EL DESTINO DE LOS NIÑOS MUERTOS SIN BAUTISMO
Nihil Obstat P. Fortunato Pablo Prior Provincial Agustino
Recoleto
Imprimatur Mons Carmelo Martínez Obispo de Chota (Perú)
ÁNGEL PEÑA BENITO O.A.R. LIMA - PERÚ 2003ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN
...............................................................................................
6
PRIMERA PARTE: HISTORIA DE LA CUESTIÓN 9
San Gregorio Nacianceno y San Gregorio Niseno
.............................................. 9 San Agustín
.........................................................................................................
10 ¿Qué es el limbo?
................................................................................................
17 Santo Tomás de Aquino
......................................................................................
18 Del siglo XIII al concilio de Trento
....................................................................
22 Del concilio de Trento al sínodo de Pistoya
................................................... 24 El sínodo de
Pistoya
.......................................................................................
27 Del sínodo de Pistoya al Vaticano II
.............................................................. 30 A
partir del concilio Vaticano II
.....................................................................
34
SEGUNDA PARTE: SALVACIÓN DE ESTOS NIÑOS .................... 39
Existencia del pecado original
........................................................................
40 El bautismo
.....................................................................................................
43 Necesidad del bautismo
............................................................................
45 Sacramento de la fe
..................................................................................
48 Sagrada Escritura
............................................................................................
54 Magisterio de la Iglesia
..................................................................................
57 Teólogos
.........................................................................................................
60 La fe de los padres
....................................................................................
60 El deseo del bautismo
................................................................................
64 El martirio de su propia muerte
................................................................ 65
Solidaridad con Cristo
..............................................................................
66 Iluminación final
......................................................................................
67 La fe del pueblo de Dios
...........................................................................
70 La fe del pueblo de Israel
..................................................................
70 La fe de la Iglesia
.............................................................................
74 Cristo y la Iglesia
............................................................................................
77 Reflexión
........................................................................................................
78
TERCERA PARTE: CUÁNDO SON SALVADOS ............................
80
Salvación inmediata
...........................................................................................
81 Salvación no inmediata
.......................................................................................
83 Sagrada Escritura
..........................................................................................
84 La Iglesia y los teólogos
................................................................................
87 Opinión de Santo Tomás
.....................................................................................
91 Natural y Sobrenatural
........................................................................................
94 ¿Qué dicen algunos santos?
...............................................................................
98 Santa Perpetua
...................................................................................................
103
CUARTA PARTE: MEDIOS DE SALVACIÓN
................................ 108
La Misa
...........................................................................................................
. 108 Bautismo espiritual
.........................................................................................
. 110 Caminos de salvación
.....................................................................................
. 113 Adopción espiritual
........................................................................................
114 Reflexión final
................................................................................................
116 Conclusión General
...............................................................................................
118
APÉNDICE: TESTIMONIOS Y EXPERIENCIAS ...........................
122
Místicos Actuales
.........................................................................................
123 La Siquiatría
..................................................................................................
126 Renovación carismática católica
.............................................................. 137
Testimonio de adopción espiritual
........................................................... 143
Sobre el bautismo espiritual
.........................................................................
145
BIBLIOGRAFÍA
................................................................................................
155
INTRODUCCIÓN
El asunto del destino eterno de los niños muertos sin bautismo
ha sido uno de los temas que más dolores de cabeza ha dado a los
teólogos de todos los tiempos. Este tema no es una cuestión de
bizantinismo teológico, ya que comprende a millones y millones de
seres humanos. Por eso, creemos que tiene una gran importancia
tratarlo con la debida mesura, ya que, sobre esto, no hay ninguna
definición dogmática. Uno de los principales puntos de división
entre los teólogos ha sido si estos niños, muertos sin bautismo
antes del uso razón y, por tanto, con el pecado original, estaban
simplemente privados de la visión beatífica, es decir, tenían
pena de daño (no iban al cielo), o también tenían pena de
sentido, es decir, si iban al infierno y allí padecían el fuego
eterno, aunque fuera con penas levísimas. Éste fue el gran tema de
discusión durante siglos entre la escuela agustiniana, que
defendía la pena de sentido (infierno), y los tomistas que
defendían solamente la pena de daño (no ir al cielo). Ahora bien,
si estos niños, según los tomistas, no podían entrar al cielo
(pena de daño), y no iban tampoco al infierno, debían estar en un
tercer lugar o estado, al que llamaron “limbo de los niños”.
La situación actual ha cambiado mucho. La Iglesia, confiando en
la misericordia de Dios, nos invita a esperar en su salvación.
Estamos convencidos de que “Dios quiere que todos los hombres se
salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4).
Porque, “todos pecaron y todos están privados de la gloria de
Dios, y ahora son justificados gratuitamente por su gracia por la
redención de Cristo Jesús” (Rom 3,23). Y “Dios nos encerró a
todos en la desobediencia para tener de todos misericordia” (Rom
11,32).
Somos solidarios en el pecado de Adán y también somos
solidarios en Cristo Jesús por su gracia. Y la voluntad salvífica
de Dios abarca a todos los hombres sin excepción, incluidos los
niños muertos sin bautismo. Por eso, la Iglesia afirma que “la
vocación suprema del hombre es una sola, la divina” (Vat II, GS
22). Y que “todos son llamados a un solo e idéntico fin, esto es,
Dios mismo” (GS 24).
De ahí que la inmensa mayoría de los teólogos actuales niega
ya la existencia del limbo eterno y cree simplemente que estos
niños se salvan. Pero la pregunta es: ¿Se salvan inmediatamente
después de la muerte o después de un tiempo? Si se salvan después
de un tiempo, sobre todo, los niños que nunca han sido queridos ni
siquiera por sus propios padres, entonces tendremos que afirmar que
estarán un tiempo en un estado que no será ni el cielo ni el
infierno y al que podemos seguir llamando limbo de los niños o
cielo natural o cielo infantil. Pero, ¿existe este estado temporal
de limbo? ¿Podemos hacer algo para salvar a estos niños, en caso
de que exista este limbo temporal? La Iglesia no se ha definido
todavía claramente sobre este tema. Solamente nos pide orar “por
su salvación” (Cat 1283)*.
I. PRIMERA PARTE
HISTORIA DE LA CUESTIÓN
En esta primera parte, vamos a hacer un recorrido histórico
sobre el tema de los niños muertos sin bautismo para ver lo que han
opinado los teólogos a lo largo de la historia. De esta manera,
podremos comprender mejor las soluciones que plantearemos.
1. S. GREGORIO NACIANCENO Y S. GREGORIO NISENO
Estos santos Padres creyeron que estos niños iban a un lugar
intermedio entre el cielo y el infierno. San Gregorio Nacianceno
(U389) habla de tres categorías de muertos: los que han recibido el
bautismo y van al cielo, los que han rechazado el bautismo o no lo
han recibido por negligencia, y los que no lo han podido recibir. Y
dice: “Las almas de los niños que mueren antes del bautismo, sin
pecado, no serán ni recompensadas ni castigadas” (Orat 40,23; PL
36,398). San Gregorio Niseno (U396) dice que
“Dios no pone en el infierno a estos niños pequeños privados
del bautismo, pues no están disminuidos en su naturaleza y son
llamados a alegrarse en un conocimiento de acuerdo con esta
naturaleza”.
2. SAN AGUSTÍN (354-430)
Los Padres latinos anteriores a San Agustín no se plantean la
cuestión de los niños muertos sin bautismo, los posteriores siguen
a San Agustín casi unánimemente hasta que llega Santo Tomás.
Algunos dicen que San Agustín, antes de la controversia pelagiana,
pensó en un lugar intermedio para ellos, pues dice:
“¿Cómo serán juzgados en el juicio final los que no pueden
hallarse entre los justos, porque no hicieron nada bueno, ni tampoco
entre los malos, porque no pecaron? Contestamos: Considerando el
conjunto de todo el Universo y la conexión maravillosa de todas las
criaturas en el tiempo y en el espacio, se llega a la convicción de
que es imposible que haya podido ser creado sin motivo suficiente
ningún hombre, siendo así que ni una hoja de árbol alguno se crea
inútilmente; y es superfluo preguntar acerca de los méritos del
que nada mereció. Porque es posible que haya podido darse una vida
intermedia entre la justa y la pecaminosa y que pueda dar el juez
sentencia intermedia, entre el premio y el castigo”. Pero con
motivo de la controversia con los pelagianos habla que su destino es
el infierno, donde tendrán “poena autem mitissima”, levísima
pena.
Pelagio decía que los niños nacían sin el pecado original, que
eran justos e inocentes, por lo cual el bautismo no era necesario
para su salvación; el bautismo sólo era como un pasaporte para el
“reino de los cielos”, pero que estos niños podían disfrutar
de la “vida eterna” en un lugar intermedio entre el cielo y el
infierno. ¿Cómo entendía él este lugar intermedio o vida eterna?
No todos los autores están de acuerdo.
Lo cierto es que San Agustín arremete contra él, que negaba la
necesidad del bautismo para salvarse y, citando especialmente Mt 25,
31-46, dice que en el Evangelio sólo se habla de dos lugares, a la
derecha o a la izquierda, en el cielo o en el infierno.
También citaba otros textos:
Mt 3,10: “Todo árbol que no dé fruto será cortado y arrojado
al fuego”.
Mt 13,30: “Tomad la cizaña y atadla en haces para quemarla y
al trigo recogedlo para encerrarlo en el granero”.
Mt 13,40: “Como se recoge la cizaña y se echa al fuego así
será en la consumación del mundo”.
Mt 13,49: “Al fin del mundo saldrán los ángeles y separarán
a los malos de los justos y los arrojarán al horno de fuego”.
Así niega este tercer lugar, que más tarde muchos escolásticos
llamarán con el nombre de limbo. Grandes teólogos como San
Gregorio Magno, San Anselmo, Gregorio de Rímini siguieron su
opinión.
Pero San Agustín no estaba muy seguro de cómo era el
sufrimiento de estos niños. En una carta a San Jerónimo, habla de
la angustia que le embarga al hablar de la suerte eterna de estos
niños, que debían sufrir penas eternas en el infierno, aunque
levísimas.
Por eso, Santo Tomás lo quiere disculpar y dice que, al hablar
San Agustín del tormento o fuego para estos niños, se refiere a un
castigo en general, sin definir exactamente en qué consiste.
Hablando del texto del juicio final (Mt 25) dice que los niños
serán presentados en el juicio final, no para ser juzgados sino
para ver la gloria y esplendor del divino juez (IV Sent, dist 47,
q.1, art 3 ad 3).
El teólogo Abelardo también trata de entender a San Agustín y
dice hablando de él:
“Yo estimo que esta pena no consiste en otra cosa que en que
estos niños sufren las tinieblas, privados de la visión de Dios,
sin ninguna esperanza de recuperar esta visión. Ése es, si no me
equivoco, el tormento al que el bienaventurado Agustín ha designado
con el nombre de fuego perpetuo”.
San Alberto dice claramente que San Agustín habla impropiamente
(“improprie loquitur”) y que la pena de estos niños es sólo
“pena de daño” (IV Sent, dist 4 a.9).
Sobre la opinión de San Agustín ni siquiera los modernos
especialistas están de acuerdo. Algunos, como Tixeront, dicen que
envía a estos niños al fuego eterno con penas muy leves.
Faure dice que S. Agustín defendió la pena de sentido como de
fe.
Mausbach dice que ciertamente negó un lugar intermedio entre el
cielo y el infierno.
Boyer no está seguro si pensó en otra pena además de la pena
de daño.
Lo cierto es que San Agustín tiene textos donde habla claramente
que estos niños, muy a su pesar, van al infierno, donde tienen
penas de sentido, aunque levísimas. Y, siguiéndolo a él, así
pensaron casi unánimemente los teólogos hasta el siglo XII, más o
menos, en que se habla ya del limbo o lugar intermedio, con toda
claridad. Es importante anotar aquí las conclusiones del concilio
de Cartago del año 418, al que asistió San Agustín y donde se
nota su influencia. Uno de sus cánones dice:
“Pareció bien: si alguno dijera que el Señor dijo: En la casa
de mi Padre hay muchas moradas (Jn 14,2), para que se entienda que
en el reino de los cielos habrá algún lugar intermedio o lugar
alguno en otra parte, donde viven bienaventurados los niños
pequeños que salieron de esta vida sin el bautismo, sin el cual no
pueden entrar en el reino de los cielos, que es la vida eterna, sea
anatema. Pues como quiera que el Señor dice: Si uno no renaciere
del agua y del Espíritu Santo, no entrará en el reino de los
cielos (Jn 3,5), ¿qué católico puede dudar que será partícipe
del diablo el que no mereció ser coheredero de Cristo? Porque el
que no está a la derecha, irá sin duda alguna a la izquierda”
(Denz 224).
Aquí se dice claramente que el que no está a la derecha está
indudablemente a la izquierda, es decir, el que no está en el cielo
está en el infierno. Y se rechaza la idea de un lugar intermedio,
en el sentido en que lo enseñaban los pelagianos, que negaban el
pecado original y la necesidad de bautismo.
Sobre este canon, algunos han dicho que aquí se ha definido
claramente la no existencia del limbo, pero este canon ha sido muy
discutido a lo largo de los siglos. La autenticidad de este canon ha
sido cuestionada, sobre todo, por Denzinger y Cavallera. Otros no lo
aceptan, porque dicen que no está en muchas colecciones de
manuscritos, sobre todo, en la colección romana.
El mismo Sto. Tomás de Aquino no lo cita nunca, como si no lo
hubiera conocido. Para la mayoría de teólogos, aun suponiendo que
sea auténtico, no soluciona el problema del limbo, pues lo que se
define realmente es la necesidad del bautismo para salvarse y que
estos niños tienen el pecado original al nacer, y que, por tanto,
están excluidos del cielo. No se dice nada de dolores o tormentos,
es decir, de que tengan pena de sentido.
En el famoso Indiculus, compilación de escritos de Papas y
concilios, realizada en 435-442, atribuido largo tiempo al Papa
Celestino y que parece ser obra de Próspero de Aquitania, da la
impresión de que este canon no fue aprobado por los Papas, ya que
ellos, en la discusión con los pelagianos, guardaron mucha
prudencia al determinar ciertos puntos oscuros todavía en este
tiempo, como por ejemplo este tema, sobre si estos niños tenían o
no pena de sentido, además de la pena de daño.
El Papa Zósimo, el mismo año 418, envió a todas las Iglesias
de Oriente y Occidente una carta circular, la Tractoria, y fijó en
ella la doctrina de la Santa Sede con relación a los errores de
Pelagio y Celestio. Este documento ha desaparecido y sólo lo
conocemos por algunas citas de algunos autores. No se sabe, si ese
canon estaba incluido en la Tractoria.
Algunos autores modernos como G. de Plinval, Floëri, Orcibal...
están de acuerdo en que el Papa Zósimo en la Tractoria ha evitado
confirmar ese canon del concilio de Cartago, que niega la existencia
del limbo y que insinúa que los niños no bautizados son
coherederos del diablo, es decir, que van al infierno. Sin embargo,
la idea del limbo se fue abriendo paso poco a poco.
3. ¿QUÉ ES EL LIMBO?
La palabra “limbo” viene del latín limbus y significa la
orla del vestido, su reborde o límite final. Se llama así, porque
se creía que el limbo de los niños estaba situado al borde o en
los límites del infierno. Esta palabra no aparece en la Biblia ni
en los Santos Padres, quienes para designar el lugar donde estaban
las almas que no estaban en el cielo, empleaban el término
genérico de infierno. Con esta palabra, se designaba no sólo al
infierno de los condenados, sino también al purgatorio, al seno de
Abraham (Lc 16,23) y al limbo de los niños. Por eso, en el símbolo
de los apóstoles se dice que Jesús “descendit ad inferos”,
descendió a los infiernos, como decimos en castellano, pero no al
infierno de los condenados, sino al lugar de los muertos, que
todavía no estaban en el cielo, es decir, al limbo de los justos o
seno de Abraham.
No se sabe cuándo comenzó a usarse esta palabra para designar
el lugar o estado, intermedio entre el cielo y el infierno de los
condenados, al que iban los niños muertos sin bautismo antes del
uso de razón y con el solo pecado original. San Alberto Magno
(U1280), maestro de Sto. Tomás de Aquino, es uno de los primeros en
usar esta expresión. Él distingue claramente entre limbo de los
padres o seno de Abraham y limbo de los niños (Lib IV Sent, dist 1,
art 20).
Guillermo de Auvernia usa esta palabra en su obra “De vitiis et
peccatis”, escrita en 1230. A partir del siglo XIII, por influjo
de Santo Tomás, se usa normal y universalmente. Santo Tomás habla
del “limbus puerorum et limbus patrum”. Y habla del limbo de los
niños no sólo como un lugar, sino también como un estado. Y este
lugar o estado lo considera eterno.
Así pues, limbo significaba el lugar o estado al que iban los
niños muertos sin bautismo y que no era el infierno ni el cielo y
en el cual padecerían la pena de daño, es decir, la privación de
la visión beatífica, y no la pena de sentido o el fuego del
infierno.
4. SANTO TOMÁS DE AQUINO
Parece ser que el primero que enseñó la opinión de que los
niños muertos sin bautismo sólo tenían pena de daño o privación
de la visión beatífica fue el teólogo Pedro Abelardo en el siglo
XII. Así lo afirman también Pedro Lombardo (Sent II, dist 33, n.5)
y Alejandro de Hales (Summa, 2 parte q. 106, a.9) en este mismo
siglo.
Ya el año 1201 el Papa Inocencio III en su carta “Maiores
Ecclesiae causas” a Imberto, arzobispo de Arlés, había dicho que
“la pena del pecado original es la carencia de la visión de Dios;
la pena del pecado actual es el tormento del infierno eterno”
(Denz 780). En esta carta, parece que el Papa acepta la opinión
común de que el pecado original no es castigado en la otra vida con
la pena de sentido, sino con la pena de daño, como aceptando un
lugar intermedio o limbo.
San Alberto Magno siguió también esta opinión, aceptando el
limbo. Sto. Tomás siguió la opinión de su maestro S. Alberto
Magno en contra de los agustinianos.
A partir de Sto. Tomás, la palabra limbo se hará de uso común,
considerándolo como un tercer lugar o estado, donde sólo se padece
la pena de daño y tienen una felicidad natural. Sto. Tomás dice
que el pecado original es castigado con la pena de daño y no con la
pena de sentido, porque el pecado original es vicio de la naturaleza
y el pecado actual es vicio de la persona. Y también, porque la
pena de sentido no es debida a una disposición al pecado, sino a un
acto de pecado.
En cuanto si estos niños sufren interiormente por la pena de
daño, es decir, pérdida eterna de la felicidad del cielo, tuvo sus
dudas.
En una primera época, en su Comentario a las Sentencias de Pedro
Lombardo, escrito entre 1254 y 1256, a sus treinta años de edad
aproximadamente, afirma que estos niños no sufren por no tener la
visión beatífica, porque no se les debe como una exigencia de su
naturaleza.
Él aceptará que estos niños tienen conocimiento de la pérdida
de la gloria de Dios, pero no tendrán sufrimiento, porque la gloria
del cielo es algo que supera su capacidad. Y habla de que ningún
hombre sabio se aflige por no poder volar como un pájaro o de no
ser rey o emperador, porque eso no le es debido, pero sí se
afligiría de algo para lo que tiene capacidad de poseer.
Para Sto. Tomás, el niño muerto sin bautismo no tiene capacidad
para el cielo, no está proporcionado a la gloria del cielo, porque
le faltan los medios para alcanzar este fin, pues no tiene el libre
albedrío, necesario para hacer un acto de fe. Disfrutar la gloria
del cielo supone, según él, el don de la gracia santificante y
para conseguir la gracia es preciso tener el don del libre albedrío
para poder aceptar esta gracia libremente, pero estos niños, antes
del uso de razón, no han estado preparados para obtener la vida
eterna del cielo, porque no han tenido nunca la gracia ni la
posibilidad de escoger la gracia.
Según esto, estos niños no solamente no sufren por la pérdida
del cielo, sino que disfrutan de una auténtica alegría de estar
unidos a Dios en sus perfecciones naturales y por la participación
de todos los bienes naturales correspondientes a su naturaleza y
disfrutan de un conocimiento y un amor natural (In II Sent dist 33,
q.2,a.2).
Pero Sto. Tomás, ya maduro, en su escrito Quaestiones disputatae
de malo (1270-1271) cambia su punto de vista (De malo q.5.a.3). Y
habla muy concretamente de que estos niños tienen ignorancia
radical de su destino eterno sobrenatural en el cielo. Y hace una
distinción clara entre conocimiento natural y conocimiento
sobrenatural. Para él, los niños del limbo tienen un perfecto
conocimiento natural, de acuerdo a su naturaleza. Ellos saben que el
alma ha sido creada para la felicidad, pero ellos no tienen
conocimiento sobrenatural, porque ellos nunca han tenido fe, que es
el principio y fundamento de la vida sobrenatural. Por eso, ellos
ignoran todo lo que la Revelación enseña al creyente y,
concretamente, que “el bien perfecto para el que el hombre ha sido
creado es la gloria que poseen los santos”.
De modo que la vocación del hombre de ver a Dios (visión
beatífica) no entra dentro del campo de las verdades accesibles a
su razón natural. Y para confirmar esto cita el texto de San Pablo:
“Ni el ojo vio ni el oído oyó ni vino a la mente del hombre lo
que Dios tiene preparado a los que le aman” (1 Co 2,9). Por eso,
estos niños no sufren de estar privados de esos dones
sobrenaturales, que no conocen, y son felices con una felicidad
natural, que llena todos los deseos de su naturaleza.
5. DEL SIGLO XIII AL CONCILIO DE TRENTO (1545)
A partir del siglo XIII hasta el concilio de Trento, la inmensa
mayoría de los teólogos, casi unánimemente, siguieron a Sto.
Tomás y se hizo común la opinión de la existencia del limbo con
una felicidad natural. Solamente los de la escuela agustiniana
siguieron defendiendo la pena de sentido en el infierno. A partir de
Sto. Tomás, la cuestión del limbo se centró en si estos niños
sufrían pena de sentido, aunque muy leve en el infierno, o si
tenían sólo pena de daño en otro lugar fuera del cielo y, por
tanto, aceptando la existencia del limbo.
En el concilio II de Lyón (1274) y después en el de Florencia
(1439) se halla un mismo texto que dice: “Las almas de aquellos
que mueren en pecado mortal o con solo el original bajan
inmediatamente al infierno, para ser castigadas, si bien con penas
diferentes” (Denz 1306 y 858). Los agustinianos dijeron que la
palabra infierno se refiere aquí a la pena de sentido con fuego,
aunque con distinta intensidad, como si estos textos apoyaran su
posición. Confirmando esto, Petau decía que la diferencia de penas
no quita su naturaleza y cualidad. Pero los defensores del limbo
replicaron diciendo que estas diversas penas se refieren a que el
pecado mortal lleva a la pena de sentido y el pecado original a la
pena de daño solamente.
A este respecto, el cardenal Juan de Torquemada, en su “Apparatus
super decretum Florentium unionis graecorum”, explica que la
palabra infierno se toma aquí en el sentido de Sto. Tomás, sólo
como pena de daño. Sabemos que Torquemada tuvo gran influencia en
el concilio de Florencia y tenía la confianza del Papa Eugenio IV;
luego podemos entender la palabra infierno de los textos de Lyon y
Florencia no como pena de sentido, sino como pena de daño.
Según muchos teólogos, lo único que se definió en Florencia
con relación a nuestro tema fue que todos los hombres nacen con el
pecado original, que la pena del pecado original es la privación
del visión beatífica, y la sanción es inmediatamente después de
la muerte y sin esperar a la resurrección, como decían los
griegos. 6. DEL CONCILIO DE TRENTO (1545) AL SÍNODO DE PISTOYA
(1786)
En tiempos del concilio de Trento ya se había aclarado
definitivamente lo que significaba la palabra limbo. Un autor de la
época, Altenstaig, en su Lexicon theologicum, publicado en Lyon en
1517, dice que
“El limbo de los niños es un lugar próximo al infierno de los
condenados. A este lugar descienden los niños que mueren con pecado
original. A ellos les corresponde la pena de daño, que es la
carencia de la visión beatífica, pero en él no hay ninguna pena
de sentido”.
También en el concilio de Trento se habló claramente de la
necesidad del bautismo para salvarse, lo cual quería decir que, si
estos niños no iban al cielo (pena de daño) y no iban al infierno
con pena de sentido, irían a un lugar intermedio: limbo. Veamos
algunos textos:
“Por las cuales palabras se insinúa la discriminación de la
justificación del impío, de suerte que sea el paso de aquel estado
en que el hombre nace hijo del primer Adán, al estado de gracia y
de adopción de hijos de Dios (Rom 8,15) por el segundo Adán,
Jesucristo Salvador nuestro; paso, ciertamente, que después de la
promulgación del evangelio, no puede darse sin el lavatorio de la
regeneración o su deseo, conforme está escrito: Si uno no hubiere
renacido del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino
de Dios (Jn 3,5)” (Denz 1524).
En este concilio de Trento se habla en varios lugares de que hay
que bautizar a los niños cuanto antes, ya que el bautismo es
necesario para la salvación. “Si alguno dijere que el bautismo es
libre, es decir, no necesario para la salvación: sea anatema”
(Denz 1618).
En el concilio de Trento, Ambrosio Catarino (1487-1553), teólogo
dominico, hizo todos los esfuerzos posibles para condenar la
proposición de que los niños muertos sin bautismo tenían la pena
de sentido con fuego del infierno. Como él, pensaban muchos otros
teólogos, pero los agustinianos se defendieron, diciendo que, aun
cuando fuera falsa su opinión, no debería condenarse por respeto a
San Agustín y a Gregorio de Rímini, que la defendieron. Los
principales representantes de la escuela agustiniana en esta época
fueron Noris y Berti. Noris dice que los niños muertos sin bautismo
tienen: “una pena levísima y suavísima, es un fuego que por
su calor les traerá algunas molestias a estos niños, pero no hasta
consumirlos. No siendo cómplices más que de un pecado hereditario,
estos niños serán afligidos por un calor bastante intenso como
para producirles molestia y dolor”
Más adelante, otros teólogos, como Báñez, De Godoy, Gonet,
Billuart, Gotti, Soto, de Rubeis... consideraron la opinión del
limbo como más probable. Entre los dominicos, solamente Alexander
puede ser considerado como seguidor de la doctrina de los
agustinianos. Entre los teólogos benedictinos, todos siguieron a
Sto. Tomás. Solamente el cardenal Sfondrati fue tan liberal que
hasta parece haber considerado la salvación de estos niños y, por
eso, cinco obispos franceses, con Bossuet a la cabeza, quisieron que
su libro fuera condenado por el Papa, cosa que no consiguieron.
Los franciscanos, también en su mayoría, defendieron la
existencia del limbo. Como representantes de esta escuela están
Maestrius y Frassen. Solamente Poncius y Conrius defendieron la
teoría de los agustinianos.
Los jesuitas también siguieron a Sto. Tomás. Entre sus
principales representantes están Requesens, Bolgeni, San Roberto
Belarmino, Simmonet, Molina, Suárez, Lessius, Valencia, Tanner y
otros. Solamente Petau fue de la opinión de los agustinianos.
Molina decía que estos niños sólo podrían disfrutar de la
felicidad natural a partir del juicio final.
San Roberto Belarmino es de los pocos autores, junto con Domingo
Soto (De natura et gratia) que todavía creen que estos niños
tendrán cierta tristeza interior, pero rechaza con toda claridad la
idea de que tengan que padecer la pena de sentido.
Requesens escribió una obra contra el agustiniano Noris sobre el
estado de los niños muertos con el solo pecado original. Y afirma
que, si no están en el infierno, deben estar en un lugar
intermedio, llamado limbo de los niños.
Entre los teólogos sin escuela, siguieron a los agustinianos
Estius, Sylvius, L’Herminier y Billiberone. Los demás siguieron a
Sto. Tomás, aceptando la existencia del limbo.
7. EL SÍNODO DE PISTOYA
En la segunda mitad del siglo XVIII florece el jansenismo en
Italia y los agustinianos son acusados de jansenistas, porque en
muchos de los errores, éstos decían basarse en la autoridad de San
Agustín. Por eso, al ser elegido Papa Clemente XIII (1758), el
general de los agustinos le pide que aclare que ellos no son
herejes, diciendo que la escuela agustiniana sigue las enseñanzas
de San Agustín. El general sometió al Papa 23 tesis para su
consideración y para que viera que no eran las mismas que las de
los herejes Bayo, Jansenio y Quesnel.
La tesis sexta presentada decía que los niños muertos sin
bautismo con el solo pecado original, no sólo están privados de la
visión de Dios, sino que sufren una pena de fuego levísima en el
infierno.
La respuesta de la Santa Sede ante esta abierta negación del
limbo, y después de haber consultado a los cardenales Corsini,
Bottari y Foggini, en 1759, fue que esta doctrina no podía ser
condenada, dejando así abierta la discusión. Pero veamos lo que
pasó en el sínodo de Pistoya.
El 18 de setiembre de 1786, con 234 personas, comienza el sínodo
de Pistoya, organizado por el obispo de Pistoya, Scipione Ricci. El
jansenista Tamburini fue el autor intelectual de los decretos. En la
tercera sesión del 20 de setiembre se dictó un decreto sobre el
bautismo que dice: “Rechazamos como una fábula pelagiana un
tercer lugar para colocar a los niños que mueren con el solo pecado
original”.
El Papa Pío VI nombró algunas comisiones para estudiar las
conclusiones del sínodo de Pistoya. Rasier fue miembro de una de
ellas. Él ataca a Tamburini, que presenta su doctrina como revelada
y de fe. El Papa publica la Bula “Auctorem fidei” el 28 de
agosto de 1794. En la proposición 26 referente al limbo dice el
Papa:
“La doctrina que reprueba como fábula pelagiana el lugar de
los infiernos (al que corrientemente designan los fieles con el
nombre de limbo de los niños) en que las almas de los que mueren
con la sola culpa original son castigadas con pena de daño sin la
pena de fuego, como si los que suprimen en él la pena de fuego, por
este mero hecho introdujeran aquel lugar y estado carente de culpa y
pena como intermedio entre el reino de Dios y la condenación
eterna, como lo imaginaban los pelagianos: es falsa, temeraria e
injuriosa contra las escuelas católicas” (Denz 2626).
Según el teólogo Ricci: “Todos los obispos de Italia se
adhirieron a la Bula ‘Auctorem fidei’, que se creía trabajo muy
meditado de Gerdil”.
La respuesta fue directamente contra quienes defendían la
condena de los niños con pena de sentido como dogma de fe y
calumniaban como fábula pelagiana a los defensores del limbo. Pío
VI tuvo mucha prudencia y no quiso definirse sobre las cuestiones
discutidas de si pena de daño o de sentido. No hubo definición
dogmática.
Para incurrir en las censuras de la Bula había que negar el
limbo en el mismo sentido de los jansenistas, como una fábula
pelagiana, y creer en la pena de sentido como dogma de fe.
8. DEL SÍNODO DE PISTOYA (1786) AL VATICANO II (1962)
Después de la Bula “Auctorem fidei” de Pío VI (1794) hasta
mediados del siglo XX, sólo los agustinianos continuaron su
opinión, que, poco a poco, fue perdiendo fuerza, y cada vez menos
teólogos la siguieron. Y, prácticamente todos los teólogos
defendieron el limbo. Pero algunos discutieron sobre si tenían
felicidad natural o cierta tristeza interior, como había defendido
ya en el siglo XVI San Roberto Belarmino. Entre éstos se encuentra
Schmid, que cree que tienen tristeza interior, debido a la
privación de la visión beatífica. Pero Ceulemans, Scheeben,
Perrone y otros ven como más probable la felicidad natural sin
tristeza alguna.
Heinrich cree en el limbo, pero no está seguro de cómo están
en él y dice que sobre el limbo sólo podemos hablar con más o
menos probabilidad. Stockums trata sobre los defensores de la
salvación de los niños y dice que el bautismo es necesario para la
salvación y que estos niños están excluidos del cielo para
siempre. La mayoría de los teólogos como Lahouse, Billot,
Janssens, Van Noort, Hugon, Beraza, Bellamy, Hervé, Pesch, Herman,
Gaudel, Tanquerey, Diekamp-Hoffman, Lercher, Bernard, Boyer,
Bezzola... aceptan el limbo como solución probable y sentencia
común.
Por otra parte, ya en esta época, empiezan a surgir desde el
siglo XIX algunos defensores de la salvación de estos niños. A
estos teólogos empezaron a llamarlos “salvatores parvulorum”
(salvadores de los niños).
Schmaus y los “salvatores parvulorum” niegan el limbo, porque
quieren salvar a esos niños muertos sin bautismo. Schmaus dice que
el limbo no explica la voluntad salvífica de Dios sobre toda la
humanidad. Y cree que estos niños serán salvados por Dios de una
manera desconocida para nosotros. J. Manya también acepta la
posibilidad de su salvación. Otros autores que aceptan su
salvación son Heris, Laurence, Diekans, Minges, Boudes, Boros...
Rahner dice:
“¿Qué pensamos como cristianos de un niño sin bautizar? Este
niño, aun sin bautizar, a pesar del pecado original es ya objeto de
la infinita misericordia de Dios. Dios lo ve unido a su unigénito
Hijo. Este niño tiene ya, por ello, con el Hijo, un derecho, si
bien todavía no actualizado, por lo menos remoto, a la herencia
(eterna)".
Pero la mayoría de los teólogos acepta el limbo, y la doctrina
de la Iglesia va todavía en este sentido. Pío IX, en la encíclica
“Quanto conficiamur moerore” a los obispos de Italia (año
1863), dice: “Dios no consiente en modo alguno, según su suma
bondad y clemencia, que nadie sea castigado con eternos suplicios,
si no es reo de culpa voluntaria” (Denz 2866). Lo cual quiere
decir que van al limbo, pues el pecado original no es pecado
personal y el bautismo es necesario para la salvación. En el
Catechismus catholicus, redactado por el cardenal Pedro Gasparri en
1930 en la tipografía Vaticana, se plantea la cuestión 359 sobre
la suerte de los niños que mueren sin bautismo. Y contesta que
carecen de la visión beatífica.
McCarthy, en 1950, decía que “la existencia del limbo no es
parte de la enseñanza oficial de la Iglesia, sino sólo opinión
teológica”, pero él la acepta.
Incluso, en tiempos más recientes, el Papa Pío XII, en un
discurso a las obstetrices de Roma, les decía el 29 de octubre de
1951:
“El estado de gracia en el momento de la muerte es
absolutamente necesario para la salvación. Sin él no se puede
llegar a la felicidad sobrenatural ni a la visión beatífica. Para
un adulto, un acto de amor puede ser suficiente para adquirir la
gracia santificante y suplir la ausencia del bautismo, pero para los
no nacidos o para los recién nacidos esta vía no está abierta”.
En otro documento del Santo Oficio, aprobado por el Papa Pío
XII, se dice que los niños deben ser bautizados cuanto antes, de
acuerdo con el canon 770, e insiste a los pastores y predicadores a
que urjan el cumplimiento de esta obligación para que los padres no
difieran el bautismo de sus hijos (Acta Apostolicae Sedis vol. 50,
1958).
Es muy interesante anotar aquí la opinión del Cardenal Journet.
En su libro “La volonté divine salvifique sur les petites enfants”
(Paris, 1958) afirma que los niños muertos sin bautismo van al
limbo eterno y que para ellos la voluntad salvífica de Dios se
refiere concretamente a que, después de su muerte, Dios les da la
felicidad natural del limbo; al fin de los tiempos les dará la
resurrección para ser felices en ese estado natural con cuerpo y
alma, además de darles la plenitud de su naturaleza humana para
siempre. Es decir, para él, la voluntad salvífica de Dios sobre
ellos solamente se refiere al restablecimiento de su naturaleza
humana para que pueda disfrutar de la plenitud de sus facultades y
bienes naturales eternamente. El amor de estos niños y su felicidad
quedará siempre en un plano estrictamente natural.
Precisamente por esto, porque este amor y esta felicidad nunca
alcanzará el grado sobrenatural, los teólogos actuales rechazan
esta teoría. Para ellos, actualmente, hablar de la voluntad
salvífica de Dios significa con toda claridad que ellos llegarán
un día a disfrutar de la plenitud de la felicidad sobrenatural con
Dios en el cielo. De otro modo, ¿cómo sería posible decir que el
amor de Jesús por todos los hombres fue un amor redentor? Un amor
redentor significa que son verdaderamente y seriamente amados y que
Jesús ha muerto también para salvarlos a ellos.
En el concilio Vaticano II (1962-1965) ni siquiera se trató el
tema del limbo, pero ya desde principios del siglo XX eran cada vez
más las voces de quienes creían en la salvación de estos niños
muertos sin bautismo.
9. A PARTIR DEL CONCILIO VATICANO II
Después del concilio Vaticano II se multiplican las opiniones en
favor de la salvación de los niños. Así lo indican los libros o
artículos de Baum-Gartmer, Rondet, Boudes, Martelet, Paul Tihon,
Hamman, Jean Galot, Labourdette. Y lo mismo de otros teólogos como
J. H. Nicolás y P. Moliné, A. Richard... Roberto Masi dice:
"Es siempre posible admitir que Dios provea a la salvación de
tantos y tantos niños muertos sin bautismo a través de vías
extraordinarias, que sólo Él conoce... Ciertamente, Dios ama a
estos niños mucho más que nosotros".
La asamblea plenaria del episcopado francés en diciembre de
1965, aprobó y publicó un documento con las nuevas directivas
sobre el bautismo de niños. En el cual se dice que, dado que muchos
padres no son conscientes del valor del bautismo y de la educación
cristiana de los niños, cuando estos padres vengan a pedir el
bautismo de sus hijos, se les debe sugerir que esperen algunas
semanas para que el sacerdote y otros laicos preparados les ayuden a
reflexionar sobre el valor del bautismo y de la educación
cristiana.
Esto quiere decir que, para los obispos franceses, el no
bautizarlos “quam primum” (lo antes posible), como tanto se
obligaba en otros documentos eclesiásticos anteriores, significa
que creen que estos niños podrían salvarse, si estos niños mueren
sin bautismo, durante la preparación de sus padres. Como si el
deseo del bautismo de sus padres, les sirviera a estos niños.
Dicen:
“Si ocurriera la muerte del niño antes de recibir el
sacramento del bautismo, las oraciones de la Iglesia en el curso de
una ceremonia religiosa, estarían conformes a la petición de la
familia, que habría inscrito al niño para el bautismo”.
Ellos, pues, consideran que la suerte de estos niños muertos
antes del bautismo no es desesperada, pues creen que son capaces de
aprovecharse de las oraciones de la Iglesia.
En el nuevo ritual de Exequias, aprobado en 1971, hay misas para
los niños muertos sin bautismo, lo cual quiere decir que puede
aprovecharles, pues una misa no podría aprovechar a uno que
estuviera condenado ni a uno que esté en el cielo. En resumen, que
la situación eterna de estos niños en el limbo no es absolutamente
cierta. Lo cual significa que debemos interpretar el texto de Jn 3,5
sobre la necesidad absoluta del bautismo en su contexto y ver otros
textos muy numerosos sobre la voluntad salvífica universal de
Cristo. En el ritual de exequias de la comisión episcopal española
de liturgia publicado en 1971, al hablar de las Exequias para niños
no bautizados, pone las siguientes oraciones, que piden la
misericordia de Dios para ellos, esperando que sean salvados:
“Recibe las súplicas de tus fieles, Señor, y conforta con la
esperanza de tu misericordia a quienes se sienten abatidos por la
pérdida de un hijo.
Oh Dios, conocedor de los corazones y consuelo del espíritu, tú
que conoces la fe de estos padres, que lloran la muerte de su hijo,
concédeles la ayuda de tu divina misericordia.
Hermanos:Unámonos en caridad para encomendar este niño a la
misericordia de Dios, y pidamos para sus padres la fortaleza de
sobrellevar su dolor” (p.298).
En la quinta edición renovada de 1996 se cambia un poco el texto
y se dice:
“Oh Dios, conocedor de los corazones y consuelo del espíritu,
tú conoces la fe de estos padres; dales el consuelo de creer que el
hijo, cuya muerte lloran, está en manos de tu misericordia” (p.
1168).
En años recientes la Iglesia admite la posibilidad de que Dios
puede salvar a estos niños. Veamos lo que dice el Catecismo de la
Iglesia Católica:
“Debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la
posibilidad de que, de un modo conocido sólo por Dios, se asocien a
este misterio pascual” (Cat 1260) “La gran misericordia de Dios,
que quiere que todos los hombres se salven y la ternura de Jesús
con los niños... nos permiten confiar en que haya un camino de
salvación para los niños que mueren sin bautismo” (Cat 1261).
El cardenal Joseph Ratzinger en su “Informe sobre la fe”
habla también de la posibilidad de salvación y dice: “El limbo
no ha sido definido como verdad de fe. Personalmente, dejaría en
suspenso este tema, que no ha sido nunca más que una hipótesis
teológica”.
No niega el limbo, pero acepta la posibilidad de salvación de
estos niños. De hecho, hoy día serán muy raros los teólogos que
nieguen la salvación eterna de éstos, enviándolos al limbo
eterno. El consenso general de los teólogos, actualmente, es que
estos niños se salvan.
II. SEGUNDA PARTE
SALVACIÓN DE ESTOS NIÑOS
En esta segunda parte, vamos a tratar de dar razones para probar
la posibilidad de que estos niños muertos sin bautismo sean
salvados de acuerdo a algunos textos de la Escritura, del Magisterio
y de algunos teólogos modernos. También veremos cómo son
salvados, dado que se supone que el bautismo es necesario para la
salvación. Y decimos son salvados y no que se salven para indicar
que no pueden hacer nada por sí mismos para salvarse, no pueden
colaborar con la gracia de Dios como en el caso de los adultos, sino
que son salvados por la misericordia de Dios y los méritos de
Jesús a través de la Iglesia. 10. EXISTENCIA DEL PECADO
ORIGINAL
Antes de entrar de lleno en el tema de la salvación de estos
niños, debemos partir del hecho de que existe el pecado original
(dogma de fe) y que es universal, es decir, que afecta a todos los
hombres. Precisamente, éste fue el punto clave de la cuestión en
siglos pasados. Si estos niños morían en pecado original, en
estado natural, se consideraba que no podían conseguir
automáticamente con su muerte el estado sobrenatural y así ir al
cielo. Por consiguiente, si no podían ir al cielo, debían ir al
limbo, ya que, excluyendo a los agustinianos, todos los demás
teólogos creían que no podían ir al infierno.
Veamos algunos textos de la Escritura que hablan del pecado
original:
“Por un solo hombre entró en el mundo el pecado, y por el
pecado la muerte, y así a todos los hombres pasó la muerte, por
cuanto todos habían pecado” (Rom 5,12). “Donde abundó el
pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5,20). “Por un hombre vino
la muerte, también por un hombre vino la resurrección de los
muertos. Y así como por Adán hemos muerto todos, así también en
Cristo todos somos vivificados” (1 Co 15,21-22).
Veamos también textos del Magisterio:
“La pena del pecado original es la carencia de la visión de
Dios; la pena del pecado actual es el tormento del infierno eterno”
(Carta "Maiores Ecclesiae Causas" de Inocencio III en
1201; Denz 780).
“Las almas de aquellos que mueren en pecado mortal o con solo
el pecado original bajan inmediatamente “al infierno” para ser
castigadas, si bien con penas diferentes” (Concilio de Florencia y
II de Lyon; Denz 1306 y 858).
“Si alguno afirma que a Adán solo dañó su prevaricación,
pero no así a su descendencia; que la santidad y justicia recibida
de Dios, que él perdió, la perdió para sí solo y no también
para nosotros... sea anatema” (Trento; Denz 1512).
“Quienquiera que niegue que los niños recién nacidos del seno
de sus madres, no han de ser bautizados, aun cuando procedan de
padres bautizados, o dice que efectivamente son bautizados para la
remisión de los pecados, pero que de Adán nada traen del pecado
original... sea anatema” (Trento; Denz 1514).
“Según la tradición apostólica, aun los niños pequeños que
todavía no pudieron cometer ningún pecado por sí mismos, son
verdaderamente bautizados para la remisión de los pecados”
(Trento; Denz 1514).
“Si alguno dice que por la gracia de nuestro Señor Jesucristo,
que se confiere en el bautismo, no se remite el reato del pecado
original... sea anatema” (Trento; Denz 1515).
Hablando del pecado original, el Catecismo de la Iglesia
Católica dice:
“Es la privación de la santidad y justicia originales, pero la
naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en
sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al
sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado” (Cat
405).
Ahora bien, el pecado original es “llamado pecado de manera
análoga: es un pecado contraído, no cometido, es un estado y no un
acto” (Cat 404).
El pecado original consiste en el estado de privación de la
gracia de Dios y de todas sus secuelas, así como de los dones
preternaturales a causa del pecado de Adán. Muchos teólogos,
siguiendo a Sto. Tomás enumeran cuatro heridas del alma: ignorancia
(dificultad para conocer la verdad), malicia (debilitación de la
voluntad), fragilidad (cobardía ante las dificultades para obrar el
bien), y concupiscencia (apetito desordenado de satisfacer los
sentidos).
Vivir en pecado original es vivir en un estado natural, incapaces
de alcanzar por sí mismos el estado y vida sobrenatural. Por eso,
Sto. Tomás considera que los niños, muertos sin bautismo y con el
pecado original, estarán eternamente en un estado natural,
disfrutando de los bienes naturales de su naturaleza, es decir, en
el limbo, sin llegar nunca al estado sobrenatural del cielo.
Ahora bien, para la remisión del pecado original, en esta vida,
y darnos su gracia, constituyéndonos en hijos de Dios, Cristo
instituyó el sacramento del bautismo. El bautismo produce en
nosotros la remisión de todas las penas debidas por el pecado,
tanto eternas como temporales. El bautismo es una obra maravillosa
de la gracia y de la misericordia de Dios, que nos eleva al orden
sobrenatural y nos incorpora a Cristo en la Iglesia.
11. EL BAUTISMO
El bautismo nos hace participar de la naturaleza divina y nos
inserta en Cristo dentro de la Iglesia. Por eso, el bautismo deja en
nuestra alma una marca, un sello indeleble, llamado carácter. En
virtud de este carácter se establece una distinción invisible,
pero real, entre cristianos y no cristianos (signum distinctivum).
En virtud del carácter bautismal, el bautizado recibe la facultad y
el derecho de participar del sacerdocio de Cristo (sacerdocio de los
fieles) y el poder de recibir otros sacramentos, con los dones y
gracias que Cristo confió a su Iglesia. El carácter es una
consagración del bautizado a Jesucristo, que impone la obligación
de llevar una vida verdaderamente cristiana.
En resumen, digamos que el bautismo nos incorpora al cuerpo
místico de Cristo en la Iglesia, nos hace hijos de Dios y
cristianos y nos da la santificación interior, al infundir la
gracia divina, con la remisión del pecado original y de todos los
pecados personales y de las penas debidas a estos pecados.
El bautismo nos hace “una nueva criatura, un hijo adoptivo de
Dios, partícipes de la naturaleza divina, miembros de Cristo,
coherederos con Él y templos del Espíritu Santo” (Cat 1265).
“El bautismo imprime en el cristiano un sello espiritual
indeleble (carácter) de su pertenencia a Cristo. Este sello no es
borrado por ningún pecado” (Cat 1272). “Este sello del Señor
es el sello con que el Espíritu Santo nos ha marcado para el día
de la redención” (Cat 1274).
Como sabemos, se distinguen tres clases de bautismo: de agua, de
sangre y de deseo. De estos tres, solamente el primero es sacramento
y marca el alma con el sello indeleble, llamado carácter. El
bautismo de agua, en la Iglesia católica, produce su efecto pleno;
en las iglesias cristianas no católicas, tiene una eficacia
limitada, pues no entran a formar parte de la Iglesia de Cristo en
plenitud.
Las tres clases de bautismo reciben su eficacia (la gracia y la
remisión del pecado original) en virtud de los méritos de la
Pasión de Cristo y del Espíritu Santo.
Dice Sto. Tomás: “Uno puede conseguir el efecto del bautismo
por virtud del Espíritu Santo, no sólo sin el bautismo de agua,
sino también sin el bautismo de sangre, por cuanto su corazón es
movido por el Espíritu Santo a creer en Dios, a amarle y
arrepentirse de sus pecados por lo que también se llama (al
bautismo de deseo) bautismo de penitencia” (S. Th III, q.66,
a.11).
a) Necesidad del Bautismo
Desde los primeros tiempos del cristianismo se consideraba que el
bautismo era necesario para la salvación. Algunos autores antiguos
así lo dicen como Hermas (Simil 9,16) y Orígenes (De exhortatione
Martyr 30) en el siglo II. En el siglo III San Ireneo (Adversus
haereses 1,22) y Tertuliano (De baptismo 12,1). En el siglo IV, el
Papa Siricio, el año 385, interviene para recordar la necesidad de
bautizar de urgencia a los niños y adultos que se encuentren en
peligro de muerte (Epist ad Himerium 10). San Agustín y San
Ambrosio siguen esta doctrina e, incluso, hablan del bautismo de
deseo, cuando no se puede recibir el bautismo de agua (San Agustín:
De bapt 4,22). San Ambrosio, en la oración fúnebre por el
emperador Valentiniano dice que se salvaría por sus buenas obras y
por su deseo del bautismo. Sobre la necesidad del bautismo para
salvarse hay muchísimos textos del Magisterio. Veamos algunos
otros:
San León Magno (U461) en su carta a los obispos de Sicilia
(Epist 16,3) y a los obispos de Campania (Epist 168,1). El Papa
Gelasio I (U496) en su carta “Concessa vobis”, al clero y al
pueblo de Tarento, afirma: “En caso de peligro de muerte inminente
es necesario darles este remedio del bautismo para que no perezcan
para la eternidad”. Y en carta al obispo de Piceno le dice, sobre
los errores de los pelagianos, que “estos herejes, rehusando el
bautismo, los colocan necesariamente a la izquierda del juicio, ya
que sólo la regeneración del bautismo puede colocarlos a la
derecha” (Epist 7).
San Gregorio Magno, en su carta “Dilectionis tuae” a
Secundino, el año 599, afirma que es “una verdad muy cierta que,
si el hombre no renace por el bautismo, su alma queda prisionera de
los lazos del pecado original”.
En el concilio de Florencia se dice:
“En cuanto a los niños advierte que, por razón del peligro de
muerte, que con frecuencia puede acontecerles, como quiera que no
pueda socorrérseles con otro remedio que con el bautismo, por el
que son liberados del dominio del diablo y adoptados por hijos de
Dios, no ha de diferirse el sagrado bautismo... sino que ha de
conferírseles tan pronto como pueda hacerse cómodamente; de modo,
sin embargo, que si el peligro de muerte es inminente han de ser
bautizados sin dilación alguna” (Denz 1349).
Y en Trento se habla de que el paso del estado del primer Adán
al estado de gracia sólo puede darse por el bautismo o su deseo
(Denz 1524). Y se insiste:
“Si alguno dijere que el bautismo es libre, es decir, no
necesario para la salvación, sea anatema” (Denz 1618).
Bien entrado ya el siglo XX, el 20 de octubre de 1980, en una
Instrucción de la Sagrada Congregación para la doctrina de la fe
“Pastoralis actio” se dice:
“La Iglesia... siempre ha entendido las palabras de Jesús a
Nicodemo, en el sentido que los niños no deben ser privados del
bautismo. Tales palabras tienen, en efecto, una forma tan general y
absoluta que los Padres las han considerado aptas para establecer la
necesidad del bautismo, y el magisterio las ha aplicado expresamente
en el caso de los niños: también para ellos este sacramento es la
entrada en el pueblo de Dios y la puerta de salvación personal.
Así, por su doctrina y por su praxis, la Iglesia ha mostrado que
no conoce otro medio que el bautismo para asegurar a los niños la
entrada en la beatitud eterna” (Denz 4670 y 4671). “El bautismo,
necesario para la salvación, es el signo y el instrumento del amor
preveniente de Dios que libera del pecado y comunica la
participación a la vida divina: de por sí, el don de estos bienes
no debe ser aplazado a los niños” (Denz 4674).
Entre los textos de la Escritura que siempre se han citado para
hablar de la necesidad del bautismo está el texto de Juan 3,5: “El
que no nace del agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el
reino de los cielos”. “El que crea y sea bautizado se salvará y
el que no crea se condenará” (Mc 16,16).
Actualmente, este último texto, se dice, que se refiere a
adultos y no a niños. Y que el texto de Jn 3,5 hay que entenderlo
sólo para niños que puedan ser bautizados, pues hay millones de
niños que no tendrán la posibilidad de ser bautizados, porque sus
padres no son cristianos.
Sin embargo, el sentir de la Iglesia a lo largo de los siglos y
por medio de textos del Magisterio está bien claro. Por eso, ahora
se habla de que la necesidad del bautismo es una necesidad de medio
relativa, ya que el bautismo puede ser suplido en caso de
imposibilidad o ignorancia invencible, como en el caso de los niños
muertos sin bautismo.
En este tema del bautismo, ahora podemos entender que Dios tiene,
en virtud de su voluntad salvífica universal, otros medios
extrasacramentales de salvación y que la salvación no está
restringida a los sacramentos. Así lo dice claramente el Catecismo:
“Dios ha vinculado la salvación al sacramento del bautismo, pero
su intervención salvífica no queda reducida a los sacramentos”
(Cat 1257).
Por ello, hablaremos de un “bautismo espiritual” después de
la muerte de estos niños en virtud de la fe, del amor y de la
oración de la Iglesia, pero de hecho, el bautismo de agua es
fundamental para nuestra vida espiritual.
b) Sacramento de la Fe
“El bautismo es el sacramento de la fe, porque siempre es en
sí mismo una profesión o proclamación de la fe de la Iglesia y es
en esa fe como los niños son bautizados. Pero el realismo
sacramental conduce además a afirmar que el bautismo no sólo
significa y expresa la fe de la Iglesia, sino también que produce
su realidad en el niño que lo recibe, infundiendo en él la virtud
sobrenatural de la fe”.
Ahora bien, esta fe infusa, que los niños reciben en el
bautismo, es un don gratuito; y reciben la fe en cuanto al hábito,
pero no en cuanto al uso (Denz 904). No tienen la fe en acto, pero
sí en capacidad. No pueden hacer actos de fe, pero la tienen como
un regalo en su interior hasta que puedan manifestarla, cuando
lleguen al uso de razón. Pero, desde ese momento del bautismo, ya
son agregados por el don recibido de la fe, a la comunidad de los
fieles, es decir, de quienes tienen fe.
Ahora bien, los niños se bautizan y reciben la fe en virtud de
la fe de la Iglesia. Lo dice Santo Tomás de Aquino:
“Los niños creen (en el bautismo) no por un acto personal,
sino por la fe de la Iglesia, que se les comunica. Y es por la
virtud de dicha fe como reciben la gracia y las virtudes” (III,
q.69, a.6 ad 3).
Por eso, aunque falte la fe al ministro, a los padres, a los
padrinos y a todos los presentes a la ceremonia, o lo lleven a
bautizar por motivos poco cristianos, como para que se sane de su
enfermedad, el bautismo producirá su efecto en virtud de la fe de
la Iglesia, que suplirá la falta de fe de los presentes, siempre
que el rito se haga conforme a la práctica de la Iglesia y se haga
con la intención de hacer lo que hace la Iglesia.
En el catecismo de la Iglesia se dice claramente que “los
niños son bautizados en la fe de la Iglesia” (Cat 1282).
Y en el rito del bautismo se pregunta a los padres: “¿Quieren
que su hijo sea bautizado en esta fe de la Iglesia que todos juntos
acabamos de profesar?”. Así pues, el bautismo, es el sacramento
de la fe (Trento Denz 1529).
Veamos lo que decía una religiosa santa, que me escribía
frecuentemente como hermana espiritual. Se trata de la Madre Carmela
de la Cruz, muerta a los 98 años, el año 2002 en Alassio (SV),
Italia. Ella ha organizado una asociación de pequeñas víctimas
con el Visto Bueno de su obispo, que ha aprobado sus libros, en los
que nos habla de sus experiencias místicas hasta el matrimonio
espiritual. Tomemos nota de lo que dice respecto del bautismo en su
libro “Il giardino dell’anima inabitata”:
“Nosotros antes del santo bautismo no teníamos más que una
vida puramente natural, una vida terrena como animales. Pensad qué
vida sería aquella de vivir, sufrir y fatigarse sin la previsión
de un futuro feliz, de una vida más bella, más noble, más
vivificada por el amor beatificante, sin el pensamiento de un Dios
glorioso, que nos ama y nos espera para premiar nuestras fatigas...
Una vida infeliz con las solas efímeras felicidades humanas. Pero,
en el bautismo, nuestra vida puramente natural viene a estar
insertada en la vida divina de Jesús, somos incorporados como
miembros en el Cuerpo místico de la Iglesia, esposa de Cristo...
Somos revestidos de Cristo y renacemos a una vida nueva”.
La Vble. Ana Catalina Emmerick dice que una vez, en una de sus
visiones, se le presentaron unos niños ya fallecidos, a quienes
había conocido de niña, y que le dijeron:
“Los hombres invocan muy pocas veces a los niños que mueren
después del bautismo sin perder la gracia bautismal, los cuales
tienen mucho poder ante la presencia de Dios... Se debe orar
especialmente para que ningún niño muera sin bautismo”
(12-1-1820).
En la primera semana de julio de 1821, Ana Catalina rogó por una
señora de Dülmen que se encontraba en un parto difícil. Ella
pidió mucho para que el niño pudiese ser bautizado. La nodriza lo
bautizó y el niño murió al día siguiente. La madre vivió hasta
el día 13 de julio, pero el niño muerto se apareció a Ana
Catalina el día 8 y todo alegre y luminoso le dio las gracias por
el bautismo y le dijo: “Sin tu ayuda hubiera tenido que estar
ahora con los paganos”. ¡Qué diferencia tan enorme existe ante
Dios entre un niño bautizado y otro sin bautizar!
Santa Faustina Kowalska relata en su Diario que, estando enferma
en el hospital, había una mujer judía que estaba moribunda. Ella
le pidió a Jesús que le concediera la gracia del bautismo. Unos
momentos antes de morir, la religiosa que la atendía pudo estar
sola con la mujer sin la presencia de sus familiares y la bautizó.
Dice: “De repente, vi su alma de una belleza extraordinaria que
entraba en el paraíso. ¡Oh, qué bella es un alma en la gracia de
Dios!” (2-2-1937). Esta mujer tenía el bautismo de deseo y tenía
la gracia de Dios; pero, al ser bautizada, su alma quedó totalmente
limpia, pues el bautismo borra todos los pecados cometidos y deja el
alma bella y pura como un ángel a los ojos de Dios.
Agradezcamos a Dios el don de nuestro bautismo, recordemos ese
día con agradecimiento y vivamos nuestro bautismo, siendo
verdaderos cristianos e hijos de Dios. Recordemos las palabras del
Papa Juan Pablo II el día del Bautismo del Señor (13-1-2002), al
celebrar algunos bautismos en el Vaticano:
“Estos niños, al recibir en la Iglesia el sacramento del
bautismo, se transforman en hijos de Dios, hijos en el Hijo. Es el
misterio del segundo nacimiento... La gracia de Cristo transformará
su existencia de mortal en inmortal, libertándola del pecado
original. Dad gracias al Señor por el don de su nacimiento y de su
renacimiento espiritual hoy. Estos niños reciben hoy el bautismo
sobre la base de vuestra fe... ¿Pero podrán abrirse a la fe, si no
reciben un buen testimonio de ella de parte de los adultos que los
rodean? Estos niños os necesitan, en primer lugar, a vosotros,
queridos padres; también os necesitan a vosotros, queridos padrinos
y madrinas, para aprender a conocer al Dios verdadero, que es amor
misericordioso. A vosotros, corresponde introducirlos en ese
conocimiento, en primer lugar, mediante el testimonio de vuestra
conducta...
¿Qué fuerza permite a estos niños, inocentes e inconscientes,
realizar un “paso” espiritual tan profundo? Es la fe, la fe de
la Iglesia, profesada en especial por vosotros, queridos padres,
padrinos y madrinas. Precisamente, en esta fe son bautizados
vuestros pequeños. Cristo no realiza el milagro de regenerar al
hombre sin la colaboración del mismo hombre y la primera
colaboración de la criatura es la fe con que ésta, interiormente
atraída por Dios, se encomienda libremente a sus manos. Estos
niños reciben hoy el bautismo sobre la base de vuestra fe, que
dentro de poco os pediré que profeséis. ¡Cuánto amor,
amadísimos hermanos, cuánta responsabilidad en el gesto que
haréis en nombre de vuestros hijos!”. (Revista Ecclesia N° 3,085
del 26-1-2002, p.32).
El bautismo es una obra maestra de la gracia divina. Es un regalo
maravilloso de la misericordia de Dios y una manifestación gloriosa
de la gratuidad de la gracia. Somos justificados y participamos de
su vida divina en virtud de los méritos de Cristo por pura gracia y
misericordia.
Por eso, el autor de la Epístola de Bernabé (año 96-98) dice:
"Descendemos a las aguas llenos de pecados e inmundicias y
salimos de ellas llevando en nuestro corazón el fruto del temor y
en nuestro espíritu el de la esperanza en Jesús" (II,II). Y
San Ambrosio nos invita a pensar en la grandeza del bautismo, al
decir: "Considera dónde eres bautizado y de dónde viene el
bautismo: de la cruz de Cristo, de la muerte de Cristo. Él padeció
por ti. En Él eres rescatado, en Él eres salvado" (sacr.
2,6). Por todo esto, S. Gregorio Nacianceno decía que "el
bautismo es el don más grande y magnífico de los dones de
Dios" (Or 40,3-4).
Ahora bien, podemos preguntarnos: Los niños que mueren sin
bautismo ¿pueden salvarse?
12. LA SAGRADA ESCRITURA
Analicemos algunos textos bíblicos, que nos hablan de la
salvación de estos niños en virtud de la voluntad salvífica
universal de Dios y de la solidaridad de todos los hombres de
Cristo. Si somos solidarios en el pecado con Adán, también lo
somos en la gracia por Cristo. Veamos algunos textos:
“Por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la
resurrección de los muertos. Y así como por Adán hemos muerto
todos, así también en Cristo todos somos vivificados” (1 Co
15,21-22).
“Si por la transgresión de uno mueren muchos, cuanto más la
gracia de Dios y el don gratuito (conferido) por la gracia de un
solo hombre, Jesucristo, ha abundado en beneficio de muchos... Si,
pues, por la transgresión de uno solo, esto es, por obra de uno
solo, reinó la muerte, mucho más los que reciben la abundancia de
la gracia y el don de la justicia reinarán en la vida por obra de
uno solo, Jesucristo. Por consiguiente, como por la transgresión de
uno solo llegó la condenación a todos, así también por la
justicia de uno solo llega a todos la justificación de la vida.
Pues como, por la desobediencia de uno, muchos fueron los pecadores,
así también por la obediencia de uno, muchos serán hechos
justos... Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia, para que
como reinó el pecado por la muerte, así también reine la gracia
por la justicia para la vida eterna por Jesucristo, nuestro Señor”
(Rom 5,15,21).
“Todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y
ahora son justificados gratuitamente por su gracia, por la
redención de Cristo Jesús” (Rom 3,23).
“Dios nos encerró a todos en la desobediencia para tener de
todos misericordia” (Rom 11,32).
“Dios que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos
amó... nos dio vida por Cristo y nos resucitó y nos sentó en los
cielos en Cristo Jesús” (Ef 2,4-5).
“Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro
Señor Jesucristo” (1 Co 15,57).
“Quiso el Padre que en Él (Jesús) habitase toda la plenitud y
por Él reconciliar todas las cosas en Él, pacificando con la
sangre de su cruz así las de la tierra como las del cielo” (Col
1,19-20).
“Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4).
“El hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba
perdido” (Lc 19,10).
“Cristo murió y resucitó para dominar sobre vivos y muertos”
(Rom 14,9).
"Dios nos ha elegido en Cristo antes de la constitución del
mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante Él por el amor y
nos predestinó en la adopción de hijos suyos por Jesucristo
conforme al beneplácito de su voluntad" (Ef 1,3-6).
Y, hablando de los niños, Jesús nos dice con toda claridad:
“Dejad que los niños se acerquen a Mí y no se lo impidáis,
porque de los que son como ellos es el reino de Dios y abrazándolos
los bendijo, imponiéndoles las manos” (Mc 10,14-16).
“Quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en
él” (Lc 18,17).
“Mirad de no despreciar a ninguno de estos pequeños; porque,
en verdad os digo, que sus ángeles ven de continuo en el cielo el
rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt 18,10).
“La voluntad de vuestro Padre, que está en los cielos, es que
no se pierda ninguno de estos pequeñitos” (Mt 18,14).
Jesús tenía un amor especial por los niños “y los abrazaba y
los bendecía, imponiéndoles las manos” (Mc 10,16).
En todos estos textos aparece claramente la voluntad salvífica
de Dios sobre todos y cada uno de los hombres. Incluso, Jesús habla
concretamente de los niños, pues el Padre no quiere que se pierda
ninguno de estos pequeñitos (Mt 18, 14). Si todos hemos sido
solidarios en el pecado de Adán, también somos solidarios en la
salvación que nos trae Jesucristo.
Jesús es “el Cordero que quita el pecado del mundo” (Jn 1,
29), es decir, el pecado de todos los hombres, ya que no se excluye
ningún pecado; por tanto, también está incluido el pecado
original. Jesús es “la luz verdadera que, viniendo a este mundo,
ilumina a todo hombre”. Se dice con claridad a todo hombre sin
excluir a ninguno. Por eso, el Padre celestial lo ha exaltado para
que “toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de
Dios Padre” (Fil 2, 11).
Jesús está llamado a ser Rey del universo. Y su realeza y su
señorío alcanza a los cielos y a la tierra y a todo el Universo y
a todo hombre sin excepción. Por eso, el Padre “ha querido
reconciliar por Él todas las cosas, pacificando con la sangre de su
cruz así las de la tierra como las del cielo” (Col 1,19-20).
Y este señorío universal y esta realeza de Jesús, sólo podrá
realizarse en plenitud, si estos niños también se salvan y les
alcanza a ellos también la voluntad salvífica universal de Dios en
Jesucristo. Por consiguiente, creemos que estos textos bíblicos nos
señalan que estos niños también se pueden salvar para gloria de
Dios. Amén.
13. MAGISTERIO DE LA IGLESIA
La Iglesia nos habla, por una parte, de la necesidad del bautismo
para la salvación y, por otra, de la posibilidad de salvación de
estos niños en virtud de la gran misericordia de Dios y de su
voluntad salvífica sobre todos los hombres. El tema del limbo ha
quedado sin mencionar en el concilio Vaticano II y en el nuevo
Catecismo de la Iglesia católica.
Veamos algunos textos del Magisterio sobre la posibilidad de
salvación de estos niños.
Dice el Vaticano II:
“Debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la
posibilidad de que en la forma de solo Dios conocida, se asocien al
misterio pascual” (Vat II, Gaudium et Spes Nº 22; LG 16; AG 7;
Cat 1260).
Y también el Catecismo de la Iglesia Católica:
“El Señor mismo afirma que el bautismo es necesario para la
salvación (Jn 3,5). Por ello, mandó a sus discípulos a anunciar
el Evangelio y bautizar a todas las naciones (Mt 28,19-20). La
Iglesia no conoce otro medio que el bautismo para asegurar la
entrada en la bienaventuranza eterna; por eso, está obligada a no
descuidar la misión que ha recibido del señor de hacer renacer del
agua y del espíritu a todos los que pueden ser bautizados. Dios ha
vinculado la salvación al sacramento del bautismo, pero su
intervención salvífica no queda reducida a los sacramentos” (Cat
1257).
En caso de necesidad, cualquier persona puede bautizar, incluso,
aunque ella no esté bautizada. “La Iglesia ve la razón de esta
posibilidad en la voluntad salvífica universal de Dios (1 Tim 2,4)
y en la necesidad del bautismo para la salvación” (Cat 1256).
“Si bien es cierto que nadie puede salvarse a sí mismo,
también es cierto que Dios quiere que todos los hombres se salven
(1 Tim 2,4) y que para Él todo es posible (Mt 19,26)" (Cat
1058).
"En cuanto a los niños muertos sin bautismo la Iglesia
sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el
rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de
Dios, que quiere que todos los hombres se salven, y la ternura de
Jesús con los niños... nos permiten confiar en que haya un camino
de salvación para los niños que mueren sin bautismo” (Cat 1261).
“En cuanto a los niños muertos sin bautismo, la liturgia de la
Iglesia nos invita a tener confianza en la misericordia divina y a
orar por su salvación” (Cat 1283).
Como vemos en estos textos, la Iglesia es muy cautelosa a la hora
de hablar sobre la suerte eterna de los niños muertos sin bautismo.
Por una parte, está la tradición eclesial, durante siglos, de que
el bautismo es necesario para la salvación. Incluso, en el concilio
de Trento se definió: “Si alguno dijere que el bautismo es libre,
es decir, no necesario para la salvación: sea anatema” (Denz
1618).
Pero, la Iglesia también nos habla en el Catecismo de que la
intervención salvífica de Dios no queda reducida a los
sacramentos. Por eso, habla con calma de la posibilidad de su
salvación, invitándonos a confiar en su salvación por la
misericordia de Dios. Y, por eso, acepta que se celebren misas y se
ore por ellos, confiando en su salvación eterna (Cat 1261 y 1283).
De todos modos, también hay algunos textos en los que la Iglesia
parece hablar con cierta claridad de que estos niños se salvan:
“Cristo murió por todos y la vocación suprema del hombre, en
realidad, es una sola, es decir, la divina” (GS 22; Cat 1260). Lo
cual quiere decir que no hay una vocación eterna para el limbo, en
un estado natural, y otra para el cielo en un estado sobrenatural,
sino que todos, al fin de cuentas, están llamados al cielo y al
orden sobrenatural. Esto mismo se dice también en otro texto del
concilio Vaticano II:
“Todos los hombres han sido creados a imagen y semejanza de
Dios... y todos son llamados a un solo e idéntico fin, esto es,
Dios mismo” (GS 24). Y esto es corroborado por el mismo Papa Juan
Pablo II en la encíclica Evangelium vitae, al decir claramente a
las madres de los niños abortados: "Vuestro hijo ahora vive en
el Señor" (N° 99).
14. TEÓLOGOS
Todos los teólogos están de acuerdo en que, antes de la
institución del bautismo, Dios había instituido algunos medios
para salvar a estos niños.
a) La fe de los padres
El Papa San Gregorio Magno (U604) afirma que, antes de la
circuncisión, para los hombres antiguos les bastaba la fe sola en
Dios con la oblación de sacrificios para salvarse. Así eran
incorporados a Cristo, que iba a venir. Decía que “lo que hace
para nosotros el bautismo, lo hacía la fe sola de los antiguos a
favor de los niños pequeños” (Mor 4,3).
El teólogo Anselmo de Laón, en el siglo XII, hablaba ya de que
si un niño muere en el camino a la Iglesia, donde va a ser
bautizado, sin negligencia de sus padres, es salvado por la fe de
sus padres.
Sto. Tomás afirma que los hombres antiguos se salvaban por la fe
en Cristo, que iba a venir, así como nosotros nos salvamos por la
fe en Cristo, que ya vino y sufrió. Ahora bien, para los antiguos,
dice, bastaba con la manifestación exterior de la fe en Dios (De
malo q.4, a.8 ad 12). Y considera que los niños no nacidos o
recién nacidos se salvaban por la fe de sus padres. Dice:
“Parece verosímil que los padres dirigirían ciertas oraciones
a Dios por los neonatos sobre todo cuando estaban en peligro de
muerte, y les darían alguna bendición como testimonio de su fe. Y,
por su parte, los adultos ofrecerían ellos mismos algunos
sacrificios y oraciones” (III q.70,a.4 ad 2).
Algunos escolásticos, a partir de Sto. Tomás, hablan de
sacramentos de la naturaleza, a través de los cuales Dios salvaría
a los hombres antiguos, incluidos los niños pequeños, y también a
los niños judíos muertos antes del octavo día, en que se
practicaba la circuncisión. Esos niños se salvarían en virtud de
la fe de sus padres, y los adultos, por su fe manifestada en
oraciones y sacrificios ofrecidos personalmente.
Ahora bien, se preguntan muchos teólogos: A partir de la
promulgación del bautismo, ¿ya no sirve esta fe de los padres para
salvar a tantos millones de niños no bautizados?
Creemos que sí, y no podemos pensar que para los antiguos Dios
era más generoso que para los hombres posteriores a Jesucristo.
Gerson (U1429) parece ser el primero en proponer que las
oraciones de los padres pueden suplir el bautismo de agua. Dice:
“Es deber de las mujeres embarazadas y también de sus esposos
orar por ellos mismos y por los otros a Dios, a los santos y a los
ángeles custodios de los hombres y también de sus hijos, todavía
en el seno materno, para que si el niño llega a morir antes de
recibir el bautismo de agua, Jesucristo se digne prevenir este
bautismo y consagrarlo él mismo con el bautismo del Espíritu
Santo... aunque sobre este punto, sin una revelación especial, no
existe ninguna certeza”.
El teólogo Cayetano (siglo XVI) sigue a la Escuela de Laón del
Siglo XII, a Gerson, Biel... (siglo XV), y dice que para los niños
muertos en el vientre de la madre, Dios podría tener un remedio
extraordinario de salvación como la santificación en el útero,
algo así como lo hizo con S. Juan Bautista y Jeremías, tal como
afirma Sto. Tomás (III q.68, a.2). Parece que Cayetano
generalizó esta idea que había sido presentada anteriormente como
simple posibilidad a título excepcional y la pone como ley
ordinaria prevista por Dios en su providencia. En sus comentarios a
la Suma Teológica de Sto. Tomás dice:
“Los hijos de los fieles cristianos, cuando existe la
imposibilidad de administrarles el bautismo, pueden ser salvados por
los deseos y oraciones de sus padres y esto no solamente por un
privilegio singular, sino en virtud de una ley común y ordinaria de
Dios... El bautismo de deseo, manifestado por sus padres en nombre
del niño, sería suficiente para salvarlos, si es imposible
administrarles el bautismo de agua. En este caso, la madre debe
hacerle al niño la señal de la cruz con la invocación de la
Santísima Trinidad y ofrecer al niño moribundo a Dios en nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo... El niño, que muere en
el seno de la madre, puede ser salvado por el deseo de sus padres
con una bendición del niño y el ofrecimiento del niño a Dios con
la invocación de la Santísima Trinidad”. (In S. Theol. III,
q.63, a.2 y 11).
Cuando Catarino y otros teólogos quisieron condenar como
herética la opinión de Cayetano en el concilio de Trento,
Seripando lo defendió diciendo que, si se condenaba a Cayetano, se
seguiría que la fe sola era más eficaz entre los antiguos que
entre nosotros.
Eusebio Amort (1692-1775) fue también de la opinión que era
probable que estos niños todavía en el seno de su madre, podían
ser justificados en virtud de la oración y de la fe de sus padres.
Ignacio Bianchi (U1768) dice que los niños que mueren en el
vientre de su madre pueden ser salvados, si la madre tiene cuidado
de profesar, a nombre del niño, que acepta la muerte como prueba de
su deseo de bautismo. Para ello indica dos fórmulas de oraciones.
b) El deseo del bautismo
A principios del siglo XIX, Philibert Machet es de la opinión de
que “los niños que todavía están en el vientre de su madre
pueden conocer a Dios, amarlo y tener el bautismo de deseo”
(Traité metaphysique des dogmes, Paris, 1817). Dios les daría un
conocimiento extraordinario antes de morir para hacerles desear el
bautismo y así salvarse por su deseo del bautismo o bautismo de
deseo.
H. Klee afirma en su libro que “para esos niños Dios debe
procurar un bautismo espiritual extraordinario en vista a su
recepción en la común unión y salvación de Cristo”. Habla de
que en el momento de la muerte, cuando se separa el alma del cuerpo,
tendrán la posibilidad de un deseo de bautismo o un bautismo de
deseo. Dios llenará con su amor divino a estos niños y ellos
podrán hacer un acto de fe personal para decidirse por Dios y así
serán salvados por su propia fe y amor. Esta idea fue publicada por
Mons. Durand, obispo de Orán, en una carta pastoral de 1938. No
aceptamos esta opinión, porque no hay razones para fundamentar este
deseo del bautismo post mortem, estando estos niños en estado
natural.
c) El martirio de su propia muerte
Herman Schell afirma que la salvación de estos niños se produce
por el efecto purificador de sus sufrimientos. En el Evangelio se
habla en las bienaventuranzas, de que los que sufren tienen derecho
al reino de los cielos. El valor reparador de los sufrimientos hace
a los que sufren que se unan a Cristo Redentor. Estos niños están
obligados a sufrir el aborto o enfermedades o miserias humanas, que
los llevan a una muerte prematura. Así contribuyen a la expiación
objetiva que comporta el juicio penal infligido a la humanidad y que
inspira los sufrimientos vicarios de Cristo. Schell dice que el
sufrimiento es un toque de la mano divina que cura y expía por los
pecados. La santificación de su alma se produce “ex opere operato”
como se produce en el martirio. Su muerte prematura sería como un
martirio purificador. Por eso, en los niños de Belén, que no
podían hacer actos de fe para querer morir por Cristo, su muerte
fue consideraba como un martirio. Para estos niños, su muerte
sería como un cuasisacramento, que reemplaza al bautismo. La
muerte en sí, dice, es un castigo, pena del pecado, pero unida al
sacrificio de Cristo en la cruz, que muere por la humanidad, ¿no
podría revestir un carácter redentor y salvífico? Lo que no está
claro es el valor del sufrimiento y de la muerte en sí misma, sin
intención de ofrecerlos a Dios por Cristo. Los pecadores también
sufren y mueren. ¿Deberían salvarse todos, aun en contra de su
voluntad? Estos niños, en estado natural, no pueden ofrecer su
dolor y su muerte para que tenga valor redentor. Su muerte no es una
muerte por Cristo, a no ser que sus padres u otras personas buenas
ofrezcan los sufrimientos de estos niños, y su muerte, a Dios en
unión con los sufrimientos de Cristo. En este caso, creemos que se
salvarían al morir, no tanto por sus sufrimientos, sino por el amor
y la fe de sus padres o personas buenas, que los han ofrecido. Es
decir, se salvarían en virtud de la fe de la Iglesia. Esta opinión
la explicaremos más adelante.
d) Solidaridad con Cristo
E. Boudes habla de la solidaridad de todos los hombres en Adán
para sufrir el pecado original y lo mismo debe ser la solidaridad de
todos en Cristo para obtener la salvación, según el texto de 1 Co
15, 21: “Por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino
la resurrección de los muertos. Y como en Adán hemos muerto todos,
así también en Cristo somos todos vivificados”. Hasta los
condenados están unidos a Cristo en la resurrección. Pero ellos,
al rechazar el amor o la unión con Cristo, no pueden disfrutar del
amor de Dios y de la felicidad eterna, es decir, de la salvación.
Ahora bien, esta solidaridad en Cristo debe ser manifestada por
alguien, como pueden ser sus padres u otras personas buenas, para
que pueda tener eficacia, incluso después de muertos.
Boudes dice, incluso, que no es absolutamente cierto que alguien
muera con el solo pecado original. Su artículo, Réflexions sur la
solidarité des hommes avec le Christ, publicado en la revista
Nouvelle Revue theologique, tomo 71 pp. 589-605, causó un gran
revuelo en ese año de 1949 en los ambientes teológicos. Le sigue
también en esta doctrina de la solidaridad Diekans, quien dice que
Cristo no ha venido a hacer más difícil la salvación de estos
niños, sino a salvarlos y unirlos solidariamente en la Redención
de todos los hombres.
e) Iluminación final
Ladislaus Boros es el principal exponente de la teoría de la
iluminación. En distintos libros habla de la transcendencia del
momento de la muerte para decidirse eternamente. Dice que, en el
momento de la muerte, se encuentra uno con Cristo, que lo ilumina
con su luz divina, pudiendo hacer así un acto plenamente libre y
consciente para decidirse por Dios o contra Dios. En ese momento,
podrá ser plenamente dueño de sí mismo, entendiendo con claridad
absoluta las cosas desde el punto de vista de Dios y así podrá
decidirse con entera lucidez y libertad, cosa que en este mundo no
podría haber hecho, porque está condicionado por múltiples
circunstancias, ignorancias y limitaciones humanas.
Dice: “En el momento de la muerte,Cristo recibe al hombre con
la mirada llena de amor. Esta mirada penetra lo más íntimo, hondo
y profundo de su existencia. Encontrar a Dios en el fuego de la
mirada de Cristo será por una parte, la suprema realización de
nuestra capacidad de amar y, por otra, será el supremo tormento de
nuestro ser. En esta perspectiva, el purgatorio sería el paso a
través del fuego purificador del amor de Cristo.
No puede ser que alguien se pierda eternamente por una
casualidad; solamente, porque fue llamado a la eternidad como por un
accidente, porque durante su vida nunca llegó a saber nada exacto
acerca de Dios...
Pero nadie se salva eternamente sólo por el hecho de haber
tenido a padres piadosos o porque prejuicios burgueses lo
abstuvieron de hacer el mal que tanto deseaba hacer... Nadie es
condenado sin haberse decidido con todo su ser, en total claridad y
plena consciencia contra Cristo. Pero tampoco nadie se salva y es
“divinizado” definitivamente sin haber abrazado a Cristo
voluntariamente y con todas las hilachas de su espíritu... Todo
hombre tiene la oportunidad definitiva de decidirse por Cristo o
contra Él, en plena y absoluta lucidez y libertad... También
aquellos que nunca llegaron al uso de razón, incluso los imbéciles
y síquicamente subdesarrollados. Incluso, los niños no nacidos y
los muertos sin bautismo...
Todos tienen la posibilidad de conseguir su salvación en un
encuentro enteramente personal con Cristo... El resultado de esta
última decisión dependerá de mí mismo. Tengo que comenzar en el
tiempo presente lo que yo querría ser en el tiempo futuro. Tengo
que ejercitarme con muchas y pequeñas decisiones particulares para
la gran decisión en la muerte, para la última de todas las
decisiones. Toda dilación de conversión es una mentira existencial”.
Otros autores modernos que siguen las ideas de la iluminación
final son Glorieux (Melanges de sc. Religeuse, Lille, 1949,p.215) y
Winklhofer en su libro "Das Kommen Seiner Reiches".
M. Laurence afirma que estos niños son iluminados en el preciso
momento de la muerte para decidir personalmente su destino eterno.
Pero ¿podemos aceptar, según esta teoría, que algunos niños
puedan decidirse contra Dios y escoger el infierno para siempre?
Creemos que no. Por eso, no aceptamos esta opinión de la
iluminación final.
Algo parecido a la iluminación afirma B. Schuler, pero lo
posterga al momento de la resurrección.
B. Schuler propone la tesis de que precisamente en el momento de
la resurrección, los niños muertos sin bautismo deberán escoger
entre el bien y el mal. Esta opción les es imposible antes de la
resurrección, según él, porque no han desarrollado plenamente su
naturaleza humana. Sus almas estarán en el limbo hasta el día de
la resurrección, en que serán salvadas o condenadas según escojan
el bien o el mal, acepten a Dios o lo rechacen.
f) La fe del pueblo de Dios
Veamos cómo la fe del pueblo de Israel o la fe de la Iglesia,
manifestadas a través de los padres o de personas buenas, puede
conseguir la salvación a estos niños.
Recordemos que “la fe es el principio de la humana salvación,
el fundamento y raíz de toda justificación y sin ella es imposible
agradar a Dios y llegar al consorcio de ser sus hijos; se dice que
somos justificados gratuitamente, porque nada de aquello que precede
a la justificación, sea la fe, sean las obras, merece la gracia
misma de la justificación; porque, si es gracia, ya no es por las
obras; de otro modo, como dice el Apóstol (Rom 11,6), la gracia ya
no es gracia" (Trento, Denz 1532).
1.- La fe del pueblo de Israel
Dios había hecho un pacto con Abraham y le había ordenado que
circuncidara a todo varón como señal del pacto entre Él y su
pueblo; porque, a partir de ese momento, el pueblo de Israel sería,
de modo especial, el pueblo de Dios.
Dios le dice a Abraham:
“He aquí mi pacto contigo: Serás padre de una muchedumbre de
pueblos y ya no te llamarás Abram, sino Abraham; porque yo te haré
padre de una muchedumbre de pueblos… Mi pacto es eterno para ser
tu Dios y el de tu descendencia después de ti… Circuncidad a todo
varón, circuncidad la carne de vuestro prepucio y ésa será la
señal de mi pacto entre mí y vosotros. A los ocho días de nacido,
todo varón será circuncidado en vuestra descendencia” (Gén
17,4-12).
A este respecto, dice Sto. Tomás de Aquino:
“Comúnmente, todos están de acuerdo en afirmar que la
circuncisión perdonaba el pecado original… Por eso, se debe
concluir que la circuncisión transmitía la gracia con todos los
efectos de la misma, pero de diverso modo que el bautismo. El
bautismo confiere la gracia por su propia virtud, mientras que la
circuncisión confería la gracia como signo que era de la fe en la
pasión futura de Cristo… Antes de instituir la circuncisión, lo
que justificaba tanto a los niños como a los adultos era la fe en
el Cristo futuro. Y, una vez instituida, lo mismo… Es probable, no
obstante, que los padres fieles dirigiesen a Dios algunas plegarias
en favor de sus hijos recién nacidos, sobre todo, cuando estuviesen
en peligro de muerte o que tuvieran para ellos alguna bendición,
que viniese a ser como un signo de la fe” (III, c.70, a.4).
Ahora bien, hay un caso en el pueblo de Israel que nos llama la
atención. Si Dios instituyó la circuncisión para librarlos del
pecado original y darles su gracia, ¿Por qué estuvieron durante 50
años sin circuncidarlos?
Dice el libro de Josué que él circuncidó a los hijos de Israel
en el collado de Aralot:
“He aquí por qué los circuncidó Josué: Todos los salidos de
Egipto, los varones, todos los hombres de guerra, habían muerto en
el desierto. El pueblo que salió estaba circuncidado, pero los
nacidos en el desierto, durante el camino después de salida de
Egipto, no habían sido circuncidados; pues los hijos de Israel
estuvieron durante cuarenta años por el desierto hasta que
perecieron todos los hombres de guerra salidos de Egipto por no
haber escuchado la voz de Yahvé” (Jos 5,4-6).
Podemos preguntarnos: Si no estaban circuncidados, ¿en virtud de
qué se salvaban? Dice Sto. Tomás:
“El pueblo estaba excusado de observar en el desierto el
precepto de la circuncisión... no necesitaban tener otro signo de
distinción, mientras vivían separados de los otros pueblos. Pero,
como dice San Agustín, pecaban de desobediencia quienes
incumpliesen el precepto por desprecio… Pero, si hubo
incircuncisos que muriesen allí, para ellos vale la explicación
dada para los muchos que murieron antes de que fuese instituida la
circuncisión. Y esta explicación vale también para los niños que
morían antes del octavo día en la época de la ley” (III, c.70,
a.4).
Sto. Tomas dice que les serviría como a los antiguos, la fe de
sus padres. Porque así lo anota en cuestiones anteriores:
“Antes de que fuese instituida la circuncisión, los hombres se
incorporaban a Cristo, según dice San Gregorio (Mor 14,c.3), por la
fe, testimoniada por los antiguos en la oblación de sacrificios”
( III,c.68, a.1).
“Los niños, que no tienen uso de razón, por derecho natural
están bajo cuidado de sus padres todo el tiempo que no sean capaces
de valerse por sí mismos. Por lo que también se decía de los
niños de los antiguos que se salvaban por la fe de sus padres”
(III,c.68, a.10)
Según esto, creemos que está claro que si, después de
instituida la circuncisión, pudieron salvarse, sin ella, podemos
concluir también que, después de instituido el bautismo, también
pueden salvarse sin recibirlo, cuando por circunstancias especiales
no es posible. Éste es el caso de los niños que nacen muertos o
son hijos de padres infieles. Y esta salvación la conseguirán, al
igual que los judíos en el desierto. Ellos se salvaban en virtud de
la fe de sus padres y no sólo de sus progenitores, sino de sus
padres en sentido amplio, de su familia, mejor aún, del pueblo de
Dios. De la misma manera, los niños muertos sin bautismo pueden
recibir la salvación, aún después de muertos, en virtud de la fe
de sus padres en sentido amplio, de su familia o, mejor, del pueblo
de Dios, que es la Iglesia. Por eso dice también Sto. Tomás:
“La fe de una persona, incluso de toda la Iglesia, beneficia al
niño por obra del Espíritu Santo que da unidad a la Iglesia y
comunica los bienes de uno a otro” (III,c.68, a.9, ad 2).
Veamos lo que dicen algunos teólogos al respecto.
2.- La fe de la Iglesia
Ch. V. Heris dice que estos niños pequeños se salvan por la fe
de la Iglesia. Afirma que la fe es la que da valor al sacramento del
bautismo, que es el sacramento de la fe. En el bautismo, la fe de la
Iglesia (manifestada a través de la fe de los padres, padrinos, y
demás personas presentes, en cuanto que son Iglesia) confiere al
bautismo todo su valor. Hace referencia a Sto. Tomás y S. Agustín:
Sto. Tomás decía: “Así como los niños en el seno de su
madre no se alimentan por sí mismos, sino que son alimentados por
su madre, así los niños sin uso de razón, reciben la salvación
del bautismo no por su propia fe, sino por la fe de la Iglesia,
manifestada por los presentes” (III, q.68, a.9 ad 1).
S. Agustín decía que “a los pequeños niños la Madre Iglesia
les presta los pies de los otros para que vengan al bautismo, el
corazón de los otros para que crean y la lengua de los otros para
que manifiesten su fe” (Sermo 176). Y dice también que “estos
niños pequeños son presentados a la recepción de la gracia
espiritual no tanto por la mano de los que los llevan cuanto por la
sociedad de todos los santos y fieles” (Epist 98).
Así pues, en el bautismo, la fe de la Iglesia, representada por
los presentes, reemplaza a la fe de los niños. ¿Por qué esta fe
de la Iglesia no podría reemplazar la fe incluso de los niños ya
muertos antes del bautismo, ya que entre los antiguos estos niños
eran salvados por la fe de sus padres? Heris cree que la Iglesia
puede suplir con su fe y amor la falta de fe de estos niños.
Partemio Minges, franciscano, dice que la infinita misericordia
de Dios y los infinitos méritos de la sangre de Jesús nos llevan a
pensar que estos niños se salvarán por la intercesión de los
justos en su favor, lo que es lo mismo que decir que se salvan en
virtud de la fe de la Iglesia. Cree que estos niños van primero al
“limbo” y después se salvarán un día; pues cree que el limbo
es temporal. Minges habla de niños que ya están muertos y murieron
sin bautismo, pueden ser salvados después de muertos, estando en el
limbo, si es que los justos de la tierra ofrecen por ellos los
méritos infinitos de la sangre preciosa de Cristo, sobre todo, la
santa misa, en la que la Iglesia, madre del género humano,
intercede por todos los hombres.
Él hace la comparación de estos niños del limbo con las almas
de purgatorio y dice que, así como ellas pueden ser liberadas
después de un tiempo, así lo pueden ser estos niños.
Minges dice:
“Nos desagrada que tantos niños, que personalmente no han
cometido ningún pecado, no puedan ser justificados por el bautismo
recibido realmente o el de deseo y sean eternamente privados de la
visión beatífica. Creemos que es posible que ellos sean un día
salvados, si los justos de la tierra, ofrecen por ellos los méritos
y la preciosa sangre de Jesucristo. Quizás también a estos niños,
detenidos en el limbo se les abra el cielo, del cual los excluyen
todavía los teólogos”.
El P. Galot también afirma esta posibilidad de salvación de
estos niños. Para él, el votum Ecclesiae, la fe de la Iglesia y la
oración y amor de la Iglesia sería el medio que Dios tiene para
salvarlos en virtud de la voluntad salvífica universal de Dios en
Jesús, y en virtud de la solidaridad de todos los hombres en
Cristo.
Todos los bienes espirituales de la Iglesia y todos los méritos
infinitos conseguidos por Jesús en la cruz, pueden ser aplicados
también a estos niños en virtud de esta solidaridad universal de
todos los hombres en Cristo y de la comunión de los santos.
Estos niños serán envueltos en el amor y en la fe de la
Iglesia, que ora todos los días por ellos, al igual que por todos
los hombres, vivos o difuntos, a través de la misa y de sus
oraciones. Es decir, que todos los méritos de Jesús en unión con
los de todos los santos y personas buenas serán aplicados a estos
niños por la Madre Iglesia en virtud de la voluntad salvífica
universal de Dios y de la comunión de todos los santos. 15. CRISTO
Y LA IGLESIA
Hemos anotado que la fe de la Iglesia, el amor de la Iglesia, que
es Madre, puede conseguir la salvación de los niños muertos sin
bautismo, pero esto no se refiere solamente a los niños de familias
cristianas. También vale para los niños de familias no cristianas
o de padres no creyentes, porque la Iglesia es Madre de todos los
hombres y ha sido constituida por Dios en Cristo como “instrumento
de la redención universal” (Vaticano II, LG 9).
Veamos lo que se nos dice en la declaración Dominus Jesus,
ratificada por el Papa Juan Pablo II el 6-8-2000:
“El Señor Jesús, único Salvador, está en la Iglesia y la
Iglesia esta en Él. Por eso, la plenitud del misterio salvífico de
Cristo pertenece también a la Iglesia, inseparablemente unida a su
Señor” (N° 16). "Y debe ser firmemente creído que la
Iglesia peregrinante es necesaria par la salvación, pues Cristo es
el único mediador y el camino de salvación, y Él, inculcando con
palabras concretas la necesidad del bautismo, confirmó a un tiempo
la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el
bautismo como por una puerta. Esta doctrina no se contrapone a la
voluntad salvifica universal de Dios; por lo tanto, es necesario
mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la
salvación de Cristo para todos los hombres y la necesidad de la
Iglesia en orden a esta misma salvación" (N° 20).
“La Iglesia es sacramento universal de salvación, porque
siempre unida de modo misterioso y subordinada de Jesucristo, tiene
una relación indispensable con la salvación de cada hombre” (N°
20).
Veamos ahora lo que nos dice Juan Pablo II en la encíclica
Redemptor hominis sobre la salvación de todo hombre por Cristo en
la Iglesia.
"Jesucristo es el camino principal de la Iglesia. Él mismo
es nuestro camino hacia la casa del Padre y es también el camino
hacia cada hombre. En este camino que conduce de Cristo al hombre,
en este camino por el que Cristo se une a todo hombre, la Iglesia no
puede ser detenida por nadie” (III, 13).
Por lo cual, podemos decir que todos los que son salvados, se
salvan por Cristo en la Iglesia o por la Iglesia en Cristo o, dicho
de otro modo, en virtud de la fe de la Iglesia, Madre de todos, que
nos comunica la salvación por los méritos de Cristo. Y esta
salvación se da también a los niños muertos sin bautismo por la
fe de la Iglesia, al igual que en el Antiguo Testamento, la fe del
pueblo de Israel salvaba a los que morían sin la circuncisión.
16. REFLEXIÓN
Después de todo lo que hemos expuesto, podemos decir que la
salvación de estos niños, no es una mera y teórica posibilidad,
sino una maravillosa realidad. La Iglesia nos ha dicho claramente
que “la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es
decir, la divina” (Vat II, GS 22; Cat 1260). Luego ya no puede
hablarse de vocación natural para los niños del limbo y vocación
sobrenatural para los que van al cielo. Todos están llamados al
cielo y están comprendidos dentro del plan de salvación en Cristo
y por Cristo.
Y, si todos los hombres se salvan por Cristo y en Cristo,
también se salvan por Cristo en la Iglesia y por la Iglesia; ya que
la Iglesia es “sacramento universal de salvación”. “El Señor
Jesús, único Salvador, está en la Iglesia y la Iglesia está con
Él. Por eso, la plenitud del misterio salvífico de Cristo
pertenece también a la Iglesia, inseparablemente unida a su Señor”
(Dominus Jesus, 16).
De ahí que estos niños se salvan, ciertamente, por la fe de la
Iglesia que les aplica los méritos infinitos de Jesucristo.
III. TERCERA PARTE
CUÁNDO SON SALVADOS
En esta tercera parte, vamos a plantearnos la cuestión más
delicada. Si estos niños son salvados, como creemos, ¿cuándo son
salvados? ¿Son salvados inmediatamente después de la muerte o
después de un tiempo más o menos largo? ¿Existe un estado de
espera después de la muerte para muchos de estos niños o no
existe? Lo de menos es que a este estado de espera lo podamos llamar
limbo o cielo natural o cielo infantil. Lo importante es saber si
existe este estado natural temporal hasta que puedan ser elevados al
estado sobrenatural y salvarse definitivamente. Si necesitan
nuestras oraciones después de su muerte para alcanzar su plena
felicidad, eso sería un indicio claro de que todavía no están en
el cielo y están en un estado temporal de espera, al que seguiremos
llamando limbo.
17. SALVACIÓN INMEDIATA
La mayoría de los teólogos actuales niega la existencia del
limbo y acepta sin discusión que los niños, muertos sin bautismo,
van directamente al cielo. El hecho de que la Iglesia, tanto en el
Catecismo como en el concilio Vaticano II, no haya hablado ya del
limbo lo consideran como un argumento de que éste no existe, pero
la Iglesia no ha negado la existencia del limbo ni tampoco ha
condenado a los que crean en él. Y no sólo hablamos del limbo
eterno, según la doctrina tradicional, sino muy especialmente del
limbo temporal, que podría existir.
Recordemos que el pecado original ha sido el mayor desastre de la
historia humana y que es un dogma de fe. Por eso, la Iglesia ha
dicho durante siglos que para salvarse y liberarse de los efectos
del pecado original y pasar del estado natural al sobrenatural, es
necesario el bautismo. Actualmente, se considera que puede haber
medios extrasacramentales de salvación y que la voluntad de Dios no
está sujeta a los sacramentos. Y que, en virtud de su voluntad
salvífica, un día serán salvados todos los hombres, incluidos
estos niños. Ahora bien, para que estos niños sean salvados, es
preciso que se les aplique los méritos infinitos de Jesús, en
virtud de la fe de la Iglesia, y esto puede no ser inmediatamente
después de la muerte. Sin embargo, también es cierto que, en
algunos casos, sí podría ocurrir esta salvación inmediata post
mortem, si los padres o personas buenas manifiestan su fe y amor
hacia ellos con algunas acciones positivas, que podrían servirles
como bautismo de deseo. Veamos algunos casos:
Anselmo de Laón habla del niño que muere, sin negligencia de
sus padres, en el camino a la Iglesia, donde va a ser bautizado.
Este niño se salvaría en virtud de la fe y amor de sus padres,
manifestado al llevarlo a bautizar. Sto. Tomás habla de la fe de
los padres, que dirigirían ciertas oraciones a Dios por los
neonatos, y le darían alguna bendición como testimonio de su fe.
Gersón habla de que las mujeres embarazadas y sus esposos deben
orar por sus hijos para que, si el niño muere antes de recibir el
bautismo, Jesucristo lo consagre él mismo con el bautismo del
Espíritu Santo.
Cayetano habla del deseo de bautismo de sus padres, manifestado a
través de una bendición y del ofrecimiento del niño a Dios con la
invocación de la Santísima Trinidad (In S. Th. III, q.63, a.2 y
11).
Y así otros teólogos hablan del bautismo de deseo concedido a
estos niños en virtud del deseo de sus padres de que fueran
bautizados o del ofrecimiento a Dios a través de sus oraciones y
buenas obras en el caso, inclusive, de que sus padres no sean
cristianos.
De modo especial, pensamos en aquellas madres católicas, que
comulgan frecuentemente, y, al comulgar, hacen participar a su hijo,
por nacer, de la comunión o común unión con Cristo. Y lo mismo
podemos decir, cuando los padres van a misa con frecuencia, y
consagran a su hijo a Jesús por María o lo bautizan
espiritualmente. Algo que podemos hacer también por todos los
niños, todavía vivos, que llegarán a morir sin bautismo.
En estos casos, la fe y amor de la Iglesia, manifestada a través
de la fe y oración de sus padres, que han deseado su bautismo y han
orado por el niño y lo han ofrecido a Dios, creemos, que los lleva
directamente al cielo.
A este respecto, recordemos lo dicho anteriormente. Decían los
obispos franceses en 1965 que se podría sugerir a algunos padres de
familia que difieran el bautismo de sus hijos durante algunas
semanas para que pudieran reflexionar sobre el valor del bautismo y
la educación cristiana que deben dar a sus hijos. Y que, si el
niño muere antes de recibir el bautismo, durante este tiempo de
preparación de los padres, las oraciones de la Iglesia en una
ceremonia religiosa sería como suplir el sacramento, considerando
que irían directamente al cielo. (Revista francesa Maison Dieu N°
88 de 1966).
Sin embargo, no todos los niños podrían salvarse inmediatamente
al morir. Hay millones de ellos a quienes nadie ha querido nunca ni
han orado por ellos y los han rechazado por el aborto. Para ellos
¿existe un tiempo de espera o limbo temporal antes de salvarse?
18. SALVACIÓN NO INMEDIATA
Ya hemos anotado que la Iglesia no ha negado ni condenado la
existencia del limbo (ni del limbo eterno ni mucho menos del
temporal). Debemos tener en cuenta la existencia del pecado
original, que es un dogma de fe, que no podemos eludir. Estos
niños, al morir sin bautismo y con el pecado original, podrían
quedar en un estado natural y podrían ir al limbo para disfrutar de
una felicidad natural. ¿Podríamos admitir que, en el preciso
momento de la muerte, estos niños fueran salvados por un milagro de
la misericordia de Dios? Pudiera ser, pero no consta en absoluto.
¿Podría Dios iluminarlos con su luz divina para que puedan hacer
un acto personal de aceptación de Dios? Podría, pero tampoco
consta. En este hipotético caso, ¿podría haber niños que
rechazaran a Dios para siempre? Son muchas preguntas sin respuesta
adecuada. Por eso, no se puede negar la posibilidad, al menos, de
que exista este estado de limbo hasta que sean salvados.
a) Sagrada Escritura
Hay algunos teólogos que aceptan la posibilidad de un limbo
temporal. Pero podemos preguntarnos: ¿Existen textos bíblicos que
avalen esta posibilidad? Todos los textos citados en la segunda
parte sobre la voluntad salvífica universal de Dios y sobre la
salvación de estos niños, pueden aplicarse a la posibilidad de
existencia del limbo temporal o salvación no inmediata; pues, en
ningún momento, ninguno de estos textos habla de salvación
inmediata. Hablan de salvación, pero no dicen cuándo. Luego todos
esos textos citados sirven para nuestro propósito. Citemos sólo
dos:
“Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento de la verdad” (1Tim 2, 4).
“La voluntad de vuestro Padre, que esta en los cielos, es que
no se pierda ninguno de estos pequeñitos” (Mt 18, 14). Pero
¿existe algún texto mas concreto, que pueda referirse al limbo
temporal?
El texto al que más acuden los líderes carismáticos es el de 1
Co 15,29: "¿A qué viene bautizarse por los muertos? Si los
muertos no resucitan, ¿para qué bautizarse por ellos?". Aquí
se alude a una práctica del tiempo de San Pablo, de que los
familiares vivos se hacían bautizar en representación de sus
familiares muertos, que habían sido paganos y habían muerto sin
bautismo, confiando en la misericordia de Dios de que, por este
bautismo a favor de los muertos, éstos serían salvados.
Veamos lo que dicen algunos escrituristas:
“En cuanto al bautismo por los muertos, piensan algunos que se
trata de cristianos ya bautizados, que se hacían bautizar con la
idea de hacer llegar a sus muertos los efectos del bautismo, cual si
se hubiesen bautizado en vida... Desde luego, San Pablo habla de un
bautismo a favor (uper) de los muertos”.
Evidentemente, para los adultos (ya salvados o condenados) no les
serviría. Ya que están decididos para siempre por Dios o contra
Dios. Pero podría servirles a las almas del purgatorio como una
oración en su favor y también, creemos, que podría servirles a
estos niños muertos sin bautismo.
Sobre este texto, se han dado muchas interpretaciones distintas,
alrededor de treinta y seis. Para muchos comentaristas, este texto
no es claro, aunque trata de una práctica de los primeros
cristianos, al menos en Corinto. Para otros comentaristas, se trata
aquí de un bautismo a favor de los muertos, que puede ser aplicado
directamente a los niños muertos sin bautismo, como hacen algunos
líderes carismáticos, y entonces sería un bautismo espiritual de
los muertos, que en la práctica resulta muy eficaz, como veremos en
los apartados siguientes con ejemplos concretos.
Ya Tertuliano en el siglo III hablaba de este texto (1 Co 15,29),
diciendo que se trataba de bautismo “por poder”, por procurador,
como se hace también, a veces, en el matrimonio (Liber de
resurrectione carnis 48; ML 2,912). Y, en este caso, es mejor
dárselo al interesado, aunque sea espiritualmente.
Este texto de 1 Co 15,29, sobre la eficacia del bautismo a favor
de los muertos, puede ser corroborado por otros textos:
“Obra santa y piadosa es orar por los muertos” (2 Mac 12,46).
“Hasta a los muertos se ha anunciado el Evangelio” (1 Pe
4,6).
Cristo “en el espíritu fue también a predicar a los
espíritus encarcelados” (1 Pe 3,19).
Estos textos nos darían a entender que se puede ayudar a los
muertos.
Por consiguiente, si esto es así, ¿sería posible ayudar a los
niños muertos sin bautismo, porque todavía no estarían en el
cielo, sino en un estado temporal de limbo hasta que se les ayude y
puedan ser liberados, “predicándoles” el Evangelio o
bautizándolos espiritualmente?
b) La Iglesia y los teólogos
La cuestión de si estos niños se salvan inmediatamente o de si
necesitan de nuestras oraciones, mientras esperan para ir al cielo,
no es una cuestión sin importancia, pues afecta a millones de seres
humanos.
La Iglesia nos dice que
“en cuanto a los niños muertos sin bautismo sólo puede
confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las
exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios que
quiere que todos los hombres se salven y la ternura de Jesús con
los niños... nos permiten confiar en que haya un camino de
salvación para los niños que mueren sin bautismo” (Cat 1261).
“En cuanto a los niños muertos sin bautismo la liturgia de la
Iglesia nos invita a tener confianza en la misericordia divina y a
orar por su salvación” (Cat 1283).
Con estas palabras, en las que la Iglesia nos habla de que
podemos confiar en su salvación, no dice y ni siquiera lo sugiere,
que se salven inmediatamente después de la muerte. Si estos niños
estuvieran en el limbo eterno, como se ha dicho durante siglos, no
tendría sentido orar por su salvación, porque nunca se podrían
salvar.
Y, si son salvados todos inmediatamente después de la muerte,
¿qué sentido tendría orar por su salvación? Ninguno; pues,
oremos o no, se salvarían. En cambio, las palabras del Catecismo
nos sugieren la posibilidad de que necesiten nuestras oraciones para
poder ser salvados, es decir, ir al cielo, porque todavía no lo
están. Y, por esto, la Iglesia permite ritos de exequias por ellos.
Luego, la misma doctrina de la Iglesia, según el Catecismo, sin
decirlo con claridad, insinúa que puedan necesitar de nuestras
oraciones para ir al cielo, porque pueden, después de la muerte,
estar necesitados de ellas. Lo que significaría que están en un
estado de limbo temporal en espera de nuestra ayuda.
Por otra parte, observemos lo que dice el Papa Juan Pablo II en
el No.99 de la encíclica Evangelium vitae. En el texto original,
publicado el 25 de marzo de 1995 se decía:
“El Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su
perdón y su paz en el sacramento de la reconciliación. Os daréis
cuenta de que nada esta perdido y podréis pedir perdón también a
vuestro hijo que ahora vive en el Señor”.
Esto se lo dice el Papa a las mujeres que han abortado y, según
el sentido normal del texto, parece indicar que estos niños
abortados están todos en el cielo. De modo que la madre que lea
estas palabras en el mismo momento de haber abortado, podría estar
tranquila con relación a su hijo, pues podía suponer que ya estaba
con el Señor, como si hubiera ido directamente al cielo.
Pero, al publicarse la encíclica, hubo algunos teólogos que
hicieron oír su protesta; pues, si iban directamente al cielo,
pareciera que quedaba a menos el dogma del pecado original, que fue
el mayor desastre de la historia humana y que no podemos olvidar. Y
estos niños mueren con el pecado original. Dios tiene caminos de
salvación distintos del bautismo para liberarlos del pecado
original, pero ¿quién asegura que esta salvación les viene
inmediatamente después de la muerte? Por eso, el Papa ante estas
críticas, hizo un acto de verdadera humildad y rectificó el texto
original, de modo que, al aparecer el texto oficial en el Acta
Apostolicae Sedis el 5 de mayo, aparece precisamente la frase clave
sustancialmente distinta.
Dice el texto oficial del No. 99 de la citada encíclica:
“Misericordiarum Pater vos expectat ut veniam vobis offerat et
pacem in sacramento Reconciliationis. Infantem autem vestrum
potestis Eidem Patri Ejusque misericordiae cum spe commitere”.
Ya no se habla de que estos niños están en el Señor, sino que
dice literalmente que “a vuestro hijo lo podéis confiar con
esperanza al Padre y a su misericordia”. Con lo cual deja abierto
el camino para pensar en la posibilidad de un tiempo de oración y
confianza antes de su salvación, que no es necesariamente inmediata
después de su muerte. Luego puede existir un limbo temporal.
Por otra parte, hemos expuesto anteriormente la tesis de algunos
teólogos como Schuler que dice que estos niños estarán en el
limbo hasta el día de la resurrección, pues solamente en ese
momento podrán escoger entre el bien y el mal y hacer un acto de fe
personal para ser salvados. Por consiguiente, habla de un limbo
temporal que durará hasta el fin del mundo.
Ésta es también la opinión del P. Bertrand de Margerie,
escritor y teólogo francés, con quien he podido intercambiar ideas
personalmente. Él me hablaba de su opinión de que estos niños se
salvarán de acuerdo a la voluntad salvífica universal de Dios,
pero que sería, probablemente, al fin de los tiempos. Sin embargo,
afirmó que esto no era seguro y que no necesariamente debería ser
así, podría ser antes.
Igualmente, Partemio Minges habla de un limbo temporal y de que
estos niños se salvarán en virtud de los infinitos méritos de
Jesús y por la intercesión de los justos en su favor, lo que es lo
mismo que decir que se salvan en virtud de la fe de la Iglesia.
Minges habla claramente de que estos niños, ya muertos sin
bautismo, estarán en un estado de limbo temporal hasta que los
justos de la tierra ofrezcan por ellos los infinitos méritos de la
sangre de Jesús, sobre todo, en la misa, en la que la Iglesia,
madre de todos, intercede por todos los hombres. Y esto en virtud
del dogma de la comunión de los santos, ya que todos somos
solidarios en Cristo. Y, si abundó el pecado, mucho más
sobreabundó la gracia (Rom 5,20).
También A. Richard, en su artículo de la revista L’ homme
nouveau del 8 de diciembre de 1971, habla de un limbo temporal para
estos niños. Y Edmond Boissard en su libro Réflexions sur le sort
des enfants morts sans baptême (Ed Source, Paris 1974, p.69) dice
que no tiene nada que objetar a esta opinión del limbo temporal,
porque él no sabe cuándo serán salvados.
19. OPINIÓN DE STO. TOMÁS
Según Sto. Tomás, que sigue la tradición de San Anselmo, el
pecado original fue la privación de la justicia original (S. Th.
I-II q.85). Y ¿qué era la justicia original? "Era cierto don
de la gracia, concedido a toda la naturaleza humana en el primer
padre". Y la privación de esta gracia nos llegó a nosotros,
porque constituimos una unidad en Adán en razón de la naturaleza
humana, que se nos transmite por generación. Dice textualmente:
"Todos los nacidos de Adán pueden considerarse como un hombre
por razón de participar de la naturaleza recibida del primer
padre".
Esto quiere decir que hay una continuidad entre Adán y nosotros
por razón de este pecado que afecta a la naturaleza humana. Por
eso, lo que perdió Adán, lo perdió también para nosotros. Lo que
perdió fueron los bienes sobrenaturales, no debidos a la
naturaleza, es decir, la gracia y el derecho y la capacidad de la
visión beatífica.
El Padre Georges Cottier afirma:
"Según Sto. Tomás, las almas de los niños (muertos sin
bautismo) no son privadas del conocimiento natural, que le es debida
al alma según su naturaleza, pero están privadas del conocimiento
sobrenatural, que se da aquí abajo por la fe, porque ellos no han
tenido aquí abajo la fe en acto ni han recibido el bautismo,
sacramento de la fe. Pero pertenece al conocimiento natural que el
alma sepa que ella es creada para la felicidad y que la felicidad
consiste en la posesión del bien perfecto. Ahora bien, que el bien
perfecto, para el que el hombre ha sido creado, sea la gloria de los
santos, eso sobrepasa el conocimiento. Por lo cual, las almas de
estos niños no saben que ellos están privados de ese bien (la
gloria de Dios) y, por eso, ellos no sufren. Ellos poseen, sin
sufrir, lo que les pertenece por naturaleza. Su felicidad (natural)
es una felicidad imperfecta".
Dice Christopher Beiting:
"Para Sto. Tomás, la existencia de estos niños (en el
limbo) no es una pérdida. Ellos participan de la bondad divina y
eso es mejor que no existir en absoluto. Por eso, los niños muertos
sin bautismo sirven al propósito universal de Dios. Conocer a Dios
es motivo suficiente para su existencia".
"Estos niños manifiestan la gloria de Dios, participando
naturalmente de su divina bondad".
Para Santo Tomás, el limbo será eterno, como el cielo o el
infierno, ya que estos niños no pueden hacer nada por sí mismos
para salvarse ni pueden conseguir la gracia después de la muerte
(IV Sent d.45, q.2, a.2). Para él, el abismo entre lo natural y lo
sobrenatural es prácticamente insalvable. Nunca podrán conseguir
la salvación y permanecerán en ese estado natural eternamente a
causa del pecado original.
Pero, podríamos preguntarnos: ¿Qué diría Sto. Tomás, si
hubiera vivido en estos tiempos en que la Iglesia acepta la
posibilidad de salvación de estos niños? ¿Aceptaría su
salvación inmediata? Creemos que la teoría de Sto Tomás sobre el
limbo de los niños, basada en la existencia del pecado original y
en un estado natural después de la muerte, sigue siendo válida.
Sólamente hay que añadirle la posibilidad de su salvación.
Por tanto, contando con la posibilidad de la existencia del limbo
después de la muerte y la posibilidad de su salvación posterior,
nos queda aceptar también la posibilidad de que exista un limbo
temporal hasta que estos niños sean salvados.
20. NATURAL Y SOBRENATURAL
Hemos visto que, para Santo Tomás, pareciera existir un abismo
insalvable entre lo natural y sobrenatural, de modo que ningún ser
humano muerto en estado natural, pudiera llegar al estado
sobrenatural del cielo. Veamos a este respecto lo que dice el P.
Serge-Thomas Bonino, director de “Revue Thomiste”, sobre la
opinión de Santo Tomás:
"Los textos de Sto. Tomás sobre el limbo son aquellos en
los que más insiste sobre la radical desproporción entre la
naturaleza humana y la visión de Dios. Si en el alma hay una
ordenación lejana a la visión de Dios, ella no tiene absolutamente
por sí misma los medios ni el conocimiento para llegar a este fin.
Aún más, la naturaleza humana no exige de por sí tal fin... El
hombre, en efecto, no está ordenado de modo próximo al fin
sobrenatural y su ordenación lejana no crea una exigencia... La
ordenación a la visión de la esencia divina, aunque inscrita en su
naturaleza, es para ellos extremadamente lejana, puesto que ellos no
han tenido jamás los medios de actualizar esta orientación".
Sin embargo, la teología actual ya no habla de lo natural y
sobrenatural como dos planos totalmente incomunicados, sino
plenamente unidos en el hombre, que ha sido creado en Cristo, por
Cristo y para Cristo.
Todo ser humano ha sido creado para estar unido a Cristo y, a no
ser que él rechace voluntariamente esta unión con Cristo, tarde o
temprano, debe llegar a ella. Por eso, los niños muertos sin
bautismo, creemos que llegarán al estado sobrenatural un día, dado
que han sido creados en una dimensión cristocéntrica.
Dicen Flick y Alszeghy:
“Los hombres existen como hermanos de Cristo y destinados a
convertirse en ‘hijos en el Hijo’... Por eso, podemos llamar con
Rahner ‘sobrenatural existencial’ a esa ordenación implícita
de la humanidad actual hacia Cristo. El replanteamiento
cristocéntrico de lo sobrenatural no sólo no disminuye su
trascendencia sino que incluso la explica positivamente. Realmente,
el ser ‘hijos en el Hijo’ es participar de la gratuidad absoluta
de la encarnación y, por tanto, del misterio, según el cual, una
persona divina se ha encarnado ‘para ser primogénito entre muchos
hermanos (Rom 8,29)’... Ser divinizados (elevados al orden
sobrenatural) quiere decir de manera concreta ser ‘hijos en el
Hijo’. De esta manera, se desarrolla sistemáticamente la
intuición de Mersch que considera lo sobrenatural como una
expansión de la encarnación... Cristo es Salvador, precisamente,
en cuanto que ofrece a todos los hombres la unión consigo y los
llama efectivamente a semejante unión”.
Rahner escribía, concretamente:
“El niño, aun sin bautizar, a pesar del pecado original, es ya
objeto de la infinita misericordia de Dios. Dios lo ve unido a su
unigénito Hijo. Este niño tiene ya, por ello, con el Hijo, un
derecho, si bien todavía no actualizado, por lo menos remoto a la
herencia eterna”.
El Padre J. Alfaro habla de “existencial crístico” para
indicar que la exigencia del ser humano a lo sobrenatural está
basada en la relación indisoluble de todo hombre con Cristo. Por
eso, habla de la finalización cristocéntrica de todo el orden
actual.
Además, el mismo Papa, en la encíclica Redemptor hominis,
aclara que todos los hombres están unidos al misterio redentor de
Cristo y, por tanto, a la salvación que vino a traernos. Dice
literalmente:
“Mediante la encarnación, el Hijo de Dios se ha unido en
cierto modo a todo hombre… Se trata de cada hombre, porque cada
uno ha sido comprendido en el misterio de la Redención y con cada
uno se ha unido Cristo para siempre, por medio de este ministerio.
El hombre tal como ha sido querido por Dios, tal como Él lo ha
elegido eternamente y ha sido llamado y destinado a la gracia y a la
gloria, tal es precisamente cada hombre, el hombre más concreto, el
más real; éste es el hombre en toda la plenitud del misterio, del
que se ha hecho partícipe en Jesucristo, misterio del cual se hace
partícipe cada uno de los cuatro mil millones de hombres vivientes
sobre nuestro planeta, desde el momento en que es concebido en el
seno de la madre” (III, 13).
Luego todos los hombres están llamados al cielo y al orden
sobrenatural por Cristo y en Cristo.
Visto así, el tema de lo sobrenatural en clave cristocéntrica,
quiere decir que todos están llamados al cielo y que todos los que
no rechacen directamente el amor y la gracia de Dios, llegarán al
orden sobrenatural y a ser felices con Dios en plenitud en el cielo,
incluidos los niños muertos sin bautismo. Ahora bien, ¿esto
ocurrirá en el mismo momento de la muerte?
Puede haber dos soluciones posibles:
1.- Que sean salvados inmediatamente después de la muerte. 2.-
Que sean salvados después de un tiempo (limbo temporal).
Los partidarios de que son salvados inmediatamente después de la
muerte, tendrían que demostrarlo. Pero, creemos, que no hay textos
de la Escritura que hablen de salvación inmediata ni tampoco textos
del Magisterio, pues el único texto que parecía ir en ese sentido,
de la Evangelium vitae, ya hemos dicho que fue cambiado en el texto
oficial para salvaguardar la realidad del pecado original. Además,
el hecho de que la Iglesia no hable en el concilio Vaticano II ni en
el nuevo Catecismo sobre el limbo no quiere decir que lo niegue o
que lo condene. En el peor de los casos, dejaría de lado el limbo
eterno, tal como se había creído durante siglos, pero no se hace
referencia en ningún momento a un posible limbo temporal. Luego si
no se puede demostrar la salvación inmediata de estos niños, queda
pendiente la posibilidad de la existencia del limbo temporal.
En este sentido, sería de menos importancia, si estos niños son
salvados al fin del mundo, como afirma algún teólogo, o si son
salvados después de un tiempo, cuando sean ayudados por la fe y la
oración de la Iglesia. Pero siempre sería un limbo temporal, que
terminaría un día y, al fin, todos estos niños serían salvados
por estar incluidos en la dimensión cristológica de la creación y
de la salvación ofrecida a todos los hombres en Cristo.
En conclusión, si no se puede probar que se salven
inmediatamente, queda, al menos, la posibilidad de que puedan ser
salvados después de un tiempo y que, por tanto, pueda existir el
limbo temporal.
21. ¿QUÉ DICEN ALGUNOS SANTOS?
Veamos lo que dicen algunos santos sobre la existencia del limbo
temporal y la necesidad de orar y expiar en favor de estos niños
muertos sin bautismo. Si estos niños después de muertos, están en
un mundo de tinieblas que no es el cielo, donde esperan ser
liberados por nuestras oraciones, esto podría indicarnos que están
en un estado de espera o limbo temporal.
Santa Faustina Kowalska cuenta en su Diario:
“He visto cómo salían de una especie de abismo barroso almas
de pequeños niños y otros más grandecitos como de nueve años.
Estas almas eran repugnantes y horribles, semejantes a los monstruos
más espantosos, a cadáveres en descomposición. Pero esos
cadáveres estaban vivos y atestiguaban en voz alta contra un alma
agonizante” (Cuaderno 5, Nº 177 del 12-5-1935).
Esta alma contra la que atestiguan, según su director
espiritual, era el mariscal José Pilsudski, que había muerto ese
día y cuyo juicio ante Dios fue muy severo, aunque consiguió
salvarse, según conoció la santa.
Podemos preguntarnos: ¿Por qué las almas de esos niños, que
pensamos serán puros e inocentes, son tan repugnantes y horribles?
Porque un alma sin Dios, como lo es el alma de un niño muerto sin
bautismo (es criatura de Dios, pero no templo de Dios ni hijo de
Dios propiamente), está en tinieblas, sin luz y sin belleza,
mientras que el alma de un niño bautizado es más bella que todas
las bellezas humanas. Quizás esos niños sufrieron las
consecuencias de la violencia del mariscal en medio de la guerra. No
sabemos, pero atestiguan contra él como testigos de sus pecados.
Felizmente para él, dice Santa Faustina, la intercesión de la
Virgen lo salvó.
La beata Ana Catalina Emmerick (1774-1824), la mística alemana,
de la Orden de San Agustín, en sus escritos “Visiones y
Revelaciones”, cuenta la historia real de una mujer que había
matado al hombre que la había violado y también había matado al
niño que había sido concebido. Dice así:
“Al poco tiempo murió arrepentida también esta mujer, pero
deberá pasar en expiación todos los años que la Providencia
divina tenía destinados de vida a su hijo hasta que el niño, con
el transcurrir del tiempo, haya alcanzado el momento de gozar de la
luz eterna” (tomo 3 del 31-12-1820).
Veamos otro caso real que ella misma nos relata sobre una joven
campesina, que dio a luz a su hijo secretamente por temor a sus
padres. El niño había muerto sin bautismo al poco tiempo. Y dice:
“Yo he sentido verdadera solicitud por ese pobre niño muerto
antes del bautismo y me he ofrecido a Dios para satisfacer y expiar
por él... Ya hace mucho tiempo he tenido revelación sobre el
estado de estos niños que mueren antes del bautismo. No puedo
explicar con palabras aquello en lo que veo consistir su pérdida,
pero me siento tan conmovida que siempre que vengo a saber de un
caso semejante me ofrezco a Dios con la oración y el sufrimiento
para satisfacer y expiar por aquello que otros han descuidado a fin
de que el pensamiento y el acto de caridad que yo hago puedan
compensar lo que falta en virtud de la comunión de los santos”
(ibid, 12-4-1820, p.499). "Se debe orar especialmente para que
ningún niño muera sin bautismo" (ibid. 12-1-1820, p.489).
Otro caso:
“Un día se me presentó un niño de tres años de edad, que
había fallecido sin bautismo. Me dijo que no podía ser sepultado y
que yo debía ayudarlo. También me dijo lo que debía hacer para su
aprovechamiento con continuas plegarias... Al día siguiente, vino a
verme una pobre mujer de Dülmen, pidiendo ayuda para cubrir los
gastos de la sepultura de su hijo muerto. Era el mismo que yo había
visto la noche anterior. Lo hicimos sepultar. Y todo esto lo hicimos
en sufragio y mérito del alma del niño” (29-6-1821, p.513). “Después
de haber sepultado al niño lo vi de nuevo. La primera vez que vino
no tenía fuerzas ni para permanecer de pie y estaba como inerte. Yo
le puse un vestido blanco, que había recibido de la Madre de Dios.
Y ahora estaba radiante y se iba a una fiesta, donde muchos niñitos
estaban reunidos en alegre diversión” (1-7-1821, p.514). La obra
buena de sepultarlo y las oraciones de Ana Catalina consiguieron que
fuera liberado y fuera al cielo, alegre y feliz.
Veamos lo que Nuestra Madre la Virgen le decía al Padre Esteban
Gobi, fundador del Movimiento Sacerdotal Mariano, en la ciudad de
Montreal (Canadá) el día ocho de setiembre de 1983:
“Estoy recogiendo de todas partes del mundo a mis niños más
pequeños para reunirlos en mi escuadrón y depositarlos en lo
profundo de mi Corazón Inmaculado.
Hijos predilectos, escuchen su voz que invoca su ayuda, corran a
su encuentro, tómenlos en sus brazos y llévenlos todos a su Madre
celestial. Pequeños son para Mí todos los niños ya concebidos,
cuyas vidas son voluntariamente destrozadas desde las entrañas de
sus madres.
El amor y el ansia de su Madre celestial y de la Iglesia por su
salvación, así como su sangre inocente derramada por los que
desprecian y desobedecen la ley de Dios, es ya un bautismo de deseo
y de sangre, que los salva a todos” (8 setiembre 1983).
Vemos aquí dos puntos fundamentales. En primer lugar, que todos
estos niños abortados y que, por tanto, mueren sin bautismo, son
salvados por Dios. Y se habla del bautismo de sangre y del bautismo
de deseo. Este bautismo de deseo es en virtud del amor y del deseo
de la Virgen y de la Iglesia por su salvación, o, dicho en pocas
palabras, en virtud de la fe y del amor de la Iglesia, en la que
está incluida María.
Ahora bien, no dice que se salven de inmediato después de su
muerte. Más bien, parece ser que deben esperar un tiempo, aunque
sea corto, pues esperan que escuchemos su voz, que pide ayuda. Se
dice que corramos a su encuentro, es decir que no dejemos pasar el
tiempo, sino que cuanto antes los ayudemos. Se pide también que los
tomemos en brazos, o sea, que los abracemos y los bauticemos con
nuestro amor. Y, por último, se dice que los llevemos a la Madre
celestial, lo que significaría que, ofreciéndolos y
consagrándolos a María con todo nuestro amor, sería suficiente
para que sean salvados. Dicho de otro modo, estos niños se salvan,
pero estarían un tiempo en el limbo hasta que sean amados y
ofrecidos a Dios en virtud de la comunión de los santos y de la fe
y amor de la Iglesia y, en primer lugar, de María, que es la Madre
amorosa y misericordiosa de todos estos niños.
22. SANTA PERPETUA
En el escrito “Passio SS. Perpetuae et Felicitatis” sobre el
martirio de estas dos santas del Norte de África, ocurrido en
Cartago el año 203 a los pocos días de haberse bautizado Perpetua
(tenía apenas 22 años y criaba un niño de pecho, que era su
hijo), se nos habla del hermano de Santa Perpetua, Dinócrates, de
apenas 7 años, que había muerto de cáncer en la cara. Algunos
autores han visto en el relato de la visión de su hermano el estado
del limbo de los niños. Veamos el relato que puede considerarse
auténtico según la mayoría de los autores:
“Al cabo de unos días, estando todos en oración, súbitamente
en medio de ella, se me escapó la voz y nombré a Dinócrates. Yo
me quedé estupefacta de que nunca me hubiera venido a la mente,
sino entonces y sentí pena al recordar cómo había muerto. Y me di
inmediatamente cuenta de que yo era digna y que tenía obligación
de rogar por él. Y empecé a hacer mucha oración por él y a gemir
ante el Señor. Seguidamente, aquella misma noche se me mostró la
siguiente visión.
Vi a Dinócrates, que salía de un lugar tenebroso, donde
había también otros muchos, sofocado de calor y sediento, con
vestido sucio y color pálido. Llevaba en la cara la herida de
cuando murió. Este Dinócrates había sido hermano mío carnal, de
siete años de edad, muerto tristemente de cáncer en la cara,
enfermedad que infunde terror a todo el mundo. Por él hacía yo
oración. Entre mí y él había una gran distancia, de manera que
nos era imposible acercarnos el uno al otro. Además, en el mismo
lugar en que estaba Dinócrates, había una piscina llena de agua,
pero con brocal más alto que la estatura del niño. Dinócrates se
estiraba como si quisiera beber. Yo sentía pena de que, por una
parte, aquella piscina estaba llena de agua y, sin embargo, por la
altura del brocal, no podía beber mi hermano.
Entonces, me desperté y me di cuenta de que mi hermano se
hallaba en pena. Pero yo tenía confianza de que había de aliviarle
de ella y no cesaba de orar por él todos los días, hasta que
fuimos trasladados a la cárcel castrense, pues en espectáculo
castrense teníamos que combatir con las fieras. E hice oración por
él, gimiendo y llorando día y noche, a fin de que por intercesión
mía fuera perdonado.
El día que permanecimos en el cepo, tuve la siguiente visión.
Vi el lugar que había visto antes y a Dinócrates limpio de cuerpo,
bien vestido y refrigerado, y donde tuvo la herida vi sólo una
cicatriz. Y la piscina que viera antes, había abajado el brocal
hasta el ombligo del niño. Éste sacaba de ella agua sin cesar.
Sobre el brocal había una copa de oro llena de agua y se acercó
Dinócrates y empezó a beber de ella. La copa no se agotaba nunca.
Y saciada su sed se retiró del agua y se puso a jugar gozoso a la
manera de los niños. Y me desperté. Entonces, entendí que mi
hermano había pasado la pena”.
Uno de los autores que creía que se trataba aquí del limbo de
los niños fue Vicente Víctor, contra quien San Agustín escribió
el libro “De natura et origine animae”.
Hagamos aquí algunas aclaraciones sobre este caso. Lo más
probable es que este niño murió sin bautizar, pues su hermana
Santa Perpetua se bautiza pocos días antes del martirio y, además,
su familia era pagana. Ciertamente, que un niño de siete años ya
es capaz de hacer el bien y el mal y salvarse o condenarse por sus
obras, a no ser que este niño, lo que no consta, fuera retrasado
mental y pudiera considerarse como un bebé, o que por sus
enfermedades y limitaciones sicológicas hubiera sido incapaz de
hacer actos plenamente humanos para salvarse o condenarse. En el
caso de que estuviera en el purgatorio, parece un poco extraño que
estuviera tanto tiempo, pues dice Perpetua que “había sido
hermano mío carnal y me quedé estupefacta de que nunca me hubiera
venido a la mente, sino entonces, y sentí pena al recordar cómo
había muerto”. Parece que hacía años que había muerto y ya no
se acordaba de él, lo cual parece un poco raro para un niño tan
pequeño y que, además ha sufrido tanto, que pudiera tener un
purgatorio tan largo. En cambio, si está en el limbo no es de
extrañar, pues está esperando ayuda para poder ser liberado, ya
que su familia, al ser pagana, se había olvidado totalmente de él
y Perpetua se había bautizado pocos días antes.
De todos modos, es muy interesante observar en este relato que el
niño tiene pena, está sediento. ¿Podríamos hablar de que en el
más allá estos niños están sedientos de amor, como Cristo en la
cruz? Cuando ella lo ve por segunda vez, ha pasado tiempo, su
liberación no ha sido instantánea. Y saca agua abundante, que no
se agota con la copa de oro. ¿Podemos hablar aquí de la copa de
oro llena de perfume que son las oraciones de los santos como afirma
el Ap 5,8?
Porque las oraciones y la fe de la Iglesia son las que les
consiguen la salvación a estos niños muertos sin bautismo. Y este
niño, al sentirse feliz, se pone a jugar gozoso “a la manera de
los niños”, lleno de Dios y lleno de amor. Porque ¿no dice
Jesús que, si alguno tiene sed, que venga a mí y beba? “El que
cree en Mí, según dice la Escritura, ríos de agua viva correrán
de su seno. Esto lo dijo del Espíritu Santo que habían de recibir
los que creyeran en Él” (Jn 7,38-39). “Al que tiene sed le
daré gratis de la fuente de agua viva. El que venciere heredará
estas cosas y yo seré su Dios y él será mi hijo” (Ap 21,6-7).
Los jesuitas hermanos Linn consideran este ejemplo como típico
del limbo y dicen:
“La historia de las oraciones de Santa Perpetua por
Dinócrates, su hermano extinto no bautizado, es un ejemplo
proveniente de la tradición cristiana de cómo la gracia del
bautismo puede ser concedida a los niños muertos por medio de las
oraciones de un miembro de la familia”.
Según ellos, podemos orar por estos niños para que puedan ser
liberados de ese limbo temporal y llegar al cielo y allí ser
felices en plenitud por toda la eternidad.
Lo cierto es que, como hemos visto, hay suficientes textos de la
Escritura y de la Iglesia, y de algunos teólogos y santos, para que
podamos pensar seriamente en la posibilidad de la existencia de un
limbo para los niños muertos sin bautismo.
IV. CUARTA PARTE
MEDIOS DE SALVACIÓN
En esta cuarta parte, vamos a ver algunos medios posibles de
salvación para estos niños, que podrían encontrarse en ese estado
intermedio de cielo infantil o cielo natural o limbo de los niños.
La Iglesia nos habla de confiarlos a la misericordia de Dios, y de
"un camino de salvación" (Cat 1261) para ellos. Y nos
pide "orar por su salvación" (Cat 1283). Toda oración
por ellos sería, al menos en principio, un bautismo vicario de
deseo, o un bautismo de deseo a favor de estos niños. Entre todas
las oraciones, la más eficaz es la misa.
23. LA MISA
La oración más importante y que más les puede servir a estos
niños es, evidentemente, la misa, que es la misa de Jesús, pues es
Jesús mismo quien celebra la misa a través del sacerdote. Por eso,
todos los actos de amor de todos los hombres que han existido,
existen y existirán no son nada en comparación de una misa, que
tiene un valor infinito de alabanza y glorificación a Dios. La
misa, es “el memorial de la muerte y resurrección de Jesús”(Vat
II, SC 47). Y, por eso, es el más poderoso sufragio para las almas
del purgatorio y lo mismo podemos decir para estos niños.
Los que hablan de la salvación de estos niños, consideran que
con una misa es suficiente para salvarlos y liberarlos del limbo. De
esto hablaremos más ampliamente en la última parte.
En cada misa, Jesús nos envuelve y nos llena de su amor y nos
limpia con su sangre bendita, por eso tiene tanto poder y eficacia
la santa misa. Decía el Papa Pío XII:
“Cristo ha construido en el Calvario un estanque de
purificación y salvación que llenó con la sangre vertida por Él;
pero si los hombres no se bañan en sus ondas y no lavan en ellas
las manchas de su iniquidad, no pueden ciertamente ser purificados y
salvados” (Mediator Dei 2,2). Bañemos a estos niños con la
sangre de Jesús en cada misa, y la fe y el amor de la Iglesia,
manifestada en la Eucaristía, será para ellos un camino de
salvación.
24. BAUTISMO ESPIRITUAL
Además de la misa, que es la oración más eficaz, se está
difundiendo cada vez más en los grupos carismáticos el bautismo
espiritual, como una forma de bautismo de deseo post mortem para
así poder liberarlos del estado temporal del limbo. Algunos
autores, justifican esta práctica, citando 1 Co 15,29, como ya
hemos anotado.
El bautismo espiritual es un bautismo simbólico, en fe y
espíritu, como dicen algunos. Lo llamamos espiritual, porque no es
verdadero sacramento en sentido estricto, aunque tengamos delante el
cuerpo del niño muerto, que es lo ideal. Este bautismo puede
hacerse, echando simbólicamente agua bendita sobre el lugar donde
estamos, imaginando que lo hacemos sobre la cabeza del niño,
poniéndole un nombre y diciendo las palabras del bautismo: “Yo te
bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo". Este bautismo espiritual sería un bautismo vicario de
deseo. Un bautismo de deseo hecho por otros a favor del niño.
El Padre Andrea D’Ascanio, en su libro “Il battesimo dei
bimbi non nati”, afirma:
“Admitido que estos niños se encuentran en el limbo, como
nosotros creemos, y suponiendo que el limbo pueda ser comparado con
el purgatorio (sin las penas que hay allí), la conclusión sería
que ellos no pueden hacer nada por sí mismos y que tienen necesidad
de la ayuda de la Iglesia militante.
Pero, mientras la Iglesia nos enseña cómo ayudar a los hermanos
del purgatorio con nuestros sufragios (misas, penitencias,
limosnas...), no nos dice nada para ayudar a los hermanitos del
limbo, cuya única culpa es no estar bautizados...
Por eso, basándonos en lo que dice San Pablo en 1 Co 15,29.
- Apoyándonos en la tesis de Cayetano sobre el deseo y la fe de
los padres. - Considerando que la Iglesia es Padre y Madre y quiere
la salvación de todos. - Teniendo presente que la Iglesia tiene el
poder de actuar sobre los espíritus, aun cuando hayan sido
liberados del cuerpo. - Sabiendo que el bautismo es un sacramento
que todos podemos administrar en la fe de la Iglesia. - Cada uno de
nosotros puede aplicar su deseo del bautismo a favor de estos niños
muertos sin bautismo, como los primeros cristianos lo hacían por
sus difuntos según dice San Pablo.
Por eso recomendamos la piadosa práctica que se está
extendiendo de bautizar a estos niños espiritualmente. Para ello:
- Recita un Credo, toma agua bendita y échala en todas las
direcciones diciendo:
TODOS VOSOTROS QUE HABÉIS NACIDO MUERTOS O QUE HABÉIS SIDO
ASESINADOS EN EL SENO MATERNO, PARA QUE EN JESUCRISTO PODÁIS LLEGAR
A POSEER LA VIDA ETERNA, YO OS BAUTIZO EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL
HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO Y OS CONFÍO AL CORAZÓN INMACULADO DE
MARÍA PARA QUE OS LLEVE AL PADRE.
Se termina con un Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
María, acógelos en tu seno de Madre para purificarlos y
ofrecerlos al Padre. Gracias, María”.
Si uno busca en Internet, encontrará algunas páginas Web, donde
se habla también de bautizar a los niños muertos sin bautismo.
Veamos lo que se dice en www.catholicprayers.com
“Primero se reza un Credo. Después se rocía con agua bendita
el lugar donde se está rezando, diciendo:
A todos vosotros nacidos muertos y a todos los que sois
asesinados en el vientre de vuestras madres, a fin de que alcancéis
por medio de Jesucristo la vida eterna (se puede decir aquí sus
nombres), yo os bautizo en el Nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo. Amén.
Si es posible, se hace la señal de la cruz con un crucifijo. Y
Dios hará que el agua bautismal caiga sobre la cabeza de los que
murieron sin recibirla y les dará a cada uno su nombre. Al final,
se reza un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
Un ejemplo:
“Hace pocos años murió una religiosa en un convento de
Alemania. Cuando estaba agonizando, su rostro se iluminó y mirando
a lo lejos, maravillada, exclamó: ¡Oh, tantos niños negritos,
tantos niños negritos me están buscando para llevarme al cielo!
Las otras hermanas, que presenciaron el hecho, no vieron nada, pero
después recordaron que la ancianita tenía la costumbre de echar
todas las noches, antes de acostarse, el agua bendita a los niños
negritos de África para bautizarlos. Ahora vinieron estos niños
bautizados desde lejos, a buscar a su bienhechora”. (Cf
www.catholicprayers.com).
Conozco a una religiosa que tiene la misma costumbre de echar
agua bendita y bautizar todas las noches a los niños muertos sin
bautismo. A los varones les pone el nombre de José y a las mujeres,
María. Pero hay otros caminos de salvación.
25. CAMINOS DE SALVACIÓN
Veamos otros posibles caminos de salvación para estos niños.
La Iglesia nos invita a “orar por su salvación” (Cat 1283).
No especifica qué clase de oración, puede ser una comunión
ofrecida por ellos, un rosario, el rezo de la Liturgia de las Horas
o cualquier oración que hagamos en su favor. También creemos que
puede servir la bendición del sacerdote y el ofrecimiento de
nuestras buenas obras y sufrimientos en su favor.
Una cosa que podemos hacer es repetir continuamente las palabras
que Jesús le enseñó a la Venerable Sor Consolata Betrone:
"Jesús, María, os amo, salvad almas", y, al decir estas
palabras, pensar especialmente en estos niños.
Otras acciones en su favor pueden ser dar limosna a los pobres,
adoptar en su lugar a un niño, visitar enfermos y cualquier obra de
caridad que podamos ofrecer por ellos. Algo muy hermoso puede ser
consagrar a estos niños a Jesús por medio de María, incluso antes
de nacer.
Al respecto, dice San Francisco de Sales en su “Introducción a
la vida devota”:
“Es una gran enseñanza para las mujeres cristianas el ofrecer
a la divina Majestad los frutos de sus vientres, aun antes de que
hayan salido a luz. Porque Dios, que acepta las oblaciones de un
corazón humilde y voluntario, fecunda de ordinario en tal tiempo
las buenas aficiones de las madres. Testigos de esto son Samuel,
Santo Tomás de Aquino, San Andrés de Fiésole y otros muchos. La
madre de San Bernardo, madre digna de tal hijo, tomaba sus hijos en
sus brazos luego de haber nacido y los ofrecía a Jesucristo y,
desde entonces, los amaba con respeto como a cosa sagrada y que Dios
se la había confiado”.
Pidamos a Jesús que, por su infinita misericordia y los méritos
de su Pasión, estos niños muertos sin bautismo reciban el bautismo
espiritual con su sangre bendita y el amor de su familia.
26. ADOPCIÓN ESPIRITUAL
Un medio práctico que podría ayudar y salvar a estos niños
muertos sin bautismo, sería adoptarlos espiritualmente como hijos.
No importa que no sean de nuestra propia familia, todos somos hijos
del mismo Dios y somos hermanos en Cristo. Por eso, adoptarlos
significaría amarlos y ayudarlos como hijos espirituales para la
eternidad. Una madre y un padre de la tierra deben preocuparse de
sus hijos y darles todo lo que les ayude a ser más y mejores como
personas, para que puedan ser felices en el mejor sentido de la
palabra. Pues bien, los padres espirituales deben preocuparse
también de hacerlos felices, si no lo son, porque están en el
limbo. Deben orar por ellos. ¿Por quiénes? Si no conocen casos
concretos de abortos o pérdidas, pueden orar en general por todos
los niños que están en el limbo o que son abortados ese mismo día
o por todos los niños difuntos de tal familia (que todavía puedan
estar en el limbo). Dios sabrá a quién les aplica sus oraciones.
No importa que su padre o su madre espiritual no lo sepa. En el
cielo lo sabrán, pues se lo agradecerán de corazón.
Un padre o madre espiritual puede mandar celebrar misas por estos
niños, bautizarlos espiritualmente y orar por ellos.
En Internet se encuentra alguna oración por estos niños.
Veamos:
“Padre celestial, que nos has dado el don de la libertad para
amar y seguir tus caminos y mandamientos. Perdona a aquellos padres
que, abusando de esta libertad destruyen el don de la vida que Tú
has dado a tus hijos. Perdona a quienes destruyen la vida humana,
abortando al bebé que esperan. Dales a estos niños la oportunidad
de gozar de tu presencia por toda la eternidad”
(www.vidahumana.org/vidafam/iglesia/bebes.html).
No digamos que esto es sólo para religiosas. Todos debemos amar
a los demás y abrirnos a dimensiones universales y no cerrarnos en
nuestra propia familia. Debemos amar sin fronteras y con un corazón
total para hacer felices a los demás.
Por eso, creemos que orar por ellos no es una devoción vacía y
de pura imaginación, sino muy útil para estos niños y que les
servirá como bautismo vicario de deseo para su salvación.
27. REFLEXIÓN FINAL
No olvidemos que la Palabra de Dios dice que “Dios quiere que
todos los hombres se salven” (1 Tim 2,4) y Jesús habla de que “la
voluntad de vuestro Padre es que no se pierda ninguno de estos
pequeñitos” (Mt 18,14).
Además, la Iglesia nos habla de que “la gran misericordia de
Dios que quiere que todos los hombres se salven y la ternura de
Jesús con los niños... nos permiten confiar en que haya un camino
de salvación para los niños que mueren sin bautismo” (Cat 1261).
Por otra parte, los teólogos siguen afirmando con toda claridad
la existencia del pecado original y sus consecuencias.
Por consiguiente, si podemos hablar, al menos, de la posibilidad
de que estos niños muertos sin bautismo vayan al cielo, como dice
la Escritura y la misma doctrina de la Iglesia, también podemos
hablar de la posibilidad de que mueran con el pecado original y, por
tanto, no vayan directamente al cielo hasta que la intervención
salvífica de Dios, que no queda reducida a los sacramentos (Cat
1257), se haga efectiva, sea por el deseo de bautismo de sus padres
o de otras personas buenas que oren por ellos.
En resumen:
ES POSIBLE QUE ESTOS NIÑOS MUERAN CON EL PECADO ORIGINAL, ES
POSIBLE QUE NO VAYAN DIRECTAMENTE AL CIELO, PERO ESPERAMOS QUE TODOS
VAYAN UN DÍA AL CIELO POR LA MISERICORDIA DE DIOS. LUEGO ES POSIBLE
QUE EXISTA EL ESTADO DE LIMBO, MIENTRAS VIVEN EN ESTADO NATURAL CON
EL PECADO ORIGINAL HASTA QUE SEAN SALVADOS Y VAYAN AL CIELO.
De todos modos, los que no acepten esta posibilidad del limbo
temporal tampoco serán capaces de probar con textos de la Escritura
o del Magisterio que este limbo temporal no existe, pues no podrán
probar que estos niños se salvan inmediatamente después de la
muerte. Por tanto, el tema del limbo temporal es, cuando menos,
opinable y está abierto a nuevos aportes de los teólogos.
CONCLUSIÓN GENERAL
LOS NIÑOS MUERTOS SIN BAUTISMO SON SALVADOS POR LA MISERICORDIA
DE DIOS Y LOS MÉRITOS INFINITOS DE JESÚS EN VIRTUD DE LA FE DE LA
IGLESIA, PERO MUCHOS DE ELLOS PUEDEN NECESITAR DE NUESTRAS
ORACIONES, MIENTRAS ESTÉN EN UN ESTADO DE LIMBO TEMPORAL HASTA QUE
LLEGUEN DEFINITIVAMENTE AL CIELO.
Después de haber analizado los diferentes aspectos del tema de
los niños muertos sin bautismo y de haber considerado diferentes
textos de la Escritura, del Magisterio, de la enseñanza de los
Santos Padres y teólogos a través de los siglos e, incluso, del
sentir universal de sacerdotes y fieles, creemos que la posibilidad
de su salvación, más que una simple posibilidad es una maravillosa
realidad.
Ciertamente que todavía la Iglesia no ha querido definirse con
toda claridad sobre este tema, porque debemos recordar que todavía
pesa mucho la tradición de varios siglos sobre la idea del limbo
eterno, excluyendo a estos niños de la salvación e, incluso, la
definición dogmática de Trento sobre la necesidad del bautismo
para salvarse (Denz 1618). Sin embargo, la mentalidad actual está
claramente manifestada por los teólogos y los fieles en general.
Incluso, el Papa dice en el texto original de la encíclica
Evangelium vitae que "estos niños viven en el Señor"
(N° 99).
Sobre el punto de cómo son salvados estos niños, hemos expuesto
diferentes opiniones, pero la opinión más común y la que
consideramos más cierta es la que dice que se salvan por la
misericordia de Dios y los méritos de Jesús en virtud de la fe y
el amor de la Iglesia. También en el Antiguo Testamento vemos
cómo, durante 50 años, los israelitas en el desierto no
circuncidaron a sus hijos, y creemos que también eran salvados por
la misericordia de Dios y los méritos de Jesús, que iba a venir,
en virtud de la fe del pueblo de Dios en su conjunto. Esta fe puede
ser manifestada, antes y ahora, a través de las oraciones de los
padres, familiares o personas buenas en cuanto que son Iglesia o
pueblo de Dios.
Pero el punto más polémico es saber si son salvados
inmediatamente después de la muerte o si hay para muchos de ellos
un tiempo de espera. Lo de menos es el nombre. Sobre este punto,
hemos intentado hablar de la posibilidad de existencia de este
estado de limbo. La iglesia sólo nos invita a “orar por su
salvación” (Cat 1283), abriendo así la posibilidad de que estos
niños necesiten para salvarse de nuestras oraciones. Y, si no
pueden salvarse hasta que oremos por ellos, pues de muchos nadie se
acuerda ni los quiere... Entonces, podemos suponer que estarán un
tiempo en un estado de espera o limbo. Incluso, la rectificación
del Papa Juan Pablo II en el texto oficial de la encíclica
Evangelium vitae, con relación al texto original, se puede entender
en este sentido de que no necesariamente van directamente al cielo,
sino que pueden estar primero en un limbo temporal.
Hemos expuesto también cómo todos los textos bíblicos, que
hablan de la voluntad salvífica universal de Dios, pueden aplicarse
también a estos niños, aunque estuvieran en el limbo; pues, en
ningún momento, se habla de que sean salvados inmediatamente
después de su muerte. Además, creemos que la opinión de Sto.
Tomás sobre el limbo de los niños, basada en la existencia del
pecado original y en que estos niños mueren en un estado natural,
sigue siendo válida. Solamente hay que añadirle la posibilidad de
su salvación para tener así un limbo temporal.
Suponiendo que exista este limbo temporal, hemos propuesto
algunos medios de salvación, principalmente la misa y el bautismo
espiritual.
Pensemos que, si realmente existe el limbo y hay millones de
niños en él, son millones de personas, que al rezar por ellas
sistemáticamente (al igual que lo hacemos frecuentemente por las
almas del purgatorio), serán beneficiadas.
Ojalá que todos los padres de niños abortados, (voluntaria o
involuntariamente), puedan ponerles un nombre, bautizarlos
espiritualmente, mandar a celebrar una misa por ellos y darles todo
su amor, recibiéndolos como parte de su familia. De todos modos, la
oración nunca se pierde, Dios la puede aplicar a quien la necesite,
y cuando la necesite, familiar o no.
Yo me imagino que el día que entren al cielo y vean a su Padre
Dios y a una multitud de hermanos que los esperan, se sentirán tan
felices que sonreirán con toda su alegría y bendecirán a sus
familiares de la tierra y a sus padres adoptivos, si los hubiere. Y
¿qué puede haber más hermoso que la sonrisa de un niño que ríe
feliz?
De todos modos, sea cual sea la opinión personal de cada uno,
quisiera hacer mía la frase de Karl Rahner: “La controversia
sobre el limbo de los niños está hoy nuevamente abierta".
V. APÉNDICE
TESTIMONIOS Y EXPERIENCIAS
Después de haber analizado el tema de los niños muertos sin
bautismo en las páginas precedentes, vamos a analizar en este
apéndice diferentes experiencias y testimonios de algunas personas,
que nos hablan de la necesidad de orar por estos niños muertos sin
bautismo para poder "liberarlos" del limbo y llevarlos al
cielo. Hay un dicho muy antiguo que dice "contra factum non
valet argumentum". Y otro que dice: “la experiencia es madre
de la ciencia”. Por supuesto que algunos de estos testimonios son
muy personales o subjetivos; pero, tomados en conjunto, creemos que
pueden servir de apoyo a nuestra opinión sobre el limbo temporal de
estos niños.
a) Místicos Actuales
También hay místicos actuales que hablan del limbo temporal.
Los místicos son personas extraordinarias, que viven intensamente
su relación con Dios, a quien se han ofrecido como víctimas por la
salvación del mundo. Muchos de estos místicos tienen fenómenos
sobrenaturales como estigmas, bilocación, éxtasis, visiones, etc.
Veamos algunos de ellos, que todavía viven, y que tienen el apoyo
de sus obispos.
Natuzza Evolo, es reconocida a nivel mundial, italiana y madre de
familia con cinco hijos, que, desde su más tierna infancia, tiene
fenómenos extraordinarios de éxtasis, bilocación, estigmas de
Cristo, y ve frecuentemente a su ángel y al ángel de la guarda de
otras personas e, incluso, se le aparecen , además de Jesús,
María y otros grandes santos, también las almas del purgatorio,
que le dan mensajes para sus familiares.
Pues bien, Natuzza Evolo habla del limbo temporal y dice:
“Padres y madres de familia, pensad bien en la educación de
vuestros hijos, educadlos en la religión. No rechacéis a los hijos
(por el aborto), pues es un pecado grave. Bautizadlos, porque los
niños muertos sin bautismo van al limbo, donde se sufre solamente
por la falta de la visión beatífica”.
Julia Kim, otra gran mística, mundialmente conocida, es la Sra.
Julia Kim, de Korea del Sur. En su casa, desde el 30 de junio de
1985, una pequeña imagen de María ha derramado lágrimas de agua y
de sangre durante 700 días hasta el 24 de noviembre de 1992. Jesús
y María se le han aparecido muchas veces y le han pedido que sea un
alma víctima por los pecados, especialmente, del aborto. A veces,
recibe los estigmas de la pasión de Cristo durante unos días y,
después, desaparecen. Ha recibido varios milagros eucarísticos en
la comunión y su obispo la apoya en todo, aceptando el carácter
sobrenatural de estos hechos. Con frecuencia, el Señor le ha hecho
experimentar los dolores y agonías que sufren los niños durante el
aborto.
El 5 de noviembre de 1986 la Virgen le dijo:
“Hija mía, ¿quieres participar en mis sufrimientos por los
niños abortados? A causa de los abortos sentirás intensos dolores
en tu vientre. Estos pequeños vagan por el limbo (roaming about in
limbo) después de haber sido abortados, privados de su dignidad y
tratados como un pedazo de carne... Reza por ellos y calma sus
heridas, y ofrece reparación por los pecados cometidos contra ellos”.
Pueden leer los mensajes de María a Julia Kim en Internet:
www.marys-touch.com/messages/abortion.htm
La mística austríaca María Simma, a quien se aparecen
frecuentemente las almas del purgatorio, ha hablado muchas veces de
la existencia del limbo. Le escribí personalmente una carta y me
contestó por medio de Joachim Schlich lo siguiente: “Todos los
niños (pequeñitos) que mueren sin estar bautizados van al limbo.
Allí son felices y no tienen conocimiento de la posibilidad de ver
a Dios. Pero pueden ir al cielo, si nosotros oramos por ellos y les
damos el bautismo por los no nacidos, del cual supongo que Ud. ha
oído hablar”. En una entrevista que concedió a Nicky Eltz y que
él ha publicado en su libro “Hacednos salir de aquí”, dice:
“Las almas santas me dicen que los niños nacidos muertos o
abortados no van al paraíso ni al purgatorio. Van a un lugar
intermedio que se puede llamar limbo o ‘cielo infantil’. Las
almas de estos niños no saben que exista algo mejor que eso, no
saben que no están en el cielo. La responsabilidad de llevarlos al
cielo está en nosotros. Lo podemos hacer, bautizándolos
espiritualmente o mandando celebrar una misa por ellos”.
Dice de su experiencia personal:
“Conocí a una enfermera que trabajaba en un hospital. Ella no
dejaba de bautizar a los niños abortados o nacidos muertos. Cuando
estaba para morir, exclamó: Oh, he aquí todos mis niños en el
cielo. ¡Cuántos niños! Y aquellos niños, a quienes había
bautizado después de muertos, la acompañaron al paraíso, donde ya
vivían”. Este ejemplo nos habla del agradecimiento de estos
niños bautizados espiritualmente, lo que significa que fue eficaz,
luego lo necesitaban, porque estarían en el limbo, pues en el cielo
no necesitan oraciones para ser felices.
b) La Siquiatría
La Siquiatría es una rama de la Medicina que trata de la
curación de las enfermedades mentales. Muchas de ellas son curadas
de modo asombroso al orar por estos niños muertos sin bautismo.
Algunos de ellos, se aparecen a sus propios familiares, sobre todo a
sus hermanos, y parecen crecer con ellos. ¿Quiere esto decir que no
son felices hasta que se integren a su familia, les pongan un nombre
y los ofrezcan a Dios por medio de una misa, de un bautismo
espiritual, de una consagración a Dios o de oraciones por ellos?
En este caso, puede esto indicarnos que estarían todavía en un
estado de limbo hasta que sean liberados por las oraciones, sobre
todo, de su familia o de personas buenas. A este respecto, es muy
importante el estudio científico que ha hecho de estos casos el Dr.
McAll.
El Dr. Kenneth McAll es un eminente cirujano y siquiatra inglés,
miembro del Royal College of Psychiatrists del Reino Unido. Durante
varios años hasta 1945 trabajó en China, donde había nacido, y se
ha convertido en un experto para curar muchas enfermedades
siquiátricas. Ha escrito varios libros y artículos acerca de las
enfermedades mentales y los poderes curativos de la Eucaristía.
Ha abierto un camino nuevo, al que están siguiendo algunos otros
como el Dr. Kurt Koch en su libro Christian Counseling and occultism
(Ed. Kregel, Grand Rapids, USA, 1972), John Fitzherbert en La fuente
de las instituciones humanas de inmortalidad, publicado en el
British journal of Psychiatry, 110, del año 1964.
El Dr. McAll, a pesar de ser de confesión anglicana, habla mucho
en su libro Healing the family tree, que es un bestseller
internacional, de la necesidad de orar por los niños muertos. Ha
llegado a esta conclusión, debido a su gran experiencia de
curación de enfermedades mentales y a la necesidad de curar, muchas
veces, la raíz de la enfermedad, curando la relación con los
antepasados por medio de la oración. Por eso, dice:
“Dado que tanto los vivos como los muertos son miembros del
Cuerpo de Cristo (1 Co 15,29) podemos pedir a Cristo que ayude a los
muertos a recibir su amor y su perdón, que les ofrece a través de
la Eucaristía”.
“No soy teólogo. Soy un simple investigador, con una limitada
comprensión de cómo funciona la capacidad curativa de Dios… En
el caso de niños que hayan nacido muertos o de abortos resulta
convenientes darle un nombre (Is 49,1)… Aunque según mis
experiencias normalmente solo hace falta una celebración de la
Eucaristía para liberar a un niño nacido muerto, para liberar a un
adulto, que necesite más amor y perdón, pueden hacer falta varias
Eucaristías”.
Y lo más asombroso es que al “liberar” a estos niños
(muertos sin bautismo) se sanan de modo admirable, muchos miembros
de familia, porque se entabla una nueva relación familiar y hay
más unión y amor entre ellos. Dice:
“Tengo registrados mas de seiscientos casos de curaciones
directas, producidas tras la celebración de una Eucaristía por
fetos, víctimas de abortos, voluntarios o involuntarios, niños que
nacieron muertos o fueron abandonados inmediatamente después de su
nacimiento, que nunca fueron debidamente amados o consagrados a
Jesucristo en una ceremonia de entierro. Cuando se ha celebrado una
Eucaristía por esta clase de seres, los resultados son
impresionantes. Muchos han experimentado los beneficios del poder
curativo que se generó, incluyendo pacientes que estaban
participando en la Eucaristía, pero también otros que se
encontraban a muchos kilómetros en hospitales e instituciones
mentales y no sabían nada acerca de dichas ceremonias, e incluso
parientes, mentalmente perturbados, que vivían en países lejanos”.
Veamos algunos ejemplos:
“Joan llegó hasta mí a través de un doctor en medicina
general. Antes de mi primer encuentro con aquella niña de solo
nueve años de edad, estudié atentamente las notas de su equipo de
médicos y los informes de su profesora. A los cinco años, el
carácter abierto y alegre de Joan cambió de repente. Empezó a
resultar difícil de tratar y daba muestras de un comportamiento
irracional, diagnosticándosele una epilepsia.
Su madre se quedó muy asustada y desconcertada. En una carta me
decía: “Cuando Joan cae en uno de esos estados su rostro se
descompone, parece tan lejos de ser ella que me da escalofríos”.
La profesora me escribió: “Joan pierde fácilmente el control e
incurre en estallidos emocionales. La presentación de las tareas
escolares deja mucho que desear”.
Sus padres me dijeron que recientemente había empezado a correr
delante de los coches, de modo que tenían que sujetarla con unas
riendas para su propia seguridad…
Hablé con Joan, se sentó sobre mis rodillas y le pregunté
cuántos hermanos tenía. Su respuesta me sorprendió: "Tengo
tres hermanos y tres hermanas". Yo le dije que sólo tenía
tres hermanos y dos hermanas. Joan, entonces, se mostró
extremadamente airada, saltó de mis rodillas y empezó a dar
patadas y gritos: Tengo tres hermanas y no dos. ¿Ves esa mujer
sentada ahí?, gritó señalando a su madre. Es una asesina. Tiró a
mi hermanita por el water (baño). Mi hermana es mi amiga. La
conozco, se llama Melissa. Sus padres comenzaron a discutir y yo
abracé a Joan y le dije: Oremos juntos a Jesucristo y pidámosle
que cuide a Melissa. Y pronunciamos la siguiente oración: “Jesucristo,
nuestro Señor, por favor cuida a Melissa y condúcela a tu reino”.
Su madre me contó que antes que Joan naciera y debido a la
equivocación de un médico, había sufrido un aborto involuntario.
A Joan nunca se le había mencionado el incidente y nadie conocía
el nombre que la madre le hubiera gustado poner a la niña: Melissa…
Nada tiene de sorprendente que Joan supiera acerca de Melissa. De
hecho, en mis ficheros, tengo alrededor de mil cuatrocientos casos
parecidos. Parecía evidente que aquella niña, que no había
llegado a nacer y que, por tanto, no había sido consagrada a
Jesucristo, era la causa de las dificultades de Joan y quizá de las
migrañas que la madre sufría desde hacía años.
Celebramos una Eucaristía por Melissa y los resultados
modificaron totalmente la vida de la familia. Los estallidos
emocionales de Joan, comportamiento irracional y su incapacidad de
concentrarse, desaparecieron de una vez por todas. Las pruebas
realizadas demostraron que su epilepsia estaba totalmente curada y,
poco después, dejó de tomar cualquier clase de medicamento. Las
jaquecas de la madre pasaron a ser sólo un recuerdo… Un año
después, Joan es una niña sana y feliz que va muy bien en los
estudios y que es la alegría de la familia”.
Pareciera que la Eucaristía y la consagración de la niña
abortada al Señor fueron para ellas como un bautismo espiritual y,
al sanarse la relación entre ella, su hermana y sus padres, al
sentir el amor familiar, pudo encontrar la felicidad definitiva y
eterna, que todavía no había conseguido.
Veamos otros casos en los que la misa no solo da paz al niño
muerto sin bautismo, sino que también sana a sus hermanos de graves
problemas de salud.
Una mujer de 50 años estaba preocupada por el extraño
comportamiento de su hijo. Ella admitió que había tenido dos
abortos durante su juventud. Durante la misa por estos niños
abortados, ella sintió una extraña sensación en su abdomen por
tres veces. Entonces, ella se acordó que había tenido también un
niño que había nacido muerto y este tercero también fue incluido
en la misa. Desde ese momento, la conducta de su hijo fue normal.
Un hombre profesional llevó a varios especialistas a su hija,
porque era muy violenta. La hija, de 26 años, había sido promiscua
sexualmente con hombres, treinta años mayores que ella. Buscando
antecedentes, el Dr McAll encontró que su madre había tenido un
aborto varios años antes de casarse con el padre de la joven. El
comportamiento de la madre antes de casarse, había sido parecido al
de la hija. Durante la misa por el aborto, el padre tuvo la visión
interior de un niño y rezó por él. Los problemas de la hija
desaparecieron a partir de ese día.
Por eso, afirma McAll:
“Las personas mas afectadas por estos niños (abortados), no
consagrados al Señor y que necesitan que se ore por ellos, son los
propios padres, un hermano o hermana gemelo, el niño que nace a
continuación, un niño adoptado en su lugar o, incluso, como en el
caso de Joan, el niño más sensible de la familia”.
Veamos otro caso:
“El vicario de una iglesia local comprobó por sí mismo cómo
una de las mujeres de su parroquia había logrado superar una
enfermedad mental, aparentemente incurable, después de haber orado
por uno de sus hijos que había abortado y de haberlo consagrado al
Señor durante una Eucaristía. Animado por esta experiencia,
acudió a visitar a otra mujer llamada Mildred, de algo más de
sesenta años… Ella le contó algo que no había dicho a nadie en
toda su vida. Cuando todavía era adolescente, tuvo un aborto. El
vicario le sugirió que celebrasen una ceremonia en la iglesia para
consagrar a su hijo abortado a Dios y Mildred accedió. Cuando
terminó la ceremonia, habían desaparecido todos sus dolores y
experimentó una sensación de liberación y alegría… Parece ser
que el niño no nacido había intentado atraer su atención mediante
los dolores de estómago. Era como si el propio niño se hubiera
convertido en el dolor de estómago”.
“Los gemelos o mellizos muestran una sensibilidad especial
hacia su hermano o hermana muertos. Durante la celebración de la
Eucaristía, una madre me mencionó que una de sus hijas gemelas
había fallecido en el momento del parto y que el hospital se había
ocupado de enterrar sus restos. Cuando rezamos por primera vez para
contrarrestar los efectos negativos de este incidente, brotaron
lágrimas de alegría en la gemela, que había logrado sobrevivir.
Me confesó que había “contemplado” a su hermana crecer todo el
tiempo, pero que nunca se había atrevido a hablar de ello”.
Sigamos con otros ejemplos para ver la importancia de consagrar a
Jesús a estos niños abortados, voluntaria o espontáneamente,
muertos sin bautismo.
Un hombre de veintiocho años se encontraba en la cárcel y
había llevado un comportamiento anormal y antisocial. Era un hijo
adoptivo de una familia que lo había adoptado al perder a su propio
hijo. Dice McAll:
“Durante la Eucaristía, aquellos padres, preocupados y
angustiados, le dieron nombre al hijo que había fallecido en el
momento del parto y, a través de sus oraciones lo consagraron a
Jesucristo. Inmediatamente después, el hijo que habían adoptado
salió de la prisión, convertido en un hombre totalmente reformado
y actualmente desempeña un empleo de gran responsabilidad…
Durante una celebración por un niño nacido prematuramente y que
había sobrevivido sólo cuatro horas, su madre intentó darle
gracias a Jesucristo por habérselo llevado con él. Entonces,
escuchó claramente: “Al niño tienes que ponerle un nombre y
demostrarle que goza del amor de su madre y luego consagrármelo a
Mí".
Una mujer había ejercido la prostitución y, a consecuencia de
ello, había padecido varios abortos tanto voluntarios como
involuntarios. Con gran respeto y cuidado, les puso nombre a todos,
aceptó el perdón de Dios y continuó consagrándoselos al Señor
todos los domingos, cada vez que iba a la iglesia. A partir de
entonces, se vió libre de la depresión que padecía”.
Como vemos, esta consagración del niño a Jesús es una especie
de bautismo espiritual, que les consigue la salvación y los libera
del estado de limbo o tiempo de espera en que se encuentran.
“El matrimonio Lancaster vino a verme muy preocupado por tres
de sus hijos. La hija mayor era drogadicta, tenían otra
anormalmente obesa y el hijo menor mostraba, desde los siete años,
una incontenible afición a robar. Elizabeth, la hija mayor, había
nacido después de un aborto anterior; Evelyn, la hija obesa, tras
un aborto involuntario, mientras que Charles, el hijo menor, lo
adoptaron para reemplazar a uno que había muerto. Dado que en
ninguno de los tres casos se había celebrado una ceremonia de
consagración al Señor, decidimos celebrar una Eucaristía por los
tres casos, tras la cual toda la familia se sintió liberada.
Elizabeth no volvió a probar las drogas; Charles dejó de robar y
el peso de Evelyn volvió a ser normal tan solo después de tres
meses…
Mi experiencia de “haber visto” a esos niños con la edad que
habrían tenido de no haber fallecido prematuramente, me demuestra
que es cierta la palabra de Dios, cuando dice: “Antes de formarte
en el vientre de tu madre te conocí” (Jer 1,5; Sal 139, 13).
Estos niños son auténticos seres humanos, dotados de alma…
Algunas personas creen que todos los niños van directamente al
cielo, cuando mueren. Pero eso, sólo ocurriría así en caso de
haber sido amados y de haber rezado por ellos en la tierra. He sido
testigo de más de seiscientos casos de niños fallecidos que
habían continuado creciendo al mismo ritmo que lo hubieran hecho de
haber seguido con vida. Cada uno llevaba al lado a su propio Ángel
de la guarda, esperando ese momento de amor y de consagración a
Dios”.
Como vemos el Dr. McAll, después de sus investigaciones
siquiátricas en cientos de casos, afirma claramente, a su manera,
que existe el limbo temporal, pues cree que sólamente estos niños
irán al cielo, directamente al morir, si han sido amados y han
orado por ellos. Ellos están esperando que les pongan un nombre,
les hagan sentir amor y los consagren a Dios. Mientras tanto, siguen
esperando, como él dice, ese momento de amor y de consagración a
Dios. Por eso, sugiere orar por ellos con las siguientes oraciones:
Oración por la salvación de los niños abortados
Señor Jesús, por medio de tu Madre bendita, te ofrezco todos
mis pensamientos, palabras y obras de este día por todas las
intenciones de tu Sagrado Corazón.
Especialmente, te ofrezco todos los actos de fe y de amor para
obtener de tu Sagrado Corazón la gracia del bautismo para todos los
niños inocentes, que serán asesinados hoy por el aborto.
Y, dado que sus propios padres y madres rechazarán su vida con
violencia y rehúsan ser garantes de la fe de estos niños, te pido
que me aceptes como padre y madre espiritual de estos niños.
Acéptame como garante del deseo de estos niños de estar contigo
por siempre para que, habiendo sido asesinados cruelmente, ellos
puedan ser admitidos a tu presencia como mártires inocentes y sean
salvados por tu amor. Amén.
Oración por los abortos espontáneos
Señor Dios, confiamos a tu amor a este pequeñito, que ha dado
alegría a sus padres por poco tiempo. Llévalo a la vida eterna.
Señor, tú has formado a este niño en el vientre materno. Tú
lo has conocido por su nombre desde el principio del tiempo.
Nosotros ahora deseamos ponerle el nombre de N., un nombre que
guardaremos como un tesoro en nuestro corazón para siempre.
Oramos por estos padres, que están tristes por la pérdida de su
hijo. Dales valor para soportar su pena y su dolor. Y que un día
puedan encontrarse con su hijo en la alegría y en la paz de tu
Reino. Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén. c)
Renovación Carismática Católica
La renovación carismática católica es un movimiento eclesial,
apoyado por la Iglesia, que trata de renovar la vida cristiana por
medio del poder del Espíritu Santo, que sigue derramando sus dones
y carismas en la actualidad como en los primeros siglos. Este
avivamiento espiritual comenzó en USA el año 1967 y, desde
entonces, se ha extendido a todo el mundo. Está presente en 238
países y sigue renovando la vida de 120 millones de católicos a lo
largo del mundo.
Algunos líderes carismáticos fomentan la oración por los
niños muertos sin bautismo y recomiendan celebrar una misa por
ellos o bautizarlos espiritualmente o consagrarlos a Jesús por
María o sencillamente orar por ellos. Su experiencia en muchos
casos, se parece a la del Dr. McAll, lo que significaría,
igualmente, que estos niños necesitan ser liberados con nuestra
ayuda para ser plenamente felices en el cielo. Mientras tanto,
estarían en un estado intermedio, al que llamamos limbo.
Hermanos Matthew y Dennis Linn: Entre los líderes carismáticos
católicos que más han estudiado este punto de los niños muertos
sin bautismo, están los hermanos Linn, jesuitas. Veamos lo que
dicen:
“Tal vez la sorpresa más grande de nuestro ministerio es la
curación física y emocional, que puede ocurrir muy rápido y
profundamente a otras personas, cuando oramos por bebés nacidos
muertos y por abortos espontáneos y provocados. Por ejemplo,
después de rezar por sus tres traumáticos abortos, Sandy retornó
a casa para encontrar a su hijo de siete años que había sido
hiperactivo desde su nacimiento, capaz de dormir por primera vez
durante toda la noche y de portarse normalmente en la escuela al
día siguiente.
Sandy se dio cuenta de que no solamente la hiperactividad de su
hijo había cesado, sino también de que su incapacidad para
aprender, diagnosticada como permanente, había desaparecido.
Casi cada familia puede beneficiarse... orando por abortos y
bebés nacidos muertos, ya que estas pérdidas son tan comunes.
Aproximadamente, del diez al veinte por ciento de todos los
embarazos terminan en abortos espontáneos, sin contar con el
cincuenta por ciento de óvulos fecundados, que nunca lograron
implantarse. En USA hay un millón y medio de abortos provocados por
año (cuatro abortos por cada diez nacimientos normales) y dos
nacidos muertos por cada cien nacidos vivos. Por eso, los bebés
constituyen el grupo más importante en nuestras oraciones por los
muertos. Pero ¿cómo sabemos que ellos necesitan de nuestras
oraciones? A veces, se nos ha dicho que no podemos rezar por ellos,
porque están en el limbo (permanente). Otras, que no necesitan de
nuestras oraciones, porque están ya en el cielo.
La historia de las oraciones de Santa Perpetua por Dinócrates,
su hermano, muerto no bautizado, es un ejemplo, proveniente de la
tradición cristiana, de cómo la gracia del bautismo puede ser
concedida a los niños muertos por medio de las oraciones de un
miembro de la familia”.
“Pidiéndole a Jesús que bautice a un niño muerto, le estamos
pidiendo hacer todo lo que todavía se necesita hacer por esa
criatura, ya sea que esto se inicie con un bautismo de deseo o
renovándolo con una celebración más profunda de amor de Jesús,
ofrecida a través de nosotros. Idealmente, esta oración debería
ser completada con una Eucaristía en la cual recibamos la comunión
y nos unamos a Jesús, orando por nosotros y por el bebé muerto
para llevarlo más cerca de Él por siempre. La Eucaristía es
también un momento ideal para dar el amor de Jesús a otros niños
que podían haber sido olvidados, tales como los cuatro mil niños
abortados diariamente en USA. Especialmente, en la Eucaristía se
habilita a los fallecidos con el perdón total de Cristo en el
Calvario. Recibiendo para sí mismos el perdón de Cristo y
extendiendo ese perdón hacia todos los que les hicieron daño, los
muertos están habilitados para entrar en el cielo y alcanzar el
estado de amar para siempre dentro del Cuerpo místico de Cristo”.
Como vemos, ellos hablan de curaciones extraordinarias después
de orar por estos niños, hablan de bautizarlos espiritualmente y
ofrecer una misa por ellos para "entrar" en el cielo y
alcanzar el estado de amar para siempre. Esto quiere decir que antes
estaban en un estado de no-cielo, al que llamamos limbo.
Veamos un ejemplo:
“Sue tuvo seis abortos espontáneos y dos hijos vivos, Julie de
cuatro y Jasón de dos. Durante un retiro, Sue asistió a una misa
en la que se le invitó a rezar por sus seres queridos muertos. Al
final de la misa, cuando fue invitada a permitir que Jesús le
trajera a su corazón a quien Él quisiera, Sue se sorprendió de
tener la siguiente experiencia:
Vi en mi espíritu a seis niños alegres que corrían a mis
brazos. Yo me quedé allí de pie, pensando: ¿A quién voy a
abrazar primero? Y sentí como si los abrazara a todos ellos en mi
corazón. Supe que eran mis hijitos y me regocijé, especialmente,
al ver cuánto los mayores querían al más pequeño. Los niños
irradiaban amor, a Jesús, a mí y el uno al otro. Ésta fue la
primera vez que los “había visto”, pero tuve y todavía tengo
el sentimiento de que ellos me conocen bastante bien.
Sue y un amigo oraron juntos por los seis niños abortados.
Simbólicamente, bautizaron a todos los niños y les dieron nombres.
Sue describe los cambios que vio en su familia, cuando volvió a su
casa.
Antes del retiro, Julie parecía una frágil flor. Era muy
sensible y lloraba fácilmente. Tenía seis muñequitas
(sorprendentemente, el mismo número de abortos). Cada una tenía un
nombre y se las tenía que tomar en cuenta en todas las ocasiones.
Ella parecía sentirse responsable y ansiosa por ellas. Desde mi
regreso, su atadura a aquellas muñecas se hizo considerablemente
menor. Ahora son juguetes con los cuales gusta jugar, pero no se
preocupa de ellos. Es curiosa, vivaz y mucho menos sensible...
Cuando volví del retiro, estaba inundada de amor por Jasón. Desde
mi vuelta, el cambio en su personalidad fue casi inmediato. Se
tranquilizó, es más sociable y parece adorar a su hermana Julie.
Otra cosa que también noté fue un efecto inmediato en mis
relaciones con mi esposo... Ambos nos dimos cuenta de que mi
frigidez había desaparecido”.
Los efectos reales de curaciones de que hablan los Hnos. Linn nos
recuerdan lo que decía el Dr. McAll, luego hay que tomarlos en
cuenta y decir que algo pasa, que no es inútil orar por estos
niños, sino muy eficaz, porque lo necesitan y, si lo necesitan, es
porque no están todavía en el cielo. Los Hnos. Linn creen que con
una misa es suficiente para liberarlos:
"Si eres católico, manda celebrar una misa por el bebé.
Mientras recibes la Eucaristía, deja que la sangre sanadora de
Jesús entre en ti y en todos los difuntos de la familia, por medio
del bebé".
El Padre Roberto DeGrandis tiene un libro titulado “Curación a
través de la misa”, donde nos habla de la importancia de la misa
y de que todas las misas tienen un especial poder de sanación para
los enfermos y para todos los que están agobiados en su espíritu y
concretamente para estos niños.
Él nos dice:
“Cuando consideramos el problema de los abortos, niños
malogrados o que han nacido muertos, uno de los principios básicos
es que estos niños deben ser recibidos con amor. Una de las formas
en que amamos y aceptamos a un niño es dándole un nombre. Esto les
da un sentido de pertenencia y de que ocupan un lugar verdadero en
la familia… Una mujer compartió el siguiente testimonio.
Yo tengo 41 años de edad y toda mi vida mi madre ha estado
contando la historia de que su madre (mi abuela) murió de parto y
que perdió una niña pequeñita. Mi abuela era huérfana y también
había perdido a otro niño antes de mi madre. Un día mi madre y yo
oramos unidas y le dio nombre a los dos niños perdidos por su
madre. Nosotras los ofrecimos al Padre en la luz de Cristo y oramos
por estos dos niños y su madre. A partir de ese día, mi madre
nunca más volvió a hablar de ese asunto. Sintió paz en su vida,
después de darles nombre a estos niños y ofrecerlos a Dios”.
Para él es importante ponerles un nombre y orar por ellos
ofreciéndolos a Dios para salvarlos.
El P. John Hampsch aconseja bautizar a estos niños
espiritualmente, consagrarlos a Jesús por medio de María y
celebrar una misa.
Dice:
“En la consagración total del niño al Señor, los padres
deberían pedirle que llene con su amor todas las necesidades del
niño como por ejemplo el bautismo de deseo o alguna otra forma
desconocida de gracia, semejante al bautismo... Esto podría ser
ratificado por una Eucaristía en la que, en el momento de la
comunión, nosotros nos unimos a Jesús de la manera más íntima
posible, orando por el niño... En la oración se debería incluir
una petición al Señor para que ese niño sea un “santo privado”
o un “intercesor” especial para la familia... Como epílogo de
esta oración a Jesús, es muy recomendable poner al niño en los
brazos de María (consagrarlo a Ella), recordando las palabras que
Jesús dijo: “Ahí tienes a tu Madre”. A María se le ha
encomendado ser la madre de todos y cada uno de los niños. Y Ella
los ama mucho más intensamente que las madres de la tierra”.
El P. Marcelino Iragui también recomienda una misa y
consagrarlos a Jesús por María. Escribe:
“Una práctica recomendable es el ofrecer la santa misa y
comulgar por ellos, sobre todo, cuando se hace en familia. En esa
Eucaristía, se pide a Dios que acoja en su seno a todos los
difuntos de la familia... A veces, los resultados son sorprendentes.
En caso de aborto provocado o involuntario, que no fueron
bautizados, se pide al Señor que inspire un nombre para cada uno de
ellos, se les acepta como miembros de la familia y se les presenta
por su nombre al Señor, arropados en el amor de su Madre, la Virgen
María”.
Así pues, de acuerdo a muchos líderes de la Renovación
Carismática Católica, es necesario orar por los niños muertos sin
bautismo, bautizarlos espiritualmente, ponerles nombre y, si es
posible, mandar celebrar una misa por ellos.
Parece ser que estos niños necesitan oraciones y amor para ser
liberados del estado de limbo y poder llegar al cielo para poder
disfrutar de la plena felicidad de Dios, ya que las oraciones no
aprovechan a quienes están ya en el cielo. Además, los efectos
positivos y extraordinarios que ocurren, al darles ese “bautismo
espiritual”, repercuten en toda la familia en hechos concretos y
reales, que no dejan duda de que esta práctica es necesaria para
ellos, pues la necesitan para ser felices.
d) Testimonio de Adopción Espiritual
Testimonio de una religiosa contemplativa italiana. Escrito el 25
de marzo de 2001 y cuyo original tengo en mi poder:
“Jesús, cuando uno de mis familiares me ha referido que una
persona muy querida para mí había abortado a su criatura en un
momento difícil de su vida, me he sentido muy apenada y triste. El
pensamiento de ese niño no se me apartaba de mi mente. Por eso, lo
he adoptado, le he puesto un nombre y, como no sabía su sexo, le he
puesto Giusi-Mar, Giuseppe, si era varón, y María, si era mujer.
Hoy, fiesta de tu Encarnación en María, me ha venido una
inspiración, que Tú has puesto en mi corazón. Lo único que puedo
decir es que me ha venido como un impulso de hacer algo por esa
criatura, que de cierto está viva.
Jesús, tu amor divino viene a mi corazón cada día en la santa
comunión. Por eso, te pido que, a través de mi pobreza y miseria
humana, puedas continuar haciendo crecer y formando a ese pequeño
ser al cual Tú has dado la vida. Nútrelo con tu Pan de vida cada
día en nuestro encuentro eucarístico. Te pido esta gracia y me
ofrezco a Ti en cuerpo y alma para que, después de nueve meses de
comunión eucarística, Giusi-Mar esté totalmente formado en el
cielo y sea una alabanza de amor a tu potencia creadora.
Jesús, ¿te he pedido demasiado? Perdóname, pero ya me siento
madre de esa criaturita, que nacerá a la vida plena en Navidad,
como has nacido Tú del vientre purísimo de María, tu dulcísima
Madre.
Jesús, soy feliz como una joven madre, aunque tengo ya ochenta
años. Pero sé que no cuentan los años a los ojos del Omnipotente”.
Me escribe el 21 de mayo de 2002 y me dice:
“Padre, pienso que Giusi-Mar tiene ya cinco meses de nacido a
la vida plena de Dios y siento que está bien. Continúo pensando en
él en la comunión de cada día y lo siento muy cerquita de mí y
me ayuda en tantas pequeñas dificultades, me basta llamarlo para
que venga en mi ayuda. ¡Si tú supieras cuánto me ayuda
espiritualmente esta tarea de sentirme mamá con Giusi-Mar! Siempre
he querido ser madre de una inmensa multitud de hijos. Por eso, los
adoptaré a esos niños y los nutriré con el pan de vida de la
Eucaristía, en unión con María la madre del cielo, que también
es Madre de todos ellos”.
Considero que con una sola comunión, bien hecha sería
suficiente para que este niño abortado reciba su bautismo de amor y
vaya al cielo. Lo interesante de este testimonio es que se siente
madre de estos niños y que ofrece la comunión por ellos.
Por otra parte, se ve la utilidad de invocarlo, pues en el cielo
no pueden ser indiferentes y desagradecidos. Por eso, ella nos dice:
“Lo siento muy cerquita y me ayuda en las dificultades. Me basta
llamarlo para que venga en mi ayuda. ¡Si supieras cuánto me ayuda
espiritualmente!”.
e) Sobre el Bautismo Espiritual
El P. Roberto DeGrandis cita el testimonio de una mujer:
“Hace veinte años yo quedé embarazada en un momento
inoportuno. Yo estaba enferma, bajo cuidado médico, y escasa de
dinero. Yo no podía tener un niño. Yo luchaba contra esta idea por
mi educación católica y deseaba tener una pérdida. Y tuve la
pérdida. Cuando yo vi a esa pequeña vida humana muerta delante de
mí en el hospital, me sentí muy apenada. Antes de llamar a la
enfermera, tome un vaso de agua y lo derrame sobre la cabeza del
niño bautizándolo en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo… A través de los años, Dios me dio un amor
especial por los niños pequeños rechazados y recogí en mi casa a
muchos de esos niños pequeños, que habían sido rechazados por sus
padres. Yo los amaba como si fueran míos y ellos me amaban a mí”.
Y escribe en la nota el P. DeGrandis:
“Esta misma mujer compartió que, un tiempo después, ella tuvo
una visión de su hijo perdido. En la visión supo que era un niño
y lo vió saludable y vivo con el Señor. Lo que le impresionó
profundamente fue que todos los niños rechazados que ella había
recibido en su casa, eran todos niños varones. Ellos eran un REGALO
y la forma de sanar su corazón por la pérdida de su hijo”.
En Villavicencio (Colombia) el obispo Mons. Cabezas ha aprobado
una misa de sanación post aborto y en ella se celebra el bautismo
de deseo con las oraciones que pone el P. John Dillon en su libro y
que veremos a continuación. Esta información con fotografías
puede consultarse en internet
www.vidahumana.org/vidafam/aborto/misa.html
El Padre John J. Dillon sugiere hacer una paraliturgia y en ella
hacer algunas oraciones, como bautismo de deseo, por el niño y
ofrecer a los padres “la vestidura blanca y el cirio bautismal”.
Entre las oraciones propone las siguientes:
“Tú, Señor, autor y defensor de la vida, tú eres nuestra
morada final. Te encomendamos a este niño (decir nombre). Confiando
en tu misericordia y en tu amor paternal, te pedimos le concedas la
eterna felicidad. Señor Dios, bondadoso y solícito, confiamos a tu
amor este pequeño (N). Acógelo en la vida eterna. También te
pedimos por sus padres, afligidos por la pérdida de su hijo.
Concédeles fortaleza y valor y ayúdalos en su pena para que puedan
un día reunirse con su hijo en la paz de tu Reino. Te lo pedimos
por Cristo, Nuestro Señor. Amén”.
El Padre James Manjackal, de la India, es uno de los líderes de
la renovación carismática más conocidos por su poderoso
ministerio de sanación de enfermos. Viaja constantemente por todo
el mundo y me escribió desde Alemania una carta, contestando a mis
inquietudes. Me dice así:
“De acuerdo a la enseñanza católica tradicional, los niños
que mueren sin bautismo no pueden ir directamente al cielo. Estos
niños van al limbo. Pero nosotros podemos bautizar a estos niños
en fe y espíritu en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo y así enviarlos al cielo.
Considero que esta es una de las tareas de nuestro ministerio
(sacerdotal), del cual muchos no están enterados. Lee 1 Co 15, 29.
Yo practico este ministerio (de bautizar a los niños abortados) en
mi predicación. También les digo a los padres que han abortado que
confiesen su pecado y, si es posible, que hagan obras de caridad
como, por ejemplo, ayudar a niños huérfanos en nombre de los
niños abortados.
Muchos padres han dado testimonio de que después de tal bautismo
(espiritual) de los niños abortados, ellos se les han aparecido
como ángeles y los han consolado. ¡Gloria a Dios!”.
En otra carta me dice:
“Yo he oído a mucha gente que me ha dicho que ha visto a los
niños muertos sin bautismo como ángeles y santos después de haber
sido bautizados en espíritu. Algunos dan testimonio de que, cuando
necesitan algo, ellos lo piden por intercesión de estos niños ya
salvados.
Normalmente, cuando la gente que ha abortado viene a mí con
tristeza y sentimiento de culpabilidad, yo les digo que pidan
perdón a sus niños antes de bautizarlos en fe y en espíritu.
Varias madres han tenido la experiencia de que sus niños han venido
a darles su perdón y a consolarlas. Yo conozco a mucha gente que
tiene contacto con estos niños salvados.
Yo bautizo a los niños muertos sin bautismo, si alguno está
presente como padrino. Muchos sacerdotes no lo hacen debido a su
falta de fe o a su ignorancia. Yo paso dos horas diarias, orando por
las almas de los que han muerto. Muchas almas vienen a mí y se
identifican y me dicen sus pecados y yo los bautizo, si no están
bautizados, y rezo para que se perdonen sus pecados y pido al
Espíritu Santo que los llene de su amor. Yo tengo maravillosas
experiencias de su entrada en el cielo y sus oraciones por mí son
de gran poder para mi ministerio. Los he visto con las caras
resplandecientes después de bautizarlos y me han prometido ayuda
espiritual.
Reza por mí. Mañana voy a Rusia por 10 días. Fr. James”.
Conservo estas cartas como el testimonio de un hombre, que,
según el parecer de los que lo conocen, transmite el poder de Dios
y una evidente santidad de vida. Él habla de bautizar a estos
niños para que vayan al cielo, pues mientras tanto están en el
limbo. Y, cuando se les bautiza, en algunos casos, hasta se aparecen
como ángeles o santos para demostrar la eficacia de esta oración
de bautizo post mortem. Además, nos habla claramente del poder de
intercesión de estos niños ya salvados y cómo algunos los
invocan. Estos niños son un gran apoyo para su ministerio a lo
largo y ancho del mundo.
El que quiera conocer más sobre la vida, ministerio, enseñanzas
y programas de viajes del Padre James Manjackal, puede consultar su
página Web www.jmanjackal.net
Los hermanos Linn nos ofrecen una especie de rito para el
bautismo espiritual:
“Lee San Marcos 10,13-16, donde Jesús pide que los niños
vayan a Él. Cierra los ojos y respira profundamente. Recuerda un
momento en tu vida, cuando te sentiste especialmente amado, un
momento, cuando supiste cuánto te ama Dios. Respira dentro de ti
mismo ese amor otra vez. Ahora piensa en el bebé que has perdido.
Ponte en contacto con tus sentimientos hacia ese bebé (por ejemplo,
amor, tristeza, deseo, dolor, culpa, etc.).
Comparte amor y perdón con el bebé. Ve a Jesús y María
delante de ti. Ve cómo ellos tienen a tu bebé en sus brazos y te
lo ofrecen. Abre tus brazos y recíbelo. Dile al bebé todo lo que
has estado guardando en tu corazón hacia él. Escucha cómo tu
bebé quiere contestarte y escucha todo lo que él ha guardado en su
corazón hacia ti. Durante los próximos minutos, di y haz con tu
bebé todo lo que quieras.
Con Jesús y con el bebé, perdona a cualquier otra persona que
pudo haber lastimado al bebé (médicos, otros parientes, etc.),
cualquiera que, aun sin saberlo, no cuidó de esta nueva vida.
Quizás tú u otra persona todavía sienten rabia hacia Dios por
haberles enviado al bebé en una época no deseada, o por
quitárselo. En este caso, “perdona” a Dios también.
Bautízalo. Ve de qué sexo es el bebé y pídele que te diga
qué nombre quiere él. Con Jesús, bautízalo simbólicamente con
ese nombre, pidiendo que Jesús lo lave y expulse cualquier dolor u
oscuridad que el bebé tenga. Haz el signo de la cruz en la frente
del bebé, y di con Jesús: Yo te bautizo N.N. en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Siente cómo el agua lo
limpia y renueva.
Entrega al bebé a Jesús y María. Pídeles a Jesús y al bebé
que te muestren cómo tú y el bebé pueden continuar amándose
mutuamente a través de Jesús. ¿Cómo quieres que el bebé ore por
ti y tu familia? ¿Cómo quiere tu bebé que ores por él? Cuando
estés listo, pon el bebé en brazos de María y de Jesús.
Invítalos a todos a que entren en la luz de tu corazón. Aspira ese
gran amor que hay en tu corazón y deja que recorra todo tu cuerpo.
Los católicos, que han estado involucrados en un aborto
provocado, deben acudir al sacramento de la confesión... y mandar
celebrar una misa por el bebé”.
En resumen, creemos que bautizar espiritualmente a estos niños
es muy importante para su felicidad y la de su familia, lo que nos
indicaría que necesitan ayuda, pues podrían estar, hasta que se
les ayude, en un limbo temporal. Pero, sin duda alguna, la mejor
oración que podemos ofrecerles es la santa misa. Quisiera terminar
con las palabras del padre del hijo pródigo, aplicándolas a cada
uno de estos niños del limbo:
“Alegrémonos, porque este hijo mío, que había muerto, ha
vuelto a la vida; se había perdido y ha sido encontrado. Y se
pusieron a celebrar la fiesta”.(Lc 15,24). amén
“Ya hace mucho tiempo he tenido revelación sobre el
estado de estos niños que mueren antes del bautismo. No puedo
explicar con palabras aquello en lo que veo consistir su pérdida,
pero me siento tan conmovida que siempre que vengo a saber de un
caso semejante me ofrezco a Dios con la oración y el sufrimiento
para satisfacer y expiar por aquello que otros han descuidado a fin
de que el pensamiento y el acto de caridad que yo hago puedan
compensar lo que falta en virtud de la comunión de los santos”
(12-4-1820). “Se debe orar especialmente para que ningún niño
muera sin bautismo” (12-1-1820).
(Beata Ana Catalina Emmerick)
“Las almas santas me dicen que los niños nacidos muertos o
abortados no van al paraíso ni al purgatorio. Van a un lugar
intermedio que se puede llamar limbo o cielo infantil. La
responsabilidad de llevarlos al cielo está en nosotros. Lo podemos
hacer, bautizándolos espiritualmente o mandando celebrar una misa
por ellos”.
(María Simma)
“Yo he oído a mucha gente que me ha dicho que ha visto a los
niños muertos sin bautismo como ángeles y santos después de haber
sido bautizados en espíritu. Algunos dan testimonio de que, cuando
necesitan algo, ellos lo piden por intercesión de estos niños ya
salvados.
Varias madres han tenido la experiencia de que sus niños han
venido a darles su perdón y a consolarlas. Yo conozco a mucha gente
que tiene contacto con estos niños salvados.
Yo también los he visto, después de bautizarlos, con las caras
resplandecientes y me han prometido ayuda espiritual".
(P. James Manjackal) “Estoy recogiendo de todas partes del
mundo a mis niños más pequeños para reunirlos en mi escuadrón y
depositarlos en lo profundo de mi Corazón Inmaculado. Hijos
predilectos, escuchen su voz que invoca su ayuda, corran a su
encuentro, tómenlos en sus brazos y llévenlos todos a su Madre
celestial. Pequeños son para Mí todos los niños ya concebidos,
cuyas vidas son voluntariamente destrozadas desde las entrañas de
sus madres. El amor y el ansia de su Madre celestial y de la Iglesia
por su salvación, así como su sangre inocente derramada por los
que desprecian y desobedecen la ley de Dios, es ya un bautismo de
deseo y de sangre, que los salva a todos” (8 setiembre 1983).
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