MILAGROS VIVIENTES
Nihil Obstat
P. Agustín Lira Chiok Vicario Provincial del Perú Agustino
Recoleto
Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca
(Perú)
ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA – PERÚ 2006
ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: MILAGROS POR MEDIO DE LOS SANTOS Sor Caterina
Capitani, Peter Chungu Shitima, Manuel Cifuentes, Justa B., María
Victoria Guzmán, Giuseppe Montefusco, Amy Wall, Zoila Elena,
Rolando, Bruno, Maureen Digan, Manuel Vilar Silio, Cirana Rivera de
Montiel, Natalia Andrea García Mora, Gianna Maria Arcolino
Comparini, Juan José Barragán Silva, Valeria Atzori, Mathew
Kuruthukulangara, Ángela Governale Boudreaux, Carla De Nori, Roger
Luis Cotrina Alvarado. La multiplicación del arroz. Santos
incorruptos.
SEGUNDA PARTE: MILAGROS POR MEDIO DE MARÍA La tilma de Juan
Diego. Milagros de Lourdes. Peter van Rudder, Leo Schwager, Evasio
Canora, Vittorio Micheli, Jean Pierre Bely, Delizia Cirolli. El
milagro de Fátima. La Virgen de Siracusa. La Virgen de Akita.
Virgen de Civitavecchia. Oleada de milagros.
TERCERA PARTE: MILAGROS EUCARÍSTICOS Milagro de Firenze. Milagro
de Siena. Milagro de Betania. Milagro de Lanciano. Julia Kim, Teresa
Neumann, beata Alexandrina da Costa, Marta Robin. Una espina de la
corona de Jesús.
CUARTA PARTE: MILAGROS DE CONVERSIONES Conversiones milagrosas.
QUINTA PARTE: EL GRAN MILAGRO La sábana santa de Turín. La
sangre de san Genaro. El milagro de Calanda. Reflexiones.
CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA MILAGROS VIVIENTES
INTRODUCCIÓN
¿Se puede hablar todavía en este siglo XXI de milagros? Algunos
piensan que eso no es serio ni necesario. El hombre que llegó a la
luna y está superando toda clase de enfermedades ¿no tiene ya una
explicación científica a todos los casos que antes se llamaban
milagros? Y en los casos en que no haya todavía explicación, ¿no
se podrá esperar un poco más hasta que la ciencia pueda dar una
explicación racional a los hechos considerados milagrosos?
Evidentemente, para los que no creen en Dios ni en lo
sobrenatural, la cuestión es muy sencilla: simplemente no existen
los milagros. Para ellos, es cuestión de tiempo el poder explicar
lo inexplicable de hoy. Según ellos, las leyes naturales son
inmutables y no pueden tener excepciones. Sin embargo, la
experiencia de los hombres de todos los siglos, nos dice que hay
ciertos hechos que van en contra del modo normal de actuar de las
leyes de la naturaleza. Es como decir que hay casos excepcionales. Y
estos casos son precisamente los milagros: Hechos objetivos,
sensibles, constatables, que superan las leyes de la naturaleza, y
que son realizados por el poder de Dios como signos de que Él vive
y se preocupa de la vida de los hombres. Por eso, podemos decir que
los milagros son hechos divinos, realizados por el poder de Dios.
Los verdaderos milagros son siempre señal del poder y del amor de
Dios, vivo y presente entre nosotros.
En este libro presentaremos algunos milagros vivientes, es decir,
que pueden ser, de alguna manera, constatables hoy día para un
sincero investigador. Ojalá que estos milagros nos lleven a pensar
en el Dios viviente que los realiza y que nos habla de su presencia
y de su amor. PRIMERA PARTE
MILAGROS POR MEDIO DE LOS SANTOS
En esta primera parte, vamos a presentar algunos milagros
relacionados con los santos. Algunos de estos milagros, bien
estudiados, han servido para su beatificación o canonización. Y ya
sabemos que la Iglesia se toma su tiempo y hace las cosas con la
debida seriedad. Nadie podrá acusarla de demasiado crédula para
admitir milagros.
REQUISITOS
Para que alguien sea declarado por la Iglesia beato o santo, se
requiere la verificación de algún milagro después de muerto, como
prueba y señal divina de su santidad. El milagro debe referirse a
un acontecimiento inexplicable que supera las fuerzas de la
naturaleza y que ha ocurrido en conexión con la invocación del
siervo de Dios, que será beatificado o del beato que será
canonizado. Solamente para los mártires, la Iglesia no exige
milagros, sino solamente probar la autenticidad de su martirio. Para
los demás, desde el Papa Inocencio IV (1243-1254), se requiere, al
menos, la realización de un milagro.
Según los requisitos aprobados por Lambertini, que llegó a ser
Papa con el nombre de Benedicto XIV y que expuso en su obra Opus de
servorum Dei beatificatione et beatorum canonizatione del año 1839,
es preciso que los milagros de curaciones de enfermedades sean
evaluados por una comisión de médicos cualificados. Que la
curación sea extremadamente difícil o imposible humanamente. Si la
enfermedad podía ser curada normalmente con medicinas, es preciso
que no se hayan tomado esas medicinas o que las medicinas tomadas
hayan sido totalmente ineficaces. La curación debe ser siempre
instantánea y perfecta, aunque permanezcan algunas consecuencias
inofensivas como cicatrices. Y, además, la curación debe ser
estable y duradera en el tiempo.
Hasta 1975 se requerían dos milagros para la beatificación y,
en ciertos casos, tres o cuatro, con la posibilidad de dispensarlos
en caso de martirio comprobado. Para la canonización se requerían
dos milagros después de la beatificación. A partir de ese año, se
comenzó a dispensar del segundo milagro para la beatificación y,
después, también del segundo para la canonización, llegando así
a la actual legislación de 1983.
El Papa Juan Pablo II, con la Constitución apostólica Divinus
perfectionis Magister del 23 de enero de 1983, quiso dar mayor
agilidad a las causas de los santos sin descuidar la seriedad y
exigencia debidas, queriendo descentralizar la investigación del
proceso y haciendo partícipes a los obispos en esta tarea con el
proceso diocesano.
El proceso diocesano ve todo lo referente a la vida del posible
beato o santo, sus virtudes, martirio, fama de santidad, escritos...
También debe investigar sobre los posibles milagros y el culto que
le hayan podido dar desde antiguo. Las investigaciones diocesanas
deben recoger información sobre todo lo escrito sobre el nuevo
santo y sus propios escritos, y el juicio de los teólogos sobre
ellos. Terminadas todas las investigaciones, se envía el ejemplar
auténtico de todos los datos recopilados, incluidos sus escritos.
Si se trata de curación de enfermedades, el obispo debe pedir la
ayuda de médicos para poner preguntas aclaratorias a los testigos
del caso. Si el curado está vivo, deben visitarlo algunos expertos
para constatar su curación y su estabilidad.
Todo el material recopilado sobre el hecho milagroso es llevado a
la Congregación para la causa de los santos en Roma, donde es
estudiado bajo la dirección y control de un relator. Para el
estudio de los casos milagrosos, debe haber un estudio previo de dos
peritos de oficio. Si al menos uno de los dos da el visto bueno
favorable, se pasa a la fase de la Consulta médica en la que cinco
peritos, normalmente médicos, en caso de curación de enfermedades,
se deben pronunciar sobre la inexplicabilidad de la curación. En
casos especiales, se puede pedir la opinión de otros especialistas,
pero sólo se requiere actualmente un milagro para la beatificación
y otro para la canonización.
Cuando la comisión médica da el visto bueno favorable, pasa a
la sesión de cardenales que se pronuncian sobre si es milagro y, en
caso positivo, el Papa normalmente lo acepta y coordina la fecha
para la beatificación o canonización. En esa fecha, que es de
fiesta para todos los católicos del mundo, normalmente, se eleva a
los altares a varios a la vez, sobre todo, en el caso de las
beatificaciones. Con la certificación de la canonización, la
Iglesia declara solemnemente, con toda su autoridad, como si fuera
un dogma de fe, que tal persona está en el cielo y podemos
invocarla para recibir muchas bendiciones de Dios por su
intercesión.
Sólo el Papa Juan Pablo II ha canonizado a 482 y beatificado a
1338; de ellos unos 520 son laicos.
Veamos ahora algunos de los milagros reconocidos por la Iglesia
para la beatificación o canonización. Son unos pocos entre tantos
cientos que podríamos relatar. Los hemos escogido, especialmente,
porque todavía viven sus protagonistas y pueden ser llamados, en
verdad, milagros vivientes.
SOR CATERINA CAPITANI
Cuenta ella misma lo que ocurrió el 25 de mayo de 1966. Debía
ser el último día de mi vida. Había sido operada dos meses antes
por hemorragias internas. Sufría de una extraña enfermedad llamada
“Estómago rojo”. La operación no había servido de nada. El
médico que me cuidaba, me dijo que no llegaría a la tarde de ese
día. Yo invoqué al Papa Juan XXIII para que me obtuviese la gracia
de morir pronto. Mis hermanas estaban en la capilla, rezando al Papa
Juan XXIII por mí. Y, en un momento, sentí una mano que tocaba mi
estómago. Me volví y vi al Papa Juan, junto a mi cama. Me dijo:
Este milagro me lo habéis sacado del corazón. Ahora no temas,
estás curada.
Me levanté de inmediato, llamé a mis hermanas y les dije que
tenía hambre. Pensaban que estaba delirando, pero fui al comedor y
devoré lo que me pusieron. Después me examinaron y todo lo malo
había desaparecido.
Este milagro fue aceptado por la junta médica del Vaticano para
la beatificación del Papa Juan XXIII, que es beato desde el 3 de
setiembre del 2000.
PETER CHUNGU SHITIMA
Él mismo cuenta el milagro. Tengo treinta años y nací el 10 de
julio de 1972 en Kasaba, Zambia. Desde pequeño quería consagrarme
al servicio del Señor. En 1994 viajé a Sudáfrica en busca de
trabajo. En el Oratorio de san Felipe Neri encontré trabajo como
cocinero y jardinero, y ayudé en la catequesis de niños. Un día,
en la biblioteca, encontré un libro sobre Luis Scrosoppi, un famoso
sacerdote italiano. Yo pensé: “Cuando sea sacerdote, me voy a
llamar Luis como él”. Pero en abril de 1996 me sentí muy mal,
temblaba de frío y se me nublaba la vista. Después comencé a
tener dolores en los oídos. No podía comer casi nada, no podía
tenerme de pie y adelgacé 20 kilos. En el hospital me detectaron
que tenía SIDA en estado terminal.
Los Padres y alumnos del oratorio comenzaron a rezar al beato
Luis Scrosoppi por mi curación y decidieron enviarme a mi patria
para que pudiera morir al lado de mi familia. Cuando llegué a
Zambia, mi hermano se asombró de verme en aquel estado. Durante
varios días, permanecí casi en silencio. Mis familiares también
rezaban por mí al beato.
Yo esperaba la muerte en cualquier momento, pero no moría. En el
mes de octubre, mientras dormía con una medalla de Don Luis,
agarrada a mi mano, soñé que el Padre David estaba a mi lado y que
juntos estábamos asistiendo a la canonización de Don Luis. Cuando
me desperté en la mañana del 9 de octubre, me sentía muy bien. Le
dije a mi hermana que quería comer, lavarme, vestirme e ir a la
iglesia, y le conté mi sueño. Ella se quedó sorprendida. Pero me
levanté y podía tenerme en pie y comencé a caminar sin caerme.
Entonces, comprendí que estaba curado. Me vestí y fui a la iglesia
a agradecerle al siervo de Dios. Regresé al oratorio el 22 de enero
de 1997. Los doctores, que me habían atendido en Sudáfrica, me
hicieron nuevos exámenes y determinaron que la curación del sida
había sido inexplicable. La comisión de médicos del Vaticano
aprobó el hecho, realizado por intercesión del beato Luis
Scrosoppi, como incomprensible para la ciencia. El 10 de junio del
2001, en la plaza de san Pedro, estuvo presente Peter Chungu para la
canonización del beato Luis Scrosoppi.
MANUEL CIFUENTES
Yo tenía 10 años aquella mañana del 4 de enero de 1982 y
estaba cogiendo leña con mi padre, mi tío y mi primo. En cierto
momento, al agacharme, una rama me golpeó el ojo. Sentí un dolor
muy intenso. Mi padre cogió un pañuelo y me tocó, pero me dolía
mucho más. Entonces, me llevaron al médico. Dijo que tenía una
herida muy grave en el ojo y que debían llevarme urgentemente a un
especialista. Así que tomaron el coche y me llevaron rápidamente a
Albacete (España).
Fuimos a visitar al oculista Dr. Juan Ramón Pérez, que
aconsejó una intervención quirúrgica, me vendó el ojo y me dio
unas pomadas. Mi padre había encontrado dos días antes, en la
escuela donde enseñaba, una medalla del beato Ricardo Pampuri y me
dijo que era un hombre santo, que hacía milagros. Por eso, al
ponerme la pomada, me convenció de que tuviera esa reliquia del
santo para pedirle la curación. Aquella noche recé más que nunca
en mi vida. Hacia medianoche, mi padre vino a ver cómo estaba, pero
el ojo me dolía mucho. A las cinco de la mañana, volvió a verme y
todo seguía igual. A las siete me despertó, porque quería ponerme
la pomada y le digo: “Papá, ya no tengo dolor y veo todo muy bien”.
Fue una emoción enorme para toda la familia. Una hora más tarde,
fuimos de nuevo a ver al médico. Quedó asombrado, pues no
encontró lesión alguna. Y fuimos a ver al oculista a Albacete, que
reafirmó la curación, y dijo: “Para mí hay dos cosas
sorprendentes: la ausencia de cicatrices y la rapidez con la que han
desaparecido las señales de la herida”. En realidad, no sólo fue
una curación rápida, sino una restauración del ojo dañado, algo
incomprensible para la ciencia médica.
Cuando a los 17 años he venido a Roma para la canonización de
Ricardo Pampuri, he comprendido la importancia del milagro que
había recibido. Ha sido una experiencia inolvidable. Recuerdo que
había miles y miles de personas, todas unidas en la misma fe para
glorificar al Señor, como yo lo hago cada día.
JUSTA B.
En el pueblecito Sama de Langreo, Asturias (España), vivía en
1958 una joven de 28 años, llamada Justa B., que, al acercarse el
nacimiento de su hijo, cayó enferma debido a complicaciones
internas y fue internada a causa de hemorragias. Se le practicó la
cesárea el 18 de diciembre. Todo parecía ir bien, a pesar de la
persistente fiebre. Sin embargo, el 24 de diciembre empezó a
empeorar. Su vientre se hinchaba cada vez más, tenía vómitos
continuos. El 30 de diciembre la situación era extremadamente grave
y los médicos decidieron operarla de nuevo. El cirujano, en su
declaración del 29 de setiembre de 1959, dijo ante el tribunal en
el proceso apostólico:
Las circunvoluciones intestinales carecían de vitalidad. Había
muchas adherencias aglutinadas y sus funciones anatómicas
destruidas. Había peritonitis con obstrucción intestinal, fístula
yeyunocólica, infinidad de adherencias de las circunvoluciones y un
absceso de Douglas. Los médicos empezaron a limpiar la cavidad
abdominal, pero el resultado era decepcionante, pues cuanto más se
retiraba materia degenerada, más difícil se hacía la operación
de suturar. Entretanto, apareció también el problema de la
eliminación de la fístula. Al retirarla, aproximadamente 12 cm del
colon se descompusieron. En ese momento, el anestesista propone
interrumpir inmediatamente la operación por el debilitamiento del
corazón. No querían que la enferma muriera en la sala de
operaciones. El cirujano tomó la rápida decisión de construir un
ano artificial lateral (una comunicación de la parte sana del
intestino con el exterior, mediante un tubo de plástico). Y se
llamó al capellán para que le administrara la unción de los
enfermos. Pero Dios hizo el milagro. Sor Trinidad, que cuidaba a la
señora Justa, le recomendó el 24 de diciembre que invocara al
siervo de Dios Francisco Coll (1812-1875), dominico catalán,
fundador de las dominicas de la Anunciada. La misma Sor Trinidad le
colocó una reliquia del siervo de Dios en su camisón y una gran
imagen a los pies de la cama. Esta misma religiosa comenzó, con la
madre de la enferma y con sus hermanos, una novena al siervo de
Dios. El 1 de enero, la fiebre comenzó a disminuir; el 2 y 3
cesaron los vómitos y pudo comer algo; y el 3 y 4 de enero todo
pareció estar bien.
El 14 de abril de 1959 le quitaron el ano artificial y, al
revisarla internamente, pudieron comprobar que el colon estaba
completamente normal. Algo totalmente inexplicable para los
médicos.
El Consejo médico de la santa Congregación para los procesos de
los santos declaró que la curación fue no sólo funcional, sino
también anatómica. Una pared destruida en varios centímetros no
podía reconstruirse de forma tan perfecta que hiciera declarar al
cirujano, que reexploró la zona, que ésta aparecía como si nada
hubiese ocurrido. Por tanto, la absoluta inexplicabilidad de la
curación no radica tanto en el hecho de que la señora Justa se
salvara, sino en el hecho de que ocurriera una reconstrucción
perfecta, absolutamente impensable, de acuerdo con los actuales
conocimientos.
Esta curación fue reconocida como milagro y el siervo de Dios
Francisco Coll fue beatificado por el Papa Pablo VI el 29 de abril
de 1969. MARÍA VICTORIA GUZMÁN
Tenía dos años y medio el 5 de febrero de 1953, cuando empezó
a sentirse mal, con fiebre de 40. Cuando el 3 de marzo la llevaron
sus familiares a Madrid para que la viera un especialista, sus
condiciones eran muy graves. Su diagnóstico era septicemia por
causas desconocidas. El 8 de marzo estaba ya agonizante, cuando de
pronto abrió los ojos y empezó a moverse normalmente y a sentirse
perfectamente bien. Todos los que la conocían empezaron a hablar de
una resurrección, debida a la intercesión del siervo de Dios José
María Rubio y Peralta (1864-1929), a quien su madre había
invocado, colocándole a la niña una reliquia del mismo. El 10 de
marzo le hicieron revisiones de control y no le encontraron ni
rastro de su enfermedad anterior. Los médicos dijeron que la
curación había sido completa, duradera e inexplicable
científicamente. Los médicos de la Comisión de la Congregación
para las causas de los santos, el 27 de junio de 1984, reconocieron
que había sido una curación instantánea, completa y permanente
sin explicación natural posible. Por este milagro fue declarado
beato el antedicho siervo de Dios, por el Papa Juan Pablo II, el 6
de octubre de 1985.
GIUSEPPE MONTEFUSCO
Nacido en 1958, en Somma Vesuviana, Italia, en 1978 comienza a
sentirse mal y acude al médico de la familia, Luigi Di Palma, que
manda hacer algunos análisis. El resultado es que tiene leucemia
mieloblástica aguda. Uno de esos días, su madre vio en sueños a
un hombre, que le dice: ¿Vas donde todo el mundo y no vienes a mí?
Ella comenta: Yo no sabía quién era esa persona que parecía tan
buena. A la mañana siguiente, voy con mi prima a la iglesia y una
señorita, que vendía recuerdos, me muestra una imagen del hombre
del sueño. Era Giuseppe Moscati, médico, muerto en olor de
santidad. Comienzo a llorar y le pido a él que sane a mi hijo. A mi
hijo le llevo la imagen y le pido que la lleve con él. También le
di a tomar, con un poco de agua, un poco de tierra con sus restos,
que venía en una reliquia, y él la tomó con fe.
El mismo Giuseppe Montefusco dice: En mi habitación del hospital
estábamos cuatro, uno de los cuales blasfemaba continuamente, y me
dijo: “Quita ese cuadro, que me fastidia”. Lo pongo debajo de la
manta y comienzo a rezar. A las tres de la noche, me despierto. Los
otros dormían y, entonces, veo que se abre la puerta y entra un
médico con camisa blanca y me dice: “Tú estás bien, estás
curado. Tienes que declarar el milagro”. Me saluda y se va.
Lo cuento todo a mi madre y a otros médicos y me dicen que estoy
mal, pues ningún médico hace visitas a las tres de la mañana, que
en el hospital ningún médico va con camisa blanca hasta el suelo y
que no hay ya ningún carrito de madera para llevar las medicinas
como el que yo vi. Pero yo estaba seguro que había sido el beato
Moscati, que había sido médico. Al día siguiente, la leucemia
había desaparecido.
En virtud de esta curación, reconocida por el equipo médico
Vaticano, el 25 de octubre de 1987, Giuseppe Montefusco, con sus
padres y amigos, estuvo presente en la plaza de san Pedro, cuando el
Papa Juan Pablo II canonizaba al médico santo, Giuseppe Moscati.
AMY WALL
Amy nació el 9 de setiembre de 1992 en USA, pero nació sorda.
Según el dictamen del otorrino, tenía hipoacusia neurosensorial
medio grave bilateral. La madre de Amy informa que el día en que le
dieron el diagnóstico, estaba viendo televisión y transmitieron un
programa sobre la beata Katharine Drexel, fundadora de las hermanas
del Santísimo Sacramento. En la televisión entrevistaron a Robert
Gutherman, que contaba su curación milagrosa.
Él había estado totalmente sordo de un oído y se había curado
por su intercesión. Entonces, la madre de Amy comenzó a rezarle
para que curara a su hija. Dice: Conseguí una reliquia de la beata
y todos los días le pedía la curación de mi hija, pasándole la
reliquia por sus oídos. Mi esposo, que era protestante, nos miraba
y no decía nada. Una semana después, en marzo de 1994, cuando voy
a recoger a Amy a la escuela para sordos, la maestra me dice que la
pequeña Amy no era la misma de antes y que parecía mucho más viva
y animada... El Dr. Lee Miller le hizo muchos exámenes
audiométricos y confirmó que el oído estaba casi perfecto y que,
en su opinión, ningún niño, nacido con sordera bilateral de esa
manera, había recuperado el oído. Amy, a las pocas semanas, ya
empezaba a hablar. Fue emocionante, cuando por primera vez me dijo:
Mamá. Y puedo decir que los milagros, por intercesión de Katharine
Drexel, han sido dos: la curación de Amy y la conversión a la fe
católica de mi marido. Ahora tenemos una familia unida en la misma
fe.
El 1 de octubre del 2000, el Papa Juan Pablo II elevó a los
altares a Katharine Drexel, declarándola santa. En primera fila, en
la plaza de san Pedro, estaba Amy Wall, de ocho años.
ZOILA ELENA
La niña Zoila Elena vivía en Riobamba (Ecuador) y tenía tres
años de edad, cuando el 10 de marzo de 1965 tuvo una intoxicación
aguda por haber ingerido unas pastillas de fluoroacetato de sodio.
Como consecuencia, quedó al borde de la muerte. El tratamiento que
se le hizo, tomando leche y otras cosas, fue totalmente ineficaz.
Por eso, del hospital la regresaron a su domicilio, donde empezaron
sus familiares a preparar las cosas para el funeral. Pero también
comenzaron a pedir intensamente su curación por intercesión de la
sierva de Dios ecuatoriana Mercedes de Jesús Molina (1828-1883),
fundadora del Instituto religioso de santa Mariana de Jesús.
Después de una hora de estar orando, otros dicen que a las cuatro
horas, sin que se le administrara ningún nuevo medicamento, la
pequeña comenzó a moverse y a tomar conciencia y sentirse bien. La
llevaron de nuevo al hospital para hacerle nuevos estudios, y vieron
que no tenía ni rastro de ninguna intoxicación anterior. Por este
milagro, reconocido por la Comisión médica del Vaticano, Mercedes
de Jesús Molina fue declarada beata por el Papa Juan Pablo II, en
la ciudad ecuatoriana de Guayaquil, el 1 de febrero de 1985.
ROLANDO
En Hull, suburbio de Octtawa, Canadá, vivía una familia
católica con varios hijos. El último de ellos, Rolando, tenía un
año de edad aquella tarde del 28 de junio de 1947, en que su madre
lo dejó en su cochecito en el patio. Pero el cochecito estaba en
pendiente y, cuando su madre lo dejó solo, se precipitó hacia un
vacío de tres metros de profundidad. Al caer, el niño perdió la
conciencia. Lo llevaron rápidamente al hospital, donde comprobaron
que tenía una fractura de cráneo y conmoción cerebral
traumática. El niño tenía convulsiones y fiebre alta. El 30 de
junio se dieron cuenta de que el niño estaba ciego. El diagnóstico
era ceguera traumática.
En aquella situación, la madre y la familia se encomendaron al
siervo de Dios Carlos José Eugenio de Mazenod, que fue obispo de
Marsella y fundador de los misioneros Oblatos de María Inmaculada.
El Padre José Francoeur, miembro de esta Congregación, les dio una
reliquia del Venerable y se la pusieron a los ojos, y lo mismo
hicieron con una estampa del mismo. Comenzaron una novena al siervo
de Dios para pedirle la curación y, al día siguiente, el niño
veía con normalidad. Era el 18 de agosto de 1947.
En 1949 se le hicieron nuevos estudios médicos y se confirmó la
estabilidad de la curación. Igualmente, en 1971, con nuevos
exámenes confirmaron que todo estaba normal. Según el dictamen de
la Comisión médica del Vaticano, la curación de la ceguera fue
perfecta, duradera y sin explicación natural. El milagro fue
aceptado y aprobado para la beatificación del siervo de Dios Carlos
José Eugenio de Mazenod, proclamado beato por el Papa Pablo VI en
1975.
BRUNO
Nació el 2 de mayo de 1943 en Fossano, Italia, hijo único de
Aldo y Amelia. A los cuatro meses de su nacimiento, le comenzaron
graves problemas de salud con vómitos, dolores intestinales,
diarreas, etc. Los medicamentos empleados dieron poco resultado
positivo. Con subidas y bajadas siguió con sus problemas graves de
salud hasta 1947, en que su estado se agravó. El 12 de diciembre de
ese año se le declaró una apendicitis aguda con fiebre altísima.
Antes de que lo operaran, la hermana Gisella le puso sobre su
vientre una reliquia de la Madre Enriqueta Dominici (1829-1894), de
la Congregación de las Hermanas de santa Ana y de la Providencia de
Turín. La misma Sor Gisella colocó una imagen de la sierva de Dios
en su cama y pidió que todos le rezaran para obtener el milagro. Y
dice la hermana Gisella: Al cuarto de hora de la invocación a la
santa y de la aplicación del algodón, el niño cesó de lamentarse
y se durmió tranquilamente. Al despertarse, estaba totalmente
curado. Sonreía con la mirada viva y se mostraba alegre y contento
como un niño con buena salud. Me dijo que quería beber y le di un
poco de café azucarado, que tenía cerca de él. Lo bebió
ávidamente y me dijo que tenía hambre y quería comer. Le
respondí que era necesario esperar al médico. Le tomé el pulso y
lo encontré normal. Tomé la temperatura y ésta marcaba 36,5.
Bruno se durmió nuevamente hasta el momento en que vino el médico.
El mismo Bruno nos cuenta su caso, cuando tenía seis años de
edad: Tenía cuatro años, cuando fui a la colonia de Viu y siempre
me dolía la tripa. El médico me dijo que tenían que llevarme a
Turín para operarme de urgencia... La Superiora dijo a los niños,
que estaban en la cama, que se sentaran y que rezaran a la Madre
Enriqueta para que me curase... Cogió algodón bendecido, me lo
pasó por la tripa donde me dolía y me hicieron que besara una
estampa de la Madre Enriqueta, que colgó de la cama; luego me
dormí. Y, cuando desperté por la mañana, estaba curado. Y ahora
rezo a la Madre Enriqueta para que crezca sano. Continúo estando
bien y como de todo, también castañas y judías, y no me ha vuelto
nunca más la fiebre y el vómito.
Por este milagro, reconocido por la Comisión médica del
Vaticano, se consiguió la beatificación de la Madre Enriqueta, que
fue proclamada beata por el Papa Pablo VI en 1978.
MAUREEN DIGAN
Hasta los quince años disfrutaba de una salud normal. De pronto,
le vino una enfermedad progresiva y terminal, llamada Lymphedima.
Esta enfermedad no tiene tratamiento, pues no responde a ningún
medicamento. En los 10 años siguientes, Maureen tuvo 50 operaciones
y, a veces, se quedó durante un año en el hospital para
restablecerse. La situación llegó hasta el punto de necesitar que
le amputaran una pierna. En estas circunstancias, una tarde, su
esposo Bob fue a ver la película titulada La misericordia divina.
Imposible escapar de ella. Y se convenció de que debían ir a la
tumba de Sor Faustina Kowalska, la mensajera del Señor de la
misericordia, para pedir la salud por su intercesión.
Llegaron a Polonia el 23 de marzo de 1981. Maureen se confesó
después de muchos años, y le pidió ayuda a Sor Faustina. Dice
que, en su corazón, oyó que Sor Faustina le decía: Si me pides
ayuda, yo te la daré. De pronto, pensó que sus nervios se
rompían; se sintió bien y vio que su pierna tenía su tamaño
normal. Estaba curada. Al regresar a USA, donde vivían, fue
examinada por cinco doctores independientes que la declararon
completamente curada. Los médicos de la comisión del Vaticano
también la examinaron y su curación fue considerada como
inexplicable.
Por este milagro, Sor Faustina Kowalska fue beatificada por el
Papa Juan Pablo II el 18 de abril de 1993.
MANUEL VILAR SILIO
Tenía dieciocho meses de edad, cuando el 19 de julio de 1998, su
familia se trasladó a una casita de campo de la localidad argentina
de Nagoya. Su madre, Alicia Silio, se quedó dentro de la casa
cocinando, habiendo dejado el cuidado de su hijo a otros familiares.
Al terminar de cocinar, fue a ver dónde estaba el niño y nadie
supo decirle dónde estaba. Empezaron a buscarlo hasta que lo
encontraron, flotando boca abajo en la piscina. El agua estaba fría
y cenagosa. Cuando descubrieron al niño, no había ondas en la
superficie, por lo que se deduce que llevaba varios minutos
completamente inmóvil.
Eran las 15:45 cuando lo sacaron con el cuerpo rígido y
amoratado, el vientre hinchado y los ojos vidriosos, signos típicos
del ahogado. Lo llevaron al hospital de san Blas, donde el doctor
Edgardo La Barba confirmó que Manuelito no tenía latidos
cardíacos ni respiración. Fue en ese momento, en que parecía todo
perdido para siempre, cuando su madre, muy devota de la beata Madre
Maravillas (1891-1974), carmelita descalza española, fundadora de
muchos conventos, empezó a invocarla por la salvación de su hijo.
A los pocos minutos, el niño comenzó a expulsar el fango que
tenía alojado en los pulmones y en el estómago; y 35 minutos más
tarde recobró la frecuencia respiratoria. El niño había pasado
más de una hora de parada cardiorespiratoria, por lo que se
suponía que, si vivía, quedaría con graves secuelas
neurológicas. Por ello, lo llevaron de inmediato al hospital
infantil san Roque de Paraná a 102 kilómetros de distancia, al que
llegaron a las 17:22. Allí el niño fue atendido por la doctora
Vanegas, quien tampoco dio muchas esperanzas a la familia.
Al día siguiente, a las 6:40 de la mañana, al no haberse
detectado complicaciones, le retiraron al niño el respirador
artificial. Aproximadamente, a las 8:00 el pequeño se despertó y
empezó a llamar a su madre. El 22 de julio fue dado de alta sin
ninguna secuela. Los médicos estaban realmente asombrados del
milagro, pues un paciente con más de 20 minutos con falta de
oxígeno, normalmente tiene una muerte cerebral fulminante. El caso
fue fundido por la televisión argentina.
Los médicos de la comisión vaticana estudiaron el caso y lo
aprobaron por unanimidad. Y por este milagro, la beata Madre
Maravillas fue canonizada por el Papa Juan Pablo II el 4 de mayo de
2003.
CIRANA RIVERA DE MONTIEL
Se casó el 24 de abril de 1976 con Sergio Montiel Alvarado.
Ambos eran mexicanos de veintitrés años de edad. Ella le había
explicado antes de casarse que todos los miembros de su familia
tenían una enfermedad congénita y las mujeres, desde hacía varias
generaciones, no podían tener hijos, pues eran estériles. Durante
siete años se sometió a algunas pruebas con la esperanza de tener
hijos, sin resultados positivos. Tenía el Síndrome
Stein-Leventhal. El doctor Daniel Montes, que le hizo un estudio
radiográfico, le dijo que tenía obstrucción tubárica bilateral y
retroversión del cuerpo uterino; lo que significaba que no había
ninguna posibilidad de tener hijos. Y, aunque hubiera concebido,
dada la malformación uterina, no hubiera podido llevar adelante el
embarazo y le habría venido muy pronto un aborto.
Pero los dos esposos comenzaron a invocar al siervo de Dios
Rafael Guízar Valencia (1878-1938), que había sido obispo de
Veracruz (México), donde se le tenía mucha devoción. Los dos
esposos pidieron la oración de otras familias del Movimiento
familiar cristiano, al cual pertenecían. Y en mayo de 1983, ella
quedó encinta. El 19 de febrero de 1984, Cirana dio a luz, mediante
un parto normal, a un niño a quien llamaron Sergio, como su padre.
El niño era, evidentemente su hijo, y no fruto de fecundación
artificial, pues también tenía la misma enfermedad genética BPES.
Después de este hijo, no ha podido tener más y todos los
exámenes realizados manifiestan lo inexplicable humanamente de
haberlo tenido. Incluso, se le han seguido manifestando las
irregularidades anteriores en los ciclos menstruales con amenorreas
de hasta seis meses de duración.
Por este milagro, el Papa Juan Pablo II beatificó al obispo
Rafael Guízar Valencia el 29 de enero de 1995.
NATALIA ANDREA GARCÍA MORA
Tenía ocho años de edad y vivía en el barrio Blanquizal de una
de las zonas más violentas de Medellín, en Colombia. Era la
séptima de los ocho hijos de Julia Ester García Mora, de 33 años,
que había quedado viuda cuatro años antes, y que trabajaba como
doméstica en varias familias.
Hacia las 5 de la tarde del 1 de setiembre de 1993, la niña
Natalia Andrea estaba jugando en su casa con sus amigas Mónica,
Erika y Eva, cuando, de improviso, cayó al suelo a causa de un
disparo, realizado por una pistola con silenciador a una distancia
de unos 5 ó 6 metros. Le salía sangre por la boca y respiraba con
mucha dificultad. Las vecinas la llevaron hasta la carretera para
tomar un coche, que la llevara al hospital.
En ese momento, pasaba en su coche la señora Gloria Amparo
Álvarez Arboleda, que la llevó de emergencia al hospital san
Cristóbal. La doctora que la atendió, viendo la gravedad del caso,
la hizo llevar en ambulancia al hospital pediátrico san Vicente de
Paúl. Los exámenes y radiografías descubrieron que la bala había
impactado en la columna vertebral. Tenía fractura a la altura de la
vértebra D7-D8; había sido dañada la médula espinal, además del
pulmón y la columna. El doctor le dijo a la madre que, si quedaba
con vida, no podría caminar nunca más.
Al día siguiente, 2 de setiembre, las compañeras de colegio
comenzaron a rezar por su curación en unión con sus profesoras,
las religiosas escolapias fundadas por Paula de San José de
Calasanz (1799-1889). El 10 de setiembre fue operada de la columna y
el doctor Carlos María Piedrahita confirmó la pérdida de un 10%
de médula ósea. El 20 de setiembre le dieron de alta y tuvo que
salir en silla de ruedas con monoplegia del miembro inferior derecho
y con parálisis ligera de la pierna izquierda.
La familia de la niña y las religiosas del colegio con las
alumnas, rezaban todos los días por su curación a Sor Paula. A
fines de setiembre, un día, la niña se había sentado sola al
borde de su cama y se había levantado, pues se sentía bien. Desde
ese día, está perfectamente sin ninguna rehabilitación previa y
lleva una vida completamente normal; corre, juega y sube escaleras
como cualquier niño de su edad.
Los médicos del Vaticano certificaron que su caso era un trauma
vertebro-medular con lesión parcial de la médula espinal a nivel
D7-D10 con grave paraplegia y problemas en los esfínteres. Su
recuperación fue muy rápida, completa y duradera, de modo
inexplicable y sin rehabilitación. Por este milagro fue canonizada
por el Papa Juan Pablo II Sor Paula de San José de Calasanz, el 25
de noviembre de 2001.
GIANNA MARÍA ARCOLINO COMPARINI
Elisabete Comparini, brasileña, tenía tres hijos y quedó
nuevamente encinta en 1999, pero la gestación se presentaba
difícil. Después de hacerle algunas ecografías, los doctores
vieron que la situación se presentaba complicada y sin muchas
esperanzas, pues perdía mucha sangre. El 11 de febrero del 2000, a
las 16 semanas de gestación, tuvo pérdida completa del líquido
amniótico. Los doctores le recomendaron un aborto para evitar
riesgos de infección para ella y, por supuesto, para el niño, en
caso de que siguiera la gestación. A pesar de algunas tentativas
para aumentar el líquido, no hubo ningún resultado positivo.
Según los médicos, la posibilidad de supervivencia del niño en
esas circunstancias era cero.
La doctora que la atendía, le urgía a abortar al niño, pero
ella con su esposo decidieron continuar el embarazo. En esos
momentos, apareció en el hospital el obispo diocesano de Franca
(Brasil) y los alentó en su decisión, pues él mismo había
bendecido su matrimonio. A los pocos minutos, se presentó el padre
Ovidio de su parroquia para darle la unción de los enfermos.
El obispo les dio a leer la vida de la beata Gianna Beretta
Molla, la doctora italiana, muerta en 1962, después de haber dado a
luz a su cuarta hija y no haber querido ser operada para perderla.
Es considerada la santa de la maternidad, pues el milagro para su
beatificación había sido la curación de una mujer con gravísimos
problemas después de haber tenido una operación cesárea. Por
todas partes pidieron oraciones y, a pesar de que, humanamente,
parecía imposible, la gestación se iba desarrollando bien, hasta
que a las 32 semanas, después de haber estado 16 semanas sin
líquido amniótico, el 31 de mayo del 2000, fue operada, trayendo
al mundo una niña sana con 1.800 gramos. La niña, llamada Gianna
María, en honor de la beata Gianna María, ha crecido sana para
alegría de todos.
Por este milagro fue canonizada la beata Gianna Beretta Molla el
16 de mayo del 2004.
JUAN JOSÉ BARRAGÁN SILVA
Era un joven mexicano drogadicto de 20 años. Su padre lo había
abandonado, cuando era niño, para irse a Estados Unidos y formar
otra familia. Vivía con su madre, que debía trabajar para
sostenerlo, porque él no hacía nada. Vivía solamente dedicado a
la droga y al alcohol, sin esperanzas y sin ganas de vivir.
El 3 de mayo de 1990 regresó a casa a las 6:00 p.m. borracho y
alterado. De pronto, agarró un cuchillo y empezó a cortarse en la
cabeza. Su madre, Esperanza Silva, trató de quitárselo sin
conseguirlo, mientras él gritaba: No quiero vivir. Los vecinos
trataron de ingresar a la casa, pero la puerta estaba cerrada.
Entonces, el joven corrió hacia el balcón y se tiró del segundo
piso de su casa a la calle, cayendo sobre el cemento, de cabeza. Su
madre, mientras bajaba corriendo por las escaleras para ver a su
hijo en la calle, pensó en Juan Diego, el vidente de la Virgen de
Guadalupe, y le pidió ayuda, lo mismo que a la Virgen María.
Cuando la mamá llegó donde su hijo, él estaba sangrando de la
cabeza y le dijo: Mamá, perdóname. Después, se quedaron unos
minutos abrazados hasta que llegó la ambulancia, que lo llevó al
sanatorio Durango, a donde llegó las 6:30 p.m.
Los médicos dieron el caso por perdido, pensando que, en el
mejor de los casos, quedaría paralítico de por vida, pues la
caída de 8-10 metros sobre cemento, de cabeza, es sumamente grave.
En el sanatorio, le hicieron todas las pruebas oportunas, pero no
encontraron fracturas en la columna ni en el cráneo. No quedó
paralítico ni con fractura de las vértebras cervicales, como era
de suponer. Y la hemorragia del cráneo no tuvo posteriormente
ninguna consecuencia negativa. A los seis días, lo sacaron de
terapia intensiva y lo pasaron a sala normal. El séptimo día le
quitaron el tubo de alimentación y, a los diez días, fue dado de
alta. Pocas semanas más tarde, él y su madre fueron a visitar el
santuario de la Virgen de Guadalupe y a agradecer a la Virgen y a
Juan Diego por el milagro. Desde ese momento, dejó la droga y se
puso a estudiar para aprender un oficio.
La comisión médica del Vaticano consideró que una caída de 10
metros sobre cemento es como un impacto de 2.000 kilos. Por ello, la
curación se consideró inexplicable para la ciencia. Por este
milagro, Juan Pablo II canonizó al beato Juan Diego el 31 de julio
del 2002.
VALERIA ATZORI
La señora María Giovanna Caschili dio a luz el 21 de enero de
1986 a una niña a las 23 semanas de gestación, con un peso de 550
gramos y 30 centímetros de longitud, en la clínica de la
universidad de Cagli, en Italia. Los exámenes médicos señalaron
que el estado de la niña, bautizada como Valeria, era gravísimo
por ser demasiado prematura. Parecía como un conejito sin piel, la
piel era roja-gelatinosa y transparente. No tenía respiración
autónoma y le tuvieron que administrar oxígeno de inmediato.
Según el doctor Franco Chappe las posibilidades de sobrevivir eran
mínimas y, en ese caso, con muchas probabilidades de tener daños
cerebrales muy importantes. Según su experiencia de 30 años, todos
los nacidos antes de las 24 semanas morían inexorablemente después
de pocos minutos o de algunas horas.
De hecho, a las pocas horas, se había deshidratado y pesaba 410
gramos. Al día siguiente, a las 10 a.m. empezaron a suministrarle
algunos medicamentos como Mucosolvan y Spectrum e intentaron
alimentarla con un tubo por vía oral. Pero, debido a ciertos
problemas, tuvieron que alimentarla por la vena umbilical con muchas
dificultades durante la primera semana y, después, con sonda
nasogástrica hasta el tercer mes, en que pudo empezar a tomar el
biberón.
A los cuatro meses, el 25 de mayo, ya pudo ser dada de alta con
un peso de 2.100 gramos, con buenas condiciones generales de salud
sin ningún daño en ninguna parte de su cuerpo.
Le siguieron haciendo exámenes de control a los 12, 18 y 24
meses y todo era perfectamente normal. En 1989 la doctora Melania
Puddu y Giuliana Palmas le hicieron exámenes especiales y todos
salieron perfectamente normales para su edad. Lo mismo ocurrió,
cuando tenía 10 años en 1996.
Para los médicos era inexplicable cómo había podido sobrevivir
en aquellas condiciones. La explicación está en que sus padres
Giovanna Caschili y Pietro Atzori, habían acudido a la intercesión
del siervo de Dios fray Nicola de Gesturi (1882-1958), fraile
capuchino muy conocido en la ciudad y muerto en olor de santidad.
Los papás se acercaron hasta su tumba para implorar el milagro. Y
Dios se lo concedió por su intercesión.
Había nacido muy prematura, con insuficiencia respiratoria y con
múltiples paradas respiratorias, doce de las cuales prolongadas,
acompañadas de paros cardíacos. Había tenido grave osteoporosis
con fractura espontánea del pulso izquierdo y grave infección
estreptocócica. Sin embargo, su curación fue completa, duradera y
sin consecuencias negativas, lo cual es inexplicable
científicamente, según la comisión médica vaticana.
Por este milagro el Papa Juan Pablo II beatificó a Nicola de
Gesturi el 3 de octubre de 1999.
MATHEW KURUTHUKULANGARA PELLISSERY
Nació el 9 de julio de 1956 en Irinjalakuda, estado de Kerala,
en la India, con una malformación en ambos pies llamada talipes
equino-varus. Sus padres, por ser muy pobres, no pudieron llevarlo a
operar a otra ciudad. Por este motivo, Mathew se arrastraba
apoyándose en las rodillas y en los codos. A los cuatro años pudo
ponerse de pie, pero debía agarrarse a algo para no caerse.
Solamente a los cinco años pudo empezar a caminar solo, con un
andar vacilante, bamboleándose hacia los lados. Por lo cual era
objeto de bromas y risas en la escuela.
Los padres habían visitado a una religiosa, tía de la mamá de
Mathew, cuando él tenía dos años, y ella les había dado un
librito La estigmatizada de Kerala, sobre Sor Mariam Thresia (1876-
926), fundadora de su Congregación, y les sugirió que le rezaran
para pedirle la curación del niño. Desde ese día, todos rezaron
en familia a Sor Mariam para que lo curara. El padre se
comprometió, en caso de que se curara, mandar celebrar por ella una
misa solemne y que toda la familia iría en peregrinación ante la
tumba de la sierva de Dios.
El 19 de mayo de 1970, toda la familia comenzó cuarenta días de
abstinencia de carne, ayunando los viernes y rezando cada día a la
religiosa santa. El día 21 de junio, dice Mathew: Hacia las dos de
la mañana vi dos religiosas que estaban junto a mi cama. Una
hermana tenía velo negro y la otra velo blanco. La de velo negro se
asemejaba a Sor Mariam Thresia, tal como la conocía por
fotografía. Me dio masajes en la pierna derecha y me dijo: “Levántate,
hijo mío, tu pierna esta curada”. Después, desaparecieron y he
visto que mi pierna derecha estaba enderezada y sana. Llamó
urgentemente a toda la familia y todos agradecieron a Sor Mariam,
pero continuaron con la abstinencia y el ayuno, porque la pierna
izquierda seguía torcida.
Al año siguiente, el 27 de junio de 1971, comenzaron de nuevo a
rezar novenas y a hacer ayuno y abstinencia por su total curación.
Y el 5 de agosto ocurrió el milagro. Dice la madre: He visto a las
dos hermanas, una con velo negro y otra con velo blanco. La de velo
blanco parecía ser mi tía Cordula, muerta unos pocos años antes.
La hermana de velo negro le dijo: “la pierna de tu hijo está
curada. Vete a ver”. La madre se levantó inmediatamente y fue a
ver a su hijo, constatando que había curado verdaderamente también
de su pierna izquierda.
Toda la familia fue en peregrinación a la tumba de Sor Mariam y
publicaron en una revista católica el milagro. Después de 20 años
del milagro, varios médicos examinaron a Mathew y comprobaron la
normalidad de sus piernas sin ninguna desviación de su columna
vertebral.
Este hecho, realizado sin ninguna clase de operación, fue
aceptado por la comisión médica del Vaticano como inexplicable
científicamente y la hermana Mariam Thresia fue beatificada por el
Papa Juan Pablo II el 9 de abril del 2000.
ÁNGELA GOVERNALE BOUDREAUX
Ángela estaba casada con cuatro hijos y vivía en Louisiana
(USA). Tenía 36 años, cuando a comienzos del verano de 1966,
comenzó a sentirse muy débil y a notar un abultamiento en el
vientre. En julio tenía dificultades para respirar y tenía el
vientre como si estuviera embarazada de 5 meses. El 24 de julio tuvo
que internarse en el hospital bautista de New Orleáns, en Estados
Unidos. Después de los respectivos exámenes, determinaron que
tenía un tumor maligno en el hígado.
El 8 de agosto de ese año, el cirujano James Freeman la operó y
encontró que el cáncer estaba diseminado a ambos lados del hígado
y no ofrecía esperanzas de sobrevivencia.
Pero, desde los primeros días de estar internada en el hospital,
Ángela había comenzado a invocar al padre Francisco Xavier Seelos
(1819-1867), religioso redentorista alemán, que emigró a USA para
atender a los emigrantes alemanes. Ángela tenía una medalla de
este siervo de Dios y algunas reliquias. Sorprendentemente, a
principios de noviembre, comenzó a manifestar señales claras de
que el hígado estaba trabajando normalmente. Ella dice que todo
comenzó el 27 de noviembre, cuando sintió un renovado bienestar.
Por precaución, a partir del 15 de diciembre, se le administró
Leukeran (Chlorambucil). Pero, al poco tiempo, el médico mandó
dejar esta medicina, al ver que todo estaba bien.
Cinco años después de esta recuperación milagrosa, volvió al
quirófano para una operación de cálculos biliares. Era el 8 de
octubre de 1971. El cirujano, doctor David Weilbaecher, aprovechó
para hacer una exploración del abdomen y hacer biopsias del
hígado, viendo que todo era normal. En 1998, cuando ella tenía ya
69 años, seguía con el hígado normal. Por ello, los médicos del
Vaticano consideraron que su curación había sido extremadamente
rápida, completa y duradera por 33 años, algo científicamente
inexplicable. El Papa Juan Pablo II beatificó a Francisco Xavier
Seelos el 9 de abril del 2000 por este milagro.
CARLA DE NONI
Era una religiosa italiana de las misioneras de la Pasión. El 20
de abril de 1945 tomó el tren a las 1:40 de la tarde para ir de
Villanova a Mondovi (Italia). El tren estaba muy cerca de llegar a
su destino, cuando apareció un avión inglés, que empezó a
ametrallar el convoy. Sor Carla recibió varios proyectiles en la
mandíbula, una bala a la altura de los senos y otra en el brazo
derecho. Su situación era desesperada y los bomberos la llevaron de
inmediato al hospital más cercano, mientras el párroco del lugar
le administraba la unción de los enfermos.
El doctor Giovanni Bosio, que la recibió, dice que estaba en
estado de shock gravísimo por hemorragia aguda y no podía ni
hablar. El labio inferior le caía hacia la derecha y el mentón le
caía sobre el pecho. La situación no mejoraba y tenía fiebre
altísima. Por eso, fue de nuevo regresada a su casa en Villanova
para que, en caso de morir, como era previsible, fuera enterrada en
el cementerio de la Comunidad.
Sin embargo, todas las religiosas de su Comunidad, desde el
primer momento, empezaron a orar para pedir su curación por
intercesión de Don Rinaldi (1856-1931), un santo sacerdote
salesiano, que había sido Rector mayor de su Congregación
Salesiana.
Al regresar a Villanova, le colocaron un pañuelo del siervo de
Dios y sintió un ligero alivio. Durante todo el mes de mayo y
junio, continuaron las oraciones. A finales de junio, una tarde, Sor
Carla se durmió y, al despertarse, se dio cuenta de que algo
excepcional había sucedido, pues sentía un bienestar general. Se
levantó por sí misma por primera vez desde el 20 de abril y vio
que estaba perfectamente curada. Sólo tenía una cicatriz en el
mentón, pero podía comer y hablar perfectamente bien.
Los exámenes que se realizaron el 15 de julio de 1945 y el 15 de
septiembre de 1946, mostraron la presencia del hueso del mentón que
había sido llevado por los proyectiles. Dios le había creado de la
nada un pedazo de hueso en el mentón para poder unir la cara y
dejarla perfecta, aunque con una gran cicatriz como prueba del
milagro. En 1984, de nuevo, le hicieron exámenes y todo seguía en
perfecto estado.
Por este milagro, el Papa Juan Pablo II beatificó a Don Felipe
Rinaldi el 29 de abril de 1990.
ROGER LUIS COTRINA ALVARADO
El 26 de agosto de 1988, el submarino Pacocha, de la Armada
peruana, fue colisionado por el pesquero japonés Kyowa Maru a pocos
kilómetros del puerto del Callao. El choque abrió una brecha en la
popa. Los motores y generadores de energía quedaron dañados y no
tenían luz en el interior. En los primeros minutos, tratando de
apagar un incendio, murieron tres marinos, entre ellos el capitán
del barco. Entonces, el teniente Roger Luis Cotrina de 32 años,
tomó el mando y, mientras el submarino se estaba hundiendo, trató
de cerrar una compuerta interna por donde entraba agua del exterior.
En ese momento, en la oscuridad y con poco aire, invocó la ayuda de
Sor Maria Petkovic de Jesús crucificado (1892-1966), fundadora de
las Hijas de la misericordia, cuya vida había leído cuando estaba
enfermo en el hospital naval del Callao el año anterior.
Humanamente, era imposible cerrar aquella compuerta, ya que la
presión del agua exterior creaba un peso de cuatro a seis
toneladas. De hecho, la primera vez que lo intentó vio que era
imposible, pero después de invocar a la Madre María, la pudo
cerrar. De esa manera, pudieron estar a salvo dentro de la nave,
esperando el rescate. Como éste no llegaba, al día siguiente, se
decidieron a salir desde el fondo del mar, a unos 42 metros de
profundidad, uno por uno, cada 20 segundos, y aunque la
descompresión brusca tiene fatales consecuencias, todos ellos
sobrevivieron, menos dos por efecto de embolia cerebral. La Marina
condecoró al teniente Cotrina por su hazaña.
Esto fue considerado como un milagro, ya que a unos 20 metros de
la superficie, en que se encontraba el submarino en el momento en
que se pudo cerrar la escotilla, el peso creado por la presión del
agua era equivalente a unas cuatro a seis toneladas, que ningún
hombre puede levantar. Este hecho fue aceptado por la comisión
vaticana como inexplicable para la ciencia y el Papa Juan Pablo II
beatificó a Sor María de Jesús crucificado el 6 de junio del
2003.
LA MULTIPLICACIÓN DEL ARROZ
En el pueblo español de Olivenza (Badajoz) había una
Institución, fundada por el Padre Luis Z.B., llamada Pía Unión de
las doncellas de María Inmaculada. A las chicas pobres les daban
todos los días de comer gratuitamente. Cada domingo daban de comer,
además de 42 muchachas, a 17 muchachos y varias familias pobres. El
domingo 25 de enero de 1949, cuando Leandra, la cocinera, debía
preparar el alimento para los pobres en la Parroquia, se dio cuenta
de que no tenía más que un puñado de arroz, exactamente tres
tazas (unos 750 gramos). Los echó a la olla, diciendo a la imagen
del beato Juan Macías: Hoy tus pobres se quedan sin comer. Hay que
anotar que, en ese pueblo, muy cercano al pueblo donde nació el
beato, todos lo conocían mucho y lo invocaban frecuentemente.
Dice la cocinera: Al cuarto de hora, más o menos, volví a la
cocina para vigilar el arroz y observé con asombro que la cantidad
aumentaba y el nivel subía hasta el borde de la olla. Al ver el
aumento prodigioso del arroz, no dudé en llamar a la madre del
párroco que me dijo: Será necesario utilizar otra olla, porque
rebosa... Comenzamos a coger arroz y a verterlo en una segunda olla,
un poco más pequeña, algo así como ocho litros, puesto que
continuaba subiendo el nivel de la olla que estaba en el fuego.
Tuvimos que buscar una tercera olla, que nos prestó la señora
Isabel. Esta olla era, más o menos, como la primera. Yo comencé a
preparar la comida hacia la una del mediodía y retiramos la olla
del fuego a las cinco de la tarde por orden del párroco, que estuvo
presente, desde cuando pudo observar cómo el arroz aumentaba y lo
pasábamos de una olla a otra.
El milagro los dejó asombrados a todos los del pueblo que
acudían a ver el prodigio. Normalmente, el arroz, después de una
cocción de 20 minutos, se deshace y se transforma en papilla. Pero,
en este caso, después de cuatro horas, seguía saliendo arroz
entero. A los once años del prodigio, testificaron veintidós
testigos, todos de edad madura y todos testigos oculares del
milagro. Todo ocurrió desde la una hasta las cinco de la tarde, y
aquel día se dio de comer a 150 personas. Después de once años,
algunas señoras conservaban algunos granos de arroz y fueron
enviados al laboratorio de la ciudad de Badajoz para su
comprobación científica.
Este hecho milagroso fue debidamente presentado a la
Congregación para los procesos de los santos y fue reconocido
oficialmente como milagro, que sirvió para la canonización del
beato Juan Macías, proclamado santo por el Papa Pablo VI el año
1975.
SANTOS INCORRUPTOS
Muchas veces, Dios ha manifestado la santidad de sus hijos a
través de la incorrupción de sus cuerpos, después de su muerte.
Éste es un signo más del amor de Dios y de su poder sobre los
elementos de la naturaleza. La gran diferencia entre la
momificación natural o artificial y la incorruptibilidad de los
santos, es que aquella momificación es siempre rígida y dura, y
los cuerpos son secos, descoloridos y arrugados. En cambio, en los
santos, los cuerpos, o parte de ellos, están enteros y flexibles.
A este respecto, dijo el cardenal Virgilio Noé, párroco mayor
de la basílica de san Pedro, que fue el supervisor de la apertura
del ataúd del Papa Juan XXIII, que su cuerpo, después de 38 años,
estaba como si hubiera muerto ayer... Ninguna parte de su cuerpo
estaba descompuesta. A pesar de no haber recibido ningún
tratamiento de embalsamamiento, su cuerpo estaba flexible y con
tranquilidad y serenidad. Ante este hecho, el 3 de junio de 2001, se
decidió exponer su cuerpo en una urna de cristal en el Vaticano
como testimonio vivo de que Dios sigue actuando entre nosotros.
El cuerpo de santa Bernardita Soubirous, la vidente de la Virgen
en Lourdes, se conserva incorrupto desde 1879. Su cuerpo está
expuesto en una urna de cristal en el convento de san Gildard, en
Nevers, Francia. Tiene el rostro resplandeciente, como si estuviera
lleno de felicidad.
Santa Catalina Laboure, que vio a la Virgen de la Medalla
milagrosa, tiene su cuerpo incorrupto desde 1876 y es admirado por
miles de peregrinos que la visitan en el convento de la Rue de Bac,
en París. Allí puede verse su rostro fresco como si hubiera muerto
hace unas horas.
San Andrés Bobola fue parcialmente desollado vivo, sus manos
fueron cortadas y su lengua arrancada. Y así, tras horas de
torturas y mutilaciones, lo mataron, cercenando su cabeza con una
espada. Su cuerpo fue enterrado por los católicos en una bóveda de
la iglesia jesuita de Pinsk, donde fue encontrado cuarenta años
después, perfectamente conservado a pesar de las heridas abiertas,
que normalmente favorecen y aceleran la corrupción. Aunque su tumba
era muy húmeda, causando la descomposición de sus vestimentas, su
cuerpo estaba flexible y su carne y músculos estaban suaves al
tacto. La preservación milagrosa de su cuerpo fue reconocida por la
Congregación de Ritos en 1935. Su cuerpo permanece incorrupto
después de más de 300 años.
También hay otros fenómenos, que acompañan con frecuencia a
los cuerpos incorruptos de los santos. Por ejemplo, un aroma u olor
de santidad. Así observaron los presentes en la exhumación del
cuerpo de san Alberto Magno, que se llevó a cabo doscientos años
después de su muerte. Había un perfume celestial inexplicable,
procedente de las reliquias del santo.
La dulzura del aroma sobre el cuerpo de santa Lucía de Narni se
quedaba en todos los objetos que lo tocaban, durante cuatro años
después de su muerte. Este olor de perfume celestial fue notado
también en la última exhumación del cuerpo de santa Teresa de
Jesús, ocurrida en 1914, más de 300 años después de su muerte.
El cuerpo de santa Rita de Casia está fragante después de más
de 500 años. En algunos santos, este perfume dura unos años, en
otros permanece hasta hoy. Pero hay algo más que desafía todas las
leyes de la naturaleza y toda explicación científica. En algunos
cuerpos de santos se aprecia todavía sangre fresca. Así fue
observado a los ochenta años de la muerte de san Hugo de Lincoln y
nueve meses después de la muerte de san Juan de la Cruz, cuando al
amputarle un dedo, salió sangre fresca de la herida.
Durante la exhibición del cuerpo de san Bernardino de Siena, que
duró 26 días, después de su muerte, una cantidad de sangre fresca
salió por su nariz. Cuarenta y tres años después del
fallecimiento de san Germán de Pibrac, mientras unos trabajadores
preparaban la tumba vecina, una herramienta, que estaban utilizando,
dañó la nariz del santo, haciéndola sangrar. También sangró el
cuerpo de san Nicolás de Tolentino cuarenta años después de su
muerte y este suceso fue considerado milagroso por el Papa Benedicto
XIV.
En algunos casos, aparecen luces misteriosas sobre los cuerpos o
tumbas de algunos de estos santos. Quizás el caso más
impresionante ha sido el de san Charbel Makhluf (1828-1898), el
santo libanés. La luz que brilló sobre su tumba por cuarenta y
cinco noches, fue presenciada por cientos de personas. Su tumba
sigue siendo lugar de peregrinación por los numerosos milagros que
sigue realizando. Pero el milagro de su cuerpo, que sigue vivo, ha
dejado atónitos a los sabios y sigue asombrando a cuantos pueden
comprobarlo. Después de más de cien años de muerto, su cuerpo
sigue sudando un líquido sanguinolento que no se puede explicar
humanamente.
Varias veces ha sido exhumado para comprobar este milagro. En una
oportunidad, dicen las crónicas del Monasterio: Depositamos el
cuerpo sobre la terraza para que se secara la sangre que brotaba de
la espalda y costado. Era tan abundante la sangre, que empapaba
totalmente las dos telas que habían envuelto el cadáver y debían
ser cambiadas diariamente. Cuatro meses duró la exposición.
A pesar de estar expuesto su cuerpo al sol durante cuatro meses,
no hubo señales de corrupción. Le hicieron algunas punciones en el
costado y la sangre seguía brotando. Empaparon muchos algodones con
esta sangre bendita y los enfermos se sanaban.
Los médicos del Líbano y especialistas de distintas partes del
mundo quisieron examinar aquel milagro extraordinario de la
exudación e incorrupción. El Dr. Nagib el Khuri quiso hacer una
prueba decisiva especial. Ordenó que lo pusieran de pie y que los
pies estuvieran envueltos en cal viva, la que absorbería la
transpiración sanguínea y quemaría los pies hasta disolverlos.
Pero eso no ocurrió. Por eso, afirmó: Constato que este cuerpo se
conserva gracias a un poder que es inalcanzable. No hay dudas de que
todo es efecto de la santidad del Padre Charbel.
El Dr. Jorge Chukrallah, uno de los más célebres médicos
libaneses, después de haber examinado el cuerpo treinta y cuatro
veces en diecisiete años, certificó:
Después de haber examinado a menudo este cuerpo intacto, siempre
he quedado pasmado de su estado de conservación y, sobre todo, de
ese líquido rojizo que rezuma. Yo mismo he consultado, en ocasión
de mis viajes, a excelentes médicos de Beyrut y de Europa. Nadie
supo explicarme el hecho... Supongamos que el líquido secretado del
cuerpo no pesara más que un gramo al día. En un año serían 365
gramos. Y en los primeros 70 años desde su muerte 365x70=25.550
gramos, o sea 25 litros y medio. Pero la cantidad media de la sangre
y otros líquidos contenidos en el cuerpo humano gira alrededor de
cinco litros. Ahora bien, lo menos no da lo más. Es un principio
científico indiscutible. Pero el líquido exudado por el cuerpo del
Padre Charbel supera con mucho el gramo diario. Mi opinión
personal, fundamentada en el estudio y la experiencia, es que el
cuerpo se conserva gracias a un poder sobrenatural.
En 1965 fue, al parecer, la última exhumación. Y se certificó:
El cuerpo está todavía discretamente conservado y está sumergido
en cinco centímetros de ese líquido rojizo.
Como vemos, hay cosas que son inexplicables. Hay milagros que
todavía pueden ser constatados por quienes tengan un mínimo de
sinceridad y de respeto a la verdad. A quienes no acepten a Dios ni
a los milagros, podríamos invitarlos a que examinen bien uno solo
de estos milagros vivientes para que acepten que hay algo más que
lo natural, que hay un poder sobrenatural que guía nuestras vidas,
pues como decía el incrédulo Ernest Renan en el siglo XIX:
Bastaría tan solo con un milagro verdaderamente demostrado para
rebatir el ateísmo.
Nombraremos a algunos de los santos cuyos cuerpos permanecen
incorruptos hasta hoy:
Santa Lucía, santa Clara de Montefalco, beata Ossana Andreasi,
san Eusebio de Roma, santa Eufemia de Calcedonia, san Carlos Sezze,
venerable María de Jesús de Agreda, santa Verónica Giuliani,
beato Sebastián Aparicio, santa Rita de Casia, santa Margarita
María de Alacoque, san Peregrino Laziosi, santo cura de Ars, san
Juan Bosco, san Francisco Javier (algunas partes), beato Francisco
Javier Seelos, san Pío V, san Vicente Paul, santa Francisca de las
cinco llagas, beato Angelo de Acri, beata Ana María Taigi, beato
Stefano Bellesini, santa Clara de Asís, san Ezequiel Moreno, beato
Juan XXIII, santa María de san José...
Pueden verse las fotografías de sus cuerpos incorruptos en
Internet: www.legionhermosillo.com; www.reinadelcielo.org;
www.corazones.org. SEGUNDA PARTE MILAGROS POR MEDIO DE MARÍA
En esta segunda parte, vamos a examinar algunos hechos
milagrosos, realizados por medio de Nuestra Madre la Virgen. Todos
ellos son maravillosos ejemplos del poder de Dios, que se goza en
bendecir a sus hijos por medio de María.
LA TILMA DE JUAN DIEGO
Uno de los milagros que más hace pensar a los científicos, es
el realizado en la tilma (poncho) del indio Juan Diego en 1531.
Sobre este hecho y las apariciones de la Virgen de Guadalupe en
México, habla el escritor indígena Antonio Valeriano en su obra
Nicán Nopohua, escrita en náhualt, la lengua de los aztecas, a los
doce años de las apariciones. Dice este escritor que, al llegar
Juan Diego a la presencia del obispo, que había pedido a la Virgen
una prueba de sus apariciones, extendió su blanca manta y así que
se esparcieron por el suelo las diferentes rosas de Castilla, se
dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la
Siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, de la manera que está y
se guarda hoy en su templo de Tepeyac... Y se le nombró, como bien
había de nombrársele: la Siempre Virgen Santa María de
Guadalupe... La ciudad entera se conmovió y venía a ver y admirar
la devota imagen y a hacerle oración. Mucho le maravillaba que se
hubiese aparecido por milagro divino, porque ninguna persona de este
mundo pintó su preciosa imagen.
Hasta aquí las palabras textuales de Antonio Valeriano. Pero el
milagro es mucho más maravilloso. Algunos enemigos de nuestra fe
católica quisieron hacer desaparecer la imagen. El 14 de noviembre
de 1921 colocaron una carga de dinamita junto al altar sobre el que
estaba el cuadro de la Virgen. La carga explotó y destruyó el
altar, algunas gradas de mármol, imágenes y hasta un crucifijo de
latón; sin embargo, el cuadro de la Virgen quedó intacto y ni
siquiera se rompió el vidrio que lo protegía.
Pero la imagen misma es un milagro viviente. Está pintada sobre
fibra de ayate, que se desmorona a los 20 años, como se ha
comprobado en repetidas reproducciones y, sin embargo, la túnica de
Juan Diego, después de tantos años, sigue sin desgarrarse ni
descomponerse a pesar de haber estado expuesta por más de un siglo
sobre una pared húmeda entre el humo de miles de velas y tocada por
manos de muchedumbres de indios.
El Dr. Richard Kuhn, premio Nóbel de química, estudió una
muestra de la pintura y su respuesta dejó atónitos a los sabios.
Dijo que los colorantes de la imagen no pertenecen al reino vegetal,
mineral o animal. Como si dijera que es algo sobrehumano, que
ningún hombre pudo pintar en aquel año de 1531.
Otros científicos de la NASA, el Dr. Callagan y Jody Smith,
concluyeron que la imagen había sido pintada directamente sin
tanteos ni rectificaciones. No había pinceladas y la técnica
empleada era desconocida. Lo más asombroso fue lo que descubrió el
sabio peruano Dr. Aste Tonsmann, quien, aplicando la técnica de la
digitalización a los ojos de la Virgen, es decir, fotografiando los
ojos de la Virgen y aumentándolos en la computadora 2.500 veces, se
dio con la sorpresa de que en el iris de la imagen aparecían unas
15 personas:
Un indio, sentado en el suelo, tal vez sirviente del obispo
Zumárraga. En la espalda lleva una calabaza, como depósito de
agua.
Un anciano calvo de nariz grande y recta, que se cree es el
obispo, pues el pintor Cabrera lo pintó en un cuadro y se asemeja
casi totalmente a él.
Se observa también un hombre joven con expresión de asombro y,
por la posición de sus labios, parece estar hablando con el
anciano. Parece tratarse del traductor del obispo, que no hablaba
náhualt.
Se ve a Juan Diego como un hombre de edad madura y con aspecto
indígena, que tiene sobre la cabeza un sombrero. Sus pómulos
prominentes, barba rala, algo de bigote muy pegado a la cara, labios
entreabiertos y nariz aguileña. Está con la tilma abierta,
extendida delante del anciano.
Detrás de Juan Diego aparece una mujer de raza negra, que ve lo
que ocurre. Sólo puede verse el busto y la cara, su tez oscura,
nariz achatada y labios gruesos.
También se ve a un hombre con barba, cuyo rostro refleja asombro
al mirar a Juan Diego. Se cree que es Sebastián Ramírez, el
entonces presidente de la Segunda Audiencia de la Nueva España.
Y, en el centro de ambos ojos, aparece un grupo de figuras más
pequeñas que parece ser una familia indígena. Se ve a una mujer
con trenzas, que lleva un bebé a la espalda. Se ve a un hombre con
sombrero y entre ambos se ve un niño y una niña. Por la espalda de
la mujer, se puede apreciar un hombre y una mujer maduros, que
podrían ser los abuelos. Y hay alguno más que no se distingue
bien.
Como vemos, un verdadero milagro de la pintura. Algo imposible de
realizar en el siglo XVI; pues, en un espacio de 7 milímetros,
están pintadas, en el ojo de la Virgen, unas 15 personas, bien
distintas y con las perspectivas perfectas en ambos ojos. Eran,
ciertamente, las personas que estuvieron presentes en el momento del
milagro ante la presencia invisible de la Virgen, y quedaron
grabadas en la tilma para la posteridad.
Incluso hay más, pues el oculista doctor Escalante, al
investigar los ojos de la Virgen en la imagen, pudo observar con
claridad hasta la red venosa de los ojos, microscópicamente
dibujada. Todo ello un milagro viviente que puede comprobarse hoy
día si nos acercamos a él con sinceridad y deseo de encontrar la
verdad.
MILAGROS EN LOURDES
Lourdes es uno de los santuarios marianos más importantes del
mundo. Allí acuden en peregrinación más de seis millones de
fieles cada año. Una de las características de Lourdes es que
existe una Comisión internacional de médicos, que examinan los
casos de posibles curaciones milagrosas. Hasta ahora han considerado
67 casos como inexplicables para la ciencia, a los cuales la Iglesia
ha declarado oficialmente como milagros, además de 7.000 curaciones
extraordinarias. Por supuesto que cada año hay miles de curaciones
extraordinarias; pero para que alguna curación sea considerada
inexplicable para la ciencia, debe tener muchos y exigentes
requisitos. Por eso, cada año sólo se estudian 50 casos nuevos,
que cumplen las condiciones.
La Oficina médica de Lourdes explica en su página web
(www.lourdes-france.com) que su objetivo es el poder declarar una
curación segura, definitiva y médicamente inexplicable. Para ello
se requiere que el diagnóstico de la enfermedad sea perfectamente
claro; que el pronóstico sea permanente o terminal a breve plazo;
que la curación sea súbita sin convalecencia, completa, duradera y
que ningún tratamiento pueda considerarse como origen de esa
curación ni la haya favorecido.
Si una persona se cree curada milagrosamente, su expediente debe
ser examinado por los médicos permanentes de Lourdes. Después
será invitada a presentarse ante la comisión al año siguiente y
en años sucesivos. Si los diferentes exámenes han resultado
favorables, el caso será transmitido al Comité médico
internacional, creado en 1947 y compuesto de 30 especialistas,
cirujanos, profesores o agregados de distintos países, que se
reúnen una vez al año. Al igual que en un tribunal de apelación,
el Comité médico internacional confirma o rechaza la postura
tomada por la Oficina médica de primera instancia. Las decisiones
deben ser tomadas por amplia mayoría. En el caso de que sea
considerado como médicamente inexplicable, el estudio pasa al
obispo del lugar donde reside la persona curada, quien debe crear
una comisión diocesana formada por sacerdotes, canonistas y
teólogos. Y corresponderá al obispo pronunciarse definitivamente,
si la curación debe ser considerada milagrosa o no.
Veamos algunas curaciones aceptadas como milagros, entre los más
de 1.300 expedientes abiertos para su consideración.
PETER VAN RUDDER
Era un jardinero de Jabbeke en la región belga de Flandes. El 16
de febrero de 1867 se rompió la pierna por debajo de la rodilla
tras haberse caído de un árbol. Los médicos vieron que tenía
fractura completa de la tibia y el peroné. Los muñones quedaron
separados por un agujero de unos tres centímetros. Sus sufrimientos
duraron ocho años, porque no quería dejarse amputar la pierna como
le sugerían los médicos.
El 7 de abril de 1875 fue con su mujer al pueblo de Oostaker,
situado en Flandes, para visitar la capilla que reproducía la gruta
de la Virgen de Lourdes, de la que en ese tiempo se hablaba mucho y
se contaban muchos milagros. Según la relación oficial de los
hechos, cuando llegó ante la estatua de la Virgen, sintió que
corría por su cuerpo una especie de convulsión, dejó caer las
muletas y se echó de rodillas delante de la imagen. Algo que no
podía hacer desde hacía ocho años. Según el informe médico, las
llagas gangrenadas aparecieron cicatrizadas. Lo más llamativo es
que la tibia y el peroné fracturados, se habían vuelto a unir a
pesar de la distancia existente entre ambos. Dice el informe: La
soldadura de los huesos es completa, de modo que las piernas tienen
de nuevo la misma longitud. En este caso, había seis centímetros
de hueso surgidos de la nada, como testimonia la relación médica y
la documentación fotográfica que todavía se expone en la oficina
médica de Lourdes.
Durante los 23 años que todavía vivió, gozando de buena salud,
fue examinado por los médicos que reafirmaron por unanimidad que el
hecho era inexplicable. Cuando murió en 1898, su cuerpo fue
examinado por un equipo médico. Según afirma Georges Bertrin: Las
fotografías obtenidas durante la autopsia de los huesos de las
piernas, una vez separados de la carne, muestran claramente que la
pierna izquierda tiene idéntica longitud que la derecha. Pero, al
mismo tiempo, en la pierna izquierda han quedado huellas evidentes
de la doble fractura, como si un cirujano invisible hubiera querido
dejar la señal de su operación. Éste es el número 24 de los
milagros reconocidos por la autoridad eclesiástica, después de
escuchar el veredicto de inexplicable para la ciencia de la
comisión de médicos.
LEO SCHWAGER
Nació en 1924 en Suiza. A los veintiún años entró en un
monasterio de benedictinos y, al poco tiempo, se le manifestaron los
síntomas de una esclerosis múltiple. No obstante, pudo emitir sus
votos temporales en 1950. En 1951 la enfermedad estaba ya avanzada y
tenía hemiplegia o parálisis de medio cuerpo. Sus hermanos lo
llevaron a Lourdes en peregrinación en abril de 1952. El día 30,
exactamente, fue llevado a las piscinas, pero no hubo ninguna
mejoría. Esa misma tarde, en el momento de la procesión
eucarística, cuando el sacerdote trazaba sobre él una gran cruz
con la hostia bendiciéndolo, y mientras él decía interiormente al
Señor: Que se haga en mí tu santa voluntad, sintió como si le
cayera un rayo. Una corriente eléctrica le recorrió todo su cuerpo
y, de pronto, se dio cuenta de que estaba curado.
Al día siguiente, la Oficina médica de Lourdes lo interrogó y
lo mismo en años sucesivos. El 15 de abril de 1959 declaraban que
su curación era inexplicable para la medicina. El obispo de
Friburgo, con un decreto que se leyó en todas las iglesias,
declaró que su curación era un milagro, el 18 de diciembre de
1960.
EVASIO CANORA
En 1949, a los 36 años de edad, es afectado por una enfermedad
incurable y mortal: linfogranulomatosis maligna, conocida como
enfermedad Hodgkin. El 1 de junio de 1950 es llevado
semiinconsciente a Lourdes. Lo metieron en la piscina y dice él
mismo: Fui sacudido por una especie de descarga eléctrica, algo
así como una corriente de fuego que se desplazara por todo mi
cuerpo. Fue una curación fulminante y definitiva hasta el punto de
que, al día siguiente, aquel moribundo de pocas horas antes, se
unió a los camilleros voluntarios para bajar a la piscina a
aquellos pobres despojos humanos, de los que él mismo había
formado parte.
En 1955, cinco años después, el obispo pudo promulgar un
documento oficial en el que decía: Sentenciamos y declaramos que la
curación de Evasio Canora es milagrosa y que debe ser atribuida a
la especial intercesión de la Santísima Virgen Inmaculada, Madre
de Dios, en la gruta de Lourdes. Era el milagro número cincuenta de
los reconocidos en Lourdes.
VITTORIO MICHELI
Nació en 1940 cerca de Trento, en Italia. Mientras prestaba
servicio militar, le vino una enfermedad misteriosa. En el hospital
militar de Verona los médicos confirmaron que tenía
descomposición de la estructura ósea. Era un cáncer a los huesos,
que afectaba al fémur y a otros huesos colindantes. Del 24 de mayo
al 6 de junio de 1963 participó en una peregrinación militar a
Lourdes. Tuvieron que llevarlo, porque tenía la pierna izquierda
totalmente imposibilitada. El 1 de junio lo metieron en la piscina y
se sintió instantáneamente curado. Al regresar, fue llevado al
hospital para ver su estado y las radiografías certificaron la
reconstrucción milagrosa de las partes destruidas por el cáncer.
La Comisión de médicos de Lourdes y el Comité internacional de
París lo examinaron y reconocieron por unanimidad que el tumor era
un sarcoma del cual sanó de modo imprevisto sin ningún tratamiento
adecuado. Es inútil buscar una explicación científica para esta
curación. El arzobispo de Trento, Mons. Alejandro Gottardi,
declaró el 26 de mayo de 1976: La curación de Vittorio Micheli es
un milagro extraordinario de Dios, obrado por intercesión de la
Virgen María.
JEAN PIERRE BELY
Dice: Nací el 24 de agosto de 1936. A partir de 1972, empecé a
sufrir disturbios neurológicos. En 1984 me diagnosticaron
esclerosis a placas, una enfermedad incurable. Desde febrero de
1985, tuve que servirme de una silla de ruedas. A principios de
octubre de 1987 fui en peregrinación a Lourdes. Ese día recibí la
unción de los enfermos. En el momento en que el sacerdote me dio la
unción en la frente y en las manos, perdí la noción del tiempo y
sentí una sensación profunda de liberación y de paz interior,
como nunca la había sentido. Al principio, sentí frío en mi
cuerpo y, después, poco a poco, sentí un calor que me invadía por
entero como un fuego. De improviso, me di cuenta de que podía
sentarme en la cama y mover mis brazos y piernas. Me dormí y, a las
tres de la noche, me desperté, teniendo una idea obsesiva en la
mente. Era como si alguien me dijera: “Levántate y camina”. La
enfermera vino en ese momento y le dije que quería levantarme... Y
ella se sorprendió, al verme levantarme y caminar. Mis pasos eran
vacilantes al comienzo, pero después me sentí más seguro. Al día
siguiente, abandoné Lourdes y pude viajar sentado. Y, desde
entonces, llevo una vida normal, teniendo la plenitud de mis
facultades físicas.
El 11 de febrero de 1999 su caso fue reconocido oficialmente como
milagro. Es el número 66 de Lourdes.
DELIZIA CIROLLI
Había nacido el 17 de noviembre de 1964 en Paterno, cerca de
Catania, Italia. En 1976 tenía una inflamación grave en la rodilla
y fue examinada por la clínica ortopédica de la universidad de
Catania y, según las radiografías, el diagnóstico era claro:
tumor óseo maligno, un sarcoma a la parte superior de la tibia. Los
papás no quisieron que se le amputara la pierna a pesar de que
sólo le daban medio año de vida y la llevaron a Lourdes en la
peregrinación del 5 al 13 de agosto de 1976, pero no obtuvo ninguna
mejoría y regresó tal como había ido. Ya habían perdido toda
esperanza, cuando el día de Navidad de ese año, notaron de
improviso alguna mejoría: disminuyó la inflamación y amainaron
los dolores. Empezó a mover la pierna y a caminar, sintiéndose
totalmente bien. La Comisión médica de Lourdes afirmó que la
curación de Delizia Cirolli era un fenómeno absolutamente
extraordinario, contra toda previsión médica y completamente
inexplicable. El arzobispo de Catania, Mons. Bonmarito, en un
decreto del 28 de junio de 1989, lo declaró milagroso.
ANNA SANTANIELLO
El último milagro de Lourdes, reconocido oficialmente por la
Iglesia (Nº 67), ha sido proclamado así el 11 de noviembre del
2005 por el arzobispo de Salerno, Gerardo Pierro. La enferma, Anna
Santaniello, sufría, desde la infancia, una malformación
cardíaca, declarada incurable por los médicos. Al cumplir cuarenta
años, en 1952, su estado de salud empeoró y su familia la llevó a
Lourdes. No podía caminar ni hablar claramente, y tenía cianosis
en la cara y edemas en las extremidades inferiores. La llevaron en
camilla y unas religiosas la introdujeron en la piscina. Ella dice:
El agua estaba helada, pero sentí inmediatamente algo que hervía
en mi pecho, como si me hubieran restituido la vida. Después de
pocos segundos, me levanté con mis propias fuerzas y comencé a
caminar, rechazando la ayuda de los camilleros, que me veían con
incredulidad. Desde entonces, ha estado sana de sus dolencias
cardíacas y, actualmente, tiene más de 90 años.
EL MILAGRO DE FÁTIMA
Este milagro es uno de los más espectaculares de la historia
humana y todavía viven algunos que lo vieron y muchos que lo han
oído contar a sus propios familiares, testigos de los hechos.
Ocurrió el 13 de octubre de 1917 en el lugar de las apariciones de
Fátima. Ya Lucía había anunciado que ese día, último de las
apariciones a los tres pastorcitos, habría un gran milagro para que
todos creyeran. Había unas 70.000 personas en los alrededores y
este milagro fue visto hasta a 50 kms de distancia.
En un momento de la aparición, Lucía dijo: Miren el sol.
Entonces, las nubes se entreabrieron, dejando ver el sol como un
inmenso disco de plata, que brillaba con una intensidad jamás
vista, pero no cegaba la vista. Esto duró apenas un instante. La
inmensa bola de fuego comenzó a bailar. Cual gigantesca rueda de
fuego, el sol giraba rápidamente. Paró un cierto tiempo para
recomenzar en seguida a girar vertiginosamente sobre sí mismo.
Después, sus bordes se volvieron escarlata y, como un remolino,
esparció llamas rojas de fuego. Esa luz se reflejaba en el suelo,
en los árboles, en los arbustos, en los propios rostros de las
personas y en las ropas, tomando tonalidades brillantes y de
diferentes colores. Animado tres veces de un movimiento loco, el
globo de fuego pareció temblar, sacudirse y precipitarse en zig-zag
sobre la multitud aterrorizada.
Duró todo esto unos diez minutos. Finalmente, el sol volvió en
zig-zag hasta el punto desde donde se había precipitado, quedando
de nuevo tranquilo y brillante con el mismo fulgor de todos los
días. Entonces, las personas presentes notaron que sus ropas,
empapadas por la lluvia de todo el día, se habían secado
súbitamente.
El milagro no había sido una ilusión visual, pues fue visto a
muchos kilómetros de distancia y la ropa de la gente, que estaba
mojada, quedó instantáneamente seca. Fue precisamente Don Avelino
de Almeida, redactor jefe del periódico de Lisboa O seculo,
francmasón, quien al día siguiente habló del milagro con
sinceridad y lealtad, presentando fotografías de la gente mirando
al sol.
El doctor José María de Almeida Garret, profesor de la
universidad de Coimbra, que se hallaba presente dice: Resulta
asombroso que la muchedumbre pudiera mirar directamente al sol sin
dolor en los ojos y sin que la retina quedase deslumbrada o cegada.
Este fenómeno duró aproximadamente diez minutos con dos
interrupciones, durante las cuales el astro lanzó unos rayos aún
más brillantes y deslumbradores que nos obligaron a desviar la
mirada. Aquel disco nacarado tenía el vértigo del movimiento. No
sólo era el destello de un astro en plena actividad, giraba sobre
sí mismo a una velocidad impresionante. De pronto, de la multitud
surgió un clamor como un enorme grito de angustia. El sol,
manteniendo su prodigiosa rotación sobre sí mismo, acababa de
desprenderse del firmamento y ahora, de color rojo sangre, se
precipitaba hacia el suelo, amenazando con aplastarnos bajo el peso
de su inmensa masa incandescente. Fueron unos segundos de una
impresión aterradora.
Temiendo una alteración de la retina, cerré los párpados y
apoyé los dedos sobre ellos para impedir el paso de la luz. Me
volví después para abrir los ojos y vi, como anteriormente, que el
paisaje y la atmósfera continuaban siendo de color violeta... Todos
los fenómenos que he enumerado y descrito los he observado con
mente clara y serena sin emociones ni sobresaltos. A otros, no a
mí, incumbe explicarlos o interpretarlos.
Ciertamente, este hecho extraordinario no fue un milagro
cósmico, absolutamente hablando, pues hubiera sido registrado en
todos los observatorios astronómicos del mundo y hubiera sido un
cataclismo planetario, pero fue un verdadero milagro visto por todos
los presentes de la misma manera y sin excepción: creyentes,
incrédulos, campesinos, ciudadanos, hombres de ciencia, periodistas…
Por eso, hay que descartar totalmente una sugestión colectiva.
¿Quién podría haber sugerido a la multitud lo que iba a ocurrir,
si no se tenía la menor idea de lo que iba a suceder? Ni siquiera
Lucía lo sabía.
Los tres niños habían indicado con antelación el sitio, el
día y la hora en que iba a tener lugar y su predicción había
recorrido todo Portugal. Fue visto a muchos kilómetros de distancia
por personas que estaban totalmente ajenas a lo que sucedía en
Fátima. Por todo ello, debemos concluir que fue un milagro
excepcional, con el cual Nuestra Madre quería confirmar la realidad
de las apariciones y de los mensajes de conversión y penitencia que
estaba dando al mundo a través de los tres niños.
LA VIRGEN DE SIRACUSA
Nuestra Madre ha derramado lágrimas milagrosas en muchas de sus
imágenes a lo largo de los siglos. Uno de los casos más conocidos
es el ocurrido en Siracusa (Italia) en el hogar de Angelo Lannuso y
Antonia Giusto, donde comenzó a llorar una imagen del Corazón
Inmaculado de María, que los esposos tenían encima de su cama de
matrimonio. La noticia se extendió rápidamente, acudieron los
vecinos y, después, una creciente multitud hasta el punto que tuvo
que intervenir la policía para guardar el orden. Hubo milagros
extraordinarios y muchos convertidos. Una comisión de médicos
llevó un centímetro cúbico de las lágrimas para analizarlo en el
laboratorio y declararon que eran lágrimas humanas. Actualmente,
estas lágrimas se conservan en un precioso relicario.
El 7 de octubre de 1953 se nombró una comisión médica
compuesta de 15 especialistas para examinar las posibles curaciones.
La primera curada fue la misma Antonina Giusto, que estaba con
problemas graves de salud y que hasta perdía el conocimiento,
estando embarazada, y que desde el momento en que comenzaron las
lágrimas de la Virgen se sintió totalmente curada y el 25 de
diciembre de 1953 dio a luz a su primer hijo Mariano Natale;
después ha tenido otros tres. Su esposo Angelo ha colaborado
durante años como guía para los peregrinos que acuden ante la
Virgen de las lágrimas. A los seis meses de los hechos, ya se
habían recogido más de 323 testimonios de curaciones.
El 10 de marzo de 1958, la comisión médica declaró por
unanimidad que Anna Gaudioso Vassallo, cuyo diagnóstico era cáncer
rectal, había quedado curada de modo excepcionalmente rápido,
inexplicable para los conocimientos actuales de la ciencia médica.
También hubo muchas curaciones de niños y muchas conversiones.
Pero es interesante anotar que el doctor Cotiza, que realizó los
análisis a las lágrimas de la Virgen en el laboratorio, afirmó en
el encuentro nacional de médicos católicos italianos que había
comprobado la presencia de nódulos negruzcos en las lágrimas.
Dice: ese fue el momento más emocionante de la investigación, pues
revelaba una huella de la humanidad de María. Era algo así como
encontrar un pequeño detalle de la secreción del cuerpo de María,
algo propio suyo, como un detalle de su persona.
Por otra parte, el cuadro del Inmaculado Corazón de María, de
donde salían las lágrimas fue examinado varias veces. Había sido
comprado en un negocio de artículos de regalo, situado en el N° 28
de Corso Umberto I, en Siracusa, por 5.500 liras de entonces, unos
50 euros de hoy. El dueño de la tienda, Salvatore Floresta, había
recibido dos ejemplares el 30 de setiembre de 1952, de la empresa
Ilpa, ubicada en Bagni di Lucca. El señor Floresta escribió a la
fábrica, al señor Ulises Viviani, quien se puso en contacto con el
escultor Amilcar Santini, autor del original en relieve. El 14 de
setiembre de 1953, a los 13 días del suceso, Ulises y Amilcar se
acercaron a observar la imagen y certificaron que estaba tal y como
había salido de la fábrica sin ninguna alteración posterior.
Después de cinco años, el 8 de diciembre de 1958, ellos mismos
inspeccionaron de nuevo la imagen y reconocieron que era la misma
que habían examinado cinco años antes. Por todo ello, los obispos
de Sicilia declararon oficialmente:
Reunidos para la acostumbrada conferencia en Bagheria (Palermo),
después de haber escuchado la amplia relación de Mons. Ettore
Baranzini, arzobispo de Siracusa, sobre las lágrimas de la imagen
del Inmaculado Corazón de María, hecho que tuvo lugar los días
29-30-31 de agosto y el 1 de setiembre del año 1953 en Siracusa,
Via degli Orti 11. Evaluados debidamente los testimonios de los
documentos originales, hemos concluido unánimemente que no se puede
poner en duda la realidad de las lágrimas. Palermo 12 de diciembre
de 1953. Ernesto Cardenal Ruffini, arzobispo de Palermo.
El Papa Juan Pablo II, en su viaje a Siracusa el 6 de noviembre
de 1994, dijo: Las lágrimas de María pertenecen al orden de los
signos; testimonian la presencia de la Madre en la Iglesia y en el
mundo. Llora una madre, cuando ve que sus hijos son amenazados por
cualquier mal, espiritual o físico. Llora María, participando del
llanto de Cristo sobre Jerusalén o junto al sepulcro de Lázaro o
sobre el camino de la cruz. Son lágrimas de dolor por cuantos
rechazan el amor de Dios... Son lágrimas de oración. Oración de
la Madre que eleva sus súplicas por quienes no rezan, porque están
distraídos por miles de intereses o porque están obstinadamente
cerrados a Dios. Son lágrimas de esperanza, que rompen la dureza de
los corazones y los abren al encuentro con Cristo Redentor.
Actualmente, hay en Siracusa un gran santuario dedicado a la
Virgen de las lágrimas, terminado en 1992 y que tiene capacidad
para 6.000 personas sentadas y 11.000 de pie. Según el rector del
santuario, cada año visitan el santuario unos 800.000 fieles. En el
centro del santuario está el relicario principal, que contiene un
paño que utilizaba Antonina Giusto en su casa para cubrir la imagen
y que a veces fue empapado con las lágrimas de la Virgen. También
hay una tela donada por Elizabetta Toscano que también había sido
bañado por las lágrimas y una probeta de vidrio en el que fue
recogido un poco de líquido de las lágrimas.
Desde el 6 de diciembre del 2000 hay un museo de la lacrimación,
donde son expuestos algunos objetos relacionados directamente con la
lacrimación milagrosa: la ampolla de vidrio donde se recogió una
muestra de lágrimas para estudiarla en el laboratorio y muchos
ex-votos de personas que han sido curadas, corazones de plata,
cuadros, fotografías, etc. Desde 1954 se publica un boletín
titulado Madonna delle lacrime y tienen una página web oficial
www.madonnadellelacrime.it
A cincuenta años de distancia del suceso, la ciencia no ha
podido explicar este suceso extraordinario, que es una prueba más
del amor de Dios por medio de María, nuestra Madre.
LA VIRGEN DE AKITA
Sucedió en Japón en pleno siglo XX, en la ciudad de Akita, en
la capilla de las religiosas Siervas de la Eucaristía, donde estaba
la hermana Agnes Sasagawa, que desde 1973 tuvo apariciones de la
Virgen María. El obispo del lugar Mons. John Shojiro Ito, después
de los estudios competentes, declaró que las lágrimas, que salían
de una imagen de madera de la Virgen, eran milagrosas. En una carta
pastoral a todos sus fieles del 22 de abril de 1984, se expresa
así:
Entre los acontecimientos misteriosos sobrevenidos con respecto a
la estatua de la Virgen de Akita, se puede citar: la sangre que
corrió de la mano derecha. Algo, como si fuera sudor, que corría
en tan gran cantidad que desprendía olores suaves. La cosa más
resaltante fue el agua que corría de los ojos como si fueran
lágrimas humanas. Esta lacrimosidad empezó en enero de 1975 y
continuó hasta el 15 de setiembre de 1981. En total fueron 101
lacrimaciones. Yo fui testigo, cuatro veces, junto con unas 500
personas que la vieron también. Dos veces gusté esta agua que
corría de los ojos y pude comprobar que era salada como las
lágrimas de un ser humano. Según el análisis hecho por el
profesor Sagisaka de la Facultad de Medicina de Akita, se comprobó
que se trataba de un líquido del cuerpo humano.
Hacer salir agua de allí donde no la hay es ir más allá de los
medios humanos. La intervención de una fuerza superior al hombre es
necesaria. Y, además, no es solamente agua, es un líquido humano
que corre de los ojos como lágrimas y esto más de 100 veces
durante varios años, delante de numerosos testigos oculares. No se
trata, pues, de un truco... Muchos relatos hablan de curaciones
milagrosas de cáncer y otras enfermedades hechos aquí por medio de
la santa Virgen... Los estudios hechos hasta ahora no permiten negar
el carácter sobrenatural de la serie de acontecimientos misteriosos
ocurridos con respecto a la imagen de la santa Virgen.
Lo interesante de este milagro es que fue transmitido por
televisión japonesa y millones de japoneses pudieron ver en su
momento las lágrimas de la Virgen.
La Congregación para la Doctrina de la fe del Vaticano,
presidida por el cardenal Ratzinger, aprobó en 1988 los
acontecimientos milagrosos de Akita.
VIRGEN DE CIVITAVECCHIA
La historia comienza a las 4,20 p.m. del día 2 de febrero de
1995 en la casa de los esposos Fabio y Ana María Gregori. Tenían
en el jardín de su casa una pequeña gruta con una imagen de la
Virgen, traída desde Medjugorje, lugar donde se sigue apareciendo
nuestra Madre en la ex - Yugoslavia. Esta imagen, de yeso, de 42
cms., que les había sido regalada por el párroco, padre Pablo
Martín, comenzó a derramar lágrimas de sangre. La primera que lo
vio fue la hija Jessica de seis años quien gritó a su papá:
Papá, papá, la Virgencita llora... Su padre se acercó a la Virgen
y pudo constatar que era cierto, aunque al principio pensó que
podía deberse a alguna herida, que se había hecho la niña. Pero,
al tocar con sus dedos la sangre, se sintió muy conmovido y con una
gran alegría interior, como si María le hubiera tocado el
corazón. Fue corriendo a la iglesia y, después de la misa, le
habló al párroco para que fuera a su casa.
El párroco y algunas otras personas pudieron constatar que era
cierto; la imagen tenía sangre, que salía de sus ojos. Estas
lágrimas se repitieron en trece oportunidades diferentes en los
días siguientes. El obispo Girolamo Grillo ya había sido informado
por el párroco, pero no quiso creer. Era muy escéptico a estas
cosas y prohibió a los sacerdotes que fueran a casa de la familia
Gregori. Pero el asunto se hizo público y miles de personas iban a
ver la imagen que lloraba sangre. Entonces, una Asociación de
personas privadas, Codacons, defensores de los consumidores,
presentaron una denuncia por abusos contra la credulidad popular y
asociación para delinquir; creyendo, por supuesto, que todo era un
truco o un engaño para sacar dinero.
La justicia tomó cartas en el asunto y, como primera medida,
mandó hacer un registro minucioso en las casas de Fabio Gregori, de
sus hermanos y de su madre. Sin embargo, no encontraron nada que
pudiera dar indicio de fraudes o engaños. A continuación, mandaron
hacer análisis clínicos con la sangre derramada por la imagen y,
como última medida, el juez ordenó el secuestro de la imagen en
casa del obispo para evitar que miles de personas, que acudían
todos los días, pudieran ser engañadas.
El obispo, mientras tanto, ya había ordenado investigar a la
familia Gregori, que era, según todos, de total confianza, muy
asiduos a la oración y a las misas de la parroquia. Después llevó
la imagen al Instituto de Medicina legal del policlínico Gemelli de
Roma, donde el doctor Angelo Fiori, director del mismo, realizó
todos los exámenes convenientes; lo mismo hizo el doctor Giancarlo
Umani Ronchi, director del Instituto de la universidad La Sapienza
de Roma. Estos exámenes demostraron con claridad, al igual que los
realizados por encargo del juez, que las lágrimas eran
verdaderamente sangre humana. También se concluyó, sin lugar a
dudas, que dentro de la imagen no había ningún artefacto que
pudiera producir semejante fenómeno.
Sin embargo, parecía que había intereses creados en contra de
estos hechos, pues incrédulos de distintas categorías, desde ateos
a testigos de Jehová…, se encarnizaron contra la familia y
querían para ellos castigos penales, dando por supuesto que todo
era un engaño. El procedimiento judicial siguió dando molestias,
incluso al obispo, hasta el 7 de junio del 2000, cuando el juez
ordenó el archivo definitivo del caso por no haber encontrado
pruebas en contra ni indicios de engaño en todo el proceso.
Pero el suceso más importante ocurrió el 15 de marzo del 1995 a
las 8.15 a.m. El obispo Grillo había terminado de celebrar la misa
en su capilla privada y, después de tomar el desayuno, su hermana
le rogó que le permitiera rezar a la Virgencita, que estaba
secuestrada en su casa por orden judicial. Él aceptó y escribió
en su Diario espiritual:
Tomo la Virgencita en mis manos y comenzamos a rezar en silencio.
Yo rezaba con los ojos cerrados. Y, entonces, mi cuñado me dice:
Mira, mira lo que sucede. La Virgencita había comenzado a llorar
del ojo derecho: un hilo sutilísimo un poco más grande que un
cabello… Yo recitaba el “Salve Regina” en latín. Al llegar a
las palabras “Illos tuos misericordes oculos ad nos converte”,
mi hermana, viéndome mal, se pone a gritar. Casi desvanecido, me
siento y me atiende el doctor Marco di Gennaro, cardiólogo, que
también constata la lágrima todavía fresca.
Desde ese día, el mismo obispo, que había visto las lágrimas
de sangre de María, se constituyó en su principal defensor y
mandó llevar la imagen a la iglesia parroquial, donde se encuentra
en una urna de vidrio para que todos puedan contemplarla. Esta fue
la última y la número 14 de las lacrimaciones de la imagen de
María.
Pero hay mucho más. La niña Jessica, de seis años, recibió
varios mensajes de María, exclusivamente para el obispo; quien, sin
darlos a conocer, ha manifestado que se han cumplido perfectamente.
Además, otra imagen idéntica, también traída de Medjugorje y
regalada a los Gregori por el cardenal Deskur el 10 de abril de ese
año, comenzó a tener sudores de un líquido que parecía aceite.
Se hicieron los análisis respectivos, y el doctor Fiori encontró
que no era aceite. Era una esencia que no era de naturaleza humana o
animal, sino, probablemente vegetal, que contenía muchísimos
perfumes. Así la Virgen premiaba, de alguna manera, a la familia
Gregori, que la tenía en su casa.
Pero para demostrar la veracidad de las lacrimaciones milagrosas,
el obispo nombró también una Comisión teológica investigadora de
11 miembros. La conclusión fue: todos aceptaban la veracidad del
hecho excluyendo el engaño, cuatro dudaban de si trataba de un
hecho sobrenatural, pero los otros siete lo afirmaban sin dudar.
Está demás decir que interrogaron a más de 40 testigos y
estudiaron todos los exámenes realizados y hablaron, especialmente,
con los protagonistas para poder hacer la declaración final el 22
de noviembre de 1996, en la que descartan cualquier posibilidad de
fraude. El hecho más contundente para probar la sobrenaturalidad
milagrosa de las lágrimas es el gran despertar espiritual de la
parroquia. Todos los días se reza el rosario y hay adoración
eucarística. El amor a Jesús sacramentado se ha incrementado
sensiblemente. Ha habido milagros patentes de conversiones de otras
religiones y de mucha gente que, después de años, se acercaba a la
iglesia a renovar su fe católica. Todos los días, especialmente
los domingos y fiestas, llegan hasta 150 autobuses de peregrinos de
distintos lugares de Italia y del extranjero, después de 10 años
de ocurrir estos sucesos. Hay 5 sacerdotes fijos en la parroquia y
deben pedir ayuda para atender las confesiones, sobre todo, los
domingos.
Una prueba más son los milagros realizados. Dice el obispo: Son
miles y miles los convertidos: entre ellos 120 testigos de Jehová,
muchos protestantes y también algunos budistas. Los exvotos dejados
son muy significativos. En la iglesia parroquial hay una habitación
llena de exvotos, incluso de enfermedades incurables como prueba del
amor de María a sus hijos. María sigue llorando para mover a los
hombres a la penitencia y a la conversión. ¿Escucharás las
lágrimas de María que también llora por ti?
OLEADA DE MILAGROS
Nos referimos a imágenes vivientes, casi todas de la Virgen
María, que tomaron vida durante nueve meses en distintos lugares de
los Estados pontificios. Los prodigios comenzaron el 25 de junio de
1796 en Ancona, cuando una imagen de María, de la catedral de la
ciudad, conocida bajo el título de Reina de todos los santos,
comenzó a tomar vida, abriendo y cerrando los ojos y mirando con
amor a los presentes. En una oportunidad, hasta brilló durante todo
el día con luz sobrenatural. La imagen era un cuadro pintado de la
Virgen, de unos cincuenta centímetros. Ese fue el comienzo de la
serie de prodigios, que conmovieron a los Estados pontificios y que
no tienen parangón en la historia del cristianismo.
El 9 de julio, los prodigios comenzaron en Roma y se sucedieron
en otras ciudades, dentro de los Estados de la Iglesia. Esto produjo
una avalancha de confesiones y conversiones nunca antes vista.
Muchos, incluso protestantes y musulmanes, se convertían. Se
organizaron misiones populares, procesiones y oraciones públicas,
día y noche, ante las imágenes vivientes que miraban con amor a
los devotos y, a veces, sonreían.
En total, fueron por lo menos 122 imágenes, 2 de santos (San
Antonio de Padua y san Liberato), dos crucifijos y el resto,
imágenes de la Virgen. Eran imágenes pintadas o esculpidas, que se
encontraban en capillas, casas particulares, calles y plazas
públicas, a la vista de todos.
De estas 122 imágenes, 101 eran de la misma ciudad de Roma y las
21 restantes de otras ciudades. Las autoridades eclesiásticas
hicieron una investigación, reducida a 26 de las 101 imágenes
milagrosas de Roma, y el 28 de febrero de 1797 concluyeron con el
veredicto del cardenal Vicario de Roma de que todas esas imágenes
eran verdaderos milagros vivientes. Lo mismo sucedió con las
investigaciones llevadas a cabo en las otras ciudades. En Roma, se
estableció que todos los años, el 9 de julio, se celebraría una
fiesta para conmemorar el inicio de estos milagros en dicha ciudad.
Actualmente, esta fiesta se celebra todavía en el santuario de la
Virgen del Archetto, donde comenzaron los prodigios, y se celebra el
domingo más cercano al 9 de julio.
Es interesante anotar que estos milagros ocurrieron en vísperas
de la ocupación de los Estados pontificios por los ejércitos de
Napoleón, que llevaron cautivo al Papa Pío VI a Francia, donde
murió; y que llevaron a cabo una serie de atropellos, matanzas,
violencias, violaciones y saqueos por doquier. Esta invasión
comenzó el 8 de febrero de 1797, unos ocho meses después del
comienzo de los milagros en Ancona. Y todos los testigos destacaron
que esta oleada de milagros vivientes era una prueba más de la
presencia viva de María en medio de sus hijos y signo de su
protección maternal. Como si les dijera: No tengan miedo, pase lo
que pase, yo estaré con mi hijo Jesús, a su lado, para
protegerlos; confíen en nosotros.
María te mira, te sonríe y te dice como a san Juan Diego: No
temas, ¿no estoy yo aquí que soy tu madre?
TERCERA PARTE MILAGROS EUCARÍSTICOS
En esta tercera parte, vamos a ver algunos maravillosos milagros
realizados por Dios para demostrar la presencia real de Jesús en la
Eucaristía. Algunos de ellos son tan espectaculares que hasta hoy
dejan atónitos a los científicos.
MILAGRO DE FIRENZE
En Italia, en la iglesia de San Ambrosio de Firenze, el año
1595, tuvo lugar un gran milagro eucarístico. Mientras en el altar
mayor se estaban celebrando las ceremonias del Viernes santo, el 24
de marzo de aquel año, en el altar del Sepulcro comenzó un
incendio debido a una vela encendida. Procuraron apagar el incendio;
un sacerdote sacó el copón grande, pero dejó caer al suelo otro
copón pequeño con seis hostias, que estaba reservado para llevar
la comunión a los enfermos. Este copón pequeño se abrió y las
seis hostias cayeron a tierra y fueron envueltas en las llamas.
Cuando se apagó el incendio, pudieron ver, entre las ropas y
ornamentos quemados, un pequeño corporal intacto, dentro del cual
estaban intactas las seis hostias consagradas, unidas, pero en buen
estado. Todos se asombraron ante este prodigio, pues no habían sido
quemadas, a pesar de haber estado rodeadas de fuego por todas
partes. Y fueron expuestas a la devoción popular en una cajita de
plata junto al corporal salvado del incendio. Treinta tres años
después, el arzobispo de Firenze, Marzi-Medici, examinó las
hostias y las encontró intactas e incorruptas. Actualmente, se
siguen conservando en buen estado, sin corromperse, a pesar del paso
de los años, gracias a un milagro que va en contra de todas las
leyes de la materia.
MILAGRO DE TURÍN
El año 1453, un ladrón robó en una iglesia una custodia con la
hostia consagrada en su interior y la echó, junto con otras cosas
robadas, en un saco, huyendo rápidamente en un mulo hacia Turín.
El día seis de junio llegó a esta ciudad y, cuando pasaba delante
de la iglesia de San Silvestre, el mulo se cayó y salieron a la
vista de todos las cosas que llevaba en el saco. Pero lo que
asombró a los presentes fue que la custodia se alzó hacia el
cielo, a pocos metros, rodeada de una luz muy brillante. Esto
ocurría a las 5 de la tarde del miércoles de la octava del Corpus
Christi. Un sacerdote, que pasaba por el lugar, fue testigo de la
escena y fue corriendo a avisar al obispo Monseñor Ludovico, quien
acompañado de muchos fieles vio la custodia suspendida en el aire y
se arrodilló para adorar a Jesús sacramentado. En ese momento, la
custodia se abrió, cayendo a tierra, y dejando en el aire la hostia
consagrada. El obispo elevó un cáliz hacia la hostia y ella
descendió lentamente hasta posarse en el cáliz. La hostia fue
llevada en procesión hasta la catedral de san Juan Bautista y allí
fue venerada por los fieles durante muchos años.
Este suceso fue escrito en tres Actas capitulares, redactadas el
11 de octubre de 1454, el 25 de abril de 1455 y el 4 de setiembre de
1456.
En la ciudad de Turín se levantó un oratorio en el lugar del
milagro y, con el tiempo, se construyó allí mismo, la basílica
del Corpus Domini. En esta iglesia, sobre el pavimento, puede leerse
la inscripción: Aquí cayó postrado el jumento que llevaba el
Cuerpo divino, aquí la sagrada hostia, liberada del saco en que se
encontraba, se elevó hacia lo alto, y aquí descendió ante las
súplicas de los turineses, el seis de junio del año del Señor
1453.
MILAGRO DE SIENA
La basílica de san Francisco de Siena, Italia, contiene un
tesoro eucarístico. Es la conservación prodigiosa, contra toda ley
física, química y biológica, de 223 hostias, consagradas el 14 de
agosto de 1730.
Aquel mismo día, unos ladrones entraron en la iglesia y se
llevaron del sagrario el copón lleno de hostias consagradas. La
noticia del robo se difundió por toda la ciudad de Siena y se
hicieron públicas manifestaciones de reparación. El 17 de agosto
se encontraron las hostias en una alcancía de la iglesia santa
María en Provenzano. Allí estaban entre el polvo y las limosnas.
Las hostias fueron llevadas con solemnidad a la iglesia de san
Francisco, guardándose en un copón especial. El año 1780 se hizo
un reconocimiento de estas hostias y se vio que continuaban intactas
y frescas como el primer día.
En 1789, el arzobispo ordenó que una cantidad de hostias sin
consagrar se colocara en un envase herméticamente sellado y todo
puesto bajo llave. Las hostias milagrosas se guardaron en un copón,
no sellado herméticamente, tal como habían estado durante los
últimos 59 años. Al cabo de diez años, el envase de las hostias
no consagradas fue abierto en presencia del arzobispo y encontraron
que estaban descoloridas, desfiguradas y deterioradas. Revisaron las
hostias milagrosas y encontraron que estaban en perfectas
condiciones. Otras pruebas se hicieron en 1799, 1815 y 1854 y
tuvieron los mismos resultados.
En 1914, con la autorización del Papa san Pío X, se realizó un
verdadero examen científico por un grupo de especialistas de las
universidades de Pisa y Siena, dirigidos por el profesor Siro
Grimaldi. El doctor Grimaldi en sus conclusiones afirmó: Al cabo de
184 años transcurridos, las partículas están brillantes y con los
bordes limpios. No hay presencia de carcoma, ácaros, telarañas,
mohos o cualquier otro parásito animal o vegetal propios de la
harina. Y, sin embargo, no hay nada más frágil y susceptible de
alteración que las ligeras hostias de pan ácimo. Por su naturaleza
tienen, indiscutiblemente, la cota máxima de alterabilidad. La
harina de trigo es el mejor terreno de cultivo de micro-organismos
parásitos animales y vegetales, de fermentación láctica y
pútrida… Las hostias de Siena se encuentran en perfecto estado de
conservación contra cualquier ley física y química, a pesar de
las condiciones totalmente desfavorables en que han sido halladas.
Un fenómeno absolutamente anormal: las leyes de la naturaleza se
han invertido. El cristal del copón, en que se han conservado, se
ha convertido en receptáculo de mohos, mientras que la muy
perecedera harina se ha revelado más refractaria que el cristal.
El profesor Grimaldi dio muchas conferencias sobre la naturaleza
milagrosa de este suceso y escribió un libro sobre esto. Otras
investigaciones fueron hechas el 3 de junio de 1922 y el 23 de
setiembre de 1950.
El 10 de junio de 1952 se hicieron nuevos estudios y las
conclusiones fueron, como siempre, que las hostias estaban hechas de
trigo y permanecían en buen estado de conservación. Los
especialistas dicen que las hostias de Siena son un claro ejemplo de
la perfecta conservación de partículas de pan ácimo, consagradas
en 1730, y constituyen un hecho extraordinario, que va contra las
leyes naturales y, por tanto, es un verdadero milagro. Cuando el
Papa Juan Pablo II visitó Siena, el 14 de setiembre de 1980,
exclamó: Aquí está la presencia de Jesús.
Estas hostias milagrosas son expuestas públicamente el 17 de
cada mes, conmemorando el día en que fueron encontradas en 1730. En
la fiesta del Corpus Christi son llevadas en solemne procesión por
las calles de Siena, dado que, al estar en perfecto estado de
conservación, en ellas sigue permaneciendo, como en el primer día,
el Cuerpo y la Sangre de Jesús.
MILAGRO DE BETANIA
El 8 de diciembre de 1991, en la finca Betania, a 12 kms de Cúa
(Edo. de Miranda), en Venezuela, ocurrió el milagro. En ese lugar,
se estaba apareciendo la Virgen María a María Esperanza de
Bianchini, especialmente desde el 25 de marzo de 1984. Estas
apariciones habían sido aprobadas por el obispo del lugar el 21 de
noviembre de 1987. Aquel día, 8 de diciembre de 1991, estaba
celebrando la misa ante el pueblo el padre Otty Ossa Aristizábal,
un sacerdote con mucha fe en la Eucaristía. Después de partir la
hostia en cuatro partes y consumir una de ellas, se dio cuenta de
que las otras tres estaban sangrando. Todos los presentes pudieron
ver el milagro y todavía se conservan en un relicario las tres
partes de la hostia, manchadas con sangre. Se hicieron exámenes
clínicos en Caracas y concluyeron que la sangre era sangre humana.
El obispo del lugar, Pío Bello, aprobó el milagro y dijo: Dios
está tratando de manifestarnos que nuestra fe en la hostia
consagrada es auténtica. Hay videos sobre este milagro, donde
pueden verse el testimonio del padre Otty y del obispo, y viven
muchas personas que han sido testigos presenciales del prodigio.
MILAGRO DE LANCIANO
Éste es el más famoso de los milagros eucarísticos. Ocurrió
en el siglo VIII, en Lanciano (Italia). Durante la celebración de
la misa, un sacerdote dudaba de la presencia real de Jesús en la
Eucaristía y vio con asombro ante sus ojos que la hostia se
transformó en un pedazo de carne y el vino en sangre, coagulándose
después en cinco piedrecitas diferentes, cada una de las cuales
pesaba exactamente igual que todas ellas o que varias de ellas. Hasy
testimonios escritos del milagro desde 1560, pero veamos lo que dice
Sebastiano de Dinaldis en un documento de 1631: Una mañana, a mitad
del santo sacrificio y después de haber pronunciado las más santas
palabras, hallándose el sacerdote más hundido que nunca en su
persistente error, vio que el pan se convertía en carne y el vino
en sangre. Amedrentado y confuso ante tan gran prodigio, permaneció
como transportado en éxtasis divino, pero finalmente se volvió a
los asistentes y les dijo: “Oh testigos afortunados, a quienes,
para confundir mi incredulidad, Dios bendito ha deseado manifestarse
en el Santísimo Sacramento, haciéndose visible a nuestros ojos.
Vengan, hermanos, y maravíllense ante nuestro Dios tan próximo a
nosotros. Contemplen la carne y la sangre de nuestro amadísimo
Cristo”.
A estas palabras, los fieles acudieron presurosos al altar y,
completamente aterrorizados, comenzaron a pedir misericordia con
lágrimas en los ojos.
La noticia de tan extraordinario y singular prodigio corrió por
toda la ciudad. Todos confundidos invocaban la divina
misericordia... Cuando cesaron las contritas plegarias, los jefes de
la ciudad mandaron hacer un bellísimo tabernáculo de marfil, en el
que se conservó tan excelsa reliquia casi hasta nuestros días.
Después fue colocada en un vaso de plata muy bello en forma de
cáliz y, finalmente, en uno preciosísimo de cristal de roca, en
donde aún se conserva. Los glóbulos de sangre son cinco y habiendo
sido pesados en la báscula que se pidió al arzobispo, que era fray
Antonio de san Miguel, se encontró que uno pesaba igual que todos,
lo mismo que tres y el más pequeño lo mismo que el más grande.
A lo largo de los siglos, se han hecho muchos estudios sobre esta
carne y sangre. El último y más exhaustivo fue hecho por expertos
de la universidad de Siena, dirigidos por Odoardo Linoli y Ruggero
Bertelli. Después de los análisis y estudios, escribieron sus
conclusiones en un libro que le ofrecieron al Papa Pablo VI con toda
clase de informes y fotografías. El resumen de estos estudios dice
que la carne es verdaderamente carne y la sangre verdaderamente
sangre de un ser humano vivo y tienen el mismo grupo sanguíneo AB.
La carne pertenece al corazón. El diagrama de la sangre corresponde
al de una sangre humana que ha sido extraída de un cuerpo humano
ese mismo día, y contiene minerales: cloro, calcio, fósforo,
magnesio, potasio y sodio en cantidades inferiores a las normales,
pero no muy diferentes a las de una muestra de sangre humana normal
coagulada.
Y este milagro es tan extraordinario que hasta la Organización
mundial de la salud (OMS) nombró en 1973 una comisión científica
para estudiar las conclusiones de los doctores de Siena. Los
trabajos duraron 15 meses con unos 500 exámenes, y las conclusiones
fueron las mismas. En este informe, se dice que la ciencia,
conocedora de sus límites, se detiene ante la imposibilidad de dar
una explicación científica a estos hechos.
Actualmente, se conservan la carne y sangre del milagro en la
iglesia de san Francisco de los frailes menores conventuales de
Lanciano (Chieti), en Italia.
TERESA NEUMANN (1898-1962)
Nació en 1898 en Konnersreuth, Baviera, Alemania. Pasó los
últimos 35 años de su vida, alimentándose solamente con la
comunión. En una ocasión, con permiso de su obispo, la internaron
en un hospital para controlarla bien y ver si era cierto que no
comía ni bebía. Estuvo allí desde el 14 al 28 de julio de 1927.
Cuando entró pesaba 55 kilos y al salir también. Sólo recibía
cada día la comunión y 3 gotas de agua para poder pasarla. Según
el resultado de los estudios realizados, el 14 de julio pesaba 55
kilos, el sábado 16 de julio pesaba 51, el 20 de julio pesaba 54 y
el sábado 23 pesaba 52,5 kilos. El 28, último día, se había
recuperado totalmente de modo inexplicable y pesaba de nuevo 55
kilos. La pérdida de peso tenía lugar los viernes, en que sufría
la pasión de Jesús y perdía sangre a través de sus estigmas.
Algo inexplicable para la ciencia, pues ¿de dónde salían los
kilos recuperados? De la nada no sale nada, dicen los científicos.
En 1939, inmediatamente después de empezar la guerra, se
distribuyó a todos los alemanes una tarjeta anual. El racionamiento
de la comida duró en Alemania hasta casi el año 1948. Durante esos
nueve años, ella fue el único ciudadano que no tuvo derecho a esa
cartilla. Le había sido retirada rápidamente, con el argumento
oficial de que no la necesitaba, dado que no comía ni bebía nada.
Sin embargo, se le concedió doble ración de jabón, habiéndosele
reconocido la necesidad de lavar cada semana la ropa teñida de
sangre. Los Neumann, pese a ser tan decididamente antinazis como
casi todos los católicos bávaros, no fueron molestados por orden
personal de Hitler, que supersticiosamente temía a aquella mujer.
Durante 35 años no comió ni bebió nada. Naturalmente, se
intentó todo para desenmascarar la simulación, pero todos los
médicos enviados para controlarla, llegaban con su escepticismo
para ir a parar a clamorosas conversiones frente a la enigmática
verdad. La diócesis de Ratisbona llegó a instituir una comisión
compuesta de médicos y cuatro religiosas bajo juramento, que se
turnaban durante semanas para no perder de vista a Teresa ni de día
ni de noche, no dejándola nunca a solas. Otras comisiones laicas
llegaron a la misma conclusión: Solamente se alimentaba de la
comunión (rechazando instintivamente la hostia, cuando, al ponerla
a prueba, le presentaban hostias no consagradas).
BEATA ALEXANDRINA DA COSTA (1904-1955)
Vivió los últimos 13 años de su vida sin comer ni beber, sólo
recibía la comunión cada día. También fue sometida a una
observación exhaustiva en un hospital de Oporto (Portugal),
vigilada las 24 horas por testigos imparciales para que no tomara
ningún alimento o bebida. Al final de los cuarenta días de prueba,
ella había mantenido su peso, temperatura, presión arterial, etc.
Su pulso y sangre eran totalmente normales. Los médicos no pudieron
encontrar ninguna explicación científica o médica a estos hechos.
MARTA ROBIN (1902-1981)
Nació en Chateauneuf, Francia, hija de unos campesinos. Toda su
vida la ofreció como víctima de amor por la salvación de los
pecadores. Desde 1928 permaneció siempre en cama y no podía
deglutir. Por eso, pasó más de cincuenta años sin comer ni beber.
Solamente recibía la comunión diaria. Tampoco podía dormir y
tenía los estigmas de la Pasión del Señor desde 1930. ¿Cómo
puede explicar esto la ciencia?
UNA ESPINA DE LA CORONA DE JESÚS
Para terminar este apartado, queremos mencionar un milagro, que
aunque no es propiamente eucarístico, tiene relación con la
pasión de Jesús. Me refiero al suceso ocurrido el Viernes Santo,
25 de marzo de 1932, en el convento de las religiosas carmelitas
descalzas de Nápoles, sito en Via S. Maria dei Monti ai Ponti Rossi
301. Aquel día se quiso exponer a la veneración de los fieles una
reliquia muy antigua de una espina de la corona de Jesús, que
había sido donada al monasterio en 1914. La espina de 4 cms se
encontraba en una ampolla de cristal de 10 cms de alto y 2 cms de
diámetro, de forma prismática, sujeta a la base del relicario, que
tenía alrededor una corona de espinas hecha de plata.
Las religiosas de la comunidad la habían visto en múltiples
ocasiones e, incluso, ese mismo día varias veces, al igual que
otras muchas personas, que dieron testimonio del hecho y no habían
notado nada especial. Pero hacia las tres de la tarde de ese Viernes
Santo, coincidiendo con la hora de la muerte de Jesús y de manera
totalmente inesperada e instantánea, se dieron cuenta de que la
espina había reverdecido y habían florecido unas florecitas de
color claro amarillento. En la extremidad de la espina, junto a una
pequeña cruz de madera que está superpuesta en su vértice, se
veía un líquido rojizo, como una gota de sangre. Este fenómeno no
sólo fue observado por las religiosas de la comunidad sino por
muchos sacerdotes y personas vecinas que se acercaron a ver este
extraordinario fenómeno. El suceso duró varios meses y la
plantita, que surgió de la espina, creció un tercio de su primera
dimensión.
Para aclarar las cosas, la autoridad eclesiástica formó una
comisión formada por Monseñor Giovanni Battista Alfano, doctor en
ciencias naturales; por los médicos Antonio Amitrano, Cesar
d´Evant y Luis de Luca; y también por Monseñor Pascual Ricolo,
canónigo teólogo de la catedral de Nápoles. Se recogieron un
centenar de testimonios de testigos presenciales. Todos coinciden en
haber visto la gota de sangre en la extremidad de la espina; que la
misma espina cambió de color, apareciendo como fresca y verde; y
que en la base de la espina aparecía una especie de vegetación,
que todavía se veía al término de la investigación en agosto de
1932.
Los investigadores sacaron la espina de la ampolla de cristal y
vieron que la espina estaba sostenida en la base del relicario con
una especie de masilla. Sobre las plantitas formadas observaron que,
estando en un lugar cerrado, no podían haber florecido por alguna
causa proveniente del exterior. Además, no había ni humedad ni
aire ni luz suficiente para que se hubieran podido desarrollar. Se
analizaron las plantitas al microscópico y se pudo certificar que
eran células vegetales características de las espinas. Por lo
cual, pudieron concluir que eran células surgidas de la misma
espina.
Considerando que el surgimiento de estas plantitas había sido
casi instantáneo, que podían verse a simple vista, en un lugar
totalmente seco y cerrado, concluyeron que esta formación vegetal
excepcional era de origen sobrenatural, es decir, era un milagro por
encima de las leyes naturales.
Hay que anotar que la comisión investigadora se ocupó casi
exclusivamente de la producción vegetal, que era lo que más
llamaba la atención, pues el fenómeno abarcaba también al hecho
de que la espina aparecía como fresca con un color verdoso y,
además, con manchas de sangre, sobre todo, en la parte superior,
donde aparecía una especie de gota visible a simple vista.
Considerando también que este fenómeno tuvo lugar exactamente a
las tres de la tarde del Viernes Santo de 1932, se puede concluir
que la espina en cuestión es de aquéllas que traspasaron la cabeza
de Jesús. Ésta es la conclusión del libro, bien documentado sobre
este caso, publicado por Monseñor Giovanni Battista Alfano.
El mismo autor tiene otro libro, donde estudia otros casos de
espinas que también eran veneradas y han florecido en Italia como
las de Andria, Fano, Metilene, Montone, S. Giovanni Bianco, Serra S.
Quirino, Sulmona y Vasto.
Ya en el siglo VI, san Gregorio de Tours habla del
reverdecimiento de espinas de la corona de Jesús. La espina de
Andrea floreció el Viernes Santo de 1842. La espina de Fano
floreció en los primeros años del siglo XVIII.
Las espinas de Metilene florecían cada Viernes Santo del siglo
XV, según se atestigua en un pergamino existente en el Archivo del
Estado de Venecia. La espina de Sulmona floreció el Viernes Santo
de 1819, como está certificado bajo juramento en un documento
firmado por el obispo Monseñor Tiberi y el capítulo de la
catedral. La espina de Serra S. Quirico, en Ancona, también
floreció y este suceso está escrito por Emilio Colelli hacia 1700
en Cronica dei luoghi d’Italia.
Sobre el florecimiento de la espina de Montone puede verse el
escrito de Gualtieri Giuseppe en su Vita di S. Pasquale Baylon
(Napoli, 1857, p. 87 del volumen II). La espina de San Giovanni
Bianco florecía cada Viernes Santo del siglo XVI y producía unas
florecitas blancas como lirios. Así lo atestigua Negroni en su obra
Sacratísima spina della corona di N.S. Gesù Cristo venerata nella
parrochia di S. Giovanni Bianco (Bergamo, 1924, pp. 101-102). La
espina de Vasto (Chieti) floreció el Viernes Santo de 1745 según
lo afirma Pacichelli en su obra Regno di Napoli in prospettiva.
En conclusión, estas espinas que florecen en un ambiente
cerrado, sin luz ni aire, manifiestan el poder sobrenatural de Dios
que manifiesta su poder en estas espinas de su corona el día de
Viernes Santo para indicarnos que su amor por nosotros todavía
sigue vivo y que no debemos olvidar su pasión para también
nosotros amarlo de todo corazón.
CUARTA PARTE MILAGROS DE CONVERSIONES
En esta cuarta parte, expondremos algunos casos de conversiones
instantáneas, que son humanamente imposibles. Especialmente,
expondremos a consideración los testimonios de André Frossard y
Alfonso de Ratisbona.
CONVERSIONES MILAGROSAS
Hay conversiones instantáneas, en las que la gracia y el poder
de Dios se manifiestan con tal fuerza que uno no puede menos de
afirmar que es un milagro palpable de la existencia y el poder de
Dios. Estas conversiones instantáneas no son tan raras; aunque, a
veces, los interesados no quieran expresarlas por escrito, sea por
timidez o por temor a ser mal comprendidos. Ya en el libro de los
Hechos de los Apóstoles se nos habla de la conversión de san
Pablo, como fruto de una gracia divina, que algunos llamarían
tumbativa. ¿Cómo puede ser normal y natural que un hombre, que va
tranquilo por su camino a Damasco, con odio a los cristianos y
queriendo apresarlos y matarlos a todos, se cambie, en un instante,
de perseguidor en seguidor de Jesús? Humanamente, es imposible y,
por eso, lo llamamos milagro, pues excede la leyes normales de la
naturaleza de la mente humana.
Otro caso parecido es el de Bruno Cornacchiola, que era
adventista convencido y estaba preparando un sermón para predicarlo
en su iglesia, contra la Inmaculada Concepción de la Virgen María.
Era el 12 de abril de 1947 y estaba en Tre Fontane, lugar de las
afueras de Roma, con sus tres hijos. A él y a sus hijos se les
apareció la Virgen María, cambiando radical e instantáneamente su
vida. De modo que ese mismo día, antes de regresar a su casa,
escribió un letrero ante la gruta de la aparición que decía: Yo
era colaborador del mal, enemigo de la Iglesia y de la Santísima
Virgen, el 12 de abril de 1947 se me apareció a mí y a mis hijos
la Santísima Virgen de la Revelación. Me dijo que yo debía, con
las señales y revelaciones que me daba, volver de nuevo a la
Iglesia católica, apostólica y romana.
A partir de ese momento, su vida cambió tan profundamente que se
dedicó a predicar hasta su muerte el amor a Jesús Eucaristía, a
María y al Papa, sus tres grandes amores.
Otro gran convertido, de modo casi instantáneo, fue Manuel
García Morente (1886-1942), gran filósofo español, que narró su
conversión en el escrito El hecho extraordinario, donde habla de su
experiencia de Cristo en su propia habitación de París, la noche
del 29 al 30 de abril de 1937. Su conversión fue tan radical que se
hizo sacerdote católico.
Pero de todos los testimonios, que he leído de conversiones
instantáneas, el que más me ha impresionado es el de André
Frossard. Él mismo cuenta su conversión en su libro Dios existe,
yo me lo encontré. En su libro ¿Hay otro mundo? insiste de nuevo
sobre su conversión y la compara con la del judío descreído
Alfonso de Ratisbona. Ambas conversiones, instantáneas, tienen
maravillosamente mucho de común y él lo expresa así:
Alfonso de Ratisbona era un joven judío de Estrasburgo, rico,
cultivado, mundano, hijo de un banquero... En 1842 vivía en Roma...
En 1935 yo arrastraba en París con menor elegancia y menos
relaciones, una vaciedad interior, igualmente despojada de hambre
religiosa. Ratisbona estaba prometido y preparaba su instalación,
viajando mucho. Yo no tenía novia, pero conocía a una chica que
hubiera podido serlo. Él era ateo y yo no lo era menos. Él tenía
un amigo: el barón de Bussières, muy piadoso, que multiplicaba por
su conversión votos y exhortaciones. Tenía yo un amigo y más que
amigo, un hermano: André Willemin, que no era ni barón ni
exageradamente devoto, pero que deseaba arrancarme del socialismo
ateo, con tanto ardor como falta de éxito. Ratisbona había
accedido desde hacía algún tiempo, por pura gentileza y porque no
le daba verdaderamente ninguna importancia, a llevar consigo una
medalla piadosa, ofrecida por su amigo; con idéntico ánimo yo
había aceptado leer un libro de Berdiaeff, que no me había
convencido más de lo que su medalla había convertido a Ratisbona.
Un día, el amigo de Ratisbona lo invita a dar un paseo en coche;
el mío me invita a cenar y es aquí, cuando se inician las
sacudidas sinópticas (paralelas). Ratisbona, antes de aburrirse en
el vehículo, decide visitar la iglesia. En el mismo momento, es
decir, casi cien años más tarde y a mil quinientos kilómetros de
distancia, yo me hago la misma reflexión: vamos a ver esa capilla y
lo que hace allí nuestro amigo.
Cuando empujamos, cada uno por separado, la puerta de nuestra
iglesia, ambos somos perfectos incrédulos, curiosos por la
arquitectura o en busca de un amigo... Continuamos siendo dos
incrédulos, que tienen dos o tres minutos que desperdiciar; que no
están mejor dispuestos uno que otro a las emociones místicas ni
más deseosos de creer; pero nuestra incredulidad va a terminar
allí, hecha añicos por la evidencia... La capilla que Ratisbona
recorre con mirada distraída, desaparece bruscamente. Lo que él ve
entonces es la Virgen María, tal y como figura en la medalla que
lleva al cuello, y tal como está hoy representada con colores
realzados, por algunos artificios luminosos, en la capilla de san
Andrés delle Fratte.
Estamos a 20 de enero de 1842. Escribe Ratisbona:
Si alguien me hubiera dicho en la mañana de aquel día: te has
levantado judío y te acostarás cristiano; si alguien me hubiera
dicho eso, lo habría mirado como al más loco de los hombres.
Después de haber almorzado en el hotel y llevado yo mismo mis
cartas al correo, me dirigí a casa de mi amigo Gustavo... Hablamos
de caza, placeres, de diversiones del carnaval. No podían olvidarse
los festejos de mi matrimonio...
Si en ese momento, era mediodía, un tercer interlocutor se
hubiese acercado y me hubiera dicho: Alfonso, dentro de un cuarto de
hora adorarás a Jesucristo, tu Dios y Salvador; y estarás
prosternado en una pobre iglesia; y te golpearás el pecho a los
pies de un sacerdote, en un convento de jesuitas, donde pasarás el
carnaval, preparándote al bautismo; dispuesto a inmolarte por la fe
católica; y renunciarás al mundo, a sus pompas, a sus placeres, a
tu fortuna, a tus esperanzas, a tu porvenir; y, si es preciso,
renunciarás también a tu novia, al afecto de tu familia, a la
estima de tus amigos, al apego de los judíos. ¡Y sólo aspirarás
a servir a Jesucristo y a llevar tu cruz hasta la muerte! Si algún
profeta me hubiera hecho una predicción semejante, sólo habría
juzgado a un hombre más insensato que ése: ¡al hombre que hubiera
creído en la posibilidad de tamaña locura! Y, sin embargo, ésta
es hoy la locura, causa de mi sabiduría y de mi dicha.
Al salir del café, encuentro el coche de M. Teodoro de
Bussières. El coche se detiene; se me invita a subir para dar un
paseo. El tiempo es magnífico y acepté gustoso. Pero M. Bussières
me pidió permiso para detenerse unos minutos en la iglesia de san
Andrés delle Fratte, que se encontraba casi junto a nosotros, para
una comisión que debía desempeñar; me propuso esperarle dentro
del coche; yo preferí salir para ver la iglesia...
La iglesia de san Andrés es pequeña, pobre y desierta; creo
haber estado allí casi solo. Ningún objeto artístico atraía en
ella mi atención. Paseé maquinalmente la mirada en torno a mí,
sin detenerme en ningún pensamiento; recuerdo tan sólo a un perro
negro, que saltaba y brincaba ante mis pasos. En seguida, el perro
desapareció, la iglesia entera desapareció, ya no vi, o más bien,
¡Oh Dios mío, vi una sola cosa! ¿Cómo sería posible explicar lo
inexplicable? Cualquier descripción, por sublime que fuera, no
sería más que una profanación de la inefable verdad. Yo estaba
allí, prosternado, en lágrimas, con el corazón fuera de mí
mismo, cuando M. Bussières me devolvió a la vida.
No podía responder a sus preguntas precipitadas; mas, al fin,
tomé la medalla que había colgado sobre mi pecho; besé
efusivamente la imagen de la Virgen, radiante de gracia. ¡Oh, era,
sin duda Ella! No sabía dónde estaba. Sentí un cambio total que
me creía otro. Buscaba cómo reencontrarme y no daba conmigo. La
más ardiente alegría estalló en el fondo de mi alma. No pude
hablar, no quise revelar nada; sentí en mí algo solemne y sagrado
que me hizo pedir un sacerdote. Se me condujo ante él y, sólo
después de recibir su positiva orden, hablé como pude: de rodillas
y con el corazón estremecido.
Mis primeras palabras fueron de agradecimiento para M. De La
Ferronays y para la archicofradía de Nuestra Señora de las
Victorias. Sabía de una manera cierta que M. De La Ferronays había
rezado por mí, no sabría decir cómo lo supe ni tampoco podría
dar razón de las verdades, cuya fe y conocimiento había adquirido.
Todo lo que puedo decir es que, en el momento de la bendición, la
venda cayó de mis ojos; no sólo una, sino toda la multitud de
vendas que me habían envuelto desaparecieron sucesiva y
rápidamente, como la nieve y el barro y el hielo, bajo la acción
del sol candente.
Todo lo que sé es que, al entrar en la iglesia, ignoraba todo;
que saliendo de ella, veía claro. No puedo explicar ese cambio,
sino comparándolo a un hombre a quien se despertara súbitamente de
un profundo sueño; o, por analogía, con un ciego de nacimiento
que, de golpe, viera la luz del día: Si no se puede explicar la luz
física; ¿cómo podría explicarse la luz que en el fondo es la
verdad misma? Creo decir la verdad, al afirmar que yo no tenía
ciencia alguna de la letra de los dogmas, pero entreveía su sentido
y su espíritu. Sentía, más que veía esas cosas; y las sentía
por los efectos inexpresables que produjeron en mí. Todo ocurría
en mi interior. Y esas impresiones, mil veces más rápidas que el
pensamiento, no habían tan sólo conmocionado mi alma, sino que la
habían como vuelto al revés, dirigiéndola en otro sentido, hacia
otro fin y hacia una nueva vida. A partir de ese momento, el amor de
Dios había ocupado en mí el lugar de cualquier otro amor.
Por mi parte, el 8 de julio de 1935, acabo de restituir a mi
amigo el libro de Berdiaeff, que me había prestado. Vamos a cenar
juntos y nos hemos detenido en la calle Ulm... Mi compañero
descendió del coche y, con la cabeza inclinada, me ofreció que le
siguiera o que le esperara unos minutos. Lo esperaría. Le vi
atravesar la calle, empujar la puertecita cerca de un gran portal de
hierro sobre el que emergía la techumbre de una capilla. Bueno, iba
a rezar, a confesarse; en fin, a entregarse a una u otra de esas
actividades, que ocupan tanto tiempo a los cristianos. Razón de
más para permanecer donde estaba. Pero dentro de dos minutos seré
cristiano.
Ateo tranquilo, nada sé, evidentemente, cuando, cansado de
esperar el final de las incomprensibles devociones que retienen a mi
compañero algo más de lo previsto, empujo a mi vez la puertecita
de hierro para examinar más de cerca el edificio en el que estoy
tentado de decir que se eterniza (de hecho le habría esperado todo
lo más tres o cuatro minutos)... De pie, en la puerta, busco con la
vista a mi amigo y no consigo reconocerlo entre las formas
arrodilladas que me preceden. Mi mirada pasa de la sombra a la luz,
va de los fieles a las religiosas inmóviles, de las religiosas al
altar... Entonces, se desencadena bruscamente la serie de prodigios,
cuya inexorable violencia va a desmantelar, en un instante, el ser
absurdo que yo soy y va a traer al mundo, deslumbrado, el niño que
jamás he sido... Entonces, no digo que el cielo se abre; no se
abre, se eleva, se alza de pronto... Es un cristal indestructible,
de una transparencia infinita, de una luminosidad casi insostenible
(un grado más me aniquilaría); un mundo, un mundo distinto, de un
resplandor y de una intensidad que relegan al nuestro a las sombras
frágiles de los sueños incompletos. Él es la realidad, él es la
verdad... Hay un orden en el universo, y en su vértice, la
evidencia de Dios; evidencia hecha presencia y la evidencia hecha
persona de aquel mismo a quien yo habría negado un momento antes, a
quien los cristianos llaman Padre nuestro y del que me doy cuenta
que es dulce, con una dulzura en nada parecida a cualquiera otra,
una dulzura activa que quiebra, que excede a toda violencia, capaz
de hacer que estalle la piedra más dura, el corazón humano.
Su irrupción desplegada se acompaña de una alegría que no es
sino la exultación del salvado, la alegría del náufrago recogido
a tiempo; con la diferencia, sin embargo, de que es en el momento en
que soy izado hacia la salvación, cuando tomo conciencia del lodo
en que, sin saberlo, estaba hundido, y me pregunto, al verme aún
con medio cuerpo atrapado por él, cómo he podido vivir y respirar
allí. Al mismo tiempo, me ha sido dada una nueva familia que es la
Iglesia, que tiene a su cargo conducirme a donde haga falta que
vaya... Todo está dominado por la presencia de Aquel, cuyo nombre
jamás podría escribir sin que me viniese el temor de herir su
ternura, ante quien tengo la dicha de ser un niño perdonado, que se
despierta para saber que todo es regalo. El milagro duró un mes.
Cada mañana volvía a encontrar, con éxtasis, esa luz que hacía
palidecer el día, esa dulzura que nunca habría de olvidar y que es
toda mi ciencia teológica... Sin embargo, luz y dulzura perdían
cada día un poco de su intensidad. Finalmente, desaparecieron; sin
que, por eso, me viese reducido a la soledad.
¿Cómo es posible que un muchacho como yo haya sido cambiado en
un instante hasta el punto de no reconocerse a sí mismo y de
encontrar un católico en lugar del incrédulo burlón que él
había dejado en la puerta? ¿Cómo pudo ser que, habiendo entrado
con indiferencia en una iglesia, haya salido de allí, algunos
minutos después, gritando para sus adentro de alegría: que la
verdad fuera tan hermosa, con esa belleza que la hace a veces
difícil de creer; pero que no debía, sin embargo, hacerla tan
difícil de amar; impaciente por compartir su felicidad con la
tierra entera, convencido en fin de que no hay en este mundo tarea
más digna, más dulce, más necesaria y más urgente que la de
alabar a Dios, de alabarle por ser y por ser quien es?.
Como vemos, ambas conversiones fueron radicales e instantáneas.
Alfonso de Ratisbona dejó a su novia, con quien se iba a casar en
poco tiempo, pues ya estaba pasando las invitaciones. Y se hizo
sacerdote y llegó a ser un santo. Hoy lo conocemos como san Alfonso
de Ratisbona. André Frossard quiso hacerse monje cartujo o trapense
para dedicarse totalmente a Dios, pero vio que no era la voluntad de
Dios y se casó. Dos de sus hijos murieron, pero su fe en Dios y en
su amor nunca lo abandonó, ni siquiera cuando estuvo prisionero de
la Gestapo en la segunda guerra mundial. Dios lo salvó de la muerte
y dedicó su vida a escribir las maravillas de Dios. Murió en 1995
a los 80 años de edad, siendo considerado por todos como el mejor
escritor católico francés del siglo XX.
En ambos casos, se manifiesta con fuerza la gracia de Dios, capaz
de transformar en un instante la mente humana y obrar milagros
maravillosos de conversión para demostrar su poder y su amor.
QUINTA PARTE EL GRAN MILAGRO
En esta quinta parte, veremos si existe algún milagro con todas
las garantías que exigen los incrédulos. Porque, si existe un
milagro, sólo uno, sería suficiente para decir que pueden existir
otros muchos. Y, si existen milagros, existe lo sobrenatural y un
Dios bueno que por amor a nosotros hace maravillas que superan las
leyes de la naturaleza. Algunos, para negar los milagros, citan el
caso de la sábana santa de Turín.
LA SÁBANA SANTA DE TURÍN
Cuando el 13 de octubre de 1988, el cardenal de Turín, Anastasio
Ballestrero, en rueda de prensa, dio a conocer los resultados del
estudio de la sábana santa con el método del carbono 14, realizado
en los laboratorios de Zurich (Suiza), Oxford (Inglaterra) y Tucson
(USA), reconoció que los tres habían coincidido en determinar la
fecha de la sábana santa en el siglo XIII. En ese momento, todos
los agnósticos, ateos y anticlericales del mundo se pusieron a
hacer fiesta, asegurando una vez más que la Iglesia fomentaba
supersticiones y que habían sido descubiertas por la ciencia.
No hay que olvidar que la sindonología, el estudio de la sábana
santa, es una ciencia en sí misma en la que han participado desde
hace muchos años especialistas en distintas áreas del conocimiento
humano. El problema es: ¿por qué se exagera lo malo y no lo bueno
de la Iglesia? ¿Por qué muchos periodistas sólo publican lo
negativo? Al año siguiente del resultado del carbono 14, los
científicos de la sábana santa, reunidos en un simposio
científico internacional en París, del 7-8 de setiembre de 1989,
concluyeron que la sábana santa no era una falsificación y que
pertenecía al siglo I.
Max Frei, botánico suizo, no católico, especialista en
palinología, estudió el polen de las flores de la sábana santa y
descubrió polen de algunas plantas que sólo existen en los
alrededores de Jerusalén y en ninguna otra parte del mundo, como
afirmando que la sábana santa proviene de Palestina y no de Europa,
como se dijo con ocasión de la prueba del C-14. El botánico judío
Avinoam Danin, catedrático de botánica de la universidad hebrea de
Jerusalén, publicó en 1998 un estudio, donde comprueba
fehacientemente que en la sábana santa hay granos de polen de
plantas que sólo existen en un radio de 20 kms alrededor de
Jerusalén.
El doctor Willard Frank Libby (1908-1980), premio Nóbel de 1960
por la invención del método de datación del C-14 (carbono 14) ya
había dicho que los resultados de este método no podían aplicarse
a la sábana santa, porque había muchos factores que falsificarían
la datación. Por ejemplo, si se quiere medir la edad de árboles
vivos al borde de una carretera de mucho tráfico, puede dar
millones de años, porque el humo de los escapes de los coches ha
introducido carbono fósil de millones de años (los del petróleo),
que falsifica la prueba. Así también en la sábana santa, con
tantos traslados, ha recibido proteínas y lípidos de muchas
personas y del ambiente que hacen rejuvenecer el tejido.
Por eso, los doctores Gove y Hardbottle escribieron al Papa que
era mejor no hacer la prueba, porque el resultado sería muy poco
creíble. El doctor Gove es nada menos que el co-inventor de la
variante AMS (Accelerator Mass spectrometer) del método de
datación del C-14, una de las variantes propuestas para la prueba y
la única en que trabajaron los tres laboratorios. De modo que las
tres pruebas eran prácticamente una, pues hicieron la misma prueba
los tres.
La prueba del C-14 tiene sus límites. Una momia del museo
británico dio en distintos laboratorios entre 800 a 1.000 años
anteriores al tejido que la envolvían. El cuerpo del hombre de
Linbow, sacado de la turba (carbón natural) de un pantano de
Inglaterra, dio en distintos laboratorios entre 300 a.C. hasta 500
d.C…
Hicieron otras pruebas con tejidos provenientes del Mar Muerto y
con la prueba del C-14 dieron una edad de 2.175 años. Los
sometieron al calor y al ambiente de un incendio, los dataron de
nuevo y dieron que tenían 800 años.
Por eso, los resultados de la prueba del C-14, realizada en 1988,
no puede ser tenida como infalible como parece serlo para muchos que
sólo conocen esa prueba y nada más.
En 1993, en el simposio científico de Roma, se concluyó algo
más: el hombre de la sábana santa era, sin lugar a dudas, Jesús
de Nazaret; pues todos los detalles, que aparecen, son como un film
de la Pasión de Jesús tal como lo describen los Evangelios. Y esto
lo han ratificado en sucesivos simposios internacionales. En 1994 se
difundió la noticia de que habían encontrado huellas en los ojos
de Jesús de dos leptones, pequeñas monedas romanas, acuñadas por
Pilato y que corresponden al año 29-30.
Pero hay algo más. El biofísico francés Jean-Bautise Rinaudo,
investigador de medicina nuclear del laboratorio de biofísica de la
Facultad de Medicina de Montpellier, ha explicado el por qué de la
conclusión de los tres laboratorios, que rejuvenece la tela en 13
siglos. El profesor Rinaudo irradió durante 20 minutos, con un
acelerador de partículas del Centro de estudios nucleares de
Grenoble, una tela de lino, perteneciente a una momia egipcia del
año 3.400 a.C., según datos de la prueba del carbono 14. Y el
resultado fue espectacular. La tela había rejuvenecido 500 siglos,
unos 46.000 años. A partir de esta prueba, pudo determinar la
cantidad de neutrones necesarios para provocar un rejuvenecimiento
de 13 siglos, como ocurrió con la sábana santa. Según Rinaudo, la
irradiación instantánea de protones emitidos sobre la tela que
cubría al crucificado, fue debida a una energía desconocida. Los
neutrones habían irradiado el tejido, enriqueciéndolo en carbono
14 y falseando la datación. Algunos autores, como el Dr. Jackson,
miembro de la NASA, junto con otros científicos alemanes,
italianos..., están convencidos de que ese momento de irradiación
tuvo lugar en el momento de la resurrección. Como si nos dijeran
que la sábana santa nos prueba la resurrección de Jesús.
Otros científicos son más comedidos y dicen que el
rejuvenecimiento de la sábana santa se debe a los incendios que
tuvo que soportar, sobre todo, el de 1532. El Dr. Dimitri
Kouznetsov, atomista ruso, premio Lenin de Ciencias y director del
laboratorio Sedovó de Moscú, sometió fragmentos de lino de
Palestina del siglo I (datada así, por el laboratorio de Tucson) a
la simulación de un fuerte incendio. En unos días, el lienzo
rejuveneció 13 siglos. Por eso, en junio de 1994, el Dr. Dimitri
Kouznetsov proclamó la autenticidad de la sábana santa como
reliquia del siglo I. ¿Acaso la ciencia de la prueba del carbono 14
es más ciencia que la del Dr. Dimitri o la del Dr. Rinaudo? ¿Por
qué no se dan a conocer estos resultados, al menos, para que no se
diga que la Iglesia fomenta supersticiones de milagros que no
existen?
De todos modos, los que no quieran reconocer la autenticidad de
la sábana santa, deben, al menos, reconocer el milagro ocurrido en
ella la noche del 3 al 4 de diciembre de 1532.
La sábana santa se encontraba en una urna de madera revestida de
plata en la capilla del castillo de Chambery, en Francia. De pronto,
se originó un gigantesco incendio, que fueron incapaces de
controlar. El fuego fue tan fuerte que llegó hasta derretir objetos
de aluminio, hierro, plata y cobre. Al alcanzar los 960 grados, la
plata de la urna comenzó a tomar una consistencia extremadamente
blanda y comenzó a caer en gotas sobre la sábana santa,
carbonizando en varios puntos el tejido. Cuando pudieron abrir la
urna, después del incendio, pudieron comprobar que la imagen no
había sido dañada y que solamente la plata fundida había caído
en los cuatro extremos, dañando un poco los dos brazos, un poco
más arriba de los codos, pero no había ningún daño, que pudiera
considerarse importante.
Dos años más tarde, las religiosas clarisas de Chambery,
dirigidas por su Priora Sor Louise, remendaron los huecos dejados
por la plata fundida, tal como puede verse en la actualidad. Pero
podemos preguntarnos, ¿no fue un verdadero milagro la conservación
de la sábana santa en este incendio? ¿Cómo un trozo de tela
normal puede resistir 960 grados de temperatura en el momento en que
empezó a fundirse la plata de la urna? ¿Cuándo se ha visto que un
tejido puesto en contacto con planchas ardientes saliera intacto?
¿No es un verdadero milagro? Si no lo creen, que nos demuestren por
qué un tejido normal ha podido salir indemne entre dos planchas
ardientes a más de 960 grados ¿No será una prueba divina más de
la autenticidad de la sábana santa?
Y recordemos que la sábana santa sufrió otro incendio hacia el
año 1200 y otro en 1997. En este último caso, el bombero Mario
Trematore, sindicalista de izquierda, logró con mucho esfuerzo
romper los dos cristales de 39 mm., que guardaban el relicario con
la sábana santa, y así pudo salvarla. ¿Todo esto es pura
casualidad? La casualidad es la palabra que usan los ignorantes,
cuando no pueden explicar lo sucedido y no quieren hablar de la
providencia de Dios.
LA SANGRE DE SAN GENARO
Otro caso que citan algunos es el de la sangre de san Genaro. San
Genaro fue obispo de Benevento y murió decapitado en la
persecución de Diocleciano el año 305. Parte de su sangre, según
dice la tradición, fue recogida por los cristianos en una ampolla
de vidrio y se conserva todavía, dando lugar al hecho inexplicable
de que esa sangre, sólida durante el año, se licúa el día de la
fiesta y en alguna otra oportunidad.
En el siglo V, san Genaro fue declarado patrono de Nápoles y
sólo desde 1337 se tiene constancia del milagro de la licuefacción
de su sangre. Actualmente, existen dos ampollas con sangre, una
contiene algunas gotas, la otra está llena 2/3 de su capacidad y
ambas se encuentran dentro de una caja de vidrio sellada, la cual
está dentro de una bóveda en la iglesia Capella del Tesoro de la
ciudad de Nápoles, en Italia. Tres veces al año, es expuesta la
sangre a la veneración de los fieles: el sábado, que precede al
primer domingo de mayo, fiesta del traslado de san Genaro; el 19 de
setiembre, celebración de su martirio; y el 16 de diciembre, su
fiesta como patrono de la ciudad.
Muchos autores han tratado de explicar este fenómeno por causas
naturales. Dicen que existen algunas sustancias que tienen la
propiedad de licuarse, cuando son agitadas, y solidificarse, cuando
están en reposo. Esta propiedad se llama tixotropía. Los doctores
Luigi Garleschelli de la universidad de Pavia, Franco Ramaccini de
Milán y Sergio Della Sala del hospital San Paolo de Milán,
publicaron un artículo en la revista Nature en 1991, en el cual
describían la propiedad tixotrópica de una sustancia que podría
reproducir los fenómenos relatados.
Pero todo esto parte del supuesto de que la sangre de san Genaro
era una falsificación, pues la sangre humana, después de tantos
siglos, no puede licuarse normalmente. Además, en el caso de la
sangre de san Genaro, a veces, se licúa en pocos segundos; otras
veces, tarda horas. Si fuera una sustancia con cualidades
tixotrópicas, siempre actuaría de la misma manera y se
necesitaría agitarla mucho, lo que no sucede con la sangre de san
Genaro. De todos modos, la solución está en que un día la Iglesia
permita el examen microscópico de la sustancia de las ampollas que
contienen la sangre de san Genaro y ver si todo es superstición. De
hecho, ahí está la sangre del milagro de Lanciano, bien estudiado
con toda clase de análisis y nadie puede dudar del milagro
permanente de su conservación milagrosa. ¿Acaso no puede éste ser
también un milagro verdadero? ¿Por qué pensar sólo en engaño y
superstición? Todavía hay que dejar tiempo al tiempo y que la
Ciencia siga estudiando el tema. Además, la Iglesia siempre es
demasiado parca en hablar de milagros y, ni en este caso ni en el de
la sábana santa, ha dicho todavía que se trata de milagros
auténticos, aunque lo sean.
EL MILAGRO DE CALANDA
Veamos ahora un milagro, bien documentado, que nadie, que busque
sinceramente la verdad, puede poner en duda y puede investigarlo
todavía.
Nos referimos al milagro de Calanda, ocurrido en el pueblo de
Calanda, cerca de Zaragoza, en España, y del cual hay
documentación más que abundante. Además, muchísimas personas
conocieron a Miguel Juan Pellicer, el joven a quien le amputaron una
pierna y Dios, por intercesión de María, se la restituyó.
Miguel Juan Pellicer era un joven de 20 años, que había
abandonado Calanda, su lugar de nacimiento, para ir a trabajar a
Castellón de la Plana en las fértiles tierras del antiguo reino de
Valencia. En los campos de Castellón estaba trabajando como bracero
de su tío materno Jaime Blasco. Un día de finales de julio de
1637, cuando regresaba a la hacienda de sus familiares, conduciendo
dos mulas, que arrastraban un chirrión, un tipo de carro de tan
sólo dos ruedas y que iba cargado con trigo, se cayó (por un
descuido suyo, declarará más tarde ante notario) de la grupa de la
mula sobre la que iba montado... Una de las ruedas del carro
(sabemos por los documentos que el peso del trigo que transportaba
era de cuatro cahíces, una antigua medida valenciana) le pasó
sobre la pierna derecha, por debajo de la rodilla, fracturándole la
tibia en su parte central. Para tratarlo mejor, Miguel Juan fue
llevado por su tío Jaime primero a Castellón, e, inmediatamente
después, a Valencia. En esta ciudad fue ingresado en el hospital
real. Por el libro de Registro sabemos que fue ingresado un lunes 3
de agosto. Las informaciones del Registro son precisas hasta el
punto de indicar en valenciano la indumentaria del herido: porta
unos pedazos pardos. Es decir, llevaba unos pantalones rotos de
color gris. El cuidado con que está redactada la nota de ingreso se
extiende a la firma (Pedro Torrosellas), el administrativo que la
escribió... En el hospital de Valencia permaneció Miguel Juan tan
sólo cinco días, durante los cuales le aplicaron algunos remedios
que no aprovecharon.
Deseando regresar a su tierra y, sobre todo, ir a vivir bajo la
protección de la Virgen del Pilar en Zaragoza, se puso en camino.
El viaje le resultó muy penoso a causa de su pierna fracturada.
Duró más de 50 días en plena época de calores estivales, con un
recorrido de más de 300 kilómetros, atravesando, entre otros
lugares, una cadena montañosa y transcurrió “de lugar en lugar
por caridad y limosna”, como aseguran las actas del proceso.
Miguel Juan llegó finalmente a Zaragoza a principios de octubre
de 1637. Se había ayudado de unas muletas y, según parece, de una
pierna de madera sobre la que apoyaba la rodilla, pues la parte
fracturada estaba doblada y asegurada al muslo con una correa... Tan
pronto como llegó a la capital aragonesa, pese al agotamiento y a
la fiebre, se confesó y recibió la eucaristía. Inmediatamente
después, consiguió ser admitido en el Real Hospital de Nuestra
Señora de Gracia. Fue instalado primero entre los enfermos
afectados de fiebre, en la sección o cuadra de calenturas. Después
sería trasladado a la sección de cirugía. Los médicos
determinaron que, dado el avanzado estado de la gangrena y la
ineficacia de los tratamientos aplicados durante los primeros días
de estancia en el hospital, el único medio de salvarle la vida era
amputarle la pierna. En su declaración ante los jueces, los
sanitarios señalaron que la pierna estaba “muy flemorizada y
gangrenada” hasta el punto de que parecía negra... A mediados de
octubre, fueron los cirujanos Estanga y Millaruelo los que
practicaron la amputación, cortando la pierna derecha “cuatro
dedos más debajo de la rodilla”, procediendo inmediatamente a la
cauterización. Para atenuar, de alguna manera, los terribles
sufrimientos de la operación que se realizó con una sierra y un
cincel, para a continuación aplicar un hierro candente, al paciente
tan sólo se le proporcionó una bebida alcohólica y narcótica
utilizada en aquella época, pues los primeros analgésicos eficaces
(el éter y el cloroformo) no aparecieron hasta dos siglos después.
En el transcurso de la operación, estuvo “encomendándose siempre
a Nuestra Señora del Pilar, implorando su auxilio en tan grande
trabajo”.
Los cirujanos estuvieron asistidos por el joven practicante Juan
Lorenzo García que recogió del suelo la pierna y la depositó en
la capilla donde se llevaban los cadáveres. Después declarará el
haber enseñado aquel resto sanguinolento a algunos enfermos y
también al capellán y administrador del hospital don Pascual del
Cacho, que sería asimismo llamado a declarar en el proceso. Este
sacerdote declarará que “vio en el suelo la dicha pierna cortada
y al enfermo lo procuró esforzar con algunos ejemplos y después
oiría que la pierna iba a ser enterrada”.
Ayudado por un compañero, el practicante García enterró la
pierna en el cementerio del hospital en un lugar habilitado al
efecto... Dará testimonio de que enterró el pedazo de pierna
horizontalmente “en un hoyo como un palmo de hondo”, de unos 21
centímetros. Se trata del mismo hoyo que, casi dos años y medio
después, aparecería vacío.
Tras unos meses de estancia en el hospital..., arrastrándose
como pudo, dirá en el proceso, se acercó al santuario del Pilar,
situado casi a un kilómetro de distancia del hospital. Quería dar
gracias a la Virgen “por haber quedado con vida para servirla y de
nuevo se le ofreció muy de veras, suplicándole fuese servida de
favorecerle y ampararle para poder vivir con su trabajo” a pesar
de la terrible mutilación sufrida. Después de haber pasado el
otoño y el invierno en el hospital, en la primavera de 1638 salió
de allí definitivamente. Tras despedirlo, la administración lo
proveyó de “pierna de palo y muleta”.
Para sobrevivir, tuvo que dedicarse a pedir limosna en la entrada
del santuario del Pilar y consiguió un permiso regular para pedir
en la puerta que da al río Ebro. Era un mendigo, como se llamaba
entonces, de plantilla. Así el joven Pellicer será conocido por
todo el mundo, pues en Zaragoza, una ciudad de unos 25.000
habitantes, se conocían todos. El joven era muy devoto y cada
mañana asistía con devoción a la misa en la santa Capilla, donde
se encuentra la imagen de la Virgen del Pilar. Y cada día, al
limpiar los servidores las ochenta lámparas que ardían en la
capilla de la Virgen, les pedía un poco de aceite para restregarse
el muñón de la pierna.
Después de dos años de vivir así, en la primavera de 1640,
decidió ir a visitar a sus padres a Calanda, pues no los había
visto desde hacía tres años. El día de su regreso, habría que
fijarlo entre el 4 y el 11 de marzo de 1640. Para no ser gravoso a
sus padres, se dedicó a pedir limosna en los pueblos de alrededor,
haciendo que, de esta manera, lo conociera mucha gente que después
daría testimonio del milagro.
El 29 de marzo no fue a pedir limosna, como acostumbraba, y se
pasó el día en el campo de su padre, haciendo nueve cargas de
estiércol en una gran espuerta colocada a lomos de un jumento. Al
atardecer, estaba muy cansado por el esfuerzo y con un dolor en el
muñón más fuerte que el habitual. Por eso, se fue a dormir
temprano.
Entre las diez y media y las once de la noche, la madre de Miguel
Juan entró con un candil en la mano en la habitación.
Inmediatamente, notó, según declarará después, “una fragancia
y un olor suave nunca acostumbrados allí”. Según fray Jerónimo
de san José, que obtuvo el imprimatur de su folleto en Zaragoza
solo trece días después de la sentencia del proceso: “Al
consuelo de la milagrosa sanación, se añadió un perfume como de
paraíso por entero diferente a los de la tierra, que se prolongó
durante muchos días, no sólo en la estancia, sino en todas las
cosas que en ella estaban”.
Sea como fuere, María Blasco de Pellicer, de 45 años de edad,
sorprendida por aquellas emanaciones de perfume, levantó el candil
para ver la posición en que se encontraba su hijo. Pudo comprobar
que dormía profundamente. Pero también advirtió, y creyó que era
un error, dada la escasa luz existente, que por fuera de la capa,
demasiado corta para ser utilizada como manta, no sobresalía un pie
sino los dos, “uno encima del otro, cruzados” tal y como
declarará en el proceso. Inmediatamente, la mujer llamó a su
marido, que se había entretenido en la cocina, para que viniera a
esclarecer la situación. Acudió el hombre y retiró la capa,
descubriendo algo increíble: aquellos dos pies cruzados
pertenecían a su Miguel Juan... Para conseguir que despertara, y en
esto coinciden los respectivos testimonios, se emplearon “más de
dos Credos”... Cuando sus padres le pidieron que les dijera cómo
había sido aquello, el joven respondió que no sabía cómo había
sido. No obstante, añadió que, cuando lo despertaron, se hallaba
soñando “que estaba en la santa capilla de Ntra. Sra. del Pilar
de Zaragoza, untándose la pierna derecha con el aceite de una
lámpara, como lo había hecho cuando estaba en ella”... No dudó
un instante en atribuir su curación a la intercesión de la Virgen
de Zaragoza. Y añadió que aquella noche, al acostarse según era
su costumbre, se había encomendado “muy de veras” a la Virgen
del Pilar. Según los testimonios tomados bajo juramento del
protocolo notarial, redactado tan sólo tres días después del
hecho y las actas del proceso que se abriría 68 días después, el
joven repitió que “tenía por cierto que la Virgen del Pilar se
la había traído (la pierna cortada) para que así le sirviese
mejor y cuidase a sus padres”.
Es interesante anotar que la pierna milagrosa era su misma
pierna, pues tenía la cicatriz originada por la rueda del carro,
que le había fracturado la tibia; otra cicatriz más pequeña,
ocasionada por la extirpación, cuando era niño, de un mal grano,
como él dice; y también tenía las huellas de la mordedura de un
perro. El 4 de junio de ese año, hicieron las diligencias para
buscar en el cementerio del hospital de Zaragoza su pierna, donde
había sido enterrada: no se halló señal de ella en la parte donde
la enterraron, tan sólo un agujero vacío en tierra. Dios le había
reimplantado milagrosamente su pierna o sus huesos, pues sus
músculos, nervios, piel, tejidos, vasos sanguíneos destruidos,
Dios los creó de la nada. ¿De la nada? Dicen los científicos que
de la nada no sale nada. Entonces, esto va contra todas las leyes
naturales y puede ser considerado un verdadero milagro.
Pero sigamos con la narración. Esa misma noche, los padres
avisaron a los vecinos y vino mucha gente del pueblo a cerciorarse
del milagro. A la mañana siguiente, todo el pueblo se dirigió a la
parroquia a dar gracias a Dios. El vicario celebró la misa y Miguel
Juan, que se había confesado, comulgó.
La noticia corrió por todos los pueblos vecinos y la gente
venía de todas partes a constatar el milagro y a dar gracias a
Dios. Ahora bien, es preciso anotar que el milagro no fue perfecto
de inmediato. La pierna reimplantada era tres centímetros más
corta que la otra, quizás, dicen algunos, porque en el momento de
la amputación, el joven no había completado su crecimiento. El
grosor de la pantorrilla era menor. No podía poner el talón en el
suelo ni caminar normalmente, porque tenía los dedos del pie como
agarrotados, como si les faltara vitalidad. Pero a los tres días,
ya tenía vitalidad en la pierna y, después de dos meses, según
afirman todos los testigos, ya podía correr con ligereza y subir la
pierna derecha hasta la cabeza sin dolor ni pena alguna. ¿Por qué
duró la curación perfecta dos meses? ¿Quiso Dios que la
naturaleza hiciera su parte? ¿Quiso reimplantársela con los tres
centímetros de menos tal como la tenía, cuando se la amputaron?
Sea lo que sea, el milagro es realmente maravilloso, de modo que
algunos lo han llamado el milagro de la resurrección de la carne,
un anticipo de lo que será nuestra propia resurrección futura.
Resumiendo brevemente el milagro, diremos así: Entre las diez y
once de la noche del 29 de marzo de 1640, mientras dormía en su
casa de Calanda, a Miguel Juan Pellicer, un campesino de 23 años,
le fue restituida, repentina y definitivamente, la pierna derecha
que había sido hecha pedazos por la rueda de un carro y que le
había sido amputada cuatro dedos por debajo de la rodilla, a
finales de octubre de 1637, es decir, dos años y cinco meses antes,
en el hospital público de Zaragoza.
A los tres días del hecho, el 1 de abril, fiesta del domingo de
Ramos, llegó a Calanda el párroco de Mazaleón don Marcos Seguer y
uno de sus vicarios, don Pedro Vicente, con el notario real de
Mazaleón, doctor Miguel Andreu y, después de haber consultado a
los testigos, firmaron un acta notarial. Estamos, pues, ante “una
intervención divina”, atestiguada por un acta notarial, ante un
milagro ni más ni menos con la garantía de un documento ajustado a
la normativa vigente y corroborado por diez testigos oculares,
escogidos entre los de mayor confianza y mejor informados de los
muchísimos disponibles. Y, por si fuera poco, el acta notarial fue
extendida y autentificada pasadas algo más de 70 horas del suceso
en el propio lugar donde ocurriera. El acta original ha llegado en
perfecto estado hasta nosotros, y está expuesta en una artística
vitrina en el lugar más destacado del Ayuntamiento de Zaragoza: el
propio despacho del alcalde. Como dice el historiador Leandro Aína
Naval: Se trata de un acto público, acta notarial, diríamos hoy,
documento de máxima autoridad en todo tiempo, que se acerca al
ideal exigido por algunos racionalistas para la comprobación de los
milagros en su vertiente histórica...
Voltaire, en la voz “Milagro” del Diccionario filosófico,
pide algo parecido. Dice: “Haría falta, por tanto, que un milagro
hubiese sido comprobado por un determinado número de personas
juiciosas y sin interés alguno en la cuestión. Además, sus
testimonios tendrían que ser registrados en debida forma, pues si
hacen falta tantas formalidades para actos como la compra de una
casa, un contrato de matrimonio o un testamento, ¿cuántas
formalidades no serían necesarias para demostrar cosas que por
naturaleza son imposibles?”.
Por otra parte, el Ayuntamiento de Zaragoza, el 8 de mayo de
aquel mismo año, solicitó a la Iglesia la apertura de un proceso
para esclarecer bien los hechos. Las actas del proceso contienen un
total de 120 nombres ilustres o humildes, entre jueces, notarios,
procuradores, alguaciles, testigos de prueba, médicos, enfermeros,
sacerdotes, posaderos, campesinos, etc. Los historiadores han
reconstruido la biografía, con mayor o menor precisión, de todas
las personas relacionadas con el proceso y que, en mayor o menor
medida, fueran influyentes y que han dejado huellas de sí en otras
ocasiones y, por tanto, en otros documentos. Por eso, quien quiera
poner en duda la muy sólida inserción de este proceso en el
Aragón y la España de la primera mitad del siglo XVII, tendría
que negar por coherencia toda credibilidad a cualquier otro suceso
de la historia, incluso al que mejor esté atestiguado.
Después del proceso, el arzobispo de Zaragoza, Pedro de
Apaolaza, en sentencia del 27 de abril de 1641 declaró el hecho
como milagroso. Dice así: Consideradas estas y otras cosas, el
consejo de los abajo firmantes ilustres doctores, tanto de sagrada
Teología como de Derecho pontificio, afirmamos, pronunciamos y
declaramos que a Miguel Juan Pellicer, natural de Calanda, de quien
se ha tratado en este proceso, le fue restituida milagrosamente la
pierna derecha, que precedentemente le había sido cortada; que no
ha sido un hecho obrado por la naturaleza sino una obra admirable y
milagrosa y que se debe juzgar y tener por milagro, concurriendo
todas las condiciones requeridas por el Derecho para que se pueda
hablar de un verdadero milagro en el caso aquí examinado. Por
tanto, lo inscribimos entre los milagros y como tal lo aprobamos,
declaramos, autorizamos y así lo decimos.
A los pocos días, fue celebrada la sentencia con una gran fiesta
en la plaza frente al santuario del Pilar. Acudieron todos los
habitantes de Zaragoza a alegrarse y dar gracias, pues todos
conocían a Miguel Juan. De esta manera, el más sorprendente de los
milagros llegó a ser el más público, pues una ciudad entera
conocía al protagonista. Todavía se conserva la factura y el pago
correspondiente de los fuegos artificiales que se dispararon en
aquella noche de la fiesta.
Sobre la sentencia del proceso y las firmas correspondientes, se
hicieron dos ejemplares, uno destinado al Ayuntamiento de Zaragoza y
el otro al cabildo del Pilar. El ejemplar del Ayuntamiento
desapareció a principios del siglo XIX. El documento original del
cabildo desapareció en 1930, al habérselo prestado al monje
benedictino, de origen francés, Aime Lambert. Pero hay muchos
investigadores que lo citan. Algunos lo han visto, como el profesor
emérito de la universidad Complutense de Madrid, el reverendo don
Manuel Mindán Manero. Pero hay más: en 1829, el documento original
fue publicado íntegramente en un volumen que puede encontrarse en
muchas bibliotecas españolas, en una edición preparada por el
historiador agustino fray Ramón Manero. Esta edición tiene la
garantía de las firmas y sellos de dos notarios que dan fe de que
el texto concuerda con el original. En el mismo pueblo de Calanda se
conserva otra copia legalizada con los sellos notariales y
autorizada por el arzobispo de entonces, Monseñor Francisco Ignacio
Añoa del Busto.
En resumen, diremos que éste es un milagro bien documentado y
querer negarlo significaría negar todos los documentos
perfectamente legalizados y autorizados, e incluso, negar toda la fe
de miles de personas que conocieron al joven del milagro. Este
suceso no sólo fue conocido en Zaragoza y sus alrededores, sino en
toda España. De modo que hasta el rey Felipe IV mandó llamar a
Miguel Juan en octubre de 1641. El rey, según las crónicas, se
arrodilló ante él y le besó la pierna del milagro.
El mismo año de 1641, el escritor fray Jerónimo de san José
escribió un folleto basado en las actas del proceso y lo publicó
con el título: Relación del milagro obrado por Ntra. Señora bajo
la devoción de la santa imagen y sacrosanta capilla de Ntra.
Señora del Pilar de Zaragoza, en la resurrección y restitución a
Miguel Pellicer, natural de Calanda, de una pierna que le fue
cortada y enterrada en el Hospital general de aquella ciudad, cuyo
prodigio decretó el ilustrísimo señor Don Pedro Apaolaza,
arzobispo de Zaragoza, el 27 de abril de 1641.
El folleto fue dedicado al rey Felipe IV y tenía el imprimatur
del arzobispo de Zaragoza.
REFLEXIONES
Después de todo lo que hemos visto en las páginas anteriores,
podemos concluir sin temor a equivocarnos que los milagros SÍ
existen. Ahí está el maravilloso milagro de Calanda o el milagro
de la carne y sangre de Lanciano o los milagros reconocidos por la
Comisión internacional de médicos de Lourdes o los reconocidos por
la Congregación para las causas de los santos, después de
exhaustivos procesos de investigación. Supongamos que, quizás,
alguno de ellos no estuvo bien documentado; pero eso no podría
decirse de todos y cada uno, pues en muchos casos ha habido
restitución de la nada de partes orgánicas del cuerpo humano.
Algo parecido podemos decir de los milagros de la incorrupción
de los cuerpos de algunas santos, sobre todo, de Charbel Makhluf o
de las lágrimas de la Virgen, sobre todo, en el caso bien
documentado de Siracusa y Akita en Japón. Así pues, podemos decir
bien seguros que los milagros se dan por una intervención especial
de Dios, que manifiesta su poder, frecuentemente, para premiar la fe
de sus hijos y su confianza en Él. Por supuesto que milagros hay a
cientos cada año, y no sólo en Lourdes y Fátima o los reportados
para las causas de beatificación o canonización. Hay miles y miles
de milagros, verdaderos milagros, hechos a personas particulares que
no pueden ser suficientemente documentados y que nunca podrán ser
reconocidos. Y, sobre todo, están esos otros milagros de la
conversión instantánea de personas ateas que, ante la presencia
abrumadora de Dios, se convierten y cambian de vida y se dedican
totalmente a su servicio. Sobre esto, he escrito otro libro Ateos y
judíos convertidos.
Pero algunos seguirán sin creer, porque para el que no tiene fe,
mil pruebas no constituirán una certeza. Muchos ateos y agnósticos
niegan los milagros por principio. De modo que, si les presentan
uno, procurarán a toda costa dar explicaciones o, al menos, decir
que hay que esperar a que la ciencia avance un poco más y se pueda
explicar en el futuro lo inexplicable de hoy. Esto es como decir que
nunca aceptarán un milagro, porque no puede existir. Según ellos,
las leyes naturales son inmutables y, por tanto, no admiten
excepciones.
Claro que, si no aceptan la existencia de Dios, nadie puede
alterar estas leyes. Pero deben ser sinceros y decir: Hay un
principio científico que dice que de la nada no sale nada. En este
caso, hay una creación de la nada de músculos, nervios, piel... De
acuerdo a lo que conocemos de la naturaleza, ¿es eso posible
naturalmente? Se dice que la experiencia es madre de la ciencia. En
este libro hemos presentado muchos milagros inexplicables para la
ciencia, ¿por qué no reconocen la experiencia de los milagros para
aceptar que sí existen?
Hay un principio que dice: Contra facta non valent argumenta
(contra los hechos no valen los argumentos). Por tanto, los que
niegan los hechos milagrosos, están equivocados.
En el siglo XIX había muchos incrédulos, como el célebre
neurólogo francés Charcot, que pedía a gritos que le mostraran
milagros de piernas y brazos cortados. Decía: Al consultar el
catálogo de curaciones, llamadas milagrosas, nunca he podido
comprobar que la fe haya hecho reaparecer un miembro amputado...
Ambrogio Donini decía: Ni siquiera los más ingenuos se atreven ya
a sugerir “milagros” que sean auténticamente “sobrenaturales”,
tales como la reaparición de piernas y brazos amputados... Félix
Michaud decía también: Ningún creyente tendría la ingenuidad de
solicitar la intervención divina para que una pierna cortada vuelva
a aparecer. Un milagro de este género que quizás resultara
decisivo, nunca se ha comprobado. Y se puede decir con toda
tranquilidad que nunca lo será.
Precisamente, parece que Dios, con el milagro de Calanda, hubiera
querido responderles. El hecho está ahí y puede ser investigado
hoy por todos los que sinceramente buscan la verdad. Y, si existe un
milagro, pueden existir muchos más.
La medicina no conoce ninguna enfermedad que, al menos una vez,
no haya tenido en Lourdes una curación instantánea y verificada
por las comprobaciones científicas de la Oficina médica
internacional (Doctor Augusto Vellet)
CONCLUSIÓN
La cuestión sobre si existen los milagros, es muy simple: o Dios
existe o no existe. Si Dios no existe, asunto terminado, la
religión no es más que una forma supersticiosa del absurdo y no
hay motivo para volver sobre el tema, salvo, como recordatorio, en
algún Congreso de neurología. Pero si Él existe, entonces todo es
posible, incluso lo que creemos imposible. Si Él existe, ¿por qué
no podría manifestarse a Moisés en el Sinaí o en la zarza
ardiente? ¿Por qué no podría enviar a un ángel a visitar a una
joven de Nazaret, que iba a ser la madre de Jesús? ¿Por qué no
podría hablar a quien quiera y cuando quiera? ¿Por qué no podría
manifestar su amor en el momento menos pensado, como se lo
manifestó al gran ateo convertido, André Frossard?
En una palabra, si Dios existe y nos ama, ¿por qué no podría
manifestar su amor a sus hijos por medio de milagros espectaculares?
Por eso, como diría André Frossard: Hay otro mundo. Su tiempo no
es nuestro tiempo: su espacio no es nuestro espacio, pero existe. No
se puede situar su residencia en ningún lugar de nuestro universo
sensible: sus leyes no son nuestras leyes, pero existe… Ese mundo
existe. Es más bello de lo que llamamos belleza y más luminoso que
lo que llamamos luz… Y hacia ese mundo, donde tiene lugar la
resurrección de los cuerpos, todos nos dirigimos. Sí, hay otro
mundo. Y no hablo de él por hipótesis, por razonamiento o de
oídas. Hablo por experiencia.
Ojalá que todos lleguemos a convencernos de la existencia de ese
mundo espiritual, donde habita Dios para que, creyendo en su amor,
podamos aceptar los milagros de su amor. Les sugiero que, cuando
tengan algún problema insoluble humanamente, acudan a este Dios
amor, que se sentirá muy feliz de hacer un milagro, si se lo piden
con fe.
A todos les deseo lo mejor: una fe rica y abundante con un
corazón lleno de amor.
P. Ángel Peña O.A.R. Parroquia La Caridad Pueblo Libre
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