LA ALEGRÍA DEL PERDÓN
Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú
Agustino Recoleto
Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca
(Perú)
ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA - PERÚ 2007 ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN 4
PRIMERA PARTE: EL PERDÓN 6 El odio destruye. Perdonar es una
decisión. 6 Perdonar a Dios. Perdonarse a sí mismo. 23 Quererse a
sí mismo.Perdonar a los difuntos. 35 Perdonar es sanar. Defenderse
del mal. 51 La oración. La confesión. 86 Los santos y el perdón.
94
SEGUNDA PARTE: ORACIONES 103 Oración. 103 Oración de perdón
(1). Oración de perdón (2). 104 Ejercicio del perdón (1). 111
Ejercicio del perdón (2). 113 Oración de liberación y sanación
interior. 115 Reflexiones. 121
CONCLUSIÓN 123
BIBLIOGRAFÍA 125
INTRODUCCIÓN
Queremos tratar en este libro el tema de la liberación del odio
por el perdón. Evidentemente, es un tema muy amplio, que no
podremos tocar en toda su amplitud; pero, al menos, intentaremos
decir algo sobre el perdonar a los que nos han hecho daño. Porque
el odio es un veneno que no nos deja vivir en paz. Por eso, es tan
importante perdonar para vivir tranquilos. Perdonar es amar.
Perdonar es sanar. Perdonar es liberarse del peso insoportable del
odio y del rencor.
También es importante perdonarnos a nosotros mismos de los
errores y pecados cometidos y aceptarnos tal como somos, pues así
nos quiere y nos ama el mismo Dios. Y, si alguien cree que Dios
tiene la culpa de sus males, deberá también, en cierto sentido,
perdonar a Dios y reconciliarse con Él.
Si tú eres uno de los que están todavía oprimidos por el
resentimiento o por el deseo de venganza, este libro es para ti. Y,
si conoces a alguien que está sufriendo por no poder perdonar, dale
a leer este libro y dile que Dios, como un Padre amoroso, lo está
esperando para liberarlo y hacerle sentir su amor; porque si no
perdona, él mismo se está destruyendo. El perdón, libera; el
amor, sana; pero el odio, enferma y destruye. Por eso, date a ti
mismo la alegría del perdón o la alegría de hacer que alguien
pueda perdonar y amar en lugar de odiar
Donde no hay amor, sembrad amor y recogeréis amor (S. Juan de la
Cruz) PRIMERA PARTE
EL PERDÓN
En esta primera parte, vamos a tratar los diferentes aspectos del
perdón. Perdonar a Dios, a nosotros mismos y a los demás. También
hablaremos de lo importante que es superar la autocompasión o baja
autoestima para poder querernos a nosotros mismos y así poder amar
también a los demás; pues el que no se ama a sí mismo,
difícilmente amará de verdad a los demás.
Propondremos muchos ejemplos reales para poder entender más
fácilmente la necesidad de perdonar y nos daremos cuenta de que el
perdón nos trae paz, salud y alegría. La alegría del perdón, que
Dios nos da al perdonar, no tiene precio, mientras que la tristeza,
que produce el odio y el rencor, nos amarga la vida y nos hace morir
en vida.
EL ODIO DESTRUYE
El amor sana y alegra la vida, mientras que el odio y el rencor
nos destruyen y nos amargan la existencia. ¡Cuántos sufrimientos
hay en el mundo por la falta de perdón! El perdonar no es un
artículo de lujo para casos especiales, sino una necesidad para
vivir en paz con nosotros mismos y con los demás. Además, sale
más barato el perdonar que el tener que soportar ciertas
enfermedades producidas por el resentimiento.
Estudios recientes han demostrado, por ejemplo, que un elevado
número de divorciados, sobre todo mujeres, siguen alimentando mucho
resentimiento a su ex-cónyuge, aun después de años de
separación. Y el estrés originado por este rencor, en algunos
casos, llega a afectar el sistema inmunológico y así se pueden
explicar ciertas enfermedades como artritis, diabetes,
arterioesclerosis, enfermedades cardiovasculares… No querer
perdonar es quedarse anclados en el pasado, de modo que la vida ya
no puede seguir su curso normal. Y nos desgastamos física y
sicológicamente con tanta energía perdida inútilmente, en odiar y
en la tensión que nos produce. Realmente que el rencor y el deseo
de venganza nos van matando poco a poco y nos van hundiendo en la
depresión.
Hay un cuento que dice que había una vez dos dueños de tiendas,
que estaban en constante competencia entre ellos. Su rivalidad era
tanta que ambas familias ya ni se hablaban, y se odiaban a muerte.
Por fin, el Señor se cansó de aquellos odios y rencores y mandó a
un ángel para que pusiera fin a aquellas enemistades. El ángel se
acercó a uno de los tenderos y le explicó que aquella situación
entristecía a Dios. Y le dijo: Dios está dispuesto a darte
cualquier cosa que le pidas: riqueza, prestigio, poder, salud, fama…
Solamente tienes que pedir y Dios te lo concederá al instante.
El hombre, lleno de alegría, empezó a imaginar todo lo que
podría pedir. Estaba a punto de pedir algo muy importante para él,
cuando el ángel le dijo: Hay una condición. Todo lo que tú pidas,
también se lo dará a tu vecino, pero doble que a ti. Entonces, el
hombre se puso furioso y repuso con rapidez: Que me quede ciego de
un ojo, para que el otro se quede totalmente ciego.
Realmente, esto no le agradó a Dios. Y él se quedó sin tantas
bendiciones que hubiera podido recibir para ser feliz él y su
familia.
Imaginemos otro caso: Un día, un esposo, muy trabajador y poco
expresivo, llega temprano a casa antes de la hora prevista y
encuentra a su esposa en su habitación con otro. La esposa se echa
a sus pies, pidiéndole perdón. Él se queda pálido de
indignación sin saber qué decir, pero se da cuenta de que el
silencio somete a su esposa a una gran tortura. El caso llega a
oídos de la gente del barrio, que supone que el esposo abandonará
a su esposa infiel. Pero el esposo se goza de la vergüenza que
siente su esposa ante la gente. En la casa, más que violencia, él
la llena de desprecios con miradas y silencios. Pero no es feliz,
está triste por todo lo ocurrido y se siente humillado. Por eso, su
venganza sutil es como si quisiera gritar: ¡Cómo me ha podido
engañar a mí, un esposo fiel y trabajador! Me ha engañado con mi
mejor amigo. No tiene perdón de Dios. La haré sufrir hasta el día
de mi muerte.
Como vemos, este hogar es un infierno en el que los hijos
estarán sufriendo la tensión familiar y no será raro pensar en
que surgirán problemas de salud en todos ellos. ¿Cuál es la
solución? Buscar ayuda para poder perdonar, pues, de otro modo, aun
cuando haya separación, el rencor puede durar toda la vida y hacer
sufrir a todos los integrantes de la familia. En estos casos, pueden
ayudar mucho los consejos de personas maduras o los consejos de un
sacerdote y, sobre todo, orar para que Dios pueda dar la capacidad
de perdonarse mutuamente. Porque el esposo también es culpable de
haber sido indiferente con su esposa y dedicarse demasiado al
trabajo, tratándola con dureza y frialdad, en vez de darle ternura
y cariño. El esposo debe pedirle perdón de su indiferencia a su
esposa y darle una oportunidad de cambiar. Ella, por supuesto, debe
pedirle también perdón y así perdonándose mutuamente, con la
gracia de Dios, todo puede arreglarse y comenzar una nueva etapa de
vida, en la que, después de la crisis, puede venir un nuevo amor,
que alegrará a toda la familia. Esto lo he visto en casos concretos
en mi vida sacerdotal. Todo es posible para el que sabe orar y
perdonar. Por eso, no nos cansaremos de repetir: El odio destruye,
el perdón construye; el odio enferma, el amor sana.
Veamos un caso que conocí personalmente. Una chica terrorista
vino un día a mi parroquia de Arequipa, diciéndome que quería
confesarse, porque había matado a varias personas, junto a sus
camaradas comunistas, en sus incursiones a los caseríos de la
Sierra. Desde muy niña, su corazón había estado lleno de rencor a
sus padres, que eran alcohólicos, y la habían tenido muy
descuidada, hasta el punto de que varios hombres la habían violado.
Era tanto el odio que sentía que la ira y el deseo de venganza era
un fuego en su interior. Por eso, no encontró mejor medio de
vengarse que unirse a los terroristas, que andaban por la zona, para
poder desfogar su odio contra todo y contra todos.
Los terroristas la usaron de cocinera y la llevaban a sus
incursiones armadas, donde también ella mataba sin compasión. Así
estuvo varios años hasta que se fue hastiando de ese infierno de
vida, sobre todo, teniendo que ser la mujer de cualquiera de sus
compañeros, la cocinera y la sirvienta de todos. Por fin, un día
se escapó y huyó lejos de aquellos lugares, donde sus compañeros
no la pudieran encontrar. Y se fue a Arequipa a trabajar, pero
siempre llevaba dentro el odio, que no la dejaba dormir ni descansar
bien. Felizmente, comenzó a trabajar en una familia muy católica y
la orientaron para que pudiera confesarse y pudiera por fin perdonar
y perdonarse a sí misma por todo el daño que había hecho. Para
ella fue como un renacer de nuevo, pues volvió a sentir la alegría
de vivir. Dios la había liberado de la cadena del odio que la
tenía como esclava, y no la dejaba vivir en paz.
Amar es perdonar y perdonar es amar. Perdonar es sanar y odiar es
enfermar. Ama y perdona para ser feliz.
PERDONAR ES UNA DECISIÓN
Con frecuencia, creemos que debemos sentir algo positivo en
nuestro interior para poder perdonar de corazón. Pero para perdonar
de verdad, no es necesario sentir algo bonito dentro de nosotros,
sólo es preciso tener la voluntad de hacerlo, aunque todavía
tengamos sentimientos negativos y sintamos rechazo a quien nos ha
hecho daño. Perdonar, es una decisión de la voluntad. Y esta
decisión la podemos y la debemos tomar para evitar que el odio y el
rencor destruyan nuestra vida.
Por supuesto que, muchas veces, es muy difícil perdonar a quien
nos ha hecho mucho daño a nosotros o a nuestros familiares.
Pensemos en quien ha matado o ha violado a nuestro ser más querido.
Ciertamente que, humanamente, parece algo imposible. Por eso, el
mismo Jesús ya nos avisó que sin Mí no podéis hacer nada (Jn 15,
5). En cambio, podemos decir con fe, como san Pablo: Todo lo puedo
en Aquel (Cristo) que me fortalece (Fil 4, 13).
Jesús nos dice que debemos perdonar siempre, hasta setenta veces
siete (Mt 18, 22). Y, a continuación, Jesús explica la parábola
de aquel hombre que debía a su señor 10.000 talentos, una cantidad
extremadamente grande, y como no podía pagarle, el señor le
perdonó toda su deuda. Y éste que ha sido perdonado, al ver a su
compañero, que le debía la pequeña cantidad de 100 denarios, lo
mete en la cárcel hasta que le pague. Entonces, el señor llama al
que había sido perdonado y le dice: Yo te perdoné tu deuda, porque
me lo suplicaste. ¿No debías tú tener compasión de tu compañero
como yo la tuve contigo? E irritado, lo entregó a los torturadores
hasta que pagase toda la deuda. Y añade Jesús: Así hará con
vosotros mi Padre celestial si no perdona cada uno de corazón a su
hermano (Mt 18).
El odio es un veneno, que nos va pudriendo por dentro y no nos
deja vivir en paz, llevándonos a la violencia y a la
desesperación. Hay personas que van mucho a la iglesia o tienen su
casa llena de estampas religiosas, pero su corazón está duro,
porque no quieren perdonar. Es como si dijeran: A Dios lo amo con
todo mi corazón, pero al que me ha hecho daño, lo odio con todo mi
corazón. Y eso es una contradicción. No podemos decir: Yo amo a
Jesús, pero odio a mi hermano. Yo rezo a Jesús, pero no rezo por
mi hermano. Por esto, sería bueno preguntarnos alguna vez:
¿cuánto amo a Jesús? La respuesta es: Lo amo tanto como amo a mi
peor enemigo, pues Jesús ha dicho: Lo que hiciereis a uno de estos
mis hermanos más pequeños a Mí me lo hacéis (Mt 25, 40). Y
debemos reconocer que, con frecuencia, es muy poco lo que amamos a
Jesús, pues es muy poco lo que amamos a nuestro peor enemigo.
Una buena manera de liberarnos del rencor es orar por nuestros
enemigos, pidiendo a Dios que los bendiga. Es como ir en contra del
odio, que nos llama a vengarnos y a desear el mal; la oración nos
invita a bendecir y a pedir el bien para nuestros enemigos. De ahí
que sería una contradicción que alguien vaya a la iglesia a rezar
para que Dios castigue a sus enemigos o mande celebrar una misa para
que Dios les haga pagar sus culpas. Dios quiere que perdonemos, no
que les deseemos el mal o que le pidamos que los castigue.
Otro medio muy importante es la confesión. La confesión es
liberación de nuestros pecados, que, a veces, son como pesos
insoportables de llevar. Pues bien, cuando nos confesamos del rencor
con el propósito y la decisión de perdonar, aun cuando todavía
sintamos rechazo a esas personas, ya estamos dando los pasos para
descargar así el peso de la venganza o del resentimiento. La
confesión es una verdadera liberación, que también nos sana
sicológicamente, pues el peso de un pecado grave, no confesado
durante mucho tiempo, puede crear tensión interior y malestares que
afectan a nuestra salud.
Como vemos, ciertamente, ser cristianos no es fácil. Jesús
quiere que perdonemos, pero todavía nos pide algo mucho más
difícil: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen
(Mt 5, 44). Amar a los enemigos es algo realmente, en algunos casos,
heroico; pero ése es el ideal, al que debemos aspirar.
Si no perdonamos, haremos mala sangre y envenenaremos nuestra
vida. Ya lo decía el gran filósofo Max Scheler: El resentimiento
es una autointoxicación síquica, es decir, un autoenvenenamiento
interior, que hasta produce enfermedades físicas. Por esto y por
mucho más, debemos decidirnos a perdonar y dejar el resto a Dios y
a la justicia humana. Una vez que hemos puesto de nuestra parte lo
que creíamos mejor, incluso denunciando al malvado para que no siga
haciendo el mal a otros, podemos dormir tranquilos y tener paz en el
corazón. Y, si nos resulta demasiado difícil perdonar, pidamos
ayuda a Dios y a nuestra Madre la Virgen María, y a todos los
santos y ángeles. Oremos sin cesar, porque el perdón también es
una gracia de Dios, que debemos pedir humildemente. Decidamos en
este mismo momento perdonar con la ayuda de Dios y así sentiremos
la alegría de vivir.
Veamos algunos ejemplos concretos: Candice Lee, cuando tenía 21
años fue asaltada y estrangulada por un criminal. Ella dice:
- Yo estaba esperando a mi esposo a la puerta del nightclub donde
trabajaba, para recogerlo. Era la 1 a.m. Él no me estaba esperando
afuera como acostumbraba y yo lo esperé dentro del coche. De
pronto, un hombre vino, me abrió la puerta y me sacó a la fuerza
del coche, me arrastró un par de casas más abajo y me estranguló
hasta morir. Él me asesinó. Yo estaba clínicamente muerta.
Yo sentí un fuerte sonido y quedé en total oscuridad, pasando
por un túnel oscuro. Tres ángeles me llevaron por el túnel hasta
el final, donde se veía una luz muy brillante. Allí vi a mi padre.
Él había muerto cuando yo tenía 15 años. También estaban con
él otras personas que eran de mi familia, aunque a algunos de ellos
no los conocía. Ellos estaban en un lugar inmenso donde parecía
que iban a estar para siempre, no había paredes, y todo estaba
iluminado por la luz más brillante que se pueda imaginar, más
brillante que la luz del sol.
En aquel lugar, había una mesa muy grande con un libro sobre
ella. Un ángel miró el libro y encontró la página (de mi vida).
Los ángeles me llevaron a otro lugar donde estaba Jesús. Yo me
arrodillé y los ángeles se colocaron a mis costados de pie. Jesús
se acercó a mí y me dijo: "Regresa, todavía no es tu hora.
Tú debes enseñar". Jesús estaba brillante. Era pura luz,
pero yo podía ver su cuerpo. Vestía ropas blancas ysu rostro era
luminoso como una luz incandescente. No hay nada en el mundo más
hermoso. Estaba lleno de amor. Se podía sentir su amor.
Cuando Jesús me dijo que debía regresar, me encontré de nuevo
en el túnel y aterricé en mi cuerpo. Abrí los ojos y vi a mi
asesino sobre mí. Él se asustó y se enfureció. Él me dijo:
"Tú estabas muerta". Creo que habían pasado unos quince
minutos. Yo le rogué: "Por Dios, déjeme vivir". Me dejó
y, al rato, vino la ambulancia y la policía. Yo estaba desaliñada
y tenía heridas en el pecho que me duraron seis meses. Pero
perdoné de corazón a mi asesino.
Ahora sé que tengo una misión en la vida de hablar a otros
sobre el Señor. Y cada día le digo: "Señor, hazme un canal
de tu palabra para hablarles a los demás de Ti". Rezo por mi
asesino para que se convierta. Dios lo juzgará y le mostrará un
día, como a mí, el libro de su vida.
- En 1993, yo era enfermera, vivía en Florida y tenía 36 años.
Acostumbraba por las noches dar de comer a todos los gatos de la
vecindad. Un día a las 11:30 p.m. fui a darles de comer y, cuando
regresé a casa, encontré a un hombre en la cocina. Yo lo había
visto antes, pues era un vecino y sabía que no era buena persona.
Él estaba allí para violarme y matarme. Tenía un rifle y un
cuchillo. Yo vi el cuchillo de mi cocina y lo cogí para defenderme,
pero casi no recuerdo nada más. Él me golpeó con el rifle y me
hirió muchas veces con el cuchillo y me estranguló con sus dedos
sobre mi garganta, ocasionándome muchas hemorragias y la muerte
clínica.
Parece que un vecino oyó mis gritos y llamó a la policía. Mi
atacante era sordomudo y sólo huyó, cuando vino la policía.
Felizmente, los policías me hicieron masajes al corazón y me
resucitaron. Me llevaron al hospital y allí tuvieron que hacerme
una traqueotomía. Al quedar como muerta, pasé por un túnel oscuro
y llegué a un lugar increíblemente hermoso. Había muchas bellas
flores y todo era maravilloso. Entonces, vino un hombre con vestidos
blancos y luminosos. Parecía un ángel y me dijo: "Estamos
contentos de que estés aquí". Yo le respondí: "Mi
familia también me necesita". Entonces, él me dijo: "Muy
bien, puedes regresar, pero tienes que hablar sobre esto". Y no
he parado de hablar desde entonces.
Mi experiencia del más allá fue un regalo de Dios, a pesar de
todos los sufrimientos, pues quedé desfigurada y con muchas
heridas. Sin embargo, he podido perdonar sinceramente al hombre que
me asaltó. Ahora no juzgo a la gente. Ahora trato de hacer el bien
a todos y perdonar siempre.
La doctora Elisabeth Kübler-Ross dice:
Una vez encontré a una mujer negra, que trabajaba en la limpieza
del hospital donde yo estaba. Ella era muy ignorante, nunca había
ido a una escuela superior. Pero tenía algo que yo no sabía qué
era y que la hacía extraordinaria. Cada vez que ella entraba a la
habitación de un enfermo moribundo, algo sucedía y yo hubiera dado
un millón de dólares para saber el secreto de esta mujer. Un día,
la encontré en el pasillo y le pregunté: "¿Qué hace usted
con mis pacientes moribundos?". Ella se sorprendió por la
pregunta y dijo: "Yo no hago nada, yo sólo limpio su
habitación". Pero me abrió su corazón y me habló de su
dramática historia. Ella había crecido en un barrio muy pobre.
Pasaban hambre, no tenían medicinas... En una ocasión, ella se
sentó en el hospital con su hijo de tres años, esperando al
médico, pues su hijo estaba muy enfermo. Y su hijo murió de
neumonía en sus brazos, esperando, porque no lo habían querido
atender a tiempo. Ella me dijo todo esto sin resentimiento, sin ira
y sin odio. Y continuó: "Usted sabe, doctora, la muerte no me
es ajena. Algunas veces, cuando entro en la habitación de un
moribundo, ellos parecen muy asustados. Yo no puedo ayudarlos, pero
me acerco a ellos y los toco con cariño y les digo: "No es
algo tan terrible. Dios te ama".
Dice Bill Wild: Vivía en la sección judía de Varsovia, con mi
esposa, nuestras dos hijas y nuestros tres hijitos. Cuando los
alemanes llegaron a nuestra calle, pusieron a todos en fila contra
la pared y abrieron fuego con las ametralladoras. Les supliqué que
me permitieran morir con mi familia; pero, como yo hablaba alemán,
me pusieron en un grupo de trabajo… En ese momento, tenía que
decidir si odiar o no a los soldados que habían hecho eso. Yo era
abogado y, en el ejercicio de mi profesión, había visto con
demasiada frecuencia lo que el odio podía hacer a la mente y al
cuerpo de la gente. El odio acababa de matar a las seis personas
más importantes del mundo para mí. Por eso decidí entonces, que
pasaría el resto de mi vida, sin importar si eran pocos días o
muchos años, amando a cada persona que tuviera contacto conmigo.
- Simon Wiesenthal estaba en un campo de concentración y un día
se le acercó una enfermera y lo llevó delante de un oficial joven
de la SS que estaba muy grave. El oficial le dijo que le pesaba el
crimen que los soldados a su mando habían hecho al quemar y matar a
300 judíos, y añadió: Sé que es terrible; pero, mientras espero
la muerte, siento la urgencia de hablar con un judío sobre esto y
pedirle perdón de todo corazón.
Wiesenthal dice: De pronto, lo comprendí y, sin decirle una
palabra, salí de su habitación. Había comprendido que perdonar
significaba tomar la decisión de renunciar al odio y a la venganza.
- En su libro My first white friend (mi primera amiga blanca) P.
Roybon, una periodista negra, describe cómo odiaba a los blancos
por todo lo que habían hecho a los negros. Después de un tiempo,
reconoció que su odio estaba destruyendo su identidad y dignidad,
no queriendo aceptar la amistad que le ofrecía una amiga blanca del
colegio. Y decidió perdonar para ser feliz.
- El escritor italiano Giovanni Barra cuenta una historia del
Oeste americano. Old Tex había sido un bandido y había matado a un
hombre llamado José Fernández. Un día, para evitar ser arrestado
por la policía, llamó a la puerta de una casa de religiosas de la
caridad. Le dijo a la portera:
- ¿Podría usted esconderme?
La religiosa, al principio, se asustó, pero después, sonriente,
le dijo:
- Venga. Esto es una leprosería. Los que le persiguen no
tendrán el valor de entrar aquí. Pero, si entran, vaya a la sala
del fondo, donde están los enfermos más graves. La puerta se
cerrará automáticamente.
Llegaron los guardias y se les hizo entrar a buscar al bandido.
Echaron una mirada por encima, pero no se atrevieron a entrar hasta
el fondo. Allí estuvo Old Tex tres días escondido. Un sacerdote
misionero le habló y se convirtió. Antes de marcharse, quiso
despedirse de la religiosa que lo había recibido en la puerta. Y le
dijo:
- Hermana, sin usted me habrían matado. Además, he recibido un
bien inmenso en mi alma.
La religiosa, con dos lágrimas en los ojos, le respondió:
- Señor Tex, si he podido hacer algo por usted, lo he hecho
sencillamente por amor a Cristo, pero tengo una súplica que
hacerle. No levante nunca más la mano contra su prójimo. Quizás
no sabe, no puede saber lo que es el luto y el llanto de quien ha
perdido a un ser querido. Entonces, él comprendió que aquella
religiosa era la hija de José Fernández, a quien él había matado
y que ella ahora lo amaba y perdonaba.
- Cronin, el famoso novelista inglés, cuenta que viajaba en una
ocasión en tren y, en el mismo departamento, viajaba también un
muchacho que parecía estar nervioso. Movido por la curiosidad le
preguntó:
- ¿Qué te pasa, muchacho? - Vengo de la cárcel. Durante nueve
años, he vivido encerrado entre rejas lejos de la familia. Cometí
unos delitos que avergonzaron a mis padres. Ahora me han dado la
libertad y vuelvo hacia ellos. Ahora, al darme la libertad, he
escrito una carta, pidiéndoles perdón. Les he pedido que, si me
perdonan, como señal para que yo lo sepa distinguir, cuelguen en el
manzano que hay en la huerta de mi casa, por donde va a pasar el
tren, una cinta blanca de una rama visible. Si es así, yo
entenderé que me perdonan y me llegaré a la casa. Si no, pasaré
de largo. Ya faltan solamente dos pueblos para que lleguemos al mío
y estoy inquieto.
Después de un rato le dijo:
- Por favor, la próxima tapia es la finca de mi padre. No me
atrevo a mirar. Tenga la bondad de mirar usted...
Aquel muchacho recogió la cabeza entre sus manos, mientras el
tren comenzaba a rebasar la tapia. Cronin miraba por la ventanilla.
Dio un salto. Cogió al muchacho por los brazos y lo sacudió:
- Mira, hijo, mira el manzano.
El muchacho no daba crédito a lo que veía. Colgadas de cada una
de las ramas del manzano había, no una, sino docenas de cintas
blancas. Sus padres lo perdonaban y lo perdonaban con generosidad
desbordante.
PERDONAR A DIOS
Hay mucha gente que está resentida con Dios y cree que muchas de
las cosas malas que les suceden son castigo de Dios. Tienen de Dios
una idea equivocada, pues creen que Dios es un Dios castigador y,
por eso, cuando no encuentran razones válidas para entender lo que
les pasa, piensan que es Dios quien los castiga. Dicen que Dios es
malo, porque no contesta sus oraciones o por permitir que sufran y
mueran niños inocentes. Si tienen un accidente sin que nadie tenga
la culpa aparentemente, le echan la culpa a Dios, y lo mismo si
adquieren una enfermedad de modo imprevisto o si muere un ser
querido. Y esto mismo piensan algunos que han nacido con un defecto
o limitación física. ¿A quién echarle la culpa? Sólo a Dios.
En muchos casos, esto lo creemos también nosotros, porque
quizás desde pequeños hemos oído que nos decían nuestros padres:
Si no comes la comida, Dios teva a castigar; si no te portas bien,
Dios te va a mandar al infierno. Y así cosas semejantes. De esta
manera, adquirimos la idea de que Dios castiga los pecados y, como
somos pecadores y hacemos cosas malas, vemos como normal que Dios
nos castigue.
Hay mujeres que no se perdonan a sí mismas el haber abortado y
piensan que todo lo malo que les pasa es castigo de Dios, pues lo
tienen bien merecido. Consideran que su pecado no tiene perdón de
Dios y son crueles consigo mismas, desarrollando un fuerte complejo
de culpabilidad, que puede llevarlas a autocastigarse o desear
castigos para redimirse.
Pero están muy equivocadas. Dios es un Padre amoroso, que
siempre nos perdona y que se sentirá muy feliz de poder
perdonarnos, si le pedimos humildemente perdón en la confesión.
Ellas no pueden entender que Dios no es vengativo y que quiere
perdonar, no castigar. Dios es incapaz de vengarse. Pero debemos
perdonarle, si creemos, aunque sea equivocadamente, que Él tiene la
culpa de todos nuestros males o que nos ha castigado injustamente.
Al perdonarle de corazón, nos liberaremos del peso de nuestro
rencor hacia Él y podremos acercarnos a amarlo como verdaderos
hijos que aman a su padre Dios. Veamos algunos ejemplos:
Una madre perdió trágicamente a un hijo y Dios sanó su
corazón, después de pedirle ella perdón, pues tenía
resentimiento contra Dios por haber permitido que su hijo muriera.
Dios le dio una visión de Jesús y de su hijo, caminando tomados de
la mano. Su hijo estaba completo y perfecto. Los efectos terribles
de las quemaduras habían desaparecido. En su visión del cielo,
ella vio bellos árboles con un verdor más allá de toda
descripción, flores exquisitas y agua de color azul cristalino y
brillante. Dios sanó su corazón y sanó los recuerdos dolorosos de
aquel horrible accidente. También sanó los recuerdos dolorosos de
la hermana pequeña de ocho años, que había visto a su hermano en
llamas.
- Dios sanó a una mujer, cuya madre había muerto de cáncer.
Poco después ella había atropellado a un niño sin querer. Y
había sido golpeada y casi violada. Cuando brincó del coche para
escaparse de su agresor, se lastimó su espalda, haciéndose daño.
Oramos por ella. Dios sanó sus recuerdos dolorosos. Fue capaz de
perdonar a Dios por haber permitido que su madre muriera. Se
perdonó por haber atropellado a aquel niño y perdonó al hombre
que la había golpeado y casi violado. Y se sanó del dolor de
espalda.
- El doctor George Ritchie, en su libro Ordered to return, cuenta
la historia de una tía suya, que tenía cáncer en los dos senos y
se los tuvieron que amputar. Dice: Un día vino a mi oficina, se
quitó la blusa y me dijo:
"Mira esta cosa horrible". Yo me di cuenta de que el
cáncer estaba avanzado y le quedaban unos seis meses de vida. Ella
tenía mucho miedo a morir... Viendo su historia, yo recordé que
ella había perdido a su segundo hijo, cuando yo era muchacho. Su
hijo había nacido con ciertas deficiencias físicas y mentales...
Yo le recomendé que leyera el libro "Release", que era
la Autobiografía de un hombre que había sido un avezado criminal,
trabajando para Al Capone. Él había sido capturado por la policía
y metido en prisión. Estando en la cárcel, varias veces tuvieron
que castigarlo gravemente por sus indisciplinas. En una oportunidad,
estando entre la vida y la muerte, Jesús se le apareció en su
celda, haciéndole sentir todo su amor. Así comenzó su conversión
y una vida entregada totalmente al servicio de los demás.
Este libro cambió la vida de mi tía y de otros muchos a quienes
se lo recomendé. Su lectura le ayudó a pensar que Dios era bueno y
no era vengativo ni cruel. Ella creía que Dios era el responsable
de la enfermedad y muerte de su hijo. También creía que Dios le
había enviado el cáncer de seno como castigo por sus pecados. Por
eso, cuando le expliqué cómo yo había sentido su amor
incondicional, cuando fui dado por muerto, ella entendió que Dios
la amaba y pudo sentirse feliz. Ella fue sanada en lo más profundo
de su ser, aunque murió a los cinco meses de esta sanación
espiritual.
Personalmente, en el ejercicio de la siquiatría, cuando veo
casos en que el paciente cree que Dios es el responsable de sus
sufrimientos y enfermedades, por creer que es un Dios vengativo y
cruel, les hago entender que Él es amor y misericordia.
Recuerdo un caso que me sucedió, cuando era un joven sacerdote.
Fui a rezar un responso por un hombre relativamente joven, que
había muerto en un accidente por haber conducido en estado de
ebriedad. Pero, al llegar a la casa, la esposa, al verme, empezó a
gritar desesperada, diciendo que no creía en Dios, porque toda la
vida había estado rezando por su esposo y Dios no la había
escuchado. Traté de calmarla, pero se veía que estaba
verdaderamente enojada con Dios. Se sentía defraudada, como si Dios
le hubiera fallado, después de tanto rezar por su esposo...
Después de un tiempo, ya más calmada, pude hacerle reflexionar y
ella comprendió que se había dejado llevar de su desesperación,
pidiéndole perdón a Dios por aquellas frases ofensivas, de las que
se arrepentía. Y pudo encontrar la paz.
PERDONARSE A SÍ MISMO
Algo muy importante en la vida es saber perdonarse a sí mismo
por los errores o pecados cometidos.
Quizás se ha hecho un grave daño físico a sí mismo por
imprudencia o por haber sido ignorante del peligro. Quizás se
avergüenza de no haber sabido contestar en cierta ocasión a quien
le insultaba o le dejaba en ridículo. O por haberse dejado engañar
y estafar, y haber perdido mucho dinero. O por haber cometido
excesos y abusos de los que ahora se avergüenza. En fin, por todo
aquello de lo que se sienta avergonzado por su irresponsabilidad,
ignorancia, imprudencia o maldad.
Si está arrepentido sinceramente, y Dios lo ha perdonado, ¿por
qué no puede perdonarse a sí mismo para no cargar con un peso
insoportable que no le dejará ser feliz de por vida? ¿Acaso Dios
no quiere que sea feliz? Perdonarse a sí mismo y aceptarse como uno
es, resulta indispensable para poder vivir en paz y armonía con
Dios y con los demás.
Veamos algunos ejemplos: Una señora, al ver a su hija de cinco
años manipulando el sexo, le gritó: Sucia, no hagas eso que es
pecado. La niña se sintió culpable y sucia. Creía que era una
basura ante Dios y ante los demás. ¿Qué podrían pensar de ella,
si se enteraban de lo que había hecho? Dice el padre Marcelino
Iragui que la niña se sintió tan sucia y culpable que, en su
subconsciente, llegó a la conclusión: Dios no puede amarme, porque
soy sucia. Por tanto, nadie debe amarme. Su autorrechazo y
autocondenación llegó a ser tal que, en su juventud, rechazaba
toda señal de amistad por sentirse indigna y porque le era
imposible creer en el amor de los demás. Tenía 20 años, cuando
pudo abrir su corazón a Jesús y perdonarse a sí misma. De ahí
comenzó un lento y penoso proceso de curación y apertura a la vida
y al amor.
El Padre Ronald La Barrera cuenta que un día, orando por unos
jóvenes, había una joven que lloraba mucho y entre sollozos dijo:
Yo soy mala, yo maté a mi hijo. Ella había abortado y pensaba que
no merecía el perdón de Dios. Entonces, empezamos a orar por el
niño que ella había matado. Después me acerqué al oído y le
dije: Mamá, yo ya estoy en el cielo junto a Dios, no te juzgo por
lo que hiciste, yo te perdono; también tú debes perdonarte. En ese
momento, la muchacha comenzó a calmarse. Cuando volvió en sí, le
pregunté qué había pasado y ella no recordaba nada. Sólo dijo
que, cuando llamaron para hacer oración, se acercó para que oraran
por ella, se puso de rodillas y luego no sabe lo que pasó hasta que
despertó en el salón. Me comentó que tenía 18 años y que hacía
seis meses que había cometido el aborto. Se había confesado con un
sacerdote, pero ella misma no se perdonaba por lo que había hecho.
Era esa angustia la que la tenía oprimida; pero, después de la
oración, ella sintió una gran paz en su corazón al saberse
perdonada por el niño y por Dios.
Dice el padre Dennis Linn: El señor Jaime llegó al hospital
desencajado por causa de su hija Carla, que había deshonrado a la
familia, huyendo del colegio donde estudiaba y quedando encinta.
Ahora ella le había pedido a su padre poder regresar a la casa con
el niño y el joven padre. Por un momento, desfogó su ira contra
los hijos que desoyen los consejos de sus padres, y me pidió que
rezara con él para poder perdonar a su hija. La perdonó y pudo
recibir con cariño a su hija y al niño con su papá.
Pero, por otra parte, después de un mes, regresó a mi oficina,
porque se sentía mal consigo mismo. Se sentía culpable por no
haber tenido tiempo para dar amor y cariño a su hija al estar
demasiado ocupado en su trabajo y, por eso, su hija se había
escapado del colegio, buscando cariño fuera de casa. Por ello,
Jaime tuvo que perdonarse a sí mismo de sus errores después de
haber perdonado de verdad a su hija.
La Madre Angélica, la fundadora del canal de televisión por
cable EWTN, en su libro Respuestas, no promesas, habla de una mujer
que había abortado y se sentía muy culpable, pero pudo superar su
complejo de culpa y perdonarse a sí misma. Esta mujer le escribió
la siguiente carta:
Madre, hace cuatro años la llamé para pedirle que me salvara la
vida. Había intentado suicidarme dos veces y una amiga me sugirió
que la llamara. Había tenido dos abortos en seis meses. Usted me
dijo que no estaba sola y que seguía teniendo esos dos hijos
abortados, aunque hubieran pasado a mejor vida.
Me dijo que les pusiera un nombre a cada uno y que les pidiera
que rezaran por mí. Hice lo que me sugirió. Y con el transcurso
del tiempo, comprendí que mis hijos no estaban perdidos, sino que
habían sido creados y amados por Dios, aunque hubieran dejado de
estar en este mundo.
Dos años más tarde, me casé con un hombre maravilloso y el mes
pasado di a luz una niña. La hemos llamado Mary Michael. Mi amor
por ella es de una profundidad tal que jamás podría haberla tenido
de no haber sido por el perdón y el poder de curación de Dios. He
intentado prevenir a otras mujeres contra el aborto y seguiré
luchando contra el mismo con el creciente amor que tengo por Dios.
Y dice la Madre Angélica: Esta mujer había experimentado una
curación extraordinaria por parte de Dios en el sacramento de la
confesión. Había sufrido una tremenda culpa y remordimiento a
raíz de sus abortos y había pedido a Dios ayuda y perdón.
e había arrepentido de sus pecados y ahora estaba sana, provista
de una alegría y una comprensión superior a la de la mayoría de
la gente. Con la gracia de Dios, había superado su culpa.
La misma Madre Angélica contaba que un combatiente de Vietnam
llamó un día a su programa para contar su historia. Había matado
a docenas de soldados vietnamitas durante los tres años que estuvo
en Vietnam. Una vez, había mirado fijamente a los ojos de un joven
vietnamita, mientras le disparaba a corta distancia. Y, a pesar de
haber pasado más de diez años, aquel rostro todavía lo
atormentaba. Y decía: Me he confesado y sé que teóricamente Dios
me ha perdonado, pero el perdón de Dios me parece abstracto y
lejano. Con franqueza, no creo que Dios pueda perdonar una cosa tan
horrible y, si lo ha hecho, no comprendo por qué. Me siento tan
culpable que se me turba la miraba. Y estoy tan deprimido que,
incluso, pienso en quitarme la vida. Sé que es un pecado, pero no
puedo evitarlo.
Tom se sentía culpable. Era la personificación viviente del
remordimiento. No se perdonaba a sí mismo. En su interior, vivía
una vida de oscuras emociones, y la depresión junto con tendencias
al suicidio, se apoderaban de su alma… Tom tenía una herida que
sólo Dios podía curar… Había olvidado que Dios es
misericordioso, que nos ama y que perdona. Tom había olvidado que
Dios es superior a nuestras culpas... No podía comprender que la
misericordia de Dios fuera superior a nuestros pecados. Le aconsejé
que, cada vez que recordara las escenas de Vietnam, pidiera perdón
a Dios de todas las atrocidades que se cometen en el mundo.
Y Tom pudo confiar en Dios y sentir que Dios lo había perdonado
y así perdonarse a sí mismo para poder vivir en paz.
Una mujer le contaba al padre Roberto DeGrandis: Mi madre tuvo
tres abortos después de que nací. Continuamente se me recordaba
que yo también debía haber sido abortada, pero algo no resultó
como habían planeado y yo nací. En nuestra casa había tres
frascos grandes de vidrio llenos de formol y en esta sustancia se
encontraban tres bebés abortados, en distintos niveles de
desarrollo. Estaban allí como piezas de exhibición. Cuando me
portaba mal, me recordaban rápidamente que yo también podía haber
terminado en uno de esos frascos como mis hermanos.
Yo misma tuve cuatro abortos antes de casarme y, a los veinte
años, era adicta a las drogas y al alcohol. Intenté suicidarme
siete veces, al no comprender por qué tenía que vivir una vida sin
sentido. Mi esposo, a quien habían elegido mis padres, era ateo.
En cierta ocasión, un sacerdote me enseño una oración que dio
un vuelco a mi vida: "Jesús, que tu ser fluya en mí; que tu
cuerpo y tu sangre sean mi alimento y mi bebida". Después que
murió mi amigo sacerdote, un pastor evangélico se hizo amigo mío
y me enseñó a amar la Biblia. Fui bautizada en su Iglesia, pero no
estaba satisfecha, pues esa Congregación no creía realmente en las
palabras: Que tu cuerpo y tu sangre sean mi alimento y mi bebida.
Mientras tanto, me diagnosticaron leucemia. Esto, sumado a la
diabetes, que venía padeciendo desde hacía veinte años. Sabía
que la clave para mi sanación era poder encontrar un lugar donde
pudiera recibir el cuerpo y la sangre de Cristo. Lo encontré en una
iglesia católica durante una misa de sanación, a la cual asistí
con una amiga… Fui aceptada en la Iglesia católica en mayo de
1985.
Cuando conocí al padre DeGrandis en 1985, me dijo que debía
perdonar a mi padre por todo lo que me había maltratado y herido de
niña. Comencé a repetir la oración del perdón. Y, en un retiro,
fui sanada de la diabetes, y de la leucemia mejoré notablemente.
Ahora doy gracias a Dios por brindarme una segunda oportunidad. En
especial, doy gracias por permitirme recibirlo en la Eucaristía:
Tomad y comed esto es mi Cuerpo (Mc 14, 22).
En este caso, el amor de Jesús Eucaristía sanó sus heridas
interiores, la liberó del autorrechazo y de su deseo de suicidarse,
pudiendo vivir en adelante con alegría, aceptando su vida como un
regalo de Dios.
QUERERSE A SÍ MISMO
No sólo basta perdonarse a sí mismo y sentirse renovado con la
gracia del perdón de Dios. Hace falta reconciliarse con nuestra
propia imagen, porque, lamentablemente, hay demasiada gente que no
se gusta a sí misma y le echa la culpa a Dios o quizás a sus
padres. Hay personas que pasan por alto sus cualidades y sólo ven
sus defectos, teniendo una pobre autoimagen de sí mismos, con la
consiguiente baja autoestima. No faltan quienes están hablando
continuamente de los defectos de los demás, como si quisieran así
justificar su propio complejo de inferioridad. Otros se comparan con
los otros y se ven inferiores; o se proponen metas irreales en la
vida, que, al no poder cumplirlas, les hacen sentir fracasados.
Con frecuencia, se ven personas que no aceptan elogios ni
cumplidos, pues creen que los dicen por cumplir o que sólo se los
dicen para halagarlos, pero con falsedad y no con sinceridad. Si
alguien les dice:
¡Qué vestido tan lindo tiene usted! - Sí, pero ya es viejo,
responderá. - ¡Qué bien ha hablado usted hoy! - Sí, pero se me
olvidó un punto muy importante…
La autoimagen que uno tiene de sí mismo puede deteriorarse por
la influencia negativa de los que lo rodean. Una esposa puede
sentirse menospreciada, cuando su esposo la compara con otras
mujeres y le dice que es gorda, desordenada, sucia, mal vestida o
que no sabe cocinar como la suegra. Una esposa puede humillar a su
esposo, diciéndole que es incapaz de tener un trabajo mejor, que el
vecino está en mejor situación económica o que está viejo y le
da pena, porque no sirve para nada,
Ciertamente, existen mujeres muy bellas, que pueden sentirse
feas; y hombres hermosos, que pueden sentirse inferiores; mientras
que otros menos atractivos tienen más confianza en sí mismos y
tienen una buena autoimagen y una fuerte autoestima. Esto depende,
muchas veces de cómo han sido educados de niños. Si uno de los
padres le dice frecuentemente al niño: Eres un estúpido, perezoso,
tonto, gordinflón, flacuchento, inútil… probablemente ese niño
va a crecer con una pobre autoestima. Burlarse de los niños es algo
que hiere, desgarra, apuñala por dentro. No hay que permitir que
otros niños o sus hermanos se burlen del niño menos dotado o que
tiene algún defecto físico. Hay que valorarlo como persona y
ensalzar sus cualidades. Por eso, los padres deben decir a sus hijos
todos los días que los aman y elogiarlos por sus cualidades y
buenas acciones. Pero la realidad es que, en la mayoría de los
casos, los padres critican mucho y elogian poco.
Uno de los casos más tristes se da cuando los niños son
abusados sexualmente por algún miembro de la propia familia. Este
tipo de atropello tiene un gigantesco impacto negativo en su persona
y ocasiona profundas heridas emocionales. Este abuso es como una
pesadilla sicológica, que afecta toda su vida futura. Pero hay
muchas otras cosas que tienen un profundo impacto negativo en su
autoestima y en su comportamiento, como puede ser el divorcio de sus
padres, el haber sido indeseado, el sentirse frustrado con su sexo,
porque sus padres deseaban una niña (o al revés), el haber vivido
en un hogar con continuas peleas entre los padres, el tener un padre
alcohólico, el haber sido adoptado sin saber quiénes fueron sus
padres reales, el haber vivido con los abuelos sin sentir nunca el
amor de sus padres...
También puede influir mucho el haber hecho algo de lo que uno se
avergüenza profundamente, quizás haber ocasionado un accidente o
incendio o haber hecho un grave daño a alguien en un momento de
irresponsabilidad o imprudencia. Por eso, es importante que, aun en
los peores casos de poca autoestima, sepamos dar amor y ánimo a los
niños. Si los niños no se aman a sí mismos tal como son y no se
aceptan a sí mismos, difícilmente aprenderán a amar de verdad a
los demás; pues hay algo roto en su interior. Tienen un vacío de
amor y hay que llenarlo, dándoles amor. También hay que hacerles
creer que Dios sí los ama y siempre los ha amado y siempre los
amará así tal como son, pues así los ha querido y los seguirá
queriendo por toda la eternidad. Y, si Dios los quiere así, ¿por
qué ellos no pueden quererse?
Imaginemos que Jesús se nos apareciera ahora mismo y nos dijera:
¿Qué es lo que no te gusta de ti mismo? ¿Qué quisieras cambiar?
Algunos dirían: mi nariz, mi estatura, mi peso, el color de mis
ojos, mi raza… Pero Jesús nos quiere así y quiere que nos amemos
tal como somos. ¿Por qué no le ofreces tu nariz, o tus ojos o tu
estatura o tu peso o aquello que no te gusta de ti mismo? Algunos
prefieren rebelarse contra Dios y contra la vida y renunciar a vivir
de verdad, como si quisieran así castigar a Dios o a sí mismos. No
se gustan a sí mismos y siempre serán eternos rebeldes y
amargados, cuando sería tan fácil vivir alegres con los dones que
tienen. Si se compararan con otros, que tienen menos cualidades que
ellos, quizás podrían ser agradecidos, porque tienen dos pies o
dos manos o buena salud o dinero suficiente para vivir o una buena
inteligencia…, mientras que sólo se fijan en que son gordos o
flacos o feos.
Por favor, mírate a ti mismo en este momento. Ponte delante de
un espejo. ¿Alguna vez le has dado gracias a Dios por ser como
eres? ¿Te avergüenzas de tus manos y tratas de ocultarlas? ¿Qué
sería de ti sin manos? ¿Cómo podrías trabajar? ¿No te gustan
tus ojos, tu nariz, tus dientes, tu color? Eso es como si se
convirtieran en tus enemigos al rechazarlos. Acéptalos con cariño
y no te desprecies. Acepta con paz ese defecto corporal de la
miopía, calvicie, cojera, gordura o pequeña estatura… No te
hagas daño a ti mismo. Mira el lado positivo de las cosas y dale
gracias a Dios. ¿O prefieres estar muerto? Porque los difuntos en
el cementerio no tienen nada de qué quejarse.
Un autor decía: Con las piedras que encuentres en tu camino, sé
delicado y llévatelas y, si no las puedes cargar a hombros como
hermanas, al menos, déjalas atrás como amigas. No te desesperes
por lo que no puedes cambiar, pero esfuérzate en superarte cada
día más.
Una chica fea es más atractiva con una linda sonrisa que la
mujer más bella con mala cara. Ahora, delante del espejo, sonríe y
te sonreirá. Así es la vida, como un espejo; si le sonríes, te
sonreirá; si le pones mala cara, te pondrá mala cara. Enciende tu
vida de alegría y amor, sonriéndote a ti mismo y siendo agradecido
a Dios y a los demás. Sé amable y servicial con todos y todos te
sonreirán; porque dando amor, recibirás amor.
Una vez, un niño fue con su papá a unas grutas maravillosas y
el niño gritó: Es horrible. Y el eco repitió: Es horrible.
Entonces, su papá respondió: Es maravilloso. Y el eco respondió:
Es maravilloso. La vida es como un eco. Si hemos recibido muchas
críticas negativas, han dejado una huella negativa en nuestro
interior y nos hemos creído lo que nos decían. Por eso, ahora
debemos ser positivos y gritarle a la vida y a nosotros mismos: Soy
maravilloso. Soy hijo de Dios. Dios es mi Padre y me ama, y yo soy
feliz con Él en mi corazón.
Ahora, mírate de nuevo al espejo y mira a Jesús que está
detrás de ti. Tiene las manos sobre tus hombros y te sonríe. Y te
dice: Perdónate a ti mismo de todo lo malo que has hecho en tu
vida. Yo ya te he perdonado hace mucho tiempo. Y acéptate como
eres, con todas las cosas que no te gustan, porque para mí eres la
persona más maravillosa del mundo y te amo con todo mi infinito
amor, porque tú eres mi hijo querido.
Recuerda que: Dios sana a los que tienen destrozado el corazón y
sana sus heridas (Sal 147, 3). Dios no nos ha dado un espíritu de
timidez, sino un espíritu de fortaleza, y de amor y de buen juicio
(2 Tim 1, 7). Y Él te dice: Tú eres a mis ojos de gran precio, de
gran estima y yo te amo mucho… No temas, porque yo estoy contigo
(Is 43, 4-5). Con amor eterno te he amado (Jer 31, 3). No tengas
miedo, solamente confía en Mí (Mc 5, 36).
Por eso, tú puedes decir con confianza: Sufro, pero no me
avergüenzo porque sé de quién me he fiado (2 Tim 1, 12). Confía
en Jesús y no temas, porque Él te ama y te dice en cualquier
circunstancia de la vida: Yo estaré contigo para salvarte (Jer 1,
19). Yo nunca te dejaré ni te abandonaré. De modo que podemos
decir: El Señor es mi ayuda, no temeré, ¿qué podrá hacerme el
hombre? (Heb 13, 5-6).
Nunca te rebeles contra Dios por ser así. ¿Quién eres tú para
pedir cuentas a Dios? ¿Acaso dice el vaso al alfarero ¿por qué me
has hecho así? (Rom 9, 20). Di más bien: Cuando parezco débil,
entonces es cuando soy fuerte (2 Co 12, 10). Y todo lo puedo en Él
que me fortalece (Fil 4, 13).
Veamos ahora cómo otros han podido superar la falsa autoimagen.
Si otros han podido, también tú lo puedes conseguir con la gracia
de Dios, aunque no se excluye la ayuda de otras personas. Dice el
padre Roberto DeGrandis:
- Yo oré por una señora que tenía una imagen pobre de sí
misma. En consejería ella compartió que su padre había deseado un
niño, cuando ella nació, y se le dio el nombre del niño escogido
previamente. Más adelante, su papá la vestía con pantalones jeans
como a un niño y la llevaba a hacer todas las tareas con él en la
finca. Luego llegó otro bebé: una niña muy bella. Los padres se
enamoraron de esta segunda niña y, mientras crecía, le permitieron
tomar clases de piano. La primera hija también quería tomar clases
de piano, pero se le dijo que no tenían suficiente dinero. Ella era
alta y se sentía un tanto torpe.
Su hermana era pequeña, delicada y ágil. Observé que, cuando
me compartía su vida no sonreía… Pedimos al Señor que rompiera
las cadenas de la falta de valor en su vida, el sentimiento de
inferioridad, de rechazo y que le diera el amor de padre que ella no
había recibido. El poder del Señor cayó sobre ella. La sanó y
comenzó a sonreír. Había un nuevo resplandor en su rostro. Tenía
una nueva autoimagen. Se sentía que era alguien, amada por Dios.
- Recuerdo haber aconsejado a una joven esposa, alta y atractiva,
pero que tenía una pobre imagen de sí misma. Usaba su cabello
colgando sobre los ojos, casi como una cortina. Era como si dijera:
"Si me vieras, si realmente me conocieras, no te gustaría,
porque no me gusto a mí misma". ¿Y por qué? ¿Cuál era el
motivo de su pobre autoimagen? Había desilusionado a sus padres,
quedando embarazada a los quince años y había tenido que casarse.
No pudo continuar su educación universitaria. Su joven esposo, se
involucró en el ocultismo, las drogas, el sexo… Ella pasó, de
tener un estándard social alto, hasta tocar fondo. No hay duda de
que su autoconfianza y su autoimagen estaban destrozados. Pero con
bastante oración y sanación de sus recuerdos, el Señor comenzó a
hacer una bella obra en su vida.
Veamos la historia de Jody. Su padre había sido alcohólico y
ella a la edad de cinco años ya tomaba las sobras del whisky,
ginebra, cerveza… Había sido abusada sexualmente por miembros de
su familia. En su adolescencia se había hundido en el pecado, las
drogas, la prostitución, el licor; llevando una vida miserable.
Oramos por la sanación de sus recuerdos dolorosos. Pedí al Señor
que llenara el vacío de amor de sus padres. Le pedimos al Señor
que la ayudara a perdonar a todos los que la habían herido. Había
sido herida y traicionada por muchas personas y debía perdonar a
cada una.
Ella dijo: Cuando tenía seis años éramos tan pobres que no
teníamos baño ni agua potable. Iba al colegio sucia y sin la ropa
adecuada. Nunca tenía los útiles escolares apropiados. Ninguno de
los muchachos quería jugar conmigo. Además, para empeorar las
cosas, me entró la tiña y el doctor y la enfermera del colegio
tuvieron que raparme la cabeza, debiendo usar un gorrito en mi
cabeza. Los niños me gritaban: "Fuera, aléjate de nosotros,
estás sucia. No queremos sentarnos a tu lado. Profesor, que se
aleje"...
De repente, en medio de la oración, dijo: "Veo a Jesús. Me
está tomando de la mano. Él quiere estar conmigo. Me ama. No soy
fea para Él, no estoy sucia para Él. Soy bella para Él"...
Su transformación fue un verdadero milagro de Dios. Su rostro
resplandecía al sentir que Dios la amaba a pesar de su pasado y de
sus pecados. Perdonó a todos los que la habían maltratado incluso
sexualmente… Estudió en la universidad y llegó a ser consejera
para drogadictos.
Otro caso es el de Melissa, que no encontraba sentido a su vida y
que había intentado suicidarse tres veces, pero en el último
momento algo la había detenido. Su rechazo a sí misma y a la vida,
se debía a que sus padres habían intentado abortarla. A través de
la oración, Dios sanó su corazón herido y pudo aceptarse a sí
misma y perdonarse los errores y pecados cometidos. Dice el padre
Ronald:
Melissa era una chica de 15 años, pero su rostro reflejaba
tristeza. Cierto día, me invitaron a una noche de adoración y
alabanza… Después expuse el Santísimo Sacramento… Melissa no
dejaba de llorar y su llanto era cada vez más fuerte. Al final,
cuando todo terminó y ella seguía llorando, pidió hablar conmigo.
Me preguntó si era verdad aquello de que Dios nos ama y nunca nos
abandona… Entonces, me enteré de que hacía unas semanas su papá
había dejado el hogar para irse con otra mujer. Cuando Melissa le
salió al encuentro para decirle por qué se iba de casa, nunca
pensó en la respuesta que iba recibir. Aquel día su papá
destruyó su corazón de hija. Le dijo: "Tú quién eres para
venir a reclamarme, si tú no deberías estar aquí; pues, cuando tu
madre salió embarazada, te íbamos a abortar". En ese momento,
la vida de Melissa se derrumbó, hubiera preferido ser abortada a
escuchar esas palabras de su padre.
Desde ese momento, comprendió muchas cosas, recordaba que de
niña nunca tuvo una caricia de su padre y nunca le escuchó decir:
"Te quiero mucho, hija". Mientras ella me hablaba, yo iba
orando por ella. Cuando terminó de contarme lo que estaba viviendo,
le dije que Dios la amaba mucho y, aunque sus padres quisieron
abortarla, el Señor de la vida estaba a su lado. No hay nada que
temer, cuando Dios va con nosotros. Todos nos pueden fallar, pero
Jesús ha venido a darnos la vida.
Hoy Melissa está en la universidad y ha comprendido que Dios le
da un corazón nuevo para amar. Ya no vive angustiada ni deprimida.
Piensa que algún día su papá volverá a casa y, si no vuelve, de
todas maneras, lo ha perdonado y lo ama.
Otro caso. Por medio de la oración de sanación interior pude
perdonar a mi padre por no haberme amado ni aceptado por nacer
mujer. Realmente, nunca supe por qué me sentía incómoda con mi
condición de mujer; pero, después de orar por mí, ahora disfruto
siendo mujer y ahora sé que soy agradable como tal. He perdonado a
mi padre y nuestra relación ha mejorado notoriamente. Ahora me
siento libre para continuar con mi vida. Por primera vez, he sido
capaz de perder peso y mantenerme estable. Todavía debo bajar más,
pero sé que, con la ayuda de Jesús, voy a ser la mujer que usted
me mostró que yo era: la mujer que Jesús ve, cuando me mira. Mis
relaciones con el sexo opuesto me sorprenden diariamente y, aun
cuando no sé si el Señor me tiene destinada una pareja, me está
bendiciendo de manera especial con muchos amigos.
Un hombre me contaba: Cuando estaba en el vientre de mi madre,
fui rechazado por mi padre. Yo era el primero de cuatro hijos. Y,
aunque estuve enfermo desde el momento de mi nacimiento, no fue sino
hasta meses después que me llevaron al hospital y se buscó un
diagnóstico. Pasé muchos meses en el hospital y los doctores
dijeron que, fuera lo que fuera, yo crecería y lo superaría.
A medida que crecía, mi padre aún me rechazaba. Mis padres
discutían siempre. Se separaban y luego decidían volver a estar
juntos. Esto continuó mientras yo crecía. Empecé a tener miedo a
mi padre, porque tomaba licor y llegaba a casa para pelear con mi
madre e insultarme, llamándome bastardo. Esto me causó profundas
heridas y me llenó de una gran sensación de rechazo y de no ser
amado… En mis años de adolescente, empecé a presentar problemas.
Me enojaba fácilmente por cualquier cosa y expresaba rabia y
resentimiento hacia las personas que me rechazaban. Me metía en
peleas, tenía problemas de aprendizaje. Era inconstante y fallé
mucho en la escuela. Tuve problemas con los profesores que no
mostraban interés por mí… En el ejército, mis problemas
continuaron. Me transformé en un ser solitario. Al regresar del
servicio militar, al año, me casé. Empecé a seguir el mismo
modelo de mi padre con mi madre: rabia, peleas, borracheras,
separación y reconciliación.
Después de haber tenido varios hijos, comencé a asistir a la
iglesia. Hice mi primera comunión siendo adulto, y fui confirmado.
Iba a la confesión cada semana y recibía la comunión, pero
guardaba un profundo resentimiento y rabia hacia mi padre. Un día,
recibí el bautismo del Espíritu Santo y las cosas empezaron a
cambiar a un ritmo más acelerado. Fui a visitar a mi papá (quien
vivía solo, pues mi madre había fallecido) y le pregunté si
quería volver a confesarse y comulgar. Le traje un sacerdote a la
casa y yo me fui a orar ante el sagrario. Mientras oraba, sentía
que el Señor me decía que fuera donde mi padre y le pidiera
perdón por todas las veces que le había dicho que loodiaba… Lo
hice y sentí que amaba a mi padre y nacía en mí el deseo de
mostrarle afecto y respeto… Sólo me queda agradecer al Señor por
la gracia de haber perdonado. Mi padre murió de cáncer y Dios me
dio la gracia, no sólo de llevar su féretro, sino también de
dirigir el servicio fúnebre.
Nancy Clark tuvo una experiencia del más allá, al ser dada
clínicamente por muerta. Dice: Al salir de mi cuerpo, vi una luz
maravillosa y sentí que era muy amada por Dios. Esto lo recuerdo
constantemente en mi vida diaria y me digo: "Si Él me ama
tanto, entonces no importa cuán negativos sean mis pensamientos
sobre mí misma; yo debo ser una persona digna". Tengo mis
defectos y errores, pero Dios quiso manifestarme su amor. Por alguna
razón desconocida para mí, yo soy digna de su amor.
Dios cambió su vida y te la puede cambiar a ti. ¿A qué
esperas? Dile ahora mismo:
Padre, en el Nombre de Jesús, te pido que me bendigas y me
ayudes a entender que tú me amas desde toda la eternidad. Yo me
sentía feo, torpe, tímido y que no servía para nada, pero ahora
he comprendido que soy tu hijo y que para ti sí soy importante y me
amas con todo tu infinito amor. Gracias, Padre mío, llena todos los
vacíos de mi vida con tu amor, libérame de toda la oscuridad, que
todavía hay en mi corazón.
Lléname de tu alegría y de tu paz. Haz que brille tu rostro en
mi vida. Cicatriza todas las heridas que he recibido y sana todos
los recuerdos dolorosos de mi pasado. Dame amor y fortaleza para
enfrentar los problemas de cada día. Dame confianza en ti y la
seguridad de que para ti soy importante. Libérame del complejo de
inferioridad, que siempre he tenido. Libérame del sentimiento de
culpabilidad por los pecados cometidos. Tú me has perdonado y sé
que estoy limpio. Gracias por tu amor, por tu perdón, por tu paz y
tu alegría. Gracias, Señor, porque, a pesar de mis fracasos, de
mis dudas y de mis complejos, tú me amas y me seguirás amando por
toda la eternidad. Gracias por haberme hecho así.
PERDONAR A LOS DIFUNTOS
Hay que perdonar incluso a los difuntos. Dice la mística María
Simma que un día fue a visitarla un campesino y le dijo:
- Estoy construyendo un establo y cada vez que el muro llega a
cierta altura, se cae. Hay algo extraño y sobrenatural en esto.
¿Qué puedo hacer? - ¿Hay algún difunto que tiene algo contra ti,
a quién guardas rencor? - Oh sí, pensaba que no podía ser sino
él. Me hizo mucho daño y no lo puedo perdonar. - Él quiere que lo
perdones para estar en paz. - ¿Perdonarlo yo? ¿A él que tanto
daño me ha hecho de vivo? ¿Para que vaya al cielo? No. - Pues no
te dará reposo hasta que lo hayas perdonado de corazón. ¿Cómo
puedes decir en el Padrenuestro: Perdónanos como nosotros
perdonamos a los que nos ofenden? Es como si dijeras a Dios: No me
perdones como yo tampoco perdono.
El hombre se quedó pensativo y dijo: Tienes razón. En nombre de
Dios lo perdono para que Dios me perdone también a mí. Desde ese
día, no tuvo más problemas con el establo y pudo tener paz y amor
en su corazón.
Ella misma cuenta el caso de una señora de Innsbruck (Austria),
que no podía perdonar a su padre. Cuando estaba vivo, no le había
dado cariño de padre y ni siquiera le había dado la oportunidad de
estudiar para ser profesional. Por eso, no lo podía perdonar.
Después de muerto, el padre se le apareció hasta tres veces,
suplicándole que lo perdonara, pero ella no quería. Después de un
tiempo, esta mujer se enfermó y, entonces, entendió que debía
perdonarlo, porque no podría vivir en paz. Tomada esta resolución,
lo perdonó de corazón y la enfermedad desapareció.
PERDONAR ES SANAR
No podemos guardar rencor en nuestro corazón. El rencor es como
un veneno que va destruyendo nuestra vida. Por eso, suele decirse
con razón que no hay ningún rencoroso sano. Es necesario perdonar
para desbloquear el alma, que se ha desconectado del amor de Dios.
Todo pecado es desamor, no querer amar, como debiéramos, a Dios o a
los demás. Y esta falta de amor va matando en nosotros la alegría
y la capacidad de ser felices, creando en nosotros insatisfacción,
vacío y sentimientos negativos de odio, cólera, envidia, soberbia…,
que pueden llegar hasta el suicidio o la venganza, fomentando
tensión nerviosa y hasta enfermedades físicas.
Debemos perdonar a todos sin excepción, pero especialmente
- A nuestros padres, que nos decepcionaron con sus burlas o por
echarnos, frecuentemente, en cara nuestros defectos. - Al padre que
estaba celoso con nuestros éxitos o era abusivo, alcohólico,
drogadicto o violento. - A la madre, que nos sobreprotegía y no nos
dejaba crecer y madurar. - A los hermanos, que abusaron de nosotros
con golpes o sexualmente, cuando éramos niños. - Al esposo, que
nos ridiculizaba en público o nos abandonó. - A la esposa, que nos
engañó o nos abandonó o abortó sin consultar; o nos sigue
ofendiendo con sus gritos y no acepta tener relaciones. - Al hijo,
que lleva una conducta delictiva o es violento o drogadicto; o no
obedece ni respeta. - Al suegro, que nos acosa o que no nos acepta.
- A la suegra, que no nos comprende y no nos quiere. - Al amigo, que
ha descubierto secretos personales o no ha cumplido sus promesas y
no ha devuelto lo prestado. - Al profesor, que nos avergonzó en
público. - Al compañero de trabajo, que nos desacreditó ante el
jefe. - Al jefe, que nos ha hecho observaciones desagradables en
público. - Al médico, cuyo diagnóstico equivocado nos ha hecho
perder salud y dinero. - Al ladrón, que nos robó con violencia. -
Al sacerdote, que nos ofendió y no nos atendió en un momento
difícil. - A los miembros de la nación que humilló a nuestros
antepasados, a quienes vencieron en la guerra. - Al policía, que
fue violento y nos agredió verbalmente sin razón o nos exigió
dinero. - Al de la tienda, que nos dio productos de mala calidad. -
A los gobernantes, que no cumplen sus promesas u ofenden nuestros
sentimientos religiosos.
Hay que perdonar a todos sin excepción. A veces, podemos guardar
mucho rencor por cosas inexistentes, o por haber malinterpretado una
acción de los demás. Veamos un ejemplo real.
Una mujer había ayudado y cuidado a su vecina durante su
enfermedad. Y, sin embargo, ahora parecía que ni siquiera le
quería hablar. Un día iba caminando por la ciudad y la otra mujer,
al verla venir por la misma acera, cruzó la calle y se fue por otra
dirección. Ella estaba furiosa y colérica por todo lo que había
hecho por la vecina, a quien había ayudado hasta económicamente y
ahora no le hacía ni caso…
Pero ¿qué había pasado? En aquella ocasión, la vecina acababa
de salir del dentista con la boca completamente anestesiada y le
daba vergüenza que la viera algún conocido. Por eso, había pasado
a la otra acera. Había sido por vergüenza, no por desprecio; pero
esa mujer había pasado varias semanas angustiada y colérica por no
poder perdonar una ofensa que, en realidad, era imaginaria.
Otro caso. Al vecino del piso de abajo no le dejaban dormir unos
ruidos provenientes del piso de arriba. Y pensó: Mañana voy a
romperle la cara al vecino de arriba para que me deje dormir de
noche. Al día siguiente, sube y se entera de que el hijo del vecino
ha muerto aquella madrugada y que, durante toda la noche, el padre
había estado paseando al niño, abrasado en fiebre. El vecino de
abajo se sintió avergonzado de haber pensado mal del vecino de
arriba. ¡Cuántas veces interpretamos mal los hechos de los demás
y creemos que lo hacen por malicia contra nosotros!
Hay un cuento que dice que un hombre había perdido su hacha y
sospechaba del hijo del vecino. Observaba su manera de caminar: era
el caminar de un ladrón de hachas; su traza era la de un ladrón de
hachas; sus palabras eran las palabras de un ladrón de hachas, sus
movimientos eran los de un ladrón de hachas; todo su ser era la
manera de ser de un ladrón de hachas. Luego, por casualidad,
excavó una zanja y encontró el hacha que había perdido. Al día
siguiente, vio pasar al hijo del vecino y, entonces, sus movimientos
y su modo de ser le parecieron normales y no de un ladrón de
hachas. ¿Quién había cambiado? El hijo del vecino seguía siendo
el mismo, pero él lo había interpretado todo mal.
Por eso, es importante para perdonar, cambiar nuestra actitud
mental negativa en positiva. Hay una antigua leyenda china en la que
se refiere que una joven, llamada Li, se casó y se fue a vivir con
su marido y su suegra. Pero Li no se entendía con su suegra y cada
día discutían más y más. Era imposible la convivencia mutua. Sin
embargo, de acuerdo a la tradición china, la nuera debía cuidar y
obedecer a la suegra. Li pensó que no podría aguantar toda la vida
con ella. Así que se fue a visitar a un amigo de su padre, quien le
aconsejó que podía envenenar a su suegra; pero, poco a poco, para
no levantar sospechas. Le dio unas hierbas y le dijo que cada dos
días pusiera un poco en su comida. Para que nadie se diera cuenta
de nada, debía actuar con mucha cautela. Por eso, debería extremar
sus atenciones con la suegra y ser muy amable con ella.
Li actuó tal como le había dicho el consejero. Cada dos días
le servía en su comida un poco de aquella hierba para ir matándola
poco a poco. Mientras tanto, controló su temperamento, obedecía en
todo a su suegra y trataba de hacerla feliz hasta en los mínimos
detalles, siempre con la sonrisa en los labios. Le costaba, pero
creía que sería por poco tiempo. Durante seis meses, la casa
parecía un paraíso de paz y comprensión. No había discusiones y
la actitud de la suegra cambió hasta el punto de tratarla con amor
como a una verdadera hija.
También Li cambió y empezó a querer a la suegra, dejando de
ponerle las hierbas. Un día fue a ver a su consejero y le pidió
que, por favor, le ayudara para evitar que el mal que había hecho a
su suegra con aquellas hierbas no surtiera efecto. Ya no quería
envenenarla, porque ya se comprendían bien las dos. Entonces, el
consejero le dijo: No te preocupes, las hierbas eran buenas, no le
han hecho ningún mal. Tu suegra no ha cambiado, la que ha cambiado
has sido tú. El veneno estaba en tu propia mente, que no podía
verla como una madre sino como una mala mujer, que te hacía la vida
imposible. Al cambiar tú, también ella te ha mostrado cariño.
¡Qué hermoso! Una leyenda que puede hacerse realidad, si
ponemos más de nuestra parte para cambiar. ¡Qué importante es
cambiar nuestra actitud mental hacia las personas que no nos caen
bien! Quitemos el veneno del rencor de nuestra mente y de nuestro
corazón y amemos a todos como hermanos. No olvidemos lo que decía
san Juan de la cruz: Donde no hay amor, sembrad amor y recogeréis
amor.
Veamos ahora algunos ejemplos reales.
Una madre de tres niños tenía pocos amigos y era incapaz de
amar a nadie. El Señor permitió que tuviera un accidente que la
dejó prácticamente coja. Después del accidente, el rencor que
sintió por todos, incluso por Dios, no le permitió ni salir de
casa. Con una desesperación total, no quiso hacer nada ni hablar
con nadie.
Pasó más de un año casi sin una señal de mejoramiento. Aunque
pudo caminar, por lo menos con muletas, su estado de ánimo seguía
mal. No quería cocinar para la familia ni lavar la ropa ni limpiar
la casa. El esposo quedó con toda la responsabilidad del hogar. Un
día, unos miembros de una comunidad carismática decidieron ir a
visitarla y orar por ella... Y empezó a cambiar. Ella empezó a
cocinar, después de casi dos años, y a hacer los quehaceres de la
casa. Cambió su actitud, su manera de ser y hasta comenzó a
vestirse mejor y estar más presentable. Ahora su pierna esta
totalmente sana y sus muletas han pasado a ayudar a otros enfermos.
Ella, junto con su marido y sus hijos, son miembros activos de su
parroquia.
Dice el padre Darío Betancourt: Un día, me vino a pedir
oración de sanación una señora que estaba invadida por la
artritis. Para caminar, necesitaba de la ayuda de muletas. Después
de conversar con ella, descubrí que tenía un odio a su nuera,
casada con su único hijo, mientras que, por otro lado, tenía un
gran amor por su único nieto. Después de hacer oración de
sanación interior y alabar a Dios por ese nietotan precioso, la
señora se dio cuenta de que, gracias a su nuera, tenía un nieto
tan lindo. Al final de unas horas de oración, la señora se fue a
su casa muy restablecida, llevando en las manos sus propias muletas.
Había perdonado y sanado.
Una señora le contaba al padre DeGrandis: Durante muchos años
mi esposo sufrió una enfermedad desconcertante de la piel. Esta
enfermedad le causaba mucho sufrimiento y le tuvieron que practicar
cirugía plástica en la nuca debido a la enfermedad. Sufrió
deterioro en la columna vertebral en el área de los discos; y su
salud era muy pobre.
El año pasado asistimos a una reunión de oración. Un sacerdote
le impuso sus manos y en ese momento se sintió sumamente conmovido.
Algo le había sucedido. El sacerdote le susurró al oído que él
albergaba resentimientos por golpes que había recibido de su padre
cuando era niño.
Después de la imposición de manos, fuimos a la misa y él notó
un cambio en la piel de sus manos; unas costras cayeron de su piel.
Mi esposo había tenido esta enfermedad desde que prestó el
servicio militar hacía más de treinta años y creía que siempre
la tendría.
Desde ese momento, ha estado mejorando tan rápido que los
médicos que lo atienden en el hospital de veteranos están
sorprendidos. La erupción todavía se puede ver de vez en cuando;
pero, muy poco, comparado con lo que tenía antes. No se encuentra
constantemente cansado, juega golf, monta en bicicleta con nuestro
hijo y hace todas las tareas de la casa que requieren de la fuerza
de un hombre.
La hermana Georgina Gamarra dice: Durante la oración de perdón,
Lidia comenzó a llorar mucho… No podía perdonar a sus hermanos,
que la habían violado desde los seis hasta los ocho años. Se
sentía culpable de no haber confesado este pecado en su primera
confesión. Ella lloraba amargamente por el dolor y la rabia que
sentía en su corazón. Lidia se sentía indigna. Quiso confesarse
por haber albergado odio a sus hermanos… Perdonando, se dio en
ella un proceso completo de sanación.
Cuenta el padre Dennis Linn que un día lo llamó una profesora a
las tres de la mañana, diciéndole que ya no tenía ganas de vivir
y pensaba suicidarse. Cecilia, que así se llamaba, vivía sola y no
podía soportar más su soledad y su vida de profesora con problemas
con los padres de los alumnos. Estaba realmente deprimida y no veía
salida a su situación. Pero sus problemas venían desde niña.
Había vivido una infancia dolorosa. A los cuatro años, murió su
madre y tuvo que vivir 15 años, aguantando a un padre violento y
alcohólico. En la escuela, no rendía mucho, porque tenía que
hacer las tareas del hogar. De mayor, no solía salir de casa y
ningún hombre se interesó especialmente por ella, quedando
soltera. Y dice:
Cuando vino por la mañana a hablar conmigo, después de su
llamada nocturna, la vi muy cansada y deprimida. Le pregunté
cuáles habían sido los momentos más felices de su vida y me dijo
que habían sido tres. Tres momentos en los que había permanecido
junto a enfermos moribundos y los había ayudado con su oración y
compañía a bien morir.
Entonces, se me hizo claro que Cecilia tenía el don de entender
a los moribundos, porque había experimentado en sí misma mucho
sufrimiento y mucho miedo. Los moribundos, a veces, tienen
dificultad para perdonar a quienes los han decepcionado y muchos
sufren de soledad, abandonados en las manos de médicos y
enfermeras. Ella sabía lo que era ser abandonada y lo difícil que
es perdonar a su padre alcohólico y a los padres de sus alumnos,
que se quejaban continuamente. Poco a poco, Cecilia pudo perdonar y
salió de la depresión y ahora dirige en el hospital una unidad,
donde se prepara al personal que debe estar en contacto con los
moribundos.
El mismo padre Dennis Linn dice: Durante un retiro, Inés me
pidió rezar por ella, porque tenía inflamación de la retina y no
veía por el ojo derecho. Además, le habían dicho varios doctores,
a quienes había consultado, que el problema podía pasar también
al ojo izquierdo. Cada año iba al oculista y le confirmaban que no
podían hacer nada por el ojo derecho y que el izquierdo se estaba
deteriorando poco a poco.
Le administré la unción de los enfermos y oré por ella. Lo
primero que ella hizo fue perdonar de corazón a su padre, que
había cortado toda comunicación, cuando ella se fue a estudiar
enfermería hacía 45 años. Siempre había sentido la falta de un
padre cariñoso en su vida y, a pesar de haberse olvidado de su
padre, en el fondo le guardaba rencor. También se sentía culpable
por haber vivido 45 años sola. Al tercer día del retiro, perdonó
a su padre, que había muerto hacía 15 años; comprendió que su
soledad había sido un motivo para estar siempre en busca de Dios y
dar su cariño como enfermera a tantos enfermos. Se sanó de aquella
herida interior al perdonar a su padre y comenzó a ver bien con el
ojo derecho hasta el punto que, en la misa de ese día, pudo leer el
evangelio con sólo el ojo derecho. Y dijo a todos que ella había
recobrado la vista a medida que, en aquellos días de retiro, había
perdonado a su padre de haberla abandonado. Y dijo: "Ahora
puedo agradecer a Dios de haber sido casi ciega, porque esto me ha
permitido venir a este retiro, que me ha dado la curación de los
recuerdos dolorosos, la gracia del perdón y una verdadera paz y
felicidad.
El padre Marcelino Iragui nos cuenta: Una señora llevaba varios
años sufriendo jaquecas e insomnio y se acercó a pedir oración.
Después de unos minutos de oración, su dolor de cabeza se agravó
visiblemente. Entonces, le dije: El Señor te llama a perdonar a una
persona que te hirió hace mucho tiempo y a la que nunca has
perdonado. Ella preguntó sorprendida: ¿Cómo lo sabe, si no se lo
he dicho a nadie? Yo insistí: Para sanarte, es preciso que perdones
a esa persona y la perdones incondicionalmente. ¡Es tan difícil!,
dijo ella. Pero lo intentaré. Y así lo hizo. Continuamos orando y,
a los pocos minutos, la señora nos sorprendió a todos, echándose
a reír. Luego, explicó entre lágrimas: Me sentía oprimida por un
peso enorme, que no me dejaba dormir ni vivir en paz. Y, de pronto,
ha desaparecido. Y sé que no volverá, pues es el Señor quien se
lo ha llevado.
Desde entonces, esa señora se convirtió en un apóstol del
perdón. Su receta, para muchos males y tensiones, es "perdón
incondicional". ¿Te parece una receta costosa? Mucho más es
la enfermedad.
Una señora decía: Al nacer yo, mi madre me recibió como una
carga pesada y siempre me miró así. Yo callaba y sufría con
amargura y resentimientos acumulados dentro de mí a lo largo de los
años. Cuando por fin mi madre murió, rompí todas sus fotos, y
destruí todo recuerdo de ella. Me dije para mis adentros:
"Esto acabó. Ahora puedo vivir mi propia vida"… Pero
Dios abrió mis ojos y vi que tenía cuentas que arreglar. Buscando
ayuda entré en una iglesia y dije al Señor: "Dios mío,
¡qué no daría para poder perdonar de veras a mi difunta madre!
Pero si tú no me ayudas yo no soy capaz de hacerlo"… En
aquel momento, sentí que el Señor entraba en mí de nuevo y se
adueñaba de toda mi vida. Mi amargura, rechazo, culpabilidad y
ansiedades desaparecieron. El Señor me preguntaba: ¿Cómo
mirarías ahora a tu madre? Yo le contesté: Con alegría, con
comprensión y compasión, con ternura y amor. Cuando salí de la
iglesia, iba como flotando. Ni mi cuerpo me pesaba. El Señor me
había liberado de una enorme carga. Toda la naturaleza me parecía
nueva. A las personas las veía diferentes, verdaderamente
maravillosas. Y todomi ser repetía: Te quiero, te quiero. Aquella
experiencia fue como un nuevo nacer a la vida. Desde entonces,
desaparecieron también mis dolores de cabeza y de espalda. Dios sea
bendito.
Cuenta la hermana Briege McKenna: Un día me llamó un sacerdote
a un hospital, donde había un niño de ocho años, que había sido
atropellado por una moto. El sacerdote me pidió, por favor, que
hablara con los padres del niño, porque estaban angustiados. Cuando
entré a la sala del hospital, el niño estaba en coma. La madre me
contó lo que había pasado. Me dijo: "Hermana, éste es mi
único hijo. Hace una semana estaba ahí jugando en la calle y un
chico de 17 años lo atropelló y dañó su cerebro. Y añadió:
¿Sabe? Yo odio a ese joven, porque no ha venido a pedir disculpas.
Ayer, después de una operación de seis horas, me dijeron los
doctores que este hijo mío va a quedar como un vegetal".
También esa señora sentía gran enojo contra los doctores,
porque uno de ellos le había dicho, tranquilamente, que no había
esperanzas. Entonces, terminó con estas palabras: "Yo no
quiero que se muera este niño, aunque Dios lo quiera, porque es mi
hijo". Traté de ponerme en su lugar, pero sabía que
necesitaba que alguien le aclarara la verdad. Le dije: "¿Sabe,
señora? Antes de orar con usted, le voy a pedir que haga tres
cosas: primero, que esté dispuesta a perdonar a ese joven de 17
años". Inmediatamente, me dijo: Jamás…Tampoco estuvo de
acuerdo en perdonar a los médicos. Le dije: "Usted tiene que
estar dispuesta a entregar. Recuerde cómo Dios pidió a Abraham su
propio hijo, que se lo diera a él y, cuando Abraham estuvo
dispuesto a entregar a su hijo en sacrificio a Dios, entonces Dios
se lo devolvió. Usted tiene que estar dispuesta a dejar que Dios se
lleve a este niño, si esa es su voluntad. Ahora recuerde: Nada es
imposible para Dios, porque Jesús es el gran médico; pero usted
tiene que estar dispuesta a perdonar y a entregar".
En ese momento, la señora no podía aceptar estos consejos, así
que oré por el niño y, como una semana después, ella me llamó.
Le habían dicho que tendría que dejar a su hijo en una
institución para toda su vida. Me dijo: "Por favor, vuelva.
Estoy desesperada". Yo volví y le dije exactamente las mismas
cosas que le había dicho la semana anterior. Entonces, añadí:
"Quiero que todos los días haga sencillamente la señal de la
cruz y use esta agua (agua de Lourdes). Recuerde que nuestra Madre
intercede por nosotros. Ella fue una madre que vio sufrir a su hijo.
Pídale a ella como madre que interceda ante su hijo Jesús para que
le dé fuerzas".
Antes de una semana, me llamó de nuevo por teléfono. No me dio
noticias, solamente dijo: "Por favor, venga al hospital".
Cuando entré en la sala, el niño estaba sentado en la cama mirando
televisión. La madre me dijo que, venciendo sus sentimientos de
odio, ella había ido donde el joven y, aunque no lo sentía, le
dijo: Te perdono. También le pidió al Señor que la perdonara por
haber juzgado a los doctores, condenándolos como crueles. Y me
añadió: "Hermana, la cosa más difícil que he hecho en toda
mi vida la hice ayer. Me arrodillé junto a la cama de mi hijo y
dije: Señor, llévatelo, haz lo que tú quieras con él". Dijo
que fue entonces, cuando recibió una gran sensación de paz y un
saber que todo iba a resultar bien.
Continuamente, repetía el nombre del niño: Carl. Se suponía
que Carl habría quedado ciego y que ni siquiera podría moverse
nunca más. Pero dos días después, había abierto los ojos y
comenzado a responder. En una semana, todos los pediatras del
hospital habían venido a visitarlo en su sala. Lo conocían como el
"niño milagro" del hospital. Yo había ido a verlo un
martes, el viernes volvió a su casa y el lunes siguiente fue a la
escuela. Un año después, la mamá me escribió una linda carta en
la que decía que Carl acababa de confirmarse y era perfecto en todo
sentido; sicológica, mental y físicamente. Como resultado, toda la
familia acude fielmente a la iglesia y también muchas otras
personas que estaban lejos del Señor fueron atraídas por esta
curación.
La misma hermana Briege cuenta que un día fue un señor a
buscarla a su convento para decirle que tenía una hija muy enferma
con leucemia. El hombre estaba desesperado y repetía
constantemente: Tiene que hacer algo por mi hija. No puedo pensar
que Dios se la vaya a llevar. Y dice la hermana Briege:
Llegué con él al hospital a ver a su hijita y, al mirarla,
noté que estaba sumamente enferma. Por la misma compasión que yo
sentía por el padre, habría sido muy fácil para mí decirle:
"No se preocupe va a estar bien". Eso era verdad, Dios iba
a cuidar de ella, pero tenemos que recordar que no siempre debemos
dejar que sea nuestra simpatía, nuestra compasión, la que hable,
sino el Señor.
Así que hablé al padre, pero él no podía aceptarlo. Me
repetía: "No, no puedo ver que mi hija se la lleve Dios: he
sido fiel a Dios, ¿por qué me está haciendo estas cosas?".
Yo oré por esa niña para que Dios la sanara. Y después de hablar
con el papá, me di cuenta de que él no podía escuchar mis
palabras, porque tenía mucha ira en su corazón. Sin embargo, yo
sabía que tenía la libertad de interceder a Dios en su lugar…
Tres días más tarde, recibí un llamado telefónico. La pequeña
Helen había muerto. Fui al funeral y, cuando vi al padre al lado
del ataúd, vino hacia mí, me abrazó, y esto es lo que me dijo:
"Hermana Briege, ahora conozco en verdad lo que quieredecir la
sanación. Sanación significa decir Sí a Dios. Cuando miro a mi
hijita, la única hija que tenía, hay tristeza en mi corazón, pero
hay un tremendo sentimiento de paz. Dios me ha dado la gracia de
aceptar su voluntad. Hace dos semanas, y aun hace dos días, yo no
podía aceptar su voluntad. Pero ahora entiendo lo que usted me dijo
la otra noche: Dios jamás falla a su pueblo. Mi hijita fue sanada y
llevada al reino donde Dios quiere que esté. Y a mí el Señor me
sanó y me ha dejado aquí para contar y testificar acerca de su
fidelidad5.
Otro caso. Priscila, cuando era jovencita, fue abusada
sexualmente por su hermano mayor y, a pesar de varios años de
terapias, no podía superar sus sentimientos de culpa. En 1991,
cuando tenía 47 años, fue llevada al hospital con síntomas de
ataque al corazón. Tuvo un paro cardíaco y fue dada por muerta.
Cuando salió de su cuerpo, vio a uno de los doctores, haciéndole
masajes al corazón y vio también a su esposo, a su hija y a su
hijo, llorando... Después fue hacia una luz brillante, era una luz
dorada... En su revisión de vida, solamente le fue mostrada una
cosa: el abuso sexual. Ella lo revivió. Dios le dijo: "Hija,
no fue tu culpa". Estas palabras la curaron más que los años
de terapia, la liberaron del miedo, del sentimiento de culpa y de la
vergüenza que sentía. Esta curación fue instantánea. Y dice:
"Ahora sé que hay un propósito para mí de estar en la
tierra. Ahora no me preocupo tanto de mi apariencia exterior. Las
cosas materiales no son tan importantes para mí. A mi hermano no lo
había podido perdonar anteriormente. Ahora sí lo he perdonado de
corazón".
El doctor George Ritchie cuenta que, un día de 1954, estaba
sentado en su oficina, cuando entró sin previo aviso ni cita una
mujer airada, que había visitado varios médicos y ninguno había
podido hacer nada por mejorar su situación. Al entrar, se quitó su
blusa y me enseñó su espalda. Tenía la piel seca, escamosa,
arrugada y con muchas costras. Era una enfermedad grave de la piel.
Por las noches no podía dormir y sufría mucho de ardiente
picazón.
Su esposo había muerto y había ido a vivir con su padre a otra
ciudad. Su padre le había pagado una excelente educación y ella
quiso cuidarle en su ancianidad. Pero él, en lugar de apreciar lo
que ella hacía por él, estaba siempre de mal humor y le exigía y
le exigía que hiciera siempre lo que él quería. Hasta que ella,
que era una mujer independiente, no pudo aguantar más aquella
situación y se fue de la casa.
Cuando ella me explicó todo esto, yo entendí que podía ser una
dermatosis neurológica. Y le receté una pastillita de fenobarbital
y leer el libro "Release" de Starr Daily, el famoso
criminal convertido ante la aparición de Jesús resucitado en su
propia celda de castigo. Le di también el dato de que podía
conseguir el libro en "Cokesbury book store" en su misma
ciudad.
Tres semanas y media más tarde, llegó a la oficina totalmente
curada de su enfermedad. Y me dijo que un día tuvo una visión.
Estaba echada en su cama, pensando en Starr Daily y en su
conversión, cuando se echó a llorar y se dio cuenta de cuánto
odio y amargura había acumulado por años hacia su padre. De
pronto, vino una mano y le tocó su espalda y sacó todo el mal que
tenía, mientras sacaba también todo el odio y todo el
resentimiento que sentía hacia su padre. Cuando vino a verme,
algún tiempo después, me dijo que había ido a visitar a su padre
y habían quedado como íntimos amigos. Y pasó los últimos meses
de la vida de su padre, cuidándolo con todo amor. Después de su
muerte, ella se hizo miembro activo de su iglesia y empezó a viajar
por el mundo, llevando a todas partes el mensaje del amor de Dios.
Su vida había cambiado totalmente y ahora era una persona amable,
sonriente y feliz.
El padre Giovanni Salerno, fundador de los siervos de los pobres
del tercer mundo, misionero en las alturas del Sur del Perú, cuenta
que, como médico, se acercaban muchos indios a pedirle medicinas
para sus enfermedades. En algunos casos, no se curaban, a pesar de
darles varias veces las medicinas consideradas apropiadas. Al
preguntarles qué andaba mal en sus vidas, descubría, en ocasiones,
que tenían odio y rencor a alguien de su familia o de su vecindad.
A veces, eran hijos que no podían perdonar a sus padres por
haberlos abandonado. Otras veces, eran esposas que no podían
perdonar a sus esposos por sus infidelidades o por su mal
comportamiento. Les hacía entender que debían perdonar y, cuando
perdonaban, se curaban inmediatamente.
El padre Marcelino Iragui nos dice: Un día se acercó una
señora a pedir oración: "Por favor, ruegue por la conversión
de mi hija, que ha perdido la fe en Dios y el respeto por sus
padres. A mí no me escucha ni me habla si no es para
insultar"... Yo le dije: "Arrodíllate en presencia de
Jesús y perdona a tu hija de todo corazón. Piensa que el Señor
ama y acepta a tu hija como es y alábalo de su parte". Horas
más tarde, como empujada por una fuerza invisible, vino una joven
muy desconcertada. Me dijo que tres días antes, había intentado
suicidarse; pero un poder misterioso se lo impidió a última hora.
No comprendía el porqué, pues su vida no tenía ningún sentido;
sólo sentía rechazo por todo, incluso por sí misma y por Dios…
La invité a orar conmigo. Y, el Señor tocó su corazón tan
visiblemente que se confesó con verdadero arrepentimiento. Luego
rezamos por la sanación de sus recuerdos y heridas de su vida
pasada. Y, al final, comenzó a alabar a Dios y prometió que lo
haría por el resto de su vida.
La joven resultó ser hija de la señora que había pedido
oración por la mañana. Mientras la madre rehusaba el perdón total
e incondicional a su propia hija, sus oraciones quedaban sin
respuesta. Porque, cuando rehusamos perdonar, las manos de Dios
quedan como atadas; el Todopoderoso no puede ayudarnos. Él necesita
nuestro perdón para que sus manos queden libres y pueda realizar
sus milagros de amor. Apenas la madre perdonó a su hija y la
ofreció al Señor con amor, no con rechazo, Dios intervino en la
vida de ambas. Las dos llevan ahora varios años, caminando juntas
con Jesús.
Decía el cardenal de Vietnam Nguyen Van Thuan: Muchos de mis
compañeros de cárcel, incapaces de perdonar a los que nos hacían
daño, murieron; algunos, después de la liberación, a consecuencia
de la ira acumulada y de los traumas sufridos. Una vez de vuelta a
casa con su familia, que los esperaba con ansia, se quedaban en un
rincón traumatizados y llenos de hastío contra sus parientes, que
no habían hecho todo lo posible por liberarlos, y contra el
gobierno y contra los comunistas. Como no podían vengarse, odiaban.
Esto les hacía daño y al cabo de unos meses morían. Perdonando
siempre a todos, tratando de amar a todos, yo no sólo pude
sobrevivir, sino que permanecí en la paz y en la alegría.
El gran exorcista de Venecia, Pellegrino Ernetti, dice: Con mi
experiencia de más de 30 años, puedo decir que, salvo casos raros,
el treinta por ciento de los casos en los que Satanás hace sufrir a
las personas, se debe a que no saben o no quieren perdonar a sus
enemigos o a aquellos que piensan que les han hecho daño. Por eso,
el perdón es una necesidad para poder ser felices.
Antón Luli es un sacerdote jesuita de Albania, que pasó casi
toda su vida en prisión. Muchas veces enfermo y torturado sin
piedad, pero soportando toda clase de sufrimientos con la ayuda de
Dios. Él nos cuenta:
Me arrestaron en 1947 tras un proceso falso e injusto. He vivido
17 años como prisionero y otros tantos en trabajos forzados.
Prácticamente he conocido la libertad a los 80 años, cuando en
1989 pude celebrar por primera vez la misa con la gente.
Mi vida ha sido un milagro de la gracia de Dios y me sorprendo de
haber podido sufrir tanto con una fuerza que no era la mía, sino de
Dios. Me han oprimido con toda clase de torturas. Cuando me
arrestaron por primera vez, me hicieron permanecer nueve meses en un
baño. Me tenía que acurrucar por tierra sin poder jamás
extenderme completamente, tan estrecho era aquel sitio. La noche de
Navidad de aquel primer mes, me hicieron desvestir y me ataron con
una cuerda a una viga, en modo tal que podía tocar el piso sólo
con la punta de los pies. Hacía frío, sentía el hielo que subía
por todo mi cuerpo, era como una muerte lenta. Cuando el hielo me
llegaba al pecho, me puse a gritar y los guardias vinieron y me
golpearon y me dejaron tendido en el piso.
Frecuentemente, me torturaban con corriente eléctrica, me
metían dos alambres en los oídos. Otras veces, me amarraban las
manos y pies y me tiraban en un lugar oscuro lleno de grandes ratas.
Vivía, además, con la tortura permanente de los interrogativos,
acompañados de violencia física.
Cuando me sacaron y me llevaron a trabajar en trabajos forzados
en una finca estatal, siempre que podía, celebraba misa
clandestinamente, pero no podía confiar en nadie; pues, si me
descubrían, me fusilaban. Así estuve 11 años. Cuando me
arrestaron por segunda vez, el 30 de abril de 1979, me tiraron al
suelo de la celda y fue, precisamente en aquella ocasión, cuando
tuve una experiencia extraordinaria que me recuerda la
transfiguración de Jesús. Era como si Jesús estuviera allí
presente frente a mí y yo le pudiera hablar. Aquel momento fue
determinante para mí, pues comenzaron de nuevo las torturas. Sin
aquel amor de Jesús, hubiera muerto, quizás desesperado.
Así he pasado mi vida, entre cárceles y torturas, enfermedades
y trabajos forzados, pero nunca he albergado sentimientos de odio en
mi corazón. Después de mi libertad, me encontré un día con uno
de mis torturadores y sentí deseos de ir a abrazarlo, y fui y lo
saludé y lo besé.
Anne Schmidt fue capturada en su patria, Checoslovaquia, en la
segunda guerra mundial, mientras atendía a soldados heridos. Y
dice: Cada día los guardias nos daban una tajada de pan. Los
cocineros añadían aserrín a la harina y, por ello, muchos
prisioneros enfermaron al comer esto. Cuando el pan estaba fresco,
era suave; pero pasadas unas horas se ponía muy duro y lo usábamos
para fabricar las bolitas del rosario.
Había un guardián que era particularmente cruel. Si no mataba a
dos personas por semana no estaba satisfecho. A mí me golpeó
varias veces. Oré para tener la gracia de perdonarlo, pues sabía
que, si no lo perdonaba, el odio me envenenaría el alma.
La última vez que me pegó pensé que me iba a matar. Pero,
después de desmayarme, el guardián me cargó hasta las barracas.
Me visitaba todos los días y me traía leche de cabra que los otros
prisioneros me daban por cucharadas. Estuve en coma varios días.
Cuando recobré el conocimiento, vi al guardián sentado sobre unas
pajas a mi lado. Él me preguntó:
- ¿Quién es tu novio? ¿Tu novio es Jesús? Quiero oír hablar
de Él.
Me di cuenta de que Dios había ablandado su corazón y empecé a
llorar. Él venía diariamente a escucharme acerca de Jesús. Un
día me preguntó:
- ¿Crees que tu Dios podría amarme? ¿Crees que podría
perdonarme todo lo que he hecho? - Sí, sí, porque has recibido la
gracia de pedirlo.
Una noche en 1946, el guardián me despertó a media noche. Me
dio una ficha y me señaló un camión que estaba afuera y me dijo:
"Vete. No digas nada; sólo vete".
Después supe que estaba en el primer camión de prisioneros
liberados después de la guerra. Se suponía que otra mujer se iba
esa noche, pero el Señor la llamó. Y el guardián arriesgó su
vida para darme su ficha. Nunca lo volví a ver.
La alegría del perdón es un regalo de Dios.
DEFENDERSE DEL MAL
Perdonar es saludable, pero eso no quiere decir que debemos
quedarnos con los brazos cruzados y aguantar los insultos y la
violencia ajena hasta que nos maten. No, perdonar significa también
defenderse de nuestros enemigos, pues el amor a ellos nos obliga a
ayudarles a corregirse; pues, de otro modo, caeríamos en el pecado
de omisión: no hacer nada por ellos para que se conviertan y dejen
de obrar mal. Corregir es una obra de misericordia. Y esto hay que
hacerlo con amor y por amor. Por eso, no debemos acudir a la
violencia, fuera de casos extremos, cuando la legítima defensa no
pueda hacerse de otra manera.
Podemos y debemos acudir a las autoridades establecidas, pero no
tomarnos la justicia por nuestra mano. Así nos lo aconseja nuestro
Padre Dios por boca de san Pablo: No devolváis mal por mal;
procurad el bien a los ojos de todos los hombres. A ser posible y en
cuanto de vosotros depende, tened paz con todos. No os toméis la
justicia por vosotros mismos… Si tu enemigo tiene hambre, dale de
comer; si tiene sed, dale de beber; que haciendo así amontonáis
carbones encendidos sobre su cabeza. No te dejes vencer del mal,
antes bien vence al mal con el bien (Rom 12, 17-21).
Sin embargo, puede haber circunstancias extraordinarias en las
que la autoridad civil no puede o no quiere hacer nada o se deja
sobornar por el enemigo. En ese caso, para defender nuestros
derechos y los de nuestra familia, podríamos acudir, como ya hemos
dicho, a la legítima defensa aun con la violencia, si no es posible
ningún acuerdo amistoso ni reconciliación aceptable. Pero, por
supuesto, descartamos en todo momento la venganza y el obrar con
rencor. Asociarse en grupos contra el mal organizado, es una buena
manera de poder contrarrestar la fuerza de los malvados. Sin olvidar
que siempre, aun en caso de guerra, debemos tener compasión con el
enemigo y nunca acudir a la tortura ni al asesinato deliberado.
Recordando que el fin nunca justifica los medios y nunca será un
medio lícito la mentira, la calumnia o los insultos. De todos
modos, cuando hemos sido nosotros los que hemos ofendido, debemos
reparar el daño cometido, reconociendo las mentiras o calumnias, y
pidiendo perdón por los insultos o violencias cometidas. Y, por
supuesto, reparando, aun económicamente, los daños ocasionados. Si
hemos ofendido públicamente, debemos reparar públicamente; sea por
radio, periódico o televisión. Hay que reconocer nuestros errores
y reparar los daños; o exigir nuestros derechos, si nosotros somos
los perjudicados.
A este respecto, dice el Catecismo: Toda falta cometida contra la
justicia y la verdad entraña el deber de reparación, aunque su
autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño
públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido
un perjuicio no puede ser indemnizado directamente, es preciso darle
satisfacción moralmente en nombre de la caridad. Este deber de
reparación se refiere también a las faltas cometidas contra la
reputación del prójimo. Esta reparación moral y, a veces,
material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga
en conciencia (Cat 2487).
El ideal es nunca acudir a la violencia y defendernos con la
fuerza de la verdad o con la no violencia activa o la violencia
pasiva, como lucharon Gandhi y Luther King para conseguir que se
respetaran sus derechos y los de los oprimidos.
Gandhi había sufrido en carne propia la discriminación por
razón de su raza durante los veinte años que vivió en Sudáfrica.
Al estallar la segunda guerra mundial, exigió la completa
independencia de la India, pero el 9 de agosto de 1942 fue
arrestado, lo que produjo una serie de sublevaciones y revueltas
violentas en todo el territorio indio. Era ya un anciano frágil y
débil, cuando salió en libertad en 1944. Gandhi jugó un papel
fundamental en la independencia de la India, pero tuvo que sufrir
mucho al ver que la liga musulmana propiciaba la separación de
Pakistán del territorio indio, lo que fue motivo de disturbios
violentos. Pero él rechazaba la violencia y fue recorriendo los
lugares de enfrentamientos para detener las masacres. Sus esfuerzos
no consiguieron la paz y tanto hindúes como musulmanes atentaron
contra su vida. Durante sus últimos días en Delhi, llevó a cabo
un ayuno para reconciliar a hindúes y musulmanes, pero el 30 de
enero de 1948, cuando al anochecer se dirigía a la plegaria
comunitaria, fue alcanzado por las balas de un joven hindú,
muriendo así mártir de la paz.
En sus escritos nunca se encontrará una palabra de venganza
contra sus adversarios. Escribía: La no violencia y la cobardía
son términos contrarios. La no violencia es la mayor virtud, la
cobardía es el mayor vicio. La no violencia siempre sufre, la
cobardía provoca sufrimiento. La no violencia es la mayor
valentía. La conducta no violenta no es desnaturalizante, la
cobardía siempre lo es… Sería inconcebible encontrar en mis
escritos una sola palabra de odio. ¿No es el amor lo que hace vivir
al mundo? No hay vida donde no está presente el amor. La vida sin
amor conduce a la muerte.
Otro gran defensor de los derechos humanos fue Martin Luther
King, pastor bautista norteamericano. Luchó contra la segregación
social y racial de los negros en USA. Pero luchó con métodos
pacíficos sin acudir a la violencia o a la venganza, inspirándose
en Gandhi y en la teoría de la desobediencia civil de Henry David
Thoreau. Al poco tiempo de llegar a la ciudad de Montgomery
(Alabama), organizó y dirigió un masivo boicot de casi un año
contra la segregación en los autobuses municipales. Su fama se
extendió rápidamente por todo el país y asumió la dirección del
movimiento pacifista norteamericano. En 1960 aprovechó una sentada
espontánea de estudiantes negros en Birmingham para iniciar una
campaña de alcance nacional. Fue encarcelado y, posteriormente,
liberado por intercesión del candidato presidencial John Kennedy,
pero logró para los negros la igualdad de acceso a las bibliotecas,
los comedores y estacionamientos.
En 1963 su lucha alcanzó su momento culminante, al encabezar una
gigantesca marcha hacia Washington en la que participaron unas
doscientas cincuenta mil personas. Ante ellas pronunció uno de sus
más bellos discursos sobre la paz y la igualdad de todos los seres
humanos. Recibió el premio Nóbel de la paz en 1964. Pero todo lo
que hacía no fue suficiente para calmar a los grupos nacionalistas
de color, contrarios a la vía pacífica y favorables a la
violencia, como eran los grupos Poder negro, panteras negras y
musulmanes negros.
Su lucha pacífica no fue por todos comprendida y tuvo un final
trágico: el 4 de abril de 1698 fue asesinado en Memphis por James
Earl Ray. Pero su mensaje de amor y de paz, sin acudir a la
violencia, ha quedado como una herencia para las generaciones
venideras.
Otro ejemplo es el de Nelson Mandela de Sudáfrica. Cuando el 10
de febrero de 1990 fue puesto en libertad por quienes le hicieron
pasar 27 años de cárcel injusta, tenía todos los motivos para
sentir odio y rencor. Sin embargo, su reacción fue siempre de
perdón y de reconciliación. Y dice: Siempre supe que en lo más
profundo del corazón humano hay misericordia y generosidad. Nadie
nace odiando a otra persona por razón de su piel, de su origen o de
su formación o religión. La gente aprende a odiar y, si aprende a
odiar, también puede aprender a perdonar y a amar. El amor es más
natural al corazón humano que el odio.
Cuando salió de prisión y llegó a ser Presidente del país, no
dio discursos fáciles. Renunció a la tercera parte de su salario y
creó el Fondo Nelson Mandela para la infancia. Salió de la cárcel
sin rencores y afrontó la situación política con libertad y
prudencia. Dijo: Cuando salí de la cárcel me impuse la misión de
dar libertad a todos. La verdad es que todavía no somos libres.
Hemos logrado la libertad para ser libres, el derecho a no ser
oprimidos. Pero ser libre significa respetar al otro. Hemos caminado
un largo trecho hacia esa libertad, pero nos podemos retrasar.
El Dalai Lama, jefe espiritual de los budistas del Tibet es otro
gran ejemplo para nosotros. Dice: Nosotros los tibetanos hemos
sufrido mucho con la invasión del Tibet por los chinos. Mientras
estamos hablando, los chinos están desmantelando sistemáticamente
los grandes monasterios del Tibet, piedra tras piedra. Casi todas
las familias tibetanas que están aquí en Dharamsala (India),
tienen una historia triste que contar. La mayor parte han perdido al
menos a uno de su familia a causa de la atrocidad de los chinos...
Pero yo no odio a los chinos, los perdono siempre y los considero
como hermanos y hermanas. Mi rechazo es al partido comunista, no a
los chinos.
Yo razono así. Si desarrollo malos sentimientos hacia aquellos
que me hacen sufrir, esto sólo servirá para destruir mi serenidad
mental. Pero si perdono, mi mente estará en paz. Nuestra lucha por
la libertad del Tibet la llevamos adelante sin rabia, sin odio, con
sincero perdón. Tengo el pleno convencimiento de que las emociones
negativas como el odio no son buenas. Luchar con mente serena y con
compasión es más eficaz.
Él cuenta la historia de Lopon-la, un monje que fue encarcelado
por los chinos. Permaneció dieciocho años prisionero. Por fin, fue
liberado y vino a la India. No lo veía desde hacía 20 años, pero
parecía él mismo, aunque más viejo. Me contó que los chinos lo
obligaban a renegar de su religión y lo torturaban muchas veces.
Pero él me dijo: Sólo había una cosa a la que tenía miedo.
Tenía miedo de perder la compasión para con los chinos y no
perdonarlos... El perdón lo ayudó en la cárcel. Gracias al
perdón, su tremenda experiencia no se transformó en algo peor. Él
sufría mucho, pero con su capacidad de perdonar pudo sobrevivir
aquellos años de cárcel sin daños síquicos irreparables.
En mi caso, creo que la venganza crea más infelicidad. La
venganza no es buena. Por eso, perdonamos. Perdonar no significa
olvidar el pasado... Pienso que ellos son personas humanas y tienen
el mismo derecho a ser felices. Por eso, perdonamos.
Realmente, un ejemplo a imitar como lo han hecho tantos millares
y millares de mártires cristianos con sus verdugos, a lo largo de
los siglos.
A este respecto, el sicólogo Robert Enright creó en 1994 el
Instituto internacional del perdón con el fin de aplicar años de
investigación en la práctica del perdón. Él dice: Uno de
nuestros proyectos de investigación, con Suzanne Freedman de la
universidad de Northen Iowa, era el de mujeres que habían sufrido
incestos, violaciones por parientes próximos. Estas mujeres
necesitaron alrededor de un año para perdonar a quienes habían
abusado de ellas. Valió la pena el esfuerzo, si tenemos en cuenta
que algunas de estas mujeres sufrían de desórdenes emocionales
desde hacía 20 ó 30 años... Hemos trabajado, con mis colegas
Jeanette Knutson y Anthony Holter, en escuelas católicas y
estatales de Belfast, en Irlanda del Norte, durante los últimos
tres años, ofreciendo programas de perdón a las primeras tres
clases de educación primaria. Nosotros preparamos a los profesores
y ellos imparten los programas a los niños. Hemos descubierto que
niños pequeños, hasta de seis años, pueden aprender a perdonar y
a reducir su cólera excesiva. Y esperamos que estos niños, al
pasar los años, se conviertan en completos perdonadores desde el
punto de vista sicológico, filosófico y teológico.
Robert Enright ha escrito el libro Rising Above the storm clouds
(Superar las nubes de tormenta) para niños entre 4 y 10 años. Y
para adultos, Helping clients forgive: an empirical guide for
resolving anger and restoring hope (Ayudar a los clientes a
perdonar: Guía empírica para resolver el odio y restaurar la
esperanza) y Forgiveness is a choice (El perdón es una opción).
Pero no olvidemos que el perdonar es una gracia de Dios y que no
sólo es un problema sicológico. Por eso, dice el compendio del
catecismo de la Iglesia católica: Nuestra petición de perdón
será atendida a condición de que nosotros, antes, hayamos, por
nuestra parte, perdonado (Nº 594). El perdón participa de la
misericordia divina y es una cumbre de la oración cristiana (Nº
595). Nadie puede ser verdadero cristiano ni puede ser feliz sin
perdonar sinceramente a los que le han ofendido. Por eso, digamos a
Dios sinceramente en el Padrenuestro: Perdona nuestras ofensas como
nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
LA ORACIÓN
Para liberarnos del rencor, es muy importante la oración por
quienes nos han ofendido. Jesús dice en el Evangelio que debemos
orar por quienes nos persiguen y calumnian. ¿Por qué? Porque, al
orar por ellos y pedir a Dios que los bendiga, estamos liberándonos
del odio y del rencor, que nos lleva precisamente a la venganza y a
desearles toda clase de males. Por eso, en estos casos, la terapia
de la oración es muy importante. Veamos un ejemplo:
Un sacerdote contaba que una señora vino a pedirle consejo. Era
casada y tenía cinco hijos y sufría mucho, porque su suegra no la
quería a ella ni a sus hijos. El sacerdote le aconsejó: Ore mucho
por su suegra para que Dios la bendiga y la haga feliz. Le pareció
un consejo muy difícil de cumplir, pero dijo que lo intentaría.
Después de dos meses, volvió a hablar con el sacerdote y le dijo
que había sucedido un milagro: Mi suegra ha venido a mi casa, algo
que nunca había hecho, y me ha tratado a mí y a mis hijos con
tanta amabilidad que estoy anonadada y casi no lo puedo creer. Es
otra persona conmigo.
En este caso, se ve claramente que la oración hizo su efecto, es
decir, el poder de Dios tocó el corazón de la suegra y lo
predispuso para amar a la nuera y a sus hijos. Por eso, nunca
debemos acudir a brujos para que hagan daño a nuestros enemigos. En
este caso, nosotros podríamos quedar atrapados también en la ola
de mal que se va a producir. Tampoco podemos ir a una iglesia a
poner velas o a rezar o encargar misas para que Dios castigue a
quien nos ha hecho daño, pues Dios no quiere odio sino perdón:
perdón a todos, incluso a los enemigos.
Ciertamente, la oración es un antídoto maravilloso contra el
rencor. El hecho de pedir todos los días con sinceridad a Dios que
bendiga a alguien, no puede quedar sin respuesta, aunque esto pueda
necesitar de mucho tiempo, pues Dios no puede ir en contra de la
libertad de las personas.
Actualmente, cuando se me presentan estos casos, les digo que
oren por quien les hace daño, pero también les pido que vayan
todos los días ante Jesús Eucaristía y allí, ante el sagrario,
le entreguen a Jesús su rencor para que Él lo pueda ir
transformando en amor. Esta es una verdadera Cristoterapia. Cristo
Eucaristía es el mejor médico de cuerpos y almas. Es el mismo
Jesús que sanaba a los enfermos hace dos mil años y puede sanarnos
hoy también a nosotros de cualquier enfermedad del cuerpo o del
alma.
Señor, perdona nuestras ofensas como también nosotros
perdonamos a los que nos ofenden.
LA CONFESIÓN
La confesión es una de los mejores medios para liberarnos del
peso del odio y reconciliarnos con Dios, con nosotros mismos y con
los demás. El catecismo de la Iglesia católica lo presenta, junto
con la unción de los enfermos, como un sacramento de curación. La
confesión, ciertamente, nos sana de muchos sentimientos negativos y
nos libera de muchos pesos insoportables que, a veces, podemos
llevar durante años. Personalmente, he podido comprobar, a lo largo
de mi ministerio sacerdotal, cómo muchas personas, después de
haberse confesado de graves errores, me decían que sentían mucha
paz, como si se hubieran liberado de un fardo muy pesado. Es muy
agradable escuchar las palabras que Jesús dirige a cada uno, como
le dijo al paralítico: Hijo mío, tus pecados te son perdonados (Mc
2, 5). No importa cuán grandes o graves sean nuestros pecados. Dios
es más grande que nuestros pecados y siempre está dispuesto a
perdonarnos y a arrojar nuestros pecados a lo profundo del mar (Miq
6, 19). Y no sólo eso, siempre quiere sentir la gran alegría de
perdonarnos y poder celebrar por nosotros una gran fiesta en el
cielo, como dice en el Evangelio.
No olvidemos que la confesión, no solamente nos reconcilia con
Dios, sino también con los hermanos a quienes hemos ofendido;
igualmente nos reconcilia con nosotros mismos; y también nos
reconcilia con la Iglesia, es decir, con todos los hermanos de
quienes estábamos, de alguna manera, alejados al alejarnos de Dios
por el pecado grave (Cat 1469). La conversión implica a la vez el
perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia, que es lo que
expresa y realiza litúrgicamente el sacramento de la penitencia y
de la reconciliación (Cat 1440).
Sin embargo, hay ciertos pecados que no suelen verse como tales y
de los cuales, normalmente, casi nadie se confiesa. Veamos algunos:
la incompetencia profesional, ejercer la medicina sin estar al día
y sin ser competente. Ser maestro y no saber lo que debe enseñar ni
estar preparado; ocupar un puesto de responsabilidad sin tener la
preparación adecuada. No pagar impuestos, conducir en estado de
ebriedad o con imprudencia o a alta velocidad. Robar bienes
públicos, diciendo que son de todos. También es pecado apoyar
directa o indirectamente la inmoralidad, participando en
espectáculos inmorales o aceptando revistas pornográficas o viendo
programas inmorales en televisión. Es pecado desperdiciar la comida
u otras cosas que pueden ser útiles a otros, así como perder el
tiempo sin hacer nada útil, durmiendo demasiado o hablando
demasiado... Son muchos los pecados de omisión de los que casi
nadie se acusa, pues no solemos darnos cuenta de la responsabilidad
que tenemos de hacer siempre el bien a los demás, evitando hacerles
daño.
Todo pecado es, fundamentalmente, una falta de amor a Dios y a
los demás. Alguno ha dicho que todo pecado es desamor. Al pecar,
estamos robando amor a Dios y a los demás, pues estamos
disminuyendo nuestra capacidad de amar, al alejarnos de la fuente
del amor, que es Dios. Por eso, al tener menos amor, daremos menos
amor. Y privaremos a nuestros hermanos de todo el amor que
deberíamos haberles dado, si no hubiéramos pecado. Además, el
pecado, al ir contra nuestra naturaleza, que está creada para amar,
nos crea un desorden interior, pervierte nuestras inclinaciones al
bien y fomenta en nosotros sentimientos negativos de odio, envidia,
soberbia egoísmo..., que nos hacen infelices y hacen infelices a
los que nos rodean, pues los trataremos con menos amor. Por eso,
hemos dicho que todo pecado es robo de amor. Al confesarnos, Dios
nos perdona, sana nuestro corazón y volvemos a poder amar con
nuevas fuerzas a Dios y a los demás. Así pues, la confesión es
sanación y liberación. Veamos algunos ejemplos.
Un compañero sacerdote contaba un hecho real. Se fue a confesar
un niño gitano por primera vez. Tenía siete años y estaba un poco
nervioso. El sacerdote trató de darle confianza, diciéndole que
Jesús lo esperaba para abrazarlo, porque Jesús era el que
perdonaba sus pecados. Le dijo que estaba vestido con alba y estola,
porque representaba a Jesús, que era el que perdonaba. Pues bien,
terminada la confesión, el pequeño gitanillo se fue corriendo
hacia el crucifijo grande de la iglesia y lo besó y lo abrazó
diciendo: Gracias, Jesús. Aquel niño había comprendido que el que
perdona es Jesús.
Santa Teresita del Niño Jesús dice sobre su primera confesión:
Estaba tan convencida de que no era a un hombre a quien iba a decir
los pecados, sino a Dios, que me confesé con gran espíritu de fe.
Me acerqué al confesonario y me puse de rodillas... Me confesé
como una jovencita y recibí su bendición con gran devoción... Al
salir del confesonario, me sentía tan contenta y ligera que nunca
había experimentado tanta alegría en mi alma. A partir de
entonces, volví a confesarme en todas las grandes fiestas y era
para mí una verdadera fiesta cada vez que lo hacía (MA fol 17).
El padre Marcelino Iragui relata que un joven, que llevaba dos
años en compañía de drogadictos y alejado de su familia y de la
Iglesia, volvió un día a casa de una tía suya muy enfermo. Cuando
se recuperó, ella lo llevó a un retiro y él dio así su
testimonio: Yo vine al retiro bien provisto de drogas, pero deseoso
de cambiar de vida. Desde el primer día, pude sentir la presencia y
el amor de Jesús. Por la noche me arrodillé al pie del crucifijo y
deposité mis drogas ante la cruz y le dije a Jesús: "Señor,
yo creo que tú has entrado en mi corazón para cambiar mi vida.
Aquí dejo esto. Si lo necesito de nuevo, ya te lo pediré".
Al día siguiente, hice una confesión de toda mi vida y me
sentí tan alegre que fui corriendo al crucifijo y le dije a Jesús:
"Señor, si tú estás conmigo, ya no necesito estas
porquerías". Y destruí las drogas. Más tarde, el Señor me
llenó de su Espíritu y con su gracia he podido ayudar a otros
jóvenes con problemas semejantes.
Una señora decía: Yo había frecuentado los sacramentos por
unos 30 años sin notar cambio en mi vida. Seguí con los mismos
fallos, el mismo sentido de culpa. Solía pensar que la misa y
confesión, acaso fuesen útiles para otros tiempos o para otras
personas, pero no para mí. Ahora no me canso de dar gracias a Dios.
Me confesé el último día del retiro, antes de la misa, con
lágrimas de dolor y gozo. Y esta confesión lo cambió todo. Estos
tres meses transcurridos, el Señor me ha llevado de victoria en
victoria. Me encuentro libre de mis antiguos pecados de impureza,
masturbación, rencor… Me siento una persona nueva, libre de
tensiones y con un gran deseo de vivir una vida santa y útil a los
demás.
A veces, la confesión no produce su efecto, porque nos
confesamos por rutina y costumbre; pero, cuando descubrimos el amor
de Jesús y nos decidimos a amarlo, entonces todo cambia en nosotros
y descubrimos que la confesión es un medio maravilloso de
liberación y una fuente inmensa de amor y de alegría.
Relata Chateaubriand en su libro Memorias de ultratumba que,
siendo niño, se fue a confesar varias veces sin querer decir un
pecado, porque tenía vergüenza. Pero no estaba tranquilo. Por fin,
un día se atrevió a confesarlo y dice:
Yo no tendré jamás en mi vida un momento semejante. Si me
hubiese quitado de encima el peso de una montaña, me habría
aliviado menos; lloraba de felicidad. Me atrevo a decir que fue el
día en que se formó en mí un hombre honrado; comprendí que no
habría podido vivir con remordimiento. ¿Cuál no será el
remordimiento del criminal, si yo tanto he sufrido por haber
ocultado las debilidades de un niño?
Al terminar, fui a abrazar a mi madre, que me aguardaba al pie
del altar. Y al presentarme delante de mis maestros y camaradas,
llevaba la frente alta y el aire radiante; marchaba con paso ligero,
satisfecho del triunfo de mi arrepentimiento.
LOS SANTOS Y EL PERDÓN
San Francisco De Asís
En el mes de setiembre de 1225, san Francisco estaba enfermo en
san Damián, donde había compuesto el Cántico de las criaturas.
Entonces, supo que el obispo Guido había excomulgado al gobernador
Derlingero y que éste había prohibido al prelado hacer cualquier
contrato. San Francisco se sintió obligado a intervenir y los
invitó a los dos a encontrarse con otras personas importantes en la
casa episcopal. Habló sobre las estrofas del Cántico de las
criaturas y todos escucharon atentamente. Cuando resonó la estrofa
Alabado seas Señor por aquellos que perdonan por tu amor, el obispo
y el gobernador se pidieron perdón mutuamente, se abrazaron delante
de todo el pueblo y terminó el escándalo, quedando todos en paz.
El Señor había tocado el corazón de los adversarios.
En otra oportunidad, estaba san Francisco en la aldea de
Collestrada, del condado de Perugia, y se encontró por el camino a
un campesino, a quien saludó: - ¿Cómo te va hermano? - Me va mal
por culpa de mi patrón, a quien Dios maldiga. - ¿Por qué hermano?
Perdona por amor de Dios a tu patrón y salvarás tu alma. Además,
quizás te restituya lo que te ha robado. - No lo puedo perdonar de
ninguna manera, si primero no me devuelve lo que me ha quitado. -
Mira, te doy mi manto, pero te pido que perdones a tu patrón por
amor de Dios. Y el campesino movido por la bondad de Francisco,
tomó el manto y perdonó a su patrón.
En otra ocasión, encontró un leproso y lo saludó diciéndole:
- La paz sea contigo, hermano. Pero el leproso le respondió: -
¿Qué paz puedo tener de Dios, si me ha quitado la paz y todo bien?
Entonces, Francisco se puso a curarlo con amor y le sanó el
cuerpo y el alma.
En la vida de san Pascual Bailón (1540-1592) se cuenta cómo
pudo convencer a un rico señor de Monforte (España) a perdonar.
Dice así el protagonista del hecho, de acuerdo a las Actas del
proceso de canonización del santo:
Era yo un niño y una tarde trajeron a casa el cadáver de mi
padre, que había sido asesinado a puñaladas. Todos sabían
quiénes eran los culpables, pero la carencia de pruebas no
permitía obrar libremente a la justicia. Mi madre, mi hermano y yo,
juramos vengar el crimen. Yo consideraba como un deber sagrado dar
muerte al asesino y así pasaba un día y otro día, tramando
proyectos de venganza… Pero mi madre y mi hermano, cediendo a
instancias de su confesor y de nuestros amigos, se decidieron a
retractarse del juramento. Y yo era el único que perseveraba fiel a
la memoria de mi padre… A la edad de diecisiete años, era yo el
terror de mis enemigos. Yo sabía esto y lo sabían también cuantos
me rodeaban, temiendo siempre que llegara el momento. Pero yo no me
daba prisa, porque estaba resuelto a llevar a cabo una venganza
completa, atroz, inexorable… Las religiosas de Loreto, las
personas más influentes de Monforte y otras más se habían tomado
a pecho convertirme. Pero sus reflexiones no hacían más que
exasperarme más y más. Hasta el extremo de amenazarles también a
ellos…
Un día de Viernes santo, después del sermón sobre el perdón a
los enemigos, Pascual (Bailón) me cogió por el brazo y me dijo: -
Hijo mío, se ve que no has presenciado la Pasión de Jesús.
Perdona por el amor a Jesús crucificado.
Estas palabras, pronunciadas con acento lastimero…, me
cautivaron. Y, entonces, subyugado, enternecido, sollozante, dije
con labios trémulos por la emoción: - Sí, padre mío, yo perdono
por el amor de Dios. - Hermanos, perdona, exclamó Pascual.
Y la gente, que estaba ansiosa, prorrumpió en el clamor
frenético. Yo lloraba también. Lágrimas de fuego brotaban de mis
ojos, yendo a caer sobre la mano del santo, que continuaba
estrechándome entre sus brazos. Mientras tanto, el odio de tantos
años se derretía en mi pecho como se derrite el hielo al ser
herido por los rayos del sol. Al fin, me daba por vencido y ya no he
vuelto a sentirme víctima de deseos de venganza.
San Juan de Ávila (1500-1569)
El padre Luis Muñoz (siglo XVII), hablando de san Juan de Ávila
dice así: Viviendo en Montilla, supo que había dos personas
honradas con odio capital y vengativo. Entrando un día el padre
Maestro Ávila en la iglesia de Santiago, vio a uno de los dos
enemigos, el más ofendido. Llégase a él y, con muchos ruegos y
humildad, procuró atraerle a que se reconciliase con su contrario y
fuese su amigo. Estuvo el hombre de bronce sin poderle hacer mella.
Multiplicaba ejemplos y razones con singular modestia y suavidad;
pero perseveraba inexorable. Al fin, le dijo: "Por lo menos
haga una cosa por amor de Dios: entre en aquella capilla de las
ánimas y rece delante del crucifijo que allí está un Padrenuestro
y un Avemaría, pidiendo a Dios que le alumbre el
entendimiento". Vino en ello y, postrado, comenzó su oración.
Antes de acabar el Padrenuestro, se levantó muy deprisa y salió
perdido el color, temblando y muy turbado. Y dijo al padre:
"Quiero ser amigo del señor N. (nombrando a su enemigo)".
Y echándose a los pies del Venerable padre decía: "Padre, le
suplico a su Reverencia, por amor de Dios, que no deje este caso de
la mano, hasta que muy aprisa nos hagamos amigos. Yo, desde luego,
le perdono todos los agravios e injurias que me ha hecho, así de
obra como de palabra, y lo hago puramente por amor de Cristo, Dios y
Redentor nuestro, que padeció muerte en cruz y en ella pidió
perdón por los que le quitaban la vida". Esto decía
descolorido y temblando. El padre Juan de Ávila le echó los brazos
y le agradeció lo que hacía. Se hicieron amigos los dos antiguos
enemigos y lo fueron con amistad muy estable de allí en adelante.
En la vida de san Antonio María Claret existe un episodio
trágico, pero consolador. Este santo fundador había sido
consagrado obispo en la catedral de Vich el día 6 de octubre de
1850. Regresando de esta ciudad, pasó por el pueblo de Villafranca
del Panadés y le rogaron fuera a asistir a bien morir a cuatro reos
condenados a muerte. Los cuatro condenados rechazaban la confesión.
San Antonio María Claret fue al instante a la cárcel, estuvo con
los cuatro reos, les habló con aquel celo y amor que él poseía y
logró convertirlos.
Los cuatro condenados fueron conducidos al patíbulo. Ya en él,
nuestro santo les preguntó, según la fórmula del ritual, si
perdonaban a todos aquellos que les hubieran ofendido. Uno de los
condenados se adelantó al santo obispo y con voz clara, que fue
oída por la multitud, le dijo: Yo perdono a todos, excepto a mi
madre, ella es la causante de que yo haya venido aquí a acabar mi
vida en trance tan horrible, por no haberme corregido cuando debía.
La multitud que presenciaba la escena quedó presa de honda
emoción.
El santo se puso de rodillas junto a los pies del condenado, se
inclinó y se los besó. Le suplicaba con toda dulzura y vehemencia
perdonase a su pobre madre; que lo hiciera por amor a Jesucristo.
Lloraba la gente, conmovida por la actitud humilde de san Antonio
María Claret, y el desgraciado reo repetía insistentemente: A
usted, padre, nada tengo que perdonar, en nada me ha ofendido; mi
madre es la responsable de todo.
La ejecución no podía retrasarse por más tiempo. El santo
obispo oraba fervoroso por la conversión de aquel hombre. El
verdugo esperaba a cumplir su oficio. Por fin, aquel criminal, un
momento antes de la ejecución, se reconcilió con su madre y la
perdonó, pudiendo así encontrar la paz y la alegría del perdón
antes de morir.
Recuerdo a un joven de 16 años que tenía mucho odio a su madre
por haberse suicidado. Él había encontrado su cuerpo. Y se había
sentido lleno de ira, de odio y de un profundo dolor y soledad.
Cuando en un grupo de oración pidió perdón por aquellas emociones
negativas y pudo perdonar a su madre, fue liberado. Al final, pudo
decir de verdad: Mamá, te perdono.
En cambio, qué distinto fue el caso que me sucedió en Arequipa.
En mi parroquia de Chapi Chico, todos los viernes dábamos de comer
a unos 40 alcohólicos, que eran cargadores de los mercados de la
zona. Un día les estaba hablando de que debían perdonar a quienes
les habían ofendido, cuando se puso de pie, muy enojado, uno de
ellos, llamado Pepito. Empezó a gritar, diciendo que él nunca
perdonaría a su madre, porque lo había abandonado de pequeño y le
había hecho sufrir mucho y, por eso, había destruido su vida. No
pude hacerle razonar y salió muy molesto sin querer comer. Al poco
tiempo, murió carbonizado en un incendio.
Hay un hecho en la vida de san Pío X que ha pasado a la historia
como ejemplo de misericordia y perdón. Cuando era obispo de Mantua,
un comerciante de esta ciudad escribió un libelo lleno de calumnias
contra él. A quienes le aconsejaron que denunciase judicialmente al
calumniador, el futuro Papa respondió: - Ese infeliz necesita más
la oración que el castigo.
Pero el perdón fue más allá. Pasado cierto tiempo, el
comerciante se declaró en bancarrota. Los acreedores procedieron
contra él. Cuando hubo perdido todo, una mano desconocida vino en
su ayuda. El obispo de Mantua hizo llamar a una anciana señora
dedicada a obras de caridad. A través de ella, le envió un sobre
con dinero. De esta manera, respondía al odio con amor y
generosidad.
Otro caso. Sor María Laura Mainetti, de 60 años, era la
Superiora de la Comunidad de las Hijas de la Cruz en Chiavenna
(Italia). La noche del 6 al 7 de junio del 2000, tras ser llevada a
un oscuro callejón por tres chicas menores de edad, dos de 17 años
y una de 16, fue salvajemente asesinada con 18 cuchilladas. Las tres
jóvenes confesaron a la policía que lo habían hecho para realizar
un rito satánico. En un principio, quisieron ofrecer a Satanás al
sacerdote Monseñor Balatti, pero les resultó más fácil acudir a
Sor María Laura, pues ella tenía una predilección especial por
los jóvenes. Y, muy en especial, por las jóvenes madres. Una de
las chicas le dijo que estaba embarazada, que había sido rechazada
por su familia y por su novio, y que no sabía qué hacer ni adónde
ir. ¿Cómo podía ella dejar de ayudarla, si el propio nacimiento
de Sor Laura había costado la vida a su madre, muerta pocos días
después de dar a luz? Las jóvenes la engañaron. Pero ella, antes
de morir, según confesión de una de las chicas, pudo encontrar
fuerzas para decir: Señor, perdónalas.
En sus escritos personales, encontraron algunos pensamientos que
marcan el actuar de su vida: Jesús, mi vida te pertenece. Toma lo
poco que tengo. Todo es tuyo. Y Jesús aceptó su ofrecimiento y en
ella triunfó el poder de Dios sobre la tragedia humana de su
muerte. Ahora está feliz en el cielo y el año 2005 comenzó la
causa de su beatificación. Su vida de entrega total es un ejemplo
de amor y de perdón para todos.
Perdonar es amar
SEGUNDA PARTE
ORACIONES
En esta segunda parte, queremos presentar algunas oraciones o
ejercicios de oración para poder perdonar o liberarnos del mal.
Cada uno, de acuerdo a sus necesidades, puede escoger la que más le
guste o, sencillamente, inventar una propia, aprovechando el modelo
presentado.
ORACIÓN
Perdón, perdón Dios mío, perdón por no saber perdonar,
perdón por mis egoísmos, perdón por no tener caridad.
Perdón por todas mis culpas, perdón por mis falsos juicios,
perdón por mis vanidades. Perdón, Señor. ¡Ten piedad!
Perdón por mis distracciones, perdón porque te ofendí,
perdón, perdón, Señor mío, perdón, yo confío en Ti.
ORACIÓN DE PERDÓN (1)
Señor, te pido perdón por las veces en que me resentí contigo
por la muerte de mis seres queridos o por las dificultades que
atravesaba mi familia y creía que eran castigos enviados por Ti.
Perdóname, porque pensaba que Tú no me querías por haberme creado
con menos cualidades que a los demás, por haber permitido tantas
cosas desagradables que me sucedieron y por tantos sufrimientos que
tuve que soportar sin culpa mía.
Me perdono a mí mismo por todos los fracasos, pecados y errores
que he cometido y que me hacían creer que nadie podría quererme
nunca más. Me perdono por no haber acudido a Ti en busca de ayuda,
por lastimar a mis padres, por haber ofendido a otras personas y
haber sido cruel, egoísta, soberbio e impuro en pensamientos,
palabras, deseos y obras. También me perdono por haberme metido en
ocultismo y haber creído en supersticiones y haber asistido a
sesiones de ouija o espiritismo y haber ido a magos o adivinos.
Rechazo en este momento toda superstición, adivinación,
espiritismo o satanismo de mi vida.
Perdono a mi madre por las veces que me lastimó y me castigó
injustamente, por haberse divorciado de mi padre y haberse alejado
de nosotros. La perdono por haber preferido a mis hermanos y por las
veces que me dijo que era feo, estúpido, inútil o cosas parecidas.
También la perdono por las veces que me dijo que yo no había sido
deseado y que pensaron en abortarme...
Perdono a mi padre por su falta de apoyo y amor, por haber
ofendido a mi madre, por haberle sido infiel, por haber sido
agresivo, por divorciarse de ella y dejarnos abandonados. Le perdono
por las veces que fue irresponsable en su trabajo y por sus
actitudes y acciones impuras delante de nosotros. Por haberse
emborrachado y por haberme castigado cruel e injustamente.
Perdono a mis hermanas y hermanos, porque me rechazaron y se
burlaron de mí. Los perdono por haberme pegado y por todo lo que me
ofendieron de cualquier manera. Perdono a mi esposo(a) por su falta
de amor, de apoyo, de atención y comunicación. Por su infidelidad,
por sus actitudes, palabras y obras que me ofendieron gravemente.
Perdono a mi pareja, aunque no se lo merezca, por sus graves errores
y pecados, que me ocasionaron vergüenza pública.
Perdono a mis hijos por su falta de respeto, de obediencia y
comprensión. Los perdono por todo lo que me hicieron sufrir, por
sus errores y por su falta de amor y consideración. También
perdono a mis familiares, a mis suegros, hijos políticos, cuñados,
etc., que han maltratado a mi familia o han hablado mal de ella. Por
no haber sido leales y haberme engañado a propósito para obtener
más beneficios. Perdono a los familiares de mi esposo(a) por no
haber sido comprensivos y no haberme aceptado de verdad como parte
de su familia.
Perdono a mis compañeros de trabajo por todas sus mentiras y
burlas. Perdono a mis vecinos por hacer demasiado ruido y no
dejarnos en paz, por sus animales que nos molestan continuamente y
por todo lo que nos han ofendido. Perdono a los sacerdotes, que no
me han sabido comprender o me han tratado sin consideración o me
han ofendido. También les perdono por sus misas aburridas y no
atenderme a mí y a mi familia, cuando estábamos en necesidad o
ante la muerte de un ser querido.
Perdono a todos aquellos que me han marginado o despreciado por
ser como soy. Perdono a los amigos, que me traicionaron y publicaron
mis secretos. También los perdono, porque, en el momento que más
los necesitaba, se olvidaron de mí y no me ayudaron ni me
visitaron.
Perdono a quien abusó de mí y me estafó o me sacó del
trabajo... A quienes me insultaron o hirieron de palabra u obra. A
todos les ofrezco mi perdón incondicional y los pongo en las manos
del Señor para que Él los perdone también y a mí me sane de los
dolores que me han ocasionado. Gracias, Señor, porque ahora me
siento liberado de los males causados por mi falta de perdón. Ven a
mi corazón y lléname de luz, de amor, de paz y de alegría.
Gracias por tu perdón y por tu amor. Me siento como una nueva
criatura, ahora puedo mirar a las personas, que me rodean sin rencor
y les puedo sonreír de verdad. Gracias, Señor, por haber cambiado
mi corazón. Gracias por la alegría del perdón.
ORACIÓN DE PERDÓN (2)
Señor Jesús, quiero que me perdones por tantas veces en que
pensé que Tú tenías la culpa de todo lo que me pasaba. No podía
comprender que Tú no me quisieras como a los otros, que son más
bellos e inteligentes que yo. Te echaba la culpa de todos mis
defectos físicos y decía que Tú tenías la culpa de que yo
hubiera nacido así. También pensaba que Tú eras el culpable de
mis enfermedades y de mis fracasos, y me decía: ¿Por qué a mí?
¿Por qué? ¿Acaso Dios no me quiere? ¿Acaso me castiga?
Perdóname, Señor, por haberte guardado rencor en mi corazón.
Perdóname por todos los errores que cometí y por los que creí que
merecía tu castigo sin misericordia. Perdón, Señor. Perdón,
porque me rebelaba contra ti y me llenaba de ira por dentro por ser
muy gordo (o flaco), por ser muy alto (o muy pequeño), por no ser
atlético como mis compañeros ni tan inteligente como algunos de
ellos, a quienes tenía envidia. Perdóname, porque me daba lástima
de mí mismo y porque te echaba la culpa, como si todo fuera castigo
divino.
Te pido perdón por tantas mentiras y engaños, por robar algunas
veces, por ser un problema para mis padres y profesores; por haber
sido flojo en mis trabajos y estudios. Por insultar a otros y no
respetarlos. Por todas las faltas de caridad y comprensión con los
demás. Por rechazar a mis padres y no obedecerlos, por provocar
peleas en mi casa y crear división entre mis hermanos. Por guardar
rencor y envidia en mi corazón.
Señor, perdóname por haber visto malas películas o revistas,
por mis pensamientos impuros, por mi conducta deshonesta, por las
relaciones sexuales fuera del matrimonio, por los abortos. Señor,
libérame de mis complejos de culpabilidad y de todos los traumas
que, por mi culpa, estoy padeciendo. También te pido perdón por
haber participado en espiritismo, brujería, adivinación, juego de
la ouija, sectas..., y por todo lo que haya permitido que el maligno
influyera en mí o en otros. Perdóname, Señor.
Yo perdono a mis hermanos, por haberme avergonzado, por gritarme
injustamente, por no haberme amado como debían y haberme marginado.
Perdono a mis amigos por las veces que me golpearon o me
ridiculizaron o me rechazaron sin comprenderme. Yo los perdono,
Señor.
También perdono a quienes me han hecho daño con relaciones
sexuales o a quienes me han dado mal ejemplo de homosexualidad o de
conducta deshonesta. Perdono a mis padres por las veces que no me
mostraron su cariño y prefirieron a mis hermanos. Los perdono por
haberme mentido, por los castigos injustos y por las palabras
hirientes y ofensivas que me dijeron. Por haberme dicho que no me
habían deseado, por haberme dado mal ejemplo con su infidelidad y
por toda la violencia que tuve que sufrir en casa.
Perdono a todos los familiares que me ofendieron con su manera de
ser y con su conducta inapropiada. Por sus malos consejos o por
llevarme a lugares indebidos para mi edad. Los perdono por el mal
ejemplo que me dieron con sus borracheras o uso de drogas, por fumar
en exceso o comer exageradamente, o por divorciarse y abandonar a
sus familias.
Señor, ayúdame a perdonar a todos mis familiares y antepasados
que, de alguna manera, hayan podido estar involucrados en
espiritismo, ocultismo o satanismo, y me hayan podido transmitir
algunos sentimientos negativos.
También perdono a los conductores de autobús que me ofendieron
con sus palabras o acciones; a mis profesores por no comprenderme y
ridiculizarme ante mis compañeros. Perdono a los sacerdotes que, en
alguna oportunidad, me han dado mal ejemplo o me han tratado
duramente; por no saber apoyarme en mis momentos difíciles y por no
alentarme en el buen camino; por su falta de entusiasmo al
trasmitirme la fe y por no haberme tratado con el respeto que
merecía. También los perdono por los sermones aburridos y por las
misas celebradas con poco fervor. Y les pido perdón por haber
pensado mal de ellos sin motivo. Perdono a los policías que me
trataron con violencia y los médicos que por negligencia no
pusieron mucho empeño en mi salud. Perdono a mis compañeros de
trabajo por sus envidias, desprecios e incomprensiones. Igualmente,
perdono a todos los que me insultaron o me hicieron sufrir.
También perdono a todos mis enemigos, a quienes no eran de mi
raza y me despreciaron; a quienes eran de distinta religión y me
ofendieron. Perdono a todos los que me hicieron daño a propósito
para robarme; a todos los que me dijeron mentiras y me dieron malos
consejos, y a todos los que hicieron daño a mis familiares. Perdono
a quienes actuaron con violencia contra mí o mi familia. Y a
quienes me lastimaron, quizás sin querer, por sus palabras, gestos
o actitudes de superioridad o de rechazo. A todos los perdono en el
Nombre del Señor.
Y tú Señor, perdóname todos mis pecados con los que yo he
ofendido a los demás, incluso con los pensamientos y deseos.
Límpiame, Señor, de toda mi impureza. Limpia mi corazón, limpia
mi alma y limpia mi vida, porque quiero amarte con todo mi corazón.
Gracias, Señor, por tu perdón y por tu amor. Amén.
EJERCICIO DEL PERDÓN (1)
Imaginemos que Jesús está delante de nosotros y nos dice:
HIJO MÍO, QUIERO PEDIRTE QUE ME PERDONES POR TU HERMANO A QUIEN
RECHAZAS Y NO PUEDES PERDONAR. ¿SERÁS CAPAZ DE NEGARME TU PERDÓN?
YO TE ESTOY PIDIENDO QUE ME PERDONES EN SU NOMBRE. LO ESTOY
REPRESENTANDO. NO ME NIEGUES TU PERDÓN, YO TE HE PERDONADO A TI
CIENTOS DE VECES. NO ME DIGAS QUE NO PUEDES. YO TE VOY A AYUDAR Y TE
VOY A DAR MI PERDÓN PARA PERDONARLO Y MI AMOR PARA AMARLO. AHORA
SÓLO FALTA QUE TÚ QUIERAS Y TODO ESTARÁ BIEN. PERDONAR ES UNA
DECISIÓN DE TU VOLUNTAD. DECIDE PERDONARLO Y YO ME SENTIRÉ FELIZ.
GRACIAS, POR PERDONAR.
Ahora nosotros, pensando en lo que Jesús nos ha dicho, le
decimos:
SEÑOR, DAME FUERZA, PORQUE ES DEMASIADO DIFÍCIL PARA MÍ
PERDONAR A ESTA PERSONA. QUIZÁS CON EL TIEMPO... PERO SÉ QUE TÚ
QUIERES QUE LO PERDONE AHORA MISMO. POR ESO, DAME TU PERDÓN PARA
PERDONARLO Y TU AMOR PARA AMARLO. YO DECIDO PERDONARLO Y NUNCA MÁS
GUARDARLE RENCOR EN MI CORAZÓN. GRACIAS, SEÑOR, POR AYUDARME A
PERDONAR.
Ahora imaginemos a esa persona que está delante de nosotros y le
decimos:
HERMANO, YO TE PERDONO. A PARTIR DE ESTE MOMENTO, NO TE GUARDO
MÁS RENCOR. TE PERDONO Y TE AMO CON EL PERDÓN Y EL AMOR DE JESÚS.
NO TENGAS MIEDO, NO TE VOY A HACER NINGÚN DAÑO. CONFÍA EN MÍ. TE
PERDONO DE TODO CORAZÓN.
Y Jesús me sonríe y me da un abrazo de paz y me dice:
HIJO MÍO, GRACIAS POR PERDONAR. GRACIAS, POR HACERME TAN FELIZ.
PUEDES CONTAR SIEMPRE CON MI AYUDA. NUNCA TE DEJARÉ SOLO. SIEMPRE
ESTARÉ A TU LADO PARA AYUDARTE EN TODOS LOS PROBLEMAS DE LA VIDA.
SELLEMOS NUESTRA AMISTAD CON UN ABRAZO. TE ESPERO EN LA COMUNIÓN
PARA SELLAR ESTE PACTO COMO AMIGOS PARA SIEMPRE. TE QUIERO MUCHO,
HIJO MÍO. GRACIAS, POR TU PERDÓN Y POR TU AMOR.
EJERCICIO DE PERDÓN (2)
Imaginemos que estamos solos en una habitación y llaman a la
puerta. Vamos a abrir y vemos que es Jesús que quiere hablar con
nosotros. Le invitamos a entrar, le damos una silla para sentarse. Y
Él nos dice que se sentiría muy feliz de que perdonemos a la
persona que más odio tenemos (pensemos un momento en esa persona
concreta).
Después, Jesús nos recuerda con amor algunas frases del
Evangelio: Lo que hiciereis a uno de estos mis hermanos más
pequeños, a Mí me lo hacéis (Mt 25, 40). Si vas a presentar tu
ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene
algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, vete primero a
reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda
(Mt 5, 23-24). Amad a vuestros enemigos y orad por los que os
persiguen... Pues si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa
tendréis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis
solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? (Mt 5,
43-47). Si vosotros perdonáis a otros sus faltas, también os
perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis, tampoco
vuestro Padre perdonará vuestras faltas (Mt 6, 14). Amad a vuestros
enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, bendecid a los que
os maldicen y orad por los que os calumnian... Sed misericordiosos
como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis
juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis
perdonados... La medida que uséis con otros, la usarán con
vosotros (Lc 6, 27-38).
Si alguien dice: Amo a Dios, pero no ama a su hermano, es un
mentiroso, porque quien no ama a su hermano a quien ve, no puede
amar a Dios a quien no ve (1 Jn 4, 20). El que ama a su hermano
está en la luz, pero el que aborrece a su hermano está en
tinieblas y en tinieblas anda sin saber a dónde va, porque las
tinieblas han cegado sus ojos (1 Jn 2, 10-11). Amaos los unos a los
otros como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois mis
discípulos, en que os amáis los unos a los otros (Jn 13, 34-35).
No tengas miedo, solamente confía en Mí (Mc 5, 36).
Después de oír a Jesús, tocan a la puerta; vamos a abrir y
vemos que es nuestro peor enemigo. Le hacemos entrar. Él nos pide
perdón en nombre de Dios. ¿Qué haremos? ¿Le negaremos el
perdón? Démosle un abrazo de perdón y reconciliación y
digámosle de corazón: Yo te perdono en el Nombre de Jesús. Él te
juzgará, yo no quiero juzgarte. Yo te perdono. Que Dios te bendiga.
Y Jesús, que está presente, nos abraza a los dos y los tres
sellamos nuestra amistad con el amor y la paz que Jesús pone en
nuestros corazones57.
ORACIÓN DE LIBERACIÓN Y SANACIÓN INTERIOR
Esta oración la puede hacer cada uno por sí mismo, estando en
la presencia de Jesús, y recordando los momentos más dolorosos de
su vida. Al recordarlos, debemos pedirle a Jesús, que vaya sanando
esas heridas, que todavía están abiertas, y que las cicatrice para
que podamos recordar esos hechos con tranquilidad y paz, sin temor y
sin rencor. Para ayudarnos, podemos decir la siguiente oración,
recordando los casos concretos de nuestra propia vida.
Señor, Tú estabas conmigo en el primer momento de mi
existencia, cuando me diste la vida en el vientre de mi madre. Sana,
señor, cualquier sentimiento negativo que pudo haberme transmitido,
porque no me quería tener o porque tenía miedo al embarazo o por
cualquier angustia o preocupación que tuviera. Sáname, Señor, de
esos sentimientos negativos que mi madre me pudo transmitir durante
los meses de embarazo. Quizás se sentía sola o agobiada por los
problemas económicos, por los malos tratos de mi padre o por haber
sido engañada o abandonada en esos difíciles momentos, teniendo
que asumir sola la responsabilidad del embarazo. Señor, hazme
sentir tu amor y sana con tu amor divino cualquier influencia
negativa o rencor, que pudiera haberme transmitido mi madre.
Sana también, Jesús, el trauma que pude recibir en el momento
de mi nacimiento. Si mi madre tuvo que sufrir mucho, porque tuvo un
mal parto o por la operación que tuvo que soportar o por la
debilidad en que se encontraba...., hazme entender, que Tú estabas
a mi lado y me cuidabas con infinito amor. Te ofrezco, Señor, mis
defectos físicos, mis enfermedades hereditarias, los traumas y todo
lo que no me gusta de mí mismo. Te entrego mis sentimientos de
inferioridad por ser de tal raza o color o por mi estatura o por mi
situación económica. Ayúdame a aceptarme como soy, tal y cual Tú
me has querido desde toda la eternidad. Dame el valor necesario para
decir SÍ a esta vida maravillosa que Tú me has regalado. Gracias
por ser como soy y gracias, porque Tú me amas y me quieres así.
Libérame, Señor, del deseo de morirme que, a veces, he tenido.
Por las veces que he intentado suicidarme. Perdóname, Señor.
Gracias por mi vida. Te la entrego y te la ofrezco para servirte y
amarte hasta el fin de mi existencia. Me siento orgulloso de Ti, y
acepto vivir para Ti y para hacer felices a mis hermanos.
Señor, ¿recuerdas aquella vez en que me mordió un perro o
cuando me asustó aquel animal o cuando me asusté en la oscuridad?
Libérame del miedo y de todo lo que no es tuyo. Libérame de los
traumas que he recibido por haber abusado de mí y por todos los
actos impuros que realicé de niño. Cúbreme con tu amor divino y
libérame de todo lo malo y de toda influencia negativa de mis
antepasados. Perdóname por haber jugado a la ouija o por haber
consultado a adivinos o haber creído en los horóscopos o en otras
cosas que me apartaban de Ti.
Señor, tú estabas a mi lado, cuando empezaba a caminar y tú
cuidabas todos mis pasos. Y, cuando empezaba a hablar y tu me
enseñabas tus palabras y me demostrabas tu amor a través del amor
de mi familia. Pero, a veces, sentía profundamente la ausencia de
mi padre o de mi madre, cuando estaba enferma o de viaje. Tú sabes
cómo sufría por no tener hermanos o una familia como los demás
niños. ¿Te acuerdas, cuando me sentía celoso o cuando me
maltrataban en mi casa o en el colegio? ¿Recuerdas, Señor, aquella
vez en que me pegaron mis amigos? Libérame de todo el rencor que
todavía guardo en mi corazón hacia aquellos que me hicieron daño
a mí o a mis familiares. Dame tu gracia para poder perdonarlos de
corazón.
Tú siempre estabas conmigo y yo no lo sabía y ni siquiera te
pedía ayuda ni rezaba ni me acordaba de Ti. Y sufría, porque me
sentía solo y sufría, cuando veía a mi padre o a aquellos
familiares borrachos, o cuando se divorciaron mis padres y me
quería morir. Te pido por mis padres para que siempre los tengas en
tu Corazón divino y les des tu paz. Aparta de mí todas las
tinieblas y todos los resentimientos, los traumas, las envidias, los
celos, las frustraciones. Sácalos y lléname de tu luz y de tu
amor. Inúndame con tu luz divina para que pueda tener tu alegría y
pueda perdonar a los que me han hecho daño. Gracias, Jesús.
Recuerdo, cuando iba al colegio y mis amigos me ridiculizaban, o,
cuando aquel profesor me castigó sin razón, o, cuando aquel
compañero me hizo aquel daño. Te ofrezco, Señor, aquellos
sufrimientos para que no me sigan haciendo sufrir; cicatriza esas
heridas que tengo abiertas todavía y haz que recuerde todo mi
pasado con paz y tranquilidad.
Jesús, necesito que me des seguridad; porque, a veces, me siento
inseguro e inestable; tengo un carácter difícil, no puedo
controlarme, soy violento y colérico. Cuando estoy enfermo, me
rebelo contra Ti y, cuando estoy sano, me olvido de Ti. Enséñame a
amarte, enséñame a ser bueno, porque quiero ser tu amigo. Pero
libérame de la tristeza, de la soledad y de la envidia. Sana mi
corazón herido y dame tu amor para amar a todos sin excepción y
sin condiciones. Yo te amo, Señor, hazme sentir tu amor.
También te pido, Jesús que me perdones todos mis pecados. Por
los pecados solitarios, por las veces que desobedecí a mis padres y
les falté al respeto, por las veces que ofendí a otros con mis
agresiones verbales o físicas. Por todo lo que he hecho sufrir
injustamente a los demás. Y yo perdono sinceramente a los que me
dieron malos ejemplos y me llevaron a malos lugares para hacerme
pecar. Perdóname por las veces que maldije a alguien, deseándole
la muerte, por mis palabras groseras, por todos los pensamientos y
deseos impuros, que mancharon mi alma. Por todo lo que te ofendí
con mis borracheras, drogas, impureza... Perdóname, porque, cuando
tuve aquel accidente, creí que Tú me habías castigado y me
rebelé contra Ti. Y también perdóname por aquella oportunidad en
que invoqué al diablo, a ver si me respondía; porque creía que
Tú, Señor, ya no me querías ni contestabas a mis oraciones.
Perdóname, Señor.
Libérame, del trauma que me causó la muerte de aquel ser
querido. Tú sabes cuánto sufrí y hasta ahora no lo puedo olvidar.
Cada vez que lo recuerdo me siento mal. Sana esos recuerdos
dolorosos y dame paz y amor en mi corazón. Libérame de la
desesperación; pues, en algunos momentos de mi vida, me
desesperaba, cuando no me salían las cosas bien, cuando no tenía
trabajo o cuando no me comprendían y hablaban mal de mí. Señor,
toma en tus manos todos mis traumas y enfermedades, todos mis
pecados y toda mi vida. Límpiame, sáname, perdóname, libérame,
transfórmame. Hazme una persona nueva. Quiero vivir siempre
contigo, quiero ser tu amigo y hacerte siempre feliz, cumpliendo tu
santa voluntad.
Jesús, tómame tal como soy en este instante con todos mis
defectos y pecados, y escóndeme en tu Corazón. Cúbreme con tu
sangre y protégeme de todo poder del Maligno y lléname de amor y
de paz. Tú eres mi médico de cuerpo y alma. Tú eres todo para
mí. Te ofrezco mi pasado, mi presente y mi futuro.
Madre mía, Virgen María, cúbreme con tu manto de pureza y
amor, y dame pensamientos, sentimientos y deseos puros para ser
limpio y puro como Tú quieres que sea. Ángel de mi guarda, dulce
compañía, no me desampares ni de noche ni de día. No me dejes
solo, que me perdería.
* * * * *
Ahora imagina la alegría de Jesús, que te sonríe y te dice:
Hijo mío, hace mucho tiempo estaba esperando este momento para
sanarte interiormente de tantas cosas que eran como un fardo pesado
para ti y te hacían sufrir. Quiero que sepas que siempre estoy a tu
lado y escucho tus oraciones. Ven a visitarme a la Eucaristía,
donde siempre te espero. Ven a dejarme todos tus problemas y te
daré mi Paz. No tengas miedo, solamente confía en Mí (Mc 5, 36).
Gracias, Señor, por tu amor, por tu alegría y por tu paz. Ahora me
siento ligero y quiero compartir tu amor con mis hermanos.
REFLEXIONES
Vive siempre con la conciencia tranquila. No odies, no mientas,
no hagas nunca daño. Si no puedes hacer el bien, por lo menos no
hagas daño. Irradia el bien de tu amor y de tu sonrisa a todos los
que se acerquen a ti. Siembra alegría y paz a tu alrededor. No
coloques piedras en el camino de tus semejantes. Sigue tu camino con
alegría, porque es el tuyo; pero ayuda a levantarse a los que veas
caídos o a quienes están tristes, porque no saben a dónde ir.
En el mundo hay demasiados que no saben por qué viven y por qué
mueren. Hay muchos que no tienen un ideal por el qué vivir y están
como despistados. No saben el camino, van sin rumbo. Solamente,
piensan en disfrutar y gozar de la vida, aunque sea a costa de los
demás. Su vida está triste y vacía, son como barcos que han
perdido las hélices y se dejan llevar al compás de las olas, sin
rumbo fijo. Por eso, tú no debes ser veleta movida por el viento de
las pasiones. Ten metas claras, ten una razón por qué vivir y
procura hacer siempre felices a los que te rodean.
Nunca te vengues ni guardes rencor a nadie, no pagues nunca mal
por mal. Sé generoso en el perdón y no humilles ni desprecies a
los que son menos que tú. Nunca rebajes a los que ganes en la
carrera de la vida. Ayuda siempre y sé amigable con todos. Sé
honorable y honra tu palabra. Sé sincero y responsable. Nunca
mientas. Sé una persona de confianza. Reparte sonrisas con
generosidad. Haz que tu vida sea un maravilloso regalo de Dios para
los demás. Todos te necesitan para ser un poco más felices. No lo
olvides.
Y ahora decide amar en lugar de odiar. Dite a ti mismo, en este
preciso momento: "Quiero sacar todo el odio de mi venas, porque
la vida es tan corta que no tengo tiempo para odiar, sólo tengo
tiempo para amar. Y quiero hacer de mi vida una ofrenda de amor para
Dios y para los demás".
Te deseo lo mejor: un corazón lleno de amor, donde no haya lugar
para el rencor. Que seas luz, que ilumine el camino de tus hermanos.
Que brille el amor de tu sonrisa en todas partes. Y que todos sigan
tus huellas para que entre todos podamos construir un mundo feliz,
sin odio ni rencor.
Señor, dame la alegría del perdón y llena mi corazón de tu
amor. CONCLUSIÓN
Después de haber visto los diferentes aspectos del perdón,
podemos concluir que vale la pena perdonar, pues el odio es mucho
más costoso, en términos de enfermedades y sufrimientos. Además,
el odio nos va destruyendo por dentro y nos va matando lentamente en
vida. Liberarnos del odio no sólo es una cosa buena, sino una
necesidad imperiosa de nuestro espíritu; pues, de otro modo, nunca
podremos ser felices. Dios nos ha creado por amor y para amar. El
sentido de nuestra vida está en amar. Por consiguiente, el odio es,
exactamente, lo contrario al amor.
Odiar es anclarnos en el pasado y no querer avanzar ni crecer por
el camino que Dios nos ha trazado: el camino del amor. Ya lo hemos
dicho y lo repetiremos hasta el cansancio: Amar es sanar, odiar es
enfermar. Amar es perdonar y perdonar es amar. Sin perdón no puede
haber amor y Dios no puede escuchar nuestras oraciones. El que dice:
Amo a Dios; pero aborrece a su hermano, es un mentiroso (1 Jn 4,
20). El que no ama, permanece en la muerte. Quien aborrece a su
hermano es un homicida y ya sabéis que ningún homicida tiene en
sí la vida eterna (1 Jn 3, 14-15). El que aborrece a su hermano
está en tinieblas y en tinieblas está sin saber a dónde va,
porque las tinieblas han cegado sus ojos (1 Jn 2, 11).
Hace falta más claridad sobre lo que Dios nos dice sobre este
punto? Por tanto, sepamos perdonar, aunque denunciemos al agresor
ante las legítimas autoridades, y dejemos el juicio definitivo a
Dios, que a todos nos juzgará sin parcialidad.
Te deseo lo mejor: una vida llena de amor, de paz y de alegría
en el Señor. Que disfrutes de la alegría del perdón y seas
humilde también para pedir perdón, cuando tú hayas ofendido a tus
hermanos.
Que Dios te bendiga. Saludos de mi ángel
Tu hermano y amigo para siempre desde Perú
P. Ángel Peña Benito Agustino recoleto LIMA-PERÚ
Si quieres ser feliz un instante, véngate. Si quieres ser feliz
siempre, perdona. (Lacordaire) BIBLIOGRAFÍA
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