CATOLICO, CONOCE TU FE
INTRODUCCION
El presente librito tiene por objeto aclarar algunas verdades
fundamentales de nuestra fe católica. Muchas veces, los hermanos
separados nos han inquietado, y quizás confundido, con sus ideas
contrarias a nuestra fe. Por eso, es importante que la conozcamos
para amarla, vivirla y darle gracias a Dios por ella. Somos
católicos, pertenecemos a la Iglesia católica y queremos vivir
nuestra fe en plenitud y nos sentimos orgullosos de ella.
Al ofrecer este pequeño trabajo, deseo dar las gracias a
aquellos que me han ayudado a vivir mi fe católica como cristiano,
religioso y sacerdote, especialmente a mis padres y maestros y a las
religiosas contemplativas, a quienes tanto debo por sus oraciones
por mí.
Que Dios los bendiga a todos.
NOTA: Al citar Cat se refiere al Catecismo de la Iglesia
Católica; FC a la exhortación apostólica Familiaris Consortio. Y
EV, LE a las encíclicas Evangelium Vitae y Laborem Excercens de
Juan Pablo II. LG, AG, DV y GS a los documentos del Vaticano II,
Lumen Gentium, Ad Gentes, Dei Verbum, Gaudium et Spes.
DIOS ES AMOR
Muchos hombres, ante la insatisfacción de la vida, se preguntan,
como esperando una respuesta: ¿Por qué vivo y por qué muero?
¿Por qué he nacido aquí y no allí? ¿Por qué soy así y no de
otra manera? ¿Habrá valido la pena haber nacido? ¿Cuál es el
sentido de mi vida? ¿De dónde vengo y a dónde voy? ¿Hay algo
más después la muerte? ¿Hay una vida eterna feliz o una oscuridad
sin límites?
Muchos ateos se responden a mismos que nada tiene sentido y todo
acaba con la muerte. Sin embargo, Dios existe y DIOS ES AMOR (1 Jn
4,8), nos ha creado por amor y nos sigue amando desde toda la
eternidad. Desde siglos y siglos antes de que el mundo existiera,
cuando no existía el tiempo..., antes del primer día en los
millones de años de edad del Universo, antes de que existiera la
noche y de que el sol brillara en el firmamento azul, Dios pensaba
en ti y te amaba y soñaba contigo y te acariciaba en su Corazón.
Tú no has nacido por casualidad. Dios te esperaba desde la
profundidad de la eternidad.
Allá, en el silencio de aquella eternidad primera, Dios llenaba
con su amor aquel vacío inmenso. Y el Padre engendraba al Hijo y
del amor del Padre y del Hijo procedía el Espíritu Santo. Y los
TRES vivían con la plenitud de la divinidad. Tres personas
distintas y un solo Dios verdadero. Los TRES igualmente coeternos,
de la misma naturaleza e iguales en poder, amor y dignidad. ¡Un
verdadero misterio de amor!.
Y su amor infinito decidió proyectarse y crear a los ángeles.
Pero muchos de ellos se rebelaron y lo rechazaron y se convirtieron
a sí mismos en demonios (Ap 12). Un misterio incomprensible de la
bondad y amor de Dios, que respeta su libertad y los ama hasta en el
infierno, pues, de otro modo, no podrían ni existir.
También decidió crear a los hombres para hacerlos felices con
unos dones maravillosos: inmortalidad, impasibilidad (no poder
sufrir), integridad (equilibrio interior), ciencia infusa, pero
ellos, por instigación del demonio, pecaron y quedaron privados de
esos dones. Así comenzó el drama de la humanidad, pues la vida de
todo ser humano será, desde entonces, una lucha contra el mal y
contra el Maligno (Ef 6). Pero, de nuevo, el amor infinito de Dios
se compadeció de la humanidad caída y sin esperanzas, y el Padre
envió a su Hijo para dar sentido al dolor, para ser nuestro
compañero de camino y darnos paz, alegría y esperanza.
Según muchos autores, Jesús hubiera venido de todas maneras,
aunque el hombre no hubiera pecado. Porque el AMOR de Dios tenía
previsto encarnarse, hacerse compañero de los hombres, hacerse uno
de ellos; ya que el amor acerca y asemeja a los que aman.
Ahora, Dios te ama a ti tal como eres, sin condiciones. DIOS ES
AMOR. Cree en su amor, en su Perdón, en su poder para poder
cambiarte. Cree en Dios y podrás dar sentido a tu vida en el AMOR.
Precisamente, para ayudarte en tu caminar por el difícil camino
de la vida, vino Jesús a la Tierra. Síguelo y serás feliz.
JESUS DE NAZARET
¿Quién es Jesús de Nazaret? Hace dos mil años, Jesús
dirigió a sus discípulos esta misma pregunta: “Vosotros ¿quién
decís que soy yo?” (Mc 8,27). Y la Historia no ha terminado de
responderla. Vestía pobremente y los que le rodeaban eran gente sin
cultura. No poseía títulos ni riquezas. No tenía armas ni poder
alguno. Era joven y ya, desde el principio, era odiado por los
poderosos, y un incomprendido hasta para sus propios discípulos.
Los violentos lo encontraban manso y débil. Los custodios del
orden lo encontraban violento y peligroso. Los cultos lo
despreciaban y le temían. Algunos se reían de su locura, pero los
pobres lo admiraban, porque los quería. Muchos lo seguían más por
sus milagros que por una verdadera conversión del corazón. Había
quienes veían en El al Mesías prometido, pero otros, sobre todo
los ministros oficiales de la religión, lo consideraban enemigo del
pueblo, blasfemo y profanador del sábado y de las leyes de Dios.
Unos días antes de su muerte, lo aclamaron como al Mesías pero, en
el momento supremo, todos lo abandonaron, hasta sus más íntimos
amigos, con excepción de unas pocas mujeres.
Y, sin embargo, veinte siglos después, la Historia sigue girando
en tomo a este hombre. El tiempo se cuenta a partir de su
nacimiento, se siguen escribiendo cada año más de mil volúmenes
sobre su persona y doctrina. Su vida ha servido de inspiración a la
mitad del arte producido en el mundo y cada año miles de hombres y
mujeres de todo el mundo, lo dejan todo, familia, patria, bienes,
para seguirle sin condiciones, como aquéllos sus doce primeros
discípulos. ¿Quién es, pues, este hombre que, a la vez, dice ser
Dios? ¿Quién es Jesús de Nazareth?
¿Quién es El para ti?
Jesús no fue un astronauta de un lejano planeta, ni un mago que
practicaba artes mágicas, aprendidas en Egipto. Jesús no fue un
hombre común y corriente como tú y como yo. El, a la vez que era
hombre, era también Dios y con su vida nos ha enseñado a conocer a
un Dios bueno, cariñoso y bondadoso, amigo y cercano a los hombres,
sus hijos. El nos enseñó con su vida la más grande y hermosa
verdad que jamás el mundo entero pudo conocer: DIOS ES AMOR. Dios
te ama a ti. Jesús te ama tal y como eres en este momento. No
necesitas cambiar para que te ame. Tu eres su hijo y quiere ser tu
amigo: “vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando”
(Jn 15,14). Por eso, si nadie te quiere, si todos te rechazan, si
eres demasiado anciano o enfermo o feo o ignorante o pobre o
pecador, El te ama y te dice: “Hijo mío, tus pecados te son
perdonados” (Mc 2,5). “No tengas miedo, porque yo estoy contigo
y tú eres a mis ojos de gran precio, de gran estima y yo te amo
mucho” (Is 43,43).
Y ahora respira profundamente y sonríe: Dios te ama, Jesús te
ama, tu vida tiene pleno sentido y Dios espera mucho de ti y cuenta
contigo para la gran tarea de la salvación del mundo.
Jesús también nos enseñó a perdonar y, aún más, a amar a
nuestros enemigos hasta setenta veces siete (siempre). Y tú
¿guardas resentimiento o deseo de venganza en tu corazón? Si
quieres que Jesús sea tu Maestro, déjate enseñar por El y sigue
su camino. Es la única manera de ser feliz y de hacer felices a los
demás en este mundo y en el otro. Tú no puedes ser indiferente
ante El. O estás con El o contra El; o sigues a Cristo o a
Satanás. ¿Cuál es tu opción vital? ¿Quieres ser cristiano de
verdad? Para el que no tiene fe, seguir a Cristo puede parecerle un
cuento sin sentido, pero ¿quién puede asegurarle estar en la
verdad?
Gandhi dijo una vez: “Yo digo a los hindúes que su vida será
imperfecta, si no estudian respetuosamente la vida de Jesús”.
Pero no basta estudiar su vida, hay que llegar a amarlo con todo el
corazón para ser verdaderos cristianos y ser capaces de dar la vida
por El, como El la dio por nosotros. Si, como creemos, El era
verdaderamente hombre y Dios, podemos creer que el ser hombre es
algo mucho más grande de lo que imaginamos y mucho más importante
de lo que creemos. Seguir a Jesús no puede ser mera curiosidad,
pues en ello está en juego el sentido de nuestra vida y El nos
exige respuestas absolutas y sin condiciones. El nos dice: “ Yo
soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn. 14,6).
Jesús era hijo de su pueblo, el pueblo judío, y amaba a su
pueblo y a sus gentes. Era como nosotros, un hijo de nuestra tierra.
Crecía en estatura y edad ante Dios y ante los hombres. Era pobre y
tenía que trabajar para ganarse la vida. Acogía a los pecadores
con amor y no le importaba “contaminarse” con los leprosos. Era
sencillo y le gustaba bendecir, acariciar y abrazar a los niños.
Jesús fue un hombre cumplidor de las normas de la religión
judía, pero superó muchos prejuicios que la habían desvirtuado.
Los judíos creían en un Dios lejano, del que no se podía
pronunciar ni el Nombre y El nos presenta a un Dios amigo. Amaba a
los pobres con predilección, pero también tenía amigos ricos como
Lázaro, Juana de Cusa, Nicodemo o José de Arimatea. Amaba también
a los gentiles o extranjeros y también a los samaritanos, a quienes
odiaban los judíos, e incluso les hacía milagros y les predicaba y
los convertía, porque El era Dios para todos y había venido como
Salvador del mundo entero.
También estimaba mucho a las mujeres, que eran consideradas como
personas de segunda categoría, y conversaba con ellas. Jesús
revalorizó a la mujer. ¡Cuánto amaba a su madre! Quiso que su
divinidad se uniera a la humanidad a través de una mujer. Su Madre
y Madre nuestra es la persona humana más perfecta que ha existido,
existe y existirá. Además, tenía un grupo de mujeres discípulas
que lo acompañaban (cosa mal vista en aquel tiempo) y ellas fueron
las más valientes en el momento supremo de la cruz y estuvieron a
su lado hasta el final.
Por otra parte, superó el sentido estricto del sábado, que
parecía una verdadera esclavitud y lo convirtió en un día sagrado
de oración, descanso y de fiesta familiar. Para aquellos judíos,
en sábado no se podía pelear ni escribir dos letras seguidas, ni
hacer o deshacer un nudo ni encender o apagar una lámpara ni dar
dos puntadas de costura ni andar más de 2 kilómetros. No se podía
cargar comestibles equivalentes al peso de un higo seco o el vino o
leche que se toma de un sorbo, no se podía llevar encima el
portamonedas ni un anillo que tuviera alguna joya, ni siquiera una
aguja. Pero se podía atar o desatar un nudo si se hacía con una
sola mano o si no era de cuerda etc.,etc. Jesús quiere que superen
estas estrecheces legalistas y hacerles entender que lo más
importante es amar y hacer el bien en sábado. Por eso, curaba en
sábado, a pesar de ser considerado blasfemo, y les dice claramente:
“El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para
el sábado” (Mc 2,27).
Otras cosas que los fariseos le echaban en cara a Jesús era, por
ejemplo, comer sin lavarse las manos o ir acompañado de pecadores
como Mateo (antiguo publicano, cobrador de impuestos) o de María
Magdalena (antigua prostituta). Esto para ellos era poco menos que
una blasfemia. Por eso, Jesús los llama sepulcros blanqueados,
hipócritas, que sólo se preocupan de lo exterior y no del amor del
corazón.
Jesús puso todo su empeño en la liberación interior. Nunca
habló contra los romanos opresores ni contra la esclavitud
existente. Porque, por encima de esta vida material y física,
existe otra sobrenatural y eterna, la vida del alma. Y El vino a
salvar a los pecadores y liberarlos de la peor esclavitud existente,
que puede durar eternamente, la esclavitud del pecado.
Por eso, los que quieren ver en Jesús a un revolucionario
social, que levantaba a las masas contra los explotadores o los
dominadores romanos, es poco menos que un perfecto ignorante. El
centro del mensaje evangélico es el amor y el perdón, incluso a
los enemigos. Los que odian o enseñan a odiar están lejos de su
camino.
El no despreciaba las riquezas, pero nos enseña a no
anteponerlas a Dios. “No se puede servir al mismo tiempo a Dios y
al dinero” (Lc 16,13). “El que no renuncia a todos sus bienes no
puede ser discípulo mió” (Lc 14,33). Y nos invita a confiar en
la Providencia de Dios, que tiene contados hasta los pelos de
nuestra cabeza ( Lc 12,6). “Buscad primero el reino de Dios y su
justicia y todo lo demás se os dará por añadidura” (Lc l2,31).
Y hablaba con la autoridad de Dios. “El cielo y la tierra
pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mc 13,3 l). Hasta los
policías encargados de llevarlo preso, reconocen que ningún hombre
ha hablado como él ( Jn 7,46). Y los fariseos y herodianos le
reconocen que dice siempre la verdad ( Mt 22,16).
Otra gran lección que nos da Jesús, es el valor del
sufrimiento. El nos salvó por medio de la cruz y quiere que
nosotros llevemos la cruz de cada día sin desesperación, sino
dándole un valor, ofreciéndola con amor. Con su propia vida nos
enseñó el valor del ayuno, de la oración y de la penitencia.
Estuvo cuarenta días y cuarenta noches en oración y ayuno,
preparándose para su gran misión de predicar la salvación.
Nosotros no podemos prescindir de la cruz. Por la cruz llegaremos a
la luz de la resurrección. Debemos ser verdaderos cristianos con
Cristo crucificado, pues, queramos o no, la cruz es parte
indispensable de nuestra existencia humana y debemos aceptarla con
amor para darle un sentido y así obtener muchas gracias y
bendiciones de Dios para nosotros y para los demás.
Jesús es la luz de mundo, la alegría del mundo; sin El, el
mundo estaría vacío y sin luz. Nuestra misma vida no tendría
sentido, pues si Cristo no hubiera venido a salvamos ¿qué hubiera
sido de nosotros? Jesús es el Salvador, nuestro Salvador. El nos
espera siempre para perdonarnos y bendecirnos y consolarnos,
acudamos a El, que nos dice: “Venid a mí los que estáis
agobiados y sobrecargados que yo os aliviaré y daré descanso para
vuestras almas” (Mt 11,28). El vino también a sanar a los
enfermos y traer paz y consuelo a los que tienen destrozado el
corazón y dar libertad a los que están encarcelados ( Lc 4,18; Is
61,1). Su corazón humano y divino es, al mismo tiempo, un corazón
lleno de amor para todos y cada uno de los hombres ( Cat 478). El
amaba a los enfermos y “todos los que lo tocaban quedaban curados”
(Mt 14,36). Y quería que el amor fuera el distintivo de sus
discípulos. “En esto conocerán que sois mis discípulos en que
os améis los unos a los otros” (Jn 13,35).
Jesús también quiere sanarte hoy a ti, quiere ser tu Sanador y
tu Salvador. Quiere llenar tu vida de alegría y paz. El es capaz de
convertir tu hombre viejo en un hombre nuevo. Por eso, debes
apostarlo todo por El. Vale la pena vivir y morir por Jesucristo.
LA SÁBANA SANTA DE TURÍN
Hace algunos años unos “científicos”, queriendo
desprestigiar a la Iglesia, hicieron un estudio sobre la sábana
santa, con la prueba del carbono 14, y concluyeron que era una
falsificación del siglo XII. Sin embargo, inmediatamente, otros
científicos salieron al paso y respondieron con pruebas para
demostrar que sí era la auténtica sábana, que cubrió el cuerpo
de Cristo y era del siglo I. Algo sorprendente son las admirables
coincidencias entre la sábana santa y la túnica inconsútil de
Cristo, tejida por su madre, que se conserva desde tiempos de Carlo
Magno en la basílica francesa de Argenteuil (cerca de París).
También hay unas coincidencias asombrosas con otra venerable
reliquia, el sudario que cubrió el rostro de Cristo y que se
conserva en la catedral de Oviedo (España).
La sábana santa, que actualmente se encuentra en Turín, es un
lienzo de lino puro de 4,36 m. de largo por 1, 10 de ancho. Ha sido
sometida a prolijos análisis científicos. Los Doctores John
Jackson y Eric Jumper, de la NASA, llegaron a esta conclusión: “No
existe la menor posibilidad de pinceladas o trazos de un
falsificador en la sábana Santa”. Para llegar a esta conclusión
hicieron mediciones biométricas, logrando obtener una imagen
tridimensional del hombre que estuvo envuelto en la sábana santa.
Igualmente el Dr. Max Frei y un equipo de médicos, biólogos,
ingenieros en cibernética etc., hicieron estudios y concluyeron que
el cuerpo de Cristo tenía una estatura aproximada de 1,83 m. de
alto, musculoso, con brazos y piernas como corresponde a un
caminante y trabajador manual. Su rostro es de rasgos claramente
semitas con cabello abundante, que cae sobre los hombros con raya
medio, barba corta, ojos grande y nariz más bien larga y aguileña.
Es decir, el auténtico rostro de Jesús.
De esta manera, podemos ver que la sábana santa es un milagro
permanente de Dios. Está demostrado que no ha sido hecha por
ningún artista humano según las técnicas conocidas. No ha sido
pintada. No hay en la tierra otra obra semejante, a pesar de que se
han intentado cientos de veces. Y ¿quién podría haber hecho un
negativo fotográfico tan perfecto siglos antes de conocerse la
fotografía? Además ¿en qué otro hombre coinciden los detalles de
la sábana santa con todo lo que nos dice el Evangelio?. En él
aparecen claramente señales del golpe en la cara, de la corona de
espinas, la flagelación, la cruz a cuestas, la crucifixión, la
lanzada.
El cuerpo de Cristo fue envuelto en la sábana santa empapado en
mirra y áloe, sin haberlo lavado antes. Por eso, todavía se pueden
ver las manchas de sangre. Esta fue una providencia maravillosa de
Dios, porque la mezcla de mirra y áloe con las emanaciones
amoniacales del sudor, sangre etc., se transformó en aloina,
sustancia colorante rojiza, que siendo absorbida por la sábana, la
dejó impresionada como en el negativo de una fotografía. Por lo
cual, después de más de dieciocho siglos, cuando se tomaron las
primeras fotografías en 1898 por el fotógrafo italiano Segundo
Pla, se vio con claridad el cuerpo con el verdadero rostro de
Jesucristo.
JESÚS EL SALVADOR
La Historia humana, como ha demostrado S. Agustín en su obra La
ciudad de Dios, es una lucha constante entre el reino de Dios y el
reino del Mal (Satanás), entre dos amores, el amor de Dios y el
amor de sí mismo. Dos amores que se dan siempre mezclados y de
donde surgen infinidad de sufrimientos para la humanidad. Por eso,
el sentido del sufrimiento humano sólo puede ser aclarado a través
de la cruz de Jesucristo. Jesús venció a la muerte y al dolor
desde la cruz y les cambió el sentido negativo que parecían tener,
en un signo de salvación y de victoria. Desde entonces, el dolor no
es algo absurdo y sin sentido, sino algo que nos ayuda en nuestro
camino de superación, de maduración personal y de acercamiento a
Dios.
Podemos preguntarnos el porqué del sufrimiento en el mundo.
¿Por qué un niño inocente tiene que sufrir? ¿Por qué? ¿Por
qué tanto dolor en el mundo? Ante esta pregunta, sólo nos queda la
muda respuesta de Jesús, que muere por nosotros en la cruz, y de
tantos santos que ofrecieron sus sufrimientos en unión con Jesús y
que ante nuestro propio dolor nos están diciendo: Ten esperanza, no
estás solo.
Alguien ha dicho: Dime qué opinas del sufrimiento y te diré
quién eres y también cuánto has sufrido. En la manera de pensar
sobre el sufrimiento, se manifiesta la real profundidad y madurez
del ser humano, que para realizarse plenamente, debe afrontar el
dolor inherente a la vida con amor y como medio de santificación y
de unión a Cristo crucificado.
Desde la fe, podemos entender que hasta los sufrimientos
personales son permitidos por Dios para nuestro bien. “Dios todo
lo permite por nuestro bien” (Rom 8,28). Sólo nos queda decir,
como Jesús: “que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc
22,42). Además, somos solidarios los unos de los otros. Por lo
cual, nuestros sufrimientos, ofrecidos con amor por la salvación de
los demás, tienen un gran valor redentor, como la Pasión y Muerte
de Jesús. Y, si somos solidarios los unos de los otros, en el
sufrir, en el merecer, en la gracia de Dios, también somos
solidarios, de alguna manera, en el pecado. El pecado tiene un poder
de contagio y de influencia negativa sobre los que nos rodean y, por
eso, decimos que tanto el bien como el mal tienen una dimensión
social que traspasa la dimensión de la persona.
De aquí podemos comprender también la trascendencia del pecado
original, el pecado de nuestros primeros padres Adán y Eva, y que
se nos transmite de alguna manera en lo que llamamos pecado
original. “Por un hombre entró el pecado en el mundo y por el
pecado la muerte y así la muerte pasó a todos los hombres, pues
todos habían pecado” (Rom 5,12). “Como por un hombre vino la
muerte, también por un hombre vino la resurrección de los muertos.
Como en Adán hemos muerto todos, así también en Cristo todos
hemos sido vivificados”(1 Co 15,21-22).
E1 pecado de nuestros primeros padres (no es dogma de fe que se
refiera a Adán y Eva, pues pueden ellos simbolizar a los “primeros
padres”, la humanidad incipiente) nos hace recordar la solidaridad
radical de todos los hombres y que todos somos iguales y hermanos
como hijos del mismo Padre. Nadie comienza nunca totalmente desde el
principio, nadie empieza a partir de cero, todos estamos marcados
por la historia de nuestros antepasados. Por eso, al reconocer la
universalidad del pecado que afectó a toda la primitiva humanidad,
que se hallaba en una situación desesperada y sin salida posible
humanamente, viene la gran esperanza de la salvación universal
conseguida en Jesucristo. No en vano se dice en la liturgia de la
Vigilia Pascual: ¡Oh feliz culpa! En resumen, la doctrina del
pecado original es señalarnos la solidaridad de todos los hombres y
aclararnos que sólo en Jesucristo podemos encontrar la salvación,
nuestra única salvación. “Para que como reinó el pecado, así
también reine la gracia por la justicia para la vida eterna por
Jesucristo Nuestro Señor” (Rom 5,21). El es el Salvador y en este
plan de salvación tiene un puesto muy importante María como Madre
del Salvador. Ella es la nueva Eva.
ORACIÓN DEL SUFRIMIENTO
“Dios mío, os ofrezco, los sufrimientos de vuestro Hijo, y los
de su Sma. Madre, y junto con ellos, los de mi enfermedad en el día
de hoy”. “Acepto, humildemente, como venido de vuestra santa
mano, cuanto hoy tenga que padecer y estoy dispuesto a sobrellevarlo
cristianamente”. “Me uno a todos los enfermos que sufren para
bien de la Iglesia y del mundo”.
LA IGLESIA CATOLICA
La Iglesia no es simplemente el edificio material, sino la
reunión de todos los cristianos que tienen la misma fe y costumbres
bajo la autoridad del Papa. En ella todos, pastores, religiosos y
laicos, tienen la misma igualdad esencial y todos comparten la misma
vocación a la santidad, participando de la misión salvífica de
Cristo. Ahora bien, dentro de la Iglesia cada uno tiene una
vocación específica de acuerdo a los servicios y ministerios que
Dios le ha encomendado, según los dones y carismas que el Espíritu
ha repartido a cada uno.
Pueblo de Dios.
La Iglesia es el Pueblo de Dios, el Cuerpo de Cristo. “La
Iglesia es el lugar donde florece el Espíritu” (S. Hipólito). El
Espíritu Santo es su alma y principio vital. Ella es la gran
familia de los hijos de Dios. Nació del amor de Cristo, “del
costado de Cristo, dormido en la cruz “(SC 5; Cat 766). “Y se
manifestó públicamente el día de Pentecostés al iniciarse su
difusión entre todos los pueblos” (AG 4; Cat 767).
La Iglesia es el pueblo de Dios peregrino por el desierto de este
mundo, en camino hacia la patria eterna. Es también el Cuerpo de
Cristo. “Vosotros sois el Cuerpo de Cristo” (1 Co 12,27). “Nosotros,
siendo muchos, somos un solo Cuerpo en Cristo” (Rom 12,5). Cristo
está tan identificado con sus miembros, pues es la Cabeza de este
Cuerpo, que “lo que hiciereis a uno de estos mis hermanos más
pequeños a Mí me lo hacéis” (Mt 25,40). Incluso el que persigue
a la Iglesia, persigue al mismo Cristo. Por eso, le dijo a Pablo:
“Saulo, Saulo” ¿por qué me persigues? (Hch 9,4).
Obedecer a Cristo, significa Obedecer a la Iglesia. No podemos
amar a Cristo, si no amamos a la Iglesia y no obedecemos a sus
legítimos pastores. Por eso, dijo Jesús: “El que a vosotros oye,
a Mí me oye; el que a vosotros desecha a Mí me desecha” (Lc
10,16). Y “lo que atéis en la tierra será atado en el cielo y lo
que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo” (Mt 18,18)
Despreciar a la Iglesia es depreciar a Cristo, despreciar a sus
autoridades es también despreciar Cristo. Ella es el Pueblo Dios en
marcha, bajo la guía del Papa, representante de Cristo en la
tierra.
Su estructura.
Es divina y humana, visible y con elementos invisibles, presente
en el mundo y peregrina, entregada a la acción y dada a la
contemplación ( Cat 77 l). La Iglesia es sacramento universal de
salvación y de unidad para todos los hombres. Es el proyecto
visible del amor de Dios a la humanidad (Cat 776).
A ella se entra a formar parte por medio del bautismo. Cristo es
el fundador y “la Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia “ (Col 1,
18). María es la Madre de la Iglesia. El Papa, obispo de Roma,
sucesor de Pedro y vicario de Cristo, es el Pastor supremo de toda
la Iglesia. En ella, hay tres grados de participación del
Sacerdocio de Cristo: diáconos, sacerdotes y obispos. Entre los
diáconos hay algunos que son permanentes y pueden ser casados. Los
obispos, por su consagración episcopal, reciben “la plenitud del
sacramento del Orden”, que muchos Santos Padres y la misma
liturgia denomina como “sumo sacerdocio” o “cumbre del
ministerio sagrado”. (Cat 1557).
“Por institución divina los obispos han sucedido a los
apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha
a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al
que lo envió”. (LG 20; Cat 862).
El Papa es la cabeza del cuerpo episcopal y puede convocar a un
concilio ecuménico, que no tiene ninguna autoridad, al igual que el
colegio episcopal, si actúa al margen de su autoridad. Pero los
obispos ejercen su gobierno pastoral sobre la porción del pueblo de
Dios que les ha sido confiada y participan de la solicitud por todas
las iglesias (LG 23), asistidos por los presbíteros y diáconos.
Ellos, en unión con el Papa, son maestros auténticos por tener la
autoridad de Cristo y predican al pueblo la fe que hay que creer y
que hay que llevar a la práctica (g Cat 2034). Siguiendo sus
enseñanzas, seguimos al mismo Cristo y no nos equivocaremos, pues
“Dios da el Espíritu Santo a los que le obedecen”. (Hech 5,32).
S. Ignacio de Antioquia, muerto el año 107, escribe en su carta
a los esmirniotas: “Seguid todos al obispo como Jesucristo al
Padre, y al colegio de los presbíteros como a los apóstoles; en
cuanto a los diáconos, reverenciadlos como al mandamiento de Dios.
Que nadie, sin contar con el obispo haga nada de cuanto atañe a la
Iglesia. Sólo aquella Eucaristía ha de tenerse por válida que se
celebre por el obispo o por los presbíteros que de él tengan
autorización. Donde está el obispo allí está la Iglesia, así
como donde está Jesucristo allí está la Iglesia universal”. S.
Ambrosio diría que “donde está Pedro (el Papa), allí está la
Ig1esia”. Y S. Agustín afirmaba: “Si Roma ha hablado, la
cuestión se ha terminado” para dar a entender que el Papa es la
última palabra en cuestión de fe y costumbres.
Cuando el Papa enseña una verdad como dogma de fe, con toda su
autoridad y solemnidad para ser creída por todos los fieles, tiene
el don de la infalibilidad y no puede equivocarse, pues está
respaldado por el Espíritu Santo (Cat 2035).
Veamos ahora los Concilios ecuménicos convocados para reafirmar
nuestra fe católica:
Concilios ecuménicos.-
- Nicea ( año 325) : contra los arrianos.
- Constantinopla I (381) : contra los macedonianos.
- Efeso (431) : contra los nestorianos.
- Calcedonia (451 ) : contra los monofisitas.
- Constantinopla II (553) : sobre la Santísima Trinidad.
- Constantinopla III (Trullano I, año 680) : contra los
monoteletas.
- Nicea II (787) : contra los iconoclastas.
Constantinopla IV (Trullano II, año 869) : contra Focio, que
provocó la separación de la Iglesia griega el año 867.
- Letrán I (1123) : contra el problema de las investiduras.
- Letrán II (1139) : contra la simonía.
- Letrán III (1179) : contra los albigenses.
- Letrán IV (1215) : contra los valdenses y albigenses.
- Lión I (1245) : contra el rey Federico II.
- Lión II (1274): sobre la unión ,con los griegos.
- Viena (1311) : sobre la abolición de la Orden de los
templarios.
- Constanza (1414-18) : contra Hus y Wiclef y poner fin al cisma
de Occidente.
- Florencia (1438-45): sobre la unión con los griegos,
armenios...
- Letrán V (1512-17) : sobre reformas en la Iglesia.
- Trento (1545-63) : contra Lutero y los protestantes.
- Vaticano I (1869-70) : sobre la fe y la Iglesia. Definición de
la infalibilidad del Papa.
- Vaticano II (1962-65) : sobre reformas y actualización de la
Iglesia.
Veamos a que se refieren las principales herejías:
Origenistas : Todos se salvan. Arrianos: Cristo no es Dios
Monoteletas : Cristo sólo tiene una sola voluntad.
- Monofisitas : Cristo sólo tiene una sola naturaleza. - Docetas
: Cristo tiene un cuerpo humano aparente, pero no es real.
- Apolinaristas : Cristo no tiene alma humana.
- Nestorianos : Cristo tiene dos personas (divina y humana).
María sólo es madre de la persona humana de Jesús.
- Macedonianos: No existe el Espíritu Santo.
- Iconoclastas : No aceptan las imágenes religiosas (las
destruyen).
- Simonía: Es vender por dinero cosas sagradas.
- Problema de las investiduras: Dar cargos eclesiásticos a
personas indignas, a veces por dinero, parentesco, amistad.
- Valdenses : El bautismo no es válido antes del uso de razón.
- Albigenses (cátaros) : No creen en la presencia de Cristo en
la Eucaristía ni en los sacramentos.
- Wiclef : Creía que sólo se recibe a Cristo en la Eucaristía
de modo espiritual, no real. No cree en la transustanciación.
- Priscilianistas: No creen en el pecado original ni en la
Santísima Trinidad.
- Montanistas: No se puede perdonar el adulterio, homicidio y
apostasía.
- Calvinistas: Dios ha predestinado a los malos al infierno.
- Jansenistas: Cristo murió sólo por los que se salvan.
Nota.- Cristo es una sola persona divina con dos naturalezas y
dos voluntades (divina y humana), con un cuerpo humano real y alma
humana. En la Eucaristía está realmente presente con su cuerpo,
sangre, alma y divinidad.
Verdades de fe.
Las principales verdades que cree la Iglesia están contenidas en
el CREDO. El Credo apostólico, atribuido a los mismos apóstoles,
fue compuesto en el siglo I y dice literalmente así:
Creo en Dios Padre Todopoderoso y en Jesucristo su único Hijo
Nuestro Señor, que nació del Espíritu Santo y de María Virgen,
fue crucificado y sepultado bajo el poder de Poncio Pilato, al
tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos,
está sentado a la derecha del Padre, desde allí ha de venir a
juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, en
la Santa Iglesia, en el perdón de los pecados y en la resurrección
de la carne.
A partir del siglo V aparecen en la formulación del Credo las
expresiones: creo en la Iglesia Católica, en la comunión de los
santos y en la vida eterna. La expresión Iglesia Católica la usó
por primera vez S. Ignacio de Antioquia (Carta a los Esm 8,2) hacia
el año 107. Más tarde, se introdujo la expresión “descendió a
los infiernos” con la que la formulación del Credo quedó intacta
hasta el día de hoy. El Credo es, pues, un pequeño resumen de las
principales verdades de nuestra fe, que ya creían los cristianos
del siglo I y siguen creyendo los cristianos católicos del XXI.
De esta manera, vemos cómo la Iglesia es una, pues una sola es
la Iglesia fundada por Cristo y una su doctrina. Es santa, pues
santo es su fundador y santos son los medios que ha puesto a nuestra
disposición para santificarnos, como los sacramentos. Además, ha
dado y sigue dando abundantes frutos de santidad en tantos grandes
santos, que todos conocemos. Es también católica, que quiere decir
universal, pues está destinada a todos los hombres sin excepción.
Y es apostólica, porque está cimentada sobre los apóstoles,
elegidos por Cristo. Y, además, es romana, pues Pedro, el primer
Papa, puso su sede en Roma y desde entonces todos los Papas son los
obispos de Roma.
Divisiones.
En esta una y única Iglesia de Dios aparecieron ya desde el
principio algunas divisiones. Siempre han existido personas que se
han separado de la Iglesia por no estar de acuerdo con algunas de
sus verdades fundamentales. Desde los primeros nicolaítas (Ap 2,15)
hasta los modernos seguidores del obispo Lefevre, pasando por el
reformador protestante Martín Lutero. El fue el que comenzó un
gran movimiento de separación en el siglo XVI. Comenzó rechazando
las indulgencias, después rechazó la autoridad del Papa y, por
fin, puso el fundamento total de la fe en la Biblia sola y en el
libre examen de la misma. Para él la salvación se consigue por la
fe en Cristo, sin las obras. Por eso, pudo escribir: peca fortiter,
sed crede fortius (peca fuerte, pero cree más fuertemente
todavía). Es decir, no importan tus pecados, lo importante es creer
que Jesús destruirá tus pecados y te salvará.
Sin embargo, hay sectas modernas que son fundamentalmente
anticatólicas como los testigos de Jehová, los mormones o los
adventistas. Los testigos de Jehová no creen que Jesucristo es Dios
ni en la S. Trinidad ni en el alma ni en la eternidad del infierno.
No aceptan las transfusiones de sangre ni el ejército ni la bandera
nacional. Los adventistas afirman que el Papa es el anticristo, que
los muertos están dormidos hasta el juicio final, celebran el
sábado como día sagrado y no aceptan tomar ciertos alimentos. Los
mormones tienen como Palabra de Dios sus libros: El libro de
Mormón, Doctrinas y convenios, y Perla de gran precio. Creen que
los buenos mormones llegarán a ser dioses, aceptan teóricamente la
poligamia (su fundador tuvo al menos 27 esposas), creen que la
Iglesia de Cristo desapareció en año 420 y fue restaurada con su
fundador José Smith el siglo XIX.
Hay otras sectas de tipo oriental, que enseñan verdades
contrarias a la fe, cristiana como la reencarnación, y otras
iglesias cristianas de tipo fundamentalista, que insisten mucho en
la salvación y libertad individual, al margen de una verdadera
Iglesia. Prometen la salvación y están seguros de ser ellos los
únicos elegidos. Insisten mucho en que estamos en los últimos
tiempos y que para salvarse sólo basta aceptar a Cristo como
Salvador personal. Citan mucho el texto: “El que cree en el Hijo
tiene la vida eterna” (Jn 3,36). Para ellos, la Biblia es la
única fuente de fe y sólo aceptan la interpretación literal de la
Biblia, pues creen en la absoluta infalibilidad de las palabras
bíblicas solas. Esta religión, basada exclusivamente en la Biblia,
excluye cualquier referencia a la Iglesia, como si la Biblia
completa hubiera existido antes que la misma Iglesia y, sin embargo,
antes de que la Iglesia determinara, en el siglo IV, cuáles eran
los libros de la Biblia, la Iglesia existía y proporcionaba la
salvación, como lo hizo desde Pentecostés, antes de que existiera
ningún libro del N. Testamento.
Estas iglesias, a pesar de que tienen un rigorismo moral que las
lleva a actitudes exageradas como prohibir ver la televisión o el
cine, que se pinten las mujeres, e incluso tomar café y coca cola o
bebidas alcohólicas, en otras cuestiones de moral, en que la Biblia
no dice nada, son más bien liberales. Por ejemplo, hay grupos de
éstos que aceptan el aborto en ciertas circunstancias
extraordinarias, o el divorcio o el uso de anticonceptivos. En
grupos de tipo pentecostal, el recurso a profecías puede ser una
manera de manejar al grupo por su líder e imponer su punto de
vista, pues puede hacer creer que tiene el don de profecía y que
Dios habla por medio de él en todo lo que dice. Esto es peligroso,
como ha sucedido varias veces, cuando el líder es extremista o
inmoral. Sin embargo, la Iglesia como Madre los quiere acoger a
todos y fomenta la unidad de todos los cristianos. El Papa Juan
XXIII, en 1960, creó el secretariado para la unión de los
cristianos y desde que el concilio Vaticano II publicó el decreto
sobre Ecumenismo, se están dando pasos adelante en las Iglesias
tradicionales (anglicanos, luteranos, ortodoxos y algunos grupos
evangélicos). En el mes de enero se ora por esta unidad en la
Semana de la Unidad, fundada por un pastor protestante, convertido
al catolicismo. Para conseguirla, es necesaria mucha oración, “que
es el alma de todo movimiento ecuménico” (UUS 21).
“Todos tenemos que trabajar para conseguir la unidad de todos
los cristianos, que es un don de Cristo y un llamamiento que nos
hace a todos el Espíritu Santo”( Cat 817 - 820).
Y tú ¿deseas la unidad?, ¿rezas por ella?, ¿amas a la
Iglesia?, ¿te sientes Iglesia? La Iglesia es tu Madre, pues en ella
naciste y creces espiritualmente. Ella es “columna y fundamento de
la verdad” (1 Tim 3,15). Ella es “sacramento inseparable de
unidad” (UUS 5).
Fuera de la Iglesia no hay salvación.
“¿Cómo entender esta afirmación tantas veces repetida por
los Padres de la Iglesia? Formulada de modo positivo significa que
toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su
Cuerpo”. (Cat 846).
”Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su
Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su
vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida
a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la
salvación eterna” (LG 16).
Esto quiere decir para nosotros que donde hay salvación, allí
esta la Iglesia. Por tanto, de alguna manera, la Iglesia está
presente en cualquier parte del mundo en que se lleve a cabo la
salvación, pues todas las personas buenas del mundo, al tener los
mismos sentimientos de Cristo y recibir de El la salvación, tienen
el deseo implícito de ser miembros de la Iglesia, lo que
realizarán en su plenitud, al menos en el más allá. Por eso,
alguien ha dicho que en el cielo todos serán católicos; pues,
cuando se vean las cosas desde el punto de vista de Dios con la
totalidad de la verdad revelada, entenderemos que la plenitud de la
verdad estaba en la Iglesia católica.
Ciertamente, Cristo es más grande que nuestros limitados
pensamientos humanos. Cristo puede salir al encuentro del hombre y
salvarlo a través de todos los caminos del mundo. Por eso, donde
hay salvación allí está Cristo; y donde está Cristo, está la
Iglesia Católica. Por consiguiente, donde no hay salvación, allí
no está la Iglesia Católica. Luego podemos decir, que fuera de la
Iglesia no hay salvación porque no esta Cristo Jesús. Y todos los
que se salvan, se salvan por medio de Cristo en la Iglesia. Como
diría S. Ignacio de Antioquia hace diecinueve siglos: “Allí
donde esta Cristo Jesús, esta la Iglesia Católica” (Smyrn 8,2)“Donde
esta Pedro allí está la Iglesia (S. Ambrosio)
La Inquisición
Hay muchos que cuando quieren desprestigiar a la Iglesia, sacan a
relucir el tema de la Inquisición. Para ellos, la Inquisición fue
algo poco menos que diabólico. Sobre ella, los enemigos de la
Iglesia crearon una leyenda negra, que, incluso, muchísimos
católicos la creen todavía. Por eso, debemos aclarar las cosas,
ubicándonos en el tiempo en que actuó y no juzgar las cosas con
las ideas y la mentalidad de este siglo XX, pues cometeríamos una
tremenda injusticia. Como lo haría el que juzgara a Dios o a
Moisés, porque en el libro de la Ley, se manda apedrear a los
adúlteros, como ocurre todavía hoy en algunos países árabes.
Vayamos al siglo XII, en Francia, los herejes eran considerados
como enemigos del Estado, como si fueran terroristas y como tales
eran juzgados. Se les quitaba los bienes, se los desterraba y, en
muchos casos, se los mataba; pero los reyes y los mismos jueces
laicos cometían abusos y no daban garantías de honestidad. Por
ello, algunos obispos de Francia, para evitar esos abusos, crearon
un tribunal eclesiástico para determinar con más imparcialidad
quiénes eran realmente herejes. La intención era, pues, evitar
abusos o venganzas para apropiarse de sus bienes.
En aquel tiempo, la pena de muerte era algo normal y se creía
que los herejes se lo merecían, pues se creía que iban a ir al
infierno y lo peor de todo era que contagiaban a los demás de sus
ideas para que ellos también fueran al infierno. Además, quebraban
la unidad política y religiosa del país. En España esto era
considerado especialmente grave, pues los veían como aliados de sus
enemigos protestantes, que incluso atacaban a España y sus colonias
con piratas.
Evidentemente, se cometieron abusos y torturas para descubrir a
los culpables, como hoy día todavía existen para descubrir a los
delincuentes, terroristas o espías, aunque no se pueda justificar.
Eso mismo pasaba entonces. Las autoridades de la Iglesia fueron
culpables de confiar más en el poder de las armas que en el poder
de Dios. Pero era el Estado, a través de sus servidores, quienes
aplicaban las torturas o la pena de muerte. Y esto no sólo para los
casos de herejía, sino también para otros casos de brujería,
hechicería, sodomía, incesto, sacrilegios.
El año 1231 comenzó la inquisición pontificia, cuando ya
hacía muchos años que los reyes de Francia y Alemania quemaban a
los herejes por su cuenta. El Papa encargó a los dominicos como
inquisidores pontificios. Ellos determinaban quiénes eran herejes y
los entregaban al poder civil para que los castigara de acuerdo a
las penas de entonces, si no se retractaban. Pero, según todos los
estudiosos, los tribunales de la inquisición eran los más benignos
de aquellos tiempos, produciendo un progreso beneficioso en la
legislación penal. En España se implantó la Inquisición en 1478
y duró hasta 1812. En México y Perú, se erigió en 1569, y se
excluía de ella expresamente a los indios por ser nuevos en la fe.
Terminó a partir de 1813, gradualmente, en los diferentes países.
En los primeros 100 años, siglo XVI, en América latina sólo
murieron 17 personas.
Por otra parte, es triste decirlo, pero los herejes protestantes
hicieron lo mismo o más con los católicos a partir del siglo XVI.
Según el gran literato español Marcelino Menéndez Pelayo en su
“Historia de los heterodoxos”, en Inglaterra muchos católicos
murieron en manos de los anabaptistas y otros muchos en las matanzas
de Enrique VIII y sucesores. Lo mismo pasó en Irlanda, que estuvo
oprimida durante tres siglos por los anglicanos ingleses y muchos
murieron por defender su fe. Les impusieron sus propios sacerdotes y
obispos y no podían los católicos acceder a cargos públicos, si
no juraban que la misa y la invocación a María eran cosas impías
e idolátricas. Hasta el siglo XIX los católicos en Inglaterra no
podían tampoco ocupar cargos públicos y sólo en 1850 se
establecieron los primeros obispos católicos en Inglaterra, cuando
hacía muchos años que se había suprimido la Inquisición. En 1780
John Wesley y los metodistas persiguieron y mataron muchos
católicos en Inglaterra. En 1698 se había dado una ley por la que
los sacerdotes católicos debían salir del país bajo pena de
muerte. En Holanda, los calvinistas persiguieron a muerte a los
católicos y destruyeron sus iglesias e imágenes. Calvino quemó al
famoso médico español Miguel Servet.
Zwinglio murió luchando contra los católicos. En Dinamarca,
Noruega y Suecia se impuso a la fuerza el protestantismo. El mismo
Lutero aceptaba la pena de muerte como normal e incitó a los
príncipes en la matanza de los campesinos, en la llamada guerra de
los campesinos.
Las luchas de religión son un capítulo muy triste de la
historia, pues muchos inocentes de ambos lados murieron y fueron
torturados, pero, en ambos lados, hubo errores. Los príncipes
protestantes de Alemania, no tenían la Inquisición, pero ellos
mismos hacían de inquisidores, personalmente o a través de sus
servidores, y daban la última palabra de vida o muerte sobre las
personas de sus Estados.
Ahora, lo importante es que, dejando rencores sobre los errores
del pasado, caminemos juntos hacia la unidad querida por Cristo
pues, como decía Juan XXIII: “Es mucho más fuerte lo que nos une
que lo que nos divide”. Pero necesitamos convertirnos todos, pues
“no hay verdadero ecumenismo sin conversión interior” (UUS 15).
“Hay que superar las incomprensiones ancestrales, que se han
heredado del pasado, los malentendidos y prejuicios de los unos
contra los otros. No pocas veces, además, la inercia, la
indiferencia y un insuficiente conocimiento recíproco agravan estas
situaciones. Por este motivo, el compromiso ecuménico debe basarse
en la conversión de los corazones y en la oración” (UUS 2).
Labor de la Iglesia en el mundo
A pesar de reconocer que la Iglesia, compuesta por seres humanos
imperfectos, ha tenido muchos puntos negativos y sombríos, también
debemos recordar, con humildad y verdad, tantos aspectos luminosos
de su historia: la Iglesia de los mártires, que resistieron a los
poderosos; la Iglesia de los santos, que vivieron el evangelio de
manera heroica; los grandes testigos de la fe en nuestro tiempo; las
obras de caridad que la Iglesia ha llevado a cabo en todas las
épocas y que hoy sigue realizando, sobre todo, al servicio de los
pobres del tercer mundo; la contribución de la Iglesia a la paz,
tanto en el pasado como en la actualidad; su contribución al
reconocimiento de la dignidad de la persona, de la dignidad de la
mujer y de la libertad de conciencia. Prescindamos por un momento de
la Iglesia en la historia del mundo y preguntémonos qué es lo que
quedaría y qué aspecto tendría. Pero, sobre todo, la Iglesia ha
guardado hasta hoy el recuerdo de Jesucristo. Sin ella, no habría
Evangelio ni S. Escritura; sin ella, nada sabríamos de Jesucristo
ni de la esperanza que El nos ha traído. Ella ha llevado a todos
los pueblos del mundo el mensaje salvador de Jesucristo.
Recordemos aquí la labor cultural inmensa realizada por los
monjes ante la invasión de los bárbaros en Europa. Los
benedictinos, sobre todo, conservaron y transcribieron antiguos
códices, guardándolos de la destrucción, conservando de este modo
la cultura grecorromana para las generaciones posteriores. La mayor
parte de los sabios de la Edad Media fueron eclesiásticos. Las
primeras universidades fueron creadas por la Iglesia. En el siglo
XIV, de 44 universidades europeas, 31 eran de fundación pontificia.
En el Perú fue fundada la primera universidad del continente
americano, en los claustros del convento de Sto. Domingo el año
1551.
En el concilio de Trento se estableció que todas las catedrales
tuvieran su escuela catedralicia y en el Perú en 1583, en el tercer
concilio limense, se estableció que todos los párrocos tuvieran a
su cargo escuelas parroquiales. Esta preocupación de la Iglesia por
la cultura sigue hasta el día de hoy a través de colegios y
universidades. Y esto mismo podemos decir también respecto a los
hospitales y obras de caridad. Los primeros hospitales fueron
fundados también a la sombra de catedrales o parroquias, bajo el
auspicio de la Iglesia.
Sin la Iglesia, la historia de la humanidad hubiera sido muy
diferente y lo mismo podemos decir de nuestra propia historia
personal. Por eso, decir: Jesús, sí; Iglesia, no, es olvidarse de
que Jesús nos da su gracia, su perdón y su amor por medio de la
Iglesia, de sus estructuras y personas, aunque sean imperfectas. Y
“Cristo amó a la Iglesia y se entregó a si mismo por Ella” (Ef
5,25)
Amor a la Iglesia
Carlo Carretto en su libro “Mañana será mejor” escribe
así:
Oh Iglesia, cuán contestable me resultas y, sin embargo, cuanto
te amo. Querría ver desaparecer muchas cosas en ti y, a pesar de
todo, te necesito. Me has dado muchos escándalos y, sin embargo, me
has hecho entender la santidad He visto en ti muchas cosas falsas,
pero nada he tocado más puro y bello. Cuántas veces he sentido la
tentación de separarme de ti y cuántas veces también he deseado
morir entre tus brazos. No puedo liberarme de ti. Además ¿a dónde
iría? ¿a construir otra? Pero no podría construirla sin los
mismos defectos, porque llevo dentro los míos. Y, si la
construyera, sería mi Iglesia y no la de Cristo.
La credibilidad de la Iglesia no se basa en los hombres que la
componen, sino en Cristo y en su promesa de que nunca las puertas
del infierno prevalecerán contra ella. La Iglesia es un misterio de
Dios, verdadero e impenetrable a la vez. Tiene el poder de darme la
santidad y, sin embargo, desde el primero hasta el último de sus
miembros son pecadores. Tiene el poder omnipotente e invencible de
celebrar el misterio eucarístico y está formada de hombres que se
debaten en la oscuridad y la tentación de todos los días.
Habla de pobreza evangélica, de seguir a Cristo y muchos de sus
miembros buscan el poder y la riqueza al margen de Dios. En la
Iglesia se entremezclan lo natural y lo sobrenatural, la santidad y
el pecado, la credibilidad y la incredibilidad, lo humano y lo
divino.
Cuando era joven, no entendía por qué Jesús había elegido a
Pedro, pese a sus negaciones, para hacerlo jefe de la Iglesia.
Ahora, con los años, ya no me sorprendo que haya querido construir
su Iglesia sobre la tumba de un traidor, de un hombre que se
asustaba ante las palabras de una sirvienta. Ahora, entiendo que eso
es una llamada a mantener en nosotros la humildad y la conciencia de
nuestra propia fragilidad. No juzguéis y no seréis juzgados.
No veas a la Iglesia como algo externo a ti. Tú eres Iglesia. No
está mal protestar contra la Iglesia, cuando se la ama. Lo malo es
criticarla, poniéndose fuera, como si fuéramos puros y santos. Por
eso, no me salgo de la Iglesia a pesar de sus defectos humanos. La
Iglesia está edificada sobre piedras débiles, pero ¿qué importan
las piedras? Lo importante es la promesa de Cristo de que nunca
fallará. El cemento que une a estas piedras es el Espíritu Santo
que le da unidad. Solamente el Espíritu Santo es capaz de hacer la
Iglesia con piedras mal talladas como somos nosotros. Sólo el
Espíritu Santo puede mantenernos unidos a pesar de nuestro orgullo
y egoísmo.
Los motivos para creer en la Iglesia no son las virtudes de los
Pontífices, de los obispos o de los sacerdotes. La credibilidad
está en el hecho de que, no obstante los dos mil años de pecados
cometidos por su personal, ella ha conservado íntegra la fe y esta
mañana he visto a un sacerdote celebrar la misa y decir “Esto es
mi cuerpo” y he creído en la promesa de Jesús y en que el pan
que me daba en la comunión era el mismo Cuerpo de Jesucristo.
Esta masa de bien y de mal, de grandeza y de miseria, de santidad
y de pecado, que es la iglesia, en el fondo soy yo. Por eso, si
alguna vez he criticado a la Iglesia, en el fondo me he criticado a
mí mismo. ¿Con qué derecho la critico? ¿Acaso no tendría ella
más razones que yo para avergonzarse de mí, que me creo santo?
EL PAPA
El Papa es el obispo de Roma y sucesor de San Pedro,
representante de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, que tiene
potestad plena, suprema y universal y puede ejercerla siempre con
entera libertad ( Cat 882). Es también el principio y fundamento
perpetuo y visible de unidad en la Iglesia ( LG 23). Según San
Gregorio Magno es el Siervo de los Siervos de Dios.
Vicario de Cristo.
El Papa es el Vicario de Cristo, pero hay quienes creen que es la
bestia de que habla el Apocalipsis 13,18 y que lleva grabado en. su
tíara el número de la bestia, el 666.
Algunos, como los adventistas, dicen que lleva escrito en su
tíara “Vicarius Filii Dei”, cuyo valor numérico sería
VICIVILIIDI = 666. Pero, por la misma regla de tres, podríamos
decir que lo es su fundadora Hellen Gould White, cuyo valor
numérico es LLVLDVVI = 666. Sin embargo, nunca al Papa se le ha
llamado Vicarius Filii Dei (Vicario del Hijo de Dios), sino Vicario
de Cristo. Por otra parte, S. Juan, cuando escribe el Apocalipsis,
lo escribe en griego y no en latín.
El 666 podría muy bien referirse al valor numérico de las
palabras griegas César-Dios, ya que los emperadores romanos fueron
como bestias diabólicas que mataron miles de cristianos. Y para
evitar decirlo con todas las letras y que las autoridades romanas
tomaran represalias, si llegaban a leerlo; por eso, lo pone de un
modo simbólico.
Pero vayamos al punto clave, ¿es verdaderamente Pedro la cabeza
visible de la Iglesia, la piedra fundamental, el vicario de Cristo
en la tierra?. Algunos lo niegan, porque dicen que no se puede poner
otro fundamento que Cristo. Ciertamente que Cristo es la Cabeza y el
Centro y el fundamento primero de la, Iglesia, pero El mismo quiso
dejamos su representante visible, revestido de su autoridad en Pedro
y sus sucesores.
En Jn 21,15-17 le dice: “Apacienta mis corderos, apacienta mis
ovejas” (incluyendo a los mismos apóstoles, pues le había
preguntado inmediatamente antes: ¿me amas más que estos?). En Mt
16,18-19 le dice: “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi
Iglesia. A ti te daré las llaves del Reino de los cielos y lo que
ates en la tierra será atado en los cielos y lo que desates en la
tierra será desatado en los cielos”. La primera vez que Jesús ve
a Pedro ya le indica su misión, cambiándole de nombre: “ Tú
eres Simón, hijo de Juan, tú te llamarás Kefas, que quiere decir
piedra” (Jn 1,42). Por eso, en Mt 16,18 Jesús juega con la
palabra Kefas y le dice según el texto original: “Tú eres Kefas
y sobre esta Kefas edificaré mí Iglesia". Porque Pedro y
piedra es la misma palabra, indicándole así su misión: estaba
destinado a ser la roca, el fundamento de su Iglesia, que durará
siempre, porque las puertas (poderes) del infierno no podrán
prevalecer contra ella. Por otra parte, Cristo sabía que Pedro iba
a morir, de ahí que este poder de las llaves del Reino de los
cielos debía continuar en los sucesores de Pedro.
Primero de los Apóstoles.
Siempre que se nombra a los apóstoles se nombra primero a Pedro,
que en Mt 10,2 se le dice expresamente el primero. Después de la
resurrección, se le aparece a él solo antes que a los demás
apóstoles (Le 24,34; 1 Co 15,5). Cuando se habla de los tres
discípulos predilectos (Pedro, Santiago y Juan) siempre aparece
Pedro el primero ( Mt 17, 1; Lc 9,28; Mc 9,2; Hech 1,13 ). Las
cuatro veces que aparece la lista de los apóstoles en el N.T.
siempre varía el orden de los demás apóstoles menos el de dos:
Pedro siempre el primero y Judas el último (Cf. Mt 10,24; Mc
3,16-19; Lc 6,14; Hech 1, 13). Cuando se habla en general del
colegio apostólico, también aparece Pedro el primero. Por ejemplo
en Mc 1,36 dice: “Pedro y los que estaban con él”. En Hech
2,14: “Pedro con los once”.
Cuando los apóstoles son apresados, Pedro habla en nombre de
todos (Hech 5,29). Es detenido por Herodes Agripa como jefe de la
Iglesia (Hech 12,3) y toda la Iglesia oraba por él. El mismo ordena
con su autoridad bautizar a los primeros gentiles (Hech 10,48). En
el concilio de Jerusalén es el primero que habla para decidir la
cuestión y Santiago lo apoya (Hech 15). Pablo va a Jerusalén a
conocer a Pedro (Gal 1, 18). Pedro toma la iniciativa en la
elección de Matías (Hech 1, 15). Habla ante el sanedrín (Hech
4,8) y predica como representante de la Iglesia en Pentecostés,
día que se considera como el nacimiento de la Iglesia.
Ante tantos argumentos ¿seremos capaces de negar su autoridad,
porque no se dice en la Biblia claramente que estuviera en Roma?
¿Acaso la Biblia lo niega? Al final de su primera carta Pedro dice:
“les saluda la Iglesia de Babilonia” (1 Pe 5,13) y todos admiten
que Babilonia significa Roma, como aparece claro en Apocalipsis 17 y
18; ya que la ciudad de las siete colinas de que habla no es otra
sino Roma (Ap 17,9). Además, ¿hay acaso alguna ciudad en el mundo
que se haya atribuido tener el sepulcro de S. Pedro? La estancia de
Pedro en Roma está atestiguada por todos los escritores antiguos.
S. Clemente Romano en su carta a los Corintios el año 95 habla
de que Pedro y Pablo fueron víctimas de la persecución de Nerón
(Co 6, l). S. Ignacio de Antioquía, escribiendo a los cristianos de
Roma, les dice: “no os mando yo como Pedro y Pablo” (Romanos
4,3).
Lo mismo afirman otros autores del siglo II y III como S. Ireneo,
Tertuliano, Clemente de Alejandría, Dionisio de Corinto, etc.
Especialmente Tertuliano y el escritor romano Gayo hablan del
martirio de Pedro en Roma. Gayo incluso dice: “Yo puedo mostrar
los trofeos de los apóstoles. Si quieres ir al Vaticano o a la Vía
Ostiense, encontrarás los trofeos de los apóstoles que han fundado
la Iglesia” (cita de S. Eusebio de Cesarea en su Historia
Eclesiástica VI, 14,6).
El Papa es infalible
Cristo en Lc 22,32 afirma: “Yo he rogado por ti para que tu fe
no desfallezca y tú confirma a tus hermanos”. Yo he rogado por
ti, le dice Jesús a Pedro. Lo normal es que nosotros oremos a
Cristo. Pero, como Pedro es la piedra fundamental de la Iglesia y es
demasiado grande su responsabilidad, Jesús siente el deber de
sostenerlo, rezando por él para que su fe no se equivoque, ya que
la seguridad de todos depende de la fidelidad de Pedro. Aquí
podemos ver la gracia de la infalibilidad otorgada a Pedro para que
dirija con seguridad y fidelidad la barca de la Iglesia. Si Caifás
que era Sumo Pontífice hablaba en nombre de Dios con profecía (Jn.
11,51), ¿no lo podrá hacer el Papa?
El concilio Vaticano I afirmó: “Adhiriéndonos fielmente a las
tradiciones de la fe cristiana... desde los primeros tiempos de la
Iglesia, enseñamos y definimos que es doctrina divinamente revelada
que el Romano Pontífice cuando habla ex cathedra, esto es, cuando
en el ejercicio de su cargo de Pastor y Doctor de todos los
cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define
que una doctrina referente a la fe o a las costumbres debe ser
acatada por la Iglesia universal, goza plenamente, por la asistencia
divina prometida a él en el bienaventurado Pedro, de aquella
infalibilidad con que el divino Redentor quiso dotar a su Iglesia al
definir doctrinas referentes a la fe y a las costumbres, y por
consiguiente, que tales definiciones, del Romano Pontífice son
irreformables por sí mismas y no en virtud del consentimiento de la
Iglesia”. (De Ecclesia Christi cap. V). El Papa, pues, es
infalible, no se puede equivocar, pero sólo cuando habla como
supremo Pastor y Maestro de la Iglesia, en cosas de fe y costumbres,
dando una decisión final y manifestando explícitamente su
intención de obligar a la Iglesia universal. ( Cat 891).
Cristo no prometió al Papa la impecabilidad, sino la infabilidad
y, de hecho, ha habido Papas pecadores, aunque la inmensa mayoría
han sido buenos y la tercera parte santos.
En cuanto a los dogmas,.hay que entenderlos de manera dinámica y
no estática, pues tienen mucho más de comienzo que de término, ya
que pueden ser entendidos en un sentido más profundo. Por eso, Karl
Rahner decía en sus Escritos de Teología: “Toda fórmula en que
la fe se expresa puede, en principio, aun permaneciendo verdadera,
ser superada. Es decir, al menos en principio, puede ser sustituida
por otra que diga lo mismo y añada algo más, que diga lo mismo,
pero con un nuevo matiz”.
De hecho, nunca en la Iglesia ha habido ningún Papa que
solemnemente haya definido algo con intención de obligar a toda la
Iglesia y se haya equivocado. Esta es una prueba más de la
asistencia del Espíritu Santo sobre él, como Cristo prometió. A
veces, los Papas al hablar de opiniones personales se han podido
equivocar, pero tenemos que respetarlos y obedecerlos, porque tienen
la autoridad de Cristo, aún cuando no hablen ex cathedra,
definiendo un dogma de fe. (En el caso de Galileo, no hubo ningún
dogma de fe ni el Papa publicó ningún documento. Tampoco era
asunto de su competencia por tratarse de cosas de astronomía y no
de fe y costumbres).
Autoridad del Papa.
La autoridad del Papa, como cabeza de la Iglesia, está
atestiguada por documentos desde el primer siglo. S. Ignacio de
Antioquía, en su carta a los romanos, dice por dos veces que Roma
tiene la presidencia sobre todas las demás comunidades cristianas
(Magn 6, l). S. Clemente Romano, tercer sucesor de S. Pedro, hacia
el 95 en su carta a los de Corinto, habla de la institución divina
de la jerarquía y de que es un pecado destituir a los presbíteros
del ejercicio de sus funciones, cosa que habían hecho en Corinto
algunos revoltosos que había soliviantado a los fieles. Aquí S.
Clemente actúa como verdadero Papa, toma cartas en el asunto para
corregir abusos a pesar de que todavía vivía S. Juan en Efeso, que
estaba mucho más cerca que Roma. Esta carta se ha llamado la “Epifanía
del Primado Romano” por ser la primera y más clara manifestación
del primado romano.
S. Jerónimo, en su carta a S. Dámaso Papa, le dice: “Sé que
la Iglesia está edificada sobre esta roca (Pedro)” (Epist 15,2).
S. Agustín, con toda claridad, afirma que en la Iglesia romana ha
existido siempre la preeminencia de la sede apostólica (Epist
43,3.7).
Además del documento antedicho del Papa S. Clemente Romano,
tenemos también un caso práctico en el Papa S. Víctor hacia el
190. Cuando se suscitó el problema de la celebración de la Pascua,
el Papa Víctor intervino para zanjar la cuestión. Por eso, S.
Cipriano en el siglo III nos dice ya: “Quien abandona la cátedra
de Pedro sobre la que está cimentada la Iglesia, ¿puede confiar de
estar en la Iglesia?” (Sobre la unidad de la Iglesia católica.)
Es absurdo decir, como algunos, que el emperador Constantino
fundó la Iglesia e instituyó a los Papas. Muchos años antes de
Constantino hay testimonios, como hemos visto, de la vida de la
Iglesia y de la actividad de los Papas. Conocemos los nombres de los
Papas desde S. Pedro hasta ahora. Son 265 y de ellos 80 santos. S.
Ireneo, muerto el 202, ya nombra a los 12 primeros Papas. S.
Agustín, en su carta a Generoso, nombra a los 38 Papas que hubo
hasta él y dice: “Si vamos a considerar el número de los obispos
que se van sucediendo, más cierta y considerablemente empezamos a
contar desde Pedro, figura de toda la Iglesia, a quien dijo el
Señor. “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18). A
Pedro sucedió Lino, a Lino Clemente; a Clemente Anacleto; a
Anacleto Evaristo...” y continúa enumerando a todos los sucesores
hasta Anastasio.
Después de todo lo antedicho, ¿podemos negar la autoridad del
Papa, como representante de Cristo en la tierra? ¿podemos presentar
algún Santo Padre que negara su autoridad en los primeros siglos de
la Iglesia o a algún santo que lo haya rechazado? Sta. Catalina de
Sena le llamaba “el dulce Cristo en la Tierra” y todos los
santos nos han enseñado a amarlos, respetarlos y obedecerlos como
al mismo Cristo.
Elección del Papa.
Hasta el siglo X los Papas eran elegidos por el clero y pueblo
romano por votación popular con lo que esto podía suponer de
tensiones y pasiones humanas. Prácticamente, lo elegían los nobles
de Roma. Esto hizo que sus intereses personales se mezclaran en la
elección papal, como se vio claramente en el llamado siglo de
hierro, el siglo X, con todo el desprestigio que esto trajo para la
misma Iglesia.
El año 1059 el Papa Nicolás II dio un decreto para que el Papa
fuera elegido sólo por los cardenales. Desde entonces, los
cardenales tomaron importancia en la Iglesia, considerados como los
príncipes de la Iglesia. Entonces, había 18 cardenales diáconos,
28 cardenales presbíteros y 7 cardenales obispos. El año 1241,
como tardaban mucho en elegir al nuevo Papa, los romanos los
encerraron con llave (cum clavi). De ahí viene la palabra
cónclave, con la que se designa a la reunión de los cardenales
después de la muerte del Papa, para elegir sucesor. Actualmente,
hay más de 120 cardenales y sólo pueden entrar en cónclave los
menores de 80 años. Cuando se hace la votación, si no sale elegido
ninguno, se queman las papeletas y sale humo negro. Si sale humo
blanco, quiere decir que “Papam habemus”, tenemos un nuevo Papa.
Para ello es necesario 2/3 de los votos.
El Papa no es sólo jefe de la Iglesia católica, es también
jefe del Estado temporal del Vaticano, que es uno de los más
pequeños del mundo. Actualmente, a raíz del tratado de Letrán de
1929 con el Estado italiano, tiene 49 Hectáreas. Pero hasta el
siglo pasado ocupaba la parte central de Italia. Estos Estados de la
Iglesia habían sido donados al Papa Esteban II por Pipino el Breve,
rey de Francia, el año 756 y más tarde fueron ratificados por
Carlomagno.
Esto ha sido de una gran beneficio para la Iglesia para tener
independencia y no estar sometida a los vaivenes de la política
italiana y a los caprichos de los reyes de las distintas ideologías
reinantes.
Finanzas del Papa.
Con frecuencia, al hablar del Vaticano, hay muchos que quieren
desprestigiar a la Iglesia y hablan de falsedades como que el Papa
tiene fábricas de armamentos u otros negocios turbios. Hace unos
años se habló mucho del Banco del Vaticano, que es un Instituto
fundado el año 1887 por el Papa León XIII y que, actualmente, se
llama IOR (Instituto para las Obras de Religión). En él están
depositados dineros de instituciones católicas del mundo entero,
tales como Congregaciones religiosas, hospitales, universidades,
etc. Este IOR se unió al Banco Ambrosiano y, al quebrar éste el
año 1984, el Vaticano tuvo que responder y pagar 240 millones de
dólares, pero no era dinero del Vaticano, sino de instituciones
católicas.
Hay quienes dicen que el Papa es el hombre más rico del mundo.
Esto es una falacia, pues el Papa no es el propietario personal de
todas las obras valiosas, acumuladas durante siglos, de los museos
vaticanos. Eso es un tesoro cultural de toda la humanidad y, en
especial, de la Iglesia Católica. El Papa no es un hombre
millonario que lleve una vida a todo lujo, sino más bien un
trabajador incansable, que nunca se jubila y trabaja hasta altas
horas de la noche y lleva una vida sobria. Va por diferentes países
del mundo como peregrino de la paz, para fomentar la fe de los
católicos y no como un turista que se da la buena vida.
De la misma manera, hay muchos católicos que dicen “los curas
tiene plata”, con lo cual quieren justificarse para no colaborar
económicamente con la Iglesia, que es una obligación de todo
cristiano. Además, en las parroquias se ayuda a gente pobre y hay
muchas obras que hacer para el bien de la Comunidad. El problema no
es tener dinero, sino emplearlo bien
El Papa y el Vaticano no han montado ningún negocio para sacar
plata y emplearla después para lujos indebidos. Sin embargo, con el
dinero bien empleado se pueden hacer muchas obras buenas y, por eso,
es necesario que todos pongamos el hombro y trabajemos unidos por un
mundo mejor. Amemos al Papa. Oremos por sus intenciones. Obedezcamos
sus normas. Siguiéndole a él, no nos equivocaremos y sabremos que
estamos con Cristo, seguros en la Verdad. “Donde está Pedro,
allí está la Iglesia” (S.Ambrosio: Enarr in Ps 40,30). “Donde
está la Iglesia, está Cristo Jesús” (S.Ignacio: Smyrn, 8,2).
EL SACERDOCIO
“El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús” (S. Juan
Ma. Vianney). Podemos distinguir el sacerdocio ministerial y el
sacerdocio común de los fieles. Ambos están ordenados el uno al
otro; ambos, en efecto, participan, cada uno a su manera del único
sacerdocio de Cristo. ¿En qué sentido? Mientras el sacerdocio
común de los fieles se realiza en el desarrollo de la gracia
bautismal (vida de fe, esperanza y caridad, y pueden ofrecer
sacrificios y ofrecerse a sí mismos por la salvación del mundo),
el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común y
es transmitido mediante un sacramento propio, el sacramento del
Orden ( Cat 1547). Ambos son esencialmente diferentes.
El sacerdocio ministerial actúa en Nombre de Cristo y en Nombre
de la Iglesia, pues la oración y ofrenda de la Iglesia son
inseparables de la oración y la ofrenda de Cristo, su Cabeza. Es
toda la Iglesia, Cuerpo de Cristo, la que ora y se ofrece, “Por
Cristo, con El y en El” en la unidad del Espíritu Santo, a Dios
Padre (Cat 1553).
Ahora bien, “entre los diversos ministerios (del sacerdocio
ministerial), ocupa el primer lugar el ministerio de los obispos,
los cuales, a través de una sucesión que se remonta hasta el
principio, son los transmisores de la semilla apostólica” (Cat
1555). Para realizar las funciones episcopales, los apóstoles se
vieron enriquecidos por Cristo con la venida especial del Espíritu
Santo, que descendió sobre ellos. Y ellos mismos comunicaron a sus
colaboradores mediante la imposición de las manos, el don
espiritual que se ha transmitido hasta nosotros en la consagración
de los obispos ( Cat 1556).
Por eso, para la celebración de la ordenación de un obispo,
sacerdote o diácono, el rito esencial es la imposición de manos
del obispo y la oración consecratoria específica, que pide a Dios
la efusión del Espíritu Santo y de sus dones apropiados al
ministerio para el cual es ordenado ( Cat 1573).
ORACION DEL SACERDOTE
Dame, Señor, el ser lo bastante grande Para abarcar el mundo, Lo
bastante fuerte para llevarlo a hombros, Lo bastante duro para poder
abrazarlo Sin intentar guardármelo.
Concédeme el ser tierra de encuentro, Pero sólo tierra de paso,
Camino que lleve hasta Ti.
Esta tarde, Señor, mientras todo se calla Yo te vuelvo a decir
mi SI, alegre y confiado. GRACIAS, SEÑOR, POR SER SACERDOTE
Los sacerdotes son los colaboradores del obispo para realizar
adecuadamente la misión apostólica que Cristo les encomendó ( Cat
1562). Los diáconos asisten al obispo y a los sacerdotes en la
celebración de los divinos misterios, sobre todo de la Eucaristía,
que distribuyen; asisten a la celebración del matrimonio y lo
bendicen; proclaman el Evangelio y predican; presiden las exequias y
se entregan a los servicios de la caridad ( Cat 1570).
Sólo los varones pueden recibir validamente el sacramento del
Orden, pues Cristo eligió a hombres para formar el colegio de los
doce apóstoles y los apóstoles hicieron lo mismo, cuando eligieron
a sus colaboradores, y la Iglesia se reconoce vinculada por esta
decisión del Señor. Esta es la razón por la que las mujeres no
reciben la ordenación. Además, nadie tiene derecho a recibir el
sacramento del Orden, pues se es llamado por Dios para ejercer un
servicio a favor de los demás.
Por otra parte, todos los ministros ordenados de la Iglesia
latina, exceptuados los diáconos permanentes, son elegidos entre
célibes que tienen voluntad de guardar el celibato por el reino de
los cielos. En las Iglesias orientales, desde hace siglos, está en
vigor una disciplina distinta: mientras los obispos son elegidos
únicamente entre los célibes, hombres casados pueden ser ordenados
diáconos y presbíteros ( Cat 1579-80
EL SACERDOTE
Decía S. Juan Ma. Vianney: “Si comprendiésemos bien lo que es
el sacerdote, moriríamos, no de pavor sino de amor”. El sacerdote
es el hombre para los demás, el que debe estar siempre disponible,
como un verdadero Padre. El hombre de Dios. El servidor que debe
estar dispuesto a morir por la salvación de sus ovejas. Así lo
hizo S. Maximiliano Kolbe, que quiso salvar la vida de un padre de
familia condenado a muerte. Al preguntársele el porqué,
respondió: Soy sacerdote.
El sacerdote es un ministro de Dios y de la Iglesia, sobre todo
en la celebración de la Eucaristía. Es representante de Cristo en
el mundo y debe actuar siempre en su Nombre. Es pastor y guía del
pueblo de Dios. Su vida y su tiempo no le pertenecen. Por eso, debe
ser un hombre de oración, estudio y sacrificio en favor de los
demás. En cierto modo, es responsable de toda la humanidad, pues
Dios le encomienda a todos los hombres como a sus hijos, a quienes
debe llevar en el corazón y ofrecer con Jesús al Padre en cada
Eucaristía.
El sacerdote es un hombre universal, “para todos” sin
excepción. Es maestro de la Palabra de Dios e instrumento de
reconciliación y de paz. Su vida debe centrarse y culminar en la
Eucaristía de cada día, pues debe vivir principalmente de la
Eucaristía y para la Eucaristía. La celebración diaria de la
santa misa, en favor del pueblo, es su principal ministerio (canon
904; PO 13). Al celebrarla, no actúa como persona individual, sino
como ministro de Cristo y de la Iglesia. Jesús celebra la misa por
medio de él.
El sacerdote es un regalo de Dios para el mundo y, sin embargo,
unos lo aman, otros lo compadecen; otros, los más, lo ignoran. Para
muchos es sólo un burócrata, que se gana su dinero con su trabajo.
Por eso, algunos sólo piensan en él, cuando necesitan sus
servicios. Otros, en cambio, ven en él al hombre de Dios, al hombre
que irradia paz y buscan en él un consuelo, un consejo, una ayuda
espiritual.
Para algunos, si viste pobremente, es un hipócrita o un
demagogo. Si viste bien, es un burgués. Si trata con los ricos y
predica la paz y la no violencia, lo llaman capitalista. Si prefiere
el trato de los pobres y predica la verdad, denunciando injusticias,
lo llaman comunista. Si se hace acompañar de algún amigo, lo
llaman afeminado...
Si trata con mujeres, lo llaman mujeriego. Si obedece las leyes y
normas de la Iglesia, es un conservador. Si desobedece y se rebela
contra ciertas normas, es un progresista.
¿A quiénes escuchará, Señor? ¿escuchará a quienes lo
quieren en la sacristía sin meterse en “política” ,es decir,
sin que pueda decir la verdad sobre la moralidad de las acciones de
los hombres? ¿Tendrá que alejarse del mundo y vivir en pobreza y
ayuno constante como S.Juan Bautista en el desierto? ¿Podrá
asistir a banquetes y dialogar con pecadores y prostitutas como
Jesucristo? El sacerdote está llamado a ser un signo de
contradicción en el mundo.
Lo mismo podemos decir de los religiosos que se consagran a Dios
por medio de los votos de pobreza, castidad y obediencia con el
propósito de servir a Dios sin limitaciones y aspirar a la
santidad. Ellos son padres y madres espirituales, cuya misión es el
mundo entero. El mundo necesita de hombres y mujeres que les
recuerden constantemente los verdaderos valores de la vida para que
no se entreguen desenfrenadamente a las cosas y placeres de este
mundo. Al renunciar al matrimonio, los religiosos están
permanentemente disponibles para la misión de la Iglesia. Así, con
un corazón libre de preocupaciones, pueden dedicarse más
plenamente al servicio de Dios y de los demás ( 1 Co 7,32-35; Mt
19,12). Y Dios no se deja ganar en generosidad, pues “el que deja
casa, hermanos, hermanas, madre, padre, o hijos o campos por amor a
mí y al Evangelio recibirá cien veces más en esta vida y en el
mundo futuro la vida eterna” (Mc 10,29-3l).
Gracias, Señor, por nuestros sacerdotes y religiosos. Por ellos
podemos recibir el pan de vida, formar hogares cristianos, vivir en
gracia y morir en paz con Dios. Gracias, Señor, por ellos. A veces,
me olvido que tienen que acompañarnos, aunque se sientan solos, que
deben consolarnos, aunque estén tristes, que deben ayudarnos, aun
cuando ellos mismos necesiten ayuda. Señor, enséñanos a
comprender y amar a nuestros sacerdotes y religiosos, a ayudarlos en
sus penas, acompañarlos en sus alegrías y haz que encuentren
muchos imitadores suyos entre nosotros. Amen.
LOS LAICOS DE LA IGLESIA
“Por laicos se entiende a todos los cristianos, excepto los
miembros del orden sagrado y del estado religioso reconocido en la
Iglesia” (Cat 897). S. Pedro afirma: “vosotros sois raza
elegida, reino de sacerdotes, nación consagrada, un pueblo que Dios
eligió para sí para proclamar sus maravillas” (1 Pe 2,9; LG 10).
Su responsabilidad.
“Los laicos. están especialmente llamados a hacer presente y
operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en. que
sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos. Así,
todo laico, en virtud de los dones que le han sido otorgados, se
convierte en testigo y simultáneamente en vivo instrumento de la
misión de la misma Iglesia en la medida del don de Cristo... Así
pues, incumbe a todos los laicos la preclara empresa de colaborar
para que el divino designio de salvación alcance más y más a
todos los hombres de todos los tiempos y en todas las partes de la
tierra” (LG 33).
Una preocupación especial de todo laico debe ser el fomentar las
vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, “pues por
tratarse de un problema vital que está en el corazón mismo de la
Iglesia, debe hallarse también en el centro del amor que todo
cristiano tiene a la misma... Todos los miembros de la Iglesia, sin
excluir ninguno, tienen la responsabilidad de cuidar las vocaciones”
(Juan Pablo II, carta a los sacerdotes para el Jueves Santo 1992
No.41)
Los laicos, por el hecho de ser bautizados y ser de Cristo,
tienen la grave responsabilidad de ser luz del mundo y sal de la
tierra. Ellos deben hacer que resplandezca en toda su fuerza la luz
del Evangelio para todos los hombres y, para ello, deben ser ejemplo
de vida cristiana. Ellos están llamados a la santidad, cumpliendo
las obligaciones y tareas de la vida diaria. Esta vocación a la
santidad implica que deben santificar el mundo de su trabajo y de su
entorno con su participación activa en las actividades terrenas,
incluso en la política. Como cristianos, deben someterse a las
legítimas leyes y autoridades con tal de que no manden algo contra
la ley de Dios como el aborto, la eutanasia. Deben pagar los
impuestos, ejercer su derecho al voto, defender su país ( Cat
2240). Y cumplir la gran regla de oro de Jesús: “Haz a los demás
lo que quieras que te hagan a tí” “No quieras para los demás
lo que no quieras para ti” (Mt 7,12; Tob 4,15).
Para una evangelización eficaz, deben estar en comunión con la
Iglesia universal e insertarse en la iglesia local, pues tanto los
laicos como los sacerdotes constituyen un único pueblo de Dios.
Su dignidad.
El Papa Juan Pablo II, en su exhortación apostólica
Chistifideles laici (1988), hablaba sobre la vocación y misión de
los laicos en la Iglesia y en el mundo. Hablaba de la gran dignidad
que tienen como seres humanos y que deben hacer resplandecer en su
propia vida y deben respetar y defender en los demás. Deben luchar
a favor de los derechos humanos y denunciar toda clase de violación
de los mismos, porque el ser humano, por su dignidad personal, es
siempre un valor en sí mismo y por sí mismo y como tal exige ser
tratado y considerado. Jamás puede ser tratado como un objeto
utilizable, como un instrumento o cosa. La dignidad personal
constituye el fundamento de la igualdad de todos los hombres entre
sí y, por eso, son absolutamente inaceptables las más variadas
formas de discriminación sean raciales, económicas, sociales,
culturales, políticas, geográficas, pues toda discriminación
constituye una injusticia completamente inaceptable.
La dignidad humana es el bien más precioso que el hombre posee
como hijo de Dios y, por ello, supera en valor a todo el mundo
material. El hombre no vale por lo que tiene, sino por lo que es.
“¿De qué sirve ganar el mundo entero si después pierde su alma?”
(Mc 8,36). La dignidad de la persona se manifiesta en todo su
fulgor, cuando se considera su origen y su destino. Ha sido creado
por Dios a su imagen y semejanza y ha sido redimido por la sangre de
Cristo. Está llamado a ser hijo de Dios y templo del Espíritu
Santo y está destinado a una vida eterna de comunión con Dios, que
lo llenará de una felicidad sin fin. Por eso mismo, “todo lo que
atenta contra su vida como homicidios, genocidios, abortos,
eutanasia y el mismo suicidio deliberado, todo lo que viola la
integridad de la persona humana como las mutilaciones, torturas
morales o físicas, los conatos sistemáticos de dominar la mente
ajena, las detenciones arbitrarias, deportaciones, esclavitud,
prostitución, trata de blancas, las condiciones laborales
degradantes, todas estas prácticas y otras parecidas son
infamantes, degradan la civilización humana y deshonran más a sus
autores que a sus víctimas y son contrarias al honor debido al
Creador” (GS 27).
Justicia Social.
Los obreros, por ser hijos de Dios, tienen una dignidad que los
empresarios deben respetar, pues son más importantes que las
ganancias o que el trabajo mismo. Por eso, al hablar del trabajo
obrero, no se le puede considerar como una mercancía, que se compra
y se vende, sino como una actividad ordenada a proveer a las
necesidades de la vida y, en concreto, a su conservación. El
trabajo tiene una dimensión social por su íntima relación con la
familia, pues hay que dar un salario familiar, que sirva para el
sustento de toda la familia.
En la encíclica Laborem exercens, sobre el trabajo humano, Juan
Pablo II afirma la prioridad del trabajo frente al capital (LE 121).
“Mediante el trabajo, el hombre no sólo transforma la naturaleza,
sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en cierto
sentido, se hace más hombre” (LE 9). “El trabajo está en
función del hombre y no el hombre en función del trabajo” (LE
6).
Ciertamente, todos debemos trabajar y tenemos derecho a un
trabajo digno para realizarnos como personas y ganar el sustento de
la familia. “El que no quiera trabajar, que no coma” (2 Tes 3,
10). Sin embargo, ante tantos pobres que no tienen trabajo y no
tienen para comer, no sólo debemos ayudar con lo superfluo, sino
incluso, a veces, hasta con lo necesario para darles lo
indispensable para vivir. Como dirían algunos Santos Padres, lo que
les sobra a los ricos es un robo a aquellos pobres, que no tienen ni
lo indispensable para vivir.
“Es preciso satisfacer, ante todo de las exigencias de la
justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya
se debe a título de justicia. Como diría S. Juan Crisóstomo: “No
hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y
quitarles la vida. Lo que poseemos no son bienes nuestros, sino los
suyos” (Cat 2446).
Los bienes del mundo están destinados a todos los hombres. La
propiedad privada “no es un derecho absoluto e intocable, sino que
está subordinada al bien común” (LE 14). Por eso, sobre toda
propiedad privada grava siempre una hipoteca social y, si el bien
común lo exige, no hay que dudar ante la expropiación, hecha en
debida forma. La doctrina social de la Iglesia propone “la
copropiedad de los medios de trabajo y la participación de los
trabajadores en la gestión de la empresa y en sus beneficios de
acuerdo al llamado accionariado y otros métodos semejantes” (LE
14).
Ahora bien, para defender los derechos de los trabajadores, la
Iglesia reconoce el derecho a la huelga sin violencia y sin
imposiciones totalitarias. La huelga, que puede ser moralmente
legítima, resulta inaceptable, cuando va acompañada de violencia o
también cuando se lleva a cabo en función de objetivos no
directamente vinculados con las condiciones del trabajo o contrarias
al bien común (Cat 24352436). No olvidemos que es contrario a la
ley moral el infligir voluntariamente daños a las propiedades
privadas o públicas. Igualmente es moralmente injusto el retener
deliberadamente bienes prestados, objetos perdidos, defraudar en el
ejercicio del comercio, pagar salarios injustos, elevar los precios,
especulando con la ignorancia o la necesidad ajenas, la apropiación
y el uso privado de los bienes sociales de una empresa, los trabajos
mal hechos, el fraude fiscal, la falsificación de cheques y
facturas, los gastos excesivos, el despilfarro, no pagar a los
organismos de seguridad social las cotizaciones establecidas por las
autoridades legítimas, etc. (Cat 2409). En una palabra, todo lo que
lesione los derechos de los demás. Por eso, procuremos compartir
nuestros bienes, especialmente con los más necesitados, pues el
compartir, es una exigencia cristiana, no sólo de caridad sino
también de justicia.
Obligación Misionera.
Todos debemos compartir nuestra fe. Todos debemos ser misioneros
y evangelizar a nuestros hermanos para que encuentren en Dios el
sentido de sus vidas. Jesucristo nos habló de las bienaventuranzas
como un himno a la esperanza para todos aquellos que sufren en este
mundo por cualquier motivo: enfermedad, vejez, esclavitud, pobreza,
violencia, injusticias. Dios les promete una felicidad eterna. “Alegraos
y regocijaos, pues vuestra recompensa será grande en el cielo”
(Lc 6,23).
En cambio, “¡ay de vosotros los que estáis hartos,, porque
tendréis hambre!, ¡Ay de vosotros los ricos (malos), porque ya
habéis recibido vuestro consuelo!” (Lc 6,24). Aquí se habla de
los ricos o pobres, que ponen toda su confianza en las cosas de este
mundo y se olvidan de Dios y de lo espiritual. Por eso, Jeremías
resume las bienaventuranzas así: “Maldito el hombre que en el
hombre pone su confianza y de la carne hace su apoyo, alejando su
corazón de Yahvé . Bienaventurado el que confía en Yahvé y en El
ha puesto su confianza” (Jer 17,5).
Llevemos el mensaje renovador de Jesucristo a todos los que nos
rodean con la predicación de su Palabra e, incluso, con nuestra
oración y sufrimientos, ofrecidos generosamente a Dios. ¡Cuanto
vale la oración de los enfermos y de tantas religiosas de clausura
y de tantos hermanos, considerados humanamente inútiles, pero que
son grandes bienhechores de la humanidad espiritualmente!. Por eso,
la Iglesia, con su misión evangelizadora, ayuda a todos los hombres
a reconocer su dignidad y a vivir de acuerdo a ella.
LOS SACRAMENTOS
Los sacramentos “son signos y medios con los que se expresa y
fortalece la fe, se rinde culto a Dios y se realiza la
santificación de los hombres” (canon 840). Los sacramentos son
signos visibles del encuentro con Dios en Cristo. Son signos del
amor de Dios. Son un encuentro personal con Jesús. Son signos
visibles, que significan y dan la gracia de Dios, pues son acciones
salvíficas de Cristo por medio de la Iglesia.
Por eso, podemos decir que el mundo entero es un sacramento
cósmico y nos descubre la presencia oculta de Dios, pues a través
de la naturaleza nos relacionamos y comunicamos con nuestro Padre
Dios. Cristo es el sacramento del Padre. (“El que me ha visto a
mí ha visto al Padre”: Jn 14,9). Y la Iglesia es el sacramento de
Cristo, pues El está presente y actúa en ella y a través de ella.
Los sacramentos son siete: bautismo, confirmación, Eucaristía,
penitencia, orden sagrado, unción de los enfermos y matrimonio. El
bautismo, confirmación y Eucaristía son los sacramentos de la
iniciación cristiana, que deberían recibirse juntos. Y hay tres
sacramentos que imprimen carácter (señal indeleble en el alma):
bautismo, confirmación y orden sagrado.
Los sacramentos corresponden a todas las etapas y momentos
importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento, crecimiento,
curación y misión a la vida de fe. La Eucaristía es el sacramento
de los sacramentos. Los demás sacramentos están ordenados a ella
como a su fin (Cat 121l).
Los sacramentales son signos sagrados por medio de los cuales se
expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por
intercesión de la Iglesia ( Cat 1667) Son, por ejemplo, las
bendiciones, el agua bendita, las imágenes sagradas...
El Bautismo.
“El bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el
pórtico de la vida en el espíritu y la puerta de acceso a los
otros sacramentos” (Cat 1213). Se llama bautismo del griego
baptizein, porque significa sumergir, lo que significa que el
catecúmeno se sumerge en la muerte de Cristo para nacer resucitado
a una nueva vida. El bautismo es un nuevo nacimiento. Así lo dijo
Jesús: “El que no nace del agua y del Espíritu Santo no puede
entrar en el reino de los cielos” (Jn 3,5). “El bautismo es un
baño que purifica, santifica y justifica” (Cat 1227). Por eso,
hay que darlo cuanto antes a los niños. De otro modo, “privarían
al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios, si no le
administraran el bautismo poco después de su nacimiento” (Cat
1250).
Cualquier persona, incluso no católica, (con la intención de
hacer lo que hace la iglesia) puede bautizar en caso de emergencia,
derramando agua sobre la cabeza del niño y diciendo: "yo te
bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo" Los padrinos deben ser católicos, confirmados, que ya
han recibido el sacramento de la Eucaristía y deben llevar una vida
congruente con su fe y con la misión que van a asumir (canon 874).
Ellos son padres espirituales del bautizado y deben preocuparse de
su educación, sobre todo, con el ejemplo.
En cierto sentido, el bautismo es necesario para la salvación.
“Dios ha vinculado la salvación al sacramento del bautismo, pero
su intervención salvífica no queda reducida a los sacramentos”
(Cat 1257). “Desde siempre la Iglesia posee la firme convicción
de que quienes padecen la muerte por razón de la fe, sin haber
recibido el bautismo, son bautizados por su muerte con Cristo y por
Cristo. Este bautismo de sangre, como el deseo del bautismo, produce
los frutos del bautismo sin ser sacramento”.(Cat 1258). “A los
catecúmenos que mueren antes de su bautismo, el deseo explícito de
recibir el bautismo, unido al arrepentimiento de sus pecados y a la
caridad, les asegura la salvación, que no han podido recibir por el
sacramento” (Cat 1259).
“En cuanto a los niños muertos sin bautismo, la Iglesia sólo
puede confiarlos a la misericordia divina. En efecto, la
misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salvan y
la ternura de Jesús con los niños..., nos permiten confiar en que
haya un camino de salvación para los niños que mueren sin
bautismo. Por esto, es más apremiante aún la llamada de la Iglesia
a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del
santo bautismo” (Cat 1261). “A ellos hay que imponerles un
nombre apropiado y evitar los que son ajenos al sentir cristiano”.
(Cat 2156)
“Por el bautismo, todos los pecados son perdonados, el pecado
original y todos los pecados personales, así como todas las penas
del pecado” (Cat 1263). De modo que la confesión es para perdonar
los pecados cometidos después del bautismo. También por el
bautismo nos hacemos hijos de Dios y cristianos, entrando a formar
parte de la Iglesia y participando en el sacerdocio común de los
fieles. ( Cat 1267-1268).El bautismo es la puerta de entrada a la
gran familia de Dios en la Iglesia.
Por el bautismo, todos estamos obligados a dar testimonio de
muestra fe ante los demás y ser misioneros “Id y enseñad a todas
las gentes, bautizándolas en el Nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he
mandado” (Mt 28,19).
La confirmación.
La confirmación es el sacramento que nos hace soldados de
Cristo, capaces de dar testimonio de nuestra fe y de luchar contra
el mal y contra el Maligno. Los apóstoles recibieron su
confirmación el día de Pentecostés. Por eso, la confirmación es
como nuestro Pentecostés personal.
Los apóstoles eran cristianos, discípulos y seguidores de
Cristo, pero antes de Pentecostés, estaban llenos de miedo y eran
incapaces de dar testimonio de su fe y mucho menos de dar la vida
por Cristo. Aquel día de Pentecostés su vida se renovó y fueron
“revestidos del poder de lo alto” (Lc 24,49). Recibieron el
poder del Espíritu Santo y pudieron ser verdaderos testigos de
Jesús “en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta el
extremo de la tierra” (Hech 1,8).
Con nuestra confirmación, recibida con plena conciencia y
preparación, Jesús se convertirá no sólo en nuestro Salvador,
sino también en nuestro Señor, el centro y dueño de nuestra vida.
Y lo amaremos con nuevo fervor a El y a todo lo que es de El: su
Madre María, su Palabra divina, su Iglesia, su representante en la
tierra, el Papa, sus hermanos (todos los hombres).
En la confirmación, el poder del Espíritu Santo se manifiesta
en plenitud y le da al cristiano el poder de predicar y de dar
testimonio de su fe.”De esta manera, se compromete mucho más,
como auténtico testigo de Cristo, a extender y defender su fe con
sus palabras y obras” (Cat 1285).
Para mejor significar el don del Espíritu Santo, se añade a la
imposición de las manos una unción con óleo perfumado (crisma).
Esta unción ilustra el nombre de “cristiano”, que significa
ungido y que tiene su origen en el nombre de Cristo, al que “Dios
ungió con el Espíritu, Santo” (Hech 10,38; Cat 1289). El nombre
de confirmación sugiere la idea de la confirmación del bautismo y
el robustecimiento de la gracia bautismal (Cat 1289). Por esto,
aunque el ministro ordinario es el Obispo, en caso de peligro de
muerte, cualquier sacerdote puede y debe confirmar (Canon 883).
Incluso se debe confirmar a los niños, aunque no tengan todavía
uso de razón (Canon 891).
La confirmación, es como una maduración del bautismo: lo “confirma”
refuerza y completa (se recomienda para ambos sacramentos el mismo
padrino). Por ella, llegamos a ser cristianos adultos en la fe y
recibimos los dones y carismas del Espíritu Santo (1 Co 12,13 y
14).
“La confirmación, como el bautismo, del que es la plenitud,
sólo se da una vez. La confirmación, en efecto, imprime en el alma
una marca espiritual indeleble, el “carácter”, que es el signo
de qué Jesucristo ha marcado al cristiano con el sello de su
Espíritu, revistiéndolo de la fuerza de lo alto para que sea su
testigo. Este carácter perfecciona el sacerdocio común de los
fieles, recibido en el bautismo y el confirmado recibe el poder de
confesar la fe de Cristo públicamente y como en virtud de un cargo”
(Cat 1304-1305).
Como vemos, el sacramento de la confirmación es sumamente
importante y todo cristiano tiene obligación de recibirlo para
vivir su vida cristiana en plenitud y no vivir como un niño
espiritualmente. Todos tenemos obligación de predicar la Palabra de
Dios y de defender nuestra fe y de luchar contra el mal, pero si no
tenemos esa plenitud del Espíritu Santo, que se nos da en la
confirmación, no seremos capaces de vivir y obrar como verdaderos y
auténticos cristianos.
Unción de los enfermos.
Una de las principales manifestaciones del ministerio de Jesús
fue la curación de enfermedades y expulsión de los demonios y esta
es tarea también de todo cristiano, que tiene el sacerdocio común
y participa del mismo sacerdocio y ministerio de Jesús. “El que
cree en mí impondrá las manos sobre los enfermos y éstos
quedarán sanos” (Mc 16,18) “Ellos predicaban la conversión,
expulsaban muchos demonios y ungían con aceite a muchos enfermos y
los curaban” (Mc 6,12-13). “Sanad a los enfermos” (Mt 10,8),
decía Jesús, y la Iglesia ha recibido del Señor esta tarea y
desde del principio tuvo un rito propio para orar por los enfermos
con el sacramento de la unción de los enfermos.
Este sacramento se administra a los gravemente enfermos. No es
sólo para aquéllos que están a punto de morir. “Por esto, se
considera tiempo oportuno para recibirlo, cuando el fiel empieza a
estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez” (Cat 1514). “Si
el enfermo que recibió la unción recupera la salud, puede, en caso
de nueva enfermedad grave, recibir de nuevo este sacramento. En el
curso de la misma enfermedad, el sacramento puede ser reiterado, si
la enfermedad se agrava. Es apropiado recibir la unción de los
enfermos antes de una operación importante. Y esto mismo puede
aplicarse a las personas de edad avanzada, cuyas fuerzas se
debilitan " (Cat 1515). En caso de accidente, cuando se duda si
la persona está muerta, se puede aplicar bajo condición.
Sin embargo, todo cristiano puede y debe orar por los enfermos
para pedir a Dios su curación. También es bueno pedir la
bendición sacerdotal sobre las medicinas. “El Señor puso en la
tierra las medicinas, con ellas cura y quita el sufrimiento. Hijo
mío, en tu enfermedad no seas negligente, sino ruega al Señor, que
El te curará. Huye del pecado, endereza tus manos y purifica tu
corazón de toda culpa. Da ofrendas según tus medios. Y llama al
médico, pues el Señor lo creó también a él, que no se aparte de
tu lado, pues te es necesario. Hay momentos en que logra acertar,
porque también él oró al Señor para que le dirigiera a
procurarte el alivio y la salud para prolongar tu vida” (Eclo 38,
4-14). Jesús “tomó sobre sí nuestras flaquezas y enfermedades”
(Mt 8,17). Por eso, “¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a
los sacerdotes de la Iglesia, que oren sobre él y lo unjan con
óleo en el Nombre del Señor y la oración de la fe salvará al
enfermo y el Señor lo curará y se ha cometido pecado lo perdonará”
(Sant 5,14-15).
“Con la sagrada unción de los enfermos y con la oración de
los presbíteros, toda la Iglesia entera encomienda a los enfermos
al Señor su ente y glorificado para que los alivie y los salve”
(Cat 1499).
CONFESION
El sacramento de la confesión se llama así, porque la
confesión de los pecados al sacerdote es un elemento esencial de
este sacramento. También se le llama sacramento de conversión,
sacramento de la penitencia, sacramento del perdón o sacramento de
la reconciliación ( Cat 1423-1424).
El perdón de los pecados.
El pecado es un robo de amor a los hermanos, pues al pecar se
disminuye la capacidad de amar, y cuando uno se relaciona con los
demás, les da menos amor, porque tiene menos amor. Les está
robando el amor y la felicidad que debía darles y que no les da por
haber pecado. Por eso, todo pecado tienen una dimensión social, es
una ofensa también a los demás y, por consiguiente, a la Iglesia.
De ahí que “los que se acercan al sacramento de la penitencia
obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados
cometidos contra El y, al mismo tiempo, se reconcilian con la
Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados” (Cat 1422). “La
reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación
con Dios” (Cat 1445). Porque “el pecado es, ante todo, ofensa a
Dios, ruptura de la comunión con EL. Y, al mismo tiempo, atenta
contra la comunión con la Iglesia” (Cat 1440).
Por eso mismo, no basta confesarse a solas con Dios, como dirían
algunos. Es preciso pedir perdón por medio del sacerdote, que es
representante de Dios y ministro de la Iglesia. No importa, si él
es un pecador, Dios lo juzgará; pero Dios lo ha escogido a él para
ser instrumento de su perdón y no a otros. Ahora bien, para recibir
el perdón de Dios es necesario el arrepentimiento. Y
arrepentimiento no es reconocer que se ha pecado o sentirse mal por
haber pecado, sino tener voluntad y decisión firme, propósito de
enmienda y verdadero deseo de poner todo lo posible de nuestra parte
para no volver a pecar. Si falta el arrepentimiento o se calla por
vergüenza algún pecado, la confesión sería un sacrilegio, una
mala confesión, un pecado más.
El pecado es también una desobediencia a nuestro Padre Dios, que
quiere nuestra felicidad y nos señala el camino a través de los
mandamientos: “El pecado es una falta contra la razón, la verdad,
la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y
para con el prójimo” (Cat 1849). “El pecado es un abuso de la
libertad que Dios nos da” (Cat 387). S. Agustín diría que el
pecado es el amor de sí hasta el desprecio de Dios.
Pero, a pesar de todo, Dios, Nuestro Padre, siempre está
esperándonos como al hijo pródigo, para perdonarnos y quiere
sentir la alegría de perdonamos. Por eso, en el cielo habrá más
alegría por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve
justos que no necesitan convertirse (Lc 15,7).
Jesús, en su ministerio, manifestaba también su amor,
perdonando a los pecadores arrepentidos como a la pecadora pública
(Lc 7,47), a la mujer adúltera (Jn 8,1-11) o al buen ladrón (Lc
23,43). Pues bien, este poder de perdonar los pecados quiso Jesús
transmitirlo a sus apóstoles. “Yo os aseguro que todo lo que
atéis en la tierra, será atado en los cielos y todo lo que
desatéis en la tierra, será desatado en los cielos” (Mt 18,18).
Jesús le había dado a Pedro personalmente este poder junto con las
llaves (autoridad) del Reino de los cielos (Mt 16,18-19). En Jn
20,22 les dice a los apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo a
quienes perdonen los pecados les quedan perdonados y a quienes se
los retengan les quedan retenidos”. Este texto es clarísimo del
poder de perdonar, concedido por Cristo a su Iglesia. En 2 Co 5,18
S. Pablo recalca que Cristo “nos confió el ministerio de la
reconciliación”.
De hecho, desde el primer siglo encontramos testimonios de este
poder de la Iglesia de perdonar los pecados. En la Didajé, hacia el
año 80, se nos dice: "Reuníos en el Día del Señor, partid
el pan y dad gracias después de haber confesado vuestros
pecados" (c. 14, l). En el Credo o Símbolo de los apóstoles,
también del siglo I, se dice bien claro: Creo en el perdón de los
pecados
Historia de la celebración.
“A lo largo de los siglos, la forma concreta, según la cual la
Iglesia ha ejercido este poder recibido del Señor, ha variado
mucho. Durante los primeros siglos, la reconciliación de los
cristianos que habían cometido pecados particularmente graves
después de su bautismo (por ejemplo idolatría, homicidio o
adulterio), estaba vinculada a una disciplina muy rigurosa, según
la cual los penitentes debían hacer penitencia pública por sus
pecados, a menudo durante largos años, antes de recibir la
reconciliación.
A este “orden de los penitentes” (que sólo concernía a
ciertos pecados graves) sólo se era admitido raramente y en ciertas
regiones, una sola vez en la vida. Durante el siglo VII, los
misioneros irlandeses, inspirados en la tradición monástica de
Oriente, trajeron a Europa continental la práctica “privada” de
la penitencia, que no exigía la realización pública y prolongada
de obras de penitencia antes de recibir la reconciliación con la
Iglesia. El sacramento se realiza desde entonces, de una manera más
secreta entre el penitente y el sacerdote. Esta práctica nueva
preveía la posibilidad de la reiteración del sacramento y abría
así camino a una recepción regular del mismo. Permitía integrar
en una sola celebración sacramental el perdón de los pecados
graves y de los pecados veniales. A grandes líneas, ésta es la
forma de penitencia que la Iglesia practica hasta nuestros días”
(Cat 1447).
Actualmente, el sacramento de la penitencia puede también
celebrarse en el marco de una celebración comunitaria con
confesión personal y absolución individual para expresar más
claramente el carácter eclesial de la penitencia. En casos de
necesidad grave, se puede recurrir a la confesión general y
absolución general. Semejante necesidad grave puede presentarse,
cuando hay un peligro inminente de muerte, cuando el número de
penitentes es tan grande que el sacerdote o los sacerdotes presentes
no tengan tiempo para oír las confesiones individuales en un tiempo
razonable. En este caso, los fieles deben tener el propósito para
confesar los pecados individualmente lo antes posible ( Cat
1482-1483).
Contrición y atrición.
Con relación al perdón de los pecados, debemos tener en cuenta
que siempre en la Iglesia se ha aceptado que la contrición perfecta
perdona los pecados, aun mortales, aunque debe confesarlos en la
primera oportunidad. Contrición perfecta es el arrepentimiento
sincero de nuestros pecados por amor a Dios, a quien hemos ofendido.
S. Pedro ya decía en 1 Pe 4,8 que “el amor cubre multitud de
pecados” o, como decía Jesús de la mujer pecadora: “Quedan
perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho” (Lc 7,47).
Sin embargo, dado que con mucha frecuencia el arrepentimiento de
nuestros pecados es deficiente, quizás por temor al infierno o al
castigo de Dios y no tanto por amor a Dios, a quien hemos ofendido,
por eso, es necesaria la confesión. La contrición imperfecta o
atrición no es suficiente para la justificación plena del pecador,
aunque puede ser un paso para la contrición perfecta y la
justificación plena.
En la práctica, es muy difícil precisar los límites de la
contrición perfecta o imperfecta. Pero Dios conoce nuestro corazón
y conoce nuestra disposición interior, y, según nuestro
arrepentimiento, así será nuestro perdón. Y no es que Dios no
quiera perdonarnos totalmente, sino que nosotros no aceptamos su
perdón en plenitud por nuestras reticencias a dejar el pecado o por
nuestra falta de fe. Al acudir a la confesión, tenemos la seguridad
del perdón por la Palabra de Cristo (Jn 20,22), ponemos más de
nuestra parte al decir nuestros pecados al sacerdote, tenemos la
ventaja de sus consejos y cumplimos una penitencia como
satisfacción de nuestros pecados.
Pecados Concretos.
Veamos ahora algunos pecados concretos, especificados en el
Catecismo de la Iglesia Católica:
El perjurio, que constituye una grave falta de respeto hacia el
Señor, que es dueño de toda palabra. Es perjuro quien bajo
juramento, hace una promesa que no tiene intención de cumplir o
que, después de haber prometido, bajo juramento, no la mantiene (
Cat 2152).
El suicidio “es gravemente contrario al justo amor de sí mismo
y es contrario al amor de Dios vivo. Si se comete con intención de
servir de ejemplo, especialmente a los jóvenes, el suicidio
adquiere además la gravedad del escándalo. La cooperación
voluntaria al suicidio es contraria a la ley moral. Sin embargo, no
se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que
se han dado muerte. Dios puede haberles facilitado por caminos que
El solo conoce, la ocasión de un arrepentimiento salvador. La
Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida. Hay
que tener en cuenta que trastornos psíquicos graves, la angustia o
el temor grave de la prueba, del sufrimiento o de la tortura, puede
disminuir la responsabilidad del suicida” (Cat 2281-2283).
“Hay que evitar toda clase de excesos, el abuso de la comida,
del alcohol, del tabaco y de las medicinas. Quienes en estado de
embriaguez o por afición inmoderada de velocidad ponen en peligro
la seguridad de los demás y la suya propia en las carreteras, en el
mar o en el aire, se hacen gravemente culpables”. El uso de la
droga es una falta grave. La producción clandestina y el tráfico
de drogas son prácticas escandalosas y contrarias a la ley moral
(Cat 2290-2291).
“La masturbación es un acto intrínseco y gravemente
desordenado. Sin embargo, para emitir un juicio justo acerca de la
responsabilidad moral de los sujetos y para orientar la acción
pastoral, ha de tenerse en cuenta la madurez afectiva, la fuerza de
los hábitos contraídos, el estado de angustia y otros factores
psíquicos o sociales, que reducen e incluso anulan la culpabilidad
moral”. (Cat 2352). “Los actos homosexuales son intrínsecamente
desordenados” (Cat 2357). Sin embargo, los homosexuales, como
personas, deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza.
Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta
( Cat 2358)
La fornicación, tener relaciones sexuales prematrimoniales, es
gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la
sexualidad humana. Lo mismo podemos decir de la pornografía, de la
prostitución. ( Cat 235355). El adulterio es una injusticia y
atenta contra la institución del matrimonio y compromete el bien de
los hijos, que necesitan una unión estable de los padres ( Cat
2380-81).
Las técnicas de inseminación y fecundación artificiales
heterólogas, con intervención de una persona extraña a los
cónyuges (donación de esperma o del óvulo, préstamo del útero)
son gravemente deshonestas. Si son practicadas dentro de la pareja,
son menos perjudiciales, pero no dejan de ser moralmente reprobables
( Cat 2376-77). Es inmoral producir embriones humanos destinados a
ser explotados como material biológico disponible. Lo mismo podemos
decir de los intentos de intervenir en el patrimonio cromosómico y
genético sin fines terapéuticos o exponiendo al embrión a riesgos
desproporcionados ( Cat 2275).
Cuando se cometen pecados contra la justicia y la verdad, hay
deber de reparación. Esto se refiere especialmente al robo y a la
maledicencia o calumnia que destruye la reputación y el honor del
prójimo. Esta reparación moral y, a veces, material, debe
precisarse según el daño causado, pero hay obligación de
conciencia ( Cat 2487). Lo mismo hay que decir, cuando se atenta
contra la intimidad y libertad de las personas en los medios de
comunicación, no guardando la debida reserva sobre la vida privada
de las personas ( Cat 2492).
También hay que rechazar como gravemente inmoral todo lo que
atenta contra el pudor. El pudor es modestia, inspira la elección
de la vestimenta, mantiene silencio o reserva donde se adivina el
riesgo de una curiosidad malsana y se convierte en discreción. El
pudor rechaza el exhibicionismo del cuerpo humano, propios de cierta
publicidad, o las incitaciones de algunos medios de comunicación a
hacer pública toda confidencia íntima. El pudor inspira una manera
de vivir que permite resistir las solicitaciones de la moda y a la
presión de las ideologías dominantes ( Cat 2521-26). Decía
Jesús: “Todo el que mira a una mujer, deseándola, ya cometió
adulterio con ella en su corazón” (Mt 5,28). Por eso, es
importante ser cuidadoso en nuestro comportamiento y en lo que vemos
en televisión, revistas etc.
Debemos purificar nuestro corazón de todo pecado y debemos pedir
ayuda a Dios. “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Si
acudimos a la confesión, “La sangre de Jesús nos purificará de
todo pecado. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es El para
perdonarnos y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn 1,7).
Indulgencias.
En el siglo XVI tuvo lugar la gran controversia suscitada por
Lutero respecto a las indulgencias. Lutero rechazó su valor,
llevado por algunos abusos cometidos por Tetzel, el enviado papal, y
otros predicadores. El Papa había concedido indulgencias a los que
colaborasen con limosnas en la construcción de la basílica
Vaticana. Pero algunos predicadores, llevados de un celo mal
entendido y por el deseo de ganar más plata para la causa, hablaban
de que en el momento de sonar la limosna en la alcancía, el alma
del difunto salía del purgatorio. Evidentemente, echar limosnas en
la alcancía, aunque sean cuantiosas, no tiene valor si no se hace
de corazón. Jesús critica a los fariseos que tocaban la trompeta
para que todos se enteraran (Mt 6) y, en cambio, alaba a la viuda
pobre que echa unos centavitos. Además, para conseguir las
indulgencias, se necesita estar en gracia de Dios y, en el caso de
las plenarias, además de confesar y comulgar, se requiere no tener
ni siquiera afecto a los pecados veniales. Por consiguiente, lo que
decían estos predicadores era verdaderamente un abuso. Tenía
razón Lutero en criticar esos abusos, pero no en negar el valor de
las indulgencias. Porque, si leemos detenidamente el texto de Daniel
4, 24, ahí dice el Señor: “redime tus pecados con justicia y tus
iniquidades con limosnas” y en Tob 4, 10 se dice: “la limosna
libra de la muerte y purifica de todo pecado” ( Cat 1471 ss).
Pero ¿qué son las indulgencias?. Para entender lo que son,
debemos distinguir en todo pecado la culpa y la pena temporal debida
por los pecados. La culpa, o pecado propiamente dicho, se nos
perdona por la confesión o por un sincero arrepentimiento, sobre
todo, si hay contrición perfecta. Pero, perdonado el pecado o la
ofensa cometida contra Dios, queda por cancelar la pena temporal
debida por el pecado, es decir la deuda que tenemos con Dios y con
los demás, debida al vacío que ha dejado en nuestra alma el
pecado.
Esta deuda o pena temporal se va cancelando por nuestras buenas
obras, oraciones y penitencias voluntarias. De ahí que después de
la confesión se impone una penitencia. En la primitiva Iglesia se
imponían grandes penitencias públicas. Ahora bien, en la Iglesia
existe un tesoro infinito de méritos conseguidos por Cristo, por
María y los santos; y de este tesoro, la Iglesia puede disponer
para suplir el vacío o deuda debida por nuestros pecados. Para
conseguirlo, se supone como condición indispensable el perdón de
los pecados propiamente tales. Por eso, siempre se exige, para
recibir las indulgencias, confesar, comulgar y orar por el Papa,
como condiciones generales. (Las indulgencias pueden ser parciales o
plenarias, según se cancele una parte o toda la deuda debida por
los pecados). Para conseguir la indulgencia plenaria se necesita,
además, no tener pecados veniales y ni siquiera afecto a ellos. En
caso de no estar dispuestos para recibir la indulgencia plenaria, se
consigue sólo parcial. Estas indulgencias se pueden aplicar tanto a
los vivos como a los difuntos, (para sí o para otros). Pero siempre
se exige estar en gracia de Dios confesar, comulgar, rezar por el
Papa y cumplir la obra prescrita.
El Papa Pablo VI en la Constitución apostólica “Indulgentiarum
doctrina” del 1 de Enero de1967 nos dice: “Indulgencia es la
remisión ante Dios de la pena temporal debida por los pecados, ya
perdonados en lo referente a la culpa, que gana el fiel,
convenientemente preparado, en ciertas y determinadas condiciones,
con la ayuda de la Iglesia, que como administradora de la
redención, dispensa y aplica con plena autoridad el tesoro de
méritos de Cristo y de los santos. Al fiel que, al menos con
corazón contrito lleva a cabo una obra enriquecida con indulgencia
parcial, se le concede por obra de la Iglesia una remisión tal de
pena temporal cual la que ya recibió por su acción (se quita, por
tanto, lo que antes se decía de tantos días, meses o años). Las
obras prescritas para ganar la indulgencia plenaria, adscrita a una
Iglesia y oratorio es una visita piadosa a éstos en los que se
recitan la oración dominical y el símbolo de la fe (Padrenuestro y
Credo). La piadosa Madre Iglesia especialmente solícita con los
difuntos, dando por abrogado cualquier otro privilegio en esta
materia, determina que se sufrague ampliamente por los difuntos con
cualquier sacrificio de la misa.
El fiel que emplea con devoción un objeto de piedad (crucifijo,
cruz, rosario, escapularios o medallas), bendecidos debidamente por
cualquier sacerdote, gana indulgencia parcial. En todas las
iglesias, oratorios públicos o semipúblicos puede ganarse una
indulgencia plenaria, aplicable solamente en favor de los difuntos,
el día dos de Noviembre.
Pero en las Iglesias parroquiales se puede ganar además una
indulgencia plenaria dos veces por año: el día de la fiesta
titular y el dos de Agosto, que se celebra la indulgencia de la “porciuncula”.
Si no se pudiera tener en la hora de la muerte un sacerdote para
administrar los sacramentos y la bendición apostólica con
indulgencia plenaria, la Iglesia, Madre piadosa, concede
benignamente al que esté debidamente dispuesto, la posibilidad de
conseguir la indulgencia plenaria “in artículo mortis”, con tal
que durante su vida hubiera rezado habitualmente algunas oraciones.
Para conseguir esta indulgencia plenaria se empleará laudablemente
un crucifijo o una cruz”. También se puede conseguir una
indulgencia plenaria, rezando el rosario en grupo, una sola vez al
día, especialmente en familia o, rezándolo a solas, delante del
Santísimo Sacramento.
EUCARISTIA
La Eucaristía es algo tan importante en la Iglesia que muchos
siglos antes de que Cristo viniera a la Tierra, Dios mismo nos habla
de ella, en figura, en su santa Palabra. El maná (alimento bajado
de lo alto de los cielos según Ex 16; manjar de ángeles según Sab
16,20; pan de los fuertes según Salmo 78,25; pan de los cielos en
el Salmo 105,40) es claramente símbolo y figura del pan bajado del
cielo de que habla Jesús en Jn 6.
En Gén 14,18 se nos dice que Melquisedec, rey de Salem, ofreció
pan y vino y bendijo a Abraham. Este texto, desde tiempos de S.
Clemente de Alejandría (Strom IV, 25), se consideró referente a la
Eucaristía. Igualmente en la Didajé del año 80, en S. Justino, S.
Ireneo, S. Agustín, etc., aparece el pasaje de Malaquías 1, 11
como profecía de la Eucaristía. Dice el texto: “Desde el orto
del sol hasta el ocaso es grande mi Nombre entre las gentes y en
todo lugar ha de ofrecerse a mi Nombre un sacrificio humeante y una
oblación pura”
Cuerpo de Cristo.
Jesús, en la última Cena, tomó pan y, dadas las gracias, lo
partió y se lo dio diciendo: "Este es mi Cuerpo, que es
entregado por vosotros. Haced esto en recuerdo mío. De igual modo,
después de cenar tomó el cáliz diciendo: este cáliz es la Nueva
Alianza en mi sangre que es derramada por vosotros " (Lc
22,19-20). Jesús les dio a sus apóstoles su propio cuerpo y
sangre. No ningún símbolo. Dice el original griego: “Touto estin
to soma mou” (esto es mi cuerpo). Y Jesús les dio el poder de
consagrar el pan y el vino en su cuerpo y sangre: “Haced esto en
recuerdo mío”. Por eso, S. Pablo en 1 Co 10, 16 nos recuerda y
nos llama la atención diciendo: “El cáliz de bendición que
bendecimos, ¿no es acaso la comunión con el cuerpo de Cristo?”
En 1 Co 11,23 insiste: “Porque yo recibí del Señor lo que os he
trasmitido: que el Señor Jesús la noche en que fue entregado tomó
pan y después de dar gracias lo partió y dijo: Este es mi cuerpo,
que se da por vosotros. Haced esto en recuerdo mío. Asímismo
también el cáliz después de cenar diciendo: Este cáliz es la
Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en
recuerdo mío. Pues cada vez que coméis de este pan y bebéis de
este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga. Por
tanto, quién coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente
será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor.. Pues quien come y
bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo”.
El mismo Jesús en Jn 6,51 dice: “Yo soy el pan vivo bajado del
cielo. Sí uno come de este pan vivirá para siempre y el pan que yo
daré es mi carne para la vida del mundo”. Y en el versillo 53:
“En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del
Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. E1 que
come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo lo resucitaré
en el último día”. Palabras duras y exigentes, sobre todo, para
los que rechazan su presencia real en la Eucaristía.
Según Hech 2,42, los primeros cristianos perseveraban en la
enseñanza de los apóstoles, en la oración y en la fracción del
pan (fracción del pan, es el nombre técnico de Eucaristía).
Incluso se dice que diariamente acudían al templo, partían el pan
en las casas (es decir asistían a la Eucaristía) y tomaban su
alimento con alegría de corazón, “alabando a Dios” (Hech
2,46).
En la Didajé, escrito hacia el año 80, se prescribe la
comunión dominical (c. 14-15) y se dice: “Reuníos en el día del
Señor, partid el pan y dad gracias después de haber confesado
vuestros pecados a fin de que vuestro sacrificio sea puro” (c.
14,1), “Que no se atreva nadie a acercarse a comer o beber la
Eucaristía, si no ha sido antes bautizado” (c.9.1-5).
S. Ignacio de Antioquía en su carta (Smym 7, 1) dice así de los
docetas: “se mantienen alejados de la Eucaristía y de la
oración, porque no quieren confesar que la Eucaristía es la carne
de Nuestro Señor Jesucristo”. Lo mismo podríamos decir de S.
Ireneo de Lyon, Tertuliano, etc. El mismo Lutero nunca negó la
presencia de Cristo en la Eucaristía.
La misa del siglo II.
S. Justino en su Apología cap. 66-67 del siglo II escribe: “Llamamos
a este alimento Eucaristía y sólo pueden participar de la
Eucaristía los que admiten como verdaderas nuestras enseñanzas,
han sido lavados en el baño de regeneración y del perdón de los
pecados y viven tal como Cristo nos enseñó. Porque el pan y la
bebida que tomamos, no lo recibimos como pan y bebida corriente,
sino que se nos ha enseñado que aquel alimento sobre el cual se ha
pronunciado la acción de gracia,. es la carne y la sangre de
Jesús, el Hijo de Dios encarnado. Tal es nuestra doctrina.
“El día llamado del sol nos reunimos en un mismo lugar tanto
los que habitamos en las ciudades como en los campos y se leen los
comentarios de los apóstoles o los escritos de los profetas.
Después, cuando ha acabado el lector, el que preside exhorta y
amonesta con sus palabras a la imitación de tan preclaros ejemplos.
Luego nos ponemos de pie y elevamos nuestras preces; y, como ya
hemos dicho, cuando hemos terminado las preces, se trae pan, vino y
agua; entonces, el que preside eleva fervientemente oraciones y
acciones de gracias todo lo más que puede. Seguidamente tiene lugar
la distribución y comunión a cada uno de los presentes de los
dones sobre los cuales se ha pronunciado la acción de gracias y los
diáconos los llevan a los ausentes.
Nos reunimos precisamente el día del sol, porque éste es el
primer día de la creación, cuando Dios empezó a obrar sobre las
tinieblas y la materia, también porque es el día en que Jesucristo
nuestro salvador resucitó de entre los muertos”. ( Cat 1345).
Vemos en estas palabras de S. Justino en el siglo II una
verdadera descripción de la misa que, haciendo un resumen era así:
1. Se reunían el domingo (67, l).
2. Se leían pasajes de la Biblia en número indeterminado (67,4)
.
3. El obispo hacía una homilía sobre el contenido de la lectura
(67,4).
4. Todos hacían oraciones en común o preces (67,5).
5. Se daban el beso de la paz (65,2).
6. Presentaban pan, vino y agua (67,5).
7. Había acción de gracias u oración eucarística (nuestro
canon de la misa) cap.67,5.
8. El pan y vino eran consagrados por una oración que recogía
las palabras de Jesús (66,1).
9. Había comunión bajo las dos especies (67,5).
10. Se hacía colecta en favor de los necesitados (67,6).
También se sabe, por descripciones de la misa de otros Santos
Padres como Clemente de Alejandría, Hipólito, Cipriano, Orígenes,
Tertuliano, etc., que, después de la homilía, se despedía a los
catecúmenos y penitentes. Entre las lecturas se cantaban salmos
(como nuestro actual salmo responsorial). Se daba de comulgar bajo
las dos especies. El celebrante distribuía el pan consagrado y el
diácono el cáliz. Los comulgantes recibían la hostia consagrada
en la mano. Al final, se reservaba al Señor bajo la especie de pan
en el sagrario (como se hace en todas las iglesias) y se despedía a
los fieles.
Anotaremos también como digno de tenerse en cuenta que ya en las
Constituciones apostólicas y en el Códice del monte Athos, escrito
por Serapión, ambos del siglo IV, ya aparece establecido el canon
de la misa.
La misa, centro de nuestra fe.
La Eucaristía es el centro de nuestra fe, la fuente y cima de
toda la vida cristiana (Cat 1324). Es el compendio y suma de toda
nuestra fe ( Cat 1327). La Eucaristía se celebra solemnemente el
primer día de la semana, es decir, el domingo, por ser el día de
la resurrección de Jesús, cuando los cristianos se reunían para
partir el pan (Hech 20,7). “Desde entonces hasta nuestros días,
la celebración de la misa se ha perpetuado de suerte que hoy la
encontramos por todas partes con la misma estructura fundamental,
siendo el centro de la vida de la Iglesia” (Cat 1343).
“La Eucaristía es el corazón y la cumbre de la vida de la
Iglesia, pues en ella Cristo asocia su Iglesia y todos sus miembros
a su sacrificio de alabanza y acción de gracias, ofrecido una vez
por todas en la cruz a su Padre; por medio de este sacrificio
derrama las gracias de salvación sobre su Cuerpo, que es la Iglesia”
(Cat 1407).
La misa es el acto más grande, más sublime y más santo, que se
celebra todos los días en la tierra. La misa es el acto que mayor
gloria y honor puede dar a Dios. Sto. Tomás de Aquino afirma que la
misa vale tanto como la muerte de Jesús en la cruz. La misa es la
renovación y actualización del sacrificio del Calvario.
El efecto de la misa abarca a todos los hombres de todos los
tiempos y a todo el universo. Es una misa cósmica, una misa
universal, una misa “católica” en el mejor sentido de la
palabra. Por ser la misa de Jesús, tiene el mismo valor que la misa
del Calvario y sirve para la salvación de todos los hombres. En
ella “somos colmados de gracia y bendición” (Plegaria I).
La misa es el memorial de Cristo, que nace, sufre, muere y
resucita por nosotros. El sacerdote en la misa actualiza, renueva y
realiza eficazmente la obra de la Redención, de la Pasión, Muerte
y Resurrección de Cristo. Por eso, decimos que la misa es el
memorial de la Pascua de Cristo, el memorial de su infinito amor, el
memorial de la cena del Señor, el memorial de la Redención, el
memorial de su Pasión, Muerte y Resurrección. En la misa es Jesús
quien celebra, el sacerdote es un instrumento suyo, consciente y
libre. Durante la misa el sacerdote actúa “in persona Christi”
en la persona de Cristo, personifica a Cristo (canon 899). Cristo
toma posesión de su persona y, a través de él, se ofrece a sí
mismo al Padre, como lo hizo en la cruz. El sacerdote en la misa es
verdaderamente Jesús. Y María lo presenta al Padre como a su Hijo.
En la misa, Jesús se hace presente entre nosotros como en una
nueva Navidad. Por eso, es una celebración gozosa del amor de Dios.
Es el memorial del amor de Dios, en el que están presentes también
todos los santos y ángeles del Universo, adorando a su Dios.
Todos los santos han vivido plenamente esta presencia de Cristo
en la Eucaristía. Muchos han tenido experiencias en este sentido y
lo han visto, sobre todo San Pascual Bailón, Sta. Margarita Ma. de
Alacoque, Sta. Teresa de Jesús... Todos ellos pasaban horas y horas
en oración ante el Santísimo Sacramento y Cristo ha confirmado su
presencia con infinidad de milagros. En Lourdes muchos enfermos son
sanados al momento de la bendición con el Santísimo Sacramento. En
el Monasterio del Escorial de Madrid, se conserva milagrosamente,
después de varios siglos, una hostia consagrada, teñida en sangre,
que salió al ser pisada por un incrédulo. El mismo Lutero admitió
la presencia real de Cristo en la Eucaristía y la virginidad
perpetua de María.
No es de extrañar que S. Pablo, pensando en los que ya en su
tiempo cambiaban el evangelio con interpretaciones erróneas decía:
“Me maravillo que os paséis tan pronto a otro Evangelio, no es
que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren
deformar el Evangelio de Cristo. Pero aún cuando nosotros mismos o
un ángel del cielo os anunciara un Evangelio distinto del que os
hemos anunciado ¡sea maldito!” (Gal 1,6-9). La Eucaristía es uno
de los puntos fundamentales que pertenecen al depósito de la fe, de
que habla S. Pablo en 1 Tim 6,20; 2 Tim 1, 12.14 etc.
Vayamos al sagrario a visitarlo, a adorarlo y a recibirlo
dignamente en la comunión. Milagros Eucarísticos.
A lo largo de los siglos, Jesús ha manifestado su presencia
eucarística con muchos prodigios. Uno de ellos fue el ocurrido en
Bolsena (Italia) el año 1263. Un sacerdote celebraba la misa,
dudando de la presencia real de Jesús, cuando al partir la hostia,
brotó súbitamente tal cantidad de sangre que cayó sobre el
cáliz, empapó el corporal y los manteles y algunas gotas cayeron
al piso. Sto. Tomás de Aquino y el Papa Urbano IV pudieron
certificar la veracidad de este prodigio. Este mismo Papa instituyó
la fiesta del Corpus Christi.
Otro prodigio importante ocurrió en Siena (Italia) en 1730. Unos
ladrones robaron 223 hostias consagradas de la basílica de S.
Francisco el 14 de Agosto y, desde entonces hasta ahora, se
conservan milagrosamente. Las hostias están tan frescas e intactas
como el primer día, sin presentar ningún signo de descomposición.
Esto, según los científicos que han hecho análisis de
laboratorio, va en contra de toda ley física, química y
biológica. El mismo Papa Juan Pablo II el 14-09-80 en Siena dijo:
“Aquí está la presencia real de Jesús”. Su conservación
milagrosa es una señal para nuestro tiempo.
Pero el mayor de todos los prodigios ocurrió en Lanciano
(Italia) en el siglo VIII. Durante la celebración de la misa, la
hostia se transformó en un pedazo de carne y el vino consagrado en
sangre, coagulándose después en cinco piedrecitas diferentes, cada
una de las cuales pesaba exactamente igual que varias de ellas o que
todas juntas.
En el correr de los siglos, se han realizado muchas
investigaciones serias sobre esta carne y sangre milagrosas, que
todavía se conservan en un relicario. En 1971 un grupo de expertos,
entre ellos el profesor Odoardo Linoli, catedrático de anatomía,
histología, patología y microscopía clínica, y el profesor
Ruggero Bertelli, ambos de la universidad de Siena, efectuaron
análisis en el laboratorio y llegaron a resultados sorprendentes.
Después de 12 siglos, la carne es verdaderamente carne y la sangre
es verdaderamente sangre de un ser humano vivo y tienen el mismo
grupo sanguíneo “AB”. El diagrama de esta sangre corresponde al
de una sangre humana que ha sido extraída del cuerpo vivo ese mismo
día. La carne pertenece al corazón.
¿No nos está diciendo claramente el Señor, a través de este
milagro, que El está siempre vivo entre nosotros en este
sacramento? Acerquémonos a El con reverencia y recogimiento. No lo
dejemos solo, hagámosle compañía, adorémosle, porque El es
nuestro Dios.
LA BIBLIA
Todos los cristianos aceptamos la Biblia como Palabra de Dios. S.
Pablo en 2 Tim 3,16 nos dice: “Toda escritura es inspirada por
Dios y útil para enseñar y reprender, para corregir y educar en
una vida de rectitud”. En Hebreos 4,12 se afirma que “La Palabra
de Dios es viva y eficaz y más cortante que espada de doble filo”.
Igualmente S. Pedro en 2 Pe 1,20 nos dice que “hombres movidos por
el Espíritu Santo han hablado de parte de Dios”.
Por tanto, debemos leer la Biblia, porque es la Palabra de Dios,
como recomiendan los Papas y el concilio Vaticano II. Es como una
carta amorosa de nuestro Padre Dios y debemos meditarla, debemos
aprender incluso de memoria muchos pasajes; y, sobre todo, debemos
vivir conforme a la Palabra de Dios. “Bienaventurados los que
escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”, nos dice
Jesús (Lc 11,28).
El libre examen.
A pesar de que la Palabra de Dios es viva y eficaz, el mismo
Cristo reconoce que hay algunos que no la comprenden y les dice: “Estáis
en un error por no entender las Escrituras ni el poder de Dios”
(Mt 22,29). El mismo S. Pedro, hablando de las cartas de S. Pablo,
nos dice que “hay en ellas cosas difíciles de entender que los
ignorantes y los débiles interpretan torcidamente como también las
demás Escrituras, para su propia perdición” (2 Pe 3,16). Jesús
tiene que explicarles personalmente a los apóstoles muchas cosas.
(Lc 24,45).
Entonces, ¿se puede aceptar la doctrina(protestante) del libre
examen, es decir, la libre interpretación de la S. Escritura? De
ninguna manera. Según esta doctrina, cada uno tiene derecho a
interpretar personalmente la S. Escritura, aun en puntos dudosos y
difíciles, sólo basta con pedir a Dios sabiduría para entender.
Ahora bien, existen unas 28.000 iglesias evangélicas distintas, que
se fundan en la Biblia y afirman que la Biblia dice, que la Palabra
de Dios dice etc., y se creen los auténticos intérpretes de la S.
Escritura. Esto lleva a preguntarse: ¿Qué es realmente lo que dice
la Biblia? ¿Acaso es un libro de confusión, en el que todos pueden
apoyarse para decir cosas distintas y aún opuestas?.
Porque, si se admite la doctrina del libre examen, entonces cada
persona individualmente es la máxima autoridad en su iglesia.
Podría haber tantas iglesias distintas como personas y todos
serían buenos evangélicos. Bastaría con estar con la conciencia
tranquila de haber pedido a Dios sabiduría para entender su Palabra
y cada uno podría salvarse a su manera, según su criterio.
Si son consecuentes con esta doctrina, deberían exigir la
supresión absoluta de todo libro que hable de la Biblia y lo mismo
de toda charla o predicación sobre ella, puesto que, al hacerlo,
están condicionando e imponiendo de alguna manera a los demás su
propia interpretación y nadie tiene derecho a hacerlo, abusando de
la ignorancia de los demás, dado que Dios personalmente puede
hacerlo sin necesidad de terceras personas. No es de extrañar,
según estos criterios de nuestros hermanos separados, que ellos
critiquen a los católicos por tener explicaciones de la Biblia al
pie de página para comprender mejor el texto sagrado ¿Por que no
criticar sus libros o sus prédicas?
La Biblia es el Libro de la Iglesia. Podemos afirmar que la
religión protestante es una religión personal, se basa en que la
Biblia es la única fuente de fe y que cada uno puede interpretarla
personalmente. Ahora bien, S. Pedro en 2 Pe 1,20 dice que “ninguna
profecía de la Escritura es de interpretación personal”.
Interpretación de la Escritura.
¿Cómo interpretar la Escritura? ¿Sólo en sentido literal?.
Los estudiosos de la Biblia aceptan que en la Escritura hay
diferentes géneros literarios: histórico, poético, simbólico,
apocalíptico, epistolar, figurado, típico etc. Los libros de la
Escritura tienen características diferentes según las diferentes
épocas y según la personalidad del autor inspirado. Por eso, hay
que tener en cuenta el pensamiento con el que se escribió, aunque a
veces Dios habla en sentido figurado, que supera el conocimiento del
autor inspirado.
El mismo Cristo habla en sentido figurado: en Jn 2,19 habla del
templo como su propio cuerpo; en Mt 16,6-12 habla de la levadura de
los fariseos por la doctrina de ellos; lo mismo en las parábolas.
Algunos hechos o personas del A.T. tienen un significado típico por
prefigurar realidades espirituales del N.T.: Sara y Agar representan
las dos alianzas según S. Pablo en Gal 4,24; Adán es figura de
Cristo (Rom 5,14); la serpiente de bronce es figura de Cristo en la
Cruz (Jn 3,14); Jonás en el vientre de la ballena es figura de
Cristo en el seno de la tierra por 3 días (Mt 12,40). Luego ¿todo
hay que entenderlo en sentido literal? ¿Cuándo en sentido figurado
o típico ?
Pensemos también que hoy día no disponemos de los textos
originales escritos por los autores inspirados, pues han
desaparecido. Sólo disponemos de copias o traducciones. ¿Cómo
sabemos, entonces, que la traducción que tenemos es fiel a la
Palabra de Dios original? ¿Se puede aceptar cualquier traducción?
Veamos algunos ejemplos: Lutero tradujo la Biblia al alemán y
Zwinglio, después de revisarla, declaró que alteraba la Palabra de
Dios; Calvino preparó otra traducción y Dumoulin dijo que Calvino
alteraba el orden y añadía pasajes. Zwinglio hizo su propia
traducción y los luteranos la criticaron como él criticó a
Lutero. Ecolampadio y los doctores de Basilea hicieron una
traducción y Beza declaró que en muchos puntos era impía.
Entonces, ¿en qué quedamos?, ¿es que nunca vamos a estar seguros
de si lo que leemos es la Palabra de Dios o una mala traducción que
la altera?
Es de sentido común, en cualquier país, que todo código de
leyes requiera de un tribunal que interprete; no se puede dejar la
interpretación al arbitrio de cada uno. ¿Y es mucho decir que
Cristo dejó en la Iglesia una autoridad para garantizar e
interpretar auténticamente la Escritura?
Se necesita una autoridad en la Iglesia, que autorice una
traducción e interprete legítimamente la Palabra de Dios. Como
traducción oficial latina, la Iglesia autorizó la traducción
Vulgata de S. Jerónimo en el concilio de Trento. Otras muchas
traducciones de lenguas modernas están autorizadas por los obispos
y tienen notas explicativas para mejor entender el texto. El Papa,
representante de Cristo, es la última instancia para la
interpretación de la Escritura.
Por otra parte, la Iglesia Católica nunca prohibió la lectura
de la Biblia en términos generales y absolutos. Siempre la ha
aceptado como Palabra de Dios. Lo que prohibió fue algunas
traducciones erradas y en algunos países. En España, en el Reino
de Valencia, en 1233 el Rey Jaime I prohibió tener Biblias en
lengua vulgar por haberse introducido Biblias albigenses con
torcidas interpretaciones. El concilio de Trento, para evitar las
interpretaciones de los reformados protestantes, ordenó que
solamente se usaran traducciones aprobadas y con notas explicativas.
Por tanto, sólo se prohibieron las traducciones no aprobadas por la
Iglesia. Entre los códices más antiguos y completos que tenemos de
la Biblia está el códice Vaticano del siglo IV, conservado en el
museo Vaticano; y el códice sinaítico del IV y el alejandrino del
V, ambos en el museo británico de Londres. Actualmente, existen
unos 6,000 códices copiados entre el siglo VI-XV en su gran
mayoría por monjes católicos. Entre las traducciones de la Biblia
más famosas están la versión griega de los LXX del A.T.,
realizada entre III-II a. C. y la Vulgata latina de S. Jerónimo.
Antes de que Lutero editara la Biblia en alemán en 1534 ya había
más de 100 ediciones católicas en lenguas modernas, 14 en alemán,
20 en Italiano, 10 en holandés, 26 en francés y, por lo menos, 2
en español. La primera Biblia que se imprimió en el mundo era una
edición católica, la de Gutemberg en 1466.
Los libros de la Biblia.
Además, podríamos preguntarnos: ¿Cuáles y cuántos son los
libros de la Biblia?. Los hermanos separados niegan la inspiración
divina a 7 libros: Tobías, Judit, Baruc, Eclesiástico, Sabiduría,
1 y 2 Macabeos. Estos libros se llaman deuterocanónicos, porque
hubo dudas sobre su autenticidad en un principio. Pero fueron
incluidos en la traducción griega de los LXX. Los mismos apóstoles
usaron esta traducción de modo que, de las 350 citas del Antiguo
Testamento que hay en el N.T., más de 300 son de la traducción de
los LXX. Por tanto, la aceptaban; ¿Por qué no aceptarla con todos
sus libros, incluidos los deuterocanónicos?. También en la Iglesia
primitiva hubo dudas sobre la autenticidad de los llamados
deuterocanónicos del N.T., que todos ahora aceptamos: Hebreos,
Santiago, Judas, 2 Pe, 2 y 3 Jn y Apocalipsis. El canon (catálogo)
de libros inspirados recién fue determinado definitivamente en el
siglo IV en los concilios de Hipona y Cartago. Ratificados más
tarde en Florencia en 1441 y Trento en 1546 con la autoridad del
Papa. La razón por la que se determinó tan tarde el canon del N.T.
fue por no conocerse en todas partes los escritos de los apóstoles,
dadas las dificultades de las comunicaciones en aquellos tiempos.
Además, había otros libros buenos como el “Pastor” de Hermas,
que algunas iglesias particulares aceptaban como inspirados. Poco a
poco se fueron conociendo todos y aclarando las dudas.
Pero, para esto, era necesaria la autoridad de la Iglesia. Porque
¿cómo saben nuestros hermanos evangélicos cuántos y cuáles son
los libros de la Biblia? La Biblia no lo dice. Necesitamos de una
autoridad exterior a la misma Biblia y ésta es la Iglesia, columna
y sostén de la verdad según 1 Tim 3,15. No podemos aceptar la
autoridad de Lutero, que negó la inspiración de los 7 libros de
A.T., porque también negó la inspiración de Hebreos, Santiago,
Judas y Apocalipsis. Incluso muchos hermanos separados, hasta el
siglo XVII negaron la inspiración de 2 Pe, 2 y 3 Jn. Entonces,
¿con qué derecho Lutero negó la inspiración de los 7 libros
deuterocanónicos del A.T. después de 12 siglos de ser aceptados
sin discusión en la Iglesia? ¿Por qué seguir en esto la autoridad
de los doctores judíos, que en el concilio de Jammia en el siglo I
d.C. los consideraron apócrifos o falsos?
Estos doctores judíos los eliminaron, siguiendo estos criterios:
1. Para ser libros inspirados debían haber sido escritos antes
de Esdras, que en el siglo VI a. C. determinó el número de libros
inspirados. Como Sabiduría, Eclesiástico y 2 de Macabeos fueron
escritos después, fueron rechazados.
2. Debían haber sido escritos en Palestina. Como Baruc y Tobías
fueron escritos fuera de Palestina, fueron rechazados.
3. Debían haber sido escritos originalmente en hebreo. Como
Judit y Tobías fueron escritos en arameo; y Sabiduría y 2 Macabeos
en griego, también fueron rechazados.
Ahora bien, ¿no puede inspirar Dios después de Esdras? ¿Y todo
el N.T.? ¿No puede Dios inspirar en otro idioma que el hebreo?.
Todo el N.T. fue escrito en griego, menos el evangelio de Mateo.
¿No puede Dios inspirar fuera de Palestina? ¿Y todas las cartas de
S. Pablo? Entonces, ¿qué autoridad tenían los doctores judíos
reunidos en Jammia para decir que esos 7 libros no eran inspirados?
¿Quién puede decir cuáles y cuántos son los libros de la Biblia?
Respondemos que solamente Pedro, el Papa, porque es el único que ha
recibido de Cristo las llaves del reino de los cielos para atar y
desatar, para aprobar o prohibir. El tiene la obligación de
confirmar a sus hermanos en la fe (Lc 22,32).
La Tradición.
Nuestros hermanos separados afirman que la Biblia contiene todas
las verdades reveladas por Dios y necesarias para la salvación. A
esto les decimos que Jesús enseñó de viva voz y mandó a sus
apóstoles a predicar no a escribir. Si los apóstoles escribieron
algo, fue para confirmar o aclarar algunos puntos de sus
predicaciones y no para confirmar o determinar todas las verdades
reveladas. Los evangélicos dicen que muchas doctrinas católicas no
están en la Biblia, dando por supuesto que todas las verdades
reveladas están en la Biblia, ¿En que parte de la Biblia se dice
que todas las verdades reveladas por Dios están en la Biblia?
¿Dónde y cuándo dijo Jesús que todas sus enseñanzas habían de
escribirse en la Biblia? Los apóstoles o evangelistas nunca
tuvieron la intención de consignar por escrito todas las verdades
reveladas por Dios. Por eso, insisten mucho en guardar las
tradiciones recibidas de viva voz.
La tradición es el conjunto de verdades que los apóstoles
recibieron por la predicación de Cristo o por la inspiración del
Espíritu Santo y que fueron transmitidas de viva voz por la
comunidad eclesial (Iglesia) a través de los siglos, sin estar
escritas en la Biblia.
Hay verdades que no están en la Biblia: Jn 21,25; Jn 20,30; 2 Jn
12. Leamos 2 Tes 2,15: “Manteneos firmes y conservad las
tradiciones, que habéis aprendido de nosotros de viva voz o por
carta” (Aquí se ve que tienen la misma autoridad las tradiciones
escritas como las orales); 2 Tim 1, 13: “Ten por norma las
palabras sanas que oíste de mí en la fe y en la caridad de Cristo
Jesús” (Cf 2 Tim 2,2). 2 Jn 12: “Aunque tengo mucho que
escribiros, prefiero no hacerlo con papel y tinta, sino que espero
ir a veros y hablaros de viva voz” ( Jn 21,25).
1 Co 11,2: “Os alabo, porque os acordáis de mí y conserváis
las tradiciones tal como os las he trasmitido” ( Rom 15, 1 3; 1
Tes 2,13; 2 Tes 2,5; 1 Tes 2,13; 3,4; 4,2; 5,27; 2 Tes 3,6; 1 Co
15,3)
Según vemos por estos textos, hay una tradición oral de las
enseñanzas de Cristo, trasmitidas por los apóstoles, que es
anterior a los escritos del Nuevo testamento. Por tanto, la Biblia
está fundada en la tradición como reconoce el escriturista
protestante Credner. Si la Iglesia estaba bautizando por mandato de
Cristo antes que fuera recopilada y aceptada totalmente la Biblia en
el siglo IV, mal puede la doctrina de la Iglesia basarse en la
Biblia exclusivamente. La Biblia y la tradición son dos fuentes de
la revelación que se complementan. La Iglesia no debe su existencia
y autoridad a la Biblia, sino a la autoridad de Cristo. De ahí que
antes de que existieran las biblias completas en el siglo IV,
existía la Iglesia y crecía a lo largo del mundo bajo la autoridad
el Papa.
“La Tradición y la S. Escritura está íntimamente unidas y
compenetradas, porque surgiendo ambas de la misma fuente, se funden
en cierto modo y tienden a un mismo fin” (Cat 80).”La S.
Escritura es la Palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración
del Espíritu Santo. La Tradición recibe la Palabra de Dios,
encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a los apóstoles y la
transmite íntegra a los sucesores; para que ellos, iluminados por
el Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y la difundan
fielmente en su predicación” (Cat 81).
“Hay que distinguir aquí esta Tradición de las “tradiciones”
teológicas disciplinares, litúrgicas o devocionales nacidas en el
transcurso del tiempo en las iglesias locales. Estas constituyen
formas particulares en las que la gran Tradición, recibe
expresiones adaptadas a los diversos lugares y a las diversas
épocas. Sólo a la luz de la gran Tradición, aquellas pueden ser
mantenidas, modificadas o también abandonadas bajo la guía del
Magisterio de la Iglesia” (Cat 83).
El Magisterio.
“El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios
oral o escrita ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la
Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo (DV 10), es
decir a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo
de Roma” (Cat 85). “El Magisterio no está por encima de la
Palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar lo transmitido,
pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo
escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente;
y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como
revelado por Dios para ser creído” (Cat 86; DV 10).
“El Magisterio de la Iglesia ejerce plenamente la autoridad que
tiene de Cristo, cuando define dogmas, es decir cuando propone, de
una forma que obliga al pueblo cristiano a una adhesión irrevocable
de fe, verdades contenidas en la Revelación divina o verdades que
tienen con ellas un vínculo necesario” (Cat 88).”Los dogmas son
luces en el camino de nuestra fe, lo iluminan y lo hacen seguro”(Cat
89).”La Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia,
según el plan prudente de Dios, están unidos y ligados, de modo
que ninguno puede subsistir sin los otros; los tres, cada uno según
su carácter, y bajo la acción del único Espíritu Santo,
contribuyen eficazmente a la salvación de las almas” (Cat 95; DV
10).
¡Que seguridad nos da el saber que el Papa es el auténtico
representante de Cristo en la tierra, que es el único intérprete
auténtico de la Escritura y que, en las cosas dudosas o difíciles
de entender, él nos va a llevar por el camino de la verdad, que es
el camino de Cristo!El ha recibido de Cristo las llaves del reino de
los cielos para atar o desatar, aprobar o prohibir con la misma
autoridad de Cristo y que no puede equivocarse, cuando en cosas de
fe y costumbres nos propone una verdad como definitiva con toda su
autoridad, para ser creída por toda la Iglesia. Siguiéndolo no
equivocaremos el camino.
Palabra de vida.
La Biblia es Palabra de vida, luz en nuestro camino, pero muchos
de nuestros hermanos separados afirman que la lectura de la Biblia
es necesaria para la salvación. En este caso, todos los analfabetos
y la mayoría de los cristianos hasta el siglo XV se habrían
condenado, ya que hasta el siglo XV, con la aparición de la
imprenta, los manuscritos eran muy raros y costosos y difíciles de
conseguir. Procuremos leerla, meditarla, memorizarla y, sobre todo,
vivirla en plenitud la Palabra de Dios para ser felices, como dice
Jesús. Leamos la Biblia con sinceridad y sencillez de corazón,
tratando de escuchar la Palabra de Dios para nuestra vida personal.
Porque Dios tiene mucho que decirnos a cada uno a través de su
Palabra y sus promesas son promesas eternas y su Palabra es siempre
viva y actual, porque permanece para siempre.
Leamos la Palabra de Dios en particular y en familia. Recemos con
la Biblia, prediquemos a los demás la Palabra de Dios. Dios nos va
a bendecir abundantemente. La Biblia es una carta personal de amor
de Dios nuestro Padre. “Útil para enseñar y reprender, para
corregir y educar en una vida de rectitud” (2 Tim 3,16). Dios te
pedirá cuenta del uso que has hecho de su Palabra y si has tenido
interés de aprenderla y predicarla. “No se aparte de tus labios,
medítala día y noche” (Jos 1,8). Pero tengamos en cuenta que hay
dos modos de entender la Escritura; uno a nivel personal, buscando
lo que Dios me dice aquí, ahora y a mí. Para ello, hay que leerla
con humildad y sencillez de corazón, sin buscar profundizaciones
teológicas ni estudios científicos sobre el autor, la época o el
ambiente histórico en que se escribió. Dios habla aquí, ahora y
para mí, personalmente.
Otro modo de entenderla es buscando las verdades que Dios nos
revela y nos enseña para todos los hombres. En este sentido, la
verdad es una sola, no puede haber diferentes interpretaciones como
ocurre a nivel personal. Por consiguiente, debemos guiarnos siempre
por la autoridad de la Iglesia, que, a través del Papa, nos dice lo
que debemos creer y cómo se interpreta auténticamente la Escritura
en puntos, sobre todo, dudosos o difíciles. No tengamos nunca la
osadía de querer imponer a otros nuestra propia interpretación
personal, dejémonos guiar por la Luz de la Iglesia Católica,
columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3,15).
Ahora, un consejo de S. Pablo: “procura presentarte ante Dios
como hombre probado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse,
como fiel distribuidor de la Palabra de verdad” (2 Tim 2,15).
LA VIRGEN MARIA
Fue tan grande el amor de Dios a María que, desde toda la
eternidad, la eligió para ser la Madre de su Hijo. Y siglos antes
de su nacimiento ya nos habla de Ella en la Sagrada Escritura.
En el Gén 3,15 le dice Dios a la serpiente: “Pondré enemistad
entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Ella te aplastará
la cabeza”. Según la traducción de los LXX se dice: “El”
(autos) te aplastará la cabeza, entendiendo en forma individual el
linaje de la mujer, como refiriéndose al Salvador y, por tanto,
entendiendo que la mujer es María, la madre del Salvador. S.
Jerónimo en la Vulgata traduce “ipsa conteret caput tuum” (Ella
te aplastará la cabeza), entendiendo que se refiere directamente a
María. Esta interpretación fue propuesta ya en el siglo II por
algunos santos como S. Ireneo, S. Epifanio, S. Cipriano, Isidoro de
Pelusio y también, más tarde, por S. León Magno. La misma Virgen
María la confirmó, cuando en 1830 se apareció en París a Sta.
Catalina Labouré sobre el globo de la Tierra y aplastando la cabeza
de una serpiente.
Inmaculada.
Basándose en el texto del Gén 3,15 y en Lc 1,28, que S.
Jerónimo traduce “gratia plena” (llena de gracia), algunos
pocos autores antiguos enseñaron la doctrina de la Inmaculada
Concepción. S. Efrén, en el siglo IV, afirma: “Tu y tu madre
sois los únicos que en todo aspecto sois perfectamente hermosos,
pues en Ti, Señor, no hay mancilla, ni mácula en tu Madre”
(Carmina Nisib 27). S. Agustín habla de que todos los hombres deben
sentirse pecadores, “exceptuada la Sta. Virgen María a la cual,
por el honor del Señor, pongo en lugar aparte, cuando hablo del
pecado”.Poco a poco, esta doctrina de la Inmaculada Concepción de
María fue abriéndose paso en la Iglesia, a pesar de las
controversias que hubo al respecto. El 8 de Diciembre de 1854 el
Papa Pío IX la declaró dogma de fe. Y cuatro años más tarde, la
misma Virgen María se aparecía a Bernardita en Lourdes (Sur de
Francia) y decía: “Yo soy la Inmaculada Concepción”
confirmando así la autoridad del Papa y corroborando una doctrina
que está veladamente en la Escritura, pero que fue aclarándose a
los largo de los siglos.
“La Iglesia ha tomado conciencia de que María “llena de
gracia” por Dios (Lc 1,28) “había sido redimida desde su
concepción” (Cat 491). “Esta resplandeciente santidad del todo
singular de la que Ella fue enriquecida desde el primer instante de
su concepción, le viene toda entera de Cristo: Ella es redimida de
la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo”
(Cat 492).
“Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios
“la Toda Santa” (Panagia), la celebran como inmune de toda
mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una
nueva criatura. Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de
todo pecado personal a lo largo de toda su vida” (Cat 493). En el
siglo IV S. Efrén, el gran poeta de la Virgen, en sus poemas de
Nísibe, nos habla de Ella como inmaculada “mucho más pura que
los rayos del sol”.
Ella es la bendita entre todas las mujeres (Lc 1,42). En este
sentido, podemos considerar a Judit como figura de María, pues en
Judit 13,18 se dice de ella: “Bendita seas, hija del Dios
Altísimo, más que todas las mujeres de la tierra y bendito sea
Dios, Creador del cielo y de la tierra, que te ha guiado a cortar la
cabeza del jefe de nuestros enemigos”. Y ¿quién es el jefe de
nuestros enemigos, sino la serpiente antigua, el llamado diablo y
Satanás, el seductor del mundo entero, según Ap 12,9.
En este capítulo 12 del Apocalipsis vemos cómo Satanás
persigue a la mujer que ha dado a luz un hijo varón, que ha de
regir a todas las naciones con cetro de hierro. Este hijo, según Ap
19,13-15, se llama Palabra de Dios, Rey de Reyes y Señor de los
Señores, luego es Cristo, sin duda alguna, y su Madre es María.
El diablo persigue a María y a Ella se le dan dos alas del
águila grande. Es decir, vemos a María convertida en una gran
águila, que es precisamente el enemigo mortal de las serpientes y
que las mata aplastando su cabeza. El diablo, al no poder vencerla,
según versillo 17, “despechado contra la mujer, se va a hacer la
guerra al resto de sus hijos, a los que siguen los mandamientos de
Dios y guardan el testimonio de Jesús”. Nunca el diablo ha podido
vencerla, con el más mínimo pecado.
En ella “no hay nada manchado” (Sab 7,25). Por eso, Dios le
dice: “Toda hermosa eres amada mía, y no hay mancha en tí”
(Cant 4,7). Ella “es el resplandor de la luz eterna, el espejo sin
mancha de la actividad de Dios, imagen de su bondad. Es más hermosa
que el sol, supera todo el conjunto de estrellas y comparada con la
luz, queda vencedora” (Sab 7,26-29).
Virgen y Madre.
Jesús, según Hebreos 2,11, no se avergüenza de llamarnos
hermanos y está llamado a ser el primogénito entre muchos hermanos
(Rom 8,29). Por tanto, si El es nuestro hermano, su Madre también
es nuestra Madre. Por eso, nos la entregó al pie de la cruz, cuando
le dijo a Juan: “Ahí tienes a tu Madre” y a Ella: “Ahí
tienes a tu hijo” (Jn 19,2627). S. Ignacio de Antioquía, que es
del siglo I, en sus escritos, nos habla claramente de María, como
Madre de todos los hombres.
Ella también es la reina del cielo por ser la Madre del Rey de
Reyes (Ap 19,16). Ella está en el cielo vestida de Sol, con la luna
bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza (Ap
12,1). Ella es la siempre Virgen, que le responde al ángel: “¿Cómo
será eso, pues no conozco varón?” (Lc 1,34), indicando así,
como afirman muchos SS.PP., que tenía hecho voto de virginidad
perpetua. En Is 7,14 se profetiza que una virgen dará a luz al
Mesías, como atestigua Mt 1,23. Ella es el huerto cerrado, la
fuente sellada del Cant 4,12. Y el mismo Dios le dice admirado de su
hermosura: “Toda hermosa eres, amada mía, y no hay mancha en ti”
(Cant 4,7). Incluso muchos autores ven en la puerta cerrada de Ez
44,2 una figura de María que pertenece sólo a Dios. Dice el texto:
“Dios me dijo: esta puerta permanecerá cerrada, no se abrirá y
nadie pasará por ella, porque por ella ha entrado Dios”.
Nuestros hermanos separados se aferran a las palabras “hermanos
de Jesús”, que aparecen en algunos pasajes como en Mt 13,55 para
negar su virginidad. Pero, leyendo la Biblia entera, nos damos
cuenta de que la palabra hermano no significa siempre hijo de los
mismos padres, sino también otro grado de parentesco como primo,
tío o sobrino. Además en hebreo y arameo a los parientes próximos
se les llama hermanos. Por ejemplo, en Gén 11,27 se nos dice que
Lot era hijo de un hermano de Abraham, es decir su sobrino; pero en
Gén 13,8 Lot y Abraham se llaman hermanos. En Gén 14,14-16 se dice
también: “Abraham recuperó a Lot su hermano”. Véase
igualmente en 1 Cro 23,21, donde se llama hermanos a los primos.
Ahora bien, entre los llamados hermanos de Jesús, hay uno que se
menciona más y es Santiago. En Gal 1, 19 aparece el apóstol
Santiago como hermano del Señor, pero en Mt 10,24 se ve claramente
que los dos apóstoles de nombre Santiago, uno es hijo de Alfeo y
otro de Zebedeo. En Mc 15,47 y Mt 27,56 aparecen Santiago y José
hijos de María la de Alfeo, (distinta de María Salomé, madre de
los hijos de Zebedeo). Por otra parte, la misma Biblia en Jn 19,25
nos dice que la Virgen María tenía una hermana casada con
Cleofás. ¿No podrían ser sus hijos los pretendidos hermanos de
Jesús?.
Algunos aducen que en Lc 2,7 se llama a Jesús “primogénito”,
como si fuera el primero de otros más. Pero este término “primogénito”
es, ante todo, un término jurídico, relacionado con lo que dice la
Ley (Lc 2,23). En Ex 13,2 se dice: “Conságrame todo
primogénito...Todos los primogénitos de Israel son míos”. Y
esto, aunque no hubiera más hijos después. (En 1 Cro 23,17 está
escrito: “Hijos de Eliezer: Rejabías el primogénito. Eliezer no
tuvo más hijos”.Tuvo un solo hijo y se le llama primogénito.
Por otra parte, si Jesús hubiera tenido otros hermanos, ¿no era
lo normal que les hubiera encomendado a su madre al morir? De hecho,
nunca se encontrará en la Biblia la expresión “hijos de María”,
que sería prueba irrefutable. Hasta el mismo Lutero defendió la
virginidad perpetua de María ¿Por qué no seguirlo en esto
también, si lo consideran profeta de Dios?. La misma Virgen María
en muchas de sus apariciones se llama a sí misma Virgen María (por
ejemplo en Guadalupe, Méjico).
Madre de Dios.
María es Madre de Dios y Madre nuestra. Algunos hermanos
separados se escandalizan de que la llamamos Madre de Dios, pero
muchos siglos antes de que ellos existieran, en el concilio de
Efeso, el año 431 S. Cirilo de Alejandría decía: “Me asombro de
ver que haya alguien que pueda poner en duda si la Santísima Virgen
debe ser llamada Madre de Dios, porque si N.S. Jesucristo es Dios,
la Santa Virgen, su madre, es forzosa e innegablemente Madre de
Dios. Esta es la fe que nos han enseñado los apóstoles, esta es la
doctrina de nuestros padres. No que la naturaleza del Verbo o la
divinidad haya tomado principio de María, sino que en ella ha sido
formado y animado de un alma racional el sagrado cuerpo, al cual el
Verbo se ha unido hipostáticamente, lo que hace decir que el Verbo
nació según la carne. Así en el orden de la naturaleza, aunque
las madres no tengan parte alguna en la creación del alma, no deja
de decirse que son madres del hombre en su totalidad y no que
solamente lo sean de su cuerpo”. En este concilio de Efeso se
declaró solemnemente que María era “theotokos”, es decir Madre
de Dios.
Incluso en Lc 1,43 Isabel llena del Espíritu Santo, dice: “¿De
dónde a mí que la Madre de Mi Señor venga a visitarme?” Dice:
la Madre de mi Señor, como si dijera la Madre de mi Dios.
Es Asunta al cielo.
La Iglesia afirma también su gloriosa Asunción a los cielos.
“La Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado
original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a
la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del
universo. La Asunción de la Santísima Virgen constituye una
participación singular en la Resurrección de su Hijo y una
anticipación de la resurrección de los demás cristianos” (Cat
966).
En Mt 27,52-53 se nos habla de que muchos difuntos resucitaron y
se aparecieron a muchos al morir Jesús, consiguiendo así la
salvación completa, ¿qué de extraño tendría que esa gracia
especial se la concediera Dios también a María?
En el Salmo 45,14-18, aparece una princesa entrando solemnemente
en el palacio real con séquito de vírgenes, figura de María
entrando en la gloria. En el Cant 8,5 se dice: “¿Quién es ésta
que sube del desierto apoyada en su amado?” “¿Quién es ésta
que va subiendo cual aurora naciente, bella como la luna brillante
como el sol, terrible como un ejército formado en batalla?” (Cant
6, 10). En el Salmo 132, 6-8 se nos dice: “Levántate hacia tu
reposo, Señor, tú y el arca de tu fuerza”. Aquí aparece María,
representada en el arca de la alianza, tal como el mismo Dios lo
afirma claramente y sin dudas en el Ap 11,19. Veamos el texto: “Se
abrió en el cielo el santuario de Dios: dentro del santuario uno
podía ver el arca de la alianza de Dios. Y se produjeron
relámpagos, truenos ensordecedores, terremotos y fuertes
granizadas. Y apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer
vestida de sol, con la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona
de doce estrellas”. María aparece aquí como una reina, ya
glorificada en el cielo.
Medianera.
Jesús hizo su primer milagro por intercesión de María (Jn 2).
¡Cuánto más no podrá hacer ahora desde el cielo! Y ella,
inspirada por Dios, dice: “Todas las generaciones me llamarán
bienaventurada” (Lc 1,48). Amándola a Ella, no le quitamos
nuestro amor a Jesús; en ese caso, Dios nos habría prohibido amar
también a nuestros seres queridos. Por eso, no tengamos miedo, Ella
nos va a llevar a Jesús. Ella nos dice: “Haced lo que El os diga”
(Jn 2,5). Cuanto más amemos a María, más amaremos a Jesús y con
Jesús tendremos el poder del Espíritu Santo para alabar y
glorificar a Nuestro Padre celestial. El mismo Lutero llegó a
afirmar: “Quiero salir al paso de los que me calumnian, diciendo
que yo he predicado que María era una cualquiera o que he manchado
y calumniado su limpieza. Puedo jurar que en toda mi vida no se me
ha ocurrido tal insensatez sobre la digna Madre de Dios. Ninguna de
las cosas que me han dicho me ha dolido tanto como esta insensatez..
A María nunca se la alabará bastante. Es Madre de Cristo y Madre
nuestra” (extraído de los escritos de Lutero).
Ella, según muchos santos, es la medianera de todas las gracias;
pues, dicen, que todas las gracias las recibimos de Dios por medio
de María. Ella es la administradora de los bienes de Dios. Es la
omnipotencia suplicante, que todo lo puede con su intercesión. Y
“siendo sola lo puede todo” (Sab 7,27).
¡Qué alegría saber que tenemos en el cielo una Madre tan
poderosa, que vela por nosotros! ¡Cuántas veces ha demostrado este
amor que nos tiene en tantas apariciones como en Guadalupe, Fátima,
Lourdes, etc.,donde nos viene a alentar y a llamarnos la atención
para enmendar nuestra vida! Dios sigue haciendo milagros, muchos
milagros, por su intercesión. Ella es Nuestra Madre, ofrezcámosle
todos los días el rezo del santo rosario, que, en cierto modo, es
una oración bíblica y divina. En el rosario, rezamos el
padrenuestro, que el mismo Jesús nos enseñó y está en el
Evangelio. También rezamos el Avemaría, que en su primera parte es
inspirada por Dios, (Lc l), y meditamos en la vida de Jesús y de
María según los misterios, que están en los Evangelios.
Ave María.
Se nos dice en Lc 1,26 que el ángel Gabriel fue enviado por
Dios. Dios, por boca del ángel, dice: “Dios te salve llena de
gracia, el Señor está contigo” y el Espíritu Santo, por boca de
Isabel le dice: “Bendita tú eres entre todas las mujeres y
bendito es el fruto de tu vientre” (Lc 1,42). Entonces, si Dios
mismo la alaba con las palabras del Avemaría, ¿no podremos hacerlo
nosotros también? Alabar a María es alabar con Ella a Dios. “Mi
alma alaba al Señor” (Lc 1,46). Alabémosla siempre, nunca nos
cansemos de alabarla como el mismo Dios, recitando el Avemaría.
Según recientes excavaciones hechas, en las ruinas de la iglesia
sinagoga de Nazaret, construida sobre la casa de José y María, en
el siglo II o principios del III, se ha descubierto una inscripción
que dice AVE MARIA, lo que nos indica cuán temprana fue la
devoción y amor a María, Madre de Jesús y Madre nuestra, en su
propia tierra. Por eso, repitamos constantemente el nombre de
Jesús, el nombre sobre todo Nombre, y también el Nombre de María
(Miryam, amada de Yahvé) que son poderosos como defensa y
protección contra el Maligno.
Los mismos musulmanes alaban a María. Hay una frase del Corán
que dice:”Oh María, Dios te ha escogido antes que a todas las
mujeres de todos los mundos”. Incluso la tradición musulmana
tiene un texto que parece indicar la concepción inmaculada al
decir:”Todo hijo de Adán, apenas nacido, es tocado por Satanás,
con excepción del Hijo de María y de su Madre”.
Y desde el siglo III, todas las generaciones de católicos la
alaban con esta oración: “Bajo tu amparo nos acogemos, santa
Madre de Dios, no deseches las oraciones que te dirigimos en
nuestras necesidades, antes bien, líbranos siempre de todo peligro,
Oh Virgen gloriosa y bendita”.
LA VIRGEN DE GUADALUPE
El gran escritor indígena Antonio Valeriano en su obra “Nicán
Nopohua”, escribió a los doce años de las apariciones en
náhualt, la lengua de los aztecas, el relato de las maravillosas
apariciones de la Virgen al indio Juan Diego. He aquí un extracto
de su relato:
“Un sábado de 1531 a pocos días del mes de Diciembre, un
indio de nombre Juan Diego iba muy de madrugada del pueblo en que
residía a Tlatelolco, a tomar parte en el culto divino. Al llegar
junto al cerrillo llamado Tépeyac, amanecía y escuchó que le
llamaban de arriba del cerrillo: Juanito, Juan Dieguito.
El subió a la cumbre y vio a una Señora de sobrehumana
grandeza, cuyo vestido era radiante como el sol, la cual con palabra
muy cortés le dijo: Juanito, el más pequeño de mis hijos, sabe y
ten entendido que yo soy la SIEMPRE VIRGEN MARIA, MADRE DEL
VERDADERO DIOS POR QUIEN SE VIVE.
Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él
mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a
todos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que
me invoquen y en mí confíen. Ve al Obispo de México a
manifestarle lo que mucho deseo. Anda y pon en ello todo tu
esfuerzo.
Cuando llegó Juan Diego a la presencia del Obispo Don fray Juan
de Zumárraga, religioso de San Francisco, este pareció no darle
crédito y le respondió: Otra vez vendrás y te oiré más
despacio.
Juan Diego volvió a la cumbre del cerrillo, donde la Señora del
cielo le estaba esperando y le dijo:”Señora, expuse tu mensaje al
Obispo, pero pareció que no lo tuvo por cierto. Por lo cual, te
ruego que encargues a uno de los principales que lleve tu mensaje
para que le crean, porque yo soy un hombrecillo”. Ella le
respondió: “Mucho te ruego, hijo mío, a que otra vez vayas
mañana a ver al obispo y le digas que yo en persona, la SIEMPRE
VIRGEN SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS soy quien te envío”. Pero al
día siguiente, domingo, el obispo tampoco le dio crédito.
El lunes Juan Diego ya no volvió. Su tío Juan Bernardino se
puso muy grave y le rogó que fuera a Tlatelolco a llamar a un
sacerdote para que fuera a confesarle. Salió Juan Diego el martes,
pero dio vuelta al cerrillo para llegar pronto a México y no lo
detuviera la Señora del cielo. Mas Ella le salió al encuentro y le
dijo: “Hijo mío el más pequeño, no se turbe tu corazón ni te
inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre?, ¿no
estás bajo mi sombra?, ¿no soy yo tu salud?, ¿no estás por
ventura en mi regazo? ¿Qué más necesitas? No te aflija la
enfermedad de tu tío, está seguro que ya sanó. Sube ahora, hijo
mío, a la cumbre del cerrillo, donde hallarás diferentes flores,
córtalas y tráelas a mi presencia”. Cuando lo hubo hecho, le
dijo: “Hijo mío, ésta es la prueba y señal que llevarás al
obispo. Tú eres mi embajador muy digno de confianza”. Juan Diego
se puso en camino ya contento y seguro de salir bien.
Al llegar a la presencia del obispo, le dijo: Señor, hice lo que
me ordenaste. La Señora del cielo condescendió con tu recado y lo
cumplió. Desenvolvió luego su blanca manta y así que se
esparcieron por el suelo las diferentes rosas de Castilla se dibujó
en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la SIEMPRE
VIRGEN SANTA MARIA, MADRE DE DIOS, de la manera que está y se
guarda hoy en su templo de Tepeyac.
La ciudad entera se conmovió y venía a ver y admirar su devota
imagen y a hacerle oración y se le nombró como bien había de
nombrársele: la SIEMPRE VIRGEN SANTA MARIA DE GUADALUPE.
Hasta aquí las palabras textuales del escritor Antonio
Valeriano. Pero el milagro va más allá del relato antedicho.
Algunos enemigos de la Iglesia han querido destruir la imagen, que
tuvo que estar oculta por cierto tiempo. Pero el 14 de noviembre de
1921 consiguieron colocar una carga de dinamita junto al altar,
sobre el que estaba colocado el cuadro de la Virgen. Se destruyó el
altar, algunas gradas de mármol, imágenes y hasta un crucifijo de
latón, pero el cuadro de la Virgen quedó intacto y ni siquiera se
rompió el vidrio que lo protegía.
Pero hablando de la imagen en sí, llama la atención de los
expertos textiles la milagrosa conservación del tejido de la
túnica de Juan Diego, en la que se imprimió la imagen de la
Virgen. La túnica está tejida de fibra de ayate (de la especie
mejicana llamada “agave potula zac”) que se desmorona a los 20
años, como se ha comprobado en repetidas reproducciones hechas a
propósito. Sin embargo, la túnica de Juan Diego, después de
tantos años, sigue sin desgarrarse ni descomponerse a pesar de
haber estado expuesta por más de un siglo sobre una pared húmeda
entre el humo de miles de velas y tocada por manos de muchedumbres
de indios.
¿A qué se debe esta cualidad maravillosa como si fuera una tela
inmortal, refractaria al polvo y a la humedad? Algunos pensaron que
podía deberse a la clase de pintura que cubre la tela. A este
respecto, se envió una muestra para que la analizase al sabio
alemán, premio nóbel de Química, Dr. Richard Kuhn. Su respuesta
dejó atónitos a los científicos. Dijo que los colorantes de la
imagen no pertenecían al reino vegetal, mineral ni animal. Como si
dijera, es algo tan extraordinario que parece sobrehumano.
Otros científicos estudiaron1a imagen (el Dr. Callagan del
equipo científico de la NASA y el profesor Jody Smith) y sus
conclusiones fueron que la imagen había sido pintada directamente
sin tanteos ni rectificaciones. No había pinceladas. La técnica
empleada era desconocida en la historia de la pintura. Pero hay algo
más inexplicable todavía. El peruano Dr. Aste Tonsmann, aplicando
la técnica de la digitalización a los ojos de la Virgen, es decir,
fotografiando los ojos de la Virgen y aumentándolos 2.500 veces, se
dio con la sorpresa de que en el iris de la imagen aparecía: un
indio en el momento de desplegar su túnica ante un franciscano; el
propio franciscano en cuyo rostro se ve una lágrima, un paisano
joven con la mano puesta sobre la barba en ademán de sorpresa, un
indio con el torso desnudo en actitud casi orante, una mujer de pelo
crespo (probablemente una mujer negra de la servidumbre), un varón,
una mujer y unos niños con la cabeza medio rapada y otros
religiosos franciscanos, es decir, el mismo episodio relatado por
Antonio Valeriano en el momento del milagro y que queda como un
milagro permanente a los ojos de la ciencia, que sólo puede decir
que es inexplicable que en un espacio tan pequeño como la córnea
del ojo de la imagen, de siete milímetros, se haya podido pintar en
miniatura unas 15 personas.
Incluso, según las últimas investigaciones del oculista
mexicano Dr. Escalante, hasta aparece pintada en el párpado
superior del ojo derecho una red venosa. Algo sorprendente que
ningún pintor de la época hubiera podido hacer microscópicamente
y, además, para que nadie pudiera verlo.
Se observa también que el rostro de la Virgen de Guadalupe no es
de raza india, sino de raza judía, lo cual nos lleva a pensar con
toda probabilidad que es el mismo rostro auténtico de la Virgen
María, que acariciaba al niño Jesús. Como si fuera el auténtico
retrato de María. Ella está embarazada y los rayos de sol rodean
su persona como si procedieran de ese hijo divino que es un sol (el
Sol era un dios para los indígenas). Ella es, por tanto, llena de
Sol, llena de gracia.
Por otra parte, se ha descubierto que las estrellas del manto de
la Virgen corresponden a las estrellas del cielo tal y como estaban
aquel día de la aparición, vistas desde México. Como si Nuestra
Madre hubiera querido dejarnos su firma, fecha y hora exacta de su
aparición: 16,40 horas del día 12 de diciembre de 1531. Ella es
verdaderamente una madre, una madre para todos, para los indígenas
y para los españoles , ella es la madre de toda la humanidad. Y a
todos nos dice, como le dijo a san Juan Diego: “Hijo mío, no se
turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna ¿No estoy yo aquí que
soy tu madre?” ¡Qué palabras tan lindas de una madre para sus
hijos, cuánto amor irradian!
EL INMACULADO CORAZON DE MARIA
En Fátima, María insiste en cada una de las apariciones en el
rezo diario del rosario y nos habla mucho de su Inmaculado Corazón.
El 13 de Junio de aquel año 1917 le dice a Lucía: “Jesús quiere
servirse de ti para darme a conocer y amar. El quiere establecer en
el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. No te desanimes. Yo
nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el
camino que te conducirá a Dios”.
El 13 de Julio, después de la visión del infierno, le dijo: “Si
atendieran mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz. Si no,
esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y
persecuciones contra la Iglesia. Los buenos serán martirizados; el
Santo Padre tendrá mucho que sufrir; varias naciones serán
aniquiladas. Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará y se le
concederá al mundo un período de paz:.
El 13 de agosto, tomando un aspecto triste, le decía: “Rezad,
rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, porque van muchas
almas al infierno, porque no hay quien se sacrifique ni ore por
ellas”.
El 13 de Octubre: “Es necesario que los hombres se enmienden;
que pidan perdón de sus pecados, que no ofendan más a Dios Nuestro
Señor, que está ya muy ofendido”.
Uno de los puntos importantes de Fátima es la consagración al
I.C. de María. El 13 de Junio de 1929 le dijo a Lucía: “Ha
llegado el momento en que Dios pide al Santo Padre que haga, en
unión con todos los obispos del mundo, la consagración de Rusia a
mi Inmaculado Corazón”.
La consagración a María es una señal de amor a Ella, que
traerá una protección especial de su parte y la garantía de la
salvación. Consagrarnos a María es poner bajo su cuidado lo que
somos y tenemos. Es el “Totus tuus” del Papa Juan Pablo II.
Digamos, pues, a María: “Soy todo tuyo, Reina Mía, Madre Mía, y
cuanto tengo tuyo es”.
Como señal externa de nuestra consagración a María, podemos
llevar el escapulario de la Virgen del Carmen. En la última
aparición de Fátima, María se aparece como Virgen del Carmen; en
Lourdes, la última aparición es el 16 de julio, fiesta de la
Virgen del Carmen. De ahí que Lucía, carmelita, dijo varias veces
que el rosario y el escapulario están íntimamente unidos y que son
inseparables. El Papa Pío XII afirmó que el escapulario debe ser
signo de nuestra consagración a María y que es garantía de la
protección de la Madre de Dios.
Para ratificar la veracidad de los mensajes de Fátima, Nuestra
Madre había anunciado que realizaría un milagro el 13 de octubre.
Aquel día ocurrió el gran milagro del sol, visto hasta a 50 Kms de
distancia por más de 100.000 personas. Dice Lucía: “Desaparecida
Nuestra Señora en la inmensa distancia del firmamento, vimos al
lado del Sol a S. José con el Niño. Parecía bendecir al mundo con
unos gestos que hacía con la mano en forma de cruz. Poco después,
desvanecida esta aparición, vimos al Señor y a Nuestra Señora,
que daba la idea de ser Nuestra Señora de los Dolores. Nuestro
Señor parecía bendecir al mundo, de la misma forma que S. José.
Se desvaneció esta aparición y me parecía ver todavía a Nuestra
Señora en forma semejante a Ntra. Sra. del Carmen” (vemos aquí
representados los misterios gozosos con S. José, los dolorosos con
la V. de los Dolores y los gloriosos con la Virgen del Carmen).
A continuación ocurrió el milagro. Cuentan así algunos
testigos: “El sol comenzó a lucir como un disco de plata que se
le podía mirar fijamente. Después, por tres veces, giró
vertiginosamente sobre sí mismo, irradiando destellos de todos los
colores... De repente, un tremendo grito de espanto salió de todas
las gargantas: el inmenso globo de fuego solar parecía precipitarse
sobre la multitud. Todos creían que era el fin del mundo. Se
arrodillaron y clamaron misericordia hasta los mismos ateos, que
dieron testimonio al día siguiente en los periódicos. Las ropas de
la gente completamente mojadas por la intensa lluvia del día,
quedaron milagrosamente secas”.
Este milagro del Sol es considerado como el más espectacular de
la Historia humana. Aquel día 13 de octubre de 1917, la Virgen les
había dicho “Yo soy la Señora del Rosario”. “Que los hombres
no ofendan más a Dios que ya está muy ofendido”. Y Lucía
comenta: “Qué amorosa queja y qué dulce pedido. ¡Cómo quisiera
que todos los hombres del mundo y todos los hijos de la Madre del
cielo escuchasen y oyesen su voz!
Más tarde, el 10 de diciembre de 1925, se le aparecerá de nuevo
a Lucía, cuando sea novicia de las religiosas Doroteas, en
Pontevedra (España) y le dirá: “Mira, hija mía, mi Corazón
cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente
con sus blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme
y di que: a todos los que durante cinco meses en el primer sábado
se confiesen, reciban la sagrada comunión, recen el rosario, me
hagan compañía durante quince minutos, meditando en los misterios
del rosario con el fin de desagraviarme, yo les prometo asistir en
la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para su
salvación”.
Esta es la famosa promesa de los cinco primeros sábados de mes.
(Parecida a la que hizo Jesucristo a Santa Margarita María de
Alacoque, que prometió la salvación a quienes confesaran y
comulgaran nueve primeros viernes de mes seguidos). Dios quiere
salvar al mundo por medio del Corazón Inmaculado de María. Cristo
quiere regalamos la salvación por medio de María.
LA COMUNION DE LOS SANTOS
La comunión de los santos es una verdad tan sublime y hermosa
que por mucho que reflexionemos en ella, nunca lo haremos bastante.
Es una fuente inmensa de gracias y bendiciones del Señor. Todos los
hermanos que un día vivieron como nosotros en la tierra y que ahora
se encuentran ya gozando de la plena felicidad de Dios en el cielo,
siguen siendo nuestros hermanos, nos aman con amor incomparable y se
preocupan de nuestra felicidad y salvación.
Muchas bendiciones nos da Dios por intercesión de nuestros
hermanos santos, que incluso vienen hasta nosotros, al igual que
Moisés y Elías se hicieron presentes junto a Jesús el día de la
transfiguración.
Hay una unión muy estrecha entre la Iglesia militante, purgante
y triunfante, es decir entre los que vivimos en la tierra, los
hermanos de purgatorio y los ángeles y santos del cielo. Todos
estamos unidos por el mismo amor de Dios y, en Cristo, formamos un
solo Cuerpo Místico. Como católicos, “creemos en la comunión de
todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la
tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que
gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola
Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra
disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que
siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones” (Cat 962).
En Heb 12,1 se nos habla de la nube de testigos que está en
torno a nosotros, aludiendo a los santos que están pendientes de
nosotros. El texto más importante es el de 2 Mac 15,11 donde se nos
habla que Judas Macabeo ve en el cielo a Jeremías profeta y a
Onías, que había sido Sumo Sacerdote, que intercedían por los
judíos. En Tobías 12,12 el ángel Rafael dice a Tobías: “Yo era
el que presentaba y leía ante la Gloria del Señor el memorial de
vuestras peticiones”. En Job 33,23 se habla de un ángel mediador
ante Dios. Y en muchísimos lugares de la Escritura vemos ángeles
que vienen a la tierra a transmitir mensajes o a ayudar a los
hombres. En Ex 23,20 se afirma: “Yo voy a enviar un ángel delante
de ti para que te guarde en el camino y te conduzca al lugar que te
tengo preparado”. En Ex 32,13 Moisés, en su oración, se dirige a
Dios, pidiéndole que se acuerde de Abraham, Isaac y Jacob para así
obtener más fácilmente lo que pide.
Y no podemos dejar de citar el Ap 5,8, donde se habla de los 24
ancianos que tienen copas de oro llenas de perfumes, que son las
oraciones de los santos. Y lo mismo se dice en Ap 8,3 de un ángel
que tenía muchos perfumes para que, con las oraciones de los
santos, los ofreciera sobre el altar de oro, colocado ante el trono
de Dios. Por consiguiente, están ofreciendo las oraciones de los
hombres buenos de la tierra y no pueden menos de apoyarlas con su
intercesión.
De hecho, la invocación a los santos no puede ir en contra de la
mediación de Cristo, que según 1 Tim 2,5 es el único mediador
entre Dios y los hombres. Cristo es el único mediador principal, el
único realmente necesario, pero esto no quita nada a los otros
mediadores secundarios, que presentan su intercesión a Cristo para
que El la presente al Padre. Entre estos mediadores tenemos, en
primer lugar, a Nuestra Madre la Virgen María. Ella intercedió
ante su Hijo en las Bodas de Caná y obtuvo el milagro. Ella sigue
obteniendo infinidad de milagros de Jesús para nosotros, como se
puede comprobar casi a diario en los grandes santuarios marianos del
mundo como Fátima, Lourdes, Guadalupe, y lo mismo podemos decir de
la intercesión de los santos, que siempre han obtenido y siguen
obteniendo de Dios milagros para sus devotos. Y la misma Iglesia lo
confirma, al exigir dos milagros para su beatificación y
canonización. En las mismas inscripciones de los sepulcros de los
mártires, desde el primer siglo de cristianismo, aparecen
invocaciones a los mártires para que intercedan por nosotros. En el
martirio de S. Policarpio (año 156) se dice: “A Cristo le
adoramos por ser Hijo de Dios y a los mártires los amamos e
invocamos como discípulos e imitadores del Señor” (17,9).
Por otra parte, tantas apariciones de la Virgen (Fátima,
Lourdes, etc.) y de los santos, nos indican que el cielo no es un
lugar de descanso absoluto, sino un lugar de amor y felicidad, donde
no se puede menos de amar también a los hermanos de la tierra, que
tanta ayuda necesitan.
Es interesante el testimonio de la gran Sta. Teresita del Niño
Jesús, que, antes de morir, con visión profética decía: “ Voy
a pasar mi cielo, haciendo bien en la tierra. Derramaré sobre el
mundo una lluvia de rosas”. Sobre esta comunión de los santos o
unión por amor que existe entre los santos y ángeles del cielo,
las almas de purgatorio y los hombres buenos de la Tierra hay
infinidad de testimonios de santos con experiencias místicas y
revelaciones al respecto: Sta. Teresa de Jesús, Sta. Margarita Ma.
de Alacoque, Sta. Gema Galgani, Sta. Catalina de Sena, Sta. Catalina
de Génova, S. Juan Bosco, S. Juan de la Cruz, Sta. Rosa de Lima.
Si nuestros hermanos difuntos nos amaban en la Tierra, ¿no nos
amarán ahora desde el cielo? ¿No tratarán de ayudarnos, si lo
harían estando en la Tierra?. Si los ángeles bajan a la Tierra a
ayudar a los hombres, ¿no pueden bajar los santos?. ¿Por qué
entonces, según Mt 27,52, al morir Jesús muchos cuerpos de santos
difuntos resucitaron y se aparecieron a muchos? Y ¿por qué en la
transfiguración (Mt 17) se aparecen Moisés y Elías?
Y no nos olvidemos de los ángeles. San Miguel, príncipe de los
ejércitos angélicos, que significa ¿Quién como Dios? San
Gabriel, Fortaleza de Dios, mensajero celestial en la Anunciación a
María. San Rafael, Medicina de Dios, que curó a Tobías de su
ceguera. Invoquemos también a nuestros ángeles custodios cada día
con la oración: Angel de mi guarda, dulce compañía, no me
desampares ni de noche ni de día.
Vivamos este dogma maravilloso de la comunión de los santos.
Todos nosotros formamos un solo Cuerpo en Cristo (Rom 12,5 y 1 Co
12,27). El Padre Celestial constituyó a Cristo Cabeza Suprema de la
Iglesia (Ef 1,23 y Col 1, 18). El plan de Dios es “hacer que todo
tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está
en la tierra” (Ef. 1,10). Por tanto, hasta las cosas materiales
forman una unidad en Cristo, porque “todo fue creado por El y para
El” (Col 1, 16). También los que han muerto en gracia de Dios,
estén todavía en el purgatorio o en el cielo, están unidos en
Cristo, porque “Cristo es todo en todos” (Col 3,1 l). “Por El
unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu”
(Ef 2,18) para que “toda lengua confiese que Cristo Jesús es
Señor para gloria de Dios Padre” (Fil 2, 1 l). El es también la
cabeza de los ángeles (Col 2, 10).
Por lo cual, si todos los seres del universo, tanto los ángeles
como los hombres, así como las cosas materiales, tenemos a Cristo
por Cabeza y todos estamos unidos en Cristo, ¿es demasiado decir
que todos nos amamos también en Cristo? Y si nos amamos, ¿no
podemos ayudarnos unos a otros? ¿Cómo entonces, al hablar de la
unión que formamos todos en el Cuerpo de Cristo, se nos dice que
Dios quiere “que no haya división alguna, sino que todos los
miembros se preocupen por igual los unos de los otros? (1 Co 12,25).
En conclusión, todos somos hermanos en Cristo, los del cielo y
los de la tierra, todos nos amamos en Cristo y debemos preocuparnos
unos de otros, ayudándonos mutuamente. La invocación a los santos
del cielo para pedirles beneficios, la oración por las almas del
Purgatorio para ayudarles en sus sufrimientos, así como la oración
por los que todavía estamos como peregrinos en esta tierra, no
sólo es posible, sino útil y querida por Dios en virtud del dogma
de la Comunión de los Santos por formar todos parte del Cuerpo de
Cristo. Precisamente, desde principios del siglo V aparece ya en las
formulaciones del Credo: Creo en la Iglesia Católica y en la
Comunión de los Santos.
LAS IMAGENES
Uno de los puntos fundamentales que nuestros hermanos separados
critican a los católicos es el de las imágenes. Ellos afirman que
ello es gravísimo pecado de idolatría, que las imágenes son cosa
del demonio y que, por tanto, ningún católico que tenga imágenes
podrá salvarse. Con ello dan a entender que sólo su religión es
la verdadera y que la religión católica es falsa, considerando que
ellos se basan en la Biblia, donde frecuentemente se habla de
idolatría, de ídolos o de estatuas de falsos dioses. Ellos afirman
que los católicos son ignorantes por no conocer la Biblia, que es
la única fuente de fe y que nos lleva a la salvación.
Las imágenes no son ídolos
La Biblia habla contra los ídolos y condena la idolatría o
adoración de ídolos. Pero ¿qué es un ídolo? Podemos leer
cualquier diccionario elemental de la lengua castellana y veremos
que ídolo se llama a la figura de un falso dios, es la estatua o
imagen de un dios que no existe. Por consiguiente, dirigirse a un
dios falso o inexistente es hablar al aire, al vacío, porque no oye
ni ve ni entiende, porque no existe.
Ahora bien, las imágenes católicas de Jesucristo son de Jesús,
verdadero Dios, no son ídolos, porque Jesucristo es un Dios
verdadero, que nos oye y nos ve y nos entiende, cuando le hablamos a
solas o a través de las imágenes.
Las imágenes de la Virgen María o de los santos, ningún
católico jamás ha dicho que son dioses, sino seres humanos que
están en el cielo y que nos aman y nos escuchan y se preocupan de
nosotros. Por eso, cuando les hablamos, aunque sea por medio de las
imágenes, nos escuchan a través de la mente de Dios y nos ayudan
con el Poder de Dios. ¿Acaso no han leído la parábola del rico
Epulón y del pobre Lázaro? Allí, Jesús mismo nos enseña a
dirigirnos a los santos. El rico Epulón se dirige a su Padre
Abraham y le dice: Padre Abraham (vemos aquí que no es malo llamar
padre a un ser humano, como algunos dicen). Padre Abraham, ten
compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de
su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en estas
llamas. El rico invoca a Abraham desde el infierno y Abraham lo
escucha, ¿no nos podrán escuchar los santos a nosotros que estamos
en la tierra?.
Por otra parte, si las imágenes fueran invento del diablo para
hacernos pecar con el grave pecado de la idolatría y así alejarnos
de Dios y llevarnos al infierno, ¿cómo explicar que las imágenes
nos ayudan a ser buenos? Es la experiencia de millones de católicos
y ortodoxos durante veinte siglos, desde los primeros cristianos que
pintaron imágenes de Jesús y de los apóstoles en las catacumbas
de Roma hasta hoy. Negar esta experiencia diaria es ignorancia,
soberbia o mala fe. Porque todos sabemos que las imágenes nos
ayudan a recordar más frecuentemente a Jesús y a los santos, nos
ayudan a rezar más y mejor y nos sentimos más felices, rezando
delante de una linda imagen de Jesús que mirando a la pared. Todos
sabemos que las imágenes son sólo representaciones, como
fotografías de la persona que representan. Por eso, cuando se
rompen o se malogran, simplemente las quemamos o las enterramos y no
pasa nada. Pero sabemos que Jesús está vivo y, cuando le hablamos
delante de una imagen, nos escucha y recibe el homenaje de nuestra
oración y nuestro amor y lo mismo, cuando sacamos sus imágenes en
procesión para rendir culto público al mismo Jesucristo en persona
o a la Virgen Nuestra Madre o a los santos, nuestros hermanos del
cielo.
Por propia experiencia, puedo decir que en caso de exorcismos
para liberar a los posesos del poder del diablo, la cruz, las
imágenes sagradas y el agua bendita tienen un poder maravilloso. El
poseso no puede mirar directamente a la cruz, se aparta de las
imágenes, se aterra ante el agua bendita. Esta es una experiencia
que no se puede negar, ¿por qué? Porque las imágenes sagradas son
de Dios y el diablo huye de todo lo que sea de Dios. Por eso, las
imágenes, las cruces y el agua bendita son una maravillosa
protección contra el Maligno.
Personalmente, cuando beso una imagen de Jesús o de la Virgen,
es un beso que les dirijo a ellos y no a un pedazo de yeso, como
cuando uno tiene una fotografía de su madre y la pone en un lugar
destacado de la casa para verla y sentir su presencia y besarla de
vez en cuando. De la misma manera, en todos los pueblos del mundo,
se honra a los héroes de la Patria a través de sus estatuas, que
estimulan a imitarlos y nos inspiran buenas acciones.
Si tomamos a la letra la Palabra de Dios en Ex. 20,4 se dice: “No
te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los
cielos ni de lo que hay abajo en la tierra”. Según esto, estaría
prohibida toda, absolutamente toda, imagen de cualquier tipo que
sea, incluso una fotografía o una pintura de Jesús en la Biblia.
Estaría prohibido el arte de la pintura y de la escultura.
Pero veamos que esta prohibición no es tan absoluta, pues en
Num. 21,8 Dios mismo le manda a Moisés: “Hazte una serpiente y
ponla sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y la mire,
vivirá. Hizo Moisés una serpiente de bronce y la puso en un
mástil y, si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la
serpiente de bronce, quedaba con vida”.
Y en el Evangelio de S. Juan 3,14 el mismo Jesús hace la
comparación: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto
así tiene que ser levantado el Hijo del hombre para que todo el que
crea, tenga por él la vida eterna”. Por tanto, si en el A.T. se
permitió y se mandó hacer la serpiente de bronce, símbolo de
Cristo en la cruz, ¿no podremos mirar sus imágenes, en vez de una
serpiente? Hay muchos textos más en el A.T. en donde se manda hacer
querubines o figuras de animales vg.: Ex 25,18;26, 1; 1 Reg 6,23,
29; 7,29, etc.
En todo el A.T. sólo se encuentra una sola vez el relato de una
imagen de Yahvé, que permaneció en el santuario de Silo por mucho
tiempo sin ser esto condenado (Jueces 17 y 18). Sin embargo, es
comprensible que sea prohibido tantas veces en el A.T. el adorar
imágenes de falsos dioses, porque el pueblo judío era el único
pueblo monoteísta, es decir, que creía en un solo Dios; todos los
demás pueblos creían en muchos dioses y creían que cada imagen
era como la casa de un dios distinto; tantas imágenes, tantos
dioses. Y Dios, desde el primer libro del Génesis, trata de
apartarlos del politeísmo, porque El es el único Dios verdadero.
Ahora bien, los primeros cristianos no creyeron ir en contra del
mandato de Dios al hacer imágenes de Cristo, de María y de los
mismos apóstoles en las catacumbas de Roma, donde sepultaban los
cuerpos de los mártires y donde desde el principio, se les invocó,
guardando su cuerpo como verdadera reliquia.
El Arca de la Alianza.
Los judíos adoraban a Yahvé, el verdadero Dios, a través del
arca de la alianza. El arca de la alianza era para ellos como la
morada de Dios, la presencia viva de Dios entre los israelitas; de
ahí que el mismo Dios mandó (Lev 24, 2-4; Ex 27, 20-21) que
delante del arca ardiera continuamente una llama, alimentada con
aceite puro de oliva, para significar la presencia viva de Dios en
el arca (¿acaso nosotros, católicos, no tenemos esto mismo en
nuestras iglesias, donde arde continuamente una lámpara ante el
Santísimo Sacramento de la Eucaristía?). También mandó Dios que
mañana y tarde se quemara incienso aromático ante el arca (Ex
30,6-7). (Esto mismo hacen los sacerdotes al ofrecer a Dios incienso
ante al Santísimo Sacramento).
Observemos que encima del arca estaba el propiciatorio con dos
imágenes de querubines de oro macizo (Ex 25, 17-22). Igualmente el
velo, que estaba delante del arca, tenía querubines bordados (Ex
26,3 l). (Esto, también nos recuerda a algunas iglesias, donde ante
el sagrario, se ven dos ángeles de rodillas, haciendo guardia con
lámparas encendidas. El sagrario de nuestras iglesias es como el
arca de la alianza de los judíos. Contiene a Dios vivo y presente
en la Eucaristía). Según esto, no es de extrañar que fuera tan
sagrada el arca para los judíos. Estaba ungida con el óleo sagrado
(Ex 30,26) y nadie podía ni tocarla. Uzzá la tocó y murió según
el relato de 2 Sam 6,7.
Cuando iban a las batallas, llevaban el arca para que Dios los
ayudara con su presencia (1 Sam 4,4). Cuando los filisteos, en una
ocasión, se apoderaron del arca (1 Sam 5), sufrieron tantos males
que la devolvieron. En cambio, Dios bendijo abundantemente a
Obededom que acogió el arca durante tres meses. Por eso, el rey
David quiso trasladar el arca de casa de Obededom a Jerusalén y lo
hizo con tal solemnidad que nada tenía que envidiar a nuestras
procesiones actuales. Cada seis pasos sacrificaban un buen y un
carnero cebado. David danzaba delante de arca entre los clamores y
cantos del pueblo (1 Sam 6). Era una verdadera procesión, llevando
el arca de la alianza como representación de Dios. Los israelitas
hasta se postraban ante ella como ante el mismo Dios para pedirle
por el pueblo (Josue 7,6). Y nosotros ¿no podremos arrodillarnos
antes las imágenes sagradas, que representan a Cristo, a María o a
los santos en señal de respeto hacia las personas a quienes
representan? ¿Acaso el profeta Daniel no se arrodilló ante el
ángel Gabriel? (Daniel 8, 17) ¿o Josué ante el ángel del
ejército de Yahvé? (Jos 5,14).
Esta veneración tan profunda que los judíos tenían al arca de
la alianza era del agrado de Dios, pues hizo muchos milagros a
través de ella. Por ejemplo, la toma de Jericó (Jos 6), el paso
del Jordán (Jos 3,14) etc. Esto mismo ha ocurrido siempre con
muchas imágenes sagradas y el negarlo es negar la historia y la
veracidad de muchos santos que nos hablan de ello.
Las imágenes sagradas son buenas.
En el siglo VIII y IX los iconoclastas o destructores de las
imágenes revivieron la idea de que era pecado tener imágenes, pero
en su defensa salieron S. Juan Damasceno y otros. El mismo concilio
VII universal de Nicea aprobó y aceptó las imágenes, que tienen
también los cristianos ortodoxos. En Trento, el concilio ordena que
“las imágenes de Cristo, de la Virgen Madre de Dios y de otros
santos se tengan y guarden en las iglesias y se les dé el honor y
reverencia debidos, no porque se crea que hay en ellas alguna
divinidad o virtud, en consideración a la cual debe dárseles culto
o pedirles alguna cosa o poner en ellas la confianza, como hacían
antiguamente los gentiles que colocaban sus esperanzas en los
ídolos; sino, porque el honor manifestado a ellas se refiere a los
prototipos a quienes estas imágenes representan, de tal manera que
por las imágenes, que besamos y ante las cuales nos descubrimos y
nos arrodillamos, adoramos a Cristo y veneramos a los santos cuya
semejanza tienen”. (Concilio de Trento sesión 25).
Además, si Jesús quiso aparecerse en la tierra y tomar carne
humana ¿no podremos representarlo como hombre a través de
imágenes?. El “es imágen de Dios invisible, primogénito de toda
criatura” (Col 1, 15). Si hubiera nacido en este siglo XXI ¿no le
habríamos sacado fotografías y no nos gustaría tener en nuestras
casas su fotografía o videos con sus predicaciones y milagros?
Pensemos, por ejemplo, en la sábana santa de Turín, estudiada por
científicos del mundo entero y considerada desde hace siglos como
la sábana auténtica que envolvió el cuerpo de Cristo. En ella
aparece el rostro auténtico de Cristo. Y si Dios mismo permite
tener el propio rostro o imagen de Cristo, ¿será pecado tener
imágenes? En México la misma Virgen María nos ha dejado en el
poncho del indio Juan Diego su propia imagen, que podemos todavía
admirar. “En el séptimo concilio ecuménico de Nicea II del año
787, la Iglesia reconoció que es legítima la representación de
Jesús en imágenes sagradas” (Cat 476). “El ha hecho suyos los
rasgos de su propio cuerpo humano hasta el punto de que, pintados en
una imagen sagrada, pueden ser venerados, porque el creyente que
venera su imagen, venera a la persona representada en ella” (Cat
477).
Según el concilio de Nicea II, “siguiendo la enseñanza
divinamente inspirada de nuestros SS. Padres y la tradición de la
Iglesia católica (pues reconocemos ser del Espíritu Santo que
habita en ella) definimos con toda exactitud y cuidado que las
venerables y santas imágenes, como también la imagen de la
preciosa y vivificante cruz, tanto las pintadas como las de mosaico
u otra materia conveniente, se expongan en las santas iglesias de
Dios, en los vasos sagrados y ornamentos, en las paredes y cuadros,
en las casas y en los caminos, tanto las imágenes de N.S. Dios y
Salvador Jesucristo como las de Nuestra Señora Inmaculada, la Santa
Madre de Dios, de los santos ángeles y de todos los santos y justos”
(Cat 1161).
Como diría S. Juan Damasceno: “La belleza y el color de las
imágenes estimulan mi oracion. Es una fiesta para mis ojos, del
mismo modo que el espectáculo del campo estimula mi corazón para
dar gloria a Dios” (Cat 1162).
Los mismos santos, todos ellos personas eminentes en virtud y en
santidad, han aceptado y dado gran importancia en sus vidas al uso
de las imágenes sagradas. Santa Teresita del Niño Jesús en su
Autobiografía nos relata cómo, cuando era niña y estaba
gravemente enferma, la imagen de la Virgen de su habitación tomó
vida y le sonrió, curándola instantáneamente. Santa Margarita Ma.
de Alacoque nos habla en sus escritos de las revelaciones del
Corazón de Jesús que le aseguraba que los lugares, donde la imagen
de su Corazón fuera expuesta y honrada, serían especialmente
bendecidos por El. Muchos de nuestros hermanos protestantes rechazan
las imágenes, pero ellos veneran la Biblia. La tienen como libro
sagrado, como nosotros también, y esto no por lo que es
materialmente, un libro de papel como otro cualquiera, sino por lo
que representa. Por eso, la colocan en un lugar adecuado, la besan y
la llevan con devoción y amor. ¿Acaso es eso idolatría? ¿Y por
qué será tener imágenes o representaciones de los santos?
Las reliquias.
Los israelitas tenían verdadera veneración por la Ley de
Moisés hasta el punto de que la pusieron dentro del arca según nos
dice Deut 3 1,26, junto con las tablas de la Ley escritas por la
mano de Dios, según Ex 25,16 y Deut 10,2. Para ellos, tanto el
,arca como la Ley de Moisés o las tablas de la Ley eran verdaderas
reliquias sagradas. Lo mismo podemos decir del cayado de Moisés.
¿Podríamos imaginamos que Moisés tratará a su cayado como a una
madera cualquiera, cuando Dios hizo tantos milagros a través de él
en Egipto? (Ex 6-10). Igualmente, digamos de la rama de Aarón, que
había retoñado para, indicar la predilección de Dios por Aarón
sobre todas las otras familias de Israel. El mismo Dios en Num 17,25
manda poner la rama de Aarón delante del arca para guardarla como
testimonio.
Hay muchos otros testimonios en la Escritura sobre la veneración
de las reliquias de los santos. En Ex 13,19 se dice que los
israelitas se llevaron los huesos de José de Egipto. En 2 Reg 23,18
se ve cómo respetan de la destrucción los huesos del hombre de
Dios y el profeta. En 2 Reg 13,21 se nos habla de que el contacto
con los huesos del profeta Eliseo resucitó a un muerto y en Reg
2,14 que Eliseo obró un milagro con el manto de Elías.
Los cristianos de Efeso aplicaban a los enfermos los pañuelos y
delantales de S. Pablo y se curaban (Hech 19,22). En Judas 9 se
habla de que S. Miguel disputaba con el diablo el cuerpo de Moisés.
¿Por qué? Porque lo consideraba algo sagrado que S. Miguel quiso
defender contra el diablo, que quería destruirlo. En los mismos
Evangelios, vemos cómo la mujer hemorroísa sólo con tocar el
manto de Jesús quedó curada (Mc 5, 24-34). Y lo mismo pasaba con
muchos enfermos en la plazas que le pedían que les dejara tocar
siquiera la orla de su manto y cuantos la tocaban quedaban curados.
Esta tradición de venerar los objetos sagrados y los cuerpos de
los santos ha seguido desde los primeros mártires, enterrados en
las catacumbas en el primer siglo, hasta ahora. En las Actas de los
mártires, sobre el proceso de los mismos, se nos habla de la
veneración que se les tenía como a verdaderos héroes cristianos.
En el Martirio de Policarpio 18,2 se dice: “Los cristianos
recogieron sus huesos, de mayor valor que las piedras preciosas y
más estimables que el oro, para depositarlos en un lugar
conveniente”.
Uno de los milagros más conocidos y espectaculares es el
referente a la reliquia de la sangre de S. Pantaleón, médico
romano muerto hacia el año 305. Un poquito de su sangre se conserva
en una cápsula de vidrio en el Monasterio de la Encarnación de las
Agustinas Recoletas de Madrid. Lo mismo pasa con la sangre de S.
Genaro, patrón de Nápoles (Italia). En ambos casos, la sangre,
desde principios del siglo IV, sigue licuándose el día de su
fiesta y, a veces, permanece líquida por largas temporadas en
circunstancias especiales. Este milagro inexplicable para la ciencia
médica es comprobado todos los años por miles de personas tanto de
Madrid como de Nápoles. Podemos ir a verlo, porque son lugares
concretos. Personalmente, entiendo que con este milagro, estos
santos quieren decimos que están vivos, junto a nosotros, que
escuchan nuestras oraciones e interceden por nosotros.
Las Supersticiones.
“Superstición es una desviación del sentimiento religioso y
de las prácticas que impone. Puede afectar también al culto que
damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una
importancia, de algún modo mágica a ciertas prácticas, por otra
parte, legítimas y necesarias. Atribuir su eficacia a la sola
materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales,
prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer en
la superstición” (Cat 211 l). Esto ocurre con las “cadenas”
de S. Judas Tadeo y otros santos, al considerar que sólo con
escribirlas y distribuirlas en distintas iglesias se concederá
automáticamente lo deseado.
Lo mismo podemos decir del agua bendita que, según algunos, para
tener eficacia debe ser de 3 ó de 7 iglesias. Algunos creen que
algunas oraciones rezadas mecánicamente pueden curar ciertas
enfermedades, como si tuvieran efectos mágicos en sí mismas.
Esto mismo se atribuye, a veces equivocadamente, a ciertas
imágenes consideradas milagrosas, prescindiendo de su relación a
la persona que representan, pues sin verdadera fe y amor a Jesús, a
María o a los santos, Dios no puede estar contento mi puede
manifestar su poder (Mt 13,58).
También deben rechazarse como gravemente pecaminosas toda forma
de adivinación: el recurso a Satanás o a los demonios, la
evocación de los muertos ( Juego de la ouija, etc.) y otras
prácticas que, equivocadamente, se supone desvelan el porvenir. La
consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la
interpretación de presagios y de suertes, están en contra de la fe
y del amor debido a solo Dios ( Cat 2116). Llevar amuletos es
también reprensible lo mismo que toda clase de espiritismo, de
magia o hechicería mediante las que se pretende controlar las
fuerzas ocultas (aunque sea para procurar la salud). Estas
prácticas son especialmente graves, cuando tienen la intención de
hacer daño al prójimo. También el recurrir a las medicinas
tradicionales o a curanderos, cuando estos invocan a potencias
malignas, es reprobable.
Hay quienes son tan crédulos, que, por falta de auténtica fe,
creen que pasar debajo de una escalera es malo, o romper un espejo,
que el martes 13 ó domingo 7 es de mal agüero .Y, por el
contrario, creen que por llevar ciertas vestimentas o ciertas cosas
van a tener suerte y todo les va a salir bien. Confiemos más en
Dios y en su poder y no seremos juguetes fáciles de las fuerzas del
Maligno y de tantos embaucadores que andan sueltos por el mundo.
EL DIABLO
La existencia del diablo está atestiguada por la Palabra de Dios
desde las primeras páginas de la Biblia (Gén 3,15) hasta las
últimas.
En el Apocalipsis se nos habla de “la serpiente antigua,
llamada diablo y Satanás, que extravía a toda la redondez de la
tierra” (Ap 12,9). Al no poder vencer a María “se va a hacer la
guerra al resto de sus hijos, a los que guardan los preceptos de
Dios y mantienen el testimonio de Jesús” (Ap 12,17). Por eso,
nuestra lucha “no es contra la carne y la sangre, sino contra los
principados y potestades, contra los dominadores de este mundo
tenebroso, contra los malos espíritus” (Ef 6,12-13).
Y el diablo existe, aunque algunos no crean en él. Pablo VI en
su catequesis del 15.11.72 afirmaba: “El mal no es sola mente una
deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual,
pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y terrible.
Y se aparta del cuadro de la enseñanza bíblica y eclesiástica
quien rehúsa reconocer su existencia o quien hace de él un
principio autónomo sin tener origen de Dios, como toda criatura; o
la explica como una seudorealidad, una personificación conceptual y
fantástica de las causas desconocidas de nuestros malestares”. El
mismo Juan Pablo III el 31.3.85 reconocía que “un capitulo
importante de la doctrina católica, es el capítulo sobre el
demonio y la influencia que puede ejercer sobre cada una de las
personas y las comunidades, sobre toda la sociedad y sobre los
mismos acontecimientos”.
Hoy día, incluso, se están propagando más y más las sectas
satánicas, en las que se adora a Satanás como a un dios. En sus
reuniones y misas negras, con orgías de sexo, droga etc., se
renuncia al bautismo, se hacen pactos diabólicos, firmados con la
propia sangre, y hasta se hacen obscenidades contra Cristo y María,
profanando hostias consagradas, robadas de las Iglesias.
También hay personas que trabajan con el diablo para hacer
maleficios. Maleficio es el arte de perjudicar a otras personas por
medio de la intervención del demonio. También se llama hechizo,
porque es un hacer, un obrar con determinados objetos previamente
preparados para hacer daño, transfiriendo el cuerpo de la persona a
un objeto (muñeco, fruta, animal ) para hacerle sufrir o enfermar,
incándole alfileres, dejando podrir una fruta o dejando encerrado
al animal.
Ciertamente que es un gran misterio el porqué Dios permite estas
cosas, pero sabemos que Dios todo lo permite por nuestro bien ( Cat
395; Rom 8,28). Y, como diría S. Agustín: “Dios no permitiría
los males, si no sacara más bienes de esos mismos males” Por
supuesto, que el diablo es una criatura de Dios y no puede hacer
más que lo que Dios le permite y hasta donde le permite. De otro
modo, ya habría matado a todas las personas buenas del mundo
entero. Por eso, no debemos asustarnos y creer en el poder absoluto
del Maligno, como nos hacen creer en ciertas películas o música
satánica. “Si Dios está con nosotros ¿quién contra nosotros?”
(Rom 8,3 l).
Para defendernos del Maligno Dios ha puesto a nuestro lado a
nuestro ángel custodio, a quien debemos invocar constantemente. Es
importante también la protección de S. Miguel arcángel y rezar
frecuentemente la oración a S. Miguel compuesta por el Papa León
XIII. También es bueno el uso del agua bendita y, sobre todo, mucha
oración, rezar el rosario, la frecuencia de los sacramentos y la
devoción a la Virgen María.
S. Agustín decía: “El diablo puede ladrar, pero nunca morder,
sino sólo al que quiere dejarse morder” (PL 39,1820). Es como un
perro atado que ladra, pero sólo puede morder al que se le acerca.
LA MASONERIA
Es la Iglesia de las tinieblas, su nombre viene del francés
masón, que significa albañil. Tuvo su origen en Inglaterra en la
Edad Media, en uno de los gremios de albañiles o constructores de
catedrales, que se unieron para ayudarse en su profesión y
conservar sus secretos profesionales. A Dios le llaman el gran
arquitecto del universo y conservan todavía insignias de los
antiguos albañiles como el mandil, escuadra, compás, nombres de
aprendices, compañeros, maestros....
Esta masonería operativa se convirtió en especulativa desde
principios del siglo XVIII y, desde entonces, según ellos, tienen
por objeto la eliminación de la ignorancia en todas sus formas con
una misión exclusivamente humanitaria. Afirman ser una institución
educativa y docente que pone su principal ahínco en la liberación
real y efectiva de la humanidad por el único y supremo medio de la
educación e instrucción de los pueblos.
Ahora bien, ¿cómo pueden estar seguros de conseguir la verdad,
que tratan de imponer para el desarrollo y progreso de la humanidad,
con las solas y exclusivas fuerzas de la razón? Ellos no aceptan la
revelación, como guía de verdad, pero hablan mucho de la
reencarnación, de la guía e influencia de los extraterrestres y de
otras “verdades” que consideran como dogmas inmutables, como los
land-marcks o antiguos linderos. Hablan mucho de tolerancia ante
todas las religiones, como si todas fueran iguales. Pero ¿puede un
católico ser indiferente ante los errores de los demás, cuando
Cristo nos mandó predicar el Evangelio a toda criatura?
Hablan de Fraternidad, como si todos fuéramos hermanos e
iguales, pero no aceptan para ser masones a las mujeres, cojos,
lisiados, mutilados, homosexuales... ¿Es que ellos no tienen
derecho a conseguir su “sabiduría”?
Por otra parte, es como una Iglesia de las tinieblas, pues tienen
ceremonias y ritos propios, sobre todo, en Semana Santa, tienen
fiestas, hasta especie de sacramentos como la recepción de los
luvetones (hijos de los masones) como si fuera un bautismo. Y todo
esto en un ambiente lleno de simbolismos y signos cabalísticos y
envuelto todo en un gran secreto. ¿Acaso no dijo Cristo: “Lo que
os digo en la oscuridad, decidlo a la luz y lo que os digo al oído
predicadlo sobre los terrados?” (Mt 10,27).
Está claro que la masonería no puede ser cristiana y que sus
secretos y oscuridades, y su pretensión de ser maestra y guía de
la humanidad, no puede estar de acuerdo con las enseñanzas de
Cristo. Por eso, la Iglesia católica prohíbe pertenecer a la
masonería bajo pena de pecado grave. Según declaración de la S.
Congregación para la Doctrina de la fe, 4-12-83, con aprobación
del Papa: “Los fieles que pertenezcan a asociaciones masónicas se
hallan en estado de pecado grave y no pueden acercarse a la santa
comunión”.
No se puede ser católico y masón al mismo tiempo, pertenecer a
la luz y a las tinieblas, pertenecer a la Iglesia y a la masonería.
La luz y los secretos de las tinieblas son incompatibles. “Dios es
luz y en Él no hay tiniebla alguna”(1 Jn. 1,5).
LA FAMILIA
El ser humano viene al mundo en el seno de una familia, por lo
cual debe decirse que debe a ella el hecho mismo de existir como
hombre. Cuando falta la familia, se crea en la persona que viene al
mundo una carencia preocupante y dolorosa, que pesará
posteriormente durante toda su vida. La familia es la unión de un
hombre y una mujer para formar una. comunidad de vida y amor
estable, abierta a la procreación. “La familia es la célula
primera y vital de la sociedad. El Creador del mundo estableció la
sociedad conyugal como origen y fundamento de la sociedad humana”
(FC 42).
El Noviazgo
Cuando nace el verdadero amor entre dos jóvenes, cada uno vive
el gozo de descubrir en el sexo opuesto, una riqueza desconocida. La
sexualidad es un tesoro personal que los distingue como hombre o
mujer, por el cual se sienten atraídos, se complementan y buscan la
felicidad en la mutua donación.
Durante el noviazgo, los dos van a querer testimoniarse
mutuamente su amor creciente a través de muchos gestos. Pero deben
tener prudencia y guardarse respeto, pues es fácil dejarse llevar
de la pasión y llegar a tocamientos y otras manifestaciones
amorosas, que ensucian el alma y dejan intranquilidad en la
conciencia. El amor debe ser siempre puro y limpio y tener la
ilusión de llegar vírgenes al matrimonio.
Durante el noviazgo, hay que evitar las relaciones sexuales
prematrimoniales, que suponen un compromiso total, de por vida. El
acto matrimonial sin matrimonio es un contrasentido. No se puede
anticipar un “matrimonio a prueba” ni darse una “prueba” de
amor. No se puede jugar con ese hijo, que podría venir de esa
relación sexual, y que vendría al mundo traumatizado por no haber
sido deseado y haber sentido el rechazo de sus padres desde el
primer momento de su existencia. Muchas veces, esas relaciones
conducen al aborto, que es un crimen abominable.
Y no basta decir que se hace el “sexo seguro” o “responsable”,
por usar anticonceptivos, pues éstos nunca son totalmente seguros
y, si son abortivos, son criminales y hay que descartarlos. Y
¡cuántos traumas y frustraciones por haberse entregado fácilmente
a quien después traicionó el amor y la confianza o no se conocía
bien!. Por eso, es necesario un tiempo para conocerse bien. Un
tiempo en el que se ore intensamente para pedir a Dios luz para
escoger bien a la pareja, que será compañera de toda la vida. El
amor es algo tan grande, que debe ser de por vida y no sólo hasta
que nos cansemos o haya dificultades. No basta la simple
convivencia, sin compromiso alguno; no basta el simple matrimonio
civil. Es preciso un compromiso total, casados por la Iglesia, “casados
en el Señor” (1 Co 7,39).
Por todo esto, hay que cuidar el amor como oro en polvo. Hay que
vestir con modestia, evitar bailes deshonestos, exceso de bebidas
alcohólicas o ver películas o revistas pornográficas, que
degradan el amor. La prudencia exige también evitar estar solos en
lugares solitarios, donde fácilmente se puede caer en la
tentación; pues una relación sexual con una persona a la que no se
hace el don total de sí mismo y de la cual no se quieren tener
hijos, no es más que una masturbación.
Muchos jóvenes se han acostumbrado a masturbarse, quizás
creyendo que no es malo, y se hacen cada día más egoístas y, de
alguna manera, se incapacitan para una auténtica relación de
pareja, pues en el matrimonio verán a su pareja como un objeto más
para su propia masturbación personal, con todas las frustraciones y
problemas que esto traerá consigo. Por esto, Dios nos dice por boca
de S. Pablo:
“No os engañéis, ni los que tienen relaciones sexuales
prematrimoniales, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los
homosexuales, ni los borrachos poseerán el reino de Dios. El cuerpo
no es para la fornicación. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son
miembros de Cristo? ¿Y voy a tomar yo los miembros de Cristo para
hacerlos miembros de una prostituta? Huid de las relaciones sexuales
prematrimoniales. El que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿No
sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? Glorificad
a Dios en vuestro cuerpo” (1 Co 6,9-20). “La voluntad de Dios es
vuestra santificación, que os abstengáis de las relaciones
sexuales prematrimoniales y que cada uno sepa guardar su cuerpo en
santidad y honor, que nadie se atreva a extralimitarse, engañando
en esta materia a su hermano” (1 Tes 4,3-6).
¿Podríamos imaginar a un Jesucristo condescendiente, que
permitiera el divorcio, la fornicación, el adulterio, el aborto, la
eutanasia, la prostitución, la masturbación, el matrimonio de los
homosexuales o los medios artificiales de planificación familiar?
Escuchemos al Papa Juan Pablo II: “Jóvenes, alzad con
frecuencia los ojos a Jesucristo. ¡No tengáis miedo! Jesús no
vino a condenar el amor, sino a liberar el amor de sus equívocos y
falsificaciones. Para la gran mayoría de vosotros, el amor humano
se presenta como una forma de autorrealización en la formación de
una familia. Por eso, en el Nombre de Cristo deseo preguntaros “¿estáis
dispuestos a seguir la llamada de Cristo a través del sacramento
del matrimonio, para ser procreadores de nuevas vidas? ¿Estáis
dispuestos a salvaguardar la vida humana con el máximo cuidado en
todos los instantes, aún en los más difíciles? ¿Estáis
dispuestos a vivir y a defender el amor a través del matrimonio
indisoluble, a proteger la estabilidad de la familia, la educación
equilibrada de los hijos, al amparo del amor paterno y materno, que
se complementan mutuamente?”(España, 19.08.89).
Seguid a Cristo y seguid a la Iglesia para no equivocaros. Y
nunca os arrepentiréis. Cristo es vuestra meta, caminad los dos
juntos en la misma dirección hacia JESUS. María os señalará el
camino.
El matrimonio.
“Dios mismo es el autor del matrimonio” (GS 48;Cat 1603). “En
virtud del sacramento del matrimonio, los esposos (casados por la
Iglesia) “quedan vinculados uno a otro de la manera más
profundamente indisoluble. Su recíproca pertenencia es
representación real, mediante el signo sacramental, de la misma
relación de Cristo con la Iglesia” (FC 13). Y por este sacramento
reciben la gracia de Dios para poder cumplir fielmente las
obligaciones de su estado.
El amor mutuo entre un hombre y una mujer en el matrimonio es
bueno a los ojos de Dios y es bendecido por El para que sea fecundo
(Cf Cat 1604). “Abandonará el hombre a su padre y a su madre y se
unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (Mt 19,6). “Por
ello, los actos con que los esposos se unen íntima y castamente
entre sí son honestos y dignos. Este amor, ratificado por la mutua
fidelidad y, sobre todo, por el sacramento de Cristo, es
indisolublemente fiel y, por tanto, queda excluido de él todo
adulterio y divorció” (GS 49). “El divorcio es una ofensa grave
a la ley natural” (Cat 2384).
No obstante, hay que ayudar a los divorciados para que “no se
consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en
cuanto bautizados, participar de su vida. Se les exhorte a escuchar
la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio, de la misa, a
perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las
iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar a los
hijos en la fe cristiana. La Iglesia, no obstante, fundándose en la
Sagrada Escritura, reafirma su praxis de no admitir a la comunión
eucarística a los divorciados que se casan otra vez” (FC 84).
Por otra parte, “el amor conyugal debe ser plenamente humano,
exclusivo y abierto a nuevas vidas” (FC 29). Por la cual, “toda
acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su
realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se
proponga como fin o como medio hacer imposible la procreación, es
totalmente deshonesta” (Pablo VI, Humanae Vitae). Los hijos son un
don de Dios y “la vida, desde su concepción, debe ser
salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio
son crímenes abominables” (GS 5 l). “Y quien procura el aborto,
si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae”, es
decir automática (canon 1398).
Precisamente por esto, el amor de los esposos debe ser
indisoluble, pues hablar de amor libre es hablar de libertad sin
responsabilidad, que es la antítesis del verdadero amor. El amor
libre lleva con frecuencia al aborto; en cambio, un amor auténtico
es total y definitivo, y los hijos son recibidos con amor. De esta
manera, el matrimonio se constituye en verdadero santuario de la
vida, en un vivero natural de vocaciones, en una pequeña iglesia
doméstica, donde florecen las virtudes y la caridad cristiana (Cat
1666).
Los padres educadores.
“Los padres son los primeros y principales educadores de sus
hijos y en este campo, tienen incluso una competencia fundamental:
son educadores por ser padres. Ellos comparten su misión educativa
con otras personas e instituciones, con la Iglesia y el Estado. Pero
cualquier colaborador en el proceso educativo debe actuar en nombre
de los padres, con su consenso y, en cierto modo, incluso por
encargo suyo” (Juan Pablo II, carta a las Familias, 1994)
Pero ¿qué sucede cuando la familia se deja arrastrar por el
consumismo, por el hedonismo y por el secularismo, que perturban la
realización del plan de Dios? ¿Cómo pueden los hijos que se han
quedado huérfanos, sin educadores y sin modelos, crecer en la
estima de los valores humanos y cristianos? ¿Cómo pueden
desarrollarse en ese clima aquellos gérmenes de vocación que el
Espíritu Santo continúa depositando en el corazón de los
jóvenes? “Elemento fundamental e insustituible de la educación
es el ejemplo concreto, el testimonio vivo de los padres, sólo
orando junto con sus hijos el padre y la madre... calan
profundamente en el corazón de sus hijos, dejando huellas que
posteriores acontecimientos de la vida no lograrán borrar. Madres,
¿enseñáis a vuestros niños las oraciones del cristiano?
¿Preparáis, de acuerdo, con los sacerdotes, a vuestros hijos para
los sacramentos de la primera edad: confesión, comunión,
confirmación? ¿Los acostumbráis, si están enfermos, a pensar en
Cristo que sufre? ¿A invocar la ayuda de la Virgen y de los santos?
¿Rezáis el rosario en familia? Y vosotros padres, ¿sabéis rezar
con vuestros hijos, con toda la comunidad doméstica, al menos
alguna vez?” (FC 60).
Los hijos, mientras viven en el domicilio de sus padres, deben
obedecer a todo lo que ellos dispongan para su bien y el de toda la
familia. Esta obediencia cesa con la emancipación de los hijos,
pero no el respeto que les es debido para siempre. Cuando llegan a
la edad correspondiente, los hijos tienen el deber y el derecho de
elegir su profesión y su estado de vida. Para ello, deben pedir el
parecer y consejo de sus padres, los cuales no deben presionarlos en
su elección de una profesión o de su futuro cónyuge. Cuando sus
padres son ancianos, los hijos deben prestarles la ayuda material y
moral que necesiten y apoyarlos en sus momentos de enfermedad,
soledad o abatimiento (` Cat 2217; 22182230).
Un punto importante que podemos analizar es el influjo de la
televisión en la vida familiar. Hoy día la televisión se ha
convertido en un electrodoméstico imprescindible; pero,
frecuentemente, se convierte en una niñera electrónica que, sin
darnos cuenta, nos va mentalizando y creando opiniones, no siempre
buenas y moralmente aceptables. Los niños se pasan horas cada día
en la telelandia, ese mundo irreal de la televisión, que los
incapacita para el estudio y el trabajo responsable, para el
esfuerzo y el sacrificio, cuando esta teleadicción o
teledependencia es muy fuerte.
Con frecuencia, se ve televisión juntos, pero no en compañía,
porque nadie puede hablar y todos están ensimismados, desconectados
los unos de los otros y sin opción al diálogo familiar, que es tan
importante en la vida de la familia. Por eso, hay que evitar el
influjo nocivo de la televisión por su uso indiscriminado y sin
sentido crítico, pues no pocas veces, se difunden valores y modelos
de comportamiento falseados y degradantes, con imágenes llenas de
pornografía y de brutal violencia, se inculca un relativismo moral
o un escepticismo religioso, con informes noticiosos manipulados y
transmitiendo publicidad que explota los bajos instintos. De esta
manera, la televisión puede damos una visión falseada de la vida y
obstaculiza el verdadero desarrollo de la persona y de la vida
auténticamente familiar. En este punto, los padres tienen una grave
responsabilidad y deben vigilar los programas que ven sus hijos.
La vida es sagrada.
La vida humana es sagrada, porque desde su inicio comporta “la
acción creadora de Dios” y permanece siempre en una especial
relación con El. El hombre no es su dueño absoluto y árbitro
incensurable, sino su administrador. La vida se le confía como un
tesoro que no debe malgastar, como un talento a negociar y debe
rendir cuentas de ella a su Señor. Sólo Dios es el Señor de la
vida desde su comienzo hasta su término. (EV 5253).
“La Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y
enferma es siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Contra
el pesimismo y el egoísmo que ofuscan al mundo, La Iglesia está a
favor de la vida. Por esto, la Iglesia condena como ofensa grave a
la dignidad humana y a la justicia todas aquellas actividades de los
gobiernos y de otras autoridades públicas que tratan de limitar, de
cualquier modo, la libertad de los esposos en la decisión sobre los
hijos. Por consiguiente, hay que condenar totalmente y rechazar con
energía cualquier violencia ejercida por tales autoridades en favor
del anticoncepcionismo e incluso de la esterilización y del aborto
procurado”. (FC 30).
Juan Pablo II, afirma con toda solemnidad: “Con la autoridad
que Cristo confirió a Pedro y a sus sucesores, en comunión con
todos los obispos, declaro que el aborto directo, es decir, querido
como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave. Esta
doctrina se fundamenta en la ley natural y en el Palabra de Dios
escrita; es transmitida por la tradición de la Iglesia y enseñada
por el magisterio ordinario y universal” (EV 62). Esto mismo dice,
con la misma fuerza, sobre la eutanasia y habla también de una
conjura contra la vida y de una cultura de muerte, extendida por
todas partes, a la cual debemos oponernos como hombres y como
cristianos. “Nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser
humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano o
enfermo incurable o agonizante” (EV 57).
A veces “el derecho originario e inalienable a la vida se pone
a discusión o se niega sobre la base de un voto parlamentario o de
la voluntad de una parte (aunque sea mayoritaria) de la
población... De este modo, la democracia a pesar de sus reglas, va
por un camino de totalitarismo fundamental” (EV 20). Legalizar el
aborto es legalizar la pena de muerte para muchos inocentes no
nacidos. Esto no les preocupa a muchos de nuestros contemporáneos,
para quienes el placer es el valor supremo de la vida. Se evitan los
hijos a toda costa como si fueran indeseables y sólo se busca tener
más, gozar más, pero sin esfuerzo y sin sacrificio, sin
autocontrol, sin responsabilidad. En este ambiente de sexo, placer y
anticonceptivos, se pierde el sentido humano y cristiano de la
sexualidad.
El Papa Juan Pablo II en su carta a los jóvenes del mundo entero
les prevenía contra una nueva mentalidad que ve a la mujer como
objeto de placer y se ven los hijos como una añadidura fastidiosa y
les decía: “Si es necesario, sed decididos en ir contra la
corriente de opiniones que circulan y de los slogans
propagandísticos. No tengáis miedo del amor, que presenta
exigencias precisas al hombre, sed defensores de la vida”.
Control de la natalidad.
Hoy día, es muy frecuente el uso de métodos artificiales para
controlar la natalidad y bajo la falacia de que son “científicos”
se trata de afirmar su seguridad e inocuidad. Dicen nuestros obispos
(24-08-95): “Cuando la Iglesia rechaza los métodos artificiales,
lo hace no sólo conociendo las gravísimas consecuencias que muchos
de ellos tienen para la salud de la mujer, sino sobre todo
defendiendo la dignidad de la persona humana, cuya naturaleza
trascendente pone en su horizonte mucho más que el puro placer
hedonista. Esta enseñanza se inspira en la verdad que Jesucristo
revela sobre la naturaleza de la persona humana y que ha sido
confiada a la Iglesia. No es pues, doctrina que pueda cambiar o que
defienda por falta de información”.
En primer lugar, los DIU (dispositivos intrauterinos con las
espirales, T de cobre ) hay que rechazarlos totalmente por ser
abortivos, y, por tanto, criminales. En cuanto a las píldoras, hay
algunas como la RU-486 claramente y directamente abortivas y otras
lo son indirectamente, pero todas son nocivas para la salud. Algunas
asociaciones médicas de USA han enumerado hasta 18 enfermedades
graves que pueden producir.
Con relación a las jaleas o cremas se ha podido certificar
también su efecto dañino; incluso las inyecciones de hormonas
producen graves daños a la salud.
Los métodos quirúrgicos de la vasectomía y ligadura de trompas
van contra la ley que defiende la integridad de la persona, pues son
una mutilación; van contra la salud y han sido rechazados
reiteradamente por la Iglesia, que prohíbe la esterilización
perpetua o temporal tanto del hombre como de la mujer (encíclica
Humanae vitae No. 14).
La Iglesia no acepta ninguno de los métodos artificiales y
recomienda el uso de los métodos naturales, especialmente el de
Billings. “La elección de los ritmos naturales comporta la
aceptación del tiempo de la persona, es decir de la mujer, y con
esto la aceptación del diálogo, del respeto recíproco, de la
responsabilidad común, del dominio de sí mismo. Aceptar el tiempo
y el diálogo significa reconocer el carácter espiritual, y a la
vez corporal, de la comunión conyugal, como también vivir el amor
personal en su exigencia de fidelidad” (FC 32).
Se habla mucho de métodos de planificación familiar, pero hay
que educar sobre la fidelidad, la santidad y la estabilidad del
matrimonio, del valor sagrado de la vida, de la dignidad de las
personas, de la paternidad responsable y del sentido humano y
cristiano de la sexualidad.
. “Si la Iglesia permitiera el uso de métodos de regulación
artificial de la natalidad, se abriría un camino fácil y amplio a
la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad.
Se llegaría a considerar a la mujer como simple instrumento de goce
egoísta y no como compañera amada y respetada. ¿Quién impediría
a los gobernantes favorecer y hasta imponer a sus pueblos el método
anticonceptivo que juzgasen más eficaz?” (Humanae vitae 17). Lo
cual llevaría también indisolublemente a la propagación de muchas
enfermedades como el SIDA.
Pablo VI escribió que el problema no debía referirse a suprimir
el número de comensales, sino a multiplicar el pan. No obstante, la
filosofía antivida que fomentan los promotores de la planificación
familiar se basa en la falacia de establecer una relación
directamente proporcional entre el crecimiento de la población y el
empobrecimiento de las naciones. Pero los principales economistas y
la misma realidad desmienten estos mitos de la superpoblación y de
la bomba poblacional.
Existen países con alta tasa de crecimiento poblacional que han
logrado garantizar el bienestar para sus habitantes, mientras otras
naciones subpobladas padecen graves índices de pobreza. El
bienestar no es un problema de población, sino de generación y
distribución de la riqueza.
En el documento del episcopado peruano del 28.5.93 se nos dice
“Invitamos a las organizaciones antivida a revelar con
transparencia el actuar real y los efectos colaterales de píldoras
e inyectables como Nordette, Microgynon, Depo-Provera y DIUs, pues
actúan como abortivos según los científicos y expertos de fama
internacional convocados por el Consejo Pontificio para la familia
de la ciudad de México en Marzo del 93. La Organización Mundial de
la Salud (OMS), después de serias investigaciones desarrolladas en
cinco continentes, ha reconocido, por el contrario, que el método
Billings tiene una eficacia del 98.5%, además de ser gratuito y
carecer de efectos colaterales”.
Por todo esto, hay que seguir luchando por la familia “santuario
de la vida” y defender la vida en todas sus formas, especialmente
de la vida humana aún no nacida y evitar todo lo que destruye el
matrimonio y rebaja la dignidad del ser humano. Juan Pablo II nos
dice: “Respeta defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida
humana. Sólo siguiendo este camino encontrarás justicia
desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad” (EV 5). Y les
dice a las mujeres que han recurrido al aborto: “No os dejéis
vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza. Abríos con
humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda
misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el
sacramento de la reconciliación. Os daréis cuenta de que nada
está perdido y podréis pedir perdón también a vuestro hijo que
ahora vive en el Señor. Incluso podréis estar con vuestro doloroso
testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos
a la vida. Por medio de vuestro compromiso por la vida, coronado
eventualmente por el nacimiento de nuevas criaturas y expresado con
la acogida y atención hacia quien está más necesitado de
cercanía, seréis artífices de un nuevo modo de mirar la vida del
hombre” (EV 99).
Sólo así la familia será, según el plan de Dios, un hogar
donde se acoge la vida con amor, pues para Dios no hay vidas
inútiles o sin sentido y, a pesar de las limitaciones que puedan
tener los hijos, tienen una dignidad inviolable como hijos de Dios.
Por eso, también en toda verdadera familia debe haber oración para
que Jesús ponga su paz, amor y comprensión y dé la fortaleza
necesaria para superar los problemas y tentaciones de la vida
diaria. El nos dice: “Donde están dos o tres reunidos en mi
Nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20). La familia
que reza unida permanecerá unida.
LA ORACIÓN
La oración es como el respirar, una necesidad vital. Es el
alimento del alma, la fuerza del espíritu. Sin oración no podemos
vivir espiritualmente. Sin oración la vida se vuelve triste y
vacía, porque, sin Dios, nuestra vida no puede tener sentido. Orar
es amar, es una comunicación amorosa con Dios, con palabras o sin
palabras. Puede haber momentos en que tengamos la tentación de
dejar la oración, porque no sentimos nada y creemos que perdemos el
tiempo, pero cuanto menos ganas tengamos de orar, más necesidad
tenemos de orar. El dejarla sería una trampa mortal.
La mejor oración que puede existir es la santa misa; después,
la oración oficial de la Iglesia, el rezo de la Liturgia de las
Horas, que es la oración de toda la Iglesia, unida con la misma voz
y la misma Liturgia. En ella nos unimos los sacerdotes, religiosos y
laicos del mundo entero, dando así prueba fehaciente de la unidad
de la Iglesia universal.
También es especialmente eficaz e importante el rezo diario del
rosario, si es posible, en familia. Esta oración, Nuestra Madre la
Virgen nos la ha recomendado repetidas veces en distintas
apariciones como Fátima, Lourdes. Es muy importante también hacer
todos los días una visita al Santísimo Sacramento y tener algunos
momentos para estar a solas con Dios. Decía S. Agustín que la
oración es la fuerza del hombre y la debilidad de DIOS. “Pedid y
recibiréis nos recomienda Jesús. “Sin mí no podéis hacer nada”
(Jn 15,6).
En la base de toda oración está la humildad. Decía S. Agustín
que “El hombre es un mendigo de Dios” (Cat 2559) y que “Dios
tiene sed de que el hombre tenga sed de EI” (Cat 2560).
Hay distintas clases de oración o de comunicación amorosa con
Dios. Desde la oración vocal, hablarle como un hijo a su Padre con
confianza y amor, hasta la oración contemplativa, que es amar en
silencio o un silencio amoroso. Hay oración de petición, de
alabanza, de intercesión, de perdón, de acción de gracias, de
adoración. “La Eucaristía contiene y expresa todas las formas de
oración: es la ofrenda pura de todo el Cuerpo de Cristo a la gloria
de su Nombre, es, según las tradiciones de Oriente y Occidente, el
sacrificio de alabanza” (Cat 2643).
También se puede orar con la Palabra de Dios, especialmente con
los Salmos.
“La oración es la vida del corazón nuevo” (Cat 2697), de un
corazón agradecido, de un verdadero hijo, que habla todos los días
con amor con su Padre Dios y le obedece, cumpliendo sus mandamientos
y haciendo siempre su voluntad. Es importantísima e imprescindible
la oración personal, pero no debemos descuidar la
oración-comunitaria, especialmente en familia.”Si dos de vosotros
se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa estén
seguros que mi Padre celestial se lo dará”. Porque “donde
están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy yo en medio de
ellos” (Mt 18,19-20).
La familia que reza unida, permanecerá unida y se salvará
unida. No olvidemos lo que dice S. Pablo: “Cree en el Señor
Jesús y te salvarás tú y tu familia” (Hech 16,31) Oremos en
familia y con la Comunidad parroquial y pasemos muchos momentos a
solas con Jesús Eucaristía.
LOS NOVISIMOS
Dice el Eclo 7,36: “Acuérdate de tus postrimerías y nunca
jamás pecarás”. Las postrimerías del hombre o los novísimos
son cuatro: muerte, juicio, infierno y gloria.
La muerte.
La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, una
de las realidades más trágicas y ciertas de la existencia humana,
algo a lo que debemos enfrentarnos tarde o temprano. Por eso, la
conciencia de la muerte nos hace pensar en la fragilidad de esta
vida y nos impulsa a vivirla con más intensidad. Hay que aprovechar
bien el tiempo del que disponemos. Cada minuto puede ser el último.
Solo se vive una sola vez.
La muerte hace de la vida un desafío, una constante decisión,
pues hay que actuar mientras todavía hay tiempo, después será
demasiado tarde. La muerte es el paso de lo temporal a lo eterno, de
lo temporal a lo definitivo. Es como un puente a la otra vida, a la
vida que vale, a la vida eterna. La muerte no es el final de todo,
sino el comienzo de una vida sin fin.
La visión cristiana de la muerte se expresa en el prefacio de la
misa de difuntos: “La vida de los que en ti creemos, Señor, no
termina, se transforma” ( Cat 10 12). Por eso, nos dice S. Pablo:
“No queremos, hermanos, que ignoréis la suerte de los difuntos
para que no os aflijáis como los demás que no tienen esperanza.
Pues, si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios
por Jesús tomará consigo a los que se durmieron en El. Esto os lo
decimos como Palabra del Seño..., allí estaremos siempre con el
Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras” (1 Tes
4,1318).
Ante el enigma de la muerte, “la Iglesia, aleccionada por la
Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios
para un destino feliz, situado más allá de las fronteras de la
miseria terrestre. La fe cristiana enseña que la muerte corporal,
que entró en la historia a consecuencia del pecado, será vencida,
cuando el Omnipotente y Misericordioso Salvador restituya al hombre
en la salvación perdida por el pecado” (GS 18).
Después de la muerte, viene el juicio (Heb 9,27); y a
continuación una eternidad feliz o infeliz.
La Reencarnación.
Hoy día hay muchos que creen que después de la muerte el alma
sigue vagando por el espacio hasta que encuentre un cuerpo para
volver a encarnarse en él y así sucesivamente en incontables vidas
hasta que llegue a la purificación total y definitiva. Pero, si
creemos en la reencarnación, estaríamos alejándonos de nuestra fe
cristiana. En ese hipotético caso, la Redención de Cristo no
tendría ningún valor, pues cada uno se va redimiendo a sí mismo
en sucesivas vidas. No necesitaríamos de una Iglesia para recibir
la gracia y la salvación, ni de los sacramentos, ni de los santos
ni de la Virgen María... Todo ello sería algo innecesario y sin
valor; pues, tarde o temprano, todos llegarían a conseguir la
salvación eterna, ya que tampoco existiría el infierno eterno.
Pero Dios nos dice: “Está establecido que los hombres mueran
una sola vez y después el juicio” (Heb 9,27). No existe, por
tanto, la reencarnación (Cat 1013), sino la resurrección. Por eso,
la Iglesia “permite la incineración, cuando con ella no se
cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo” (Cat 2301).
Algo parecido a la reencarnación sucede con la creencia en los
extraterrestres, pues, aunque el creer o no en su existencia no
debería afectar nuestra fe; sin embargo, al hablarnos de ellos, nos
hablan de un Cristo, “hermano mayor” un ser de otra galaxia, que
no es Dios y, por tanto, nos quitan nuestra fe en Cristo Dios,
Salvador y Redentor de la Humanidad.
El Purgatorio.
Después de la muerte viene normalmente un período de
purificación, que llamamos purgatorio, pues al cielo “no puede
entrar nada manchado” (Ap 21,27). Desde los primeros tiempos, la
Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido
sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico y
recomienda también las limosnas, las indulgencias y las obras de
penitencia en favor de los difuntos ( Cat 1030-1032).
El Concilio de Trento (Den 983) afirma: “La Iglesia instruida
por el E. Santo y apoyada en la doctrina de la S. Escritura y de la
tradición antigua de los Padres, ha enseñado en los Concilios y
ahora en este ecuménico que existe el purgatorio y que a las almas
allí detenidas se socorre con los sufragios de los fieles y
principalmente por el agradable sacrificio del Altar”.
Según 2 Mac 12,43, Judas Macabeo envió a Jerusalén dos mil
dracmas de plata para ofrecer un sacrificio por los caídos en la
batalla, pensando en la resurrección. “De no esperar que los
caídos resucitarían, habría sido inútil y necio rogar por los
difuntos, mas si consideraba que una magnífica recompensa les está
reservada a los que duermen piadosamente, era un pensamiento santo y
piadoso. Por eso, mandó hacer este sacrificio expiatorio en favor
de los muertos para que quedaran liberados del pecado”.Esta claro,
pues, que podemos ayudar a los difuntos con nuestras oraciones.
El 1 Co 3,15 se nos habla de que seremos probados por el fuego y
dice: “Aquel cuya obra queda abrasada sufrirá daño. El, no
obstante, se salvará, pero como quien pasa a través del fuego”.
. En 2 Tim 1, 18 S. Pablo desea la misericordia de Dios en el día
del juicio para su fiel auxiliar Onesíforo y dice: “El Señor le
dé hallar misericordia en aquel día cerca del Señor”. El mismo
Jesús nos dice: “ Yo te aseguro que no saldrás de allí hasta
que no hayas pagado el último centavo” (Mt. 5,26 y Mt. 118,34-35)
y sigue Jesús: “Os digo que de toda palabra ociosa que hablen los
hombres darán cuenta en el día del juicio” (Mt 12,36). Y da a
entender que hay pecados que se pueden perdonar en el otro mundo al
decir en Mt 12,32 que el pecado contra el Espíritu Santo no se
perdona ni en este mundo ni en el otro.
S. Agustín escribe: “La Iglesia universal mantiene la
tradición de los Padres: que se ore por aquellos que murieron en la
comunión del cuerpo y de la Sangre de Cristo” (Sermón 172, l).Y
sigue: “Opongan los herejes lo que quieran, es un uso antiguo de
la Iglesia orar y ofrecer sacrificios por los difuntos” (Libro de
herejías cap. 53).
El mismo ora por su madre Santa Mónica y dice: “Señor, te
ruego por los pecados de mi madre” (Confesiones IX,Cap. 13).
Muchos otros testimonios podríamos citar, sobre todo, de santos
que conocieron por revelación de Dios la necesidad urgente de
oraciones que tienen las almas del Purgatorio y oraron por ellas.
Entre ellos, debemos citar a la Beata Sor Ana de los Angeles y
Monteagudo, Sta. Margarita Ma. de Alacoque, S. Nicolás de Tolentino
y, sobre todo, la llamada doctora del Purgatorio por sus
experiencias místicas en este sentido, Sta. Catalina de Génova.
Los judíos del tiempo de Jesús, como los judíos actuales,
creían en el purgatorio, como se expresa en 2 Mac 12, y Jesús
nunca se lo criticó.
El infierno.
“La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno
y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado
mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la
muerte y allí sufren las penas del infierno , el “fuego eterno”
(Cat 1035). Así lo afirmó Cristo: “ld malditos al fuego eterno,
preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25,4 l).
Nuestra Madre la Virgen, en Fátima, el 13 de Julio de 1917 les
hace ver el infierno a los tres pastorcitos. Lucía, en sus “Memorias”,
dice textualmente: “Vimos como un mar de fuego: sumergidos en este
fuego, los demonios y las almas, como si fuesen brasas transparentes
y negras o bronceadas, con forma humana, que fluctuaban en el
incendio, cayendo hacia todos los lados, semejante al caer de
pavesas en los grandes incendios, sin peso ni equilibrio entre
gritos y gemidos de dolor y desesperación, que horrorizaban y
hacían estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus
formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos,
pero transparentes como negros carbones en brasa.
Asustados y como para pedir socorro, levantamos la vista hacia
Nuestra Señora, que nos dijo entre bondad y tristeza: Habéis visto
el infierno, adonde van las almas de los pobres pecadores. Para
salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi
Inmaculado Corazón”.
Tenemos aquí una descripción gráfica del infierno del alma,
pues todavía no están los cuerpos, hasta la resurrección. El
infierno más que un lugar de fuego es un estado del alma de
horribles sufrimientos eternos, mucho más de lo que podemos
imaginar. Es algo así como una enfermedad, que estemos donde
estemos, estaremos sufriéndola, pues el sufrimiento o la felicidad
no dependen del lugar donde nos encontremos, sino que la llevamos o
no dentro de nosotros. El infierno es un estado de vacío absoluto y
de oscuridad eterna con un odio y egoísmo total, sin Dios y sin
amor.
“Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la
Iglesia, a propósito del infierno, son un llamamiento a la
responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en
relación a su destino eterno y constituyen un llamamiento
apremiante a la conversión” (Cat 1036).
“Morir en pecado mortal, sin estar arrepentido ni acoger el
amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de El
para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de
autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los
bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”
(Cat 1033).
Que Cristo no tenga que decirnos como a Judas:”Mas le valía no
haber nacido”(Mc 14,21).
El cielo
Creemos en la existencia del cielo. El cielo es el fin último y
la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el
estado supremo y definitivo de dicha (Cat 1024).”Vivir en el cielo
es estar con Cristo”(Cat 1025). “La vida perfecta con la S.
Trinidad, la comunión de vida y amor con ella, con la Virgen
María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el
cielo”. (Cat 1024). Donde: “Ni el ojo vio ni el oído oyó ni
vino a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los que
le aman” (1 Co 2,9). Allí reinarán con Cristo por toda la
eternidad (Ap 22,5; Mt 25,21.23; Cat 1029).
El cielo es la felicidad completa y eterna de vivir en plenitud,
llenos de amor, de alegría y de paz con Dios, los santos y los
ángeles.
Reflexiones.
Veamos ahora algunas ideas (puestas en sentido directo) del gran
teólogo Ladislaus Boros, entresacadas de sus libros “Vivir de
esperanza” y “Meditaciones teológicas”.
“En la muerte se nos presenta la posibilidad de efectuar el
primer acto plenamente personal. En ese momento nos encontraremos
con Cristo y tendremos la posibilidad de hacer una decisión
completa enteramente personal, y con la plena posesión de nuestras
facultades, con claridad meridiana y con libertad total. Cristo nos
recibirá con la mirada llena de amor y esta mirada penetrará hasta
lo más íntimo y profundo de nuestro ser .En ese encuentro con
Cristo será imposible “no hacer caso” de Cristo. Tendremos que
decidirnos o por El o contra El. Lo que decidamos permanecerá para
toda la eternidad, por que en esa decisión nos habremos jugado todo
nuestro ser. Viviremos toda la eternidad según lo que entonces
hayamos decidido. La eternidad será tan sólo el desarrollo
ontológico de lo que ocurra en ese momento de nuestra muerte.
Si no nos decidimos por Cristo, el amor de Cristo nos “quemará”
eternamente y sentiremos su vacío en total soledad y oscuridad
eterna. Si nos decidimos por Cristo, El se convertirá para nosotros
en eterna luz y disfrutaremos de una felicidad sin límites.
Ahora bien, Dios no es mezquino. Es un Padre. No nos condenaremos
por casualidad, porque así lo quiso el destino, porque fuimos
llamados intempestivamente por un accidente, porque nunca conocimos
bien a Dios y nunca experimentamos su amor... Tampoco nos salvaremos
simplemente, porque tuvimos unos padres piadosos o porque nacimos en
una parte de la tierra en la que pudimos oír hablar de Dios.
Tenemos que decidirnos con plena claridad, deliberación y libertad
por Dios o contra Dios. Cada uno decidirá su destino eterno.
El purgatorio no será una ciudad de tortura o un campo cósmico
de concentración, en el que serán castigadas por Dios las
criaturas quejumbrosas, lastimeras y gemebundas. Los pensamientos de
Dios no pueden ser tan grotescos e indignos. El purgatorio será el
paso a través del fuego del amor de Cristo. Sus llameantes ojos,
llenos de amor, irán purificándonos de las escorias de nuestro
egoísmo. Cuanto más duros y fuertes sean estos residuos de
egoísmo, tanto más dolorosa y duradera será esta depuración y
purificación. Cuanto más se haya acumulado la escoria de nuestros
pecados, más intenso y prolongado será este proceso purificador.
Ahora bien, ¿qué es lo que nos dará en esta vida la seguridad
de que en el momento de la muerte nos decidiremos por Cristo? No
puede haber otra garantía que nuestro auténtico deseo de
salvación. Lo que queremos ser por toda la eternidad debemos
comenzar a serlo ahora mismo. Nuestra conversión definitiva debe
comenzar con una serie de conversiones parciales desde ahora. Cada
decisión por Dios en esta vida nos prepara para la gran y
definitiva decisión en el momento de la muerte. Toda postergación
de nuestra conversión aquí y ahora es una mentira existencial.
¿Y qué es el cielo? El cielo es una felicidad ilimitada,
eterna, y debe comprenderse como una dinámica sin límites, en él
seremos eternamente buscadores de Dios. La eternidad será un
incesante conocer y amar a Dios, un adentrarse más y más en Dios.
El cielo será una aventura permanente, siempre nueva, conociendo
diferentes perspectivas de Dios y de su amor. Será como adentrarse
en el mismo océano y ver siempre distintos aspectos de la misma
realidad. Dios es infinito y toda la eternidad no bastará para
seguir conociéndolo y amándolo más y más de acuerdo a la
capacidad de cada uno”.
El Juicio Final.
“El juicio final sucederá, cuando vuelva Cristo glorioso”
(Cat 1040). Frente a Cristo será puesta al desnudo definitivamente
la verdad de cada hombre con Dios. El juicio final será como una
manifestación pública ante todos los hombres del bien o del mal
que haya hecho cada uno. “Después del juicio final, los justos
reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y
el mismo universo será renovado”(Cat 1042). “La Escritura llama
cielos nuevos y tierra nueva a esta renovación misteriosa, que
transformará la humanidad y el mundo” (Cat 1043). “Para el
hombre, esta consumación será la realización final de la unidad
del género humano, querida por Dios desde la creación, de la que
la Iglesia peregrina era como el sacramento” (LG 1; Cat 1045).
Esta transformación será en Cristo, con Cristo y por Cristo. En
el todos somos UNO. A través de El estamos unidos a todo el
Universo y a toda la Humanidad. El es el centro del Universo y con
El vivimos en el Corazón mismo de Dios. Su Corazón es un Corazón
cósmico. De El y por El nos viene la vida. De El proviene la
salvación. “En El fueron hechas todas las cosas, las del cielo y
las de la tierra ..., todo fue hecho por El y para El. Por El quiso
Dios reconciliar todo lo que existe y por El Dios establece la paz
en el cielo y en la tierra”(Col 1, 15-20).
Unidos a Cristo resucitaremos con El y seremos felices por toda
la eternidad en unión con los santos, con los ángeles y con toda
la humanidad. Por eso, podemos decir llenos de confianza con las
palabras del Te Deum (siglo IV): En ti, Señor, he puesto mi
esperanza y no me veré defraudado para siempre. Amén.
DIOS EXISTE
A ti, que tantas veces has dicho que no crees en Dios. A ti, que
me preguntas, entre burlón y escéptico ¿has visto a Dios? A ti,
que me pediste al borde del suicidio: dame un poco de tu esperanza.
A ti, que me confesaste en un momento de sinceridad: mi ateísmo
está vacío. A ti, madre, que ante tu único hijo atropellado por
un camión, gritaste: ya no creo en Dios. A ti, que después de
tantas oraciones seguiste con tu cáncer implacable hasta la muerte
y me dijiste: Dios ha muerto en mi vida. A ti, y a tantos como tú,
que ya no tienen esperanza y no pueden creer en un Dios bueno y
misericordioso y me preguntas: ¿dónde está tu Dios?.
No te contestaré con el catecismo, diciéndote que está en el
cielo. No te diré que está en el templo, porque no tienes fe. Ni
siquiera te diré que leas la Biblia, porque no crees en ella. Pero
sí te diré: búscalo en tu corazón y lo encontrarás. Allí, en
el interior de ti mismo, oirás su voz. Cuando en la oscuridad de la
noche no puedas dormir y pienses en tu vida podrida y sientas una
gran nostalgia de felicidad, allí escucharás su voz. En la voz de
tu conciencia, escucharás la voz de Dios, de ese Dios cercano,
Padre y amigo, que nunca te deja solo ni te abandona.
¿Nunca has sentido su alegría en tu corazón, cuando obrabas
bien? ¿Nunca has sentido su reproche al obrar mal? El es AMOR,
PERDON y MISERICORDIA y está esperando como el Padre del hijo
pródigo a que te acerques para darte un abrazo y hacer una fiesta
contigo en tu corazón. Dale la oportunidad de hacerlo feliz.
Pídele perdón, pídele ayuda. No dudes, no razones, AMA. Desde
siglos y siglos muchos hombres antes que tú lo encontraron y
amaron. ¿Vas a dudar de su experiencia? ¿Te crees más inteligente
que ellos? ¿Nunca has visto su mirada a través de las estrellas,
de las flores, de los mares o de las montañas? ¿Nunca has sentido
su amor a través del amor de un ser querido? Hay muchos ejemplos de
hombres sin fe que llegaron a ser auténticos cristianos. Veamos:
André Frossard.- Conocido escritor francés, fallecido a los 80
años el 1.2.1995. Fue hijo del secretario general del partido
comunista francés y ateo hasta los treinta y tres años. En su
libro “Dios existe, yo lo encontré”, nos cuenta su conversión
y su experiencia de Dios. Por eso, pudo escribir: “Señor, ni toda
la eternidad sería suficiente para decirte cuánto te amo”.
Douglas Hyde.- Famoso periodista comunista inglés. Nos narra su
conversión, ocurrida en 1948 en su libro “Yo creí”.
Alexis Carrel.-_Premio Nóbel de medicina, francés (18731944).
En su libro “Un viaje a Lourdes” relata su conversión al
visitar el santuario de Lourdes y al ver con sus propios ojos un
milagro sorprendente por intercesión de María. Allí en Lourdes,
hay una comisión internacional de médicos para estudiar los casos
de curaciones y hasta ahora, han determinado que 67 casos son
inexplicables para la ciencia.
Paul Claudel.- Filósofo francés que se convirtió la noche de
Navidad de 1886 estando asistiendo a las Vísperas en la Iglesia de
N. Dame de París. Escribió: «En un instante, comprendí lo que
era Dios, no el Dios de los filósofos, sino el Dios real y vivo.
Entendí el inmenso y palpable amor de Cristo por los hombres y pude
entender también mi propia miseria y abyección»
Manuel García Morente.- Filósofo español, que se convirtió la
noche del 29 de abril de 1937 en París, ante la presencia de
Jesús: «Volví la cara hacia el interior de la habitación y me
quedé petrificado. Allí estaba El, yo no lo veía, no lo oía, yo
no lo tocaba pero El estaba allí y yo permanecía inmóvil,
agarrotado por la emoción. Y lo percibía, pero no tenía ninguna
sensación ni en la vista, ni en el oído ni en el tacto ni en el
olfato ni en el gusto. Sin embargo, lo percibía allí presente con
entera claridad y no podía caberme la menor duda de que era EL
¿Cómo era esto posible? Yo no lo sé. No sé cuánto tiempo
permanecí inmóvil y como hipnotizado ante su presencia. Sí sé
que no me atrevía a moverme y que hubiera deseado que todo aquello
(El allí) durara eternamente, porque su presencia me inundaba de
tal y tan íntimo gozo que nada es comparable al deleite sobrehumano
que yo sentía. ¿Cuándo terminó la estancia de El allí? Tampoco
lo sé. Terminó. En un instante desapareció. Una milésima de
segundo antes estaba El allí y yo le percibía y me sentía
inundado de ese gozo sobrehumano, que he dicho. Una milésima de
segundo después, ya no estaba El allí Ya no había nadie en la
habitación».
Y fue tal el impacto que recibió que no sólo se convirtió,
sino que se hizo sacerdote, un santo sacerdote.
Podríamos seguir citando otros muchos convertidos famosos del
ateísmo. Ellos con su vida posterior pudieron demostrar al mundo
que Dios existe y que vale la pena ser cristiano. Sin El no podemos
ser felices.
BUSCA A DIOS
San Agustín fue un hombre de corazón inquieto, incansable
buscador de la verdad y de la felicidad. Buscaba a Dios sin saberlo
y buscaba la felicidad en los placeres de la vida. Y, por esto, nos
puede decir por experiencia:
«Ay de mí, yo te buscaba, Dios mío, no con el entendimiento
del alma, sino con el sentido de la carne. Pero tú estabas más
adentro de mí que lo más íntimo de mí mismo y más alto que lo
más supremo de mi ser. Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan
nueva, tú estabas dentro de mí y yo fuera y por fuera te buscaba
yo y sobre esas hermosuras que tú creaste me arrojaba deforme. Así
andaba yo enfermo y atormentado, mientras Tú, Señor, me apremiabas
a dejar mi prisión desde lo interior de mi alma. y yo ni quería
del todo ni del todo lo quería. Y luchaba conmigo mismo y me
desgarraba a mí mismo. Decíame: ahora voy a cambiar, y casi lo
hacía, pero no lo hacía. Vacilaba entre el morir a la muerte y
vivir a la vida. Y podía más conmigo lo malo inveterado que lo
bueno desacostumbrado.
Reteníanme frivolísimas frivolidades y vanísimas vanidades,
antiguas amigas mías, y tiraban de mi vestido de carne y me decían
por lo bajo ¿nos dejas? ¿y desde este momento jamás te será
lícito estoy aquello? Y yo me sentía dominado por las pasiones y
repetía con voz lastimera ¿Hasta cuándo, hasta cuándo diré
mañana, mañana? ¿Por qué no ahora? ¿Por qué no poner fin ahora
mismo a todas mis torpezas?.
Pero un día estando en el huerto de Milán, escucha la voz de un
niño que decía: Toma y lee. Toma y lee. Abrió la Biblia al azar y
se encontró con el pasaje de Rom 13,13: “Nada de comilonas ni
borracheras, ni de prostitución o libertinajes, nada de peleas o
envidias, sino revestíos de Nuestro Señor Jesucristo y no os deis
a la carne para satisfacer sus concupiscencias”. Y él dice: “No
quise leer más. Al momento, como si se hubiera infiltrado en mi
corazón una luz de seguridad, se disiparon todas las tinieblas de
mis dudas... Y qué dulce me resultó de repente dejar las dulzuras
de las frivolidades. Antes tenía miedo de perderlas y ahora me
gustaba dejarlas. Eras Tú, Señor, el que las ibas alejando de mí.
Tú las desterrabas lejos de mí y entrabas en lugar de ellas. Tú,
que eres más suave que todos los placeres de la tierra”.
“Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está
insatisfecho hasta que descansa en Tí”. “Dios mío, ven a mí.
Mira cómo te amo y, si es poco, haz que te ame con más fuerz,.
quiero estar entre tus brazos y no separarme de ellos hasta
encontrarte en lo escondido de tu faz”.
El amor es lo que da sentido a nuestra vida. Pongamos atención a
lo que Guy de Larigaudie nos dice en su libro “Buscando a Dios”:
“La aventura más prodigiosa es nuestra propia vida. Es una
aventura más maravillosa que la conquista de un nuevo mundo o el
curso de una nebulosa. Nuestra vida no es más. que una sucesión de
gestos ínfimos que divinizados, labran nuestra eternidad. Estamos
hechos para los espacios inmensos, los horizontes sin límites. En
una palabra, estamos hechos para el infinito. Nuestro deseo de
felicidad es demasiado grande para que pueda colmarse con algo
distinto del Más Allá. Sólo la posesión de Dios colmará nuestra
ansia de amar y ser amados. Para conseguirlo, será necesario morir.
Cuando frente al mar, el desierto o una noche tachonada de
estrellas sentimos el corazón a punto de estallar de felicidad, es
bueno pensar que más allá encontraremos algo mucho más hermoso,
más grande, algo a la medida de nuestra alma, algo que colmará el
inmenso deseo de felicidad que llevamos dentro. Mi vida entera no ha
sido más que una larga búsqueda de Dios. Por todas partes,
siempre, a todas horas, he buscado su huella o su presencia. La
muerte no será para mí más que un maravilloso encuentro.
Un día, estando a punto de morir por un accidente, comprendí
que verdaderamente no hay más que una cosa importante en la vida:
amar a Dios con un amor inmenso, sin medida, con un amor de
chiquillo que adora a su madre, un amor total y sin condiciones.
Desde aquel día, no temo ya a la muerte repentina. Es cierto que
preferiría morir plenamente consciente. Me gustaría poder tomar mi
vida en el hueco de la mano y tener tiempo de elevarla hacia Dios y
dársela como mi humilde ofrenda de hombre. Y decirle con todo mi
corazón: Dios mío, sé que valgo poco, pero, a pesar de todo, os
he amado”.
DIOS VIVE EN TI
No hace falta que busques a Dios muy lejos de ti. Dios vive en tu
propio corazón. Dios está más dentro de ti que lo más íntimo de
ti mismo y más alto que lo más supremo de tu ser, como diría S.
Agustín. ¡Qué grande es el ser humano! Dios, viviendo en lo más
íntimo de su ser. Dios y el hombre, unidos por el mismo amor y la
misma vida divina. Dios y el hombre, Padre e hijo, abrazados por el
mismo amor.
Esto es lo que los teólogos llaman la inhabitación de la
Santísima Trinidad en el alma del hombre bueno, pues el pecado
original o el pecado mortal nos privan de esta vida divina. Por eso,
es tan importante el bautismo y la confesión, para ser plenamente
hombres, con cuerpo, alma y espíritu y no solamente con cuerpo y
alma. Esta unión de Dios y el hombre por la gracia santificante es
algo equivalente a la unión hipostática de la humanidad y la
divinidad en la persona de Jesús.
“Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará y
vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14.23). “¿No
sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita
en vosotros?” (1 Co 3,16; 6,16-19). Por eso, decía la Bta. Isabel
de la S. Trinidad: “Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro ¡He
hallado mi cielo en la tierra, porque el cielo es Dios y Dios mora
en mi alma!”.
Y Dios trino y uno, los TRES, como personas distintas se
manifiestan al alma, como lo afirman todos los santos. Y nosotros
sentimos la alegría de ser hijos de Dios.”El Espíritu Santo da
testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios y, si
hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con
Cristo”.(Rom 8,15-17) . Y podemos llamar a Dios, Abba, es decir
Papá (Rom 8,15).
El Papá de Jesús es mi Papá. El Creador del Universo es mi
Papá y todo lo suyo es mío. Soy HIJO DE DIOS, lo que me hace
sentir la grandeza de mi propia dignidad. Y tú ¿vives con Dios en
tu corazón?, ¿le hablas?, ¿le obedeces? ,¿lo amas?, ¿vives de
amor y para amar? Toma tu vida en serio, pues sólo se vive una sola
vez y todo lo que no es de Dios está vacío. “Todo pasa y en la
tarde de la vida sólo queda el amor” (Bta .lsabel). “Todo pasa
y en la tarde de la vida nos examinarán del amor” (S.Juan de la
Cruz).
El tiempo es corto, aprovéchalo. No hay tiempo para odiar, sólo
hay tiempo para amar, para perdonar, para hacer el bien. Dios te
espera al final del camino para darte un abrazo y decirte: “Ven a
gozar del reino eterno que te he preparado desde la creación del
mundo” (Mt 25,34). Y mientras llega ese momento del encuentro
definitivo, no tengas miedo. Pase lo que pase, todo está bajo
control de tu Padre Dios. Hasta los pelos de tu cabeza los tienes
contados (Lc 12,7). Y te dice: “No tengas miedo, porque yo estoy
contigo y tú eres a mis ojos de gran precio, de gran estima y yo te
amo mucho” (Is 43,1-5).”No tengas miedo, solamente confía en
Mí”(Mc 5,36).
JESUS TE NECESITA
Jesús te necesita para la gran tarea de la salvación del mundo.
Pero ¿serás capaz de dejarle manejar el carro de tu vida? ¿te
dejarás amar por El hasta las últimas consecuencias y aceptar su
voluntad en todo momento? ¿Puedes entregarte a El sin condiciones?
¿Has escuchado su llamado?.
Jesús está invitando a gente de la más diversa condición en
todas partes del mundo y está reuniendo a su pueblo para la gran
batalla de la conquista del mundo para Dios. ¿Has escuchado tú
también este llamado de Jesús a seguirle a tiempo completo y sin
condiciones? No es necesario que seas religioso o sacerdote; si te
sientes llamado a ello, es que te ha escogido con una especial
predilección. Pero quizás tu llamado sea simplemente a seguirle
sin miedo ni reservas en el lugar donde vives y con los hermanos que
te rodean. Quizás te está llamando hace tiempo y tú le estabas
dando largas, por miedo al qué dirán o a tantas cosas que debes
dejar. Pero si no eres capaz de arriesgarte, nunca llegarás a hacer
nada que valga la pena en la vida. Cristo quiere ser el Rey de tu
vida, el jefe de tu hogar, el dueño de tu corazón, el Señor de tu
cuerpo y de tu alma y de todas tus cosas. ¿Podrías decir de
verdad, con sinceridad, que Jesús es tu Señor?. Di ahora mismo:
Jesús es mi Señor. Dilo sin miedo. No te avergüences, porque del
que se avergüence de El y del Evangelio, también El se
avergonzará delante de su Padre celestial. Di sin temor: Yo soy de
Jesús, mi vida es de Jesús, mi familia es de Jesús, mi casa es de
Jesús, mi trabajo es de Jesús... todo es de Jesús. “Porque
ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni muere para sí mismo. Si
vivimos, vivimos para el Señor y si morimos, morimos para el Señor
y tanto en la vida como en la muerte somos del Señor” (Rom
14,7-8).
Yo te invito ahora, cualquiera que sea tu ideología y tus
opiniones, a que mires de frente a Jesús y le digas de todo
corazón: Señor, yo quisiera creer en Ti, yo quisiera predicar en
tu Nombre tu Palabra y caminar por el mundo, proclamando tu amor. Yo
quisiera ser feliz, pero no sé cómo. Ayúdame, sáname,
perdóname, libérame de tanta oscuridad que hay en mi mente y en mi
corazón. Ten compasión de mí, Señor, yo te necesito, porque soy
un pecador. Ven a mi corazón en este mismo instante, yo deseo vivir
contigo para siempre. Deseo creer en ti y vivir de ahora en adelante
solamente para Ti. Confío en Ti, Señor. Quiero que tú seas el
Señor y el Rey de mi vida, me rindo a tus pies, me postro ante Ti y
te entrego todo lo que soy y tengo. Haz de mí lo que tu quieras,
sea lo que sea te doy las gracias, porque te amo y confío en Ti,
porque tu eres mi Dios y mi Señor. Aquí estoy para servirte.
CONCLUSION
Después de haber recorrido brevemente las principales verdades
de nuestra fe, nos sentimos orgullosos de ser católicos. Jesús
está vivo y presente en las iglesias católicas en la EUCARISTIA.
Tenemos el amor de una Madre, linda y buena, la Madre de Jesús y
Madre nuestra, cuyo amor e intercesión nos obtiene grandes
bendiciones del Señor. Incluso, el amor e intercesión de nuestros
hermanos santos es para nosotros una fuente inmensa de bendiciones.
Ellos han vivido en plenitud nuestra fe católica y han llegado a
grandes alturas de santidad. Ellos han vivido el Evangelio completo
y nos hablan con experiencia de todas las verdades que nos propone
la Iglesia, que interpreta auténticamente la Escritura. Ser
católico (de verdad) es cumplir el Evangelio en plenitud. Ser
católico es ser misionero y preocupamos de la salvación de los
demás y predicarles la Palabra de Dios. Ser católico es tener una
guía segura para nuestra fe en la autoridad del Papa y no en
nuestra propia interpretación personal de la Palabra de Dios. Ser
católico significa ser universal y pertenecer a la Iglesia de
Cristo, a la única Iglesia de Cristo que El fundó, columna y
fundamento de la verdad. Esto lo decimos con humildad, pero con la
firmeza de la verdad.
Demos siempre gracias a Dios por el regalo inmerecido e
inestimable de nuestra fe católica. A aquéllos que han abandonado
nuestra fe podríamos decirles con S. Pablo: “me maravillo de que
tan pronto, abandonando al que os llamó en la gracia de Cristo os
hayáis pasado a otro Evangelio. No es que haya otro, lo que hay es
que algunos os turban y pretenden pervertir el Evangelio de Cristo,
pero, aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciara otro
Evangelio distinto del que os hemos anunciado ¡sea anatema! ¡Os lo
he dicho antes y ahora de nuevo os lo digo: Si alguno os predica
otro Evangelio distinto del que habéis recibido, ¡sea anatema!
(Gal 1,6-9).
La Iglesia es la roca firme de la verdad, fundada por Cristo
sobre la autoridad del Papa: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra
edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán
contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos; lo que
ates en la tierra, será atado en el cielo y lo que desates en la
tierra será desatado en el cielo” (Mt 16, 18-19).
Que Jesús te bendiga por medio de María, Amén.
Tu hermano P. Angel Peña O.A.R.
Tu eres la esperanza de la Iglesia. Cristo cuenta contigo y te
necesita para la gran tarea de la salvación del mundo. Sonríe,
Dios te ama.