MAS ALLA DEL SUFRIMIENTO
Nihil Obstat P. Fortunato Pablo Prior Provincial Agustino
Recoleto
Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Chota (Perú)
P. ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA - PERÚ 2004
ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN........................................................................................2
PRIMERA PARTE: EL SENTIDO DEL SUFRIMIENTO
La vida. La
enfermedad.............................................................................5
Mensajes de Dios. Nuestra Madre la
Iglesia............................................9 Carta del Papa
Juan Pablo II. Palabras de los santos..........................15 El
sufrimiento nos lleva a Dios. Ofrecimiento del
dolor.......................20 ¿Seres inútiles? Sé agradecido.
Aprovecha el tiempo.........................27 Los ancianos.
Parábola de las huellas en la
arena...............................35 Parábola del hombre
servicial. Parábola del juicio final......................42 Jesús
es su nombre. Sufrir por los
demás............................................46
SEGUNDA PARTE: AMOR SANADOR
El amor sana. ¿Te amas a ti mismo? Dios te
ama................................55 Abandono total. Testimonios.
Vidas ejemplares..................................66 Jesús sana
hoy. El amigo de Jesús............................................
........102
TERCERA PARTE: REFLEXIONES Y ORACIONES
Las manos de Dios. El día en que Dios se
equivocó.........................110 Un niño subnormal. Dios
responde.....................................................114 No
te desanimes. Arriésgate a
vivir.....................................................116 Vivir
es amar. Siempre
adelante...........................................................122
Carta del hermano Roger de Taize. Dile Sí a la
vida...........................128 Vive para los demás. Ayuda a
Cristo en los que sufren.................... 131 La comunión de los
santos. Para reflexionar......................................137 A
los familiares. Carta a un
enfermo....................................................140
Oraciones. Oración de san
Agustín......................................................146 El
dolor. Felices
ustedes........................................................................157
CONCLUSIÓN..........................................................................................161
BIBLIOGRAFÍA........................................................................................163
MÁS ALLÁ DEL SUFRIMIENTO
INTRODUCCIÓN
Este libro quiere ser una respuesta de fe para todos aquellos que
sienten en su vida la espina del sufrimiento. Para muchos hombres,
el sufrimiento es algo absurdo y sin sentido que debe desaparecer de
la faz de la tierra. Pero lo cierto es que, mientras exista el
hombre, existirá el sufrimiento. Podrán superarse algunas
enfermedades, pero vendrán otras. Además, siempre habrá
accidentes y hombres malos, que harán daño a los demás. El
sufrimiento es parte integrante de la vida humana. Debemos saber
convivir con él y no verlo como un enemigo, sino como un mensajero
que llega de parte de Dios para decirnos algo importante. El
sufrimiento toca la puerta de nuestra vida y nos habla de nuestra
debilidad y de la posibilidad de ofrecerlo con amor para que sea una
escalera, que nos acerque más fácilmente a Dios. Nos puede elevar.
Nos puede hundir. Depende de nosotros.
¿Alguna vez el dolor ha llamado con fuerza a la puerta de tu
vida? ¿Has sentido alguna vez toda la impotencia de tu ser humano y
toda tu debilidad ante un acontecimiento que no puedes evitar? ¿Has
sufrido en carne propia la muerte de un ser querido por una
enfermedad? ¿O por un accidente? ¿O quizás, porque lo han matado
injustamente? ¿Tienes alguna enfermedad incurable o muy grave? ¿Te
has rebelado contra Dios? ¿Lo sigues amando, a pesar de todo?
Dios quiere hablarte a través de estas páginas. Léelas con
detenimiento y con fe. Sin fe nada tiene sentido y, tu misma vida,
no valdría la pena seguir viviéndola. Pero, si crees y amas, te
darás cuenta de que ante el sufrimiento nada está definitivamente
perdido. Y que Dios te espera como un Padre más allá de la muerte
para abrazarte con todo su amor y darte una recompensa eterna de
felicidad. Nada está perdido; mientras hay vida, hay esperanza.
Pídele a Dios la salud, si estás enfermo; pídele amor y paz, si
estas sufriendo la enfermedad o la muerte de un ser querido. Pero no
pierdas la fe y confía en Dios.
Les dedico este libro a todos los que sufren en el cuerpo o en el
alma. Que sean amigos de Jesús y encuentren en Él un apoyo en su
debilidad y sean capaces de ofrecerle sus sufrimientos con amor por
la salvación del mundo.
PRIMERA PARTE
EL SENTIDO DEL SUFRIMIENTO
En esta primera parte, vamos a dar algunas orientaciones para
entender el sentido profundo del sufrimiento en el plan de Dios y
cómo no es algo absurdo y sin sentido, sino un tesoro, que Dios
pone en nuestras manos, si sabemos aceptarlo con amor. Para ello,
veremos algunos textos bíblicos, textos del Magisterio de la
Iglesia y lo que dicen algunos santos.
LA VIDA
La vida hay que vivirla en una perspectiva de eternidad. Si sólo
pensamos en los cuatro días de este mundo, entonces, lo más
lógico es que sólo pensemos en divertirnos y gozar de la vida.
Pero, al final, habremos perdido nuestro tiempo y nuestra vida. Y
¡qué tristeza se sentirá en el último momento, cuando uno se dé
cuenta de haber vivido solamente para este mundo, sin pensar en la
eternidad que nos espera!
Además, el tiempo pasa tan rápidamente que los que ahora son
jóvenes, dentro de muy poco tiempo, serán mayores y, en seguida,
serán ancianos. Por eso, hay que pensar en el más allá, sin
descuidar trabajar en el más acá. Pero hay que vivir para la
eternidad.
Muchos hombres malgastan su vida en placeres y aventuras. Muchos
pierden su tiempo en no hacer nada o trabajar tanto que no tienen
tiempo ni para pensar. Y quieren ser siempre jóvenes. Pareciera que
sólamente los jóvenes tienen derecho a vivir. Porque a los
ancianos y a los enfermos se los margina como seres de segunda
clase, como si tuvieran menos valor. Pero el valor del ser humano no
está en su juventud ni en su dinero ni en su apariencia ni en sus
títulos, sino en su corazón. Un hombre, con el corazón lleno de
amor, vale inmensamente más que un hombre vacío por dentro, que va
sin rumbo y cuya vida no tiene sentido.
Por eso, vive tu vida en plenitud, vive tu vida con ilusión,
vive tu vida con amor. La vida es un regalo de Dios, un tesoro que
Dios te ha entregado para que puedas crecer en su amor. La vida es
como un libro en el que cada día debes escribir las páginas más
hermosas. No importa, si estás enfermo en un lecho o si estás en
una silla de ruedas, tu vida vale tanto para Dios como la de
cualquier ser humano, que camina por la calle y está trabajando
todo el día. Tu vida vale tanto como tu amor. Cuanto más amas,
más vales para Dios.
Tu vida es de Dios, no lo olvides, y a Dios debe volver. Tu vida
sólo tendrá sentido en la medida en que vivas con amor por Dios y
para Dios, sólo así te realizarás como persona y serás, de
verdad, plenamente feliz.
LA ENFERMEDAD
La enfermedad es un tesoro para el que sabe amar. El hombre, que
no ha sufrido, no sabe lo que es amar de verdad, porque el
sufrimiento es el alma del amor y el amor tiene las raíces en forma
de cruz. Cuanto más amas, más capacidad tienes para sufrir por la
persona que amas. Y yo te pregunto: ¿Cuánto amas tú a Dios?
¿Cuánto eres capaz de sufrir por Él? ¿Eres capaz de dar tu vida
por su amor como los mártires? Cuando el dolor llame a tu puerta,
no te rebeles contra Dios, ofréceselo con amor. El sufrimiento con
amor es la perla más preciosa que puedes ofrecer a tu Padre Dios.
Por eso, te digo a ti, hermano enfermo; a ti que estás
desconcertado ante la injusticia de la vida, a ti que caminas de la
mano con el sufrimiento desde tu nacimiento, a ti que te preguntas
sobre el sentido de tu vida; a ti que estás cansado de la
compasión de los demás y te sientes inútil y deseas morirte para
que todo esto se acabe de una vez. A ti, hermano enfermo, te digo de
parte de Dios, que tu vida es preciosa a sus ojos. Él tiene
contados hasta los pelos de tu cabeza, como dice Jesús. No te
lamentes ni llores amargamente por tu mala suerte. Piensa que “Dios
todo lo permite por nuestro bien” (Rom 8,28).
Me preguntarás: ¿Por qué Dios me ha castigado de esta manera?
¿Por qué tengo que sufrir esta enfermedad incurable? ¿Hasta
cuándo? ¿Por qué Dios se ha llevado a mis seres queridos? ¿Por
qué? ¿Por qué? Y podrías seguir preguntándome muchas más
cosas. Yo no puedo responderte. Sólamente Jesucristo, que sufrió
más que tú, que es tu Dios y te ama infinitamente, podría
responderte.
Hermano enfermo, escúchame, quiero hablarte al corazón, con
sinceridad. Una de las penas más grandes que puedes sufrir es tu
soledad. Ya sé que los demás no pueden comprender la profundidad
de tu dolor interior al sentirte inútil y sin ganas de vivir. Pero
Jesús, que ha sufrido más que tú, sí puede entenderte. Acude a
Él en este mismo instante y dile que te abra los ojos del alma para
que puedas comprender el sentido de tu vida y de tu dolor. Dios
tiene para ti una misión especial, que no ha encomendado a ningún
otro. Quizás sea una misión poco brillante, quizás sea oculta y
oscura a los ojos del mundo, pero no por ello, menos importante. Tú
vales infinitamente para Dios. Jesús murió por ti y te ama
infinitamente. No te desanimes, no pienses en el suicidio. Mira a lo
alto, mira a Jesús clavado en la cruz y dile:
Señor, gracias por mi vida. Gracias por haber muerto por mí en
la cruz. Gracias por tener un plan maravilloso para mí. Gracias
porque a pesar de todas mis rebeldías y de todos mis miedos y
rechazos, Tú sigues teniendo paciencia conmigo y me amas a pesar de
todo. Gracias, porque me has hecho así. Gracias, Señor. Te ofrezco
mi vida y te ofrezco mi amor con todos los besos y flores de mi
corazón. Amén.
MENSAJES DE DIOS
Dios nuestro Padre nos habla a través de la Biblia para hacernos
entender el sentido del dolor y para que no caigamos en la
tentación de creer que es un castigo, como creían los antiguos
judíos. Cuando Jesús vio al ciego de nacimiento, los discípulos
le preguntan: “Rabí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que
naciera ciego? Contestó Jesús: Ni pecó él ni sus padres, sino
para que se manifiesten las obras de Dios en él” (Jn 9,2-3).
En otra oportunidad, “se presentaron algunos que le contaron a
Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilatos con
la de los sacrificios que ofrecían, y respondiéndoles dijo:
¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los otros por
haber padecido esto? Yo os digo que no. Y aquellos dieciocho sobre
los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿creéis que eran
más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Os
digo que no y que, si no hiciereis penitencia, todos igualmente
pereceréis” (Lc 13,1-5).
Como vemos, Jesús nos está diciendo que los que mueren por
accidente u otras causas violentas, no necesariamente son más
culpables que los demás, como si la muerte prematura fuera un
castigo de Dios. Más bien, vemos que Jesús, con su vida y con su
muerte, nos consigue la salvación para darnos a entender el valor
redentor del sufrimiento.
Por eso, san Pablo es capaz de decir: “Me alegro de mis
padecimientos por vosotros. Estoy crucificado con Cristo y ya no
vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Y, aunque al presente vivo en
carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por
mí” (Gál 2,20).
Nos dice también: “En cuanto a mí, jamás me gloriaré a no
ser en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo
está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gál 6,14). “Y
gustosamente continuaré gloriándome en mis debilidades para que
habite en mí la fuerza de Cristo. Por lo cual, me complazco en las
enfermedades, en los oprobios, en las necesidades, en las
persecuciones, en los aprietos por Cristo, pues cuando parezco
débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Co 12,9-10). Y: “tengo
por cierto que todos los padecimientos del tiempo presente no son
nada en comparación de la gloria que se ha manifestado en nosotros”
(Rom 8,18).
Y sigue diciéndonos: “Todo lo puedo en Aquél (Cristo) que me
fortalece” (Fil 4,13). “Sufro, pero no me avergüenzo, porque
sé de quién me he fiado” (2 Tim 1,12). El mismo Cristo nos dice
claramente: “El que quiera ser mi discípulo que tome su cruz de
cada día y me siga” (Lc 9,23). ¿Estás dispuesto a seguir a
Cristo con tu propia cruz?
Si no puedes soportar tu sufrimiento, mira a Cristo crucificado y
lee en Isaías 52,13-53,12:
“Tan desfigurado estaba que no parecía un hombre…
Despreciado y abandonado de los hombres, varón de dolores y
familiarizado con el sufrimiento… Fue Él quien soportó nuestros
sufrimientos y cargó con nuestros dolores… Dios cargó sobre Él
los pecados de todos… Fue maltratado y no abrió la boca. Como un
cordero fue llevado al matadero y como oveja muda ante los
trasquiladores… En la muerte fue igualado a los malhechores, a
pesar de no haber cometido maldad alguna y no haber mentira en su
boca… Fue contado entre los pecadores, llevando sobre sí los
pecados de muchos e intercediendo por los pecadores”.
Ahora lee el Evangelio:
“Los que lo custodiaban se burlaban de Él y lo maltrataban”
(Lc 22,63). “Lo desnudaron y le pusieron sobre su cabeza una
corona de espinas y se burlaban de Él… y escupiéndole le herían
con la caña en la cabeza” (Mt 27,29-30).
Y tú ¿cuántas veces lo has maltratado y te has burlado de Él
y hasta lo has crucificado con tus pecados? Por eso, pídele
perdón, míralo crucificado y dale tu consuelo y tu amor. Pero no
olvides que tu sufrimiento por sí mismo no vale nada. Solamente
vale, cuando lo ofreces con amor y por amor a Dios y a los demás.
Por eso, Cristo desde su cruz, te invita a unirte a Él y a
ofrecerte con Él por la salvación del mundo. Lo cual no quiere
decir que, cuando estés enfermo, no debas ir al médico. Sí, debes
poner todo lo posible de tu parte para sanarte, si estás enfermo;
pero, cuando sufres a pesar de todo, debes ofrecerlo y no
desperdiciar tantas bendiciones que Dios te puede dar a través del
sufrimiento aceptado y ofrecido con amor.
Tu Padre Dios te dice: “Hijo mío, si estás enfermo, no te
impacientes, ruega al Señor y Él te curará. Huye del pecado y
purifica tu corazón de toda culpa. Da tus ofrendas… Y llama al
médico, porque el Señor lo creó y no lo alejes de ti, pues te es
necesario. Hay ocasiones en que logra acertar, porque también él
oró al Señor para que le guiara para dar salud y vida al enfermo”
(Eclo 38,9-14).
Y, cuando sufras demasiado y ya no puedas soportar tanto dolor,
escucha a tu Padre Dios que te dice: “No tengas miedo, yo te
llamé por tu nombre y tú me perteneces. Si atraviesas las aguas,
yo estaré contigo; si pasas por el fuego, no te quemarás. Porque
yo soy Yahvé, tu Dios. Y eres a mis ojos de gran precio, de gran
estima y yo te amo mucho. No tengas miedo, porque yo estoy contigo”
(Is 43,1-4). O lo que dice Jesús a Jairo, cuando muere su hija: “No
tengas miedo, solamente confía en Mí” (Mc 5,36). Y, en todo
momento, Él nos promete alivio y consuelo en nuestro dolor: “Venid
a Mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os
aliviaré… y daré descanso para vuestras almas” (Mt 11,28-30).
Acude ahora mismo a Jesús y pídele que cumpla su promesa y te
dé su PAZ.
Querido Jesús, gracias por escucharme, pero me falta paciencia
ante el dolor. A veces, estoy desesperado. Ayúdame, Señor, cuento
contigo y confío en Ti. Gracias por tu amor y gracias por tu paz.
NUESTRA MADRE LA IGLESIA
Veamos lo que nos dice la Iglesia en el Catecismo:
“La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre
los problemas más graves que aquejan a la vida humana. En la
enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su
finitud. Toda enfermedad nos puede hacer entrever la muerte” (Cat
1500).
“La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas
curaciones de dolientes de toda clase son un signo maravilloso de
que Dios ha visitado a su pueblo y de que el reino de Dios está muy
cerca. Jesús no tiene solamente poder de curar, sino también de
perdonar los pecados. Vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo.
Es el médico que los enfermos necesitan” (Cat 1503).
“Cristo, conmovido por tantos sufrimientos, no sólo se deja
tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias. Él tomó
nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades (Mt 8,17). No
curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida
del reino de Dios… Por su pasión y su muerte en cruz, Cristo dio
un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces, éste nos configura
con Él y nos une a su pasión redentora” (Cat 1505).
“La enfermedad… puede hacer a la persona más madura,
ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial, para volverse
hacia lo que lo es. Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una
búsqueda de Dios, un retorno a Él” (Cat 1501). Por eso, suele
decirse: Per crucem ad lucem (Por la cruz a la luz), es decir, por
el sufrimiento llegamos a la luz del amor de Dios.
Los Padres del concilio Vaticano II en su mensaje al mundo
decían a los enfermos: “Cristo no suprimió el sufrimiento y
tampoco ha querido desvelar enteramente su misterio. Él lo tomó
sobre sí y eso es bastante para que nosotros comprendamos todo su
valor. ¡Oh vosotros, que sentís más pesadamente el peso de la
cruz! Vosotros sois los preferidos del reino de Dios, el reino de la
esperanza, de la bondad y de la vida. Sois los hermanos de Cristo
paciente y con Él, si queréis, salváis al mundo. He aquí la
ciencia cristiana del dolor, la única que da la paz. Sabed que no
estáis solos ni separados ni abandonados ni sois inútiles: sois
los llamados por Cristo, sois su viva y transparente imagen. En su
nombre os saludamos con amor, os damos las gracias, os aseguramos la
amistad y la asistencia de la Iglesia y os bendecimos”.
¡Oh cruz gloriosa de Cristo, que nos consiguió la salvación!
¡Oh cruz gloriosa de nuestra vida, que nos ayuda a amar a Dios!
CARTA DEL PAPA JUAN PABLO II
El Papa Juan Pablo II escribió la carta apostólica “Salvifici
doloris” sobre el sentido del sufrimiento el año 1989. En ella
nos ilumina el camino para entender lo que es el dolor. Veamos:
“Cristo se acercó al mundo del sufrimiento humano por el hecho
de haber asumido este sufrimiento en sí mismo. Durante su actividad
pública, probó no sólo la fatiga, la falta de una casa, la
incomprensión, incluso de los más cercanos; pero, sobre todo, fue
rodeado cada vez más herméticamente por un círculo de hostilidad
y se hicieron cada vez más palpables los preparativos para quitarlo
de entre los vivos… Y Cristo se encamina hacia su propio
sufrimiento consciente de la fuerza salvífica del sufrimiento. Va
obediente hacia al Padre; pero, ante todo, está unido al Padre en
el amor” (N°16).
“Todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también
partícipe del sufrimiento redentor de Cristo… Parece ser que
forma parte de la esencia misma del sufrimiento redentor de Cristo,
el hecho de que haya de ser completado sin cesar” (N°24).
El sufrimiento de Cristo debe ser completado por nuestros propios
sufrimientos. Por eso, dice san Pablo: “Suplo en mi carne lo que
falta a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia”
(Col 1, 24). Eso significa que hay que dar una respuesta de amor a
Cristo y aceptar los sufrimientos que nos envíe.
Por eso, sigue diciendo el Papa: “El amor es la fuente más
plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del
sufrimiento. Esta pregunta ha sido dada por Dios al hombre en la
cruz de Jesucristo” (No 13). “El hombre que sufre no sólo es
útil para los demás, sino que realiza un servicio insustituible…
El sufrimiento es el mediador insustituible y autor de los bienes
indispensables para la salvación del mundo. El sufrimiento más que
cualquier otra cosa es el que abre el camino a la gracia, que
transforma las almas… Los que participan en los sufrimientos de
Cristo conservan en sus sufrimientos una especialísima partícula
del tesoro infinito de la redención del mundo y pueden compartir
este tesoro con los demás… Y la Iglesia siente la necesidad de
recurrir al valor de los sufrimientos humanos para la salvación del
mundo” (N°27).
“Por eso, recomiendo a quienes ejercen su ministerio pastoral
entre los enfermos, que los instruyan sobre el valor del
sufrimiento, animándoles a ofrecerlo a Dios por los misioneros. Con
tal ofrecimiento, los enfermos se hacen también misioneros… La
solemnidad de Pentecostés es celebrada en algunas comunidades como
jornada del sufrimiento por las misiones” (Juan Pablo II,
Redemptoris missio, N°78).
Pídele a María, la Madre de Jesús y madre nuestra, que te
enseñe a valorar tu sufrimiento. El Papa te dice:
“Con María, la madre de Cristo, nos detenemos ante todas las
cruces del hombre de hoy. Invoquemos a todos los santos, que a lo
largo de los siglos fueron especialmente partícipes de los
sufrimientos de Cristo. Pidámosles que nos sostengan. Y a vosotros
que sufrís, os pedimos que nos ayudéis. A vosotros, que sois
débiles, os pedimos que seáis fuente de fortaleza para la Iglesia
y para la humanidad” (Salvifici doloris N°31).
“Vosotros los enfermos sois la fuerza de la Iglesia… Por eso,
renuevo mi unión espiritual con vosotros. Esa unión espiritual,
que me une a cada hombre clavado en el lecho de un hospital, a quien
está limitado a su silla de ruedas o a cualquiera que lleve la cruz
del dolor. Me uno a todos vosotros y os pido que hagáis uso
salvífico de la cruz, que es parte de vuestra vida. Pedid fuerza
espiritual para llevarla con paciencia para que no perdáis el
coraje y podáis aliviar a otros con vuestra oración y vuestro
sacrificio” (Juan Pablo II, 1 de Julio de 1979, en san Giovanni
Rotondo).
En resumen, podemos decir con el concilio Vaticano II: “En
Cristo y por Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte”
(GS 22).
Sin Él nada tienen sentido y el sufrimiento parece un absurdo,
que oscurece la vida y quita la alegría de vivir, como si Dios
fuera el culpable de nuestras desdichas. Pero con Cristo, todo se
ilumina con un nuevo resplandor y el dolor es como un fuego que
purifica el oro de nuestro corazón.
PALABRAS DE LOS SANTOS
“Si tienes una enfermedad di: Dios me quiere decir algo a
través de esta enfermedad” (san Felipe Neri). “Señor, no deseo
ni curar ni estar enfermo, quiero únicamente lo que Tú quieras”
(san Alfonso María de Ligorio). “No quiero escoger la manera de
servir a mi Dios. En la salud, le serviré trabajando; en la
enfermedad, le serviré sufriendo. A Él corresponde elegir lo que
más le agrade” (san Francisco de Sales). “La cruz es el regalo
que Dios hace a sus amigos” (Cura de Ars). “No hay mejor madera
para encender y conservar el amor de Dios que la de la cruz” (san
Ignacio de Loyola). “Mi vocación es sufrir, sufrir en silencio
por el mundo entero, inmolarme junto a Jesús por los pecados de mis
hermanos… Soy un hombre que sufre… Dios me quiere tanto que los
mismos ángeles no lo comprenden…Me siento tan unido a la voluntad
de Dios que, cuando sufro, dejo de sufrir, al comprender que Él lo
quiere así… Siento una alegría inmensa de poder sufrir por
Jesús como no lo hubiera podido imaginar” (Beato Rafael). “Aunque
no lo comprendas, debes aceptar lo dispuesto por un Padre tan sabio
y que tanto te ama, aunque te duela” (san Basilio). “La gracia
de las gracias, el mayor favor que me ha otorgado Dios, por
intercesión de María, es sufrir mucho por Él” (san Juan Eudes).
“Más agradas a Dios, sometiéndote a su voluntad en la
enfermedad, que haciendo muchas y grandes obras, teniendo buena
salud” (san Juan Crisóstomo). “El Sagrado Corazón de Jesús
está más cerca de ti, cuando sufres, que cuando gozas” (santa
Margarita María de Alacoque). “Las enfermedades llevadas con
paciencia, afligen el cuerpo, pero enriquecen el alma” (san Juan
de Ávila). “Mejor se sirve al buen Dios, sufriendo que obrando”
(san Francisco de Sales). “Sufrir amando es la dicha más pura”.
“No pierdas ninguna de las espinas que encuentres cada día. Con
una de ellas puedes salvar un alma. Si supieras cuánto es ofendido
Dios…Ámale hasta la locura por todos los que no le aman” (santa
Teresita).
“Vuestra soy, para Vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?
Dadme muerte, dadme vida. Dad salud o enfermedad, honra o deshonra
me dad. Dadme guerra o paz cumplida, Que a todo diré que sí.
¿Qué queréis hacer por mí?”
(Santa Teresa de Jesús).
EL SUFRIMIENTO NOS LLEVA A DIOS
Hay quienes, ante el sufrimiento de la vida, se rebelan contra
Dios y le echan las culpas de todas sus desgracias. Le dicen: ¿Por
qué me has hecho esto? Prefiero morir a vivir. Quiero suicidarme,
así no vale la pena vivir. Algunos le exigen la salud, como si
fuera un derecho adquirido, y dicen: Si no tuviera hijos que cuidar…
Si estuviese solo, pero tengo una familia que alimentar y tengo
muchos problemas que resolver y muchos planes que realizar.
Pareciera que le dicen a Dios que ellos son seres indispensables en
el mundo.
Algunos gritan, diciendo: ¿Por qué? Yo soy bueno. ¿Por qué me
castigas? Oh Dios, mátame si quieres, pero que no dé pena a los
demás, que no haga gastar dinero a mis familiares, que no sea un
cacharro inútil para los demás… Y Dios no responde, y calla y
perdona y aguanta con paciencia todos los insultos e
incomprensiones.
Pero Dios no se divierte ni se lo pasa en grande viéndote
sufrir, como si tu dolor y tu enfermedad fueran caprichos de su
entretenimiento para los ratos libres. En cambio, se siente muy
contento, cuanto ve que tú te realizas a través del dolor y
maduras y llegas a ser mejor y más feliz. La peor desgracia que le
puede pasar a un hombre no es estar enfermo, sino ser un inútil que
no sirve para “nada” y que, al morir, se sienta vacío por
dentro por haber desperdiciado su vida. Pero si ama y ofrece su
dolor, aunque esté en una silla de ruedas, su vida estará plena de
sentido y se realizará como persona y será feliz.
Decía Nicolás Wolterstorff: “Dios es amor y nos ama. Por eso,
“sufre” al ver nuestro mundo pecaminoso lleno de sufrimiento.
Amar es sufrir. De ahí que podemos decir que las lágrimas de Dios
son el secreto de la historia humana”.
Hay una leyenda china que cuenta el caso de una pareja de
ancianos, que deseaban ardientemente tener un hijo. Después de
varios años de esterilidad, por fin tuvieron un hijo. El día
después de su nacimiento, los visitó un ángel de Dios y les dijo
que podían pedirle cualquier cosa, que Dios se la concedería.
Después de mucho pensarlo, le pidieron para su hijo que nunca
tuviera sufrimientos ni enfermedades en la vida. El ángel les dijo
que Dios podía concedérselo, pero que lo pensaran bien, porque, en
su opinión, no era lo más conveniente para él. Pero ellos
insistieron tanto que, al fin, Dios se lo concedió.
Y dice la leyenda que, felizmente, estos ancianos esposos no
vivieron el tiempo suficiente para ver crecer a su hijo, que llegó
a ser el más grande tirano que existió en toda la comarca.
¿Por qué? Porque el sufrimiento nos lleva a Dios, que es amor.
Nos hace más sensibles ante el sufrimiento de los demás y nos
ayuda a madurar personalmente. El hombre que no ha sufrido, no
tendrá la madurez suficiente para amar de verdad y será más duro
e insensible ante el dolor de los demás. Por eso, dice un dicho
antiguo: “quien no sabe de dolores, no sabe de amores”.
El sufrimiento es un tesoro de Dios, un instrumento de Dios para
acercarnos más a Él, si sabemos aceptarlo con amor. De otro modo,
puede ser un medio de desesperación para el que no tiene fe y sólo
piensa en terminar con todo cuanto antes y suicidarse.
Dice Luis Gastón de Segur que, de mil personas que hay en el
infierno, probablemente novecientas noventa estarían ahora en el
cielo o, al menos, en el purgatorio, si hubiesen sido ciegas,
paralíticas, sordomudas o afligidas por alguna enfermedad. Y de los
mil que hay en el purgatorio, probablemente estarían novecientas
noventa ya en el cielo, si hubiesen tenido alguna enfermedad, que
los hubiera hecho más humildes y maduros en la fe y en el amor.
Alguien ha dicho que los buenos enfermos son como las estaciones
de gasolina, a donde acuden los que quieren llenar su corazón
vacío de amor. Hablar con buenos enfermos ayuda a los sanos a ver
la vida en otra perspectiva, porque todos, tarde o temprano,
pasaremos por la enfermedad. Los buenos enfermos son bienhechores de
la humanidad y ayudan como misioneros en la gran tarea de la
salvación del mundo.
En 1928 Margarita Godet quería ser apóstol misionera, pero
estaba inmovilizada por la enfermedad y se ofreció como enferma
misionera por los seminaristas de las Misiones extranjeras de
París. Así comenzó la Unión de los enfermos misioneros, que se
compromete a ofrecer diariamente su dolor por las misiones.
También existe la Fraternidad cristiana de enfermos, fundada por
el sacerdote Henry François en Verdún (Francia), en 1942, para
enfermos, ancianos o minusválidos para fomentar la unión y
fraternidad entre ellos y enseñarles a aceptar su dolor y ofrecerlo
por la salvación del mundo.
OFRECIMIENTO DEL DOLOR
El sufrimiento es parte integrante de la vida humana. No hay
nadie que, tarde o temprano, no participe de él. Por eso, debemos
aprender a llevar nuestra cruz de cada día, como nos dice Jesús, y
saber ofrecerla para darle un valor sobrenatural. De ahí que sea
importante aprender a tener espíritu de sacrificio y no buscar
siempre el placer por el placer.
Nuestra Madre la Virgen, en muchas de sus apariciones, nos habla
de ofrecer sacrificios voluntarios por la conversión de los
pecadores. En Fátima le decía a Lucía: “Orad y haced
sacrificios por los pecadores, porque van muchas almas al infierno,
porque no hay quien se sacrifique ni ore por ellas” (13 de agosto
de 1917).
Este espíritu de sacrificio por la conversión de los pecadores,
lo aprendieron muy bien los tres pastorcitos. A veces, daban su
comida a las ovejas o a niños pobres o comían bellotas amargas o
no bebían agua en pleno calor y decían: “Oh Jesús, es por tu
amor y por la conversión de los pecadores”.
Evidentemente, el sufrimiento por sí mismo no vale nada, si es
que no se ofrece con amor y por amor. Pero, cuando se ofrece a Dios
con amor, tiene un gran valor redentor en unión con los méritos de
Jesús. Por eso, debemos pensar en tantas personas que están
alejadas de Dios y que están en peligro de condenación eterna por
sus propios pecados. Pero, si nosotros ofrecemos por ellos nuestras
oraciones y sacrificios, Dios les puede conceder gracias
extraordinarias, que pueden conseguirles su conversión y
salvación.
Si san Agustín no hubiera tenido una madre tan santa como santa
Mónica, quizás nunca se hubiera convertido ni hubiera llegado a
ser el gran santo que todos conocemos. Si tú fueras más generoso
con Dios y ofrecieras todos tus sufrimientos y enfermedades por la
salvación de tu familia, quizás Dios podía haber salvado hace
muchos años algún antepasado tuyo o algún familiar actual que va
por mal camino. La oración traspasa las fronteras del tiempo o del
espacio. Ora por todos tus antepasados y familiares, presentes y
futuros. Hay motivos más que suficientes para ofrecer todo lo que
sufres. Y ¡cuántos podrán salvarse por tu generosidad! Pero
¡cuántos también podrán condenarse por su culpa, pero porque no
han tenido familiares generosos, que los han encomendado al Señor!
¡Ofrece tu dolor a Dios y Él te bendecirá a ti y a tu familia!
No puedes imaginar todo lo que vale el sufrimiento, ofrecido con
amor. Sólo en el cielo lo comprenderás. Allí encontrarás miles y
miles de hijos espirituales, a quienes has salvado con tu dolor
amoroso o con tu amor doloroso.
Cuando tengas mucho que sufrir, celebra tu propia misa y di como
el sacerdote: “Esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros”.
Sí, este cuerpo tuyo ofrécelo y entrégalo como ofrenda a Jesús
para que, en unión con Él, puedas ofrecer tus sufrimientos al
Padre por la salvación del mundo. Así tu vida será una misa
permanente, en unión con Jesús.
Nos los dice Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los
focolares:
“Si sufres mucho y tu sufrir te impide cualquier otra
actividad, acuérdate de la misa. En la misa, Jesús, ahora como
entonces, no trabaja ni predica, Jesús se sacrifica por amor. En la
vida se pueden hacer muchas cosas, decir muchas palabras, pero la
voz del dolor, aunque sea sorda y desconocida a los otros, es la
palabra más fuerte, aquélla que penetra el cielo. Si sufres, mete
tu corazón en el Corazón de Jesús. Di tu misa. Ofrécete con
Jesús por la salvación del mundo. Y, si el mundo no te comprende,
no te turbes, basta que lo comprendan Jesús y María, los ángeles
y los santos. Vive con ellos y deja correr tu sangre en beneficio de
la humanidad. La misa es un misterio demasiado grande para poder
comprenderla. Su misa y tu misa, Jesús y tú, su amor y tu amor,
podéis salvar al mundo”.
Por eso, decía Susana Fouché: “Yo he tomado mis dolores en
mis manos como un instrumento de trabajo para la salvación del
mundo”. ¿Estás tú también dispuesto a ofrecer tu vida por la
salvación de tus hermanos? Jesús está esperando tu respuesta y
cuenta contigo. No lo defraudes. Jesús podría decirte:
“Yo soy tu Dios y pienso en ti. Dispongo todas las cosas para
tu bien, aunque no lo comprendas. Acepta con serenidad y paz todo lo
que disponga para ti y ofréceme con amor tus sufrimientos. Sólo
así podremos estar unidos y tener un solo corazón. Si experimentas
cansancio, échate en mis brazos. Si estás triste, ven a Mí y
duérmete tranquilo entre mis brazos.
Hijo mío, ayer por la mañana te vi triste y pensé que querías
hablar conmigo. Al llegar la tarde, te di una hermosa puesta de sol
y esperé, pero nada… Te vi dormir en la noche y te envié rayos
de luna para besar tu frente y esperé hasta la mañana; pero tú,
con tu prisa, tampoco me hablaste. Entonces, tus lagrimas se
mezclaron con las mías que caían con la lluvia del día. Hoy
sigues triste y quisiera consolarte con mis rayos de sol, con mi
cielo azul, con mis hermosas flores. Quisiera gritarte que te amo,
que no tengas miedo de acercarte a Mí para pedirme ayuda, que me
dejes entrar en tu corazón y que me entregues todo el peso de tus
problemas y todo lo que te hace sufrir.
¿No escuchas mi voz en el fondo de tu alma? Ya sé que estás
muy ocupado, puedo seguir esperándote, porque te amo. Pero no
olvides que te espero, porque quiero verte contento y feliz”.
¿SERES INÚTILES?
Una de las cosas que más hace sufrir a los enfermos es sentirse
inútiles. Nadie los valora y, más bien, los marginan, como seres
de segunda clase, que no dan más que problemas. Pero debemos estar
convencidos de que los que sufren y aman, no son seres inútiles,
sino, por el contrario, seres valiosísimos para el plan de
salvación de Dios sobre el mundo. Veamos lo que decía santa
Faustina Kowalska:
“En un alma que sufre, debemos ver a Jesús crucificado y no un
parásito o una carga para la Congregación. Un alma que sufre,
resignada a la voluntad de Dios, atrae más bendiciones divinas para
el convento que todas las hermanas que trabajan. ¡Pobre aquella
casa que no tiene hermanas enfermas! Dios, a veces, concede muchas y
grandes gracias en atención a las almas que sufren y aleja muchos
castigos, únicamente en consideración de las almas que sufren.
Para conocer si en una casa religiosa florece el amor de Dios, basta
preguntar cómo son tratados los enfermos, los inválidos y los
ancianos” (Diario, día 6 de septiembre de 1937).
Y esto que dice de las casas religiosas, lo podemos aplicar
igualmente a las casas de nuestras familias. En nuestros hogares
¿saben valorar y amar a los enfermos? ¿Cómo son tratados? ¿Los
ven como seres inútiles, que sólo dan problemas? ¿Desean su
muerte con la excusa de que no “sufran” más? Además, tú y yo
podemos estar enfermos en cualquier momento. Por eso, atiende con
amor a los enfermos y prepárate para la prueba, que vendrá, tarde
o temprano.
Santa Teresita de Lisieux decía: Sufrir pasa, pero haber sufrido
queda. Y ¡qué hermoso pensar que, con el sufrimiento, hemos
conseguido tantos méritos para la salvación de nuestros hermanos
del mundo entero!
SÉ AGRADECIDO
Cuando nos hablan de alguien, lo primero que solemos preguntar es
sobre cómo vive. ¿Es pobre o rico? ¿Es profesional? ¿Tiene buen
trabajo? ¿Gana mucho? ¿Tiene buena casa, buen coche, buena
presencia?
Si tiene mucho dinero y es joven y guapo, entonces, decimos que
es una persona importante y lo admiramos. Quisiéramos ser como él.
Creemos que debe ser muy feliz y sentimos envidia por todo lo que
tiene y por todo lo que puede disfrutar de los placeres de la vida.
Pero ¿será realmente feliz? ¿Acaso la felicidad está en tener y
tener cosas materiales?
Por ello, para conocer bien a una persona, más que preguntar
sobre su nivel económico, sus cosas materiales y su presencia
exterior, deberíamos preguntar cómo es su corazón. ¿Tiene un
buen corazón? ¿Es humilde y sencillo? ¿Ama sinceramente a los
demás? ¿Es comprensible y amable? ¿Ama a Dios con todo su
corazón? Porque lo único importante en la vida es el amor. El amor
es lo que da sentido a la vida. Hay que vivir con amor y acumular un
tesoro de amor, que nos sirva para la vida eterna. Hay que vivir
para la eternidad. Porque, en la tarde la vida, nos examinarán
sobre el amor y en la tarde de la vida sólo queda el amor.
Y tú, ¿amas de verdad a los demás? ¿Eres realmente feliz o
sientes envidia de los que tienen mas que tú? ¿Le das más
importancia a las cosas materiales o a las espirituales? ¿Cuánto
tiempo dedicas al cuidado de tu cuerpo y al cuidado de tu alma?
¿Hablas con Dios todos los días? ¿Eres agradecido por todos los
dones recibidos? ¿O te sientes triste, porque eres pobre, viejo o
enfermo, y nadie te hace caso?
Cuando digan con lástima de ti: ¡Pobre enfermo! ¡Pobre viejo!
Levanta la cabeza y di con entusiasmo y convencimiento: Mi cuerpo
está viejo y enfermo, pero mi corazón está joven y lleno de amor,
porque está lleno de Dios. Por ello, le doy gracias por mi vida
pasada y por todo lo que soy y tengo.
Sí, Señor, gracias por todo. Gracias, porque es maravilloso
tener los brazos abiertos, cuando hay tantos mutilados. Mis ojos
ven, cuando hay tantos sin luz. Mi voz canta, cuando hay tantos que
enmudecen. Mis manos trabajan, cuando hay tantos que mendigan. Es
maravilloso volver a casa, cuando hay tantos que no tienen a dónde
ir. Es maravilloso amar, vivir, sonreír y soñar, cuando hay tantos
que lloran, tantos que se odian y se revuelven en pesadillas, y
tantos que mueren antes de nacer. Es maravilloso tener un Dios en
quien creer, cuando hay tantos que no tienen consuelo ni tampoco fe.
Es maravilloso, Señor, sobre todo, tener tan poco que pedir y tanto
que agradecerte. Gracias, Señor, por ser como soy. Gracias.
APROVECHA EL TIEMPO
Hay muchos enfermos que no están tan enfermos que no puedan
hacer nada por los demás. ¡Hay tanto que se puede hacer! Sobre
todo orar y amar. Cuando el obispo vietnamita Nguyen Van Thuan
estaba prisionero de los comunistas de su país, quería hacer algo,
aparte de orar y ofrecer su sufrimientos. Quería hacer algo útil y
empezó a escribir. Dice él:
“Un día le dije a un niño católico de siete años, Quang,
que venía a la prisión: Dile a tu madre que me compre todos los
blocs viejos de calendarios. Quang me trajo los calendarios y todas
las noches escribía a mis feligreses mensajes desde la prisión.
Cada mañana, venía el niño a recoger las hojas y llevárselas a
casa para que sus hermanos y hermanas copiaran el mensaje y los
hicieran llegar a otros. Así nació el libro “Camino de la
esperanza”, que se ha publicado en once lenguas. Cuando salí de
la cárcel en 1989, recibí una carta de la Madre Teresa de Calcuta
en la que me decía: Lo que importa no es el número de nuestras
actividades, sino la intensidad de amor que ponemos en ellas.
Durante los 13 años que estuve preso, hubo períodos en que no
podía rezar, experimentaba el abismo de mi debilidad física y
mental. Más de una vez, he gritado como Jesús en la cruz: Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Pero Dios no me
abandonó. En la cárcel procuraba aprovechar el tiempo. A veces,
enseñaba a los mismos policías hasta latín. Un día, uno de ellos
me dijo: ¿Puede enseñarme un canto latino? - Sí, pero hay muchos
a cual más hermoso. - Usted cante y yo escucho y elijo. Canté el
Ave maris Stella, Salve Mater, Veni Creator… Y él eligió el Veni
Creator Spiritus. Nunca podría haber imaginado que un policía ateo
pudiera aprenderse de memoria todo este himno y, menos aún, que se
pusiera a cantarlo todas las mañanas, hacia las siete, cuando
bajaba la escalera para hacer gimnasia y bañarse en el jardín…
Al principio, estaba muy sorprendido, pero, poco a poco, me di
cuenta de que era el Espíritu Santo, quien se servía de un
policía comunista para ayudar a un obispo preso a rezar, cuando
estaba tan débil y enfermo y deprimido que no podía hacerlo. Sólo
un policía podía cantar en voz alta el Veni Creator”.
¡Cuánto se puede hacer por los demás, a pesar de estar
enfermos o desvalidos! ¡Dios es realmente maravilloso y tiene
caminos incomprensibles para nuestra mentalidad occidental y
materialista! El sufrimiento y la muerte, ofrecidos al Señor, son
las mejores medicinas para salvar al mundo. Eso es lo que pasó en
cierto lugar de Africa. Nos lo cuenta el mismo obispo Nguyen Van
Thuan: “En Bagamayo, puerto del este de Tanzania, donde
desembarcaron los primeros misioneros, visité el viejo cementerio
de los Padres Espiritanos, cerca de un baobab, árbol colosal de
África. Todos habían muerto jóvenes. El más viejo había llegado
a los 39 años”.
Pero aquel pueblo se convirtió; pues, como decía Tertuliano, en
el siglo III: “La sangre de los mártires es semilla de nuevos
cristianos”. Su sangre y sus sufrimientos no fueron en vano.
Nuestros sufrimientos y nuestra muerte no serán en vano, si los
ofrecemos al Señor, aunque no tengamos algo más que ofrecerle,
pero hagámoslo con amor y por amor.
Sin embargo, como decíamos al principio, se puede aprovechar el
tiempo, haciendo muchas cosas sencillas, aunque estemos limitados
por la enfermedad. Un anciano o un enfermo, que no necesite guardar
cama, puede escribir cosas bellas, pintar, aconsejar, quizás
limpiar y cocinar en su casa o cuidar a los niños o dar charlas u
otras muchas cosas, de acuerdo a su capacidad y cualidades
personales. Lo importante es que no se rinda y no se quede en un
pesimismo paralizante, sino que, mientras tenga vida, trate de vivir
para los demás y hacer algo para los demás, aunque sólo sea, en
los casos más extremos, orar, amar y ofrecer su vida y su dolor.
Así que aprovecha el tiempo, porque el tiempo es oro y es un tesoro
que Dios pone en tus manos y, si lo pierdes, nunca jamás lo
recobrarás.
Como decía Gabriela Mistral:
Toda la Providencia es un anhelo de servir. Sirve la nube, sirve
el viento, sirve el surco. Donde hay un árbol que plantar,
plántalo tú; donde hay un error que enmendar, enmiéndalo tú;
donde hay un esfuerzo que todos esquiven, acéptalo tú. Sé el que
apartó del camino la piedra, el odio de los corazones y las
dificultades del problema. ¡Qué triste sería el mundo, si todo en
él estuviera hecho; si no hubiera un rosal que plantar, una empresa
que emprender! No caigas en el error, de pensar que sólo se hacen
méritos con los grandes trabajos. Hay pequeños servicios: arreglar
una mesa, ordenar unos libros, peinar a una niña. Servir no es una
tarea de seres inferiores. Dios sirve. Pudiera llamarse: El que
sirve. Y tiene sus ojos en nuestras manos. Y nos pregunta cada día:
¿Serviste hoy? ¿A quién? ¿Al árbol? ¿A tu hermano? ¿A tu
madre?
Recuerda siempre el caso de una mujer judía que después de una
vida azarosa, a los setenta años, en 1979, estrenó su primera
pieza musical, una sinfonía en cuatro movimientos que los críticos
consideraron como una verdadera obra de arte. Desde entonces hasta
su muerte a los 90 años, trabajó sin parar, desarrollando sus
cualidades musicales y ofreciendo al mundo obras inmortales, que
muchos hubieran creído imposible de crear a su edad. Ella es Minna
Keal, una gran mujer.
LOS ANCIANOS
A lo largo de mi vida sacerdotal he visitado muchas veces a los
ancianos en sus casas. Una de las cosas que más me ha llamado la
atención es que, en muchos casos, sufren más por la soledad en que
viven, que por sus propias enfermedades. Se sienten tristes, porque
sus propios hijos no los valoran y los relegan al último rincón,
donde los debe atender la empleada de la casa. En otros casos, los
llevan al asilo, porque “no pueden” atenderlos en sus casas,
porque están “demasiado ocupados” con otras cosas que,
supuestamente, son más importantes, o quizás, para que no les
compliquen la vida a la hora de ir de viaje o salir de vacaciones.
Sin embargo, los ancianos estarían felices de vivir con sus
hijos y poder disfrutar de la compañía de sus nietos, a quienes
podrían cuidar y educar. No olvidemos que los ancianos son ricos en
sabiduría y experiencia. Ellos son la memoria de la familia. Y, si
una familia pierde la memoria y pierde su identidad, ¿qué familia
será?
Se dan casos, cuando están ya muy enfermos, en que sus
familiares buscan la manera de acabar “piadosamente” con ellos,
y con la teoría de que no tengan tanto que sufrir, arreglan las
cosas con el médico para quitarles el oxígeno o ver alguna manera
“piadosa” de terminar con su vida. En una sociedad consumista y
materialista, donde Dios no tiene cabida, ¡qué fácil es pensar
que lo únicos que valen son los jóvenes, sanos y con dinero!
Y, de esta manera, al prescindir de los ancianos, las familias
pierden su identidad, la memoria de su pasado y la riqueza de la
experiencia, que los ancianos pueden aportar a las generaciones más
jóvenes.
Al no ser valorados, después de haber sacrificado toda su vida a
favor de sus hijos, los ancianos se sienten solos y tristes. Su
ancianidad parece que fuera una noche oscura. Por eso, deben
levantar el corazón a Dios para que la alegría de la fe pueble de
estrellas la noche de su vida y puedan sonreír y afrontar la vejez
con dignidad. Un anciano puede ser viejo en años, pero joven de
espíritu, cuando ama a Dios y a los demás. Lo importante es ser
jóvenes de corazón, aunque el cuerpo se vaya debilitando día a
día.
Ser viejo no significa ser inútil. Ser anciano quiere decir
recoger los recuerdos y experiencias de la vida para ofrecer sus
mejores frutos a las generaciones posteriores. El bien hecho
permanece para siempre, aunque nadie lo haya visto y pasen millones
de años. Además, no todo pasa con el correr de los años. El saber
acumulado y el amor no pasan nunca. Por eso, cuando muere un anciano
con mucha experiencia y que ha amado a manos llenas, es como si se
incendiase una biblioteca o como si se incendiase una catedral. Por
tanto, ante un anciano bueno y sabio, respeta sus canas y aprovecha
tanta sabiduría y tanta belleza espiritual, ahora que todavía
está a tu lado.
El Papa Juan Pablo II en su carta a los ancianos les decía: “Los
ancianos nos ayudan a ver los acontecimientos terrenos con más
sabiduría, porque las vicisitudes de la vida los han hecho expertos
y maduros. Ellos son depositarios de la memoria colectiva y, por
eso, intérpretes privilegiados del conjunto de ideales y valores
comunes que rigen y guían la convivencia social. Excluirlos es como
rechazar el pasado, en el cual hunde sus raíces el presente…
La ancianidad es un tiempo para vivir con un sentido de confiado
abandono en las manos de Dios, Padre providente y misericordioso. Es
un período que se ha de utilizar de modo creativo con vistas a
profundizar en la vida espiritual, mediante la intensificación de
la oración y el compromiso de una dedicación a los hermanos en la
caridad. Personalmente, a pesar de las limitaciones que me han
sobrevenido con la edad, conservo el gusto por la vida. Doy gracias
al Señor por ello. Es hermoso poderse gastar hasta el final por la
causa del Reino de Dios. Al mismo tiempo, encuentro una gran paz, al
pensar en el momento en que el Señor me llame: ¡de vida a vida!”
(1-10-1999).
La tercera edad es muy hermosa. Nada hay en ella de inútil y, si
sólo podemos hacer pequeñas cosas, para Dios nada es pequeño,
porque, cuando hay mucho amor, Dios está ahí para hacernos
inmensamente felices. Y se pasea con nosotros por los caminos de la
vida.
¡Qué hermoso es poder ser conscientes del gran valor de la vida
y vivir con entusiasmo y amor hasta el instante final! Así vivía
también su ancianidad el gran poeta hindú Tagore, que, en su Poema
de despedida, dice:
“Es hora de partir, hermanos míos, hermanas mías. Ya he
devuelto la llave de mi puerta. Hemos sido vecinos mucho tiempo y
recibí de vosotros más de lo que puedo daros. Ya se va poniendo el
día y se ha apagado la lámpara, que iluminaba mi rincón oscuro.
Ya oigo la orden de partir y estoy pronto para emprender el camino.
Adiós”.
Paul Claudel escribía:
¿Acaso vivir es el fin de la vida? ¿Acaso vamos a permanecer
eternamente sobre la tierra? Lo importante es amar. Aquí está la
dicha, la gracia, el sentido de la vida y la eterna juventud. ¿Qué
vale el mundo comparado con la vida? ¿Y para qué sirve la vida
sino para darla? Por eso, no te atormentes tanto, cuando es algo tan
simple, amar y obedecer.
Y el gran poeta y sacerdote español José Luis Martín Descalzo
escribía:
Morir es sólo morir. Morir se acaba. Morir es una hoguera
fugitiva. Es cruzar una puerta y encontrar lo que tanto se buscaba.
Acabar de llorar y hacer preguntas, ver al Amor sin enigmas ni
espejos, tener la paz, la luz, la casa juntas y hallar, dejando los
dolores lejos, la noche-luz tras tanta noche oscura.
Y ahora veamos lo que decía un anciano de 80 años:
Bendito sea el que es capaz de comprender que me tiembla el pulso
y que mis pasos son lentos y vacilantes. Bendito el que se acuerda
de que mis oídos ya no oyen bien y que, a veces, no entiendo todo.
Bendito el que sabe que mis ojos ya no ven bien, y no se impacienta,
si se me cae algo de la mano y se rompe. Bendito el que no se
avergüenza de mi torpeza al comer y me hace un lugar en la mesa
familiar. Bendito el que me escucha aunque le cuente mil veces el
mismo cuento o los mismos recuerdos de mi juventud. Bendito el que
no me hace sentir de más y me demuestra su afecto con delicadeza y
respeto. Bendito el que encuentra tiempo para estar a mi lado y
enjugar mis lágrimas. Bendito el que me tienda su mano, cuando me
llegue la noche y deba presentarme ante Dios.
Oh Señor, estoy en tu presencia con mis años y mis
experiencias, con mis alegrías y mis penas, y con el gozo inmenso
de haber vivido. No mires, Señor, mis errores, sino la buena
voluntad de ser mejor. Dame fuerza para creer más en Ti y aumenta
el entusiasmo, la paz y la esperanza para estar disponible hasta el
último momento.
Acepta mi vida, tal cual es y transfórmala en una fuente de
alegría. Señor, por todo lo que has hecho por mí, por todo lo que
ha sido mi vida… GRACIAS
...????...
“Envejecer es ver a Dios más de cerca”
PARÁBOLA DE LAS HUELLAS EN LA ARENA
Había una vez un pescador, que vivía en un playa solitaria,
alejado de los hombres, pero no alejado de Dios. Un día, paseaba
por la orilla del mar y se sentía feliz, hablando con Dios.
Mientras hablaba con Él, le dijo: Señor, quisiera que Tú me
demuestres que estás siempre a mi lado y que me amas y me escuchas.
Y seguía caminando y orando. De pronto, escuchó la voz de Dios que
le decía: “Hijo mío, mira tus huellas. Ahí está la prueba de
que estoy a tu lado”. Y vio que, en la arena, había cuatro
huellas de dos personas, que hubieran caminado en compañía.
La alegría que sintió fue inmensa. Dios lo amaba, vivía a su
lado. ¿Qué más podía esperar y desear? Su gratitud no tenía
límites. Su alabanza era el pan de cada día. Pero fueron pasando
los días y los meses. Y el cansancio del duro trabajo le hacía
tambalear su fe.
Un día, estaba especialmente triste. El cielo estaba nublado, en
el mar había una gran tempestad, todo parecía oscuro. Tenía
hambre y frío y hasta se sentía enfermo. Entonces, pensó en Dios
y le dijo: Señor, dame la prueba de que hoy también estás conmigo
a mi lado. No me abandones. Te necesito, dame tu alegría y tu paz.
Y siguió caminando… Hasta que se atrevió a mirar sus huellas y
vió con tristeza que sólo había un par de huellas en la arena.
Entonces, desconsolado, le dijo: Señor, ¿por qué me has dejado
solo? ¿Dónde estás ahora? ¿Ya no me quieres? ¿Me dejas solo
ahora que estoy triste y enfermo? Y de pronto, oyó de nuevo la voz
de Dios: Hijo mío, cuando te iba bien en tu vida, tú pudiste ver
mis huellas a tu lado, pero ahora que estás enfermo, cansado y
abatido, he preferido llevarte en mis brazos. Mira bien, esas
huellas en la arena son las mías, no las tuyas.
Así que, hermano enfermo, Dios está a tu lado y te ama. Si no
sientes su presencia, no quiere decir que te ha abandonado. Quiere
decir que está contigo en la cruz y te abraza en su corazón y
llora contigo y sufre contigo y te ama desde dentro. Pero la paz que
sientes en lo profundo de tu ser, es un indicio claro de que Dios te
ama y se siente orgulloso de ti, que eres su hijo.
PARÁBOLA DEL HOMBRE SERVICIAL
Había una vez un buen hombre, que vivía en el campo y tenía
muchos problemas de salud; se sentía muy débil y casi no podía
caminar. Un día se le apareció Jesús y le dijo: - Necesito que
vayas a la montaña y cada día me traigas un atado de leña. Esto
debes hacerlo durante un año todos los días. El hombre se quedó
perplejo, no sabía cómo iba a cumplir la voluntad del Señor, pero
le prometió hacer todo lo posible de su parte. Los primeros días,
debía ir acompañado de algún familiar para poder caminar y traer
el atado, pero según pasaban los días y semanas iba sintiéndose
mejor de salud y podía caminar mejor. Sin embargo, el diablo se le
apareció y le dijo: - ¿Por qué obedeces a Jesús? Él te hace
trabajar sin sentido, pues en este pueblo todos tienen luz
eléctrica y ninguno necesita leña para cocinar. ¿Para qué
acumulas algo que no sirve para nada? Pero aquel buen hombre
desechó la tentación y siguió obedeciendo a Jesús hasta el
final. Y Jesús se le apareció de nuevo y le agradeció su
obediencia y le dijo: Mira, tu problema de salud ha desaparecido,
porque lo que necesitabas para sanar era aire puro y ejercicio
físico. Al obedecer, has obtenido la salud. Además, dentro de tres
días habrá problemas y no tendrán luz eléctrica en el pueblo y,
entonces, toda la leña acumulada durante un año vendrá muy bien
para calentarse y cocinar. Comparte tu tesoro con los demás y haz
felices así a todos los que te pidan ayuda. Al obedecer has
conseguido servir a los demás. Sé siempre un hombre bueno y
servicial.
Pues bien, muchas veces en la vida no entendemos las dificultades
que se nos presentan. A veces, queremos rebelarnos contra Dios, como
si fuera el culpable de nuestras desgracias, y el diablo nos pone
pensamientos de desaliento y de alejamiento de Dios. Pero no te
olvides que Dios “todo lo permite por nuestro bien” (Rom 8,28).
Y que Él conoce el futuro mejor que tú. Pon tu futuro en sus manos
y déjate llevar por Él, aceptando en todo momento su voluntad. Haz
el bien sin mirar a quien.
Cada uno de nosotros es como un pastel de distintos colores. Hay
quien tiene el color alegre de la simpatía. Hay quien tiene el
color brillante de la inteligencia o quien tiene el coraje de la
generosidad. Podemos vivir solos, pero nuestros días serían
tristes, a un solo color, quizás de negro. Ponerse en contacto con
los otros es pintar nuestro mundo con miles de colores. A ti te
toca, si escoges vivir solo o con otros. Te recomiendo que vivas en
unión con los demás para que el diario de tu vida esté coloreado
de millones de colores. Vive de colores, vive para los demás. Sirve
a los demás y di de todo corazón:
Hoy sembraré una palabra buena para que haya más paz. Hoy
sembraré un gesto de amistad para que haya más amor. Hoy sembraré
una oración para que alguien esté más cerca de Dios. Hoy
sembraré un gesto de delicadeza para que haya más bondad. Hoy
sembraré sinceridad para que haya más verdad. Hoy sembraré una
sonrisa para que haya más felicidad.
PARÁBOLA DEL JUICIO FINAL
Cuando llegó el final de los tiempos, millones y millones de
personas fueron llevados a una gran llanura para ser juzgadas ante
el trono de Dios, pero había muchos, que empezaron a criticar a
Dios:
- ¿Cómo puede juzgarnos? ¿Qué sabe Él del sufrimiento? Yo he
sufrido hasta la muerte en un campo de concentración, decía una
mujer judía. - Pues a mí me han torturado y asesinado, sólo por
ser negro. - Yo he sufrido toda mi vida sin compasión, decía un
joven. - Y yo he pasado mi vida en la cárcel por un crimen que no
cometí.
Y así iban recriminando a Dios uno tras otro. Y repetían:
¿Qué puede saber Dios del sufrimiento, si toda su vida la pasa
feliz en el cielo?
Entonces, se reunieron unos cuantos de los más revoltosos y
nombraron un representante para decirle a Dios que, antes de que los
pudiese juzgar, debería Él ser condenado a vivir en la tierra como
una persona humana. Y decían: Que nazca como un judío, que no se
sepa dónde nació, que le den un trabajo difícil; que hasta su
familia lo crea loco y que sea entregado por sus más íntimos
amigos. Que sea perseguido y condenado por un juez cobarde y que sea
torturado y asesinado para que sepa lo que es ser hombre y sufrir en
esta tierra.
Por todas partes, había algunos que levantaban la voz en señal
de aprobación. Cuando todos se callaron, apareció Cristo. Hubo un
gran silencio. Nadie se atrevió a decir una sola palabra. Porque,
de pronto, todos se dieron cuenta de que Dios había aceptado sus
condiciones y se había hecho hombre y había sido perseguido,
torturado y asesinado. Él sí sabía de sufrimientos. No había
abandonado a los que sufren, se había hecho como uno de ellos. Y
ahora los amaba con un amor especial. Por eso, después del largo
silencio, todos sonrieron aliviados y aceptaron ser juzgados por
Dios.
¿Estás dispuesto a aceptar el juicio de Dios sobre ti? ¿Serás
capaz de echarle en cara tus sufrimientos? ¿Los aceptarás y los
ofrecerás con amor para ser otro Cristo en el mundo? Dios hace
silencio, esperando tu respuesta. Él espera mucho de ti y cuenta
contigo para la gran tarea de la salvación del mundo.
JESÚS ES SU NOMBRE
Desde que Jesús sufrió y murió en la cruz, el sufrimiento
tiene un nombre: JESÚS.
Él ha dado sentido al sufrimiento. Si Jesús no hubiera sufrido,
quizás tendríamos derecho a rebelarnos contra un Dios, que nos ha
abandonado a nuestra suerte. Entonces, el dolor no tendría sentido
o, al menos, no lo veríamos. Pero, desde que vino Jesús al mundo,
ha podido decirnos a cada uno: “En el mundo habéis de padecer
tribulación, pero confiad: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).
San Pedro mismo, plenamente convencido, nos dice: “Alegraos en
la medida en que participéis en los padecimientos de Cristo” (1
Pe 4,13). Y san Pablo, por propia experiencia, nos dice: “Tengo
por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en
comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros”
(Rom 8,18).
Jesús es el siervo de Yahve, maltratado y sacrificado por los
pecadores, de que nos habla Isaías (c.52 y 53). Jesús es Dios que
sufre para enseñarnos a ofrecer nuestro dolor y darle así un
sentido sobrenatural. Sí, el sufrimiento tiene ahora un nombre
nuevo y ese nombre es Jesús. Jesús, por amor, sufrió por
nosotros. Por eso, si tú estás sufriendo en este momento, Jesús
te invita a seguirle, te invita a ofrecerte junto con Él al Padre,
te invita a no desesperarte, sino a acompañarlo en su cruz para ser
con Él redentor del mundo. ¿Estás dispuesto a ofrecer tu dolor
por amor a Jesús?
Chiara Lubich1, la fundadora del movimiento de los focolares,
escribe en su libro “El grito”: Recuerdo la impresión que
sentí en Jerusalén cuando en el Calvario, me mostraron el hueco,
donde fue plantada la cruz de Jesús. Postrada en tierra, anonadada
en adoración de agradecimiento, se me ocurrió una sola idea: si no
hubiera existido esta cruz, todos nuestros dolores, los dolores de
todos los hombres, no habrían tenido un nombre”.
Ahora comprendo por qué un autor dijo en cierta ocasión: el
infierno es no poder decir Jesús jamás. Creo que quien no sea
capaz de amar a Dios, quien no sea capaz de sufrir con Jesús, sólo
conseguirá desesperarse ante el dolor.
Por eso, nosotros, llenos de esperanza, en los momentos de dolor,
podemos decir como san Pablo: “Estoy crucificado con Cristo, y ya
no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20).
Decía Karl Stern, famoso siquiatra judío convertido, en su
libro El pilar de fuego: “¡Hay algo de extraordinario en los
padecimientos de Cristo! Por un lado, parecen contener todos los
padecimientos humanos. Por otro, parecen necesitar ser completados
por los padecimientos de cada individuo... Todos hemos presenciado
escenas que aún llevamos como clavadas en la imaginación a causa
de su horror. Un recuerdo de hace dieciocho años: una noche tuve
que informar a una madre, como médico interno de un hospital. de
que su hijo único había muerto de una hemorragia después de la
operación. Es una noticia terrible que comunicar, pero en un
hospital esto se hace rutinariamente. Sin embargo, no sé por qué,
tal vez a causa de su misma simplicidad, la escena es para mí
inolvidable. La madre se quedó mirando el cadáver de su hijo y, al
cabo de unos instantes, dijo sencillamente a su esposo: Éste es
nuestro hijo.
Me contó un pariente un caso ocurrido en Dachau. Un judío
anciano, enfermo, acostumbraba a pasearse sostenido de los brazos
por dos de sus hijos. Un día cayó muerto de un colapso. Un soldado
de asalto hizo a un lado su cuerpo con el pie, diciendo en presencia
de sus hijos: Un judío menos, tanto mejor.
Hemos visto personas bañadas con el sudor de la muerte,
matrimonios separados que amenazaban a los hijos, e hijos que
odiaban a sus padres... Y, sin embargo, hay que admitir que es
Cristo mismo el que está presente en todos esos sufrimientos. Eran
Él y su Madre los que estaban en la sala del hospital la noche que
murió aquel hijo. Fue su mismo cuerpo el que fue golpeado por el
pie del soldado de asalto, cuando dijo: Un judío menos. Es Él el
que se halla presente en la agonía y en las secretas humillaciones
de tantos millones de pacientes. Éste es un hecho básico, casi me
atrevería a llamar ‘científico’, porque no tiene nada que ver
con ninguna emoción. Es un axioma. Nos lo reveló el mismo Señor y
la Iglesia nos lo está repitiendo siglo tras siglo. Este axioma lo
tenía en el pensamiento Pascal, cuando dijo que Jesús está
padeciendo aún en la cruz”.2
El famoso escritor francés convertido, André Frossard
escribió: “El sufrimiento tiene un valor enorme. Si Cristo ha
querido pasar por el sufrimiento, ha tenido buenas razones para
ello... El sufrimiento nos abre al infinito, al mundo y a los otros.
Es una acción positiva y no negativa... Es una actitud normal
rechazar el sufrimiento. Cristo mismo en el huerto de los olivos,
dice: Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz. Pero, cuando
el sufrimiento está ahí, hay que aceptarlo... El que sufre
engendra la caridad y la compasión a su alrededor. Él es creador
de amor y, en este sentido, es semejante a Dios. Es capaz de mejorar
su entorno. El enfermo es Cristo. Jesús dice: Yo estaba enfermo y
me visitasteis. El sufrimiento nos abre a Dios y a su amor”.3
Por eso, digamos ahora con Jesús: Dios mío, pongo mi vida en
tus manos con una confianza sin límites, porque yo confío en Ti.
Haz de mí lo que tú quieras, sea lo que sea, te doy las gracias,
porque te amo y confío en Ti, porque tú eres mi Padre.
Y ahora digamos a Jesús y, si es posible, cantando: JESÚS,
JESÚS, JESÚS. Jesús, te doy mi vida y también todo mi amor.
Jesús, te doy mi mente, mi alegría y mi dolor. JESÚS, te quiero
mucho y llevo tu nombre dentro de mi corazón.
SUFRIR POR LOS DEMÁS
Si levantamos la mirada en una perspectiva eterna, podremos
comprender que el dolor tiene un sentido en los planes de Dios. Y
tú, con tu dolor, aunque no lo sepas, estás contribuyendo en la
gran tarea de la redención y salvación del mundo. Cristo con su
cruz abrió caminos inexplorados. La cruz de Cristo hizo una
revolución total y cambió de plano todos los valores de la
humanidad. Hasta entonces, el dolor era rechazado como absurdo. El
ideal era, y sigue siendo para muchos, tener salud, dinero y amor…
y disfrutar de todos los placeres que ofrece la vida. A lo máximo,
podía comprenderse el dolor como un castigo para los malos. Pero no
podía comprenderse el sufrimiento de los buenos como Job. Por eso,
si no comprendes nada, al menos piensa en Jesús, cierra los ojos,
quédate en silencio y acepta los planes de Dios.
¿Por qué Él te ha escogido a ti para que contribuyas con tus
dolores a la salvación del mundo, cuando prefieres contribuir
solamente con tus obras y con tu buena salud? ¿Por qué Él te ha
escogido como enfermo redentor? ¿Por qué tú debes sufrir por los
demás? Escucha lo que dice el Padre Ignacio Larrañaga, en su libro
El arte de ser feliz:
“He conocido familias piadosas, que vivieron siempre según sus
exigencias de una fe consecuente y ahora, de pronto, les ha caído
una cadena de infortunios (accidentes de carretera, muertes
prematuras, injusticias, quiebras económicas). No hay otra
explicación: están sufriendo por los demás.
He conocido madres de familia, que durante largas épocas
llevaron una vida intachable y ahora, de repente, han sido visitadas
por la incomprensión, la calumnia, la traición o una cruel
enfermedad. Si Dios es justo, esto es incomprensible; no hay otra
explicación, sino ésta: están sufriendo por los demás.
He visto criaturas pequeñas sin culpa ni malicia marcadas para
siempre por la invalidez o por la enfermedad; trabajadores que
fueron despedidos, quedándose sin pan y con ocho hijos en casa;
basta asomarse a los pabellones de un hospital para ver cuántos
enfermos se consumen lentamente durante años y años, hasta
extinguirse por completo en una cama; basta recorrer cualquier calle
y entrar casa por casa para encontrarnos con centenares y millares
de víctimas de la mentira, la traición, enfermedades incurables,
agonías dolorosas... Sabiéndolo o sin saber, están sufriendo y
muriendo por los demás, con Cristo, cargando sobre sí las cruces
de la humanidad.
Me diréis que esto es incomprensible, que es absurdo, que no
tiene lógica. Desde luego, si miramos las cosas a través de una
prisma de normalidades, todo esto atenta contra el sentido común y
está en contra de la equidad y de la justicia. Pero después de lo
que sucedió en el Calvario, después de que Dios extrajo de la
muerte vida y del fracaso total el triunfo definitivo, todas las
normalidades se vinieron abajo, las lógicas humanas se las llevó
el viento, subieron y bajaron las jerarquías de valores, se
hundieron para siempre las coordenadas del sentido común y,
finalmente, nuestras medidas no son sus medidas ni sus criterios
nuestros criterios. El Calvario es la revolución de todos los
valores...
He presenciado en los hospitales, y repetidas veces, la siguiente
escena: cuando yo les explicaba a los enfermos incurables cómo
estaban compartiendo los dolores del Crucificado y cómo estaban
acompañándolo en la Redención del mundo, he visto, mientras ellos
miraban fijamente el crucifijo, cómo sus rostros se revestían de
una paz inexplicable y de una alegría misteriosa. Seguramente,
sentían que valía la pena sufrir, porque habían encontrado un
sentido y una utilidad a su sufrimiento.
Su dolor tenía ya un carácter creador, como el dolor de la
madre que da a la luz. Yo no sé si a esto se le podría llamar
alegría en el dolor. En todo caso, es la victoria y satisfacción
de quien ha arrancado al dolor su aguijón más terrible, el sin
sentido, la inutilidad.
Un enfermo inútil para todo (humanamente) o cualquier otro
atribulado por las penas de la vida, toma conciencia de que, en la
fe y en el amor, está participando activamente en la salvación de
sus hermanos, de que está completando lo que les falta a los
padecimientos del Señor; de que su sufrimiento no es sólo útil a
los demás, sino que cumple un servicio insustituible en el plan de
salvación; de que está enriqueciendo a la Iglesia tanto o más que
los apóstoles y misioneros; de que su sufrimiento, asumido con
amor, es el que abre el camino a la gracia más que cualquier otro
servicio; de que los que sufren con fe y amor hacen presente en la
historia de la humanidad la fuerza de la redención más que ninguna
otra cosa; y, en fin, de que están impulsando el reino de Dios
desde dentro hacia delante y hacia arriba. ¿Cómo no sentir
satisfacción y gozo?
Piensa: con el correr del tiempo tu nombre desaparecerá de los
archivos de la vida. Tus nietos y biznietos serán también
sepultados en el olvido y sus nombres se los llevará el viento. De
tu recuerdo no quedará más que el silencio.
Pero, si has contribuido a la Redención del mundo, asociándote
a la tarea redentora de Jesús con tu propio dolor, habrás abierto
surcos indelebles en las entrañas de la historia, que no los
borrarán ni los vientos ni las lluvias; habrás realizado una
labor, que transciende los tiempos y los espacios ¿Cómo no sentir
satisfacción y gozo? Así se comprende aquella explosión de Pablo,
cuando dice: “Ahora me alegro de mis padecimientos” (2 Co
12,10).
Dejo, pues, sobre tu cabeza doliente esta bendición: “Bienaventurados
los que sufren en paz la tribulación y la enfermedad, porque serán
coronados con una diadema de oro”.4
SEGUNDA PARTE
AMOR SANADOR
En esta segunda parte, vamos a explicar que el amor de Dios es
sanador y que Jesús sigue sanando hoy como cuando vivía en la
tierra. Debemos amar a Dios y aceptar sus planes sobre nosotros
hasta el abandono total, como hacían los santos. Por eso,
expondremos testimonios de enfermos que han sabido sufrir con amor y
por amor. Comencemos diciendo que el amor sana y el odio enferma.
EL AMOR SANA
Hay algo que he aprendido con la experiencia: el amor sana y el
odio destruye y enferma. La misma Siquiatría nos habla de que el
desamor está en la raíz de la inmensa mayoría de los problemas
sicológicos. Por eso, la fe en Dios y creer que Él nos ama, cura
mejor que todas las medicinas del mundo. Decía el siquiatra Angyal
que “el amor está en la esencia misma de todos los problemas de
la personalidad”.
Y Victor Frankl (1905-1997), el gran siquiatra vienés, judío,
que estuvo prisionero en un campo de concentración durante la
segunda guerra mundial, descubrió la curación para muchas
enfermedades mentales en la logoterapia, es decir, en encontrar un
sentido a la vida en el amor a Dios y a los demás. Y dice en su
libro “El hombre en busca de sentido” que sin fe en Dios no
puede tener sentido el sufrimiento. Si el sufrimiento, la enfermedad
o la muerte no tuvieran sentido más allá de nosotros mismos, no
valdría la pena vivir. Por eso, habla de atreverse a sufrir para
convertir el dolor en algo transcendente. Hay que transcender el
dolor con el amor, para así darle sentido y dar sentido a toda
nuestra vida, aunque sea dura y triste.
¡Cuánto sufrimiento produce la falta de amor! La madre Teresa
de Calcuta cuenta: “Un día en Londres encontré, por la noche, a
un muchacho muy joven y le dije: Tú eres muy joven y no deberías
estar por la calle a estas horas. Él me respondió: Mi madre no me
quiere, porque llevo el pelo largo. Una hora más tarde volví al
mismo lugar y me dijeron que aquel muchacho había absorbido cuatro
drogas distintas. Había sido trasladado al hospital y, con toda
probabilidad, estaría ya muerto… En Calcuta hemos recogido a más
de 27.000 personas de la calle. Y mueren admirablemente con Dios.
Hasta ahora mis hermanas y yo misma no hemos encontrado ni visto
todavía ningún hombre o mujer que rehusara pedir perdón a Dios o
que se negara a decir: Dios mío, yo te amo…
Tenemos millares de leprosos. ¡Son tan admirables! La última
Navidad fui a verlos y les dije que ellos tienen a Dios como un
regalo, que Dios los ama especialmente, que ellos le son muy
queridos y que su mal no es el pecado. Un anciano, que estaba
completamente desfigurado, intentó venir hasta mí y me dijo:
Repítame eso otra vez, que me ha venido muy bien. Yo he oído decir
siempre que nadie nos ama. Es maravilloso saber que Dios nos ama.
Dígamelo otra vez”.
Raúl Follereau, el padre de los leprosos, dice:
“Un día vi a un leproso que, en sus brazos, sólo le quedaba
un dedo. Y dijo: He perdido mis manos y mis dedos, pero he
conservado mi coraje. Yo deseaba ser alguien, alguien que trabaje y
cante. Entonces, aprendí a servirme de mis manos, sin manos. Cien
veces, se me cayó al suelo la herramienta y cien veces me puse de
rodillas para recogerla. Acabo de conseguir mis primeras legumbres
en mi jardín, porque tú me enseñaste que no era un indeseable”.
Por eso, ama a los demás sin esperar nada a cambio, sin esperar
recompensa, ama sin descanso y diles a todos sinceramente que los
amas para hacerlos felices. Que no te pase a ti lo que le pasó a
Thomas Carlyle con su esposa. Él la amaba profundamente, pero era,
frecuentemente, áspero y brusco con ella. Sentía por su mujer un
amor sincero y profundo, pero no lo manifestaba, no se lo expresaba
con palabras tiernas y conducta amorosa. Daba por su puesto que ella
lo sabía y no se tomaba la molestia de hablar de ello ni de
comunicar sus sentimientos abiertamente.
Y así pasaron los años… Su mujer falleció antes que él y,
de pronto, todo el afecto reprimido subió violentamente a la
superficie y exigió una respuesta, una certeza de que su mujer
había sabido que él la amaba de verdad, con toda su alma. Pero
¿cómo podía ella contestar ahora? Él sabía que su mujer llevaba
un Diario hacía muchos años y lo buscó, esperando encontrar en
sus páginas la prueba que tardíamente necesitaba. Por fin,
encontró el Diario y hojeó sus páginas, pero por ningún lado
aparecía mención alguna de su amor por ella. Al contrario, página
tras página, descubrió la desgarradora evidencia de cómo su mujer
deploraba su mal genio y sufría con los accesos de furia, que él
padecía con triste frecuencia.
Leyó desesperadamente el Diario, sin encontrar ninguna página
en que se reflejara el amor que él la había profesado. Porque lo
cierto era que él la había querido de veras, aunque nunca se lo
había dicho. El hombre rompió a llorar y exclamó
desesperadamente: “Si mi mujer pudiera volver a mí, aunque sólo
fuera por un momento, para poder decirle lo mucho que la he querido
siempre, lo que ha significado para mí, hasta qué punto ella era
el centro de mi vida y la alegría de mi corazón… Ojalá pudiera
regresar por unos instantes para asegurarme de que, al fin, sabe
¡cuánto la amo!
Pero ya es demasiado tarde y sé que ella no va a volver y que yo
arrastraré hasta el día de mi muerte el dolor de no haberle dicho
nunca cuánto la amé”.
Por eso, no te canses nunca de decir al que está a tu lado que
lo quieres, que significa mucho para ti, que esperas mucho de él.
Sólo así superarás su inseguridad y tendrás un verdadero amigo.
Él necesita oírlo mil veces, no te canses de repetírselo y así
tú mismo encontrarás tu propia felicidad al hacerlo feliz.
Un hijo le decía a su madre moribunda: Fuiste la mejor madre del
mundo. Y ella le respondió: ¿Por qué no me lo dijiste antes? Ella
había esperado siempre una palabra de agradecimiento de su hijo y
nunca la había encontrado, como si él tuviera derecho a esperarlo
todo sin dar nada a cambio.
¡Es tan fácil hacer felices a los demás! Diles muchas veces,
con palabras o sin palabras, que los quieres. Nunca creas que se lo
has dicho bastante. El amor nunca se da por supuesto. Atrévete a
amar a los otros una y otra vez sin cansarte jamás.
No importa, si no se lo merecen. Ellos necesitan de ti para ser
felices y tú necesitas hacerlos felices para ser tú también
feliz. Esto lo he comprobado miles de veces con los niños. Yo
siento un cariño especial por los niños y procuro levantarles la
autoestima, diciéndoles las palabras más lindas. Y ellos se ríen
y se sienten felices y yo me siento feliz de su felicidad. Por
consiguiente, no escatimes elogios sinceros. Muchos niños, y
también adultos, necesitan que les reconozcas su valor para poder
sentirse contentos y creer que su vida vale la pena ser vivida.
¿TE AMAS A TI MISMO?
Una de las cosas más importantes de la vida es amarnos a
nosotros mismos; porque, lamentablemente, demasiadas personas no se
quieren a sí mismas y se rechazan y sufren por ser como son y se
desesperan y tienen ganas de morir y acabar con toda su desgracia de
una vez. Por eso, es tan importante en la vida aceptarnos y amarnos
como somos. Nadie podrá amar de verdad a los demás, si no se ama
de verdad a sí mismo.
El Padre Ignacio Larrañaga en su libro Del sufrimiento a la paz,
dice que todo lo que rechazamos mentalmente lo convertimos en
enemigo. Si no me gustan mis manos, ellas serán mis enemigos. Si no
me gusta la nariz o los dientes o el color de mi rostro o mi
estatura… se convierten en mis enemigos, que me hacen sufrir.
Entonces, ¿qué hacemos? Tratamos de que no se rían de nosotros,
procuramos ocultar las manos feas o los dientes o no queremos
aparecer en público para que no se fijen en la fealdad de la cara o
de las orejas, porque nos avergonzamos. Y avergonzarnos de nosotros
mismos es una manera de autocastigarse y de sufrir inmensamente,
pues eso puede durar toda la vida y nos puede hacer seres inútiles,
sin ganas de vivir. Preferiríamos que Dios nos haga morir y nos
rehaga de nuevo; pero, como eso es imposible, algunos rechazan a
Dios, se rechazan a sí mismos y no quieren vivir así.
Para superar este estado, es bueno contemplar los aspectos
positivos de las cosas. Mis manos, quizás no sean bellas, pero
realizan millares de prodigios. ¿Pensaste alguna vez qué sería de
ti sin manos? ¿Has visto alguna vez una persona sin manos? Por eso,
no te avergüences de tus manos, porque no tengan bellas
proporciones ni de tu nariz o de tus orejas o de tu rostro. Puede
ser que tus ojos no sean hermosos, pero ¿qué sería de ti sin
ellos? Puede ser que tu dentadura no sea uniforme y blanca, pero
¿pensaste alguna vez con qué orden y sabiduría están dispuestos
y qué admirable función desempeñan?
No te fijes, pues, en tus defectos personales o en tus errores
cometidos, como si fueras un fracaso total. Despierta y verás que
son inmensamente más grandes tus tesoros y cualidades que tus
defectos y fracasos.
Además, el recuerdo de tu pasado no puede convertirte en un
manantial continuo de tristeza y sufrimiento. No te amargues,
recordando y reviviendo historias dolorosas, porque no puedes ya
cambiar lo que pasó.
Vive el presente, pide perdón a Dios y a los demás. Y comienza
una nueva vida cada día, con entusiasmo y con amor en tu corazón.
Recuerda que hoy comienza el resto de tu vida. Ya no tienes tiempo
para odiar, sólo tienes tiempo para amar.
Y no te compares con los que son mejores que tú y tienen más
cosas que tú para rebelarte contra Dios y crear resentimientos en
tu corazón. Vive tranquilo con lo que tienes y no envidies a nadie.
Si quieres compararte, compárate con los que tienen menos que tú
para dar gracias a Dios. Dice Sofía Vilaró:
Cómo odiaba mis viejos, desteñidos zapatos, tan distintos a los
que en ese entonces quería, tan gastados por lluvias y sin gracia
aparente, que esperaba el día en que cambiarlos podría.
Quizás por un par que estuviera de moda, con colores brillantes
y diseños modernos o por esos que dicen que son muy resistentes,
que abrigan del frío de los crudos inviernos.
Un día que, cansada de tanto esperar, dejé que mi llanto me
consolara un rato, luego muy triste salí a caminar, preguntándome,
si mi suerte cambiaría alguna vez.
Fue entonces que vi a ese hombre sin pies y di gracias a Dios por
mis viejos zapatos.
Por ello, procura ser feliz con lo que tienes y sé tú mismo. No
insistas en imitar a los demás. No te empeñes en ser lo que no
puedes. Un pez debe ser un pez, un estupendo pez, pero no tiene por
qué ser un pájaro. Un hombre inteligente debe sobresalir en los
estudios, pero no tiene por qué ser un gran deportista. Una
muchacha fea difícilmente llegará a ser bonita, pero puede ser
simpática y una mujer maravillosa, porque su sonrisa hace más
bello su rostro que todos los cosméticos del mundo. Es decir, que,
cuando aprendas a amar en serio lo que eres, serás capaz de
convertir lo que eres en una maravilla. Sé lo que eres, no quieras
ser otro. Tú no puedes ser fotocopia. Sé tú mismo. Y ámate tal
como eres.
Otro punto importante es que no sufras por adelantado las cosas
que podrían ocurrirte. Encomienda tu futuro al Señor, porque no
sabes, si vivirás hasta el día siguiente. Pon tu vida en las manos
de Dios y confía en Él. Él tiene contados hasta los pelos de tu
cabeza y controla cada una de tus respiraciones y de tus
movimientos. Y Él te ama. Que no te pase lo que decía Mark Tuwain:
“He sufrido muchas desgracias, que nunca llegaron a ocurrir”.
Acepta tu vida como es y confía en Dios. Tony de Mello, en su
libro El canto del pájaro, cuenta la historia de un hombre que iba
quedándose ciego. Y sufría, pensando que se quedaría ciego e
inútil. Y luchaba contra sí mismo y no podía aceptar su
situación. Hasta que un día se quedó ciego y, poco a poco, fue
aceptando su ceguera hasta llegar el momento en que pudo decirle a
su ceguera “Te amo”. “Aquel día lo vi sonreír de nuevo.
¡Qué sonrisa más dulce! Estaba ciego, pero ¡qué bello se veía
su rostro con su dulce sonrisa! Mucho más bello que antes. La
ceguera había pasado a vivir con él y era su compañera”.
¿Aceptarías tú, sin desesperación, una enfermedad incurable o
la muerte de un ser querido o un fracaso total en tu carrera?
Acéptate como eres, ámate a ti mismo y pide al Señor que te dé
fortaleza y aumente tu fe para aceptar sus designios y abandonarte
con amor en sus manos divinas. Dios quiere que te realices como
persona y cumplas tu misión en este mundo, siendo así como eres.
Dios te ama así como eres, no necesitas cambiar para que te ame,
pero le darías una gran alegría, si cada día te superas más,
corriges tus defectos y te amas más a ti mismo y a los demás. Y le
ofreces tus dolores con amor y sin condiciones.
DIOS TE AMA
Tu vida está en las manos de Dios, bajo control de tu Padre
Dios, que te ama infinitamente. Confía en Él, pase lo que pase, y
dale gracias, porque todo lo permite por tu bien. Vale la pena
confiar en Él sin condiciones.
Una religiosa me escribía: “Me detectaron un cáncer avanzado.
Me operaron dos veces y tuve que soportar muchos tratamientos de
quimioterapia y radioterapia. Un día subí a mi celda y me
arrodillé ante el Cristo, que tengo en mi cabecera y, con todo mi
amor, le di gracias por mi cáncer. No sé lo que pasó, me quedé
fuera de mí. ¡Veía en el cáncer tanto amor y tanta delicadeza,
haciéndome participar del misterio de su Pasión! En esos momentos,
estaba gustando interiormente las alegrías del cielo, disfrutando
de una felicidad incomparable. De verdad que es más grande el gozo
que siento de sufrir por Jesús que el mismo cáncer. El Señor,
interiormente, me ha enamorado con su cruz y puedo decir con san
Pablo: Me alegro de mis padecimientos por vosotros, porque suplo en
mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo a favor de su
Cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24).
Otra religiosa me decía: “Cuando era jovencita, me gustaba ir
los sábados por la tarde y los domingos al hospital para visitar a
los enfermos. ¡Hay tantos que nunca reciben visita! Pues bien,
conocí a una joven completamente ciega y enferma. Su cama era un
cielo, era una verdadera santa, siempre conforme con la voluntad de
Dios y con la sonrisa en los labios. Para mí fue una experiencia
que nunca olvidaré y le pido al Señor ser como ella, sufrir
siempre con alegría y con la sonrisa en los labios”.
Una religiosa de Estados Unidos me decía en una carta: “No hay
nada imposible para Dios. Él puede sanar cualquier enfermedad por
muy grave e incurable que sea. En 1981 me dieron un año de vida y
aquí estoy. Todos me dicen que soy un “milagro viviente”. Los
médicos están atónitos y afirman que, de acuerdo a sus análisis,
yo debería estar ya muerta. En 1981 sufrí cuatro ataques al
corazón. En 1982 sufrí otros tres y quedé en coma. Llamaron a mi
familia y todo quedó preparado para el funeral. Mis hermanas de
Comunidad oraron al Señor y aquí estoy hasta que Dios quiera. Pero
con el convencimiento irrefutable de que Dios todo lo puede y puede
sanarnos de cualquier enfermedad como lo hizo conmigo.
Mi corazón está siempre con la puerta abierta para que entre
Jesús, cuando Él quiera sin pedir permiso. Yo le digo: “Estoy en
tus manos, haz de mí lo que tú quieras, sea lo que sea te doy las
gracias, porque te amo y confío en Ti”.
Vale la pena confiar en Dios sin condiciones. Por eso, cuando
tengas sufrimientos, dite a ti mismo: “Mi Padre Dios vela sobre
mí. Él lo sabe todo, sabe lo que me está pasando y conoce mis
necesidades. Mi Padre es bueno y me ama. Puedo estar tranquilo,
sabiendo que Él está tomando todas las medidas necesarias para
ayudarme y solucionar mi problema. Oh Señor, aunque pase por un
valle de tinieblas no temeré mal alguno porque tú vas conmigo”
(Sal 23).
ABANDONO TOTAL
Los santos son aquellos hombres que se han abandonado sin miedo
en las manos de Dios y han aceptado todos los sufrimientos de su
vida como venidos de la mano de Dios y los han ofrecido con amor por
la salvación del mundo, para convertir su signo negativo en signo
positivo. Todo es posible con amor; sin amor, nada vale nada ni
tiene sentido en la vida.
Veamos una historia narrada por Lanza del Vasto:
“Caía la noche. El sendero se internaba en el bosque, más
negro que la noche. Yo estaba solo, desarmado. Tenía miedo de
avanzar, miedo de retroceder, miedo del ruido de mis pasos, miedo de
dormirme en esa oscura noche. Oí crujidos en el bosque y tuve
miedo. Vi brillar entre los troncos ojos de animales y tuve miedo.
Después, no vi nada, y tuve miedo. Por fin, salió de la oscuridad
una sombra que me cerró el paso y me dijo: ¡Vamos! ¡Pronto! ¡La
bolsa o la vida!
Y me sentí consolado por esa voz humana, porque, al principio,
había creído encontrar a un fantasma o a un demonio. Me dijo: Si
te defiendes para salvar tu vida, primero te quitaré la vida y
después la bolsa. Pero, si me das tu bolsa solamente para salvar la
vida, primero te quitaré la bolsa y después la vida. Mi corazón
enloqueció, mi espíritu se rebeló. Perdido por perdido, mi
corazón se entregó. Caí de rodillas y exclamé: Señor, toma todo
lo que tengo y todo lo que soy. De pronto, me abandonó el miedo y
levanté los ojos. Ante mí todo era luz. En ella el bosque
reverdecía”.
Por eso, no huyas del amor, no huyas de Dios, acepta las
consecuencias de tu entrega total al amor y dale todo tu amor.
Entonces, tu vida tendrá una dimensión espiritual extraordinaria.
Como diría el poeta: “Sin cruz no hay gloria ninguna ni con
cruz eterno llanto. Santidad y cruz es una, no hay cruz que no tenga
santo ni santo sin cruz alguna”. (Lope de Vega)
TESTIMONIOS
Vamos a mostrar ahora algunos testimonios de personas, que, a
través del dolor y de la enfermedad, han podido acercarse más a
Dios y han encontrado el sentido de su vida. Todos estos testimonios
son rigurosamente reales, aunque no pongamos los nombres de los
protagonistas. Ojalá que estos testimonios nos ayuden a ver la vida
según la perspectiva de Dios.
Era el 24 de abril de 1972, un coche me invistió en la calle. Me
tuvieron que llevar al hospital. Yo tenía quince años y me
lesioné la medula espinal. Desde entonces, llevo diecinueve años
recuperándome entre médicos y hospitales. Han sido diecinueve
años de calvario. Tengo medio cuerpo paralizado y el brazo derecho
no me funciona.
Pero, a pesar de todo, siento la alegría de estar viva. Quiero
vivir cada momento en plenitud, pues un momento no vivido, es tiempo
perdido. Si no hubiera tenido fe, me habría suicidado. No tengo
nada, sólo tengo la vida, el más grande don que Dios me ha dado, y
quiero vivir en plenitud. He comprendido la importancia de la vida.
¡Cómo quisiera ayudar a tantos jóvenes que han perdido el sentido
de la vida y la siguen perdiendo, porque no la viven de verdad!
Teníamos mucha ilusión en nuestro primer hijo. Lo esperábamos
como un regalo de Dios. Por eso, el golpe fue demasiado fuerte,
cuando el médico nos anunció que había nacido con una falla en el
corazón. Al principio, mi esposo y yo nos rebelamos contra Dios. No
era posible que Dios nos hiciera eso a nosotros, que éramos buenos.
¿Por qué nos quería castigar de esa manera? Hoy, después de
siete años, mi esposo y yo somos los seres más felices con nuestro
niño. Hemos gastado mucho en especialistas, que nos siguen dando
esperanza, aunque debemos esperar a que sea mayor para que sea
operado. Mientras tanto, sufrimos, porque no es como los demás
niños ni puede jugar como los demás. Lo que sí puedo decir es que
nuestra vida cambió desde aquel día en que nos atrevimos mi esposo
y yo a rezar el Padrenuestro, tomados de la mano, y le dijimos a
Dios, de verdad y de todo corazón: “Hágase tu voluntad”.
En Lourdes, entre tantos enfermos, había una joven en silla de
ruedas. La recordaré toda la vida con aquellos ojos fijos en la
custodia, con la que el sacerdote daba la bendición a los enfermos
con el Santísimo Sacramento. Yo le decía a Jesús: Señor, que
camine, haz un milagro para ella. Pero no sucedió el milagro y me
sentí triste todo el día, porque Dios no me había escuchado.
Por la tarde, fui a rezar a la gruta de la Virgen. Había muchos
enfermos alrededor. De nuevo, vi aquella joven paralítica en su
silla de ruedas. Era la misma que había mirado con tanta esperanza
la hostia blanca. Poco a poco, iba anocheciendo y los enfermos se
iban retirando. Al final, sólo quedaba ella con su acompañante y
yo a su lado. Yo seguía pidiendo un milagro para ella. De pronto,
la miré, quería decirle algo, darle esperanza… Entonces, vi su
rostro transfigurado, con una sonrisa luminosa y bellísima. Su
sonrisa brillaba cada vez más y de su boca sólo salía con inmenso
amor, la palabra: Mamá, mamá, mamá, mientras miraba a la Virgen.
Nunca he visto ni veré un rostro tan bello. En ella vi reflejado,
de alguna manera, el rostro de María. Y me di cuenta de que el
milagro, que yo había pedido para ella, María lo había hecho
mucho más grande de lo que hubiera podido imaginar. Porque la joven
paralítica había recibido una alegría, una pureza y un amor, que
no terminarán con la muerte, sino que se prolongarán por toda la
eternidad. Me imagino que, aquella tarde, los ángeles sonreirían
ante la vista de aquella joven feliz, que miraba a María con ojos
llenos de luz y de amor. Yo, al menos, me sentí inmensamente feliz.
Una fría mañana de invierno, salía de una clase en la
Universidad, donde estudiaba segundo de Letras. Bajaba corriendo las
escaleras y resbalé. Me golpeé la cabeza con las gradas. Después
de dos días, aparecieron nubes en mis ojos, cada vez más densas y
oscuras. Desde entonces, soy ciega. Tenía 19 años y muchos ideales
y proyectos. Después de un inútil peregrinar por clínicas y
hospitales, me di cuenta de que no había nada que hacer y acepté
mi realidad. Me preguntaba: ¿Qué puedo hacer en la vida? Aprendí
a leer y a escribir en Braille y continué estudiando. Mi madre me
leía en voz alta las lecciones y yo trataba de retenerlas en la
memoria. Por fin, conseguí el título de Filosofía.
Ahora trabajo como telefonista. Respondo con la alegría de un
amigo a cada llamada, amo mi trabajo, porque sólo con amor y
alegría se puede hacer bello el trabajo más humilde y sencillo. Mi
padre me acompaña y viene a recogerme. En las horas libres, me
preocupo de los problemas de los ciegos. Vivo serena y contenta con
mi trabajo y me siento feliz de haber encontrado un sentido a mi
vida y de aceptar con amor la voluntad de Dios. ¡Gloria a Dios!
He vivido 17 años con mi esposo. Los diez primeros años con
buena salud. No nos faltaba de nada, hablando humanamente, porque
teníamos un buen trabajo. Pero pensábamos más en las cosas del
mundo, en fiestas y cosas materiales que en Dios. Teníamos nuestras
discusiones, de vez en cuando, y en una ocasión hasta nos separamos
durante siete meses.
De pronto, le descubrieron a mi esposo un tumor maligno. Y
comenzó para nosotros una etapa nueva. Al principio, nos chocó
mucho y no podíamos aceptar aquella situación tan inesperada y tan
difícil. Pero, poco a poco, fuimos aceptando la realidad y mi
esposo reencontró aquella fe de su juventud, cuando estudiaba con
los salesianos. Y los dos rezábamos juntos todos los días tomados
de la mano. Juntos descubrimos el amor de Dios y de que Cristo es el
que da valor a nuestro sufrimiento. Todos los días rezábamos el
rosario juntos y durante los últimos meses recibíamos unidos la
Eucaristía, cuando le traían la comunión.
Fueron momentos difíciles, pero llenos de fe. Los últimos
meses, mi esposo se preparó para la muerte y vivimos una gran
unión espiritual. Creo, sinceramente, que fueron los días de mayor
unión y amor de nuestra vida. Dios había transformado nuestro
hogar.
Mi hijo murió en la segunda guerra mundial en un lugar de
Alemania. Después de la guerra, yo fui a buscar la tumba de mi hijo
hasta que, por fin, la encontré en un cementerio, donde había
muchas cruces. Entonces, allí mismo, sobre la tumba de mi hijo
querido, sembré unos granos de trigo y le dije a un campesino de
aquel lugar: Cuide estas semillas. Cuando crezcan las espigas, por
favor, me envía los granos de trigo a mi dirección. Quiero hacer
con ellas una hostia para que mi hijo esté unido a Aquel que dijo:
“Yo soy el pan de vida. El que come de este pan vivirá para
siempre y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.
Cuando me llegaron los granos de trigo a mi casa, me puse muy
contenta y fui a un convento de religiosas para que me hicieran una
hostia. Después, se la llevé al sacerdote de la parroquia y él
celebró una misa, en la que me uní a Cristo en la comunión,
participando de aquella hostia, que tenía algo de la vida de mi
hijo. En esa misa, le volví a ofrecer a Jesús la vida de mi hijo y
sentí que no lo había perdido, sino que lo había recuperado para
siempre y que me esperaba lleno de amor de Dios.
Encontré al Señor en la cama de un hospital hace algunos años.
Me quitaron los dos senos y, desde entonces, comencé a leer la
Biblia y a rezar, porque me sentía muy triste. Y el Señor fue
bueno conmigo, porque me dio la oportunidad de encontrar la fe
perdida y descubrir que vale la pena seguirle a tiempo completo,
para siempre y sin condiciones.
Mi hijo es autista. Ha comenzado a decir alguna palabra a los
diez años. Ahora espero que comience a escribir algo. Pero
considero a mi hijo un verdadero regalo de Dios. ¡Cuántas cosas no
habría podido comprender sin este hijo o si hubiese sido un hijo
normal! Mi esposo y yo hemos sufrido mucho, pero ahora estamos muy
contentos con este hijo que nos ha ayudado a acercarnos más a Dios.
Por eso, lo alabamos y le damos gracias.
Mi historia comienza a los cinco años, cuando me detectaron
graves problemas en el corazón y, desde entonces, nunca más he
podido caminar. He estado toda la vida en silla de ruedas. Desde los
cinco años hasta los treinta, me los pasé yendo y viniendo a
clínicas y hospitales... Hace algunos años tenían que
transplantarme un riñón, pero no pudieron hacerlo, porque tenía
una grave enfermedad en el pulmón. Debían operarme del corazón,
pero tampoco pudieron por problemas cerebrales. Ahora tengo setenta
años y sigo adelante con mi cuerpo achacoso hasta que Dios quiera.
Le doy gracias a Dios por estos setenta años de vida. A los
veinte años fui a Lourdes en silla de ruedas con la esperanza de
curarme. Regresé más enferma que antes, pero Dios me había curado
internamente. Desde ese momento, tengo una alegría incontenible,
que, a veces, no puedo controlar y tengo que expresarla
externamente, cantando o diciendo a todo el mundo lo bueno que es
Dios y cuánto me ama.
Soy un enfermo de esclerosis múltiple desde 1990. Tengo dos
hijas y una esposa maravillosa. A pesar de que el misterio del
sufrimiento es grande, procuro transmitir alegría y paz a todos los
que me visitan. Vale la pena vivir, cuando se ama a Dios y a los
demás.
Soy un parapléjico. Tengo el deseo de apretar con mis manos la
cara sonriente de mi madre, quiero acariciar sus cabellos y
abrazarla contra mi pecho, pero no puedo, porque soy un
parapléjico. Tengo deseos de caminar entre la gente, de correr por
los prados, de estrechar las manos de mis amigos, pero no puedo,
porque soy parapléjico. Quiero sonreír a la gente, amar a todos
con un corazón lleno de amor y hablarles del Señor y de su
alegría. Y esto sí puedo hacerlo, a pesar de que soy un
parapléjico.
Cuando era niña, la poliomielitis vino a cambiar radicalmente el
curso de mi vida. Fui creciendo triste y cada vez estaba más
amargada con mi suerte y repetía: ¿Por qué a mí? ¿Por qué a
mí? Mis padres me llevaron a Lourdes para pedir a la Virgen la
curación. Yo les había dicho que, si no me curaba, al volver a
casa me suicidaba. Pero no me curé y no me suicidé. Algo había
cambiado en mí junto a la gruta de la Virgen. Dios hizo el milagro
de hacerme descubrir el valor del sufrimiento y yo le dije SÍ.
Desde que le di mi SÍ a Dios, como aceptando su voluntad sobre
mi vida, he sentido una alegría y una paz inmensas en mi corazón.
Yo me admiro cómo viene a buscarme tanta gente a mí que soy
analfabeta y me piden consejos espirituales. Sí, vale la pena estar
enferma de por vida, cuando se acepta la cruz por amor a Dios y se
ofrece todo a Dios con amor.
Yo nací defectuosa. Mi madre tuvo un mal embarazo y me afectó.
Y yo ahora soy enana, poco agraciada de cara y debo andar siempre
con mi silla de ruedas. Cuando era joven, me rebelaba contra Dios.
No entendía el valor del sufrimiento; pero, al fin, he comprendido
que Dios tiene un plan para cada uno. Y que el plan para los
enfermos no es mejor ni peor que para los sanos, simplemente es
distinto.
Cuando comprendí que la vida vale la pena vivirla, aun con
limitaciones humanas y sufrimientos, mi vida cambió. Pasé de la
tristeza a la alegría. Ahora tengo una alegría inmensa en mi
corazón. La gente me dice que, con mi sonrisa y la alegría que
brilla en mis ojos, parezco un ángel del cielo plantado en la
tierra.
Yo me pregunto: ¿Qué habría sido de mí sin estas limitaciones
y enfermedades? ¿Qué sentido le hubiera dado a mi vida ¿Qué
habría hecho? Muchos desperdician la vida en fiestas y placeres y
se olvidan de Dios y de los demás. Yo procuro sonreír a todos,
amar a todos, ofrecer mi vida por todos. Esa es la clave de mi
alegría. Hago lo que puedo, aunque es muy poco lo que puedo hacer
para colaborar en la gran tarea de la salvación del mundo. No sé
más que orar y amar, pero es suficiente. No soy útil a los ojos
del mundo, pero creo que Dios está contento conmigo. Y, mientras
tanto, la vida continúa y sigo caminando en mi silla de ruedas,
viviendo en espera de aquel momento supremo en que Dios me llame a
la vida eterna. Entonces, sin sufrimientos seré inmensamente feliz
para siempre. Y podré cantar con los ángeles: ¡Gloria a Dios en
el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!
Una joven, muerta de un tumor a los dieciséis años en 1986,
escribía a sus amigos:
“No estéis tristes. Cuando me muera, estaré más cerca de
vosotros que nunca. Vivid una vida plena con Cristo. Orad mucho. Yo
ofrezco mis dolores, mis oraciones y mi vida por vosotros y por todo
el mundo. Y siento que todo el paraíso se alegra conmigo. Yo
estaré siempre a vuestro lado para ayudaros como un angelito. Rezad
por mí”.
Una joven, que murió el 21 de enero de 1998, escribió unos
días antes una carta a una amiga:
“Te escribo, porque no tengo fuerzas para hablar. Tengo un
cáncer al cerebro en fase terminal, pero esta Navidad ha sido la
más bella de mi vida, porque la he vivido con Jesús y con mucho
amor a mi alrededor. Él me acompaña en esta subida al calvario,
que no sé cuánto durará. Pero me fío de Él. Él cuidará de mi
familia mucho más y mejor de lo que yo pudiera hacerlo. Antes de
salir del hospital, he dejado un niñito Jesús a los enfermos. No
te imaginas cómo me lo han agradecido los enfermos de sida. Pienso
mucho en ellos, porque sé que no tienen a nadie que los quiera y
han tenido una vida triste. Reza por ellos”.
Tengo 36 años y estoy enfermo de leucemia. Hubiera querido ver a
mi hijo llegar a ser un hombre, pero estoy igualmente contento y
pienso que, por todo lo que sufro en este mundo, tendré una vida
mejor en el otro. Espero que mi hijo pueda dedicarse al servicio del
prójimo y de aquéllos que más sufren. Ése es mi mejor deseo para
él. Por esta intención rezo todos los días y ofrezco mis
sufrimientos. Desde que tengo esta enfermedad, he conocido más a
Dios y he conocido lo que es, en verdad, la verdadera alegría.
¡Que Dios sea bendito!
Me enfermé a los 17 años de tuberculosis pulmonar. Desde
entonces, no he cesado de estar enferma y estoy en mi tercer
sanatorio. Sin embargo, encuentro la vida muy bella y me encuentro
bien en este mundo. No quiero morirme. Pero, de todos modos, seré
más feliz en el otro mundo. El hermano cuerpo no me hará sufrir
más. Mientras tanto, sufro y espero y amo con todo mi corazón.
A una joven mujer tuvieron que cortarle los brazos y las piernas.
¿Puedes imaginarte lo que eso significa? ¿Cómo te sentirías tú,
si te cortaran tus brazos y tus piernas? Pues bien, cuando fui a
visitarla, me preguntó: Padre, ¿qué dicen los demás de mí? -
Algunos dicen que es mejor que Dios te recoja para que no sufras. -
Otros dicen: No entiendo cómo Dios permite tanto sufrimiento. Y yo
le dije: ¿Y tú qué dices? Y ella me respondió: Lo único que yo
digo es que Dios es bueno y me ama.
Hermosa respuesta; porque, a pesar de todas las limitaciones
humanas de la enfermedad, podía todavía creer en el amor de Dios y
confiar en Él.
En 1961 una joven enferma de Valencia, España, fue a Lourdes
para pedir su curación y le dijo al sacerdote que la acompañaba:
“Vine para curarme, pero ahora ya no me interesa curarme. No
creía que pudiese existir la alegría que he encontrado aquí.
Ahora no envidio a nadie y me siento tan feliz que no pediré a
Jesús la curación de mi cuerpo”. En ese momento, el sacerdote
pensó en tantos y tantos sanos de cuerpo, pero enfermos de alma,
que viven insatisfechos, descontentos y no tienen la alegría de
Dios en su corazón.
El P. Bellanger, sacerdote misionero, de 29 años, fue al médico
para que le diera el diagnóstico de su enfermedad, después de los
correspondientes análisis. - Doctor, dígame la verdad. ¿Es
cáncer? Sí, le dijo el doctor. Y él escribió una breve carta a
sus padres, para abrirla sólo después de su muerte. La carta
decía así:
“Queridos padres, mi alma está en las manos de Dios.
Lloraréis y muchos os compadecerán. Comprendo vuestro dolor, pero
os digo que tengáis fe. Jesús está conmigo y me ama. Pedidle que
os dé su paz. Dios sabe lo que hace. Dios me llama a estar con Él
para siempre. El Señor me está esperando. ¡Aleluya! ¡Hasta
Pronto!” (testimonio publicado en Crociata, Roma, 1959).
Un misionero cuenta la siguiente historia. “Un día iba con un
catequista a visitar un caserío en medio de la selva. Y, a pesar de
que el catequista conocía bien el camino, nos extraviamos. A la
caída de la tarde, buscamos un lugar donde pasar la noche y vimos
una cabaña solitaria y nos dirigimos a ella. El dueño de la
cabaña vivía solo. Nos dijo que lo habían expulsado del caserío,
acusándolo de ser un brujo, culpable de la muerte del jefe del
caserío, pero que no era verdad.
Nos dijo: Un buen amigo me trae alguna cosa cada semana para no
morir de hambre. Estoy muy enfermo, pero confío en Dios y no he
perdido la esperanza de encontrar un sacerdote antes de morir. Todos
los días rezo el rosario, pero no pido sanar, sino hacer la
voluntad de Dios.
Cuando le dije que yo era sacerdote, se emocionó y me dijo:
Padre, tengo hambre de Cristo, ¿me traerás a Jesús? Yo tenía
todo lo necesario para la misa y la celebré en aquella pobre
cabaña ante aquel pobre hombre, enfermo y solitario, que tanto
había rezado, durante cinco años, para que Dios le enviara un
sacerdote antes de morir. Así que le di la unción de los enfermos
y recibió la comunión.
Cuando recibió la comunión, pareció transfigurarse. Y me dijo:
Soy el hombre más feliz de la tierra. Tú sabes, padre mío, que la
alegría no viene de las cosas de la tierra ni de la salud ni de los
amigos, sino de Dios. Son cinco años que estaba esperando a Jesús.
Ahora está aquí en mi casa conmigo. Ahora ya puedo morir en paz.
Dormimos en la casa del anciano. Al amanecer, nos fue facilísimo
encontrar el camino, de modo que me convencí de que todo había
sido dirigido por Dios para hacer feliz a aquel anciano, que tanto
deseaba la comunión”. (Publicado en la revista Rosa Mística,
octubre de 1980).
¿Puede haber algo más triste que vivir la vida sin tener manos
y sin poder ver? Pues Jacques Lebreton vive sin manos y sin poder
ver, porque, siendo soldado en la segunda guerra mundial, una
granada le explotó, arrancándole las manos y dejándolo ciego para
siempre. Al principio, dice él, gritaba contra Dios: ¿Por qué a
mí? ¿Por qué? ¿Por qué me has quitado mis manos? ¿Por qué
tengo que ser ciego? Prefiero morirme a vivir así…
Pero, poco a poco, empezó a pensar en Cristo crucificado y
empezó a sentir la fe que había sentido de pequeño. Se daba
cuenta de que Jesús había sufrido más que él y que no se burlaba
de él, sino que se sentía también triste por sus brazos sin manos
y por sus ojos vacíos. Y empezó a comprender que, a pesar de todo,
Jesús lo amaba.
Tuvo la suerte de que una mujer se enamorara de él y se casó
con ella. Han tenido cinco hermosos hijos y ahora él va por las
calles de París, diciendo a todo el que lo escucha: La vida es
bella y vale la pena vivir. Su vida, llena de optimismo y amor,
contagia a cuantos lo rodean, porque ha descubierto que Dios lo ama.
¿Y tú? ¿Has descubierto que Dios te ama así como eres y que
no necesitas cambiar ni ser distinto para que te ame con todo su
amor divino?
Dos jóvenes se casaron en Lima llenos de amor y con la ilusión
de tener hijos. Ella profesora de idiomas, él abogado. El primer
hijo nació ciego. El segundo también. Después del segundo
nacimiento, el papá estaba desesperado y con ganas de tirarse con
el coche por el puente para que acabara todo su dolor. No podía
comprender el porqué de todo aquello. ¿Acaso era un castigo de
Dios?
Pero un día el papá fue a un cursillo de cristiandad y allí
encontró la fe perdida y descubrió que Dios es amor. Al salir del
cursillo, le dijo al Padre Clemente Sobrado: Padre, disculpe que
llore, pero hoy no lloro por mis hijos; sino, porque me he dado
cuenta de que quien estaba ciego era yo. Desde hoy, mis hijos
verán. Si no por sus ojos, quiero que vean a través de los ojos de
su padre. Y, desde ese día, aceptó el plan de Dios y volvió la
tranquilidad a aquel hogar.
La señora Gladys, colaboradora sufriente de las Hermanas
misioneras de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta, en una
carta, dirigida a los colaboradores de la Madre Teresa, en abril del
2003, escribía sobre su cáncer:
“En abril de 1997, sufrí la recaída de un tumor de cáncer de
mama (carcinoma infiltrante de los conductos, 100% agresivo), que
padezco desde 1985. Esta vez era la fractura del esternón por
metástasis a los huesos. Los médicos no ocultaron la gravedad de
la situación. Los dolores eran cada vez más intensos e
incapacitantes, a tal punto que no podía mover mis manos para
escribir. Incluso hablar me resultaba muy doloroso. Conociendo el
curso de empeoramiento progresivo que supone esta enfermedad, le
rogaba al Señor que me diera un infarto, porque empezaba a sentir
mi cuerpo como una cárcel.
Un día sintonicé una emisora radial y estaban hablando, no
había música. Hablaban con una belleza indescriptible de
exquisitos aromas y de la hermosura de la naturaleza. Al terminar
los poemas, anunciaron que pertenecían a san Juan de la cruz. Y tal
maravilla había sido escrita ¡en la cárcel! Entendí que era como
una “llamada de atención” por mi desánimo y el miedo a estar
encarcelada a mi propio cuerpo.
Un par de días después, una amiga me regaló un rosario, que le
había regalado la Madre Teresa de Calcuta. Recibí tal reliquia,
sintiéndome indigna de tal privilegio, pero reforzada en la fe y
con ánimos para sobrellevar los tratamientos que se sucedieron uno
tras otro: cobalto, quimioterapia y Aredia...
Actualmente, las metástasis de la enfermedad siguen
circunscribiéndose al sistema óseo, sobre todo al cráneo y,
actualmente, es mayor en las órbitas de los ojos. Pero sigo viendo.
No hay otros órganos comprometidos y, hasta ahora, el Señor ha
guiado las manos de los médicos en mis tratamientos. De modo que, a
veces, con ciertas limitaciones y molestias, aunque no corra, siga
caminando, escuchando, hablando, viendo. Poco a poco, los
tratamientos médicos me han permitido recuperaciones que hacen
posible que continúe mis trabajos de investigación con los niños
de la calle de Lima y sigo en ello. En abril del 2002, el colegio de
sicólogos del Perú me otorgó el premio nacional de Sicología…Ofrezcamos
nuestros padecimientos al Señor. Que, en cada instante de nuestras
vidas, por muy difíciles que puedan ser, siempre reviva la caridad,
la esperanza y la fe en Nuestro Señor”.
Monseñor Angelo Comastri, en su libro Dios es Amor, dice: “Una
noche de junio de 2001, a las 10 p.m., después de haber terminado
las oraciones en el Santuario de Loreto, salgo para dar las Buenas
noches a la gente. Y veo una mujer pequeñísima, de 58 cms, con un
rostro maravillosamente sonriente. Me acerco para saludarla y le
tiendo la mano. Ella me responde: Padre, no puedo darle la mano,
porque podría fracturarme los dedos, sufro de osteogenesis
imperfecta y mis huesos son fragilísimos.
Yo le pregunto: ¿Eres feliz así? Ella me dice: Padre, mi vida
podría titularla Abandono, pero soy feliz. Soy feliz, porque he
comprendido cuál es mi vocación. Yo existo por un designio de Dios
para gritar a todos los que tienen salud:
Ustedes no tienen derecho a tener salud para Uds. solos. Deben
compartirla también con quien no la tiene. De otro modo, su salud
estará podrida de egoísmo y no les dará la felicidad. Las horas
que pasan aburridos, faltan a alguien que tiene necesidad de afecto,
de cuidado o de compañía. Si no son capaces de regalar esas horas,
se les pudrirán en las manos y no les darán la felicidad. Yo vivo
para gritar a aquellos que se divierten en la noche y van a las
discotecas. Esas noches faltan dramáticamente a muchos enfermos, a
muchos ancianos, a muchas personas solas, que esperan una mano que
seque sus lágrimas. Regalen esas noches perdidas, malgastadas
inútilmente; pues, si no lo hacen, ellas serán la tumba de su
propia felicidad y su vida estará vacía.
Y me dijo: Padre, ¿no es bella mi vocación?”5
Ojalá que muchos familiares de enfermos y muchos amigos y muchas
personas de buena voluntad, puedan oír el clamor de tantos enfermos
necesitados de cariño, de comprensión y de ayuda, para que tengan
tiempo para ellos y no los abandonen.
VIDAS EJEMPLARES
Piero Gonella había nacido el 14 de Julio de 1931 en un
pueblecito italiano. Sus padres eran agricultores. Piero iba a la
escuela y se distinguía por su piedad, por su afición al estudio y
porque frecuentaba la iglesia. Soñaba con ser sacerdote y sus
padres lo llevaron al Seminario de Asti.
Según sus compañeros, hablar con Piero era siempre
gratificante. Era un extraordinario compañero. Y él deseaba ser
sacerdote con toda su alma. Pero en octubre de 1949 se enfermó
gravemente. Era una lesión renal, que se complicó y tuvo que
guardar cama por muchos días, y, al fin, regresar a su casa, porque
no podía continuar sus estudios en el Seminario.
En Junio de 1952, fue a Lourdes con la esperanza de ser curado
para poder ser sacerdote, pero no se curó y aceptó la voluntad de
Dios de ofrecer sus sufrimientos por la salvación del mundo.
Comprendió que Dios lo llamaba a una misión de sufrimiento y le
ofreció su vida a Jesús con todas sus enfermedades y dolores.
Cuando se ordenaron de sacerdotes sus compañeros de Seminario,
fueron a visitarlo y le encomendaron que rezara por ellos, porque
él debía ser sacerdote misionero con ellos y a través de ellos.
Después de treinta años de haber abandonado el Seminario, el
Papa Pablo VI le concedió al obispo de Asti la facultad de
ordenarlo sacerdote en su propia casa. Su ordenación sacerdotal
tuvo lugar el 23 de setiembre de 1978. Al final de la misa, dijo:
“El Señor ha mirado la miseria de mi condición y ha hecho obras
grandes por mí. Cuando era niño, me gustaba ayudar en la misa a
los sacerdotes. Me parecían muy altos, como si tocasen el cielo,
pues tenían a Jesús entre sus manos. Ahora puedo celebrar la misa
diariamente en mi cama de enfermo y ofrezco mis dolores, como
sacerdote, por la salvación del mundo entero”.
...????...
En un lugar de América Latina, un día se derrumbó la escuela
del lugar. Un niño, gravemente herido, fue llevado de emergencia al
hospital. Los médicos trataron de salvarle la vida durante varias
horas, mientras su madre esperaba ansiosa fuera de la sala de
operaciones.
Después de siete horas de trabajo, el niño murió y el médico
cirujano quiso darle personalmente la noticia a la madre. Pero la
madre se volvió como histérica y empezó a gritarle al médico y a
golpearlo, como si tuviera la culpa. Cuando se calmó, el médico la
abrazó y empezó a llorar. Él también había perdido a su único
hijo en la tragedia de la escuela. Él podía comprenderla, porque
había experimentado en carne propia lo que es perder un hijo. Pero,
a pesar de todo, había acudido al hospital para tratar de salvar la
vida de algún niño, tratando de superar así su dolor y su propia
tragedia.
...????...
Marcelo Candia (1916-1983) era un industrial milanés, que
vendió todas sus posesiones y se fue al Brasil, a la diócesis de
Macapá, a gastar todo su dinero en la construcción de hospitales,
leprosorios, escuelas para enfermeras, centros de asistencia médica
y un Carmelo para que oraran las religiosas por el mundo entero. Él
mismo se dedicó a trabajar por los más pobres. Pero un cáncer al
hígado lo hizo volver a Italia y, en un mes, el Señor se lo
llevó. Ahora está ya comenzada su causa de beatificación. Durante
sus últimos días en la tierra, decía:
“He construido y organizado y ayudado mucho a los pobres, pero
ahora el Señor me ha dado la cosa más elevada: el sufrimiento. El
amor más grande que el Señor me ha manifestado ha sido, dándome
el sufrimiento para asemejarme a Él y entregarme a Él de todo
corazón. Jesús me hizo comprender que no es suficiente trabajar
por el reino de Dios, que no es suficiente rezar. Más importante es
aceptar con humildad y disponibilidad todo lo que el Señor nos
envíe. Sólo en el sufrimiento podemos comprender plenamente el
amor de Dios. Ésta ha sido la experiencia más bella que he
recibido.
Por eso, os digo: No rechacéis el dolor, que no podéis superar
y que los médicos no pueden curar. Ofrecedlo al Señor. Vuestro
sufrimiento, tiene un gran poder de salvación para la humanidad. No
lo desperdiciéis”. ...????...
Marta Casapía era una joven inutilizada de la cintura para abajo
desde los 11 años. Humanamente, debería estar amargada y triste;
sin embargo, ella estaba siempre alegre. Y escribía poemas para
decirse a sí misma y a los demás que vale la pena vivir. Murió a
los 22 años, en 1975, en Lima. Pero su vida dejó un recuerdo
imborrable en todos los que la conocieron.
Sí, vale la pena vivir, como ella decía. Vale la pena seguir a
Jesús con salud o enfermedad, con pobreza o riqueza, en lo
favorable y en lo adverso. Vale la pena vivir, aunque no puedas
caminar ni ganar dinero. Por eso, levanta tu vista al cielo y
sonríe a Dios que te ama y confía en Él. Amén.
...????...
El Padre Manuel Duato era un sacerdote español, que fundó la
Fraternidad cristiana de enfermos en Lima. Él había sido operado
18 veces y llevaba consigo una enfermedad incurable, cuando yo lo
conocí. Y con su cáncer a cuestas hacía reír a todos los
enfermos. En cada uno de ellos sabía sembrar una semilla de
alegría. Su lema de vida era: Que la alegría llegue a tu corazón.
Tres meses antes de hacer su último viaje a España para
operarse, lo vi y seguía sonriendo. Pero Dios se lo llevó a los
dos meses de ser operado. Me imagino que, cuando se encontró con su
Padre Dios, le diría: Padre mío, gracias por ser sacerdote,
gracias por la alegría contagiosa que me diste para compartirla con
mis hermanos, gracias por el cáncer que me acercó más a Ti.
Gracias, porque he podido compartir mi vida a manos llenas con
todos; pero, especialmente, con mis hermanos los enfermos. Gracias.
Señor, por tu amor, por tu alegría y por tu paz.
...????...
Manuel Llanos era un venezolano, que había hecho un cursillo de
cristiandad, en el que encontró el amor de Dios. Después se
enfermó y, durante su última enfermedad, escribió con mano
temblorosa en la pared de ladrillo que tenía junto a su cama:
Cristo y yo somos mayoría absoluta. Este pedazo de ladrillo lo
llevaron sus compañeros cursillitas desde Valencia, donde murió,
hasta la casa de cursillos de Caracas para que fuera un testimonio
vivo de que, a pesar de las enfermedades y debilidades de la vida,
vale la pena vivir y confiar en Dios. Manuel Llanos, descansa en paz
y gracias por el valiente testimonio de tu fe en Jesucristo.
...????...
Carla Zichetti, una enferma italiana de 80 años, que desde los
27 años ha estado enferma y no puede alimentarse por vía normal,
sino por medio de sueros y transfusiones de sangre, escribía en el
librito de su vida, titulado La mia vita:
“Desde los 27 años estoy clavada a la cruz de la enfermedad.
No puedo decir que los clavos me duelan, pero puedo decir que me
purifican. Me hacen sentir más fuerte el amor de Dios y de los
hombres y me hacen más sensible a todo y a todos. Por lo cual, gozo
en lo más íntimo de mi corazón de una serenidad que me hace no
envidiar a nadie. Pero el clavo que más me hace sufrir es el clavo
de la soledad, de la indiferencia y de la falta de afecto. Vivo
sola.
Queridas amigas y amigos, que vivís conmigo en el dolor, ¿no es
cierto que los sufrimientos morales superan inmensamente a los
físicos? Los dolores físicos se remedian con un calmante, pero el
dolor moral de la incomprensión, de la desconfianza o de la
indiferencia es como un puñal que arranca lágrimas amargas.
A mí, personalmente, me da mucha serenidad el pensamiento de
Jesús, muerto en la cruz por mí, y de su Madre que tiernamente lo
estrecha contra su pecho, porque sabía que había muerto víctima
de amor. Por eso, si debiera hacer un balance de mi vida, debería
decir que no cambiaría mis momentos de alegría íntima,
espiritual, por todas las riquezas de este mundo y ni siquiera por
la salud”.6
...????...
Cesare Bisognin era un joven de Turín, en cuya alma hervían
deseos de ser sacerdote. Entró al seminario de Turín, pero a sus
17 años, en 1974, le detectaron un osteosarcoma incurable. Así
comenzaba su calvario. Tuvo que salir del Seminario. El cáncer se
iba adueñando, poco a poco, de todo su cuerpo. Sus días estaban
contados.
Alguien le habló al cardenal arzobispo de Turín de su gran
deseo de ser sacerdote y el cardenal le habló al Papa Pablo VI, que
le dio permiso para ordenarlo sacerdote en su propia cama, en su
casa. Y allí, en su lecho de dolor, celebró su primera misa, junto
a sus familiares y amigos. Con sus 19 años, Cesare fue sacerdote
sólo por veinticuatro días. Sólo pudo celebrar una misa. Pero
valió la pena ser sacerdote y celebrar una misa. Ahora, desde el
cielo, vela por todos los sacerdotes para que vivan su sacerdocio en
plenitud y por los jóvenes con vocación para que sean sus
sucesores en la tierra. ¿No quieres ser tú también colaborador de
Cristo en la gran tarea de salvar al mundo?
...????...
Susana Rodríguez Peña escribió: “Perdí la vista a los 27
años. Pero me queda la capacidad de hablar, de oír, de caminar y,
sobre todo, de pensar.
Por eso, quiero decirte a ti que eres enfermo: ¿Te sientes
triste? Llama por teléfono a otro enfermo, toma una hoja de papel y
escribe una carta a un amigo, comunícate con los demás para dar
alegría y optimismo. Con Cristo y María se ilumina el horizonte y
damos sentido a nuestra vida en la verdad y el amor hecho servicio.
Haz algo por los demás y olvida tu tristeza”.
...????...
La madre Teresa de Calcuta nos habla de cómo, a pesar de todos
los problemas y sufrimientos de la vida, debemos amar y agradecer a
Dios el don de la vida. Dice: “Un día salí de casa con mis
hermanas y recogimos en la calle a cuatro personas, que estaban muy
enfermas. Una de ellas era una mujer que estaba moribunda. Yo me
hice cargo de ella e hice por ella todo lo que mi amor me inspiraba.
Ella me sonrió, me estrechó la mano y me dijo: GRACIAS y murió.
Yo pensé: Si hubiera estado yo en su lugar, quizás hubiera dicho:
Tengo hambre, tengo sed, tengo frío, sufro mucho o cosas así. Ella
no me ha pedido nada y me ha dado todo su amor lleno de gratitud. Me
ha dicho GRACIAS.
Por eso, puedo decirte a ti: No permitas que nadie se aleje de ti
sin ser mejor y más feliz. Ofrece tu dolor y tu amor por los demás
y serás un gran colaborador en la obra de Dios. Nunca digas: No soy
nada, no valgo nada y no sirvo para nada, pues eso querría decir
que no has entendido el Evangelio ni el valor del sufrimiento”.
Un día fui a visitar a una mujer que tenía cáncer terminal. Su
dolor era grande. Le dije:
- Su dolor es un beso de Jesús, una señal de que usted está
tan cerca de Él que a Él le resulta fácil darle un beso.
Ella juntando sus manos me dijo:
- Dígale a Jesús que no deje de besarme. Lo necesito.
Jacqueline de Decker procedía de una distinguida familia de
Amberes (Bélgica). Estaba diplomada en Sociología, tenía título
de enfermera y quería ser misionera en la India. Llegó a la India
el 31 de diciembre de 1946. Su meta era ayudar a todas las personas
necesitadas. Un día Jacqueline encontró a la Madre Teresa en la
capilla de Patna, cuando estaba en profunda oración. Aquella imagen
de la Madre Teresa, se le quedó grabada para toda la vida. Quiso
ingresar en su Congregación, pero su salud dejaba mucho que desear.
Volvió a su país y no pudo regresar ya a la India por enferma. Un
día de 1952 recibió una carta de la Madre Teresa en la que le
decía:
“Usted quería ser misionera ¿Por qué no se incorpora a
nuestra Congregación espiritualmente? Yo necesito de almas como la
suya que recen y sufran por nuestro trabajo. Su cuerpo está en
Bélgica, pero su espíritu está en la India. Usted será así una
auténtica misionera. Necesito de mucha gente que sufra y quiera
unirse a nosotras, pues quiero tener una Comunidad de orantes y
sufrientes, que oren y sufran por nosotras”.
Jacqueline se unió de esta manera a la Congregación de la Madre
Teresa como colaboradora sufriente. En enero de 1953, la Madre
Teresa escribió las bases para estos colaboradores y les decía:
“Usted y otras muchas personas puede unirse a nosotras como
misionera... La verdad es que puede usted hacer mucho más desde su
lecho de dolor que yo corriendo de aquí para allá, pero juntas
podemos hacer que yo disponga de las fuerzas que vienen de Aquel,
que puede dármelas... Todo aquel que quiera convertirse en
misionero de la caridad, portador del amor de Dios, tiene las
puertas abiertas, aunque yo siento especial preferencia por los
paralíticos, los lisiados y los enfermos incurables, porque sé que
ellos tienen una gran capacidad para empujar más almas a los pies
de Jesús. Cada una de nuestras hermanas tendrá así otra hermana
que reza, sufre, piensa y está unida a nosotras, será nuestro
doble. Juntas podemos hacer grandes cosas por el amor de Dios”.
¿Quieres tú también ofrecer tus sufrimientos por los demás?
¿Quieres ser misionero con Jesús? Él espera tu respuesta. No
tengas miedo, Él te ama y quiere lo mejor para ti. Puedes confiar
en Él.
...????...
Thierry Gamelin, en su libro Camino de curación, cuenta la
historia de su vida:
“Tenía yo 38 años y era un alto ejecutivo de una empresa de
publicidad. Yo era arrogante y no tenía tiempo ni para ser
consciente y llevaba una vida sin historia, a pesar de tener muchas
“historias” no muy buenas.
De pronto, una lluviosa mañana de noviembre, el médico,
después de unos exámenes, me anunció que tenía cáncer. Un nuevo
mundo se abría ante mí: quimioterapia, radioterapia, muchos
pasillos de hospitales, quirófanos, enfermeras, médicos. Todo un
mundo desconocido hasta entonces para mí.
Cuando el médico me dio la noticia de mi cáncer, todo me
parecía irreal, hasta mi propia existencia. ¿Dónde estaba? Me
costaba trabajo entender si vivía o soñaba. Y no tenía a nadie
con quien hablar, porque hacía un mes y medio que vivía solo. Mi
mujer me había abandonado. No tenía a nadie con quien compartir
mis preguntas ni mis miedos. Era una situación horrorosa.
Me sentí, de pronto, como diferente a los demás, como un
juguete al que hay que reparar. Para el equipo médico, yo era un
caso más; para la clínica, un número de habitación; para mis
familiares, era un enfermo. Me vi tentado de acusar a Dios, pero no
quise caer en la trampa. Me di cuenta de que Dios no era el culpable
de todo aquello, pero me sentía solo; la soledad era mi compañera
inseparable. Yo y mi cáncer nos encontrábamos cada día frente a
frente. Quería comprender el sentido de aquella enfermedad mortal y
me preguntaba: ¿Por qué? ¿Por qué? Y le decía a Dios: No
entiendo nada, tengo 38 años. Todos me han abandonado. Estoy
enfermo y sufro mucho. ¿Te importa? Soy tu hijo. No encuentro
sentido a mis sufrimientos. Me parecen inútiles, estúpidos,
injustos.
Poco a poco, me fui acostumbrando a hablar con Dios, como para
pedirle una explicación, y le decía: Transforma mis sufrimientos.
Te los confío, que sirvan a alguien en el mundo. Señor, haz que yo
aquí, tumbado en esta cama, sirva para algo, haz de mí un
instrumento de tu proyecto divino.
Y la oración se hizo mi compañera y fui sintiendo necesidad de
recibir la comunión, que se fue convirtiendo, con el tiempo, en un
punto central de mi vida. Era como si estuviera hambriento del pan
de vida, pues el cuerpo de Cristo se convertía para mí en fuente
de vida.
Y el Señor me curó y ahora, después de siete años de
curación, puedo decirte a ti, que estás atado a tu lecho de dolor,
quizás desesperado. Date tiempo para escuchar lo que el Señor
quiere decirte a través de tu enfermedad. Vuelve tu corazón hacia
Él y toma conciencia del inmenso amor que Él tiene por Ti. No seas
egoísta, ábrete al amor y ofrece tu dolor. Dios lo aplicará para
el bien de otros, que necesitan amor. Deja que el amor de Dios
inunde de luz tu cuerpo enfermo. Deja de luchar contra ti mismo,
perdónate a ti mismo y perdona a Dios, si crees que Él es el
culpable de tu estado. Aprende a ser feliz y aprende a amar a Dios y
a los que te rodean. Ojalá que el amor florezca en tu corazón
todos los días de tu vida y hagas felices a todos los que te
rodean. Tienes derecho a ser feliz, aunque sea en tu cama de enfermo
o en tu silla de ruedas; pero otros muchos pueden ser felices, si
tú les ayudas a encontrar su felicidad en el amor de Dios, que
corre a través de ti.
...????...
Benedetta Bianchi (1936-1964) sufrió durante toda su vida
problemas graves de salud. A los pocos meses de nacer, le descubren
que tiene poliomielitis y quedará coja para siempre por tener una
pierna más larga que la otra. En 1959, después de operarla de la
columna vertebral, queda paralítica de medio cuerpo para abajo,
perdiendo, poco a poco, el gusto, el tacto y el olfato.
En 1962, va por primera vez a Lourdes a pedir a la Virgen su
curación, prometiéndole que se hará religiosa. A su lado, en la
gruta de Lourdes, ve a una señora paralítica que llora desesperada
y ella la consuela y reza por ella. Esta señora es completamente
curada ante su vista, dejando la camilla y volviendo a caminar. Ella
queda muy emocionada y agradecida a Dios. Por eso, escribió en su
Diario: En nuestra peregrinación ha habido una curación milagrosa.
¡Qué emoción y qué alegría! La misericordia de Dios no tiene
fronteras.
El 28 de febrero de 1963 queda ciega y sorda. La llevan por
segunda vez a Lourdes y allí recibe el milagro de su conversión.
Descubre que su verdadera vocación es la cruz y que debe ofrecer
sus sufrimientos por la salvación del mundo. Ella acepta su misión
y, a partir de ese momento, se la ve más alegre y entregada a Dios.
A una religiosa, Sor Dominica, le escribe en la vigilia pascual
de 1963: “Mis días son largos y fatigosos, pero con la divina
gracia consigo descansar abandonada en los brazos de Cristo. Me
parece estar con Él en una celda cerrada, pero de camino hacia un
puerto, donde la paz es segura y eterna. Y me derrito de ternura al
subir, porque me da la impresión de que Él me lleva de la mano”.
En carta a su amiga Ana en mayo de 1963 le escribe: “Vivo como
en un desierto silencioso. Por lo demás, pronto sonará la campana
y Él acudirá por fin a mi encuentro. Si en algún momento, me
viene el temor, le digo: Quédate, Señor, conmigo, porque anochece.
Estoy ciega, sorda y casi muda, pues fatigosamente me doy a
entender, pero Dios está conmigo y me siento bien. Y yo le digo: Me
has marcado Señor con el fuego de tu amor y yo te amo Señor”.
A su amigo Natalino le escribe a fines de 1962: “Tengo 26 años
y estoy enferma desde niña. Cuando tenía 17 años estudiaba
Medicina en la Universidad. Pero, cuando estaba a punto de
doctorarme, no pude terminar mis estudios y mi casi doctorado me
sirvió para diagnosticarme a mí misma, ya que todavía nadie
había entendido de qué dolencia se trataba. Tengo una
neufrimatosis difusa o enfermedad de Recklingshausen.
Mis días no son fáciles, son duros, pero dulces, porque Jesús
está conmigo. Él me ofrece ternura en mi soledad y luz en mis
tinieblas. Él me sonríe y acepta mi colaboración en su plan de
salvación del mundo entero”.
Muere a los pocos meses. El día de su muerte, una rosa blanca
florece en el jardín de su casa, fuera de estación, pues están en
pleno invierno… Sus restos fueron enterrados en la abadía de san
Andrés en Dovádola (Italia) y sobre su sepulcro se escribieron
estas palabras: “No muero, sino que entro en la vida”.
Benedetta Bianchi, una flor del cielo en la tierra, que muere a
los 27 años de edad, sin haber podido culminar sus estudios de
Medicina, y muere totalmente paralítica, sorda y ciega. Ella es una
de tantos profetas de Dios en este mundo, que nos habla de que lo
importante no es la salud o el dinero o realizar grandes obras
materiales sino amar, amar totalmente y sin descanso con un corazón
entero a Dios y a los demás. Aprendamos a ver la vida desde la
perspectiva de Dios. Por eso, ella acostumbraba a repetir la letra
de un canto espiritual negro, que dice: “A veces, me siento como
un águila en el aire. Una mañana luminosa y bella dejaré el fardo
y extenderé las alas y surcaré el aire. Podréis sepultarme al
este o al oeste, pero aquella mañana los ángeles desplegarán sus
alas y yo oiré el trepidar de las santas trompetas y volaré al
infinito de Dios”. Allí nos espera ella, hagámonos dignos de su
compañía.
...????...
Bruno de Stabenrath, antiguo actor, músico y guionista tuvo un
accidente a los 35 años que cambió su vida. Ha escrito un libro
“Al galope”, sobre su experiencia. En él dice: “Soy
tetrapléjico. Mis piernas no responden y la musculatura de los
brazos y los dedos está muy disminuida. Soy muy dependiente, no
puedo mover la silla por la calle, no puedo cocinar ni vestirme ni
atarme los zapatos. Tengo contratadas a dos personas que se turnan
para ayudarme. La mayoría de los tetrapléjicos no pueden pagar
esos salarios y malviven en centros, esperando la muerte. Yo estuve
un año en el hospital, sólo podía mover la cabeza. Me abandonó
la alegría de vivir. Entonces, me puse en contacto con los
religiosos de Saint Jean y volví a recuperar mi oración, porque ya
no rezaba. Tengo una devoción especial a la Virgen María.
Ahora me siento feliz, porque mi sufrimiento físico no me deja
espacio para cuestiones insignificantes, que antes me consumían.
Ahora voy a lo esencial. He aprendido a despojarme de cualquier
ambición, y he tomado conciencia de que Dios me ama”.
...????...
Roger Schutz, fundador de la Comunidad de Taizé, escribió en
una carta a los jóvenes: Un día, en Asia, vi a un leproso levantar
los brazos con lo que le quedaba de sus manos y ponerse a cantar
estas palabras: Dios no me ha castigado. Mi enfermedad se ha
transformado para mí en una visita de Dios”. ¡Qué hermoso!
¡Poder cantar y alabar a Dios, a pesar de los pesares! Por eso, ten
presente siempre que la piel se arruga, el pelo se vuelve blanco,
los días se convierten en años. Pero lo importante no cambia. Si
extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo, no vivas de recuerdos o
fotos amarillas. Sigue, aunque todos esperen que abandones y te
desanimen en el intento. No dejes que se oxide el hierro que hay en
ti. Haz que, en vez de lástima, te tengan respeto. Y, cuando por
los años no puedas correr, trota; cuando no puedas trotar, camina.
Cuando no puedas caminar, usa el bastón o la silla de ruedas, pero
nunca te detengas. Nunca digas basta, porque delante de ti está el
infinito de Dios. No seas mediocre. Da lo mejor de ti mismo. Los
demás necesitan de ti para ser felices y Dios, tu Padre, quiere
sentirse orgulloso de ti, su hijo.
JESÚS SANA HOY
No olvides que Jesús sana a los enfermos. Por eso, cuando haya
algún enfermo en tu familia, aparte de acudir al médico, debes
preocuparte de pedir oraciones a todos los que puedas. Muchos
enfermos son sanados y muchos más podrían ser sanados, si sus
familiares tuvieran más fe y pidieran insistentemente a Dios la
curación de sus seres queridos. Nunca pierdas la esperanza de su
curación. Y, aunque llegase a fallecer, consuélate con la idea de
que la oración lo llenó de abundantes bendiciones de Dios y lo
preparó para su paso a la eternidad. La oración nunca se pierde y
siempre es eficaz, aun cuando Dios en sus infinitos designios, no
nos conceda exactamente lo que pedimos.
Pero recuerda que Jesús “es el mismo ayer, hoy y por los
siglos” (Heb 13,8) y puede seguir sanando hoy como hace dos mil
años. Veamos algunos textos:
“A todos los que se sentían mal los curaba” (Mt 8,16). “Jesús
recorría ciudades y aldeas enseñando, predicando y curando toda
enfermedad y toda dolencia” (Mt 9,35). En una ocasión, “vio una
gran muchedumbre y se compadeció de ellos y curó a todos los
enfermos” (Mt 14,14). “Al atardecer, puesto el sol, le llevaron
todos los enfermos y endemoniados y curó a muchos de diversas
enfermedades y echó muchos demonios” (Mc 1,32-34). “Adondequiera
que llegaba, en las aldeas o en las ciudades, colocaban a los
enfermos en las plazas y le rogaban que les permitiera tocar
siquiera la orla de su vestido; y cuantos le tocaban, quedaban sanos”
(Mc 6,56). “Y Él, imponiendo las manos a cada uno, los curaba”
(Lc 4,40). “Toda la multitud buscaba tocarle, porque salía de Él
un poder que sanaba a todos” (Lc 6,19).
Pues bien, Jesús está vivo y está presente en el sacramento de
la Eucaristía, donde nos espera como un amigo. Y Él sigue sanando
hoy.
Veamos un texto bíblico del Antiguo Testamento:
“En aquellos días, se enfermó el rey Ezequías de una
enfermedad mortal y el profeta Isaías le dijo: Así dice el Señor:
Dispón de tu casa, porque vas a morir y no curarás. Ezequías
volvió su rostro cara a la pared y oró diciendo: Oh Señor,
acuérdate, te suplico, de que he andado delante de ti con fidelidad
e íntegro corazón y he hecho lo que era bueno a tus ojos”. Y
vino la palabra Dios a Isaías: Vete y dile a Ezequías: “He oído
tu oración y he visto tus lágrimas. Te voy a añadir 15 años más
de vida”.
Dios le concedió 15 años más de vida, porque se lo pidió.
Luego vale la pena pedir y, después, agradecer. ¡Qué importante
es que los médicos y enfermeras oren por sus enfermos para que Dios
los sane! También es muy bueno que los médicos y enfermeras se
encomienden a los ángeles de los pacientes para que los iluminen y
puedan acertar. Y, de manera especial, debemos invocar a san Rafael
arcángel, pues él es, como dice su nombre, Medicina de Dios; como
si Dios le encargara, especialmente, de curar enfermos como curó a
Tobías.
Y Jesús sigue sanando enfermos ¿Por qué no le pides tu
sanación o la de tus familiares enfermos? Recuerda: Muchos enfermos
no se sanan, porque sus familiares no rezan. Además, Dios quiere
que tú seas instrumento de su sanación para los enfermos. Y te
dice Jesús: “El que cree en Mí, impondrá las manos sobre los
enfermos y éstos quedarán sanos” (Mc 16,18). ¿Crees tú esto?
Al menos, ora y confía para que veas las maravillas de Dios. Y
si no se sanan físicamente de sus enfermedades corporales, siempre
quedarán sanados de sus enfermedades espirituales, recibiendo
abundantes bendiciones, que les darán más amor y paz para tener
alegría en su corazón.
Nunca me olvidaré del viaje que hice a Lourdes en agosto de
1980. Allí se ven multitudes de peregrinos de todos los países del
mundo, que van a visitar a María en busca de una luz, de una
gracia, de la fe o de la salud. Lourdes es un centro mundial de
oración, de conversión y sanación. Cientos de enfermos se reúnen
en las tardes de verano para recibir con esperanza la bendición de
Jesús al paso de la custodia santa con el Santísimo Sacramento.
Algunos son sanados, pero todos son bendecidos y todos vuelven con
una nueva alegría y paz en su corazón.
Al atardecer, en la procesión de las antorchas, rezando el
rosario, se respira un profundo ambiente sobrenatural. Lourdes es un
lugar de paz, de amor y de alegría. Allí se ven enfermos con toda
clase de enfermedades, y María sigue manifestándose a todos como
Madre misericordiosa sin importar su nombre o su nacionalidad. Todos
son sus hijos y todos son bien recibidos. Y no sólo en Lourdes,
igualmente ocurre en otros grandes santuarios marianos, donde parece
que Jesús se complace en bendecir a todos los que se acercan a Él
por medio de su Madre. ¡Vale la pena visitar Lourdes, Fátima,
Guadalupe, El Pilar, Medjugorje y tantos otros santuarios de María!
Veamos lo que nos dice en 1903 el premio Nóbel de Medicina
Alexis Carrel en su libro Viaje a Lourdes. Él fue como médico,
acompañando una peregrinación de 300 enfermos, donde encontró la
fe, al comprobar por sí mismo, y ver ante sus ojos la curación
milagrosa de una joven de veinte años con peritonitis tuberculosa.
Hablando de ese viaje, dice en tercera persona, cambiándose el
nombre de Carrel por Lerrac: “Su pensamiento se concentró en
María Ferrand (su verdadero nombre era María Bailly, que es la que
fue curada milagrosamente), cuya historia conocía. Una vida de
tuberculosa transcurrida en los hospitales, que pasando de la
pleuresía a la peritonitis tuberculosa, iba a expirar sin haber
conocido el encanto de la primavera ni del amor. Sin embargo, era
menos desgraciada de lo que parecía, porque creía en Cristo y ésa
era su esperanza y su único pensamiento... La muerte del creyente
se hace infinitamente dulce, ya que ella le acerca a la Virgen y a
Cristo. ¡Qué extraordinario debía ser el encanto de Jesús,
cuando se levantó en el verdor primaveral de las montañas de Judea
a pronunciar el Sermón de la Montaña, para dar consuelo eterno a
los que sufren!
Por la tarde, en la paz del ocaso, los enfermos subían en sus
camillas o en cochecitos de regreso al hospital, entonando cánticos
y el Ave María. Algunos iban andando con el rostro brillante,
rodeados de deudos, amigos y desconocidos, empujados por la
atracción todopoderosa del milagro. Eran los privilegiados, los
bienaventurados sobre quienes la Virgen misericordiosa había posado
un instante su mirada. Los demás, los desgraciados, cuyas vísceras
estaban retorcidas por el cáncer, volvían también, pero a las
salas del hospital para seguir sufriendo y, aun así, su aspecto era
el de seres felices”.7
Y el milagro ocurrió. Dice: “Eran casi las cuatro de la tarde.
Acababa de suceder lo imposible, lo inesperado, ¡el milagro!
Aquella muchacha agonizante poco antes, estaba curada”.8 María
Bailly se hizo religiosa de la caridad y murió a los 57 años.
Y Dios sigue haciendo milagros, y sigue sanando los cuerpos y las
almas. Y María sigue intercediendo ante Jesús para obtenernos
infinidad de bendiciones. Invoquemos a María, pidámosle la salud
de los enfermos y seamos para ellos instrumentos de su amor,
atendiéndolos con paciencia, cariño y amor.
EL AMIGO DE JESÚS
¿Eres tú amigo de Jesús? ¿Significa algo para ti que Jesús
se haya quedado para siempre, como un amigo cercano, en la
Eucaristía? ¿Vas a visitarlo alguna vez? Te voy a contar la
historia de un verdadero amigo de Jesús.
Había una vez un hombre bueno, pero viejo y enfermo llamado
José, que recorría las calles de Lima, pidiendo limosna.
Ciertamente, no era un hombre cualquiera, pues se le notaba una
alegría interior especial y siempre estaba sonriente. Este anciano
vivía en un cuartito muy pequeño, donde apenas tenía su cama y la
cocina para calentar su comida. Era extremadamente pobre, pero, a la
vez, era extremadamente humilde y bueno. Todos los días, antes de
salir a trabajar por las calles, iba primero a la iglesia a saludar
a su gran amigo Jesús, su mejor amigo, como él decía. En el
momento de la comunión, se acercaba muy recogido para recibir a
Jesús y darle un abrazo fuerte, con el cariño de un amigo de
verdad.
Después, salía contento a pedir limosna y, cuando llegaba la
tarde, revisaba lo que había recibido y tomaba lo que necesitaba y
el resto lo repartía con niños pobres o amigos o familias
necesitadas. Y les decía: Éste es el pan que me ha dado Jesús y
que quiero compartirlo con Uds. Y así lo hacía cada día. No
tenía cuenta de ahorros en el Banco y no quería guardar nada para
el día siguiente, prefería vivir al día, dejando su futuro en las
manos de Dios.
Un día, se enfermó y no podía salir de casa y no tenía para
comer. Pero el dueño de la casa, donde alquilaba su cuartito, le
llevó la comida. Al recibirla, le dijo: Gracias, por traerme el pan
de Jesús. Pero él sentía necesidad de otro pan más saludable,
deseaba ardientemente el pan de la comunión. Por eso, envió a un
conocido para decirle al sacerdote que le llevara la comunión,
porque quería recibir el pan de Jesús, que da la vida eterna.
Pocas veces se ven ancianos con tanta fe, a pesar de su pobreza.
Pero aquel viejecito era diferente, necesitaba del pan eucarístico
de Jesús más que del pan de cada día para vivir. ¿Sientes tú
necesidad del pan de Dios para vivir bien? ¿Eres amigo de Jesús
Eucaristía? Te contaré otro caso.
El 13 de Enero de 2001 hubo un terremoto en El Salvador9, el
sacerdote claretiano Gonzalo Fernández cuenta: “En la calzada,
protegida por un toldo improvisado encontré a Lidia, una anciana de
86 años, a la que el terremoto había arrebatado parte de la casa
en la que vivía con su hija y sus nietos… Me sorprendí al ver
que Lidia no había perdido la sonrisa, ni profería palabras contra
Dios ni deseaba morirse. Ni siquiera estaba angustiada por los
costes que supondría la reconstrucción de su vivienda. Tampoco se
mostró pedigüeña. La única cosa que me pidió insistentemente, y
que para mí constituyó una grata sorpresa, fue la comunión. Me
dijo con voz estremecida: Sin la comunión somos como los cerdos, no
hacemos otra cosa mas que comer y dormir”.
¿Sientes tú tanta necesidad como ella de la comunión? Otro
caso. El novelista francés Rene Bazin cuenta que, durante la
guerra, todos los días iba a la iglesia y veía a una joven señora
que participaba de la misa con gran recogimiento y una serenidad
extraordinaria en el rostro, a pesar de haber perdido a su esposo y
tener a sus hijos prisioneros en un campo de concentración. Un
día, él le preguntó cuál era la razón por la que no perdía su
tranquilidad y ella respondió: “Todos los días comulgo y recibo
fuerzas para las 24 horas siguientes. La fuerza de la comunión me
hace superar todas las dificultades”.
¿Sientes tú necesidad de recibir a Jesús cada día y darle un
abrazo en el momento de la comunión? ¿Eres un verdadero amigo de
Jesús? ¿Vas a visitarlo cada día a la Eucaristía? Jesús quiere
ser tu amigo y siempre te espera. Que seas amigo de Jesús
Eucaristía.
TERCERA PARTE
REFLEXIONES Y ORACIONES
En esta última parte, queremos presentar algunas oraciones para
los momentos difíciles de la vida y también algunas reflexiones
finales para no desanimarse ante las pruebas y hacer de nuestra
existencia una vida de entrega y ofrecimiento para los demás.
Sufriendo, amando y ofreciendo todo por la salvación de los demás,
encontraremos nuestra propia felicidad y haremos entre todos un
mundo mejor, más cristiano y más feliz. Dios confía en nosotros.
LAS MANOS DE DIOS
Escribía un autor: Cuando veía a un enfermo que sufría sin
consuelo una enfermedad incurable, cuando veía a un anciano
abandonado o a un pobre sin esperanza, me preguntaba: ¿Dónde está
Dios?
Cuando veía a un moribundo en su agonía lleno de dolor, cuando
veía a una esposa traicionada y abandonada o veía niños
inocentes, que sufrían sin que nadie les tuviera compasión, me
seguía preguntando: ¿Dónde está Dios?
Cuando veía mujeres de la calle, hombres sin compasión,
asesinos a sueldo o jóvenes sin ilusión, me tenía que seguir
preguntando: ¿Dónde está Dios? ¿Es que Dios era indiferente ante
la miseria y el dolor humano? ¿Es que no tenía compasión de sus
hijos que sufrían? ¿Es que no le importaba que siguieran sufriendo
injustamente y, a veces, sin fe y sin esperanza?
Un día tuve la osadía de enfrentarme a Dios y decirle: Señor,
¿Por qué permites tanto sufrimiento? ¿Por qué no haces algo para
que haya más amor y más consuelo? ¿Dónde están tus manos para
acariciar a tantos que necesitan consuelo y amor, porque nadie los
quiere? ¿Por qué no echas una mano de ternura a los que más te
necesitan, especialmente a los que más sufren?
Después de un largo silencio, escuché una voz en el fondo de mi
alma, que me dejó sin aliento. Él me dijo: Hijo mío, ¿no te das
cuenta de que yo quiero que tú seas mis manos y mis pies, mi
corazón y mi alma, y que, con tu vida y tu amor, lleves alegría y
consuelo a los que lo necesitan? Entonces, comprendí, de un solo
golpe, que yo debía ser las MANOS DE DIOS y que, en vez de criticar
a Dios, lo que debía hacer era atreverme a hacer algo con mis manos
por los demás. Sí, me di cuenta de que mis manos estaban sin
llenar, que no habían dado todo lo que debían dar, que no habían
consolado ni amado ni perdonado como debían, ni habían sabido
compartir tanto amor que tenía guardado en mi corazón. Por eso, me
propuse, a partir de ese día, repartir a manos llenas todo lo que
Dios me había dado para que, al final de mi vida, pudiera
entregarle mis manos vacías, porque habían entregado todo sin
guardarme nada. Pero también le daría mi corazón lleno de amor y
lleno de nombres, de tantas personas a quienes había ayudado a ser
felices.
Señor, ¿quieres mis manos para dar amor a los pobres y
enfermos? Señor, te doy mis manos. ¿Quieres mis pies para pasar el
día, visitando a los encarcelados, a los necesitados o a los
marginados? Aquí están mis pies. ¿Quieres mi voz para pasar todo
el día hablando a quienes necesitan palabras de amor? Aquí está
mi voz. Señor, ¿quieres mi corazón para amar todo el día y toda
la noche a quienes me rodean? Aquí está, Señor, mi corazón y mi
vida. ¿Quieres mi dolor para seguir salvando a los hombres? Aquí
está mi dolor y mi alma con todo lo que tengo y todo lo que soy.
EL DÍA EN QUE DIOS SE EQUIVOCÓ
Recuerdo a un padre de familia que, hablando de su hijo, un joven
de veinte años, que había muerto en un accidente, decía: “Mi
hijo era un joven responsable y buen cristiano. Era el orgullo de la
familia. Todos los que lo conocían, decían que era un muchacho
extraordinario y que tenía mucho futuro por delante. Por eso, no
puedo comprender por qué tuvo que morir en un accidente absurdo,
provocado por un chofer borracho, que invadió la acera por donde
caminaba tranquilamente. ¿Por qué Dios se lo llevó? Creo que ese
día Dios se equivocó”.
Muchas personas piensan de esta manera ante la muerte de sus
seres queridos, ante los sufrimientos de tantos niños inocentes o
ante tantos seres humanos maltratados, esclavizados o asesinados
injustamente en el mundo. ¿Por qué Dios permite todo esto? ¿Es
que Dios se ha olvidado de ellos o simplemente se equivocó? Lo peor
es que mucha gente, al no poder comprender a Dios, no lo quiere
perdonar, acusándolo de ser el “culpable” de todas sus
desgracias o de las desgracias de su familia. Y, para vengarse, ya
no quieren rezar ni ir a la iglesia, guardándole rencor en su
corazón. ¿Es que acaso el “castigar” así a Dios lo hará
cambiar su manera de actuar o de pensar? ¿Es que el deseo de darle
su “merecido” y gozarse de una dulce “venganza” los dejaré
dormir más tranquilos o arreglará las cosas?
Y Dios sigue callando y “sufriendo” la indiferencia y el
rechazo de tantos hijos que no lo pueden comprender. Si ellos fueran
Dios, entonces, harían las cosas de distinta manera. Pero dejemos a
Dios ser Dios y no queramos imponerle nuestras opiniones. Dios sabe
lo que hace y “todo lo permite por nuestro bien” (Rom 8,28),
aunque no lo entendamos.
Dios ve la cosas desde el punto de vista de la eternidad y sabe
que los pequeños sufrimientos de esta vida, nos proporcionarán una
inmensa alegría y felicidad en el cielo, si sabemos aceptarlos sin
rebelarnos contra Él. Además, nadie tiene derecho a vivir ni un
instante más. Cada momento de vida es un regalo maravilloso, que no
sabemos hasta cuándo durará. Por eso, debemos aprovecharlo al
máximo y vivir con responsabilidad, pues Dios tiene contados todos
nuestros días (Sal 39,5).
Dios no se goza con nuestros males y sufrimientos. Dios también
“sufre” con nosotros. Solamente nos pide paciencia y amor. Al
final de cuentas, nadie se “muere” de infarto ni de accidente ni
de enfermedad o de injustas torturas o violencias ajenas…Todos
mueren en el momento en que Dios los llama a cada uno y le dice: “Hijo
mío, ha llegado tu hora, preséntame tus cuentas”. El medio para
llamarnos puede ser un accidente o la violencia de un asesino, pero
Dios controla todo y todo lo permite por nuestro bien. Después de
la muerte, ya no habrá más dolor ni sufrimiento y todo será paz y
felicidad. Vale la pena haber vivido y ser feliz después
eternamente. Por eso, demos gracias a Dios por la vida y nunca nos
rebelemos contra sus planes, sino procuremos vivir en plenitud cada
instante de vida que Él nos conceda.
UN NIÑO SUBNORMAL
Quizás has visto, algunas veces, en tu vida pasar a tu lado
niños subnormales. Nunca me olvido de aquel niño subnormal de 15
años, que parecía de tres años, a quien sus padres tenían
escondido en su casa para que nadie supiera su tragedia, porque
creían que ese niño era un castigo de Dios. Pero un niño, aunque
sea subnormal, no es ningún castigo de Dios.
Dice el Papa Juan Pablo II en la exhortación apostólica
Familiaris consortio: “La vida humana, aunque débil y enferma, es
siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Por eso, la
Iglesia está a favor de la vida”. No hay vidas más valiosas que
otras. Toda vida humana tiene un sentido y un valor en el plan de
Dios y todos los seres humanos tienen los mismos derechos.
Pearl S. Buck, premio Nóbel de literatura de 1938, era madre de
un niño subnormal. Y ella escribió:
“Si hubiese podido conocer previamente que mi hijo iba a ser un
niño subnormal ¿lo habría abortado? La respuesta es NO. Habría
elegido la vida para él. Y esto por dos razones. En primer lugar,
me da miedo que el poder de elección sobre la vida y la muerte
esté en manos de un ser humano. Y, en segundo lugar, porque la vida
de este hijo no ha estado desprovista de sentido. Al contrario, ha
traído consuelo a muchas personas y apoyo práctico a muchos padres
de niños subnormales. Ciertamente, lo ha hecho a través de mí,
pero sin él yo no hubiera tenido la oportunidad de aprender a
aceptar el sufrimiento y hacer que esa aceptación sea útil para
los otros.
Un niño subnormal tiene algo que aportar en la vida, incluso a
la vida de las personas normales. Ellos nos dan lección de
paciencia, comprensión y misericordia, lecciones que nosotros
necesitamos aprender. Yo quiero agradecer a Dios este regalo que me
ha dado con mi hijo subnormal”.
¿Serías tú también capaz de agradecer a Dios un hijo
subnormal como un verdadero regalo de Dios? ¿O preferirías
abortarlo? Piensa que para Dios no hay vidas sin sentido y estos
niños tienen un alma tan grande y hermosa como la tuya, y quizás
más bella, porque son inocentes. Algún día los verás en el
cielo, sanos y normales y, entonces, te quedarás admirado de su
alegría y de su hermosura. Realmente, son niños inocentes con un
alma bella, un verdadero regalo de Dios, que necesitan ser amados,
pero que también nos enseñan a amar.
NO TE DESANIMES
¡Qué fácil es ponerse triste ante los acontecimientos adversos
de la vida! ¡Qué fácil es querer morirse, cuando uno tiene una
enfermedad incurable! Somos humanos y buscamos desesperadamente la
felicidad en las cosas de este mundo. Pero Dios tiene sus planes
sobre nuestra vida y nos rompe, a veces, los esquemas y los planes
humanos, que habíamos trazado con tanta ilusión. Pero nunca hay
que desanimarse. Dios es siempre un Padre amoroso, que nos ama y que
nos espera a la vuelta del camino, aunque parezca que no nos escucha
o creamos que nos ha castigado. Dios es amor y sigue confiando en
nosotros, a pesar de todo.
Por eso, cuando tengas contratiempos en la vida o enfermedades o
sufrimientos indecibles… sigue caminando, sigue adelante; pide
ayuda, pero no te rindas; ofrece tu dolor, pero no te rebeles. Mira
siempre hacia delante, nunca hacia atrás. Si no puedes trotar,
camina; si no puedes caminar, vete en silla de ruedas; pero no te
detengas, sigue siempre ADELANTE.
Carlo Carretto, el gran escritor italiano, cuenta que, a sus 40
años, soñaba con fundar un convento en medio de los Alpes y una
inyección mal puesta lo dejó cojo para toda la vida. Pero él no
se desesperó, a pesar de ser un buen alpinista, sino que se fue al
Sáhara, donde escribió libros maravillosos en la soledad y el
silencio del desierto. Y dice: “Lo que parecía una desgracia, un
accidente absurdo, Dios lo transformó en gracia. Dios me obligó a
estar quieto, a mí que sólo pensaba en trabajar y hacer algo.
Ahora sé que Dios es demasiado bueno para hacerme daño y sé que
nunca me va a fallar. Pero tuvo que recurrir a dejarme quieto,
aunque fuera cojo, para que pudiera aprender a amarlo con todo mi
corazón. Y ahora le doy las gracias por ello y por mi pierna coja
que llevo arrastrando con un bastón desde hace treinta años”.
Arthur Miller escribió en Después de la caída: “Soñaba con
ser feliz y tener un hijo. Y me nació un niño mongólico. Yo lo
rechazaba, no lo quería. Y, sin embargo, él trataba de subir a mis
rodillas. Me tiraba de la ropa. Entonces pensé: Si pudiera besarlo,
quizás conseguiría dormir. Y me incliné y besé aquel rostro
martirizado. Fue terrible y, sin embargo, lo besé y me sentí
contento de hacerlo feliz”.
Por eso, yo te digo que la vida vale la pena vivirla, aunque sea
en silla de ruedas o con graves limitaciones. Porque, mientras
tengas capacidad para pensar y para amar, tu vida será más
preciosa y más valiosa a los ojos de Dios que la de los más
grandes hombres de la tierra, que sólo piensan en divertirse y en
cosas materiales. Tu vida, por más dura que sea, es una vida “divina”,
es un regalo de Dios y debes valorar ese regalo y vivirlo con
agradecimiento. Después, vendrá tu recompensa. No hay mal que dure
cien años… Y serás feliz eternamente con una felicidad inmensa,
como jamás podrías imaginar. No te sientas menos que aquellos que
tienen buena salud y muchas cosas materiales. Dios te ama así y tú
debes sentirte orgulloso de ser hijo de Dios y de ser amado de Dios
y de amarlo con todo tu corazón, procurando amar y hacer felices a
los demás.
Diles a todos, con tu amor y el ofrecimiento generoso de tu
existencia, con tu dolor y tus limitaciones, que los amas. Díselo a
los que puedas con tu sonrisa, con un GRACIAS sincero por los
servicios que te prestan. Haz sonreír a todos, sonríe a todos. Y
no te olvides que Jesús quiere ser tu amigo y te espera siempre en
la Eucaristía. Vete a visitarlo para agradecerle esta vida, que te
ha regalado, y para decirle que estás dispuesto a vivirla para los
demás.
ARRIÉSGATE A VIVIR
Hay muchas personas que tienen miedo de arriesgarse. Si se ríen,
creen que van a parecer tontos. Si lloran, temen parecer unos
sentimentales. Tienen miedo de hacer algo por los demás, porque no
quieren involucrarse ni meterse en líos. Pero debes saber que amar
es arriesgarse a no ser correspondido, Luchar por algo es
arriesgarse a fracasar y vivir es arriesgarse a morir. Pero, si
nunca te arriesgas por nada, si no te esfuerzas por conseguir un
ideal, entonces... no padecerás insomnio ni preocupaciones ni
sufrirás decepciones y fracasos, pero tu vida será un continuo
fracaso, porque no hay mayor fracaso que no hacer nada y no
arriesgarse por nada.
Por eso, te recomiendo que nunca dejes de soñar, pues soñar es
el principio de un sueño hecho realidad. Quizás hubo un momento en
que creíste que tu vida no tenía sentido y que preferías morir a
vivir. Quizás pensaste que la tristeza sería tu compañera eterna
y, sin embargo, ahora puedes sentir la alegría de vivir. Quizás
creíste que nunca podrías hacer nada por ti mismo y que serías un
inútil sin remedio, pero ahora te das cuenta de que estabas
equivocado y que has podido hacer muchas cosas con esfuerzo y
sacrificio.
Sí, vale la pena seguir viviendo con Dios en el corazón, vale
la pena seguir luchando por un ideal, vale la pena seguir trabajando
por conseguir la meta soñada. Por eso, nunca tires la toalla, nunca
te desanimes, nunca bajes la guardia. Tu Padre Dios, está pendiente
de ti y se siente orgulloso de ti. Sigue adelante, sigue caminando,
pues caminar es vivir y mientras hay vida hay esperanza.
Además, las pruebas de la vida son como peldaños para subir
más arriba, cerca de Dios. Te contaré lo que le sucedió a un
niño. Estaba jugando en un lago con su barquito de papel. De
pronto, su barquito empezó a alejarse de la orilla. Y él, gritando
pidió auxilio a un joven que estaba cerca. El joven cogió unas
piedras y las empezó a tirar al barquito, que se tambaleaba por el
ímpetu de las pequeñas olas. El niño creyó que el joven quería
hundir su barquito y que se estaba burlando de él. Pero pronto se
dio cuenta de que ninguna piedra tocaba su barquito y que, en vez de
alejarlo, lo acercaban a la orilla. Pues así nos pasa a nosotros
con Dios. Cada prueba o dificultad es como una piedra en el camino
de la vida. Dios no se burla de nosotros, aunque nos haga temblar un
poco, más bien nos está ayudando, pues si sabemos aceptar su
voluntad, las pruebas de la vida nos irán acercando poco a poco
más a Él.
Una de las pruebas más difíciles que debes aprender a superar
es el deseo de venganza contra los que te han despreciado u
ofendido. Pero no debes caer en el abismo del odio, que podría
envenenar tu vida y dejar para siempre una nube de tristeza en tu
corazón. Libérate de esos sentimientos negativos, perdona a todos
y perdónate a ti mismo. De otro modo, nunca podrás disfrutar de la
paz del corazón y vivirás siempre esclavo de la amargura y del
rencor. Levanta tus ojos al cielo, mira a Jesús clavado en la cruz
y perdona... Perdona sin condiciones. Porque no hay liberación más
grande y hermosa que la que da el perdonar. Sé libre, no te dejes
atrapar por el demonio del odio. Sólo así la alegría de Dios
brillará en tu corazón y podrás sonreír de verdad a cada uno de
los que te rodean y decirles de verdad: YO TE AMO.
Otro detalle importante que quiero enseñarte es que aprendas a
mirar los ojos de las personas que amas. Los ojos son las ventanas
del alma y, cuando miras a una persona pura e inocente como los
niños, podrás ver en esos ojos un resplandor de la alegría de
Dios. ¿Te imaginas lo hermoso que es mirar un bello paisaje? Pues
la mitad de la belleza del paisaje está en los ojos de la persona
que lo mira. Hay quienes nunca ven la belleza en nada. Hay quienes
pareciera que son ciegos para ver la belleza que Dios ha sembrado en
la naturaleza. Son incapaces de conmoverse ante una puesta de sol, o
ante el canto de un pajarito o ante la sonrisa de un niño. Tales
personas son incapaces de disfrutar la alegría de vivir.
Por eso, tú sé un poco poeta de la vida. Mira las cosas desde
el punto de vista de Dios. Mira el amor que Dios ha puesto en todas
sus obras. Mira el amor que Dios te manifiesta en ese maravilloso
amanecer o en ese pajarito que canta con tanto calor. Pero recuerda
siempre que los más brillantes amaneceres y los paraísos más
increíbles se encuentran en los ojos y en el corazón de las
personas que te aman.
Haz la prueba, mira los ojos de un niño puro e inocente, mira
los ojos de tu madre, mira el rostro alegre de un hombre bueno, y
encontrarás paz y alegría para seguir viviendo. Procura ser tú
también alegría para los demás y que ellos vengan a buscar en ti,
esos maravillosos mensajes de amor, que Dios ha dejado sembrados en
tus ojos y en tu corazón.
VIVIR ES AMAR
La vida es un regalo de Dios. Un hermoso regalo, que Dios te ha
entregado con amor. Pero debes saber que vivir es amar y amar es
vivir. Amar es vivir para la eternidad y tu vida debe tener una
proyección eterna. Sin embargo, a tu paso por la vida habrás visto
mucha gente que vive sin saber por qué ni para qué; personas
confundidas, que no tienen rumbo fijo, que prefieren morir a vivir.
Son personas, cuya vida no tiene sentido. Viven por vivir y,
normalmente, suelen dedicarse a divertirse y a gozar lo más posible
como tantos jóvenes que caen en el abismo de las drogas o en la
inutilidad de no querer esforzarse ni trabajar por nada ni por
nadie. Están muertos en vida.
Por eso, recuerda que, sin amor, estarás muerto. Sólo el amor
da vida, mientras que el odio y todo lo que haga daño a los demás,
te lleva a la muerte eterna. Decía muy bien Louis Evely: Al final,
sólo morirán eternamente los que ya estén muertos en vida. Es
decir, aquellos que estaban muertos por dentro, porque habían
dejado de amar. Así que piensa bien: La verdadera muerte no es
morir, sino dejar de amar. El infierno no será más que la
continuación de la muerte que han comenzado en esta vida por no
querer hacer el bien ni amar a los demás. Por eso, tú decide amar,
en lugar de odiar, vivir en lugar de morir.
Te recomiendo que mires las flores, observes a los pájaros,
sonrías a los niños inocentes y disfrutes de las bellezas de la
naturaleza para que aprendas a descubrir en ellas el amor de Dios y
puedas amar sin condiciones y sin esperar recompensa de los que te
rodean.
En una oportunidad, Leo Buscaglia, el gran escritor americano,
tuvo una entrevista con el Dalai Lama del Tibet y éste le dijo: Tu
mayor deber es ayudar al prójimo. Y, si no puedes ayudar, por
favor, no hagas daño. Muy buena idea, enmarcada dentro de la mejor
doctrina cristiana: Si no puedes hacer el bien a una persona, por lo
menos no le hagas daño. No te vengues, no le guardes rencor, no le
pagues mal por mal. Sé generoso en el perdón y no humilles ni
desprecies a nadie.
Un autor decía que la vida es como un hermoso regalo de
cumpleaños, que Dios nos da. Pero la vida viene envuelta en
fascinantes cintas y papeles de regalo, unos más bellos y
brillantes que otros. Algunos, desde el principio, se rebelan contra
su regalo y ni siquiera se toman la molestia de abrirlo, no se
resignan a su suerte, porque no se aceptan a sí mismos... Y, si lo
abren, se sienten decepcionados, al ver que en su vida hay dolor y
sufrimiento, cuando sólo esperaban encontrar amor y belleza. Pero
la vida no es sólo belleza, hay también dolor. Lo bello es cambiar
la desesperación en esperanza y el sufrimiento en amor generoso.
Hermano mío, mira la vida con los ojos de Dios, mira en
profundidad, no te quedes en la superficie, en las apariencias. Toda
vida es maravillosa, hasta la vida de un niño anormal o de una
persona discapacitada. Como diría Saint Exupery en el Principito:
Lo esencial es invisible a los ojos. Y lo esencial de la vida es el
alma; y el alma de cualquier ser humano es un alma hermosa, salida
de las manos de Dios sin defectos ni enmiendas.
Leo Buscaglia en su libro: “Vivir, amar y aprender” dice:
Conocí una mujer, a quien los médicos le dijeron que le quedaban
solamente tres meses de vida. Como todavía podía caminar, le dije
que, en vez de estar sentada, esperando la muerte, debería
aprovechar el tiempo que le quedaba para hacer algo útil. Ella se
fue a un hospital, donde había niños con cáncer. Algunos niños
le dijeron con simplicidad: - ¿Tú también te vas a morir? - Sí -
¿Y tienes miedo? - Sí - ¿Por qué tienes miedo, si vas a ver a
Dios?
Aquellos niños le enseñaron a ver la vida con otra perspectiva
y se sintió feliz de jugar con ellos y hacerlos felices. Pero lo
más maravilloso fue que el tiempo pasaba y no se moría. Hasta
ahora sigue visitando a los niños, haciéndolos felices. Ya no
tiene miedo a la muerte y espera el momento señalado para ir a ver
a Papá Dios.
Sin embargo, tú sufres por muchos motivos. Puede ser que sufras,
porque te oprime la soledad, la depresión, algún error o pecado
cometido, alguna traición de tu ser más querido, o quizás por tu
propia inseguridad. No importa saber cuál es la causa de tu dolor,
lo importante es que hagas algo por los demás, que salgas de ti
mismo y procures hacer felices a los demás para encontrar así tu
propia felicidad. No olvides que vivir es amar y que morir es dejar
de amar. Si no amas a nadie, estás perdido y te estás muriendo en
vida.
Además, ¿sabes hasta cuándo tendrás la oportunidad de seguir
viviendo? ¿No? Pues, entonces, aprovecha bien el tiempo de tu vida.
Mira, un profesor de un colegio sufrió un infarto y su esposa
llamó desesperadamente a su hija, que vivía en otra ciudad. Ella
se puso inmediatamente en camino con su coche nuevo y... chocó y
murió en el accidente. En cambio, el papá se recuperó y sigue
viviendo. ¿Qué quiere decir esto? Que nadie sabe el día ni la
hora. Nadie tiene la vida comprada y, por eso, debes vivir en
profundidad y con seriedad y responsabilidad hasta el último
momento que Dios te regale. Vive para la eternidad. Vive bien y
nunca te arrepentirás. Vive con amor y ama para seguir viviendo.
SIEMPRE ADELANTE
Si sientes que no puedes lograr algo, no te desanimes. Piensa en
el ave, que paja a paja hace su nido. Piensa en el sol, que alumbra
los espacios siderales hasta llegar a su destino; en la planta, que
lucha por florecer a pesar del viento frío; en la hormiga, que
carga un granito de trigo; en la roca, que es perforada por el
constante rocío; en el niño pequeño, que a hablar ha aprendido. Y
en Dios que, en su inmenso amor, siempre estará contigo.
Y, si alguna vez fracasas después de haber intentado algo,
recuerda que haber fracasado no significa que eres un fracasado;
significa que todavía no has tenido éxito. Fracaso no significa
que no has logrado nada, significa que has aprendido algo. Fracaso
no significa falta de capacidad, sino que debes hacer las cosas de
distinta manera. Fracaso no significa que jamás vas a triunfar,
sino que tardarás más en conseguirlo. Fracaso, recuérdalo bien,
no significa que Dios te ha abandonado, sino que Dios sigue
esperando y confiando más en ti.
Una vez se organizó una carrera de ranas, que debían subir a lo
más alto de una torre. Al principio, todas salieron con entusiasmo
para alcanzar la meta, pues el premio era extraordinariamente
grande. Pero los espectadores, ya desde que comenzó la carrera,
empezaron a burlarse de ellas y les decían a gritos: Nunca podréis
alcanzar la meta, eso es imposible. ¿Por qué no desistís de
vuestro empeño? Sois unas locas. Nadie podrá jamás alcanzar
semejante altura…Y tanto era lo que se reían y se burlaban que,
poco a poco, las corredoras fueron desistiendo y retirándose,
porque llegaron a convencerse de que, realmente, era imposible
llegar a la cima.
Pero una ranita subía y subía sin importarle lo que decían las
otras. Y tanto empeño puso que, al final, consiguió llegar y
conseguir el premio. Todos los espectadores estaban confundidos, no
lo podían creer. Así que los periodistas fueron rápidamente a
hacerle una entrevista y a preguntarle cómo era posible que hubiera
alcanzado algo que parecía realmente un sueño inalcanzable. Y la
ranita, sólo decía: ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? Resulta que era sorda
y ella había creído que todos la estaban animando con sus
palabras; cuando, en realidad, era todo lo contrario.
La moraleja es clara: nuestras palabras, buenas o malas, pueden
hacer mucho bien o mucho mal en los que nos oyen. Es importantísimo
dar siempre palabras positivas y palabras de aliento a los demás.
Y, a la vez, hay que hacer oídos sordos a todos aquellos que creen
que nunca podremos realizar nuestros ideales y nuestros sueños.
Así que tú sigue siempre ADELANTE y nunca bajes la guardia ni
tires la toalla, porque Jesús espera mucho de ti y te necesita para
hacer felices a los demás.
CARTA DEL HERMANO ROGER DE TAIZE
El Hermano Roger escribió una carta a los jóvenes del mundo en
2003. En ella dice:
“Hay que recordar que el sufrimiento no viene nunca de Dios.
Dios no es el autor del mal, Dios no quiere la angustia humana ni
los desórdenes de la naturaleza ni la violencia de los accidentes
ni las guerras. Comparte el dolor de quien atraviesa la prueba y nos
concede consolar a quien conoce el sufrimiento…
Hemos sido creados para avanzar hacia el infinito. Por eso,
resuenan en nuestros oídos las palabras de Dios: No te detengas,
sigue avanzando, que tu alma viva… Sin embargo, a veces ocurren
cosas inesperadas y vienen los problemas con sus noches oscuras.
Pero, si tenemos la luz de la fe en nuestro corazón, el ir por
estos caminos de oscuridad, lejos de debilitarnos, nos puede
construir interiormente. Por eso, debemos acoger cada día como un
hoy de Dios. Él siempre tiene algo que decirnos. Hermano, busca la
paz de tu corazón para que tu vida llegue a ser bella”.
Sí, la vida puede ser hermosa, cuando tenemos a Dios en el
corazón y ponemos nuestra mirada en Él, que nos mira con amor de
Padre. Levanta tu mirada a lo alto, sonríe a tu Padre Dios. Quizás
te está llamando a sufrir con Jesús en la cruz, quizás te está
llamando a su presencia, quizás te está llamando a una nueva vida
espiritual para que des frutos de vida eterna…Avanza, no te
detengas, no temas, vete hacia Él.
Ahora dile a Jesús:
Oh, Jesús, quédate conmigo, porque te necesito. Soy muy débil
y necesito fuerzas para no caer en la tentación. Quédate conmigo
en mis horas de dolor, porque sin Ti no puedo soportar mis
sufrimientos. Quédate conmigo, Señor, porque Tú eres mi luz en la
oscuridad. Quédate conmigo, porque sin Ti no puedo vivir. Tú eres
mi alegría y sin Ti me encuentro triste.
Señor, que siempre pueda decir: “Aunque pase por un valle de
tinieblas no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo” (Sal
23,4). Quédate conmigo, porque deseo amarte más y más y estar
siempre contigo. Amén.
DILE SÍ A LA VIDA
Gracias, Señor, por mi vida, porque Tú me amaste antes de que
el primer sol brillara en los espacios infinitos y el primer
amanecer naciera en el horizonte. Gracias, porque antes de que el
canto de la primera noche arrullara las estrellas y antes del primer
día en los billones de años de edad del Universo, cuando aún no
existía la noche, que mide el tiempo, ni el sol brillaba en el
firmamento azul, antes de la creación del Universo, Tú, Dios mío,
decidiste crearme. Gracias, porque en la eternidad del tiempo,
cuando todo era silencio y vacío, Tú me acariciabas en tu corazón
y soñabas conmigo, derramando sobre mí tus bendiciones. ¡Oh, Dios
mío! ¡Gracias por mi vida! ¡Bendita sea mi vida! Quiero vivirla
en plenitud y amarte sin descanso para agradecerte tu infinita
bondad. GRACIAS, Señor, por mi vida y por tu amor. Ni toda la
eternidad será suficiente para decirte cuánto te amo. Gracias por
los siglos de los siglos. Amén.
VIVE PARA LOS DEMÁS
Tu vida no es algo privado para ti solo. Tu vida no es una isla,
es un archipiélago y todos te necesitan y tú necesitas a todos.
¿Acaso podrías vivir solo sin contar con nadie más? ¿Acaso te
has dado la vida a ti mismo? ¿Acaso no has necesitado de una madre
que te cuide durante los primeros años de tu vida? Por eso, y por
mucho más, debes pensar que debes amar y ayudar y hacer felices los
demás, pues en amar está el sentido de tu vida. Has sido creado
con amor y por amor. Y sólo en el amor encontrarás la plenitud de
la vida. De ahí que debes ayudar a los demás con lo poco o mucho
que eres y tienes. Nunca te sientas tan pequeñito que creas que no
sirves para nada. Piensa:
Si una nota musical dijera: una nota no hace melodía, no
existiría la sinfonía. Si una gota de agua dijese: una gota no
hace un riachuelo, no existiría el océano. Si un hombre dijera: yo
solo no puedo cambiar el mundo, no habría ningún acto de justicia
ni de paz en el mundo. Como la sinfonía necesita de cada nota, como
el océano necesita de cada gota de agua, como el libro necesita de
cada palabra, así la humanidad entera necesita de ti, porque tú
eres único e insustituible.
Por eso, ¿quieres hacer feliz a alguien? Hazlo hoy, mientras hay
tiempo. ¿Quieres regalar una flor? Regálala hoy, mientras tienes
tiempo. ¿Quieres decir a alguien: Te amo? Díselo hoy, que tienes
tiempo. ¿Quieres hacer las paces con quien te ha ofendido? Hazlo
hoy y no esperes a mañana. ¿Quieres dar gracias a alguien? Hazlo
hoy, mañana quizás no tengas tiempo. No esperes a que la gente se
muera para quererla y decirle que la quieres, porque no sabes si
tendrás tiempo.
Sonríe, ama, agradece y haz feliz a todos hoy. Así no tendrás
que visitar los cementerios ni llenar las tumbas de flores para
agradecer los favores recibidos, cuando ya sea tarde.
Al comenzar un nuevo día, debes saber que es un regalo de Dios.
Un precioso regalo, de valor indecible y misterioso. Cada día es
único e irremplazable. Cada día tiene su propio sentido en la
historia general de tu vida. Lo que puedes hacer hoy no lo dejes
para mañana. Cada día Dios te encomienda una tarea distinta,
aunque pueda parecerte vieja, porque se parece en todo a la de otros
muchos días. Sin embargo, es una tarea enteramente nueva y única.
Llena, pues, este hoy que Dios te regala con mucho amor. Da paz y
alegría a cuantos te rodean, haz felices a todos los que encuentres
en tu camino. Vive con paz y armonía y transmite paz a tu
alrededor. Si esto es así, el día de hoy será un día lleno, un
día verdaderamente único e irreemplazable. Será un día “divino”
en la historia de tu vida. Haz, pues, de este día un regalo lleno
de flores y de amor para Dios y para los demás.
Vive el presente con alegría, vive el presente con ilusión.
Cuida el tiempo presente, el aquí y ahora, pues en él vivirás el
resto de tu vida. Libérate de la angustia del futuro. Ponlo en las
manos de Dios y sigue cantando y luchando por un mundo mejor,
haciendo felices a los demás.
Una vez, una niñita quería hacer feliz a su padre por el día
de su cumpleaños y, después de pensarlo mucho, decidió envolver
una cajita de cartón vacía con un bonito papel de regalo. Y se lo
entregó a su papá con todo cariño. Su papá, cuando abrió el
regalo y vio que la caja estaba vacía, se quedó extrañado y un
poco triste. Pero ella le aclaró: Papá, antes de cerrar la cajita,
la llené de besos para ti.
¡Qué hermoso regalo! ¡Una caja llena de besos para su papá!
Pues bien, nuestro Padre Dios, quiere que nosotros, sus hijos
pequeños, también le demos alegría todos los días y le digamos
que lo amamos y le demos muchos besos y flores de amor. Le podrías
decir:
Padre mío, concédeme que toda mi alma se postre ante tu puerta
saludándote. Permíteme que todas mis canciones junten sus
melodías para alegrarte. Que toda mi vida sea un largo caminar
hacia tu eterno cielo, amándote y saludándote a cada paso. Te
entrego y te ofrezco todas las flores del jardín de mi alma y todos
los besos de mi corazón. Te ofrezco mi vida y te ofrezco mi
corazón con todo mi amor.
AYUDA A CRISTO EN LOS QUE SUFREN
La Madre Teresa de Calcuta entregó su vida al cuidado de los
más pobres de entre los pobres. A lo largo de su vida, atendió a
millares de enfermos, moribundos, leprosos y a pobres de toda clase
y condición. Para ella todos los que sufren son, especialmente, el
Cristo sufriente en la tierra. Ella decía: “Los pobres son el
cuerpo de Cristo que sufre. Son Cristo mismo”.
Por eso, les enseñaba a sus hermanas a atenderlos como
atenderían al mismo Cristo en persona. Los que sufrían eran como
parte de su propia familia. Decía:
“Mi familia son aquellos a quienes nadie se acerca, porque son
contagiosos y están llenos de microbios y suciedad. Aquellos que no
van a rezar, porque no pueden ir desnudos. Aquellos que no comen,
porque no les quedan fuerzas para hacerlo. Los que se caen
desplomados por las aceras, sabiendo que están para morir y a cuyo
lado pasan los vivos sin volver la mirada atrás. Los que no lloran,
porque se les han agotado ya las lágrimas de tanto sufrir”.
Y enseñaba a sus moribundos a ver a Dios hasta en la muerte que
se acercaba. Les decía: “La muerte no es sino el medio más
fácil y más rápido de volver a Dios. ¡Si tuviéramos fe, si
pudiéramos comprender que venimos de Dios y debemos volver a Él!
Morir es volver a Dios, es volver a casa”.10
La Madre Teresa ayudaba a los pobres y les ayudaba a bien morir.
¿No puedes tú también hacer algo por tantos pobres que sufren?
Hay muchos pequeños detalles que puedes hacer por los demás y así
dar un nuevo sentido de amor a tu vida. Veamos algunos ejemplos de
algunos colaboradores de la Madre Teresa:
“Adjunto un pequeño cheque. Había decidido comprarme un
abrigo para este invierno. Lo he pensado mejor: el que tengo puede
durar todavía uno o dos años. El cheque corresponde al importe del
abrigo, que por ahora no me compro”.
“Soy una telefonista y remito un giro postal. Es el importe de
mis cenas de un mes. He renunciado a la cena en la pensión, donde
me hospedo. Pienso que una persona que, como yo, gracias a Dios,
goza de muy buena salud, puede renunciar tranquilamente a la cena en
beneficio de quienes pasan hambre. Seguiré mandando la misma
cantidad todos los meses”.
“Somos una pareja de novios. Nos casaremos dentro de un mes.
Hemos propuesto a nuestra familia y amigos que, en lugar de hacernos
algún regalo, ya que queremos hacer una boda íntima y sin
despilfarros, nos den en dinero lo equivalente a sus regalos para
ofrecérselo a los pobres de la Madre Teresa”.
“Nosotros somos una familia normal y podemos comer tres veces
al día. Por eso, les he propuesto a mis dos hijos de 5 y 8 años de
compartir nuestro pan con los más pobres. Mi hijo de ocho años
tuvo una idea: renunciar tres veces por semana al postre para darle
el importe a los pobres de la Madre Teresa”. La señora Josepha
Gosselke de Alemania cuenta el caso de una colaboradora alemana de
la Madre Teresa, que, cuando vio cercana su muerte pidió a sus
familiares que no hubiese flores ni coronas ni gastos supérfluos en
su funeral y que, todo lo ahorrado, se lo diesen a la Madre Teresa.
Lo recaudado fue de 833 marcos alemanes.
Y así podríamos seguir hablando de gestos de amor de muchos
niños y adultos en favor de los más pobres, que deben sufrir,
porque, no solamente no tienen lo suficiente para comer, sino que no
tienen ni siquiera para curarse sus enfermedades, pues no tienen
dinero para comprar sus medicinas. Y esos pequeños gestos de amor
pueden revolucionar nuestra vida y darle un nuevo sentido de amor.
De la misma manera, los que sufren, por diferentes enfermedades o
miserias de la vida, también pueden ofrecer sus sufrimientos como
gestos de amor a favor de los que no aman y no creen y viven sin
sentido y sin amor en su corazón.
La Madre Teresa con toda su experiencia en el cuidado de enfermos
y moribundos decía: “El dolor es un don de Dios, es el don más
bello que una persona puede recibir. Descubrir el dolor como un
regalo de Dios, viene a ser la más alta sabiduría a que el hombre
puede aspirar. Encontrar a Dios en la cruz, la alegría en el dolor
y la serenidad en las pruebas, nos convierte en corredentores de
nuestros hermanos, identificándonos con el que por nosotros murió
en la cruz.
Aceptad el dolor como un regalo de Jesús, soportadlo por amor a
Jesús. El dolor es el beso de Jesús y nos asemeja a Él”.
Por eso solía decir frecuentemente: “Hay que amar hasta que
duela. Hay que amar hasta servir por amor. Porque el amor en acción
se hace servicio a los demás”.
Dile tú ahora a Jesús:
Señor, cuanto tenga hambre, dame alguien que tenga necesidad de
alimento. Cuando tenga frío, mándame alguien para que lo caliente.
Cuando tenga desaliento, mándame alguien a quien tenga que dar
ánimos. Cuando tenga necesidad de comprensión, mándame alguien
que necesite la mía. Hazme digno de servir a todos. Y haz que todos
encuentren en mí un ángel que los conforte y los consuele. Amén.
LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS
Cuando está enfermo alguno de nuestros familiares, debemos poner
de nuestra parte todo lo posible para conseguir su salud. Si el plan
de Dios es la salud, acudamos a los médicos y medicinas de acuerdo
a nuestras posibilidades, y pongamos también en juego todas las
fuerzas espirituales posibles. Si la voluntad de Dios es que, a
pesar de todos nuestros esfuerzos humanos y espirituales, siga
enfermo, e, incluso, llegue a fallecer, aceptemos con amor la
decisión de Dios, nuestro Padre.
En primer lugar, pidamos oración a todos los que podamos.
Formemos una gran cadena de oración por el enfermo. Jesús dijo
claramente: Pedid y recibiréis. Muchos enfermos se sanan, si se ora
por ellos.
Veamos un caso real:
“El día de su quinto cumpleaños, Federico, el último de
nuestros hijos se vio afectado por una enfermedad gravísima. El
diagnóstico no dejaba lugar a dudas: septicemia meningocócica. A
los pocos días, los médicos nos hicieron entender que su estado
era terminal. Nos pusimos a rezar y pedimos oración a toda la
comunidad del movimiento de los focolares. Se inició una gran
cadena de oraciones: con fe, rezando unidos, se puede obtener todo.
En pocas horas, con gran sorpresa del médico de guardia, la
situación cambió. A la mañana siguiente, estaba fuera de peligro,
y la jefa de sala nos dijo que le diésemos las gracias a “Alguien”,
porque había sido un milagro”11.
Aparte de la cadena de oración, acudamos a nuestros antepasados
difuntos, que estén ya en el cielo o en el purgatorio. Ellos, con
su intercesión, también pueden hacer mucha fuerza. Ellos son parte
de nuestra familia y están interesados en nuestra felicidad. Pero
también hay algo muy importante, que no debemos olvidar: acudir a
todos los ángeles de nuestra gran familia humana, a los ángeles de
todos nuestros antepasados, presentes y futuros. Los ángeles
también son miembros de nuestra familia y, por eso, también cuidan
de nosotros y se preocupan de nuestra santificación y bienestar.
Si así lo haces, verás maravillas en tu vida y en la de tus
familiares. Y Jesús te sonreirá desde tu corazón y te concederá
innumerables bendiciones, más de las que puedas pedir o imaginar.
PARA REFLEXIONAR
Más se aprende en dos meses de adversidad que en diez años de
Universidad. Por ser sufrido y paciente, no es uno menos valiente.
Quien más padece más merece. Cuanto más el hombre padece, más la
mano de Dios lo favorece.
Recuerda que el sufrimiento es el mejor educador de tu vida,
porque te enseña a madurar. “El sufrimiento, decía Anatole
France, es el gran maestro de los hombres”. “El hombre a quien
el sufrimiento no educó, siempre será un niño” (N. Tammaseo). Y
el gran sabio Eckard decía que “el caballo más rápido para
llegar a la santidad es el dolor”.
“El sufrimiento es el megáfono que Dios utiliza para despertar
a los sordos” (Lewis).
¿Qué dirás ahora de todos tus dolores? ¿Te consideras como un
prisionero de tus dolores y enfermedades? ¿Crees que eres un
castigado por Dios?
Alguien ha dicho que la enfermedad ofrecida con amor es como “un
estado de perfección”, pues ella es el mejor medio de
santificación. De todos modos, piensa en lo que decía san
Francisco de Sales: “Los ángeles nos envidian, porque sufrimos
por Dios. Ellos nunca han sufrido por Él”.
A LOS FAMILIARES
A los familiares de los enfermos o ancianos quisiera decirles
unas palabras de aliento y esperanza. En primer lugar, no se
desesperen como los que no tienen esperanza ni fe en Dios. Deben
atender con toda delicadeza y paciencia a estos familiares
necesitados de ayuda y comprensión. Acudan a los médicos, pero sin
olvidarse de que deben orar insistentemente para pedir su salud.
Orar con perseverancia puede hacer milagros, porque Dios siempre
escucha nuestra oración. Pero hay que tener mucha paciencia, sobre
todo, cuando son ancianos y han perdido la memoria o la razón.
Incluso, cuando están en coma, hay que seguir orando con
perseverancia, porque Dios puede hacer milagros o, al menos, puede
seguir bendiciendo abundantemente a estos familiares a través de
nuestras oraciones. Algo también muy importante es acudir al
sacerdote, cuando todavía hay tiempo y son conscientes, para que
puedan recibir los sacramentos de la confesión, comunión y la
unción de los enfermos. No dejarlo todo para el último momento,
cuando ya no se dan cuenta de nada.
En los últimos momentos, los familiares deben intensificar sus
oraciones. Si es posible, recen la coronilla del Señor de la
misericordia. Para ello, rezar con el rosario, y en lugar de las
Avemarías decir: Por su dolorosa Pasión, ten misericordia de
nosotros y del mundo entero. Y en lugar de los cinco Padrenuestros,
decir: Padre santo, te ofrezco el cuerpo, sangre, alma y divinidad
de Jesucristo en reparación de nuestros pecados y los del mundo
entero. Jesús le prometió a santa Faustina Kowalska: “Si se reza
esta coronilla al lado de un agonizante, Yo me interpondré entre el
Padre y el alma agonizante como Salvador misericordioso” (Diario
V,140)
Esos últimos momentos pueden ser decisivos para su salvación.
Pero nunca deseen terminar con su vida “piadosamente”,
quitándoles el suero o el oxígeno. Estén a su lado hasta el
último instante y denles amor y esperanza, tratando de convencerlos
para que se confiesen y reciban la comunión, si han estado alejados
de Dios y de la Iglesia.
Uds. deben ser para el anciano o enfermo una luz en su camino,
una esperanza para confiar en la misericordia de Dios y una señal
de que Dios sigue amándolos a pesar de todo.
Y no se olviden de rezar por su salud. Jesús ha dicho: “El que
cree en Mí impondrá las manos sobre los enfermos y éstos
quedarán sanos” (Mc 16,18). Uds. deben ser instrumentos de
Jesús. Recuerden el pasaje evangélico, donde unos familiares le
llevaron un enfermo a Jesús. Dice así: “Vinieron trayéndole un
paralítico, que llevaban entre cuatro… Y viendo Jesús la fe de
aquellos hombres, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son
perdonados… Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mc
2,3-11). Dice el Evangelio: “Viendo Jesús la fe de aquellos
hombres”, que eran sus familiares. Si ellos no hubieran tenido fe
en Jesús, nunca se hubiera curado el enfermo. Por eso, acudan a
Jesús y oren por los enfermos de la familia. Pueden decir:
Señor Jesús, te pedimos por N.N. que está enfermo. Bendícelo
y haz que pueda encontrar la salud en su cuerpo y en su alma. Que su
fe crezca cada día y se vaya abriendo a las maravillas de tu amor
para que sea testigo de tu bondad y de tu poder. Jesús, por tus
santas llagas y tu santa cruz, por tu sangre bendita derramada, te
pedimos que lo sanes y le des vida en abundancia. Tú puedes sanarlo
como lo hacías con tantos enfermos, cuando estabas en la tierra.
Pon tus manos divinas sobre la parte enferma de su cuerpo y haz que
tu vida divina inunde su corazón y sane su cuerpo.
Envía, Señor, a todos tus ángeles en compañía de san Rafael,
Medicina de Dios, para que oren sobre él y lo sanen en tu Nombre.
Invocamos también a todos nuestros familiares difuntos, que
disfrutan ya de tu felicidad en el cielo y de los que todavía
están en el purgatorio. Unidos a todos nuestros familiares y a
todos nuestros ángeles, en unión con María nuestra Madre, te
pedimos que lo sanes y le des tu santa bendición.
Ven, Espíritu Santo, con tu poder sanador y santificador y sana
su cuerpo y santifica su alma. Amén
En el bendicional oficial de la Iglesia hay también oraciones
para bendecir a los ancianos y enfermos, que pueden ser hechas por
sus propios familiares. Veamos algunas:
Señor Dios Todopoderoso, que has dado a tu hijo una dilatada
ancianidad, te pedimos que le concedas tu bendición para que sienta
la dulzura de tu compañía. Que al recordar su pasado, tu
misericordia lo consuele y, al mirar al futuro, la esperanza lo
sostenga.
Señor Dios, Padre misericordioso, que con tu bendición levantas
y fortaleces nuestra frágil condición, mira con bondad a este hijo
tuyo, aparta de él la enfermedad y devuélvele la salud para que,
agradecido, bendiga tu santo Nombre. Por Jesucristo Nuestro Señor.
Que Jesús el Señor, que pasó haciendo el bien y curando a
todos los enfermos, lo conserve con salud y lo llene de sus
bendiciones Amén.
Se le puede hacer la señal de la cruz en la frente en señal de
bendición y se le puede imponer las manos con cariño para
manifestarle nuestro amor y orar espontáneamente con las palabras
que Dios ponga en nuestro corazón, en unión con nuestros ángeles
custodios.
CARTA A UN ENFERMO
Querido hermano:
Desde lo más profundo de mi corazón y con toda sinceridad,
quiero decirte GRACIAS por todo lo que sufres y ofreces a Dios por
la salvación de los demás. Tienes derecho a quejarte y a reclamar
a Dios y a pedirle insistentemente la salud. Pero piensa que si, a
pesar de poner todos los medios humanos y espirituales de tu parte,
Dios permite que sigas enfermo, debes tomar tu cruz con cariño
entre tus manos y aceptarla sin rebelarte y ofrecerla con todo tu
amor. Sólamente así tu vida será bendecida, sólamente aceptando
tu situación de sufrimiento, podrás salvar al mundo, uniendo tu
dolor con el dolor de Cristo.
Dios y los ángeles están esperando tu respuesta positiva. Tus
antepasados y familiares difuntos, que te miran desde el cielo,
esperan mucho de ti y cuentan contigo para la gran tarea de salvar
al mundo y, en especial, a tus familiares, que tanto te necesitan.
Por eso, no debes sentirte un inútil, que no sirves para nada. Tú
eres valioso a los ojos de Dios y de la humanidad entera. No
importa, si algunos no te valoran, no importa si no puedes trabajar
ni ganar dinero. Tú puedes salvar almas para Dios y ser un gran
bienhechor de la humanidad y, concretamente, de tu familia.
Tus hermanos y amigos esperamos mucho de ti. No nos defraudes.
Contamos contigo. Sigue con tu cruz hasta que Dios quiera. Él tiene
sus caminos y te ha escogido a ti para esta gran misión. Mientras
tanto, nosotros seguiremos rezando por tu salud, porque, si está en
los planes de Dios darte la salud, queremos que siempre se cumpla su
voluntad. En la salud o en la enfermedad, en la vida o en la muerte
¡Bendito sea el Nombre de Dios!
Gracias por tu ejemplo y tu amistad. Que Dios te bendiga.
Todos sufrimos. La diferencia está en que mientras unos sufren
sin sentido y sin esperanza, otros conocen y aceptan el valor
inmenso del dolor, ofrecido con amor.
ORACIONES
Señor, estoy enfermo; me siento solo y triste. Quisiera hacer
grandes obras por tu amor, recorrer el mundo y viajar por todos los
senderos de la tierra y predicar tu Palabra, pero estoy enfermo.
¿Es esto lo que Tú quieres para mí? Mi vida transcurre monótona
y fría sin una perspectiva feliz. Parece que ya no hay curación
para mí y me siento acabado. No sirvo para nada y todos me
compadecen. Pero no pueden entender cómo me siento. Me siento
incomprendido…
Señor, ¿no te importa que esté enfermo? ¿Quieres que me
muera? Quisiera seguir viviendo para seguir trabajando y haciendo
algo también por tu amor. Pero parece que ya no hay remedio. A
veces, me parece que quiero rebelarme contra tus designios sobre
mí. ¡Qué rápido se ha pasado mi vida! Tengo sólo cincuenta
años y me parece que hubiera vivido cien años. Y ahora me estás
esperando para pedirme cuentas.
Señor, mi vida me parece vacía y ya no hay tiempo para
enmendarla. Señor, acógeme en tus brazos, dime que me quieres,
dime que me perdonas más allá de la muerte. Ahora pienso en mi
pasado. ¿Para qué malgasté mis energías juveniles en extrañas y
vanas aventuras? ¿De qué me han servido?
Oh Señor, haz que mis últimos días los viva en paz contigo. Te
ofrezco mi vida y te ofrezco mi amor con todo mi dolor y mi
inutilidad. También te ofrezco mi deseo de curación. Ten
compasión de mí y dame tu perdón y paz. Amén.
...????...
Señor, soy tu hijo y estoy enfermo. Tengo miedo a morir. No sé
qué será de mí. Mi vida esta vacía, sólamente he pensado
durante años en trabajar y trabajar y trabajar… Y me olvidé de
ti. Pensaba que lo único que valía la pena era tener dinero para
poder divertirme. Y ahora ¿de qué me sirve todo mi dinero?
¿Dónde están todos mis amigos? Señor, dame paciencia, porque a
veces me desespero de estar así. Mis familiares también se sienten
tristes con mi situación y no hay ninguna solución humana. Estoy
desahuciado y me rebelo, porque quiero seguir viviendo. ¿Por qué a
mí? ¿Por qué?
Señor, no quiero echarte las culpas de todas mis desgracias,
pero quisiera que me des más paciencia y comprensión para todos.
Dame tu amor para amar a los que me aman y agradecerles todo lo que
hacen por mí. Señor, gracias por la vida que me has dado.
Prepárame para el último viaje. Te ofrezco mis limitaciones y mis
debilidades, con mi enfermedad y mi dolor. Te entrego mi corazón,
con todo lo que soy y tengo, para amarte siempre. Gracias, Señor,
por tener compasión de mí. Espero verte pronto y ser feliz contigo
por toda la eternidad.
...????...
Señor, estoy destrozado interiormente. Ha muerto mi hijo, a
quien tanto quería. Ha sido un accidente absurdo. Algo que nunca
debió ocurrir. ¿Por qué, Señor, permitiste que ese joven
irresponsable condujera a alta velocidad y atropellara a mi hijo,
que iba tranquilamente por la carretera? ¿Por qué? Señor, son
muchas las preguntas que quisiera hacerte en este momento, pero sé
que ninguna respuesta me podrá devolver otra vez a mi hijo. Y me
siento mal. Y estoy desesperado hasta el punto que me parece que
sería mejor terminar con todo de una vez y suicidarme para irme con
él, pero sé que eso no arreglaría nada. Por eso, quiero seguir
viviendo.
Señor, perdóname todos mis pensamientos de odio y de venganza
contra ese joven y su familia. Mi dolor es demasiado grande para
poder vivir en paz. Perdóname y déjame que llore ante ti al caer
de la tarde. Señor, dame paz, necesito paz. Así no puedo seguir
viviendo; es demasiado grande mi dolor. Mi vida ya nunca será la
misma. Mi hijo tenía sólo ocho años. Era mi esperanza, soñaba
con un futuro prometedor para él. ¡Era tan bueno y obediente! Era
tan inteligente… Oh Señor, gracias por estos años que me lo has
prestado. Gracias, por mi hijo. Haz que esté feliz contigo en tu
reino. Dame tu paz.
...????...
Señor, acabo de venir del médico y me ha dicho que tengo un
cáncer avanzado. Me lo ha dicho sin compasión. Yo pensaba que eso
nunca me podría ocurrir a mí. Yo creía que eso sólo le pasaba a
los otros. Por eso, hoy me siento derrumbado. Me parece que no es
cierto, que todo es mentira, que estoy soñando. Mi familia tampoco
se lo puede creer. Yo, el hombre fuerte, que nunca tenía una gripe,
ahora estoy destrozado por dentro y con los días contados. ¿Por
qué, Señor?
Señor, ¿es posible que tú quieras esto para mí? ¿Es posible
que tú lo hayas dispuesto todo esto para mi bien? No te entiendo,
pero quiero aceptar tu voluntad. Te ofrezco mi cuerpo y mi alma, te
ofrezco mi vida con mi pasado y presente y los días que me queden.
Te ofrezco mi familia y te pido que la cuides, cuando yo me vaya.
Señor, prepárame para estar listo en el momento que tú me llames.
Señor, no lo puedo comprender, pero acepto tu voluntad. Cuento
contigo. Confío en Ti. Dame tu paz y bendice mi vida entera.
Gracias por todas las alegrías que me has dado. Gracias por mi
familia y mi fe en ti. Gracias por todo el bien que he podido hacer
por los demás. Gracias, porque creo que mi vida no ha sido en vano
y ahora, al atardecer de mi existencia, puedo decirte: Señor, yo te
amo y yo confío en Ti.
Señor, ayúdame a ser consciente de mis propias limitaciones.
Que sea tan valiente que no me hunda ante las inevitables
dificultades de la vida. Que sea tan humilde que llegue a descubrir
que sin Ti no soy nada ni valgo nada.
Haz, Señor, que, cuando el dolor llame a mi puerta, no lo mire
nunca como un castigo que Tú me envías, sino como una oportunidad
que me brindas de poderte demostrar que te amo de verdad y que soy
consciente de que Tú me amas a pesar de todo. Que el dolor, Señor,
me haga cada vez más maduro, que me haga más comprensivo con los
demás, que me haga más amable y más humano. Que, cuando venga el
dolor, lejos de rebelarme contra Ti, sepa ofrecértelo y repartir
amor y paz a todos los que me rodean. Te había pedido, Señor,
fuerza para triunfar. Tú me has dado flaqueza para que aprenda a
obedecer con humildad. Te había pedido salud para realizar grandes
empresas. Me has dado enfermedad para hacer cosas mejores. Deseé la
riqueza para llegar a ser dichoso. Me has dado pobreza para alcanzar
sabiduría. Quise tener poder para ser apreciado de los hombres. Me
concediste debilidad para que llegara a tener deseos de Ti. Pedí
una compañera para no vivir solo. Me diste un corazón para que
pudiera amar a todos los hombres. Anhelaba cosas que pudieran
alegrar mi vida y me diste vida para que pudiera gozar de todas las
cosas. No tengo nada de lo que te he pedido, pero he recibido todo
lo que había esperado. Porque, sin darme cuenta, mis plegarias han
sido escuchadas y yo soy, entre todos los hombres, el más rico.
(Grabado en placa de bronce en el Instituto de readaptación de
Nueva York).
...????...
¿Dónde estás, Señor? Yo tengo ojos, pero no te veo. Yo oigo,
pero no te escucho. Yo te busco, pero no te encuentro. ¿Dónde
estás, Señor? - Yo estoy, donde tú no quieres estar, donde tú no
quieres ver, donde tú no quieres escuchar, donde tú no quieres
perdonar. Tú no me encuentras, porque te buscas sólo a ti, tu
estima, tus seguridades, tus satisfacciones, tus recompensas. Tú me
encontrarás, cuando decidas en no pensar en ti, sino en Mí. Porque
yo estoy en el lugar, donde te he salvado: EN LA CRUZ. Allí me
encontrarás, allí encontrarás mi amor y mi misericordia. No
temas. Yo te espero y tú conmigo serás feliz.
...????...
Señor, me siento inútil y estorbo en todas partes. Soy un
trasto viejo, que no saben qué hacer con él. Para mis familiares,
soy un problema; para las enfermeras, un paciente más; para los
médicos, un número del hospital. Oigo por mi ventana el bullicio
de niños y jóvenes y tengo envidia. Quisiera trabajar, hacer algo,
en una palabra, vivir de verdad, porque creo que, si esto es vivir,
prefiero morir.
Muchos me consideran un parásito, un inútil, porque no valgo
para nada y no puedo hacer nada. Soy como un abandonado de la
sociedad. Señor, ¿qué significado tiene mi vida?
- Hijo mío, tú no estás solo ni eres un inútil. Tú eres
alguien muy importante para mí y puedes colaborar en la gran
empresa de la salvación del mundo ¿Estás dispuesto ayudarme a
salvar a tus hermanos? ¿Quieres unir tus sufrimientos a los de
Jesús para que tengan un valor sobrenatural? ¿Sí? Pues, desde
este momento, ya eres un gran bienhechor de la humanidad y tu vida
vale para mí más que la de los más grandes genios o la de lo más
grandes héroes de la humanidad.
...????...
Señor, ahora que estoy enfermo, deja que mi corazón te busque y
se desahogue contigo.
Desciende con tu amor hasta mis miedos, mis oscuridades y mis
dudas. Llena con tu presencia mis silencios vacíos, alienta mi
esperanza decaída, ayúdame a abandonarme en Ti, y a ser agradecido
en todo momento.
Señor, ahora que vivo en la adversidad, haz que mis ojos no
dejen de mirarte, pues en la cruz encontraré fuerzas para seguir
amando más allá del sufrimiento.
Señor, que tu amor me inunde y tu luz me ilumine para seguir
esperando contra toda esperanza en este largo camino de mi
enfermedad. Amén.
ORACIÓN DE SAN AGUSTÍN POR LA MUERTE DE SU MADRE
Deja, Señor, que mi llanto fluya manso y calmante. ¡Sé qué
tú sabrás interpretar mis lágrimas! Déjame llorar, Señor, a
lágrima viva, siquiera una hora, a mi madre recién muerta ante mis
ojos, a mi madre que, por tantos y tantos años, me ha llorado a
mí, muerto entre los vivos…
He cerrado los ojos de mi madre, mientras contenía las lágrimas
en penosísima congoja interior. Yo disimulaba también el lamento
dolorido de mi corazón, pues sabía que mi madre no moría del
todo. Estaba seguro de su vida en la eternidad por el testimonio
diario de su fe no fingida y por la fuerza de tu gracia, Señor.
Pero, a pesar de las consolaciones de la fe, me quemaba vivamente la
herida reciente de esta separación, acostumbrado como estaba a la
grata presencia de mi madre y hecha mi alma a la delicia cotidiana
de estar juntos.
Privado de aquel consuelo, me sentí desgarrado, como si
desapareciera la seguridad de mis pasos. Sentí una hendidura en mi
alma, pues mi vida y la suya, fundidas en sentimientos y con deseos
tan unísonos, se habían hecho una sola...
Ahora nada podía calmar mi dolor, ni siquiera las palabras de
los amigos ni los saludos de quienes se creían obligados a
acompañarme en aquel trance, ni los consuelos de muchos cristianos
ni las voces de aliento religioso ni los pésames, ni el retiro a la
soledad… Déjame llorar en tu presencia, Dios mío… Perdóname
el desahogo de soltar la compuerta de mis lágrimas represadas y
consentir que fluyan cuanto quieran… Te pido, Oh Dios, que mi
madre repose en tu paz juntamente con su esposo, a quien amó
enteramente. De nuevo juntos en tu paraíso, reúne a mis padres,
por quienes me trajiste a la vida. Que se cumpla lo único que ella
me pidió: “Ruega por mi alma ante el altar del Señor”
(Confesiones 9,12,29-33 y 9,13,34-37).
EL DOLOR
¡Bendito seas, Señor, por tu infinita bondad; porque pones con
amor sobre espinas de dolor rosas de conformidad!
¡Qué triste es mi caminar! Llevo en el pecho escondido un
gemido de pesar, y en mis labios un cantar para esconder mi gemido.
Y es que temiendo, Señor, que este mundo burlador se burle de
mis pesares, voy ahogando entre cantares los ayes de mi dolor.
No quiero que en mi cantar mi pena se transparente; quiero sufrir
y callar, no quiero dar a la gente migajas de mi pesar…
Tú sólo, Dios y Señor, Tú, que por amor me hieres; Tú, que
con inmenso amor, pruebas con mayor dolor a las almas que más
quieres.
Tú sólo lo has de saber; que sólo quiero contar mi secreto
padecer a quien lo ha de comprender y lo puede consolar.
Por eso, Dios y Señor, por tu bondad y tu amor, porque lo mandas
y quieres, porque es tuyo mi dolor, ¡bendita sea, Señor, la mano
con que me hieres! (José María Pemán)
FELICES USTEDES
Jesús llama felices, bienaventurados, dichosos a quienes sufren,
poniendo su confianza y esperanza en Dios. ¿De qué sirve “gozar”
y ser “felices” con la felicidad que da el mundo, si, al final,
nos sentimos vacíos y tristes por no haber cumplido bien nuestra
misión? Es preferible aceptar la voluntad de Dios, que, a veces,
permite el sufrimiento en nuestras vidas, y tener la oportunidad de
crecer y madurar más espiritualmente, para poder así gozar y ser
mucho más felices por toda una eternidad. Jesús, en las
Bienaventuranzas, que es como la carta Magna del Evangelio, ilumina
la vida de los que sufren, dándoles una gran esperanza. Su dolor,
sea por el motivo que sea, (enfermedad, vejez, persecución,
desprecio…) no quedará sin recompensa, si se acepta con paz y
resignación amorosa.
Dice Jesús:
Felices ustedes los pobres, porque de ustedes es el reino de
Dios, Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán
saciados. Felices los que lloran, porque reirán. Felices ustedes,
si los hombres los odian, los expulsan, los insultan y los
consideran como delincuentes a causa del Hijo del Hombre. Alégrense
en ese momento y llénense de gozo, porque les espera una recompensa
grande del cielo (Lc 6, 20-23).
Podríamos resumir las Bienaventuranzas diciendo: “Felices los
que sufren por amor a Dios, porque serán eternamente felices en el
cielo”. Lo contrario, sería lo que dice el profeta Jeremías: “Maldito,
infeliz, el hombre que pone su confianza en otro hombre (y en los
placeres del mundo), apartando su corazón de Dios” (Jer 17,5).
Por eso, ustedes que sufren, levanten su corazón a Dios y
acéptenlo todo como venido de sus manos amorosas de Padre.
Realmente, es maravilloso saber que nuestra vida no depende del azar
o de un ciego destino ni del movimiento de las estrellas ni está
sometida a cualquier otra causa impersonal desconocida. Nuestra vida
está en las manos de Dios, que controla hasta los más mínimos
detalles y “tiene contados hasta los pelos de la cabeza” (Lc 12,
7).
Y Dios es bueno, es nuestro Padre, y quiere nuestra felicidad.
Por eso, es exigente y quiere lo mejor para nosotros. Y sabe muy
bien que, con frecuencia, un sufrimiento permitido por Él, puede
ayudarnos a mejorar y a crecer mucho más que cincuenta años de
vida normal y sin problemas de ninguna clase. Por lo cual, el amor
de nuestro Padre Dios permite, a veces, sufrimientos en nuestras
vidas, aunque nuestra mente humana no los pueda comprender. En estos
casos, lo único que nos queda es aceptarlos sin desesperación y
decir como Jesús: “que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mc
14, 36).
El consuelo de que nuestro dolor no es inútil, sino beneficioso
para nosotros y para el mundo entero, nos hace ver la vida y el
mundo desde el punto de vista del amor de Dios, que todo lo controla
y lo permite por nuestro bien. ¡Que Dios sea bendito!
CONCLUSIÓN
Después de haber expuesto algunas ideas sobre el sufrimiento a
lo largo de estas páginas, sólo nos queda darle gracias a Dios por
todo el bien que puedan hacer a aquellos que estén pasando una
situación de sufrimiento, sea por enfermedad o problemas de la
vida. No olvidemos que todos, tarde o temprano, pasaremos por el
crisol de sufrimiento, que es parte integrante de la vida humana.
Lo importante es saber aceptarlo y ofrecerlo a Dios con amor. Y
recordar siempre que, si tenemos amor, lo tenemos todo, porque
tenemos a Dios y nos sentiremos realizados como personas y la
alegría de Dios brillará en nuestro corazón. El amor es lo único
realmente importante. No importa, si los demás nos consideran
inútiles o seres de poco valor. Si tenemos amor, somos inmensamente
ricos para ayudar a los demás. Por eso, quisiera decir a cada
enfermo:
No tengas miedo al porvenir, que está en las manos de Dios. No
temas el futuro, que todavía no existe. No te angusties por los
defectos que tienes o por los pecados cometidos en tu pasado. Dios
es más grande que todo y te ama infinitamente y tiene misericordia
de ti. Pero, mientras tengas vida, no te detengas; sigue amando sin
cesar. Haz el bien a todos los que puedas y dale gracias todos los
días a tu Padre Dios por el DON INMENSO de la vida. Que tu vida sea
un canto de agradecimiento a Dios por todos los dones recibidos.
Vive para la eternidad y ofrece tu vida por toda la humanidad,
especialmente por la salvación de tu familia.
Si sufres con amor, tienes un puesto insustituible en el plan de
Dios, eres corredentor de la humanidad en unión con Cristo, eres
hermano de Cristo paciente, eres un gran bienhechor de la humanidad,
un auténtico apóstol del reino de Dios y uno de sus hijos
predilectos.
Que Dios te bendiga. Saludos de mi ángel.
Tu hermano y amigo para siempre
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mia vita, “ “ (2003)
El dolor es un tesoro, que Dios pone en tus manos, para que
con él sirvas y ames a los demás.
“Tu sufrimiento, unido al de Cristo, se transforma en santo y
salvador”