AUTOESTIMA, AMOR Y FELICIDAD
Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú
Agustino Recoleto
Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca
(Perú)
ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA - PERÚ
ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN La Autoestima. La Desestima. El Perdón: Perdonarse
a sí mismo. ¿Perdonar a Dios? Perdonar a los demás. Acéptate
como eres. Supérate El valor de la persona. Jesús ama a los
pequeños. Comunidades de El Arca. ¿Seres Inútiles? ¿Castigo o
bendición? El Amor transforma. Amor sin condiciones Testimonios
ejemplares. Reflexiones. CONCLUSIÓN BIBLIOGRAFÍA
INTRODUCCIÓN
En este libro queremos manifestar con claridad que el amor es un
elemento indispensable para tener una buena autoestima y ser
felices. Sin amor, nuestra vida no tiene sentido, porque hemos sido
creados por amor y para amar. Ahora bien, para que aprendamos a amar
y madurar en el amor, es preciso que desde el primer momento de
nuestra existencia, vengamos al mundo rodeados de amor. La carencia
de amor puede producir graves trastornos sicológicos al niño no
deseado. Y, si un niño vive en un ambiente de violencia familiar y
no es amado, se encerrará en su interior y tendrá una mala imagen
de sí mismo, creyendo que, si no lo aman, es porque no es digno de
ser amado. Así padecerá grandes sufrimientos que le pueden llevar
a la depresión y hasta el suicidio.
Cuando se trata de seres deficientes, física o mentalmente, el
problema es más grave; porque pueden llegar a creer que ellos son
una equivocación o un error de la naturaleza. Sobre todo, los
deficientes mentales, de quienes hablaremos ampliamente, son quizás
los más afectados por la falta de amor y los que más sufren. Con
frecuencia, no son queridos ni por sus propios padres, que, a veces,
creen que estos niños son producto de un castigo de Dios. Y los
entregan a instituciones estatales, donde vivirán tristes y sin
amor, esperando la muerte sin esperanza alguna.
Pero, si se los ama y se los acoge con cariño, estos niños
deficientes pueden ser felices. Para ello, es indispensable que
descubran que Dios los ama y les ha dado una misión que cumplir en
este mundo, pues su vida no sólo no es inútil, sino muy valiosa
para su Padre Dios.
Que el amor llene nuestras vidas para aceptarnos como somos y
aceptar a los demás como son, y así crear entre todos un mundo
mejor, más humano y más feliz.
LA AUTOESTIMA
La autoestima es la íntima valoración que una persona hace de
sí misma. Es la forma habitual de percibirnos, de pensar, de sentir
y de comportarnos con nosotros mismos. Es la percepción valorativa
que tengo de mí mismo, de mi ser y de quién soy.
Precisamente, porque es una valoración personal de uno mismo,
puede variar con el tiempo, no es congénita. Depende mucho de cómo
nos ven los demás y de lo que dicen de nosotros, especialmente
nuestros familiares, compañeros de colegio, amigos, etc. Si los
demás nos muestran frecuentemente los fallos y defectos que
tenemos, podemos sentirnos mal, pensando que los defraudamos, no
siendo lo que ellos podían esperar. Si nos comparan con nuestros
hermanos o amigos y hacen un balance negativo, podemos también
creer que somos inferiores a los otros.
En nuestra autoestima entra mucho en juego la valoración
corporal. Si nos vemos como inferiores físicamente a los otros o
más feos o más torpes o más pequeños, nuestra autoestima será
baja.
Por eso, es tan importante que los padres levanten el ánimo del
hijo menos dotado. Nunca decirle adjetivos negativos como: feo,
idiota, perezoso, renacuajo, gordinflón... No permitir tampoco que
sus hermanos se burlen de él. Tampoco hay que hacer comparaciones
odiosas: ¿Por qué no puedes obtener tan buenas notas como tu
hermano? ¿Por qué eres tan torpe? ¿Por qué no juegas al futbol
como tus amigos? No sirves para nada. Eres un inútil…
Alguien ha dicho que el mayor negocio del mundo sería comprar a
las personas por lo que creen que valen y luego venderlas por lo que
realmente son. Sería un negocio redondo, porque se comprarían a
bajo precio, ya que no se valoran; y se venderían a un alto precio,
por lo que realmente valen. Muchas personas no aprecian sus
cualidades o no las han descubierto y, por eso, se creen poca cosa.
Precisamente, el objetivo de las terapias sicológicas para personas
de baja autoestima está en tratar de que se acepten a sí mismas
con su propia historia personal, con sus limitaciones, pero también
con sus cualidades, haciéndoles ver que tienen una misión que
cumplir y que no han venido al mundo por casualidad.
Muchos jóvenes modernos no se valoran, se dejan llevar por la
moda pasajera y de las variables de la cultura. Y en esta cultura
moderna, que promueve el relativismo de la vida y el buscar el
placer por encima de todo, no entra en cuenta Dios. Más bien,
parece que en algunos ambientes está de moda decirse ateo,
agnóstico o simplemente creyente no practicante. Guiándose de la
moda, estos jóvenes, sin madurez, pueden caer en las garras de las
empresas de publicidad que tratan de incentivar sus deseos de estar
al día, promoviendo la compra de toda una serie de cosas vanas,
desde zapatos de tal marca hasta pantalones. Ellos siguen la moda,
como si en ello les fuera el sentido de su vida. Quieren ser libres
y se dejan dominar por la moda. Si está de moda un cuerpo flaco,
las gordas se ven mal, o al revés. Si está de moda llevar tatuajes
o piercing o hacer tales cosas o ir a tales lugares, ellos lo hacen
y, si no pueden seguir la moda por no tener dinero suficiente o por
otras razones, se sentirán mal y eso afectará su autoestima.
Otro punto, que afecta a los jóvenes especialmente, es que
imitan a sus ídolos de la canción, del cine o del deporte… Y
tratan de parecerse a ellos en su modo de comportarse, en su
vestimenta y hasta en sus costumbres. Si él fuma, yo también fumo.
Si él va con barba larga y cabellera, yo también; y así en otras
cosas. ¿Por qué no imitan a personas ejemplares en su esfuerzo y
trabajo para conseguir sus metas?
Muchos padres de familia consienten demasiado a sus hijos; sobre
todo, si son hijos únicos, y éstos se hacen dictadores que no
saben más que exigir y pedir y pedir. No saben lo que valen las
cosas. Son caprichosos y, de esta manera, están mal preparados para
la vida en la que nada se consigue sin esfuerzo y sin sacrificio.
Por eso, pueden llegar a ser unos fracasados con una autoestima por
los suelos, y terminar siendo resentidos y envidiosos contra todo y
contra todos.
Algunos son impactados negativamente por lo que ven en la
televisión, donde se presenta el perfil del hombre triunfador como
blanco, rubio, bien vestido y con calzado deportivo. Y, si ellos no
son así, pueden sentirse mal y guardar rencor contra los ricos y
poderosos.
De todos modos, todos pueden mejorar y superarse. Lo importante
es descubrir las cualidades innatas personales y desarrollarlas. Y,
sobre todo, saber que lo que da sentido a la vida es el amor sincero
¡Hay tanto que hacer y tanto que ayudar! El mundo está lleno de
tareas que cumplir. Hay muchos vacíos, porque demasiadas personas
no han sabido cumplir su misión. Tú estás llamado a servir, a
hacer el bien y hacer felices a los demás. Sólo así podrás
sentirte realizado como persona y encontrarás tu propia felicidad.
Por eso, procura que los demás se sientan importantes a tu lado.
Diles que los amas. Díselo con una sonrisa, con un apretón de
manos, con un abrazo o con una palabra de aliento. No dejes pasar
ninguna oportunidad de hacer felices a los que te rodean.
Dales tu cariño sin esperar recompensa, descubre la alegría de
las pequeñas cosas de la vida: el encanto de un niño, de unas
flores para un enfermo, el silencio de una iglesia, el rumor del
riachuelo, el trino de los pájaros. El mundo está lleno de
maravillas que pueden alegrarte y hacerte feliz. No te rebajes,
creyendo que no vales para nada. Ama y tu corazón se alegrará e
irradiará su luz a tu alrededor. ¡Tanto se puede dar! ¿Será que
no conoces la alegría de dar?
Dios te ama tal como eres y te ha dado las cualidades suficientes
y necesarias para cumplir tu misión. ¿Por qué, a veces, te
rechazas a ti mismo? ¿No te gustas como eres? Así te quiere Dios.
No tengas envidia de nadie y dale gracias a Dios de tener vida.
Otros ya están muertos o usan sus dones para hacer el mal. Vive tu
vida en plenitud, no estés lamentándote continuamente por lo que
quisieras ser o tener. Observa a las estrellas y sonríe a Dios que
te mira con ojos de bondad. Sonríe, Dios te ama.
LA DESESTIMA
Lo contrario a la autoestima es la desestima, el rechazo de uno
mismo por ser como es. Esto sucede con frecuencia. A mucha gente
puede disgustarle su nariz, sus orejas, su pelo, su color o su
estatura. Con frecuencia, son cosas pequeñas y sin mayor
importancia.
El problema es mas grave cuando los defectos son grandes y no se
pueden ocultar como una discapacidad física o mental. Pero el mayor
problema se da cuando los otros, especialmente los propios padres y
familiares, no los aceptan tal como son y los desprecian y los
rebajan ante los demás.
La falta de aceptación de su propia familia, de sus propios
vecinos y compañeros de colegio, crea traumas profundos difíciles
de superar en la vida futura ¡Cuánto daño hacen palabras
hirientes de los compañeros como cojo, bizco, tarado, serrano,
gordo, y tantos apodos con los que se trata de despreciar y rebajar
al otro! Y ¿qué decir, cuando es la propia madre la que no puede
aceptar un hijo discapacitado?
Algunas madres se preguntan: ¿Qué he hecho yo para merecer un
hijo así? ¿Por qué Dios me ha castigado? Y sufren y se rebelan
contra Dios o contra el medico o contra su esposo, como si tuvieran
la culpa… ¡Cuánto dolor por no aceptar la realidad y no acoger
con amor al hijo disminuido y que necesita mas amor, en vez de
lamentos y desprecios!
Igualmente, ¡cuántos ancianos son olvidados por sus propios
hijos, que los dejan abandonados en los asilos! Matan el tiempo,
viendo televisión; pero viven amargados, porque, después de una
vida de tanto trabajar y luchar por sus hijos, al final no tienen la
alegría de vivir con ellos ni disfrutar de la alegría de los
nietos.
Hay chicas jóvenes que, si no se casan, van arrastrando toda su
vida el trauma y la decepción de que nadie las ha querido, pues
creen que para ser felices deben casarse necesariamente. A veces,
buscan cualquier amigo para quedar embarazadas y así dar sentido a
su vida con un hijo. Pero ¡cuánto deberá sufrir ese hijo, que no
ha sido fruto del amor y que nunca tendrá un padre en su vida! Una
madre sola puede ser agresiva, nerviosa, sentirse agobiada por las
deudas y, si no tiene el apoyo de su familia, puede agredir a su
hijo y crearle traumas, que le durarán toda su vida.
También hay casos lamentables en que una madre abandona a sus
hijos para unirse a otro hombre y los deja con la abuela o con las
tías. En este caso, los hijos crecerán resentidos contra su madre,
que prefirió buscar su propia felicidad, abandonándolos.
Y no faltan casos en los que un padre violento y alcohólico
agrede a sus hijos y a su esposa, creando un clima de tensión
permanente en el hogar, que traumatiza a los niños y los hace
nerviosos e inestables.
Se dan casos en los que la falta de unión y amor familiar hace
que los niños se sientan inseguros, pues constantemente oyen hablar
de divorcio; y ellos sufren ante esa eventualidad, ya que quisieran
la unión y amor entre sus padres. ¡Cuántas veces los niños
desearían intervenir para llamar la atención a uno de sus padres,
pero se les hace callar con amenazas! En ocasiones, tienen que
sufrir hasta graves violencias y abusos de sus propios familiares.
Esto los marcará negativamente para siempre, considerándose una
basura y creyendo que ni siquiera Dios los puede querer.
Recuerdo el caso de un niño que iba a hacer la primera
comunión. Se salió de la iglesia y no quiso entrar hasta que todo
terminó. Y dijo que lo hizo, porque él era malo. Y tenía miedo de
comulgar, porque Dios lo iba a castigar. ¿Por qué creía que era
malo? Porque en su casa se lo habían repetido continuamente y le
pegaban constantemente ya que era un niño hiperactivo y hacía
travesuras. Su madre no lo aguantaba, porque ya tenía suficientes
problemas en casa con el esposo, el trabajo, los otros hijos, etc.
Lamentablemente, muchos de estos niños que se desestiman o
tienen una autoestima muy baja, pueden caer en la indiferencia: nada
les interesa. No les interesa estudiar ni hacer la primera comunión
ni comportarse bien. Es una manera de manifestar su rebelión ante
el abandono afectivo de sus padres o ante sus críticas constantes.
La falta de amor los lleva a la indiferencia y en ocasiones también
a la depresión.
La depresión es una enfermedad muy frecuente en nuestros días.
Y la baja autoestima es una de las causas principales. El depresivo
sólo se acuerda de las cosas negativas que le han sucedido y les da
vueltas y vueltas, lamentándose de lo ocurrido y pensando en cómo
debería haber actuado. No se acuerda de sus cosas buenas y no
reconoce sus cualidades positivas. Estas personas suelen
despreciarse a sí mismas y hasta rechazan la vida, intentando
suicidarse.
Ocurre con frecuencia que echan en cara a sus padres el haber
venido al mundo. Tienen una especie de rabieta existencial y un
malestar continuo; porque, según ellos, todo les sale mal. Y ¿para
qué seguir viviendo, si tienen que sufrir? Rechazan todo y a todos,
empezando por sus padres y hermanos. No quieren saber nada con nada
ni con nadie. No les interesa nada de nada.
Además de echarles la culpa a los demás de sus desgracias,
pueden caer en el rencor y en el odio hacia otros, sean sus padres,
sus hermanos o quienes han abusado de ellos o los han engañado… Y
por el camino del rencor nunca podrán tener una buena autoestima ni
podrán ser felices.
Recuerdo el caso de un alcohólico de mi parroquia. Era cargador
del mercado y venía todos los viernes al salón parroquial a
recibir el almuerzo que dábamos a un grupo de 40 alcohólicos.
Mientras comían, yo les hacía algunas reflexiones espirituales y,
después, les hacía cantar. Un día les hablaba del perdón y de
que debían perdonar a los que les habían ofendido. En ese momento,
el citado joven, a quien llamaban caballito por sus locuras e
irresponsabilidades, se levanto furioso, diciendo que él no podía
perdonar nunca a su madre, porque lo había abandonado de niño. Se
puso rojo de ira y se marchó.
Lo peor fue que al poco tiempo, estando borracho como de
costumbre, se quemó el cuarto donde dormía y quedó dentro
carbonizado. Y yo pensé: ¡Cuántos traumas tenía el caballito!
¡Cuánto sufrimiento desde niño, al no tener una madre que le
diera el cariño que necesitaba! ¡Cuánta falta de amor en su vida!
Una vida de desestima y desprecio de sí mismo que termina en muchos
casos en la cárcel, o en una muerte prematura por la cirrosis o por
otras enfermedades.
Por eso, para tener una buena autoestima, es preciso liberarse
del rencor y del odio. Hay que perdonar y aceptar el pasado como ha
sido, sabiendo que Dios nos ama y no hay mayor dignidad en el mundo
que la de ser hijos de Dios. Ahora quiero decirte a ti, quienquiera
que seas: Despierta, hay esperanza para ti. No te destruyas a ti
mismo. No te avergüences de ti mismo. Dios te ama tal como eres,
eres su hijo. Pídele perdón y adelante, comienza una nueva vida.
Son infinitamente más los tesoros que posees que tus defectos y
fracasos. No mires tu pasado, mira el futuro. Dios te espera al
final del camino y quiere abrazarte con alegría. No pienses en el
suicidio ni en hacer daño a nadie.
Tú eres arquitecto de tu propio destino. Levanta tu mirada hacia
lo alto, y dite a ti mismo: “Soy lo que soy por mi propia culpa y
lo que seré el día de mañana también depende de mí. Por tanto,
comenzaré a trabajar hoy con nuevos bríos para fabricar mi futuro
y, con la ayuda de Dios, espero llegar a ser mucho más de lo que
soy actualmente. Dios me necesita, los demás me necesitan. Tengo
toda una vida por delante y hay mucho que hacer. ADELANTE”.
EL PERDÓN
El que no perdona, nunca será capaz de amar, porque el odio y el
rencor cortan la comunicación con Dios. Dice Jesús: Como el
sarmiento no puede dar fruto, si no permanece unido a la vid,
tampoco vosotros si no permanecéis en Mí… Sin Mí no podéis
hacer nada. El que no permanece en Mí, es echado fuera, como al
sarmiento y se seca y los amontonan y los arrojan al fuego y arden
(Jn 15,4-6).
Con rencor, no hay vida espiritual. Sin perdón, no hay amor; y,
sin amor, ¿para qué sirve la vida? Sin amor, la vida no tiene
sentido. Y la autoestima será nula. ¿Acaso el guardar odio y
deseos de venganza aliviará los sufrimientos? ¿Acaso una dulce
venganza será agradable a Dios? Jesús nos dice que debemos amar a
nuestros enemigos y orar por ellos. Y dice: Si vosotros perdonáis a
los demás sus faltas, vuestro Padre celestial os perdonará
vuestras faltas, pero, si no perdonáis, tampoco vuestro Padre os
perdonará vuestras faltas (Mt 6,14-15).
El perdón es necesario para recuperar la paz perdida. Sentirse
bien con uno mismo es el primer paso para aceptarse así mismo y
tener una buena autoimagen y una buena autoestima. Pero el perdón
puede comprender varios aspectos: perdonarse a sí mismo, perdonar a
Dios, a quien podemos acusar de ser la causa de nuestros
sufrimientos, y perdonar a los que nos han hecho daño.
Perdonarse a sí mismo
El padre Marcelino Iragui cuenta el caso de una chica a quien su
madre, cuando ella tenía cinco años, le había visto manipulando
el sexo y le había gritado: “Sucia, no hagas eso, que es pecado”.
La niña se sintió tan culpable y sucia que creía que nadie
podría quererla, ni siquiera Dios. Su autorrechazo y
autocondenación llegó a ser tal que, en su juventud, rechazaba
toda señal de amistad por sentirse indigna y porque le era
imposible creer en el amor de los demás. Tenía 20 años, cuando
pudo perdonarse a sí misma y abrir su corazón a Jesús. De ahí
comenzó un lento y penoso proceso de curación y apertura a la vida
y al amor.
El padre Ronald La Barrera cuenta el caso de una mujer que
lloraba mucho y le dijo: Yo soy mala, porque yo maté a mi hijo.
Ella había abortado y creía que no podía tener perdón de Dios y
no se lo perdonaba a sí misma. Oraron por ella y comenzó a
calmarse. Me comentó que tenía 18 años y que hacía seis meses
que había cometido el aborto. Se había confesado, pero seguía sin
perdonarse lo que había hecho. Su angustia la tenía oprimida;
pero, después de la oración, ella sintió una gran paz en su
corazón al saberse perdonada por el niño y por Dios.
Jean Vanier refiere el siguiente caso: Una joven de 17 años me
escribió una larga carta en que me hablaba de su familia. Ella
había sufrido mucho, porque tenía la impresión de que sus padres
nunca la habían querido. Era como si hubiera sido un error o una
equivocación. Sus padres hablaban siempre de sus hermanos y
hermanas; nunca de ella. Ella fue a la escuela, pero ella no tenía
amigos. Era como si ningún hombre la pudiera querer. Ella sufría
mucho por la falta de amor. Un día se fue a un bosque, se sentó
debajo de un árbol y, de pronto, dice ella: “Yo fui invadida de
un sentimiento d ser amada por Dios”. Fue una experiencia tan
hermosa que hizo que se aceptara a sí misma. Si ella era amada por
Dios, se podía amar a sí misma. Y, amándose a sí misma, podía
dejar que los otros la amaran. Su vida cambió radicalmente.
En este caso, el haber experimentado que Dios la amaba le hizo
sentirse digna de ser amada también por los otros y así poder
aceptarse y poder sonreír a la vida, que antes le parecía oscura y
sin sentido.
¿Perdonar a Dios?
Muchas personas creen que Dios es el culpable de todas sus
desgracias, y no faltan quienes le increpen de malas maneras por
haberlas hecho así. Recuerdo a una joven que lo insultaba
constantemente, porque decía que todo le salía mal y que Él era
el culpable. Se creía una nulidad para todo y la culpa para ella la
tenía Dios. ¿Qué autoestima podría tener? El doctor Ricardo
Castañon contaba el caso de una joven universitaria que, el día de
un examen importante de Anatomía, fue a misa temprano y comulgó
para pedir a Dios que le ayudara en el examen. Pero la hostia se la
sacó de la boca y la puso en su libro de Anatomía para que así
pudiera tener más apoyo de Dios. Al regresar a su casa después de
haber desaprobado el examen, llena de cólera, sacó la hostia, le
hizo huecos con un alfiler y después la tiró por el inodoro. ¿Era
una venganza por haber desaprobado? ¿Tenía Dios la culpa? Así no
iba a mejorar su autoestima ni ser más feliz. Sólo amando y
perdonando podría encontrar la felicidad que sólo Dios puede
darle.
Hay gente que esta resentida con Dios, porque ha muerto algún
ser querido o ha enfermado algún familiar. Y ¿a quién echarle la
culpa? No ven a nadie más que a Dios. Su reacción es alejarse de
Él, dejar de orar y no ir a la iglesia. A ellos habrá que decirles
que así no se solucionarán sus problemas y que deben saber aceptar
a Dios como es, si creen que Él es el culpable; pero, sobre todo,
aceptar siempre la voluntad de Dios; de otro modo, van a vivir
eternamente con resentimientos y rencores que no les dejarán ser
felices.
Perdonar a los demás
Algo extremadamente importante en la vida es perdonar a los que
nos han ofendido. Todos, de alguna manera, hemos sufrido las
acciones negativas de otros. Hay ocasiones en que los sufrimientos
pueden ser realmente muy grandes como ante la violación de una
hija, ante el robo de toda la casa, ante el incendio deliberado del
negocio, ante el secuestro o el asesinato de un ser querido. En fin,
hay infinidad de casos en los que el sufrimiento puede llegar a
niveles realmente grandes. Y, cuando no hay una fe en Dios y falta
el amor a Dios, qué fácil es caer en el odio y en la venganza. Y
por ese camino nunca podrán tener paz.
Hay que perdonar para tener paz, hay que perdonar para sanar. El
odio enferma y destruye por dentro. Veamos el caso de Lidia. No
podía perdonar a sus hermanos que la habían violado desde los seis
hasta los ocho años. Se sentía culpable de no haber confesado este
pecado en su primera confesión y lloraba amargamente. Lidia se
sentía indigna. Por fin, quiso confesarse de haber guardado odio a
sus hermanos… Perdonando, se dio en ella un proceso completo de
sanación.
La historia de Jody es parecida: su padre había sido un
alcohólico y, a la edad de 5 años, había sido abusada sexualmente
por miembros de su familia. Así es que en sus años de
adolescencia, ¿qué expectativas podía tener para la vida? Se
hundió más y más profundamente en el pecado, las drogas, la
prostitución, el licor… Comenzamos a orar por ella, pidiendo al
Señor que le ayudara a perdonar a todos los que la habían herido y
para que el Señor llenara el vacío de su corazón y lo llenara de
amor.
Y ella nos contó: “Cuando era niña, éramos tan pobres que no
teníamos baño ni agua potable. Iba al colegio sucia y sin la ropa
adecuada. Nunca tenía los útiles escolares apropiados. Ninguno de
los muchachos quería jugar conmigo, porque estaba sucia. Luego,
para empeorar las cosas, se me pegó la tiña y el doctor mandó que
me raparan la cabeza y usara una media velada en mi cabeza”.
Yo le dije: “Jody, Jesús te ama mucho. ¿Puedes permitirle que
te ame y te tome de la mano y que te abrace? Él quiere quitar la
herida de los recuerdos horribles que tienes y darte el amor que
necesitas”.
De repente, ella dijo: “Veo a Jesús. Me esta tomando de la
mano. Él quiere estar conmigo y me ama. No soy fea para Él, no
estoy sucia para Él. Ah, soy tan bella para Él.
Jody regresó a la universidad y llegó a ser consejera para
personas con problemas de droga. La clave principal de su sanación
fue el perdón. No puede haber ninguna autoestima sin la
eliminación del resentimiento. Ella supo perdonar a todos: a los
que habían abusado de ella, a su padre que le había enseñado a
tomar licor, a los que la habían iniciado en la drogas, al esposo
que había sido tan sádico y había intentado matarla; y se
perdonó a sí misma por todo lo malo que había hecho.
Recuerdo el caso de una terrorista que vino a visitarme en
Arequipa. Me contó que sus padres habían sido alcohólicos, que
sus hermanos la habían violado de niña y, por eso, tenía
resentimiento contra todo el mundo. Un día pasaron por su pueblo
los terroristas y se unió a ellos para escaparse del infierno de la
vida de cada día.
Pero lo que no sabía es que iba a caer en otro infierno peor. En
el campamento guerrillero, con otra joven, era la cocinera durante
el día y la querida al servicio de todos durante la noche. Cuando
hacían incursiones, le daban droga para que fuera insensible. De
esta manera, había matado unas 30 personas. Su conciencia no la
dejaba ser feliz. Sentía asco de sí misma y pensaba en suicidarse
para liberarse de aquella situación en la que el odio a la gente
era la única manera de vengarse de la sociedad. Por fin, decidió
escaparse y huyó lejos, muy lejos. Felizmente, nunca la
encontraron; y ahora puede vivir en paz, sirviendo a Dios y a los
demás.
Jean Vanier cuenta lo que sucedió en una cárcel de alta
seguridad de Kingston, Canadá. Les habló de los presos del amor de
Dios. Pero uno de los reos lleno de rencor, le gritó: Tú has
tenido una vida fácil, no entiendes lo que nosotros vivimos. Yo, a
los cuatro años, vi cómo violaban a mi madre ante mis ojos. A los
siete años mi padre me vendió a unos homosexuales; a los trece
unos hombres de azul (policías) vinieron a buscarme… Y, si
alguien viene de nuevo a esta cárcel a hablarnos de amor, le
romperé la cabeza a patadas.
Le escuché sin decir nada y oré. Después le dije: Es verdad
que mi vida ha sido fácil. Es verdad que no conozco vuestra vida,
pero lo que sí sé es que todo lo que acabas de decir es muy
importante. ¿Me autorizas a contar fuera lo que me has dicho?
- Sí, me respondió.
Entonces, añadí: “Vosotros tenéis cosas buenas que decirnos,
pero algún día saldréis de aquí y quizás necesitéis oír
ciertas cosas”. Después de la charla, le estreché la mano y me
vino la inspiración de preguntarle si estaba casado y, como me
contesto que sí, le dije: “Háblame de tu esposa”. Y aquel
hombre tan violento, que tenía tanto odio dentro, se echó a llorar
y me habló de su mujer que estaba en una silla de ruedas, vivía en
Montreal y a quien no había visto desde hacia 2 años.
Ese hombre tan lleno de odio a la sociedad, sentía amor por su
esposa. Bastó hablarle de ella, interesarse por ella, para que su
odio se quebrara. Por eso, ¡cuánto amor podemos dar a quienes han
sido rechazados y oprimidos por los demás! ¡Cuánto bien podemos
hacer con nuestro amor! Más que palabras, los otros necesitan el
testimonio real de nuestro amor para poder perdonar.
Cuando en 1940 los tanques alemanes invadieron su casa familiar
en el sur de Francia, Maïti Girtanner, una joven francesa, se
rebeló y decidió unirse a la Resistencia. Algún tiempo más
tarde, fue arrestada y torturada por un médico alemán, cuya
especialidad era la tortura aplicada sobre el sistema nervioso
central. Fue la única sobreviviente de un grupo de 20 personas;
pero, desde entonces, su vida se vio marcada por un sufrimiento
horrible y constante. En 1984, recibió en su pequeño apartamento
de París una llamada telefónica y, al instante, reconoció la voz
del médico alemán. Se encontraron y hablaron. Ella pudo
perdonarlo. A él, entre tanto, lo habían nombrado alcalde de un
pueblo austriaco. A su regreso, después de visitar a Maïti,
reunió a su familia y a los habitantes el pueblo y les contó todo
acerca de su vida. Murió de cáncer dos semanas después.
ACÉPTATE COMO ERES
Acéptate como eres, pero da lo mejor de ti mismo. No te compares
con los demás. Tú eres diferente. No seas mediocre ni flojo ni
comodón. Vive con todas tus fuerzas y toma tu vida en serio.
Escribe cada día la mejor página del diario de tu vida.
La autoaceptación es el primer paso para tu felicidad. La
experiencia enseña que, cuando uno ha empezado a aceptarse y amarse
a sí mismo, empieza también a aceptar y amar a los demás. Por
eso, sé tú mismo. No imites a nadie y cumple fielmente la misión
que Dios te ha encomendado en este mundo. Tienes una misión
diferente de cualquier ser humano que ha existido, existe o
existirá. Eres una persona única en el mundo. Nunca ha existido ni
existirá alguien semejante a ti. Por eso, Dios te ama por ti mismo,
así como eres. Acéptate así con tus propias limitaciones.
El sacerdote español José Luis Martin Descalzo, gran escritor,
en su libro Razones para la alegría escribía la siguiente fábula
que puede hacerte meditar en tu propia vida:
Los animales del bosque se dieron cuenta un día de que ninguno
de ellos era el animal perfecto: los pájaros volaban muy bien, pero
no nadaban ni excavaban; la liebre era una estupenda corredora, pero
no volaba ni sabía nadar… Y así todos los demás. ¿No habría
manera de establecer una academia para mejorar la raza animal? Dicho
y hecho. En la primera clase de carrera, el conejo fue una
maravilla, y todos le dieron sobresaliente; pero en la clase de
vuelo, subieron al conejo a la rama de un árbol y le dijeron:
¡Vuela, conejo! El animal saltó y se estrelló contra el suelo con
tan mala suerte que se rompió dos patas y fracasó también en el
examen final de carrera. El pájaro fue fantástico volando, pero le
pidieron que excavara como el topo. Al hacerlo, se lastimó las alas
y el pico y, en adelante, tampoco pudo volar; con lo que ni aprobó
la prueba de excavación ni llegó al aprobado en la de vuelo.
Convenzámonos: Un pez debe ser pez, un estupendo pez, un
magnífico pez; pero no tiene por quÉ ser un pájaro. Un hombre
inteligente debe sacarle la punta a su inteligencia y no empeñarse
en triunfar en deportes, en mecánica y en el arte a la vez… Una
muchacha fea difícilmente llegará a ser bonita, pero puede ser
simpática, buena y una mujer maravillosa. Sólo cuando aprendamos a
amar en serio lo que somos, seremos capaces de convertir lo que
somos en una maravilla.
Por eso, repite cada día la oración de los alcohólicos
anónimos: Señor, concédeme la serenidad para aceptar lo que no
puedo cambiar, la valentía de cambiar lo que puedo y la sabiduría
par distinguir la diferencia.
Nunca te digas a ti mismo: No valgo para nada. Todo me sale mal.
No puedo confiar en nadie. Soy poco importante. Y,¿si me matara?
Nadie me quiere. Si desaparezco, haría un favor a mi familia. La
gente es mala y mi vida es un desastre. No vale la pena vivir…
Estas palabras son como cuchillos que van matando tu alma y tus
ilusiones. Es cierto que, en ocasiones, puedes tener fracasos,
enfermedades, accidentes. O puedes sufrir las consecuencias de la
maldad de otras personas y padecer injusticias, robos, agresiones…
Pero, a pesar de todo y de todos, Dios te ama con un amor infinito y
espera mucho de ti. Y te dice, como Jesús en Evangelio: No tengas
miedo solamente confía en Mí (Mc 5,36).
Si quieres ser feliz, debes aprender a aceptarte como eres y a
amarte a ti mismo así como eres. No olvides que Dios te ama tal
cual eres, no necesitas cambiar para que te quiera, pero sí desea
que mejores para que tú seas más feliz y le des la alegría de ser
mejor.
Y así como debes evitar en ti mismo pensamientos negativos, es
preciso que nunca los inculques en los demás, haciéndoles sentir
mal. Nunca digas a nadie palabras de desprecio.
Decía Sabater: Soy de la opinión de que, cuando se trata a
alguien como si fuese un idiota, es muy probable que, si no lo es,
llegue pronto a serlo. Por eso, trata de elogiar las cosas buenas de
los demás y levanta su ánimo decaído con palabras de aliento.
Dite a ti mismo:
Hoy sembraré una palabra buena para que haya más paz. Hoy
sembraré un gesto de amistad para que haya más amor. Hoy sembraré
una oración para que alguien se acerque más a Dios. Hoy sembraré
un gesto de delicadeza para que haya más bondad. Hoy sembraré
sinceridad para que haya más verdad. Hoy sembraré una sonrisa para
que haya más felicidad.
La vida se construye con pequeñas cosas llenas de amor.
¡Podemos con tan poco hacer felices a los demás! ¡Y podemos con
tan poco hacer infelices a los demás! Tú sé de los que siembran
siempre el bien y nunca el mal. Nunca hagas daño y, si no puedes
hacer algo por alguien, al menos, deséale lo mejor y ora por él.
Por tu parte, no te preocupes tanto del qué dirán ni del miedo
al ridículo. Si no te autoestimas, serás un eterno derrotado. Si
te dejas acobardar por lo que dicen de ti, nunca darás un paso
adelante. Tus amigos te ensalzarán y tus enemigos te humillarán,
pero tú eres el mismo, digan lo que digan los demás. Es más
importante lo que tú piensas de ti mismo que lo que piensan los
demás. Levanta tu ánimo. Esfuérzate por superarte y Dios te
bendecirá más de lo que puedes pedir o imaginar.
SUPÉRATE
A pesar de todos tus defectos, puedes ser feliz. Porque la
felicidad no está en las cosas externas sino en el corazón. Si
tienes un corazón que sabe amar, que es sincero y noble y sabe
perdonar, tu vida será positiva y podrás sonreír, sabiendo que
vale la pena vivir para amar y hacer felices a los demás. Sin
embargo, es tremendamente triste ver jóvenes sin alegría, viejos
de espíritu, que van sin rumbo por el mundo, viciados por las
drogas o el alcohol, que no tienen la ilusión de ser mejores. Sólo
piensan en disfrutar de la vida, buscando continuamente el placer.
Al final, se quedan vacíos por dentro y su vida es un fracaso
total. ¿Qué autoestima pueden tener?
Jóvenes negativos, inútiles, vidas sin rumbo, vacías de
sentido, jóvenes violentos, rebeldes contra todo y contra todos,
que no quieren oír hablar de esfuerzo o sacrificio y sólo piensan
en su yo.
Por eso, ten coraje para vivir, aunque todos te critiquen. Ten
una meta que cumplir, revisa el rumbo de tu vida, rectifica los
errores, supérate. No te detengas en el camino del bien. Aspira
siempre a las alturas, aspira a lo más alto y más profundo. Tu
vida está hecha para mares sin orillas, para horizontes sin
límites, en una palabra, está hecha para el infinito.
Nunca te des por satisfecho. Siempre hay un mundo inmenso por
descubrir y, en el camino del amor y de hacer el bien, nunca puedes
decir basta. Así que rectifica el rumbo y adelante, confiando en
Dios.
Dice Jean Vanier: Hace un tiempo me encontraba dando un retiro y
vino a verme una pareja. Ella estaba embarazada y doce médicos les
habían confirmado que el cerebro del niño que esperaban estaba
profundamente dañado. Los doce médicos les habían aconsejado el
aborto. Me pidieron mi opinión. Y les dije que no podía aceptar la
idea de matar a un niño ni siquiera enfermo. Les prometí que les
ayudaría en el caso de que el niño naciera con una deficiencia…
Algunos meses mas tarde, la madre dio a luz a dos gemelos en
perfecto estado de de salud.
¿Dios había hecho un milagro? Es posible. De todos modos, el
haber decidido amar a ese niño en lugar de rechazarlo, cambió su
vida para bien. ¿Habrían podido perdonarse a sí mismos el haber
matado a sus dos hijos? Lo más importante en la vida es el amor. El
amor debe triunfar sobre el odio y la muerte; y la fuerza del amor
en nosotros, debe llevarnos a superarnos en todo.
Nos sigue diciendo Jean Vanier: Uno de mis amigos terminó un
doctorado en filosofía. Era un hombre brillante. Ya se le había
ofrecido un puesto importante. Pero él cayó enfermo y se le
descubrió un tumor en el cerebro. Después de una operación
delicada, él no podía leer. Durante dos años, él vivió una
existencia de confusión y rechazo. No podía aceptar su realidad.
Para él su vida se había malogrado. Estaba desorientado. Sin
embargo, poco a poco, comenzó a descubrir las alegrías de la
relación con los demás y el mucho bien que podía hacer a otros.
Después de un tiempo, pudo decir a un amigo: “Ahora puedo aceptar
todo lo que he pasado. Yo hubiera vivido para los libros y las
ideas. Ahora, que no puedo leer, yo vivo con personas y para ellas.
Yo soy feliz”. Él ahora se dedica a escuchar y apoyar a personas
en dificultad.
Por ello, piensa que no eres todo lo que pudiste haber sido, pero
tampoco eres todo lo que puedes llegar a ser. Según estudios
realizados por especialistas, toda persona posee unas amplias
cualidades humanas que nunca pone en práctica al 100%. En concreto
y según esos mismos estudios, sólo en un 10% como máximo suele
hacerse realidad, quedando el 90% restante sin explotar. Y es
lamentable pensar que somos mendigos ricos, como algunos de esos
mendigos de las calles a quienes se les ha encontrado mucho dinero
guardado bajo el colchón. Todos tenemos grandes valores humanos
atrofiados por falta de uso, por no confiar en nosotros mismos o por
infravalorarnos. Nuestra ignorancia de lo que somos bloquea muchas
veces nuestra creatividad y nuestros frutos. Normalmente, nos vemos
impulsados por la rutina o el miedo. No nos gusta salir de nuestras
costumbres, nos gusta lo cómodo y lo fácil, y ahí está el pecado
de omisión: de tanto tiempo y cualidades perdidas por falta de
esfuerzo.
Por lo cual, piensa que hay delante de ti un largo camino por
recorrer, y en este camino no puedes descansar o decir que ya tienes
suficiente. Evidentemente, con el paso de los años tu cuerpo se
desgasta, te haces más torpe y débil. Pero, aun en esos momentos
de decaimiento físico, debes tener un espíritu joven y
emprendedor, porque tu alma nunca debe envejecer por el cansancio,
el desánimo o el desaliento. La Madre Teresa de Calcuta decía: No
dejes que se oxide el hierro que hay en ti. No vivas de fotos
amarillas (de recuerdos). Cuando no puedas correr, trota; cuando no
puedas trotar, camina; cuando no puedas caminar, usa el bastón o
vete en silla de ruedas, pero nunca te detengas. Siempre adelante.
Si no puedes ser pino en la cima de una colina, sé maleza en el
valle; pero sé la maleza mejor junto al torrente. Sé arbusto, si
no puedes ser árbol. Si no puedes ser sol, sé estrella. No
vencerás por el volumen, sino por ser el mejor de lo que seas.
Reconoce tus limitaciones, pero desarrolla tus potencialidades.
Si eres una mujer fea, no podrás ganar un concurso de belleza; pero
con tu alegría, tu amabilidad y tu sonrisa, serás más atractiva
que una mujer bella, pero fría y altanera. Si eres pobre,
probablemente nunca podrás vivir en un palacio, pero, si en tu casa
hay amor, unión y paz, serás más feliz que los más ricos del
mundo. Si no tienes cualidades para el estudio, no podrás sacar
ningún doctorado, pero puedes ser un hombre feliz como taxista,
mecánico o cocinero. Lo importante es que te sientas realizado,
cumpliendo bien tu misión.
No te desanimes. Serás tan joven de espíritu como tu confianza
en ti mismo y tan viejo como tus dudas. Si un día tu corazón está
a punto de ser mordido por el pesimismo y la vulgaridad, que Dios
tenga compasión de tu alma vieja. La verdadera vejez está en el
alma que ha desertado de sus ideales y cree que ya no sirve para
nada. Los años arrugan la piel, pero el renunciar a los ideales
arruga el alma. Reflexiona:
Si sientes que no puedes lograr algo, no te desanimes. Piensa en
el ave, que paja a paja hace su nido. Piensa en el sol, que alumbra
los espacios siderales hasta llegar a su destino; en la planta que
lucha por florecer, a pesar del viento frío; en la hormiga que
carga un granito de trigo en la roca, que es perforada por el
constante rocío; en el niño pequeño que a hablar ha aprendido. Y
en Dios que, en su inmenso amor, siempre está contigo.
Y, si alguna vez fracasas, después de haberlo intentado todo,
recuerda que haber fracasado no significa que eres un fracasado;
significa que todavía no has tenido éxito. Fracaso no significa
que no has logrado nada, significa que has aprendido algo. Fracaso
no significa falta de capacidad, sino que debes hacer las cosas de
distinta manera. Fracaso no significa que Dios te ha abandonado,
sino que Dios sigue esperando y confiando más en ti.
Hermano mío, vive para la eternidad, no pienses solamente en los
cuatro días de este mundo. Vive para siempre. Hazte un futuro
eterno y no un futuro humano con dinero y cosas materiales, que
tendrás que dejar aquí un día. Cuando estés triste, mira al
cielo, ora a tu Padre Dios. Mira la hermosura de las flores, oye una
buena música, vete al campo a oír el susurro de la fuente o el
silbido del viento. Escucha atentamente el trino de los pájaros.
Déjate empapar de la belleza de la naturaleza y vuelve con nuevos
bríos a continuar tu vida diaria, confiando en Dios.
No pongas tus ilusiones en las cosas pasajeras de este mundo. No
hagas depender el éxito de tu vida de las cosas materiales. Pon el
sentido de tu vida en el amor, que nunca envejece. Un hombre lleno
de amor es un hombre lleno de Dios y de juventud espiritual. Por
eso, aunque seas anciano o enfermo discapacitado, puedes seguir
triunfando, sonriendo y siendo feliz hasta el último día de tu
vida. Dios está contigo y cada día será para ti un nuevo triunfo
de cara a la eternidad. Piensa que Dios te ha encomendado una
misión única en el mundo; cúmplela. Supérate y Dios te
bendecirá.
EL VALOR DE LA PERSONA
Cada ser humano es sagrado y tiene una historia sagrada que se
remonta hasta la eternidad. Antes de que existiera el tiempo, antes
de que el mundo fuera creado, Dios, en sus planes divinos, decidió
crear a cada ser humano. Nadie viene al mundo por casualidad. Nadie
existe por error. Nadie está en el mundo sin una misión que
cumplir, aunque en algunos casos no lo entendamos. Pues bien, Dios
decidió crear a cada ser humano en particular, con sus cualidades
personales, con su nombre y apellidos. Dios no hace fotocopias. Dios
no crea seres humanos en serie o por clonación.
Según estudios del genoma humano, se ha llegado a descubrir que,
desde el primer momento de la concepción, hay un ser humano
totalmente diferente de cualquier otro que ha existido, existe o
existirá. No puede haber repetición. Y en sus genes, ya desde el
primer momento, están programadas todas las características
personales que tendrá el día de mañana. Por lo cual, desde el
primer momento, es un ser humano que debe ser respetado con todos
sus derechos. Sus derechos no dependen de su grado de inteligencia o
de conciencia. Su dignidad se basa en su alma y no en las
características o cualidades de su cuerpo, porque también los
enfermos, aun en coma permanente, tienen todos los derechos humanos
completos. Su alma, hermosa e inmortal, fue creada directamente por
Dios. Una obra maestra del divino autor. Y así lo constituyó al
ser humano, hijo suyo.
Ser hijo de Dios es la mayor dignidad que alguien puede tener,
por encima de cualquier dignidad humana. Y, por tanto, todo ser
humano puede sentirse orgulloso de su estirpe divina por ser hijo
del Rey del cielo.
Ahora bien, en algunos casos, Dios permite que el cuerpo para el
que creó un alma maravillosamente bella tenga sus imperfecciones,
quizás por efecto de la herencia, de errores humanos o de
enfermedades adquiridas. No importa saber por qué. Pero lo
importante es saber que ese ser humano discapacitado, enfermo
físico o mental, sigue siendo un hijo de Dios. Y tiene un alma
perfecta y hermosa, que brillará en todo su esplendor al momento de
su muerte y, después, por toda la eternidad. En el más allá de la
muerte, no existen seres humanos discapacitados. Todos serán
perfectos con su cuerpo resucitado e inmortal, y serán, por su
supuesto, inteligentes y felices por toda la eternidad.
Con esto queremos decir que las imperfecciones, discapacidades o
enfermedades del ser humano son temporales y que el ser humano vale
por su alma y no tanto por su cuerpo. Por ello, hay que aprender a
amar en esta vida para embellecer más y más nuestra alma. Decía
san Agustín: ¿Cómo seremos más bellos? Amando al que es siempre
bello. Cuanto más crece en ti el amo,r más crecerá en ti la
belleza.
Precisamente por eso, porque estamos llamados a ser bellos por el
amor, es tan importante amar y sentirse amados. Un niño que no es
amado, difícilmente aprenderá a amarse a sí mismo y a los demás.
¡Qué grande es en esto la responsabilidad de los padres! Si un
niño es rechazado, porque es enfermo, vivirá en angustia y miedo
continuo. Quizás se sienta indigno de ser amado y crea que su vida
no vale para nada. Y esta falta de sentido en su vida, le pude
llevar a ser agresivo, a tener gestos de autodestrucción, a gritar
o a encerrarse dentro de sí mismo para protegerse de las agresiones
externas, bloqueando la comunicación con los demás. ¡Cuánto
sufrimiento para ellos, que no aprenderán a amar por no haber
sentido amor! Y sus vidas se hundirán en la oscuridad, en el miedo
o en el deseo de morir.
Dice Jean Vanier: En los años setenta me invitaron varias veces
a hablar a los presos de las cárceles de Canadá. Yo vivía con
ellos durante los días del retiro. Así que pude hablar con los
presos del club 21, que habían cometido homicidio y habían sido
condenados a 21 años o más de prisión. Todos ellos me hablaban de
sus problemas en familia. Y yo pensaba que, si yo hubiera nacido en
otra familia, con otra educación y en situaciones parecidas a las
de ellos, yo habría hecho lo mismo. Ellos estaban allí, en un
mundo sin ternura, un mundo que lleva a la angustia, a la violencia,
cercados por los muros de la prisión. Ellos venían de familias
desunidas y violentas, con situaciones de miseria y de paro. Muchos
eran indígenas nativos del país.
Las personas en prisión tienen mucho de parecido con las
personas con discapacidad mental. Han sido rechazados. Las personas
en prisión no han conocido en su mayor parte una familia unida
cálida. Así nacen en su corazón heridas profundas, que llevan a
actos agresivos y violentos o autodestructivos, encerrados en ellos
mismos, sin esperanza.
En 1974 organicé un retiro ecuménico en Belfast, Irlanda del
Norte. Eran unos treinta católicos y unos treinta protestantes.
Ningún católico había hablado nunca con un protestante y
viceversa. Entre ellos, había un muro de prejuicios, de
incomprensión e ignorancia. Cada grupo evitaba comunicarse con los
otros y consideraba a los otros como malos y peligrosos. Las
mentiras y las falsas informaciones habían creado prejuicios
sólidos. Así la venganza llama a la venganza en una espiral de
odio y violencia.
En la India, en 1975, acogimos a Sumasundra, un joven de 20 años
procedente de un hospital siquiátrico local, donde había sido
abandonado cuando era niño. Tenía una grave discapacidad física,
que le obligaba a arrastrarse como buenamente podía sobre sus dos
piernas deformes. Sólo podía pronunciar unas cuantas palabras,
pero era mentalmente muy despierto. Su llegada a la comunidad fue
una gran alegría para él, que hizo grandes progresos. Solía ir
arrastrándose hasta el pueblo y se tomaba un refresco en el salón
de te. Pero él nunca recibía visitas y empezó a sentir celos de
los demás. Se desesperaba porque quería ver a su madre y, en su
desesperación, un día se tendió cuan largo era en una carretera
cercana ¿Quería suicidarse? Encontraron a su madre. Ella acudió a
visitarlo y fue una hermosa reunión. Sumasundra encontró una nueva
esperanza y su madre prometió que volvería a verlo el mes
siguiente, pero nunca volvió.
Sumasundra se sumió en la desesperación y se arrojaba cada vez
más frecuentemente a la carretera. El riesgo de que se suicidara y
su desesperación eran demasiado grandes y hubo que llevarlo de
nuevo al hospital siquiátrico. Su desesperación se debía al hecho
de haber comprendido que su madre no lo quería y que era incapaz de
aceptarlo con su cuerpo deforme. Entonces, él mismo empezó a odiar
y rechazar su propio cuerpo. Creía que no era digno de ser amado y,
entonces, ¿para qué seguir viviendo? .
En nuestra comunidad de Burkina Faso hemos acogido a Karim. Su
madre murió en el parto. A los tres años, él tuvo meningitis y
fue separado de los otros niños. La enfermedad le dejó secuelas
graves. Karim no podía hablar ni caminar y su inteligencia estaba
apagada. En el orfelinato estaba solo durante mucho tiempo. En su
angustia, él comenzaba a golpearse la cabeza. Cuando llegó a
nuestra Comunidad comenzó a descubrir que era amado y que era capaz
de hacer algunas actividades. Él quería vivir. Ha dejado de
golpearse la cabeza. Pero, algunos años mas tarde, cuando hubo
conflictos entre los asistentes, él comenzó de nuevo a golpearse
la cabeza. La falta de unidad y amor a su alrededor lo llevó de
nuevo a la inseguridad y a su angustia.
Como vemos en estos casos, el amor da paz, seguridad y alegría.
Pero, si falta el amor, muchos pierden el deseo de vivir. De ahí
que hay que enseñar con palabras y obras que todo ser humano es
digno de ser amado y Dios tiene un plan maravilloso para él, aunque
no lo entendamos. Hay que respetarlo por lo que es: un hijo de Dios.
He ahí una gran tarea que todos debemos cumplir, especialmente, con
los más pobres, enfermos y discapacitados; y, concretamente, con
los niños, que son tan sensibles a las muestras de amor o desamor.
Por otra parte, quienes están deprimidos por no ser queridos, deben
entender que son hijos de Dios y que, aunque nadie los quiera, Dios
los ama. El amor de sus padres es muy importante, pero no es
absolutamente imprescindible para ser felices. Sólo Dios es
imprescindible, porque él es la fuente y el origen de todo amor y
de toda felicidad.
Tú, quienquiera que seas, eres hijo de Dios. Mira a Jesús que,
desde la cruz te esta mirando. No le preguntes: ¿Por qué me has
hecho así? ¿Por qué no me distes unos padres amorosos? ¿Por qué
no me hiciste sano como a los otros? ¿Por qué, por qué, por qué
a mí? Jesús te podría responder: Tú eres mi hijo, yo te he
engendrado hoy (Sal 2, 7). Yo te he amado desde toda la eternidad
(Jer 31, 3). Yo nunca te dejaré ni te abandonaré (Heb 13,5). No
tengas miedo, porque yo estoy contigo (Is 43, 5). Tú eres precioso
a mis ojos, de gran estima y YO TE AMO MUCHO (Is 43, 4). Antes de
ser formado en el vientre de tu madre, yo te conocía; y antes de
que nacieras, yo te escogí (Jer 1, 5). Te he llamado por tu nombre
y tú me perteneces (Is 43, 1-2). Tengo tu nombre grabado en la
palma de mis manos y no puedo olvidarme de ti (Is 49, 15-16). Mi
amor nunca se apartará de tu lado (Is 54, 10). Confía en mí y no
te apoyes en tu propia inteligencia (Prov 3, 5). No tengas miedo,
solamente confía en Mí (Mc 5, 36).
JESÚS AMA A LOS PEQUEÑOS
Jesús amaba de modo especial a los niños y los abrazaba y los
bendecía. También amaba de modo especial a los pobres, a los
enfermos y a los pecadores. En el Evangelio vemos el comportamiento
de Jesús, acogiendo con amor a los enfermos y sanándolos; y
buscando como un padre a sus hijos descarriados, porque quería
devolverles la paz y la felicidad perdidas.
Pensemos en Jesús. Tiene los ojos llenos de luz de tanto mirar
las estrellas y tiene la mirada limpia como la de un niño inocente.
Su voz es firme y dulce. Tiene el rostro curtido por el sol y los
aires de los caminos. Cubre su cabeza con un turbante para
protegerse del sol. Calza sus pies con unas ligeras sandalias. El
polvo del camino es su compañero inseparable. No lleva alforja ni
bolsa de dinero. Le gusta orar en el silencio de la noche y estar a
solas con su Padre celestial. Pero le encanta la compañía de sus
apóstoles y de la gente sencilla y humilde. Es un hombre
maravilloso que hace milagros para hacer feliz a la gente. Aunque
también es implacable con los malos, que hacen daño a los demás
como los fariseos.
Jesús es el amigo de todos los sencillos. Un día, le presentan
a una mujer cogida en flagrante adulterio y quieren lapidarla de
acuerdo a la Ley de Moisés. Jesús la defiende. Jesús la ama tal
como es. Él vino a salvar, no a condenar. Ama a esa mujer llena de
miedo y también ama a esos hombres que la acusan. Ama al hijo
pródigo, cuando regresa sucio y hambriento después de haber pecado
tanto, y le tiende la mano y lo abraza y celebra una fiesta para
él, diciéndole: Te amo.
Al paralítico de la piscina de Betesda nadie lo amaba, pero
Jesús se le acerca y le hace sentir su amor, sanándolo.
Aparentemente, Jesús era tan normal y sencillo como cualquiera.
Acudía a la sinagoga los sábados o a las bodas, como en Caná de
Galilea (Jn 2), o a los entierros, como al del hijo de la viuda de
Naím. En todas partes, repartía amor y alegría. Y con sus
palabras daba esperanza a todos y les decía como a Jairo: No tengas
miedo, solamente confía en Mí (Mc 5, 36).
Un día, Jesús se encuentra con la mujer samaritana. Una mujer
que tenía una historia triste de varios matrimonios. Había tenido
cinco maridos y el sexto, con el que vivía, no era su esposo.
Jesús ama a la samaritana y quiere hacerla feliz. En ella ve a
tantas mujeres y hombres, que han tenido sucesivos divorcios y no
han encontrado la felicidad, porque estaban lejos de Dios. Y es a
ella, a una pecadora, a quien Jesús le descubre su secreto: Yo soy
(el Mesías) el que habla contigo (Jn 4, 26). Y cuántas, como la
samaritana, le pueden decir: No tengo marido (Jn 4,17). ¡Cuántos
sufrimientos por tantos matrimonios rotos! Y Jesús les puede decir
a cada uno: Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6). Yo soy
la felicidad del mundo. Sin mí no podéis ser felices.
Recordemos al joven rico. Tenía mucho dinero y Jesús lo invita
a seguirlo, pero él tiene miedo de dejar sus comodidades. Y se fue
triste. Jesús lo miró y lo amó, dice el Evangelio (Mc 10,21).
¡Con cuánto amor nos mira a cada uno a pesar de nuestros defectos,
invitándonos a seguirle, porque Él es el único camino para
encontrar la verdadera felicidad!
Lo mismo podemos decir del amor con que Jesús miró y sanó al
ciego de nacimiento o al epiléptico o a tantos otros, que habían
perdido la esperanza. Jesús es nuestra esperanza y la esperanza de
todos los que son despreciados y rechazados por el mundo en que
vivimos, en que sólo cuenta la eficacia y la utilidad de las
personas. Por eso, Jesús en las bienaventuranzas nos dice:
Bienaventurados los pobres en el espíritu (los que están
despegados de las cosas materiales), porque de ellos es el reino de
los cielos. Bienaventurados los que lloran y los que tienen hambre y
sed de justicia… Bienaventurados, cuando los insulten y persigan
y, con mentira, digan contra ustedes toda clase de mal, alégrense,
porque grande será su recompensa en el cielo (Mt 5,11). Estas
bienaventuranzas, que son la carta Magna del Evangelio, pueden
resumirse diciendo: Bienaventurados todos los que sufren en este
mundo, por ser pobres, ancianos, presos, enfermos, abandonados,
despreciados, torturados..., porque, si confían en Jesús, serán
eternamente felices en el cielo.
Sí, hay esperanza para ellos. Jesús los espera todos los días,
especialmente, en la Eucaristía. ¡Cuántas bendiciones pueden
recibir ellos y sus familiares, si acuden a visitarlo en este
sacramento! Jesús, el amigo que siempre los espera, se sentirá
feliz de encontrarse con ellos y de derramar sobre ellos y sus
familias abundantes bendiciones. Y ellos descubrirán en la
Eucaristía al Dios amor que los ama, los espera y los acepta como
son.
Y, después de esta vida, Jesús los estará esperando con los
brazos abiertos para hacerlos felices eternamente. Porque la vida no
termina con la muerte, sino que la muerte es el comienzo de una vida
sin fin. Miremos hacia lo alto, más allá de las estrellas, donde
Dios nos espera. La muerte no tiene la última palabra. Por eso
decía Tagore:
La muerte no extingue la luz, sino que únicamente apaga la
lámpara, porque ha llegado la aurora
La muerte será el comienzo de un nuevo amanecer y comenzará la
aurora de un nuevo día eterno. Allí todos seremos bien recibidos.
Allí, el mismo Jesús nos dará la bienvenida y podremos vivir
eternamente en compañía de los santos y ángeles. Allí no habrá
minusválidos o enfermos mentales, pues todos serán perfectos e
inteligentes y brillaran con la luz de Dios. Hacia ese reino de luz
y de amor nos encaminamos a través de los desiertos y sufrimientos
de esta vida. Ojalá que, cuando llegue el momento del paso a la
eternidad, nos encuentre Jesús con las lámparas encendidas y el
corazón lleno de amor.
COMUNIDADES DE EL ARCA
Jean Vanier es el fundador de estas Comunidades, que ya son 130
en diferentes países. Él nació en 1928 en Ginebra (Suiza). Su
padre, que era general, estaba allí en misión diplomática.
Estudió en Inglaterra, donde vivió con su familia hasta principios
de la segunda guerra mundial, cuando sus padres lo enviaron a vivir
a Canadá con sus cinco hermanos. Ingresó en la marina real de
Inglaterra, llegando a ser oficial, pero en 1950 dejó la Armada
para iniciar sus estudios de filosofía y teología en el Instituto
católico de París. Allí conoció al Padre Thomas Philippe, que se
convirtió en su amigo y director espiritual.
En 1964, en unión con el padre Thomas, funda la primera
Comunidad para personas con deficiencia intelectual en Trosly
(Francia) y así comenzó su gran obra, organizando en todo el mundo
Comunidades El Arca, donde viven niños, jóvenes o adultos con
discapacidad mental y un grupo de asistentes que los cuidan.
En 1968 crea las Comunidades Fe y convivencia para reunirse en
grupo y orar juntos una vez al mes. En 1971 funda en unión con
Marie-Helène Mathieu las Comunidades Fe y luz, que son 1.500 en 80
países. Están compuestas por unas 15 a 40 personas entre
discapacitados mentales y familiares; y se reúnen en sus propias
casas una o varias veces al mes para intercambiar ideas, orar y
ayudarse mutuamente.
También fundó el grupo Intercordia, que alienta a estudiantes
universitarios a vivir una experiencia intercultural al lado de
personas pobres y marginadas en países en vías de desarrollo. Otra
organización muy cercana a él es la Obra Emmanuel, fundada y
animada por los esposos Jean y Lucette Allingrin, que se dedican a
organizar adopciones de niños con deficiencia mental.
En todas la Comunidades El Arca son atendidos enfermos mentales,
con los que se convive las 24 horas de cada día, dándoles amor,
para que sintiéndose queridos y aceptados como son, puedan
recuperar la alegría y las ganas de vivir. Estos enfermos, a pesar
de sus enormes limitaciones, son muy sensibles y, frecuentemente, su
autoestima es casi nula; sobre todo, si han sido abandonados y
tratados como seres sin valor.
¿SERES INÚTILES?
En el mundo en que vivimos, algunos creen que los discapacitados
mentales son fallos de la naturaleza, infrahumanos. Algunos los
llaman inadaptados, retrasados, deficientes mentales, idiotas…,
pero la verdad es que cada persona tiene un lugar en el plan de Dios
y para Él no hay vidas inútiles. Para Dios, cada vida es sagrada y
cada uno es tan importante como cualquier otro. Por eso, despreciar
a uno de esos seres humanos es despreciar al propio Dios, que ha
creado su alma con infinito amor.
Sin embargo, estos enfermos, que sufren tantos desprecios, a
veces se creen rechazados, incluso por Dios. Y quisieran
preguntarle: ¿Por qué me hiciste así? ¿Por qué no soy como los
demás? ¿Por qué mis padres no me quieren? ¿Por qué se sienten
decepcionados de mí?
A muchos de sus familiares hay que hacerles descubrir que su vida
tiene un sentido para Dios y que, por pequeños y frágiles que
sean, tienen algo único que aportar a la humanidad, porque Dios
tiene un plan y una misión para cada uno de ellos, aunque otros no
lo comprendan.
Algunos de estos seres especiales, discapacitados y limitados,
son encerrados o encadenados para que no molesten. Alguien contaba
que un día había encontrado a 30 hombres desnudos, encerrados en
la sala de un hospital. Sí, ellos necesitan ayuda especializada de
sicólogos y siquiatras, pero, sobre todo, necesitan mucho amor para
poder sonreír y ver la vida con tranquilidad, sabiendo que son
aceptados y amados tal como son.
Dice Jean Vanier: Un día vino un padre a visitar a su hijo
discapacitado mental a nuestra casa. Alguien hizo mención de que el
hijo tenía los mismos ojos de su padre. El papá, un industrial,
inmediatamente contestó agresivo: “No, él tiene los ojos de su
madre”. Como diciendo: “No hay nada de común entre él y yo”.
Esta respuesta fue como un dardo que hirió a su hijo, quien
desapareció al terminar la comida. El papá no se había dado
cuenta de cuánto daño le había hecho con su respuesta.
Michel, en los juegos olímpicos especiales para personas con una
deficiencia mental, ganó su carrera y recibió la medalla de oro. Y
se puso a llorar convulsivamente, diciendo: ¿Tú crees que ahora mi
madre podrá creer que soy capaz de hacer algo bueno?
Como Georgette que, cuando se le preguntaba si le gustaría
casarse algún día, respondía:” Nunca podre casarme, pues mi
madre me ha dicho que, sí me caso, podría tener un hijo como yo”.
Los niños no deseados tienen dentro un trauma, creen que están
de más. Me estoy acordando de un detenido, condenado por el
secuestro de un niño. Me contaba que su madre le había dicho,
cuando tenía ocho años: “Si los anticonceptivos hubieran
funcionado, tú nos estarías hoy aquí”.
Antonio llegó a nuestra Comunidad de Trosly, cuando tenía 20
años, después de haber pasado varios años en un hospital. No
podía ni andar ni utilizar las manos, no hablaba y necesitaba una
máscara de oxígeno para respirar mejor. Era muy débil y frágil,
pero tenía una sonrisa y unos ojos de gran belleza. No había en
él ira ni tristeza. Esto no significa que no se enfadara nunca,
sobre todo, cuando el agua de la bañera estaba demasiado caliente o
demasiado fría. Sin embargo, él había aceptado sus limitaciones y
se aceptaba a sí mismo como era. A varios de los que le cuidaban
les llegó al corazón. Y decían: “Antonio me ha cambiado el
corazón”.
Muchos enfermos mentales sienten que su vida es una decepción
para sus padres, que no pueden aceptarlos como son. Estos enfermos
se sienten interiormente culpables y, al no ser aceptados como son,
se encierran en sí mismos, sobre todo, al ver que nadie los quiere
y que los tratan con violencia y sin amor. Con frecuencia, sus
gritos agresivos son una respuesta violenta a su abandono por los
demás. Ellos necesitan amor y no desprecio.
Estos enfermos no son los únicos que tienen una autoestima casi
nula. También podemos encontrar muchos enfermos, ancianos,
accidentados, prisioneros y tanta gente en el mundo que cae en la
depresión, porque nadie los acepta ni los quiere, especialmente
cuando han tenido experiencias traumáticas de abuso sexual,
torturas, abandono o violencia familiar constante.
Recuerdo que en mi parroquia fui a visitar un día a una familia
y me hablaron de su hijo enfermo. Ningún vecino conocía su
existencia. Era un jovencito de unos 18 años que tenía el cuerpo
de un niño de tres, con grandes dientes, encerrado en un corralito.
Sus padres creían que ese hijo era un castigo de Dios para ellos y,
aunque no se habían atrevido a dejarlo morir al nacer, sin embargo,
lo soportaban, pero no lo amaban. ¿Qué podría sentir ese niño en
lo más íntimo de su ser? ¿Cómo no gritar de desesperación para
manifestar su necesidad de amor?
Dice Jean Vanier: Un día visité un hospital siquiátrico,
verdadero antro de miseria humana. Algunos niños con una
deficiencia mental profunda estaban acostados en un silencio de
muerte. Ninguno de ellos lloraba, porque, cuando un niño comprende
que nadie se preocupa de él, que nadie responde a sus gritos, deja
de llorar. Llorar requiere mucha energía y sólo lloramos cuando
tenemos esperanza de ser escuchados. Aquellos niños vivían en una
especie de depresión permanente… La depresión lleva a la
angustia y la vida pierde el sentido. La persona se siente
abandonada, indeseable. No es extraño que algunas personas, que se
sienten muy solas, se hundan en la enfermedad mental, en gestos de
automutilación o en la violencia para así olvidar su sufrimiento
interior.
La experiencia ha demostrado que las personas que sufren una
deficiencia mental están entre las más oprimidas y rechazadas de
nuestro mundo. Por ello, cuando aceptamos a alguien discapacitado
mental en El Arca, lo primero que tratamos de decirle es que es
bienvenido, que somos felices de que exista y esté con nosotros,
que lo amamos y lo aceptamos como es. Algunos sólo entienden el
lenguaje de los gestos y hay que tocarlos con cariño para que
entiendan que se les quiere. El lenguaje no verbal es muy importante
para ellos: el tono de voz, la actitud hacia su cuerpo, la mirada.
Sus gritos, su violencia o gestos autodestructivos, son mensajes
para decirnos que están descontentos con el mundo que los rodea.
Si ellos descubren que sirven para algo, se sienten contentos.
Muchos de ellos, a veces, con gran fervor trabajan en el jardín o
en el taller y sienten alegría, porque adquieren una imagen
positiva de sí mismos. Hay que ayudarlos para que realicen algunas
tareas y sientan la alegría de servir y hacer algo bueno.
Cuando visito los hospitales, tomo en mis brazos a los niños
discapacitados. Abandonados en su soledad, en su cuna, tienen los
ojos tristes. Al abrazarlos, su cuerpo vibra con el calor de mi
cuerpo y sus brazos se agitan y comienzan a reír, como un hombre
que está en el desierto y encuentra un oasis con agua.
Un día, un hombre en el metro de París comenzó a gritar. Yo
estaba sentado y esperé, de pronto, su mano se extendió ante mí.
Yo tomé su mano y la cerré entre mis manos, lo miré, era un
hombre joven de unos 25 años, sucio, con barba, con vestidos sucios
y de mal olor. Yo le pregunté: ¿Cómo te llamas? Le sonreí y le
puse en su mano una moneda de un franco. Él me miró con ternura y
me dijo: “Nosotros estamos los dos en el mismo saco”. Su mirada
hacia mí, cambió su rostro, pues tenía necesidad de tener un
nombre, de ser alguien y yo le pregunté su nombre y lo miré como a
una persona”.
¿CASTIGO O BENDICIÓN?
Muchos padres de familia consideran el nacimiento de un hijo
enfermo como si fuera un castigo de Dios. Otros en cambio, lo
consideran como una bendición; porque, cuando hay fe, todo se ve
desde una perspectiva sobrenatural. Y un hijo siempre es un regalo y
una bendición de Dios, aunque nazca enfermo.
Dice la escritora Beth Matthews: Hace unos nueve años, Dios
embarcó a mi familia en un extraño, pero fantástico viaje. En
1991 diagnosticaron autismo a nuestro tercer hijo, Patrick. Y así
empezó nuestra odisea. A pesar de la medicación, dieta,
tratamientos y profesores, Patrick ha mejorado poco… Mientras
conducía por la autopista con Patrick a mi lado, recé una vez más
la oración de san Ignacio de Loyola y le pedí la gracia de querer
siempre a Patrick como era. Las lágrimas rodaron por mis mejillas.
Pensé: “Puede que nunca juegue al balón o diga mami, pero
siempre será un hijo especial de Dios”.
Y entonces caí en la cuenta. Dios me había bendecido,
ofreciéndome una escalera mecánica para ir al cielo. Eso era
exactamente lo que había pedido durante los últimos diez años.
Dios conocía mis debilidades. Sabía que necesitaba mucho más que
un pasamanos. Así que me dio la mano de mi precioso hijo y me
pidió que la tomara. A veces, se para; a veces, retrocede, pero
siempre apunta al cielo”.
Unos esposos peruanos daban así su testimonio: Somos Santos
Navarro y Margarita Zapata de Navarro. Tenemos cuatro hijos. Los dos
mayores, Iván Santos y Olivia Margarita, padecen retardo mental.
Agradecemos a Dios por habernos dado esta familia. Con nuestro
apoyo, nuestros hijos especiales crecieron con independencia.
Nunca los excluimos de la mesa, aprendieron a vestirse y bañarse
solos, nos ayudaban en las tareas del hogar y paseábamos juntos
como cualquier familia. Aunque la gente veía a nuestros hijos como
distintos y hasta soportamos algunas burlas, juntos aprendimos a
superarlo.
Estamos convencidos que Dios nos ama y ama muchísimo más a
nuestros hijos. Iván Jesús ha recibido muchos regalos del Señor.
Con esfuerzo logró convertirse en campeón nacional de atletismo en
el año 2002, y en el año 2003 fue a Irlanda para competir. Trajo
muchas medallas y su entrenador nos felicitó por su orden,
disciplina, perseverancia y puntualidad. Él es un campeón.
Nuestro mayor gozo es ver a nuestros hijos felices y cerca de
Dios. Las cualidades de Iván Santos destacan también en su grupo
de oración juvenil de la parroquia Perpetuo Socorro de Trujillo
(Perú), donde también es un ejemplo de superación. Como esposos,
pertenecemos al ministerio arquidiocesano de oración de la
Comunidad católica Bodas de Caná y, cuando por alguna razón no
podemos ir a adorar al Santísimo Sacramento, Iván Santos se ofrece
para rezar por quienes necesitan nuestra oración.
Como familia, sabemos que Dios nos ha dado un regalo maravilloso
que nos mantendrá siempre unidos: la oración personal y en
familia. Siempre tenemos algo que pedir a Dios. La familia es el don
más hermoso que Dios nos da y no importan las dificultades que
debamos enfrentar. Si el Señor está en casa, el amor no se agota y
todos los problemas se derrotan”.
EL AMOR TRANSFORMA
El amor transforma la vida y la llena de luz, alegría y paz. Y
en este camino del amor, nunca debemos decir basta; porque
caeríamos en el gran pecado de omisión: no avanzar todo lo que
podíamos haberlo hecho, no hacer todo el bien que deberíamos haber
hecho, habiéndonos quedado a mitad de camino de la meta a la cual
Dios nos invitaba a llegar.
Decía san Agustín: A Dios no vamos caminando, sino amando.
Caminamos, amando (Ep 155, 4,13) y en este camino del amor, si dices
basta, ya estas perdido. No te detengas, avanza siempre, no vuelvas
hacia atrás, no te desvíes. En este camino, el que no adelanta,
retrocede (Sermón 169, 18). Por eso, cada mañana toma tu vida con
cariño y dite a ti mismo: Hoy comienzo el resto de mi vida. Hoy
quiero sacar todo el odio que hay en mi corazón, porque sólo tengo
tiempo para amar. Quiero amar a todos los que me rodean sin
condiciones y sin excepciones, procurando hacerlos felices en la
medida de mis posibilidades. Quizás deba corregir, llamar la
atención, hablar o callar, pero todo lo haré con amor y por amor.
Sin amor estarás muerto por dentro. Por eso, decía san
Agustín: Cuando se atrofia el amor, se paraliza la vida (En in ps.
85, 24).
Lamentablemente, hay muchos que están muertos en vida, porque no
saben por qué viven ni adónde van. Sólo piensan en gozar. Sólo
piensan en placer y más placeres, aun a costa de los demás. Ellos
ya están muertos, porque la verdadera muerte no es morir, sino
dejar de amar. El infierno sólo será la continuación de la muerte
interior, que han comenzado en esta vida al no querer amar. Por eso,
tú decide amar en lugar de odiar, decide vivir en lugar de morir.
Como diría Louis Evely: Al final, sólo morirán eternamente los
que ya estén muertos en vida. Si tú vives con amor, estarás vivo
para siempre; y la muerte sólo será un paso, un puente al AMOR
eterno, que es Dios, que te está esperando y que se sentirá
contento de abrazarte y de hacerte feliz eternamente.
No olvides nunca que el amor es la vida y el odio es la muerte.
Ámate a ti mismo, no te destruyas, odiándote a ti mismo. Ama a
Dios y no lo rechaces de tu vida. Y ama a todos para que juntos
podamos construir un mundo nuevo lleno de amor. Veamos algunos
ejemplos de cómo el amor transforma nuestra vida.
Etty Hillesum escribió en una carta, desde Westerbork, que un
día vio a centenares de judíos subir a los vagones que les
llevarían a las cámaras de gas de Auschwitz y observó que iban
cantando salmos. Después se fijó en los rostros duros e impasibles
de los nazis y pensó que los primeros eran más felices, caminando
hacia la muerte, que los segundos que lo tenían todo, pero tenían
su corazón vacío, sin amor y sin Dios.
Jean Vanier nos dice: Hace 25 años se fundó una Comunidad de El
Arca en la ciudad india de Kerala. Ramesh, un joven hindú con
problemas intelectuales y sicológicos, fue uno de los primeros
acogidos. Hace unos meses fue a pasar unos días con su hermano.
Cuando partió de la casa del hermano dijo a sus vecinos y amigos:
¡Hoy es el día de mi boda! La gente se rió de él. Subió al
autobús y, cuando llegó de nuevo a la Comunidad, dijo a todos:
¡Hoy es el día de mi boda! Fue a trabajar un rato al taller, pero
empezó a sentirse cansado. Fue a su habitación para acostarse y
tuvo un ataque al corazón y murió. Verdaderamente fue el día de
su boda.
A veces, Dios se manifiesta de modo extraordinario a los
sencillos y les manifiesta sus misterios. Por eso, dijo Jesús: Te
doy gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y
entendidos de este mundo y se las has revelado a la gente sencilla
(Mt 11, 25).
En el libro “Dead man walking” (Pena de muerte, en español),
Helen Prejean narra la historia de Patrick Sonnier, el cual junto
con su hermano había asesinado a una joven pareja en un parque
público de Lousiana. Patrick fue juzgado y condenado a muerte.
Alguien le preguntó a Helen si aceptaría visitar a Patrick en el
corredor de la muerte. Ella aceptó y entre ellos fue creciendo una
gran amistad. Patrick descubrió por primera vez que era amado y,
por lo tanto, amable. Por debajo de su odio, su violencia y su
desesperación, pudo descubrir su persona verdadera, única y
preciosa.
Helen le reveló que era una persona de valor. Justamente, antes
de que le aplicaran la inyección letal, miró a Helen que se
encontraba al otro lado de un cristal y le dijo: “Te amo”. Ella,
a su vez, lo miró y le contestó: “Te amo”.
Luego Patrick se volvió hacia el padre de una de las personas a
las que había matado y le dijo: “Perdón”. Y, en seguida, fue
ejecutado.
Dice Jean Vanier: Un preso me escribió una carta en la que me
decía que había ejercido una profesión liberal con mucho éxito,
se había casado y tenía un hijo, pero un día cometió una gran
tontería y lo metieron en prisión. Lo pusieron en una celda de
aislamiento y allí tocó fondo, se sentía desesperado, su vida no
tenía sentido. Todo estaba perdido y quería morirse. De pronto, se
encendió como una estrellita en su corazón y esta luz comenzó a
crecer.
Empezó a comprender que su vida tenía valor todavía, que
podía hacer muchas cosas por los demás y la fe fue tomando fuerza
en su corazón y el amor de Dios creció y sintió amor por los
demás. Su vida se transformo .
Alguien me habló de un hombre de mucho éxito felizmente casado
y cuyos hijos gozaban de excelente salud, pero que vivía encerrado
en su propio mundo. Cuando a uno de sus hijos le sobrevino un
trastorno sicótico grave, el padre se sintió totalmente perdido,
furioso e impotente. Parecía que nada podía ayudar a su hijo.
Entonces, se reunió con otros padres en situación parecida y
descubrió un mundo de dolor que hasta entonces había ignorado. La
enfermedad de su hijo le ayudó a comprometerse con otras personas
en dificultades. Así descubrió una nueva vida de apertura a los
demás.
Un día, estaba hablando en mi despacho con un hombre normal,
pero que estaba triste por tantos problemas familiares. De pronto,
entró Jean Claude, que según muchos es mongólico. Para nosotros
es simplemente Jean Claude. Se me acerca, me toma la mano y me dice
“Buenos días”. Después, le toma la mano al “señor normal”
y le dice “Buenos días”, y sale sonriendo. Aquel señor me
dice: “Es triste ver niños como este”. En realidad, el triste
era él que parecía ciego para no ver con sus ojos normales la
belleza, la sonrisa y la alegría de Jean Claude.
El mismo Jean Vanier relata lo siguiente: Mis amigos Roberto y
Susana esperaban su primer hijo. A partir del sexto mes de embarazo,
sabiendo que el niño comienza a entender, Roberto le cantaba todas
las tardes una canción al pequeño. Cada tarde, la misma canción.
Él estuvo presente en el momento del parto de la pequeña Diana,
que como todo recién nacido, empezó su vida gritando. Roberto
comenzó a cantarle la canción de todos los días e,
inmediatamente, cesó de gritar y volvió la cabeza hacia su papá.
Había reconocido su voz.
En este caso, el amor del padre, cantándole una canción todos
los días, había hecho que su hija, ya desde el vientre de su
madre, se sintiera feliz al oírla. ¡Cuánto bien se puede hacer,
cuando el amor guía nuestra vida!
Un joven decía: Mi madre tiene la enfermedad de alzheimer. Ella
ha llegado a no saber comer ni vestirse. No puede ni limpiarse los
dientes. Mi papá, un hombre fuerte y eficaz, no ha querido dejarla
en un hospital ni ha buscado una persona que la cuide, él mismo la
cuida, le da de comer y le limpia los dientes. Y ahora mi padre
está totalmente transformado por ella. Él se ha convertido en un
hombre lleno de ternura y de bondad. Ha comenzado a desarrollar otro
aspecto de su persona que lo tenía descuidado, cuando sólo se
dedicaba al trabajo y a cosas útiles. Ahora sabe escuchar, tiene
ternura, comprende a mi mamá y se sienten más unidos que nunca.
Amar es algo hermoso. Amar es querer bien al otro, alegrarse de
su felicidad y dolerse de sus desgracias. Amar es comprender, es
perdonar. Amar es respetar al otro y ayudarle a crecer y
desarrollarse como persona. Es ayudar a que llegue a ser la mejor
persona posible. Es enseñarle a amar y darle buen ejemplo. Amar es
decir siempre la verdad, es servir, sonreír, ayudar, agradecer… Y
también es orar por el otro para que Dios lo bendiga siempre. El
amor es un don de Dios y, por eso, brilla siempre en las almas que
tienen a Dios.
En un hospital norteamericano hicieron unas investigaciones con
niños recién nacidos y descubrieron que los niños nacidos
prematuros crecían y engordaban tanto más rápidamente cuanto más
caricias recibían. Otra experiencia parecida hicieron con niños de
tres y cuatro años. Escogieron veinticuatro niños al azar y los
dividieron en dos grupos de doce niños cada uno. Un grupo fue
llevado todas las tardes a un centro de jovencitas retrasadas
mentales para que cada una tomara a su cargo un niño y le diera
cariño y amor, como si fuera su mamá. Ellas asumieron su papel con
mucho realismo y los niños se sentían felices de ser queridos
personalmente y no en grupo. Esta experiencia, de dos horas diarias
cada día durante tres años, tuvo sus efectos. Después de 25
años, hicieron una evaluación de estos niños ya adultos. Y pudo
comprobarse la gran diferencia. De los niños que habían seguido la
vida normal del orfelinato, algunos habían muerto jóvenes y todos
habían fracasado en su matrimonio. Ninguno de ellos había
conseguido un titulo profesional ni puestos destacados en la
sociedad. En cambio, de los niños que habían recibido el cariño
de las jóvenes retrasadas, todos menos uno tenían felices
matrimonios y todos tenían trabajos bien remunerados. La diferencia
la marcaba el amor.
En el año 1964, Rosenthal, profesor de la universidad de
Harvard, en USA, decidió hacer una investigación en la escuela Oak
School de una pequeña ciudad de California. Se planteó la
siguiente cuestión: las expectativas favorables del educador
¿inducen por sí mismas un aumento significativo en el rendimiento
escolar? A todos los alumnos de la escuela se les hizo un test de
inteligencia. A los profesores se les dijo que aquel test era capaz
de identificar con gran fiabilidad a los alumnos que en el curso de
los próximos meses destacarían claramente sobre el resto de la
clase y, una vez procesado el test, se les dio una lista con los
nombres de tales alumnos especiales. Lo que no se dijo a los
profesores es que la lista había sido hecha al azar sin referencia
a ningún test.
Seis meses más tarde se volvió a hacer el mismo test a los
alumnos; y lo mismo al cabo de un año y de dos años. Rosenthal
midió el incremento del coeficiente de inteligencia entre el primer
test y los test posteriores y constató una ventaja
estadísticamente significativa en los especiales con respecto a los
demás. El 47% de los especiales ganaron 20 o más puntos en
coeficiente de inteligencia, mientras que sólo el 19% del resto
ganaron 20 o más puntos.
La Madre Teresa de Calcuta decía: La gente necesita amor en
todas partes. Aquí en la India sufren de pobreza y abandono, pero
en países como Inglaterra, Estados unidos, Australia, que no tienen
problemas económicos, sufren de soledad, desesperación, de odio;
sufren de falta de cariño y de esperanza. Ya casi no recuerdan
cómo se sonríe, preocupados cada uno con lo suyo y encerrados en
su mundo. También ellos necesitan que los comprendan, los respeten
y les devuelvan la alegría del amor humano.
Una madre me contó la historia de su hijo muerto a los 5 años.
A los tres años tuvo una enfermedad que le provocó la parálisis
de sus piernas. La parálisis subía por su cuerpo. A lo cinco
años, estaba totalmente ciego y paralizado. Su madre lloraba junto
a él. Y un día el niño le dijo “No llores, todavía tengo una
corazón para amar a mi mamá”.
Para terminar veamos un cuento. Érase una vez una bellísima
joven llamada Rupunzel, que vivía con una bruja feísima. Vivía
prisionera de la bruja en una torre en la que no había espejos y de
la que no podía escapar. La bruja era su única compañía y le
repetía constantemente: Rupunzel eres tan fea como yo, mientras la
miraba con sus ojos legañosos y cabellos alborotados y su tez
cetrina y arrugada.
Rupunzel se decía: Si soy tan fea como esta bruja, no quiero
salir nunca de esta torre para que nadie me vea jamás. Y así
seguía viviendo en la torre, prisionera de su creencia en su propia
fealdad.
Pero un día, que estaba triste y aburrida, Rupunzel se asomó a
un ventanuco y vio a un príncipe encantador, cabalgando sobre un
caballo blanco. El príncipe, a su vez, vio a la bella Rupunzel y se
detuvo bajo su ventana y la miró sonriente. También ella sonrío
y, sin pensarlo dos veces, descolgó sus largas trenzas rubias por
la ventana. El príncipe trepó por ellas y, de ese modo, ambos
pudieron verse cara a cara y mirarse a los ojos. Entonces, Rupunzel
se vio, por primera vez en su vida, reflejada en los ojos del
príncipe como en un espejo y se dio cuenta de que era muy bella, y
se sintió libre. Saltó al suelo, subió a la grupa del caballo del
príncipe y la pareja se alejó a toda prisa de la torre y de la
bruja. Y, como suele decirse, colorín colorado, este cuento se ha
acabado. Y vivieron felices, porque el amor del príncipe
transformó su vida.
AMOR SIN CONDICIONES
Hemos hablado de cómo cuanto más necesitado y frágil es un ser
humano, más necesidad tiene de amor. Pero amar no es darle todo lo
que pide para darle gusto. Amar es descubrir los dones y capacidades
de cada uno para que sea responsable de sus actos y trabaje por
superarse y hacer algo por los demás y sentirse útil. Para
sentirnos bien es importante hacer algo que nos haga sentirnos
realizados como personas, que valemos para algo, que nos admiran por
algo.
Hace algunos años, Yolanda entró en una fase de regresión
profunda. Es una chica inteligente, pero muy machacada. Fue
rechazada por su familia por considerarla como anormal, fue llevada
a una institución y esterilizada. Había tenido varios intentos de
suicidio y tenía una imagen profundamente negativa de su persona y
de su feminidad. Había retrocedido hasta el extremo de volver a ser
como un niño pequeño. Permaneció en esta situación de niño
pequeño durante varias semanas, necesitando los cuidados más
elementales. Un día, vino el Padre Thomas a darle la comunión,
rezó con ella y le dijo algo al oído.
Por primera vez, Yolanda abrió los ojos y sonrió. El padre
Thomas le había dicho que tenía necesidad de ella, de su oración
y del ofrecimiento de su sacrifico. Ella se había dado cuenta de
que era cierto y que ella podía ayudarle a comunicar vida. Y esto
la había transformado.
Josette estaba muy enferma con un pobre cuerpo contrahecho. Le
hubiera gustado casarse y tener hijos. Un día, estaba yo muy
cansado y ella vino a mi lado; puso su mano sobre mi cabeza y me
dijo: “Te amo”. En ese momento, me sentí muy pequeño. Supo dar
calor a mi corazón y darme vida. ¡Sus corazones son casi siempre
tan delicados!.
En Montreal conocí a Pedro. Había estado siete años en la
cárcel. Era el séptimo de trece hermanos. A los doce años,
abandonó su casa, porque nadie en su familia se preocupaba de él y
se sentía solo e indeseable. Había vivido mucho tiempo en la calle
con distintas bandas. Pero aun así se sentía solo y perdido sin
tener ningún lugar a donde ir. Su vida no tenía sentido.
A los 16 años cometió un crimen que fue una llamada de socorro
y lo metieron en la cárcel. Durante su estancia, se enamoró de una
mujer que iba allí regularmente. Se llegaron a casar y su vida
encontró finalmente un sentido, una razón de existir. Fue así
como pudo cambiar.
En la pascua de 1981, tuvo lugar la segunda peregrinación de “FE
Y LUZ” a Lourdes. Éramos doce mil peregrinos, cuatro mil personas
con deficiencias y cuatro mil padres y cuatro mil amigos suyos. Los
deficientes pertenecían a 350 comunidades de todo el mundo. Fue una
explosión de alegría. El domingo de Pascua hubo una celebración
en la explanada de la basílica. Desde todas las esquinas de la
ciudad se ponían en marcha las comunidades para el Encuentro. Todo
el mundo llevaba poncho de colores y formas diferentes. Llegaban
cantando detrás de sus estandartes. Era la celebración de los
pequeños y de los pobres. Algunos llegaban en silla de ruedas,
otros andando mal y otros muy desfigurados, pero todos, o casi
todos, sonrientes, gritando y estallando de alegría.
Uno del equipo de televisión me preguntaba: ¿Cómo explica
usted esto? Yo tengo un trabajo y tengo dinero. Pero ellos tienen
una alegría que yo no tengo. Le respondí, citando esta frase de la
Escritura: “La piedra rechazada por los arquitectos es ahora la
piedra angular”.
Luisito es un discapacitado profundo. Antes de ser acogido en
nuestra comunidad de El Arca, en Santo Domingo (República
Dominicana), vivía en una chabola de la calle cerca de una iglesia.
Cuando murió su madre, se quedó solo. Algunas vecinas se ocupaban
un poco de él y le daban de comer, pero no se acercaban demasiado,
porque es contrahecho, no puede andar ni hablar y olía mal.
Molestaba a todo el mundo, en la iglesia y fuera de ella. ¡Hoy es
tan hermoso verlo!.
En 1975 acogimos a Claudia en la comunidad de Suyapa, un barrio
de chabolas de Tegucigalpa, en Honduras. Tenía siete años y había
pasado prácticamente toda su vida en un hospicio siniestro
abarrotado de gente. Claudia era ciega, temía a los demás y vivía
en un abismo de angustia. Se diría que era autista. Era totalmente
insegura. Todos y todo le asustaban. Gritaba día y noche y tiraba
sus excrementos contra la pared. Conocía un verdadero descenso a
los infiernos, a un universo terrorífico de locura, a un mundo de
destrucción interior. Después de veinte años en la Comunidad,
seguía ciega y autista, pero estaba tranquila y hacía muchas
cosas. A veces, se enfadaba, cuando se sentía insegura. Le seguía
gustando estar sola, pero ya no estaba aislada de los demás,
encerrada en su mundo. Canturreaba a menudo y sonreía. Un día me
senté frente a ella durante la comida y le pregunté: -¿Claudia,
por qué eres tan feliz? Su respuesta fue sencilla y directa: Dios.
Era hermoso ver que ella era feliz, porque se había hecho amiga de
Dios.
Amar es comprender. Claudia necesitaba ser comprendida. Sus
gritos eran solamente signos de una gran herida interior y de sus
angustias. Eran la llamada de socorro. Nadine, que era la
responsable de su Comunidad, tuvo que pedir la ayuda de un siquiatra
y de un sicólogo. Pero Claudia pudo salir adelante y abrirse al
reconocer que la amaban de verdad tal como era. Y, poco a poco, se
fue convenciendo de que no era tan mala, que otras personas se
sentían felices a su lado y era capaz de amar y ser amada.
Pierre tiene el síndrome de Down. Un día uno de los asistentes
de su Comunidad le preguntó, si le gustaba rezar. Sí, dijo Pierre.
El asistente añadió:
-¿Y qué haces cuando rezas? -Escucho. -Y ¿qué te dice Dios?
-Me dice: Tú eres mi hijo amado.
Helene, de la Comunidad de Punoa en Filipinas, murió hace unos
meses. Cuando llegó a la Comunidad, tenía 15 años. Era ciega, no
podía andar ni hablar ni hacer nada con las manos. Tenía un pobre
cuerpecito muy herido y frágil.
Keiko, una joven japonesa, era quien se ocupaba de ella. Y,
cuando fui a Manila aquel año, Keiko me dijo lo difícil que era
vivir con Helene. Ella no tenía reacción alguna. No reclamaba
nada, sólo era capaz de succionar el biberón. Era sumamente duro
no saber en absoluto lo que podía sentir ni tener comunicación
alguna con ella. Animé a Keiko a seguir hablándole con mucha
dulzura, a acariciarla con mucha ternura, a tomarla en brazos con
mucho cariño. Y le dije: “Si Dios quiere, algún día sonreirá.
Y ese día me envías una tarjeta”.
Unos meses después, recibí la cartita de Manila: “Helene ha
sonreído hoy”. Helene había renacido a la vida: algo sepultado
en el fondo de ella se había liberado, había brotado una pequeña
fuente, había renacido a la confianza. Alguien de la Comunidad
resumió la vida de Helene así: “Helene llegó, sonrió, fue
bautizada y después murió”. Apenas un año había permanecido
entre nosotros. Quizá sólo vino para sonreír y enseñarnos el
secreto de la comunión en el amor.
En 1986 se fundó una Comunidad en Betania, a pocos kilómetros
de Jerusalén. Nuestra casa se hallaba en el barrio palestino, no
lejos de la mezquita. Todos nuestros vecinos y los mismos
propietarios, Alí y Fátima, eran musulmanes. Las dos primeras
personas acogidas, Rula y Ghadir, también lo eran. Cuando los
visitaba, me llamaba la atención la belleza de Ghadir. Sufría
parálisis cerebral y no podía hablar, pero siempre me recibía con
la sonrisa en los labios y los ojos brillantes. ¡Su cuerpo hablaba
con tanto amor y tanta confianza! En cambio, Rula estaba muy
angustiada y podía gritar durante horas. Las lágrimas de su madre
eran como las de una cristiana o una judía. Las alegrías y las
penas son realidades universales. Todos los seres humanos somos
iguales en lo fundamental. Pertenecemos a la misma humanidad rota y
todos somos vulnerables y tenemos heridas interiores. Necesitamos
ser apreciados, entendidos, ayudados. En todas partes del mundo las
personas con deficiencia mental se parecen. En su fragilidad,
encierran un amor que revela su valor y su belleza. Amados y
respetados, brillan por su paz.
Durante una peregrinación a Lourdes, coincidimos en una pequeña
capilla con un obispo y algunos otros de la diócesis. En el momento
en que el obispo se disponía a participar con nosotros, se levantó
Jean-Claude (con síndrome de Down). Durante un cuarto de hora,
estuvo hablándonos de Jesús, de la pobreza de Bernadette y de la
oración. Se estaba dando en él una verdadera manifestación del
Espíritu en forma muy emocionante. Muchas personas que, sin conocer
nuestro grupo, habían creído siempre que personas como él eran
para compadecerlas o colmarlas de caramelos, le escucharon en medio
de un profundo silencio. Descubrían, de pronto, que Jean-Claude,
cuando les hablaba de Jesucristo y de la cruz, poseía algo que
ellos no tenían.
Estoy pensando también en una anciana negra de ochenta años,
que vivía sola en un barrio destartalado de Cleveland. Había ido
yo a visitarla. Se encontraba enferma y se había pasado el día
vomitando. Me dijo: “Hijo mío, hace 40 años que voy caminando
con Jesús, cuarenta años en su compañía”. Y era verdad, le
brillaban los ojos y de su rostro irradiaba algo. Mientras la
miraba, maravillado de la belleza de su gesto, ella se echó a
reír. Y me dijo:
-Ahí tienes, debes estar viendo a Dios en mí.
Y era cierto, Dios estaba en aquella viejecita, hecha un ovillo,
que se había pasado todo el día devolviendo.
Recuerdo a una mujer que mendigaba en Polonia a la puerta de una
iglesia. No teníamos dinero polaco, pero uno de los nuestros,
discapacitado mental, se arrodilló y le tomó las manos. El rostro
de la mujer se iluminó, pues aquello era lo que necesitaba, ser
reconocida como persona digna de amor y no como un cestillo en el
que uno deposita una pequeña limosna.
Encontré a Raphaël y Philippe en un asilo cerca de París. Era
un lugar lúgubre. No eran más que gritos insoportables, violencia
y depresión. Raphaël había tenido de pequeño una meningitis que
le había privado del uso de la palabra. Su cuerpo carecía de
equilibrio y sufría de una deficiencia mental. Más o menos, le
había pasado lo mismo a Philippe. Los dos habían sido llevados a
este asilo a la muerte de sus padres. Estaban encerrados tras
sólidos muros…
Lo primero que descubrí, al vivir con ellos, fue la profundidad
de su sufrimiento, del sufrimiento de haber causado decepción a sus
padres. Es compresible la reacción de sus padres ¡Quién no se
sentiría herido y decepcionado al descubrir que su hijo no podrá
hablar, ni caminar ni formar parte plenamente de la vida social!
Tener un hijo con una deficiencia produce un sufrimiento inmenso,
tener una deficiencia también. Raphaël y Philippe tenían un
corazón increíblemente sensible. Habían sido heridos por el
rechazo y las mil faltas de consideración de su entorno. Desde esa
realidad, en ocasiones, se enfurecían o se refugiaban en un mundo
de sueños.
Estaba claro que tenían sed de amistad y de confianza, sed de
poder explicar sus necesidades y de ser escuchados. Durante mucho
tiempo, nadie había querido escucharles, nadie había querido o
podido ayudarles a tomar decisiones, a tener autoridad en sus vidas.
A pesar de todo, sus necesidades eran exactamente las mismas que las
mías: necesidad de amar y de ser amados, de poder tomar decisiones,
de desarrollar sus capacidades. Conforme la amistad crecía entre
nosotros, yo iba tomando conciencia de la crueldad de nuestra
sociedad, que favorece a los fuertes y margina a los débiles…
Hacerme amigo de Raphaël y Philippe supuso para mí un gran cambio.
Había que ayudarles a crecer hacia una autonomía mayor, a que
tomaran sus decisiones y se convirtieran, en la medida de lo
posible, en responsables de su vida. Pero, ante todo, tenían
necesidad de salir de su aislamiento para pertenecer a una comunidad
de amigos y vivir en comunión de corazones…
Estaban convencidos de que no eran buenos para nada ni para
nadie, de que habían sido causa de sufrimiento para sus familias y
su entorno. Y yo tenía que luchar contra esa imagen, haciéndoles
sentir mi alegría, porque existían y mi alegría de vivir con
ellos...Cuando uno está con personas así, no debe tener prisa. Hay
que tomarse el tiempo necesario para escucharles y comprenderles.
Ellos encuentran su alegría en la presencia, en la relación; su
ritmo es el del corazón. Nos obligan a ir más despacio para vivir
intensamente esa relación de amistad. Hay que comprenderlos y no
juzgarlos ni condenarlos. Hay que hacerles ver el valor de su vida.
Si se los escucha con atención, comienzan a abrirse al amor.
TESTIMONIOS EJEMPLARES
Philip Kearney, de la Comunidad El Arca de Jerusalén, escribía:
Tenemos ocho hombres con una profunda discapacidad mental y física.
Dos de ellos son palestinos musulmanes, tres son palestinos
cristianos y otros tres son israelíes judíos. Todos ellos son
felices, viviendo juntos, encontrándose y hablando unos con otros.
Irradian una paz imposible de hallar en el mundo que los rodea.
Todas las semanas salgo de paseo por calles y parques con ese grupo
extraño y maravilloso. Los palestinos, que los conocen desde hace
años, vienen a saludarlos, poniéndoles las manos sobre la cabeza
en un gesto que parece de acogida y de bendición. Un poco más
lejos son los israelíes los que vienen a saludar al grupo,
reconociendo a los suyos. La alegría que procuran estos encuentros
a quienes se nos acercan es perfectamente visible. Hasta hoy, es el
único grupo que he encontrado con representantes de las tres
grandes religiones de este país, que no sólo viven juntos día a
día, sino que salen a pasear tomados de la mano por las calles de
Jerusalén.
Hace unos años, un joven discapacitado participaba en los juegos
paraolímpicos con unas enormes ganas de ganar la medalla de oro en
la prueba de los cien metros lisos. Comienza la carrera y consigue
una cierta ventaja; pero, de pronto, el muchacho del carril vecino
se resbala y cae. El joven, que tenía tantas ganas de ganar, se
detiene inmediatamente, tiende la mano al caído y le ayuda a
levantarse. Los dos siguieron corriendo y llegaron los últimos.
Nuestro mundo podría ser mejor, si todos supiéramos escuchar a ese
joven y descubrir que la amistad y la compasión son más
importantes que la fuerza de la victoria y del poder.
Nuestra comunidad había acogido a Eric, un joven ciego, sordo,
no hablaba y era incapaz de andar o de comer solo. Llegaba de un
hospital en el que había sufrido la ausencia de su madre, que le
amaba mucho, pero que no podía ocuparse de él. Había sufrido el
ser tocado por muchas manos sin un compromiso afectivo real. Había
desarrollado una imagen herida de sí mismo. Nuestro papel era
revelarle que era digno de ser amado y de que éramos felices de que
existiera tal como era. Lo llevábamos a la capilla a la
celebración eucarística. Los que estaban a su lado percibían la
gran paz que se reflejaba en su rostro. ¿Cómo sabía que estaba en
la capilla, sino porque Dios se manifestaba en él a través de una
paz interior? Si Eric hubiera podido describir lo que vivía, sin
duda hubiera dicho: “Me siento lleno de una paz y de una alegría
renovadas”.
Hace algunos años, estuvimos dos días de retiro con personas de
mi hogar. Cuando pregunté a Didier lo que más le había
impresionado, me respondió: “Cuando el sacerdote hablaba, mi
corazón ardía”. Estoy convencido de que habría sido incapaz de
decirme de qué había hablado el sacerdote. La palabra, la fe
amorosa del sacerdote y la musicalidad de su voz, habían sido el
canal a través del cual el Espíritu Santo había tocado el
corazón de Didier, concediéndole un sentimiento de alegría y paz
profundas.
Luisito es un joven acogido en la Comunidad de “El Arca” de
Santo Domingo. Su madre, una mujer muy pobre, vivía en una cabaña
de madera en el corazón de un barrio pobre. Llevaba a Luisito con
ella a mendigar a una iglesia. No andaba ni hablaba. La madre murió
y muchos vecinos se ocuparon de Luisito, lavándolo y dándole
alimentos.
No es fácil vivir con Luisito. Que lleva un mundo de tristeza,
de tinieblas, de ira y de depresión en su interior. Se encierra en
su sufrimiento y en sus sueños, sintiéndose víctima. Al principio
se negaba a comer en la mesa. Había comido siempre en la tierra con
sus manos. Nunca había hecho nada por sí mismo. Estaba
acostumbrado a estar asistido en todo. En la Comunidad se le
procuraba ayudar para que fuese más autónomo y responsable de sí
mismo. Era una lucha diaria.
Ahora Luisito llevaba 10 años en la Comunidad y no ha progresado
mucho. Empieza a caminar. Trabaja en el taller. Lo entendemos mejor.
Se ha abierto a los demás, pero todavía está herido y todavía
existen en su corazón tristezas e iras ocultas. Continuamente debe
hacer un esfuerzo para andar, trabajar y para vivir esta vida
comunitaria sin hundirse en el desánimo.
Hemos acogido en nuestra Comunidad a Antonio de 25 años. Su
cuerpo es pequeño. No puede caminar ni hablar ni comer solo.
Físicamente es débil y parece que no vivirá mucho tiempo. Él
necesita constantemente de oxígeno; pero, cuando uno se acerca a
él y le llama por su nombre, sus ojos brillan de confianza y
expresa una hermosa sonrisa. Es precioso. Su pequeñez, su confianza
y su belleza atraen los corazones de todos. Evidentemente, a veces,
nos molesta con sus cosas, porque tiene necesidad de que alguien le
dé de comer y de lavarlo, etc. Siente necesidad de que alguien
esté siempre cerca de él. Pero también alegra el corazón de sus
asistentes. Él los transforma y les hace ver una nueva dimensión
del ser humano. Él los introduce, no en un mundo de acción y
eficacia, sino en un mundo de ternura y amor. Antonio no pide dinero
ni conocimientos ni poder. Él pide amor y ternura. Parece reflejar
el rostro de Dios, de un Dios que no arregla todos nuestros
problemas con la fuerza de su poder, sino de un Dios que necesita de
nuestros corazones y que nos llama a la unión y al amor.
Hace algunos años, acogimos a Pierre, un hombre que tenía un
comportamiento imposible cuando llegó, con reacciones
temperamentales. No quería comunicarse, estaba cerrado en sí
mismo. Descubrimos que tenía hongos en los pies. El doctor le
prescribió un tratamiento y pidió a los responsables del hogar que
le lavaran los pies tres veces al día. A partir de ese momento, en
que le tocamos los pies con ternura y competencia, Pierre comenzó a
abrirse, a comunicarse con paz y a cambiar su actitud. ¡Lavar los
pies a alguien no es un gesto anodino!.
Cuando estuve en Bangladesh, recibí una bella lección. Después
de una conferencia a un grupo de padres, de amigos y educadores de
personas con discapacidad mental, un hombre se levantó y dijo: “Mi
nombre es Domingo, tengo un hijo, Vicente, que tiene un retardo
profundo. Era un niño hermoso al nacer, pero a los seis meses tuvo
mucha fiebre que le provocó convulsiones. Su cerebro y su sistema
nervioso fueron afectados. Hoy con 16 años, no puede hablar ni
caminar ni comer solo. Es totalmente dependiente. Él no puede
comunicarse sino por el tacto. Mi esposa y yo hemos sufrido mucho.
Hemos rezado mucho a Dios para que lo curara. Y Dios ha escuchado
nuestras oraciones, aunque no de la manera que esperábamos. Él no
ha curado a Vicente, pero Él ha cambiado nuestros corazones. Él
nos ha dado a mi esposa y a mí la alegría y la paz de tener un
hijo como él.
Recuerdo haber tenido el año pasado la alegría de hablar a los
padres de los niños que están en la escuela de “El Arca” de
Ouagadougou, en África, y les dije: Mucha gente dice que vuestros
hijos están locos y debido a ello los desprecian o los temen. Pero
¿creéis que Dios dice tu hijo está loco? No. Dios dice: “Tu
hijo es mi hijo amado”.
En el grupo estaba sentado un anciano musulmán de hermoso rostro
y larga barba. Yo había observado que jugaba continuamente con su
hijo que tenía una discapacidad bastante grande. Levantó la mano y
dijo: “Le doy las gracias. Nadie nos había dicho nunca que
nuestros hijos son amados por Dios”. Y yo le dije: “Veo su
rostro y es un rostro sabio; noto que Dios está en usted. Muchos
padres le necesitan. Debe hablar a los padres de los niños
discapacitados para que comprendan que Dios los ama”.
En nuestra comunidad de Bouaké, en África, hay una niña
pequeñita, muy importante, que me ha proporcionado mucha alegría.
Se llama Innocente. Siendo bebé, fue abandonada en la selva y pudo
haber sido devorada por una fiera o mordida por una serpiente, pero
alguien, que pasó por allí, la recogió y la llevó a un orfanato.
Estaba moribunda, muy delgada y deshidratada. Pero sobrevivió y el
orfanato nos la confió.
Ella es pequeñísima, no hablará nunca ni tampoco aprenderá a
andar, no se sabe lo que entiende ni lo que piensa, pero cuando
alguien se acerca a ella y la llama por su nombre, su rostro reluce
como una estrella, su sonrisa la ilumina y sus ojos brillan, porque
es de una belleza excepcional.
REFLEXIONES
De todo lo que hemos expuesto anteriormente, podemos sacar
algunas conclusiones prácticas. En primer lugar, que todo ser
humano, por más deficiente que sea, es un ser humano con todos sus
derechos; y Dios lo ama con todo su infinito amor. A pesar de todas
sus limitaciones humanas, sin embargo, Dios ha creado su alma con
infinito amor y le ha dado una misión que cumplir.
Estas personas son muy sensibles y cariñosas. Si se les da amor,
dan amor. Muchas familias han experimentado que su amor ha cambiado
sus vidas, pues estos niños especiales han puesto amor y unión en
el hogar. No todos pueden comprender esto. Hace falta tener fe para
no pensar que son seres inútiles y que lo mejor sería que mueran
antes de nacer o después del nacimiento.
Algunos creen que están haciendo un bien a estos niños, a su
familia y a la sociedad, si los suprimen cuanto antes para que no
sufran ni hagan sufrir. Pero ¿acaso el sufrimiento es inútil? ¿No
tiene un sentido en el plan de Dios? Alguien ha dicho con razón:
Quien no sabe de dolores, no sabe de amores. Amar de verdad es
sufrir por la persona que se ama para hacerla feliz. Quien no está
dispuesto a sacrificarse por el otro, no es capaz de amar y nunca
podrá ser realmente feliz.
Otra conclusión que debemos sacar de todo esto es que debemos
basar nuestra felicidad en Dios y no en las cosas pasajeras de este
mundo. Sólo Dios puede darnos la verdadera felicidad. Por esto,
debemos dar más importancia al alma que al cuerpo. Hay que orar,
leer la Biblia y libros religiosos, y hacer siempre el bien a todos
para que nuestra alma vaya creciendo en belleza y santidad. Así
tendremos una buena autoestima, sabiendo que, pase lo que pase, a
pesar de que los demás nos rechacen y desprecien, Dios siempre nos
ama y nos acepta, porque somos sus hijos queridos.
Por otra parte, a los niños discapacitados o con graves
carencias personales hay que ayudarles a superarse con ayuda de
profesionales, pero también con mucho amor. Es preciso que se
acepten a sí mismos y aprendan a amar a todos sin resentimientos ni
rencores.
Ellos son más sensibles a las cosas de Dios y su alma está más
abierta a las cosas espirituales. Por eso, pueden dar mucho amor y
ternura. Y pueden contribuir mucho en la construcción de un mundo
mejor y más feliz. Sin ellos, el mundo en que vivimos, sin duda
alguna, sería menos humano. Por eso, son parte del plan de Dios
para la humanidad. Se asemejan a Cristo que, cuando parecía que su
vida había sido un rotundo fracaso, fue precisamente cuando
consiguió el triunfo y la salvación para todos.
Jean Vanier nos dice: He visto a muchos hombres y mujeres llegar
a El Arca llenos de ira y de angustia. Venían de la calle o de
instituciones en las que habían sufrido enormemente. Poco a poco,
les vi ponerse de pie, transformados, llenos de ternura y de amor.
La sanación y la paz interior necesitan tiempo. He visto a jóvenes
transformados al compartir su vida con personas discapacitadas,
porque han descubierto la capacidad que tienen da dar vida y
esperanza a otros más pobres. Sí, creo en la capacidad de cada uno
de nosotros para cambiar…
Si tú y yo buscamos hoy vivir la paz, ser artífices de la paz,
apoyar la creación de comunidades de amor, aunque no veamos los
frutos, seremos más plenamente humanos y marcharemos juntos por el
camino de la ternura, de la compasión y de la paz. Habrá nacido
una nueva esperanza.
Ama y en el mundo habrá más amor. Atrévete a cambiar y el
mundo cambiará. Acércate a Dios y sentirás su paz para dar paz.
Recibe los rayos de luz y de amor que salen del sagrario de nuestras
iglesias, y el resplandor de Jesús Eucaristía inundará tu vida.
Canta y alegrarás la vida de los demás. Haz algo por ellos. No te
quedes encerrado en ti mismo. No creas que no sirves para nada. Dios
te lleva cuenta de tus acciones, un ángel bueno te acompaña y
María siempre te cuida y te protege como buena madre. Recuerda que
en el mundo hay demasiada gente triste y tienes una gran misión que
cumplir: Hacer felices a los demás. Sólo a ese precio encontrarás
el sentido de tu vida y tu propia felicidad.
AUTOESTIMA ES AMARSE A SÍ MISMO. ÁMATE COMO DIOS TE AMA.
CONCLUSIÓN
Hemos visto a lo largo de estas páginas cómo el amor transforma
a los seres humanos, aumenta su autoestima y puede hacerles salir de
su mundo interior en el que están encerrados, cuando son rechazados
y despreciados por los demás. Por eso, cuando encuentran amor, se
abren como una flor y sus vidas resplandecen de esperanza. Un
elemento importantísimo para la superación de la desestima
personal o de la mala autoimagen es saber que Dios los ama. Es muy
importante una buena educación en la fe para que lleguen a
encontrarse personalmente con Jesús y sentir su amor vivo y
presente en la Eucaristía.
Jesús los ama y, si Él los ama, ¿por qué despreciarse a sí
mismos? Decía san Pablo: Dios ha escogido la necedad del mundo para
confundir a los sabios, eligió la flaqueza del mundo para confundir
a los fuertes. Lo plebeyo del mundo, el desecho, lo que no cuenta,
lo eligió Dios para anular lo que es, para que nadie pueda
gloriarse ante Dios (1 Co 1,27-29).
De alguna manera, cada uno de nosotros tenemos que poner nuestro
granito de arena en la construcción de un mundo mejor. Dios cuenta
con cada uno. Ayudemos a los más necesitados, a los débiles, a los
más enfermos, para que sientan a través de nosotros el gran amor
de Dios. Y démosles esperanza y ganas de vivir. Hay esperanza para
ellos. Ellos también son parte del plan de Dios para el mundo. Su
vida no es inútil, tiene un sentido maravilloso para Dios.
¡Cuánto amor pueden dar al mundo y cuánta felicidad pueden
irradiar a su alrededor! Nunca despreciemos a los débiles. Son tan
personas como nosotros y merecen nuestro amor y nuestro respeto.
Que el Señor te bendiga y te llene de amor para amar y hacer
felices a los demás. Así, amando desinteresadamente, tu corazón
se llenará de más amor y serás más feliz. Es mi mejor deseo para
ti.
Que Jesús te bendiga por María. Saludos de mi ángel.
Tu hermano y amigo desde Perú. P. Ángel Peña O.A.R. Agustino
Recoleto
BIBLIOGRAFÍA
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Bogotá, 2004. Iragui Marcelino, Jesús sana hoy, Ed. El Carmen,
Vitoria, 1987.
DIOS TE AMA COMO ERES. ACÉPTATE COMO ERES Y SERÁS FELIZ.