LUCES EN EL CAMINO
Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú
Agustino Recoleto
Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca
(Perú)
ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA - PERÚ 2008 ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN 4
La sinceridad 5 La comprensión 15 Siempre adelante 22
Agradecimiento 26 El sufrimiento 31 Importancia de lo pequeño 35 La
humildad 43 Amar y compartir 49 La solidaridad 59 Haz algo por los
demás 67 El ejemplo de Gandhi 80 El buen ejemplo 91 Buscando a Dios
98 Amor a Jesús 106 Sé tú mismo 113 Reflexiones 119
CONCLUSIÓN 123
BIBLIOGRAFÍA 125 INTRODUCCIÓN
En este libro deseo iluminar el camino de la vida de tantos
hombres que no saben por dónde ir. Están confundidos por tantas
ideas contradictorias que reciben a través de los medios de
comunicación, que, frecuentemente, invitan a disfrutar de la vida y
a buscar los placeres sin discernir entre lo bueno y lo malo, entre
lo moral o inmoral. Para muchos, ya no existe el bien o el mal.
Parece que todo es bueno y que cada uno puede hacer lo que desee con
tal de no hacer daño a los demás. Pero ¿será realmente así?
¿Acaso es buena la mentira, la infidelidad o la irresponsabilidad
en el cumplimiento de las obligaciones?
Luces en el camino quiere ser como un indicador de valores
siempre válidos, como lo han sido en los siglos pasados y como lo
serán en los futuros. Porque hay verdades que no cambian y que
siempre tendrán validez en la vida de los hombres. Si tú,
realmente, buscas con sinceridad la verdad y el camino del bien y de
la verdadera felicidad, te aconsejo que leas detenidamente este
libro, donde aprenderás a ser más sincero, honrado, puro, humilde,
generoso y fuerte para saber luchar contra los vicios. Y para tener
siempre la alegría a flor de labios.
En el mundo hay muchas luces y muchos buenos ejemplos para
seguirlos, mira bien, abre los ojos y no te dejes hipnotizar por las
sirenas de los placeres, que te invitan a través de luces
multicolores o propagandas de vida fácil. Vive bien, vive para la
eternidad, y con tu propia luz ilumina el camino de tantos otros que
necesitan tu ayuda, tu ejemplo y tu amistad.
LA SINCERIDAD
Es la virtud de decir siempre la verdad. La verdad como rectitud
de la acción y de la palabra humana tiene por nombre veracidad,
sinceridad o franqueza. La verdad o veracidad es la virtud que
consiste en mostrarse veraz en los propios actos y en decir la
verdad en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la
hipocresía (Cat 2468). La mentira consiste en decir algo falso con
intención de engañar al prójimo, que tiene derecho a la verdad
(Cat 2508).
Cuando se miente públicamente, la mentira tiene una gravedad
particular. Cuando se miente hablando bajo juramento, se llama
perjurio. Usar los medios de comunicación social para difundir
mentiras a nivel general es algo especialmente grave. Y no olvidemos
que las medias verdades, como decía san Agustín, son mentiras
enteras. Y esto se puede hacer, exagerando la realidad y aumentando
o disminuyendo los defectos o las virtudes de las personas o cosas.
Cuando se miente, diciendo algo contra el honor de las personas, es
ya una calumnia.
En la vida real, hay mucha gente que miente para quedar bien,
para evitar problemas o para conseguir beneficios. Hay quienes
prometen algo que después no están dispuestos a cumplir, y estas
falsas promesas también son mentiras. Además, la mentira lleva a
otros vicios como la falta de honradez, o de fidelidad, lo cual es,
especialmente grave, con relación al compromiso religioso,
sacerdotal o matrimonial, que debe ser de por vida.
Por otra parte, el camino de la mentira nunca lleva a Dios y, si
uno quiere amar a Dios, debe decir siempre la verdad, aunque le
cueste graves sufrimientos o aun la vida. Un hombre sincero es un
hombre luminoso. La verdad es luz y la mentira es oscuridad del
alma. Veamos un relato africano, en el que se nos manifiesta la
importancia de decir siempre la verdad.
En cierta tribu, para llegar a ser adultos, los jóvenes debían
pasar diferentes pruebas. A uno de ellos, el día señalado, los
ancianos le pidieron que fuera a la selva él solo, sin alimentos ni
agua ni armas, y encontrara a cuatro animales: una serpiente pitón,
un rinoceronte, un león y un elefante. Le dijeron: Tienes que
mirarlos de frente a los ojos, quedarte quieto y cerciorarte de que
ellos te ven. Después vuelves y nos informas.
Partió el jovencito y fue en busca de los leones, pues sabía
dónde se encontraban. Vio a un león a cierta distancia y, a pesar
de sudar de miedo, esperó. El león descubrió al joven, se miraron
el uno al otro y, finalmente, el león bajó la cabeza y se fue
lentamente. Había superado la primera prueba. Después se fue en
busca del rinoceronte, que son animales peligrosos, sobre todo,
cuando se asustan. El chico sabía donde abrevaban y se fue a
esperarlos. Se subió a un árbol a esperar. Un rinoceronte se
acercó a beber, lo vio y se lanzó dos veces contra el árbol, pero
el árbol aguantó. Se miraron mutuamente y sólo tuvo que esperar a
que bebiera agua y se marchara. Después se encaminó a la parte
más espesa de la jungla y encontró una serpiente pitón enrollada
en un árbol. Él la miró y la gran serpiente comenzó a
desenrollarse del árbol. Una vez que estuvo en el suelo, la
serpiente miró al muchacho y el muchacho salió disparado
corriendo, pero contento de haber superado la tercera prueba. Sólo
faltaba el ver a los elefantes, que son animales pacíficos y que no
atacan a los humanos, a menos que no sean amenazados. Llegó a donde
sabía que se encontraban, siguió la pista, pero no pudo encontrar
ninguno. ¿Dónde podrían estar? Estaba cansado, sediento y
hambriento después de dos días y hasta se sentía mareado de
debilidad; quería beber agua de la fuente, pero se reprimió y no
lo hizo. Después de caminar por varias horas, ya no pudo más y se
rindió. Empezó a llorar y retornó al pueblo. Informó a los
ancianos que no había comido ni bebido y que había superado bien
las tres primeras pruebas, pero que había fracasado, porque no
había encontrado a los elefantes. Entonces, un anciano lo tomó del
brazo, lo abrazó y le dijo: No has fracasado. No pudiste encontrar
al elefante, porque nosotros los hicimos huir en estampida la
mañana que partiste. La prueba no consistía simplemente en ver y
ser visto por los animales salvajes, sino en saber si dirías o no
la verdad. Tú lo has hecho. Bienvenido a casa. Ahora eres un hijo
de la tribu.
Creo que si a los jóvenes actuales les hicieran a los 18 años
una prueba sobre su sinceridad para llegar a ser adultos en la
sociedad, muchos no la pasarían. Hay demasiados jóvenes que hablan
mucho de sinceridad, de honradez, de justicia y quieren un mundo
más justo y sincero, pero ellos no hacen nada por conseguirlo, pues
siguen el camino de lo más fácil, evitando esfuerzos, trabajos y
sacrificios. Les podría pasar lo que le pasó al hombre del cuento.
Había una vez un hombre que estaba tan apasionado por la
justicia que la quería encontrar a toda costa. Estudió todo lo que
se refería a ella. Preguntó a los mejores juristas y se fue a
buscar la justicia a los más lejanos lugares del planeta, porque en
su país no aparecía por ninguna parte, ya que todo era maldad e
injusticia. Cuando ya estaba decepcionado de la búsqueda a través
del mundo, se detuvo en un bosque, como perdido, sin saber qué
dirección tomar. Pero vio, de pronto, que había una casa en ruinas
y se dirigió hacia ella. Se acercó y miró a través de las
polvorientas ventanas y se sorprendió al ver dentro una gran luz.
Era una luz muy brillante. Empujó suavemente la puerta y entró. Se
encontró en un lugar muy extraño, una habitación llena de luz.
Dio vueltas y descubrió que había varias habitaciones llenas de
luces. Había estantes sin fin desde el suelo hasta el techo; y en
los estantes había diminutas lámparas de aceite. Eran innumerables
y ardían, unas con rapidez furiosa, otras lentamente. Miró bien y
vio que las mechas estaban metidas en unos recipientes. La mayoría
de ellos eran de barro o estaño, aunque había otros hechos de
lata, bronce y oro. Las mechas eran cortas, pequeñas, gruesas o
delgadas. El aceite era espeso. En algunas lámparas había mucho
aceite, en otras sólo unas pocas gotas. Estaba fascinado por la luz
y el completo silencio. El lugar era mucho más grande de lo que
habría podido imaginar desde el exterior.
Y, mientras examinaba atentamente las lámparas, se dio cuenta de
que a su lado había una figura alta, blanca, silenciosa, vestida de
blanco, con un manto largo y suelto. Sintió un poco de miedo, pero
la figura le sonrió y tomó confianza. Le preguntó:
¿Qué es esto? Es la casa de las lámparas de aceite. Cada
lámpara es el alma de un ser humano. Todos los seres humanos vivos
están aquí representados. Como ves, unos son fuertes y les quedan
muchos años de vida como a estas lámparas que tienen mucho aceite
todavía. Otros mueren pronto, ya les queda poco aceite. Y algunos
mueren, mientras estamos hablando, pues se acabó su aceite.
El buscador de la justicia estaba silencioso, pero pensó cuál
sería su lámpara y, por eso, preguntó: ¿cuál es mi lámpara? El
anciano lo llevó a otra habitación y le mostró una lámpara en
una vasija de barro a la que sólo quedaban unas dos gotas de
aceite; su mecha estaba ya inclinada y tenía dificultades para
sostenerse, lo que indicaba que le quedaba muy poco tiempo de vida.
Entonces, nuestro hombre se asustó. ¿Le quedaban pocos días de
vida? ¿Sólo unas horas? Estaba realmente asustado. Había pasado
su vida, buscando la justicia sin encontrarla, y ahora ya no había
más tiempo disponible.
Miraba su lámpara a punto de apagarse y se fijó de pronto, en
una vasija de bronce, exactamente al lado de la suya, que tenía una
mecha fuerte y gruesa, con una gran cantidad de aceite como para
vivir cien años. Entonces, se dio cuenta de que el anciano había
desaparecido y estaba él solo, completamente solo. No había nadie,
miró la habitación de al lado y tampoco había nadie. El anciano
se había ido. Pensó: Y si... No, no podía. Pero miró otra vez y
vio tanto aceite en la lámpara vecina que se dijo: Un poquito de
aceite no le quitará nada y a mí me dará un respiro para poder
seguir trabajando y haciendo el bien en el mundo. Será solo unas
gotitas. Volvió a mirar y no había nadie. Entonces, se atrevió,
se acercó a la lámpara de bronce, la agarró con sus dos manos y
la inclinó sobre la suya; pero, de pronto, apareció el anciano y
lo agarró con fuerza, diciéndole: ¿Es ésta la clase de justicia
que estabas buscando?
Lo había agarrado con tanta fuerza, que le había hecho daño y
el brazo le dolía. En ese momento, todo se desvaneció, las luces y
las lámparas desaparecieron. Estaba solo en el bosque y se quedó
inmóvil pensando: ¿Cuánto tiempo de vida me queda? ¿Qué voy a
hacer ahora? Y se repetía a sí mismo: ¿Es ésta la clase de
justicia que andabas buscando? ¿Por qué no comienzo por mí mismo
siendo justo, sincero, leal, honesto y honrado? Y concluyó: Aunque
me falten dos días de vida, viviré de la mejor manera, como si me
faltaran cien años. No quiero fallarme a mí mismo ni a Dios.
Ciertamente es sólo un cuento, pero cuánta gente habla mucho de
justicia, de verdad, de honradez, exigiéndosela a los demás, pero
ellos no la practican. ¡Qué fácilmente se encuentran excusas para
robar, para mentir, para no ser justos, para no ser puros! ¿Es esa
la clase de justicia que exigimos a los demás y que nosotros nos
excusamos de practicar? Sí, es fácil decir que me pagan poco, que
no tengo para vivir, y, por eso, puedo robarme algunas cosas de mi
empresa o no pagar impuestos... Pero son razones que no convencen a
nadie. Por eso, si queremos que los demás sean justos, sinceros,
honrados, responsables, seámoslo primero nosotros y démosles un
ejemplo para que sigan nuestras huellas.
Jesucristo ya dijo hace muchos años: Haz a los demás lo que
quieres que te hagan a ti (Mt 7, 12). ¿Quieres que te digan siempre
la verdad, que te hagan justicia, que te hagan feliz? Haz lo mismo
tú a los demás.
O como dice el libro de Tobías: No quieras para los demás lo
que no quieras para ti (Tob 4, 15). No quieres que te roben, que te
mientan, que te hagan injusticias..., no lo hagas tampoco tú a los
demás. Veamos ahora dos casos reales.
Caffarel cuenta el siguiente hecho: Un papá tenía una hija de 9
años, llamada Mónica. Una tarde, el padre le dice:
Mónica, ¿cómo va tu lección del colegio? ¿Está todo listo
para mañana? Sí, papá.
A las once de la noche, cuando ella estaba ya acostada y
durmiendo, entró el padre en su habitación y vio en su mesita de
noche un papel escrito que decía:
Papá, te pido perdón, porque he mentido; no es verdad que
tenía lista la lección. Te pido perdón y procuraré nunca más
mentir. Buenas noches, papá.
El papá, después de haberlo leído, le escribió la respuesta
así:
Mi pequeña Mónica, yo te quiero mucho y me siento feliz de que
me hayas pedido perdón. Yo te perdono con mucho gusto. He entendido
que me pides perdón, porque me amas y no quieres hacerme sufrir.
Quiero que sepas que todas las veces que me hagas sufrir por algo y
me pidas perdón, yo estaré siempre dispuesto a perdonarte, aunque
suceda varias veces. El buen Dios también hace así con nosotros,
porque nos ama. Te he escrito esto para que, cuando te despiertes,
sepas que te he perdonado. Te quiero mucho, Mónica, hija mía, y te
beso y te abrazo con todo mi corazón.
El Dr. Arun Gandhi, nieto de Mahatma Gandhi, comparte un hecho de
su vida personal en sus charlas alrededor del mundo:
Yo tenía 16 años y estaba viviendo con mis padres en el
Instituto que mi abuelo había fundado en las afueras de Durban, en
Sudáfrica... No teníamos vecinos, así que a mis dos hermanas y a
mí, siempre nos entusiasmaba el poder ir a la ciudad a visitar
amigos o ir al cine.
Un día, mi padre me pidió que le llevara a la ciudad para
asistir una conferencia que duraba el día entero y yo aproveché
esa oportunidad. Como iba a la ciudad, mi madre me dio una lista de
cosas para comprar y mi padre me pidió que me hiciera cargo de
algunas cosas pendientes, como llevar el auto al taller.
Cuando me despedí de mi padre, él me dijo: “Nos vemos aquí a
las 5 p.m. y volvemos a la casa juntos”. Después de completar muy
rápidamente todos los encargos, me fui hasta el cine más cercano.
Me concentré tanto en la película, una película de John Wayne,
que me olvidé del tiempo. Eran las 5:30 p.m., cuando me acordé.
Corrí al taller, conseguí el auto y me apuré hasta donde mi padre
me estaba esperando. Eran casi las 6 p.m. Él me preguntó con
ansiedad: “¿Por qué llegas tarde?”. Me sentía mal por eso y
no le podía decir que estaba viendo una película de John Wayne;
entonces le dije que el auto no estaba listo y tuve que esperar.
Esto lo dije sin saber que mi padre ya había llamado al taller.
Cuando se dio cuenta de que había mentido, me dijo: “Algo no
anda bien en la manera como te he educado, puesto que no has tenido
la confianza de decirme la verdad”. Voy a reflexionar sobre qué
es lo que hice mal contigo. Voy a caminar las 18 millas a la casa y
a pensar sobre esto. Así que vestido con su traje y sus zapatos
elegantes, empezó a caminar hasta la casa por caminos que no
estaban ni pavimentados ni alumbrados. No lo podía dejar solo...,
así que yo manejé 5 horas y media detrás de él, viendo a mi
padre sufrir la agonía de una mentira estúpida que yo le había
dicho. Ese día tomé la decisión de nunca más mentir.
LA COMPRENSIÓN
La comprensión con los demás es algo muy importante en la vida.
Comprender es amar y es tener consideración con los que no piensan
como nosotros. Eso es también ser tolerantes con las opiniones y
las acciones de los demás, siempre que no atenten contra nuestros
derechos o contra la verdad. No olvidemos que todos los hombres, de
cualquier color, raza o religión, somos iguales ante Dios, porque
somos hermanos, hijos del mismo Padre.
Cuentan que una vez, en una carpintería, había diferentes
herramientas que no se entendían entre sí. Y convocaron a una
reunión para tratar de arreglar sus diferencias. El martillo
ejerció la presidencia, pero la asamblea decidió que renunciara,
porque hacía demasiado ruido y todo el tiempo se pasaba golpeando.
El martillo reconoció sus errores, pero pidió que renunciara
también el tornillo, pues daba muchas vueltas para hacer las cosas.
El tornillo aceptó la renuncia, pero pidió la expulsión de la
lija, porque siempre tenía fricciones con los demás, pues era muy
áspera en el trato. La lija aceptó, pero pidió la renuncia del
metro, porque se pasaba el tiempo midiendo a los demás según su
propia medida, como si fuera el único perfecto.
En ese momento de la asamblea, entró el carpintero y empezó a
trabajar, utilizando el martillo, el tornillo, la lija y el metro.
Cuando terminó el trabajo, se reanudó la asamblea y, entonces,
tomó la palabra el serrucho y dijo:
Señores, queda demostrado que todos tenemos defectos, pero el
carpintero trabaja con nuestras cualidades. Así que no pensemos
tanto en los defectos de los demás sino en sus cualidades para
aceptarnos todos como somos y vivir en paz como hermanos.
Veamos otro caso. En una ocasión, un muchacho de 17 años se
quejaba al gran escritor Mark Twain respecto de su padre. Le decía:
No nos entendemos, nos pasamos el día discutiendo. Es tan
reaccionario que no tiene ninguna sensibilidad para las cosas
actuales. ¿Qué debo hacer? ¡Pienso irme de casa!
Mark Twain le contestó: Te comprendo perfectamente. Cuando yo
tenía 17 años, también mi padre era así de conservador, no
podía soportarlo. Debes tener un poco de paciencia con los viejos,
son lentos para los cambios. Cuando tuve 27 años, mi padre ya
había progresado mucho, se podía hablar con él de modo razonable.
Y, actualmente, después de otros 10 años, no lo creerás; pero,
cuando ya no sé qué hacer, voy y le pido un consejo a mi viejo
padre. ¡Fíjate cómo pueden cambiar los viejos!
¿Cambian los viejos o cambiamos nosotros con la experiencia de
los años? Había una vez un maestro espiritual que decía: Cuando
era joven, yo le pedía a Dios: Señor, ayúdame a cambiar el mundo.
Cuando tuve 40 años, le decía: Señor, ayúdame a cambiar a los
que me rodean. Y ahora que soy anciano, le digo: Señor, ayúdame a
cambiarme a mí mismo. En la medida en que uno cambia es más
comprensivo y puede ayudar mejor a cambiar a los demás. Por eso,
nunca despreciemos a nadie. Seamos tolerantes con sus defectos y
aprendamos que nadie es tan ignorante que no pueda enseñar algo a
los demás y nadie es tan pobre que no pueda dar algo a los demás
para hacerlos más felices.
No nos creamos la “divina pomada”, capaces de solucionar
todos los problemas. Alguno podría decir: Si yo fuera el Presidente
de la República, haría esto o lo otro... Y solucionaría todos los
problemas con suma facilidad... Nos puede pasar como a aquel
angelito del cuento. Un ángel del cielo quería ayudar a los
hombres a ser felices y pensó que Dios no estaba llevando las cosas
bien. Por eso, le pidió que le dejara durante un año el gobierno
del mundo para poder modificar las cosas y hacer un mundo feliz. Los
otros ángeles estaban consternados por tanta audacia, pero Dios,
que es humilde y paciente, le concedió lo que pedía.
Como sólo tenía un año de tiempo, comenzó rápidamente a
poner las cosas en orden. Quería que fuera un año de mucha
alegría y tranquilidad para todos. Y consiguió que no se oyeran
lamentos. Nunca en la historia del mundo había habido tanta
abundancia de todo. Los campos estaban llenos de frutos y mieses.
Parecía un paraíso terrenal y el ángel estaba orgulloso de su
trabajo. Al terminar el año previsto, regresó al cielo,
contándoles a todos lo bien que había hecho todo y que todos
estaban felices en la tierra.
Pero, al comenzar el nuevo año, comenzaron los lamentos y la
desesperación de la gente. El ángel pensó que debería seguir
gobernando al mundo, pues empezó a creer que era indispensable.
Pero se preguntó: ¿Por qué las cosas ahora no funcionan? Y,
vestido de peregrino, bajó a la tierra, viajando de país en país
para ver qué pasaba. El grano que usaban para la harina y el pan
que comían no tenía sustancia, no se podía comer y era amargo. La
gente se moría de hambre y estaba desesperada, pensando que Dios
les había dado un año de falsas bendiciones. El ángel fue a
quejarse ante Dios, pero Dios le dijo:
Mi querido aprendiz, debes aprender una verdad demasiado profunda
para que puedas comprenderla fácilmente. La tierra debe ser azotada
por los vientos y las tempestades para que las plantas se hagan
fuertes y tengan la suficiente agua para crecer. Pero tú quisiste
un año sin nubes y con buen tiempo todos los días y eso hizo que
las cosechas fueran abundantes, pero con frutos sin sustancia y sin
sabor. Hacían falta las tempestades para que cayera la lluvia y los
campos se fertilizaran. Pues bien, eso mismo hace falta en la vida
de los hombres. El dolor y los problemas de la vida son necesarios
para fortalecer el alma. Un hombre, que nunca ha sufrido, no sabe lo
que es el verdadero amor, pues amar es dar la vida por los demás,
amar es servir y ayudar, es compartir y agradecer. Amar, en una
palabra, es vivir para los demás, superando los vicios y las
tentaciones como una planta que es zarandeada por el viento y regada
por la lluvia de la tempestad. Hijo mío, aprende a luchar y a
trabajar, porque sin esfuerzo ni sacrificio, no hay nada grande en
la vida. Acepta a los demás como son y trata de hacerlos felices en
todo momento.
Cuenta una leyenda que había en la India un cargador de agua que
tenía dos grandes vasijas, que colgaban en los extremos de un palo,
que llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas tenía varias
grietas, mientras que la otra era perfecta y conservaba toda el agua
al final del largo camino a pie, desde el arroyo hasta la casa de su
patrón; pero, cuando llegaba la vasija rota, sólo tenía la mitad
del agua.
Durante dos años completos esto fue así diariamente. Desde
luego, la vasija perfecta estaba muy orgullosa de sus logros. Pero
la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia
imperfección y se sentía miserable, porque sólo podía hacer la
mitad de todo lo que se suponía que era su obligación. Después de
dos años, la tinaja quebrada le habló al aguador diciéndole:
Estoy avergonzada y me quiero disculpar; porque, debido a mis
grietas, sólo puedes entregar la mitad de mi carga.
Pero el aguador le dijo:
Cuando regresemos a casa, quiero que notes las bellísimas flores
que crecen junto al camino.
Así lo hizo la tinaja y, en efecto, vio muchísimas flores
hermosas a lo largo del camino. Entonces, el aguador le dijo:
¿Te diste cuenta de las flores tan hermosas? Siempre he sabido
de tus grietas y quise sacar el lado positivo de ello. Sembré
semillas de flores a lo largo del camino, por donde vas todos los
días, regándolas. Por dos años, yo he podido recoger estas bellas
flores para alegrar la casa de mi familia. Si no fueras exactamente
como eres, incluidos tus defectos, no hubiera sido posible crear
esta maravilla. El haberte comprendido y aceptado como eres ha hecho
posible tanta belleza.
Conclusión: acepta a los demás como son. Sé comprensivo con
sus limitaciones y defectos y haz que desarrollen al máximo sus
cualidades.
SIEMPRE ADELANTE
Decía la Madre Teresa de Calcuta: Ten siempre presente que la
piel se arruga, el pelo se vuelve blanco, los días se convierten en
años… Pero lo importante no cambia. Tu fuerza y tu convicción no
tienen edad. Tu espíritu debe ser siempre joven; pues detrás de
cada línea de llegada, hay una línea de partida. Detrás de cada
logro, hay un desafío.
Mientras estés vivo, siéntete vivo. Si extrañas lo que
hacías, vuelve a hacerlo. No vivas de fotos amarillas o de
recuerdos pasados. Sigue, aunque todos te digan que abandones. No
dejes que se oxide el hierro que hay en ti. Haz que, en vez de
lástima, te tengan respeto. Y, cuando por los años no puedas
correr, trota. Cuando no puedas trotar, camina. Cuando no puedas
caminar, usa el bastón. Pero NUNCA TE DETENGAS.
Un día, el burro de un campesino se cayó a un pozo. El animal
se quejó durante largas horas. Finalmente, el campesino decidió
que su burro estaba demasiado viejo y el pozo estaba seco, y
necesitaba ser tapado de todas formas. Así que cogió una pala y se
dispuso a tapar el pozo y, de paso, enterrar al burro. Pero el
burro, a cada palada de tierra que echaba, se sacudía y daba un
paso hacia arriba. Muy pronto, se quedó sorprendido el campesino de
que el burro iba subiendo a medida que echaba tierra, hasta que al
fin logró salir.
Eso mismo debes hacer tú: en vez de lamentarte de los problemas,
debes sacudirlos y usarlos como un desafío para seguir adelante.
Nunca quejarte y lamentarte inútilmente, debes servirte de los
errores o dificultades como de una escalera para subir más arriba;
aprender para el futuro y mejorar en lo venidero. No olvides nunca
que los problemas pueden ser tu tumba, si eres pesimista, o una
oportunidad para mejorar, si los ves con espíritu positivo.
Supérate con coraje y no te rindas jamás. Dios es tu Padre y
está de tu parte, y quiere ayudarte en tu camino. Pídele ayuda.
Pero no te quedes con los brazos cruzados. Haz algo. Lo importante
no es vencer siempre, sino no desanimarse nunca.
No te des por vencido, ni aun vencido. No te sientas esclavo, ni
aun esclavo. Trémulo de pavor, piénsate bravo y arremete feroz ya
mal herido. Ten el tesón del clavo enmohecido, que ya viejo y ruin,
vuelve a ser clavo. No la cobarde intrepidez del pavo, que amaina su
plumaje al primer ruido. Procede como hombre, lucha y reza. No
llores por debilidad o cobardía. Sé como el robledal, cuya
grandeza necesita del agua y no la implora. Sé valiente y serás
grande. Lucha y ¡adelante! Que, al final, llegará el triunfo y
Dios, que te mira desde el cielo, te premiará tus trabajos y
sudores. ¡Adelante!
*****
Si piensas que estás vencido, lo estás. Si piensas que no te
atreves, no lo harás. Si piensas que te gustaría ganar, pero que
no puedes, es casi seguro que no lo harás. Si piensas que
perderás, has perdido ya. En el mundo encontrarás que el éxito
comienza por la voluntad. Todo depende de nuestra actitud mental.
Por eso, muchas carreras se han perdido antes de haberse corrido. Y
muchos cobardes han fracasado antes de haber comenzado la carrera.
Si piensas cosas grandes, llegarás a ser grande. si piensas en
pequeño, te quedarás atrás. Piensa que puedes y podrás. Tarde o
temprano, el hombre que triunfa es aquel que cree poder triunfar.
(Doctor Barnard)
Por eso, aunque te sientas cansado, Aunque el triunfo te
abandone, Aunque el error te lastime, Aunque la traición te hiera,
aunque el dolor queme tus ojos, aunque ignoren tus esfuerzos, aunque
la incomprensión corte tu risa, aunque todo parezca imposible,
VUELVE A EMPEZAR.
Toma tu vida con cariño entre tus manos y mira siempre adelante,
sigue avanzando, no te detengas, no te desanimes. Dios te espera al
final del camino y te está sonriendo, porque espera mucho de ti. No
importa si el camino está lleno de espinas. ¡SIEMPRE ADELANTE! ¡Y
SÉ AGRADECIDO!
AGRADECIMIENTO
El agradecimiento es una virtud que debemos practicar
frecuentemente, pues tenemos muchas cosas que agradecer a Dios y a
los demás. A este respecto, hay un cuento que dice que un hombre
murió y se fue al cielo. Al llegar, san Pedro le comunicó:
Mira, como vas a vivir aquí por toda la eternidad, te voy a
enseñar un poco el cielo para que lo conozcas.
Lo llevó a una sala muy grande, donde había miles y miles de
ángeles trabajando, y le dijo:
Aquí están recibiendo las peticiones de ayuda que vienen de la
Tierra.
Lo llevó a otra sala muy grande, donde también había miles de
ángeles y le manifestó que allí estaban preparando los paquetes
para conceder las peticiones recibidas.
Después le enseñó otra sala muy grande, pero allí sólo
había un angelito, que parecía estar desocupado, porque estaba
medio somnoliento. Y le dijo:
Esta es la sala donde se reciben las acciones de gracias por los
beneficios recibidos en la Tierra. Como ves, son muy pocos los que
dan gracias y, por eso, con un angelito es suficiente.
La moraleja es clara. Muchos piden y piden, muchos reciben
beneficios permanentemente de Dios, pero pocos son los agradecidos.
Nosotros, por el contrario, debemos dar constantemente gracias a
Dios, comenzando por la vida, la salud, la familia, el trabajo… Y,
sobre todo, por el regalo inmerecido de la fe católica. También
hay que dar gracias por el tiempo disponible de vida. Hay muchos que
mueren jóvenes. ¿Cuántos años tienes tú? ¿Sabes agradecer y
aprovechar bien el tiempo de vida que Dios te da? ¿O desperdicias
el tiempo durmiendo demasiado o hablando demasiado o en cosas
superfluas o inútiles?
Un excombatiente de Vietnam era querido por todos sus
conciudadanos, porque siempre estaba dispuesto a ayudar. ¿Por qué
tanta amabilidad? Porque en la guerra había tenido la misión de
limpiar de minas los campos. Los del vietcong habían sembrado las
minas entre la maleza y muchos soldados morían al pisar una piedra
o mover una rama o un alambre. Él estaba destinado a detectar y
desactivar minas. Era un trabajo peligroso y muchos de sus
compañeros habían muerto en el intento. Allí aprendió que cada
paso podía ser la diferencia entre estar vivo o muerto. Se jugaba
la vida entre levantar un pie y volver a posarlo en el suelo. Cada
instante estaba lleno de vida, porque el siguiente podía estar
lleno de muerte. En su trabajo, había aprendido a vivir con
intensidad cada momento. Ése era su secreto para vivir bien: Vivir
el presente, hacer bien lo que estaba haciendo. Ciertamente, la vida
es como un campo de minas, donde en cada momento nos puede acechar
la muerte y debemos estar preparados. ¿Valoras tú el tiempo de tu
vida? ¿Eres agradecido? ¿Estás preparado para morir?
Pero hay muchas maneras de ser agradecidos. La maestra de una
escuela les pidió a sus alumnos que dibujaran algo por lo cual
estuvieran agradecidos. Pepito dibujó una simple mano. ¿De quién
es esa mano?, le preguntó la maestra; ¿la mano de Dios que te da
de comer? No, es su mano, profesora.
La maestra, de vez en cuando, les daba la mano a sus alumnos,
porque eran pequeños y eso para Pepito significaba mucho, pues
sentía el cariño de la profesora hacia él; y él estaba muy
agradecido, porque no tenía mamá.
Una esposa contaba que ella estaba asistiendo a un curso de
autoestima. El profesor le pidió que le dijera a su esposo que
escribiera las seis cosas que, según su criterio, ella debería
cambiar. El esposo le dijo:
Déjame pensarlo y, mañana por la mañana, te las escribo.
Pero, al día siguiente, después de pensarlo bien, en vez de
escribir las cosas que no le gustaban de ella, pidió a una
florería que le enviara seis rosas rojas con una nota que decía:
Querida esposa, no se me ocurre nada que deberías cambiar. Te
quiero tal como eres.
Cuando el esposo llegó a casa por la tarde, ella lo esperaba en
la puerta y le contó que las otras mujeres le habían manifestado
que lo que él había hecho era lo más hermoso que habían visto,
pues aceptarla como era, era una bella manera de decirle que la
amaba y de estar agradecido.
Realmente es hermoso reconocer los regalos recibidos y ser
agradecidos. ¡Cuánto podemos dar! ¡Cuánto podemos amar!
¡Cuánto podemos hacer felices a los demás con pequeños detalles!
Una vez, un niño pequeño se propuso conocer a Dios. Pensó que
tendría que hacer un largo viaje y preparó su mochila con
empanadas y botellas de leche chocolatada…
Después de salir de su casa, a unos cien metros, se encontró
con una viejecita sentada en el parque, observando las palomas.
Estaba a punto de tomar un poco de leche, cuando notó que la
viejecita parecía hambrienta y le ofreció tomar de su leche. Ella,
agradecida, aceptó y le sonrió. Su sonrisa era tan hermosa que el
niño quiso verla otra vez y le ofreció un poco de pan con
mantequilla. Ella le sonrió una vez más.
El niño estaba encantado. Así se pasaron toda la tarde,
comiendo y sonriendo, aunque hablaron poco. Cuando ya oscurecía, el
niño se dio cuenta de que estaba cansado y decidió ir a su casa. Y
se despidió de la viejecita con un fuerte abrazo. Ella le sonrió
con la mejor de sus sonrisas… Cuando el niño abrió la puerta de
su casa, a su madre le sorprendió su alegría. Ella le preguntó:
¿Qué has hecho hoy para estar tan contento? Él respondió: Hoy
almorcé con Dios. Y ¿sabes qué? ¡Tiene la sonrisa más hermosa
que he visto!
Mientras tanto, la viejecita, llena de alegría, regresó a su
casa. Su vecina la vio tan alegre que le preguntó: ¿Qué ha hecho
usted hoy que está tan contenta? Ella respondió: Hoy almorcé con
Dios en el parque. ¿Sabes? ¡Es mucho más joven de lo que yo
pensaba!
Conclusión: ¡Qué fácilmente podemos hacer felices a los
demás, aun con una simple sonrisa! Por eso, seamos positivos y
veamos siempre el lado positivo de las cosas con agradecimiento. Una
vez, un niño fue con su padre a visitar unas grutas maravillosas, y
el niño gritó: ¡Qué horrible! Y el eco repitió: ¡Qué
horrible! Entonces, el papá gritó: ¡Maravilloso! Y el eco
repitió: ¡Maravilloso! La vida es algo así como el eco, te
devuelve lo que dices o haces. Si deseas más amor, da más amor. Si
deseas felicidad, da felicidad. Si quieres que te sonrían, sonríe
tú primero. Si eres bueno y tienes paz en tu corazón, irás
contento por la vida, diciendo a todos, sin palabras: Vale la pena
vivir. Vale la pena ser agradecido. Vale la pena vivir, amando a
Dios y a los demás.
Que tu vida sea un regalo de Dios para los demás y que, al
morir, puedas tener el corazón lleno de amor y lleno de nombres, a
quienes has ayudado a ser más felices en este mundo. Y Dios te
bendecirá y se sentirá contento y te dirá: Gracias, hijo mío. Te
felicito. Por eso, sé agradecido a Dios, aun en medio de tus
problemas y sufrimientos.
EL SUFRIMIENTO
El sufrimiento es un gran medio de superación personal. El
sufrimiento es un tesoro que Dios pone en nuestras manos para
santificarnos. Es como una escalera que nos ayuda a acercarnos más
a Él. De hecho, el sufrimiento, queramos o no, es parte integrante
de la vida humana. No hay nadie que, tarde o temprano, no participe
de él. Por eso, debemos aprender a llevar la cruz de cada día y
saber ofrecérsela con amor a nuestro Padre Dios. Como decía el
poeta, padre Juan B. Bigazzi:
Mi dolor es una llavecita de oro; aunque sea pequeña, me abre un
gran tesoro. Es cruz, sí, mi llave, pero es cruz de Cristo. Y,
cuando la abrazo, voy con Jesucristo. No he contado nunca los días
de cruz, pues sé que en su pecho los guarda Jesús. Vivo
simplemente momento a momento y el día así vuela como hoja en el
viento. Sé que desde el cielo, mirada mi vida, será apenas gota de
lluvia caída. Pasará la vida, víspera de fiesta. Morirá la
muerte... Sólo el cielo resta. Aún faltan dos lágrimas amargas de
llanto..., después, junto a Dios, será eterno el canto.
Un ejemplo. A mis veintinueve años, me sentía sumamente
desdichada. Había tenido diez embarazos en diez años y era madre
de cinco hijos. Me sentía frustrada, enjaulada, atrapada. Y
comencé a buscar la felicidad por caminos equivocados. Una noche
estaba sentada en la playa y comencé a llorar. Toda mi vida pasó
delante de mí y pensé: “Dios mío, qué desdichada soy. No sé
lo que necesito, pero te pido que me ayudes a comenzar una nueva
vida”.
Esto ocurría un martes a las siete de la tarde. A las siete de
la tarde del día siguiente, comencé la nueva vida. Nuestro hijo de
once años murió ahogado frente a nuestra casa. Yo estaba en la
playa con mi esposo y tuve el terrible presentimiento de que algo
malo sucedía. Acababa de decirle a mi esposo que estaba muy
asustada, cuando oí un grito: Nuestro hijo Graham había fallecido.
Fue una muerte repentina. Se estrelló contra el muelle. Sin
embargo, en aquel momento, comprendí que tenía que tomar una
decisión. En aquel momento, supe que aquello podía destruirme.
Pero comprendí también que había un Dios que me amaba y que no me
abandonaba.
Diana optó por aferrarse a Dios en aquel momento de dolor y Dios
no la defraudó. Por supuesto que tuvo la ayuda de muchas personas
buenas que la apoyaron con su ayuda y su oración. Tuvo la ayuda de
una Comunidad cariñosa que la ayudó a superar la pérdida de su
hijo. Pero Dios se sirvió de aquella tragedia para acercarla a Él
y llenar su vida de bendiciones. Diana ahora es una de las
directoras de un centro de oración, donde ayuda a millares de
personas con su amor y comprensión. En su vida, el poder de Dios ha
triunfado sobre la tragedia. Dios permitió la muerte de su hijo
para acercarla a Él y demostrarle todo su amor.
Por eso, en los momentos de sufrimiento, recuerda que Jesús
está a tu lado y te dice:
Si nadie te ama, mi alegría es amarte. Si lloras, estoy deseando
consolarte. Si eres débil, te daré mi fortaleza. Si nadie te
necesita, yo te necesito. Si estás cansado, yo te haré descansar.
Si pecas, yo te perdono. Si me hablas, te escucho. Si estás a
oscuras, soy lámpara para tus pasos. Si tienes hambre, yo soy el
pan de vida. Si no tienes a nadie, me tienes a mí. Si tienes miedo,
yo te tomaré en mis brazos.
Él te dice: Yo nunca te dejaré ni te abandonaré (Josué 1, 5).
No tengas miedo, solamente confía en Mí (Mc 5, 36). Porque en Él
recibimos seguridad y confianza para acercarnos a Dios (Ef 3, 12).
Por tanto, acerquémonos con confianza al Dios de la bondad. Él
tendrá piedad de nosotros y nos recibirá en el momento oportuno
(Heb 4, 16).
Y ahora dile con el poeta Calderón de la Barca:
¿Qué quiero, mi Jesús? Quiero quererte. Quiero cuanto hay en
mí del todo darte, sin tener más placer que el de agradarte, sin
tener más temor que el de ofenderte. Quiero olvidarlo todo y
conocerte. Quiero dejarlo todo por buscarte. Quiero perderlo todo
por hallarte. Quiero ignorarlo todo por saberte. Quiero, amable
Jesús, quiero abismarme en ese dulce abismo de tu herida y en tus
divinas llagas abrasarme. Quiero morir a mí para vivir tu vida.
Perderme en ti, Jesús, y no encontrarme.
IMPORTANCIA DE LO PEQUEÑO
¿Qué tendrá lo que es pequeño que a Dios siempre tanto
agrada? Gotitas forman los mares con sus paisajes de plata. Puntitos
llenan el cielo en una noche estrellada. De unos granitos de trigo
se hace un Dios en la hostia santa. Gotitas... puntos... granitos...
¿Qué hay más pequeño? Nada. Y ¿qué hay más grande y sublime
que el mar con sus olas bravas, el cielo con sus misterios y Dios a
quien nadie alcanza? ¿Qué tendrá lo que es pequeño que a Dios
siempre tanto le agrada?
Pensemos, por ejemplo, en la sonrisa.
Una sonrisa no cuesta nada y vale mucho. Enriquece a quien la
recibe sin empobrecer a quien la da. Dura sólo un instante, pero el
recuerdo puede ser eterno. Nadie es tan rico que no la necesite ni
tan pobre que no pueda darla. Una sonrisa ofrece descanso al cansado
y al desalentado renueva el coraje. La sonrisa no se puede comprar
ni robar ni prestar, porque sólo tiene valor desde el instante en
que se dona. Y, si alguien no os quiere regalar su sonrisa, sed
generosos en darle la vuestra, porque nadie es tan necesitado de una
sonrisa como quien no sabe darla a los demás.
La sonrisa es la distancia más corta entre dos personas.
Practica la caridad de la sonrisa y sonríe siempre, porque Dios te
ama.
Con frecuencia, no son grandes cosas lo que Dios nos pide, sino
hacer las pequeñas cosas de cada día con mucho amor, es decir,
hacer las cosas ordinarias de modo extraordinario. Por ejemplo, la
oración. Hay una hermosa poesía de José María Pemán sobre el
fraile lego, el que más sirve y ayuda a los demás. Se titula La
balada del lego. Y dice así:
Era ya la tarde y estaban las nubes perfiladas de rayos de sol,
cuando iba el buen lego con su cantarillo por la veredica,
bendiciendo a Dios. El misterio grave de la hora dorada, lleno de
agrio aroma de prados en flor se le entró en el alma llenándola
toda con su turbación. Se sintió pequeño como aquel polvillo
donde iba posando su planta... y pensó: ¿Qué haré yo, granito de
arena en el mundo, para ser grato a los ojos de Dios?
Fray Andrés, disciplina su cuerpo sin tenerle piedad. Fray
Zenón, atruena el convento cantando maitines con hermosa voz. Fray
Tomás se pasa las horas inmóvil, levantado en arrobos de amor y ni
advierte las tres campanadas con que la campana llama a colación...
Al lado de aquellos excelsos varones ¿qué hará el buen lego por
ser grato a Dios? Y con santa envidia murmuran sus labios Fray
Andrés, Fray Tomás, Fray Zenón. Y sus ojos buscando respuesta
para aquellas dudas de su corazón se hunden en la tarde que muere,
sangrando los últimos rayos bermejos de sol. Todo es paz y orden.
Unos tordos vuelan con pausados giros. Camina un pastor. Gime una
carreta. Corre un arroyuelo. Todo deletrea como una canción. La
oración de las cosas sencillas que obedecen humildes a Dios. Y el
buen lego descifra en su alma la revelación del arroyo, las hojas,
las aves y el sol. Todo cumple su fin mansamente. Todo sigue un
mandato de amor.
El llano lo mismo que el pico empinado que no está por eso, más
cerca de Dios. Y el buen frailecito siente que en el alma se le ha
entrado un rayo, muy claro, de sol. De pronto, recuerda que es tarde
y ya es hora de limpiar los platos de la colación. Y apretando el
paso, con simple alegría, corre que te corre... ¿Qué más
oración, que ir mansamente por la veredica con el cantarillo
bendiciendo a Dios?
¿Estás tú dispuesto a bendecir y alabar a Dios en cada
instante de tu vida por todo lo que te regala? ¿Estás dispuesto a
amar a todos en cada momento? La poetisa Isabel Reyes Carrillo
escribía:
Podemos con tan poco disipar el sufrir y empezar nuevamente a
aprender a reír. ¡Ah! si tú conocieras la alegría de dar...
Mira, es la forma más hermosa de amar. ¡Tanto se puede dar!
¡Tanto se puede hacer!
Al hombre que pasa, tú lo puedes querer. A la mujer que sufre,
la alegra tu reír. Al hombre que trabaja, lo anima tu cantar, y tú
puedes cantar y tú puedes reír y tú puedes querer. ¿Ves qué
fácil tarea? Sí, la puedes hacer. Esfuérzate en reír y olvida tu
llorar. Regálate a ti mismo la alegría de dar, la alegría de
amar.
El poeta Amado Nervo decía:
¿Por qué empeñarse en saber, cuando es tan fácil amar? Dios
no te manda entender, no pretende que su mar sin playas, pueda caber
adentro de tu pensar. Dios sólo te pide amor; dale todo el tuyo, y
más, siempre más, con más ardor, con más ímpetu... ¡Verás,
cómo amándolo mejor, mejor, lo comprenderás!
Haz de tu vida una canción de amor, una canción con las
pequeñas cosas de cada día. No esperes a hacer grandes cosas. Vive
el momento presente con amor y con ilusión. Haz bien lo que haces.
No hagas las cosas a medias. Hazlo todo por amor a Dios, como si
fueras un arroyito pequeñito que va caminando hacia el mar infinito
de Dios, que te espera en la eternidad. Así decía el poeta
Victorino del Castillo:
Arroyito, chiquito, de aguas finas, cristalinas, saltarín,
murmurador... Arroyito chiquitito, tus agüitas tan claritas,
¿dónde llevan su canción? De la sierra salto al llano y mis aguas
llevo ufano a mi hermano, que es mayor. Con mi hermano de la mano,
voy cantando mi cantar, mientras vamos despacito caminito de la mar.
¿Conoces la parábola del arroyito? Había una vez un arroyito de
agua venida de la montaña, engendrada en la inmensidad de sus
hondas entrañas por el deshielo de las nieves de las cumbres, tan
pequeño era el arroyito de agua que le quedaban grandes los nombres
altivos como manantial, fuente, arroyo e, incluso, le sobraba el de
riachuelo.
Pero él seguía manando silencioso y fiel, ofreciendo al
caminante la posibilidad de calmar su sed. Ni las piedras ni la
espesa tierra podían impedir que fluyera con su humilde fuerza,
serenamente vigorosa. Nadie podía impedir que siguiera corriendo y
regando las orillas del camino con su frescor de vida. Su fuerza no
estaba en la grandiosidad o poderío de su caudal, sino en la
sencilla y audaz constancia de su entrega. Siempre se abría paso,
porque venía de las entrañas de la tierra. Alguien diría que
tenía su origen en el corazón de Dios.
Pues bien, de las entrañas profundas de tu corazón humano,
donde está Dios, también fluye hacia los que te rodean un arroyito
de bondad, que debes cuidar para que nunca se contamine con
envidias, iras, celos, egoísmos o soberbia. Deja que el agua de tu
fuente profunda siga fluyendo y calmando la sed de amor y alegría
de los demás. Ayúdalos a ser felices, vive para los demás, no
pienses tanto en ti mismo. Dales el agua de tu fuente, porque es
agua de Dios, que te la da para que la repartas a los demás y les
alegres la vida. Un día, Dios te pedirá cuenta de esa agua y
¡qué tristeza para Él, si se da cuenta de que te la has apropiado
sólo para ti o la has contaminado y, en vez de calmar la sed de los
caminantes, los has ensuciado con el barro de tu egoísmo!
Amar es la mejor manera de vivir.
LA HUMILDAD
La humildad es la base de todas las virtudes, es como el
fundamento de toda la vida espiritual. Sin humildad nadie puede ser
bueno. Pues toda obra buena se basa en la humildad y todo pecado
tiene mucho de soberbia. Ahora bien, la verdad y la humildad están
íntimamente unidas. No puede haber humildad sin verdad. Por eso,
santa Teresa de Jesús decía: Humildad es andar en verdad. Y san
Agustín afirmaba: No construyas otro camino para buscar y hallar la
verdad que el que ha sido garantizado por aquel que era Dios. Ese
camino es: primero, humildad; segundo, humildad; tercero, humildad.
Si la humildad no precede, acompaña y sigue todas nuestras buenas
acciones..., si hacemos algo bueno en lo que vanamente nos gozamos,
todo queda arruinado por la soberbia (Epist 118, 22; PL 33, 442).
Y decía el mismo santo: La humildad responde de la verdad, y la
verdad de la humildad (Sermón 183, 4; PL 38, 999). La humildad es
propia de los grandes. La soberbia en cambio es la falsa grandeza de
los débiles... El humilde no puede dañar; el soberbio no puede no
dañar (Sermón 353, 2; PL 39, 1561).
La humildad es la base de toda oración a Dios, pues debemos
reconocer, como decía san Agustín, que el hombre es un mendigo de
Dios (Sermón 56, 6, 9). De ahí que la humildad es la base de la
oración (Cat 2559). Sin humildad, no puede haber verdadera oración
a Dios.
Por eso, es tan importante iluminar nuestra vida y la de los
demás con la luz de la humildad y de la oración. El Papa Juan
XXIII contaba del día de su elección al Pontificado: Cuando me
invitaron a bendecir a los fieles de la plaza de san Pedro, cerré
los ojos y bajé la cabeza. Mientras atravesaba el Aula de las
bendiciones, atestada de gente que me aclamaba, entre tantos gritos
me pareció distinguir una voz conocida, que me susurraba: “Angelito,
sé humilde, sé humilde, sé humilde”. Tres veces me repitió
aquellas palabras. ¿Saben de quién era aquella voz tan bella? Era
la voz de mi madre. Y un hijo, aun cuando lo elijan Papa, debe
escuchar los consejos de su mamá.
Y el mismo Papa Juan XXIII decía: En mi casa éramos pobres,
pero éramos felices. No teníamos nada; pero, si pasaba un pobre,
siempre había un puesto para él en la mesa. No teníamos nada,
pero no faltaba en nuestra casa el canto. No teníamos nada, pero
teníamos todo: Dios estaba en nuestra casa.
Algo parecido nos cuenta la Madre Teresa de Calcuta: Dos de mis
hermanas murieron a tierna edad y mi padre fue asesinado, cuando yo
tenía nueve años. Entonces, la miseria, antes desconocida, entró
en la casa. Pero todo fue superado porque en mi familia se oraba.
Por eso, siempre reinó la paz, el optimismo, la generosidad y la
alegría de vivir. La plegaria en familia es algo maravilloso.
Cuando se ora, hasta el rostro se hace más bello.
Monseñor Angelo Comastri dice: Un día me encontré en Loreto a
una mamá con dos niños enfermos mentales. La saludé y acaricié a
sus hijos. Ella me dijo con cierto orgullo: “Padre, son mis hijos
y para mí son los más hermosos del mundo. Rezo a la Virgen para
que me dé fuerzas para ser una buena mamá hasta el fin. Sólo esto
deseo”.
La oración y la humildad van unidas junto con la alegría de
Dios. El padre Mateo Crawley, apóstol mundial de la devoción al
Sagrado Corazón de Jesús, se encontró un día por la calle a un
indígena chileno que era carbonero y que apenas conocía algo de
Catecismo. No sabía ni el padrenuestro ni el avemaría. El padre
Mateo le preguntó: ¿Cómo le rezas a Dios? Y el indígena
respondió: Por las mañanas le digo: Señor Jesús, tu costal de
carbón está listo para trabajar, ayúdame. Dice el padre Mateo que
tuvo la tentación de arrodillarse ante aquel hombre humilde, que se
sentía un costal de carbón para Dios.
La famosa sicóloga norteamericana, de origen suizo, Elisableth
Kübler Ross dice: Llegó un momento en mi vida en que me di cuenta
de que había traído dos hijos al mundo, les había dado todo el
bienestar, una buena educación, pero eran soberbios y estaban
vacíos por dentro, vacíos como una botella de cerveza recién
bebida. Entonces, me dije a mí misma, que debía hacer algo que no
fuese solamente darles cosas materiales. De acuerdo con mi esposo,
tomamos como huésped en mi casa a un anciano de 74 años, al cual
los médicos habían diagnosticado dos meses de vida. Quería que
mis hijos estuvieran cerca de él en su momento final, quería que
viesen y tocasen por sí mismos la experiencia más importante de la
vida: La muerte. El huésped no sólo vivió dos meses, vivió dos
años y medio. Era tratado en todo como un miembro más de la
familia. Aquella experiencia dio a mis hijos una increíble riqueza
espiritual. En aquel desconocido, que fue acogido para morir entre
nosotros, descubrieron un nuevo sentido para su vida y maduraron
mucho (haciéndose más humildes). Aquel pobre anciano nos había
dado mucho más de lo que nosotros le habíamos dado a él.
Es bueno conocer la muerte para conocer la vida. Es importante
darnos cuenta de lo poco que somos humanamente y de lo frágil que
es la vida para que no seamos soberbios y podamos vivir humildemente
agradecidos a Dios por cada momento de nuestra existencia, sin
tratar de acumular tesoros en este mundo.
Un día un turista fue a visitar a un maestro espiritual y quedó
estupefacto al ver que su casa sólo tenía una estancia llena de
libros con una mesita y un banco, que eran sus únicos muebles. Y le
preguntó:
Maestro, ¿dónde tienes tus muebles? Y los tuyos, ¿dónde
están?, replicó el maestro. ¿Los míos? Yo estoy de paso. Yo
también, respondió el maestro.
Por eso, no hay que pensar tanto en tener y tener cosas
materiales. No hay que alardear de lo que somos o tenemos. Hay que
vivir para la eternidad y ser humildes.
Un día, dice un autor, caminaba con mi padre, cuando él se
detuvo en una curva; y, después de un pequeño silencio, me
preguntó:
Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas algo más? El
ruido de una carreta. Sí, es una carreta vacía. ¿Cómo sabes,
papá, que es una carreta vacía, si no la vemos? Es muy fácil
saber si una carreta esta vacía por el ruido. Cuanto más vacía
va, mayor es el ruido que hace.
A lo largo de mi vida, pensando en la carreta vacía, he
comprendido que hay muchos hombres que van por la vida hablando
demasiado, interrumpiendo la conversación de los otros, presumiendo
de lo que tienen, menospreciando a la gente. Entonces, pienso en la
carreta. Hay demasiada gente que está vacía por dentro y necesita
hablar y estar en medio del ruido para acallar su conciencia, porque
están vacíos. No tienen tiempo para pensar, ni para leer y no
pueden soportar el silencio para reflexionar y hablar con Dios. Por
eso, la humildad es la virtud que consiste en callar las propias
virtudes y permitirles a los demás descubrirlas.
Para concluir este capítulo, quisiera contarles la fábula del
caballero de la armadura. Tenía una armadura tan brillante y
hermosa que, al pasar la gente creía que era una especie de ángel
en la tierra, pues el sol se reflejaba con fuerza en su armadura,
irradiando a todos la luz del sol. Y siempre que había una batalla,
iba en primera fila, con su armadura brillante, siendo la
admiración de todo el mundo. Quería ser siempre el primero y ser
admirado por todos. Así se hizo un gran soberbio y se enamoró de
tal modo de su armadura que, aunque no hubiera batalla, se la ponía
a todas horas para que todos la vieran. Con el tiempo, no se la
quitaba ni para dormir, pues le daba seguridad y fomentaba su
soberbia. Pero la armadura se empezó a oxidar y a infectarle las
heridas que tenía; así murió víctima de su propia armadura y de
su propia soberbia. La conclusión es clara, si tenemos algo de qué
enorgullecernos, demos gracias a Dios, que nos lo ha regalado y
seamos siempre humildes para amar a Dios y servir a los demás.
AMAR Y COMPARTIR
Amar es compartir y compartir es amar. Amar es servir y ayudar
desinteresadamente a los demás. Y también es agradecer y perdonar
y buscar siempre hacer felices a los que nos rodean. El amor da
sentido a la vida, pues sin amor nada tiene sentido y la vida
estará triste y vacía como un río sin agua. Decía la poetisa
Gabriela Mistral:
Toda la naturaleza es un anhelo de servir. Sirve la nube, sirve
el viento, sirve el surco. Donde haya un árbol que plantar,
plántalo tú; donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú;
donde haya un esfuerzo que todos esquiven, acéptalo tú. Sé el que
apartó la piedra del camino, el odio de los corazones y las
dificultades del problema. Porque existe la gran alegría de servir.
¡Qué triste sería el mundo si todo estuviera hecho, si no hubiera
un rosal que plantar, una empresa que emprender!
Que no te llamen solamente los trabajos fáciles. ¡Es tan bello
hacer lo que otros esquivan! Pero no caigas en el error de que sólo
se hace mérito con los grandes trabajos; hay pequeños servicios
que son inmensos servicios, adornar una mesa, ordenar unos libros,
peinar un niño...
Y Dios te preguntará cada día: ¿Serviste hoy? ¿A quién? ¿Al
árbol, al amigo, a tu madre?
El famoso cardenal Henry Newman afirmaba: Nacemos para servir,
para ser instrumentos en manos de Dios. No pidamos ver, no pidamos
saber, simplemente pidamos ser útiles..., porque quien no vive para
servir, no sirve para vivir. Y Tagore, el gran poeta hindú, decía:
Soñé que la vida era alegría. Desperté y vi que tenía que
servir. Serví y vi que servir es alegría.
A este respecto, hay una historia muy antigua que dice que había
una vez un zapatero que vivía solo en una casita, porque su mujer y
su único hijo habían fallecido. Por todo esto, él estaba enojado
con Dios y, lo que es peor, le era indiferente. Cierto día, llegó
a la casa de Martín un sacerdote para que le hiciera una funda de
cuero para su Biblia. Y para que hiciera bien su trabajo, le dejó
la Biblia para que tomara las medidas. Esa noche, después de cenar,
sintió la necesidad de abrir la Biblia y leyó Mt 25, 31-46, sobre
el juicio final. Cuando terminó de leerla, se quedó profundamente
dormido y soñó. En el sueño, Dios le habló y le dijo:
Martín, mañana voy a visitarte.
Al despertar, se sintió nervioso, pero contento. Dios iría a
visitarlo y quiso prepararle un digno recibimiento. Desayunó y se
puso a limpiar y ordenar todo. Al poco tiempo, golpeó la puerta un
anciano, que estaba cansado de tanto caminar. Martín lo hizo pasar
y le ofreció un mullido sillón y le sirvió un té. El anciano,
después de haber descansado, se lo agradeció y se fue.
Al poco tiempo, golpearon nuevamente la puerta. ¡Es el Señor!,
pensó Martín. Pero, al abrir, sólo vio a una mujer con su bebé
en brazos, que venía a pedirle en nombre de Dios un poco de comida.
Martín la hizo pasar y le dio de comer y calentó leche para el
bebé.
Después de comer, se lo agradecieron y se fueron. Martín
seguía esperando la visita del Señor. Miró por la ventana y vio
un niño de la calle con su ropa rota y sucia. Entonces, buscó
entre sus cosas y le dio la mejor ropa que guardaba de su hijo. Y
siguió preparando la visita. Pero llegó la noche y el Señor no
había llegado. Entonces, se quedó dormido y soñó. En el sueño
se le presentó Jesús y él le dijo:
Señor, he estado todo el día esperándote. Me has fallado.
¿Cómo? Fui a tu casa, no una, sino tres veces. Una vez, vestido de
anciano, la otra en forma de madre con su bebé y, por último, como
niño de la calle. ¿No te acuerdas de que todo lo que haces a mis
hermanos, me lo haces a mí?
En esto despertó Martín. Estaba alegre como nunca, porque
había descubierto que a Dios se le encuentra, ayudando y sirviendo
a los demás.
Hay un cuento que habla de un hombre que se sentó un día al
borde del camino y se quedó dormido. La rama de un árbol le cayó
encima y lo dejó herido hasta el punto de perder la memoria. No
sabía quién era, no sabía su nombre ni qué hacía allí ni
cuánto tiempo llevaba durmiendo. Comenzó a deambular y se
preguntaba una y otra vez: ¿Quién soy yo?, ¿quién soy yo?. Le
preguntó a un pájaro que estaba posado en una rama y el pájaro le
respondió:
Tú eres un ser humano, fuiste creado para cantar y has olvidado
tu canto. Fuiste creado para volar, pero vives arrastrando tu
existencia sin saber para qué vives. Vives sin rumbo y tu vida no
tiene sentido.
Seguía desconcertado. Al llegar la noche le preguntó a las
estrellas:
¿Quién soy yo?
Y las estrellas empezaron a reír sin decir ni una palabra.
Pasó junto a un manantial y preguntó:
¿Quién soy yo?
Y el agua cristalina le mandó un beso de amor con el reflejo de
la luz del sol. Él también se acercó a besar el agua brillante y
pura. Y se sintió contento y se puso a cantar. Entonces, los
pájaros se unieron a su canto, cantando alegres melodías. Y
comenzó a reír y las estrellas se unieron a sus risas. Y parecía
que toda la naturaleza estaba de fiesta. Y él seguía riendo y
cantando, enviando besos de amor a todas las cosas. De pronto,
llegó a una aldea y, de una casita pobre junto a un prado, salió
una mujer corriendo hacia él con tres niños tras ella. Aquella
mujer se le echó al cuello y le dijo entre lágrimas:
Estábamos preocupados. Hace varios días que te estábamos
esperando.
Y los tres niños se abrazaron a sus pies, diciéndole: Papá,
papá…
Entonces, comenzó a recordarlo todo. Tenía una esposa y tres
hijos y se llamaba Juan. Pero lo más importante era que había
aprendido una gran lección. Ahora entendía que su vida no era una
existencia oscura y vacía. Ahora sabía que su vida tenía una
dimensión universal y que no debía vivir sin cantar ni reír y,
sobre todo, sin amar a todas los hombres.
A partir de ese día, se dedicó a hacer el bien a todo el mundo,
sonriendo a todos y procurando hacer felices a los que encontraba en
su camino. Para él ahora la vida era una cotidiana oración, pues
todo lo hacía por amor, alegrando la vida de los demás.
Nuestra vida no puede estar aislada de los otros. Nuestra vida
está unida inexorablemente a los demás. Por eso, decía Charles
Peguy: Debemos salvarnos juntos. Debemos llegar juntos a la casa del
Padre. No vayamos a encontrarnos junto a Dios, estando los unos
separados de los otros. Debemos pensar un poco en los otros, debemos
trabajar un poco por los otros, ¿qué nos diría Dios, si
llegásemos hasta Él, los unos sin los otros?
Decía un poeta:
No sabemos, si estamos destinados a ser río caudaloso o si hemos
de parecernos a la gota de rocío, que envía Dios en el desierto a
la planta desconocida; pero, más brillante o más humilde, nuestra
obligación es cierta: no estamos destinados a salvarnos solos.
Por todo esto, es importante compartir nuestras cosas con los
demás, pues Dios nos ha dado los bienes para aprovecharnos nosotros
en primer lugar, pero también para ayudar con ellos a los demás.
Decía el poeta José María Pemán:
Compartir quiero mis días con otras almas hermanas y partir mis
alegrías que en lo que tienen de humanas, tan suyas son como mías.
Abrir a todos mis brazos y consolar sus pesares y entre risas y
cantares darles la vida a pedazos. Y, al fin, rendido quisiera poder
decir cuando muera: Señor, yo no traigo nada de cuanto tu amor me
diera... ¡Todo lo dejé en la arada en tiempos de sementera! Allí
sembré mis ardores, vuelve tus ojos allí, que allí he dejado unas
flores de consuelos y de amores. ¡Y ellas te hablarán de mí!
Algo muy importante también es ser siempre positivo y tener la
idea clara de hacer felices en todo momento a los otros. Y, de esta
manera, también nosotros encontraremos la felicidad, al hacer
felices a los demás. Hay un cuento que habla de que en un pueblo
pequeño y lejano había una casa abandonada. Cierto día, un
perrito, buscando refugio, logró meterse por un agujero de una de
las puertas de la casa. El perrito subió lentamente las viejas
escaleras de madera. Al terminar de subirlas, se encontró con una
puerta semiabierta. Lentamente, se adentró en la habitación y vio
que había mil perritos más, observándolo fijamente como él los
observaba a ellos. El perrito comenzó a mover la cola y a levantar
sus orejas un poco. Y los mil perritos hicieron lo mismo. Después,
sonrió y ladró alegremente a uno de ellos. El perrito se quedó
sorprendido al ver que los mil perritos también le sonreían y
ladraban alegremente con él. Cuando el perrito salió de la
habitación, pensó para sí mismo:
¡Qué lugar tan agradable! Voy a venir más seguido a visitarlo.
Tiempo después, otro perrito entró por el mismo agujero y
entró a la misma habitación. Pero este perrito, al ver a los mil,
se sintió amenazado, ya que le estaban mirando de manera agresiva,
y empezó a gruñir. Y los otros mil perritos también gruñeron
como hacía él. Comenzó a ladrarles ferozmente y los otros
hicieron lo mismo. Cuando el perrito salió de aquel lugar, pensó:
¡Qué lugar tan horrible es éste! Nunca más volveré a entrar
aquí.
Enfrente de la casa había un viejo letrero que decía: Casa de
los mil espejos. Nuestra vida es como esa casa de los espejos. Si
nosotros sonreímos, la vida nos sonríe; si le ponemos mala cara,
nos pone mala cara. ¿Qué preferimos? ¿Reír o llorar? ¿Sonreír
o amenazar? Ya hace muchos años que decía san Juan de la Cruz:
Donde no hay amor, pon amor y cosecharás amor. Igualmente
podríamos decir: Donde no hay amor, ama desinteresadamente,
sonríe, sirve, ayuda..., y los demás te amarán y te ayudarán y
te sonreirán.
Y, yo diría: donde falta Dios, pon a Dios y habla de Dios para
que los demás lo encuentren a través de ti. Decía Antoine de
Saint-Exupery: Estoy profundamente triste. Me siento triste por mi
generación que, no habiendo conocido otra forma de vida que la del
bar y las matemáticas..., se encuentra hoy en una situación
estrictamente gregaria, sin vitalidad alguna. El hombre se muere de
sed. En el mundo no hay más que un problema y solamente uno:
devolver a los hombres el significado espiritual, para que tengan
inquietudes espirituales. Hacer llover sobre ellos algo que se
parezca al canto gregoriano... Es imposible vivir de refrigeradoras,
de política, de balances y de crucigramas. Ya no se puede. No se
puede seguir viviendo sin poesía, sin color, sin amor... Ya no
queda otra voz que la del robot de la propaganda... Por eso, no hay
más que un problema, uno solo: volver a descubrir que existe una
vida del espíritu más elevada todavía que la vida de la
inteligencia, y que es la única que satisface al hombre.
LA SOLIDARIDAD
Una virtud importante en la vida es la solidaridad. Es una virtud
eminentemente cristiana. Es el ejercicio de comunicación de bienes
espirituales, aún más que comunicación de bienes materiales (Cat
1948). Hay que saber compartir lo que tenemos, pues todo es un don
de Dios que nos lo ha dado, en primer lugar, para satisfacer
nuestras propias necesidades y, en segundo lugar, para ayudar a los
demás; y esto no sólo en cosas materiales, sino también en bienes
espirituales, intelectuales, etc.
Veamos el ejemplo del espantapájaros. Una vez un gorrión voló
sobre un huerto, buscando encontrar comida. El espantapájaros, al
verlo, quiso ahuyentarlo, pero el gorrión se posó en un árbol
vecino y le dijo:
Déjame coger un poco de trigo para mis hijos. No puedo.
Pero tanto le dolió al espantapájaros ver sufrir al pobre
gorrión que, al fin, le dijo: Puedes coger mis dientes, que son de
trigo.
Y el gorrión agradecido besó su frente de calabaza.
Otro día, vino un conejo hambriento, buscando una zanahoria. Y
el espantapájaros se compadeció de él y le ofreció su propia
nariz de zanahoria.
Una mañana apareció un gallo, buscando comida y le dijo:
Toma mis ojos, que son granos de maíz.
Poco después, vino un mendigo que tenía frío y le ofreció su
propio vestido. Más tarde, notó que alguien lloraba junto a él.
Era un niño que buscaba comida para su madre.
Pobre niño, te doy mi cabeza, que es una hermosa calabaza.
Al día siguiente, al regresar el labrador a su huerto, se
enfadó mucho por el autoexpolio del espantapájaros y le prendió
fuego. Los amigos del espantapájaros, al ver cómo ardía, se
acercaron y amenazaron al labrador; pero, en aquel momento, cayó al
suelo algo: su corazón de pera. Entonces el hombre, riéndose, se
lo comió, diciendo:
¿Creíais que el espantapájaros os había dado todo? Pues esto
me lo como yo.
Pero, al comer la pera, su corazón cambió para siempre y les
dijo a todos:
Desde ahora os recibiré siempre, porque el espantapájaros ha
cambiado mi corazón.
Moraleja: el espantapájaros, dándose a sí mismo, hizo posible
que todos comieran. Tú también debes darte a ti mismo. Sé
solidario, generoso y caritativo, y otros seguirán tus huellas. Sé
solidario hasta dar la vida y Dios te bendecirá mucho más de lo
que puedes imaginar.
Veamos el siguiente cuento, que tiene mucha enseñanza.
Hacía mucho tiempo que no llovía en aquella comarca. El agua se
secaba en los arroyos y ríos, los manantiales estaban secos. Una
niña, con un gran cucharón de hojalata en la mano, salió en busca
de agua para su madre enferma. Tras mucho caminar, encontró una
pequeña fuente casi seca en una ladera. La niña sostuvo el
cucharón largo tiempo bajo el agua, que goteaba muy despacio, hasta
que se llenó de agua. Luego bajó la cuesta de la montaña,
sosteniéndolo con mucho cuidado. Cuando llegó a su casa, casi
anochecía. Al entrar en la habitación de su mamá, encontró a la
vieja criada, que ayudaba a su madre, y ésta le dijo:
Dale un sorbo de agua. Ha trabajado todo el día y la necesita
más que yo.
Así que la niña le acercó el cucharón a los labios de la
anciana, que bebió un sorbo de agua y se sintió mucho mejor. La
niña no notó que el cucharón se había convertido en un cucharón
de plata y estaba tan lleno de agua como antes. Luego lo acercó a
los labios de su madre que bebió y bebió, y se sintió mejor.
Cuando terminó su madre de beber, el cucharón continuaba lleno de
agua y oyó un golpe fuerte en la puerta. La criada abrió y se
encontró con un desconocido. Estaba pálido, cansado y sediento.
Dijo:
¿Puedo beber un poco de agua? Claro que sí, la necesitas más
que yo. Bébela toda.
El desconocido sonrió y tomó el cucharón que, de inmediato, se
convirtió en diamante. Le dio vuelta y toda el agua cayó al suelo.
Y donde cayó, brotó una fuente de agua, que solucionó la sequía
de todos en la comarca. Mientras contemplaban el prodigio, se
olvidaron del forastero; cuando miraron, ya se había ido. Creyeron
verle desaparecer en el cielo… y allá arriba, alto y claro,
brillaba el cucharón de diamante. Todavía brilla como una
constelación de estrellas, que nos recuerda la importancia de la
amabilidad y la caridad con el prójimo. Se le conoce popularmente
como el Gran Cucharón (Big Dipper en inglés). En castellano le
decimos la Osa Mayor.
Había una vez una nube jovencita, que estrenaba su primer galope
por los cielos al lado de muchos nubarrones fuertes y corpulentos.
Al pasar por encima del desierto del Sahara, las otras nubes, más
expertas, le dijeron:
Corre, corre. Si te detienes, estás perdida.
Pero la nubecilla era curiosa y se dejó arrastrar hasta el fondo
de las otras nubes para ver mejor lo que había en el desierto.
¿Qué haces?, le gritó por detrás el viento.
Pero la nube había visto las dunas de dorada arena: un
espectáculo fascinante. Las dunas parecían nubes de oro
acariciadas por el viento. Una de ellas le dijo:
Adiós.
Era una duna graciosa, recién hecha por el viento, que le
revolvía su luciente cabellera.
Adiós, mi nombre es OLA, dijo la nubecilla. El mío es UNA,
replicó la duna. ¿Qué tal tu vida ahí abajo? Ya ves, sol y
viento. Hace calor, pero se aguanta. ¿Y la tuya? Sol y viento, y
locas carreras por el cielo. Mi vida es muy breve. Tal vez
desaparezca, cuando sople fuerte el viento. También yo me
transformaré en lluvia y caeré. Es mi destino.
La duna calló un momento y después le dijo:
¿Sabes que nosotras a la lluvia le llamamos paraíso? No sabía
que era tan importante, rió la nubecilla. Oí contar a unas viejas
dunas lo hermosa que es la lluvia. Con ella nos cubrimos de unas
cosas maravillosas que se llaman flores y hierba. Probablemente, yo
no las veré nunca, concluyó con tristeza la duna.
La nubecilla pensó un momento y luego dijo:
Podría lloverte yo encima... Pero morirías... En cambio, tú
florecerías, dijo la nube. Y se dejó caer en lluvia iridiscente.
Al día siguiente la pequeña duna apareció cubierta de flores.
Un ejemplo palpable de solidaridad lo cuenta Martín Buber. Dice
que había un hombre que fue a una posada y, al llegar, vio la mala
vida que llevaba el posadero. El posadero le preguntó:
¿Qué desea? Solamente un rincón para poder orar.
El posadero se quedó un poco extrañado, porque todo el mundo
iba a la posada para poder comer y descansar. Por eso, lo expió y
vio que aquel hombre, después de tan largo camino y, a pesar de
estar cansado, hambriento y lleno de polvo, estaba orando de
rodillas, pidiendo perdón a Dios por los pecados del posadero.
Éste, al darse cuenta, reconoció sus errores y cambió de vida.
¡Qué importante es preocuparse por el bien y la felicidad de
los demás! Si no podemos hacer muchas cosas por los demás, por lo
menos oremos por ellos. La oración es un gran regalo y una fuente
inmensa de bendiciones.
Por esto, procuremos sembrar estrellas de amor en los que nos
rodean. ¡Hay tantas cosas pequeñas con las que podemos hacer
felices a los demás! Una sonrisa, una palabra, un gesto amable, un
pequeño servicio, una flor, un regalito, un caramelo. Hay que
decirles a todos, con palabras o sin palabras, que los amamos y que
son importantes para nosotros.
Estos pequeños detalles de amor son importantes en la vida
familiar y en la vida de las personas que viven en Comunidad; pues
con el tiempo puede deteriorarse el amor que debe renovarse
continuamente con palabras bonitas, regalos y detalles de aprecio y
consideración. Por otra parte, una oración por el otro no cuesta
nada y puede traerle muchas bendiciones. ¡Cuántas personas
hubieran sido mejores, si hubieran tenido en su familia alguien que
hubiera sabido compartir su fe y hubiera rezado por ellos!
¡Cuántos enfermos se hubieran sanado y estarían vivos todavía,
si sus familiares hubieran orado más por su salud! ¡Cuántos se
hubieran salvado, si hubieran tenido familiares que hubieran rezado
por ellos! Por eso, tú no te canses de pedir, de orar, de ayudar y
hacer el bien a los que te rodean.
HAZ ALGO POR LOS DEMÁS
El padre Arrupe, que fue general de los jesuitas, cuenta que en
1945 vivía en Hiroshima en el momento en que cayó la bomba
atómica sobre la ciudad. Acababa de celebrar la misa, cuando una
luz cegadora redujo a cenizas la ciudad y, en pocos minutos, dejó
más de 200.000 entre muertos y heridos. Nadie entendía nada. Su
primera reacción fue ir a la capilla para pedir ayuda. Dice: Por
todas partes, muerte y destrucción. Nosotros, aniquilados por la
impotencia. Salí de la capilla y la decisión fue inmediata:
Haríamos de la casa un hospital. Me acordé de que había estudiado
medicina. Años lejanos ya, sin práctica posterior, pero que en
aquellos momentos me convirtieron en médico y cirujano. Fui a
recoger el botiquín y lo encontré en ruinas, destrozado, sin que
hubiera en él aprovechable más que un poco de yodo, algunas
aspirinas, sal de frutas y bicarbonato.
Pero en aquel hospital, que no era hospital, y con el médico,
que no era médico, se aliviaron muchos dolores, fueron suavizadas
muchas muertes y curados no pocos. Hicieron lo que pudieron. En todo
caso, mucho más de lo que hubieran hecho, si sólo se hubieran
lamentado.
- Un día, un sacerdote esperaba a su amigo médico para
conversar sobre su vida espiritual. Aunque siempre había sido
puntual, ese día se retrasó cuarenta minutos. Al llegar, se
disculpó y le dijo: Padre, cuando me preparaba para salir, vi desde
mi ventana del segundo piso que llegaba una anciana pobre a quien he
atendido en otras ocasiones. Me molestó su inoportunidad. Agarré
el teléfono para decirle a la recepcionista que le dijera que ya
había salido; pero, entonces, me acordé de lo que dijo Jesús: Lo
que hiciereis a uno de estos mis hermanos, a Mí me lo hacéis. Así
que la atendí. Y me sentí contento al comprender que mis pacientes
son Cristo.
- Un día, un joven se propuso ir al encuentro de Dios. Preparó
lo necesario y, al amanecer, empezó su gran aventura. Pensó que
Dios estaría en el silencio de la gran montaña, que se divisaba al
fondo del valle, y comenzó la escalada. En las faldas del monte se
encontró a un anciano, que vivía en una pequeña y vieja cabaña.
El anciano, al verlo, le dijo:
¿A dónde vas con tanta prisa? Voy a la cumbre de la montaña,
porque quiero encontrarme con Dios.
El anciano le dijo:
¿Por qué no te quedas conmigo una hora y me ayudas a reparar mi
cabaña, que se está cayendo? Como ves, ya soy viejo y no puedo
hacerlo solo.
El joven contestó:
Discúlpeme, tengo prisa. Ahora no puedo, se me hace tarde; pero,
cuando regrese, lo haré con gusto.
Después de unas horas, el joven llegó a la cumbre de la
montaña y empezó a gritar:
Señor, ¿dónde estás?
Así gritó una y mil veces, pero no hubo ninguna respuesta. Al
ver su fracaso, pensó que Dios se había ido al valle y bajó de la
montaña. Al pasar junto a la cabaña del anciano, vio que estaba
completamente deshecha y el anciano tampoco estaba. Él, sin darle
mucha importancia, siguió su camino.
Al poco rato, quiso rezar y se arrodilló en medio del campo,
exclamando:
Señor, esta mañana te he buscado y no te he podido encontrar.
Quería verte para hablar contigo.
Y el Señor le contestó:
Yo te pedí ayuda, pero estabas demasiado ocupado y no me la
diste.
Hay otro cuento parecido. Un hombre quería hablar con Dios y
tanto lo pedía que Dios le contestó y le dio una cita. El día
fijado se levantó temprano, se vistió con su mejor traje y, a la
hora apropiada y con tiempo de sobra, tomó su coche para ir a la
cita. Al pasar por cierto lugar de la carretera, vio a un hombre
junto a su coche averiado, que le hizo señas para que lo ayudara.
Él se detuvo solamente un momento para decirle que iba con el
tiempo justo para una cita muy importante y no podía ayudarlo, que
a la vuelta, dentro de unas horas, lo ayudaría con gusto. Y se fue.
Al llegar a la cita, buscó a Dios por todo el lugar, previamente
establecido, y no lo pudo encontrar. Lo estuvo haciendo durante dos
horas, hasta que se cansó y regresó. Al pasar por el lugar donde
el otro le había pedido ayuda, ya no había nadie. Y siguió su
camino.
Al regresar a su casa, decepcionado, porque Dios le había
mentido, se puso a orar, increpando a Dios:
¿Por qué no has acudido a la cita? ¿Estabas muy ocupado? ¿No
pensaste en mí? ¿Te has olvidado? ¿Tenías cosas más importantes
que yo?
Y Dios le respondió:
Hijo mío, nada ni nadie en el mundo es más importante que tú
para Mí. Pero esta mañana, yo, en persona, te pedí ayuda en la
carretera y tú estabas demasiado ocupado para atenderme. Tenía
tanto deseo de encontrarme contigo que te esperé en la carretera
antes de tiempo. Como ves, no me olvidé, te pedí ayuda y tú no me
la diste.
En resumen, si queremos encontrarnos con Dios, debemos hacerlo en
la persona de nuestros hermanos; porque, como dice Jesús, lo que
hacéis a uno de estos mis hermanos, a Mí me lo hacéis.
- El escritor italiano Renzo Pezzani narra una fábula hermosa:
Una golondrina se había retrasado en su viaje otoñal y se había
quedado la última. Entonces, comenzó a volar sobre el inmenso mar
para llegar donde estaban las otras al otro lado del océano.
Después de varias horas de volar, se sintió tan cansada que
decidió dejarse caer y morir, porque ya no podía más. Pero, en
aquel preciso momento, se dio cuenta de que debajo de ella había
otra golondrina que avanzaba sobre el mar en la misma dirección.
Esto le dio ánimo y continuó volando sobre las olas y, cada vez
que se sentía cansada, miraba a su fiel compañera y esto le daba
nuevas fuerzas para seguir adelante. Al atardecer, pisó tierra en
una isla en medio del mar y, entonces, se dio cuenta de que la otra
golondrina había sido su propia sombra.
Lo importante de esta fábula es que pudo sobrevivir, porque se
sintió acompañada en aquella larga travesía. Por ello, es tan
importante acompañar a los demás con nuestro ánimo, nuestro
afecto y nuestra oración para que no se sientan solos y sepan que
nosotros los amamos y estamos a su lado, aunque estén lejos y
estén físicamente solos.
Veamos otro cuento. Una vez se organizó una carrera de ranas,
que debían subir a lo más alto de una torre. Al principio, todas
salieron con entusiasmo para alcanzar la meta, pues el premio era
extraordinariamente grande. Pero los espectadores, ya desde el
comienzo de la carrera, empezaron a burlarse de ellas y les decían
a gritos y riendo: Nunca podréis alcanzar la meta, os han puesto
una meta imposible. ¿Por qué no desistís de vuestro empeño? Sois
unas tontas. Nadie podrá jamás alcanzar semejante altura para
ganar... Y tanto era lo que gritaban y se burlaban, que muchas iban
desanimándose y se retiraban, llegando a convencerse de que
realmente era imposible conseguir el objetivo final.
Por fin, quedó una rana, que intentaba una y otra vez, hasta que
lo consiguió y llegó hasta la meta. Todos los espectadores se
quedaron asombrados, no lo podían creer. Así que los periodistas
fueron rápidamente a hacerle una entrevista y le preguntaron cómo
había hecho para conseguirlo. Y la ranita sólo les contestaba:
¿Qué? ¿Qué? Resulta que era sorda y ella había creído que
todos la estaban animando con sus palabras; cuando, en realidad, era
todo lo contrario.
Por eso, es tan importante hacer algo por los demás y no
desanimarlos. ¡Hay que animar a los decaídos, sonreír a los
tristes y apoyar a todos los que nos rodean para que puedan
conseguir sus ideales! No estamos solos y los demás necesitan de
nosotros para ser felices. No lo olvidemos jamás.
- Había una vez una mujer joven que padecía neumonía y se
moría lentamente. Desde la ventana, veía un gran árbol cuyas
hojas eran arrancadas por el viento y el frío. Estaba resignada a
morir y dijo a sus amigos que con la última hoja que cayese del
árbol, también ella partiría. Pero la última hoja del otoño se
resistía a caer. Se agarraba a la vida, se aferraba a su rama. Y la
mujer seguía viviendo, esperando que cayera la última hoja para
morir en paz, como si fuera la señal de Dios para ella. Pero la
mujer no murió y pasó todo el invierno mirando a la última hoja,
que, sin saberlo ella, un amigo había pintado en la ventana,
mientras ella dormía, para que siempre tuviera viva la esperanza y
siguiera viviendo.
- Una vez, un hombre se presentó ante el juicio de Dios y le
dijo: Señor, he cumplido todas tus leyes y he vivido de acuerdo a
tus mandamientos. No he hecho nada malo. Mis manos están limpias.
Sí, le dijo Dios, tus manos están limpias, pero están vacías.
¿Qué has hecho tú por los demás? No basta no haber hecho nada
malo, hay que hacer muchas cosas buenas por ellos.
¡Qué tristeza, cuando en vez de ayudar y animar, dejamos morir
a otros por nuestra comodidad o indiferencia!
En una carretera española de Salamanca a Valladolid, un
sacerdote tuvo un accidente. Cayó de su motocicleta y se quedó
consciente, pero sin poder moverse. Y sentía cómo pasaban los
coches sin detenerse. Alguno se detenía y decía: Está muerto, ya
no hay nada que hacer..., y seguía su camino. Por fin, después de
una hora, más o menos, alguien se acercó a él y lo auxilió y
así pudo salvarse de la muerte. ¿Nos gustaría que, estando en
grave necesidad en medio de la calle, por haber sufrido un ataque al
corazón o un asalto..., nadie se acercara a ayudarnos?
Otro caso. En un hospital estaba un grupo de enfermeras, jugando
a las cartas en plena noche, porque no había mucho trabajo. De
pronto, se oyó un ruido extraño en una de las habitaciones y una
de ellas fue a ver qué sucedía. Regresó tranquila, diciendo: Es
el número 17, que se está muriendo. Y siguieron jugando. Para
ellas aquel viejecito, que se moría, era un simple número, uno
más de tantos pacientes. Y no se preocuparon lo más mínimo de
ayudarle a bien morir. Para ellas, contaba más su comodidad y el
seguir jugando que la ayuda que pudiera necesitar aquel ser humano
en aquellos últimos momentos.
Pero algo peor todavía es lo que vi un día por televisión. Un
periodista había sido galardonado con el premio Pulitzer, un gran
premio internacional por la mejor fotografía. Su mejor fotografía
era un niño moribundo, caído en tierra, con unos buitres a su
lado, que estaban esperando para comérselo. Era un niño, que
estaba muriendo de hambre como tantos otros en un pueblo de
Etiopía. El periodista le estuvo tomando varias fotografías a
aquel niño, mientras se caía y se levantaba, hasta que ya no pudo
levantarse y se le acercaron los buitres. El periodista dijo que lo
único que había podido hacer había sido tirar una piedra a los
buitres. ¿Realmente, no podía haber hecho nada más por aquel
niño? ¿Acaso para él era solamente un objeto para hacer una buena
fotografía? ¿Acaso no tenía sentimientos para haberlo cogido en
sus brazos y ayudarlo a bien morir, con amor, en sus últimos
momentos?
¡Qué diferente era la actitud de la Madre Teresa de Calcuta y
de sus religiosas, que salían todos los días a las calles de
Calcuta a recoger a todos los moribundos para cuidarlos! Un día, la
Madre Teresa estaba en la Casa del moribundo en Calcuta, lavando
delicadamente el cuerpo llagado de una pobre mujer recogida de la
calle. En un cierto momento, la mujer le dijo:
Otros no hacen como tú, ¿Por qué lo haces? ¿Quién te ha
enseñado? Me lo ha enseñado mi Dios. Hazme conocer a tu Dios. Tú
lo conoces. Dios es amor.
El padre Jacques Loew, que era cargador del puerto de Marsella y
buscaba dar testimonio de su fe en medio de aquellos hombres rudos y
hostiles a la Iglesia, vivía pobremente como ellos. Era un hombre
muy humilde y siempre dispuesto a escuchar. Un día, un cargador
como él fue a buscarlo a su barraca, se sentó junto a él, en
silencio, y le dijo:
Yo no creo en Dios; pero, si Dios existe, debe asemejarse a ti.
¡Qué importante es el testimonio de vida para animar a los
otros a seguir el camino del bien! Los hombres de nuestro tiempo
necesitan ejemplos que imitar.
Por eso, un ateo sincero, el francés Valery, en sus Carnets
dice: Si Dios existiera, si sólo pudiera creer que existe, sería
inmensamente feliz. No podría interesarme ya en otra cosa que no
fuera Él. Me sentiría rodeado de ternura y protección. Los
placeres del mundo no serían nada, la muerte no sería nada. Si yo
supiera que Dios existe, si mi vida no fuese más que una demora de
mi encuentro con Él, aunque esta vida fuese dolorosa, sería suave
como la larga espera de una mujer amada, de cuya llegada se está
absolutamente seguro. Si Dios existiera, nada me importaría. Si
Dios existiera, me parece que yo sería naturalmente bueno con todo
el mundo, como un hombre súbitamente millonario que vaciara sus
sacos de dinero por todas partes por simple placer. Si Dios
existiera, me parece que mis culpas serían absorbidas en Él y
perdonadas, por el hecho mismo de que yo las reconocería como
culpas... Si Dios existiera, sería eternamente feliz.
Si Dios existiera..., pero él no estaba seguro, por eso admiraba
y deseaba la fe de los creyentes. Y nosotros debemos darle a él y a
otros como él, pruebas de su existencia. Que vean que nuestro modo
de vivir es imposible, si Dios no existe.
Fedor Dostoievski, el gran novelista ruso, nos invita a ver a
Dios en la naturaleza. Dice en Los hermanos Karamazov:
Era una noche clara de julio, silenciosa y templada. Los
pececitos y las aves estaban dormidos. Y nosotros éramos los
únicos que no dormíamos y hablábamos de la belleza del mundo de
Dios y de su gran misterio. Cada hilo de hierba, cada escarabajo,
cada hormiga, cada pequeña abeja, conoce bien su camino y, no
teniendo inteligencia, testimonia el misterio divino.
- En una ocasión, se acercó un periodista a una niña esquimal,
que amaba entrañablemente a Dios, y le preguntó:
¿Tú crees en Dios? Sí, yo creo en Dios. ¿Crees que Dios te
ama? Sí, creo que Dios me ama. Si crees que Dios existe y que Dios
te ama, ¿por qué no te cuida y te envía suficientes alimentos y
ropa para que no pases hambre ni frío? Yo creo que Dios le mandó a
alguien que me trajese esas cosas. Pero él le dijo No a Dios.
Maravillosa respuesta de una niña sin estudios, pero que indica
que, muchas veces, somos nosotros los que no obedecemos a Dios para
ayudar a los necesitados.
Cuenta la Madre Teresa de Calcuta: Un día, yendo por la calle,
me encontré con una niña, que estaba tosiendo y casi muerta de
frío, con un vestido roto y sucio. Pedía limosna con cara de
hambre. Todos pasaban de largo. Aquel espectáculo me conmovió y me
hizo exclamar interiormente: Pero ¿cómo Dios permite esto? ¿Por
qué no hace algo para que esto no suceda? De momento, la pregunta
quedó sin respuesta; pero, por la noche, en el silencio de mi
habitación, pude oír la voz de Dios que me decía: Claro que hice
algo para solucionar estos casos, te he hecho a ti.
Dios te ha creado a ti para ayudar a los demás. Quizás le
estás fallando y estás olvidándote de que tu vida sólo tiene
sentido, amando, sirviendo y ayudando a los demás.
El arzobispo de Popayán (Colombia), Iván Marín-López, decía
en 1997: Hace seis meses, en una comunidad aislada sin ningún tipo
de asistencia sanitaria, una mujer esperaba su primer hijo. La
comadrona dijo que el bebé no podría nacer, porque su cabeza era
demasiado grande. En pocos minutos, se dio la voz de alarma y veinte
hombres jóvenes se organizaron para llevarla por turnos durante
seis horas hasta el hospital más cercano. Llegaron a tiempo; el
médico intervino y salvó a la mujer y al niño. La gente se
sintió orgullosa de aquel niño, que ahora llamaban el hijo de la
Comunidad.
Y tú, ¿qué has hecho hasta ahora para ayudar y hacer felices a
los demás? Piénsalo y decídete ahora mismo a hacer algo, de modo
que tu vida sea un regalo de Dios para los demás.
EL EJEMPLO DE GANDHI
Mahatma Gandhi, el gran líder de la independencia de la India y
organizador de la resistencia civil contra la dominación inglesa,
fue un hombre creyente, que confiaba plenamente en Dios. Decía:
Para mí es una tortura permanente hallarme todavía tan lejos de
Dios. Él, como muy bien sé, gobierna cada soplo de mi vida y de
cuyo linaje soy.
En sus escritos, nunca se encontrará una palabra de venganza
contra sus enemigos. Y para conseguir sus metas, nunca acudió al
odio o a la violencia. Siempre hablaba de tolerancia, perdón y de
no violencia activa o de violencia pasiva. Decía: Sería
inconcebible encontrar en mis escritos una sola palabra de odio.
¿No es el amor lo que hace vivir al mundo? No hay vida donde no
está presente el amor. La vida sin amor conduce a la muerte. De
ahí que su amor por los más pobres, lo mismo en Sudáfrica que en
la India, le llevó a defender sus derechos como abogado,
defendiendo siempre la igualdad de todos los seres humanos y
buscando la unidad sin diferencia de raza o religión. Las últimas
palabras de su Autobiografía son:
Le ruego al lector que se una a mí en una oración al Dios de la
Verdad para que me permita alcanzar la no violencia en la mente, en
la palabra y en la acción .
Sin embargo, para llegar al autodominio que consiguió hasta el
punto de hacer voto perpetuo de castidad, y defender siempre la
verdad, la honradez y la justicia, tuvo que pasar por muchos
sufrimientos personales y por muchas etapas de dudas, sobre todo, en
su adolescencia y juventud. Él nos dice que sus padres lo casaron a
los 13 años y pronto quedó presa de la lujuria. En algunas
ocasiones, hasta robó para poder conseguir lo que quería y no
faltaron algunas mentiras, sobre todo, por efecto de las malas
compañías. Pero veamos lo que él mismo nos dice al respecto y
cómo pudo superar las pasiones y los vicios con su fuerza de
voluntad y con la ayuda de Dios.
Un día, mi amigo me llevó a un burdel. Me introdujo, dándome
las necesarias instrucciones. Todo estaba arreglado. Ya habíamos
pagado el precio. Entré en las fauces del pecado, pero Dios, en su
infinita misericordia, me protegió, pese a mí. Prácticamente, me
quedé ciego y sordo ante el espectáculo del vicio. Me senté cerca
de la mujer en la cama, pero tenía un nudo en la lengua que me
impedía decir palabra. Ella, lógicamente, perdió la paciencia y
me señaló la puerta, entre sarcasmos e insultos. Sentí entonces
como si mi hombría hubiera sido insultada y deseé, de pura
vergüenza, que la tierra me tragase. Desde entonces, no he dejado
de darle gracias a Dios por haberme salvado... Pero ni siquiera eso
fue suficiente para abrirme los ojos y hacerme comprender lo
peligroso de la compañía de mi amigo. Quedaban muchas amargas
heces reservadas para mí, hasta que mis ojos descubrieron la
verdad, al contemplar algunos de sus vicios, por completo
insospechados para mí... Yo era un esposo amante y celoso, y mi
amigo encendía la llama de las sospechas con respecto a mi mujer.
Nunca pude dudar de su veracidad. Pero jamás podré perdonarme la
mucha violencia de que he sido culpable al darle disgustos a mi
mujer, actuando bajo la influencia de mi mala compañía... El
cáncer de la desconfianza fue únicamente desarraigado, cuando
comprendí lo que era la castidad y sus consecuencias... Siempre que
me acuerdo de esos días sombríos, llenos de dudas y recelos,
maldigo una y mil veces mi estupidez y mi crueldad sensual, así
como también deploro profundamente la ceguera que mantuvo mi
amistad con aquel muchacho.
Por otra parte, un pariente y yo nos acostumbramos a fumar. No es
que pensáramos que el cigarrillo era saludable ni que estuviéramos
enamorados del sabor o del olor del humo del tabaco. Sencillamente,
imaginábamos que se obtenía un gran placer emitiendo nubes de humo
por nuestras bocas. Mi tío estaba enviciado y, cuando lo vimos
fumar, pensamos que debíamos imitar su ejemplo. Comenzamos a
recoger las colillas que mi tío arrojaba por todas partes. Pero no
siempre conseguíamos todas las que queríamos y, además, una
colilla da poco humo. Por consiguiente, comenzamos a robar algunos
cobres del monedero de la servidumbre para comprar cigarrillos
indos. El problema mayor consistía en ocultarlos. Por supuesto, no
podíamos fumar en presencia de nuestros mayores. Pero, de cualquier
forma, nos las arreglamos durante unas cuantas semanas merced a las
monedas robadas... Era insoportable que no pudiéramos hacer nada
sin el permiso de los mayores. Al fin, en el colmo de nuestro
disgusto, ¡decidimos suicidarnos! Oímos decir que las semillas del
“dhatura” eran un veneno muy eficaz... Ingerimos dos o tres de
las semillas fatales. No nos atrevimos a más. Los dos nos
resistimos ante la idea de la muerte... Pero la idea de suicidarnos
produjo en mi pariente y en mí la decisión de dejar el vicio de
fumar colillas y de robar monedas de cobre para comprar tabaco.
Desde entonces, jamás he sentido la tentación de fumar y siempre
he considerado ese vicio como algo bárbaro, sucio y nocivo. Jamás
he logrado comprender cómo es posible que impere ese furor por
fumar, que domina el mundo entero.
Pero mucho más serio fue el robo que cometí algún tiempo
después. Tenía quince años y robé un pedacito de oro del
brazalete de mi hermano. Aquélla complicidad resultó demasiado
fuerte para mí y resolví no volver a robar nunca más. Y también
tomé la decisión de contarle la verdad a mi padre. Tenía miedo
del dolor que iba a causarle. No obstante, pensé que era necesario
correr el riesgo y que no podía haber una purificación suficiente
sin la confesión de mis culpas. Decidí escribir la confesión para
entregársela a mi padre e implorar su perdón. La redacté en una
hoja de papel y se la entregué yo personalmente. En dicha nota, no
sólo confesaba mi culpa, sino que solicitaba un adecuado castigo, y
concluía rogándole que no se castigara a sí mismo por culpa de
mis pecados.
Temblaba de pies a cabeza, cuando hice entrega a mi padre de la
confesión. Él estaba enfermo y se hallaba en cama. Le entregué la
nota y me senté en su humilde lecho. Comenzó a leerla y, gruesas
lágrimas cayeron de sus ojos como si meditase, y luego rasgó el
papel. Yo también lloraba, pues podía advertir fácilmente la
agonía que estaba padeciendo mi padre... Aquellas perlas de amor
que rodaron por las mejillas de mi padre purificaron mi corazón y
lo dejaron libre de pecado. Solamente el que ha experimentado tal
amor puede saber lo que es… Ciertamente, una confesión pura,
acompañada por la promesa de no volver a pecar jamás, y que se
hace a quien debe recibirla, es el tipo más puro de
arrepentimiento. Yo sé que mi confesión hizo que mi padre se
sintiera absolutamente seguro de mi conducta futura y que su cariño
por mí aumentara lo indecible.
Su sentido de la caridad y su amor al prójimo fueron
extraordinarios. Cuenta en su Autobiografía que un día llamó a su
puerta un leproso. Y dice:
Yo no tuve valor para darle una comida y despedirlo. Por
consiguiente, lo albergué en mi casa, curé sus heridas y lo
atendí lo mejor que pude. Pero no podía seguir así
indefinidamente. Me faltaba la voluntad necesaria para tenerlo
siempre a mi lado. Por tanto, lo envié al hospital del gobierno
para los trabajadores indos. Pero me sentía angustiado. Deseaba
cumplir algún trabajo humanitario de carácter permanente… Por
eso, comencé a trabajar en el hospital dos horas cada mañana
incluido el tiempo de ir y venir. El trabajo consistía en escuchar
las quejas de los pacientes, exponer los hechos al médico y
preparar las medicinas. Este trabajo me proporcionó cierta paz
espiritual.
Pero quizás algo insólito y que a los hombres de hoy los puede
dejar sorprendidos es que, después de muchas luchas y de mucho
pensarlo, hizo su voto de castidad perpetua de acuerdo con su
esposa. Dice: Me costó mucho tiempo librarme de la lujuria y hube
de pasar por muchas duras pruebas antes de lograr superarla.
Después de amplias discusiones y de muchas deliberaciones, hice mi
voto en 1906. Hasta entonces, yo no había participado a mi esposa
lo que pensaba y solamente le consulté en el momento de hacer la
promesa. Ella no se opuso. Pero tuve grandes dificultades para
adoptar la decisión definitiva. Carecía de las fuerzas necesarias.
¿Como iba a controlar mis pasiones? La eliminación de las
relaciones carnales con la propia esposa parecía entonces algo muy
extraño. Pero me lancé hacia adelante con fe en la ayuda de Dios.
Cuando echo una mirada retrospectiva a los veinte años
transcurridos desde que hice el voto, me siento invadido por el
asombro y la satisfacción. La libertad y el júbilo que sentí
después de formular el voto, jamás los había experimentado antes
de 1906. Antes de hacer el voto, siempre me sentía al borde de
verme tentado en cualquier momento. Luego, el voto en sí era un
escudo seguro contra la tentación. La enorme fuerza de la castidad
se me hacía patente cada día… Pero, si era motivo creciente de
júbilo, nadie piense que me resultaba cosa fácil. Incluso,
después de cumplir los cincuenta y seis años, seguía siendo
difícil. Continuamente me doy cuenta que es algo así como caminar
por el filo de una espada y advierto a cada instante la necesidad de
mantener una vigilancia permanente… Después de regresar a la
India, fue cuando comprendí que la castidad era imposible de lograr
mediante el mero esfuerzo humano. Hasta entonces, yo me había
esforzado con el convencimiento de que por sí sola, la dieta de
frutas me permitiría desarraigar todas mis pasiones y me recreaba
pensando que no tenía nada más que hacer. Por eso, permítaseme
aclarar a aquellos que desean observar la castidad con el propósito
de realizarse en Dios, que no tienen que desesperar, con tal que su
fe en Dios se iguale a su confianza en el propio esfuerzo.
Por otra parte, su desprendimiento de las cosas materiales fue
proverbial, nunca trabajó por el simple afán de ganar dinero y
menos le gustaba que le hicieran regalos. Por eso, cuando después
de haber vivido en Sudáfrica por segunda vez, quiso regresar a la
India y le quisieron hacer costosos regalos, no los aceptó. Dice:
¿Que derecho tenía yo de aceptar tales regalos? Si los
admitía, ¿cómo podía persuadirme de que estaba sirviendo a la
comunidad sin remuneración? Todos los regalos, salvo algunos que me
habían hecho mis clientes, eran por mi prestación de servicios a
la colectividad y ni siquiera podía establecer diferencias entre
mis clientes y mis colaboradores, pues que los primeros también me
ayudaron en las actividades de orden público. Uno de los presentes
era un collar de oro que valía como mínimo cincuenta guineas,
destinado a mi esposa. Pero incluso ese regalo era en recompensa de
mis actividades públicas, de manera que no podía separarse del
resto… Me resultaba difícil rechazar regalos de tanto valor, pero
más difícil aún me resultaba retenerlos. E, incluso, si yo podía
retenerlos, ¿qué ocurriría con mi mujer y mis hijos? Yo los
estaba educando para una vida de servicio, haciéndoles comprender
que servir a los demás lleva en sí su recompensa. No teníamos en
la casa joyas ni ornamentos valiosos. Había convertido nuestras
vidas en una expresión de máxima sencillez. ¿Cómo, pues,
podíamos permitirnos el lujo de tener relojes de oro? ¿Cómo
podíamos llevar cadenas de oro y anillos de diamantes? En aquel
tiempo, yo exhortaba a la gente a desprenderse de la fatuidad de las
joyas. ¿Que debía hacer entonces con las alhajas que habían
llovido sobre nosotros? Decidí que no debía retener aquellas cosas…
Devolvimos todos los regalos recibidos en 1896 y 1901.
Jamás lamenté el paso que había dado y, con el correr de los
años, mi esposa también comprendió lo prudente de la medida.
Ahora tengo la opinión inquebrantable de que quienes se dedican al
servicio de la sociedad no deben aceptar donaciones valiosas.
Pero, sobre todo, la vida de Gandhi se distingue por su gran amor
por la verdad. Era un hombre con nobles sentimientos entre los que
destacan el amor a la sinceridad y la honradez en todas sus formas.
Dice:
Nunca recurrí a la mentira en el ejercicio de mi profesión, a
pesar de que una gran parte de mi actuación como abogado se
cumplía en beneficio de asuntos públicos, a cuya dedicación no
escatimaba tiempo ni dinero... Cuando yo era estudiante, había
oído decir que la profesión de abogado es la profesión del
mentiroso. Pero esto no influyó en mi espíritu, porque yo no
pensaba conquistar posiciones o ganar dinero mediante la mentira.
Mis principios fueron puestos a prueba más de una vez en África
del Sur. Muy a menudo, supe que mis adversarios habían preparado a
sus testigos y que con sólo alentar a mi cliente y a mis testigos a
mentir, podíamos ganar el caso. Pero siempre me resistí a la
tentación... De entrada, advertía a cada cliente nuevo que no
esperara de mí la asunción de un caso falso o que sobornara a los
testigos; esto dio como resultado que alcancé tal reputación que
jamás llegaban a mi mesa casos falsos. Incluso algunos clientes
reservaban los casos correctos para mí, llevando los dudosos a
otros abogados.
En resumen, Gandhi fue siempre un ejemplo y un modelo a seguir
para todos. Un hombre, que siempre defendió la verdad y la justicia
y que, al final, como tantos grandes hombres a lo largo de la
historia, murió mártir e incomprendido por muchos. Fue asesinado
por un hindú en 1948.
EL BUEN EJEMPLO
El 21 de octubre del 2001, el Papa Juan Pablo II beatificó en la
basílica de san Pedro a dos esposos, Luigi y María
Beltrame-Quattrocchi. Allí estaban sus tres hijos. Don Tarsicio, el
hijo sacerdote, dijo de sus padres: Ellos nos hablaban viviendo.
Mirándolos, aprendimos a vivir, porque comprendimos el sentido y la
belleza de la vida. Mi madre decía frecuentemente: Para tener una
familia feliz, no cuentan tanto las cosas que se poseen, sino las
personas que forman la familia.
Fedor Dostoievski escribió: Educar significa dar a los hijos
buenos recuerdos que, en el momento oportuno, se encenderán como
lámparas e iluminarán su camino. Pero ¡qué triste, cuando los
padres dejan la educación de sus hijos a la televisión o a los
libros o a personas, aunque sean profesores, que no pueden
garantizar una educación religiosa como ellos desean!
Monseñor Angelo Comastri cuenta lo siguiente: Un domingo me
estaba dirigiendo a pie a la parroquia del Sagrado Corazón. Y vi a
una joven con dos perritos en brazos. Me acerqué a saludarla y le
dije: Espero que dentro de algunos años pueda verte con un niño en
brazos. Y ella me respondió: Mil veces mejor dos perritos que un
niño. Me quedé helado.
Recuerdo a un pobre hombre de la Sierra del Perú, que dijo en
una ocasión: Yo prefiero que se me muera un hijo que mi caballo,
porque puedo hacer otro hijo, pero no otro caballo. ¡Qué
mentalidad, Dios mío! ¿Dónde quedan los valores humanos y el amor
a los hijos?
Una jovencita se suicidó en unos lavabos de Roma y dejó escrito
su testamento para sus padres, en el que decía: Reconozco que me
habéis querido, que me habéis dado todo, hasta cosas superfluas,
pero no me habéis dado lo indispensable: no me habéis dado un
ideal por el cual valiera la pena vivir. Por esto, he decidido
quitarme la vida. Perdonadme, pero no tengo otra alternativa.
El educar a los hijos significa tener tiempo para ellos, para
escucharlos y responder a sus inquietudes. Hay que darles confianza
para que puedan contarnos sus problemas y sientan que, pase lo que
pase, sus padres estarán siempre a su lado para apoyarlos. Pero
esto no ocurre siempre así. Cuenta Monseñor Tonino Bello que un
día una joven mamá pasó a recoger a su hija de la escuela, donde
estaba a tiempo completo con almuerzo incluido. La niña, saludando
a la mamá con mucha alegría, le dijo: Mamá, tengo una sorpresa
para ti. Quiero hablarte un poco. La mamá le dijo: Ahora estoy
cansada, cuando lleguemos a casa. Llegados a casa, la niña le dijo:
Mamá, ¿puedes hablar un poquito conmigo? La madre, que no se
acordaba de su promesa, le respondió: Ahora tengo mucho que hacer
y, dentro de poco, llegará tu papá. La mamá le prendió la
televisión para que se olvidara de todo y viera los dibujos
animados, pero la niña se sentía triste.
Cuando llegó el papá, se puso inmediatamente a cenar y,
después de ver un poco televisión, le dijeron que debía ir a
dormir para levantarse temprano al día siguiente. Antes de apagar
la luz de su habitación, la niña tuvo el valor de decirle: Mamá,
tengo algo que decirte. La mamá trató de tranquilizarla y le dijo:
Tesoro mío, duerme tranquila. Después apagó la luz y se fue. La
niña se quedó triste y la mamá sintió remordimiento. Por eso,
después de un rato, volvió a la habitación, encendió la luz y
vio a su hija llorando. Se sentó junto a ella, la estrechó contra
su pecho y le dijo: ¿Qué querías decirme? Y la niña, abrazando a
su mamá, le enseñó un papelito estrujado que decía: Mamá,
pronto será el día de la madre y quiero adelantarte mis saludos y
decirte que te quiero mucho, porque siempre tienes tiempo para jugar
conmigo.
Si los padres no dan buenos ejemplos o no se preocupan de la
educación de sus hijos, ¿en qué terminarán? Quizás en
delincuentes, drogadictos o, en el mejor de los casos, en pobres
hombres, incapaces de luchar, trabajar y salir adelante en la vida.
Y los hijos de estos jóvenes caprichosos y aventureros sin
espíritu de sacrificio y sin voluntad, pagarán las consecuencias
de unos padres irresponsables, que sólo buscan el placer y el sexo
como lo único importante de la vida.
Jean Vernier, el gran educador y fundador de la Comunidad El
Arca, donde recogen niños con taras mentales, dice: Hoy son cada
vez más numerosos los jóvenes que tienen experiencias sexuales en
torno a los 13 ó 14 años. Escuchándolos me he convencido de que
existe un vínculo íntimo entre el nacimiento de la esperanza y el
hecho de saber esperar una experiencia sexual. El corazón humano
puede incluso tener sed de esta unión, porque advierte la unión
entre la sexualidad y la necesidad de ser amado totalmente. Pero,
cuando un joven no acepta esperar, cuando rechaza ver en las
relaciones sexuales algo sagrado, un don de Dios, puede tener la
experiencia superficial del placer sexual, pero interiormente
sentirá muy pronto tristeza y desánimo. Banalizar el acto sexual,
es banalizar toda la vida.
Por eso, hay que enseñar a los niños y jóvenes a valorar la
vida y a vivirla cada día en plenitud, como si cada día fuera el
último. Como si fuera el único, porque cada día es un regalo
inestimable que debemos valorar y agradecer.
La Madre Angélica, fundadora del canal católico EWTN por cable,
es una mujer extraordinaria. Dice que iban a someter a una
operación quirúrgica a un anciano de más de 60 años y su hija
Linda estaba preocupada. Entonces, su padre le dijo:
Hija, ¿no te he hablado alguna vez de que hace más de sesenta
años tu abuela dio a luz a un niño muerto? Era un varón, un niño
voluminoso a quien le había resultado sumamente difícil entrar en
este mundo. Después de darle unas cuantas palmadas, sin obtener
reacción alguna, la comadrona lo dio por muerto. Lo envolvió en
una manta y lo dejó sobre la mesa. Todo el mundo lloraba. Pero tu
abuela saltó de la cama, se acercó a la mesa y cogió a su hijo en
brazos. Sosteniéndolo por los pies, comenzó a darle palmadas,
mientras exclamaba: Vamos, hijo, vamos.
A los pocos momentos se oyó un grito y después un chillido. Hay
quien dice que, desde entonces, nunca ha dejado de aullar.
¿Eras tú? Sí, era yo y considero cada uno de los momentos que
he vivido en este mundo como un don de Dios. Dios me otorgó el don
de la vida y, a continuación, me ofreció la gracia extraordinaria
de saber que, si ha llegado mi hora, no puedo quejarme. En lo que a
mí se refiere, toda mi vida ha sido un milagro y estoy agradecido a
Dios por cada momento de vida, que me ha regalado.
Este papá de Linda falleció en aquella operación, pero creemos
que ya estará feliz con Dios en el cielo. Él sabía algo que
muchos todavía no han aprendido: que la muerte no es algo que
ocurre por azar o por mala suerte. La muerte está prevista por Dios
desde toda la eternidad y tiene determinado el momento. La muerte no
es algo absurdo, por más que ocurra por medio de un accidente sin
sentido. Dios nos llama a través de un accidente o de una
operación o de un infarto o de un cáncer, lo importante es saber
que nuestra vida está en las manos de Dios y no querer morirse
antes de tiempo. Él busca el momento más favorable para llevarnos,
pero debemos estar siempre preparados. ¿Estás preparado para
morir? ¿Acaso crees que la vida te pertenece y puedes disponer de
ella hasta cuando quieras y como quieras?
Por eso, agradece la vida que Dios te ha dado. Agradece a tus
padres que no quisieron abortarte como tantos otros y dales las
gracias con tu respeto, tu agradecimiento y tu amor sincero.
El Papa Juan XXIII, cuando era seminarista, escribió a sus
padres una carta en la que les decía: Queridos padres: Hoy mi
pensamiento vuela hasta vosotros. Cumplo años y deseo deciros
gracias. ¿Sabéis por qué? Porque vosotros, con vuestra vida, me
habéis enseñado las cosas fundamentales de la vida. Todo lo que he
aprendido en mis largos años de estudios, ha sido un pobre
comentario de lo que vosotros me enseñasteis en el pueblo con
vuestro amor y vuestro ejemplo. Por eso, hoy quiero deciros de
corazón: GRACIAS.
BUSCANDO A DIOS
Una de las mejores maneras de encontrar a Dios es haciendo algún
servicio u obra buena a los demás, pues lo que hacemos a nuestros
hermanos es como si se lo hiciéramos a Él mismo. Sobre esto hay un
cuento.
Había una vez un carpintero sencillo y humilde sin nada de
extraordinario. Un día vino un ángel del cielo y le dijo que Dios
había pensado en llevarlo a su casa, al reino de los cielos. Él le
dijo al ángel: Dile a mi Señor que, por favor, es tiempo de
sembrar y soy el único carpintero del lugar y necesitan de mí para
hacer las lampas, rastrillos y otras cosas necesarias. Por favor,
dile que espere todavía otro año.
El ángel se fue al cielo y regresó con la respuesta: Dios ha
dicho que puede esperar, que puedes estar tranquilo este año. Pero,
al año siguiente, de nuevo se presentó el ángel de parte de Dios.
Y el carpintero le dijo: Dile a mi Padre Dios que me espere otro
año. El vecino de mi casa está enfermo y su familia está en
necesidad y yo debo ayudarle con mi trabajo; pues si no, no
tendrían ni para comer. Espero que Dios lo entenderá. El ángel
fue a consultar y regresó diciendo que ciertamente Dios podía
seguir esperando otro año.
El ángel vino de nuevo al año siguiente y así durante varios
años, y el carpintero siempre tenía alguna razón importante como
la sequía de aquel año o tantas necesidades que había en su
comunidad para poder ayudar. Por fin, el ángel dejó de aparecerse
durante varios años. Y, cuando ya estaba ancianito, un día
regresó el ángel y el carpintero le dijo: Ahora soy viejo y estoy
cansado de tanto trabajar. Ahora estoy listo y preparado para irme
contigo. Entonces, el ángel se sonrió y le dijo: ¿Quieres ir a la
casa de Dios? ¿Al reino de los cielos? ¿Y dónde crees que has
estado hasta ahora? ¿No sabes que el reino de Dios está dentro de
vosotros, cuando cumplís la voluntad de Dios? Hace años que
estabas en casa. Ven.
Como vemos, en la medida en que ayudamos y servimos a los demás,
estamos con Dios y el reino de Dios está dentro de nosotros en
alguna medida. Por eso, no nos cansemos nunca de buscar a Dios,
ayudando a los demás. Veamos otro cuento.
Había una vez un ángel pequeñito, que todavía no había
crecido mucho y no había sido designado a ninguno para ser su
custodio. Estaba en el cielo jugando y trataba de aprender una
canción que los ángeles mayores estaban aprendiendo. Pero él se
perdía en el canto y, a veces, se dormía. Un día escuchando una
conversación de los ángeles del coro, oyó esto: Esta noche,
debemos acudir donde están los pastores con las ovejas, en los
alrededores de Belén, y cantaremos el Gloria, cuando nazca Jesús.
El angelito que, apenas podía volar, pensó: Como no me van a
escoger para cantar en el coro y ellos vuelan más rápido que yo,
quizás podría ir ahora mismo para llegar a Belén antes del
anochecer. Antes de ir, buscó un regalito para el niño y escogió
un bonito ramo de flores de las estrellas.
Y emprendió el vuelo lentamente. Hizo varias escalas para
descansar en algunas estrellas. Y, al fin, llegó a la tierra,
cuando estaba anocheciendo. Pero ¿dónde estaba Belén? Empezó a
caminar hacia la luz de una aldea y sintió un ruido en el suelo.
Miró y descubrió a sus pies un pajarito que se había caído del
nido. Lo recogió, lo puso en el nido y se dejó caer una de sus
flores.
Continuó su camino y vio una casa pobre con la puerta
semiabierta. En el interior estaba una madre muy preocupada, sentada
junto a un niño enfermo, que sufría y se movía mucho. El niño
vio al ángel, sonrió y se quedó profundamente dormido. El ángel
se inclinó sobre la cuna y dejó caer algunas de sus flores.
Estaba cansado, pero a lo lejos sintió que llegaban los ángeles
mayores. En ese momento, sintió que un corderillo estaba balando.
Se acercó y vio que tenía rota una pata. Lo tomó en brazos, lo
curó y dejó caer las últimas flores que tenía. Entonces, vio una
gruta y pensó que sería un buen lugar para reposar. Entró en la
gruta con el corderito en brazos y vio una mujer con un niñito. El
niño sonrió y el angelito le contó su historia a aquella mujer, y
que no tenía ningún regalo para el niño. La mujer, que era la
Virgen María, lo escuchó y le dijo que le había llevado un regalo
mejor que todas las flores del jardín del cielo, pues había
socorrido a las criaturas que tenían necesidad de ayuda. En aquel
momento, el niño alargó los brazos y tocó al corderito, que
saltó de los brazos del angelito y se puso a saltar de alegría en
la gruta. El niño sonreía alegremente. Y María le dijo: Esta
noche, con tus buenas acciones has hecho muy feliz a mi hijo. Haz
que cada día sea Navidad, haciendo felices a los demás. Y cuenta
la tradición que, desde aquella primera Navidad, aquel angelito
pequeñito sigue viniendo a la Tierra para hacer felices a los
hombres y cantar con los ángeles el Gloria a Dios en los cielos y
paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. ¿Serás tú capaz
de hacer feliz a Jesús y a los demás?
El compositor italiano Giancarlo Menotti, en su melodrama Amahl y
los reyes magos, narra una leyenda. Los Reyes magos, en su viaje en
busca de Jesús, tuvieron que hacer noche en una casita muy pobre,
donde vivía una pobre mujer con su hijo, que sólo podía caminar
con muletas. En la noche, mientras los magos dormían, aquella
madre, pensando en su futuro, rebuscó en el costal del rey Melchor
y le sacó unos lingotes de oro. A la mañana siguiente, al
descubrirse el robo, le dijo Melchor: Mira, te perdono; pero debes
saber que tu hijo no necesita oro, sino amor. Entonces, la mujer,
avergonzada porque había sido descubierta, devolvió el oro. Pero
su hijo, les dijo: Ricos y nobles señores, ustedes van con regalos
para Jesús. A mí también me gustaría regalarle algo, pero no
tengo nada, porque soy pobre. Sin embargo, yo quiero regalarle las
dos cosas más útiles que poseo: mis dos muletas. Y dice la leyenda
que fue, en ese preciso momento, al entregar sus muletas que Amahl
pudo quedarse de pie y se dio cuenta de que había sido curado
milagrosamente por Jesús.
En este caso, la generosidad fue el detonante para que ocurriera
el milagro y Dios actuara directamente en su vida. Veamos un milagro
real.
El 21 de octubre de 1992, moría un joven monje en la Comunidad
de Monteveglio, cerca de Bologna, en Italia. Los periódicos sacaron
titulares en primera página, diciendo: Ha muerto un monje de sida.
Pero veamos lo que realmente había ocurrido. Aquel joven monje
había nacido en 1948; a los 20 años había abandonado su casa,
viviendo a la aventura por distintos países, dándose entre otras
cosas a la droga. Lo metieron en la cárcel y, al salir, recayó en
la droga. En 1986, los médicos le dijeron que tenía sida en
último grado. El joven, que era ateo, se desesperó, pensando en
suicidarse. Entonces, Umberto Neri, un joven monje de Monteveglio,
le dijo: Mira, nosotros somos pobres, si quieres venir con nosotros,
te daremos alojamiento. Y el joven se fue a vivir con ellos.
En aquel convento nadie le dijo: ¿Quién eres? ¿De dónde has
venido? ¿Por qué estás enfermo? Quizás algunos ya sabían algo,
pero él fue recibido como un amigo entre amigos. Después de unos
meses viviendo en el convento, un día les dijo a todos. Ahora he
comprendido que Jesús es Dios, porque sólo, si Jesús es Dios,
puede explicarse vuestra vida. Vosotros sois pobres y sois felices,
sois humildes y sois felices. Vosotros sois pobres y humildes y me
habéis acogido con amor. Se convirtió y vivió durante seis años
en aquella Comunidad. En el lecho de muerte quiso ser monje y hacer
sus votos, y el Superior lo aceptó con el visto bueno de la
Comunidad. Murió a los pocos minutos. Monje por pocos minutos. El
milagro de Dios estaba concluido, pero los periodistas, con poca
seriedad y responsabilidad, aprovecharon para decir que era un monje
pecador que moría de sida. No dijeron que se había convertido y
que Dios había limpiado su alma y era ya un hombre nuevo.
Ciertamente, la ayuda desinteresada y el servicio a los demás
puede ser uno de los mejores modos para encontrar a Dios. Veamos
otro ejemplo real de la vida del gran escritor católico francés
André Frossard: El día que cumplí 15 años tenía un montón de
dinero en mis manos y pensé en pasar la tarde con una prostituta.
Tomé el metro para Montparnasse y, al llegar al destino, encontré
un mendigo flaquísimo. Cuando quise pasar junto a él, me tendió
la mano, no sé si fue piedad o la vergüenza por lo que iba a
hacer, pero lo cierto es que el puñado de billetes, que tenía en
el bolsillo, se lo di a aquel hombre pobre y yo me regresé a casa.
El viaje hacia la prostituta fue un viaje hacia la caridad.
Su encuentro con Dios cinco años más tarde fue tan espectacular
que lo escribió en su libro Dios existe, yo me lo encontré. Ahí
nos habla de cómo en la Eucaristía está la presencia más viva y
real de Dios. Él cuenta su experiencia así:
Habiendo entrado a las cinco y diez de la tarde en una capilla
del barrio latino de París en busca de un amigo, salí a las cinco
y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra.
Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda,
volví a salir algunos minutos más tarde, católico, apostólico,
romano..., arrollado por una ola de alegría inagotable.
Dios estaba allí (en la custodia), revelado y oculto por esa
embajada de luz que, sin discursos ni retóricas hacía comprenderlo
todo, amarlo todo... El milagro duró un mes. Cada mañana volvía a
encontrar con éxtasis esa luz que hacía palidecer el día, esa
dulzura que nunca habría de olvidar y que es toda mi ciencia
teológica... Sin embargo, luz y dulzura perdían cada día un poco
de su intensidad.
Frossard descubrió a Dios en la Eucaristía. Allí sintió con
tal fuerza el amor de Dios que fue transformado en un instante. Por
eso, si queremos encontrar a Dios, el mejor lugar es la Eucaristía
y, muy especialmente, el momento en el que lo recibimos en la
comunión.
AMOR A JESÚS
El amor a Jesús debemos manifestarlo, sobre todo, en la
Eucaristía, donde está realmente presente, vivo y resucitado.
Allí nos espera cada día y cada hora. Allí está nuestro amigo
Jesús, el amigo que nunca falla, el amigo que siempre nos espera.
Si queremos hablar con él, el mejor lugar es visitándolo en el
sagrario de nuestras iglesias y el mejor momento es el momento en
que recibimos su abrazo en el momento de la comunión. Pero, a lo
largo del día, es bueno tener algunas imágenes religiosas que nos
recuerden su presencia. Es importante el crucifijo que nos recuerda
su amor hasta el punto de haber dado su vida por nosotros. De ahí
que la Madre Teresa de Calcuta decía: Cuando vayas a la
Eucaristía, piensa en cuánto te ama Jesús, que te sigue esperando
en este sacramento. Cuando mires un crucifijo, piensa en cuánto te
amó, que dio su vida por ti.
El crucifijo, llevado con amor, es una bendición y también es
una gran protección contra el maligno. Los antiguos misioneros de
América, colocaban en las cimas de los montes grandes cruces como
tomando posesión de aquellos lugares en el Nombre de Jesús, para
así alejar de ellos el poder del diablo. Hasta ahora existen en
muchos lugares de América, y también de Europa, esas grandes
cruces, manifestación del gran amor de nuestros antepasados a
Jesús y ayuda permanente contra los poderes del mal. La señal de
la cruz es una confesión de fe. Cuando la trazo sobre mi cuerpo
quiero decir: creo en el que sufrió por mí y ha resucitado; creo
en aquel que ha transformado el signo de la ignominia en una señal
de esperanza, en una señal del amor presente de Dios... Cuando nos
signamos con la señal de la cruz, nos colocamos bajo su
protección, nos agarramos a ella como a un escudo, que nos protege
en las dificultades de todos los días y nos confiere fuerza para
seguir adelante. En esos momentos, la cruz se convierte para
nosotros en una guía en el camino.
En la guerra civil española de 1936-1939, cayó herido un joven
de diecinueve años. El joven pedía insistentemente un crucifijo
para besarlo antes de morir. Su compañero, que era judío, no
sabía qué hacer. Entonces, el oficial le dijo:
Busca unos palitos y hazle una cruz.
El compañero judío atestiguó:
Hice una cruz con dos ramas y la puse en sus manos. El muchacho
la besó con fervor y la miró despacio, se la puso encima del
pecho, inclinó la cabeza y murió. Nunca se me ha olvidado aquella
escena. Durante la noche, yo pensaba: ¿No será verdadera una
religión que, ante la muerte, les inspira besar la cruz de su Dios?
Y este compañero judío acudió al capellán y se hizo católico
gracias a la fe de aquel joven, que había sabido morir como
católico, amando a Jesús, representado en aquella pequeña cruz.
Otra historia. En un colegio regentado por los padres jesuitas en
Latinoamérica, había un alumno, Jorge Lizar, que destacaba sobre
los demás por sus dotes de artista y sus cualidades de líder.
Lizar talló en madera un Cristo crucificado y se lo regaló al
padre José Fernández, a quien apreciaba mucho. El padre, al
recibirlo, le dio un beso a los pies del Cristo y Jorge quiso imitar
su gesto y lo besó en su rostro. El padre Fernández le dijo:
Que siempre lo beses así, con amor. Sí, jamás lo besaré como
Judas.
Pasaron los años, Jorge se hizo médico, viajó por muchas
naciones y se dejó influir por las ideas revolucionarias de la
época, haciéndose masón. El 3 de noviembre de 1896 fue
encarcelado, acusado de revolucionario y promotor de rebelión,
siendo condenado a muerte.
En ese momento, era un furibundo anticatólico y a los
sacerdotes, que se le acercaron, los rechazó sin contemplaciones.
Pero el padre Fernández se enteró de su condena y acordándose de
su querido discípulo fue a visitarlo a la prisión. Jorge no
quería abjurar de la masonería ni confesarse. Entonces, el padre
Fernández le llevó el Cristo que él había tallado de joven y le
recordó aquel beso que le había dado, diciendo que nunca le daría
el beso de Judas. Los ojos de Jorge se clavaron en el Cristo y
recordó sus misas de colegial, sus comuniones... Y Jorge cayó de
rodillas, besando de nuevo al Cristo y diciendo:
Mi beso no es como el de Judas. Perdóname, Señor.
Abjuró de la masonería, se confesó, recibió la comunión e,
incluso, se casó con su esposa por la Iglesia. El día de la
ejecución, quiso que el padre Fernández lo acompañara con el
Cristo. Poco antes de ser fusilado, besó de nuevo al Cristo y se
entregó a la muerte con paz y alegría de corazón.
El beso sincero a Jesús, cuando era joven, lo salvó. Jesús no
olvida cualquier detalle que hagamos, con verdad y sinceridad, en su
honor. Otro ejemplo. Cuando los comunistas se apoderaron de Vietnam
del Norte, muchos católicos huyeron hacia el Sur en busca de
libertad. Uno de ellos era un muchacho de 14 años, que llevaba un
paquete pesado sobre los hombros. Con frecuencia, debía descansar y
tomar un poco de agua por el intenso calor del verano. Algunos que
lo veían tan cansado, le aconsejaban que dejara el paquete para
poder caminar más deprisa, pues podían atraparlo los soldados
comunistas, que perseguían a los fugitivos. Pero el joven no hacía
caso y decía:
Este paquete me lo han confiado mis padres para que lo cuide. He
perdido otros, pero éste no puedo perderlo. ¿Qué llevas para que
sea tan importante para ti? El Cristo de la familia.
Aquel jovencito no quería perder aquel crucifijo, que era una
herencia de la familia. Quería conservar con él la tradición
católica familiar y la fe que le habían transmitido. Por fin,
llegó al Sur con la alegría de haber salvado al Cristo de la
familia y con él la fe y la tradición familiar. José Schweidel
fue uno de los doce generales húngaros, fusilados el 6 de octubre
de 1849. Antes de morir, le dijo al capellán:
Padre, aquí tiene este crucifijo, heredado de mi padre; lo he
llevado siempre. Le ruego que se lo entregue a mi hijo.
Hermoso gesto de fe. Ojalá que muchas familias supieran
conservar con amor sus imágenes y transmitirlas como una herencia
valiosa a sus hijos.
Cristo siempre nos espera con los brazos abiertos, como en la
cruz, para que, en los momentos difíciles, podamos acudir a Él o
pedirle ayuda en nuestros problemas y dificultades de la vida
diaria.
En una gran ciudad alemana, durante la segunda guerra mundial,
los bombarderos aliados destruyeron, entre otras muchas cosas, la
hermosa catedral. El Cristo, que presidía el altar mayor, quedó
literalmente destrozado. Después de la guerra, los habitantes de la
ciudad decidieron reconstruir el Cristo, pedazo a pedazo, con
paciencia. Así quedó todo el cuerpo bien formado, pero faltaban
los brazos, de los que no había quedado ni rastro. ¿Qué hacer?
¿Fabricarle otros nuevos? ¿Guardarlo mutilado en la sacristía?
Por fin decidieron dejarlo sin brazos y colocarlo en el altar mayor
con un letrero que decía: Tus brazos serán los brazos de Cristo.
Recuerdo muy bien aquel domingo 31 de mayo de 1970. Estaba en Lima
camino al hospital Santa Rosa donde era capellán, cuando sentí que
algo raro sucedía. La gente salía asustada de sus casas, porque
había temblor de tierra. Al llegar al hospital, mucha gente estaba
llorosa, pues habían sentido mucho miedo de que pudiera ser un gran
terremoto de consecuencias catastróficas. En Lima apenas hubo
consecuencias y todo pasó. Sin embargo, fue uno de los terremotos
más devastadores de la historia peruana. Aquel día a las 3 y 20
minutos de la tarde, en la ciudad de Yungay, al Norte, todo era
vida, risas, fiestas. Un minuto después todo quedó en silencio y
las risas se convirtieron en pánico y en gritos de los
sobrevivientes, que estaban en la parte alta, junto al cementerio.
Aquel domingo 31 de mayo de 1970, a las 3,21 p.m. toda la ciudad
de Yungay quedó enterrada por un aluvión, que vino del nevado
Huascarán, y la sepultó con sus 30.000 habitantes. Fueron muy
pocos los que se salvaron; pero, en la parte alta, en el cementerio,
quedó en pie la imagen de Cristo con los brazos abiertos, como
diciendo a los sobrevivientes, que Él es la Vida, pero la Vida
verdadera, la vida eterna y que esta vida es sólo un paso para la
eternidad.
Sí, hay que vivir con seriedad y responsabilidad para la
eternidad. Como diría el poeta inglés Keats, la tierra es el valle
donde se forman las almas. Esta vida es una prueba o un examen para
la eternidad. Por eso, hay que recordar frecuentemente las palabras
del Génesis: Acuérdate de que eres polvo y en polvo te vas a
convertir... Y eso puede ocurrir en cualquier momento. Hay que vivir
sanamente, con sanas alegrías, pero también vivir bien con la
conciencia tranquila y la sonrisa a flor de labios, sabiendo que
Dios nos ama y nos espera con los brazos abiertos más allá de esta
vida, más allá de las estrellas, más allá de la muerte.
SÉ TÚ MISMO
No quieras ser en todo como los demás. No seas como Vicente que
va donde va la gente. No te dejes llevar de la moda o de la
propaganda. No sigas en todo lo que hacen o dicen los demás. Tú
eres diferente. Y Dios no hace fotocopias. Tú debes ser tú mismo y
cumplir tu misión, que es diferente de la de los demás. No te
lamentes de no ser alto y fuerte como otros; no te entristezcas,
porque no eres tan inteligente y bello como otros; no tengas
envidia, porque hay otros que son más ricos y tienen más cosas que
tú. Tú debes ser tú mismo. No seas como aquel águila real que
creía que era una gallina, y no podía volar, porque lo había
incubado una gallina y siempre había vivido entre gallinas. Tú
eres un águila real de Dios. Quizás no puedes caminar o no puedes
trabajar, pero tú puedes amar y, en las alas del amor, puedes
llegar a los últimos rincones de la tierra para amar, ayudar y
hacer felices a los demás, ofreciendo a Dios tu amor y tus
sacrificios.
Tú eres un águila divina y estás llamado a volar por las
alturas, no te contentes con el barro de las charcas como los
gusanos, que sólo piensan en las cosas de la tierra. Levanta tu
mirada hacia el infinito de Dios, mira las estrellas y corre, vuela
hacia Dios, que te espera y, un día, te llamará a su presencia
para felicitarte y hacerte eternamente feliz.
Quiero contarte un hermoso cuento. Había una vez un hermoso
jardín con manzanos, naranjos, perales y bellísimos rosales, todos
felices y satisfechos. Pero había un árbol muy triste. El pobre
tenía un problema: No sabía quién era. El manzano le decía:
Te falta concentración. Si realmente lo intentas, podrás dar
sabrosas manzanas. Mírame a mí y verás qué fácil es.
Pero el rosal le decía:
No hagas caso. Es más sencillo tener rosas. Mira qué hermosas
son.
Y el árbol intentaba concentrarse y hacer lo que le sugerían y
no lograba nada y se sentía frustrado. Un día, entró en el
jardín un búho y, al ver su desesperación, le dijo:
No te preocupes, tu problema no es tan grave, no imites a los
demás, trata de ser tú mismo. Escucha tu voz interior. ¿Mi voz
interior? ¿Ser yo mismo?
Y, por fin, sintió su voz interior que le decía:
Tú nunca darás manzanas, porque no eres un manzano. Jamás
florecerás, porque no eres un rosal. Eres un roble y tu destino es
crecer grande y majestuoso para dar cobijo a las aves, sombra a los
viajeros y belleza al paisaje. Tienes una gran misión, cúmplela.
Y el árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo; y a partir
de ese día, nunca más volvió a estar triste, sintiéndose feliz
cada vez que algún ave venía a cobijarse bajo sus ramas o cuando
algún viajero buscaba sombra a sus pies. De esta manera, fue
respetado y admirado por todos y se sintió feliz.
Así que ya sabes, Dios espera mucho de ti. No te desanimes nunca
por tus fracasos. El único fracasado es el que se da por vencido.
Además, Dios no mira tanto los éxitos sino los esfuerzos. Si tú
has puesto de tu parte todo lo que podías, tu Padre Dios está
sumamente orgulloso de ti, su hijo. No temas, a los que te
desprecian. Mira siempre hacia delante y, a pesar de tus errores y
fracasos, procura siempre aprender la lección, pues en cada fracaso
puedes aprender algo bueno para el futuro.
Había una vez un arqueólogo europeo que se dio su paseo por la
India y quiso visitar los más antiguos templos y murallas, y todos
los edificios que quedaban de las antiguas culturas milenarias. Un
día iba por un sendero de una alta montaña, donde había profundos
abismos. Tenía miedo de dar un resbalón, pues sería el fin de su
vida y de su carrera. Iba cansado, a pesar del poco equipaje. De
pronto, vio a una niña de unos diez años, cargando a un niño
gordito sobre sus hombros. Ella iba sudando, respirando pesadamente
y, cuando pasó a su lado, él le dijo:
Niña, debes estar muy cansada. Llevas mucho peso.
Y la niña le respondió:
Tú eres el que llevas mucho peso. Esto no es peso, es mi
hermanito.
Dice la tradición que aquel día, aquel gran arqueólogo
aprendió que más importante que todas las cosas del mundo son las
personas y que, mientras no amemos a las personas, nunca podremos
dar sentido a la vida ni ser felices.
Otra cosa importante que debes aprender es a luchar con
perseverancia. Es fácil trabajar y luchar por un ideal durante un
mes, un año..., pero ¿toda una vida? Se cuenta que Winston
Churchill fue invitado, después de la segunda guerra mundial, para
que contase a sus paisanos el secreto de su éxito. El auditorio
estaba totalmente lleno y había una gran expectación por escuchar
su discurso. Él sacó una hoja de su bolsillo y dijo: Nunca, nunca,
nunca te des por vencido.
Hizo una pausa, guardó el papel y tomó asiento. El auditorio
pareció desconcertado; pero, después de unos segundos, comenzó a
aplaudir, pues había entendido que el éxito de su vida había sido
la perseverancia. Porque el mundo no se divide entre tontos e
inteligentes, sino entre los que trabajan con esfuerzo, ilusión y
perseverancia, y los que trabajan, siguiendo la ley del mínimo
esfuerzo. Por eso, vive tu vida con los dones y cualidades que Dios
te ha dado. No importa, si son más o menos que los de los demás.
Sé tú mismo. Cumple tu misión, que es única en el mundo. Vive
con perspectivas de eternidad. Vive para Dios y para los demás.
Acéptate como eres. No te rechaces a ti mismo. Por un defecto o
por un fracaso no puedes concluir que siempre serás un fracasado.
Sería muy triste que, al morir, Dios te dijera: Si hubieras sido
perseverante, si lo hubieras intentado una sola vez más, lo
habrías conseguido; pero no lo hiciste y dejaste tu misión
inconclusa y a medio camino. Despierta de tu apatía y de tu
tristeza. Son infinitamente más los dones y tesoros que tienes que
tus defectos y fracasos. ¿Acaso no estas vivo? ¿Puedes oír, ver,
caminar? ¿O prefieres tener dinero y éxito sin tener salud?
¿Prefieres estar muerto para no tener ya ningún problema? No
desertes de la vida. Todavía tienes mucho camino por delante y Dios
espera mucho de ti y confía en ti. ¿No confías tú en Él?
Ciertamente, NO ERES TODO LO QUE PUDISTE HABER SIDO, PERO TAMPOCO
ERES TODO LO QUE PUEDES LLEGAR A SER. Ponte de pie, toma tu vida en
serio y camina hacia delante. No te detengas. No vuelvas la mirada
atrás. No pienses en el tiempo perdido y en las oportunidades
desperdiciadas. Mira a Dios, que te espera al final del camino y
camina con paso firme, cumpliendo cada día tu misión. Porque Dios
te ama así tal como eres, gordo o flaco, bajo o alto, pobre o rico,
inteligente o de pocas cualidades intelectuales. Dios es tu Padre y
tú eres su hijo y eso es más importante que todos los títulos y
que todos los tesoros del mundo entero.
Él te dice: Hijo mío, eres lo más importante del mundo para
Mí. Desde toda la eternidad he pensado en ti y te he amado. No
tengas miedo, confía en Mí. Yo te amo y estoy a tu lado en todo
momento. Cuando tengas problemas, acude a Mí y no te preocupes por
el día de mañana, pues todo está en mis manos. Confía en Mí y
duerme tranquilo entre mis brazos.
REFLEXIONES
Ilumina con los destellos de tu vida el camino de los demás. No
te quejes ni te lamentes por cualquier cosa. En vez de lamentarte de
que las rosas tienen espinas, felicítate de que las espinas están
cubiertas de rosas. Ofrece a Dios tus dolores con amor, para que
tengan un valor sobrenatural. Ve siempre el aspecto positivo de las
cosas. Sé optimista. Siembra estrellas en el camino de tus
hermanos, haz siempre el bien y nunca hagas daño a nadie. Procura
llenar cada minuto de sesenta segundos que te lleven al cielo. Nunca
pierdas el tiempo. El tiempo es un tesoro que Dios pone en tus manos
y debes aprovecharlo al máximo, pues se agota minuto a minuto.
Aprende a vivir, es decir, aprende a amar. Ten siempre la idea
fija de hacer felices a los que te rodean. Que nadie se aleje de ti
sin ser mejor ni más feliz. Nunca te canses de amar sinceramente a
los demás. Sonríe a todos. La sonrisa es el camino más corto
entre dos personas. Deja ver el cielo que hay en tu corazón y
sonríe mucho. Sonríe a Dios cada mañana al despertar y dale los
buenos días. Haz cada día algo para iluminar el mundo y la vida.
No seas mentiroso, sé un hombre honorable, que respeta y cumple
siempre su palabra. No seas perezoso, la pereza camina tan despacio
que la pobreza la alcanza pronto. No seas mediocre, esfuérzate al
máximo y da lo mejor de ti mismo. No robes, ni siquiera un
céntimo. Sé honrado hasta en los más mínimos detalles. Y sé
responsable en todos tus actos. Vive para la eternidad. Dios valora
tus esfuerzos y no tus éxitos humanos. Y, cuando te hagan daño,
aprende a perdonar. Nunca guardes rencor en tu corazón. El odio y
el rencor es un veneno que te enfermará el cuerpo y te dañará el
alma.
Y, por encima de todo, trata de amar a todo el mundo y darle buen
ejemplo. Sirve a todos desinteresadamente sin esperar recompensa.
Dios te recompensará y te hará feliz eternamente. Hazlo todo con
amor, pues Dios no mira tanto lo que haces, sino el amor con que lo
haces. Piensa en los demás. No quieras vivir feliz tú solo. Nadie
tiene derecho a ser feliz él solo, cuando a su alrededor hay gente
con hambre y con dolor.
Si fueras capaz de comprender la miseria de los demás y la
necesidad que tienen de ti, llegarías a ser hombre de verdad, pues
harías algo por ayudarlos y tu vida resplandecería de felicidad,
al ver felices a los demás.
Como decía Amado Nervo: Siempre que haya un hueco en tu vida,
llénalo de amor. En cuanto tengas delante de ti un tiempo baldío,
llénalo de amor. No pienses: sufriré. No pienses: me engañarán.
No dudes. Ve, simplemente, diafanamente, regocijadamente, en busca
del amor, del amor puro y limpio, fraterno y servicial. Ama todo lo
que puedas, pero ama siempre, y siempre que haya un hueco en tu
vida, llénalo de amor.
Por eso, haz el bien que puedas, por todos los medios que puedas,
de todas las maneras que puedas, en todos los sitios que puedas, a
todas las horas que puedas, a toda la gente que puedas, durante todo
el tiempo que puedas.
De esta manera, tu vida será una luz para los demás y, al
morir, podrás decir con alegría: Ha valido la pena haber vivido y
dar mi vida por los demás. Ahora voy a vivir feliz eternamente con
mi Padre Dios en el cielo.
Dile ahora mismo:
Señor, haz que sea una pequeña flor para ti, siempre con los
pétalos abiertos hacia lo alto, para agradecerte y abrazarte en
todo momento. No me dejes solo. Espérame siempre; aunque, a veces,
me pierda entre las preocupaciones de la vida diaria. Espérame con
los brazos abiertos.
- Sí, hijo mío, comprendo tus problemas, seco tus lágrimas y
te hago compañía para que nunca estés solo y, confío en ti y
seguiré esperando en ti, porque eres mi hijo y yo te amo.
CONCLUSIÓN
Después de haber leído los ejemplos de este libro, espero que
tu vida se haya iluminado para poder tener ideas claras y poder
decidir mejor sobre lo que tienes que hacer. Ojalá que las páginas
de este libro te hayan servido como luz en tu camino para que
enciendas tu vida con los valores eternos de las virtudes y puedas
iluminar con el ejemplo de tu vida a cuantos andan extraviados o
confundidos, y no conocen el camino de Dios y de la verdadera
felicidad. Porque sin Dios, nadie puede ser feliz de verdad...
Podrá disfrutar de placeres pasajeros; pero, tarde o temprano, se
dará cuenta de que su vida está vacía por dentro. Y ¡qué triste
será, al final, encontrarse con haber malgastado la vida y no tener
nada que presentar ante el tribunal de Dios!
Por eso, te deseo un camino brillante y resplandeciente por la
vida. Mira siempre a las estrellas. Irradia como un espejo la luz
del sol sobre las vidas de tus hermanos. No seas pesimista, no hagas
nunca daño, no te destruyas con vicios y placeres inmorales. Vive
para la eternidad y vive con Dios en tu corazón. María, nuestra
Madre, te ayudará en tu caminar. Y no olvides que tienes un ángel
bueno, que también te acompaña e ilumina tu camino.
¡Feliz viaje por la vida! ¡Que Dios te bendiga! ¡Te deseo lo
mejor! Saludos de mi ángel.
Tu hermano y amigo del Perú. P. Ángel Peña O.A.R. Agustino
Recoleto
BIBLIOGRAFÍA
Comastri Angelo, Dio è amore, Ed. San Paolo, Turín, 2003.
Comastri Angelo, Dov'è il tuo Dio?, Ed. San Paolo, Turín, 2003.
Comastri Angelo, Non uccidete la libertà, Ed. San Paolo, Turín,
2005. Frossard André, Dios existe, yo me lo encontré, Ed. Rialp,
Madrid, 2001. Gandhi Mahatma, Autobiografía, Ed. Arkano books,
Madrid, 2002. Guitton Jean, Lo que yo creo, Ed. Acervo, Barcelona,
1973. Hernández Afrodisio, Señales de pista, Trujillo (Perú),
2004. Madre Angelica, Respuestas, no promesas, Ed. EWTN, 1998.
Martínez José Julio, Estos dan con alegría, Ed. Edapor, Madrid,
1983. Mehan McKenna, El adviento y la Navidad, Ed. Sal Terrae,
Santander, 1999.
Todos los libros del autor están publicados en:
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