LUCES Y SOMBRAS DE LA IGLESIA
Nihil Obstat P. Agustín Lira Chiok Vicario Provincial del Perú
Agustino Recoleto
Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca
(Perú)
P. Ángel Peña O.A.R. LIMA – PERU 2006 ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN
La Inquisición: Inquisición medieval, Inquisición moderna. a)
Inquisición portuguesa. b) Inquisición romana: (Jerónimo
Savanarola, Giordano Bruno, Galileo). c) Inquisición española La
quema de brujas. Reflexiones sobre la Inquisición.
Las cruzadas La esclavitud Evangelización de América
¿Intolerancia católica? La pena de muerte Pío XII, los nazis y
los judíos. Los tesoros del Vaticano. Escándalos de la Iglesia.
Desprestigiar a la Iglesia. Petición de perdón. La Iglesia
católica.
Reflexión final. CONCLUSIÓN BIBLIOGRAFÍA
LUCES Y SOMBRAS DE LA IGLESIA
INTRODUCCIÓN
Este libro quiere ser una respuesta a algunos temas polémicos,
que siempre suelen sacarse a la luz, cuando se quiere denigrar a la
Iglesia por sus errores del pasado. Evidentemente, los hombres de la
Iglesia, a lo largo de su historia bimilenaria, han cometido errores
y pecados, pero éstos, sin querer justificarlos, hay que
comprenderlos dentro del contexto de su época y de la mentalidad de
aquellos tiempos, para no magnificar las cosas y no acusar a la
Iglesia de sanguinaria, oscurantista, retrógrada o cosas parecidas.
La Iglesia, ha dicho alguien, es sancta et meretrix, santa y
pecadora. Está compuesta de personas humanas con sus deficiencias.
Incluso, ha habido Papas pecadores; pero, a pesar de las sombras del
pasado, su luz sigue brillando como nunca y sigue iluminando las
sendas del mundo con los rayos de la sabiduría y de la verdad. La
Iglesia católica es la Iglesia fundada por Cristo, y Él prometió
que nunca será destruida por las fuerzas del mal (Mt 16, 18). Ha
pasado muchos momentos difíciles, en los que parecía que iba a
sucumbir ante el crecimiento de las herejías o ante el poder de los
reyes o ante la creciente incredulidad de los fieles. Pero siempre
ha salido a flote y siempre estará presente en el mundo para
guiarlo por el camino de la paz y de la verdad.
Este escrito quiere ser una pequeña aportación para conocer
mejor a nuestra Iglesia católica y amarla como se ama a una Madre,
con todos sus defectos y virtudes, y saber defenderla de aquellos
que la ofenden y quisieran su desaparición. La Iglesia, con sus
luces y sombras, con sus santos y pecadores, es la Iglesia de
Cristo.
Ojalá que todos los católicos estén plenamente convencidos de
la verdad de nuestra fe y sepan compartirla con los demás como
buenos misioneros del reino de Dios. Les dedico este libro a todos
los que buscan la verdad con sinceridad.
1.- LA INQUISICIÓN
El tema de la Inquisición es un tema recurrente, cuando se
quiere manchar el prestigio de la Iglesia. Se habla de que la
Iglesia católica ha sido intolerante y sanguinaria, matando a miles
de personas por el único pecado de no tener la misma fe. Se habla
de las torturas y de las hogueras de la Inquisición y se inflan los
datos y se inventan tormentos, que sólo existieron en la
imaginación de sus enemigos. Hay, ciertamente, una leyenda negra
que trata de presentarnos a la Iglesia como una institución
despiadada, donde los sacerdotes mataban sin compasión a los
herejes y a las brujas. Pero nada más lejos de la verdad.
Por eso, vamos a estudiar la historia en su verdadera dimensión
para que la verdad hable por sí misma. Para ello nos serviremos de
los últimos estudios sobre la Inquisición, dados a conocer a
través de las Actas del Simposio internacional sobre la
Inquisición, tenido en el Vaticano del 29 al 31 de octubre de 1998.
Estas Actas presentan los estudios de treinta especialistas de todo
el mundo, de distintas creencias, con investigaciones sacadas de los
archivos vaticanos de la Congregación del Santo Oficio (antigua
Inquisición) y de los archivos inquisitoriales españoles y
portugueses o de otros países. Estas Actas han sido publicadas para
conocimiento de todo el mundo el año 2003 por la Editorial
Vaticana. El profesor Agostino Borromeo, profesor de historia en
varias universidades, ha sido el encargado de editar esta obra, que
fue comenzada por iniciativa del Papa, que quería separar los mitos
y leyendas de la realidad. Ahora ya se conoce la historia, nadie
podrá decir, a partir de ahora, que no sabía, a no ser que acepte
ser un ignorante de la historia.
INQUISICIÓN MEDIEVAL
Los herejes cátaros o albigenses eran considerados enemigos del
Estado y de la Iglesia, como si fueran criminales públicos o
terroristas, que se oponían al orden establecido. Decían que los
espíritus eran creados directamente por Dios, mientras que el mundo
y todo lo material había sido creado por el diablo. Cristo, según
ellos, no había podido ser hombre ni nacer de la Virgen María,
pues eso hubiera significado nacer pecador, pues la carne era creada
por el demonio. Los creyentes, para salvarse, debían ser puros (
cátaro significa puro) y debían vivir pobremente y renunciar al
mundo y a las relaciones sexuales que eran malas. Por eso,
rechazaban el matrimonio, pues el procrear era colaborar con
Satanás. Para ellos, era preferible fornicar, que tener relaciones
con la misma esposa. Además, invitaban al suicidio individual,
dejándose morir de hambre o asfixiarse, después de haber recibido
de los jefes de la secta lo que ellos llamaban consolamentum, o
dispensa de todos los pecados, para ir directamente al cielo. Según
ellos, no valía la pena vivir en esta tierra pecadora, obra del
diablo. Y ridiculizaban a los ricos y a los eclesiásticos, que
vivían con lujos y comodidades.
Pero el problema no quedaba en tener ideas diferentes. Apoyados
por algunos nobles, que se oponían a la Iglesia y al rey, empezaron
a destruir iglesias, matar sacerdotes y profanar objetos religiosos.
Incluso, mataron al delegado papal, Pedro de Castelnau en 1203. La
predicación pacífica para convertirlos, llevada a cabo por el
obispo español Diego de Osma y de santo Domingo de Guzmán con
predicadores dominicos y cistercienses, que llevaban una vida pobre
y ejemplar, no dio muchos resultados. Por eso, el Papa Inocencio
III, en 1209, decretó una Cruzada contra ellos, que se habían
hecho fuertes en algunas ciudades del Languedoc (Francia) como
Narbonne, Toulouse, Carcassonne, Beziers y otras. Todos ellos fueron
vencidos por las armas, aunque los cruzados actuaron, en muchas
ocasiones, con crueldad.
Sin embargo, no desaparecieron y permanecieron muchos focos
organizados en diferentes lugares. Y, no solamente de cátaros, sino
también de valdenses, josefinos, patarinos, arnaldistas y otros
herejes. Los reyes eran despiadados con ellos, les confiscaban los
bienes, los metían en prisión, los privaban de cargos públicos e,
incluso, muchas veces, los llevaban a la hoguera.
Para evitar abusos y errores, en 1231, el Papa Gregorio IX
organizó la Inquisición. Nombró delegados papales como
inquisidores que visitaran los distintos lugares del sur de Francia
para que, en unión con los obispos locales, pudieran determinar con
imparcialidad quiénes eran realmente herejes y entregarlos a la
justicia civil. Primero, se les concedía un tiempo de gracia de
unos 30 ó 40 días para que pudieran presentarse espontáneamente.
Después, se pedía la colaboración de los ciudadanos para
denunciarlos y se les sometía a juicio. En 1252, el Papa Inocencio
IV, de acuerdo con las costumbres de la época, publicó la bula Ad
extirpanda, con la que aceptaba que se pudiera usar la tortura para
sacar la información a los reos como hacían los tribunales
civiles.
Al principio, no había normas claras y, para evitar abusos, el
Papa, en 1262, ordenó que, cuando había tortura, debían asistir
los inquisidores para controlar a los empleados civiles que la
ejecutaban. La tortura era solamente un medio para conseguir
información, no un castigo. De modo que, si el asunto era claro, no
había lugar para realizarla. No obstante, todas las informaciones,
conseguidas bajo el tormento, no podían ser tenidas por válidas
hasta que no se confirmaran por otros medios.
Además, había normas claras para que no hubiera derramamiento
de sangre ni mutilación como en los tribunales civiles. Y el tiempo
era limitado a una hora; mientras que en los tribunales civiles el
tiempo era ilimitado. En cuanto a este punto, digamos también que
los tribunales de la Inquisición no inventaron ningún tormento ni
instrumento nuevo. Asistía un médico para vigilar la salud del reo
y en todo eran mucho más benignos que los tribunales civiles.
Los inquisidores tenían como misión detectar a los herejes y
conseguir su reconciliación con la Iglesia y, sólo en caso de
contumacia, entregarlos a las autoridades civiles. Si los hubieran
entregado directamente a los tribunales civiles, hubieran estado
sujetos a muchos errores y abusos, y quizás a venganzas políticas,
sin tener la posibilidad de eximirse de los castigos con el
arrepentimiento.
Por otra parte, como dicen los especialistas: Hay que recalcar
que el empleo de la tortura, en esta época, es más bien rara y el
principal medio de coerción es la prisión. Y esto, porque el Papa
Clemente V había determinado en 1311 que los inquisidores no
podían imponer la tortura sin el consentimiento del obispo del
lugar, lo que la hacía más difícil. De ahí que es digno de
resaltar que en los fragmentos del proceso inquisitorial, que han
llegado hasta nosotros, las alusiones a la tortura sean raras. Hubo
abusos, pero, en general, se puede decir que se actuó con honradez
y ecuanimidad, pues los inquisidores eran personas honestas. Según
los especialistas: De los procesos que se van publicando y también
de biografías de inquisidores que van apareciendo, se puede
constatar que éstos eran, en general, personas con una formación
jurídica elevada y que sus actuaciones fueron muy mayoritariamente
conformes a derecho, aunque hubiese sin duda abusos. Muchos de estos
inquisidores escribieron tratados de derecho inquisitorial de primer
orden.
El derecho inquisitorial es un derecho privilegiado, como bien ha
escrito el profesor Enrique Gacto, ya que contiene sanciones más
benignas que las del derecho penal ordinario o secular, en el que el
delito de herejía es reprimido inapelablemente con la pena de
muerte. En cambio, el reo de herejía, rescatado por la
jurisdicción inquisitorial, tiene abierta una vía que le permite
escapar a esta sanción máxima y, en efecto, la evita, siempre que
confiese y manifieste su arrepentimiento de forma suficiente.
Y ¿cuántos murieron por la Inquisición medieval en el sur de
Francia? Según el registro del inquisidor Bernard Gui, la
Inquisición de Toulouse entre 1308 y 1323 envió a la muerte a 41
personas (de ellos 30 cátaros). No son, pues, miles y miles como
algunos alegremente hacen creer sin fundamento histórico.
En Inglaterra, donde nunca hubo Inquisición, en el siglo XIII,
los cátaros eran arrestados y marcados con fuego al rojo vivo y sus
casas destruidas y confiscados todos sus bienes como primera medida.
Y desaparecieron en pocos años.
Desde mediados del siglo XIV y durante el siglo XV, fueron muy
raras las condenas a muerte, pues el período álgido de la
Inquisición medieval fue el siglo XIII. Y, prácticamente, sólo
permaneció como Inquisición episcopal, dependiente de los obispos,
en Aragón y algunos puntos del sur de Francia.
¿Qué podemos decir de la Inquisición medieval? El gran
historiador peruano Rubén Vargas Ugarte dice: La Inquisición, como
todas las instituciones que han perdurado a través del tiempo,
nació de una necesidad social que hoy, tal vez, no somos capaces de
sentir, pero en los siglos XII y XIII no pudo menos de conmover a
las multitudes y atraer la atención del poder civil. La herejía...
incitó a las masas a rebelarse contra los poderes constituidos y,
especialmente, contra la Iglesia. La inquisición fue el fruto de la
reacción producida en los ánimos por el ataque lanzado contra la
fe y las costumbres tradicionales .
INQUISICIÓN MODERNA
La Inquisición medieval estaba prácticamente desaparecida,
cuando en el siglo XVI, con el problema de los judaizantes y
moriscos, falsos convertidos del judaísmo y del islam, comienzan a
presentarse nuevos problemas, acentuados con la propagación de
luteranismo en toda Europa. Por eso, se establecen las Inquisiciones
portuguesa, romana y española con el fin de controlar el desborde
de estos herejes o apóstatas, que ponen en peligro la unidad
nacional.
INQUISICIÓN PORTUGUESA
La Inquisición portuguesa fue creada en 1536. El Papa nombraba
al inquisidor general, presentado por el rey, y el inquisidor
general con su Consejo, nombraba a los demás inquisidores. En
Portugal había cuatro tribunales principales: Evora, Coimbra, Goa
para la India, y Lisboa para el sur del país y para Brasil. No se
conocen cifras exactas de sentenciados a muerte, aunque la mayoría
fueron falsos judíos convertidos. Prácticamente, esta
Inquisición, al igual que la española, actuaba con total
independencia. Por eso, no faltaron, de vez en cuando, algunos
conflictos con el Papa. Fue suprimida en 1822.
INQUISICIÓN ROMANA
En cuanto a la Inquisición romana, instituida en los Estados
Pontificios y otros lugares de Italia, comenzó oficialmente el 21
de julio de 1542 con la bula Licet ab initio del Papa Pablo III, con
la finalidad de atajar el avance del protestantismo en Italia. Se
constituyó un tribunal central de seis cardenales como inquisidores
generales, con la facultad de degradar a los clérigos herejes y con
la facultad de pedir la ayuda de las autoridades civiles para
imponer las sentencias. Al principio, se llamaba Santa, Romana y
Universal Inquisición. El 29 de junio de 1908 se le cambió el
nombre por Congregación del Santo Oficio hasta 1965, en que se le
dio el nombre actual de Congregación para la Doctrina de la fe.
Uno de los puntos importantes de esta Inquisición fue la censura
de libros, que se había establecido poco después de la
implantación de la imprenta. Ya en 1544 la universidad de París
había establecido el primer Índice de libros prohibidos. La
universidad de Lovaina lo hizo en 1546. Después, las Inquisiciones
de España y Portugal establecieron sus propios Índices. En ellos,
generalmente, se establecía la prohibición de imprimir, vender y
difundir libros prohibidos bajo penas pecuniarias y pérdida de
privilegios. Normalmente, se prohibieron los libros de herejes y de
otros que incluían citas heréticas. Se prohibió la impresión de
libros espirituales de dudosa espiritualidad e, incluso, de Biblias
que no tuvieran buena traducción. No se prohibieron los libros
científicos.
El primer Índice de la Inquisición romana es de 1548. El
concilio de Trento preparó un nuevo Índice parecido al anterior.
Pío V instituyó expresamente una Congregación romana que se
encargara del Índice en 1571. Esta Congregación fue suprimida por
Benedicto XV, al publicarse el código canónico de 1917, y sus
atribuciones pasaron a la Congregación del Santo Oficio. La última
edición de libros prohibidos fue en 1948 y estuvo en vigor hasta
1966.
La Inquisición romana tenía jurisdicción en los tribunales de
los Estados Pontificios, en la República de Génova, República de
Venecia, reino de Nápoles y en los ducados de Mantova, Módena,
Parma, Saboya y Toscana; en el Estado de Milán y en las ciudades de
Besançon, Carcassonne, y Toulouse en el sur de Francia; uno en
Malta y otro en Colonia, en Alemania.
Los archivos del Santo Oficio, que recogen toda la documentación
relativa a estos tribunales, comprenden actualmente unos 4.500
documentos hasta 1903, aunque algunos se han perdido. En ellos, hay
procesos a falsos místicos y a seguidores del molinismo y
quietismo, que eran desviaciones de la fe católica. También hay
referencias a cuestiones de magia, brujería y, por supuesto, a
herejes protestantes. El único caso en que se trató de un
científico es el caso de Galileo.
No se tienen cifras exactas de las sentencias de muerte en todas
las sedes que dependían de Roma. Según el especialista Andrea de
Col, en las tres sedes de las que hay datos fidedignos, que son
Roma, Venecia y Aquileia-Concordia, el total de los ejecutados
fueron 128. De ningún modo, miles y miles de que habla la leyenda
negra.
Según el especialista Adriano Garuti: La pena capital era
reservada al herético pertinaz, al reincidente. Contrariamente a lo
que se piensa frecuentemente, sólo un pequeño porcentaje de
procedimientos inquisitoriales se concluia con la condena a muerte .
El profesor Tedeshi afirma: Tengo la convicción de que las
futuras investigaciones demostrarán que la pena de muerte fue usada
con menor frecuencia y con más respeto por la dignidad humana en
los tribunales del santo Oficio (Inquisición) que en los civiles.
Decía el cardenal Joseph Ratzinger, futuro Papa Benedicto XVI:
Hace muy poco, un profesor italiano liberal, estuvo investigando en
unos cuantos procesos (en los archivos de la Inquisición), durante
algún tiempo, y él mismo declaró que le había defraudado
bastante. En vez de encontrar grandes luchas entre la conciencia (de
los reos) y el poder (de la Iglesia), que era lo que él buscaba, lo
que allí había eran procesos criminales ordinarios. Eso se debe a
que el tribunal de la Inquisición romana era bastante moderado. Los
mismos procesados por algún delito civil, añadían cualquier
factor religioso como brujería, profecía, etc., a su delito, para
que les enviaran ante el tribunal de la Inquisición.
Veamos ahora los tres casos más sonados y lamentables de la
Inquisición romana por ser personajes importantes.
Jerónimo Savonarola (1452-1498)
Era sacerdote dominico, prior del convento de san Marcos de
Florencia. Era muy rígido en moral y pedía que quemaran en la
hoguera a todos los que llevaban una vida libertina y eran gente de
malas costumbres. El 7 de febrero de 1497 organizó en la Plaza de
la Signoria una hoguera de las vanidades, en la que ardieron objetos
que simbolizaban los vicios: instrumentos musicales, imágenes,
joyas, naipes e, incluso, los libros de Boccacio y Petrarca por su
contenido impúdico. Savonarola era considerado como profeta por los
florentinos y ejerció una enorme influencia en la población con
sus ideales de pobreza y con prédicas contra la corrupción, el
lujo, el derroche y el afán de placeres de ricos y eclesiásticos
de su tiempo.
Pero fue muy imprudente en sus denuncias de los abusos que se
cometían. Profetizaba que Dios iba a mandar un salvador para
arreglar la situación de corrupción reinante y buscó la
intervención del rey de Francia, Carlos VIII, para invadir la
república de Florencia y reformar la Iglesia y las costumbres, pero
fue rechazado y se creó muchas antipatías ante la gente, que antes
lo seguía como a un profeta.
El Papa Alejandro VI tomó cartas en el asunto y el 7 de
noviembre de 1496 le ordenó incorporarse a la nueva provincia
dominica toscano-romana, pero desobedeció. Por eso, el 13 de mayo
de 1497, le llegó el decreto de excomunión, al que respondió,
reanudando sus prédicas y negando la validez del decreto de
excomunión. Pero en la misma Florencia, sus opositores asaltaron el
convento de san Marcos, donde se encontraba, y lo hicieron
prisionero. Fue condenado al patíbulo. Su cadáver quemado, y sus
cenizas echadas al río Arno. Murió con otros dos frailes,
seguidores suyos, el 23 de mayo de 1498. Sus libros fueron puestos
en el Índice, pero fueron rehabilitados por el Papa León XIII en
el siglo XIX.
Actualmente, ya no se le acusa de cismático o hereje por sus
escritos e, incluso, hay quienes dudan de que la bula de excomunión
fuera válida. No fue un santo ni un hereje, fue un imprudente y
desobediente, que, incluso, proyectaba un concilio que juzgase y
depusiese al Papa. Sin embargo, como en otros casos, se usó la
violencia para imponer la verdad y la obediencia, lo que realmente
es de lamentar.
Giordano Bruno (1548-1600)
Fue un hombre genial, pero contradictorio. Rechazaba todo
principio de autoridad. Irreverente hasta el punto de considerar a
los monjes como santos burros. Para él las religiones no eran más
que supersticiones útiles. A Jesús lo veía como una especie de
mago y la Eucaristía como una blasfemia. Creía en la
reencarnación y su filosofía personal era casi panteísta, pues
confundía a Dios con la naturaleza.
Viajó por toda Europa: Italia, Francia, Inglaterra y Alemania. Y
fue excomulgado por calvinistas y luteranos. A los luteranos los
consideraba la peste del mundo y deseaba su represión violenta y su
exterminio por parte de los Estados. Expulsado de todas partes,
regresó a Italia, donde fue arrestado en Venecia y llevado a Roma.
Tras ocho años de prisión, fue condenado por la Inquisición como
hereje contumaz, que no quería abjurar de sus errores. Murió en la
hoguera el 17 de febrero de 1600 a los 52 años de edad.
Con motivo del jubileo del año 2000, el cardenal Angelo Sodano,
secretario de Estado del Vaticano, en una carta enviada al Congreso
que, sobre este pensador, se celebró en la Facultad de Teología de
Italia meridional, en Nápoles, manifestaba su profundo pesar por la
condenación de Giordano Bruno..., que fue un triste episodio de la
historia cristiana moderna..., pues la verdad debe ser testimoniada
en el respeto absoluto de la conciencia y de la dignidad de cada
persona.
Galileo (1564-1642)
Con relación al famoso caso Galileo, la mayor parte de la gente
sólo conoce las cosas de oídas y, por falta de información,
muchos creen que fue condenado a la hoguera o poco menos. Pero
veamos cómo sucedieron las cosas en la realidad.
Copérnico (1473-1543) era un sacerdote polaco que tenía un
rudimentario observatorio en una torre de la catedral de Frauenburg.
Él fue el primero que afirmó que la tierra daba vueltas en torno
al sol (sistema copernicano) y no, como hasta entonces se afirmaba,
que era el sol el que daba vueltas alrededor de la tierra. Su obra
fundamental, Las revoluciones de los mundos celestes, publicada en
1543, estaba dedicada al Papa Pablo III y su obra tenía el
imprimatur (puede imprimirse) de un cardenal dominico. Hasta la
llegada de Galileo, se sucederán once Papas, que no sólo no
desaprobaron esta teoría heliocéntrica de Copérnico, sino que la
alentaron como una hipótesis.
La teoría de Copérnico se enseñaba en las universidades de la
Iglesia, al igual que la teoría de Tolomeo. Pero Galileo, que
seguía la opinión de Copérnico, la afirmaba con total seguridad,
como verdad absoluta. Y tenía expresiones de desprecio para quienes
no compartían su teoría. En sus cartas hay expresiones como
imbécil, con la cabeza llena de pájaros, apenas digno de ser
llamado hombre, alguien que se ha quedado en la niñez, una mancha
en el honor del género humano, etc. Por eso, cuando le pidieron
pruebas objetivas, sólo dio una, que era totalmente equivocada y lo
es todavía, la prueba de las mareas oceánicas. Decía que las
mareas eran provocadas por la sacudida de las aguas a causa del
movimiento de la tierra. Ahora sabemos que el flujo y reflujo del
agua del mar se debe a la atracción de la Luna. Al no dar pruebas
convincentes de su teoría y, según algunos de sus jueces, ir en
contra del texto bíblico de Josué 10, 12: Detente, sol en Gabón,
según el cual parece ser que el sol era el que daba vueltas
alrededor de la tierra, como siempre se había creído, fue
condenado el 22 de junio de 1633. ¿A qué fue condenado?
No fue condenado a muerte ni a prisión ni a ser torturado. Fue
obligado a no presentar su teoría como verdad absoluta sino como
hipótesis. El texto de la sentencia decía que era temporal donec
corrigatur, es decir, mientras no sea corregida la doctrina
propuesta como absoluta y se presente como hipótesis, pero él no
estuvo ni un día en prisión ni le pusieron un dedo encima. Sólo
tuvo arresto domiciliario y, muy pronto, se le levantó la
prohibición de alejarse de su villa. Sólo le quedó la obligación
de rezar una vez por semana los siete salmos penitenciales, que
sólo duró tres años. Según algunos, esta obligación la cumplió
por él su hija religiosa.
No perdió la estima y amistad de obispos y científicos, que
venían a su casa a visitarlo y siguió trabajando. Su principal
obra Discursos y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas
ciencias, la escribió después del proceso. Y murió a los 78 años
en su casa, siendo miembro de la Academia Pontificia de Ciencias. Al
final de sus días, pudo escribir: En todas mis obras no habrá
quien pueda encontrar la más mínima sombra de algo que recusar de
la piedad y reverencia a la santa Iglesia. La famosa frase que,
según algunos, dijo al ser sentenciado: Eppur si muove (Y, sin
embargo, se mueve), es una de tantas fábulas inventadas por los
anticatólicos. Esta frase fue inventada en Londres en 1757 por
Giussepe Baretti.
Sobre el caso Galileo, debemos decir, en primer lugar, que es un
caso único en la historia de la Iglesia, en que se haya condenado a
un científico. Por eso, hacer un mito del caso Galileo está fuera
de contexto. También hay que tener en cuenta que nunca fue
condenado por el Papa, sino por un tribunal eclesiástico (siete
jueces contra tres). No hubo, ni podía haber, una sentencia
infalible, porque el Papa sólo es infalible, cuando habla ex
cáthedra, es decir, con toda solemnidad para imponer una verdad de
fe y costumbres. El Papa no tiene autoridad sobre temas
científicos.
El error de los jueces del tribunal estuvo en interpretar
literalmente la Biblia y creer que el texto de Josué defendía el
sistema de Tolomeo. El error grave de Galileo fue querer imponer
como verdad absoluta algo que no podía probar. Por eso, la misma
sentencia le impone que enseñe su opinión como hipótesis, lo que
no era un error para aquellos tiempos. La primera prueba
experimental, indiscutible, de la rotación terrestre data de 1748,
un siglo después. Y, desde 1741, la teoría heliocéntrica había
sido reconocida oficialmente por el Santo Oficio.
Algunos científicos del siglo XXI podrían decir que Galileo
tampoco tenía razón, porque el sol también se mueve y no está
fijo como creía Galileo. El sol se mueve en torno al centro de la
galaxia y la galaxia en torno al centro de un conjunto de galaxias.
Todo el Universo se mueve.
Ahora bien, decir que la Iglesia, por este caso, va en contra de
la ciencia es ir demasiado lejos. De hecho, el primer gran
observatorio astronómico, el más antiguo del mundo, y que funciona
desde 1579, es el del Vaticano. Y las primeras universidades
europeas y americanas fueron fundadas por la Iglesia.
¿Qué hubiera pasado, si Galileo hubiera estado en territorio
protestante? El astrónomo protestante Kepler, por seguir su misma
opinión, fue expulsado del colegio teológico de Tubinga por sus
compañeros protestantes y tuvo que abandonar Alemania y refugiarse
en Praga. De allí recibió una invitación para enseñar en
territorio pontificio en la universidad de Bolonia.
Si hubiera vivido en Ginebra, probablemente, hubiera sido
decapitado; simplemente por ser concubino y no estar casado con su
esposa, como hacía Calvino con los concubinos.
Lutero mismo decía sobre el sistema copernicano: La gente le
presta oído a un astrólogo improvisado, que trata de demostrar en
cualquier modo que no gira el cielo, sino la tierra. Para ostentar
inteligencia, basta con inventar algo y darlo por cierto. Este
Copérnico, en su locura, quiere desmontar todos los principios de
la astronomía.
En resumen, podemos decir que hay que diferenciar bien los campos
de la fe y de la ciencia. Ambas se complementan y nos llevan a Dios.
No puede haber contradicción entre ellas. Si apareciera alguna
contradicción, algo anda mal en alguna de las dos partes. O no es
verdadera fe lo que se propone como tal, o no es verdadera ciencia.
La verdadera ciencia nos lleva a la fe, y la fe nos ayuda a
investigar las maravillas de Dios dentro de los límites de respeto
a los derechos humanos.
La lección que debemos aprender es que hay que evitar los
fundamentalismos al interpretar la Escritura de un modo literal,
pues, como decía el cardenal Baronio: La Biblia nos enseña cómo
se va al cielo y no cómo van los cielos, es decir, nos habla de
Dios y de cómo ser buenos para ir al cielo, pero no habla de
verdades matemáticas o científicas. Y la Iglesia sólo tiene
autoridad en cuestiones de fe y costumbres.
De todos modos, el Papa Juan Pablo II en 1981 nombró una
comisión de expertos para estudiar el tema de Galileo y sus
conclusiones se dieron a conocer el 31 de octubre de 1992. Galileo
no fue rehabilitado, porque no había nada de qué rehabilitarlo.
Simplemente, después de estudiar exhaustivamente el tema con los
documentos que se conservan en los archivos vaticanos, el Papa Juan
Pablo II reconoció el error de algunas autoridades de la Iglesia en
este caso.
c) INQUISICIÓN ESPAÑOLA
La Inquisición española fue fundada por el Papa Sixto IV en
1478, y dos años más tarde ya estaba definitivamente establecida.
En la bula de fundación se establecía, entre otras cosas, la
obligación de los reyes, de luchar contra los musulmanes, que
amenazaban Europa y estaban dentro de las fronteras españolas.
También era preocupante el problema de los falsos conversos judíos
o judaizantes, que seguían viviendo su fe y predicándola a otros.
Todo lo cual iba en contra de la unidad nacional. La Inquisición
nunca se entrometió con los judíos y musulmanes que vivían su fe,
sino con los que se habían convertido a la fe católica para
obtener ventajas sociales y no la practicaban. Además, hay que
tener en cuenta que los judíos eran mal vistos por la población,
debido a los altos intereses que imponían en sus préstamos. En
varias oportunidades, había habido linchamientos de judíos por
parte del pueblo. En cuanto a los moriscos o convertidos del islam,
que no vivían su nueva fe, eran un peligro constante, porque se
podían aliar con los piratas musulmanes, que asolaban las costas
españolas. Incluso, se rebelaron contra el Estado y hubo que
reprimirlos con las armas hasta que fueron expulsados.
Los judíos fueron expulsados en 1492; pero, mucho antes, habían
sido expulsados de otros países. En Inglaterra en 1290, en Alemania
en 1375, en Francia en 1394, en Portugal lo fueron en 1496 y así en
otros países. Muchos de estos judíos expulsados fueron recibidos
en los Estados pontificios, país que nunca los expulsó.
El tribunal de la Inquisición española era mitad civil y mitad
eclesiástico. El rey proponía al inquisidor general, que era
aprobado por el Papa, y el inquisidor general con su Consejo
(llamado la Suprema), nombraba a los demás inquisidores.
El primer inquisidor general de España, nombrado por el rey y
aprobado por el Papa, fue el famoso Torquemada, del que tanto se ha
hablado maliciosamente, en contra de la verdad. Según las
investigaciones actuales, era un hombre bueno, humano y austero.
Hizo más suaves los procedimientos. Se esforzó en todo lo posible
en evitar los errores y abusos cometidos por los primeros
inquisidores... Y no pueden ser tachadas de hipocresía las actas de
Torquemada en las que recomendaba justicia y misericordia, pues
estos documentos, destinados a ser estrictamente confidenciales,
permanecieron ignorados durante siglos.
No existe ningún documento fidedigno, donde pueda sustentarse
que fuera inhumano y cruel. El colaborador de los Reyes Católicos
era un observante fraile dominico. No era un fanático ni un
intransigente. Era un hombre recio y sano, exponente de una edad
eminentemente cristiana, donde todo el mundo creía y, por
consiguiente, donde no tenía vigencia la heterodoxia condenada por
todas las leyes civiles de aquella sociedad.
Sus detractores, que desean convertirlo en el símbolo del
fanatismo católico, lo han considerado como a un hombre piadoso y
tenebroso, de una piedad tenebrosa. Fue sin duda un hombre riguroso,
pero no un perseguidor implacable; un hombre ferviente, pero no
inhumano. Esto es lo que podemos deducir a través del solo examen
de sus instrucciones, que él mismo hizo publicar.
En esto, como en muchas otras cosas, la leyenda negra inventa y
calumnia sin piedad, pero la verdadera historia aclara la verdad.
El tribunal de la Inquisición no sólo veía el caso de herejía
y apostasía, también veía otras cosas para evitar el deterioro
moral como blasfemias, bigamia, supersticiones o prácticas
contrarias a la verdadera religión, brujería, hechicería o magia
negra, bestialismo, pecados homosexuales, idolatría..., pero de
este tribunal estaban exentos los indígenas americanos.
Con relación a los tribunales españoles, de España y América,
hay que decir que las prisiones eran más limpias y holgadas, y con
mejor trato que las civiles. A los que se condenaba a cadena
perpetua, sólo estaban como máximo unos ocho años. Cuando se
utilizaba la tortura, como ya hemos dicho, sin derramamiento de
sangre ni mutilaciones, debía estar presente un médico para
supervisar que no se pusiera en peligro la vida del reo. El tiempo
máximo de tortura era de una hora. Los reos tenían un abogado
defensor de oficio, para ayudarles en su defensa. Y, además, los
reos podían buscar a dos testigos de abono, para que hablaran en su
defensa.
Según el historiador inglés Henry Kamen: La humanidad y
benignidad de la Inquisición española contrasta agudamente con las
invariables ejecuciones de los acusados por los tribunales seglares.
Las historias espeluznantes de sadismo, imaginadas por los enemigos
de la Inquisición, sólo han existido en la leyenda.
Los herejes, dejados en manos del poder civil, hubieran llevado
muchísima peor parte, pues la intolerancia era la norma general y
hubiera habido más fácilmente venganzas y manipulaciones
políticas. Otra cosa importante es que la tortura de la
Inquisición española quedó abolida cien años antes de que fuera
abolida en los tribunales civiles de España y de otros países. De
este modo, la Inquisición dio los primeros pasos en este punto de
respeto de los derechos humanos.
En cuanto a la prohibición de libros heréticos o prohibidos por
ir en contra de las buenas costumbres, se ha satanizado también
mucho a la Inquisición y se ha dicho que era intolerante y que
reprimió el desarrollo cultural y científico español. Esto es una
gran mentira, pues el siglo XVI, el siglo de mayor actividad del
tribunal de la Inquisición, es el siglo de Oro de las letras y del
adelanto español. La Inquisición no centró la censura en obras
científicas, sino en obras de herejes o que contenían frases
heréticas. Como diría el profesor Julián Juderías: Los tres
siglos de Inquisición corresponden, precisamente, al período de
mayor actividad literaria y científica que tuvo España y la época
en que más influimos en el pensamiento europeo. Todo eso, que se
suele decir, de que nuestra intolerancia levantó una barrera entre
España y Europa, son cosas que ya no creen ni los niños de la
escuela.
Por otra parte, en aquellos tiempos, se consideraba tan
importante conservar la fe católica, para salvaguardar la unidad
nacional, que, de vez en cuando, se tenían autos de fe, que eran
fiestas religiosas en las que se hacía una gran manifestación de
fe. En ellas, desfilaban las máximas autoridades en procesión y
había una misa con sermón importante para enfervorizar al pueblo,
que asistía en masa, para autoafirmar la fe. También asistían los
condenados con sambenitos. La mayor parte de las veces, no había
condenados a muerte. Si ocurría esto, después de la ceremonia,
eran llevados a otro lugar, donde se los quemaba o se les daba
muerte por los empleados civiles, por no haber querido retractarse,
pues hasta el último momento tenían esta oportunidad. Según Henry
Kamen: Se celebraron centenares de autos de fe sin que encendiera
una gavilla.
Y ¿cuántos fueron muertos o quemados por la Inquisición
española? En los tres siglos y medio de existencia (1478-1834),
según los especialistas, aunque no hay cifras exactas, serían
entre 1.500 y 2.000. En la América española existían tres
tribunales de la Inquisición. En Lima (1569-1820) murieron 32; en
México (1571-1820), según unos, fueron 20 o, según otros, unos
30; en Cartagena de Indias (1610-1819) solamente 5 muertos.
Supongamos que fueran un total máximo de 2.000 los muertos por
la Inquisición española. De éstos, según Bernardino de Llorca,
solamente fueron sentenciados a muerte 220 protestantes.
Por eso, como dice el historiador peruano Fernando Ayllón: El
número de condenados a muerte por el tribunal de la Inquisición no
fue tan exagerado como decían sus detractores... En todo caso, el
número de condenados fue mucho menor que en los demás países
europeos en que las guerras religiosas y las quemas de brujas
multiplicaron por decenas, cuando no por miles de veces, esta cifra.
La leyenda negra contra el tribunal, conforme lo sostienen la
mayoría de los investigadores hoy en día, resulta por demás
insostenible.
En los Estados, en donde el protestantismo había calado
profundamente, no existía es verdad la Inquisición; pero, en su
defecto, existía algo peor: el capricho y la voluntad omnímoda de
los reyes y príncipes o de los jefes confesionales, como sucedía
en los cantones suizos... El mundo protestante fue mucho más cruel
e implacable en la persecución de quienes profesaban doctrinas
diferentes de las profesadas por ellos. En suma, las llamadas
crueldades de la Inquisición no eran ni pecado de la Inquisición
ni culpa de España, sino naturales consecuencias del criterio
dominante en asuntos procesales y penales. Por ello, podemos
terminar este epígrafe, diciendo que la Inquisición fue en todo
mejor que la fama que dejó de sí.
LA QUEMA DE BRUJAS
Dice Gustav Henningsen, un especialista en el tema, que muy en
contra de lo que comúnmente se cree, las persecuciones de brujas no
se debieron a la iniciativa de la Iglesia, sino que fueron
manifestación de una creencia popular, cuya bien documentada
existencia se remonta a la más temprana antigüedad... Puede
comprobarse lo mucho que tienen en común las creencias brujeriles
europeas, asiáticas y africanas. Las ideas, por ejemplo, de juntas
secretas de brujas que, en sus aquelarres nocturnos, celebraban
banquetes a base de la carne de sus propios parientes; y la de que
la brujería sea un poder innato para dañar a otro, transformarse
en animales y volar por los aires, las comparten los tres
continentes... Para una mente teológica, la brujería, tal como la
concebía el pueblo, resultaba absolutamente inaceptable. Por eso,
la Iglesia desechó, desde el principio, dichas creencias como
supersticiones paganas... De acuerdo con dicha postura reacia de la
Iglesia, no encontramos nada sobre las brujas en los primeros
manuales del Santo Oficio.
No fue la Inquisición quien inició la persecución de las
brujas, sino la justicia civil en los Alpes y en Croacia... Parece
ser que la legalización de la caza de brujas se debió a exigencias
del pueblo ante las que sucumbieron, primero los tribunales civiles
y, poco a poco, tuvo la Iglesia que adaptarse a esta corriente. En
realidad, la Inquisición no aparece involucrada en este tipo de
persecuciones con anterioridad al siglo XV... La exagerada
suposición de que el Santo Oficio (Inquisición) en el siglo XV y
XVI hubiera quemado a 30.000 brujas, hace tiempo que ha dejado de
tenerse en consideración por la ciencia.
Sin embargo, la prensa populista todavía sigue hablando de
millones de brujas quemadas por la Iglesia. Con frecuencia, se saca
a relucir un libro de 1486, escrito por un inquisidor alemán,
Heinrich Institoris, llamado Malleus maleficarum (martillo de las
brujas). Este libro se imprimió en varias lenguas y tuvo muchas
ediciones, pues en él se reproducía la bula papal de Inocencio
VIII, donde apoya la persecución de las brujas. Quizás este libro
tuvo alguna influencia negativa, según Henningsen, en algunos
lugares del sur de Alemania y del sur de Francia, pero no lo tuvo,
en absoluto, en las Inquisiciones de España (1478), Portugal (1531)
ni en la Romana (1542).
En España, el 14 de diciembre de 1526, el inquisidor general y
el Consejo de la Suprema (supremo tribunal inquisitorial) dio unas
instrucciones, que no tienen parangón en el mundo entero. Dice
Henningsen: ¿Dónde, en el resto de Europa, encontramos paralelos a
ordenanzas como éstas?:
Cualquier bruja, que voluntariamente confiese y muestre señales
de arrepentimiento, será reconciliada y readmitida en el seno de la
Iglesia, sin confiscación de bienes, sino recibiendo penas menores.
Nadie será arrestado en base a confesiones de otras brujas. Los
casos referentes a esta delicada materia, deberán ser siempre
remitidos al inquisidor general y a su Consejo, la Suprema (anexo,
doc 4).
Con estas instrucciones se consiguió librar a España de la
quema de brujas durante la mayor parte de un siglo, con la
excepción de algún caso que otro, en que se procedió sin
consultar la causa y su sentencia con la Suprema, como estaba
ordenado… Cuando la quema de brujas volvió a introducirse en 1610
en el norte de España, el inquisidor general Alonso de Salazar
recorrió todo el país vasco español, portando un edicto de gracia…
La actuación de Salazar contribuyó a que se dejasen de quemar
brujas en todo el imperio español.
Precisamente, el doctor Henningsen ha escrito un libro sobre el
inquisidor Alonso de Salazar, titulado The witches advocate (el
abogado de las brujas).
Podríamos preguntarnos: ¿por qué no se publican y difunden
estas instrucciones de los inquisidores generales españoles, que
son un ejemplo a nivel mundial y salvaron miles de brujas? En
Portugal hubo muchísimos menos casos que en España. La
inquisición romana, en Italia, también tomó una postura crítica
frente a acusaciones de brujería y exigió la presentación de
pruebas fehacientes. Estas instrucciones de la Inquisición romana
son de 1624.
Veamos las cifras exactas. Según las investigaciones de Gustav
Henningsen, presentadas en el Simposio Internacional sobre la
Inquisición, las cifras de la quema de brujas por la Inquisición,
por inesperadas, resultan asombrosas. Para Portugal es 4, para
España 59 y para Italia 36. Realmente, esto es asombroso, si lo
comparamos con los países que no tuvieron la Inquisición. Según
el mismo Henningsen, en Polonia quemaron 10.000; en Francia 4.000;
en Suiza 4.000; en Inglaterra 1.500; en Dinamarca – Noruega 1.350;
en Checoslovaquia 1.000; en el condado de Lichtenstein 300, sobre un
total de 3.000 habitantes; y en Alemania, mayoritariamente
protestante, 25.000.
En los tres países en que había Inquisición (Portugal, Italia
y España) los tribunales civiles quemaron en total 1.300. Solamente
unas cien, como hemos dicho, fueron debidas a sentencias de la
Inquisición. Por eso, dice Henningsen: La Inquisición fue la
salvación de miles de personas acusadas de un crimen imposible.
Por este servicio a la humanidad y a la verdad (de librar de la
muerte a miles de acusados de brujería, pues hubo unos 20.000
juicios llevados a cabo en los tribunales inquisitoriales), la
Inquisición española merece la gratitud de todos los hombres
civilizados. Y lo mismo podemos decir de la Inquisición portuguesa
o romana.
Como vemos, la leyenda negra ha creado el mito de que la Iglesia
quemó miles de brujas sin piedad, lo que es totalmente contrario a
la verdad. Pero no faltan los incautos que lo siguen creyendo por
ignorancia, y lo siguen repitiendo sin fundamento alguno, aceptando
así las insinuaciones maliciosas de los enemigos de la Iglesia en
contra de toda verdad histórica.
REFLEXIONES SOBRE LAS INQUISICIÓN
En primer lugar, debemos observar que los tribunales de la
Inquisición introdujeron mejoras en el derecho penal, que para
aquellos tiempos eran novedades. Debía haber un médico para
controlar la tortura, tenían derecho los reos a un abogado de
oficio y testigos de abono a su favor. El tiempo de tortura era
limitado a una hora y no podía haber derramamiento de sangre ni
mutilaciones, como en los tribunales civiles.
Por otra parte, si no hubiera existido la Inquisición, los
tribunales civiles habrían enviado a la muerte sin compasión a
miles de herejes, considerados como enemigos del Estado. No era
casualidad que los corsarios y piratas, que asolaban las costas de
España y América, eran protestantes, ingleses y holandeses. En ese
caso, habría habido más crueldad y más errores al no distinguir
bien quién era y quién no era hereje. Y, por supuesto, habrían
podido entremezclarse venganzas políticas o personales.
Hemos anotado que en España, en tres siglos y medio, hubo un
máximo total de 2.000 muertos. ¿Cuántos muertos habría habido,
si no hubiera existido la Inquisición? En Francia, las
consecuencias de las guerras religiosas, fueron terribles. El 30 de
setiembre de 1566, los protestantes hicieron una masacre de
católicos en la noche de san Miguel, que, por eso, se llamó
Miguelada. Y los católicos hicieron otra masacre de protestantes en
la noche de san Bartolomé, en París, donde mataron unos 3.000, y
otros tantos en provincias.
En Inglaterra, Enrique VIII se constituyó jefe de la Iglesia y,
según el historiador Raphael Holisend, hizo matar a 72.000
católicos. Su hija Isabel I, en muy pocos años y también en
nombre de un cristianismo reformado y, por tanto, purificado, causó
más víctimas (y con métodos más atroces) que la Inquisición
(española, romana y portuguesa juntas) a lo largo de su existencia.
En 1649, los ingleses mataron en Irlanda, concretamente en Drogheda
y Wexford, a miles de católicos; algunos dicen hasta 40.000. Y
negaron los derechos civiles a los irlandeses hasta 1913. Les
prohibían poseer tierras, ejercer profesiones liberales y el
derecho al voto. No podían casarse con personas protestantes y
tenían pena de muerte, si recibían a un sacerdote o religioso.
Con relación a Calvino, enviaba mensajes al rey de Inglaterra,
desde Ginebra, donde fue dictador religioso y civil durante 23
años, para exterminar a los católicos. Y le escribía: Quien no
quiera matar a los papistas es un traidor, salva al lobo y deja
inermes a las ovejas.
El mismo Calvino, entre 1542 y 1546, en sólo cuatro años,
envió a la muerte a 40 personas y 78 al destierro. Lutero mismo
consideraba normal la pena de muerte y él mismo incitó a los
príncipes a la matanza de los campesinos, en la llamada guerra de
los campesinos, donde murieron unos 150.000.
Y podíamos seguir hablando de otros países protestantes o de lo
que hacían los musulmanes con los cristianos, que los esclavizaban
y los mataban, si no aceptaban su religión. Por esto y por mucho
más, podemos preguntarnos seriamente: ¿Hubiera sido mejor que no
hubiera existido la Inquisición? A pesar de las muertes y torturas
y de todos los errores y excesos que pudo haber, ¿habría habido
menos muertes sin la Inquisición? En los países que no tuvieron
Inquisición como Francia, Inglaterra, Alemania…, ¿no hubo
muertos por cuestiones religiosas? ¿Cuántos habrían muerto en
guerras de religión en España y Portugal sin la Inquisición? ¿Y
cuántas brujas habrían muerto? Por ello, sinceramente, creemos que
el balance general es muchísimo más positivo que negativo y que,
por consiguiente, hablar de la Inquisición como de una institución
sanguinaria, cruel e inhumana, es lo menos acorde a la verdad. Sin
ella, el mundo habría lamentado muchos más miles de muertos.
Pero la enseñanza que debemos sacar de todo esto, es que la
tolerancia religiosa debe ser una norma de vida y que nunca debemos
imponer la verdad por la fuerza de la violencia. La verdad no se
impone de otra manera que por la fuerza de la misma verdad. Por
ello, el Papa Juan Pablo II pidió perdón el año 1982 y el 2000
por los excesos, errores e intolerancia de la Inquisición.
2.- LAS CRUZADAS
Han sido descritas por algunos autores como guerras santas, en
las que, en nombre de la religión, se cometieron muchas masacres. Y
esto suele decirse con el propósito de recalcar que la Iglesia
siempre ha tratado de eliminar a sus enemigos en nombre de su fe.
Pero las cosas no son tan sencillas como parecen a primera vista. La
historia es mucho más compleja de lo que algunos creen y no se
pueden poner clichés fáciles de intolerante, oscurantista,
retrógrada, o cosas parecidas.
Según el historiador medievalista Franco Cardini, en un
artículo aparecido en Avvenire, con el título Cruzadas, no guerras
de religión, las Cruzadas no fueron guerras para suprimir a los
infieles o convertirlos a la fuerza. Los excesos y violencias, que
existieron, no se justifican. Pero no hay que olvidar que los
seguidores del Islam destruyeron toda sombra cristiana en Jerusalén
entre 1009 y 1020. Los cristianos fueron perseguidos y sus casas
saqueadas. La persecución duró unos diez años. Después pudieron
realizarse de nuevo peregrinaciones y se fueron reconstruyendo los
lugares santos. El año 1078, los turcos seléucidas conquistaron
Jerusalén y de nuevo vinieron las persecuciones. Poco a poco,
fueron cayendo las principales sedes cristianas de Oriente. Incluso,
Constantinopla estaba en peligro y pidió ayuda al Papa y a los
reyes cristianos. En este ambiente de defensa de la cristiandad y de
Constantinopla en particular, comenzó un movimiento generalizado de
querer reconquistar los santos lugares. Este movimiento fue
concretado en el concilio de Clermont en 1095 con el apoyo y el
aliento del Papa Urbano II, que fue el promotor de la primera
Cruzada. Esta primera Cruzada, con todas sus vicisitudes, buenas y
malas, tuvo como resultado la conquista de Jerusalén el 15 de julio
de 1099 por Godofredo de Bouillon. Durante cien años, los
cristianos estarán en Jerusalén; después serán expulsados y
tratarán de reconquistarla sin éxito.
Según el historiador Thomas Madden, profesor de historia de la
universidad de San Luis (USA) y autor del libro A concise history of
the crusades, hay muchos mitos con relación a las Cruzadas. Uno de
ellos es que fueron guerras de agresión contra un mundo musulmán
pacífico. Esta es una afirmación completamente equivocada; pues,
desde los tiempos de Mahoma, los musulmanes intentaron conquistar el
mundo cristiano. En el siglo XI, ya habían conquistado dos terceras
partes del mundo cristiano (Palestina, Egipto, Asia Menor, Norte de
África, España…).
Otro mito es que, en la conquista de Jerusalén en 1099,
masacraron a todos sus habitantes. Ciertamente, mataron a muchos de
ellos después de conquistarla, pero hay que recordar que, en
aquellos tiempos, en todas las civilizaciones europeas y asiáticas,
la captura de una ciudad por la fuerza (por no haber querido
rendirse) daba derecho a todos sus bienes e, incluso, a sus
habitantes. Lo mismo hacían los musulmanes. En cambio, en las
ciudades musulmanas que se rindieron, los cruzados respetaron a la
gente y pudieron continuar libres profesando su propia fe.
Quizás parezca cruel el actuar de los tiempos medievales, pero
hoy día se mata a un número muchísimo mayor en las guerras,
incluidos niños y mujeres inocentes, en bombardeos indiscriminados
(recordemos Dresde, Hiroshima, Nagasaki…) y nadie dice nada.
En cuanto a la Reconquista en España, tuvo carácter de Cruzada.
Por ello los reyes españoles no participaron en las campañas de
Tierra Santa. Sin esta Cruzada de la Reconquista, España sería
todavía musulmán y no habría dado al mundo tantos misioneros y
tantos santos.
Según el historiador Cardini: Las Cruzadas, entendidas como
guerras santas contra los musulmanes, es una exageración. En
realidad, lo que interesaba era ayudar a los hermanos en Cristo,
amenazados por los musulmanes.
Vittorio Messori dice: ¿Quién fue el agredido y quién el
agresor? Cuando el año 638 el califa Omar conquista Jerusalén,
ésta ya era desde hacía más de tres siglos cristiana. Poco
después, los seguidores del profeta invaden y destruyen las
gloriosas iglesias, primero de Egipto y luego del norte de África,
llevando a la extinción al cristianismo. Toca luego a España, a
Sicilia, a Grecia, a la que luego se llamará Turquía, donde las
comunidades fundadas por san Pablo mismo, se convierten en cúmulos
de ruinas. En 1453, tras siete años de asedio, capitula y es
islamizada la misma Constantinopla, la segunda Roma. El rodillo
islámico alcanza los Balcanes y, como por milagro, es detenido y
obligado a retroceder ante los muros de Viena... Todavía hoy,
¿qué país musulmán reconoce a los otros, que no sean los suyos,
los derechos civiles o la libertad de culto? ¿Quién se indigna
ante el genocidio de los armenios ayer y de los sudaneses cristianos
de hoy? El mundo, según los devotos del Corán, ¿no está dividido
en territorio del Islam y territorio de la guerra, esto es, todos
los lugares todavía no musulmanes que deben serlo, por las buenas o
por las malas? Un simple repaso a la historia, incluso, en sus
líneas generales, confirma una verdad evidente: una cristiandad en
continua postura defensiva respecto a una agresión musulmana, desde
los inicios hasta hoy... ¿Deberán ser quizás los católicos
quienes se hagan perdonar por aquel acto de autodefensa, por aquel
intento de tener al menos abierta la vía de la peregrinación a los
lugares de Jesús, que fue el ciclo de las Cruzadas? .
Evidentemente, no se justifican los abusos, excesos y masacres de
los cruzados, sobre todo, en la conquista de Constantinopla. Pero
considero que nadie debe concluir de esto que la Iglesia es una
institución que fomenta la violencia y no la paz. Precisamente, no
hay en el mundo entero una Institución que promueva más la paz que
la Iglesia católica. Ya hace muchos años, desde el concilio
Vaticano II, la Iglesia ha hablado claro en favor de la libertad
religiosa. Pero en muchos países, los cristianos siguen siendo
perseguidos y masacrados en pleno siglo XXI. Y no sólo en países
comunistas como China y Corea, también en países musulmanes y de
mayoría budista e hinduista. Y ya sabemos que no faltan algunos
musulmanes extremistas que, en nombre de su religión, se creen con
derecho a matar sin piedad en atentados terroristas. Por todo ello,
podemos concluir con algunas preguntas:
¿Fueron inútiles las Cruzadas? De ninguna manera. Desde el
punto de vista comercial fueron extraordinariamente fecundas. Se
abrieron nuevas rutas comerciales. Los productos de Oriente se
dieron a conocer en Europa y prosperó la industria. Se
desarrollaron las ciencias; cobró auge la geografía, la náutica,
la medicina, las matemáticas, la astronomía, la filosofía..., al
contacto con los sabios bizantinos, judíos y musulmanes.
Por otra parte, no olvidemos que, como dice el historiador de la
Academia francesa René Grousset: La catástrofe de 1453 (conquista
de Constantinopla por los turcos) estuvo a punto de haber tenido
lugar en 1090, y fue retrasada tres siglos y medio.
Si eso no hubiera ocurrido, quizás ahora Europa sería musulmana
y apenas habría cristianos en el mundo y menos en América. De
todos modos, creo que nadie puede dudar de que los últimos Papas
han hecho y siguen haciendo más que cualquier otro líder político
o religioso del mundo por la paz. Con toda seguridad, sin la
presencia de la Iglesia, el mundo sería mucho más violento y
peligroso. Ella es la mejor defensora de los derechos humanos. Sobre
todo, con sus obras de caridad, de educación y de ayuda a pobres,
enfermos y necesitados del mundo entero.
3.- LA ESCLAVITUD
Éste es otro tema en el que gente sin escrúpulos y con supina
ignorancia nombra a la Iglesia como causante de todos sus males.
Olvidan, o quizás no saben, que, incluso, antes del descubrimiento
de América, ya los Papas habían hablado en contra de la
esclavitud. Por citar algunos Papas que la condenaron: San Gregorio
Magno, Adriano I, Alejandro III, Inocencio III, Gregorio IX, Pío II
(año 1462), Leon X, Pablo III, Pío V (1568), Benedicto XIV (1714),
Pío VII, Gregorio XVI y Leon XIII en 1888 con la encíclica
Catholicae Ecclesiae.
La esclavitud era una práctica que se usaba desde muy antiguo y
que los romanos habían legalizado. Pero, con el avance musulmán
sobre Europa, fueron muchos los miles de cristianos que tuvieron que
soportar una dura esclavitud. Por esto, en la Iglesia surgieron
muchos grandes misioneros y santos, como san Juan de Mata, san
Félix de Valois, san Pedro Nolasco, que fundaron Órdenes
religiosas como los Trinitarios y Mercedarios, para liberar a los
cautivos.
Al descubrirse América, Colón, en su segundo viaje de 1496,
llevó 300 indios esclavos a España, pero la misma reina Isabel la
Católica ordenó su regreso, imponiendo la libertad a todos sus
súbditos americanos. En 1501, los Reyes Católicos dieron rigurosas
instrucciones al comendador Nicolás de Ovando para que los indios
no fuesen tratados como esclavos sino como hombres libres. Fueron
muchas las cédulas reales y leyes para imponer esta norma de
libertad para los indios. En los primeros años de la conquista, no
fue fácil imponer estas leyes puesto que tanto los indios como los
españoles, pensaban que era legítima la esclavitud como derecho de
guerra. Según algunos historiadores, como fray Bernardino de
Sahagún, los aztecas hacían esclavos en las guerras y después los
sacrificaban vivos a los dioses o se los comían. Los misioneros
españoles tuvieron mucho que hacer contra esta costumbre de los
indígenas americanos y contra los mismos españoles. Incluso, las
leyes fueron duras para los que no acataban la ley, como ocurrió
con Cristóbal Colón y con el mismo Hernán Cortés, que tuvo que
dar libertad a todos los esclavos que tenía trabajando en sus
tierras y que había conseguido en la guerra.
Con relación a los indios, su esclavitud fue prohibida y los
indios fueron dados en encomienda, como era el sistema usado en
España. Y la encomienda dio paso a la reducción de los indios en
pueblos para ser mejor evangelizados. De este modo, como dice el
historiador Pereña, la corona española se adelantaba varios siglos
a la abolición de la esclavitud en el mundo.
Con relación a la esclavitud de los negros, la situación fue
totalmente distinta. Los Papas se opusieron rotundamente, pero
muchos teólogos y eclesiásticos la apoyaban en la práctica y
hasta tenían esclavos negros en sus haciendas como trabajadores.
Los reyes españoles lo permitieron desde el principio como mano de
obra, tanto para las minas como para las haciendas. El tráfico de
negros desde África fue realizado por compañías privadas, aunque
con el beneplácito de los gobiernos. Los negreros casi nunca fueron
españoles. Eran la mayor parte portugueses, ingleses, holandeses,
franceses y, por períodos más o menos cortos, daneses, suecos,
alemanes y norteamericanos. Normalmente, los españoles compraban
los negros a los ingleses de acuerdo a convenios. Los principales
puertos españoles de América que los recibían eran Cartagena de
Indias en Colombia y Veracruz en México. Por Cartagena pasaron un
millón de esclavos. No se sabe cuántos por Veracruz.
Según estadísticas, en 1872 había en Brasil 1.510.000 esclavos
y 4.245.400 negros libres. En USA en 1860, 4.000.000 de esclavos y
488.000 negros libres. En Cuba, en 1861, 370.000 esclavos y 232.000
negros libres. En Puerto Rico, en 1860, 41.000 esclavos y 240.000
libres. En México fueron liberados los 3.000 esclavos en 1810 y en
Chile sus 4.000 esclavos en 1823. Perú lo hizo en 1824 y así en
los demás países de habla hispana, que abolieron la esclavitud con
la independencia. Brasil fue el último país en abolirla en 1888.
Pero una cosa debemos observar, según el historiador inglés
Henry Kamen: No se puede dudar que la legislación española para
los negros, como para los indios, era la más progresista del mundo
en aquella época. Según varios historiadores de renombre como
Gilberto Freyre, Frank Tannenbau, Herbet S. Klein, Frederick Bower y
José Antonio Saco, la crueldad no fue el signo distintivo de la
esclavitud de los negros en las posesiones españolas.
Una de las principales razones era, porque la mayoría de los
negros habían sido catequizados y los consideraban como cristianos
con la misma dignidad ante Dios. Los eclesiásticos recomendaron
constantemente la liberación de los esclavos. Bower, por ejemplo,
informa que, entre 1524 y 1650, fueron liberados incondicionalmente
en Lima el 33.8% de los esclavos y en ciudad de México el 40.4%.
Por otra parte, es evidente que los españoles y portugueses no
tuvieron prejuicios para asimilar a la población negra y, por eso,
había muchos matrimonios mixtos, lo que no ocurría en USA y en
otras colonias británicas, donde estaban prohibidos estos
matrimonios.
Por poner un ejemplo, en 1830, en Surinam, Antillas holandesas,
el gobernador ordenó que ningún negro fumara, cantara o silbara en
las calles de la ciudad; que, al acercarse un blanco a cinco varas,
todo negro se descubriera y que no se permitiera a ninguna negra
llevar ropa alguna encima de la cintura. En USA, el liberador de los
negros, el presidente Abraham Lincoln, en un discurso en Charleston,
Illinois, en 1858, dijo: No soy partidario de la igualdad social y
política entre la raza blanca y la raza negra. Existe una
diferencia física entre ellas, que les impedirá siempre vivir
juntas en igualdad social y política. Existe, naturalmente, una
situación de superioridad e inferioridad y mi opinión es asignar
la posición de superioridad a la raza blanca.
En USA se abolió la esclavitud en 1863, pero todavía tuvieron
que pasar unos cien años hasta que los negros pudieran disfrutar de
sus plenos derechos civiles. Durante muchos años sufrieron
discriminación. Martin Luther King (1929-1968), el defensor de la
resistencia no violenta a la represión racial, premio de la paz de
1964, fue asesinado por defender los derechos de los negros en 1968.
En Sudáfrica existía el apartheid... Pero lo peor de todo es la
esclavitud en el mundo musulmán.
En Zalzíbar, a fines del siglo XIX, había 200.000 esclavos en
una población de 300.000 habitantes. En Mauritania, la esclavitud
fue abolida en 1982, y en algunos países, donde existe la sharia o
ley extraída directamente del Corán, está la esclavitud todavía
vigente en pleno siglo XXI. Según Mahoma, el creyente puede
suavizar la esclavitud, pero no abolirla y, todavía hoy, las
víctimas de las razzias de los árabes musulmanes tienen, como
siempre, su meta los negros. Y en los países donde conviven árabes
y negros, como en el Sudán, los negros son sometidos a la fuerza a
un trato cruel y permanente. En cambio, la Iglesia ha rechazado
oficialmente la esclavitud y, a través de sus misioneros, ha
evangelizado a los negros como no se hizo en los países
protestantes. San Pedro Claver (1580-1654) en Cartagena de Indias
bautizó y catequizó a 300.000. También fueron grandes misioneros
de los negros el Padre Alonso de Sandoval (1576-1652) y Diego de
Avendaño (1594-1688). En el Perú destacó Santo Toribio de
Mogrovejo que trató a los negros como hijos y los liberó. El P.
Francisco del Castillo fue el infatigable apóstol de los negros en
el Perú. Los eclesiásticos siempre aconsejaron la liberación de
los esclavos y el buen trato. Y, actualmente, la Iglesia sigue
empeñada en liberar a los esclavos de la droga o del alcohol o de
la pornografía o de otros vicios.
La agencia de noticias Fides ha revelado el año 2004 que, cada
año, un millón de niños son vendidos en los mercados de la
prostitución o son comprados para engrosar las filas de los
ejércitos de países destrozados por la guerra, o, lo que es mucho
peor, son asesinados para extraer sus órganos vitales a precios
astronómicos. En Tailandia, entre 1993 y 1995, la prostitución
infantil representaba entre el 10 y 16 por ciento del producto
bruto. Un hígado de un niño, asesinado para extraer sus órganos,
alcanza en el mercado negro los 30.000 euros. Y muchos miles de
niños son obligados a trabajar en condiciones infrahumanas. Por
eso, la Iglesia sigue levantando su voz a favor de los nuevos
esclavos y ayudando a través de sus obras sociales a todos los que
puede.
4.- EVANGELIZACIÓN DE AMÉRICA
Otro de los puntos repetitivos de la leyenda negra son los
abusos, injusticias y masacres cometidos en la conquista de América
por españoles y portugueses. Por supuesto que no faltaron abusos
como en toda empresa humana, sobre todo, en las guerras. Pero no hay
duda de que los reyes españoles tomaron muy en serio la tarea de la
evangelización y que ésa fue su primera meta, sin descartar, por
supuesto, otros intereses. La reina Isabel La Católica en su
testamento, redactado en Medina del Campo el 23 de noviembre de
1504, dice claramente: No permitan que los indígenas de las islas y
tierra firme, conquistadas o por conquistar, sufran el menor daño
en sus personas y en sus bienes y, por el contrario, mando que sean
tratados con justicia y humanidad y que sean reparados todos los
daños que hayan podido sufrir. El mismo Hernán Cortés dice:
Exhorto y ruego a todos los españoles que en mi compañía fuesen a
esta guerra, que su principal motivo e intención sea apartar y
desarraigar de las dichas idolatrías a todos los naturales de estas
partes y reducirlos, o a lo menos desear su salvación y que sean
reducidos al conocimiento de Dios y de su santa fe católica, porque
si con otra intención se hiciese la dicha guerra, sería injusta.
Ahora bien, es cierto que, con frecuencia, los españoles no se
comportaron como buenos cristianos, sino como conquistadores sin
escrúpulos. Pero los incas y aztecas también lo eran y se
mantenían en el poder gracias a la opresión violenta de los
pueblos sometidos. Cuando Pizarro llegó al Perú, los incas
acababan de matar a 20.000 miembros de tribus rivales. Los incas
practicaban sacrificios humanos para alejar un peligro, una
carestía o una epidemia. Las víctimas, a veces, eran niños,
hombres o vírgenes, que eran estranguladas o desolladas y, en
ocasiones, se les arrancaba el corazón a la manera azteca.
Atahualpa, para subir al trono, exterminó a toda la familia real
de su hermano Huáscar, a quien asesinó con centenares de sus
familiares. Su cráneo lo guardaba para beber y su pellejo lo usaba
como tambor. Según informa el jesuita José Acosta (1539-1599) en
su Historia natural y moral de las Indias, Huayna Capac, padre de
Atahualpa, era adorado como un dios y, a su muerte, mataron mil
personas de su casa para que fuesen a servirle en la otra vida (VI,
22).
Las mujeres eran propiedad del Estado y ciertos funcionarios las
seleccionaban y distribuían. Tenían esclavos, que eran prisioneros
de guerra o de origen hereditario. Según dice el historiador
Guamán Poma de Ayala (1534-1617) en su Nueva Crónica y buen
gobierno, el régimen incaico estaba basado en el miedo y en la
obediencia total.
El imperio incaico, dice Pedro Voltes, era un coloso con pies de
barro. Por eso, pudo ser conquistado por Pizarro con 170 hombres. En
el Perú antiguo no se pensaba en otra cosa que en obedecer y, preso
y muerto Atahualpa, se siguió obedeciendo a quienquiera que
mandara. Y así lo hizo el último obrero y lo hizo el astrónomo y
lo hizo el cirujano que practicaba trepanaciones y el constructor
que levantaba obras, que hoy siguen pasmándonos con sus misterios
técnicos insolubles en sus picachos de vértigo.
Según Guamán Poma de Ayala, al referirse a las ceremonias
fúnebres de los Antisuyos, escribe: Son indios de la montaña que
comen carne humana. Y así, apenas tienen al difunto, que luego
comienzan a comerlo, que no dejan carne sino todo hueso.
En cuanto a los aztecas, se sabe que hacían continuas guerras
para tener esclavos que sacrificar a sus dioses. En 1485 habían
sido sacrificados al dios Hvitzilopoctli más de 84.000 indios.
Según fray Toribio de Motolinía, franciscano y gran educador de
los indios: Después que los españoles anduvieron de guerra y ya
ganada México hasta pacificarse la tierra, los indios amigos de los
españoles, muchas veces, comían de los que mataban, porque no
todas las veces los españoles se lo impedían, sino que, algunas
veces, por la necesidad que tenían de los indios, pasaban por ello,
aunque lo aborrecían.
De modo que, no sólo hacían miles de sacrificios humanos, sino
que se comían a los vencidos. Sin embargo, hay muchos que hablan de
que los conquistadores aniquilaron su cultura. Pero, cuando llegaron
los españoles a América, encontraron que ignoraban la rueda, la
bestia de carga, la bóveda, la escritura, la moneda... y
desconocían las técnicas que hacen posible amplios cultivos
agropecuarios. Por supuesto que la conquista, no fue obra exclusiva
de los españoles. Apenas si llegaban a América, cuando más, unos
quinientos españoles por año. Hubiera sido imposible que tan pocos
hubieran conquistado tan grandes imperios, si no hubieran tenido el
apoyo de tribus amigas, que querían liberarse del yugo de sus
opresores. Según dice Hernán Cortés en su III carta al Emperador,
la conquista de México, el 13 de agosto de 1521, fue obra de 900
españoles contra más de 150.000 hombres, pero ayudados por las
tribus amigas. Por eso, el gran historiador Arturo Arnáiz pudo
afirmar: La conquista de México la hicieron los indios y la
independencia los españoles. Pues la conquista fue fundamentalmente
lucha entre tribus rivales y la independencia fue obra de los
criollos, descendientes de españoles. Sin embargo, la gran
despoblación de América no se debió a las guerras sino a los
efectos devastadores de las epidemias. Los españoles contagiaron
enfermedades desconocidas en América, como la viruela y el
sarampión, que ocasionaron millones de muertos. Pero también los
españoles murieron en grandes cantidades, debido a las enfermedades
tropicales.
En cuanto a los abusos de los españoles, la mayoría de los
historiadores actuales reconoce que fray Bartolomé de las Casas,
cuando habla de ellos en su escrito Brevísima relación de la
destrucción de las Indias (año 1542), está exagerando mucho. El
Padre Las Casas había sido encomendero y, al convertirse, su celo
desmedido a favor de los indios le llevó a exagerar en contra de
los españoles. Él dice, por ejemplo, que los aztecas no mataban en
México al año en sacrificios humanos ni a cincuenta, pero
historiadores como Alfonso Trueba dice: En el imperio azteca se
sacrificaban veinte mil hombres al año. El primer obispo de
México, fray Juan de Zumárraga, un hombre prudente y honesto,
afirma en una carta de 1531, dirigida al capítulo franciscano
reunido en Tolosa, que los indios tenían la costumbre de sacrificar
20.000 hombres cada año.
Sin embargo, todas sus exageraciones sobre los atropellos
cometidos, fueron recibidas en la corte y se dieron las normas
oportunas. El mismo emperador Carlos V lo defendió contra sus
detractores y lo nombró obispo de Chiapas. Sobre él, escribió
fray Toribio de Benavente, Motolinía, al emperador en 1555: Todos
sus negocios han sido con algunos desasosegados, escribiendo cosas
con su apasionado espíritu contra los españoles.
En cuanto a las encomiendas, no fue un sistema de esclavitud ni
un invento de los conquistadores para explotar a los indios. Era una
institución establecida en España desde hacía varios siglos y que
los españoles transplantaron a América como el mejor medio de
educarlos. Después, la encomienda dio lugar a las reducciones en
pueblos, pero fue oficialmente suprimida en 1718.
Recordemos que los españoles tuvieron que luchar contra la
esclavitud que practicaban los indios y que era una costumbre
ancestral entre ellos. Dice fray Toribio de Benavente: En esta
provincia de Tlaxcala, el año pasado (1536), libertaron más de
veinte mil esclavos y pusieron grandes penas para que nadie hiciese
esclavo ni lo comprase ni lo vendiese, porque la ley de Dios no lo
permite.
Sobre la poligamia, anotemos que Moctezuma, en Tepic, tenía en
su palacio mil mujeres y algunos afirman que tres mil entre señoras
y criadas y esclavas; de las señoras, que eran muchas, tomaba para
sí Moctezuma las que bien le parecía . Y de los principales
señores de esta tierra hubo algunos que tuvieron a ciento, a ciento
cincuenta y hasta doscientas mujeres. Entre los señores y
principales se repartían la mayor parte de las mujeres casaderas,
dejando muy pocas para los pobres, que apenas tenían, con quien
casarse. Además, los señores robaban a las niñas para agregarlas
más adelante al número de sus mujeres .
Y no sólo hablamos de México. Según el gran estudioso Salvador
Madariaga en su libro El auge y ocaso del imperio español en
América, era normal la poligamia, la esclavitud y el canibalismo en
América antes de la llegada de los españoles.
Por eso, los misioneros tuvieron una gran tarea en la
evangelización. En México, en cada convento, había escuela y
hospital. En el siglo XV en México, había 300 conventos, que
tenían escuelas externas para los niños del pueblo común y otra
interna para los hijos de los indios principales. En 1540, fray
Toribio de Benavente escribe: Hay tantos alumnos indios que, en
determinados monasterios, hay 300, 400, 600 y hasta mil alumnos.
En Lima, en 1549, el obispo Loayza fundó un hospital,
exclusivamente para indios, y él mismo vivía en el hospital y los
cuidaba. Por otra parte, los religiosos misioneros prestaron un
inmenso servicio para la preservación de las lenguas indígenas.
Entre 1524 y 1572, escribieron 109 obras de bibliografía indígena;
se esforzaron en aprender las lenguas de los indios y predicarles en
su propia lengua; y eran los primeros que se oponían a las
autoridades políticas y militares, luchando para que los tributos
fueran justos y se evitaran los abusos de los encomenderos. Algunos
escribieron importantes libros sobre la cultura, religión,
historia, medicina, arte, etc., de los indígenas. También fundaron
las primeras universidades de América como la universidad de San
Marcos de Lima, en 1551, para españoles, indios y mestizos.
Un capítulo aparte y especial es el que se refiere a las
Reducciones del Paraguay. Fueron dirigidas por los jesuitas, que
tuvieron que defenderlas de los peligros del contacto externo con
comerciantes españoles. Por eso, estuvieron prácticamente
aisladas, pero también tuvieron que defenderlas de las excursiones
de los paulistas que, desde Brasil, hacían razzias para llevarse
indios como esclavos (la esclavitud de indios estaba permitida en
Brasil). Entre 1628 y 1630 los paulistas se llevaron 60.000
cristianos de las Reducciones como esclavos. Por este motivo, los
misioneros tuvieron que armar un ejército que, con permiso de las
autoridades españolas, tenían hasta armas de fuego. Sólo así
pudieron defenderse. Algunos autores, dicen que habitaban en las
Reducciones paraguayas unos 150.000 a 200.000 indios. No eran, pues,
unas pequeñas reservas indias, sino una verdadera nación fuerte y
organizada. Como referencia, pensemos que, en 1725, Buenos Aires
sólo tenía unos 5.000 habitantes.
En 1700 había unos 250 jesuitas a su cargo. Los visitantes se
admiraban de la prosperidad, al ver allí relojes, órganos y toda
suerte de instrumentos musicales, fabricados completamente por los
indios. En algunos lugares, tenían astilleros para construir sus
propias embarcaciones. Había imprentas para imprimir textos,
gramáticas, catecismos y libros espirituales. Hablaban en guaraní,
lo que fue decisivo para que esta lengua se conserve hasta hoy. Los
castigos impuestos por los misioneros eran muy benignos: unos días
de cárcel o algunos azotes. Entre 1608 y 1768 vivieron en las
Reducciones unos 1.500 jesuitas y, entre ellos, hubo 32 mártires.
Voltaire, el famoso filósofo francés, blasfemo y anticristiano,
decía sobre las Reducciones: Cuando se arrebataron a los jesuitas
las misiones del Paraguay en 1768, los indios habían llegado al
grado más alto de civilización que un pueblo joven puede alcanzar…
En las misiones se respetaba la ley, se llevaba una vida limpia, los
hombres se consideraban como hermanos, florecían las ciencias
útiles y aún algunas de las artes más bellas y en todo reinaba la
abundancia.
Según el historiador francés Clovis Lugon: Ninguna región de
América conoció en la época una prosperidad tan general ni un
desarrollo económico tan sano y equilibrado. Algunos autores hablan
de estas Reducciones como de las comunidades utópicas, ideales,
más perfectas y duraderas de la historia humana. Al momento de su
extinción, estaban en plena prosperidad. Y su extinción provino de
causas externas. El gobierno español, infiltrado por masones e
ilustrados racionalistas, decidió la expulsión de los jesuitas de
los territorios españoles de la península y ultramar. En ese
momento, año 1767, en las Reducciones había 769.869 cabezas de
ganado bovino; 38.141 ovino; 139.634 caballos, mulas y burros, para
darnos una idea de su prosperidad.
Al ser expulsados, había en toda América 2.700 jesuitas, de los
que 420 murieron durante la travesía hasta Cádiz, debido a malos
tratos, pues iban como prisioneros. A principios del Siglo XIX, lo
poco que quedaba de las Reducciones fue arrasado en las guerras de
la independencia. Ahora sólo quedan, en la selva, unas ruinas
ciclópeas de iglesias misionales, restos de casas, talleres,
graneros, como triste testimonio de la victoria de la Ilustración,
es decir, del dominio de la Razón, sobre Dios y el Evangelio.
Más datos sobre el esfuerzo de España en la evangelización de
América: En 1623 había en la América hispana 70.000 iglesias, y
cada año partían a América unos 130 a 150 misioneros. En ese
año, había más de 11.000 religiosos y muchísimos sacerdotes
diocesanos, trabajando en América. Muchos de ellos murieron
mártires a manos de los indios o por otras causas, como aquellos 40
jesuitas, asaltados en su viaje a América por piratas holandeses y
que fueron asesinados por el delito de ser papistas, en junio de
1570.
Por supuesto que entre los sacerdotes también hubo algunos que
no fueron dignos. Y también a ellos los condenaba la Inquisición.
Pero hubo más de 30 santos y un gran número de mártires, que
brillaron en la América hispana como una luz de Dios en las
tinieblas. Entre ellos, podemos citar a san Juan Diego, el de la
Virgen de Guadalupe, los 3 niños mártires de Tlaxcala y los beatos
Juan Bautista y Jacinto de los ángeles (indígenas). El Venerable
Francisco de la Cruz y Antonio Roa, san Roque Gonzáles, Alonso
Rodríguez y Juan del Castillo, beato Sebastián de Aparicio, san
Felipe de Jesús, mexicano mártir en Japón. San Pedro de san José
Betancourt, venerable Antonio Margil de Jesús, beato Junípero
Serra, santo Toribio de Mogrovejo, san Juan Macías, san Martín de
Porres, santa Rosa de Lima, santa Mariana de Jesús, beata sor Ana
de los Ángeles y Monteagudo, san Francisco Solano, san Luis
Beltrán, san Pedro Claver (1580-1654), venerable Vicente Bernedo,
beato José de Anchieta (1534-1597), y tantos otros más.
En resumen, podemos decir con Lewis Hanke, historiador
norteamericano: La conquista de América por los españoles fue uno
de los mayores intentos que el mundo haya visto de hacer prevalecer
la justicia y las normas cristianas en una época brutal y
sanguinaria.
Pero, a pesar de todo, pareciera que algunos hubieran deseado la
conquista de América por los países protestantes, para quienes los
indios eran de raza inferior y no podían mezclarse con ellos en
matrimonio. Ya es conocido lo que pasó en USA, donde los indios
fueron exterminados. En USA los indios que sobreviven son unos
cuantos miles, mientras en América Latina la mayoría de la
población es india o mestiza. Pierre Chaunu, un historiador
calvinista y, por tanto, nada interesado, reconocía que la leyenda
antihispánica en su versión norteamericana ha desempeñado el
saludable papel de válvula de escape. La pretendida matanza de los
indios por parte de los españoles en el siglo XVI encubrió la
matanza norteamericana de la frontera oeste, que tuvo lugar en el
siglo XIX. La América protestante logró liberarse de este modo de
su crimen, lanzándolo de nuevo sobre la América católica. Desde
1636 se inició la guerra de exterminio contra los indios
norteamericanos, porque los indios eran considerados por los
puritanos ingleses como Satán. Así lo dice el especialista
norteamericano Roy H. Pearce: Allí donde el indio se oponga al
puritano, es considerado como Satán que se opone a Dios.
Las matanzas de indios eran promovidas por los autoridades. En
1703 el gobierno de Massachussets pagaba 12 libras esterlinas por
cuero cabelludo, cantidad tan atrayente que la caza de indios,
organizada con caballos y jaurías de perros, no tardó en
convertirse en una especie de deporte nacional, muy rentable. El
dicho: El mejor indio es el indio muerto, puesto en práctica en
USA, nace no sólo del hecho de que todo indio eliminado constituia
una molestia menos para los nuevos propietarios, sino también del
hecho de que las autoridades pagaban bien por su cuero cabelludo. Se
trataba de una práctica que, en la América española, no sólo era
desconocida sino que, de haber tratado alguien de introducirla de
forma abusiva, habría provocado, no sólo la indignación de los
religiosos, siempre presentes al lado de los colonizadores, sino
también las severas penas establecidas por los reyes para tutelar
el derecho a la vida de los indios.
Si por un imposible, España con Portugal se hubieran pasado a la
Reforma, habrían aplicado los mismos principios que los puritanos
de Norteamérica. Un inmenso genocidio hubiera borrado del mapamundi
la totalidad de los pueblos indios. Los historiadores no se hubieran
tenido que molestar en elaborar interpretaciones llamativas sobre la
encomienda, la evangelización... Les hubiera bastado, como a los
sociólogos, con agenciarse el aparato fotográfico del turista
ingenuo para ver las reservas indias, un pobre rebaño de
supervivientes testigos.
Por ello, decía el gran historiador Maltby: Fueran cuales fuesen
los efectos de su gobierno, en la historia no hubo ninguna nación
que igualara la preocupación de España por la salvación de las
almas de los nuevos súbditos. Y mientras en Europa, desde el siglo
XVI, seguían matándose en las terribles guerras de religión entre
católicos y protestantes, en América se vivía en paz. Por eso, el
historiador mexicano Octavio Paz decía en 1974: Desde la segunda
mitad del siglo XVI hasta finales del siglo XVIII, la Nueva España
fue una sociedad pacífica y próspera.
¿Valió la pena la conquista y evangelización de América
Latina por los españoles? ¿Hubiera sido mejor que hubieran seguido
con sus prácticas crueles y con su atraso cultural? ¿Hubiera sido
mejor la colonización al estilo norteamericano? Al menos, todos
podrán concordar que, con todos los errores y abusos, la
colonización española fue la menos mala, por no decir la mejor.
5.- ¿INTOLERANCIA CATÓLICA?
Hay algunos que todavía ven a la Iglesia católica como la causa
de todas las desgracias de la humanidad. Niestsche, en su obra El
anticristo, acusa a la Iglesia de ser la causante de todas las
calamidades del mundo moderno. Para él, que no tenía fe, nada era
más vergonzoso que ser cristiano. Aunque Niestsche lo decía,
hablando directamente de la Iglesia protestante de Dinamarca,
algunos se lo aplican también a la Iglesia católica o piensan de
la misma manera. Para muchos, la Iglesia católica es la
institución más intolerante que ha existido. Pero no olvidemos que
los ateos, agnósticos o racionalistas de la Revolución francesa,
que se proclamaban los defensores de la libertad y de los derechos
humanos, destruyeron por puro vandalismo tesoros culturales y
artísticos de muchas bibliotecas eclesiásticas y los monasterios
de Cluny, Longchamp, la abadía de Lys, los conventos de Saint
Germain-des-Prés, Montmartre, Marmoutiers, la catedral de Macon, la
de Boulogne-sur-Mer, la Sainte Chapelle de Arras, el castillo de los
templarios de Montmorency, los claustros de Conques y otras
innumerables obras de arte y de cultura antigua. En 1815,
veintiséis años después del 1789, Europa era un campo desolado
por las guerras napoleónicas y las nuevas ideas revolucionarias.
Aquellos, que habían derrocado a Dios y habían colocado en su
lugar a la diosa Razón y tanto hablaban de los derechos del hombre,
cometieron el más grande genocidio de la historia moderna en la
Región de la Vendée. El historiador Secher habla de genocidio de
todo un pueblo en un territorio de 10.000 kilómetros cuadrados,
donde masacraron unas 120.000 personas. Incluso, destruyeron
sistemáticamente casas, cultivos y ganado para matar de hambre a
los supervivientes. El general jacobino Westermann, que fue quien
venció a los rebeldes, que no aceptaban las nuevas ideas, escribió
al gobierno de París: La Vendée ya no existe, ha muerto bajo
nuestra libre espada, con sus mujeres y niños. Acabo de enterrar a
un pueblo entero en las ciénagas y los bosques de Savenay.
Ejecutando sus órdenes, he aplastado a los niños bajo los cascos
de los caballos y masacrado a las mujeres que así no parirán más
bandoleros. No tengo que lamentar ningún prisionero. Los he
exterminado a todos.
Y la deshumanización de estos revolucionarios llegó hasta tal
punto que, con las pieles curtidas de los vencidos, hicieron botas
para los oficiales. Y hervían los cadáveres para extraer grasa y
jabón. Algo superado sólo por las cámaras de gas de los nazis,
otro régimen ateo que persiguió a la Iglesia sin compasión. Y no
digamos nada de los regímenes ateos de Rusia o Laos o Vietnam. En
Rusia, ¿cuántos millones fueron enviados a Siberia por el único
delito de ser opositores políticos? ¿Cuántos sacerdotes y
religiosos encarcelados y asesinados por el único delito de creer
en Dios? ¿Y las purgas de Stalin? ¿Y los asesinatos en China y en
otros países comunistas? Según el premio Nóbel de literatura
Alexander Solzhenitzyn, entre 1917 y 1959 hubo 60 millones de
víctimas del comunismo en Rusia, de los cuales 20 millones lo
fueron por motivos religiosos. Los comunistas rusos mataron a 150
obispos, 100.000 sacerdotes y 100.000 monjes, casi todos ortodoxos,
pero también católicos. Según el informe de la KGB, la policía
secreta soviética, dado a conocer en 1994, entre 1928 y 1952 fueron
asesinados 92 millones de rusos. El número se amplía
inmediatamente, si se mira al conjunto de naciones, donde estuvo
vigente el comunismo: el total se acerca a 100 millones. En España,
en la guerra civil de 1936, mataron a 6.500 sacerdotes. Los
revolucionarios franceses a 3.000.
En 1794, mataron los revolucionarios franceses a Antoine Laurent
Lavoisier que fue uno de los principales protagonistas de la
revolución científica, que condujo a la consolidación de la
química, por lo que se le considera como el padre de la química
moderna. Cuando el jefe del tribunal revolucionario pronunció la
sentencia para ser guillotinado, dijo: La República no necesita
sabios. Los revolucionarios de la libertad, al igual que los ateos y
agnósticos, que tanto hablan contra la Iglesia por el caso Galileo,
parecen no recordar el caso Lavoisier o Duhem o de otros
científicos, a quienes ellos liquidaron por no tener sus mismas
ideas. El 10 de noviembre de 1793 los revolucionarios consagraron la
catedral de Notre dame a la diosa Razón. Se transportó desde la
Opera un escenario y lo colocaron delante del altar. Su pieza
central era una montaña en cuyo pico se alzaba una estatua de la
Filosofía. Por el nuevo templo desfiló una joven actriz,
Mademoiselle Aubry, vestida con una larga túnica blanca y un manto
azul y armada con la lanza de la Ciencia. Estaba acompañada de un
coro de bailarinas, vestidas de blanco, y quemaron incienso ante el
altar. La multitud cantó: “Tú, santa libertad, ven a vivir en el
templo y sé la diosa de los franceses”. Esta profanación
despertó tal entusiasmo que, casi inmediatamente, dos mil
trescientas cuarenta y cinco iglesias fueron transformadas en
templos de la Razón.
En 1789, la Asamblea nacional francesa reconoció que los hombres
nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Pero eran derechos
sin ninguna referencia a Dios, sólo porque así lo querían ellos y
lo proclamaban. Por eso, podían dar leyes en contra de Dios y de
los derechos de los creyentes. Porque los derechos humanos, según
ellos, sólo se fundamentaban en la pura razón, que puede opinar de
diferentes maneras, según convenga.
Por otra parte, consideraban que el poder procede del pueblo. Por
tanto, cualquier autoridad que no venga del voto popular, no tiene
validez. Con esto estaban declarando la guerra abierta a la Iglesia,
pues el Papa no es elegido por voto popular, la Iglesia no es una
sociedad democrática, sino jerárquica. De ahí que en 1790, en la
Constitución civil del clero, se daban normas para que las
elecciones de obispos o párrocos fueran hechas por voto popular,
incluso de no católicos y ateos. De la misma manera, habría que
votar para definir un dogma de fe. Como si todo lo legal fuera bueno
o como si todo lo que se vota por mayoría de votos fuera
automáticamente bueno. En ese caso, ¿qué podríamos decir de las
leyes del aborto o de la eutanasia? Las autoridades deberían ser
también automáticamente buenas, por haber sido elegidas por
mayoría y ya sabemos por experiencia que lo democrático no es
siempre lo mejor, ni lo legal defiende siempre los derechos humanos.
Cuando la ONU elaboró la declaración de los derechos humanos en
1948 decía: Todos los seres humanos nacen libres e iguales por
dignidad y derechos. Ellos están dotados de razón y conciencia y
deben actuar los unos hacia los otros con espíritu de fraternidad.
Aquí tampoco aparece Dios por ninguna parte. Por eso, la Iglesia no
pudo firmar esta declaración. Y el Papa Juan XXIII, en la
encíclica Pacem in terris del 11 de abril de 1963, tuvo que aclarar
bien los derechos humanos, fundamentados en el Creador. Dice: Hemos
de valorar la dignidad (de la persona humana), porque los hombres
han sido redimidos con la sangre de Jesucristo, hechos hijos y
amigos de Dios por la gracia sobrenatural y herederos de la gloria
eterna (No. 10) Y el Papa hace la conexión entre los derechos y los
deberes del hombre y afirma que el orden espiritual, cuyos
principios son universales, absolutos e inmutables tiene su origen
único en Dios verdadero, personal y que transciende la naturaleza
humana (No. 38).
Al respecto, es bueno saber que sólo gracias al cristianismo,
ciertamente, se extendió el respeto a los seres humanos, en
cualquier situación. Es interesante saber, por ejemplo, que cuando
el emperador Constantino reconoció el cristianismo, se sintió
obligado, desde el primer momento, a introducir cambios en las leyes
dominicales, de modo que fuese fiesta para todos, y a preocuparse de
que los esclavos también pudieran disfrutar de algunos derechos.
Y en cuanto a los protestantes, ¿han sido más tolerantes que
los católicos a lo largo de la historia? Comencemos diciendo que
Lutero odiaba a los judíos y escribió un libro en 1543 Sobre los
judíos y sus mentiras, donde aconseja que quemen sus escuelas y
sinagogas, destruyan sus casas y les confisquen sus bienes. Incluso,
afirma que quienes los toleren y protejan tendrían que dar cuenta a
Dios de sus abominaciones. En su libro Contra las hordas ladronas y
asesinas de los campesinos, incita a los príncipes a matarlos por
sus desmanes en la llamada guerra de los campesinos, donde mataron a
unos 150.000 campesinos. A los teólogos de la universidad de París
los llama grandes burros y a la Facultad teológica, Madre de todos
los errores de la cristiandad y la mayor prostituta del espíritu.
No podía soportar a sus oponentes como Münzer, Karlstadt, Schurf,
Karg, Agrícola, Osiander, Flacius, Ecolompadio, Zwinglio... El 10
de diciembre de 1520 quemó públicamente en Wittenberg todos los
libros de leyes de la Iglesia: Decreto de Graciano, Decretales de
Gregorio IX, Libro sexto de Bonifacio VIII, Las Constituciones
clementinas, el Derecho canónico, la bula Exsurge Domine, la Summa
Angelica de Angelo Carletti, el Chrysopassus de Eck y otras muchas
obras más.
Calvino mismo perseguía a sus contrarios como Castellion,
Alciato, Bolsec, Grocio y Servet, a quien quemó en la hoguera. La
tortura que se aplicaba en Ginebra, siendo Calvino dictador, no
tenía límite de tiempo como en la Inquisición. A Gruet lo
torturaron durante un mes entero, mañana y tarde, desde el 28 de
junio al 25 de julio de 1547 por ser su adversario personal.
En la universidad de Oxford, hasta 1871, se exigía, para poder
estudiar, la declaración de aceptación de la profesión de fe
anglicana. En cambio, la universidad católica de Padua, del siglo
XVII, fue la primera universidad que aceptó estudiantes de otras
religiones.
Y podemos seguir hablando de la intolerancia de los musulmanes,
que es evidente en nuestros propios días del siglo XXI. Hay países
como Sudán, Egipto o Arabia Saudita, donde, si un musulmán se
convierte a cristiano, tiene pena de muerte. En otros países, los
cristianos son perseguidos y les hacen la vida imposible. Por eso,
entre 1975 y 1995, el 40% de los cristianos del Líbano abandonaron
el país. Los países cristianos conceden libertad para edificar sus
mezquitas, pero ellos no lo conceden en sus propios países.
A los no musulmanes se les niegan sus derechos civiles y, en
algunos países musulmanes, la persecución es respaldada por la
ley. Está la ley de la blasfemia, en virtud de la cual cualquier
ciudadano puede acusar a un cristiano de haber hablado mal del
profeta. Está la Sharia o ley musulmana, que impone a todos sin
excepción las normas del Corán. Precisamente, los musulmanes no se
distinguen en cuestión de tolerancia. A Salman Rushdie le
impusieron la pena de muerte por publicar un libro en el que decía
algunas frases no muy correctas sobre el profeta Mahoma. Algo
parecido le ha sucedido a Jean Claude Barrau, el ensayista
católico, que ha escrito la obra De l’Islam en general et du
monde moderne en particulier. Los musulmanes franceses quieren
matarlo. Y no le perdonan por más que haya pedido perdón. Eso sí
es intolerancia. Y más cuando se acude a actos terroristas para
imponer sus ideas. Y esto sin olvidar que en 1915, los turcos
masacraron a 1.500.000 cristianos armenios, un verdadero genocidio
de todo un pueblo.
Podríamos hablar también de la intolerancia de los aliados en
la segunda guerra mundial y de las masivas masacres, producidas por
las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki en el Japón o de los
bombardeos masivos contra ciudades alemanas. Sobre todo, es
dramático, como un ejemplo de horror, el caso del bombardeo de
Dresde entre el 13 y 14 de febrero de 1945. Murieron 250.000, la
inmensa mayoría civiles, indefensos e inocentes. Por eso, podemos
preguntar: ¿quiénes son más intolerantes? ¿los católicos, los
protestantes, los ateos, los musulmanes? Que cada uno saque sus
propias conclusiones, sin caer en las palabras fáciles o aprendidas
de memoria. Porque, como decía Jesús: El que esté sin pecado que
tire la primera piedra (Jn 8,7).
6.- LA PENA DE MUERTE
Muchos anticlericales siguen considerando a la Iglesia como
agresiva y violenta por haber permitido la tortura y la pena de
muerte en tiempos pasados. Ciertamente , la Iglesia a lo largo de
los siglos consideró un derecho normal del Estado el aplicar la
pena de muerte a ciertos criminales.
En la actualidad, hay 90 países en el mundo que mantienen
todavía en sus leyes la pena de muerte. Y no necesariamente en
países católicos, sino especialmente entre los musulmanes como
Irak, Irán, Yemen o Arabia Saudita, donde pueden matar a menores de
18 años. En otros países musulmanes, en donde está vigente la
sharia, ley musulmana, hasta por adulterio se condena a la pena de
muerte, como a la señora Zafía de Nigeria. Y estas muertes, en
países musulmanes, pueden ser por degollación o lapidación.
Por supuesto que los países comunistas no se quedan atrás. Pero
lo que más llama la atención es que en USA, el país de la
libertad, es donde más se viola el derecho a la vida, aceptando la
pena de muerte en 38 Estados. Los medios para hacerlo pueden ser
inyección letal, cámara de gas, silla eléctrica o la horca. Pero
antes de que se ejecute la sentencia, hay muchos sentenciados a
muerte que pasan años en el corredor de la muerte, con la
consiguiente tortura y angustia mental.
El total de ejecutados desde 1977 a 1998 ha sido de 487 reos.
Actualmente, hay más de 3.500 condenados a muerte. El año 1997
fueron ejecutados 74 en todo el país. Y lo más grave es que muchos
eran inocentes. Según la revista Newsweek de USA y, de acuerdo a
investigaciones realizadas en 1998, de los últimos 487 ejecutados
en ese país, 75 eran inocentes.
Y ¿qué dice la Iglesia en la actualidad sobre la pena de
muerte? En el catecismo de la Iglesia católica, en la edición de
1997, en el N° 2267 se afirma: Hoy, en efecto, como consecuencia de
las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el
crimen, haciendo inofensivo a aquel que lo ha cometido sin quitarle
las posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente
necesario suprimir al reo sucede muy rara vez, si es que ya en
realidad se dan algunos.
Y en la encíclica Evangelium vitae decía: La medida y la
calidad de la pena deben ser valoradas y decididas atentamente sin
que se deba llegar a la medida extrema de la eliminación del reo,
salvo en casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de
la sociedad no sea posible de otro modo. Hoy, sin embargo, gracias a
la organización cada vez más adecuada de la institución penal,
estos casos son ya muy raros, por no decir, prácticamente
inexistentes (No. 56). El Papa, en la noche de Navidad de 1998,
hablaba del recurso innecesario a la pena de muerte.¿Alguien le
hace caso al Papa?
Sobre este punto de la pena de muerte, podríamos alargarnos,
hablando del aborto, de la eutanasia, de la clonación, de los
anticonceptivos, de la fecundación artificial en laboratorio y de
otros temas afines de bioética como los experimentos con embriones
humanos, en los que mueren miles y miles. Se fecundan los óvulos en
el laboratorio y los embriones sobrantes se congelan y se guardan en
bancos de embriones, que después de cierto tiempo se desechan o
sirven para suministrar médula ósea y otro tipo de células
compatibles para familiares enfermos. A esto se le llama progreso.
Esta matanza de tantos miles de seres humanos en laboratorio tiene
la ventaja sobre el holocausto nazi en Auschwitz de que se hace en
nombre de la ciencia y está legalizado ya en muchos países. Y
nadie protesta, porque se hace a ocultas sin mucha propaganda,
aunque realmente sea un verdadero genocidio de los seres humanos
más indefensos, de los todavía no nacidos. Para algunos es muy
fácil decir que no son seres humanos hasta el momento de la
implantación en el útero o hasta que tengan determinado
desarrollo. Pero ¿quién decide cuándo un embrión es un ser
humano o no lo es? Quizás algún día el avance de la ciencia pueda
decir con claridad que la Iglesia tenía razón y que el ser humano
comienza con la fecundación y que, desde ese momento, es sujeto de
derechos humanos y que no se le puede eliminar con la excusa de
investigaciones científicas.
Es una contradicción que haya quienes estén en contra de la
pena de muerte y sean partidarios del aborto. ¿Cuántos millones de
seres humanos inocentes mueren cada año por el aborto? Más de
sesenta millones. Legalizar el aborto es declarar legalmente la pena
de muerte para millones de seres humanos no nacidos y, además, sin
derecho a defensa.
7.- PÍO XII, LOS NAZIS Y LOS JUDÍOS
Antes de la muerte de Pío XII, en 1958, ya hubo algunos que lo
acusaron de haber sido favorable al nazismo y de no haber hablado en
contra de las masacres de judíos. Esta acusación volvió a
aparecer en 1963 con la publicación de El Vicario, una pieza
teatral de Rolf Hochhuth, un escritor alemán de izquierda. En esta
obra polémica, sostiene que Pío XII estuvo más preocupado por las
finanzas vaticanas que por el exterminio de los judíos. Después de
tres décadas, volvió a resurgir el tema y, actualmente, hay muchos
libros escritos sobre ello.
Comencemos por decir que en los años previos a la guerra, se
produjo un constante acoso contra católicos y judíos por parte del
III Reich. Las persecuciones contra sacerdotes o seglares, enviados
a campos de concentración, y las prohibiciones de peregrinaciones,
clausurando publicaciones católicas y escuelas, fueron constantes.
Incluso, se intentaron múltiples procesos a religiosos por abusos
sexuales o tráfico de divisas. El más espectacular de estos
procesos tuvo lugar en abril de 1936 contra 276 monjes y religiosas
de Westfalia y Renania. En cuanto a los judíos, no podemos olvidar
la noche de los cristales (Kristallnacht) del 9 al 10 de noviembre
de 1938 con la quema de negocios judíos y sinagogas.
Heydrich, jefe de la Gestapo, ya en 1935, en su escrito
Metamorfosis de nuestro combate, (Wandlungen unseres Kampfes),
hablaba de las dos grandes amenazas contra Alemania: el judaísmo y
el catolicismo. ¿Qué hizo la Iglesia? Pío XI, en 1931, en la
encíclica Casti Connubii había condenado la ley de esterilización
obligatoria que entró en vigor en 1934. En 1941, la valiente
denuncia de algunos obispos, especialmente del obispo de Münster
Mons. Clemens August Graft von Galen reveló detalles de cómo
fueron asesinados 800 enfermos en casas, especialmente preparadas
para ello y la manera cómo comunicaban noticias falsas a sus seres
queridos sobre su fallecimiento. El obispo condenó con fuerza estos
atropellos y denunció que ese programa de eutanasia llevaría a la
muerte a personas discapacitadas para el trabajo, a enfermos graves,
ancianos y a los soldados heridos, que regresaban del frente. Los
tres sermones del obispo sobre este tema causaron mucha conmoción
entre la población civil y entre los soldados alemanes del frente.
Por eso, los jefes nazis decidieron suprimir el programa y aplazar
el ajuste de cuentas con la Iglesia después de la victoria. No
querían que los católicos se soliviantaran en el preciso momento
en que acababa de comenzar la guerra con la URSS.
En 1937, el Papa Pío XI publicó la encíclica Mit Brennender
Sorge, en la que tuvo mucha influencia su secretario de Estado el
futuro Pío XII, y donde se habla claramente contra el nazismo y sus
ideales racistas. El efecto de la encíclica, lejos de calmar a los
nazis, significó una asfixiante represión, volviéndose a las
hostilidades por parte de las SS. y de la Gestapo.
El año 1939, al poco tiempo de asumir el Pontificado, Pío XII
publicó la encíclica Summi Pontificatus, donde hablaba de la
necesidad de la paz y que su tarea sería buscar la paz entre los
beligerantes. El periódico New York Times publicó un artículo
sobre la encíclica en primera página, el 28 de octubre de1939,
donde decía: El Papa condena a los dictadores, violadores de los
tratados y al racismo. Fuerzas aéreas aliadas arrojaron miles de
copias de la encíclica en tierra alemana en un intento de avivar
los sentimientos antinazis.
Entre el otoño de 1939 y la primavera de 1940, el Papa en
persona aceptó hacer de intermediario entre los ingleses y los
militares alemanes que conspiraban contra el nazismo... Un grupo de
generales estaba proyectando un golpe de Estado para deponer a
Hitler. Los conspiradores querían el retorno de Alemania a una
democracia moderada y conservadora. Sin embargo, antes de actuar,
necesitaban la garantía inglesa de que las democracias occidentales
no intentarían imponer a Alemania una paz Wilsoniana. El Papa
tendría que proporcionar estas garantías... Para el Papa se
trataba de un plan sumamente arriesgado, podía verse envuelto en
una conspiración para eliminar a un tirano, lo que no sólo
significaba exponerse él y exponer a sus colaboradores, sino poner
en grave peligro la vida católica en Alemania, Austria, Polonia e,
incluso, Italia. Se trataba, pues, de un hecho absolutamente
desconcertante en la historia del Papado. El Papa fue consciente de
ello y se tomó un día para reflexionar y decidir. Al final, el
Papa aceptó decidiendo, al mismo tiempo, mantener al margen a los
responsables oficiales de la política de la Santa Sede, es decir, a
la Secretaría de Estado... Pero, poco a poco, la iniciativa
diplomática se desinfló, convirtiéndose en una desilusión para
Pío XII.
El Papa hizo que el 23 de febrero de 1940, el Santo Oficio
condenara la esterilización; y el 27 de noviembre de 1940 condenó
el homicidio eugenésico como proponían los nazis.
En 1940 envió telegramas de solidaridad a los soberanos de
Bélgica, Holanda y Luxemburgo, cuya neutralidad había sido violada
por los alemanes (los habían invadido). Los telegramas causaron un
gran revuelo y las violencias nazis contra L´Osservatore Romano,
que publicó los telegramas del Papa, mostraron las dificultades con
que tropezaba cualquier intento de hablar por parte del Vaticano.
En la crisis político diplomática con Hitler y Mussolini,
provocada por los telegramas, el Papa declaró al embajador italiano
ante la Santa Sede que no tenía ningún temor a terminar en el
campo de concentración o en manos hostiles.
En enero de 1940, el Papa dio instrucciones a radio vaticana para
que revelara la espantosa crueldad de la tiranía salvaje que los
nazis estaban aplicando a los judíos y católicos polacos. Sobre
estas transmisiones, el New York Times escribió una editorial,
donde decía: Ahora el Vaticano ha hablado con una autoridad
indiscutible y ha confirmado los peores presagios de terror, que
emergen de las tinieblas de Polonia. En Inglaterra, el Manchester
Guardian elogió al Vaticano como el más enérgico defensor de la
Polonia torturada.
Ese año, más de la tercera parte del clero secular alemán y la
quinta del regular, o sea, más de 8.000 sacerdotes fueron sometidos
a medidas coercitivas, 110 murieron en campos de concentración, 59
fueron ajusticiados, asesinados o perecieron a causa de los tratos
recibidos.
El 20 de julio de 1942, una carta pastoral de los obispos de
Holanda fue leída en todas las iglesias, donde se condenaba el
despiadado e injusto trato reservado a los judíos. La respuesta fue
inmediata: la deportación de todos los católicos hebreos, unos
40.000, llevados a la muerte.
Sor Pascualina Lehner, la franciscana alemana que durante
cuarenta años, fue ama de llaves del Papa, dice: Cuando llegó la
noticia de lo que había sucedido en Holanda, yo recuerdo ver al
Santo Padre entrar a la cocina a la hora del almuerzo, llevando en
sus manos dos folios escritos. Dijo: Contiene mi protesta contra la
cruel persecución de los judíos y estaba a punto de mandarla a
publicar en L´Osservatore Romano de esta tarde. Pero ahora pienso
que, si la carta de los obispos de Holanda le ha costado la vida a
cuarenta mil personas, mi protesta, que tiene un tono aún más
fuerte, podría costarle la vida quizás a doscientos mil judíos.
No puedo asumir una responsabilidad tan grande. Es mejor permanecer
en silencio ante el público y hacer en privado, cuanto sea posible.
En el mensaje de Navidad de 1942, el Papa hizo mención de los
centenares de miles de personas que, sin ninguna culpa de su parte,
y, a veces, por el solo hecho de su nacionalidad o su raza, han sido
llevados a la muerte o a un progresivo exterminio.
Este mensaje fue tomado en serio por las autoridades alemanas,
que encargaron al embajador ante la Santa Sede decir que por algunos
síntomas, da la impresión de que el Vaticano esta dispuesto a
abandonar su actitud de normal neutralidad y a tomar decisiones
contra Alemania, que, en tal caso, no carece de medios de
represalias.
El 10 de setiembre de 1943, las tropas alemanas entraron en Roma.
El 20 de setiembre, Herbert Kappler, representante de la Gestapo en
Roma, exigió a los judíos italianos que entregaran, en las 24
horas siguientes, cincuenta kilos de oro bajo pena de deportación
inmediata. El gran rabino de Roma, Eugenio Zolli, que después de la
guerra se hizo católico, acudió al Papa, porque sólo habían
podido recoger 35 kilos y el Papa, con la ayuda de las comunidades
católicas de Roma, le prometió los 15 kilos restantes, que
después no fueron necesarios. Sin embargo, el 16 de octubre de
1943, las SS. por orden directa de Himmler, arrestaron a 1.259
judíos, que fueron llevados a Alemania, donde la mayoría murió en
las cámaras de gas.
Pero el Papa no permaneció inactivo, a pesar de tener en Roma a
los alemanes que lo vigilaban. Desde setiembre, había dado órdenes
de que en todos los conventos, incluso de clausura, se recibieran
judíos para evitar su arresto. Sólo en Roma, 155 conventos,
(algunos de clausura), dieron asilo a cerca de 50.000 judíos. Al
menos 30.000 encontraron refugio en la residencia veraniega papal de
Castelgandolfo. Sesenta judíos vivieron durante nueve meses en la
universidad Gregoriana y varios centenares en el mismo Vaticano. El
cardenal Boetto de Génova salvó al menos ochocientos; el obispo de
Asís escondió trescientos judíos durante más de dos años; el
obispo de Campagna salvó a 961 en Fiume. En total, más de 85.000
judíos italianos fueron salvados por la acción directa de la
Iglesia católica.
La gravedad de esconder judíos en conventos y edificios de la
Iglesia era evidente dada la neutralidad vaticana, pues esto podía
ser considerado como un acto hostil contra los alemanes. La noche
del 26 al 27 de noviembre de 1943, las SS. y los fascistas
irrumpieron en algunas instituciones católicas de Florencia e
hicieron arrestos y deportaciones. El 21 de diciembre, una
irrupción también en Roma, en el Seminario Romano, en el Lombardo
y en el Russicum preocupó mucho a la Santa Sede, pues podía ser
acusada de favorecer a los enemigos del Reich, pero la cosa no fue a
mayores.
Mientras tanto, el Papa se preocupaba del abastecimiento de
víveres de la población de Roma y usaba toda la diplomacia para
conseguir de ambos bandos en guerra, que Roma no fuera campo de
batalla y así fuera protegido el gran tesoro artístico y cultural
de la ciudad. Por esto, después de la liberación, el Papa Pío XII
fue considerado como el defensor de la ciudad por los italianos. En
cuanto a los judíos, mientras el 80% de los judíos europeos
hallaron la muerte durante la guerra, el 80% de los judíos
italianos se salvó.
Por otra parte, el Papa, desde 1939, organizó un sistema de
comunicaciones para entregar información a los familiares de
judíos, prisioneros o desplazados durante la guerra. Los datos
sobre estas informaciones han sido sacadas del archivo secreto del
Vaticano y han sido publicadas en dos volúmenes, titulados Inter
Arma Caritas, donde se puede observar la red de asistencia a las
víctimas de la guerra con listas de prisioneros, civiles y
militares. Al principio, había 100 empleados para atender las
peticiones de información. En 1943, eran ya 600 empleados y se
atendía a decenas de miles de peticiones diarias.
Según Pinchas Lapide (que prestó servicios de cónsul de Israel
en Milán y entrevistó a los judíos italianos sobrevivientes), en
su libro Three Popes and the Jews dice que Pío XII contribuyó
sustancialmente a salvar a 700.000 judíos, y tal vez a 860.000, de
la muerte segura a manos de los nazis. Y sigue diciendo: La Iglesia
católica salvó más judíos durante la guerra que todas las demás
iglesias, instituciones religiosas u organizaciones juntas. Esto en
contraste con lo conseguido por la Cruz Roja o las democracias
occidentales.
Sin embargo, a pesar de todo lo que hizo el Papa, muchos siguen
diciendo que no fue valiente para hablar de los horrores nazis y que
debía haber hablado con más claridad y con más fuerza para
descubrir los horrores que estaba perpetrando el régimen nazi
contra los judíos. Lo acusan de demasiada prudencia, de sus
silencios culpables y de actuación insuficiente. Lo que sí es
cierto es que no se le puede tachar de pro-nazi ni de antijudío, ni
de cobarde, pues, varias veces, manifestó estar dispuesto a morir.
Su secretario, el jesuita Robert Leiber, manifestó claramente,
después de la guerra, que Pío XII no conocía la realidad de los
hechos (de la solución final judía) y que no era cierto que
poseyera material informativo absolutamente fiable y cuya fiabilidad
considerase personalmente incontestable. Cierto que nunca en sus
discursos pronunció la palabra nazis o judíos. Habló en general.
Decidió actuar mucho y hablar poco. Quizás para algunos debería
haber hablado más y con más fuerza contra los nazis. Pero olvidan
que los aliados hablaron mucho menos que el Papa, porque tenían
miedo de aceptar a miles de refugiados judíos en sus propios
países. Ellos estaban mejor informados y no quisieron hablar.
La Cruz Roja internacional y otras naciones neutrales como Suecia
y Suiza optaron también por no protestar, dado que temían que sus
actividades humanitarias pudieran ser interrumpidas en los países
bajo control alemán. Pero, si el Papa hubiera denunciado a los
nazis con fuerza, ¿hubieran éstos dejado de seguir con su
política anticatólica y antijudía? No es oportuno denunciar a un
asesino que tiene a las víctimas a su merced, si no se tienen los
medios de alejarlo inmediatamente de la oportunidad de hacerles
daño. Documentos nazis, publicados en 1998 y recogidos en el libro
Pio XII e gli ebrei de Margherita Marchione, revelan la existencia
de un plan alemán, denominado Rabat-Fhon, que hubiera debido
llevarse a cabo en enero de 1944 y que preveía que soldados de la
octava división de caballería de las SS., disfrazados de soldados
italianos, conquistaran el Vaticano y eliminaran a Pío XII con todo
el Vaticano. La causa de la represalia aparece explícitamente: la
protesta del Papa a favor de los judíos.
El diario de Goebbels confirma la información que ya se temía
por aquella época de que Hitler pensó varias veces en arrestar al
Papa y hacerlo prisionero en Lichtenstein o en Munich. Si el Papa
hubiera hablado fuerte, los nazis habrían tenido el motivo
apropiado para su propaganda de que el Papa era antialemán y lo
habrían arrestado, los conventos hubieran sido privados de su
inmunidad y el Papa no habría podido salvar a tantos miles de
judíos italianos con su acción directa. Asimismo hubiera dado
motivo para una sangrienta masacre de sacerdotes y seglares
católicos en el III Reich. Si el Papa hubiera hablado más, hubiera
expuesto a la represalia la vida de millones de católicos en los
territorios ocupados.
Una deliberada condena de Hitler y una condenación pública
¿hubiera arreglado algo? Pinchas Lapide dice: Ninguno de nosotros
quería que el Papa hablase abiertamente. Nosotros éramos todos
refugiados. La Gestapo habría aumentado e intensificado las
persecuciones.
El obispo católico Jean Bernard, internado en el campo de
Dachau, dice en sus Memorias que los sacerdotes temblaban cada vez
que llegaba una protesta de una autoridad religiosa, especialmente
del Vaticano.
Robert Kempner, delegado de los Estados Unidos en el Consejo del
tribunal de crímenes de guerra de Nuremberg, escribió: Cualquier
tentativa de propaganda de la Iglesia católica contra el Reich de
Hitler, no sólo hubiera sido un suicidio provocado, como ha
declarado actualmente Rosenberg, sino que habría acelerado la
ejecución de un número mayor de sacerdotes y de judíos.
Los nuncios en Eslovaquia, Croacia, Rumania y Hungría
consiguieron también evitar muchas muertes de judíos. El 14 de
febrero de 1943, el nuncio en Bucarest recibía del presidente de la
Comunidad judía de Rumania su agradecimiento por la asistencia y
protección de la Santa Sede a favor de los judíos. Mons. Roncalli,
futuro Papa Juan XXIII, delegado apostólico en Turquía, el 22 de
mayo de1943, enviaba al Vaticano una comunicación en la que
informaba que el secretario de la Agencia judía para Palestina, Sr.
Ch. Sarlas, había agradecido el apoyo de la Santa Sede a favor de
los judíos de Eslovaquia. El rabino jefe de Jerusalén, Herzog,
manifestaba el 19 de julio y el 22 de noviembre de 1943 los
sentimientos de sincero agradecimiento y profundo aprecio por la
actitud benévola hacia el pueblo de Israel y por el validísimo
apoyo prestado por la Iglesia católica al pueblo hebreo en peligro.
En 1943, Chaim Weizmann, que llegaría a ser el primer presidente
del Estado de Israel, escribió: La Santa Sede está prestando su
poderosa ayuda donde es posible para aliviar la suerte de mis
correligionarios perseguidos. En setiembre de 1945, Leon Kubowitzky,
secretario general del Congreso judío mundial, agradeció
personalmente al Papa sus intervenciones y donó 20.000 dólares al
Óbolo de San Pedro como signo de reconocimiento por la obra
desarrollada por la Santa Sede, salvando a los judíos de las
persecuciones fascistas y nazis.
En 1955, la Unión de comunidades judías italianas proclamó el
17 de abril jornada de agradecimiento por la asistencia recibida por
el Papa durante la guerra.
El más ilustre de los judíos, Albert Einstein, dijo en Time
magazine el 23 de diciembre de 1940: Las universidades como los
periódicos fueron reducidos al silencio en pocas semanas. Sólo la
Iglesia católica permaneció sólidamente firme e hizo frente a la
campaña de Hitler, que suprimía la verdad. Yo no he tenido ningún
interés en la Iglesia, pero ahora tengo un gran afecto y
admiración, porque sólo la Iglesia ha tenido el coraje y la
constancia de defender la verdad intelectual y la verdad moral. Yo
debo confesar que lo que, alguna vez, he despreciado, ahora lo debo
elogiar sin reservas.
Por eso, en 1954, el judío León Poliakov escribió que los
extraordinarios esfuerzos humanitarios hechos por la Iglesia tras el
terror de Hitler, jamás podrán ser olvidados.
Francis Osborne, ministro pleniplotenciario británico ante la
Santa Sede, no católico, que estuvo alojado en el Vaticano desde
junio de 1940 hasta el otoño de 1944, y que conoció bien al Papa,
dice en una carta al Times de Londres, el 20 de mayo de 1963: Pío
XII era muy benigno, gentil, generoso, comprensivo. Una persona que
he tenido el privilegio de encontrar a lo largo de mi vida. Sé que,
por su naturaleza sensible, estaba constantemente afligido por el
trágico sufrimiento humano causado por la guerra y, sin duda, él
hubiera estado listo para ofrecer su vida por aliviar a la humanidad
de las tragedias del conflicto. Pero ¿qué cosa podría haber hecho
más eficazmente?. Domenico Tardini, un cercano colaborador del
Papa, dice que en los meses de guerra, redujo su alimento y
multiplicó sus penitencias hasta prescindir, entre otras cosas, de
la calefacción de sus habitaciones durante el invierno.
El general Montgomery escribió en el Sunday Times de Londres,
del 12 de octubre de 1958, a los tres días de su muerte: He was a
great good man and I loved him (él fue un gran hombre y un buen
hombre, y yo lo quería).
Golda Meir, primer ministro de Israel, con motivo de su muerte,
envió un mensaje que decía: Cuando el terrible martirio se abatió
sobre nuestro pueblo, la voz del Papa se elevó por las víctimas.
Lloramos por un gran servidor de la paz. Al conocer la muerte del
Papa, el gran director de orquesta, el judío Leonard Bernstein,
detuvo su batuta y pidió un momento de silencio para honrar al Papa
que había salvado la vida de tantas personas sin distinción de
raza, nacionalidad o religión.
De hecho, al final de la guerra, los sobrevivientes y los
primeros historiadores celebraron con unanimidad la solidaridad de
la Iglesia y de Pío XII con los judíos y su resistencia al
nazismo.
¿Es preciso decir más? ¿Ochocientos mil judíos salvados no
fueron suficientes? ¿Hubiera sido mejor hablar más alto y fuerte?
Entramos en un terreno de suposiciones, pero lo más probable
hubiera sido que las represalias hubieran sido inmensamente mayores
y con muchos miles de muertos más. Por eso, estamos de acuerdo con
el rabino David Dalin, que en un artículo publicado, en The Weekly
Standard, dice que Pío XII debe ser reconocido como justo en virtud
de cuanto hizo por salvar a los judíos del Holocausto.
En el verano del 2001 dijo: Si se leen atentamente los doce tomos
publicados por la Santa Sede, si se consideran los testimonios y los
reconocimientos de los hebreos durante y después de la segunda
guerra mundial y, si se leen los discursos pronunciados por Pío XII
en aquellos años, la conclusión es una sola: Pío XII ha estado
tan cerca de los judíos como ellos podían esperar.
8.- LOS TESOROS DEL VATICANO
No falta gente mal intencionada que habla de los tesoros del
Vaticano, como si el Papa, y quienes viven con él, vivieran a todo
lujo como grandes multimillonarios, que se aprovechan de la
ignorancia de la gente. Pero nada más falso. El Papa es un
trabajador que nos da ejemplo a todos de esfuerzo y sacrificio, que
trabaja hasta altas horas de la noche, a pesar de sus años. Quienes
hablan de tesoros parecen imaginar cuartos llenos de lingotes de
oro, de cofres llenos de joyas o de millones de dólares. ¿Podrían
decirnos cuáles y cuántos son estos tesoros y dónde están? Si se
refieren a los tesoros culturales que hay en el Vaticano, les
diremos que estos tesoros, como cuadros, imágenes, ornamentos y
libros antiguos, no tienen ningún valor comercial. Están expuestos
en museos, que todos pueden admirar. ¿Acaso hay alguna persona
inteligente que cree que, vendiendo todas las obras de arte del
Vaticano o de las iglesias del mundo entero, se acabaría la pobreza
del mundo? ¿Serviría para algo regalar todo el dinero recaudado?
¿Se solucionaría la pobreza del mundo, dando el dinero a los
pobres? Si no hay madurez personal, si no hay justicia social, no
habrá desarrollo, sino más vicios y gastos en cosas inútiles.
Cuando el Papa Juan Pablo II hizo su primer viaje a Brasil,
visitó a una familia en una favela. Conmovido, les dejó su anillo
de Papa, pero no lo vendieron. Lo conservan en la capilla del barrio
como una muestra del amor del Papa por los pobres. Hay que aclarar
bien que no hay relación ninguna entre las supuestas riquezas del
Vaticano y la pobreza en el mundo. No hay relación de causa-efecto.
A nivel oficial, la Iglesia recoge en todas las iglesias del mundo
el óbolo de San Pedro, unos 70 millones de dólares, y los destina,
exclusivamente, a lugares pobres del tercer mundo. Por otra parte,
no hay que olvidar que la Iglesia atiende a miles y miles de alumnos
pobres, de enfermos (la mitad de los enfermos del Sida), leprosos y
discapacitados en todo el mundo, Tiene muchas instituciones
dedicadas a la caridad. Recordemos las cuatro mil religiosas de la
Madre Teresa de Calcuta, por poner sólo un ejemplo. ¡Cuántos
institutos religiosos dedicados a la educación de la juventud como
los Salesianos! ¡Cuántas instituciones para promover una vida más
digna para los pobres!
No está de más recordar que la Iglesia fue quien comenzó a
construir hospitales y universidades en Europa, quien promovió la
educación durante siglos, quien luchó contra la esclavitud y quien
se preocupa más que nadie de los inmigrantes, huérfanos,
minusválidos o niños de la calle.
El Vaticano, como Estado independiente, tiene un presupuesto,
que, en el año 2003, según Monseñor Sergio Sebastián, presidente
de la Prefectura de Asuntos Económicos, tuvo déficit, debido a
obras de restauración de edificios dentro del territorio vaticano.
Su presupuesto, en 1989, era menor que la mitad del que tiene el
Parlamento italiano. Los católicos del mundo entero ofrecen
donaciones anuales menores a las que ofrecen a su iglesia los dos
millones de americanos adventistas, o los testigos de Jehová o los
de la secta de Unificación o secta Moon, que invierten sus
capitales en todo el mundo y, a veces, en cosas no muy lícitas. Por
eso, hablar de riquezas del Vaticano parece ridículo.
Y no olvidemos que las famosas riquezas vaticanas en obras de
arte, fueron acumuladas por los Papas a lo largo de los siglos y
ahora son patrimonio de la humanidad. De hecho, en Roma, casi la
mitad de la gente vive de los ingresos del turismo, surgido
precisamente por las inversiones de los Papas. Si se vendieran esos
tesoros, sólo servirían para el disfrute de unos pocos millonarios
que las podrían comprar; ahora están al servicio y para el
disfrute de todos, y lo mismo digamos de los archivos y bibliotecas
vaticanas con libros muy antiguos.
En cuanto al presupuesto de la Santa Sede como organización
eclesial, el año 2003, según Mons. Sergio Sebastiani, tuvo un
déficit por tercer año consecutivo. El año 2003, el déficit fue
de 9.5 millones de euros. Sus ingresos fueron de 203 millones y sus
gastos fueron casi 213 millones de euros.
En conclusión, nadie, en su sano juicio, podrá proponer que el
Vaticano venda sus tesoros artísticos para regalar el dinero a los
pobres, pues el mundo perdería estos tesoros para beneficio de la
humanidad, y los pobres no dejarían de ser más pobres. El hecho de
que, a lo largo de la historia, haya habido y pueda haber
eclesiásticos, apegados a los poderosos y amantes del lujo y la
riqueza, no quiere decir que todos sean iguales. En la Iglesia ha
habido, y siempre habrá, santos y pecadores.
9.- ESCÁNDALOS DE LA IGLESIA
La Iglesia, como institución humana, formada por seres humanos,
ha sido, es y seguirá siendo, una institución imperfecta y llena
de errores y pecados. Felizmente, Cristo ha prometido que el poder
del mal no la podrá destruir y, por tanto, que permanecerá en pie
hasta el fin de los tiempos (Mt 16,18).
Ya desde los primeros tiempos de cristianismo, aparecen muchas
señales de debilidad humana. San Pablo habla de uno que vivía con
la mujer de su padre (1 Co 5,1). Habla de discordias (1 Co 1,11) y
de falsos hermanos (2 Co 11, 26). Y dice: Cuando os reunís en
común, cada uno come primero su propia cena y, mientras uno pasa
hambre, otro se embriaga. ¿No tenéis casas para comer y beber?
¿Es que despreciáis a la Iglesia de Dios y avergonzáis a los que
no tienen? ¡Qué voy a deciros! ¿Alabaros? En esto no os alabo (1
Co. 11, 20-22).
Si leemos la historia del pueblo de Israel del Antiguo
Testamento, observaremos igualmente la debilidad humana por todas
partes. El pueblo, con frecuencia, se alejaba de Dios y caía en la
idolatría, que era una especie de infidelidad a la alianza
prometida. Y Dios enviaba profetas para hacerles volver al camino
del bien y al cumplimiento de la Ley. Asimismo, a lo largo de la
historia de la Iglesia, siempre Dios ha enviado santos eminentes
para reformar las costumbres y volver al pueblo al camino de Dios.
Sin embargo, ciertamente, hay muchas cosas que lamentar en la
Iglesia. Muchos de sus hijos actuaron con violencia y crueldad,
tuvieron costumbres indignas y apoyaron la mentira y la corrupción.
Y no sólo los laicos, muchos sacerdotes llevaron vidas no conformes
a su estado, no respetaron sus compromisos y abusaron de los
débiles. Incluso, no faltaron obispos, en ciertas épocas, que
compraban sus cargos al señor feudal, que era quien los elegía,
pues los obispos eran en la práctica señores religiosos,
políticos, y militares. Por eso, la política se mezclaba con la
religión.
Lo peor ocurrió en el siglo de hierro, siglo X, cuando familias
poderosas de Roma, intervinieron en la elección del Papa y
nombraron Papas indignos. Los Papas eran también reyes de los
Estados Pontificios, donados por Pipino el Breve el año 756. En
aquellos tiempos, el Papa era elegido por el voto popular de los
romanos. Y ellos exigían normalmente italianos, que fueran de su
agrado. Ahí venía la actuación de las familias poderosas para
imponer sus candidatos, como la tristemente famosa Marozia.
Ella mandó matar a León VI el año 928, en que fue elegido.
Esteban VII fue elegido ese mismo año por presiones de ella. Y,
después de dos años, también lo mandó matar. Entonces, Marozia
decidió que debía ser elegido su hijo con tan sólo 25 años, que
se llamó Juan XI (931-935) y que murió en la cárcel.
Uno de los escándalos más tristes fue el de Esteban VI
(896-897). Mandó desenterrar el cadáver de su antecesor Formoso y
lo juzgó ante un tribunal y echó sus cenizas al Tíber. Poco
después, a Esteban VI lo asesinaron en la cárcel.
El cisma de Aviñón fue uno de los momentos más lamentables de
la Iglesia y también en los que Dios manifestó más su poder. No
sólo con grandes santos, sino también no permitiendo que el cisma
se prolongara indefinidamente. A la muerte de Gregorio XI, el pueblo
romano presionó a los cardenales a elegir un Papa italiano,
gritando: Elegid un italiano o moriréis. Los cardenales eligieron a
Urbano VI, arzobispo de Bari, y comunicaron la elección a toda la
cristiandad, pero Urbano VI resultó ser un Papa austero, que quiso
poner orden en la vida relajada de los cardenales y otros altos
eclesiásticos. Entonces, un grupo de cardenales, disgustados,
declararon que la elección había sido nula por la coacción del
pueblo romano y eligieron a Clemente VII, que fijó su residencia en
Aviñón. Muchos católicos, que no conocían las circunstancias, no
sabían cuál era el verdadero Papa y la cristiandad se dividió en
dos bandos, según las simpatías. Por fin, en el Concilio de
Constanza, después de haber renunciado el verdadero Papa de Roma,
fue elegido Martín V. Era el año 1417.
Ciertamente, ha habido Papas pecadores, pero Cristo no prometió
la impecabilidad, sino la infalibilidad: Lo que ates en la tierra
será atado en el cielo y lo que desates en la tierra será desatado
en el cielo (Mt 16,19).
En cuanto a los escándalos, siempre hay que tener un mínimo de
comprensión histórica del asunto y, sobre todo, no creer todo lo
que dicen los anticatólicos, que siempre exageran y fabrican
leyendas negras. Ellos sólo ven lo malo. Y una historia, donde
sólo aparece lo malo, es falsa. Por eso, decía san Agustín que
las medias verdades son mentiras enteras.
Un escándalo, suscitado en 1982, tuvo lugar con la quiebra del
Banco Ambrosiano, cuyo principal accionista era el Banco del
Vaticano, que ahora se llama IOR (Instituto para Obras Religiosas).
Parece que el encargado de las finanzas vaticanas, Monseñor Paul
Marcinkus, llevó una mala gestión. Pero hay que decir con claridad
que los acreedores afectados del Banco Ambrosiano, recibieron del
Vaticano todo lo que se les debía por voluntad expresa del Papa
Juan Pablo II. Algunos hablan de 500 millones de dólares en
pérdidas. El escándalo fue mayor por motivo de que el gerente del
Banco Ambrosiano, el Dr. Calvi, se suicidó.
A raíz de esos sucesos, fue destituido Mons. Marcinkus y el Papa
nombró un consejo rector de las finanzas vaticanas, dirigido por
cinco banqueros católicos de distintos países, y ahora el banco
del Vaticano o IOR sólo invierte en obligaciones de Estado.
Otro escándalo, suscitado en estos últimos años, es el de los
sacerdotes pedófilos en Estados Unidos. Los medios de comunicación
han tenido la oportunidad de airear a toda página y durante mucho
tiempo este tema que ha desprestigiado a la Iglesia, como si fuera
la única institución perversa del mundo, donde todo es apariencia
y mentira. Han hablado de miles de casos, implicando, a veces, a
empleados de colegios o parroquias u otras instituciones eclesiales.
Según un estudio serio de la universidad de Pensylvania,
publicado el 2001, titulado Pedophiles and priests, serían 60 los
sacerdotes suspendidos por abusos sexuales en 17 diócesis. Según
datos de la Santa Sede, citados por ellos, en los últimos 23 años,
ha habido 56 casos de abuso sexual comprobado.
Según el instituto de criminalística John Jay de la universidad
de Nueva York, durante 52 años (1950-2002), se presentaron 10.667
denuncias contra sacerdotes y diáconos. Sólo se tomaron en cuenta
6.700, de las que 1.000 fueron desestimadas y 3.200 no pudieron ser
investigadas por muerte del supuesto agresor. La mayoría de estas
denuncias fueron presentadas a partir de 1993, pero, según los
expertos, es muy difícil comprobar las acusaciones por falta de
pruebas. De hecho, los tribunales norteamericanos sólo han
condenado en estos 52 años a unos cien sacerdotes y diáconos entre
los 109.694, que vivieron durante ese tiempo. Lo cual quiere decir
que la inmensa mayoría de sacerdotes ha sido y sigue siendo fiel a
su ministerio y que no se puede desprestigiar a una institución por
unos pocos.
Sin embargo, lo importante de todo esto es que la Iglesia ha
tomado las cosas en serio y el presidente de la Conferencia
Episcopal norteamericana ha podido decir públicamente que, después
de las medidas tomadas, actualmente ya no hay ningún sacerdote o
diácono acusado que esté ejerciendo el ministerio pastoral. Otro
punto a notar es que, según los cardenales norteamericanos reunidos
el 24-4-2002: Se ha destacado el hecho de que prácticamente todos
los casos han visto implicados a adolescentes, por lo que no puede
hablarse de pedofilia auténtica. La inmensa mayoría de estos
casos, se refiere a sacerdotes homosexuales. Por eso, el Papa
Benedicto XVI ha prohibido ser sacerdotes a quienes practican la
homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente
arraigadas o sostienen la llamada cultura gay.
Pero lo triste del asunto es que el problema del abuso de menores
es un problema social en USA. Según Charol Shakeshaft, el 15 % de
los alumnos de colegios estatales sufren abusos sexuales por parte
de profesores y personal del centro en algún momento de su vida
escolar. Esto sin contar que la mayoría de los abusos sexuales los
sufren los niños y niñas en sus propios hogares por sus mismos
padres, padrastros, familiares... Incluso, según investigaciones
recientes, el 10% de los sicoterapeutas cometen estos mismos abusos.
Y lo mismo ocurre con ministros de otras religiones. Por eso, según
estudios, se puede decir que, entre los sacerdotes católicos, el
porcentaje de abusos es mucho menor que en cualquier otra
profesión.
Otro caso, que se ha difundido por todo el mundo, es el de los
sacerdotes pedófilos de Brasil. La revista brasileña ISTOÉ
publicó el 16 de noviembre del 2005 un informe en el que se decía
que en Brasil, según una investigación del Vaticano, había 1.700
sacerdotes comprometidos en crímenes sexuales. Sin embargo, nunca
se ha realizado ninguna investigación por parte del Vaticano sobre
esto. Además, esos datos fueron tomados irresponsablemente de una
encuesta, organizada por la Conferencia episcopal brasileña, en la
que se pedía información a 1.700 sacerdotes; sacerdotes
encuestados, no culpables de ningún abuso. Por eso, el cardenal
Geraldo Majella, presidente de la Conferencia episcopal, envió una
carta a la revista ISTOÉ para que rectificara la información,
diciendo que esa gravísima afirmación, que se publica como algo
seguro, es una afirmación calumniosa, carente de todo fundamento.
¿Algún medio de información a nivel mundial, de los que
propagaron la noticia, ha rectificado, diciendo que fue una calumnia
de la revista? Pareciera que existe a nivel mundial una campaña
manipulada para desprestigiar a la Iglesia, y que por unos pocos se
quiere manchar la honra de todos.
Para terminar este capítulo, nos referiremos también el
escándalo protagonizado por Monseñor Emmanuel Milingo,
ex-arzobispo de Lusaka (Zambia), conocido sanador y exorcista, que
provocó el desconcierto de millones de católicos del mundo entero
y ocupó las portadas de los periódicos durante varios meses por
casarse con la divorciada doctora coreana María Sung en la secta
Moon. Había conocido a su esposa cinco días antes de la ceremonia,
que se realizó en el hotel Hilton de Nueva York, el 27 de mayo del
2001. Este matrimonio, no reconocido por las leyes italianas ni
norteamericanas, duró dos meses.
Monseñor Milingo, en su libro El pez rescatado del fango, donde
es entrevistado, dice: Fui de alguna manera, obnubilado por los
honores que me ofrecían, por los elogios de la gente que me
escuchaba. Tal vez me manipularon sicológicamente. Tenían,
incluso, la idea de desarrollar su presencia en África gracias a mi
nombre y a mis capacidades, fundando una Iglesia católica paralela,
aunque con abundante financiación, por lo que pude saber. Yo
habría sido la cabeza de la nueva Iglesia.
Cuando el Papa me recibió (después de todo el suceso) no
discutió conmigo, no me acusó de nada… Juan Pablo II me
edificó, vi en él a un padre, que trataba de captar lo bueno que
había en el hijo, porque era él mismo quien sentía que podía
transformar su corazón. Sólo me dijo: Vuelve a la Iglesia
católica. Y yo volví. En ese momento, tomé conciencia de todos
mis errores, las cosas absurdas que había hecho, el perdón que
tenía que pedir. Era como si se me hubiesen caído escamas de los
ojos.
El infierno es terrible. Me salvé al borde del abismo. A todos
los que me han conocido antes del profundo agujero negro, pero
también a quien me ha conocido únicamente a través de los medios
de comunicación, quiero pedirles perdón, como ya lo hice con las
cartas al Papa.
¿Qué podemos decir sobre estos y otros tantos escándalos que
han azotado y seguirán azotando a la Iglesia a través de los
siglos? ¿Justificarlos? No, cada protagonista tendrá su propia
responsabilidad ante Dios. Nosotros debemos comprender, orar y
perdonar. Es muy fácil criticar; a veces, sin ponernos en el lugar
del otro, sin comprender la mentalidad de la época. ¿Qué fácil
les resulta, por ejemplo, a muchos evangélicos decir: la Iglesia
católica está corrompida, ha habido Papas pecadores, hay muchos
sacerdotes pecadores. Por tanto, no puede ser la Iglesia fundada por
Cristo. Pero Cristo no fundó una Iglesia santa. Desde el principio,
tenemos Judas. Por otra parte, podemos decirles a los hermanos
protestantes que, hasta el siglo XVI, los pecados de la Iglesia son
pecados también suyos, pues ellos aceptan la Iglesia hasta la
Reforma protestante. Y, si ellos no se consideran parte de esa
Iglesia primitiva-medieval con todos sus defectos, ¿dónde estaban
ellos? ¿Pueden contarnos su propia historia santa, sin ningún
pecado?
Es fácil criticar el pasado. Veamos el presente de la Iglesia y
comparémoslo con otras instituciones actuales, a ver si hay alguna
perfecta y con menos escándalos, proporcionalmente hablando. No
olvidemos que la Iglesia tiene 1.100 millones de fieles en todo el
mundo. Y todos los escándalos de los católicos se los achacan a
ella. Lamentablemente, muchos millones de católicos son
no-practicantes, católicos de nombre, que no aceptan las
enseñanzas de la Iglesia en puntos importantes como el aborto.
¿Serán ellos los que la acusarán? ¿No tendrá la Iglesia muchas
más razones para avergonzarse de ellos? ¿La acusarán los ateos y
agnósticos? ¿Dónde ha habido regímenes ateos perfectos? ¿Pueden
ellos gloriarse de su historia?
En la Iglesia católica, los santos abundan más que en ninguna
otra institución y siempre ha sido así. Entre los Papas, ha habido
más de 80 santos, más de la tercera parte. Y lo mismo podemos
decir entre obispos, sacerdotes y religiosas. La Iglesia es un
instrumento de Dios en el mundo, y nos proporciona los medios para
llegar a la santidad. El ser santo o pecador dependerá de la
respuesta personal. Por eso, quisiera terminar con unas palabras de
san Francisco de Asís.
Una vez, un hermano, muy susceptible a los escándalos, le
preguntó: Hermano Francisco, ¿qué harías tú, si supieras que el
sacerdote que está celebrando la misa tiene tres concubinas a su
lado? Francisco, sin dudar, un solo instante, le dijo muy despacio:
Cuando llegara la hora de la sagrada comunión, iría a recibir el
cuerpo de mi Señor de las manos ungidas del sacerdote.
San Francisco quiso dejar en claro que, por muy pecador que sea
el sacerdote, sigue siendo un ministro de Cristo. Al confesar,
perdona los pecados, y, al celebrar la misa, Cristo se hace presente
a través de él. Por eso, debemos lamentar los pecados de nuestros
hermanos, debemos ayudarlos a corregirse, pero también debemos orar
por ellos. Y el que no crea en la Iglesia, por considerarla
anticuada, inhumana, falsa o retrógrada, que busque en la historia
de los últimos dos mil años una institución, dinastía o
religión, más perfecta que haya ayudado más a los hombres en su
superación personal, humana y espiritual.
10.- DESPRESTIGIAR A LA IGLESIA
En el mundo en que vivimos, pareciera que muchos medios masivos
de comunicación y muchos periodistas, escritores o directores de
films, no tuvieran otra meta que desprestigiar a la Iglesia
católica. Ciertamente que todo lo que suene a escándalo de
sacerdotes o de instituciones católicas parece ser un buen negocio.
Por eso, con frecuencia, se inventan cosas o se exageran o, aun en
el caso de que sean ciertas, se repiten y se repiten, dando así la
impresión de que la Iglesia católica está podrida por dentro y no
de que se trata de algunos casos aislados.
Para confirmar esto bastaría ver algunas películas como Mala
educación, El crimen del Padre Amaro, Las hermanas Magdalenas…
Precisamente, en este último film, que en algunos países tiene
el título de En nombre de Dios, el director Peter Mullan trata de
insinuar que las religiosas Magdalenas, que regentaban unas
lavanderías en Galway, Du Laoghaire y Kerry, en Irlanda, que eran
una especie de reformatorios para chicas, eran unas religiosas
inhumanas, crueles y poco menos que infernales. Para darle más
veracidad al relato, dice el director que es una película de
ficción, pero basada en hechos reales.
El hecho de que la película recibió el León de oro del
festival de Venecia, según algunos críticos, indica que no se ha
premiado su valor estético, sino el impacto que iba a producir en
el público sin plantearse la cuestión de la verdad histórica de
todo lo que presenta. En realidad, las hermanas Magdalenas o
hermanas de la misericordia de las Américas, como se llaman, con
4.960 religiosas en el mundo entero, se dedican a la educación en
escuelas y universidades, y atienden a pobres y enfermos, incluso
con sida. Puede verse su página web www.sistersofmercy.org.
Hasta la fecha no ha sido condenada ninguna religiosa por abusos
como los que presenta la película, a pesar de que se hicieron
graves acusaciones contra una hermana. A esas casas – lavanderías
– reformatorios eran llevadas las chicas por el juez o por su
propia familia, y estaban en régimen de privación de libertad. Las
autoridades judiciales controlaban el centro y lo supervisaban. De
hecho, ha habido y sigue habiendo muchos reformatorios en todos los
países del mundo. En Inglaterra eran regidos por la Iglesia
anglicana y no eran diferentes a los irlandeses, pero pareciera que
sólo lo católico es digno de ser acusado.
Como dice el gran periodista italiano Vittorio Messori: Toda esta
película está construida para crear en el espectador un sentido de
opresión, de ausencia de aire y de libertad en una sociedad
aplastada por el peso despótico, oscuro e insoportable de la
Iglesia. Pero la historia de Irlanda narra algo totalmente diverso:
para seguir teniendo esos sacerdotes, esas monjas y esos obispos,
este pueblo ha sufrido siglos de martirio infligido por los
protestantes ingleses… Este pueblo ha sembrado su fe con heróica
obstinación en una Commonwealth hostil, fundando la Iglesia
católica en USA, Australia, Sudáfrica y Nueva Zelanda. Un pueblo
que, impulsado por la miseria y las persecuciones, partió desde su
isla por pueblos enteros, con los párrocos y monjas a la cabeza,
hermanas Magdalenas incluidas.
En la Iglesia católica hay miles de casas de religiosas que se
dedican a la educación de los pobres, al cuidado de enfermos, a la
recuperación de personas con problemas sicológicos o morales. ¿Es
justo que solamente se hable de lo malo y exagerándolo para que
impacte más? Las hermanas Magdalenas tuvieron la valentía de pedir
perdón en 1996, a todas las personas que pudieron sentirse
ofendidas, al momento de cerrarse estas tres casas lavanderías –
reformatorios, que tenían en Irlanda. Y también lo hicieron en el
2003, después de salir a luz esta película, que, en realidad,
quiere presentar sólo cuatro casos entre los miles de chicas que
vivieron en esos establecimientos a lo largo de los años.
También hay infinidad de libros en los que se ataca a la Iglesia
católica. El libro de Dan Brown, El Código da Vinci, publicado en
el 2003, ha sido un best-seller, presentando a la Iglesia como una
institución poderosa, antifeminista y mentirosa. Según el libro,
la Iglesia ha ocultado al mundo la gran verdad de que Jesús no era
Dios y que había sido un simple hombre, casado con María
Magdalena, de la que tuvo una hija, llamada Sara, cuyos
descendientes perduran hasta hoy. Según el autor, el emperador
Constantino, en el concilio de Nicea del año 325, recopiló los
textos de los evangelios en los que se hablaba de la divinidad de
Cristo y prohibió los que lo negaban. Prácticamente, se dice que
Constantino inventó la religión cristiana, y que el Papa y las
autoridades de la Iglesia han tratado de reprimir siempre por la
fuerza (léase Inquisición) a todos los herejes que querían
defender la verdad de que Cristo no era Dios. Por otra parte, se
presenta al Opus Dei como una organización criminal, que no duda en
matar a quienes se le oponen con tal de ganar dinero y poder dentro
de la Iglesia. Y lo peor de este libro es que presenta sus
afirmaciones como científicas y afirma que todas las descripciones
de obras de arte, de edificios, documentos y rituales secretos, que
aparecen en esta novela, son veraces.
Entre las grandes afirmaciones del libro, hay una que dice:
Durante trescientos años de caza de brujas, la Iglesia quemó en la
hoguera nada menos que a cinco millones de mujeres. Pero ya hemos
afirmado, al hablar de la Inquisición, que, según las últimas
investigaciones de los especialistas en el tema, sólo mató a 100
brujas. Mientras que en otros países no católicos, como Alemania,
fueron 25.000.
El autor, en ningún momento, menciona a los protestantes ni a
los ortodoxos, como si la única culpable fuera siempre la Iglesia
católica. Pero el libro contiene gravísimos errores históricos.
Si leemos los escritos de los santos Padres anteriores al concilio
de Nicea, podremos comprobar que todos ellos, sin excepción,
creían en la divinidad de Jesucristo, antes de que existiera
Constantino. Afirma que el Papa Clemente V eliminó a los templarios
en un plan maquiavélico y echó sus cenizas al Tíber, cuando
fueron eliminados por el rey de Francia y Clemente V no podría
haber echado sus cenizas al Tíber, pues vivía en Avignon. Habla de
que los juegos olímpicos de la antigüedad eran en honor de
Afrodita, cuando eran en honor de Zeus. Y así hay otras muchas
inexactitudes, que no lograrían pasar una prueba de la enciclopedia
escolar. Pero para desprestigiar a la Iglesia, parece que todo vale.
Lo más lamentable es cuando este desprestigio viene de personas que
se consideran católicas.
A ellos habría que decirles lo que decía el gran teólogo Henri
de Lubac: No puedo menos de admirar la conciencia de tantos
católicos que, sin haber hecho nada grande, sin haber pensado ni
sufrido, sin ni siquiera tomarse el tiempo de reflexionar, se
convierten cada día, ante los aplausos de una multitud extranjera,
en acusadores de su madre y de sus hermanos. Muchas veces, al
oírles, se me ha ocurrido pensar: ¡Cuánto más derecho tendría
la Iglesia de avergonzarse de ellos!.
Para terminar este apartado, veamos un caso concreto en el que el
afán de desprestigiar a la Iglesia terminó en alabanza a Ella,
aunque estos casos no se difundan.
En los años siguientes a la primera guerra mundial, un joven
llamado Gétaz, que ocupaba un alto cargo dentro del socialismo
suizo, recibió de su partido el encargo de elaborar un dossier para
una campaña que se pretendía lanzar contra la Iglesia católica.
Gétaz puso manos a la obra, con la seriedad y el rigor propios de
un político helvético, y recogió multitud de testimonios,
estudió la doctrina católica y la historia del cristianismo desde
sus primeros siglos, de modo que en poco tiempo logró reunir una
amplísima documentación.
El resultado de todo aquello fue bastante sorprendente. Paso a
paso, el joven político llegó al convencimiento de que la Iglesia
católica no podía ser invención de hombres. Dos mil años de
negaciones, sacudidas, cismas, conflictos internos, herejías,
errores y transgresiones del Evangelio, la habían dejado, si no
intacta, sí al menos en pie. Las propias deficiencias humanas, que
en ella se advertían a lo largo de veinte siglos, mezcladas siempre
con ejemplos insignes de heroísmo y de santidad, las veía como un
argumento a favor de su origen divino: Si no la hubiera hecho Dios,
concluyó, habría tenido que desaparecer mil veces de la faz de la
tierra.
El desenlace de todo aquel episodio fue muy distinto a lo que sus
jefes habían planeado. Gétaz se convirtió al catolicismo, se hizo
fraile dominico, y en su cátedra del Angelicum, en Roma, enseñó
durante muchos años, precisamente, el tratado acerca de la Iglesia.
Sus clases tenían el interés de ser, en buena medida, como un
relato autobiográfico, como el eco del itinerario de su propia
conversión.
11.- PETICIÓN DE PERDÓN
El Papa Juan Pablo II tuvo la valentía de reconocer
públicamente los pecados pasados de la Iglesia. Con motivo del
jubileo del año 2000, el 12 de marzo, en una ceremonia penitencial
única y singular en la historia del cristianismo, pidió perdón y
dijo: Señor, Dios de todos los hombres, en ciertas épocas de la
historia, los cristianos han consentido en ocasiones con métodos de
intolerancia y no han seguido el mandamiento del amor, desfigurando
así el rostro de la Iglesia. Ten misericordia de tus hijos
pecadores y acoge nuestro propósito de buscar y promover la verdad
con la dulzura de la caridad, plenamente conscientes de que la
verdad no se impone, sino por la fuerza de la misma verdad.
En la carta apostólica Tertio millennio adveniente decía: Es
justo que la Iglesia asuma con una conciencia más viva el pecado de
sus hijos, recordando todas las circunstancias en las que, a lo
largo de la historia, se han alejado del espíritu de Cristo y de su
Evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida
inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de modos de
pensar y actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de
escándalo (N° 33).
Un capítulo doloroso, sobre el que los hijos de la Iglesia deben
volver con ánimo abierto al arrepentimiento, está constituido por
la aquiescencia, manifestada especialmente en algunos siglos, con
métodos de intolerancia e, incluso, de violencia en el servicio a
la verdad. Es cierto que un correcto juicio histórico no puede
prescindir de un atento estudio de los condicionamientos culturales
del momento, bajo cuyo influjo muchos pudieron creer de buena fe que
un auténtico testimonio de la verdad comportaba la extinción de
otras opiniones o, al menos, su marginación... Pero la
consideración de las circunstancias atenuantes, no dispensa a la
Iglesia del deber de lamentar profundamente las debilidades de
tantos hijos suyos, que han desfigurado su rostro, impidiéndole
reflejar plenamente la imagen de su Señor crucificado.
El 26 de marzo del 2000, en su viaje a Tierra Santa y ante el
muro de las lamentaciones de Jerusalén, pidió perdón a los
judíos: Dios de nuestros padres, Tú has elegido a Abraham y a su
descendencia para que tu Nombre fuera dado a conocer a las naciones,
nos duele profundamente el comportamiento de cuantos en el curso de
la historia han hecho sufrir a estos tus hijos y, a la vez, te
pedimos perdón, queremos comprometernos en una auténtica
fraternidad con el pueblo de la Alianza.
El 4 de mayo del 2001, visitando Grecia y ante el arzobispo
ortodoxo de Atenas, dijo: Soportamos el peso de controversias
pasadas y presentes y de persistentes incomprensiones. Sin embargo,
en espíritu de caridad recíproca, pueden y deben ser superadas,
pues el Señor nos lo pide. Es necesario un proceso liberatorio de
purificación de la memoria. Que el Señor nos conceda el perdón
que le imploramos por ocasiones pasadas y presentes en las que los
hijos e hijas de la Iglesia católica pecaron, con acciones u
omisiones contra sus hermanos y hermanas ortodoxos.
El 23 de junio del 2001, en Kiev (Ucrania), pensando en Rusia,
dijo: Mientras pedimos perdón por los errores cometidos en el
pasado y presente, aseguramos por nuestra parte el perdón por las
ofensas recibidas. El deseo más vivo que surge del corazón es que
los errores de antaño no tengan que repetirse en el futuro.
El 6 de mayo del 2001, llegó a Siria y se descalzó para entrar
en la mezquita de los Omeyas de Damasco y desde allí pidió
formalmente que no se hiciera mal uso de la religión para promover
o justificar el odio y la violencia. La violencia destruye la imagen
del creador en sus criaturas y no debería ser nunca considerada
como fruto de las convicciones religiosas. Cada vez que los
musulmanes y los cristianos se ofenden unos a otros tenemos que
buscar el perdón que viene del todopoderoso y ofrecernos mutuamente
el perdón. Jesús nos enseña que tenemos que perdonar las ofensas
de los otros para que Dios pueda perdonar nuestros pecados.
En 1995 pidió disculpas en nombre de todo los católicos por los
errores ante los no católicos a lo largo de la historia. También
en una carta, en 1995, habló de la discriminación histórica a las
mujeres y afirmó que, entre los responsables, se encontraban no
pocos miembros de la Iglesia, lo que lamentaba profundamente.
Parecidos pronunciamientos ha tenido en diferentes ocasiones con
relación a la esclavitud, el racismo, la cercanía a los dictadores
y hasta el caso Galileo.
Sin embargo, como dice el Padre Bruno Forte, uno de los teólogos
que elaboró el documento Memoria y reconciliación: La Iglesia y
las culpas del pasado, es importante anotar que el reconocimiento de
los pecados ha sido siempre de modo unilateral. ¿Quiere decir que
sólo la Iglesia ha pecado? ¿Quiere acaso significar que es la más
pecadora de todas las religiones e instituciones? No. En absoluto.
No estaría de más que los protestantes hicieran algo parecido o
los mismos ortodoxos que tanto han estado unidos a los gobiernos
nacionales con todos sus errores, excesos, pecados e intolerancias.
Como dice le historiador italiano Cardini: Sería gratificante
escuchar, por ejemplo, expresiones de pesar por parte de la reina de
Inglaterra por el tratamiento que se les dio a los católicos en su
país, donde hasta el siglo XIX no tenían derechos civiles. Y dice
también: Tal vez los musulmanes deberían hacer su propia
reflexión sobre las numerosas guerras santas proclamadas en el
pasado. Y yo añadiría: Y en el presente.
La Iglesia ha pedido perdón públicamente, ha reconocido que sus
hijos, incluso los dirigentes eclesiásticos, no han sido siempre
santos. La Iglesia es una institución formada por hombres humanos y
pecadores. El Papa ha pedido perdón por todos los pecados de los
católicos de todos los tiempos. Pero ¿acaso ella sola es pecadora?
¿Alguna institución humana puede decir que es más santa que la
Iglesia católica? Porque no debemos olvidar que, entre los
pecadores, también han existido muchos santos. La Iglesia es santa
y pecadora al mismo tiempo. Ha tenido sus luces y sus sombras, y las
seguirá teniendo, pero creemos poder afirmar sin temor a
equivocarnos que no ha existido en el mundo una Institución con
más santos y con más obras de bien a favor de la humanidad
necesitada. Sin la Iglesia, la historia del mundo hubiera sido muy
diferente, pero en negativo. Por eso, a pesar de todo, la amamos y
pedimos perdón con ella y por ella.
12.- LA IGLESIA CATÓLICA
Que la Iglesia no sea oscurantista e inhumana lo podemos ver en
los Estados pontificios, que era el reino donde el Papa ejercía
como jefe de Estado. El último Papa rey fue el beato Pío IX,
contra el que se ensañó la propaganda liberal del siglo XIX,
presentando a los Estados pontificios como los más terribles
lugares y más atrasados del mundo. Durante casi veinte años, con
chorros de dinero y multitud de agentes secretos, se intentó por
todos los medios provocar una mínima apariencia de rebelión de los
romanos contra sus “opresores clericales”. Habría bastado con
un pequeño tumulto para permitir que los Saboya intervinieran para
“garantizar el orden”. No se consiguió provocar ninguno, de
modo que los “italianos” tuvieron que entrar en Roma, abatiendo
las murallas a cañonazos, aprovechándose de la derrota francesa en
la guerra contra los prusianos de 1870. Roma estaba desprotegida
tras la retirada de las tropas francesas, destinadas por Napoleón
III a la guerra contra Prusia.
Una vez abierta la brecha en la muralla de Roma, encontraron una
ciudad desierta, con los postigos cerrados a modo de protesta
silenciosa. Y en lugar de ser aclamados como liberadores, a los
recién llegados se les dio el calificativo de “buzzurri”
(forasteros). En los días que siguieron, ni un solo religioso fue
maltratado por los romanos ni fue saqueada ninguna iglesia, pese a
tener, por fin, la posibilidad de vengarse del catolicismo y de sus
sacerdotes, tras mil quinientos años de “opresión”. Si no
pasó nada, a excepción de algún alboroto provocado por los
partidarios de Garibaldi y Mazzini, que trajeron delincuentes de
fuera y soltaron algún que otro “preso” de las cárceles, fue
porque no había nada de que vengarse.
De hecho, si hoy Roma es una gran ciudad y quizás la más
hermosa, artísticamente hablando, es debido a los Papas católicos,
que invirtieron mucho dinero para fomentar la cultura y el arte
durante siglos. ¡Y cuántas veces intervinieron directamente para
salvarla de la destrucción, desde los tiempos de Atila hasta los de
la segunda guerra mundial!
Desde el punto de vista puramente histórico, el papado es de
hecho un fenómeno muy asombroso. Es la única monarquía, como
suele decirse, que se mantiene desde hace más de dos mil años,
algo en sí inconcebible… Creo que fue Voltaire quien dijo que
había llegado el momento de que, al fin, desapareciera ese Dalai
Lama europeo (el Papa) y la humanidad se librase de él. Pero
continuó. Esto nos indica que su supervivencia no se debe a la
eficacia de esas personas, sino que ahí subyace otra fuerza.
Precisamente, la que se concedió a Pedro. Los poderes del infierno,
de la muerte, no vencerán a la Iglesia.
Por eso, a pesar de los puntos oscuros de la Iglesia, es
necesario reconocer sus puntos luminosos para valorarla en su justa
dimensión. Se habla muy fácil y ligeramente de los casos
escandalosos de la Iglesia o de los sacerdotes malos, pero no se
habla de los millones de sacerdotes, religiosos, religiosas y
laicos, que han sido encarcelados, torturados y asesinados a lo
largo de la historia por su fe católica. Para no irnos muy lejos,
digamos que, el 8 de diciembre del 2000, el Padre Marco Gnavi
presentó al Papa Juan Pablo II nueve volúmenes con un catálogo de
mártires del siglo XX en el que son recogidos 13.400 mártires
documentados, de 106 países y de más de 300 Órdenes religiosas.
Sólo en España, durante la guerra civil de 1936-1939, murieron
6.832 sacerdotes, religiosos y religiosas. En el campo de exterminio
de Dachau, en Alemania, durante la segunda guerra mundial, murieron
unos 3.000 sacerdotes. Pero esto parece que no interesa mucho a los
periodistas. El año 2000 murieron 31 sacerdotes y religiosos. El
año 2001, fueron 30; el 2002, asesinaron a 25. El año 2003
murieron 29 sacerdotes y religiosos. Sólo en Colombia mataron a 5
sacerdotes y una mujer laica misionera. Y estos mártires se dan en
distintos países del mundo. Si desean saber sus nombres concretos
pueden verlos en www.corazones,org/sacramentos/orden_sac/
clero_delitos.htm.
Y no hay que olvidar a los cientos de grandes santos que, en
todas las épocas, ha dado la Iglesia para servir a la humanidad.
Solamente el Papa Juan Pablo II ha beatificado a 1.338 y canonizado
a 482. Y hay cientos de Congregaciones religiosas, como las
misioneras de la Madre Teresa de Calcuta con sus 5.000 religiosas,
que se dedican al cuidado de los pobres, enfermos y necesitados. El
año 2000 el Vaticano publicó un CD Rom Catholic Aid Directory
(CAD) en el que el Consejo Pontifico Cor Unum, organismo de la Santa
Sede, encargado de promover y organizar las instituciones de caridad
y asistencia de la Iglesia católica, proporciona, en cuatro
idiomas, la guía de 1.100 organismos u ONG’S, oficinas nacionales
e internacionales comprometidas en el campo socio – caritativo con
sus direcciones, mails, etc. Son 1.100 instituciones de caridad de
la Iglesia, que ayudan, especialmente, en casos de catástrofes o
necesidades sin distinción de religión y, para ello, piden ayuda a
las parroquias católicas del mundo entero o a otras instituciones.
Ninguna institución en el mundo ha contribuido más que la Iglesia
a promover la paz y la unión entre los hombres. No olvidemos la
inmensa labor realizada a favor de la cultura ante la invasión de
los bárbaros y cómo los benedictinos salvaron la cultura escrita,
copiando los antiguos códigos y salvándolos de la destrucción. La
mayor parte de los sabios de la Edad Media eran eclesiásticos.
Además, la Iglesia ha transmitido la fe a través de los siglos.
Ha sabido superar las herejías y mantener pura la fe revelada. Nos
ha transmitido el amor a Jesucristo y los valores humanos y
espirituales, junto con la esperanza cierta en un más allá eterno
junto a Dios en el cielo. Por todo ello y por mucho más, la Iglesia
es merecedora de nuestro reconocimiento y de nuestra gratitud por
siempre.
Quisiera citar unas palabras de Carlo Carretto en su libro
Mañana será mejor:
¡Oh Iglesia, cuán contestable me resultas y, sin embargo,
cuánto te amo! Querría ver desaparecer muchas cosas de ti y, a
pesar de todo, te necesito. Me has dado muchos escándalos y, sin
embargo, me has hecho entender la santidad. He visto en ti muchas
cosas falsas, pero no he tocado nada más puro y bello.
¡Cuántas veces he sentido la tentación de separarme de ti y
cuántas veces también he deseado morir entre tus brazos! No puedo
liberarme de ti. Además, ¿a dónde iría? ¿a construir otra? Y,
si la construyera, sería mi iglesia y no la de Cristo...
La Iglesia tiene el poder de darme la santidad y, sin embargo,
desde el primero hasta el último de sus miembros son pecadores.
Tiene el poder omnipotente e invencible de celebrar el misterio
eucarístico y está formado de hombres que se debaten en la
oscuridad y la tentación todos los días...
La Iglesia está edificada sobre piedras débiles, pero ¿qué
importan las piedras? Lo importante es la promesa de Cristo de que
nunca fallará...
Los motivos para creer en la Iglesia no son las virtudes de los
Pontífices, de los obispos o de los sacerdotes. La credibilidad
está en el hecho de que, no obstante los dos mil años de pecados
cometidos por sus miembros, ella ha conservado íntegra la fe y esta
mañana he visto un sacerdote celebrar la misa y decir: Esto es mi
cuerpo y he creído en la promesa de Jesús y en que el pan que me
daba en comunión era el mismo cuerpo de Jesucristo.
Como diría el Papa Benedicto XVI, cuando era todavía cardenal:
La Iglesia católica se puede comparar con la luna. La luna no tiene
luz propia, sino que la recibe del sol, sin el cual sería oscuridad
completa. La luna resplandece, pero su luz no es suya, sino de otro.
Los astronautas descubrieron que la luna es sólo una estepa rocosa
y desértica. La luna es en sí y por sí misma sólo desierto,
arena y rocas. Sin embargo, es también luz y, como tal, resplandece
en la oscuridad nocturna de la tierra.
¿No es ésta una imagen exacta de la Iglesia? Quien la explora,
descubrirá, como en la luna, solamente desierto, arena y piedras,
las debilidades del hombre y su historia a través del polvo, los
desiertos y las montañas del mundo. Pero el hecho decisivo es que
también es luz en virtud de otro, del Señor.
Yo estoy en la Iglesia, porque creo que hoy, como ayer, no puedo
estar cerca de Jesús, si no es permaneciendo en su Iglesia. Yo
estoy en la Iglesia; porque, a pesar de todo, creo que, en el fondo,
la Iglesia no es nuestra sino suya. La Iglesia, a pesar de las
debilidades humanas, nos da a Jesucristo. Solamente por medio de
ella puedo yo recibirlo como una realidad viva y poderosa, aquí y
ahora. Sin la Iglesia, Cristo se evapora, se desmenuza, se anula.
¿Y qué sería de la humanidad privada de Cristo?
Si estoy en la Iglesia, es por las mismas razones, porque soy
cristiano. No se puede creer en solitario. La fe sólo es posible en
comunión con otros creyentes. La fe, por su misma naturaleza, es
fuerza que une. Ésta, o es eclesial o no es tal fe. No se puede
tener fe por iniciativa propia o por invención.
REFLEXIÓN FINAL
Antes de terminar, quisiera dejar hablar a André Frossard, el
gran convertido francés, que a los 20 años era un ateo perfecto,
como él mismo dice, y que se convirtió en un instante al entrar en
una capilla del barrio latino de París, donde estaba expuesto el
Santísimo Sacramento en una custodia. Allí experimentó a Dios de
una manera tan real y profunda que, a los cinco minutos, salía de
la capilla convertido en un católico de pies a cabeza.
No fue una emoción pasajera, fue algo que lo transformó para
toda la vida. Él había sido socialista de izquierda, como su
padre, y, por experiencia personal, puede hablar de sus prejuicios y
de cuán equivocado estaba al juzgar a la Iglesia solamente por sus
cosas negativas.
Al hablar de su conversión, dice: Habiendo entrado a las cinco y
diez de la tarde en una capilla del barrio latino en busca de un
amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que
no era de la tierra. Habiendo entrado allí escéptico y ateo de
extrema izquierda..., volví a salir algunos minutos más tarde
católico, apostólico y romano, elevado, alzado, recogido y
arrollado por la ola de una alegría inagotable... Fue un momento de
estupor que dura todavía. Nunca me he acostumbrado a la existencia
de Dios.
Al abandonar la capilla de la calle Ulm sabía cuatro cosas, o
mejor dicho veía cuatro cosas evidentes que todavía me asombran:
hay otro mundo, Dios es una persona, estamos salvados y,
paradójicamente, estamos por salvar, la Iglesia es de institución
divina .
La Iglesia es de institución divina, porque es Dios quien le
confía las almas, y no al contrario. Yo no le he dado mi adhesión,
más bien he sido conducido a ella como un niño a quien se lleva a
la escuela cogido de la mano, o llevado a su familia, a quien él no
conocía. Esta sensación de connivencia, entre la Iglesia y lo
divino ha sido tan fuerte, que siempre me retuvo, no de evaluar los
errores cometidos cada siglo por la gente de Iglesia, sino de tomar
la parte por el todo... Su santidad invisible me impresiona, sus
debilidades e imperfecciones de aquí abajo me tranquilizan y me la
hacen más próxima. Sucede que tampoco yo soy perfecto. Desde el
primer día, la Iglesia me ha parecido hermosa. Los cristianos de
cuna, que a menudo me han preguntado si la Iglesia no ha
decepcionado al joven converso que yo fui, no se daban cuenta del
contraste absoluto que la Iglesia presentaba con el tinglado
ideológico de mi infancia, donde se vivía, ahora lo veo
claramente, a expensas de algunas ideas cristianas desviadas de su
fin, cortadas de sus raíces naturales, puestas en conserva y que
presionaban la tapadera.
El cristianismo y su Iglesia poseía los colores de la vida...
Pero ¿cómo yo habría podido aprender algo útil y verdadero sobre
la Iglesia? Mis libros, mis Voltaire, mis Rousseau, mis
exploraciones de la nada filosófica y mis fabricantes de guerra
civil, solamente me habían hablado de ella en términos
difamatorios; se agarraban a sus pequeñeces y acentuaban sus
faltas; olvidaban sus buenas obras e ignoraban sus grandezas. Mis
libros reconocían el antiguo poder de la Iglesia, pero lo hacían
para mejor censurar el uso que la Iglesia había hecho de él. Su
historia era la de una larga y fructuosa empresa dominadora con
máscara filantrópica. La Iglesia predicaba humildad para obtener
resignación y enseñaba la esperanza para no oír hablar de
justicia. Esos libros citaban gustosamente a los inquisidores, a los
Papas pendencieros o a los gatitos mitrados, según expresión de
una dama. Pero nunca hablaban de los mártires ni de los santos,
exceptuando a Juana de Arco, que había sido víctima de los
clérigos; y a Vicente de Paúl, cuya caritativa actividad
evidenciaba las miserias y deficiencias sociales de su tiempo. Se
mostraban prolijos, hablando de la cabeza política de la Iglesia
terrestre, pero mudos en cuanto a su corazón evangélico. Yo
conocía todo sobre el comportamiento despótico de Julio II, e
ignoraba absolutamente los encendimientos poéticos de Francisco de
Asís.
No me habían dicho que, si la Iglesia no siempre había
arrostrado en este mundo el buen combate, por lo menos había
guardado la fe y que únicamente la fe nos había hecho amistosa
esta tierra. No habían dicho que la Iglesia nos había dado un
rostro a quienes no sabemos con exactitud, si somos dioses o gusanos
cenagosos, si somos el adorno supremo del universo o un débil
retorcimiento de moléculas en una parcela de fango perdido en un
océano de silencio. La Iglesia sabía, y constatamos que era la
única en saberlo en este siglo de terror, lo que son la
deportación y la muerte, sabía que el hombre es un ser que no
cuenta finalmente más que para Dios.
No, no me habían dicho mis libros que la Iglesia nos había
salvado de las desmesuras a las que, indefensos, estamos entregados
desde que no se la escucha, o cuando ella se calla. No me decían
que la Iglesia, por sus promesas de eternidad, había hecho de cada
uno de nosotros una persona insustituible, antes que nuestra
renuncia al infinito hiciera de nosotros un átomo efímero, e
indefinidamente recambiable, de baba o de espinazo del gran animal
estático... No me decían mis libros que sus dogmas eran las
únicas ventanas horadadas en el muro de la noche que nos envuelve;
y que el único camino abierto hacia la alegría era el pavimento de
sus catedrales, gastado por las lágrimas.
André Frossard, como tantos ateos convertidos, encontró en la
Iglesia una familia y en Jesús Eucaristía el amor de su vida. Por
eso, la última frase de su libro es: Amor, para llamarte así, la
eternidad será corta. Lo cual, dicho de otro modo, es: Dios mío,
ni toda la eternidad será suficiente para decirte cuánto te amo.
¡Dios mío! Entro en tus iglesias desiertas, veo a lo lejos
vacilar en la penumbra la lamparilla roja de tus sagrarios y
recuerdo mi alegría. ¡Cómo podría haberla olvidado!... Porque
hay otro mundo. Y no hablo de él por hipótesis, por razonamiento o
de oídas. Hablo por experiencia. Yo no vi a Dios, pero vi su
luz..., una luz de verdad, una luz enseñante que, al iluminar,
informa y que, en un instante, enseña más sobre la religión
cristiana que diez libros de doctrina... La verdad cristiana es la
misma, tanto si te llega como un rayo de sol espiritual, como por el
canal de la fe transmitida por la tradición. La coincidencia es
absoluta y perfecta... Creo que este argumento aboga con fuerza por
la veracidad de la enseñanza cristiana (católica).
Por eso, él decía con claridad y con la fuerza de la verdad,
que conocía por experiencia sobrenatural, que la Iglesia católica
es de institución divina. Y nosotros debemos amarla, como él, a
pesar de sus errores y pecados, con sus luces y sombras, porque es
nuestra Madre, que nos guía y nos enseña el camino hacia Dios.
CONCLUSIÓN
Después de haber analizado algunos temas polémicos, podemos
decir que la Iglesia, como institución humana, a la que pertenecen
1.100 millones de personas, tiene y ha tenido en el pasado sus luces
y sus sombras. No todo se puede justificar. No todo es santo en su
historia de dos mil años. La Iglesia ha pedido perdón por ello.
De todos modos, cuando se habla de las culpas históricas de la
Iglesia, no hay que desestimar el hecho de que la Iglesia es la
única realidad que ha permanecido idéntica en el curso de los
siglos. Y, por eso, todo el mundo le pide cuentas y se cree con
derecho a criticarla. Pero ¿quién se atreve a criticar a los reyes
de ciertos países, porque sus antepasados no fueron tan buenos como
debieron? ¿Quién le pide cuentas al ministro de justicia por los
pecados en la administración de justicia de varios siglos atrás?
¿A qué otra iglesia o religión le piden cuentas de sus hechos
como lo hacen a la Iglesia católica?
Quizás, porque es, ha sido y seguirá siendo, una gran autoridad
moral en el mundo, a muchos no les gustan sus intervenciones. Puede
ser que no estén de acuerdo con su doctrina o sus enseñanzas, pero
deben reconocer, al menos, que la Iglesia ha tenido muchísimas más
luces que sombras, en su historia.
Para concluir, queremos citar las palabras de un gran profesor de
historia y sociología de la universidad de Bruselas, que es
agnóstico, racionalista y ex-masón y, por lo tanto, poco favorable
a la Iglesia. Sin embargo, es sincero y reconoce sus valores. El
doctor León Moulin dice: Los católicos habéis permitido que todos
os pasaran cuentas, a menudo falseadas, casi sin discutir. No ha
habido problema, error o sufrimiento histórico que no se os haya
imputado. Y vosotros, casi siempre, ignorantes de vuestro pasado,
habéis acabado por creerlo hasta el punto de respaldarlos. En
cambio, yo, agnóstico, pero también historiador que trata de ser
objetivo, os digo que debéis reaccionar en nombre de la verdad. De
hecho, a menudo no es cierto lo que os imputan. Pero, si en algún
caso lo es, también es cierto que tras un balance de veinte siglos
de cristianismo, las luces prevalecen ampliamente sobre las
tinieblas. ¿Por qué no pedís cuentas a quienes os las piden a
vosotros? ¿Acaso han sido mejores?
Sí, la Iglesia con todos sus errores y excesos del pasado, es
una luz en la oscuridad y sigue siendo, con los miles de santos,
mártires, misioneros, educadores..., la institución más honorable
y digna de respeto del mundo, que promueve la paz entre las
naciones, el amor entre los pueblos y difunde a todos los hombres la
luz de la verdad, que Jesucristo vino a traer a la tierra. P. Ángel
Peña O.A.R. Parroquia La Caridad Pueblo Libre Lima –Perú Telf.
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