, que sigue actualizando su ofrecimiento del calvario, el
más grande medio que Dios ha inventado, en su misericordia y amor
providente, para elevar y divinizar al mundo y a la humanidad
entera.
La misa o eucaristía, no sólo es útil para quienes asisten a
ella, la misa, toda misa, es la misa de Cristo, que sigue
ofreciéndose por la salvación del mundo. La misa, pues, tiene un
valor infinito de amor y de alabanza para el perfeccionamiento
espiritual del mundo y de los hombres. En Cristo se hallan
escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col
2,3). Y también todos los tesoros de amor del universo, pues Cristo
es Dios Amor.
En la providencia divina, la misa abarca a todo el universo y a
toda la humanidad, y llega también a todos los siglos, pasados,
presentes y futuros. La misa, pues, es una misa cósmica y eterna. A
ella, en unión con Cristo, que es quien celebra, está presente el
universo entero con todo lo que existe. Por eso, debemos participar
con esta perspectiva cósmica y eterna, y sentir que, al unirnos a
Cristo y hacernos UNO con Él en la comunión eucarística, nos
unimos, en Cristo y, por Cristo, a todo el universo y a toda la
humanidad de todos los siglos.
¡Qué grande es la misa! Decía el santo Pío de Pietrelcina:
Sería más fácil que el mundo sobreviviera sin el sol que sin la
misa. Y el beato Manuel González: ¿Nos explicamos por qué no se
ha roto en mil pedazos, al golpe de la ira divina, esta tierra
pecadora? ¿Nos explicamos por qué hay sol en los días y luna en
las noches y lluvias en el tiempo oportuno y comunicación de Dios
con los hijos de los hombres? Hay misas en la tierra y, en todos
minutos del día y de la noche, se está repitiendo a lo largo del
mundo: Por Cristo, con Él y en Él… todo honor y toda gloria.
El amor de Dios, rechazado, ofendido y despreciado por muchos
hombres, es reparado por la misa de Jesús, que le da gloria
infinita. La eucaristía, pues, ha sido, en la providencia de Dios,
como el antídoto eficaz contra todos los desamores y rechazos de
los hombres a su infinito amor.
¡Oh maravilla de amor! Hagamos de cada eucaristía y comunión
una común unión con todos los hombres y con todo el universo.
Desde el primer hombre hasta el último, desde la primera partícula
creada hasta la última, desde este lugar, en que nos encontramos,
hasta el más remoto lugar del Universo. Vivamos nuestra vida como
una eucaristía permanente en unión permanente con Cristo,
abandonando en sus brazos divinos todas nuestras preocupaciones.
Nuestros problemas y dificultades debemos ponerlos en la patena de
cada eucaristía y ofrecerlos a Jesús en unión con nuestra vida
entera. La eucaristía hay que vivirla, ofreciéndonos con Jesús,
en unión total con Jesús, haciendo de nuestra voluntad una sola
cosa con la suya. Y vivir en continuo: Por Cristo, con Él y en Él.
Que podamos decir con Jesús, de verdad: Esto es mi cuerpo, que
es entregado por vosotros (Lc 22,19). Es decir, ésta es mi vida que
es entregada por la salvación del mundo. E igualmente decir con
Jesús: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es
derramada por vosotros (Lc 22,20).
A este respecto, quiero citar el testimonio del Padre Girard, un
sacerdote francés, que estuvo 22 años inmovilizado en cama por una
tuberculosis ósea, cuando todavía era diácono. Al no poder ya
pensar en ordenarse sacerdote, todos los días ofrecía la misa de
su vida con todos sus dolores, especialmente, por los sacerdotes. No
podía celebrar misa, pero ofrecía su vida como una misa
permanente, en unión con todas las misas que se celebraban en el
mundo. Así daba sentido a su dolor y celebraba su misa en unión
con Jesús por la salvación del mundo.
Pero Dios quiso sanarlo y darle la gracia del sacerdocio. Durante
todo el resto de su vida, vivió su misa diaria como el punto
central de su existencia y de su permanente ofrecimiento a Jesús
por la salvación de los demás.
Por eso, aprende a vivir tu misa diaria en una entrega total a
Jesús, sin condiciones. No tengas miedo, Él cuida de ti y sabe lo
que te conviene. Confía en Él y déjate llevar. Y dile con toda
confianza:
Señor, me pongo en tus manos. Trabaja la arcilla de mi vida como
alfarero. Dale forma Tú mismo, hazla pedazos, si te parece bien; es
tuya y nada tengo que decir. Señor, aquí estoy para que hagas de
mí lo que Tú quieras, sea lo que sea te doy las gracias, porque te
amo y confío en Ti. Señor, no te pido ni rechazo nada de lo que
quieras enviarme. Puedes darme lo que quieras y puedes llevarte lo
que quieras de mí. Lo acepto todo como venido de tus divinas manos:
la salud o la enfermedad, la riqueza o la pobreza, la comprensión o
la incomprensión. Si quieres darme alegría, aquí estoy, Señor,
la acepto. Si me das tristezas, aquí estoy, soy tuyo. Si me das
favores, gracias. Si me das aridez del alma, gracias también. Yo me
entrego totalmente a Ti y te entrego toda mi voluntad para que sea
UNA con la tuya, para que mi querer sea UNO con el tuyo. Porque
sólo a Ti te quiero seguir, a Ti sólo amar, a Ti sólo quiero
obedecer, haciendo en todo momento tu santa voluntad. Amén.
INSTRUMENTOS DE LA PROVIDENCIA
Tú debes ser un instrumento de la providencia de Dios para los
demás. ¿Qué puedes hacer por ellos? Puedes dar algo de lo que te
sobre o de lo que no te es imprescindible. Pero hazlo por amor.
La Madre Teresa de Calcuta cuenta que, en una ocasión, un papá
consultó a su esposa y a sus hijos, si debían comprar una nueva
televisión, pues la antigua estaba muy deteriorada, o darle el
dinero ahorrado a los pobres de la Madre Teresa. Uno de sus hijos le
dijo que quería la televisión, pero el parecer de los restantes
fue darle el dinero a la Madre Teresa.
Ella dice: Hay personas muy pobres que cada mes me envían una
rupia. Parece nada, ¿verdad? Pero significa tanto para mí... Hay
un hombre que me da sangre para los pobres. Va al hospital, da
sangre y me entrega el comprobante de donante para los pobres.
¡Qué gesto tan hermoso!.
Hace ya tiempo iba caminando por las calles de Calcuta y se me
acercó un mendigo y me dijo: “Madre Teresa, todo el mundo le da a
usted. Yo también quiero darle algo”. Lo miré fijamente y dije:
“Muy bien”. Entonces, él añadió: “Durante todo el día
solamente he recibido veinte rupias” (aproximadamente 25 centavos
de dólar), una insignificancia, pero para él significaba mucho.
Tomé el dinero y les puedo decir que nunca he visto alegría tan
grande como la de aquel mendigo. Todo su rostro aparecía radiante
de alegría, porque también él había podido dar algo a la Madre
Teresa.
Hay gente realmente sacrificada y generosa. Hace un tiempo vino
una mujer y me dijo: “Yo quisiera ayudarla Madre, pero me paso
todo el día de casa en casa, lavando ropa. Lo que gano tengo que
llevarlo a casa para alimentar a mis hijos. Pero creo que, aun así,
puedo dar algo para los pobres. Permítame venir una vez por semana
a lavar la ropa de los niños”. Desde entonces, está viniendo una
hora a la semana para prestar este servicio.
Un día iba caminando por las calles de Londres. De pronto, vi a
un hombre acurrucado en un rincón, con aspecto de estar abandonado
y solo. Me rogó que me acercara . Así lo hice. Lo tomé de la mano
y se la estreché. Entonces, me miró y me dijo profundamente
emocionado: “¡Oh, hacía tanto tiempo que no sentía el calor de
una mano amiga!”. Le brillaron los ojos y se incorporó. El simple
calor de una mano amiga le produjo un rayo de alegría y de
esperanza en su vida.
Averigüen bien quiénes son sus vecinos. ¿Los conocen? Tal vez
haya alguno enfermo, alguno que necesite un poco de cuidado, quizás
alguno que necesite que le hagan las compras o alguno que esté
ciego y necesite que le escriban una carta. Traten de hacer cosas
pequeñas, olvídense de las grandes, tal vez unas sencillas flores
para quien está enfermo. Hagan pequeñas cosas con mucho amor.
En una oportunidad, un hombre muy rico de Melbourne, en
Australia, me entregó un sobre en blanco y me dijo: “Escriba la
cantidad que quiera para ayudar a sus pobres”. Sin inmutarme le
devolví el cheque y le dije: No necesito sus dólares, lo necesito
a Ud. Quiero que venga Ud. mismo a servir a los pobres.
El banquero, en un primer momento, se sintió sorprendido y
molesto, pero después comprendió. A partir de aquel día, dedicaba
tres horas semanales a servir en el Hogar de ancianos. Es fácil dar
cosas, pero amar es darse uno mismo. Y nunca se es demasiado joven
para amar ni demasiado viejo para dejar de amar con sinceridad y de
verdad.
Recuerda siempre que una palabra amable puede iluminar el día a
un amigo, una palabra de amor puede curar y bendecir. Por el
contrario, una palabra amarga puede crear rencores y una palabra
cruel puede destruir una vida. Irradia amor y encontrarás amor, haz
felices a los demás y encontrarás tu propia felicidad. No olvides
que todos, sin excepción, necesitan un abrazo, una sonrisa, una
palabra amable para ser más felices y tú se lo puedes dar. No
escatimes tu amor, ama sin descanso y con sinceridad y los demás
también te sonreirán.
Y todo lo que hagas, hazlo con amor y por amor. ¡Es tan fácil
hacer bien las cosas! Cuando cocines, cocina con amor para que
quienes tomen los alimentos, reciban también a través de ellos tu
amor, que ha bendecido la comida. Cuando laves o limpies o trabajes…,
hazlo también con amor, pensando en aquellos que serán los
beneficiarios y a quienes llegará tu amor, envuelto con la
bendición de Dios, a través de lo que has hecho. Hazlo todo por
amor, que la raíz de toda tu vida sea el amor, el amor a todos sin
excepción. Dios juzgará a tus enemigos. Tú solamente ama y
perdona.
Cada día, al levantarte, prepárate a emprender una nueva
jornada llena de amor. Recuerda que el amor no se improvisa ni se da
por supuesto. El amor hay que construirlo momento a momento. Dite a
ti mismo: Hoy es un nuevo día y quiero que todos lo que se acerquen
a mí, sientan mi amor y sean un poco más felices. Que nadie se
aleje de mí sin ser mejor y más feliz. Regálales flores del
jardín de tu alma con sonrisas, palabras, servicios… No pierdas
nunca la capacidad de amar, pues el hombre que pierde la capacidad
de amar es como un cadáver ambulante, que ha perdido la luz y la
alegría, por haber perdido el amor. Y, si alguna vez, Dios no lo
quiera, caes en la oscuridad de graves pecados, arrepiéntete,
porque tu Padre Dios te está esperando para devolverte la luz y la
paz.
Mira, más allá de los confines de la tierra, más allá del
mar, más allá de donde empieza el día y termina la noche, más
allá del horizonte y del tiempo, el amor de Dios empapa el universo
entero.
Por eso, ama y respeta también la naturaleza creada, pues todo
lo ha creado Dios para el bien del ser humano. Ama a los pájaros, a
las flores, a los ríos, a las montañas y al viento, que mueve las
hojas de los árboles. Ama todo lo que te rodea y cuídalo para tu
alegría y felicidad de todos.
Recuerda a san Francisco de Asís, a quien el Papa Juan Pablo II
nombró en 1980 el patrono de la ecología. Él amaba a los pájaros
y les predicaba. En una ocasión, salvó a un conejo de campo de una
trampa y éste, agradecido, se acomodó en su regazo. Hay historias
de abejas que rondaron amorosamente su cabeza, y la de un halcón
que se posó sobre su hombro, y la del lobo de Gubbio, a quien
apaciguó. Según cuenta san Buenaventura y está escrito en la vita
prima de Celano, en una ocasión… el bendito Padre san Francisco
pasaba por el valle de Spoleto y llegó a un lugar llamado Bevagna,
donde muchos y variados pájaros estaban congregados… Al verlos,
Francisco, el bendito servidor del Señor, porque fue un hombre de
gran fervor, que tenía mucha simpatía por las criaturas inferiores
e irracionales, abandonó a sus acompañantes en el camino y se
dirigió hacia ellos… Los pájaros lo esperaban expectantes y él
los saludó… Humildemente les pidió que escucharan las palabras
de Dios. Y les dijo: Mis hermanos pájaros deben amar Uds. al
Creador profundamente y alabarlo siempre. Él les dio las plumas que
tienen, sus alas para volar y todo lo que necesitan. Él les ha
hecho nobles entre las criaturas y les dio un hogar en el aire puro.
Uds. no siembran ni cosechan y Él los protege y los gobierna sin
ninguna ansiedad de parte de ustedes… Los pájaros se mostraron
gozosos, a su manera, estirando el cuello, extendiendo sus alas,
abriendo sus picos y mirando atentos a Francisco.
Tú también, de vez en cuando, sal al campo, mira volar a los
pájaros, contempla las flores, observa el panorama y déjate
acariciar por Dios a través de los rayos del sol. Te aseguro que
volverás mejorado a tu labor cotidiana.
Aprende a renacer cada mañana, como el paisaje al despuntar la
aurora, como el sol que amanece en tu ventana. Aprende a amar, es
decir, aprende a vivir de verdad. Y, cuando veas a tu alrededor
hipocresía, véncela con sinceridad y verdad. Vence el odio con el
amor; vence la venganza con el perdón; vence la tristeza con tu
alegría y a la oscuridad con tu luz interior. De modo que cualquier
persona que se acerque a ti, hombre o mujer, niño o anciano, rico o
pobre, blanco o negro, creyente o ateo, encuentre en ti un hermano y
un amigo que lo ama y en quien puede confiar. Te deseo que seas un
instrumento del amor y de la alegría de Dios para tus hermanos. Y
que, al final, cuando te llegue la muerte y te duermas entre los
hombres, despiertes entre los ángeles, cantando para siempre un
canto de amor.
También los ángeles son instrumentos de la providencia de Dios
para cuidar a los hombres. Sobre este tema ya escribí el libro Tu
amigo, el ángel.
LOS SANTOS Y LA PROVIDENCIA
En la vida de los santos vemos muchos sucesos providenciales de
los cuales Dios se sirvió para llamarlos a una vida de más
santidad.
San Juan de Capistrano (1384-1456) era gobernador de la ciudad de
Perusa, en Italia. Cuando estalló la guerra con los de Rimini, fue
encarcelado. Al intentar fugar, se fracturó el pie y tuvo que
seguir encarcelado, teniendo mucho tiempo para reflexionar. Cuando
fue puesto en libertad, ya no quiso dedicarse a las cosas del mundo,
porque aquel tiempo de cárcel había sido para él un tiempo de
gracia, que lo convenció de la fugacidad de la vida. Por eso,
decidió dedicar su vida a Dios, se hizo religioso franciscano y
llegó a ser un gran santo.
Algo parecido podemos decir de San Ignacio de Loyola (1491-1556),
que durante el tiempo que tuvo que estar inactivo, por haber sido
herido en el sitio de Pamplona, se dedicó a leer libros
espirituales, que le hicieron dejar la vida militar y dedicarse a
tiempo completo y para siempre a Dios.
En la vida de San Juan de la Cruz (1542-1591), el tiempo que
estuvo en la cárcel fue para él el tiempo de mayor sufrimiento,
pero también el tiempo en el que Dios lo llevó a las más elevadas
alturas del espíritu y en el que escribió sus mejores poesías
místicas.
Por supuesto que cada santo es un caso particular y Dios lo guía
de modo personal, pero lo que sí podemos decir es que, en todos
ellos, se manifiesta de manera evidente la presencia y el amor de
Dios hasta el punto de darse el gusto de hacerlos santos, de acuerdo
al plan que Él tenía para cada uno desde toda la eternidad. Dios
no improvisa, todo lo tiene programado desde toda la eternidad y lo
realiza en la medida en que nosotros, libre y conscientemente,
colaboramos con su providencia.
Para San Francisco de Borja (†1572), la vista del cadáver de
la emperatriz de España, descompuesto y maloliente, fue el
detonante para renunciar a la vida del mundo y dedicarse a un rey,
que nunca iba a morir.
Santa Teresa de Jesús (1515-1582) nos cuenta en su vida cómo
estuvo gravemente enferma, incluso tres días estuvo como muerta, y
durante tres años, de 1539- 1542, tullida. Pero todo esto fue una
providencia divina para convertirla totalmente a su amor. Dice:
Estaba al extremo de flaqueza, que solos los huesos tenía ya. Digo
estar así me duró más de ocho meses y el estar tullida, aunque
iba mejorando, casi tres años. Cuando comencé a andar a gatas,
alababa a Dios. Todos los pasé con gran conformidad y, si no fue a
los principios, con gran alegría, porque todo se me hacía nada
comparado con los dolores y tormentos del principio. Estaba muy
conforme con la voluntad de Dios, aunque me dejase así siempre
(Vida, 6, 1).
San Juan de Dios (1495-1550) dice: Son tantos los pobres que
aquí llegan que yo mismo, muchas veces, estoy espantado cómo se
pueden sustentar, pero Jesucristo lo provee todo y les da de comer.
Como la ciudad (Granada) es grande y muy fría, especialmente ahora
en invierno, son muchos los pobres que llegan a esta casa de Dios.
Entre todos, enfermos y sanos, gente de servicio y peregrinos, hay
más de ciento diez. Como esta casa es general, reciben en ella
generalmente de todas enfermedades y suerte de gentes, así que
aquí hay tullidos, mancos, leprosos, mudos, locos, paralíticos y,
sin éstos, otros muchos peregrinos y viandantes, que aquí se
allegan y les dan fuego y agua, sal y vasijas para guisar de comer.
Para todo esto no hay renta, pero Jesucristo lo provee todo.
La vida de la beata Ana Catalina Emmerick (1774-1824) es un
milagro continuo de la providencia de Dios, que le hacía vivir en
cada momento de acuerdo a su voluntad. Ella tenía los estigmas de
la Pasión de Cristo y sufrió como alma víctima por la salvación
del mundo. Y Jesús hacía milagros a través de ella. Según nos
cuenta en sus Visiones y revelaciones, muchas veces su ángel
custodio la llevaba, en bilocación, a lugares lejanos a través del
mundo para ayudar a personas que se encontraban en peligro de muerte
o en grave necesidad.
Sus relatos sobre la vida de Jesús y su Pasión y muerte, siguen
haciendo mucho bien y transformando la vida de miles de personas.
Ella se preocupaba mucho de los pobres y, aun estando enferma,
procuraba, cuando podía, hacer labores de tejido para darles a los
pobres su valor. En una ocasión, dice ella, el vizconde de Galen me
obligó a recibir dos piezas de oro, que debía repartir a los
pobres en su nombre. Las hice cambiar en monedas pequeñas y con el
producto de ellas mandé hacer vestidos y calzados que luego
distribuí. Hubo una maravillosa bendición de Dios sobre esas
monedas, pues todas las veces que las distribuía en partes, volvía
a encontrar las dos piezas de oro en mi bolsillo y así las hacía
cambiar de nuevo. Esto duró más de un año y con ese dinero
socorrí a muchos pobres.
San Juan Bosco (1815-1888) tiene una vida llena de anécdotas
sobre la providencia.
A principios de 1858, Don Bosco tenía que pagar una gruesa deuda
para el 20 de enero y no poseía ni un céntimo. Estaban ya a 12 del
mes y no se veía ninguna solución. En tales estrecheces, Don Bosco
dijo a algunos jóvenes: “Hoy iré a Turín y vosotros, durante el
tiempo que esté fuera, turnaos uno a uno delante del sagrario
rezando”. Mientras Don Bosco caminaba por Turín, se le acercó un
desconocido y tras el saludo le preguntó: Don Bosco, ¿necesita Ud.
dinero? Ya lo creo. Si es así, tome; y le ofreció un sobre con
varios billetes de mil, alejándose con premura. Era un rasgo de la
providencia y Don Bosco mandó inmediatamente que se pagara a su
acreedor.
Un día de 1859, Don Bosco bajó al refectorio, no para comer,
sino para salir. Les dijo: “Hoy no puedo comer a la hora
acostumbrada. Necesito que, cuando salgáis del comedor, haya
siempre uno de vosotros hasta las tres con algún chico escogido
entre los mejores, rezando ante el Santísimo sacramento. Esta
tarde, si obtengo la gracia que nos es necesaria, os explicaré la
razón de mis plegarias”.
Don Bosco volvió al atardecer y dijo, respondiendo a las
preguntas: “Hoy a las tres, vencía un compromiso serio con el
librero Paravia de 10.000 liras. También urgían otras deudas, que
alcanzaban también otras 10.000 liras. He salido en busca de la
providencia sin saber a dónde iba.
Al llegar a la Consolata, entré y rogué a la Virgen que me
consolara. Al llegar a la iglesia de santo Tomás, se me acerca un
señor muy bien vestido que me dice: ¿Usted es Don Bosco? Sí, para
servirle. Mi patrón me ha encargado que le entregue este sobre.
Hubo suficiente para que pagara todas las deudas urgentísimas”.
Un día de 1860, después de la misa, no había para dar a cada
chico el panecillo para el desayuno. Ese día, no había pan en casa
y el panadero ya no quería fiar más hasta que no le pagaran lo que
le debían. Entonces, Don Bosco dijo a dos chicos: Id a la despensa
y juntad todo el pan que encontréis y todo lo que podáis hallar en
los comedores. Había muy poquitos panecillos y no alcanzaban para
todos. Don Bosco, después de confesar, se dirigió a distribuir los
panecillos. El cesto del pan tenía unos quince panecillos. Y Don
Bosco se puso a distribuirlos a unos cuatrocientos jóvenes. Al
terminar, quedaba la misma cantidad que al principio. Éste es el
milagro de la multiplicación de los panes. En otra oportunidad, fue
la multiplicación de las castañas o la multiplicación de las
hostias consagradas hasta en 4 oportunidades. En todos estos
milagros, Dios, con su providencia, premiaba la fe de Don Bosco y lo
socorría en sus necesidades.
En julio de 1885, el cardenal Alimonda, que era su amigo, fue a
visitarlo a Mathi y le preguntó: ¿Cómo andan sus finanzas? Hoy
mismo debo pagar 30.000 liras y no las tengo. ¿Cómo se las
arreglará? Espero en la providencia. Acaba de llegarme una carta
certificada, veamos lo que hay dentro. Abierto el sobre, apareció
un talón bancario de 30.000 liras. Al cardenal se le saltaron las
lágrimas.
El 23 de febrero de 1887, el terremoto castigó a la casa de
Vallecrosia. Un ingeniero hizo la evaluación de las reparaciones,
que hacían falta, y presentó un presupuesto por 6.000 liras. Don
Bosco confió en la providencia. Después de comer, entró el conde
Maistre, antiguo bienhechor de Don Bosco, y le dijo: Mi tía me ha
encomendado darle para sus obras 6.000 liras. Don Bosco, conmovido,
presentó al conde el informe del ingeniero diciendo: Vea cómo
María Auxiliadora ha inspirado a su tía. Transmítale nuestra
gratitud por la generosa providencia.
La beata rosa Gattorno (1831-1900) cuenta que el 17 de junio de
1890, mientras pagaba las cuentas, que eran muchas, me conmovía,
porque el dinero me crecía en las manos; siempre daba y éste se
multiplicaba... El 11 de abril de 1892, en la mañana, antes de
salir de la iglesia, pedí a Dios me ayudase con su providencia. Fui
donde tenía el dinero que debía servirme, sabiendo que faltaba
mucho para pagar cierta suma. ¡Oh, sorpresa! ¡Abriendo el
cajoncito, encontré el dinero duplicado, más de lo que necesitaba!
Arrojándome a los pies del altar, se lo agradecí con toda la
fuerza de mi alma... Tuve que hacerme gran violencia para que no se
dieran cuenta las demás del consuelo que experimentaba.
Santa Teresita del Niño Jesús (1873-1897) nos habla de cómo la
providencia de Dios se sirvió de ella para poder llevar el amor y
el perdón a un criminal llamado Pranzini (MA f. 46) o cómo se le
apareció la Virgen María para curarla, cuando estaba gravemente
enferma, y dice: lo que me llegó hasta el fondo del alma fue la
encantadora sonrisa de la Santísima Virgen (MA f. 30). Igualmente,
nos cuenta cómo Dios le demostraba su amor providente en pequeños
detalles como el hacer caer nieve el día de su toma de hábito.
Dice: Siempre había deseado que el día de mi toma de hábito la
naturaleza estuviese como yo, vestida de blanco... ¡Qué delicadeza
la de Jesús!, cumpliendo los deseos de su pequeña prometida, le
daba nieve ¿Qué mortal por poderoso que sea puede hacer caer nieve
del cielo para complacer a su amada? (MA fol 73).
Es famoso el milagro, realizado por santa Teresita del Niño
Jesús en el convento de las carmelitas descalzas de Gallípoli
(Italia) en enero de 1910. La Priora estaba triste y angustiada,
porque tenía muchas novicias y no podía pagar todas las deudas que
se acumulaban para seguirlas sustentando. Una tarde, se le apareció
santa Teresita y la tranquilizó y le aseguró que le ayudaría en
esa difícil situación. De hecho, la Madre Priora encontró
milagrosamente en la caja de la comunidad una extraordinaria
cantidad de dinero, suficiente para cancelar todas las deudas
acumuladas y seguir sustentando a sus novicias.
El obispo decidió investigar este suceso y, siguiendo la pista
proporcionada por la numeración de los billetes de 50 liras, logró
descubrir que esa gran cantidad de dinero, con que santa Teresita
había proveído al Monasterio, había sido rescatada por la santa
de las ruinas del gran terremoto de Mesina. Pertenecía al lote de
divisas que el Banco de Italia de Nápoles había remitido al Banco
de Italia de Mesina, donde había desaparecido bajo los escombros
del terrible sismo. Este milagro fue considerado para su
beatificación, que tuvo lugar el 29 de abril de 1923.
San José Benito Cottolengo (1786-1842) es un santo que creía
especialmente en la providencia de Dios. Su vida de caridad y amor a
los más pobres y enfermos comenzó un 2 de setiembre de 1827. Una
mujer francesa, Ana María Gonnet, llegó a Turín con su esposo y
sus cinco hijos. Ella estaba embarazada y muy enferma y no la
querían recibir en ningún hospital de la ciudad, muriendo a las
pocas horas. Don José Cottolengo había acudido a darle la unción
de los enfermos y, ante su cadáver, inspirado por Dios, sintió la
necesidad de crear hospitales para atender a aquellos enfermos que
nadie recibía. Así comenzó su obra social, basada en la divina
providencia. Al principio, fue solamente una pequeña casa, que tuvo
que cerrar por orden del Gobierno, pero después comenzó otra nueva
en los suburbios de Turín, Pequeña casa de la divina providencia.
Actualmente, hay cien casas como ésta de pequeños cottolengos en
Italia, USA, India y África.
Para atender a sus enfermos fundó una Congregación de
religiosos y otra de religiosas. También fundó varios conventos de
vida contemplativa.
Durante su vida, atendía a cientos de enfermos, a quienes daba
de comer gratuitamente con ayuda de bienhechores, que eran para él
la mano de la divina providencia. Sin embargo, en algunas ocasiones,
la providencia le hacía esperar y hasta en alguna oportunidad lo
denunciaron por no pagar. Pero, de hecho, ninguno de sus acreedores
quedó sin pagar y todos hicieron buen negocio con él. Se puede
decir, en verdad, que todas sus obras sociales las hizo con crédito
y en nombre de la divina providencia.
En una oportunidad, las deudas eran de 100.000 liras; entonces un
obrero ganaba una lira y media al día y un médico ganaba de mil a
dos mil liras en todo un año. En ese tiempo, daban de comer y
atendían gratuitamente a 900 enfermos diarios. Algunos acreedores
lo denunciaron al arzobispo y ante la justicia. Pero en menos de dos
meses pagó la deuda. El rey le envió 5.000 liras, el canónigo
Valletti dejó 36.000 liras en herencia y el senador Giuseppe Roberi
le dio una propiedad de 40.000 liras. Ellos fueron, en esa
oportunidad, los instrumentos de la providencia para pagar sus
deudas. En el momento de su muerte, todas las deudas que tenía
quedaron pagadas con la herencia del canónigo Anglesio, que
sucedió al santo en la conducción de la obra social.
De san José Cottolengo solía decirse que tenía más fe en Dios
y en su providencia que todos los habitantes de Turín juntos. Él
decía a sus colaboradores: Si guardamos pan y dinero para mañana,
para el mes próximo o para el año que viene, ofendemos la
providencia divina, pues ella es la misma hoy, mañana y siempre.
Decía también: El Señor piensa en nosotros más de lo que
nosotros pensamos en Él y hace todas las cosas infinitamente mejor
de lo que nosotros podemos pensar. Su providencia hace siempre las
cosas bien.
A la Virgen la nombró señora y patrona de la Pequeña casa de
la divina providencia.
San Luis Orione (1872-1940) es otro gran santo de la divina
providencia. Fundó la pequeña obra de la divina providencia para
educar a la juventud y atender a los más necesitados. También
fundó Congregaciones de religiosos y religiosas, para que
continuaran su obra.
Un día, Don Orione estaba especialmente apretado por las deudas,
ya no le querían fiar el pan ni otros alimentos para sus niños
necesitados. Todos rezaron a san José con fervor. Y, durante la
novena, se presenta un señor, que quería hablar con él. Era
joven, con barba rubia. Le dijo: ¿Ud. es el superior? Aquí está
una ofrenda para Ud. Pero ¿hay que celebrar alguna misa o debo
hacer algo por Ud? No, solamente continuar rezando. Hizo una venia
con la cabeza y se retiró. Todavía no salía de su asombro Don
Orione, cuando algunos presentes dijeron que aquel hombre tenía un
algo celestial. Y, entonces, apenas tres minutos después, salieron
tras sus pasos, pero ya no lo vieron más. Algunos decían que era
el mismo san José, a quien le estaban rezando. Lo cierto es que le
dio la cantidad suficiente para pagar las deudas más grandes y más
urgentes y le dejó con un alivio enorme en su corazón.
Un día de 1900, le regalaron un par de zapatos nuevos. Tuvo que
acompañar a un médico, que no era creyente, en una visita a un
enfermo. Mientras el médico visitaba al enfermo, se le acercó un
mendigo y le pidió algo. Don Orione no lo pensó dos veces y le dio
sus zapatos nuevos y se quedó sin zapatos. Cuando regresó el
médico, le reprendió, pero se quedó admirado de aquella acción.
Años después, en 1924, este mismo médico fue asaltado por un
delincuente que le disparó y lo dejó entre la vida y la muerte. En
el hospital, tanto el capellán como las religiosas, le insinuaban
la idea de confesarse, pero él no quería. Finalmente, manifestó
su deseo de confesarse con Don Orione. Don Orione llegó desde Roma,
donde se encontraba, y lo confesó y le dio la comunión. Y decía:
En la economía de la providencia, incluso un par de zapatos
regalados pueden servir para la conquista de un alma.
El año 1922, quería Don Orione comprar una hermosa propiedad,
que costaba 400.000 liras, pero no tenía ni un céntimo. Como
siempre, empezó a rezar por esta intención y también buscó
ayudas humanas. Fue en busca de una viejecita millonaria, que vivía
sola y sin familia, a ver si le podía ayudar en aquella
circunstancia; pero la señora, que era muy avara, no le dio más
que 30 liras para una misa y lo despidió de mala manera.
Él no se desanimó y siguió orando. Al día siguiente, volvió
donde la anciana para decirle que ya había celebrado misa. Pero
ella lo despidió de peor manera y le dijo que no la volviera a
molestar más. Entonces, empezó a acudir a todos los santos, sobre
todo a la Virgen María, de quien era tan devoto. Una tarde se fue
al cementerio a rezar rosarios a las almas benditas, para pedirles
ayuda. A los tres días, vino la viejecita a su casa, gritándole:
Ud quiere matarme, ¿cómo es posible que Ud, un sacerdote, se meta
en mi habitación por las noches y me esté mirando con esos ojos
como si yo fuera un demonio?
La señora llevaba tres días sin dormir, porque decía que, por
las noches, Don Orione entraba en su habitación y, sin decirle
nada, la miraba fijamente. Trató de asegurarle que no era él, que,
además, no podría entrar, teniendo ella la puerta cerrada. Pero
ella le dijo: Si Ud. me deja dormir tranquila y no viene más a mi
habitación, le daré 150.000 liras. Aceptó y comprendió que quien
se le aparecía era un alma del purgatorio.
El 9 de abril de 1929 le robaron sus documentos, mientras rezaba
en una iglesia. Le habían robado el permiso para viajar gratis en
tren y tuvo que acudir al Ministerio correspondiente para pedir un
nuevo permiso. Después de algunas esperas y trámites, el jefe de
la oficina se quedó tan admirado de su comportamiento y de sus
palabras que le pidió confesión y, a continuación, lo hizo
también otro segundo empleado. Y decía Don Orione: Dios permite el
mal para sacar el bien. Dios permitió que me robasen para darme la
ocasión de salvar dos almas. ¡Que se vaya el dinero y que vengan
las almas!.
Un día en que tenía grandes deudas, fue a visitar a un
millonario, que era conocido por su escandalosa vida. Don Orione le
habló de sus obras y necesidades. Aquel hombre le dio 200.000 liras
y él decía: La providencia también se sirve de pecadores, que
quieren convertirse. Juan Pablo II lo canonizó el año 2004.
El Beato Giovanni Calabria (+1954) ha sido también uno de los
santos más convencidos de la providencia de Dios. Cuenta que un
día, siendo joven sacerdote, no podía dormir y se puso a leer el
Evangelio y lo leyó todo en una noche. Y sintió una emoción
extraordinaria, como si nunca lo hubiera leído anteriormente.
Empezó a descubrir el amor de Dios en cada una de las páginas del
Evangelio, sobre todo, cuando Jesús habla de que el Padre celeste
cuida de los pájaros y de las flores; y descubrió la gran verdad
del amor providente de Dios sobre todas sus criaturas. A partir de
ese momento, decidió poner en práctica esta gran verdad. Y acogía
a todos los niños pobres que encontraba y Dios no le hacía faltar
el alimento a través de bienhechores y, a veces, incluso Dios
venía a ayudarlo palpablemente con milagros especiales.
Por ejemplo, en una oportunidad quiso comprar una casa más
grande, porque la que tenía era demasiado pequeña para acoger a
todos sus niños. Por fin, encontró una apropiada e hizo el
contrato. No tenía dinero, pero confiaba en la providencia y ésta
no le faltó, y compró aquella casa. Para continuar su obra, buscó
personas disponibles y fundó la Congregación de los Siervos Pobres
de la divina providencia y las Siervas Pobres de la divina
providencia.
Muchas veces, meditaba en las palabras de Jesús: Buscad primero
el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por
añadidura. Y se emocionaba al comprobar que era cierto y que podía
asegurarlo por propia experiencia. Y decía: O se cree o no se cree
en el Evangelio. Si se cree en él, debemos creer en el amor de Dios
y en su providencia amorosa.
Un día necesitaba dinero para pagar las deudas. Fue al correo,
esperando alguna buena noticia, pero sólo encontró cincuenta
liras. Entonces, se fue a buscar a unos pobres de la vecindad para
dárselas, convencido de que la providencia lo ayudaría de esa
manera, pues Jesús dijo: Dad y se os dará (Lc 6,38) y así
sucedió.
A los religiosos de su Congregación les decía: El fin de la
Congregación es el de reavivar en el mundo la fe y confianza en
Dios Padre mediante el abandono total en las manos de su divina
providencia, según la enseñanza de Jesús: Buscad primero el reino
de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura
El siervo de Dios Fulton sheen, arzobispo de Nueva York, cuenta:
Estaba estudiando en la Universidad de Lovaina (Bélgica) y,
deseando celebrar el quinto aniversario de mi ordenación
sacerdotal, decidí ir a Lourdes. Tenía dinero bastante para ir a
Lourdes, pero no el suficiente para vivir allí, una vez que hubiese
llegado. Yo decidí que, si tenía fe suficiente para ir a Lourdes,
le incumbía a Nuestra Señora el proporcionarme alojamiento.
Llegué a Lourdes, sin un céntimo, me hospedé en uno de los
mejores hoteles de Lourdes, que no era muy bueno. Yo había decidido
que, si la Santísima Virgen iba a pagar la cuenta de mi hotel, lo
mismo le daría pagar la de uno grande que la de uno pequeño.
Mi propósito era permanecer nueve días y hacer una novena de
súplica. Al quinto día, recibí la cuenta del hotel: era realmente
aterradora. Tuve visiones de gendarmes, cárceles francesas,
abogados americanos... Así llegó el noveno día. Por la mañana,
nada sucedió. La cosa se puso seria. Decidí dar a la Virgen otra
oportunidad. Me dirigí a la gruta a eso de las diez de la noche y
me arrodillé para hacer una última súplica. Mientras estaba allí
arrodillado, un señor me dio un golpecito en el hombro y dijo: ¿Es
usted americano? Sí ¿Habla usted francés? Sí Y me propuso ir con
su familia a París y hacer de intérprete. Después me preguntó
algo realmente interesante: ¿Ha pagado ya la cuenta del hotel? Yo
le entregué la cuenta. Fuimos a París, donde estuve con él una
semana. Al terminar me preguntó: ¿Le importaría llevarse mi
dirección al pie de un cheque? No, le respondí. Regresé a Lovaina
con mucho más dinero del que tenía al salir... La enseñanza es
que los milagros que empezaron en Caná de Galilea por intercesión
de María, aún no han terminado.
En la vida del santo Padre Pío de Pietrelcina se cuenta que,
muchas veces, tenía problemas para pagar los gastos de los obreros
y de las obras de gran complejo hospitalario de la Casa Sollievo
della Sofferenza, que se estaba construyendo en San Giovanni
Rotondo, al sur de Italia. Pero él siempre confiaba en la
providencia divina y nunca fue defraudado. Guglielmo Sanguinetti o
Carlo Kisvarday, que eran sus íntimos colaboradores, eran testigos
de cómo, con frecuencia, en los últimos momentos venía una ayuda
por correo o algún bienhechor se hacía presente. Nunca faltó lo
esencial para solucionar los problemas más urgentes. Por eso, el
confiar en la providencia divina es siempre un buen negocio, pues
Dios nunca se va a dejar ganar en generosidad ni permitirá que
seamos defraudados. A veces, puede tardar, para hacernos sentir más
la necesidad de acudir a Él, pero, al final, siempre cumple su
promesa y siempre acude en nuestro socorro en todas nuestras
necesidades.
La Beata Madre Teresa de Calcuta decía muchas veces: En lo que
atañe a los bienes materiales, nosotras dependemos por completo de
la providencia de Dios. Jamás nos hemos visto obligadas a rechazar
a alguien por falta de medios. Siempre ha habido una cama más, un
plato más. Porque Dios se ocupa de sus hijos pobres…
En Calcuta damos de comer cada día a 10.000 enfermos. Un día
vino la hermana encargada de la comida y me dijo: Madre, no tenemos
nada para dar de comer a tanta gente. Yo me sentí muy sorprendida,
porque era la primera vez que ocurría algo así. Pero, a las nueve
de la mañana, llegó un camión abarrotado de pan. Todos los días
el gobierno daba a los niños de las escuelas pobres un trozo de pan
y un vaso de leche. No sé por qué razón, las escuelas de la
ciudad, aquel día, permanecieron cerradas y todo el pan nos lo
enviaron. Como ven, Dios había cerrado las escuelas, porque no
podía permitir que nuestras gentes se quedasen sin comida. Y fue la
primera vez que pudieron comer pan de buena calidad hasta saciarse
por completo.
Un día no teníamos absolutamente nada para cenar. Y no nos
faltaba apetito. Inesperadamente, se presentó una señora a la que
ninguna de nosotras conocíamos. Nos dijo: “No sé por qué, pero
me he sentido empujada a traerles estas bolsas de arroz. Espero que
les sean útiles”. Al abrirlas, nos dimos cuenta de que
contenían, exactamente, lo que necesitábamos para la cena.
Cuando abrimos nuestra primera casa en Nueva York, el cardenal
Cooke parecía muy preocupado por el mantenimiento de las hermanas y
decidió asignar una cantidad mensual a este fin. Yo no quería
ofenderle, pero, al mismo tiempo, tenía que explicarle que nosotras
dependemos de la divina providencia, que jamás nos ha faltado. Por
eso, al término de la conversación, le dije, medio en broma:
Eminencia, ¿acaso piensa que va a ser justamente en Nueva York,
donde Dios tenga que declararse en quiebra?
En una oportunidad, buscábamos una casa en Londres para abrir
nuestro noviciado europeo. Tropezamos con numerosas dificultades.
Tras no pocas gestiones inútiles, se nos informó que una señora
inglesa disponía de lo que nosotros necesitábamos. Ella nos dijo:
“Ciertamente, tengo una casa a la venta, pero cuesta 6.500 libras
esterlinas a pagar al contado”.
Durante varios días, dos hermanas dieron vueltas por la ciudad,
haciendo visitas, dando conferencias, hablando por radio... Y
empezaron a llegar donaciones. Una noche, las hermanas se decidieron
a contar lo que había llegado: Eran exactamente 6.500 libras
esterlinas. Y, a la mañana siguiente, compramos la casa.
Nuestra confianza en la providencia se resume en una firme y
vigorosa fe en que Dios puede ayudarnos y nos ayudará. Que puede,
es evidente, porque es omnipotente; que lo hará es cierto, porque
lo prometió en muchos pasajes del Evangelio y Él es infinitamente
fiel a sus promesas…
Un señor muy rico quería darnos mucho dinero, pero puso la
condición de que la cuenta, que pondría en el banco, no debería
ser tocada. Sería como un seguro para nuestro trabajo. Le contesté
diciéndole que antes de ofender a Dios, prefería ofenderle a él,
aunque estaba agradecida por su generosidad. No podía aceptar su
dinero, porque todos estos años Dios ha cuidado de nosotras y el
seguro de su dinero restaría vida a nuestro trabajo. Sería como
desconfiar de la providencia. Por otra parte, no podría tener
dinero en el banco, mientras hubiese gente que estuviera pasando
necesidad.
Parece ser que la carta le impresionó, porque antes de morir,
nos envió una suma muy importante de dinero. En resumidas cuentas,
nos entregó toda su fortuna.
En México, con motivo de la campaña de Navidad, las hermanas
preparaban las despensas o bolsas de alimentos para entregárselas a
las familias pobres. La fábrica de Pan Bimbo se había comprometido
a enviar todo el pan necesario para incluirlo en las bolsas. Apenas
pasado el día de Navidad, se presentó el gerente de Pan Bimbo,
totalmente avergonzado y confuso por no haber cumplido con su
compromiso. Pedía mil disculpas por un olvido tan lamentable. La
hermana que le atendió le contestó: Señor, trajeron pan y en
abundancia. Imposible, de la fábrica no sale ni una miga de pan sin
mi permiso. Bueno, habrá otro gerente, que se cuida de que en la
Navidad no les falte el pan a sus hijos más pobres.
Hace unos días, llegó un hombre a nuestra Casa madre y me dijo:
“Madre, mi única hija se está muriendo. El doctor le ha recetado
una medicina que no puede obtenerse en la India, sino en el
extranjero. Madre, suplicaba, haga algo por mi hija antes de que
muera”. Estábamos hablando, cuando se presentó otro señor con
un cajón de medicinas en sus brazos. Y, justamente, en la parte
superior de la caja, estaba la medicina que el papá necesitaba para
su hijita. Si la medicina hubiera estado más abajo o el señor
hubiera llegado antes o después, no la hubiéramos encontrado. Fue
precisamente en ese momento, cuando todo tuvo que suceder. Esto me
hizo pensar que entre los millones de niños que hay en el mundo,
Dios tenía tiempo para cuidar de aquella pequeñita, perdida en los
barrios de Calcuta. He ahí el amor tierno de nuestro Padre Dios,
manifestado a una pobre criatura de Calcuta.
El Padre Pedro Arribas dice que un día hablaba con la Madre
Teresa sobre un proyecto para niños abandonados en Caracas. Ante
mis dudas por la dificultad de encontrar un terreno apropiado en una
zona superpoblada, me cortó diciendo: Padre, no se preocupe, que si
Dios lo quiere, el terreno lo encontrará. Tenga fe y comience a
buscarlo. A la semana siguiente, inesperadamente, teníamos la
donación de un terreno de seis hectáreas en el corazón de la zona
deseada.
² ² ²
Realmente, Dios es maravilloso y amoroso con sus queridos hijos.
Por eso, desea que le pidamos lo que necesitamos con toda confianza:
Pedid y se os dará (Mt 7,7). Si vosotros, siendo malos, dais cosas
buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial
dará cosas buenas a quien se las pide! (Mt 7,11). Dios quiere que
le pidamos, pero también quiere que compartamos lo que tenemos para
poder darnos el ciento por uno. Cada uno dé según se ha propuesto
en su corazón, no de mala gana ni obligado, que Dios ama al que da
con alegría. Y poderoso es Dios para acrecentar en vosotros toda
clase de gracias, para que, teniendo siempre y en todo lo bastante,
abundéis en toda obra buena (2 Co 9,7-8).
Dios no se dejará nunca ganar en generosidad. Por eso, dice: Dad
y se os dará; una medida buena, apretada, colmada, rebosante. La
medida que uséis con otros, la usarán con vosotros (Lc 6,38). No
olvidemos nunca el Dad y se os dará. Dios nos invita a ser
generosos con nuestros hermanos más necesitados. Démosles, sobre
todo, nuestro amor sincero, nuestra compañía y nuestra
comprensión.
Decía la Madre Teresa de Calcuta: Hace varios meses, en
Melbourne, Australia, acogimos a un hombre alcohólico a quien las
Hermanas llevaron al Hogar. La manera como lo trataron y atendieron
fue para él una revelación. Dios me ama, decía. Cuando dejó el
Hogar, volvió con su familia y sus hijos. Comenzó a trabajar y no
probó más una gota de alcohol. Cuando recibió su primer salario,
vino a ver a las Hermanas y se lo dio diciendo: “Deseo que ustedes
sean para los demás Amor de Dios como lo fueron conmigo”.
También en esa misma ciudad, fui a visitar a un hombre anciano.
Su habitación estaba en un estado horrible. Quise limpiarla, pero
me dijo: Yo estoy bien así.
Después de rogarle, me permitió que la limpiara. Él tenía en
la habitación una bellísima lámpara, cubierta de mucho polvo.
¿Por qué no enciende esta lámpara? ¿Para qué? Nadie viene a
verme. No necesito esa lámpara. ¿Y encenderá esa lámpara, si
vienen las hermanas a visitarlo? Sí, en ese caso, sí.
Últimamente, él me envió un mensaje: La luz que encendió en
mi vida, todavía brilla en mi corazón.
Hace un tiempo vino a visitarme un hombre muy rico y me dijo:
Venga usted y otra hermana a visitarme. Yo estoy medio ciego y mi
esposa está al borde de la locura. Nuestros hijos están en el
extranjero y nos morimos de soledad. Necesitamos oír voces humanas.
Y fuimos a darle la alegría de nuestra presencia.
Hay mucha gente que necesita amor, empezando por nuestra propia
casa. Dad amor a vuestros hijos, al esposo o esposa, al vecino y a
todo el que se encuentre a vuestro lado.
SANTA CATALINA DE SIENA
Santa Catalina de Siena, en su obra El diálogo, nos habla de lo
que le dice el Padre Dios sobre la providencia divina: Manifesté mi
providencia, de modo general, por medio de la ley de Moisés y por
muchos otros santos profetas del Antiguo Testamento... Después de
ellos, mi providencia envió al Verbo, que fue vuestro mediador
entre mí, Dios eterno, y vosotros. Le siguieron los apóstoles,
mártires, doctores y confesores, como te he dicho en otro lugar.
Todo esto lo hizo mi providencia y te repito que, del mismo modo,
proveerá hasta el fin... Todo lo doy a través de mi providencia:
la vida y la muerte, la sed, la pérdida de posición social, la
desnudez, el frío, el calor, las injurias, los escarnios y las
villanías. Todas estas cosas permito que las hagan los hombres. No
que yo sea el autor del mal o de la mala voluntad de los que hacen
el mal... Parecerá alguna vez al hombre que el granizo, la
tempestad, el rayo que yo envío sobre una criatura, es una
crueldad, juzgando que no he mirado por su salud; y lo he hecho para
librarle de la muerte eterna, aunque piense lo contrario... Todo lo
que hago lo llevo a cabo con providencia, buscando siempre
únicamente la salvación del hombre...
Yo soy la providencia suprema que nunca falta ni en el alma ni en
el cuerpo a los que confían en mí. ¿Cómo puede sospechar el
hombre que me ve alimentar al gusano en el interior de un madero
seco, apacentar a los animales, dar de comer a los peces del mar, a
todos los animales de la tierra y a los pájaros del aire, que
envío el sol sobre las plantas y el rocío que empapa la tierra,
¿cómo cree que no le voy a dar el alimento a él que es mi
criatura, formada a mi imagen y semejanza? Todo lo ha creado mi
bondad para su servicio. Por eso, a cualquier parte que mire,
espiritual o temporalmente, no encontrará otra cosa que el fuego y
la grandeza de mi amor con la mayor y más perfecta providencia...
Infinitas son las maneras de la providencia que empleo con el alma
pecadora para sacarla de la culpa del pecado mortal... Y, si vuelves
la vista al purgatorio, encontrarás en él mi dulce e inestimable
providencia en aquellas pobres almas, que perdieron el tiempo por
ignorancia... Te voy a explicar ahora algo sobre los modos que tengo
de socorrer a mis servidores que confían en mí... A veces, los
purifico con muchas tribulaciones para que den mejor y más suave
fruto (espiritual). ¡Oh, cuán suave y dulce es este fruto y de
cuánta utilidad para el alma que sufre sin culpa! Si ella lo
entendiese, no habría nada que con celo y alegría no lo intentase
sufrir.
¿Te acuerdas de aquella alma que, llegando a la iglesia con
grandes deseos de comulgar y acercándose al ministro que estaba en
el altar, él respondió que no le daría la comunión? Creció en
ella el llanto y el deseo, y en el ministro, cuando llegó el
ofertorio del cáliz, el remordimiento de conciencia. Y como yo
trabajaba dentro de aquel corazón, el ministro lo manifestó,
diciendo al monaguillo: “Pregúntale, si quiere comulgar, que le
daré la comunión”. Yo lo había permitido para hacerla crecer en
fidelidad y esperanza... Recuerda a tu glorioso Padre Domingo,
cuando hallándose los hermanos en necesidad, habiendo llegado la
hora y no teniendo qué comer, mi amado servidor Domingo, confiando
en mi providencia, dijo: Hijos, poneos a la mesa. Obedeciendo los
hermanos a su mandato, se pusieron a las mesa. Entonces, yo que
socorro a quien confía en Mí, envié dos ángeles con pan
blanquísimo, en tanta abundancia, que tuvieron para muchos días...
Algunas veces, proveo multiplicando una pequeña cantidad, que no
alcanzaría para ellos, como sabes de la dulce virgen santa Inés
(de Montepulciano)... Ella fundó un monasterio y en él reunió, al
principio, a dieciocho doncellas sin nada, sólo con mi providencia.
Una vez, entre otras, permití que durante tres días estuvieran sin
pan, únicamente con verduras. Si me preguntas: ¿Por qué las
tuviste de ese modo, cuando acabas de decirme que jamás faltas a
tus siervos que esperan en ti y sufren necesidad?, te respondería
que lo hice y permití para embriagarlas de mi providencia, a fin de
que por el milagro que después siguió, tuviesen materia para poner
su principio y fundamento en la luz de la fe. A quien ocurriese algo
semejante o distinto, sepa que en aquella verdura o en otra cosa,
ponía, daba y doy una disposición para el cuerpo humano de modo
que se sentirá mejor con ella y, algunas veces, sin nada en
absoluto, que lo que estaba antes con pan o con otras cosas que se
dan para la vida del hombre.
Estando Inés volviendo los ojos de su espíritu hacia mí con la
luz de la fe, dijo: “Padre y Señor mío, esposo eterno, ¿me has
hecho sacar a estas hijas de las casas de sus padres para que mueran
de hambre? Provee, Señor, a su necesidad”. Yo mismo era quien la
hacía que pidiera. Me alegraba, comprobando su fe y su humilde
oración, que me era grata. Extendí mi providencia a lo que me
pedía y, por inspiración, hice que una persona le llevase cinco
panecillos. Se lo manifesté al espíritu de Inés y ella dijo,
volviéndose a las hermanas: “Id, hijas mías, contestad al torno
y tomad el pan”. Le di tanto poder al partir el pan que todas se
saciaron y recogieron tanto del que había en la mesa, que tuvieron
cumplidamente para satisfacer con abundancia la necesidad del cuerpo…
Enamórate, hija, de mi providencia.
CASOS EXTRAORDINARIOS
Dios puede intervenir en los acontecimientos del mundo, de modo
que puede inclinar la balanza al lado de los que le piden ayuda y
protección. Un ejemplo concreto es el caso de santa Clara de Asís.
Una mañana de setiembre de 1240, llegaron los sarracenos y entraron
hasta el claustro del convento. Dice Celano que Clara sin temor,
manda, pese a estar enferma, que la conduzcan a la puerta y la
coloquen frente a los enemigos, llevando ante sí la cápsula de
plata, encerrada en una caja de marfil donde se guarda con suma
devoción el Cuerpo del Santo de los Santos (LC 1,21). Una de las
religiosas, testigo del acontecimiento, dijo en el Proceso de su
canonización que una vez que entraron los sarracenos al claustro
del monasterio, madonna Clara se hizo conducir hasta la puerta del
refectorio y mandó que trajesen ante ella un cofrecito, donde se
guardaba el Santísimo sacramento del Cuerpo de Nuestro Señor
Jesucristo y, postrándose en tierra en oración, rogó con
lágrimas diciendo: “Señor, guarda Tú a estas siervas tuyas,
pues yo no las puedo guardar”. Entonces, la testigo oyó una voz
de maravillosa suavidad que decía: Yo te defenderé siempre...
Entonces, la dicha madonna se volvió a las hermanas y les dijo: “No
temáis, porque yo soy fiadora de que no sufriréis mal alguno ni
ahora ni en el futuro, mientras obedezcáis los mandamientos de Dios”.
Y los sarracenos se marcharon sin causar mal ni daño alguno
(Proceso 9,2).
Todos los testigos expresan el rechazo milagroso de los
sarracenos ante la oración de Clara ante el Santísimo sacramento.
Por eso, la piedad popular la ha representado siempre con una
custodia en la mano. Dios la salvó y salvó a su convento e,
incluso, a la ciudad de Asís. Pero, al año siguiente, se volvió a
repetir algo parecido.
Vital de Aversa amenazó de nuevo la ciudad de Asís y Clara
movilizó a sus hermanas en oración y penitencia para obtener la
protección de Dios. Dice una testigo que después de haberse echado
ceniza en la cabeza como señal de penitencia, mandó a todas a la
capilla a hacer oración. Y, de tal modo lo cumplieron, que, al día
siguiente, de mañana, huyó aquel ejército roto y a la desbandada
(Proceso 9,3).
Como vemos, la oración hecha con fe es capaz de cambiar el curso
normal de los acontecimientos por el poder de Dios, para bien de los
que le aman.
También en la vida de santa Rosa de Lima se cuenta algo
parecido. El 21 de julio de 1615, una expedición de piratas
holandeses al mando de Jorge Spilbergen, había derrotado a la
armada virreinal frente a Cañete y se dirigía al puerto del Callao
para apoderarse de Lima, que estaba con poca protección. Rosa de
Lima oró con fervor y la población consiguió rechazar con éxito
a los piratas, que tuvieron que huir a las naves sin hacer ningún
daño a la ciudad.
Otro suceso, que he leído en diferentes libros y revistas, se
refiere a la vida del santo Padre Pío de Pietrelcina. Durante la
segunda guerra mundial, varias veces, quisieron los aliados
bombardear san Giovanni Rotondo, el pueblo donde él vivía, pero no
pudieron. Algunos aviadores contaban que, cuando estaban llegando al
lugar, se les aparecía en las nubes el Padre Pío, y con mala cara
les decía que se fueran. Alguno de ellos lo reconoció después de
la guerra al verlo personalmente.
Y ¡cuántas veces Dios detiene el curso normal de las
enfermedades y sana milagrosamente a aquéllos por quienes se reza
con fe! Por eso, podemos decir sin temor a equivocarnos: La oración
hecha con fe realiza milagros. Dios hace milagros cuando se lo
pedimos con fe y amor. Muchos se sanan por sus oraciones o las de
sus familiares. Otros se mueren, porque no hay quien rece por ellos.
Muchos lugares de la tierra se salvan de graves peligros de guerras
o epidemias o catástrofes naturales por la oración de sus
habitantes.
Recordemos el éxito de la batalla de Lepanto contra los
mahometanos, el 7 de octubre de 1571, por el rezo del rosario en
toda la cristiandad por iniciativa del Papa san Pío V.
Otro suceso, entre miles que se podrían citar. El 25 de agosto
de 1675, 6.000 polacos derrotaron a 300.000 turcos, que asediaban la
ciudad de Lwow en Polonia. La victoria fue atribuida a la
intercesión de María. Aquel día, todo el pueblo se había reunido
en oración y vio cómo el cielo se nubló de improviso y un
extraño temporal se avalanzó contra el ejército enemigo con
granizo, rayos, truenos y relámpagos, que los hizo huir
despavoridos. En la guerra francoprusiana de 1871, en el pueblo de
Pontmain, la Virgen se apareció a dos niños. En ese pueblo, toda
la población oraba para ser protegida del avance alemán. El
párroco había consagrado a la Virgen María a los 38 jóvenes que
fueron a la guerra y que regresaron sanos y salvos. Los alemanes no
entraron en el pueblo. En la guerra de 1914, igualmente, la Virgen
protegió el pueblo. Y, en la segunda guerra mundial, todos sus
soldados regresaron del frente con vida.
Dios actúa con amor, cuando se lo pedimos con fe. Dios es el
Señor de la historia y del universo. Nada ocurre sin su
consentimiento; pero, para que actúe a nuestro favor, debemos
pedirlo, porque no quiere obrar en contra de nuestra voluntad.
EJEMPLOS DE VIDA
a) CARLO CARRETTO
Carlo Carretto era un religioso que soñaba con fundar un
convento en los Alpes y una inyección mal puesta lo dejó cojo para
toda la vida. Y en vez de ir a los Alpes, se fue 10 años al
desierto del Sahara, donde, en el silencio y la soledad, aprendió a
amar más a Dios y escribió libros hermosos, que se leen en todo el
mundo. Por eso, pudo escribir: Ahora le doy gracias a Dios por lo
que ha hecho conmigo y por mi pierna coja que estoy arrastrando con
un bastón desde hace treinta años.
Con toda seguridad, muchos santos no lo hubieran sido nunca, si
Dios no hubiera permitido en su vida fracasos o enfermedades, que
les hicieran acercarse más a Él. Muchos más se acercan a Dios a
través de los sufrimientos que a través de la vida sana y
placentera. Por eso, debemos agradecer a Dios muchas de sus
intervenciones dolorosas en nuestra vida, porque nos ha hecho
madurar y crecer espiritualmente mucho más en unos meses de
enfermedad que en años de vida sana y normal.
Dice Carlo Carretto: Dios nunca está ausente de nuestra vida ni
puede estarlo. En Él vivimos, nos movemos y existimos (Hech 17,28).
Pero ¡cuántos actos de fe para aprender a navegar por el mar de
Dios a ojos cerrados y con la convicción de que, si nos hundimos,
nos hundimos en Él, en el divino y eterno Presente! Dichoso el que
aprende a vivir esta navegación en Dios y sabe permanecer sereno,
aun cuando arrecia la tempestad.
Sí, dichoso el hombre que sabe que Dios es el compañero de la
vida, que nunca lo dejará solo, y que le sigue diciendo a todas
horas y, especialmente, en los momentos más difíciles de la vida:
Yo nunca te dejaré ni te abandonaré (Jos 1,5). Por eso, no tengas
miedo ni te acobardes, porque Yahvé tu Dios estará contigo
dondequiera que tú vayas (Jos 1,9).
b) NGUYEN VAN THUAN
Nguyen van Thuan, siendo ya obispo, estuvo en una cárcel
vietnamita trece años, de los cuales nueve años en régimen de
aislamiento total. El día que lo apresaron, el 15 de agosto de
1975, llevaba un rosario en el bolsillo. Dice: Durante el viaje a
prisión, me di cuenta de que sólo me quedaba confiar en la
providencia de Dios.
En la cárcel pasó mucha hambre y muchos momentos de enfermedad
y de tristeza, de los que nunca pensó que pudiera salir vivo; pero
la providencia de Dios velaba sobre él. Por eso, pudo decir
después de liberado: En mi vida, que ha sido larga y accidentada,
he hecho esta experiencia: si sigo fielmente, paso a paso, a Jesús,
Él me conduce a la meta. Caminaréis por senderos imprevisibles, a
veces, tortuosos, oscuros, dramáticos, pero tened confianza:
¡Estáis con Jesús! Arrojad sobre Él todas vuestras ansias y
preocupaciones.
El año 2000 dio los ejercicios espirituales ante el Papa en el
Vaticano. Y dice: Hace 24 años, cuando celebraba la misa con tres
gotas de vino y una gota de agua en la palma de mi mano, no me
habría esperado que el Santo Padre hoy me regalaría un cáliz
dorado. Hace 24 años nunca habría pensado que hoy, fiesta de san
José del 2000, mi sucesor consagraría, precisamente, en el lugar
donde viví en arresto domiciliario, la iglesia más bella dedicada
a san José en Vietnam. Hace 24 años no habría esperado nunca
poder recibir hoy, de un cardenal, una suma consistente para los
pobres de aquella parroquia.
El Papa Juan Pablo II lo nombró presidente del Consejo
Pontificio de Justicia y Paz y cardenal de la santa Iglesia.
Evidentemente, los caminos de Dios son incomprensibles para
nosotros, pero Dios escribe derecho con renglones torcidos. Cambia
nuestros planes humanos con fracasos y sufrimientos de toda índole.
Para cada uno tiene una misión concreta y específica. A cada uno,
su providencia lo guía por caminos diferentes. Cada uno tiene su
camino personal. Dios no hace fotocopias. ¿Cuál será tu camino?
Cumple la voluntad de Dios en cada momento, porque, como diría
Raissa Maritain: Bajo sus oscuras apariencias, los deberes de cada
instante esconden la verdad de la voluntad divina; son como los
sacramentos del momento presente.
c) MADRE ANGÉLICA
Nació en 1923 en Canton (Ohio), USA. Sus padres se divorciaron,
cuando ella tenía 6 años. A partir de entonces, vivió sola con su
madre, pasando hambre y frío y sobreviviendo con trabajos
ocasionales. Aparte de eso, su madre tenía problemas de depresión,
que, a veces, la llevaban a querer suicidarse. Por eso, desde muy
pequeñita tuvo que ganarse la vida para poder sobrevivir y ayudar a
su madre, lo que hizo que sus calificaciones escolares fueran muy
deficientes. Ella dice:
No recuerdo haber tenido una verdadera amiga durante mi niñez.
¡No tenía ni arbolito de Navidad, ni muñecas ni amigas!.
Recuerdo poner pedazos de cartón en la suela de los zapatos para
que mi madre no se diera cuenta de que ya no servían. Pero el
cartón no dura mucho y tenía que caminar más de tres millas en
áreas nevadas para llegar al colegio.
A los veinte años ocurrió el acontecimiento decisivo de su
vida. Una señora, Rhoda Wise, que había sido protestante, se
convirtió a la fe católica, estando gravemente enferma en un
hospital católico. Los médicos le dijeron que tenía un cáncer
terminal y tuvo que irse a su casa; pero, a los pocos días, se le
aparecieron Jesús y santa Teresita del niño Jesús, que la curaron
milagrosamente. Lo que llamó la atención a Rita Rizzo (el
verdadero nombre de Madre Angélica) fue el relato de que tenía los
estigmas o heridas de Cristo, plenamente visibles en su cuerpo. Las
marcas eran similares a las de san Francisco de Asís.
El día 8 de enero de 1943 su madre la llevó a visitar a esta
señora para que rezara por ella, pues hacía mucho tiempo que
tenía fuertes dolores en el estómago sin que los médicos pudieran
hacer nada por ella. La señora Rhoda Wise le dio una oración para
que la rezara, pidiendo la intercesión de santa Teresita. Y dice:
Rezamos la novena. Nueve días de oración y, al final, el
domingo 27 de enero algo sucedió. A media noche, sufrí el peor
dolor de estómago que he tenido en mi vida. Era como si me hubieran
volteado por adentro hacia fuera. Esa mañana me levanté y me
preparé para ir a misa de once y media. Luego mi corazón dio un
salto. De repente, me di cuenta que no tenía ningún dolor de
estómago. Como si nunca hubiera tenido problema alguno. Había
sanado. No había duda. Desde ese día hasta la fecha no he tenido
otro dolor de estómago. Dios había hecho un milagro. Sin lugar a
dudas, ese fue el día en que encontré a Dios. Fue la primera vez
que reconocí la participación activa de Dios en mi vida.
Sentir que Dios me había escogido y me había tratado de un modo
preferencial, ocasionó un cambio dramático en mí... Me enamoré
de Dios y empecé a tener una verdadera sed de Él. Mi vida cambió
desde ese instante... Un día de 1944, mientras meditaba en la
iglesia, un pensamiento cruzó mi mente. Era un hecho sencillo, como
si tuviera la completa certeza de que sería monja... ¿Qué?
¿Monja? ¡No lo podía creer! No me gustaban las monjas... La
convicción de que debería seguir esa vocación era muy fuerte.
El mayor obstáculo para ir al convento era su madre. Pero,
después de pensarlo bien y hablar con las religiosas franciscanas
de clausura de Cleveland, decidió irse de casa para seguir su
vocación. En la carta que le escribió a su madre le decía:
Algo pasó en mí después de mi curación. ¿Qué fue
exactamente?, no lo sé. Me enamoré completamente de Nuestro
Señor. Vivir en el mundo estos últimos diecinueve meses ha sido
muy difícil para mí... Recuerda que pertenecemos primero a Dios y
luego a nuestros padres. Somos sus hijos. Te pido tu bendición para
que pueda alcanzar las alturas que deseo. Te quiero mucho.
En el convento estuvo a punto de ser enviada a su casa por motivo
de un defecto congénito que tenía en la columna, que le afectaba
dolorosamente las vértebras. Este problema había empeorado a raíz
de un resbalón que se dio en el piso mojado. Tuvieron que operarla,
aun a riesgo de quedarse paralítica para toda la vida. Cuando
salió del hospital, llegó con dos aparatos ortopédicos y unas
muletas. Hasta ahora tiene un aparato ortopédico permanente en las
piernas y camina con una muleta; pero, a pesar de sus limitaciones
físicas y de sus dolores de columna, ella sigue trabajando y hace
lo posible y lo imposible para llevar a Cristo hasta los últimos
rincones del planeta. Ella, dicen las hermanas, oculta el dolor de
forma admirable y se asombran de que no toma ninguna pastilla para
el dolor. Todo se lo ofrece a Jesús con amor.
La manifestación del amor y de la providencia de Dios en su vida
ha sido continua. Cuando empezó a construir el Monasterio, donde
ahora vive en Birmingham, dedicado a la adoración perpetua, no
tenía recursos, pero Joe Bruno, dueño de algunos supermercados,
les enviaba diariamente los alimentos. Al principio, dijo que lo
haría por el primer año, pero lo ha seguido haciendo durante
muchos años. Ella dice: Eso fue un regalo muy directo de Dios. Fue
una sorpresa caída del cielo. Y Dios bendijo a Joe Bruno. Al
comienzo, tenía 13 supermercados. Ahora es dueño de 65
supermercados y 50 farmacias. Después de varios años, alguien le
preguntó si continuaba alimentando a las monjas franciscanas y él
contestó que no sería negocio dejar de hacerlo.
Pero las deudas comenzaron y las religiosas acudían a su dueño
y Señor, a Jesús sacramentado, expuesto en la custodia día y
noche. Con ayuda de bienhechores las deudas de la construcción las
pagaron en 5 años.
Un día, un sacerdote carismático se presentó al Monasterio
para orar por la Madre. Transcurrió una semana y no había notado
ningún cambio como resultado de la oración de aquel sacerdote. A
los pocos días, se enfermó de una fuerte gripe y se fue a la cama,
sintiéndose enferma. Y dice ella: Me encontraba acurrucada en mi
cama con mi Biblia. Por alguna razón había decidido leer el
Evangelio de san Juan en voz alta y, de repente, me sentí llena del
Espíritu Santo, era totalmente una nueva experiencia... Todos los
síntomas de la gripe habían desaparecido. Había sentido la
presencia total de Dios en la habitación. Era una sensación
imposible de describir y que podría compararse con la historia de
los primeros monjes franciscanos que también habían sido tocados
por el Espíritu y cubiertos del poder de Dios. Era como si Dios
estuviera diciendo: “Te estoy preparando para algo especial y
único”. Sentía un poder increíble. Estaba renovada y lista para
escuchar las indicaciones de Dios.
Una vez terminado el Monasterio, empezó a publicar pequeños
folletos de doctrina católica para animar en su fe a los
católicos, pero decidió tener su propia imprenta para abaratar los
costos y todas las hermanas se dedicaron en su tiempo de trabajo a
producir folletos religiosos. Lograban imprimir 25.000 libritos cada
día y unos seis millones cada año. Las hermanas operaban
impresoras, evaluadas en más de 120.000 dólares. Todo había sido
conseguido con la ayuda de bienhechores. La providencia de Dios
velaba sobre ellas.
La Madre Angélica dice por experiencia: Antes que nada, Dios
siempre se encarga de pagar las deudas, cuando trabajamos para Él.
Hasta ahora nunca nos ha fallado. Podemos hacer su trabajo y, a la
vez, tener tiempo para rezar cinco horas cada día.
Los libritos de la Madre eran distribuidos en todo USA y en 37
países con traducciones en francés, español y vietnamita. El
trabajo de las hermanas era fabuloso y Dios proveía a todos los
gastos. Y el nombre de la Madre Angélica empezaba a sonar por todas
partes, de modo que la llamaban para entrevistas en diferentes
emisoras de radio y televisión. Y Dios le inspiró convertir el
garaje del Monasterio en un estudio de televisión para grabar
programas, que después enviaría a diferentes canales. Sabía que
los gastos eran excesivos para sus posibilidades, pero confiaba en
su esposo Jesús y, pidiendo préstamos comenzó a comprar los
primeros equipos de lo que después sería la estación de
televisión Eternal Word Television Network (cadena de televisión
Palabra eterna, EWTN).
Dice: Yo pensé que tenía las manos llenas con la construcción
del Monasterio y de la imprenta. Pero, cuando surgió lo de la
televisión, me di cuenta de lo que realmente significa pasar
tiempos difíciles. Pero Dios siguió aumentando nuestra fe, paso a
paso. Lo veíamos a Él en cada esfuerzo y veíamos cómo su
providencia hacía prodigios.
Tuve un miedo terrible, cuando hice el primer pedido de equipo de
televisión. Cuando vi el precio y vi la imposibilidad de pagar esas
sumas astronómicas, me sentí abrumada por la responsabilidad. No
se pueden imaginar cuántas veces tomé el teléfono para cancelar
la orden, pero cada vez pasaba algo y no lo hacía. Una vez, una
compañía estuvo dispuesta a darme crédito sin necesidad de un
fiador, sólo con mi firma... Una de mis definiciones de fe es tener
un pie en el aire, otro en la tierra ¡y una sensación de malestar
en el estómago! Yo tomo Maalox, un antiácido. Alguien, una vez, me
desafió diciendo que, si realmente soy una persona de fe, no
tendría por qué tomar Maalox. Yo le contesté que mi estómago no
sabe que tengo fe.
El equipo de televisión, valorado en más de cien mil dólares,
comenzó a llegar al Monasterio. Esa suma era aparentemente
imposible de pagar. Luego, empezaron a pasar cosas inexplicables. La
compañía contratada para iluminar el estudio, redujo su precio de
48.000 a 14.000 dólares. Las cámaras, valoradas en 24.000
dólares, se pagaron con un donativo adquirido durante un viaje.
Así encontraba fuerzas para seguir adelante.
Para 1986 los costos de operación eran más de 360.000 dólares
al mes. Pero la oración de la Madre y de las hermanas, con la
colaboración de laicos comprometidos, hacía que los prodigios
siguieran sucediendo sin interrupción. En ese año, la cadena EWTN
llegaba a 300 sistemas de cable y distribuía la señal a más de
nueve millones de hogares.
Otra de sus grandes obras ha sido la fundación de la mayor
emisora de radio privada de onda corta con la ayuda financiera de
los esposos Piet y Trude Derksen, que le aportaron, en un primer
momento, para este proyecto dos millones de dólares. Y la Madre
Angélica nos dice convencida:
Si no estamos dispuestos a hacer el ridículo, Dios no puede
hacer milagros... Nuestro Señor, a través de su divina
providencia, hizo posible a EWTN desde un garaje convertido en
estudio con lo último de la tecnología moderna. A través de esta
tecnología, hemos podido llegar a millones de personas y hogares.
Y, ahora, personas que nunca han escuchado la Palabra de Dios pueden
sintonizar EWTN, aun desde los lugares más remotos... La
providencia de Dios nos sigue y nos protege desde el momento en que
nos levantamos en la mañana hasta el momento en que vamos a la
cama. Aprendí a confiar en los acontecimientos del momento
presente, porque Dios frecuentemente hace milagros y cosas
imposibles con pequeñas inspiraciones, que muy fácilmente podrían
pasar desapercibidas o ignoradas por su insignificancia.
La vida de la Madre Angélica, con sus seis doctorados honoris
causa y premios nacionales e internacionales es un monumento a la
providencia de Dios. Dios hace milagros en la medida de nuestra
confianza en Él. La Madre Angélica tuvo la audacia de creer hasta
el punto de hacer el ridículo por Dios y Dios premió su confianza.
La providencia de Dios la llevó de la mano desde su más tierna
infancia a pesar de los sufrimientos que ha tenido que soportar.
Como hemos dicho, ha fundado el convento donde reside con la
especial finalidad de adorar perpetuamente a Jesús sacramentado. Ha
fundado la primera y principal cadena de televisión católica del
mundo por cable, que emite las 24 horas del día programas
católicos en distintas lenguas a 170 países. Ha establecido una
editorial católica con su imprenta para promocionar toda clase de
literatura católica en distintas lenguas, y también ha fundado la
mayor emisora de radio privada de onda corta para que el mensaje
católico pueda ser escuchado en cualquier parte del mundo. En todas
sus obras brilla como una continua luz la divina providencia, que
sigue diciéndonos como Jesús: El que cree en Mí hará las obras
que yo hago y mayores que éstas (Jn 14,12).
d) PADRE GIOVANNI SALERNO
Es un gran misionero italiano, que va por los caminos de las
altas cordilleras de los Andes del Sur del Perú, llevando consuelo
a los enfermos como médico y el amor de Jesús como sacerdote. Era
sacerdote agustino; pero, con permiso de sus superiores, dejó la
Orden para fundar el Movimiento de los Siervos de los pobres del
tercer mundo.
En su libro Misión andina con Dios cuenta cómo, cuando tenía
diecisiete años, tres oculistas de Viterbo le dijeron
unánimemente: ¡A los veinte años de edad estarás completamente
ciego! El mismo superior le dijo que debía interrumpir sus estudios
y casarse cuanto antes para tener así una esposa que pudiera
ayudarlo en su ceguera. Pero oró al Señor y escribió al
Monasterio de agustinas de Casia. La abadesa le contestó que una
joven hermana se había ofrecido víctima por su salud. Los
superiores aceptaron llevarlo, como último recurso, a Roma al
célebre oftalmólogo Dr. Lazzantini, que le salvó la vista y le
dijo: Debes retomar tus estudios. Y fue ordenado sacerdote un año
antes que sus compañeros de curso.
Desde el principio, quería ser misionero en el Perú. Y allí lo
enviaron sus superiores de la Orden agustiniana. Dios lo ha guiado
con amorosa providencia en todos sus caminos por aquellas alturas.
Él cuenta cómo el 2 de febrero de 1975 hizo un largo viaje a
caballo desde Cotabambas a Tambobamba. Hacía un viento que parecía
un huracán, cargado de lluvia. A mitad del viaje decidió con su
acompañante detenerse. Dice así: Me quedé solo y procuré que el
caballo me abrigara del viento con su cuerpo y me calentara con su
aliento, impidiendo que el frío helado de la noche me hiciera mal.
Creía encontrarme sobre un terreno llano, pero cuando el hermano
regresó con su linterna me percaté que estaba al borde de un
precipicio de unos 300 metros sobre el río. El caballo había sido
para mí como un ángel enviado del cielo: se llamaba Dorado.
En ese viaje me enfermé gravemente, tenía mucha fiebre y
tiritaba de frío y escupía sangre. En el pueblo no había
carretera de acceso ni había medicinas. Los nobles del lugar me
odiaban, porque defendía a los pobres... Llegué a tal gravedad que
no podía comer ni moverme. Algunos ya comentaban que en el pueblo
no había madera para hacerme el ataúd. Después de muchos días de
sufrimiento, llegó un camión, que aproveché para ser llevado al
Cuzco... Mi estado empeoró y me administraron la unción de los
enfermos. Al día siguiente, me llevaron en avión a Lima. Me
esperaban en el aeropuerto con una ambulancia. Pero no la necesité;
porque, al llegar el avión a poca altitud sobre el nivel del mar,
había vuelto a sentirme bien y había mejorado rápida y
sorprendentemente.
Un día estaba predicando un retiro espiritual en Babylon (USA),
cuando una viejecita se acercó y me entregó un sobre diciéndome:
“Dentro de dos días cumpliré 85 años y, en lugar de festejarlo
con mis nietos, mis parientes y amigos, he decidido darle a usted
mis ahorros”. Abrí el sobre, pensando en el óbolo de la viuda
del Evangelio... Y, con gran sorpresa y emoción, encontré allí la
respetable suma de 5.000 dólares. ¡Sea bendita eternamente la
divina providencia.
Un señor de Ajofrín (Toledo) nos había regalado 14 hectáreas
de terreno para construir el Seminario. Se colocó la primera piedra
el 3 de diciembre de 1989. Pero, en aquel momento, no teníamos
nada... Sentí un fuerte escalofrío de sólo pensar que nuestras
arcas estaban vacías. Pero, afortunadamente, no nos faltaba una
gran confianza en la divina providencia... Pocos meses después, nos
informaron que unos bienhechores chinos de Macao habían enviado un
cheque de 250 dólares como primera ofrenda, de otras que enviarían
sucesivamente. Pero, en una segunda llamada telefónica, nos
informaron que en realidad el cheque no era de 250, sino de 250.000
dólares... Con aquella suma cubrimos la mitad de los gastos de la
construcción del Seminario y de la capilla. La otra mitad nos fue
dada por una pareja de esposos.
En una oportunidad, estaba sumergido en enormes problemas. Tenía
la urgente necesidad de una construcción más amplia y funcional
para la futura Obra San Tarsicio. Santa Teresita del Niño Jesús,
de manera providencial, nos hizo encontrar primero 83 hectáreas de
terreno y, luego, al lado de ese mismo lote, otras 140. Serviría
para escuela privada y gratuita para niños pobres, como casa para
los huérfanos del internado, para una escuela de artes y oficios,
para la comunidad destinada a la rehabilitación de los drogadictos,
para el Monasterio de la rama contemplativa de Los Siervos de los
pobres del tercer mundo, para producción agrícola, etc. En el
centro de todo, estaba prevista la iglesia con adoración perpetua.
Teníamos ya el terreno, pero faltaban los recursos para la
construcción.
En febrero del 2000, recibí la grata visita de una pareja de
esposos de México. Los acompañé a visitar el terreno... Aquella
misma mañana había recibido amenazas de expulsión hasta el
extremo de que se pretendía transmitir inmediatamente una respuesta
telefónica en tal sentido de Cuzco a Roma (a la Congregación de
Propaganda Fide). Ese día sufrí muchísimo, pero las gracias
fueron mayores y más poderosas que las lágrimas causadas por
quien, investido de autoridad, me invitaba a decisiones que me eran
extrañas. Aquel mismo día en la tarde, los dos esposos, también
devotos de santa Teresita, con voz marcada por la emoción... me
ofrecieron un cheque por dos millones de dólares... El don fue una
señal de predilección de la providencia hacia nuestro Movimiento,
un verdadero milagro que nos llegó en silencio. Para nosotros,
aquel dinero valía muchísimo, no tanto por su valor financiero,
cuantioso por cierto, cuanto por el momento providencial en que nos
fue donado... Por eso, sobre la colina del terreno del milagro
pensamos levantar un monumento a santa Teresita del Niño Jesús.
Los patronos del Movimiento son, después de la Virgen
Santísima, san Agustín y santa Teresa de Avila. Santa Teresa de
Jesús oró y sufrió por los indios de la Cordillera ¡Tanto amó a
los indios que tuvo de Dios el don de bilocación, que le permitió
visitar la Cordillera de los Andes! En una carta (del 17-1-1570, nº
20) dirigida a su hermano Lorenzo, que vivía en Quito, nos hace
sentir cuánto sangraba su corazón por los indígenas andinos.
Dice: Y esos indios no me cuestan poco.
¡Cuán importante es confiar siempre en la divina providencia!
¿Qué sería de nosotros, si la providencia no encendiera cada día
nuestro horno y no procurara los cien kilos de harina que
necesitamos diariamente para elaborar el pan con el que alimentamos
a más de 900 niños y muchachos que asistimos en nuestras casas?
Cada día necesitamos 100 kilos de harina sin contar vestidos,
libros, cuadernos, medicinas, operaciones quirúrgicas, pensiones
escolares... Cada día, para llevar adelante esta gran familia
esperamos el milagro de la divina providencia, por la intercesión
de Santa María, Madre de los Pobres.
Para ayudar a tantos pobres y necesitados nos sostiene la divina
providencia. El Señor sabe dónde estamos, sabe lo que hacemos y
sabe cómo llegar hasta nosotros. Es algo conmovedor ver cómo nos
llegan donativos, sobre todo, de jóvenes parejas de esposos de
Bélgica y también de Italia, fruto de una curiosa iniciativa,
adoptada por ellos desde hace algún tiempo. En las invitaciones
para sus bodas consignan claramente este mensaje: “No traigan
regalos. El dinero que ustedes quieran gastar, comprando un regalo
para nosotros, tráiganlo para que podamos ofrecérselo a los niños
de los Siervos de los pobres del tercer mundo”. Son también
ofrendas de padres y madres de familia, que en los aniversarios de
sus 50 o más años de vida, invitan a sus familiares y amigos a
ofrecer dinero, a favor de nuestros niños abandonados, el regalo
que hubiesen querido hacerles en esa ocasión. Son, finalmente,
personas que antes de morir, les piden a sus parientes que no gasten
el dinero comprando flores para poder así enviar todo lo ahorrado a
los niños pobres del Perú.
Pero, no solamente es el dinero lo que vale para los misioneros,
también vale y mucho más la oración. El padre Salerno dice que en
la parroquia de Canicattí, Provincia de Agrigento, en Italia, donde
trabajó como recién ordenado sacerdote, una joven, Ángela, le
había dado todos sus ahorros para la Misión del Perú, a donde
había sido ya destinado. Pero, además, un día saliendo de la
adoración al Santísimo, me confió su secreto: Te he dado todo,
pero es mejor que yo muera antes de que tú partas. Así te preparo
el terreno. No sabes el idioma y no estás preparado para la
Misión. Por eso, yo voy a prepararte el camino. En efecto, murió
tres días después, en aquel mismo hospital donde yo había hecho
mis prácticas como médico misionero. Se había ofrecido como
víctima por la Misión.
Y Jesús personalmente bendecía su Misión. Un día en
Antabamba, apenas llegué allí, al comienzo de la Misión, se
presentó ante mí un pobre indio. Recuerdo muy bien aquel día:
llovía y él estaba descalzo, roto, y con el cuerpo cubierto de
llagas. Traté de curarlo lo mejor que pude. Apenas él se fue, el
dispensario se inundó de un perfume extraordinario, un perfume de
jazmín. Pero resulta que en Antabamba no crece ningún jazmín y
menos aún en aquella fría temporada de lluvias, cuando allí no
brota ninguna flor. Es éste el maravilloso recuerdo de un pobre que
se acercó a mí y que el Señor quiso rodear de ese suave perfume
para hacernos pensar en Él, presente sobre todo en los pobres.
El padre Salerno es un sacerdote enamorado de Jesús. Dice: Dios
me ha hecho la gracia de no dejar jamás, ni un solo día la
celebración de la santa misa, que constituye para mí la única
fuente de energía y me hace sentir siempre joven. Y continuamente
recuerda a sus hijos: Confíen siempre en la divina providencia y en
la perenne juventud de Cristo. Y repite constantemente: Quien sirve
a los pobres presta a Dios. El Señor me eligió como asno para
cargarlo por los caminos estrechos de la alta cordillera de los
Andes.
¡Que Él sea bendito en su divina Providencia!
PROVIDENCIA Y MILAGROS
Nunca me olvidaré de lo que dijo una vez una madre de familia:
Muchos niños mueren, porque sus padres no rezan. De la misma
manera, podríamos decir que muchos milagros no ocurren y muchos
enfermos no se sanan, porque no se reza. Orar es darle permiso a
Dios para que intervenga en nuestra vida para nuestro bien. Y,
entonces, muchas cosas buenas suceden que, de otro modo, podrían
normalmente llevarnos a la muerte o a la invalidez o al desastre
total.
Ya hemos hablado de casos extraordinarios, milagrosos, obrados
por Dios. Pero la intervención de Dios debería ser normal, aun en
casos extremos, si tuviéramos fe y se lo pidiéramos con confianza
de hijos.
La Madre Briege Mckenna ha escrito un libro Los milagros sí
ocurren, donde relata casos de curaciones extraordinarias,
producidas por la fe. Dice que un día llevaron a un niño que
sufría de quemaduras muy severas y de ampollas en todo su cuerpo.
Recuerdo haber pensado: ¡Dios mío, no hay realmente nada que
hacer! Está muy mal. No tenemos médicos ni medicinas aquí. Oramos
por el pequeño y, después, el sacerdote le dijo a la anciana mujer
que lo había llevado a la misa: “Déjalo ahí y comencemos la
celebración de la misa”... Al terminar la misa, fui a ver cómo
estaba el niño. Lo habían colocado debajo de la mesa, que sirvió
de altar, pero ya no estaba ahí. Yo le pregunté a la mujer:
¿Dónde está? Ella me señaló un grupo de niños que jugaban ahí
cerca. Vi al niño y se veía muy bien. No había nada malo en él.
Y le pregunté: ¿Qué le pasó? Y la anciana me miró y me dijo:
“¿Cómo que qué le pasó? ¿Acaso no vino Jesús?”.
Sí, Jesús Eucaristía es la mayor fuente de milagros en
cualquier lugar del mundo y no sólo en los grandes santuarios
marianos como Lourdes o Fátima.
Otro día le telefoneó un joven sacerdote para que orara por
él, porque tenía cáncer en las cuerdas vocales y dentro de tres
semanas debían operarlo para extirparle la laringe. Ella le dijo:
Padre, cada día, cuando celebra la misa y consume la hostia
consagrada, usted se encuentra con Jesús. Usted toca a Jesús y lo
recibe en su cuerpo y no sólo como la mujer hemorroísa que le
tocó el borde del manto. Pídale a Jesús Eucaristía que lo sane.
Tres semanas después, ingresó al hospital para ser operado. Me
llamó más tarde para decirme que la cirugía no se realizó. Los
médicos descubrieron que el cáncer había desaparecido y sus
cuerdas vocales estaban como nuevas.
He conocido sacerdotes extraordinarios como el padre Emiliano
Tardif o el padre James Manjackal con un ministerio extraordinario
de sanación de enfermos. Dios ha obrado maravillas a través de
ellos. Y así otros más.
Y Dios sigue obrando maravillas en la medida de nuestra fe y de
nuestra confianza en Él. Recuerdo al padre Feliciano Díez,
agustino recoleto, que siempre contaba que, cuando era un niño,
estaba gravemente enfermo con las piernas paralizadas. Su padre lo
llevó al santuario de la Virgen del Pilar de Zaragoza a rezar por
él. Al día siguiente al despertar, estaba completamente curado.
Un joven sacerdote de Lima me contaba que, cuando era un bebé,
estuvo muy grave con una fuerte neumonía. Como sus padres vivían
en la Sierra del Perú y no había médico ni posibilidades de
llevarlo al hospital más cercano, su madre lo llevó a la iglesia y
lo consagró a la Virgen, ofreciéndoselo para que, si se sanaba,
fuera sacerdote. A los tres días, sin ninguna medicina, estaba
totalmente curado. Siendo joven, no estaba muy dispuesto a ser
sacerdote; pero, poco a poco, el Señor lo guió al Seminario y se
ordenó de sacerdote con 29 años el 7 de marzo de 2004. Su nombre
Iván Luna.
El padre Giovanni Salerno, del que ya hemos hablado, cuenta
muchos casos de sanaciones extraordinarias. Dice:
Durante mis años de misionero he visto muchos milagros. Hablo de
milagros extraordinarios, no sólo de curaciones de una fuerte
fiebre o cosas parecidas, sino incluso de enfermedades o traumas que
necesitaban de una intervención quirúrgica. Jamás olvidaré el
caso de Justo, quien cayendo del caballo se había roto la espina
dorsal. El curandero lo curaba con orines sedimentados, mezclados
con hojas de coca. Y esto, durante dos largos meses. ¡Es fácil
imaginarse la infección que resultó!... En la espina dorsal de
Justo hormigueaban los gusanos. Le faltaban al menos tres kilos de
carne: sus muslos habían desaparecido completamente, consumidos por
la enfermedad. En su lugar, había como una caverna... Preferí no
tocarlo en absoluto. Dije: “No puedo hacer nada. Si tienes fe (le
dije a su madre), Dios te ayudará”. Y ella me dijo: “¿Qué
tengo que hacer para tener fe y conseguir este milagro? Ya no tengo
nada: el curandero ya se ha llevado mis gallinas y mis cuyes”.
Para conseguir el milagro, le dije, sólo debes pedírselo a Dios:
no se necesita dinero ni animalitos, sino solamente rezar con fe.
Reza tres Avemarías, pidiéndole a la Virgen Santísima que te haga
el milagro...
A los tres días, fui a visitarlo y ¡cuál no sería mi asombro,
cuando constaté que Justo tenía abundante carne, donde antes sólo
se veía una especie de caverna! Y era carne tierna y rosada como la
de un recién nacido. Me quedé boquiabierto, preso de escalofrío.
Al quinto día, Justo volvió a su condición de salud más que
normal.
Teodosia tenía un brazo roído por la uta, un tipo de lepra que
despedía un olor pestilente. Yo había preparado el instrumental
quirúrgico para amputárselo y me decía a mí mismo: ¿Qué hago?
Amputándole el brazo la volveré aún más pobre. Entonces, con
miras a ganar un poco de tiempo para decidir mejor cómo proceder,
le dije: Mañana vienes para que te haga la operación de amputarte
el brazo. Al despedirme, le dije: “¿Por qué no le pides a la
Virgen María que te haga el milagro?”.
Ella me preguntó: ¿Qué debo hacer? Le di un poco de agua santa
de Lourdes, diciéndole: “Tómala y, durante la noche, pídele a
la Virgen María que te haga este milagro”. Al día siguiente, la
estuve esperando, decidido a amputarle el brazo... De pronto,
escuché una algarabía creciente en las afueras del dispensario.
Era Teodosia, que, inconteniblemente feliz, enseñaba su brazo a los
demás enfermos que la rodeaban y les decía: “Miren mi brazo.
Hasta ayer lo han visto cómo se caía a pedazos y apestaba. Ahora
está sano”. Y sobre sus hombros cargaba un corderito como regalo.
Basilio, un niño de nueve años, sufría de hidrocele. Esta
infección se había extendido a todo su cuerpo, de forma que
parecía una gran pelota inflada. En cualquier parte de su piel,
donde se apoyara un dedo, éste se hundía. Le suministré cierto
tipo de medicinas, pero inútilmente: el muchacho no se curaba, sino
que, por el contrario, empeoraba cada vez más... Le dije a su
madre, entregándole un poco de agua bendita: “Pídele este
milagro a la Virgen María. Ninguna medicina puede curarlo”.
Al día siguiente, vino su madre y me dice: “Basilio tiene
hambre. Tienes que darme algo de comida”... Fui a la cabaña de
Basilio. No podía creer lo que estaba viendo. Todo había vuelto a
la normalidad. En el dispensario volví a examinarlo con mayor rigor
y tuve que admitir que Basilio se había curado.
Un día llegué a Coyllurqui al anochecer. Me trajeron a un cabo
de la guardia civil tendido sobre una camilla improvisada. Los
parientes que lo cargaban, me dijeron que, desde hacía ocho días,
no comía y que echaba continuamente sangre por la boca. También en
mi presencia siguió arrojando sangre hasta llenar una vasijita.
Estaba realmente muy grave y yo no tenía medicinas ni siquiera para
cortar la hemorragia...
La mujer del enfermo me suplicaba que hiciera todo lo posible
para salvarlo. Entonces, tuve que hablarle muy claro, diciéndole
que se necesitaba un milagro de la Virgen María para poderlo curar.
Debo decir que, curando a los enfermos, he recurrido siempre mucho a
la medalla milagrosa y también en este caso les hablé al enfermo y
a su mujer de las grandes gracias que la Virgen Santísima concede a
los que con mucha fe llevan consigo su medalla milagrosa. Viendo la
viva fe de los dos, puse la medalla milagrosa al cuello del enfermo
y, junto con su esposa, recitamos tres Avemarías.
Hacia la medianoche, un fuerte estruendo, proveniente de la verja
del dispensario, me despertó sobresaltado, mientras un extraño
calor inundaba mi habitación. Me levanté a toda prisa para
comprobar qué había sucedido, pero pensé que lo que había
provocado aquel estruendo podía haber sido uno de los hijos del
enfermo al visitar a su padre.
A la mañana siguiente, fue grande mi asombro, cuando lo
encontré sentado sobre la cama. ¡Estaba comiendo un buen trozo de
pollo! Con calma me contó que hacia medianoche, la Señora
representada en la medalla milagrosa le había visitado y le había
tocado la frente y él había sanado inmediatamente. Más adelante
quiso que le diera una gran cantidad de aquellas medallas para dar a
conocer a todos el poder misericordioso y materno de la Virgen
María. ¡Cuántos kilos de medallas milagrosas hemos repartido
entre los pobres! Podría narrar muchos otros prodigios obrados por
la Virgen Santísima por medio de la medalla milagrosa, cuando ésta
se lleva puesta con mucha fe.
La Madre Teresa de Calcuta contaba en una ocasión: Uno de
nuestros doctores, oculista, trabaja mucho con nuestros pobres y es
muy amable con ellos. Dedica dos horas diarias a ellos. Durante esas
dos horas no atiende a nadie más que a los pobres, todo gratis:
consulta, lentes, medicinas… Un día me dijo: “Madre, tengo un
cáncer maligno y dentro de tres meses moriré”.
Fue a USA y le dijeron lo mismo. Regresó a Calcuta y su familia
lo llevó al hospital. Fui a visitarlo al hospital, llevé una
medalla de la Virgen Milagrosa y le pedí que dijera: “María,
Madre de Jesús, dame la salud”.
Encargué a su familia que rezara también a Nuestra Señora. A
pesar de ser una familia hindú, debieron rezar con mucha fe.
Después de tres meses, tiempo al cabo del cual supuestamente tenía
que morir, el oculista vino a mi casa y me dijo: “Madre, fui al
doctor, me examinó con rayos X, me hizo análisis y no encontró ni
rastro del cáncer”. Un auténtico milagro. Ahora lleva una
cadenas al cuello con la medalla milagrosa.
Dios hace milagros con las cosas más sencillas, cuando hay fe.
Santa Margarita María de Alacoque, a veces, escribía en un
pequeño papel Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío y lo
hacía tomar al enfermo para que sanara.
De san Juan Bosco se cuenta que desde que estaba en el Seminario,
se valía de una estratagema para ayudar a los enfermos con la
invocación de María. Consistía en repartir píldoras de miga de
pan o bien sobrecitos con una mezcla de azúcar y harina, imponiendo
a los que recurrían a su ciencia médica, la obligación de
acercarse a los sacramentos, rezar un número determinado de
Avemarías a la Virgen o la Salve. La prescripción de las medicinas
y de las plegarias eran de tres días, a veces de nueve. Los
enfermos, incluidos los más graves, se curaban.
¡Cuántos prodigios sigue obrando nuestro buen Dios entre la
gente que tiene fe! Dios ama a todos, porque para él, ricos o
pobres, sabios o ignorantes, todos son sus hijos y a todos ama con
amor infinito y a todos quiere bendecir con abundantes gracias y
milagros.
MILAGROS COTIDIANOS
La providencia de Dios se manifiesta hasta en los más pequeños
detalles de la vida. Veamos algunos ejemplos.
Un día, Chiara Lubich, la fundadora del movimiento de lo
focolares, se encontró por la calle con un pobre que le dice:
¿Puede darme un par de zapatos número 42? ¿Cómo encontrar en
plena guerra (era el año 1943), cuando faltaba de todo, un par de
zapatos? ¿Y además tan preciso?
Chiara divisa una iglesia allí cerca y entra. Estaba vacía,
pero la lucecita roja indica que allí esta Jesús. Y le pide de
rodillas: Jesús, dame un par de zapatos de número 42 para ese
pobre.
A la salida, abre la puerta y ve una señora conocida, que le
pone un paquete en las manos, diciéndole: Para tus pobres. Lo
desenvuelve y era un par de zapatos del número 42.
Otro día Chiara estaba preparando la comida, cuando llaman a la
puerta. Era una mujer pobre que pedía ayuda para su familia. Chiara
fue y sacó de un cajón un sobre que contenía la cantidad
necesaria para pagar el alquiler, el gas y la luz del mes, y se lo
dio a la mujer. Luego le dijo a Jesús: Te dejo el sobre abierto,
mira tú cómo llenarlo para que podamos pagar lo que debemos. Y
siguió trabajando.
Al poco rato, llega Natalia, una de sus primeras compañeras,
corriendo en bicicleta y le dice: Esta mañana me han subido el
sueldo y se me ha ocurrido traerlo inmediatamente por si te hace
falta. Era el doble de lo que Chiara había dado.
Una mañana Chiara comentó con nosotras: No tenemos ni un
céntimo ni para desayunar. Pero Jesús es nuestro esposo. Él se
ocupará… De vuelta a casa, nos encontramos la mesa puesta y, al
lado de las tazas, una jarra de leche, un pan con pasas y un paquete
de cacao. Más tarde, nos enteramos de que una señora mayor, vecina
nuestra, nos había querido dar esta sorpresa. Y como la llave
estaba colgada al lado de la puerta, había entrado.
Un día le llegó a Chiara Lubich la cuenta de la intervención
quirúrgica de una focolarina y de su estancia en el hospital. Eran
cien millones de liras. La verdad es que se llevó un susto. Pero,
como siempre, confió esta preocupación a la providencia de Dios.
Justo en esos días, una adherente al movimiento de los focolares
recibió una herencia. A sus hijos les dio la casa y a Chiara el
dinero contante: Exactamente, cien millones de liras.
Había llegado al focolar un par de zapatos de señora, nuevos,
bonitos, de tacón alto, pero pequeñísimos, de número 33. ¿A
quién le podrán hacer falta? me pregunté. Al poco rato, llaman a
la puerta, es Vilma, una mujer joven, muy pobre, que viene a vernos
de vez en cuando con su niña. Vilma es menuda, muy pequeña. Le
miro instintivamente los pies, y le ofrezco los zapatos. Con gran
alegría suya, le van que ni pintados.
Un sacerdote nos contó que deseaba ir a Italia a un encuentro
para sacerdotes del movimiento de los focolares, pero no tenía
dinero. Entonces, se encomendó a la providencia, pensando: Si es
voluntad de Dios, Él me mandará el dinero.
Un día, al abrir el correo, sacó un sobre con un cheque: Era de
la diócesis, que le comunicaba la muerte de un sacerdote anciano,
que deseaba dejar una suma de dinero al sacerdote más pobre de la
diócesis y el obispo había pensado en él. Contenía, exactamente,
el dinero necesario para el viaje.
El cardenal Ersilio Tonini dice que un día lo llamó por
teléfono el arzobispo de Gitega, en Burundi, para pedirle ayuda
para construir una clínica de maternidad en Gitega, donde la
mortalidad infantil era muy alta. Al día siguiente, llega una
señora de Forlí, cuya hija se había suicidado y le da el dinero
de la venta del piso de su hija. Con él pudo atender la petición
del arzobispo de Gitega y, al año siguiente, fue construida la
clínica de maternidad. Pareciera que el Señor hubiera dispuesto
las cosas para que todo llegara a feliz término en el mínimo plazo
posible. Dios se preocupaba también de aquellos niños burundeses,
que tanto necesitaban, y lo hacía a través del cardenal Ersilio
Tonini.
DIOS ACTÚA CON SENCILLEZ
Ciertamente, en algunos casos, Dios actúa de modo extraordinario
en nuestra vida por medio de milagros o de sucesos fuera de lo
común. Pero lo normal es que actúe de modo sencillo. Por lo cual,
no debemos esperar cosas milagrosas en nuestra vida. Dios nos las
puede dar, si es lo más conveniente para nosotros, pero no debemos
desearlas ni pedirlas, sino en la medida en que sean la voluntad de
Dios para nosotros.
Que no nos pase como a Eugenio Ionesco. Un día declaró: Cuando
suena el teléfono, corro con la esperanza siempre vacía de que
pueda ser Dios quien me llama o, al menos, uno de los ángeles de su
secretaría. Y así se pasó toda su vida, esperando una llamada
milagrosa de Dios. Al final, cuando era anciano, se dio cuenta de
que algo no había funcionado, pues debía haber buscado las
señales de Dios en las cosas ordinarias de cada día.
En una estación del metro de Milán, alguien escribió: Dios es
la respuesta. Después de algunos días, alguien volvió a escribir:
¿cuál es la pregunta? La pregunta para saber que Dios es la
respuesta es: ¿cuál es el sentido de tu vida? Pero todavía muchos
jóvenes y no tan jóvenes no han encontrado la respuesta al sentido
de su vida y viven errantes por un mundo, que los ciega con su afán
de placer y los aparta de Dios.
Por eso, es importante descubrir el amor de Dios en las pequeñas
cosas de la vida: en una flor, en una puesta de sol, en el murmullo
de las hojas de los árboles, en la sonrisa de un niño, en un
paisaje hermoso, en un pájaro… ¡Hay tantas cosas a través de
las cuales uno puede descubrir a Dios! A veces, el amor
desinteresado de otras personas, especialmente familiares, nos puede
ayudar a descubrir que Dios nos ama. Para él, no somos un número
más en la lista de los millones de seres humanos, que habitan el
planeta. Para él cada uno, es un ser único e irrepetible y tiene
una plan maravilloso para cada uno. Dios nos ama con un amor
personalizado. Por eso, quiere que nosotros lo amemos personalmente
y le hablemos y le pidamos lo que necesitamos. Es decir, quiere que
oremos, pues, como un Padre bueno, no quiere regalarnos a la fuerza
sus dones. Quiere que los deseemos y los pidamos: Pedid y
recibiréis.
REFLEXIONES
La voluntad de Dios es, con frecuencia, incomprensible para
nosotros. Nosotros quisiéramos que el amor de Dios se manifestara
en nuestra vida de una manera suave y pacífica. Deseamos que todo
nos salga bien y así se lo pedimos en nuestras oraciones. Pero…
Dios ve las cosas desde una perspectiva de eternidad. Él ve lo que
más nos conviene espiritualmente y no sólo materialmente. Para Él
lo más importante no es la salud física, sino nuestra
santificación. Por eso, muchas veces, no podemos comprender que
rompa nuestros planes humanos y se lleve a un ser querido, cuando
todavía es joven y lo necesitamos junto a nosotros; o que permita
que nos roben todos nuestros ahorros, acumulados en toda una vida; o
que nos muerda un perro o que tengamos que sufrir una enfermedad muy
dolorosa.
¿Por qué, preguntamos, si yo soy bueno? ¿Por qué Dios permite
todo eso? Y podemos llegar a dudar de su bondad y de su cuidado
vigilante sobre nosotros. En esos momentos difíciles, no faltan
quienes rechazan a Dios y dicen que Él no existe o no oye nuestra
oración o simplemente que no se preocupa de nosotros. Y, entonces,
buscamos al culpable de nuestras desgracias y sobre él descargamos
toda nuestra cólera y le guardamos rencor. De esta manera, nuestra
existencia se vuelve triste y amargada, porque todos nuestros
ideales se evaporaron y porque fracasamos en nuestros proyectos
humanos.
Dime, ¿crees que Dios existe? ¿Crees que Dios es bueno y te
ama? ¿Por qué crees que eres tan poca cosa como para que no se
cuide de ti? ¿Acaso crees que no tiene tiempo para ti? ¿Qué clase
de Dios crees que es? Él es un Dios omnipotente y omnipresente y
Él vela sobre ti, porque eres su hijo querido.
Si crees realmente que es bueno y te ama, levanta tu cabeza y
observa el mundo que te rodea. Todo lo que sucede es por tu bien.
Disfruta de las pequeñas cosas de cada día: una mañana tranquila,
el sol, las nubes, los árboles, las flores, los pájaros. Ninguna
de estas pequeñas cosas deben escapar de tu vista. Y, cuando acabe
el día y vayas a dormir, observa la noche, eleva los ojos al cielo,
admira las estrellas y eleva una oración de agradecimiento por esos
magníficos tesoros que ha derramado a lo largo del día para ti.
Dios es como el alfarero que va modelando el barro informe de tu
vida y le da forma, de acuerdo a un plan previamente fijado. Déjate
llevar por Él. No digas, como alguno, que tu vida está ya escrita
en las estrellas, como si no tuvieras ya nada que hacer. Dios tiene
su plan para ti, pero para realizarlo, necesita de tu colaboración
libre y consciente. Dios va construyendo tu historia, a veces, con
los trozos rotos de tus errores, pero todo lo reconduce hacia el
bien. Agradece su amor por ti y su providencia amorosa sobre ti. Él
nunca se cansa de amarte. ¿Te cansarás tú de Él?
Si las cosas no te salen bien, a tu gusto, dite a ti mismo: Dios
es mi Padre y tiene un plan mejor para mí. Yo no lo comprendo, pero
lo comprenderé en la eternidad. Por eso, confiando en mi Padre
Dios, acepto su voluntad sobre mí.
Dios, como un Padre amoroso, no te pierde de vista y está
siempre pendiente de ti y cuida de ti como una madre de su hijo
pequeño. Por eso, debes vivir cada día bajo la mirada amorosa de
tu Padre Dios. Hacerlo todo bien, con alma, vida y corazón por amor
a Él. Soportar con paciencia las dificultades de cada momento, como
venidas de sus manos. No busques tanto quién es el culpable de tus
problemas o sufrimientos para echarle la culpa, rechazarlo de mala
manera o gritarle sin compasión. Debes aceptar con calma lo que se
presente en cada momento, aunque sea de modo intempestivo y, por
tanto, fastidioso, porque rompe tus planes. Busca, en cada momento,
cómo puedes hacer el bien a todos los que se acerquen a ti. Y Dios
estará contento de ver que, permaneciendo atento a su mirada y
sonriéndole, de vez en cuando, eres cómplice de su bondad para
llevar alegría a todos los que te rodean.
Y ahora dile con amor:
Señor, haz de mí lo que creas mejor para mí. Si quieres que
esté en tinieblas, bendito seas; y si quieres que esté en la luz,
también bendito seas. Si te dignas consolarme, bendito seas; y si
me quieres dar tribulaciones, también seas bendito… Señor, de
buena gana padeceré por Ti todo lo que desees para mí. Quiero
recibir de tu mano, lo bueno y lo malo, lo dulce y lo amargo, lo
alegre y lo triste, y darte siempre gracias por todo. Porque con tal
de no apartarme de Ti, nada podrá hacerme daño (Kempis, libro 3,
17).
ORACIONES
Oración a la Divina Providencia
¿Qué me sucederá hoy, Dios mío? Lo ignoro. Lo único que sé
es que nada me sucederá que no lo hayáis previsto, regulado y
ordenado desde la eternidad. ¡Me basta esto, Dios mío, me basta
esto! Adoro vuestros eternos e imperecederos designios; me someto a
ellos con toda mi alma por amor vuestro. Lo quiero todo, lo acepto
todo, quiero haceros de todo un sacrificio. Uno este sacrificio al
de Jesús, mi Salvador, y os pido en su nombre y por sus méritos
infinitos, la paciencia en mis penas y una perfecta resignación en
todo lo que os plazca que suceda. Amén. (Beata Isabel de Francia,
siglo XIII).
Dios conoce tu AYER. Confíale tu HOY. Él cuidará de tu
MAÑANA.
Oh divina providencia, Oh Dios del amor y de la misericordia, que
recompensas a cuantos hacen de padre, de madre o de hermanos para
los más necesitados, Oh Dios providente, Oh amor providencial, que
cuidas de cada uno de tus hijos con amor de Padre, dame la gracia de
vivir siempre abandonado en los brazos de tu providencia amorosa,
sabiendo que Tú cuidas de mí en cada momento y que Tú velas por
mí. Gracias, Dios amoroso y providente, porque en Cristo, tu Hijo,
me has dado un ejemplo para que pueda confiar en Ti y dormir
tranquilo en tus brazos divinos, sabiendo que Tú cuidas de mi
futuro y te preocupas de todos mis asuntos. Pongo en tus manos mi
salud y mi trabajo, mi familia y mi futuro. Todo lo pongo en tus
manos. Guíame como buen Padre y dame paz y tranquilidad en todo
momento. Amén.
Acto de confianza en Dios
Dios mío, estoy tan persuadido de que velas sobre todos los que
en Ti esperan y de que nada puede faltar a quien de Ti aguarda toda
las cosas, que he resuelto vivir en adelante sin cuidado alguno,
descargando sobre Ti todas mis inquietudes. Mas yo dormiré en paz y
descansaré, porque Tú ¡Oh Señor! y sólo Tú, has asegurado mi
esperanza.
Los hombres pueden despojarme de los bienes y de la reputación;
las enfermedades pueden quitarme las fuerzas y los medios de
servirte; yo mismo puedo perder tu gracia por el pecado; pero no
perderé mi confianza; la conservaré hasta el último instante de
mi vida y serán inútiles todos los esfuerzos de los demonios del
infierno para arrancármela. Dormiré y descansaré en paz.
Que otros esperen su felicidad de su riqueza o de sus talentos;
que se apoyen sobre la inocencia de su vida, o sobre el rigor de su
penitencia, o sobre el número de sus buenas obras, o sobre el
fervor de sus oraciones. En cuanto a mí, Señor, sólo Tú, eres mi
confianza. En Ti, Señor, he confiado y no seré defraudado para
siempre. (San Claudio de la Colombière).
AMA, ADORA Y CONFÍA
No te inquietes por las dificultades de la vida, por sus
altibajos, por sus decepciones, por su porvenir más o menos
sombrío. Quiere lo que Dios quiere. Ofrécele, en medio de las
inquietudes y dificultades, el sacrificio de tu alma sencilla que, a
pesar de todo, acepta los designios de su providencia. Piérdete
confiado ciegamente en ese Dios, que te quiere para sí. Y que llega
hasta ti, aunque jamás lo veas. Piensa que estás en sus brazos,
tanto más fuertemente abrazado, cuanto más decaído y triste te
encuentres. Haz que brote, y conserva siempre en tu rostro, una
dulce sonrisa, para todos sin excepción, y recuerda, cuando estés
triste: Ama, adora y confía. Dios vela por ti y su Amor empapa tu
vida. Métete en el océano infinito de su divino amor. Vuela como
un pájaro por el cielo de su luz y sonríe a la vida, porque Dios
es tu Padre y te AMA.
UN MENSAJE PARA TI
La providencia de Dios vela sobre ti como una madre vela sobre su
hijo querido, que duerme a su lado tranquilo y sin preocupaciones.
Tu Padre Dios te susurra al oído: No tengas miedo, porque yo estoy
contigo (Is 43,5). ¿Te imaginas cómo velaría María sobre su hijo
Jesús? Pues mucho más y mejor vela sobre ti tu Padre Dios. Y te
dice: Aunque una madre se olvide del hijo de sus entrañas, yo nunca
me olvidaré de ti; porque te tengo grabado en las palmas de mis
manos (Is 49, 15-16).
¿No es hermoso saber que tu Padre te ama tanto que tiene tu
nombre y tu foto grabados en las palmas de sus manos para no
olvidarse nunca de ti? El Dios del universo hace brillar cada día
el sol pensando en ti, hace nacer las flores para alegrarte, hace
que los pájaros sigan surcando los cielos para demostrarte su amor
y sigue haciendo que haya personas buenas que te amen para hacerte
feliz. Por ello, no pienses sólo en lo malo que te hace sufrir,
piensa en lo bueno que te rodea. Piensa en los niños inocentes, que
sonríen sin temor; en los animalitos, que se dejan acariciar; en
tus familiares, que te aman sin dudar y en todos los que te sonríen
y te ayudan al pasar. Devuélveles tu sonrisa, dales tu amor sin
esperar nada a cambio; ayuda, sirve, haz feliz a todos y sé parte
de la providencia de Dios para ellos.
Y, si algún día sientes sobre ti el peso de la desgracia, si la
tragedia te oprime y no puedes soportar tanto dolor, piensa en ese
Dios amoroso que lo permite por tu bien. Imagina que vas al médico
y te dice que, después de vistos los análisis, tienes un cáncer
avanzado. ¿Crees que Dios, tu Padre, no lo sabe? ¿Crees que el
cáncer ha surgido por azar o por casualidad? ¿Crees que ha
escapado al control de tu Padre celestial? Y, si tu Padre Dios lo ha
querido o permitido, ¿no crees que será parte de su plan divino
sobre ti? ¿Crees que, por eso, te odia, te castiga o no se acuerda
de ti? ¿Crees que tus oraciones no han sido escuchadas?
En medio de los más horrorosos sufrimientos, piensa en tu Padre
y dile sin temor: Padre, si tú has decidido que muera y que sea con
esta enfermedad o de esta manera, lo acepto por tu amor. Entonces,
ten la seguridad de que tu Padre se sentirá feliz y te dará la
fuerza para soportarlo todo hasta el final. Y después, serás
inmensamente más feliz de lo que lo hubieras sido con una muerte
inesperada o quizás suave y sin dolor. Piensa que Dios te ha creado
para la eternidad y quiere que seas feliz, no unos cuantos días
más aquí en la tierra, sino en el cielo por toda la eternidad.
Dile SÍ a todo lo que quiera de ti y vive tranquilo en las manos de
tu Padre Dios.
HACIA EL ENCUENTRO
Cada día, Señor, es un regalo: un regalo a mi vida y a mi alma.
En mi tierra se va muriendo el sol y en mi espíritu nace la
alborada. Quiero ya estar un poco al otro lado; sin cadenas, con fe,
sin añoranzas...
Lo que viví fue hermoso... Hazme sentir que será mucho más lo
que me aguarda. Hay que dejar... ¿Dejar? Quiero olvidarme de que
existe siquiera esa palabra. ¿Dejar la vida? ¡No! ¡Encontrar la
Vida!: ¡cambiar la noche oscura por el alba!
Cada día, Señor, ya es un regalo...
Por el río, hacia el mar, voy en mi barca. No tengo remos, ni
timón, ni vela: tan solo la corriente es la que manda. Nadie
detiene el río, nadie puede parar su ritmo, ni dormir sus aguas. Es
imposible pretender hacerlo; como aire entre las manos, ¡se me
escapa!
Lejana ya la fuente, cerca el mar: cada vez más ayer, menos
mañana. Y tranquilo, sabiendo que Tú guías, hacia el mar mi pobre
barca.
Te presiento más cerca, más amigo: me estremece una dulce
confianza. Me siento desterrado del destierro, mas dentro de tu
amor, ¡y eso me basta!
Cada minuto más, ya es un regalo... Tú eres mi luz, mi fin y mi
esperanza. Y, por eso, feliz, hacia el encuentro, por el río -hacia
el mar- voy en tu barca...
Padre Guervós O.P.
CONCLUSIÓN
Después de haber analizado diferentes aspectos de la providencia
de Dios, podemos ahora concluir que es muy hermoso pensar que
nuestra vida no está sometida a fuerzas impersonales o malignas,
que lo que ocurre no es fruto del azar o de la casualidad, sino que
todo está bajo el cuidado de nuestro Padre Dios.
Dios te ama personalmente. Para Él no eres un ser humano más en
la inmensa multitud de la humanidad. Para Él eres su hijo
predilecto y a nadie ama más que a ti. Él sabe, si en este momento
tienes hambre o tienes frío, si estás enfermo o si tienes algún
problema concreto. Pero Él quiere que tú le pidas ayuda para poder
ayudarte. Él no quiere bendecirte contra tu voluntad. Y muchas
cosas sólo te dará, si se las pides con fe. Recuerda que Él
quiere siempre lo mejor para ti y quiere hacerte feliz. Y tú no
eres un desconocido para Él.
¡Oh, si tuvieras conciencia de que el amor de Dios te envuelve y
empapa en cada instante de tu vida! ¡Oh, si fueras consciente de
que es Él quien te da la salud, la comida y el bienestar! ¿Cómo
no agradecérselo y hacer de tu vida un canto de agradecimiento?
Agradecer es amar. Haz de tu vida un canto de amor y de
agradecimiento. Amar es la aventura más hermosa de la vida. Tú
deberías ser un aventurero de Dios. Deberías levantarte cada
mañana con la ilusión de ir en busca de Dios y descubrirlo en las
pequeñas cosas de cada día. Él se alegrará de que descubras su
amor y su presencia en una flor, en una puesta de sol, en la sonrisa
de un niño, en la alegría de tus amigos o en los ojos brillantes
de las personas que te aman.
Cada mañana al despertar, dale los buenos días a tu Padre, vete
a saludar a Jesús Eucaristía, pide la ayuda de María y la
protección de tu ángel. Comienza tu camino diario con la actitud
positiva de quien comienza una nueva vida, en la que no hay lugar
para el odio o la maldad. Y, si te pasa algo desagradable o te hacen
sufrir, ofrécelo a tu Padre y sigue tu camino sin rencor. Tu vida
sólo debe tener sentido en el amor. Comenzó por amor de Dios y
debe terminar con un corazón lleno de amor para todos sin
excepción.
Por eso, aprende a cantar como los pajaritos, sabiendo que estás
en buenas manos y que todo lo tuyo y todos los tuyos están en sus
amorosas manos de Padre. Alaba a tu Padre Dios con los pájaros y
las flores, con los ríos y las montañas. Ofrécele tu vida para
servirlo y amarlo con todo tu corazón y Él se sentirá feliz. Haz
feliz a tu Padre Dios. Dile que lo amas, dale las gracias por todo
lo que te ha dado y ha hecho por ti. No te rebeles contra sus
designios en tu vida, aunque tengas que caminar por senderos de
tinieblas y llenos de espinas.
La providencia de Dios en tu vida se ha manifestado al darte
tantas bendiciones y beneficios para que seas feliz. Agradece tantos
regalos recibidos y dale gracias por amarte tanto. Y déjate llevar
y conducir por su amor providente, que quiere llevarte a la santidad
en la Iglesia, por María y con Jesús Eucaristía.
Que seas santo. Es mi mejor deseo para ti.
Tu hermano y amigo del Perú Ángel Peña O.A.R. agustino
recoleto
Nunca se tiene demasiada confianza en Dios (Sta. Teresita)
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