LA MISA, UNA FIESTA CON JESÚS
Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú
Agustino Recoleto
Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca
(Perú)
ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA - PERÚ ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: LA MISA La misa. El domingo La comunión
SEGUNDA PARTE: LA MISA PASO A PASO Anotaciones previas. Ritos
iniciales: Entrada y saludo. Acto penitencial Gloria Oración
colecta Liturgia de la palabra Lecturas y salmo. Evangelio-Homilía.
Credo o profesión de fe. Oración a los fieles-oración universal.
Liturgia eucarística. Presentación de las ofrendas. La limosna o
donación. Lavatorio de las manos. Orad hermanos y oración.
Prefacio y Santo. Plegaria eucarística. Rito de la comunión
Padrenuestro. Rito de la paz. Fracción del pan. Comunión del
sacerdote y del pueblo. Oraciones antes o después de la comunión.
Rito de conclusión. Oración después de la comunión. Bendición
final. Canto de despedida.
TERCERA PARTE: REFLEXIONES Reflexiones. Testimonios. Testimonio
de Catalina Rivas. Glosario. CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA
* * * * * * *
Nota: EE se refiere a la encíclica Ecclesia de Eucharistia. DD
hace referencia a la carta apostólica Dies Domini. OGMR hace
relación a la Ordenación General del Misal Romano.
INTRODUCCIÓN
Vivir la misa con Jesús es hacer de cada misa una fiesta con
Él. Encontrarnos con el Rey del universo, con nuestro Dios y
Señor, debe ser para todo cristiano una gran fiesta. No puede haber
en el mundo otra fiesta semejante a esta. Por eso, reviste la
máxima importancia asistir a misa, no por compromiso social o
familiar, no por cumplir simplemente, sino por amor.
Cuando asistimos por amor a Jesús y con la esperanza de
encontrarnos con Él, entonces la misa deja de ser algo aburrido que
no comprendemos. Incluso, si por circunstancias ajenas a nuestra
voluntad, no se oye bien o el sacerdote dice las oraciones con poca
devoción, nuestro encuentro Jesús está asegurado, porque no
depende de los demás, sino de nuestra propia actitud y devoción
hacia Jesús.
Vale 1a pena hacer cualquier esfuerzo y sacrificio para asistir a
misa y comulgar. Vale la pena ir bien vestidos y preparados para
este gran encuentro. Vale la pena asistir a misa cada día, para
recibir a Jesús y celebrar una fiesta con Él en nuestro corazón.
Te deseo una vida cristiana rebosante de amor y de alegría con
Jesús. Hasta los más graves problemas pueden ser superados con
Él; pero sin Él todo será tristeza y vacío. Levántate, hermano
mío, mira hacia Jesús, que te espera en la Eucaristía, y dile:
Señor, aquí estoy para servirte y amarte con todo mi corazón.
PRIMERA PARTE
LA MISA
En esta primera parte, queremos hacer unas reflexiones sobre lo
que es la misa y la importancia de la misa dominical en la vida de
cada cristiano. Igualmente, la comunión es sumamente importante,
pues la misa sin comunión quedaría incompleta.
LA MISA -41 La misa es el memorial de la pasión, muerte y
resurrección de Jesús. Memorial es hacer vivo y real entre
nosotros, ahora, un acontecimiento salvífico que tuvo lugar en
tiempos pasados. El sacerdote en la misa actualiza, renueva y
realiza eficazmente la obra de la Redención: la pasión, muerte y
resurrección de Jesucristo. Por eso, decimos que la misa es el
memorial de la Redención. Pero ¿cuál es la esencia de la
Redención? El ofrecimiento que Jesús hizo de sí mismo al Padre
desde el primer momento de su existencia y que tuvo su punto clave y
culminante en la cruz. Por eso, en sentido estricto, podemos decir
que la misa es el ofrecimiento que Jesús hizo de sí mismo en la
cruz, derramando su sangre por nosotros. Pero de modo más amplio,
podemos decir que la misa es el ofrecimiento que Jesús hizo de sí
mismo en cada momento de su vida y que sigue haciendo hasta el fin
del mundo.
Un momento trascendental de este ofrecimiento tuvo lugar en la
Última cena, que fue un ofrecimiento total con la
transustanciación del pan y del vino, que representaban a su cuerpo
y a su sangre. Por eso, nuestras misas, celebradas por un sacerdote,
son incruentas como la Última cena, pero en las que también hay un
ofrecimiento total de Cristo con la transustanciación del pan y del
vino.
La misa de la Última cena se celebró en el contexto de una cena
familiar. Por eso, nuestras misas deben ser también familiares como
una cena familiar entre hermanos para disfrutar de la alegría de la
presencia viva de Jesús vivo y resucitado. Pero para que nuestra
misa sea realmente bien vivida y no seamos meros espectadores,
debemos ofrecernos con Jesús al Padre por la salvación del mundo.
Vivir la misa es vivir íntimamente la unión con Jesús, amarlo
hasta hacernos UNO con Él, especialmente en el momento de la
comunión. Vivir la misa es hacer de nuestra vida entera una misa de
amor por el continuo ofrecimiento de todo lo que somos y tenemos a
Jesús, empezando por nuestra propia voluntad.
Jesús y la misa son dos realidades íntimamente unidas. La misa
es Jesús, ofreciéndose al Padre. Jesús, en cuanto tal, como
hombre y como Dios, tiene que ofrecerse constantemente al Padre para
cumplir su misión. De ahí que Jesús y la misa no pueden
separarse. Podemos decir que no hay más que una sola misa, la misa
de Jesús. La misa celebrada por los sacerdotes no es más que la
actualización, aquí y ahora, de la misa permanente de Jesús.
Algunos autores, en vez de decir que el sacerdote hace presente o
actualiza el sacrificio de Cristo, prefieren decir que el sacerdote
se hace presente aquí y ahora al único sacrificio de Cristo que se
prolonga a lo largo de los siglos.
Para poner un ejemplo, nosotros solemos decir que el sol sale
todos los días, pero el sol no sale, está aquí, es la tierra la
que va a su encuentro, la que se hace presente a él y así
participa cada día de sus beneficios. De la misma manera, podemos
decir que el sacerdote en cada misa nos lleva, nos hace presentes a
ese único sacrificio de Cristo, que ya está ahí permanentemente,
al igual que el sol, pero que no podemos disfrutarlo hasta que se
celebra la misa aquí y ahora por medio del sacerdote.
Muchos autores dicen que la misa es el memorial del infinito amor
de Dios. Una hermosa definición que quiere decir que el amor
infinito de Dios se hace presente entre nosotros en el momento de la
celebración de la misa por el sacerdote, de modo que Dios derrama
su infinito amor sobre nosotros por medio del Espíritu Santo. El
Espíritu Santo realiza en la misa la transformación del sacerdote
en Cristo. Durante la misa, el sacerdote podría decir: Ya no vivo
yo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2, 20). Entre los dos hay una
especie de transustanciación, pues Cristo se apodera de todo su ser
para poder celebrar con él y en él.
El Papa Juan Pablo II decía que el sacerdote celebra la misa in
persona Christi (en la persona de Cristo), que quiere decir más que
en nombre de o en vez de Cristo. En persona quiere decir, en la
identificación específica sacramental con el sumo y eterno
sacerdote que es el autor y el sujeto principal de su propio
sacrificio en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie.
El sacerdote en la misa es ministro de Cristo y le presta a
Jesús su cuerpo, sus manos, su voz…, para celebrarla. De aquí se
comprende cuán santo debe ser el sacerdote al celebrar la misa y
cuán puro debe ser de alma y cuerpo para unirse a la víctima
divina y ser UNO con Él. ¿Podemos imaginar cómo se sentirá
Jesús al unirse a un sacerdote que está muerto por dentro por el
pecado y es un cadáver ambulante? ¿O a un sacerdote indiferente
que no es consciente de lo que hace, celebrando sin fe y sin amor?
También los fieles deben vivir su misa, uniéndose a Jesús y
ofreciéndose con Él por la salvación del mundo. Deben asistir
participando con Jesús y uniéndose a Jesús para ser UNO con Él
en la comunión. Y deben vivir esta unión, siendo lo más puros
posible en cuerpo y alma.
Jesús en cada misa se acerca a nosotros humilde y sencillo bajo
la apariencia de un pequeño pedazo de pan. En la primera Navidad se
presentó bajo la apariencia de un niño pequeñito, que lloraba y
tenía frío. Y quiere que lo recibamos con mucho amor, como María
y José, y como los pastores y los magos hace dos mil años.
Jesús viene a nosotros en cada misa, y con Él viene el Padre y
el Espíritu Santo. También le acompaña María y José como
aquella noche de Navidad. Incluso, se hacen presentes para adorar a
Jesús todos los santos y ángeles del universo. Y también toda la
humanidad y toda la creación.
Todas las criaturas, desde las más remotas estrellas hasta los
más diminutos seres vivientes o inanimados, todo está presente,
porque Jesús es el centro del universo y el punto de concentración
de todo y de todos. No olvidemos que la misa es cósmica y
universal, abarcando todos los tiempos y lugares. Lo dice el Papa
Juan Pablo II: la misa tiene un valor cósmico, porque también,
cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el
campo, la Eucaristía se celebra en cierto sentido sobre el altar
del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna a toda
la creación (EE 8)
El lugar donde se celebra la misa se convierte en ese momento en
el punto central de todo el universo, de la humanidad entera y del
cielo. Cristo, en la misa, está recapitulando todas las cosas del
cielo y de la tierra (Ef 1,10). Por eso, decía san Juan
Crisóstomo: Aquí esta el cielo.
¿Nos damos cuenta lo que significa que la misa es el cielo en la
tierra? Cuando vamos a misa, deberíamos decir: Vamos al cielo. Por
ello, debemos prepararnos bien para el gran encuentro con Jesús,
asistiendo con tiempo, no llegando tarde, sintiéndonos felices de
poder colaborar en algo (recogiendo las ofrendas, leyendo una
lectura, etc.) Y viniendo bien vestidos, de modo digno y decente;
sobre todo, si vamos a comulgar.
Por esto mismo, cuando se celebra la misa con el permiso
correspondiente en alguna casa o lugar público, hay que preparar
una mesa digna, con manteles limpios, velas, flores y todo aquello
que pueda realzar la solemnidad de la misa, que es un encuentro y
una fiesta con Jesús.
El domingo
Es un día de fiesta y de alegría para el cristiano. Es un día
de descanso, un día para estar con la familia, y para orar y dar
gracias a Dios, ayudando a los hermanos. En este día de descanso,
la familia y Dios deben estar unidos: descansar para estar en
familia y para ir juntos a celebrar 1a alegría de la resurrección
de Jesús a la misa dominical. Por eso, hay que hacer del domingo,
día del Señor, el día grande de los cristianos. Un cristiano sin
la misa del domingo no puede ser un buen cristiano. El domingo no
hay que confundirlo con un día de descanso y diversión. Y los que
no pueden asistir por trabajo o enfermedad o cualquier causa grave,
pueden oír misa por radio o televisión.
También es importante anotar que el domingo, además de ser un
día para la familia, debe ser día de fraternidad, pensando en los
hermanos más necesitados.
Decía el Papa Juan Pablo II: ¿Por qué no dar al día del
Señor una mayor insistencia en el compartir, poniendo en juego toda
la creatividad de que es capaz la caridad cristiana? Por ejemplo,
invitar a comer a alguna persona sola, visitar enfermos,
proporcionar comida a alguna familia necesitada, dedicar alguna hora
a iniciativas concretas de voluntariado y de solidaridad. Éstas
serían, ciertamente, algunas maneras de llevar a la vida la caridad
de Cristo, recibida en la mesa eucarística (DD 72).
Jesús nos invita a su fiesta cada domingo, nos invita a su cena,
a la cena del Señor, que es la Eucaristía. Por ello, nos dice: He
aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguno me abre, entraré a
él y cenaré con él y él conmigo (Ap 3,20) ¿Le diremos que
estamos demasiado ocupados o que tenemos cosas más importantes que
Él? En la Didascalia, escrito del siglo III, se dice: Dejad todo el
día del Señor y corred con diligencia a vuestras asambleas. ¿Qué
disculpa tendrán ante Dios aquellos que no se reúnen en el día
del Señor para escuchar la palabra de vida y nutrirse con el
alimento divino, que es eterno?
En el código canónico se nos dice que el domingo y las demás
fiestas de precepto, los fieles tienen obligación de participar en
la misa (c. 1247). Esta ley se ha entendido normalmente como una
obligación grave: es lo que enseña también el Catecismo de la
Iglesia católica (DD 47) También la Iglesia recomienda a los
fieles comulgar, cuando participan en la misa, con la condición de
que estén con las debidas disposiciones y no sean conscientes de
estar en pecado grave. En este caso, deben primero recibir el
perdón de Dios mediante la confesión (DD 44).
La misa del domingo es el centro mismo de la vida cristiana. El
Papa Juan Pablo II aconsejaba: No tengáis miedo de dar vuestro
tiempo a Cristo. Sí, abramos nuestro tiempo a Cristo para que Él
lo pueda iluminar y dirigir. El tiempo ofrecido a Cristo nunca es
tiempo perdido, sino más bien ganado para la humanización de
nuestras relaciones y de nuestra vida (DD 7).
Los fieles que por enfermedad, incapacidad o cualquier causa
grave se ven impedidos, procuren unirse de lejos y del mejor modo
posible a la celebración de la misa dominical, preferiblemente con
las lecturas y oraciones previstas en el misal para aquel día, así
como con el deseo de la Eucaristía. En muchos países, la
televisión y la radio ofrecen la posibilidad de unirse a una
celebración eucarística, cuando ésta se desarrolla en un lugar
sagrado. Obviamente, este tipo de transmisiones no permite de por
sí satisfacer el precepto dominical que exige la participación en
la asamblea de los hermanos mediante la reunión en un mismo lugar y
la consiguiente posibilidad de la comunión eucarística. Pero para
quienes se ven impedidos de participar en la Eucaristía y están,
por tanto, excusados de cumplir el precepto, la transmisión
televisiva o radiofónica es una preciosa ayuda, sobre todo si se
completa con el generoso servicio de los ministros extraordinarios
que llevan la Eucaristía a los enfermos, transmitiéndoles el
saludo y la solidaridad de toda la Comunidad (DD 54).
No olvidemos que la misa es una asamblea de hermanos reunidos
para escuchar la palabra de Dios y celebrar la Eucaristía con
Cristo, ofreciéndose con Él al Padre y uniéndose a Él en la
comunión. Es un tiempo de amor con Jesús, que produce una inmensa
alegría y, por eso, podemos decir que es una fiesta con Jesús.
Vale la pena dejarlo todo para asistir a la misa. Es el mejor tiempo
empleado de la vida.
Juan Pablo II decía: ¡No temáis! ¡Abrid de par en par las
puertas a Cristo! (DD 7). Gritad con todas las fuerzas de vuestra
vida en silencio, pero de todo corazón: Por Cristo, con Él y en
Él, a Ti Dios Padre omnipotente en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén. Que
estas palabras sean para nosotros como un canto de amor y de
alabanza que debe resonar con fuerza en cada misa para expresarle a
Jesús nuestra entrega total. Un canto que debe continuar durante
todo el día y todos los días, como expresión de nuestro amor y de
nuestra entrega.
Por consiguiente, no nos perdamos ninguna misa, pues una misa que
se pierde, se pierde para toda la eternidad. Las gracias que
podíamos haber recibido nunca las podremos recibir.
La comunión
El momento de la comunión es el momento más sublime para
nosotros, porque es el momento de mayor cercanía y encuentro con
Dios trino por medio de Jesús, el hombre Dios. Es el momento de
mayor identificación con Jesucristo. Durante los momentos en que
las especies eucarísticas están presentes en nosotros, hay entre
Jesús y nosotros una identificación plena; sobre todo, si el alma
esta abierta a Dios con el alma en gracia. De ahí que hay que darle
a la comunión la máxima importancia. Según la Ordenación General
del Misal Romano, la comunión es una participación en el
sacrificio que se está celebrando (Nº 85).
No se puede comulgar simplemente por costumbre o por compromiso
social. No se puede recibir el abrazo de Jesús y estar
indiferentes. Comulgar es unirnos totalmente a Cristo, de modo que
nuestro pequeño ser humano, durante esos momentos, está inmerso en
el infinito ser de Dios, algo así como un pez que está metido en
el océano del amor de Dios. ¿No sientes nada? No importa, debes
tener fe. Debes ver a Jesús con los ojos del alma y creer que es el
mismo Jesús de Nazaret que hace dos mil años perdonaba a los
pecadores, bendecía a los niños y sanaba a los enfermos. Por eso,
el mejor momento para pedir cualquier cosa o para sanarnos es el
momento de nuestra unión con Jesús en la comunión. Es el momento
clave de cada día y de toda nuestra vida. No nos acostumbremos a
comulgar, no vayamos a comulgar por rutina y sin preparación. Y, si
vemos que alguien por ignorancia o malicia comulga por comulgar,
procuremos que alguien le llame la atención y le haga entender la
gravedad de su acción.
Como decía el Papa Pablo VI: Debemos estar vigilantes para que
este gran encuentro en la Eucaristía no se convierta para nosotros
en un acto rutinario y no lo recibamos indignamente, es decir, en
pecado mortal. Decía santa Magdalena Sofía Barat: Una comunión es
infinitamente más preciosa que todo lo creado. Santa Margarita
María de Alacoque afirmaba: Deseo tanto recibir la comunión que,
si tuviera que caminar descalza por un sendero de fuego a fin de
obtenerla, lo haría con indecible gozo. Santa Teresa de Jesús
confiesa: Me vienen unas ansias de comulgar tan grandes que no sé
si podría encarecer. Acaecióme una mañana que llovía tanto que
no parece se podía salir de casa. Yo estaba tan fuera de mí con
aquel deseo que, aunque me pusieran lanzas en los pechos, me parece
entraría por ellas, cuanto más agua. Cuando llegué a la iglesia
dióme un arrobamiento grande… Comulgué y estuve en misa que no
sé cómo pude estar y vi que eran dos horas las que había estado
en aquel arrobamiento y gloria.
En la Iglesia primitiva se consideraba la comunión como parte
integrante de la Eucaristía. Esta costumbre duró hasta el siglo IV
aproximadamente. Durante un tiempo fue costumbre celebrar la misa
sólo el domingo. En este período los fieles podían llevar el pan
consagrado a sus casas y darse ellos mismos la comunión todos los
días antes de tomar los alimentos. ¿Se imaginan poder vivir bajo
el mismo techo de Jesús y tener en la casa a Jesús Eucaristía?
Conozco una señora italiana que tiene permiso de su obispo y me
ha confiado que del sagrario de su capilla sale un perfume
sobrenatural que sorprende a todos los que visitan su casa. Es algo
inexplicable desde el punto de vista humano. Otro amigo español
tiene también este privilegio y se levanta temprano para poder
estar tres horas seguidas de oración ante Jesús sacramentado, que
es el amor de su vida.
Y tú ¿comulgas cada domingo? Actualmente, se puede comulgar
hasta dos veces al día en dos misas distintas. Los que reciben la
comunión en la mano, deben hacerlo con todo el respeto que Jesús
se merece: Tener las manos limpias, colocar una mano sobre la otra
para hacer una pequeña cuna a Jesús y, después, delante del
sacerdote o a su costado, recibir la comunión inmediatamente,
cuidando de que no caiga al suelo ninguna partícula. A este
respecto, decía san Cirilo de Jerusalén en el siglo IV: Si alguno
te diera limaduras de oro, ¿no las guardarías con sumo cuidado?
¿Y no procurarás con mucho mayor cuidado que no se te caiga
ninguna partícula de lo que es más precioso que el oro y que las
piedras preciosas?. De ahí que sea tan importante que, al dar la
comunión, se tenga una bandejita debajo de la barbilla. Así lo
determinó Pablo VI en la Constitución apostólica Misal romano Nº
117: El que comulga, responde Amén y recibe el sacramento, teniendo
la patena (bandeja) debajo de la boca. -
En conclusión, procuremos no perder ninguna comunión, porque
una sola comunión vale más que todo el universo y, esos momentos
de unión con Jesús, son más eficaces para nuestro crecimiento
espiritual que todo el oro del mundo.
SEGUNDA PARTE
LA MISA PASO A PASO
En esta segunda parte, vamos a ir, paso a paso, considerando cada
una de partes de la misa para poder entenderlas y poder vivirlas con
más plenitud.
ANOTACIONES PREVIAS
En la misa o cena del Señor el pueblo de Dios es congregado bajo
la presidencia del sacerdote, que actúa en la persona de Cristo,
para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico...
Cristo está realmente presente en la misma asamblea congregada en
su nombre, en la persona del ministro, en su palabra y ciertamente
de una manera sustancial y permanente en las especies eucarísticas
(OGMR 27).
En cada misa vamos a alabar y dar gracias a Dios uno y trino por
todos los beneficios recibidos. Como nos dice el Catecismo de la
Iglesia católica: La Eucaristía es un sacrificio de acción de
gracias al Padre... por todo lo que ha realizado mediante la
creación, la redención y la santificación. Eucaristía significa
ante todo, acción de gracias (Cat 1360). La Eucaristía es también
el sacrificio de alabanza por medio del cual la Iglesia canta la
gloria de Dios en nombre de toda la creación... a través de Cristo
(Cat 1361).
Dispongámonos, pues, a celebrar la misa con Jesús en actitud de
agradecimiento, dispuestos a alabar a Dios y preparados para renovar
nuestra entrega total con Cristo, por Él y en Él.
Algo muy importante en la misa es el canto. San Agustín decía:
Cantar es propio del que ama (Sermón 336). Y viene de tiempos muy
antiguos el famoso proverbio: Quien bien canta, ora dos veces.
Téngase en gran estima el uso del canto en la celebración de la
misa, siempre teniendo en cuenta el carácter de cada pueblo y las
posibilidades de cada asamblea litúrgica... Hay que procurar que de
ningún modo falte el canto de los ministros y del pueblo en las
celebraciones de los domingos y fiestas de precepto (OGMR 40).
En igualdad de circunstancias hay que darle el primer lugar al
canto gregoriano. No se excluyen de ningún modo otros géneros de
música sacra. Y ya que cada día es más frecuente el encuentro de
fieles de diversas nacionalidades, conviene que esos mismos fieles
sepan cantar todos a una en latín algunas partes del Ordinario de
la misa, sobre todo, el Credo y el padrenuestro en sus melodías
más fáciles (OGMR 41).
El Papa Benedicto XVI aconsejaba en la exhortación apostólica
Sacramento de amor: Pido a los futuros sacerdotes que, desde el
tiempo del seminario, se preparen para comprender y celebrar la
santa misa en latín, además de utilizar textos latinos y cantar en
gregoriano; se procurará que los mismos fieles conozcan las
oraciones más comunes en latín y que canten en gregoriano algunas
partes de la liturgia (Nº 62).
También es importante tener en cuenta a lo largo de toda la
celebración los gestos y posturas corporales, especialmente del
sacerdote, que deben manifestar su recogimiento y su amor a Dios.
Especialmente, cuando tiene las manos levantadas en oración, al
arrodillarse, al traer o llevar la Eucaristía y, en general, en
todos sus movimientos. De la misma manera, los fieles deben actuar
con devoción y sencillez, unidos al levantarse, sentarse o
arrodillarse, para manifestar unidad. Y en caso de que alguna
persona perturbe la celebración, es conveniente que alguien de la
asamblea le llame la atención con educación, pero con firmeza.
Los fieles estén de pie: desde el principio del canto de
entrada, o mientras el sacerdote se acerca al altar, hasta el final
de la oración colecta; al canto del Aleluya que precede al
Evangelio; durante la proclamación del mismo Evangelio; durante el
Credo y la oración de los fieles; y también desde la invitación
“Orad hermanos” hasta el final de la misa, excepto en los
momentos que luego se enumeran.
En cambio, estarán sentados durante las lecturas y el salmo
responsorial, que preceden al Evangelio; durante la homilía y
mientras se preparan los dones del ofertorio; también, según la
oportunidad, a lo largo del silencio después de la comunión.
Estarán de rodillas durante la consagración (OGMR 43).
Algo que debe guardarse con especial interés es el silencio
sagrado para poder orar mejor. Es laudable que se guarde el silencio
sagrado antes de la misma celebración, silencio en la iglesia, en
la sacristía y en los lugares más próximos a fin de que todos
puedan disponerse adecuada y devotamente a las acciones sagradas
(OGMR 45).
A lo largo de la misa se recomiendan momentos de silencio en el
acto penitencial, después de la primera y segunda lecturas, y una
vez concluida la homilía, al igual que después de la comunión.
Ritos inIciales
Entrada y saludo
En las solemnidades y fiestas, e incluso domingos, puede haber
procesión de entrada. El sacerdote puede entrar por la puerta
central o posterior del templo en procesión, acompañado de los
acólitos o de otras personas para así hacer más solemne la
introducción a la misa.
Mientras hay procesión, se va cantando. Si hay incensación, el
canto concluye al terminar la incensación del altar. Cuando no hay
incensación o procesión solemne, el sacerdote entra solo o
acompañado por los acólitos. Se puede cantar una canción de
entrada. Al llegar al altar, el sacerdote lo besa.
El beso al altar, que representa a Cristo, es como un beso a
Jesús, para que cuando llegue el momento de la consagración
encuentre ese beso de amor. Por ello, es bueno que los fieles se
unan a este beso, besando en su corazón a Jesús y diciéndole algo
así como: Jesús, te amo. Después, el sacerdote comienza la misa
en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, haciendo la
señal de la cruz. Siempre debemos recordar que la misa es una
acción de Dios uno y trino y que las tres personas están siempre
unidas.
A continuación, el sacerdote saluda al pueblo, diciendo una de
las fórmulas establecidas. Cuando dice: El Señor esté con
vosotros, no se está refiriendo sólo a las personas presentes, que
deben responder: y con tu espíritu; también se refiere a todos los
ángeles y santos y a toda la creación. Personalmente, cuando
celebro la misa tengo muy presentes a los ángeles y les pido que me
acompañen para celebrar dignamente la santa misa. María siempre
está presente y lo mismo san José con todos los santos. En el
momento en que el sacerdote se acerca el altar, es como si se
abriera el cielo con la Santísima Trinidad al frente, para
contemplar el memorial del amor infinito de Dios, que es la misa, es
decir, la obra maravillosa de amor que Dios trino ha realizado en la
tierra por medio de la vida, muerte y resurrección de Jesús, y que
se sigue haciendo realidad en cada misa celebrada.
Después del saludo al pueblo, el sacerdote puede introducir a
los fieles en el sentido de la misa del día con pocas palabras.
Acto Penitencial
Después, viene el acto penitencial según distintas variantes.
Se trata de reconocernos pecadores y pedir perdón a Dios de todos
nuestros pecados, aunque si son graves, debemos acudir a la
confesión. Cuando se usa el Yo confieso, nos damos tres golpes de
pecho, reconociendo que hemos pecado y pedimos perdón a Dios. Luego
vienen las invocaciones Señor, ten piedad, Cristo ten piedad, que
el pueblo repite para manifestar con claridad su arrepentimiento y
poder estar lo más limpios posible para el gran encuentro con
Jesús, que debe ser una fiesta para todos. Es bueno confesarse, al
menos, una vez al mes. Y, si hay que confesarse en la misa, es
preferible venir lo antes posible.
Gloria
El Gloria es un antiquísimo y venerable himno con que la
Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y
al Cordero y le presenta sus súplicas. El texto de este himno no
puede cambiarse por otro. Lo entona el sacerdote o, según los
casos, el cantor o el coro, y lo cantan o todos juntos o el pueblo
alternando con los cantores, o sólo la schola. Si no se canta, al
menos lo han de recitar todos juntos (OGMR 53).
El gloria se recita o canta los domingos y fiestas o solemnidades
del año, excepto en Cuaresma y Adviento. Es el canto de los
ángeles, pues el día de Navidad cantaban: Gloria a Dios en el
cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 2,14).
Unámonos a los ángeles para recitar o cantar este himno celeste.
Oración colecta
Después del gloria o, si no hay gloria, después del acto
penitencial, el sacerdote invita a la oración diciendo Oremos. Y
todos a una con el sacerdote permanecen un momento en silencio para
hacerse conscientes de estar en la presencia de Dios y formular
interiormente sus súplicas. Entonces el sacerdote lee la oración
que se suele denominar colecta (OGMR 54). Se llama colecta, porque
en ella se recogen los deseos de los fieles y el sacerdote, como
intercesor, los ofrece al Padre por medio de Jesús en unión con el
Espíritu Santo. Con esta oración, se terminan los ritos iniciales
de la misa y comienza la liturgia de la palabra.
LITURGIA DE LA PALABRA
Podemos decir que la misa consta de dos partes: la liturgia de la
palabra y la liturgia eucarística tan estrechamente unidas entre
sí, que constituyen un solo acto de culto, ya que en la misa se
dispone la mesa, tanto de la palabra de Dios como del cuerpo de
Cristo, en la que los fieles encuentran instrucción y alimento
(OGMR 28).
Para escuchar atentamente la palabra de Dios, debemos tener la
actitud de escucha del profeta Samuel que dijo: Habla, Señor, que
tu siervo escucha (1Sam 3, 9).
Lecturas y salmo.
En cada misa se leen las maravillas de Dios por medio de las
lecturas bíblicas. Los fieles están sentados y deben escuchar
atentamente, evitando todo lo que pueda distraer a los demás. El
lector debe estar bien preparado para que el pueblo pueda entender y
aprovechar lo que Dios le dice a través de su palabra. Los días
ordinarios sólo hay una lectura y el salmo responsorial antes del
Evangelio. Los domingos y solemnidades hay dos. La primera lectura
suele ser del Antiguo Testamento y la segunda, llamada apostólica,
suele tomarse de los apóstoles, especialmente de san Pablo. Entre
la primera y la segunda lectura, se recita o canta el salmo
responsorial, que también es palabra de Dios y no puede ser
sustituido por cualquier otro canto o texto. El salmo responsorial
es la respuesta orante a la palabra de Dios.
Evangelio - homilía
A continuación, viene el Evangelio, leído por el sacerdote o
por un diácono. Después de leer, el sacerdote besa el libro para
manifestar su respeto y amor por la palabra de Dios. Los fieles, que
estaban de pie para la proclamación del Evangelio, se sientan para
escuchar la homilía, que debería tenerse incluso los días de
semana, si hay pueblo, aunque sea brevemente. Sobre todo, se
recomienda la homilía en los días feriales de Adviento, Cuaresma y
tiempo pascual, y también en otras fiestas y ocasiones en que el
pueblo acude numeroso a la iglesia (OGMR 66). Normalmente, suele
aconsejarse que los domingos el sacerdote no se exceda de 15
minutos. Pero no podemos valorar la misa por el sermón, bueno o
malo. No podemos salir de la iglesia para no aburrirnos. No podemos
desairar así a Cristo presente y dar mal ejemplo a la asamblea. La
homilía es parte de la liturgia y muy recomendada, pues es
necesaria para alimentar la vida cristiana (OGMR 65).
En caso de no entender lo que dice el sacerdote por causa de los
micrófonos o porque no vocaliza bien, es preferible rezar por el
sacerdote y pedir luz al Señor para entender el Evangelio, que
podemos leer por medio de la hoja dominical o directamente en la
Biblia. Es bueno que, en casa, al menos los domingos, haya oración
en familia. En ese caso, se podría comentar el Evangelio y hacer
oraciones compartidas. No olvidemos que la familia que reza unida,
estará unida.
Credo o profesión de fe
El credo, símbolo o profesión de fe tiende a que todo el pueblo
congregado responda a la palabra de Dios, que ha sido anunciada en
las lecturas de la sagrada Escritura y expuesta por medio de la
homilía, y, para que pronunciando la regla de fe con la fórmula
aprobada para el uso litúrgico, rememore los grandes misterios de
la fe y los confiese antes de comenzar su celebración en la
Eucaristía (OGMR 67).
El credo es muy importante en la celebración de los domingos y
solemnidades. Es un acto de fe con el que nos unimos a todos
nuestros antepasados en la fe, que lo recitaron a través de los
siglos. Es bueno, en ese momento, recordar que la misa que estamos
celebrando, aunque tenga algunas variantes secundarias o se celebre
en distinta lengua, es la misma misa a la que asistían los primeros
cristianos y que, desde el primer siglo, rezaban el credo. Se llama
credo de los apóstoles o símbolo de los apóstoles, porque resume
fielmente la fe que los apóstoles transmitieron desde el principio.
Este credo, cuya base existía desde los apóstoles, fue
estructurado en el siglo II. San Hipólito, el año 215, en su libro
Tradición apostólica lo recita así: Creo en Dios padre
todopoderoso y en Jesucristo, hijo de Dios, que nació del Espíritu
Santo y de la Virgen María, fue crucificado bajo Poncio Pilato,
muerto y sepultado, resucitó el tercer día, subió a los cielos,
está sentado a la derecha del Padre, vendrá a juzgar a los vivos y
a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia y en
la resurrección de la carne.
Algunos años más tarde, añadieron: Creo en la comunión de los
santos (porque algunos negaban la veneración a los santos), el
perdón de los pecados (porque había quienes negaban el poder de
perdonar los pecados), se añadió la palabra católica a la
Iglesia. Y se hicieron algunos pequeños retoques. De modo que ya en
el siglo VI, según nos lo transmite en un sermón san Cesáreo de
Arlés (470-543) ya estaba totalmente establecido el credo tal y
cual lo recitamos hoy en todas las iglesias católicas del mundo.
Recémoslo y repitámoslo muchas veces con devoción, tratando de
unirnos a la fe de todos nuestros antepasados católicos:
Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la
tierra. Creo en Jesucristo su único hijo, Nuestro Señor, que fue
concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa
María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue
crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al
tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y
está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí
ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el
Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los
santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la
vida eterna. Amén.
Oración de los fieles - oración universal
La oración de los fieles u oración universal se refiere a las
peticiones que hace la asamblea en favor de toda la Iglesia y de
toda la humanidad. De ahí que sea conveniente que pueda haber
algunas peticiones espontáneas para pedir por algunas necesidades
particulares de la Comunidad o de alguna familia o persona en
particular. En estas peticiones, aunque estén previamente escritas,
es bueno añadir una oración por los difuntos, por las vocaciones y
por los enfermos. Pero todas las peticiones deben ser sobrias,
formuladas con sabia libertad, en pocas palabras, y han de reflejar
la oración de toda la Comunidad (OGMR 71).
LITURGIA EUCARÍSTICA
Presentación de las ofrendas
La parte central de la misa, es la liturgia eucarística.
Comenzamos esta parte de la misa con la entrega de las ofrendas. En
las misas de los domingos o fiestas suele hacerse la procesión de
las ofrendas. Dos o más hermanos de la Comunidad presentan el pan y
el vino que van a ser consagrados y quizás también algunas otras
cosas significativas de la Comunidad. A veces, se presenta una
Biblia, un rosario, uvas con un gran pan, etc. También se puede
presentar dinero y otras donaciones para los pobres o para la
iglesia que los mismos fieles pueden presentar o que pueden ser
recolectadas en la iglesia y que se colocarán en el sitio oportuno
de la mesa eucarística (OGMR). El sacerdote o diácono se acerca
para recibir las ofrendas y después las coloca en el altar.
A continuación, el sacerdote presenta por separado el pan y el
vino que van a ser consagrados, diciendo:
Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de
la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad
y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida.
Y todos responden: Bendito seas por siempre, Señor.
Después levanta el cáliz para ofrecer el vino, diciendo:
Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este vino fruto de
la vid y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y
ahora te presentamos; él será para nosotros bebida de salvación.
Y todos responden igualmente: Bendito seas por siempre, Señor.
La limosna o donación
La limosna puede recogerse inmediatamente antes de la procesión
de las ofrendas, dejando un espacio vacío en el que se puede cantar
alguna canción. De esta manera, la presentación de la limosna, se
hace en unión con las ofrendas del pan y del vino. En otros
lugares, se recoge la limosna mientras se hace la procesión y la
oración sobre las ofrendas. Pero durante la procesión de las
ofrendas se acompaña con el canto del ofertorio.
Lo que sí se debe tener muy en cuenta es que lo que damos, lo
estamos dando a Dios. Antiguamente, era obligatorio dar el diezmo de
los ingresos, es decir, la décima parte; y en los pueblos también
daban las primicias o primeros frutos de la tierra, y se los
llevaban al sacerdote. Dentro de la Iglesia católica hay grupos
especiales a quienes se les inculca esta práctica, pero la Iglesia
no obliga, pues la inmensa mayoría de católicos no la cumplirían.
Sin embargo, es bueno saber que Dios ha prometido abundantes
bendiciones a quienes con generosidad cumplen esta práctica, como
un reconocimiento de que todos los bienes que tenemos, incluso el
sueldo que recibimos, es un regalo de Dios que nos da la vida, la
salud y el trabajo. Podemos leer los textos Mal 3, 8-10; Eclo 35,
11-13; Mt 19, 29; 2 Co 9, 7-8.
Dios nunca se dejará ganar en generosidad. Por tanto, seamos
generosos, pensando que, al contribuir en la limosna de la misa,
estamos dándolo a Dios. Al fin de cuentas, Dios nos da todo lo que
tenemos: vida, salud, dinero, familia, fe… Si estuviéramos
enfermos, ¿qué no haríamos para curarnos? ¿Cuánto estaríamos
dispuestos a gastar para conseguir la salud? Pues contribuir con lo
que Dios nos ha dado es una manera de reconocer que todo es un
regalo de Dios y que Él es el Señor y dueño de nuestra vida y de
nuestras cosas.
En los países en los que se contribuye por medio de asignaciones
tributarias que cada ciudadano debe asignar a su Iglesia, es una
grave irresponsabilidad ser católico y no asignarlo a la Iglesia
católica. Y, aunque se asigne a la Iglesia, eso no justifica el no
dar más, pues del sueldo mensual se puede dar generosamente el
diezmo. El diezmo no es más que un reconocimiento personal de que
el dinero que tengo es de Dios y, por ello, reconozco su señorío
sobre mi dinero y le doy una parte de lo que Él me ha dado primero,
para su Iglesia y para las obras de Dios.
Lavatorio de las manos
Antes de comenzar la parte eucarística propiamente, el sacerdote
se lava públicamente las manos para indicarnos que es preciso
acercarse a Dios con las manos limpias; pero, sobre todo, con el
corazón limpio. De ahí que los que van a comulgar en la mano
también deber tener las manos limpias y especialmente su corazón.
Orad hermanos y oración
El sacerdote invita a la asamblea a orar para que su sacrificio y
el de cada uno sea agradable al Padre. Es importante que, en cada
misa, en el momento de la presentación del pan y del vino, cada
asistente haga un ofrecimiento sincero de su vida para que su
ofrenda sea unida a la de Cristo y así nuestra vida y la suya
estén unidas por el mismo compromiso de amor y obediencia al Padre.
Esto implica una disponibilidad total para hacer siempre su santa
voluntad. Cristo y nosotros debemos ser una misma ofrenda para
gloria del Padre.
El sacerdote dice: Orad, hermanos, para que este sacrificio mío
y vuestro sea agradable a Dios Padre todopoderoso. Y todos
responden:
El Señor reciba de tus manos este sacrificio (tuyo y nuestro)
para alabanza y gloria de su Nombre, para nuestro bien y el de toda
su santa Iglesia.
Después el sacerdote lee la oración sobre las ofrendas. Y a
continuación, comienza la parte eucarística con el prefacio:
Prefacio y Santo
El Señor esté con vosotros (El sacerdote se dirige a todos los
hombres y a toda la creación).
Y con tu espíritu.
Levantemos el corazón (Hay que levantarlo hasta el cielo, que
simbólicamente está arriba, pero que está en medio de la
asamblea, pues todo el cielo se hace presente a la celebración, en
unión con los ángeles y santos).
Lo tenemos levantado hacia el Señor.
Demos gracias al Señor, nuestro Dios. (Ser agradecidos por todos
los dones recibidos).
Es justo y necesario.
El sacerdote lee el prefacio que es un canto de agradecimiento a
Dios. Por eso, uno de los diferentes prefacios dice: Realmente, es
justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias,
Señor, siempre y en todo lugar…
Además de agradecer, se alaba a Dios por todas las maravillas
que hace con los hombres, que son manifestadas según la fiesta del
día. Y siempre se alaba y se agradece a Dios por la creación, la
redención y la santificación. Y termina el prefacio invitando a
cantar en unión con todos los ángeles y santos y todas las
criaturas.
Suele decirse que el Santo es un canto especial que cantan los
ángeles. Porque en el libro de Isaías aparecen los serafines
cantando: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos,
llena está la tierra de su gloria (Is 6, 3). Igualmente, en el
Apocalipsis aparecen repitiendo sin descanso día y noche: Santo,
Santo, Santo es el Señor Dios todopoderoso, el que era, el que es y
el que ha de venir (Ap 4, 8).
En cada misa nosotros cantamos con ellos y todos los santos y
todas las criaturas este himno de alabanza a nuestro Dios: Santo,
Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el cielo
y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que viene
en nombre del Señor, hosanna en el cielo.
Es importante recordar aquí el papel tan importante que tienen
los ángeles en cada misa. Personalmente, soy muy devoto de los
ángeles y antes de cada misa los invito, de modo especial, a
acompañarme. De modo que, aunque celebre la misa yo solo, no me
siento solo, sino en unión con todos los ángeles y santos. Porque
sé que cada misa es el cielo en la tierra y, aunque sea celebrada
en un rincón del mundo por un sacerdote solitario, tiene un valor
infinito, porque es la misa de Jesús, que da gloria infinita al
Padre.
Algunos santos nos hablan de que en el momento del ofertorio,
presentación de las ofrendas, los ángeles presentan a Dios las
ofrendas, intenciones y buenas obras de sus asistidos. En el momento
de la consagración, los ángeles con los santos adoran a Jesús
realmente presente en el altar. En la comunión, acompañan a sus
protegidos a recibir a Jesús y les inspiran buenos pensamientos
para darle gracias. Muchos santos hablan de que los ángeles
custodios se alegran cuando uno va a la misa, porque va a recibir
para él, para su familia y para el mundo entero, muchas
bendiciones. Ellos también cantan y adoran a su Dios, presente en
la Eucaristía. Por ello, decía san Juan Crisóstomo: En la misa,
los ángeles asisten al sacerdote, entonan cantos y llenan el
recinto alrededor del altar para honrar a Dios que ahí está
presente.
Los ángeles participan de nuestra alegría y con ellos,
ciertamente, la misa es una verdadera fiesta. Si pudiéramos verlos
con nuestros ojos, como algunos santos, quedaríamos maravillados.
Por todo ello, hay que asistir a la misa con mucho respeto, bien
vestidos y con mucha atención y devoción, porque estamos en la
presencia del cielo entero. Plegaria eucarística
Después del Santo, viene la plegaria eucarística. En ella, no
sólo se nos recuerdan los acontecimientos de la pasión, muerte y
resurrección de Jesucristo, sino que el Espíritu Santo hace que
estos hechos se hagan realidad en el altar. Por eso, decimos que la
misa es el memorial de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.
Memorial significa hacer realidad aquí y ahora un acontecimiento
salvífico que tuvo lugar hace mucho tiempo. Pero para que se hagan
realidad estos acontecimientos necesitamos el poder del Espíritu
Santo. Por consiguiente, invocamos la gracia del Espíritu Santo
(primera epiclesis), diciendo en la segunda plegaria:
Te pedimos, Señor, que santifiques estos dones con la efusión
de tu Espíritu de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de
Jesucristo Nuestro Señor.
Para los cristianos orientales, tiene tanta importancia esta
invocación al Espíritu Santo, que para ellos éste es el momento
de la consagración, es decir, el momento en que Cristo se hace
realmente presente en el altar.
Para nosotros, el momento clave es el momento de la consagración
por separado del pan y del vino. Durante la consagración los fieles
estarán de rodillas a no ser que lo impida la enfermedad o la
estrechez del lugar o la aglomeración de los participantes o
cualquier otra causa razonable. Y los que no pueden arrodillarse en
la consagración, harán una profunda inclinación mientras el
sacerdote hace la genuflexión después de ella (OGMR 43). El
sacerdote dice:
Tomad y comed todos de él (pan), porque esto es mi Cuerpo que
será entregado por vosotros.
Igualmente, el sacerdote toma el cáliz y dice:
Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi
sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por
vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados.
Haced esto en conmemoración mía.
Démonos cuenta que el sacerdote en ese momento es Jesús, Jesús
y él se han unido sustancialmente. Por eso, es tan importante que
el sacerdote sea puro y libre de todo pecado, al menos mortal. El
canon 899 dice que personifica a Cristo durante la misa. Su persona
es absorbida por la persona de Cristo y Cristo actúa a través de
él como si fuera él mismo. Por eso, el sacerdote, como si fuera el
mismo Cristo, dice las mismas palabras de Cristo para realizar la
consagración.
Ahora bien, anotemos que se dice: Tomad y comed todos de él,
porque esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros. El
sacerdote debe hacer suyas estas palabras de por vida. Y lo mismo
cada fiel comprometido con Cristo. Debe tomar su propio cuerpo, que
significa toda su vida, y entregarla a Cristo por la salvación de
sus hermanos. Y les invita a todos: Tomad y comed, es decir, recibid
mi amor, mi alegría y mis bendiciones, porque estoy a vuestro
servicio para siempre. Un cristiano que vive íntimamente en unión
con Cristo, especialmente un sacerdote, y que renueva su unión
total en cada consagración, debe hacer realidad esta entrega a
Cristo y a los hermanos para que tengan derecho a recibir siempre su
amor, paz, alegría y bendición.
De la misma manera, al decir el sacerdote Tomad y bebed todos de
él, porque éste es el cáliz de mi sangre…, el sacerdote y el
fiel comprometido debe entender que está renovando su entrega de
dar su sangre y su vida por los demás (será derramada por vosotros
y por todos los hombres para el perdón de los pecados). Y dice que
es sangre de la alianza nueva y eterna. La sangre que representa
nuestra vida es la sangre de Cristo que nos alimenta en la comunión
y que, al comulgar, realiza una alianza nueva y eterna entre Cristo
y nosotros.
¡Qué importante es renovar cada día, en la misa y comunión,
esta alianza con Jesús! Esto deben hacerlo de modo especial los
sacerdotes y religiosas, que están comprometidos de por vida por su
compromiso radical con Dios. Por último, se dice: Haced esto en
conmemoración mía. El texto griego dice touto poiei eis ton emen
anmnesin. La misa no es un simple recuerdo, sino una realidad.
Jesús se ha hecho realmente presente, el mismo Jesús de Nazaret
que nació en Belén y murió en la cruz. Cuando Jesús dijo esas
palabras en la última cena, los apóstoles entendieron que podían
celebrar lo mismo que él había celebrado y hacer realidad su
cuerpo y sangre al consagrar el pan y el vino.
¿Estás tú hermano unido íntimamente a Cristo? ¿Tu vida y la
de Cristo están unidas? ¿Estás totalmente disponible para hacer
siempre y en todo su santa voluntad? Eso es lo que espera Jesús de
ti. Haz una consagración de tu vida a Jesús. Ofrécele todo lo que
tienes y todo lo que eres por medio de María y vive la misa como
una renovación diaria de tu compromiso vital con Cristo.
Después de la consagración, el sacerdote canta o recita: Este
es el sacramento de nuestra fe. El Papa Juan Pablo II, en la carta a
los sacerdotes para el jueves Santo del 2005, les decía: Al decir
“Este es el sacramento de nuestra fe”, el sacerdote manifiesta
después de la consagración del pan y el vino el estupor siempre
nuevo por el prodigio extraordinario que ha tenido lugar entre sus
manos. Un prodigio que sólo los ojos de la fe pueden percibir. Los
elementos naturales no pierden sus características externas, ya que
las especies siguen siendo las del pan y del vino, pero su sustancia
por el poder de la palabra de Cristo y la acción del Espíritu
Santo se convierte en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo.
Por eso, sobre el altar está presente verdadera, real y
sustancialmente, Cristo, muerto y resucitado, en toda su humanidad y
divinidad.
Y el pueblo responde gozoso, si fuera posible cantando:
Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor,
Jesús!
También puede decirse: Aclamen el misterio de la redención. Y
responden: Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este
cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas. O bien se
puede decir: Cristo se entregó por nosotros. Y se responde: Por tu
cruz y tu resurrección nos has salvado, Señor.
Después de esta aclamación, el sacerdote ofrece al Padre, como
ministro de Cristo y de la Iglesia, el pan y el vino consagrados.
Como dice la plegaria IV: Te ofrecemos su cuerpo y su sangre,
sacrificio agradable a Ti y salvación para todo el mundo. Después,
viene la segunda epiclesis o segunda invocación al Espíritu Santo.
Se dice en la segunda plegaria: Te pedimos humildemente que el
Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del
cuerpo y sangre de Cristo. También se pide, de modo especial, por
el Papa, por el obispo, por todos los sacerdotes y por toda la
Iglesia. Y se ora por todos los difuntos y, en concreto, por
aquellos por quienes se estuviera celebrando la misa. Se invoca a
María, a los apóstoles y a los santos para que vengan e nuestra
ayuda. En la primera plegaria se menciona especialmente a san José
en unión de los mártires.
Y la plegaria eucarística termina con el Por Cristo, con Él y
en Él, a Ti Dios, Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu
Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén.
El por Cristo lo reza solo el sacerdote, pero todos debemos
asentir diciendo con fuerza y con aceptación total Amén, es decir,
así es y que así sea. Es conveniente cantar todos los días este
Amén pues todos debemos, en ese momento, decir con fuerza y verdad:
Todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
En algunas parroquias los sacerdotes cantan todos los días en la
misa el Amén, mientras sostienen en alto con sus manos la patena y
el cáliz. Es un momento muy importante, el del verdadero ofertorio,
en el que el sacerdote no ofrece simplemente el pan y el vino, sino
al mismo Jesús en persona con su cuerpo, sangre, alma y divinidad.
Es un momento en que el sacerdote y todos los presentes pueden
ofrecerse con Jesús, mientras se van diciendo las palabras con
Cristo, con Él y en Él. Vivamos ese momento con fe, entrega y
generosidad, y digamos con fuerza, cantando: Amén.
Para mí, personalmente, este momento es muy especial y, mientras
tengo levantados la hostia y el cáliz, me voy ofreciendo con Jesús
al Padre. Son momentos solemnes muy significativos y expresivos.
rito de la comunión
Padrenuestro
Comienza la última parte de la misa con la oración dominical u
oración del Señor, que es el padrenuestro. Después, continúa el
sacerdote con otra oración que es como ampliación de la última
petición: líbranos del mal. Y comienza: Líbranos, Señor de todos
los males y concédenos la paz en nuestros días, para ayudados por
tu misericordia vivamos siempre libres de pecado y protegidos de
toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro
Salvador Jesucristo.
Y todos responden: Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria
por siempre Señor.
Rito de la paz
A continuación, el sacerdote con las manos extendidas y en voz
alta dice la oración: “Señor Jesucristo, que dijiste” y, al
terminarla, extendiendo y juntando las manos, anuncia la paz, vuelto
al pueblo, mientras dice: “La paz del Señor esté siempre con
vosotros”, y el pueblo responde: “Y con tu espíritu”. Luego
el sacerdote, si se juzga oportuno, añade: “Daos fraternalmente
la paz” (OGMR 154).
En ese momento, conviene que cada uno exprese sobriamente la paz
sólo a quienes tiene más cerca (OGMR 82), lo que debe hacerse sin
moverse de su lugar.
Fracción del pan
En la liturgia de la Iglesia primitiva la fracción del pan
(partir la hostia para consumirla) revestía mucha importancia.
Entonces usaban panes grandes fermentados que los fieles habían
presentado en el Ofertorio con el vino.
Cuando se sustituyó el pan fermentado por el ácimo y se usaron
las hostias actuales, se fue perdiendo el simbolismo de este gesto
de partir el pan. Cristo es el pan partido para la salvación del
mundo. Por eso, san Pablo dice: El pan es uno y somos muchos un solo
Cuerpo, pues todos participamos del mismo pan (1 Co 10,17). Y porque
participamos todos del mismo pan, que es Cristo, todos estamos
unidos en Cristo por la comunión. La comunión eucarística debe
ser también común unión con los hermanos. De ahí que la misa
dominical debe llevarnos a algunas acciones concretas de caridad
para que nuestra fiesta eucarística sea compartida también con
otros, a quienes podamos llevar la alegría que Cristo nos ha dado.
Este gesto de partir los panes era tan importarte en los primeros
siglos que, desde el principio, se llamaba fracción del pan a la
misa. Porque sin fracción del pan no habría comunión y sin
comunión la misa sería un banquete sin comida. En el libro de los
Hechos de los apóstoles se nos dice que aquellos primeros
cristianos perseveraban en oír la enseñanza de los apóstoles y en
la unión, en la fracción del pan (misa) y en la oración (Hech
2,42). Y diariamente acudían al templo, partían el pan en las
casas (celebraban la misa en las casas), tomaban su alimento con
alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios en medio del
general favor del pueblo (Hech 2, 46-47).
Este gesto de la fracción del pan resume un poco la vida de
Cristo y lo que debe ser también la nuestra: un romperse por los
demás, un entregarse totalmente a su servicio. Este gesto debería
ser más visible y expresivo. En las catacumbas de Roma, los
cristianos pintaban al sacerdote, partiendo el pan eucarístico para
simbolizar la celebración de la misa.
El sacerdote realiza la fracción del pan y deposita una
partícula de la hostia en el cáliz, para significar la unidad del
cuerpo y de la sangre del Señor en la obra salvadora, es decir, del
cuerpo de Cristo Jesús viviente y glorioso. El coro o cantor canta
normalmente la súplica “Cordero de Dios” con la respuesta del
pueblo; o lo dicen al menos en voz alta. Esta invocación acompaña
a la fracción del pan y, por eso, puede repetirse cuantas veces sea
necesario hasta que concluye el rito. La última vez se concluye con
las palabras: “danos la paz” (OGMR 83).
Comunión del sacerdote y del pueblo
El sacerdote se prepara con una oración en secreto para recibir
con fruto el cuerpo y la sangre de Cristo. Los fieles hacen lo
mismo, orando en silencio (OGMR 84).
A continuación, el sacerdote presenta la hostia partida sobre la
patena o sobre el cáliz, diciendo: Este es el Cordero de Dios que
quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del
Señor (u otras parecidas palabras).
Al decir Cordero de Dios, está refiriéndose a Jesús como
Cordero pascual. Y nosotros celebramos la gran fiesta de la Pascua,
es decir, de su resurrección, comiendo el Cordero pascual, que es
Cristo.
El pueblo responde con las palabras del centurión (Mt 8,8):
Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya
bastará para sanarme.
A continuación, comulga el sacerdote. Mientras comulga, comienza
el canto de comunión. El canto se prolonga mientras el sacerdote
administra la comunión a los fieles, diciendo: El cuerpo de Cristo.
Al decir El cuerpo de Cristo, está recalcando que Jesús, no
sólo está como Dios en unión con el Padre y el Espíritu Santo en
la hostia consagrada, sino que está también como hombre, con su
cuerpo humano. Y todos responden: AMÉN.
Todos deben responder con voz clara el Amén antes de recibir la
hostia para reafirmar su fe en la presencia viva y real de Jesús en
la Eucaristía. Pero todos deben tener en cuenta lo que dice san
Pablo: El que come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente,
se hace reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese pues,
el hombre a sí mismo y, entonces, coma del pan y beba del cáliz
pues el que come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su
propia condenación (1 Co 11, 27-29). Pero si lo recibe dignamente,
será para él el mejor alimento espiritual y la mayor fuente de
bendiciones en su vida.
Ya hemos, dicho anteriormente, que la comunión es el momento
más importante y sublime de cada día, porque es el momento de
mayor unión con Dios por medio de la humanidad de Jesús. Por
Jesús llegamos al Padre en unión con el Espíritu Santo. María
siempre nos acompaña con nuestro ángel, cuando vamos a comulgar. Y
sería muy conveniente invitar expresamente a todos los ángeles y
santos para que nos ayuden a recibir y agradecer dignamente a Jesús
sacramentado.
Suele decirse que las especies sacramentales permanecen en
nosotros durante unos diez o quince minutos. Es decir, que nuestra
unión sacramental con Jesús dura unos diez o quince minutos. Por
ello, durante este tiempo, no debemos distraernos ni salir del
templo. Debemos estar en oración con Jesús en nuestro corazón.
Si alguna persona no puede comulgar por algún motivo especial,
por no tener regularizado su matrimonio o por estar en pecado grave,
puede arrepentirse y comulgar espiritualmente. La comunión
espiritual es una buena práctica que podemos renovar muchas veces
al día. Consiste en desear ardientemente recibir sacramentalmente a
Jesús; pero, al no poder hacerlo, le manifestamos nuestro deseo
lleno de amor, porque queremos unirnos a Él y ser Uno con Él.
Decía santa Teresa de Jesús: Cuando no podáis comulgar ni oír
misa, podéis comulgar espiritualmente, que es de grandísimo
provecho. El mismo concilio de Trento afirmaba: Aquellos que comen
en deseo aquel celeste pan eucarístico, experimentan su fruto y
provecho por la fe viva que obra por la caridad (Denz 881).
De todos modos, quienes pueden comulgar deberían hacerlo todos
los días a ser posible. La Iglesia recomienda comulgar siempre que
se asista a la misa, pero especialmente los domingos, cuando hay
obligación de asistir. Venir a misa y no comulgar es como ir a un
banquete y no comer. Y eso será un pecado de omisión del que Dios
nos pedirá cuentas.
Desde el concilio IV de Letrán (1215) es obligación grave
comulgar, al menos, una vez al año (canon 920). Además, el que ha
recibido la comunión, puede recibirla de nuevo el mismo día
solamente dentro de la celebración eucarística que participe
(canon 917). Se puede, pues, comulgar dos veces al día, normalmente
en la mañana y otra en la tarde. Para comulgar, es preciso
abstenerse de tomar alimento y bebida (excepto agua y medicina) al
menos una hora antes de comulgar (canon 919). Y, si alguno es
consciente de estar en pecado grave, no debe comulgar sin antes
confesarse sacramentalmente.
La comunión es algo tan importante que hay que darle la máxima
importancia. No puede recibirse por costumbre o por un compromiso
social. Hay que prepararse lo mejor posible y, después dar gracias
durante un tiempo prudencial. Decía santa Magdalena de Pazzi: Los
minutos que siguen a la comunión son los más preciosos de nuestra
vida. Son los minutos más propicios de nuestra parte para tratar
con Dios y, de su parte, para comunicarnos su amor.
La comunión es el mejor alimento espiritual y el mejor medio de
santificación. Pero no olvidemos que la misa y la comunión están
íntimamente unidas. Se puede co- mulgar fuera de la misa, pero como
algo excepcional.
También es importante que, durante el día, podamos hacer
algunas visitas a Jesús Eucaristía. Y, si no podemos, por estar
enfermos o por vivir en lugares distantes, al menos, hagamos visitas
y comuniones espirituales frecuentes a Jesús sacramentado.
Como aquellos cristianos de las islas de Kiribati, que se
reunían los domingos a orar en la playa y el catequista les decía:
Ahora vamos a adorar a Jesús, que está en las iglesias de Tahití
a 5.000 Kms de distancia. Ciertamente para Jesús no hay distancia.
El amor es la distancia más corta entre dos personas y, sobre todo,
entre Jesús y nosotros. Por eso, la comunión es el medio más
sublime que Dios nos ha dado para unirnos a Él.
Comulgar debe ser una verdadera fiesta para nosotros. Comulgar
con Jesús es una fiesta que ni los ángeles pueden tener, porque no
pueden comulgar. Hagamos de cada misa una fiesta, viviéndola
intensamente y recibiendo a Jesús en la comunión.
Oraciones antes o después de la comunión:
Señor Jesús, creo que estás realmente presente en la
Eucaristía con tu cuerpo, sangre, alma y divinidad. Oigo tu
invitación: Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Tomen y coman:
Esto es mi Cuerpo. Creo, Señor, pero aumenta mi fe.
* * * * * * *
Toma, Señor, y recibe mi libertad, mi memoria, mi entendimiento
y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer. Tú me lo diste: A Ti,
Señor, los torno. Todo es tuyo. Dispón de mí, según tu voluntad.
Dame tu amor y gracia que esto me basta, y no pido otra cosa más.
Amén.
* * * * * * *
Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre
de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión
de Cristo, confórtame. ¡Oh buen Jesús!, óyeme. Dentro de tus
llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de Ti. Del enemigo
malo, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame y mándame ir a
Ti para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos.
Amén.
Comunión espiritual
¡Oh Jesús mío!, yo creo que estás presente en el Santísimo
sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte
dentro de mi alma. Pero, como ahora no puedo hacerlo
sacramentalmente, ven, al menos, espiritualmente a mi corazón. Y,
como si ya te hubiera recibido, te abrazo y me uno a Ti. No
permitas, Señor, que vuelva a ofenderte jamás.
rito de la cONCLUSIón
Oración después de la comunión
Después de comulgar, mientras el sacerdote limpia el cáliz y
recoge las cosas del altar, es recomendable guardar silencio para
motivar la oración personal de agradecimiento al Señor. Los que no
han comulgado, también deben orar y podrían decirle a Jesús
muchas veces: Jesús, yo te amo.
Cuando se ha terminado de distribuir la comunión, el sacerdote y
los fieles, si se juzga oportuno, pueden orar un espacio de tiempo
en secreto. Si se prefiere, toda la asamblea puede también cantar
un salmo o algún otro canto de alabanza o himno (OGMR 88).
A continuación, viene la oración después de la comunión en la
que el sacerdote se une a toda la Iglesia y manifiesta su
agradecimiento al Padre por los dones recibidos, pidiendo que los
frutos de la Eucaristía sean eficaces par llevarnos a vivir siempre
con Él en el cielo.
Los fieles responden: Amén. Si hay avisos parroquiales este es
el momento, pero deben ser breves.
Bendición final
El sacerdote continúa: El Señor esté con vosotros. Responden:
Y con tu espíritu.
Y el sacerdote, bendice al pueblo con una fórmula solemne, si lo
desea, en los días de fiestas, o sencillamente diciendo: 0
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu
Santo, descienda sobre vosotros.
Todos responden: Amén.
Podéis ir en paz. Demos gracias a Dios.
El sacerdote que ha bendecido al pueblo en nombre de Dios trino,
se retira, besando el altar como al principio, dejándole un beso a
Jesús como agradecimiento por haberle permitido celebrar la gran
maravilla de la Eucaristía.
Canto de despedida
Termina la celebración con el canto de despedida, mientras se
retira el sacerdote del altar, aunque es bueno que el sacerdote
permanezca en el altar hasta que se termine la canción. En algunos
lugares, los sacerdotes tienen la buena costumbre de salir a la
puerta, durante la última canción, para saludar a los feligreses.
En algunos días especiales, es conveniente tener una pequeña
recepción para tomar unas bebidas con galletas y así compartir
juntos la alegría de la misa y conocerse mejor.
TERCERA PARTE
REFLEXIONES
En esta última parte, queremos expresar algunas reflexiones con
testimonios para comprender la necesidad que tenemos de la fe para
vivir realmente la maravilla y el misterio de la misa y comprobar
cómo lo han vivido otros testigos cristianos que son un ejemplo
para nosotros.
Reflexiones
Todo lo que hemos dicho sobre la grandeza admirable del misterio
de la misa como fuente de inmensa alegría, no lo entienden muchos
católicos que van a misa por cumplir, distraídos y con poca fe. Y,
cuando falta la fe en lo que se celebra y no estamos seguros de que
es realmente el mismo Jesucristo, nuestro Dios y Señor, el que
viene a nuestro encuentro para celebrar una fiesta con nosotros,
entonces la misa parece un espectáculo.
Un espectáculo no muy divertido y quizás aburrido, porque no se
entiende nada. Algunos van a misa pensando en que termine pronto y
les molesta si el sermón u homilía se alarga un poco. Y es que,
cuando falta fe y no hay amor por Jesús, la misa aprovecha muy poco
o nada.
Pero si comprendiéramos que todos los ángeles y santos nos
acompañan, que el cielo entero está presente, actuaríamos de otra
manera. Iríamos bien vestidos como a una fiesta celestial, y nunca
llegaríamos tarde a la cita con Jesús.
Recordemos que, en cada misa, está presente María con san
José. La sagrada familia estaba unida en la tierra y lo está
también en el cielo y en cada misa. Por otra parte, la acción del
Espíritu Santo es indispensable para la realización del gran
milagro de la consagración del pan y del vino en el cuerpo y la
sangre de Jesús.
Lamentablemente, muchos católicos no son practicantes y para
ellos la misa dominical no tiene ninguna importancia. Al alejarse de
la Eucaristía, su vida espiritual está vacía o raquítica. Por
eso, es preciso que los católicos tomen conciencia de la
importancia de la misa del domingo. Los primeros cristianos
arriesgaban su vida por asistir a misa y nosotros preferimos ir de
paseo antes que ir a misa. No nos damos cuenta de cuántas
bendiciones y alegrías nos perdemos para esta vida y para la
eternidad.
Los cristianos de los primeros siglos asistían a misa antes del
alba, porque tenían que ir a trabajar al salir el sol, ya que el
domingo no era día de fiesta. Cuando, a partir del año 321, el
domingo se convirtió en día festivo y la misa pudo celebrarse a
media mañana, muchos siguieron asistiendo a la misa antes del canto
del gallo, porque era la hora en que las mujeres se reunieron para
ir al sepulcro, constatando la resurrección. A lo largo de los
siglos, la importancia del domingo llegó a la prohibición del
trabajo manual para darle más significado al sentido de fiesta. En
la actualidad, muchos deben trabajar el domingo por obligación,
pero los que no tengan esa obligación, deberían respetar el
domingo como un día de descanso, un día para estar con la familia
y un día sagrado para ir a misa.
El Papa Benedicto XVI en su exhortación apostólica Sacramento
de amor, afirma que cristiano es el que vive según el domingo. Y
dice: Vivir el domingo quiere decir ser conscientes de la
liberación traída por Cristo y hacer de nuestra vida una ofrenda a
Dios (No. 72).
La fe peligra cuando no se siente deseo de participar en la misa
dominical. Perder el sentido del domingo como día del Señor para
santificarlo es síntoma de una pérdida del sentido auténtico de
la libertad de los hijos de Dios…
Y aunque esté permitido cumplir el precepto dominical el sábado
por la tarde es preciso recordar que el domingo merece ser
santificado en sí mismo para que no termine siendo un día vacío
de Dios (No. 73).
Testimonios
Padre Pietro Alagiani
Era capellán del ejército italiano durante la segunda guerra
mundial y fue hecho prisionero el 19 de diciembre de 1942. Él dice:
Desde los primeros días de cautiverio, la nostalgia por la santa
misa me atormentaba más de lo que podía imaginar. Pero también en
esto vino a mi encuentro Jesús, inspirándome una devoción “sui
generis”. Recortando lo mejor que pude una gran hostia de papel,
cada mañana, después de la meditación, celebraba dos misas,
decía todas las oraciones de la misa con todas la ceremonias como
si realmente estuviera en el altar. Debo reconocer que aquellas
misas “secas” las celebraba con devoción y consuelo como
raramente cuando tenía la suerte de celebrar las verdaderas misas.
A partir del 5 de marzo de 1953, pude celebrar diariamente la misa.
Desde aquel día, hasta el gran deseo de libertad se me volvió
menos acuciante y menos atormentador; porque, en el fondo, había
deseado e invocado la libertad y suspirado por ella, principalmente,
por estar privado de celebrar la misa.
El padre Alagiani tuvo la gran suerte de tener permanentemente
consigo en una bolsita colgada en el cuello a Jesús Eucaristía y
esto le dio una fortaleza inmensa en medio de las torturas y de los
sufrimientos de la vida carcelaria. Y dice: A pesar de las continuas
dolencias, del hambre terrible, del frío extremo en invierno, nada
lograba disminuir la íntima alegría que experimentaba al pensar
que estaba en compañía de Jesús sacramentado.
Padre Segundo Llorente
Este misionero de Alaska, cuyos libros leía con sumo agrado en
mis años de seminarista, era un sacerdote muy fervoroso. Dice:
Celebraba la misa muy despacio, rodeado de varias legiones de
ángeles, que me envidiaban a mí y yo les envidiaba a ellos. Me
envidiaban, porque ellos no podían consagrar ni sufrir por Cristo y
yo les envidiaba, porque ellos eran ángeles y yo una miseria. Él
se pasaba muchas horas en oración ante Jesús sacramentado y, por
eso, podía hablar por experiencia que la misa para él era un cielo
en la tierra en unión con los ángeles.
Padre Ciszek
Este sacerdote norteamericano fue misionero voluntario a Rusia
durante la segunda guerra mundial, pero lo tomaron preso y pasó
cinco años en la famosa cárcel Lubianka de Moscú. En su libro
With God in Rusia, traducido al español como Espía del Vaticano,
va narrando sus aventuras y su deseo inmenso de celebrar la misa.
Dice así: En el campo de trabajos forzados número 5, volví a
celebrar la misa que no había podido celebrar desde los tiempos de
Dubinka. Era en un taller. Disponía de un pequeño cáliz y de una
patena de níquel que había hecho uno de los presos; el vino era de
uvas que sacaban de no sé dónde y el pan lo cocían especialmente
algunos estonianos católicos que trabajaban en la cocina. Era
peligroso que asistiesen muchos por el peligro de llamar la
atención; pero, a medida que corrió la voz, ya eran más los que
deseaban asistir a la misa. Al cabo de cierto tiempo, el padre
Gasper y yo fuimos más atrevidos y empecé a celebrar la misa en
uno de los barracones donde la mayoría eran polacos y lituanos, y
el brigada tenía sentimientos religiosos... Me cambiaron de
alojamiento y mis antiguos feligreses venían a mi nuevo alojamiento
por la noche y, entre juegos de cartas y dominó, confundidos entre
las conversaciones de los demás, los confesaba y les daba la
comunión… Otras veces, daba la comunión por la noche después de
la misa y era lo que yo prefería, pues se corría el riesgo de
perder los santos sacramentos en un registro nocturno... Después,
cambiamos de táctica, yendo a barracas distintas a celebrar la misa
y así evitábamos sospechas. Celebraba en algún barracón donde el
jefe de la brigada era amigo, mientras él vigilaba desde la puerta
para que no entrase ningún extraño.
Yo sé los sacrificios que hacíamos para celebrar en aquellas
condiciones, estando hambrientos. Yo he visto sacerdotes que estaban
en ayunas todo el día y trabajar con el estómago vacío para tener
la posibilidad de celebrar la misa (en aquel tiempo había que
guardar ayuno desde las doce de la noche del día anterior). Yo lo
hice con frecuencia. Y, algunas veces, si no podíamos celebrar la
misa al mediodía en el descanso para comer, debíamos esperar hasta
la noche. A veces, en verano, debíamos quitarnos tiempo al sueño
para levantarnos temprano antes de ir a trabajar, para celebrar la
misa en algún lugar escondido. Vivíamos como en las catacumbas,
con nuestras misas secretas. Si nos descubrían, éramos severamente
castigados y siempre había informantes. Pero valía la pena correr
todos los riesgos y sacrificios para celebrar la misa. La misa era
un tesoro para nosotros. La anhelábamos y hacíamos cualquier
sacrificio con tal de poder celebrarla o asistir a ella.
Cuando no podíamos celebrar la misa, teníamos hostias
consagradas escondidas para poder, al menos, comulgar cada día y
celebrar la misa espiritual sin pan ni vino, recitando todas las
oraciones. Pero por las tardes, cuando los demás estaban jugando
cartas o leyendo o conversando, yo y el padre Víctor, como si
estuviéramos conversando, celebrábamos la misa de memoria. En
algunas oportunidades, podíamos internarnos en el bosque durante
los trabajos y allí celebrábamos la misa sobre un tronco de un
árbol. Nunca olvidaré aquellas misas celebradas en los bosques de
los Urales. ¡Cuánto significaba para nosotros el celebrar la misa
y tener el cuerpo y la sangre de Jesús con nosotros!
Para nosotros era una necesidad celebrar la misa. La
celebrábamos sin ayudantes, sin velas, sin flores, sin música ni
manteles blancos; simplemente con un vaso corriente para echar unas
gotas de vino; y un pedazo de pan con levadura. En estas
condiciones, la misa nos acercaba a Dios más de lo que nadie
podría imaginar. Conscientes de lo que estaba sucediendo, penetraba
en nuestra alma el amor de Dios. Y, a pesar de las distracciones
causadas por el miedo a ser descubiertos, permanecía en nosotros la
alegría que producía el pequeño pedazo de pan y algunas gotas de
vino consagrados por Jesús… Nada ni nadie podría haber hecho
profundizar más mi fe que la celebración de la misa. Mi primera
preocupación cada día era poder celebrar la misa. Ningún día la
dejé de celebrar mientras pude.
Nguyen Van Thuan
Su proceso de beatificación está en marcha. Cuando era obispo
de Saigón, en Vietnam, los comunistas lo metieron en la cárcel,
donde estuvo 13 años. Y dice: Nunca podré expresar mi gran
alegría al celebrar diariamente la misa con tres gotas de vino y
una gota de agua en la palma de mi mano… ¡Este era mi altar y
ésta era mi catedral! Cada día, al recitar las palabras de la
consagración, confirmaba con todo el corazón y con toda el alma,
un nuevo pacto de amor, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante
su sangre mezclada con la mía. ¡Han sido las misas más hermosas
de mi vida!
La Eucaristía se convirtió para mí y para los demás
cristianos prisioneros en una presencia escondida y alentadora en
medio de todas las dificultades… A las 21:30 había que apagar la
luz y todos tenían que irse a dormir. En aquel momento, me encogía
en la cama para celebrar la misa de memoria y repartía la
comunión, pasando la mano por debajo de la mosquitera. Incluso
fabricamos bolsitas con el papel de los paquetes de los cigarrillos
para conservar el Santísimo Sacramento y llevarlo a los demás.
Jesús Eucaristía estaba siempre conmigo en el bolsillo de la
camisa… Por la noche, los prisioneros católicos se alternaban en
turnos de adoración. Jesús eucarístico ayudaba de un modo
inimaginable con su presencia silenciosa. Muchos cristianos volvían
al fervor de la fe. Su testimonio de servicio y amor producía un
impacto cada vez mayor en los demás prisioneros. Budistas y otros
no cristianos alcanzaban la fe. La fuerza del amor de Jesús era
irresistible. La prisión se convirtió en escuela de catecismo. Los
católicos bautizaron s sus compañeros; eran sus padrinos… Así
Jesús se convirtió en el verdadero compañero nuestro en el
Santísimo Sacramento.
Padre Giovanni Salerno
El padre Giovanni es el fundador del Movimiento de los siervos de
los pobres del tercer mundo y afirma: No logro comprender al
sacerdote que deja de celebrar la santa misa, aunque sea un solo
día. Ese día será para él un día sin sol. En mis viajes por
toda Europa y por América del Norte y del Sur, Dios me ha hecho la
gracia de no dejar jamás ni un solo día la celebración de la
misa, que constituye para mí la única fuente de energía y me hace
sentir siempre joven. La santa misa es como el sol de mi vida.
Cuando no pueda celebrarla, querrá decir que mi tiempo sobre esta
tierra ha terminado.
* * * * * * *
Al leer estos testimonios, quizás podamos entender mejor a los
mártires de Abitene, del año 304. Fueron presentados al procónsul
por los oficiales del tribunal. Se le informó que se trataba de un
grupo de cristianos que habían sido sorprendidos, celebrando una
reunión de culto de sus misterios. El primero de los mártires
torturados, Télica, grito: Somos cristianos; por eso, nos hemos
reunido. Saturnino, lleno del Espíritu Santo, respondió: “Hemos
celebrado el día del Señor, porque la celebración del día del
Señor no puede omitirse”. Mientras atormentaban al sacerdote
Emérito, un lector, dijo: nosotros no podemos vivir sin la misa del
domingo.
El gran historiador eclesiástico san Eusebio de Cesarea
escribió: Cada lugar donde se sufre es para nosotros un sitio para
celebrar la misa, ya sea en un campo, en un desierto, en un barco,
una posada o una prisión.
Ojala que, al valorar más la santa misa como una fiesta de
encuentro con Jesús, podamos estar dispuestos a cualquier
sacrificio para no perder ninguna misa ni comunión ni siquiera los
días ordinarios. Y, cuando no podamos asistir personalmente,
hagamos muchas visitas y comuniones espirituales a Jesús
Eucaristía y enviemos a nuestro ángel a visitar las iglesias del
mundo y adorar en nuestro nombre a Jesús Sacramentado. Amén.
Testimonio de Catalina Rivas
Catalina es una señora casada con dos hijos, que ha recibido
mensajes frecuentes de Jesús y de la Virgen María. Ha recibido los
estigmas de la pasión de Jesús y es un alma víctima por los
pecadores. El doctor Ricardo Castañón, a quien conozco
personalmente y es un fervoroso católico, convertido del ateísmo
en 1995, y que es un gran investigador de fenómenos místicos y
apariciones de la Virgen, ha estudiado su caso con su equipo de
investigación y ha concluido que es auténtico. Su obispo de
Cochabamba en Bolivia, Monseñor René Fernández, dio en 1998 su
imprimatur para la publicación de sus libros. Entre ellos está La
santa misa, que es una revelación que recibió durante una misa
celebrada por el arzobispo en la catedral. Este testimonio puede
ayudarnos a comprender mejor lo que es la misa y el gran misterio
que en ella se celebra.
Nos dice que en el ofertorio: De pronto, empezaron a ponerse de
pie unas figuras que no había visto antes. Era como si del lado de
cada persona, que estaba en la catedral, saliera otra persona, pues
aquello se llenó de algunos personajes jóvenes, hermosos. Iban
vestidos con túnicas blancas y fueron saliendo hasta el pasillo
central, dirigiéndose hacia el altar.
María me dijo: Observa, son los ángeles de la guarda de cada
persona que está aquí. Es el momento en que su ángel lleva sus
ofrendas y peticiones ante el altar del Señor. Aquellos jóvenes
tenían los rostros tan hermosos, tan radiantes como no puede uno
imaginarse. Lucían unos rostros muy bellos, casi femeninos; sin
embargo, la complexión de su cuerpo, sus manos, su estatura era de
hombre. Los pies desnudos no pisaban el suelo, sino que iban como
deslizándose, como resbalando. Aquella procesión era muy hermosa.
La Virgen María repitió: Son los ángeles de las personas que
están ofreciendo esta santa misa por muchas intenciones y que son
conscientes de lo que significa esta celebración y tienen algo que
ofrecer al Señor. Es el momento para ofrecer. Ofrezcan sus penas,
sus dolores, sus ilusiones, sus tristezas, sus alegrías, sus
peticiones. Recuerden que la misa tiene un valor infinito. Por
tanto, sean generosos en ofrecer y en pedir.
Detrás de los primeros ángeles, venían otros que no tenían
nada en las manos, las llevaban vacías. Dijo María: Son los
ángeles de las personas que, estando aquí, no ofrecen nunca nada,
que no tienen interés en vivir cada momento de la misa y no tienen
ofrecimientos que llevar ante el altar del Señor.
En último lugar, iban otros ángeles que estaban medio tristones
con las manos juntas en oración, pero con la mirada baja… Y me
dijo: Son los ángeles de las personas que, estando aquí, no
están, es decir, de las personas que han venido forzadas o por
compromiso, pero sin ningún deseo de participar en la misa, y los
ángeles van tristes; porque no tienen nada que ofrecer ante el
altar, salvo sus propias oraciones.
No entristezcan a su ángel de la guarda. Pidan mucho, pidan por
la conversión de los pecadores, por la paz del mundo, por sus
familiares, vecinos, por quienes se encomiendan a sus oraciones.
Pidan mucho, pidan mucho, pero no sólo por ustedes sino también
por los demás. Recuerden que el ofrecimiento que más agrada al
Señor es su propio ofrecimiento para que Jesús, al bajar al altar,
lo transforme por sus propios méritos. ¿Qué tienen que ofrecer al
Padre por sí mismos? La nada y el pecado, pero, al ofrecerse a sí
mismos unidos a los méritos de Jesús, ese ofrecimiento es grato al
Padre.
Llegó el momento final del prefacio, cuando la asamblea decía:
Santo, Santo, Santo. De pronto, aparecieron miles de ángeles
pequeños y grandes, ángeles con alas inmensas, ángeles con alas
pequeñas, ángeles sin alas… todos vestidos con unas túnicas
como las albas blancas de los sacerdotes. Todos se arrodillaban con
las manos unidas en oración y con reverencia inclinaban la cabeza.
Se escuchaba una música preciosa, como si fueran muchísimos coros
con distintas voces que cantaban al unísono junto con el pueblo:
Santo, Santo, Santo…
Y llegó el momento de la consagración, el momento del más
maravilloso de los milagros. Y apareció una multitud de personas
vestidas con la misma túnica, pero en colores diversos: rosa,
verde, celeste, lila, amarillo... Sus rostros también eran
brillantes, llenos de gozo, y parecían tener todos la misma edad.
Se podía apreciar que había gente de distintas edades, pero todos
parecían igual en las caras, sin arrugas, felices. Todos se
arrodillaban también ante el canto del Santo, Santo, Santo.
La Virgen dijo: Ellos son los santos y bienaventurados del cielo
y entre ellos también están las almas de los familiares de ustedes
que gozan de la presencia de Dios. Y vi a la derecha del arzobispo,
un paso detrás de él, arrodillada sobre unas telas muy finas,
transparentes, pero luminosas, a la Santísima Virgen con las manos
unidas, mirando atenta y respetuosamente al celebrante.
Me dijo: ¿Te llama la atención verme un poco más atrás del
celebrante? Así debe ser. Con todo lo que me ama mi Hijo, no me ha
dado la dignidad que da a un sacerdote de poder traerlo entre las
manos diariamente. Por ello, siento tan profundo respeto por el
sacerdote y por todo el milagro que Dios realiza a través de él;
lo cual me obliga a arrodillarme aquí.
Delante del altar, empezaron a salir unas sombras de personas en
color gris que levantaban las manos hacia arriba. María me habló
diciendo: Son las almas benditas del purgatorio que están a la
espera de sus oraciones.
No dejen de rezar por ellas. Piden por ustedes, pero no pueden
pedir por ellas mismas, son ustedes quienes tienen que pedir por
ellas para ayudarlas a salir para encontrarse con Dios y gozar de
Él eternamente.
Y añadió: Yo personalmente, en ninguna parte estoy más
presente que en la santa misa y siempre me van a encontrar al pie
del sagrario donde permanezco con los ángeles, porque siempre estoy
con Él.
Llegó el momento de la consagración. El celebrante era de
estatura normal; de pronto, empezó a crecer y a volverse lleno de
luz; una luz sobrenatural entre blanca y dorada lo envolvía y se
hacía muy fuerte en la parte del rostro, de modo que no podía ver
sus rasgos. Cuando levantaba la hostia, vi sus manos y tenían unas
marcas en el dorso, de las cuales salía mucha luz. ¡Era Jesús!
Era Él que, con su cuerpo, envolvía el del celebrante como si
lo rodeara amorosamente. En ese momento, la hostia comenzó a crecer
y crecer enorme y en ella el rostro maravilloso de Jesús, mirando a
todos... Parecía que me miraba solo a mí desde la enorme hostia,
pero contemplaba a cada persona lleno de amor. Luego bajé la cabeza
hasta tener la frente en el suelo, como hacían todos los ángeles y
santos. Inmediatamente después, Monseñor dijo las palabras de
consagración del vino y junto con sus palabras empezaron unos
relámpagos en el cielo y en el fondo. Desapareció a mi vista el
techo y las paredes de la iglesia; todo estaba oscuro y solamente
aquella luz brillaba en el altar.
De pronto, vi a Jesús crucificado de la cabeza a la parte baja
del pecho. En el costado derecho de Jesús había una herida y
salía sangre a borbotones hacia la izquierda, y hacia la derecha
salían chorros de luz que se dirigían a los fieles. Me asombraba
la cantidad de sangre que fluía hacia el cáliz. Pensé que iba a
rebalsar y manchar todo el altar, pero no cayó ni una gota. La
Virgen me dijo: Éste es el milagro de los milagros. Para el Señor
no existe ni tiempo ni distancia y, en el momento de la
consagración, toda la asamblea es trasladada al pie del Calvario en
el instante de la crucifixión de Jesús.
Cuando íbamos a rezar el padrenuestro, habló el Señor por
primera vez y me dijo: Quiero que ores y que en este momento traigas
a tu memoria a la persona o a las personas que más daño te hayan
ocasionado durante tu vida para que las abraces junto a tu pecho y
les digas de todo corazón: En el Nombre de Jesús yo te perdono y
te deseo la paz. Si esa persona merece la paz, la va recibir. Si no
es capaz de abrirse a la paz, esa paz volverá a tu corazón. Pero
no quiero que recibas y des la paz a otras personas, cuando no eres
capaz de perdonar y sentir esa paz primero en tu corazón.
Llegó el momento de la paz, y me lancé a abrazar a la persona
que estaba a mi lado. Pude sentir verdaderamente el abrazo del
Señor en una luz muy intensa, porque, en ese momento, había sido
capaz de perdonar y sacar de mi corazón todo rechazo a otras
personas.
Llegó el momento de la comunión de los celebrantes. Cuando
comulgaba Monseñor, me dijo María: Este es el momento de pedir por
el celebrante y los sacerdotes que lo acompañan; repite junto a
mí: Señor, bendícelos, santifícalos, ayúdalos y purifícalos,
sostenlos con tu amor. Recuerden a todos los sacerdotes y almas
consagradas del mundo y oren por ellos.
Cuando comulgué, la hostia tenía un sabor distinto, era una
mezcla de sangre e incienso que me inundó entera. Sentía tanto
amor que las lágrimas me corrían sin poder contenerlas. Cuando
llegué a mi asiento, escuché las oraciones de una señora que
estaba sentada delante de mí y que acababa de comulgar. Decía más
o menos así: Señor acuérdate de que estamos a fin de mes y no
tengo dinero para pagar la cuota del auto, los colegios de los
chicos, ayúdame. Por favor, haz que mi marido deje de beber tanto,
no puedo soportarlo más, y mi hijo menor va a perder el año otra
vez. Y no te olvides de la vecina que debe mudarse de casa, que lo
haga de una vez, porque no la puedo aguantar más etc, etc.
Y Jesús me dijo: ¿Te has dado cuenta? Ni una sola vez me ha
dicho que me ama, ni una sola vez me ha agradecido el don que le he
hecho de bajar hasta su pobre humanidad. Ni una sola vez me ha
dicho: Gracias, Señor. Ha sido una letanía de pedidos y así son
casi todos las que vienen a recibirme... Ustedes no se dan cuenta
que necesito de su amor. Recuerda que soy el mendigo del amor en
esta hora sublime de la comunión.
Cuando el sacerdote impartía la bendición, la Santísima Virgen
me dijo: Haz bien la señal de la cruz. Recuerda que esta bendición
puede ser la última que recibas en tu vida. Tú no sabes, si
saliendo de aquí, vas a morir y no sabes si vas a tener la
oportunidad de que otro sacerdote te dé una bendición. Esas manos
consagradas te están dando la bendición en el nombre de la
Santísima Trinidad; por lo tanto, haz la señal de la cruz con
respeto y como si fuera la última de tu vida.
¡Cuántas bendiciones nos perdemos por no entender y no
participar bien todos los días en la misa! ¿Por qué no hacer un
esfuerzo y empezar el día media hora antes para poder asistir a la
misa? Y Jesús me dijo: No salgan a la carrera terminada la misa,
quédense un momento en mi compañía, disfruten de ella y déjenme
disfrutar también a Mí. Los espero cada día en la misa y
comunión.
GLOSARIO
Acólito.- El que ayuda al sacerdote en la misa.
Alba.- La túnica blanca que cubre por completo al sacerdote para
celebrar los sacramentos.
Altar.- Lugar donde se celebra la misa y que representa a Cristo.
Ambón.- Lugar desde donde se proclama la palabra de Dios.
Cáliz.- Es la copa donde se consagra el vino.
Casulla.- Es el largo del manto, más corto que el alba, que
cubre por completo al sacerdote exteriormente para la celebración
de la misa.
Colores litúrgicos.- Morado, que indica conversión y
penitencia, se usa durante el tiempo de Adviento y Cuaresma, y para
la misa de difuntos o celebraciones penitenciales. Rojo, que
significa fuego, amor y sangre, se usa el domingo de Ramos, el
Viernes Santo, el domingo de Pentecostés y en las fiestas de la
cruz, de los apóstoles, evangelistas y de los mártires. Blanco, es
el color del triunfo y de la fiesta. Se usa en Navidad, Pascua y en
las fiestas de la Virgen o de los santos no mártires y en la
mayoría de los sacramentos. Verde, es el color de la esperanza. Es
el que se usa durante todo el tiempo ordinario. En algunos lugares
se usa el color azul el día de la Inmaculada Concepción y el
negro, casi desaparecido, en misas de difuntos.
Copón o píxide.- Es el recipiente, a modo de copa grande, donde
están las hostias para distribuirlas en la comunión.
Corporal.- La tela que se coloca debajo del cáliz al celebrar la
misa y evitar así que se puedan perder partículas consagradas.
Custodia.- Es el ostensorio donde se coloca la hostia consagrada
para exponerla a la adoración de los fieles.
Estola.- Una franja alargada que cuelga por igual sobre los
hombros del sacerdote y que el diácono tiene cruzada sobre el
pecho.
Incensario o turíbulo.- Es una especie de braserillo con
cadenillas y tapa, donde se quema el incienso que sirve para
incensar el crucifijo y el altar, durante la misa.
Leccionario.- Es el libro de las lecturas de la palabra de Dios.
Lector.- El que lee la palabra de Dios a la asamblea.
Misal.- Es el libro que está sobre el altar para la celebración
de la misa.
Monitor.- El que anima la misa con las moniciones.
Salmista.- El que lee o canta el salmo responsorial.
Sede.- Lugar donde el sacerdote preside la Comunidad y se sienta
para las lecturas y el salmo responsorial.
Palia.- Una pequeña tela cuadrada para cubrir el cáliz y
protegerlo de cualquier suciedad que pueda entrar.
Patena.- Un pequeño platillo donde está la hostia grande que se
va a consagrar durante la misa.
* * * * * * *
El cirio pascual, que simboliza a Cristo resucitado, luz del
mundo, se enciende en todas las misas durante el tiempo pascual.
La lámpara del Santísimo encendida nos indica que Jesús está
presente en el sagrario. Es como si nos hablara y nos dijera: Aquí
está Jesús.
El pan que se ofrece en la misa debe ser de trigo sin levadura,
como lo fue el que Cristo consagró en la última Cena. Y el vino
debe ser de uva; no puede ser otra clase de bebida.
CONCLUSIÓN
Después de haber visto lo grande y maravilloso que es celebrar
bien el misterio de la misa, en el cual Cristo nos sale al encuentro
y nos da la oportunidad de recibirlo personalmente en la comunión,
podemos decir que es triste que tantos católicos no vivan su fe en
plenitud para recibir tantas bendiciones que Dios quiere darles a
través de este sacramento.
Es triste ver a tantos católicos que llevan una vida espiritual
raquítica o vacía, porque no dan importancia a la misa del
domingo. Da pena ver cuántos no se confiesan ni comulgan durante
años. Es más triste aún ver cuántos ya no creen en la presencia
viva y real de Jesús en la Eucaristía y, cuando van a misa, lo
hacen por cumplir, pero sin fe y sin amor.
Por eso, me sentiría feliz, si estas páginas pueden ayudar a
alguien a encontrar su fe perdida o a aumentarla para que puedan
acercarse más a Jesús y amarlo con todo su corazón. Esto se lo
deseo especialmente a las almas consagradas, quienes por su
vocación y sus votos están comprometidas a amar a Jesús sin
condiciones. La misa diaria, la comunión y la adoración
eucarística son elementos indispensables para crecer
espiritualmente.
Les deseo a todos una vida cristiana abundante y feliz. Les
recomiendo que no se pierdan la invitación que Jesús les hace cada
día, en especial cada domingo, para encontrarse con Él en la misa.
Jesús los espera, los llama y los ama. Que Él los bendiga por
medio de María.
Saludos de mi ángel. Su hermano y amigo del Perú.
P. Ángel Peña O.A.R. Agustino Recoleto
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Pueden leer todos los libros del autor en www.libroscatolicos.org