¿EUROPA SIN CRISTO?
Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú
Agustino Recoleto
Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca
(Perú)
ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA - PERÚ 2010 ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN
Los fundamentos de la cultura europea. La caridad, b) Dignidad de
la mujer, c) Valor de la vida La compasión, e) La cultura, f)
Progreso científico Alejamiento de Dios y de la Iglesia La
Ilustración, b) Consecuencias de la Ilustración, c) La
Inquisición ¿Intolerancia católica?, e) La cultura de la muerte
Panorama actual Mensaje del Papa Juan Pablo II Reflexiones
CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA INTRODUCCIÓN
En este libro queremos manifestar cómo la Iglesia católica fue
la principal forjadora de la cultura europea, base de la cultura
occidental, y lo hizo, especialmente, a través de la labor de
tantos monjes que se esforzaron copiando manuscritos, trabajando la
tierra, inventando técnicas nuevas, fundando universidades y
hospitales, y poniendo las bases del progreso científico moderno.
Sin embargo, todo este esfuerzo de la Iglesia fue menospreciado
por los filósofos de la Ilustración que, en el siglo XVIII,
quisieron hacer desaparecer los valores tradicionales, especialmente
la monarquía y la religión católica. Sus ideas filosóficas
llevaron a los excesos y masacres de la Revolución francesa, al
igual que en el siglo XX lo han hecho otros movimientos surgidos de
filosofías ateas como el comunismo y el nazismo.
Observaremos el panorama actual de la cultura europea, que
rechaza todo lo que haga relación a Cristo y a la religión. Y
veremos en cuántos excesos ha caído la actual civilización
europea.
Europa está enferma, por haberse alejado de Dios y haber
rechazado los valores tradicionales de la fe cristiana. Para volver
a ser fuerte y pujante necesita de Cristo. De otro modo, seguirá
cayendo cada día más hasta que desaparezca como tal. Algo de esto
ya estamos viendo en el suicidio demográfico de los países de
Europa que, para poder sobrevivir, necesitan de los inmigrantes de
países pobres.
Ojalá que estas reflexiones sobre la cultura europea y sus
errores, nos puedan hacer sentir la necesidad de Dios para poder
enmendar el rumbo y hacer de Europa un continente fuerte. Europa
necesita a Cristo. Una Europa sin Cristo será como un árbol sin
raíces o como una familia sin memoria histórica y sin identidad.
LOS FUNDAMENTOS DE LA CULTURA EUROPEA
La Iglesia fue la principal forjadora de la cultura europea,
incluso antes de que existieran las actuales nacionalidades. La
labor de los cristianos en el mundo pagano del Imperio romano fue
lenta, pero segura. Lucharon contra la crueldad y la inmoralidad,
defendiendo en todo momento la vida y atendiendo con caridad a
pobres, ancianos y enfermos. La labor de los cristianos fue un
ejemplo para sus contemporáneos y, por ello, los admiraban y muchos
se convertían a esta religión en la que veían valores morales,
amor y caridad para todos.
El impacto del cristianismo en la sociedad, sobre todo, a partir
de la libertad otorgada por Constantino el año 313, fue enorme. La
Iglesia fue la principal promotora de las obras de caridad, de
progreso y de adelanto científico.
La caridad
Una de las características principales que distinguían a los
cristianos de los primeros siglos de los paganos era su caridad con
los pobres y enfermos. Esto se manifestaba con toda evidencia en
tiempo de las grandes epidemias, que eran frecuentes en aquellos
tiempos.
El año 165, durante el reinado del emperador Marco Aurelio, una
devastadora epidemia se extendió por todo el Imperio. Algunos
historiadores creen que fue la primera aparición de la viruela en
Occidente. Durante los 15 años que duró la epidemia, murió un
cuarto o un tercio de la población del Imperio romano, incluyendo
al mismo Marco Aurelio en el año 180, en Viena. Luego, en el año
251, vino otra epidemia devastadora que parece fue de sarampión.
San Cipriano, obispo de Cartago, en su obra Mortalidad escribía en
ese año 251: Muchos de nuestros cristianos están muriendo debido a
esta plaga y pestilencia. El gran historiador cristiano san Eusebio
de Cesarea hace alusión también a esta plaga y dice en su “Historia
eclesiástica” que esta enfermedad llegó inesperadamente como
algo más espeluznante que cualquier desastre conocido. Fue un
desastre social inmenso. Para darnos una idea, pensemos que en 1707,
en Islandia, murió de viruela más del 30% de la población.
Pues bien, en aquellos momentos difíciles, los cristianos dieron
ejemplo de caridad y ayuda desinteresada. San Dionisio, obispo de
Alejandría, en el siglo III, en sus Cartas festivas, citadas por
san Eusebio de Cesarea en su Historia eclesiástica, habla de los
esfuerzos de los cristianos en ayudar a los enfermos, lo cual supuso
una tasa de mortalidad menor entre los cristianos que entre los
paganos, que huían, abandonando a sus enfermos, por temor al
contagio y a la muerte. Dice san Dionisio:
La mayoría de nuestros hermanos cristianos mostró amor
ilimitado y lealtad, sin mostrar jamás mezquindad y pensando sólo
en el prójimo. Desatentos a los peligros, se hicieron cargo de los
enfermos, atendiendo a todas sus necesidades y acercándose a ellos
como lo harían con Cristo y compartiendo con ellos sus vidas
serenamente felices; puesto que fueron infectados por otros con la
enfermedad, hundiendo en sí mismos la enfermedad de sus vecinos y
aceptando jubilosamente sus dolores. Muchos, mientras cuidaban y
atendían a otros, transfirieron las muertes de otros hacia sí
mismos y murieron en su lugar. Nuestros mejores hermanos perdieron
la vida de esta manera. Numerosos sacerdotes, diáconos y laicos,
obtuvieron así altos elogios, pues la muerte en esta forma, parece
en todos sus aspectos algo equivalente al martirio…
Los paganos se comportaron de manera opuesta. En el comienzo de
la enfermedad, alejaron a los que sufrían y huyeron de su lado,
arrojándolos a los caminos antes de que muriesen, tratando a los
cadáveres como basura, esperando, de este modo, evitar el
esparcimiento y el contagio de la fatal enfermedad, pero no importa
lo que hicieran, no pudieron escapar.
Un siglo después, el emperador Juliano el apóstata, al darse
cuenta de que los cristianos hacían obras sociales y atendían a
los pobres y enfermos, alentó a los sacerdotes paganos a que
hicieran lo mismo que los cristianos y le dirigió una carta al sumo
sacerdote de Galacia, donde afirma: Los cristianos tienen
benevolencia con los extraños y cuidado con las tumbas de los
muertos. En otra carta a otro sacerdote, escribió el mismo
emperador Juliano: Me parece que, cuando ocurrió que los pobres
fueron abandonados e ignorados por los sacerdotes (paganos), los
impíos galileos (cristianos) se dieron cuenta y dedicaron sus vidas
a la benevolencia… Los impíos galileos no apoyan sólo a sus
pobres, sino también a los nuestros, y todos pueden darse cuenta de
que éstos carecen de nuestra ayuda.
Juliano aborrecía a los cristianos a quienes llamaba galileos,
pero reconoce sus servicios de caridad con los pobres y enfermos en
aquellos tiempos en que ni el Imperio ni las religiones paganas
tenían cuidados o servicios sociales.
Vale la pena recalcar que el famoso médico clásico Galeno, que
vivió durante la primera gran epidemia bajo el reinado de Marco
Aurelio, en el año 165 huyó cobardemente de Roma a una región
apartada de Asia Menor hasta que pasó el peligro. Es lo que hacían
todas las personas paganas que podían hacerlo, excepto los
cristianos.
Por eso, Tertuliano (155-230) pudo escribir: Nuestra
preocupación es por los desposeídos y necesitados, lo que nos
distingue de nuestros adversarios (paganos), que dicen de nosotros:
Miren, miren cómo se aman.
El amor era el distintivo de los cristianos, como lo reconocían
los mismo paganos. De ahí que en las ordenanzas de la Iglesia,
existían normas para atender a los pobres y enfermos, misión
especial de los diáconos. En las “Constituciones apostólicas”
(hacia el año 380) se decía: Los diáconos deben hacer buenas
obras, ejerciendo supervisión general día y noche, sin despreciar
al pobre. Deben averiguar quiénes están en la miseria y no
excluirlos de las reparticiones de los fondos de la Iglesia,
convenciendo también a los ricos para que destinen dinero a buenas
obras.
San Eusebio de Cesarea dice que, como resultado del buen ejemplo
de los cristianos, muchos paganos se interesaban por la nueva
religión y se convertían. Y, cuando a partir del año 313, el
emperador Constantino, con el edicto de Milán, dio libertad a los
cristianos, no sólo se construyeron iglesias públicas, sino que
también se crearon los primeros hospitales. En toda gran ciudad del
Imperio se construyó, casi sin excepción, un centro sanitario
dirigido por los cristianos. En estos hospitales o centros pequeños
sanitarios daban cobijo y hospedaje a los extranjeros, cuidaban a
los enfermos, atendían a las viudas, a los huérfanos y a todos los
pobres en general.
Y para tener fondos para las obras sociales, los cristianos
ayunaban con frecuencia, para ofrecer el dinero ahorrado para los
pobres y enfermos. Incluso, los Padres de la Iglesia de los primeros
siglos encontraban tiempo para atender a los necesitados. San
Agustín fundó un hospicio para peregrinos y esclavos fugados,
donde se repartía ropa entre los pobres. San Basilio Magno en el
siglo IV también fundó un hospital en Cesarea.
San Juan Crisóstomo (+ 407), en Constantinopla, organizó
orfanatos, refugios y otras obras, atendiendo a 5.000 personas
necesitadas.
Santa Elena (242-329), madre del emperador Constantino, fundó
varios hospitales cristianos. San Efrén (+373) fundó un hospital
en Edesa con 300 camas para apestados e indigentes especialmente.
San Jerónimo nos dice (carta 77) que en el año 400 la matrona
Fabiola fundó un hospital para enfermos en Roma a orillas del
Tíber.
A partir de la paz constantiniana se fundaron muchos hospitales
con algunas particularidades: nosokomia (para enfermos),
gerontocomia (para ancianos), xenodochia (para pobres y peregrinos),
orphanotropia (orfelinatos).
Como vemos, desde los primeros tiempos, la Iglesia
institucionalizó el cuidado de los pobres, de las viudas,
huérfanos y, especialmente, de los enfermos. Eran tiempos en que
los paganos huían dejando a sus parientes enfermos. Por eso, san
Cipriano reprende en el siglo III a los paganos de Cartago: No
mostráis compasión alguna con los enfermos, sino que saqueáis a
los difuntos con codicia. No os atrevéis a enterrar a los muertos,
pero corréis con avaricia a apropiaros de lo que dejan.
Voltaire, el gran propagandista anticatólico del siglo XVIII,
reconocía el espíritu de caridad de tantas hijas e hijos de la
Iglesia católica. Y esto mismo han tenido que reconocer, muy a su
pesar, tantos anticatólicos a lo largo de los siglos. Como dice
Santiago Cantera: Registrar en su totalidad las obras de caridad
católica realizadas por individuos, parroquias, diócesis,
monasterios, misioneros, frailes, monjas y organizaciones laicas,
exigiría muchos y extensos volúmenes.
Los monasterios se convirtieron durante siglos en proveedores de
cuidados médicos organizados, que no se ofrecían en ninguna otra
parte de Europa. Estas instituciones eran auténticos oasis de
orden, piedad y estabilidad. Con el fin de cultivar estas
prácticas, los monasterios se transformaron en centros de
conocimiento médico entre los siglos V y X, el período clásico de
la llamada medicina monástica.
En la Edad Media, en ciertos monasterios, especialmente
benedictinos y cistercienses, tenían hospitales para el cuidado de
enfermos, ancianos e inválidos. A principios del siglo XII,
surgieron por iniciativa de la Iglesia en distintos lugares las
primeras leproserías o lazaretos. Y en tiempo de las epidemias,
como la famosa peste negra del año 1348, que redujo la población
de Europa en una tercera parte, la Iglesia se volcó en la atención
de los enfermos desde el Papa benedictino Clemente VI hasta
sencillos seglares que, en muchos casos, dieron su vida al
contagiarse ellos mismos de la enfermedad.
También en la Edad Media surgieron los primeros centros de
asistencia para enfermos mentales a iniciativa del mercedario fray
Juan Gilabert, en Valencia, en 1409. Por este tiempo, surgieron las
Órdenes hospitalarias, algunas de ellas unidas al carácter
militar, pues también se dedicaban a la defensa y albergue de los
peregrinos, sobre todo, de quienes se dirigían a Tierra Santa. Así
surgieron la Orden militar de san Juan de Jerusalén (actual Orden
de Malta) nacida en 1048 y la Orden Teutónica, surgida a fines del
siglo XII en favor de los peregrinos alemanes.
La Orden de los caballeros de san Juan, conocidos también como
los hospitalarios, dejó especial huella en la historia de los
hospitales europeos y principalmente por su hospital de Jerusalén
con sus amplias instalaciones. Este hospital, fundado hacia el 1080,
daba alimento a los pobres y cobijo a los peregrinos, muy numerosos
en Jerusalén. Al principio, fue creado para la atención a los
cristianos, pero después atendió también a judíos y musulmanes.
En este hospital de Jerusalén, se hacían pequeñas cirugías; los
enfermos recibían dos visitas médicas cada día y recibían dos
comidas principales. En el siglo XIII, la Orden de los hospitalarios
administraba cerca de 20 hospitales y leproserías.
En el siglo XVI, surgieron dos Congregaciones religiosas
dedicadas preferentemente el cuidado de los enfermos: los hermanos
de San Juan de Dios en España y los camilos en Italia. En el siglo
XVII surgió san Vicente de Paul y santa Luisa de Marillac,
dedicados a la caridad y cristianización de la sociedad. San
Vicente de Paul se dedicó, de modo especial, al cuidado de los
galeotes, condenados a remar en las naves del rey de Francia, y fue
nombrado capellán real de las galeras.
San José de Calasanz (1558-1648) se dedicó, con especial
empeño a promover escuelas populares gratuitas entre la gente
pobre. En el siglo XIX entre 1850 y 1880, surgieron veinte
Congregaciones religiosas femeninas destinadas a la beneficencia y a
la educación.
En el siglo XX, el sacerdote holandés Werenfried van Straaten (+
2003) fue definido como un “gigante de la caridad”, que después
de la segunda guerra mundial tomó conciencia de la situación de
pobreza y de necesidad en que estaba Alemania y se dedicó a sanar
las heridas con los vencedores, ayudando a 16 millones de refugiados
alemanes. Además está Caritas internacional, unida a 126 caritas
nacionales, que ayuda en todas las necesidades mundiales sin
distinción de religión; y existen numerosas ONG de iniciativa
católica como Manos Unidas en España que lucha contra la
situación de pobreza en el mundo. Existe la Obra pontificia de
asistencia a los refugiados y otras muchas instituciones de ayuda
nacional e internacional, como la Obra del apóstol de los leprosos,
Raoul Follereau.
Sería imposible enumerar en pocas páginas todas las
Instituciones católicas dedicadas al cuidado de enfermos o a obras
de caridad. Hay muchísimas Congregaciones religiosas dedicadas casi
exclusivamente al cuidado de enfermos y necesitados como la
Congregación de la Madre Teresa de Calcuta con sus 5.000
religiosas. Actualmente, la Iglesia atiende a la cuarta parte de
todos los enfermos de sida del mundo.
En el CD Rom, publicado por el Vaticano el año 2000 (Catholic
Aid Directory), el Consejo Pontificio Cor Unum, organismo de la
Santa Sede encargado de promover y organizar las instituciones de
caridad y asistencia de la Iglesia católica en el mundo,
proporciona, en cuatro idiomas, la guía de 1.100 organismos e
Instituciones comprometidas en el campo de la caridad y que ayudan
en caso de catástrofes o necesidades sin distinción de religión.
Para estas ayudas, piden colaboración a las parroquias católicas
del mundo entero. Por eso, podemos decir que no hay ni ha habido en
el mundo ninguna religión u otra Institución que haya colaborado
más que la Iglesia católica en la atención a los pobres y
enfermos. Por algo la Iglesia fue la fundadora y organizadora de los
primeros hospitales e Instituciones de caridad.
Dignidad de la mujer
En tiempos de Jesucristo la mujer era poco valorada y estimada.
Era considerada como persona de segunda categoría, como todavía lo
es en ciertos países y, sobre todo, entre los musulmanes.
Jesucristo ensalzó a su madre y escogió discípulas que lo
ayudaron en las tareas de evangelización. Ellas fueron las que más
valor demostraron a la hora de la crucifixión.
Dice el Papa Juan Pablo II: Es algo universalmente admitido,
incluso por parte de quienes se ponen en actitud crítica ante el
mensaje cristiano, que Cristo fue ante sus contemporáneos el
promotor de la verdadera dignidad de la mujer y de la vocación
correspondiente a esta dignidad. A veces, esto provocaba estupor,
sorpresa e, incluso, llegaba hasta el límite del escándalo. Se
sorprendían de que hablara con una mujer (Jn 4, 27)... Gran
turbación debió causar a quienes escuchaban aquellas palabras de
Cristo: los publicanos y las prostitutas os precederán en el reino
de Dios (Mt 21, 31).
En las enseñanzas de Jesús así como en su modo de comportarse,
no se encuentra nada que refleje la habitual discriminación a la
mujer propia de su tiempo. Por el contrario, sus palabras y sus
obras expresan siempre el respeto y el honor debido a la mujer.
Por eso, los primeros cristianos tuvieron a la mujer en mucho
mayor honor y dignidad que los paganos. Prohibieron la promiscuidad,
la infidelidad, el incesto, la poligamia, el divorcio, promoviendo
la fidelidad conyugal, la santificación del matrimonio y la
igualdad de derechos en el uso del matrimonio. Esto iba en contra de
la mentalidad de los paganos, entre los que el hombre tenía todos
los derechos y hasta la decisión entre la vida y la muerte,
incluyendo el derecho a ordenarle a la esposa a abortar.
Veamos lo que dice san Pablo sobre la igualdad en el uso del
matrimonio: Cada hombre debe tener su esposa y cada mujer su esposo.
El marido debe cumplir sus deberes conyugales con su esposa y lo
mismo la esposa. La esposa no dispone de su propio cuerpo, sino el
esposo. De la misma manera, el esposo no dispone de su propio
cuerpo, sino la esposa. No se nieguen el derecho del uno al otro, a
no ser de común acuerdo, por algún tiempo, para darse a la
oración. Y, después, vuelvan a lo mismo para que no caigan en las
trampas de Satanás por no saberse dominar... En cuanto a los
casados, mandato es, no mío, sino del Señor, que la mujer no se
separe del marido..., y que el marido no repudie a su mujer (1 Co 7,
2-11).
Así pues, vemos que las mujeres, cristianas o no, tenían mucha
más seguridad y garantía de fidelidad, casándose con cristianos
que con paganos.
Una práctica común de aquel tiempo era casar a las niñas con
once o doce años. En muchos casos, consumaban el matrimonio antes
de esa edad. Plutarco (46-125) escribió sobre el miedo de estas
niñas forzadas contra la naturaleza y lo ve como algo cruel. ¿Qué
derechos podía tener una niña de doce años, casada a la fuerza
por compromiso de sus padres?
Precisamente, esto no ocurriría con las mujeres cristianas, que
eran más respetadas, se casaban a una edad más madura y, por
supuesto, tenían más hijos, pues nunca los abortaban. Lo cual fue
un elemento importante en la rápida difusión del cristianismo.
En cambio, los paganos tenían en poca estima el matrimonio y,
aunque exigían a las novias fidelidad y virginidad, los hombres
eran promiscuos. Además, las viudas paganas, al no tener respaldo
económico, casi estaban obligadas a casarse. Las viudas cristianas
podían casarse o no, porque la Iglesia velaba por ellas y las
mantenía, lo mismo que a los huérfanos. La viudez era enormemente
respetada y las segundas nupcias no recomendadas. La Iglesia
dignificó a la mujer santificando el matrimonio, prohibiendo el
matrimonio infantil, el divorcio, el incesto, el aborto y otros
vicios de la sociedad pagana.
En resumen, podemos decir que el cristianismo suavizó las
costumbres y elevó la dignidad de la mujer en una sociedad pagana
que la tenía en poca consideración. Según Robert Phillips, las
mujeres hallaron protección en las enseñanzas de la Iglesia y se
les permitía constituir comunidades religiosas dotadas de
autogobierno, un hecho insólito en cualquier cultura del mundo
antiguo... Basta observar el catálogo de mujeres santas. ¿Dónde
hubo en el mundo mujeres capaces de dirigir escuelas, conventos,
universidades, hospitales y orfanatos al margen del catolicismo?.
Valor de la vida
Los paganos no valoraban la vida de los esclavos ni de los
prisioneros y mataban sin compasión a los niños nacidos enfermos o
a las niñas.
El aborto y el infanticidio era muy común. Entre los métodos
abortivos usados estaba la ingestión de dosis casi fatales de
venenos. Los venenos son, de alguna forma, impredecibles y los
niveles de tolerancia varían según las personas. En muchos casos,
tanto el feto como la madre morían. Otro método consistía en la
introducción de venenos de distintos tipos dentro del útero para
matar al feto. Desafortunadamente, en muchos casos las mujeres no
podían expulsar al feto muerto y morían, al menos que fueran
tratadas con métodos mecánicos de raspaje. Pero estos métodos
eran extremadamente peligrosos y requerían destreza quirúrgica.
Los métodos mecánicos más usados utilizaban agujas, garfios y
cuchillos. Tertuliano, en un escrito del año 203, describió un
conjunto de instrumentos abortivos utilizados por Hipócrates, el
famoso médico al que se le atribuye el juramento de Hipócrates.
El famoso médico romano Aulio Cornelio Celso ofreció extensas
instrucciones para usar equipamientos similares en su obra De
medicina, escrita en el siglo primero. Celso aconsejaba que,
después de la muerte del feto, el cirujano debía lentamente forzar
su mano engrasada hacia adentro de la vagina y del útero. Si el
feto estaba en posición de cabeza, entonces el cirujano debía
insertar un gancho suave y enganchar un ojo, una oreja o la boca o
incluso la frente, y luego tirar de él y extraer el feto. Si el
feto estaba cruzado o de espaldas, aconsejaba usar una hoja filosa
para cortar el feto y sacarlo a pedazos.
Vistos los métodos abortivos usados, no es sorprendente que el
aborto fuese una importante causa de muerte entre las mujeres del
mundo grecorromano. Dado que el aborto era tan peligroso para las
mujeres de la época, uno puede preguntarse cuál era la causa de
que fuera una práctica tan común. Y la causa parece ser la
infidelidad. Muchas mujeres, solteras o casadas, quedaban
embarazadas mientras sus esposos estaban ausentes, y recurrían al
aborto para ocultar los hechos. Las mujeres pobres recurrían al
aborto para evitar tener un hijo más que mantener; y las mujeres
ricas para evitar repartir las propiedades de la familia entre
varios hijos. De todas maneras, la mujer era poco considerada.
En Atenas había también relativamente pocas mujeres debido al
infanticidio femenino, practicado por todas las clases, además de
las muertes adicionales provocadas por el aborto. El estatus de la
mujer ateniense era bastante insignificante. Las niñas recibían
poca o ninguna educación. Típicamente, las mujeres atenienses eran
casadas en la pubertad y, a menudo, antes. Bajo la ley ateniense una
mujer era clasificada como un niño sin importar su edad, y así era
una propiedad legal de algún hombre en todas las etapas de la vida.
Los hombres se podían divorciar automáticamente: solo debían
expulsar a su esposa de la casa. Si una mujer era seducida o
violada, su esposo se veía legalmente empujado a divorciarse de
ella. Si una mujer quería el divorcio, tenía que lograr que su
padre u otro hombre llevara su caso ante un juez. Finalmente, la
mujer ateniense podía tener propiedades, pero el control de éstas
propiedades siempre lo tenía el hombre a quien ella pertenecía.
El infanticidio femenino ocasionó una gran desproporción entre
hombres y mujeres. Según dice el historiador Casio en su Historia
de Roma, alrededor del año 200, la disminución de la población
del Imperio se debió a la escasez de mujeres. Algunos autores han
estimado que la proporción podía ser de 131 hombres por 100
mujeres en Roma y de 140 hombres por 100 mujeres en el resto de
Italia.
Esto era debido en primer lugar a fomentar el infanticidio de
niñas, incluso sanas. El abandono de niñas no deseadas y de niños
deformes o enfermos era una práctica legal y ampliamente extendida
en el mundo grecorromano. Hay autores que dicen que, en las grandes
familias, más de una hija era algo raramente visto.
El historiador romano Tácito (55-117) habla (Anales 3, 25) de
este grave problema de la disminución de la población, que, en el
fondo, se debía a los vicios.
En el siglo II, la disminución de la población estaba ya por
debajo de los niveles de reemplazo. Había más mortalidad que
natalidad. Y para que el Imperio se mantuviera grande, hubo
necesidad del aflujo de colonos bárbaros para trabajar la tierra y
alistarse en las filas del ejército. El emperador Marco Aurelio
permitió que importantes cantidades de estos se establecieran en el
Imperio.
En aquellos tiempos, era muy común dejar expuesto en la calle a
un bebé no deseado para que pudiera ser visto por alguien que lo
quisiera, pero lo normal era que el niño muriera víctima del clima
o de los animales. El abandono de niños era una práctica legal y
justificada por los filósofos de aquel tiempo. Incluso Platón y
Aristóteles, siglos antes, ya habían recomendado el infanticidio
como una política del Estado.
La Iglesia prohibió absolutamente el aborto y el infanticidio.
En el Didache o doctrina de los doce apóstoles, del año 70, se
dice: No debes matar a un niño por el aborto y tampoco matarlo
cuando nazca. San Justino del siglo II, en su primera Apología,
afirma: Se nos ha enseñado que es cruel arrojar a la calle a un
bebé recién nacido, puesto que seríamos asesinos. También
Atenágoras, en el siglo segundo, afirma: Decimos que las mujeres
que ingieren drogas para inducir un aborto, cometen asesinato y
deberán rendir cuentas ante Dios por el aborto, pues el feto en el
vientre de la madre es un ser creado y, por eso, es digno de los
cuidados de Dios. Nosotros no exponemos (en la calle) a un infante,
pues a aquellos que lo hacen se les imputa el cargo de asesinos de
niños.
El apologista Minucio Félix dice en su Octavio: Puedo ver que
ustedes, por un lado, exponen a los recién nacidos ante bestias
salvajes y aves de presa; por el otro, que se angustian, cuando los
azota cualquier tipo de enfermedad miserable. Hay algunas mujeres
entre vosotros que, por medio de preparaciones medicinales,
extinguen la fuente de un futuro hombre en su propio vientre y
cometen de este modo parricidio antes de traerlo al mundo. Y estas
cosas de seguro provienen de sus dioses. Puesto que Saturno no
expuso a sus hijos, sino que los devoró. Con razón fueron
sacrificados algunos niños en su honor en algunos lugares de
África.
Además de los métodos abortivos señalados, había una serie de
aparatos contraceptivos y medicinas que se insertaban en la vagina
para matar el esperma y bloquear el paso del semen hacia el útero.
Ungüentos, mieles y suaves trozos de tela fueron usados para este
propósito. Estómagos de corderos nonatos y vejigas de cabras
servían como condones. De todos modos, eran demasiado caros para
cualquiera, aparte de los ricos. Más popular y efectivo era el
coitus interruptus, llamado onanismo o retirada. Algunas parejas
practicaban el sexo anal, mientras que el sexo oral era poco
frecuente. Pero tanto judíos como cristianos rechazaron estas
prácticas por inmorales.
San Pablo habla claramente, diciendo: Dios dejó que fueran presa
de pasiones vergonzosas. Ahora sus mujeres cambian las relaciones
sexuales normales por relaciones contra la naturaleza e igualmente
los varones, dejando el uso natural de la mujer, se abrasaron en la
concupiscencia unos por otros, los varones con los varones,
cometiendo torpezas y recibiendo en sí mismos el pago debido a su
extravío (Rom 1, 26-27).
En cuanto al sexo oral, se dice en un texto cristiano del siglo
I: No deberás transformarte como todos aquellos hombres de quienes
escuchamos que están realizando iniquidades con su boca por
insalubres, y tampoco debes yacer con mujeres impuras que hacen
iniquidades con su boca.
Con referencia al aborto, ya en la Didache, considerado el primer
catecismo de la Iglesia, se dice con toda claridad: No matarás al
hijo en el seno de su madre ni quitarás la vida al recién nacido.
En aquellos primeros tiempos había tres pecados especialmente
graves para los cristianos: el homicidio, el adulterio y la
apostasía. Por eso, la fidelidad conyugal y el rechazo al aborto
fue algo esencial en la formación de las familias cristianas y que
marcó una gran diferencia con las familias paganas.
La compasión
En aquellos tiempos del Imperio romano, los esclavos no tenían
ningún derecho a la vida y podían matarlos sin compasión alguna,
pues eran propiedad de su dueño. La Iglesia, desde el principio,
habló de tener compasión con los esclavos y tratarlos como seres
humanos. Algunos esclavos liberados llegaron a ser diáconos,
sacerdotes, obispos y aun Papas, como es probablemente el caso del
Papa san Clemente I y, con toda seguridad, el Papa san Calixto I. En
las misas, parte de las limosnas recogidas era para la liberación
de esclavos. San Ambrosio llegó a vender los vasos sagrados en una
ocasión para liberar varios esclavos. Por supuesto que se aceptó
el matrimonio cristiano entre esclavos, y entre esclavos y libres.
Y, gracias al influjo de la Iglesia, a partir del siglo IV hubo una
gran liberación de esclavos, especialmente entre los cristianos o
los que se convertían.
San Pablo, en su carta a Filemón, le dice a éste sobre
Onésimo, el esclavo que se había escapado y que Pablo convirtió
al cristianismo: Prefiero apelar a tu caridad. Te suplico por mi
hijo, Onésimo, a quien engendré entre cadenas. Querría retenerlo
junto a mí para que, en tu lugar, me sirviera en mi prisión, pero
sin tu consentimiento nada he querido hacer. Trátalo, no ya como
siervo (esclavo), sino como hermano amado, muy amado para mí, pero
mucho más para ti según la carne y según el Señor. Acógelo como
a mí mismo. Si en algo te ofendió o te debe algo, ponlo a mi
cuenta, yo te lo pagaré. Sí, hermano, que obtenga yo de ti esa
satisfacción en el Señor. Consuélame en Cristo.
Estas ideas de san Pablo de tratar a un esclavo como a un hermano
y no como esclavo, eran realmente revolucionarias en aquel tiempo.
La Iglesia, poco a poco, a lo largo de los siglos, fue suprimiendo
la esclavitud. A pesar de que en el siglo XVI, muchos países
cristianos retomaron la esclavitud; sin embargo, la Iglesia nunca
dejó de hablar en contra de ella, aunque no le hicieran caso. Desde
el Papa san Gregorio Magno (siglo IV), Adriano I, Alejandro III,
Inocencio III, Gregorio IX, Pío II (año 1462), León X, Pablo III,
Pío V (1568), Benedicto XIV (1714), Pío VII, León XIII en 1888...
Todos han hablado en contra de la esclavitud, que fue prácticamente
abolida en el siglo XIX.
En la antigua Roma, la Iglesia se opuso a los espectáculos
crueles de los gladiadores que luchaban entre sí hasta la muerte o
con animales salvajes para deleite de los espectadores. Por eso,
Tertuliano, en el siglo III, les recordaba a los paganos el
mandamiento de No matarás en su libro De spectaculis (Sobre los
espectáculos). Cuando el emperador Constantino dio libertad a la
Iglesia, una de las primeras cosas que hizo fue prohibir la
crucifixión, las luchas de gladiadores y el infanticidio de niños
enfermos o niñas sanas. También prohibió marcar a los
delincuentes en el rostro. Y, por otra parte, impuso la obligación
del descanso dominical, dio normas para suavizar las condiciones de
vida de los esclavos y permitió que las esclavas pudieran casarse,
incluso con personas de alto rango como senadores. Concediendo el
derecho de liberar a los esclavos con la simple declaración hecha
en una iglesia en presencia de los sacerdotes, pues los obispos
fueron equiparados a los magistrados civiles.
En la Edad Media, la Iglesia luchó contra las costumbres
bárbaras como los duelos o las ordalías (llamadas también juicios
de Dios). Estas ordalías se realizaban para determinar la inocencia
o culpabilidad de un acusado, pero acudían a prácticas
irracionales. Por ejemplo, hacían pasar al acusado por fuego a ver
si no se quemaba o le hacían meter la mano en un caldero de agua
hirviendo para extraer una piedra del fondo. A continuación, le
vendaban el brazo y, si a los tres días la herida había empezado a
curar, el acusado era declarado inocente. En caso contrario, era
culpable. Otra prueba era atar al acusado de manos y pies y
arrojarlo al río. Si flotaba, era declarado inocente. En caso
contrario, era considerado culpable. Siempre la Iglesia propició el
trato humano con los esclavos, los prisioneros de guerra y con la
población vencida.
Una obra digna de mención fue la realizada por los trinitarios y
mercedarios. La Orden de los trinitarios, fundada por san Juan de
Mata (1153-1213), tuvo un carácter dedicado a la redención y
liberación de los cautivos cristianos, esclavos de los musulmanes.
Se calcula que, hasta el siglo XVIII, beneficiaron a unos 500.000
cautivos, entre ellos a Miguel de Cervantes. Por su parte, la Orden
de los mercedarios, fundada por san Pedro Nolasco (1180-1249),
también liberó a miles de prisioneros de los musulmanes.
En la actualidad, no faltan iniciativas para ayudar a los presos,
y a todos los modernos esclavos de la droga, del alcohol, del sexo o
de cualquier otra esclavitud física, sicológica o espiritual.
Por todo esto, el gran sociólogo Rodney Stark afirma en su libro
“El auge del cristianismo”: Lo que el cristianismo dio a sus
conversos fue nada menos que su humanidad. En este sentido, la
virtud fue su recompensa.
La cultura
Los padres latinos san Ambrosio, san Agustín, san León, san
Gregorio Magno y otros famosos escritores cristianos de los primeros
siglos son los fundadores de la cultura cristiana occidental. La
religión cristiana penetró gradualmente en la sociedad hasta que
en el siglo IV se convirtió en la religión del Imperio.
Todo estudio de la cultura occidental debe conceder importancia
fundamental a la conservación de la cultura grecorromana por medio
de la Iglesia católica y, concretamente, por las Órdenes
religiosas. La llamada cultura clásica y los escritos de los
autores clásicos latinos se conservaron sólo por medio de los
monjes católicos. Ya en el siglo VI, Casiodoro (496-575) es un
destacado ejemplo de cómo la antigua tradición del saber se
refugió en el monasterio; y las escuelas, bibliotecas y escritorios
monásticos se convirtieron en los órganos principales de la
cultura intelectual en Europa occidental.
El trabajo disciplinado e incansable de los monjes detuvo la
corriente de barbarie en Europa occidental y cultivó nuevamente las
tierras que habían quedado desérticas y despobladas en la época
de las invasiones. En el campo o en el monte había monjes
silenciosos, cavando, limpiando y construyendo; y otros silenciosos,
a los que no se veía, estaban sentados en el frío claustro,
cansando sus ojos y forzando su atención, mientras copiaban y
recopilaban penosamente los manuscritos que habían salvado. Ninguno
disputaba, gritaba o llamaba la atención hacia lo que estaba
pasando, pero gradualmente el boscoso pantano se convertía en
ermita, en casa religiosa, en granja, en abadía, en villa, en
seminario, en escuela o en ciudad.
La principal Orden, que más influyó en la conservación y
difusión de la cultura antigua, fue la benedictina. En el momento
de su mayor gloria, llegó a tener 37.000 monasterios y proporcionó
a la Iglesia 24 Papas, 200 cardenales, 7.000 arzobispos, 15.000
obispos y 1.500 santos canonizados.
La labor más conocida y eficaz de los monjes benedictinos fue la
copia de manuscritos antiguos para conservar la cultura antigua, que
de otro modo, habría desaparecido. En cada monasterio había un
scriptorium (escritorio) para copiar códices y también una
biblioteca. Algunos monasterios destacaron por sus conocimientos en
determinadas ramas del saber. Así los monjes de san Benigno de
Dijon impartían conferencias de medicina; el monasterio de saint
Gall tenía una escuela de pintura y grabado. En ciertos conventos
alemanes, se daban conferencias en griego, hebreo y árabe.
Montecassino, la casa madre de la Orden benedictina, experimentó en
el siglo XI un resurgimiento cultural calificado por muchos autores
como el acontecimiento más espectacular en la historia de la
erudición latina del siglo XI.
Los monjes, hablando en general, eran los más cultos de su
tiempo. Sin ellos, el progreso de Europa se habría retrasado varios
siglos. Los monjes fueron los que conservaron la cultura, a pesar de
las constantes invasiones bárbaras de los siglos IV y V. Ellos
supieron levantarse de las cenizas y reconstruir los monasterios. El
renacimiento carolingio se realizó en las grandes abadías; cada
una de las cuales mantuvo la tradición establecida por la escuela
palatina de Carlo Magno y las enseñanzas del gran monje Alcuino. Y,
después de la caída del Imperio carolingio, los grandes
monasterios, especialmente los de Germania meridional, San Gall,
Reichenau y Tegernsee, se conservaron como islas de vida intelectual
en medio de la nueva ola de barbarie que, una vez más, amenazaba
sumergir la Cristiandad occidental. De cien monasterios, noventa y
nueve podían ser quemados y sus monjes muertos o expulsados y, sin
embargo, toda la tradición podía reconstituirse por obra del
único sobreviviente; y los lugares asolados podían repoblarse por
la llegada de nuevos monjes que habrían de retomar la tradición
rota, siguiendo la misma regla, cantando la misma liturgia, leyendo
los mismos libros y pensando en la misma forma que sus predecesores.
Así el monacato y la cultura monástica volvieron a Inglaterra y
Normandía, después de un siglo de total destrucción; con el
resultado de que cien años más tarde, los monasterios normandos e
ingleses figuraban nuevamente entre los conductores de la cultura
occidental.
En los siglos IX y X, el Occidente de Europa sería víctima de
nuevas oleadas de ataques devastadores por parte de los vikingos,
magiares y musulmanes. Pero la infatigable determinación de los
obispos, monjes y sacerdotes en general, salvó a Europa de una
segunda caída.
La Iglesia, a través de los eclesiásticos más eminentes,
desarrolló el sistema universitario, por primera vez en el mundo,
porque la Iglesia era la única Institución en Europa que mostraba
interés riguroso por la conservación y el cultivo del
conocimiento. Por eso, ha dicho con acierto Thomas Woods: Ninguna
otra institución hizo más por difundir el conocimiento dentro y
fuera de las universidades que la Iglesia católica.
En la Edad Media, la mayoría de los sabios y científicos eran
eclesiásticos como san Alberto Magno, Copérnico, Ramón Llull,
Roger Bacon, Nicolás Cusa, Lucas Pacioli, Alejandro de Hales, san
Buenaventura, san Alberto Magno, santo Tomás de Aquino, Tomás de
York, Kilwardby, Juan Peckham, Mateo Acquasparta, Duns Scoto...
Las principales universidades de Europa como París
(especializada en teología y artes) y Bolonia (en leyes) surgieron
de escuelas catedralicias. Recordemos que en el concilio de Letrán
III en 1179 se estableció que todas las catedrales tuvieran
escuelas catedralicias. Esto se ratificó en el concilio de Trento.
Y desde los primeros siglos, a la sombra de los monasterios, había
escuelas monásticas. Igualmente, en América latina, especialmente
en México, cada convento tenía una escuela y un hospital. En 1540,
según fray Toribio de Benavente, Motolinía, en algunos conventos
de México había 300, 400, 600 y hasta mil alumnos indios. Las
primeras universidades de América fueron fundadas por la Iglesia en
Santo Domingo (1538), Lima y México (1553).
En Europa, las primeras universidades estaban bajo el patrocinio
del Papa, tenían aprobación pontifica y, en caso de conflictos con
las autoridades civiles o eclesiásticas del lugar, el Papa era el
árbitro. Las universidades patrocinadas por la Iglesia tenían
reconocimiento universal, y las clases eran en latín. Los titulados
tenían derecho de enseñar (ius ubique docendi) en cualquier parte
del mundo. En cambio, las universidades con cédula real o imperial,
sólo podían hacerlo dentro del territorio del rey o emperador.
Observemos que, en el siglo XVI, había en Europa 81
universidades. Treinta y tres tenían cédula pontificia, quince
tenían cédula real o imperial y veinte gozaban de ambas
acreditaciones, pontifica y real. El Papa Inocencio III concedió en
1254 a la universidad de Oxford la posibilidad de dar títulos. Y no
creamos que en las universidades se estudiaba sólo teología. Los
estudios normales abarcaban derecho canónico y civil, filosofía
natural, medicina, teología y, además, el famoso quatrivium
(aritmética, geometría, música y astronomía) y el trivium
(gramática, retórica y lógica). Nunca la Iglesia rechazó la
razón, sino más bien fomentó el estudio racional a través de la
filosofía, la lógica y otros estudios afines.
Progreso científico
Los monjes fueron inventores de grandes adelantos que hicieron
más fácil la vida de la gente de su tiempo. Además de la
creación de hospitales, escuelas y universidades, su contribución
a la civilización occidental fue inmensa. Entre otras cosas,
inventaron técnicas para la transformación de los metales,
introdujeron nuevos cultivos, fueron los pioneros en tecnología
desde el siglo IV al XV e inventaron la turbina hidráulica y los
molinos de viento con palas giratorias.
Allí donde llegaban los monjes transformaban las tierras
vírgenes en cultivos, abordaban la cría del ganado y las tareas
agrícolas, trabajaban con sus propias manos, drenaban pantanos y
desbrozaban bosques. Alemania se convirtió, gracias a ellos, en un
país productivo. Los monasterios benedictinos eran una universidad
agrícola para la región en la que se ubicaban. El historiador
francés del siglo XIX, poco afecto a la Iglesia, François Guizot,
observaba: Los monjes benedictinos fueron los agricultores de
Europa; transformaron amplias zonas del continente en tierras
cultivables, asociando la agricultura con la oración.
En todas partes introducían los monjes cultivos e industrias y
empleaban métodos de producción desconocidos hasta la fecha por la
población del lugar. Abordaban la cría de ganado y de caballos o
las técnicas de fermentación de la cerveza, la apicultura o el
cultivo de las frutas. En Suecia desarrollaron el comercio del
grano. En Parma fue la elaboración del queso. En Irlanda los
criaderos de salmón y, en muchos otros lugares, los mejores
viñedos. Los campesinos de Lombardía aprendieron de ellos las
técnicas de regadío que contribuyeron a transformar asombrosamente
la región en una de las más ricas y fértiles de Europa.
Dom Perignon, un monje de la abadía de san Pedro en Hautvilliers
del Marne, en Francia, inventó en el siglo XVII el champán.
Según Randall Collins, los monasterios cistercienses fueron las
unidades economistas más eficaces que habían existido en Europa y
acaso en el mundo hasta la fecha.
El monasterio cisterciense de Clairvaux nos ha legado una
crónica de sus sistemas hidráulicos en el siglo XII, dando cuenta
de la asombrosa maquinaria de la Europa de la época. La comunidad
cisterciense se asemejaba a una fábrica donde, mediante el uso de
la energía hidráulica, se molía el grano, se tamizaba la harina,
se elaboraban telas y se curtían pieles.
Los monjes cistercienses destacaron por su destreza metalúrgica.
Entre mediados del siglo XIII y el siglo XVII, los cistercienses
fueron los principales productores de hierro en la Campaña
francesa. Y usaban como fertilizantes la escoria de sus hornos por
su elevada concentración de fosfatos.
El primer reloj de que tenemos noticia fue construido por el
futuro Papa Silvestre II para la ciudad alemana de Magdeburgo hacia
el año 996. Ricardo de Wallingford, abad de los benedictinos de
Saint Albans, en Inglaterra, y uno de los precursores de la
trigonometría occidental, es famoso por el gran reloj astronómico
que diseñó en el siglo XIV.
La turbina hidráulica, para moler el grano y hacerlo harina
marcó un hito importante. Los molinos a base de agua se
multiplicaron por todas partes. En el siglo IX, la tercera parte de
los molinos a lo largo del Sena, en París, eran a base de turbinas
de agua; la mayor parte propiedad de religiosos.
Igualmente, se difundieron los molinos de viento con palas
giratorias. En muchos conventos, sobre todo cistercienses, había
lagos artificiales para cría de ciertas clases de peces, que
abastecían los mercados. También, en esos años de la Edad Media,
se hizo en gran escala la producción de paño con máquinas o
telares accionados con los pies.
En la Europa medieval, hubo tres grandes inventos que
revolucionaron la vida de la gente. La chimenea para que las casas
estuvieran calientes y sin los inconvenientes del humo. Los anteojos
para poder ver durante muchos años sin el inconveniente anterior de
muchos grandes artistas que a partir de los 40 años, no podían
trabajar por falta de vista. Y otro invento es el reloj. Al
principio, eran grandes relojes que se colocaban en las torres de
las iglesias o lugares públicos para que, con sus campanadas, todo
el mundo se rigiera por la hora y así hubiera más organización en
los trabajos.
También se inventó las polifonía o canto a voces y se
perfeccionaron algunos instrumentos musicales como el clavicordio,
el violín, el contrabajo, el órgano...
Es interesante anotar la gran cantidad de sacerdotes científicos
que hubo en la Edad Media. Merecen especial atención, en el siglo
XIII, Roger Bacon, franciscano y profesor de Oxford, admirable por
sus trabajos ópticos y matemáticos, considerado como el precursor
del método científico moderno. San Alberto Magno (1200-1280),
profesor de la universidad de París y maestro de santo Tomás de
Aquino, era profundo conocedor de todas las ramas de la ciencia y
uno de los precursores de la ciencia moderna. Su prodigiosa obra
abarcó la física, la lógica, la metafísica, la biología, la
sicología, la botánica...
Robert Grosseteste, canciller de Oxford y obispo de Lincoln, es
considerado como uno de los hombres más eruditos de la Edad Media.
Fue el primero en escribir la serie completa de pasos necesarios
para llevar a cabo un experimento científico.
Al padre Nicolaus Steno (1638-1686), converso del luteranismo, se
le atribuye el establecimiento de la mayoría de los principios de
la geología moderna y ha recibido el nombre de padre de la
estratigrafía (estudio de los estratos o capas de la tierra). Fue
beatificado por el Papa Juan Pablo II.
Los mayores científicos se encuentran en la Compañía de
Jesús. Ellos contribuyeron al perfeccionamiento de los relojes de
péndulo, pantógrafos, barómetros, telescopios reflectores y
microscopios. Introdujeron en las matemáticas italianas los signos
de más y menos; y muchos científicos seglares, como Fermat,
Huygens, Leibniz y Newton, los reconocen entre sus más valiosos
corresponsales.
Cuando Charles Bossut elaboró la lista de los matemáticos más
eminentes desde el 900 a.C. hasta el 1800 d.C., incluyó a 16
jesuitas entre 303. Esto es grandioso, considerando que en estos
2.700 años sólo existieron durante 200 años. Treinta y cinco de
los cráteres lunares fueron bautizados por científicos y
matemáticos de la Compañía de Jesús. Fueron los jesuitas los
primeros en llevar la ciencia occidental a lugares tan lejos como
China e India. Ellos hicieron la labor de traducir al chino los
textos occidentales sobre matemáticas y astronomía especialmente.
El padre jesuita Christopher Clavius, gran astrónomo, fue quien
aconsejó en 1582 al Papa Gregorio XIII eliminar 10 días del
calendario Juliano y redefinir la duración del año en 365, 2422
días, tal como quedó en el nuevo calendario gregoriano desde
entonces hasta hoy.
En los comienzos del siglo XIX, los jesuitas inauguraron en
África y América central y del Sur, observatorios para el estudio
de la astronomía, el geomagnetismo, la meteorología, la
sismología y la física solar.
Un gran científico jesuita fue el padre Giambattista Riccioli,
que fue el primer hombre que logró determinar el índice de
aceleración de un cuerpo en caída libre. El padre Francisco María
Grimaldi, en unión con Riccioli, construyó el selenógrafo para
describir los rasgos de la Luna, que hoy se exhibe en la entrada del
Museo Nacional del Aire y el Espacio de Washington. Pero el mayor
éxito del padre Grimaldi fue descubrir la difracción de la luz y
asignar a este fenómeno el término difracción.
Otro gran famoso jesuita fue el padre Roger Boscovich
(1711-1787), calificado por Sir Harold Hartley, de la Royal Society,
como uno de los más grandes intelectuales de todos los tiempos. Fue
un verdadero erudito en teoría atómica, óptica matemática y
astronomía. Se le ha considerado el mayor genio que Yugoslavia ha
dado jamás al mundo. Algunos lo consideran como el verdadero
creador de la física atómica fundamental.
Otro gran científico jesuita fue el padre Athanasius Kricher
(1602-1680), honrado con el título de maestro de un centenar de
artes. Sus investigaciones en el terreno de la química fueron muy
notables. Su fascinación por el antiguo Egipto le ha hecho ser
considerado por muchos como el verdadero fundador de la
egiptología, y sus escritos permitieron llegar a descifrar, en
1799, los jeroglíficos egipcios. La aportación de los jesuitas en
sismología (estudio de los terremotos) ha sido sustancial, de modo
que se la ha llamado la ciencia jesuita.
Hay otra gran contribución de la Iglesia al estudio de la
astronomía, que es casi desconocida: Las catedrales de Florencia,
París, Bolonia y Roma se diseñaron en los siglos XVII y XVIII para
servir de observatorios solares. En ningún otro lugar del mundo
existían instrumentos más precisos para el estudio del Sol. Cada
una de las catedrales contenía una serie de huecos que permitían
el paso de la luz solar y mostraban las líneas horarias dibujadas
en el suelo. ¿Quién podía haber adivinado que las catedrales
católicas contribuirían así al progreso de la ciencia? Los
observatorios de las catedrales resultaron esenciales para el avance
de la investigación científica.
Heilbron, de la universidad de Berkeley, California, ha dicho: La
Iglesia católica ha proporcionado más ayuda financiera y apoyo
social al estudio de la astronomía durante seis siglos (desde la
recuperación de los conocimientos antiguos en el transcurso de la
Edad Media hasta la Ilustración) que ninguna otra Institución y,
probablemente, más que el resto en su conjunto.
Como vemos, el hecho de que la ciencia moderna surgiera en el
entorno católico de Europa occidental no fue una mera coincidencia.
El arte de la pintura y de la escultura surgió especialmente en
ambientes católicos, pues los musulmanes rechazaban toda
representación, al igual que los judíos o protestantes. En cuanto
a la arquitectura, las catedrales católicas tienen una
proporcionalidad geométrica asombrosa. En ellas se mezcla el arte
con la geometría y matemática para hacer una bella obra de arte.
Muchos Papas fueron propiciadores de artistas. Y ahí tenemos las
grandes obras de pintura, escultura y arquitectura en el Vaticano,
obra de Bramante, Miguel Ángel, Rafael y otros.
Con relación al Derecho es, también en gran medida, una
aportación eclesiástica. El derecho canónico fue el primer
sistema legal moderno surgido en Europa, que demostró la
posibilidad de reunir en un cuerpo legal coherente y completo todo
el conjunto de estatutos, tradiciones y costumbres locales, a menudo
contradictorias. Con anterioridad al nacimiento del derecho
canónico, en los siglos XII y XIII, no existía en Europa ningún
sistema de leyes organizado.
El principal tratado de derecho canónico fue obra del monje
Graciano y se tituló: “Una concordancia de cánones discordantes”,
conocido también como Decreto de Graciano, escrito hacia el año
1140. Fue una obra gigantesca que marcó un hito histórico. Su
importancia se debe a que, en pleno siglo XI, los pueblos de Europa
vivían según modelos de leyes de los pueblos bárbaros, que
habían conquistado el Imperio romano. Había costumbres
irracionales como las ordalías o juicios de Dios. Para aquellos
pueblos de leyes bárbaras, la ley era simplemente un modo de poner
fin a una disputa y mantener el orden y no tanto un modo de hacer
justicia. Por eso, el experto Harold Berman ha afirmado que la
Iglesia católica fue quien enseñó por primera vez al hombre
occidental lo que es un sistema legal moderno.
Al padre Francisco de Vitoria (siglo XVI) se le considera el
padre del derecho internacional, pues defendió la doctrina de que
todos los hombres son libres, proclamando su derecho a la vida, a la
cultura y a la propiedad. Fue el primero que publicó un tratado
sobre el derecho de las naciones. Y podríamos seguir hablando de
muchas cosas más sobre la colaboración de la Iglesia en el
progreso científico y en el desarrollo de la cultura europea. Y sin
embargo, hay gente miope que sólo habla del caso de Galileo para
ponerlo como ejemplo de la supuesta oposición entre la ciencia y la
fe. Muchos todavía creen que Galileo (1564-1642) fue quemado o
torturado o metido en prisión por la Inquisición, lo que es
totalmente falso.
El caso Galileo es casi el único que pueden traer a colación
los enemigos de la Iglesia, pero ¿cuál fue el problema? Galileo
aprendió del eclesiástico polaco Copérnico (1473-1543) que la
tierra daba vueltas alrededor del sol y él, con sus
investigaciones, quedó totalmente convencido de esta idea. Cuando
escribió, en 1612, sus Cartas sobre las manchas solares,
defendiendo este sistema de Copérnico, llamado heliocentrismo, fue
felicitado especialmente por el cardenal Maffeo Barberini, futuro
Urbano VIII.
Pero Galileo no sabía probar sus ideas y la única razón que
daba para probar el heliocentrismo era el movimiento de las mareas,
lo cual es falso, pues se debe a la atracción de la Luna.
En 1616, Galileo tuvo una conversación con el cardenal
Belarmino, quien le informó que su opinión se podía sostener de
modo hipotético y no como verdad absoluta. Pero en 1632, Galileo
escribió su Diálogo sobre los grandes sistemas del mundo en el que
hizo caso omiso del compromiso de presentar su opinión copernicana
como hipótesis.
Entonces, los jueces de la Inquisición, algunos de los cuales
pensaban que sus ideas iban en contra de algunos textos bíblicos,
lo condenaron el 22 de junio de 1633 a abjurar de su teoría no
demostrada sobre el movimiento de la Tierra alrededor del Sol. Se
prohibieron sus libros, que fueron incluidos en el índice, se le
condenaba a confinamiento domiciliario y a rezar una vez por semana
los siete salmos penitenciales; algo que parece que cumplieron por
él sus dos hijas religiosas.
Pero Galileo nunca dejó de ser un fervoroso católico ni perdió
la amistad de obispos y científicos que lo visitaban en su casa.
Sin embargo, fue lamentable su condena. Sólo en 1741, cuando se
demostró la verdad del copernicanismo, se pudieron publicar las
obras de Galileo con autorización.
Por este error de la Iglesia, al meterse en el campo de le
ciencia, ya pidió perdón el Papa Juan Pablo II en la jornada del
perdón del 12 de marzo del 2000. El mismo concilio Vaticano II ya
había aludido a ciertas actitudes que, por no comprender bien el
sentido de la legítima autonomía de la ciencia, se han dado
algunas veces entre los propios cristianos; actitudes que, seguidas
de agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una oposición
entre la ciencia y la fe.
El Papa Juan Pablo II nombró en 1981 una Comisión para estudiar
el caso Galileo y el 31 de octubre de 1992, el presidente de la
Comisión, cardenal Poupard, dijo ante los miembros de la Academia
Pontificia de ciencias: En esa coyuntura histórico-cultural, muy
alejada de la nuestra, los jueces de Galileo, incapaces de disociar
la fe de una cosmología milenaria, creyeron equivocadamente que la
adopción de la revolución copernicana, que por lo demás todavía
no había sido probada definitivamente, podía quebrar la tradición
católica y que era su deber prohibir su enseñanza. Este error
subjetivo de juicio, tan claro para nosotros hoy día, les condujo a
una medida disciplinaria a causa de la cual Galileo debió sufrir
mucho. Es preciso reconocer lealmente estos errores.
Por su parte, el Papa, en su intervención afirmó: El caso
Galileo era el símbolo del pretendido rechazo del progreso
científico por parte de la Iglesia o bien del oscurantismo
dogmático opuesto a la búsqueda libre de la verdad. Este mito ha
jugado un papel cultural considerable, ha contribuido a afianzar en
muchos científicos de buena fe la idea de que existe
incompatibilidad entre el espíritu de la ciencia y su ética de
investigación, por una parte; y la fe cristiana, por la otra. Una
trágica incomprensión recíproca ha sido interpretada como el
reflejo de una oposición constitutiva entre ciencia y fe. Las
aclaraciones aportadas por los recientes estudios históricos nos
permiten afirmar que ese doloroso malentendido pertenece ya al
pasado.
Con este problema, la Iglesia tuvo que aprender que no tiene
competencia para decidir en cuestiones científicas y que, como
decía san Agustín: La Biblia no nos enseña cómo van los cielos
sino cómo se va al cielo. Pero aclaremos que el Papa no intervino y
no hubo ninguna declaración de fe en contra de Galileo. ¿No debía
habérsele condenado en absoluto? Ciertamente, la Iglesia no es
competente en cuestiones científicas, pero tomar esto como ejemplo
para afirmar que la Iglesia está en contra de la ciencia es algo
muy exagerado, después de todo lo que hemos visto sobre la
contribución de la Iglesia al progreso de la ciencia. ¿Acaso ha
habido en la civilización occidental una Institución que pueda
tener un currículum científico más excelente que la Iglesia
católica?
ALEJAMIENTO DE DIOS Y DE LA IGLESIA
En el siglo XVIII, muchos filósofos creyeron que la religión
era una superstición y rechazaron a Dios de sus vidas. Estos
filósofos soñaron con mundos ideales con una felicidad puramente
natural, donde no existiera la familia ni la propiedad privada ni
moral alguna. Pero estas ideas llevaron a la Revolución francesa
con todas sus masacres y violencias. Porque un mundo de Dios se hace
inhumano e infeliz. Veamos lo que significó el movimiento cultural
llamado Ilustración para Europa. Sus consecuencias todavía las
estamos viviendo en este mundo actual en que Dios parece estar
ausente de la vida diaria y donde parece que Cristo es un estorbo
para la felicidad de muchos.
La Ilustración
En el siglo XVIII surgió en Europa un movimiento cultural
caracterizado por una confianza total en la razón, negando todo lo
sobrenatural y criticando todas las Instituciones tradicionales,
especialmente la monarquía y la religión católica. Estos
filósofos ilustrados, como Voltaire, decían que todos los siglos
anteriores a ellos habían sido de barbarie y superstición, porque
había dominado la religión sobre la razón. A los siglos
anteriores, los llamaban siglos de las tinieblas, mientras que su
siglo, con el despertar de la razón, lo llamaban el siglo de las
luces. Estos filósofos racionalistas, que descartaban totalmente a
Dios de la humanidad, fueron los que prepararon la llegada de la
Revolución francesa. Al llegar ésta, persiguieron a la religión
católica como si hubiera sido la causa de todas las guerras y de
todos los males, poniendo como base y fundamento de la sociedad a la
diosa Razón.
Ellos se consideraron como los defensores de los derechos
humanos, como si antes no hubieran existido, y proclamaron a los
cuatro vientos los principios de libertad, igualdad, fraternidad.
Pero estos supuestos defensores de la libertad y de los derechos
humanos, destruyeron por puro vandalismo tesoros culturales y
artísticos de muchas bibliotecas eclesiásticas y de monasterios
como Cluny, Longchamp, Lys, la catedral de Macon, la de Boulogne sur
Mer, la sainte Chapelle de Arras, los claustros de Conques y otras
innumerables obras de arte de la cultura antigua.
Ellos, que hablaban mucho de libertad y tolerancia, cometieron el
más grande genocidio de la historia moderna en la región de la
Vendée, donde masacraron a 120.000 personas por haberse opuesto a
aceptar las ideas de la revolución. Y la deshumanización de estos
revolucionarios llegó hasta el punto que con las pieles curtidas de
los vencidos, hicieron botas para los oficiales; y hervían los
cadáveres para extraer grasa y jabón. Algo sólo superado por las
cámaras de gas de Hitler.
El 10 de noviembre de 1793, los revolucionarios consagraron la
catedral de Notre Dame a la diosa Razón. En la parte central, se
alzaba una estatua a la Filosofía. Por el nuevo templo desfiló una
joven actriz Mademoiselle Aubry, vestida con una larga túnica
blanca y un manto azul, armada con la lanza de la Ciencia. Estaba
acompañada de un coro de bailarinas, vestidas de blanco, y quemaron
incienso ante el altar. Casi inmediatamente, 2.345 iglesias fueron
transformadas en templos a la Razón.
Para los filósofos ilustrados, los derechos se fundaban en la
razón, que puede opinar de diferentes maneras según convenga.
Descartes en su Discurso del método dice que la razón es el
principio de la verdad. Y decía: No hay que admitir como verdadera
cosa alguna que no se conozca con evidencia que lo es. Para él, la
subjetividad es el punto de partida y la condición para todo saber.
La verdad objetiva está sometida a la razón subjetiva, es decir,
que algo es verdadero según así lo comprenda cada uno.
Los filósofos ilustrados decían que la razón podía explicarlo
todo y afirmaban: Nec decipit ratio nec decipitur unquam (La razón
jamás engaña ni es engañada). Estas ideas parecen estar de moda
en la actualidad con el relativismo tan extendido por todas partes.
Para los intelectuales modernos o ilustrados actuales todo es
relativo. No hay verdades absolutas ni principios universales e
inmutables. Lo único cierto es que todo es relativo y que la verdad
depende de lo que cada uno cree. Por eso, nadie tiene derecho a
imponer a nadie sus propias ideas. Lo que importa es la propia
opinión personal. De ahí que a la Iglesia católica, como lo
hicieron los ilustrados del siglo XVIII, la califican de intolerante
por querer enseñar a todos unas verdades absolutas como que Cristo
es Dios, que ha venido a la tierra y nos ha salvado, que la muerto y
resucitado, que está presente en la Eucaristía; y que hay acciones
buenas o malas objetivamente, independientemente de la opinión
personal, etc.
Estos filósofos ilustrados o relativistas actuales hablan mucho
de libertad y tolerancia total, pero sólo para los que piensen como
ellos. Voltaire es considerado el patriarca de la tolerancia, porque
escribió un tratado sobre la tolerancia, alabando el espíritu
tolerante del pueblo romano. Pero no aceptaba la tolerancia contra
los intolerantes católicos. Para él hay que ser intolerantes con
los intolerantes. Y ¿quiénes son intolerantes? Al final, lo serán
todos nuestros enemigos y los que no piensan como nosotros. Por eso,
no es de extrañar que, en las sociedades en que ha triunfado el
ateismo militante y se han dejado guiar sólo por la razón (es
decir, por las propias ideas), han llegado a las persecuciones,
matanzas y violaciones de los derechos humanos más graves de la
historia. Pensemos en el comunismo, nazismo, revolución francesa...
Y es que, cuando se suprime a Dios de la vida humana, alguien
toma su lugar y, normalmente, lo hace el Estado todopoderoso, que,
con frecuencia, tiene un nombre concreto: el líder máximo que
dirige el país y que se convierte en un tirano.
En cuanto a las mujeres, casi todos los historiadores están de
acuerdo en admitir que, al final de la Revolución francesa, las
mujeres se encontraban peor que antes. La única novedad fue el
divorcio, pero dada la casi total ausencia de derechos y dada la
mentalidad dominante entre los ilustrados, esta novedad se
convirtió para ellas en un perjuicio.
Las ideas de los ilustrados sobre la mujer están perfectamente
representadas en la obra de Restif de la Bretonne, especialmente en
su Les Gymnographes de 1777, un proyecto de normas para la mujer.
Recalca que las mujeres deben estar sometidas al hombre, jefe y
soberano del hogar. Para él, la muchachas de alta sociedad podían
aprender a leer, pero no a escribir; y las de baja sociedad ni
siquiera a leer. La elección de pareja debía ser hecha por los
padres y las que no cumplieran las normas, debían ser condenadas a
trabajos forzados o a pena de azotes. En el matrimonio, decía: las
mujeres no podrán en ningún caso sustituir al marido, perniciosa
costumbre practicada hasta ahora erróneamente y que debe ser
absolutamente eliminada.
Muchos de estos filósofos ilustrados soñaban con un mundo feliz
sin Dios y sin religión, donde todo fuera común hasta las mujeres
y los hijos. Entre ellos encontramos muchas utopías: proyectos de
cómo debería ser el mundo para ser plenamente feliz. Veamos
algunas de estas utopías.
Jean Jacques Rousseau (1712-1778) habla del buen salvaje como
ideal humano. Para él el hombre se ha corrompido y degenerado por
la civilización. La creación de la familia, el surgimiento de las
artes y de las ciencias, de las leyes y de las instituciones del
Estado han sido muchas de las etapas de su degeneración. El hombre
primitivo, según él, era y es bueno y feliz. De ahí que la
historia humana ha sido, en su opinión, no un progreso sino un
retroceso, una depravación constante. Por lo cual, propone volver a
la vida de la naturaleza sin los adelantos modernos para poder ser
felices, sin familia, sin propiedad privada y tener todo en común.
En su libro Emilio habla de que todo sale perfecto de manos de la
naturaleza y el hombre lo degenera. Su slogan es: Hay que volver a
la naturaleza. Hay que llevar una vida lo más conforme con la
naturaleza.
Otro soñador es Morelly. Algunos creen que Morelly era sinónimo
de Diderot, uno de los principales directores de la Enciclopedia
(monumental obra de 33 volúmenes editada por Diderot y D´Alembert
entre 1751 y 1772, donde los filósofos ilustrados más
representativos expresan sus ideas sobre el predominio de la razón
y cómo debe ser un mundo nuevo). Pues bien, Morelly habla de un
mundo paradisíaco en esta tierra, donde no existiría la propiedad
privada. Los ciudadanos serían funcionarios del Estado. Los niños
desde los cinco años serían separados de sus padres y educados por
el Estado de modo igualitario. El matrimonio sería obligatorio a
partir de cierta edad y todos deberían trabajar entre los 20 y los
35 años. En este paraíso todo sería de todos y el Estado
distribuiría los productos de acuerdo a las necesidades de cada
uno. El comercio y el cambio estarían totalmente prohibidos.
Los infractores de las leyes del Estado serían considerados, no
como delincuentes, sino como enemigos de la humanidad,
declarándolos locos. Porque, si todos son felices en ese paraíso,
había que ser locos para no hacer lo que hacen todos.
En estas ideas de Morelly parece vislumbrarse ya lo que soñó
Marx en su paraíso comunista. Nada de propiedad, todo de todos. El
Estado es el único dueño, que da a todos según su necesidad. Los
infractores son llevados a las clínicas siquiátricas como los
soviéticos; los disidentes deben ser curados a la fuerza, porque
son locos. Pero ¿se puede ser feliz en contra de la propia
voluntad? ¿Han sido felices los ciudadanos de los países
comunistas? ¿Quién no recuerda las masacres de Stalin o de los
comunistas de Camboya con Pol Pot?
Otro gran ilustrado fue Dechamps. Según él, para conseguir el
paraíso terrenal había que eliminar la propiedad privada de las
cosas y de las mujeres. Para él no hay moral y todo debe ser
común. El incesto no es pecado. Todo es bueno, si nos da la
felicidad. En este paraíso habría que destruir las artes y las
ciencias, porque serían inútiles. Se debían quemar todos los
libros menos el suyo: El verdadero sistema. Los seres humanos
vivirían en cabañas de madera y dormirían en lechos de paja. La
alimentación sería vegetariana, todos los días exactamente igual.
En ese mundo, dice, no existiría la risa ni el llanto, pues todos
tendrían la misma expresión de contento. No habría diferencia de
sexos. Los funerales serían abolidos, ya que los difuntos no
deberían importarnos más que un animal muerto.
¿Te gustaría a ti vivir en ese mundo sin Dios, en el que todos
sean absolutamente iguales, viviendo una vida natural sin deseo de
mejorar ni de estudiar ni progresar?
Donatien-Alphonse François, marqués de Sade, de donde proviene
el nombre de sadismo, fue un prolífico autor de utopías
ilustradas. El marqués de Sade murió loco en un manicomio de la
Salpetrière. En su obra Aline y Valcour, publicada en 1795,
describe un cielo en la tierra en la isla de Tamoé, un lugar del
Pacífico circundado de escollos inaccesibles. El clima es idílico
y la capital, Tamoé, es una de las 16 ciudades de la isla. Allí se
presenta un oficial de la marina de Luis XIV que se enamora de una
indígena y reforma las costumbres y las leyes dentro del más puro
espíritu de los filósofos del siglo de las luces.
La capital es totalmente redonda. Las casas todas iguales y del
mismo color rosa y verde. La plaza central es también redonda y
rodeada de árboles. En el centro hay dos edificios redondos y más
altos que los demás. La religión es solar. El sol es como el
símbolo de Dios y nada más. Todo allí es sencillo. Ni templos ni
ritos ni clero.
El único dueño de todo es el Estado. Reina la más absoluta
igualdad, incluso en los vestidos, que consisten en una simple
túnica gris para los ancianos, verde para los adultos y rosa para
los jóvenes. Allí todos tienen todo lo que desean y no hay leyes
ni prisiones. Los niños son educados por el Estado desde que son
destetados hasta los 15 años. A esa edad deben contraer matrimonio.
Para ello, son llevados a la casa común en que han sido criadas las
mujeres y allí eligen. Está admitido el divorcio. Los ancianos
imposibilitados son alojados por el Estado en palacios destinados
para ellos. Todos son rigurosamente vegetarianos y la diversión
preferida es el teatro.
En este paraíso no hay propiedad privada ni religión. Aparecen
residencias para ancianos, guarderías infantiles, divorcios, modas
uniformes, rigorismo vegetariano. Y así creen conseguir una
felicidad puramente natural sin aspiraciones de progreso. ¿Será
todo ilusión de filósofos ateos que quieren vivir eternamente sin
Dios en un paraíso terrenal?
Una nueva utopía, que acabó en tragedia, la quiso hacer
realidad el famoso Jones, ex-pastor metodista. Su ideal era el
paraíso comunista. Había fundado en 1956 en Indianápolis (Estados
Unidos) el Templo del pueblo y, debido a las supervisiones y
acusaciones ante la justicia, decidió trasladar a sus seguidores a
la Guyana ex-británica para construir allí un cielo en la tierra,
donde todo fuera común al mejor estilo marxista. Poco a poco, fue
quitando a sus seguideros la idea de Dios y hasta blasfemaba y
escupía sobre la Biblia.
Le escribía a su suegra: Estoy realizando el paraíso en la
tierra. Estoy demostrando que no hay necesidad de Dios. Pienso en
Rusia y en China, soy comunista y he fundado la primera sociedad
comunista americana.
En este paraíso todos los bienes de los adeptos pasaban a Jones
y los fieles recibían manutención, alojamiento y dos dólares a la
semana. Jones podía disolver matrimonios y realizarlos. Obligaba a
acusar a quienes tenían comportamientos contrarios a la igualdad o
a la voluntad de Jones, y favorecía los traspasos en los
alojamientos comunes y el destino de los hijos a los servicios
sociales del Templo.
Jones podía ordenar a cualquier hombre o mujer que tuviera
relaciones sexuales con él, y la desobediencia en este punto era
castigada severamente. Las penas consistían en azotes o
electroshock. Las relaciones sexuales estaban permitidas a través
de un comité organizador, no por voluntad propia. En estas
condiciones, con las continuas reuniones nocturnas, los cursos de
adoctrinamiento y las confesiones públicas, se reducía cada vez
más la personalidad de los individuos, que no podían hacer
preguntas ni pedir explicaciones.
Este paraíso de Jones estaba en plena selva, aislados del mundo,
viviendo una vida natural. Nadie podía escapar. Los pasaportes
habían sido retirados y todos debían trabajar durante once o doce
horas diarias. En varias ocasiones, les hizo beber veneno por la
gloria del socialismo para suicidarse, pero eran falsas alarmas. A
un jovencito de doce años le escribía: Es estupendo que estés
dispuesto a beber el veneno contra los capitalistas, contra la CIA,
contra la bestialidad del capitalismo y por la dulzura del
socialismo. La Unión soviética era definida continuamente por él
como la tierra prometida y se daban regularmente cursos de lengua
rusa. El patrimonio económico de Jones tenía este destino: siete
millones de dólares al partido comunista soviético y diez al
partido comunista norteamericano.
Jones era la única ley. Todos debían obedecerle sin preguntar.
Hasta que un día les hizo tomar veneno de verdad y todos murieron
envenenados con cianuro. Fueron 912. Novecientas doce vidas que
habían buscado un paraíso terrenal sin Dios y bajo la guía de un
loco o dictador comunista a todo trance. La televisión mundial
difundió las imágenes de los muertos el 19 de noviembre de 1978.
¿Cuántos tendrán que seguir muriendo hasta que los hombres se den
cuenta de que sin Dios no es posible la felicidad en esta vida ni en
la otra?
Consecuencias de la Ilustración
Ya hemos hablado de las matanzas y persecuciones contra todo lo
religioso de aquellos revolucionarios que buscaban la felicidad sin
Dios y que, hablando mucho de libertad y tolerancia, quisieron
imponer por la fuerza sus opiniones. Mientras la revolución
soviética respetó las tumbas de los zares, la francesa de 1789
quiso hacer desaparecer toda huella de los reyes. Veinticinco reyes,
diecisiete reinas y setenta y un príncipes y princesas fueron
sacados de sus tumbas y arrojados a una fosa común, rociados con
cal. Los mausoleos de los reyes fueron destruidos. Las 54 cajas de
plomo de los féretros de los Borbones fueron fundidas y
transformadas en munición. Igual suerte corrieron las esculturas.
Las cabezas de las estatuas de los reyes de Francia de Notre Dame de
París fueron decapitadas y han sido recuperadas hace poco tiempo.
El 10 de junio de 1794 se instituyó el Terror. En París el
tribunal revolucionario funcionó ininterrumpidamente. La guillotina
trabajaba seis horas al día, despachando 900 muertos al mes. En el
transcurso de seis meses de la dictadura de Robespierre fueron
encarceladas 500.000 personas, 300.000 confinadas y 16.594
guillotinados. ¡Qué ironía, los defensores de la libertad,
matando sin piedad! Por eso, hay una frase significativa, atribuida
a Madame Roland, cuando iba a subir a la guillotina: ¡Libertad,
cuántos crímenes se han cometido en tu nombre!
Pero veamos otros aspectos de estos filósofos ilustrados,
interesados en defender sus privilegios. Todos ellos eran de clase
acomodada e invertían en compañías de trata de esclavos.
Voltaire, Diderot y Raynal ganaron mucho dinero en compañías de
trata de negros. Ellos eran racistas. Voltaire decía: Sólo un
ciego puede dudar que los blancos, los negros, los albinos, los
hotentotes, los lapones, los chinos, los americanos no sean de raza
enteramente diferentes.
Buffon y Voltaire criticaron en alguna ocasión los malos tratos
a los esclavos, pero no hablaron contra la esclavitud. El filósofo
italiano Beccaria, festejado en toda la Europa de la Ilustración y
comentado por Voltaire y Diderot, considerado el apóstol del
progreso, en su Tratado de los delitos y de las penas, escrito en
1764, propone la supresión de la pena de muerte y sustituirla por
la esclavitud. ¿Dónde quedaban los derechos humanos de los negros
para ellos, que tanto hablaban de derechos humanos?
En la Enciclopedia hay algún artículo que condena la
esclavitud, pero otros, como el título Negros, considerados
esclavos en las colonias de América, explican que el desarrollo
económico de las plantaciones de ultramar sería imposible sin la
esclavitud. Y se dice: Los negros nacidos vigorosos y acostumbrados
a una comida basta, encuentran en América una benignidad que hace
la vida animal mucho mejor que en sus países. En muchos de estos
filósofos que hablan mucho de derechos humanos, el materialismo y
el utilitarismo se unen con el racismo para justificar la
esclavitud.
Todos los artículos de la Enciclopedia se basan en el principio
de que el hombre, si quiere transformar el universo, debe hacerlo
por medio de la razón. La razón es la suprema facultad del hombre.
Esto significa liberarse de todo prejuicio moral, político o
religioso.
Ellos creen que el porvenir será mejor que el pasado
supersticioso, fruto de la religión. Y desprecian al pueblo
religioso e ignorante. Voltaire escribía a Damilaville: Es
conveniente que el pueblo sea guiado y no que sea instruido, porque
no es digno de serlo. El bien de la sociedad requiere que los
conocimientos del pueblo no se extiendan más allá de sus labores.
Así decía también La Chalotais en su Essai de education
nationale, escrito en 1763. Otro filósofo ilustrado, Philipon de La
Madeleine, manifestaba su deseo de que la escritura fuera prohibida
a los hijos del pueblo. ¿Por qué? Porque el pueblo ideal, el
pueblo ilustrado, es el pueblo sin el pueblo.
Para estos filósofos, la palabra mágica era tolerancia. Sin
embargo Helvetius decía: Hay casos en los que la tolerancia puede
ser funesta para la nación, cuando tolera una religión intolerante
como la católica. Voltaire gritaba contra la Iglesia: ¡Aplastemos
a la Infame! Lo decía como si fuera un grito de guerra para
atacarla todos unidos.
Por otra parte, todos estos sabiondos filósofos hablan de la
Edad Media, como si fuera una época bárbara y oscurantista. Y así
suele hacerse creer todavía en la actualidad a los alumnos en las
escuelas por medio de los libros de texto. Muchos hablan de la Edad
Media con clichés preestablecidos y hablan de fortalezas
siniestras, calabozos húmedos, señores feudales arrogantes,
pueblos oprimidos... Pero no podemos llamar bárbara a una época en
la que se construyeron famosas catedrales, famosas vidrieras,
relicarios y custodias de valor artístico extraordinario. No se
puede llamar bárbara a una época en la que florecieron, bajo el
impulso de la Iglesia, abundantes universidades. Los monjes crearon
la escala musical, el ritmo y la melodía, que son las bases de la
música moderna. Tampoco podemos olvidar a quienes en esta época
profundizaron en la astronomía, en la medicina y en otras ciencias
preparando el progreso científico del mundo moderno.
La Inquisición
Los libros de historia propiciados por los enciclopedistas del
siglo XVIII exageran la leyenda negra de la Inquisición. Los
cuadros pintados por Jean Paul Laurens no muestran de la
Inquisición más que calabozos tenebrosos y víctimas jadeantes,
postradas a los pies de monjes sádicos. Incluso en pleno año 2001,
una revista presentaba el libro negro de la Inquisición,
acompañado con el subtítulo: Caza de brujas y cátaros. Retrato de
un fanático: Torquemada. Las torturas y la confesión. De las 17
ilustraciones del documento, siete representan una hoguera y una
escena de tortura.
Pero los hombres de la primitiva Inquisición medieval del siglo
XIII, vivieron la Inquisición como una liberación. La historiadora
Regine Pernoud dice que la Inquisición fue la reacción de defensa
de la sociedad ante las herejías en tiempos en que la fe era tan
importante como en nuestros días lo es la salud física.
Evidentemente, con la mentalidad del siglo XXI es difícil
entender la Inquisición. Pero, en aquellos tiempos, lo que no se
toleraba era la herejía o apostasía de la fe católica. Y en
cuanto a la Inquisición española, fundada en 1478, dice Henry
Kamen, inglés no católico:
En una época en que el uso de la tortura era general en los
tribunales criminales europeos, la Inquisición española siguió
una política de benignidad y circunspección. La tortura era
empleada sólo como último recurso y aplicada en muy pocos casos.
Las confesiones obtenidas por la tortura jamás eran aceptadas como
válidas, porque evidentemente habían sido obtenidas por coacción.
Por lo tanto, era esencial que el acusado ratificara su confesión
al día siguiente de haber sido torturado... Los archivos de la
Inquisición son exhaustivos y completos al describir el curso de
las sesiones de tortura. Cada palabra, cada gesto era anotado por el
secretario presente. Como reportajes, estos relatos carecen de
paralelo en su época... Comparándola con la crueldad deliberada y
la mutilación practicadas en los tribunales seculares ordinarios,
se ve con una luz mucho más favorable de lo que sus detractores se
han molestado en admitir. Si se agrega a esto las relativas buenas
condiciones de sus prisiones, queda claro que el tribunal, en su
conjunto, no tenía interés por la crueldad y que intentó en todo
momento temperar la justicia con un trato misericordioso.
Por eso, como dice el historiador peruano Fernando Ayllón: El
número de condenados a muerte por el tribunal de la Inquisición no
fue tan exagerado como decían sus detractores... En todo caso, el
número de condenados fue mucho menor que en los demás países
europeos en que las guerras religiosas y las quemas de brujas
multiplicaron por decenas, cuando no por miles de veces, esta cifra.
La leyenda negra contra el tribunal, conforme lo sostienen la
mayoría de los investigadores hoy en día, resulta por demás
insostenible.
En los Estados en donde el protestantismo había calado
profundamente, no existía en verdad la Inquisición; pero, en su
defecto, existía algo peor: el capricho y la voluntad omnímoda de
los reyes y príncipes o de los jefes confesionales, como sucedía
en los cantones suizos... El mundo protestante fue mucho más cruel
e implacable en la persecución de quienes profesaban doctrinas
diferentes de las profesadas por ellos. En suma, las llamadas
crueldades de la Inquisición no eran ni pecado de la Inquisición
ni culpa de España, sino naturales consecuencias del criterio
dominante en asuntos procesales y penales. Por ello, podemos
terminar este epígrafe, diciendo que la Inquisición fue en todo
mejor que la fama que dejó de sí.
Y en cuanto a la quema de brujas, el gran especialista en este
tema Gustav Henningsen, no católico, afirma: La exagerada
suposición de que la Inquisición, en el siglo XV y XVI, hubiera
quemado a 30.000 brujas, hace tiempo que ha dejado de tenerse en
consideración por la ciencia. Y dice más: Las cifras de la quema
de brujas por la Inquisición, por inesperadas, resultan asombrosas.
Para Portugal es 4, para España 59 y para Italia 36.
Con respecto a la Inquisición española, según muchos expertos,
el número de muertos en toda su historia sería entre 1.500 y 2000.
Por ello podemos preguntarnos: ¿Habría habido menos muertos sin la
Inquisición? Y en los países en que no hubo Inquisición como
Inglaterra y Alemania, ¿cuántos muertos hubo por las guerras
religiosas? Creemos que el balance es más positivo que negativo.
Henningsen dice: La Inquisición fue la salvación de miles de
personas acusadas (de brujería), de un crimen imposible. Y Roth
Cecil afirma: Por este servicio a la humanidad y a la verdad (de
librar de la muerte a acusados de brujería, pues hubo 20.000
juicios) la Inquisición española merece la gratitud de todos los
hombres civilizados.
¿Qué les podemos decir a aquellos que, como el autor del
Código da Vinci, dicen que la Inquisición mató cinco millones de
brujas? ¿Que son mentirosos, ignorantes, perversos?
¿Intolerancia católica?
Ya hemos hablado anteriormente de la intolerancia de los
ilustrados y de todos sus seguidores en la Revolución francesa.
Veamos ahora también la intolerancia anticatólica por parte de
los protestantes. Estados Unidos reconoce actualmente que 17
millones de indios fueron masacrados en la conquista del Oeste. Hoy
los indios norteamericanos representan menos del 1% de la
población. En México este porcentaje es del 29%, al que hay que
añadir un 55% de mestizos. En Perú la proporción es de 46% de
indios y 38% de mestizos. Conclusión: en América hispana no hubo
genocidio según Pierre Chaunu: La presunta matanza de los indios
por los españoles en el siglo XVI encubre la matanza de indios del
siglo XIX por los norteamericanos.
Calvino, en 1541, organizó en Ginebra una dictadura teocrática,
fundada en la estricta aplicación de los principios de la Reforma.
Juegos, espectáculos, bailes, canciones y tabernas estaban
prohibidos; y toda infracción moral (adulterio, violencia,
impiedad) se consideraban crímenes. Calvino, en 1537, imponía la
pena de muerte a los católicos de sus dominios. Sólo en 1797 fue
abolida la legislación que castigaba con pena de muerte la
celebración de la misa.
Actualmente, se ha hecho costumbre estigmatizar la intolerancia y
el dogmatismo católico. Pero se olvida que, del mismo modo, la
Reforma condena la libertad religiosa. Theodore de Beze, sucesor de
Calvino, declara en 1570: ¿Diremos que hay que permitir la libertad
de conciencia? De ninguna manera, si se trata de la libertad de
adorar a Dios cada uno a su modo. Esto es dogma diabólico.
Durante las guerras de religión, los hugonotes protestantes no
buscaban hacerse admitir como minoría, querían imponer su propia
religión. Al final de las guerras de religión, se llegó a aceptar
el principio: Cuius regio, eius et religio (en cada región debe
aceptarse la religión del rey o príncipe reinante). Y esto lo
cumplieron tanto católicos como protestantes.
En Prusia, los católicos debieron esperar al año 1821 para
tener una existencia legal. Los católicos estaban excluidos de la
función pública del cuerpo de oficiales y de las cátedras de la
universidad, sin tener derecho a fundar colegios. Una vez al mes,
los soldados católicos debían asistir a una predicación
protestante. En 1837 y 1838, dos arzobispos que protestaban contra
la discriminación, fueron encerrados en calabozos. En 1878, la
kulturkampf de Bismarck condenó al exilio o a la prisión a los
obispos y sacerdotes. Hubo que esperar al siglo XX para que los
católicos prusianos no fueran considerados como ciudadanos de
segunda categoría.
En 1536, Christian III, rey de Dinamarca, obligó a todos los
habitantes de su reino a convertirse al luteranismo. Encarceló a
obispos y sacerdotes, y confiscó los bienes de la tierra. En 1624,
se promulgó la pena de muerte para todo sacerdote católico hecho
prisionero en el país. En 1683 los bienes de los daneses
convertidos a la religión católica, fueron requisados y se les
retiró el derecho de testar. Estas medidas fueron válidas hasta
1849. Suecia y Noruega, reunidas durante mucho tiempo bajo la corona
de los reyes de Dinamarca, practicaron la misma política. Hasta
1815, todo sacerdote católico, sorprendido en territorio sueco, se
arriesgaba a ser condenado a muerte. Hasta 1860, todo sueco que
abjuraba de la religión oficial, incurría en pena de exilio y de
confiscación de sus bienes.
Sólo a partir de 1778, los católicos ingleses obtienen libertad
de culto y el derecho a heredar. Debieron esperar hasta 1793 para
beneficiarse de la plenitud de derechos civiles y a 1820 para el
pleno reconocimiento de derechos políticos. Hasta 1850, les era
imposible el acceso a universidades. En la universidad de Oxford
sólo pudieron estudiar a partir de 1871. En Irlanda, en 1649, bajo
Cromwell, 40.000 católicos fueron asesinados o vendidos como
esclavos en Drogheda y en Wexford. Los católicos irlandeses
tendrán que esperar al año 1829 para tener derecho de acceder a
cargos públicos y ser elegidos. El derecho de propiedad sólo se
les devolverá en 1872 y sus derechos civiles en 1913.
La cultura de la muerte
Los filósofos ilustrados de la actualidad atacan frecuentemente
los principios cristianos, propiciando una sociedad libre, sin
represiones y sin moral. No valoran la vida humana en su debida
proporción y fomentan el aborto, los anticonceptivos, la eutanasia
y toda clase de prácticas sexuales. Algunos de estos filósofos han
creado una cultura de la muerte, como si sólo tuvieran derecho a
vivir los hombres sanos de razas fuertes. Veamos algunos de estos
filósofos del siglo XIX y XX, promotores de esta cultura de muerte.
Comencemos por Charles Darwin.
Charles Darwin habló mucho de la selección natural como medio
de preservar a los seres mejor dotados. Y esto mismo quiso que se
hiciera entre los hombres. Dice: Entre los salvajes, los más
débiles de cuerpo o de mente, resultan rápidamente eliminados y
los que sobreviven, generalmente, exhiben un vigoroso estado de
salud... Los hombres civilizados entorpecen el proceso de
eliminación de los menos aptos: construimos asilos para imbéciles,
para lisiados y para enfermos; promulgamos leyes para los
menesterosos y nuestros profesionales de la medicina ejercitan toda
su habilidad para salvar la vida de cada persona hasta el último
momento. De esta manera, los más débiles de las sociedades
civilizadas propagan su debilidad. Y tal obstáculo a la severidad
de la selección natural es manifiestamente absurdo, pues nadie, que
haya presenciado cómo se crían los animales domésticos, puede
dudar de que ese obstáculo sea algo altamente dañino para la raza
humana.
Francis Galton (1822-1910) aceptó plenamente las ideas de Darwin
y sacó todas las conclusiones, aplicando no sólo la selección
natural, sino también la selección artificial a los seres humanos.
Para él, como para Darwin, los enfermos no tienen valor y se oponen
al progreso de la humanidad. Por eso, hay que eliminarlos o, al
menos, esterilizarlos. Galton en su libro Hereditary genius afirma:
Llegará un tiempo en que la población de la tierra se mantendrá
en unos números adecuados y estará conformada por las razas
adecuadas, de la misma manera que las ovejas se crían en una
pradera bien ordenada o las plantas en un invernadero; mientras
tanto hagamos lo que podamos para propiciar la multiplicación de
las razas más dotadas, de modo que surja una civilización “ilustrada”
y generosa y no se obstaculice la llegada de los fuertes y sanos,
partiendo de un instinto. Para Galton, el racismo es fruto natural
de la evolución y progreso humano. Sólo los fuertes tienen derecho
a vivir, sólo las razas fuertes tienen derecho a la vida.
Estas ideas se aplicaron ya en 1907 en Estados Unidos, donde se
aprobaron leyes de esterilización forzosa en muchos Estados. La ley
de inmigración estableció cuotas para evitar la inmigración de
indeseables raciales. En 1927 la Corte Suprema, por ocho votos
contra uno, aprobó la constitucionalidad de la esterilización
eugenésica. En los años 1950, más de 50.000 homosexuales fueron
esterilizados por orden de los tribunales norteamericanos. Hitler
aprendió esta práctica de los Estados Unidos y entre 1939-1945
esterilizó a 250.000 pacientes, discapacitados físicos o mentales.
Otra ilustrada moderna fue la norteamericana Margaret Sanger
(1879-1966) que en 1952 fundó la IPPF (International planned
parenthood Federation; Federación internacional de paternidad
planificada), una de las organizaciones mundiales más acérrimas
defensoras del aborto y de la anticoncepción a gran escala. Ella
promovió la libertad sexual total en su libro The woman rebel (La
mujer rebelde).
Para ella, toda clase de prácticas sexuales hasta las más
aberrantes, desde el incesto a la bestialidad, son aceptables.
Según su opinión, la esterilización artificial debe ser
obligatoria para los enfermos e incapaces. Al menos, dice, hay que
separarlos para que no puedan tener relaciones sexuales durante los
años reproductivos y no puedan dar lugar a seres degenerados. Aquí
aparece otra vez el racismo, la esterilización eugenésica.
Afirmaba: Aprobamos la política de esterilización inmediata para
asegurarnos de que la paternidad es algo absolutamente prohibido
para los incapaces.
Otro de los más grandes promotores de la libertad sexual total
fue Alfred Kinsey (1894-1956). Favoreció mucho las relaciones
homosexuales. Y, cuando su esposa Clara Bracken se entero de su
inclinación marcadamente homosexual, lo apoyó y ella misma tenía
relaciones con diferentes hombres, a quienes Kinsey intentaba
seducir. Fundó el Instituto Kinsey para la investigación
científica de las conductas sexuales, llegando a la conclusión
científica de que todo es normal, incluido el sexo con niños
(pedofilia) y la bestialidad. Afirma que estas prácticas, no es que
sean antinaturales, sino que la sociedad las rechaza al igual que
otras formas de comportamiento. Incluso, llegó a decir que la
ciencia había descubierto que la bestialidad era un fenómeno
prácticamente universal y, por tanto, absolutamente natural. Toda
su obsesión era hacer creer a todos que las prácticas sexuales
eran todas buenas sin excepción. Para él, la moral en esto no
existía.
Otro autor importante de la revolución sexual del siglo XX fue
el austriaco Wilhelm Reich (1897-1957). Pretendió prohibir todas
las prohibiciones relativas al sexo y liberar así al mundo de la
represión sexual. Según él, la familia es la principal fuente de
represión sexual. Por eso, debería desaparecer para que cada uno
sea libre en tener relaciones sexuales con quien lo desee. Defendió
con ardor el derecho al sexo de los adolescentes y puso en marcha
una cruzada infantil contra toda autoridad, defendiendo el derecho
de los niños al amor natural.
Él se creía un visionario y un profeta. En su libro El
asesinato de Cristo, describe a Cristo como la más espléndida
encarnación del poder orgiástico, invitando a la humanidad a
liberar sus energías sexuales reprimidas. De hecho, decía de sí
mismo: Me di cuenta de que no podía vivir sin tener un burdel a la
mano.
Otras ideas actuales fomentadas también por esos filósofos
ilustrados modernos son las relativas a la eutanasia. Derek Humphry
nació en Londres en 1930 y escribió un libro, El último recurso,
que es un manual para matarse a sí mismo. A su primera esposa, Jean
Crane, que murió en 1975 de cáncer de pecho y huesos, le ayudó a
morir, diluyendo en su café secobarbital y codeína. Su segunda
esposa lo acusó de haber asfixiado a Jean. Él se jactaba de haber
ayudado a cientos de personas a suicidarse por haber utilizado la
información que les había proporcionado. En una carta al director
del New York Times del 11 de agosto de 1992, afirmaba que el
suicidio asistido era una de las últimas libertades civiles que
había que conquistar.
Otro gran defensor de la eutanasia o suicidio asistido fue Ernest
Haeckel (1834-1919). Él afirmaba: ¿Qué utilidad aporta a la
humanidad mantener y criar a los miles de cojos, sordomudos,
idiotas, etc., que nacen cada año con la carga hereditaria de una
enfermedad incurable? Me exaspera ver cientos de miles de
incurables, lunáticos, leprosos, personas con cáncer, etc., que
son mantenidos artificialmente con vida sin que eso suponga el más
mínimo bien, ni para ellos ni para la sociedad en general... La
muerte voluntaria, mediante la cual un hombre pone fin a un
sufrimiento intolerable, es en realidad un acto de redención.
Ningún ser dotado de sentimientos, que profese un verdadero amor
cristiano hacia su prójimo, podrá negar a su hermano sufriente el
descanso eterno y la libertad frente al dolor.
Para él, el ser humano no tiene alma y no hay vida futura. El
hombre es un ser puramente biológico. No puede entender la
compasión humana con los enfermos incurables y, por eso, justifica
la eutanasia, el infanticidio y el aborto.
Otro gran defensor del aborto ha sido Peter Singer. En un
artículo, publicado en 1995 en el seminario londinense The
spectator, titulado Matar bebés no siempre es malo, dice que la
idea de que la vida humana es sagrada, simplemente, porque es
humana, es medieval. Su obra principal es Rethinking life and death:
the collapse of our traditional ethics (Repensar la vida y la
muerte: el derrumbe de nuestra ética tradicional). Afirma: Los
bebés humanos no nacen conscientes de sí mismos ni capaces de
valerse por sí mismos. No son personas. De ahí que su vida no
parezca ser más digna de protección que la vida de un feto...
Puede ser que no queramos que un niño emprenda el viaje de la vida
si sus perspectivas son sombrías. Esto significa desprendernos del
bebé que ha nacido. En lugar de seguir adelante, procuremos
comenzar de nuevo desde el principio.
Incluso, llega a afirmar: En el caso de un bebé con síndrome de
Down o cuya vida haya comenzado en muy malas condiciones, los padres
deberían ser libres de matar al niño durante sus veintiocho
primeros días de vida.
Con relación al aborto, debemos anotar a una de las más grandes
organizaciones mundiales de defensa de los derechos humanos,
Amnistía internacional, que tiene dos millones doscientos mil
miembros y simpatizantes en más de 150 países. El año 2007, en su
reunión del Consejo internacional en México, decidió asumir la
defensa del derecho al aborto como un derecho humano en contra de su
fundador, católico convertido, y en contra de los miles de miembros
católicos de la Organización.
Por este camino de legalizarlo todo y permitirlo todo, como el
matrimonio de los homosexuales y la posibilidad de que puedan
adoptar hijos, podemos llegar a legalizar la bestialidad, el
incesto, la pedofilia y, por supuesto, las drogas y toda clase de
vicios habidos y por haber, pues lo importante para muchos es el
disfrutar de la vida sin ninguna cortapisa moral.
Con la mentalidad relativista actual, lo único importante parece
ser que cada uno haga lo que quiera, pero sin hacer daño a los
demás. Así, según muchos filósofos agnósticos y ateos modernos,
tendremos un mundo feliz sin Dios y sin moral. Pero lo que estamos
viendo es una decadencia y la ruina de la cultura occidental, que ya
hace tiempo ha dejado de ser cristiana.
PANORAMA ACTUAL
Europa está en crisis. Algunos dicen que está enferma. Para los
países de África, Asia y Estados Unidos, cada día parece más
débil y con menos autoridad. En las relaciones internacionales se
ve que busca sistemáticamente un compromiso, como si buscara un
pacifismo a toda costa. Parece que en Europa faltara la virtud de la
fortaleza.
El relativismo que domina la sociedad europea hace que nada sea
bueno ni malo, que no haya verdad ni mentira. Todo depende del
criterio de cada uno. Y, al faltar los valores morales, al rechazar
la religión, considerada como fuente de violencia, los jóvenes no
tienen guías seguros y cada uno piensa y hace lo que buenamente
quiere. Los padres han perdido autoridad, sus hijos no los respetan.
Nadie puede tocar a un niño, porque será acusado de maltrato
físico o sicológico y puede ser llevado ante los tribunales. Y los
jóvenes, libres y sin rumbo, no respetan las leyes ni a las
autoridades, yéndose tras el placer fácil.
Vayamos por las calles de las principales ciudades europeas y
veremos muchas prostitutas, ofreciendo su cuerpo, jóvenes
drogadictos, personas vacías, que sólo piensan en disfrutar de la
vida con todos los placeres posibles. Para mucha gente, el placer,
el sexo o el dinero, es lo más importante de su vida.
Por otra parte, observemos cuántos divorcios, infidelidades,
cuánta pornografía por doquier en los medios de comunicación,
cuánta corrupción de costumbres, qué poca decencia en el vestir.
Al no existir la moral, muchos creen que pueden hacer lo que quieran
y donde quieran. Y sigamos con la legalización del aborto, del
matrimonio homosexual y la posibilidad de que adopten hijos. Es
posible que, en un futuro cercano, se legalice la eutanasia para
evitar los excesivos gastos de las pensiones. En Holanda el año
2001 hubo 1.000 eutanasias frente a unas 2.500 solicitudes. Algunos
grupos ya están pidiendo la legalización de la pedofilia con
niños de al menos diez años, y el incesto... Y por este camino ¿a
dónde llegaremos? También desean la legalización de las drogas y
de la pornografía, porque para quienes propician la libertad a todo
trance, todo vale. Y, por si fuera poco, se dan facilidades cada vez
mayores para el divorcio, lo que lleva a que cada vez menos piensen
en un matrimonio estable y más en una relación pasajera, evitando
los hijos. Aquí surge otro problema: hay muchos ancianos y pocos
niños. Hay que abrir cada vez más ancianatos y cerrar escuelas. El
número de nacimientos no alcanza a suplir el de las muertes, porque
mueren más que nacen.
En el dossier de la Congregación para la Evangelización de los
pueblos del 29 del 2008, titulado La crisis de la familia en Europa
se dice: A partir del 2005, Europa comenzará lentamente a
despoblarse. Con los ritmos actuales, en el año 2060, los Estados
Unidos y Europa tendrán la misma población, alrededor de 454
millones de habitantes.
En Europa, al final del 2006, había 500 millones y cada vez
nacen menos niños. Por eso, el Papa Benedicto XVI, el 24 de marzo
de 2007, durante la audiencia con los participantes del Congreso
promovido por la Comisión de los episcopados de la Comunidad
Europea, afirmaba: “Desde el punto de vista demográfico, se debe
constatar que Europa parece haber emprendido un camino que podría
llevarla a despedirse de la historia. Eso, además de poner en
peligro el crecimiento económico, también puede causar enormes
dificultades a la cohesión social y, sobre todo, favorecer un
peligroso individualismo, desatento de las consecuencias para el
futuro. Casi se podría pensar que el continente europeo está
perdiendo la confianza en su propio porvenir.
Francois Dumont, profesor de La Sorbona, ha hablado del “Invierno
demográfico” de Europa, refiriéndose a la situación que no
permite la sustitución de las generaciones. En los países
mayormente en riesgo, Italia y España, 100 mujeres de hoy, serán
sustituidas mañana sólo por 70 mujeres con una disminución de la
natalidad del 30%. Disminución demográfica y envejecimiento de la
población tienen también consecuencias de carácter económico,
porque la riqueza de un país depende de su número de habitantes…
Otro punto a considerar. Cada 25 segundos se realiza un aborto en
Europa en 27 países, donde cada día se cierran tres escuelas por
falta de niños. En el 2004, la cifra de abortos ha sido de
1.235.517 correspondiente a una media de 3,385 al día. Se han
abortado el 19,4% de los embarazos, un nacido sobre cinco. España
es el país donde más ha aumentado el número de abortos en los
últimos diez años con un incremento del 75%, seguido de Bélgica
con el 50% y Holanda con el 45%.
El aborto es la primera causa de mortalidad en Europa y ha hecho
más víctimas que las enfermedades del corazón, que las
enfermedades cardiovasculares, los accidentes de la calle, droga,
alcohol y suicidios. Asimismo, el número de abortos es superior al
número de los decesos por enfermedad. Solamente hay tres países en
los que aún hoy el aborto es ilegal: Irlanda, Malta y Polonia.
El aborto es considerado como un “derecho europeo”. Ha habido
una resolución aprobada por el Parlamento europeo en 2002 sobre los
derechos sexuales y reproductivos, estableciendo que la
interrupción del embarazo debe ser legal, segura y accesible a
todos, pidiendo a los gobiernos de abstenerse es cualquier caso a
perseguir a las mujeres que hayan practicado un aborto ilegal.
También se ha pronunciado por un acceso a todos los anticonceptivos
de emergencia como a la píldora del día siguiente, con precios
accesibles, garantizando la educación sexual y la disponibilidad de
contraceptivos también a los niños sin el consentimiento de sus
padres... En todos los países de Europa occidental, menos en
Grecia, Noruega e Italia (aunque se espera que pronto se introduzca)
se comercializa la píldora RU-486 (píldora abortiva) que se ha
vuelto el más formidable sistema de control de nacimientos.
En 25 años (1980-2005) el número de matrimonios en Europa ha
disminuido en 692.000 con una pérdida del 22,30%. La edad de los
matrimonios es siempre más avanzada: los hombres superan los 30
años y las mujeres los 28 años.
Cada año, casi dos millones de niños nacen fuera del
matrimonio: 1.893.000 en el 2005. En algunos países esto afecta a
la mitad de los niños: Suecia (55.4%), Bulgaria (49%), Dinamarca
(45%), Francia (45%), Inglaterra (42%). En el año 2007, en Francia,
el porcentaje de niños nacidos fuera del matrimonio ha sido del
50.5%.
Recordemos que en el año 1950, Europa tenía el 22% de la
población mundial. En el año 2000 era el 12% y en el año 2050
será el 7%. Como vemos, el suicidio demográfico nos lleva
prácticamente a la desaparición de Europa como tal, con su cultura
y su liderazgo en el mundo. Y para solucionar la falta de mano de
obra, los países europeos deben acudir a los inmigrantes que se van
quedando en el país donde trabajan. De esta manera, poco a poco, la
cultura europea se va diluyendo con otras culturas, especialmente la
musulmana, pues hay muchos cientos de miles de musulmanes que
trabajan en Europa.
El famoso investigador italiano Massimo Introvigne habla de la
invasión musulmana de Europa en el siglo XXI. Y dice que, en veinte
años, la mayoría de los adolescentes en Holanda estará
constituida por musulmanes y, después de otros veinte, serán la
mayoría de la población trabajadora de Holanda. Por eso, algunos
ya hablan de que Europa dentro de pocos años se deberá llamar
Eurobia (Euroarabia). De hecho, los musulmanes en Europa piden
insistentemente los mismos derechos que tienen otras religiones,
como a tener escuelas islámicas al igual que hay escuelas
católicas, y lo mismo toda clase de mezquitas, aunque en algunas se
predique la violencia.
Monseñor Angelo Comastri dice: Hace un tiempo vi una revista en
la que se publicaba una foto de una manifestación de Milán,
organizada por un grupo de musulmanes. Algunos manifestantes tenían
en la mano un cartel en los que aparecían escritas estas frases:
Cristianos antropófagos, cristianos hematófagos. El cristianismo
siempre abajo y el islam siempre arriba.
Hace unos años, el cardenal Pappalardo regaló a los musulmanes
tunecinos, residentes en Palermo, una iglesia del 1700 en desuso,
como acto de fraternidad. Los periódicos católicos elogiaron el
gesto de buena voluntad. Dos días después, los periódicos
tunecinos escribían en primera página: Victoria del Islam sobre el
cristianismo, el cardenal de Palermo ha sido obligado a transformar
una iglesia en mezquita. Y esto mismo ha ocurrido en otras partes,
donde la buena voluntad de algunos católicos es convertida por
algunos musulmanes en un centro anticatólico. Camille Eid, un
periodista libanés, cristiano maronita, se quedó estupefacto,
cuando un grupo islámico fue invitado en una misa de Pentecostés a
hacer una oración. Ellos recitaron unos versillos del Corán contra
los cristianos.
Nosotros ¿debemos ayudarles a propagar su fe? Ellos, en sus
países árabes, condenan a muerte a quienes se convierten al
cristianismo. Si un cristiano se enamora de una mujer musulmana,
debe convertirse a su religión para casarse con ella; pero, si un
musulmán se casa con una cristiana, la transforma automáticamente
en compañera de fe y sus hijos serán musulmanes necesariamente. En
Arabia Saudita y en otros lugares no se permite ni siquiera una
capilla a los cristianos.
Magdi Allam un musulmán egipcio convertido al catolicismo y
bautizado por el Papa Benedicto XVI en la noche de la Vigilia
pascual del año 2008, dice en su libro Vencer el miedo: El
Instituto cultural islámico, más conocido como la mezquita de la
calle Jenner de Milán, ha sido considerada por los Estados Unidos
como la principal base logística de Al Qaeda en Europa.
Gran parte de la red de mezquitas y de organizaciones islámicas
en Europa están dominadas por los integristas y extremistas
islámicos.
La conexión entre mezquitas y terrorismo se confirmó a partir
de la detención de Amer Khalif al-Inzi de 41 años, imán de una
mezquita de Jarra, en el norte de Kuwait. Era el emir y el jefe
político de la “Brigada de los leones de la península”, que
había logrado reclutar un centenar de militantes.
En Holanda, los lugares de culto islámico son proporcionalmente
cinco veces los de Italia, unos 500, para una población de 16
millones de habitantes. En gran parte, están confiados a imanes
extranjeros, guías religiosos que no conocen la lengua holandesa y
difunden por medio de sus sermones una ideología hostil a la
civilización occidental. El resultado es que después de medio
siglo de “laissez faire” (dejar hacer) y de indiferencia, hoy se
descubre que se ha alimentado en la propia casa a un enemigo que
predica el odio y recurre a la violencia.
Por otra parte, se nota en el ambiente europeo una especie de
Cristofobia, un rechazo al cristianismo y al catolicismo en
particular. Los grupos gays militantes consideran a la Iglesia
católica como su peor enemigo, porque la Iglesia no acepta las
relaciones homosexuales ni su matrimonio ni que puedan adoptar
niños. Pero también hay grupos de anticristianos, que luchan con
todas sus fuerzas contra la Iglesia. Veamos algunos casos:
En octubre del 2004, el Parlamento europeo rehusó ratificar el
nombramiento del profesor Rocco Buttiglione, filósofo y ministro
italiano, acusado de sus convicciones católicas por exponer sus
ideas en contra de las relaciones homosexuales. En Francia, una ley
de 2004, rechazó toda clase de símbolos religiosos en las
escuelas.
Algunos dirigentes políticos propagan la idea de que la
religión es el tabaco del pueblo. Que así como todos saben que el
tabaco hace daño, así todos saben que la religión es dañina. Por
eso, no pueden permitirse manifestaciones religiosas en lugares
públicos ni siquiera por medio de símbolos. Hay que relegar la
religión al campo privado, dentro de la casa de cada uno. De este
modo, quieren que nadie hable de religión, sobre todo, en público.
Y que ninguna autoridad religiosa se meta en política a criticar
ideas del Gobierno.
Y, por supuesto, las ideas anticristianas, especialmente
anticatólicas, están a la orden del día en la televisión, en
películas, obras de teatro, en libros y en toda clase de medios de
información.
Recordemos libros o películas como Mala educación, El crimen
del padre Amaro, Las hermanas Magdalenas, El código da Vinci, El
evangelio de Judas y toda clase de informaciones reiteradas y
aumentadas de los escándalos de sacerdotes o de cualquier cosa que
pueda dañar la imagen de la Iglesia.
Rosa Alberoni dice en su libro “La expulsión de Cristo”: Lo
mismo que hay antisemitas, hay también ateos militantes
anticristianos que odian a los cristianos y que deliberadamente
quieren destruir el cristianismo, destruir a la Iglesia católica.
Ellos utilizan a los vacilantes e inseguros como masa de maniobra,
como idiotas útiles en su guerra. Y, si éstos tomasen el poder,
los cristianos deberían prepararse para las mismas persecuciones
que tuvieron que sufrir sus hermanos judíos.
Ciertamente, hay muchos anticristianos que ni siquiera han
querido reconocer la herencia cristiana de Europa. Por eso, Joseph
Weiler, un judío ortodoxo, dice que el rechazo a mencionar la
herencia cristiana de la Constitución de la Comunidad europea
revela una auténtica Cristofobia y trae dudas sobre el rol de tal
Constitución, nacida de la amputación caprichosa de la memoria
histórica.
La filósofa francesa Simone Weil escribió: No soy católica,
pero creo que no es posible renunciar a las ideas cristianas sin
degradarse; unas ideas cuyas raíces se hallan en el pensamiento
griego y en el proceso secular que ha alimentado nuestra
civilización europea durante siglos.
Es interesante anotar que la bandera de la Unión europea es la
bandera de la Virgen. Cuando en 1950 se convocó a un concurso
abierto a todos los artistas del viejo continente para escoger la
bandera de la futura Europa unida, el joven artista alemán Arsene
Heitz hizo el boceto escogido, que ahora es la bandera oficial de
Europa. La bandera fue elegida el 8 de diciembre de 1955, un día
mariano por excelencia, fiesta de la Inmaculada Concepción. El
artista aclaró por qué había escogido las doce estrellas con
fondo azul como bandera: Inspirado por Dios, tuve la idea de hacer
una bandera azul sobre la que se destacaran las doce estrellas de la
medalla milagrosa.
Arsene dijo también que era muy devoto de María, que rezaba el
rosario todos los días y que, cuando se convocó al concurso,
estaba leyendo la historia de santa Catalina Labouré y se dio
cuenta de que, en la medalla milagrosa, la Virgen mandó grabar su
imagen rodeada de doce estrellas, como la Virgen del Apocalipsis.
Cuando alguien le hizo notar al responsable de la Comisión de
calificación Paul M.G.Levy, un judío, que no eran doce los
miembros de la Unión europea en ese momento, él dijo que doce era
el símbolo de la plenitud como aparece en la Biblia. Así pues, fue
escogida por un judío sin motivos confesionales, pero podemos decir
que no fue una casualidad que la bandera de la Unión europea,
basada en la medalla milagrosa, sea la bandera de María, porque
Ella vela sobre Europa, como Madre, aunque muchos no la reconozcan
como tal; y, aunque sus dirigentes no hayan querido mencionar en su
Constitución las raíces cristianas de Europa. Eso sin contar que
los tres fundadores de la Unión europea: Schuman, Adenauer y De
Gasperi, fueron tres buenos católicos, devotos de María.
MENSAJES DEL PAPA JUAN PABLO II
En la exhortación apostólica Ecclesia in Europa decía: Hay una
pérdida de la memoria y de la herencia cristiana, unida a una
especie de agnosticismo práctico y de indiferencia religiosa, por
lo cual muchos europeos dan la impresión de vivir sin base
espiritual y como herederos que han despilfarrado el patrimonio
recibido a lo largo de la historia. Por eso, no ha de sorprender
demasiado los intentos de dar a Europa una identidad, que excluye su
herencia religiosa, y, en particular, su arraigada alma cristiana,
fundando los derechos de los pueblos que la conforman sin
injertarlos en el tronco vivificado por la savia del cristianismo...
En muchos ambientes públicos, es más fácil declararse
agnóstico que creyente. Se tiene la impresión de que lo obvio es
no creer, mientras que creer requiere una legitimación social que
no es indiscutible ni puede darse por descontada. Esta pérdida de
memoria cristiana va unida a un cierto miedo de afrontar el futuro.
Entre otros signos preocupantes, se nota el vacío interior que
atenaza a muchas personas y la pérdida del sentido de la vida. Como
manifestaciones y frutos de esta angustia existencial, pueden
mencionarse en particular el dramático descenso de la natalidad, la
disminución de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada,
la resistencia, cuando no el rechazo, a tomar decisiones definitivas
de vida, incluso en el matrimonio.
La situación europea actual experimenta el grave fenómeno de
las crisis familiares y el deterioro del concepto mismo de familia,
la persistencia y los rebrotes de conflictos étnicos, el resurgir
de algunas actitudes racistas, las mismas tensiones interreligiosas,
el egocentrismo que encierra en sí mismos a las personas y los
grupos, el crecimiento de una indiferencia ética general y una
búsqueda obsesiva de los propios intereses y privilegios...
También se nota un decaimiento creciente de la solidaridad
interpersonal. Muchas personas, aunque no carezcan de las cosas
materiales necesarias, se sienten más solas, abandonadas a su
suerte, sin lazos de apoyo afectivo... La cultura europea da la
impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre
autosuficiente, que vive como si Dios no existiera.
Asistimos al nacimiento de una nueva cultura, influenciada en
gran parte por los medios de comunicación social, con
características y contenidos que a menudo contrastan con el
Evangelio y con la dignidad de la persona humana. De esta cultura
forma parte también un agnosticismo religioso cada vez más difuso,
vinculado al relativismo moral y jurídico más profundo, que hunde
sus raíces en la pérdida de la verdad del hombre como fundamento
de los derechos inalienables de cada uno. Los signos de la falta de
esperanza se manifiestan, a veces, en las formas preocupantes de lo
que se puede llamar una cultura de muerte.
El Papa Juan Pablo II en Santiago de Compostela, el 9 de
noviembre de 1982, dijo: Yo, obispo de Roma y pastor de la Iglesia
universal, desde Santiago te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de
amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes.
Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron
gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás
continentes.
En su discurso al Consejo de Europa, el 29 de marzo de 1999,
decía: Uno mi voz a la del Consejo de Europa para pedir que en todo
el espacio europeo se reconozca el derecho más fundamental, el
derecho a la vida de toda persona y que sea abolida la pena de
muerte.
La Iglesia es la gran defensora de la vida. No es partidaria de
la pena de muerte, que todavía existe en más de 100 países del
mundo. Pero, sobre todo, defiende la vida de los pequeños que son
impunemente eliminados por el aborto. Juan Pablo II en la encíclica
Evangelium vitae dice en 1995: Es moralmente inaceptable que para
regular la natalidad, se favorezca o se imponga el uso de medios
como la anticoncepción, la esterilización y el aborto (Nº 91). El
aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede
pretender legitimar (Nº 73). El ser humano debe ser respetado y
tratado como persona desde el instante de su concepción y, por eso,
a partir de ese mismo momento, se le deben reconocer los derechos de
la persona principalmente el derecho inviolable de todo ser humano
inocente a la vida (Nº 60).
La moral cristiana lejos de oprimir al hombre y quitarle sus
derechos o su libertad, lo hace mejor y más feliz; pues las
prácticas antinaturales destruyen a la persona y la hacen más
infeliz. Aquí se cumple siempre en esto el dicho antiguo: Dios
perdona siempre; el hombre, a veces; pero la naturaleza, nunca.
REFLEXIONES
La situación actual de Europa nos hace recordar los primeros
tiempos del cristianismo. El imperio romano se fue autodestruyendo
por la falta de hijos. Llegó un momento, como ahora en Europa, en
que los nacidos eran menos que los muertos. El índice de natalidad
estaba por debajo del de mortalidad. ¿Por qué? Por el aborto, el
infanticidio generalizado y la falta de mujeres, ya que pocas
familias querían tener más de una hija. Mataban niñas sanas por
miles, además de los niños enfermos. Por otra parte, la poca
valoración del matrimonio y la infidelidad consentida de los
hombres, hacía que hubiera pocos hijos por familia. El libertinaje
sexual, como en la actualidad, imperaba en la sociedad romana.
Incluso, había prostituos, que se ofrecían en algunos templos. La
homosexualidad era común. Abandonaban a los enfermos y ancianos,
como algo normal, lo que era una especie de eutanasia antigua. Y,
además, el suicidio era algo muy frecuente.
Todos estos vicios de la sociedad romana llevaron a tener
necesidad de mano de obra y de soldados. Por ello, necesitaban
esclavos e inmigrantes bárbaros que, poco a poco, iban invadiendo
un imperio que se autosuicidaba por falta de hijos. Todos los
historiadores están de acuerdo en que la corrupción de costumbres
y la falta de descendencia llevó a la destrucción del Imperio.
Mientras tanto, los cristianos crecían cada día más porque
tenían más hijos, tenían un gran concepto del matrimonio y
valoraban la vida desde la concepción, respetaban la dignidad de la
mujer y eran fieles en el matrimonio. Y muchos paganos se
convertían, al ver su vida ejemplar más sana y feliz.
En la actualidad, debemos evangelizar Europa con el ejemplo de
buenas costumbres. Se necesitan buenos cristianos, que tengan el
coraje de dar testimonio en este mundo hostil. Muchos jóvenes y
adultos han perdido el sentido de su vida y sólo piensan en el
placer y en el dinero, pero su vida está vacía y buscan algo más.
Ante la Cristofobia del ambiente hay que oponer la Cristoterapia, es
decir, predicar a todos, con palabras o sin palabras, que Cristo es
la vida y el único que puede dar sentido a la existencia.
Muchos jóvenes están hartos de vicios y de tanta pornografía.
A veces, buscan un escape en el suicidio, en la droga, en el sexo o
en la rebeldía sin causa. Hay que darles testimonio de que vale la
pena creer en Dios. Europa necesita de Cristo para encontrar
esperanza y salir de la oscuridad del paganismo que la ensombrece.
Quieran o no quieran entenderlo los ateos, agnósticos y todos
los anticatólicos de turno, la fe católica tiene el poder interior
sobrenatural para poder transformar la vida de las personas y
hacerlas buenas y felices. El poder de Cristo es capaz de
transformar a pecadores en santos. Y, a pesar de todos los defectos
habidos y por haber entre los católicos; sin embargo, la Iglesia
sigue viva y sigue dando amor y defiende los principios morales sin
los cuales la vida humana se hace vacía, inhumana e inmoral.
Actualmente, pareciera que la Iglesia es la única Institución
seria que sigue defendiendo, como en los primeros tiempos, los
principios morales y el valor de la vida, rechazando el aborto y la
eutanasia. Además, sigue valorando la vida de los ancianos y
enfermos por medio de miles de instituciones de caridad en el mundo
entero. Por eso, Gandhi dijo en una oportunidad: No sé explicarme
por qué en la Iglesia católica haya tanto amor por el prójimo,
sobre todo, por los más débiles y en particular por los leprosos
que en la India todos evitamos.
Recordemos que la Iglesia fue la primera en construir hospitales.
Los monjes proporcionaron a toda Europa una red de fábricas,
centros para la cría de ganado, centros de investigación, fervor
espiritual, el arte de vivir; en resumidas cuentas, una avanzada
civilización que surgió del caos y de la barbarie circundantes.
Sin duda alguna, san Benito, el principal arquitecto de los
monasterios occidentales, fue el padre de Europa; y los
benedictinos, sus hijos, fueron los padres de la civilización
europea. La civilización occidental debe a la Iglesia mucho más de
lo que la mayoría de la gente, incluidos los católicos, tiende a
pensar. Lo cierto es que la Iglesia construyó la civilización
occidental... La civilización occidental tienen una gran deuda con
la Iglesia por la existencia de las universidades, Instituciones
benéficas, derecho internacional, ciencias y otros principios
legales entre otras muchas cosas.
Es interesante anotar una declaración de prestigiosos
intelectuales chinos del siglo XX. Ellos investigaron por qué
Europa tenía el primado de progreso en el mundo. Vieron la
posibilidad de haber sido cuestiones políticas, históricas,
económicas o culturales. Dicen: Al principio, habíamos pensado que
ustedes tenían armas más poderosas, después estudiamos si su
sistema político era mejor. Pero en los últimos 20 años, hemos
comprendido que el corazón de vuestra cultura es la religión: el
cristianismo. He aquí por qué Occidente es tan poderoso. Las bases
morales cristianas de la vida social y cultural han sido lo que ha
permitido el surgir del capitalismo y, después, la transición a
políticas democráticas. No tenemos ninguna duda a este respecto.
CONCLUSIÓN
Después de haber analizado algunos aspectos de la actual
civilización europea y de haber visto también algunas de las
aportaciones de la Iglesia a esta civilización, podemos, llenos de
orgullo, decir que, sin la Iglesia, Europa no habría sido la misma.
Quizás todavía estaría sumida en las tinieblas de la ignorancia y
de la superstición o destruida por la inmoralidad de costumbres.
Toda la gama de vicios e inmoralidades de la cultura europea
actual proviene del alejamiento de Dios. Y, al alejarse de Dios, el
hombre se hace más inhumano, violento e inmoral. No es cierto que
la religión católica, como dicen algunos, haya sido la causa de
las guerras y violencias. Las guerras de religión en Europa fueron
más por causas políticas que religiosas. Los intereses políticos
jugaban más que la misma religión. Pero, aun en el peor de los
casos, nada se puede comparar con la violencia generada por los
regímenes ateos y de todos aquellos que han rechazado a Dios de sus
proyectos. No olvidemos nunca los millones de muertos del nazismo o
del comunismo.
Para aclarar esto, el gran historiador León Moulin decía: Yo,
agnóstico, pero también historiador, que trata de ser objetivo, os
digo a los católicos, que debéis reaccionar en nombre de la verdad
contra aquellos que os imputan muchas cosas falsas. De hecho, a
menudo, no es cierto lo que os imputan. Pero, si en algún caso lo
es, también es cierto que, tras un balance de veinte siglos de
cristianismo, las luces prevalecen ampliamente sobre las tinieblas.
¿Por qué no pedís cuentas a quienes os las piden a vosotros?
¿Acaso han sido mejores?.
Europa sin Cristo es como un árbol sin raíces. Europa sin
Cristo es una Europa que ha perdido su identidad, como una familia
que pierde su memoria histórica.
Europa está enferma de valores humanos y de fe. Europa necesita
a Cristo para que se sane y vuelva a ser fuerte y joven. Necesita a
Cristo para volver a tener esperanza en el futuro y para que la
gente no lleve una vida vacía y sin sentido.
Necesitamos jóvenes que sean fuertes en la fe, jóvenes
luchadores con espíritu de trabajo y sacrificio, que formen hogares
estables y con hijos, de donde surja una nueva generación de
cristianos comprometidos y ejemplares que devuelvan la fe en el
futuro a esta sociedad que ha perdido el horizonte, porque sin
Cristo no existe la alegría de vivir.
Les deseo a todos una vida cristiana sana y feliz con Cristo en
su corazón. Que Dios los bendiga. Saludos de mi ángel. Su hermano
y amigo para siempre desde Perú. P. Ángel Peña O.A.R. Agustino
Recoleto
BIBLIOGRAFÍA
Alberoni Rosa, La expulsión de Cristo, Ed. Cristiandad, Madrid,
2007. Artigas Mariano y Melchor Sánchez de Toca, Galileo y el
Vaticano, Ed. BAC, Madrid, 2008. Cammilleri Rino, Los monstruos de
la razón, Ed. Homo legens, Madrid, 2007. Cantera Santiago, Historia
breve de la caridad y de la acción social de la Iglesia, Ed. Voz de
papel, Madrid, 2005. . Darwin Charles, The descent of man, Princeton
university press, 1981. Dawson Christopher, la religión y el origen
de la cultura occidental, Ed. Encuentro, Madrid, 1995. Galton
Francis, Hereditary genius, Ed. McMillan, Londres, 1925. Gazapo
Bienvenido y Elia Cambón, Europa, identidad y misión, Ed. Edibesa,
Madrid, 2004. Gimpel Jean, The medieval machine: the industrial
revolution of the middle ages, Nueva York, 1976. Guenter Risse,
Mending bodies, saving souls: a history of hospitals, Oxford
university press, Nueva York, 1999. Haeckel Ernst, Wonders of life,
Harper and brothers, Nueva York, 1905. Introvigne Massimo, Il dramma
dell´Europa senza Cristo, Ed. Sugarco, Milano, 2006. Kamen Henry,
La Inquisición española, Ed. Crítica, Barcelona, 1979. Messori
Vittorio, Leyendas negras de la Iglesia, Ed. Planeta, Barcelona,
1996. Phillips Robert, Last things first, Roman catholic books,
2004. Sanger Margaret, The pivot of the civilization, Maxwell
reprint company, Nueva York, 1969. Sévillia Jean, Históricamente
incorrecto, Ed. Ciudadela, Madrid, 2006. Singer Peter, Practical
ethics, Cambridge university press, 1979. Stark Rodney, El auge del
cristianismo, Ed. Andrés Bello, Santiago de Chile, 2001. Varios,
L´Inquisizione, Atti del Simposio internazionale, Ed. Vaticana,
2003. Wilhelm Reich, Passion of youth, Nueva York, 1988. Woods
Thomas, Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental, Ed.
Ciudadela, Madrid, 2007.
Pueden leer todos los libros del autor en www.libroscatolicos.org