JESÚS, CONFÍO EN TI
Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú
Agustino Recoleto
Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca
(Perú)
ÁNGEL PEÑA O.A.R LIMA - PERÚ
ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN
La santidad. El Espíritu Santo La voluntad de Dios Confianza
total Abandono en Dios El plan de Dios Algunos ejemplos. Testimonios
No tengas miedo Consagración a Jesús Oraciones
CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA
INTRODUCCIÓN
En este libro deseo animar a todos a confiar sin reparos en el
amor y en la misericordia del Señor. Muchos de nuestros
contemporáneos, cuando tienen problemas, prefieren acudir al
médico, al siquiatra o al sicólogo, antes que ir a una iglesia a
visitar a Jesús Eucaristía. Pero Jesús es un amigo cercano, un
amigo que siempre nos espera, y que nos necesita para la gran tarea
de la salvación del mundo. Por eso, a los más arriesgados de sus
amigos, les pide todo. Una confianza sin límites en su bondad, en
su perdón, en su amor, en su providencia. Y pide un abandono total
en sus manos, sin condiciones de ninguna clase. Jesús lo quiere
todo y lo espera todo para así poder hacer de cada uno un hombre
según sus planes. Esto significa que debemos estar dispuestos a
hacer siempre y en cada momento su santa voluntad y no lo que más
nos gusta o lo más fácil y cómodo.
Vale la pena darlo todo y arriesgarlo todo por Jesús. Él no se
dejará ganar en generosidad y nos recompensará mucho más de lo
que podemos pensar o imaginar. Él nos hará santos, que es lo
máximo que podemos desear.
Es lo que deseo a cada uno de mis lectores. Que Dios te bendiga y
te dé la gracia de la plena confianza y del abandono total. Que
seas santo y puedas decir, de verdad, en cada momento de tu vida:
¡Jesús, yo confío en Ti!
LA SANTIDAD
La santidad es amor. Y tú estás invitado por Dios a llevar una
vida plena de amor a Dios y a los demás. Dios quiere que seas
santo, ni más ni menos. Tu Padre Dios lo quiere, pues no hay nada
mejor para ti que amar a Dios con todo tu corazón y al prójimo
como a ti mismo. Éste es el primer y más importante mandamiento y
el primer y más grande deseo que debemos tener en el corazón.
Porque, si queremos ser felices, aun en esta vida, sólo lo
lograremos siguiendo el camino del amor.
Estamos hechos de amor. Dios es Amor y nos ha creado por amor y
para amar. ¿Puede haber algo más grande y hermoso que amar? El
amor da sentido a nuestra vida. Sin amor tu vida estará vacía y
sin sentido. Te invito a que ames con todo tu corazón y nunca te
canses de amar. Que ames sin descanso a todos y en todas partes. Que
ames ahora y siempre. Ama en cada momento, haz bien lo que estás
haciendo. No seas mediocre, haciendo las cosas a medias o de
cualquier manera. Dios espera de ti lo mejor, no seas comodón, no
seas mentiroso, no hagas las cosas por cumplir o por quedar bien.
Cumple tus obligaciones a cabalidad y sentirás la alegría de Dios
dentro de tu corazón.
Ahora bien, para ser santo hay que tener, como decía santa
Teresa de Jesús, una determinada determinación. Hay que querer ser
santo. ¿Tú quieres ser santo? ¿Crees que es imposible para ti?
¿Crees que no tienes madera de santo? Te lo digo en el nombre de
Dios: Tú tienes madera y puedes ser santo. Otra cosa es que
prefieras vivir una vida de comodidades y satisfacciones humanas.
Entonces, nunca podrás ser santo, pues antepondrás tus deseos y
placeres al cumplimiento de la voluntad de Dios, que, a veces, te
exige renunciar a las comodidades para hacer el bien a los demás.
¿Estás dispuesto a renunciar a los placeres para hacer el bien en
todo momento y hacer siempre la voluntad de Dios?
Todo lo que hagas, hazlo por amor a Dios y a los demás. Nunca
hagas algo por puro placer. Hazlo todo con sentido sobrenatural,
ofreciéndolo a Dios con amor. Puedes decir a cada instante: Señor,
es por tu amor. Nunca hagas algo que sea malo, de acuerdo a tu
criterio personal, pues estarías rechazando directamente la
voluntad de Dios. Ser santo es cumplir siempre la voluntad de Dios.
Es vivir el Padrenuestro de verdad, cuando decimos: Hágase tu
voluntad en la tierra como en el cielo. ¿De verdad quieres hacer la
voluntad de Dios? ¿De verdad quieres ser santo? Entonces, recuerda
que ser santo es amar a Dios hasta el punto de hacer siempre lo que
le agrada. Así fue la vida entera de Jesús. Él mismo dice: El que
me envió está conmigo y yo hago siempre lo que es de su agrado (Jn
8,29). Y llegó al extremo de hacerse semejante a los hombres y en
la condición de hombre, se humilló hecho obediente hasta la muerte
y muerte de cruz (Fil 2,8).
Y decía: Yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino
la voluntad del que me envió (Jn 6,38). Por eso, en el momento más
difícil, cuando estaba en el huerto de Getsemaní sudando sangre,
puesto de rodillas, oraba diciendo: Padre, si quieres, aparta de mí
este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya (Lc 22,
41-42).
¿Está claro, entonces, que para ser santo debes cumplir siempre
la voluntad de Dios? Debes renunciar a tus gustos y deseos para
hacer siempre lo que a Él le agrada. Ser santo es ofrecerle todo,
absolutamente todo lo que eres y tienes. Hazlo todo por amor a Él.
Dios no mira tanto lo que haces cuanto el amor con que lo haces. La
diferencia entre un santo y otro que no lo es, está en el amor.
Quizás hacen las mismas cosas, pero uno lo hace con amor y el otro
no. Veamos la historia de Juan el lechero.
San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei,
cuenta que estando en Pamplona haciendo un retiro, el año 1938,
todas las mañanas oía en la iglesia rectoral de santa Isabel un
abrirse la puerta con estrépito y volver a cerrarse. Se propuso
saber qué era aquello. Esperó cerca de la puerta y, cuando llegó
el autor de aquellos ruidos, lo abordó preguntándole que es lo que
hacía:
- Yo, padre, paso todas las mañanas por delante de la iglesia,
repartiendo leche por las casas. Abro la puerta, no con mucha
delicadeza, y le digo a Jesús que está en el sagrario: Aquí está
Juan el lechero.
A Josemaría le impresionó vivamente el encuentro con aquel
hombre y aprendió una buena lección de cómo tratar a Jesús con
sencillez. Alguna vez, recordando aquello, dirá en su oración:
Jesús, aquí está este sacerdote, que no sabe tratarte como Juan
el lechero.
El padre Mateo Crawley, el apóstol mundial de la devoción al
Corazón de Jesús, relata que en una oportunidad, se encontró con
un indígena chileno, que era carbonero y amaba mucho a Dios, aunque
apenas conocía algo de religión y era muy ignorante. No sabía ni
el padrenuestro ni el avemaría. Pero rezaba con toda confianza a
Dios. El padre Mateo le preguntó: ¿Cómo rezas?
- Por las mañana le digo: "Señor Jesús, tu costal de
carbón está listo para trabajar, ayúdame". Y en la tarde le
digo: " Señor, tu costal de carbón va a descansar, ayúdame”.
Y el padre Mateo, ante la fe de aquel carbonero, estuvo a punto
de arrodillarse y agradecerle por su fe y su amor a Dios. Porque no
hace falta dirigirse a Dios con grandes discursos ni con libros
hermosos, donde hay bellas oraciones. Lo que quiere el Señor es
amor sencillo y confianza plena, nada más.
Henri Brémond en su libro Historia del sentimiento religioso,
escribe: La Madre Ponconnas, fundadora de las hermanas Bernardas
reformadas, siendo niña, estuvo a cargo de una vaquera muy pobre
que pensó que no tenía ningún conocimiento de Dios. Ella comenzó
con todo interés a darle alguna instrucción. La vaquera le rogó
con abundantes lágrimas que le enseñase lo que tenía que hacer
para terminar el padrenuestro, pues decía: “Yo no sé llegar
hasta el final. Desde hace casi cinco años, cuando pronuncio la
palabra Padre y considero que Él está arriba, lloro de alegría y
me quedo todo el día en este estado de amor, cuidando mis vacas”.
El padre Ignacio Larrañaga escribe: La vida me fue enseñando
que el amor es la suprema energía del mundo y que el principio de
toda santidad consiste en dejarse amar, porque sólo los amados,
aman... Una noche me senté en una piedra en el campo y me encogí
sobre mí mismo, tomé mi cabeza entre las manos y permanecí
inmóvil, paralizado, vacío de todo durante un buen rato.
Después, concentrado, tranquilo, comencé a repetir la inefable
invocación: “¡Abba, Papá querido!”. Innumerables veces la
repetí, cada vez con mayor concentración y desde el fondo de la
eternidad, poco a poco, fue emergiendo el Padre con una mirada
amorosa, envolviéndome con un amor sin medidas ni controles... Y
tuve la sensación de que todo mi cuerpo, mejor dicho, mis arterias
se habían transformado en ríos caudalosos de dulzura. ¡Papá
querido!... Al final, sólo quedó el Amor. ¡Oh mi querido papá,
mil veces bendito! Yo me dejé arrastrar por las olas y no supe
más.
El amor de Dios, que se ha derramado en nuestros corazones por el
Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5,5), es quien nos va
santificando. Por eso, no hay santidad sin amor y sin el Espíritu
Santo.
EL ESPÍRITU SANTO
El Espíritu Santo es la personificación del amor del Padre y
del Hijo. Podríamos decir que es el Amor de Dios en persona. Por
eso, todo el que quiera amar de verdad necesita el poder y el amor
del Espíritu Santo. Los apóstoles, antes del día de Pentecostés,
estaban llenos de miedo y no eran capaces ni de salir a la calle a
predicar. Apenas habían entendido las enseñanzas que Jesús les
había estado comunicando durante los últimos tres años. Pero el
día en que el Espíritu Santo irrumpe en sus vidas, quedan
transformados y el amor de Dios se derrama en ellos con todo su
poder. Y el amor les da fuerza para superar el temor y salir a
predicar sin miedo al qué dirán y sin miedo a los sufrimientos ni
a la muerte. Y Dios hace maravillas por medio de ellos. Ese mismo
día se convierten tres mil personas.
El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. Sin Él, la Iglesia
estaría vacía y sin vida. Dios parecería lejano; Cristo, un
personaje histórico del pasado y el Evangelio sería letra muerta.
Sin el Espíritu Santo, nosotros estaremos sin fuerza espiritual.
Podemos decir que somos cristianos, pero no habremos entendido nada
del mensaje de Jesús; no habremos experimentado su amor y la Biblia
será para nosotros palabras bonitas, que no entenderemos ni seremos
capaces de seguir. Sin el Espíritu Santo estaremos sin amor o con
un amor tan pobre en el corazón que apenas nos bastará para amar a
la familia y poco más. Pero, cuando el Espíritu Santo irrumpa en
nuestra vida, entonces, nos llenará de su amor, nos dará fortaleza
para sufrir y para predicar, y entenderemos lo que significa ser
cristianos, capaces de dar la vida por Cristo. ¡Qué fácil es, con
Él, predicar y hablar a los demás de Dios! ¡Qué maravillas
realiza en nuestra vida!
Ahora bien, el Espíritu Santo nos llenará en la medida de
nuestra disposición y capacidad. Por ello, debemos pedir
constantemente: Ven, Espíritu Santo, lléname de tu amor y de tu
santidad. Y Él nos dará un amor grande y profundo a Jesús,
presente en la Eucaristía; y a María la madre de Jesús; y a la
Iglesia de Jesús, nuestra Iglesia católica; y a la Palabra de
Jesús, escrita en el Evangelio; y al representante de Jesús en la
tierra, el Papa; y a todos los hermanos de Jesús, que son todos los
hombres, y sentiremos un gran amor por todos, especialmente, por los
más pobres y necesitados, y tendremos el deseo de ayudarlos, sobre
todo, en su salvación eterna, siendo apóstoles de Jesús.
Ven, Espíritu Santo, transfórmame, cámbiame, ilumíname,
ayúdame, hazme un hombre nuevo y llena mi corazón de tu amor para
amar a todos sin distinción. Y dame la gracia de cumplir siempre la
voluntad de Dios para amarlo con todo mi corazón.
LA VOLUNTAD DE DIOS
La Virgen María es un modelo perfecto en el cumplimiento de la
voluntad de Dios. Su vida se resume en el Fiat (hágase) del momento
de la Anunciación: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí
según tu palabra (Lc 1,38). Y todos los santos lo fueron en la
medida en que cumplieron fielmente la voluntad de Dios en cada
instante. No se trata de hacer nada extraordinario, sino de vivir
cada momento pendientes de la voluntad de Dios para poder cumplirla.
Ahora bien, ¿cómo conocemos la voluntad de Dios? Viviendo cada
momento con paz y aceptando las cosas que nos suceden como venidas
de la mano de Dios, lo mismo las agradables que las desagradables. Y
haciendo lo que debemos hacer por amor, como una ofrenda amorosa a
nuestro padre celestial, es decir, haciendo todo bien hecho. Decía
el Papa Juan XXIII: Debo hacer cada cosa bien hecha, rezar cada
oración, cumplir aquel punto del reglamento, como si no tuviera
otra cosa que hacer, como si el Señor me hubiera puesto en el mundo
sólo para hacer bien aquella acción y mi santificación y mi
eternidad dependiera del éxito de ella sin pensar en las cosas de
antes o en las que vendrán.
Hacer la voluntad de Dios es vivir el momento presente,
pendientes de agradar a Dios, pensando siempre en cómo hacerlo
feliz. He ahí el punto clave: QUERER HACER FELIZ A DIOS. Y Él no
se dejará ganar en generosidad y nos dará una inmensa alegría
interior, que nos hará compartirla con los que nos rodean. Por eso,
los verdaderos santos son personas alegres. Y siempre se ha dicho
que un santo triste es un triste santo.
Cumplir la voluntad de Dios significa dejarse llevar por Dios
como un niño en brazos de su madre. Es olvidarse de uno mismo para
pensar siempre en Él y en los demás. Es eliminar de nosotros todo
temor por la muerte, enfermedades o peligros, confiando en Él.
Él cuida de nosotros y de nuestras cosas. Es como un contrato en
el que Dios no va a fallar y nos da una gran seguridad, sabiendo que
estamos en buenas manos. Él nunca nos abandonará. De esta manera,
los temores se esfuman como el humo. Podemos atravesar tempestades
de tentaciones o de enfermedades, de desalientos o de sequedades de
espíritu; pero si, seguimos confiando en Dios, en el fondo del
alma, tendremos paz.
Nada debe temer el alma que confía y desea cumplir la voluntad
de Dios. Si cae o comete errores, sabe que está en las manos de un
Dios amoroso y, al igual que un niño pequeño, sabe que su Padre
arreglará las cosas y todo lo permite por su bien. Y, por eso,
puede decir con el Salmo 23: Aunque pase por un valle de tinieblas,
no temeré mal alguno, porque Tú estas conmigo (Sal 23, 4).
Una persona, entregada a cumplir la voluntad de Dios, puede
preguntarle en cualquier momento para aclarar sus dudas, al igual
que San Pablo: Señor, ¿qué quieres que haga? (Hech 22, 10). Y,
obrando con total buena voluntad, aunque no reciba luces especiales
para obrar, estará actuando conforme a la voluntad de Dios. El
Señor, quizás sin que ella se dé cuenta, irá tejiendo la
maravillosa trama de su santidad, aunque no se vea a primera vista.
El artista divino dirige su obra, aunque no veamos la maravillas que
hace en nosotros. Por eso, confiemos en Él, confiemos en su poder
para hacer milagros. Dejémosle obrar y digamos con el salmista: En
Dios confío y nada temo, ¿qué podrá hacer un hombre contra mí?
(Sal 56, 12). El Señor ha hecho milagros en mi favor (Sal 4, 4).
Jean Pierre de Caussade (1673-1751) escribió un libro muy famoso
titulado El abandono en la divina providencia en el que habla de
abandonarse confiadamente en la providencia de Dios, cumpliendo en
cada momento su santa voluntad. Él nos dice: Todo lo que sucede en
cada momento lleva en sí el sello de la voluntad de Dios... El
momento presente es siempre como un embajador que manifiesta la
voluntad de Dios... La máxima sublime de la espiritualidad es el
abandono puro y entero a la voluntad de Dios para ocuparse
enteramente en amarle y obedecerle, apartando temores e inquietudes,
producidas por el cuidado de la salvación o de la propia
perfección.
La vivencia profunda del momento presente, como venido de Dios,
haciéndolo todo por amor a Dios, es la clave de la santidad. San
Alfonso María de Ligorio tiene un libro titulado Conformidad con la
voluntad de Dios. En él nos dice: Si los serafines entendiesen ser
la voluntad de Dios que empleasen toda su vida en contar las arenas
de la playa o en arrancar la hierba de los jardines, lo harían con
gusto. Más aún: Si Dios les diese a conocer su deseo de que se
arrojasen al fuego del infierno para arder en él, se lanzarían
inmediatamente a aquel abismo para hacer la voluntad de Dios.
Por eso, decía san Juan de Ávila: Más vale un ¡Bendito sea
Dios! en la adversidad que seis mil acciones de gracias en las cosas
agradables.
San Francisco de Borja, al llegar una noche en que estaba nevando
a una casa de la Compañía de Jesús, llamó varias veces a la
puerta, pero nadie bajó a abrir. Al amanecer, al darse cuenta de
que le habían hecho esperar tanto, el santo les dijo que durante
aquel tiempo, había sentido mucha consolación, pensando que era
Dios quien tiraba sobre él aquellos copos de nieve.
Cuando estemos enfermos en cama, digamos al Señor: “Hágase tu
voluntad” y repitámoslo cien y mil veces, pues con ello daremos
más gloria a Dios que con todas las mortificaciones y devociones
que podamos practicar.
Aceptemos también con paciencia la muerte de los parientes y
amigos. Algunos, por la muerte de un pariente, se vuelven
inconsolables y dejan la oración, los sacramentos y todas sus
devociones. Y no faltan quienes se quejan a Dios y dicen: Señor,
¿por qué has hecho esto?.
San Agustín tiene unas frases hermosas. Dice: La voluntad de
Dios es que estés sano, algunas veces, otras que estés enfermo. Si
la voluntad de Dios es dulce para ti cuando estás sano, y amarga
cuando estás enfermo, no eres de corazón perfecto. ¿Por qué?
Porque no quieres encauzar tu voluntad a la voluntad de Dios, sino
que pretendes torcer la de Dios a la tuya.
San Juan de Ávila le decía a un sacerdote enfermo: Amigo mío,
no examinéis lo que haríais estando sano, sino contentaos con ser
un buen enfermo todo el tiempo que Dios quiera. Si es su voluntad lo
que buscáis, ¿qué os importa estar sano o enfermo?
San Francisco de Sales declaraba: Obedezcan, tomen las medicinas
y alimentos y otros remedios por amor de Dios... Deseen curar para
servirle, pero no rehúsen estar enfermos para obedecerle; y
dispónganse a morir, si así le place, para alabarle y gozar de
Él... No tiene importancia que los actos que hacemos sean grandes o
pequeños con tal de que se cumpla la voluntad de Dios. Aspiren a
menudo a la unión de su voluntad con la de nuestro Señor.
Practiquemos la conformidad con la voluntad de Dios en las
pequeñas cosas de cada día: la molestia de un perro que ladra; de
la luz que se apaga, de un olvido que nos incomoda, de un error
cometido, de una mosca fastidiosa, del vestido que se ensucia...
Aceptemos las cosas que no podemos cambiar como el calor o el frío
y no digamos nunca: ¡Qué calor tan insoportable! ¡Qué tiempo tan
horrible!, pues indicaría que estamos en contra de lo que Dios ha
permitido y querido para nosotros en ese momento. El beato Papa Juan
XXIII decía: Mi verdadera grandeza consiste en hacer totalmente y
con perfección la voluntad de Dios.
Por todo ello, digamos con santa Teresa de Jesús:
Dadme muerte, dadme vida, dad salud o enfermedad, honra o
deshonra me dad, dadme guerra o paz cumplida, flaqueza o fuerza a mi
vida, que a todo diré que sí. ¿Qué queréis hacer de mí?
Dadme riqueza o pobreza, dad consuelo o desconsuelo, dadme
alegría o tristeza, dadme infierno o dadme cielo, vida dulce, sol
sin velo, pues de todo me rendí. ¿Qué mandáis hacer de mí?
Si queréis, dadme oración; si no, dadme sequedad, si abundancia
o devoción y si no esterilidad. Soberana Majestad, sólo hallo paz
aquí. ¿Qué mandáis hacer de mí?
Vuestra soy, para Vos nací. ¿Qué mandáis hacer de mí?
CONFIANZA TOTAL
La confianza total en Dios, cumpliendo su santa voluntad, es
condición indispensable para ser santo y crecer en el amor de Dios.
Confiar en Él sin condiciones es la mayor alegría que le podemos
dar a nuestro Padre Dios. Por eso, le decía Jesús a una santa
religiosa: Si me amas, confía en Mí. Si quieres amarme más,
confía más en Mí. Si quieres amarme inmensamente, confía
inmensamente en Mí.
La Madre Teresa de Calcuta oraba así: Señor, acepto lo que me
des y te entrego lo que quieras tomar de mí. Señor, soy tuya y, si
me haces pedacitos, cada pedacito quiero que sea para Ti. Cuando uno
ama a Dios y cree en su amor, entonces puede decir con toda
confianza: Señor, haz de mí lo que quieras, cuando quieras y como
quieras. Y podríamos decir como Job: Aunque Él me matara,
seguiría confiando en Él (Job 13,15).
El Padre Pío de Pietrelcina aconsejaba: Cuidad de no dejaros
vencer por la ansiedad y la inquietud, porque no hay cosa que más
impida el caminar por la senda de la perfección que las inquietudes
y la ansiedad. Colocad vuestro corazón en las llagas benditas de
Jesús. Tened confianza en su misericordia y bondad que Él no os
abandonará jamás.
Debemos confiar en Jesús, nuestro divino capitán. Él lleva el
barco de nuestra vida. Con Él estamos a salvo, con Él nunca
perdemos, siempre salimos ganando. Confiando en Él nunca quedamos
defraudados. Vale la pena confiar en Él, pues veremos milagros en
la medida de nuestra confianza en Él. Y ahora te pregunto: ¿Eres
capaz de entregarte con confianza y de darle tu vida entera? Di
conmigo:
Señor, me entrego totalmente a Ti y para siempre. Me pongo en
tus manos sin medida. Porque Tú eres mi Dios y yo confío en Ti.
Señor, dame lo que quieras, toma de mí lo que quieras, todo lo
acepto como venido de tus manos divinas. Yo confío en Ti. Quítame
el miedo al sufrimiento y a la muerte. Hazme un hombre nuevo y dame
una paz inmensa para que nunca dude de tu amor y nunca desconfíe de
Ti. Te amo, Señor, y quiero amarte con todo mi corazón. Jesús, yo
te amo y yo confío en Ti. Amén.
ABANDONO EN DIOS
Abandonarnos confiadamente en las manos de Dios es dejarse
llevar, sabiendo que Él cuida de nosotros y quiere lo mejor para
nosotros. Abandonarse es fiarse de Dios, es entregarle la
responsabilidad de nuestra vida entera.
Es como firmarle un cheque en blanco, es dejar que Él sea el
chofer que guíe nuestra vida de acuerdo a su voluntad. Abandonarse
significa también estar totalmente disponible a sus planes sobre
nosotros sin preguntar a dónde nos lleva, porque creemos en su
amor. Por eso, quisiera preguntarte: ¿Eres capaz de fiarte de Dios?
¿Eres capaz de entregarle todo lo que eres y todo lo que tienes sin
condiciones? ¿Crees realmente que Él te ama y quiere lo mejor para
ti? Ahí está la clave.
Si no estás muy seguro de su amor, entonces, no te lanzarás al
vacío y tendrás miedo del futuro o de lo que pueda enviarte.
Tendrás miedo al sufrimiento y tu vida estará atada a las
comodidades y cosas de la tierra y no serás capaz de desatarte para
poder volar hacia las alturas de Dios.
Abandonarse en Dios significa creer firmemente en su amor
infinito, es dejarse perder en Él como la gotita de agua que cae al
océano. Abandonarse es darse de verdad con total sinceridad y para
siempre. El abandono es la autopista regia para llegar a Dios y el
camino más rápido para llegar a Él, pues el abandono supone amor,
confianza y entrega total. Abandono y confianza van de la mano del
amor. Todo es por amor. Es vivir totalmente para Dios en vida y
eternidad.
Ahora bien, eso no quiere decir que recibamos continuamente gozos
y alegrías del Señor. Nos puede dejar en el silencio, como
abandonados; sin sentir nada, sin ver nada ni oír nada. Pareciera
que Dios se ha alejado de nosotros y no respondiera a nuestra
oración o a nuestro dolor. La sequedad invade nuestra alma y nos
sentimos solos. Sí, es duro a veces, el silencio de Dios. Conozco
una religiosa que me decía lo duro que le resultaba esto. Se pasaba
la noche en la capilla y nada. Ni siquiera un gracias por la visita.
Salía al jardín y las flores la alegraban, los pájaros también,
pero Dios callaba. Y algunos días hasta le parecía que todo era
absurdo y que la fe era una farsa y que no había nada después de
la muerte. Era la tentación, era el Getsemaní, era la noche
oscura.
Y, entonces, se preguntaba: ¿Por qué, por qué, por qué Dios
me ha abandonado? Y creía que se debía a sus pecados, a su poca
fidelidad o simplemente a la falta de verdadera oración. No podía
orar, se aburría, se cansaba. Todo le parecía oscuro y triste...
Pero, de pronto, en algún momento, salía el sol en su alma, y era
como un destello divino, todo se aclaraba, todo era luz y belleza,
todo era alegría... Y, después, otra vez la oscuridad y el
silencio... Es dura la noche oscura del espíritu, pero es necesaria
para romper con todas las ataduras de las criaturas y sólo quedarse
con Dios. Sólo Dios... Sólo Él... nada más que Él...
El abandono es lanzarse al vacío sin saber qué hay después.
Sin luces que guíen el camino. Es seguir confiando, aun cuando
veamos a los malos triunfar y burlarse de Dios; aunque lluevan todos
los infortunios sobre nosotros y todo a nuestro alrededor sea ruina
y fracaso. No importa, Dios es más grande que todo y puede sacar
triunfos hasta de las derrotas humanas. Tener fe es decir en medio
la oscuridad: Señor, creo en Ti y confío en Ti.
Por eso, cuando todo sea oscuro en torno a ti, cuando tiren por
el suelo tu prestigio, cuando te enteres que te queda un mes de
vida, cuando te traicionen tus mejores amigos, cuando estés en
medio del miedo y de la angustia, confía en Él. No pierdas la
esperanza. Dios es más grande que tus problemas y dificultades.
Puedes confiar en Él, pues nada sucede por casualidad y Dios todo
lo permite por tu bien (Rom 8,28).
Decía San Claudio de la Colombière del que se abandona en Dios:
Ningún temor turba su felicidad, porque ningún accidente puede
destruirla. Me lo represento como un hombre sentado sobre una roca
en medio del océano: ve venir hacia él las olas más furiosas sin
espantarse, le agrada verlas y contarlas a medida que llegan a
romperse a sus pies; que el mar esté calmo o agitado, que el viento
impulse las olas de un lado a otro, sigue inalterable; porque el
lugar donde se encuentra, es firme e inquebrantable. De ahí nace
esa paz, esa calma, ese rostro siempre sereno, ese humor siempre
igual, que advertimos en los verdaderos servidores de Dios.
El alma que se abandona a Dios y le deja el timón de su barca,
boga con tranquilidad en el océano de esta vida en medio de las
tempestades del cielo y de la tierra, mientras que los que quieran
gobernarse ellos mismos están en continua agitación y, no teniendo
por piloto más que su voluntad inconstante y ciega, acaban en un
funesto naufragio después de haber sido juguete de los vientos y de
la tempestad.
Abandonémonos completamente en Dios, dejémosle todo el poder de
disponer de nosotros; comportémonos como sus verdaderos hijos,
sigámosle con verdadero amor; confiémonos a Él en todas nuestras
necesidades. Dejémosle obrar y Él nos proveerá de todo en el
tiempo, en el lugar y del modo más conveniente: Él nos conducirá
por caminos admirables al reposo del espíritu y a la dicha a que
estamos llamados a gozar, incluso en esta vida, como un anticipo de
la eterna felicidad que nos ha prometido.
Santa Teresita del Niño Jesús afirma que el abandono es el
fruto delicioso del amor (poesía 42). Por consiguiente, cuando
tengas miedo, cierra los ojos y di con fe: Jesús, yo te amo y yo
confío en Ti. Y no quedarás defraudado. Jesús le aseguraba a la
venerable Consolata Betrone: Tú piensa sólo en amarme. Yo pensaré
en ti y en todas tus cosas hasta en los más mínimos detalles. Y la
palabra de Dios te dice: El que confía en Dios, es fuerte como un
león (Prov 28,1). Y Él mismo te asegura: Yo nunca te dejaré ni te
abandonaré (Jos 1,5; Heb 13,5).
Abandona todas tus seguridades y quema tus naves como Hernán
Cortés en México. Haz como Abraham, a quien Dios le dijo: Sal de
tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre y vete a la
tierra que yo te mostraré (Gén 12,1). Y Abraham lo dejó todo y se
lanzó a la aventura y nunca se arrepintió de haberlo hecho.
Cuando Abraham tenía 99 años (Gén 17,1), llevaba 24 años
esperando que se cumpliera la promesa del Señor de tener un hijo. Y
un buen día, Dios le recuerda su amistad y le dice: Anda en mi
presencia y sé perfecto (Gén 17,1). Y Dios cumple su promesa y le
concede un hijo, Isaac, y le hace padre de una inmensa muchedumbre
tan numerosa como las arenas de las playas del mar y las estrellas
del cielo; y en él Dios bendice a todas las naciones de la tierra
(Gén 22, 17-18).
Vale la pena fiarse de Dios y amarlo hasta la entrega total. Él
no nos va a defraudar. Él tiene contados hasta los cabellos de
nuestra cabeza (Lc 12,7). Y Él es fiel. Jesús mismo nos dice que
debemos entregarnos sin temor: No tengas miedo, solamente confía en
Mí (Mc 5,36).
Digámosle como el Papa Clemente XI: Señor, quiero todo lo que
Tú quieras de mí; lo quiero, porque Tú lo quieres; lo quiero como
Tú lo quieres y hasta cuando Tú lo quieras. Es lo mismo que decía
san Pablo: Si vivimos, vivimos para el Señor. Si morimos, morimos
para el Señor y tanto en la vida como en la muerte somos del Señor
(Rom 14,8). Nuestra vida le pertenece; así que, al entregársela y
abandonarnos en sus brazos divinos, no hacemos nada de
extraordinario, sino simplemente reconocer que todo lo nuestro es
suyo.
Si tuviéramos la perspectiva de eternidad que tiene Dios de las
cosas, veríamos todos los acontecimientos de nuestra vida, incluso
los más adversos, como caricias y regalos de nuestro Padre Dios.
Podríamos decirle con sinceridad: Padre mío, yo no sé nada. Tú
lo sabes todo. En tus manos me pongo. Haz de mí lo que Tú quieras.
Estoy de acuerdo con todo lo que has permitido y vayas a permitir
para mí. Hágase en todo tu santa voluntad... Así desaparecerían
los temores y vendría la paz. Un ejemplo práctico nos lo presenta
el gran místico alemán del siglo XIV Juan Tauler.
Un día, al salir de la iglesia, vio a un mendigo que pedía
limosna. Sus pies estaban heridos, llenos de barro y desnudos. Sus
vestidos eran viejos y estaban rotos. Daba pena verlo, pues tenía
el cuerpo lleno de llagas. Juan le dio una moneda y le dijo:
Que Dios te bendiga y te haga feliz. Soy muy feliz. Sé que Dios
me ama y acepto con alegría todo lo que me sucede como venido de
sus manos. Cuando tengo hambre, alabo a Dios; cuando siento frío,
alabo a Dios; cuando recibo desprecio, alabo a Dios. Cualquier cosa
que reciba de Dios o que Él permita que yo reciba de otros,
prosperidad o adversidad, dulzura o amargura, alegría o tristeza,
la recibo como un regalo. Desde pequeñito sé que Dios me ama. Él
es sabio, justo y bueno. Siempre he sido pobre y desde pequeño
padezco una grave enfermedad, que me hace sufrir mucho. Pero me he
dicho a mí mismo: Nada ocurre sin la voluntad o permiso de Dios. El
Señor sabe mejor que yo lo que me conviene, pues me ama como un
padre a su hijo. Así que estoy seguro de que mis sufrimientos son
para mi bien. Y me he acostumbrado a no querer, sino lo que Dios
quiere. Siempre estoy contento, porque acepto lo que Dios quiere y
no deseo sino que se haga su voluntad. Así que nunca he tenido un
día malo en mi vida y tengo todo cuanto pueda desear. Y estoy bien,
porque estoy como Dios quiere que esté. ¿Y si Dios lo arrojara a
lo más profundo del infierno? Entonces, me abrazaría a Él y
tendría que venir conmigo al infierno. Y preferiría estar en el
infierno con Él que en el cielo sin Él. ¿Ud. pertenece a alguna
gran familia? Yo soy rey. ¿Rey? ¿Y dónde esta su reino? Mi reino
está en mi alma, donde vivo con mi Padre Dios.
Entonces, Juan, que era aspirante a santo, comprendió que ese
mendigo de la puerta de la iglesia, era un gran santo, más rico que
los más grandes monarcas y más feliz que todos ellos. Le dio otra
moneda, le dio su propio manto y entró de nuevo a la iglesia para
agradecer a Dios la gran lección recibida. Nunca olvidaría que el
fundamento de toda santidad es abandonarse totalmente en las manos
de Dios y cumplir siempre y en todo su santa voluntad.
La venerable María Angélica Álvarez Icaza refiere lo
siguiente: Estaba un día gravemente enferma. Poco a poco, me fui
quedando sin movimiento, la mitad del cuerpo ya no la sentía y no
podía hablar, pero la cabeza la tenía muy despejada y el oído
finísimo. Estando así, me vino una tentación muy fuerte que
consistía en hacerme temer que me fueran a enterrar viva y me vino
con una vehemencia espantosa. ¡Qué tentación tan terrible! ¡Dios
mío, si me entierran viva y yo me desespero, me voy al infierno y
te pierdo para siempre, pensaba! Dios mío, ¿qué haré para
moverme? Me preocupaba poder perder a Dios. Así luché
espantosamente casi toda la noche hasta que, a la madrugada, hice un
acto de abandono en las manos de Dios: “Yo me dejo, Dios mío, a
tu disposición, haz de mí lo que quieras, lo acepto todo, tú eres
mi Padre y me amas; haz de mí en el tiempo y en la eternidad lo que
sea de tu agrado”.
Apenas terminé este acto de abandono, me invadió la paz y tras
ella una comunicación inefable con Dios que jamás había
experimentado, como si Él me dijera: “Tu único temor era
perderme..., no, no me perderás, me entrego a ti. ¡Oh, lo que
entonces comprendí de un Dios enamorado! ¡En esa noche, se me
abrió una ventanita del cielo! Fue el principio de las gracias más
grandes de Dios”.
Otro caso. Dice el padre Larrañaga: En una ciudad de México me
pidieron que fuera al hospital a visitar a una mujer de 35 años,
madre de cinco niños entre dos y doce años, que por una
intervención quirúrgica mal hecha estaba agonizando y estaba en
coma. Fui a su habitación en la clínica. La joven madre tenía
todos los síntomas del estado de coma: inmovilidad absoluta, no
oía ni miraba, respiración dificultosa con aparatos especiales. Al
lado, el marido lloraba. En medio de una pena difícil de medir,
comencé a improvisar en voz alta, con fervor, una oración de
abandono, expresándome con toda el alma, poniéndome en el lugar de
la agonizante.
Al terminar la oración, la joven madre no dio la más pequeña
señal de reacción. Efectivamente, estaba en coma profundo. Al mes
y medio, estando yo en otra ciudad, me comunicaron que la señora
estaba en casa con sus cinco hijos completamente restablecida y
feliz. Manifesté mi deseo de saber qué había pasado y la señora
me hizo llegar las siguientes informaciones: Ella había oído todo
cuanto había dicho. Y había asumido con emoción y fervor la
actitud de abandono que le dio una completa tranquilidad y paz. Como
consecuencia de tanta paz, según los médicos, pudo comenzar un
ascenso en el proceso de su restablecimiento hasta llegar a sanarse
completamente.
EL PLAN DE DIOS
Dios tiene un plan maravilloso para ti, que quizás no has
descubierto todavía, pero que te puede ir manifestando poco a poco
en el momento menos pensado. Desde ahora, debes tener una actitud
positiva y una disponibilidad total para cumplirlo. Y, cuando vengan
los momentos difíciles y no comprendas nada y preguntes el por
qué, dite a ti mismo: Mi Padre Dios conoce lo que me pasa. Él vela
sobre mí. Mi Padre es bueno y yo puedo confiar en Él y estar
tranquilo. Pondré de mi parte todo lo que crea más conveniente
para solucionar las cosas, pero no me desesperaré, sabiendo que mi
Padre está tomando las medidas necesarias para ayudarme y
solucionar mi problema.
En esos momentos en que Dios parece ocultarse, es importante
acudir a la oración continua y repetir insistentemente ante el
sagrario: Jesús, yo te amo, yo confío en Ti. Lo cual es como
decirle: A pesar de todo y, aunque no entiendo nada ni sé qué
hacer, confío en Ti, Dios mío, y te amo.
Dice el padre Larrañaga: Eran seis hermanas. Una quedó
inválida a los 15 años. No podía mover ni siquiera las manos. Era
llevada a todas partes en una silla de ruedas, mientras todos
decían: “Pobrecita, tan bonita e inválida”. Las otras cinco
hermanas se casaron brillantemente y tuvieron espléndidas familias.
Cuando todas ellas fueron ancianas, convivieron en unas vacaciones:
hablaron mucho, evaluaron sus vidas y llegaron a la conclusión de
que la más feliz de todas había sido la inválida. ¿Qué sabemos
nosotros de los planes de Dios?.
Veamos ahora una parábola. Eran tres arbolitos jóvenes, llenos
de ilusiones y esperanzas, que soñaban con ser grandes. Uno soñaba
con dar buena madera para llegar a ser un cofre tan hermoso que
pudiera contener los tesoros del mundo entero. El otro soñaba con
ser un barco tan fuerte que pudiera superar las tormentas del
océano. El otro quería ser tan alto, tan alto, que los hombres,
cuando lo vieran, pudieran acordarse de Dios.
Pasaron los años y llegaron a ser grandes. Un día vinieron unos
leñadores y decidieron cortarlos. El primero y el segundo se
alegraron y creyeron que, entonces, comenzaría su misión y se
realizarían sus sueños, pero el tercero se sintió deprimido y
triste, porque ya nunca podría realizar su ideal de llegar a ser
tan alto, tan alto, que los hombres, al verlo, pudieran acordarse de
Dios.
Los tres terminaron en la casa de unos carpinteros, que hicieron
del primero unos comederos de animales; del segundo, una barquita
pequeña y del tercero, unas vigas para una casa. Los tres estaban
muy desanimados con su suerte, creían que ya no valía la pena
vivir y se dejaron llevar del pesimismo y del desaliento y dejaron
que la polilla empezara a corroer sus entrañas.
Pasaron los años y, un buen día, una pareja de esposos llegó a
una cueva... La joven esposa dio a luz a un hermoso niño y lo
colocó en un comedero de animales, en un pesebre, y, en aquel
momento, aquel primer arbolito se sintió inmensamente feliz, porque
reconoció que había cumplido su misión mucho más de lo que
jamás había podido imaginar. En vez de ser un cofre que pudiera
contener todos los tesoros del mundo, ahora podía contener al mismo
Señor y Dueño de todos los tesoros del universo, a Jesús de
Nazaret.
Pasaron los años y, en cierta ocasión, un hombre con sus amigos
subió a una barca y se levantó una tempestad en el lago. Y aquel
segundo arbolito, súbitamente, empezó a llorar de alegría, porque
se dio cuenta de que había podido superar aquella tempestad,
llevando sobre sí al Dueño y Señor de los mares y de los
océanos, a Jesús con sus discípulos.
¿Y el tercer arbolito? La casa, donde colocaron las vigas, se
cayó y de aquellas vigas hicieron una cruz y en ella crucificaron a
Jesús. Y, entonces, también él pudo entender que, por encima de
sus planes, habían podido realizar su misión mucho mejor de lo que
nunca pudo haber imaginado, porque ahora todos los hombres, al ver
una cruz, se acordarían de Dios.
Por eso, nunca reniegues de tu suerte o de los planes de Dios
sobre ti. Tú eres muy importante para Dios. Vive tu vida de verdad,
con seriedad y sinceridad, con responsabilidad, estando siempre
abierto a los planes de Dios. Él puede romper tus proyectos en
cualquier momento y abrirte nuevos caminos, inesperados, pero que te
llevarán a nuevas aventuras del espíritu, si sabes ver en ellos la
mano de Dios. Besa su mano, aunque te lleve por caminos de espinas.
Él es un Padre amoroso, que busca tu bien. No te vuelvas atrás, no
te desanimes, no lo rechaces. No te lamentes inútilmente de tus
caminos oscuros o de tu mala suerte, porque Dios te ama y te
necesita así como eres.
Veamos otra parábola. Había un precioso jardín que, nada más
verlo, hacía soñar. En el jardín había un cañaveral en el que
destacaba una preciosa caña de bambú plantada, con otras más, en
el centro de un rico conjunto de flores y plantas. Ella llamaba la
atención por su esbeltez, altura y elegancia. Era la preferida del
Señor.
Un día, el Señor se acercó al jardín y, con mucho amor, le
dijo a su predilecta:
Mi querida caña de bambú, te necesito. Estoy en tu jardín,
Señor, soy toda tuya. Cuenta conmigo para lo que quieras. Es que mi
querida hija, para contar contigo tengo que arrancarte.
¿Arrancarme? ¿Hablas en serio? ¿Por qué me hiciste entonces la
planta más bella de tu jardín? ¿Por qué me hiciste crecer tan
hermosa junto a mis hermanas? Señor, lo que quieras menos eso. Hija
mía, es que si no te arranco, no me servirás. Yo tengo un hermoso
plan sobre ti.
Quedaron un largo rato los dos en silencio. Parecía que no
sabían qué decir. Hasta el viento detuvo su movimiento. Los
pajarillos dejaron de volar y olvidaron su canto. Todo era silencio.
Y, entonces, lentamente, la caña bambú inclinó sus preciosas
ramas y dijo con voz apagada:
Señor, si no puedes servirte de mí sin arrancarme, arráncame.
Mi querida caña de bambú, aún no te he dicho todo. Es necesario
que te corte también las hojas y las ramas. Señor, no me hagas
eso. ¿Qué haré yo entonces en el jardín? Seré ridícula. Hija
mía, pero si no te corto las hojas y las ramas, no me servirás.
De nuevo la caña de bambú se estremeció. El sol pareció
ocultarse unos momentos. Los pájaros tuvieron miedo y huyeron del
jardín. Y temblando, temblando, la caña se abandonó y le dijo
casi llorando:
Señor, haz de mí lo que Tú quieras, córtamelas. Mi querida
hija, todavía queda algo que me cuesta mucho pedirte. Tendré que
partirte en dos y vaciarte por dentro toda la savia. Sin eso, no me
servirás.
De nuevo la caña se quedó silenciosa, pero confiando en su
Señor, se postró en tierra y se ofreció sin condiciones.
Señor, haz de mí lo que Tú quieras, sea lo que sea, te doy las
gracias, porque te amo y confío en Ti.
Entonces, el Señor la arrancó, le cortó las hojas y las ramas,
la partió en dos y le extrajo la savia, dejándola vacía por
dentro. Después la llevó junto a una fuente de agua fresca y
cristalina muy cercana a sus campos. Las plantas de aquellas tierras
se morían de sed, estando tan cerca del agua, pues un pequeño
roquedal impedía que el agua llegara a sus campos.
El Señor, con mucho cariño, ató una punta de la caña a la
fuente y la otra la colocó en el campo de modo que el agua de la
fuente empezó a desplazarse hacia las tierras sedientas a través
de la caña de bambú. Y el campo comenzó a reverdecer. Y al llegar
la primavera, el Señor sembró arroz. Y, cuando creció y llegó el
tiempo de la cosecha, fue tan abundante que con ella el Señor pudo
alimentar a su pueblo. De esta manera, la caña de bambú cumplió
su misión: ser fuente de vida para dar alimento al pueblo del
Señor.
Pues bien, Jesús también te necesita a ti. Él tiene un plan
maravilloso que quizás todavía no has descubierto; pero, para
cumplirlo, necesita que estés dispuesto a ofrecerte a Él sin
condiciones. Él sabe el camino. Él sabe lo que te conviene.
Déjate llevar y no temas, porque estás en las manos de un Dios
grande y maravilloso, que quiere tu felicidad. Confía en Él.
Veamos ahora un caso real. Una hermosa niña de 9 años, llamada
Natividad, era jovial y alegre, con una mirada clara y transparente.
Vivía con sus padres en el Cuzco (Perú) y todos los días asistía
a las clases del Hogar, que el padre Giovanni Salerno tiene en esa
ciudad. Y Dios se enamoró de esta niña hermosa, sobre todo,
espiritualmente, pues tenía un corazón puro. Y se la llevó, para
hacerla feliz con una felicidad que no era de la tierra y para hacer
felices a través de ella a miles de personas.
El miércoles 28 de mayo de 1997 salió del Hogar para regresar a
su casa, pero sus familiares la esperaron en vano. Su cuerpo desnudo
con señales de haber sido violado y estrangulado fue hallado en el
lecho del río a la mañana siguiente. Dice el Padre Giovanni: Dos
semanas después de este trágico episodio, la mamá de Naty vino a
buscarme visiblemente transformada. Su expresión no era de
desesperación, sino que reflejaba una gran serenidad. Vino a
contarme el sueño que había tenido la noche anterior. En ese
sueño ella se veía a sí misma caminando sola en un desierto,
llorando la muerte de su hija, cuando, de improviso, se le aparece
Naty vestida con una túnica blanca y resplandeciente, descalza, el
rostro radiante, los cabellos sueltos. Toda su persona irradiaba una
serena felicidad.
Entonces su madre le pregunta desconsolada por qué se ha ido y
los ha dejado en la desolación. Natividad, con voz tranquila y
serena, le dice que Dios ha permitido esto para el bien de muchos,
aunque ahora nosotros no podemos comprenderlo. Y que su misión
ahora es la de velar sobre ellos y ayudarlos. Su madre le pregunta
qué ha pasado y Natividad le narra sus últimas horas, pero no lo
hace en un tono traumático ni apasionado. En palabras de su propia
mamá, era como ver una película triste, pero sin odio.
Según este relato visual, la mamá de Naty puede ver cómo su
hija estuvo secuestrada durante algunas horas en un bosquecillo
cercano a su casa, en la ladera de un cerro, en las afueras de
Cuzco. Desde allí, Naty llegó a ver cómo sus padres la buscaban y
llamaban. Ella gritó, pero no pudieron oírla. Uno de sus
secuestradores, tras un breve forcejeo con la niña, que en la
tentativa de liberarse logro herirle superficialmente con las
tijeritas escolares que llevaba consigo, la estranguló con un
cordel de su propia mochila. Su cuerpo fue llevado hasta el río y
arrojado al agua.
En todo este relato de Natividad estaba totalmente ausente
cualquier atisbo de odio o desesperación o deseo de venganza.
Natividad se despidió de su madre con una sonrisa y desapareció,
elevándose, dejándole una sensación indescriptible de paz.
La madre de Naty, cuando despertó, recordaba perfectamente el
sueño. Despertó a su marido y junto con él fue hasta el lugar
señalado en el sueño. La madre de Naty nos mostró luego las
pequeñas tijeras de la hija, así como el cordel de su mochila,
encontrados precisamente en aquel lugar. Todo esto la madre nos lo
contó con total naturalidad. Para ella era evidente que lo que su
hija le había contado en el sueño no podía ser más que cierto, y
fue a ese lugar señalado, segura de que algo encontraría.
Ahora podemos preguntarnos: ¿Fue Dios cruel al permitir que
violaran y mataran a Naty? ¿Fue Dios cruel al permitir que mataran
a su Hijo Jesús en la cruz? ¿Acaso Jesús no nos salvó en la
cruz, cuando parecía que había sido humanamente derrotado? No
entendemos los planes de Dios, pero sabemos que todo lo permite por
nuestro bien. Y ahora sabemos que Naty está feliz en el cielo y
Dios esta bendiciendo a mucha gente a través de su ministerio de
amor.
Se cuenta en la vida de santa Gertrudis, la mística alemana del
siglo XIII, que un día estaba en oración y el Señor le dijo:
Gertrudis, dame la llave. ¿Qué llave, Señor? La llave de tu
corazón. ¿Para qué, Señor? Para entrar y salir de tu corazón
como y cuando yo quiera. Necesito tu voluntad.
Tú, ¿estás dispuesto a entregarle tu voluntad y hacer siempre
y en todo la voluntad de Dios?
Una vez un niño se fue delante del sagrario con toda su
inocencia y le ofreció a Jesús una flor, que acababa de recoger de
su jardín. Y Jesús se sintió emocionado por ese gesto de cariño.
Y le dijo:
Déjame todo.
El niño se extrañó de escuchar la voz de Jesús, pero Jesús
le volvió a insistir:
Déjame todo.
El niño no sabía qué dejar, porque no tenía más que la ropa
puesta. Entonces el niño preguntó:
Señor, ¿qué quieres que te deje? Quiero que me des todo tu
corazón.
El niño se emocionó y le dijo que se lo daba, porque quería
hacerlo siempre feliz. Y ese niño llegó a ser sacerdote para darle
de verdad todo su corazón, pues Jesús no quiere sólo flores y
besos o cosas materiales, quiere sobre todo nuestro corazón, es
decir, todo nuestro amor.
17 Salerno Giovanni, Misión andina con Dios, 2da edición, Ed.
Edibesa, Madrid, 2004, pp. 121-122.
Una religiosa contemplativa me escribía lo siguiente: Tenía
catorce años, cuando un día, guardando el rebañito de mi padre,
leí un librito del Corazón de Jesús, donde hablaba de hacer un
pacto de amor con Jesús. El pacto consistía en decirle de todo
corazón y para siempre: Ocúpate Tú de mí y de mis cosas y yo me
ocuparé de ti y de las tuyas. Lo pensé un poco, lo medité y, a
pesar de mis pocas fuerzas, me lancé al océano infinito de su amor
todopoderoso. Valió la pena. Desde entonces, mi alma siente deseos
de plenitud de vida, de ser toda de Jesús. En ocasiones, cuando en
profunda oración he renovado mi pacto con Jesús, he experimentado
un gozo indecible al verme tan fusionada con Él que ya no sabía si
era yo la que lo decía o era Él. Y esto me producía un deleite
espiritual tan profundo que transciende todo gozo de este mundo,
pues no se puede explicar con palabras.
Y tú ¿estás dispuesto a lanzarte sin miedo al océano infinito
del amor de Dios? Jesús te está esperando con los brazos abiertos
y te ama infinitamente. Confía en Él y dile sí a todo lo que te
pida.
Que no te pase lo que a aquella pastorcita de una leyenda
medieval. Era una pastorcita muy bella, que tenía muchos sueños y
esperanzas de mejorar su vida. Había recibido propuestas de un
comerciante de la villa para casarse con ella. Pero, mientras ella
lo pensaba bien, un día, el rey pasó con sus cortesanos y la vio
tan hermosa que pensó en casarse con ella. Sin embargo, el rey
quería que lo aceptara, no porque era rey, sino quería que lo
amara libremente. Por eso, un día se vistió como una persona
común y corriente y se dirigió a los campos donde ella se
encontraba con sus ovejas. Había dado órdenes a sus oficiales y
cortesanos que fueran a buscarlo al cabo de dos semanas, con dos
caballos y vestidos hermosos para una doncella.
El rey se hizo el encontradizo y empezó a hablarle. Ella se
quedó impresionada de todo lo que sabía, pues le hablaba de
poesía, de historia, de geografía..., de todo sabía mucho. Cada
día él iba a los campos a buscarla para hablar con ella. Ella
seguía encantada y maravillada. El último día, él le pidió que
fuera su esposa. Ella le dijo que tenía una propuesta de un
comerciante del lugar. El rey le dijo que él le daría todo lo que
deseara su corazón. Pero ella dudaba. ¿Cómo podía saber que era
verdad? Para ella era un desconocido caminante, un extranjero en sus
modos de hablar y pensar. Él le dijo: Decídete pronto, porque
tengo que seguir mi camino. Era el último día y ella dudaba, no se
decidía. Al fin, ella le dijo que no se atrevía. Él le dijo: ¿No
tienes confianza en mí? No, le respondió ella.
Él se levantó y se dirigió hacia sus hombres, que se estaban
acercando. Ella observó que le llamaban rey, pero el rey ya se
estaba alejando sin mirar atrás. Y ella se quedó llorando, porque
comprendió que había dejado pasar la ocasión de su vida. Tanto
que había soñado con un futuro mejor y ahora que podía haber sido
reina, había perdido la oportunidad. Y se repetía a sí misma las
palabras del rey: ¿No confías en mí?
¿Confías tú en Dios? ¿Crees que Él es bueno y te ama? Vale
la pena darle todo y dejarlo todo por seguirlo a Él. Confía en Él
y serás feliz. Porque:
Quien no se lanza mar adentro, nada sabe del azul profundo del
agua, ni del hervor de las aguas que bullen. Nada sabe de las aguas
tranquilas, cuando el navío avanza, dejando una estela de silencio.
Nada sabe de la alegría de quedarse sin amarras, apoyado sólo en
Dios, más seguro que el mismo océano.
Por eso, dile ahora mismo:
Jesús, te acepto como mi Señor y el dueño de mi vida. Me rindo
a tus pies y me consagro a Ti en cuerpo y alma. Haz de mí lo que
Tú quieras, sea lo que sea, te doy las gracias, porque te amo y
confío en Ti, porque Tú eres mi Dios, mi Rey, mi Señor y mi Dios.
Amén.
Y Jesús podría decirte:
Conozco tu miseria y tus pecados, pero te quiero tal como eres.
Y, por eso, vengo a pedirte que correspondas a mi amor. Quiero que
tú me ames tal como eres en este instante. No necesitas cambiar
para amarme. Si para amarme quieres esperar a ser perfecto, no me
amarás jamás. ¿No podría yo hacer de cada grano de arena un
serafín radiante de pureza y de amor? ¿No podría yo con una
señal de mi voluntad hacer surgir de la nada miríadas de santos
mil veces más perfectos que tú?
Hijo mío, quiero tu corazón. Estoy a la puerta de tu corazón y
espero. Yo, el Rey de los Reyes, espero tu respuesta. Apresúrate a
abrirme la puerta. No lastimes mi corazón con tu indiferencia o tu
falta de confianza. Yo quiero hacerte un serafín de pureza y amor.
Yo quiero que seas santo. Pero recuerda que debes amarme ahora tal
como eres. Sígueme tal como eres. Yo te espero; pero, si me
rechazas, respetaré tu decisión y me iré en busca de otras almas
que me amen y confíen en Mí.
Hijo mío, no te preocupes del cuidado de tus cosas. No te
angusties por el día de mañana. No tengas miedo por el qué
dirán. Confía en Mí. Abandónate en mis brazos. Deja en mis manos
tu futuro. Y dime frecuentemente: “Jesús, yo confío en Ti”. Lo
que más me hace sufrir es que dudes de Mí. Si crees que las cosas
empeoran, a pesar de haber confiado en Mí, no temas, sigue
confiando. A veces, yo me oculto o te cierro los ojos para que no me
veas, pero yo estoy siempre a tu lado y cuido de ti. No te preocupes
de nada, echa en Mí todas las angustias y preocupaciones, y duerme
tranquilo. Dime siempre: “Jesús, yo confío en Ti”, y verás
grandes milagros. Te lo prometo por mi amor.
ALGUNOS EJEMPLOS
El Padre Eliécer Sálesman dice: Hacia finales del siglo XX
conocimos a un hombre admirable: el padre Eduardo Martínez, gran
músico, apóstol de la juventud y trabajador incansable. Había
perdido un riñón y no veía por un ojo. Le habían cortado una
pierna a causa de la diabetes y no podía tomar dulces ni sal. Era
párroco de cuatro pueblecitos muy pobres de los llanos venezolanos.
Y decía: Me falta un riñón. Ya no veo por un ojo. Me cortaron una
pierna. Los pueblecitos que atiendo son pobrísimos y corresponden
muy poco a mis esfuerzos por ayudarles. Y, sin embargo, me siento el
hombre más feliz del mundo. Dios me concedió un regalo
maravilloso: una gran paciencia para aceptar todo lo que Nuestro
Señor ha permitido y permitirá que me suceda. Todo sucede para el
bien de los que lo aman y yo lo amo a Él. Por tanto, lo que sucede
es para mi bien, aunque no lo entienda.
Una chica católica, Sofía Berdanska, había perdido a su padre
y tuvo que trabajar para mantener a su madre, muy delicada de salud,
y a su hermano pequeño. Y decidió colocarse de institutriz.
Después de buscar mucho, encontró trabajo en una familia judía
que tenía cuatro niños. Llegaron a un acuerdo en cuanto a
horarios, trabajo, sueldo, etc., pero la señora Herstein le exigió
la promesa, bajo palabra de honor, de nunca hablarles a sus hijos de
su fe católica. Ella lo prometió y lo cumplió hasta el final.
Los domingos le daban permiso para que fuera a la iglesia a la
primera misa de la mañana, pues ella sentía necesidad de la
comunión, al menos semanal, para mantenerse sonriente, bondadosa y
laboriosa como siempre había sido. Los chicos eran muy
indisciplinados y le hacían sufrir bastante, sobre todo, al
principio. Pero, poco a poco, con amor y paciencia, se los fue
ganando y estudiaban más, eran más obedientes y respetaban más a
sus padres.
Todo iba bien, pero un día la desgracia llegó a aquella familia
y el pequeño Haim, el penúltimo, cayó enfermo de un mal terrible
con granos terribles, que le cubrían el rostro. Lo peor del mal es
que era contagioso. Los hospitales estaban llenos de aquel mal
epidémico. ¿Cuidarlo en casa? ¿Quién lo cuidaría? La madre
tenia miedo del contagio, pero Sofía se ofreció a cuidarlo y,
cuando otros dos se contagiaron, tuvo que cuidar a los tres niños a
la vez, yendo de una cama a otra sin descanso.
Tanto y tan bien los cuidó que, después de varias semanas, los
tres fueron declarados fuera de peligro. Pero entonces ella fue
atacada del terrible mal. La llevaron al hospital de Varsovia y
allí murió. Nunca habló a los niños de Jesús ni del Evangelio
como había prometido; sin embargo, los había encomendado todos los
días a Jesús, especialmente en la comunión de los domingos.
Cuando murió, alguien entregó a la familia el medallón que
llevaba al cuello y, dentro de él, encontraron una nota escrita que
decía: Ya que se me prohibe hablar de Jesucristo, viviré como
manda Jesucristo. Mi vida se la entregué a Él.
La familia recordó su bondad y su generosidad, comprendiendo que
todo ello se debía a la fuerza de su fe en Jesucristo. Y todos se
hicieron católicos por el testimonio silencioso de su fe.
El padre Christian, uno de los monjes trapenses decapitados en
Argelia en mayo de 1996 por fundamentalistas islámiscos, había
escrito unos meses antes esta oración profética:
Si me sucediera algún día y ese día podría ser hoy, ser
víctima del terrorismo, recuerden que mi vida estaba ENTREGADA a
Dios y a este país. Que ellos acepten que el único Dueño de toda
mi vida no podría permanecer ajeno a esta partida brutal. Que recen
por mí ¿Cómo podría yo ser hallado digno de tal ofrenda?
Desearía, llegado el momento, tener ese instante de lucidez que
me permita pedir el perdón de Dios y de mis hermanos los hombres, y
perdonar, al mismo tiempo, de todo corazón a quien me hubiera
herido. Yo no podría desear una muerte semejante...
Por esta vida entregada, totalmente mía y totalmente de ellos,
doy gracias a Dios que parece haberla querido enteramente para Él.
El padre José Julio Martínez conoció personalmente la
siguiente historia, que refirió por radio nacional de España en
abril de 1955 y que relata en su libro Éstos dan con alegría, con
nombres cambiados, para no identificar al padre del protagonista.
Luis Miguel era un niño piadoso, muy inteligente y cariñoso con
todos. Sus padres eran ricos y lo pusieron en un internado de
religiosos, donde aprendió a ir a misa y comulgar todos los días.
A los trece años, quería amar a Dios con todo el corazón, pero se
daba cuenta de que su padre nunca iba a la iglesia y, a su parecer,
nunca rezaba; sólo le interesaban sus negocios. Un día tomó la
resolución de rezar por la conversión de su padre. Y ofrecía
pequeños sacrificios y mortificaciones para conseguirlo.
Al final del verano, una tarde se sintió mal. Después de las
consultas con diferentes médicos, llegaron a la conclusión de que
tenía un tumor en el cerebro y había que operar a vida o muerte.
Antes de la operación, acudió el capellán para confesarlo y darle
la comunión con la unción de los enfermos. Cuando lo llevaban a la
sala de operaciones, los médicos observaron que tenía la mano
derecha bien cerrada.
¿Qué tienes ahí apretado? Nada, es cosa mía.
Pensaron que era alguna medalla u objeto religioso. Pero, cuando
se durmió para la operación, leyeron el papelito y vieron que
decía:
Dios mío, te ofrezco mi vida por la conversión de mi papá.
Se lo llevaron a su padre, que emocionado, cayó de rodillas y
comenzó a llorar y a rezar. Buscó al capellán y le pidió
confesión. Había triunfado Luis Miguel, quien a las pocas horas de
la operación, fallecía como un santo, habiendo ofrecido su vida
por la conversión de su padre.
Monseñor Fulton Sheen fue un famoso obispo norteamericano, que
era muy conocido por sus charlas en televisión. Recaudaba mucho
dinero de los telespectadores para enviarlos a las misiones
católicas. En una ocasión, relató a un periodista de la revista
misional Catolicismo el siguiente hecho:
Viajaba en avión entre Nueva York y Boston y, junto a mí, se
sentó una joven señorita católica. Noté que era muy bella. Antes
de empezar a hablar, ella me dijo:
¿Me conoce usted? Pues no. Yo sí lo recuerdo. Nos vimos hace
dos años, precisamente también en un avión. Usted me dijo: “Señorita,
es usted muy bella. Sería estupendo que emplease su belleza en dar
gloria a Dios”. Creo que soy buena católica, aunque no muy
fervorosa. Pero, desde que usted me habló aquella vez, con
frecuencia he pensado si sería mejor dejarlo todo y entregarme
totalmente a servir a Dios en los demás. Y creo que estoy dispuesta
a esta entrega. Pues, si usted está dispuesta, véngase conmigo
cuando aterricemos en Boston y hablaremos más despacio sobre su
vocación.
Así fue. Hablamos y ella se decidió. Ahora está trabajando
como misionera en una leprosería en Vietnam y Dios le ha dado otra
belleza más sublime que la del cuerpo, la belleza del alma del que
se entrega totalmente al servicio de Dios y de los demás.
TESTIMONIOS
Me llamo Carlota Ruiz de Dulanto. Nací en la década de los 60
en una familia maravillosa. Soy la mayor de tres hermanos y la
única chica. La enseñanza primaria la hice en parte en París y la
secundaria en Madrid, en el colegio Montealto. Estudié la carrera
de Derecho en la Autónoma de Madrid. A los 25 años sufrí un
accidente grave. Estaba trabajando en Michigan (USA) y, durante un
tornado, me cayó un árbol en la espalda y me rompió la columna
vertebral a nivel de lumbares. En cuestión de segundos, pasé de
ser una bailona, esquiadora y deportista a sentarme en una silla de
ruedas para toda la vida. Luego he conseguido desplazarme también
con muletas; pero, en el aquel momento, en la sala de urgencia del
hospital, el pronóstico fue taxativo: “Nunca volverás a caminar”.
A partir de entonces, olvidé la carrera diplomática y entré a
trabajar en IBM. Javier, mi marido, que entonces era mi novio, no se
fue de mi lado. Nos hemos casado y hemos formado una familia.
Compagino bastante bien mi vida familiar y laboral gracias a Javier
y a mi madre, que están siempre implicados. Dios me ha regalado
tres hijas: Mencía, Mariana y Paloma. Cuando me preguntan:
Mamá, cuando te encuentres con Dios ¿qué le vas a decir? Me
lanzaré a sus brazos y me lo comeré a besos.
Cuando miro hacia atrás y veo mi vida, siento con qué
delicadeza ha ido Dios guiándome. Nada de lo que me ha ocurrido ha
sido por casualidad, su mirada amorosa estaba junto a mí,
especialmente en los momentos más duros. Entonces, sentía algo
profundo que me decía: Confía, confía, confía...
En el año 2000, estaba embarazada de mi tercera hija y, como no
iba a nacer hasta el 20 de noviembre, me fui tranquilamente de
vacaciones a casa de mis suegros a Fuenterrabía. Contra todo
pronóstico, el 15 de agosto me puse de parto. Esa misma noche, di a
luz una niñita de 600 gramos de peso, que me dijeron que no era
viable. Cabía en las palmas de las manos de la enfermera que se la
llevó. Le pedí a la enfermera de la Maternidad de Ntra. Sra. de
Aránzazu de San Sebastián, donde estaba, que la bautizara.
Cuando salí del quirófano, me llevaron a un cuarto con otra
madre, que también había perdido su bebé y me dieron unas
pastillas para cortarme la leche. A las tres de la mañana,
apareció un pediatra a explicarme la tenebrosa situación: la niña
tenía un respirador y un derrame cerebral de prematura y era tan
inmadura que el pronóstico era muy grave. Tenía pocas
probabilidades de vivir y, si vivía, tendría graves secuelas. Me
invadió una sensación de vació, de soledad, de fracaso, de
tristeza... Yo soy parapléjica y, al pensar que mi hija podía ser
paralítica cerebral, toqué fondo. ¿Dónde iba yo en silla de
ruedas, empujando otra silla de ruedas? Tenía que creer en lo
imposible y le pedí con toda mi alma a la Virgen una niña viva y
sana. Había nacido el 15 de agosto, fiesta de la Asunción. Cuando
por la mañana regresó mi esposo, le conté la osadía de mi
petición. A la mañana siguiente, fuimos a la incubadora. El
panorama era desolador, era el bebé más pequeño que habíamos
visto nunca. A su lado un niñito en parecidas condiciones se
acababa de morir. Fuimos a buscar al capellán para que le diera la
unción de los enfermos, porque ya la había bautizado la enfermera
y le pusimos por nombre Paloma. Ibamos dos veces al día a
acariciarla y a sufrir con ella. Pruebas, ecografías,
transfusiones, informes... Estuvo un mes con paradas
cardiacorespiratorias, que se la podían llevar en cualquier
momento. Cada día que llegábamos al hospital, estábamos
preparados para lo peor. Y yo seguía pidiendo, a veces a gritos, en
la capilla del hospital.
Cuando llegó a un kilo de peso, la trasladaron en UVI móvil al
hospital de La Paz de Madrid, donde nuestras otras hijas empezaban
ya el colegio. Allí estuvo dos meses más. Costó mucho, pero, por
fin, el 22 de noviembre nos la llevamos a casa con oxígeno y mucho
miedo; agotados, pero nos la llevamos. Tuvo alguna recaída en los
primeros meses. Os aseguro que fue una pesadilla. Hoy Paloma tiene 4
años. Va al colegio de Montealto, es una niña más que sana, es
fuerte, es guapa, lista, resolutiva, es vital y alegre. No tiene
secuelas, es una superviviente, que nos recuerda cada día que para
Dios no hay nada imposible. Por eso, en las cruces que me va
presentando la vida, miro a Paloma y CONFÍO. Estamos en las mejores
manos, en las manos de Dios, y Él está ahí siempre a nuestro lado
susurrándonos al oído: “Te quiero con locura, tanto que he dado
mi vida por ti y te creé, porque te quiero, y quiero que seas feliz
conmigo eternamente”.
Otro caso. Mi hijo Pablo nació el 26 de agosto de 1987, viniendo
a traer alegría a mi hogar. Al mes del nacimiento, el doctor
Federico Lithgow le diagnosticó un tumor maligno en el ojo
izquierdo, llamado retino-blastoma, que es un tipo de cáncer
avanzado rápido. Había que extraerle el ojito lo antes posible. El
15 de octubre fue internado en el centro de pediatría de Santo
Domingo (República Dominicana); esa noche fue bautizado de
emergencia y, al día siguiente, fue operado... Cuando Pablito
tenía dos años y usaba su prótesis (ojo de plástico), el doctor
Abramson, de Nueva York, me dio el diagnóstico que más temía
escuchar: el tumor había aparecido también en el ojo derecho.
El único procedimiento viable era tratar de congelarlo con el
propósito de no extirparle el órgano, pero quedaría completamente
ciego. Con todo el dolor de mi corazón, firmé la autorizacion...
También nos dijo el doctor que no podríamos tener más hijos, pues
las probabilidades de enfermedad en el nuevo bebé serían muy
altas. Pero un mes después quedé embarazada. Tenía miedo y
empecé a asistir con regularidad a la Casa de la Anunciación de
Santo Domingo.
Me quedaba largo tiempo delante del Santísimo expuesto en la
capilla. A veces, lloraba delante de Él; otras , le contaba mis
alegrías. Así fui aprendiendo, poco a poco, a escucharlo en el
silencio y a confiar en Él.
El 23 de noviembre de 1989 mi pequeña María Natalia había
nacido y estaba completamente sana para gloria de Dios. El 9 de
abril de 1990 fui a un retiro con mi suegra. El retiro lo daría el
Padre Emiliano Tardif, quien nos dijo: No se preocupen, todo va a
salir bien con Pablito. El 12 de abril viajamos a Nueva York para el
control y aplicarle el tratamiento trimestral. Esa fecha sería
inolvidable. Mi hijo entró al hospital y, después de varias horas,
salieron los doctores Ellsworth, Wise y Abramson muy sorprendidos,
diciendo que el tumor había desaparecido y el ojo derecho estaba
completamente normal.
La pesadilla había terminado. Lloré de alegría. Su
recuperación había sido un milagro y me arrodillé para dar
gracias a Dios. En exámenes posteriores, se confirmó plenamente la
noticia. Por eso, siento que el amor de Dios se ha manifestado en mi
familia. Desde entonces, Jesús es la razón de mi vida y no me
apartaré de Él, pues sé que nunca me va defraudar.
El pasajero de un barco escribió sobre su experiencia de una
terrible tempestad:
Estábamos en pleno mar. Ninguno se atrevía a dormir. Era
medianoche sobre las aguas y una tormenta rugía en las
profundidades. Nos estremecíamos en silencio y hasta el más
valiente contenía el aliento, mientras los rompientes hablaban de
muerte.
Estábamos acurrucados en la oscuridad, cada uno absorto en
pensamientos y oraciones. De pronto, el capitán gritó: “Estamos
perdidos”. Pero su hijita murmuró, tomándole la mano helada:
¿No está Dios sobre el océano igual que lo está sobre la tierra?
Entonces, todos oramos a una sola voz, besamos a la doncellita y...
pudimos anclar sanos y salvos en el puerto, cuando el sol empezaba a
brillar por la mañana.
* * * * * * * Dios no ha prometido cielos siempre azules y
senderos llenos de flores a lo largo de toda nuestra vida.
Dios no ha prometido sol sin lluvia, alegría sin pena, paz sin
penuria. Pero Dios ha prometido fortaleza para el día, luz en el
camino, la gracia en las pruebas y su amor imperecedero. Confía en
Él y no temas.
NO TENGAS MIEDO
Es natural que tengamos miedo al sufrimiento, a las enfermedades,
a la muerte y a tantas cosas desagradables que nos pueden suceder.
Pero Jesús quiere que, si creemos en Él, confiemos hasta el
extremo de no dudar de su amor y de su poder. Que no dudemos de su
perdón, aunque hayamos sido grandes pecadores. Él está siempre
dispuesto a perdonarnos. Por eso no debemos dudar de su
misericordia. Él mismo le decía a santa Faustina Kowalska, la
mensajera del Señor de la misericordia:
No tengas miedo, hija mía, lucha por la salvación de las almas,
invitándolas a confiar en mi misericordia, ya que ésta es tu tarea
en esta vida y en la futura.
Y Jesús le dice a cada pecador: No tengas miedo, alma pecadora,
de tu Salvador. Yo soy el primero en acercarme a ti, porque sé que
por ti misma no eres capaz de ascender hacia Mí. No huyas, hija, de
tu Padre. Ven personalmente a hablar a solas con tu Dios de la
misericordia, que quiere decirte palabras de perdón y colmarte de
sus gracias. ¡Oh, cuánto te amo! Te he asentado en mis brazos...
Yo te daré fuerzas para luchar. ¿Por qué tienes miedo, hija mía,
del Dios de la misericordia? Mi santidad no me impide ser
misericordioso contigo.
Mi misericordia es más grande que tu miseria y la del mundo
entero. Por ti bajé del cielo a la tierra, por ti dejé clavarme en
la cruz, por ti permití que mi Sagrado Corazón fuera abierto por
una lanza y abrí la fuente de la misericordia para ti. Ven y toma
las gracias de esta fuente con el recipiente de la confianza. Jamás
rechazaré a un corazón arrepentido.
Ven a menudo a esta fuente de la misericordia y con el recipiente
de la confianza recoge cualquier cosa que necesites.
Ofrezco a los hombres otro recipiente con el que han de venir a
la fuente de la misericordia para recoger gracias. Ese recipiente es
esta imagen con la firma: Jesús, en Ti confío.
¡Que hermoso es repetir constantemente para fortalecer nuestra
fe: Jesús, yo confío en Ti! Si Jesús está con nosotros, ¿quién
contra nosotros? Ni aunque viniera todo el infierno unido, no
podría hacernos nada, porque Jesús está con nosotros y nos
defenderá de todo mal.
Si confiamos en Jesús, también debemos ser obedientes, cumplir
fielmente nuestras obligaciones y hacer felices a los hermanos que
nos rodean. A este respecto, dice Santa Faustina:
Una vez, vine a mi celda tan cansada que, antes de comenzar a
desvestirme, tuve que descansar un momento y, cuando estaba
desvestida, una de las hermanas me pidió que le trajera un vaso de
agua caliente. A pesar del cansancio, me vestí rápidamente y le
traje el agua que deseaba, aunque de la cocina a la celda había un
buen trecho de camino y el barro llegaba a los tobillos. Al entrar
en mi celda, vi un copón con el Santísimo Sacramento y oí esta
voz: “Toma este copón y llévalo al sagrario”. En un primer
momento, vacilé, pero me acerqué y cuando toqué el copón, oí
estas palabras: “Con el mismo amor con que te acercas a Mí,
acércate a cada una de las hermanas y todo lo que haces a ellas me
lo haces a Mí”.
Un día ella estaba gravemente enferma y una hermana le dio unas
naranjas. Pensó en no comerlas para hacer penitencia por estar en
Cuaresma, pero Jesús le dijo: Hija mía, me agradarás más, si por
obediencia y por amor hacia Mí comes las naranjas que si, por tu
propia voluntad, ayunaras y te mortificaras. El alma que me ama
mucho debe vivir de mi voluntad.
Jesús le dijo el día del Corpus Christi de 1937: Hija mía, yo,
el Señor, estoy contigo. No tengas miedo de nada, estás en mi
Corazón.
No tengas miedo, no te dejaré sola. No tengas miedo, yo siempre
estoy contigo.
¿Qué más podemos decir? Jesús le pedía a santa Faustina y
nos pide a cada uno de nosotros confianza total, sabiendo que Él
está siempre a nuestro lado y que nunca nos faltará su gracia y
protección. Por eso, en el Evangelio, nos dice, como a Jairo: No
tengas miedo, solamente confía en Mí (Mc 5, 36).
CONSAGRACION A JESÚS
Es una entrega total y sin condiciones a Jesús por María con
todo lo que somos y tenemos. Es una manera de manifestar con
claridad que deseamos estar plenamente disponibles para todo lo que
Él decida hacer en nuestra vida, porque queremos cumplir siempre su
voluntad divina. En una palabra, consagrarse es abandonarse en
Jesús y echarse en sus brazos sin temor para aceptar gustosos lo
que Él decida para nosotros. Es una dedicación completa, una
disponibilidad absoluta y sin condiciones y para siempre. Es, dicho
de otra manera, una donación de todo nuestro ser.
A santa Margarita María de Alacoque, Jesús le pidió escribir
el testamento de la donación de todo su ser y Él se sintió tan
contento que le dijo: Ahora eres toda mía y toda para Mí, para
hacer de ti todo lo que me agrade como de mi hija, mi esposa, mi
esclava, mi víctima, y el juguete de los deseos de mi Corazón...
Te constituyo heredera de los tesoros de mi Corazón para que puedas
disponer de ellos a tu gusto a favor de las personas bien
dispuestas. Este Corazón será tu fiador, que responderá y pagará
por ti.
Su primera consagración a Jesús fue así:
Yo N.N. consagro al Sagrado Corazón de Nuestro Señor
Jesucristo, mi persona y mi vida, mis acciones, penas y
sufrimientos, para no servirme de ninguna parte de mi ser sino para
honrarle, amarle y glorificarle. Esta es mi voluntad irrevocable:
ser toda suya y hacerlo todo por su amor, renunciando de todo
corazón a cuanto pudiera desagradarle.
Te elijo, Sagrado Corazón, por el único objeto de mi amor, el
protector de mi vida, la garantía de mi salvación, el remedio de
mi fragilidad, el reparador de todas mis faltas y el asilo seguro en
la hora de mi muerte. Oh Corazón de amor, pongo toda mi confianza
en Ti. Consume en mí todo lo que te desagrade. Que tu puro amor se
imprima en lo íntimo de mi corazón de tal modo que jamás te
olvide ni me separe de Ti. Te suplico por todas tus bondades, que mi
nombre esté escrito en tu Corazón y jamás sea borrado de Él,
porque quiero vivir y morir como hija (esclava) tuya para siempre.
Amén.
San Juan Eudes enseñaba la siguiente consagración: Jesús, te
ofrecemos, donamos y te inmolamos nuestro corazón. Recíbelo,
poséelo todo entero; purifícalo, ilumínalo, santifícalo para que
en él vivas y reines ahora y siempre por los siglos de los siglos.
San Ignacio de Loyola propone la siguiente consagración: Tomad,
Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y
toda mi voluntad, todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a Vos,
Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed de acuerdo a vuestra
voluntad: dame vuestro amor y gracia, que esto me basta.
Una de las claves para cumplir nuestra consagración y entrega
total a Jesús es hacer la voluntad de los Superiores, que es la
voluntad de Dios. Dice santa Margarita María de Alacoque: Al
Espíritu maligno, la obediencia lo abate y debilita sus fuerzas...
El diablo no tiene ningún poder sobre los obedientes.
Cuenta la misma santa: En una ocasión, estando con fiebre, me
hizo salir la Superiora de la enfermería para hacer los ejercicios,
pues era mi turno, y me dijo: “Id, os entrego al cuidado de
Nuestro Señor Jesucristo. Que Él os dirija, gobierne y cure según
su voluntad”. Ahora bien, aunque me sorprendió esto un poco,
porque en aquel momento estaba temblorosa por la fiebre, me fui, sin
embargo, muy contenta a practicar esta obediencia, por tener
ocasión de sufrir por su amor siéndome indiferente la manera que
tendría Él de tratarme en mi retiro, ya me hiciera sufrir o gozar.
Yo que decía: “Con tal de que Él esté contento y yo le ame, eso
me basta”.
Pero, apenas estuve postrada en tierra, enteramente transida de
dolor y de frío, se me presentó delante, me hizo levantar y
prodigándome mil caricias, me dijo Jesús: “Eres toda mía y toda
a mi cuidado. Por eso, quiero devolverte sana a los que te han
puesto en mis manos enferma”. Y me restituyó una salud tan
completa que no parecía haber estado mala, de lo cual se admiraron
mucho, especialmente mi Superiora, que sabía todo lo sucedido.
Hay que reconocer que no siempre la obediencia es fácil. Con
frecuencia, es difícil y cuesta mucho. Precisamente, en esos
momentos en que debemos hacer un gran esfuerzo de voluntad, debemos
acudir a Jesús, que nos espera en la Eucaristía. La Eucaristía es
la fuerza de la vida, la energía del alma. La comunión de cada
día es un alimento que nos hará superar todas las dificultades.
Por eso, no debemos dejar de comulgar ningún día.
En el sagrario está Jesús Eucaristía, esperándonos como un
amigo para ayudarnos y consolarnos. No importa lo que digan o hagan
de nosotros. Jesús nos dará la fuerza necesaria para superarlo
todo. ¡Qué hermoso es ir a desahogarnos ante Jesús eucarístico!
¡Cuánta paz se siente en su presencia! Santa Faustina Kowalska
decía: El día que no recibo la comunión, la vida me asusta, tengo
miedo de mí misma. Jesús, oculto en la hostia, es todo para mí.
Del sagrario tomo fuerza, poder, valor, luz. Allí busco alivio en
los momentos de angustia.
Toda la fuerza me viene del Santísimo Sacramento. Solamente en
la eternidad podremos conocer qué gran misterio cumple en nosotros
la santa comunión. ¡Son los momentos mas preciosos de mi vida!.
Toda mi fuerza la recibo de la comunión. Me sería difícil
vivir un día sin recibir la santa comunión. Él es mi escudo; sin
Ti, Jesús, no sé vivir. El momento más solemne de mi vida es
cuando recibo la santa comunión.
Esto lo decía santa Faustina por propia experiencia. ¿No
podríamos hacer nosotros también la experiencia de ir a Jesús
Eucaristía siempre que tengamos algún problema que resolver o
dolores que sanar? Jesús nos espera como un amigo y nos ha
prometido alivio y consuelo: Venid a Mí los que estáis cansados y
agobiados que yo os aliviaré (Mt 11,28).
En el sagrario encontraremos la alegría, el amor, la fuerza y el
consuelo que necesitamos. Jesús Eucaristía nos devolverá la paz y
con Él podremos seguir adelante a pesar de las dificultades de cada
día. Con Él podremos vivir nuestra entrega y nuestra consagración
total cada día; y podremos decirle en cada momento con todo nuestro
amor: Jesús, yo te amo; yo confío en Ti.
ORACIONES
Señor, estoy en tus manos. Sólo tengo un deseo: cumplir en cada
instante tu santa voluntad. Ayúdame a dejarme llevar por ti. Hazme
completamente disponible a tus designios sobre mí. Y, cuando me
pidas algo que me cueste, dame fortaleza para dártelo. No quiero
negarte nada, no quiero decirte nunca No, ni un SI a medias; sino un
SI entero y total. Sé que me amas y, por eso, quiero agradecerte
por mi vida y por todo lo que me has regalado. Quisiera hacer de mi
vida una sinfonía de amor para amarte sin cesar. Gracias, Señor,
te amo con todo mi corazón.
* * * * * *
Señor Jesús, en este momento de mi vida, quiero entregarme a Ti
sin condiciones ni limitaciones. Quiero ser tuyo para siempre. Me
consagro a Ti y me postro a tus pies para entregarte todo lo que soy
y tengo: mi alma, mi cuerpo, mi pasado, mi presente, mi futuro, mi
familia, mis deseos de santidad, mis ilusiones y esperanzas, mi
salud, mis amistades... Todo, absolutamente todo, lo pongo en tus
manos y te lo entrego para que me sirva para llegar a Ti y amarte
con todo mi corazón. Puedes quitar o poner lo que Tú quieras. Te
entrego mi vida como un cheque en blanco, quiero que seas el
conductor de mi vida a partir de ahora. Yo confío en Ti y me pongo
en tus manos como un niño en brazos de su madre. Gracias, Señor,
por amarme tanto. Haz de mí lo que tu quieras, lo acepto todo con
inmensa paz, porque Tú eres mi Padre y me amas y quieres lo mejor
para mí.
* * * * * *
Toma mi corazón, Jesús del alma mía, tan pobre como es, es
todo para Ti. Con él te quiero dar, por manos de María, todo lo
que ahora soy y todo lo que fui. En tu misericordia arrojo mi
pasado, dejo a tu providencia mi porvenir, Señor. El momento
presente sólo me he reservado para emplearlo siempre en probarte mi
amor. Toma mi corazón, es tuyo, todo tuyo. Me abandono en tus manos
para siempre. Amén.
* * * * * *
En las horas más tristes de mi vida, cuando todos me dejen,
Jesús mío, y el alma esté por penas combatida, que pueda repetir
hasta la muerte: ¡Sagrado Corazón, en Vos confío, porque creo en
tu amor para conmigo! Dios mío, me pongo en tus manos con lo poco
que soy, contento de ser como soy. Si alguna vez sentí
tristeza y vergüenza de ser así, te pido perdón por haberme
avergonzado de la obra de tus manos. Te doy gracias por haberme
hecho como soy. Y acepto con gratitud mi cuerpo con todos sus
detalles, este temperamento, esta inteligencia y todo lo que soy
como persona. Gracias, Señor, por haberme hecho así.
* * * * * *
Señor, acepto una por una todas mis enfermedades y todos mis
defectos. En tu sabiduría divina organizaste así mi vida para Ti.
Estoy de acuerdo, lo acepto todo como venido de tus manos, que se
haga en mí tu santa voluntad. En tus manos pongo mi vida y mi
muerte, mi salud o enfermedad. Todo lo pongo en tus manos. Haz de
mí lo que tú quieras, yo te amo y te doy gracias con todo mi
corazón.
* * * * * *
Padre mío, me pongo en tus manos, haz de mí lo que Tú quieras,
sea lo que sea, te doy gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto
todo, con tal de que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus
criaturas; no deseo nada más, Padre. Te confío mi alma, te la doy
con todo el amor de que soy capaz, porque te amo y necesito darme.
Me pongo en tus manos sin medida, con una inmensa confianza, porque
Tú eres mi Padre.
CONCLUSIÓN
Después de haber visto algunas enseñanzas de los santos y
algunos ejemplos prácticos, podemos concluir que, para ser santos
es preciso entregarse totalmente a Dios. Dios necesita tener las
manos libres para hacer su obra de amor en nosotros. Dios quiere que
seamos santos y lo único que nos pide es una entrega total, sin
condiciones. Eso significa aceptarlo todo como venido de sus manos
divinas y hacer siempre lo que consideramos que es su santa
voluntad. No es preciso nada más. No hay que hacer grandes
penitencias ni ir a visitar santuarios lejanos ni hacer largas y
costosas oraciones. Ser santo es llevar una vida entera de amor a
Dios y a los demás. Y, para conseguirlo, es necesario dejarse amar
por Él y dejarse llevar por Él. Dios tiene unos planes distintos
de los nuestros y, con frecuencia, nos rompe nuestros esquemas. Él
conoce el camino, dejémosle hacer y digamos en cada momento:
Hágase tu santa voluntad.
El abandono total es dejarle actuar con total libertad. Entonces,
a pesar de los momentos difíciles y dolorosos que sucedan, una paz
inmensa brillará en el fondo del alma y Dios nos hará gustar la
felicidad incomparable de su amor. Quizás pasemos por momentos de
oscuridad, por momentos de incertidumbre, pero eso es necesario para
despegarnos de todas las criaturas y cosas materiales para que el
abandono sea completo y lo único que cuente para nosotros sea Dios,
sólo Él. Y nada más que Él.
Te deseo lo mejor. Que seas santo, que ames a Dios con un
corazón total, no a medias tintas. Espero que te abandones en sus
brazos infinitos de Padre y no temas, porque el amor expulsa el
temor. Que seas feliz y que ayudes a ser felices a todos tus
hermanos.
Saludos de mi ángel y saludos a tu ángel. Que Jesús te bendiga
por María.
Tu hermano y amigo del Perú. Ángel Peña Benito Agustino
Recoleto
BIBLIOGRAFÍA
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