LA MARAVILLA DE SER HIJO DE DIOS
Nihil Obstat P. Ismael Ojeda Vic. Provincial O.A.R.
Imprimatur Mons. Salvador Piñeiro Vicario General de la
Arquidiócesis de Lima
Angel Peña O.A.R. LIMA - PERU 1999
Con sumo agrado deseo presentarte, amable lector, la nueva
publicación catequética del Rvdo. P. Ángel Peña O.A.R. que
tienes ahora en tus manos. Esta vez el conocido autor profundiza el
siempre actual tema religioso de la filiación divina al que titula
bajo el nombre de la " maravilla de ser hijos de Dios ".
Con el ágil y docto estilo que le caracteriza el P. Peña, a lo
largo de las cinco partes de que consta la obra, desmenuza el tema
teológico de la filiación, analizando aspectos tales como: el
hombre y Dios, el hombre y Cristo, hombres sin luz, hombres
auténticos y hacia la santidad. Aspectos ellos que van avalados por
la doctrina del Magisterio de la Iglesia, así como por el
pensamiento de notables teólogos, filósofos y maestros de la
espiritualidad.
Admira el hecho de hacer tan inteligible un tema tan denso como
el que nos ocupa. El P. Ángel, al final de su obra, consigue que el
lector comprenda algo fundamental para el creyente, que el amor a
Dios y al prójimo son la norma suprema y vital de la personalidad
cristiana. Como ha dejado escrito el Papa Pablo VI, de venerada
memoria, " el Dios de la fe, en modo alguno, es una amenaza
para la inteligencia del hombre, sino que, por el contrario, le da
toda su dimensión en el amor " ( 5 de febrero de 1966 ).
Así pues, el ser hijos de Dios nos debe llevar a comprender que
nuestra filiación divina se fundamente en el Amor.
Confío que la obra que te dispones a leer y meditar sea un
instrumento válido y operativo para acrecentar la fe, la esperanza
y el amor en Dios Padre.
Lima, 26 de mayo de 1999
+ Fortunato Baldelli Nuncio Apostólico en el Perú
SIGLAS
DV Dei Verbum del Concilio Vaticano II GS Gaudium et Spes del
Concilio Vaticano II LG Lumen Gentium del Concilio Vaticano II DH
Dignitatis humanae del Concilio Vaticano II RN Encíclica Rerum
Novarum de León XIII PT Encíclica Pacem in Terris de Juan XXIII PP
Encíclica Populorum Progressio de Pablo VI MF Encíclica Mysterium
Fidei de Pablo VI
Juan Pablo II
OS Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis DD Carta Apostólica
Dies Domini TMA Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente MD
Carta Apostólica Mulieris dignitatem CL Exhortación apostólica
Christifideles Laici EA Exhortación apostólica Ecclesia in
América FC Exhortación apostólica Familiaris Consortio RM
Encíclica Redemptoris Mater EV Encíclica Evangelium vitae CA
Encíclica Centesimus Annus LE Encíclica Laborem Exercens FR
Encíclica Fides et Ratio VS Encíclica Veritatis Splendor RH
Encíclica Redemptor Hominis UUS Encíclica Ut Unum Sint
Cat Catecismo de la Iglesia Católica C Cántico espiritual de S.
Juan de la Cruz
INDICE GENERAL
PRIMERA PARTE: EL HOMBRE Y DIOS La Creación. El comienzo de la
vida. El hombre. ............................................. Los
derechos humanos. Atentados contra la persona.
........................................ a) Pena de muerte. b) La
esclavitud. c) El racismo.
.......................................... d) El machismo. e) El
aborto. f) La Eutanasia.
................................................. g) Manipulación
de la vida humana naciente.
................................................... h)
Esterilización y anticonceptivos. i) La pornografía.
....................................... j) Violencia y tortura. k)
Injusticias sociales.
................................................... Verdad y
libertad. El sentido de la vida humana.
..............................................
SEGUNDA PARTE: EL HOMBRE Y CRISTO Cristo y el Universo. Cristo y
el hombre. .........................................................
Cristo y María. Cristo y la Iglesia. La Eucaristía.
.............................................
TERCERA PARTE: HOMBRES SIN LUZ Hombres perdidos. Hombres
engañados. Hombres de barro. ............................. Hombres
mediocres. Hombres insatisfechos.
.................................................... Hombres
desorientados.
.................................................................................
CUARTA PARTE: HOMBRES AUTENTICOS El milagro más grande del
mundo. Tú puedes triunfar. ......................................
Vive cada día en plenitud. Sé tú mismo. Hijo de Dios.
..................................... Hijo de María. Hombre puro.
Hombre sincero. .................................................
Hombre honrado. Hombre Valiente. Hombre de oración.
...................................
QUINTA PARTE: HACIA LA SANTIDAD La ternura de Dios. Abandono en
las manos de Dios. .......................................
Encuentros con Dios. Vocación de amor. Ser santo.
......................................... Matrimonio espiritual. Por
Cristo, con Él y en Él.
............................................. Mensaje final.
................................................................................................
EPILOGO
INTRODUCCION
En este libro quiero tratar de un modo sencillo del ser humano.
El hombre puede ser un “ángel” o un “demonio”, pero siempre
lo amará Dios y lo seguirá llamando a una felicidad eterna. Dios,
su Padre, lo ha creado por amor y para amar. Su vocación esencial
es el amor. Amar con todo su ser, con toda su alma y con todo su
corazón, a Dios y a los demás. Ser hombre en plenitud es amar,
vivir de amor, estar lleno de Dios, fuente de todo verdadero amor.
He aquí, por tanto, su vocación humana como hijo de Dios. Si la
cumple, será un santo, porque ser santo es amar en plenitud. Ahora
bien, para conseguirlo nada mejor que vivir en íntima unión con
Jesucristo, el Hijo de Dios. Ser hijo en el Hijo. Ser hombre en el
Hombre-Dios. Por Cristo, con Él y en Él... todo será más fácil
para llegar al Padre Dios, que es Amor.
¿Has pensado alguna vez seriamente en ser santo, verdadero hijo
de Dios o, dicho de otro modo, vivir tu vida humana en plenitud?
Este libro se lo dedico a todos aquellos que desean ser hijos de
Dios en plenitud y que están dispuestos a amar sin condiciones y
llegar hasta las últimas consecuencias del amor. Espero que tú
seas uno de ellos, un ser humano de verdad, y que vivas de acuerdo a
tu gran dignidad de hijo del Rey Celestial.
“Somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos; herederos
de Dios y coherederos de Cristo” (Rom 8,17). Por eso, podemos
decirle con plena confianza: “Abba, Papá” (Rom 8,15). Vivamos,
pues, al máximo la maravillosa realidad de ser hijos de Dios. PRIMERA PARTE
EL HOMBRE Y DIOS
En esta primera parte, vamos a tratar del ser humano como parte
integrante de la Creación. El hombre es el fin y el culmen de toda
la Creación y debe amar y alabar a su Creador. Como ser humano
tiene una dignidad inmensa y, además, tiene unos derechos y
obligaciones, inherentes a su realidad de persona humana, que
provienen directamente de su Padre Dios. Por eso, nadie puede
quitárselos y todos se los deben respetar. Comencemos ahora
hablando de la Creación para darnos cuenta de la maravilla de ser
hijo de Dios y de su gran dignidad.
LA CREACION
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra
era caos y confusión y las tinieblas cubrían los abismos, pero el
espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas”
(Gén 1,1-2). Sí, Dios con su amor divino dirigía desde el
principio el proceso evolutivo de la Creación. La Biblia nos habla
de que todo lo creó en seis días y al séptimo día descansó.
Ésta es una manera de hablar para indicar que también Dios quiere
que el hombre trabaje seis días y descanse un día a la semana.
Pero esos días, en realidad, fueron períodos de millones de años
en un proceso continuo de evolución. Y “Dios vio que todo lo que
había hecho era muy bueno” (Gén 1,31).
Según algunos científicos, Dios creó una gran cantidad de
energía, surgida de una gran “explosión” de su amor divino,
materializado en energía. El amor de Dios por sus criaturas fue el
origen de todo lo que existe. Aquella primera energía estaba
compuesta de los elementos más simples del Cosmos, que se fueron
condensando y dando lugar al hidrógeno, principal componente de las
estrellas y materia prima del Universo. Y el hidrógeno se fue
condensando en helio y dando lugar a grandes explosiones atómicas,
que producen el fuego y la luz de las estrellas.
En 1948 el astrónomo George Gamow hablaba de un Universo que
comenzó en un estado de pura energía, de la cual se sintetizaban
partículas simples como protones, neutrones, electrones... en
átomos cada vez más complejos a partir del hidrógeno. Desde los
años cincuenta, una serie de datos experimentales han dado valor
definitivo a la teoría de un Universo en evolución a partir de una
Gran Explosión o “Big bang”, como dicen los científicos. En
esta primera fase, el 90% de los átomos eran de hidrógeno, casi un
10% por ciento de helio y una fracción mínima de deuterio (H
pesado) y de He-3. En 1965 Penzias y Wilson escucharon “el grito
del Universo al nacer” (según frase del New York Times), cuando
utilizaban un radiotelescopio para captar ondas de radio.
Comprobaron una radiación de fondo uniforme en todo el cielo, de
origen desconocido. Esta radiación del fondo cósmico, que llena el
espacio con un eco de ondas de radio en la longitud de onda de 7,35
cm era como el llanto del recién nacido Universo, que llegaba ahora
hasta nosotros después de veinte mil millones de años de su
nacimiento.
Según el astrónomo jesuita y asesor de la NASA P. Manuel
Carreira: “Hemos encontrado las cenizas y el resplandor de aquel
fuego inicial y podemos estar seguros de su existencia, aunque la
edad es todavía discutible”. Pero lo cierto es que el fenómeno
de la primera explosión, según el gran astrofísico Yakov
Zeldovich “es parte tan firme de la Física moderna como puede
serlo la Mecánica de Newton”.
El descubrimiento de los quásares (núcleos activos de
galaxias), que existen a centenares de millones de años luz de
nosotros y que datan de 8 a 12 mil millones de años, demuestran la
realidad de un Universo en expansión, un Universo en continua
evolución. Se calcula que existen unas cien mil millones de
galaxias observables (otros dicen que doscientas mil millones) con
cien mil millones de estrellas cada una. Hay diferentes clases de
estrellas; unas son recién nacidas, otras tan antiguas como el
Universo; unas son gigantes, otras enanas... Las más brillantes
tienen una luminosidad de un millón de veces más que el Sol. Las
más débiles tienen 100.000 veces menos luz que el Sol, pero
durarán tiempos enormemente más largos. El Sol, que es una
estrella pequeñita del Universo, consume cuatro millones de
toneladas de materia solar por segundo, convirtiendo el hidrógeno
en helio. Dista del centro de nuestra galaxia, la Vía Láctea, que
es nuestra ciudad cósmica, unos 30,000 años luz. Y tarda en
recorrer su órbita, alrededor del núcleo de la galaxia, unos 250
millones de años.
La galaxia más cercana a la nuestra es la de Andrómeda, que
está a 2,24 millones de años luz. Las estrellas más lejanas de
nosotros podrían estar a miles de millones de años luz. ¿Podemos
imaginarnos lo que esto significa? ¿Miles de millones de años
viajando a la velocidad de la luz de 300,000 Kms por segundo? ¿Nos
damos cuenta ahora de la inmensidad y grandeza de este Universo
creado para nosotros? Nuestra mente no puede ni siquiera concebir
distancias tan grandes. Y el Universo está todavía en
expansión... Ahora bien, este Universo ha tenido un principio hace
unos veinte mil millones de años. Recuerdo que, cuando estudiaba
hace treinta años, los libros hablaban que la edad del Cosmos era
de diez mil millones de años. Ahora se habla de veinte mil millones
¿Qué dirán dentro de cien años? Pues bien, este Universo, que un
día comenzó, también un día terminará. No se puede aceptar la
teoría marxista de la materia eterna y de un Universo que ha
existido siempre. La ley de la entropía nos habla de una progresiva
degradación de la energía. Cada vez aumenta un poco más el
equilibrio térmico del Universo y cada vez hay más energía “pasiva”,
no disponible... hasta que llegue la muerte energética del Cosmos y
tengamos un Universo “frío” y muerto energéticamente, sin vida
ni actividad. A este respecto, el desarrollo de la termodinámica
con sus leyes de conservación y degradación de la energía nos
lleva a pensar que las estrellas, que son fuentes de energía,
terminarán un día por apagarse y dejarán de brillar.
Otro punto importante a estudiar es que, según el gran físico
Einstein, el tiempo y el espacio son relativos. Esto quiere decir
que un astronauta, viajando en una nave espacial a velocidades
próximas a las de la luz, podría volver a la tierra después de
doscientos cincuenta años y haber envejecido como si hubiera vivido
solamente cincuenta en la Tierra; y así lo habría sentido y
creído, pues el ritmo de su cuerpo y de su mente hubiera sido
muchísimo más lento y lo mismo el desgaste corporal. Si hubiera
tenido un hermano gemelo y lo hubiera dejado a los veinte años,
viajando durante cincuenta años por el espacio a esas altísimas
velocidades, él hubiera envejecido, supongamos, unos diez años y
tendría como treinta, mientras su hermano tendría setenta.
Ciertamente que son cosas un poco hipotéticas, pero que nos dan
a conocer las maravillas del Cosmos, que todavía los científicos
no alcanzan a comprender. Muchos se preguntan sobre los agujeros
negros, donde existe la antimateria... ¿Qué hay entre los espacios
intergalácticos? ¿Cómo surgen las estrellas? ¿y los quásares?
¿De dónde viene el “polvo” cósmico? ¿Cómo explicar el orden
y la armonía del Universo? Porque en todas partes se dan leyes
físicas universales e inmutables, que nos llevan a pensar en el
ordenamiento del Cosmos por una mente Superior. Por eso, en cierto
modo, podemos predecir el pasado y el futuro tanto en el micro como
en el macro Cosmos. Y, si nos ponemos a pensar un poco en el origen
de la vida, ¿cómo surgieron las primeras células vivientes?
¿Acaso el simple azar puede explicar el maravilloso mundo en que
vivimos? ¿Y el orden de los días y de las noches, de las
estaciones o de los instintos de los animales? Cada planta o animal
es un mundo maravilloso de armonía y de belleza.
Pongamos un pequeño ejemplo: la maravilla diaria de la
incubación de un huevo de gallina. A partir de unos cien gramos de
gelatina amorfa se construye en tres semanas sin ayuda externa
alguna, un pollito completo con todos sus órganos, capaz de ver, de
abrirse paso, rompiendo la cáscara, de comenzar a correr y a buscar
su alimento. Y todo este programa está encerrado en un puntito
marrón que sólo exige la temperatura adecuada para comenzar a
desarrollarse. ¿Y qué diremos del ser humano con su maravilloso
cerebro de 10,000 millones de neuronas enlazadas de modo
indescriptible?
Todo esto es un misterio que nos sobrepasa y que nos habla de una
mente creadora. Decía el gran astrónomo Kepler: “Si un solo
astro se desviara de su órbita, se derrumbaría todo el Universo”.
El gran filósofo Kant afirmaba: “Sin Dios no se puede explicar el
cielo estrellado sobre mí ni la ley moral en mí”. Y Einstein
decía: “Dios no juega a los dados con el Universo... Tengo la
profunda convicción de la existencia de una razón potente y
superior, que se revela en lo incomprensible del Universo”.
Según todas las apariencias, nuestro Universo es todavía joven
y todavía está en expansión. Para que el sol se enfríe y llegue
a ser un astro frío, se necesitarán unos quince mil millones de
años. Otras estrellas necesitarán miles de millones de años más
para apagarse, sin contar que otras siguen naciendo. ¿Hasta
cuándo? Nuestra mente no puede entender tiempos tan inmensamente
largos. ¿Qué será la eternidad? ¿Qué es el tiempo y el espacio?
¿Y si existen, no uno, sino muchos Universos, como ya han supuesto
algunos científicos?
EL COMIENZO DE LA VIDA
La Tierra se originó hace unos... cinco mil millones de años.
Los primeros restos atribuidos a seres vivientes unicelulares se
encuentran en rocas de Australia de 3,500 millones de años de
antigüedad. Quizás la vida comenzó, según se piensa, en el fondo
del mar. Hace tres mil millones de años aparecen las especies más
antiguas de seres vivos. Después vinieron las algas marinas y los
pequeños animales y plantas más primitivos. Hace seiscientos
millones aparecen los primeros fósiles marinos vivientes sin
esqueleto, parecidos a los pólipos y medusas. Corales y otros
vivientes con esqueletos externos son abundantes en épocas un poco
más recientes, así como moluscos y artrópodos que llenan muchos
museos con hermosos ejemplares de ammonites, trilobites y gran
variedad de bivaldos. Un paso crucial fue la aparición de los
vertebrados, cuyo esqueleto interno sirve de apoyo para órganos de
locomoción... y surgieron los peces, anfibios, reptiles, aves y
mamíferos. Hubo un proceso evolutivo de millones de años hasta los
antropoides como el oreopiteco, australopiteco, sinántropo,
pitecántropo...
Charles Darwin en su libro “El origen de las especies” dice
que: “Hay una grandiosidad en esta concepción de que la vida con
sus diferentes fuerzas ha sido alentada por el Creador en un corto
número de formas y, mientras este planeta ha ido girando según la
constante ley de la gravitación, se han desarrollado y se están
desarrollando a partir de un principio sencillo, infinidad de
formas, las más bellas y maravillosas”. Hay casos sorprendentes
como el retorno al océano de grandes mamíferos como el delfín, la
foca, la ballena... con todas las modificaciones necesarias para la
vida marina. No es fácil explicar ni el cómo ni el porqué de
tales cambios, que afectan al metabolismo y a la estructura corporal
de estos nuevos seres.
No se sabe si ha surgido la vida en otros planetas del Universo.
Últimamente se habla de estudios recientes de un meteorito recogido
en la Antártida, que han dado lugar a suposiciones de que hubiera
habido vida microscópica en Marte hace 3,600 millones de años.
Algunos piensan que de allí podría haber venido a la Tierra. Lo
cierto es que la Tierra es un planeta privilegiado y que es muy
improbable que existan formas de vida superior en otros planetas del
Universo. Hay muchas cosas que han hecho de la tierra un planeta
privilegiado: coincidencia del radio orbital con la zona habitable
alrededor del Sol, masa adecuada para una atmósfera moderada,
inclinación del eje y su estabilidad (atribuida a la presencia
apropiada de la Luna), núcleo de hierro líquido y campo magnético
subsiguiente... etc.
El P. Manuel Carreira, afirma en su libro “El hombre y el
Cosmos”: “Un factor de importancia transcendental para la
trayectoria de la vida en la Tierra fue el proceso catastrófico de
extinción que, en diversas ocasiones, eliminó en muy poco tiempo
hasta el 90% de las especies vivientes de la Tierra en un momento
dado. Se encuentran indicaciones de cinco grandes episodios de
extinción en los últimos quinientos millones de años y, en cada
caso, la evolución cambió drásticamente de rumbo. El caso más
conocido es el de la desaparición de los grandes reptiles
(dinosaurios) hace sesenta y cinco millones de años. De no haber
ocurrido, es muy dudoso que los mamíferos constituyesen hoy la
forma de vida más desarrollada. Cualquier modificación en la
historia del planeta hubiera dado como resultado la esterilidad
vital o la limitación de formas vivientes... La trayectoria de la
evolución es única. No es posible predecir que algo semejante se
hubiese dado en cualquier posible repetición de la historia del
planeta”.
Ciertamente, la historia de la Tierra es irrepetible. Según
estudios científicos, cualquier alteración de los hechos concretos
que se vivieron en este planeta desde el impacto de rayos cósmicos
sobre el núcleo de una célula hasta el choque catastrófico de un
meteorito gigante, hubiera cambiado la evolución en formas
imprevisibles. Y, por esto, no se puede prever el fin de la
evolución en cualquier otro planeta, aunque sea inicialmente
semejante a la Tierra.
El P. Carreira afirma en su libro “Metafísica de la materia”
que “la opinión científica considera cada vez más difícil el
que se haya dado en otros lugares el conjunto de condiciones que se
dieron en nuestro planeta y que influyeron decisivamente en su
habitabilidad y en el desarrollo de la vida hasta el hombre.
Entonces, ¿existen los extraterrestres? No lo sabemos, pero no
tenemos datos ni siquiera para calcular una probabilidad con visos
de valor científico”. Si existieran los extraterrestres, no
serían superiores a nosotros en dignidad, pues todos seríamos
hermanos, hijos del mismo Padre celestial. Pero es muy posible que
Dios haya creado todo este inmenso Universo solamente por nosotros y
para nosotros. Que la finalidad de tantas grandezas y maravillas
haya sido el ser humano. ¿Acaso nos creemos tan pequeños como para
no ser dignos de un Universo tan grande para nosotros solos? ¿Acaso
el amor de Dios no es demasiado grande como para darnos eso y
muchísimo más? ¿Acaso no nos dio a su propio Hijo Jesucristo?
EL HOMBRE
Con relación a su cuerpo, se encuentra entre los vertebrados,
con un sistema nervioso centralizado en el cerebro y la médula
espinal, y con los mismos órganos básicos que encontramos ya en
los peces para la nutrición, circulación, locomoción,
reproducción. La semejanza con los mamíferos se acentúa, cuando
lo comparamos con los primates, ya que el material genético humano
coincide en un 98% con el del gorila. Pero el hombre es la criatura
más perfecta de la Creación. Una sola célula de su cerebro es
más compleja que todas las galaxias juntas. Sin embargo, ¿habrá
sido el hombre, simple fruto de la casualidad o de un Dios
despótico que lo ha creado para que termine su vida con la muerte,
a la que se dirige inexorablemente el Universo entero? NO. Dios es
Amor y ha dirigido desde el principio la evolución del Universo,
con amor, hacia el hombre. El hombre es la obra maestra de la
Creación y la culminación de la misma.
Ahora bien, muchos científicos, al hablar del hombre, lo
consideran como mero fruto de la evolución natural del Universo sin
intervención especial de Dios. Pero, veamos, el hombre como ser
viviente existe en la tierra desde hace quizás un millón de años,
más o menos, no hay seguridad. No importa ahora discutir si el
australopiteco o el sinántropo o el pitecántropo era o no hombre,
lo cierto es que el hombre de las cavernas, que pintaba en las
paredes, era esencialmente el mismo que el hombre de hoy. Ahora
bien, si el ser humano es mero producto de la evolución natural,
sería un simple animal con un cuerpo más perfecto y desarrollado
que los otros. ¿Eso es el hombre?
Hace unos años, un grupo de químicos hizo un estudio serio
sobre el cuerpo humano y concluyeron que de la grasa que tiene,
podrían fabricarse siete trozos de jabón, de su contenido de
hierro podría fabricarse una llavecita. Su contenido de azúcar
bastaría sólo para una taza de té. Con su fósforo se podrían
fabricar 2.200 cabecitas de fósforos. Con su magnesio se podría
hacer una fotografía. Si todo esto se fuera a comprar al mercado,
valdría unos ¿diez dólares? Eso es lo que vale el cuerpo humano.
Pero el hombre es algo más que cuerpo, tiene un alma inmortal que
tiene un valor infinito y que ha sido creada directamente por Dios.
Por eso, la dignidad del ser humano no se basa en su cuerpo, más o
menos desarrollado, sino en su alma, que lo hace imagen de Dios. De
ahí que el hombre vale más que el Universo entero y tiene una
dimensión transcendente, pues vivirá por toda la eternidad.
Sin embargo, si nos referimos a su cuerpo humano, no debemos
tener miedo a hablar de su evolución natural. Sobre este punto,
debemos aclarar que no es dogma de fe el monogenismo, es decir, que
todos los hombres desciendan de una sola pareja humana (Adán y
Eva). Así lo aclaró la Comisión bíblica Pontificia en 1919 y el
Papa Pío XII en la encíclica “Humani generis”. Dios pudo tomar
un grupo de primates superiores para hacerlos hombres inteligentes e
hijos suyos, elevados al orden sobrenatural. Lo que sí hay que
afirmar definitivamente es una intervención especial de Dios en
este paso transcendental, que solamente pudo darse por obra y gracia
de Dios. Admitida esta intervención especial de Dios para crear a
los primeros seres humanos y darles un alma inmortal, ¿por qué no
aceptar que fuera una pareja en lugar de veinte o treinta? Así se
explicaría mejor, como dice Pío XII, el dogma del pecado original,
que se transmite por herencia desde nuestros primeros padres.
Ahora bien, Dios podía haberlos creado de la nada o del cuerpo
de un primate desarrollado. ¿Por qué no hacerlo de este último?
¿Acaso el ser humano sería más digno, si hubiera sido creado
directamente de la nada y no como parte de un Universo en
evolución? ¿Acaso Cristo hubiera sido más digno, si hubiera
venido directamente del cielo y se hubiera presentado en la tierra
sin ser parte de la humanidad, sin tener una madre humana y una
familia humana? Lo que sí podemos suponer es que en este caso de
que Dios se sirviera de un primate superior, lo haría
infundiéndole el alma humana, desde el primer momento de su
concepción en el vientre de su madre, al igual que Cristo quiso
hacerse hombre desde el primer momento de su concepción en el
vientre de María. De este modo, el hombre sería, a la vez, parte
de un Universo en evolución e imagen de Dios por su alma inmortal,
creada directamente por Dios.
El Papa Pío XII en 1950 ya había dicho que no había oposición
entre la fe católica y la doctrina de la evolución. Y el Papa Juan
Pablo II en su mensaje a los miembros de la Academia Pontificia de
Ciencias el 22-10-96 decía que la teoría de la evolución es más
que una hipótesis, pero que en el supuesto caso de que el hombre
viniera, en cuanto al cuerpo, de un primate desarrollado, debemos
admitir que el alma no es fruto natural de la evolución, sino que
es creada directamente por Dios. Dice así: “Las teorías de la
evolución que consideran que el espíritu surge de las fuerzas de
la materia viva o que se trata de un simple epifenómeno de esta
materia, son incompatibles con la verdad sobre el hombre. Esas
teorías son incapaces de fundar la dignidad de la persona humana...
Al llegar al hombre nos encontramos con una diferencia de orden
ontológico, ante un salto ontológico, podríamos decir. El momento
del paso a lo espiritual no es objeto de observación... Compete a
la Teología deducir el sentido último del hombre según los
designios del Creador”.
Debe quedar, pues, bien claro de que el hecho de que el cuerpo
humano pueda ser fruto de la evolución universal, esto no supone
que lo sea también su alma. Su alma no es producto de la
evolución, sino creada directamente por Dios. El concilio Vaticano
II afirma que: “El hombre es en la tierra la única criatura que
Dios ha querido por sí misma” (GS 24).
Cuando llegó el momento escogido por Dios desde toda la
eternidad, hizo su aparición en la tierra un nuevo ser,
completamente distinto de todos los anteriores, un ser dotado de
inteligencia y libertad, un ser que sabía entusiasmarse y sabía
amar, que sabía hablar y sonreír, y que levantaba su mirada al
cielo y le decía a su Creador: Padre. Era el hombre. “Dios creó
al hombre para la inmortalidad y lo hizo a su imagen” (Sab 2,23).
El hombre no es simplemente una “criatura” de Dios, porque
Él lo ha creado “a su imagen y semejanza” (Gén 1,26) y esto no
se dice de ninguna otra criatura. Más aún, al hablar de todas las
otras cosas de la Creación, se nos dice que Dios las juzgó como
“buenas”, pero al hablar del hombre, Dios pronuncia el
superlativo “muy bueno” (Gén 1,31). Por otra parte, se nos dice
que Adán engendró a su hijo Set “a su imagen y semejanza”
(Gén 5,3). Por consiguiente, si Adán podía llamar hijo a Set,
también Dios podía llamar hijos a nuestros primeros padres. Lo que
quiere decir que nosotros podemos llamarlo Padre. Sí, somos hijos
de Dios, no criaturas de Dios simplemente. Además, si una madre
puede llamar hijo, a quien solamente le ha ayudado en la formación
de su cuerpo ¡cuánto más no lo podrá hacer Dios, a quien le ha
dado lo más fundamental de su ser, que es su alma!
Ahora bien, el alma puede estar “vacía” y sin amor personal
o “muerta” por el rechazo a Dios del pecado mortal. En este
caso, falta la verdadera vida divina en el alma, por ejemplo, a
quienes han muerto sin llegar al uso de razón o a quienes, peor
aún, rechazan a Dios y no lo aman. Por esto, S. Juan dice que hijos
de Dios, propiamente, son los que aman a Dios. “Todo el que ama ha
nacido de Dios” (1 Jn 4,7). ¿Por qué? Porque el amor es propio
de los hijos de Dios y en esto se distinguen los hijos de Dios de
los hijos del diablo (Cf 1 Jn 3,10). El mismo Jesús dice: “Bienaventurados
los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios y
bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados
hijos de Dios” (Mt 5,8-9).
Muchos teólogos, no obstante, dan el nombre de hijos de Dios,
solamente, a quienes han recibido el bautismo y han recibido la
filiación divina en Jesucristo. Sin embargo, como diría Rahner,
hay en el mundo muchos millones de hijos de Dios y cristianos
anónimos por haber aceptado a Dios en su corazón, por Jesucristo,
aunque no lo sepan. Dice el Catecismo de la Iglesia que “todo
hombre que, ignorando el Evangelio de Cristo y su Iglesia, busca la
verdad y hace la voluntad de Dios según él la conoce, puede ser
salvado. Se puede suponer que semejantes personas habrían deseado
explícitamente el bautismo, si hubiesen conocido su necesidad”
(Cat 1260). Es lo que se llama bautismo de deseo. Lo mismo podemos
decir de los niños que mueren sin bautismo. “La misericordia de
Dios y la ternura de Jesús con los niños nos permiten confiar en
que haya un camino de salvación para ellos” (Cat 1261). Por todo
esto, nosotros llamaremos hijos de Dios, en general, a todos los
hombres, por ser imagen de Dios; aunque, en sentido pleno, sólo lo
sean los bautizados que viven con amor su fe en Jesucristo.
¡Qué grande es el hombre como hijo de Dios! Dios, su Padre,
pensó para él las más grandes maravillas y los mejores dones para
regalárselos. Los teólogos y la misma Palabra de Dios nos hablan
del don de la impasibilidad: no padecería dolor ni enfermedades
corporales. De la inmortalidad: no moriría nunca y pasaría de este
mundo al reino definitivo como por un sueño tranquilo. Sí,
tendría que trabajar y superarse y realizarse como ser humano, pero
sin angustia por el pan de cada día, porque tenía una ciencia
infusa, infundida naturalmente por Dios, a la vez que un equilibrio
sicológico excelente, sin esa inclinación al pecado tan marcada en
nosotros.
Realmente, era un ser admirable, un hijo de Dios, brillante de
luz y de amor y de paz... hasta que vino el pecado. Y quedó privado
de aquel paraíso en que vivía. La Palabra de Dios nos habla del
jardín del Edén, del que fue “expulsado” (Cf Gén 3,24), o
mejor dicho, del que él mismo se privó... Lo cierto es que “por
un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y
así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos habían
pecado” (Rom 5,12). Pecaron nuestros primeros padres y todos
nosotros sufrimos las consecuencias y perdimos esa herencia de dones
preternaturales. ¡Maldito pecado! Todos los sufrimientos de todos
los hombres de todos los tiempos y todas las muertes tienen su
origen en un solo pecado. ¡Qué desgracia para la humanidad!
Pero Dios seguía siendo nuestro Padre y nos levantó del fango y
nos prometió un Salvador para que no perdiéramos la esperanza de
llegar a Él y nos concedió su perdón. Entonces, los hombres
volvieron de nuevo a sonreír y sus ojos volvieron a brillar y su
corazón volvió a llenarse de amor y de paz. Pero ya sabemos que
podemos perder esta luz y este amor y paz, si nos alejamos de
nuestro Padre y nos dejamos llevar por el pecado. Sin embargo, Él
siempre nos espera como el Padre del hijo pródigo para estrecharnos
en sus brazos y decirnos con infinito amor: “Hijo mío”.
Respondamos a su amor, diciéndole con todo nuestro amor cada día:
“Padre mío, yo te amo”.
Gracias, Señor, por el hombre creado a tu imagen y semejanza.
“Oh Señor, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el
ser humano para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los
ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre
las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies” (Sal
8,2-6) “En tu sabiduría formaste al hombre para que dominara
sobre tus criaturas... Dame, pues Señor, la sabiduría asistente de
tu trono y no me excluyas del número de tus hijos” (Sab 9,2-4).
LOS DERECHOS HUMANOS
El hombre no es un eslabón más de una cadena evolutiva que
puede llevar a un superhombre, como dicen algunos. Su valor como
persona es inconmensurable, no se puede medir con categorías
humanas, porque depende de Dios, que lo ha creado para ser su hijo
por toda la eternidad. El ser hijo de Dios le da una dignidad
personal por encima de todo lo creado. “Su dignidad personal es su
bien más precioso por el que supera a todo el mundo material. Y
vale no por lo que tiene, sino por lo que es... Su dignidad como
persona se manifiesta en todo su fulgor, cuando se considera su
origen y su destino” (CL 37). Este origen y destino es Dios mismo.
Por eso, cuando alguien no acepta a Dios ni reconoce que el
hombre es su hijo, tampoco acepta la dignidad personal del ser
humano. Entonces, el hombre “queda expuesto a las formas más
humillantes y aberrantes de instrumentalización que lo convierten
miserablemente en esclavo del más fuerte. Y el más fuerte puede
asumir diversos nombres: ideología, poder económico, sistemas
políticos inhumanos, tecnocracia científica, avasallamiento por
parte de los medios de comunicación... De nuevo, nos encontramos
frente a una multitud de personas, cuyos derechos fundamentales son
violados, a veces también como consecuencia de la excesiva
tolerancia y hasta de la patente injusticia de ciertas leyes
civiles... ¿Quién puede contar los niños que no han nacido,
porque han sido matados en el seno de sus madres, los niños que
crecen sin afecto ni educación? En algunos países, poblaciones
enteras se encuentran desprovistas de casa y trabajo, les faltan los
medios más indispensables para llevar una vida digna de seres
humanos” (CL 5).
Por esto, debemos aclarar que los derechos humanos brotan
inmediatamente de la dignidad de la persona humana y son inviolables
e inalienables. Nadie, ni una persona particular ni un grupo ni
autoridad ni el Estado, puede modificarlos y mucho menos
eliminarlos, porque tales derechos provienen directamente del mismo
Dios.
En la declaración universal de los derechos del hombre, hecha
por las Naciones Unidas el 10 de Diciembre de 1948, se reconoce la
dignidad de la persona humana de todos los hombres y afirma los
derechos de todos sin distinción. El Papa Juan Pablo II en la
jornada mundial por la paz (1-1-99) decía que “la dignidad de la
persona humana es un valor transcendente, reconocido siempre como
tal por cuantos buscan sinceramente la verdad... Y dentro de los
derechos del hombre, la libertad religiosa es como el corazón mismo
de los derechos humanos. Se le debe reconocer a la persona, incluso
la libertad de cambiar de religión, si así lo pide su conciencia.
Nadie puede ser obligado a aceptar por la fuerza una determinada
religión, sean cuales fueran las circunstancias o motivos”.
Veamos ahora más en concreto estos derechos humanos, según los
describe el Papa Juan XXIII en su encíclica Pacem in Terris: “Todo
ser humano tiene derecho a la existencia, a la integridad física, a
los medios indispensables para un nivel de vida digno, especialmente
en cuanto se refiere a la alimentación, vestido, habitación,
descanso, atención médica y a los servicios sociales necesarios...
Tiene también derecho natural al debido respeto a su persona, a la
buena reputación, a la libertad para buscar la verdad y, dentro de
los límites del orden moral y del bien común, para manifestar y
defender sus ideas, para cultivar cualquier arte y, finalmente, para
tener una objetiva información de los sucesos públicos. También
nace de la naturaleza humana el derecho a participar de los bienes
de la cultura y, por tanto, el derecho a una instrucción
fundamental y a una formación de acuerdo al grado y desarrollo de
la propia comunidad política... Entre los derechos del hombre hay
que reconocer también el que tiene de honrar a Dios según el
dictamen de su conciencia y profesar la religión privada y
públicamente... el derecho a la libertad en la elección del propio
estado y, por tanto, a crear una familia, con igualdad de derechos y
deberes entre el hombre y la mujer o también a seguir la vocación
al sacerdocio o la vida religiosa... Tiene el derecho de trabajar en
tales condiciones que no sufran daño la integridad física ni las
buenas costumbres y que no se le impida el desarrollo como persona.
Con relación a la mujer, las condiciones de trabajo deben ser
conciliables con sus exigencias y con sus deberes de esposa y de
madre... De modo especial, hay que poner de relieve el derecho a una
retribución del trabajo, determinada según los criterios de la
justicia y suficiente para que el trabajador y su familia lleven un
nivel de vida conforme a su dignidad humana.
También brota de la naturaleza humana el derecho a la propiedad
privada sobre los bienes, incluso productivos. También todo hombre
tiene el derecho de reunión y de libre asociación, a la libertad
de movimiento y de residencia dentro de su comunidad política de la
que es ciudadano, y también el derecho de emigrar...
Los derechos naturales recordados hasta aquí están
inseparablemente unidos en la persona que los posee con otros tantos
deberes. Al derecho de todo hombre a la existencia, por ejemplo,
corresponde el deber de conservar la vida. Al derecho a un nivel de
vida digno, el deber de vivir dignamente, y al derecho a la libertad
en la búsqueda de la verdad, el deber de buscarla cada día más
amplia y profundamente. Esto supuesto, a un determinado derecho
natural de cada uno corresponde la obligación en los demás de
reconocérselo y respetárselo... Una convivencia humana bien
organizada exige que se reconozcan y se respeten los derechos y
deberes mutuos. De aquí se sigue que cada uno debe aportar
generosamente su colaboración a la creación de un ambiente
apropiado en el que los derechos y deberes se ejerciten cada vez con
más empeño y rendimiento... Una convivencia humana debe ayudar al
hombre a elevarse hacia su fin transcendente, a llegar a Dios, a
crecer en el camino del amor, a dar lo mejor de sí mismo, a
compartir juntos la belleza en sus múltiples manifestaciones, a
vivir una vida noble y digna de seres humanos, ejerciendo mutuamente
sus derechos y obligaciones”.
Sí, el ser humano tiene derecho a vivir de acuerdo a su dignidad
y tiene unos derechos que todos deben respetar, aun cuando esté
disminuido por enfermedades físicas o sicológicas e, incluso,
aunque haya caído en los vicios más degradantes o en los crímenes
más horrendos. Su valor como persona no depende de su bondad ni de
sus cualidades humanas o de su salud, ni mucho menos de su dinero,
belleza, condición social o poder público. Su valor está en su
alma, creada a imagen y semejanza de Dios, y de ahí dimanan todos
sus derechos fundamentales. Su alma vale más que todos los tesoros
del mundo entero. Por eso, vivir plenamente como hombre, amando y
respetando a los demás, es su tarea de todos los días. Y Dios, su
Padre, le sigue diciendo desde lo más íntimo de su corazón: “Hijo
mío, tú puedes, tú debes, tú eres capaz”.
ATENTADOS CONTRA LA PERSONA HUMANA
a) LA PENA DE MUERTE
Aproximadamente, la mitad de los países del mundo mantienen en
sus legislaciones la pena de muerte. Sin embargo, cada día son más
numerosos los países que apoyan su abolición, porque la consideran
como un atentado contra el derecho fundamental de todo ser humano a
la vida. El derecho de la sociedad a la legítima defensa no quiere
decir que deba acudir a la pena de muerte como el único medio para
disuadir a los criminales. Está comprobado que la pena de muerte no
disminuye los asesinatos, pero lo que sí está demostrado es que,
muchas veces, se ha matado a inocentes y esto sí hay que evitarlo a
toda costa. Además, en algunos casos, los criminales pueden
regenerarse en prisión y llegar a ser buenos ciudadanos.
De todos modos, ni siquiera el homicida pierde su dignidad
personal por sus crímenes. Si vemos el caso de Caín, Dios lo
castiga y lo envía al destierro, pero dice: “Si alguien mata a
Caín, será siete veces vengado” (Gén 4,15). Dios no quiere que
lo maten y, por eso, le puso una señal para que nadie que lo
encontrara le hiciera daño. Dios, que es justo, es también
misericordioso. No hay verdadera justicia sin misericordia.
Ahora bien, a lo largo de la historia de la Iglesia siempre se ha
aceptado, como un derecho normal del Estado, el aplicar la pena de
muerte a ciertos criminales. En la primera redacción del Catecismo
de la Iglesia Católica de 1992 se decía: “La Iglesia ha
reconocido el justo fundamento del derecho y deber de la legítima
autoridad pública para aplicar penas proporcionadas a la gravedad
del delito, sin excluir, en casos de extrema gravedad, el recurso a
la pena de muerte” (Cat 2266). Sin embargo, en la edición típica
latina, es decir, en el texto definitivo, publicado en setiembre de
1997, se hacen algunas correcciones. Entre ellas, cuando se habla de
la pena de muerte, se dice que, aunque en el plano teórico puede
ser lícita, para su aplicación deben concurrir ciertas condiciones
especiales. Debe haber total seguridad de la responsabilidad del
reo, y que no haya otro camino para castigar su delito y para que
pueda redimirse. Lo cual haría, de hecho, prácticamente inviable
este último recurso.
Por eso, aclarando este punto, el mismo Papa, en el encíclica
“Evangelium Vitae”, ha dicho: “La medida y la calidad de la
pena deben ser valoradas y decididas atentamente sin que se deba
llegar a la medida extrema de la eliminación del reo, salvo en
casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la
sociedad no sea posible de otro modo. Hoy, sin embargo, gracias a la
organización cada vez más adecuada de la institución penal, estos
casos son ya muy raros, por no decir prácticamente inexistentes”
(EV 56).
Por ejemplo, supongamos que un peligroso terrorista o criminal es
condenado a cadena perpetua y, por la corrupción de las autoridades
o por la deficiencia en el servicio de vigilancia, se escapa de la
cárcel y vuelve a matar y lo cogen y, otra vez, se escapa y vuelve
a seguir matando. En este caso extremo, la pena de muerte podría
ser el único medio de la sociedad para poder defenderse de un
incorregible criminal y salvar así la vida de otros ciudadanos.
Pero, con frecuencia, la realidad es muy distinta. Hay pena de
muerte por traición a la patria, cuando en tiempo de guerra uno
deserta por miedo o por haber dado datos al enemigo bajo tortura.
Y en tiempo de paz, cuántos excesos se cometen sin considerar la
dignidad del homicida e, incluso, su arrepentimiento sincero y, a
veces, hasta su inocencia. Y se los mata en los países civilizados
en la silla eléctrica, en cámaras de gas, con inyecciones letales
u otros métodos peores. En USA, por ejemplo, de 1977 a 1998 han
ejecutado a 487 reos. Actualmente hay 3,517 condenados a muerte. El
año 1997 fueron ejecutados 74 (47 en el Estado de Texas). En este
Estado, el 3 de Febrero de 1997 fue ejecutada Karla Tucker,
convertida en la prisión, a pesar del clamor mundial para su
absolución.
¿Acaso no basta en la mayoría de estos casos acudir a otros
medios incruentos para castigar su delito? Según la revista
Newsweek de USA y, de acuerdo a investigaciones realizadas en 1998,
de los 487 ejecutados en ese país, 75 eran totalmente inocentes.
Por eso, la Iglesia aboga por la abolición total de la pena de
muerte, ya que los casos extremos en que podría aplicarse son muy
raros y los abusos que se dan en la práctica son muchos. Así lo
pidió expresamente el Papa Juan Pablo II la noche de Navidad de
1998. En otras ocasiones, ha hablado del “recurso innecesario a la
pena de muerte” (EA 63).
Escuchemos lo que decía S. Agustín hace muchos siglos: “¿Eres
juez? Primero júzgate a ti mismo para que puedas juzgar con
conciencia limpia a los demás. Mira sobre ti mismo y, si tú
escuchas al prójimo como a ti mismo, castigarás el pecado, pero no
al pecador. Si alguno resistiera y no quisiera corregirse...
persigue tal resistencia, esfuérzate por corregirla y suprimirla,
pero de tal modo que se condene al pecado y se salve al hombre.
Porque una cosa es el hombre y otra el pecado. Al hombre lo hizo
Dios, el pecado es obra del hombre. Perezca lo que hizo el hombre y
sálvese la obra de Dios. Por consiguiente, no te atrevas jamás a
llegar hasta la pena de muerte en tus sentencias para que, al
condenar el pecado, no perezca el hombre. No castigues con la muerte
para que haya margen para el arrepentimiento.
Debéis ser duros contra el mal y atacarlo, pero no contra el
hombre que lo comete. Contra el mal, habréis de ser incluso
crueles, pero no contra quien ha sido hecho como vosotros. Todos,
jueces y delincuentes, habéis sido sacados de la misma cantera,
habéis tenido el mismo artífice. No me opongo, en modo alguno, que
se usen las penas, pero que se usen con amor, aprecio y voluntad
sincera de ayudar al delincuente a corregirse” (Sermo 13,7-8). Y
decía: “Odia al pecado, pero ama al pecador”.
b) LA ESCLAVITUD
Durante muchos siglos de la historia humana, la esclavitud fue
una de las lacras de la humanidad. Unos hombres se arrogaban el
derecho de propiedad sobre otros hombres y tenían sobre ellos todos
los derechos, incluso de vida y muerte, como si fueran objetos,
simplemente, porque los habían comprado o los habían tomado como
botín de guerra. Un triste capítulo de la historia humana es la
trata de negros, propiciada incluso por países cristianos, para
llevar mano de obra barata al Nuevo Mundo. Sin embargo, los Papas
habían aclarado bien este punto. El 2 de Junio de 1537, en la bula
“Sublimis Deus”, Paulo III denunciaba a los que creían que los
indios debían ser tratados como animales irracionales, sin alma. De
ahí surgieron las “Leyes de Indias”, en las que se prohibía la
esclavitud de los indígenas, aunque en la práctica hubo muchos
abusos.
El Papa decía en la bula anterior: “Declaramos que estos
indios así como todos los pueblos que la cristiandad pueda
encontrar en el futuro no deben ser privados de su libertad y de sus
bienes, aunque no sean cristianos, y que, al contrario, deben ser
dejados en pleno gozo de su libertad y de sus bienes”. El Papa
Urbano VIII (1623-1644) excomulgó a los que retuvieran indios como
esclavos. Pero, en la práctica, los países cristianos aprobaron la
trata de negros al igual que hoy día muchos países cristianos
aprueban el aborto.
Lo triste es que aún hoy día sigue existiendo la esclavitud en
algunos países musulmanes. Y todavía existe la trata de blancas,
de mujeres usadas contra su voluntad como prostitutas. Así fueron
usadas muchas mujeres orientales, esclavas sexuales del ejército
japonés durante la segunda guerra mundial. Peor aún es la
esclavitud de niños para el placer de los pederastas o la “adopción”
de niños pobres, para hacer de ellos donadores de órganos en
países ricos.
La esclavitud actual reviste distintas formas, a veces solapadas
como prostitución o contratos “libres” de trabajo que son una
especie de trabajos forzados. Lo que sí debe quedar claro es que
para Dios “no hay judío o griego, no hay siervo o libre, varón o
mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28). El
mismo S. Pablo le escribe a Filemón sobre su esclavo Onésimo, que
se había escapado, que lo reciba de nuevo “no ya como siervo,
sino más que siervo, como hermano amado, muy amado para mí y mucho
más para ti, según la carne y según el Señor” (Film 16).
Cuando uno es cristiano, ya no puede ver a los otros como esclavos o
simples siervos, sino como hermanos queridos en el mismo Señor.
c) EL RACISMO
Muchas veces, se considera a otros seres humanos inferiores por
su raza, cultura o religión. Hitler creía en la superioridad de la
raza aria y, por eso, mató a seis millones de judíos. También
determinó la castración de todos los que eran subnormales. En
muchos países comunistas se dejaba morir a los desahuciados o
enfermos mentales, porque eran económicamente inútiles. En algunos
países, todavía existe, en la práctica, una especie de “apartheid”
o racismo contra la población aborigen más pobre e inculta, a
quien se desprecia y se considera inferior, como a los parias de la
India. También se desprecia a los refugiados, a los inmigrantes, a
las minorías de otros pueblos. Hoy se trata de fomentar el racismo,
queriendo conseguir en laboratorio, por procreación in vitro o
clonación, a hombres con características especiales, que sean
superiores a otros. Incluso, son peligrosos ciertos nacionalismos,
que llegan a despreciar a otros pueblos y, a veces, se llega a la
“limpieza étnica” como en Yugoslavia. Es importante que cada
uno se identifique y ame a su país, su religión o cultura, pero no
hasta el punto de despreciar a los otros pueblos. Antes que
ciudadano de un país o miembro de una religión, es un ser humano y
debe obedecer primero a Dios y a su conciencia antes que al Gobierno
de su patria o a las órdenes de sus jefes políticos o militares.
Aun en medio de la guerra más cruel, hay que ser compasivos y
humanos, porque todos los hombres somos hermanos en Dios y tenemos
la misma dignidad. Todos valemos lo mismo ante Dios; para Él no hay
inferiores ni superiores.
En la convención de la ONU de 1965 se afirmó que “toda
doctrina de superioridad, fundada en la diferenciación entre razas,
es científicamente falsa, moralmente condenable y socialmente
injusta y peligrosa”. Así habló también el Concilio Vaticano II
en Gaudium et Spes Nº 29. El Papa Juan XXIII en la Pacem in terris
decía: “Ningún grupo humano se puede engreír de poseer sobre
otros una superioridad de naturaleza”. Por eso, esperamos que un
día haya más respeto entre los hombres y más tolerancia con los
que no son como nosotros. Ojalá que desaparezcan para siempre las
guerras de religión; los grupos terroristas, que quieren imponer
sus ideas por la fuerza; grupos, como el Ku Klux Klan de los Estados
Unidos, que ejercen violencia contra judíos, negros y católicos; y
todos los grupos que fomentan el racismo o apoyan leyes de
extranjería antihumanas.
“Todos los hombres tienen la misma naturaleza y el mismo
origen. Redimidos por Cristo, disfrutan de la misma vocación e
idéntico destino. Por eso, toda discriminación de los derechos
fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos
de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe
ser eliminada por ser contrario al plan de Dios” (GS 29).
Ciertamente, “entre los seres humanos existen diferencias y, a
veces, enormes en el grado de saber, virtud, capacidad de invención
y posesión de bienes materiales. Pero esto nunca puede justificar
el propósito de hacer valer la propia superioridad para sojuzgar de
cualquier modo que sea a los otros. Antes bien, esta superioridad
comporta una mayor obligación de ayudar a los demás para que
logren en esfuerzo común la propia perfección. En realidad, no
existen seres humanos superiores por naturaleza, sino que todos los
seres humanos son iguales por su dignidad natural, en razón de la
dignidad de su naturaleza humana” (Pacem in terris).
Por eso, examina tu conciencia y mira a ver si eres racista y
cuántas veces has despreciado a los otros, creyéndote superior.
Ojalá que seas verdadero hijo de Dios y puedas decir a cada ser
humano que pase a tu lado: TU ERES MI HERMANO.
d) EL MACHISMO
El machismo es una mentalidad muy común entre ciertos hombres,
que les hace creer en la superioridad del hombre sobre la mujer y
que, muchas veces, la somete a desprecios y maltratos, especialmente
en el ambiente doméstico. En algunos países, todavía existen
leyes discriminatorias: no pueden votar u ocupar ciertos cargos
públicos ni tienen los mismos derechos que el varón en cuanto a la
herencia o decisiones económicas familiares. En China todavía se
las considera de menos valor que el hombre y, con frecuencia, se las
mata al nacer. Recordemos las leyes de algunos países
fundamentalistas musulmanes que les prohiben ir por la calle con el
rostro descubierto o trabajar fuera de casa e, incluso, se las
mutila, cortándoles el clítoris, para evitar que sientan mucho
placer sexual y así puedan guardar mejor la fidelidad; como si
fueran propiedad de sus esposos, que se creen tener derecho para
usarlas como objetos de placer hasta en cosas contra natura. Y
cuántas veces se les ha impuesto la esterilización en contra de su
propia voluntad. “La Iglesia deplora como abominable la
esterilización, a veces programada de las mujeres, sobre todo, de
las más pobres y marginadas, que es practicada a menudo de manera
engañosa sin saberlo las interesadas. Esto es mucho más grave,
cuando se hace para conseguir ayudas económicas a nivel
internacional” (EA 45). O también, cuando se les engaña para ser
esterilizadas, ya sea con beneficios económicos o por intereses
políticos.
¡Durante cuántos siglos la mujer estuvo relegada al ámbito de
su propia casa sin poder estudiar en las Universidades ni tener voz
ni voto en las decisiones políticas! Por esto, el Papa Juan XXIII
en la encíclica Pacem in terris dice que: “Hoy día la mujer sabe
que no puede ya consentir ser considerada y tratada como un
instrumento y exige ser considerada como persona en paridad de
derechos y obligaciones como el hombre, tanto en el ámbito de la
vida doméstica como en la vida pública”.
El Papa Juan Pablo II, en la carta apostólica “Mulieris
dignitatem”, al hablar de la dignidad de la mujer aclara: “Lo
que dice S. Pablo de que las mujeres deben estar sometidas a sus
maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer (Ef
5,22) debe entenderse de un modo nuevo, es decir, como una sumisión
recíproca... no solamente sumisión de la mujer al marido... Todas
las razones en favor de la sumisión de la mujer al hombre en el
matrimonio se deben interpretar en el sentido de una sumisión
recíproca de ambos en el temor de Cristo”.
Por eso, hay que recalcar que ambos, hombre y mujer, como seres
humanos partícipes de la misma naturaleza, tienen los mismos
derechos y la misma dignidad, aunque sean diferentes. Y de la misma
manera que hay que rechazar el machismo hay que rechazar el
feminismo, que considera que la mujer debe liberarse del hombre y
ser independiente con derecho a la libertad sexual, a abortar,
cuando quiera, y a vivir como quiera... Más que imitar al hombre,
la mujer debe ser lo que es y sentirse orgullosa de su vocación de
amor, viendo en María un modelo. Ser mujer no es ser inferior al
hombre. De hecho, la persona humana más perfecta que ha existido,
existe y existirá, ha sido una mujer: María.
El Papa Juan Pablo II en la encíclica “Redemptoris Mater”
afirma que “la mujer debe vivir dignamente su feminidad, mirando a
María. A la luz de María la Iglesia lee en el rostro de la mujer
los reflejos de una belleza que es espejo de los más altos
sentimientos, de que es capaz el corazón humano: la oblación total
del amor, la fuerza, la laboriosidad infatigable, y la capacidad de
conjugar la intuición penetrante con la palabra de apoyo y de
estímulo” (Nº 46). “La mujer no puede encontrarse a sí misma
si no es dando amor a los demás. La fuerza moral de la mujer, su
fuerza espiritual se une a la conciencia de que Dios le confía al
hombre, es decir, al ser humano... La mujer es fuerte por la
conciencia de esta entrega, es fuerte por el hecho de que Dios le
confía al hombre, siempre y en cualquier caso, incluso en las
condiciones de discriminación social en la que pueda encontrarse.
Esta conciencia y esta vocación fundamental hablan a la mujer de la
dignidad que recibe de parte de Dios mismo y todo ello la hace
fuerte y la reafirma en su vocación de mujer” (MD 30).
El hecho de que las mujeres en la Iglesia Católica no puedan ser
sacerdotes “no significa una menor dignidad ni una discriminación
hacia ellas, sino la observancia fiel de una disposición que hay
que atribuir a la sabiduría del Señor del Universo” (OS). En
esto seguimos simplemente la enseñanza de Jesús. Jesús podía
haber escogido mujeres, especialmente a su propia madre, y no lo
hizo. Él conocía el futuro y, por eso, no podemos suponer que se
debió solamente a motivos históricos o circunstanciales. Que la
mujer no pueda ser sacerdote no quiere decir que sea menos que el
hombre, sino que es distinta y a cada uno Dios le da misiones
diferentes en la sociedad, así como dentro de la propia familia.
Por eso, el Papa Juan Pablo II dice en la misma carta apostólica
“Ordinatio sacerdotalis”: “declaro que la Iglesia no tiene en
modo alguno facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las
mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo
por todos los fieles de la Iglesia”. Es, pues, una doctrina, que
no es discutible, sino definitiva y “debe ser considerada siempre,
en todas partes y por todos los fieles como perteneciente al
depósito de la fe” (Respuesta de la Congregación para la
doctrina de la fe del 28-10-1995). De todos modos, dice el Papa en
la misma carta: “el único carisma superior, que debe ser
apetecido, es el amor. Los más grandes en el Reino de los cielos no
son los ministros (sacerdotes), sino los santos”.
e) EL ABORTO
Es un gran atentado contra la vida de seres humanos inocentes,
indefensos y todavía por nacer. Frecuentemente, son los propios
padres quienes deciden la muerte, como si tuvieran derecho a decidir
quién puede vivir o morir. Cada año son cerca de setenta millones
de seres humanos que son abortados. Una injusticia que clama
venganza al cielo. ¿Acaso los padres sólo ven su propia comodidad?
¿Dónde están los derechos de esos hijos, que desean nacer, y a
quienes Dios les ha dado la vida con infinito amor? Cada día crece
más la amenaza contra estos niños aún no nacidos, porque va
creciendo una mentalidad hedonista, que busca el placer y evita los
hijos. Cada día son más también los anticonceptivos abortivos
disponibles.
Con relación a las técnicas para practicar el aborto, debemos
decir que son, ciertamente, salvajes. En el método de succión, se
introduce un tubo por la vagina y se aspira el feto hasta que es
sacado del útero completamente desmembrado. La dilatación y el
legrado consisten en introducir un cuchillo curvo en el útero y se
despedaza al niño para poder sacarlo a pedazos. Otras veces, se
aplica una inyección de una solución concentrada de sal para que
muera el niño y la madre lo dé a luz ya muerto. O la
histerectomía, que se practica en los últimos meses, con cesárea,
para sacar al niño y aprovecharlo, como si fuera un animalito, para
la confección de fármacos y cremas. Por eso, debemos tener claro,
como dice el concilio que “El aborto y el infanticidio son
crímenes abominables” (GS 51) Y “quien procura el aborto, si
éste se produce, incurre en excomunión” (Cat 2272 y canon 1398).
El Catecismo de la Iglesia católica afirma que “la vida humana
debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento
de la concepción . Desde el primer momento de su existencia, el ser
humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los
cuales está el derecho inviolable a la vida” (Cat 2270).
El famoso abortista, convertido católico, Bernard Nathanson,
después de haber practicado personalmente más de 5,000 abortos
decía: “Estoy convencido de que la vida comienza en el momento de
la concepción y debe ser inviolable”. El Dr. Lejeune, famoso
catedrático de genética fundamental de la Universidad de París
afirma que “abortar es matar, aunque el cadáver sea muy pequeño”.
Por eso, legalizar el aborto es legalizar la pena de muerte para
estos niños no nacidos. Y el país que legaliza el aborto, de
algún modo, está matando su propia alma. Porque nadie puede
disponer de la vida, sólo Dios es el dueño de la vida y nadie
tiene derecho a quitársela a sí mismo o a los demás. Como diría
Sta. Isabel a María, y se puede aplicar a todas las mujeres: “Bendito
es el fruto de tu vientre” (Lc 1.42).
En la encíclica Evangelium vitae, el Papa Juan Pablo II dice:
“¿Cómo es posible hablar de dignidad de toda persona humana,
cuando se permite matar a la más débil e inocente?... El derecho
originario e inalienable a la vida se pone en discusión o se niega
sobre la base de un voto parlamentario o de la voluntad de una parte
de la población, aunque sea mayoritaria... De ese modo, la
democracia, a pesar de sus reglas va por un camino de totalitarismo
fundamental... El Estado tirano presupone poder disponer de la vida
de los más débiles e indefensos, desde el niño aún no nacido
hasta el anciano, en nombre de la utilidad pública, que no es otra
cosa, en realidad, que el interés de algunos. Parece que todo
acontece en el más firme respeto de la legalidad, al menos cuando
las leyes que permiten el aborto o la eutanasia son votadas, según
las, así llamadas, reglas democráticas. Pero, en realidad, estamos
sólo ante una trágica apariencia de legalidad, donde el ideal
democrático, que es verdaderamente tal cuando reconoce y tutela la
dignidad de toda persona humana, es traicionado en sus mismas
bases... ¿En nombre de qué justicia se realiza la más injusta de
las discriminaciones entre las personas, declarando a algunas dignas
de ser defendidas mientras a otras se niega esta dignidad? (Nº 20).
Por eso, “con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus
sucesores en comunión con los obispos de la Iglesia Católica,
confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano
inocente es siempre gravemente inmoral. Esta doctrina es corroborada
por la S. Escritura, transmitida por la Tradición de la Iglesia y
enseñada por el Magisterio ordinario y universal... Nada ni nadie
puede autorizar la muerte de un ser humano inocente sea feto o
embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante.
Nadie, además, puede pedir este gesto homicida para sí mismo o
para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo
explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente
imponerlo ni permitirlo” (Nº 57).
“Algunos intentan justificar el aborto, sosteniendo que el
fruto de la concepción, al menos hasta un cierto número de días,
no puede ser todavía considerado una vida humana personal. En
realidad, desde el momento en que el óvulo es fecundado se inaugura
una nueva vida, que no es la del padre ni la de la madre, sino la de
un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo. Jamás llegará
a ser humano, si no lo ha sido desde entonces. A esta evidencia de
siempre... la genética moderna otorga una preciosa confirmación.
Muestra que, desde el primer instante, se encuentra fijado el
programa de lo que será ese viviente: una persona, un individuo con
sus características ya bien determinadas... Por eso, el ser humano
debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su
concepción y, por eso, a partir de ese mismo momento se le deben
reconocer los derechos de la persona, principalmente, el derecho
inviolable de todo ser humano inocente a la vida” (Nº 60).
Decía la M. Teresa de Calcuta: “Cuando las madres son capaces
de matar a sus propios hijos concebidos en su seno, ya todo se puede
esperar, ya no hay compasión, ya no hay moral, la sociedad está
perdida”. De aquí surge la conclusión de que todos los que se
precien de ser humanos y no solamente los católicos, deben defender
la vida de estos niños aún no nacidos. Dice el Papa: “Defiende,
respeta, ama y sirve a la vida, a toda vida humana. Sólo siguiendo
este camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera,
paz y felicidad” (Nº 5).
f) LA EUTANASIA
Es otro grave atentado contra el derecho a la vida. Nadie tiene
derecho a disponer de la vida de otro y ni siquiera de su propia
vida. Solo Dios es el único Señor de la vida. Para Él no hay
vidas inútiles. Nadie viene al mundo por casualidad. Toda vida
humana tiene un sentido y una finalidad en sus planes divinos. Como
dice el Papa Juan Pablo II: “La vida humana, aunque débil y
enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad” (FC
30). No se puede hablar de matar “por piedad” a los niños que
nacen con graves deficiencias o a los ancianos en estado terminal o
a quienes estén ya desahuciados, quizás sea más exacto hablar de
comodidad de la familia, de evitarse sacrificios y dispendios
económicos. En una palabra, hablar de egoísmo, que procura
librarse de todo lo que le molesta, porque falta, precisamente,
piedad y amor. Frecuentemente, se dan casos de familias que deciden
interrumpir tratamientos sencillos y poco costosos como el equipo de
oxígeno o la sonda para alimentar al enfermo, para que muera “de
una vez”. Pero esto no se puede justificar, es falsa piedad, que
más bien busca evitarse molestias por tiempo indefinido. ¿Qué
sabemos nosotros de los planes de Dios? ¿Acaso no puede seguir
bendiciendo al enfermo en ese estado terminal o darle una
oportunidad para arrepentirse y purificarse?
Ahora bien, la Iglesia acepta que puedan interrumpirse
tratamientos médicos muy costosos, peligrosos o desproporcionados a
los resultados que se puedan obtener, aunque pueda venir la muerte
de modo natural. Las familias no están obligadas a estos
tratamientos muy costosos, que no pueden afrontar. “Con esto no se
pretende provocar (directamente) la muerte, se acepta sólo no poder
impedirla. Estas decisiones deben ser tomadas por el paciente, si
para ello tiene competencia y capacidad o si no por los que tienen
los derechos legales, respetando siempre la voluntad razonable y los
intereses legítimos del paciente” (Cat 2278). “El uso de
analgésicos para aliviar los sufrimientos del moribundo, incluso
con riesgo de abreviar sus días, puede ser moralmente conforme a la
dignidad humana, si la muerte no es pretendida ni como fin ni como
medio, sino solamente prevista y tolerada como inevitable” (Cat
2279).
Fuera de estos casos, no se puede aceptar la eutanasia y mucho
menos legalizarla. En este caso, se miraría con desconfianza al
médico que tiene la misión de sanar y no de matar. Además habría
casos en que podría tomarse esa decisión para evitarse problemas,
para apropiarse cuanto antes de la herencia, eliminar testigos
incómodos o enemigos indeseables, competidores peligrosos,
familiares molestos o para aprovechar sus órganos cuanto antes.
Si vemos los hechos concretos, la ley de la eutanasia, dada en
1939 por el III Reich de Hitler, envió a la muerte a 100,000
personas minusválidas, y no necesariamente en estado terminal, por
considerarlas sin valor y económicamente inútiles. Actualmente, en
Holanda, donde se ha aprobado esta ley, el 2% de las muertes son por
eutanasia, lo que significa 18,000 personas al año. Por eso, la
Iglesia ha hablado sobre este asunto de tanta actualidad, pues en
muchos países se pretende ya legalizarla. Dice Juan Pablo II: “De
acuerdo al magisterio de mis predecesores y en comunión con los
obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eutanasia es una
grave violación de la ley de Dios en cuanto eliminación deliberada
y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se
fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es
transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el
magisterio ordinario y universal” (EV 65). “El aborto y la
eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender
legitimar” (EV 73). Por eso, en caso de campañas públicas para
legalizarlas o para cumplirlas, si ya están legalizadas, no hay que
seguirlas por respeto a nuestra propia dignidad y a la de los
demás. “En caso de una ley injusta, que admita el aborto o la
eutanasia, nunca será lícito someterse a ella ni participar en
campañas de opinión en favor de una ley semejante ni darle el
apoyo del propio voto” (EV 73).
Nunca me olvidaré del caso que leí en una revista. Ocurrió en
Estados Unidos. Un papá fue al hospital a ver a su hijo recién
nacido y, al ver que había nacido mongólico, lo tomó en sus
brazos y, desesperado, le golpeó la cabeza contra el suelo y lo
mató. ¿Acaso ese niño no tenía derecho a vivir? ¿Acaso su vida
no valía nada? Muchas veces, hablamos de los derechos humanos como
si la mamá tuviera derecho a abortar o los padres pudieran tener
derecho a practicar la eutanasia con sus hijos que nacen
enfermos.... ¿Y el niño no tiene derechos? ¿Y dónde están los
derechos de Dios? ¿Acaso ese niño no es hijo de Dios, a quien ha
creado con infinito amor? ¿Quién puede arrogarse el derecho de
matar y quitar la vida de otro? ¿Acaso se puede justificar el matar
“por piedad”? ¿para que no sufra? Quizás Dios pudiera
decirnos, como a Caín: “La sangre de tu hermano, está clamando a
Mí desde la tierra” (Gén 4,10).
g) MANIPULACION DE LA VIDA HUMANA NACIENTE
Éste es otro grave atentado a la dignidad de las personas. Por
eso, en la instrucción de la Congregación para la doctrina de la
fe, publicada el 22 de Febrero de 1987, se afirma que nadie puede
manipular ni experimentar con embriones producidos en laboratorio,
que son verdaderos seres humanos. Es inmoral producir seres humanos
en laboratorio como material biológico disponible y menos aún
destruir estos embriones humanos “sobrantes”, como ocurre en
muchos centros de fecundación artificial de los países “desarrollados”.
¿Desarrollados? ¿o subdesarrollados en el espíritu?
Utilizar un embrión humano como objeto o instrumento de
experimentación es un delito contra la dignidad del ser humano, que
tiene derecho al mismo respeto debido al niño ya nacido y a toda
persona humana. La práctica de mantener en vida embriones humanos
para fines experimentales o comerciales, es completamente inmoral.
Incluso, los cadáveres de estos embriones o fetos humanos deben ser
respetados y evitarse cualquier práctica comercial para obtener
productos nuevos. La misma congelación de embriones, aunque se
realice para mantener en vida al embrión, constituye una ofensa al
respeto debido a los seres humanos. Tampoco es lícito experimentar
con embriones humanos en orden a la investigación científica.
Hoy día muchas parejas de esposos acuden a los médicos para
tener hijos por fecundación o inseminación artificial. Pero esto
es inmoral, lo mismo si se hace con espermas u óvulos de otro que
no sea el esposo o la esposa, como si se trata de mujeres viudas,
solteras o no casadas legítimamente. Pero también lo es, aun
cuando sea con elementos propios de los esposos, ya que, para que
pueda implantarse y ser viable un embrión, es preciso producir
varios más, que van a morir hasta que se consiga el éxito, y nadie
tiene derecho a matar a otros seres humanos para obtener algo,
aunque sea bueno. El fin no justifica los medios.
Los laboratorios no pueden ser fábricas de seres humanos. Un
caso especial, que tiene mucha actualidad, es el de la clonación de
seres humanos en el futuro. Hasta ahora sólo se ha conseguido en
animales. Y se trata de una técnica reproductiva para conseguir
seres “idénticos”, al menos en cuanto al cuerpo. Se unen el
núcleo de una célula viva del donante, que se quiere clonar, con
un óvulo sin núcleo y se implanta en un útero. El ser resultante
tendría todas las características del donante. Si éste es un
hombre sería, a la vez, padre y madre de su hijo. Si es mujer,
tendría un hijo sin padre. Pero, aparte de esto ¿cuántos seres
humanos deberían morir para conseguir un solo éxito? Para obtener
la oveja Dolly en Inglaterra, se hicieron 277 fusiones y sólo ocho
tuvieron éxito y sólo uno de estos ocho embriones llegó a feliz
término.
Por eso, la reproducción clonal es totalmente inmoral. Si esto
se hiciera realidad, se crearían grupos de seres humanos idénticos
físicamente para ciertas cosas, con lo que se podría fomentar el
racismo o las diferencias sociales, se perdería el sentido profundo
de la maternidad, se acabaría el sentido de familia, de filiación,
de matrimonio. Muchas mujeres preferirían tener hijos idénticos a
ellas sin necesidad de un padre, incluso podrían evitar los
problemas del embarazo con úteros artificiales. Sin embargo,
debemos aclarar que el alma humana no se puede clonar y que siempre
habría diferencias entre los seres clonados, como los hay entre los
gemelos univitelinos. Además, ¿cuántos traumas tendrían que
sobrellevar estos niños sin padre ni madre auténticos? Si un niño
no deseado, nace con traumas ¿cuántos más tendrá el que no ha
tenido durante nueve meses el amor de una madre y ha vivido en un
mundo vacío y sin luz, en un útero de una mujer alquilada o de un
útero artificial? Veamos lo que nos dice Margaret Brown, una joven
de 20 años, estudiante de biología en Texas. Sus declaraciones
aparecieron en 1994 en el semanario “Newsweek”. Ella es fruto de
inseminación artificial y no conoce a su padre.
“Tengo el sueño recurrente de estar flotando en la oscuridad,
mientras giro sin parar cada vez más de prisa en una región sin
nombre, fuera del tiempo. Me empiezo a angustiar y quiero poner los
pies en la tierra para encontrarme a mí misma. Soy una persona
engendrada por inseminación artificial, alguien que nunca conocerá
la mitad de su identidad (padre)... No veo cómo alguien puede
privar conscientemente a otro de algo tan básico y esencial como es
su herencia. Aprecio enormemente los sacrificios de mi madre y el
amor de mi familia. Pero, incluso acunada por el amor de la hermana
de mi padre legal, siento como si estuviera tomando prestada la
familia de otro. Los hijos no son bienes de consumo o posesiones.
Son personas con idénticos intereses en el proceso”.
Maravilloso testimonio, que debemos tener en cuenta para valorar
al ser humano en toda su dimensión y no solamente la corporal o la
de este mundo pasajero, pues tiene un destino eterno. Cada ser
humano es irrepetible. Dios no hace fotocopias y el alma que nos da
a cada uno es distinta y la crea personalmente con un amor infinito
y particular.
El ser humano no puede ser fruto de técnicas científicas. La
persona humana debe ser fruto del amor de sus padres. No se puede
admitir que los medios técnicos sustituyan al acto conyugal. Por
eso, la Iglesia sólo acepta aquellos medios artificiales que vayan
destinados exclusivamente a facilitar el acto natural de los esposos
para que alcance su propio fin de la fecundación. Sólo se puede
ayudar para que el acto conyugal consiga el efecto deseado.
Evidentemente, hay que evitar a toda costa los intentos de
fecundación artificial entre gametos animales y humanos, la
gestación de embriones humanos en úteros de animales o en úteros
humanos de alquiler (que no es su madre) y mucho menos aceptar la
construcción de úteros artificiales para un embrión humano.
Igualmente es inmoral cualquier intento de producir seres humanos en
laboratorio sin conexión alguna con la sexualidad humana sea por
fisión gemelar, partenogénesis... Asimismo debe ser totalmente
evitado obtener seres humanos determinados o seleccionados en cuanto
al sexo, estatura, color, etc., por intervención del patrimonio
cromosómico (Cf Cat 2275). Según este mismo número del Catecismo
son “lícitas solamente las intervenciones sobre el embrión
humano que respeten la vida y la integridad del embrión, que no lo
expongan a riesgos desproporcionados y que tengan como fin su
curación, la mejora de sus condiciones de salud o su supervivencia
individual”.
De todo esto, podemos concluir que el ser humano desde su
concepción es un ser vivo, biológicamente humano, que tiene un
destino humano y que tiene ya programadas todas las cualidades que
tendrá el día de mañana. Por eso, hay que respetarlo desde el
día de su concepción en el seno materno.
h) ESTERILIZACION Y ANTICONCEPTIVOS
Estos métodos de regulación de nacimientos son antinaturales y
van contra la dignidad del ser humano. Además, en muchos países,
los gobiernos presionan a los más pobres para someterse a estos
métodos, abusando de su ignorancia y, a veces, se los chantajea a
cambio de alimentos necesarios para el sustento familiar. Con
relativa frecuencia, el someterse a la esterilización (ligadura de
trompas o vasectomía) en malas condiciones higiénicas, en poblados
alejados, ha traído graves consecuencias para la salud de los
pacientes, incluso la muerte. La esterilización es en sí misma una
mutilación corporal, que va en contra de la misma dignidad de la
persona, cuando no hay causas justificables.
Decía el Papa Pablo VI en la encíclica “Humanae vitae”: “Hay
que excluir como método de regulación de nacimientos la
esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como
de la mujer”. Lo mismo podemos decir de los anticonceptivos
artificiales, que, al no ser naturales, son de alguna manera
inhumanos y van contra la misma persona. En primer lugar, hay que
descartar los DIU (dispositivos intrauterinos, como las espirales, T
de cobre, etc.), pues son abortivos y, por tanto, criminales. En
cuanto a las píldoras, hay algunas como la RU-486, que son
claramente abortivas. Otros productos como Microgynon, Nordette,
Depoprovera... son también abortivos. Pero, aunque no lo fueran,
está comprobado que todas las píldoras son dañinas para la salud.
Algunas asociaciones de USA han enumerado hasta 18 enfermedades que
pueden producir estas píldoras, como la embolia, ataques al
corazón y, algunos dicen, que incluso el cáncer.
Con relación a las cremas o jaleas, la firma norteamericana
Johnson & Johnson ha sido demandada varias veces por el
nacimiento de hijos deformes, concretamente con relación a la jalea
Orthogynol. Y no olvidemos a la famosa píldora Thalidomida, con la
que nacían los niños sin brazos. Si la Iglesia aceptara como
buenos los anticonceptivos no abortivos, todos se sentirían libres
para usarlos, incluso los jóvenes no casados, se podrían comprar
en cualquier tienda, como si fueran caramelos, habría una intensa
campaña por televisión y esto no haría más que fomentar el
libertinaje sexual y los abortos.
Por eso, los profesionales cristianos tienen que poner su
objeción de conciencia, cuando les obliguen a realizar operaciones
de esterilización o colocar DIU. Los farmacéuticos cristianos
deben rechazar vender todos estos métodos artificiales, que, a la
larga, son dañinos para la salud física, síquica y espiritual de
las personas. La Iglesia solamente acepta los métodos naturales de
Ogino-Knaus, de temperatura y el de Billings. Este último, según
la OMS (Oficina Mundial de la Salud) de la ONU, tiene hasta un 98,5%
de eficacia y seguridad sin efectos negativos colaterales.
Muchos gobiernos alientan campañas de planificación familiar
con la idea de que “somos muchos y pobres y, estando menos,
seremos más ricos”. Pero, como decía Pablo VI en la ONU, en
Octubre de 1965, el problema no es suprimir comensales, sino en
multiplicar el pan. No se adelantaría nada, siendo menos personas,
si seguimos siendo tan irresponsables e inmaduros como antes. Lo
importante no es tener más, sino ser más como personas. Aparte de
que es una falacia, como lo han probado economistas de fama
internacional, el decir que, siendo menos, tendremos más dinero.
En conclusión, como dice el Papa Juan Pablo II: “La Iglesia
condena como ofensa grave a la dignidad humana y a la justicia todas
aquellas actividades de los gobiernos o de otras autoridades
públicas, que tratan de limitar de cualquier modo la libertad de
los esposos en la decisión sobre los hijos. Por consiguiente, hay
que condenar con energía cualquier violencia ejercida por tales
autoridades en favor del anticoncepcionismo e incluso de la
esterilización y del aborto procurado” (FC 30).
i) LA PORNOGRAFIA
Es otro grave atentado contra la dignidad de las personas. A
través de revistas, videos, películas y espectáculos
pornográficos se va fomentando el libertinaje sexual con todo lo
que conlleva de degradante para la persona y de disgregación para
las familias. En muchos casos, la pornografía actúa como cómplice
indirecto de graves agresiones sexuales como violaciones,
secuestros, adulterios, etc. La pornografía lleva al menosprecio de
los demás y a verlos sólo como objetos de placer, suprimiendo la
ternura y el verdadero amor. De ahí la grave responsabilidad de
quienes tienen en sus manos, como propietarios o directores, los
medios de comunicación social, ya que pueden manipular las
conciencias de mucha gente fácilmente influenciable.
El Consejo Pontificio para las comunicaciones sociales publicó
un documento en Mayo de 1989 sobre “Pornografía y violencia en
las comunicaciones sociales”. En este documento se dice: “Nadie
puede considerarse inmune a los efectos degradantes de la
pornografía y la violencia... Los niños y los jóvenes son
especialmente vulnerables y expuestos a ser sus víctimas. La
pornografía y la violencia sádica desprecian la sexualidad,
pervierten las relaciones humanas, explotan a los individuos,
especialmente mujeres y niños, destruyen el matrimonio y la vida
familiar, inspiran actitudes antisociales y debilitan la fibra moral
de la sociedad.
Quienes hacen uso de estos productos no sólo se perjudican a sí
mismos, sino que también contribuyen a la promoción de un comercio
nefasto... Ciertos programas de televisión pueden condicionar a las
personas condicionables, sobre todo niños y jóvenes, hasta el
punto de que lleguen a considerar normal, aceptable y digno de ser
imitado, todo lo que ven. Esto es especialmente cierto para los que
están afectados de ciertas enfermedades mentales”.
A veces, gritamos contra los violadores depravados, que abusan de
los niños, pero no hablamos de la culpa que tienen los responsables
de los medios de comunicación que fomentan el libertinaje sexual.
Con la excusa de la libertad de expresión fomentan el libertinaje,
como si todo se pudiera decir, ver o hacer. En esto también tienen
mucha culpa las autoridades civiles por permitir este libertinaje
que hace perder los valores morales. Se deben dar leyes de control
para la protección de niños y jóvenes, en especial, y controlar
esta industria lucrativa del sexo, que da muchos beneficios
económicos; pero que hace tanto daño a la sociedad. Los padres de
familia deben denunciar ciertos programas y hacer frente común para
presionar a las autoridades y a estos medios de comunicación.
El Papa Juan Pablo II en su mensaje del 25-1-1994, con ocasión
de la XXVIII jornada mundial de las comunicaciones sociales decía:
“La televisión puede dañar la vida familiar, difundiendo valores
y modelos de comportamiento degradantes, emitiendo pornografía e
imágenes de brutal violencia, inculcando el relativismo moral y el
escepticismo religioso, difundiendo mensajes distorsionados o
información manipulada sobre los hechos y problemas de actualidad,
transmitiendo publicidad de explotación, que recurre a los más
bajos instintos, exaltando falsas visiones de la vida, que
obstaculizan la realización del recíproco respeto de la justicia y
de la paz”.
Cuánta responsabilidad tienen también los padres de familia
para controlar lo que ven sus hijos y que no se contaminen con tanta
“telebasura” que nos inunda. Muchas veces, es preferible apagar
la televisión, incluso ante programas buenos, para dar lugar al
diálogo familiar, que se ha perdido, frecuentemente, por culpa de
la televisión. Pero no hablamos sólo de televisión, sino también
de revistas, videos, espectáculos y todo lo que fomenta el sexo,
como si fuera el principal valor de la vida e imprescindible para
ser feliz.
En todo esto, el Estado debe asumir su responsabilidad, pues,
como dice el Papa Juan Pablo II: “los medios de comunicación
masiva son, con frecuencia destructores de la personalidad al
presentar el sexo, el placer, la violencia... como los máximos
valores. Más bien, deben fomentar los valores fundamentales del
matrimonio como son la unidad, la fidelidad y el amor”.
Sin embargo, a veces se fomentan y se defienden públicamente,
incluso en películas, actitudes contrarias a la naturaleza con la
excusa de defender los derechos humanos y de que todos tienen
derecho a ser felices. Me refiero concretamente a la homosexualidad.
A este respecto, hay que aclarar que la orientación homosexual, en
principio, no es pecado, puede existir sin culpa personal. Lo que
sí es siempre pecado es el acto homosexual. Pero muchos
homosexuales y lesbianas se sienten discriminados, porque desean
formar matrimonios con los mismos derechos que las parejas normales,
e incluso adoptar niños. En algunos países, ya se les han dado
estas facilidades legales. Pero una cosa es lamentar los desprecios
y violencias contra ellos, que, como personas, merecen todo respeto
y tienen la misma dignidad que los demás... Y otra cosa muy
distinta es querer institucionalizar una orientación particular,
que podría servir de modelo para otros y ser una referencia social,
como otra alternativa al matrimonio normal. ¿Y qué podríamos
decir de esos niños educados por parejas de homosexuales? ¿Acaso
no tienen derecho a una vida sicológicamente normal? Aléjate de la
pornografía y de todo lo que ensucie tu corazón y tu alma. Respeta
tu dignidad de hijo de Dios.
j) VIOLENCIA Y TORTURA
Son incontables las formas de violencia y tortura que la maldad
humana ha podido inventar para hacer sufrir a otros seres humanos,
sus hermanos. Desde la violencia doméstica hasta los atentados
terroristas, desde las violaciones sexuales hasta las torturas más
sádicas, desde el asesinato sin piedad hasta el genocidio de
poblaciones enteras. Por eso, es inmoral el uso de bombas de gran
poder destructor o los bombardeos indiscriminados, que matan muchos
seres inocentes.
Y ¿qué decir de la guerra? En toda guerra las primeras
víctimas son los mismos soldados, que mueren a millares. Recuerdo
la película “Salvar al soldado Ryan” de Spielberg. En ella
aparece el capitán Müller que dice: “Cada vez que mato a un
hombre, me siento más lejos de casa”. Sí, se siente más lejos
de los suyos. Porque ¿quién le ha explicado al soldado por qué
tiene que matar a otro semejante? Simplemente, el Alto Mando decide
y ellos obedecen. En esa película se siente la idea de que cada
soldado también tiene una madre, que no son simples números en las
fichas del ejército. Son personas individuales, son gente con alma,
son seres humanos, al igual que los que consideran enemigos. Por
eso, en el caso de que uno tenga que ir a la guerra, no debe olvidar
que los otros son también seres humanos y hacer la guerra lo más
humana posible, teniendo compasión y misericordia con los vencidos
y evitando el odio y la violencia sádica o las torturas contra
ellos.
Y ¿qué diremos de los niños-soldado, que en ciertos países se
envía a la guerra? Niños aún se les adiestra para matar y, a
menudo, son empujados a hacerlo. ¿Qué futuro tendrán estos niños
que, desde pequeños, han aprendido a odiar y no amar? ¡Cuántos
problemas sicológicos y humanos tendrán después para insertarse
en la sociedad! Por eso, hay que evitar a toda costa el odio, que
lleva a la violencia y la tortura.
Decía el concilio Vaticano II que “todo cuanto atenta contra
la vida como los homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto,
eutanasia y el mismo suicidio deliberado, cuanto viola la integridad
de la persona humana, como por ejemplo las mutilaciones, las
torturas morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar
la mente ajena, cuanto ofende la dignidad humana como son las
condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las
deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas
y de jóvenes o las condiciones laborales infamantes, degradan la
civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus
víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador”
(GS 27). En algunos países todavía se cortan las manos y dedos a
los ladrones, se castra a los violadores y se flagela y fusila en
público.
¿Cómo es posible que seres humanos puedan hacer sufrir sin
piedad a sus hermanos? Hablando de torturas, éstas pueden ser con
descargas eléctricas, quemaduras por todo el cuerpo, maltratos
físicos de toda índole, casi ahogamientos con agua, incluyendo
sustancias fétidas, mutilaciones, violaciones, pero nada puede
justificar esta barbarie, ni siquiera la seguridad del Estado para
obtener información de los enemigos o terroristas. Estas torturas
pueden ser también torturas sicológicas con interrogatorios
interminables, con lavados de cerebro para tratar de imponerles
determinadas ideas, internamiento en clínicas siquiátricas... y no
hablemos de secuestros, campos de concentración, deportaciones o
trabajos forzados, etc., etc.
Nunca la violencia y la tortura será un camino para la paz. La
violencia engendra violencia. Por eso, decía el Papa Juan Pablo II
en el Perú, el 3-2-1985: “Nunca se justifica el crimen como
camino de liberación. El mal nunca es camino hacia el bien... La
lógica despiadada de la violencia no conduce a nada. Ningún bien
se obtiene contribuyendo a aumentarla... La violencia no es un medio
de construcción. Ofende a Dios, a quien la sufre y a quien la
practica... El odio nunca será camino para la paz, sólo el amor y
el perdón nos llevará a la paz personal y social... Se hace, pues,
necesaria una auténtica y radical conversión del corazón del
hombre”.
No hay que olvidar nunca que el ser humano tiene derecho a una
vida digna y a su integridad corporal y que nadie, ni siquiera
abusando de la debilidad o ignorancia del otro, puede quitarle este
derecho como ocurre, a veces, en el caso de enfermos mentales o,
peor aún, de las esterilizaciones (que son mutilaciones) de
poblaciones enteras, engañadas y presionadas sicológicamente para
evitar tener más hijos. Los ignorantes y débiles no pierden sus
derechos humanos ni tienen menos derechos que los sabios y
poderosos. La violencia y la tortura en cualquiera de sus formas es
antihumana y, por tanto, anticristiana, ya que ser cristiano es ser
radicalmente humano.
k) INJUSTICIAS SOCIALES
Hay muchas clases de injusticias sociales, una de las más
palpables es la del salario injusto, pues muchos patrones ven al
trabajador como un objeto y a su trabajo como una mercancía, que
ellos compran al mejor precio. Por eso, cuando hay poco trabajo y
mucha demanda, pueden abusar de los trabajadores indefensos, que
tienen que trabajar en lo que sea al precio de lo que sea. Aún es
más dramática esta situación, cuando se refiere a inmigrantes o
ilegales, que en ciertos países están desprotegidos, sin seguros y
con salarios mínimos, debajo de lo normal del país.
Por eso, hay que tener muy en cuenta, como decía el Papa León
XIII en la encíclica “Rerum Novarum” y lo recalca Juan Pablo II
en la “Centesimus annus”, que el trabajo es una actividad
ordenada a proveer las necesidades de la vida y, en concreto, a su
conservación; y que el trabajo tiene una dimensión social, por su
íntima relación con la familia del trabajador. De ahí que el
salario debe ser familiar y alcanzar para el sustento de la familia.
Según el Banco mundial, hay en el mundo unos 1,116 millones de
personas, que sobreviven con menos de un dólar diario per cápita.
Por esto, es urgente que las personas, las empresas y los países
ricos superen una visión egoísta de la vida y dejen su pasión
obsesiva de “tener más” a costa de quien sea y de lo que sea.
Porque no sólo hay que mirar a los beneficios económicos, sino que
hay que procurar crear nuevos puestos de trabajo para dar una vida
digna a muchas familias. Esto quiere decir que los ricos no pueden
mirar solamente a sus propios intereses económicos y guardar su
dinero en Bancos internacionales o usarlo solamente para su propia
diversión y viajes de placer, sino que deben ver la manera de
colaborar con sus países en la construcción de una sociedad, donde
los bienes sean mejor distribuidos y haya más trabajo para todos.
La “huida de capitales” puede ser una grave injusticia contra
los propios connacionales.
Para la defensa de los trabajadores “la Iglesia aprueba y
defiende la creación de sindicatos. Éste es un derecho natural y
el Estado no puede impedir su formación, pues debe tutelar los
derechos naturales y no destruirlos. Prohibiendo tales asociaciones,
se contradiría a sí mismo” (CA 7).
En ciertas circunstancias “la huelga puede ser moralmente
legítima, cuando constituye un recurso inevitable, si no necesario,
para obtener un beneficio proporcionado. Pero resulta moralmente
inaceptable, cuando va acompañada de violencias o también, cuando
se lleva a cabo en función de objetivos no directamente vinculados
con las condiciones de trabajo o contrario al bien común” (Cat
2435). La Iglesia enseña que la propiedad privada no es un derecho
incondicional y absoluto, pues tiene una función social. Dios da
los bienes para todos y nadie puede apropiárselos de modo absoluto,
sino que debe ayudar con ellos a los demás. Esto mismo decía Pablo
VI en la encíclica “Populorum Progressio”, añadiendo que “el
bien común, algunas veces, exige la expropiación si, por el hecho
de su extensión, de su explotación deficiente o nula, de la
miseria que de ello resulta a la población, del daño considerable
producido a los intereses del país, algunas posesiones sirven de
obstáculo a la propiedad colectiva” (CA 24).
Con relación a los contratos, decía León XIII que “el
consentimiento de las partes, si están en situaciones demasiado
desiguales, no basta para garantizar la justicia del contrato... y
esto vale también para los contratos internacionales” (RN 10 y
Cat 2434). Por esto mismo, Juan Pablo II, hablando de la deuda
externa de los países pobres decía: “No es lícito exigir o
pretender su pago, cuando éste vendría a imponer de hecho opciones
políticas tales que llevaran al hambre y a la desesperación a
poblaciones enteras. No se puede pretender que las deudas
contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables. Hay que
encontrar modalidades de reducción, dilación o extinción de las
deudas compatibles con el derecho fundamental de los pueblos a la
subsistencia y al progreso” (CA 35).
Igualmente, en la encíclica “Sollicitudo rei socialis”
afirma que hay que dar a los pobres no sólo de lo que nos sobra,
sino hasta de lo necesario. Dice que “la Iglesia tiene la
convicción de que ella misma y sus ministros y cada uno de sus
miembros están llamados a aliviar la miseria de los que sufren
cerca o lejos, no sólo con lo superfluo, sino hasta con lo
necesario. Ante casos de necesidad no se debe dar preferencia a los
adornos superfluos de los templos y a los objetos preciosos del
culto divino; al contrario, podría ser obligatorio enajenar estos
bienes para dar pan, bebida, vestido y casa a quien carece de ello”
(Nº 31).
La Iglesia, en toda cuestión social, recalca el valor del ser
humano. Por eso, hay que evitar las condiciones degradantes de
trabajo, en ambientes malsanos, sin protecciones ante los peligros,
y denunciar los abusos y acosos sexuales para conservar el puesto de
trabajo. Vivimos en una época de crisis de valores. Para muchos,
los conceptos de amor, libertad, trabajo, derechos humanos no
significan lo que realmente son por su naturaleza. Hablan de amor
como si fuera libertinaje sexual; de libertad como si todo pudiera
hacerse sin cortapisas de ninguna clase; y, cuando hablan de
derechos humanos, hablan solamente de los suyos. En este contexto,
la mujer es vista, muchas veces, como objeto de placer, los hijos
como un obstáculo para la felicidad de los padres, la familia como
una institución que quita la libertad, el trabajo como algo pesado
que hay que evitar. Es la civilización de lo fácil y de lo
cómodo. Por eso, hay que revalorar el trabajo de la persona, como
necesario para su realización personal.
Decía Juan Pablo II en España el 7-11-82 que “el trabajo es
un deber moral. Es un acto de alegría y se convierte en alegría:
alegría profunda de darse a la propia familia y a los demás... Por
eso, hay que hacer bien el trabajo. No se puede rehuir el deber de
trabajar ni trabajar mediocremente, sin interés, y sólo por
cumplir, sino hacerlo bien para realizarnos debidamente”. Puesto
que “mediante el trabajo, el hombre no sólo transforma la
naturaleza, adaptándola a las propias necesidades, sino que se
realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido, se
hace más hombre” (LE 9). El trabajo dignifica al hombre y lo
llena de la alegría de Dios, siempre que sea digno y honrado, y en
condiciones dignas. Porque “el trabajo es para el hombre y no el
hombre para el trabajo” (Cat 2428) y “el que no quiera trabajar
que no coma” (2 Tes 3,10).
VERDAD Y LIBERTAD
Muchos de nuestros contemporáneos son hombres superficiales, que
no tienen ideas personales, que orienten con fuerza su vida. Por
eso, van por la vida sin rumbo, desorientados, según el viento de
la moda o de la opinión. Para ellos, no hay prohibiciones ni
limitaciones. Y caen en el permisivismo: todo está permitido. Y de
aquí surge en ellos el relativismo, que es hija natural del
permisivismo. Todo es relativo, cualquier cosa puede ser buena o
mala, positiva o negativa, depende. Lo único absoluto es que todo
es relativo. Y se llega al escepticismo, a dudar de todo, y viene la
tolerancia total y la indiferencia pura, porque si no podemos tener
certezas seguras, entonces hay que vivir intensamente y a todo
placer, a como dé lugar. Es la civilización “light”, que evita
todo esfuerzo y sacrificio. Es el hombre “desombrecido”, como
diría Quevedo, que se hace menos hombre al alejarse de Dios y
encerrarse en un egoísmo brutal, que se olvida de los demás.
Para ellos, lo que otros llaman verdad es sólo una opinión
más. Lo único que vale es la libertad: pensar, hablar, obrar y
creer, de acuerdo a lo que cada uno considere lo mejor. “Muchos
autores, en su crítica demoledora de toda certeza e ignorando las
distinciones necesarias contestan incluso las certezas de la fe”
(FR 91). “Hay algunos sistemas filosóficos que, engañando al
hombre, lo han convencido de que puede decidir autónomamente sobre
su propio destino y su futuro, confiando sólo en sí mismo y en sus
propias fuerzas. Pero la grandeza del hombre jamás consistirá en
eso. Sólo la opción por la verdad será determinante para su
realización personal. Solamente en este horizonte de la verdad
comprenderá la realización plena de su libertad y de su llamado al
amor y al conocimiento de Dios como realización suprema de sí
mismo” (FR 107).
Algunos han llegado a exaltar la libertad hasta el punto de
considerarla como norma absoluta y fuente de los valores. De este
modo, sólo la conciencia personal tendría el derecho de decidir
sobre lo que es bueno y malo. “Lo que es bueno para mí es bueno
para todos”. Pero cada uno tiene la obligación de buscar la
verdad objetiva, que es válida, no sólo para mí, sino para todos
los hombres. Porque hay principios fundamentales, que son
universales e inmutables. Así como hay actos intrínsecamente
malos, malos de por sí, independientemente de las circunstancias.
Una obra mala no se hace buena por hacerlo por un fin bueno, por
ejemplo, robar para dárselo a los pobres. “Algunos dicen: hagamos
el mal para que venga el bien. Éstos bien merecen la propia condena”
(VS 78). “Sólo las acciones que están conformes al bien, al
verdadero bien del hombre, conducen a la vida” (VS 72). El fin no
justifica los medios.
S. Agustín decía: “En cuanto a los actos que son por sí
mismos pecados, como el robo, la fornicación, la blasfemia y otros
actos semejantes ¿quién osará afirmar que, cumpliéndolos por
motivos buenos, ya no serían pecados o, conclusión más absurda,
que serían pecados justificados?”. Hay principios fundamentales
que están inscritos en la conciencia y que todos deben respetar,
pues el bien está de acuerdo a la verdad objetiva de lo que es
realmente bueno para la realización personal del hombre.
Por eso, es tan importante que nuestra libertad se base en la
verdad, ya que como dice Jesús: “Conoceréis la verdad y la
verdad os hará libres” (Jn 8,32). “Estas palabras encierran una
exigencia fundamental y, al mismo tiempo, una advertencia: la
exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como
condición para una auténtica libertad... Después de dos mil
años, Cristo aparece como Aquel que trae al hombre la libertad,
basada en la verdad, Aquel que libera de lo que limita, disminuye y
casi destruye esta libertad en sus mismas raíces en el alma del
hombre, en su corazón y en su conciencia” (RH 12). “La verdad
no es creada por cada uno o por grupos humanos especiales, la verdad
existe, la verdad universal, a la que todos deben someterse, y esta
verdad en último término es Dios, que es quien da sentido a la
vida del ser humano. Por eso, se comete pecado cuando el hombre,
sabiéndolo y queriéndolo, elige, por el motivo que sea, algo
gravemente desordenado. En efecto, en esta elección está ya
incluido un desprecio del mandato divino, un rechazo del amor de
Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación... y el hombre se
aleja de Dios y pierde el amor” (VS 70).
Lamentablemente, muchos hombres actuales desconfían de encontrar
la verdad, porque ésta ha sido, con frecuencia, presentada con
dogmatismo, intolerancia o fanatismo. Por eso, no creen en una
verdad absoluta, sino en una verdad relativa, la que emana de las
urnas y se convierte en ley por el poder de los votos. Pero esta
verdad, periódicamente cambiante en cada consulta electoral, no
puede satisfacer el corazón humano que busca razones firmes y
seguras en que anclar la propia existencia. La verdad debe ser
eterna y para todos. La verdad no puede ser fruto del consenso de la
mayoría, pues, de este modo, podrían justificarse los más graves
errores y crímenes contra la humanidad como el aborto. Tampoco
podemos aceptar, con algunas filosofías del escepticismo o del
nihilismo, que no se puede llegar a conocer nunca la verdad, que
somos demasiado pequeños para llegar a estar seguros de lo que es
la verdad definitiva. Esto llevaría también a decir que no se
pueden asumir compromisos totales y definitivos, como si el hombre
fuera un ser provisional, “vivir al día”; porque lo que hoy
dicen que es bueno o verdadero, mañana pueden decir que es malo y
falso. NO, hay que decirles a estos seguidores de la nada y del
absurdo que Dios es VERDAD, que es LUZ, que es AMOR y Él, con su
sabiduría infinita, nos ha creado y nos enseña la verdad
definitiva para que no nos equivoquemos y podamos vivir para la
eternidad.
Por eso, ha puesto en nuestros corazones la ley natural que Él
mismo ha escrito en nuestra naturaleza y que a través de nuestra
conciencia, nos dice lo que nos conviene para nuestra realización
personal. Y esto es lo mismo para todos los seres humanos. Podemos
decir que la ley natural es la voz de Dios, que llega a nosotros a
través del entendimiento o de la conciencia. Esta ley natural es la
base y fundamento de la Moral y de los derechos humanos
fundamentales para todos los hombres, aunque la conciencia o
conocimiento de esta ley natural pueda ser mal interpretada en
algunos, por efecto de sus pecados, cultura o educación.
“La conciencia es el sagrario del hombre en el que está solo
con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de sí mismo... En lo
profundo de su conciencia, el hombre descubre una ley que él no se
da a sí mismo, pero que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es
necesario, en los oídos de su corazón, llamándolo siempre a amar
y a hacer el bien y a evitar el mal: haz esto, evita aquello. En
obedecer esta ley escrita por Dios en su corazón está su dignidad
humana y según ella será juzgado” (GS 16). “La dignidad humana
exige que el hombre actúe según su conciencia” (GS 17).
Hay, pues, que buscar con ahínco la verdad y el bien en nuestra
vida. Dios nos habla a través de nuestra conciencia. Sus
mandamientos no son órdenes caprichosas, sino señales para que no
equivoquemos el camino. ¿Qué diríamos de aquel hombre que se
dijera a sí mismo al ir por la carretera: yo no obedezco las
señales de tráfico? ¿Quién ha puesto estas señales aquí? ¿Por
qué voy a tener que obedecer a un desconocido? ¿Por qué no puedo
ir a la izquierda, cuando la señal indica ir por la derecha? Si
así piensa y actúa y va a la izquierda, probablemente caerá en el
barranco y se matará. Eso les pasa a los hombres que no quieren
escuchar la voz de su Padre de Dios a través de su conciencia y
quieren seguir sus propias ideas. Hombres que todo lo discuten y
creen que sus ideas son las mejores. Son los soberbios, que no
aceptan imposiciones de nadie y se creen más sabios que el mismo
Dios. Por eso, seamos razonables y responsables para ser libres de
verdad. Solamente la verdad, que Dios nos enseña, nos dará la
verdadera libertad, para llegar a ser hombres auténticos,
plenamente humanos, llenos de luz y de amor.
EL SENTIDO DE LA VIDA HUMANA
Decía Blas Pascal: “Cuando considero la escasa duración de mi
vida absorbida en la eternidad, que la precede y que la sigue, el
pequeño espacio que lleno y que veo, hundido en la infinita
inmensidad de los espacios, que ignoro y que me ignoran, me
estremezco y me asombro de verme aquí y no allí. Porque no hay
razón alguna para estar aquí y no allí, para existir ahora y no
en otro momento. ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y mandato
de quién me ha sido asignado este lugar y este tiempo? ¿Por qué
está limitado mi conocimiento? ¿Mi estatura? ¿Mi duración a cien
años y no a mil? ¿Qué razón ha tenido la naturaleza para darme
lo que tengo y no otra cosa?” Son preguntas que desde siempre han
torturado al ser humano y que los filósofos con la sola luz de la
razón todavía siguen contestando. ¿Quién soy yo? ¿A dónde voy
y de dónde vengo? ¿Qué hay después de la vida?
La respuesta será diferente según se acepte o no a Dios. Si
Dios no existe, y la vida humana no es un don de Dios, entonces,
lógicamente, el ser humano no es más que un ser viviente en la
inmensidad del Universo, un organismo, que, a lo sumo, ha alcanzado
un grado de perfección más elevado. Y la vida humana será
solamente una “cosa”, que es de su exclusiva propiedad y puede
manipularla y manejarla a su gusto y capricho. Por eso, cuando se
oscurece el sentido de Dios, se cae fácilmente en el materialismo
brutal, que es el caldo de cultivo para el egoísmo y la búsqueda
descontrolada del placer a cualquier precio.
Siguiendo esta lógica, se valorará al ser humano, no por lo que
“es” como persona, sino por lo que “tiene, hace o produce”,
según su utilidad. De ahí viene la supremacía del más fuerte
sobre el débil y se margina como seres sin valor a los ancianos,
pobres, enfermos, etc., etc. De aquí viene una cultura de “muerte”,
que propicia la anticoncepción, el aborto y la eutanasia para
evitar problemas y conseguir mejor el bienestar material. Y se
olvidan los valores espirituales... Y el hombre se queda cada día
más vacío y triste existencialmente, porque su vida carece de
sentido y todo termina con la muerte. Y vienen los suicidios y la
violencia para conseguir el poder y el placer.
Por todo esto, debemos admitir que el ser humano sólo tiene
sentido en Dios, por Dios y para Dios. De ahí le viene su grandeza,
como hijo de Dios, y la raíz de todos sus derechos y deberes como
persona humana. Visto así, el hombre es la obra más hermosa de la
creación. No hay en la inmensidad impensable del Cosmos un ser más
fascinante que el ser humano. Es su creación más fina. Es como una
chispita de amor divino, que se alza continuamente hacia las “estrellas”,
hacia lo alto, hacia su Padre Dios. Decía Haecker que “el hombre
es un ser abierto a horizontes infinitos”. León Bloy diría que
“el hombre es un peregrino de lo Absoluto”. No puede
satisfacerse con las cosas materiales de este mundo, tiene sed de
horizontes sin límites, de mares sin orillas, en una palabra, tiene
sed del infinito de Dios. Su deseo de felicidad es demasiado grande
para que pueda colmarse con las pobres satisfacciones de este mundo
material. Y, por eso, busca siempre a Dios, su Padre, para encontrar
en Él la satisfacción de todas sus aspiraciones y el sentido de su
vida. Ha sido creado por amor y para amar. Por lo cual, siente
constantemente una atracción natural hacia Dios, que es Amor. Dios,
su Padre, le ha dado la vida con mucho amor, como una prolongación
de su amor. El material de que está hecho el hombre es amor. Por lo
cual, el hombre que no ama y se cierra al amor, se vuelve
antinatural y antihumano. Su vocación como ser humano es el Amor. Y
en este camino del amor, Jesucristo es el modelo y el camino. Él es
el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre. “Jesucristo
es la respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido de la vida”
(EA 10). Para llegar a Dios debemos hacerlo por medio de Cristo. “Dios
nos da la victoria por medio de Jesucristo” (1 Co 15,57). Por
Cristo, con Él y en Él se esclarece toda nuestra existencia y la
razón de nuestro vivir.
SEGUNDA PARTE
EL HOMBRE Y CRISTO
En esta segunda parte, vamos a darnos cuenta de la necesidad que
tenemos de acudir a Jesucristo, el Hijo con mayúsculas, para ser de
verdad hijos de Dios. En Cristo encontramos la plenitud de la
humanidad y de la divinidad. Él no es sólo el Maestro, el modelo,
sino también el compañero de camino, el amigo inseparable, que
siempre nos espera en la Eucaristía. La Eucaristía viene a ser
para nosotros el centro de nuestra vida espiritual, porque ahí
está Cristo y en Él encontramos la ternura de Dios. Por Cristo
llegaremos más fácilmente a la plenitud en el amor y a realizarnos
como personas humanas.
CRISTO Y EL UNIVERSO
Cristo es el centro y eje del Universo. S. Pablo lo dice
claramente: “Cristo lo es todo en todos” (Col 3,11). “En Él
vivimos, nos movemos y existimos” (Hech 17,28). “En Cristo todos
somos vivificados” (1 Co 15, 22). “Dios ha puesto todas las
cosas bajo sus pies” (1 Co 15,25). “Para que Dios sea todo en
todas las cosas” (1 Co 15,28). Puesto que “todas las cosas
fueron hechas por Él y sin Él no se hizo nada de cuanto se ha
hecho” (Jn 1,3).
“Él es el primogénito de toda criatura, porque en Él fueron
creadas todas las cosas del cielo y de la tierra, las visibles y las
invisibles, los tronos, dominaciones, principados, potestades, todo
fue creado por Él y para Él. Él es antes que todo y todo subsiste
en Él. Él es el principio, el primogénito de los muertos para que
tenga la primacía sobre todas las cosas, pues Dios, tuvo a bien
hacer residir en Él toda la plenitud y reconciliar por Él y para
Él todas las cosas” (Col 1,15-20). Teilhard de Chardin afirmaba
que todo lo que existe tiende con un impulso vital hacia un punto de
convergencia, el punto omega, que es Cristo. Cristo, para él, es el
punto central del Universo hacia el que confluyen todas las cosas,
en un flujo y reflujo constante. Cristo es la “piedra angular”
en la construcción del Universo.
Ahora bien, esta convergencia o concentración de todo lo que
existe en Cristo se realiza de modo especial en la misa. El Cristo
eucarístico, que se hace presente y se ofrece al Padre, es el mismo
Cristo cósmico que une a todo y a todos. En la misa, Cristo toma
una parte representativa de la Creación, el pan y el vino, y los
hace totalmente suyos, aún más, los hace algo de sí mismo, los
hace “Él mismo”. En ese momento de la consagración, podríamos
decir que Cristo diviniza la materia y la lleva consigo hasta la
máxima manifestación de su evolución como lo hizo con el cuerpo
que asumió para hacerse hijo del hombre. Cristo diviniza la materia
del pan y del vino y diviniza al hombre que la recibe en comunión.
Así Cristo, el hombre y la materia se unen, formando una UNIDAD.
Cristo, la humanidad y la Creación están inseparablemente unidos
en el plan eterno de Dios. Por eso, aun en el supuesto caso de que
existieran extraterrestres, Cristo sería igualmente para ellos su
Dios, su Mediador y el punto de convergencia para llegar al Padre,
aunque no lo supieran, como tampoco lo saben muchos hombres de la
tierra.
Cristo es el principio y fin de toda la Creación. Es el puente y
centro del Universo para llegar a Dios Padre. Su Encarnación
estaría, pues, decidida desde toda la eternidad. Él debía asumir
nuestra naturaleza humana y ser uno de nosotros para poder
ofrecernos con Él al Padre. Cristo, por tanto, es parte inseparable
de la Creación. Él debía ser el Rey del Universo, “Rey de Reyes
y Señor de los Señores” (Ap 19,16). Y “su dominio es un
dominio eterno, que no acabará y su imperio, un imperio que nunca
desaparecerá” (Dan 7,14). Ahora bien, si el hombre no hubiera
pecado desde el principio, no se hubiera roto la armonía de la
Creación y, entonces, no hubiera habido necesidad de una Redención
dolorosa. Pero, de todos modos, Cristo habría venido a hacerse
nuestro hermano y nuestro amigo para llevarnos personalmente hasta
el Padre.
El Papa Juan Pablo II en la carta apostólica “Dies Domini”
dice que “en la mañana de la Creación, el proyecto de Dios
implicaba la misión cósmica de Cristo. Esta visión
cristocéntrica, que se proyectaba en el tiempo, estaba presente en
la mirada complaciente de Dios” (1,8). En conclusión, podemos
decir que Cristo es el término de toda la evolución cósmica,
incluso natural, de todos los seres. El amor de Dios lleva todo
hacia Cristo. “Todo fue creado por Él y para Él” (Col 1,16). Y
sin Él nada tiene sentido pleno.
CRISTO Y EL HOMBRE
Decía Pablo VI en Manila, Filipinas, el 29-11-1970: “Jesucristo
es el Hijo del hombre por excelencia y el Hijo de Dios. Es el
principio y el fin, el alfa y la omega. Él es la suprema razón de
la historia humana y de nuestro destino... Yo nunca me cansaría de
hablar de Él. Él es la luz, el camino, la verdad y la vida. Él es
el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y
nuestra sed. Él es nuestro pastor y nuestro guía, nuestro ejemplo,
nuestro consuelo y nuestro hermano. Él, como nosotros, y más que
nosotros, fue pequeño, pobre, humillado, sujeto al trabajo y
oprimido... Él nos conoce y nos ama, es nuestro compañero y amigo.
Él es el centro de la historia y del Universo. Él es el mediador,
a manera de puente, entre el cielo y la tierra. Él, ciertamente,
vendrá de nuevo y será finalmente la plenitud de nuestra vida y de
nuestra felicidad”. Con su encarnación “se ha unido, en cierto
modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con
inteligencia de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la
Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante
en todo a nosotros, excepto en el pecado. Él es el Redentor del
hombre” (RH 8). Y, por esto, podemos decir que “la revelación
del amor y de la misericordia divina tiene en la historia humana una
forma y un nombre: Jesucristo” (RH 9).
Jesucristo le ha dado al hombre el sentido de su propia dignidad,
que había perdido por el pecado y “le ha descubierto así la
grandeza de su vocación humana” (GS 22). Todo ser humano está
llamado a ser “de Cristo”, a ser cristiano auténtico. S.
Agustín, lleno de alegría nos habla de la marca de Cristo, que hay
en el corazón humano: “El hombre es moneda de Cristo, porque en
él está la imagen de Cristo y el Nombre de Cristo” (Sermo
90,10). Y añade: “Mi origen está en Cristo, mi cabeza es Cristo,
mi raíz es Cristo” (Contra litt Pet 1,7,8). Por esto, todo ser
humano es cristiano de alguna manera, porque su vida está
inseparablemente unida a Cristo. Como diría Rahner es un “cristiano
anónimo”. Ahora bien, nuestro grado de unión a Cristo es muy
diferente. Los bautizados están marcados con una señal indeleble
que se llama “carácter” y pertenecen a Cristo de un modo
especial. Pero, sobre todo, nuestra unión a Cristo depende de la
vivencia de nuestra fe o, mejor dicho, de nuestro grado de amor y
unión a Él. Todos pertenecemos, en alguna medida al Cuerpo
místico de Cristo, aunque sea de modo general, pero Jesús quiere
una vida de intimidad, viviendo en plenitud los medios y gracias que
nos da en nuestra Iglesia católica. Por eso, todos los hombres
están llamados a ser católicos, cristianos en plenitud.
Pongamos un ejemplo para entenderlo. Supongamos que el dueño de
una gran empresa es, a la vez, el gerente general y administra
personalmente todos los asuntos desde su sede central. Es un hombre
muy bueno, que busca la felicidad de sus empleados y que se preocupa
en todo de mejorar su vida y su trabajo. De alguna manera, la vida
de todos sus empleados, incluso de los que no lo conocen
personalmente, por estar en sucursales, queda influenciada
positivamente por su pertenencia a esta Empresa, pues sus sueldos y
las buenas condiciones de trabajo... están dictadas por tan buen
gerente. Así son los cristianos no católicos, que reciben también
la influencia benéfica de Jesús. Los que no son cristianos son
quienes se beneficiarían, de algún modo, de la bondad de este
hombre que, fuera de su Empresa, hace obras de bien y de caridad, a
quien se lo pide. Y todo hombre bueno recibe en alguna medida la
influencia y el amor de Jesucristo, aunque no lo sepa.
Ahora bien, este buen dueño y gerente visita personalmente
muchas veces sus sucursales para que todos tengan la posibilidad de
hablar con Él y exponerle sus problemas. Él les brinda siempre su
amistad y les da todo lo que puede para ayudarlos a mejorar y
superarse. Ésta sería la presencia personal de Jesús en la
Eucaristía, para que todos los que lo deseen tengan la oportunidad
de visitarlo y recibir sus bendiciones y su amistad personal. A
quienes aceptan su amistad los recibe de un modo especial como sus
hijos predilectos y los invita todos los días a su mesa y a ser
confidentes de sus cosas más íntimas y personales. Esto es lo que
hace Jesús al invitarnos todos los días a la mesa de la
Eucaristía. “He aquí que estoy a la puerta y llamo, si alguien
me abre, entraré a él y cenaré con él y él conmigo” (Ap
3,20).
¡Dichosos nosotros, los invitados a la cena del Señor! Si
fuéramos conscientes de lo que significa poder comulgar, no
dejaríamos la comunión jamás, pues las gracias que recibimos son
incalculables. Necesitamos de la Eucaristía para llegar a la
plenitud de amor y unión con Cristo. Por eso, no te pierdas por tu
culpa ninguna misa o comunión, acércate a Jesús, si te es
posible, todos los días, para que puedas decir de verdad: “Ya no
vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20). Y dale siempre
las gracias por tu fe católica.
CRISTO Y MARIA
Para llegar a Cristo no hay mejor camino que María. María ha
sido la persona humana más santa que ha pisado y pisará la tierra.
Porque ha sido la que ha estado más unida a Dios por Cristo. “María
ha alcanzado tal unión con Dios que ha superado todas las
expectativas del espíritu humano” (MD 3). María es la “panagia”,
la “toda santa”, como dicen los orientales. “María es la
Madre de Dios Hijo y, por tanto, la hija predilecta del Padre y el
sagrario del Espíritu Santo; con un don de gracia tan eximio, que
antecede con mucho a todas las criaturas celestiales y terrenas”
(MD 9). “María es como un espejo, donde se reflejan del modo más
profundo y claro las maravillas de Dios” (MD 25).
En la liturgia bizantina, en la plegaria eucarística de S. Juan
Crisóstomo se dice: “Es verdaderamente justo proclamarte
bienaventurada, Oh Madre de Dios, porque eres la muy bienaventurada,
toda pura y Madre de nuestro Dios. Te ensalzamos, porque eres más
venerable que los querubines e incomparablemente más gloriosa que
los serafines. Tú, que sin perder tu virginidad has dado al mundo
el Verbo de Dios. Tú que eres verdaderamente la Madre de Dios”.
María es el camino más rápido, más fácil y más seguro para
llegar a Jesús. María y Jesús están íntimamente unidos. Por
eso, “el pueblo cristiano ha visto siempre un profundo vínculo
entre la devoción a la Virgen y el culto a la Eucaristía... María
guía a los fieles a la Eucaristía” (MD 44). Podemos decir que
María es una Eucaristía viviente, pues en su Corazón siempre
está Jesús. Ella es la Madre de la Eucaristía, sagrario
eucarístico, estrella que nos guía a Jesús Eucaristía.
Sin María no puede explicarse la Encarnación, sin María no
puede entenderse la Eucaristía, ya que junto a Jesús Eucaristía
siempre está María. Y desde el sagrario de nuestras Iglesias,
ambos irradian un encanto y una luz indecibles que nos llenan de
alegría y paz. El Corazón de Jesús y el Corazón de María con
eucarísticos, porque ambos Corazones forman uno solo en Cristo.
Como aquellos primeros cristianos que tenían “un solo corazón y
una sola alma y todo lo tenían en común”(Hech 4,32).
Consagrándonos a ellos, viviremos también nosotros formando una
Unidad dentro del Corazón de Jesús y de María, en el seno de la
Iglesia.
CRISTO Y LA IGLESIA
La Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo. Por eso, Cristo y la
Iglesia están íntimamente unidos, como lo están el cuerpo y la
cabeza en el ser humano. “Todos nosotros, a pesar de ser muchos,
somos todos un solo Cuerpo en Cristo”(Rom 12,5). “Cristo es la
Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,18). Y por esta
íntima unión entre Cristo y la Iglesia, Ella es “columna y
fundamento de la verdad” (1 Tim 3,15) y “sacramento inseparable
de unidad” (UUS 5).
La Iglesia es como la continuación de Cristo en la tierra. Es el
Pueblo de Dios, la reunión de todos los cristianos, que tienen la
misma fe y costumbres bajo la autoridad del Papa. El Papa y los
obispos son los maestros auténticos de la verdad por tener la
autoridad de Cristo. A ellos se les llama también “Iglesia” en
sentido estricto. Tienen “el oficio de interpretar auténticamente
la Palabra de Dios, oral o escrita, y este oficio lo ejercitan en
Nombre de Jesucristo” (DV 8). Por ello, “los cristianos deben
atender con diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia.
Pues, por voluntad de Cristo, la Iglesia católica es maestra de la
verdad y su misión es anunciar y enseñar auténticamente la
Verdad, que es Cristo, y al mismo tiempo declarar y confirmar con su
autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma
naturaleza humana”(DH 14).
Algunos dicen: yo creo en Cristo, pero no creo en la Iglesia.
Otros pueden decir: creo en Dios, pero no en Cristo. Y otros: yo
creo en el hombre, pero no en Dios... Y se va cayendo sucesivamente
en errores cada vez más graves. Por eso, hay que aclarar que
despreciar a la Iglesia y a sus legítimas autoridades es, de alguna
manera, despreciar a Cristo y su autoridad. Ya decía S. Ambrosio:
“Donde está Pedro (el Papa) allí está la Iglesia”.
Ciertamente, la Iglesia tiene muchos defectos, sus miembros no
son todos santos ni lo han sido todos los Papas, cardenales, obispos
y sacerdotes, pero ahí nos espera Jesús, en su Iglesia. Porque a
ellos los ha escogido para ser sus instrumentos en la gran tarea de
la salvación y por medio de ellos perdona y se hace presente en la
Eucaristía. Decía Carlo Carretto en su libro “Mañana será
mejor”: “Los motivos que tengo para creer en la Iglesia no son
las virtudes de los Pontífices, de los obispos o de los sacerdotes.
La credibilidad está en el hecho de que, no obstante los dos mil
años de pecados cometidos por sus miembros, Ella ha conservado
íntegra la fe y esta mañana he visto a un sacerdote celebrar la
misa y decir: “Esto es mi cuerpo” y he creído en la promesa de
Jesús y en que el pan que me daba en comunión era el mismo Cuerpo
de Jesucristo”.
Por eso, yo también me siento orgulloso de pertenecer a esta
Iglesia católica, en la que he nacido por el bautismo, me alimento
con la comunión eucarística y deseo morir para vivir con Cristo
por toda la eternidad.
LA EUCARISTIA
Todo ser humano está llamado a ser UNO con Cristo, y esto se
realiza de modo admirable en el momento de la comunión o común
unión con Cristo. La Eucaristía es para todos los hombres, porque
todos están llamados a ser de Cristo y a ser hijos en el Hijo. La
Eucaristía es el sacramento de la vida por excelencia, pues nos
vigoriza y alimenta espiritualmente y nos hace crecer en el amor. En
la Eucaristía “bajo las especies de pan y vino, Cristo entero
está presente en su realidad física aun corporalmente” (MF). Por
eso, el contacto físico con Cristo y la unión con Él nos diviniza
y nos une, a la vez, a todo el Universo y a todos los hombres. La
Eucaristía nos hace más “hombres” y nos ayuda a unirnos con
Jesús a todos los seres. La Unión de todos los seres en Dios por
Cristo, se vive y se realiza en plenitud en la comunión
eucarística.
Dice Teilhard de Chardin en su libro “Como yo creo”: “La
comunión sacramental, en vez de formar en la vida cristiana un
elemento discontinuo, se convierte en su trama. Es la acentuación y
la renovación de un estado permanente que nos vincula
ininterrumpidamente a Jesús. La entera vida cristiana sobre la
tierra como en el cielo resulta ser una especie de perpetua unión
eucarística. Porque lo divino nunca nos alcanza más que informado
por Cristo Jesús: tal es la ley fundamental de nuestra vida
sobrenatural... Adherirse a Cristo en la Eucaristía quiere decir
inevitablemente, ipso facto, incorporarnos un poco más cada vez a
una Cristogénesis”.
En su libro “El medio divino” afirma: “Al comulgar, Señor,
me abres los brazos y el Corazón en unión con todas las fuerzas
del Cosmos juntas ¿Qué podría yo hacer para responder a este beso
del Universo? A la ofrenda total que se me hace sólo puedo
responder con una aceptación total. Al contacto eucarístico
reaccionaré mediante el esfuerzo entero de mi vida, de hoy y de
mañana, de mi vida individual y de mi vida aliada a todas las
demás vidas”. De aquí la importancia del ofrecimiento total de
nuestra vida a Cristo en la misa y comunión. Entrega total,
abandono total para ser totalmente UNO con Él.
Y sigue diciendo Teilhard: “En ningún momento dejaré de
avanzar hacia Ti... La Eucaristía debe invadir mi vida, debe
hacerse, gracias a este sacramento, un contacto contigo sin límite
y sin fin... Por eso, se justifica con un vigor y un rigor
insospechado el precepto implícito de la Iglesia de que es preciso
siempre y en todas partes comulgar” (El medio divino). En su libro
“Como yo creo” dice que “todas las comuniones de nuestra vida
no son, de hecho, sino los instantes o episodios sucesivos de una
sola comunión, o sea, de un solo y mismo proceso de cristificación”.
Sí, toda nuestra vida debe ser un proceso continuo de
cristificación, de hacernos cada vez más “Cristo”, de unirnos
cada vez más a Él y por Él a Dios, uno y trino. Ya decía S.
Pablo que Dios nos predestinó desde toda la eternidad “a ser
conformes a la imagen de su Hijo para que éste sea el primogénito
entre muchos hermanos... y ¿cómo no nos dará con Él todas las
cosas?” (Rom 8,29-32).
¿Podemos comprender ahora la importancia que tiene en nuestra
vida la comunión eucarística como el mejor alimento y el mejor
medio para nuestra unión con Cristo? ¿Podemos comprender la gracia
inmensa que hemos recibido de ser católicos y poder disfrutar de la
Eucaristía y de la presencia permanente de Jesús, hombre y Dios,
en medio de nosotros? El camino para nuestra plenitud humana pasa
por Cristo. Pero no olvidemos al Espíritu Santo. Como decía S.
Basilio: “No existe santidad sin el Espíritu Santo”. Él hará
posible nuestra unión con Cristo para llegar a ser verdaderos hijos
de Dios Padre, en unión con su Hijo Jesucristo. Ya que “por medio
de Jesús tenemos libre acceso al Padre en el Espíritu Santo” (Ef
2,18). Por Cristo, con Él y en Él... todo será más fácil.
TERCERA PARTE
HOMBRES SIN LUZ
En esta tercera parte, veremos cómo algunos hombres pasan por la
vida sin rumbo y sin luz, desorientados, o porque rechazan a Dios o
porque no aceptan a Jesucristo o porque no viven su fe cristiana. Es
triste pensar que muchos seres humanos no viven conforme a su
dignidad de hijos de Dios y no conocen la plenitud de la verdad que
nos trajo Jesucristo.
HOMBRES PERDIDOS
Hay muchos hombres que se encuentran en este mundo como perdidos
en la noche, envueltos en la oscuridad, desorientados, sin encontrar
sentido a su existencia. Les falta la luz de la fe y no creen en
Dios. ¿Para qué vivir, si todo termina con la muerte? Para algunos
biólogos ateos, el hombre es simplemente el último eslabón de la
evolución animal. Por eso, Heidegger decía que “el hombre es un
ser para la muerte”. Sartre afirmaba que “el hombre es una
pasión inútil” y Spengler que es “un animal de instintos
fallidos”.
¿Eso es el hombre? ¿Un ser inteligente perdido en la inmensidad
del Cosmos sin luz y sin futuro? ¿Acaso es fruto del azar de las
fuerzas físico - químicas de la naturaleza? ¿Acaso Dios lo ha
abandonado a su suerte? ¿O es que Dios ha muerto y se ha quedado el
hombre solo y sin esperanza en este gran Universo? Así decía
Nietzsche: “Dios ha muerto. ¡Viva el Superhombre!”.
Precisamente, en una estación de trenes de Alemania, alguien
había escrito esto: - “Dios ha muerto” Nietzsche Alguien
escribió debajo: - “Nietzsche ha muerto” Dios
Sí, podemos creer o no creer en Dios, pero sin fe y sin Dios
nuestra vida estará vacía, porque nos faltará una razón para
vivir. Ya hace muchos siglos, decía Platón que para creer en Dios
bastaba levantar los ojos al cielo. Pasteur escribió que “un poco
de ciencia aleja de Dios, pero mucha ciencia acerca a Él”. Y así
podríamos enumerar a la mayoría de los sabios y científicos que
han existido en el mundo y que han creído en Dios; porque, como
diría Max Hartmann: “Los descubrimientos de la ciencia, aun de la
más desarrollada como la Física, de ningún modo contradicen la
existencia de Dios”.
Si Dios no existiera ¿qué sentido tendría hablar del bien y
del mal? ¿Quién ha dicho que esto es bueno y esto es malo?
Entonces, como han dicho ya algunos filósofos, el bien sería para
unos el placer; para otros, lo que es útil, lo que me gusta, lo que
me interesa, lo que deseo, aun en contra de los intereses de los
demás. Por eso, decía Dostoievski: “Si Dios no existe, todo
está permitido”. Creer en Dios y tener fe es como una luz en el
camino, que nos da esperanza, al saber que Dios es nuestro Padre,
que nos ama y tiene nuestra vida en sus manos y “todo lo permite
por nuestro bien” (Rom 8,28), aunque no lo entendamos.
Cuando no creemos en Dios, tampoco podemos creer en el amor.
Cuando no amamos a Dios, no podemos amar al hombre. Cuanto más
lejos estemos de Dios, más lejos estaremos de los hombres; pues nos
faltará el amor de Dios en el corazón. Cuando los comunistas
hablan de justicia social y de ayudar a los pobres todo es una
falacia; porque al final, solamente ayudarán a los pobres que
piensen como ellos y los apoyen. Como se ha visto en tantas países
dominados por el comunismo, los pobres que no piensan como ellos son
tachados de reaccionarios y, por eso, condenados. No es, pues,
verdadero amor a los pobres, sino a sus propias ideas de poder.
En cambio, qué distinto era el modo de actuar de la M. Teresa de
Calcuta. Se dedicó a cuidar a los más pobres de entre los pobres,
sin ningún interés personal y sin distinciones de ninguna clase.
Ella nos cuenta cómo en una ocasión recogió por la calle a un
hombre moribundo, lleno de gusanos, y lo limpió y le manifestó
toda su ternura y cariño. Aquel hombre le dijo: “He vivido toda
la vida como un animal y ahora voy a morir como un ángel. Regreso a
la casa de mi Padre Dios”. Sí, Dios es un Padre bueno, que
siempre nos espera a la vera del camino, como le esperó a André
Frossard, Douglas Hyde, Alexis Carrel, Paul Claudel, García Morente
y a tantos otros ateos, que se convirtieron y lo amaron después con
toda su alma.
Así le sucedió al célebre aviador australiano Hans Bertram.
Nos lo cuenta en su libro “Vuelo al infierno”, donde nos habla
de cómo vivió durante veintiséis años sin Dios, hasta que un
accidente le hizo creer en Él. Escribió en su Diario: “Estamos
perdidos desde hace dieciséis días, no tenemos víveres, nos falta
agua ¿qué nos aguarda? ¿enloqueceremos? ¿pereceremos?... Durante
la noche repito lentamente las palabras del Padrenuestro y pongo en
manos de Dios nuestro destino. En estos momentos, he descubierto a
Dios, es como si me hubieran quitado una venda de los ojos. Y quiero
gritarle a todos esta gran verdad: Dios existe y Él me ama”.
Por eso, vive como si Dios existiera, aunque no estés seguro.
Porque, si al final no existe, no has perdido nada. En cambio, si
vives como si no existiera y al final resulta que sí existe, lo
habrás perdido todo y tu vida habrá quedado vacía y sin sentido.
Quizás hayas oído hablar de Voltaire, el gran ateo, que luchó
tanto contra Dios y la religión y cuya tumba se encuentra en el
panteón de París. Su amigo, el médico Trouchon, estuvo presente
en su agonía y dijo: “Si un diablo pudiera morir, moriría como
Voltaire”. ¿Qué te parece? ¿Te gustaría morir también a ti
como un diablo o que te lleve el diablo? Por eso, nunca es tarde
para arrepentirse y cambiar de vida. Nunca es tarde para encontrar a
Dios.
Recuerdo a un ateo que decía: “Yo no creo en Dios, porque si
existe, dónde está? ¿Por qué hay tanta injusticia y tanta
pobreza y tantos niños que mueren de hambre y tanta guerra y odio e
incomprensión entre los hombres?” Precisamente, todo eso existe,
porque no creen en Él o no lo aman de verdad. Si los hombres
siguieran el camino de Dios y cumplieran sus mandamientos, no
habría en el mundo cárceles ni policía, ni hogares destruidos, no
se tendrían que poner candados en las puertas de las casas ni
habría traiciones ni mentiras, ni robos ni violaciones, no
existirían ancianos desamparados o niños muertos de hambre. Y todo
sería un paraíso. ¿Por qué no comenzamos tú y yo a hacer un
pequeño paraíso a nuestro alrededor?
Mira, un judío sobreviviente de los campos de concentración
decía: “He visto con mis propios ojos cosas que nadie debería
ver jamás. Cámaras de gas construidas por ingenieros de verdad,
niños envenenados por médicos, bebés muertos por enfermeras. He
visto la muerte a mi alrededor y he sobrevivido, gracias a Dios. Y
ahora tengo la misión de decirle al mundo que, a pesar de todo,
vale la pena vivir y que Dios vela sobre nosotros”. ¿Lo crees
tú? ¿Crees que Dios es un Padre, que vela y se preocupa de ti
hasta en los más mínimos detalles? ¿Qué haces para amarlo y
hacer felices a los demás?
¿Podrías tú comprender la actitud de la hija del gran
millonario norteamericano Minford? Cuando su padre le dijo que
debía salir de religiosa para dejarle la herencia de su gran
fortuna, ella dijo: “Prefiero mi pobre hábito religioso a todas
las riquezas de mi padre”. ¿Harías tú lo mismo? ¿Serías capaz
de darlo todo antes que renunciar a Dios? ¿Acaso no crees en Dios?
Todavía estás a tiempo; mientras hay vida, hay esperanza. Escucha
lo que escribió un soldado norteamericano, muerto en el desembarco
de Africa del Norte el 1-11-1942. Se lo encontraron en una carta que
tenía en su bolsillo y decía así: “Dios mío, me dijeron que no
existías y yo, como un tonto me lo creí. La otra tarde, desde el
fondo de un agujero, hecho por un obús, vi tu cielo. De pronto, me
di cuenta de que me habían engañado. Me pregunto, si tú
consentirás en estrecharme la mano. Siento que tú me vas a
comprender. Por eso, te digo: Te amo, Señor. Ahora se va a dar un
combate terrible ¿Quién sabe? Puede ser que yo llegue a tu casa
esta misma tarde... Dios mío, me pregunto, si Tú me vas a estar
esperando a la puerta. ¡Mira, estoy llorando! ¡Yo, derramando
lágrimas! ¡Ah, si te hubiera conocido antes! Bueno, tengo que
irme. Es extraño, pero desde que te he encontrado, ya no tengo
miedo a morir. Hasta la vista” (Francis Angermayer).
La esperanza es lo último que se pierde. Háblale a tu Padre
Dios y lo sentirás muy cerca de ti, en tu propio corazón. Hace
mucho tiempo que te está buscando, porque eres su hijo. Dile: “Aquí
estoy, Señor, para hacer tu voluntad” (Sal 40,8; Heb 10,7).
HOMBRES ENGAÑADOS
Muchos hombres de la actualidad buscan tan ansiosamente la
felicidad, que caen en las trampas de sus propios placeres y
consiguen el efecto contrario: la infelicidad. Quizás los han
engañado o se han engañado a sí mismos, pero nunca es tarde para
aprender que la verdadera felicidad no está en los placeres y cosas
de este mundo, sino en Dios. En este engaño masivo de tantos
hombres actuales, no podemos olvidar a nuestro gran enemigo: el
diablo. Muchos lo ignoran o no creen en él; pero no por eso deja de
existir y, desde el principio del mundo, sigue engañando a los
hombres. “Está rondando como león rugiente, buscando a quien
devorar. Resistidle firmes en la fe” (1 Pe 5,8).
¿Has leído alguna vez el capítulo tercero del libro de
Génesis? Allí se nos habla de este gran enemigo que nos tienta con
mentiras, porque es “mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44).
Le tienta a la mujer y le dice: “¿Así que Dios os ha mandado que
no comáis de todos los árboles del paraíso?”. Era mentira,
podían comer de todos menos de uno. De este árbol prohibido, Dios
les dijo que no comieran “no vayan a morir”. Y la serpiente les
insiste con mentiras: “No moriréis, porque Dios sabe que el día
que comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores
del bien y el mal”.
Y Eva cae en la trampa. Es como si hubiera pensado: Dios no es
bueno, es malo; porque no quiere que sea feliz. Él sabe que, si yo
como de este árbol, voy a ser como él, pero tiene celos y envidia
de mí. Dios no es Amor, no me ama. Por tanto, yo me rebelo contra
él y voy a comer de este árbol para ser feliz y ser como él. Y
cae en la tentación y come y le da de comer a su esposo. Pero
¿qué sucede? Que en vez de ser como Dios, de ser unos superhombres
y conseguir la felicidad... se hunden en su propia miseria, tienen
miedo y vergüenza y se sienten infelices. Se les abren los ojos y
ven que están desnudos y se esconden. Y Dios, que todos los días
se paseaba con ellos por el jardín del paraíso con toda confianza,
aquel día no los encuentra y los busca. “Llamó Dios al hombre y
le dijo: ¿dónde estás? Y éste contestó: Te he oído en el
jardín y he tenido miedo, porque estaba desnudo y me escondí. ¿Y
quién te dijo que estabas desnudo? ¿Es que comiste del árbol del
que te prohibí comer?”.
¡Pobres seres humanos que, como Adán y Eva, siguen cayendo en
la trampa de Satanás y son engañados bajo la seductora ilusión de
encontrar la felicidad! Cuántos dicen: ¿Por qué Dios me va a
prohibir esto o lo otro? Yo tengo derecho a ser feliz y me hace
feliz la droga o las discotecas o ese amor prohibido... ¿Por qué
me lo va a prohibir? ¿Por qué no quiere que sea feliz? Les pasa
como a aquellos jóvenes que le dicen a su padre: Papá, yo quiero
ser feliz, no me lo prohibas. Y para conseguirlo quiero hacer lo que
quiero: quiero ir a fiestas, tener dinero y comodidades, no quiero
estudiar ni trabajar; no te preocupes de mí, porque yo soy
mayorcito y sé cuidarme y llegaré a casa a la hora que yo
quiera... ¿Qué diríamos de ese jovencito que piensa que su padre
le quita la libertad de ser feliz? Quizás se va de casa para
conseguir mejor sus deseos. Y quiere que su padre le dé todas las
facilidades y comodidades.
Estos jóvenes no han comprendido que la única y verdadera
felicidad sólo la encontramos en Dios, porque lejos de Dios, nos
hundimos en nuestros propios vicios y encontramos la amargura de
nuestra propia ruina e infelicidad. Aprende en cabeza ajena y no
busques la felicidad en los placeres y comodidades de la vida, sino
en la alegría de deber cumplido, en el esfuerzo y el sacrificio de
hacer el bien y en el amor y servicio a todos los hombres. Así,
serás feliz, haciendo felices a los demás y Dios, tu Padre, te
dará su alegría en tu corazón.
Decía el Papa Juan Pablo II a los jóvenes en Saint Louis, USA,
el 26-1-1999: “No escuchéis a quienes os incitan a mentir, a
evadir la responsabilidad ni a quienes os dicen que la castidad
está pasada de moda. No os dejéis llevar de falsos valores o
slogans ilusorios, especialmente en lo que respecta a la libertad.
La libertad no es la capacidad de hacer lo que queramos cuando
queramos, sino la capacidad de vivir responsablemente la verdad de
nuestra relación con Dios y entre nosotros. No dejéis que nadie os
engañe. Volveos a Jesús, escuchadlo y descubriréis el auténtico
significado y el verdadero sentido de vuestra vida”.
HOMBRES DE BARRO
¿Recuerdas el sueño de Nabucodonosor, rey de Babilonia? Vio “una
estatua muy grande y de un brillo extraordinario. Su cabeza era de
oro puro; su pecho y sus brazos de plata; su vientre y sus caderas,
de bronce; sus piernas de hierro y sus pies, parte de hierro y parte
de barro... Una piedra desprendida, no lanzada por mano alguna,
hirió la estatua en los pies de hierro y de barro y la destrozó.
Entonces, el hierro, el barro, el bronce, la plata y el oro se
desmenuzaron... y se los llevó el viento, sin que de ellos quedara
traza alguna” (Dan 2). Pues bien, hay muchos hombres, que tienen
la cabeza de oro, es decir, que solo piensan en el oro y en el
dinero. Todo su cuerpo vive para las cosas de este mundo, se olvidan
de que tienen un alma y sólo piensan en las cosas materiales. Pero
su vida es muy frágil, tienen los pies de barro, y cualquier cosa
los puede hacer caer y “morir”... quizás para siempre. ¿De
qué les servirá todo el dinero y todos los tesoros acumulados con
tanto esfuerzo? ¿Por qué no vivir para la eternidad?
Estos hombres no tienen tiempo para comer ni para dormir ni para
sonreír, ni siquiera tienen tiempo para ser “hombres”. Para
ellos sólo cuenta el dinero, dinero, dinero... Y ¿cuál es el
resultado? El resultado es aterrador. Por el dinero pierden su
propia dignidad, su corazón humano, la honradez, la fidelidad, la
sinceridad... En una palabra, pierden a Dios. Para ellos no es
importante cumplir su palabra dada ni los juramentos hechos ante el
altar. Sólo viven para tener dinero y gozar de la vida. Así vivió
un hombre durante toda su vida y en el lecho de muerte, reconociendo
sus errores les dijo a sus familiares: “Poned este epitafio en mi
tumba: Aquí descansa un pobre hombre que se fue del mundo sin saber
siquiera para qué había venido”. En cambio, qué distinta fue la
muerte del famoso físico Ampere, un hombre profundamente religioso,
que quiso que grabasen en su tumba estas palabras: “tandem felix”
(por fin, feliz). ¿Cómo quieres tú que sea tu muerte?
Recuerdo que, en una ocasión, tuve que confesar a un viejecito,
que estaba moribundo, y me dijo: “Padre, cuando yo era joven,
solamente pensaba en divertirme y en ganar dinero. Era un ignorante,
pero ahora me arrepiento y pido perdón de todos mis errores”.
Ojalá que tú no esperes al último momento, porque podría ser
demasiado tarde. Piensa que todo lo de este mundo pasa rápidamente
y debes acumular un tesoro que te sirva para la vida eterna. Porque
no sabes hasta cuándo tendrás la oportunidad de seguir con vida y
sólo se vive una sola vez.
El año 1933 se estrelló un avión que iba de Viena a Venecia.
Entre los muertos había un joven escritor que había llegado a
Viena desde Berlín dos horas antes. En Viena había pasado dos
horas en amena conversación con un amigo suyo y le había dicho:
“Qué grande es el hombre, esta mañana he desayunado en Berlín,
ahora almuerzo en Viena y esta noche cenaré en Venecia”.
¿Cenaré en Venecia? Nunca llegó a Venecia. Por eso, hay que tomar
la vida en serio, porque no sabemos hasta cuándo tendremos la
oportunidad de seguir con vida.
En el reloj de la torre de Leipzig en Alemania está escrito: “Mors
certa, hora incerta” (la muerte es cierta, pero la hora es
incierta). Por esto, un gran maestro de la vida espiritual, al
preguntarle cuál había sido la gracia más grande que había
recibido en su vida, respondió: “La gracia más grande que he
recibido en mi vida ha sido la de darme cuenta cada día, al
levantarme por la mañana, que no sé si llegaré a la noche”. Y
le dijeron: “Pero eso lo sabe todo el mundo”. “Sí,
respondió, todos lo saben, pero no todos lo sienten”. Vive, pues,
como si cada día fuera el último de tu vida.
Recuerdo que leí en el periódico la siguiente noticia: “Un
joven médico, después de la fiesta de su graduación, en la que
había estado muy alegre y había sido el centro de atención de
todas las damas presentes... al salir fue atropellado por un taxi y
murió”. Más o menos era así la nota de prensa, y, además,
añadía que era muy inteligente y que había sido aprobado con las
máximas calificaciones y que tenía un gran porvenir... ¿Un gran
porvenir? Nadie es dueño de su futuro.
En un libro antiguo leí un cuento interesante: “Un hombre
pobre, vivía solo en su chocita. La última noche del año se le
apareció un ángel y, al dar las doce, colocó delante de él un
saco de oro, diciéndole: Este saco de oro es tuyo, aprovéchalo
bien y serás feliz”. ¿Qué harías tú con un saco de oro? No
olvides que el tiempo es oro. Pues piensa que también a ti Dios te
ha dado un saco de oro, que es el tiempo disponible, aprovéchalo
bien, no lo despilfarres y serás feliz.
Nunca me olvidaré de aquella pareja de esposos que tenía serios
problemas. Un día la esposa le dijo a su esposo: “Si tuviera que
decidir hoy, si casarme contigo o no, no me casaría. Yo amé y amo
a aquel joven universitario, apuesto, cariñoso, atento, que siempre
estaba pendiente de mí. A aquel hombre lo amé y lo amo con todo mi
corazón, pero hoy se ha convertido en un hombre tosco y serio, que
todo el día está pensando en el dinero y en el negocio y no tiene
tiempo para mí ni para nuestros hijos ni para sí mismo. No ama ni
se deja amar. Parece que hubiera renunciado a tener corazón y se ha
convertido en una computadora que sólo sabe sumar y restar, parece
una máquina y no una persona”.
El esposo comprendió que los negocios absorbían demasiado su
tiempo, que vivía tenso, que no comía en casa, que era un extraño
para sus hijos... No era amable ni cariñoso con la esposa. Era
adicto al trabajo y estaba demasiado tiempo fuera de casa. Había
perdido la capacidad de ser feliz y sólo buscaba desahogarse y
divertirse, de vez en cuando, con amigos y amigas, que no le
llenaban su corazón. Y cada día se sentía más vacío y estaba
perdiendo definitivamente a su familia y a sí mismo. Cada día era
más rico en dinero, pero más pobre de alma, un robot, un hombre
mecanizado, que producía cosas y mucho dolor a su alrededor, pero
que no era feliz ni hacía felices a los demás.
Por eso, piensa: Tú no debes vivir sólo para los cuatro días
de este mundo, debes vivir para la eternidad, debes ser un hombre de
pies a cabeza, un hombre de cuerpo entero. Hoy día en que hay
seguro para todo: contra accidentes, incendios, naufragios, muertes
¿has firmado un seguro para tu salvación eterna? Tu alma vale más
que el mundo entero. No la pierdas por el afán del dinero. “El
afán del dinero es la raíz de todos los males” (1 Tim 6,10).
HOMBRES MEDIOCRES
¡Qué triste es ver pasar por la vida hombres sin entusiasmo,
que se contentan con cualquier cosa y no tienen aspiraciones de
mejorar! A veces, atribuyen todos sus errores y fracasos a su mala
suerte o a que les han hecho “daño”. No comprenden que, para
triunfar y hacer algo que valga la pena, hay que trabajar, hay que
emplearse a fondo, hay que dar lo mejor de sí mismos, pero ellos
parecen que no están dispuestos a luchar. Lamentablemente, muchos
padres de familia educan a sus hijos en la ley del mínimo esfuerzo
y se lo dan todo hecho. De esta manera, los hacen egoístas y
caprichosos, creyendo que tienen derecho a todo. Así estarán mal
preparados para enfrentar la lucha por la vida.
Esta mentalidad de comodidad y mediocridad se ve fomentada por la
cultura “light”, suave. Alimentos “light”, bajos en
calorías, sin colesterol y sin riesgo para subir de peso.
Cigarrillos “light”, de lechuga, con el mismo sabor, pero sin
nicotina. Matrimonios “light”, convivientes o solo casados por
lo civil, pero sin compromiso definitivo. De esta manera, se vive
también una moral “light”, ligera, en la que uno puede hacer lo
que quiera sin que nadie le pueda limitar su “libertad”. Ni la
religión ni los padres ni el Estado pueden oponerse a lo que
quieran hacer. De ahí caen fácilmente en la droga, el alcohol, el
sexo libre y, en último término, en el egoísmo y la ruina humana.
Es la cultura del yo, yo, yo, que predomina en todas las
actitudes vitales y hace vivir a cada uno independientemente de los
demás. Es querer todo y rápido con el mínimo esfuerzo. Es el
egoísmo brutal. Es querer trabajar, por ejemplo, medio tiempo y
tener sueldo de Ministros. Y, si esto no es posible, seguir otro
camino más fácil: la estafa y el robo, es decir, la mentira y el
engaño como norma de vida.
Por eso, tú procura no ser una víctima “light” de esta
cultura de la comodidad. Nada grande se puede conseguir sin esfuerzo
y sin sacrificio. Lucha, trabaja, esfuérzate, estudia, no seas
superficial, vive con profundidad y seriedad. Sé responsable.
Decía Saint Exupery que “ser hombre es ser responsable”. Un
hombre, que no quiere esforzarse, nunca hará nada que valga la
pena. Será un hombre “hueco” por dentro. Quizás tiene mucha
palabrería, pero su corazón está vacío y terminará su vida sin
pena ni gloria, si es que no termina drogadicto, alcohólico y
abandonado de su propia familia. Son hombres que, como diría Homes:
“morirán con toda su música dentro”, sin haber desarrollado
tantas cualidades hermosas que Dios les había regalado y que
desperdiciaron por falta de esfuerzo y dedicación.
Considero que el pecado de omisión es uno de los más grandes
pecados: no hacer lo que debíamos hacer, no ser lo que debemos ser,
no esforzarnos por cumplir nuestra misión, no rendir al máximo con
las cualidades que hemos recibido. Ciertamente, todos los flojos y
comodones, que “estudian” para no trabajar, son los mayores
fracasados, porque su vida será mediocre, superficial, sin metas ni
aspiraciones. ¡Qué pena! Vivir sin vivir, vivir por vivir, seguir
tirando, caminar sin rumbo, sin saber a dónde ir. Ésta es la
tragedia de muchos hombres actuales, que viven sin ideales y no
tienen estrellas que alcanzar, porque no tienen sueños de grandeza
ni superación. Al final, terminarán frustrados con una sensación
de inutilidad y de vacío, que les hará sentir la mentira
existencial en que vivieron toda su vida.
Muchos de estos mediocres, si trabajan, lo hacen como si fuera un
castigo insoportable (otros ni siquiera buscan trabajo). Soportan
tener que trabajar y trabajan sin ganas. Sólo esperan que llegue el
viernes por la tarde para “vivir” de fiesta en fiesta el fin de
semana. ¡Qué pobres hombres, que arrastran su cuerpo, soñolientos
de lunes a viernes, esperando que llegue la fiesta! Viven para gozar
sin otras aspiraciones mayores. Hombres “sin alma”, que sólo
piensan en satisfacer su cuerpo. Muchos de ellos han perdido la
autoestima y se dejan llevar del pesimismo y de la autocompasión,
no creen en sí mismos ni en los demás, y a Dios lo ven demasiado
lejano como para tomarlo en serio. Son como muertos vivientes, que
no tienen esperanzas.
Por eso, si tú un día te despiertas con mal ánimo y sientes tu
vida vacía y te dices a ti mismo “no vale la pena vivir así”,
es que estás muerto por dentro. Levanta la cabeza, escucha la voz
de tu Padre Dios, que te mira desde el cielo de tu corazón y
arrepiéntete y pídele fuerzas para luchar y trabajar por una vida
mejor. No importa, si eres pobre, ignorante, enfermo, anciano o lo
que sea. Tu vida vale infinitamente para Dios y, mientras puedas
amar, puedes dar sentido a tu vida. No te desanimes y ama siempre.
“Ama y haz lo que quieras”, decía S. Agustín.
Sin embargo, hay demasiada gente que no se acepta así misma y,
por eso, no creen en sus cualidades para triunfar y para hacer algo
que valga la pena. Son eternos fracasados. Tienen miedo de sí
mismos y no se emplean a fondo en lo que hacen, siempre hacen las
cosas a medias, para cumplir, para quedar bien y nada más. No
tienen aspiraciones. Al menor fracaso se desaniman y se retiran. Por
ejemplo, una esposa que a las primeras peleas se divorcia; un
empresario que al primer negocio que sale mal, deja la empresa; un
estudiante que, al primer suspenso, abandona los estudios...
¡Cuántos fracasados por no confiar en sí mismos, cuando su Padre
celestial está ilusionado y tiene tantos planes maravillosos para
ellos! Tú tienes una misión que cumplir, tú no eres menos que
otros, tú tienes tus propias cualidades. Tú debes responder de tus
talentos y de tu misión. ¿Lo estás haciendo?
No tengas envidia de los otros. Lo importante es cumplir bien tu
misión, porque ante Dios todos somos iguales. En el teatro de la
vida, no hay papeles malos, sino malos actores. No importa, si a ti
te toca desempeñar el papel de un humilde empleado y a otros el de
reyes o doctores, lo importante es que cumplas bien tu papel. Y Dios
tu Padre estará orgulloso de ti. No importa tanto lo que haces,
sino el amor con que lo haces. No lo olvides. Pero tienes que ser un
hombre alegre y optimista para alegrar la vida de los demás.
Porque, si te levantas por la mañana, pensando que te sucederá lo
peor, probablemente te irá mal y no habrás puesto lo suficiente de
tu parte. No vivas a la defensiva, pensando que todo el mundo te
quiere mal. Levántate, pensando que éste será un buen día y todo
te saldrá mejor. Y, aunque al final las cosas no salgan como tú
querías, Dios estará contento contigo y podrás dormir con la
conciencia tranquila de haber puesto lo mejor de tu parte. Decía
Walt Disney: “Si te esfuerzas lo suficiente, por muchos que sean
los deseos de tu corazón, tus sueños se convertirán en realidad”.
Que no te pase a ti como a aquel niño que fue con su padre a
visitar unas grutas maravillosas y el niño gritó: “¡Qué
horrible!” y el eco repitió: “¡Qué horrible!”. Entonces, su
papá le dijo: “Escucha, hijo mío”. Y gritó: “¡Maravilloso!”.
Y el eco respondió “¡Maravilloso!”. ¿Cómo es tu actitud ante
la vida? Si sólo ves lo negativo de las cosas y los defectos de las
personas, entonces todo te parecerá mal e irás por el mundo con el
ceño fruncido y amargando a todos; pero, si ves lo positivo y eres
comprensivo y amigable con los demás, entonces serás una persona
agradable y repartirás alegría a tu alrededor y todos querrán ser
tus amigos.
Por supuesto que encontrarás muchas dificultades. Pero decía un
autor: “con las piedras que encuentres en el camino, sé delicado
y llévatelas y, si no las puedes cargar a hombros como hermanas, al
menos, déjalas atrás como amigas”. No te desesperes por lo que
no puedes cambiar, pero esfuérzate en superarte cada día más.
Dios mira tu esfuerzo y te felicitará. Al final, no importa, si has
triunfado humanamente, Dios te preguntará si has luchado, eso es lo
que cuenta. Pon de tu parte todo lo que puedas y lo demás déjaselo
a Dios.
Dios es tu Padre, tu eres su hijo y debes dar lo mejor de ti
mismo. Un hijo de Dios debe tener calidad humana y espiritual. Tu
Padre celestial no puede contentarse con cualquier cosa. Porque,
así como exiges productos de primera calidad, así tu Padre te
exige calidad “extra” en tu vida. No importa tanto las
cualidades humanas que tengas, el amor es lo que da calidad a tu
vida. Cuanto más amas, eres más como persona. Y, si tu Padre Dios
está contento de tus luchas y esfuerzos, ante Él ya has triunfado
y tu triunfo te lo reconocerá por toda la eternidad.
Pero no olvides nunca que ser bueno cuesta, que la virtud se
consigue con esfuerzo y que no hay nada grande sin esfuerzo y sin
sacrificio. ¿Tienes voluntad para trabajar y esforzarte al máximo
para ser lo que tienes que ser? “Al morir, el amor de Dios te
enfrentará con el santo que deberías haber sido” (Julien Green).
Aspira a lo más grande y más profundo, a ser mejor cada día,
aspira a las altas cumbres, aspira a la santidad.
Un día leía esta noticia. En un pueblecito de Suiza, al pie de
grandes montañas, un auto había arrollado un águila real. Esta
ave majestuosa, que vuela sobre las nubes, había sido arrollada por
un auto que corre a ras del suelo. ¿Por qué? Porque descubrió en
la carretera un animal muerto y bajó a darse un festín y se
olvidó de todo lo que le rodeaba, no vio el peligro que le
amenazaba en tierra, no miraba el sol refulgente que le invitaba a
remontarse... Pues bien, tu alma es como un águila real llamada a
volar por las alturas, no te olvides de tu destino eterno y no vayas
tras la carroña que te rodea como la pornografía, el afán
desmedido del dinero, los vicios y todo lo que te ata a este mundo.
No te olvides que tienes un alma inmortal, que desea la inmensidad
del cielo azul y aspira a la eternidad de Dios. No seas víctima de
tu propia mediocridad y de tus pecados. Levanta el vuelo a las
alturas, sueña con el aire puro de las cimas elevadas y no te dejes
encerrar en la cárcel de tus vicios y placeres.
Toma tu vida en tus manos, no te detengas, sigue avanzando, mira
siempre adelante. Atrévete a vivir en plenitud. Mientras haya vidas
que salvar, hombres hambrientos a quienes puedas dar de comer,
ignorantes a quienes enseñar o malvados a quienes rescatar... tu
vida vale mucho. Jesús te dice que tomes tu cruz de cada día y lo
sigas (Cf Lc 9,23). “El que pone su mano en el arado y mira hacia
atrás no vale para el reino de Dios” (Lc 9,62). Por eso, con su
ayuda, puedes decir convencido: “Todo lo puedo en Aquel (Cristo)
que me fortalece” (Fil 4,13).
HOMBRES INSATISFECHOS
¡Cuántos hombres caminan por la vida sin aceptarse como son,
arrastrando la pesada cadena de sus propias limitaciones personales!
Es como si le dijeran a Dios en cada instante: “No me gusta cómo
me has hecho, fúndeme y hazme de nuevo, porque así nunca seré
feliz”. Quizás creen que para ser feliz hace falta tener buen
cuerpo, salud, dinero, inteligencia y otras cosas que ellos desean.
Pero lo más importante es aceptarse como se es y desarrollar al
máximo las cualidades recibidas de Dios. Nadie es perfecto, pero
tampoco hay vidas inútiles y sin sentido para Dios. Todos somos
valiosos para Él. Más aún, todos somos sus hijos, con la misma
dignidad y la misma categoría, no hay hombres de segunda clase para
nuestro Padre celestial. Habrá quienes tengan más cualidades para
cumplir la misión que Dios les ha encomendado, pero cada uno tiene
una misión y debe cumplirla; pues, de otro modo, habrá un vacío
en el mundo y él será responsable del mal que hizo y del bien que
dejó de hacer.
Ahora mírate a ti mismo. Haz un examen de conciencia ¿Te
aceptas como eres? ¿Alguna vez le has dado gracias a Dios por ser
así? ¿No? ¿Por qué no lo haces hoy mismo? ¿No puedes? Vamos a
ver. ¿Te avergüenzas de tus manos y tratas de ocultarlas? ¿Qué
sería de ti sin tus manos? ¿Cómo podrías trabajar? ¿No te
gustan tus ojos, tu nariz, tus dientes, tu estatura, tu color?
Entonces, es como si se convirtieran en tus enemigos, porque los
rechazas y te haces mucho daño a ti mismo y te quitan las ganas de
vivir. ¿Te gustaría tener buena salud, buena casa, mucho dinero,
más inteligencia, etc., etc.? Acepta la realidad y no te
desprecies, tienes muchos dones de Dios y debes valorarte más.
Acepta con paz ese defecto corporal que tienes, sea calvicie,
miopía, cojera, gordura, nariz prominente, pequeña estatura... No
te hagas daño a ti mismo. Ve el lado positivo de las cosas y busca
tus cualidades para desarrollarlas y dale siempre gracias a Dios, tu
Padre. ¡Cuánta gente con menos cualidades que tú, incluso
enfermos y ancianos, son felices! ¿Por qué tú no puedes serlo?
No te rebeles contra Dios y dale gracias por tu vida. Te pondré
unos ejemplos. Alexander Solschenizyn, premio Nóbel de literatura,
estuvo 11 años prisionero en un campo de concentración en Siberia.
En su obra “Archipiélago Gulag” escribe: “Alégrate, cuando
no tirites de frío, cuando el hambre y la sed no desgarren tus
entrañas. Cuando no sientas rota la espina dorsal, cuando puedas
caminar con ambas piernas y tomar las cosas con ambas manos y ver
con ambos ojos y oír con ambos oídos”.
Eddie Rickenbacker estuvo veintiún días perdido en una balsa en
el Pacífico, durante la segunda guerra mundial. Cuando le
preguntaron qué lección había aprendido de esa experiencia, dijo:
“La lección más grande que he aprendido es la de no quejarme
nunca, mientras tenga agua y comida suficiente para vivir”.
Hellen Keller, a los dos años de edad, sufrió un ataque de
fiebre cerebral y quedó sorda y ciega para toda la vida. Pero ella
no se amilanó y aprendió a leer y escribir y realizó estudios
superiores. Fundó 50 escuelas para ciegos y escribió libros que se
han traducido a 50 idiomas. A sus 77 años, todavía seguía dando
conferencias y ayudando a sordos y ciegos del mundo entero. Y
decía: “He luchado para descubrirme a mí misma una razón para
vivir y un campo en el que pudiera ser útil. Yo creo que podemos
ser felices aquí y ahora, si cumplimos fielmente nuestro deber.
Hasta la más humilde ocupación es un arte, si encierra esfuerzo y
amor por lo demás”.
Si ella pudo ser feliz y ser útil a tantos seres humanos ¿por
qué tú, que ves y oyes, no puedes serlo? Tú eres una persona
única en el mundo. Tú no eres fotocopia. Lucha contra tu sentido
de inutilidad o de derrota, libérate de la autocompasión. No te
des por vencido, siempre hay algo que hacer por los demás. Y tú
puedes ser feliz, haciendo felices a los demás. Pero, si te das por
vencido, nadie podrá hacer nada por ti. Acepta la responsabilidad
de tu propia vida. No sólo por ti mismo, sino también por los
demás, que te necesitan y esperan mucho de ti para ser mejores y
más felices.
¡Se necesita tan poco para ser feliz! Incluso, aunque hayas
cometido muchos errores, Dios te los va a perdonar, acércate como
un hijo arrepentido y ten la seguridad de que te va a perdonar,
aunque nadie te perdone. Y siempre estás a tiempo para empezar de
nuevo. Mientras hay vida, hay esperanza, no te hundas en la
desesperación. Mira la vida de frente. La vida continúa y Dios
sigue confiando en ti. Pase lo que pase, confía tú también en
Él. Y escucha lo que te dice tu Padre Dios.
Querido hijo:
Te amo con todo mi corazón de Padre y tengo muchas esperanzas en
ti. Desde toda la eternidad he pensado en ti y he trazado un plan
maravilloso para ti. Hijo mío, no tengas miedo, porque yo siempre
estoy contigo. Puedes llamarme a cualquier hora del día o de la
noche, porque tengo todo mi tiempo exclusivamente para ti. Háblame
con confianza. Ayer te vi que estabas triste y pensé que querías
hablar conmigo. Esperé, pero no me dirigiste la palabra. Sin
embargo, quiero decirte que aún te amo y sigo confiando en ti.
Te vi dormir en la noche y te envié mis rayos de luna para besar
tu frente... esperé hasta la mañana. Mas tú con tu prisa tampoco
me hablaste. Entonces, mis lágrimas se mezclaron con las gotas de
lluvia que caían. Hoy te sigo viendo triste y quisiera consolarte
con mis rayos de sol, con mi cielo azul, con los paisajes de los
campos y el aroma y el color de mis hermosas flores. Te grito mi
amor a través del zumbido de las hojas agitadas por el viento, a
través del canto de los pájaros y del rumor del riachuelo. Pero
parece que tú no te das cuenta.
Hijo mío, ¿acaso no escuchas mi voz, que está en el fondo de
tu alma o quieres taparla con ruidos y más ruidos y músicas
estridentes? ¿Crees que te voy a dejar? Eres demasiado importante
para mí y te amo demasiado como para olvidarme de ti. Mi voz te
sigue como tu sombra y mi amor te envuelve con el aire que respiras.
No me tengas miedo. Ven a Mí. Si has caído y tienes vergüenza, no
temas, yo lo sé todo y te comprendo y tengo misericordia de ti.
Sólo te pido que lo reconozcas y que te esfuerces para que podamos
ser nuevamente amigos, de verdad.
Hijo mío, te amo y necesito de tu amor y de tu cariño. Todos
los días te estoy esperando de modo especial en la Eucaristía.
¿No tendrás un tiempo libre para venir a visitarme? ¿Me dices que
estás muy ocupado? ¿Que no tienes tiempo? No te preocupes, puedo
seguir esperándote, porque te amo y nunca me cansaré de ti.
HOMBRES DESORIENTADOS
Actualmente, hay demasiados falsos profetas en nuestro mundo,
muchos caen fácilmente en sus redes y en la trampa de sus
falsedades, lo que les impide volar en su camino hacia Dios. Hay
demasiados que creen en la astrología, como si nuestra vida
estuviera predeterminada en la órbita de los astros. ¿Acaso Dios
no es todopoderoso y controla el Universo con todas sus energías?
¿Por qué tienen que acudir a talismanes para tener buena suerte o
para defenderse de los enemigos? ¿Acaso Dios no es nuestro
protector y defensor?
Realmente, da pena ver a tantos hombres que van sin rumbo por la
vida y que, para defenderse de las fuerzas cósmicas, buscan toda
clase de amuletos y talismanes y creen en toda clase de
supersticiones, horóscopos y brujerías. Incluso en los países “desarrollados”
económicamente, aunque parecen “subdesarrollados” en el
espíritu, se ven las más absurdas supersticiones. Por ejemplo,
cantantes que, para salir a cantar, deben ir con medias de distinto
color, aviadores que llevan su “talismán” para la buena suerte,
sea una uña de león, un diente de zorra, una moneda, un zapato o
un colmillo de elefante en miniatura... En las grandes ciudades de
Occidente, no faltan los adivinos del futuro, que, a través de
hojas de té, de las cartas o de la bola de cristal... aseguran el
porvenir.
Muchos de estos contemporáneos están muy sensibilizados para la
defensa del medio ambiente y de los animales, pero se olvidan de los
otros hombres. Por ejemplo, en Navidad, en una gran ciudad europea,
una señora dio a la Sociedad protectora de animales un grandioso
donativo para el festín de los animales de zoológico en recuerdo
del buey y del asno que estuvieron en la cueva de Belén. Ese día,
la ración de los animales fue realmente opípara con abundante
carne, dulces, etc., etc. Un diario de Berlín dio la noticia de que
una actriz había encargado una dentadura postiza para su perrito.
Otro ejemplo, una rica señora de Roma, al morir, dejó a la
sociedad protectora de animales la suma de veinte millones de
dólares con la condición de cuidar a sus trece gatitos y recoger a
todos los gatos sin dueño de la ciudad. Todo ese dinero sólo para
gatos... ¿y los hombres? Por eso, la Iglesia nos dice: “Es
indigno invertir en los animales sumas que deberían remediar, más
bien, la miseria de los hombres. Se puede amar a los animales, pero
no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los
seres humanos” (Cat 2418). Muchos de estos defensores de los
animales son, a la vez, partidarios del aborto. ¡Qué
contradicción!
Por otra parte, da tristeza ver tantas sectas o nuevas
asociaciones religiosas, que se creen dueñas de la verdad y
descalifican a los demás, enviándoles al infierno, si no se
convierten en sus seguidores. Algunos de estos grupos hasta acaparan
y controlan y debilitan la personalidad, los alejan de la familia y
de los estudios para dedicarlos enteramente a la secta con una
obediencia total a su jefe. Y no faltan quienes acuden a grupos
misteriosos esotéricos, que se creen guardar la verdad sólo para
los iniciados. Grupos cerrados y secretos que buscan el desarrollo
mental para ser unos “superhombres”. Otros grupos buscan el
progreso en su relación con los extraterrestres... Ante esta gama
tan grande de vendedores de la “verdad” y de la “felicidad”,
¡qué fácil es equivocarse y seguir una senda estrecha en vez de
seguir el camino de Jesucristo!
Si pensamos en las grandes religiones no cristianas, podemos ver
cuántos errores tienen en su doctrina y en su actuar: ritos
extraños para purificarse, discriminación radical de la mujer,
conceptos equivocados sobre el bien y el mal... Son senderos que se
quedan a medio camino, pues no conocen a Dios como Padre amoroso y
providente que vela por sus hijos con amor. De ahí nuestra grave
responsabilidad, como cristianos, de enseñarles la VERDAD de
Jesucristo. No somos dueños de la verdad ni tenemos el monopolio
exclusivo, porque todos los hombres son hijos del mismo Dios y
tienen derecho a conocer en plenitud a su Padre Dios y a su Hijo
Jesucristo.
Decía el Papa Juan Pablo II: “No podemos permanecer
tranquilos, si pensamos en los millones de hermanos y hermanas
nuestros redimidos también por la sangre de Cristo, que viven sin
conocer el amor de Dios... Pero tenemos fe en Dios Padre, en su
bondad y misericordia... Dios está preparando una primavera
cristiana de la que ya se vislumbra su comienzo" (RM 86). En el
mundo sólo el 30% son cristianos y sólo el 18.5% son católicos.
¿Qué has hecho tú para llevar la verdad de Cristo a todos los
pueblos del mundo, a través de tu oración, sacrificio y amor? No
olvides que debes compartir con los demás el regalo de ser
cristiano y extender el reino de Jesucristo por todo el mundo. Sólo
Jesucristo es “el CAMINO, la VERDAD y la VIDA”. (Jn 14,6). En
Él y sólo en Él encontraremos la luz y la verdad, que nos
llevará al amor de Dios en plenitud. Pero recordemos que a Cristo,
el amigo humano divino, lo encontramos en la Eucaristía. ¿Hasta
cuándo los católicos y los ortodoxos guardaremos este tesoro para
nosotros solos? ¿Por qué no vamos por el mundo entero, hablando de
que Jesús nos espera como un amigo en este sacramento? Abre las
puertas de tu corazón a Jesús Eucaristía y acude a la cena del
Señor. Estás invitado. Por Cristo, con Él y en Él, llegarás
más fácilmente a vivir de verdad la maravilla de ser hijo de Dios
en la plenitud del amor.
CUARTA PARTE
HOMBRES AUTENTICOS
En esta cuarta parte, vamos a considerar cómo debe ser un hombre
auténtico: honrado, sincero, puro, responsable... un hombre que ama
con sinceridad y busca siempre la verdad, aspirando siempre a la
unión más íntima con Dios. Pero, primero, veamos lo que dice Dios
a tantos hombres que tienen autocompasión de sí mismos y se creen
sin valor y no reconocen su grandiosa dignidad de hijos de Dios.
EL MILAGRO MAS GRANDE DEL MUNDO
Éste es el título de un libro de Og Mandino, donde nos habla,
en su Memorándum de Dios, de la grandeza del ser humano. Es tan
grande su dignidad que, si pierde su autoestima o se deja llevar del
pesimismo de la autocompasión, ofenderá gravemente a su Creador.
Será como un muerto viviente, sin esperanza, que perderá toda
posibilidad de realizarse, de superarse y de cumplir la misión que
Dios le ha encomendado. Pongamos atención a lo que Dios nos dice en
este Memorándum:
“Lloras por tu dignidad manchada con el fracaso. Lloras por
todo tu talento, que ha sido desperdiciado por el mal uso... No
llores más, yo estoy contigo. El pasado está muerto deja que los
muertos entierren a sus muertos. Te ordeno que salgas de tu
sepultura y empieces una nueva vida. Y déjame compartir contigo el
secreto que escuchaste a la hora de tu nacimiento y que ya has
olvidado.
Tú eres el milagro más grande del mundo. Éstas fueron las
primeras palabras que escuchaste, después lloraste. Todos lloran.
Entonces, no me creíste. ¿Cómo puedes ser un milagro, cuando te
consideras un fracaso hasta para las tareas más sencillas? Has
maldecido tu suerte, has rehusado aceptar las consecuencias de tus
propios pensamientos mezquinos e insignificantes y has buscado un
culpable. Y me has culpado a mí. Has gritado que tus defectos, tus
mediocridades, tu falta de oportunidades y tus fallas eran “voluntad
de Dios”. Estás equivocado. Vamos a ver, hagamos un inventario de
tus dones.
¿Estás ciego? No, puedes ver y los cien millones de receptores
que deposité en tus ojos te permiten gozar de la magia de una hoja,
de un copo de nieve, un águila, un niño, una nube, una estrella,
una rosa, el arco iris, y la mirada del amor. Anota un don.
¿Estás sordo? No, puedes oír y los 24,000 filamentos que puse
en cada uno de tus oídos vibran con el viento de la arboleda, con
la majestuosidad de una ópera, con el canto del petirrojo, con el
juego de los niños y con la palabra te amo. Anota otro don.
¿Estás mudo? No, puedes hablar. Ninguna otra de mis criaturas
puede hacerlo y tus palabras pueden calmar al enojado, animar al
abatido, estimular al cobarde, alegrar al triste, alentar al
vencido, enseñar al ignorante y decir te amo. Anota otro don.
¿Estás paralítico? No. Te puedes mover, no eres un árbol
condenado a una pequeña porción de tierra, puedes pasear, correr,
bailar y trabajar, ya que dentro de ti he diseñado quinientos
músculos, doscientos huesos y siete mil nervios, que están
sincronizados para obedecerte. Anota otro don.
¿Eres enfermo mental? ¿No puedes pensar por ti mismo? No. Tu
cerebro es la estructura más compleja del Universo. Dentro de sus
mil o más gramos hay trece mil millones de células nerviosas. He
implantado en tus células más de mil trillones de moléculas
proteicas. Y para ayudar a tu cerebro en el gobierno de tu cuerpo he
dispersado en tu organismo cuatro millones de estructuras sensibles
al dolor, quinientos mil detectores táctiles y más de doscientos
mil detectores de temperatura... Tú eres mi creación más fina.
¿Por qué has gritado que todos los dones de la humanidad te han
sido negados? ¿Careces de talento, sentidos, capacidades,
instintos, sensaciones? ¿Por qué te arrastras en las sombras como
un gigante derrotado? Tienes demasiadas cosas. Tus dones se derraman
de tu copa y tú has sido negligente con ellos. Contéstame,
contéstate a ti mismo. ¿Qué hombre rico no cambiaría todas sus
riquezas por los dones que tú has tratado tan a la ligera? Por
tanto, cuenta tus dones y sé consciente de que eres mi creación
más grande. ¿Donde están los defectos que ocasionaron tu fracaso?
Sólo existen en tu mente.
Tú eres único, el tesoro más valioso sobre la superficie de la
tierra. Nunca ha habido entre los 70,000 millones de hombres que han
caminado sobre el planeta un ser que haya sido exactamente igual a
ti. Nunca hasta el fin del mundo habrá otro igual a ti. Eres una
creación única en el mundo. De tu padre emanaron un sinnúmero de
semillas de amor, más de 400 millones, y todas ellas, mientras
nadaban dentro de tu madre, murieron todas, excepto tú. Sólo tú
perseveraste dentro del amoroso calor del cuerpo de tu madre,
buscando la otra mitad, una sola célula de tu madre, tan pequeña
que se necesitarían más de dos millones de ellas para llenar una
bellota. Sin embargo, perseveraste y encontraste la célula
infinitesimal, te uniste a ella y empezó una nueva vida, tu vida.
Dos células, ahora unidas en un milagro, dos células cada una
con 23 cromosomas y en cada cromosoma cientos de genes que regirán
cada característica tuya, desde el color de tus ojos hasta el
encanto de tus modales y el tamaño de tu cerebro. Con todas las
combinaciones posibles, empezando por ese espermatozoide solitario
de entre 400 millones de tu padre hasta los cientos de genes en cada
uno de los cromosomas de tus padres, podría haber creado más de
300 millones de seres diferentes. Pero ¿a quién creé? A ti,
único entre los únicos, un premio sin precio, poseedor de
cualidades que nunca tuvo ni tendrá otro ser humano.
¿Por qué te has valorado en centavos, cuando tu valor es
comparable a la riqueza de un rey? ¿Por qué escuchaste a quienes
te menospreciaron? ¿Por qué los creíste? El único medio de
triunfar es dar lo mejor de ti mismo. Avanza, camina otro
kilómetro. No pienses que te están engañando, si rindes más de
lo que se te paga. El mediocre nunca camina otro kilómetro, pero
tú no eres mediocre. Eres el milagro más grande del mundo. Sé
paciente en tu progreso. Tú no eres un esclavo de fuerzas que no
puedes entender. Eres una manifestación libre de mi Ser, de mi
AMOR. Y yo te creé con un propósito. Me necesitas y te necesito.
Tenemos un mundo que reconstruir juntos. Yo jamás he perdido mi fe
en ti. Te di el poder de pensar, el poder de elegir. Y puedes
degenerar en la forma más baja de vida como renacer en la forma
más elevada. ¿Qué has hecho con este tremendo poder?
Examina todas las elecciones que has hecho en tu vida y recuerda
aquellos amargos momentos en los que caerías de rodillas, si tan
sólo tuvieras la oportunidad de elegir nuevamente. Usa, pues,
sabiamente tu poder de elección. Elige amar en lugar de odiar,
elige curar en lugar de herir, elige alabar en lugar de criticar,
elige dar en lugar de robar, elige vivir en lugar de morir. Ahora ya
sabes que tus desventuras no eran mi voluntad. Ahora eres sabio y
eres capaz de realizar maravillas con tu vida. Nunca te menosprecies
nuevamente. No te rebajes por las cosas insignificantes. Nunca más
sientas compasión de ti mismo y cada día será para ti un nuevo
desafío y una nueva alegría. No olvides que eres mi mayor milagro.
Y yo te amo”.
TU PUEDES TRIUNFAR
En la vida cometerás muchos errores y tendrás muchos fracasos,
pero lo que no puedes hacer es sentirte derrotado y sin ganas de
luchar. En la vida hay algo peor que el fracaso: el no haber
intentado nada. Cuando fracases en algo, en que has puesto todo tu
empeño, no te amilanes, levanta la cabeza y mira a tu Padre Dios,
que te felicita con todo su corazón. Para Él sí has triunfado,
porque has puesto alma, vida y corazón en la empresa y has hecho lo
que creías que debías hacer. Para Dios el único fracaso es hacer
las cosas sin amor y sin esfuerzo. Cuando amas y te esfuerzas,
siempre triunfas. Así que no temas al fracaso, solamente teme al no
esforzarte bastante y no amar lo suficiente. Además, con el fracaso
puedes aprender a mejorar la próxima vez. Busca siempre las
semillas del triunfo en todas tus adversidades.
Por otra parte, no eches la culpa de tus errores y fracasos a los
demás. Es muy fácil pensar que los demás tienen la culpa y
justificarse así. Pero, aunque así fuera, no te dejes llevar del
odio o de la violencia. ¿Acaso el pensamiento de una “dulce”
venganza te ayudará a dormir mejor esta noche? ¿Acaso el hacer
daño al otro solucionará tus problemas? Todo lo contrario, el odio
envenenará tu alma y te destruirá por dentro. Tampoco te encierres
dentro de ti mismo para llorar sin esperanza. Dios sigue confiando
en ti y dándote nuevas oportunidades. Quizás con ese fracaso
quiere decirte que tiene algo mejor para ti y que debes cambiar de
rumbo e ir en otra dirección. Por eso, mira siempre adelante, no te
desalientes, la vida continúa. No te eches atrás. Mientras puedas
vivir y amar, tu vida tiene sentido y estás haciendo mucho por la
construcción de un mundo mejor, más humano y más feliz. Nunca
digas que todo te sale mal, que tienes mala suerte, que quieres
morirte y que quieres tirar la toalla y dejarlo todo...
Dios te ama y sigue confiando en ti. Pídele que te ayude, pero
pon de tu parte todo lo que puedas, pues Dios no hace milagros sin
necesidad y quiere que tú consigas las cosas con tu propio
esfuerzo. No esperes que te caiga la lotería, trabaja, y Dios, tu
Padre, se sentirá orgulloso de ti. Lo importante en la vida no es
vencer siempre, sino no desanimarse nunca. Precisamente, un hombre
es tan grande como lo es su voluntad. Y ésta se mide, cuando se
encuentra ante los obstáculos.
Decía Lacordaire que “cuando se quiere valorar a un hombre, es
necesario probarlo. Si no se halla dispuesto al sacrificio, no hay
por qué pasar adelante, se trata de un hombre vulgar”. S.
Agustín afirmaba que “el precio del hombre es su voluntad”.
¿Tienes una voluntad fuerte y constante? “Cuando un hombre tiene
fuerza para vencerse a sí mismo, puede creerse que ha nacido para
grandes cosas” (Juan Bautista Massillon).
El hombre de voluntad cumple bien sus obligaciones, aunque sean
desagradables. En cambio, el que es voluble, versátil y
tornadizo... tan pronto es perezoso como diligente, afable o
descortés, correcto o incorrecto. Este último difícilmente
llegará a triunfar en la vida, porque le falta constancia y, con su
inestabilidad, dejará pasar muchas oportunidades de triunfar. Tú
has nacido para triunfar y, por eso, debes ser constante y decidido
en tus empresas. Decía Og Mandino en su libro “El vendedor más
grande del mundo”: “Nací para triunfar, nací para alcanzar el
éxito. Nunca jamás volveré a autocompadecerme ni a menospreciarme
a mí mismo. Todos los días me bañaré en el dorado resplandor del
entusiasmo. El día de hoy alzaré mi antorcha a lo alto y le
sonreiré a todo el mundo. Nunca seré descortés con ningún ser
viviente. Les sonreiré a los amigos y a los enemigos y haré todos
los esfuerzos posibles para encontrar en cada persona una cualidad
que pueda alabar, ya que he comprendido que el anhelo más profundo
de todo ser humano es el ansia de ser amado y apreciado. Cada día
procuraré hacer un poco más feliz o un poco más sabio, por lo
menos a un ser humano. Quiero que nadie se aleje de mí sin ser
mejor y más feliz. Además, realizaré las tareas encomendadas de
la mejor forma posible. Siempre pondré toda mi alma en la tarea que
tenga entre las manos. Daré lo mejor de mí mismo. No continuaré
lamentándome ni maldiciendo a todo el mundo. Y juro y prometo que
no me olvidaré de que el mejor talento, que Dios me ha dado, es el
poder orar y comunicarme con Él, que es mi Padre. Y siempre me
mantendré en contacto con Él a través de la oración”.
Sí, tu Padre Dios quiere tu triunfo y tu realización personal.
Cuenta con su ayuda y no te lamentes inútilmente de tu pasado. No
vuelvas al pasado para dar vueltas y vueltas a lo que sucedió. El
pasado está muerto y debes vivir el presente. No retrocedas atrás
para mirar con tristeza y amargura lo que sucedió. El pasado,
pasado está, “deja que los muertos entierren a sus muertos”.
Mira al futuro, traza metas que conquistar o cimas que alcanzar.
Corre riesgos, porque el que no se arriesga, no conseguirá nada.
Atrévete a equivocarte. Vive con renovada ilusión cada día. Cada
día es nuevo, cada flor es nueva, cada rostro es nuevo, todo el
mundo es nuevo cada mañana para ti. Abraza tu vida cada mañana al
levantarte y dile SI a Dios, que te da los “Buenos días” con el
resplandor de la aurora y te ama y te sonríe desde tu corazón.
Ahora bien, mientras vives bajo el sol de este mundo, debes
prepararte para la prueba. Vive preparado, porque pueden sucederte
muchas cosas desagradables. Pero no temas, Dios está contigo y te
ama. Confía en su amor y en su poder. Él controla tu vida y puedes
fiarte de Él, porque es tu Padre y nada te sucederá que no lo
permita por tu bien (Cf Rom 8,28). Deja de derramar lágrimas sobre
tus desgracias o, al menos, no te hundas en ellas. El fracaso es
sólo un paso al éxito, si sabes aprender la lección. El fracaso
puede ser tu mejor maestro en la vida. Por eso, libérate de todas
las telarañas de tu mente y de todo tus pensamientos negativos que
te llevan al pesimismo y al derrotismo. No dejes que tus
preocupaciones por el futuro ensombrezcan el día que comienza. No
pierdas el tiempo en pensamientos inútiles o que jamás pueden
llegar a suceder. Preocúpate del presente. Deja que tu Padre Dios
se preocupe de tu futuro.
Y comienza ahora mismo a pensar en el triunfo. Nunca olvides que
siempre es más tarde de lo que piensas para comenzar de nuevo y no
sabes si mañana tendrás tiempo para mejorar y vencer. Aprovecha
bien el tiempo y rinde al máximo en todas tus obras. Sé idealista
y no te contentes con la mediocridad de los que te rodean. Ten
siempre estrellas que alcanzar. Vuela alto como las águilas. Las
ideas te harán fuerte, pero tus ideales te harán invencible. “Los
ideales son como las estrellas, nunca los alcanzarás totalmente,
pero igual que los marineros en alta mar, trazarán tu camino
siguiéndolas”. Por eso, pon los ojos en las alturas para hacer
posible lo que parece imposible. Di como Carnegie: “My place is at
the top” (Mi puesto está en la cumbre). O como el emperador
Carlos V: “Plus ultra” (más allá). Que tu lema sea “Siempre
Adelante” o, como decían los antiguos romanos: “Semper prorsum,
nunquam retrorsum” (Siempre adelante, nunca atrás).
Tú has nacido para triunfar. Tú has nacido para grandes cosas.
Busca nuevos caminos y lánzate a la aventura por terrenos
inhóspitos e inexplorados. Dios tiene grandes esperanzas en ti, no
lo decepciones con tus dudas y desalientos. Haz las cosas bien
hechas, no a medias. Sé como aquel gran pintor griego que decía:
“Pinto para la eternidad”. Vive tú también para la eternidad y
vive cada momento de tu vida con la máxima intensidad. Porque, como
diría Dostoievski: “Eres ciudadano de la eternidad”.
Cuenta con la ayuda de tu Padre Dios y camina hacia el éxito.
Dios quiere hijos triunfadores, orgullosos de su dignidad,
luchadores hasta el final. Y, si amas de verdad a todo el mundo, el
triunfo está asegurado, porque “el amor es nuestra victoria”
(S. Agustín). Y ahora dile a tu Padre Dios:
Padre mío, acepto mi vida tal como tú me la has dado. Acepto
mis limitaciones y te doy gracias por haberme hecho así. Te entrego
todo mi pasado con mis fracasos y debilidades. Te prometo que, a
partir de ahora, lucharé con todas mis fuerzas para superarme, para
desarrollar las cualidades que Tú, Padre mío, me has regalado. Sé
que no puedo vivir, lamentándome continuamente, esperando que me
caiga la lotería o que tú me des las cualidades para poder
triunfar con honores en esta vida, pero, al menos, me esforzaré en
cumplir bien tu santa voluntad y ser fiel a la misión que me has
encomendado. Porque sé que para Ti no hay misiones ni vocaciones
pequeñas. Lo importante es el amor que se pone en ellas.
Padre, dame humildad para aceptarme con mis limitaciones. Dame
fortaleza para luchar, dame paciencia para intentarlo una y otra
vez. Dame amor para amarte sin descanso y dame la alegría de vivir
para Ti y para los demás. Sé que, si así lo hago, habré
triunfado a tus ojos y eso me basta. Gracias, Padre mío.
VIVE CADA DIA EN PLENITUD
Hoy es el día más importante de tu vida. Por eso, aprovéchalo
bien para hacer algo útil y hacer felices a los demás. Aléjate
del síndrome de hacer sólo “lo estrictamente necesario”, es
decir, lo mínimo indispensable. Eso es sólo para los flojos, pero
tú eres un hijo de Dios y debes emplearte a fondo y esforzarte al
máximo. No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy. No vayas
postergando las decisiones indefinidamente. Aprovecha bien el tiempo
y no lo desperdicies, porque el tiempo es oro. Es más grave perder
el tiempo que el dinero. El dinero lo puedes recuperar, pero el
tiempo nunca volverá. Hoy es el primer día del resto de tu vida,
vívelo con entusiasmo y escribe la mejor página del libro de tu
vida.
Sonríe a la vida que te saluda con el aroma de una flor, con un
lindo amanecer, con la inmensidad del mar, la puesta del sol o la
sonrisa de un niño o de un amigo que te saluda al pasar. ¡Hay
tantas cosas buenas y bellas, que Dios nos ha regalado para
disfrutarlas y alegrarnos con ellas cada día!
No niegues a nadie tu saludo o tu perdón. No importa lo que
hagan o digan de ti. Dios los juzgará, tú ámalos. Gánate amigos,
hablando de lo que a ellos les gusta y elogiándolos sinceramente
por las cosas buenas. Nunca acudas al insulto o al menosprecio para
defenderte. No ridiculices a nadie por sus defectos. Sé grande para
comprender y perdonar. Pero nunca acudas a la adulación falsa y
barata, porque, como todo lo falso, es malo. Pero sé generoso en el
elogio de las cualidades ajenas. Y no tengas envidia de los triunfos
de los otros, alégrate con ellos. Y, si no eres capaz de ello, al
menos, cállate y no hables mal de nadie. Como principio de tu vida,
nunca mientas, sé transparente y limpio en tus obras y acciones. No
acudas al engaño, no hagas de tu vida una mentira existencial.
Trata siempre de que el otro se sienta importante, habla de tus
propios errores antes de criticar a los demás. Evita toda
discusión, porque la única manera de ganarla es evitándola. Si
estás equivocado, sé humilde para reconocerlo rápida y
sinceramente. Y ten paciencia con quienes son orgullosos y nunca dan
el brazo a torcer. Cuando tengas que mandar algo, no lo hagas
directamente, a nadie le gusta recibir órdenes. Pídelo como un
favor o hazlo por medio de una pregunta. Interésate sinceramente en
los asuntos de los demás. Decía el poeta romano Publio Syro que
“nos interesan los demás, cuando se interesan por nosotros”.
Ciertamente que para tu vecino es más importante un dolor de cabeza
que una epidemia en Afganistán. Para él es una desgracia mayor su
dolor de muelas que un terremoto de millones de muertos en Africa.
Piensa en esto, cuando hables con él, y preocúpate de sus
problemas y ofrécele tu sincera colaboración.
No te enfades, simplemente, porque las cosas no te salen como lo
habías previsto. Contrólate, no llenes del veneno de tus gritos y
ofensas a todos los que te rodean y, si te excedes, reconócelo y
pide disculpas inmediatamente. Decía Saint Exupery: “No tengo
derecho a decir o hacer nada que disminuya a un hombre ante sí
mismo. Lo que importa no es lo que yo pienso de él, sino lo que él
piensa de sí mismo. Herir a un hermano en su dignidad es un crimen”.
Hay que amar siempre y a todos sin excepción para hacerlos
felices. Jean Vernier, el fundador de las comunidades “El Arca”,
donde recogen personas subnormales, nos habla de esta necesidad de
amar a los demás para hacerlos felices. Afirma: “Por veinticinco
años he tenido el privilegio de vivir con hombres y mujeres
subnormales. He descubierto que, aunque tengan serios daños en su
cerebro, ésa no es la fuente de su dolor más grande. Su mayor
dolor viene del sentimiento de que nadie los quiere. El sentimiento
de ser vistos como feos, sucios y sin valor... Ése es el dolor que
he descubierto en los corazones de estas personas.
Mi experiencia me ha demostrado que, cuando descubren que son
queridos y amados tal como son, ocurre una verdadera
transformación, incluso, diría resurrección. Su cuerpo tenso,
temeroso, deprimido, se convierte en un cuerpo relajado, pacífico y
confiado. Esto se ve a través de la expresión de su rostro y a
través de todo su porte exterior. Cuando descubren que se los ama y
forman parte de una familia, entonces, comienza a surgir en ellos el
deseo de vivir”.
Recuerdo el caso que me contó una religiosa, de un hombre
minusválido que estaba solo en la vida y tenían que expulsarlo de
todos los centros de acogida a donde iba. Era una persona llena de
rencor y de violencia. No amaba, porque creía que nadie lo podía
amar así como era. Su vida era muy triste. Un día llegó a una
casa de caridad y pensaron también en expulsarlo. Pero ese mismo
día proyectaron la película “La bella y la bestia”. Y, al
hacer la evaluación entre todos, él dijo: “Cuando uno se siente
amado, deja de ser una bestia”. Aquella película le había
impactado positivamente y creyó que podía ser amado, como el
hombre-bestia de la película. Empezó a creer en la sinceridad de
las personas que lo rodeaban y todos empezaron también a
demostrarle amor y comprensión. Poco a poco, empezó a cambiar su
carácter y se hizo menos agresivo y más amable. Y se convenció de
que él también, con todas sus limitaciones humanas, era un hijo de
Dios y que Dios lo amaba de verdad. Murió al poco tiempo, pero su
entierro atrajo a muchas personas, incluso el obispo auxiliar del
Cardenal Leger de Quebec, estuvo presente. El amor había
transformado su vida.
Por esto, ama a los demás sin esperar recompensa. Leo Buscaglia
decía: “No te canses nunca de decir al otro que lo quieres, que
significa mucho para ti, que esperas mucho de él. Sólo así
superarás su inseguridad y tendrás un verdadero amigo. Él
necesita oírlo mil veces, no te canses de repetírselo... y así
tú mismo encontrarás tu propia felicidad. Valora y aprecia lo
bueno que hay en los demás. Diles muchas veces con palabras o sin
palabras que los quieres. Nunca creas que se lo has dicho bastante.
El amor nunca se da por supuesto. Atrévete a amar a los otros una y
otra vez sin cansarte jamás”. No escatimes los elogios sinceros.
Los elogios son la luz del sol para el espíritu, no podemos vivir
sin ellos. Y, sin embargo, qué fácilmente caemos en aplicar a los
otros el viento frío de la crítica en lugar de la luz cálida del
elogio.
Y ahora dite a ti mismo: “sólo por hoy trataré de ser feliz y
hacer felices a los demás. Sólo por hoy sembraré de alegría y
sonrisas las vidas de mis hermanos. Sólo por hoy”. Las metas a
corto plazo se cumplen mejor. No tengas prisa en hacer cosas y más
cosas. Disfruta con calma de las flores, de las montañas, de los
ríos, de los pájaros. Observa el sol que desciende sobre la verde
hierba, la puesta del sol sobre el mar, una noche estrellada y busca
la paz junto al manantial o la inmensidad de la pradera. Dios te
habla a través de la naturaleza y ¿con quién podrías estar mejor
que con tu Padre Dios?
Disfruta de este día. Cada día es una nueva vida para el hombre
sabio. Piensa que este día nunca más volverá a amanecer.
Aprovéchalo y sigue avanzando por el camino de la vida. No te
detengas, no te canses de hacer el bien ni de sonreír, incluso a
tus enemigos. No te lamentes continuamente de lo que te falta.
Tienes demasiadas cosas, eres demasiado rico.
Y, cuando cometas errores, perdónate a ti mismo, ríete de ti
mismo, ten sentido del humor y no te hundas en tu propio pesimismo.
Si los demás se ríen de ti, déjalos, Dios te felicita por haber
hecho las cosas lo mejor que pudiste y con buena voluntad. Pero
nunca te dejes arrastrar de lo que dicen y hacen los demás. Sé un
hombre con ideas propias, con personalidad definida, con luz propia,
que no se deja convencer fácilmente por la propaganda y sabe pensar
por sí mismo. Lucha siempre por tu propia superación, nunca te
quedes estancado, sigue adelante sin cesar.
Y, cuando haya cosas que no puedas cambiar, dile a tu Padre
celestial: “Padre mío, concédeme serenidad para aceptar lo que
no puedo cambiar, valor para cambiar lo que puedo cambiar y
sabiduría para discernir la diferencia”. Así dicen los
alcohólicos anónimos. Y añaden: “Sólo por hoy me mantendré
sobrio”. Sí, sólo por hoy, mañana no sé, pero que cada día
sea un hoy vivido en plenitud. De esta manera, cuando tus fuerzas
declinen y tus cabellos estén ya blancos como signo de madurez,
podrás decir lleno de alegría: “No he vivido inútilmente”.
Para que eso se haga realidad y Dios, tu Padre, esté contento de ti
y cumplas bien tu misión en este mundo, comienza hoy mismo el largo
camino que te queda por recorrer. Y di con Og Mandino: “Hoy
comienzo una nueva vida. Hoy me levanto cantando, hoy es el mejor
día de mi vida. Hoy saludo este día con amor en mi corazón. Y les
diré a todos, aunque sea en silencio, que los amo. Gracias, Señor,
por el regalo de este nuevo día”. Y tu Padre Dios podría
decirte:
Hijo mío, todavía no he terminado contigo. Tienes mucho camino
por delante. Todavía no eres todo lo que puedes llegar a ser. Por
eso, no te contentes con ser primavera sin flores ni cielo sin
estrellas. Sé luz, sé estrella, sé poeta de la vida, sé santo,
hijo mío, y avanza un poco más cada día por el camino del amor.
- Sí, Padre mío, quiero ser un verdadero hijo tuyo y que te
sientas orgulloso de mí, quiero ser un ángel en la tierra, un
capullo que se abre a la vida sincera y al amor, quiero sembrar cada
día de rosas y alegrías las vidas de mis hermanos. Amén.
SE TU MISMO
Hay muchos jóvenes que les gusta imitar en todo a sus ídolos
favoritos. Visten como ellos, hablan como ellos, se peinan como
ellos, etc., etc. Cuántas jovencitas, cuando asisten a
espectáculos donde actúan sus ídolos, toman actitudes histéricas
y son capaces de todo con tal de poder acercarse a ellos y
abrazarlos. No se dan cuenta que son ídolos de barro que, cualquier
día, se caen de su base ¿De qué les sirvió todas las
imitaciones?
Eres un ser único y debes ser tú mismo. Dios quiere que seas lo
que debes ser, de acuerdo a tu vocación y a tu misión en el mundo.
No desperdicies tus energías en imitar a los demás. Sé sincero
contigo mismo y con los demás y vive tu vida de verdad. No te
desalientes, si no puedes llegar a ser un gran hombre, con fama
internacional. Descubre tus cualidades y no te empeñes en ser lo
que no puedes llegar a ser. Si eres cojo, no podrás ser un gran
corredor; si eres enano, no podrás ser un buen basquetbolista; si
eres corto de inteligencia, no podrás ser un gran intelectual, pero
tienes otras cualidades que Dios te ha dado y con las cuales podrás
realizarte como persona y ser feliz.
Mira, ha habido grandes hombres que han tenido que superar muchas
limitaciones personales. Helmholz, el eximio físico, era
hidrocefálico. Descartes, Kant y Milton eran de salud delicada y
con un cuerpo nada hermoso. El gran orador griego Demóstenes, de
niño, era un pobre huérfano tartamudo, pero con esfuerzo y
ejercicio llegó a ser un famoso orador, cuyos discursos se leen
todavía después de 2,300 años. Por eso, supérate, dale
importancia a las cosas pequeñas, porque nada hay realmente
pequeño, si el amor es grande. No seas ocioso, porque la ociosidad
es la madre de todos los vicios. Ojalá tu divisa fuera la de Walter
Scott: “No estar jamás ocioso”. Sé responsable para dar en
cada momento lo mejor de ti mismo, no hagas las cosas a medias. Por
muchas dificultades que te sucedan en la vida, siempre hay algo que
puedes hacer para superarlas y piensa que tu Padre Dios te está
mirando y alentando y quiere sentirse orgulloso de ti, su hijo.
Para realizarte, según el plan de tu Padre Dios, debes amar. Sin
amor nunca serás feliz y tu vida estará vacía y sin sentido. Pero
la felicidad no la encontrarás en los cines, en los bares, en los
cabarets... ni en las cosas materiales y, mucho menos en la droga,
el alcohol, o el sexo... La felicidad no se compra ni se vende. La
llevas contigo, cuando Dios vive dentro de ti. Entonces, la alegría
de Dios brillará en ti, porque “cuando hay amor en el corazón,
brilla el rostro de felicidad” y tu sonrisa hermoseará tu rostro
más que todos los cosméticos del mundo.
No te sientas esclavo del destino, tú haces tu destino. Dios te
da la libertad para que guíes la barca de tu vida hacia el bien o
hacia el mal. ¡Qué bello debió ser el hombre en el momento en que
salió de las manos del Creador en aquel primer día de la
humanidad! ¡Cuánta alegría irradiaría por su semejanza con Dios!
Pero pronto se vio afeado y sucio por el pecado y Dios tuvo que
perdonarlo y limpiarlo y prometerle un Salvador. Sí, nadie puede
imaginar la belleza del alma en gracia de Dios. Porque, si es bello
el sol, cuando brilla en todo su esplendor, mucho más brillante es
la sonrisa de un ser humano. Si es hermosa el alba en primavera o
una linda puesta de sol, mucho más hermosa es la mirada del hombre
puro o la sonrisa de un niño. ¿Qué pasaría, si hoy tuvieras que
morir? ¿Estarías suficientemente limpio y bello para presentarte a
la presencia de Dios? ¿Qué harías, si sólo te quedaran
veinticuatro horas de vida?
El tiempo vuela. ¡Cómo pasan los días, los meses, los años!
Decía Herbel: “el que soy saluda tristemente a aquel que podría
haber sido”. ¿Estás satisfecho de tu vida? Todos los niños
llegan a envejecer, todas las flores se marchitan, todas las
mañanas llegan a la noche, todas las primaveras se transforman en
invierno, todos los hombres llegan a morir. Tú también morirás,
piénsalo y vive para la eternidad. Que cada día, al anochecer,
puedas decir: “Señor, hoy no solamente me he hecho más viejo y
me he acercado un poco más a la muerte, sino que también me he
aproximado más a Ti. Estoy un poco más maduro y soy un poco más
puro y digno de Ti”.
Pero no todo termina con la muerte. Más allá de las estrellas y
de la tumba, te espera tu Padre Dios con infinita bondad y vivirás
feliz eternamente en la claridad de su luz divina para siempre. La
muerte será para ti la puerta de entrada al paraíso. Sé tú mismo
y trata de amar para encontrar así tu propia felicidad. Y ahora
dile a tu Padre Dios:
Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que Tú quieras, sea
lo que sea, te doy las gracias.
Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal de que tu
voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada
más, Padre.
Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz,
porque te amo y necesito darme, ponerme en tus manos, sin medida,
con una infinita confianza, porque Tú eres mi Padre.
Charles de Foucauld
HIJO DE DIOS
Tú eres un hijo de Dios. El Creador del Universo es tu Padre y
tú puedes decirle con plena confianza: “Abba, papá” (Rom
8,15). Todos los tesoros del Universo son tuyos, porque son de tu
Padre. El Papá de Jesús es tu Papá. ¿Te parece poca tu dignidad?
Eres príncipe del Reino celestial. ¿Por qué entonces te valoras
tan poco y te crees una basura o como si fueras un número más
entre los millones de hombres del mundo entero? Dios te conoce por
tu nombre y apellidos y te ama personalmente, con amor infinito.
¿Cómo podría olvidarse de ti, si eres su hijo?
Él te dice: “Aunque una madre se olvide de su hijo, yo no me
olvidaré de ti” (Is 49,15). “Tú eres mi hijo, yo te he
engendrado hoy” (Sal 2,7). “Yo soy tu Dios... eres a mis ojos de
gran precio, de gran estima y yo te amo mucho. No tengas miedo,
porque yo estoy contigo” (Is 43,3-5). “Y te he amado desde toda
la eternidad” (Jer 31,3).
Sí, “somos hijos de Dios y, si hijos, también herederos,
herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rom 8,17). Por eso,
podemos pedirle con confianza todo lo que necesitamos. Nos dice
Jesús: “Pedid y recibiréis, porque quien pide, recibe... Si
vosotros siendo malos, dais cosas buenas a vuestros hijos ¡Cuánto
más vuestro Padre celestial dará cosas buenas a los que se las
pidan” (Mt 7,7-11). “No andéis angustiados, buscando qué
comeréis o que beberéis, nuestro Padre sabe que tenéis necesidad
de todas esas cosas. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y
todo lo demás se os dará por añadidura”(Lc 12,29-31).
Ahora bien, si somos hijos del mismo Padre, también somos
hermanos unos de otros. Por eso, debemos compartir nuestros bienes
sin ser egoístas. “El que no ama a su hermano, a quien ve, no es
posible que ame a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4,20). “El que
aborrece a su hermano está en tinieblas” (1 Jn 2,10). Nunca
desprecies a nadie por ser más pobre o ignorante que tú. No lo
hagas nunca, porque es tu hermano.
Vive de acuerdo a tu dignidad, superior a la de todos los reyes
de la tierra. Ojalá que tu Padre Dios se sienta orgulloso de ti.
Imagínate que tú tienes un hijo, a quien le das la mejor
educación, la mejor atención personal, asistencia médica total,
viajes, educación, facilidades para su realización personal... y a
la edad de veinticinco años te das cuenta de que vive sin rumbo y
sin ideales, que no quiere trabajar, que sólo piensa en fiestas y
diversiones, que lleva una vida triste y vacía, sin pena ni gloria.
¿No te sentirías decepcionado de tu hijo? Pues piensa cómo se
sentirá Dios de tantos hijos mediocres y desorientados que se
arrastran por el mundo.
Tú debes ser hijo de Dios a tiempo completo y para siempre.
Vivir en cada momento conforme a tu categoría “real”. Como
aquel hombre que vino un día a visitarme y me enseñó su tarjeta
de visita. Decía: “N.N.N. hijo de Dios”. En lugar de poner su
título y su profesión, sólo decía “hijo de Dios”, porque es
la mayor categoría que un hombre, por pobre que sea, puede poseer.
Sí, tú eres hijo de Dios y eres tan importante para Él que
tiene todo su tiempo exclusivamente para ti. A cualquier hora del
día o de la noche que lo llames está pendiente de ti y no
necesitas hacer colas ni citas especiales ni pagar entrada. Él es
tu Padre y te recibe sin hacerte esperar. Incluso, antes de que lo
llames ya te está esperando, sobre todo, en la Eucaristía. Acude
allí a visitarlo y a conversar con Él todos los días. Háblale
conmigo en este momento y dile que te dé la paz que necesitas para
aquietar tu espíritu, lleno de tantas preocupaciones de la vida
diaria.
Padre mío, dame la calma interior. Dame paz. Quítame la
tensión de mis nervios. Enséñame a tomarme vacaciones constantes
de a minuto. Que cada minuto sepa levantar mi corazón a ti para
decirte que te amo. Que sepa descansar, acordándome de ti en medio
de la tensión y del trabajo agobiante en que me encuentre. Hazme
comprender que Tú no quieres las prisas ni los nerviosismos ni las
tensiones. Que tú eres un Dios de paz. Déjame levantar los ojos
hacia los montes silenciosos, inmóviles, eternos... Hacia el cedro
majestuoso que creció tanto, porque tuvo paciencia y supo esperar.
Aquieta mi espíritu para que sepa apreciar los valores perdurables
de la vida: el amor, la comprensión, la esperanza, la ternura, el
cariño, que veo en los ojos de los niños y en las personas que me
aman. Que sepa crecer hacia las estrellas y volar a las alturas para
encontrar tu paz. Haz que sepa perdonar y amar siempre. Gracias,
Papá.
HIJO DE MARIA
Si eres verdadero hijo de Dios, serás también verdadero hijo de
María. Eres hijo en el Hijo y, por tanto, María te acepta como
Madre. Así te la entregó Jesús desde la cruz, cuando te dijo: “Ahí
tienes a tu Madre” (Jn 19,27).
María es tu Madre y siempre vela por ti. Ella es como aquella
madre que un día de invierno, en que el oleaje de las olas del mar
era especialmente turbulento, estaba esperando a sus hijos a la
orilla del mar. Pero llegó la noche y no habían regresado a casa y
ella temió por su vida, el mar parecía estar cada vez más
agresivo, con vientos huracanados, ante los cuales una pobre
barquita no podía hacer nada. Ella, angustiada, rezaba con algunas
mujeres del lugar. Los hijos en alta mar, desesperados, remaban con
todas sus fuerzas, pero, al llegar la noche, estaban totalmente
desorientados y no sabían a dónde dirigirse, porque no había faro
en aquel lugar... A medianoche, de pronto, escucharon unos cantos a
la Virgen María... y hacia allí se dirigieron, pudiendo así
salvar su vida. ¿Qué había sucedido? Que aquella buena madre, al
darlos por perdidos, lo mejor que se le ocurrió fue cantar a María
para que ella, como Madre, los cuidara y protegiera, y aquellas
canciones a María fueron la luz en la noche para aquellos perdidos
y desorientados marineros.
María es para ti y tus hermanos la estrella del mar, la luz en
la noche, la alegría de los tristes, el refugio de los pecadores,
la madre que siempre nos espera para llevarnos a Dios. ¡Cuánto la
amaban los primeros cristianos, no sólo los apóstoles y quienes
tuvieron la suerte de conocerla personalmente, sino también
aquellos cristianos del siglo II, que oyeron hablar de ella con
tanto amor! Ellos, en las catacumbas de Sta. Priscila, dejaron la
imagen de María llena de estrellas con el niño Jesús entre sus
brazos. Allí se recogían para orar en medio de las persecuciones y
allí la pintaron para mirarla e imitarla y manifestarle todo su
amor de hijos ¿y tú? Aunque seas pecador ella te ama e intercede
por ti ante su Hijo Jesús, que, por hacerla feliz, no le niega
nada. Ella es la omnipotencia suplicante, que todo lo obtiene con su
intercesión.
Piensa en la historia de Coriolano, el famoso patricio romano que
por su orgullo fue condenado a destierro, el año 491 a.C. Entonces,
él lleno de venganza organizó a los volscos, enemigos de los
romanos, y los lanzó contra Roma. Ya estaban a las puertas de la
ciudad, cuando los romanos, llenos de temor ante el avance
irresistible de Coriolano, enviaron como mensajeros de paz a sus
antiguos amigos patricios para aplacarlo, pero no les quiso recibir.
Después enviaron una comisión especial, compuesta de sacerdotes, y
tampoco fueron recibidos. Por fin, como último recurso, los romanos
le pidieron a su propia madre que fuera a interceder por la ciudad.
Y ella consiguió lo que nadie había podido ni hubiera podido
conseguir de aquel pagano lleno de odio contra su pueblo. Así es
María, intercede por ti ante su hijo y te salva de las terribles
consecuencias de tus pecados. Ella es el ideal de la mujer, ella nos
ha traído a Jesús y con Él la alegría y la paz del mundo. Junto
a Jesús siempre debes buscar a María.
El famoso filósofo americano Emerson, narra un suceso que le
ocurrió un cálido día de verano. Subió cansado a un autobús y
se recostó en su asiento. Otros pasajeros también estaban
cansados, aburridos y sin muchas ganas de conversar. A medio camino,
subió una mujer joven con su niño. Un niño hermoso, como todos
los niños. De pronto, cambió totalmente, como por encanto, el
ambiente del autobús. La madre lo sostenía con tanto amor y le
hablaba con tanto cariño... y aquel niño se reía y hacía
preguntas inocentes y le mostraba tanto cariño a su madre, que
todos los pasajeros fijaron su atención en ellos y se sonreían con
las ocurrencias del niño y de aquella madre que tanto se querían.
Pues bien, hacía muchos millares de años que el autobús de la
tierra seguía su marcha por el Universo con millones y millones de
pasajeros, la mayor parte aburridos, cansados, tristes, sin
esperanza. Pero hace dos mil años, de pronto, subió a nuestro
autobús de la tierra una mujer joven, llamada María, con su hijo
en brazos. El niño era bello y sonriente y apenas ocupó su sitio
en un rincón del mundo, en la cueva de Belén, el alma de los
pasajeros se sintió emocionada y cobró nuevas fuerzas y
esperanzas. La ternura de aquel niño y de aquella madre conmovieron
el mundo y, desde entonces, su historia nunca ha dejado de contarse.
Pero hay algo más hermoso y es que ellos, aunque no los veamos,
siguen viajando con nosotros en el mismo autobús, y siguen estando
realmente presentes con nosotros en la Eucaristía. ¿Por qué no
permites que sean parte de tu familia y parte de tu vida? ¿Por qué
no les permites entrar en tu corazón y decirles que los amas?
En cierta ocasión, una señora protestante se acercó al gran
obispo húngaro Tihamer Toth y le dijo: “No soy católica; pero,
desde hace diez años, vengo a esta Iglesia a escuchar sus homilías
y ahora quiero hacerme católica. - Y dígame ¿qué es lo que más
le ha llevado a tomar esta decisión? - En primer lugar y, sobre
todo, la presencia de Jesús en la Eucaristía. Yo quiero tener a
Jesús todo entero y recibirlo en la comunión. También me ha
atraído la confesión, porque mi alma necesita recibir el perdón
de Dios, según la promesa de Jesús: “Al que perdonen los
pecados, le serán perdonados”. Pero hay otro punto para mí muy
importante, es el amor de María. Veo que los católicos la aman
como una madre. Y yo quiero también amarla y honrarla como a una
verdadera madre mía.”
Sí, María te lleva a Jesús, no te roba el amor de Jesús. “María
es el camino seguro para encontrar a Cristo” (EA 11). Ella te
inspira pureza, cariño, ternura, amor y confianza como buena madre.
¡Cuántas bendiciones ha recibido la humanidad a través del amor
de María! ¡A cuántos ha salvado Dios por medio de ella!
¡Cuántos milagros realizados por su intercesión en Lourdes y
Fátima! ¡Cuánta bondad ha inspirado siempre a todos los que con
devoción han recitado el Ave María! ¡Cuántos soldados habrán
muerto con el Ave María en sus labios! ¡Cuántas madres la invocan
para pedir por sus hijos ausentes o alejados!
Desde que en Belén aquella madre bendita dio a luz a Jesús, la
dignidad materna se enalteció. Cuántas veces diría Jesús con
amor infinito a María: “MADRE”. Desde entonces, es santo para
todo hijo bien nacido el nombre de “Madre”. Por eso, en estos
tiempos en que vivimos, donde la lujuria impera por todas partes,
donde el sexo parece que es dueño de la vida de los hombres... En
este mundo en que muchas mujeres ya no valoran la virginidad,
necesitamos verdaderas madres que no maten a sus hijos por el
aborto. Necesitamos mujeres que sepan velar sin cansarse ante la
cuna de su hijito enfermo, que sepan enseñarles a rezar. Madres,
cuyas sonrisas y amor inunden de alegría su familia y su hogar.
Felizmente, todavía hay mujeres que tienen la mirada limpia y el
corazón lleno de pureza. Y, sin embargo, todavía algunos no
comprenden la bendición enorme que ha sido para el mundo la
existencia de María, la más digna de las madres, la mujer más
pura, que nos inspira amor y ternura. Por esto, decía el Papa Pío
XII, en la encíclica sobre la sagrada virginidad, que “un medio
excelente para conservar y sostener la castidad es tener una sólida
y ardiente devoción a María”. Ella es la toda pura. Y Dios le
dice: “Toda hermosa eres, amada mía, y no hay mancha en Ti”
(Cant 4,7). El escritor español José María Pemán nos habla de
“la alegría y la gracia de sus ojos azules... como un perfume que
pudiera verse”. Otro poeta diría que
Dios hizo de María un gran misterio de amor, de pureza y de
ternura y al perfumar con ella nuestra historia dejó en el mundo
una sonrisa suya.
Vete a Jesús por medio de María y, si su mirada se posa sobre
ti, se apaciguarán las tempestades de tus pasiones; y tus
pensamientos impuros huirán de su luz como el gusano huye de la luz
del sol. María te inspirará ideales de pureza y santidad. Con ella
tu alma se verá atraída hacia las alturas de una vida pura y con
ella te será más fácil vencer las tentaciones.
HOMBRE PURO
En este mundo, lleno de impureza y de erotismo salvaje, en que
parece que todo vale y que todo está permitido, tú debes ser un
rebelde contra toda la basura que se te ofrece en revistas,
películas, videos o conversaciones. Tú debes ser puro de pies a
cabeza, como corresponde a un verdadero hijo de Dios. Un hijo de
Dios, puro y limpio en pensamientos, palabras y acciones, que no se
deja vencer por el ambiente y rechaza todas las insinuaciones
pecaminosas que le hacen los falsos amigos.
¿Recuerdas la historia de Hércules, el gran héroe de las
leyendas griegas? Puedes leerla en el tercer libro de las “Memorias”
de Jenofonte. Allí se nos cuenta que un día, cuando era jovencito,
se le presentaron dos mujeres. Una de ellas le dijo: “Sígueme y
te llevaré por un camino agradable y, mientras vivas, no tendrás
sino placeres. Yo conozco el camino del placer sin el dolor”. Al
preguntarle cuál era su nombre, ella respondió: “Mis amigos me
llaman felicidad, mis enemigos, vicio”. La segunda mujer le dijo:
“No le creas, no existe la felicidad sin trabajo y sin esfuerzo.
Si me sigues, tendrás dolores, trabajos y sacrificios, pero serás
feliz”.
El vicio respondió: “Ya ves lo que ella te ofrece, yo en
cambio te llevaré fácilmente a la felicidad sin tanto sacrificio”.
“Mentira, dijo la virtud ¿Qué felicidad puedes dar tú? Comes
antes de tener hambre y bebes antes de tener sed. Empujas a tus
seguidores al amor antes de la edad determinada por la naturaleza.
Les acostumbras a divertirse por la noche y a dormir durante el
día... Los dioses te arrojan de su compañía y los hombres de bien
te desprecian... Por eso, los que me siguen sólo comen, cuando
tienen hambre y beben solamente, cuando tienen sed. Así el pan y el
vino tienen un gusto agradable. El sueño les es más dulce, porque
no sacrifican ninguno de sus deberes y, cuando les llega el último
momento, no caen en el olvido, sino que su recuerdo les sobrevive”.
¿A quién seguirás tú? ¿Al vicio o a la virtud? Las
tentaciones y los malos amigos te piden, gritando, que te alejes del
camino de la pureza, que no seas niño, que no hagas caso de la
religión, que el placer sexual siempre es bueno, porque es de Dios,
etc. No escuches estas falsedades, controla tus instintos y
pasiones, conserva tu corazón puro y tu alma limpia. Únicamente a
ese precio podrás llegar a ser un hombre digno y honesto. Pero
¡Desgraciado de ti, si escuchas la voz del vicio y lo sigues y no
lloras a tiempo sobre las ruinas de tu alma muerta o ensuciada por
la inmoralidad!
¿Conoces lo que le pasó a Leonardo da Vinci? Un día quiso
tener un buen modelo para el Cristo de su “Última Cena” y fue
recorriendo las calles de la ciudad. Por fin, encontró a un joven
hermoso, cantando en el coro de una Iglesia y lo llevó a su estudio
para pintarlo como figura de Cristo. El joven se llamaba Pietro
Bandinelli. Dos años más tarde, quería encontrar un modelo para
Judas y se fue por las calles de mala fama de Milán para
encontrarlo. Al fin, descubrió a un joven cuyos rasgos revelaban
maldad y corrupción. Cuando el artista quiso empezar a pintarlo, el
joven se echó a llorar amargamente y reconoció que era el mismo
Cristo que había pintado en la “Última Cena”, era el mismo
Pietro Bandinelli.
Piensa a dónde puede llevar la inmoralidad y el descontrol de
una vida desordenada. No te creas tú inmune al contagio y aléjate
del mal. ¿Has oído alguna vez hablar de Pandora, esa mujer de la
mitología griega, que era hermosísima y que trajo como dote al
matrimonio una caja de oro? Cuando su marido la abrió, aparecieron
todos los males, enfermedades y calamidades que han contaminado
desde entonces el mundo entero. Sí, a veces, los placeres
prohibidos se nos presentan en cajas doradas, en discotecas muy bien
iluminadas o en mujeres de la calle que nos seducen con su
belleza... Pero, si te acercas a ellas, te fabricas tu propia ruina.
Quizás digas: lo haré una sola vez para probar ¿Estás seguro de
que no lo harás nunca más? Sin vida pura, tu alma perecerá y con
ella perecerá también la sinceridad, la honestidad y tu misma
dignidad personal. Piénsalo bien antes de dar un paso en falso.
Si los cementerios hablaran, quedaríamos aterrados del número
de hombres y mujeres víctimas del vicio impuro. No solamente el
SIDA, también otras enfermedades y excesos que llevan a la tumba.
Quiero recordar en este momento a aquella mujer que se casó con
tanta ilusión, que amaba tanto a su esposo, y a los pocos días se
contagió de sífilis... O aquella otra que fue contagiada de sida y
ella se lo pasó a su niña, de la que estaba embarazada... Y
¡cuántos casos así! Vidas perdidas o marcadas definitivamente por
un momento de placer impuro.
¡Cuántos jóvenes irresponsables que hasta la misma víspera de
su matrimonio, en la fiesta de despedida de solteros, se atreven a
manchar su alma y su cuerpo con cualquier prostituta que le
presentan sus “queridos” amigos. ¿Es que ya no hay honor y
dignidad entre nosotros? ¿Es que la pureza ya no tiene ningún
valor? ¿Es que está de moda tener relaciones prematrimoniales? He
conocido bastantes casos de jóvenes con sida que ya han muerto,
casi todos ellos por excesos y desórdenes impuros. Al final, muchos
de ellos se arrepintieron y se acercaron a Dios, pero su vida había
quedado truncada para siempre. Nunca me olvidaré de aquel joven de
treinta años, que sólo había tenido relaciones sexuales una sola
vez con una prostituta y había quedado contagiado del sida. Tuvo
que dejar a su novia, dejó de estudiar, ya no le interesaba nada,
su vida para él estaba perdida. Y todo ¿por qué? Por un momento
de placer.
En un billete de 100 dólares estaba escrito: “Por ti he
vendido mi alma”. ¿Qué querría decir exactamente el que lo
escribió? ¿Quizás había entregado su inocencia y su virginidad
por un placer sexual? ¿Nuestra alma no vale más de 100 dólares?
No creas a aquellos que dicen: “La castidad produce cáncer,
vacúnate”. Ningún hombre serio, ningún científico ha podido
hasta ahora demostrar que la pureza produce enfermedades; en cambio,
hay miles de libros, que hablan de los estragos de la inmoralidad.
Ningún médico se atreverá a hablar de las enfermedades producidas
por la castidad. Hay muchos miles de hombres y mujeres, consagrados
o no, que pueden certificarlo con sus propias vidas.
Lamentablemente, hay muchos pueblos que han desaparecido por la
inmoralidad, pero ninguno por sus buenas costumbres. El famoso
escritor romano Silvano escribió sobre la losa sepulcral del
Imperio romano: “La única causa de nuestra caída fue la
inmoralidad”. Si lo crees, toma nota. Si no lo crees, ten cuidado,
no caigas en la trampa. Cuídate del ambiente erótico que te rodea.
No veas todo lo que echan en televisión, controla lo que ves o
lees... No digas que quieres saberlo todo y probarlo todo ¿Qué
dirías de aquel que va a una farmacia y compra un poco de todas las
medicinas para probar que tal le sientan? Probablemente, se va a
intoxicar o envenenar y, después, ¿de qué le habrá servido tanta
“experiencia”? Cuídate de las fiestas en que hay excesos de
licor, evita a toda costa los bailes deshonestos. Huye de las
discotecas, donde abundan estos bailes y donde el ruido intenso
nubla el alma y va hundiéndola en el pozo sin fondo de las
pasiones. Igualmente, cuídate de los videos y revistas
pornográficos. Y haz lo que esté de tu parte para que otros sigan
tu camino y eviten su propia ruina espiritual.
Cuando veas a una mujer, ve en ella la imagen de tu propia madre
o hermana y no te permitas con ella lo que considerarías indigno
que lo hicieran con tu hermana. Procede siempre con nobleza y
respeto. Porque el primer efecto de un verdadero amor es inspirar un
gran respeto. Si eres hombre de honor, sólo debes pensar en la
mujer que será tu esposa. Por eso, evita jugar con los sentimientos
ajenos y no llegues a la intimidad ni siquiera con tu novia. Debes
saber esperar hasta que vuestro amor esté maduro para poder querer
tener hijos. Comprométete ante Dios y tu conciencia como ya lo
están haciendo muchos jóvenes actuales, cansados de tanta
pornografía. Di: “Quiero ser puro hasta el matrimonio”. “Puros
hasta el altar, fieles hasta la tumba”. Algunos antiguos romanos
decían: “Malo mori quam foedari” (prefiero morir antes que
mancharme). No seas de los que han perdido el control y son un poco
más animales cada día. Tú ¿quieres ser animal o ángel de luz?
Decía el poeta alemán Scheffer: “Es mucho ser ángel, pero es
más todavía ser hombre en la tierra y no ensuciarse con el barro”.
Cuídate del contagio que te rodea.
Hay un libro antiguo, que relata los acontecimientos provocados
por la peste que devastó Italia en 1374. Dice así: “Por todas
partes se veían caras lívidas, en las casas donde antes resonaba
la alegría, reinaba un silencio de muerte. Sólo se oía el rodar
de las carretas fúnebres, yendo de casa en casa para recoger las
víctimas de cada día. Hasta en el mismo cementerio el contagio
hirió muchas veces al sacerdote y a los sepultureros... Los
hombres, temerosos del contagio, no querían vivir unos con otros y
evitaban encontrarse... Hubo calles en que no quedó vivo ni un solo
hombre para contestar, cuando el coche fúnebre se paraba a la
puerta y el cochero preguntaba, si había difuntos en aquella
casa... Los tribunales se cerraron, nadie se preocupaba de la ley”.
Eso ocurre hoy día a nivel espiritual. La peste de la
inmoralidad sexual domina nuestras calles y ciudades. Pero vivimos
alegremente, porque no vemos la ruina de nuestras almas. Y esta
peste de la indecencia en el vestir, de la impureza de las
costumbres, se mete hasta nuestras propias habitaciones a través de
la televisión y hace perder la inocencia a los niños y hace caer
por millares a los jóvenes y a no tan jóvenes. ¿Cuántos hombres
caerán diariamente muertos en los cines, en las discotecas o ante
la televisión? ¡Cuántos muertos, que caminan por la calle, que
tienen nombre de vivos, pero están muertos! (Cf Ap 3,1). Y
¡cuántos abortos y cuántas infidelidades y cuántos divorcios y
cuántos sufrimientos provocados por esta oleada de sexualidad
brutal y descontrolada!
Si tuvieras que ir a un hospital y te dijeran que para entrar a
visitar a un familiar debes cuidarte para evitar el contagio, ¿no
lo harías? ¿Por qué no te cuidas del contagio de la inmoralidad
que te rodea? Sí, es posible ser puro en estos tiempos y debes ser
rebelde contra este mundo de impureza que te rodea y rechazar todo
lo que pueda ensuciar tu alma. Hay millones de hombres en el mundo
que lo hacen y muchos no son cristianos. Cuida tu vista. Si no
tienes ojos puros, tu alma estará impura. Acude a María para que
te ayude en tu lucha diaria por tu castidad. Y, si ya has caído y
no puedes ofrecer a la que será tu esposa un cuerpo casto, procura
a partir de ahora luchar con denuedo y defender tu pureza contra
todos los agresores que te rodean. Guárdate limpio y puro para Dios
y para la mujer que un día será tu esposa. Y pide constantemente a
Dios la gracia de la pureza, porque sin Él no podrás hacer nada.
Decía Guy de Larigaudie: “La pureza es una aventura imposible
y ridícula, si no la vemos más que como algo negativo. Pero es
posible, bella y enriquecedora, si se apoya sobre algo positivo: el
amor de Dios, un amor vivo, total, el único capaz de saciar la
inmensa ansia de amor que llena nuestro corazón de hombres... De
Tahití a Hollywood, sobre las playas de coral o en el puente de los
transatlánticos, he bailado con las mujeres más hermosas del
mundo. No he querido recoger ninguna de esas flores que se me
ofrecían o cuya conquista me hubiera apasionado. De nada servían
los motivos humanos, ya que ninguno me hubiera convencido.
Solamente, lo hice por amor de Dios, sólo por Él me mantuve
indiferente... Ellas no podían entender cómo, aun en medio de la
música del baile mi corazón dentro de mí cadenciara una oración
y que esa oración fuese más fuerte que su encanto y su
atractivo... En una ocasión tuve que huir de una mujer que se me
ofrecía. Debía ser mestiza: hombros espléndidos, labios macizos,
ojos inmensos. Era bella, salvajemente bella. No tenía que hacer
más que una cosa. No la hice. Monté a caballo y partí a toda
velocidad. Creo que en el día del juicio, si no tengo otra cosa
positiva, podré ofrecer a Dios, como una gavilla, todos esos
abrazos que, por su amor, no he querido dar. Para algunos quizás
les pueda parecer imposible pasar toda la vida sin tener cerca la
dulzura de una presencia femenina. Se consigue, esforzándose en
reemplazar la necesidad del amor humano por un amor profundo a Dios.
Teniendo siempre a Dios por compañero. Sin Él nada sería posible”.
Larigaudie, un gran aventurero que supo mantenerse fiel a sus
principios cristianos y pudo mantener su pureza hasta la muerte, es
un ejemplo para todos. Pero él reconoce que sin la gracia de Dios
es imposible. Por eso, afirma que la comunión diaria era para él
cada mañana el baño de agua que vigorizaba sus músculos y el
alimento sustancial para reemprender el camino de la vida. Y escribe
en su libro: “Buscando a Dios”:
“Dios mío, haz que nuestras hermanas las jóvenes sean
armoniosas de cuerpo, sonrientes, y se vistan con gusto. Haz que
sean sanas y de alma transparente. Que sean la pureza y la gracia de
nuestras vidas rudas. Que sean sencillas, maternales, sin
complicaciones. Haz que nada malo se deslice entre nosotros. Que
seamos unos para otros fuente de riqueza interior. Danos la virtud
de la pureza para respetarnos mutuamente y vivir siempre con tu
alegría en nuestro corazón”. Decía Tagore que “la castidad es
un tesoro engendrado por la abundancia del amor”.
Si eres joven, piensa en aquella que será tu esposa y la madre
de tus hijos, pide al Señor por ella y dile:
Señor, ya sueño con esa mujer que llegará a ser mi esposa.
Pensando en ella me siento más fuerte para superar la tentación.
Si ella es pura, yo no tengo derecho a ser impuro. Señor, ¿cómo
es ella? ¿Qué hace? ¿Dónde está? Guárdame puro para ella y
guárdala a ella para mí. Quiero ofrecerle lo mejor de mí mismo:
un cuerpo sano y una mente limpia y una alma pura. Quiero merecerla,
trabajando, estudiando y cumpliendo mi deber. Ya la quiero sin
conocerla y me siento menos solo, porque sé que está en alguna
parte. Gracias, Señor, por su vida y por haber creado mi corazón
para ella y el suyo para mí. Que estemos siempre unidos en tu amor
y que con nuestros hijos podamos agradecerte y alabarte por toda la
eternidad. Amen.
HOMBRE SINCERO
Si amas de verdad a Dios, debes ser sincero con Él y con los
demás. La mentira es el engaño. ¿Te gusta que te engañen a ti?
“No quieras para los demás lo que no quieras para ti” (Tob
4,15). Muchos mienten, porque son cobardes para enfrentar la
realidad de sus errores; o por envidia para hacer creer que son
mejores que los otros; o para sacar ventajas o para jactarse de
cosas que no tienen (una bicicleta, un coche, etc.). También se
puede mentir por decir las cosas a medias. Decía S. Agustín que
las verdades a medias son mentiras enteras. Otros mienten, porque no
son sinceros consigo mismos para seguir su conciencia y cumplir las
leyes establecidas, por ejemplo, las normas de tráfico;
simplemente, porque no los ven o no los pueden castigar.
Pero ¿qué dice nuestro Padre Dios? “El Señor aborrece los
labios mentirosos y le agradan los que actúan con sinceridad”
(Prov 12,22). Si mientes, irás perdiendo tu dignidad y
desobedecerás a tu Padre, que te dice: “No mentirás ni dirás
falso testimonio contra tu prójimo” (Ex 20,16). Por eso, “no
seas de los que colocan la mentira en lugar de la verdad” (Rom
1,25). Jesús te dice: “Di SI, cuando es SI, y No, cuando es NO,
lo que pasa de ahí, procede del Maligno” (Mat 5,37). Si todos
mintieran, la vida social sería imposible ¿Cómo podríamos saber
ni siquiera quiénes son nuestros padres? Nadie se atrevería a
comer lo preparado por otro por temor a ser envenenado ni ponerse en
manos de un médico, que podría matarlo. Por eso, la mentira es
contraria a la paz y a la convivencia pacífica.
La mentira siempre menoscaba tu dignidad y es señal de debilidad
y cobardía. Además, las mentiras son muy prolíficas, pues hay que
seguir mintiendo para justificar la primera mentira. Sin embargo,
tarde o temprano, se darán cuenta que eres mentiroso y
desconfiarán de ti. Hay un refrán que dice: “En vano se esconde
el burro detrás de la puerta, se le ve la oreja”. La mentira
aparecerá tarde o temprano. No mientas. Debes ser hombre de
palabra, un hombre de honor que respeta lo que dice. Debes ser un
verdadero hijo de la luz, es decir de la verdad. “Vive como hijo
de la luz, pues el fruto de la luz es la bondad, justicia y verdad”
(Ef 5,8). Pero hay muchos que dicen mentiras llamadas “piadosas”,
que no tienen nada de piadosas, porque se dicen para “quedar bien”
y a la larga crean desconfianza. A menudo se dicen las cosas a
espaldas del interesado, porque no somos capaces de decirlas de
frente y con caridad. Preferimos criticar por lo bajo a aconsejar en
privado. Sin embargo, corregir al que yerra es una obra de
misericordia.
Otras veces, se prometen cosas que no se pretenden cumplir.
¡Cuánta mentira existe en el mundo por querer aparentar lo que no
somos! ¡Cuánta mentira se vierte en los periódicos, revistas y
programas de televisión! A veces, simplemente por halagar a los
poderosos, por apoyar un partido político o por ventajas
económicas. ¡Cuántas veces se dicen noticias ofensivas contra
personas o instituciones sin estar debidamente comprobadas! Cuánto
daño se hace frecuentemente al honor de las personas y de las
familias por la irresponsabilidad de los medios de comunicación
social, que se creen con derecho a informar hasta la vida privada de
las personas públicas. Además, con la propaganda masiva se pueden
promocionar actitudes y formas de comportamiento contrarias a la
moral y a la salud como el tabaco o los anticonceptivos, incluso
abortivos. Por esto, la verdad debe ser la norma de todas las
relaciones sociales. Sin embargo, algunos tienen como norma lo que
dijo alguien hace mucho tiempo: “Miente, miente que algo queda”.
De tanto como se repiten las mentiras, se termina por creerlas.
Recuerdo que Bernard Nathanson, el gran abortista norteamericano,
convertido al catolicismo y que había practicado cinco mil abortos
por sus propias manos, dice en uno de sus libros: “En 1968
organizamos el movimiento proabortista en USA, cuando solamente el
1% era partidario del aborto. Las tácticas que empleamos y que se
han empleado en otros países fueron dos grandes mentiras. Primero,
falsear las estadísticas. Decíamos en 1968 que se practicaban en
USA un millón de abortos, cuando sabíamos que no sobrepasaban los
10,000. Decíamos que las muertes por abortos clandestinos eran diez
mil, cuando sabíamos que sólo eran doscientas. Esta táctica del
engaño, si se repite mucho, acaba por ser aceptada como verdad. La
segunda mentira fue tomar a la Iglesia Católica, o mejor a sus
obispos y cardenales, como los culpables de que no se aprobara el
aborto. Acusarlos de que se metían en política, cuando hablaban
contra el aborto, y decir que eran reacccionarios. A los católicos,
que no aceptaban el aborto, se les decía que estaban embrujados por
la jerarquía, y a los que lo aceptaban, se les decía que eran
modernos... Poniendo la etiqueta de católica a la campaña
antiabortista, logramos que muchos protestantes y católicos “modernos”
siguieran nuestras filas”.
Campañas de esta naturaleza las hacen también algunos gobiernos
para imponer sus ideas. Y ¿qué es, al fin de cuentas, toda la
propaganda comercial, sino un querer imponer la necesidad de una
moda o de ciertos artículos para que todos se sientan jóvenes y
modernos? ¿Hasta cuándo vamos a vivir de ideas ajenas y no vamos a
poder pensar por nosotros mismos? Procura ser siempre fiel a los
compromisos adquiridos. No trates de aparentar lo que no eres. Sé
sincero y fiel y nunca traiciones la confianza que los demás han
puesto en ti. A veces, ciertamente, las tentaciones nos hacen
tambalear en nuestra fidelidad a Dios y a los demás. Por eso, es
tan importante que los casados y los religiosos y todos sin
excepción, le pidan a Dios todos los días la gracia de la
FIDELIDAD.
Hace unos años apareció en primera plana de muchos periódicos
la noticia de la fidelidad de un perro “pastor alemán” belga,
propiedad de una familia de españoles, que al haber éstos
regresado a España, lo habían dejado abandonado. Un día lo
encontraron a la puerta de su nueva casa en Gijón, al Norte de
España. ¿Cómo el perro había viajado 2,000 Kms desde Monz, en
Bélgica, hasta Gijón? ¿Cómo había sido capaz de encontrarlos y
llegar hasta su misma casa? ¿Por qué fue capaz de hacerlo? La
única respuesta posible es por amor y fidelidad a sus dueños.
Ojalá que también tú seas fiel a Dios y seas capaz de dar tu
vida antes de ofenderle gravemente, o antes de renegar de tu fe o
antes de traicionar tus compromisos serios adquiridos en la vida. El
Señor te dice: “Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de
la vida”(Ap 2,10).
HOMBRE HONRADO
La honradez no es una cualidad muy frecuente en nuestro mundo.
Precisamente, por eso, tú debes ir siempre con la conciencia
tranquila. Debes ser transparente en tus palabras y obras, ser
sincero en todo y honrado hasta en las más mínimas cosas. Nunca
engañes para conseguir algún beneficio económico. No olvides que
“el afán del dinero es la raíz de todos los males”(1 Tim
6,10). No seas como el rico tonto del Evangelio que se decía a sí
mismo. “Alma mía, tienes muchos bienes almacenados para muchos
años, descansa, come, bebe y date buena vida. Pero Dios le dijo:
tonto, esta misma noche te pedirán cuenta de tu alma y todo lo que
has acumulado ¿para quién será? Así es el que atesora para sí
mismo y no es rico ante Dios” (Lc 12,19-21). De ahí que “el que
no es capaz de renunciar a todos sus bienes no puede ser mi
discípulo” (Lc 14,33).
No te olvides del joven rico, a quien Jesús miró con mucho
cariño, poniendo muchas esperanzas en él. Quizás había pensado
que fuera uno de sus más íntimos amigos. Y le dijo: “Vete, vende
cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo;
luego, ven y sígueme. Pero ante estas palabras se anubló su
semblante y se fue triste, porque tenía muchos bienes”(Mc
10,21-22). En cambio, alaba a la viuda pobre que sólo tenía dos
reales y los echa en la alcancía del templo. “Porque los demás
echaron lo que les sobraba, en cambio ella, en su indigencia, echó
todo lo que tenía para vivir” (Lc 21,4).
Nunca hagas del dinero el ideal de tu vida. Nunca robes ni
siquiera pequeñas cosas, sé honrado hasta lo más mínimo. Nunca
recibas sobornos por hacer servicios, trámites o fallos favorables.
No abuses de la ignorancia o debilidad de los otros. Paga justamente
a tus empleados, no cobres más de la cuenta por lo que haces. Una
manera de robar es hacer los trabajos contratados mal hechos u
omitirlos, no devolver lo que te han prestado o perder tiempo en tu
trabajo y no rindiendo como debes. Nunca te aproveches de los bienes
comunes, diciendo que te pagan poco o que son de todos. Paga tus
impuestos con responsabilidad y evita el contrabando o ganar dinero
con trabajos poco honrados. No te dediques a la venta de productos
que hagan daño a los demás: cigarros, drogas, productos en mal
estado.
Un caso especial es el de los traficantes de droga, cuya
responsabilidad llega también a quienes la producen. Juan Pablo II
los llama “traficantes de la muerte”. Ciertamente, el
narcotráfico atenta contra la vida y está relacionado con otros
desórdenes como el lavado de dinero, corrupción de autoridades,
asesinatos, etc. Algunos de ellos, creen que con hacer obras de “caridad”
lavan su conciencia, pero se les podría decir lo que dijo S. Pedro
a Simón mago: “Sea tu dinero tu perdición, pues has creído que
con dinero podía comprarse el don de Dios” (Hech 8,20). Pero
mucho peor es, cuando las autoridades públicas fomentan el robo en
connivencia con los malhechores o se aprovechan de los bienes
comunes o aprovechan su puesto para sacar provecho propio y hacer
favores remunerados.
Tu Padre Dios dice: “El que robaba ya no robe, antes bien,
trabaje honradamente con sus propias manos para que tenga algo que
compartir con el necesitado”(Ef 4,28). Que el pan que comes cada
día tenga buen sabor para ti, porque te lo has ganado con tu
esfuerzo y lo has compartido con lo más pobres. Nunca tires a la
basura el pan o cosas útiles que pueden servir a los más
necesitados. No comas más de la cuenta ni gastes en lujos y cosas
inútiles. Decía S. Ambrosio que “lo que das al pobre no es parte
de tus bienes, lo que le das le pertenece, porque tú te lo apropias
y la tierra ha sido dada para todo el mundo y no solamente para los
ricos”. No olvides que los demás son hijos de tu mismo Padre y
que son tus hermanos.
La M. Teresa de Calcuta cuenta que un día llevó ocho kilos de
arroz a una familia pobre. La mamá le dijo: “Espere un momento”.
Fue a dar cuatro kilos a la familia vecina y le dijo: “Madre,
ellos también tienen hambre”. Eso se llama compartir desde
nuestra pobreza. Porque nadie puede ser feliz él solo, cuando sabe
que a su lado hay gente con hambre y con dolor.
En otra ocasión, recibió la visita de dos jóvenes esposos que
le dieron mucho dinero. Y al preguntarles el porqué, le dijeron:
“Madre, nos amamos tanto que hemos querido compartir nuestro amor
con aquellos más pobres a quienes Ud. ayuda”. Habían renunciado
a todos los gastos de su matrimonio, al viaje de bodas, a los gastos
de la fiesta, etc., y le habían traído todo el dinero que habían
ahorrado, que era bastante, por ser de familia rica. No les había
importado el que diría la gente, para ellos fue más importante
compartir su amor con los más pobres. Eso se llama caridad y
solidaridad. Eso es amor al prójimo. Eso es ser verdaderos
cristianos e hijos de Dios, que aman a Dios en sus hermanos. Por
eso, tú nunca robes, sino comparte lo que tienes. “Dios ama al
que da con alegría” (2 Co 9,7). Y, si alguna vez robas,
devuélvelo de inmediato y sé sincero para reconocer tu error.
Gandhi cuenta que, cuando tenía doce años, le robó a su
hermano un brazalete de oro. Pero no podía estar tranquilo. Un día
decidió confesarle todo a su padre. Y escribió su confesión en un
papel. Y dice: “Yo sé que mi confesión sincera llenó a mi padre
de un sentimiento tal de confianza para conmigo que su cariño
hacía mí se acrecentó. La confesión y la promesa de no volver
nunca más a cometer ese pecado fueron la forma más pura de
arrepentimiento”. Ser honrado es ser sincero consigo mismo y con
los demás. Es amar a los demás y compartir con ellos los bienes
que Dios nos ha regalado.
Sé agradecido a tu Padre Dios por todos los bienes que te ha
concedido. Y pídele el don de la generosidad para poder compartirlo
todo con los más pobres y necesitados. Dile: Gracias, Padre, por
ser tu hijo. Gracias por todos tus regalos. Gracias por la comida de
todos los días, por el trabajo y por la familia. Gracias por mis
hermanos, que me dan la alegría de poder ayudarlos. Si no
existieran pobres, tampoco tendría la alegría de compartir con
ellos lo que tú me has dado. Gracias por mi fe católica. Gracias
por todo.
A Ti Padre de la vida, Principio sin principio, Suma bondad y
eterna luz, con el Hijo y el Espíritu honor y gloria, alabanza y
gratitud por los siglos de los siglos Amen.
HOMBRE VALIENTE
Ser valiente significa luchar contra los propios vicios y
pecados. Es defender siempre la verdad y la justicia. Es tener la
fuerza de voluntad necesaria para poder actuar en todo momento con
sinceridad, honradez, decencia y responsabilidad. Tú, como hijo de
Dios, debes ser valiente para cumplir siempre tus deberes y
obligaciones. Porque amar y perdonar a los demás, no siempre
resulta fácil. Y menos aún denunciar las injusticias ante los
poderosos, que pueden tomar represalias.
Por eso, comienza por eliminar de ti el egoísmo para que tu vida
sea un servicio de entrega y amor a los demás, especialmente a los
más pobres y necesitados. Busca colaboradores, porque la unión
hace la fuerza. Y no te contentes con bonitos pensamientos, debes
actuar. Decídete a hacer algo ahora mismo. No esperes que los
problemas se solucionen por sí mismos. No tomes una actitud pasiva
y pesimista. Si te lanzas a la acción, verás cómo ceden muchas
dificultades. Y, aun en los casos más difíciles, recuerda que “es
mejor encender una vela que maldecir la oscuridad”.
Preocúpate de la felicidad de los demás, no te contentes con
ser feliz tú solo. Lánzate audaz a la aventura de hacer algo por
los demás. Sé valiente. Ciertamente, tendrás que soportar muchas
incomprensiones, dificultades, problemas y, acaso la persecución,
por defender la verdad y la justicia. Pero tú no cedas, mantente en
tu puesto de combate y hazle frente al enemigo, sin acudir a la
violencia. Cuentas con la ayuda de Dios, que nunca te abandonará.
Quizás gustes los sinsabores de la cárcel o de las torturas, pero
habrá valido la pena dar tu vida por Cristo.
Y ahora dile a Jesús con todo tu corazón:
Señor, Tú sabes que me gusta la comodidad, no sé privarme,
frecuentemente, ni de los placeres permitidos que me ofrece la vida.
En este mundo, en que todo es buscar el placer y la comodidad, a
veces, me resultas incomprensible y exigente. Pero reconozco que he
sido egoísta y solamente he vivido pensando en mí. Ayúdame a
pensar en los que menos tienen y más sufren. Yo he sido uno de
tantos culpables que no he querido ver su dolor y su miseria. Tú me
recuerdas que este mundo material es pasajero y que tengo un alma, y
viviré por toda la eternidad.
Ten compasión, Señor, de todos aquellos pobres que se sienten
abandonados y su desesperación está en los límites de la
rebeldía. Acuérdate de los que han tomado el camino de la
violencia, de la delincuencia o del terrorismo.
No te olvides de esos obreros desorientados por el comunismo.
Enséñales que Tú también trabajaste como ellos, para que sientan
el orgullo de llamarse obreros y trabajadores. Dales a todos ellos
la fortaleza, la paz y el amor que necesitan.
Te pido, Señor, fuerza para luchar y grandeza de alma para amar
a todos sin excepción. Que sepa luchar para controlar mis instintos
y adquirir así la madurez de la virilidad. Que comprenda la
alegría de amar y respetar a los demás. Que me esfuerce por
conseguir un cuerpo y un alma limpia de egoísmos y de vicios. Dame
la sinceridad para no ser mentiroso, dignidad para vivir como
verdadero hijo tuyo, constancia para perseverar en el bien,
espíritu de sacrificio para ser más fuerte.
Señor, dame hombría para ser puro, brío para defender a mis
hermanos, valentía para dar testimonio de ti y amor para amarte con
toda mi capacidad de amar, aunque me cueste y aunque me duela el
privarme de mis gustos y caprichos. Que la pureza, la sinceridad, la
responsabilidad y la honradez sean la norma de mi vida y pueda, al
morir, dejar huellas en mi camino para que otros puedan seguir mis
pisadas. Me gustaría que mi epitafio fuera: “Aquí yace un
verdadero hijo de Dios”. ¡Ah, y enséñame a orar y hablar
contigo todos los días!
HOMBRE DE ORACION
“La oración, decía S. Agustín, es la fuerza del hombre y la
debilidad de Dios”, ya que nuestro Padre Dios no puede negar nada,
que sea bueno, a quien se lo pide con humildad. Por eso, Jesús nos
dice: “Pedid y recibiréis” (Mt 7,7). “Todo cuanto pidiereis
con fe en la oración lo recibiréis” (Mt 21,22). De ahí que
todos los días debemos hablar con nuestro Padre Dios para exponerle
nuestras necesidades y problemas. ¡Hay tanto que pedir y tanto que
agradecer! Decía S. Agustín: “La gran sabiduría del hombre y
toda su ciencia es ésta: saber que por sí mismo nada es y que, si
algo es, lo es ciertamente por Dios” (En in ps 70; Sermo 1,1).
La oración es el alimento del alma, la energía del espíritu,
ya que sin la oración nos faltará la fuerza de Dios para superar
los problemas y tentaciones de cada día. Decía el premio Nóbel de
Medicina Alexis Carrel, después de convertirse: “La oración es
una poderosa energía del espíritu y su influencia sobre el
espíritu y el cuerpo humano es tan demostrable como la secreción
de las glándulas. La oración es una fuerza tan verdadera y real
como la gravitación del Universo. Rezar es un acto de madurez,
indispensable para el desarrollo de la personalidad. Sólo rezando
se puede llegar a esa completa y armoniosa unión del cuerpo, de la
inteligencia y del alma que da fuerza al frágil ser humano. La vida
entera debe ser una plegaria, porque se vive como se reza”.
Ahora bien, ¿qué es orar? Orar es hablar con confianza con
nuestro Padre Dios, como un hijo habla con su padre. Orar es una
comunicación personal y amorosa con Él. Puede ser con palabras o
sin palabras, lo importante es el amor. Puede ser un amor silencioso
o un silencio amoroso. Decía Sta. Teresa que lo importante no es
pensar mucho, sino amar mucho. Y decía: “Orar es un tratar de
amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que
nos ama” (Vida 8,5). Sin embargo, es triste pensar que muchos ven
la oración como si fuera una obligación y sienten disgusto y
fastidio de orar.
¿Qué amor podría haber, si les resulta pesado hablar con su
Padre Dios? Muchas veces, en mi vida religiosa he acudido a la
oración sin saber qué hacer o decir. Simplemente leía o escuchaba
los puntos de meditación. Pero pensar no es orar, porque falta
amor. Otras veces, el cansancio me dominaba y me dormía. ¿Por
qué? Probablemente, porque no tenía mucha voluntad de orar. Y para
orar y amar hay que querer. El primer requisito indispensable para
orar bien, es querer orar. Lo cual significa, muchas veces, tener
que vencer el cansancio o el sueño o la pereza.
Es preciso hacer algo para decir y manifestar el amor a Dios. Se
puede, simplemente y con sencillez, repetir sin cesar: “Jesús, yo
te amo, yo confío en Ti”. Y repetirlo miles de veces con amor o,
al menos, con buena voluntad, aunque no se sienta nada. El Padre
Dios se sentirá feliz y, el día y la hora que menos pensemos, nos
hará sentir su paz y su amor. Lo importante es querer orar, estar
con Él, lo cual es ya una buena oración. He aprendido por
experiencia que hay que dedicar tiempo a la oración. Si se quiere
progresar en el amor, hay que buscar tiempo para estar a solas con
Él.
Recuerdo que, después de un retiro espiritual, tomé la
decisión de retirarme todas las mañanas una hora a orar yo solo.
Para ello tuve que renunciar a muchos compromisos y a emplear mi
tiempo en otras cosas útiles. Creo que fue una de las decisiones
más importantes de mi vida. Observé que podía hacer más cosas de
las que hubiera hecho sin oración. El tiempo de oración no era
tiempo perdido para el apostolado, pues lo importante no es tanto la
cantidad de tiempo empleado, sino la calidad de tiempo. Y podía dar
más amor, porque hacía más oración.
Algunos parece que le miden el tiempo a Dios. Incluso, hay
quienes dicen que están todo el día en oración, porque todo el
día están haciendo cosas para Él. Pero eso no basta, si falta
amor. Orar es hacerle compañía para consolarlo. Como aquel
campesino que decía: Yo lo miro y Él me mira. Y, sin palabras, se
decían que se amaban. Orar es conversar con el amigo que nos
comprende, con el Padre que nos escucha para darnos lo que
necesitamos.
Orar es demostrarle nuestro amor. Como aquel volatinero que daba
saltos y saltos por los pueblos para alegrar a la gente. Un día,
cansado de esa vida, quiso entrar en un convento y fue aceptado por
su buen corazón. Pero, cuando los monjes iban a la Iglesia a rezar
en sus grandes libros, él estaba triste, porque no sabía leer y
debía estar callado sin cantar las alabanzas a Dios. Un día,
cuando todos estaban dormidos, fue a la capilla y le dijo: “Señor,
tu sabes que yo no sé leer, pero te amo y te lo quiero demostrar
con mis saltos y piruetas, como cuando hacía reír a la gente.
Quiero alegrarte, Jesús, y voy a hacer un programa para ti solo”.
Y así empezó su sesión de saltos y más saltos para alegrarlo.
Pero el Superior escuchó ruidos y fue a la capilla. Y, cuando le
iba a llamar la atención, vio que Jesús se sonreía desde su
imagen y entendió que estaba contento de aquella sencilla manera de
orar y demostrarle su amor.
Orar no es decir palabras bonitas, sino manifestar humildemente
nuestro amor. Como aquel campesino que todos los días llevaba su
librito al campo para orar en los momentos de descanso. Pero, un
día, se olvidó y se sintió triste, porque ese día creía que no
podría orar, porque era muy ignorante y no tenía palabras bonitas
para decirle a su Dios. Pero con humildad le dijo: “Señor, tú
conoces las oraciones, yo te voy a recitar las letras del alfabeto y
tú juntas las letras y compones las oraciones bellas que yo
quisiera decirte”. Y empezó simplemente a recitar varias veces el
alfabeto: A, B, C, D, E, F, G, H, I, J... Y Dios se sintió muy
contento de su oración, pues la hacía con mucho amor y Dios no
mira tanto lo que decimos, sino el amor con que lo decimos.
Ahora bien, la mejor oración es la santa misa. Ojalá que todos
los católicos fueran conscientes de su importancia para asistir
todos los días y así poder recibir tantas bendiciones que Dios les
tiene preparadas. Pero, al menos, hay obligación grave de ir a misa
los domingos. Sin embargo, hay quienes van a misa y no comulgan,
como si fueran a un banquete y no comieran. A este respecto, la
Iglesia insiste, aunque no obliga, en la comunión con ocasión de
la misa dominical. Y recomienda encarecidamente la comunión,
siempre que se asista a la misa por cualquier motivo.
Los que no puedan asistir a la Iglesia por motivos de enfermedad,
incapacidad o cualquier causa grave, pueden oírla por radio o
televisión. Para ellos, esto “sería de una preciosa ayuda, sobre
todo, si se completa con el generoso servicio de ministros
extraordinarios, que lleven la comunión a los enfermos,
transmitiéndoles el saludo y la solidaridad de toda la Comunidad”
(DD 54). Pero qué fácilmente muchos católicos se excusan de no
tener tiempo, porque están muy “ocupados” o por otros fútiles
motivos para no ir a misa ni siquiera los domingos. ¡Cuántas
bendiciones se pierden! Estoy seguro de que, si repartieron cien
dólares por cada misa, irían todos los días sin faltar. Pues
bien, Dios nos da muchísimo más, pero no creemos en sus gracias y
preferimos nuestra comodidad o nuestras fiestas y paseos a cumplir
con esta obligación de amor con nuestro Padre Dios.
Por esto, ya en la Didascalia, escrito del siglo III, se dice:
“Dejad todo el día del Señor y corred con diligencia a vuestras
asambleas ¿Qué disculpa tendrán ante Dios aquellos que no se
reúnen en el día del Señor para escuchar la Palabra de vida y
nutrirse con el alimento divino, que es eterno?”. Decía el Papa
Juan Pablo II: “En la Eucaristía recibís el alimento que os
sustenta para los retos espirituales de cada día. Vuestra
pertenencia a la Iglesia no puede encontrar mayor expresión o apoyo
que el compartir la Eucaristía cada domingo. Haced de la
celebración dominical en vuestras parroquias un encuentro real con
Jesús” (Saint Louis, USA, 26-1-99).
Jesús te espera y te invita a su “cena”. No faltes y vete a
visitarlo cada día en la Eucaristía. Déjame entrar, Señor, y
estar contigo. Déjame gozar del remanso de paz de tu sagrario.
Déjame pensar un poco y dialogar contigo. Soy el mismo de ayer, tu
viejo amigo. Déjame entrar, Señor, que tengo prisa y déjame
decirte que te quiero. Te quiero, Jesús, y para siempre. Te quiero
con tu Corazón y con María. Y unidos al Espíritu divino digamos
todos juntos: TE QUIERO,PADRE SANTO, SOY TU HIJO
QUINTA PARTE
HACIA LA SANTIDAD
Dios, Nuestro Padre, no puede contentarse con hijos mediocres,
Él nos ha creado para el amor en plenitud. De ahí que todos están
llamados a la santidad. ¿Has pensado seriamente en ser santo? Dios
espera todavía mucho de ti. No digas que no quieres o que no tienes
cualidades. Eres hijo de Dios, cristiano católico, con todos los
medios para llegar a la cima. Tú puedes ser santo. Vale la pena
abandonarse en las manos de un Dios bueno, lleno de bondad y ternura
para sus hijos.
LA TERNURA DE DIOS
Muchos hombres actuales tienen miedo a Dios, porque no lo conocen
o porque viven en pecado y no tienen tranquila su conciencia. Creen
que Dios es un ser muy poderoso, distante y poco amigable... y le
temen. Lo temen, porque no lo conocen realmente y no lo conocen,
porque no hablan con Él, porque no oran. Éste es el gran defecto
de millones de hombres, que están vacíos por dentro, sin amor y
“sin alma”. Algunos prefieren pensar que Dios no existe y que
todo lo que sucede es fruto de las fuerzas desconocidas de la
naturaleza. Pero sus vidas están llenas de temor: temor a la
muerte, a la enfermedad, al futuro, al fracaso, a los enemigos...
No han llegado todavía a conocer la más grande y hermosa verdad
que nos enseñó Jesucristo: que Dios es Amor. Dios es un Padre
amoroso y cariñoso, que controla el Universo y las fuerzas
naturales, y que quiere hacernos felices, porque somos sus hijos.
Realmente, cuando uno llega a conocer un poco a Dios, entonces llega
a darse cuenta de que todo está en sus manos y bajo su control y
que podemos confiar plenamente en Él, pase lo que pase. Incluso,
como dirían muchos santos, es tan amigable y cariñoso que tiene
sentido del humor y nos hace reír, muchas veces, con sus sorpresas
y alegrías. Sí, Dios no es tan serio que solamente acepta las
reverencias y los saludos con palabras solemnes y altisonantes. No,
es un papá que quiere amor y confianza de sus pequeños hijos, los
hombres.
No le tengas miedo, Él tiene contados hasta los pelos de tu
cabeza y conoce todos tus problemas, cuéntale todo lo que te pasa y
déjale ayudarte. Él te dice: “No tengas miedo, solamente confía
en Mí” (Mc 5,36).
Ahora escucha la Palabra de Dios “Como un Padre tiene ternura
con sus hijos, así el Señor tiene ternura con sus fieles” (Sal
103,13). Él nos toma en sus brazos y nos hace caricias como a un
niño pequeño. “Cuando Israel era un niño yo le amé... lo
levanté en mis brazos, lo atraí con ligaduras humanas, con lazos
de amor. Fui para ellos como quien alza una criatura contra su
mejilla y me bajaba hasta ella para darle de comer” (Os 11,1-4).
“Yo os consolaré como cuando a uno le consuela su madre” (Is
66,13).
Sí, Dios es un Padre amoroso que nos cuida como una madre. Su
ternura y sus caricias nos las manifiesta de muchas maneras; a
veces, en la intimidad de la oración; otras veces, a través del
cariño de nuestros seres queridos; a veces también, a través de
la sonrisa de los niños o de la belleza de la naturaleza. Pensemos
en Jesús, el Dios hecho hombre, cómo quería a los niños. “Los
abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos” (Mc 10,16). Él
nos mira como al joven rico, a quien “miró con cariño y lo amó”
(Mc 10,21).
Por eso, puedes confiar en su amor y decirle con cariño: “Abba,
papá”. “Aunque mi padre y mi madre me abandonen, Tú me
acogerás” (Sal 27,10). Dios mío, “guárdame como a la niña de
tus ojos, escóndeme bajo la sombra de tus alas” (Sal 17,8). “Tú
eres mi Padre, mi Dios, la roca de mi salvación” (Sal 89,27). Y
puedes decirle, como Jesús: “Padre, que no se haga mi voluntad,
sino la tuya” (Lc 22,42). “Padre, en tus manos encomiendo mi
vida” (Lc 23,46).
Sí, “confía en Dios y obra el bien. Haz del Señor tus
delicias y Él te dará lo que te pide tu corazón. Encomiéndale
todos tus afanes, confía en Él y Él actuará” (Sal 36,3-5). Que
la ternura de Dios sea tu criterio para juzgar todas las cosas, pues
Él no se olvida ni del más pequeño de sus hijos. A este respecto,
la M. Teresa de Calcuta cuenta que, en una ocasión, vino a
visitarla un padre de familia, desesperado, porque su hijo estaba
gravemente enfermo y para curarse necesitaba una medicina muy cara
que sólo se encontraba en Inglaterra. Todavía estaba hablando,
cuando le regalaron una cesta de medicinas y... ¡Qué alegría!
Precisamente, encima de todas, estaba la medicina que necesitaba
aquel hombre para su hijo. La M. Teresa comentaba: “Hay tantos
millones de niños en el mundo y, sin embargo, Dios tiene tiempo
para pensar en este pequeñito”. Así es nuestro Dios, bueno y “cariñoso
con todas sus criaturas” (Sal 145,9). Él te ama a ti también y
“Él te colmará de gracia y de ternura” (Sal 103,4).
ABANDONO EN LAS MANOS DE DIOS
Si Dios es tu Padre, puedes abandonarte confiadamente en Él.
Abandónate como Abraham, a quien Dios dijo: “Sal de tu tierra, de
tu parentela, de la casa de tu padre y vete a la tierra que yo te
mostraré” (Gén 12,1). Y Abraham dejó todas sus seguridades
humanas y se lanzó a una aventura desconocida, solamente confiando
en Dios. Y Dios lo bendijo, dándole una descendencia tan numerosa
como las estrellas del cielo o las arenas de las playas del mar. Si
obedeces a Dios y sigues su voluntad, no quedarás defraudado y Él
llenará todas tus esperanzas. Él tiene sobre ti unos planes, que
jamás hubieras podido imaginar. “Él es poderoso para darnos en
abundancia mucho más de lo que podemos pedir o imaginar” (Ef
3,20).
Decía el Bto Escribá de Balaguer: “Os aseguro que, si
confiáis en su Providencia, si os abandonáis totalmente en sus
brazos omnipotentes, nunca os faltarán los medios necesarios... y
gozaréis de una alegría y una paz que la posesión de todos los
bienes de la tierra no os puede dar” (Amigos de Dios). Él te
dice: “Yo nunca te dejaré ni te abandonaré” (Jos 1,5; Heb
13,5). Por eso, puedes confiar tranquilo como aquel niño que, en
medio de una gran tempestad en medio del mar, jugaba tranquilo y,
cuando le preguntaron:
- ¿No tienes miedo? - No, respondió, mi padre es el capitán.
Ten esa confianza del niño, como Sta. Teresita del Niño Jesús,
que decía: “Mi camino es el de la confianza y el amor... Este
camino es el abandono del niñito, que se duerme sin miedo en los
brazos de su padre” (MB1). Y decía: “El abandono es el fruto
delicioso del amor” (Poesía 42). El abandono y la confianza
amorosa y sin límites en nuestro Padre Dios son las dos alas para
llegar hasta Él sin peligro, son como los dos brazos del niño
pequeño que abraza a su Padre con amor y sin temor.
Vale la pena abandonarse en los brazos de Dios. Pero piensa que
abandonarse significa estar en una disponibilidad total a sus
planes. El abandono es la manifestación más plena del amor y de la
confianza. Abandono es olvidarte de ti mismo y confiar solamente en
Él, es creer firmemente en su amor divino, es confiar hasta la
audacia, aunque no veas el final. Es como dejarte llevar y navegar
sin temor en el mar inmenso del Corazón de Dios. Porque “en el
Corazón de Dios no hay más que amor” (Cura de Ars).
A veces, el abandono cuesta mucho, porque significa dejar todas
las seguridades humanas e ideas personales y dejarse llevar... por
Él. Es fiarse de Él, pase lo que pase, sin ponerle nunca
condiciones. Es saber que Él controla tu vida hasta en los más
mínimos detalles y que todo lo que suceda es lo mejor para ti. Es
buscar siempre la voluntad de Dios y cumplirla. ¿Alguna vez te has
entregado así totalmente hasta el abandono en las manos de Dios?
Bernard Nathanson, el famoso abortista norteamericano, convertido
católico, dice en su libro “La mano de Dios”: “Al aceptar a
Cristo, le he entregado el control de mi vida, ya no tengo control
de nada, ni quiero tenerlo. Antes convertí mi vida en un caos, pero
ahora estoy en las manos de Dios”. Vale la pena entregarse, pero
piensa que, si lo haces, debes ser fiel a tu compromiso y no
volverte atrás. Es como decirle de antemano: “Gracias, por todo
lo que pase en mi vida”. Es como ser una Eucaristía viviente, una
“acción de gracias” permanente.
Pero ¿te fías de Dios? ¿Alguna vez te has rebelado contra Él
o contra lo que ha permitido en tu vida? ¿Estás dispuesto a
aceptar la enfermedad o cualquier otra desgracia sin rebelión?
¿Por qué tienes tanto miedo a lo que puede sucederte? ¿Acaso no
crees que todo está en las manos de tu Padre Dios? No pierdas
energías, pensando en tu futuro, no acudas a brujos, curanderos,
adivinos o talismanes para que te den buena suerte. Deja que Él se
ocupe personalmente de tus asuntos, no quieras resolverlos a tu
manera. Déjale ser Dios y hacerlo todo de acuerdo con sus planes.
Hablar de abandono y de entrega total es hablar de aceptación
total a sus planes divinos. Es creer que Él guía la barca de tu
vida con amor, porque quiere tu bien y tu felicidad. Es dejarte
llevar por Él sin preguntar a dónde ni porqué. Es entregarle la
responsabilidad de tu vida. Es como firmarle un cheque en blanco. Es
fiarse de Él, aunque no comprendas nada ni veas el futuro con
claridad. Puedes estar seguro de que todo lo que suceda obedece a un
plan divino o, al menos, lo permite para tu bien. Nada sucede por
casualidad. Él controla hasta los más mínimos detalles de tu
vida. Por eso, puedes dormir tranquilo entre sus brazos. Y puedes
decir confiado: “Aunque mi padre y mi madre me abandonen, Dios
estará conmigo” (Sal 27,10). Sí, aunque nadie te quiera por ser
viejo, pobre, feo o enfermo, Dios te ama. Puedes estar seguro de su
amor. Por eso, nunca digas: “Dios me ha abandonado, el Señor se
ha olvidado de mí... ¿Puede una madre olvidarse del hijo de sus
entrañas?... Pues, aunque una madre se olvidara, yo nunca podría
olvidarme de ti” (Is 49,15). Dios no puede olvidarse de ti, porque
eres su hijo. Por eso, pase lo que pase, di convencido: “Dios es
mi luz y mi salvación ¿a quién temeré? Dios es el refugio de mi
vida ¿quien me hará temblar?... Aunque un ejército acampe contra
mí, mi corazón no teme; aunque estalle una guerra contra mí,
estoy seguro... Él me dará cobijo en su cabaña en el día de la
desgracia; y me esconderá en lo escondido de la tienda (de su
corazón)” (Sal 27).
Y ahora dite a ti mismo, si tienes problemas: “Mi Padre Dios
vela sobre mí, Él lo sabe todo, sabe lo que me está pasando y
conoce mis necesidades. Mi Padre es bueno y me ama. Puedo estar
tranquilo, sabiendo que Él está tomando las medidas necesarias
para ayudarme y solucionar mi problema”. Y puedes decirle con
confianza:
Padre mío, “aunque pase por un valle de tinieblas y sombras de
muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo. Tu vara y
tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa ante mí... y mi copa
rebosa (de alegría). Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida y habitaré en tu casa, Señor, por los
siglos de los siglos sin fin” (Sal 23).
Sí, Padre mío, estoy en tus manos, haz de mí lo que tú
quieras. Solo tengo un deseo: cumplir en cada instante tu santa
voluntad. Ayúdame a dejarme llevar por Ti. Hazme completamente
disponible a tus designios sobre mí. Y, cuando me pidas algo que me
cueste, dame fortaleza para dártelo. No quiero negarte nada, no
quiero decirte nunca NO, ni un SI a medias, sino un SI entero y
total. Gracias, Padre, sé que me amas y, por eso, quiero
agradecerte por mi vida y todo lo que me has regalado. Quisiera
hacer de mi vida una sinfonía para alabarte eternamente. Ahora
quiero decirte desde lo más profundo de mi corazón que te QUIERO y
te ADORO y te DOY GRACIAS, porque eres mi Padre. Amén.
Y tu Padre podría responderte:
Hijo mío, a veces te puedo parecer incomprensible, porque soy
invisible y te parezco lejano, pero estoy muy cerca de ti y nunca me
olvido de ti. Tú no puedes comprender ahora con qué amor te llevo
en mi corazón. ¿Cómo podría olvidarme un instante de ti, si eres
mi hijo? Aunque no sientas mi cercanía, estoy a tu lado. Cree en mi
amor. Si pudieras entender la inmensidad de mi amor por ti no
tendrías miedo jamás, porque yo estoy contigo. Si tú supieras la
esperanza que tengo en ti, no medirías tanto tu generosidad. Si
supieras cómo te protejo siempre en medio de los peligros y
tentaciones, tendrías más serenidad. Si supieras la inmensa
felicidad que te preparo en el cielo, tus dolores te parecerían
insignificantes. Si supieras cuánto te amo, morirías de alegría.
Yo te amo, hijo mío, no lo dudes. Entrégate a mi amor sin
condiciones y para siempre.
ENCUENTROS CON DIOS
En el libro del Exodo se nos habla de la tienda de las citas
divinas o tienda del Encuentro. “Todo el que tenía algo que
consultar a Dios iba a la tienda del Encuentro, que estaba fuera del
campamento... Dios hablaba allí con Moisés cara a cara como habla
un hombre con su amigo” (Ex 33,7-11). Por supuesto que Dios, trino
y uno, vive en nuestro corazón y está en todas partes, y en todo
lugar podemos hablar con Él, pero hay lugares especiales, donde su
presencia se siente con más intensidad. Pueden ser los santuarios,
que son centro de peregrinación, donde ha habido grandes milagros o
apariciones; o pueden ser también las Iglesias.
A veces, Dios nos puede sorprender, saliendo a nuestro encuentro
y haciéndonos sentir su presencia de las maneras más diversas.
Puede ser en una confesión, donde sentimos su amor y su perdón y
quedamos con una paz inmensa, después de haber sido perdonados de
pecados graves. Otras veces, puede ser a través de la lectura de un
buen libro. A este respecto podría contarles la historia de Eddie
Doherty, un periodista norteamericano, que ganaba miles de dólares
al mes. Era rico y no creía en Dios. Un día se puso a leer el
libro “Historia de un alma” de Sta. Teresita del Niño Jesús, y
nos dice: “Esa noche, acostado en cama, tomé el libro con la sola
intención de echarle un vistazo. Pero, una vez que comencé a leer
esas páginas tan encantadoras, no pude dejarlo. A las tres de la
mañana lo terminé. Pero seguí apretándolo sobre mi pecho,
pasando mis dedos bañados en lágrimas por su cubierta. Ningún
libro me había impresionado tanto jamás”. Eddie se convirtió y
se hizo sacerdote católico. Algo parecido podemos decir de Sta.
Edith Stein, que se convirtió a la fe católica, leyendo el libro
de la vida de Sta. Teresa de Jesús.
Otras veces, Dios nos espera para hablarnos en la soledad de la
naturaleza. Sven Hedin, explorador de fama mundial, escribió que,
al descubrir en la meseta del Tíbet un lago entre dos grandes
peñascos, se emocionó y ante el augusto silencio de aquel lugar,
que parecía guardar un silencio de siglos, sintió la presencia de
Dios y se arrodilló para adorar a Dios Creador de aquellas
maravillas.
Recuerdo que en una ocasión, en 1970, me encontraba en plena
selva, en el Dpto. de Junín, en el Perú. Había ido con otro
sacerdote para celebrar bautismos y matrimonios. Aquel día, al
anochecer, fuimos a la orilla del río y al contemplar las
estrellas, y ante la majestad de la selva y los misteriosos sonidos
de la noche, sentí de modo extraordinario la presencia de Dios y me
sentí feliz de ser sacerdote para siempre.
En cierta ocasión, un sacerdote me contaba su encuentro con Dios
como una profunda experiencia de su amor y lo comparaba a una bomba
atómica que hubiera explotado en su interior. Creía que iba a
morir de tanto amor y de tanto gozo. La mística mexicana
Concepción Cabrera de Armida nos habla de una experiencia suya y
dice: “Después de comulgar, volví a sentir el impulso divino y
me dejé llevar de la voluntad de Dios. Me vi sumergida en un abismo
de luz, de claridad, de eso inexplicable que arrebata el sentido,
quedando el alma suspensa y en un punto fija... ese punto era Dios,
abismo de pureza y de infinitos resplandores. Y ese Dios en tres
personas distintas, pero con un solo corazón, diré con una sola
ternura, con un amor eterno, infinito, es el que está encerrado en
el más pequeño punto de una hostia consagrada. Oh Dios mío,
Trinidad beatísima, te amo tanto que, si me fuera dado aumentar en
un átomo tu dicha, lo haría aun a costa de mi vida”.
Mi amigo Rafael Aita tuvo la gracia de encontrarse con Dios en
una experiencia de muerte y sintió profundamente su amor la noche
del 20 de Enero de 1996. A raíz de este hecho cambió radicalmente
su vida. Él escribe:
Gracias, Señor, porque en tu infinita misericordia te
compadeciste de mí y me enseñaste que debía acudir a Ti para
encontrar fuerza y alimento para seguir adelante. Mi tesoro es el
recuerdo de tu infinita dulzura, de tu maravillosa ternura, de tu
grandiosa nobleza, cuando me enseñaste sin palabras que yo era tu
hijo. Llevo en mi corazón tu amor que lo llena todo y camino
incomprendido y bombardeado por tanta mezquindad, tanta ceguera y, a
la vez, tanto sufrimiento, por no querer entregarse a Ti y amarte de
todo corazón. Todo esto me causa un profundo dolor, pero sé que al
fin del desierto de este mundo encontraré el Jordán y lo pasaré
contigo de la mano. Y cada día, cuando despierto, pienso que es un
día menos que me queda para llegar a la tierra prometida y todas
mis esperanzas y mis ansias están en volver a verte y sentir tu
amor divino... correr hacia Ti, correr a tus brazos, gritando y
llorando de alegría y así poder decirte por toda la eternidad:
¡Padre, cuánto te amo!
Ojalá tú también puedas encontrarte con Él y decir como
André Frossard: “Oh Señor, te amo tanto que ni toda la eternidad
será suficiente para decirte cuánto te amo”.
VOCACION DE AMOR
El origen y el fin de nuestra existencia es el amor. Esto lo
explica muy bien S. Agustín, cuando habla del primer instante de la
creación de nuestra alma. Él dice que, en ese momento, en que
nuestra alma salió de las manos creadoras de Dios, vimos la gloria
y la luz de su divinidad, sentimos su infinito amor por nosotros y
experimentamos una inmensa felicidad. Por eso, él nos habla de la
“Memoria Dei”, de que en todo ser humano hay como un recuerdo de
Dios, de su amor, de su luz y de esa inmensa felicidad que sentimos
en aquel momento. Por eso, todos quieren ser felices, todos quieren
volver a disfrutar aquella inmensa felicidad que un día sintieron.
Es como si Dios hubiera dejado las huellas de su amor en nuestra
alma, como si la luz de aquel resplandor de su divinidad nos
siguiera iluminando, como si tuviéramos impresa la imagen de Dios
en nosotros de manera imborrable.
Sí, hay en el hombre una atracción natural hacia el bien, hacia
la luz, la verdad y el amor, que en definitiva es hacia Dios, aunque
no lo sepa. Dios es un imán que lo atrae de modo natural. Alejarse
de Dios y pecar es hacer algo antinatural y antihumano, que lo hará
infeliz. Por eso, S. Agustín como tantos otros convertidos, cuando
al fin encuentra la paz y la felicidad en Dios, afirma: “Oh
Señor, ya no me interesa saber cómo eres, sólo sé que eras tú a
quien estaba buscando desde siempre y yo no lo sabía”. “Cuán
tarde te conocí, hermosura tan antigua y tan nueva, cuán tarde te
conocí” (Conf X,27). “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro
corazón está insatisfecho hasta que descanse en Ti” (Conf 1,1).
Sí, Dios es nuestro amor y nuestra felicidad. Y, por eso,
podemos gritar convencidos: “Hemos conocido y creído en el amor
que Dios nos tiene. Dios es Amor” (1 Jn 4,16). Y, si Dios es Amor,
eso quiere decir que la materia prima del universo y de nuestro ser
humano es el amor, estamos hechos de amor. La esencia de nuestro ser
más íntimo es el amor, somos una partícula viva de amor de Dios.
Somos “amor” y para realizarnos como seres humanos necesitamos
amar.
Vayamos, pues, al Amor, caminemos hacia Dios. Digamos como S.
Juan de la Cruz: “ya sólo en amar es mi ejercicio”. O como la
Bta Isabel de la S. Trinidad: “mi única ocupación es el amor”.
O como Sta. Teresita del Niño Jesús: “Por fin, he hallado mi
vocación. Mi vocación es el amor”. Es la vocación natural de
todo ser humano, lo cual es como decir: Mi vocación es Dios, de él
nací y a él regresaré. Dios es mi Padre, mi Dios y mi Todo. En
Él encuentro la felicidad y el sentido de mi vida. Y quiero vivir
sólo para Él.
Veamos ahora lo que me escribía una religiosa contemplativa: “Hay
días en que estando en oración, me parece vivir en el centro mismo
del Amor. Me veo como bañada en una luz profunda, muy suave y
sencilla. Esto lo experimento en el centro mismo de mi alma, en su
misma sustancia. Es un estado de paz profunda, en el que Dios me
posee por completo y allá en lo íntimo de mi alma, oigo una voz
muy dulce que me dice: “Dame tu amor”. Tengo una necesidad
inmensa de amar, es algo que no puedo contener en mi pecho, mi pobre
corazón se siente asfixiar, necesita más espacio, que sólo Él
puede darme y que sólo Él puede saciar. Comprendo que esto será
en la patria y que ya falta menos, pero a medida que me acerco más
a este fin deseado, el deseo aumenta y el camino se me hace más
largo. ¡Tengo tantas ganas de verlo, de amarlo, y de fundirme con
Él para siempre!”.
Otra religiosa me decía: “Quisiera tener un corazón tan
grande como el mundo, amar con el corazón de todos los hombres,
amar con el mismo corazón de Dios y desaparecer en Él para
siempre. ¡Es tan dulce el fuego de su amor! Hay momentos en que
siento una gran necesidad de perderme en Él y me encuentro como
dentro de un gran globo de luz, en el que puedo ver y comprender su
obra salvadora en mí. Dentro de ese globo, que es Él, yo me pierdo
y sólo puedo apreciar una motita que es luz en la Luz y por la
Luz... A veces, al comulgar me dice: “Eres mía. Te amo. Toma el
pan de vida. Pronto pasará el invierno y te desposaré conmigo para
siempre”. Mi vivir ahora es una espera. ¿Cuándo llegará el
dichoso momento de la muerte y de mi encuentro definitivo con El?
Entonces, mi amor llegará a su plenitud, descansaré para siempre
perdida en Él y en un beso eterno me desposaré con el que siempre
ha sido mi amor en el destierro”.
Otra religiosa contemplativa me escribía, llena de emoción: “Hay
días en que me abraso de amor. Mi corazón es demasiado pequeño
para tanto amor. Un día, estando en oración, llegó un momento en
que no sabía nada de nada y me pareció oír la frase de la Bta.
Isabel: Inmensidad en que me pierdo. Me pareció ver un mar inmenso,
de una serenidad total, con unas aguas transparentes, de modo que
podías contemplar el fondo con toda facilidad... Era Él y mi pobre
ser. Yo estaba totalmente sumergida en la INMENSIDAD del Amado”.
Dios es un abismo de luz, de amor y de alegría. Sólo Él te
puede dar la auténtica felicidad. En la medida en que lo ames,
serás más feliz y más sabio y santo. Porque “el corazón de la
santidad es el amor” (EA 30).
SER SANTO
Ser santo es amar en plenitud, con todo nuestro corazón, con
toda nuestra alma y con todo nuestro ser. Ser santo es ser hombre en
plenitud. Y Dios quiere que todos sean santos y den lo mejor de sí
mismos. Dios no quiere hijos mediocres. Ahora bien, hay muchos hijos
de Dios que ni siquiera se plantean la posibilidad de ser santos.
Creen que los santos son seres inalcanzables, de otro mundo. Se
imaginan a los santos con caras largas, los ojos siempre mirando al
cielo, flacos de tantas penitencias, sin reírse jamás. En una
palabra, personas raras, anormales, que están todo el día rezando,
metidos en una Iglesia o haciendo penitencia. Nada más falso. Los
santos son las personas más normales y felices del mundo. Ser santo
es estar siempre alegre. Un santo triste será un triste santo.
Ellos son los más plenamente hombres, los que más aman, los que
más son capaces de sufrir por Dios y por los demás. Son los que
tienen mayor fuerza de voluntad para luchar contra sí mismos:
contra su egoísmo, soberbia, impureza o debilidades humanas.
Precisamente, la mayor alegría que podemos darle a nuestro Padre
Dios es querer ser santos, dejarnos amar por Él hasta las últimas
consecuencias, dejarnos llevar de acuerdo a sus planes sin
rebelarnos contra Él, cumplir siempre su voluntad. Y para ello, el
primer requisito es querer ser santos. Tener mucha fuerza de
voluntad para seguir este camino sin volver atrás. Decía Sta.
Teresa de Jesús que hace falta: “una determinada determinación”.
Por otra parte, pensemos que ser santo no es un privilegio de unos
pocos escogidos, sino un deber de todos. La santidad no es sólo
para los religiosos y sacerdotes. La santidad es para ti también
seas quien seas. No importa tu pasado. Ha habido grandes santos que
fueron pecadores, como Sta. María Magdalena o S. Agustín. Y,
además, Dios nos quiere santos: “La voluntad de Dios es nuestra
santificación” (1 Tes 4,3). “Sed santos, porque yo, el Señor
vuestro Dios, soy santo” (Lv 19,2). “Sed santos en todo vuestro
proceder” (1 Pe 1,15). “Desde toda la eternidad nos ha elegido
para que seamos santos e inmaculados ante Él por el amor” (Ef
1,4). ¿Qué dices a esto? ¿Estás dispuesto a cumplir la voluntad
de tu Padre Dios y darle esa gran alegría? Pero debes tener una
voluntad de hierro, porque encontrarás muchas dificultades y
tentaciones en la vida. Por eso, solamente los esforzados llegarán
a la cumbre.
Conseguir la santidad es sólo de los valientes. En una ocasión,
en 1914, el explorador del polo antártico Sir Ernest Shackleton
puso este anuncio en lo periódicos: “Se necesitan hombres
valientes para una expedición peligrosa al Polo Antártico. Se les
ofrece salarios modestos y les espera un frío intensísimo y largos
meses en completas tinieblas. No se les puede asegurar que volverán
sanos y salvos”. Se anotaron cinco mil hombres, pero de ellos
sólo fueron escogidos veintiocho valientes, quienes, después de
dos años de indecibles penalidades, pudieron volver de la
expedición triunfadora. ¿Estás dispuesto a emprender el camino?
Un general decía a sus soldados: “Ser soldado significa no
comer, cuando se tiene hambre, no beber, cuando atormenta la sed, y
cargar al hombro a los compañeros heridos, cuando ya no quedan
fuerzas para dar un paso adelante”. ¿Estás dispuesto a ser
soldado de Cristo hasta el final? ¿Estás dispuesto a ser un
valiente en la vida espiritual? Los santos son los héroes de la
vida moral, que tuvieron fuerza de voluntad para vencerse a sí
mismos. Ser santo no consiste en no tener defectos, sino en
superarlos. Ser santo no es hacer grandes cosas a los ojos del
mundo, sino hacer lo que hacemos con mucho amor. Decía Sta.
Teresita: “La santidad consiste en una disposición del corazón,
que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, conscientes
de nuestra debilidad y confiados hasta la audacia en su bondad de
Padre” (UC). “Jesús no tiene necesidad alguna de nuestras
obras, sino solamente de nuestro amor” (MB1). Y le decía Jesús a
Sor Consolata Betrone: “La santidad es amor; cuanto más me ames,
más santa serás y más feliz serás”.
Si quieres ser santo, necesitas amar. Por eso, cada día vete al
sagrario, visita a Jesús, háblale y pídele ayuda, cuéntale tus
luchas y derrotas, confiésate con frecuencia, vete a misa cada día
y recíbelo en la comunión y busca momentos para estar a solas con
Él y háblale con confianza. No olvides que “el corazón de la
santidad es el amor” (EA 30) y “Jesucristo es el único camino
que conduce a la santidad” (EA 31), porque es el único camino que
nos conduce al amor de Dios. Ahora bien, para encontrarnos con
Cristo el mejor lugar es la Eucaristía. “La Eucaristía es el
lugar privilegiado para nuestro encuentro con Cristo vivo” (EA
35). Por eso, alégrate de ser católico y tener la inmensa gracia
de tener a Jesús muy cerca de ti en el sacramento eucarístico.
Canta, canta siempre tu amor a Jesús. Canta por la alegría de
tener a Jesús como un amigo cercano, junto a Ti, que siempre te
espera en el sagrario de nuestras Iglesias. Y dile con toda la
fuerza de tu alma:
Jesús, quiero ser santo, ayúdame a ser santo, aliméntame con
tu pan de vida y con tu Palabra. Quiero ser tu amigo ahora y para
siempre. Amén.
MATRIMONIO ESPIRITUAL
El matrimonio espiritual es el grado más alto de santidad a que
se puede llegar en esta tierra. Es un estado en el que el alma y
Dios se funden como en una sola esencia, como si fueran una misma
cosa. Dice S. Juan de la Cruz que el matrimonio espiritual es “una
transformación total en el Amado en que se entregan ambas partes
por total posesión de la una a la otra con cierta consumación de
unión de amor, en que está el alma hecha divina y Dios por
participación, cuanto se puede en esta vida... éste es el más
alto grado a que en esta vida se puede llegar... consumado este
matrimonio espiritual entre Dios y el alma, son dos naturalezas en
un espíritu y amor” (C 22,3).
Algunos lo llaman unión transformante, porque es unión
indisoluble, que transforma, en cierto modo, el alma en Dios. Es una
especie de “deificación” del alma, una fusión espiritual, que
eleva el alma hasta alturas jamás imaginadas. El alma se une a las
divinas personas por medio de la humanidad de Jesús. Vive en el
seno de la Trinidad, como si formara parte de ella. Vive su misma
vida y recibe un torrente de luz divina que la inunda toda. Es un
verdadero matrimonio del alma con Jesucristo, el hombre Dios, y por
medio de Él con la Trinidad.
Frecuentemente, este matrimonio se realiza en un éxtasis de
amor, en que se aparece la humanidad de Jesús y hay entrega de
anillos, pero esto no siempre se da y no es necesario, ya que es un
matrimonio con Cristo en los TRES o con los TRES por medio de
Cristo. Es por esto que normalmente sucede después la comunión. Y,
a partir de ese momento, la presencia de la humanidad de Jesús en
el alma es permanente, no pasajera, como en la comunión; es como si
el alma llevara siempre consigo a Jesús sacramentado. Entonces, el
alma puede decir: “Yo y Él somos Una misma cosa” (Jn 10,10). S.
Bernardo dice que “todos han sido llamados a estas bodas
espirituales”. Y S. Juan de la Cruz afirma: “Oh almas criadas
para estas grandezas y para ellas llamadas ¿Qué hacéis? ¿En qué
os entretenéis?” (C 39,7). Si llegas a ese estado, tu alma, toda
llena de Dios, llena de amor, divinizada y cristificada, habrá
llegado a la realización plena de todo su ser.
Una religiosa me escribía así: “Aquel día los TRES cayeron
sobre mi alma y se me entregaron como en unión matrimonial en un
inefable abrazo de amor. Una voz muy dulce me decía: Mis cosas son
tuyas y tus cosas son mías. En el mismo centro de mi alma, las TRES
personas divinas se me mostraron en una luz sobrenatural tan clara y
distinta, en visión intelectual, que en lo sucesivo, no se ha
apartado de mí esta vista amorosísima y suave de mis TRES. Con
ellos vivo de continuo enamorada locamente, hasta en las ocupaciones
que más atención requiere de mis hermanas. Lo que sentí fue algo
sobrehumano, inefable. Es algo que no se puede describir ni valen
comparaciones o explicaciones. Al entregárseme las divinas
personas, sentí un algo en mi vida y en todo mi ser, como si
grabasen en mí estas sublimes palabras: AMOR, SANTIDAD,
DIVINIZACION”.
Vale la pena darlo todo por Dios y por su amor. Vale la pena
aspirar a la santidad. Vale la pena amar a Dios con todo nuestro
corazón y para siempre.
POR CRISTO, CON EL Y EN EL
Ya hemos dicho que para llegar a la plenitud del amor en el
matrimonio espiritual es necesario llegar por Cristo. Y el medio
mejor para hacerlo es ir creciendo cada día más en nuestra unión
con Jesús a través de la comunión. Dice el Catecismo que “los
que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo”
(Cat 1396). Como diría S. Agustín: “No solamente nos hacemos de
Cristo, sino Cristo mismo” (In Io Ev tr 21,8). En el Congreso
eucarístico de Bolonia (Italia) del 27 al 28 de Setiembre de 1997
se dice que “comulgar es formar una sola con Jesús. Por eso, no
puede haber algo más bello, más sublime y más maravilloso sobre
la tierra”.
S. Cirilo de Jerusalén decía que “cuando alguien recibe el
cuerpo y la sangre del Señor, la unión es tal que Cristo pasa a
él y él a Cristo, teniendo el mismo cuerpo y la misma sangre”.
En ese momento, se establece una circulación de vida, una
comunicación de bienes, una unidad total de amor, de modo que
nuestra humanidad queda transfigurada por la humanidad de
Jesucristo. Y así Cristo y el alma juntos, adoran, aman y dan
gracias y lo hacen todo en común y se entregan unidos al Padre con
la gracia del Espíritu divino que lo hace realidad.
La comunión lleva a la fusión de nuestro corazón en el
Corazón de Jesús. Dice Jesús: “Quien me come vivirá por Mí”
(Jn 6,58). Por eso, Sta. Catalina de Génova decía: “Yo no tengo
alma ni corazón, mi corazón y mi alma son los de Jesucristo”. En
ese momento de la comunión, la divinidad de Jesús, a través de su
humanidad, empapa de amor el alma que lo recibe con fe. Oleadas de
amor y ternura divina llenan el alma; aunque, a veces, no las sienta
sensiblemente. En ese momento, es la fusión, ya no son dos, es UNO:
Jesucristo. El alma queda absorbida en Él y por Él en la Trinidad.
Es como un matrimonio espiritual pasajero. Y el alma queda sumergida
en un océano de luz y se pierde en la infinitud del Corazón de
Jesús.
Lamentablemente, cuando desaparecen las especies eucarísticas
deja de estar en nosotros la humanidad de Jesús y sólo queda la
divinidad, pues somos permanentemente templos de Dios, uno y trino.
Por eso, debemos desear que esta unión con Jesús y con la Trinidad
sea permanente por el matrimonio espiritual y que la comunión o
común unión con Dios sea para siempre.
Esto lo podemos conseguir, de alguna manera, en la medida en que
vivamos nuestra consagración al Corazón de Jesús y procuremos
hacerlo todo: Por Cristo, con Él y en Él. Le decía Jesús a la
Vble. Josefa Menéndez: “Hazlo todo en unión con mi Corazón...
No hay que hacer cosas extraordinarias, sino pureza de intención y
unión íntima con mi Corazón... No es la acción la que tiene
valor en sí misma, sino la intención y el grado de unión conmigo.
La perfección consiste en hacer en íntima unión conmigo las
acciones comunes y ordinarias. Si comprenden esto, pueden divinizar
sus obras y su vida”.
De esto se trata, de divinizar nuestra vida y darle un valor
divino, porque Jesús será quien lo hará todo en nosotros. Y
¡cuánto vale un día de vida divina! Sería como vivir en una
comunión permanente, como vivir de continuo en el Corazón de
Jesús y hacer que Jesús ore y ame y viva en nosotros. Dice S.
Agustín: “El cristiano, hecho Cristo, realiza sus obras en
Cristo, ora en Cristo, ama en Cristo, sufre en Cristo y, a la vez,
Cristo ama y sufre y trabaja y ora en el cristiano. Ambos son una
sola cosa, una sola oración en el Cristo total” (En in ps). “Felicitémonos
y seamos agradecidos, porque se nos ha hecho llegar a ser no sólo
de Cristo, sino Cristo mismo” (in Io Ev tr. 21,8). Entonces, es el
momento en que podremos decir de verdad: “Para mí la vida es
Cristo” (Fil 1,21). “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en Mí”
(Gál 2,20). Nuestro corazón y el de Jesús serán UNO, como
aquellos primeros cristianos que tenían “un solo corazón y una
sola alma” (Hech 4,32). Al llegar a ese estado, nuestro abandono
en sus manos será total, le habremos entregado todo: voluntad,
pensamientos, deseos, vida, salud, enfermedades... todo será de
Jesús y nosotros seremos TODO de Jesús.
Una religiosa me escribía: “La misa y la comunión son mi
mayor alegría. Jesucristo es el Amor de mi vida, por Él vivo y por
Él muero. Él me dijo un día, después de comulgar: Yo y tú
seremos UNO. Desde ese día, vivimos siempre unidos como en una misa
permanente, ambos nos ofrecemos juntos al Padre, y ambos nos
fundimos en UNO con el amor del Espíritu divino”. Esta unión y
esta fusión será definitiva y total en el cielo.
El cielo será una comunión eterna con Dios por medio de
Jesucristo. Será como una misa eterna de amor donde con Cristo nos
ofreceremos permanentemente a Dios Trinidad. Será algo tan sublime
y seremos tan inmensamente felices que “ni la muerte ni la vida ni
los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las
potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna
podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús
nuestro Señor” (Rom 8,39). Allí será la plenitud de la
felicidad en el amor. Allí llegaremos a la plena realización de
nuestro ser como hijos de Dios. S. Agustín dice que “allí toda
nuestra ocupación será amar y alabar a Dios” (En in ps 147,3).
“La vida eterna será una vida bajo el señorío de Dios, una vida
de intimidad con Dios, una vida recibida de Dios, una vida que será
el mismo Dios” (Sermo 297,5). “Allí descansaremos y
contemplaremos, contemplaremos y amaremos, amaremos y alabaremos”
(De Civ Dei XXII,30).
Será una felicidad tan grande que “ni el ojo vio ni el oído
oyó ni vino a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para
los que le aman” (1 Co 2,9). Y todo será hecho realidad por medio
de Jesús, ya que “Dios nos da la victoria por Nuestro Señor
Jesucristo” (1 Co 15,57). De esta mediación eterna de Jesús nos
habla muy bien S. Agustín: “La mediación de Cristo alcanza a
todo el Universo y a todo ser humano desde su concepción hasta su
felicidad eterna. Sin Cristo no podemos ser felices ni aquí ni
allá” (Cf De Civ Dei IX,15). E insiste en la misma idea: “Reconoce
a Cristo y por el hombre sube a Dios, uniéndote a Él; ya que por
tus propias fuerzas nunca lo conseguirás” (Sermo 82,6). Y afirma
que ser cristiano es “seguir el camino que nos trazó Cristo con
su humanidad” (De Trin IV 1). Cristo es “el rostro humano de
Dios y el rostro divino del hombre” (EA 67). Él es el lugar de
encuentro entre Dios y el hombre, es el puente, el mediador, el
centro de convergencia de todo el Universo y el punto de unión
entre el hombre y Dios. Por eso, es tan importante la misa y
comunión, donde nos encontramos con Él, verdadero Dios y verdadero
hombre, para hacernos otros “Cristo”.
Pues bien, sigue el camino de Cristo hombre, que te espera en la
Eucaristía, haz de tu vida una misa continua, no te pierdas ninguna
misa o comunión para unirte íntimamente a Él y hazlo todo con
amor: Por Cristo, con Él y en Él. El Papa Juan Pablo II, en su
carta a los sacerdotes (1-4-99), les decía que estas palabras de la
doxología final del Canon “tienen una importancia fundamental en
la celebración eucarística y expresan en cierto modo el culmen del
Mysterium fidei y del núcleo central del sacrificio eucarístico,
que se realiza en la consagración. Cuando la plegaria eucarística
llega a su culmen, la Iglesia, en la persona del ministro ordenado,
dirige al Padre estas palabras: Por Cristo, con Él y en Él...” Y
añade el Papa: “Sacrificium laudis” (Sacrificio de alabanza),
es decir, son como el resumen de la alabanza que, con Cristo,
dirigimos al Padre en la misa y que también podrían expresar el
culmen y el resumen de toda nuestra vida, que debe ser un canto de
gloria y alabanza, o como dice S. Pablo: “Para alabanza de su
gloria” (Ef 1,12).
Un sacerdote me contaba que una noche, tachonada de estrellas,
estaba muy emocionado, mirando el cielo estrellado, pensando en la
grandeza de Dios y en su debilidad humana. Y sintió deseos de
llegar hasta Dios, siguiendo a las estrellas. Quiso abrazar a Dios y
con Él a todo el Universo. Y, en ese momento, se puso de rodillas y
se puso a cantar, como si estuviera celebrando la misa: “Por
Cristo, con Él y en Él, a Ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad
del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los
siglos. Amen”. Y quiso que toda su vida, en unión con María,
fuera un vivir como verdadero hijo de Dios: Por Cristo, con Él y en
Él, en la unidad del Espíritu Santo, para gloria de Dios Padre.
MENSAJE FINAL
Tu vida es bella, es una hermosa aventura, un reto, un desafío.
Nunca te canses de vivir ni te desanimes por más problemas que
tengas. Hay momentos difíciles, pero tu Padre Dios, siempre está a
tu lado para ayudarte. No tengas miedo, pídele ayuda y no te
detengas. Sigue siempre adelante. No te acostumbres a cualquier
cosa, tienes que luchar, tienes que esforzarte, tienes que superar
el desánimo y el malhumor con la confianza puesta en Dios y tu
esfuerzo personal. No desperdicies tus energías en vicios y
placeres, no malgastes tu vida en dudosas diversiones. Vive en
plenitud cada momento, vive con profundidad y responsabilidad.
No te lamentes por cualquier cosa, haz algo para iluminar el
mundo y la vida de los demás. No te importe, si te lo agradecen o
no. Tú haz el bien, sin mirar a quien. Al salir a la calle cada
mañana, ponte la mejor de tus sonrisas y sonríe a todo el mundo.
Procura que hoy alguien sea mejor y más feliz por haberte
encontrado. Que hoy escribas la mejor página del diario de tu vida.
Y que, aun en medio de las más crueles traiciones o enfermedades,
puedas levantar tu corazón a Dios y decirle: Te amo. De esta
manera, tu vida adquirirá un nuevo sentido y seguirás creciendo en
amor y santidad y tu vida será una bendición para el mundo.
Sonríe a la vida, no pidas limosnas de amor y comprensión a
cuantos te rodean, porque no todos pueden aceptarte como eres ni
comprenderte. No te importe lo que digan o no digan los demás de
ti. Tú sigue tu camino. No pienses tanto en recibir como en dar;
porque, al final, tendrás tanto como hayas dado. Construye cada
día tu futuro, paso a paso, sin detenerte. Llena de amor cada
instante de tu vida. Nunca te des por satisfecho, aspira siempre a
más. No seas como el agua del río, un día alegre y cantarina,
que, cansada del largo camino, se queda estancada y muere podrida.
Nunca te detengas, sigue adelante, porque mientras hay vida, hay un
mundo nuevo por construir. Pon cada día tu granito de arena en la
construcción de un mundo mejor, más humano, más cristiano y más
feliz.
Delante de ti hay un camino infinito por recorrer, el camino de
Dios, el camino del amor. Dios te ha dado la vida para que tengas la
oportunidad de crecer cada día más en su amor. Él te espera al
final del camino. Y te dice: “Hijo mío” (Prov 23,26). “Yo te
llamé por tu nombre y tú me perteneces... Yo soy tu Dios... Eres
precioso a mis ojos y yo te aprecio y TE AMO MUCHO...No tengas
miedo, porque yo siempre estoy contigo” (Is 43,1-4). ¿Qué le
responderás? Si lo amas de verdad, te sentirás seguro y serás
feliz. Como diría el poeta Amado Nervo:
Si amas a Dios, en ninguna parte has de sentirte extranjero,
porque Él estará en todas las regiones, en lo más dulce de todos
los paisajes, en el límite indeciso de todos los horizontes.
Si amas a Dios, en ninguna parte estarás triste, porque, a pesar
de la diaria tragedia, Él llena de júbilo el Universo.
Si amas a Dios, no tendrás miedo a nada ni a nadie, porque nada
puedes perder y todas las fuerzas del Cosmos serían impotentes para
quitarte tu heredad.
Si amas a Dios, ya tienes alta ocupación para todos los
instantes, porque no habrá acto que no ejecutes en su Nombre, ni el
más humilde ni el más elevado.
Si amas a Dios, ya no querrás investigar los enigmas, porque le
llevas a Él, que es la clave y resolución de todos.
Si amas a Dios, ya no podrás establecer con angustia una
diferencia entre la vida y la muerte, porque en Él estás y Él
permanece incólume a través de todos los cambios.
Ciertamente que, si amas a Dios, si te dejas amar por Él, si
crees en su amor por ti, tu vida será diferente y te sentirás
tranquilo entre sus brazos divinos. Dios es Amor, su Nombre es Amor.
Tu Padre Dios te sigue esperando cada día. Pon rumbo a las
estrellas. Jesús te acompaña, no temas. Y buen viaje: hasta
siempre, hasta la eternidad. ¡Que seas un hombre de verdad! ¡Que
seas santo! ¡Que seas un verdadero hijo del Amor! ¡Que seas un
maravilloso hijo de Dios!
EPILOGO
Al llegar al término de estas reflexiones sobre el ser humano,
sólo nos queda dar gracias al Padre Dios por el don de la vida, por
la familia, por nuestra fe católica y por tantas gracias que nos ha
concedido a cada uno a lo largo de nuestra vida. Gracias también
por habernos llamado a la plenitud del amor y querer hacernos santos
y felices. Gracias por el gran don de Jesús Eucaristía, el tesoro
de los tesoros y la mayor fuente de amor del Universo. Poder asistir
a la misa y comulgar es el mayor regalo que Dios puede dar a un hijo
suyo para crecer en amor y santidad.
Dios es la meta de todas las aspiraciones más profundas del
hombre y la aspiración suprema de nuestro ser humano. Vivir para
Dios, amar a Dios, caminar hacia Él como un hijo que busca a su
Padre, será la mejor manera de responder a su amor. Vive, pues, la
maravilla de ser un verdadero hijo de Dios, en unión con María.
Vive siempre con dignidad, porque llevas a Dios en tu corazón. Eres
templo de Dios. Sé siempre honrado, sincero, limpio de corazón,
responsable, en una palabra, sé un verdadero hombre, cuya vocación
más profunda es la del amor. Que puedas decir como Sta. Teresita
del Niño Jesús: “Mi vocación es el amor”.
Di a tu Padre Dios a cada instante de tu vida: Te amo. Ofrécele
y conságrale cada latido, cada respiración... para que, a partir
de ahora, cada latido sea un beso de amor y cada respiración un
canto de alabanza. Que tu vida sea un camino lleno de amor y que el
perfume de tu amor y de tu sonrisa llegue a todos los hombres...
hasta la eternidad. Que llegues a la plenitud en el amor.
Éste es mi mejor deseo para ti. Tu hermano y amigo para siempre.
Angel Peña (Agustino Recoleto).