P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.
REGRESANDO A CASA (Cristianos convertidos a la fe católica)
LIMA – PERÚ
REGRESANDO A CASA (Cristianos convertidos a la fe católica)
Nihil Obstat P. Fortunato Pablo Prior Provincial Agustino
Recoleto
Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca
(Perú)
ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA – PERÚ 2005
ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN
ACLARACIONES DOCTRINALES: Imágenes. Tradición. Biblia.
Eucaristía. Virgen María. Iglesia católica. Purgatorio. El Papa.
TESTIMONIOS Henry Newman. Robert Hugh Benson. Vernon Johnson.
Gilbert K. Chesterton. Ronald Knox. Juan W. Verkade. Irma Barsy.
Kenyon Reynolds. Juan Tsching Hsiung. Sven Stolpe. Sigrid Undset.
Cornelia de Vogel. Heinrich Schlier. Thomas Merton. Julien Green.
Ephaïm Croissant. Max Thurian. Malcolm Muggeridge. Alec Guinness.
Richard John Neuhaus. Luis Miguel Boullón. Joseph Ranalli. Raymond
Ryland. James Pitts. Thomas Ricks. Robert Williams. Stephen Ray.
Linda Poindexter. Marcus Grodi. Ed Fride. Cristopher Dixon. Rick
Ricciardi. Larry Lewis. David B. Currie. John Davis. Burns Seeley.
Jay Damien. Larry Blake. Kenneth Guindon. Steve Wood. Pam Forrester.
Stuart Swetland. Michel Viot. Steve Clifford. Bod Sungenis. Al
Kresta. Scott Hahn. Paul Thigpen. Graham Leonard. A los hermanos
separados. El Credo. Convertidos que marcan el camino. Mi
experiencia.
CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA
PÁGINAS WEBS INTRODUCCIÓN
Desde el tiempo de la Reforma, comenzada por Lutero en el siglo
XVI, los grupos protestantes o de hermanos separados se han
multiplicado indefinidamente. El Oxford Dictionary of the Christians
(Diccionario de Oxford sobre los cristianos) habla de más de 28.000
iglesias cristianas, nacidas desde entonces. Por eso, la pregunta
más elemental que surge es: ¿Es lo mismo ser cristiano de una o de
otra denominación? Algunos evangélicos dicen: yo no soy de ninguna
iglesia, yo soy de la Iglesia de Cristo. Con esto quieren decir que
son de la Iglesia fundada por Cristo. Pero ¿pueden estar seguros?
¿Cómo pueden saber que están en la verdadera Iglesia fundada por
Cristo y que todas sus doctrinas son las mismas que enseñó Jesús
y sus apóstoles?
La mayoría de estas iglesias cristianas tienen diferencias
importantes en la interpretación de la Biblia. Unas tienen
sacerdotes y obispos, otras solamente sacerdotes, otras sólo tienen
pastores laicos.
Casi todas aceptan el divorcio y los anticonceptivos o el aborto,
en ciertos casos. Algunas aceptan el matrimonio de homosexuales y
que ellos puedan ser ministros ordenados. En ciertas iglesias,
aceptan que las mujeres puedan ser sacerdotes. Y así hay otras
diferencias sobre el bautismo de niños o la comunión...
La falta de autoridad lleva a la falta de unidad y, si no hay
unidad en la fe, ¿cómo podemos creer que esa iglesia es la Iglesia
de Cristo?
Lamentablemente, la ignorancia de muchos católicos, que no
conocen su fe y, sobre todo, no la viven, les hace buscar en otras
iglesias lo que tienen en plenitud en la Iglesia católica. Alguien
ha dicho: católico ignorante, seguro protestante. En cambio,
muchísimos hermanos de otras iglesias cristianas, bien preparados
en la Biblia, como pastores y teólogos, se hacen católicos, sobre
todo en Europa y USA. Se han dado cuenta de que la Iglesia católica
defiende las mismas cosas que los cristianos de los primeros siglos
y en ella hay autoridad, unidad y universalidad. Ella es la misma
Iglesia fundada por Cristo, que sigue existiendo en continuidad
ininterrumpida desde Cristo hasta la actualidad. Para estos
hermanos, el convertirse a la Iglesia católica es simplemente
volver a casa. Se habían alejado por la Reforma y ahora vuelven a
encontrar su propia casa, regresando a Roma, de donde salieron.
Ojalá que el testimonio de algunos protestantes convertidos a la
fe católica pueda guiar a otros más en el camino a casa. Las
puertas de la Iglesia están abiertas a todos. Y Dios sigue obrando
maravillas de santidad y grandes milagros en los santuarios,
especialmente marianos, como señal evidente de que Él sigue vivo
en la Iglesia como hace dos mil años. En este libro, hablaremos
solamente de los convertidos del protestantismo. En otro libro,
hemos hablado ya de los convertidos ateos y judíos a nuestra fe. Si
tú eres cristiano no católico o católico no practicante, este
libro es para ti. Es posible que Jesús te hable a través de estas
páginas, pues te sigue esperando y quiere marcarte el camino para
que vuelvas a casa.
ACLARACIONES DOCTRINALES
Vamos a comenzar, aclarando algunas ideas sobre los principales
puntos en discusión con los hermanos separados.
LAS IMÁGENES
Nuestros hermanos separados dicen que las imágenes son ídolos y
que los que tienen ídolos son idólatras y, por tanto, se van a
condenar, porque la idolatría está condenada en la Biblia como un
gran pecado. Por eso, cuando algún católico se convierte a su fe,
le ordenan que queme todas las imágenes y objetos religiosos de su
casa.
Pero, ¿qué es ídolo? Según podemos leer en el diccionario de
la lengua castellana, ídolo es la imagen de un falso dios, que no
existe y, por tanto, ni oye, ni ve, ni entiende. Ahora bien,
¿podrían mostrarnos una sola imagen de un falso dios, que tengan
los católicos? No existe ninguna. Las imágenes de Jesús son de
verdadero Dios, porque Jesús es Dios. De las imágenes de María o
de los santos, nadie dice que sean dioses, sino criaturas humanas
ejemplares, que, al igual que los héroes, son un ejemplo para
nosotros. Además, ellos existen y nos oyen y nos aman; y Dios
quiere que los invoquemos para obtener por su intercesión muchas
bendiciones, como lo enseña la experiencia de millones de
católicos en el mundo entero.
En la parábola del rico Epulón vemos cómo él pide ayuda al
santo Abraham y Jesús no dice que eso esté mal. Jeremías, ya
muerto, intercede por el pueblo de Israel (2 Mac 15,14-16). El
profeta Elías sigue haciendo milagros después de muerto (Eclo
48,13-15). Y en el Apocalipsis vemos cómo los veinticuatro ancianos
presentan las oraciones de los santos, es decir, de los seguidores
de Jesús (Ap 5,8;8,3-5).
Por otra parte, si las imágenes fueran cosa del diablo, ¿cómo
explicar que nos ayuden a orar más y mejor? Las imágenes son
recordatorios, para poder recordar más a Jesús o a los santos y
así poder hacer más y mejor oración delante de su imagen que
delante de la pared. Los primeros cristianos pensaban así y
pintaron lindas imágenes en las catacumbas de Roma en los tres
primeros siglos, durante las persecuciones. ¿Acaso en ese tiempo ya
estaba el cristianismo falsificado?
Si tomamos a la letra el texto de Ex 20,4: No te harás escultura
ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que
hay abajo en la tierra, deberíamos prohibir absolutamente toda
imagen de cualquier tipo. Deberíamos evitar tener fotografías de
paisajes o de personas. Estaría prohibido el arte de la pintura o
escultura. Incluso, deberíamos evitar llevar dinero en el bolsillo,
pues también tiene imágenes de personas.
Dice la Biblia que Jesús es imagen de Dios (Col 1,15), ¿por
qué no podemos tener sus imágenes para recordar y amar más a Dios
en Él? Dice la Biblia que nosotros estamos hechos a imagen y
semejanza de Dios (Gén 1,26-27). ¿Habría que quemar a todos los
hombres por ser imagen de Dios? ¿Acaso el ser imagen de algo vivo
es malo? Si Jesús hubiera vivido en este siglo, ¿no nos hubiera
gustado estar con él en videos o películas y escuchar directamente
sus palabras?
En la Biblia no se prohibe tener imágenes, sino solamente las de
los dioses falsos, que no existen. En Num 21,8 se manda hacer una
serpiente para que sean curados de las mordeduras de serpientes
venenosas. En el arca de la alianza había dos querubines de oro (Ex
25,28), y también había querubines y figuras de otros animales en
otros lugares (Ex 26,1;1 Reg 6,23.32;7,29).
Al igual que los judíos sacaban en procesión el arca de la
alianza, nosotros llevamos en procesión las imágenes sagradas para
honrar y venerar a las personas que representan. Nuestro homenaje va
a las personas representadas y no al material de que están hechas
las imágenes. Por eso, ofrecemos flores, velas y nos arrodillamos
ante ellas como ante una persona digna de respeto. Un hijo se
arrodilla ante su padre para pedirle su bendición. Josué se
arrodilló ante el ángel (Jos 5,15), la sunamita se arrodilló ante
Eliseo para pedirle ayuda (2 Reg 4,27), y los judíos se
arrodillaban ante el arca de la alianza (Jos 7,6).
Así como los hermanos separados tienen una gran veneración por
la Biblia y la colocan en un lugar importante y procuran no
profanarla, usándola para cosas poco dignas, así las imágenes
sagradas merecen nuestro respeto y debemos evitar usarlas para cosas
poco dignas. Por eso mismo, deben ser hechas con buen gusto para que
puedan inspirar devoción, porque una imagen mal hecha y de mal
gusto, puede ser contraproducente. De ahí que los artesanos de
imágenes deben tener sentido de la belleza. Al igual que sería una
falta de respeto imprimir la Biblia con muchas faltas de
ortografía, con dibujos de mala calidad o con borrones.
El año 787, en el segundo concilio de Nicea, cuando todavía no
existían hermanos evangélicos, la Iglesia reconoció que es
legítima la representación de Jesús en imágenes sagradas. Y
allí definió: Siguiendo la enseñanza divinamente inspirada de
nuestros santos Padres y la tradición de la Iglesia católica,
definimos con toda exactitud y cuidado que las venerables y santas
imágenes, como también la imagen preciosa y vivificante cruz,
tanto las pintadas como las de mosaico u otra manera conveniente, se
expongan en las santas iglesias de Dios, en los vasos sagrados y
ornamentos, en las paredes y cuadros, en las casas y en los caminos,
tanto las imágenes de Nuestro Salvador Jesucristo como las de Ntra.
Señora Inmaculada, la santa Madre de Dios, los santos ángeles y de
todos los santos y justos (Cat 1161).
San Juan Damasceno, que fue el principal luchador contra los
iconoclastas (los que rechazaban las imágenes sagradas), dijo: La
belleza y el color de las imágenes estimulan mi oración. Es una
fiesta para mis ojos, del mismo modo que el espectáculo del campo
estimula mi corazón para dar gloria a Dios (Cat 1162).
Además, la experiencia enseña que las imágenes sagradas son
poderosas para alejar el poder del maligno, que huye de todo lo
sagrado. Lo puedo decir por propia experiencia. Por otra parte,
Martín Lutero, el que comenzó la Reforma, aceptaba las imágenes,
porque decía que eran el Evangelio de los pobres ¿Por qué
seguirlo en unas cosas y en otras no?
LA TRADICIÓN
Cuando la Iglesia católica habla de la Tradición, se refiere a
la Tradición apostólica, con mayúscula, o a aquellas tradiciones
que forman el conjunto de verdades que los apóstoles recibieron de
Jesús o por inspiración del Espíritu Santo, y que ellos
transmitieron de viva voz, aunque algunas de estas cosas no estén
escritas en la Biblia. No se habla aquí de tradiciones o costumbres
humanas que pueden ser temporales o criticables. Por eso, la
Tradición, o Tradiciones, en cuanto verdades de fe transmitidas
desde los apóstoles, son fuente de fe para nosotros.
Pensemos en el primer concilio de Jerusalén (Hech 15). Allí los
apóstoles, obispos y presbíteros, se reunieron para tratar el tema
de si la Ley de Moisés debía ser obligatoria para los gentiles
convertidos. Dicho de otra modo: si los gentiles debían obedecer
ciertas enseñanzas del Antiguo Testamento (enseñanzas bíblicas) o
no. El concilio, para decir que no estaban obligados, no recurrió a
ninguna palabra de Jesús ni a ningún escrito del Nuevo Testamento.
La base de su decisión fue la autoridad misma del concilio
presidido por Pedro. El “nosotros creemos” (Hech 15,11) dicho
por Pedro fue determinante. Y estas creencias no estaban escritas en
ningún lugar.
El mismo Jesús apoyó la tradición oral, no escrita, de los
fariseos y dice: Los maestros de la ley y los fariseos se sentaron
en la cátedra de Moisés. Vosotros debéis obedecerlos y hacer lo
que ellos dicen, pero no hacer lo que ellos hacen; porque ellos no
hacen lo que dicen (Mt 23,2-3). Por eso, podemos preguntar: ¿dónde
dice la Biblia que solamente la Biblia es la única fuente de fe?
¿Dónde se dice que las únicas verdades, que debemos creer, están
en la Biblia?
Recordemos que hay verdades que no están en la Biblia. Léase Jn
21,25; Jn 20,30;2 Jn 12. En 2 Tes 2,15 se dice: Manteneos firmes y
conservad las tradiciones, que habéis aprendido de nosotros de viva
voz o por carta. Os alabo, porque os acordáis de mí y conserváis
las tradiciones tal como os las he transmitido. Ver otros textos: 2
Tim 1,13;2,2; 1 Tes 2,13;3,4;4,2; 2 Tes 3,6; 1 Co 11,2 y 15,3.
Cristo no escribió ni mandó escribir; pues, si hubiera mandado
escribir, quizás ahora hubiera 11 Evangelios o más. Cristo mandó
predicar (Mc 16,16) y muchas cosas que se predicaron no están en la
Biblia. Si se hubieran escrito todas las cosas que hizo Jesús, ni
todo el mundo bastaría para contener los libros que se hubieran
escrito (Jn 21,25).
Cristo mandó predicar todo. Dice literalmente: “Id y
bautizad..., enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”
(Mt 28,20). Y ¿cómo sabemos cuál es el todo, si no está escrito?
Ahí está la Tradición apostólica, esa tradición de las cosas de
fe, que se han transmitido por vía oral desde los apóstoles hasta
nosotros. Algunas de estas verdades, la Iglesia con su autoridad las
ha definido para ser creídas con seguridad como la virginidad de
María o la presencia de Jesús en la Eucaristía o la Asunción o
la Inmaculada Concepción de María. La Tradición apostólica
aclara muchas dudas sobre cómo interpretar algunas verdades
escritas en la Biblia, incluso sobre la divinidad de Cristo o sobre
la resurrección, que muchos cristianos a lo largo de los siglos han
negado y siguen negando.
Veamos lo que decía San Ireneo (140-205): “En todas las
iglesias del mundo se conserva viva la Tradición de los apóstoles,
pues podemos contar a todos y cada uno de sus sucesores hasta
nosotros. Como sería largo enumerar aquí la lista de los obispos
que sucesivamente ocuparon la silla de los obispos, que ordenaron
los mismos apóstoles, basta citar la silla de Roma, la mayor y la
más antigua de las Iglesias, conocida en todas partes y fundada por
san Pedro y san Pablo. La Tradición de esta sede basta para
confundir la soberbia de aquellos que por su malicia se han apartado
de la verdad; pues, ciertamente, la preeminencia de esta Iglesia de
Roma es tal que todas las Iglesias, que aún conservan la Tradición
apostólica, están en todo de acuerdo con sus enseñanzas”.
San Ireneo nombra a los primeros Papas después de Pedro: Lino,
Anacleto, Clemente, Evaristo, Alejandro, Sixto, Telésforo, Higinio,
Pío, Aniceto, Sotero, Eleuterio. “No es preciso ir a buscar la
verdad en otros, es fácil recibirla de la Iglesia. La enseñanza de
la Iglesia es en todas partes y siempre la misma, se apoya en el
testimonio de los profetas, de los apóstoles y de todos los
discípulos. Recibimos esa fe de la Iglesia como un depósito
precioso, encerrado en un vaso excelente. Donde está la Iglesia,
allí está el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de
Dios, está la Iglesia y toda gracia” (Contra los herejes 3.24,1).
Decía Tertuliano en el siglo II: “¿Quiénes sois vosotros y
de dónde venís? Al principio estabais en el seno de la Iglesia
católica, al separaros de ella ¿quién os dio la misión de
predicar esas nuevas doctrinas? Todo aquel que habla en nombre de
Dios debe ser enviado por Dios. Probad vuestra misión... Mostrad el
origen de vuestras iglesias, exponed la serie de vuestros obispos,
que se sucedieron desde el principio, de tal manera que el primer
obispo haya tenido como garante y predecesor a uno de los apóstoles
o a uno de los hombres apostólicos que permanecieron hasta el final
en comunión con los apóstoles... Está bien establecido que toda
doctrina que está de acuerdo con esas iglesias matrices y fuentes
de fe, debe ser considerada como verdadera, puesto que contiene, sin
duda alguna, lo que esas iglesias recibieron de los apóstoles, los
apóstoles de Cristo y Cristo de Dios”.
Así pues, hay una Tradición oral, que se trasmitió desde los
apóstoles. No olvidemos que la Biblia quedó establecida como tal
con todos sus libros el año 393 en el concilio de Hipona y el año
397en el concilio de Cartago. Y, sin embargo, antes de que existiera
la Biblia como tal, existía la Iglesia, y los fieles tenían una fe
sólida y sin dudas, basada en la Tradición oral, guiados por la
autoridad del Papa, sucesor de Pedro. Por eso, la Iglesia es
necesaria según el plan de Cristo, y lo mismo el Papa. De otro
modo, durante los cuatro primeros siglos, sin Iglesia y sin
autoridad, sin Biblia y sin tradiciones auténticas, los fieles
hubieran caído en el error y la Iglesia de Cristo hubiera
desaparecido.
La Biblia y la Tradición son dos fuentes de la revelación, que
se complementan. Pero, como dice el Catecismo católico: “Hay que
distinguir esta Tradición apostólica de las “tradiciones”
teológicas disciplinares, litúrgicas o devocionales, nacidas en el
transcurso del tiempo en las iglesias locales. Éstas constituyen
formas particulares en las que la gran Tradición, recibe
expresiones adoptadas a los diversos lugares y a las diversas
épocas. Sólo a la luz de la gran Tradición, aquéllas pueden ser
mantenidas, modificadas o también abandonadas bajo la guía del
Magisterio de la Iglesia” (Cat 83).
Sí, no podemos olvidar que la Iglesia enseña a través de la
autoridad del Papa, que nos da garantía de que nuestra fe es
auténtica, sobre todo, cuando el Papa enseña una verdad “ex
cathedra”, es decir, con toda su autoridad, con el deseo de
imponer una verdad de fe y costumbres para que sea creída por todos
los fieles como revelada. En este caso, decimos que no se puede
equivocar, porque es infalible; pues si se pudiera equivocar,
diríamos que nunca podríamos estar seguros de ninguna verdad y,
por tanto, cada uno podría opinar sobre cualquier cosa a su manera,
y no habría UNIDAD.
Por eso, cuando la Biblia necesita interpretación, solamente el
Papa, como representante de Cristo, puede interpretarla
auténticamente. No es que el Magisterio de la Iglesia o la
autoridad del Papa esté por encima de lo que dice la Biblia, sino
que está a su servicio, pues el Papa nos ayuda a entenderla y a no
equivocarnos en la interpretación. Cristo le dio su autoridad al
decir: “Lo que ates en la tierra, será atado en el cielo y lo que
desates en la tierra, será desatado en el cielo” (Mt 16,19).
De este modo, vemos que la Escritura (Palabra de Dios escrita en
la Biblia), la Tradición (revelación transmitida oralmente) y el
Magisterio de la Iglesia, están íntimamente unidos, de modo que
ninguno puede subsistir sin los otros y los tres se complementan
para esclarecer la revelación de Dios a los hombres.
¿Qué pasa, cuando solamente tenemos la sola Escritura? Que cada
uno la interpreta a su manera, como si fuera la máxima autoridad o
el Papa de su Iglesia, y así hay tantas interpretaciones como
personas. De ahí tanta división de los hermanos separados en miles
de iglesias distintas.
LA BIBLIA
Es la Palabra de Dios escrita. “Hombres movidos por el
Espíritu Santo han hablado de parte de Dios” (2 Pe 1,20). Pero
hay en la Biblia “cosas difíciles de entender que los ignorantes
y débiles interpretan torcidamente para su propia perdición” (2
Pe 3,16). Por eso mismo, dice san Pedro que “ninguna profecía
(palabra) de la Escritura es de interpretación personal” (2 Pe
1,20). Entonces, si no es de interpretación personal ¿quién puede
interpretarla auténticamente? Sólamente el Papa, con la autoridad
recibida de Cristo para atar y desatar, mandar y prohibir (Mt
16,19).
Por consiguiente, la doctrina protestante del libre examen, es
fuente de confusión, pues cada uno puede creer lo que cree que Dios
le dice al leer la Biblia. Y, si cada uno puede interpretar la
Escritura por su cuenta, debería prohibirse la predicación sobre
la Escritura, pues eso lleva a condicionar y aceptar una determinada
interpretación, que da el pastor o el líder del grupo. Igualmente,
debería estar prohibido el escribir o hablar a otros sobre lo que
nosotros creemos que dice la Biblia, pues podríamos estar abusando
de su ignorancia o de su comprensión, pues, supuestamente, el
Espíritu Santo enseña a todos por igual.
Una Biblia abierta sin buena interpretación es como una farmacia
abierta sin farmacéutico o sin médico que recete, pues cada uno
puede recetarse lo que quiera y busca lo que cree que más le
conviene y se equivoca y, en vez de hacerle bien, le hará daño.
Todos hemos conocido en nuestro tiempo fanáticos
fundamentalistas, que han llevado al suicidio colectivo con la
Biblia en la mano. ¿Qué diríamos, si alguien toma al pie de la
letra lo que dice Jesús: ¡Si tu ojo te hace pecar, sácatelo y
tíralo, pues es mejor entrar en el cielo tuerto que con dos ojos ir
al infierno! Si una señorita creyera que sus bonitos ojos son
ocasión de pecado para los hombres y se los sacara para seguir la
Biblia literalmente, diríamos que ha cometido un gravísimo error,
por mala interpretación. Lo mismo habría que decir, si alguien se
mutila una mano o un pie, porque con la mano peca continuamente y
agrede a otros. Por ello, hay que entender el sentido y atender el
contexto. Y debe haber una autoridad que pueda decir la última
palabra en nombre y con la autoridad de Jesucristo, para que haya
unidad en la fe como la tienen los católicos.
Porque ¿cómo saben los hermanos separados lo que es lo bueno y
lo que es malo en cuestiones difíciles de las que no habla la
Biblia? Por ejemplo, sobre el aborto, la eutanasia, los
anticonceptivos, la fecundación artificial, la manipulación
genética, la clonación o sobre ciertas teorías modernas sobre
sexualidad, política, economía o medio ambiente.
Otro punto importante a aclarar es cuántos son los libros de la
Biblia. La misma Biblia no lo dice. ¿De dónde saben los
evangélicos cuáles y cuántos son los libros de la Biblia? Los
recibieron así de la Iglesia católica en el siglo XVI.
Precisamente, en ese siglo, Lutero, con su propia autoridad, dijo
que los libros llamados deuterocanónicos (Tobías, Judit, Baruc,
Eclesiástico, Sabiduría y 1 y 2 de Macabeos) no eran auténticos.
Pero estos libros del Antiguo Testamento están incluidos en la
traducción griega de los LXX y los mismos apóstoles usaron esta
traducción, de modo que, de las 350 citas del Antiguo Testamento
que hay en el Nuevo, más de 300 son de la traducción de los LXX,
luego quiere decir que los apóstoles los aceptaban. Además,
Lutero, por su propia cuenta, rechazó la carta a los Hebreos,
Santiago, Judas y el Apocalipsis. Luego Lutero no tenía la
autoridad de Dios, pues actualmente todos los hermanos separados
aceptan estos cuatro libros. Y, si Lutero se equivocó en algo tan
importante como los libros de la Biblia, ¿podremos darle autoridad
en otras cosas?
Podemos preguntar: ¿Por qué el Espíritu Santo esperó cuatro
siglos para que estuviera completa la colección de libros del Nuevo
Testamento? ¿Por qué los apóstoles no nombraron los libros
inspirados para tener una regla segura de fe? La Iglesia primitiva
parece que no tuvo mucha prisa. Por eso, podemos decir que el Nuevo
Testamento no dio origen a la Iglesia, sino que, más bien, la
Iglesia dio origen, con su autoridad, al Nuevo Testamento.
Primero es la Iglesia y después la Biblia completa. Además,
¿qué ocurriría si se descubre la carta a los de Laodicea (Col
4,16), que según algunos, Pablo escribió y se ha perdido? Para los
católicos no supone nada, pero para los hermanos separados
¿supondría un reajuste de su fe?
Cristo no dijo: “id y repartid Biblias y el que la lea se
salvará y el que no la lea se condenará”. En ese caso, la
Iglesia cristiana hubiera sido un club de lectores de la Biblia.
Pero ¿y los que no sabían leer? ¿No se hubieran salvado? ¿Y los
que no han leído nunca la Biblia, no se podrán salvar? Pensemos
que hasta el siglo IV no se sabía cuáles eran los libros de la
Biblia. Y hasta la invención de la imprenta, las Biblias se
copiaban a mano y los códices eran escasos, muy caros, y estaban
normalmente en latín. Por eso, el pueblo no podía leer la Biblia.
Y, después de la invención de la imprenta, hasta nuestros días,
ha habido y sigue habiendo millones de personas que no saben leer.
Por eso, la Iglesia católica ha sido y seguirá siendo la
auténtica intérprete de la Palabra de Dios (oral o escrita). Tiene
una experiencia de dos mil años. La Palabra de Dios no cambia. Por
lo cual, cuando queramos interpretar actualmente algún pasaje
bíblico, debemos ver cómo lo interpretaron tantos millones de
católicos, que vivieron antes que nosotros, especialmente los
grandes santos de los primeros siglos. San Jerónimo, era un gran
sabio, que sabía hebreo, griego y latín, y tradujo toda la Biblia
al latín ¿Acaso él, leyendo e interpretando la Biblia de acuerdo
al sentir de la Iglesia y a la Tradición de los apóstoles, no
creía en la virginidad perpetua de María? ¿y en la presencia de
Jesús en la Eucaristía? ¿Cómo vienen ahora a decirnos que
estamos equivocados? La palabra de Dios no cambia, las verdades de
la fe son eternas y lo que Cristo enseñó y se escribió en la
Biblia, no puede estar en contradicción con lo que los mismos
apóstoles enseñaron y transmitieron a sus sucesores en la Iglesia
católica.
Por eso, los maestros de la Biblia, los que transmiten la fe,
deben hacerlo de acuerdo al sentir de la Iglesia. Veamos un ejemplo.
El diácono Felipe, llevado por el Espíritu, se va al encuentro del
eunuco etíope y le enseña la interpretación auténtica de la
Biblia. Él es una persona autorizada, que había recibido la
autoridad como diácono por la imposición de manos de los
apóstoles. No basta leer la Biblia y entenderla con buena voluntad.
El etíope no la entendía (Hech 8, 26-40). Los discípulos de
Emaús no la entendían y Jesús les dice “Oh insensatos y tardos
de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas” (Lc
24,25). Ellos necesitaron de una persona autorizada que les
explicara la Biblia de acuerdo a la interpretación de la Iglesia.
Leer la Biblia es bueno, pero leerla interpretándola a nuestra
manera es malo. Hay que aceptar la autoridad de la Iglesia a través
de la persona del Papa, que no está por encima de la Palabra de
Dios, sino a su servicio; pues nos interpreta el auténtico sentido
para que no nos equivoquemos. Por eso, el Papa, cuando define algo
como dogma de fe, no lo hace arbitrariamente por su cuenta. Los
últimos dogmas sobre la Inmaculada Concepción o Asunción de la
Virgen María a los cielos ya eran creídos en toda la Iglesia y,
después de consultar a los obispos del mundo, los definió para que
nadie pudiera ponerlos en duda. La autoridad del Papa es un servicio
a la fe para darnos seguridad de que lo que creemos es cierto y no
haya lugar a dudas.
A muchos de nuestros hermanos separados, Jesús les podría decir
lo que les dijo a los saduceos: “No entendéis las Escrituras ni
el poder de Dios” (Mt 22,29). Sólo la Iglesia, fundada por
Jesús, que desde el siglo primero, en el Credo de los apóstoles,
se llama una, santa, católica y apostólica, es la “columna y
fundamento de la verdad” (1 Tim 3,15).
Muchos hermanos separados dicen que para salvarse sólo hay que
tener fe en Jesús y aceptarlo como Salvador personal. ¿En qué
parte de la Biblia se dice eso? En ningún lugar de la Escritura se
habla de la sola fe para salvarse. La palabra sola fue puesta por
Lutero, al traducir la Biblia al alemán, sabiendo muy bien que esa
palabra no estaba en el original griego. Por eso, en ninguna parte,
el Espíritu Santo inspiró a los autores sagrados a hablar de la
sola fe como única fuente de salvación. Pablo dice a los gálatas
que “somos salvados por la fe, que actúa por el amor” (Gál 5,
6). Y, claramente, en la carta de Santiago se nos dice que “la fe
sin obras es una fe muerta” (Sant 2,26). Precisamente, por ello,
Lutero con su propia autoridad, en contra de la voluntad de Dios,
quitó esta carta de la lista de libros inspirados.
En muchos lugares, se nos dice que Dios juzgará a cada uno
según sus obras (Rom 2,6; 2 Tim 4,14; Ap 2,23; 20,12; 22,12; Ef
6,8; 1 Co 3,8.13-15; Ez 18,30; Sab 61,13; Jer 25,14; 32,19).
“El Hijo del hombre pagará a cada uno según su conducta”
(Mt 16,27) ¿Acaso podrá salvarlo la fe? La fe sin obras está
muerta (Sant 2,17). En el juicio final (Mt 25) no se nos va a juzgar
sobre la fe sino sobre las obras. Cuando el joven rico le pregunta a
Jesús qué tiene que hacer para salvarse, Jesús no le dice: Ten fe
y te salvarás, sino cumple los mandamientos (Mc 10,17-22).
LA EUCARISTÍA
El punto central y fundamental de la fe católica es Cristo;
Cristo vivo y resucitado, presente entre nosotros en el sacramento
de la Eucaristía como un amigo cercano, que siempre nos espera. El
Evangelio es claro. Jesús afirma sin lugar a dudas: “Yo soy el
pan de vida” (Jn 6,34). “El que come mi carne y bebe mi sangre
tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 54).
Algunos hermanos separados dicen que esto hay que entenderlo
simbólicamente. ¿Simbólicamente qué? ¿El comer su carne y beber
su sangre? ¿El tener vida eterna y resucitar en el último día? La
vida eterna no es ninguna cosa simbólica, y no se puede decir que
lo primero, comer y beber, es simbólico y lo segundo no.
Además, Jesús, en la última Cena, les dice seriamente Tomad y
comed; “Esto es mi cuerpo” (Mt 26,26). Y en el original griego
se dice: “Outo estin to soma mou”. Por tanto, no se puede
traducir: “Esto simboliza mi cuerpo”. Sería ir contra la
voluntad de Jesús y ofenderle gravemente al distorsionar sus
palabras. Outo estin, significa: ESTO ES.
El mismo san Pablo nos lo aclara con su autoridad, interpretando
auténticamente las palabras de Jesús. “El cáliz de bendición
que bendecimos ¿no es acaso la comunión con el cuerpo de Cristo”
(1 Co 10,16). Es como si nos dijera: ¿acaso alguno lo duda? Y para
reafirmarlo más, insiste: “El que coma el pan y beba el cáliz
del Señor indignamente será reo del Cuerpo y de la Sangre del
Señor. Examínese cada cual y coma así el pan y beba el cáliz.
Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su
propio castigo” (1 Co 11,27-29).
Para reafirmar nuestra fe en la Eucaristía podemos leer los
escritos de los cristianos de los primeros siglos y veremos que la
Iglesia ha entendido siempre los textos bíblicos, desde hace dos
mil años, en el sentido de que, realmente, en la Eucaristía, está
el Cuerpo y Sangre de Jesús. Podemos leer, por ejemplo, lo que dice
la Didache, o doctrina de los doce apóstoles, hacia el año 70: “Nos
reunimos en el día del Señor, partimos el pan y ofrecemos la
Eucaristía, después de hacer confesión de nuestras faltas para
que nuestro sacrificio sea puro” (c. 14,1). “Que nadie se atreva
a acercarse a comer o beber la Eucaristía, si no ha sido antes
bautizado” (ib. c. 9,1-5). Puede leerse también la primera carta
del Papa san Clemente romano a los corintios capítulos 40 y 41, del
año 96.
San Ignacio de Antioquia (†107) dice que los docetas: “se
mantienen alejados de la Eucaristía y de la oración, porque no
quieren confesar que la Eucaristía es la carne de Nuestro Señor
Jesucristo” (Carta a los de Esmirna 7,1).
San Justino (100-165) en su Apología del siglo II, caps. 66-67
dice: “Llamamos a este alimento Eucaristía y sólo pueden
participar de la Eucaristía los que admiten como verdaderas
nuestras enseñanzas, han sido lavados por el baño de la
regeneración y viven tal como Cristo nos enseñó. Porque el pan y
la bebida que tomamos, no lo recibimos como pan y bebida corriente,
sino que se nos ha enseñado que aquel alimento sobre el cual se ha
pronunciado la acción de gracias es la carne y la sangre de Jesús,
el Hijo de Dios encarnado: Tal es nuestra doctrina” (c. 66, 1-4).
LA VIRGEN MARÍA
Los Padres de la tradición oriental llaman a María “La Toda
Santa” (panagia). En el siglo IV, mucho antes de que existieran
los luteranos y otras iglesias cristianas, los Padres de la Iglesia
ya hablan de María como Madre de Dios (Concilio de Efeso, año
431). Ella es Virgen y Madre.
En Is 7,14 se profetiza que una virgen dará a luz al Mesías y
así lo atestigua Mat 1,23. Así lo enseña la tradición
apostólica y así lo han dicho y afirmado todos los santos Padres
de los primeros siglos. Por eso, una buena manera de considerar, si
nuestra fe es la misma fe de los apóstoles, es conocer lo que dicen
los santos Padres en sus luchas contra las herejías que existían
en su tiempo, y que son parecidas a tantas otras de nuestros tiempos
modernos. Si nuestra fe coincide con la de estos santos Padres de
los primeros siglos, quiere decir que estamos en la verdad; pero si
es distinta, podemos estar equivocados. En cuestión de fe, no vale
la buena voluntad ni aceptar lo que buenamente dice un teólogo o
pastor.
¿Qué decir de los hermanos de Jesús? La palabra hermano (ah,
ahot) en hebreo y arameo tiene un significado amplio, significa los
parientes próximos, pues en esas lenguas no existe la palabra tío,
primo, sobrino o cuñado. Por eso, Abraham es tío de Lot (Gén
11,27) y se llaman hermanos. San Pablo llama hermanos a Tito y
Epafrodito (2 Co 2,13; Fil 2,25), cuando solamente son hermanos
espirituales.
“David reunió a los hijos de Aarón y a sus hermanos, ciento
veinte” (1 Cro 15,4), pero se refiere a sus parientes. “Uno de
aquellos días Pedro se puso de pie en medio de sus hermanos, que
eran unos ciento veinte” (Hech 1,15). Eran hermanos espirituales.
Podemos ver otros textos de hermanos, que no son del mismo padre
y madre: Gen 14, 14-16; 29,15; Jos 17,4; Lev 10,4; 2 Sam 19, 12-13;
1 Co 2,1; Mt 18,21.35.
Jesús mismo habla de “mis hermanos”, refiriéndose a sus
discípulos: “Vete a mis hermanos y diles... Y María Magdalena
fue a anunciar a los discípulos” (Jn, 20,17-18). Por otra parte,
el que más se menciona como hermano de Jesús es el apóstol
Santiago (Gal 1,19). Pero según Mt 10,2-4, de los dos apóstoles de
nombre Santiago, uno es hijo de Alfeo y otro de Zebedeo. Por otra
parte, la misma Biblia en Jn 19,25 dice que María tenía una
hermana (pariente) casada con Cleofás, ¿no podrían ser sus hijos
los pretendidos hermanos de Jesús, de que habla Mt 13,55?
Por otra parte, si Jesús hubiera tenido otros hermanos, ¿no
hubiera sido lo normal que ellos se hubieran encargado de cuidar a
María, después de la muerte de Jesús? Por eso, nunca se
encontrará en la Biblia la palabra hijos de María, que sería una
prueba irrefutable. Jesús es el (único) hijo de María (Mc 6,3).
Hasta el mismo Lutero defendió siempre la virginidad perpetua de
María.
Suelen nombrarse cuatro hermanos de Jesús: Santiago, José,
Judas y Simón (Mc 6,3). Pero se aclara en Mt 27,56 que había una
tal María, madre de Santiago (el menor) y de José, que no era la
madre de Jesús. Y es de notar cómo el apóstol Judas y Santiago
(el menor) se consideran servidores de Jesús y no hermanos de
Jesús. Véase (Sant 1,1 y Judas 1,1).
Con relación a este tema podemos citar a san Jerónimo, el gran
traductor de la Biblia al latín (la famosa Vulgata), que fue la
traducción oficial de la Iglesia. San Jerónimo sabía hebreo,
arameo, griego y latín. Y, estudiando la Biblia, entendió que se
hablaba de la virginidad perpetua de María. Por eso, escribió en
el año 383 un librito contra Helvidio, donde habla de la virginidad
de María.
Algunos hermanos separados dicen que los católicos se han
inventado el dogma de la Asunción y de la Inmaculada Concepción,
porque sobre ellos no habla la Biblia. Pero Elías y Enoc subieron
al cielo en cuerpo y alma (Gen 5,24; Heb 11,5; 2 Reg 2,11). Si a la
muerte de Jesús muchos muertos resucitaron y se aparecieron en
Jerusalén (Mt 27,53) ¿no podemos creer que Jesús se llevó a su
madre en cuerpo y alma al cielo, resucitándola inmediatamente
después de morir para que su cuerpo no se corrompiera en el
sepulcro? Los escrituristas citan algunos textos bíblicos: “¿Quién
es ésta que sube del desierto, apoyada en su amado?” (Cant 8,5).
Se refiere a María que sube del desierto de este mundo, apoyada en
su amado Jesús. Y sobre todo, Ap 12, donde se ve a María ya asunta
en el cielo, gloriosa, como una reina coronada de doce estrellas.
Al respecto, en una carta del siglo IV de Dionisio el egipcio (o
el místico) a Tibo, obispo de Creta, le habla de la Asunción de
María al cielo. Esta carta fue publicada por primera vez en alemán
por el doctor Weter de la facultad de Tubinga en 1887. También san
Juan Damasceno, en 754, en una homilía, habla de la Asunción y
cita la obra Historia Eutiquiana, libro II, capítulo 40, donde se
habla que ya en el siglo V se habla de esto en Constantinopla.
Y sobre la Inmaculada Concepción, ¿no dice el Gen 3,15, que
ella aplastará la cabeza de la serpiente (diablo), como si sobre
ella no hubiera podido tener ni el más mínimo poder, porque no
hizo el más mínimo pecado? ¿Acaso no dice el Evangelio que ella
es llena de gracia (Lc 1,28), es decir, totalmente llena de gracia,
sin la más mínima sombra de pecado ni siquiera del pecado
original?
Y la misma Biblia dice: “Toda hermosa eres, amada mía, y no
hay mancha en ti” (Cant 4,7). “Ella es resplandor de la luz
eterna, el espejo sin mancha de la actividad de Dios, imagen de su
bondad... Es más hermosa que el sol, supera todo el conjunto de
estrellas y comparada con la luz, queda vencedora” (Sab 7, 26–29).
Ella aparece en el Apocalipsis 12: “vestida de sol, con la luna
baja sus pies y rodeada de una corona de doce estrellas” (Ap 12).
Que María es inmaculada forma parte de la tradición
apostólica. Los Padres Orientales la llaman panagia (toda santa),
sin sombra de pecado. San Agustín, al hablar de que todos nacemos
con el pecado original, dice: “excepción hecha de la Santa Virgen
María a la cual, por el honor del Señor, pongo en lugar aparte,
cuando hablo del pecado” (De nat et gr I, 37,47). Y san Efrén, en
el siglo IV, dice que ella es “mucho más pura que los rayos de
sol”.
San Ireneo aprendió de labios de san Policarpo y éste del mismo
apóstol san Juan que “María, siendo obediente, se hizo causa de
salvación para nosotros y para todo el género humano… Por eso,
la desobediencia de Eva, fue anulada por la obediencia de María”.
¿Acaso la Tradición no vale nada? ¿Por qué los evangélicos
aceptan la Tradición católica sobre Navidad, Pascua, el canon de
libros de la Biblia y no en otras cosas?
Los católicos no adoramos a María, sino que le damos honor, es
decir, la veneramos. En la Biblia, Dios nos manda honrar al padre y
a la madre (Ex, 20,12). En el original hebreo se usaba la palabra
Kaboda, que quiere decir honrar, glorificar. Nosotros también
podemos dar honor y gloria a María como debemos hacerlo con
nuestros padres. Cuando rezamos el rosario, no la adoramos, sino le
damos honor y gloria como a una madre, a quien le decimos las
palabras más hermosas, que Dios mismo nos enseña en la primera
parte del Ave María. El ángel, de parte de Dios, le dice:
Alégrate, llena de gracias, el Señor está contigo. E Isabel,
llena del Espíritu Santo, le dice: Bendita tú eres entre todas las
mujeres y bendito es el fruto de tu vientre (Lc 1). Así pues,
podemos amar y honrar a María, porque es nuestra Madre, tal como
Cristo nos la entregó desde la cruz, al decirnos a cada uno: “Ahí
tienes a tu Madre” (Jn. 19,27).
Invitemos a los hermanos separados a amar a María con las
palabras bíblicas que Dios nos enseña: “Alégrate llena de
gracia el Señor está contigo. Bendita tu eres entre todas las
mujeres y bendito es el fruto de tu vientre (Jesús)”.
Solo así cumplirán la profecía bíblica: “Todas las
generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1,68).
LA IGLESIA CATÓLICA
Es la Iglesia fundada por Cristo. Ella es “columna y fundamento
de la verdad” (1 Tim 3,15). Nunca desaparecerá, porque tiene la
promesa de Cristo: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta
el fin del mundo” (Mt 28, 20). Y “las fuerzas del infierno no
podrán contra ella” (Mt 16,18). A Ella se le ha encargado
conservar el depósito de la fe como un tesoro que debe guardarse
sin mancha (1 Tim 6,20; 2 Tim 3,12-14).
Para pertenecer plenamente a la Iglesia hay que bautizarse como
católico, no necesariamente en el río, puede ser derramando agua
sobre la cabeza del niño. A este respecto, un obispo ortodoxo
halló el año 1875, en la biblioteca del hospital del santo
sepulcro de Estambul, un libro llamado Didache (doctrina de los doce
apóstoles), escrito hacia el año 70, que en el capítulo 7, nº 3,
dice sobre la manera de bautizar: “Si no hay agua viva
(corriente), derrama agua en la cabeza tres veces en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
El bautismo es la puerta de entrada a la Iglesia. La Iglesia ha
sido fundada por Cristo para darnos seguridad en nuestra fe y no
dejarnos engañar por tantos falsos profetas. Por eso, ya en el año
107 decía san Ignacio de Antioquía en su carta a los esmirniotas:
“Donde está el obispo, allí está la Iglesia, así como donde
está Jesucristo allí está la Iglesia universal”. ¿Y las
Iglesias que no tienen obispo? San Ambrosio de Milán decía en el
siglo V: “Donde está Pedro (el Papa), allí está la Iglesia”.
San Jerónimo decía: “La Iglesia está fundada sobre la roca
de Pedro” (Epist 43,3,7). Y el mismo Cristo dijo: “Tú eres
Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18).
Algunos hermanos separados aceptan que Cristo nombró a Pedro
como su representante y le dio su autoridad, pero no al Papa. Pero,
si Cristo quería que la Iglesia permaneciera hasta el final de los
siglos, ¿cómo iba a dejar que la Iglesia estuviera como un cuerpo
sin cabeza? Hablar de Pedro es hablar de que Cristo quiere que su
autoridad, al igual que la de los apóstoles, se transmita a sus
sucesores. De otro modo, la Iglesia no existiría, al no tener
autoridad visible, fundamento de unidad. “Cristo amó a la Iglesia
y se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5,25). Por eso, nosotros
debemos amarla, a pesar de los errores de sus miembros.
EL PURGATORIO
La Iglesia católica ha recibido la tradición judía sobre el
purgatorio, que Jesús en ningún momento rechazó. Los judíos,
desde el siglo segundo antes de Cristo, ya creían en un tiempo de
purificación después de la muerte. Por eso, en 2 Mac 12,43 se dice
que Judas Macabeo mandó a Jerusalén dos mil dracmas de plata para
ofrecer un sacrificio por los caídos en la batalla. Y dice el
texto: “De no esperar que los caídos resucitarían, habría sido
inútil y necio rezar por los difuntos, pero si consideraba que una
magnífica recompensa les está reservada a los que duermen
piadosamente, era un pensamiento santo y piadoso. Por eso, mandó
hacer este sacrificio expiatorio a favor de los muertos para que
fueran liberados del pecado”.
Los hermanos separados no aceptan este libro, pero deben aceptar,
al menos, que los judíos creían en ese estado de purificación, al
que nosotros llamamos purgatorio. Lo de menos es el nombre. Lo
importante es que está en la Biblia el hecho de la purificación
después de la muerte. Y eso lo creían también los judíos del
tiempo de Jesús y él no lo criticó. Y lo siguen creyendo después
de dos mil años los judíos actuales.
Pero hay otros textos. Dice el Apocalipsis que en el cielo “no
puede entrar nada manchado” (Ap 21,27), luego todos deben entrar
limpios de pecado y hay que purificarse antes de entrar. En 1 Co
3,15 dice Pablo: “Aquel cuya obra queda abrasada, sufrirá daño.
Él no obstante se salvará, pero como quien pasa a través del
fuego”. Incluso, Jesús dice claramente que hay pecados que se
pueden perdonar después de la muerte: “Al que diga una palabra
contra el Hijo del hombre se le perdonará, pero al que la diga
contra el Espíritu Santo, no se le perdonará, ni en este mundo ni
en el otro” (Mt 12,32). Dios nos pedirá cuenta hasta de una
palabra ociosa (Mt 12,36).
¿Diremos que esos textos no son claros? La Tradición de la
Iglesia nos los interpreta auténticamente para no equivocarnos.
Así nos damos cuenta que, desde el principio, se creyó siempre en
ese estado de purificación después de la muerte. En las tumbas de
los primeros cristianos aparecen oraciones, pidiendo al Señor
misericordia por los difuntos. El mismo Pablo desea esta
misericordia para Onesíforo: “El Señor le dé hallar
misericordia en aquel día cerca del Señor” (2 Tim 1, 18). Así
lo entendieron los santos Padres. San Agustín dice, por ejemplo:
“No hay duda de que las oraciones de la santa Iglesia, el
sacrificio saludable y las limosnas que se distribuyen por sus
almas, ayudan a los muertos, para que el Señor obre en ellos más
misericordiosamente de lo que merecieron sus pecados. La Iglesia
universal mantiene la tradición de los Padres: que se ore por
aquéllos que murieron en la comunión del cuerpo y la sangre de
Cristo, cuando se les recuerda en el momento oportuno de la
celebración de la Eucaristía” (Sermón 172,1-3; PL 38,936-7).
“Opongan los herejes lo que quieran, es un uso antiguo de la
Iglesia orar y ofrecer sacrificios por los difuntos” (Libro de
herejías cap. 53). Y él mismo ora por su madre santa Mónica y
dice: “Señor, te ruego por los pecados de mi madre”
(Confesiones IX, cap. 13). Y esto mismo podemos decir de todos los
santos Padres de los primeros siglos.
EL PAPA
Algunos cristianos rechazan la infalibilidad del Papa, pero
aceptan sin problema la infalibilidad del concilio de Nicea, por
ejemplo. Todos creen que Dios usa hombres falibles y pecadores para
comunicar su verdad infalible en la Palabra de Dios. Ahora bien,
infalibilidad no quiere decir que el Papa es infalible en todo lo
que dice, sino solamente, cuando habla de cosas de fe y moral, con
toda su autoridad, como representante de Cristo, y quiere imponer
una verdad para ser creída por toda la Iglesia. De otro modo, no es
infalible y, mucho menos, cuando habla de cosas de astronomía o
ciencias.
Un rey, por ejemplo, puede escribir muchas cartas, pero solamente
las que promulga oficialmente con carácter de ley son las que
obligan para ser respetadas por todos. Así el Papa puede hablar o
escribir en privado o en público, pero mientras no quiera imponer
una verdad con toda su autoridad a toda la Iglesia, no es infalible.
Además, infalibilidad no quiere decir impecabilidad. Ha habido y
podrá haber Papas pecadores, como lo fue Pedro, pero esto no le
quita su autoridad.
Por otra parte, el hecho de que la Palabra de Dios no se
interpreta por sí misma, hace necesaria una autoridad para poder
determinar de modo infalible la interpretación de algunos puntos en
particular. Y así como la Constitución de un país necesita ser
interpretada por su Gobierno o por las autoridades competentes, así
la Palabra de Dios debe ser interpretada con garantía de verdad y,
sin dudas, por una autoridad exterior a ella. Esta autoridad es la
que Cristo le dio a Pedro, al darle las llaves del reino de los
cielos: “Lo que ates en la tierra será atado en el cielo, y lo
que desates en la tierra será desatado en el cielo.” (Mt 16,19).
“Apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-16). “Yo he rezado por ti
para que tu fe no se equivoque y tú confirma a tus hermanos” (Lc
22,32).
San Agustín decía: “Roma locuta, causa finita est” (Si Roma
-el Papa- ha hablado, la cuestión se ha terminado). Para indicar
que el Papa es quien tiene la última palabra.
Y esto puede comprobarse por la historia; pues, cuando el año 95
surgieron dificultades entre el clero y el pueblo de Corinto, para
solucionarlas no acudieron a ningún apóstol. Aún vivía el
apóstol san Juan en Éfeso. Acudieron al Papa de Roma y el Papa
Clemente les escribió dos cartas para solucionar el problema
definitivamente.
Hay un asunto que suele presentarse, cuando alguien quiere hablar
en contra de la infalibilidad del Papa. Es la llamada “cuestión
del Papa Honorio”. Un caso único en la historia de los Papas.
En el siglo VII, se planteó la cuestión de si Jesucristo tenía
una o dos voluntades. Si cuando obraba, actuaba con voluntad humana
o con las dos voluntades, correspondientes a las dos naturalezas. El
Papa Honorio (625-638) recibió un día una carta del patriarca
Sergio I de Constantinopla, donde le urgía a tomar posición en la
polémica entre el patriarca Ciro de Alejandría, partidario de una
sola voluntad, y el monje Sofronio de Jerusalén, partidario de que
Jesús, persona divina actuaba con las dos voluntades en una unidad
moral.
Honorio le escribió, diciendo que “un solo Jesucristo actuaba
en las dos naturalezas las obras de la divinidad y de la humanidad”.
Lo peor fue que mandó callar al monje Sofronio, que sostenía la
verdadera doctrina de las dos voluntades. Entonces, Sergio de
Constantinopla consideró que apoyaba la doctrina, que él
sostenía, de una sola voluntad (de ahí viene el nombre de
monoteletas, que se dio a estos herejes). Y la herejía se extendió
y muchos obispos se contagiaron de ella.
El asunto llegó al concilio III de Constantinopla (680-680),
donde Honorio fue condenado como hereje. Y lo mismo hicieron los dos
siguientes concilios ecuménicos. Pero, en primer lugar, ningún
concilio tiene autoridad para condenar a nadie sin la autorización
del Papa reinante.
En segundo lugar, el Papa nunca afirmó la doctrina herética de
la única voluntad de Cristo. En sus dos cartas a Sergio de
Constantinopla, expone la doctrina correcta; pero de modo ambiguo y
equívoco, lo que dio motivo a creer que fue un hereje. Además,
estas dos cartas, fueron cartas privadas y no doctrina solemne, no
tenían toda la autoridad, para poder ser consideradas infalibles.
Por eso, el Papa León II (681-683), del tiempo del III concilio
de Constantinopla, dijo: “Honorio no extinguió la llama de la
herejía como convenía a su autoridad, sino que por su negligencia
la fomentó”. Así pues, reconoce que no fue hereje, sino
imprudente. Pudo ser pecador, irresponsable o incapaz, pero no
hereje. Durante algunos años después de Honorio, los Papas debían
jurar “rechazar la herejía, cuyo fermento había introducido
Honorio”.
En 1870, en el concilio Vaticano I, cuando se quiso definir la
infalibilidad del Papa, surgió de nuevo este problema. Pero
claramente se determinó que el Papa es infalible solamente, cuando
habla “ex cathedra”, es decir, desde la cátedra, con toda su
autoridad, con la intención de imponer una verdad para ser creída
como tal por todos los fieles. Esto no se daba en las dos cartas
escritas por Honorio a Sergio de Constantinopla. Actualmente, todos
están de acuerdo en que Honorio no fue hereje, pues lo que dice en
sus dos cartas es perfectamente ortodoxo. Él habla de una unidad de
voluntades en Jesucristo, refiriéndose a una unidad moral de las
dos voluntades existentes en Jesús. Por eso, se pudo definir la
infalibilidad pontificia con toda tranquilidad como dogma de fe. Y
podemos afirmar, sin ninguna duda, que ningún Papa de la historia
se equivocó al hablar solemnemente, con toda su autoridad, en cosas
de fe y costumbres. Y que todos los Papas, aun pecadores, iluminaron
a la Iglesia con la luz de la verdad, revelada por Dios. Quizás
Dios permitió este caso de Honorio para hacer más palpable su
providencia sobre la Iglesia y reafirmar así la autoridad del Papa.
LUTERO (1483-1546)
Lutero fue el “reformador” del siglo XVI, que se apartó de
la Iglesia y comenzó la gran división entre los cristianos. Él
quería reformar a la Iglesia de sus vicios. Pero su afán de
reforma lo llevó demasiado lejos y acabó separándose y
organizando su propia iglesia. Él se creía inspirado directamente
por Dios y nadie podía criticar sus ideas. Dice, por ejemplo: “En
mil años a ningún obispo ha otorgado Dios tan grandes dones como a
mí”. “Estoy cierto de que mis dogmas los he recibido del cielo.
Mis dogmas permanecerán y el Papa sucumbirá”. “Mi evangelio no
tiene origen humano, sino divino”. “Yo soy el profeta de los
alemanes”. “Estoy cierto de que la palabra de Dios está en mí”.
Y, como profeta, es más que el Papa. Por eso, él mismo
excomulga al Papa: “Del mismo modo que ellos me excomulgan en
nombre de su sacrílega herejía, así yo, por mi parte, los
excomulgo en nombre de la santa verdad de Dios”. Y, como jefe
absoluto de su iglesia, organiza la misa evangélica, o santa cena,
a su propio gusto.
Publicó un manual de rúbricas o Fórmula de la misa y
comunión, y envió una bula, como si fuera el Papa de su iglesia. Y
dice: “Mi doctrina no puede ser juzgada por nadie ni por los
ángeles. Pues teniendo yo certeza de su verdad, quiero ser, por
medio de ella, juez de vosotros y también de los ángeles como dice
san Pablo (1 Co 6, 3). Quien no acepte mi doctrina, no alcanzará la
bienaventuranza. Mi doctrina no es mía, sino de Dios”.
Al traducir la Biblia al alemán, sin saber muy bien el griego y
menos el hebreo, trató de germanizar las expresiones para hacerlas
más entendibles; pero, a veces, modifica el texto sustancialmente.
Así por ejemplo, cuando Pablo dice que la ley produce cólera (Rom
4, 15), Lutero traduce: “La ley produce solamente cólera”.
Donde se dice que el hombre es justificado por la fe (Rom 3, 28),
él traduce: “El hombre es justificado por la sola fe”. Se
inventa la palabra sola. Cuando alguien le criticó por esto,
respondió: “El doctor Martín Lutero lo quiere así. Así lo
quiero y así lo mando (sic volo, sic jubeo, sit pro ratione
voluntas). Con esto he respondido a vuestra pregunta y os ruego no
queráis responder más a tales asnos y a su vana palabrería sobre
el vocablo sola, sino esto: Lutero así lo quiere y dice que él es
un doctor sobre los doctores del Papado entero”. “A nadie se le
prohíbe hacer otra traducción mejor… Pero yo no tolero que los
papistas sean mis jueces, porque tienen aún orejas demasiado largas
para eso y su rebuzno es demasiado débil para juzgar mi manera de
traducir”.
Jerónimo Emser (†1527) descubrió 1400 errores en la
traducción de Lutero. Incluso, excluye de la Biblia algunos libros
por su propia voluntad. Dice: “La epístola de Santiago no es más
que paja, pues no presenta ningún carácter evangélico”. “La
carta a los Hebreos no es de san Pablo ni de ningún otro apóstol…,
y también podemos hallar en ella leña, paja y heno”. “La carta
de san Judas es un extracto de las de san Pedro y de otras… Es una
epístola innecesaria que hoy día no se debe contar entre los
libros fundamentales de nuestra fe”. “Sobre el Apocalipsis, yo
no encuentro en este libro nada de apostólico ni profético”.
Así que, por lo menos, la carta de Santiago, de Judas, a los
Hebreos y el Apocalipsis, para él no son inspirados por Dios.
Al Papa le tenía un odio cerval. En todos sus escritos vomita su
odio contra el Papa con las expresiones más groseras y vulgares.
Veamos algunos de sus apelativos: cerdo, burro, rey de los asnos,
perro, rey de las ratas, lobo, oso-lobo, león, dragón, cocodrilo,
dragón infernal, anticristo maldito, excremento del diablo. En su
tratado Contra el Papado romano, fundado por el diablo, dice entre
otras cosas: Infernalísimo padre san Paulo III… ¿De dónde le
vienen a vuestra infernalidad esos poderes? El desvergonzado
mequetrefe Paulo III convoca ahora a un concilio. Que por tal
concilio le dé gracias el malvado demonio y no asistan a él sino
el malvado demonio y su madre, su hermana, el Papa, los cardenales y
demás residuos que hay en Roma de la infernal bozofia”. También
le llama obispo de los hermafroditas, Papa de los sodomitas,
apóstol del diablo, autor y maestro de todos los pecados y otras
muchas cosas.
Pero su odio lo manifestó especialmente en los dibujos contra el
Papa, que publicó en la Biblia y en otros escritos, especialmente
en el Retrato del Papado, publicado en 1541. Estos dibujos,
inspirados por él, los pintaba el famoso, Lucas Cranach el viejo y
hay algunos que son muy groseros, con excrementos y cosas peores.
Realmente, algo indigno de un cristiano y menos de un “profeta de
Dios”. Antes de morir, dijo sobre estos dibujos en 1545: “Yo se
que no puedo vivir largo tiempo y, sin embargo, tengo muchas cosas
que sería preciso revelar acerca del Papa y de su reino. Por eso,
he publicado estas figuras o imágenes, cada una de las cuales vale
por todo un libro que se debe escribir contra el Papa y su reino
diabólico. Que estas figuras sean mi testamento”.
“Yo muero en odio del malvado (el Papa), que se alzó por
encima de Dios”. “Deseo que, después de mi muerte, conservéis
una sola cosa: el odio al romano Pontífice”. Y quiso que el
epitafio de su tumba fuera “En vida fui tu peste, muerto seré tu
muerte, Oh Papa”. Con frecuencia, bendecía a sus seguidores y
decía: “Que el Señor os llene de su bendición y de odio al Papa”.
Su odio al Papa no lo dejaba tranquilo ni a la hora de la muerte.
Y lo mismo podemos decir sobre sus expresiones contra la Iglesia
católica o contra las famosas Universidades de París, Lovaina y
Colonia. Dice de la Universidad de París: “Es la madre de todos
los errores de la Cristiandad y la mayor prostituta del espíritu,
el mayor prostíbulo del anticristo, que es el Papa”.
Por eso y por mucho más, podemos suscribir lo que decía de él
otro reformador, Enrique Bullinger (1504-1575), sucesor de Zwinglio
en la sede de Zurich, en su libro Verdadera confesión de los
servidores de la iglesia de Zurich, en el año 1545: “Lutero no
guarda mesura alguna; sus escritos, en su mayor parte, no son más
que estrépito y maledicencia. Va a lo suyo, despliega gran
magnificencia y manda rápidamente al diablo a todos los que no se
le rinden… Es claro como el día, y desgraciadamente innegable,
que nadie ha escrito de cosas de fe y de cuestiones importantes y
serias de una manera más salvaje y grosera e indecente que Lutero”.
Podemos hablar de otros muchos puntos, donde podemos ver también
que Lutero no era ningún santo y menos un profeta de Dios. Por
ejemplo, en cuestión del matrimonio decía: “El matrimonio es
absolutamente obligatorio y necesario para quien tiene órganos de
generación”. “La mujer no ha sido creada para ser virgen, sino
para engendrar hijos”. “Las mujeres sólo sirven para el
matrimonio o para la prostitución”. Opina que el adulterio debe
ser castigado con la pena de muerte y dice: “Si la autoridad civil
se muestra negligente y morosa, y no impone la pena de muerte, puede
el adúltero marcharse a un país lejano y allí casarse en caso de
que no pueda vivir en continencia, pero sería mucho mejor que
muriese para evitar el mal ejemplo”. Cuando uno de los cónyuges
no quiere convivir con el otro, “como cuando una mujer testaruda
se empeña en no interesarse por nada, aunque el marido caiga diez
veces en la impureza. Entonces, el marido puede decirle: Si tú no
quieres, otra querrá; si la señora no quiere, venga la sirvienta”.
“Yo detesto tanto del divorcio que prefiero la bigamia”.
De hecho, en 1539, Lutero, con Melanthon y Martín Bucer, le
permitió al príncipe Felipe de Hessen, su protector, que tuviera
dos mujeres y lo justificó, basándose en la Biblia y en que este
asunto era necesario para el bien de la iglesia cristiana. Pero le
aconsejó que no lo hiciera público. Y, cuando se enteraron muchos,
le aconsejó mentir y decir que no estaba casado, sino que era su
concubina. Dice así: “No se hundirá el mundo, porque uno, por un
bien mejor y por causa de la iglesia cristiana, diga una buena y
gruesa mentira. Una mentira necesaria, una mentira útil, una
mentira que saca de apuros; una tal mentira, no siendo contra Dios,
la tomo sobre mi conciencia”.
Escribió un libro Sobre los votos monásticos y otro sobre Por
qué y cómo pueden las vírgenes abandonar el claustro según Dios,
donde dice que los votos son algo antinatural; pues, para él, la
unión sexual del hombre y de la mujer es de absoluta necesidad, y
el matrimonio es obligatorio para una persona normal.
Él mismo nombraba a sus párrocos y obispos. Y escribe: “Los
obispos, los sacerdotes, los monjes y las monjas (católicos), las
misas y todo ese reino con sus dogmas y ministerios no son otra cosa
que monstruosidades, ídolos, larvas, mentiras, la mismísima
abominación puesta en el lugar santo, prostituyéndose con títulos
de obispo y de Iglesia”.
En cuanto a tolerancia, era implacable con sus enemigos. A
Karlstadt le prohibió predicar y publicar sus libros. A Zwinglio le
tenía odio y dice de él en una carta a Melanthon del 27 de octubre
de 1527: “Creo que es muy digno de santo odio por manejar tan
desvergonzada y traicioneramente la palabra de Dios”. En 1543
escribió el libro Sobre los judíos y sus mentiras, donde dice que
quienes toleren o protejan a los judíos serán responsables de sus
abominaciones ante Dios y aconseja que sus escuelas y sinagogas sean
quemadas y sus cosas destruidas y se les confisquen sus bienes. En
su libro Contra las hordas ladronas y asesinas de los campesinos
incita a los príncipes a matarlos a todos por sus desmanes en la
llamada “guerra de los campesinos”, donde masacraron a 150.000
campesinos. Dice: “Yo he dado muerte a todos los campesinos,
cuando la revolución. Toda su sangre cae sobre mi cabeza, pero yo
se la echo a nuestro Señor Dios que me mandó hablar de aquel modo”.
Les decía a los príncipes: “La autoridad debe acosar, golpear,
estrangular, ahorcar, quemar, decapitar y tullir a la plebe para
hacerse temer del pueblo y mantenerlo manso”.
¿Podemos aceptar estas cosas de un enviado de Dios?
Entre las cosas buenas de Lutero, podemos mencionar su amor a
María. Habla de ella como la “dulce Virgen y tierna Madre de Dios”.
En su libro Comentario al Magnificat dice que “todos los loores a
María se compendian en una palabra: Madre de Dios. Nadie puede
decir de ella cosa más grande”. En su comedor tenía un crucifijo
y una imagen de María con el niño. Aceptaba el bautismo de los
niños y, sobre todo, Lutero conservó la creencia en la presencia
real de Jesús en la Eucaristía y la defendió contra Ecolampadio,
Zwinglio, Karltadt y Schwenckfeld. Sobre la Eucaristía, escribió
dos libros: Confesión de la cena de Cristo y Que las palabras de
Cristo: Este es mi cuerpo, siguen firmes contra los fanáticos.
Dice: “Nos llaman devoradores de carne, bebedores de sangre,
antropófagos, cafarnaítas, tiesteos, etc., como si fuésemos
dementes, insensatos o furiosos que tenemos a Cristo incluido
localmente y lo comemos a pedazos como el lobo devora una oveja y
bebemos su sangre como una vaca bebe el agua”. “Aunque tuvieran
razón, lo cual es imposible, al decir que en la Eucaristía no hay
realmente sino pan y vino, ¿se habían de enfurecer y tronar contra
nosotros con esas horribles blasfemias de Dios cocido, Dios
empanado? ¿No debían tener respeto a la santa palabra de Cristo,
no inventada por nosotros: Esto es mi Cuerpo”. También aceptaba
la autoridad de los cuatro primeros concilios de Nicea,
Constantinopla, Efeso y Calcedonia.
Lo más grave fue poner la autoridad de la iglesia en manos de
los príncipes, que consideraron las cosas eclesiásticas como un
asunto más de la administración pública. Así los príncipes
fueron absolutos controladores de la religión en sus regiones y,
con intolerancia, expulsaban a todos los que no seguían las
doctrinas luteranas. Pero el cristianismo no mejoró con las
reformas luteranas. De hecho, el mismo Lutero reconocía que, al
implantar el luteranismo, no eran ellos mejores que los católicos.
Decía en el otoño de 1533: “Nuestra vida es tan mala como la de
los papistas”. “El aspecto de nuestras iglesias es
miserabilísimo, pues los campesinos no aprenden nada, no saben
nada, no rezan nada, ni se confiesan ni comulgan. Abandonaron lo
papístico y desprecian lo nuestro”.
En resumen, podemos preguntar a quienes aceptan a Lutero como un
santo y profeta de Dios: ¿Por qué aceptan unas cosas suyas y otras
no? ¿Acaso todos los santos y Padres de la Iglesia y todos los
doctores anteriores no tuvieron la sabiduría de Dios? ¿Todos ellos
se equivocaron durante quince siglos? ¿Sólo Lutero tenía razón?
CRISTIANOS NO CATÓLICOS
Como hemos dicho, los cristianos surgidos de la Reforma de Lutero
no fueron modelos de santidad. Y, si en la Iglesia católica hubo
excesos e inquisición, la intolerancia de Lutero y de sus
seguidores fue peor. Veamos algunos casos. Los anglicanos ingleses
evitaron a toda costa el mezclarse con las poblaciones aborígenes
de sus colonias. En USA los indios fueron prácticamente
exterminados en un genocidio sin precedentes en la historia. “El
término exterminio no es exagerado y respeta la realidad concreta.
Por ejemplo, muchos ignoran que la práctica de arrancar el cuero
cabelludo era conocida tanto por los indios del norte como por los
del sur. Pero entre estos últimos desapareció pronto, prohibida
por los españoles. No ocurrió lo mismo en el norte… En 1703 el
gobierno de Massachusetts pagaba doce libras esterlinas por cuero
cabelludo, cantidad tan atrayente que la casa de indios, organizada
con caballos y jaurías de perros, no tardó en convertirse en una
especie de deporte nacional muy rentable”. Esta misma caza de
indios se practicó también en Australia y en otros lugares e,
incluso, también con los negros esclavos escapados de sus dueños.
Y ¿qué decir del régimen del apartheid de Sudáfrica?
Estas cosas fueron inconcebibles para los colonizadores
católicos españoles o portugueses, que se mezclaban con la
población, dando lugar así a un rico mestizaje, que perdura hasta
hoy. Pero muchos protestantes, basados en la Biblia, creían que los
blancos tenían más derechos que los indígenas y podían
marginarlos o exterminarlos.
Con relación a los evangelios alemanes, podemos decir que, en
tiempos de Hitler, se organizaron los “deutschen christen”
(cristianos alemanes) con el lema “Una nación, una raza, un
Führer”. La iglesia evangélica era la iglesia del Reich e,
incluso, en sus estatutos había un párrafo ario, donde se
prohibía la ordenación de pastores que no fueran de “raza pura”
y dictaba restricciones para el bautismo a quien no poseyera buenos
antecedentes de sangre. Por eso, el cardenal Ratzinger ha podido
decir: “La concepción luterana del cristianismo nacional,
antilatino, ofreció a Hitler un buen punto de partida, paralelo a
la tradición de una Iglesia de Estado, con un fuerte énfasis
puesto en la obediencia a la autoridad política, que es natural
entre los seguidores de Lutero… Un movimiento tan aberrante como
el de los “cristianos alemanes”, no habría podido formarse en
el marco de la concepción católica de la Iglesia”.
Otro caso es el de la Alemania comunista. Según el historiador
luterano Gerhard Bieser, hubo tres mil de los cuatro mil pastores
existentes, que eran informantes de la policía secreta del Estado,
la terrible Staztsichereit, llamada Stasi. La colaboración de los
pastores protestantes como espías no fue, dice él, “ocasional ni
estuvo limitada al marco de la vida religiosa, sino que constituyó
un problema estructural para la iglesia evangélica”.
Evidentemente, el hecho de que los pastores sean casados y velen
por la seguridad de sus familias influye en esto, pero también es
cierto que hay una larga historia de sometimiento al Estado desde
tiempos de Lutero, que se sometió a la autoridad de sus príncipes
protectores, de quienes dependía para vivir. Esto, por impuesto no
se da en tan gran escala entre los católicos, que tienen, la
autoridad del Papa con más libertad de acción por ser jefe de un
Estado independiente.
El no estar casados los sacerdotes les da más independencia. Y,
además, los católicos tienen un sentido más universal de su
misión. Esto les falta también a las iglesias ortodoxas, que han
sido prácticamente, iglesias sometidas a sus respectivos gobiernos
de turno y les ha faltado sentido misional para extender la fe a
otros pueblos.
Ser católico es ser universal y ser parte de la Iglesia fundada
por Cristo hace dos mil años. Vale la pena ser católico y vivir
nuestra fe en plenitud. A los malos católicos, Dios los juzgará,
pero todos son invitados a pertenecer a la Iglesia católica y
regresar a casa, si se han alejado de ella.
TESTIMONIOS
Vamos a presentar una serie de testimonios de hermanos separados,
convertidos a nuestra fe católica. Se dan casos en los que la
irrupción de Dios en sus vidas ha sido de modo milagroso. En otros,
ha sido un proceso lento y doloroso que ha durado varios años.
Cada caso es distinto, no hay dos conversiones iguales. La
conversión es un proceso personal, un encuentro entre el hombre y
Dios, en el que se conjugan muchos datos y antecedentes personales.
En muchos de estos casos hay un anticatolicismo heredado de las
iglesias de la Reforma, que creen que los católicos no son
bíblicos y, por tanto, no son cristianos, y los rechazan como
paganos, como si creyeran en fábulas y doctrinas paganas, que les
vienen desde Constantino.
Son miles y miles los protestantes que cada año se convierten a
la fe católica, especialmente personas preparadas y estudiosas de
la Biblia. En Inglaterra, en los últimos años, se han convertido
unos 12.000 por año. En USA hay anualmente unos cien mil. Por eso,
creemos que el testimonio de estos hombres, pastores y teólogos,
que presentaremos a continuación, puede ayudarnos en la afirmación
de nuestra fe católica y en sentirnos más seguros de que estamos
en la Iglesia fundada por Cristo hace dos mil años.
JOHN HENRY NEWMAN (1801-1890)
Nacido en el seno de una familia anglicana de banqueros, en
Londres, el 21 de febrero de 1801, John Henry Newman experimentó a
los 15 años una “primera conversión”, como él la llamaba. En
1825, después de haber concluido sus estudios en Oxford, fue
ordenado sacerdote anglicano. Tres años después era nombrado
vicario de la iglesia de Santa María, anexa a la Universidad de
Oxford.
En ese cargo, que mantuvo hasta 1843, cultivó amistad con
personas cultas e iluminadas de la Inglaterra de aquella época. Fue
promotor, a partir de 1833, del “Movimiento de Oxford”, una
corriente religiosa dentro de la Iglesia anglicana, que promovía
una “vía media”, un tercer camino, entre el protestantismo y la
Iglesia católica. Dice en su Autobiografía: “Sucesivamente, y
sin que pueda precisar el orden o fechas en mis palabras, yo hablé
de la Iglesia de Roma como ligada a la causa del anticristocomo “uno
de los muchos anticristos” o como Iglesia que tenía en sí misma
algo “verdaderamente anticristiano” o “no cristiano”.
Pero, estudiando la historia de los herejes monofisitas y
arrianos, se dio cuenta de que no podía mantener esa tercera vía y
que debía permanecer anglicano o hacerse católico. Tuvo que sufrir
muchas luchas interiores y exteriores para ser fiel a su conciencia
y tuvo que esforzarse mucho en investigar la verdad en los santos
Padres de la Iglesia de los primeros siglos hasta que llegó
gradualmente a la verdad.
En 1843 decidió dejar su cargo de pastor anglicano y quedó
reducido a un simple laico, aunque todavía no estaba decidido a
hacerse católico por tener obstáculos como la devoción a la
Virgen y a los santos.
Dice: “En 1843 di dos pasos muy importantes: 1) En Febrero hice
una retractación formal de todas las cosas duras que había dicho
contra la Iglesia de Roma. 2) En setiembre renuncié a mi beneficio
de Santa María, Littlemore.
Entre los otoños de 1843 y 1845 yo me mantuve en comunión de
laico con la Iglesia de Inglaterra, asistiendo, como de ordinario, a
sus actos de culto y absteniéndome completamente del trato con
católicos y de sus lugares de culto, y de aquellos ritos y
prácticas religiosas como la invocación de los santos, que son
características de su credo. Todo esto lo hacía yo por
convicción, pues nunca pude entender cómo pueda nadie pertenecer a
la vez a dos confesiones religiosas”. El 9 de octubre de 1845
abrazó el catolicismo.
“Desde el momento que me hice católico, no tengo naturalmente
más historia de mis ideas religiosas que relatar. Al decir esto, no
quiero decir que mi entendimiento ha permanecido ocioso o que haya
dejado de pensar en temas teológicos, sino que no tengo variaciones
que anotar ni he tenido angustia alguna de corazón. He estado en
perfecta paz y contento, nunca he tenido una duda. Al convertirme,
no me he dado cuenta de cambio alguno, intelectual o moral, operado
en mi espíritu... Tampoco he sentido más fervor. Fue como llegar
al puerto tras una borrasca, y la felicidad, que entonces sentí,
permanece sin interrupción hasta el presente.
Tampoco me ha supuesto turbación alguna la aceptación de los
artículos adicionales, que no se encuentran en el credo anglicano.
Algunos los creía ya, pero ninguno de ellos ha sido para mí una
prueba. Al ser recibido en la Iglesia católica, hice profesión de
ellos con la mayor facilidad y lo mismo siento al creerlos ahora”.
“Voy a tomar la doctrina que los protestantes consideran la
mayor dificultad: la de la Inmaculada Concepción (de María)...,
que la bienaventurada Virgen María fue concebida sin pecado
original. De hecho, cae por su propio peso decir que los católicos
no han venido a creerlo por haber sido definido, sino que fue
definido, porque ellos lo creían. Lejos de ser la definición, dada
en 1854, una imposición tiránica al mundo católico, fue por todas
partes recibida, al promulgarse, con el mayor entusiasmo. La
definición se hizo a consecuencia de la petición unánime a la
Santa Sede de toda la Iglesia para que la doctrina sobre la
Inmaculada Concepción fuera declarada doctrina apostólica”.
Tras un viaje a Roma, en 1847, fue ordenado sacerdote católico.
Uno de sus principales objetivos, entonces, fue demostrar a los
ingleses que se puede ser buen católico y ciudadano leal. El Papa
León XIII lo nombró cardenal en 1879.
Con él se convirtieron 22 pastores anglicanos y 11 profesores de
la Universidad de Oxford y Cambridge. Se calcula que desde Newman
hasta 1935, se han pasado a la Iglesia católica 900 pastores
anglicanos.
ROBERT HUGH BENSON (1871-1914)
El anglicano Robert Hugh Benson en su libro Confesiones de un
converso, escribe: “Durante 25 años viví en un ambiente clerical
y durante nueve años fui pastor en una ciudad. Mi padre era la
cabeza espiritual (arzobispo de Canterbury) de la comunidad
anglicana de Inglaterra. Mi formación religiosa fue muy completa”.
“Los católicos romanos, creía yo, eran claramente corruptos y
decadentes, eran los ritualistas y contaminados, y los protestantes
eran radicales, ruidosos, extravagantes y vulgares”.
“Un día, (estando en Egipto) dando un paseo, entré, por pura
curiosidad, en la iglesia católica del pueblo. Se hallaba rodeada
de casas de adobe, no daba al visitante ninguna impresión de esa
solidez y seguridad que suele proporcionar lo europeo, y su interior
era poco atractivo. Sin embargo, ahora creo que fue allí donde algo
parecido a la fe católica se agitó en mi interior. Obviamente, la
iglesia formaba parte de la vida del pueblo. Estaba abierta, como
las demás casas árabes y, aparte de sus fallos artísticos, era
exactamente igual a otras iglesias católicas... Allí me planteé,
por primera vez, la posibilidad de que Roma estuviera en lo cierto y
de que fuéramos nosotros los equivocados. Mi desdén por la Iglesia
católica empezó a impregnarse de respetuoso temor. Para
tranquilizarme, entablé una profunda amistad con un sacerdote copto
a quien, al volver a Inglaterra, envié un par de candelabros de
bronce para su altar”.
“En Damasco recibí un nuevo golpe al enterarme por el
periódico The Guardián de que el predicador, al que debía todos
mis conocimientos de lo distintivo de la doctrina católica, se
había sometido a Roma. Es imposible describir la sorpresa y el
horror con que encajé la noticia”.
“En 1902, mientras paseaba con mi madre, le conté que había
vuelto a tener inquietudes en relación con Roma. También le
prometí que, si surgían de nuevo, se lo haría saber al momento.
Nunca le agradeceré bastante el modo en que ella recibió mis
confidencias. La mantuve informada, igual que a mi Superior, de las
etapas de mi proceso y obedecí al pie de la letra los consejos de
ambos. Leí todos los libros anglicanos que me recomendaron y
consulte con todas las personas capacitadas que me propusieron”.
No creo que, en general, los polemistas católicos lleguen a
comprender lo que un anglicano tiene que padecer antes de ser
admitido en la Iglesia católica... Me refiero, sobre todo, a los
conflictos internos... La perspectiva de cambiar de Iglesia supone
perder lo más íntimo, lo más querido y conocido, para caer en un
desierto descomunal, donde serás observado.
“Yo era ministro de una Iglesia que parecía no tener criterios
claros y únicos ni siquiera en materias directamente relacionadas
con la salvación de las almas... Tomemos como ejemplo un solo punto
esencial: la doctrina sobre la penitencia. En realidad, yo ignoraba,
si estaba permitido o no enseñar que era indispensable para obtener
el perdón del pecado mortal. Prácticamente, todos los obispos lo
negaban y, algunos de ellos, negaban incluso el poder de absolver...
Y cada día con mayor claridad, me era imposible afirmar que la
Iglesia de Inglaterra exigía la confesión sacramental”.
“Un amigo, sacerdote católico, me dijo que el mayor
inconveniente con el que tropezó al convertirse fue el de verse
obligado a negar la validez de su ordenación. Hasta entonces,
había sido un pastor ritualista, que trabajaba abnegadamente entre
los pobres de una importante ciudad inglesa y que, durante años,
celebró diariamente lo que creía ser el santo sacrificio de la
misa. Me contó que casi le asustaba hacer la primera comunión...
Sin embargo, en el momento en que la sagrada forma tocó su lengua
advirtió la diferencia. Me dijo que, desde aquel instante, no dudó
un segundo; pues, hasta entonces, sólo había recibido pan y vino
acompañados de una gracia no sacramental. Y que este nuevo don era
ni más ni menos que el Cuerpo de Cristo”.
“Ahora puedo decir que retornar desde la Iglesia católica a la
anglicana sería cambiar la certeza por la duda, la fe por el
agnosticismo, la sustancia por las sombras, la luz brillante por la
oscura penumbra, el hecho universal por una doctrina provinciana y
carente de historia”.
“Los fallos del anglicanismo y del protestantismo, en general,
son prueba de que su doctrina no es divina, los fallos en el
catolicismo sólo demuestran que tiene un lado humano además de
divino”.
Benson se convirtió en 1903 y, después de estudiar en Roma, fue
ordenado sacerdote católico. Desde entonces, se dedicó a escribir
libros para difundir la fe católica, siendo capellán de la
Universidad de Cambridge.
VERNON JOHNSON
Pastor anglicano, nacido en 1873, ingresó a la Iglesia católica
el 13 de setiembre de 1929. En su libro autobiográfico Un Señor,
una fe, describe su trayectoria espiritual.
Dice: “La Iglesia católica es realmente la Iglesia fundada por
Jesucristo; y fundada precisamente para custodiar la Verdad y
enseñarla sin error a los hombres hasta el fin de los siglos. Sólo
la Iglesia católica ha sido fundada por el mismo Dios sobre la roca
del Pontificado, hecho éste, históricamente irrefutable, en virtud
del cual sólo Ella puede, con verdad, proclamarse infalible en su
divina misión de apostolado. Sólo Ella tiene poder y autoridad
garantizados por Cristo, para guiar y alimentar a todos los hombres,
como a ovejas congregadas en un solo rebaño y bajo un solo
pastor... Mi primer encuentro con la Iglesia católica, considerada
como realidad actual y viviente, ocurrió en Lisieux en el año 1925”.
“A fines de 1924, estando en cierto convento anglicano de
religiosas, a donde había sido enviado para dar un retiro, la Madre
Superiora puso en mis manos la Autobiografía de santa Teresita de
Lisieux... ¡Imposible describir el estado en que me encontraba
cuando, por fin, después de media noche, pude cerrar el libro!
¡Jamás escrito alguno había conmovido todo mi ser de aquella
manera!”. Su visita a Lisieux en 1925, le impactó mucho.
El año 1926 repitió la visita y empezó a preguntarse sobre la
unidad y autoridad de la Iglesia católica, considerando la
posibilidad de que fuera la Iglesia verdadera, fundada por Cristo.
Dice: “Autoridad y unidad: he ahí los dos interrogantes, las dos
dudas terribles, que me asaltaron en Lisieux. Llegué a comprender
que el Señor había fundado su Iglesia para que fuera Maestra
divina del mundo; que le había prometido la asistencia perenne del
Espíritu Santo, que habría de guiarla en la predicación y
enseñanza de la verdad y que Él mismo, el Señor en persona,
había de estar siempre con ella hasta el fin de los siglos... Decir
que la Iglesia no tiene ya potestad para enseñar, equivaldría a
decir que el Señor ya no está con Ella, en contra de lo que Él,
tan categóricamente, le había prometido y tan incondicionalmente
había asegurado”.
“Cuando partí de Lisieux, después de mi segunda visita, mi
sentimiento dominante era que tenía ante mí una tarea abrumadora,
casi imposible. ¡Tenía que realizar un estudio completamente
imparcial acerca de la Iglesia católica y me encontraba totalmente
perplejo en cuanto al modo de lograrlo!
Pensaba yo que si, por un imposible, llegase a persuadirme algún
día de que Roma estaba en lo cierto, ello significaría para mí el
trastorno de toda mi vida y el hundimiento de todos mis ideales; en
una edad, además, en la que es casi imposible comenzar de nuevo; y
eso sin contar la otra catástrofe mucho peor: el rompimiento de
todos mis antiguos lazos de amistades espirituales y humanas...
Algunas veces, desesperado del éxito estuve a punto de desistir y
quería dar largas al asunto, dejando todo para más adelante”.
“Me atormentaba el pensamiento de otra pérdida más grande:
aquellas almas tan numerosas que yo habría de poder conquistar en
misiones como aquellas concurridísimas que yo mismo había
organizado en las grandes ciudades fabriles y en otros muchos
lugares de Inglaterra, gracias al celo y generosidad de muchos
sacerdotes y seglares de nuestra Iglesia anglicana”. “Yo me
preguntaba: ¿Por qué los obispos anglicanos enseñan doctrinas
entre sí diferentes y, a veces, contradictorias? Y, cuando alguno
me preguntaba a qué obispo debía obedecer, tampoco podía
señalarle una autoridad que, de hecho, no existía entre ellos”.
“Lo único que me quedaba era ponerme en camino hacia la
Iglesia católica. Para ello fui a vivir con un amigo católico para
poder recibir de él las primeras instrucciones... Al fin, se fueron
disipando las nubes y llegó la claridad. Después me fui a una
Orden religiosa para instruirme por completo. Allí encontré la paz”.
Vernon Jonson hizo un largo camino, lleno de dificultades hasta
llegar a la plenitud de la fe y de la verdad en la Iglesia
católica, pero valió la pena, porque sólo en la verdad se
encuentra la verdadera paz. En 1933 se ordenó sacerdote católico.
GILBERT K. CHESTERTON (1874-1936)
Famosísimo periodista, novelista, poeta y crítico literario, es
una figura genial de la literatura inglesa y uno de los autores
modernos más citados. Autor de novelas como Padre Brown, Ortodoxia
o El hombre eterno. Bautizado anglicano, se alejó de la práctica
religiosa. Dice en su Autobiografía: “Entre las cosas dudosas en
las que me enredaba, me ocupé del espiritismo, sin tener siquiera
la decisión de ser un espiritista... Mi hermano y yo solíamos
jugar... con una tabla de ouija, pero éramos de los pocos que
jugábamos con ella en broma. No obstante, no descarto completamente
la sugerencia de algunas personas de que estábamos jugando con
fuego e, incluso, con fuego del infierno... Lo único que puedo
decir con completa confianza acerca del poder místico e invisible,
es que todo es mentira”. “El ambiente general de mi niñez era
agnóstico. Mis padres constituían la excepción..., porque creían
en un Dios personal o en una inmortalidad impersonal”.
“Mis ideas se alimentaron casi exclusivamente de publicaciones
anticatólicas... Sin embargo, (ahora que soy católico) creo que la
Iglesia católica puede salvar al hombre ante la destructora y
humillante esclavitud de ser hijo de su tiempo... Los católicos,
muy al contrario de todos los otros hombres, tienen una experiencia
de diecinueve siglos. Una persona que se convierte al catolicismo,
llega a tener de repente dos mil años. La Iglesia católica es obra
del Creador y sigue siendo capaz de vivir lo mismo en su vejez que
en su primera juventud. Y sus enemigos, en lo más profundo de sus
almas, han perdido ya la esperanza de verla morir algún día”.
“Cuando la gente me pregunta ¿Por qué ha ingresado usted en
la Iglesia de Roma?, la primera respuesta es: “Para desembarazarme
de mis pecados”. Pues no existe ningún otro sistema religioso que
haga realmente desaparecer los pecados de las personas... El
sacramento de la penitencia concede vida nueva y reconcilia al
hombre con todo cuanto vive, pero no lo hace como suelen hacerlo los
optimistas, los hedonistas y los predicadores paganos de la
felicidad. El don se concede mediante un precio y está condicionado
por una confesión”.
En una oportunidad le preguntaron: ¿Por qué se hizo usted
Católico? y respondió: “Porque quiero ser feliz. La dificultad
para explicar adecuadamente el por qué soy católico consiste en el
hecho de que hay 10.000 razones, que se pueden resumir en que el
catolicismo es verdadero”.
“Sé que el catolicismo es demasiado grande para mí y aún no
he explorado todas sus terribles y hermosas verdades. No sé
explicar por qué soy católico, pero ahora que lo soy no podría
imaginarme de otra manera. Estoy orgulloso de verme atado por dogmas
“anticuados” y esclavizado por credos profundos (como suelen
repetir mis amigos periodistas con tanta frecuencia), pues sé muy
bien que son los credos heréticos los que han muerto, y que sólo
el dogma razonable vive lo bastante para que se le llame anticuado”.
El párroco de Chesterton recordaba que “la mañana de su
primera comunión era plenamente consciente de la inmensidad de la
presencia real de Jesús”. Y cuando lo felicitó le dijo: Ha sido
la hora más feliz de mi vida.
Chesterton defendió a la Iglesia y la fe católica en sus
escritos y hasta fundó un semanario “G. K’s Weekly” para
comunicar su pensamiento católico.
RONALD KNOX (1888-1957)
Gran humanista inglés, profesor de la Universidad de Oxford.
Todavía siendo sacerdote anglicano, amaba a María, como escribe en
su Eneida espiritual. La lectura del libro de Hugh Benson,
Confesiones de un converso, le ayudaron mucho en su camino a la
Iglesia. Le roía la duda de que no era verdadero sacerdote como
anglicano y que sus misas no eran verdaderas ni estaba Jesús en la
hostia consagrada que él tenía en sus manos, al celebrar la misa
anglicana. Se retiró a meditar a la Abadía benedictina francesa de
Farnborough y allí se convirtió definitivamente. Antes creía que
hacerse católico era meterse a un rígido internado, donde se le
prohibirían todas las libertades, como esclavos del Papa de Roma, y
ahora se sentía libre con una fe segura y a toda prueba.
Se convirtió en 1917 y escribió el libro The belief of
catholics (lo que creen los católicos). Tradujo la Biblia “Vulgata”
de San Jerónimo al inglés y fue el más brillante convertido
inglés después de Henry Newman.
JUAN W. VERKADE (1863-1946)
Nacido de familia calvinista holandesa, a los 18 años se negó a
recibir el bautismo. En París, Verkade había entrado varias veces
a las iglesias católicas como visitante. Pero en Huelgoat, asiste
por primera vez a una misa. Al Santo, dice él, todos se
arrodillaron: “¿Cómo? ¿Yo arrodillarme? Mi orgullo protestaba
con todas sus fuerzas contra semejante humillación. Pero yo estaba
allí en pie sobresaliendo entre todos; no podía hacer otra cosa y
me arrodillé como los demás. Cuando los hombres se levantaron,
también yo me levanté. Pero, al levantarme, algo había cambiado
en mí. Era ya católico a medias, pues mi orgullo se había
quebrantado. Me había arrodillado... Después de unos meses de
lucha interior, estando en el pueblecito de Saint-Nolff asistía con
frecuencia a misa y leía el Nuevo Testamento. Pensaba: “Si me
hago cristiano, entonces lo seré de verdad y de verdad para mí
quiere decir ser católico”. El 26 de agosto de 1893 recibió el
bautismo en la capilla del colegio de los jesuitas de Vennes. Y fue
profundizando su fe, leyendo libros, como la Autobiografía de santa
Teresita del niño Jesús y las Confesiones de san Agustín... Se
hizo religioso con el nombre de Fray Wilibrordo, y el 20 de agosto
de 1902 se ordenó de sacerdote. Escribió su Autobiografía
titulada Die unruhe zu Gott (El tormento de Dios).
IRMA BARSY
Irma Barsy, nacida en 1904 en Hungría, fue una gran escritora de
familia evangélica luterana. Dice: “Durante los bombardeos de la
segunda guerra mundial, corríamos al refugio. Un día, después del
bombardeo corrí a la iglesia católica, ya que era día laborable y
no suelen estar abiertas las iglesias protestantes... Y, junto a los
demás fieles, me arrodillé ante la imagen de la Santísima
Virgen... Los domingos, cuando no iba de excursión, asistía al
culto evangélico. Pero mis sentimientos y emociones religiosos
dependían de la predicación del pastor: buena o aburrida. En
cambio, en las clandestinas visitas a los templos católicos,
notaba, cada vez con más claridad, que me faltaba algo.
Posteriormente, comencé a asistir los domingos a misa”.
“Después de la guerra, fui a Roma y fue casi un milagro entrar
el Jueves Santo en la capilla Sixtina, donde su Santidad celebraba
la misa. Estaba de rodillas en la Sala Regina, cuando el Papa pasó
a pie por delante de nosotros y nos bendijo con su pálida mano. El
domingo de Pascua, lo vi en la misa de San Pedro... El 8 de mayo de
1948 pude, por fin, ser hija de la santa Iglesia. Ante el altar de
San Francisco de Asís, en la iglesia del convento, pronuncié mi
Credo... Poco después, viví el día más feliz y más bello de mi
vida; el día de mi primera comunión ¡Qué difícil resulta
explicar con palabra humana lo que sentí en aquel instante! Aquel
goce infinito del alma sólo podría expresarse con el celestial
idioma de la música. Así era: la música de un coro invisible
sonaba en mi alma, un canto de ángeles fluía por entre sus notas y
me plegué en dichosa gratitud, con lágrimas de alegría, a la
suave y amorosa mano de Dios... Es como si hubiese nacido de nuevo.
¡Todo me parece ahora tan claro y sencillo! Después de muchas
dudas y luchas internas, después de largas odiseas, ¡por fin estoy
en casa!”.
KENYON REYNOLDS
Próspero hombre de negocios, que ocupó cargos muy altos en la
industria petrolera. Nació en 1892 y había sido educado
protestante con rechazo a los católicos. Se casó con una mujer
católica, que le hizo apreciar la Iglesia católica, pues la
acompañaba a misa frecuentemente para no dejarla ir sola. Al perder
a su esposa, se hace católico y se ordena sacerdote el 15 de agosto
de 1951.
JUAN TSCHING HSIUNG
Nació en 1899 de familia confucionista. Después se hizo
metodista y en 1937 se hizo católico. Los cristianos chinos tienen
que agradecerle la traducción de los Salmos y el Nuevo Testamento.
También colaboró en la publicación de las principales obras de la
literatura católica al chino. Fue el primer representante chino
ante la Santa Sede en 1947.
Él dice: “El poeta Dante fue mi guía hasta la puerta de la
Iglesia católica. Pero ¿quién me movió a cruzarla? Han sido la
Madre de Dios y su pequeña hija Teresa de Lisieux... Cuando estaba
oculto en Shangai, un amigo católico me invitó a vivir a su casa.
Allí se rezaba todas las noches el rosario en familia... El Padre
Germán me prestó libros para leer y el 18 de diciembre de 1937
recibí el bautismo bajo condición en la capilla de la Universidad.
En Shangai había nacido a la fe católica, pero fue en Hong-Kong
donde se nutrió mi espíritu de fe”.
Juan Tsching Hsiung, fue uno de los católicos chinos que más ha
influido en la propagación de la fe católica en su país.
SVEN STOLPE (1895-1996)
Escritor, nacido en Noruega en 1895. Dice en sus escritos
autobiográficos: “Contraje la tuberculosis y en 1927 tuve que
trasladarme al Agra-sanatorium en Suiza, donde me encontré con una
treintena de estudiantes bávaros entre los que había muchos
católicos. Durante una parte de mi estancia, compartí mi
habitación con un teólogo católico, Siefried Huber. Quedé
asombrado ante el nuevo mundo que se me abría, gracias a las
conversaciones con mi compañero”. “Mis ensayos franceses
condujeron a varios de sus lectores al catolicismo. Recibí cartas
de personas que me mostraban su gratitud por haber contribuido a su
ingreso a la Iglesia. Mi sorpresa era tanto mayor cuanto que yo
mismo no era católico”.
“Después de la segunda guerra mundial, me dirigí con mi
familia a París. Allí busqué contactos con círculos católicos y
la providencia de Dios me condujo a la Abbaye Sainte Marie donde el
Padre Charles Massabki me recibió en la Iglesia... La mayoría de
mis libros de los últimos años, basados siempre en temas
religiosos, fueron aceptados en la Suecia protestante más
amablemente que mis anteriores obras... Además, consideré que mi
labor había de ser despertar en Suecia el interés por la Edad
Media católica. Por ello publiqué estudios detallados sobre
personajes santos”. Ha sido uno de los más famosos escritores de
Suecia.
SIGRID UNDSET (1883-1949)
Noruega, gran escritora, que recibió el premio Nóbel de
literatura en 1928. Ha visto sus obras traducidas a muchos idiomas.
En su relato Ma conversion au catholicisme (Mi conversión al
catolicismo), traducido del noruego al francés por el Padre
Bechaux, para la revista “Estudios”, dice: “En el
protestantismo tal como aprendí a conocerlo, la desgracia está en
que cada uno tiene su “convicción personal” y su propia fe...
Yo no había dudado nunca que la Iglesia católica se identificara
con la Iglesia fundada por Cristo. Para mí, la cuestión de la
autoridad de la Iglesia católica era solamente una cuestión de
autoridad de Cristo. Siempre había considerado a la Reforma
protestante como la historia de una rebelión contra el
cristianismo, aunque fuese una rebelión de creyentes y de
cristianos animados por una intención piadosa... Tampoco me habían
hecho gran impresión las objeciones habituales que oía contra el
catolicismo como el escándalo de los malos católicos... El culto
de los santos, que existe en la Iglesia desde sus orígenes,
responde a una exigencia, que parece inmanente a nuestra naturaleza.
Queremos honrar a los héroes... ¿Y el culto a María? He pensado
siempre que era lógico y natural. Si se cree que Dios nos ha
salvado, tomando nuestra carne y nuestra sangre, debemos tener para
el Vaso del que Él formó su cuerpo de hombre, sentimientos que no
se parezcan a ninguno de los que podamos tener para nuestros
semejantes: un respeto, una ternura, un corazón compasivo... Si es
verdad que el hijo de María es, a la vez, verdadero Dios y
verdadero hombre, entonces, el hijo es Hijo y la madre es Madre para
toda la eternidad, siendo Él el Creador y ella su criatura... Es
difícil expresar con palabras lo que Dios me ha dado por medio de
su Iglesia. Él mismo ha dicho que nos da su paz, pero esta paz no
es la que da el mundo. Es de otra clase. Se la puede comparar
quizás a la paz que reina en los abismos del océano”.
Sigrid Undset, fue instruida por Monseñor Kjelstrup y fue
recibida en la Iglesia el 1 de noviembre de 1924. Ella encontró en
la Iglesia católica una seguridad para su fe cristiana, que no
podía encontrar en las iglesias surgidas de la Reforma.
CORNELIA DE VOGEL
Cornelia J. de Vogel es una historiadora holandesa. Dice en su
escrito Hacia la plenitud católica: “Mi entrada en la Iglesia
católica no ha sido una conversión en el sentido habitual de la
palabra. No fue, entonces, cuando encontré a Cristo ni tuve
entonces el verdadero contacto con Dios por primera vez en mi vida
ni tuve por primera vez contacto con la comunidad de una Iglesia
visible... Yo pertenecía a la Iglesia reformada neerlandesa. Pero,
en el invierno de 1944-1945, hice mi entrada en la Iglesia
católica...
No es que creyera que no se hallaban pecados ni apostasías en
esta Iglesia, pero están absolutamente condenados por la doctrina y
fuertemente combatidos en la práctica, mientras que en la Iglesia
reformada, a que yo pertenecía entonces, el pecado estaba más o
menos legitimado por la enseñanza, con una llamada al texto de la
carta a los Romanos 7,14, sin que se enseñara a los creyentes la
vigilancia y la lucha.
Después de algunos años de orientación general, emprendí la
traducción de la principal obra dogmática de san Atanasio: “Orationes
contra Arrianos”. Con gran sorpresa, me encontré ante una
teología puramente católica en todos los puntos esenciales. Es
decir, comprobé que en todo aquello en que la Reforma del siglo XVI
se opone a la doctrina de Roma, Atanasio se inclina hacia el lado
católico... El estudio de los orígenes de la Iglesia modificó,
poco a poco, mi visión sobre la Historia de la Iglesia. Comprobé,
con evidencia, que, en toda la línea, la Iglesia antigua había
comprendido el Evangelio en el sentido católico, que hay
continuidad entre la antigüedad cristiana, la Edad Media y la
Iglesia católica romana actual. Por otra parte, la tradición de la
Reforma ha introducido una interpretación del Evangelio que no se
remonta a la antigüedad y que no encuentra apoyo en sus
representantes más ilustres como san Atanasio y san Agustín...
¿Quién estaba, pues, en el error? ¿La Iglesia de siglos, la
Iglesia de Atanasio y Agustín, la Iglesia que construyó las
catedrales de la Edad Media y que todavía hoy produce frutos de una
santidad excepcional? ¿O los que en el siglo XVI se separaron de
esta Iglesia para fundar otra tradición con una interpretación
contraria a la que ha prevalecido desde los comienzos?”.
Escribió un libro Ecclesia Catholica, aparecido en Utrecht en
1946, donde da todos los argumentos que la llevaron a la Iglesia de
Roma.
HEINRICH SCHLIER (1900-1978)
Fue un famoso escriturista luterano alemán. Él dice: “La
herencia apostólica no puede estar contenida solamente en los
escritos del nuevo Testamento”. “Yo he aprendido que la Iglesia
católica ha enseñado infaliblemente desde el principio. La Iglesia
existe antes que el cristiano individual. Ella es el Cuerpo de
Cristo y, por tanto, siempre está antes que la suma de todos sus
miembros. Nosotros recibimos la vida de la Cabeza (Cristo) a través
de su Cuerpo que es la Iglesia”.
Otros pastores luteranos convertidos, de la misma época, son
George Klünder y Eric Peterson; Rudolf Goethe fue ordenado
sacerdote católico el 22 de diciembre de 1951, siendo casado; y
Martin Giebner también se ordenó sacerdote el 19 de diciembre de
1953.
THOMAS MERTON (1915-1968)
Educado episcopaliano, dejó prácticamente la fe durante los
primeros veinte años de su vida y se dedicó a vivir su vida con
todos los gustos y placeres de la juventud moderna y alocada. Dice
en su Autobiografía: “Cuando murió mi padre, me encontré
completamente libre de todo lo que impedía el movimiento de mi
voluntad para obrar a mi antojo. Imaginé que era libre. Fueron
necesarios cinco o seis años para descubrir en qué cautiverio
había entrado. La dura corteza de mi alma seca expulsó los
últimos vestigios de religiosidad que, alguna vez, había
albergado. No había lugar para ningún Dios en aquel templo vacío,
lleno de polvo y basura, que entonces era tan celoso en guardar
contra todos los intrusos, a fin de dedicarlo a la veneración de mi
propia y estúpida voluntad”.
“Mi alma estaba simplemente muerta. Estaba vacía, era como un
vacío espiritual, por lo que al orden sobrenatural se refiere. Eran
sus facultades como cáscaras secas de lo que debían haber sido”.
Visitando Italia como turista, empezó a conocer un poco a
Cristo, aunque tenía rechazo al catolicismo. Dice: “Fue en Roma
donde mi comprensión de Cristo se formó. Allí fue donde vi por
primera vez a quien ahora sirvo como a mi Dios y a mi Rey, y que
posee y gobierna mi vida”.
Dios seguía sus pasos y “de repente, una noche me pareció que
mi padre (muerto) estaba allí conmigo. El sentido de su presencia
era tan vívido, tan real, tan sobrecogedor como si él me hubiera
tocado el brazo o hablado conmigo. Todo pasó en un relámpago;
pero, en aquel relámpago, instantáneamente, me sentí abrumado con
una visión súbita y profunda de la miseria y corrupción de mi
propia alma. Fui atravesado hondamente con una luz que me hizo
comprender algo de la condición en que me encontraba. Me llené de
horror ante lo que vi, todo mi ser se rebeló contra lo que dentro
de mí había, mi alma deseaba huir... Ahora pienso que, por primera
vez en toda mi vida, empecé verdaderamente a rezar, rezando al Dios
que nunca había conocido para que viniera a sacarme de las
tinieblas y me ayudara a liberarme de las cosas terribles que
retenían mi voluntad esclavizándola”.
Después de un tiempo, empezó a buscar a Dios entre los
cuáqueros, la iglesia sionista y otras iglesias cristianas. Un día
entró en una librería y compró un libró “El espíritu de la
Filosofía medieval”. Se sintió decepcionado, cuando se dio
cuenta que era un libro católico, pero lo leyó. “Cuando hube
dejado de leer este libro, empecé a tener deseo de ir a la iglesia”.
“Un fuerte impulso empezaba a afirmarse en mí y me sentía
arrastrado mucho más imperativamente a la Iglesia católica. Por
último, la tendencia se hizo tan fuerte que no pude resistirla. Le
dije a mi muchacha que había resuelto ir a misa, por primera vez en
mi vida. ¡La primera vez en mi vida! Eso era verdad. Había vivido
varios años en el continente (europeo), había estado en Roma,
había estado entrando y saliendo de mil catedrales e iglesias
católicas y, sin embargo, no había oído misa. Si alguna misa se
estaba celebrando en las iglesias que visitaba, me había escapado
siempre, con alocado pánico protestante.
No olvidaré fácilmente lo que sentí aquel día (agosto de
1938). Primero, sentí en mí una tendencia dulce, fuerte, suave y
pura que me decía: ¡Vete a misa! Era algo completamente nuevo y
extraño esa voz que parecía moverme, esta convicción firme y
creciente de lo que necesitaba hacer. Tenía una suavidad, una
simplicidad que no podía explicarme fácilmente. Cuando cedí a
ella, no se regocijó sobre mí, no me atropelló, sino que me
llevó serenamente en la dirección determinada... Todavía estaba
en verdad, un poco asustado de ir a una iglesia católica con
propósito deliberado, con toda la demás gente, y acomodarme en un
banco y abandonarme a los misteriosos peligros de esa cosa fuerte y
rara que llaman su "misa".
Dios hizo un domingo muy bello. Y puesto que era la primera vez
que había pasado realmente un domingo sobrio en Nueva York, me
sorprendí de la atmósfera pura y tranquila de las calles vacías
de la parte alta de la ciudad. El sol era resplandeciente... La
gente entraba por la puerta de la iglesia completamente abierta...
y, de repente, todas las iglesias de Italia y Francia se me
aparecieron. La riqueza y plenitud del ambiente de catolicismo, que
no había podido evitar de percibir y amar de niño, resurgieron en
mí como un torrente; pero ahora iba a entrar en él, plenamente,
por primera vez... La cosa que más me impresionó fue que la
iglesia estaba llena, absolutamente llena, no sólo de ancianas y
caballeros agotados, sino de hombres y mujeres, niños, jóvenes y
viejos, especialmente jóvenes".
Un día lluvioso de setiembre siente de nuevo la voz que le
apremia y se dirige a la iglesia del Corpus Christi de Broadway en
Nueva York, para pedir el bautismo. El 16 de noviembre de 1938
recibe el bautismo condicionalmente. Entonces, pudo decir:
"Todo fue muy sencillo, ¡Qué montañas cayeron de mis
espaldas: Creo, Creo!”.
“Uno de los grandes defectos de mi vida espiritual en el primer
año era la falta de devoción a la Madre de Dios. Creía en las
verdades que enseña la Iglesia acerca Ntra. Señora, decía el
Avemaría, cuando rezaba, pero eso no era suficiente. La gente no se
da cuenta del tremendo poder de la Santísima Virgen. No sabe quién
es, que por sus manos vienen todas las gracias, porque Dios ha
querido que ella participe así en su obra de salvación de los
hombres”. Pero su amor a Cristo y a María se hizo tan grande que
algo dentro de sí mismo le hacía sentir deseos de entregarse
totalmente. Por fin la gracia divina venció en él y, con
veintiséis años, entró en la Abadía de los frailes trapenses de
Kentucky (USA), donde ha vivido el resto de su vida como sacerdote
católico.
Tomás Merton, un gran poeta y escritor norteamericano, de origen
francés, que nos enseña que, por muy alejados que estemos de Dios,
siempre Él nos sigue esperando y nos pide una entrega total para
servirlo a Él y a los hermanos.
JULIEN GREEN (1900-1998)
Fue un famoso escritor y novelista norteamericano, de origen
francés, que murió a los 98 años lleno de méritos. Dice de sí
mismo: “Cuando era niño, mi madre me educó en la fe evangélica.
Desde los seis o siete años yo le hacía muchas preguntas sobre la
fe y ella me respondía lo mejor que sabía. A los 15 años leí un
libro de un padre jesuita francés y un libro del cardenal de
Baltimore que respondía a mis inquietudes. Y abracé la fe
católica con gran entusiasmo hasta el día de hoy. Cuando le dije a
mi padre que me había hecho católico, él me dijo: “Yo también
me convertí al catolicismo hace un año cuando estaba en Inglaterra”.
Este gran escritor decía: “Para mí escribir significa ser fiel a
la verdad”.
EPHRAÏM CROISSANT
Era un antiguo pastor protestante francés, que se convirtió al
catolicismo, y con su esposa fundó en 1974, una comunidad compuesta
por laicos, consagrados y sacerdotes, célibes y casados. Se llama
la Comunidad de las Bienaventuranzas y actualmente son ya 1.500
hermanos alrededor del mundo. Su página web es www.beatitudes.org.
MAX THURIAN
Ha sido uno de los teólogos evangélicos más importantes del
siglo XX. Vivió varios años en la Comunidad ecuménica de Taizé,
en Francia. Se convirtió y fue ordenado sacerdote en Turín en
1988. Fue miembro de la Comisión teológica internacional. Murió
el 15 de agosto de 1996 a los 75 años.
MALCOLM MUGGERIDGE (1903-1990)
Murió el 14 de noviembre de 1990 en una residencia de ancianos
de Sussex, al Sur de Londres. Fue brillante periodista del
Manchester Guardian y del Daily Telegraph. Ha escrito varios libros.
Fue Rector de la Universidad de Edimburgo en el curso de 1967-68.
Era anglicano e ingresó en la Iglesia católica el 27 de noviembre
de 1982. En su libro Conversión escribe:
"Fue una sensación de regreso al hogar, de recoger los
hilos de una vida perdida, de responder al sonido de una campana que
me llamaba desde hacía mucho tiempo, de ocupar por fin en la mesa
el asiento tanto tiempo vacío”.
No hubo milagros espectaculares, ni éxtasis... Fue un proceso
lento. “Una de las razones de que haya dudado tanto antes de
hacerme católico fue mi desacuerdo con algunos elementos humanos
que veía en la Iglesia católica. Y, sin embargo, como señaló
Hillaire Belloc, la Iglesia no tiene más remedio que ser obra de
Dios; porque, viendo muchas de las personas que han formado parte de
ella, hay que concluir que no es posible que existiera, si no
tuviera la ayuda de lo Alto...
La firme postura de la Iglesia católica en relación a la
contracepción y el aborto, eso fue lo que finalmente me decidió a
ser católico. La contracepción y el aborto han causado enormes
estragos tanto entre los jóvenes como entre los mayores. Todo lo
que de ello se sigue: practicas sexuales precoces, el libertinaje en
las Universidades, haciendo del erotismo un fin y no un medio, son
la consecuencia de haber violado el orden natural de las cosas. Del
mismo modo que las gentes de la Roma clásica consideraban el comer
como un fin, lo que les llevaba al vomitorio para seguir comiendo y
volver a atiborrarse de golosinas, así la gente de hoy acaba en una
especie de vomitorio sexual. La posición de la Iglesia católica en
este punto es absolutamente correcta. E1 camino del Amor es el
camino de la luz y únicamente a través de la cruz es como
llegaremos a la resurrección”.
“El Padre Bidone, un sacerdote italiano ya fallecido, y la
Madre Teresa de Calcuta, han sido las personas que más influencia
han tenido en mi decisión final de ingresar en la Iglesia
católica, aun cuando ha trascurrido un largo espacio de tiempo
hasta que lo hice”.
“La Madre Teresa es una conversión viviente: resulta imposible
estar a su lado, oírla, ver lo que hace y cómo lo hace, sin
sentirse convertido en alguna medida… Su sencilla presentación
del Evangelio y su alegría al recibir los sacramentos, atraen
irresistiblemente a quien tiene ocasión de estar cerca de ella.
Ningún libro de los que he 1eído, ningún discurso, ninguna
ceremonia, ninguna relación humana o experiencia trascendental me
han acercado tanto a Cristo ni me ha hecho tan consciente de lo que
la Encarnación significa para nosotros... Cuando junto a la Madre
Teresa rodábamos la película "Algo bello para Dios", lo
hacíamos en el Hogar para moribundos, que anteriormente había sido
un templo hindú y estaba muy pobremente iluminado. Nuestro
cameraman Ken McMillan aseguraba que sería inútil tratar de rodar
allí. No obstante, lo persuadí de que lo intentara e hiciera
algunas tomas, justificándose con la utilización de un material de
repuesto que, de ordinario, no se iba a utilizar. Cuando la
película fue revelada, aquellas tomas aparecieron bañadas con una
maravillosa luz suave, que, según el propio McMillan, no podía ser
descrita en términos terrenales. Y, sin embargo, allí está en la
película y en las fotos fijas tomadas. Para mí la explicación de
todo esto es clara. Sin duda ninguna, la felicidad, expresión de
amor, es luminosa y eso es lo que se pretende manifestar con los
halos que figuran en torno a las cabezas de los santos en las
representaciones de la Edad Media.
La cámara había captado esta luminosidad sin la cual, la
película, no se habría impresionado, como el propio Ken McMillan
comprobó, cuando usó el mismo material en circunstancias
semejantes sin conseguir impresionarlo”.
“Ahora tengo 84 años; soy un octogenario que ha hecho muchas
cosas que no debería haber hecho... Ahora vivo cada día, sabiendo
que mi vida acabará pronto y, como Miguel Ángel al final de sus
días, he amado a mis amigos y a mi familia. He amado a Dios y a su
creación. He amado la vida y ahora amo la muerte como su término
natural, sabiendo que, aunque la Cristiandad pueda terminar, Cristo
vive”.
ALEC GUINNESS (1914-2000)
Ha sido un gran actor cinematográfico, que recibió en 1957 el
Oscar al mejor actor por su destacada labor como cineasta,
especialmente, en la película “El puente sobre el río Kwai”.
Nacido en Inglaterra, era anglicano por tradición, teniendo
cierto rechazo a los católicos. En sus Memorias nos cuenta cómo
estando rodando, en un pequeño pueblo de Francia, la película
Father Brown (El detective), tuvo una experiencia que se le grabó
para toda su vida y que tuvo mucha importancia en su conversión.
Él hacía en la película de sacerdote católico. En un descanso de
cuatro horas, se fue a dar un paseo por el pueblo sin quitarse su
sotana. Y dice: “Era de noche. No estaba muy lejos, cuando oí
unos pasos ligeros y una voz chillona, diciendo: Padre. Un chico de
unos siete u ocho años me cogió de la mano, apretándola con
fuerza, la balanceó y se puso a hablar sin parar. Estaba lleno de
animación, saltaba, brincaba y no me soltaba. No me atrevía a
hablarle por si 1e asustaba mi espantoso francés. Aunque yo era un
completo extraño, pensaba que era un sacerdote y, por tanto,
alguien de fiar. De repente, con un “Buenas tardes, Padre”, y
una especie de reverencia lateral, desapareció por un agujero en un
seto. Había dado un alegre y seguro paseo hasta su casa y a mí me
dejó una extraña y tranquila sensación de júbilo. Mientras
seguía mi paseo, reflexioné acerca de que una Iglesia que era
capaz de inspirar una confianza tal en un niño, haciendo que sus
curas, aunque sean desconocidos, sean abordables, no podía ser tan
intrigante y tenebrosa como se suele pensar. Empecé a desprenderme
de mis prejuicios, adquiridos hacía mucho tiempo”.
“El verano de 1955, fue muy feliz para mí. Un sábado por la
tarde monté en mi bicicleta y, casi sin rumbo, pedaleé los cuatro
kilómetros que me separaban de Petersfield y me detuve frente a la
iglesia de Saint Lawrence... Le expliqué al párroco que era un
anglicano, que deseaba ser instruido. Se mostró afable, en absoluto
atosigante, y simpático, explicándome que él era un ex
anglicano... Luego descubrí que había acogido en la Iglesia al
capitán del grupo Cheshire, que tenía la Cruz de la Victoria.
Quedamos en tener reuniones en las semanas siguientes... Al no
encontrar ningún obstáculo en la iglesia de Saint Lawrence,
decidí buscar lo peor en otra parte. Quería ver el catolicismo en
su aspecto más tétrico y menos simpático. Por tanto, decidí ir
unos días a un monasterio trapense, donde casi siempre hay silencio
y se dice que la vida es desolada... Pusieron a mi disposición un
monje para charlar con él cuando quisiera. El padre Robert Hodge
había sido sacerdote anglicano en Dartmouth, tenía 50 años y no
muy buena salud. Poseía un gran encanto y resultó ser casi un
charlatán, siendo yo el que me refrenaba, salvo para hacer
preguntas... Cuando los monjes celebraban la misa en privado, había
como un sentimiento reverencial de Dios expandiéndose, como si
llenara cada rincón de la iglesia y de todo el mundo”.
Poco tiempo después “fui a California para el rodaje de la
película The Swan (E1 cisne), pero, antes de marcharme de
Inglaterra, le había prometido al Padre Henri Clarke hacer todo lo
posible para ir a misa todos los domingos. El 24 de marzo de 1956,
el Padre Clarke aceptó mi reconciliación con la Iglesia, con tacto
y bondad, en Saint Lawrence, Petersfield. Como incontables conversos
antes y después que yo, sentí que volvía a casa y como si hubiera
visto aquel lugar por primera vez”.
“Unos meses más tarde, cuando estaba en Ceylan, rodando The
Bridge on the river Kwai (El puente sobre el río Kwai) mi esposa
Merula también se convirtió. Cuando vino a verme durante unas
semanas, pudimos celebrar nuestras primeras Navidades juntos como
católicos, en una pequeña iglesia, cuyos costados se abrían a
unas palmeras y la espuma de las olas rompía sobre una playa
calurosa, de arena blanca, con pájaros tropicales, que revoloteaban
sobre las cabezas de los fieles, en cuclillas en el suelo de tierra,
vestidos con saris de vivos colores y con profunda devoción. Pese a
que todo el mundo era pobre, aquel parecía un lugar abierto v
soleado donde se reconciliaban todos los contrarios... De vuelta a
Londres, pasaba por Kingsway a media tarde, cuando un impulso me
obligó a correr. Con el corazón lleno de alegría y en un estado
de excitación, corrí hasta que llegué a la pequeña iglesia
católica, que había allí, donde nunca había entrado. Me
arrodillé, recobré el aliento y durante diez minutos me olvidé
del mundo... Me tranquilicé un poco, cuando me enteré que el
excelente, brillante y extraordinariamente cuerdo Ronald Knox,
había echado a correr alguna vez para visitar al Santísimo
Sacramento... Una de las frases más penetrantes de Chesterton fue:
“La Iglesia es la única cosa que salva al hombre de la degradante
servidumbre de ser hijo de su tiempo... La Iglesia ha demostrado que
no está moribunda”.
Alec Guinness, un anglicano convertido por la bondad de los
sacerdotes y el testimonio de otros convertidos, ha descubierto que
la Iglesia católica es parte del plan de Dios para nuestra vida.
RICHARD JOHN NEUHAUS
Escribe en la revista First Things (2001) en internet: ¿Por qué
me hice católico? Dice: “Cuando el 8 de setiembre de 1990, el
cardenal O’Connor de Nueva York me recibió en la Iglesia
católica, yo hice un pequeña explicación de por qué me hice
católico. Teniendo a todos mis amigos luteranos en la mente, dije:
“A todos aquellos con quienes he caminado en el pasado, sepan que
todavía seguimos caminando juntos. En el misterio de Cristo y de la
Iglesia nada se ha perdido. Si ahora mi comunión con la Iglesia de
Cristo es más plena, entonces mi unión con todos los que están en
Cristo es más fuerte. Nosotros caminamos todavía unidos”.
Yo me hice católico para ser más plenamente lo que ya era
siendo luterano. Yo no puedo expresar adecuadamente mi gratitud por
toda la bondad que he recibido en la comunión luterana. Allí fui
bautizado, aprendí mis oraciones, fui nutrido por la Escritura y
conocí lo que se refiere al gratuito y maravilloso amor de Dios...
Por mis treinta años como pastor luterano no tengo nada que
rechazar, sino mis pecados y debilidades. El llegar a ser sacerdote
de la Iglesia católica es el complemento y la plenitud de lo que
comenzó hace años. Nada que es bueno es rechazado, todo es
completado...
Para un cristiano eclesial, Cristo y la Iglesia, cabeza y cuerpo,
son inseparables... Como decía san Cipriano, obispo mártir de
Cartago: “El que tiene a Dios por Padre, debe tener a la Iglesia
por Madre”. En cierto sentido, todo cristiano debe ser eclesial,
pues no conoce el Evangelio sino a través de la Iglesia... Entre la
Iglesia católica y la luterana había diferencias. Cuando ellos
tenían una cuestión discutida, acudían a la autoridad del Papa.
Nosotros, en cambio, acudíamos al sínodo de Missouri y la
respuesta era comúnmente referida a la publicación oficial del
sínodo, normalmente escrita por el Dr. Theodore Graebner en el The
Lutheran Witness. Los católicos creían pertenecer a la verdadera
Iglesia, nosotros pertenecíamos al sínodo de Missouri... Nosotros
estábamos en desacuerdo con muchos protestantes, por ejemplo, en
bautizar niños y en creer que Jesús estaba realmente y
verdaderamente en la santa comunión. Yo, como pastor luterano
durante treinta años, como pensador, escritor y editor de Una
Sancta, un periódico ecuménico de teología, y más tarde Forum
Letter, una publicación luterana independiente, trabajé por la
unidad...
Mi decisión (de hacerme católico) fue una decisión de
conciencia... Me entristeció que una denominación luterana de este
país (USA) estaba revisando la enseñanza tradicional sobre moral
sexual, especialmente con relación a la homosexualidad. Aseguraban
que el estudio se estaba llevando sin ideas preconcebidas.
Imaginemos esto. La obediencia a Cristo es obediencia a la verdad
revelada, recibida como revelación en Jesucristo. Y ahora estaban
llegando a otra enseñanza. Y después de un proceso democrático,
con voto de la mayoría, se llegaría, citando por supuesto la
Escritura, a otra enseñanza.
Los católicos creen que la autoridad fue dada por Dios a los
obispos y sus sucesores, prometiendo estar con ellos para siempre.
La enseñanza de los apóstoles y de las Iglesias apostólicas,
basadas en la enseñanza de la Escritura, continúa hasta hoy (sin
cambiarlas) y continuará hasta el fin de los tiempos. Los
católicos creen que el Papa y los obispos pueden enseñar con
infalibilidad. Ésta es una palabra que a muchos les da miedo. Pero
no hay que temerla, significa simplemente que la Iglesia nunca será
destruida, porque tiene la promesa de Jesús, que no permitirá que
caiga en la apostasía. El Espíritu Santo no permitirá que la
Iglesia enseñe algo, como dogma de fe, que sea falso...
Según dice el concilio Vaticano II, mis hermanos protestantes
están, por virtud del bautismo y de su fe en Cristo,
verdaderamente, pero imperfectamente en comunión con la Iglesia
católica; lo que significa que yo estoy en comunión, aunque
imperfecta con ellos... Estoy convencido que mi comunión con la
Iglesia de Cristo es ahora más plena. Por tanto, la conclusión es
que mi unión con todos los que están en Cristo, es ahora más
fuerte. Nosotros seguimos todavía caminando juntos”.
Richard John Neuhaus, norteamericano, se convirtió en 1990 y en
1991 fue ordenado sacerdote católico.
LUIS MIGUEL BOULLON
Fue durante más de doce años pastor evangélico. Escribe sobre
su conversión: “Una cosa que hacía era lanzar a mis chicos a
discutir con los de la parroquia católica. Yo me aprovechaba de que
los chicos católicos estaban muy mal formados. Como comentábamos a
sus espaldas: sólo van a la parroquia a divertirse, para repartir
cosas a los pobres y para hacer dinámicas de vida, pero de doctrina
y de Escrituras no saben nada. Generalmente, los católicos tienen
como una cierta vergüenza por mostrar todas las cartas sobre la
mesa y, como no muestran todo con claridad, es muy fácil prender
fuego a sus tiendas de campaña, porque dejan demasiados lados
flojos...
Un día resolví ir a la parroquia católica a conversar... El
sacerdote era lo que ahora se llama un “cura nuevo” con una
guitarra en las manos y muchas ganas de acercarse a mí. Yo
aprovechaba para sacarle afirmaciones que escandalizaban a mis
feligreses. El pobre cura, nunca entendió que el ecumenismo, muchas
veces, sirve más para rebajar a los católicos que para acercar a
los separados...
Un día fui a la parroquia, pero no estaba el sacerdote de
siempre. Salió a atenderme un sacerdote viejo y de mirada
penetrante. Lo habían "castigado”, relegándolo, dándole el
cuidado de la parroquia de nuestro pequeño pueblo. En los últimos
treinta años, la población había pasado de ser mayoritariamente
católica a una mayoría evangélica o no practicante... El
sacerdote me recibió con amabilidad, pero con distancia. Le
planteé algunas cosas de interés común. Noté que habían sido
arrancados varios afiches que nosotros regalábamos cada cierto
tiempo y que constituían verdaderos trofeos nuestros, plantados en
tierra enemiga. Hablamos de casi todo. En doctrina empezó a
morderme. Yo comencé a responder como de costumbre, citando con
exactitud una cita bíblica tras otra para probarle su error.
Me dijo: Pastor Boullon, ya sabe que el demonio fue el primer
evangélico. Eso me cayó mal. Me insultaba en la cara, tratándome
de demonio. Y me dijo: Recuerde que el demonio intentó tentar a
Cristo con la Biblia en la mano. Llegué a casa rabioso. No era
posible que la misma Biblia pruebe dos cosas distintas. Eso es una
blasfemia. Forzosamente, uno debe tener la razón y el otro
malinterpreta. Consulté varios autores evangélicos. Me armé de
fuerzas y volví al despacho parroquial. Me recibió amable. Le
largué un discurso de media hora sobre la salvación por la fe y no
por las obras, Concluí con el texto Hechos 16,31: “¿Qué debo
hacer para salvarme? Ellos le dijeron: Cree en el Señor Jesús y te
salvarás tú y tu casa”.
Cuando terminé, el sacerdote me dijo: ¿Continuará la lectura
de San Pablo? Continúe con 1 Co 13, 2: “Aunque tuviera tanta fe
como para mover montañas, si no tengo amor, no soy nada”. Por
tanto, la fe no es la que salva. ¿Acaso no es el apóstol Santiago
quien dice que también los demonios creen y tiemblan? (Sant 2,19).
Porque “la fe sin obras es una fe muerta” (Sant 2,17). Cuando el
joven rico pregunta a Jesús: ¿Qué tengo que hacer para salvarme?
Él responde: Si quieres salvarte, guarda los mandamientos (Mt
19,17). No dice ten fe y te salvarás.
Para terminar me dijo: Busque en su Biblia y encuentre un solo
texto que diga que sólo debe enseñarse lo que está en la Biblia.
Ya imaginarán ustedes el resultado. Efectivamente, no encontré
nada. En cambio, encontré pasajes bíblicos que le conceden la
misma autoridad a las doctrinas transmitidas por vía oral o por
tradición (2 Tes 2,15; 3,6; l Tes 4,2; 2,13; 1 Co 11,2; 11,23-24).
Pasada una semana, abrí mi corazón a mi esposa. Ella había
sido mi compañera y confidente de penas y alegrías. Me escuchó
con atención. Sus palabras fueron tan sencillas como su
conclusión: debía alejarme inmediatamente del sacerdote católico
y tratar de recuperar la confianza de mis feligreses. Teníamos una
obligación de fe y teníamos que mantener una familia. No se
hablaría más. El caso estaba resuelto para ella.
Yo seguí visitando furtivamente al sacerdote. Yo intentaba
responder a las sabias preguntas con las que me desafiaba. ¡Cómo
detestaba tener que darle la razón!... Recuerdo perfectamente una
fría mañana, cuando recibí un aviso telefónico para que lo
visitara en el hospital. Allí me enteré que tenía cáncer. Tomé
la decisión de hacer pública nuestra amistad y lo visitaría a
diario. La tensión llegó a crecer hasta llegar a agresiones
verbales y amenazas de quitarme el cargo y el sueldo... Hasta que
reuní a mis feligreses y les hice declaración de mi conversión...
Mi esposa me expulsó de casa. Desde entonces y después de pasados
años de mi conversión, nunca más he sido admitido en casa como
padre y esposo.
Hoy los visito con tanta frecuencia como me lo permiten, pero sus
corazones siguen muy endurecidos... El sacerdote, antes de morir,
tuvo muchas palabras para mí, pero la que más me llegó fue el
ofrecimiento de su vida por la salvación de mi alma. Dios escuche
las plegarias de mi buen amigo en el cielo por mi esposa y mis seis
hijos para que a su tiempo vivan la vida de gracia de la santa fe.
En abril del 2001 fui recibido en el seno de la Iglesia. En junio
de ese mismo año, mi querido amigo entregó su alma al Señor,
siendo muy llorado por todos cuantos lo conocimos. Le lloraron los
enfermos y los presos que visitaba, los niños y jóvenes de
catequesis, los pobres y necesitados que consolaba, los fieles que
acudían en busca de consejo y perdón. En tributo a él, he escrito
estas líneas.
Ahora, junto con ustedes, puedo acudir a los pies de María
Santísima y pedir que, por amor a la divina sangre de su Hijo
amado, obtenga la conversión de todos”.
“Donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de
Dios; y allí donde está el Espíritu de Dios, está la Iglesia y
toda gracia” (San Ireneo, Contra los Herejes, 3,24,1).
JOSEPH RANALLI
Ha escrito su testimonio y dice así: “Yo nací en una familia
católica que iba a misa todos los domingos. Mi esposa también
había crecido en una familia católica, pero dejó de ir a la
iglesia a raíz del divorcio de sus padres. Nos casamos y, aunque no
íbamos a misa todos los domingos, bautizamos a nuestra primera hija
Britney. Cuando nos mudamos a vivir al condado de Orange, buscamos
una iglesia cercana y un vecino nos invitó a su iglesia Calvary
Chapel (capilla del Calvario).
Después de algunos meses de estar asistiendo a esta iglesia
regularmente y hacer amigos, empecé a sentir resentimiento contra
la Iglesia católica. Veía que la gente de mi nueva iglesia hablaba
del Evangelio con entusiasmo. Hablaban de nacer de nuevo, de que
Jesús nos había perdonado los pecados y que debíamos recibirlo
como Salvador y someterle nuestras vidas. Creíamos que en esta
iglesia estaba la fe tal como la tuvieron los primeros cristianos.
En los siguientes años, estudiando la Biblia y conociendo
cristianos comprometidos, nos sentíamos contentos. Nuestro
principal problema era que la mayoría de nuestros amigos y
familiares eran todavía católicos.
Pero algo sucedió. Una familia vino a vivir junto a nosotros.
Ellos eran John y Cheryl, convencidos católicos. Yo me quedé
atónito de saber que antes de hacerse católicos ellos habían
también pertenecido a nuestra iglesia Calvary Chapel en Costa Mesa,
California. Yo no podía imaginar ese cambio. Otro día, un viejo
amigo, Pat Bump, me dijo que él estaba formando un grupo católico
de defensa de su fe. Pat y yo tuvimos muchas conversaciones durante
meses. Mi padre me dio el libro Contestando a un fundamentalista,
escrito por Fr. Albert Nevins y lo leí con avidez. Yo no sabía que
la doctrina católica tenía bases bíblicas. Por eso, para
solucionar mis dudas, fui a ver a nuestro pastor, pero no me las
solucionó.
Yo amaba nuestra iglesia, estaba contento en ella y, además,
recordaba mi vida vacía como católico. Por eso, creía que la
Iglesia católica seguía vacía y que sus fieles estaban
espiritualmente muertos. Yo no podía suponer que Dios quisiera que
yo dejara mi Iglesia por la iglesia católica. Pero, estando un día
en casa de Cheryl y John, nos invitaron a ir al día siguiente a
misa y, aunque no tenía ningún interés, fuimos por curiosidad.
Nuestros amigos comulgaron con mucha devoción. Yo me sorprendí de
que hubiera muchos católicos comprometidos con su fe y me dieron
algunos libros para leer. Después de pasar un fin de semana con
parejas católicas, creo que algo cambió en mí sobre mis ideas
sobre la Iglesia católica. Le dije a mi pastor que iba a estudiar
en profundidad la fe católica y le pedí a Pat Bump que me
proporcionara los escritos de los Padres de la primitiva Iglesia,
que se suponía eran muy parecidos a las enseñanzas de la iglesia
Calvary Chapel. Pero yo descubrí que eran semejantes a las ideas de
1a Iglesia católica. Después, decidí concentrar mis estudios
sobre la sola fe y la sola Escritura, que son los pilares de las
iglesias surgidas de la reforma. Ninguno de los Padres de la Iglesia
primitiva habla de la sola Escritura o de la justificación por la
sola fe. Y observé que había más de 28.000 denominaciones
cristianas distintas, que estudiaban la misma Biblia, dando
interpretaciones diferentes. Según iba profundizando, me iba dando
cuenta de que la Iglesia fundada por Jesús era la Iglesia
católica. Cuanto mas leía, más me convencía. Y así, poco a
poco, surgió la idea de volver a la Iglesia católica para ser fiel
a Cristo.
Ahora, mirando hacia atrás, veo que Dios nos ha bendecido a mí
y a mi esposa más de lo que pudimos imaginar. Una de las
bendiciones es estar unidos a mi familia en la Iglesia católica.
Después de “regresar a casa” convertidos, tuvimos el privilegio
de enseñar en la parroquia un curso sobre apologética y cómo
defender la fe católica. Dios ha querido que compartamos nuestra fe
renovada con muchos ex-católicos y con muchos católicos para
afianzar su fe. Ahora evangelizamos cuanto podemos y procuramos
hacer entender a todos que somos verdaderamente “evangélicos”
en la Iglesia fundada por Cristo, que es la Iglesia una, santa,
católica y apostólica”.
RAYMOND RYLAND
Nos dice: “Yo y mi esposa Ruth habíamos estudiado juntos y nos
casamos antes de terminar la segunda guerra mundial. Yo estudié en
la Universidad de Cambridge y, poco a poco, me di cuenta de que
muchos de los estudiantes eran unitarios, es decir, que creían que
Jesús era solamente un gran maestro moral y no Dios. Y así empecé
yo a pensar. Después nos trasladamos al Seminario teológico de
Nueva York y allí estuvimos durante tres años. Allí estudiábamos
todas las tradiciones del protestantismo, cada una contradiciendo a
la otra y todas basadas en la Biblia. Allí había estudiantes de
muchas denominaciones. Decidimos pasarnos a la Iglesia episcopal,
que decía tener una continuidad histórica con la primitiva
Iglesia. El obispo episcopal de Washington me ordenó sacerdote en
la catedral nacional. Allí serví en dos parroquias. Tres de
nuestros hijos nacieron en esos años. Nosotros estábamos felices
como episcopalianos; pero cada vez más, nos fuimos sintiendo en
desacuerdo con lo que decían sobre la teología de la Iglesia
primitiva. Cuanto más estudiaba yo la Iglesia episcopal, su
teología y moral, más veía las diferentes opiniones que había
dentro de ella.
Durante unas vacaciones de verano, fuimos a recibir un curso
sobre la Iglesia ortodoxa en Sewanee, Tennessee. Fue muy interesante
y yo y mi esposa nos sentimos atraídos por la Ortodoxia. Pero nos
dimos cuenta de que, durante cientos de años, las iglesias
ortodoxas no habían crecido. No habían evangelizado a nadie. Su
propagación en nuestro país o en otros, se debía a la
inmigración de gente ortodoxa. Pero ninguna de estas iglesias
ortodoxas había demostrado un sentido universal. Los teólogos
ortodoxos dicen que el concilio ecuménico es su máxima autoridad,
pero en 1.200 años no ha habido ninguno. Ahora que no hay ningún
emperador cristiano, ¿quién puede convocar un concilio? Si el
patriarca de una de las iglesias quisiera hacerlo, sería
inmediatamente desautorizado, porque no tiene autoridad sobre las
otras iglesias, que no han solucionado el problema de la autoridad.
Para ellos, el concilio ecuménico es la última autoridad y los
decretos conciliares pueden ser infalibles, solamente después de
que han sido recibidos en toda la Iglesia, pero no hay modo de
determinar cuándo esto ha sucedido en el pasado...
A la hora de pensar en hacerme católico, mi mayor problema era
someterme a la autoridad del Papa, pero cuando leí la Apología del
cardenal Newman, todo se me iluminó. Y así, 16 años después de
comenzar nuestra búsqueda de la verdad de Cristo, fuimos admitidos
en la Iglesia católica. Previamente, durante varios meses, cada
semana íbamos a recibir instrucción de un monje benedictino, cuya
amistad nos ha enriquecido mucho.
Como católico he sido un laico en la Iglesia durante siete
años. En estos años nos fuimos a vivir a Milwaukee (USA) para
hacer mi doctorado en teología (católica). Después nos mudamos a
San Diego para unirnos a la facultad de Teología de la Universidad
Católica. Y, mientras enseñaba, fui ordenado como diácono
permanente. Trece meses más tarde, mi obispo recibió una carta del
cardenal Ratzinger, diciéndole que el Santo Padre Juan Pablo II
había aprobado mi solicitud de ser ordenado sacerdote católico,
siendo dispensado del celibato. Y, después de varios meses de
exámenes y preparación, fui ordenado sacerdote hace doce años. Y
ahora cada vez que estoy en el altar, le digo al Señor: Gracias”.
JAMES J. PITTS
Veamos un resumen de lo que dice sobre su conversión: “Hace
dos años, yo estaba completando mi segundo año como pastor en la
iglesia presbiteriana de Abilene, Texas, y se acercaba el vigésimo
aniversario de mi ordenación como ministro. Yo amaba a Jesús, yo
amaba ser pastor y amaba a mi congregación, a la que yo servía. En
el verano de 1998, sin embargo, yo sentí la necesidad de una
renovación espiritual en mi vida. Recuerdo cómo deseaba estar más
cerca del Señor... Un amigo, sacerdote episcopal, me habló sobre
un monasterio católico que ofrecía retiros espirituales. Era el
monasterio de Nuestra Sra. de Guadalupe, abadía benedictina en
Pecos, Nuevo México...
A mediados del verano, ya estábamos mi esposa Sandra y yo,
disfrutando de la oración monástica, y cantando el oficio divino
con los benedictinos. En los cinco años anteriores, yo estaba
buscando una vida más sacramental y había llegado ya a creer en la
presencia real de Jesús en la Eucaristía y, aunque yo sabía que
la consagración del pan y del vino no podía tener lugar en la
Iglesia presbiteriana, yo tenía la esperanza de incrementar las
celebraciones de comunión, de una vez al mes hasta cada domingo.
La comunidad benedictina tenía adoración de 6,30 a 7,30 cada
tarde. Una gran hostia (consagrada) era colocada en una custodia
para adorar a Jesús. Todos estaban de rodillas. Después de unos
minutos de leer la Biblia, yo miré la hostia y vi una luz radiante,
que brilló como si saliera de ella. De pronto, un sentimiento de
amor vino sobre mí, sin saber por qué. Yo me arrodillé de nuevo y
oré al Señor. No podía apartar mis ojos de la hostia y decía:
¿Cómo puedo saber que tú estás aquí con nosotros, Señor?
Al otro día, celebró la misa Fr. Kevin en honor de la Virgen
María, al conmemorar sus 20 años de sacerdocio... Él me dijo
después de la misa: Yo amo a María. Ella es mi madre, la madre de
todos. Ella es también tu madre.
La presencia de Cristo en la Eucaristía y el amor a María me
llevó a abrir mi corazón a Dios. Durante la Cuaresma de 1999, en
el fin de semana de la Fiesta de la Anunciación, yo y mi esposa
Sandra fuimos recibidos en la Iglesia católica por el buen obispo
de Alexandria, Luisiana. La Iglesia consideró válido mi bautismo,
recibido 46 años antes en la Iglesia metodista”.
THOMÁS RICKS
Dice: “Yo crecí fundamentalista bautista en una zona rural de
Carolina del Norte (USA). Al catolicismo sólo lo conocía por
televisión y por las enciclopedias. Por eso, crecí sin ningún
sentimiento anticatólico... Mi padre era pastor... Y yo llegué a
ser predicador bautista... En una conferencia ecuménica, encontré
a muchos devotos e instruidos católicos, que vivían profundamente
su fe y sabían exactamente por qué eran católicos. Un domingo
asistí a su misa. Era la fiesta del Corpus Christi y Fr. John
Michael Beers celebraba la misa en la que citó a san Agustín,
hablando de la Eucaristía.
Mi esposa y yo comenzamos a estudiar el catolicismo, del que
sabíamos muy poco, y, cuando viajábamos, íbamos a la misa
católica, en vez de ir al servicio bautista. Después de varios
meses de estudio, encontramos a Fr. Conrad Kimbrough, un sacerdote
de la diócesis de Charlotte, que fue providencial para nosotros.
Este santo y sabio sacerdote, convertido él mismo, fue el
instrumento de nuestra conversión. Nos recomendó leer los escritos
de los Santos Padres de la primitiva Iglesia para ver cuál era la
religión de los primeros cristianos. Cuando comencé a leer estos
escritos como la Didache, la tradición apostólica de san
Hipólito, la epístola de Papa san Clemente a los corintios o los
escritos de san Ireneo, me admiré de que aquellas doctrinas, que yo
había considerado como inventos medievales, por ejemplo la
veneración de los santos o la oración por los difuntos, estaban
claramente aceptadas en la antigüedad... Después leí las siete
cartas de san Ignacio de Antioquía, que fue martirizado el año
107, y en ellas habla de la presencia real de Jesús en la
Eucaristía y de la importancia esencial de la sucesión apostólica
desde el principio. Por eso, me hice católico. El 1° de enero de
1994, mi esposa y yo, fuimos bautizados condicionalmente y recibidos
en la Iglesia católica, recibiendo la primera comunión. Yo me
sentí como un hombre que había vivido comiendo sólo pan y agua
toda su vida, y descubre de pronto un suntuoso banquete al que es
invitado... Me sentía como un hombre que toda su vida ha estado
hablando de que debe construir una casa, pero nunca ha tenido un
martillo ni una sierra para hacerlo. Ahora he descubierto todas las
herramientas en la adoración eucarística, el rosario, el oficio
divino, etc. Desde que hemos entrado a la Iglesia católica, Dios
nos ha bendecido con tres nuevos hijos. Hemos vivido en distintos
lugares y hemos encontrado maravillosos católicos y muchos
convertidos. Cada conversión es única. Pero la conversión no es
el final, sino el comienzo de un nuevo viaje de crecimiento. Desde
hace dos mil años, Jesús ha estado presente en el sacramento
eucarístico para hacernos santos”.
ROBERT IAN WILLIAMS
Él nos dice: “El comienzo de mi conversión fue la confusión
dentro de los cristianos evangélicos. Yo creía en Cristo, creía
que mis pecados habían sido perdonados y creía que conocía el
Evangelio del Nuevo Testamento. También creía que todas las demás
religiones eran falsas. A la Iglesia católica la veía como
apóstata, llena de corrupciones medievales, y estaba convencido de
que la Palabra de Dios era la única autoridad. Pero los
evangélicos están divididos; por ejemplo, unos aceptan el bautismo
de los niños y otros creen que sólo es para creyentes adultos.
Estudié el asunto del bautismo y descubrí que el bautismo,
exclusivamente de adultos, había comenzado en el siglo XVI. Esto
fue la clave de la verdad y traté de convencer a cristianos
evangélicos bautistas de esta verdad, pero me decían que eso era
secundario.
Por otra parte, ninguno de los Padres de la Iglesia predica la
justificación por sola fe. La teoría de que en el siglo IV, el
emperador Constantino había empezado la corrupción de la Iglesia,
me pareció menos creíble. Yo descubrí que los líderes de la
primitiva iglesia creían en la presencia real de Jesús en la
Eucaristía, en la sucesión apostólica, en las oraciones por los
difuntos y en el puesto especial del obispo de Roma. Por eso, como
diría el cardenal Newman: el que estudia la historia, deja de ser
protestante.
A mí me dijeron que la Iglesia católica había quemado copias
de la Biblia, pero yo descubrí que la Iglesia había conservado la
Biblia y había definido cuáles eran los libros inspirados, y sólo
había prohibido las ediciones que eran traducciones heréticas, que
atacaban a la Iglesia y al Papa como la de Tyndale. Además, antes
de la Reforma, ya se había traducido la Biblia a las principales
lenguas modernas...
Por otra parte, los cristianos bíblicos se preocupan mucho de
condenar ciertas conductas de los demás. Por ejemplo, consideran
que tomar licor es pecado y están convencidos que Jesús tomó
sólo jugo de uva en la Última Cena o que el vino que multiplicó
en las bodas de Caná no era alcohólico. Para algunos el bailar es
una abominación, para otros el fumar o el comprar lotería y, sin
embargo, casi todos ellos aceptan los medios artificiales
anticonceptivos.
Por esto y por mucho más, yo me he hecho católico. Y no estoy
solo. En los últimos años, muchos evangélicos conservadores han
entrado en la Iglesia, a pesar de que el camino a la Iglesia está
bloqueado por muchas falsas ideas y malas interpretaciones sobre lo
que es la Iglesia. La Iglesia católica es como la pequeña piedra
de la visión de Daniel que destruye la falsa imagen (Dan 2), es la
semilla de mostaza que llega a ser un árbol grande. Es la casa
edificada sobre roca”.
STEPHEN K. RAY
Cuando su mejor amigo, que era pastor evangélico, decidió con
su esposa hacerse católico, él empezó a investigar el porqué de
su decisión y, acudiendo a la Iglesia primitiva, encontró que era
la auténtica Iglesia de Cristo, que se conservaba viva en la
Iglesia católica. En su libro Crossing The Tiber cuenta cómo el 2
de enero de 1994 fueron, él y su esposa, por primera vez a una
misa, acompañados de sus dos amigos, Al y su esposa Sally. Dice:
“A media misa, de pronto, me di cuenta que era la misma
liturgia, con los mismos textos de la Escritura, que era celebrada a
lo largo del mundo en Japón, Rusia, Nueva York, Israel, Egipto,
Sudáfrica, India, Roma y en cualquier otra parte del mundo, y así
había sido por dos mil años. La misma antigua liturgia que había
sido celebrada por los apóstoles y Policarpo, Ireneo, Clemente,
Cirilo, Atanasio, Agustín y todos los santos y predecesores de la
primitiva Iglesia”.
“Mi esposa Janet y yo nunca hemos olvidado la experiencia de
aquella primera misa y nunca olvidaré el lugar donde estuve
sentado... Después de visitar aquella iglesia de Cristo Rey durante
varias semanas, pedimos unirnos a ella. Pero tuvimos que estudiar
por doce semanas, diferentes aspectos de la fe católica y así
pudimos entrar en la Iglesia el domingo de Pentecostés... El
domingo que fuimos recibidos en la Iglesia católica romana será
recordado como uno de los más importantes de la vida. Era
Pentecostés, 22 de mayo de 1994, y nos unimos junto a Rob Corzine,
otro convertido de la Iglesia bautista”.
“Mi esposa y yo, en nuestra conversión a la fe católica hemos
tenido la experiencia de ser cristianos en plenitud. Nosotros somos
todavía evangélicos, en el mejor sentido de la palabra, y amamos y
admiramos su fervor y su celo por la evangelización. El evangelismo
nos enseñó a amar a Dios, conocer las Escrituras y seguir la
verdad. El evangelismo fue una nodriza que nos llevó a la plenitud
de la fe en la Iglesia católica. La profundidad de alegría y paz
que acompañó nuestra conversión es inexpresable. Hemos
descubierto que esta misma experiencia han tenido los que han
cruzado el Tiber y han llegado a la fe del Papa de Roma, a la
plenitud de la fe en la Iglesia católica”.
Stephen Ray, bautista y profesor de estudios bíblicos, en USA,
encontró en la Iglesia la plenitud de su fe cristiana.
LINDA POINDEXTER
Linda Poindexter, norteamericana, esposa de John Poindexter,
contralmirante de la Armada de USA, madre de cinco hijos,
perteneció a la iglesia Discípulos de Jesús hasta los 20 años.
Desde entonces, perteneció a la Iglesia episcopaliana, donde llegó
a ser sacerdotisa desde 1986 a 1999 hasta que se convirtió a la
Iglesia católica, como también lo hizo su esposo un poco más
tarde.
En una entrevista que le hizo el periodista Stephen Ryan,
corresponsal del periódico católico National Catholic Register de
Inglaterra, le dijo:
“Me hice católica, porque entre los protestantes existe la
tendencia a tener ideas propias y es lo que ha motivado la
existencia de tantas iglesias distintas. Ellos no tienen una idea
clara de la autoridad... Cuando comencé a interesarme por la
Iglesia católica, lo primero que hice fue comprar el libro
Apología del cardenal John Henry Newman... Más tarde, estando
destinada a una parroquia (como sacerdotisa episcopaliana) me
resultaba difícil orar en el mismo lugar de mi trabajo. Había una
iglesia católica a pocos minutos y yo solía ir a orar. Me ponía
una bufanda para tapar mi alzacuello. Recuerdo sentir un vago deseo,
casi un anhelo: Ojalá un día pueda ser católica.
Adquirí muchos libros sobre María, pues sentía una gran
inclinación a amar a María... También estoy convencida de la
presencia real de Cristo en la Eucaristía. No todo el mundo lo
entiende y me entristece ver la indiferencia que hay hacia la
presencia real de Jesús en la Eucaristía”.
MARCUS GRODI
Nos dice: “Yo era un ministro protestante, licenciado en
teología y Biblia, pero me encontraba con una gran multitud de
confusiones teológicas. Tenía muchas dificultades para interpretar
correctamente ciertas ceremonias litúrgicas, que podían dividir a
la Congregación. Mi preparación del Seminario no era adecuada para
solucionar estos problemas... Yo me preguntaba: ¿Cuál es la
voluntad de Dios para mi vida y para mi Congregación? ¿Cómo puedo
conocer cuál es la verdad? En el protestantismo, cada denominación
se basa en la Biblia para dar sus propias interpretaciones... Cada
domingo yo interpretaba la Biblia a mis fieles, sabiendo que en un
radio de 15 millas de mi iglesia, había docenas de pastores
protestantes que interpretaban de diferente manera a como yo lo
hacía. ¿Podía estar alguno de estos pastores en la verdad y yo en
el error? A veces, cuando había diferentes interpretaciones en
reuniones de pastores, lo decidíamos a votación. ¡Qué
increíble!
En ese tiempo, mi esposa Marilyn, que había sido la directora
del centro pro-vida me preguntaba cómo podíamos pertenecer a una
denominación presbiteriana, que permitía el aborto de niños.
Cuando ella se enteró que una parte de las donaciones de nuestra
Congregación iban a la Asamblea general presbiteriana y era para
pagar abortos, la situación se hizo insostenible.
Un día me enteré de que Scott Hahn, muy conocido mío, se
había convertido a católico e iba a dar una conferencia en una
iglesia católica. Yo decidí asistir de incógnito... El habló,
usando la Biblia para apoyar todas las doctrinas católicas, sobre
todo, de la misa y de la Eucaristía... Después de la conferencia,
fui a saludarlo y me dio una breve explicación de sus luchas y de
su conversión. Me sugirió comprar los cassettes y folletos sobre
su conversión, que había a la entrada. Después de leerlos,
comencé a leer otros libros católicos, especialmente, sobre los
Santos Padres, cuyos escritos me ayudaron a comprender la verdad de
la Iglesia católica antes de la Reforma protestante...
También leí los libros de Calvino, Lutero, y de otros
reformadores para ver sus argumentos contra la Iglesia, y me di
cuenta que sus argumentos contra la primacía del Papa no eran
bíblicos. Tuve que reconocer que la posición católica era
bíblica. El golpe de gracia vino cuando leí el Ensayo sobre el
desarrollo de la doctrina cristiana del cardenal John Newman.
Entonces, se evaporaron mis dudas... Mi estudio sobre la fe
católica había durado, más o menos, un año y medio. Mi esposa
Marilyn y yo estudiábamos juntos y compartíamos juntos nuestros
temores y esperanzas. Íbamos a misa semanalmente y, poco a poco,
nos fuimos sintiendo bien, haciendo las cosas que los católicos
hacen en la misa, excepto recibir la comunión.
Pero, en nuestro camino, nos encontramos con algún sacerdote que
no consideraba necesaria nuestra conversión al catolicismo.
También encontramos católicos que conocían poco su fe y cuya vida
iba en contra de las enseñanzas morales de la Iglesia. Cuando yo y
mi esposa asistíamos a misa, nadie nos daba la bienvenida ni nos
saludaba. Pero, a pesar de esto, nosotros seguimos estudiando y
orando y pidiendo la ayuda de Dios. Y, después de oír docenas de
cassettes y leer docenas de libros, nos dimos cuenta de que no
podíamos permanecer como protestantes. Habíamos descubierto que el
catolicismo era verdadero y tuvimos que luchar contra nuestros
prejuicios contra la Iglesia.
Un problema nuevo se nos presentó, porque Marilyn era divorciada
y no podíamos casarnos hasta que ella consiguiera la declaración
de nulidad de su matrimonio, pues había razones poderosas para
conseguirla.
Ella empezó el difícil proceso y nosotros continuamos
asistiendo a misa, esperando algún día poder comulgar y estar en
plena comunión con la Iglesia. Después de nueve meses de espera,
se solucionó el problema, nos casamos por la Iglesia católica y
fuimos recibidos en Ella.
Yo me sentí, finalmente, como que había llegado a casa. Lloré
lágrimas de alegría y gratitud en aquella misa, en la que pude
acercarme a recibir a Jesús en la comunión. Y ahora me alegro como
católico, no sólo de conocer la verdad, sino también de recibir a
Jesús en la Eucaristía”.
Actualmente, Marcus Grodi dirige en USA la Cadena internacional
de llegada a casa (Coming Home Network International), una
institución que ayuda a pastores y fieles protestantes a regresar a
casa en la Iglesia católica. Ha dirigido programas en la
televisión católica EWTN, dialogando con convertidos para difundir
la fe católica. Sus testimonios los ha publicado en su libro
Journeys Home.
ED FRIDE
Nos dice: “Durante mis estudios en el colegio yo era un
agnóstico. Un día, a la salida del colegio, un desconocido me
dijo: Jesús te ama y tú debes entregar tu vida a Jesús. Yo ni
siquiera creía que Jesús existía, pero acepté leer el libro que
me dio: La cruz y el puñal. Lo terminé de leer en una noche y me
siguió prestando varios libros más que hablaban de milagros, de
hablar en lenguas y de ser llenos del Espíritu Santo. Todo ello me
impactó mucho y me llevó a orar y a pedir ayuda a Dios. Un día,
en plena oración, sentí la presencia de Dios y experimenté su
amor con mucha fuerza. A la mañana siguiente, fui a ver al pastor
de mi iglesia protestante. Él me dijo que mi experiencia era
bíblica, pero que no lo entenderían en nuestra iglesia. Había
encontrado a Jesús, pero había perdido a mi iglesia. Entonces oré
para pedir que Dios me iluminara para saber a cuál Iglesia debía
acudir. Terminada mi oración, me llamó un amigo católico y me
invitó a la misa de la Vigilia pascual, pues estábamos en Semana
Santa. La misa era en la catedral del Santísimo Rosario de Duluth,
Minnesota (USA). Fue celebrada por el obispo Paul Anderson y fue una
misa carismática donde habló de las experiencias del Espíritu
Santo, parecidas a las que me habían sucedido, incluso el hablar en
lenguas. Era mi primera experiencia de una misa católica y, cuando
llegó el momento de la comunión, yo también me acerqué. Al
comulgar, creí realmente que estaba recibiendo a Jesús, en ese
momento sentí como si la voz de Jesús me dijera: Ahora estás en
casa.
A los pocos días, comencé mi instrucción para llegar a hacerme
católico. Mientras estudiaba en la Universidad de Minnesota, me
enamoré de una linda chica con la que quería compartir el resto de
mi vida. Un día estaba leyendo el Evangelio y me impactó en Mateo
19,12 lo que dice Jesús sobre seguirlo, renunciando al matrimonio
por el reino de los cielos. No le di importancia, pero, durante las
dos semanas siguientes, cinco amigos distintos me dieron un mensaje
y era exactamente el mismo, el de Mateo 19,12.
Yo, al principio, me rehusaba; pero, poco a poco, lo tomé en
serio y pensé seriamente en hacerme sacerdote. Al fin, entré en el
Seminario y llegué a la meta el 29 de noviembre de 1986,
ordenándome sacerdote para siempre. Ahora llevo ya 17 años de
sacerdote. Estoy sirviendo como párroco de la iglesia Cristo Rey de
Ann Arbor, Michigan (USA), que es una parroquia carismática de la
diócesis, especialmente designada por el obispo para apoyar a todos
los que están en el movimiento carismático católico. Me siento
feliz de ser sacerdote y de servir al Señor y a su pueblo y hacer
su voluntad. ¡Gloria a Dios!.
CHRISTOPHER DIXON
“Durante nueve años, yo serví al Señor como pastor de la
Iglesia unida metodista en New Jersey (USA). Yo estaba contento y
satisfecho de mi Congregación. Yo no creía que la unidad visible o
la unidad doctrinal fuera necesaria para la Iglesia. Desde mis
tiempos de Seminario, yo creía en la autoridad de la primitiva
Iglesia y no dudaba de que los concilios de Nicea y Calcedonia, por
ejemplo, hablaron con la autoridad del Espíritu Santo. En lo que no
había pensado mucho era sobre qué había sucedido con esa
autoridad a lo largo de los siglos siguientes. Yo suponía que la
autoridad había estado en la Iglesia católica hasta la Reforma
protestante. No había pensado en que los obispos de Nicea habían
insistido en la divinidad de Cristo, pero también en la presencia
real de Cristo en la Eucaristía.
Leí el libro de John Henry Newman Apología pro vita sua, donde
habla de su conversión del anglicanismo al catolicismo. Yo nunca
había pensado sobre la cuestión de la autoridad en la Iglesia.
Pero Newman habla claramente de que la Iglesia católica tiene la
tradición que viene desde los apóstoles.
Entonces, empecé a cuestionarme los fundamentos de mi
Congregación metodista. John Wesley había intentado hacer una
renovación dentro de la Iglesia de Inglaterra sin separarse de
ella. Él tenía un punto de vista anglicano de la Iglesia, de los
sacramentos, etc. Por otra parte, me di cuenta de que la Iglesia
católica representaba la unidad visible y doctrinal. Los
reformadores habían decidido, de acuerdo a su criterio, qué tomar
o dejar de la fe católica y el resultado era la desunión y el caos
doctrinal. Sus seguidores siguieron este proceso de revisión y,
como resultado, la autoridad de la Iglesia católica fue simplemente
sustituida por la de Lutero y Calvino.
Para mi esposa Pat y para mí, era claro que no podíamos
continuar en una Iglesia que no tenía autoridad ni unidad desde el
principio. Cuando quisimos entrar en la Iglesia católica, el punto
más difícil fue la Virgen María junto con la infalibilidad del
Papa. Investigué estos asuntos hasta convencerme de que la Iglesia
tenía razón. Mi esposa pidió orientación al Padre Joseph y se
hizo católica en diciembre de 1995. En julio de 1997 yo también
fui recibido en la Iglesia católica por el obispo John Smith de
Trenton y así hemos llegado a tener la plenitud de la fe cristiana”.
RICK RICCIARDI
“Yo nací y crecí en una familia católica hasta que me
convertí en evangélico por más de 20 años. Muchas veces, di mi
testimonio en contra de la Iglesia católica. Pensaba que estaba
equivocada al hablar de la tradición o de la salvación por las
obras. Creía que los católicos no conocían el Evangelio, y así
se lo decía a todos, hasta que me di cuenta de mi propia
ignorancia.
Para los cristianos de otras tradiciones, la Iglesia católica
aparece como extraña y anticuada. Solamente, cuando uno estudia la
historia, descubre que muchas de las cosas que enseña la Iglesia
están basadas en lo que han enseñado y practicado los cristianos
de los primeros siglos de la cristiandad. Las raíces judías de
algunas de estas tradiciones aparecen claras en algunas de estas
prácticas. Las iglesias protestantes basan muchas de sus prácticas
en las tradiciones de la primera generación de sus fundadores. Pero
muchos de los protestantes actuales quieren cambiar algunas de estas
tradiciones de sus mismas iglesias, queriendo “estar al día”.
En muchas de estas iglesias, ahora se acepta el aborto, el
matrimonio de homosexuales, mujeres sacerdotes o métodos
anticonceptivos, cuando hasta el año 1930 todos, unánimemente,
rechazaban los anticonceptivos.
Yo me hice primero bautista del sur en Louisiana (USA). Como
bautista, empecé a estudiar seriamente la Biblia y a sentirme
comprometido con las actividades de mi confesión. Un día de 1974,
di mi primer sermón, de una hora, en mi iglesia. Después hice un
llamado al altar y se acercó una jovencita a entregar su vida a
Jesús. Fue uno de los días más hermosos de mi vida y yo sentía
que estaba donde Dios quería que estuviera.
Estudié en un colegio bíblico y, durante varios años, mis
puntos de vista anticatólicos fueron la constante de mi vida. Yo me
sentía suficientemente preparado para responder cualquier objeción
de los católicos y quería convertirlos a todos a mi nueva fe.
Desde 1974 a 1985, yo serví en diferentes iglesias bautistas. Yo
era ministro de predicación, cuando no estaban los pastores, y daba
clases bíblicas. Pero, cuando me mudé a Arizona en 1985, tuvimos
la oportunidad, mi esposa y yo, de unirnos a las Asambleas de Dios,
grupos pentecostales, que nos entusiasmaron. Con ellos estuvimos
hasta abril de 1997.
En 1996 hice la primera visita a mis padres después de 10 años.
Yo era el único de mis nueve hermanos que había dejado la casa y
el único que no era católico.
El motivo de visitar a mis padres era para asistir a la boda de
mi hermano Paul. Tuve la oportunidad de discutir con él, algunos
días antes de su boda, sobre las creencias católicas. Pero Paul
había estudiado en la Universidad franciscana de Steuvenville,
tenía un título en teología y me dio muchas razones que me
hicieron pensar en que podía tener razón.
El día de la boda, llegamos a la iglesia y me impresionó la
misa. Cuando llegó el momento de la comunión, el sacerdote se
acercó a mí, pensando que yo era católico, y me dio de comulgar.
Yo sabía que no debía haberlo hecho, pero en el momento en que
recibí la comunión, algo sucedió en mi corazón.
Instantáneamente, yo creí en la presencia real de Jesús en la
comunión. En ese momento, comenzó un deseo intenso de redescubrir
la fe católica. Comencé a leer libros y revistas, oír cassettes y
todo lo que pude encontrar.
El libro que más me impactó fue Pierced by A Sword de Bud
Macfarlane. Le escribí y él me envió una copia del libro
Surprised by truth de Patrick Madrid, donde habla de muchos
testimonios de protestantes convertidos a católicos. Bud y Marcus
Grodi fueron mis asesores, también influyó el testimonio de Jeff
Cavins, pastor protestante convertido. Y así, poco a poco, llegué
a convencerme de que si no me hacía católico, estaba
desobedeciendo a Dios. Asistí con mi esposa a unos cursos de fe
católica en la parroquia local en junio de 1997. El 9 de agosto,
hice mi confesión general, mi primera confesión después de 25
años, y el 10 de agosto recibí la comunión, entrando formalmente
a formar parte de nuevo de la Iglesia católica. Ahora estoy
enamorado de mi fe católica. Y estoy especialmente agradecido,
porque puedo recibir la Eucaristía”.
“Sólo ha de ser tenida por válida, aquella Eucaristía que es
celebrada por el obispo o por quien tiene autorización de él”
(San Ignacio de Antioquia (†107), en su Carta a los de Esmirna
8,1).
LARRY LEWIS
“Mi padre era pastor de las Asambleas de Dios y amaba mucho a
Jesús. Cuando yo asistía a la iglesia, escuchaba, muchas veces, a
algún predicador hablar de las maldades y errores de la Iglesia
católica. Para algunos, era la gran Babilonia o el Anticristo. A
mis treinta años fui ordenado ministro metodista.
Mi esposa Joetta se hizo amiga de una religiosa católica, Sor
Mónica Marie, que era un alma de Dios, y era todo lo contrario de
lo que yo había creído e imaginado. Mi primer encuentro con
sacerdotes católicos fue, cuando estudiaba mi doctorado en la
Universidad Oral Roberts. Allí encontré al Padre Amalor Vima, de
la India, y llegamos a ser grandes amigos.
Un día de 1996, le hablaron a mi esposa de las apariciones de la
Virgen María, que tenían lugar desde 1981 en Medjugorje
(ex-Yugoslavia), y la invitaron a una conferencia en Wichita
(Kansas). Allí hicieron una oración de consagración al Inmaculado
Corazón de María. A mí me pareció una oración demoníaca, como
si tuviéramos que entregar nuestra vida a María en lugar de
entregarla a Dios. Por eso, le pedí consejo al Padre Vima. El me
dijo: ¿Alguna vez le has dicho a tu esposa: Te amo, te adoro y beso
el lugar que pisan tus pies o algo parecido? ¿La has mirado con
ternura a sus ojos y le has jurado un amor total y eterno? ¿Le has
dicho palabras como: soy totalmente tuyo y para siempre? Pues esas
mismas palabras de amor las usan los católicos al consagrarse a
María como su reina y señora, manifestándole su amor para que por
medio de Ella, puedan amar más y mejor a Jesús, pues María es el
camino hacia Jesús.
Mi esposa compró un rosario después de la conferencia, pero me
parecía que era como un ídolo, así que decidió llamar por
teléfono a ver si le podían cambiar el rosario por otra cosa
diferente. Le dijeron que sí, y cuando llegó, Bob y su esposa
Johanna, que eran los dueños de la tienda, le hablaron de las
apariciones de María en Medjugorje, donde habían estado de
peregrinos. Bob había decidido hacer rosarios con sus propias manos
para fomentar el rezo del rosario como pedía María.
Ese año gasté 5.000 dólares en libros, cassettes, videos y
otros materiales para estudiar la fe católica hasta que nos
convencimos que era la verdadera fe. Y he descubierto que mi amor a
Jesús se ha incrementado al amar a María, que nos lleva a Jesús.
El 12 de setiembre de 1997 le entregué los papeles de mi
ordenación como pastor, a mi obispo de la Iglesia unida metodista,
dejando atrás 30 años de ministro protestante para hacerme
católico. Ahora sí, mi esposa y yo, podemos decir que estamos en
casa.
En enero de 1998 hicimos un viaje a Roma y en marzo viajamos al
santuario de María en Medjugorje para agradecerle a María nuestro
ingreso a la fe católica, que tuvo lugar en la Vigilia de Pascua de
1998”.
DAVID B. CURRIE
Explica el camino de su conversión en su libro Born
fundamentalist, born again catholic. Dice: “Nosotros éramos
fundamentalistas, aceptando los dos pilares de la Reforma: la sola
Escritura (única fuente de autoridad) y la sola fe (para
salvarse)... A nivel práctico, fundamentalista significaba estar
separados de los malos del mundo y de los errores del cristianismo
liberal. Por eso, yo no bailaba ni iba al cine o al teatro, no
fumaba ni tomaba alcohol de ninguna clase, ni jugaba a las cartas...
Pensaba que era malo ser un cristiano liberal, pero mucho peor ser
católico romano. Creíamos que los católicos no eran realmente
cristianos, porque ellos no aceptaban la salvación por la sola fe.
Por querer obtener la salvación por las buenas obras, ellos irían
al infierno... Según nuestro punto de vista, la Iglesia había sido
pura los tres primeros siglos hasta que llegó el emperador
Constantino. Entonces, las enseñanzas de la Iglesia se corrompieron
y sus miembros llegaron a ser cristianos nominales, es decir,
católicos. Nosotros creíamos que muchas prácticas y tradiciones
católicas fueron inventadas en la Edad Media para controlar al
pueblo con el miedo y las supersticiones. Pero Dios había
preservado a un resto, que había conservado la verdad, como los
fundamentalistas”.
“Los domingos por la tarde, en nuestra iglesia, teníamos
testimonios. La gente se levantaba y hablaba de lo que Dios estaba
haciendo en sus vidas. Cuando yo escuchaba a algunos que Dios los
había salvado de la Iglesia católica, recuerdo haber pensado que
tenía mucha suerte de no haber nacido católico”.
“No me fue fácil decidirme a ser católico a los cuarenta
años. Mis padres y tres de mis hermanos estaban dedicados a tiempo
completo al servicio de la iglesia. Yo tenía muchos amigos
dedicados a traer católicos “a Cristo”. Yo sabía que iba a
perder su apoyo y la ayuda de mi extensa familia... Pero, cuando yo
me convencí de que la Iglesia católica era la Iglesia de Cristo,
no tuve duda de que debía unirme a ella. Si yo había descubierto
la perla de gran precio, yo debía dar todo lo que tenía para
comprarla”.
“Después de seis meses de hablar, estudiar, leer y orar
juntos, mi esposa y yo recibimos la primera comunión el segundo
domingo de Adviento. Después de presentar a mi esposa y mis seis
hijos a la Comunidad, yo hablé unos minutos. Dije: Yo acepto todas
las enseñanzas de la Iglesia, pero la mayor enseñanza que me ha
traído hasta aquí ha sido la presencia real de Cristo en la
Eucaristía. Esta doctrina es central y, sobre todo, verdadera”.
“Las indulgencias fueron el asunto más difícil de resolver en
mi camino al catolicismo. Pero yo seguí el ejemplo de Chesterton.
Él luchó consigo mismo en el asunto del celibato de los sacerdotes
y religiosas. Finalmente, lo aceptó, porque había sido parte de la
Iglesia en toda su historia. Él concluyó que, si todos los
pensadores a lo largo del tiempo habían encontrado al celibato
razonable y necesario para la Iglesia, entonces el problema era más
bien con él que con la Iglesia... Él se sometió a la sabiduría
de la Iglesia a lo largo de los siglos y aceptó esa enseñanza.
Así hice yo”.
David Currie, hijo de un predicador fundamentalista
norteamericano, que estudió teología en la Trinity international
University, se siente feliz de ser católico con su esposa y sus
hijos.
BURNS K. SEELEY
Describe así su proceso de conversión: “La convención
general de la Iglesia episcopal de Seattle, de 1967, determinó
admitir el aborto para salvar la vida de la madre, cuando había
violación o incesto, o cuando el niño podía nacer enfermo de
cuerpo o alma.
Hasta ese día, yo estaba contento como sacerdote ordenado de la
Iglesia episcopaliana y creía que la Iglesia episcopaliana tenía
la plenitud de la fe, en unión con la Iglesia católica y la
ortodoxa.
Yo tenía la esperanza de que la Iglesia de Inglaterra y el resto
de la comunión anglicana se distanciaría de esta decisión de la
Iglesia episcopaliana norteamericana y le pediría una
retractación. Pero esto no ocurrió. Por eso, yo no podía aceptar
la comunión anglicana, que permitía o, al menos, toleraba lo que
había sido rechazado por toda la cristiandad desde el comienzo,
como puede verse en la Didache (Doctrina de los doce apóstoles),
escrita hacia el año 70.
Pensé en hacerme sacerdote de la Iglesia ortodoxa, que tenía
sacerdotes casados. Pero me di cuenta de que la Iglesia ortodoxa
aceptaba el matrimonio de aquéllos que se habían divorciado,
después de recibir el sacramento del matrimonio, y estando todavía
vivos sus esposos. ¿Debería hacerme católico? Yo creía que la
Iglesia católica estaba equivocada con relación a la infalibilidad
del Papa. Sin embargo, pedí el consejo de un notable teólogo y
ecumenista, el Padre John A. Hardon, jesuita. Él era amigo de mi
familia y había dirigido en 1965 mi grado de master en teología
medieval. Él me dirigió para estudiar a los Padres de la primitiva
Iglesia y ver cómo creían en la infalibilidad del Papa. Además,
estudié durante un año en una escuela teológica. Después de este
año, el Padre Hardon aceptó un puesto de enseñanza en la
Universidad de Ottawa y allí nos fuimos con él para seguir
estudiando hasta que me convencí y decidí hacerme católico. Yo
era católico ya en mis creencias en 1971, pero esperé hasta 1978 a
ver si me aceptaban como sacerdote católico. Después de varios
intentos infructuosos, fui recibido el 15 de agosto de 1978 en la
Iglesia como laico, aunque ya mi esposa e hijos lo habían hecho con
anterioridad.
Felizmente, después de varios años, el Papa Juan Pablo II, me
dio un permiso especial para ser ordenado sacerdote católico,
estando casado. Fui ordenado por el obispo Fremiot Torres, de Ponce,
Puerto Rico. Ahora soy feliz de ser sacerdote en la Iglesia
católica”.
“Aunque las lenguas del mundo son diversas, sin embargo, la
autoridad de la tradición es una y la misma” (San Ireneo, Contra
los herejes, 1, 10, 2).
JAY DAMIEN
“Mi familia era bautista, sólamente mi abuela materna era
católica. Una vez le pregunté, ¿por qué eres católica? Me dijo:
Porque la Iglesia católica ha sido la primera Iglesia, ¿por qué
no va a ser la verdadera? Yo creía que el mundo estaba dividido
entre bautistas, que eran los verdaderos cristianos, y los
católicos, que estaban equivocados. Pero, cuando fui creciendo, me
di cuenta de que mis amigos eran presbiterianos, congregacionistas,
luteranos, metodistas o de otras denominaciones diferentes. Yo le
pregunté un día a mi pastor: ¿Por qué hay tantas iglesias
diferentes, basadas todas en la Biblia? ¿Cómo puedo estar yo
seguro de la verdad? Él me dijo que el Espíritu Santo me daba la
correcta interpretación de las Escrituras. Pero eso mismo hacían
mis amigos y pensaban de diferente manera.
Estudié las doctrinas de distintas iglesias. Al final, me dije a
mí mismo, que si no podíamos estar seguros de lo que Dios ha
revelado, tampoco podemos estar seguros de si existe un Dios y así
llegué a ser agnóstico y prácticamente caí en el ateísmo.
Yo tenía mucho rechazo a la Iglesia católica y este rechazo
aumentó, cuando el Padre Emmett McLoughlin abandonó la Iglesia
católica. Su caso salió en las primeras páginas de los
periódicos. Él hablaba mal de la Iglesia católica en las iglesias
bautistas locales y escribió un libro “Padre del Pueblo”, que
yo compré para leerlo. Pero algunas cosas del libro me impactaron y
me hicieron comprar más libros para poder conocer más el
cristianismo primitivo. La primera cuestión fue conocer la historia
de la Biblia, cómo la Biblia se había formado. El saber que la
Iglesia primitiva había existido cuatro siglos antes de que se
formara el canon definitivo de los libros de la Biblia, me chocó.
Miles de mártires cristianos habían ido a la muerte por Cristo sin
conocer el Nuevo Testamento. Si la Biblia era la única regla de fe,
¿cómo ellos habían conocido lo que debían creer? En estos cuatro
primeros siglos, prácticamente, ninguna iglesia local tenía la
Biblia completa, como se conoce hoy. El canon de libros inspirados
fue determinado en los concilios de Hipona (año 393) y Cartago
(año 397). Ni siquiera existían ya los escritos originales, sino
copias hechas por manos católicas durante generaciones.
Leí libros sobre la Iglesia primitiva como la DIDACHE del primer
siglo, conocido como Doctrina de los doce apóstoles, usado como
catecismo para instruir a los paganos adultos convertidos. Ahí se
dice claramente que el día del Señor (domingo) se reúne la
asamblea en común para partir el pan (celebrar la Eucaristía).
También se habla de bautizar, derramando el agua sobre la cabeza
tres veces, mientras que los bautistas hablan sólo de inmersión.
Leyendo a Henry Newman en su Apología pro vita sua, reconocí
cuán cierto era lo que él dijo: estudiar la historia de la Iglesia
es dejar de ser protestante. Empecé a creer en Dios de verdad y a
buscar su verdadera Iglesia. Mi libro favorito fue El espíritu del
catolicismo de Karl Adam.
Me convencí de que la libre interpretación de la Escritura
había llevado a mucha confusión y a miles de iglesias distintas.
Según el estudio realizado por David Barret en 1983, había 20.800
iglesias cristianas, con una proyección de 22.190 para 1985. Según
el centro de informaciones religiosas de la ONU, en 1989, había
23.000 iglesias cristianas. Si la proyección de Barret es correcta,
el año 2.000 habría 26.000 iglesias cristianas distintas. Todo
esto me hizo pensar. Además, tuve la oportunidad de oír al Padre
Albert Braun, que había confesado antes de morir al Padre Emmett,
que, como hemos dicho, había dejado públicamente la Iglesia, pero
ningún periódico habló de su vuelta y conversión. A mí me
había impactado mucho su retiro de la Iglesia después de 25 años
de sacerdote católico. Él se había retirado, fundamentalmente,
por no querer obedecer a sus Superiores, y justificó su salida,
hablando mal de la Iglesia.
Yo me he hecho católico quizás por las oraciones de mi abuela
materna, la única católica de la familia, que rezaba muchos
rosarios por la conversión de la familia y que, como ella decía:
“Si la Iglesia católica es la primera Iglesia, ¿por qué no va a
ser la verdadera?”.
LARRY BLAKE
“Mi padre era metodista y mi madre de la Iglesia luterana
sueca. Yo nací en setiembre de 1951 y fue bautizado en la iglesia
episcopal de Quincy, Massachussetts, USA, pero participábamos en la
iglesia luterana. Yo recuerdo, especialmente, la alegría de recibir
la comunión. La comunión se daba una vez al mes, en Pascua y
Navidad. Me casé con mi esposa Diana en 1974 y empecé mis estudios
para ser pastor luterano. Fui ordenado pastor luterano en octubre de
1978. Siendo pastor en Deer River, Minnesota, hubo un encuentro
ecuménico en una abadía benedictina y yo asistí. Celebraban los
1.500 años de la fundación de la Orden de San Benito y yo asistí
a la misa solemne, que dejó en mí un recuerdo imborrable por la
belleza de la liturgia y la universalidad de aquellos monjes,
venidos de distintos lugares del mundo.
Me interesé en conocer más sobre la Iglesia católica y me hice
amigo del Padre Coghill, franciscano. También decidí recibir
cursos de teología católica en el Seminario de San Pablo en
Minnesota. Seguí un curso sobre sacramentos, con especial acento en
la Eucaristía, y leí lo que decían los Santos Padres de la
Iglesia de los primeros tiempos. Así me di cuenta de que, cuando
vino la Reforma, el concilio de Trento tuvo que reafirmar la
doctrina tradicional de la presencia real de Jesús en la
Eucaristía.
En 1992 ya estábamos, mi esposa y yo, pensando en hacernos
católicos, después de orar y estudiar mucho.
Diana y yo fuimos recibidos en la plena comunión de la Iglesia
católica el 10 de abril de 1993, vigilia de Pascua. Fue una
maravillosa experiencia de fe y asistieron muchos de mis antiguos
feligreses luteranos. El 11 de diciembre de 1999 fui ordenado
sacerdote católico. Mi camino a la Iglesia ha llegado más allá de
mi imaginación”.
Actualmente el Padre Larry Blake reside con su esposa y sus tres
hijos en Penny, Victoria.
“Es preciso evitar a los herejes y amar con todo afecto cuanto
pertenece a la Iglesia y mantener la tradición de la verdad”. (S.
Ireneo, siglo II, Contra los herejes, III, 1, 4)
KENNETH R. GUINDON
Ha escrito el camino de su conversión en su libro El Camino Real
(The King’s Highway). Era de familia católica norteamericana,
pero a los 16 años se convierte en testigo de Jehová. En su libro
nos cuenta cómo se alejó de sus padres y comenzó a trabajar con
todas sus fuerzas por propagar su nueva fe. Trabajaba veinticinco
horas a la semana, visitando casas y repartiendo propaganda. Ya
sabemos que los testigos, no pueden recibir transfusiones de sangre
ni votar en las elecciones ni tomar vacaciones ni asistir a
celebraciones como cumpleaños, Pascua, Navidad, día de la Madre,
pues son cosas del mundo. Tampoco aceptan ir al servicio militar ni
honrar la bandera.
El Centro de su Organización está en Brooklyn, en Nueva York,
donde tienen varios edificios con grandes imprentas en las que
imprimen las revistas Atalaya y Despertad en 146 idiomas.
Ningún testigo puedo opinar en contra de lo que decide el
consejo directivo de la Organización, que, supuestamente, recibe
sus decisiones directamente de Dios y no pueden equivocarse.
Prohíben que lean otras Biblias fuera de la suya: Traducción del
Nuevo Mundo de las Sagradas Escrituras, que está traducida a
propósito para negar que Jesucristo es Dios. Tampoco pueden leer
otros libros religiosos, que no sean de su organización.
Actualmente, en el mundo son unos 5 millones de miembros.
Dice Kenneth: “Yo estaba convencido, según nos decían, de que
mis amigos católicos y protestantes serían destruidos para siempre
en la batalla de Armagedón, de la que habla el Apocalipsis 16,
14-16. Yo estaba ciego y creía sus mentiras y promesas. Me
disuadieron para que no fuera a la Universidad, porque allí
encontraría enseñanzas mundanas e influencias y tentaciones que
pondrían en peligro mi fe. Además, el tiempo era corto y en 1975
sería la gran batalla y el fin del mundo.
Por este motivo, muchos jóvenes fueron disuadidos de casarse o
de tener hijos, porque quedaba poco tiempo y debían trabajar con
todas sus fuerzas como testigos. Yo estuve trabajando cinco años
como pionero a tiempo completo en Houlton (Maine). Después me
llamaron a trabajar en los mismos cuarteles de Brooklyn para ayudar
en la impresión de la propaganda a nivel mundial. Yo trabajaba en
el piso 7 de la Calle Adams Street.
Me enamoré de Mónica, una testigo, que se fue de misionera a
Costa de Marfil (África), pero el Presidente de la Organización,
el Hermano Knorr, me dijo que debía esperar un año para ir de
misionero donde ella estaba y me hizo firmar un compromiso por
escrito para trabajar cuatro años más a tiempo completo antes de
casarme. Me hizo esperar cinco años para casarme.
Después de estar siete meses en Costa de Marfil, un día me
sentí muy enfermo con poliomielitis, sin poder caminar. No tenía
seguro médico y sólo disponía de 12 dólares. ¿Quién iba a
pagar las cuentas? Y yo me seguía preguntando ¿cómo era posible
que Dios me hiciera esto a mí, su misionero? Mis compañeros me
pagaron el viaje a Francia y allí estuve seis meses en un hospital,
donde tenía un compañero de habitación, sacerdote católico, que
tenía la misma enfermedad que yo, adquirida en la República
centroafricana; tenía 48 años y estaba mucho peor que yo, pero no
se quejaba como yo lo hacía.
Los testigos no quisieron hacerse cargo de mis cuentas y, al
final, el Estado francés tuvo que condonarlas, a pesar de que los
testigos hablan mucho de que la gente del mundo es gente de
Satanás, porque no creen en la verdad.
Al estar mejor regresé a África y, después del tiempo
previsto, me casé con Mónica. Al poco tiempo, ella quedó
embarazada. Pensamos que era una catástrofe para nosotros, que
debíamos dedicarnos a tiempo completo a trabajar. Hablé con el
Presidente de la Organización, el Hermano Knorr, pero ni siquiera
me invitó a sentarme. Me dijo que no podía ayudarnos y que debía
pedir ayuda económica a mis padres, de quienes me había alejado
hacía 14 años. Me aclaró que los misioneros debían ser solteros
o no tener hijos para dedicarse completamente a la Organización.
Por eso, decidimos regresar con nuestros padres, que nos recibieron
con los brazos abiertos. Pero todavía seguimos con los testigos
durante dos años más, hasta que decidimos buscar otra iglesia. Yo
tenía 32 años y les había servido durante 16 años. Encontré un
ex-testigo que me ayudó mucho a encontrar respuestas a las
cuestiones que me planteaba y empezamos a asistir con Mónica a la
primera iglesia bautista de Van Nuys. El profesor de historia y
apologética Ed Gruss, que había sido también testigo, me aclaró
muchas cosas y me devolvió la fe en Cristo Dios. Esto ocurrió en
1973 y yo me entregué a Jesús, reconociéndolo como mi Señor, mi
Dios y Salvador. Para los testigos, al separarnos de ellos, éramos
como muertos, nadie nos haría caso, éramos para ellos renegados.
Empecé a participar de la Iglesia bautista. Ellos dicen que el
bautismo, para ser válido, debe ser por inmersión y sólo para
adultos. Yo lo creía así y, por eso, había rechazado a los
luteranos, metodistas y episcopalianos, porque bautizaban niños. A
la Iglesia católica ni la consideraba, porque seguía creyendo,
como dicen los testigos, que es la gran Babilonia y la gran Ramera
de que habla del Apocalipsis. Estudiando mi fe bautista, fui
ordenado ministro en febrero de 1975. De mi testimonio como
ex-testigo, repartieron unos 100.000 ejemplares.
Pero en mi iglesia bautista empezaron a haber muchos problemas,
cambiaron de pastor y muchos no lo aceptaron. Unas mil personas se
retiraron para formar una nueva iglesia. Nosotros pedimos ser
misioneros en Francia y allí fuimos a evangelizar. Cuando estaba en
Biarriz, empecé a conocer un poco a los católicos y varias veces
fui a la Abadía de Nuestra Señora de Belloc, cerca de Bayona, para
hacer retiro y oración. Un día me encontré con una mujer
católica, que había sido protestante y había escrito un libro
donde ponía citas de los Padres de la Iglesia sobre la Eucaristía
y el Bautismo, que me hicieron empezar a dudar y a investigar estos
y otros temas. Al leer la historia de la Iglesia, sentí enormes
deseos de conocer la verdad del cristianismo primitivo. Empecé a
comprar libros, unos dos mil quinientos, para investigar. Uno de los
libros que más me impresionó fue Conferencias sobre el
protestantismo del cardenal Nicolás Wiseman.
Me hice amigo de un sacerdote católico, Claude Jean Marie, que
me prestaba libros y trataba de aclararme mis dudas. También, de
vez en cuando, iba a orar a la abadía y asistía a misa con los
monjes. Poco a poco, me fui convenciendo de que la verdadera Iglesia
era la Iglesia católica y el 10 de setiembre de 1987 fui recibido
en la Iglesia por Monseñor Jean Chabbert, que me confesó. Mónica
y yo nos casamos por la Iglesia y ahora formamos una familia feliz.
Durante cuatro años, he estado trabajando en el programa de
evangelización de la diócesis. Mi hijo menor, Daniel, ha estudiado
en Salamanca y ahora está en Roma, preparándose para ser
sacerdote.
Todavía amo a los bautistas, que son unos 33 millones en el
mundo entero. Ellos me enseñaron a amar la Biblia, la familia, la
Iglesia como institución, y a llevar una conducta moral digna.
Aprendí mucho con ellos y les estoy muy agradecido, pero Jesús
Eucaristía llegó a ser el centro de mi vida. Por eso, tuve que
dejarlos, porque amo la verdad más que a cualquier otra cosa y
debía ser fiel a Jesús”.
ANTONIO CARRERA
Fui católico durante los primeros 28 años de mi vida y, a
partir de 1961, fui un enemigo enconado de ella, al hacerme testigo
de Jehová. Permanecí 13 años encadenado a esta secta y ocupé en
ella altos cargos de dirigente. Fui miembro del Comité de la
Congregación, superintendente de campo, siervo de la escuela,
conferenciante…
El primer contacto con los “testigos” suele ser deslumbrador.
Te ofrecen ingresar a un mundo en el que todas las personas son
excelentes, bondadosas y amorosas en grado máximo. En las primeras
reuniones te aturden con tanto saludo y amabilidades, pero esto dura
poco tiempo. Después, nadie se preocupará de ti, a no ser para ver
si faltas a las reuniones o si no haces el trabajo de visitar
hogares y ofrecer su literatura.
Desde el principio, te llenarán la cabeza de folletos y revistas
de la secta, cobrándotelos naturalmente. Un miembro de la misma te
instruirá semanalmente para que aceptes todas sus enseñanzas,
aunque sean tales como dejar morir a un familiar antes de ponerle
transfusión de sangre o tener odio contra toda religión y
gobierno. En las cinco horas de reunión semanal, aparte de lo que
estudies en tu casa, te inculcarán predicar más y repartir más
libros, porque el fin del mundo está cerca y sólo se salvarán los
que sean testigos. Yo vendí 4.800 libros y revistas, trabajé unas
3.600 horas.
Ellos dicen que son profetas (Atalaya, año 1962/212/15). Pero
son falsos, porque en sus mismos libros de años atrás anunciaban
el fin del mundo, que nunca llegó. Ante tantos errores, cambios e
incumplimientos de profecías, nunca van a decir que se equivocaron,
sino que Dios les está revelando las cosas progresivamente. Pero
una cosa es revelación progresiva y otra revelación
contradictoria.
El fin del mundo lo anunciaron en 1799, 1874, 1914, 1915, 1918,
1925 y 1975. En el estudio de las Escrituras de 1889, segunda serie,
página 356, profetizaban que venía la extinción total de toda
jerarquía falsa y del Papado para el año 1914 y se equivocaron. En
el libro Millones, que ahora viven, nunca morirán, pp. 88-100,
dicen que el año 1925 sería el regreso visible de Abraham, Isaac,
Jacob y de los fieles profetas de antaño. Lo creyeron de tal modo
que construyeron una hermosa mansión para alojar a los patriarcas
en California. Este tema lo trato en mi libro El fraude del fin del
mundo.
Desde 1879 a 1912, enseñaban, como verdad de Dios, que los
judíos sí regresarían a Palestina. Desde 1932 y, usando también
a Dios como revelador, hablan de que los judíos ya nunca serían
una nación en Palestina, lo que ha resultado totalmente falso, pues
sí es una nación poderosa en Palestina.
Aseguraron que en la década 1970-1980 vendría sin falta el fin
del mundo y Dios destruiría a todos los inicuos de la tierra. Lo
esperaban concretamente para 1975. En su libro Vida eterna, p. 29,
dicen: “Los 6.000 años desde la creación del mundo, terminarán
en 1975 y el séptimo período de mil años de la historia humana,
comenzará en el otoño de 1975”. El milenio debía comenzar ese
año 1975. En su libro Asegúrese, página 443, se dice: “Reinado
de mil años de Cristo, precedido por la destrucción de todos los
inicuos de la tierra”. Y en la revista Despertad, del 22 de abril
de 1972, p 26, dicen: “A mediados de los años setenta hay una
conmovedora esperanza de un magnífico alivio. Justamente 1975.
Entre los que vieron el engaño de la secta y la abandonaron
conmigo estaban mi esposa e hijos, mi hermano Abel con su familia, y
otros. Todo comenzó, cuando un testigo de muchos años me dijo que,
si yo pudiera leer los libros antiguos de la Organización, que ya
no editan, podría comprobar una multitud de cambios y errores en
sus enseñanzas, las cuales, según ellos, están inspiradas por
Dios. Esto me puso en graves dudas, que se confirmaron al examinar
por mí mismo siete libros antiguos, del año 1918, que, por
casualidad, cayeron en mis manos.
Otras enseñanzas falsas son que el cuerpo de Jesús no fue
resucitado (Enseñanza en las Escrituras II, p. 129), que Satanás
es el autor de la enseñanza del infierno eterno y de que el hombre
tiene alma humana (Que sea Dios veraz, pp. 79 y 66). Y así muchas
otras como que Jesucristo es el arcángel san Miguel.
Al retirarme de la secta, para ellos soy como un muerto. Han
prohibido a todos los miembros hablarme, con la amenaza de ser ellos
también expulsados. De hecho, ya han excomulgado a dos por el solo
hecho de hablarme. Ahora doy gracias a Dios por conocer y vivir la
verdad en la Iglesia católica”.
Antonio Carrera ha dado su testimonio en el Congreso de
convertidos Camino a Roma, celebrado en Avila, en octubre de 2003.
Actualmente, dirige una Asociación de afectados por las sectas para
ayudar a los que necesiten orientación.
STEVE WOOD
Dice sobre su conversión: “Un amigo me aconsejó que leyera la
Biblia. Pero ¿qué Biblia? Me decidí por la nueva versión inglesa
(New English versión). Yo estaba asombrado de lo que leía y me
parecía que Dios me hablaba a mí personalmente a través de la
lectura de la Biblia. Acepté a Cristo como mi Salvador y me
invadió una gran alegría y el sentimiento de que Él me había
perdonado mis pecados. Después de haber encontrado a Jesús, me
pregunté: “¿Dónde encontrar la Iglesia de Jesús?”. Yo no
podía imaginar que necesitaría veinte años para contestar a esta
pregunta. Empecé a frecuentar diferentes iglesias, sobre todo, la
iglesia presbiteriana, pues yo había nacido en una familia
presbiteriana. Pero me comprometí pronto con las Asambleas de Dios
y después con la iglesia del Calvario (Calvary Chapel), que tenía
una predicación poderosa y atractiva para los jóvenes. Sin
embargo, empecé a estar en desacuerdo con algunas de las
enseñanzas del pastor Chuck Smith y me di cuenta de que no podía
permanecer más tiempo en esa iglesia, con la que tenía enormes
diferencias doctrinales. Pronto llegué a ser pastor de una iglesia
carismática interdenominacional y en 1978 fui ordenado ministro de
esta iglesia, que no tenía unidad al ser miembros de diferentes
iglesias, sin una base doctrinal común.
Quise estudiar más y fui con mi esposa Karen al Seminario
teológico Gordon-Conwell de Massachusetts para aprender más
teología. Aprendí que el bautismo de los niños era, no sólo algo
permisible, sino importante, y bauticé a mi primer hijo recién
nacido. Formé una iglesia propia y, como pastor de mi propia
iglesia, podía tener libertad para introducir algunas innovaciones
como la celebración semanal de la cena del Señor. Empecé a
estudiar los escritos de los Padres de la Iglesia primitiva de los
tres primeros siglos y la doctrina de los primeros cristianos me
pareció de la Iglesia católica. Consideré la posibilidad de
pertenecer a la Iglesia episcopal o a la Iglesia ortodoxa, pues
todavía estaba lejos de la Iglesia católica. Pero, cuando alguien
me explicó la posición de la Iglesia católica en asuntos como la
salvación, comprendí lo fácil que es malinterpretar y acusar sin
motivos.
Cuando en 1986, Scott Hahn y Gerry Matatics, dos de los más
brillantes y celosos anticatólicos, compañeros míos de Seminario,
se hicieron católicos, yo no lo podía creer. Empecé a leer libros
católicos y a buscar sus respuestas a todas las preguntas que yo
proponía. Por este tiempo, me comprometí también con el
movimiento pro-vida y encontré católicos por todas partes.
Me di cuenta de que la Biblia habla de la indisolubilidad del
matrimonio y muchos, en mi Congregación, eran divorciados, vueltos
a casar, y algunos de ellos lo habían hecho con mi aprobación.
Estaba pensando en hacerme católico por muchas razones, pues estaba
en contra también de los anticonceptivos; pero me daba miedo, pues
tenía una familia con cinco hijos y no sabía qué sería de mi
futuro, si dejaba mi cargo de pastor. Al fin, me decidí por la
fidelidad al Señor. A los pocos días de dejar mi iglesia y mi
cargo de pastor, me condenaron a 60 días de prisión por haber
participado en una marcha contra una clínica abortiva. Mi abogado
me trajo libros católicos para leer y recibí la visita del obispo
católico Mons. John Nevins, que me invitó a una misa, que se
celebraría en la catedral después de nuestra liberación. Acepté
la invitación.
En 1990, mi esposa Karen y yo, pasamos muchas horas estudiando la
fe católica. Fuimos recibidos en la Iglesia el 1 de julio de ese
año por el obispo John Nevins. Después de 20 años de búsqueda,
por fin, había encontrado la Iglesia de Cristo, había llegado a
casa. Al poco tiempo, el Vaticano organizó una cumbre internacional
pro-vida. Los líderes de este movimiento en USA fuimos invitados,
especialmente, a una audiencia con el Papa Juan Pablo II. Yo me
quedé impresionado por su sencillez y su sabiduría. Yo le pedí
que bendijera algunos rosarios para mi familia. Regresé a casa con
la sed de trabajar en el apostolado a favor de las familias. Ahora
nuestro libro de estudio principal es la Familiaris consortio del
Papa”.
Steve Word, ex director del Instituto bíblico de Florida,
ex-pastor interdenominacional, dice que cuanto más estudiaba las
Iglesia primitiva, más se daba cuenta de que se parecía a la
Iglesia católica.
PAM FORRESTER
“Yo crecí en una familia protestante. Durante años, fui una
fervorosa creyente. Después de casada y, cuando ya tenía tres
hijos, nos mudamos a vivir con mi esposo Mike a San Diego. Allí
buscamos una iglesia, donde pudiéramos estudiar la Biblia y crecer
como cristianos. Encontramos una iglesia, en la que por primera vez
en mi vida, oí hablar de la doctrina de la eterna seguridad. Es
decir, una vez que uno es salvado (por haber recibido a Cristo como
Salvador) siempre estará salvado, nunca podrá condenarse. Así lo
creían todos mis amigos y fieles de esta iglesia. Pero Mike y yo no
estábamos muy convencidos de esto. Algunos miembros de la iglesia
nos consideraban herejes por no creer firmemente en esta doctrina.
Yo me preguntaba: ¿quién marca la diferencia y quién puede
decidir dónde está la verdad y dónde está el error? Por eso,
busqué una Iglesia en la que hubiera una autoridad y seguridad en
la fe. Un día, después de leer el libro del convertido Tom Howard
“Ser evangélico no es suficiente” (Evangelical is not enough),
pensé que debería hacerme católica. Después leí el libro de
Kart Keating Catolicismo y Fundamentalismo, y me convenció más
aún.
Yo siempre me había cuestionado el por qué la fe personal
debía basarse exclusivamente en la Biblia, cuando, durante muchos
siglos, la gente no sabía leer y, cuando hay tantas traducciones
diferentes. Y empecé a buscar libros protestantes para ver sus
razones y leí los escritos de la primitiva Iglesia, en la que
aparece claramente y, sin dudas, la presencia real en Cristo en la
Eucaristía. Continué leyendo libros católicos para convencerme
más. Vi un debate televisivo entre Fr. Mitch Pacwa, un jesuita, y
dos eminentes apologistas protestantes (Walter Martin y John
Ankerberg), en el que ellos no podían refutar las ideas católicas
y no podían dar razones suficientes de sus propias opiniones.
Otro paso fue descubrir por qué algunos católicos se habían
convertido en protestantes. Ninguno de ellos se había cambiado por
la doctrina de la Iglesia católica, sino por razones prácticas y
sin conocer a fondo su propia fe católica. Un día, incluso, fui a
escuchar a un ex-sacerdote católico, llamado Brewer, para escuchar
sus razones, pero fueron los mismos viejos ataques a la Iglesia sin
dar razones escriturísticas e históricas de peso. Después de
todas mis investigaciones, tuve que aceptar la verdad y en la
Vigilia de Pascua de 1999 entré en la Iglesia católica. Mis cuatro
hijos pequeños entraron también en la Vigilia pascual del 2000 con
el permiso de mi esposo.
Ahora es grande mi alegría y, cuanto más estudio la Biblia,
más me doy cuenta de que la doctrina católica en nada contradice
la Biblia, y me siento feliz de ser católica”.
STUART SWETLAND
“Yo crecí en una familia protestante con fuertes sentimientos
anticatólicos. Fui bautizado como luterano a los pocos días de
nacer. Cuando tenía tres años, mis padres se mudaron Pennylvania y
allí asistíamos a la iglesia metodista y a la iglesia bautista.
Pero, según iba creciendo me iba haciendo preguntas y cuestionando
mi fe. Y empecé a estudiar para encontrar respuestas a mis
inquietudes.
En 1981 me fui a la Escuela Naval, en donde me gradué como
oficial. En una ocasión fui con mi uniforme a la iglesia luterana y
me dijeron que allí no era bien recibido, pues era una iglesia de
paz y habían tomado una actitud contraria a la guerra de Vietnam.
Por otra parte, el capellán que teníamos, celebraba servicios
generales, donde pudieran sentirse bien los cristianos de todas las
iglesias. Yo me alejé un poco de las prácticas religiosas y sólo
asistía, de vez en cuando. Pero comencé nuevos estudios en Oxford
y allí encontré algunos católicos, cuyas vidas me impresionaron
favorablemente, a pesar de mis ideas anticatólicas. Leí los
escritos de san Agustín, santo Tomás de Aquino y Henry Newman.
Estudié la Biblia en profundidad y encontré una iglesia anglicana,
que me ayudó a entender mejor la Escritura.
Por otra parte, había un capellán católico en la Universidad y
le pedí que me enseñara sus puntos de vista. Durante dos años y
medio, él, pacientemente, se reunía conmigo una vez por semana
para enseñarme lo que dice la Iglesia católica y comencé a
asistir a misa cada día. Me encantaba rezar, antes y después de la
misa, delante del sagrario. Llegué a convencerme de la presencia
real de Jesús en la Eucaristía. Los luteranos creen en la
presencia real solamente durante el servicio de comunión. Una vez,
yo observé al pastor luterano, cómo después del servicio
litúrgico, echaba en una bolsa las hostias consagradas que habían
quedado, porque decía que Jesús estaba solamente presente durante
el servicio.
En la vigilia de Pascua de 1984, fui recibido en la Iglesia
católica en la pequeña capilla de la Universidad de Oxford. Una
vez convertido, sentí que no podía estar más tiempo en la Marina,
donde no podía asistir a misa todos los días como yo quería.
Retirado de la Marina, sentí deseos de entregarme completamente al
servicio de Dios y entré en el Seminario. Fui ordenado sacerdote el
25 de mayo de 1991. Ahora sirvo como capellán en el Centro Newman
de Oxford”.
MICHEL VIOT
Francés, de la Iglesia evangélica luterana de Francia, se
convirtió al catolicismo el 28 de junio del 2001. Había sido
inspector eclesiástico, rango equivalente a obispo. En una
entrevista con Dominique Le Tourneau, decía que dio el paso
definitivo a raíz de la declaración conjunta luterano-católica
sobre la justificación, poco después de que el Sínodo de la
Iglesia reformada francesa resolviera permitir la comunión
eucarística también a los no bautizados. Dice: “He dejado todos
los grados de la masonería, altos y menos altos, por el juicio
negativo que la Iglesia católica tiene sobre la masonería. En
efecto, mi deseo es llegar a ser sacerdote y creo que un sacerdote
debe evitar ser motivo de división entre sus feligreses.
Soy feliz de la elección que he hecho, pero seré plenamente
feliz, cuando haya sido ordenado sacerdote católico, porque es en
el ejercicio del ministerio sacerdotal donde podré satisfacer los
compromisos que he asumido en mi vida... Siempre me he situado entre
los luteranos que no se resignaban al cisma definitivo con Roma. He
seguido con mucho interés el diálogo teológico entre la Santa
Sede y la Federación luterana mundial... Decidí dar este paso,
porque siempre he creído que la unidad completa no se dará nunca
sin la comunión con el obispo de Roma, reconocido como primado...
Los luteranos deben descubrir que los dogmas marianos y
eclesiológicos no afectan en nada a la mediación salvadora, única
y universal, de Jesucristo. Al contrario, encuentra en ellos su
sentido más pleno... Gracias al Magisterio, la Iglesia católica
cuenta con una doctrina oficial. Mantiene una Cristología fundada
en la Escritura y la Tradición, pero también ilustrada por la
veneración mariana. Estoy convencido de que la mayor parte de las
grandes herejías, por no decir todas, provienen de errores en
Cristología. Ahora bien, para acertar en Cristología hace falta no
separar a Jesús de su Madre... También la doctrina sobre los siete
sacramentos me parece capital. A pesar de la crisis del sacramento
de la penitencia en el catolicismo, no es comparable con la ausencia
de su práctica en la mayor parte de las confesiones protestantes.
Al menos, en el catolicismo se cuenta con una doctrina clara, que
puede enderezar la situación.
Por otra parte, el hecho de que la ordenación sacerdotal sea un
sacramento católico, ha impedido toda desviación en la
celebración de la Eucaristía. Sólo quien ha sido ordenado
sacerdote puede consagrar el pan y el vino. Nunca jamás, a pesar de
la falta de sacerdotes, se podrá dar una “delegación pastoral”
a un laico para celebrar la misa, cosa que se hace en número muy
elevado de comunidades eclesiales protestantes”. Michel Viot ha
escrito el libro de su conversión, titulado Du protestantismo a l’Église.
STEVE CLIFFORD
“Según los mormones o Iglesia de Jesucristo de los santos de
los últimos días, la Iglesia fundada por Cristo cayó en total
apostasía el año 420 y se llamó hasta hoy Iglesia católica.
Pero, según ellos, la primitiva Iglesia, la verdadera, fue
restaurada por Dios por medio de José Smith, el fundador de la
Iglesia mormona. Yo nací en una familia mormona y nosotros
sabíamos que nuestra Iglesia era verdadera. Mis padres procedían
de los pioneros mormones, que se establecieron en Lago Salado.
Nosotros vivíamos en Utah. Y, desde los primeros tiempos, todos mis
familiares habían sido mormones.
En Utah las actividades, deportes, música, escuelas... se
desarrollan alrededor de la Iglesia. Aproximadamente, el 77% de la
población era mormona en mis tiempos jóvenes. En el mundo hay unos
60.000 misioneros o misioneras jóvenes, de 19 ó 20 años, que
trabajan gratuitamente en distintos países durante dos años. Y
todos los mormones deben pagar religiosamente el 10% de sus ingresos
a su iglesia.
Yo casi no tenía contacto con gente no mormona y a ellos los
considerábamos como extraños. Los mormones tienen cuatro libros
considerados por ellos como Palabra de Dios: la Biblia, Libro del
Mormón, Doctrinas y Convenios, y Perla de gran precio. En ellos, se
permite la poligamia, y se habla de que los buenos mormones
llegarán a ser dioses en el más allá.
Cuando yo abandoné Utah en 1968 para ir al ejército, mi obispo
me dio una medalla en la que decía: “Soy miembro de la Iglesia de
Jesucristo de los santos de los últimos días”. Estando en el
ejército, conocí a Ana, una católica, con la que me casé en
Alemania en 1971. Con frecuencia, asistía a misa con mi esposa y
mis dos hijas y apoyaba como músico al coro. Pero no tenía ninguna
intención de hacerme católico. A pesar de que no asistía a los
servicios mormones, yo me proclamaba públicamente como mormón.
En enero de 1993, nos mudamos a Virginia y comencé de nuevo a
asistir a misa regularmente. Mi esposa me daba libros para que los
leyera, pero yo le decía: Nací mormón, crecí mormón y moriré
mormón. Pero en noviembre de 1993, escuché la charla de un
convertido del protestantismo a la Iglesia católica, que con sus
investigaciones y estudios había llegado a convencerse de la verdad
de la Iglesia católica. Empecé como loco a leer libros sobre los
mormones, sobre el protestantismo y el catolicismo, buscando la
verdad. Descubrí que era mentira que la Iglesia había llegado a la
total apostasía y que había desaparecido en el año 420, como
decían los mormones. Estudiando la historia de la Iglesia, me di
cuenta de que las enseñanzas de la Iglesia católica eran las
mismas ahora que en el primer siglo. No había evidencias de
discontinuidad o de la total apostasía.
Además, me di cuenta de otras incongruencias en las enseñanzas
de los mormones. José Smith había dicho, poco antes de morir, en
1844, en un sermón en el entierro de King Follet: “Hay pocos
hombres que entienden el verdadero ser de Dios… Dios mismo fue una
vez lo que ahora somos nosotros y es un hombre ensalzado”.
“Cuando me di cuenta de que estaba equivocado como mormón, me
quedé triste. ¿Cómo podía ser engañada tanta gente? ¿Qué
podía decir de todos los sacrificios y sufrimientos de mis
antepasados como mormones? ¿Cómo yo podía retirarme de la línea
de mis antepasados? Pero yo había encontrado la verdad y debía ser
fiel a Dios y decidí hacerme católico, después de mucha oración
y estudio. Un día, antes de mi bautismo, me sentí lleno de gozo
ante una imagen de la Virgen de Guadalupe y me convencí plenamente
de la presencia real de Jesús en la Eucaristía. El 19 de febrero
de 1994 recibí el bautismo, confirmación, confesión y comunión.
Soy el primero de mi familia en dejar la Iglesia mormona, ellos se
han sentido defraudados, pero yo y mi esposa rezamos para que ellos
también encuentren el camino de la verdad en la Iglesia católica”.
KATHLEEN CLARK
Nacida en Salt Lake City (Utah), en el centro mundial de los
mormones norteamericanos; de una familia mormona, que tiene sus
orígenes en los primeros mormones del siglo XIX. Se casó con un
católico y se convirtió. Ella y su madre son las únicas
católicas de su familia. Ha dado testimonio de su conversión en el
Congreso “Camino a Roma”, celebrado en Ávila (España) del 11
al 12 de octubre del 2003. Ella explicó, que, según la doctrina
mormona, Dios Padre había sido un hombre, Adán, que llegó a ser
perfecto. Que todos los buenos mormones, después de la muerte,
llegan a ser dioses, lo que hace de su religión un politeísmo
difícil de entender.
Según el libro de Mormón, los negros eran blancos, pero se
convirtieron en negros, porque Dios los maldijo. Prohiben tomar té,
café o bebidas alcohólicas; pero, por otra parte, son muy
liberales en cuestión del divorcio o del aborto o de los métodos
anticonceptivos.
Ellos aceptan la poligamia, que públicamente José Smith, el
fundador, proclamó en Nauvoo en 1843 y esta misma Ley fue
reafirmada por un concilio de su Iglesia, bajo el mandato de Brigham
Young en 1852. Si no la practican en algunos países, es porque
está prohibida por la ley civil. José Smith dejó al morir 27
viudas y 56 hijos.
Por otra parte, el libro de Mormón trae centenares de citas
bíblicas literales de la Biblia del rey James de Inglaterra,
publicada en 1611, mientras que José Smith vivió en el siglo XIX.
Y creen que el presidente de su Iglesia es un profeta de Dios que no
puede equivocarse, cuando habla en nombre de Dios.
Kathleen, al estudiar la historia de la Iglesia y ver que nunca
había existido una apostasía masiva en la Iglesia y por otras
muchas razones, se convirtió a la fe católica.
BOB SUNGENIS
“Mi conversión comenzó con una llamada equivocada de
teléfono. Mi amigo Gerry Hoffman quería llamar a Bob Swenson y,
por error, me llamó a mí. Al hablar con él, me dijo que estaba
pensando seriamente en hacerse católico y me habló de todo lo que
había descubierto en la Iglesia católica. Yo no lo podía creer.
Un cristiano nacido de nuevo, creyente en la Biblia, que quería
unirse a una Iglesia no bíblica, me parecía algo totalmente
alocado.
A los pocos días, recibí de su parte muchos libros católicos
para estudiarlos. Al principio, los leía con curiosidad, pero me
sorprendió ver historias de evangélicos anticatólicos
convertidos.
Yo había nacido en una familia católica, pero mis amigos
cristianos me hicieron cambiar de ideas. Una noche, en enero de
1975, estaba leyendo el pasaje donde dice Jesús: “Venid a mí los
que estáis agobiados y cansados que yo os aliviaré”. Y sentí
que me lo decía directamente a mí. Yo le entregué mi vida a
Jesús y me hice evangélico, porque algunos amigos me decían que
los católicos creían en muchas tradiciones y creencias paganas. De
este modo, yo me convertí en anticatólico, siguiendo los consejos
de mis amigos protestantes y abandoné la Iglesia católica por 17
años.
Pero según iba conociendo más las enseñanzas evangélicas,
más me daba cuenta de que no tenían unidad de doctrina y había
infinidad de denominaciones distintas. Yo fui pasando de unas a
otras. Me dediqué a estudiar la Biblia. Tenía 18 Biblias distintas
para estudiar las diferencias. Escribí un libro titulado
Recompensas en el cielo (Rewards in Heaven) en el que criticaba a
los católicos y, a veces, también a los protestantes. Empecé a
tener correspondencia con el teólogo evangélico Francis Schaeffer,
pero él estaba en sus ideas muy cercano al catolicismo. Él me
confesó que admiraba a la Madre Teresa de Calcuta y había
trabajado en una ocasión con ella. Por mi cuenta, fui a estudiar
teología al Seminario teológico de Filadelfia (USA). Uno de los
profesores, Norman Shepherd, empezó a difundir la idea de que las
obras eran necesarias para la salvación y que no bastaba la fe.
Estas ideas “papistas” fueron refutadas por mí en su clase.
Después de recibir mi master en teología, trabajé como
consejero bíblico en radio Familia (Family Radio). A mí me habían
enseñado que el bautismo era meramente simbólico y no producía
efectos reales en el alma, pero algunos me refutaron y empecé a
estudiar el tema en profundidad. Como resultado, me di cuenta de que
estaba equivocado. Y lo mismo ocurrió con otras doctrinas. Empecé
a buscar la Iglesia verdadera, pero parecía que nunca la iba a
encontrar. Sin embargo, algunos amigos convertidos como Gerry
Hoffman, Bob y Julie Swenson, Scott and Kimberly Hahn, Thomas Howard…
me indicaron el camino a casa.
Mis 17 años de protestante me hicieron ver claro que la sola
Escritura era como decir “solo yo”, pues, al final, cada uno la
interpreta a su gusto, creyendo que los demás están equivocados.
Después de estudiar las vidas de Lutero y Calvino, me di cuenta
también que muchas cosas sobre sus vidas, no nos las habían dicho
en el Seminario. Estudié la doctrina de la Iglesia primitiva y me
di cuenta de que la Iglesia católica por su antigüedad y
universalidad, tenía el sello de su origen divino, a pesar de que
algunos de sus miembros hayan sido pecadores. Pero hay que
distinguir entre lo que hacen algunos de sus miembros y las
enseñanzas de la Iglesia”.
Bob Sungenis, ex profesor de Biblia en la radio evangélica
Family radio, quiere ahora ayudar a todos los hermanos protestantes
a que encuentren el camino a casa en la Iglesia católica, donde se
siente feliz de haber encontrado la verdad, que andaba buscando. Y
dice: “Después de tantos años ahora veo claro que la Iglesia
católica es la antigua e indestructible iglesia que Jesús
estableció hace 2000 años”.
AL KRESTA
“Yo me retiré de los evangélicos por razones bíblicas e
históricas. Nací en una familia católica en 1951, en New Haven,
Connecticut (USA), pero mis padres no nos hablaban de Dios. Me hice
un vagabundo, recorriendo el país. Buscando respuestas, me iba
detrás del primer charlatán que hablara de Dios, fuera un
extraterrestre o alguien que recibía mensajes cósmicos o los Hare
Krishnas o los niños de Dios o los testigos de Jehová. En los
testigos estuve metido el año 1975, pero al ver que no sucedía el
fin del mundo, como ellos anunciaban, me retiré también. Después,
entré a formar parte de una Comunidad donde eran vegetarianos,
célibes y no tomaban tabaco ni licores ni drogas, pues querían
purificar su cuerpo para llegar a ser maestros superiores como
Jesús y dirigir a la humanidad hacia la perfección espiritual.
Leí libros de la Nueva Era, queriendo encontrar en ellos una
conexión entre mis ideas y la Biblia. Pero no me llenaron. Un día
unos jóvenes cristianos me dieron unos folletos bíblicos y los
leí. Entonces pensé que debía hacerme cristiano y creer en la
Biblia. La Biblia era para mí la máxima autoridad. Pero comencé
también a estudiar la historia de la Iglesia de los tres primeros
siglos, en los que, según los protestantes, el cristianismo era
todavía puro. Devoré también los escritos del gran convertido
Henry Newman y de otros autores ortodoxos y católicos.
Pero, entre 1982 y 1985, tuve algunos momentos de desánimo y me
iba a descansar y meditar a la abadía trapense de Getsemaní
(Kentucky), donde había vivido el famoso convertido Tomás Merton.
Ése fue el lugar ideal para recuperar mi fe católica. Después de
mucho orar y estudiar, pues no fue fácil, no pude seguir aceptando
más el principio de la Sola Escritura. Sin embargo, todavía no me
decidí y acepté un trabajo de pastor en una iglesia pentecostal,
pero me decepcionó la falta de unidad doctrinal que había entre
ellos. Yo había dirigido un programa de radio, en Detroit,
entrevistando a muchos teólogos, líderes y pastores evangélicos,
que compartían conmigo su descontento por las divisiones entre las
distintas iglesias. Según el Oxford Dictionary of the Christian
existen unas 28.000 iglesias cristianas distintas.
El 23 de mayo de 1993 entrevisté al Padre Peter Stravinskas y le
pedí que me contestara a las cuestiones, que normalmente planteaban
los protestantes a los católicos. Cuando yo le escuché, me dije:
Yo soy católico, yo pienso en todo como él. Pero el dar el paso
definitivo me costó, porque pensaba en mi familia y quedarme sin
trabajo lo veía un problema serio.
Después de un período de intensa oración y estudio de la
Biblia y de la historia de la Iglesia y estudiando las respuestas
apologéticas de los católicos, decidí convertirme. Fui recibido
de nuevo en la Iglesia en la parroquia de Santa Susana de Detroit,
el Jueves Santo de 1992. Dos días más tarde, en la Vigilia
pascual, fue recibida también mi esposa Sally y nuestros cuatro
hijos: ¡Que alegría!”.
“Me maravillo de que tan pronto, abandonando al que os llamó
en la gracia de Cristo, os hayáis pasado a otro Evangelio. No es
que haya otro, lo que hay es que algunos os turban y pretenden
pervertir el Evangelio de Cristo. Pero, aunque nosotros o un ángel
del cielo os anunciase otro Evangelio distinto del que os hemos
anunciado, sea maldito. Os lo he dicho antes y ahora de nuevo os lo
digo. Si alguno os predica otro Evangelio distinto del que habéis
recibido, sea maldito” (Gálatas 1, 6-9).
SCOTT HAHN
Scott Hahn, teólogo presbiteriano, ha escrito un libro sobre su
conversión y la de su esposa, que ha sido best-seller en USA. En
él nos dice: “Mi abuela era la única católica de mi familia:
una discreta, humilde y santa mujer. Mi padre me dio sus objetos
religiosos, cuando ella falleció. Los miré con repugnancia y
horror. Tomé el rosario entre mis manos y lo rompí, diciendo: Dios
mío, líbrala de las cadenas del catolicismo que la han tenido
aprisionada. También rompí sus libros de oración y los tiré a la
basura, esperando que esa superstición sin sentido no hubiera
condenado su alma... No siento el menor orgullo de haber actuado
así, pero lo cuento para hacer ver lo profundas y sinceras que son
las convicciones anticatólicas de muchos cristianos de la Biblia.
Yo no era anticatólico por un fanatismo malhumorado, sino por
convicción”.
“Los católicos no tienen idea de lo dura que resulta para los
cristianos bíblicos aceptar las doctrinas y devociones marianas.
Pero eran ya tantas las doctrinas de la Iglesia, que habían
demostrado estar sólidamente basadas en la Biblia, que acepté dar
también un paso de fe en esto. Y recé: María, si eres tan sólo
la mitad de lo que la Iglesia católica dice que eres, por favor,
presenta por mí esta petición al Señor. Y recé mi primer
rosario. Lo recé muchas más veces y, tres meses más tarde, me di
cuenta de que, desde el día en que yo había comenzado a rezar el
rosario, aquella situación, aparentemente imposible, había
cambiado. ¡Mi petición había sido escuchada! Y volví a tomar el
rosario, que no he dejado de rezar desde aquel día”.
“En ninguna parte de la Biblia se dice: Tienes que aceptar a
Jesucristo como tu Señor y Salvador personal. Es una buena cosa
hacerlo, pero no era eso de lo que el Señor hablaba, cuando le dijo
a Nicodemo en Juan 3,3 que tenía que nacer de nuevo. Jesús
clarificó lo que Él quería decir al afirmar, tan sólo dos
versículos más adelante: Tienen que nacer del agua del Espíritu,
con lo que Él se refería al bautismo”.
“En mi clase de historia de la Iglesia un alumno me preguntó:
Profesor, ¿dónde enseña la Biblia que la Escritura es nuestra
única autoridad? Veamos 2 Tim 3,16-17: Toda Escritura, inspirada
por Dios, es útil para enseñar, para rebatir, para corregir y para
formar en la justicia... Pero, cuando Pablo dice toda Escritura no
dice sólo la Escritura. Y san Pablo a los Tesalonicenses (2 Tes
2,15) habla de guardar las tradiciones que recibisteis de palabra o
por carta...
Estudié toda la semana sin llegar a ninguna conclusión. Llamé
incluso a varios amigos, pero no hice ningún progreso. Finalmente,
hablé con dos de los mejores teólogos de América y todos aquellos
a los que consultaba se sorprendían de que yo les hiciera esa
pregunta. Uno de ellos me dijo:
Scott, en realidad, tú no puedes demostrar la doctrina de sola
Scriptura con la Escritura. La Biblia no enseña explícitamente que
ella sea la única autoridad para los cristianos. En otras palabras,
sola Scriptura es, en esencia, la creencia histórica de los
reformadores, frente a la pretensión católica de que la autoridad
está en la Escritura y, además, en la Iglesia y en la tradición.
Para nosotros, por tanto, ésta es sólo una presuposición
teológica, nuestro punto de partida, más que una conclusión
demostrada... Nosotros, le dije, insistimos en que los cristianos
sólo pueden creer lo que la Biblia enseña, pero la propia Biblia
no enseña que ella sea nuestra única autoridad. Y le pregunté:
¿Cuál es para ti el pilar y fundamento de la verdad? La Biblia,
por supuesto. Entonces ¿por qué la Biblia dice en 1 Tim 3,15 que
la Iglesia es el pilar y fundamento de la verdad?.
“En ningún lugar, la Biblia reduce la Palabra de Dios a la
sola Escritura. Más bien, la Biblia nos dice, en muchos lugares que
la Palabra de Dios debe buscarse en la Iglesia: en su Tradición (2
Tes 2,15; 3,6), lo mismo que en su predicación y enseñanza (1 Pe
1,25; 2 Pe 1,20-21; Mt 18,17). Por eso, pienso que la Biblia
sostiene el principio católico de sólo Palabra de Dios, en vez de
sólo la Biblia... Los historiadores de la Iglesia están de acuerdo
en que recibimos el Nuevo Testamento del concilio de Hipona (año
393) y del concilio de Cartago (año 397), los cuales enviaron sus
decisiones a Roma para ser aprobadas por el Papa. ¿No le parece que
del año 30 al 393 es demasiado tiempo para estar sin Nuevo
Testamento? Además, había otros muchos libros que la gente de
entonces creía que podían ser inspirados como la Epístola de
Bernabé, el Pastor de Hermas y los Hechos de Pablo. Había también
libros del Nuevo Testamento, como la segunda carta de Pedro, la de
Judas y el Apocalipsis, que algunos consideraban que debían ser
excluidos. Entonces, ¿quién tendría la decisión fidedigna y
definitiva, si la Iglesia no enseñara con autoridad infalible?”.
“Como evangélico calvinista me habían enseñado que la misa
católica era el sacrilegio más grande que un hombre podía
cometer: inmolar a Cristo otra vez. Un día fui yo solo a misa...
Observaba y escuchaba atentamente a medida que lecturas, oraciones y
respuestas convertían la Biblia en algo vivo. Hubiera querido
interrumpir cada parte y gritar: Eh, ¿queréis que os explique lo
que están pasando desde el punto de vista de la Escritura? ¡Esto
es fantástico! Pero, en vez de eso, allí estaba yo sentado,
languideciendo por un hambre sobrenatural del pan de vida. Tras
pronunciar las palabras de la consagración, el sacerdote mantuvo
elevada la hostia. Entonces, sentí que la última sombra de duda se
había diluido en mí. Con todo mi corazón musité: Señor mío y
Dios mío. ¡Tú estás verdaderamente ahí! Y, si eres Tú,
entonces, quiero tener plena comunión contigo. No quiero negarte
nada... Pero, al día siguiente, allí estaba yo otra vez y así
día tras día. No sé cómo decirlo, pero me había enamorado, de
pies a cabeza, de Nuestro Señor en la Eucaristía. Su presencia en
el Santísimo sacramento era para mí poderosa y personal”.
“La Vigilia Pascual de 1986 fue un momento de verdadera
alegría sobrenatural. Recibí la combinación ganadora sacramental:
el bautismo condicional, la confesión, la confirmación y la
primera comunión. Regresé a mi banco y me senté al lado de mi
acongojada esposa (no quería que me convirtiera). Le pasé mi brazo
alrededor y empezamos a orar. Sentía que Cristo mismo, por medio de
la Eucaristía en mí, nos abrazaba a los dos”.
“Amigos íntimos se distanciaron. Miembros de mi familia
dejaron de hablarme y me dieron la espalda... Me hacían sentir como
un leproso. Pero el dolor y la desolación no podían compararse con
la alegría y la fortaleza que surgían de saber que yo estaba
haciendo la voluntad de Dios y obedeciendo su Palabra. Comparados
con el privilegio de ir diariamente a misa y recibir la santa
comunión, mis sacrificios parecían mínimos”.
“Desde la conversión de Kimberly (mi esposa), podemos
compartir todo esto en familia. Nos esforzamos por asistir
diariamente a misa como familia en la Universidad. Con la
Eucaristía, como centro de nuestras vidas, somos capaces de
mostrarle a nuestros hijos cómo la Biblia y la liturgia van unidas,
como el menú con la comida”.
“A los hermanos (separados) les falta nada menos que la
presencia real de Cristo en la Eucaristía. Por decirlo de forma
sencilla: ellos estudian el menú mientras nosotros disfrutamos de
la comida. Pero, con demasiada frecuencia, ni siquiera (los
católicos) conocemos los ingredientes y no podemos compartir la
receta. ¿Acaso nos pide demasiado nuestro Señor a los católicos,
al decirnos que hagamos más, mucho más, para ayudar a nuestros
hermanos separados a descubrir en el Santísimo sacramento al Señor
que tanto aman? Si nosotros no lo hacemos, ¿quién lo hará?....
Jesucristo nos quiere a todos en la Nueva Alianza que Él ha
establecido por medio de su carne y de su sangre, la misma alianza
que renueva en la santa Eucaristía... Él quiere que vivamos de
acuerdo a la estructura familiar que ha establecido para su Iglesia
en la tierra: el Papa y todos los obispos y sacerdotes unidos a Él.
Volved a casa en la Iglesia fundada por Cristo. La cena está
preparada y el Salvador nos llama. Dice en Ap 3,20: He aquí que
estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta,
entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo”.
“Damos gracias a Dios por el regalo de nuestra conversión a
Jesucristo y a la Iglesia católica que el fundó; porque sólo por
la asombrosa gracia de Dios hemos podido hallar el camino de vuelta
a casa”.
“La Iglesia está fundada sobre la roca de Pedro” (San
Jerónimo, Carta 43, 3.7).
PAUL THIGPEN
El doctor Thigpen, norteamericano, fue ex–editor y escritor
para varias revistas evangélicas. Era presbiteriano y fue pastor
evangélico en Europa. También se hizo episcopaliano y después
pentecostal, buscando siempre la verdad, hasta que haciendo estudios
de doctorado en teología, llegó a convencerse de la verdad de la
Iglesia católica. Él nos dice:
“En mis estudios de teología histórica he tenido el
privilegio de leer a san Agustín, santo Tomás de Aquino, Newman,
Chesterton, Merton y muchísimos otros, cuyos argumentos y
experiencias personales me han llevado cada vez más cerca de la
Iglesia católica. Comencé por ir a misa y rezar el Avemaría,
hacía la señal de la cruz y rezaba a los santos. En mi oficina,
había puesto una pequeña imagen de san José y un crucifijo en la
pared. Mi esposa y mis hijos lo veían esto como extraño y yo no
quería el divorcio ni la separación de mi familia. Por eso, la
lucha por mi nueva fe duró varios meses. Un día, mi esposa me dijo
que, si yo me hacía católico, ella me abandonaría. Por eso,
decidí esperar. Desistí de ir a misa y pedí sabiduría y gracia a
Dios en mis oraciones. Me preguntaba: ¿Podía yo ser un católico
oculto, ir a misa ocasionalmente, llevar un crucifijo debajo de la
camisa y rezar en privado a los santos? Hablé con mi esposa sobre
la posibilidad de fundar una nueva congregación, donde las
creencias fueran similares a las de los católicos, sin ser
totalmente católicas. Pero me di cuenta de que yo no podría vivir
mucho tiempo así, pues podría desobedecer a Dios.
Por eso, fui a la parroquia católica y empecé a asistir a las
clases de preparación cristiana de adultos y de nuevo volví a
asistir a la misa. El sacerdote no quiso presionar a mi esposa
Leisa, que también asistía a las clases. Pero, en menos de tres
meses, Leisa pasó de la resignación al interés y al
convencimiento. Ella leía, oraba y pedía aclaración a un
sinnúmero de cuestiones y mis hijos aceptaron nuestra decisión con
tranquilidad y alegría.
El Domingo de Ramos fuimos recibidos en la Iglesia. Nos mudamos a
otro Estado y encontramos una parroquia, donde hay calor humano, la
liturgia es magnifica, la teología ortodoxa y el párroco es muy
sabio. Algunas familias amigas nos han ayudado a aprender las
prácticas católicas. Leisa ha leído con pasión las vidas de los
santos y ahora ella me estimula a mí a seguir adelante en el
crecimiento espiritual como católicos”.
Paul Thigpen es profesor de estudios religiosos en la Universidad
estatal de Missouri, en Springfield, y es miembro de la parroquia de
San José donde, junto con su esposa, es ministro extraordinario de
la Eucaristía.
GRAHAM LEONARD
Ex-obispo anglicano de Londres, en una entrevista al semanario
Católicos del siglo XXI, habla de su conversión y dice:
“Mi conversión al catolicismo viene de muy lejos, no fue de
repente. Desde hacía muchos años experimentaba una gran
preocupación ante los acontecimientos de la que era mi Iglesia, la
Iglesia anglicana. Me preocupaba que cada día se diera más
importancia a las interpretaciones privadas de la fe. Unas
interpretaciones que dependían de la situación, del ambiente, de
lo que Iglesia tuviera a bien decidir y opinar en cualquier momento.
En realidad, ha sido siempre así desde la Reforma del siglo XVI.
El profesor Powicke lo dijo con claridad de esta manera: “Lo que
se puede decir definitivamente de la Reforma en Inglaterra es que
ésta fue un acto de Estado”. La Iglesia de Inglaterra tuvo que
someterse a los objetivos políticos de la monarquía. Para ello,
dejó de ser la Iglesia católica de Inglaterra para pasar a ser la
Iglesia de Inglaterra.
Según la Conferencia de Lambeth, una especie de Sínodo de todas
las iglesias anglicanas del mundo, cada iglesia, en cada país, es
libre de determinar cómo entender su fe. Cuando me di cuenta de
todo esto, comprendí también que ya no podía seguir ejerciendo mi
ministerio sacerdotal en estas condiciones. La aceptación del
sacerdocio femenino fue el detonante, porque representó el creer en
algo que antes la Iglesia nunca había requerido como materia de fe.
Fue un paso más dentro de este proceso de subjetivismo, según el
cual cada uno es libre de creer lo que quiera. Ya había pasado con
la fe en la resurrección.
Mi esposa hubiera querido hacerse católica antes que yo, pero no
me lo había querido decir nunca para no presionarme, debido a mi
responsabilidad dentro del anglicanismo. Ella, como yo, ha sido muy
feliz desde que entramos en el catolicismo. Tenemos dos hijos y
cinco nietos. Aceptaron nuestra decisión, pero decidieron seguir
siendo anglicanos. Los pastores que, como yo, se han hecho
católicos, trabajan como cualquier sacerdote católico: en las
parroquias, como capellanes de Universidades, en hospitales, como
profesores. Uno de ellos, es ahora vicario general de la diócesis
católica de Westminster. En mi caso concreto, he recibido el
nombramiento honorífico de prelado de su Santidad y esto ha sido
visto por los ex anglicanos como una aprobación del Santo Padre y
una bienvenida, que ya habíamos recibido localmente.
En mi ministerio, me he concentrado en dar retiros espirituales a
los clérigos diocesanos. Hace sólo unas semanas he dado un retiro
a los benedictinos de Inglaterra. Ahora confío en Dios totalmente
y, porque creo en Dios, creo en la Iglesia que Él nos ha dado y,
por eso, tengo esperanza”.
Monseñor Graham fue obispo auxiliar de Londres por treinta años
y fue recibido en la Iglesia católica el seis de abril de 1994. Dos
semanas más tarde, fue ordenado sacerdote católico por el cardenal
Basil Hume en su capilla privada de Londres. Su esposa fue recibida
en la Iglesia unas semanas después. El dice: “Nosotros dos hemos
recibido la más maravillosa bienvenida y hemos sentido que hemos
entrado en una familia de amor. Yo siento como que he vuelto a
casa... Ahora tengo más deseos de orar. Ahora reconozco la
vocación única de María, elevada al más alto honor entre todas
las criaturas. Tengo devoción a los santos y pido su intercesión.
También oro por los difuntos. Incluso, el confesarme es para mí
una fuente de alegría. Estoy agradecido a Dios por lo que ha hecho
en mí, aunque me doy cuenta de que todavía falta mucho para llegar
a ser lo que Él quiere de mí”.
“Donde está Pedro (el Papa) allí está la Iglesia” (San
Ambrosio)
SHAN KYDD
Madre de la princesa Diana de Inglaterra, se convirtió en 1994 y
ha usado su gran influencia para hacer obras de caridad. Hace poco
ha recolectado mucho dinero para hacer la primera capilla católica
en una isla de Escocia y organizar viajes a Lourdes para niños
discapacitados.
JOHN GUMMER
Parlamentario británico, ministro del gabinete de Margaret
Thatcher y John Major, fue votado en 1995 y 1996 por la BBC de
Londres como el parlamentario que más ha hecho internacionalmente
por el medio ambiente. Es un convertido del anglicanismo y, en una
entrevista que le hicieron en Madrid, en diciembre de 2001, cuando
asistió al Congreso de Madrid “Camino a Roma”, dijo que los
políticos católicos parecen pensar que deben dejar su fe en casa,
cuando van a hacer política. Él es un gran político y un gran
católico.
En los últimos años del siglo XX, ha habido un promedio de
12.000 anglicanos convertidos cada año en Inglaterra y muchos miles
más entre los episcopalianos (anglicanos de USA). En noviembre de
1992, la Iglesia de Inglaterra aceptó la ordenación sacerdotal de
mujeres. En los siguientes dos años, se pasaron a la Iglesia cuatro
obispos, entre ellos John Mulagada, obispo de Eluru en la India.
También se convirtieron varios cientos de pastores, un miembro de
la familia real, dos ministros de Estado y miles de laicos. A partir
de 2003, en que se aceptó la consagración episcopal de Gene
Robinson, reconocido homosexual norteamericano, que tiene su pareja,
se han incrementado las conversiones, sobre todo en USA.
En otros países, también se dan movimientos masivos de
conversiones. Concretamente, en Brasil, donde varios pastores y
teólogos protestantes se han convertido. Entre ellos, el bautista
Francisco de Almeida Araujo, que se convirtió con toda su familia y
ahora es diácono permanente en la diócesis de Anápolis. Alexandro
Ricardo de Lima, que era luterano; Alberto Martins, de las Asambleas
de Dios; Cleodon Amaral, que se ha ordenado sacerdote católico y
otros muchos más.
CONGRESOS CAMINO A ROMA
La Institución Miles Jesu (soldado de Jesús), fundada por el
sacerdote español Alfonso María Durán y que tiene su sede en USA,
está organizando Congresos internacionales de convertidos cada año
desde 1996. El 2000 hubo un Congreso en Roma, donde asistieron unos
700 convertidos. El 2003 hubo un Congreso nacional en Ávila
(España) el 11 y 12 de octubre, donde dieron testimonio Antonio
Carrera, ex-testigo de Jehová; Padre Paul Vota, ex-miembro de la
Nueva Era y hoy sacerdote; Aixa Maria Kaddur, ex-musulmana; Luis
Fernández, ex-pastor evangélico; Etsuro Sotoo, escultor japonés
continuador de Gaudí en las esculturas del Templo de la Sagrada
Familia de Barcelona, y otros.
En noviembre de ese mismo año tuvo lugar en Viena (Austria) el
VIII Congreso internacional. Entre los participantes estuvieron
presentes John Gummer, parlamentario británico; Linda Poindexter,
ex-sacerdote episcopal de USA; Crista Meres, escritora luterana;
Timoteo Aytar, ex-musulmán; David Rey, ex-bautista; Inge Thürkauf,
periodista luterana; Stefan Thiel, ex-pastor luterano y otros más,
en total unos quinientos.
En la reunión de Ávila, el fundador del movimiento Miles Jesu,
contó que en Ucrania se habían pasado a la Iglesia católica 40
parroquias ortodoxas y él mismo había recibido en su Institución,
ese año 2003, a tres sacerdotes ortodoxos convertidos.
El 2003, el Papa Juan Pablo II nombró obispo auxiliar de la
arquidiócesis de Westminster en Inglaterra a Alan Stephen,
ex-pastor anglicano convertido en 1994, ordenado sacerdote católico
en 1995, y que desde 2001 era vicario general de la arquidiócesis
de Westminster.
A LOS HERMANOS SEPARADOS
Quisiera hacerles algunas preguntas para que vayan pensando:
¿De qué iglesia es usted? Porque hay miles de iglesias
cristianas distintas y quisiera saber a cuál de ellas pertenece
usted. ¿Quién fundó su iglesia? ¿Y dónde estaba su iglesia en
el siglo X ó XII ó XIV? ¿Cuántos miembros tenía? ¿Podía usted
nombrarme uno solo de sus miembros más conocidos en esos siglos? Si
usted cree que su iglesia fue fundada por Jesucristo, ¿podía
demostrarme, como lo hace la Iglesia católica, que hay una
continuidad ininterrumpida desde los apóstoles hasta ustedes?
¿Tienen ustedes obispos y sacerdotes como los tenía la primitiva
Iglesia? ¿Sabía usted que hay verdades que no están escritas en
la Biblia? Lea el Evangelio de san Juan 20,30 ó 21,25. Cuando se
habla de algo que no está escrito en la Biblia, ¿cómo sabe usted
si es bueno o malo? Por ejemplo, sobre la eutanasia, la clonación,
los anticonceptivos, el aborto por violación de la madre o porque
va a nacer el niño enfermo... ¿Quién es la máxima autoridad de
su iglesia? ¿Quién lo ha nombrado? ¿Por qué se deja enseñar por
su pastor o por otras personas, si usted cree que cada uno puede
interpretar la Biblia por su cuenta con la luz del Espíritu Santo?
¿Qué haría usted, si no está de acuerdo con su pastor en la
interpretación de una verdad importante de la Biblia? ¿Fundaría
otra iglesia? ¿Se iría a otra? ¿Viviría simplemente a su manera
sin pertenecer a ninguna iglesia? ¿Dónde dice la Biblia que para
salvarse hay que aceptar a Jesús como Salvador personal? Usted
niega la autoridad del Papa, pero en su iglesia ¿quién tiene la
autoridad para decidir la auténtica interpretación de la Biblia?
¿La mayoría de votos?, ¿el pastor? Si no hay una autoridad
exterior a la Biblia, ésta se convierte en un libro de confusión y
de división. ¿Acaso cree usted que ninguna iglesia tiene la verdad
completa? ¿Es que la verdad no es una sola? ¿Acaso vale lo mismo
creer en la verdad a medias o sólo en parte? En su iglesia ¿ha
habido grandes santos, entregados totalmente al servicio de Dios
como los hay tantos y tan grandes en la Iglesia católica hasta
nuestro días? ¿Cuáles son esos santos de su iglesia? En la
Iglesia católica hay cerca de dos millones de consagrados a Dios en
castidad perpetua, siguiendo el consejo de Jesús (Mt 19,10-12;
19,29-30) y de san Pablo (1 Co 7,32-40). ¿Cuántos célibes
consagrados hay en su iglesia? ¿Acaso ustedes se creen salvados por
el sólo hecho de haber aceptado a Cristo como Salvador? Dice san
Pablo: “Los que una vez iluminados, gustaron del don celestial y
fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, gustando la Palabra y
los prodigios del siglo venidero, y cayeron en apostasía, es
imposible que sean renovados otra vez a penitencia” (Heb 6,3-6).
“Así, pues, el que cree esta en pie, cuide no caiga” (1 Co 10,
12 ). ¿Por qué dice usted que la palabra rosario o purgatorio no
están en la Biblia? ¿Acaso debe estar escrito todo lo que yo debo
hacer o evitar? ¿Debe hablar la Biblia de fútbol para que yo pueda
jugar al fútbol? ¿Dónde prohíbe rezar el rosario? ¿Dónde
prohíbe tomar té o bebidas alcohólicas? ¿Conoce usted lo que
enseña la Iglesia católica sobre las verdades de fe?
¿Acepta Ud. lo que dice Lutero: “Sé pecador y peca
fuertemente, pero confía con más fuerza todavía y alégrate en
Cristo”?.
¿Cree que Lutero era un profeta de Dios? ¿Por qué no sigue sus
enseñanzas en cuanto a la Virgen María, o la Eucaristía, que son
como las católicas?
Le recomiendo leer los escritos de Lutero y compararlos con los
de los Padres de la primitiva Iglesia para conocer la diferencia y
ver lo que creían aquellos primeros cristianos. Y verá que los
primeros cristianos creían lo mismo que los católicos actuales,
porque la Iglesia, fundada por Cristo, es una sola y la verdad es
una sola y no cambia. Por eso, la verdad revelada por Cristo está
en su totalidad en la Iglesia. Si amas a Jesucristo, el hombre-Dios,
Jesús de Nazaret, ámalo totalmente. Él te espera en la
Eucaristía como un amigo. Y quiere que recites con nosotros el
Credo o símbolo de los apóstoles.
EL CREDO
El símbolo de los apóstoles o Credo de los apóstoles se llama
así, porque resume fielmente la fe de los apóstoles. Es el antiguo
símbolo o credo bautismal de la Iglesia de Roma, que fue fundada
por san Pedro. San Ambrosio dice sobre él que “es el símbolo que
guarda la Iglesia romana, la que fue sede de Pedro, el primero de
los apóstoles y a la cual él llevó la doctrina común” (san
Ambrosio, symb 7).
Este símbolo o credo, llamado también “primer catecismo
romano”, fue estructurado en el siglo II, sobre una base que
existía desde tiempos apostólicos, y se extendió rápidamente por
todo el Occidente. En su primera redacción, transmitida por san
Hipólito en su Tradición apostólica (año 215) decía así:
Creo en Dios, Padre todopoderoso y en Jesucristo, Hijo de Dios,
que nació del Espíritu Santo y de la Virgen María, fue
crucificado bajo Poncio Pilato, muerto y sepultado, resucitó al
tercer día, subió a los cielos, está sentado a la derecha del
Padre, vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el
Espíritu Santo, en la santa Iglesia y en la resurrección de la
carne.
Pero en vista de algunas herejías, se añadió Creo en la
comunión de los santos (algunos negaban la veneración a los
santos), el perdón de los pecados (negaban la potestad de perdonar
los pecados) y añadieron la palabra católica. De modo que, en el
siglo VI, existía ya el Credo tal y como lo recitamos actualmente
en todas las iglesias del mundo y como lo aprenden de memoria todos
los niños católicos desde la infancia. Así nos lo transmitió san
Cesáreo de Arlés en el Sermón. Y dice así:
Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la
tierra. Creo en Jesucristo su único hijo, Nuestro Señor, que fue
concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa
María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue
crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al
tercer día resucitó entre los muertos, subió a los cielos y está
sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de
venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu
Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el
perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida
eterna. Amén.
¿Puedes tú recitar el Credo apostólico con nosotros? ¿Puedes
decir con nosotros “Creo en la Iglesia, que es una, santa,
católica y apostólica”, como lo afirma el concilio de Nicea del
año 325 y el concilio de Constantinopla del año 391?
MI EXPERIENCIA
A lo largo de mis años de sacerdote y misionero en el Perú, he
podido relacionarme con hermanos separados. En muchos casos, he
visto hombres buenos con deseo de amar a Dios y buscar la verdad en
lo que dice la Biblia. He apreciado su espíritu apostólico para
compartir su fe y las bonitas canciones que cantan en sus iglesias.
Pero he podido también darme cuenta del gran vacío que hay en sus
iglesias, que son salones de cine o carpas o salones llenos de
sillas; pero donde falta el sentido de lugar sagrado. Además, sólo
se abren cuando hay culto.
Por otra parte, con frecuencia, les falta caridad en su trato con
los católicos. Cuando se convierten, rompen todas las imágenes de
su casa, sin respetar los derechos y creencias de sus familias. Son
insistentes en decir que esto o lo otro no está en la Biblia, pero
no se cuestionan, como hemos visto en las páginas anteriores, que
los principios de la sola Escritura o la sola fe son principios que
no están en la Biblia. Además, muchas iglesias creen en cosas que
no están claras en la Biblia y que las han recibido por tradición
de sus propias iglesias desde sus fundadores. Algunos creen que “una
vez salvado, salvado para siempre”, o la predestinación o la
necesidad de la Biblia para salvarse. Hablan de que la salvación
viene por la sola fe y no por las obras, pero exigen, después,
oración, ayuno, ofrendas y diezmos o predicar su fe, como si no
fueran obras buenas. En algunos casos, usan mantos sagrados para
curar o las manos “sagradas” del pastor o la oración “sagrada”
del predicador. Con frecuencia, se nota en muchas iglesias el afán
del dinero y se predica con insistencia sobre dar ofrendas y
diezmos. En muchos telepredicadores se aprecia mucha exageración en
sus gestos y en su doctrina. Falta en sus reuniones esa majestad y
belleza de la liturgia, el silencio en la oración, que es tan
importante para comunicarnos con Dios, y, sobre todo, falta
seguridad en su fe. Pareciera que los predicadores fueran dueños de
la verdad, cuando hablan con tanta seguridad de temas, muchas veces,
controvertidos en sus mismas iglesias. Insisten mucho en que la
enfermedad no es querida por Dios, rechazando así el valor inmenso
del sufrimiento ofrecido a Dios con amor. Por supuesto que hay que
orar por la salud, pero si no se sanan, no necesariamente es por
falta de fe.
En una palabra, quisiera decirles a todos mis hermanos separados
que busquen tener más amor a los demás. Porque “ya podría
conocer todos los secretos y todo el saber (y la Biblia entera), ya
podría tener una fe como para mover montañas, si no tengo amor, no
soy nada y no valgo nada” (1 Co 13,2).
MI EXPERIENCIA
A lo largo de mis años de sacerdote y misionero en el Perú, he
podido relacionarme con hermanos separados. En muchos casos, he
visto hombres buenos con deseo de amar a Dios y buscar la verdad en
lo que dice la Biblia. He apreciado su espíritu apostólico para
compartir su fe y las bonitas canciones que cantan en sus iglesias.
Pero he podido también darme cuenta del gran vacío que hay en sus
iglesias, que son salones de cine o carpas o salones llenos de
sillas; pero donde falta el sentido de lugar sagrado. Además, sólo
se abren cuando hay culto.
Por otra parte, con frecuencia, les falta caridad en su trato con
los católicos. Cuando se convierten, rompen todas las imágenes de
su casa, sin respetar los derechos y creencias de sus familias. Son
insistentes en decir que esto o lo otro no está en la Biblia, pero
no se cuestionan, como hemos visto en las páginas anteriores, que
los principios de la sola Escritura o la sola fe son principios que
no están en la Biblia. Además, muchas iglesias creen en cosas que
no están claras en la Biblia y que las han recibido por tradición
de sus propias iglesias desde sus fundadores. Algunos creen que “una
vez salvado, salvado para siempre”, o la predestinación o la
necesidad de la Biblia para salvarse. Hablan de que la salvación
viene por la sola fe y no por las obras, pero exigen, después,
oración, ayuno, ofrendas y diezmos o predicar su fe, como si no
fueran obras buenas. En algunos casos, usan mantos sagrados para
curar o las manos “sagradas” del pastor o la oración “sagrada”
del predicador. Con frecuencia, se nota en muchas iglesias el afán
del dinero y se predica con insistencia sobre dar ofrendas y
diezmos. En muchos telepredicadores se aprecia mucha exageración en
sus gestos y en su doctrina. Falta en sus reuniones esa majestad y
belleza de la liturgia, el silencio en la oración, que es tan
importante para comunicarnos con Dios, y, sobre todo, falta
seguridad en su fe. Pareciera que los predicadores fueran dueños de
la verdad, cuando hablan con tanta seguridad de temas, muchas veces,
controvertidos en sus mismas iglesias. Insisten mucho en que la
enfermedad no es querida por Dios, rechazando así el valor inmenso
del sufrimiento ofrecido a Dios con amor. Por supuesto que hay que
orar por la salud, pero si no se sanan, no necesariamente es por
falta de fe.
En una palabra, quisiera decirles a todos mis hermanos separados
que busquen tener más amor a los demás. Porque “ya podría
conocer todos los secretos y todo el saber (y la Biblia entera), ya
podría tener una fe como para mover montañas, si no tengo amor, no
soy nada y no valgo nada” (1 Co 13,2).
Si aman a Jesús de verdad, búsquenlo en la Eucaristía de las
iglesias católicas y lo encontrarán junto a María su madre y
nuestra Madre. Amén.
“El mayor tesoro de la Iglesia es Jesús Eucaristía”
CONVERTIDOS, QUE MARCAN EL CAMINO
Se ha dicho, frecuentemente, que todos los convertidos son “molestos”,
porque toman la fe con tal fuerza que, a los católicos comunes, les
parecen un poco fanáticos. Pero es que, cuando uno se enamora de
Cristo, no puede menos de sentir un fuego interior que lo lleva a
compartirlo con todos los que le rodean. Incluso, hasta entregar su
vida totalmente a su servicio. Algunos de estos convertidos desde el
primer momento de su conversión intuyeron por una gracia especial
de Dios que la Iglesia católica era la Iglesia fundada por
Jesucristo.
Veamos tres ejemplos significativos, dos judíos y un ateo.
ALFONSO DE RATISBONA
Era un hombre rico, hijo de un banquero judío, y totalmente
descreído, pero el día 20 de enero de 1842, entró por curiosidad
en la iglesia de san Andrés delle Fratte, de Roma. Allí se le
apareció la Virgen María y, en un instante, cambió totalmente su
vida, hasta el punto de dejar a su novia, con quien se iba a casar
en poco tiempo, y hacerse sacerdote, llegando a ser un santo: san
Alfonso de Ratisbona.
Él cuenta cómo conoció intuitivamente las verdades de la fe
católica. Dice así:
“Todo lo que sé es que, al entrar en la iglesia, ignoraba
todo; que saliendo de ella, veía claro. No puedo explicar ese
cambio, sino comparándolo a un hombre a quien se despertara
súbitamente de un profundo sueño; o por analogía, con un ciego de
nacimiento que, de golpe, viera la luz del día; ve, pero no puede
definir la luz que le ilumina y en cuyo ámbito contempla los
objetos de su admiración. Si no se puede explicar la luz física
¿cómo podría explicarse la luz que, en el fondo, es la verdad
misma? Creo permanecer en la verdad, diciendo que yo no tenía
ciencia alguna de la letra, pero entreveía el sentido y el
espíritu de los dogmas. Sentía, más que veía, esas cosas; y las
sentía por los efectos inexpresables que produjeron en mí. Todo
ocurría en mi interior; y esas impresiones, mil veces más rápidas
que el pensamiento, no habían tan sólo conmocionado mi alma, sino
que la habían como vuelto al revés, dirigiéndola en otro sentido,
hacia otro fin y hacia una nueva vida. A partir de ese momento, mis
prevenciones contra el cristianismo se borraron sin dejar rastro, lo
mismo que los prejuicios de mi infancia. El amor de Dios ocupaba el
lugar de cualquier otro amor”.
EUGENIO ZOLLI
Fue gran rabino, jefe de la Sinagoga de Roma. Cuando se
convirtió a católico, se dedicó a dar clases en la Universidad
gregoriana de Roma, y a todos sus alumnos les decía: “Vosotros,
que habéis nacido en la religión católica, no sois conscientes de
la riqueza que habéis recibido desde la infancia por la fe y la
gracia de Cristo; pero yo, que he llegado a la fe después de un
largo trabajo de años y años, aprecio la grandeza del don de la fe
y siento toda la alegría de ser cristiano católico”.
Cuando le preguntaron algunos por qué no se había hecho
protestante, respondió: “Protestar no es testimoniar. ¿Para qué
han esperado 1500 años para protestar? La Iglesia católica fue
reconocida por el mundo cristiano como la verdadera Iglesia durante
quince siglos seguidos. Después de estos quince siglos nadie puede
decir que la Iglesia católica no es la Iglesia de Cristo sin
plantearse serios problemas. Yo admito la autenticidad de una sola
Iglesia, aquella que fue anunciada a todos por mis propios
antepasados, los doce apóstoles, que, como yo, han salido de la
sinagoga”.
Y defendió el primado del Papa en un libro titulado La
confesión y el drama de Pedro, que dejó inconcluso a su muerte.
Aprendamos de él a amar a Jesús hasta las últimas consecuencias y
dejarlo todo por él.
ANDRÉ FROSSARD
Era periodista y llegó a ser el escritor católico francés más
grande del siglo XX, miembro de la Academia francesa. Se convirtió
el 8 de julio de 1935, cuando tenía 20 años. Cuenta en su libro
Dios existe, yo me encontré, el momento clave de su conversión,
cuando era un “perfecto ateo”, que ni siquiera se planteaba la
existencia de Dios, como no se planteaba la existencia de caperucita
roja o de los siete enanitos. Él dice que su experiencia de Dios lo
llevó instantáneamente, no sólo a la Iglesia católica, sino a
conocer intuitivamente las verdades que la Iglesia ha enseñado
durante siglos; especialmente, la presencia real de Jesús en la
Eucaristía, pues desde la custodia, donde se adoraba la hostia
consagrada, recibió la oleada de amor y de luz que cambiaría para
siempre su vida. Por eso, creía, sin lugar a dudas, que la Iglesia
verdadera, la auténtica, fundada por Cristo, es la Iglesia
católica.
Dice así: “Entré por casualidad en una capilla de Paris… y
salí católico algunos minutos más tarde. Algunos cartesianos se
han permitido sugerir que yo habría quizás salido protestante de
un templo (protestante) o musulmán de una mezquita. ¿Puede
concederse a un decorado tan grandes poderes mágicos? Todo lo que
puedo decir es que yo ha sido hecho católico aquel día; católico
de pies a cabeza, católico sin ningún género de dudas y no
protestante o musulmán, ni judío. Quedé tan sorprendido de verme
cambiado en jirafa a la salida de un zoo”.
“Después de mi conversión, me di cuenta de que hacía mucho
tiempo la Iglesia había plasmado en fórmulas lo que se me había
revelado de otra manera. Los sacerdotes no habían pasado por la
misma experiencia; sin embrago, sabían e, incluso, tenían todavía
mucho que enseñarme”.
“Yo no vi a Dios, pero vi su luz… una luz de verdad, una luz
enseñante que, al iluminar, informa y que, en un instante, enseña
más sobre la religión cristiana que diez libros de doctrina… La
verdad cristiana es la misma, tanto si te llega como un rayo de sol
espiritual como por el canal de la fe transmitida por la tradición.
La coincidencia es absoluta y perfecta… Creo que este argumento
aboga con fuerza por la veracidad de la enseñanza cristiana
(católica). Siento que haya sido utilizado tan pocas veces”.
“Al salir de la capilla de la calle Ulm, sabía cuatro cosas, o
mejor dicho, veía cuatro cosas evidentes que todavía me asombran:
hay otro mundo; Dios es una persona; estamos salvados y,
paradójicamente, estamos por salvar; la Iglesia (católica) es de
institución divina… La Iglesia es de institución divina, porque
es Dios quien le confía las almas y no al contrario… Yo no le he
dado mi adhesión; he sido conducido a ella como un niño a quien se
lleva a la escuela cogido de la mano, o llevado a su familia, a
quien él no conocía. Esta sensación de connivencia entre la
Iglesia y lo divino ha sido tan fuerte, que siempre me retuvo, no de
evaluar los errores cometidos en cada siglo por la gente de Iglesia,
sino de tomar la parte por el todo… Su santidad invisible me
impresiona, sus debilidades e imperfecciones de aquí abajo me
tranquilizan, y me la hacen más próxima. Sucede que tampoco yo soy
perfecto”.
El conoció instantánea e intuitivamente, por revelación de
Dios, las verdades de la fe católica, sobre todo, de la Eucaristía
y, por eso, amó y vivió nuestra fe hasta las últimas
consecuencias. Y dice:
“¡Dios mío! Entro en tus iglesias desiertas, veo a lo lejos
vacilar en la penumbra la lamparilla roja de tus sagrarios y
recuerdo mi alegría. ¡Cómo podría olvidarlo! ¿Cómo echar en
olvido el día en que se ha descubierto el amor desconocido por el
que se ama y se respira; donde se ha aprendido que el hombre no
está solo, que una invisible presencia le atraviesa, le rodea y le
espera: que, más allá de los sentidos y de la imaginación, existe
otro mundo, al lado del cual el universo material, por hermoso que
sea, no es más que vapor incierto y, reflejo lejano de la belleza
de quien lo ha creado? Y no hablo de él por hipótesis, por
razonamiento o de oídas. Hablo por experiencia”.
CONCLUSIÓN
Después de haber visto algunos de los muchos testimonios que
podríamos presentar sobre cristianos convertidos a la fe católica,
vemos algunas constantes que se repiten. Todos han descubierto en la
presencia real de Jesús en la Eucaristía el mayor tesoro de la
Iglesia y, por eso, se enamoran de Jesús Eucaristía hasta el punto
de ir a misa y comulgar con la mayor frecuencia posible. Otro
descubrimiento grande es el de María, como Madre nuestra e
intercesora ante su hijo Jesús. Quizás el amar a María y rezar el
rosario les resulta difícil al principio a casi todos los
convertidos; pero, una vez que han aceptado a Jesús Eucaristía
dentro de la Iglesia, poco a poco, aceptan a María y llegan a
enamorarse también de la Madre de Jesús y la reconocen como Madre.
El descubrimiento de que todas las verdades de la fe católica
las creían también los cristianos de los primeros siglos, les da
mucha seguridad. Esa seguridad falta siempre en las iglesias nacidas
de la Reforma protestante.
En algunos casos, como en el de Malcolm Muggeridge, la firme
postura de la Iglesia católica en cuanto a la contracepción, lo
decidió a ser católico. Ciertamente, hasta 1930, todas las
iglesias protestantes rechazaban los anticonceptivos y, a partir de
esa fecha, los aceptaron, basándose por supuesto en la Biblia. En
algunas iglesias, hasta aceptan el aborto, en ciertas
circunstancias, y dan su aporte para apoyar campañas abortivas. En
otras iglesias, se acepta el matrimonio de homosexuales, la
ordenación sacerdotal de mujeres o el divorcio.
En algunos casos, fue decisivo el conocer la fe católica,
asistiendo a misa, invitados por algún amigo católico, o ir unos
días a alguna abadía para ver cómo viven y oran los monjes.
También les ha sido muy útil el conocer testimonios de otros
convertidos y relacionarse con ellos.
Al convertirse, todos hablan de un sentimiento de felicidad por
haber regresado “a casa”. Algunos hablan de pasar el Tiber (río
de Roma), como si dijeran que han llegado a Roma, a la Iglesia, que
tiene su centro en Roma. Todos tienen el sentimiento de que estaban
extraviados y vuelven al hogar.
Muchos de estos cristianos tenían fuertes sentimientos
anticatólicos, porque les habían enseñado que los católicos no
son cristianos bíblicos y tienen creencias paganas. Pero, al
estudiar detenidamente la Biblia, descubrieron que la Biblia los
llevaba directamente a la Iglesia católica. Sobre todo, les ha
llamado la atención el haber sido “engañados”, pues, al
estudiar la historia de la Iglesia, se han dado cuenta de que esas
creencias, supuestamente paganas, las creían también los
cristianos de los tres primeros siglos; pues ellos tenían
imágenes, amaban a María y creían en Jesús Eucaristía. Por eso,
como decía Henry Newman, el gran convertido del anglicanismo: El
protestante, que estudia la historia de la Iglesia, deja de ser
protestante.
Invito a todos los católicos a profundizar su fe y vivirla en
plenitud, a sentirse felices de ser católicos y a compartir su fe
con los que no la tienen. A todos los no católicos les deseo que
estudien la Biblia y la historia de la Iglesia con sinceridad y
profundidad para descubrir en ella, la plenitud de la verdad y no
sus ideas con su interpretación personal de la misma.
En la Iglesia hay UNIDAD y universalidad. Hay autoridad a través
del Papa y los obispos, que vienen en continuidad ininterrumpida
desde Cristo y los apóstoles y, sobre todo, hay miles y miles de
ejemplos de santidad. Solamente el Papa Juan Pablo II ha hecho
beatos a más de 1.350, y santos a más de 485. En estos últimos
años, después del concilio Vaticano II, se han fundado más de 350
congregaciones religiosas de derecho pontificio. Lo cual nos habla
de que la Iglesia católica está más viva que nunca y que, a pesar
de los errores y pecados de algunos, que siempre los habrá, la
Iglesia fundada por Cristo sigue en pie, fundada en la Roca de
Pedro.
Por eso, a todos los no católicos, que se convierten, y a los
ex-católicos que regresan les decimos: Bienvenidos a casa, Cristo
los espera.
Que Dios los bendiga por María. Su hermano para siempre. Ángel
Peña O.A.R. Parroquia La Caridad Pueblo Libre – Lima – Perú
Tlf. 461-5894
“Donde está Jesucristo Allí está la Iglesia católica“
(San Ignacio de Antioquía, Carta a los de Esmirna 8,1)
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Señor, una fe, Ed Fax, Madrid. Whitehead Kenneth, One holy,
catholic, apostolic.
Nota.- Se pueden ver otras muchas historias de convertidos en
www.chnetwork.org/converts.htm
Apenas habrá en USA cien personas que odien a la Iglesia
católica, pero hay millones que odian lo que erróneamente suponen
que es la Iglesia católica. (Cardenal Fulton Sheen)
Para conocer la fe católica pueden dirigirse a:
http://ar.geocities.com/magisterioiglesia/pa/escritos_padres.html
(sobre escritos de los Santos Padres).
www.aciprensa.com www.apologetica.org www.basilicapress.com
www.catholic.com www.catholicexchange.com www.catholicfamilies.org
www.CatholiCity.com www.catolicos.org www.chnetwork.org www.cuf.org
www.electriciti.com/~answers www.encuentra.org www.envoymagazine.com
www.esglesia.org www.ewtn.com
www.iclnet.org/resourses/christian-history.html www.ignatius.com
www.io-online.com/james/index.htm www.minutodedios.org www.osv.com
www.riialp.org www.secondexodus.com www.sophiainstitute.com
www.vatican.org www.vatican.va www.vidahumana.org www.zenit.org