HACIA LA SANTIDAD
P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.
LIMA - PERÚ
Nihil Obstat P. Fortunato Pablo Prior Provincial Agustino
Recoleto
Imprimatur Mons. Carmelo Martínez Obispo de Chota (Perú)
2003
ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: LA SANTIDAD Dios te quiere santo. Deseo de
santidad. Ser santo según tu vocación. Santos diferentes. La
santidad es amor. Necesidad de la oración. Todo por amor. La
comunión de los santos. a) Los ángeles b) Los santos c) Las almas
del purgatorio d) Los hombres de la tierra. Confianza total. a)
Nguyen Van Thuan b) Madre Teresa de Calcuta c) Madre Angélica d)
Santa Gianna Baretta. Ser misionero.
SEGUNDA PARTE: EXPERIENCIAS MISIONERAS Vida misionera. Correrías
apostólicas. La misa. La confesión. Sacrificios. Alegrías. Los
pobres. Los enfermos. Los protestantes. Promoción vocacional. Ser
sacerdote. Religiosas misioneras. El amor a María. La protección
del ángel. En el hospital. Oraciones Misioneras: Misionero en los
Andes. En la Sierra del Perú. Siguiendo el camino. Hablando con
Dios. En un rincón de la tierra. Cantando con los ángeles. En la
Selva. Frente al mar. Con Jesús Eucaristía.
TERCERA PARTE: DESEOS DE SANTIDAD VIDAS EJEMPLARES: Mi maestro.
Mi amigo Agustín. Accidente fatal. El campesino pobre. El vendedor
de flores. Un santo sencillo. El mendigo santo. SUEÑOS DE SANTIDAD:
Sueño con Jesús. Soñando en la soledad. Mi alma en primavera.
ANSIAS DE SANTIDAD: Mi alma enamorada de Jesús. Mi entrega. Amar a
Jesús. Ansias de santidad. Alabar a Jesús. Mensaje de Jesús. La
vida. Hacia la santidad.
CONCLUSIÓN HACIA LA SANTIDAD
INTRODUCCIÓN
Los santos son los frutos más hermosos de la humanidad, son la
riqueza de la Iglesia. Son los que más han contribuido a la
felicidad de la humanidad, porque la verdadera felicidad sólo se
encuentra en Dios, y ellos han contribuido con su vida y su ejemplo
a hacer un mundo mejor, más humano y más feliz.
Los santos son nuestros hermanos, no son seres de otras galaxias.
Nacen y viven y mueren como nosotros, pero con la diferencia de que
ellos viven inmersos en Dios. Por eso, su vida es una obra maestra
de la gracia divina. Ellos son los hombres de Dios por excelencia,
los amigos de Dios, sus hijos predilectos.
Pues bien, Dios quiere que seamos santos, porque quiere que
seamos felices, y las personas más felices son, precisamente, los
santos. Y tú ¿quieres ser feliz? ¿Y no quieres ser santo? ¿No te
parece una contradicción? ¿O quieres ser feliz solamente con
placeres y comodidades de este mundo, que pasa como nube mañanera?
¿No quieres ser feliz para siempre?
Recuerda que los santos son los que más aman. La santidad es
amor. ¿Estás dispuesto a amar a Dios y a los demás sin
condiciones, con una entrega total? Si es así, este libro es para
ti. Te felicito por tus deseos de santidad. Vale la pena intentarlo.
Cuento contigo.
PRIMERA PARTE
LA SANTIDAD
En esta primera parte, vamos a tratar de la santidad y de cómo
todos nosotros podemos y debemos ser santos. Porque la santidad no
es un privilegio de unos pocos, sino un deber de todos. Y, si Dios
quiere que seas santo, ¿por qué tú no lo vas a querer? ¿Crees
que es muy difícil? Para ti solo es imposible, pero no olvides lo
que dice Jesús: “Sin Mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5), pero
“todo es posible al que cree” (Mc 9,23). Por eso, San Pablo
afirma: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil 4,13).
DIOS TE QUIERE SANTO
Dios, tu Padre, que te ha creado, quiere lo mejor para ti Y, por
eso, quiere que seas santo. La voluntad de Dios es tu santificación
(1 Tes 4,3). Dios te eligió desde antes de la formación del mundo
para que seas santo e inmaculado ante Él por el amor (Ef 1,4). Por
eso, en la Biblia, que es una carta de amor de Dios, se insiste
mucho: “Sed santos, porque yo vuestro Dios soy santo” (Lev 19,2;
20,26). Y Jesús nos dice: “Sed santos como vuestro Padre
celestial es santo” (Mt 5,48). Así que tú y yo, y todos
"los santificados en Cristo Jesús, estamos llamados a ser
santos" (l Co 1,2).
El mismo Catecismo de la Iglesia Cató1ica nos habla en este
sentido: "Todos los fieles son llamados a la plenitud de la
vida cristiana" (Cat 2028). "Todos los cristianos, de
cualquier estado o condición están llamados cada uno por su propio
camino, a la perfección de la santidad" (Cat 825).
En el concilio Vaticano II, en la Constitución "Lumen
gentium", todo el capítulo V está dedicado a la vocación
universal a la santidad. Y dice en concreto: “Quedan invitados, y
aun obligados, todos los fieles cristianos a buscar insistentemente
la santidad y la perfección dentro del propio estado” (Lumen
gentium n° 42).
Así que está claro que puedes ser santo. Dios lo quiere ¿y
tú? No digas que no tienes las cualidades necesarias. No digas que
Dios no te ha llamado. No has venido al mundo por casualidad. No
eres un cualquiera para Dios, no eres uno más entre los millones de
hombres que han existido, existen o existirán. Él te ama con un
amor personal. Él te conoce por tu nombre y apellidos. Él quiere
siempre lo mejor para ti y sigue soñando maravillas en tu vida.
¿Lo vas a defraudar en sus planes divinos? ¿Crees que no vales
nada? ¿Crees que todos los demás valen más que tú? Tú tienes
que cumplir tu misión y ser santo, cumpliendo tu misión con las
cualidades que Dios te ha dado. No envidies a nadie. No sueñes con
otras misiones, no te sientas triste por no tener lo que tú
quisieras “humanamente hablando”. Dios te ama así como eres. No
te compares con los demás para devaluarte o para creerte superior.
Levántate de tus cenizas y de tus pecados. Levanta la cabeza y mira
hacia el cielo. Allí te espera tu Padre Dios y cuenta contigo para
salvar al mundo.
Sé humilde y servicial con todos. Sé amable, procura hacer
felices a cuantos te rodean. Sé instrumento del amor de Dios para
los demás. Que el amor sea la norma suprema de tu vida y que, por
amor, des tu vida entera a1 servicio de los demás. Y tu Padre Dios
se sentirá orgulloso de ti y te sonreirá en tu corazón y
sentirás su paz y felicidad dentro de ti. No temas. Jesús te
espera en la Eucaristía para ayudarte y nunca te abandonará.
María es tu Madre y vela por ti. Los santos son tus hermanos. Y un
ángel bueno te acompaña.
DESEO DE SANTIDAD
El primer paso para ser santo es querer ser santo. Si no quieres
serlo, porque crees que es imposible para ti o simplemente no
quieres, porque crees que hay que sufrir demasiado y prefieres tu
vida tranquila y sin complicaciones... Entonces, estás perdido y
nunca llegarás a la santidad.
Santa Teresa de Jesús nos habla de que hay que tener una
"determinada determinación", una decisión seria de
querer ser santos. Evidentemente, las personas que tienen una
voluntad muy débil y que se quedan en bonitos deseos, pero no ponen
de su parte y no se esfuerzan, nunca podrán llegar a ser santos,
mientras no adquieran esa fuerza de voluntad que es necesaria para
hacer grandes cosas.
Recuerdo que un día estaba paseando con otro sacerdote y se nos
acercó un buen hombre que le dijo a mi compañero: “Padre, Ud. es
un santo”. Y él le dijo: “No soy santo, pero quiero ser
santo". Una buena respuesta, reconocer que somos pecadores y
nos falta mucho, pero decir claramente y sin vergüenza: “Quiero
ser santo”. Personalmente, cuando me dicen algo así, les digo:
“Solamente soy un aspirante a la santidad”, ¿y tú?
Si quieres ser santo de verdad, debes comenzar por ser un buen
cristiano. Eso significa que nunca debes mentir, ni robar, ni decir
malas palabras ni ser irresponsable. Eso supone una decisión firme
de evitar todo lo que ofenda a Dios y a los demás y querer ser
siempre sincero, honesto, honrado, responsable...
Una vez que estás bien encaminado y deseas amar a Dios sobre
todas las cosas, no debes angustiarte por no ver avances
importantes, pues la santidad es un regalo de Dios que debes pedir
también humildemente todos los días. ¿Lo pides de verdad y con
sinceridad? Pero no pidas un determinado tipo de santidad, sea con
dones místicos o sin ellos, con buena salud para trabajar o con
enfermedad, con puestos importantes o sin ellos. Déjale a Dios que
escoja el tipo de santidad que quiere para ti. Él te conoce y te
ama, déjate llevar sin condiciones, e invoca a tu santo patrono.
¡Qué importante es tener un nombre cristiano y tener un santo
protector a quien invocar con devoción!
SER SANTO SEGÚN TU VOCACIÓN
Toda vocación, incluida la del matrimonio, es un compromiso de
fidelidad, lo cual implica un riesgo, pero vale la pena arriesgarse
como se arriesga el sembrador al echar 1a semilla o quien se va de
viaje o quien comienza una empresa. El que no quiere correr riesgos
y no se arriesga, nunca hará nada que valga la pena. Por eso, cada
vez hay más hombres que no quieren casarse, y prefieren divertirse
como solteros o, a lo sumo, convivir para poder después romper
fácilmente el compromiso matrimonial. Pareciera que hoy la mayor
parte de la gente no quiere compromisos definitivos. Pero la
vocación es una elección libre, responsable y definitiva, para
toda la vida. Compromete toda la vida hasta sus últimas
consecuencias. Es una entrega total. Por eso, hay que cultivar todos
los días la fidelidad a la propia vocación, siendo fiel en los
más pequeños detalles. Hay que evitar los permisivismos, que
ofuscan la mente y el corazón, pues nos hacen huir del sacrificio y
del esfuerzo, buscando el mínimo esfuerzo y haciendo siempre lo
mínimo indispensable.
Lamentablemente, hay muchos hogares, conventos y seminarios en
los que se ofrecen toda clase de comodidades y se exige muy poco, y
por este camino nunca se conseguirán verdaderas vocaciones. La
auténtica vocación muere en un ambiente de mediocridad. Los medios
términos y las medias tintas la dejan fuera de combate. La
vocación debe cultivarse cada día en la renuncia a muchas cosas
buenas, pero inconvenientes.
La santidad no se improvisa, no se consigue de un día para otro.
La santidad es un camino de subida hacia la altura y supone esfuerzo
y trabajo personal. Es sólo para esforzados que tienen fuerza de
voluntad y saben perseverar sin volver atrás. Quizás necesites
toda la vida para prepararte y madurar lo suficiente, o quizás Dios
te regale la santidad en el último momento como un don, en
consideración a tantos años de oración, pidiéndole esta gracia.
Dios tiene caminos distintos para cada uno.
Como dice el poeta León Felipe:
Nadie fue ayer, ni va hoy ni irá mañana hacia Dios por este
camino que yo voy. Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el
sol... y un camino virgen Dios.
Lo importante es no desanimarte nunca en este camino, que, a
veces, está lleno de piedras y espinas. Tu camino es único y
distinto al de todos los otros santos. Dios tiene para ti un plan
único. Tú no eres una fotocopia de otros santos, sino una flor
única en el jardín de Dios. Por eso, no dejes nunca tu oración
personal por muy cansado que estés y, dado que la santidad es una
conquista personal y un regalo de Dios, debes pedirla todos los
días. Dile todos los días: “Señor, hazme santo”. Y pide a
todos los que puedas que te ayuden con sus oraciones por “una
intención especial”. Así podrás obtener muchas bendiciones,
porque otros muchos te encomiendan en sus oraciones.
Sin embargo, no necesitas entrar a un convento o hacer grandes
penitencias o grandes obras para ser santo. Basta que cumplas
fielmente tus obligaciones de cada día con amor.
Éste fue precisamente el gran mensaje que dejó al mundo el
fundador del Opus Dei, el santo Josemaría Escribá de Balaguer. Él
decía: “La santidad grande que Dios nos reclama se encierra aquí
y ahora en las pequeñas cosas de cada jornada” (Amigos de Dios
312). “La santificación del trabajo ordinario constituye como el
quicio de la verdadera espiritualidad para los que, inmersos en las
rea1idades tempora1es, estamos decididos a tratar a Dios" (ib.
61). “Dios nos espera cada día en un laboratorio, en el
quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra
universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el
hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo. Sabedlo
bien, hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más
comunes que toca a cada uno de vosotros
descubrir"(Conversaciones 114).
“Hay que santificar el trabajo, santificarse en el trabajo,
santificar a los demás con el trabajo” (ib. 55). Por eso, “vive
tu vida ordinaria, trabaja donde estás, procurando cumplir los
deberes de estado. Sé leal, comprensivo con los demás y exigente
contigo mismo. Sé mortificado y alegre. Ése será tu apostolado”
(Amigos de Dios 273).
Pregúntate a cada instante como aquella abuelita: “Esto que
voy a hacer ¿le gustará a Jesús? ¿Qué haría Jesús en mi
lugar?” Si te hicieras estas preguntas frecuentemente, podrías
ver las cosas de distinta manera y no desde un punto de vista
demasiado humano y egoísta.
El Papa Juan Pablo II, en la carta apostólica “Novo Millennio
ineunte”, dice: “El ideal de perfección no ha de ser
malentendido como si implicase una especie de vida extraordinaria,
practicable sólo por algunos “genios” de la santidad. Los
caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de
cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y
canonizar durante estos años a tantos cristianos, y entre ellos a
muchos laicos, que se han santificado en las circunstancias más
ordinarias de la vida. Ahora es el momento de proponer de nuevo a
todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana
ordinaria”.
Así que ya lo sabes, tú también puedes ser santo, tienes
madera de santo y estás ya inscrito en la lista de los futuros
santos. ¿Te vas a retirar de la carrera por cobardía o por
comodidad? ¿Qué te dirá tu Padre Dios, que desea siempre lo mejor
para ti? Él cuenta contigo, no lo olvides.
SANTOS DIFERENTES
Si analizas la historia de la Iglesia, verás cómo ha habido
santos de todos los colores, de todas las razas y en todos los
tiempos y lugares. Ninguna profesión tiene la exclusiva de la
santidad y ninguna esta excluida de ella. Hay santos para todos los
gustos, desde niños pequeños a abuelitos, desde débiles doncellas
a robustos soldados, desde reyes o Papas a agricultores analfabetos.
Veamos algunos ejemplos:
Reyes: San Luis Rey de Francia y San Fernando, rey de Castilla.
Santa Isabel de Hungría o Santa Isabel de Portugal.
Soldados: San Sebastián, el capitán romano que murió mártir,
atravesado por varias flechas. Y tantos otros mártires de las
legiones romanas en los primeros siglos de cristianismo.
Profesores: San Juan Bosco, Marcelino Champagnat y tantos santos
y santas dedicados a la educación de la niñez y de la juventud.
Políticos: Santo Tomas Moro, nombrado el 3-10-2000, por el Papa
Juan Pablo II como el patrono de los políticos. Él ocupó el cargo
de canciller de Inglaterra y, por oponerse a la anulación del
matrimonio del Rey Enrique VIII, fue decapitado en 1535.
Madres de Familia: Santa Mónica, la madre de San Agustín. Santa
Francisca Romana, que tuvo 3 hijos y ayudaba admirablemente a todos
los necesitados. Santa Catalina de Génova, la santa del purgatorio,
que consiguió convertir a su esposo con su vida sacrificada y
santa; al igual que la Beata Ana María Taigi y miles y miles de
madres santas, reconocidas por la Iglesia.
Niños: San Pelayo y San Tarsicio, que fueron cruelmente
asesinados por amor a Jesús. Y los beatos Jacinta y Francisco,
videntes de Fátima.
Sabios: San Jerónimo, San Agustín, Santo Tomás de Aquino y
tantos otros doctores de la Iglesia.
Esclavos: Santa Baquita, la joven africana, cinco veces vendida y
cinco veces comprada como esclava. Se hizo religiosa y llegó a ser
un ejemplo de santidad en el convento.
Indígenas: San Juan Diego, el vidente de la Virgen de Guadalupe,
y Katerina Tekakwitha (1659-1682), apache de USA, beatificada el 22
de junio de 1980.
Médicos: San Cosme y San Damián, que por su caridad
desinteresada, al final, terminaron siendo mártires de nuestra fe.
Zapateros: San Crispín y San Crispiniano, dos mártires del
siglo III
Empleadas de Hogar: Santa Zita, que desde los 12 años sirvió
como empleada en una familia distinguida hasta su muerte, o Angela
Salawa, beatificada por el Papa Juan Pablo II el 13 de agosto de
1991.
Papas: Los beatos Pío IX y Juan XXIII, de feliz memoria, y otros
muchos como San Pedro, San Lino, San Cleto... De los 264 Papas, que
ha habido hasta ahora, la tercera parte han sido santos. Ninguna
profesión tiene un récord tan alto. Y no olvidemos a los cientos
de sacerdotes y religiosas, que sería demasiado largo enumerar.
Esposos: San Isidro labrador y su esposa; Luigi y María Beltrame
Quattochi (siglo XX) que, según dijo el Papa Juan Pablo II,
vivieron una vida ordinaria de modo extraordinario y fueron
beatificados el 21 de octubre del 2001. Tuvieron cuatro hijos, dos
de ellos sacerdotes.
Incluso, hay familias enteras de santos como la familia de San
Basilio y su esposa Emelia con todos sus hijos: Pedro de Sebaste,
Gregorio Niseno, Macrina y el grande San Basilio Magno. (siglo IV)
Y también la familia del venerable Tescelín, su esposa la beata
Alicia y sus hijos los beatos Guy, Gerardo, Humbelina, Andrés
Bartolomé, Nivardo y el gran San Bernardo de Claraval. (siglo XII)
Todos han sido santos por el amor.
LA SANTIDAD ES AMOR
Piensa en amar y en hacerlo todo con amor y por amor, es decir,
en convertir todas tus obras en amor. Trabaja con amor y ofrécelo
todo con amor.
La santidad es amor. Por eso, si vas a una casa o a una Comunidad
religiosa y quieres saber quién es el más santo, observa quién es
el que más ama. No es el que mejor habla de Dios o de las cosas
espirituales. No es el que trabaja más por el Señor ni desempeña
los cargos más importantes. Ni siquiera el que más horas está
retirado de los otros en supuesta oración. Observa al que hace las
cosas que más cuestan, al que está más pronto para hacer
cualquier sacrificio para servir a los demás, al que hace las cosas
que los otros no quieren, al que está más con los enfermos o
aguanta mejor a los de carácter violento.
Si en estos casos, no lo ves murmurar y lo ves alegre y contento.
Si hace el bien calladamente y sufre en paz y con paciencia,
tratando siempre de sonreír y hacer felices a los demás. Si sufre
con amor sus propios sufrimientos o debilidades... ahí está el
santo.
Santo es el que ama a Dios y se abandona a sus planes y le puede
decir en cada momento: “Señor, soy tuyo, aquí estoy para hacer
tu voluntad”.
Hacer la voluntad de Dios en cada instante, sonreír y hacer
felices a los demás, son algunas de las pistas que te llevarán a
reconocer al que es verdaderamente santo, porque la santidad se mide
por el amor. Cuanto más amas de verdad, más santo serás. Así que
no olvides que el amor es santidad y la santidad es amor. Ahora
bien, para amar hay que orar y comunicarse con la fuente del amor,
que es Dios.
NECESIDAD DE LA ORACIÓN
Cuando yo era un joven sacerdote, durante dos años estuve en
crisis y no rezaba el rosario ni el Oficio divino ni hacía
oración. Creía que era perder el tiempo, porque no sentía nada y
tenía mucho que hacer en la parroquia. Pero, cuando ya empecé a
sentir deseos de dejar el sacerdocio, porque creía que podía hacer
mucho más por los demás, viviendo mi propia vida en el mundo...
Entonces, antes de dar el paso definitivo, tuve una brillante idea,
creo que inspirada por mi ángel, de pedir oraciones a cuatro
conventos de clausura. Y me olvidé... Pero Dios no olvida, toma en
serio nuestra oración; y, sin darme cuenta, poco a poco, fui
recuperando la fe y el deseo de orar, asistiendo a grupos
carismáticos.
Ahora, con la perspectiva de los años, me doy cuenta de que la
gran lección que aprendí es que nunca debo dejar la oración,
porque me pierdo. Cualquier santo, por más santo que sea, si quiere
dejar de serlo en el más breve tiempo posible, no tiene más que
dejar la oración. En cambio, un pecador que quiera ser santo, lo
primero por donde debe empezar es por la oración sincera de todos
los días.
En este momento, me vienen a la mente tantos miles de sacerdotes
y religiosas que, a lo largo de los años, han abandonado su
vocación. Quisiera poder preguntarles a a cada uno: “¿Dónde
dejaron su oración?” Porque se puede ser cumplidor “material”
de los tiempos de oración, asistiendo a la capilla, a disgusto, sin
poner de nuestra parte, leyendo libros que no le llegan al alma o
preparando homilías, charlas etc., pero eso no es oración. La
oración es amor y, si no hay comunicación personal con Dios,
aunque hayamos estado “en oración”, hemos estado “sin
oración” y sin amor, con el alma vacía. Eso es lo mismo que ir
al comedor y no comer. Si no comemos, si no oramos, porque no
tenemos tiempo o por lo que sea, ¿qué podemos esperar? Es la
historia, ya muy repetida, de “una muerte anunciada”.
Por mi parte, procuro ser siempre fiel a mi tiempo de oración,
consciente de mi propia debilidad humana y procuro pedir oración
por mí a todos los que puedo. Ojalá que tú hagas de tu vida una
continua oración y no sólo en los tiempos establecidos, porque
toda la vida debe ser un acto continuo de amor a Dios. A veces, es
fácil decir pequeñas jaculatorias: “Jesús, yo te amo, yo
confío en Ti” u otras parecidas, diciendo con frecuencia: “Señor,
por tu amor”.
Busca el silencio y evita el ruido.
Parece que en muchos hogares y conventos, ha hecho entrada
triunfal el ruido. Se evita a toda costa el silencio y se llenan los
tiempos libres con el televisor o el transistor o la conversación.
Muchos huyen del silencio como de un demonio. Y así nunca tienen
tiempo para leer, para pensar o para orar.
Recuerdo que Lewis en uno de sus libros habla de un experimentado
diablo del infierno que dice: "Queremos hacer del Universo un
continuo ruido. Hemos hecho grandes progresos en este sentido. El
ruido nos defiende de los estúpidos remordimientos y de los deseos
de grandes cosas, que así parecen inalcanzables”. Esto lo
escribió en 1947, pero todavía parece tener actualidad. Por eso,
tú evita las conversaciones inútiles o ruidosas, evita la música
estridente, evita perder el tiempo y busca el silencio para pensar y
orar. Busca a Dios en el silencio. Dios es amigo del silencio.
Nunca dejes la oración. Se cuenta que el diablo en una
oportunidad no podía entrar en un convento, porque todos sus
frailes eran observantes y no aceptaban sus insinuaciones para
pecar, y lo expulsaban y le cerraban las puertas. Pero un día
cambió de táctica y, en vez de insinuarles que hicieran cosas
malas, les fue inspirando hacer muchas cosas buenas, como trabajar
en la huerta, predicar, dar charlas y retiros, tener reuniones y
misas por todas partes, etc., de modo que no tenían tiempo para
orar y, cuando iban a la oración, estaban tan cansados, que se
dormían. Y, de esta manera, se fue apagando poco a poco el fervor
de aquel convento y así pudo entrar y crear divisiones y
desanimarlos en su vocación.
Trabajar y trabajar por el Señor sin oración, es la herejía de
la acción. Muchos sacerdotes y religiosas han abandonado su
vocación, porque decían: “Todo lo que hago es oración, todo el
día estoy hablando de Dios, todo lo que hago es para Dios”. Pero
una cosa muy distinta es hablar de Dios y otra es hablar con Dios.
De la misma manera, un casado que trabajara doce horas diarias,
incluidos los domingos, y no tuviera tiempo para hablar con su
esposa, estaría perdiendo a su esposa. No basta trabajar para la
esposa, hay que hablar con ella y demostrarle amor. No tener tiempo
para orar, es no tener tiempo para amar; y sin amor y sin oración,
la vida está vacía. Hasta los casados necesitan tener tiempo para
orar, pues de otro modo, sus corazones se sentirán vacíos, al
faltarles el amor de Dios, y entonces... todo puede suceder.
Una cosa, que siempre me ha llamado la atención, es que todos
los santos sin excepción han sido muy devotos de María. Así que,
si quieres ser santo, tampoco desprecies la ayuda que Dios te quiere
dar por medio de María. Invócala como a una Madre cariñosa,
conságrate a Ella, ofrécele cada día el santo rosario, y así
sentirás palpablemente su protección y su amor de Madre. Yo
siempre le tuve mucha devoción, ¿no pudo ser Ella quien salvó mi
sacerdocio? Yo así lo creo. Te recomiendo consagrarte a María y
por María conságrate a Jesús, para hacer de Jesús el centro de
tu vida. Jesús te espera siempre como un amigo en la Eucaristía.
Ten con Él los mismos sentimientos y actitudes que tendrías con
una persona, a quien amas mucho. ¿Cuántos besos le has dado a
Jesús en esta semana o en este día en alguna imagen? ¿Has
comulgado? ¿Le ofreces todas tus cosas como flores de amor?
Dile que lo amas con todo tu corazón, con toda tu alma y con
todo tu ser. Entrégate a Él en cuerpo y alma. Ríndete a sus pies,
porque Él es tu Dios. Y dile ahora:
"Jesús de mi vida y de mi corazón, en este momento de mi
vida, quiero darte mi corazón entero. Mi corazón es para Ti y
solamente para Ti. Por medio de María me consagro a Ti y quiero que
Tú seas el Señor y el Rey de mi vida. Te amo, Jesús, y quiero
amarte sin cesar todos los días de mi vida. Todo mi amor para Ti.
Amén”.
TODO POR AMOR
Estamos diciendo que toda nuestra vida debe ser un acto de amor a
Dios. Todo debemos hacerlo por Él y para Él. Desde que nos
despertamos por la mañana, podemos decirle: "Buenos días,
Señor". Y lo mismo al acostarnos. Y así podemos ofrecerle
cada cosa importante que hacemos durante el día, sea estudiar,
cocinar, caminar, trabajar, comer... Lo dice San Pablo: "Ya
comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo
para gloria de Dios" (1 Co 10,31). ¡Es tan fácil decir a cada
momento: "Por Ti, Señor, por tu amor"!
Dios no necesita tus obras, sólo quiere tu amor. Por eso,
ofrécele cada día, al despertar, el nuevo amanecer; ofrécele la
noche, al ir a descansar. Que todo, aunque sea pequeño, sea hecho
con amor. No pienses que tu vida es inútil, porque tú no puedes
hacer grandes cosas. No creas que Dios no te quiere, porque no eres
una persona importante. Procura hacer las cosas más ordinarias de
la manera más extraordinaria, es decir, amando extraordinariamente;
entonces, verás la diferencia y tus caminos estarán llenos de
flores de amor, que los ángeles ofrecerán con alegría a tu padre
Dios. Como decía el poeta:
¿Qué tendrá lo que es pequeño, que a Dios siempre tanto
agrada? ¿Qué tendrá una sonrisita, una atención prodigada, un
saludo, una palabra?
Levantarse en el momento, en que toca la campana, saludar y
sonreír a Dios al abrir nuestra ventana, guardar silencio…
Decir un sí que nos cuesta, vencer una repugnancia, sorber, tal
vez, una lágrima. ¿Qué tendrá lo pequeñito, que a Dios siempre
tanto agrada?
¿Qué tendrán esos granitos de trigo de la hostia santa, que
han formado tantos héroes, tantos santos, tantas santas?
Hazlo pues, todo con amor y por amor, para darle un valor
sobrenatural.
Un santo decía que las obras sin intención sobrenatural son
como un cuerpo sin alma y, por eso, hay mucha gente, que hace muchas
cosas buenas cada día, pero no le sirven para su crecimiento
espiritual, pues las hacen por obligación o porque no hay más
remedio, pero no las hacen por amor a Dios y a los demás. Veamos
ahora la diferencia de las obras que hacemos según su intención.
Un periodista, se fue un día a visitar unas canteras de piedra,
de donde sacaban sillares para construir una catedral. Y le
preguntó a un obrero: - ¿Qué hace Ud.? - Estoy sudando la gota
gorda, aburrido y cansado, esperando que llegue la hora para irme a
mi casa a descansar. Otro respondió: Estoy ganándome el pan para
mi familia. Pero el tercero respondió: Estoy construyendo una
catedral.
Como vemos, uno trabajaba sin ganas, lo menos posible, por
obligación. Otro lo hacía por ganar un sueldo y alimentar a su
familia. Pero el tercero, tenía un ideal superior; porque, además
de ganar el pan para su familia, trabajaba por amor a Dios, porque
estaba colaborando en la construcción de una catedral para gloria
de Dios.
Otro ejemplo. Un periodista va a un restaurante y pregunta a un
comensal: - ¿Qué está haciendo? - Estoy comiendo, porque me gusta
comer bien. Otro responde: Estoy comiendo, porque tengo hambre y
quiero seguir viviendo. Pero otro le dice: Estoy comiendo para vivir
y por amor a Dios, a quien le agradezco y le ofrezco cada día mi
comida.
¿Alguna vez te acuerdas de rezar antes de las comidas y
ofrecerle lo que te da y de darle gracias?
Otro ejemplo. Una niña ve un día a unos turistas, que están
admirando la catedral de la ciudad y se deshacen en elogios ante la
belleza tan majestuosa de aquella moderna catedral. Y la niñita les
dice: - Yo he construido esta catedral. - ¿Tú? ¿Cómo? - Porque,
cuando la estaban construyendo, yo le traía todos los días la
comida a mi papá.
Quizás otros niños también le llevaban la comida a sus papás
y lo hacían por obligación, a regañadientes, y de mala gana.
Otros quizás lo hacían por amor a su papá, simplemente. Pero esta
niña lo hacía, no sólo porque amaba a su papá, sino también,
porque amaba a Dios y se sentía colaboradora en la construcción de
aquella catedral, que sería para gloria de Dios.
De la misma manera, podríamos preguntarle a cada ser humano: Tú
¿por qué vives? ¿Por qué comes? ¿Por qué duermes? ¿Por qué
trabajas o estudias? ¿Solamente, porque te gusta? ¿Por
obligación? ¿O por amor a Dios y para gloria de Dios? Asimismo se
podría preguntar a algunos religiosos: Tú ¿Por qué oras o vas a
misa? ¿Por obligación? ¿O porque te gusta? ¿O por amor a Dios?
Ofrezcamos a nuestro Padre Dios todo lo que hacemos y todo lo que
somos y tenemos, y digámosle muchas veces para hacer de nuestra
vida una continua oración o un acto continuo de amor, lo que Jesús
le pedía a la Venerable Consolata Betrone: "Jesús, María, os
amo, salvad almas" o simplemente: "Jesús, yo te amo, yo
confío en Ti".
Vive el presente con amor y dile a Jesús con cada respiración y
cada latido de tu corazón: "Jesús, yo te amo".
LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS
Creo que una de las características más importantes de la vida
de los santos es esta común unión con los ángeles, los santos del
cielo y las almas del purgatorio. Es la unión entre la Iglesia
peregrina de la tierra, la Iglesia purgante del purgatorio y la
Iglesia triunfante del cielo. Todos estamos unidos en Cristo. Por
eso, la comunión eucarística con Cristo debe llevarnos a vivir
esta comunión con la Iglesia total.
Dice el Catecismo de la Iglesia Católica "Como todos los
creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a
los otros" (Cat 947). Esto quiere decir que "el menor de
nuestros actos hecho con caridad, repercute en beneficio de todos
los hombres, vivos o muertos. Y todo pecado daña esta
comunión" (Cat 953). Por eso, pedir ayuda a tanta gente buena
de la tierra y a los ángeles y santos del cielo, incluso a las
almas del purgatorio, nos puede ayudar enormemente en nuestro
progreso espiritual.
Ciertamente, vivir esta comunión de los santos, esta común
unión con los demás, es una experiencia gozosa y maravillosa.
Imaginemos a un niño que debe recorrer un largo camino entre selvas
y montañas, llenas de peligros y animales salvajes. ¿Será
inteligente de su parte rechazar toda ayuda que pueden brindarle sus
hermanos mayores, que lo pueden llevar en brazos, cuando se canse, y
que se preocuparán de su salud, de su comida, de sus necesidades y
lo defenderán de los peligros? Pues bien, nosotros tenemos que
recorrer un largo camino en esta vida para llegar al cielo. Si vamos
solos, rechazando toda ayuda, probablemente vamos a sucumbir ante
tantos peligros y tentaciones, pero si nos dejamos ayudar por
nuestros hermanos mayores, los santos, ángeles y almas del
purgatorio, podemos estar seguros de que llegaremos a la meta.
a) Los ángeles
¡Qué importante es, para nosotros, la ayuda de los ángeles!
Los ángeles son nuestros defensores, consejeros, consoladores y
amigos inseparables. Muchas veces, le he pedido a Jesús que me una
a todos los ángeles para que mi nombre esté en su
"corazón" y puedan amar y adorar a Jesús en unión
conmigo. Muy especialmente amo a mi ángel custodio, que es mi gran
amigo. Por la mañana le pido que me guíe y me dirija en todas las
acciones de la jornada y que se acuerde de encomendar a todos
aquellos que me piden oraciones o por quienes debo orar en especial.
Sobre él escribí un pequeño libro titulado "Tu amigo, el
ángel". Con frecuencia, lo envío a que bendiga a personas
cercanas o lejanas y les dé muchas bendiciones y flores de amor.
Tengo experiencia de que cumple su misión. Con él converso, muchas
veces, como si lo viera, y es para mí un amigo inseparable, que
reza por mí y me ayuda en todas las cosas. Él me inspira muchas
ideas buenas y me protege del mal y del maligno. Cuando converso con
una persona, pienso en su ángel. Cuando paso por la calle, pienso
en los ángeles de los que pasan a mi lado. Me he consagrado a mi
ángel y a todos los ángeles para sean mis hermanos y amigos
queridos, especialmente a los ángeles de los sagrarios, a quienes
pido que adoren a Jesús en mi nombre también. Cuando celebro la
misa, mi ángel me acompaña y se hace especialmente presente. En la
misa pienso en los ángeles de todos los presentes y en los de mis
hermanos espirituales y familiares y les pido que me acompañen.
Amemos a los ángeles y pidámosles ayuda. Se sentirán felices de
ayudarnos, porque para ello han sido puestos por Dios a nuestro
lado. Veamos algunos ejemplos:
Una religiosa me escribía lo siguiente: "En nuestra
Comunidad se profesa una gran devoción a los ángeles, en especial
al arcángel San Miguel, al cual se atribuye la asistencia milagrosa
durante la invasión francesa de 1648. Todos los templos y conventos
y casas particulares de la ciudad fueron saqueados y robados, menos
nuestro convento. Varias veces lo intentaron; pero al quererlo
ejecutar, aparecía un hombre de aspecto hermoso, alto de estatura,
que con una espada en la mano defendía la puerta de entrada.
Las religiosas creyeron que se trataba de algún oficial
francés, pero cuando quisieron buscarlo para agradecérselo, no se
halló ninguno que diese noticia de tal capitán ni que hubiera
hombre con tales señas. Por eso, se creyó que había sido el
arcángel San Miguel, patrono de la Comunidad, de quien hemos
recibido muchos insignes beneficios. Hoy tenemos su imagen en
lugares destacados de la casa. También tenemos devoción a nuestros
ángeles custodios y al santo ángel de la ciudad".
Otra religiosa contemplativa me escribía: “En mi convento hay
una celda que se llama "la celda de los ángeles”. Según se
lee en la historia del convento y las monjas lo han transmitido unas
a otras, había cerca de nosotras otro convento de frailes
carmelitas y, cierta noche, vio un fraile que en la ventana de la
citada celda, entraban y salían muchos ángeles. Al día siguiente,
se lo comunicó a las religiosas y resultó que esa misma noche, en
esa misma celda, había muerto una santa religiosa. Desde entonces
se llama a esa celda, la celda de los ángeles”.
Otra religiosa me escribía: “Tenía yo entre siete u ocho
años. Estaba sola en mi habitación y era noche cerrada. A través
de los cristales de la ventana se veía el exterior todo negro. Y
noté detrás de mí una sombra blanca, volví la cabeza y vi un
angelito en medio de la ventana, vestido con una túnica blanca,
ceñida con un cinturón de florecitas; sus manos estaban juntas en
actitud de oración. Tendí la mano para tocarlo, pero desapareció.
Salí corriendo a llamar a una tía y le conté todo,
señalándole el sitio donde lo había visto de pie y que era de mi
tamaño, pero no me creyeron. Mis ojos puros de entonces lo vieron y
lo recuerdo tan nítidamente como si hubiera sucedido ahora mismo”.
Veamos otro testimonio de una señora italiana que me escribía:
“Cuando tenía quince años era una chica dulce y tímida. Yo
estudiaba pintura en la Academia de Bellas Artes de Milán. Muchas
veces, a lo largo del primer año de estudio se me presentaba un
joven por el camino a la Academia y después a mi regreso a casa. No
sabía quién era, no le hacía preguntas. Él hablaba
constantemente y me decía muchas cosas bellas. Ibamos a la iglesia
de San Marcos a rezar antes de ir a clase y él se inclinaba
profundamente con mucha devoción. Yo lo imitaba. Sentía que se
trataba de una criatura extraordinaria, que sólo yo veía, pero no
sabía quién era. La luz de sus ojos era insostenible. Mis padres
lo sabían y, sobre todo, mi papá, hombre de gran plegaria, estaba
contento. Una de las últimas veces que me acompañó, me dijo que
me casaría con un hombre llamado Luis. Pero después, ya no lo vi
más. Esperé por meses poder verlo, recé, lo busqué, pero nunca
más lo volví a ver.
Una noche, después de varios años y estando ya casada, soñé
con un bellísimo ángel que me era conocido. Se trataba de mi
querido y misterioso amigo de mis años juveniles. Él me dijo,
sonriendo: ¿No te dije que te casarías con un hombre llamado Luis?
Yo soy tu ángel custodio y te ayudé, de modo especial, en tu
primer año de estudios en Milán, porque tenías mucho temor de
andar por la ciudad y temías perderte. Te he ayudado en los
peligros y te he guiado para acrecentar tu fe. Me dijo también que
siempre estaba a mi lado y que debía continuar haciendo siempre el
bien, aunque estuviera desposada”
Recuerda que estás rodeado de ángeles, que te aman y quieren
ayudarte.
b) Los santos
Los santos del cielo son nuestros hermanos mayores, que ya viven
en la felicidad plena de Dios. ¡Qué importante es pedir su ayuda e
intercesión, empezando por Nuestra Madre la Virgen María! Ellos no
están descansando ni tomando vacaciones en el cielo, olvidados de
nosotros. Ellos siguen amándonos y preocupándose de nosotros. Por
eso, decía Santo Domingo de Guzmán a sus frailes: “No lloréis
por mí, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré
más eficazmente que durante mi vida”. Santa Teresita del niño
Jesús decía: "Pasaré mi cielo haciendo bien en la tierra.
Derramaré sobre el mundo una lluvia de rosas”. Y a su hermano
espiritual el P. Roulland le escribía: “Hermano mío, presiento
que os seré mucho más útil en el cielo que en la tierra... Cuento
con no estar inactiva en el cielo. Mi deseo es seguir trabajando por
la Iglesia y por las almas... Lo que más me atrae a la patria
celestial es la esperanza de amar a Dios como lo he deseado siempre
y el pensamiento de que podré hacerlo amar de una multitud de almas
que le alabarán eternamente” (Carta 225).
Los santos son nuestros amigos. Por eso, es muy importante tener
un santo patrono. Es triste que muchos padres pongan a sus hijos
nombres modernos, que no son de santos, como Platón, Aristóteles,
Sandokan, etc. Y, de esa manera, los están privando de un patrono a
quien invocar. Hay que poner nombres cristianos a los niños.
Personalmente, invoco cada día al santo del día y leo el relato de
su vida para poder conocerlo y quererlo más. Lo invoco, en el
momento de la misa, y le pido que me acompañe y me ayude,
especialmente, en su día. También tengo algunos santos que son de
mi especial devoción, amigos especiales, a quienes invoco con más
frecuencia como Santa Teresita, San Agustín, P. Pío... De los
santos recibimos abundantes bendiciones. Santa Teresita cuenta en su
Autobiografía cómo experimentó una inmensa alegría de la visita
que recibió en sueños de la Venerable Sor Ana de Jesús, fundadora
del Carmelo en Francia. Dice: "Después de acariciarme con más
amor del que jamás puso al acariciar a su hijo la más tierna de
las madres, la vi alejarse... Mi corazón estaba henchido de gozo...
y yo creía y estaba segura de que existía el cielo y de que este
cielo estaba poblado de almas que me quieren y que me miran como a
una hija suya. Mi corazón se deshizo de amor y gratitud no sólo
hacia la santa que me había visitado, sino también hacia todos los
bienaventurados del cielo” (MB 2).
La beata Ana Catalina Emmerick decía: “Veo a los santos
derramar siempre beneficios sobre los lugares donde reposan sus
huesos. Los cuales brillan con la misma luz y los mismos colores que
ellos y siempre parecen como una parte de ellos, pero más
especialmente donde son invocados”. Pidamos a Jesús que nos una a
todos los santos del cielo para que lleven nuestro nombre en su
corazón y amen y adoren a Dios también en nuestro nombre.
c) Las almas del purgatorio
Nuestra unión espiritual llega también al purgatorio. Estas
almas pueden ayudarnos, y nosotros podemos y debemos ayudarlas con
nuestras oraciones y sufrimientos, y, en especial, con misas.
Pensemos que hay una común unión extraordinaria entre los
familiares vivos y los difuntos.
¡Cuánto bien hacen a sus familiares los difuntos buenos, ya
desde el purgatorio! Se dan casos de la conversión y acercamiento a
Dios de familias enteras a la muerte de la madre. Una buena madre es
una bendición de Dios para todos sus descendientes hasta el final
de los siglos. Recuerdo que un obispo contaba que tenía mucha
devoción a su madre difunta y siempre la invocaba en sus problemas
y sentía su protección especial. Santa Teresita, hablando de la
muerte de su padre, dice: “Después de seis años de ausencia, lo
siento en torno a mí, mirándome y protegiéndome” (Carta a
Leonia, 24-8-1894).
Veamos un ejemplo, que he leído en un libro fidedigno. Este caso
ocurrió el 3 de noviembre de 1888. En horas de la noche, una
señora llamó a un sacerdote para que fuera a cierta dirección a
asistir a un enfermo grave, que necesitaba urgentemente confesarse.
El sacerdote acudió a la dirección indicada y se encontró con que
el joven, que se suponía debía estar gravemente enfermo, estaba
perfectamente bien. Como hacía mucho tiempo que había abandonado
toda práctica religiosa, se pusieron a conversar y, al final, el
joven le pidió al sacerdote que lo confesara. Le prometió ir al
día siguiente a la Iglesia parroquial para comulgar, pero como no
fue, el sacerdote volvió a su casa. Allí se encontró con la
noticia de que el joven había fallecido. En la casa vio, entonces,
una fotografía y preguntó quién era aquella señora. Le dijeron
que era su madre, que hacía tiempo había fallecido. Y era
precisamente la misma señora que le había avisado para ir a su
casa a confesarlo, la madre difunta del joven.
El Padre Berlioux, que escribió un hermoso libro sobre el
purgatorio, cuenta la historia de una persona muy devota de las
almas del purgatorio. A la hora de su muerte, fue atacada
fuertemente por el demonio; pero, en un momento dado, se vio rodeada
de una multitud de personas desconocidas de radiante belleza y de
una luz maravillosa que, rodeándola, le dieron paz y tranquilidad
en aquellos últimos momentos de su vida. Ella preguntó: ¿Quiénes
son Uds.? Respondieron: “Somos habitantes del cielo, a quienes tu
ayuda nos condujo a él y en gratitud hemos venido a acompañarte en
tu paso a la eternidad”.
Ante estas palabras, una sonrisa iluminó su rostro y se durmió
en la paz del Señor, rodeada de tantos protectores, a quienes
había ayudado durante su vida. Recordemos que en el cielo no existe
la ingratitud y que nos quedarán eternamente agradecidos.
d) Los hombres de la tierra
Nuestra común unión también se da estrechamente entre los
hombres que vivimos en la tierra. Por eso, es muy importante pedir
ayuda espiritual a otras personas y rezar por ellos. La oración,
decía San Agustín, es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios.
¡Cuántas gracias habremos obtenido de otros que han orado por
nosotros, incluso en siglos pasados o que rezarán en siglos
venideros, y Dios nos ha dado las bendiciones de sus oraciones!
Decía Santa Teresita: “Cuántas veces he pensado que, muchas de
las gracias extraordinarias con las que Dios me ha colmado, se las
debo a algún alma humilde a la que sólo conoceré en el cielo”.
Santa Faustina Kowalska dice en su Diario: “Siento muchas
veces, cuando otras personas rezan por mí. Lo siento de repente en
mi alma. Pero no siempre sé quién es la persona que intercede por
mí” (15-3-1937).
Tú también habrás recibido muchas gracias a través de tus
antepasados o de personas desconocidas, sin mérito alguno de tu
parte. ¿Qué sabemos de los misterios inescrutables de Dios? Los
padres de Santa Teresita pedían a Dios un hijo misionero y Dios les
di una hija patrona de las misiones. ¡Cuántos milagros se pueden
conseguir con la oración por los demás! Por eso, procura
aprovechar el tiempo. Si eres anciano, enfermo, desempleado,
aprovecha tu tiempo en cosas útiles y en hacer más oración por
los demás. Cada oración, cada acto de amor, cada obra buena o
sacrificio, tiene un gran valor para la eternidad. No los
desperdicies, ora mucho y acepta tus sufrimientos en unión con los
sufrimientos de Cristo por la salvación de los demás.
A veces, he pensado: Muchas almas se habrán condenado
eternamente por su propia culpa, por supuesto; pero también, porque
aquellos que debían ayudarlas no lo hicieron, comenzando por sus
familiares. Si nosotros fuéramos más generosos y oráramos más,
muchos otros podrían obtener gracias extraordinarias con las cuales
podrían salvarse. María Simma, la gran mística austríaca, cuenta
que un día un alma del purgatorio le dijo: “Hoy morirán en
Voralberg dos personas que están en gran peligro de condenación.
No se salvarán, si no se reza mucho por ellas”. María, ayudada
por otras personas, rezó todo el día. A la noche siguiente, otra
alma le dijo que los dos se habían salvado, gracias a sus
oraciones, a pesar de que una de ellas no había recibido los
últimos sacramentos.
Personalmente, todos los días en la misa encomiendo a todos los
hombres, especialmente a mis familiares, a mis hermanas espirituales
y a todos los que Dios ha puesto en mi camino y que forman parte de
la gran familia espiritual, que Dios me ha encomendado. También en
la misa diaria encomiendo a todos mis antepasados, a todos los que
han hecho posible que yo exista físicamente y también a quienes me
transmitieron la fe. ¡Cuántas gracias habrán recibido en siglos
pasados, porque Dios los bendijo, sabiendo que un sacerdote iba
rezar por ellos, después de cientos de años! También encomiendo a
mis familiares de los siglos futuros, porque la oración no tiene
fronteras, abarca a todos los tiempos y lugares, ya que para Dios
todo es presente.
CONFIANZA TOTAL
La confianza total en Dios es condición indispensable para ser
santos y crecer en el amor de Dios. Confiar en Él, sin condiciones,
es la mayor alegría que podemos dar a nuestro Padre Dios. Por eso,
le decía Jesús a una santa religiosa: “Si me amas, confía en
Mí; si quieres amarme más, confía más en Mí; si quieres amarme
inmensamente, confía inmensamente en Mí”.
La Madre Teresa de Calcuta decía; “Señor, acepto lo que me
des y te entrego lo que quieras tomar de mí. Señor, soy tuya y, si
me haces pedacitos, cada pedacito será para Ti”. Eso es
confianza, confiar hasta el límite de decirle que ponga y quite de
nosotros lo que quiera, sea salud o enfermedad, pobreza o riqueza,
prestigio o cargos importantes... Ella decía que la verdadera
santidad consiste en hacer siempre la voluntad de Dios con una
sonrisa. ¿Por qué? Porque, si amas a Dios y crees en su amor,
debes confiar hasta el punto de creer firmemente que su voluntad es
lo mejor para ti y debes seguirla sin condiciones.
Santo Tomás de Aquino decía que “La santidad es una firme
resolución de abandonarse en Dios”. El jesuita Jean Pierre de
Caussade (1673-1751) en su famoso libro Abandono en la Providencia
divina, dice: “Toda la santidad puede reducirse a una cosa, la
fidelidad a la misión de Dios. Esta fidelidad consiste en la
amorosa aceptación de lo que Dios nos envía a cada instante. Pues,
para el que confía en Dios, todo lo que sucede se convierte para
él en gracia y providencia de Dios”. Esto significa que debemos
estar dispuestos a aceptar en cada momento la voluntad de Dios,
manifestada a través de las circunstancias de cada día, aunque
sean adversas y desagradables.
Pero, teniendo la seguridad de que Él lleva el timón de la
barca de nuestra vida y que con Él estamos a salvo. Con Él no
perdemos. Con Él todo es ganancia, apostamos a vencedor, pues
sabemos que el camino que Dios quiere para nosotros es el mejor. Y
Dios todo lo va a permitir para nuestro bien (Rom. 8,28), aun cuando
no veamos el final del túnel.
Ser santo, pues, significa estar dispuestos en cualquier momento,
a hacer la voluntad de Dios. Es estar siempre “listos”, estar
dispuestos a lo impredecible de Dios, que nos puede llamar a
cualquier hora y en cualquier lugar sin consulta previa. ¿Estás
preparado? ¿Alguna vez le has dicho con sinceridad: “Me entrego a
ti totalmente y para siempre”? Recuerda que Dios tiene buena
memoria y lo toma en serio. ¿O tú ya te has olvidado? ¿O lo
dijiste por decir, sin ningún compromiso? Job decía: “Dios me lo
dio, Dios me lo quitó, ¡Bendito sea el nombre de Dios!” (1,21).
“Aunque Él me matara, seguiría confiando en Él” (13,15). Y
Jesús le decía a su Padre: “Que no se haga mi voluntad sino la
tuya” (Lc 22,42).
Hay que seguir confiando, aunque nos lleve por caminos de
espinas, aunque todo parezca oscuro y sin solución, aunque parezca
que todo el mundo se nos viene encima o que todos están contra
nosotros. Pase lo que pase, sigamos confiando en Él. Podemos decir
con el salmista: “Aunque pase por un valle de tinieblas, no
temeré mal alguno, porque Tú, Señor, estás conmigo” (Sal
23,4). Y escuchar a Jesús que nos dice en esos momentos difíciles:
“No tengas miedo, solamente confía en Mí” (Mc 5,36).
“Señor, yo me entrego a Ti, me pongo en tus manos con una
confianza sin límites, porque tú eres mi Dios. Haz de mí lo que
tú quieras, puedes tomar o quitar lo que desees. Todo lo acepto
como venido de tus manos, porque te amo y sé que todo lo que tú
decidas es lo mejor para mí, porque creo en tu amor. Señor, yo te
amo y yo confío en Ti, ahora y para siempre, sin condiciones ni
limitaciones. Llévame donde tu quieras, escóndeme en tu divino
Corazón y hazme santo. Amén”.
Veamos ahora algunos ejemplos:
Nguyen Van Thuan
Él era un cardenal vietnamita, que vivía en el Vaticano y
murió el año 2002. Cuando era un joven obispo, fue encarcelado por
los comunistas de su país y estuvo 13 años en la cárcel, nueve de
los cuales estuvo solo en una celda. Él nos dice en su libro
Testigos de esperanza: “Durante mi larga tribulación de nueve
años de aislamiento en una celda sin ventanas, a veces bajo la luz
eléctrica durante muchos días, a veces en la oscuridad, me
parecía que me ahogaba por el calor y la humedad, al límite de la
locura... Una noche, desde lo profundo del corazón, una voz me
dijo: ¿Por qué te atormentas? Tienes que distinguir entre Dios y
las obras de Dios. Todo lo que has hecho y deseas seguir haciendo:
Visitas pastorales, formación de seminaristas, construcción de
escuelas, de hogares para estudiantes, misiones de evangelización,
etc., son obras de Dios, pero no son Dios. Si Dios quiere que
abandones todo eso, hazlo en seguida y TEN CONFIANZA EN ÉL. Dios
hará las cosas infinitamente mejor que tú. Él confiará esas
obras a otros que son mucho más capaces que tú. Tú has elegido a
Dios y no sus obras. CONFIA EN ÉL. Esa luz me dio una paz nueva y
cambió totalmente mi modo de pensar. Lo importante era elegir a
Dios y no las obras de Dios, y confiar en Él”.
Y así lo hizo. Y cada día celebraba la misa para tomar fuerzas.
Y pudo ver el poder de Dios en acción. Dice así: “Nunca podré
expresar mi gran alegría al celebrar diariamente la misa con tres
gotas de vino y una gota de agua en la palma de mi mano... Cada
día, al recitar las palabras de la consagración, confirmaba con
todo el corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno
entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía. Han sido
las misas más hermosas de mi vida... Por la noche los prisioneros
católicos se alternaban en turnos de adoración. Jesús Eucaristía
nos ayudaba con su presencia silenciosa y muchos cristianos volvían
al fervor de su fe. Budistas y otros no cristianos se convertían,
porque la fuerza del amor de Jesús era irresistible. La prisión se
convirtió en escuela de catecismo y los católicos bautizaban a sus
compañeros y eran sus padrinos... Jesús se convirtió así, como
decía Santa Teresa de Jesús, en el verdadero compañero nuestro en
el Santísimo sacramento”.
Confiar en Dios es apostar por Él, con la seguridad de que
siempre saldremos vencedores.
Madre Teresa de Calcuta
Todos conocemos a esta santa religiosa que dedicó su vida al
cuidado de los más pobres de entre los pobres. Pues bien, cuando
era una joven religiosa de 36 años de la Congregación de Loreto, y
estaba tranquila, dando clases en un colegio de la India, Dios le
pidió que dejara todo y se dedicara a atender personalmente a los
más pobres, dejando su Congregación. Veamos lo que ella misma nos
dice:
“Fue el 10 de Setiembre de 1946, en el tren que me llevaba a
Darjeeling. Allí, mientras oraba a Nuestro Señor en la intimidad y
silencio, percibí con claridad que me urgía a renunciar a todo
para seguirle a Él, en las chabolas. El mensaje estaba muy claro:
tenía que dejar el convento de Loreto para entregarme al servicio
de los pobres, viviendo en medio de ellos. Era un mandato...
Abandonar Loreto constituyó para mí el mayor sacrificio. Algo
mucho más difícil que abandonar mi familia y mi patria por primera
vez para entrar en el convento. Loreto significaba todo para mí...
Después de dos años de la llamada (con los permisos
correspondientes) abandoné Loreto el 16 de Agosto de 1948. Me
encontré en la calle, carente por completo de techo, de compañía,
de ayuda, de dinero, de un empleo, de garantía material alguna. De
mis labios brotó entonces esta oración: Tú, Dios mío. Nadie más
que Tú. Tengo fe en tu llamada y en tu inspiración. Estoy segura
de que no me abandonarás jamás. Ayúdame a serte fiel. Yo confío
en Ti...
El mismo día que abandoné Loreto, en mi primer recorrido por
las calles de Calcuta, se me acercó un sacerdote y me pidió un
donativo para una colecta a favor de la prensa católica. Yo había
abandonado Loreto con cinco rupias, de las cuales había dado ya
cuatro a los pobres. Le di a aquel sacerdote la única rupia que me
quedaba.
Aquella misma tarde, ese sacerdote me vino a ver y traía un
sobre. Me dijo que un hombre le había hecho entrega de él por
haber oído hablar de mis proyectos, que quería favorecer. En el
sobre había 50 rupias. En aquel momento, experimenté la sensación
de que Dios había comenzado a bendecir la obra y de que ya no me
abandonaría jamás”.
Actualmente, las hermanas de la Madre Teresa están extendidas
por todo el mundo y cuidan a miles de enfermos, especialmente a los
más pobres y abandonados.
Madre Angélica
La Madre Angélica es una religiosa norteamericana. Cuando era
joven religiosa, tuvo un grave accidente, que la dejó casi tullida
para toda la vida, perdiendo una vértebra. Ahora camina con
dificultad con hierros en las piernas. Pero ella no se amilanó y
pudo superar sus limitaciones con una fe inmensa en Jesús y en su
presencia real en el Santísimo Sacramento. Actualmente, tiene seis
doctorados y muchos premios nacionales e internacionales. Fundó el
convento donde reside con la finalidad de adoración perpetua al
Santísimo Sacramento, en Birmingham, Alabama (USA). Con su fe y
oración, y la de sus religiosas, ha conseguido lo que hubiera
parecido humanamente imposible: una editorial católica con su
imprenta, la mayor emisora de radio privada de onda corta, un
Instituto misionero y un canal de televisión católico por cable,
que emite vía satélite las 24 horas en distintas lenguas y llega a
170 países.
Para ella, todo es un milagro de Dios por su confianza total.
Ella habla de que “fue cuestión de lanzarse al vacío, confiando
solamente en Dios. Fue cosa de fiarse de Dios y dejarse llevar. Y
todo llegó poco a poco... A mí todo el mundo me decía que mi
proyecto de televisión era irrealizable, me hablaban de gastos, de
equipos necesarios... Pero la obra se realizó. Por eso, debemos ser
locos de amor por Jesús y tener la audacia de creer en Él. Él nos
sigue diciendo como hace dos mil años: No tengas miedo, solamente
confía en Mí”.
La Beata Gianna Baretta Molla
Santa Gianna Baretta Molla (1922 - 1962) fue capaz de confiar en
Dios hasta la muerte. Era una doctora en medicina, casada y con tres
hijos. En 1961 quedó embarazada de su cuarto hijo y a los dos
meses, le detectaron un fibroma en el útero, que amenazaba su vida
y la vida del niño. Ella conocía muy bien los riesgos, lo más
aconsejable, “humanamente hablando”, era operarla de inmediato
para sacarle el fibroma y así salvar su vida, aunque tuviera que
perder a su hijo. Pero ella, como cristiana, rechazó tajantemente
la posibilidad de ser operada, porque quería salvar a su hijo a
toda costa.
El 21 de abril de 1962 nació su cuarta hija, sana y salva. A los
siete días, el 28 de abril, a sus 39 años de edad, moría ella,
repitiendo las palabras: “Jesús, yo te amo; Jesús, yo te amo”.
Ella confió en Dios hasta el final y Dios le pidió su vida y
dejarlo todo, incluidos sus cuatro hijos y su esposo y familia.
Humanamente, parece un fracaso. Pero su vida llegó a la plenitud
del amor. Durante aquellos meses de embarazo, su confianza y amor a
Dios crecieron hasta el punto que Dios la encontró madura para la
siega y ahora la Iglesia y el mundo entero reconocen su santidad. El
24 de abril de 1994 fue beatificada por el Papa Juan Pablo II y
canonizada por el mismo Papa el 10 de mayo del 2004. ¿No podrá
ahora desde el cielo velar por su familia mucho mejor de lo que
podría haberlo hecho aquí en la tierra?
Los caminos de Dios son impredecibles. Nosotros debemos dejarnos
llevar y confiar en Él. Él sabe el camino. Ahora, Gianna Emanuela,
su cuarta hija, puede vivir y puede decirle al mundo entero, en este
mundo de violencia y de millones de abortos: “Yo estoy viva porque
mi madre me amó tanto que fue capaz de dar su vida por mí”.
Cristo también lo hizo por ti. ¿Serías tú capaz de hacer lo
mismo por Él?
¿Estás dispuesto a confiar en Dios hasta las últimas
consecuencias, aunque te pida la vida? ¿Estás dispuesto, como
Abraham, a dejarlo todo e irte a donde el Señor te envíe, aunque
te quedes sin nada ni para comer, como la viuda pobre del Evangelio,
que echó en la alcancía del templo los pocos centavos que tenía?
Dios te pide confianza total. Dile que te dé ese regalo y no lo
defraudes jamás, desconfiando de su amor por ti.
SER MISIONERO
Ser misionero es dejarlo todo y seguir a Cristo a donde Él nos
envíe para salvarle almas. Y todos debemos ser misioneros. Jesús
nos dice a todos: “Id por el mundo entero y predicad el evangelio
a toda criatura” (Mc 16,15). Y, si no podemos ir a tierras lejanas
a predicar, sí podemos ser misioneros y llegar al mundo entero con
nuestra oración y nuestros sufrimientos, ofrecidos generosamente
por la salvación de los demás. El apostolado de la oración llega
hasta los confines del mundo y los enfermos misioneros pueden salvar
tantas almas o más que los misioneros de vida activa. Por eso, la
Iglesia ha nombrado a Santa Teresita del Niño Jesús como patrona
de las misiones, a pesar de que nunca salió de su convento y murió
a los 24 años de tuberculosis. Pero su vida estuvo llena de amor y
de oración por las misiones y los misioneros y, por eso, la Iglesia
nos la presenta como ejemplo junto al apóstol San Francisco Javier,
que llegó predicando hasta las puertas de China.
De hecho, todos los santos, sin excepción, han sido misioneros,
es decir, se han preocupado por la salvación de los demás, aunque
hayan vivido en el desierto. Su vida, aunque solitaria, tenía una
dimensión católica, es decir, universal. Y viviendo solos, vivían
en unión y amor con la humanidad de todos los tiempos y oraban por
ella.
Ser católico de verdad es tener una dimensión universal en la
vida. Ser católico es ofrecer tu vida por la salvación de los
demás, empezando por tu propia familia, sin olvidarte de las almas
del purgatorio. Por eso, te digo en nombre de Dios: “Abre tu vida
a las dimensiones del mundo. No te encierres dentro de ti mismo y de
tu familia. Abre los ojos y mira cuántos hermanos tuyos te
necesitan para salvarse. Ora, sufre y trabaja por su salvación.
Dios lo quiere. Dios quiere que seas misionero, aunque estés
enfermo o en silla de ruedas. Porque ser cristiano es ser misionero”.
Que seas un misionero santo. SEGUNDA PARTE
EXPERIENCIAS MISIONERAS
En esta segunda parte, quiero transmitir algunas de mis
experiencias misioneras, durante los 34 años de misionero en el
Perú y durante los quince meses de capellán militar en el Norte de
Africa. Quiero hacerlo con la intención especial de animar a tantas
religiosas, especialmente contemplativas, a ser misioneras y para
que estén convencidas de que los frutos de los misioneros de vida
activa se deben, en su mayor parte, a sus oraciones y sacrificios, y
nunca desconfíen de la validez y de la eficacia de su vocación.
Personalmente, me siento apoyado por muchas de ellas, que me
escriben y son mis hermanas de oración.
A ellas les dedico especialmente estas páginas misioneras.
VIDA MISIONERA
A lo largo de mi vida misionera en el Perú, he podido acumular
mucha experiencia en relación con las almas. He podido sentir el
hambre y la sed de Dios en mucha gente humilde y pobre, para quienes
el sacerdote es verdaderamente un enviado de Dios. Y he visto sus
rostros curtidos por el sol y el aire de los Andes y los he visto
sufrir y morir, pero también los he visto rezar con fe y confiar en
Dios como no lo he visto tan palpablemente en otros lugares donde he
podido vivir. Su vida de trabajo y sacrificio han sido para mí una
escuela mejor que todas las escuelas de teología del mundo para
vivir mi voto de pobreza. De ellos he aprendido mucho, quizás más
de lo que yo les he enseñado. Aquellos campesinos pobres,
catequistas, hermanos del apostolado... me daban lecciones de
teología sin palabras bonitas, sino con su propia vida de fe,
fuerte y robusta.
Por supuesto que estoy pensando en los mejores, porque también
el misionero debe sufrir al ver la indiferencia de otras ovejas.
Algunos lo rechazan, porque les invita a dejar sus vicios; otros lo
rehúyen por temor, debido a su ignorancia y pobreza; otros quizás
no tienen ningún interés en las cosas de Dios y quieren vivir su
vida “a su manera”. Pero el sacerdote se siente Padre de todos y
por todos debe orar y encomendarlos en la misa diaria. Tampoco
faltan, lobos rapaces que se llevan sus ovejas a otro redil y los
convierten a otras sectas, porque están abandonadas como ovejas sin
pastor. Es triste, pero real, que la falta de sacerdotes en aquellos
lugares alejados de la civilización les hace fácilmente presas de
las sectas o de los vicios.
Durante mi estancia en los Andes peruanos, tenía mi residencia
en un pueblecito llamado Pimpincos, a 2.400 metros sobre el nivel
del mar. A muchos lugares y caseríos, sólo podía ir una sola vez
al año, normalmente para las fiestas del lugar, aunque procuraba ir
en otros momentos en que estuvieran más tranquilos y menos
preocupados por la fiesta. En algunos lugares, cuando llegaba,
hacía varios años que no los visitaba ningún sacerdote. Eran
caseríos pequeños y no tenían ni siquiera capilla para ir a
rezar.
Yo pensaba: “Hay tanto que hacer, tanta gente hambrienta de
Dios y yo soy un pobre hombre con mi tiempo tan limitado, con
distancias tan largas, con caminos llenos de barro...” Y le
decía: “Señor, te encomiendo a mis ovejas, cuídalas tú, porque
yo no puedo llegar a todas”. Por eso, pienso en la gran
importancia de la oración de las misioneras contemplativas. Ellas
sí pueden llegar hasta los más recónditos lugares con su oración
y sacrificio. Hay que orar mucho. El mundo necesita de Dios y
nosotros no podemos dejar abandonados, sin sacerdotes y sin fe, a
tantos hermanos que nos necesitan.
CORRERÍAS APOSTÓLICAS
En mula o a caballo, raras veces a pie, con sombrero de paja o
sin él y siempre vestido con mi hábito negro de agustino recoleto.
En mi equipaje no podía faltar el poncho de aguas para la lluvia ni
la alforja de cuero en la que llevaba lo necesario para la misa.
Subiendo o bajando los enormes cerros de los Andes. Con frío o con
calor; a veces, sudando la gota gorda, o con lluvia por caminos
llenos de barro. Siempre acompañado de un catequista que me guiaba
y me ayudaba en cualquier dificultad. Casi siempre silbando o
cantando, cuando el clima era bueno, para manifestar mi alegría
interior al Dios del Universo que ha creado tantas maravillas de la
naturaleza.
Cuando llegaba a un caserío, salían muchos a recibirnos con
alegría, a no ser que fuera un caserío distante, donde se iba
después de varios años. Normalmente, en casi todos los lugares, la
llegada del sacerdote era un día de fiesta. Por la noche nos
reuníamos para la misa y allí, niños y viejos, hombres y mujeres
(y hasta perros y gatos) todos unidos cantábamos alabanzas al
Señor.
Yo los encomendaba y pedía por ellos por intercesión de María,
la buena Madre, a quien siempre hacía referencia. Y, por supuesto,
en compañía de los ángeles, que siempre están por todas partes.
¡Qué gozo siente el misionero al ver la alegría y la sonrisa
en aquellos rostros de gente humilde, que lo aprecian y lo escuchan
con atención! Al día siguiente, era el día de los bautismos,
matrimonios, confesiones, visita a los enfermos y otras diligencias
antes de emprender el camino hacia otro lugar, pues no había tiempo
para descansar, ya que otros estaban esperando y ya estaban avisados
de mi llegada. Y así una semana, o quince días, o un mes.
Por fin, llegaba a mi parroquia de nuevo y descansaba y me aseaba
y podía comer un poco mejor. Y, de nuevo, después de un mes,
planear otra nueva gira, porque lo pedían y había muchas personas
sedientas de la Palabra de Dios. Pero, primero, había que tomar
fuerzas físicas y espirituales para poder comenzar de nuevo, pues
en las correrías apostólicas no me dejaban ni a sol ni a sombra y
uno no tenía tiempo ni para rezar.
“¡Qué hermosos son sobre los montes, los pies del mensajero,
que anuncia la paz, que trae las buenas nuevas y anuncia la
salvación!” (Is 52,7).
LA MISA
Las mejores y más hermosas experiencias de mi vida sacerdotal
han sido las misas. Muchas veces, la celebración de la misa ha sido
para mí un verdadero gozo. He celebrado misa en catedrales y
hermosas iglesias, pero las que recuerdo con más cariño son las
que celebraba en aquellas capillitas o chozas de barro con techo de
paja, rodeado de niños.
Cuando las celebraba por la noche a la luz de las lámparas
Petromax, tenían un sabor especial y un misticismo extraordinario
ante la atención de los presentes y el poder de Dios, que se hacía
presente. No faltaban días en que llovía y el ruido de la lluvia y
el frío molestaba un poco, pero todo se podía superar por la
alegría de estar reunidos después de tanto tiempo.
¡Cuántas veces, al celebrar la misa, invitaba a los ángeles de
los presentes y a todos los ángeles del Universo a unirse a nuestra
celebración! ¡Es hermoso celebrar la misa rodeado de ángeles,
aunque sean invisibles!
Los primeros viernes eran días de fiesta parroquial. De todos
los rincones de la parroquia, a veces, desde distancias a cuatro o
cinco horas de camino, venían unos trescientos campesinos para
cumplir la “promesa”, es decir, a cumplir con la misa y
comunión de los primeros viernes. A estos hermanos, se les llamaba
los hermanos del apostolado. Eran los más fervorosos y daban
ejemplo de vida cristiana. Llegaban el primer viernes al pueblo
hacia el mediodía y se confesaban durante toda la tarde. A las 7
p.m. tenía lugar la misa, bien cantada por ellos, y todos nos
sentíamos verdaderamente alegres. Después de la misa, todos a
cenar, donde podía cada uno, en las casas de amigos del pueblo. Y
después de cenar, un buen grupo iba a dormir a la parroquia, sobre
tablones de madera; los demás se buscaban un lugar en las casas del
pueblo. Pero, antes de dormir, tenía lugar la tertulia,
conversación con el sacerdote para contarle las últimas novedades
de los distintos lugares. Al día siguiente, de nuevo a la misa muy
temprano y, después, corriendo a sus casas para comenzar a
trabajar. Era admirable verlos con qué devoción comulgaban,
algunos descalzos, otros con sus pobres sandalias, muchas mujeres
con sus hijos a cuestas... Pero todos con alegría y fe.
¡Cuántas gracias le he dado a Dios en mi vida por haberme hecho
misionero! ¡Valió la pena haber nacido y dedicarme a llevar a Dios
a mis hermanos!
Pero no todos los años vividos en el Perú he estado en la
Sierra, en las montañas de los Andes. La mayor parte del tiempo lo
he pasado en las grandes ciudades de Lima y Arequipa. También aquí
he celebrado muchas misas con inmensa alegría. Quizás las misas
más íntimas han sido las que he celebrado yo solo en la intimidad
con Jesús. A veces, la debilidad me quitaba la concentración y
celebraba con esfuerzo. Otras veces, sentía al Señor de modo
especial, como aquella noche de Navidad de 1998 en que estaba muy
enfermo; había salido hacía dos días del hospital y mientras mis
hermanos de Comunidad, celebraban la misa de Nochebuena en dos
lugares distintos, yo celebraba solo en la capilla de la Comunidad.
Me sentía tan débil y pequeñito que le ofrecí al Señor mi
debilidad ¿qué más le podía ofrecer, además de mis pecados?
Creo que en cuestión de eficacia espiritual fue de las mejores de
mi vida.
Por supuesto que he gozado mucho en misas de ciertos días de
fiesta, sobre todo, el día de Jueves Santo y en las fiestas de
Jesús y de María, que he procurado siempre celebrar con especial
interés, rodeado de ángeles y santos, y orando por todo el mundo,
incluidas las almas del purgatorio. Solamente en los primeros
tiempos de mi vida sacerdotal, llegué a celebrar casi por
compromiso y sin fe ni devoción, porque estaba perdiendo la fe por
mi falta de oración personal. Felizmente, eso pasó y ahora siento
la grandeza de la vocación sacerdotal y no olvido que la misa es lo
más grande que se celebra cada día en la tierra y trato de
celebrarla, como si fuera mi única misa o mi última misa. La misa
es el centro de mi vida de cada día y cada día me preparo unos
minutos antes de celebrar; voy con tiempo a la sacristía, y,
después de la misa, me recojo unos momentos para poder decirle de
todo corazón: “Gracias, Señor, por ser sacerdote y por esta misa
que acabo de celebrar”.
LA CONFESIÓN
Después de la santa misa, mis mayores alegrías las he recibido
al administrar el sacramento de la confesión, sobre todo, al
confesar a personas después de cuarenta o cincuenta años que no se
confesaban. Muchas de estas confesiones han sido para mí de una
experiencia inolvidable. Se siente una inmensa alegría al oír: “Parece
que se me ha quitado un gran peso de encima, he rejuvenecido veinte
años, gracias, Padre”. Por eso, algunas veces, he pensado: “Hubiera
valido la pena haber nacido, haber confesado a esta persona y,
después, haber muerto. Habría valido la pena ser sacerdote sólo
para esto”.
Y ¡qué alegría ver sonreír con sinceridad y desde el fondo
del alma a aquellos hombres después de años de tristeza y de estar
cargando un fardo tan pesado! En ocasiones, eran mujeres que habían
abortado varias veces y durante años no habían podido vivir
tranquilas; otras veces, eran hombres que habían vivido en el
ateísmo muchos años o volvían a la Iglesia católica después de
haber deambulado por varias sectas, buscando la verdad. O
simplemente, lo que era más frecuente, personas que habían vivido
durante años sin poder comulgar, porque eran convivientes o casadas
solamente por lo civil. ¡Qué felicidad para ellas regularizar su
situación y casarse por la Iglesia y poder comulgar!
Recuerdo el caso de aquel viejecito que, al ir a darle la unción
de los enfermos, después de confesarse, con la alegría del perdón
recién estrenado, me decía entre lágrimas: “Padre, la
ignorancia, la ignorancia me hizo cometer tantos pecados”. Así
explicaba él, el porqué de los pecados de su juventud. Nadie le
había orientado y había ido por el camino fácil del vicio y de la
mala vida.
Tampoco olvidaré el caso de algunos alcohólicos, hombres o
mujeres que se confesaban y entraban en grupos de “alcohólicos
anónimos”, y cambiaban de vida. En concreto, recuerdo aquel
esposo que le pegaba a su esposa y ella vino a hablar conmigo,
porque quería divorciarse. Pude hablar con los dos y fueron a un
“Encuentro matrimonial” y después se casaron por la Iglesia y
él entró en el grupo parroquial de alcohólicos anónimos y su
vida cambió hasta el punto de ser actualmente uno de los mejores
dirigentes de la parroquia. Pero tampoco puedo olvidar algunos
casos, en que algunos drogadictos o personas muy deprimidas llegaron
al suicidio. Sólo me quedó rezar por ellas y confiar en la
misericordia de Dios.
Hay personas que dicen que “para qué me voy a confesar con un
hombre que es más pecador que yo”. Felizmente, es Jesús quien
perdona y no el sacerdote, el sacerdote es solamente un instrumento
del perdón de Dios. Si él es pecador, Dios lo juzgará. Pero a
través de la confesión, Dios puede derramar en nuestras vidas
abundantes bendiciones que, de otro modo, no podremos recibir. Por
eso, yo siempre recomiendo la confesión, al menos, mensual, y
procuro tener tiempo para confesar y ayudar en dirección espiritual
a quienes me lo solicitan.
SACRIFICIOS
La vida misionera, sobre todo, en lugares alejados de la
civilización es muy sacrificada. Además, hay que tener buena salud
para soportar las privaciones. A título personal puedo decir que
una de las cosas que más me hacían sufrir eran las comidas. Por
mis males de estómago, del que me operaron siendo joven
seminarista, debo guardar dieta todos los días. En aquellos
lugares, preparaban la comida con manteca de cerdo y eso me sentaba
mal. Muchas veces, me preparaban cosas con picante o con mucha
grasa... Y tenía que decirles que no podía comerlo, lo cual era
siempre desagradable, pues no hubiera querido rechazar lo que me
preparaban con tanto cariño. A veces, tenía que comer menos de lo
que hubiera deseado y pasaba hambre, aunque normalmente siempre
estaba previsto de gran cantidad de plátanos, con los que suplía
las deficiencias alimentarias.
En muchos lugares, había que soportar las pulgas y los chinches
que no te dejaban dormir, en otros eran las ratas. Nunca me olvido
del día que visité Cuica, donde había una plaga de ratas. Durante
la misa, las veía correr por la Iglesia y me llamaban la atención,
porque muchas eran medio blancas. Por la noche, tuve que dormir en
una habitación con latas de kerosene encendidas para que no se
acercaran. Pero había lugares que parecían tranquilos y, a media
noche, escuchaba ruidos, encendía la linterna y allí aparecían
las ratas, que subían por las paredes.
Otras veces, eran los fríos que hacían sufrir, o los calores
que hacían sudar la gota gorda. Con frecuencia, llovía mucho y los
caminos estaban llenos de barro, de modo que en algunos trechos ni
la mula podía pasar, porque se hundía, y tenía que caminar a pie,
lo cual para mí era una especial mortificación. No faltaban
accidentes; algunas veces, la mula se caía o se resbalaba con
peligro de caer y lastimarme, pero, gracias a Dios, mi ángel
siempre estaba atento para cuidarme.
Para dormir, unas veces me preparaban sitio en la escuela del
lugar o en las casas, rodeado de gente que dormía en el suelo
alrededor de mi cama; o preparaban un colchón encima de una mesa o
en el suelo. Dependía de los lugares, pero faltaba la privacidad,
que es tan importante, y uno no se podía ni duchar, porque allí no
había esas comodidades.
Tampoco faltaban los peligros de serpientes, donde menos se
esperaba. En una oportunidad, estaba conversando tranquilamente con
dos amigos y, al mirar a mis pies, vi que una serpiente roja,
pequeña, de las más venenosas, estaba pasando por encima de mi
zapato. Me aparté y trataron de matarla, pero ya se había ido.
Una vez, cuando desperté por la mañana, sentí que mi labio
inferior estaba muy hinchado. ¿Qué había pasado? No lo sé, pero
algo me había picado en la noche. Tuve que celebrar la misa con
media lengua. Pero así es la vida del misionero, y tuve que
continuar el recorrido previsto, porque en otros lugares me estaban
esperando. Gracias a Dios, no fue cosa grave.
En aquella época de los años setenta, en el pueblo donde
residía, no había ni agua ni luz ni carretera, Los lunes esperaba
con ilusión al cartero a ver si traía algunas noticias del
exterior. Mi única distracción era la radio. Por las noches, a la
luz de la lámpara, leía algo de la Biblia o de los cuatro únicos
libros que tenía o rezaba un poco y, a dormir, en mi cama de paja.
No faltaban ocasiones en las que el sacerdote debía poner orden en
las peleas de las fiestas y debía llamar la atención a algunos
profesores o policías borrachos. También el misionero, muchas
veces, debe hacer de arquitecto o constructor de obras. En
Pimpincos, recogiendo limosnas y trayendo cemento desde las ciudades
de la costa, pude mejorar la Iglesia y el atrio del templo, que da a
la plaza del pueblo. En Arequipa, con ayuda extranjera, pude
construir un gran complejo parroquial, donde actualmente viven unas
religiosas, y mejorar los salones parroquiales. En otros lugares,
los misioneros son los que procuran llevar a esos pueblos agua y
desagüe, luz, carretera y hasta puentes, hacen obras sociales como
la colocación en las casas de servicios higiénicos con pozos
ciegos. Y dan charlas de salud y de todo lo que sirva para promover
el desarrollo humano y espiritual de la gente, incluidas las clases
de religión en los colegios.
ALEGRÍAS
Nunca me olvidaré de aquellos viajes en mula o caballo de hasta
diez horas al día. Recuerdo que, muchas veces, iba cantando, porque
me sentía feliz al ver aquel maravilloso panorama de las montañas.
Todavía conservo algunas fotos de aquellos lugares. Me
impresionaban especialmente las bandadas de huacamayos, especie de
loros grandes y de vivos colores, muy hermosos. Aunque hablando de
panoramas, nunca olvidaré los días que estuve en la Selva central
del Perú. Fuimos desde San Ramón en una avioneta hasta Satipo y
todo el trayecto era volar sobre una sabana inmensa verde. Es una
vista emocionante ante la que uno no puede hacer otra cosa que
alabar a Dios, autor de tantas maravillas. Después de varias horas,
descendimos en un pequeño campo y de allí tuvimos que ir en mula
otras cinco horas para llegar al lugar donde nos esperaban para
casar a una pareja de jóvenes novios. Él era descendiente de los
austríacos del Tirol, que habían llegado a aquellas tierras hacía
unos cien años atrás, ella era nativa de la Selva. Todo fue muy
hermoso y confesé a algunos antes de la misa y pude disfrutar en
grande con aquellos hombres; muchos de ellos rubios y otros quemados
por el sol.
Y, hablando de panoramas, tampoco puedo olvidar mis tiempos de
capellán militar en el Norte de Africa, en el Peñón de Vélez de
la Gomera, una pequeña islita española en las costas de Marruecos.
Solamente estábamos allí cien soldados con el capitán y tres
suboficiales. Por las tardes, me iba a la parte posterior de la isla
y allí me divertía cantando y mirando el horizonte. De vez en
cuando, se veía saltar a los delfines, pero, sobre todo, el
espectáculo más maravilloso eran las puestas de sol. Eran
extremadamente bellas y yo solamente podía agradecer a Dios por
tantas maravillas y por tanto amor que había derramado en sus
criaturas. Por supuesto que no faltaban días de tempestad en que el
mar se alborotaba y las olas se alzaban majestuosas al chocar contra
las rocas de acantilado. Daba miedo ver al mar tan embravecido y eso
me ayudaba también a meditar en el poder de Dios y en la fragilidad
humana. De vez en cuando, me ponía a escribir mis impresiones,
mirando a las gaviotas volar raudas sobre el litoral. Me gustaba
escribir.
En mi vida misionera he ayudado a toda clase de personas:
jóvenes, esposos, ancianos, enfermos, pero de quienes he recibido
mayores alegrías ha sido de los niños. Ellos han sido siempre mis
amigos predilectos. Hasta ahora, todos los domingos, al salir de la
misa, les reparto caramelos y chocolates y me siento feliz de verlos
felices y me alegro, cuando me sonríen y me dicen con toda su
inocencia “Gracias, Padre” con un beso o con un abrazo. Pero no
solamente los domingos, también entre semana llevo siempre mi
bolsillo lleno de caramelos y, cuando veo a los niños por la calle,
ellos se acercan a saludarme y yo les doy un caramelo. Por eso,
muchos me llaman el “Padre de los caramelos”. Es muy hermoso
sentirse querido por los niños y, a la vez, es una buena pastoral,
pues muchos de ellos atraen a sus padres a la Iglesia para verme y
recibir su caramelo. ¡Es bello hacer felices a los niños! A veces,
compro muñecas u otros juguetes para hacerlos felices. Otras veces,
les compro víveres para sus familias o les doy ropa o dinero para
sus estudios. Lo importante es hacerlos felices y verlos sonreír. Y
así yo me siento feliz al verlos felices ¿Puede haber en el mundo
algo más bello que la sonrisa de un niño que ríe feliz?
¡Que Dios bendiga a todos los niños del mundo! “De los que
son como ellos es el reino de los cielos” (Mc 10,14).
LOS POBRES
Vivir en un país pobre puede ayudar a sentirte más solidario
con los pobres, al ver tantas necesidades materiales, cuando uno lo
tiene todo. En Arequipa, organicé un comedor para los alcohólicos,
que deambulaban por las calles y que se dedicaban a robar para
vivir. Eran unos cuarenta y les hacía cantar y rezar. Ciertamente,
tenían un fondo bueno, pero había que corregirles muchas cosas y
debíamos tener mucho cuidado, porque, si nos descuidábamos, nos
robaban hasta los platos y cubiertos.
Incontables veces he repartido ropa, víveres, medicinas y otras
cosas a gente pobre, aunque muchas veces también, tratan de
engañar para que se les dé más. Pero hay que aceptarlos con sus
defectos y quererlos y ayudarlos a amar más a Dios y a ser más
responsables en su vida privada, con su propia familia. Muchas
veces, he visto a niños pequeños trabajar, vendiendo caramelos,
limpiando coches o limpiando zapatos.
Y, cuando les compraba algo o les ayudaba y les sonreía, veía
en sus rostros una alegría nueva y me decían invariablemente: “Gracias,
Padre”. Muchos de ellos, son de familias muy pobres, algunos se
han escapado de su casa, porque les pegaban. Uno de estos niños se
dedicaba a cantar en los autobuses públicos, y, después, les
vendía caramelos a los pasajeros. Le ayudé mucho a superarse y nos
hicimos muy amigos. Otro día vino a verme un limpiabotas y le di
una ayuda. Él se quedó tan contento que me dijo: “Voy a ir a mi
tierra y, cuando vuelva, le voy a traer un queso de los buenos”.
En otra oportunidad, iba en coche por la ciudad de Lima y vi en
la acera a un hombre pobre, con la cabeza baja y que parecía muy
triste. Yo lo miré y le dije, sonriendo: “Que Dios te bendiga,
hermano”. Él me miró y me contestó: “Gracias, Padre”. No
hubo tiempo para más, el coche arrancó y lo perdí de vista, pero
me sentí muy contento y todo el día pensé en él y recé por él.
Mucha gente viene a la parroquia casi todos los días a pedir
algo, sobre todo en Navidad, que es el tiempo en que más víveres
repartimos a las familias y juguetes a los niños. Y da gusto ver
sonreír a los niños pobres, aunque sea con un chocolate o con un
caramelo. Algunos días viene a vender caramelos a la puerta del
templo una mujer, que tiene cinco hijos. Siempre procuro ayudarle y
le recomiendo que no los deje sin estudiar y de darles buen ejemplo.
Los campesinos pobres que viven en la Sierra, lo que más sienten
es no tener un futuro prometedor en su tierra y tienen que emigrar a
las grandes ciudades con todo lo que ello supone. Muchas veces, se
alejan de la Iglesia o se dedican a los vicios, si no les va bien y
no encuentran un trabajo. Otros se quedan en las montañas, pero
tienen que sufrir muchas penurias, sobre todo, en los años en que
hay sequía o hay demasiada lluvia y los ríos se desbordan y se
interrumpen las carreteras...
Personalmente, quiero agradecer a Dios por tantas experiencias
que me han hecho madurar y me han abierto al amor de mis hermanos.
En este momento, estoy pensando en tantos campesinos que he conocido
y que me han querido y me ofrecieron su amistad sincera. Campesinos
comprometidos, hermanos del apostolado y tantos otros en los
diferentes grupos de las parroquias donde he trabajado en Lima y
Arequipa. Hermanos de la Legión de María, carismáticos y
neocatecúmenos, cursillistas de cristiandad, de encuentros
matrimoniales, de grupos juveniles o de adultos o de ancianos o de
novios o de niños. A todos va mi agradecimiento sincero y mi
oración.
LOS ENFERMOS
También los enfermos han sido siempre una de mis preocupaciones
sacerdotales. A lo largo de mi vida he celebrado muchas misas “de
sanación” por los enfermos, casi siempre en grupos carismáticos.
En una ocasión, oramos por un chofer que tenía cáncer y, mientras
todos rezábamos, empezó a sentir un fuerte calor por todo el
cuerpo. Después, el médico certificó su curación. Y lo vi
trabajar por muchos meses después hasta que lo perdí de vista.
¡Son las maravillas de Dios!
Cuando era capellán del hospital materno infantil “Santa Rosa”
en Lima, todos los días visitaba a los niños y a las señoras
después de celebrar la misa en la capilla de las religiosas que
atendían el hospital. Pero, otras muchas veces, he acudido
hospitales o a las casas, cuando nos llaman de urgencia para dar la
unción a los enfermos. Siempre la presencia del sacerdote da paz,
porque no va como un simple amigo a conversar o contar chistes, sino
a orar y consolar.
Actualmente, en todas nuestras parroquias tenemos postas médicas
para la atención a los enfermos, donde les damos medicinas gratis o
a muy bajo costo. Y llevamos la comunión a los enfermos los
primeros viernes de mes.
En la Sierra de los Andes, con unas distancias tan grandes,
parecía que estaban esperando al sacerdote, pues algunos, una vez
que recibían el sacramento de la unción de los enfermos, morían
ese mismo día o al día siguiente. Como si Dios les hubiera dado
esa gracia especial, de morir bien preparados.
Todos ellos me enseñaron con su pobreza y su espíritu de
sacrificio a amar más a Dios. Allí he visto muchos niños
desnutridos y enfermos, que podrían haberse curado fácilmente en
la ciudad, pero por falta de dinero, sus padres no podían llevarlos
al hospital y se morían. Recuerdo a un joven enfermo, que no
podían llevarlo al hospital y estaba resignado a morir. Murió
después de tres meses de haberlo conocido y me dio pena al pensar
en tanta gente que se moría por no tener las medicinas o no poder
llevarlos al hospital. En mi Parroquia de Pimpincos había una
familia pobre, la más pobre del pueblo. La mamá estaba enferma y
no podía caminar. Varias veces, la visitaba para consolarla y me lo
agradecía mucho. Yo les ayudaba con lo poco que tenía, pero su fe,
a pesar de su pobreza, me conmovía y hacía madurar mi propia fe.
De todos modos, yo mismo soy un enfermo entre los enfermos. De
joven era el seminarista más enfermo del seminario, y de adulto
sigo en el mismo camino, pero he comprendido que el dolor y la
enfermedad, en vez de alejarnos de Dios puede acercarnos más a Él,
y que, en vez de ser un castigo, muchas veces es más bien, un
regalo de Dios.
LOS PROTESTANTES
Una de las preocupaciones actuales de todo sacerdote, en especial
en América Latina, es la propagación de las sectas protestantes.
Hay un dicho que dice: “Católico ignorante, seguro protestante”.
Pues bien, muchos católicos ignorantes, que no conocen ni viven su
fe, se cambian fácilmente de religión y abandonan nuestra fe. Por
eso, edité un librito Católico conoce tu fe y otro Católico,
defiende tu fe, para poder aclarar dudas y poder defenderse de los
ataques de los hermanos separados que, a veces, con insistencia
malévola hablan de que los católicos son idólatras, porque tienen
ídolos, como ellos llaman a las imágenes religiosas.
En Arequipa, a través de los 17 grupos de la legión de María,
íbamos a visitar a los enfermos a los hospitales, a visitar a las
familias casa por casa y teníamos 10 cuadros hermosos de la Virgen
María que iban visitando las casas y producían muchos frutos.
Estábamos convencidos de que, donde había amor a la Virgen, no
entraban los hermanos separados. Recuerdo a una señora, que se
había hecho evangélica y asistía a su iglesia, pero que
secretamente conservaba amor a la Virgen y se iba, de vez en cuando,
a una Iglesia católica a rezar delante de una imagen de María. Un
día, sus hermanos de religión fueron a su casa y encontraron una
imagen de la Virgen y le dijeron que tenía que tirarla y
destruirla, pero ella dijo que NO. Ellos le hablaron del infierno,
de que era idólatra, etc., pero ella dijo que NO tiraba a la
Virgen. Eso fue motivo suficiente para dejar su iglesia y acercarse
a nuestra parroquia. Actualmente, es una buena cristiana,
comprometida con la pastoral parroquial.
En otra familia, se convirtió el papá a los evangélicos y
ellos fueron a la casa y destruyeron todas las imágenes. La mamá
se indignó, porque le habían destruido su imagen de la Virgen a
quien ella amaba mucho y por más que asistían a su casa a hacer
reuniones y le daban charlas, no pudieron convertirla por su amor a
la Virgen.
Otro caso, entre muchos, fue el de aquellos esposos evangélicos
de Arequipa, que regresaron a la Iglesia católica, cuando yo les
aclaré lo que significaba María para los católicos, y cómo Ella
nos lleva a amar a Jesús y no a alejarnos de Él. Sí, María es el
mejor camino para llegar a Jesús.
Por eso, fomentábamos el amor a María y el rezo del rosario en
la parroquia, que era eminentemente mariana, no sólo por los grupos
de la Legión de María, sino también, porque tenía por titular a
la Virgen de Chapi, patrona de la ciudad. Todo el día teníamos el
templo abierto para dar oportunidad a que muchas personas de
distintos lugares pudieran venir a visitar a la “Mamita”, como
llaman a María. En los programas de televisión, que tuve durante
cinco años en Arequipa, de vez en cuando, aclaraba la doctrina
católica sobre las imágenes y sobre la Virgen y otras verdades
fundamentales de nuestra fe. Entonces, me di cuenta de cuánto bien
se puede hacer a través de los medios de comunicación social. Por
eso, algunas veces he seguido asistiendo a algún canal de
televisión a grabar algún programa y lo mismo a emisoras de radio.
También publiqué en Arequipa muchos artículos católicos en el
periódico de la ciudad. Actualmente, cada año procuro editar un
libro para aclarar algún punto importante de nuestra fe y así
ayudar a los fieles a que se sientan orgullosos de ser católicos.
PROMOCIÓN VOCACIONAL
Estoy convencido plenamente que vale la pena ser sacerdote y, si
mil veces naciera, mil veces me haría sacerdote. El sacerdote no es
un hombre cualquiera, porque nadie puede celebrar la misa ni
absolver los pecados, por más que haga las mismas cosas y diga las
mismas palabras. Él ha sido escogido por Dios para ser su
instrumento y ningún otro puede hacer que Cristo le obedezca y se
haga presente en el pan y el vino ante las palabras de la
consagración. Por eso, Hugo Wast decía: “Un sacerdote hace más
falta que un rey, más que un militar, más que un banquero, más
que un médico, más que un maestro, porque él puede reemplazar a
todos y ninguno puede reemplazarlo a él”. Y el santo P. Pío
decía muchas veces: “Es más fácil que el mundo viva sin el sol
que sin la misa”. Y no hay misa sin sacerdote. Por eso, en mi vida
sacerdotal me he preocupado mucho de promover las vocaciones
sacerdotales y religiosas.
Pero ¡qué tristeza se siente al ver tantos lugares alejados sin
sacerdotes o parroquias de cuarenta, o cincuenta, o cien mil
habitantes con un solo sacerdote! ¡Y pensar que en el mundo hay
unos cien mil sacerdotes que abandonaron su ministerio sacerdotal en
los años de crisis!
Por eso, hay que orar mucho por esta intención del aumento de
las vocaciones. Sin sacerdotes, la moral de los pueblos se va
deteriorando. Recuerdo que en una ocasión, visité un caserío que
hacía unos diez años que no lo visitaba ningún sacerdote. Me
recibieron con mucha consideración, pero veía con tristeza que
muchos eran indiferentes y no acudían a la misa. Por eso, hice el
propósito de rezar todos los días en la misa por las vocaciones
sacerdotales y religiosas y lo estoy cumpliendo después de muchos
años.
Con frecuencia, les pregunto a los niños si quieren ser
sacerdotes o religiosas y, cuando veo a alguno más dispuesto le
digo: “Yo estoy viejo y necesito repuesto, ¿quieres ser mi
sucesor?” Esta costumbre la he adquirido, porque cuando era un
joven seminarista, un sacerdote me dijo a mí: “Yo pronto voy a
morir y quisiera que tú fueras mi sucesor en el sacerdocio,
¿aceptas?” Y yo le dije que sí.
Por supuesto que lo que más anima a seguir este camino es el
buen ejemplo de los propios sacerdotes, verlos alegres y entregados
a su vocación. Pero no faltan muchos padres de familia que
prefieren que sus hijos sean barrenderos antes que sacerdotes. Me he
encontrado con personas que sentían en su vida un gran vacío por
no haber seguido la vocación sacerdotal o religiosa, a la que se
sentían llamados en su juventud. No puedo olvidarme del caso de
aquel joven que tenía las maletas listas para irse al seminario,
pero su padre le lloró y le pidió que no se fuera. Y para no darle
un disgusto y para que no “muriera” de pena, no se fue, a pesar
de ser mayor de edad. Hasta ahora se lamenta.
Otros casos he conocido de mujeres que tampoco siguieron su
vocación y después se han casado con un buen hombre, pero siguen
con un gran vacío interior y desean que alguno de sus hijos pueda
seguir este camino.
Oremos mucho por las vocaciones y animemos a los jóvenes que
veamos bien dispuestos. Una de las cosas que más me ayudó, cuando
era niño a escoger este camino, fue el leer libros de Tierras
lejanas, libros en los que se relataban aventuras de misioneros en
tierras de misión. Pidamos a Dios que escoja a algún miembro de
nuestra familia y colaboremos en esta tarea con nuestro dinero y con
nuestra oración, especialmente el día del DOMUND (domingo mundial
de las misiones) o los días especiales de oración por las
vacaciones.
Que Dios los bendiga por esta buena acción.
SER SACERDOTE
Realmente, ser sacerdote es una gracia inmensa que nunca podré
valorar lo suficiente y lo mismo puedo decir de la vida consagrada.
Por eso, es realmente penoso, cuando uno encuentra algún
sacerdote tibio o que da que hablar a sus feligreses. Una vez, me
hablaron de un sacerdote que era alcohólico y era párroco en un
pueblecito de las alturas de Arequipa. Daba pena escuchar cómo
descuidaba su ministerio y que, a veces, celebraba la misa sin
devoción, teniendo la iglesia sucia y el sagrario lleno de
hormigas. Y que hasta la gente le faltaba el respeto, porque parece
que tenía un hijo con una mujer del lugar.
Ciertamente, es muy triste escuchar estos casos u otros
parecidos, que aprovechan los periodistas para desprestigiar a todos
los sacerdotes por unos pocos que siempre hay en todas partes. Por
eso, yo me hice el propósito, desde mis años de estudiante, de ser
sacerdote, pero de los buenos; porque malos ya había bastantes.
Siempre, en mis oraciones personales, hay un lugar para mis
hermanos sacerdotes. E invito desde aquí a todos los que lean estas
páginas a orar por ellos. No juzguemos, Dios juzgará. Procuremos
respetarlos, invitarlos a mejorar, démosles nuestro apoyo y nuestra
amistad. Pero, sobre todo, oremos por los sacerdotes, a quienes Dios
ha escogido para ser sus ministros en el mundo.
Y en este momento, quisiera decir con palabras del sacerdote y
periodista español José Luis Martín Descalzo:
“Me hice sacerdote para hablar a los hombres de Dios y a Dios
de los hombres, para ser intermediario entre Dios y los hombres. Me
hice sacerdote para enseñarles a mirar al cielo, para explicarles
que el mundo es muy hermoso y que no es preciso romperse la cabeza
en busca de la felicidad por el mundo, cuando el paraíso está
dentro de nosotros, si queremos mirar”.
Sí, vale la pena ser sacerdote. Dios me ha escogido y yo debo
darle cuenta de mis hermanos. Quiero llevarlos al cielo y quiero ser
una luz que ilumine su camino. ¡Ojalá que lo consiga!
RELIGIOSAS MISIONERAS
En mi vida misionera he tenido, algunas veces, el apoyo de
religiosas misioneras. En mi parroquia de los Andes no había
religiosas, pero en las otras parroquias de Arequipa o Lima tenemos
varias comunidades de religiosas. Ellas son un apoyo fundamental en
la vida parroquial. Pero quiero recordar en este momento a aquellas
religiosas que me acompañaron en una gira apostólica por la selva.
Fueron días en los que estaba de vacaciones y fui a visitar la
selva y, en una de sus salidas, las acompañé para ayudarlas con mi
ministerio sacerdotal. Después de varias horas, llegamos a un
caserío perdido en medio de la floresta. Solamente una vez al año
iba el sacerdote a visitarlos.
Se celebraba la fiesta patronal y tuve que celebrar varias misas,
muchos bautismos y algunos matrimonios. Pero me encantaba conversar
con la gente sencilla. Entonces, me di cuenta de que las religiosas
eran muy queridas por todos y que, hasta los indígenas de las
tribus alejadas de la civilización, venían a buscarlas para
pedirles ayuda. A veces, era ayuda material; porque eran muy pobres.
Otras veces, era ayuda para sus enfermedades, porque en aquellos
lugares no hay médico ni enfermeros. Las religiosas eran como
mamás, que a todos daban cariño, ayuda y consuelo.
¡Cuánto bien hacen las religiosas en aquellos lugares! Yo las
admiraba por su entrega y dedicación. Y se daban tiempo para
atenderme, haciéndome mi dieta especial para mi estómago delicado.
Y tenían tiempo para estar pendientes de cualquier cosa que pudiera
necesitar. Eran también para mí como madres, que me atendían.
Todavía las recuerdo, caminando entre al barro y sudando; y
haciendo parada para descansar en la casa de un buen hombre a medio
camino, donde pudimos tomar un buen refrigerio. Y no olvidemos que
los mosquitos y el calor y el sudor, donde no hay ninguna clase de
facilidades, eran un tormento permanente. Pero siempre se las veía
alegres. Incluso, aprovecharon mi estadía para confesarse y tener
alguna misa a solas con Jesús, porque ellas también necesitan de
la oración para tomar fuerzas para continuar el camino de su
entrega.
En este momento, quiero agradecer también a tantas religiosas
contemplativas, que con su vida, su oración, sus sacrificios y su
amor, son la retaguardia de apostolado sacerdotal. ¡Cuántas
bendiciones habré recibido de Dios y las habrán recibido todos mis
feligreses a través de las religiosas, que rezan por mí y por
quienes Dios me ha encomendado. Ellas son misioneras desde su
convento.
A todas ellas mi admiración y mi agradecimiento.
EL AMOR A MARÍA
En todos los lugares, donde he ejercido mi ministerio sacerdotal,
he procurado inculcar un gran amor a María, sabedor de que María
nos lleva a Jesús y que Ella es el camino más rápido, más fácil
y más seguro para llegar a Jesús. Desde que era muy niño me
consagré a María. En el Seminario vivía con especial ilusión el
mes de mayo, mes de María. Y siempre he tenido alguna imagen de
María en mi habitación. Durante los dos años que estuve en
crisis, dejé de rezar el rosario, que creía era una repetición
monótona de Avemarías. Pero, cuando superé esta crisis, mi amor
por María aumentó, pues creí que Ella había salvado mi
sacerdocio a través de la oración de las religiosas.
Desde entonces, siempre he rezado el rosario completo. Nunca me
olvidaré de los dos viajes que hice a Fátima (Portugal), uno de
seminarista y el otro después de haber vivido cinco años en el
Perú. En este último, celebré la misa con especial fervor,
renovando mi consagración a Ella. Por algo mi nombre religioso es
Fray Angel Peña de la Virgen de Fátima. Algo parecido puedo decir
de mi visita al santuario de Lourdes en Francia. Me entusiasmó la
procesión de las antorchas y la misa por los enfermos. Volví
renovado y con más amor a María. Otra experiencia, que siempre
recuerdo, fue mi visita al santuario de El Pilar de Zaragoza, en
España, celebrando la misa en el altar de San Antonio de Padua y
besando el pilar bendito. Durante mi estancia de 16 años en
Arequipa, fundé la Legión de María, que con 17 grupos era el
grupo más fuerte y dinámico de la parroquia. Por ser una parroquia
eminentemente mariana, fomentaba el amor a María con el rezo del
rosario y repartiendo estampas, medallas, revistas, etc. El primero
de mayo era el día de fiesta parroquial; ese día venían de
distintos lugares de Arequipa, quizás unas treinta mil personas. Y
muchas otras durante todo el mes de mayo.
En mis tiempos de misionero en la sierra peruana construí, en la
casa parroquial, una gruta a la Virgen de Lourdes, y en mis
correrías apostólicas les hablaba de mis tres amores: Jesús
Eucaristía, María y el Ángel custodio. En el templo parroquial
coloqué una imagen nueva de María. Y, antes de las misas de la
noche, les enseñaba a los niños diversas canciones entre las que
no podían faltar canciones a María. María siempre me acompañaba
en las correrías apostólicas por medio de alguna estampa y, sobre
todo, siempre la llevaba en mi corazón. Ella me cubría con su
manto y me cuidaba como buena madre de las tentaciones y a Ella le
debo todos mis éxitos misionales, pues todo se lo encomendaba y
todo se lo ofrecía, ya que estar consagrado a María significa ser
de María y, por María, ser de Jesús. ¡A Jesús por María!
Cuando escribí el libro Apariciones y mensajes de María se lo
dediqué especialmente a Ella y compuse en su honor la canción que
está al final del libro. En esta canción se dice: “Soy de
María, soy de Jesús y quiero serlo por siempre jamás”. Amén.
LA PROTECCIÓN DEL ÁNGEL
Muchas veces en mi vida he estado en peligros de accidentes de
coche, de caídas del caballo, en peligros de animales, de contagios
al atender enfermos... Sólo Dios puede saber de cuántas me he
librado con la ayuda del ángel. Pero puedo decir que mi ángel, a
quien siempre he tenido una especial devoción desde niño, siempre
me ha cuidado con especial esmero. Recuerdo un día en especial.
Habíamos ido a bendecir la cruz de un cerro y tuvimos que subir con
mucha dificultad hasta la cima. Y era muy hermoso ver en la cumbre,
desde lejos, aquella cruz que habían puesto los primeros misioneros
para manifestar que aquellos lugares pertenecían a Jesús. Hacía
varios siglos que ya no se celebraban allí sacrificios humanos o
ritos satánicos como habían hecho los “gentiles”, como así
llamaban a los primeros habitantes de aquellos lugares, cuando
todavía no eran cristianos.
Pues bien, era un día de viento frío, el día anterior había
llovido y el terreno estaba resbaladizo. Al bajar del monte, en un
cierto momento, la mula empezó a resbalarse y a dar traspiés, de
modo que tuve que tirarme al suelo lo antes posible. Gracias a Dios,
no pasó nada, solamente tiró por el suelo la alforja y las cosas
que llevaba. Los campesinos que me acompañaban, se quedaron
asustados, pensando que me podía haber pasado algo grave, si la
mula se hubiera caído conmigo en aquellos precipicios o se hubiera
caído encima de mí.
Pero Dios vela siempre por los misioneros y creo que mi ángel
cumplió su misión y me cuidó en aquel peligro como aquel día en
que una serpiente pasó por encima de mi zapato, o aquel día en que
fui a visitar a un enfermo muy grave y en su casa una tarántula
estuvo muy cerca de picarme, o aquel otro en que un perro bravo
estuvo a punto de morderme, o aquella vez en que las espinas de una
zarza casi me sacan un ojo, al pasar por una vegetación muy tupida
con el caballo. ¡De cuántos peligros me habré salvado!
Yo era un inexperto para caminar por aquellos lugares llenos de
barro, en que la mula caminaba al borde del precipicio con el
consiguiente peligro de resbalarse y caer hasta el abismo. Yo ni
siquiera sabía poner bien los arreos del caballo y debía obedecer
los consejos de mi acompañante que, con frecuencia, tenía que
abrirme paso a través de estrechos caminos con el machete. Yo
debía estar atento, cuando las ramas estaban muy bajas y, a veces,
podían golpearme. Varias veces, las ramas bajas se llevaron mi
sombrero sin mayores consecuencias. Otras veces, el caballo no
quería avanzar por algún motivo desconocido y había que estar
atento y ver la manera de tranquilizarlo. Pero, a pesar de mi
inexperiencia, confiaba en Dios y en mi ángel que me acompañaba y
me cuidaba. Por eso, quiero darle gracias públicamente a Dios por
este ángel, que ha colocado a mi lado para cuidarme y defenderme
durante toda mi vida.
EN EL HOSPITAL
No todo ha sido color de rosa en mi vida misionera. Varias veces,
he tenido que ser ingresado al hospital por motivos de salud. En
esos momentos, en los que me sentía muy débil, con frecuencia, no
tenía ganas de rezar y ni siquiera de sonreír.
Eran momentos en los que uno toca fondo y siente toda la
debilidad de su ser humano, que puede romperse en cualquier momento
y puede irse al otro mundo.
Pero, aún en esos momentos difíciles, procuraba acordarme de mi
ángel para que me acompañara y me ayudara. Ofrecía mis
sufrimientos a Jesús, como flores de amor, aunque quizás no
siempre con la alegría que debiera. Soy consciente de que soy muy
débil ante el dolor, pero sé que tiene mucho valor ante Dios. Por
eso, trato de ofrecerlo, aunque, por otra parte, deseo que todo pase
pronto y así recobrar lo antes posible la salud. Pero, en medio de
mi debilidad, procuro ser un enfermo misionero, sabiendo que, hasta
el dolor y la debilidad, ofrecidas con amor, sirven para la
salvación del mundo.
Muy especialmente, me acuerdo de una vez que estuve enfermo con
hemorragias de estómago y tuve que estar dos meses en descanso.
Durante esos dos meses, celebraba la misa yo solo, sentado, porque
no tenía fuerzas ni para celebrar de pie. Iba a la capilla a orar,
aunque con frecuencia me dormía. Sentía frío, mi estómago no
estaba bien y hasta me aburría estar en cama. Me sentía como un
pobre inútil, mientras mis hermanos tenían que hacer solos todo el
trabajo.
En otra oportunidad, fue algo totalmente diferente. Se me
paralizó una cuerda vocal y no podía hablar normalmente. Sufría,
porque, para hablar fuerte, me salían gritos. Tuve que buscar una
señora foníatra para hacer ejercicios de voz, pero pasé dos años
sin poder celebrar la misa en público y sólo me dedicaba a
confesar, pues el hablar en voz baja me era más factible, aunque
con dificultad. Era, pues, un cero a la izquierda en la comunidad,
sólo era un enfermo misionero, cuando yo hubiera querido estar sano
y fuerte para trabajar como los demás hermanos, pero los caminos de
Dios son diferentes.
Por eso, he aprendido a ver la mano de Dios en todo y saber
aceptar su voluntad, pues de nada sirve rebelarse contra las
situaciones adversas o enfermedades, que pueden tener un valor
enorme sobrenatural, si las ofrecemos con amor. Ahora ya no puedo
trabajar en la Sierra o en la selva, mi trabajo especial es como
enfermo misionero y hacer lo que puedo en las tareas parroquiales.
¡Dios sea bendito!
ORACIONES MISIONERAS
MISIONERO EN LOS ANDES
Señor, soy misionero y me encuentro esta tarde lejos, muy lejos
de la civilización. Me encuentro en una de las montañas de los
Andes y es hermoso ponerse aquí de rodillas y rezar en silencio,
frente al grandioso panorama que se abre ante mí.
La tarde está en declive, comienza el ocaso del sol y veo
algunas nubes paseando por aquí. Señor, el paisaje que contemplo
es recio y fuerte por la gallardía con que miran las montañas. Me
parece escuchar su voz a través del viento, una voz profunda y
armoniosa, algo así como los acordes de la quinta sinfonía.
Señor, mi caballo relincha de gozo en este instante, parece que él
también siente tu presencia en las alturas.
Mi guitarra parece indicarme que la coja en mis brazos y responda
con sus notas y mis cantos a ese Dios que yo siento en el aire que
respiro, en el paisaje que contemplo, en el alegre relincho de mi
caballo y hasta en esas nubes que pasean por el cielo.
Señor, ahora estoy sentado en lo más alto y veo barrancos y
ríos y valles. Y con mi guitarra y el eco de los montes te canto,
Señor, diciendo: “Gracias por la vida. Me siento feliz de haber
nacido y mucho más feliz por haberte conocido. Amén”.
Después de esta canción, que era oración, me sentí
descansado, sereno y feliz. Y de nuevo emprendí el regreso por
entre los montes, cantando con mi guitarra y montado en mi caballo.
Pronto me alejé de aquel lugar de oración, desde el que sólo se
divisaba a lo lejos: un hombre, un caballo, una guitarra. Y yo me
sentía contento de ser misionero del Señor.
EN LA SIERRA DEL PERÚ
Señor, en esta mañana lluviosa de setiembre me encuentro en un
rincón perdido de los Andes y yo te alabo y te agradezco por el
bonito panorama que contemplo ante mi vista. Estoy en un lugar que
se llama Panamá. Desde el portal de una humilde chocita campestre
estoy viendo llover a raudales. Los pollos y las gallinas se pasean
ante mí. Los perros están acurrucados en la cocina. Victoria se
afana preparando el desayuno. Julio, el papá de la familia, está
preparando el lugar para la misa.
¡Que bueno es mi amigo Julio! Me dice: ¡Que bien viene esta
agua para mi tierra! Y yo, contemplando el paisaje y escuchando el
murmullo de la lluvia le hablo de Dios y de tantas maravillas que
Dios ha creado para alegría de los hombres.
A lo lejos se divisan los montes altivos y orgullosos de los
Andes y los campos con su caña de azúcar, el café, los plátanos
y los árboles silvestres. El cielo está encapotado; pero, poco a
poco, se ve en la lejanía un horizonte cada vez más claro,
poniendo la esperanza de un día de sol que ha de venir.
Después del desayuno, he recibido a algunos campesinos que han
venido a visitarme y a conversar de las cosas de Dios. Al atardecer,
cuando ya el día estaba calmo y sereno, ha venido la gente de los
alrededores para la misa, que he celebrado con todo el fervor de que
era capaz, ofreciendo mi vida a Jesús por la salvación de mis
hermanos. Y ellos, en silencio, me escuchaban hablarles de un Dios
amigo, de un Dios cercano, que siempre nos espera en la Eucaristía.
También les he hablado del ángel custodio, de ese amigo
inseparable que siempre nos acompaña y que nos protege de tantos
peligros y asechanzas del maligno. Y, por supuesto, les hablé de
nuestra Madre María. Les conté algunos relatos sobre apariciones
marianas y me he sentido feliz de verlos tan admirados y
silenciosos, escuchando mis palabras.
Después de la misa y de la cena, me he retirado a descansar y,
en ese momento de oración, le di gracias a mi Dios por haberme
hecho misionero. Gracias, Señor, por la alegría que me das y por
haberme hecho sacerdote para llevar tu mensaje de amor a todos mis
hermanos.
Mañana tengo que levantarme temprano para ir a otro lugar
llamado Choros, junto al río Marañón, y así seguiré predicando
tu palabra y tu mensaje por los pueblos del mundo, porque ser
misionero es ser misionero del mundo entero. Gracias, Señor, por
ser misionero.
SIGUIENDO EL CAMINO
El día comienza. Todavía el ambiente respira la frescura de la
noche y me encuentro en Choros, acompañado de dos de mis amigos.
Estamos sentados en una pequeña habitación que nos dieron de
posada, esperando el desayuno y temiendo la llegada del tremendo
calor que hace siempre en esta tierra.
Señor, Choros es el lugar más apartado de mi parroquia, es una
llanura entre montañas, a la orilla de un gran río: el Marañón.
Es tierra cálida y fértil, donde los arrozales y los cocoteros se
extienden a la orilla de este gran río. Solamente una vez al año
la he podido visitar y quizás nunca más la vuelva a ver, pero
siempre la llevaré en mi corazón y siempre estarán sus hijos en
mi oración.
Señor, comprendo que al ser visitados tan pocas veces, su fe
esté débil, pero siempre rezaré por ellos. Sí, haré una
campaña de oraciones y sacrificios, pediré oración a todos los
que pueda en todos los rincones del mundo, porque sé que no los
puedo dejar solos. Son como los hijos lejanos que un padre nunca
puede olvidar y, aunque no los pueda ver, siempre los lleva en su
corazón y en su oración.
Cada día, al celebrar la misa, encomiendo a un ángel que lleve
hasta ellos las bendiciones del Señor. No están solos, son mis
hijos alejados, lejanos, pero muy queridos.
Señor, haz que en cada uno de ellos brille una luz y surja la
esperanza para que, comprendiendo tu presencia entre sus almas,
puedan alabarte y darte gracias.
¡Que Dios los bendiga. Nunca los olvidaré a lo largo de mi
vida!
HABLANDO CON DIOS
Señor, después de una gira por los rincones más apartados de
mi parroquia he vuelto mejorado a mi vida ordinaria. Nunca podré
olvidar aquella noche en que, para huir del calor del día, hicimos
el recorrido a la luz de la luna. La tranquilidad y el silencio nos
rodeaba, solamente interrumpido por algunos animales nocturnos que
gritaban desde lejos.
Tuvimos que pasar un río poco profundo, y con peligros que
podían acechar, porque en aquellos lugares había pumas, esos
tigres americanos que merodean las casas en busca de ovejas que
matar. Pero el viaje fue tranquilo y, al amanecer, ¡qué belleza,
ver el sol nacer entre los montes! Parecía que un mundo nuevo
amanecía y yo sentía a Dios en las flores, en el cielo y en los
árboles y hasta en el aire que tenía un olor a tierra mojada.
¡Qué maravillosos paisajes! ¿Por qué hiciste cosas tan bellas,
Señor?
Y qué sencillos aquellos hombres que salieron a mi encuentro y
que me buscaban para conversar. Les hablé de Dios y me escuchaban
atentos y, cuando celebré la misa en aquella casa sin puertas,
hasta los pequeños me miraban con ojos abiertos. Yo me sentía
contento en medio de ellos y pensaba que estaba celebrando de nuevo
el grandioso misterio de la Navidad. Y Dios bajó a nosotros en
aquella choza y yo sonreía a aquellas gentes humildes, que me
querían de verdad.
Gracias, Señor, por mi vida misionera. Gracias por ser
sacerdote. Gracias por esta misa que he podido celebrar. Gracias,
por tu presencia en medio de nosotros. Gracias por todo, Señor.
EN UN RINCÓN DE LA TIERRA
Señor, me encuentro en un rincón del mundo, perdido entre las
montañas. Esta mañana hemos celebrado la primera comunión de unos
niños muy pobres. Algunos estaban descalzos, algunos parecían
desnutridos y poco desarrollados para su edad, algunos tenían los
ojos tristes, otros en cambio, estaban alegres. Hemos celebrado la
misa en la escuelita del caserío, que tendrá unos 50 habitantes
permanentes sin contar los que viven en casas aisladas por los
alrededores.
Señor, me he sentido contento de ver sonreír a estos niños.
Durante la misa les he hablado de María y de que deben amarla y
encomendarse a ella. Les he dicho que recen todos los días, al
menos, tres Avemarías al levantarse y acostarse, y que se consagren
a Ella, que como Madre cariñosa los cuidará y protegerá con su
manto. Después de la misa se me ha acercado un niño, Felipe, y me
ha dicho que quería que le ponga el manto de la Virgen para que su
consagración a Ella sea de verdad para toda la vida. Me ha
emocionado su gesto y le he puesto sobre la cabeza mi estola
sacerdotal y he rezado por él consagrándolo a María y haciéndole
repetir una oración. Y me sonrió con una bella sonrisa. ¡Qué
bella es la sonrisa de los niños, Señor!
Creo que María habrá sonreído a Felipe, que, con sus ocho
años, ha comprendido mejor que muchos “sabios” de este mundo
que, bajo el manto de María, se vive mejor y más feliz que con
todo el dinero y con todos los placeres del mundo. Por mi parte,
consagré a María a esos niños que habían hecho su primera
comunión, en especial, a Felipe para que sea sacerdote y continúe
mi tarea.
Señor, gracias por habernos dado a María como Madre nuestra.
Gracias por su presencia cariñosa a nuestro lado. Gracias, Madre
mía, por tu sonrisa y por tu amor.
CANTANDO CON LOS ÁNGELES
Era un día caluroso y yo viajaba a caballo hacia un caserío
distante, donde me esperaban para la misa. A medio camino, nos
detuvimos yo y mi acompañante para tomar un descanso. Estábamos
rodeados de montañas y yo pensaba en los ángeles que nos rodeaban.
Pensaba: ¡Cuántos ángeles habrá por aquí! y quise sentirme
rodeado de ángeles y le pedí al Señor que me enviara millones y
millones de sus ángeles para acompañarme en aquel viaje y para que
me defendieran de todos los peligros.
Cuando reanudamos la marcha, íbamos en silencio, pero yo estaba
en oración y pensando en aquellos millones de ángeles invisibles
que me acompañaban. Y me sentía especialmente contento. ¡Es tan
hermoso sentirse rodeado de ángeles! Y hablaba con ellos y les
sonreía y jugaba con ellos a ver quién amaba más a Jesús. Yo
decía: “Señor, te amo con todo mi corazón”. Y me imaginaba
que ellos me respondían: “Nosotros te amamos con todo nuestro ser”.
Y pensaba: “Me ganan, porque son muchos y son más santos que yo”.
Y yo seguía: “Señor, te amo con el amor de Jesús y de María”.
Y ellos decían: “Señor, te amamos con el amor de Jesús y de
María y del Espíritu Santo”. Y yo respondía: “Señor, te amo
con todo el amor que existe y ha existido y existirá en el Universo
por siempre jamás”. Y ellos respondían: “Y nosotros te amamos
con tu mismo amor de Dios y de todas tus criaturas”.
Creo que quedamos empate, pero me sentí feliz de estar tan bien
acompañado. Cuando tuvimos nuestro segundo descanso, me di cuenta
de que había un eco formidable en aquel lugar. Entonces, les
invité a los ángeles a alabar a Dios conmigo. Les dije: “A ver
quién grita más fuerte”. Yo decía con toda mi voz: “Dios
mío, yo te amo” y el eco de los montes repetía “Dios mío, yo
te amo”. Y así, diciendo palabras de amor a Dios, seguí unos
momentos. Mi acompañante me miraba, sonriendo... ¿Y los ángeles?
Creo que también participaron, aunque no pude oír su voz. Y me
imaginé que, como la vez anterior, también habíamos quedado
empate.
Después, continuamos el último tramo del camino y me imaginaba
a los ángeles, cantando como aquella noche de Navidad. ¡Qué bello
debe ser el canto de los ángeles, de millones de ángeles, a la
vez! Por la noche, a la hora de la misa, rodeado de aquellos
campesinos humildes, me volví a sentir rodeado de ángeles. En el
momento de la consagración, me imaginaba que estaban de rodillas
adorando a su Dios, recién nacido, en aquella chocita del último
rincón del mundo.
¡Que felicidad vivir en íntima unión con los ángeles! Creo
que el Padre Dios me sonrió aquella noche, en aquella chocita de
barro durante la misa, pues le recordaría la noche bella y hermosa
de la Navidad en la cueva de Belén. Y creo también que los
ángeles cantarían hermosas canciones al niño Dios.
EN LA SELVA
Recuerdo aquel día en que fui con otro sacerdote a visitar la
selva. Llegué a bordo de una pequeña avioneta hasta lo más lejano
de su parroquia. Después tuvimos que caminar dos horas hasta llegar
al lugar donde nos esperaban. Nunca me olvidaré de aquel viaje de
bendición. Hicimos un recorrido en lancha por el río para visitar
a otros poblados machiguengas en plena selva. Fue algo delicioso y
encantador para mí, porque era algo nuevo. Disfrutaba de verdad
ante aquel paisaje cautivador, que se extendía a lo largo de las
márgenes del río. Los tucanes y las chicharras nos acompañaban
con su canto, el cielo estaba hermoso y todo era tranquilo en
aquella jornada. Y yo alababa a mi Dios por tantas maravillas.
Cuando al atardecer, celebré la misa, mientras el otro sacerdote
confesaba, me sentía feliz de ser sacerdote y poder celebrar el
gran misterio de la Navidad en aquella chocita humilde, pero en
donde también estaba el mismo Dios encarnado en la hostia
consagrada. Los niños me miraban con ojos abiertos y yo les
sonreía. Sí, Dios bajó hasta nosotros aquella noche en plena
selva, como si hubiera querido ser uno de nosotros. Aquel día era
como si Jesús nos dijera que él también era un indio entre los
indios de la selva y que podían abrazarlo en la comunión como a
una amigo de verdad, que se dejaba querer y los amaba con todo su
corazón.
Al anochecer, me fui a orar junto al río y allí, a solas con
Dios, sentí su amor y su presencia como quizás nunca antes en mi
vida. Sentí que Jesús estaba allí conmigo, sentí que me amaba y
que estaba feliz de estar conversando conmigo en aquel rincón del
mundo. Sentí que Jesús era mi amigo de verdad y nos prometimos
amor eterno, sin condiciones, para siempre. Desde entonces, Jesús
ha sido más real en mi vida y, cada vez que celebro la misa, lo
miro entre mis manos y recuerdo aquel día en que me hizo sentir su
presencia en un poblado machiguenga en un lugar lejano de la selva.
Allí estaba Él esperándome y yo me emocioné al sentir su amor en
el silencio sonoro de la selva, entre los ruidos de la noche y el
murmullo de las aguas del río, que me invitaba a orar. Gracias,
Señor, por haberme hecho sacerdote.
FRENTE AL MAR
Señor, me encuentro en el Peñón de Vélez de la Gomera en las
costas marroquíes, y soy el capellán de un destacamento militar
español. Hace un día espléndido en este mes de noviembre. Y yo
siento una alegría intensa e inexplicable al ver el mar tan manso y
apacible que parece que tuviera miedo de besar las playas. Miles de
peces he visto desde los acantilados y ahora me siento feliz,
contemplando el horizonte sin límites. Las gaviotas planean con
destreza y se posan en el mar, y después se dirigen raudas hacia la
altura. ¡Qué bonito es ver volar a las gaviotas! ¡Qué bello es
el atardecer, cuando el sol deja una estela roja sobre el horizonte!
Aquí he disfrutado de los atardeceres más bellos de mi vida,
llenos de poesía y de oración. ¡Cuántos días, al ir a celebrar
la misa, disfruto del atardecer y después celebro la misa a solas
con Jesús, pues apenas dos soldados me acompañan. Pero ¡qué
importa, si la misa es la misa de Jesús y yo soy su ministro, y
podemos celebrar unidos el gran misterio de la redención! ¡Oh
Jesús, cuántas veces he sentido deseos de ser santo y amarte con
toda mi alma al disfrutar de las bellezas de la naturaleza! No
solamente en este Peñón, cuando veo a los delfines jugando y
saltando sobre el agua, también he sentido esta misma alegría
entre las montañas de la sierra del Perú al ver a los huacamayos
con sus lindos colores o al ver el maravilloso panorama de la selva
desde la altura del avión.
Señor, tú estás aquí conmigo y me siento feliz de tu
presencia. Tú eres mi amigo y yo te amo. Gracias por haberme
escogido y por quererme tanto.
Me siento muy débil y pequeñito ante el dolor y ante los
problemas y fracasos de la vida diaria, pero Tú, Señor, lo puedes
todo. Hazme santo, y gracias por este día tan maravilloso, por los
buenos musulmanes que son mis amigos, por las montañas que se ven a
lo lejos y que ponen un fondo de leyenda a este rincón de ensueño.
Gracias por los delfines y las gaviotas, por el sol y las montañas,
por el cielo y por el mar. Gracias por decirme que me amas a grandes
voces a través de este paisaje tan hermoso. En este momento, me
comprometo a dejarte obrar en mí y a dejarme amar por ti para que
puedas llevarme a la santidad.
CON JESÚS EUCARISTÍA
Señor, te doy gracias por todas las veces que, a lo largo de mi
vida, he podido estar a tus pies, adorando tu presencia y
agradeciendo tu amor. Quiero agradecerte, especialmente, por todas
las veces en que me has hecho sentir tu presencia de manera
sensible. Han sido muchas veces en las que, de modo callado, pero
sensible, me has hecho sentir tu amor y tu bondad. Por eso, puedo
decirte que Tú eres el Señor y dueño de mi vida. Tú el centro y
el Señor de mi existencia.
¿Te acuerdas de aquel día en que estaba enfermo en la clínica
y me fui a la capilla a rezar? Me pase un par de horas tranquilo,
contento y con mucha paz.
Y, cuando estaba en Pimpincos, y me iba a tocar la campana y a
preparar las cosas, antes de la misa, y me quedaba unos momentos
contigo... Parecían momentos de gloria. Y, cuando en el Peñon de
Vélez, iba a celebrar la misa y miraba al sol del atardecer...
Parecía como si tú estuvieras visiblemente presente en aquel sol
maravilloso, que se ocultaba.
Señor, es cierto que, muchas veces, me he dormido a tus pies,
llevado por el cansancio o la falta de sueño o la enfermedad. Pero
sé que tú me sonreías desde el sagrario e irradiabas tus rayos de
luz sobre mí.
¡Oh Jesús Eucaristía, centro de mi vida y amor de mi alma. Sin
Ti no podría vivir. Por eso, quiero unirme a tus ángeles y santos
para adorarte cada día. Quiero ser tu amigo. Ayúdame a cumplir el
compromiso que hice contigo aquel día, estando en Arequipa, de
pasarme todos los días, al menos, una hora extra a tus pies junto
al sagrario.
Señor, recibe mis pecados, mis sufrimientos y debilidades y haz
que sea tu amigo de verdad. Te ofrezco mi vida, te ofrezco mi amor
con todos los besos y flores de mi corazón. Amén
TERCERA PARTE
DESEOS DE SANTIDAD
En esta tercera parte, quiero expresar mis deseos de santidad a
través de algunos de mis escritos, que pueden animar a los jóvenes
y no tan jóvenes a ser misioneros y a aspirar a la santidad. Muchos
de estos escritos son de mis años jóvenes, cuando tenía tantas
ilusiones de cambiar el mundo y de ser un misionero santo. Ojalá
que puedan servir para alentar a todos a seguir el camino de Dios en
plenitud y no quedarse en una vida tranquila de mediocridad,
estancados y sin ilusión. Vale la pena intentarlo. Dios nos quiere
santos y nosotros debemos tener deseos de santidad.
VIDAS EJEMPLARES
MI MAESTRO
En un pueblo de Castilla, de cuyo nombre sí quiero acordarme,
pasé los mejores años de mi infancia. Nunca olvidaré aquellas
tardes en que iba al frontón a jugar a la pelota o aquellas otras
en que me iba con algún amigo al campo, en pleno verano a recoger
fruta de su huerta.
Los domingos, después de la misa, era la catequesis para los
niños en la misma iglesia. Por la tarde, el párroco nos reunía a
los niños para ver una película muda de Charlot y enseñarnos las
cosas de Dios. Siempre recordaré los días de Semana Santa, porque,
con frecuencia, venían los “frailes de barba”, los Padres
capuchinos, y nos hacían reflexionar seriamente en el más allá.
Cuando había procesiones por las calles del pueblo, era hermoso
ver, ordenadamente, niños, hombres y mujeres en grandes filas,
cantando el Ave María y otras canciones religiosas.
También tengo presente en mi memoria a los momentos en que iba a
la escuela, con todos mis amigos. Había días del más crudo
invierno, en que apenas íbamos cinco a la clase. Y nos
calentábamos en la estufa encendida con leña. Pero, normalmente,
la escuela era para nosotros un lugar de aprendizaje para la vida.
Siempre recordaré con cariño a aquel gran maestro que, además de
enseñarnos las materias del curso escolar, nos hablaba de Dios y de
los valores humanos. Nos ponía ejemplos para inculcarnos la
justicia, la caridad, la honradez, la sinceridad, la responsabilidad
y la pureza de costumbres para llegar a ser “hombres de provecho”.
Eran muchos los ejemplos. Uno de los que más recuerdo es el de
aquel joven que fue a pedir un trabajo y le dijeron que no había.
Al salir, encontró un alfiler en el suelo y se lo devolvió al
dueño. Y el dueño, admirado por aquel detalle, le dio trabajo,
porque necesitaba personas honradas hasta en lo más mínimo.
Desde estas líneas, quiero elevar mi agradecimiento a aquel
maestro bueno y religioso, que, con su buen ejemplo, nos enseñó a
orar y a ser buenos ciudadanos para el bien de la patria. Cuando,
después de muchos años, regresé al pueblo, ya había muerto y
pude darme cuenta de que todavía su recuerdo seguía vivo y tenía
un nieto sacerdote.
Que Dios lo bendiga y lo tenga en su reino. Él fue un ejemplo
nosotros. Él fue un “santo varón”, que nos enseñaba con el
ejemplo no importa saber su nombre. Siempre lo llevo en mi corazón.
Le podríamos llamar, simplemente: San Maestro
MI AMIGO AGUSTIN
“Aquí yace Agustín Pérez García”. Así comenzaba el
epitafio de su tumba. Fue una tarde de otoño, en que las hojas de
los árboles caían en desbandada y el cielo encapotado de nubes
negras hacía ver más tristes las cosas de la vida. Fui al
cementerio a visitar a mi amigo y al leer su epitafio y pensar en su
vida yo pensé, en el silencio de aquella tarde, en las huellas
profundas que había dejado a su paso entre familiares, amigos y
conocidos.
Sentado junto a su tumba, vi su vida pasada como en una
película. Recordé sus años de niño, cuando los dos íbamos a la
escuela por el camino del río, cuando íbamos a cazar mariposas, a
descubrir tesoros escondidos, a jugar a la pelota o zambullirnos en
el río. ¡Aquellos días de la infancia que parecían de eterna
primavera!
Crecimos juntos en aquel lugar de nuestra tierra y soñamos
juntos en nuestro porvenir. Yo quería ser militar, como mi padre, y
tener un uniforme nuevo para hacerme respetar y admirar por los
demás. Él quería ser jinete y cabalgar por las praderas entre las
flores y los ríos y las hojas de los árboles. ¡Cuántas veces
también solíamos hablar con Dios en la soledad del crepúsculo,
acompañados por el agua del río y el susurro de los pinos del
monte! Hablábamos con Dios y lo sentíamos tan cerca que le
contábamos nuestras penas, lo asociábamos en nuestros juegos y
cantábamos con canciones de nuestra tierra.
Así, poco a poco, entre llantos y sonrisas, entre penas y
alegrías, fueron perdiéndose en el recuerdo los días de nuestra
juventud. Nos hicimos adultos y yo, olvidándome de mis sueños
militares, me hice sacerdote para siempre; él, por su parte,
encontró a la buena Antonia y se casó con ella. Los dos formaron
un hogar humilde. Los dos eran felices, amándose de veras.
Trabajaban con entusiasmo desde el amanecer hasta la caída del sol.
Su bondad y simpatía eran de todos conocidas. A pesar de su
pobreza, siempre había ayuda para los necesitados en su hogar y
todos los días rezaban en familia el rosario a María.
Recuerdo aquel año en que el pueblo se cubrió de luto por la
crecida del río. Murieron cinco personas y varias casas quedaron
destruidas. En aquellos momentos de dolor general, Agustín no
descansaba, dejaba sus tierra al cuidado de Dios y acompañado de la
buena Antonia, recorría las casas pidiendo ayuda para aquellos
hombres sin techo, angustiados y enfermos. Durante tres meses,
cobijaron en su casa a cinco personas que con ellos compartieron su
pan como en familia.
Algunos días, cansado del trabajo, Agustín se recostaba en su
cama y pensaba en sus hermanos y se repetía sin cesar: “Agustín,
ellos esperan tu entrega, tu servicio y esperan tu amistad, no los
abandones”. Y así, con nuevas fuerzas, se ponía de rodillas y
comenzaba a rezar.
Pronto vinieron los hijos, que fueron recibidos como una
bendición de Dios: Patricia, Francisco, Matilde, José y
Martincito. Cinco pimpollos, que llenaron de lágrimas y sonrisas
aquella casita de Agustín.
Sus hijos fueron creciendo y él seguía trabajando la tierra,
cantando a la vida, ayudando a quien podía y confiando siempre en
Dios. Pero un buen día su esposa cayó gravemente enferma. Cáncer
diagnosticaron los médicos. Sin embargo, él, siempre sereno, le
confiaba a Dios sus penas y la animaba a sufrir con paciencia. Él
la veía agotarse cada día, él la veía dirigirse lenta e
inexorablemente hacia la muerte y él sufría, porque la amaba y no
quería quedarse solo, sin su Antonia.
Pero él le ofrecía a Dios su vida y sus sufrimientos y todas
las mañanas, después de besarla con cariño y sonreírle,
respiraba profundamente, besaba el crucifijo que llevaba en el
cuello y cabalgando en su caballo, con la filarmónica entre las
manos, se encaminaba lentamente a su trabajo diario.
Al fin, murió la buena Antonia y se quedó triste y solo. Se
sentía viejo, pero no se amilanó ante la vida. Con nuevos bríos
se dirigió a la ciudad a vivir con Patricia, que estaba casada con
un ingeniero y tenía ya tres hijos. Su vida recobró un nuevo
aliento al estar entre los suyos. Sus nietos lo querían con locura
y él les hablaba de Dios, de las flores, de sus tierras... Los
domingos los llevaba de paseo por el campo; y los días ordinarios
los llevaba al colegio en la mañana y por la tarde iban a la
iglesia a dar gracias a Dios y a comulgar en la misa vespertina.
¡Qué alegría se llevó aquel día en que su nieto Vicente le
dijo que quería decir misa como el Padre de la Iglesia! Le
entusiasmó la idea, lo animó a realizarla y al poco tiempo ya
estaba Vicente en el Seminario. Y así, poco a poco, entre las cosas
sencillas de cada día, iba viviendo Agustín lleno de amor a Dios y
a los hombres, hasta aquella tarde en que un coche lo mató en la
pista.
Cuando me enteré, acudí presuroso a consolar a la familia. Al
día siguiente, les celebré la misa y les hablé de Agustín, el
hombre santo y bueno, que se santificó amando a Dios y a los
hombres en las cosas sencillas de la vida, cumpliendo en todo
momento su deber como un verdadero cristiano.
Al llegar a este punto de mis pensamientos, sentado en el
cementerio, me levanté, miré por última vez su tumba y le
sonreí, recordando nuestros juegos e ilusiones de niños. Los dos
habíamos seguido caminos diferentes, pero ambos habíamos dirigido
nuestras vidas rumbo a las estrellas del cielo. Él me había ganado
la carrera; pero yo, entusiasmado con el ejemplo de su vida, hice el
propósito de acelerar la marcha para subir cada día más arriba y
estar más cerca de Dios junto a las estrellas de la eternidad.
¡Ojalá que lo consiga! ¡Que Dios bendiga a Agustín por su
ejemplo y por su vida!
ACCIDENTE FATAL
Todavía recuerdo a mi amigo Felipe, que nos dejó una tarde
calurosa de verano. Nosotros, impotentes, lo veíamos morir cada
minuto y sentíamos profunda tristeza ante aquel amigo íntimo, que
se iba para siempre.
Todo comenzó aquel domingo en que fue con un amigo a dar un
paseo en coche por la orilla del mar. El tiempo era apacible y los
dos conversaban alegremente de su trabajo, de su vida y de su
familia. Pero, en un momento dado, sin previo aviso, un autobús de
pasajeros los chocó por detrás y quedaron atrapados entre hierros
retorcidos, casi inconscientes y sufriendo atrozmente. En un
instante, su vida había quedado al borde del sepulcro. Estaban
sangrando profusamente y todo parecía un triste final.
Gracias a Dios, pudieron ser rescatados y llevados al hospital
más cercano, donde su amigo pudo restablecerse en poco tiempo. Pero
mi amigo Felipe tuvo que ser operado y le quitaron las dos piernas.
Y así comenzó un nuevo calvario en su vida sin poder caminar. Él
se desesperaba, gritaba y se rebelaba contra Dios. ¿Por qué,
decía, tenía que ser yo? ¿Por qué no me he muerto de una vez?
¡Quiero morirme, no puedo soportar más!
Y, sin embargo, lo soportó. En los momentos de calma, cuando los
dolores amainaban, comenzó a pensar. Pensó en su nueva situación
ante la vida. ¿Qué iba a ser de él? ¿Valía la pena seguir
viviendo? ¿Cuál era el sentido de su vida?
A solucionar estas cuestiones le ayudó la religiosa enfermera
que lo atendía en el hospital. Y no con palabras, lo hizo con su
modo de ser y de atender. Era admirable aquella religiosa. Siempre
sonriente, siempre con palabras de aliento y hablándole de Dios.
¿Cómo es posible, se decía, que esta religiosa encerrada de por
vida entre enfermos y dolores pueda sonreír y ser feliz? No cabe
duda, algo debe haber en ella que la haga tan feliz ¿Será su modo
de ser? ¿Será su vida entregada? ¿Será Dios?
Así empezó a pensar y a confiar en Dios, leía libros
religiosos y cada día se iba afianzando más en el conocimiento y
en el amor de Dios. Él también quería ser feliz como aquella
buena religiosa y para ello no necesitaba tener dos piernas, solo
hacía falta amar y confiar en Dios. Y ese fue el principio de su
conversión y de su entrega a Dios. Le ofreció todos sus dolores y,
al sentirse útil, ya no deseó morirse y comenzó a sonreír ¡Qué
cambio tan grande se había dado en él! Parecía un santo,
sufriendo valientemente el dolor.
Él quería sobrevivir y así lo pedía en oración, pero otros
eran los planes de Dios. A los dos meses de estar en el hospital,
sintió fuertes dolores. Sólo le quedaban veinte días de vida.
Pero él, al saberlo, no se desesperó. Lloró en silencio junto
a Dios y aceptó sus planes con paciencia y serenidad. Cada día que
pasaba se sentía más cerca de Dios y, olvidándose de todo, sólo
pensaba en amar a Dios.
Al fin llegó aquella tarde calurosa de verano en que partió
hacia la eternidad... Algunos decían: ¿Por qué lo ha permitido
Dios? ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Por qué no murió en el
accidente? Pero él ya les sonreía desde el cielo y ya volaba bajo
las estrellas del firmamento. Y yo, pensativo, recordé sus palabras
antes de morir: "Cuando muera, no estés triste, voy a vivir
feliz eternamente con Dios. Me alegro de haber nacido y de morir
confiando en Dios. ¡Dichoso accidente que transformó mi vida!
¿Qué hubiera sido yo sin él? Un hombre cualquiera, uno del
montón. Pero ahora tengo fe, amo a Dios y sé que Él me espera
más allá de la muerte, lleno de amor. Por eso le he dicho: Señor,
aquí estoy, todo lo mío es tuyo, ahora y para siempre”.
Felipe Antonio, descansa en paz. Gracias, por tu valor y por tu
ejemplo.
EL CAMPESINO POBRE
Durante mi estancia en la Sierra Perú, tuve la dicha de conocer
a un pequeño gran hombre. Un gran hombre de pequeña estatura. Su
nombre era Juan o Juanito, como todos le decían, era uno de
aquellos hermanos del apostolado, que cumplía fielmente con la “promesa”,
es decir, que todos los primeros viernes de mes, cumplía con
asistir al pueblo a la misa para comulgar. Él vivía en un caserío
alejado de la parroquia, a unas tres horas y media de camino.
Su presencia irradiaba un algo de “divino”, por su constante
sonrisa y por sus ojos brillantes de la alegría de Dios. ¡Cuántas
veces me acompañó por aquellos caseríos en mis correrías
apostólicas!. Él era mi segundo ángel guardián para cualquier
emergencia que surgiera en el camino. Cuando llegaba a su casa, su
esposa se desvivía por atenderme y ponerme la comida apropiada para
mí. Lo que más admiraba de él, era su disponibilidad para
servirme a mí y a sus hermanos. Era el catequista del lugar y se
preocupaba de reunir a la gente del caserío para la catequesis del
domingo. Para todos, era un buen padre. Para los niños, parecía un
abuelito, que a todos quería y acariciaba con cariño.
Cuando iba con él, yo iba en su mula y él a pie. Yo admiraba su
resistencia física y su espíritu de sacrificio. Vivía la pobreza
sin haber hecho voto y yo aprendía de él a vivirla, mejor que en
los libros.
Su historia había sido muy original. Ya adulto, no sabía leer
ni escribir, y algunos protestantes lo buscaban para hablarle de los
ídolos (léase imágenes religiosas) le decían que se iba a
condenar si no dejaba la religión católica y se hacía
protestante. Él, hombre de oración, no sabía responderles. Como
amaba nuestra fe católica, comenzó a aprender a leer y a escribir.
Cuando ya supo leer, todas las noches, a la luz de una lámpara
Petromax, leía y leía la Biblia para poder contestar a los
protestantes. Después de dos años de leer constantemente la Biblia
todos los días, empezó a ir a distintos caseríos a hablarles de
Dios, como un misionero itinerante.
En varios lugares, cuando él llegaba, se reunían y lo admiraban
por sus profundas palabras y su convencimiento personal. Cuando
había enfermos, los visitaba y... algunos se sanaban. El Padre
Alonso, que lo conocía mejor que yo, le preguntó un día: - “Tú
¿qué haces? Dice la gente que sanas a los enfermos. Y el
respondió: - Padrecito, yo he leído que Jesús dice: “Él que
cree en Mí, impondrá las manos sobre los enfermos y éstos
quedarán sanos”. Yo rezo y ellos se curan.
Maravillosa respuesta de un hombre que creía en la Palabra de
Dios.
Pues bien, mi amigo Juanito era un hombre de fe profunda. Un
hombre que, cuando venía a la Parroquia, disfrutaba, rezando
delante del sagrario con su amigo Jesús. Él vivía con Jesús, él
amaba a Jesús, él disfrutaba, acompañando a Jesús y
recibiéndolo en la comunión.
Juanito era, en mi opinión, el mejor amigo de Jesús en aquellos
lugares, el que con sus ojos brillantes de fe y de amor, hacía el
bien a todos los que lo rodeaban, el que oraba por los enfermos y
muchos se sanaban, un hombre que nunca olvidaré y que ahora, desde
el cielo, está intercediendo por nosotros. Y, al pensar en Juanito,
estoy pensando en tantos otros, que fueron un ejemplo para mí y me
ayudaron a amar más a Dios con su fe, su sacrificio y su
generosidad.
A él le podríamos llamar Juan de Dios, porque, creo, que,
realmente, era un hombre todo de Dios.
EL VENDEDOR DE FLORES
Estaba un día sentado junto a un arbolito al borde de un camino.
Los pájaros, alegres, revoloteaban a mi alrededor. Las aguas del
arroyuelo saltaban juguetonas entre las piedras. El cielo brillaba
en el firmamento azul y yo me sentía contento, mirando el bello
panorama del atardecer. Y me puse a pensar… Pensaba en la
eternidad, en la fugacidad de la vida, y en el más allá.
De pronto, vi venir por el camino a un vendedor de flores. Muchas
veces, a lo largo de mi vida misionera, los había visto por las
calles de Lima, pero aquella tarde me pareció un poco extraño
encontrarme por un camino solitario a uno de ellos. Él se acercó y
me dijo:
¿Puedo descansar contigo? Por supuesto, le respondí ¿Cómo te
llamas?, le pregunté Antonio Y ¿qué haces por aquí a estas
horas? Estoy recogiendo del campo las flores que mañana iré a
vender por las calles de la ciudad ¿Y eres feliz con este trabajo?
Muy feliz. Como ves, tengo bellas flores. Y cada una de ellas tiene
la bendición de Dios, pues al recogerlas le pido al buen Dios que
bendiga a quienes me las compren. Hay flores para todos. Y todas
llevan la sonrisa y el amor de Dios. Cada mañana, cuando me
levanto, me digo a mí mismo: Hoy quiero hacer más felices a mis
hermanos. Quiero repartir, por los caminos de este mundo, flores de
alegría, de amor, de pureza, de caridad y de paz. Flores que
alegren sus vidas y los hagan un poco más felices. Por eso, le pido
a Dios su bendición para que se cumplan mis deseos y todos sean
más felices. ¡Es tan fácil hacer felices a los demás! Yo lo
hago, repartiendo flores del campo. Tú puedes hacerlo, repartiendo
flores espirituales con tus pequeños servicios, con tu sonrisa, con
tu alegría, con tu generosidad. Yo reparto flores de amor. ¿Y tú?
Yo, le dije, también quiero repartir flores espirituales a mis
semejantes.
Entonces, pensé que sería un ángel bajado del cielo para darme
una lección. Pero no, parecía un ser humano, muy pobre y sencillo,
que vivía el amor de Dios sin grandes ideas teológicas. Y que,
despidiéndose de mí, me regaló unas flores y su mejor sonrisa. Y
yo pensé: Si hubiera venido un ángel del cielo, no lo habría
hecho mejor. Y me sentí pequeñito ante aquel humilde trabajador de
Lima, que vendía flores y repartía sonrisas, porque amaba mucho a
Dios.
UN SANTO SENCILLO
Había una vez un hombre sencillo. Nació en un pequeño pueblo
de España. Y allí mismo entró al convento de nuestra Orden para
ser sacerdote. Era inteligente y cumplía sus deberes a cabalidad. Y
así, poco a poco, fue creciendo en sabiduría ante Dios y ante los
hombres. Al ordenarse de sacerdote, sus superiores lo enviaron a las
misiones de China y allí trabajó los primeros veinte años de su
vida, con toda la fuerza de su juventud. Hasta que los comunistas lo
expulsaron junto a muchos otros misioneros y volvió a la patria.
Allí los superiores le encomendaron la tarea de la formación de
seminaristas.
Y así pude conocerlo. Era uno de esos hombres que dejan huella,
cuyo recuerdo no puede borrarse de la mente de los que lo
conocieron. Era un hombre de Dios, un hombre de oración. Y que, a
pesar de sus problemas de salud, nunca se quejaba. Yo supongo que
hacía tiempo que se había consagrado sin condiciones al Señor y
Él le había tomado la palabra. Pero, en su exterior, era un hombre
afable, sencillo y siempre sonriente.
Cuando íbamos de paseo, me gustaba estar a su lado para oírle
contar sus aventuras misioneras en China, lo cual me animaba
enormemente en mis deseos de ser misionero, al igual que a mis
compañeros. Era un hombre recto, que no transigía con la
mediocridad, era exigente, pero a la vez era un padre que sabía
entender. Nos corregía con seriedad, pero era también paciente.
Nos inculcaba mucho el espíritu de pobreza y, cuando celebraba
misa, se veía que la celebraba con fervor, por amor a Jesús.
Siempre nos hablaba de María, a quien tenía mucha devoción.
Cuando, después de muchos años, fui a verlo, estando ya él
viejo, lo seguía admirando por su espíritu de oración, de
servicio y sacrificio. Le gustaba servir la mesa, limpiar los platos
y hacer otros trabajos humildes para ayudar según sus fuerzas a la
Comunidad. Creo que era un santo de cuerpo entero, aunque,
aparentemente, no tenía dones extraordinarios. Su santidad era la
del cumplimiento fiel y alegre de las pequeñas cosas de cada día.
Él fue mi maestro de novicios y, por eso, cuando pienso en los
maestros de novicios, me imagino que todos son santos, como él lo
fue. En su tumba se podría haber escrito “P. Joaquín, un hombre
de Dios, un santo sencillo, sin llamar la atención”.
Él nos marcó el camino, ojalá sigamos sus huellas. Siempre lo
recordaré con cariño.
EL MENDIGO SANTO
Esta historia la cuenta Juan Tauler, famoso místico alemán del
siglo XIV. Dice que le pedía constantemente al Señor que le diera
un maestro espiritual para llegar a ser santo. Un día, al salir de
la iglesia, vio a un mendigo que pedía limosna. Sus pies estaban
heridos, llenos de barro y desnudos. Sus vestidos eran viejos y
estaban rotos. Daba pena verlo, pues tenía el cuerpo lleno de
llagas.
Juan le dio una moneda y le dijo:
Que Dios te bendiga y te haga feliz. Soy muy feliz. Sé que Dios
me ama y acepto con alegría todo lo que me sucede como venido de
sus manos. Cuando tengo hambre, alabo a Dios; cuando siento frío,
alabo a Dios; cuando recibo desprecio, alabo a Dios. Cualquier cosa
que reciba de Dios o que él permita que yo reciba de otros,
prosperidad o adversidad, dulzura o amargura, alegría o tristeza,
la recibo como un regalo. Desde pequeñito sé que Dios me ama. Él
es sabio, justo y bueno. Siempre he sido pobre y desde pequeño
padezco una grave enfermedad, que me hace sufrir mucho. Pero me he
dicho a mí mismo: Nada ocurre sin la voluntad o permiso de Dios. El
Señor sabe mejor que yo lo que me conviene, pues me ama como un
padre a su hijo. Así que estoy seguro de que mis sufrimientos son
para mi bien. Y me he acostumbrado a no querer, sino a lo que Dios
quiere. Siempre estoy contento, porque acepto lo que Dios quiere y
no deseo, sino que se haga su santa voluntad. Así que nunca he
tenido un día malo en mi vida y tengo todo cuanto puedo desear. Y
estoy bien, porque estoy como Dios quiere que esté. ¿Y si Dios lo
arrojara a lo más profundo del infierno? Entonces, me abrazaría a
Él y tendría que venir conmigo al infierno. Y preferiría estar en
el infierno con Él que en el cielo sin Él. Dígame, ¿Ud.
pertenece a alguna gran familia? Yo soy Rey ¿Rey? ¿Y dónde está
su reino? Mi reino está en mi alma, donde vivo con mi padre Dios.
Entonces, Juan, que era aspirante a santo, comprendió que ese
mendigo de la puerta de la iglesia, era un gran santo, más rico que
los más grandes monarcas y más feliz que todos ellos. Le dio otra
moneda, le dio su propio manto y entró de nuevo a la iglesia para
agradecer a Dios la gran lección recibida. Nunca olvidaría que el
fundamento de toda santidad es aceptar siempre y en todo la voluntad
de Dios. Es decir, hacer feliz en todo a su Padre Dios.
SUEÑOS DE SANTIDAD
SUEÑO CON JESÚS
Ayer tuve un sueño que me hizo feliz. Estaba sentado en mi barca
a la orilla del mar. Me encontraba triste y con pena por tantos
problemas que debía afrontar. El horizonte se veía negro,
anunciando una horrible tempestad. Y, en ese momento, cuando más
indeciso y confundido me encontraba, sin fuerzas para nada... vi a
Jesús, caminando por la playa, acercándose a mí. Venía sonriente
y, al llegar, me tendió la mano y, sin preámbulos, como si fuera
un amigo de años, me dijo: “Boga mar adentro hasta alta mar,
allí encontrarás un tesoro que tengo reservado para ti. No temas,
yo estaré contigo y vencerás la tempestad”.
Yo me emocioné, parecía que todos los problemas hubieran
desaparecido, ya no tenía miedo al porvenir, las dudas habían
desaparecido y una paz y un seguridad divinas llenaron mi espíritu.
Jesús estaba conmigo. Lo miré a los ojos y vi en Él un amor tan
grande por mí, una ternura tan inmensa, una mirada tan cariñosa,
una alegría tan contagiosa, que le dije sin vacilar: “Señor,
ahora mismo me lanzo mar adentro. No tengo miedo a la tempestad,
porque sé que Tú vas conmigo. Estoy ansioso de descubrir ese
tesoro que Tú tienes reservado para mí”.
Al instante, Jesús desapareció de mi vista y yo comencé a
remar con desesperación, pense que podría alcanzar el tesoro en
unos minutos, pero el tiempo pasaba las horas se hacían más
largas, comenzaba a llover y el frío, la lluvia y el viento, me
hacían temblar. El mar arreciaba cada vez más fuerte, sentía
marearme, no podía controlar mi barca y el cansancio me dominaba. A
veces, las dudas y las tinieblas me envolvían y pensaba que todo
era un sueño imposible, pero recordaba los ojos divinos de Jesús a
la orilla del mar y su recuerdo me infundía nuevas esperanzas.
Así continué por horas y horas, no sé cuántas. Me desanimaba,
pero el pensamiento de Jesús me confortaba. Yo me dejaba llevar por
las olas, incapaz de gobernar mi barca. Hasta que llegó el momento,
cuando menos lo pensaba, en que, de pronto, vi algo en la
superficie. Era un cofre pequeñito y algo muy dentro de mí me dijo
que ese era el tesoro. Lo tomé en mis manos, lo miré despacio y un
sentimiento de desilusión me invadió. ¡Qué pequeño debe ser el
regalo! Había soñado con grandes cosas y... no podían estar
dentro. Lo abrí expectante y fue mayor aún mi desilusión. No
había nada dentro. Digo sí, había un pequeño papelito. Lo tomé
con desgana y lo leí. Decía así: “Deja en ese cofre todo lo
negativo que llevas dentro: tus pecados, tus miedos, tus
enfermedades, deja todo lo que no te gusta de ti mismo en este cofre
y échalo al mar. Yo me haré cargo de ello y ya no llevarás más
su pesada carga. Confía en mí. Soy tu amigo Jesús”.
Una gran paz inundó mi alma. Allí mismo le hice entrega a
Jesús de mis miedos, pecados y debilidades. Allí hice la mejor
oración de entrega de mi vida a Jesús y me sentí feliz. Jesús
era el dueño de todo lo malo que había en mí y Él se iba a
encargar de todo. Me desperté feliz y le dije:
Gracias, Jesús, por tomar mis pecados y debilidades. Gracias,
por hacerte cargo de todo lo negativo que hay en mí. Gracias, por
llevarme de la mano por la vida. Gracias, porque sé que puedo
confiar en Ti y gracias por esta paz, esta alegría y este amor que
has derramado en mi corazón y gracias también por María. Toda mi
vida quiero que sea para Ti.
SOÑANDO EN LA SOLEDAD
Señor Jesús, a veces, me gusta pensar e imaginarme estar solo y
vivir para siempre en la soledad, alejado de los hombres y viviendo
solo para Ti.
Quisiera estar solo en la inmensidad de las olas y estar entre el
cielo y el mar en tu barca, Señor. A veces, sueño con estar en la
tundra helada del polo norte y allí, a solas contigo, hacerme una
covacha y vivir juntos los dos entre el frío y la nieve, pero
felices y alegres, sin temor. A veces, también sueño con vivir
aislado del mundo en la selva impenetrable y gritar a los montes
para que repitan tu nombre y te glorifiquen sin cesar. Quisiera
estar perdido en el desierto, entre la nieve, en el mar, en las
montañas, en la selva, en el espacio interestelar.
Pero sé que eso es imposible, y, por eso, me siento pequeño y
me siento débil, inútil y siento que sin Ti ni soy ni seré nunca
nada. Quiero vivir contigo, Señor, aunque sea entre la multitud de
las grandes ciudades, aunque sea entre los rascacielos de cemento,
aunque sea entre la incomprensión de los amigos, de la gente que me
busca y no me deja descansar. Pero quiero vivir contigo y hacer de
mi corazón un pequeño desierto, donde pueda vivir en el silencio
de mi corazón, donde nadie pueda entrar mas que Tú. Quiero hacer
de mi alma un pequeño sagrario donde habites Tú.
Gracias, Señor, quiero amarte con todo mi corazón, con toda mi
alma y con todo mi ser.
MI ALMA EN PRIMAVERA
Mi querido Jesús, hoy he pensado en mi alma y me la he imaginado
como un verde campo, salpicado de flores, con arbustos en flor y
pájaros, cantando las maravillas de la Creación. Así es mi alma,
un campo verde de primavera con la esperanza en flor, prometiendo
abundantes y maravillosos frutos de amor.
Señor, es el tiempo de la sementera, siembra en mi campo toda
clase de gracias para que pronto den hermosos frutos. Sonríeme a
través de las flores y de los pájaros. Hazme sentir el sol y el
calor de tu infinito amor y haz que yo también sonría en esta
primavera como el sol, como los pájaros y las flores. Que todos
cuantos vengan a mí, sientan el perfume de mi alma en flor y
aprecien la hermosura de mi primavera.
Señor, gracias por mi alma en flor, gracias por tantas
esperanzas que has puesto en mí, gracias por cultivarme con tanto
cariño, gracias por haberme escogido.
Ojalá que mi alma sirva de refugio a todos cuantos te buscan.
Señor, haz que se dejen cultivar sin poner obstáculos, haz,
Señor, también de su alma un bello campo de primavera, con la
esperanza en flor y la sonrisa de tu amor.
ANSIAS DE SANTIDAD
MI ALMA ENAMORADA DE JESÚS
Una hermosa mañana de primavera, cuando los arroyuelos cantaban
alegres entre las piedras de las montañas, y las gaviotas surcaban
felices el firmamento azul, yo, sentado en la orilla, frente al mar,
pensaba en Jesús. Los rayos luminosos del sol comenzaban a inundar
la tierra y yo sentía a Jesús dentro de mí. Un calor inmenso me
rodeaba y me llegaba hasta el centro más hondo de mi ser. Era el
amor divino que me empapaba y me decía desde muy adentro que me
amaba. Y yo me sentía como una novia enamorada y le sonreía y le
decía: “Gracias, Jesús. Yo te amo y yo confío en Ti”
Oh Jesús, yo quisiera ser como esos pájaros que veo en las
alturas y llevar hasta tu cielo un mensaje de paz. Quisiera que
todos los ruidos de la creación fueran cantos de alabanza a Ti,
Señor. Quisiera ser un pez de aguas profundas para llegar hasta los
últimos rincones del mar y decir a todas las criaturas: "Amen
a Dios. Jesús es mi Dios". Quisiera ser una golondrina alegre
que, con sus trinos y sus vuelos, pudiera alegrarte a Ti, Jesús.
Quiero darte un beso de amor y decirte con mis labios y mi alma que
te quiero. Quiero que mi alma enamorada vibre al ritmo de tu
corazón y te ame eternamente,
Oh Jesús, ¡qué bella es la tierra, qué bellos paisajes diviso
desde aquí! ¡Qué lindas las flores, que te ofrecen su hermosura,
su fragancia y su color! ¡Qué bonitas las selvas, las montañas,
los ríos, los valles, los árboles, los mares, los pájaros, los
peces y el firmamento azul! ¡Qué bellos los hombres y los niños y
las mujeres que reflejan en sus labios y en sus ojos tu sonrisa de
Dios!
Mi alma enamorada te alaba a Ti, Señor. Mi alma enamorada te
canta a Ti, Jesús. Mi alma se alegra con tu sonrisa y tu amor.
Jesús, quisiera ser una pequeña flor en tu jardín del cielo.
Quisiera ser una gotita de sangre de tu cáliz bendito. Quisiera ser
una miga de pan consagrado y vivir en el cielo hermoso de tu
Corazón.
María, Madre mía, quisiera amar a Jesús tanto como tú.
Quisiera amarte tanto como Él. Quisiera ser tu pequeño Jesús y
sentir tus caricias de madre... Abrázame contra tu Corazón para
sentir tus latidos de amor que, como repiques de campanas, me llevan
tu alegría y tu amor.
¡Qué felicidad pensar que Jesús vive en mí y yo en Jesús!
¡Su cielo está en mi corazón y yo estoy en el Corazón de Jesús!
Si la creación es tan bella... que me quedo extasiado ante la
majestad del mar y de las olas... Si me quedo admirado ante los
vuelos raudos de las gaviotas... Si los delfines me alegran con sus
saltos alegres... Si el sol es tan hermoso con sus rayos de
colores... ¿Cómo será Dios? ¿Cómo será su eterno cielo azul?
Por eso, quiero entrenarme desde ahora para después cantarle mi
amor por toda la eternidad. Quiero que, mi vida sea un canto de
amor. Sí, un canto de amor. Te invito, hermano, a cantar ¿Sí?
¿Listos? Tú pones la música y yo pongo la letra. Inventa la
música más linda para Jesús. Él se merece lo mejor.
Cántale así:
Caminando por las playas y ciudades de la tierra, vi un día a
Jesús a la orilla del camino. Cansado y solitario me decía:
"Hijo mío, necesito tu ayuda, tu amor y tu servicio para
alegrar los caminos de este mundo”. Y yo, sonriendo le decía: “Yo
te amo y soy tu amigo. ¿Qué quieres que haga por Ti, Jesús mío?”
Y Él me respondía cantando: “Diles a mis hermanos que los amo.
Vete por el mundo y dales mi alegría”. Y yo, caminando con
Jesús, les hablaba de su amor. Y yo, caminando con Jesús, sentía
cada día más su amor. Y mi alma enamorada le cantaba y le decía:
“Jesús, yo te amo. Jesús yo te adoro. Jesús, yo te amo. Yo
confío en Ti”. Gracias, Jesús, por mi vida. Gracias, Jesús, por
mi alegría. Gracias, Jesús, por María. Gracias, Jesús, por tu
amor. Amén.
MI ENTREGA
Era un día cualquiera de la historia de mi vida. Amanecía y el
sol entre rayos de colores aparecía entre las montañas en todo su
esplendor. Y yo desde mi ventana me sentía feliz mirando el cielo,
respirando profundamente la alegría de vivir. Y decía: “Gracias,
Señor, por este nuevo día. Gracias por la luz y las montañas.
Gracias par mi vida. Gracias por tu amor”.
Casi al mismo tiempo una luz divina atravesó mi mente y lo
comprendí todo. Dios estaba allí, me hablaba como un amigo y me
sonreía. Dios me amaba y me bendecía y me invitaba a vivir en
plenitud.
Sí, en aquel momento, sentí deseos de gritar al mundo sus
errores, sentí deseos de despertar a los hombres de sus vanos
ideales, sentí deseos de recorrer la tierra y predicar la luz, la
alegría, la verdad, el amor y la vida. Sentí deseos de ser grande,
de ser santo, de aspirar a las alturas, de llenar de una nueva luz
el camino de mi vida. Quería dar sentido pleno a mi existencia y
sentía que Dios esperaba mi respuesta.
Por eso, en aquella mañana de agosto, cuando los pájaros
cantaban en el cielo y las flores sonreían en la tierra, allí
mismo, de rodillas, le dije a Dios que SÍ, que me tomara de la mano
y me guiara por la vida, que contara conmigo, porque quería
seguirlo e irradiar su luz y su amor por este mundo.
En aquel instante, sentí la caricia del sol sobre mi rostro con
más intensidad. Sentí que era el mismo Dios que me abrazaba y me
acariciaba con la luz del sol y me sentí feliz. Comprendí que
había nacido para ser feliz y hacer felices a los demás.
Comprendí que debía ser espejo para reflejar la luz a los demás.
Había nacido para hacer de mi vida una canción, una canción de
eterna juventud. Una canción de vida y esperanza, una canción
alegre y de alabanza al Dios del mar, del cielo y las montañas. Mi
corazón palpitaba de emoción y cada latido era un acto de amor al
Dios del cielo. Me sentía vivir en plenitud, porque una alegría
divina me empapaba. Era feliz.
Pero ese mismo día, al atardecer, el sol desapareció entre las
montañas, negras nubes aparecieron en el horizonte y, al poco rato,
comenzó a llover. Sentí que era el mismo Dios que de nuevo me
cubría con sus lágrimas, llorando por la ingratitud de tantas
almas. Era el mismo Dios de la mañana, el mismo Dios amante y
compasivo, el mismo que era Luz, Amor y Vida, que me decía con los
ojos tristes: “Llora tú también por tus pecados y por toda la
maldad de tus hermanos”. Y yo pensé en Jesús, lo vi en la cruz,
clavado, ensangrentado, adolorido; vi su mirada triste, tierna y
humilde, pidiéndome consuelo. Estaba solo y me pedía compañía. Y
yo, al verlo tan Dios y tan humano, tan rico y tan necesitado, tan
fuerte y tan debilitado. Me conmoví, me acerqué a su cruz,
temblando por el miedo, vacilante e inseguro, sin saber qué podía
yo hacer por consolarlo.
Y en aquel momento de mi vida me ofrecí a Él, diciéndole,
llorando y compungido: “Aquí me tienes, mi Dios, estoy contigo
¿Qué puedo yo hacer por Ti para ayudarte? ¿Cómo puedo, tan pobre
y débil, consolarte?”
En aquel momento me pareció que una estrella, más brillante que
las otras, dirigía hacia mí su luz radiante y un rayo de su luz
tocó mi rostro. Me sentí atraído irresistiblemente hacia la
estrella y por el camino de luz que me trazaba quise caminar y subir
hasta alcanzarla. Quería conocerla, empaparme de su luz y vivir
dentro de ella. Y he aquí que, en ese momento, pensé que María
era esa estrella y me sentí orgulloso de ser su hijo y amarla a
través de las estrellas.
Cuando el silencio se apoderó de nuevo de la noche, me sentí
contento. Mi vida era hermosa. Valía la pena vivir para Dios.
Valía la pena vivir bien y en plenitud. Yo había nacido para
triunfar en esta vida y no quería ser un fracasado. Quería ser
útil a la humanidad. Tenía que cumplir bien la misión que mi Dios
me había encomendado. Muchas, muchísimas almas las había puesto a
mi cuidado y su salvación y santificación dependía ahora de mi
respuesta, de mi generosidad, de mi entrega decidida a la causa del
Señor.
Señor, mi Dios, aquí estoy, aquí me tienes, soy tuyo, haz de
mí lo que Tú quieras. Estoy listo, empezamos cuando Tú quieras.
No me pidas permiso para nada. Guíame a donde quieras. Yo confío
en Ti. Sólo quiero decirte que te amo y quiero ser tuyo totalmente
y para siempre. Gracias, Jesús, por haberme dado a María como
Madre mía.
AMAR A JESÚS
Jesús, yo quisiera amarte tanto como las rosas, que dejan media
vida, cuando las besa el viento. Quisiera amarte tanto como las
flores frescas, que dejan que su vida se vaya por sus venas, cuando
la diligente abeja se acerca, las contempla y quiere transformarlas
en buena y dulce miel.
Señor, que sea la flor y tú la abeja. Descansa un poco en el
jardín de mi alma. Mira el polvo que encubre mi belleza y lávame
con tus besos de lluvia en primavera. Limpia mi rostro ennegrecido
con la alegría del sol y las estrellas.
Jesús, quisiera ser un pajarillo alegre y en las alas del viento
recorrer medio mundo y decir a los hombres lo mucho que los quieres.
Quisiera ser un lago de límpidas y refulgentes aguas para reflejar
tu hermoso y bello rostro. Quisiera estar contigo de modo permanente
y sentirme tranquilo, cuando la tempestad arrecie y el viento se
subleve.
Jesús, ven a decirme ahora lo mucho que me quieres. Dímelo al
oído o grítalo entre rocas para que el viento traiga el eco de tu
voz. Pero dímelo ahora, teniéndome en tus brazos y haz que mi vida
sea de ahora y para siempre una rosa fragante, un pajarillo alegre o
un lago refulgente. Oh Jesús, te amo con toda mi alma.
ANSIAS DE SANTIDAD
Oh Jesús, te entrego todo lo que soy y tengo por medio de
María. Te entrego mi vida y mi familia, mi salud y mi enfermedad,
mi trabajo y mi descanso, mis estudios, mis ilusiones y mis
esperanzas. Todo te lo entrego y quiero que sea tuyo, ahora y para
siempre. Tómalo todo, no quiero guardarme nada. Toma el control de
mi vida, haz de mí lo que Tú quieras, sea lo que sea te doy las
gracias, porque te amo y confío en Ti, porque Tú eres mi Dios y mi
Señor.
Oh Jesús, te amo con todo mi corazón, con toda mi alma y con
todo mi ser. Te ofrezco mi pureza y mi cariño, mi amor y mi
ternura, te ofrezco todos los afectos y sentimientos de mi corazón.
Tuyo soy y tuyo quiero ser para siempre. Te doy gracias por haberme
escogido, por haberme llamado, por haberme perdonado, por haber
tenido paciencia conmigo, por haber seguido confiando en mí a pesar
de todos mis pecados. Te doy gracias, porque me has dado a María
como madre. Su mirada y su presencia son como una estrella que guía
mi vida hacia Ti. Gracias por mi ángel, tan bello y hermoso, que
tanto me ayuda y me aconseja. Gracias, Señor, por ser mi amigo y
esperarme todos los días sin cansarte en el sagrario. Gracias,
porque en la comunión puedo abrazarte y recibir tu abrazo divino.
Gracias, por tantos momentos hermosos que pasamos juntos y unidos en
oración.
Tú eres el amigo que nunca falla, el amigo que siempre me
espera, el amigo fiel que siempre me perdona y sigue confiando en
mí. Por eso, quiero hacer de la Eucaristía el centro de mi vida.
Quiero hacer de mi vida una “acción de gracias” a tu amor
eucarístico y a tu presencia real entre nosotros en este sacramento
de amor.
ALABAR A JESÚS
Era un día de mayo a la alborada, cuando las golondrinas,
jugando por las ventanas y cantando alegremente, me despertaron del
sueño. Yo miré por la ventana y vi el sol que renacía entre los
montes del pueblo. Me quedé extasiado y en silencio ante el
maravilloso espectáculo del sol brillando entre múltiples colores
y pensé: “Si es tan bello el sol que me dan ganas de adorarlo,
¡cuánto más no será el Señor que pudo hacerlo!”
Señor, yo te alabo por el sol y sus colores, por el cielo y las
estrellas, por la vida de los hombres. Yo te alabo por el viento que
estremece, por el frío, por la lluvia, por la tierra, el mar y el
fuego.
Señor de los abismos y de las montañas, de los valles y de las
alturas. Que te bendigan, Señor, las catedrales todas con vidrieras
que nadie ha podido alcanzar. Bendígante las islas sin playas ni
bahías y los delgados arrecifes de coral. Bendígante los pájaros,
las flores y el limpio manantial, y el pez que se desliza en la sima
abismal.
Alábente, Señor, las estrellas y las nubes. Digan tu gloria los
montes y los puertos del mar. Alábente, los faros de pie en el
litoral y los trigales y las rosaledas y los leños en el hogar. Te
bendigan: el que ara la tierra, el que cava en las minas, el que
pesca en el marQue te dé gloria el gozo y te alabe el dolor. Te
bendiga la niebla y el claro cielo azul, el hombre que está en
gracia y el hombre pecador y también el sediento que busca un
manantial.
Gracias por mi vida. Gracias, Señor, por este corazón que me
has dado para amar y que ahora te alaba y te bendice con toda la
creación.
MENSAJE DE JESÚS
No te lamentes por cualquier cosa, haz algo para iluminar el
mundo y alegrar la vida de los demás. Al salir a la calle no te
olvides de ponerte la mejor de tus sonrisas. Que hoy haya alguien
que sea mejor y más feliz por haberte encontrado. Que hoy escribas
la mejor página del diario de tu vida.
No seas como esos hombres débiles que no quieren superarse y no
aprecian nada bueno a su alrededor. Prefieren morir a vivir,
prefieren dormir a disfrutar de la belleza que los rodea.
En la vida pasarás por verdes y deslumbrantes praderas y
también te encontrarás con quebradas oscuras... Hay ríos que te
darán agua para vivir y océanos que te mostrarán el infinito. Tu
vida estará tejida de tristezas y alegrías, encuentros y
despedidas, éxitos y fracasos, pero no te desanimes jamás.
No seas mediocre, lucha con todas tus fuerzas, da lo mejor de ti
mismo. Si hablas, habla con todo tu ser; si gritas, grita con toda
tu voz; si lloras, llora con todas tus lágrimas; si amas, ama con
toda tu alma y, cuando sonrías, sonríe con la mejor de tus
sonrisas.
Sonríe a la vida, no pidas limosnas de amor a cuantos viven a tu
lado. No pienses tanto en recibir, sino en dar; porque al final
tendrás tanto cuanto hayas dado. Construye desde ahora tu futuro.
Llena de amor cada instante de tu vida. Piensa que yo nunca te
abandonaré. Nunca te quedes satisfecho con lo que tienes, aspira
siempre a más. No seas como el agua del río, un día alegre y
cantarina, que cansada del largo camino se queda estancada y muere
podrida. No seas mediocre. Nunca te detengas. Da siempre lo mejor de
ti mismo. Hay un camino infinito por recorrer. Yo siempre te espero
al final del camino. ¡Siempre adelante! ¡Pon rumbo a las
estrellas!
Yo te acompaño, no temas. Te bendigo por medio de mi madre
María.
JESÚS
“Piensa que puedes ser santo, confía en Dios, esfuérzate y lo
conseguirás”
LA VIDA
La vida que no florece y es estéril y escondida, es vida que no
merece el santo nombre de vida. Por eso, yo, con profunda ansia de
vida y de amor, quiero regar mi sudor y hacer mi vida fecunda como
le place al Señor.
Quiero que la vida mía no sea germen enfermo en tierra rasa y
bravía, quiero remover el yermo y hacer fecunda la ería y quiero
dar en amores cuanto mi espíritu encierra y deshacerme en sudores
para que al dar en la tierra produzca la tierra flores.
Alma mía, da cuanto tengas hasta las últimas sobras. Tú,
voluntad, date en obras. Tú, inteligencia, en ideas. Y tú,
hirviendo de pasión, cual deshace el ventarrón las nieves sobre
las cimas, entrégate, corazón, deshecho en cantos y en rimas.
Compartir quiero mis días con otras almas hermanas y partir mis
alegrías que, en lo que tienen de humanas, tan suyas son como
mías. abrir a todos mis brazos y consolar sus pesares y entre risas
y cantares darles la vida a pedazos.
Y, al fin, rendido quisiera poder decir cuando muera:
Señor, yo no traigo nada de cuanto amor Tú me dieras. Todo lo
dejé en la arada en tiempos de sementera. Allí sembré mis
ardores, vuelve tus ojos allí, que allí he dejado unas flores de
consuelos y de amores. Y ellas te hablarán de mí. (José María
Pemán).
HACIA LA SANTIDAD
Pon tu mano en el arado, no vuelvas la vista atrás. Pon tu mano
en el arado y busca la santidad.
Sólo a Dios busca en la vida, sólo Dios tu caminar, sólo Dios
en tu mirada. Y a tu Dios encontrarás.
Tu vivir será ser Cristo, Él tu camino será. Camino que lleva
al Padre con rumbo de eternidad.
No quieras coger las flores, ni lo que dejaste atrás, vive con
Dios el presente, vive en Cristo la Verdad.
Pon tu mano en el arado, no vuelvas la vista atrás. Pon tu mano
en el arado y busca la santidad.
CONCLUSIÓN
Después de todo lo que has leído en este libro, quisiera
preguntarte de nuevo: ¿Quieres ser feliz para toda la eternidad y
no sólo para los cuatro días de este mundo? ¿Quieres ser santo?
Si crees que es un misión imposible, es que no crees en el poder de
Dios, que puede levantarte desde lo más profundo del abismo hasta
las alturas de la divinidad. Recuerda el caso del hombre endemoniado
de Gerasa. Cuenta el Evangelio que vivía en las tumbas de
cementerio, y que nadie podía sujetarlo y que tenía muchos
demonios dentro, pues eran una legión, ¿Puede haber algo más
imposible que esto? Sin embargo, Jesús expulsó los demonios y
aquel hombre se convirtió en un hombre de Dios, en un amigo de
Jesús. Quería seguir a Jesús como discípulo, pero Jesús le
dijo: “Vete a tu casa y a los tuyos y cuéntales todo lo que el
Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido misericordia de ti. Y él
se fue y comenzó a predicar en la Decápolis cuanto le había hecho
Jesús y todos se maravillaban” (Mc 5, 19-20).
¿Recuerdas a San Dimas, el buen ladrón? Tú eres ahora mejor de
lo que él fue y ¿no puedes ser santo? No tengas miedo. Jesús te
sigue diciendo como a Jairo: “No tengas miedo, solamente confía
en Mí” (Mc 5, 36). Pide y recibirás. Pide esta gracia de la
santidad, día y noche, mañana y tarde, y verás cómo el Señor
toma en serio tu oración. No importa, si no ves progresos, Dios
puede hacerte santo en el último momento de tu vida. Dios te dice
en su palabra: “Encomienda tu vida al Señor, confía en Él y
déjalo actuar” (Sal 36,5).
Pero no seas mediocre, da lo mejor de ti mismo, esfuérzate y haz
de Jesús Eucaristía el centro de tu vida. Dile con San Agustín:
“Señor, a Ti solo busco, a Ti solo amo y tuyo quiero ser. Mi
único deseo es conocerte y amarte” (Sol 1, 1).
De todos modos, no te hagas muchos problemas ni busques hacer
grandes penitencias. Recuerda siempre lo que le decía Jesús a la
Vble. Consolata Betrone: “Tú piensa sólo en amarme, yo pensaré
en ti y en todas tus cosas hasta en los más mínimos detalles”.
Tú piensa sólo en amar a Jesús en todas las cosas. Él se
encargará de realizar tu deseo de santidad. No te preocupes, Él
sabrá cómo y cuando.
Que seas santo. Es mi mejor deseo para ti. Saludos de mi ángel.
Tu hermano y amigo del Perú P. Ángel Peña O. A. R. Agustino
Recoleto