MISIONEROS SIN FRONTERAS
Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú
Agustino Recoleto
Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca
(Perú)
ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA - PERÚ 2008 ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN 4
PRIMERA PARTE: El amor 5 Amar 5 Orar es amar 10 Amar es ayudar 13
El don de bilocación 14 Ejemplos de bilocación mística 17
Reflexiones 45
SEGUNDA PARTE: Evangelización 47 Ser cristiano 47 Evangelizar 50
La salvación de las almas 53 Madre María de Jesús de Ágreda 61
Su evangelización en América 67 Reflexión final 87
CONCLUSIÓN 90
BIBLIOGRAFÍA 92 INTRODUCCIÓN
Este libro lo he escrito con mucho interés para dar a entender
que nuestra vida sólo tiene sentido en el amor. Pero no voy a hacer
un estudio filosófico o teológico del tema. Voy, simplemente, a
narrar hechos de santos que, a través del don de bilocación, han
tratado de hacer el bien a todos sin excepción. Los santos son las
personas que más aman, porque están más cerca del Dios Amor. Por
eso, todos los santos sin excepción han sido personas caritativas;
y preocupadas por la salvación y la felicidad de los demás.
Como punto central del libro, trataré el tema concreto de la
Madre María de Jesús de Ágreda, una religiosa contemplativa, que,
desde su convento, iba en bilocación hasta las lejanas tierras de
Estados Unidos para evangelizar a los indígenas. Un caso
extraordinario y maravilloso en la historia de la Iglesia y en la
evangelización de los pueblos.
Que Dios bendiga a quien lea este libro y le dé un deseo
ferviente de hacer el bien a todos y de poder compartir su fe con
tantos hermanos que están desorientados y quizás van por el camino
equivocado. Que el amor sea fuerza y luz en su caminar por la vida.
Que sea un verdadero misionero sin fronteras. PRIMERA PARTE
EL AMOR
En esta primera parte, vamos a reflexionar sobre la necesidad que
todos tenemos de amar para poder dar sentido a nuestra vida. El amor
es de Dios y proviene de Dios. Sin él, nadie puede ser feliz. Por
eso, si queremos ser felices, debemos amar sin condiciones ni
fronteras. Esto ha sido lo que han hecho precisamente todas las
almas santas. A muchas de ellas Dios les ha concedido el don de
bilocación para que puedan estar en lugares lejanos y poder así
amar, ayudar y consolar a tantas personas necesitadas de consuelo y
ayuda espiritual.
AMAR
En este siglo XXI, en que la humanidad ha adelantado tanto en el
campo de la ciencia y ha hecho descubrimientos realmente
maravillosos, hay millones de hombres que todavía no han
descubierto que el amor es lo único que da sentido a su vida. Son
demasiados los hombres de nuestro tiempo que viven sin amar a nadie
de verdad y que sólo buscan su propio placer. Por eso, se ven
tantos divorcios y tantas infidelidades en los matrimonios. Hay
muchos que sólo se casan o se juntan por interés personal.
Necesitan al otro para su felicidad personal y, cuando no la
consiguen o la pueden conseguir más y mejor en otra parte, se van
sin pensarlo dos veces.
Ciertamente, el actuar de muchos contemporáneos es sólo el del
yo, yo, yo, yo. Y ese egoísmo brutal los encierra en sí mismos y
los hace morir en vida sin tener nunca alegría y paz interior.
Buscan frenéticamente el placer y, cada vez, necesitan placeres
más excitantes, cayendo así en muchos excesos, encerrados
profundamente en la cárcel de su propio egoísmo. El mundo actual
está enfermo de egoísmo. Le falta amor. Pero muchos no lo
entienden, pues se han alejado de Dios y no quieren saber nada de
Él, creyéndose hombres modernos. No se dan cuenta de que ellos
mismos se han cavado su propia tumba de infelicidad y que nunca
podrán ser felices sin Dios y sin amor.
Ya san Agustín lo decía por propia experiencia en la primera
página del libro de las Confesiones: Nos hiciste, Señor, para Ti y
nuestro corazón está insatisfecho hasta que descanse en Ti.
¿Necesitamos más explicaciones? ¿Necesitamos más pruebas para
creer en el amor de Dios? Que cada uno se mire dentro de sí mismo
y, al encontrar sólo vacío y oscuridad, se dé cuenta de que va
por el camino errado y que necesita abrir su alma y su corazón a la
luz del amor. Sólo así su vida entera podrá respirar el aire
fresco de la alegría, que da el amar sin barreras y sin excepción,
a todos los hombres. Sí, porque el amor debe ser universal. No
podemos amar solamente a nuestros seres queridos, pues estaríamos
formando un círculo cerrado que, al final, nos asfixiaría y no nos
dejaría vivir. Si amamos a Dios, debemos amar también a todos los
hijos de Dios, que son todos los hombres, sin distinción de raza,
religión, lengua, color o limitaciones personales.
Y ¿qué es amar? Amar es comprender y no rebajar al otro ni
ridiculizarlo con palabras o acciones. Es tenerle paciencia y ser
tolerante con sus opiniones. Es aceptarlo tal como es y respetarlo
en sus derechos fundamentales. ¡Qué importante es saber escuchar y
dialogar sin acudir a insultos o a la ira descontrolada! Amar es
perdonar siempre, pues el que devuelve odio por odio nunca
disfrutará de la verdadera felicidad. El odio nos embrutece y nos
envenena la vida por dentro. Sólo amando podremos sentirnos libres
y hacer del enemigo un amigo. Como nos dice Dios mismo en su
palabra: No te dejes vencer por el odio; más bien, vence al mal a
fuerza de bien (Rom 12, 21).
También amar es respetar al otro y ayudarle a crecer como
persona, pues el que impide crecer a la persona amada, por temor o
por celos, es que no sabe amar o tiene miedo al verdadero amor, que
da confianza y libertad a la persona amada. También amar es sufrir
por quien se ama. Precisamente, el termómetro que mide nuestra
capacidad de amar es la capacidad de sufrir por quien decimos que
amamos. Lamentablemente, hay muchos que confunden amor con sexo,
como si fueran dos cosas inseparables. Y creen que, sin sexo, no
podrán encontrar la felicidad. Pero el que ama sólo por interés
personal o por atracción física, pronto se dará cuenta de que
necesita cambiar de amor, pues para él las personas son solamente
objetos de placer o instrumentos que necesita para ser feliz. Es muy
triste ver hombres que van por la vida tratando de ser el centro del
mundo, preocupados solamente en ver en qué medida se pueden
aprovechar de los demás para sus necesidades o negocios... Son los
eternos egoístas que nunca serán felices.
El amor no es un objeto descartable, cuando ya el otro no me
sirve. Las personas no son desechables ni se miden por su utilidad.
Amar no es un juego ni un pasatiempo. Hay que tomar al otro en
serio. Amar de verdad es olvidarse de uno mismo y arriesgarse por
hacer felices a los demás. Amar de verdad es darse uno mismo sin
condiciones. Es buscar la felicidad de los otros y sentirse feliz de
hacer felices a los demás. Éste es el punto clave de la felicidad.
Hasta que no entendamos que para ser felices necesitamos darnos y
buscar en todo y en cada momento la felicidad de los demás, no
podremos ser felices.
Sí, así de fácil se encuentra la felicidad, en cuanto es
posible en este mundo; no hace falta ir a buscarla a lejanas tierras
o a la cima de las más altas montañas. No, la felicidad está al
alcance de la mano. Basta sólo ver a los otros como personas y no
como objetos; sentir que son nuestros hermanos, hijos del mismo
Padre Dios, y buscar siempre amarlos y hacerlos felices. La clave de
la felicidad está en tratar siempre de hacer felices a los que nos
rodean. Jesús nos lo dijo con claridad en el Evangelio: Haz a los
demás lo que quieres que te hagan a ti (Mt 7, 12). Y dice que en
esto consiste toda la Ley y los profetas; es decir, toda la
religión cristiana se resume en algo tan sencillo como en buscar la
felicidad del otro, tratando de darle lo que me gustaría que me den
a mí.
Si a mí me agrada que me digan siempre la verdad, que me traten
bien, con amabilidad y delicadeza; si me agrada que me respeten y me
escuchen, que me comprendan y perdonen mis errores, que no me hagan
nunca daño a propósito..., pues eso mismo debo hacer a los demás.
Así de sencillo. Esto, dicho de otra manera, es decir: No quieras
para los demás lo que no quieras para ti (Tob 4, 15). Si no quieres
que te mientan, que te roben, que te insulten, que te hagan daño,
que te desprecien, que te marginen ni te engañen..., pues no lo
hagas tú tampoco a los demás.
En resumen, amar es comprender, ayudar, perdonar, decir siempre
la verdad. Amar es sonreír al otro para hacerlo feliz, es agradecer
el bien que nos hace, es servir sin buscar recompensa, es compartir,
es alegrarse de su felicidad y acompañarlo en sus desgracias. Amar
es también llevarlo siempre en el corazón y presentarlo en
nuestras oraciones diarias ante Dios. El amor es algo tan grande, es
algo tan sagrado, que debemos tratarlo siempre con sumo cuidado y
delicadeza, pues es un regalo de Dios. Recuerda que en la tarde de
la vida, te examinarán del amor, como dice san Juan de la Cruz.
Sí, en la tarde de la vida, sólo quedará el amor. Y, de acuerdo a
tu capacidad de amar, así serás más o menos feliz por toda la
eternidad. Por consiguiente, vale la pena que vivas amando y ames
sin fronteras para conseguir la felicidad en la medida de lo posible
aquí en esta tierra y después por toda la eternidad.
ORAR ES AMAR
Una de las mejores maneras de expresar nuestro amor a los demás
es rezando por ellos. Y todos necesitan de nuestra oración, porque
todos necesitan de nuestro amor para ser un poco más felices. Por
eso, no pongas límite a tu oración por los demás. Nunca guardes
rencor en tu corazón. Nunca digas: Yo no te perdono, que te perdone
Dios. Nunca maldigas. Vete por la vida, bendiciendo a todo el mundo.
¡Qué hermoso poder decir a los enfermos: ¡Que Dios te bendiga y
te sane! Muchos enfermos se sanarán a través de tu oración,
porque, como dice el mismo Dios: La oración del hombre bueno es
poderosa. Orad unos otros para ser curados (Sant 5, 16).
Nunca olvidaré lo que afirmaba aquella madre, a quien Dios sanó
milagrosamente a su hijo. Decía: Muchos niños no se curan, porque
sus padres no rezan. Pero no solamente niños, sino también
adultos. Muchos podrían haber sido curados, si hubieran tenido más
fe para pedir su curación o si más familiares y amigos hubieran
rezado por él. La oración atrae inmensas bendiciones de Dios para
nosotros y para los demás. Nunca niegues la oración a quienes te
pidan rezar por ellos. Por otra parte, nunca creas que ya tienes
suficientes intenciones para rezar como para no admitir a otros. No
creas que tus peticiones u oraciones tienen un límite ante Dios.
No, Dios se siente feliz de que le pidamos y le pidamos sin cesar
por todos y cada uno. No seas celoso de tu oración para orar sólo
por unos pocos amigos y familiares. Tu oración puede llegar a
todos. No seas egoísta ni cerrado en tus peticiones. Dios es
poderoso para realizar todas las cosas mucho más de lo que podemos
pedir o imaginar (Ef 3, 20). Por eso, no excluyas a nadie de tu
oración, pensando que así les tocará más a tus seres queridos.
Pide por tus familiares, pero también por los que no lo son.
Pide por los vivos, pero también por los difuntos. Pide por tus
cosas, pero también por las necesidades ajenas. Pide por los que
viven cerca de ti, en tu país, en tu región, pero pide también
por quienes nunca verás ni conocerás. Pide por todo el mundo, pues
tu oración llega hasta los extremos del mundo. Qué hermoso es
poder decir a alguien: ¡Te llevo en mi corazón y en mi oración!
Pues bien, lleva a todo el mundo en tu corazón. Incluso, te
pediría más, lleva a todos tus antepasados y a los que vendrán
después de ti. Toda tu gran familia debe ser objeto de tu oración.
Y Dios habrá podido bendecir hace miles de años a tus antepasados,
porque sabía que tú rezarías por ellos. Lo mismo que puede
bendecir dentro de miles de años a los de tu familia que vendrán
después. Reza por todos los hombres del mundo, por todos los que
existen, pero también por todos los que han existido y existirán,
pues eres parte de la familia humana y todos deben ser tus hermanos.
Esto deben pensarlo especialmente los sacerdotes, que son otros
cristos en la tierra y son padres espirituales de todos los hombres.
Y también las religiosas, como madres de todos, al igual que
María.
Así que ama a todos y ora por todos sin excepción. Dios te
bendecirá más de lo que te puedas imaginar (Ef 3, 20) y te
sentirás padre (madre) de millones de hombres, que algún día en
el cielo te lo agradecerán. AMAR ES AYUDAR
Por supuesto que orar es muy importante, pero no puede quedar
todo en buenos deseos. Tú puedes hacer muchos pequeños servicios a
los que te rodean. Practica la caridad con todos. Sonríe a todos.
Sirve sin pedir recompensa o agradecimientos. Ten siempre la idea
fija de hacer felices a los que te rodean con pequeños detalles de
amor: una flor, un regalo, una palabra amable, una sonrisa... ¡Hay
tantas maneras de hacer felices a los demás! Precisamente, los
santos, que han sido las personas que más han amado y orado, han
sido las personas más felices del mundo. Muchos santos han fundado
Congregaciones religiosas dedicadas al cuidado de los enfermos o de
los más pobres, como la Madre Teresa de Calcuta. Otros se han
dedicado a la gran tarea de la educación para iluminar la vida de
tantos jóvenes desorientados. Otros se han dedicado a la
evangelización en tierras lejanas para llevar a otros pueblos la
luz del Evangelio. Y otros, que han vivido en la soledad y el
silencio de la vida contemplativa, han ofrecido su vida, sus
sufrimientos y todo su amor, por la salvación y el bienestar de los
demás. Por eso, los religiosos contemplativos no son inútiles,
aunque algunos así lo crean. Son las personas más eficaces y
positivas, pues su vida no es una vida encerrada y egoísta, sino
una vida abierta, universal, al servicio de todo el mundo, pues
rezan por todos desde la soledad de su celda. Es tan importante
ayudar y orar por los demás que Dios les ha concedido a muchos
santos el don de bilocación para hacer efectivo su deseo
incontenible de ayudar sin fronteras y sin limitaciones a los que se
encuentran lejos físicamente de ellos, pero muy cerca de su
corazón.
EL DON DE BILOCACIÓN
El don de bilocación consiste en poder estar, a la vez, en dos
lugares distintos. Muchos teólogos no ven fácil explicación a
este hecho. Algunos autores lo explican diciendo que, en un lugar,
está su cuerpo físico y en el otro está su cuerpo espiritual.
Según ellos, cada ser humano tiene un cuerpo físico, que es el que
podemos tocar con nuestras manos, y tiene también otro cuerpo
semejante a este, pero espiritual, etéreo (algunos autores
esotéricos le llaman cuerpo astral), es decir, un cuerpo que está
unido a nuestro cuerpo físico, pero que puede salir de él, cuando
el cuerpo físico está en ciertas condiciones especiales.
La bilocación, como fenómeno paranormal, es muy diferente a la
bilocación mística. La bilocación paranormal puede ser provocada
por el individuo mediante técnicas especiales de concentración.
Algunas personas tienen un don natural especial para desdoblarse con
facilidad, cuando están en sueños o en estado de relajación.
Algunos grupos esotéricos enseñan prácticas de desdoblamiento
para viajar en estado de bilocación, pero esto puede ser peligroso
y puede afectar a la sicología de la persona. Además, estas
bilocaciones pueden ser interferidas por espíritus malignos, que
pueden hacer daño.
Pero hay muchos casos de bilocaciones espontáneas, sin
buscarlas, que se dan, sobre todo, en personas que están en coma o
en trance de muerte. Hay miles de personas a lo largo del mundo, que
hablan de experiencias de haber ido con su cuerpo etéreo o
espiritual a distintos lugares, mientras veían a su cuerpo físico
permanecer como muerto. Muchas de estas personas, tienen
experiencias de Dios o del más allá, que impactan profundamente en
sus vidas y cambian su modo de vivir. En estos casos, podemos decir
que Dios ha permitido esas bilocaciones, en cierto modo naturales,
como ocurrirá en el momento de la muerte, para poder hacerles ver
su vida (en ocasiones ven su vida hasta sus últimos detalles y las
consecuencias de sus acciones sobre los demás) y así hacerles
reflexionar sobre el más allá y darles la oportunidad de
arrepentirse.
Cuando se habla de las bilocaciones paranormales inducidas, se
suele hablar siempre de que hay un cordón, llamado por algunos
cordón de plata, luminoso, que une el cuerpo físico al cuerpo
espiritual. La persona, con su cuerpo espiritual, puede ir a
distintos lugares sin saber cómo y ver ciertas cosas que después
se reconoce que son ciertas. Estas bilocaciones paranormales
podrían considerarse como naturales, como puede ser la telepatía,
clarividencia, etc., y, por tanto, no ayudan espiritualmente a la
persona mientras que pueden fomentar la soberbia personal al creerse
superiores a los demás y querer dominarlos con estos poderes
extraordinarios. Además, la persona, al regresar a su cuerpo
físico, puede sentirse mal.
En cambio, la bilocación mística es un don que Dios le da a
quien quiere y cuando quiere, sin necesidad de estar en coma o en
trance de muerte ni ser provocada con técnicas de concentración.
En estas bilocaciones, no se habla nunca del cordón luminoso que
une al cuerpo físico con el espiritual. Además, el alma santa
siempre es llevada o transportada por un ángel; normalmente por su
ángel custodio y, de esa manera, es llevada a donde Dios quiere
para cumplir una misión concreta que el ángel le sugiere hacer.
Estas bilocaciones son un acto de obediencia a la voluntad de Dios y
siempre dejan un bien en el alma del interesado y de aquellos a
quienes va a visitar, sea visiblemente o de modo invisible, dejando
un perfume sobrenatural o manifestándose por medio de la voz o de
alguna acción física. En todos estos casos, la persona se siente
muy bien y ello le ayuda en su camino espiritual para amar a Dios y
a los demás.
EJEMPLOS DE BILOCACIÓN MÍSTICA
San José de Cupertino (1603-1663) asistió a la muerte de su
madre en su pueblo natal sin abandonar el convento de Asís donde
residía. Estando ella a punto de expirar, gritó con gran dolor:
¡Oh fray José, hijo mío, ya no te veré más! Al instante,
apareció una gran luz que iluminó la habitación y la moribunda,
viendo a su hijo, gritó llena de júbilo: ¡Oh fray José, hijo
mío! Al mismo tiempo, el bienaventurado se encontraba en Asís, y
lo encontró el padre Superior llorando, mientras se encaminaba a la
iglesia a orar. Al preguntarle por qué lloraba, su respuesta fue:
Mi madre acaba de morir. La carta, que llegó muy pronto, confirmó
la noticia, pero también se supo que algunos lo vieron asistiendo a
su madre moribunda. Todos estos hechos constan en el proceso para su
beatificación.
Sor Ana de los Ángeles y Monteagudo (1606-1686), religiosa
dominica de Arequipa (Perú), iba frecuentemente a ayudar a los
indios de las alturas de Arequipa en sus dificultades. Sor Juana de
Santo Domingo, en su testimonio jurado, que consta en las Actas de
su proceso de beatificación, relató que, en una oportunidad, un
indio llamado Pedro había perdido sus ovejas y, estando en
Arequipa, le refirió este hecho a Sor Ana, quien le indicó el
lugar donde estaban.
Pasados varios años, estando en el campo, muy alejado de la
ciudad, Domingo, otro indígena, amigo de Pedro, le refirió que su
rebaño se había perdido y que estaba muy angustiado por ello.
Pedro, pensando en Sor Ana, pero no acordándose de su nombre, le
dijo a su amigo Domingo: “Llama a una monja santa de Arequipa, que
ella te ayudará”. Sin más información, Domingo invocó a la
monja santa de Arequipa, pidiéndole ayuda. Más tardó él en
formular su invocación que en encontrar a sus espaldas a una
religiosa que le dijo: “Ven acá, hijo. Aquí tengo reunida a tu
grey. No falta ninguna”.
Entre asombrado y admirado de poder tener a todo su rebaño
junto, se detuvo un instante mirándolo y, cuando se dio la vuelta
para agradecer a la monja, ésta ya no estaba, había desaparecido
sin el menor ruido... Pasado cierto tiempo, Domingo tuvo la
oportunidad de trasladarse a Arequipa y contó este suceso
extraordinario que él había vivido. Deseoso de agradecer
personalmente a la monja que le había ayudado, encaminó sus pasos
al Monasterio de santa Catalina de Siena. Allí, igualmente,
refirió el hecho... La Superiora del monasterio decidió que las
monjas pasaran en grupo ante Domingo. Este, al ver a lo lejos a Sor
Ana de los Ángeles y Monteagudo, comenzó a gritar: “Ésta es.
Ésta es, porque tiene la misma cara”. Es de notar que, en todo el
proceso de reconocimiento de la identidad de la monja, que había
ayudado a Domingo, estuvo presente Sor Juana de santo Domingo, quien
así lo refirió después de la muerte de Sor Ana.
La sobrina carnal de san Martín de Porras (+1639) refiere el
siguiente caso: Estando esta testigo en compañía de su madre en
una chácara (chacra o terreno), que hoy es de don Gabriel de
Castilla..., estaba también Agustín Galán de la Magdalena, marido
de la madre de esta testigo y mi padrastro, y sobre cosas sucedidas
entre marido y mujer, un día tuvieron un disgusto, de que resultó
que aquel día se quedaron sin comer, porque no se atendió a hacer
la comida; y estando aparejando las mulas para venirse a esta
ciudad, como a horas de la una del día, más o menos, se apareció
en la dicha chácara el dicho venerable hermano fray Martín de
Porras, que venía a pie con un bordón en la mano y su sombrero
echado a las espaldas..., y venía cargado con una canasta y en ella
traía unas empanadas, roscas de pan regalado, frutas y vino; y
entró en la casa donde estaban, diciendo que venía a comer con
ellos y que ya sabía lo que había sucedido, de lo que todos
quedaron admirados de ver cosa tan rara, mayormente cuando no se le
había dado parte de dicho disgusto ni de cosa alguna, porque aún
no hubo tiempo para ello. Y habiendo hecho las amistades entre
marido y mujer, comieron lo que había llevado el dicho venerable
hermano fray Martín de Porras y se volvieron a quedar todos como
estaban en la dicha chácara con el dicho venerable hermano. El
cual, luego de anochecer, se fue a dormir a un cerro que estaba
junto a la dicha chácara y luego por la mañana volvió a ella. Y
contando mi madre lo sucedido a un religioso de dicha Orden, llamado
fray Fernando Aragonés, éste le dijo que no podía ser que hubiese
ido a la dicha chácara el dicho hermano fray Martín de Porras,
porque no había faltado de su compañía un instante. Había estado
en el dicho convento sin salir de él y que lo sabía, porque era su
compañero de enfermería. Y no dándole crédito el dicho fray
Fernando a lo que decía mi madre se lo volvió a referir a su
marido de que se había quedado admirado de este caso y quedándose
suspenso.
Según fray Antonio José de Pastrana, fray Martín estuvo, por
casos que se averiguaron, en Bayona de Francia en un hospital, que
hay en dicha ciudad, y dispuso y fundó otro en Berbería para los
cristianos cautivos, y estuvo en el Japón consolando a los
nuevamente convertidos. Esto mismo afirmó en los procesos de
beatificación el testigo fray Jacome de Acuña.
Santa Teresa de Jesús (1515-1582) tuvo muchas bilocaciones en
vida y muchas apariciones después de muerta. Veamos algunas de sus
bilocaciones tal como se narran en las Actas de los Procesos de
beatificación y canonización, publicados por el padre Silverio de
Santa Teresa.
Dice Sor Ana de san Agustín: Estando esta testigo de sacristana
en Malagón y estando un día durmiendo en su cama, la despertó la
Madre Teresa de Jesús y le dijo: “Vete y pon luz delante del
Santísimo Sacramento”. Y esta testigo se levantó y fue al coro a
encender la lámpara, y encendida, vio allí a la dicha Madre Teresa
de Jesús y se admiró, porque no estaba allí en dicho convento,
sino en Ávila, a muchas leguas de allí, de Malagón; y esta
testigo presumió que por su poca devoción la Madre Teresa le
hacía este favor para moverla a devoción; y cuando esta testigo
quiso hablar, no vio ninguna cosa y desapareció.
La misma Sor Ana de san Agustín afirma: Esta testigo supo de
cierta monja de esta casa que estando una noche en oración y
estando la dicha Madre Teresa ausente de esta villa más de treinta
leguas, se le apareció, porque la dicha monja había pensado la
mudase de aquella casa a otra casa donde estaría mejor; le dijo la
dicha Madre Teresa que tuviera cuenta con la casa donde estaba. Y
que habrá tres años, poco más o menos, que tornó a desear esta
monja que la sacasen de aquella misma casa y que se la tornó a
aparecer la dicha madre Teresa de nuevo, cuando estaba ya muerta,
estando en Maitines, y reprendióla por este deseo y, no obstante
esto, todavía la dicha monja trataba de que la mudasen de allí. Y
de allí, al poco tiempo, se le tornó a aparecer, reprendiéndola
por desobediente.
El padre Enrique Enríquez dice en su testimonio en los Procesos:
He sabido del padre Gaspar de Salazar de la Compañía de Jesús, el
cual sabe muchas cosas de la dicha Madre Teresa de Jesús, que
estando a muchas leguas de distancia de donde él estaba en su
aposento cerrado, se le apareció antes que muriese la dicha Teresa
de Jesús y le dio ciertos avisos y amonestaciones, y que este
testigo le preguntó después a la dicha Madre, la cual con una
humilde modestia mostró haber sido así por particular orden de
Dios Nuestro Señor para ciertos efectos saludables.
Sor Ana de Jesús Lobera dice en los Procesos: La Madre Teresa de
Jesús no sólo ha dado avisos en espíritu después de muerta sino
también estando viva... Así, en esta casa de Salamanca, hace unos
veinte años, estando ella fundando en Segovia, teníamos aquí a la
hermana Isabel de los Ángeles, con gran enfermedad desde hacía
ocho meses, que daba compasión verla. El día de san Bernabé (11
de junio de 1574) por la mañana, estaba fatigadísima cuando nos
fuimos a misa; y cuando vinimos la hallamos con extraordinaria
alegría... Después que se fueron las otras Madres, yo, que había
sido su maestra, quédeme sola con ella y le dije: “¿Qué tienes
que estás tan cierta de que hoy vas a salir de este destierro?”
Ella me afirmó que, durante la misa, había estado nuestra Madre
Teresa de Jesús con ella bendiciéndola y regalándola, diciendo:
“Hija mía, no sea boba ni esté con esos temores, sino muy
confiada en lo que hizo por ella su Esposo, que es grande la gloria
que Dios le tiene preparada y crea que hoy la gozará”; y así me
afirmaba y parecía que tenía el alma con mucha paz y en esa
serenidad pasó el día hasta la noche, que nos fuimos a Maitines,
dejando con ella dos o tres de nosotras; y al punto que en el coro
queríamos tomar la disciplina, pues era viernes..., cesamos y
fuimos todas juntas a la enfermería y, poniéndola el crucifijo y
la vela en la mano, comenzamos a bendecir el nombre de Jesús y a
decir el Credo con ella y, en acabando la postrera palabra del
Credo, expiró; y luego comenzó a cubrirse el cuerpo de tan gran
hermosura y resplandor que se vio claro ser cosa sobrenatural y
celestial. Y esto no sólo lo vimos todas las religiosas, sino
también cuantas personas de otras Órdenes y seglares vinieron a su
entierro... El mismo día que la enferma dijo que había visto a
nuestra Madre, escribimos a Segovia donde ella estaba, diciendo a la
Priora y Subpriora de allí se lo dijesen para ver si podían
entender cómo había sido, y se lo contaron diciendo: “Madre, no
en balde aquella mañana, después de haber comulgado vuestra
Reverencia llegamos dos veces a darle recado y no nos respondió,
pues estaba como muerta a la misma hora que escriben de Salamanca
que estuvo allí”.
Ellas nos escribieron, diciendo que se había reído y dicho: “Váyanse
de ahí, qué cosas inventan”; y que con esto habían visto que
era cierto. Y nosotras vimos que lo era en una carta que había
escrito la Madre a la Priora de acá (Salamanca) antes que se lo
dijesen, y en ella le avisaba de dos cosas que era imposible
saberlas no habiéndolas visto. Y diciéndome a mí la Madre Priora
¿cómo es posible saber esto nuestra Madre? Dije: “Claro está
que vería toda la casa el día que estuvo aquí con la hermana
Isabel de los Ángeles”... Yo le pregunté a la Madre Teresa,
cuando envió por mí para llevarme a ser Priora al convento de
Beas..., y con el amor que me tenía, me respondió claramente que
así había sido.
En el proceso de canonización de san Alfonso María de Ligorio
se lee: El 21 de setiembre de 1774, estando el venerable siervo de
Dios en Arienzo cayó en una especie de desvanecimiento. Sentado en
su sillón, permaneció cerca de dos días en dulce y profundo
sueño. Uno de sus criados quiso despertarle, pero su vicario
general don Juan Nicolás de Rubino ordenó que le dejaran reposar,
aunque sin perderlo de vista. Despertándose por fin y llamando un
poco con su campanilla, acudieron en seguida sus servidores.
Viéndoles grandemente asombrados, les preguntó:
¿Qué es lo que pasa? Hace dos días que no ha hablado ni comido
ni dado señal de vida. Vosotros me creíais dormido, pero no
sabéis que he ido a asistir al Papa que acaba de morir.
Poco después, llegaba la noticia del fallecimiento de Clemente
XIV, ocurrida el 22 de setiembre a la una de la tarde, es decir, en
el momento preciso en que el siervo de Dios había agitado la
campanilla.
El santo, en efecto, fue visto en ambos sitios a la vez por
multitud de testigos, de cuya seriedad no es lícito dudar.
Quizás una de las santas más extraordinarias por su don de
bilocación ha sido la beata Ana Catalina Emmerick (1774-1824). Ella
visitó prácticamente todo el mundo. Entre otros países, ella
habla de España, Irlanda, Inglaterra, Francia, Rusia, Noruega,
Paquistán, India, Persia, Egipto, Etiopía, Abisinia, Vietnam...,
y, por supuesto, su país Alemania. Ella dice:
Mi guía y yo avanzábamos como en vuelo. Durante el camino yo
tenía algo que hacer en diversos lugares y dar órdenes sobre
diversos asuntos. Así una vez tuve que llevar un paquete oculto y
entregarlo. Lo llevé encubierto bajo mis vestidos. A menudo, entre
inquietudes y peligros tenía que llevar cartas y superar graves
obstáculos, exhortar a personas que rezaban, despertar a los que
dormían, curar y vendar a otros que estaban en peligro.
Muchas veces, me veo conducida en espíritu por mi guía a
lugares donde se ven patentes las necesidades de los hombres. Unas
veces me veo en cárceles, otras junto a moribundos o al lado de
enfermos, de los pobres, de las familias que están entre querellas
y pecados.
Una vez, vi una taberna donde disputaban varios hombres. Rogué a
Dios de corazón que se aplacaran estos hombres y vi, en efecto, que
se avinieron al punto y recobraron la paz. Después vi de repente a
un hombre triste y miserable que se arrastraba por un camino y no
tenía qué comer ni sabía dónde iba a pasar la noche. Me moví a
compasión al verle y pedí por él. Entonces, apareció un
caballero que le preguntó adónde iba y de dónde era. El caminante
contestó y nombró las ciudades de cuyo nombre no me acuerdo. El
caballero le dio algunas monedas y continuó su camino. Eran como
cuatro duros en muchas piezas. El caminante no acertaba a explicarse
la razón de por qué le había dado tan considerable suma...
Después me condujo mi guía a un lugar donde había unos veinte
enfermos.
Parecéme cosa por demás admirable que casi todas las noches
haya de hacer tan largos viajes y tenga tantas cosas que hacer.
En una oportunidad, vi caerse peligrosamente en la nieve a un
infeliz hombre hambriento, que no podía levantarse y que estaba
buscando algo para sustentar a sus hijos. Yo le alcancé en aquel
apuro salvación y sustento.
¡Cuánto bien hizo Ana Catalina a través del mundo! Su ángel
custodio la guiaba y ella cumplía su misión de hacer el bien a
todos sin distinción en diferentes países.
Otro santo conocido por su don de bilocación fue san Juan Bosco
(1815-1888). Veamos algún ejemplo:
El día 15 de julio de 1862, estando san Juan Bosco en San
Ignazio sopra Lanzo, a 40 km de Turín, asistió en el momento de su
muerte al joven Bernardo Casalegno en Chieri, como el mismo Don
Bosco se lo manifestó a los jóvenes del Oratorio y lo escribió
Don Bonetti. El 20 de julio del mismo año, estando también en san
Ignazio sopra Lanzo, visitó el Oratorio de Turín (a 40 km) sin
moverse de su lugar. Así lo cuenta en una carta del 21 de julio
diciendo que había visto a los jóvenes David, Tinelli y Panico
salir por la mañana del domingo sin asistir a las ceremonias
sagradas y haber ido a bañarse. Al salir del baño, Don Bosco les
dio unas palmadas en la espalda, aunque ellos no vieron quién era,
pero lo contaron esto a Don Bonetti y a Don Alasonatti.
El 14 de octubre de 1878, estando físicamente en Turín, visitó
en St. Rambert d´Albon, en Francia, a la señora Adele Clement y a
su esposo, quedándose al almuerzo con ellos y asegurándoles la
curación de su hijo ciego, sordo y mudo, como ocurrió de
inmediato.
Otro caso. Era la noche antes de la fiesta de san Francisco de
Sales de 1886, cuando el sacerdote Juan Branda, director de aquella
casa (Sarriá-Barcelona) sintió que lo llamaban. Se despertó y
oyó clara y distinta la voz de Don Bosco... Por la mañana,
recordó la voz que había oído, pero no se preocupó. En la noche
del 5 al 6 de febrero, siente que lo llaman en lo mejor del sueño:
Era también la voz de Don Bosco. Ya despierto, vio la habitación
iluminada como en pleno día y además delineado en las cortinas
corridas de su cama el perfil de un sacerdote que le pareció
realmente Don Bosco... Don Branda se levantó, le tomó la mano y se
la besó. Don Bosco le dijo: “Tu casa va bastante bien, estoy
satisfecho de todo lo que haces, pero...”
Y entonces se dibujaron allí delante las caras de cuatro
asilados del Instituto. Señalando al primero, Don Bosco le dijo que
convenía que observase mejor conducta; de los otros intimó la
expulsión. Le dijo: “Obra enérgicamente, quítalos de en medio
cuanto antes sin consideración alguna”. Al pronunciar estas
palabras, su cara se mostraba descompuesta por el enojo. Después de
esto, a una señal suya, dice Don Branda, salimos los dos de la
habitación, abriéndole yo la puerta y siguiéndole. Visitamos los
dos dormitorios... Durante el trayecto, las escaleras y los
dormitorios se llenaron de luz como si fuera de día. Don Bosco
andaba con paso franco y algo más acelerado de lo ordinario hasta
que desapareció.
Entonces, cesaron las luces y Don Branda se acercó a tientas a
la puerta, se fue a su mesa, trató de encender la luz, dirigió la
mirada alrededor y se vio solo; miró el reloj y faltaban dos horas
para levantarse. ¿Qué hacer? Levantada la Comunidad, bajó a la
capilla y presa de fuerte emoción celebró la santa misa. Lo
turbaba el pensamiento de tener que despedir, sobre todo, a uno de
los ya indicados; no sabía cómo hacerlo ni con qué razones
convencerle de su mal proceder. Dejó pasar aquel día sin decir
nada y otros más, hasta que recibió una carta de Don Rua, el cual
le decía que Don Bosco, paseando por los pórticos, les había
contado que había hecho una visita a Don Branda, mientras dormía,
pero que se diese por advertido de cumplir las órdenes recibidas.
Al día siguiente, Don Branda fue a celebrar la misa a casa de
Doña Dorotea de Chopitea, la madre de los salesianos de Barcelona.
Al comenzar la misa e inclinarse a besar el altar, oyó resonar de
manera misteriosa y apremiante la voz: “Si no haces lo que te ha
ordenado Don Bosco, ésta será la última misa que celebres”. De
vuelta a casa, se interrogó separadamente a los indicados y se
encontró ser exacto, hasta en sus más pequeños detalles
particulares, lo que había dicho Don Bosco; y ¡cosa singular! Los
culpables adoptaron la misma actitud en que Don Branda los había
visto la noche de la visita.
La venerable Edvige Carboni (+1952), gran mística italiana, tuvo
frecuentemente bilocaciones. Sus hermanas Paolina y Vitalia cuentan
que una tarde de 1945 estaban rezando y Edvige cayó en éxtasis.
Ella les contó que había ido a China, a una prisión donde estaba
un obispo pasionista, Monseñor O´Gara, que estaba siendo torturado
por hombres y mujeres. Ella se les presentó y les recriminó por
estar torturándolo, pero ellos quisieron pegarle también a ella,
diciendo que era una bruja, por haber entrado estando las puertas
cerradas. La misma Edvige escribió el relato en una carta a su
confesor, padre Ignacio, y esa carta todavía se conserva.
El padre Ignacio no sabía que en China había un obispo
pasionista y llamó al General de los pasionistas, quien le
confirmó que, ciertamente, existía en China un obispo pasionista:
Monseñor Gutberto O´Gara.
Por dos veces, como ella misma contó, fue llevada la sierva de
Dios a la cárcel, donde estaba encerrado el cardenal Monseñor
Mindzenty, en Praga, y conversó con él.
Otro gran santo, famoso por sus bilocaciones, fue el P. Pío de
Pietrelcina (1887-1968).
En noviembre de 1917, durante la I guerra mundial, el ejército
italiano sufrió una gran derrota en Caporetto. Como consecuencia
del desastre, fue depuesto de su cargo el general Luis Cardona,
comandante en jefe del ejército italiano, y sustituido por el
general Armando Díez. Las críticas acerbas que se hacían del
general derrotado y, sobre todo, el hecho mismo de la derrota, le
sumieron en una depresión nerviosa tal que decidió acabar con su
vida... En el momento trágico en que el general tenía desenfundada
la pistola para consumar el suicidio, aparece frente a él, de forma
inexplicable, un religioso vestido de hábito capuchino.
Pudo percibir en aquel momento, como recordará después, un
fuerte perfume de violetas o rosas. Tenía el fraile las manos
teñidas de sangre y le dijo con energía: “¡Nada de matarse!
¡No debes cometer semejante locura!”. El general se quedó
atónito, estremecido. Como por ensalmo, cambió su estado de
ánimo, se sintió otro hombre y obedeció humildemente.
Más tarde, en 1920, partió el general de incógnito a San
Giovanni Rotondo sin comunicar a nadie su personalidad ni el objeto
de su visita. ¡Cuál no sería su extrañeza cuando, sin llegar
todavía a la portería del convento, oye que le llaman por su
nombre y que le dicen que el padre Pío lo esperaba!
Al ver al padre Pío, lo reconoció inmediatamente. El padre Pío
le dijo: “¡Mi general, qué mal lo pasamos aquella noche!, ¿no
es verdad?”.
Otro caso fue comprobado por aviadores de diferentes
nacionalidades y religiones: ingleses, americanos, polacos... Cada
vez que pasaban sobre el Monte Gárgano, con el encargo de llevar a
cabo sus terribles bombardeos, se les aparecía en el cielo un
fraile, como un fantasma, que extendía sus brazos y sus manos, y
les prohibía severamente lanzar bombas sobre los pueblos y ciudades
del Gárgano. Foggia y otras ciudades de la Puglia sufrieron
asoladores bombardeos; en cambio, sobre la comarca del Gárgano no
cayó bomba alguna. Naturalmente, los aviadores comentaban entre sí
tan maravillosos fenómenos sin podérselo explicar
satisfactoriamente.
Cuando terminó la guerra, oían hablar del padre Pío como de un
ser extraordinario que hacía cosas maravillosas; y había quienes
no querían volver a su tierra sin haber visto personalmente al
fraile estigmatizado; muchos de ellos subieron hasta san Giovanni
Rotondo a comprobar cuanto se decía del famoso fraile y pudieron
comprobar, con absoluta certeza y con inmensa admiración, que el
fraile aquel, que se les había aparecido, era el mismísimo padre
Pío, a quien tenían delante en persona.
Veamos otro caso, bien documentado, ocurrido en julio de 1957.
Estaba hospitalizado en la clínica San Severo de Foggia el padre
capuchino Plácido de San Marco in Lamis en estado gravísimo con
cirrosis hepática. La habitación del enfermo estaba bien cerrada,
era medianoche y el enfermo estaba plenamente despierto. En aquel
momento de la noche, se presenta ante él el padre Pío y sonriendo
y levantando la mano estigmatizada le dice: ¡Padre Plácido!
¡Puedes estar tranquilo que de ésta no morirás! Y luego siguieron
hablando de otras cosas.
El capellán del hospital, padre Alberto, capuchino, tuvo
conocimiento de esta visita por el mismo enfermo y, al trasladarse
por aquellos días a san Giovanni Rotondo, se encontró con el padre
Pío, y le preguntó sin más preámbulos: ¿De manera que has
estado en san Severo, visitando al padre Plácido y no te has
dignado visitarme a mí, que soy el Superior?
Cállate, cállate. Es verdad que he estado en San Severo. No
debes decir nada a nadie.
Otro caso de bilocación ocurrió en la muerte de Monseñor
Fernando Damiani, Vicario General de la diócesis de Salto, en
Uruguay. Monseñor Fernando le había hecho prometer al padre Pío,
en una visita que le hizo en San Giovanni Rotondo en 1937, que lo
visitaría en la hora de su muerte... Pues bien, el 11 de setiembre
de 1941, estando en Salto, se puso gravísimo. Monseñor Barbieri,
capuchino, arzobispo de Montevideo, estaba a su lado cuando vio la
silueta de un fraile capuchino, a quien no conocía... Ocho años
más tarde, el 13 de abril de 1949, visitó al padre Pío en san
Giovanni Rotondo y reconoció inmediatamente al fraile, cuya silueta
había visto en Uruguay en la muerte de Monseñor Damiani.
La señora de Devoto, de Génova, estaba seriamente enferma y con
amenaza de que le amputaran una pierna. Una de sus hijas rezaba en
un cuarto vecino, pidiendo que se evitara esa operación e invocando
la ayuda del Padre Pío. De pronto, éste apareció en el umbral de
la puerta. El deseo de obtener una gracia para su madre, obnubilaba
a tal punto la mente de la joven, que ella ni se preguntó cómo
podía estar el Padre en Génova, estando en San Giovanni, a varios
cientos de kilómetros, ni se le ocurrió dudar de lo real de su
presencia. Arrojándose a sus pies, le suplicó: ¡Oh Padre, salve a
mi mamá! El santo la miró y le dijo simplemente: Espere nueve
días. Ella iba a pedir una explicación, pero, al levantar la vista
de nuevo, sólo vio la puerta cerrada.
A la mañana siguiente, pidió a los médicos que aplazaran la
intervención quirúrgica, y ni las advertencias ni los consejos ni
las súplicas de sus parientes, ni el mismo estado de la paciente,
que se agravaba por momentos, lograron disuadirla. Al décimo día,
cuando los cirujanos examinaron a la enferma, cuál no sería su
estupefacción al comprobar que la herida de la pierna estaba
completamente cicatrizada y la señora estaba en vías de
restablecimiento. Unas semanas más tarde, toda la familia se
dirigió a San Giovanni para agradecer al Padre la merced que les
había alcanzado.
La señora Concepción Bellarmini, de San Vito Luciano, sufrió
un envenenamiento de la sangre, seguido de una bronconeumonía. La
infección le provocó una ictericia terrible, y los médicos la
desahuciaron. Una pariente le aconsejó que confiase su situación
al Padre Pío, a quién ella no conocía. Así lo hizo, y, de
pronto, se le apareció a plena luz un fraile estigmatizado que le
sonrió y la bendijo sin tocarla. La enferma le preguntó si su
venida era señal de que había logrado la conversión de sus hijos
o su próxima curación. El capuchino afirmó: El domingo por la
mañana usted estará curada, y luego se desvaneció dejando una
estela de perfume.
Ya al día siguiente, la piel de la enferma fue tomando un color
normal y cedía la fiebre, y pocos días después, la señora pudo
levantarse. Acompañada de su hermano, fue a San Giovanni Rotondo
para verificar la identidad de su fraile. Cuando divisó al Padre
Pío en la iglesia, se dirigió a su hermano y le dijo al oído: Es
él, no hay duda de que es él.
La Señora Ercilia Magurno, mujer de mucha fe, había velado
durante meses junto al lecho de su marido, sumamente grave de angina
de pecho. Cierta noche, invadió la habitación un penetrante
perfume de flores, pero el enfermo seguía empeorando por momentos.
Con dos días de intervalo, la señora envió dos telegramas al
Padre Pío para implorar su intercesión, pues su marido estaba ya
en coma. El 27 de febrero, el enfermo pareció dormirse con sueño
profundo y sereno. A la mañana siguiente, al despertar, dijo a su
mujer: Estoy curado. Me siento perfectamente. El Padre Pío acaba de
dejarme. Por favor, abre la puerta y tómame la temperatura. No
tenía ni rastros de fiebre. El Padre Pío vino acompañado por otro
fraile, explicó el hombre, me examinó el corazón y me dijo:
Mañana se le habrá ido la fiebre y dentro de cuatro días podrá
levantarse. Luego miró los remedios que le daban, leyó las recetas
y se quedó largo rato junto a él. Como para confirmar este
milagro, una fuerte fragancia de violetas flotaba todavía en la
habitación. Cinco meses después, ambos esposos se dirigían a san
Giovanni, y el ex-enfermo reconocía a su salvador. El Padre Pío se
le acercó, le puso la mano en el hombro y con tono amistoso le
dijo: ¡Cómo te ha hecho sufrir ese corazón!.
Natuzza Evolo es una gran mística italiana, que vive en
Paravati, cerca de Mileto (Catanzaro), Italia. Es una humilde y
buena mujer, madre de familia con cinco hijos. Tiene dones
extraordinarios como éxtasis, estigmas y también el don de
bilocación. Este don de bilocación se manifiesta de diferentes
maneras. Una veces, la ven en el lugar donde está en bilocación,
otras veces sólo sienten su presencia por un fuerte perfume de
flores. En ocasiones, manifiesta su presencia a través de ruidos o
diciendo palabras que son oídas sin que la vean. También puede
llevarse objetos o traerlos del lugar de bilocación. Siempre es
llevada o transportada como ella dice, por su ángel de la guarda y,
frecuentemente, es acompañada también por algunos difuntos,
familiares de quienes va a visitar. Ella no escoge los lugares ni
busca la bilocación, que le viene espontáneamente, y es llevada
para cumplir alguna misión de consuelo y ayuda. Sobre sus dones y
bilocaciones hay cinco libros escritos por Valerio Marinelli.
El padre jesuita Giovanni Martinetti ha estudiado durante tres
años los fenómenos místicos de Natuzza y dice: Las bilocaciones
de Natuzza tienen siempre una finalidad concreta de ayuda o
reafirmación de la fe cristiana. Sus bilocaciones han sido por
miles. Yo he recogido testimonios de más de cien de esas
bilocaciones en tres años de investigación. En sus bilocaciones,
Natuzza es guiada por difuntos y ángeles que la acompañan al lugar
donde debe ir y le sugieren lo que debe hacer... Es interesante las
explicaciones que la misma Natuzza me ha dado para explicar este
fenómeno de la bilocación. Me ha dicho:
“La bilocación no viene nunca de mi espontánea voluntad. Se
me presentan los ángeles o difuntos y me acompañan a los lugares
donde es necesaria mi presencia. Yo veo perfectamente todo el
ambiente y puedo hablar y ser oída por las personas presentes,
puedo abrir y cerrar puertas y producir algunas acciones. Yo me
encuentro inmersa en el ambiente, no es como si lo viera por
televisión. Estoy en el lugar solamente el tiempo necesario para
cumplir mi misión y siempre soy consciente de que mi cuerpo físico
está en Paravati o donde me encontraba antes de la bilocación.
Esto puede sucederme de día o de noche, incluso cuando estoy
hablando con alguien o haciendo alguna cosa. Muchas veces, no sé
dónde voy. El viaje es instantáneo, independientemente de la
distancia. Cuando voy a una casa, me encuentro directamente en su
habitación o en una habitación contigua de donde está la persona
que debo ver. Abro la puerta y después la cierro. Algunas veces,
puedo transportar objetos al ir o venir. Y nunca me siento cansada o
mal después de la bilocación”.
Los difuntos, que se le aparecen y la acompañan en sus
bilocaciones para visitar a sus familiares, tienen el mismo aspecto
que tenían durante la vida y van con los vestidos que usaban en
vida. Ella dice que los difuntos están interesados en la vida de
sus familiares y los visitan en sus casas, aunque no se les puede
ver, porque el Señor no lo permite. En algunos casos, los difuntos
le dan mensajes para su familia.
Cuando la gente la visita y le pregunta sobre la suerte de sus
familiares difuntos, ella puede responder, preguntándole a su
ángel custodio, a quien ve constantemente. También ve a los
ángeles custodios de las demás personas, que están a la derecha,
mientras que en los sacerdotes están a la izquierda, por respeto a
su dignidad.
Los difuntos le dicen que ellos no pueden rezar por ellos mismos
ni por otros difuntos, pero sí rezan por sus familiares vivos.
Normalmente, lo que piden a sus familiares es resignación y que no
se desesperen; también que recen por ellos para conseguir pronto la
plena felicidad del cielo. Veamos algunos ejemplos de bilocación.
La señora María Naccari dice: En 1976, mientras dormía,
sentía que me tiraban de las mantas por dos veces. Me desperté,
pensando que sería mi hijo que dormía en la habitación contigua.
Entonces, vi junto a mi cama a mi tío difunto, al cual no recordaba
nunca en mis oraciones. Me sentí feliz de verlo y no sentí miedo.
Me pregunté cómo podía verlo, si estaba todo oscuro y la ventana
estaba cerrada. Mirando a la ventana, vi que allí estaba Natuzza
con el rostro bellísimo y radiante. Me dormí feliz. Cuando le
pregunté a Natuzza, si había sido ella, me respondió: “Sí,
hija, he sido yo”.
El señor Salvatore Gerani dice: Un domingo, a las 7,30 a.m., me
fui al cementerio de Tropea para visitar las tumbas de mis
familiares difuntos y rezar por ellos. De pronto, sentí un ruido a
unos 50 ó 100 metros de distancia. Me volví, pero no vi a nadie.
Después de algunos minutos, sentí lo mismo, a la misma distancia.
Después sentí otros rumores como pasos cerca de mí. No tuve
miedo, pero seguí mi camino, porque debía ir rápido para llegar a
misa. Cuando le conté a Natuzza lo que me había pasado, ella me
dijo que ella y sus familiares difuntos me habían seguido.
La señora Carmelina Fratini dice: Una noche de marzo de 1971,
mientras estaba dando de mamar a mi hija sentí que se abría la
puerta de mi habitación. Y vi entrar una señora con camisa blanca
y con trenzas en la cabeza. Se acercó a la cuna, se quedó mirando
un momento y, después, se fue como había entrado. Yo pensé que
era mi tía difunta, que había venido, porque estaba contenta del
nacimiento de mi hija. Después me dormí y, a la mañana siguiente,
conté todo a mi madre y me vino el deseo de ir a ver a Natuzza para
pedirle su opinión. Apenas la vi, ella me dijo: “Pero, ¿cómo
das de mamar a tu hija de ese modo? ¿Quieres que te dé a ti y a
ella una broncopulmonía?”. Yo no le había dicho nada. Y
ciertamente, yo le daba de mamar a mi hija sin cubrirla. Entonces,
entendí que había sido Natuzza.
Dice la misma testigo: En 1986 me encontraba en el hospital de
Crotone en la sección de maternidad, porque tenía problemas con mi
embarazo y sufría mucho. De pronto, un día vi a Natuzza con una
corona de espinas sobre la cabeza y el rosario en la mano. Ella me
hizo señas de estar callada y no decir nada, y yo cerré los ojos y
me quedé dormida. Mi esposo y el médico sintieron un fuerte
perfume de flores. Cuando fui a Paravati a verla, me dijo que había
ido con algunas almas del purgatorio para rezar por mí, porque
tenía necesidad.
El abogado Francesco Cosentino, da su testimonio: En nuestra casa
de Verona hay un reloj antiguo, recuerdo de la familia, que muchas
veces intentamos hacer funcionar sin éxito. Un día, mientras
estaba solo en casa, pues mi esposa estaba fuera de la ciudad, el
reloj sonó de improviso con tres campanadas. Eran las 3 de la
tarde. En la noche, a las 10 p.m., mientras estaba a la mesa con mis
hijos, de nuevo sonó el reloj con 10 campanadas. Este hecho no
había ocurrido antes ni se ha verificado después. Cuando fui a ver
a Natuzza y le pedí explicación, ella me dijo: “Estaban tristes
por estar solos y quise hacerles compañía y darles una señal de
mi presencia”.
La señora Ana María Odoardi da el siguiente testimonio: En
noviembre de 1993, mi esposo tuvo un infarto y estaba muy grave.
Pedimos oraciones a Natuzza. Yo le pedí al Señor la salud de mi
esposo, pero pensé que quizás Él quería llevárselo y pensando
en esto acepté resignadamente su voluntad, pidiéndole por su
salvación. Pero, mientras pensaba en estas cosas, oí claramente
una voz exterior que me decía: “No te preocupes, desde este
momento, todo cambiará”. Mi marido se recuperó muy bien y hoy
sigue vivo. En la Cuaresma de 1994, fui a ver a Natuzza y le
pregunté, si aquella voz era la suya, y me dijo que sí.
Podíamos continuar escribiendo testimonios de bilocación, pero
creo que son suficientes, lo importante es saber que son hechos
reales y que Dios concede esta gracia para hacer el bien a los
demás.
REFLEXIONES
La primera reflexión que podemos hacer es que debemos vivir bien
para que, en el último momento, nos sintamos satisfechos de nuestra
vida. Vale la pena vivir bien, vale la pena sentir la felicidad de
ser buenos, vale la pena ayudar, servir y amar sin descanso y sin
condiciones a los demás.
Nuestra vida sólo tiene sentido en el amor. Por eso, te
recomiendo que mires tu vida, hagas un examen de conciencia y veas
si estás satisfecho de ti mismo. Si Dios, como ocurre a algunos en
experiencias premuerte, te hiciera ver toda tu vida pasada con todos
tus actos y omisiones, y sus repercusiones sobre los demás,
¿estarías satisfecho? ¿Puedes decirle a Dios en este momento:
Misión cumplida? ¿Estás preparado para morir?
Nunca me olvidaré de la carta que me escribió una religiosa
anciana en la que me contaba que, cuando era jovencita, le gustaban
mucho las fiestas y los bailes. Una noche tuvo que ser llevada de
emergencia al hospital, pues tenía muchos dolores; y tuvieron que
operarla inmediatamente. Ella me dice que sintió que salía de su
cuerpo y vio desde arriba a los médicos, que la estaban operando.
Sin saber cómo, se presentó ante la presencia de Dios. Y Dios le
preguntó: ¿Qué has hecho de tu vida? Y ella sólo atinó a decir:
Mis manos están vacías. En ese momento, sintió profundamente que
su vida estaba vacía y que no había hecho nada que valiera la
pena. Y sintió el disgusto de Dios... No recordó más. Se
encontró de nuevo en su cuerpo al despertar de la operación. Pero
nunca se olvidó de esa experiencia y decidió dedicar toda su vida
al bien de los demás, entrando, a los pocos meses en un convento,
donde vivió feliz hasta sus últimos días como una monjita alegre,
santa y feliz.
¿Te gustaría a ti ser feliz en esta vida y después por toda la
eternidad? ¿A qué esperas? ¿Crees que vas a conseguir la
felicidad con las cosas materiales y los placeres del mundo? Vive
para la eternidad. No te olvides que este mundo se termina y tu vida
se va agotando día a día. Haz algo por los demás. Haz algo que
valga la pena. Vive amando, ama viviendo. Amar es vivir y vivir es
amar. En cambio, odiar es morir y el que no ama, esta muerto en
vida.
Te deseo lo mejor: que vayas por la vida haciendo el bien a
todos, que nunca hagas daño a nadie y que seas feliz con la
alegría de Dios en tu corazón, amando sin condiciones a todos los
que te rodean.
SEGUNDA PARTE
EVANGELIZACIÓN
En esta segunda parte, vamos a tratar el caso especialmente
extraordinario de evangelización en las tribus de América del
Norte por la Madre María de Jesús de Ágreda, que estando en su
convento de Ágreda, en España, iba en bilocación a evangelizar a
los indígenas. Antes de entrar en el tema propiamente dicho,
expondremos algunas reflexiones sobre lo que es ser cristiano y
sobre la obligación que todos tenemos de evangelizar y de colaborar
en la salvación de los demás.
SER CRISTIANO
Ser cristiano es ser de Cristo, pertenecerle a Él con cuerpo,
alma, vida y corazón, pues es nuestro Dios y nuestro Señor, que
nos ha creado y redimido para salvarnos. Lamentablemente, después
de veinte siglos de cristianismo, hay muchos millones de hombres que
no son cristianos. Por eso, tenemos nosotros la obligación de
ayudarlos a descubrir el amor de Jesús y su doctrina de salvación.
Para llegar a ser cristianos debemos bautizarnos y creer en
Cristo. Al llegar a este mundo, en el momento de la concepción, el
ser humano está a oscuras, sin la luz ni el amor de Dios. Es sólo
una criatura de Dios. Tiene lo que se llama pecado original, es
decir, que viene al mundo en estado natural. Y para ser elevado al
orden sobrenatural y llegar a ser hijo de Dios necesita ser
bautizado. De esta manera, su alma, apagada y sin brillo, se
llenará de belleza, de luz y de amor, resplandeciendo de gloria
como un verdadero hijo de Dios. Dios mismo habitará en su alma y
él será templo de Dios. Y Dios será su gozo y su felicidad,
dándole sentido a su vida y haciéndole sentir la alegría de vivir
para Él y para los demás. ¡Qué importante es el bautismo!
El bautismo nos hace una nueva criatura; un hijo adoptivo de
Dios, partícipes de la naturaleza divina, miembros de Cristo,
coherederos con Él y templos del Espíritu Santo (Cat 1265). El
bautismo imprime en el cristiano un sello espiritual indeleble
(carácter) de su pertenencia a Cristo (Cat 1272). Este sello
indeleble es como una marca, que manifiesta a todo el mundo: Este
hombre pertenece a Jesucristo. Y esto lo ven muy bien los demonios,
ya que cuando uno asiste a sectas satánicas, lo primero que le
exigen es renunciar a su bautismo para después bautizarse en nombre
de Satanás, poniéndole un nuevo nombre.
El bautismo es necesario para la salvación, pero hay tres clases
de bautismo. El bautismo de agua que es sacramento y es el único
que imprime carácter. El bautismo de sangre para los que mueren por
Cristo, como los santos inocentes; y el bautismo de deseo, que
reciben los que, al llegar al uso de razón, siguen la voz de su
conciencia, haciendo el bien y evitando el mal. En este caso, al
seguir la voluntad de Dios, Dios los acepta como hijos y los llena
de su amor. Son como cristianos anónimos, aunque no están
plenamente unidos a Cristo ni a su Iglesia, pero se salvan; pues, si
hubieran sabido que Cristo es Dios y en Él está la salvación, lo
hubieran amado y lo hubieran seguido.
Quienes, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia,
buscan, no obstante, a Dios con un corazón sincero y se esfuerzan
bajo el influjo de la gracia en cumplir con obras su voluntad,
pueden conseguir la salvación eterna (Concilio Vaticano II, Lumen
gentium, n. 16).
Sobre los niños muertos sin bautismo, he escrito un libro
titulado El destino de los niños muertos sin bautismo, donde
manifiesto la opinión, pues sobre esto no hay nada definido por la
Iglesia, que muchos de estos niños pueden ir directamente al cielo
en virtud de la fe de sus padres y de su deseo de que hubieran sido
bautizados; pero los demás, especialmente abortados, de quienes
nadie se acuerda, pueden permanecer durante un tiempo más o menos
largo en un estado de limbo, de sola felicidad natural, hasta que en
virtud de la fe y de la oración de la Iglesia, puedan ser salvados.
Para ellos, recomiendo mandar celebrar una misa o bautizarlos
espiritualmente, poniéndoles un nombre. Así lo manifiestan algunos
santos como la beata Ana Catalina Emmerick y la gran mística
austriaca María Simma.
En conclusión, ser cristiano es una gracia inmensa que debemos
valorar para vivir como tales y desear esta gracia para todos los
hombres.
EVANGELIZAR
Para que todos los hombres lleguen a ser cristianos y se cumpla
así la voluntad de Dios, es preciso que todos los cristianos sean
misioneros y sientan la necesidad de evangelizar, aunque sólo sea a
través de sus oraciones y sufrimientos, ofrecidos generosamente al
Señor. Recordemos que la Iglesia ha nombrado patrona de las
misiones a santa Teresita del niño Jesús, una religiosa
contemplativa, que sin salir de su convento, salvó tantas almas que
la Iglesia la ha nombrado patrona de las Misiones.
Dios nos urge a predicar, empezando por los que están cerca de
nosotros. En el mundo actual hay muchísimos que se dicen cristianos
por estar bautizados, pero no son practicantes, y apenas son
creyentes; a ellos también hay que evangelizar y ayudar para que
vivan plenamente su fe. Sin embargo, no olvidemos que hay millones
de hombres que ni siquiera son bautizados y no creen en el mensaje
de Jesús. A ellos hay que evangelizar como Cristo nos pide:
Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc
16, 15). Cristo no me envió a bautizar sino a evangelizar (1 Co 1,
17). Si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, sino que se me
impone como necesidad. ¡Ay de mí si no evangelizara! (1 Co 9, 16).
¿Cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán si nadie
les predica? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? (Rom 10, 14).
Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno
conocimiento de la verdad (1 Tim 2, 4). No te avergüences jamás de
dar testimonio de Nuestro Señor, antes bien lleva con fortaleza los
trabajos por la causa del Evangelio (2 Tim 1, 7-8). Predica la
palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, vitupera, exhorta
con toda longanimidad y doctrina (2 Tim 4, 1).
Creo que son suficientes estos textos para entender el mandato de
Jesús. Pero no sólo debemos evangelizar individualmente, sino
también en grupo, en familia, y dar testimonio de nuestra fe sin
avergonzarnos de ella. Dice Jesús: el que se avergüence de mí y
de mis palabras, yo también me avergonzaré de él delante de mi
Padre celestial (Mt 10, 33).
Los bautizados están obligados a confesar delante de los hombres
la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia, y de
participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de
Dios (Cat 1270). Dios quiere la salvación de todos por el
conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad.
Los que obedecen a la moción del Espíritu de la verdad, están ya
en el camino de la salvación, pero la Iglesia, a quien esta verdad
le ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para
ofrecérsela. Porque cree en el designio universal de salvación, la
Iglesia debe ser misionera (Cat 851).
Todos los hijos de la Iglesia han de tener viva conciencia de su
responsabilidad para con el mundo, fomentar en sí mismos el
espíritu verdaderamente católico y consagrar sus energías a la
obra de la evangelización. Sepan todos, sin embargo, que la primera
y principal obligación en pro de la difusión de la fe es vivir
profundamente la vida cristiana. Pues su fervor en el servicio de
Dios y su caridad para con los demás aportarán nuevo aliento
espiritual a toda la Iglesia, la cual aparecerá como el estandarte
levantado entre las naciones, luz del mundo y sal de la tierra
(Vaticano II, Ad gentes n. 36).
En esta tarea de evangelización es importante usar los medios
modernos de comunicación social como el internet, la televisión,
la radio... (Decreto Intermirifica n. 3). En resumen, todos debemos
ser misioneros y predicadores de la Palabra de Dios, compartiendo
nuestra fe con los demás, porque como dijo Jesús: La mies es mucha
y los obreros pocos. Rogad al dueño de la mies, que envíe obreros
a su mies (Mt 9, 37-38).
LA SALVACIÓN DE LAS ALMAS
El único asunto importante de nuestra vida es la salvación de
nuestra alma. Ya Jesús nos advirtió: ¿De qué sirve ganar el
mundo entero, si perdemos el alma? (Mt 16, 26). Por salvarnos, Él
se dejó insultar y pegar, y entregó su vida. Y desde la cruz sigue
diciéndonos: Tengo sed. Tengo sed de la salvación de las almas,
pues hay muchas que van por el camino de la perdición eterna. No
debemos olvidar que existe el infierno, que es, como dice el
Catecismo: Un estado de autoexclusión definitiva de la comunión
con Dios y con los bienaventurados (Cat 1033). El infierno es
pasarse toda la eternidad con un corazón lleno de odio y de
violencia en compañía de los demonios. El infierno es terrible, es
un estado personal de rechazo de Dios y de su amor, queriendo vivir
eternamente sin Dios. Pero, sin Dios y sin amor, nadie puede ser
feliz.
¡Qué terrible es pensar que hay millones de hombres que no
creen en Dios y lo rechazan en su vida y en sus acciones; hombres
que matan sin compasión y que sólo piensan en los placeres y cosas
materiales! Incluso no faltan quienes prefieren adorar a Satanás
que a Dios. ¡Y Jesús ha muerto por todos y sigue esperándolos
hasta el último momento, dándoles la oportunidad de convertirse!
¿Qué hacemos nosotros para ayudar a Jesús en esta tarea?
Los santos son los que más intensamente han vivido este deseo de
la salvación de las almas y se han ofrecido a Dios como víctimas
para sufrir todo lo que les envíe para conseguir la salvación de
los pecadores. Decía santa Catalina de Siena: ¿Cómo podré yo
descansar mientras haya un alma creada a tu imagen, Señor, que
esté expuesta a perderse? ¿No valdría más que todos se salvasen
y que me condenase yo sola con tal de seguir amándote?
Santa Teresa de Jesús dice: Acertó a venirme a ver un fraile
franciscano llamado fray Alonso Maldonado, harto siervo de Dios, y
con los mismos deseos del bien de las almas que yo y podíalos poner
por obra, por lo que le tuve yo harta envidia. Venía de las Indias
y me comenzó a contar de los muchos millones de almas que allí se
perdían por falta de doctrina e hízonos un sermón y plática
animando a la penitencia. Yo quedé tan lastimada de la perdición
de tantas almas que no cabía en mí. Me fui a una ermita y con
hartas lágrimas clamaba a Nuestro Señor, suplicándole diese medio
cómo yo pudiese hacer algo para ganar algún alma para su servicio,
pues tantas llevaba el demonio; y que pudiese algo mi oración.
Tenía gran envidia a los que podían por amor de nuestro Señor
emplearse en esto, aunque pasasen mil muertes; y así me acaece que,
cuando en las vidas de los santos leemos que convirtieron almas,
mucha más devoción me hace y más ternura y más envidia que todos
los martirios que padecen.
Y sigue diciendo: Estando un día en oración, me hallé sin
saber cómo en un punto que me parecía estar metida en el infierno.
Esto fue en brevísimo espacio, mas aunque viviese muchos años, me
parece imposible olvidárseme... Sentí un fuego en el alma que yo
no puedo entender cómo poder decir de la manera que es. Los dolores
corporales tan insoportables, que con haberlos pasado en esta vida
gravísimos y según dicen los médicos los mayores que se pueden
acá pasar, no hay nada en comparación de los que allí sentí y
ver que habían de ser sin fin y sin jamás cesar... No quiso el
Señor entonces viese más de todo el infierno; después he visto
otra visión de cosas espantosas... El quemarse de acá es muy poco
en comparación de este fuego de allá. Yo quedé tan espantada, y
aun lo estoy ahora escribiéndolo después de casi seis años, que
me parece que el calor natural me falta de temor, aquí donde
estoy... Me da grandísima pena las muchas almas que se condenan...,
y me parece cierto a mí que por librar una sola de tan gravísimos
tormentos, pasaría yo muchas muertes de muy buena gana.
La beata Ana Catalina Emmerick decía:
Señor, yo deseo que en esta vida hagáis y deshagáis de mí,
queméis, corrijáis, afligiéndome y matándome, con tal que yo no
me condene ni tampoco ninguno de mis prójimos. Señor, que ninguno
sea condenado..., que me pongáis en la puerta del infierno y que
esté yo allí padeciendo atravesada, para que ninguno pase ni entre
en aquellas penas. Padézcalas yo todas y no se condene ninguna
criatura de vuestras manos, ni entren más en aquellas cavernas. Yo
estaré padeciendo toda la eternidad el fuego y las penas... Mas os
pido, Señor, que nadie se condene, pues son almas hechuras vuestras
que os costaron mucho. Y, si para que no entre ninguno en el
infierno es menester que yo esté hasta el día del juicio
atravesada en la puerta del infierno mismo, no lo rehusaré... Me
ofrezco, aunque sea a morir mil muertes y aun padecer las penas del
infierno, para que una sola alma se salve con tal que sea no
perdiendo a Dios. Clamar, orar y pedir, yo lo haré, suponiendo mi
pobreza y llevando delante los méritos de Cristo nuestro Redentor.
Dice santa Faustina Kowalska: Bajo la guía de un ángel, he
estado en los abismos del infierno. Es un lugar de grandes tormentos
en toda su extensión espantosamente grande... Habría muerto a la
vista de aquellas horribles torturas, si no me hubiera sostenido lo
omnipotencia de Dios. El pecador sepa que con el sentido con el que
peca, será torturado por toda la eternidad. Escribo esto por orden
de Dios para que ningún alma se justifique diciendo que el infierno
no existe, o que ninguno ha estado nunca y ninguno sabe cómo sea.
Yo, Sor Faustina, por orden de Dios estuve en los abismos del
infierno con el fin de relatarlo a las almas y atestiguar que el
infierno existe...
La mayor parte de las almas que allí están son almas que no
creían que el infierno existía. Cuando volví en mí, no lograba
reponerme del espanto al pensar que unas almas allí sufren tan
terriblemente; por eso, ruego con el mayor fervor por la conversión
de los pecadores e invoco incesantemente la misericordia de Dios
para ellos. Oh Jesús mío, prefiero agonizar hasta el fin del mundo
en las más grandes torturas antes que ofenderte con el más
pequeño pecado.
La Venerable Sor Josefa Menéndez era llevada frecuentemente al
infierno con permiso de Dios para poder sufrir por tantas almas que
estaban en camino de condenación. Dice ella:
Yo no puedo decir lo que se oye: toda clase de blasfemias y de
palabras impuras y terribles. Unos maldicen su cuerpo, otros
maldicen a su padre o madre, otros se reprochan a sí mismos el no
haber aprovechado tal ocasión o tal luz para abandonar el pecado.
En fin, es una confusión tremenda de gritos de rabia y
desesperación... En frente de mí y cerca, tenía almas que me
maldecían y blasfemaban. Es lo que más me hizo sufrir, pero lo que
no tiene comparación con ningún tormento es la angustia que siente
el alma, viéndose apartada de Dios... Me pareció que pasé muchos
años en este infierno, aunque sólo fueron seis o siete horas...
No puedo decir lo que sintió mi alma, cuando me di cuenta de que
estaba viva y que todavía podía amar a Dios. Pero para poder
librar un alma de este infierno, yo no sé a lo que estoy dispuesta.
Veo con mucha claridad que todo lo del mundo no es nada en
comparación del dolor del alma que no puede amar, porque allí no
se respira más que odio y deseo de la perdición de las almas.
En las apariciones de Fátima, Nuestra Madre la Virgen les hizo
ver a los niños el infierno. Dice Lucía: Nuestra Señora nos
mostró un gran mar de fuego que parecía estar debajo de la tierra.
Sumergidos en este fuego los demonios y las almas como si fuesen
brasas transparentes y negras o bronceadas con forma humana que
fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas que de las mismas
salían juntamente con nubes de humo cayendo hacia todos los lados,
semejantes al caer de las pavesas en los grandes incendios, sin peso
ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación que
horrorizaban y hacían estremecer de pavor. Los demonios se
distinguían por las formas horribles y asquerosas de animales
espantosos y desconocidos, también transparentes y negros...
Nuestra Señora nos dijo con bondad y tristeza: Habéis visto el
infierno donde van las almas de los pobres pecadores. Para
salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi
Inmaculado Corazón.
En la primera aparición del ángel de Portugal, él les dijo a
los tres pastorcitos: Ofreced sacrificios en acto de reparación por
los pecados con que Dios es ofendido y suplicando por la conversión
de los pecadores...
En la tercera aparición, el ángel les enseñó la oración:
Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro
profundamente y te ofrezco el preciosísimo cuerpo, sangre, alma y
divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la
tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias
con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su
Sacratísimo Corazón y del Corazón Inmaculado de María, te pido
la conversión de los pobres pecadores. Y al darles la comunión les
dijo: Tomad y bebed el cuerpo y la sangre de Jesucristo,
horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus
crímenes y consolad a vuestro Dios.
Y les decía María en la aparición del 13 de agosto de aquel
año 1917: Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores,
porque van muchas almas al infierno, porque no hay quien se
sacrifique ni ore por ellas.
¿Qué quiere decir todo esto? Que Dios nos necesita en la gran
tarea de la salvación de nuestros hermanos. ¿Estás dispuesto a
ayudarle? Dios cuenta contigo. Tú tienes la respuesta.
MADRE MARÍA DE JESÚS DE ÁGREDA
La Madre María de Jesús (1602-1665), llamada en el mundo María
Coronel y Arana, nació en la ciudad de Ágreda (Soria), en España.
Allí entró en el convento de las Madres concepcionistas a los 18
años. Llegó a ser Superiora del monasterio y allí vivió hasta su
muerte. Desde los primeros tiempos de su vida en el convento,
empezó a tener éxtasis y fenómenos extraordinarios. Su deseo de
salvar almas era muy intenso.
En la relación que ella misma hace al padre Pedro Manero le dice
así: Esto de que se condenasen las criaturas de Dios y mis hermanos
los prójimos, desde muy pequeña me ha dividido de dolor el alma; y
lo que me ha pasado acerca de esto no es posible ponderarlo. Y en
este tiempo me sucedió que el Señor me prevenía algunas veces que
quería trabajase por las criaturas y el bien de las almas; y las
grandes enfermedades y dolores que tenía me ordenaba su Majestad se
lo ofreciese por una causa de su agrado y por la conversión de
algunas almas.
Paréceme que un día, después de haber recibido a nuestro
Señor, me mostró su Majestad todo el mundo y conocí la variedad
de cosas criadas; cuán admirable es el Señor en la universalidad
de la tierra; mostrábame con mucha claridad la multitud de las
criaturas y almas que había y entre ellas cuán pocas que
profesasen lo puro de la fe y que entrasen por la puerta del
bautismo a ser hijos de la santa Iglesia. Dividíase el corazón de
ver que la copiosa redención no cayese sino sobre tan pocos.
Conocía cumplido lo del Evangelio que son muchos los llamados y
pocos los escogidos. A todos crió el Altísimo para que le
conociesen, sirviesen y amasen y son muy pocos los que profesan la
fe conforme los muchos gentiles, idólatras, moros y herejes que
hay.
Para dar salida a su incontenible deseo de salvar almas, Dios le
concedió el don bilocación. Así pudo convertir a un moro de
Pamplona, un musulmán encarcelado, a quien fue a catequizar en
bilocación y consiguió su conversión, siendo bautizado en su
misma ciudad de Ágreda el 28 de noviembre de 1626, como consta en
el libro de bautismos de la parroquia de Ágreda. Veamos los hechos.
Había un musulmán encarcelado en el castillo de Pamplona y
debían llevarlo a Madrid. Un caballero que residía en Ágreda con
el cargo de gobernador de armas, antes de cumplir este encargo, les
habló a las religiosas de este musulmán, tratándolo de perro por
haber huido de la justicia. Sor María, que escuchaba estas
palabras, no pudo ocultar la pena que le causaba oír tratar así a
una criatura hecha a imagen y semejanza de Dios; y pidió al
caballero que le trajese el esclavo por Ágreda antes de llevarlo a
Madrid. Llegó a Pamplona este señor y, al disponerse a conducir
con toda cautela al famoso moro, le manifiesta éste, cómo ya
estaba catequizado por una religiosa que visiblemente había estado
con él dos veces en el castillo y postrada de rodillas le había
rogado que se hiciese cristiano, instruyéndole en los misterios de
la fe, y él se había determinado a recibir el bautismo en la
parroquia de Nuestra Señora de los Milagros de la villa de Ágreda
y tomar el nombre de Francisco como la religiosa le había
prescrito.
Y lleno de gozo, el señor gobernador se presenta con el moro en
la villa. Señalan el día del bautismo y acompañado de las
personas más distinguidas de la población y de casi todos los
vecinos, entra el moro en la parroquia y en ella, con edificación y
contento de los presentes, es bautizado solemnemente. Presuponiendo
que la monja que se le había aparecido y convertido a la fe había
sido Sor María de Jesús, suplicó el moro a los superiores del
monasterio se dignasen comprobar del modo más conveniente el
suceso; y, al efecto, presentes en el convento de la Concepción los
padres Juan Bautista del Campo, guardián de San Julián de esta
villa, fray Antonio Vicente y fray Juan Ruiz, vicario y procurador
de las religiosas respectivamente; el mencionado caballero, el
notario Don Lucas Pérez Planillo y varios señores y señoras que,
atraídos por la fama del prodigio allí habían acudido, pusieron
al moro junto a la puerta reglar, para que, al pasar cerca de él
tres religiosas con velo levantado, dijera cuál le había visitado
e instruido en el castillo de Pamplona.
Pasó la primera y dijo: ésta no es, aunque iba vestida como
ésta; pasó la segunda y repitió lo mismo; mas al ver a la
tercera, que era Sor María de Jesús, exclamó: ésta es, ésta es.
Pero no contentos los superiores con solo este experimento,
obligaron a pasar otra vez del mismo modo a todas las religiosas de
la Comunidad, y a medida que iban pasando, decía el moro: ésta no
es, ésta no es..., hasta que conocida la última, exclamó: ésta
es la que me ha convertido. Señores, esta es la monja que se me
apareció en Pamplona y me ha convertido. Y el notario, que había
presenciado todo, y a quien Sor María de Jesús le era bien
conocida, levantó público testimonio de lo sucedido.
Pero lo más hermoso de la vida de Sor María de Jesús fue la
capacidad que Dios le dio con el don de bilocación para ir a
tierras lejanas a evangelizar. No es el único caso, pero sí el
más sobresaliente de la historia de la Iglesia.
De la beata Sor Ana de la Ángeles y Monteagudo, religiosa de
Arequipa, Perú, se cuenta que, a veces, iba en bilocación a
visitar a los indios de las alturas de Arequipa y les explicaba la
doctrina cristiana. San Martín de Porres, según el testigo fray
Antonio José de Pastrana, estuvo por casos que se averiguaron (en
bilocación) en Bayona de Francia en un hospital que hay en dicha
ciudad, y dispuso y fundó otro en Berbería para los cristianos
cautivos y estuvo en el Japón consolando a los nuevamente
convertidos. Esto mismo afirmó en las Actas del proceso de
beatificación, el testigo fray Jacome de Acuña. Por supuesto que,
al ir a visitar estos lugares no sólo consolaba a los enfermos y
animaba a cautivos o a los recién convertidos, sino que también
les hablaba de Dios y de nuestra fe católica. Otro caso interesante
de evangelización en bilocación es el de Sor Ana de san José.
Dice en su Autobiografía:
Algunas veces, me hace nuestro Señor merced, después de haberle
recibido sacramentado, de llevarme a algunas ciudades y reinos... Y
siento que me lleva en sí mismo en espíritu y otras veces siento
que me lleva el corazón; y cuando me lleva el corazón primero, me
dice acabándole de recibir: “Pídanme todos que estoy en el
corazón de Ana. Pídanme mercedes todos que aquí me dejaré rendir”.
Algunas veces, me dice: “Ahora vamos al Japón, que tengo allá
muchos amigos que trabajan en la conversión de las almas y los
debemos visitar y fortalecer...” Otras veces, me daba a entender
infinidad de cosas acerca de los errores de los indios y del fruto
que hace la presencia de nuestro Dios, las tinieblas que destierra
de aquellos ciegos y el espíritu que infunde a los que trabajan...
Otras veces, me sentía llevar sin saber de quién... Me ha sucedido
muchas veces ir por el aire como volando y, algunas veces, me hallo
entre multitud de indios de diversas naciones con la “Doctrina
cristiana” en la mano y ellos están de rodillas oyéndola...
Otras veces, después de la comunión, me sucede ser llevada y llevo
el Santísimo Sacramento en el pecho; y, entonces, veo que
muchísimos lo adoran; y también en estas ocasiones hace muy
grandes favores.
Pero veamos ahora más en concreto el caso excepcional de la
Madre María de Jesús.
SU EVANGELIZACIÓN EN AMÉRICA
La presencia de la Madre Ágreda en la evangelización de los
indios de Norteamérica es un hecho histórico, aceptado hasta por
los historiadores norteamericanos. Algunos de los cuales desean que
se le nombre patrona de Texas. Esta evangelización fue realizada
por bilocación, mientras se encontraba en su convento de Ágreda y
ocurrió entre los años 1620 y 1631, en los territorios
norteamericanos del Estado de Nuevo México y parte de los actuales
Estados de Texas, Colorado y Arizona.
Según datos confiables, los padres franciscanos, desde 1608
hasta 1616, habían bautizado unos 10.000 indios, pero en los
siguientes años, por efecto de la evangelización de la Madre
María de Jesús, entre otros factores, y también por el aumento de
los misioneros, las conversiones llegaron a 500.000. Una cosecha
extraordinaria, sobre todo, si consideramos las extensas distancias
y la oposición de muchos indios rebeldes.
En 1622 salió una misión de 26 franciscanos dirigidos por el
padre Alonso de Benavides para evangelizar los territorios de Nuevo
México. Allí estaban las tribus de los apaches, navajos, comanches
y otros muchos que, anteriormente, habían matado a algunos
religiosos y eran considerados salvajes y sanguinarios con los
blancos; pero los religiosos se dieron con la grata sorpresa de que
venían a suplicarles que fueran a sus tierras para administrarles
el bautismo y los demás sacramentos. Ellos hablaban de La Dama azul
(haciendo alusión a su capa azul), que los había preparado y
evangelizado. Los padres Juan de Salas y Diego López los
acompañaron a sus tierras y fueron reconocidos por los paganos como
hombres enviados por Dios. Ellos llegaron a bautizar en un solo día
hasta 10.000.
El padre Alonso de Benavides, ante estos milagrosos sucesos,
decidió viajar a España desde México para informar a sus
Superiores de las cosas tan notorias y particulares, como él dice,
que estaban sucediendo en la Misión. Llegó a España el 1 de
agosto de 1630 y, antes de conocer a la Madre Ágreda, escribió un
Memorial de los hechos, que se imprimió en Madrid ese mismo año y
que entregó al rey Felipe IV y al Consejo de Indias y al General de
su Orden, padre Bernardino de Siena.
En este primer Memorial del padre Benavides del año 1630, se
dice:
El Padre Juan de Salas, hablando a aquella multitud (de diez mil
hombres o más) los interrogó si querían el bautismo. Respondieron
por todos los capitanes que para esto habían venido allí y para
esto habían llamado a los padres. El padre dijo: Quisiera que todos
y cada uno dé una señal cierta y que cada uno, desde su puesto,
levante el brazo para manifestar su deseo del bautismo. Todos
alzaron los brazos y con gran clamor exclamaron que querían ser
bautizados. Lo que más conmovió a nuestros padres fue que las
madres, que tenían los niños al pecho, alzaban sus bracitos en
alto...
Los dos padres, Juan de Salas y Diego López, permanecieron junto
a ellos algunos días, predicando la palabra de Dios y las cosas
necesarias que debían creer, y enseñándoles las oraciones
cristianas, mientras la multitud los escuchaba con suma avidez.
Mientras tanto, llegaron embajadores de los otros pueblos vecinos:
Yapis, xabatoas, quiviras y aixaos insistiendo que también fueran a
sus pueblos y diciendo que también entre ellos se aparecía y
predicaba la llamada Sierva de Dios... Antes de despedirse los dos
padres les recomendaron que cada día se acercasen a la cruz y
recitaran devotamente las oraciones aprendidas. Entonces, el jefe
supremo de los indios dijo: “Padre, hasta ahora nosotros somos
como ciervos y animales salvajes, pero vosotros tenéis mucho poder
ante Dios. Hay entre nosotros muchos enfermos, curadlos antes de
vuestra partida”. Había muchos enfermos y, desde las tres de la
tarde, por toda la noche, hasta las diez del día siguiente,
llevaron continuamente ciegos, cojos, paralíticos. Y los padres,
estando de pie, uno de una parte y el otro de otra, con la señal de
la cruz y leyendo el Evangelio “Loquente Jesu” (Marcos 16) y la
oración “Concede nos”, quedaban curados instantáneamente.
Bendito sea Dios que, por medio de sus pobres siervos, ha obrado
tantos milagros. Los padres estaban atónitos. Y tanta devoción
tomó aquel pueblo hacia la santa cruz que, desde entonces, cada uno
de ellos la colocaba encima de su tienda o cabaña y la tenía
consigo todo el tiempo.
El padre Benavides fue a visitar a la Madre Ágreda con
autorización del Padre General para que la Madre pudiera decir por
obediencia toda la verdad. Escribió su segundo Memorial sobre los
sucesos de América en mayo de 1631, después de haber hablado
varias veces con ella. En este Memorial, incluía una carta, fechada
el 15 de mayo de 1631, escrita por la misma Madre Ágreda, donde
confirma lo dicho por el padre Benavides en este segundo Memorial.
Veamos lo que nos dice el padre Alonso de Benavides:
Escribo aquí parte de las maravillas que la divina Majestad ha
obrado y va obrando en las conversiones del Nuevo México por
ministerio e instrucción de la dichosa Madre María de Jesús,
abadesa de su convento de la Concepción descalza de nuestro
seráfico Padre san Francisco, en protección y gobierno de la santa
provincia de Burgos en la villa de Ágreda. Las cuales maravillas la
misma Madre María de Jesús me manifestó y dijo a solas en el
confesionario a mí, fray Alonso de Benavides, de la Orden de
nuestro Padre san Francisco y por mandato de nuestro Reverendo Padre
General vine a esta villa con carta suya para la dicha Madre, en la
que se mandaba me satisfaciese a todo como lo hizo y todo es de la
suerte que yo allá lo he visto y experimentado en el Nuevo México…
Los indios xumanas habían venido a pedir que fuese a bautizarlos
el padre fray Juan de Salas; algunos años antes ya habían pedido
cada año. Preguntándoles qué motivo tenían de pedir con tanta
insistencia el bautismo dijeron que una mujer parecida a un retrato
que allí había de la Madre Luisa de Carrión, pero mas moza y
hermosa, les andaba predicando en su tierra, y les dijo que viniesen
a llamar a los padres de san Francisco para que fueran a
bautizarlos; y los reprendían de flojos y perezosos porque no
venían.
Fueron el padre fray Juan de Salas con su compañero fray Diego
López, entrambos sacerdotes y predicadores, hijos de la provincia
del santo Evangelio, y en su compañía fueron dos soldados
españoles y otros dos mozos, a los cuales salieron a recibir los
indios en su tierra con cruces altas en procesión y allí pidieron
a voces el bautismo y hasta las mujeres que tenían a sus criaturas
de pecho les alzaban los bracitos tiernos, pidiendo por ellas a
voces el bautismo…
Vinieron también allí los de la nación Sapie y los de la
Gabatoa y pidieron el mismo bautismo por haberlo enseñado así la
misma mujer, y viendo que estaban bien dispuestos los indios y que
la mies era mucha y los obreros pocos, se determinaron a volverse de
donde salieron que hay más de ciento doce leguas para llevar más
religiosos y lo necesario para fundar iglesia; y despidiéndose de
la gente, les dijeron que tuviesen siempre gran fe en aquella cruz
que allí les dejaban, que en todas sus necesidades hallarían en
ella remedio.
Los indios dijeron que antes que fuesen les curasen sus enfermos
y así los fueron trayendo luego; sería esto a las tres de la tarde
y permitió Nuestro Señor que hubiese tantos que hubo que hacer
hasta el otro día a las 10 y con sólo hacer los religiosos la
señal de la cruz sobre el enfermo y decir el Evangelio de san Lucas
y la oración de nuestra Señora “Concédenos” y la de Nuestro
Padre san Francisco, quedaban sanos de todas sus enfermedades.
Cuando los religiosos querían partir, despidiéndose de las
sobredichas naciones, llegaron también allí los embajadores del
reino de Quivira que dista de allí seis o siete jornadas al Oriente
y dijeron que de parte de los suyos venían también a llamar a los
religiosos, porque también la mujer que allí andaba enseñándoles
la fe, andaba en su reino de Quivira, haciendo lo mismo; y como los
religiosos estaban ya de partida, respondieron a los embajadores que
a la vuelta acudirían de buena gana a darles el bautismo, porque
traerían más religiosos para todos, con lo cual los embajadores
quedaron contentos y algunos de ellos desde allí se volvieron a su
tierra de Quivira para avisar de lo que pasaba, y los otros se
vinieron con los dichos dos religiosos a donde estábamos para
volver con ellos y guiarlos a sus tierras. Yo los vi y dejé a un
muchacho en el Nuevo México para que aprendiese la lengua
española.
Habiendo, pues, sucedido esto y por otras partes grandiosas
conversiones como tengo dicho de más de quinientas mil almas, a
donde pocos años antes todo era idolatría y todos ahora adoran al
Señor y Criador universal…
Cuando comenzamos a tratar (con la Madre María de Jesús) de las
conversiones de Nuevo México, le pregunté si había sido ella la
que andaba por allá, predicando nuestra santa fe católica entre
aquellas bárbaras naciones. Me dijo que sí, que Nuestro Señor
había sido servido de enviarla allá por ministerio de sus ángeles
y que es verdad que envió a los indios xumanas para encontrarse con
los religiosos en el camino. Y que ella enseñó y dispuso a los
demás indios cómo habían de salir con cruces altas y recibir a
los religiosos y asistió con ellos al recibimiento y a sus
predicaciones y a los milagros que hicieron, y dio las señales
verdaderas de los religiosos en la forma que yo los conozco,
diciendo que eran blancos y de rostros colorados como en efecto lo
son los dichos padres, y también dio señas del capitán de los
indios que era tuerto, aunque no le faltaba el ojo.
Todo esto es así y me lo dijo el mismo padre fray Juan de Salas
y estas cosas no hay quien las sepa; y la Madre María de Jesús me
las dijo como ellas pasan por allá, y que aquella gente toda andaba
vestida de pellejos de animales con pelo y que es gente bien
inclinada y dócil; y que los indios pintaban mantas y las hilaban
para dar a las mujeres y que ellos también las vestían, no al modo
que se visten los españoles, sino rodeando aquellas mantas al
cuerpo y que en las caras solían traer unas rayas y que los indios
solían traer el cabello compuesto y cortado a su modo, y unas
conchas en la cabeza para gala; y preguntándole yo si estaba cierta
de estas cosas, me respondió:
- Sí, Padre, me acuerdo muy bien y aun he tenido por ello
también mis reprensioncitas, porque estando yo mirando a un indio
cómo estaba vestido y la cabeza y cabellos de aquel modo, me
reprendió uno de mis ángeles, porque son más de dos los de mi
guarda y custodia, y me dijo que no me divirtiese en aquello. Dijo
haber sido ella propiamente la que envió desde el reino de Quivira
aquellos embajadores a los religiosos para que fuesen a predicarles
y que, por aquella parte a donde salieron aquellos embajadores, es
lo último del reino de Quivira, el cual estaba al Oriente de allí;
y que la gente de este reino, es muy dócil y mucha, y el reino muy
grande y que está al Oriente del Nuevo México, donde dice que ha
estado muchas veces; unas, presencialmente; otras, sus ángeles en
su lugar y forma, predicando nuestra santa fe católica, y todo esto
lo hemos sabido allá de los mismos indios que la han visto
personalmente, porque nosotros no lo hemos merecido, aunque ella sí
nos ha visto a todos…
Le pregunté si había visto aquel río grande donde el padre
Ortega llegó, cuando pasó aquellas señales en los caminos, y me
dijo que sí lo había visto y que era verdad que pasaba de donde se
pone el sol a donde nace, hasta salir a la mar, y se holgó de que
el padre Ortega se puso nombre “de San Francisco”; y que por
aquella parte estaba el reino de Quivira y mucho más adelante el
reino de Siclar, que es mayor que el reino de Quivira y de gente
negra y muy feroz y muy belicosa; y que a este reino, a su parecer,
milagrosamente aportaron dos religiosos de nuestro padre san
Francisco, viejos, que ya son muertos o los martirizaron, y que le
parece no eran españoles sino de otra nación y que bautizaron
allí mucha gente.
Le pregunté si había estado en los pueblos de Nuevo México ya
cristianos, donde estamos los religiosos de un lado y otro del río
del Norte, y dijo que sí y que había asistido con nosotros algunas
veces a los bautismos, y me dio las señales de algunos religiosos,
en particular del padre fray Cristóbal de Quiroz, mediano de
cuerpo, algo flaco, carilargo y colorado y, aunque es ya de edad,
tiene pocas canas y es todo así como lo dice la Madre. Este
religioso estaba una vez bautizando y mucha gente estaba entrando en
la iglesia y la Madre con sus propias manos los iba desviando,
haciendo entrar y acomodar en la iglesia, y los indios, cuando no
veían quién lo hacía, se reían. Dice que se acuerda muy bien de
haberme visto y asistir conmigo en el bautismo y, antes que me
viese, me dijo todas las señales como que era alto de cuerpo y
pocas canas en la cabeza y otras cosas, y esto me lo dijo en el
confesionario, donde no podía verme ni me había visto antes por
acá…
Me dijo que en el reino de Tidar hay todavía muchos cristianos
bautizados y que no hay vivo ya ningún religioso, que quizás los
han martirizado los indios infieles y que allí la mies y la viña
del Señor es grandísima, porque es infinita la gente. Este reino
de Tidar es el que hace la guerra al reino de Quivira y se la hacía
cuando los Quiviras vinieron a pedir socorro a los españoles del
Nuevo México, siendo gobernador Don Pedro de Peralta.
Todas estas cosas que aquí refiero me dijo nuestra Madre María
de Jesús, desde el jueves primero de mayo hasta el jueves ocho, las
cuales cosas nadie las ha oído en España y son de Nuevo México;
sin revelación milagrosa, no pudo saberlas ni yo hasta ahora me
había acordado de decirlas, y dice que ha estado allá muchas veces
personalmente por ministerio de sus ángeles, y otras los mismos
ángeles representaban allá su persona y que hará mes y medio que
estuvo allá la postrera vez… Y dijo que una vez un indio la
había asido de un escapulario y se lo quería quitar por devoción,
y ella le dijo que no se lo podía dar porque no podía andar sin
él y que le dio un rosario; y a otros muchos les dio rosarios,
cruces e imágenes que les había llevado de acá…
Estas son las cosas que he merecido oír de nuestra Madre María
de Jesús y por ser tales y tan considerables y de tanto aprecio,
aunque las escribo con toda verdad y puntualidad, y haber entendido
con cuidado lo que oía tanto para mi consuelo como por haberlo
mandado nuestro Reverendísimo Padre General… Doy fe y testimonio.
Fray Alonso de Benavides.
La Madre Ágreda escribió una carta para confirmar lo escrito
por el padre Benavides y en ella dice:
Obedeciendo lo que me mandan su Reverendísima, Nuestro Padre
General, nuestro padre fray Sebastián de Marcilla, maestro
Provincial de esta Provincia de Burgos y nuestro padre fray
Francisco Andrés de la Torre, que es quien gobierna y rige mi alma;
a Vuestra Paternidad, mi padre custodio de Nuevo México (padre
Benavides), digo que todo lo que contienen estos cuadernos y hojas
retro escritas es lo que yo he dicho y referido estos días que he
hablado con Vuestra Paternidad de lo que por la misericordia del
Altísimo y de sus ocultos juicios ha obrado con mi pobre alma, para
manifestar la fuerza de su brazo poderoso y para que los vivientes
conozcan que toda dádiva se deriva del Padre de los hombres que
habita en las alturas…
Y así digo lo que he sucedido en las provincias y reinos de
Nuevo México, de Quivira, Yumanas y otras naciones, aunque no
fueron estos dos reinos los primeros a donde fui llevada por la
voluntad y poder del Señor y por mano y asistencia de sus santos
ángeles. Allí me sucedió, vi e hice todo lo que a Vuestra
Paternidad he dicho y otras muchas cosas que por ser tantas me es
imposible referirlas para instruir y alumbrar en la santa fe
católica a todas aquellas naciones.
Los primeros reinos adonde fui, creo están al Oriente y se ha de
caminar hacia Oriente para ir a ellos desde el reino de Quivira. Yo
llamo a estos reinos respecto de nuestros términos de hablar: Tidar
y a otro Chillescas y Caburcos, los cuales no están descubiertos y
para ir a ellos me parece ha de haber grandes dificultades por los
muchos reinos y naciones que hay antes de llegar a ellos, de gente
muy belicosa, los cuales no dejan pasar a los indios cristianos de
Nuevo México, porque recelan de ellos… El demonio los tiene
engañados, haciéndoles entender y creer que han de estar sujetos y
esclavos siendo cristianos… Descubriendo estas provincias, se
podría hacer grande obra en la viña del Señor, porque hay gran
multitud de gente que no conoce a nuestro verdadero Dios y Señor.
Los sucesos que he dicho y comunicado, me han sucedido desde el año
1620 hasta este presente de 1631. El reino de Quivira y Yumanas
fueron los últimos a que fui llevada, que son los que Vuestra
Paternidad dice ha descubierto por su buena inteligencia y las
personas mismas de aquellos santos padres, a quienes ruego y
amonesto de parte del Señor, que trabajen en obra tan dichosa
alabando al Altísimo por su buena suerte y dicha que es muy grande,
pues su Majestad los hace tesoreros y distribuidores de su
preciosísima sangre y les ha puesto en sus manos el precio de ella,
que son las almas de tantos indios que, por falta de luz y de quien
se la administre, andan en tinieblas y ceguedad, y carecen de lo
más santo y deseable de la ley más inmaculada y pura, suave,
deleitable y dulce, y del bien y gloria eterna.
Mucho deben alentarse estos dichosos padres en esta gran heredad
del Señor, porque la mies es mucha y los obreros pocos, para dar la
mayor gloria y agrado al Altísimo, y usar y merecer la más
perfecta y grande caridad que puede haber con estas criaturas y
hechuras del Señor, criadas a su imagen y semejanza con alma
racional para conocerle y alabarle. No permitan, padres y señores
míos, que los deseos del Señor y su voluntad santa se frustren y
malogren, pues dice su Alteza que tiene regalos y delicias con los
hijos de los hombres y, pues a estos indios los hizo su Majestad
idóneos y capaces para servirle y amarle y reverenciarle, no es
justo que carezcan de lo que los demás fieles cristianos gozamos.
Alégrense en el Señor, doctores y padres míos, pues Dios les ha
dado la oportunidad, ocasión y suerte de los santos apóstoles. No
la pierdan por rehusar el trabajo.
Padres carísimos, merezca mi buena voluntad y deseo que me hagan
partícipe de alguna de las menores obras y trabajos que ustedes
hacen y padecen en esas conversiones, que la estimaré más que todo
cuanto por mí obrare en toda mi vida, porque juzgo delante del
Señor que las obras de las conversiones de las almas son las obras
de más valor, estima y agrado. Y esto mismo lo he oído de sus
santos ángeles, que me han dicho que les tenían envidia de que el
Señor les favoreciese en poder convertir almas. Me aseguraban que
las oraciones y obras que Dios recibe con mayor agrado eran las que
se obran en la conversión de los indios infieles. Y me dio por
razón el santo ángel que la sangre del Cordero era suficiente para
todas las almas y que padeció por una lo que por todas y que lo que
el Señor más sentía era que un alma se perdiera por falta de la
luz de la fe.
Y digo ser verdad todo lo que queda dicho de mi letra y de la del
padre custodio de Nuevo México, y por mandármelo la obediencia lo
firmo de mi nombre y suplico a todos nuestros reverendos padres, que
aquí he nombrado, se sirvan por el Señor mismo, a quien servimos y
por quien sólo manifiesto estos secretos, que se oculten y guarden
en custodia, pues lo pide el caso sin que lo vea criatura alguna.
Dado en esta casa de la Purísima Concepción de la villa de Ágreda
a 15 de mayo de 1631, Sor María de Jesús.
En la causa formada en la Audiencia del Santo Oficio de la
Inquisición de Logroño a la Madre María de Jesús de Ágreda, del
19 de mayo de 1635, el testigo fray Francisco Andrés de la Torre
dijo que: Del año veinte al veintitrés, en que entró en el oficio
de Provincial, tuvo noticia de los padres fray Juan y fray Antonio,
provinciales anteriores, que la dicha María de Jesús, estando
arrobada y otras veces sin estarlo, era llevada por manos de
ángeles a unos reinos de idólatras en las Indias y que allá
instruía a los indios en la fe del verdadero Dios y les daba
noticia del bautismo y de la Iglesia católica.
Les enseñaba cómo y a dónde habían de ir a buscar a los
sacerdotes y ministros católicos para que los bautizasen; y
después del año veintitrés hasta el veinte y cinco, que la trató
este testigo como su Prelado, la examinó secretamente acerca de
estas cosas y ella declaró cómo era verdad lo que a este testigo
le había dicho y preguntado, que había sido llevada a dichos
reinos muy frecuentemente los años precedentes por mano de los
ángeles, y que solía ser cada día y, algunos días dos veces,
conforme a la necesidad que ella juzgaba o conocía…
Y durante el tiempo que la dicha María de Jesús era llevada al
dicho reino de las Indias, nunca se echaba de menos en el convento,
en particular cuando era Prelada, porque mientras allá se detenía,
suplía por ella y en su figura un ángel, que hacía y ordenaba lo
que ella había de hacer y, después, cuando ella venía, de
ordinario le advertía lo que en su nombre y por ella había hecho
para que no lo olvidase ni hiciera otra vez, y no se echase de ver
su ausencia ni quién la suplía; y, en particular, para prueba de
lo dicho, este testigo se acuerda de que en tres diferentes
ocasiones, estando hablando a su parecer con ella, se interrumpió
la conversación en un breve tiempo, menos de media Avemaría.
Y conoció que llegaba entonces a la parte que este testigo
estaba (que era en el confesionario, donde estaba también por la
parte de adentro la que este testigo juraba que era la misma María
de Jesús) y conoció la mudanza que había de sujetos, percibiendo
alguna diferencia en el modo de hablar o en el tono y mayor
diferencia en la materia de la conversación, porque habiendo estado
hablando casi una hora con la que entendía que era María de
Jesús, ella comenzó a saludarle como quien de nuevo llegaba allí;
admirándose este testigo, le preguntó con mandato de obediencia
dijese qué novedad era comenzarle a saludar entonces al cabo de tan
gran rato que estaba con ella, y ella respondió que en aquel punto
llegaba y que hasta entonces había estado en su lugar su ángel y
que así ella ignoraba lo que hasta entonces habían hablado, y
replicando este testigo cómo no le había dado cuenta el ángel,
como en otras ocasiones, de lo que en nombre de ella había hablado
y dicho, le respondió que aquello era privilegio de los Prelados,
pues no se recataba el ángel de que entendiese había estado ella
ausente y él en su lugar y que, por esto, no la había avisado… Y
en otras dos ocasiones, de las tres arriba dichas, le sucedió lo
mismo o cosa semejante para conocer que en lugar de la dicha María
de Jesús se ponía su ángel; y de otra ocasión se acuerda que,
estando barriendo las monjas en Comunidad, llegó este testigo a dar
un papel a la dicha María de Jesús, que estaba barriendo con las
demás, y habiendo venido y hablado con ella un rato en el locutorio
y habiéndole dado el papel, al poco tiempo reconoció la misma
mudanza que en el caso primero.
Y la dicha María de Jesús, en medio de la conversación, dijo a
este testigo cómo su ángel le había dado entonces aquel papel y
que la había advertido añadiese una palabra que faltaba en él
para el caso en que ella había consultado; y en esta ocasión
también reconoció alguna diferencia en el hablar o en el modo de
cuando hablaba el ángel, aunque era tan poco que, si no es con
mucha advertencia, no se podía percibir. Y esto causaba tan grande
reverencia y terror que no daba lugar a preguntar por curiosidad.
También ha entendido este testigo por revelación de algunas
religiosas de dicho convento, que han tenido ellas algunos indicios
y señales en que han conocido que, en lugar de la dicha María de
Jesús, algunas veces les hablaba su ángel y les hacía pláticas y
tenía Capítulos y se hallaba con ellas en otras acciones de la
Comunidad y, en particular, lo advirtió y reconoció una vez una
religiosa llamada Sor Atilana, natural de Tarazona, quien se lo
refirió a este testigo (Firmado fray Francisco Andrés Provincial
de esta Provincia).
Hay que anotar que la Inquisición, que la interrogó en varias
ocasiones, no la condenó ni encontró en ella nada censurable.
Sobre el don de bilocación, ella respondió a los inquisidores:
Si fue ir o no real y verdaderamente con el cuerpo, no puedo yo
averiguarlo y no es mucho lo dude, pues san Pablo estaba a mejor luz
y confiesa que sí fue llevado al tercer cielo y que no sabe si fue
en el cuerpo o fuera de él; lo que puedo asegurar con toda verdad
es que el caso sucedió en hecho de verdad, y que sabiéndolo yo, no
tuvo nada del demonio… Para juzgar que iba realmente era que yo
veía los reinos distintamente y sabía sus nombres que se me
ofrecían al entendimiento distintamente, que son los que van en el
Memorial, que veía las ciudades y conocía las diferencias de las
de acá y que el temple y la calidad era diferente, más cálido y
las comidas más groseras y se alumbraban con una luz a modo de tea;
que los amonestaba y declaraba todos los artículos de la fe y los
animaba y catequizaba, y lo admitían ellos y hacían como
genuflexiones, aclamando por su bien.
El padre José Jiménez Samaniego (1621-1692), que llegó a ser
General de la Orden franciscana y conocía muy bien a la Madre
María de Jesús, escribió la relación de su vida y en ella dice:
Habíanse descubierto años antes en América las dilatadas
provincias de Nuevo México, en cuya espiritual conquista trabajaban
infatigables los hijos de san Francisco, obreros que, desde los
principios, destinó Dios con especialidad para la conversión del
Nuevo Mundo… Era custodio de aquella custodia del Nuevo México el
padre fray Alonso de Benavides, varón de mucho espíritu y celo por
la conversión de las almas. Él dispuso que fueran con los mismos
indios a su reino algunos de aquellos religiosos. Gastando en el
camino mucho tiempo y a costa de muchos trabajos por lo dilatado y
desacomodado del viaje, llegaron los religiosos a aquellas, hasta
entonces incógnitas provincias. Recibiéronlos sus moradores con
grandes demostraciones de devoción y alegría. Hallaron los
religiosos a los indios tan bien catequizados que, sin otra
instrucción, pudieron bautizarlos. Fue el rey de aquellas gentes el
primero que recibió el santo bautismo, pues instruido por la Sierva
de Dios, quiso comenzase por su persona y familia la profesión de
la fe verdadera para dar ejemplo…, y fueron innumerables los que
se bautizaron.
REFLEXIÓN FINAL
La Madre Ágreda estuvo más de quinientas veces en aquellos
territorios, según lo que ella dice, pero pudieron ser muchas veces
más. Dice que había días en que iba hasta tres o cuatro veces. En
una ocasión, les entregó a los indios unos rosarios que tenía en
su celda y que ya no vio más. En sus viajes instantáneos, dice que
la llevaba un ángel. A veces, como dice el padre Andrés de la
Torre, parece que su ángel se quedaba en Ágreda, haciendo sus
veces para que nadie pudiera darse cuenta de nada. De todos modos,
no importa cómo iba, lo importante es saber que iba realmente y que
predicó a los indios y en pocos años se convirtieron a nuestra fe
500.000 indios. Y este hecho ha quedado grabado para las
generaciones futuras como una obra sobrenatural realizada por Dios
por medio de su Sierva.
En 1699, el capitán español Juan Mateo Mange guiaba una
expedición por el río Colorado y pidió a los indígenas que
encontraba, si habían visto a otros europeos que, al mando del
capitán Juan de Oñate, habían partido antes sin encontrarlos. Los
ancianos de la tribu dijeron que, cuando eran niños (La Madre
Ágreda murió en 1665 hacía 34 años) una señora con un velo en
la cabeza y vestida de azul, se les había aparecido, mostrándoles
una cruz e invitándolos a besarla. Ellos le tiraron flechas y la
dejaron dos veces como muerta, pero la Dama no solo no moría, sino
que volvía a predicar. Y así ellos habían decidido escucharla.
De hecho, estos sucesos animaron a los misioneros de entonces y
de siglos posteriores. El doctor William H. Donahue, en 1953,
decía: Incluso hoy, al igual que antaño, hay misioneros en el gran
suroeste de los EEUU, que se ven impulsados por el caso de María de
Ágreda hacia un mayor amor por las almas de aquellos entre los
cuales están trabajando. Tal como fue vaticinado por el padre
Benavides, el caso de María de Ágreda no moriría, sino que se
extendería a los siguientes siglos como un recuerdo de las mercedes
de Dios y como un acicate para quienes se dedican a trabajar por las
almas. Así lo hicieron los grandes misioneros posteriores como los
jesuitas Francisco Kino, Marcos Antonio Kappus o el franciscano
beato Junípero Serra, fundador de San Francisco, Los Ángeles y
otras grandes ciudades norteamericanas.
En resumen, la obra de la Madre Ágreda es un ejemplo de
espíritu misionero y de celo por la salvación de las almas. Ojalá
que nuestro amor a los demás sea tan grande que amemos a todos y
podamos ir a ellos, si no en bilocación, sí con las alas de la
oración, que llega hasta los confines de la tierra. Todos debemos
ser misioneros y ofrecer nuestra oración y nuestros sacrificios y
sufrimientos por la salvación de los demás. ¿Eres ya misionero?
¿Evangelizas con el ejemplo y el testimonio de tu vida? ¿Oras por
los demás? ¿Amas a todos sin excepción?
Amar en plenitud es la meta y el ideal de tu vida cristiana.
¡Qué seas un misionero sin fronteras con tu oración y tu amor a
todos! Amén. CONCLUSIÓN
Hemos visto a lo largo del libro que el amor es la raíz y la
fuente de nuestras buenas obras, y que el sentido de nuestra vida
está en el amor. Sin amor, nadie puede hacer el bien ni ser feliz
y, por eso, necesitamos amar sin descanso, en cada momento, y sin
condiciones. El verdadero amor proviene de Dios. El amor es de Dios
(1 Jn 4, 7) y debe llevarnos a amar a los demás.
Alguien ha dicho que amar es querer el bien de los otros, buscar
siempre lo mejor para ellos y procurar siempre hacerlos felices. Por
eso, al exponer el don de bilocación de algunos santos, hemos
podido ver hasta dónde llega su capacidad de amar, incluso yendo a
lejanas tierras, estando su cuerpo físico en su convento, por
gracia de Dios.
El caso de la beata Ana Catalina Emmerick y, especialmente, el de
la Venerable Madre María de Jesús de Ágreda, son significativos
para comprender la necesidad que todos tenemos de amar al prójimo y
de preocuparnos, sobre todo, por su salvación eterna. Por eso, al
concluir este trabajo, ojalá que saquemos la conclusión de querer
amar más y de hacer el bien a todos. Debemos amar siempre y en
todas partes, y ser misioneros sin fronteras para cumplir fielmente
nuestra misión y poder decir al Señor en el momento de nuestra
muerte: Misión cumplida.
Éste es mi mejor deseo para ti. Saludos de mi ángel.
Tu hermano y amigo del Perú. P. Ángel Peña O.A.R. Parroquia
Nuestra Señora de la Caridad Pueblo Libre / Lima - Perú
BIBLIOGRAFÍA
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Zegarra Dante, Monasterio de santa Catalina de Arequipa y Ana de
Monteagudo, Ed. DESA, Lima, 1985.
Pueden leer todos los libros del autor en
www.libroscatolicos.org.