MILAGROS EN NIÑOS
Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú
Agustino Recoleto
Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca
(Perú)
ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA - PERÚ 2008 ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN
Milagros. El perdón. Fe humilde y sencilla. La fe de los padres.
Milagros reconocidos por la Iglesia. Ferdinando Gomes de Melo.
Robert Gutherman. Bernard Jerzy Jirnov. Daniela Cristina da Silva.
Nicola Romano. Marcin Gawlik. María Solís Quirós. Vivian Marcela
Galleguillos. Louis Westland. Teodoro Molina. Isabella Mannone.
Eilen Jiménez Cardozo. Patrick Ciapara. Delizia Cirolli. Manuel
Cifuentes. María Victoria Guzmán. Giovanni Gabriele. Gleida.
Marie-Josée. Solano F. Colleen. Carla. Amy Wall. Zoila Elena.
Rolando. Bruno. Manuel Vilar Silio. Natalia Andrea García Mora.
Gianna María Arcolino Comparini. Valeria Atzori. Matthew
Kuruthukulangara. Mateo Pio Colella. Ruggero Castriotta. Margit
Heim. Y Dios sigue sanando. Reflexiones
CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA
INTRODUCCIÓN
Los milagros son siempre señal del poder y del amor de Dios,
siempre vivo y presente en medio de nosotros. Dios nos ama tanto que
no nos deja abandonados. Dios tiene providencia de nosotros y nos
cuida con amor infinito, teniendo cuidado hasta de los cabellos de
nuestra cabeza. Por eso, podemos confiar siempre en Él, que es un
Padre amoroso para nosotros sus hijos.
Cuando alguien se enferma, Dios no se goza en sus sufrimientos ni
es ajeno a su dolor. Él ama al enfermo y quiere su verdadera
felicidad. Pero, a veces, permite el sufrimiento del enfermo para
que, al sentirse débil y necesitado de ayuda, pueda acordarse de
Él e invocarlo con fe. Dice san Pablo que Dios todo lo permite por
nuestro bien (Rom 8, 28).
Muchos milagros los hace por intercesión de los santos,
especialmente de la Virgen María. Pero lo importante es que se los
pidamos con fe humilde y sencilla. Ahí está la clave, en la
oración y en la fe.
En este libro nos limitaremos casi exclusivamente a casos de
milagros en niños para que, cuando algunos padres sientan el dolor
de un hijo enfermo, puedan acudir con fe a Dios y pedir con
perseverancia su curación. Y, como resultado de la oración
familiar por el enfermo, también la familia será bendecida con
mayor amor, unión y comprensión, para gloria de Dios y felicidad
de todos. MILAGROS
Milagro es un hecho objetivo, sensible y constatable, que supera
las leyes de la naturaleza. Los milagros existen. Dios hace
milagros, cuando se los pedimos con fe. Cuando alguien se acerca a
Él con humildad y se lo pide con fe, Dios puede hacer milagros
maravillosos para demostrarnos su amor y su poder.
Ahora bien, no todos los enfermos son sanados. Dios no ha
prometido sanar a todos los enfermos por quienes se ore. Dios tiene
sus planes sobre cada uno. Y para algunos de ellos el plan de Dios
es que vivan, sobrellevando su enfermedad; pero lo que sí podemos
decir con toda seguridad es que Dios, a través de la oración, les
dará la fe necesaria para aceptar su dolor y ofrecerlo por la
salvación del mundo.
De esta manera, se darán cuenta de cuán importante es su
misión redentora y, sobre todo, ofrecerán sus dolores con un
corazón lleno de amor. Dios tiene sus planes misteriosos. Por eso,
debemos estar siempre dispuestos a aceptar su voluntad. Debemos
creer que, aunque Dios no nos conceda aquello que le pedimos, sí
nos dará algo mejor. Decía san Agustín que Dios, a veces, no nos
da lo que le pedimos, sino lo que deberíamos pedir. Con frecuencia,
se ven enfermos que han ido a Lourdes y no han sanado, pero que han
vuelto con una fe y una alegría inmensa. Han descubierto que su
misión es estar enfermos y ofrecer su vida y sus dolores por la
salvación de los demás. Pero antes lo hacían rebelándose contra
Dios y ahora lo hacen con amor y alegría. He ahí la diferencia: el
poder de Dios ha transformado sus vidas. No les ha dado la salud del
cuerpo, pero sí les ha dado la salud del alma, que es más
importante.
La oración nunca queda vacía, siempre produce inmensas
bendiciones en quien la hace y en aquellos por quienes se ora. De
ahí que sea tan importante que los familiares recen con amor por
quienes en su familia estén enfermos del cuerpo o del alma.
Recuerdo muy bien a un sacerdote canadiense, que fundó los grupos
carismáticos en el Perú. Decía que para orar por la salud de los
enfermos era necesario tener mucho amor por ellos. Y ¿quién puede
tener más amor que sus propios familiares? Por eso, la oración
familiar es la más eficaz. Y nos contaba casos concretos en que la
oración perseverante de la familia había producido verdaderos
milagros.
Sí, es importante la perseverancia en la oración. Es fácil
orar un día, dos, una semana, un mes... Y, si vemos que no pasa
nada, creemos que no va a pasar nada y que la voluntad de Dios es
que no se sane. Pero Dios también quiere la perseverancia en la
oración. Y muchas veces se producen los milagros después de mucho
tiempo de orar.
Recuerdo que el padre Emiliano Tardif, nos contaba que, estando
en el Zaire predicando, hubo muchos enfermos sanados en la misa de
sanación. Después de la misa, se le acercó una señora,
diciéndole que su hijo, que era ciego, no se había sanado. El
padre oró rápidamente por él y se fue a descansar. Pero la
señora se quedó toda la noche en el estadio, pidiendo a Dios que
sanara a su hijo. A la mañana siguiente, su hijo despertó
totalmente sano. Otro caso. La hermana Briege McKenna, que tiene el
carisma de sanación de enfermos, cuenta que había en Estados
Unidos una familia de siete miembros, cuyo hijo menor tenía un
tumor cerebral. Los médicos les habían dicho que no había remedio
humanamente. Pero la familia rezaba todos los días por la curación
del niño. Todas las noches, antes de acostarse, se reunían en la
habitación de Tommy y rezaban por él. Transcurridos dos años, el
niño empeoró. El padre pensó que Dios había decidido llevárselo
y dejó de rezar. Sin embargo, la madre y los demás hijos
perseveraron. Lentamente, Tommy comenzó a mejorar. Día tras día,
se iba recuperando. En la actualidad, es un niño tan normal y sano
como el que más.
Fue el padre quien me lo contó. Si la curación de Tommy hubiera
sido instantánea, su familia no habría descubierto el poder de la
oración y la necesidad de perseverar.
No olvidemos que Dios tiene su horario para sanar y, si hemos
dejado de orar, llegará el día y la hora en que Dios pensaba dar
la salud, y tendrá que quedarse con el regalo. Todo por falta de fe
y de perseverancia. ¡Cuántos enfermos se han sanado, porque sus
familiares han rezado por ellos con fe y amor! Y ¡cuántos se han
muerto, porque sus familiares no han tenido la fe suficiente y han
confiado más en los médicos y en las medicinas que en el poder de
Dios! Sí, hay que acudir al médico, pero sin olvidarse de orar,
porque, al final, siempre es Dios el que nos da la salud, aunque sea
a través del médico y de las medicinas. Por ello, algunos
sacerdotes, por experiencia personal, recomiendan hacer bendecir las
medicinas y pedir a Dios que bendiga al médico para que acierte en
su diagnóstico. También es bueno encomendarse al ángel custodio
del médico y al ángel de quienes nos cuidan y de nuestros
familiares.
Nunca olvidaré lo que decía aquella madre, cuyo hijo se salvó
milagrosamente, después de haber estado veinte minutos ahogado en
una piscina: Muchos niños mueren, porque sus padres no rezan.
Oremos y pidamos la salud, aun cuando parezca imposible, pues para
Dios no hay nada imposible (Lc 1, 37).
EL PERDÓN
Si no hay perdón, no puede haber sanación. El rencor es una
barrera infranqueable para el amor de Dios. Por eso, los padres
deben perdonar a quienes consideren culpables de la enfermedad o
tragedia de sus hijos. Perdonar es sanar. El amor sana, mientras que
el odio enferma. Veamos un caso concreto que relata la hermana
Briege McKenna: Un día me llamó un sacerdote a un hospital, donde
había un niño de ocho años, que había sido atropellado por una
moto. El sacerdote me pidió, por favor, que hablara con los padres
del niño, porque estaban angustiados. Cuando entré a la sala del
hospital, el niño estaba en coma. La madre me contó lo que había
pasado. Me dijo: “Hermana, éste es mi único hijo. Hace una
semana estaba ahí jugando en la calle y un chico de 17 años lo
atropelló y dañó su cerebro. Y añadió: ¿Sabe? Yo odio a ese
joven, porque no ha venido a pedir disculpas. Ayer, después de una
operación de seis horas, me dijeron los doctores que este hijo mío
va a quedar como un vegetal”.
También esa señora sentía gran enojo contra los doctores,
porque uno de ellos le había dicho, tranquilamente, que no había
esperanzas. Entonces, terminó con estas palabras: “Yo no quiero
que se muera este niño, aunque Dios lo quiera, porque es mi hijo”.
Traté de ponerme en su lugar, pero sabía que necesitaba que
alguien le aclarara la verdad. Le dije: “¿Sabe, señora? Antes de
orar con usted, le voy a pedir que haga tres cosas: primero, que
esté dispuesta a perdonar a ese joven de 17 años”.
Inmediatamente, me dijo: Jamás... Tampoco estuvo de acuerdo en
perdonar a los médicos. Le dije: “Usted tiene que estar dispuesta
a entregar. Recuerde cómo Dios pidió a Abraham su propio hijo, que
se lo diera a Él y, cuando Abraham estuvo dispuesto a entregar a su
hijo en sacrificio a Dios, entonces Dios se lo devolvió. Usted
tiene que estar dispuesta a dejar que Dios se lleve a este niño, si
esa es su voluntad. Ahora recuerde: Nada es imposible para Dios,
porque Jesús es el gran médico; pero usted tiene que estar
dispuesta a perdonar y a entregar”.
En ese momento, la señora no podía aceptar estos consejos, así
que oré por el niño y, como una semana después, ella me llamó.
Le habían dicho que tendría que dejar a su hijo en una
institución para toda su vida. Me dijo: “Por favor, vuelva. Estoy
desesperada”. Yo volví y le dije exactamente las mismas cosas que
le había dicho la semana anterior. Entonces, añadí: “Quiero que
todos los días haga sencillamente la señal de la cruz y use esta
agua (agua de Lourdes). Recuerde que nuestra Madre intercede por
nosotros. Ella fue una madre que vio sufrir a su hijo. Pídale a
ella como madre que interceda ante su hijo Jesús para que le dé
fuerzas”.
Antes de una semana, me llamó de nuevo por teléfono. No me dio
noticias, solamente dijo: “Por favor, venga al hospital”. Cuando
entré en la sala, el niño estaba sentado en la cama mirando
televisión. La madre me dijo que, venciendo sus sentimientos de
odio, ella había ido donde el joven y, aunque no lo sentía, le
dijo:” Te perdono”. También le pidió al Señor que la
perdonara por haber juzgado a los doctores, condenándolos como
crueles. Y me añadió: “Hermana, la cosa más difícil que he
hecho en toda mi vida la hice ayer. Me arrodillé junto a la cama de
mi hijo y dije: Señor, llévatelo, haz lo que tú quieras con él”.
Dijo que fue entonces, cuando recibió una gran sensación de paz y
un saber que todo iba a resultar bien.
Continuamente, repetía el nombre del niño: Carl. Se suponía
que Carl habría quedado ciego y que ni siquiera podría moverse
nunca más. Pero dos días después, había abierto los ojos y
comenzado a responder. En una semana, todos los pediatras del
hospital habían venido a visitarlo en su sala. Lo conocían como el
“niño milagro” del hospital. Yo había ido a verlo un martes,
el viernes volvió a su casa y el lunes siguiente fue a la escuela.
Un año después, la mamá me escribió una linda carta en la que
decía que Carl acababa de confirmarse y era perfecto en todo
sentido: sicológica, mental y físicamente. Como resultado, toda la
familia acude fielmente a la iglesia y también muchas otras
personas que estaban lejos del Señor fueron atraídos por esta
curación.
FE HUMILDE Y SENCILLA
Dios hace maravillas, cuando se le pide la salud con una fe
sencilla. Se cuenta de santa Margarita María de Alacoque que, a
veces, escribía en un pequeño papel: Sagrado Corazón de Jesús,
en Vos confío. Se lo hacía tomar al enfermo como si fuera una
píldora, y se curaba.
De san Juan Bosco refieren sus biógrafos que desde que estaba en
el Seminario se valía de una estratagema para ayudar a los enfermos
con la invocación de María. Consistía en repartir píldoras de
miga de pan o bien sobrecitos con una mezcla de azúcar y harina,
imponiendo a los que recurrían a su ciencia médica, la obligación
de acercarse a los sacramentos, rezar un número determinado de
avemarías a la Virgen o la Salve. La prescripción de las medicinas
y de las plegarias eran de tres al día; a veces, de nueve. Los
enfermos, incluidos los más graves, se curaban.
San Antonio Galvao, (1739-1822), santo brasileño, curaba mucha
gente dándoles a tomar unas píldoras de papel en el que escribía
en latín Post partum virgo inviolata permansisti; Dei Genitrix,
intercede pro nobis (Después del parto permaneciste inviolada;
Madre de Dios, intercede por nosotros). Y era admirable ver cuántas
personas humildes venían a él para ser curadas con estas pastillas
“de fé”.
Lo mismo ocurre con el padre Giovanni Salerno, que es médico y
el fundador de la Congregación de los siervos de los pobres del
tercer mundo. A veces, cura a los enfermos incurables en las
regiones más inaccesibles de la Sierra Sur del Perú, simplemente,
con agua bendita o imponiéndoles el escapulario o la medalla
milagrosa, haciéndoles rezar unas avemarías.
En su libro Misión andina con Dios, cuenta varios casos de
sanación por el poder de Dios. Dice: Basilio, de nueve años,
sufría de hidrocele. Esta infección se había extendido a todo su
cuerpo de forma que parecía una gran pelota inflada. En cualquier
parte donde se apoyara un dedo, éste se hundía. Le suministré
cierto tipo de medicinas, pero inútilmente: el muchacho no se
curaba, sino que, por el contrario, empeoraba cada vez más... Le
dije a su madre, entregándole al mismo tiempo un poco de agua
bendita: Pídele este milagro a la Virgen Santísima. Ninguna
medicina puede curarlo.
Al día siguiente, por la mañana temprano, me estaba aseando,
cuando llegó la mamá de Basilio. Me sorprendió diciéndome:
Basilio tiene hambre. Tienes que darme algo de comida. Entonces,
acompañado de Nemesio, un joven indígena, fui a la cabaña de
Basilio. Apoyé mis manos sobre su cuerpo, lo toqué incrédulo y
encontré que todo había vuelto a la normalidad. Pero no podía
creer lo que estaba viendo. Entonces, lo hice llevar fuera de la
cabaña para examinarlo mejor: Era todo normal. Aún así, no
resignándome a aceptar aquel resultado, dije: Llevémosle al
dispensario. En el dispensario de Tambobamba, volví a examinarlo
con mayor rigor, y tuve que admitir que Basilio se había curado.
¡Podría narrar muchos milagros como éste!.
Se cuenta en la vida de san Francisco Javier que les enseñaba el
catecismo a los niños de la India y después los enviaba a que
explicaran todo lo aprendido a sus propios padres y conocidos.
También les decía que oraran por los enfermos en el nombre de
Jesús, y muchos enfermos quedaban curados por la fe de aquellos
niños inocentes.
En la vida de la famosa Madre María de Jesús de Ágreda
(1602-1665) se cuenta que Dios le dio la gracia de ir en bilocación
a predicar a los indios de los territorios norteamericanos de los
actuales Estados de Nuevo México y parte de los Estados de Texas,
Colorado y Arizona. Fue durante los años de 1620 a 1631. Por efecto
de su evangelización, los misioneros pudieron bautizar en pocos
años a más de 500.000 indios. Los padres Juan de Salas y Diego
López, en pocos dias, llegaron a bautizar a 10.000.
El padre Alonso Benavides, que escribió el Memorial de estas
maravillas obradas por Dios por medio de la Madre Ágreda dice: Los
dos padres Juan de Salas y Diego López permanecieron con los indios
algunos días... Antes de despedirse, el jefe supremo de los indios
dijo: Padre, hasta ahora nosotros somos como ciervos y animales
salvajes, pero vosotros tenéis mucho poder ante Dios. Hay entre
nosotros muchos enfermos, curadlos antes de vuestra partida. Había
muchos enfermos y, desde las tres de la tarde, por toda la noche,
hasta las diez del día siguiente, llevaron continuamente ciegos,
cojos, paralíticos. Y los padres, estando de pie, uno de una parte
y el otro de otra, con la señal de la cruz y leyendo el Evangelio
“Loquente Jesu” (Marcos 16) y la oración “Concede nos”,
quedaban curados instantáneamente. Bendito sea Dios que, por medio
de sus pobres siervos, ha obrado tantos milagros. Los padres estaban
atónitos. Y tanta devoción tomó aquel pueblo hacia la santa cruz
que, desde entonces, cada uno de ellos la colocaba encima de su
tienda o cabaña y la tenía consigo todo el tiempo.
Como vemos, la oración de unos sencillos misioneros producía
milagros asombrosos dada la fe de aquellos cristianos humildes que
habían sido evangelizados por la Madre Ágreda en sus viajes de
bilocación.
Cuando estuve de misionero en la Sierra norte del Perú, se
hablaba de un campesino que curaba enfermos. Había sido analfabeto
y los protestantes le decían que se iba a condenar si no se
convertía a su religión, porque los católicos son idólatras por
tener imágenes. Él empezó a aprender a leer y escribir. Después,
comenzó a leer la Biblia. Y, pasados un par de años de estudiar la
Biblia, los domingos iba a diferentes caseríos a rezar y predicar
la Palabra de Dios. Era tan fervoroso que la gente lo llamaba cuando
tenía enfermos. Él iba, rezaba y muchos se curaban. El padre
Carlos Alonso, uno de nuestros padres agustinos recoletos, le dijo
en una ocasión:
¿Tú qué haces? ¿Dicen que curas enfermos? Padrecito, yo no
hago nada, yo rezo y ellos se curan.
Así, con esa sencillez y humildad, él era instrumento de Dios
para curar a los enfermos de aquellos lugares, donde no había
médicos ni medicinas. Él decía que había leído en la Biblia: El
que cree en Mí, impondrá las manos sobre los enfermos y éstos
quedarán sanos (Mc 16, 18). Y él creía en Jesús e imponía las
manos en su Nombre.
Otra señora de aquellos lugares, a quien yo conocía muy bien,
muy piadosa, cuando había niños enfermos, les rezaba un
Padrenuestro y un Credo con fe, pidiendo al Corazón de Jesús que
los sanara, y muchos se curaban.
LA FE DE LOS PADRES
¡Cuántos enfermos se han sanado por la fe humilde y sencilla de
los padres de los enfermos! Hay infinidad de testimonios en los dos
mil años de historia de la Iglesia, aunque no todos sean
reconocidos como milagros por las autoridades eclesiásticas. Veamos
algunos ejemplos.
Una señora decía: Mi segunda hija nació con asma y el doctor
Cruz me dijo que se la ayudaría a vivir, pero nada más. Yo
comencé a ponerle la mano sobre el pecho y el asma se calmaba. Y
así lo hice hasta que, cuando tenía cuatro meses, estaba
totalmente curada...
Otra señora decía: Cuando mi hijo tenía dos años, tuvo que
llevar yeso por 50 días por una fractura de la pierna. Cuando se lo
quitaron, el niño cojeaba mucho. Me dijo el médico que tenía los
músculos atrofiados, y me hizo un volante para que el niño fuese a
recuperación durante 30 días. Yo, cuando llegué a casa, empecé a
orar y sentí una fuerza especial. Elevé las manos y dije: “Sagrado
Corazón de Jesús, en Ti confío”. Y así puse las manos en la
pierna de mi hijo y las mantuve allí un rato. Mi hijo se quedó
dormido y lo acosté. Al despertarse por la mañana, corría como si
nada. No lo tuve que llevar a recuperación por lo que doy gracias a
Dios.
Un día tuvimos reunión de sacerdotes en Lima con nuestro
arzobispo y cardenal Monseñor Juan Luis Cipriani. Y me senté junto
a un sacerdote joven, a quien pregunté sobre su ministerio. Me dijo
que se llamaba Iván Luna, que trabajaba en una parroquia muy pobre
de la periferia de Lima y tenía 29 años. Me contó que, cuando era
un bebé, estuvo muy grave con una fuerte bronconeumonía. Como sus
padres vivían en la Sierra Sur del Perú, donde no había médico
ni posibilidades de llevarlo al hospital más cercano, su madre lo
llevó a la capilla del poblado y lo colocó en el altar de la
Virgen. Lo consagró a María y se lo ofreció para que, si sanaba,
fuera sacerdote. A los tres días, sin tomar ninguna medicina,
estaba totalmente curado. Cuando llegó a sus 17 años, no estaba
dispuesto a ser sacerdote; pero, poco a poco, el Señor lo fue
llamando hasta que le dijo sí y entró en el Seminario,
ordenándose sacerdote el 7 de marzo del 2004.
Conocí también al padre Feliciano Díez, un sacerdote de
nuestra Orden de Agustinos Recoletos, con el que he vivido en Lima.
Él siempre contaba que, cuando era un niño de pocos años, estaba
gravemente enfermo y no podía caminar. Tenía las piernas
paralizadas. Su padre lo llevó al santuario de la Virgen del Pilar
de Zaragoza para rezar por él y ofrecérselo a la Virgen. Y, al
día siguiente, al despertar, estaba completamente curado y podía
caminar normalmente.
Un caso que salió publicado en todos los medios de comunicación
de España, por ser extraordinario, fue el ocurrido la noche del 24
de diciembre de 1985 en el pueblo Fuente del Maestre (Badajoz). La
niña Rosa Paz Barrios, de doce años, estaba desahuciada. Su
diagnóstico era de encefalitis, tetraparexia, deterioro progresivo,
alteraciones del ritmo respiratorio y respiración atáxica. Los
últimos meses había perdido los sentidos y la movilidad viviendo a
base de suero y oxígeno. Estaba en coma profundo.
Esa noche de Navidad, a las diez de la noche, estaba su madre con
una vecina rezando el rosario por su curación, como hacían todos
los días, cuando, de pronto, se despertó como de un sueño y
pidió de comer. Su madre le quitó las sondas y le trajo un plato
de lentejas, que se comió tranquilamente, después de meses en que
no comía absolutamente nada. Decía que se le había aparecido el
niño Jesús y que la había curado.
En la ciudad de Antequera (España), el día 13 de noviembre de
1924, la señora Rosario Narbona estaba barriendo la cocina, cerca
de la cual había un pozo de agua. Su hija de corta edad cayó al
pozo. En ese momento desgarrador, la señora invocó con toda su
alma a la Virgen María. Avisaron al padre de la niña que se metió
al pozo, donde creía que la encontraría ahogada, pues habían
pasado ya unos quince minutos del suceso. Pero vio con asombro que
la niña estaba tranquila, agarrada a un tubo. La niña dijo que una
señora muy hermosa le había tomado sus manitas y se las había
puesto sobre aquel tubo, acariciándola y diciéndole que no tuviera
miedo. Todos creyeron que había sido la Virgen del Carmen, por
llevar la niña el santo escapulario. Los padres de la niña
publicaron este suceso milagroso el 27 de enero de 1926.
Ciertamente, la oración con fe hace maravillas. Orar es como
darle permiso a Dios para que intervenga en nuestra vida para
nuestro bien. Y, entonces, muchas cosas buenas pueden suceder que,
de otro modo, podrían normalmente llevarnos a la muerte o a la
invalidez total.
En la vida de san Pedro Celestino (1221-1296) se cuenta su
milagrosa curación. Dice él mismo: Recuerdo que siendo niño de
corta edad, se me introdujo en el ojo derecho una astilla de madera.
La herida que recibí fue tal que, al cabo de poco tiempo, no podía
ver en absoluto. Los médicos me diagnosticaron la mayor gravedad y
dijeron que el ojo derecho estaba perdido irremisiblemente. Pero mi
madre, llena de confianza en la Santísima Virgen, me llevó a una
de sus iglesias, en donde permanecimos toda la noche. Pues bien, a
la mañana siguiente, mi ojo estaba completamente curado y no había
ninguna señal que recordara la herida.
Santa Teresita del niño Jesús cuenta en su Autobiografía que,
cuando tenía unos nueve años de edad, estuvo gravemente enferma
hasta el punto que todos creían que iba a morir. Toda la familia
rezaba por su curación. Su padre mandó celebrar una novena de
misas en el santuario de Nuestra Señora de las Victorias de París.
Y dice ella misma: Un domingo, durante el novenario de misas, me
puse a llamar en voz muy baja a mamá... María se arrodilló junto
a mi lecho con Leonia y Celina. Luego, volviéndose con el fervor de
una madre, que pide la vida de su hijo, María obtuvo lo que
deseaba.
No hallando ayuda alguna en la tierra, la pobre Teresita se
había vuelto también hacia su madre del cielo, suplicándole de
todo corazón que tuviese, por fin, piedad de ella. De repente, la
Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa que nunca había
visto nada tan bello. Su rostro respiraba bondad y ternura
inefables. Pero lo que me llegó hasta el fondo del alma fue la
encantadora sonrisa de la Santísima Virgen. En aquel momento, todas
mis penas se desvanecieron. Dos gruesas lágrimas brotaron de mis
ojos y se deslizaron silenciosamente por mis mejillas; pero eran
lágrimas de purísimo gozo...
Al verme mirar fijamente a la Santísima Virgen, María pensó:
“Teresa está curada”. Sí, la florecilla iba a renacer a la
vida. El rayo luminoso, que la había recalentado, no dejaría ya de
seguir prodigándole sus favores. No obró de golpe, sino que
dulcemente, suavemente, fue levantando a su flor caída y la
fortaleció de tal suerte que, cinco años después, la flor se
abriría en la fértil montaña del Carmelo.
San Josemaría Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei,
estaba gravemente enfermo a los dos años de edad. Los doctores
Ignacio Camps y Santiago Gómez Lafarga luchaban inútilmente por
salvarlo. Pero llegó un momento en que le dijeron a su padre: Pepe,
de esta noche no pasa. Sin embargo, la mamá Dolores Albás no
perdió la esperanza y pedía con todo el fervor de sus veinticuatro
años a Dios que lo sanara. Le prometió a la Virgen que, si lo
curaba, lo llevaría ella misma en brazos hasta la ermita de la
Virgen de Torreciudad, a la que tenían mucha devoción en aquella
comarca. Al día siguiente, a primera hora, llegó a casa el doctor
Camps, preguntando:
¿A qué hora ha muerto el niño? No ha muerto, está
perfectamente bien. Sus padres cumplieron la promesa de llevarlo a
la ermita. Y, en ese lugar, años más tarde, como agradecimiento,
el mismo Josemaría Escrivá, con la ayuda de los miembros del Opus
Dei, construyó un gran santuario a la Virgen de Torreciudad.
MILAGROS RECONOCIDOS POR LA IGLESIA
Veamos algunos milagros reconocidos por la Iglesia, después de
ser estudiados por la Comisión médica del Vaticano y declarados
como inexplicables para la ciencia.
Ferdinando Gomes de Melo
Sus padres, Silvina y Francisco, habían regresado a la hacienda
de la familia de Silvina, a pasar unos días de vacaciones, desde la
ciudad de Gujara-Mirim, donde habitaban. En la hacienda familiar de
Vila Bela, en el Estado de Mato Grosso (Brasil), habían estado
disfrutando con sus cinco hijos durante quince días, en enero de
1973. Al regresar a su ciudad el 26 de enero, tomaron la
embarcación Rio Negro, propiedad del Servicio de navegación del
Guaporé. A mitad de camino, ocurrió la tragedia. Su hijo
Ferdinando, que tenía un año y ocho meses, se cayó al agua desde
la embarcación. La mamá, al darse cuenta, comenzó a gritar
desesperadamente. Uno de los empleados, Sebastián Lima, se lanzó
al agua para recuperar al pequeño, pero en aquel punto, en que
confluían los ríos Guaropé y Mamoré, la fuerza de la corriente
era muy grande y lo iba arrastrando lejos del niño. Además, era un
lugar muy peligroso, donde nadie se atrevía a nadar, por las
serpientes, cocodrilos y peces voraces como las pirañas, las
piraíbas y otros.
El tío Ezicio, hermano de Silvina, al percatarse que la
situación era difícil y peligrosa, lanzó al agua un bote
salvavidas y fue a rescatar a Sebastián, que estaba en una
situación desesperada; y ambos fueron al lugar donde debía estar
el niño a ver si lo encontraban. Mientras tanto, Sor Lucía, una
religiosa, que recorría frecuentemente aquellos lugares por motivos
pastorales, comenzó a rezar a su fundador Pierre Bonhomme, rezando
un padrenuestro y un avemaría, en unión con muchos de los que
estaban a bordo. Mientras seguían rezando, Ezicio y Sebastián
consiguieron ver al niño, flotando con la cabeza metida en el agua
y lograron rescatarlo. El niño parecía estar bien y no hubo
necesidad de ejercicios para reanimarlo. Todo parecía un verdadero
milagro, pues ningún animal lo había dañado y no estaba ahogado
después de haber estado metido en el agua durante veinte minutos.
Inmediatamente después del rescate, su madre le dio el biberón
y el niño lo tomó con toda tranquilidad, jugando y riendo. Al día
siguiente, la madre lo llevó a la iglesia del Perpetuo Socorro para
agradecer a Dios por el milagro y después lo llevó a un médico,
que certificó que el niño estaba perfectamente bien. Monseñor
Geraldo Verdier, obispo de la diócesis, al enterarse, manifestó
que era humanamente imposible la sobrevivencia del niño y que
había conocido varios casos en los que niños pequeños se habían
ahogado en las mismas circunstancias. El año 2000, a sus 28 años,
Ferdinando dio testimonio de buena salud y de no haber tenido
ningún trauma por aquel accidente de su infancia. Este hecho fue
declarado inexplicable por la comisión médica del Vaticano y el
Papa Juan Pablo II beatificó a Pierre Bonhomme el 23 de marzo de
2003.
Robert Joseph Gutherman
A sus catorce años, el 5 de febrero de 1974, de improviso,
comenzó a sentir un agudo dolor en el oído derecho. Lo llevaron al
hospital pediátrico St. Christopher de Filadelfia (Estados Unidos)
y le diagnosticaron perforación del tímpano con la presencia de un
pólipo. Dado que la infección estaba localizada a nivel del tejido
óseo, era indispensable una operación para eliminar el foco de
supuración. La operación se llevó a cabo el 7 de marzo por el
doctor Turtz, quien dijo no haber encontrado los huesecillos del
oído interno, llamados yunque y martillo. Esto quería decir que
nunca podría oír de nuevo por el oído derecho, pues esos huesitos
habían sido destruidos por la infección.
Pero, desde el primer momento, la familia empezó a invocar la
protección de la Madre Katharine Drexel, cuya tumba se encuentra en
la capilla donde Robert había ayudado frecuentemente a misa. La
mamá decía que la Madre Katharine era como una amiga de la familia
y su imagen la tenían en la sala de estar. La misma comunidad
religiosa de la Madre Katharine se unió en oración para pedir la
curación de Robert. Y fue, precisamente, después de haber sido
operado, mientras se despertaba de la anestesia, cuando se dieron
cuenta de que oía normalmente de modo inexplicable. Los médicos se
quedaron sorprendidos, pero la realidad estaba a la vista. En enero
de 1987, después de 13 años, el doctor Louis Lowry le hizo nuevos
exámenes y todo dio normal; incluso, que en el oído derecho se
apreciaba claramente la presencia de los huesecillos yunque y
martillo, que habían sido destruidos anteriormente. Dios los había
creado de nuevo para manifestar su poder. Y por la aceptación de
este milagro, reconocido como inexplicable científicamente por la
comisión vaticana, el Papa Juan Pablo II procedió a la
beatificación de Katharine Drexel el 20 de noviembre de 1988. Y por
otro segundo milagro, también de curación de problemas de oído,
fue canonizada el 1 de octubre de 2000.
Bernard Jerzy Jirnov
Nació en Polonia, en Nowy Sacz, el 10 de junio de 1985. Al
nacer, tuvo problemas respiratorios en las primeras semanas de 1986.
La madre observó, un crecimiento de la circunferencia del cráneo
del niño y lo llevó al doctor, quien dijo que tenía retardo en su
desarrollo. El niño no podía levantar la cabeza y por sí mismo no
podía estar sentado, teniendo mucha debilidad muscular. El doctor
Jan Dudczyk, sospechando hidrocefalia, lo envió al Instituto de
pediatría Bohdan Kocim, donde se excluyó la hidrocefalia y le
diagnosticaron macrocefalia con retardo en el desarrollo sicomotor,
debido a los problemas de asfixia durante el nacimiento, pero el 4
de abril en la Academia de medicina Kopernik de Cracovia, con
estudios computarizados, le diagnosticaron Polioencefalitis cerebral
infantil, diciéndole a la madre que nunca podría caminar solo y
que tendría un desarrollo síquico muy limitado.
El 15 de abril, la mamá se acercó a visitar a su amiga Sor
Michaela Pintscher, quien le dio una imagen de la Madre María
Marcelina Darowska con una reliquia, la novena y la oración, para
pedir su beatificación. Y, desde ese día, todas las tardes la
mamá rezaba la oración, con el rosario y la novena. El último
día de la novena, el 24 de abril de 1986, la mamá vio que, de
improviso, el niño se sentó solo, y que parecía estar bien. Lo
llevó al médico y éste constató su curación completa. El 13 de
noviembre, la doctora Wiktor le hizo un reconocimiento. El niño
caminaba normalmente y pronunciaba palabras de acuerdo a su edad. A
los cinco años, en 1991, otra pediatra, la doctora Jadwiga
Sierpinska, le hizo otros exámenes y declaró que la curación era
completa y duradera. En 1994 le hicieron otros exámenes y el niño
estaba enteramente normal, lo que no podía comprenderse desde el
punto de vista científico y médico. Por eso, la comisión médica
vaticana declaró el caso como inexplicable para la ciencia. Y el
Papa Juan Pablo II beatificó a Sor María Marcelina Darowska el 6
de octubre de 1996.
Daniela Cristina da Silva
El 21 de mayo de 1990, esta niña brasileña tuvo que ser
despertada por su padre a las nueve de la mañana, cosa
desacostumbrada en ella. Aparecía como somnolienta y como que no
reaccionaba bien. La llevaron al médico y el doctor Vanor Wagner
Rezende le diagnosticó pulmonía. El papá la llevó a la clínica
Aseeme de Sao Paulo, donde fue empeorando: sentía mucho dolor de
cabeza y no respondía con coherencia a las preguntas. Por eso, el
doctor pensó que había señales de problemas en el sistema
nervioso central. La transfirieron al hospital Emilio Ribas, donde
el doctor Edson de Freitas diagnosticó encefalopatía hepática con
estado de coma, producido por una hepatitis viral fulminante de tipo
A grave. El peligro de muerte era inminente y había pocas
esperanzas de salvarla.
Daniela estaba en coma y tenía alterada la coagulación de la
sangre con las funciones renales deficientes. El estado de coma
duró unos diez días y, en total, estuvo en cuidados intensivos
unos 13 días. Pero el 24 de mayo, la mamá con algunas personas
había comenzado la novena a fray Antonio de Santa Ana, un religioso
brasileño muy conocido y con fama de santo. Según cuenta la
tradición, curaba enfermos dándoles píldoras de papel. A las
oraciones por la niña se unieron algunas religiosas y empleados del
hospital. Los familiares habían colocado la foto de la niña sobre
la tumba de fray Antonio y habían mandado encender una vela por
siete días en honor del ángel custodio.
Cuando se repuso un poco y podía comer, la mamá le dio a tomar
la píldora de fray Antonio (el papelito escrito con una frase en
latín). Esta práctica la había hecho ya con algunos miembros de
la familia, cuando estaban enfermos. Y la niña se mejoró rápida y
completamente. Por lo cual, todos los miembros de la familia fueron
a la tumba de fray Antonio para darle gracias. El doctor Ensoli dijo
que la mejoría comenzó el 13 de junio y se completó a los ocho
días siguientes hasta quedar completamente sana. Los médicos de la
comisión vaticana certificaron que se había tratado de una
hepatitis fulminante de virus A con encefalopatía e insuficiencia
renal aguda; y que la curación había sido extraordinariamente
rápida y duradera de modo inexplicable. Por la aceptación de este
milagro, el Papa Juan Pablo II beatificó a fray Antonio de Santa
Ana el 25 de octubre de 1998. Y el Papa BenedictoXVI lo canonizó en
Brasil el 11 de mayo del 2007.
Nicola Romano
El día 15 de mayo de 1982, Nicola, de cuatro años, se subió al
tractor estacionado junto a su casa. Su tío Cesario Romano había
dejado las llaves del tractor y el niño dio vuelta a la llave del
encendido. El tractor comenzó a moverse y el niño se cayó del
tractor. Una de las ruedas pasó sobre su cabeza. Todos los que
estaban cerca, empezaron a gritar de terror y corrieron a detener el
tractor y auxiliar al niño. El tractor había recorrido un par de
metros, cuando chocó contra la pared y se detuvo.
En el momento en que el papá se dio cuenta de lo ocurrido,
empezó a gritar: Hermano Grimaldo, salva a mi hijo. Esto lo
repitió varias veces. El papá había sido seminarista de los
padres pasionistas y había conocido la vida del Hermano Grimaldo, a
quien siempre le había tenido mucha devoción. En su casa, a la
entrada, había colocado una imagen del Hermano Grimaldo, confiando
la familia a su protección.
Cuando recogieron al niño del suelo, parecía muerto, no daba
señales de vida; pero, al poco tiempo, comenzó a llorar,
llevándolo de inmediato a Urgencias al hospital de Aversa. El
médico, después de un examen radiológico, vio que no tenía nada
importante, ya que no había lesiones internas, solamente tenía una
pequeña fractura en el pie, provocada por el tío Cesario al
haberlo pisado, cuando fue a recogerlo debajo del tractor. Así que
le pusieron un poco de escayola y lo mandaron a casa; donde,
después de unos veinte días, le quitaron el yeso y quedó
totalmente bien para caminar y jugar como siempre.
Dos meses más tarde, toda la familia, en agradecimiento, fue a
visitar la tumba del Hermano Grimaldo en la iglesia de Ceccano...
Después de once años del accidente, los médicos le hicieron
exámenes para ver cómo estaba y todo resultó completamente
normal, tanto física como sicológicamente. Este hecho fue
reconocido por la comisión médica vaticana como inexplicable y el
Papa Juan Pablo II beatificó al venerable Hermano Grimaldo el 29 de
enero de 1995.
Marcin Gawlik
Este niño polaco tenía ocho años la tarde del 21 de julio de
1995. Tomó en su mano una botella de alcohol y la encendió con un
fósforo por curiosidad, para ver qué pasaba. De inmediato, se
incendió el alcohol y las llamas le quemaron la cara. Sus padres
corrieron a apagarle las llamas y lo llevaron al médico. Marcin
estaba en estado de shock y no podía hablar. La doctora Ewa
Branska-Król, que lo atendió, dijo que tenía quemaduras de
segundo y tercer grado, aconsejando que lo llevaran, de inmediato,
al hospital de Oswiecim. Al llegar al hospital, le aplicaron algunas
inyecciones de ampicilina y algunas pomadas. Las mejillas, la nariz
y el mentón, estaban muy rojos, como en carne viva, y con un olor a
piel quemada. Al día siguiente, las condiciones del niño
empeoraron: el rostro estaba muy inflamado y había secreciones de
mal olor... El día 23, los padres de Marcin telefonearon al
sacerdote de la parroquia de la Santísima Trinidad de su pueblo de
Wilamowice, pidiendo la celebración de una misa de salud por el
niño, que era acólito y frecuentaba el catecismo parroquial. Los
mismos papás comenzaron a invocar la intercesión de Jozef
Bilczewski, cuya fama de santo era grande en ese pueblo. En la
parroquia todos los miércoles rezaban la novena para su pronta
beatificación. Después de la misa de salud, el papá fue al
hospital y allí le dieron cita para el 26 de julio con el doctor
Sakiel, considerado el mejor especialista en casos de quemaduras de
Polonia. Al regresar a casa, se encontró con que el niño había
mejorado mucho: hablaba más, tenía apetito y había disminuido la
inflamación. El 26 fueron a la cita con el doctor Sakiel, quien les
dijo que había mejorado notablemente pero que sería necesario un
injerto de piel y que debían regresar dentro de algunas semanas
para darles una fecha. Sin embargo, el 27 de julio el niño
presentaba tan buen aspecto, que fue dado de alta. El 28, ya no
aparecían cicatrices y su piel se presentaba con el aspecto de una
persona que ha sido expuesta a los rayos del sol. Podía respirar
normalmente y se sentía muy bien.
A cinco años de distancia, se le hicieron nuevos exámenes y se
vio que el niño presentaba un aspecto totalmente normal sin que
pudiera suponerse que hubiera tenido alguna vez quemaduras de tal
magnitud cinco años antes y sin necesidad de operación. La
comisión médica vaticana consideró que su mejoría había sido
muy rápida, duradera e inexplicable. Con este milagro, el Papa Juan
Pablo II procedió a la beatificación de Jozef Bilczewski el 26 de
junio de 2001. Y por la aprobación de otro milagro, fue canonizado
el 23 de octubre de 2005.
María Solís Quirós
La señora Claudia Quirós, de Costa Rica, estaba embarazada en
su cuarto mes de gestación. Después de la ecografía realizada el
22 de junio de 1994, el médico le dijo que había una presencia de
líquido amniótico en cantidad superior a la media, lo cual podía
afectar al niño en la boca o en los riñones. Claudia ya empezaba a
sentir cierto malestar en su embarazo. El 5 de setiembre, le
hicieron en San José de Costa Rica otros exámenes y el doctor
Orlando Sánchez le declaró que, a nivel del labio superior, se
podía reconocer una apertura importante, de modo que la niña
nacería con labio leporino y con malformaciones del paladar.
Ella y su esposo decidieron tener a la niña, aceptando la
voluntad de Dios, y hacer todo lo posible de su parte para cuidarla
y atenderla bien. Además, pidieron a todos sus conocidos que
rezaran por la niña. El problema que se presentaba era grave, pues
la niña no tendría paladar y esto traería dificultades en el
lenguaje, en el oído, problemas de desarrollo de los dientes,
deformación de los huesos maxilares, infecciones en las vías
respiratorias... Por eso, se debía hacer una operación para
corregir lo mejor posible las malformaciones y cerrar el paladar y
el labio leporino.
Enviaron copias de la filmación ecográfica a dos especialistas
del Baylor University Medical Center y del Children´s Medical
Center de Dallas (Texas), quienes confirmaron los diagnósticos.
Mientras tanto, a partir del 5 de setiembre, los padres decidieron
pedir oraciones especiales a las religiosas de la Casa María
Auxiliadora y la mamá decidió comulgar todos los días para que la
sangre de Jesús bendijera a su futura niña. Y lo pedía, en unión
con las religiosas, por intercesión de Sor María Romero Meneses.
El día 28 de noviembre de 1994, llegó el día del parto y
había un equipo de médicos, preparado con anterioridad, para
afrontar la situación y operar de inmediato a la niña. El médico
Jorge Márquez-Máximo Díaz era el responsable del equipo y se
sintió emocionado al ver que era una niña totalmente normal. Dice:
Me había preparado y estaba presente con otros colegas expertos en
la parte maxilofacial para acoger a la niña y ponerle la primera
prótesis para que pudiera alimentarse. Y me quedé desconcertado al
ver que era una niña sana y normal, especialmente en la parte de la
boca y el paladar donde esperábamos malformaciones. Era algo
inexplicable y fue descartada toda posibilidad de error en el
diagnóstico.
Con motivo de este milagro, considerado inexplicable por los
médicos de la comisión vaticana, el Papa Juan Pablo II beatificó
a María Romero Meneses el 14 de abril del 2002.
Vivian Marcela Galleguillos
El 27 de julio de 1996, Vivian, de dieciséis años, había
pasado la tarde en casa de unos amigos en Papudo, pequeña ciudad a
unos 100 kilómetros de Santiago de Chile. A las dos de la noche,
decidió ir con ellos a bailar a una discoteca. En el coche iban
cantando, mientras avanzaban a 130 kilómetros por hora. En una
curva cerrada, el chofer perdió el control y tuvieron un accidente.
Vivian se estrelló contra el parabrisas y perdió el conocimiento
por varios minutos. Cuando llegó la ambulancia, llevaron a Vivian
al hospital San Agustín de la vecina ciudad de La Legua, adonde
llegó a las 5,30 de la mañana. Poco a poco, fue empeorando. Al
despertar, sintió un fuerte dolor de cabeza y somnolencia...
Tuvieron que transferirla al hospital de Viña del Mar, donde llegó
inconsciente. El neurocirujano Pedro Bedoya Barrios se dio cuenta de
que estaba en serio peligro de muerte y consideró necesario
operarla. La operación consistía en trepanarle el cráneo para
sacar un litro de hematoma sanguíneo. Al término de la operación,
les dijo a sus familiares que lo mejor que le podía suceder sería
la muerte, porque, en caso de sobrevivir, estaría probablemente en
un estado vegetativo permanente con alimentación y respiración
artificial.
Vivian estaba ya en coma profundo y los médicos iban a proponer
a su madre la posibilidad de que donara los órganos. Pero hay que
anotar que, desde el primer momento del accidente, sus padres
comenzaron a invocar al padre Alberto Hurtado, nacido en Viña del
Mar (Chile), muy conocido por todos e invocado como un santo. En su
parroquia, muchas personas se unieron en cadena de oración para
pedir su salud, invocando al padre Hurtado. A estas oraciones
también se unieron sus amigos y compañeros del liceo. Debajo de su
almohada le colocaron una imagen del venerable padre Hurtado.
El día 7 de agosto comenzó una mejoría improvisada, abriendo
los ojos y respondiendo a cosas simples. Y siguió la mejoría hasta
el 24 de agosto, en que fue dada de alta. El año 2003 le hicieron
exámenes y concluyeron que tenía un estado totalmente normal de
salud sin ninguna consecuencia negativa por razón del accidente.
Fue una mejoría completa, duradera y, a la vez, inexplicable
humanamente, tal como lo declaró la comisión médica vaticana. El
padre Alberto Hurtado fue declarado beato por el Papa Juan Pablo II
el 23 de octubre de 2005.
Louis Westland
A primeros de agosto de 1929, la señora Petronila Schonens, la
mamá de Louis, notó que su pequeñito de un año y tres meses,
lloraba cada vez que le tocaba la pierna derecha. El viernes 9 de
agosto, el pequeño comenzó a tener fiebre con inflamación de la
pierna derecha. Esta inflamación creció en los días siguientes.
El doctor Ruding hizo una incisión y salió abundante pus. Cada
día le curaban la herida y siempre salía abundante pus. Viendo la
impotencia de los medios humanos, la familia de Louis comenzó a
invocar la intercesión del padre Peerke Donders, religioso de la
Congregación redentorista, nacido en la misma ciudad donde vivían,
en Tilburg (Holanda). El padre y el abuelo paterno del pequeño,
fueron varias veces a la casa del padre Peerke para pedirle su
intercesión y llevar un poco de agua del pozo de la casa. Con esa
agua lavaban las gasas que le ponían en la herida.
Uno de los especialistas consultados dijo a los padres que tenía
osteomielitis y que estaba comprometido el hueso mismo. Y les
recomendó una operación quirúrgica, que fue señalada para el 12
de noviembre; pero el día 7 de noviembre el niño se despertó
totalmente sano. La mamá lo encontró ya sentado en su camita. Con
la herida completamente sana, tal como lo certificaron también los
doctores que lo examinaron. Dos años después, le hicieron nuevos
exámenes y todo era enteramente normal. Por lo cual, la comisión
médica vaticana lo consideró inexplicable para la ciencia y el
padre Peerke fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el 23 de mayo
de 1982.
Teodoro Molina
El 25 de noviembre de 1986, Teodoro, de 13 años, se preparaba
para ir a la escuela en Alcázar de san Juan, a unos cien
kilómetros de Madrid. Desde que había despertado había sentido
una especie de línea negra delante del ojo derecho, pero no le dio
mucha importancia. Durante la mañana las cosas se agravaron y, al
mediodía, sentía un fuerte dolor cabeza sin poder ver con el ojo
enfermo. La madre lo llevó al médico, quien lo envió al servicio
de oftalmología. Allí le diagnosticaron isquemia retínica en la
zona temporal por embolia de la arteria temporal inferior del ojo
derecho. Era una embolia en la arteria central de la retina y eso
era algo irreversible, que no tenía cura. Ahora bien, desde el
primer momento en que se enteró del problema, la abuela Juliana
Calcerrada había recurrido a las hermanas de la Compañía de la
Cruz, escribiendo a la Casa Madre de Sevilla para pedir la
intercesión de su fundadora Sor Ángela de la Cruz, de la que era
muy devota. El mismo Teodoro, el día 15 de febrero, recibió la
carta que venía de Sevilla. Dice: Subí a mi casa para abrirla y
dentro había una reliquia de la beata y una novena con un escrito.
La reliquia era un pedacito de tela. Ese mismo día me apliqué la
reliquia al ojo y comencé la novena a Sor Ángela de la Cruz. Le
pedí que me curara, porque tenía un gran trauma. Al día
siguiente, 16 de febrero de 1987 tuve que ir a consulta a la
clínica Ramón y Cajal. Al entrar podía ver y le decía a mi
madre: Mamá, veo como antes.
Aquel mismo día, lo examinaron varios médicos y no había
ninguna señal de su anterior enfermedad ni señales de la embolia:
todo era normal. La comisión médica vaticana lo consideró algo
excepcional e inexplicable para los conocimientos científicos
actuales y, sobre todo, por haber sido una curación completa y
duradera a lo largo de los años. Aceptado este hecho como
milagroso, el Papa Juan Pablo II canonizó a la beata Ángela de la
cruz el 4 de mayo de 2003.
Isabella Mannone
A las 3 de la tarde del 14 de junio de 1992, la joven siciliana
Isabella, de 18 años, estaba en la bañera de su casa en Mazara del
Vallo, provincia de Trapani (Italia). En ese momento, cayó
repentinamente al agua un secador de cabello que se puso en
movimiento, porque estaba enchufado a la corriente. La joven
recibió una fuerte descarga eléctrica y dio un grito. Su madre fue
inmediatamente a ver qué le pasaba, desenchufó el aparato y la
sacó del baño, cuando ya estaba inconsciente. Pero su madre, desde
el primer instante, empezó a repetir: Pina Suriano, ayúdanos. Y
repitiendo esta oración y pidiendo a Jesús que ayudara a su hija,
la joven Isabella despertó, diciendo: Mamá, he visto a Jesús. He
visto una gran luz que se acercaba y, después, el rostro del
Señor, pero el Señor me dijo que regresara, porque todavía no era
mi hora.
El papá de Isabella, que llegó a los pocos minutos, la llevó a
Urgencias al hospital de san Biagio, donde certificaron que no
tenía ningún problema de salud. A partir de ese día, ha estado
bien sin ninguna secuela negativa. Ella y sus padres, todos los
años, van a la tumba de la sierva de Dios Pina Suriano para
agradecerle tan gran favor. Ahora, en su casa, en cada habitación,
incluido el baño, tienen una imagencita de la beata. La comisión
médica vaticana ha declarado que la recuperación de Isabella,
después de la descarga eléctrica recibida, que debía haberla
electrocutado y dejarla sin vida, es inexplicable; sobre todo,
habiendo quedado sin ninguna secuela negativa. Solamente se le nota
todavía una marca eléctrica en el glúteo izquierdo; la cual queda
como recuerdo permanente del milagro recibido por intercesión de
Pina Suriano, quien fue beatificada por el Papa Juan Pablo II el 5
de setiembre de 2004.
Eilen Jiménez Cardozo
A los seis años y medio, apenas medía 93 centímetros y pesaba
solo 11 kilos, con una capacidad de memoria y atención muy
limitada. En el momento de su nacimiento, el 23 de febrero de 1989,
todo parecía normal; pero, a partir del 24 de diciembre de 1992,
tuvo fiebre y comenzó a sentir dolores en los pies. Al día
siguiente, la niña no podía tener erguida la cabeza y el cuerpo
estaba muy débil. La llevaron al hospital Albina R. de Patiño de
Cochabamba (Bolivia), donde le diagnosticaron el síndrome de
Guillain Barré. Los médicos le dijeron a su madre que consiguiera
un medicamento para detener la parálisis, pero no había en
Bolivia. Lo encontraron en Buenos Aires, pero era muy costoso y no
podían comprarlo. Entonces, puso toda su confianza en Dios y
empezó a decir: Señor, Dios mío, ayúdame; tengo necesidad de mi
hija. Tú me la has dado y yo la recibo así. Ayúdame.
A falta del medicamento, los médicos le aconsejaron a la madre
que mantuviera a la niña en constante movimiento para que no se le
paralizaran las piernas y los brazos. Y ella se turnaba con su
esposo para hacerle los ejercicios diarios.
Los médicos descubrieron que la niña tenía una grave carencia
de potasio en la sangre y, cada vez que empeoraba, debían
suministrarle medicinas apropiadas para suplir esta carencia.
Después de varias entradas y salidas del hospital, la última vez
que ingresó, del 17 al 28 de agosto de 1995, los médicos
declararon que estaba en estado de coma y en peligro inminente de
muerte.
Pero hay que anotar que, desde el mes de febrero precedente, los
padres habían pedido oraciones a las religiosas de los Sagrados
Corazones de Jesús y de María, fundadas por Sor Eugenia Ravasco.
También sus compañeros de clase rezaban por su salud en unión con
los profesores. Todos los días, en su salón de clase, recitaban la
siguiente oración: Padre eterno, por los méritos de los Sagrados
Corazones de Jesús y de María, dígnate glorificar en la tierra a
tu humilde sierva Eugenia Ravasco, escuchando nuestras oraciones. Oh
Jesús, ayúdanos y ayuda especialmente a Eilen. Amén.
Después de salir del coma, tuvo un ataque de fiebre con vómitos
y debilidad muscular generalizada. El fisioterapeuta Jaime Fiorilo
Valdivia declaró que, en los rayos X, aparecían sus huesos como si
fueran de cristal y se veían algunas roturas. Por eso, la madre
debía llevarla en una cesta especial sobre la espalda o en sus
brazos. Recordemos que sólo pesaba 11 kilos y medía 93
centímetros.
Pero un día, el 1 de enero de 1997, su madre estaba preparando
la comida para toda la familia y Eilen le dijo: Mamá, he hablado
con Jesús. Se me ha aparecido y me ha dicho: ¿Quieres caminar? Yo
le he dicho: Sí, quiero correr y caminar. Y Jesús me respondió:
No tengas miedo, porque vas a caminar. Entonces, Eilen dijo a su
madre: Quiero ir a la habitación donde está el abuelo yo sola. Se
puso en pie y caminó sola, mientras su madre la seguía por detrás
por precaución. Desde aquel momento, quedó totalmente sana.
La comisión médica vaticana consideró que la recuperación de
las funciones sicomotoras y musculares era inexplicable en tan poco
tiempo y de modo tan completo y duradero. Por ello, el Papa Juan
Pablo II procedió a la beatificación de Eugenia Ravasco el 27 de
abril de 2003.
Patrick Ciappara
Nació en Malta el 12 de agosto de 1978. Todo parecía normal,
excepto unas pequeñas manchas de color café en algunas partes de
su cuerpo. En los tres primeros años de vida, nadie notó nada
anormal, a no ser un pequeño retardo en el caminar y en el hablar.
Pero, de improviso, el 5 de setiembre de 1981, tuvo convulsiones con
fuertes espasmos, asfixia y rigidez muscular. En 1984 comenzó a
quejarse de frecuentes dolores de cabeza, aparte de que ya venía
teniendo muchas dificultades para caminar. En el verano de 1985, se
empeoró su salud, pues ya no tenía fuerzas en la mano derecha. El
30 de julio lo llevaron al hospital por disminución de la
sensibilidad de la parte derecha del cuerpo y falta de equilibrio
para caminar y, después de siete días, no podía hablar.
La tomografía computarizada realizada el 2 de agosto mostró un
tumor cerebral a nivel del centro del cerebro, que, por su
posición, se hacía inoperable. Le dieron radioterapia con cobalto,
pero empeoró en vez de mejorar, hasta el punto de no poder
deglutir. El doctor Lenicker le dio seis meses de vida como máximo
y lo enviaron a casa. Sin embargo, tuvo que regresar al hospital el
6 de noviembre de 1985 por quedar inconsciente, llegando a estar en
coma profundo.
Es importante anotar que, a partir del 30 de julio de 1985, la
religiosa Sor María Antida había tenido la inspiración de rezar a
la beata Agustina Pietrantoni, religiosa de su misma Congregación,
para pedir la curación del niño. Ella le dio a la mamá una imagen
de la beata con una reliquia que le colocaron al niño durante el
tiempo que estuvo en el hospital. Y, a partir del 18 de abril,
después de seis meses de coma profundo empezó a mejorar. Cinco
días después, ya podía sonreír y mirar a su madre. El 12 de mayo
podía comer normalmente y así, en pocos días, terminó su
curación completa. Entonces, tenía 7 años.
En 1995, el tribunal eclesiástico diocesano encargó a dos
médicos que examinaran a Patrick para ver cómo seguía su salud y
concluyeron que estaba totalmente bien. La comisión médica
vaticana declaró que el niño había tenido una neoplasia maligna
del tronco cerebral con hemiplejia derecha con neurofibromatosis de
Recklingausen del primer tipo y que el tumor del cerebro se había
disuelto de modo inexplicable para la ciencia. Y aceptado este hecho
como milagroso, fue canonizada Sor Agustina Pietrantoni el 18 de
abril de 1999.
Delicia Cirolli
Había nacido el 17 de noviembre de 1964 en Paterno, cerca de
Catania, Italia. En 1976 tenía una inflamación grave en la rodilla
y fue examinada por la clínica ortopédica de la universidad de
Catania y, según las radiografías, el diagnóstico era claro:
tumor óseo maligno, un sarcoma a la parte superior de la tibia. Los
papás no quisieron que se le amputara la pierna a pesar de que
sólo le daban medio año de vida y la llevaron a Lourdes en la
peregrinación del 5 al 13 de agosto de 1976, pero no obtuvo ninguna
mejoría y regresó tal como había ido. Ya habían perdido toda
esperanza, cuando el día de Navidad de ese año, notaron de
improviso alguna mejoría: disminuyó la inflamación y amainaron
los dolores. Empezó a mover la pierna y a caminar, sintiéndose
totalmente bien. La Comisión médica de Lourdes afirmó que la
curación de Delicia Cirolli era un fenómeno absolutamente
extraordinario, contra toda previsión médica y completamente
inexplicable. El arzobispo de Catania, Mons. Bonmarito, en un
decreto del 28 de junio de 1989, lo declaró milagroso.
Manuel Cifuentes
Yo tenía 10 años aquella mañana del 4 de enero de 1982 y
estaba cogiendo leña con mi padre, mi tío y mi primo. En cierto
momento, al agacharme, una rama me golpeó el ojo. Sentí un dolor
muy intenso. Mi padre cogió un pañuelo y me tocó, pero me dolía
mucho más. Entonces, me llevaron al médico. Dijo que tenía una
herida muy grave en el ojo y que debían llevarme urgentemente a un
especialista. Así que tomaron el coche y me llevaron rápidamente a
Albacete (España).
Fuimos a visitar al oculista Dr. Juan Ramón Pérez, que
aconsejó una intervención quirúrgica, me vendó el ojo y me dio
unas pomadas. Mi padre había encontrado dos días antes, en la
escuela donde enseñaba, una medalla del beato Ricardo Pampuri y me
dijo que era un hombre santo, que hacía milagros. Por eso, al
ponerme la pomada, me convenció de que tuviera esa reliquia del
santo para pedirle la curación. Aquella noche recé más que nunca
en mi vida. Hacia medianoche, mi padre vino a ver cómo estaba, pero
el ojo me dolía mucho. A las cinco de la mañana, volvió a verme y
todo seguía igual. A las siete me despertó, porque quería ponerme
la pomada y le digo: “Papá, ya no tengo dolor y veo todo muy bien”.
Fue una emoción enorme para toda la familia. Una hora más tarde,
fuimos de nuevo a ver al médico. Quedó asombrado, pues no
encontró lesión alguna. Y fuimos a ver al oculista a Albacete, que
reafirmó la curación, y dijo: “Para mí hay dos cosas
sorprendentes: la ausencia de cicatrices y la rapidez con la que han
desaparecido las señales de la herida”. En realidad, no sólo fue
una curación rápida, sino una restauración del ojo dañado, algo
incomprensible para la ciencia médica.
Cuando a los 17 años he venido a Roma para la canonización de
Ricardo Pampuri, he comprendido la importancia del milagro que
había recibido. Ha sido una experiencia inolvidable. Recuerdo que
había miles y miles de personas, todas unidas en la misma fe para
glorificar al Señor, como yo lo hago cada día.
María Victoria Guzmán
Tenía dos años y medio el 5 de febrero de 1953, cuando empezó
a sentirse mal, con fiebre de 40. Cuando el 3 de marzo la llevaron
sus familiares a Madrid para que la viera un especialista, sus
condiciones eran muy graves. Su diagnóstico era septicemia por
causas desconocidas. El 8 de marzo estaba ya agonizando, cuando de
pronto abrió los ojos y empezó a moverse normalmente y a sentirse
perfectamente bien. Todos los que la conocían empezaron a hablar de
una resurrección, debida a la intercesión del siervo de Dios José
María Rubio y Peralta (1864-1929), a quien su madre había
invocado, colocándole a la niña una reliquia del mismo. El 10 de
marzo le hicieron revisiones de control y no le encontraron ni
rastro de su enfermedad anterior. Los médicos dijeron que la
curación había sido completa, duradera e inexplicable
científicamente. Los médicos de la Comisión de la Congregación
para las causas de los santos, el 27 de junio de 1984, reconocieron
que había sido una curación instantánea, completa y permanente
sin explicación natural posible. Con motivo de este milagro fue
declarado beato el antedicho siervo de Dios, por el Papa Juan Pablo
II, el 6 de octubre de 1985.
Giovanni Gabriele
Nacido en París, era un niño normal hasta que, a los 11 meses,
cayó enfermo, aparentemente con resfrío, el 22 de mayo de 1945.
Tenía tos con fiebre alta y le diagnosticaron al principio
bronquitis y, después, broncopulmonía bilateral. El día 29
empezó a tener convulsiones y el médico comunicó a sus padres que
su estado era gravísimo con falta de respiración, cianosis, etc.
No podía ni siquiera tomar alimento ni bebidas. Sin embargo, al
día siguiente, se mejoró de tal modo que se sentó en la mesa con
buen rostro y pudo tomar entero su biberón sin dificultad alguna.
Desde entonces, ha llevado siempre una vida normal sin enfermedades
de importancia.
El hecho se consideró milagroso debido a la intercesión del
venerable Daniel Brottier, a quien la familia había invocado con
verdadera fe en esas circunstancias. Por este hecho, reconocido por
la comisión médica vaticana como inexplicable para la ciencia, el
Papa Juan Pablo II procedió a la beatificación de Daniel Brottier
el 25 de noviembre de 1984.
Gleida
Nacida el 26 de mayo de 1976, a los nueve años en 1985, tuvo una
neuropatía de las piernas, definida como síndrome de
Guillain-Barré. Poco a poco, fue empeorando, de modo que le afectó
la respiración y la deglución. Tuvieron que hacerle una
traqueotomía para que pudiera respirar bien. Pero al hacerle mal la
traqueotomía, se complicaron las cosas y tuvieron que hacerle una
abertura en el tórax para poder respirar y ponerle un respirador
artificial. Mientras estuvo hospitalizada, tuvo un paro cardíaco y
algunos paros respiratorios el 14 de agosto de 1985. La comisión
médica vaticana consideró que había habido rotura traumática de
la aorta con relación al síndrome Guillain-Barré, además de una
gravísima anemia; y que tantas complicaciones juntas no podían
solucionarse tan favorable y rápidamente sin consecuencias
negativas de modo natural. Toda la familia de Gleida considera que
el milagro se debió a la intercesión del venerable Annibale Maria
di Francia (1851-1927), a quien todos habían invocado con fe.
El Papa Juan Pablo II beatificó a Annibale Maria el 7 de octubre
de 1990.
Marie-Josée
Nació el 6 de mayo de 1962 en el hospital Hotel-Diêu de
Québec. Para nacer se le aplicó el fórceps. Parecía una niña
normal; pero, al día siguiente, empezó a escupir sangre por la
boca. Tenía dificultad de coagulación y se le dio un tratamiento
con vitamina K. El día 8 le dieron convulsiones. El día 10 se le
presentó una parada respiratoria y tuvieron que darle masajes al
tórax y suministrarle oxígeno. Las crisis fueron disminuyendo
hasta el 18 de mayo, en que se consideró que estaba totalmente
curada. Fue dada de alta el 7 de junio de ese año 1962. En 1967 y
1968 se le hicieron nuevos exámenes y todo era adecuado a su edad
sin consecuencias negativas por su antigua enfermedad. Lo mismo
sucedió en los controles de los años 1982 y 1984. Todos en la
familia lo consideraron un milagro, concedido por Dios, por
intercesión de Sor Maria Caterina de san Agustín (1632-1668), a
quien habían invocado con fe. Con ocasión de este milagro, Sor
Maria Caterina fue declarada beata por el Papa Juan Pablo II el 23
de abril de 1989.
Solano F.
Nace el 26 de julio de 1979 de parto podálico, presentando sus
miembros inferiores totalmente plegados en alto, de modo
irreductible. El diagnóstico era contractura congénita de las
articulaciones inferiores, debido a la prolongada inmovilidad del
feto en tales condiciones. El 9 de agosto, al término de la novena
a la sierva de Dios Gertrude Comensoli (1847-1903) y, sin que
hubiera habido ninguna clase de terapia, espontáneamente, todo se
normalizó y cesaron los dolores del recién nacido. Hasta la fecha
sigue bien de sus piernas. Lo cual fue considerado médicamente
inexplicable por la comisión médica de la Congregación para las
causas de los santos, sobre todo, debido a la rapidez de la
curación sin terapia alguna. El Papa Juan Pablo II beatificó a Sor
Gertrude Comensoli el 1 de octubre de 1989.
Colleen
Nacida en Canadá en abril de 1970, en setiembre de 1975 empezó
a tener los primeros síntomas de una enfermedad con cansancio,
palidez e inapetencia. La llevaron al hospital y le diagnosticaron
leucemia linfoblástica aguda, con anemia grave. Le hicieron
transfusiones de sangre y fue transferida al hospital pediátrico de
Toronto. Allí le comenzaron a dar quimioterapia y quedó bastante
bien. En mayo de 1977 tuvo que ser reingresada por empeorar su
estado general con fiebre cotidiana, pérdida de peso y apetito, y
gran somnolencia. Tenía dificultades respiratorias y tuvieron que
hacerle una traqueotomía. En agosto le descubrieron una masa
cancerosa en la región rinofaríngea. En octubre le dieron
radioterapia. El 1 de junio de 1978 sus condiciones físicas eran
gravísimas, pero de un día a otro empezó a mejorar rápida y
completamente de modo que el 4 de julio del 1978 fue dada
definitivamente de alta. En 1985 le hicieron nuevos exámenes
clínicos a Colleen y todo era completamente normal. El diagnóstico
de la comisión médica vaticana habla de un linfoma rinofaríngeo,
unido a una leucemia linfoblástica aguda que se curó de modo
inexplicable para la ciencia.
La familia atribuyó esta recuperación milagrosa a la
intercesión del siervo de Dios Monseñor Ludovico-Zeferino Moreau.
Su beatificación tuvo lugar el 10 de mayo de 1987.
Carla
Nació en Gersone (Italia) el 30 de julio de 1923. A los tres
años y dos meses le vino una grave enfermedad con fiebre, días de
delirio, pérdida de memoria y abatimiento general. El médico
tratante declaró que se trataba de una meningitis y declaró que,
aún en el caso de sobrevivir, tendría graves secuelas en el
cerebro. A partir del 20 de octubre, su familia comenzó una novena
a la sierva de Dios Benedetta Cambagio Frassinello y una segunda
novena el 29 del mismo mes. El día 30 empezó a ceder la fiebre. El
día 5 de noviembre la niña recuperó el habla y el equilibrio. Y,
a partir de ese día, estuvo completamente sana.
Los médicos de la comisión vaticana consideraron que se había
tratado de una meningoencefalitis producida por tifus y que su
curación tan rápida y duradera era inexplicable científicamente.
Sor Benedetta Cambagio fue beatificada por el Papa Juan Pablo II el
10 de mayo de 1987.
Cinzia
Nació el 12 de setiembre de 1964 en Monte Romano (Italia). A los
tres años, la noche del 4 de agosto de 1967, empezó a tener fiebre
y vómitos. El médico diagnosticó peritonitis aguda y la operaron
de emergencia. Pero, a los 11 días, apareció de nuevo una fiebre
elevada con vómitos. Se le diagnosticó oclusión intestinal y
tuvieron que operarla de nuevo. A pesar de los esfuerzos, la niña
empeoraba rápidamente y se temía una muerte inminente. Pero la
tarde del 19 de agosto de ese año 1967, los familiares comenzaron
una novena al siervo de Dios Giuseppe Nascimbeni. A la mañana
siguiente, la niña mejoró notablemente, se sentó en la cama y
comenzó a hablar y a pedir de comer. El mejoramiento fue tan
rápido que el 7 de setiembre fue dada de alta completamente sana.
Por este hecho, reconocido como inexplicable para la ciencia por la
comisión vaticana, el Papa Juan Pablo II procedió a la
beatificación de Giuseppe Nascimbeni el 17 de abril de 1988.
Amy Wall
Amy nació el 9 de setiembre de 1992 en USA, pero nació sorda.
Según el dictamen del otorrino, tenía hipoacusia neurosensorial
medio grave bilateral. La madre de Amy informa que el día en que
dieron el diagnóstico, estaba viendo televisión y transmitieron un
programa sobre la beata Katharine Drexel, fundadora de las hermanas
del Santísimo Sacramento. En la televisión entrevistaron a Robert
Gutherman, que contaba su curación milagrosa.
Él había estado totalmente sordo de un oído y se había curado
por su intercesión. Entonces, la madre de Amy comenzó a rezarle
para que curara a su hija. Dice: Conseguí una reliquia de la beata
y todos los días le pedía la curación de mi hija, pasándole la
reliquia por sus oídos. Mi esposo, que era protestante, nos miraba
y no decía nada. Una semana después, en marzo de 1994, cuando voy
a recoger a Amy a la escuela para sordos, la maestra me dice que la
pequeña Amy no era la misma de antes y que parecía mucho más viva
y animada... El Dr. Lee Miller le hizo muchos exámenes
audiométricos y confirmó que el oído estaba casi perfecto y que,
en su opinión, ningún niño, nacido con sordera bilateral de esa
manera, había recuperado el oído. Amy, a las pocas semanas, ya
empezaba a hablar. Fue emocionante, cuando por primera vez me dijo:
Mamá. Y puedo decir que los milagros, por intercesión de Katharine
Drexel, han sido dos: la curación de Amy y la conversión a la fe
católica de mi marido. Ahora tenemos una familia unida en la misma
fe.
El 1 de octubre del 2000, el Papa Juan Pablo II elevó a los
altares a Katharine Drexel, declarándola santa. En primera fila, en
la plaza de san Pedro, estaba Amy Wall, de ocho años.
Zoila Elena
La niña Zoila Elena vivía en Riobamba (Ecuador) y tenía tres
años de edad, cuando el 10 de marzo de 1965 tuvo una intoxicación
aguda por haber ingerido unas pastillas de fluoroacetato de sodio.
Como consecuencia, quedó al borde de la muerte. El tratamiento que
se le hizo, tomando leche y otras cosas, fue totalmente ineficaz.
Por eso, del hospital la regresaron a su domicilio, donde empezaron
sus familiares a preparar las cosas para el funeral. Pero también
comenzaron a pedir intensamente su curación por intercesión de la
sierva de Dios ecuatoriana Mercedes de Jesús Molina (1828-1883),
fundadora del Instituto religioso de santa Mariana de Jesús.
Después de una hora de estar orando, otros dicen que a las cuatro
horas, sin que se le administrara ningún nuevo medicamento, la
pequeña comenzó a moverse y a tomar conciencia y sentirse bien. La
llevaron de nuevo al hospital para hacerle nuevos estudios, y vieron
que no tenía ni rastro de ninguna intoxicación anterior. Con este
milagro, reconocido por la Comisión médica del Vaticano, Mercedes
de Jesús Molina fue declarada beata por el Papa Juan Pablo II, en
la ciudad ecuatoriana de Guayaquil, el 1 de febrero de 1985.
Rolando
En Hull, suburbio de Ottawa, Canadá, vivía una familia
católica con varios hijos. El último de ellos, Rolando, tenía un
año de edad aquella tarde del 28 de junio de 1947, en que su madre
lo dejó en su cochecito en el patio. Pero el cochecito estaba en
pendiente y, cuando su madre lo dejó solo, se precipitó hacia un
vacío de tres metros de profundidad. Al caer, el niño perdió la
conciencia. Lo llevaron rápidamente al hospital, donde comprobaron
que tenía una fractura de cráneo y conmoción cerebral
traumática. El niño tenía convulsiones y fiebre alta. El 30 de
junio se dieron cuenta de que el niño estaba ciego. El diagnóstico
era ceguera traumática.
En aquella situación, la madre y la familia se encomendaron al
siervo de Dios Carlos José Eugenio de Mazenod, que fue obispo de
Marsella y fundador de los misioneros Oblatos de María Inmaculada.
El Padre José Francoeur, miembro de esta Congregación, les dio una
reliquia del Venerable y se la pusieron a los ojos, y lo mismo
hicieron con una estampa del mismo. Comenzaron una novena al siervo
de Dios para pedirle la curación y, al día siguiente, el niño
veía con normalidad. Era el 18 de agosto de 1947.
En 1949 se le hicieron nuevos estudios médicos y se confirmó la
estabilidad de la curación. Igualmente, en 1971, con nuevos
exámenes confirmaron que todo estaba normal. Según el dictamen de
la Comisión médica del Vaticano, la curación de la ceguera fue
perfecta, duradera y sin explicación natural. El milagro fue
aceptado y aprobado para la beatificación del siervo de Dios Carlos
José Eugenio de Mazenod, proclamado beato por el Papa Pablo VI en
1975.
Bruno
Nació el 2 de mayo de 1943 en Fossano, Italia, hijo único de
Aldo y Amelia. A los cuatro meses de su nacimiento, le comenzaron
graves problemas de salud con vómitos, dolores intestinales,
diarreas, etc. Los medicamentos empleados dieron poco resultado
positivo. Con subidas y bajadas siguió con sus problemas graves de
salud hasta 1947, en que su estado se agravó. El 12 de diciembre de
ese año se le declaró una apendicitis aguda con fiebre altísima.
Antes de que lo operaran, la hermana Gisella le puso sobre su
vientre una reliquia de la Madre Enriqueta Dominici (1829-1894), de
la Congregación de las Hermanas de santa Ana y de la Providencia de
Turín. La misma Sor Gisella colocó una imagen de la sierva de Dios
en su cama y pidió que todos le rezaran para obtener el milagro. Y
dice la hermana Gisella: Al cuarto de hora de la invocación a la
santa y de la aplicación del algodón, el niño cesó de lamentarse
y se durmió tranquilamente. Al despertarse, estaba totalmente
curado. Sonreía con la mirada viva y se mostraba alegre y contento
como un niño con buena salud. Me dijo que quería beber y le di un
poco de café azucarado, que tenía cerca de él. Lo bebió
ávidamente y me dijo que tenía hambre y quería comer. Le
respondí que era necesario esperar al médico. Le tomé el pulso y
lo encontré normal. Tomé la temperatura y ésta marcaba 36,5.
Bruno se durmió nuevamente hasta el momento en que vino el médico.
El mismo Bruno nos cuenta su caso, cuando tenía seis años de
edad: Tenía cuatro años, cuando fui a la colonia de Viu y siempre
me dolía la tripa. El médico me dijo que tenían que llevarme a
Turín para operarme de urgencia... La Superiora dijo a los niños,
que estaban en la cama, que se sentaran y que rezaran a la Madre
Enriqueta para que me curase... Cogió algodón bendecido, me lo
pasó por la tripa donde me dolía y me hicieron que besara una
estampa de la Madre Enriqueta, que colgó de la cama; luego me
dormí. Y, cuando desperté por la mañana, estaba curado. Y ahora
rezo a la Madre Enriqueta para que crezca sano. Continúo estando
bien y como de todo, también castañas y alubias, y no me ha vuelto
nunca más la fiebre y el vómito.
Con este milagro, reconocido por la Comisión médica del
Vaticano, se procedió a la beatificación de la Madre Enriqueta,
que fue proclamada beata por el Papa Juan Pablo VI en 1978.
Manuel Vilar Silio
Tenía dieciocho meses de edad, cuando el 19 de julio de 1998, su
familia se trasladó a una casita de campo de la localidad argentina
de Nagoya. Su madre, Alicia Silio, se quedó dentro de la casa
cocinando, habiendo dejado el cuidado de su hijo a otros familiares.
Al terminar de cocinar, fue a ver dónde estaba el niño y nadie
supo decirle dónde estaba. Empezaron a buscarlo hasta que lo
encontraron, flotando boca abajo en la piscina. El agua estaba fría
y cenagosa. Cuando descubrieron al niño, no había ondas en la
superficie, por lo que se deduce que llevaba varios minutos
completamente inmóvil.
Eran las 15:45 cuando lo sacaron con el cuerpo rígido y
amoratado, el vientre hinchado y los ojos vidriosos, signos típicos
del ahogado. Lo llevaron al hospital de san Blas, donde el doctor
Edgardo La Barba confirmó que Manuelito no tenía latidos
cardíacos ni respiración. Fue en ese momento, en que parecía todo
perdido para siempre, cuando su madre, muy devota de la beata Madre
Maravillas (1891-1974), carmelita descalza española, fundadora de
muchos conventos, empezó a invocarla por la salvación de su hijo.
A los pocos minutos, el niño comenzó a expulsar el fango que
tenía alojado en los pulmones y en el estómago; y 35 minutos más
tarde recobró la frecuencia respiratoria. El niño había pasado
más de una hora de parada cardiorrespiratoria, por lo que se
suponía que, si vivía, quedaría con graves secuelas
neurológicas. Por ello, lo llevaron de inmediato al hospital
infantil san Roque de Paraná a 102 kilómetros de distancia, al que
llegaron a las 17:22. Allí el niño fue atendido por la doctora
Vanegas, quien tampoco dio muchas esperanzas a la familia.
Al día siguiente, a las 6:40 de la mañana, al no haberse
detectado complicaciones, le retiraron al niño el respirador
artificial. Aproximadamente, a las 8:00 el pequeño se despertó y
empezó a llamar a su madre. El 22 de julio fue dado de alta sin
ninguna secuela. Los médicos estaban realmente asombrados del
milagro, pues un paciente con más de 20 minutos con falta de
oxígeno, normalmente tiene una muerte cerebral fulminante. El caso
fue difundido por la televisión argentina.
Los médicos de la comisión vaticana estudiaron el caso y lo
aprobaron por unanimidad. La beata Madre Maravillas fue canonizada
por el Papa Juan Pablo II el 4 de mayo de 2003. Natalia Andrea
García Mora
Tenía ocho años de edad y vivía en el barrio Blanquizal de una
de las zonas más violentas de Medellín, en Colombia. Era la
séptima de los ocho hijos de Julia Ester García Mora, de 33 años,
que había quedado viuda cuatro años antes, y que trabajaba como
doméstica en varias familias.
Hacia las 5 de la tarde del 1 de setiembre de 1993, la niña
Natalia Andrea estaba jugando en su casa con sus amigas Mónica,
Erika y Eva, cuando, de improviso, cayó al suelo a causa de un
disparo, realizado por una pistola con silenciador a una distancia
de unos 5 o 6 metros. Le salía sangre por la boca y respiraba con
mucha dificultad. Las vecinas la llevaron hasta la carretera para
tomar un coche, que la llevara al hospital.
En ese momento, pasaba en su coche la señora Gloria Amparo
Álvarez Arboleda, que la llevó de emergencia al hospital san
Cristóbal. La doctora que la atendió, viendo la gravedad del caso,
la hizo llevar en ambulancia al hospital pediátrico san Vicente de
Paúl. Los exámenes y radiografías descubrieron que la bala había
impactado en la columna vertebral. Tenía fractura a la altura de la
vértebra D7-D8; había sido dañada la médula espinal, además del
pulmón y la columna. El doctor le dijo a la madre que, si quedaba
con vida, no podría caminar nunca más.
Al día siguiente, 2 de setiembre, las compañeras de colegio
comenzaron a rezar por su curación en unión con sus profesoras,
las religiosas escolapias fundadas por Paula de San José de
Calasanz (1799-1889). El 10 de setiembre fue operada de la columna y
el doctor Carlos María Piedrahita confirmó la pérdida de un 10%
de médula ósea. El 20 de setiembre le dieron de alta y tuvo que
salir en silla de ruedas con monoplegia del miembro inferior derecho
y con parálisis ligera de la pierna izquierda.
La familia de la niña y las religiosas del colegio con las
alumnas, rezaban todos los días por su curación a Sor Paula. A
fines de setiembre, un día, la niña se había sentado sola al
borde de su cama y se había levantado, pues se sentía bien. Desde
ese día, está perfectamente sin ninguna rehabilitación previa y
lleva una vida completamente normal; corre, juega y sube escaleras
como cualquier niño de su edad.
Los médicos del Vaticano certificaron que su caso era un trauma
vertebro-medular con lesión parcial de la médula espinal a nivel
D7-D10 con grave paraplegia y problemas en los esfínteres. Su
recuperación fue muy rápida, completa y duradera, de modo
inexplicable y sin rehabilitación. Sor Paula de San José de
Calasanz fue canonizada por el Papa Juan Pablo II , el 25 de
noviembre de 2001.
Gianna María Arcolino Comparini
Elisabete Comparini, brasileña, tenía tres hijos y quedó
nuevamente encinta en 1999, pero la gestación se presentaba
difícil. Después de hacerle algunas ecografías, los doctores
vieron que la situación se presentaba complicada y sin muchas
esperanzas, pues perdía mucha sangre. El 11 de febrero del 2000, a
las 16 semanas de gestación, tuvo pérdida completa del líquido
amniótico. Los doctores le recomendaron un aborto para evitar
riesgos de infección para ella y, por supuesto, para el niño, en
caso de que siguiera la gestación. A pesar de algunas tentativas
para aumentar el líquido, no hubo ningún resultado positivo.
Según los médicos, la posibilidad de supervivencia del niño en
esas circunstancias era cero.
La doctora que la atendía, le urgía a abortar al niño, pero
ella con su esposo decidieron continuar el embarazo. En esos
momentos, apareció en el hospital el obispo diocesano de Franca
(Brasil) y los alentó en su decisión, pues él mismo había
bendecido su matrimonio. A los pocos minutos, se presentó el padre
Ovidio de su parroquia para darle la unción de los enfermos.
El obispo les dio a leer la vida de la beata Gianna Beretta
Molla, la doctora italiana, muerta en 1962, después de haber dado a
luz a su cuarta hija y no haber querido ser operada para perderla.
Es considerada la santa de la maternidad, pues el milagro para su
beatificación había sido la curación de una mujer con gravísimos
problemas después de haber tenido una operación cesárea. Por
todas partes pidieron oraciones y, a pesar de que, humanamente,
parecía imposible, la gestación se iba desarrollando bien, hasta
que a las 32 semanas, después de haber estado 16 semanas sin
líquido amniótico, el 31 de mayo del 2000, fue operada, trayendo
al mundo una niña sana con 1.800 gramos. La niña, llamada Gianna
María, en honor de la beata Gianna María, ha crecido sana para
alegría de todos.
Con motivo de este milagro fue canonizada la beata Gianna Beretta
Molla el 16 de mayo del 2004.
Valeria Atzori
La señora María Giovanna Caschili dio a luz el 21 de enero de
1986 a una niña a las 23 semanas de gestación, con un peso de 550
gramos y 30 centímetros de longitud, en la clínica de la
universidad de Cagli, en Italia. Los exámenes médicos señalaron
que el estado de la niña, bautizada como Valeria, era gravísimo
por ser demasiado prematura. Parecía como un conejito sin piel, la
piel era roja-gelatinosa y transparente. No tenía respiración
autónoma y le tuvieron que administrar oxígeno de inmediato.
Según el doctor Franco Chappe las posibilidades de sobrevivir eran
mínimas y, en ese caso, con muchas posibilidades de tener daños
cerebrales muy importantes. Según su experiencia de 30 años, todos
los nacidos antes de las 24 semanas morían inexorablemente después
de pocos minutos o de algunas horas.
De hecho, a las pocas horas, se había deshidratado y pesaba 410
gramos. Al día siguiente, a las 10 a.m. empezaron a suministrarle
algunos medicamentos como Mucosolvan y Spectrum e intentaron
alimentarla con un tubo por vía oral. Pero, debido a ciertos
problemas, tuvieron que alimentarla por la vena umbilical con muchas
dificultades durante la primera semana y, después, con sonda
nasogástrica hasta el tercer mes, en que pudo empezar a tomar el
biberón.
A los cuatro meses, el 25 de mayo, ya pudo ser dada de alta con
un peso de 2.100 gramos, con buenas condiciones generales de salud
sin ningún daño en ninguna parte de su cuerpo.
Le siguieron haciendo exámenes de control a los 12, 18 y 24
meses y todo era perfectamente normal. En 1989 la doctora Melania
Puddu y Giuliana Palmas le hicieron exámenes especiales y todos
salieron perfectamente normales para su edad. Lo mismo ocurrió,
cuando tenía 10 años en 1996.
Para los médicos era inexplicable cómo había podido sobrevivir
en aquellas condiciones. La explicación está en que sus padres
Giovanna Caschili y Pietro Atzori, habían acudido a la intercesión
del siervo de Dios fray Nicola de Gesturi (1882-1958), fraile
capuchino muy conocido en la ciudad y muerto en olor de santidad.
Los papás se acercaron hasta su tumba para implorar el milagro. Y
Dios se lo concedió por su intercesión.
Había nacido muy prematura, con insuficiencia respiratoria y con
múltiples paradas respiratorias, doce de las cuales prolongadas,
acompañadas de paros cardíacos. Había tenido grave osteoporosis
con fractura espontánea del pulso izquierdo y grave infección
estreptocócica. Sin embargo, su curación fue completa, duradera y
sin consecuencias negativas, lo cual es inexplicable
científicamente, según la comisión médica vaticana.
El Papa Juan Pablo II beatificó a Nicola de Gesturi el 3 de
octubre de 1999.
Mathew Kuruthukulangara Pellissery
Nació el 9 de julio de 1956 en Irinjalakuda, estado de Kerala,
en la India, con una malformación en ambos pies llamada talipes
equino-varus. Sus padres, por ser muy pobres, no pudieron llevarlo a
operar a otra ciudad. Por este motivo, Mathew se arrastraba
apoyándose en las rodillas y en los codos. A los cuatro años pudo
ponerse de pie, pero debía agarrarse a algo para no caerse.
Solamente a los cinco años pudo empezar a caminar solo, con un
andar vacilante, bamboleándose hacia los lados. Por lo cual era
objeto de bromas y risas en la escuela.
Los padres habían visitado a una religiosa, tía de la mamá de
Mathew, cuando él tenía dos años, y ella les había dado un
librito La estigmatizada de Kerala, sobre Sor Mariam Thresia
(1876-1926), fundadora de su Congregación, y les sugirió que le
rezaran para pedirle la curación del niño. Desde ese día, todos
rezaron en familia a Sor Mariam para que lo curara. El padre se
comprometió, en caso de que se curara, a mandar celebrar por ella
una misa solemne y que toda la familia iría en peregrinación ante
la tumba de la sierva de Dios.
El 19 de mayo de 1970, toda la familia comenzó cuarenta días de
abstinencia de carne, ayunando los viernes y rezando cada día a la
religiosa santa. El día 21 de junio, dice Mathew: Hacia las dos de
la mañana vi dos religiosas que estaban junto a mi cama. Una
hermana tenía velo negro y la otra velo blanco. La de velo negro se
asemejaba a Sor Mariam Thresia, tal como la conocía por
fotografía. Me dio masajes en la pierna derecha y me dijo: “levántate,
hijo mío, tu pierna está curada”. Después, desaparecieron y he
visto que mi pierna derecha estaba enderezada y sana. Llamó
urgentemente a toda la familia y todos agradecieron a Sor Mariam,
pero continuaron con la abstinencia y el ayuno, porque la pierna
izquierda seguía torcida.
Al año siguiente, el 27 de junio de 1971, comenzaron de nuevo a
rezar novenas y a hacer ayuno y abstinencia por su total curación.
Y el 5 de agosto ocurrió el milagro. Dice la madre: He visto a las
dos hermanas, una con velo negro y otra con velo blanco. La de velo
blanco parecía ser mi tía Cordula, muerta unos pocos años antes.
La hermana de velo negro le dijo: “la pierna de tu hijo está
curada. Vete a ver”. La madre se levantó inmediatamente y fue a
ver a su hijo, constatando que había curado verdaderamente también
de su pierna izquierda.
Toda la familia fue en peregrinación a la tumba de Sor Mariam y
publicaron en una revista católica el milagro. Después de 20 años
del milagro, varios médicos examinaron a Mathew y comprobaron la
normalidad de sus piernas sin ninguna desviación de su columna
vertebral.
Este hecho, realizado sin ninguna clase de operación, fue
aceptado por la comisión médica del Vaticano como inexplicable
científicamente y la hermana Mariam Thresia fue beatificada por el
Papa Juan Pablo II el 9 de abril del 2000.
Mateo Pio Colella
Era un niño de siete años, que nació y vivía en San Giovanni
Rotondo, la ciudad en la que el famoso santo capuchino Pío de
Pietrelcina vivió casi toda su vida. El día 20 de enero del 2000,
Mateo había acudido a su colegio en condiciones normales, pero en
el transcurso de la mañana, empezó a sentir escalofríos. El
papá, urólogo del hospital Casa Sollievo della Sofferenza, fue
llamado con urgencia al colegio. Recogió a su hijo y lo llevó al
pediatra Mechele Pellegrino para que le hiciera un diagnóstico de
la enfermedad. En vista de que estaba empeorando rápidamente, lo
llevaron de emergencia al hospital Casa Sollievo della Sofferenza,
el hospital fundado por el padre Pío.
Los doctores reconocieron que se trataba de una meningitis
fulminante, que no tenía solución. Entonces, empezó una cadena de
oración para pedir su curación por intercesión del beato padre
Pío. Muchos religiosos capuchinos y mucha gente conocida de la
familia comenzaron a orar al beato padre Pío. De modo especial, la
madre del niño se acercó a rezar hasta la tumba del beato. Y el
niño comenzó a mejorar. De modo que el 6 de febrero le permitieron
ver televisión y hasta jugar con su juguete electrónico. Al mes de
haberse enfermado, ya pudo ir a la escuela y ponerse al día con
total normalidad.
El niño, al despertarse del estado de coma en que se encontraba,
le dijo a su madre que había visto al padre Pío, un viejecito con
barbas blancas y vestido de capuchino que le dijo sonriendo: Mateo,
no te preocupes, pronto curarás.
Lo importante del caso es que, a pesar de haber sido lesionados
nueve órganos vitales, no quedó ninguna consecuencia negativa
posterior. La comisión médica de la Congregación para la causa de
los santos reconoció que era inexplicable para la ciencia y, con la
aprobación de este milagro, fue canonizado el beato padre Pío el
16 de junio del 2002 en el Vaticano por el Papa Juan Pablo II.
Ruggero Castriotta
Este niño de siete años, de la ciudad italiana de Manfredonia,
se contagió de tifus por beber agua estancada en una fuente de la
plaza Duomo. Después de un mes de fiebre continua, empezó a
empeorar y le vino una estomatitis ulcerosa en la lengua y las
mejillas. Tenía unas llagas a los lados de la lengua de color
marrón y la fiebre llegaba a 40. El niño ya no podía hablar ni
pasar los alimentos por falta de articulación en la lengua. Su
rostro estaba muy pálido y casi no tenía pulso.
El día de Viernes Santo, 26 de marzo de ese año de 1937, el
padre lo tomó en brazos y lo sacó a la calle al paso de la
procesión, invocando a Cristo la curación de su hijo. A la semana
siguiente, la noche del 2 al 3 de abril, el papá tuvo una extraña
premonición, mientras rezaba cien Requiem por las almas del
purgatorio. Se durmió y, en el sueño, vio a su hijo que nadaba en
un lago de sangre. A medianoche, lo llevó a un odontólogo, quien
le hizo ver la gravedad del caso. En esa consulta se presentó una
hemorragia tan fuerte en la boca durante dos horas que dejó al
niño exhausto y con la máxima debilidad.
Lo llevaron de emergencia a la clínica pediátrica de Bari.
Allí Sor Josefa Pastore, enfermera profesional, pidió permiso al
papá para ponerle al cuello del niño una reliquia de Felipe
Smaldone y rezaron un padrenuestro, un avemaría, un gloria y tres
Requiem, comenzando una novena al siervo de Dios, fundador de la
Congregación de las Salesianas de los Sagrados Corazones, a la cual
pertenecía Sor Josefa. Al día siguiente, comenzó una admirable
mejoría, expulsando de la boca algunos pedacitos de tejido
necrótico y empezando a hablar. El niño pidió de comer carne y
pan, pudiendo comerlo sin dificultad. Quedó en el hospital en
observación hasta el día 10, en que fue dado de alta en óptimas
condiciones de salud.
Los médicos de la comisión vaticana, que estudiaron el caso,
consideraron que era inexplicable humanamente que una fuerte
hemorragia por lesión de la arteria lingual en un paciente con
gravísimo estado de estomatitis úlcero-gangrenosa, complicada con
fiebre tifoidea y gran debilidad física, no puede curarse de modo
tan rápido y duradero. El Papa beatificó a Felipe Smaldone el 2 de
mayo de 1996.
Margit Heim
El 23 de junio de 1986, en un lugar de Baviera, en Alemania,
Helga Brugger y su hermana Ángela, junto con Margit Heim, fueron a
pasear por el río, que estaba muy crecido por las muchas lluvias de
los días precedentes. Quisieron bañarse en un lugar conocido,
porque el agua era siempre muy caliente. Hacia las 3,30 p.m., Helga
y Margit, ambas de 13 años, se echaron al río a nadar; pero, casi
al momento, fueron envueltas en un remolino. Ángela, que estaba en
la orilla, se dio cuenta de la gravedad y fue corriendo en bicicleta
a casa para pedir ayuda. En el camino encontró al señor Filser,
quien telefoneó a la policía a las 3,50 p.m., e inmediatamente una
patrulla de los policías fue enviada al lugar.
El policía Schwarzwalder cuenta que sacaron primero a Helga, que
estaba muy fría y no reaccionaba. Fue llevada inmediatamente al
hospital, donde murió a las 6 de la tarde del mismo día. A las
4,20 p.m. fue rescatada Margit después de 40-50 minutos de estar
bajo el agua sin poder respirar. El doctor que la atendió dice que
estaba clínicamente muerta; tenía las pupilas dilatadas y no
tenía signos de respiración ni de latidos cardíacos. Le hicieron
respiración artificial y masajes cardíacos y le suministraron
adrenalina. Comenzaron algunos latidos y fue llevada en helicóptero
al hospital de Kempten, donde llegó a las 4, 40 p.m. Estaba en coma
profundo. El doctor le explicó claramente al papá de Margit que,
si sobrevivía, quedaría con graves consecuencias neurológicas.
Por eso, hizo llamar al capellán para que le administrara el
sacramento de la unción de los enfermos. Mientras tanto, todos los
familiares de Margit se unieron en una cadena de oración, a la que
se unieron las religiosas franciscanas del monasterio de Kaufbeuren,
donde había vivido la beata Maria Crescencia Höss. Varias de las
religiosas conocían a Margit, pues frecuentaba la escuela, unida al
monasterio. Las religiosas se acercaron a la tumba de la beata
Crescencia para pedir la salud de la niña. A los tres días, ya
estaba mejor y fue transferida a una clínica especializada en
rehabilitación neurológica en Mónaco. El 9 de julio, a los 16
días del accidente, fue dada de alta y regresó al hospital de
Kempten, donde se fue recuperando poco a poco hasta octubre, en que
comenzó de nuevo sus estudios normales. Varios exámenes que le
hicieron en sucesivos años, demostraron que tenía buena salud y
una inteligencia superior a la normal. El 23 de junio de 1998, doce
años después, los médicos declararon, que había sido
completamente curada. Por este milagro, aceptado como inexplicable
para la ciencia por la comisión médica del Vaticano, fue declarada
santa y canonizada la beata Crescencia Höss por el Papa Juan Pablo
II el 25 de noviembre de 2001.
Y DIOS SIGUE SANANDO
El poder de Dios no se ha agotado. En este mismo siglo XXI, Dios
sigue obrando maravillas en sus hijos, cuando se acercan a Él con
fe y humildad. Pero hay que pedir con perseverancia y con un
corazón limpio, libre de odios o rencores. Y hay que acudir al
médico. Pues, muchas veces, Dios nos sana por medio del médico y
de las medicinas. Hay un dicho antiguo que dice: Dios no hace
milagros sin necesidad. Por eso, hay que poner de nuestra parte los
medios a nuestro alcance para sanarnos. Como se dice en el libro del
Eclesiástico: Hijo mío, si caes enfermo, no te impacientes, ruega
al Señor y él te sanará. Huye del pecado y purifica tu corazón
de toda culpa. Ofrece incienso y ofrendas... Y llama al médico,
porque el Señor lo creó y no lo alejes de ti, pues te es
necesario. Hay ocasiones en que logra acertar, porque también él
oró al Señor para que le dirigiera en procurar el alivio y la
salud para prolongar la vida del enfermo. El que peca contra Dios,
caerá en manos del médico (Eclo 38, 9-15).
Aquí Dios pide, en primer lugar, oración humilde para pedir la
salud; después, que nos purifiquemos de todo pecado. Esto lo
podemos hacer muy bien por medio de una buena confesión. Después,
se nos pide incienso y ofrendas, es decir, oración y ofrendas,
limosnas para el templo y para los pobres, compartir nuestros bienes
con los demás. Y, por último, se nos dice que vayamos al médico,
pues muchas veces Dios nos cura por medio de él.
Dios también cura por medio de médicos del alma, a quienes ha
regalado el don de sanación y que, con el poder de Dios y en su
nombre, realizan maravillas. En ellos, Jesús cumple su promesa: El
que crea en Mí impondrá las manos sobre los enfermos y éstos
quedarán sanos (Mc 16, 18). He conocido a sacerdotes
extraordinarios con un maravilloso ministerio de sanación de
enfermos como el padre Emiliano Tardif, Roberto DeGrandis, James
Manjackal, Giovanni Salerno, Darío Betancourt, la hermana Briege
McKenna...
La Madre Briege McKenna ha escrito un libro Los milagros sí
ocurren, donde relata casos de curaciones extraordinarias,
producidas por la fe. Dice. Un día me llevaron a un niño que
sufría de quemaduras muy severas y de ampollas en todo su cuerpo.
Recuerdo haber pensado: ¡Dios mío, no hay realmente nada que
hacer! Está muy mal. No tenemos médicos ni medicinas aquí. Oramos
por el pequeño y, después, el sacerdote le dijo a la anciana mujer
que lo había llevado a la misa: “Déjalo ahí y comencemos la
celebración de la misa”... Al terminar la misa, fui a ver cómo
estaba el niño. Lo habían colocado debajo de la mesa, que sirvió
de altar, pero ya no estaba ahí. Yo le pregunté a la mujer:
¿Dónde está? Ella me señaló un grupo de niños que jugaban ahí
cerca. Vi al niño y se veía muy bien. No había nada malo en él.
Y le pregunté: ¿Qué le pasó? Y la anciana me miró y me dijo:
“¿Cómo que qué le pasó? ¿Acaso no vino Jesús?”.
Otro caso. Hace algún tiempo, me pidieron que fuera al hospital
para orar por un niñito que estaba en coma. El niñito tenía
cáncer al cerebro y había muy poca esperanza para él.
Cuando entré ese día hice una oración muy corta, porque estaba
en camino al aeropuerto. Ese mismo día oré por otro niño que
tenía un tumor al cerebro. Los padres estaban muy desilusionados,
porque yo tenía tanto apuro. Y les expliqué que no necesitaban
angustiarse, porque el Señor estaba allí y aunque la oración sea
corta, su poder siempre está presente.
No tuve noticias de los niños hasta cinco meses más tarde. Yo
estaba de vuelta en esa región dando una enseñanza y llegó una
señora con un niñito, diciendo: “Este es Daniel”. Yo no podía
recordar quién era Daniel. Entonces ella me contó que era el
niñito que por cinco u ocho meses había estado en coma. Me dijo
que habían estado muy desilusionados esa mañana, porque parecía
que no había sucedido nada. Y me dijo: “Nos preguntábamos si
había valido la pena llamar a la hermana”.
Pero, con gran sorpresa de ella, a la mañana siguiente, cuando
llegaron ella y su marido, el niño había salido del coma y, poco a
poco, fue ganando fuerzas. Terminó diciendo: “Hermana: aquí
está Daniel”. Daniel, que había estado paralizado, estaba ahora
corriendo por ahí y era un niño feliz.
El otro niño que tenía un tumor en el cerebro, fue llevado a
ser operado menos de quince minutos después que pusimos las manos
sobre él. Pero no lo pudieron operar, porque el tumor estaba en un
lugar muy peligroso. Había pocas esperanzas de vida, sin embargo el
tumor comenzó a reducirse y a las pocas semanas estaba del tamaño
de la cabeza de un alfiler. Hoy día, también está sano ese niño.
Diego Carvajal da su testimonio en la revista Alabanza:
Llevábamos tres meses de casados y mi esposa estaba encinta. Nos
queríamos tanto que sólo pensábamos en poner nuestro amor al
servicio de Dios. La alegría por la noticia de nuestro hijo se
extendió por toda la familia y amigos como una explosión y
dábamos gracias a Dios constantemente.
Llegó el momento de la primera ecografía. Era el 19 de octubre.
La doctora dijo: Tiene pliegue nucal positivo y alto. ¿Han pensado
en hacer una amniocentesis? Yo la recomiendo, pues este niño viene
con síndrome de Down o con alguna alteración cromosómica y,
cuanto antes lo sepan, podrán decidir. No entendíamos nada.
¿Nuestro hijo con síndrome de Down? ¿Nos estaba hablando de
abortar? Nos pasaron inmediatamente con una doctora para que nos
explicara en qué consistía la amniocentesis. Casi nos aseguraba
que el niño venía con síndrome de Down y que, después de los
resultados, podríamos “interrumpir” el embarazo. Otra vez la
muerte. Pasamos a una tercera doctora, que le practicó un “screening”
(prueba química que determina el nivel de alfafetoproteína en la
sangre). Esta prueba fue positiva y ella también nos habló de “interrumpir”
el embarazo.
Quisimos conocer otra opinión facultativa y el 23 fuimos a un
ginecólogo privado, que no hizo más que corroborar las anteriores
opiniones, sabiendo además que, en los cuatro días transcurridos,
el pliegue nucal había aumentado de 4,7 mm a 5,4 mm. Pero la
preocupación fue mayor, porque vio dos manchitas en el cerebro que
podían borrarse o convertirse en una hidrocefalia... Y nos dijo:
“Son jóvenes y pueden tener otros hijos”. Esto no es más que
un accidente. ¿Mi hijo un accidente? ¿Otra vez nos hablaba de
matar a nuestro niño?
El 24 de octubre fuimos al templo de María Auxiliadora a ver al
padre Jaime Burke. Le contamos todo y le pedimos humildemente que
orase por nuestro bebé. Nos abrazó y tras aquella oración
sentimos una paz inmensa... Llegó la prueba definitiva el 30 de
octubre. Estábamos muy nerviosos, pero dijimos: “Señor, hágase
tu voluntad”. Después de la consulta, mi esposa salía riéndose.
Los médicos no se explicaban qué había ocurrido, pero al niño le
había desaparecido el pliegue nucal y el cerebro estaba
perfectamente. Le hicieron otra segunda ecografía, porque los
médicos no entendían lo que estaba pasando, y todo salió
perfectamente bien... Y el niño nació totalmente sano. El Señor
necesitaba a nuestro hijo para hacer sus prodigios, para que los
médicos se maravillasen, para que los que creemos lo aclamemos como
nuestro único Dios y Señor, para que creamos en su Amor
incondicional. Amén. Aleluya.
He conocido casos de sanación extraordinaria por medio de la
oración. En una oportunidad oramos en el grupo de oración
carismático por un taxista que tenía cáncer al colon, y al mes
siguiente, los médicos se quedaron asombrados de su curación.
Un día tomé un taxi en Lima y el taxista me dijo que hacía
doce años había estado al borde de la muerte. Tenía cáncer al
hígado. No podía comer; porque no asimilaba nada y había perdido
unos treinta kilos. Sólo tenía piel y huesos, pesaba unos 45
kilos. Los médicos dijeron a sus familiares que no había nada que
hacer y decidieron llevárselo a morir a su casa. Al sacarlo del
hospital lo llevaron a la misa de sanación del padre Manuel
Rodríguez, claretiano, de la parroquia de san Miguel arcángel. El
padre se acercó a él, oró especialmente por su salud, viéndolo
tan demacrado en su silla de ruedas... Y, a partir del día
siguiente, comenzó a comer. Al mes, volvió al hospital para que se
le hicieran algunos exámenes y el cáncer había desaparecido por
el poder de Dios. Todavía sigue vivo y dando testimonio para gloria
de Dios.
El padre Giovanni Salerno, del que ya hemos hablado, cuenta
muchos casos de sanaciones extraordinarias. Dice:
Durante mis años de misionero he visto muchos milagros. Hablo de
milagros extraordinarios, no sólo de curaciones de enfermedades o
traumas que necesitaban de una intervención quirúrgica. Jamás
olvidaré el caso de Justo, quien cayendo del caballo se había roto
la espina dorsal. El curandero lo curaba con orines sedimentados,
mezclados con hojas de coca. Y esto, durante dos largos meses. ¡Es
fácil imaginarse la infección que resultó!... En la espina dorsal
de Justo hormigueaban los gusanos. Le faltaban al menos tres kilos
de carne: sus muslos habían desaparecido completamente, consumidos
por la enfermedad. En su lugar, había como una caverna... Preferí
no tocarlo en absoluto. Dije: “No puedo hacer nada. Si tienes fe
(le dije a su madre), Dios te ayudará”. Y ella me dijo: “¿Qué
tengo que hacer para tener fe y conseguir este milagro? Ya no tengo
nada: el curandero ya se ha llevado mis gallinas y mis cuyes”.
Para conseguir el milagro, le dije, sólo debes pedírselo a Dios:
no se necesita dinero ni animalitos, sino solamente rezar con fe.
Reza tres Avemarías, pidiéndole a la Virgen Santísima que te haga
el milagro...
A los tres días, fui a visitarlo y ¡cuál no sería mi asombro,
cuando constaté que Justo tenía abundante carne, donde antes sólo
se veía una especie de caverna! Y era carne tierna y rosada como la
de un recién nacido. Me quedé boquiabierto, preso de escalofrío.
Al quinto día, Justo volvió a su condición de salud más que
normal.
- Teodosia tenía un brazo roído por la uta, un tipo de lepra
que despedía un olor pestilente. Yo había preparado el
instrumental quirúrgico para amputárselo y me decía a mí mismo:
¿Qué hago? Amputándole el brazo la volveré aún más pobre.
Entonces, con miras a ganar un poco de tiempo para decidir mejor
cómo proceder, le dije: Mañana vienes para que te haga la
operación de amputarte el brazo. Al despedirme, le dije: “¿Por
qué no le pides a la Virgen María que te haga el milagro?”. Ella
me preguntó: ¿Qué debo hacer? Le di un poco de agua santa de
Lourdes, diciéndole: “Tómala y, durante la noche, pídele a la
Virgen María que te haga este milagro”. Al día siguiente, la
estuve esperando, decidido a amputarle el brazo... De pronto,
escuché una algarabía creciente en las afueras del dispensario.
Era Teodosia, que, inconteniblemente feliz, enseñaba su brazo a los
demás enfermos que la rodeaban y les decía: “Miren mi brazo.
Hasta ayer lo han visto cómo se caía a pedazos y apestaba. Ahora
está sano”. Y sobre sus hombros cargaba un corderito como regalo.
- Un día llegué a Coyllurqui al anochecer. Me trajeron a un
cabo de la guardia civil tendido sobre una camilla improvisada. Los
parientes que lo cargaban, me dijeron que, desde hacía ocho días,
no comía y que echaba continuamente sangre por la boca. También en
mi presencia siguió arrojando sangre hasta llenar una vasijita.
Estaba realmente muy grave y yo no tenía medicinas ni siquiera para
cortar la hemorragia...
La mujer del enfermo me suplicaba que hiciera todo lo posible
para salvarlo. Entonces, tuve que hablarle muy claro, diciéndole
que se necesitaba un milagro de la Virgen María para poderlo curar.
Debo decir que, curando a los enfermos, he recurrido siempre mucho a
la medalla milagrosa y también en este caso les hablé al enfermo y
a su mujer de las grandes gracias que la Virgen Santísima concede a
los que con mucha fe llevan consigo su medalla milagrosa. Viendo la
viva fe de los dos, puse la medalla milagrosa al cuello del enfermo
y, junto con su esposa, recitamos tres avemarías.
Hacia la medianoche, un fuerte estruendo, proveniente de la verja
del dispensario, me despertó sobresaltado, mientras un extraño
calor inundaba mi habitación. Me levanté a toda prisa para
comprobar qué había sucedido, pero pensé que lo que había
provocado aquel estruendo podía haber sido uno de los hijos del
enfermo al visitar a su padre.
A la mañana siguiente, fue grande mi asombro, cuando lo
encontré sentado sobre la cama. ¡Estaba comiendo un buen trozo de
pollo! Con calma me contó que hacia medianoche, la Señora
representada en la medalla milagrosa le había visitado y le había
tocado la frente y él había sanado inmediatamente. Más adelante
quiso que le diera una gran cantidad de aquellas medallas para dar a
conocer a todos el poder misericordioso y materno de la Virgen
María. ¡Cuántos kilos de medallas milagrosas hemos repartido
entre los pobres! Podría narrar muchos otros prodigios obrados por
la Virgen Santísima por medio de la medalla milagrosa, cuando ésta
se lleva puesta con mucha fe.
REFLEXIONES
Los milagros existen, aunque algunos no crean en ellos. Para los
ateos y agnósticos, que no creen en lo sobrenatural, ningún
milagro estará bien documentado para ser creído. O simplemente
dirán que hay que esperar a que la ciencia avance un poco más para
poder explicar en el futuro lo inexplicable de hoy. Ellos nunca
aceptarán ningún milagro, porque para ellos no puede existir.
Según ellos, las leyes naturales son inmutables y, por tanto, no
admiten excepciones. Y, si en algún caso, pareciera que las hay, es
que no se conoce suficientemente las leyes naturales o las causas
que han realizado el hecho excepcional.
Pero la verdad es que ni ahora ni nunca se podrá explicar
naturalmente que una pierna pueda aparecer de un momento a otro,
después de haber sido cortada dos años y medio antes, como es el
caso del gran milagro de Calanda realizado por la Virgen del Pilar a
Miguel Juan Pellicer el 29 de marzo de 1640.
El doctor Augusto Vellet, gran conocedor del santuario de
Lourdes, dijo: La medicina no conoce ninguna enfermedad que al menos
una vez, no haya tenido en Lourdes una curación instantánea y
verificada por las comprobaciones científicas de la Oficina médica
internacional. Hasta ahora esta Comisión médica internacional ha
reconocido como inexplicables para la ciencia 67 casos de entre los
miles de personas que cada año se consideran curadas por
intercesión de la Virgen en Lourdes. Nosotros hemos presentado en
este libro algunos milagros reconocidos como inexplicables para la
ciencia por la Comisión médica del Vaticano y que han servido para
la beatificación o canonización de algunos siervos de Dios. Pero
hay muchísimos más.
Los milagros existen y, para realizarlos, Dios nos pide una fe
sencilla y humilde. Por eso, ante cualquier problema grave de
nuestros familiares, sea de salud o de otra naturaleza, acudamos con
fe a Dios y organicemos una cadena de oración para que haya más
fuerza en la petición. Oremos y dejemos el resto a Dios, aceptando,
de todos modos, que se cumpla en nosotros su santa voluntad.
CONCLUSIÓN
Después de haber visto algunos casos de niños sanados
milagrosamente por el poder de Dios, podemos decir que muchos niños
enfermos sanan, porque sus padres o familiares rezan por ellos. En
cambio, muchos niños mueren, porque sus padres no rezan. ¡Cuántos
niños habrán muerto, que podrían haber vivido, si hubieran tenido
unos padres más cristianos! Y ¡cuántos siguen vivos, por haber
tenido la gracia de tener unos padres cristianos!
La conclusión es clara, hay que creer en Dios y en su poder.
Dios hace milagros en la medida de nuestra fe y confianza en Él. No
necesitamos ser santos o cambiar de vida para orar por la salud de
otros. Solamente necesitamos creer en el poder de Dios. Jesús ha
dicho: El que cree en Mí, impondrá las manos sobre los enfermos y
éstos quedarán sanos (Mc 16, 18).
Lo único que se requiere es fe y perseverancia en la oración,
pues no necesariamente Dios nos va a dar lo que le pedimos de
inmediato. Él tiene su horario. A veces, Dios no sana al enfermo o
no concede lo que le pedimos, porque tiene otros planes para él. De
ahí que san Agustín decía: A veces, Dios no nos da lo que le
pedimos sino lo que deberíamos pedir. Por eso, hay que aceptar la
voluntad de Dios, aunque no coincida con nuestros deseos. Pero algo
imprescindible es saber perdonar, porque Dios no puede oír nuestra
oración, si guardamos resentimiento hacia a alguien en nuestro
corazón.
En resumen, oremos con fe y perseverancia, sin guardar rencor
para nadie, y veremos muchas maravillas de Dios en nuestra vida.
Que Dios te bendiga. Saludos de mi ángel.
P. Ángel Peña O.A.R. Parroquia La Caridad Pueblo Libre LIMA -
PERÚ BIBLIOGRAFÍA
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