Misioneros Sin Fronteras

Libro del Padre Angel Peña O.A.R.

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MISIONEROS SIN FRONTERAS

Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú Agustino Recoleto

Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca (Perú)

ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA - PERÚ 2008 ÍNDICE GENERAL

INTRODUCCIÓN 4

PRIMERA PARTE: El amor 5 Amar 5 Orar es amar 10 Amar es ayudar 13 El don de bilocación 14 Ejemplos de bilocación mística 17 Reflexiones 45

SEGUNDA PARTE: Evangelización 47 Ser cristiano 47 Evangelizar 50 La salvación de las almas 53 Madre María de Jesús de Ágreda 61 Su evangelización en América 67 Reflexión final 87

CONCLUSIÓN 90

BIBLIOGRAFÍA 92 INTRODUCCIÓN

Este libro lo he escrito con mucho interés para dar a entender que nuestra vida sólo tiene sentido en el amor. Pero no voy a hacer un estudio filosófico o teológico del tema. Voy, simplemente, a narrar hechos de santos que, a través del don de bilocación, han tratado de hacer el bien a todos sin excepción. Los santos son las personas que más aman, porque están más cerca del Dios Amor. Por eso, todos los santos sin excepción han sido personas caritativas; y preocupadas por la salvación y la felicidad de los demás.

Como punto central del libro, trataré el tema concreto de la Madre María de Jesús de Ágreda, una religiosa contemplativa, que, desde su convento, iba en bilocación hasta las lejanas tierras de Estados Unidos para evangelizar a los indígenas. Un caso extraordinario y maravilloso en la historia de la Iglesia y en la evangelización de los pueblos.

Que Dios bendiga a quien lea este libro y le dé un deseo ferviente de hacer el bien a todos y de poder compartir su fe con tantos hermanos que están desorientados y quizás van por el camino equivocado. Que el amor sea fuerza y luz en su caminar por la vida. Que sea un verdadero misionero sin fronteras. PRIMERA PARTE

EL AMOR

En esta primera parte, vamos a reflexionar sobre la necesidad que todos tenemos de amar para poder dar sentido a nuestra vida. El amor es de Dios y proviene de Dios. Sin él, nadie puede ser feliz. Por eso, si queremos ser felices, debemos amar sin condiciones ni fronteras. Esto ha sido lo que han hecho precisamente todas las almas santas. A muchas de ellas Dios les ha concedido el don de bilocación para que puedan estar en lugares lejanos y poder así amar, ayudar y consolar a tantas personas necesitadas de consuelo y ayuda espiritual.

AMAR

En este siglo XXI, en que la humanidad ha adelantado tanto en el campo de la ciencia y ha hecho descubrimientos realmente maravillosos, hay millones de hombres que todavía no han descubierto que el amor es lo único que da sentido a su vida. Son demasiados los hombres de nuestro tiempo que viven sin amar a nadie de verdad y que sólo buscan su propio placer. Por eso, se ven tantos divorcios y tantas infidelidades en los matrimonios. Hay muchos que sólo se casan o se juntan por interés personal. Necesitan al otro para su felicidad personal y, cuando no la consiguen o la pueden conseguir más y mejor en otra parte, se van sin pensarlo dos veces.

Ciertamente, el actuar de muchos contemporáneos es sólo el del yo, yo, yo, yo. Y ese egoísmo brutal los encierra en sí mismos y los hace morir en vida sin tener nunca alegría y paz interior. Buscan frenéticamente el placer y, cada vez, necesitan placeres más excitantes, cayendo así en muchos excesos, encerrados profundamente en la cárcel de su propio egoísmo. El mundo actual está enfermo de egoísmo. Le falta amor. Pero muchos no lo entienden, pues se han alejado de Dios y no quieren saber nada de Él, creyéndose hombres modernos. No se dan cuenta de que ellos mismos se han cavado su propia tumba de infelicidad y que nunca podrán ser felices sin Dios y sin amor.

Ya san Agustín lo decía por propia experiencia en la primera página del libro de las Confesiones: Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está insatisfecho hasta que descanse en Ti. ¿Necesitamos más explicaciones? ¿Necesitamos más pruebas para creer en el amor de Dios? Que cada uno se mire dentro de sí mismo y, al encontrar sólo vacío y oscuridad, se dé cuenta de que va por el camino errado y que necesita abrir su alma y su corazón a la luz del amor. Sólo así su vida entera podrá respirar el aire fresco de la alegría, que da el amar sin barreras y sin excepción, a todos los hombres. Sí, porque el amor debe ser universal. No podemos amar solamente a nuestros seres queridos, pues estaríamos formando un círculo cerrado que, al final, nos asfixiaría y no nos dejaría vivir. Si amamos a Dios, debemos amar también a todos los hijos de Dios, que son todos los hombres, sin distinción de raza, religión, lengua, color o limitaciones personales.

Y ¿qué es amar? Amar es comprender y no rebajar al otro ni ridiculizarlo con palabras o acciones. Es tenerle paciencia y ser tolerante con sus opiniones. Es aceptarlo tal como es y respetarlo en sus derechos fundamentales. ¡Qué importante es saber escuchar y dialogar sin acudir a insultos o a la ira descontrolada! Amar es perdonar siempre, pues el que devuelve odio por odio nunca disfrutará de la verdadera felicidad. El odio nos embrutece y nos envenena la vida por dentro. Sólo amando podremos sentirnos libres y hacer del enemigo un amigo. Como nos dice Dios mismo en su palabra: No te dejes vencer por el odio; más bien, vence al mal a fuerza de bien (Rom 12, 21).

También amar es respetar al otro y ayudarle a crecer como persona, pues el que impide crecer a la persona amada, por temor o por celos, es que no sabe amar o tiene miedo al verdadero amor, que da confianza y libertad a la persona amada. También amar es sufrir por quien se ama. Precisamente, el termómetro que mide nuestra capacidad de amar es la capacidad de sufrir por quien decimos que amamos. Lamentablemente, hay muchos que confunden amor con sexo, como si fueran dos cosas inseparables. Y creen que, sin sexo, no podrán encontrar la felicidad. Pero el que ama sólo por interés personal o por atracción física, pronto se dará cuenta de que necesita cambiar de amor, pues para él las personas son solamente objetos de placer o instrumentos que necesita para ser feliz. Es muy triste ver hombres que van por la vida tratando de ser el centro del mundo, preocupados solamente en ver en qué medida se pueden aprovechar de los demás para sus necesidades o negocios... Son los eternos egoístas que nunca serán felices.

El amor no es un objeto descartable, cuando ya el otro no me sirve. Las personas no son desechables ni se miden por su utilidad. Amar no es un juego ni un pasatiempo. Hay que tomar al otro en serio. Amar de verdad es olvidarse de uno mismo y arriesgarse por hacer felices a los demás. Amar de verdad es darse uno mismo sin condiciones. Es buscar la felicidad de los otros y sentirse feliz de hacer felices a los demás. Éste es el punto clave de la felicidad. Hasta que no entendamos que para ser felices necesitamos darnos y buscar en todo y en cada momento la felicidad de los demás, no podremos ser felices.

Sí, así de fácil se encuentra la felicidad, en cuanto es posible en este mundo; no hace falta ir a buscarla a lejanas tierras o a la cima de las más altas montañas. No, la felicidad está al alcance de la mano. Basta sólo ver a los otros como personas y no como objetos; sentir que son nuestros hermanos, hijos del mismo Padre Dios, y buscar siempre amarlos y hacerlos felices. La clave de la felicidad está en tratar siempre de hacer felices a los que nos rodean. Jesús nos lo dijo con claridad en el Evangelio: Haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti (Mt 7, 12). Y dice que en esto consiste toda la Ley y los profetas; es decir, toda la religión cristiana se resume en algo tan sencillo como en buscar la felicidad del otro, tratando de darle lo que me gustaría que me den a mí.

Si a mí me agrada que me digan siempre la verdad, que me traten bien, con amabilidad y delicadeza; si me agrada que me respeten y me escuchen, que me comprendan y perdonen mis errores, que no me hagan nunca daño a propósito..., pues eso mismo debo hacer a los demás. Así de sencillo. Esto, dicho de otra manera, es decir: No quieras para los demás lo que no quieras para ti (Tob 4, 15). Si no quieres que te mientan, que te roben, que te insulten, que te hagan daño, que te desprecien, que te marginen ni te engañen..., pues no lo hagas tú tampoco a los demás.

En resumen, amar es comprender, ayudar, perdonar, decir siempre la verdad. Amar es sonreír al otro para hacerlo feliz, es agradecer el bien que nos hace, es servir sin buscar recompensa, es compartir, es alegrarse de su felicidad y acompañarlo en sus desgracias. Amar es también llevarlo siempre en el corazón y presentarlo en nuestras oraciones diarias ante Dios. El amor es algo tan grande, es algo tan sagrado, que debemos tratarlo siempre con sumo cuidado y delicadeza, pues es un regalo de Dios. Recuerda que en la tarde de la vida, te examinarán del amor, como dice san Juan de la Cruz. Sí, en la tarde de la vida, sólo quedará el amor. Y, de acuerdo a tu capacidad de amar, así serás más o menos feliz por toda la eternidad. Por consiguiente, vale la pena que vivas amando y ames sin fronteras para conseguir la felicidad en la medida de lo posible aquí en esta tierra y después por toda la eternidad.

ORAR ES AMAR

Una de las mejores maneras de expresar nuestro amor a los demás es rezando por ellos. Y todos necesitan de nuestra oración, porque todos necesitan de nuestro amor para ser un poco más felices. Por eso, no pongas límite a tu oración por los demás. Nunca guardes rencor en tu corazón. Nunca digas: Yo no te perdono, que te perdone Dios. Nunca maldigas. Vete por la vida, bendiciendo a todo el mundo. ¡Qué hermoso poder decir a los enfermos: ¡Que Dios te bendiga y te sane! Muchos enfermos se sanarán a través de tu oración, porque, como dice el mismo Dios: La oración del hombre bueno es poderosa. Orad unos otros para ser curados (Sant 5, 16).

Nunca olvidaré lo que afirmaba aquella madre, a quien Dios sanó milagrosamente a su hijo. Decía: Muchos niños no se curan, porque sus padres no rezan. Pero no solamente niños, sino también adultos. Muchos podrían haber sido curados, si hubieran tenido más fe para pedir su curación o si más familiares y amigos hubieran rezado por él. La oración atrae inmensas bendiciones de Dios para nosotros y para los demás. Nunca niegues la oración a quienes te pidan rezar por ellos. Por otra parte, nunca creas que ya tienes suficientes intenciones para rezar como para no admitir a otros. No creas que tus peticiones u oraciones tienen un límite ante Dios. No, Dios se siente feliz de que le pidamos y le pidamos sin cesar por todos y cada uno. No seas celoso de tu oración para orar sólo por unos pocos amigos y familiares. Tu oración puede llegar a todos. No seas egoísta ni cerrado en tus peticiones. Dios es poderoso para realizar todas las cosas mucho más de lo que podemos pedir o imaginar (Ef 3, 20). Por eso, no excluyas a nadie de tu oración, pensando que así les tocará más a tus seres queridos.

Pide por tus familiares, pero también por los que no lo son. Pide por los vivos, pero también por los difuntos. Pide por tus cosas, pero también por las necesidades ajenas. Pide por los que viven cerca de ti, en tu país, en tu región, pero pide también por quienes nunca verás ni conocerás. Pide por todo el mundo, pues tu oración llega hasta los extremos del mundo. Qué hermoso es poder decir a alguien: ¡Te llevo en mi corazón y en mi oración! Pues bien, lleva a todo el mundo en tu corazón. Incluso, te pediría más, lleva a todos tus antepasados y a los que vendrán después de ti. Toda tu gran familia debe ser objeto de tu oración. Y Dios habrá podido bendecir hace miles de años a tus antepasados, porque sabía que tú rezarías por ellos. Lo mismo que puede bendecir dentro de miles de años a los de tu familia que vendrán después. Reza por todos los hombres del mundo, por todos los que existen, pero también por todos los que han existido y existirán, pues eres parte de la familia humana y todos deben ser tus hermanos. Esto deben pensarlo especialmente los sacerdotes, que son otros cristos en la tierra y son padres espirituales de todos los hombres. Y también las religiosas, como madres de todos, al igual que María.

Así que ama a todos y ora por todos sin excepción. Dios te bendecirá más de lo que te puedas imaginar (Ef 3, 20) y te sentirás padre (madre) de millones de hombres, que algún día en el cielo te lo agradecerán. AMAR ES AYUDAR

Por supuesto que orar es muy importante, pero no puede quedar todo en buenos deseos. Tú puedes hacer muchos pequeños servicios a los que te rodean. Practica la caridad con todos. Sonríe a todos. Sirve sin pedir recompensa o agradecimientos. Ten siempre la idea fija de hacer felices a los que te rodean con pequeños detalles de amor: una flor, un regalo, una palabra amable, una sonrisa... ¡Hay tantas maneras de hacer felices a los demás! Precisamente, los santos, que han sido las personas que más han amado y orado, han sido las personas más felices del mundo. Muchos santos han fundado Congregaciones religiosas dedicadas al cuidado de los enfermos o de los más pobres, como la Madre Teresa de Calcuta. Otros se han dedicado a la gran tarea de la educación para iluminar la vida de tantos jóvenes desorientados. Otros se han dedicado a la evangelización en tierras lejanas para llevar a otros pueblos la luz del Evangelio. Y otros, que han vivido en la soledad y el silencio de la vida contemplativa, han ofrecido su vida, sus sufrimientos y todo su amor, por la salvación y el bienestar de los demás. Por eso, los religiosos contemplativos no son inútiles, aunque algunos así lo crean. Son las personas más eficaces y positivas, pues su vida no es una vida encerrada y egoísta, sino una vida abierta, universal, al servicio de todo el mundo, pues rezan por todos desde la soledad de su celda. Es tan importante ayudar y orar por los demás que Dios les ha concedido a muchos santos el don de bilocación para hacer efectivo su deseo incontenible de ayudar sin fronteras y sin limitaciones a los que se encuentran lejos físicamente de ellos, pero muy cerca de su corazón.

EL DON DE BILOCACIÓN

El don de bilocación consiste en poder estar, a la vez, en dos lugares distintos. Muchos teólogos no ven fácil explicación a este hecho. Algunos autores lo explican diciendo que, en un lugar, está su cuerpo físico y en el otro está su cuerpo espiritual. Según ellos, cada ser humano tiene un cuerpo físico, que es el que podemos tocar con nuestras manos, y tiene también otro cuerpo semejante a este, pero espiritual, etéreo (algunos autores esotéricos le llaman cuerpo astral), es decir, un cuerpo que está unido a nuestro cuerpo físico, pero que puede salir de él, cuando el cuerpo físico está en ciertas condiciones especiales.

La bilocación, como fenómeno paranormal, es muy diferente a la bilocación mística. La bilocación paranormal puede ser provocada por el individuo mediante técnicas especiales de concentración. Algunas personas tienen un don natural especial para desdoblarse con facilidad, cuando están en sueños o en estado de relajación. Algunos grupos esotéricos enseñan prácticas de desdoblamiento para viajar en estado de bilocación, pero esto puede ser peligroso y puede afectar a la sicología de la persona. Además, estas bilocaciones pueden ser interferidas por espíritus malignos, que pueden hacer daño.

Pero hay muchos casos de bilocaciones espontáneas, sin buscarlas, que se dan, sobre todo, en personas que están en coma o en trance de muerte. Hay miles de personas a lo largo del mundo, que hablan de experiencias de haber ido con su cuerpo etéreo o espiritual a distintos lugares, mientras veían a su cuerpo físico permanecer como muerto. Muchas de estas personas, tienen experiencias de Dios o del más allá, que impactan profundamente en sus vidas y cambian su modo de vivir. En estos casos, podemos decir que Dios ha permitido esas bilocaciones, en cierto modo naturales, como ocurrirá en el momento de la muerte, para poder hacerles ver su vida (en ocasiones ven su vida hasta sus últimos detalles y las consecuencias de sus acciones sobre los demás) y así hacerles reflexionar sobre el más allá y darles la oportunidad de arrepentirse.

Cuando se habla de las bilocaciones paranormales inducidas, se suele hablar siempre de que hay un cordón, llamado por algunos cordón de plata, luminoso, que une el cuerpo físico al cuerpo espiritual. La persona, con su cuerpo espiritual, puede ir a distintos lugares sin saber cómo y ver ciertas cosas que después se reconoce que son ciertas. Estas bilocaciones paranormales podrían considerarse como naturales, como puede ser la telepatía, clarividencia, etc., y, por tanto, no ayudan espiritualmente a la persona mientras que pueden fomentar la soberbia personal al creerse superiores a los demás y querer dominarlos con estos poderes extraordinarios. Además, la persona, al regresar a su cuerpo físico, puede sentirse mal.

En cambio, la bilocación mística es un don que Dios le da a quien quiere y cuando quiere, sin necesidad de estar en coma o en trance de muerte ni ser provocada con técnicas de concentración. En estas bilocaciones, no se habla nunca del cordón luminoso que une al cuerpo físico con el espiritual. Además, el alma santa siempre es llevada o transportada por un ángel; normalmente por su ángel custodio y, de esa manera, es llevada a donde Dios quiere para cumplir una misión concreta que el ángel le sugiere hacer. Estas bilocaciones son un acto de obediencia a la voluntad de Dios y siempre dejan un bien en el alma del interesado y de aquellos a quienes va a visitar, sea visiblemente o de modo invisible, dejando un perfume sobrenatural o manifestándose por medio de la voz o de alguna acción física. En todos estos casos, la persona se siente muy bien y ello le ayuda en su camino espiritual para amar a Dios y a los demás.

EJEMPLOS DE BILOCACIÓN MÍSTICA

San José de Cupertino (1603-1663) asistió a la muerte de su madre en su pueblo natal sin abandonar el convento de Asís donde residía. Estando ella a punto de expirar, gritó con gran dolor: ¡Oh fray José, hijo mío, ya no te veré más! Al instante, apareció una gran luz que iluminó la habitación y la moribunda, viendo a su hijo, gritó llena de júbilo: ¡Oh fray José, hijo mío! Al mismo tiempo, el bienaventurado se encontraba en Asís, y lo encontró el padre Superior llorando, mientras se encaminaba a la iglesia a orar. Al preguntarle por qué lloraba, su respuesta fue: Mi madre acaba de morir. La carta, que llegó muy pronto, confirmó la noticia, pero también se supo que algunos lo vieron asistiendo a su madre moribunda. Todos estos hechos constan en el proceso para su beatificación.

Sor Ana de los Ángeles y Monteagudo (1606-1686), religiosa dominica de Arequipa (Perú), iba frecuentemente a ayudar a los indios de las alturas de Arequipa en sus dificultades. Sor Juana de Santo Domingo, en su testimonio jurado, que consta en las Actas de su proceso de beatificación, relató que, en una oportunidad, un indio llamado Pedro había perdido sus ovejas y, estando en Arequipa, le refirió este hecho a Sor Ana, quien le indicó el lugar donde estaban.

Pasados varios años, estando en el campo, muy alejado de la ciudad, Domingo, otro indígena, amigo de Pedro, le refirió que su rebaño se había perdido y que estaba muy angustiado por ello. Pedro, pensando en Sor Ana, pero no acordándose de su nombre, le dijo a su amigo Domingo: “Llama a una monja santa de Arequipa, que ella te ayudará”. Sin más información, Domingo invocó a la monja santa de Arequipa, pidiéndole ayuda. Más tardó él en formular su invocación que en encontrar a sus espaldas a una religiosa que le dijo: “Ven acá, hijo. Aquí tengo reunida a tu grey. No falta ninguna”.

Entre asombrado y admirado de poder tener a todo su rebaño junto, se detuvo un instante mirándolo y, cuando se dio la vuelta para agradecer a la monja, ésta ya no estaba, había desaparecido sin el menor ruido... Pasado cierto tiempo, Domingo tuvo la oportunidad de trasladarse a Arequipa y contó este suceso extraordinario que él había vivido. Deseoso de agradecer personalmente a la monja que le había ayudado, encaminó sus pasos al Monasterio de santa Catalina de Siena. Allí, igualmente, refirió el hecho... La Superiora del monasterio decidió que las monjas pasaran en grupo ante Domingo. Este, al ver a lo lejos a Sor Ana de los Ángeles y Monteagudo, comenzó a gritar: “Ésta es. Ésta es, porque tiene la misma cara”. Es de notar que, en todo el proceso de reconocimiento de la identidad de la monja, que había ayudado a Domingo, estuvo presente Sor Juana de santo Domingo, quien así lo refirió después de la muerte de Sor Ana.

La sobrina carnal de san Martín de Porras (+1639) refiere el siguiente caso: Estando esta testigo en compañía de su madre en una chácara (chacra o terreno), que hoy es de don Gabriel de Castilla..., estaba también Agustín Galán de la Magdalena, marido de la madre de esta testigo y mi padrastro, y sobre cosas sucedidas entre marido y mujer, un día tuvieron un disgusto, de que resultó que aquel día se quedaron sin comer, porque no se atendió a hacer la comida; y estando aparejando las mulas para venirse a esta ciudad, como a horas de la una del día, más o menos, se apareció en la dicha chácara el dicho venerable hermano fray Martín de Porras, que venía a pie con un bordón en la mano y su sombrero echado a las espaldas..., y venía cargado con una canasta y en ella traía unas empanadas, roscas de pan regalado, frutas y vino; y entró en la casa donde estaban, diciendo que venía a comer con ellos y que ya sabía lo que había sucedido, de lo que todos quedaron admirados de ver cosa tan rara, mayormente cuando no se le había dado parte de dicho disgusto ni de cosa alguna, porque aún no hubo tiempo para ello. Y habiendo hecho las amistades entre marido y mujer, comieron lo que había llevado el dicho venerable hermano fray Martín de Porras y se volvieron a quedar todos como estaban en la dicha chácara con el dicho venerable hermano. El cual, luego de anochecer, se fue a dormir a un cerro que estaba junto a la dicha chácara y luego por la mañana volvió a ella. Y contando mi madre lo sucedido a un religioso de dicha Orden, llamado fray Fernando Aragonés, éste le dijo que no podía ser que hubiese ido a la dicha chácara el dicho hermano fray Martín de Porras, porque no había faltado de su compañía un instante. Había estado en el dicho convento sin salir de él y que lo sabía, porque era su compañero de enfermería. Y no dándole crédito el dicho fray Fernando a lo que decía mi madre se lo volvió a referir a su marido de que se había quedado admirado de este caso y quedándose suspenso.

Según fray Antonio José de Pastrana, fray Martín estuvo, por casos que se averiguaron, en Bayona de Francia en un hospital, que hay en dicha ciudad, y dispuso y fundó otro en Berbería para los cristianos cautivos, y estuvo en el Japón consolando a los nuevamente convertidos. Esto mismo afirmó en los procesos de beatificación el testigo fray Jacome de Acuña.

Santa Teresa de Jesús (1515-1582) tuvo muchas bilocaciones en vida y muchas apariciones después de muerta. Veamos algunas de sus bilocaciones tal como se narran en las Actas de los Procesos de beatificación y canonización, publicados por el padre Silverio de Santa Teresa.

Dice Sor Ana de san Agustín: Estando esta testigo de sacristana en Malagón y estando un día durmiendo en su cama, la despertó la Madre Teresa de Jesús y le dijo: “Vete y pon luz delante del Santísimo Sacramento”. Y esta testigo se levantó y fue al coro a encender la lámpara, y encendida, vio allí a la dicha Madre Teresa de Jesús y se admiró, porque no estaba allí en dicho convento, sino en Ávila, a muchas leguas de allí, de Malagón; y esta testigo presumió que por su poca devoción la Madre Teresa le hacía este favor para moverla a devoción; y cuando esta testigo quiso hablar, no vio ninguna cosa y desapareció.

La misma Sor Ana de san Agustín afirma: Esta testigo supo de cierta monja de esta casa que estando una noche en oración y estando la dicha Madre Teresa ausente de esta villa más de treinta leguas, se le apareció, porque la dicha monja había pensado la mudase de aquella casa a otra casa donde estaría mejor; le dijo la dicha Madre Teresa que tuviera cuenta con la casa donde estaba. Y que habrá tres años, poco más o menos, que tornó a desear esta monja que la sacasen de aquella misma casa y que se la tornó a aparecer la dicha madre Teresa de nuevo, cuando estaba ya muerta, estando en Maitines, y reprendióla por este deseo y, no obstante esto, todavía la dicha monja trataba de que la mudasen de allí. Y de allí, al poco tiempo, se le tornó a aparecer, reprendiéndola por desobediente.

El padre Enrique Enríquez dice en su testimonio en los Procesos: He sabido del padre Gaspar de Salazar de la Compañía de Jesús, el cual sabe muchas cosas de la dicha Madre Teresa de Jesús, que estando a muchas leguas de distancia de donde él estaba en su aposento cerrado, se le apareció antes que muriese la dicha Teresa de Jesús y le dio ciertos avisos y amonestaciones, y que este testigo le preguntó después a la dicha Madre, la cual con una humilde modestia mostró haber sido así por particular orden de Dios Nuestro Señor para ciertos efectos saludables.

Sor Ana de Jesús Lobera dice en los Procesos: La Madre Teresa de Jesús no sólo ha dado avisos en espíritu después de muerta sino también estando viva... Así, en esta casa de Salamanca, hace unos veinte años, estando ella fundando en Segovia, teníamos aquí a la hermana Isabel de los Ángeles, con gran enfermedad desde hacía ocho meses, que daba compasión verla. El día de san Bernabé (11 de junio de 1574) por la mañana, estaba fatigadísima cuando nos fuimos a misa; y cuando vinimos la hallamos con extraordinaria alegría... Después que se fueron las otras Madres, yo, que había sido su maestra, quédeme sola con ella y le dije: “¿Qué tienes que estás tan cierta de que hoy vas a salir de este destierro?” Ella me afirmó que, durante la misa, había estado nuestra Madre Teresa de Jesús con ella bendiciéndola y regalándola, diciendo: “Hija mía, no sea boba ni esté con esos temores, sino muy confiada en lo que hizo por ella su Esposo, que es grande la gloria que Dios le tiene preparada y crea que hoy la gozará”; y así me afirmaba y parecía que tenía el alma con mucha paz y en esa serenidad pasó el día hasta la noche, que nos fuimos a Maitines, dejando con ella dos o tres de nosotras; y al punto que en el coro queríamos tomar la disciplina, pues era viernes..., cesamos y fuimos todas juntas a la enfermería y, poniéndola el crucifijo y la vela en la mano, comenzamos a bendecir el nombre de Jesús y a decir el Credo con ella y, en acabando la postrera palabra del Credo, expiró; y luego comenzó a cubrirse el cuerpo de tan gran hermosura y resplandor que se vio claro ser cosa sobrenatural y celestial. Y esto no sólo lo vimos todas las religiosas, sino también cuantas personas de otras Órdenes y seglares vinieron a su entierro... El mismo día que la enferma dijo que había visto a nuestra Madre, escribimos a Segovia donde ella estaba, diciendo a la Priora y Subpriora de allí se lo dijesen para ver si podían entender cómo había sido, y se lo contaron diciendo: “Madre, no en balde aquella mañana, después de haber comulgado vuestra Reverencia llegamos dos veces a darle recado y no nos respondió, pues estaba como muerta a la misma hora que escriben de Salamanca que estuvo allí”.

Ellas nos escribieron, diciendo que se había reído y dicho: “Váyanse de ahí, qué cosas inventan”; y que con esto habían visto que era cierto. Y nosotras vimos que lo era en una carta que había escrito la Madre a la Priora de acá (Salamanca) antes que se lo dijesen, y en ella le avisaba de dos cosas que era imposible saberlas no habiéndolas visto. Y diciéndome a mí la Madre Priora ¿cómo es posible saber esto nuestra Madre? Dije: “Claro está que vería toda la casa el día que estuvo aquí con la hermana Isabel de los Ángeles”... Yo le pregunté a la Madre Teresa, cuando envió por mí para llevarme a ser Priora al convento de Beas..., y con el amor que me tenía, me respondió claramente que así había sido.

En el proceso de canonización de san Alfonso María de Ligorio se lee: El 21 de setiembre de 1774, estando el venerable siervo de Dios en Arienzo cayó en una especie de desvanecimiento. Sentado en su sillón, permaneció cerca de dos días en dulce y profundo sueño. Uno de sus criados quiso despertarle, pero su vicario general don Juan Nicolás de Rubino ordenó que le dejaran reposar, aunque sin perderlo de vista. Despertándose por fin y llamando un poco con su campanilla, acudieron en seguida sus servidores. Viéndoles grandemente asombrados, les preguntó:

¿Qué es lo que pasa? Hace dos días que no ha hablado ni comido ni dado señal de vida. Vosotros me creíais dormido, pero no sabéis que he ido a asistir al Papa que acaba de morir.

Poco después, llegaba la noticia del fallecimiento de Clemente XIV, ocurrida el 22 de setiembre a la una de la tarde, es decir, en el momento preciso en que el siervo de Dios había agitado la campanilla.

El santo, en efecto, fue visto en ambos sitios a la vez por multitud de testigos, de cuya seriedad no es lícito dudar.

Quizás una de las santas más extraordinarias por su don de bilocación ha sido la beata Ana Catalina Emmerick (1774-1824). Ella visitó prácticamente todo el mundo. Entre otros países, ella habla de España, Irlanda, Inglaterra, Francia, Rusia, Noruega, Paquistán, India, Persia, Egipto, Etiopía, Abisinia, Vietnam..., y, por supuesto, su país Alemania. Ella dice:

Mi guía y yo avanzábamos como en vuelo. Durante el camino yo tenía algo que hacer en diversos lugares y dar órdenes sobre diversos asuntos. Así una vez tuve que llevar un paquete oculto y entregarlo. Lo llevé encubierto bajo mis vestidos. A menudo, entre inquietudes y peligros tenía que llevar cartas y superar graves obstáculos, exhortar a personas que rezaban, despertar a los que dormían, curar y vendar a otros que estaban en peligro.

Muchas veces, me veo conducida en espíritu por mi guía a lugares donde se ven patentes las necesidades de los hombres. Unas veces me veo en cárceles, otras junto a moribundos o al lado de enfermos, de los pobres, de las familias que están entre querellas y pecados.

Una vez, vi una taberna donde disputaban varios hombres. Rogué a Dios de corazón que se aplacaran estos hombres y vi, en efecto, que se avinieron al punto y recobraron la paz. Después vi de repente a un hombre triste y miserable que se arrastraba por un camino y no tenía qué comer ni sabía dónde iba a pasar la noche. Me moví a compasión al verle y pedí por él. Entonces, apareció un caballero que le preguntó adónde iba y de dónde era. El caminante contestó y nombró las ciudades de cuyo nombre no me acuerdo. El caballero le dio algunas monedas y continuó su camino. Eran como cuatro duros en muchas piezas. El caminante no acertaba a explicarse la razón de por qué le había dado tan considerable suma... Después me condujo mi guía a un lugar donde había unos veinte enfermos.

Parecéme cosa por demás admirable que casi todas las noches haya de hacer tan largos viajes y tenga tantas cosas que hacer.

En una oportunidad, vi caerse peligrosamente en la nieve a un infeliz hombre hambriento, que no podía levantarse y que estaba buscando algo para sustentar a sus hijos. Yo le alcancé en aquel apuro salvación y sustento.

¡Cuánto bien hizo Ana Catalina a través del mundo! Su ángel custodio la guiaba y ella cumplía su misión de hacer el bien a todos sin distinción en diferentes países.

Otro santo conocido por su don de bilocación fue san Juan Bosco (1815-1888). Veamos algún ejemplo:

El día 15 de julio de 1862, estando san Juan Bosco en San Ignazio sopra Lanzo, a 40 km de Turín, asistió en el momento de su muerte al joven Bernardo Casalegno en Chieri, como el mismo Don Bosco se lo manifestó a los jóvenes del Oratorio y lo escribió Don Bonetti. El 20 de julio del mismo año, estando también en san Ignazio sopra Lanzo, visitó el Oratorio de Turín (a 40 km) sin moverse de su lugar. Así lo cuenta en una carta del 21 de julio diciendo que había visto a los jóvenes David, Tinelli y Panico salir por la mañana del domingo sin asistir a las ceremonias sagradas y haber ido a bañarse. Al salir del baño, Don Bosco les dio unas palmadas en la espalda, aunque ellos no vieron quién era, pero lo contaron esto a Don Bonetti y a Don Alasonatti.

El 14 de octubre de 1878, estando físicamente en Turín, visitó en St. Rambert d´Albon, en Francia, a la señora Adele Clement y a su esposo, quedándose al almuerzo con ellos y asegurándoles la curación de su hijo ciego, sordo y mudo, como ocurrió de inmediato.

Otro caso. Era la noche antes de la fiesta de san Francisco de Sales de 1886, cuando el sacerdote Juan Branda, director de aquella casa (Sarriá-Barcelona) sintió que lo llamaban. Se despertó y oyó clara y distinta la voz de Don Bosco... Por la mañana, recordó la voz que había oído, pero no se preocupó. En la noche del 5 al 6 de febrero, siente que lo llaman en lo mejor del sueño: Era también la voz de Don Bosco. Ya despierto, vio la habitación iluminada como en pleno día y además delineado en las cortinas corridas de su cama el perfil de un sacerdote que le pareció realmente Don Bosco... Don Branda se levantó, le tomó la mano y se la besó. Don Bosco le dijo: “Tu casa va bastante bien, estoy satisfecho de todo lo que haces, pero...”

Y entonces se dibujaron allí delante las caras de cuatro asilados del Instituto. Señalando al primero, Don Bosco le dijo que convenía que observase mejor conducta; de los otros intimó la expulsión. Le dijo: “Obra enérgicamente, quítalos de en medio cuanto antes sin consideración alguna”. Al pronunciar estas palabras, su cara se mostraba descompuesta por el enojo. Después de esto, a una señal suya, dice Don Branda, salimos los dos de la habitación, abriéndole yo la puerta y siguiéndole. Visitamos los dos dormitorios... Durante el trayecto, las escaleras y los dormitorios se llenaron de luz como si fuera de día. Don Bosco andaba con paso franco y algo más acelerado de lo ordinario hasta que desapareció.

Entonces, cesaron las luces y Don Branda se acercó a tientas a la puerta, se fue a su mesa, trató de encender la luz, dirigió la mirada alrededor y se vio solo; miró el reloj y faltaban dos horas para levantarse. ¿Qué hacer? Levantada la Comunidad, bajó a la capilla y presa de fuerte emoción celebró la santa misa. Lo turbaba el pensamiento de tener que despedir, sobre todo, a uno de los ya indicados; no sabía cómo hacerlo ni con qué razones convencerle de su mal proceder. Dejó pasar aquel día sin decir nada y otros más, hasta que recibió una carta de Don Rua, el cual le decía que Don Bosco, paseando por los pórticos, les había contado que había hecho una visita a Don Branda, mientras dormía, pero que se diese por advertido de cumplir las órdenes recibidas.

Al día siguiente, Don Branda fue a celebrar la misa a casa de Doña Dorotea de Chopitea, la madre de los salesianos de Barcelona. Al comenzar la misa e inclinarse a besar el altar, oyó resonar de manera misteriosa y apremiante la voz: “Si no haces lo que te ha ordenado Don Bosco, ésta será la última misa que celebres”. De vuelta a casa, se interrogó separadamente a los indicados y se encontró ser exacto, hasta en sus más pequeños detalles particulares, lo que había dicho Don Bosco; y ¡cosa singular! Los culpables adoptaron la misma actitud en que Don Branda los había visto la noche de la visita.

La venerable Edvige Carboni (+1952), gran mística italiana, tuvo frecuentemente bilocaciones. Sus hermanas Paolina y Vitalia cuentan que una tarde de 1945 estaban rezando y Edvige cayó en éxtasis. Ella les contó que había ido a China, a una prisión donde estaba un obispo pasionista, Monseñor O´Gara, que estaba siendo torturado por hombres y mujeres. Ella se les presentó y les recriminó por estar torturándolo, pero ellos quisieron pegarle también a ella, diciendo que era una bruja, por haber entrado estando las puertas cerradas. La misma Edvige escribió el relato en una carta a su confesor, padre Ignacio, y esa carta todavía se conserva.

El padre Ignacio no sabía que en China había un obispo pasionista y llamó al General de los pasionistas, quien le confirmó que, ciertamente, existía en China un obispo pasionista: Monseñor Gutberto O´Gara.

Por dos veces, como ella misma contó, fue llevada la sierva de Dios a la cárcel, donde estaba encerrado el cardenal Monseñor Mindzenty, en Praga, y conversó con él.

Otro gran santo, famoso por sus bilocaciones, fue el P. Pío de Pietrelcina (1887-1968).

En noviembre de 1917, durante la I guerra mundial, el ejército italiano sufrió una gran derrota en Caporetto. Como consecuencia del desastre, fue depuesto de su cargo el general Luis Cardona, comandante en jefe del ejército italiano, y sustituido por el general Armando Díez. Las críticas acerbas que se hacían del general derrotado y, sobre todo, el hecho mismo de la derrota, le sumieron en una depresión nerviosa tal que decidió acabar con su vida... En el momento trágico en que el general tenía desenfundada la pistola para consumar el suicidio, aparece frente a él, de forma inexplicable, un religioso vestido de hábito capuchino.

Pudo percibir en aquel momento, como recordará después, un fuerte perfume de violetas o rosas. Tenía el fraile las manos teñidas de sangre y le dijo con energía: “¡Nada de matarse! ¡No debes cometer semejante locura!”. El general se quedó atónito, estremecido. Como por ensalmo, cambió su estado de ánimo, se sintió otro hombre y obedeció humildemente.

Más tarde, en 1920, partió el general de incógnito a San Giovanni Rotondo sin comunicar a nadie su personalidad ni el objeto de su visita. ¡Cuál no sería su extrañeza cuando, sin llegar todavía a la portería del convento, oye que le llaman por su nombre y que le dicen que el padre Pío lo esperaba!

Al ver al padre Pío, lo reconoció inmediatamente. El padre Pío le dijo: “¡Mi general, qué mal lo pasamos aquella noche!, ¿no es verdad?”.

Otro caso fue comprobado por aviadores de diferentes nacionalidades y religiones: ingleses, americanos, polacos... Cada vez que pasaban sobre el Monte Gárgano, con el encargo de llevar a cabo sus terribles bombardeos, se les aparecía en el cielo un fraile, como un fantasma, que extendía sus brazos y sus manos, y les prohibía severamente lanzar bombas sobre los pueblos y ciudades del Gárgano. Foggia y otras ciudades de la Puglia sufrieron asoladores bombardeos; en cambio, sobre la comarca del Gárgano no cayó bomba alguna. Naturalmente, los aviadores comentaban entre sí tan maravillosos fenómenos sin podérselo explicar satisfactoriamente.

Cuando terminó la guerra, oían hablar del padre Pío como de un ser extraordinario que hacía cosas maravillosas; y había quienes no querían volver a su tierra sin haber visto personalmente al fraile estigmatizado; muchos de ellos subieron hasta san Giovanni Rotondo a comprobar cuanto se decía del famoso fraile y pudieron comprobar, con absoluta certeza y con inmensa admiración, que el fraile aquel, que se les había aparecido, era el mismísimo padre Pío, a quien tenían delante en persona.

Veamos otro caso, bien documentado, ocurrido en julio de 1957. Estaba hospitalizado en la clínica San Severo de Foggia el padre capuchino Plácido de San Marco in Lamis en estado gravísimo con cirrosis hepática. La habitación del enfermo estaba bien cerrada, era medianoche y el enfermo estaba plenamente despierto. En aquel momento de la noche, se presenta ante él el padre Pío y sonriendo y levantando la mano estigmatizada le dice: ¡Padre Plácido! ¡Puedes estar tranquilo que de ésta no morirás! Y luego siguieron hablando de otras cosas.

El capellán del hospital, padre Alberto, capuchino, tuvo conocimiento de esta visita por el mismo enfermo y, al trasladarse por aquellos días a san Giovanni Rotondo, se encontró con el padre Pío, y le preguntó sin más preámbulos: ¿De manera que has estado en san Severo, visitando al padre Plácido y no te has dignado visitarme a mí, que soy el Superior?

Cállate, cállate. Es verdad que he estado en San Severo. No debes decir nada a nadie.

Otro caso de bilocación ocurrió en la muerte de Monseñor Fernando Damiani, Vicario General de la diócesis de Salto, en Uruguay. Monseñor Fernando le había hecho prometer al padre Pío, en una visita que le hizo en San Giovanni Rotondo en 1937, que lo visitaría en la hora de su muerte... Pues bien, el 11 de setiembre de 1941, estando en Salto, se puso gravísimo. Monseñor Barbieri, capuchino, arzobispo de Montevideo, estaba a su lado cuando vio la silueta de un fraile capuchino, a quien no conocía... Ocho años más tarde, el 13 de abril de 1949, visitó al padre Pío en san Giovanni Rotondo y reconoció inmediatamente al fraile, cuya silueta había visto en Uruguay en la muerte de Monseñor Damiani.

La señora de Devoto, de Génova, estaba seriamente enferma y con amenaza de que le amputaran una pierna. Una de sus hijas rezaba en un cuarto vecino, pidiendo que se evitara esa operación e invocando la ayuda del Padre Pío. De pronto, éste apareció en el umbral de la puerta. El deseo de obtener una gracia para su madre, obnubilaba a tal punto la mente de la joven, que ella ni se preguntó cómo podía estar el Padre en Génova, estando en San Giovanni, a varios cientos de kilómetros, ni se le ocurrió dudar de lo real de su presencia. Arrojándose a sus pies, le suplicó: ¡Oh Padre, salve a mi mamá! El santo la miró y le dijo simplemente: Espere nueve días. Ella iba a pedir una explicación, pero, al levantar la vista de nuevo, sólo vio la puerta cerrada.

A la mañana siguiente, pidió a los médicos que aplazaran la intervención quirúrgica, y ni las advertencias ni los consejos ni las súplicas de sus parientes, ni el mismo estado de la paciente, que se agravaba por momentos, lograron disuadirla. Al décimo día, cuando los cirujanos examinaron a la enferma, cuál no sería su estupefacción al comprobar que la herida de la pierna estaba completamente cicatrizada y la señora estaba en vías de restablecimiento. Unas semanas más tarde, toda la familia se dirigió a San Giovanni para agradecer al Padre la merced que les había alcanzado.

La señora Concepción Bellarmini, de San Vito Luciano, sufrió un envenenamiento de la sangre, seguido de una bronconeumonía. La infección le provocó una ictericia terrible, y los médicos la desahuciaron. Una pariente le aconsejó que confiase su situación al Padre Pío, a quién ella no conocía. Así lo hizo, y, de pronto, se le apareció a plena luz un fraile estigmatizado que le sonrió y la bendijo sin tocarla. La enferma le preguntó si su venida era señal de que había logrado la conversión de sus hijos o su próxima curación. El capuchino afirmó: El domingo por la mañana usted estará curada, y luego se desvaneció dejando una estela de perfume.

Ya al día siguiente, la piel de la enferma fue tomando un color normal y cedía la fiebre, y pocos días después, la señora pudo levantarse. Acompañada de su hermano, fue a San Giovanni Rotondo para verificar la identidad de su fraile. Cuando divisó al Padre Pío en la iglesia, se dirigió a su hermano y le dijo al oído: Es él, no hay duda de que es él.

La Señora Ercilia Magurno, mujer de mucha fe, había velado durante meses junto al lecho de su marido, sumamente grave de angina de pecho. Cierta noche, invadió la habitación un penetrante perfume de flores, pero el enfermo seguía empeorando por momentos. Con dos días de intervalo, la señora envió dos telegramas al Padre Pío para implorar su intercesión, pues su marido estaba ya en coma. El 27 de febrero, el enfermo pareció dormirse con sueño profundo y sereno. A la mañana siguiente, al despertar, dijo a su mujer: Estoy curado. Me siento perfectamente. El Padre Pío acaba de dejarme. Por favor, abre la puerta y tómame la temperatura. No tenía ni rastros de fiebre. El Padre Pío vino acompañado por otro fraile, explicó el hombre, me examinó el corazón y me dijo: Mañana se le habrá ido la fiebre y dentro de cuatro días podrá levantarse. Luego miró los remedios que le daban, leyó las recetas y se quedó largo rato junto a él. Como para confirmar este milagro, una fuerte fragancia de violetas flotaba todavía en la habitación. Cinco meses después, ambos esposos se dirigían a san Giovanni, y el ex-enfermo reconocía a su salvador. El Padre Pío se le acercó, le puso la mano en el hombro y con tono amistoso le dijo: ¡Cómo te ha hecho sufrir ese corazón!.

Natuzza Evolo es una gran mística italiana, que vive en Paravati, cerca de Mileto (Catanzaro), Italia. Es una humilde y buena mujer, madre de familia con cinco hijos. Tiene dones extraordinarios como éxtasis, estigmas y también el don de bilocación. Este don de bilocación se manifiesta de diferentes maneras. Una veces, la ven en el lugar donde está en bilocación, otras veces sólo sienten su presencia por un fuerte perfume de flores. En ocasiones, manifiesta su presencia a través de ruidos o diciendo palabras que son oídas sin que la vean. También puede llevarse objetos o traerlos del lugar de bilocación. Siempre es llevada o transportada como ella dice, por su ángel de la guarda y, frecuentemente, es acompañada también por algunos difuntos, familiares de quienes va a visitar. Ella no escoge los lugares ni busca la bilocación, que le viene espontáneamente, y es llevada para cumplir alguna misión de consuelo y ayuda. Sobre sus dones y bilocaciones hay cinco libros escritos por Valerio Marinelli.

El padre jesuita Giovanni Martinetti ha estudiado durante tres años los fenómenos místicos de Natuzza y dice: Las bilocaciones de Natuzza tienen siempre una finalidad concreta de ayuda o reafirmación de la fe cristiana. Sus bilocaciones han sido por miles. Yo he recogido testimonios de más de cien de esas bilocaciones en tres años de investigación. En sus bilocaciones, Natuzza es guiada por difuntos y ángeles que la acompañan al lugar donde debe ir y le sugieren lo que debe hacer... Es interesante las explicaciones que la misma Natuzza me ha dado para explicar este fenómeno de la bilocación. Me ha dicho:

“La bilocación no viene nunca de mi espontánea voluntad. Se me presentan los ángeles o difuntos y me acompañan a los lugares donde es necesaria mi presencia. Yo veo perfectamente todo el ambiente y puedo hablar y ser oída por las personas presentes, puedo abrir y cerrar puertas y producir algunas acciones. Yo me encuentro inmersa en el ambiente, no es como si lo viera por televisión. Estoy en el lugar solamente el tiempo necesario para cumplir mi misión y siempre soy consciente de que mi cuerpo físico está en Paravati o donde me encontraba antes de la bilocación. Esto puede sucederme de día o de noche, incluso cuando estoy hablando con alguien o haciendo alguna cosa. Muchas veces, no sé dónde voy. El viaje es instantáneo, independientemente de la distancia. Cuando voy a una casa, me encuentro directamente en su habitación o en una habitación contigua de donde está la persona que debo ver. Abro la puerta y después la cierro. Algunas veces, puedo transportar objetos al ir o venir. Y nunca me siento cansada o mal después de la bilocación”.

Los difuntos, que se le aparecen y la acompañan en sus bilocaciones para visitar a sus familiares, tienen el mismo aspecto que tenían durante la vida y van con los vestidos que usaban en vida. Ella dice que los difuntos están interesados en la vida de sus familiares y los visitan en sus casas, aunque no se les puede ver, porque el Señor no lo permite. En algunos casos, los difuntos le dan mensajes para su familia.

Cuando la gente la visita y le pregunta sobre la suerte de sus familiares difuntos, ella puede responder, preguntándole a su ángel custodio, a quien ve constantemente. También ve a los ángeles custodios de las demás personas, que están a la derecha, mientras que en los sacerdotes están a la izquierda, por respeto a su dignidad.

Los difuntos le dicen que ellos no pueden rezar por ellos mismos ni por otros difuntos, pero sí rezan por sus familiares vivos. Normalmente, lo que piden a sus familiares es resignación y que no se desesperen; también que recen por ellos para conseguir pronto la plena felicidad del cielo. Veamos algunos ejemplos de bilocación.

La señora María Naccari dice: En 1976, mientras dormía, sentía que me tiraban de las mantas por dos veces. Me desperté, pensando que sería mi hijo que dormía en la habitación contigua. Entonces, vi junto a mi cama a mi tío difunto, al cual no recordaba nunca en mis oraciones. Me sentí feliz de verlo y no sentí miedo. Me pregunté cómo podía verlo, si estaba todo oscuro y la ventana estaba cerrada. Mirando a la ventana, vi que allí estaba Natuzza con el rostro bellísimo y radiante. Me dormí feliz. Cuando le pregunté a Natuzza, si había sido ella, me respondió: “Sí, hija, he sido yo”.

El señor Salvatore Gerani dice: Un domingo, a las 7,30 a.m., me fui al cementerio de Tropea para visitar las tumbas de mis familiares difuntos y rezar por ellos. De pronto, sentí un ruido a unos 50 ó 100 metros de distancia. Me volví, pero no vi a nadie. Después de algunos minutos, sentí lo mismo, a la misma distancia. Después sentí otros rumores como pasos cerca de mí. No tuve miedo, pero seguí mi camino, porque debía ir rápido para llegar a misa. Cuando le conté a Natuzza lo que me había pasado, ella me dijo que ella y sus familiares difuntos me habían seguido.

La señora Carmelina Fratini dice: Una noche de marzo de 1971, mientras estaba dando de mamar a mi hija sentí que se abría la puerta de mi habitación. Y vi entrar una señora con camisa blanca y con trenzas en la cabeza. Se acercó a la cuna, se quedó mirando un momento y, después, se fue como había entrado. Yo pensé que era mi tía difunta, que había venido, porque estaba contenta del nacimiento de mi hija. Después me dormí y, a la mañana siguiente, conté todo a mi madre y me vino el deseo de ir a ver a Natuzza para pedirle su opinión. Apenas la vi, ella me dijo: “Pero, ¿cómo das de mamar a tu hija de ese modo? ¿Quieres que te dé a ti y a ella una broncopulmonía?”. Yo no le había dicho nada. Y ciertamente, yo le daba de mamar a mi hija sin cubrirla. Entonces, entendí que había sido Natuzza.

Dice la misma testigo: En 1986 me encontraba en el hospital de Crotone en la sección de maternidad, porque tenía problemas con mi embarazo y sufría mucho. De pronto, un día vi a Natuzza con una corona de espinas sobre la cabeza y el rosario en la mano. Ella me hizo señas de estar callada y no decir nada, y yo cerré los ojos y me quedé dormida. Mi esposo y el médico sintieron un fuerte perfume de flores. Cuando fui a Paravati a verla, me dijo que había ido con algunas almas del purgatorio para rezar por mí, porque tenía necesidad.

El abogado Francesco Cosentino, da su testimonio: En nuestra casa de Verona hay un reloj antiguo, recuerdo de la familia, que muchas veces intentamos hacer funcionar sin éxito. Un día, mientras estaba solo en casa, pues mi esposa estaba fuera de la ciudad, el reloj sonó de improviso con tres campanadas. Eran las 3 de la tarde. En la noche, a las 10 p.m., mientras estaba a la mesa con mis hijos, de nuevo sonó el reloj con 10 campanadas. Este hecho no había ocurrido antes ni se ha verificado después. Cuando fui a ver a Natuzza y le pedí explicación, ella me dijo: “Estaban tristes por estar solos y quise hacerles compañía y darles una señal de mi presencia”.

La señora Ana María Odoardi da el siguiente testimonio: En noviembre de 1993, mi esposo tuvo un infarto y estaba muy grave. Pedimos oraciones a Natuzza. Yo le pedí al Señor la salud de mi esposo, pero pensé que quizás Él quería llevárselo y pensando en esto acepté resignadamente su voluntad, pidiéndole por su salvación. Pero, mientras pensaba en estas cosas, oí claramente una voz exterior que me decía: “No te preocupes, desde este momento, todo cambiará”. Mi marido se recuperó muy bien y hoy sigue vivo. En la Cuaresma de 1994, fui a ver a Natuzza y le pregunté, si aquella voz era la suya, y me dijo que sí.

Podíamos continuar escribiendo testimonios de bilocación, pero creo que son suficientes, lo importante es saber que son hechos reales y que Dios concede esta gracia para hacer el bien a los demás.

REFLEXIONES

La primera reflexión que podemos hacer es que debemos vivir bien para que, en el último momento, nos sintamos satisfechos de nuestra vida. Vale la pena vivir bien, vale la pena sentir la felicidad de ser buenos, vale la pena ayudar, servir y amar sin descanso y sin condiciones a los demás.

Nuestra vida sólo tiene sentido en el amor. Por eso, te recomiendo que mires tu vida, hagas un examen de conciencia y veas si estás satisfecho de ti mismo. Si Dios, como ocurre a algunos en experiencias premuerte, te hiciera ver toda tu vida pasada con todos tus actos y omisiones, y sus repercusiones sobre los demás, ¿estarías satisfecho? ¿Puedes decirle a Dios en este momento: Misión cumplida? ¿Estás preparado para morir?

Nunca me olvidaré de la carta que me escribió una religiosa anciana en la que me contaba que, cuando era jovencita, le gustaban mucho las fiestas y los bailes. Una noche tuvo que ser llevada de emergencia al hospital, pues tenía muchos dolores; y tuvieron que operarla inmediatamente. Ella me dice que sintió que salía de su cuerpo y vio desde arriba a los médicos, que la estaban operando. Sin saber cómo, se presentó ante la presencia de Dios. Y Dios le preguntó: ¿Qué has hecho de tu vida? Y ella sólo atinó a decir: Mis manos están vacías. En ese momento, sintió profundamente que su vida estaba vacía y que no había hecho nada que valiera la pena. Y sintió el disgusto de Dios... No recordó más. Se encontró de nuevo en su cuerpo al despertar de la operación. Pero nunca se olvidó de esa experiencia y decidió dedicar toda su vida al bien de los demás, entrando, a los pocos meses en un convento, donde vivió feliz hasta sus últimos días como una monjita alegre, santa y feliz.

¿Te gustaría a ti ser feliz en esta vida y después por toda la eternidad? ¿A qué esperas? ¿Crees que vas a conseguir la felicidad con las cosas materiales y los placeres del mundo? Vive para la eternidad. No te olvides que este mundo se termina y tu vida se va agotando día a día. Haz algo por los demás. Haz algo que valga la pena. Vive amando, ama viviendo. Amar es vivir y vivir es amar. En cambio, odiar es morir y el que no ama, esta muerto en vida.

Te deseo lo mejor: que vayas por la vida haciendo el bien a todos, que nunca hagas daño a nadie y que seas feliz con la alegría de Dios en tu corazón, amando sin condiciones a todos los que te rodean.

SEGUNDA PARTE

EVANGELIZACIÓN

En esta segunda parte, vamos a tratar el caso especialmente extraordinario de evangelización en las tribus de América del Norte por la Madre María de Jesús de Ágreda, que estando en su convento de Ágreda, en España, iba en bilocación a evangelizar a los indígenas. Antes de entrar en el tema propiamente dicho, expondremos algunas reflexiones sobre lo que es ser cristiano y sobre la obligación que todos tenemos de evangelizar y de colaborar en la salvación de los demás.

SER CRISTIANO

Ser cristiano es ser de Cristo, pertenecerle a Él con cuerpo, alma, vida y corazón, pues es nuestro Dios y nuestro Señor, que nos ha creado y redimido para salvarnos. Lamentablemente, después de veinte siglos de cristianismo, hay muchos millones de hombres que no son cristianos. Por eso, tenemos nosotros la obligación de ayudarlos a descubrir el amor de Jesús y su doctrina de salvación.

Para llegar a ser cristianos debemos bautizarnos y creer en Cristo. Al llegar a este mundo, en el momento de la concepción, el ser humano está a oscuras, sin la luz ni el amor de Dios. Es sólo una criatura de Dios. Tiene lo que se llama pecado original, es decir, que viene al mundo en estado natural. Y para ser elevado al orden sobrenatural y llegar a ser hijo de Dios necesita ser bautizado. De esta manera, su alma, apagada y sin brillo, se llenará de belleza, de luz y de amor, resplandeciendo de gloria como un verdadero hijo de Dios. Dios mismo habitará en su alma y él será templo de Dios. Y Dios será su gozo y su felicidad, dándole sentido a su vida y haciéndole sentir la alegría de vivir para Él y para los demás. ¡Qué importante es el bautismo!

El bautismo nos hace una nueva criatura; un hijo adoptivo de Dios, partícipes de la naturaleza divina, miembros de Cristo, coherederos con Él y templos del Espíritu Santo (Cat 1265). El bautismo imprime en el cristiano un sello espiritual indeleble (carácter) de su pertenencia a Cristo (Cat 1272). Este sello indeleble es como una marca, que manifiesta a todo el mundo: Este hombre pertenece a Jesucristo. Y esto lo ven muy bien los demonios, ya que cuando uno asiste a sectas satánicas, lo primero que le exigen es renunciar a su bautismo para después bautizarse en nombre de Satanás, poniéndole un nuevo nombre.

El bautismo es necesario para la salvación, pero hay tres clases de bautismo. El bautismo de agua que es sacramento y es el único que imprime carácter. El bautismo de sangre para los que mueren por Cristo, como los santos inocentes; y el bautismo de deseo, que reciben los que, al llegar al uso de razón, siguen la voz de su conciencia, haciendo el bien y evitando el mal. En este caso, al seguir la voluntad de Dios, Dios los acepta como hijos y los llena de su amor. Son como cristianos anónimos, aunque no están plenamente unidos a Cristo ni a su Iglesia, pero se salvan; pues, si hubieran sabido que Cristo es Dios y en Él está la salvación, lo hubieran amado y lo hubieran seguido.

Quienes, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, no obstante, a Dios con un corazón sincero y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con obras su voluntad, pueden conseguir la salvación eterna (Concilio Vaticano II, Lumen gentium, n. 16).

Sobre los niños muertos sin bautismo, he escrito un libro titulado El destino de los niños muertos sin bautismo, donde manifiesto la opinión, pues sobre esto no hay nada definido por la Iglesia, que muchos de estos niños pueden ir directamente al cielo en virtud de la fe de sus padres y de su deseo de que hubieran sido bautizados; pero los demás, especialmente abortados, de quienes nadie se acuerda, pueden permanecer durante un tiempo más o menos largo en un estado de limbo, de sola felicidad natural, hasta que en virtud de la fe y de la oración de la Iglesia, puedan ser salvados. Para ellos, recomiendo mandar celebrar una misa o bautizarlos espiritualmente, poniéndoles un nombre. Así lo manifiestan algunos santos como la beata Ana Catalina Emmerick y la gran mística austriaca María Simma.

En conclusión, ser cristiano es una gracia inmensa que debemos valorar para vivir como tales y desear esta gracia para todos los hombres.

EVANGELIZAR

Para que todos los hombres lleguen a ser cristianos y se cumpla así la voluntad de Dios, es preciso que todos los cristianos sean misioneros y sientan la necesidad de evangelizar, aunque sólo sea a través de sus oraciones y sufrimientos, ofrecidos generosamente al Señor. Recordemos que la Iglesia ha nombrado patrona de las misiones a santa Teresita del niño Jesús, una religiosa contemplativa, que sin salir de su convento, salvó tantas almas que la Iglesia la ha nombrado patrona de las Misiones.

Dios nos urge a predicar, empezando por los que están cerca de nosotros. En el mundo actual hay muchísimos que se dicen cristianos por estar bautizados, pero no son practicantes, y apenas son creyentes; a ellos también hay que evangelizar y ayudar para que vivan plenamente su fe. Sin embargo, no olvidemos que hay millones de hombres que ni siquiera son bautizados y no creen en el mensaje de Jesús. A ellos hay que evangelizar como Cristo nos pide:

Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15). Cristo no me envió a bautizar sino a evangelizar (1 Co 1, 17). Si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, sino que se me impone como necesidad. ¡Ay de mí si no evangelizara! (1 Co 9, 16). ¿Cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán si nadie les predica? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? (Rom 10, 14). Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad (1 Tim 2, 4). No te avergüences jamás de dar testimonio de Nuestro Señor, antes bien lleva con fortaleza los trabajos por la causa del Evangelio (2 Tim 1, 7-8). Predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, vitupera, exhorta con toda longanimidad y doctrina (2 Tim 4, 1).

Creo que son suficientes estos textos para entender el mandato de Jesús. Pero no sólo debemos evangelizar individualmente, sino también en grupo, en familia, y dar testimonio de nuestra fe sin avergonzarnos de ella. Dice Jesús: el que se avergüence de mí y de mis palabras, yo también me avergonzaré de él delante de mi Padre celestial (Mt 10, 33).

Los bautizados están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia, y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios (Cat 1270). Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción del Espíritu de la verdad, están ya en el camino de la salvación, pero la Iglesia, a quien esta verdad le ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela. Porque cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera (Cat 851).

Todos los hijos de la Iglesia han de tener viva conciencia de su responsabilidad para con el mundo, fomentar en sí mismos el espíritu verdaderamente católico y consagrar sus energías a la obra de la evangelización. Sepan todos, sin embargo, que la primera y principal obligación en pro de la difusión de la fe es vivir profundamente la vida cristiana. Pues su fervor en el servicio de Dios y su caridad para con los demás aportarán nuevo aliento espiritual a toda la Iglesia, la cual aparecerá como el estandarte levantado entre las naciones, luz del mundo y sal de la tierra (Vaticano II, Ad gentes n. 36).

En esta tarea de evangelización es importante usar los medios modernos de comunicación social como el internet, la televisión, la radio... (Decreto Intermirifica n. 3). En resumen, todos debemos ser misioneros y predicadores de la Palabra de Dios, compartiendo nuestra fe con los demás, porque como dijo Jesús: La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad al dueño de la mies, que envíe obreros a su mies (Mt 9, 37-38).

LA SALVACIÓN DE LAS ALMAS

El único asunto importante de nuestra vida es la salvación de nuestra alma. Ya Jesús nos advirtió: ¿De qué sirve ganar el mundo entero, si perdemos el alma? (Mt 16, 26). Por salvarnos, Él se dejó insultar y pegar, y entregó su vida. Y desde la cruz sigue diciéndonos: Tengo sed. Tengo sed de la salvación de las almas, pues hay muchas que van por el camino de la perdición eterna. No debemos olvidar que existe el infierno, que es, como dice el Catecismo: Un estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados (Cat 1033). El infierno es pasarse toda la eternidad con un corazón lleno de odio y de violencia en compañía de los demonios. El infierno es terrible, es un estado personal de rechazo de Dios y de su amor, queriendo vivir eternamente sin Dios. Pero, sin Dios y sin amor, nadie puede ser feliz.

¡Qué terrible es pensar que hay millones de hombres que no creen en Dios y lo rechazan en su vida y en sus acciones; hombres que matan sin compasión y que sólo piensan en los placeres y cosas materiales! Incluso no faltan quienes prefieren adorar a Satanás que a Dios. ¡Y Jesús ha muerto por todos y sigue esperándolos hasta el último momento, dándoles la oportunidad de convertirse! ¿Qué hacemos nosotros para ayudar a Jesús en esta tarea?

Los santos son los que más intensamente han vivido este deseo de la salvación de las almas y se han ofrecido a Dios como víctimas para sufrir todo lo que les envíe para conseguir la salvación de los pecadores. Decía santa Catalina de Siena: ¿Cómo podré yo descansar mientras haya un alma creada a tu imagen, Señor, que esté expuesta a perderse? ¿No valdría más que todos se salvasen y que me condenase yo sola con tal de seguir amándote?

Santa Teresa de Jesús dice: Acertó a venirme a ver un fraile franciscano llamado fray Alonso Maldonado, harto siervo de Dios, y con los mismos deseos del bien de las almas que yo y podíalos poner por obra, por lo que le tuve yo harta envidia. Venía de las Indias y me comenzó a contar de los muchos millones de almas que allí se perdían por falta de doctrina e hízonos un sermón y plática animando a la penitencia. Yo quedé tan lastimada de la perdición de tantas almas que no cabía en mí. Me fui a una ermita y con hartas lágrimas clamaba a Nuestro Señor, suplicándole diese medio cómo yo pudiese hacer algo para ganar algún alma para su servicio, pues tantas llevaba el demonio; y que pudiese algo mi oración. Tenía gran envidia a los que podían por amor de nuestro Señor emplearse en esto, aunque pasasen mil muertes; y así me acaece que, cuando en las vidas de los santos leemos que convirtieron almas, mucha más devoción me hace y más ternura y más envidia que todos los martirios que padecen.

Y sigue diciendo: Estando un día en oración, me hallé sin saber cómo en un punto que me parecía estar metida en el infierno. Esto fue en brevísimo espacio, mas aunque viviese muchos años, me parece imposible olvidárseme... Sentí un fuego en el alma que yo no puedo entender cómo poder decir de la manera que es. Los dolores corporales tan insoportables, que con haberlos pasado en esta vida gravísimos y según dicen los médicos los mayores que se pueden acá pasar, no hay nada en comparación de los que allí sentí y ver que habían de ser sin fin y sin jamás cesar... No quiso el Señor entonces viese más de todo el infierno; después he visto otra visión de cosas espantosas... El quemarse de acá es muy poco en comparación de este fuego de allá. Yo quedé tan espantada, y aun lo estoy ahora escribiéndolo después de casi seis años, que me parece que el calor natural me falta de temor, aquí donde estoy... Me da grandísima pena las muchas almas que se condenan..., y me parece cierto a mí que por librar una sola de tan gravísimos tormentos, pasaría yo muchas muertes de muy buena gana.

La beata Ana Catalina Emmerick decía:

Señor, yo deseo que en esta vida hagáis y deshagáis de mí, queméis, corrijáis, afligiéndome y matándome, con tal que yo no me condene ni tampoco ninguno de mis prójimos. Señor, que ninguno sea condenado..., que me pongáis en la puerta del infierno y que esté yo allí padeciendo atravesada, para que ninguno pase ni entre en aquellas penas. Padézcalas yo todas y no se condene ninguna criatura de vuestras manos, ni entren más en aquellas cavernas. Yo estaré padeciendo toda la eternidad el fuego y las penas... Mas os pido, Señor, que nadie se condene, pues son almas hechuras vuestras que os costaron mucho. Y, si para que no entre ninguno en el infierno es menester que yo esté hasta el día del juicio atravesada en la puerta del infierno mismo, no lo rehusaré... Me ofrezco, aunque sea a morir mil muertes y aun padecer las penas del infierno, para que una sola alma se salve con tal que sea no perdiendo a Dios. Clamar, orar y pedir, yo lo haré, suponiendo mi pobreza y llevando delante los méritos de Cristo nuestro Redentor.

Dice santa Faustina Kowalska: Bajo la guía de un ángel, he estado en los abismos del infierno. Es un lugar de grandes tormentos en toda su extensión espantosamente grande... Habría muerto a la vista de aquellas horribles torturas, si no me hubiera sostenido lo omnipotencia de Dios. El pecador sepa que con el sentido con el que peca, será torturado por toda la eternidad. Escribo esto por orden de Dios para que ningún alma se justifique diciendo que el infierno no existe, o que ninguno ha estado nunca y ninguno sabe cómo sea. Yo, Sor Faustina, por orden de Dios estuve en los abismos del infierno con el fin de relatarlo a las almas y atestiguar que el infierno existe...

La mayor parte de las almas que allí están son almas que no creían que el infierno existía. Cuando volví en mí, no lograba reponerme del espanto al pensar que unas almas allí sufren tan terriblemente; por eso, ruego con el mayor fervor por la conversión de los pecadores e invoco incesantemente la misericordia de Dios para ellos. Oh Jesús mío, prefiero agonizar hasta el fin del mundo en las más grandes torturas antes que ofenderte con el más pequeño pecado.

La Venerable Sor Josefa Menéndez era llevada frecuentemente al infierno con permiso de Dios para poder sufrir por tantas almas que estaban en camino de condenación. Dice ella:

Yo no puedo decir lo que se oye: toda clase de blasfemias y de palabras impuras y terribles. Unos maldicen su cuerpo, otros maldicen a su padre o madre, otros se reprochan a sí mismos el no haber aprovechado tal ocasión o tal luz para abandonar el pecado. En fin, es una confusión tremenda de gritos de rabia y desesperación... En frente de mí y cerca, tenía almas que me maldecían y blasfemaban. Es lo que más me hizo sufrir, pero lo que no tiene comparación con ningún tormento es la angustia que siente el alma, viéndose apartada de Dios... Me pareció que pasé muchos años en este infierno, aunque sólo fueron seis o siete horas...

No puedo decir lo que sintió mi alma, cuando me di cuenta de que estaba viva y que todavía podía amar a Dios. Pero para poder librar un alma de este infierno, yo no sé a lo que estoy dispuesta. Veo con mucha claridad que todo lo del mundo no es nada en comparación del dolor del alma que no puede amar, porque allí no se respira más que odio y deseo de la perdición de las almas.

En las apariciones de Fátima, Nuestra Madre la Virgen les hizo ver a los niños el infierno. Dice Lucía: Nuestra Señora nos mostró un gran mar de fuego que parecía estar debajo de la tierra. Sumergidos en este fuego los demonios y las almas como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas con forma humana que fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas que de las mismas salían juntamente con nubes de humo cayendo hacia todos los lados, semejantes al caer de las pavesas en los grandes incendios, sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por las formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, también transparentes y negros... Nuestra Señora nos dijo con bondad y tristeza: Habéis visto el infierno donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón.

En la primera aparición del ángel de Portugal, él les dijo a los tres pastorcitos: Ofreced sacrificios en acto de reparación por los pecados con que Dios es ofendido y suplicando por la conversión de los pecadores...

En la tercera aparición, el ángel les enseñó la oración: Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el preciosísimo cuerpo, sangre, alma y divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sacratísimo Corazón y del Corazón Inmaculado de María, te pido la conversión de los pobres pecadores. Y al darles la comunión les dijo: Tomad y bebed el cuerpo y la sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios.

Y les decía María en la aparición del 13 de agosto de aquel año 1917: Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, porque van muchas almas al infierno, porque no hay quien se sacrifique ni ore por ellas.

¿Qué quiere decir todo esto? Que Dios nos necesita en la gran tarea de la salvación de nuestros hermanos. ¿Estás dispuesto a ayudarle? Dios cuenta contigo. Tú tienes la respuesta.

MADRE MARÍA DE JESÚS DE ÁGREDA

La Madre María de Jesús (1602-1665), llamada en el mundo María Coronel y Arana, nació en la ciudad de Ágreda (Soria), en España. Allí entró en el convento de las Madres concepcionistas a los 18 años. Llegó a ser Superiora del monasterio y allí vivió hasta su muerte. Desde los primeros tiempos de su vida en el convento, empezó a tener éxtasis y fenómenos extraordinarios. Su deseo de salvar almas era muy intenso.

En la relación que ella misma hace al padre Pedro Manero le dice así: Esto de que se condenasen las criaturas de Dios y mis hermanos los prójimos, desde muy pequeña me ha dividido de dolor el alma; y lo que me ha pasado acerca de esto no es posible ponderarlo. Y en este tiempo me sucedió que el Señor me prevenía algunas veces que quería trabajase por las criaturas y el bien de las almas; y las grandes enfermedades y dolores que tenía me ordenaba su Majestad se lo ofreciese por una causa de su agrado y por la conversión de algunas almas.

Paréceme que un día, después de haber recibido a nuestro Señor, me mostró su Majestad todo el mundo y conocí la variedad de cosas criadas; cuán admirable es el Señor en la universalidad de la tierra; mostrábame con mucha claridad la multitud de las criaturas y almas que había y entre ellas cuán pocas que profesasen lo puro de la fe y que entrasen por la puerta del bautismo a ser hijos de la santa Iglesia. Dividíase el corazón de ver que la copiosa redención no cayese sino sobre tan pocos. Conocía cumplido lo del Evangelio que son muchos los llamados y pocos los escogidos. A todos crió el Altísimo para que le conociesen, sirviesen y amasen y son muy pocos los que profesan la fe conforme los muchos gentiles, idólatras, moros y herejes que hay.

Para dar salida a su incontenible deseo de salvar almas, Dios le concedió el don bilocación. Así pudo convertir a un moro de Pamplona, un musulmán encarcelado, a quien fue a catequizar en bilocación y consiguió su conversión, siendo bautizado en su misma ciudad de Ágreda el 28 de noviembre de 1626, como consta en el libro de bautismos de la parroquia de Ágreda. Veamos los hechos.

Había un musulmán encarcelado en el castillo de Pamplona y debían llevarlo a Madrid. Un caballero que residía en Ágreda con el cargo de gobernador de armas, antes de cumplir este encargo, les habló a las religiosas de este musulmán, tratándolo de perro por haber huido de la justicia. Sor María, que escuchaba estas palabras, no pudo ocultar la pena que le causaba oír tratar así a una criatura hecha a imagen y semejanza de Dios; y pidió al caballero que le trajese el esclavo por Ágreda antes de llevarlo a Madrid. Llegó a Pamplona este señor y, al disponerse a conducir con toda cautela al famoso moro, le manifiesta éste, cómo ya estaba catequizado por una religiosa que visiblemente había estado con él dos veces en el castillo y postrada de rodillas le había rogado que se hiciese cristiano, instruyéndole en los misterios de la fe, y él se había determinado a recibir el bautismo en la parroquia de Nuestra Señora de los Milagros de la villa de Ágreda y tomar el nombre de Francisco como la religiosa le había prescrito.

Y lleno de gozo, el señor gobernador se presenta con el moro en la villa. Señalan el día del bautismo y acompañado de las personas más distinguidas de la población y de casi todos los vecinos, entra el moro en la parroquia y en ella, con edificación y contento de los presentes, es bautizado solemnemente. Presuponiendo que la monja que se le había aparecido y convertido a la fe había sido Sor María de Jesús, suplicó el moro a los superiores del monasterio se dignasen comprobar del modo más conveniente el suceso; y, al efecto, presentes en el convento de la Concepción los padres Juan Bautista del Campo, guardián de San Julián de esta villa, fray Antonio Vicente y fray Juan Ruiz, vicario y procurador de las religiosas respectivamente; el mencionado caballero, el notario Don Lucas Pérez Planillo y varios señores y señoras que, atraídos por la fama del prodigio allí habían acudido, pusieron al moro junto a la puerta reglar, para que, al pasar cerca de él tres religiosas con velo levantado, dijera cuál le había visitado e instruido en el castillo de Pamplona.

Pasó la primera y dijo: ésta no es, aunque iba vestida como ésta; pasó la segunda y repitió lo mismo; mas al ver a la tercera, que era Sor María de Jesús, exclamó: ésta es, ésta es. Pero no contentos los superiores con solo este experimento, obligaron a pasar otra vez del mismo modo a todas las religiosas de la Comunidad, y a medida que iban pasando, decía el moro: ésta no es, ésta no es..., hasta que conocida la última, exclamó: ésta es la que me ha convertido. Señores, esta es la monja que se me apareció en Pamplona y me ha convertido. Y el notario, que había presenciado todo, y a quien Sor María de Jesús le era bien conocida, levantó público testimonio de lo sucedido.

Pero lo más hermoso de la vida de Sor María de Jesús fue la capacidad que Dios le dio con el don de bilocación para ir a tierras lejanas a evangelizar. No es el único caso, pero sí el más sobresaliente de la historia de la Iglesia.

De la beata Sor Ana de la Ángeles y Monteagudo, religiosa de Arequipa, Perú, se cuenta que, a veces, iba en bilocación a visitar a los indios de las alturas de Arequipa y les explicaba la doctrina cristiana. San Martín de Porres, según el testigo fray Antonio José de Pastrana, estuvo por casos que se averiguaron (en bilocación) en Bayona de Francia en un hospital que hay en dicha ciudad, y dispuso y fundó otro en Berbería para los cristianos cautivos y estuvo en el Japón consolando a los nuevamente convertidos. Esto mismo afirmó en las Actas del proceso de beatificación, el testigo fray Jacome de Acuña. Por supuesto que, al ir a visitar estos lugares no sólo consolaba a los enfermos y animaba a cautivos o a los recién convertidos, sino que también les hablaba de Dios y de nuestra fe católica. Otro caso interesante de evangelización en bilocación es el de Sor Ana de san José. Dice en su Autobiografía:

Algunas veces, me hace nuestro Señor merced, después de haberle recibido sacramentado, de llevarme a algunas ciudades y reinos... Y siento que me lleva en sí mismo en espíritu y otras veces siento que me lleva el corazón; y cuando me lleva el corazón primero, me dice acabándole de recibir: “Pídanme todos que estoy en el corazón de Ana. Pídanme mercedes todos que aquí me dejaré rendir”.

Algunas veces, me dice: “Ahora vamos al Japón, que tengo allá muchos amigos que trabajan en la conversión de las almas y los debemos visitar y fortalecer...” Otras veces, me daba a entender infinidad de cosas acerca de los errores de los indios y del fruto que hace la presencia de nuestro Dios, las tinieblas que destierra de aquellos ciegos y el espíritu que infunde a los que trabajan... Otras veces, me sentía llevar sin saber de quién... Me ha sucedido muchas veces ir por el aire como volando y, algunas veces, me hallo entre multitud de indios de diversas naciones con la “Doctrina cristiana” en la mano y ellos están de rodillas oyéndola... Otras veces, después de la comunión, me sucede ser llevada y llevo el Santísimo Sacramento en el pecho; y, entonces, veo que muchísimos lo adoran; y también en estas ocasiones hace muy grandes favores.

Pero veamos ahora más en concreto el caso excepcional de la Madre María de Jesús.

SU EVANGELIZACIÓN EN AMÉRICA

La presencia de la Madre Ágreda en la evangelización de los indios de Norteamérica es un hecho histórico, aceptado hasta por los historiadores norteamericanos. Algunos de los cuales desean que se le nombre patrona de Texas. Esta evangelización fue realizada por bilocación, mientras se encontraba en su convento de Ágreda y ocurrió entre los años 1620 y 1631, en los territorios norteamericanos del Estado de Nuevo México y parte de los actuales Estados de Texas, Colorado y Arizona.

Según datos confiables, los padres franciscanos, desde 1608 hasta 1616, habían bautizado unos 10.000 indios, pero en los siguientes años, por efecto de la evangelización de la Madre María de Jesús, entre otros factores, y también por el aumento de los misioneros, las conversiones llegaron a 500.000. Una cosecha extraordinaria, sobre todo, si consideramos las extensas distancias y la oposición de muchos indios rebeldes.

En 1622 salió una misión de 26 franciscanos dirigidos por el padre Alonso de Benavides para evangelizar los territorios de Nuevo México. Allí estaban las tribus de los apaches, navajos, comanches y otros muchos que, anteriormente, habían matado a algunos religiosos y eran considerados salvajes y sanguinarios con los blancos; pero los religiosos se dieron con la grata sorpresa de que venían a suplicarles que fueran a sus tierras para administrarles el bautismo y los demás sacramentos. Ellos hablaban de La Dama azul (haciendo alusión a su capa azul), que los había preparado y evangelizado. Los padres Juan de Salas y Diego López los acompañaron a sus tierras y fueron reconocidos por los paganos como hombres enviados por Dios. Ellos llegaron a bautizar en un solo día hasta 10.000.

El padre Alonso de Benavides, ante estos milagrosos sucesos, decidió viajar a España desde México para informar a sus Superiores de las cosas tan notorias y particulares, como él dice, que estaban sucediendo en la Misión. Llegó a España el 1 de agosto de 1630 y, antes de conocer a la Madre Ágreda, escribió un Memorial de los hechos, que se imprimió en Madrid ese mismo año y que entregó al rey Felipe IV y al Consejo de Indias y al General de su Orden, padre Bernardino de Siena.

En este primer Memorial del padre Benavides del año 1630, se dice:

El Padre Juan de Salas, hablando a aquella multitud (de diez mil hombres o más) los interrogó si querían el bautismo. Respondieron por todos los capitanes que para esto habían venido allí y para esto habían llamado a los padres. El padre dijo: Quisiera que todos y cada uno dé una señal cierta y que cada uno, desde su puesto, levante el brazo para manifestar su deseo del bautismo. Todos alzaron los brazos y con gran clamor exclamaron que querían ser bautizados. Lo que más conmovió a nuestros padres fue que las madres, que tenían los niños al pecho, alzaban sus bracitos en alto...

Los dos padres, Juan de Salas y Diego López, permanecieron junto a ellos algunos días, predicando la palabra de Dios y las cosas necesarias que debían creer, y enseñándoles las oraciones cristianas, mientras la multitud los escuchaba con suma avidez. Mientras tanto, llegaron embajadores de los otros pueblos vecinos: Yapis, xabatoas, quiviras y aixaos insistiendo que también fueran a sus pueblos y diciendo que también entre ellos se aparecía y predicaba la llamada Sierva de Dios... Antes de despedirse los dos padres les recomendaron que cada día se acercasen a la cruz y recitaran devotamente las oraciones aprendidas. Entonces, el jefe supremo de los indios dijo: “Padre, hasta ahora nosotros somos como ciervos y animales salvajes, pero vosotros tenéis mucho poder ante Dios. Hay entre nosotros muchos enfermos, curadlos antes de vuestra partida”. Había muchos enfermos y, desde las tres de la tarde, por toda la noche, hasta las diez del día siguiente, llevaron continuamente ciegos, cojos, paralíticos. Y los padres, estando de pie, uno de una parte y el otro de otra, con la señal de la cruz y leyendo el Evangelio “Loquente Jesu” (Marcos 16) y la oración “Concede nos”, quedaban curados instantáneamente. Bendito sea Dios que, por medio de sus pobres siervos, ha obrado tantos milagros. Los padres estaban atónitos. Y tanta devoción tomó aquel pueblo hacia la santa cruz que, desde entonces, cada uno de ellos la colocaba encima de su tienda o cabaña y la tenía consigo todo el tiempo.

El padre Benavides fue a visitar a la Madre Ágreda con autorización del Padre General para que la Madre pudiera decir por obediencia toda la verdad. Escribió su segundo Memorial sobre los sucesos de América en mayo de 1631, después de haber hablado varias veces con ella. En este Memorial, incluía una carta, fechada el 15 de mayo de 1631, escrita por la misma Madre Ágreda, donde confirma lo dicho por el padre Benavides en este segundo Memorial. Veamos lo que nos dice el padre Alonso de Benavides:

Escribo aquí parte de las maravillas que la divina Majestad ha obrado y va obrando en las conversiones del Nuevo México por ministerio e instrucción de la dichosa Madre María de Jesús, abadesa de su convento de la Concepción descalza de nuestro seráfico Padre san Francisco, en protección y gobierno de la santa provincia de Burgos en la villa de Ágreda. Las cuales maravillas la misma Madre María de Jesús me manifestó y dijo a solas en el confesionario a mí, fray Alonso de Benavides, de la Orden de nuestro Padre san Francisco y por mandato de nuestro Reverendo Padre General vine a esta villa con carta suya para la dicha Madre, en la que se mandaba me satisfaciese a todo como lo hizo y todo es de la suerte que yo allá lo he visto y experimentado en el Nuevo México…

Los indios xumanas habían venido a pedir que fuese a bautizarlos el padre fray Juan de Salas; algunos años antes ya habían pedido cada año. Preguntándoles qué motivo tenían de pedir con tanta insistencia el bautismo dijeron que una mujer parecida a un retrato que allí había de la Madre Luisa de Carrión, pero mas moza y hermosa, les andaba predicando en su tierra, y les dijo que viniesen a llamar a los padres de san Francisco para que fueran a bautizarlos; y los reprendían de flojos y perezosos porque no venían.

Fueron el padre fray Juan de Salas con su compañero fray Diego López, entrambos sacerdotes y predicadores, hijos de la provincia del santo Evangelio, y en su compañía fueron dos soldados españoles y otros dos mozos, a los cuales salieron a recibir los indios en su tierra con cruces altas en procesión y allí pidieron a voces el bautismo y hasta las mujeres que tenían a sus criaturas de pecho les alzaban los bracitos tiernos, pidiendo por ellas a voces el bautismo…

Vinieron también allí los de la nación Sapie y los de la Gabatoa y pidieron el mismo bautismo por haberlo enseñado así la misma mujer, y viendo que estaban bien dispuestos los indios y que la mies era mucha y los obreros pocos, se determinaron a volverse de donde salieron que hay más de ciento doce leguas para llevar más religiosos y lo necesario para fundar iglesia; y despidiéndose de la gente, les dijeron que tuviesen siempre gran fe en aquella cruz que allí les dejaban, que en todas sus necesidades hallarían en ella remedio.

Los indios dijeron que antes que fuesen les curasen sus enfermos y así los fueron trayendo luego; sería esto a las tres de la tarde y permitió Nuestro Señor que hubiese tantos que hubo que hacer hasta el otro día a las 10 y con sólo hacer los religiosos la señal de la cruz sobre el enfermo y decir el Evangelio de san Lucas y la oración de nuestra Señora “Concédenos” y la de Nuestro Padre san Francisco, quedaban sanos de todas sus enfermedades.

Cuando los religiosos querían partir, despidiéndose de las sobredichas naciones, llegaron también allí los embajadores del reino de Quivira que dista de allí seis o siete jornadas al Oriente y dijeron que de parte de los suyos venían también a llamar a los religiosos, porque también la mujer que allí andaba enseñándoles la fe, andaba en su reino de Quivira, haciendo lo mismo; y como los religiosos estaban ya de partida, respondieron a los embajadores que a la vuelta acudirían de buena gana a darles el bautismo, porque traerían más religiosos para todos, con lo cual los embajadores quedaron contentos y algunos de ellos desde allí se volvieron a su tierra de Quivira para avisar de lo que pasaba, y los otros se vinieron con los dichos dos religiosos a donde estábamos para volver con ellos y guiarlos a sus tierras. Yo los vi y dejé a un muchacho en el Nuevo México para que aprendiese la lengua española.

Habiendo, pues, sucedido esto y por otras partes grandiosas conversiones como tengo dicho de más de quinientas mil almas, a donde pocos años antes todo era idolatría y todos ahora adoran al Señor y Criador universal…

Cuando comenzamos a tratar (con la Madre María de Jesús) de las conversiones de Nuevo México, le pregunté si había sido ella la que andaba por allá, predicando nuestra santa fe católica entre aquellas bárbaras naciones. Me dijo que sí, que Nuestro Señor había sido servido de enviarla allá por ministerio de sus ángeles y que es verdad que envió a los indios xumanas para encontrarse con los religiosos en el camino. Y que ella enseñó y dispuso a los demás indios cómo habían de salir con cruces altas y recibir a los religiosos y asistió con ellos al recibimiento y a sus predicaciones y a los milagros que hicieron, y dio las señales verdaderas de los religiosos en la forma que yo los conozco, diciendo que eran blancos y de rostros colorados como en efecto lo son los dichos padres, y también dio señas del capitán de los indios que era tuerto, aunque no le faltaba el ojo.

Todo esto es así y me lo dijo el mismo padre fray Juan de Salas y estas cosas no hay quien las sepa; y la Madre María de Jesús me las dijo como ellas pasan por allá, y que aquella gente toda andaba vestida de pellejos de animales con pelo y que es gente bien inclinada y dócil; y que los indios pintaban mantas y las hilaban para dar a las mujeres y que ellos también las vestían, no al modo que se visten los españoles, sino rodeando aquellas mantas al cuerpo y que en las caras solían traer unas rayas y que los indios solían traer el cabello compuesto y cortado a su modo, y unas conchas en la cabeza para gala; y preguntándole yo si estaba cierta de estas cosas, me respondió:

- Sí, Padre, me acuerdo muy bien y aun he tenido por ello también mis reprensioncitas, porque estando yo mirando a un indio cómo estaba vestido y la cabeza y cabellos de aquel modo, me reprendió uno de mis ángeles, porque son más de dos los de mi guarda y custodia, y me dijo que no me divirtiese en aquello. Dijo haber sido ella propiamente la que envió desde el reino de Quivira aquellos embajadores a los religiosos para que fuesen a predicarles y que, por aquella parte a donde salieron aquellos embajadores, es lo último del reino de Quivira, el cual estaba al Oriente de allí; y que la gente de este reino, es muy dócil y mucha, y el reino muy grande y que está al Oriente del Nuevo México, donde dice que ha estado muchas veces; unas, presencialmente; otras, sus ángeles en su lugar y forma, predicando nuestra santa fe católica, y todo esto lo hemos sabido allá de los mismos indios que la han visto personalmente, porque nosotros no lo hemos merecido, aunque ella sí nos ha visto a todos…

Le pregunté si había visto aquel río grande donde el padre Ortega llegó, cuando pasó aquellas señales en los caminos, y me dijo que sí lo había visto y que era verdad que pasaba de donde se pone el sol a donde nace, hasta salir a la mar, y se holgó de que el padre Ortega se puso nombre “de San Francisco”; y que por aquella parte estaba el reino de Quivira y mucho más adelante el reino de Siclar, que es mayor que el reino de Quivira y de gente negra y muy feroz y muy belicosa; y que a este reino, a su parecer, milagrosamente aportaron dos religiosos de nuestro padre san Francisco, viejos, que ya son muertos o los martirizaron, y que le parece no eran españoles sino de otra nación y que bautizaron allí mucha gente.

Le pregunté si había estado en los pueblos de Nuevo México ya cristianos, donde estamos los religiosos de un lado y otro del río del Norte, y dijo que sí y que había asistido con nosotros algunas veces a los bautismos, y me dio las señales de algunos religiosos, en particular del padre fray Cristóbal de Quiroz, mediano de cuerpo, algo flaco, carilargo y colorado y, aunque es ya de edad, tiene pocas canas y es todo así como lo dice la Madre. Este religioso estaba una vez bautizando y mucha gente estaba entrando en la iglesia y la Madre con sus propias manos los iba desviando, haciendo entrar y acomodar en la iglesia, y los indios, cuando no veían quién lo hacía, se reían. Dice que se acuerda muy bien de haberme visto y asistir conmigo en el bautismo y, antes que me viese, me dijo todas las señales como que era alto de cuerpo y pocas canas en la cabeza y otras cosas, y esto me lo dijo en el confesionario, donde no podía verme ni me había visto antes por acá…

Me dijo que en el reino de Tidar hay todavía muchos cristianos bautizados y que no hay vivo ya ningún religioso, que quizás los han martirizado los indios infieles y que allí la mies y la viña del Señor es grandísima, porque es infinita la gente. Este reino de Tidar es el que hace la guerra al reino de Quivira y se la hacía cuando los Quiviras vinieron a pedir socorro a los españoles del Nuevo México, siendo gobernador Don Pedro de Peralta.

Todas estas cosas que aquí refiero me dijo nuestra Madre María de Jesús, desde el jueves primero de mayo hasta el jueves ocho, las cuales cosas nadie las ha oído en España y son de Nuevo México; sin revelación milagrosa, no pudo saberlas ni yo hasta ahora me había acordado de decirlas, y dice que ha estado allá muchas veces personalmente por ministerio de sus ángeles, y otras los mismos ángeles representaban allá su persona y que hará mes y medio que estuvo allá la postrera vez… Y dijo que una vez un indio la había asido de un escapulario y se lo quería quitar por devoción, y ella le dijo que no se lo podía dar porque no podía andar sin él y que le dio un rosario; y a otros muchos les dio rosarios, cruces e imágenes que les había llevado de acá…

Estas son las cosas que he merecido oír de nuestra Madre María de Jesús y por ser tales y tan considerables y de tanto aprecio, aunque las escribo con toda verdad y puntualidad, y haber entendido con cuidado lo que oía tanto para mi consuelo como por haberlo mandado nuestro Reverendísimo Padre General… Doy fe y testimonio. Fray Alonso de Benavides.

La Madre Ágreda escribió una carta para confirmar lo escrito por el padre Benavides y en ella dice:

Obedeciendo lo que me mandan su Reverendísima, Nuestro Padre General, nuestro padre fray Sebastián de Marcilla, maestro Provincial de esta Provincia de Burgos y nuestro padre fray Francisco Andrés de la Torre, que es quien gobierna y rige mi alma; a Vuestra Paternidad, mi padre custodio de Nuevo México (padre Benavides), digo que todo lo que contienen estos cuadernos y hojas retro escritas es lo que yo he dicho y referido estos días que he hablado con Vuestra Paternidad de lo que por la misericordia del Altísimo y de sus ocultos juicios ha obrado con mi pobre alma, para manifestar la fuerza de su brazo poderoso y para que los vivientes conozcan que toda dádiva se deriva del Padre de los hombres que habita en las alturas…

Y así digo lo que he sucedido en las provincias y reinos de Nuevo México, de Quivira, Yumanas y otras naciones, aunque no fueron estos dos reinos los primeros a donde fui llevada por la voluntad y poder del Señor y por mano y asistencia de sus santos ángeles. Allí me sucedió, vi e hice todo lo que a Vuestra Paternidad he dicho y otras muchas cosas que por ser tantas me es imposible referirlas para instruir y alumbrar en la santa fe católica a todas aquellas naciones.

Los primeros reinos adonde fui, creo están al Oriente y se ha de caminar hacia Oriente para ir a ellos desde el reino de Quivira. Yo llamo a estos reinos respecto de nuestros términos de hablar: Tidar y a otro Chillescas y Caburcos, los cuales no están descubiertos y para ir a ellos me parece ha de haber grandes dificultades por los muchos reinos y naciones que hay antes de llegar a ellos, de gente muy belicosa, los cuales no dejan pasar a los indios cristianos de Nuevo México, porque recelan de ellos… El demonio los tiene engañados, haciéndoles entender y creer que han de estar sujetos y esclavos siendo cristianos… Descubriendo estas provincias, se podría hacer grande obra en la viña del Señor, porque hay gran multitud de gente que no conoce a nuestro verdadero Dios y Señor. Los sucesos que he dicho y comunicado, me han sucedido desde el año 1620 hasta este presente de 1631. El reino de Quivira y Yumanas fueron los últimos a que fui llevada, que son los que Vuestra Paternidad dice ha descubierto por su buena inteligencia y las personas mismas de aquellos santos padres, a quienes ruego y amonesto de parte del Señor, que trabajen en obra tan dichosa alabando al Altísimo por su buena suerte y dicha que es muy grande, pues su Majestad los hace tesoreros y distribuidores de su preciosísima sangre y les ha puesto en sus manos el precio de ella, que son las almas de tantos indios que, por falta de luz y de quien se la administre, andan en tinieblas y ceguedad, y carecen de lo más santo y deseable de la ley más inmaculada y pura, suave, deleitable y dulce, y del bien y gloria eterna.

Mucho deben alentarse estos dichosos padres en esta gran heredad del Señor, porque la mies es mucha y los obreros pocos, para dar la mayor gloria y agrado al Altísimo, y usar y merecer la más perfecta y grande caridad que puede haber con estas criaturas y hechuras del Señor, criadas a su imagen y semejanza con alma racional para conocerle y alabarle. No permitan, padres y señores míos, que los deseos del Señor y su voluntad santa se frustren y malogren, pues dice su Alteza que tiene regalos y delicias con los hijos de los hombres y, pues a estos indios los hizo su Majestad idóneos y capaces para servirle y amarle y reverenciarle, no es justo que carezcan de lo que los demás fieles cristianos gozamos. Alégrense en el Señor, doctores y padres míos, pues Dios les ha dado la oportunidad, ocasión y suerte de los santos apóstoles. No la pierdan por rehusar el trabajo.

Padres carísimos, merezca mi buena voluntad y deseo que me hagan partícipe de alguna de las menores obras y trabajos que ustedes hacen y padecen en esas conversiones, que la estimaré más que todo cuanto por mí obrare en toda mi vida, porque juzgo delante del Señor que las obras de las conversiones de las almas son las obras de más valor, estima y agrado. Y esto mismo lo he oído de sus santos ángeles, que me han dicho que les tenían envidia de que el Señor les favoreciese en poder convertir almas. Me aseguraban que las oraciones y obras que Dios recibe con mayor agrado eran las que se obran en la conversión de los indios infieles. Y me dio por razón el santo ángel que la sangre del Cordero era suficiente para todas las almas y que padeció por una lo que por todas y que lo que el Señor más sentía era que un alma se perdiera por falta de la luz de la fe.

Y digo ser verdad todo lo que queda dicho de mi letra y de la del padre custodio de Nuevo México, y por mandármelo la obediencia lo firmo de mi nombre y suplico a todos nuestros reverendos padres, que aquí he nombrado, se sirvan por el Señor mismo, a quien servimos y por quien sólo manifiesto estos secretos, que se oculten y guarden en custodia, pues lo pide el caso sin que lo vea criatura alguna. Dado en esta casa de la Purísima Concepción de la villa de Ágreda a 15 de mayo de 1631, Sor María de Jesús.

En la causa formada en la Audiencia del Santo Oficio de la Inquisición de Logroño a la Madre María de Jesús de Ágreda, del 19 de mayo de 1635, el testigo fray Francisco Andrés de la Torre dijo que: Del año veinte al veintitrés, en que entró en el oficio de Provincial, tuvo noticia de los padres fray Juan y fray Antonio, provinciales anteriores, que la dicha María de Jesús, estando arrobada y otras veces sin estarlo, era llevada por manos de ángeles a unos reinos de idólatras en las Indias y que allá instruía a los indios en la fe del verdadero Dios y les daba noticia del bautismo y de la Iglesia católica.

Les enseñaba cómo y a dónde habían de ir a buscar a los sacerdotes y ministros católicos para que los bautizasen; y después del año veintitrés hasta el veinte y cinco, que la trató este testigo como su Prelado, la examinó secretamente acerca de estas cosas y ella declaró cómo era verdad lo que a este testigo le había dicho y preguntado, que había sido llevada a dichos reinos muy frecuentemente los años precedentes por mano de los ángeles, y que solía ser cada día y, algunos días dos veces, conforme a la necesidad que ella juzgaba o conocía…

Y durante el tiempo que la dicha María de Jesús era llevada al dicho reino de las Indias, nunca se echaba de menos en el convento, en particular cuando era Prelada, porque mientras allá se detenía, suplía por ella y en su figura un ángel, que hacía y ordenaba lo que ella había de hacer y, después, cuando ella venía, de ordinario le advertía lo que en su nombre y por ella había hecho para que no lo olvidase ni hiciera otra vez, y no se echase de ver su ausencia ni quién la suplía; y, en particular, para prueba de lo dicho, este testigo se acuerda de que en tres diferentes ocasiones, estando hablando a su parecer con ella, se interrumpió la conversación en un breve tiempo, menos de media Avemaría.

Y conoció que llegaba entonces a la parte que este testigo estaba (que era en el confesionario, donde estaba también por la parte de adentro la que este testigo juraba que era la misma María de Jesús) y conoció la mudanza que había de sujetos, percibiendo alguna diferencia en el modo de hablar o en el tono y mayor diferencia en la materia de la conversación, porque habiendo estado hablando casi una hora con la que entendía que era María de Jesús, ella comenzó a saludarle como quien de nuevo llegaba allí; admirándose este testigo, le preguntó con mandato de obediencia dijese qué novedad era comenzarle a saludar entonces al cabo de tan gran rato que estaba con ella, y ella respondió que en aquel punto llegaba y que hasta entonces había estado en su lugar su ángel y que así ella ignoraba lo que hasta entonces habían hablado, y replicando este testigo cómo no le había dado cuenta el ángel, como en otras ocasiones, de lo que en nombre de ella había hablado y dicho, le respondió que aquello era privilegio de los Prelados, pues no se recataba el ángel de que entendiese había estado ella ausente y él en su lugar y que, por esto, no la había avisado… Y en otras dos ocasiones, de las tres arriba dichas, le sucedió lo mismo o cosa semejante para conocer que en lugar de la dicha María de Jesús se ponía su ángel; y de otra ocasión se acuerda que, estando barriendo las monjas en Comunidad, llegó este testigo a dar un papel a la dicha María de Jesús, que estaba barriendo con las demás, y habiendo venido y hablado con ella un rato en el locutorio y habiéndole dado el papel, al poco tiempo reconoció la misma mudanza que en el caso primero.

Y la dicha María de Jesús, en medio de la conversación, dijo a este testigo cómo su ángel le había dado entonces aquel papel y que la había advertido añadiese una palabra que faltaba en él para el caso en que ella había consultado; y en esta ocasión también reconoció alguna diferencia en el hablar o en el modo de cuando hablaba el ángel, aunque era tan poco que, si no es con mucha advertencia, no se podía percibir. Y esto causaba tan grande reverencia y terror que no daba lugar a preguntar por curiosidad. También ha entendido este testigo por revelación de algunas religiosas de dicho convento, que han tenido ellas algunos indicios y señales en que han conocido que, en lugar de la dicha María de Jesús, algunas veces les hablaba su ángel y les hacía pláticas y tenía Capítulos y se hallaba con ellas en otras acciones de la Comunidad y, en particular, lo advirtió y reconoció una vez una religiosa llamada Sor Atilana, natural de Tarazona, quien se lo refirió a este testigo (Firmado fray Francisco Andrés Provincial de esta Provincia).

Hay que anotar que la Inquisición, que la interrogó en varias ocasiones, no la condenó ni encontró en ella nada censurable. Sobre el don de bilocación, ella respondió a los inquisidores:

Si fue ir o no real y verdaderamente con el cuerpo, no puedo yo averiguarlo y no es mucho lo dude, pues san Pablo estaba a mejor luz y confiesa que sí fue llevado al tercer cielo y que no sabe si fue en el cuerpo o fuera de él; lo que puedo asegurar con toda verdad es que el caso sucedió en hecho de verdad, y que sabiéndolo yo, no tuvo nada del demonio… Para juzgar que iba realmente era que yo veía los reinos distintamente y sabía sus nombres que se me ofrecían al entendimiento distintamente, que son los que van en el Memorial, que veía las ciudades y conocía las diferencias de las de acá y que el temple y la calidad era diferente, más cálido y las comidas más groseras y se alumbraban con una luz a modo de tea; que los amonestaba y declaraba todos los artículos de la fe y los animaba y catequizaba, y lo admitían ellos y hacían como genuflexiones, aclamando por su bien.

El padre José Jiménez Samaniego (1621-1692), que llegó a ser General de la Orden franciscana y conocía muy bien a la Madre María de Jesús, escribió la relación de su vida y en ella dice:

Habíanse descubierto años antes en América las dilatadas provincias de Nuevo México, en cuya espiritual conquista trabajaban infatigables los hijos de san Francisco, obreros que, desde los principios, destinó Dios con especialidad para la conversión del Nuevo Mundo… Era custodio de aquella custodia del Nuevo México el padre fray Alonso de Benavides, varón de mucho espíritu y celo por la conversión de las almas. Él dispuso que fueran con los mismos indios a su reino algunos de aquellos religiosos. Gastando en el camino mucho tiempo y a costa de muchos trabajos por lo dilatado y desacomodado del viaje, llegaron los religiosos a aquellas, hasta entonces incógnitas provincias. Recibiéronlos sus moradores con grandes demostraciones de devoción y alegría. Hallaron los religiosos a los indios tan bien catequizados que, sin otra instrucción, pudieron bautizarlos. Fue el rey de aquellas gentes el primero que recibió el santo bautismo, pues instruido por la Sierva de Dios, quiso comenzase por su persona y familia la profesión de la fe verdadera para dar ejemplo…, y fueron innumerables los que se bautizaron.

REFLEXIÓN FINAL

La Madre Ágreda estuvo más de quinientas veces en aquellos territorios, según lo que ella dice, pero pudieron ser muchas veces más. Dice que había días en que iba hasta tres o cuatro veces. En una ocasión, les entregó a los indios unos rosarios que tenía en su celda y que ya no vio más. En sus viajes instantáneos, dice que la llevaba un ángel. A veces, como dice el padre Andrés de la Torre, parece que su ángel se quedaba en Ágreda, haciendo sus veces para que nadie pudiera darse cuenta de nada. De todos modos, no importa cómo iba, lo importante es saber que iba realmente y que predicó a los indios y en pocos años se convirtieron a nuestra fe 500.000 indios. Y este hecho ha quedado grabado para las generaciones futuras como una obra sobrenatural realizada por Dios por medio de su Sierva.

En 1699, el capitán español Juan Mateo Mange guiaba una expedición por el río Colorado y pidió a los indígenas que encontraba, si habían visto a otros europeos que, al mando del capitán Juan de Oñate, habían partido antes sin encontrarlos. Los ancianos de la tribu dijeron que, cuando eran niños (La Madre Ágreda murió en 1665 hacía 34 años) una señora con un velo en la cabeza y vestida de azul, se les había aparecido, mostrándoles una cruz e invitándolos a besarla. Ellos le tiraron flechas y la dejaron dos veces como muerta, pero la Dama no solo no moría, sino que volvía a predicar. Y así ellos habían decidido escucharla.

De hecho, estos sucesos animaron a los misioneros de entonces y de siglos posteriores. El doctor William H. Donahue, en 1953, decía: Incluso hoy, al igual que antaño, hay misioneros en el gran suroeste de los EEUU, que se ven impulsados por el caso de María de Ágreda hacia un mayor amor por las almas de aquellos entre los cuales están trabajando. Tal como fue vaticinado por el padre Benavides, el caso de María de Ágreda no moriría, sino que se extendería a los siguientes siglos como un recuerdo de las mercedes de Dios y como un acicate para quienes se dedican a trabajar por las almas. Así lo hicieron los grandes misioneros posteriores como los jesuitas Francisco Kino, Marcos Antonio Kappus o el franciscano beato Junípero Serra, fundador de San Francisco, Los Ángeles y otras grandes ciudades norteamericanas.

En resumen, la obra de la Madre Ágreda es un ejemplo de espíritu misionero y de celo por la salvación de las almas. Ojalá que nuestro amor a los demás sea tan grande que amemos a todos y podamos ir a ellos, si no en bilocación, sí con las alas de la oración, que llega hasta los confines de la tierra. Todos debemos ser misioneros y ofrecer nuestra oración y nuestros sacrificios y sufrimientos por la salvación de los demás. ¿Eres ya misionero? ¿Evangelizas con el ejemplo y el testimonio de tu vida? ¿Oras por los demás? ¿Amas a todos sin excepción?

Amar en plenitud es la meta y el ideal de tu vida cristiana. ¡Qué seas un misionero sin fronteras con tu oración y tu amor a todos! Amén. CONCLUSIÓN

Hemos visto a lo largo del libro que el amor es la raíz y la fuente de nuestras buenas obras, y que el sentido de nuestra vida está en el amor. Sin amor, nadie puede hacer el bien ni ser feliz y, por eso, necesitamos amar sin descanso, en cada momento, y sin condiciones. El verdadero amor proviene de Dios. El amor es de Dios (1 Jn 4, 7) y debe llevarnos a amar a los demás.

Alguien ha dicho que amar es querer el bien de los otros, buscar siempre lo mejor para ellos y procurar siempre hacerlos felices. Por eso, al exponer el don de bilocación de algunos santos, hemos podido ver hasta dónde llega su capacidad de amar, incluso yendo a lejanas tierras, estando su cuerpo físico en su convento, por gracia de Dios.

El caso de la beata Ana Catalina Emmerick y, especialmente, el de la Venerable Madre María de Jesús de Ágreda, son significativos para comprender la necesidad que todos tenemos de amar al prójimo y de preocuparnos, sobre todo, por su salvación eterna. Por eso, al concluir este trabajo, ojalá que saquemos la conclusión de querer amar más y de hacer el bien a todos. Debemos amar siempre y en todas partes, y ser misioneros sin fronteras para cumplir fielmente nuestra misión y poder decir al Señor en el momento de nuestra muerte: Misión cumplida.

Éste es mi mejor deseo para ti. Saludos de mi ángel.

Tu hermano y amigo del Perú. P. Ángel Peña O.A.R. Parroquia Nuestra Señora de la Caridad Pueblo Libre / Lima - Perú

BIBLIOGRAFÍA

Arintero Juan, Cuestiones místicas, BAC, Madrid, 1956. Artola Antonio María, Venerable María de Jesús de Ágreda, Ed. Monasterio de la Concepción, Ágreda, 1999. Cayetano Bruno, Florecillas de San Martín de Porres, Ed. Salesiana, Lima. Comei Fortunato, Edvige Carboni, Ed. Passionisti, 1993. Del Busto José Antonio, San Martín de Porras, Ed. Pontificia Universidad católica del Perú, Lima, 1992. Emmerick Ana Catalina, Visiones y Revelaciones, Ed. Guadalupe, México, 1944. Kowalska Faustina santa, Diario. Lucía de Fátima, Memorias de Lucía, Ed. Sol de Fátima, Madrid, 1974. María de Jesús de Ágreda, Mística Ciudad de Dios, tomo V, Madrid, 1985. Marinelli Valerio, Natuzza di Paravati, 5 tomos, Ed. Mapograf, 1993-2000. Martinetti Giovanni, La vita fuori del corpo, Ed. Elle di ci, Torino, 1989. Royo Marín, Teología de la perfección cristiana, BAC, Madrid, 1962. Sáez de Ocáriz Leandro, Pío de Pietrelcina, Ed. San Pablo, Madrid, 1999. Samaniego José Jiménez, Vida de la Madre María de Jesús, Mística ciudad de Dios, tomo 1, Barcelona, 1860, tomo 1. Teresa de Jesús santa, Vida y Fundaciones. Varios, Annales Minorum, tomos XXVII y XXVIII, Firenze, 1934. Varios, Procesos de la beatificación y canonización de santa Teresa de Jesús, 2 tomos, Ed. Monte Carmelo, Burgos, 1935. Zegarra Dante, Monasterio de santa Catalina de Arequipa y Ana de Monteagudo, Ed. DESA, Lima, 1985.

Pueden leer todos los libros del autor en www.libroscatolicos.org.

 

 

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