ATEOS Y
JUDÍOS CONVERTIDOS A LA FE CATÓLICA
LIMA –
PERÚ 2005
Nihil
Obstat P. Fortunato Pablo Prior Provincial Agustino Recoleto
Imprimatur
Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca (Perú)
ÁNGEL
PEÑA O.A.R. LIMA – PERÚ 2005
ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE: EL ATEÍSMO
Convertidos. Agustín María Schowaloff.
Illemo Camelli. Charles de Foucauld. Lecompte de Noüy. Joergensen.
Eva Lavallière. Charles Nicolle. Henri Ghéon. Huymans. Evelyn
Waugh. Peter Wust. Daniel Rops. Leonard Cheshire. Fred Copeman.
Adolfo Retté. Takashi Nagaï. Giovanni Papini. Jacques Maritain.
Maria Meyer-Sevenich. Alberto Leseur. Paul Claudel. Martin Bormann.
Regina García. Ignace Lepp. Alexis Carrel. García Morente. Pieter
van der Meer. María Benedicta Daiber. Douglas Hyde. Dorothy Day.
Svetlana Stalin. André Frossard. Sergio Peña y Lilio. Sandra Elam.
Janne Haaland Matlary. Vladimiro Roca. Narciso Yepes. Leonardo
Mondadori. Vittorio Messori.
SEGUNDA PARTE: EL JUDAÍSMO
Convertidos. Hermann Cohen. Teodoro de Ratisbona. Alfonso María
de Ratisbona. Henri Bergson. Edith Stein. Max Jacob. Raphael Simon.
Kenneth Simon. René Schwob. Jean Jacques Bernard. Eugenio Zolli.
Karl Stern. Bernard Nathanson. Jeri Westerson. Jean Marie Lustiger.
Martin Barrack. José Cuperstein. Sr. Mary of Carmel. Reflexiones.
TERCERA PARTE: CONSIDERACIONES
La ciencia. ¿Existe Dios? Experiencia de Dios.
CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA
INTRODUCCIÓN
La conversión es un encuentro personal con Cristo, en el que se
compromete toda la persona y toda la vida futura. Eso supone dejar
muchos valores, muchas cosas preciosas por otras que se descubre que
son mejores. A veces, supone un proceso mental largo y doloroso en
el que hay que reajustar todos los valores y esquemas mentales con
los que uno ha vivido tranquilamente durante años. Con frecuencia,
se dan muchos casos de personas que llegan a convencerse de la
verdad de la fe católica, pero no son capaces de renunciar a sus
comodidades y seguridades.
Convertirse, en una palabra, puede significar dejarlo todo y
comenzar una vida nueva, lo que da un poco de miedo, sobre todo,
cuando uno ya ha llegado a la madurez, y es más difícil cambiar de
vida. Por eso, para convertirse hace falta mucha dosis de fe y de
confianza en Dios para dar el salto al vacío sin importar el qué
dirán, sino queriendo obedecer la voluntad de Dios. Porque llevar
una doble vida y disimular las propias ideas religiosas sería un
martirio del corazón y una infidelidad a Dios.
Ciertamente, la fuerza de Dios y su gracia son poderosas para
poder superar todas las dificultades. Por eso, hay muchos que, a
pesar de todo, se arriesgan y se convierten, aunque este paso, en
algunos casos, requiere años de reajuste y de convencimiento
gradual.
Evidentemente, cada conversión es un caso particular. No hay dos
conversiones iguales. En algunos casos, la irrupción de Dios es de
un modo excepcional y milagroso. Las personas se convierten
instantáneamente. En otros el proceso es lento y doloroso. Por
ejemplo, André Frossard se convierte milagrosamente al sentir una
oleada de amor al entrar en una capilla del barrio latino de París.
Manuel García Morente siente la presencia de Jesús en su
habitación y es capaz de dejarlo todo y hacerse sacerdote como lo
hizo Alfonso de Ratisbona, Herman Cohen y otros muchos.
Pero a Paul Claudel le costó cuatro años el dar el paso
definitivo. A Bernard Nathanson le costó varios años de
conversaciones con el Padre O’Connor y lo mismo a Eugenio Zolli o
a Karl Stern.
La pregunta es: ¿Por qué no se convierten todos o, al menos, la
mayoría de los no católicos? ¿Por qué hay, por el contrario,
católicos que se cambian a otras religiones?
Ciertamente que la falta de fe y de conocimiento de la fe
católica puede llevar a actitudes negativas y a renegar de la fe
verdadera por ignorancia o falta de vivencia personal. Pero otros
muchos no se convierten, porque no ven un buen testimonio en los
católicos comunes y corrientes.
Nietzsche decía: Me gustaría que los cristianos tuvieran más
pinta de haber sido salvados. Por supuesto que eso no es ni debe ser
una excusa válida para los que deben convertirse, pero lo cierto es
que el mensaje cristiano no brilla con toda su intensidad en el
mundo. Además, hay muchos prejuicios arraigados, que tienen mucho
peso sobre todo en los jóvenes. Muchos de estos prejuicios son
fruto de una tradición racionalista, que ha querido crear un mundo
sin Dios. Existe un anticlericalismo evidente en algunos países,
que condiciona las opiniones de muchos, especialmente de los
jóvenes. Se emplean argumentos contra el cristianismo y contra la
Iglesia, sacando siempre a relucir el tema de las Cruzadas, Galileo,
la Inquisición o la conquista de América. Estos anticlericales
crean anticuerpos a través de los medios de comunicación social e
influyen en la sociedad. Sin embargo, Dios tiene sus caminos y,
aunque muchos no quieran verlos, de vez en cuando, suscita
conversiones de gente importante, que no se pueden ocultar.
En este libro presentaremos testimonios de conversiones de ateos
y judíos a la fe católica. En el libro Regresando a casa hemos
escrito sobre convertidos de otras iglesias cristianas. Ojalá que
la lectura de este libro nos ayude a valorar nuestra fe católica y
a amar a Cristo con todo nuestro corazón.
PRIMERA PARTE
EL ATEÍSMO
En esta primera parte, vamos a hablar del ateísmo, presentando
algunos testimonios de ateos convertidos a nuestra fe para que
podamos entender a quienes todavía siguen en ese camino y, sobre
todo, para que podamos sentir un nuevo celo por compartir con ellos
nuestra fe, que es un maravilloso tesoro, que Dios nos ha regalado y
que no podemos ocultar y mucho menos callarlo por comodidad, temor o
egoísmo personal.
Hay en la actualidad muchos hombres que se dicen ateos y que,
incluso, lo dicen con cierto orgullo, como si hubieran descubierto
algo que los demás, por su ignorancia, todavía no conocen. Muchos
de ellos quizás sean solamente ateos teóricos, pues, en la vida
real, actúan como si Dios existiera y llevan una vida correcta de
acuerdo a su conciencia. Ellos serán juzgados benévolamente por
Dios, ya que quizás por malas experiencias o por prejuicios
adquiridos, se han forjado una imagen falsa de Dios. Hablan de un
Dios injusto, cruel, amigo de los ricos y olvidado de los enfermos y
de los pobres, que ciertamente no existe. Pero hay otros ateos
prácticos que rechazan toda idea de Dios, de moral o de religión,
y viven sin perspectiva eterna, pues creen que todo termina con la
muerte.
Evidentemente, al no creer en Dios, no aceptan la idea del bien o
del mal. Porque ¿quién ha dicho que esto es bueno y esto es malo?
Si Dios no existe, todo está permitido, como diría Dostoievski.
Basta repasar la historia del comunismo en Rusia y en otros
países para ver a dónde han llegado los gobiernos ateos con sus
crueldades y sus crímenes, con sus persecuciones y sus desprecios
de los derechos humanos. El hombre sin Dios, puede volverse una
bestia. Por eso, alguien ha dicho que, si Dios no existiera, habría
que inventarlo. Pero ¿realmente Dios no existe? ¿Es solo una idea
de la mente?
Veamos lo que dice el filósofo italiano Federico Sciacca, en su
obra El ateo, expresando en un monólogo, los sentimientos de un
ateo, que en lo profundo de sí mismo no está seguro de lo que
dice:
Si Dios no existe, ¿qué más busco? ¿Qué busco todavía?
Busco. Y él, él, que no existe, me sigue, me persigue. Se me ha
hundido aquí, en medio de la cabeza, como un clavo. Pienso y existe
el clavo; pienso y se me clava más. El pensamiento es mi martillo
cruel. Dios es siempre despiadado con los ateos. Los persigue.
Déjame, Dios, no te necesito; necesito echar tu sombra para
estar solo conmigo. Tú eres un espectro obstinado. Yo no tengo
necesidad de ti. ¿Qué quieres, pues, espectro?... ¿Niego a éste
o aquel dios? No, niego a Dios. ¿Y después? Después renace como
la salamandra y toma todas las formas como el camaleón... A él se
le puede matar. Lo he matado. ¡El espectro! Los espectros no se
pueden matar. Él está dentro, muerto, pero vivo. Yo, que le he
matado, estoy muerto por él... No deja en paz ni siquiera a los
muertos, los quiere resucitar... Él está vivo, vivo, pegado como
un ave de rapiña al cadáver de mi conciencia. Quisiera resucitarme
a picotazos. Pero yo, antes de renacer con él, prefiero vivir
muerto sin él. Es más viril. ¿0 estúpido?... En resumen, Dios
está en mi ateísmo. Yo no sería ateo, si él no existiese. Es una
contradicción insoluble. No la resuelvo más que obedeciéndole. No
la venzo, sino creyendo en el Dios que niego, afirmando a Dios. Lo
quiere mi propio ateísmo, lo exige tiránicamente. Negar a Dios es
la hipótesis prohibida, porque es afirmarle. Lo sé y me rebelo. Si
tú no existieses, no te negaría. Y si existieses, ¿por qué esta
tremenda tentación de la razón de negarte? Si tú no existieses,
jamás yo hubiera podido pensar en ti...
Te pido paz... Tú, el amor, eres implacable como el amor
verdadero y sufrido. Nada persigue más que el amor.
Considero que el testimonio de ateos convertidos puede ser un
buen argumento a favor de la existencia de Dios. Ellos,
generalmente, después de luchas y estudios, llegaron a descubrir la
luz de Dios, que dio paz y alegría a sus vidas.
CONVERTIDOS
Vamos a ver algunos de los ateos convertidos más famosos para
ver qué mensajes nos dan. Ellos vivieron lejos de Dios y
encontraron después en Él, la alegría y el sentido de su vida.
Agustín María Schouwaloff nació en 1804 en San Petersburgo,
Rusia. Escribió el libro de su camino espiritual, titulado Mi
conversión y mi vocación sacerdotal. Fue educado en la Iglesia
ortodoxa griega. Su madre rezaba mucho por su conversión, pues él
era prácticamente ateo. Uno de los libros que más le ayudaron fue
el libro de las Confesiones de san Agustín. Al morir su esposa, él
se hizo sacerdote católico.
Illemo Camelli, convertido italiano, había sido socialista y
ateo revolucionario, aunque había hecho de niño la primera
comunión. Una conversación con el capuchino Padre Comini, le
abrió su espíritu a Dios y a la Iglesia. Un día, como por
intuición, descubrió a Dios y sintió algo nuevo en su corazón.
Dice así: Vi, comprendí y amé. Dios es la fuerza inescrutable,
oculta en todas las cosas. Él crea y sostiene la vida. Cuando en la
tarde de ese mismo día, guiado por la providencia, leí las
palabras del Apóstol: “En Él vivimos, nos movemos y existimos”,
quedé como sin aliento, paralizado por la embriaguez de espíritu y
golpeando mi frente con la mano, caí de rodillas, repitiendo entre
lágrimas: “Oh Dios, Oh Dios, Oh Dios”. Tenía a Dios. Tenía la
vida. Había pasado meses y meses en una apatía de pantano y, de
repente, mi cerebro alcanzó una frescura y agilidad inusitadas. Mil
problemas de la vida se me ofrecían y para todos veía una
solución nueva, inesperada.
A los 29 años, el día de Navidad de 1905, se ordenó de
sacerdote.
Charles de Foucauld (1858-1916) fue educado de niño en la fe
católica, pero después de su primera comunión, perdió la fe por
causa de los malos amigos. Y dice: Yo era un impío, un egoísta. De
fe en el alma no me quedaba ni huella.
Se dedicó a la carrera militar, pero fue expulsado por su mal
comportamiento a los 22 años. A partir de ahí, llevó una vida de
diversión y de placer que no le daba paz a su alma. Una mañana de
octubre de 1886, estando en París, fue a la iglesia de san Agustín
y le pidió al Padre Huvelin que le ayudara a encontrar la paz. El
Padre Huvelin le dijo que se arrodillara y se confesara. Después de
una larga conversación, aceptó confesarse y así comenzó para él
una nueva vida, buscando a Dios con desesperación.
Quiso entrar de trapense en la abadía de Nuestra Señora des
Neiges y después en la trapa de Akbes en Siria. Pero se dirigió a
Palestina, donde estuvo un tiempo viviendo en Nazaret y Jerusalén,
siendo empleado de las religiosas clarisas. Después volvió a
Francia para prepararse al sacerdocio, que recibió el 9 de junio de
1901, a los 42 años.
Decía: En cuanto creí que existía Dios, comprendí que no
podía hacer otra cosa que vivir para Él. Ordenado sacerdote, se
fue a vivir entre las tropas francesas del Sahara, primero en
Beni-Abbes. Allí rescató esclavos y atendió a los enfermos,
ayudando todo lo posible a los naturales, además de ser capellán
de los soldados. Lo llamaban el hermano universal, porque era
sacerdote y hermano para todos.
Después se fue a vivir entre los tuáregs de Tamanrasset,
tratando de acercarlos a Dios, respetando sus costumbres. A ellos
también les ayudaba con sus conocimientos médicos, curando
enfermos. Y el tiempo libre lo dedicaba a estar a solas en oración
ante Jesús Eucaristía. Decía: ¡Qué delicia tan grande, Señor,
poder pasar quince horas sin nada más que hacer que mirarte y
decirte: Te amo! Allí lo asesinaron el 1 de diciembre de 1916.
Cuando lo encontraron muerto, la custodia, con la hostia consagrada,
estaba tirada en la arena a su lado.
Actualmente, hay discípulos y seguidores de Charles de Foucauld
en varios países del mundo y, concretamente, en el oasis de
Beni-Abbes. Son los hermanitos y hermanitas de Foucauld.
Pierre Lecompte de Noüy (1883-1947), biólogo francés, que se
alejó totalmente de Dios. Escribió el libro de su conversión
titulado L’avenir de L’esprit (El porvenir del espíritu), que
publicó en 1941.
Joannes Joergensen (1866-1956), danés y uno de los más grandes
escritores católicos del siglo XX. En su conversión le ayudaron
mucho otros dos convertidos: Mogens Ballin y Verkade, que llegó a
ser monje benedictino. En su Diario de Asís cuenta su conversión.
Escribió algunos libros sobre vidas de santos.
Eva Lavallière (1866-1929), famosa artista de teatro, que se
convirtió de su vida mundana y se hizo terciaria franciscana.
Charles Nicolle (1866-1936), francés, premio Nóbel de Medicina.
Su llegada a la fe tuvo mucho que ver con la amistad con el jesuita
Padre Le Portois. Con él tuvo muchas conversaciones aclaratorias,
que describe en su obra La destinée humaine (El destino humano). Se
reconcilió con la Iglesia, en la que había sido bautizado de
niño, el 22 de agosto de 1935.
Henri Ghéon (1875-1944) era médico francés. En la primera
guerra mundial, al ver tanta muerte y destrucción, empezó a rezar
el Padrenuestro y, poco a poco, regresó a la fe católica de su
infancia. Al terminar la guerra, en 1919, publicó el libro de su
conversión L’homme né de la guerre (El hombre nacido de la
guerra). Se hizo terciario dominico.
Joris-Karl Huymans (1848-1907), gran escritor francés, gustaba
ir a las abadías benedictinas a encontrar un poco de silencio y
paz. Y allí, comenzó a sentir la presencia de Dios. En su libro En
route (En camino), publicado en 1895, narra su conversión. También
escribió el libro Las multitudes de Lourdes, donde habla de las
maravillas de Lourdes. Se hizo oblato benedictino.
Evelyn Waugh (1903-1966), uno de los escritores ingleses más
conocidos. Educado en una familia protestante, quiso ser pastor,
pero perdió la fe a los 16 años. Sus conversaciones con el Padre
Martín C. d’Arcy lo llevaron a la Iglesia.
Peter Wust (1884-1940), filósofo alemán, volvió a la Iglesia
en la Pascua de 1923. Y dice: Desde el día de mi retorno al redil,
todo escepticismo fue barrido de un golpe. Desde aquel día fui de
nuevo ingenuamente creyente como un niño . Escribió el libro de su
conversión titulado Unser Weg zur Kirche (Nuestro camino a la
Iglesia).
Daniel Rops (1901-1965) fue un gran escritor francés, que en
1955 entró a formar parte de la Academia francesa. Escribió muchas
obras para llevar la fe católica a las grandes mayorías. Fue
poeta, novelista e historiador. Su principal obra fue Historia de la
Iglesia de Cristo en 9 volúmenes. Es importante leer sobre su
camino espiritual, el libro Sourvenirs et pensées (Recuerdos y
pensamientos) .
Leonard Cheshire fue el más famoso piloto de la RAF (fuerza
aérea inglesa), durante la segunda guerra mundial y recibió la
Cruz de la Victoria. Fue el que tiró la bomba atómica sobre
Nagasaki el 9 de agosto de 1945. Inmediatamente después, pidió la
baja de la RAF y se dedicó a fundar casas para acoger a enfermos y
hacer campañas contra la guerra. Fue recibido en la Iglesia
católica el día de Navidad de 1948 y todas las semanas organizaba
viajes aéreos a Lourdes durante el verano. Fue un católico activo
y comprometido. Fred Copeman (1907-1983), inglés, expulsado de la
Armada británica por indisciplina, se hizo comunista. Fue jefe de
la brigada inglesa de 400 hombres que luchó contra Franco en la
guerra civil española de 1936. En 1938, como miembro del partido
comunista inglés, visitó Rusia y su desilusión le hizo dejar el
partido comunista. Fue miembro del partido laborista inglés. En su
Autobiografía, titulada Reason in revolt (Razón en revuelta),
explica los caminos de su vida. Sus conversaciones con el sacerdote
jesuita Martindale lo llevaron a la conversión. Se bautizó pocos
días antes de la Navidad de 1946.
Adolfo Retté (1863-1930), gran escritor, poeta y periodista, muy
conocido en Francia en los primeros años del siglo XX. Él nos
cuenta: Apenas llegado a la edad adulta, llegué a ser ateo
convencido, un materialista militante. Me uní a los enemigos de la
religión y tomé parte en todas sus acciones abominables. Desde los
18 años, comencé un período de locuras y desórdenes, de los
cuales me horrorizo y reniego de todo corazón… En todas partes de
Francia sembraba el odio a la Iglesia católica e insultaba a
Cristo, a quien llamaba, con desprecio, el galileo.
Y siguió por mucho tiempo con su vida licenciosa con una mujer
de ojos negros. Pero estaba insatisfecho consigo mismo. Un día de
1905, se fue a dar un paseo por el bosque y se puso a leer los
primeros cantos sobre el purgatorio de la Divina comedia de Dante.
De improviso, le vienen dudas: ¿No podría ser cierto lo que dice
la Iglesia católica de que, cuando un pecador se arrepiente de sus
pecados, llega a ser digno del cielo? ¿Será verdad que Dios
existe? ¿Y si existe Dios?
Aquella misma tarde, le va a visitar un escritor, amigo suyo, que
estaba dudando de regresar a la Iglesia católica. Él trata de
disuadirlo y, cuando se va su amigo, se pone a escribir un artículo
para el periódico anticlerical. Pero, en la noche, no puede dormir
y se levanta de madrugada, va a su oficina y rompe en pedacitos el
artículo escrito. Y dice: Sentí una gran paz y una gran alegría,
y me dormí tranquilo.
Sigue con sus luchas internas. Un día, en sus paseos por el
bosque, piensa en los científicos y en los filósofos que, para
explicar el universo, dan diversas hipótesis, que vienen
continuamente descartadas por otras nuevas; sin embargo, la
enseñanza de la Iglesia católica permanece inmutable. Sus dogmas
comenzaron con su fundación y están de alguna manera en los
evangelios. Todo esto no se explica humanamente, pues la humanidad
fluctúa en diversas posiciones continuamente. ¿Y, si la Iglesia
católica, realmente, ha nacido de una revelación divina, y Dios
existe?
Apenas pronunció estas últimas palabras, sintió una
liberación y una gran paz de espíritu. Hubiera querido correr a un
sacerdote para abrirle su alma, pero tenía miedo, vergüenza y
temor de enfrentarse con la verdad.
En 1906, regresó a París y comenzó a frecuentar los salones
mundanos, pero se sentía insatisfecho, vacío y triste por dentro,
hasta el punto que la idea del suicidio le rondaba cerca. Una tarde,
decide entrar en la catedral Notre Dame, que estaba casi desierta,
pero se queda en la puerta y dice: Dios mío, ten piedad de mí,
aunque sea un grandísimo pecador. Ayudadme.
En setiembre de 1906, visita el santuario de Cornebiche y le dice
a la Virgen: Algo me ha empujado a venir aquí. Hasta ahora, nunca
te he invocado. A ti, a quien los fieles te invocan, acudo para que
le pidas a tu Hijo que me diga qué debo hacer. Entonces, oye una
voz dulcísima en el interior de su alma, que le dice: Vete a
encontrar un sacerdote. Libérate del fardo que te aplasta y entra
sin miedo en la Iglesia católica.
Regresa a París y otro poeta y escritor amigo suyo y ferviente
católico, Francisco Coppée, lo lleva a visitar a un sacerdote de
san Sulpicio. Era un sacerdote anciano, con los ojos llenos de luz y
con el rostro sereno y amablemente sonriente, con el cual se
confesó. Era el 12 de octubre de 1906.
Al regresar a su casa, se sentía liberado y exclamó antes de
acostarse: Madre de mi Dios, me confío completamente en vuestras
manos. Presentad mi alma a vuestro Hijo. A partir de ese momento, su
vida se convierte en un canto de alegría. Y después de su primera
comunión, dice: ¿Por qué no se puede detener el tiempo en esta
hora solemne de calma e inocencia? Después de mi primera comunión,
vivo en una especie de sueño luminoso. Todos mis pensamientos son
para el Señor. Veo el universo con nuevos ojos.
Había encontrado la paz, que tanto necesitaba, sin la cual no
podía ser feliz. En 1907, escribió el relato de su conversión con
el título Du diable a Dieu (Del diablo a Dios). En su libro
Milagros de Lourdes, manifiesta un gran amor por María, nuestra
Madre.
Takashi Nagaï (1908-1951), médico radiólogo japonés,
escribió su vida en el famoso libro Las campanas de Nagasaki. Se
había dejado seducir por el materialismo ateo durante sus años de
estudiante, buscando la verdad solamente en la ciencia. Tuvo la
suerte de alojarse, siendo estudiante, en casa de la familia
Moriyama, fervorosos católicos, y se casó con una de sus hijas. En
junio de 1933 recibió el bautismo. Sobrevivió a la bomba atómica
que cayó sobre su ciudad de Nagasaki el 9 de agosto de 1945.
Él cuenta lo ocurrido: Repentinamente el cielo se iluminó por
un instante y el resplandor de una luz hizo palidecer el sol de
verano. Una columna de humo blanco empezó a subir de la tierra,
tomando la forma de una gigantesca seta u hongo. Una luz terrible.
No hubo ruido. Pero lo que aterrorizó y heló la sangre fue el
soplo inmenso que se escapó de debajo de la nube blanca. A una
velocidad aterradora pasó sobre las colinas y los campos
arrasándolo todo. Las casas de las cimas cedieron ante su fuerza, y
cada árbol del campo fue arrancado de cuajo y sus hojas
desaparecieron como por encanto. Se diría que un invisible, pero
gigantesco cilindro compresor, trituraba cuanto hallaba a su paso.
Un horrible ruido hirió de súbito los oídos de los que
presenciamos de lejos tan terrible espectáculo. Nos sentimos
levantados, tirados contra una pared de piedra a cinco metros de
allí.
Herido en la región de los ojos, creí que había perdido la
vista. No era así, pero estaba ensangrentado. Y el edificio entero
se había derrumbado. Enterrado entre los escombros, luché
denodadamente hasta que terminé por salir por mi propio esfuerzo.
El espectáculo que tenía ante mis ojos era apocalíptico. Entre
escalofriantes masas de carne, se destacaban lentamente, a rastras,
aquellos en los que había una chispa de vida .Empezamos los
primeros cuidados, pero nunca me había sentido tan impotente, tan
inútil para poder ayudar a aquellos seres humanos destrozados y
desgarrados por el dolor.
No podíamos atender a todos los que se agolpaban en torno a los
escasos médicos supervivientes. Apenas habíamos mal vendado a uno,
cuando se presentaba otro con la misma súplica: ¡Doctor, sálveme!
Jamás me había sentido tan impotente como al mirar el terrible
panorama de miedo, de agonía, de muerte y destrucción. No podía
hacer nada, absolutamente nada. La sangre me corría por el rostro,
desde las sienes hasta la barbilla. Los ojos parecía que me iban a
estallar. A veces, queriendo incorporar un cuerpo, para ver si
retenía aún señales de vida, se deshacía en mis manos como fango
pegajoso. Miré al cielo y oré.
Al día siguiente, siguió curando a los heridos sin darse
tregua. El día 11 pudo ir a su casa, pero su casa no existía más
y hasta le resultó difícil encontrarla. Buscó entre los restos a
su esposa. Estaba calcinada. Recogió sus huesos y vio que, en su
mano derecha, tenía un rosario. Había muerto con el rosario en la
mano. Más tarde, al remover los restos de su casa, encontró el
crucifijo, que la familia de Midori había conservado durante 250
años en medio de las persecuciones. Pudo decir: He sido despojado
de todo y sólo he encontrado este crucifijo. El 20 de noviembre, en
una misa por todos los difuntos de la ciudad, en la catedral de
Urakami, el barrio católico de Nagasaki, dijo en su intervención:
El holocausto de Jesucristo en el Calvario, ilumina y confiere
significado a nuestras vidas.
Takashi Nagaï fue un gran médico católico, que ofreció sus
sufrimientos por la salvación del mundo. Murió a los 43 años,
debido a los efectos de las miles de radiografías tomadas sin la
debida protección. En 1949 recibió en su casa la visita del
Emperador del Japón, reconociéndole sus méritos a favor de la
patria.
Giovanni Papini (1881-1956) era ateo convicto y confeso. En 1911,
a los 31 años, publicó un libro Las memorias de Dios (Le memorie d’Iddio),
en el que ponía irónicamente en boca de Dios estas palabras
blasfemas: Hombres: haceos todos ateos, y pronto, Dios mismo,
vuestro Dios, os lo pide con toda su alma. En 1912, había publicado
Un hombre acabado, en el que ya daba muestras de que su alma estaba
desesperada y buscaba una luz. Dice: Todo está acabado, todo
perdido, todo cerrado. No hay nada que hacer. ¿Consolarse? No.
¿Llorar? Para llorar hace falta un poco de esperanza. Y yo no soy
nada, no cuento nada y no quiero nada. Soy una cosa, no un hombre.
Tocadme, estoy frío, frío como un sepulcro. Aquí está enterrado
un hombre, que no puede llegar a ser Dios.
Y sigue diciendo: Yo no quiero ni pan ni gloria ni compasión.
Pido, humildemente, de rodillas, con toda la fuerza y la pasión de
mi alma, un poco de certeza: una pequeña fe segura, un átomo de
verdad… Tengo necesidad de algo verdadero. No puedo vivir sin la
verdad. No pido otra cosa, no pido nada más, pero esto que pido es
mucho, es una cosa extraordinaria, lo sé. Pero lo quiero de todos
modos, a todo costo. Sin esta verdad, no consigo vivir y, si nadie
tiene piedad de mí, si nadie me puede responder, buscaré en la
muerte, la felicidad de la plena luz o la quietud de la eterna nada.
Y Cristo, que lo estaba esperando, le salió al encuentro. No se
sabe cuándo, pero debió ocurrir entre 1919 y 1921. Su amigo
Domenico Giuliotti, buen católico, le ayudó en este caminar a
Cristo. En 1921, ya era un ferviente católico, enamorado de Cristo.
Y su amor lo manifestó en su gran obra Historia de Cristo, que
quiere ser un acto de reparación por todos sus escritores
anticristianos anteriores, en los que había insultado a Cristo con
los términos más vulgares. Una vez convertido, le pidió a su hija
Viola que buscara todas las copias de sus obras, especialmente, de
Las Memorias de Dios para quemarlas.
Y enamorado de Cristo decía: Cristo está vivo. Es una
experiencia emocionante, que encuentra todo convertido: Cristo está
vivo. Oh Cristo, tenemos necesidad de ti, de ti solo. Tú nos amas…
Viniste para salvar, naciste para salvar, te hiciste crucificar para
salvar, tu misión y tu vida es la de salvar y tenemos necesidad de
ser salvados.
Murió el 8 de julio de 1956, siendo terciario franciscano,
después de recibir la unción de los enfermos.
Jacques Maritain (1882-1973), gran filósofo francés, que
organizó los círculos tomistas para dar a conocer la doctrina de
santo Tomás de Aquino. Fue primero socialista, alejado de Dios y de
la religión, hasta que se convirtió con su esposa Raissa, rusa de
origen judío, y se bautizó con ella el 11 de Junio de 1906. Fue su
padrino León Bloy, que había influido mucho en su conversión. En
su libro Cuaderno de notas, que es como un Diario, habla de su
compromiso cristiano y de cómo vivía su fe, acudiendo a misa con
su esposa todos los días.
Otros grandes convertidos fueron:
Gertrude von Le Fort, alemana, escritora, nacida en 1876; Maximo
Acri, oficial italiano, prisionero en varios campos de
concentración en la segunda guerra mundial y que se convirtió, al
ver la abnegación y sacrificio de los sacerdotes católicos
prisioneros; Francisco Orestano (1873-1946), escritor italiano y
profesor de Universidad. Otros convertidos italianos y profesores de
Universidad fueron también: Ernesto Bertarelli, Federico de María,
Armando Carlini, Luis Fantappie, Adolfo Ferrabino, Francisco
Carnelutti, Francisco Messina...
María Meyer-Sevenich nació en 1907 de padres católicos
alemanes, pero cayó en el comunismo y en el ateísmo. Después de
la Segunda guerra mundial se dedicó a la política y fue elegida
diputada para la Dieta de la Baja Sajonia.
Dice: El hecho que determinó mi conversión fue más que
singular. Mis paseos, casi diarios, me conducían con regularidad a
una iglesia de moderno estilo en la que permanecía muy a gusto.
Encontraba ahí una paz inédita, un bienestar desconocido, al que
me abandonaba sin pensar mucho sobre ello. Creía que se debía
simplemente al silencio y tranquilidad del recinto, en el que
permanecían silenciosas otras personas. Cuando, después de algunos
años, visité nuestras iglesias católicas con la fuerza y entrega
de la fe reencontrada, reconocí que aquella paz provenía de la
presencia de Jesús Eucaristía, que me había atraído
irresistiblemente en los agitados años de mi época marxista...
En 1942 fui detenida por la Gestapo. Fui acusada de alta
traición y me preparé a escuchar mi sentencia de muerte, pero eso
no ocurrió. Un día, me hallaba sola en mi celda de prisionera
sumida en el estudio de un tema científico. De pronto, entendí con
súbita claridad: “Dios existe”. Unos minutos después: “Jesucristo
es Dios”. Y finalmente: “La Iglesia católica es la única
verdadera”. Conservo siempre actual y vivo el recuerdo de mi
reacción. No estaba excitada ni conmovida. Había surgido en mi
mente la certeza irrefutable sobre estas tres verdades ante las
cuales enmudecían todas las dudas y vacilaciones... Medio año
después, hice mi confesión general y recibí de nuevo la
comunión. A partir de entonces, mi vida ha sido un continuo caminar
hacia la Luz. Aun en medio de las miserias y sufrimientos de casi
tres años de cautiverio, continuamente en peligro de muerte, en
medio de la tremenda prueba de la postguerra, cada vez veía con
mayor claridad y aumentaba mi fe .
Alberto Leseur (1861-1950) era un hombre de negocios, agnóstico
y antirreligioso, que había querido quitar la fe del alma de su
esposa. Y dice: Elizabeth (mi esposa) había orado mucho por mi
conversión. En el mes de agosto de 1914, casi cuatro meses después
de su muerte, la guerra acababa de declararse y el consejo de
administración de la empresa que yo dirigía me confió la misión
de salvaguardar la fortuna de la compañía. Yo me puse de acuerdo
con el presidente para transportar todo el dinero y cosas valiosas.
Debía partir el 31 de agosto, acompañado de mi secretario y de dos
mozos, pero, la salida resultó imposible... La víspera, el pánico
se había apoderado de París y el éxodo masivo había comenzado.
Yo estaba bloqueado en Paris sin poder salir, cuando, al último
momento, todo se me facilitó contra todas las previsiones humanas,
por un concurso de circunstancias demasiado extraordinarias para que
la intervención de lo Alto pareciera innegable... Baste saber que
llegamos a Vierzon, donde tomamos un tren para llegar a Bordeaux,
después de muchas vicisitudes por Limoges, Perigueaux y Coutras.
A duras penas, habíamos podido entrar en un vagón lleno, donde
se iba a decidir el futuro de mi vida... Yo estaba en el tren
pensando en los acontecimientos de nuestro país (en guerra),
cuando, de repente, una voz interior habló a mi conciencia: “Si
tú has podido dejar París de una manera tan inesperada, no creas
que sea para salvaguardar tus intereses materiales, que te han sido
confiados... Esto era necesario para que te sea posible ir a
Lourdes, donde Dios te espera. Lourdes es el verdadero término de
tu viaje. Tú debes ir a Lourdes, vete a Lourdes”. Mi primer
pensamiento fue de estupor. Yo me preguntaba, si no estaba dormido o
era todo un sueño. Yo, sin embargo, estaba bien seguro de que
estaba despierto. Me di cuenta de que el tren estaba entre
Chateauroux y Limoges, que eran las dos y media de la madrugada y yo
me esforzaba en luchar contra aquello que me parecía extravagante;
pero, de nuevo, se repitió la misma voz más imperativa. Yo trataba
de decirme que eso no era serio, pero la llamada se hacía cada vez
más repetida, precisa y determinante. Yo reconocí la voz de
Elizabeth y se levantó en mi espíritu como un gran resplandor.
Era lo sobrenatural que tomaba posesión de todo mi ser. Cesé de
luchar, y me abandoné, me resigné y tomé la resolución y la
promesa de que, después de llegar a Bordeaux para cumplir mi
compromiso, iría Lourdes... Sólo a principios de octubre me fue
posible ir a Lourdes. Yo llegué a donde: “Dios me esperaba”. No
era el Lourdes animado por la multitud de peregrinos, ahora estaba
casi vacío, un lugar propicio para la piedad individual. Yo estaba
completamente solo, no hablaba con nadie, me aislaba lo más
posible. Durante la semana entera, que pasé en esta santa ciudad,
viví en el más absoluto recogimiento... Pero yo me sentía
acompañado de Elizabeth, aunque invisible. Ella me dirigía y me
conducía a Dios...
Una mañana, en la Gruta, al día siguiente de mi llegada, fui
súbitamente conquistado. Mi voluntad fue dominada por una voluntad
todopoderosa y exterior a mí. Era la acción misteriosa e
irresistible de la gracia. Caí de rodillas, movido por esta fuerza
superior, y me puse a rezar de todo corazón, suplicando a la Virgen
María que pidiera a su divino Hijo que me perdonara, que me diera
la fe y me tomara para sí. Yo había sido vencido y, cada día,
renovaba esta petición... Disfruté de la dulzura de esos momentos
en los que Dios se apodera fuertemente y para siempre del alma...
Elizabeth me dirigió también a Lourdes en 1918, donde pasé dos
meses para madurar mi vocación religiosa, que debía llevarme a la
Orden de Predicadores .
Leseur se hizo sacerdote dominico y vivió hasta su muerte
dedicado a la predicación, amando intensamente a María y a Jesús
Eucaristía.
Paul Claudel (1868-1955), gran poeta y dramaturgo francés,
nació en 1868. Licenciado en ciencias políticas, se dedicó a la
carrera diplomática, representando a Francia en diferentes países
del mundo. Durante su juventud, estaba totalmente impregnado del
materialismo dominante y solamente creía en la ciencia. Vivió en
la oscuridad de la falta de fe, creyendo que el universo era
gobernado por leyes perfectamente inflexibles y automáticas. Pero
en 1886 tuvo lugar el acontecimiento clave de su vida. Él mismo lo
narra, veintisiete años después en su libro Mi conversión: Así
era el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1886 fue a
Notre Dame (Nuestra Señora) de París para asistir a los oficios de
Navidad. Entonces, empezaba a escribir y me parecía que en las
ceremonias católicas, consideradas con un diletantismo superior,
encontraría un estimulante apropiado y la materia para algunos
ejercicios decadentes.
Con esta disposición de ánimo, apretujado y empujado por la
muchedumbre, asistía con un placer mediocre a la misa mayor.
Después, como no tenía otra cosa que hacer, volví a Vísperas.
Los niños del coro, vestidos de blanco... estaban cantando lo que
después supe que era el Magnificat. Yo estaba de pie entre la
muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la
derecha del lado de la sacristía.
Entonces, se produjo el acontecimiento clave: en un instante, mi
corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con
tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con
tal certeza que no dejaba lugar a ninguna clase de duda. De modo que
todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi
agitada vida no han podido sacudir mi fe ni, a decir verdad,
tocarla. De repente, tuve el sentimiento desgarrador de la
inocencia, de la eterna infancia de Dios.
Era una verdadera revelación interior. Fue como un destello: “¡Dios
existe y está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo!
¡Me ama!” Las lágrimas y sollozos acudieron a mí y el canto tan
tierno del “Adeste”, aumentaba mi emoción.
Dulce emoción en la que, sin embargo, se mezclaba un sentimiento
de miedo y casi de horror, ya que mis convicciones filosóficas
permanecían intactas... La religión católica seguía
pareciéndome el mismo tesoro de absurdas anécdotas. Sus sacerdotes
y fieles me inspiraban la misma aversión, que llegaba hasta el odio
y hasta el asco. El edificio de mis opiniones y de mis conocimientos
permanecía en pie y yo no le encontraba ningún defecto. Lo que
había sucedido, simplemente, es que había salido de él. Un ser
nuevo, formidable, con terribles exigencias para el joven y el
artista que era yo, se había revelado, y me sentía incapaz de
ponerme de acuerdo con nada de lo que me rodeaba.
La única comparación que soy capaz de encontrar para expresar
ese estado de desorden completo, en que me encontraba, es la de un
hombre al que, de un tirón, le hubieran arrancado de golpe la piel
para plantarla en otro cuerpo extraño, en medio de un mundo
desconocido. Lo que para mis opiniones y para mis gustos era lo más
repugnante, resultaba, sin embargo, lo verdadero, aquello a lo que,
de buen o mal grado, tenía que acomodarme. Al menos, no sería sin
que yo tratara de oponer toda la resistencia posible. Esta
resistencia duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una
defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió.
Utilicé todos los medios de resistencia imaginables y tuve que
abandonar una tras otra las armas que de nada me servían. Ésta fue
la gran crisis de mi existencia, esta agonía del pensamiento sobre
la que Arthur Rimbaud escribió: “El combate espiritual es tan
brutal como las batallas entre los hombres”.
Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe no saben lo que
cuesta reencontrarla y a precio de qué torturas. El pensamiento del
infierno, el pensamiento también de todas las bellezas y de todos
los gozos a los que tendría que renunciar, si volvía a la verdad,
me retraían de todo. Pero, en fin, la misma noche de ese memorable
día de Navidad, después de regresar a mi casa, tomé una Biblia
protestante que una amiga alemana había regalado, en cierta
ocasión, a mi hermana Camille. Por primera vez, escuché el acento
de esa voz tan dulce y, a la vez, tan inflexible de la Sagrada
Escritura, que ya nunca ha dejado de resonar en mi corazón. Yo
sólo conocía por Renán la historia de Jesús y, fiándome de la
palabra de ese impostor, ignoraba, incluso, que se hubiera declarado
Hijo de Dios. Cada palabra, cada línea desmentía con una
majestuosa simplicidad, las impúdicas afirmaciones del apóstata, y
me abrían los ojos...
Sí, era a mí, a Paul, entre todos, a quien se dirigía y
prometía su amor. Pero, al mismo tiempo, si yo no le seguía, no me
dejaba otra alternativa que la condenación.
Ah, no necesitaba que nadie me explicara qué era el infierno,
pues en él había pasado yo mi “temporada”. Esas pocas horas
bastaron para enseñarme que el infierno está allí, donde no está
Jesucristo. ¿Y qué me importaba el resto del mundo, después de
este ser nuevo y prodigioso que acababa de revelárseme?
En una carta que escribió en 1904 a Gabriel Frizeau le dice:
Asistía yo a Vísperas en Notre Dame y, escuchando el Magnificat,
tuve la revelación de un Dios que me tendía los brazos... Pero el
hombre viejo resistía con todas sus fuerzas y no quería entregarse
a esta nueva vida que se abría ante él... El sentimiento que más
me impedía manifestar mi convicción era el respeto humano. El
pensamiento de revelar a todos mi conversión y decírselo a mis
padres... Manifestarme como uno de los tan ridiculizados católicos
me producía un sudor frío. No conocía un solo sacerdote. No
tenía un solo amigo católico... Pero el gran libro que se me
abrió y en el que hice mis estudios, fue la Iglesia. ¡Sea
eternamente alabada esta gran Madre en cuyo regazo he aprendido
todo! Pasaba los domingos y muchos días de entre semana en la
iglesia de nuestra Señora... No acababa de saciarme del
espectáculo de la santa misa y cada una de las acciones del
sacerdote se imprimía en mi espíritu y corazón... ¡Cómo
envidiaba a los cristianos que iban a comulgar!
En cambio, yo apenas me atrevía a deslizarme los viernes de
Cuaresma entre los que iban a besar la corona de espinas... Al fin,
concentrando todo mi valor, me fui a un confesionario de san
Medardo, mi parroquia. Hallé un sacerdote misericordioso y
fraternal, el Padre Menard y, más tarde, al Padre Villaume, que fue
mi director y mi padre amado. Aún ahora no ceso de sentir su
protección desde el cielo. Hice mi segunda comunión en el mismo
día de Navidad de 1890 .
Adolf Martín Bormann nació en 1930 y era hijo de Martín
Bormann, brazo derecho de Hitler. Él mismo era ahijado de Hitler.
Su familia, de origen protestante, abandonó toda práctica en 1934.
Después de la segunda guerra mundial, Adolf, al caer Alemania,
se ocultó y se refugió en el campo en casa de unos campesinos
católicos. Dice: Mi desprecio a los católicos desapareció y ya
empezaba a envidiarlos un poco..., pero todavía esperaba la
restauración del nacionalsocialismo... Un domingo fui hasta el
santuario de la Virgen de Kirchental, un lugar de peregrinación a
tres horas de camino... Casi todos los domingos empecé a ir a Ntra.
Sra. de Kirchental y pedí recibir instrucción religiosa hasta que,
por fin, el primer domingo de mayo de 1947 tuvo lugar mi admisión
en la Iglesia católica. ¿Quién puede expresar en palabras la
emoción y el júbilo que invade el corazón de un joven convertido
en el momento de recibir las aguas bautismales? Siguió la
confesión, la santa misa y la primera comunión. Renuncio a
transcribir la íntima e inmensa alegría que me transportó al más
alto grado de felicidad .
El verdadero amor al prójimo de los rudos montañeses me
señaló el camino a la Iglesia católica. A todos aquellos que
tienen la dicha de ser católicos quisiera gritarles: “Compadeceos
de los que cayeron en el extravío y ayudadles con la oración y el
apostolado a que encuentren también la casa del Señor “.
Adolf Martin Bormann se hizo católico con seis de sus hermanos,
pero él siguió adelante hasta ordenarse sacerdote católico y así
servir a los demás en la Iglesia para siempre.
Regina García, durante la guerra civil española (1936-1939),
fue jefe del Departamento de prensa y propaganda del Estado Mayor
general comunista, con el grado de coronel. Dice: Tuve la desdicha
de ser atea. Envenenada con las falsas doctrinas del racionalismo y
del materialismo. Estaba tan poseída por el error que, por amor a
la justicia social, me hice miembro del partido socialista...
El 4 de mayo de 1936 se propagó entre las clases pobres de
Madrid la monstruosa calumnia de que las Damas catequistas, las
monjas y los miembros de la Acción católica, habían repartido
caramelos envenenados entre los niños de las barriadas obreras para
terminar de una vez con la “raza marxista”. La reacción de las
incultas masas populares no se dejó esperar. Acaudilladas por los
agitadores encargados de excitar al pueblo, cargaron contra los
conventos.
Muchos fueron asesinados bárbaramente... Más de cien personas
perecieron entonces en Madrid, sin que las autoridades intervinieran
para evitarlo. También mi madre se encontró entre las víctimas...
Pero mi madre no murió. No había perdido ni un solo minuto el
conocimiento durante las cuatro horas que duró su martirio. Como me
comunicó posteriormente, ofreció a Dios todos sus indescriptibles
sufrimientos por mi conversión .
Yo poseía todo lo que puede hacer feliz a una persona en este
mundo... Y, entonces, Dios me lo quitó todo, para que el dolor y el
sufrimiento me volviesen a Él. Por lo pronto, vi fallar la doctrina
que había considerado como el objeto de mi vida. Los hombres, que
habían sido educados en las concepciones materialistas se
transformaron en fieras tan pronto como se vieron con las armas en
la mano... Mi marido cayó en las redes de una mujer depravada...
Perdí mi casa y mis bienes. Lo perdí todo. Durante una temporada,
apenas tuve pan para mis hijos, de los cuales el más joven había
venido al mundo en plena guerra, durante el invierno de 1936...
Llegó, entonces, una noche que jamás olvidaré. Fue todavía
durante la guerra civil. Mi niña de seis años, mi dulce favorita,
estaba enferma desde algunos días atrás. Por falta de
medicamentos, empeoraba de día en día y en aquella noche temí lo
peor. Quedé anonadada de miedo y de pena. Y, en esa hora terrible,
me tocó la gracia. Comprendí que Dios me castigaba en la carne de
mi hija predilecta y cayendo de rodillas y anegada en lágrimas,
imploré: “¡Castígame a mí, Señor! Confieso que he pecado
contra Ti, tanto que te negué. Pero no me castigues en mi hija
inocente. Estoy dispuesta a cualquier expiación”. A la mañana
siguiente, la niña había mejorado perceptiblemente y pronto quedó
restablecida por completo. Fue salvada por la misericordia de Dios y
hoy es una muchacha sana y vigorosa .
Regina García, desilusionada del comunismo, encontró en la fe
católica el sentido de su vida.
Ignace Lepp, francés, se entregó al ideal comunista al poco
tiempo de la revolución bolchevique, y se convirtió al
cristianismo al iniciarse la segunda guerra mundial. En su libro De
marx a Cristo va desgranando las diversas etapas de su vida agitada.
Habla de sus primeras actividades como activista comunista y de sus
contactos con los más altos dirigentes soviéticos y de cómo
llegó a ser uno de los máximos dirigentes de los intelectuales
revolucionarios de Europa.
Este libro es como un Diario, donde expresa cómo, a lo largo de
toda su vida, buscó desesperadamente un ideal por el que pudiera
vivir y morir. Y, al final, lo encontró en Cristo, decepcionado del
comunismo y de las incongruencias de sus dirigentes, que vivían a
todo lujo mientras las masas obreras vivían en la miseria.
Dice así: Cuando más desorientado me hallaba, se manifestó el
Signo... Al volver una noche a casa, no conseguía conciliar el
sueño. Para pasar el tiempo fui a buscar la novela que la hija de
la casa había olvidado en la mesa del salón... Era mediodía del
día siguiente, cuando acabado el libro, lo cerré. Tenía los ojos
inundados de lágrimas. El título de la novela era “Quo vadis”,
de un tal Sienkievicz, novelista polaco, premio Nóbel de 1905... Lo
apasionante para mí fueron los numerosos datos que “Quo vadis”
proporcionaba sobre la vida de las comunidades cristianas
primitivas. Súbitamente, tuve la impresión de que todo aquello, a
que más o menos confusamente había aspirado desde los quince
años, buscándolo en vano en el comunismo, no era, a pesar de todo,
pura utopía, ya que los primeros cristianos lo habían vivido...
Después comencé a leer otros libros sobre el tema. Me lo tragué
todo: “Los últimos días de Pompeya”, Fabiola del cardenal
Wiseman, luego novelas francesas, alemanas e italianas (sobre el
primitivo cristianismo).
Leí la “Vida de Jesús” de Ernesto Renan... Después de
Renan, leí las obras de los racionalistas Harnack, Strauss,
Guignebert, Loisy, del protestante Sabatier, de los católicos
Batifol, Duchesne, Prat, Lagrange... Tanto católicos como
protestantes y no creyentes pintaban la primitiva comunidad
cristiana casi con los mismos colores... Todos los libros leídos se
referían a una misma fuente: el Evangelio. Era ya hora de que lo
leyese por mi propia cuenta...
A continuación, pasé varias semanas, frecuentando asiduamente
reuniones de bautistas, metodistas, adventistas, pentecostales y
otras iglesias... Después de haber asistido a la reunión, solía
pedir una entrevista con el pastor-predicador de la comunidad. Le
decía quién era y qué buscaba, rogándole que me hablase de su
iglesia. En la mayoría de casos, me sorprendía desagradablemente
la mediocridad intelectual de mis interlocutores, incapaces de
responder con precisión a mis preguntas... También me chocaba la
extraña intolerancia de todos aquellos hombres, por lo demás
piadosos y caritativos, hacia las demás iglesias, especialmente,
cuando se trataba de quienes ellos denominaban con desprecio los “papistas”
(católicos). Era aún peor que la intolerancia de los comunistas.
Entonces, comprendí el sentido exacto de la palabra sectario... Los
pastores de las grandes iglesias de la Reforma: la luterana, la
anglicana, la calvinista, eran hombres de una cultura más amplia y
refinada. Discutir con ellos era ya harina de otro costal, porque
hablábamos el mismo lenguaje... Pero tampoco el protestantismo, en
ninguna de sus formas, respondía completamente a lo que del
cristianismo esperaba, ni pudieron los pastores convencerme de la
continuidad histórica entre el cristianismo primitivo y sus
iglesias respectivas. A menudo, tuve la impresión de que les
costaba comprender mi insistencia en este punto. Tales iglesias, de
estructuras demasiado estrictamente nacionalistas, me parecían
carentes de universalidad... Empezaba ya a desanimarme (de encontrar
la verdad), cuando el azar, o si se prefiere la providencia, puso en
mi camino a un sacerdote católico excepcional, un teólogo
jesuita...
Con gran consuelo, vi que su Iglesia daba tanta importancia como
yo a la cuestión de la continuidad ininterrumpida con la Iglesia
fundada por Jesús hace dos mil años en Palestina.
Durante varias semanas, pasé casi cada día dos o tres horas
hablando con él... Por fin, la tarde del 14 de agosto, pronuncié
la fórmula de abjuración de todo error y herejía e hice mi
profesión de fe católica. Inmediatamente, fui bautizado “sub
conditione” (bajo condición), porque no sabía, si en mi infancia
había recibido o no bautismo válido... A partir del día de mi
bautizo, quedé sólidamente anclado en la fe. Apenas sabía rezar,
conocía mal las exigencias de la vida cristiana, pero la gracia
había comenzado ya a obrar en mí. Ahora, habiendo transcurrido
desde mi bautismo muchos años, en cuyo curso, como ocurre con todos
los creyentes, han alternado tantas veces períodos de gran fervor
con otros de aridez, puedo considerar como una gracia particular el
no haber sentido jamás lo que se llama dudas y obstáculos en la
fe... De todas las Órdenes religiosas, la que mejor llegué a
conocer fue la dominicana. Allí estaba el P. Bernadot, un hombre
extraordinario, y allí editaban la revista “La vie spirituelle”
y “La vie intellectuelle...” Estudié en la Facultad de
Teología de la Universidad Católica de Lyon... y el 29 de Junio de
1941, en la basílica de Fourvière, la Iglesia me confirió el
sacerdocio .
Ignace Lepp, comunista furibundo, que llegó a ser sacerdote por
la gracia y la misericordia de Dios.
Alexis Carrel (1873–1944) era un joven médico francés de Lyon
de 30 años, cuando reemplazó a uno de sus compañeros para ir como
médico a una peregrinación de 300 enfermos al santuario de
Lourdes, en julio de 1903.
No creía en Dios ni en milagros. Era un científico, que sólo
creía en la razón, pero era un hombre sincero y, al final del
viaje, debió reconocer que existía Dios y lo sobrenatural. Él nos
cuenta su aventura espiritual en su libro Viaje a Lourdes, donde él
escribe sus impresiones bajo el nombre de Dr. Lerrac (el revés de
Carrel).
Dice así: El tren se detuvo antes de entrar en la estación de
Lourdes. Las ventanillas se llenaron de cabezas pálidas,
extáticas, alegres, en un saludo a la tierra elegida, donde
habrían de desaparecer los males... Un gran anhelo de esperanza
surgía de estos deseos, de estas angustias y de este amor .
Al llegar los enfermos al hospital, Lerrac se acercó a la cama
que ocupaba una joven enferma de peritonitis tuberculosa... María
Ferrand (su verdadero nombre era María Bailly) tenía las costillas
marcadas en la piel y el vientre hinchado. La tumefacción era casi
uniforme, pero algo más voluminosa hacia el lado izquierdo. El
vientre parecía distendido por materias duras y, en el centro,
notábase una parte más depresible llena de líquido. Era la forma
clásica de la peritonitis tuberculosa... El padre y la madre de
esta joven murieron tísicos; ella escupe sangre desde la edad de
quince años; y a los dieciocho contrajo una pleuresía tuberculosa
y le sacaron dos litros y medio de líquido del costado izquierdo;
después tuvo cavernas pulmonares y, por último, desde hace ocho
meses sufre esta peritonitis tuberculosa. Se encuentra en el último
período de caquexia. El corazón late sin orden ni concierto.
Morirá pronto, puede vivir tal vez unos días, pero está
sentenciada .
A María Ferrand, después de hacerle unas abluciones con el agua
milagrosa de la Virgen, porque su estado era sumamente grave y no se
atrevieron a meterla en la piscina, la llevaron ante la imagen de la
Virgen en la gruta.
La mirada de Lerrac se posó en María Ferrand y le pareció que
algo había cambiado su aspecto, parecía que su cutis tenía menos
palidez... Lerrac se acercó a la joven y contó las pulsaciones y
la respiración y comentó: La respiración es más lenta.
Evidentemente, tenía ante sus ojos una mejoría rápida en el
estado general. Algo iba a suceder y se resistió a dejarse llevar
por la emoción. Concentró su mirada en María Ferrand sin mirar a
nadie más. El rostro de la joven, con los ojos brillantes y
extasiados, fijos en la gruta, seguía experimentando
modificaciones. Se había producido una importante mejoría. De
pronto, Lerrac se sintió palidecer al ver cómo, en el lugar
correspondiente a la cintura de la enferma, el cobertor iba
descendiendo, poco a poco, hasta el nivel del vientre...
En la basílica acababan de dar las tres de la tarde. Algunos
minutos después, la tumefacción del vientre pareció que había
desaparecido por completo...
Lerrac no hablaba ni pensaba. Aquel suceso inesperado estaba en
contradicción con todas sus ideas y previsiones y le parecía estar
soñando. Le dieron una taza llena de leche a la joven y la bebió
por entero. A los pocos momentos, levantó la cabeza, miró en torno
suyo, se removió algo y reclinóse sobre un costado sin dar la
menor muestra de dolor. Eran ya cerca de las cuatro. Acababa de
suceder lo imposible, lo inesperado, ¡el milagro! Aquella muchacha
agonizante poco antes, estaba casi curada.
Esto no puede ser una peritonitis nerviosa, pensaba. Ofrecía
síntomas demasiado acusados y absolutamente claros... Hacia las
siete y media volvió al hospital, ardiendo de curiosidad y
angustia...
Quedóse mudo de asombro. La transformación era prodigiosa. La
joven, vistiendo una camisa blanca, se hallaba sentada en la cama.
Los ojos brillaban en su rostro, gris y demacrado aún, pero móvil
y vibrante, con un color rosado en las mejillas. Las comisuras de
sus labios en reposo, conservaban todavía un pliegue doloroso,
impronta de tantos años de sufrimientos, pero de toda su persona
emanaba una indefinible sensación de calma, que irradiando en torno
suyo, iluminaba de alegría la triste sala.
- Doctor, estoy completamente curada, dijo a Lerrac, aunque me
siento débil... La curación era completa. Aquella moribunda de
rostro cianótico, vientre distendido y corazón agitado, habíase
convertido en pocas horas en una joven casi normal, sólamente
demacrada y débil... ¡Es el milagro, el gran milagro, que hace
vibrar a las multitudes, atrayéndolas alocadas a Lourdes! ¡Qué
feliz casualidad ver cómo, entre tantos enfermos, ha sanado la que
yo mejor conocía y a la que había observado largamente!
Y él se fue a la gruta, a contemplar atentamente la imagen de la
Virgen, las muletas que, como exvotos, llenaban las paredes
iluminadas por el resplandor de los cirios, cuya incesante humareda
había ennegrecido la roca... Lerrac tomó asiento en una silla al
lado de un campesino anciano y permaneció inmóvil largo rato con
la cabeza entre las manos, mecido por los cánticos nocturnos,
mientras del fondo de su alma brotaba esta plegaria:
“Virgen Santa, socorro de los desgraciados que te imploran
humildemente, sálvame. Creo en ti, has querido responder a mi duda
con un gran milagro. No lo comprendo y dudo todavía. Pero mi gran
deseo y el objeto supremo de todas mis aspiraciones es ahora creer,
creer apasionada y ciegamente sin discutir ni criticar nunca más.
Tu nombre es más bello que el sol de la mañana. Acoge al
inquieto pecador, que con el corazón turbado y la frente surcada
por las arrugas se agita, corriendo tras las quimeras. Bajo los
profundos y duros consejos de mi orgullo intelectual yace,
desgraciadamente ahogado todavía, un sueño, el más seductor de
todos los sueños: el de creer en ti y amarte como te aman los
monjes de alma pura...”
Eran las tres de la madrugada y a Lerrac le pareció que la
serenidad que presidía todas las cosas había descendido también a
su alma, inundándola de calma y dulzura. Las preocupaciones de la
vida cotidiana, las hipótesis, las teorías y las inquietudes
intelectuales habían desaparecido de su mente. Tuvo la impresión
de que bajo la mano de la Virgen, había alcanzado la certidumbre y
hasta creyó sentir su admirable y pacificadora dulzura de una
manera tan profunda que, sin la menor inquietud, alejó la amenaza
de un retorno a la duda.
En su libro Meditaciones escribió: “Señor, te doy gracias por
haberme conservado la vida hasta el día de hoy. Mi vida ha sido un
desierto, porque no te he conocido. Haz que, a pesar del otoño,
este desierto florezca.
Que cada minuto de los días que me queden esté consagrado a Ti.
No quiero nada para mí, excepto tu gracia. Que cada minuto de mi
vida esté consagrado a tu servicio. Señor, toma la dirección de
mi vida, porque estoy perdido en las tinieblas. Todo lo que tu
voluntad me inspire hacer, lo cumpliré. Es necesario acercarse a
Ti, Señor, con toda pureza y humildad... Oh, Dios mío, cómo
lamento no haber comprendido nada de la vida, haber intentado
entender cosas que es inútil comprender. Y es que la vida no
consiste en comprender sino en amar. Haz, Dios mío, que no sea para
mí demasiado tarde. Haz que la última página del libro de mi vida
no esté ya escrita. Que pueda añadirse otro capítulo a este libro
tan malo. Habla, que tu indigno servidor te escucha. Te ofrezco todo
cuanto me queda. Te hago el sacrificio voluntario de mi vida, como
una plegaria. Te pido que me guíes por el camino verdadero, el de
las gentes sencillas, el de los que aman y rezan. Perdóname todas
las faltas de mi vida. Que cada minuto del tiempo, que aún me esté
permitido vivir, transcurra cumpliendo tu voluntad en la senda que
escojas para mí. Oh Dios mío, en este día me abandono totalmente
a Ti, con el sentimiento infinito de haber pasado por la vida como
un ciego. Haz, Señor, que pueda emplear el resto de mi vida en tu
servicio y en el de los que sufren” .
María Ferrand (María Bailly), la curada por la Virgen, se hizo
religiosa de la caridad, de San Vicente de Paul, y murió en 1937.
Alexis Carrel (Dr. Lerrac), después del milagro, publicó
algunos escritos sobre este hecho en los periódicos y revistas,
pero fue marcado por el ambiente anticlerical de sus colegas, por lo
que no le quisieron dar ningún trabajo.
Esto fue providencial; pues, buscando empleo, fue al Instituto
Rockefeller de Nueva York a investigar y, como premio de sus
investigaciones, a los diez años del milagro, recibió el premio
Nóbel de Medicina. Murió en París en noviembre de 1944. Según
afirmó el sacerdote que lo atendió en los últimos momentos, se
confesó, comulgó, recibió la unción de los enfermos y dijo:
Quiero creer y creo todo lo que la Iglesia católica quiere que
creamos y para ello no experimento dificultad alguna, porque no
hallo nada que esté en oposición real con los datos ciertos de la
ciencia .
Manuel García Morente (1886-1942), gran filósofo español, nos
cuenta en la carta que dirigió a su director espiritual Monseñor
José María García Lahiguera, en setiembre de 1940, el hecho
extraordinario de su conversión.
Él era ateo, aunque había hecho de niño su primera comunión.
Pero sus estudios de filosofía lo habían alejado de Dios y de la
religión. Al comenzar la guerra civil española, tuvo que huir a
Francia, porque lo buscaban para matarlo. Estaba en París,
desesperado por no encontrar los medios humanos para conseguir que
su familia llegara a París para estar a salvo con él. En esas
circunstancias, la noche del 29 al 30 de abril de 1937, escuchó un
trozo de música de Berlioz, titulada La infancia de Jesús, que lo
dejó con una gran paz interior. Dice así:
Cuando terminó (la música) cerré la radio para no perturbar el
estado de deliciosa paz en que esa música me había sumergido. Y
por mi mente empezaron a desfilar imágenes de la niñez de Nuestro
Señor Jesucristo. Seguí representándome otros períodos de la
vida del Señor... Y, poco a poco, se fue agrandando en mi alma la
visión de Cristo, de Cristo hombre, clavado en la cruz... No me
cabe duda de que esta especie de visión (interior) no fue sino
producto de la fantasía excitada por la dulce y penetrante música
de Berlioz. Pero tuvo un efecto fulminante en mi alma. “Ése es
Dios, ése es el verdadero Dios, Dios vivo; ésa es la Providencia
viva” -me dije a mí mismo-. Ése es Dios, que entiende a los
hombres, que vive con los hombres, que sufre con ellos, que los
consuela, que les da aliento y les trae la salvación. A Él sí que
puedo pedirle, porque sé de cierto que sabe lo que es pedir y sé
de cierto que da y dará siempre, puesto que se ha dado entero a
nosotros los hombres. ¡A rezar, a rezar! Y, puesto de rodillas,
empecé a balbucir el Padrenuestro, pero ¡se me había olvidado!
Permanecí de rodillas un gran rato, ofreciéndome mentalmente a
Nuestro Señor Jesucristo con las palabras que se me ocurrían
buenamente. Recordé mi niñez, recordé a mi madre, a quien perdí
cuando yo contaba nueve años de edad; me representé claramente su
cara, el regazo en que me recostaba, estando de rodillas para rezar
con ella y, lentamente, con paciencia, fui recordando el
Padrenuestro... También pude recordar el Avemaría...
Una inmensa paz se había adueñado de mi alma. Es verdaderamente
extraordinario e incomprensible cómo una transformación tan
profunda pueda verificarse en tan poco tiempo... En el relojito de
pared sonaron las doce. La noche estaba serena y muy clara. En mi
alma reinaba una paz extraordinaria. Me parece que debía
sonreír... Pensé: Lo primero que haré mañana será comprarme un
libro devoto y algún manual de doctrina cristiana. Aprenderé las
oraciones, me instruiré lo mejor que pueda en las verdades
dogmáticas, procurando recibirlas con la inocencia del niño...
Compraré también los santos Evangelios y una vida de Jesús. “¡Jesús,
Jesús! ¡Bondad! ¡Misericordia! Una figura blanca, una sonrisa, un
ademán de amor, de perdón, de universal ternura. ¡Jesús!”
Debí quedarme dormido.
Me puse en pie, todo tembloroso y abrí de par en par la ventana.
Una bocanada de aire fresco me azotó el rostro. Volví la cara
hacia el interior de la habitación y me quedé petrificado. Allí
estaba Él. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él
estaba allí. En la habitación no había más luz que la de una
lámpara eléctrica, de esas diminutas de una o dos bujías en un
rincón. Yo no veía nada, no oía nada, no tocaba nada. No tenía
la menor sensación. Pero Él estaba allí. Yo permanecía inmóvil,
agarrotado por la emoción. Y le percibía; percibía su presencia
con la misma claridad con que percibo el papel en que estoy
escribiendo y las letras que estoy trazando. Pero no tenía ninguna
sensación ni en la vista, ni en el oído ni en el tacto ni en el
olfato ni en el gusto. Sin embargo, lo percibía allí presente con
entera claridad. Y no podía caberme la menor duda de que era Él,
puesto que lo percibía, aunque sin sensaciones. ¿Cómo es eso
posible? Yo no lo sé. Pero sé que Él estaba allí presente y que
yo, sin ver ni oír ni oler, ni gustar, ni tocar nada, lo percibía
con absoluta e indubitable evidencia... No sé cuánto tiempo
permanecí inmóvil y como hipnotizado ante su presencia. Sí sé
que no me atrevía a moverme y que hubiera deseado que todo aquello
-Él allí- durara eternamente, porque su presencia me inundaba de
tal y tan íntimo gozo que nada es comparable al deleite sobrehumano
que yo sentía...
Era una caricia infinitamente suave, impalpable, incorpórea, que
emanaba de Él y que me envolvía y me sustentaba en vilo, como la
madre que tiene en sus brazos al niño... ¿Cómo terminó la
estancia de Él allí? Tampoco lo sé. Terminó. En un instante
desapareció. Una milésima de segundo antes estaba Él aún allí y
yo lo percibía y me sentía inundado de ese gozo sobrehumano que he
dicho. Una milésima de segundo después, ya Él no estaba allí, ya
no había nadie en la habitación... Debió durar su presencia un
poco más de una hora .
Y fue tal el impacto recibido que decidió dedicar toda su vida
al servicio de Dios. Fue ordenado sacerdote en 1940 y murió en
Madrid el 7 de diciembre de 1942.
Pieter van der Meer de Walcheren (1880–1970), gran poeta
holandés, que vivía en un ateísmo intelectual donde no cabía la
idea de Dios. En su libro Nostalgia de Dios nos habla de sus luchas
interiores por querer creer, pero sin poder hacerlo hasta que llegó
el momento de la gracia divina, cuando se entregó totalmente a Dios
con su esposa y sus hijos. Veamos algunos de sus pensamientos,
cuando todavía era ateo:
La tierra, dentro de miles o millones de años, será inhabitable
y por fin perecerá. Entonces, será como si este planeta no hubiese
existido jamás, todo será arrinconado en el vacío del olvido.
Nadie llevará ya en sí la memoria de lo que aquellos extraños
seres, que un día vivieron en la tierra y se llamaban hombres,
realizaron y sufrieron... Todo habrá sido perfectamente inútil y
esta comedia, que habrá durado miles de años y de la que nadie
habrá sido espectador, podía igualmente no haber tenido lugar.
¿No es esto de una vertiginosa ridiculez? ¿No es para aullar de
angustia y refugiarse en la muerte?
Por espacio de un momento, breve como el zig-zag de un
relámpago, estamos en la tierra, vivos, con los ojos abiertos,
atormentados por todos los deseos y por todos los ensueños,
queriendo alcanzar y abarcar lo imposible, interrogamos al pasado,
leemos lo que los hombres han pensado antes de nosotros, nada
sacamos en claro; interrogamos a la tierra, al cielo, a las
estrellas, a los abismos de los espacios y a los de nuestra propia
alma, lloramos de nostalgia por la belleza, gesticulamos
apasionadamente y, de repente, caemos muertos y ya no hay nada más,
nada, nada, nada, nuestros ojos están cerrados para siempre, los
ojos con que ahora miramos las estrellas, esas estrellas que no nos
recordarán .
Poco a poco, empieza a dudar:
¿Qué significa la vida, a cuyo término está la muerte, ese
inmenso agujero negro donde vamos cayendo uno tras otro como
piedras? Decididamente es una perfecta estupidez tomarse la vida en
serio si no existe el alma. Pero ¿acaso las religiones no son más
que un hermoso sueño, bellas mentiras consoladoras a las que el
hombre se aferra ante la perspectiva de desaparecer tragado por la
noche espantosa de la muerte? ¿Contienen una realidad o no son más
que quimeras? Sigo perplejo ante los enigmas. ¿Dónde puedo
encontrar la verdad?
Y comenzó a leer los Evangelios y a pensar seriamente en las
cosas espirituales, sobre todo, después de un viaje que hizo a la
Trapa de West-Malle. Dice sobre esta visita: Todo era tan nuevo para
mí, tan absolutamente desconocido. Nunca se me había ocurrido
pensar que en nuestro tiempo existiese todavía semejante fenómeno:
hombres que consagraban su vida a la oración... Si Dios no existe,
¿no es absurdo todo esto? En tal caso, sería algo propio de
idiotas, de dementes, algo incluso criminal lo que hacen estos
hombres, es decir, aislarse, renunciar a los placeres de la vida y
adorar y glorificar algo que no existe. No obstante, en este lugar
siento yo orden, paz y la atención está fija en el mundo interior,
en el alma, en lo eterno .
He tratado de explicar a mi esposa Cristina lo que viví durante
aquellas horas maravillosas (en la Trapa) y lo ha comprendido todo.
Se me había revelado algo muy hermoso y muy santo. El tiempo se
desvanece. La vida se halla en él iluminada por la eternidad
divina. No me es posible creer que bajo la cabal belleza de estas
palabras, de esta música, de estas oraciones no haya una realidad
inquebrantable .
Esta mañana (4 de diciembre de 1909) he estado en misa en la
capilla del convento de las benedictinas... Por primera vez, he
experimentado la sensación de que ocurría algo inefable, cuando el
sacerdote pronuncia las palabras de la consagración. No sé decir
cómo o de dónde me vino ese pensamiento, pero supe que algo había
cambiado y que allí había ocurrido algo de una tremenda grandeza .
Continuó asistiendo, siempre que podía, al convento de las
benedictinas a disfrutar de aquella sensación de lo eterno. Estuve
toda una noche en la capilla de las benedictinas, seguí en ella los
maitines, asistí a la misa de gallo y a la misa del alba. Aún
pervive en mí la emoción que me produjo el excelso esplendor de
esas ceremonias. El aspecto externo de las mismas es ya hermoso, los
cánticos, las palabras, la solemnidad de la misa; pero lo que, de
un modo especial, me ha conmovido ha sido el mundo interior, ya que
cada ademán, cada palabra, cada acto entraña un significado, es
como la llama visible de un fuego invisible, una guía que conduce a
los acontecimientos divinos .
Leo la Biblia, los místicos y los libros de León Bloy. Sé que
la Biblia contiene la verdad. Los místicos, Angela de Foligno,
Ruybroeck, Catalina Emmerich y las vidas de santos, como la de san
Francisco, me ayudan a comprender cosas muy oscuras y
maravillosas... Bloy, al que leo intensamente, me da a conocer el
catolicismo en su divino y omnímodo poder, en su sublime unidad y
me enseña lo que es amar a Dios sobre todas las cosas.
Bloy me presentó a un sacerdote para hablar con él. El
sacerdote me ha entregado el catecismo y me ha aconsejado leer los
capítulos referentes al Credo y a los sacramentos, especialmente el
relativo al bautismo, y me ha dicho: “Usted debe orar, rezar el
Padrenuestro y el Avemaría. Con estas oraciones debe usted llamar a
la puerta de la Iglesia y Jesús se las abrirá. Si es usted de
buena voluntad, Dios le ayudará, se lo aseguro. Y debe usted
arrodillarse y hacer el signo de la cruz. Rezaré por usted”.
Después he ido a postrarme ante el Santísimo sacramento que, en el
Sacré Coeur (Sagrado Corazón) está expuesto durante todo el día
y toda la noche. Hincado de hinojos, he puesto mi mirada en la
hostia de nítidos contornos circulares, aureolada de luz, colocada
en la custodia. Le he hablado a Jesús de mi zozobra espiritual y de
mi miseria y le he pedido misericordia. Dadme, Oh Jesús, la fe,
dadme el conocimiento y el amor para con Dios. Quitadme la ceguera
de mis ojos para que pueda distinguir con toda claridad .
A cada momento descubro en el catolicismo nuevas maravillas. El
catolicismo es como una catedral espiritual, infinitamente hermosa,
y mi alma puede ahora penetrar en el interior de la misma... Cada
mañana y cada noche nos arrodillamos los tres (con mi esposa e
hijo) ante el pequeño crucifijo y oramos. Recitamos las plegarias
en voz alta y yo me esfuerzo en rodear cada palabra de la más viva
atención... Hago la señal de la cruz y la paz mora en mi corazón.
No lo comprendo y no sé explicarlo. Me siento pequeño y, al mismo
tiempo, inmensamente grande. ¿Qué he hecho yo para merecer esto?
¿Por qué sobre mí? ¿Por qué sobre nosotros esta gracia
abrumadora? Buscaba la solución a mis enigmas y es tan sencillo:
¡Postrarse de hinojos y entregar el corazón a Dios!
Ayer (24 de febrero de 1911) nuestro hijo y yo recibimos el
bautismo. Cristina y yo nos unimos en matrimonio. Jesús nos ha
purificado y hemos renacido. Al conjuro de las palabras del
sacerdote, se desprendió de mí la vieja vida con sucios andrajos y
se me cubrió con vestido deslumbrantemente nuevo. El sacerdote
ahuyentó de mi las turbulentas tinieblas del pasado, mi cuerpo
quedó puro... Nunca, nunca olvidaré aquellas horas. El
acontecimiento de ayer es el centro de mi vida, por siempre. Ahora
soy cristiano. No se trata de un bello juego de imaginación, no se
trata de autoengaño con palabras bien sonantes, no se trata de una
hermosa apariencia ni de una consoladora mentira, no, se trata de
una realidad eterna. Soy cristiano por toda la eternidad .
He comulgado, Jesús ha visitado mi alma. Antes de la misa, he
ido a confesarme y he pedido a María que me ayudara a recibir al
Rey en mi pobre morada... Después de comulgar, regresé a mi lugar.
Estaba solo, el Rey estaba solo en mí. Muy pronto, empero, fue
descendiendo sobre mi alma, poco a poco, con gravidez y a la par de
un modo extremadamente suave, una paz resplandeciente, me sentía
lleno de Él, como de una nube de oro. ¡Oh delicia maravillosa y
sin igual! ¡Está bien que haya venido, decía yo, ebrio de loca
alegría!
Después de doce años, puedo decir que esta nueva vida es
infinitamente más hermosa, más rica y más profunda de lo que
nunca había podido sospechar ni siquiera en los primeros años de
mi conversión .
Pieter van der Meer se entregó con su esposa totalmente a Dios y
Dios le pidió todo. Primero se llevó a su hijo de tres años, el
30 de diciembre de 1917. Y, cuando su hijo Pieterke era ya monje por
diez años y cinco de sacerdote, también se lo llevó con Él. Su
hija se hizo religiosa, con el nombre Sor Cristina. En 1954 se
llevó a su esposa y se quedó solo en este mundo, pero acompañado
por Dios. Su vida fue un camino de búsqueda del sentido de su
existencia. Sin saberlo, era a Dios a quien buscaba, pues tenía
nostalgia de Dios.
María Benedicta Daiber (1913-1971) relata su conversión en su
escrito Y yo te venceré. Sus padres eran de origen alemán,
protestantes, aunque habían perdido la fe y fueron a residir a
Chile, en donde su padre era el médico de un pequeño pueblecito
llamado Puerto Octay. Dice ella:
A los ocho o diez años era yo una atea consumada. Mi padre
repetía continuamente en mi presencia: No hay Dios... Como en
Puerto Octay, la mayoría de los habitantes eran católicos, oía
hablar algunas veces de la Santísima Virgen... Un día, movida por
un impulso misterioso, repetí tres veces el nombre dulcísimo: “María,
María, María”. Y largo rato estuve como absorta en algo que,
entonces, no sabía definir... A los doce años cayó en mis manos
una Biblia. Tengo que confesar que, literalmente, devoré los
Evangelios y, por primera vez, comprendí el vacío inmenso que deja
en el alma la falta de fe. Me atormentaban ya estas preguntas: “¿de
dónde vengo?, ¿a dónde voy?, ¿por qué existo?” Y la vida me
parecía triste, sin sentido y vacía... Mi madre quiso enseñarme
historia eclesiástica, pero era la historia vista a través del
odio a la Iglesia y yo bebía a torrentes ese odio en las
enseñanzas de mi madre. Era el odio al Papa, al clero... Los
sacerdotes, me decía mi padre, son unos hipócritas, que explotan
al pueblo y no creen lo que enseñan...
Un día, tenía aproximadamente quince años, mi padre me llevó
al hospital y, mientras él visitaba a sus enfermos, yo me quedé en
un saloncito. Había allí un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús,
del cual mi padre se burlaba continuamente. Ese cuadro encarnaba
para mí, por decirlo así, todo cuanto odiaba en el catolicismo.
Así que, ese día, me coloqué frente a la imagen de aquel
Corazón, que tanto ama a los hombres, y amenazándolo con ambas
manos, le dije que lo odiaba, que odiaba a su Iglesia, a sus
sacerdotes y que estaba resuelta a hacer todo el mal posible a esta
Iglesia. En ese mismo instante, resonaron en el fondo de mi alma,
estas palabras: “Y yo te venceré”. Aterrada y presa de espanto,
volví las espaldas al cuadro y, por primera vez, comprendí que un
día yo, que odiaba tanto a la Iglesia, sería católica. No
confesé a nadie lo sucedido; pero, durante meses me negué a
acompañar de nuevo a mi padre al hospital. No quería encontrarme
otra vez a solas con Jesús.
En marzo de 1922 (a los dieciocho años), mi padre me llevó a
Santiago (Chile) para estudiar en el Liceo... Quise asistir a la
clase de religión, pero una de las profesoras, sabiendo que no era
católica, me lo impidió... Un buen sacerdote trató de probarme la
existencia de Dios, pero todo fue inútil. Entonces, aprendí el
Padrenuestro, el Avemaría, la Salve, el Acordaos... Sólo quería
que me enseñara oraciones a la Virgen y, en las tardes, hacía mi
visita a la Madre de Dios, me arrodillaba ante su altar y le
repetía una y otra vez las oraciones que había aprendido. Si aquel
sacerdote no logró convencerme de la existencia de Dios, obtuvo sin
embargo, un resultado que no sospechó jamás. Mi convicción
íntima era que los sacerdotes no creían y sólo explotaban la
credulidad del pueblo, y pude observar que él se sacrificaba por
mí, sin que yo le pagara nada... Lo veía frecuentemente en una
iglesia cerca del Liceo en intensa oración y esto me impresionaba
profundamente. Y pensé: No es cierto que todos los sacerdotes
católicos sean unos hipócritas, mis padres me han engañado en
este punto. ¿Será la religión católica la verdadera?
Comencé a decir está oración: “Dios mío, si acaso existes,
dame fe”. En setiembre de 1922 se celebró el II Congreso
Eucarístico nacional en Santiago. Mi madrina me llevó a la plaza
Brasil para que viera pasar a Nuestro Señor. Así vi por primera
vez a Jesús hostia y al ver la hostia santa, tuve la seguridad
absoluta: “Ahí está Dios”. Sentí de tal manera la presencia
de Dios, que arrastré a mi pobre madrina en pos de Jesús
sacramentado hasta la iglesia a la cual se dirigía la procesión.
En aquel instante, creí en Dios... Aquella noche de agosto me
acosté con el rosario en las manos, tranquila y feliz, porque
había encontrado la fe. A las pocas horas, desperté presa de
angustia indecible. Pensé en mis padres, recordé sus ideas
hostiles a la Iglesia, se me presentó el profundo dolor que les
causaría mi conversión y cómo interiormente me separaba de ellos.
Se libró en mi alma una lucha formidable, que terminó al amanecer
con la derrota de Dios. Resolví no hacerme católica y así se lo
comuniqué a mi madrina... Fueron semanas y meses de indecible
sufrimiento, en que mi solo consuelo era pasar largas horas de
silenciosa adoración a los pies de Jesús sacramentado. Oí todas
las misas que podía ir, de vez en cuando, al convento de los
capuchinos. Allí un anciano sacerdote trataba con bondad paternal
de sostenerme en mis luchas y consolarme...
Volví a Puerto Octay a pasar mis vacaciones (con mis padres).
Uno de los sufrimientos más duros fue la privación de la santa
misa. En ella encontraba luz, consuelo, fuerza y paz. Una sola vez
les arranqué el permiso para oír misa... Pero todas las tardes,
desde mi cuarto, hacía en espíritu una visita a Jesús
sacramentado y miraba por la ventana la torre de la iglesia
parroquial... Para encontrar un pretexto que justificara mis
actitudes (de no hacerme católica) alegaba la infalibilidad del
Papa, único dogma del cual no estaba convencida. El error entre
muchos protestantes, que mi madre me había enseñado, es pensar que
infalible significa, a la vez, no estar sujeto a ningún error y ser
impecable. ¡Yo había creído que cada palabra salida de la boca
del Papa debía aceptarse como infalible! Una vez que se me explicó
el verdadero sentido del dogma, lo acepté sin la mayor dificultad.
Por fin, un 8 de setiembre, fecha que yo misma fijé por ser
fiesta de la Santísima Virgen, me bautizaron bajo condición... Al
día siguiente, hice mi primera comunión en la capilla de la
Universidad Católica. Sin embargo, aunque yo tenía esa
tranquilidad que se siente, cuando se cumple la voluntad de Dios, ni
el día de mi bautismo, ni el de mi primera comunión tuve consuelos
sensibles. Solamente, al comulgar por segunda vez, el día del Dulce
Nombre de María, experimenté en toda su extensión la dicha
inmensa de ser católica y ese sentimiento duró semanas y meses...
Nadie en adelante podría impedir que comulgara. Simplemente, vi
delante de mí una tarea, una misión: la de lograr que también mis
padres participaran de mi dicha y se hicieran católicos... Escribí
a todos los conventos de carmelitas para solicitar oraciones y
recorrí casi todo Santiago, pidiendo oraciones a las comunidades
religiosas. Me parecía que el resultado de tantas oraciones debía
ser inmediato, pero Dios quiso enseñarme a ser más paciente y
esperar contra toda esperanza, pues durante varios años, las
oraciones no producían ningún resultado... Pero, al final, se
convirtieron.
¡Qué felicidad ver a mi padre comulgar silencioso y recogido,
dichoso con la visita de su Dios! ¡Cómo compensaban ampliamente
esos momentos los cuatro años de angustia y temores por su
salvación que había pasado!... Mi madre comulgaba diariamente y se
confesaba todas las semanas y me decía: “He estado tantos años
lejos de Dios, que ahora quiero recuperar el tiempo perdido...” Mi
madre amaba de modo especial a Jesús sacramentado. Los domingos y
fiestas casi no salía de la Iglesia. Cuando podía, asistía a la
adoración nocturna. La noche del día que murió, la pasé entre mi
madre y Jesús sacramentado en la iglesia del colegio del buen
pastor y la pasé cantando. Nadie perturbaba mi dulce soledad. En el
silencio de la noche me parecía que de lejos, de los esplendores de
la gloria, me contestaban, porque para el alma que vive de fe, no
hay más muerte que el pecado. Lo que el mundo llama muerte es el
comienzo de la verdadera vida. ¿Por qué había yo de llorar a la
que viviría eternamente? El cielo es la última palabra de amor de
Dios a los hombres y allí espero cantar un día yo también
eternamente las misericordias del Señor .
María Benedicta Daiber escribió su Diario, publicado por el
arzobispado de Barcelona con el título La fuerza del amor. Su
proceso de beatificación está en marcha.
Douglas Hyde (1911–1981) fue un gran periodista inglés,
educado como metodista por sus padres, pero que en su juventud
perdió la fe y se hizo comunista durante 20 años, ocho de los
cuales fue director jefe del periódico Dayly Worker, el periódico
del partido comunista inglés. Pero, poco a poco, fue
desilusionándose del comunismo al ver las grandes incongruencias de
los comunistas soviéticos, hasta que llegó a encontrar un nuevo
sentido a su vida, convirtiéndose a la fe católica. Escribió un
libro Respuesta al comunismo y su Autobiografía, titulada Yo creí,
en la que cuenta:
Yo creía que todos los sacerdotes, monjas y monjes eran
inmorales, que los jesuitas eran siniestros y criminales. Y seguía
conservando mis prejuicios comunistas. En el partido sosteníamos
que la población católica representaba la parte más atrasada,
inculta y políticamente moribunda del pueblo y que los católicos
estaban hundidos en la superstición y gobernados, sin esperanza de
liberación, por los curas.
Para los comunistas no hay valores espirituales ni
consideraciones morales o éticas. Ni la más mínima piedad humana
influye en su sentir marxista, ni el amor ni la compasión ni el
patriotismo tienen cabida en su estructura.
Para ellos no existe la verdad ni el honor, excepto dentro de su
círculo inmediato de camaradas. La conciencia se ha convertido en
algo que la impulsa a mentir, a engañar, a traicionar. El comunismo
es el fin de sí mismo y ese fin justifica siempre los medios.
Un día al salir de la oficina, entré a una iglesia católica.
Permanecí una hora sentado en la oscuridad, iluminada sólo por la
vacilante llama de las velas del altar. A la mañana siguiente,
volví teniendo cuidado de entrar, cuando no me viera nadie...
Cuanto más veía aquella iglesia, más me gustaba. Pero seguía sin
poder rezar. Era ridículo y degradante arrodillarse, un signo de
sumisión, de rendimiento, de humildad. Era como hablar con alguien
que no estaba presente, que ni siquiera existía. Pero yo seguí
yendo día tras día, noche tras noche .
Una mañana sucedió algo. Estaba sentado en la penumbra de Santa
Etheldreda en el último banco como de costumbre, cuando entró una
joven de unos dieciocho años, pobremente vestida y no muy
agraciada. A mi me parecía que sería una criada irlandesa. Pero,
al pasar por mi lado, vi la expresión de su rostro: estaba
preocupada.
Como yo, tenía evidentemente alguna grave preocupación. Con
paso decidido avanzó por el centro de la iglesia hacia el altar,
después giró hacia la izquierda, encaminándose a un reclinatorio
en el que se arrodilló delante de Nuestra Señora, después de
haber encendido una vela y echado unas monedas en la alcancía.
A la luz de la llama de la vela, pude ver cómo sus manos pasaban
unas cuentas y cómo inclinaba la cabeza de vez en cuando. Aquella
era una práctica católica que yo desconocía. Aquel era el mundo
de la fe. Aquel era el mundo que yo buscaba ¿Era una superstición?
¿Era el mundo propio de los salvajes? Al pasar a mi lado, cuando
salía, miré el rostro de la joven. Fuera cual fuera su
preocupación había desaparecido. Sencillamente desaparecido. Y yo
hacía meses y años que llevaba a cuestas el peso de la mía.
Cuando estuve seguro de que nadie me veía, me encaminé casi
como un perro por el centro de la iglesia como ella había hecho. Al
llegar al altar, giré a la izquierda, eché unas monedas en la
alcancía, encendí una vela, me arrodillé en el reclinatorio e
intenté rezar a Nuestra Señora. Pero era lo mismo que me ahorcaran
por una oveja que por un cordero. Si iba a ser supersticioso e iba a
rezar a alguien que no estaba allí, bien podría dar un paso más
en mi superstición y rezar a una imagen. Pero ¿cómo se rezaba a
Nuestra Señora? Yo no lo sabía. ¿Se rezaba a Ella o por medio de
Ella como si fuese una intermediaria? ¿Se contemplaba la imagen
para ver la realidad que había tras ella o había que dirigir las
palabras solamente a la imagen? Tampoco lo sabía. Intenté recordar
alguna oración dedicada a Ella de la literatura medieval o algo de
los poemas de Chesterton o Belloc. Pero fue inútil... Fuera de la
iglesia traté de recordar las palabras que había pronunciado y
casi me eché a reír. Eran la letra de una música de baile del
año veinte de un disco de gramófono que había comprado en mi
adolescencia: Oh dulce y encantadora señora, sed buena. Oh Señora,
sed buena conmigo .
A las ocho y media de la noche del 17 de enero de 1948 telefonee
al colegio de los jesuitas de nuestro barrio para bautizar a
nuestros dos hijos... y nuestra instrucción comenzó bajo la
dirección del Padre Joseph Corr, un santo y culto anciano jesuita
del norte de Irlanda, que comenzó su tarea sin hacernos más
preguntas. Tardó semanas en saber quién era yo .
Después de convertido, me puse a trabajar solo, escribiendo para
periódicos de todo el mundo, pero conservando mi independencia.
Emprendía una serie de artículos en el Catholic Herald, explicando
en breves bosquejos mi conversión del comunismo al catolicismo y
contando algunas anécdotas. Mis artículos despertaron gran
interés y, todavía más importante, sirvieron de orientación a
muchos, como demostraba la correspondencia que recibía... Algunos
de mis folletos fueron distribuidos entre las guerrillas comunistas
griegas y otros en China roja. Un folleto fue traducido al indonesio
para su distribución entre los comunistas de aquel país... Desde
todas partes de Inglaterra me llegaban invitaciones de
organizaciones políticas y, desde luego, de millares de sociedades
católicas para dar conferencias... Acudía a todas partes, no
importaba que fuese a hablar a seis monjas en un pequeño convento o
a cinco mil personas en una gran sala de una ciudad. En dos años
hablé en cientos de regiones y recorrí miles de millas. La empresa
primera y principal era despertar la conciencia de los cristianos,
no precisamente porque fuesen anticomunistas, sino, porque había
que hacerles comprender que sus acciones eran las que decidirían el
curso de la historia durante las próximas centurias. En aquellos
dos años, hablé probablemente a medio millón de personas por lo
menos... Dormí en trenes, en monasterios, en hoteles y escribí en
todas partes .
Douglas Hyde, un gran convertido, un gran luchador por la causa
de Dios contra los comunistas, que le habían mentido y engañado
durante veinte años, inculcándole odio contra Dios y los
reaccionarios creyentes. Por eso, ahora no podía callarse, debía
hacer conocer el amor que Cristo había venido a traer a la tierra.
A veces, decía que se quedaba asombrado, cuando hablaba a sus
amigos y compañeros de su fe, y ellos lo tomaban como si fuera un
fanático.
Dice que, cuando era comunista, procuraba estar al día para
poder contar a sus amigos todo lo que descubría de nuevo en el
comunismo y, cuando hacía lo mismo como católico, parecía que se
reían de él, como si muchos católicos estuvieran viviendo una fe
aguada, sin base ni fundamento, de rutina, que no aprovecha ni a
quien la posee. Y decía: Si realmente creyeran que Jesús está
vivo, ¿cómo podrían estar indiferentes para comunicar esta gran
noticia a otros?
Y termina con estas palabras su libro Yo creí: No me fue fácil
llegar a conocer a mi nuevo Dios. El amor de Dios no me llegó
automáticamente... Lentamente, yo llegué a conocer el amor de
Dios. Pero una cosa es segura: mi Dios no ha fracasado.
Dorothy Day nos cuenta en su libro La larga soledad, su
Autobiografía, que desde joven se dedicó a luchar en contra de las
injusticias y a favor de los más pobres. Por eso, se metió primero
en el partido socialista, alejándose de su fe episcopaliana en la
que había sido bautizada de niña. Organizaba mítines, estando en
varias oportunidades en la cárcel por defender los derechos de los
trabajadores.
Pero, poco a poco, fue encontrando amigos católicos, que le
hablaron de su fe. Especialmente, fue importante la lectura de
algunos autores como Huysmans (católico convertido). Y empezó a
asistir a una iglesia católica, aunque sin estar convencida
plenamente. A veces, se decía a sí misma la frase que había oído
tantas veces: La religión es el opio del pueblo, para no dejarse
convencer. Además, hacerse católica significaría afrontar la vida
en solitario y yo me aferraba a mi vida familiar. Resultaba duro
pensar en renunciar a un marido para que mi hija y yo pudiéramos
convertirnos en miembros de la Iglesia. Si yo abrazaba la religión
católica, Forster no tendría nada que ver con ella ni conmigo. Por
ese motivo esperé .
Pero decidí prepararme y la hermana Aloysia venía tres veces a
la semana a darme lecciones de catecismo, que yo procuraba aprender
obedientemente .
Hasta que un día se decidió y se bautizó bajo condición, hizo
su confesión y su primera comunión. Dice: No experimenté un gozo
especial al recibir estos tres sacramentos: bautismo, confesión y
santa eucaristía... Yo amaba a la Iglesia, no por ella misma; pues,
a menudo, era para mí motivo de escándalo, sino porque hacía
visible a Cristo. Decía Romano Guardini que la Iglesia es la cruz
en la que Cristo fue crucificado; y como no se puede separar a
Cristo de su cruz, hay que vivir en un estado de permanente
insatisfacción con la Iglesia .
Nunca lamenté, ni por un instante, el paso que di al hacerme
católica, pero repito que, durante un año, me proporcionó muy
pocas alegrías, pues la lucha continuó. Conocí a un buen
sacerdote, que me ayudó a seguir mi camino .
Con el tiempo fundó el periódico The Catholic Worker
(trabajador católico) para defender los derechos de los
trabajadores y así nació el movimiento Catholic Worker. Dice: En
los comienzos del The Catholic Worker, mi jornada comenzaba con la
misa de madrugada y concluía, muchas veces, a medianoche .
La vida de Dorothy Day fue una continua búsqueda de Dios, amando
a los demás, especialmente, a los más pobres y explotados. Ella
nos dice en las últimas palabras de su libro: La palabra final es
amor. No podemos amar a Dios, si no nos amamos unos a otros, y para
amar tenemos que conocernos unos a otros. A él lo conocemos en el
acto de partir el pan (misa) y unos a otros nos conocemos en el acto
de partir nuestro pan. El cielo es un banquete y la vida es también
un banquete, incluso con un mendrugo de pan, allí donde hay
comunidad... Todos hemos conocido que la única solución es el amor
y que el amor llega con la comunidad .
Cuando falleció en 1980, el New York Times la calificó como una
militante de la no-violencia, radical en lo social, de una luminosa
personalidad, que luchó en primera línea durante más de 50 años
a favor de la justicia social.
Svetlana Stalin, conocida escritora, hija del famoso dictador
comunista Joseph Stalin. Su testimonio lo ha publicado en Lettera
del Foyer en 1995. dice: Los primeros 36 años de mi vida los pasé
en el Estado ateo de Rusia. De Dios no se hablaba. Mi abuela
materna, Olga Allilouieva, sí nos hablaba de Dios: de ella escuché
por primera vez las palabras alma y Dios. En una ocasión, cuando mi
hijo tenía 18 años, enfermó. No quería ir al hospital, a pesar
de la insistencia del doctor. Por primera vez en mi vida, a los 36
años, pedí a Dios que lo curara.
Después de su curación, un sentimiento intenso de la presencia
de Dios me invadió... Dios me hizo conocer al sacerdote más
maravilloso que podía encontrar, al Padre Nicolás Goloubtzov. Yo
tenía necesidad de ser instruida sobre los dogmas fundamentales del
cristianismo y fui bautizada el 20 de mayo de 1962 en la fe
ortodoxa.
Conocí a los católicos en Suiza, cinco años después de mi
bautismo en la Iglesia ortodoxa rusa. Después me trasladé a USA y
me casé. Pero pronto vino la turbación y la amargura y todo
terminó en la separación conyugal... Durante estos años, mi vida
religiosa estaba confusa como todo el resto. Me encontraba frente a
un cristianismo americano múltiple. Cada denominación me invitaba.
Busqué también en la Ortodoxia la solución de mi búsqueda
personal. Las respuestas a mis interrogantes me parecían demasiado
abstractas.
Un día recibí la carta de un sacerdote católico italiano de
Pennsylvania, el Padre Garvolino, que me invitó a visitar el
santuario de Fátima, en Portugal, con ocasión de los 70 años de
las apariciones. De momento no fue posible, pero nuestra
correspondencia y amistad duró más de 20 años y me enseñó
muchas cosas... En 1976 encontré en California una pareja de
católicos, Rose y Michael Ginciracusa. Viví dos años con ellos.
Su piedad discreta y su solicitud por mí y mi hija me conmovieron
profundamente. En 1982 viajamos a Inglaterra para que mi hija
recibiera allí una buena educación europea. Mis contactos con los
católicos continuaron siempre alentadores, y me permitieron
acercarme cada vez más a la Iglesia Católica. Y así, en un frío
día de diciembre, me brotó naturalísima la decisión esperada
largo tiempo de entrar en la Iglesia católica, mientras vivía en
Cambridge, Inglaterra. Los años de mi conversión han sido plenos
de felicidad. En la Iglesia ortodoxa oriental una confesión
raramente es escuchada; generalmente, una vez al año por Pascua y
sin la discreción que permite el confesionario. Ahora la
Eucaristía se ha hecho para mí, viva y necesaria.
El amor a la Virgen María ha crecido. Yo creía que era cosa de
campesinos iletrados como mi abuela Georgiana. Me desengañé,
cuando me encontré sola y sin sustento. ¿Quién otro podía ser mi
abogado, sino la Madre de Jesús? Ella se me hizo cercana. Ella, a
quien todas las generaciones llaman Bienaventurada entre todas las
mujeres .
André Frossard (1915-1995) ha escrito el testimonio de su
conversión en su libro Dios existe, yo me lo encontré. En él nos
va contando cómo era de esos ateos perfectos, de ésos que ni se
preguntan por su ateísmo.
Nos parecían patéticos y un poco ridículos aquellos últimos
militantes anticlericales que todavía predicaban contra la
religión en las reuniones públicas, al igual que lo serían unos
historiadores que se esforzaran por refutar la fábula de Caperucita
roja... El ateísmo perfecto no era el que negaba a Dios, sino aquel
que ni siquiera se planteaba el problema .
Aquí sobreviene el acontecimiento que está en el centro,
debería decir en el comienzo de mi vida, puesto que, por la gracia
del bautismo, debía revestir la forma de un nuevo nacimiento.
Un acontecimiento que iba a operar en mí una revolución tan
extraordinaria, cambiando en un instante mi manera de ser, de ver,
de sentir, transformando tan radicalmente mi carácter que mi
familia se alarmó. Todavía la víspera era un muchacho rebelde y
fácilmente insolente, es verdad, pero desde el punto de vista de la
estadística, normal, gravitando en un círculo de ideas conocidas,
teniendo, en materia de educación sentimental, el desorden que se
decía propio de su edad... Al día siguiente, era un niño dulce,
asombrado, lleno de una alegría grave, que se derramaba sobre unos
allegados, desconcertados por la excentricidad de ese cardo, que
inopinadamente florecía en rosas .
Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde en una capilla
del barrio latino de París en busca de un amigo, salí a las cinco
y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra.
Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda,
volví a salir algunos minutos más tarde, católico, apostólico,
romano, llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una
alegría inagotable. Al entrar tenía veinte años. Al salir era un
niño listo para el bautismo .
Sus padres, ateos y comunistas, se asustaron y le hicieron
examinar por un médico amigo, ateo y buen socialista, que concluyó
con que era una crisis de misticismo y que esa crisis duraba
generalmente unos dos años. No había más que tener paciencia.
Pero su crisis o conversión le duró toda la vida. Incluso, su
hermana menor se convirtió pronto y su madre también, aunque
bastantes años después. Pero veamos cómo cuenta el suceso clave
del momento de su conversión. Era el 8 de julio de 1935 y su padre
era el secretario general del partido comunista francés. Entró a
una capilla, donde había Exposición del Santísimo Sacramento, a
buscar a su amigo Willemin, pues le parecía que tardaba demasiado.
Él dice así:
El fondo de la capilla está vivamente iluminado. Sobre el altar
mayor, revestido de blanco, hay un gran aparato de plantas,
candelabros y adornos. Todo está dominado por una gran cruz de
metal labrado, que lleva en el centro un disco de un blanco mate (la
custodia). Ya he entrado en iglesias, por amor al arte, pero nunca
he visto una custodia e ignoro que estoy ante el Santísimo
Sacramento... Mi mirada pasa de la sombra a la luz, va de los fieles
a las religiosas inmóviles, de las religiosas al altar. Luego
ignoro por qué, se fija en el segundo cirio que arde a la izquierda
de la cruz. Entonces, se desencadena bruscamente la serie de
prodigios, cuya inexorable violencia va a desmantelar en un instante
el ser absurdo que soy y va a traer al mundo, deslumbrado, al niño
que jamás he sido... No digo que el cielo se abre; no se abre, se
eleva, se alza de pronto en fulguración silenciosa... Es un cristal
indestructible, de una transparencia infinita, de una luminosidad
casi insostenible (un grado más me aniquilaría), un mundo
distinto, de un resplandor y de una densidad que despiden al nuestro
a las sombras frágiles de los sueños incompletos. Él es la
realidad, él es la verdad, la veo desde la rivera oscura donde aún
estoy retenido. Hay un orden en el universo y en su vértice, más
allá de este velo de bruma resplandeciente, la evidencia de Dios;
la evidencia hecha presencia y la evidencia hecha persona de aquel
mismo a quien yo habría negado un momento antes y que es dulce, con
una dulzura no semejante a ninguna otra .
Dios estaba allí, revelado y oculto por esa embajada de luz que,
sin discursos ni figuras, hacía comprenderlo todo, amarlo todo...
El milagro duró un mes. Cada mañana volvía a encontrar con
éxtasis esa luz que hacía palidecer al día, esa dulzura que nunca
habría de olvidar y que es toda mi ciencia teológica... Sin
embargo, luz y dulzura perdían cada día un poco de intensidad.
Finalmente, desaparecieron sin que, por eso me viese reducido a la
soledad... Un sacerdote del Espíritu Santo se hizo cargo de
prepararme para el bautismo, instruyéndome en la religión de la
que no he de precisar que no sabía nada. Lo que me dijo de la
doctrina cristiana lo esperaba y lo recibí con alegría; la
enseñanza de la Iglesia era cierta hasta la última coma, y yo
tomaba parte en cada línea con un redoble de aclamaciones, como se
saluda una diana en el blanco. Una sola cosa me sorprendió: la
Eucaristía, y no es que me pareciese increíble; pero me
maravillaba que la caridad divina hubiese encontrado ese medio
inaudito de comunicarse y, sobre todo, que hubiese escogido para
hacerlo el pan que es alimento del pobre y alimento preferido de los
niños. De todos los dones esparcidos ante mí por el cristianismo,
ése era el más hermoso.
Me sentía agradecido a aquellas ancianas que iban a la primera
misa... Un arranque de gratitud me llevaba hacia ellas y hacia todos
aquellos que habían guardado la fe; hubiera dicho, por poco, que me
habían guardado la fe. La idea de que la religión habría podido
desaparecer de la superficie de la tierra antes de mi llegada me
daba el escalofrío de los terrores retrospectivos... ¡Qué bien
estábamos bajo las vigas de piedra gris en la soledad de esos
graneros donde el sacerdote, acompañado por la imperceptible
música del amanecer, realizaba en el altar su milagro tranquilo!
Su padre lo metió en la Marina, donde estuvo 10 años. Y dice:
Por la mañana asistía a la primera misa. A mediodía, me iba a
sacar una hora de oración a Saint Roch… Tras esa hora, pasada al
sol del sagrario con las delicias habituales, me llegaba a un
pequeño restaurante vecino, confiando mis pensamientos a mi ángel
de la guarda. Por la tarde, entre dos parqués por encerar, recitaba
el rosario, que se me hacía corto. No me cansaba la repetición de
las avemarías. Terminada la jornada, me iba a recibir una
bendición aquí o allá, antes de reanudar la lectura de santa
Teresa de Avila, por quien tenía una admiración sin límites…
Este género de vida parecerá hoy absurdo o extravagante. ¿Puede
pensarse en un joven robusto, en el umbral de la vida, que pasa
rezando seis horas al día y dedica el resto del tiempo a lecturas
espirituales? ¿Puede pensarse en un joven, doliéndose de sus
pequeñas distracciones y reprochándose no haber mantenido hasta la
hora del sueño la cara vuelta a las invisibles cimas, de donde
provenía su alegría? ¿Qué otra cosa podía hacer? El cielo era
mi elemento natural. ¿Acaso se queja el pez de tragar demasiada
agua?
Quiso entrar, en dos oportunidades, cartujo o trapense, pero vio
que no era la voluntad de Dios y buscó en el matrimonio la
vocación de su vida. Dice: Mi hijo no contaba aún tres meses y mi
matrimonio no llegaba al año, cuando la Gestapo, seguida de una
docena de soldados, vino a apresarme. Llevado a la prisión alemana
de Fort Montluc en Francia, se me acusó de ser judío. Mi abuela
materna había sido judía.
En la prisión, yo rezaba, como siempre he rezado, sin muchas
más palabras que las del avemaría… En lo más alto de mi
oración, seguía reinando una zona azul que ni el mismo horror
conseguía turbar; pero todo lo demás era tan sólo un inservible
esqueleto que temblaba de la nuca a los talones. Nervioso e
impaciente, estaba sujeto a brusquedades que sorprendían a mis
compañeros… Aquello terminó una tarde de agosto, al día
siguiente del desembarco en Provenza (de los aliados).
Dos veces se abatió sobre mi hogar el sufrimiento mas grande que
puede infligirse a seres humanos. Los padres me comprenderán. Las
madres, mejor aún. Dos veces he tomado el camino del cementerio.
Incapaz de rebeldía (contra Dios), excluyendo toda duda. ¿De qué
podía dudar, sino de mí mismo? He vivido con esa pena en el pecho,
sabiendo que Dios es amor.
Después de mi conversión, me di cuenta de que hacía mucho
tiempo la Iglesia había plasmado en fórmulas lo que se me había
revelado de otra manera. Los sacerdotes no habían pasado por la
misma experiencia; sin embrago, sabían e, incluso, tenían todavía
mucho que enseñarme.
Yo no vi a Dios, pero vi su luz… una luz de verdad, una luz
enseñante que, al iluminar, informa y que, en un instante, enseña
más sobre la religión cristiana que diez libros de doctrina… La
verdad cristiana es la misma, tanto si te llega como un rayo de sol
espiritual como por el canal de la fe transmitida por la tradición.
La coincidencia es absoluta y perfecta… Creo que este argumento
aboga con fuerza por la veracidad de la enseñanza cristiana
(católica). Siento que haya sido utilizado tan pocas veces.
Al salir de la capilla de la calle Ulm, sabía cuatro cosas, o
mejor dicho, veía cuatro cosas evidentes que todavía me asombran:
hay otro mundo; Dios es una persona; estamos salvados y,
paradójicamente, estamos por salvar; la Iglesia (católica) es de
institución divina… La Iglesia es de institución divina, porque
es Dios quien le confía las almas y no al contrario… Yo no le he
dado mi adhesión; he sido conducido a ella como un niño a quien se
lleva a la escuela cogido de la mano, o llevado a su familia, a
quien él no conocía. Esta sensación de connivencia entre la
Iglesia y lo divino ha sido tan fuerte, que siempre me retuvo, no de
evaluar los errores cometidos en cada siglo por la gente de Iglesia,
sino de tomar la parte por el todo… Su santidad invisible me
impresiona, sus debilidades e imperfecciones de aquí abajo me
tranquilizan, y me la hacen más próxima. Sucede que tampoco yo soy
perfecto.
El conoció instantánea e intuitivamente, por revelación de
Dios, las verdades de la fe católica, sobre todo, de la Eucaristía
y, por eso, amó y vivió nuestra fe hasta las últimas
consecuencias. Y dice:
¡Dios mío! Entro en tus iglesias desiertas, veo a lo lejos
vacilar en la penumbra la lamparilla roja de tus sagrarios y
recuerdo mi alegría. ¡Cómo podría olvidarlo! ¿Cómo echar en
olvido el día en que se ha descubierto el amor desconocido por el
que se ama y se respira; donde se ha aprendido que el hombre no
está solo, que una invisible presencia le atraviesa, le rodea y le
espera: que, más allá de los sentidos y de la imaginación, existe
otro mundo, al lado del cual el universo material, por hermoso que
sea, no es más que vapor incierto y reflejo lejano de la belleza de
quien lo ha creado?
André Frossard, miembro de la Academia francesa y el mejor
escritor católico francés del siglo XX, que ha escrito muchos
libros para fomentar nuestra fe y que creía firmemente en la
presencia real de Jesús en la Eucaristía. Él sabía por
experiencia, que Dios es Amor. Las últimas palabras, que como
broche de oro, pone en el libro de su conversión son: Amor, para
llamarte así, ni toda la eternidad será suficiente, que es como
decir: Señor, te amo tanto que ni toda la eternidad será
suficiente para decirte cuánto te amo.
Sergio Peña y Lillo es un siquíatra chileno, autor de muchos
libros, que se convirtió en 1970, y ha escrito el relato de su
conversión en su libro. En el Corazón de Cristo. Nos dice así:
Nací en un hogar católico, pero me convertí en agnóstico y
librepensador... Pasé brevemente por el partido comunista...
Experimenté con drogas y comencé una búsqueda obsesionada por lo
sagrado. Leí con pasión los autores esotéricos y herméticos del
ocultismo occidental, la metafísica china, los arcanos del tarot y
el budismo Zen. Pero me faltaba algo que no sabía ni lograba
precisar.
Estando una tarde, que jamás olvidaré, en mi oficina privada de
la clínica siquiátrica universitaria, me puse a leer casi por mera
curiosidad los Evangelios. En Mateo me enfrenté, podría decir de
improviso y a quemarropa, con el pasaje que iba a ser decisivo para
el resto de mi vida, la vocación del propio Mateo. Al leer
SÍGUEME, sentí una brusca sacudida. Me quedé como petrificado en
el SÍGUEME. Era la alegría emocionante de un reencuentro largo
tiempo anhelado. Era la irrupción repentina de lo sobrenatural...
Sollocé con la pena más hermosa y dulce de toda mi vida: un llanto
que brotaba de la raíz misma de mi ser. Como un rayo de luz, que
visita de improviso las tinieblas, todo se me hacía más claro.
Tenía la sorprendente vivencia de que el Señor a mí me decía:
SÍGUEME, SÍGUEME, SÍGUEME. Se repetía la extraña voz en mi
interior, con la indescriptible certeza de que, en ese preciso
instante, era a mí a quien Jesús llamaba. ¡Era Cristo y era todo!
Había sido siempre a ÉL a quien yo buscaba y yo no lo sabía. Me
arrodillé y lloré cerca de dos horas con el llanto más puro y
más sagrado que puede brotar de mí. Y repetía obsesionado en voz
alta: “Eras Tú, Señor, eras Tú...”
Como le ocurrió a Frossard, en un minuto se había trastocado el
eje de mi existencia. Había sido ateo y ahora era cristiano para el
resto de mi vida. Desde entonces hasta hoy, quedé cautivo en las
redes del divino pescador... Nunca me he vuelto a sentir solo.
Siempre ha estado Él conmigo, sosteniéndome en los momentos más
duros y crueles de mi dolor y de mi prueba. Y ahora sé con
indecible alegría y gratitud que jamás me abandonará, porque el
encuentro con Él es un encuentro para siempre. Sí, Dios existe, yo
también lo encontré. Sólo que no estaba donde yo suponía... Era
en lo más profundo de mí mismo, donde habitaba, en lo más íntimo
y cercano, en las entrañas de mi propio ser. Desde ese momento,
todo me parecía diferente. Mi existencia adquiría un nuevo
sentido... Era un camino de amor hacia Dios.
Sandra Elam dice sobre su conversión: Durante 30 años fui atea
y pensaba que los cristianos eran fanáticos, no podía comprender
cómo alguien podía rechazar el aborto o la eutanasia, Mi padre era
ateo y, desde los siete años, viví sin Dios, excepto durante unos
meses en que canté en el coro de la iglesia presbiteriana.
Me casé con un católico, pero no le permití que colgara un
crucifijo de la pared de nuestra habitación. Yo despreciaba a los
que creían en Dios.
Mi camino a Dios comenzó en noviembre de 1995, cuando mis dos
hijos, Kevin y Rebeca, empezaron a aprender la Biblia en una escuela
cristiana. Yo también empecé a leer la Biblia, muchas de cuyas
historias desconocía. En 1997, mi esposo y mis hijos iban a la misa
católica los domingos, mientras yo me quedaba en casa. Un día
decidí ir a la iglesia protestante, a cuya escuela iban mis hijos a
estudiar la Biblia y me gustaron los sermones del pastor y la buena
música. Comencé a creer en Dios, pero no a amarlo ni a servirlo.
Durante seis meses, asistí a esa iglesia protestante, pero un día
el profesor de Biblia dijo que el Espíritu Santo revela a cada uno
el verdadero significado de cada pasaje bíblico. Yo le dije:
¿cómo puede cada uno interpretar distintas cosas, si todos están
inspirados por el mismo Espíritu Santo? ¿Quién tiene la razón?
Me retiré del estudio bíblico.
Un amigo me prestó el libro Surprised by truth (Sorprendidos por
la verdad) de Patrick Madrid, que describe la conversión de varios
protestantes a la Iglesia católica, y respondía a varias de mis
preguntas. Empecé a leer libros católicos y escuché cassettes. El
día de Pascua de 1998, fuimos en familia a la misa de la basílica
de la Inmaculada Concepción en Washington D.C. Por primera vez en
mi vida, me di cuenta de que la misa no era como un servicio
protestante, sino el momento en el que Jesús se hace presente en el
altar, en la Eucaristía, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad
bajo las apariencias de pan y vino.
Ahora puedo decir que, a través del estudio, llegué a conocer
que Dios existía, pero a través de la misa, llegué a convencerme
del amor de Dios. La enseñanza moral que más me costó aceptar fue
la contracepción. Leí el pasaje, donde se describe el pecado de
Onán, que derramó su semilla antes de darle un hijo a Tamar. Y me
sorprendí al saber que hasta 1930 todas las iglesias cristianas
habían rechazado la contracepción, pero que ese año la
Conferencia de Lambeth de la Iglesia anglicana, había aceptado
permitir los métodos anticonceptivos a los matrimonios. Y, en los
años sucesivos, todas las iglesias cristianas, menos la Iglesia
católica, habían aceptado estos métodos artificiales de control
de natalidad.
Por eso, a mis 37 años, en julio de 1998, no quise usar más
anticonceptivos y comencé mi preparación para hacerme católica.
Después de dos años de estudios de la historia de la Iglesia y
de la Biblia, llegué a convencerme de que la Iglesia católica
contiene la verdad revelada en plenitud y que Jesús le dio la
autoridad para dirigir la Iglesia a Pedro como obispo de Roma. El 3
de abril de 1999, vigilia pascual, fui recibida en la una, santa,
católica y apostólica Iglesia.
Janne Haaland Matlary es noruega, doctora en filosofía y
profesora de política internacional en la Universidad de Oslo. Fue
secretaria de Estado de Asuntos Exteriores de su país durante tres
años. Formó parte de la delegación vaticana en la Conferencia
mundial de la ONU sobre la mujer en Pekín y actualmente es miembro
del Consejo pontificio Justicia y Paz. Está casada y tiene cuatro
hijos. Es una gran mujer, que en su libro El amor escondido nos
habla de su vida y de su conversión al catolicismo.
A pesar de haber nacido en un ambiente cristiano luterano, desde
sus primeros años, se hizo agnóstica, rechazando toda religión y,
concretamente, el cristianismo, que le parecía apto para
retrógrados. Pero, estudiando filosofía, pidió luces sobre la
filosofía de santo Tomás de Aquino a un sacerdote dominico de
Oslo. Durante año y medio, fue todas las semanas a visitarlo para
hablar de santo Tomás; pero, poco a poco, se iba sintiendo atraída
hacia la cultura católica.
Un día tuvo su primer encuentro con Cristo de modo inesperado.
Dice: Estaba sentada con el dominico, en los jardines del claustro,
una tarde de agosto de 1981. Le dije que la persona de Cristo había
aparecido en la escena de forma misteriosa. Nunca había rezado y a
duras penas vivía fuera de los libros. Pero, de pronto, me había
sucedido este hecho inquietante, intuí que el catolicismo no era un
precioso sistema filosófico, sino una persona que exigía derecho a
estar hoy tan vivo como hace dos mil años... De repente, empecé a
interesarme por Cristo y por su vida ¿Podría ser verdad todo lo
que los cristianos creían? Ahora Cristo era como una llama que me
iluminaba de vez en cuando .
Esperaba con ilusión la misa del domingo, me dediqué a leer
historias de conversiones y empezaron a interesarme los escritores
místicos... La cuestión de la conversión volvía a mí
continuamente, pero pensar en las reacciones negativas de una
conversión me echaron para atrás. Pensaba en mis padres, en mis
compañeros de estudio, en mis amigos y en el sentimiento general
anticatólico de Noruega. Los católicos eran vistos todavía como
extraños y papistas antinoruegos .
El descubrimiento de que Cristo estaba presente en la Eucaristía
la lleno de alegría y dice: Yo captaba que el verdadero amor y el
verdadero sentido de la vida estaban allí escondidos, frente al
tabernáculo, donde la hostia consagrada se guarda en la iglesia...
Después de un tiempo valoraba tanto la misa que empecé a anhelarla
durante toda la semana... Uno no llega a entender nunca el misterio
de la presencia real, pero se sienten sus efectos de verdad. Hay una
presencia en la Iglesia para los que quieren experimentarla . A
finales de 1981 vinieron mis padres a una audiencia general (con el
Papa en Roma). Me parece que fue el 2 de diciembre. Nos sentamos en
primera fila en el gran auditorio Pablo VI. El Papa se acercó a
saludarnos a todos. Nos causó una gran impresión su cariño, algo
inexplicable, que nos hizo felices y que nos duró mucho tiempo. Mi
madre, agnóstica, y todavía muy escéptica sobre el catolicismo,
también sintió lo mismo. Después de aquel encuentro, quiere mucho
al Papa, aunque no le interesa demasiado su doctrina. Pero hasta
hoy, veinte años después, tiene expuesta su fotografía.
Yo me convertí aquella Pascua. Era el año 1982. Tenía 25
años... Fue el amor, el estar enamorada, lo que en definitiva me
llevó a convertirme, no una decisión racional. Había ido de la
razón a la fe o, por lo menos, a cierta fe. Ésta no era muy
sólida, pero yo amaba a la Iglesia. No sé de dónde provenía ese
amor. Pero sabía que si borraba a la Iglesia de mi vida, sería una
desgraciada .
Después de convertirme, viví durante muchos años en lo que yo
llamo estado de cristiano dominguero. Iba a misa cada domingo y
vivía el resto de la semana como si ese domingo no tuviese nada que
ver con mi vida cotidiana. Cumplía con las obligaciones de la
Iglesia y me consideraba una buena católica .
En 1992 fue con toda su familia a visitar la abadía benedictina
de Pannonhalma, al oeste de Hungría, donde su esposo, que es
húngaro, se había educado gratis. Al llegar el régimen comunista
al país, su padre, que había sido general del ejército, fue
destituido y privado de todos sus bienes, pero los monjes lo
conocían y dieron educación gratuita a su hijo. Allí, en la
abadía, ella conoció a un monje que sería su amigo y confidente
durante muchos años en su camino a Dios. Dice: Era un sabio, mayor,
aunque joven de espíritu y de mente abierta. Era un hombre lleno de
alegría y de juventud interior, pese a su avanzada edad. Este monje
era una fuente de agua viva.
Hablé con él. Jamás pensé que la confesión funcionaría y
hubiese querido evitarla... De pronto, sucedió la cosa más
asombrosa e inesperada. Me recorrió una oleada de inmensa alegría
que no se parecía a nada que me hubiese ocurrido antes. No puedo
explicarlo con palabras, pero fue un giro absoluto a mi vida como
católica. Dios, que hasta ese momento me resultaba una entidad
bastante lejana, se convirtió en un Dios personal allí y en ese
momento. El brillo de aquella experiencia duró mucho tiempo. Ahora
estaba suspirando por Cristo, mi amigo. Ya no era una posibilidad
teológica, sino una realidad íntima y personal. Era la segunda vez
que Cristo se me hacía presente de forma directa. La primera fue en
el jardín de los dominicos de Oslo, con el asombro de que Cristo
era una persona viva. En aquella ocasión, me quedé, no sólo
sorprendida sino asustada, pero marcó en mí una diferencia que
produjo una conversión formal. El segundo encuentro fue más
fuerte. Igualmente sorprendente. Es casi imposible describirlo. Fue
un giro aún mayor.
Este giro en su vida determinó que, a partir de ese momento, se
dedicara a vivir en unión con Cristo las 24 horas del día, a vivir
en continuo amor con Jesús y a influir en la medida de sus
posibilidades en todas sus acciones como católica, sea como miembro
del partido de la Democracia cristiana a la que perteneció, y en el
que era la única católica, sea en actividades políticas o
universitarias. A partir de ese día, ser católica para ella
significaba vivir para los demás y comunicarles la alegría de ser
católica.
Una vez le preguntaron a Chesterton, el gran escritor inglés,
convertido al catolicismo, por qué se había hecho católico y
respondió: porque quiero ser feliz. Esto mismo podría haber dicho
ella.
Dice: Yo me hice católica, porque buscaba la verdad, pero una
vez que empecé a frecuentar la misa fui inmersa en la fuente de
felicidad de la Eucaristía. Siempre volvía por la alegría que
podía encontrar allí de un modo completamente misterioso. Me
enamoré de Cristo. Sin saber cómo ni por qué me encontré
enamorada.
Janne Haaland, una enamorada de Jesús, que quiere hacer
partícipe de su felicidad y de su amor a Cristo Eucaristía a todos
los que la rodean.
Vladimiro Roca, hijo de Blas Roca, fundador del partido comunista
de Cuba, que le puso a su hijo el nombre de Vladimiro por su
admiración por Vladimir Illitch Lenin. Él nos cuenta su
conversión: Trabajaba en el comité estatal de colaboración
económica y tuve acceso a escritos que llegaban de la Unión
soviética sobre el glasnost y la perestroika. Allí se hablaba
claramente de la violencia, que se había producido en Rusia desde
que Lenin tomó el poder. Entonces, me di cuenta de que se nos
decía una cosa y hacían otra. Esto me llevó a analizar la
situación cubana y me empecé a sentir mal. Me di cuenta de los
métodos que se usan para controlar a la gente y cómo se ejerce la
violencia.
Así empezó una lucha muy fuerte dentro de mí. Vi que tenía
que buscar un camino, pues aquello debía tener una solución… En
esos días, trabé amistad con un católico, que venía a mi casa y
me hablaba de Dios. Un día me dijo que fuera con él a la parroquia
santa Rita… Estuve tres horas hablando con Monseñor Carlos Manuel
de Céspedes. Después tuve un encuentro con Monseñor Jaime Ortega,
antes de que fuera cardenal. Y así me fui dando cuenta, a la luz de
la lectura de la Biblia y con mucha oración, de que Dios estaba
conmigo y nunca me había abandonado. Y empecé a ir a la iglesia
para prepararme para hacer la comunión, pero antes debía recibir
el bautismo.
Para estas fechas ya me habían despedido del trabajo en 1992 por
mi manera diferente de pensar. En 1997 fui encarcelado con tres
compañeros (Marta Beatriz Roque, Felix Bonne y René Gómez) por
pedir democracia para Cuba y haber criticado al partido comunista…
En la cárcel seguí orando y me bauticé. Fue una ceremonia
sencilla, pero muy emocionante. Allí, la experiencia constante de
Dios me permitió soportar el tiempo de prisión. La celda era de
1,50 m. de ancho por 1,86 de largo. Me levantaba temprano y hacía
mis oraciones. Leía las lecturas de la Biblia de ese día y, cada
vez que me sentía deprimido, leía la Pasión del Señor. Fue una
experiencia que me ha permitido reconciliarme en un medio violento.
He podido vivir en paz con los presos y con las autoridades. Ahora
sé que Cristo es el único camino y quien me impulsa a buscar la
reconciliación a través del amor.
Narciso Yepes (1927-1997), el gran guitarrista español, miembro
de la real Academia de Bellas Artes, cuenta algo de su historia y
conversión en una entrevista concedida a Pilar Urbano, publicada en
el N° 149 de la revista Época, en enero de 1998. dice así:
Me bautizaron al nacer, y ya no recibí ni una sola noción que
ilustrase y alimentase mi fe. ¡Con decirle que comulgué por
primera vez a los veinticinco años! Desde 1927 hasta 1951 yo no
practicaba ni creía ni me preocupaba lo más mínimo que hubiera o
no una vida espiritual y una transcendencia y un más allá. Dios no
contaba en mi existencia. Fue una conversión súbita, repentina,
inesperada y muy sencilla. Yo estaba en Paris, acodado en un puente
del Sena, viendo fluir el agua. Era por la mañana. Exactamente, el
18 de mayo de 1951. De pronto, le escuché dentro de mí… Fue una
pregunta en apariencia, muy simple: ¿Qué estás haciendo? En ese
instante, todo cambió para mí. Sentí la necesidad de plantearme
por qué vivía, para quién vivía. Mi respuesta fue inmediata.
Entré en la iglesia más próxima, Saint Julian le Pauvre. Es
curioso, porque mi desconocimiento era tal que ni me di cuenta de
que era una iglesia ortodoxa. A partir de ese día, busqué
instrucción religiosa católica… Desde aquel instante, no hay
nada en mi vida, ni lo más trivial, ni lo más serio, en lo que yo
no cuente con Dios. Y eso en lo que es alegre y en lo que es
doloroso, en el éxito, en el trabajo, en la vida familiar, en una
pena honda como la de que te llame la guardia civil a media noche
para decirte que tu hijo ha muerto…
Sé que la vida de mi hijo Juan de la cruz estaba amorosamente en
las manos de Dios. Y ahora lo está aún con más plenitud y
felicidad. Por otra parte, cuando se vive con fe y de fe, se
entiende mejor el misterio del dolor humano. El dolor acerca a la
intimidad de Dios. Es una predilección, una confianza de Dios hacia
el hombre…
Con Dios todo es novedad. Él no se repite nunca. Además de
creer en Dios, yo le amo. Y lo que es incomparablemente más
afortunado para mí: Dios me ama. ¡Cambiaría tanto la vida de los
hombres, si cayesen en la cuenta de esta espléndida realidad! Es
tremendo que el hombre, por cuatro cachivaches técnicos, que ha
conseguido empalmar, se haya creído que puede prescindir de Dios y
trate de arreglar esta vida con su solo esfuerzo… Pero el hombre,
por muy abyecto que sea, siempre está a tiempo para dejar de serlo.
Vivir es eso: estar todavía a tiempo… Quizás, porque soy un
converso, creo más que otros en la capacidad de regeneración y de
redignificación del ser humano…
Cuando doy un concierto, sea en un gran teatro, sea en un
auditórium palaciego o en un monasterio o tocando sólo para el
Papa, como hice una vez en Roma ante Juan Pablo II, el instante más
emotivo y más feliz para mí, es ese momento de silencio, que se
produce antes de empezar a tocar… Casi siempre, para quien
realmente toco es para Dios. He dicho casi siempre, porque hay veces
en que, por mi culpa, en pleno concierto, puedo distraerme. El
público no lo advierte. Pero Dios y yo sí. A Él le encanta mi
música. Pero más que mi música, lo que le gusta es que yo le
dedique mi atención, mi sensibilidad, mi esfuerzo, mi arte, mi
trabajo. Además, ciertamente, tocar un instrumento lo mejor que uno
sabe, y ser consciente de la presencia de Dios, es una forma
maravillosa de rezar, de orar. Lo tengo bien experimentado.
Leonardo Mondadori es el presidente del principal grupo editorial
italiano. En un libro titulado Conversione, publicado por la propia
editorial, la famosa editrice Mandadori, cuenta su extraordinaria
experiencia religiosa: de ateo sin remedio a creyente que ha
decidido vivir en castidad. Otro converso, el periodista Vittorio
Messori, ha sido su interlocutor en el libro-entrevista que se ha
convertido en un best-seller en Italia.
Su conversión no ha sido fruto de una experiencia extraordinaria
como en otros casos. Ha sido un largo y pacífico proceso que le ha
hecho redescubrir el amor de Dios. Todo ello a los 55 años y
después de muchas peripecias personales a lo largo de su vida. El
cambio comenzó en 1992, cuando su empresa se disponía a publicar
Camino, en el año de la beatificación de su autor, san José
María Escribá de Balaguer, fundador del Opus Dei.
En una entrevista con Michelle Brambila del Corrière della Sera
de Milán dice: Todo empezó en 1992. En aquella época yo no me
interesaba lo más mínimo por la religión y mucho menos por la
Iglesia. Pero sentía que mi vida estaba, ¿cómo decir? llena de
errores. Llevaba a mis espaldas dos divorcios, tres hijos de mujeres
distintas. Pippo Corigliano, responsable de relaciones públicas del
Opus Dei, me dijo: “si estás abierto a estas cosas, te propongo
que vayas a hablar con un sacerdote que conozco”. Era un sacerdote
excepcional. Me tuvo un gran respeto. Empecé a fiarme de él y a
seguir sus sugerencias. Y, poco a poco, siguiendo lo que me decía,
me di cuenta de que encontraba las respuestas que buscaba. Fui presa
de un gran entusiasmo. Él, con gran realismo me frenaba: “No
tengas prisa, Dios no te pide imposibles, procede con calma”. No
he dejado nunca a este sacerdote, que es en este momento, mi
director espiritual.
Lo que más me ha convencido del cristianismo es que Jesucristo
es de verdad la respuesta a todos nuestros interrogantes; que sólo
quien sigue a Cristo se realiza plenamente.
Sé que paso por ser una persona extravagante, cuando por
ejemplo, hablo de castidad prematrimonial. Pero ¿acaso darse entero
a sí mismo por primera vez, sólo después de la boda, no es un
cemento extraordinario para un matrimonio? ¿Es que la lógica de
hoy por la cual todo está permitido en este campo, ha hecho a los
hombres más felices? También aquí la realidad de la vida me ha
demostrado que quien sigue la ortodoxia católica, presente desde
hace 2.000 años, no es defraudado.
En su libro dice textualmente:
La vida para algunos es oscura, para otros, gris. Para mí es
luminosa. Son muchos los elementos que hacen luminosa mi vida
actual. Hace cuatro años, una mañana, descubrí de golpe, que
tenía un tumor a la tiroides y un carcinoma al páncreas y al
hígado. Debido a esto, debo someterme al tratamiento de interferon.
Pero ahora gozo de una vida cristiana vibrante. Y esta fe es la que,
a pesar de todo, hace luminosa mi existencia.
Siento que la misa me da fuerza y esperanza. Es el centro de mi
vida religiosa, que me recuerda que la muerte ha sido vencida, que
Jesús ha resucitado de verdad, que las tinieblas no tendrán la
última palabra y que más allá de lo que nuestros sentidos ven,
hay una realidad maravillosa, de la cual nosotros formaremos parte.
Y por toda la eternidad.
La confesión bien hecha, sincera, completa, es una de las
fuentes de mayor alegría que un hombre puede experimentar. Tienes
la certeza de ser recibido en la casa del Padre, reconciliado con
Él, contigo mismo y con los otros... Después de muchos años, hice
mi primera confesión y mi primera comunión en Nueva York, en la
vigilia de Navidad, en la catedral de san Patricio, en 1993. Sentí
una emoción muy fuerte de alegría.
Nosotros los creyentes debemos tener coraje de proponer nuestras
perspectivas (de fe) que, siendo verdaderas, no pueden hacer mal
sino bien a nuestros hermanos. Debemos tener el coraje de mostrar
alegría y de sentir el orgullo de ser católicos.
Leonardo Mondadori, un hombre que ha sabido entregar su vida a
Cristo, que siente el orgullo de ser católico y desea para todos la
alegría que él experimenta en Cristo, a pesar de su enfermedad.
Vittorio Messori es un periodista italiano, conocido
internacionalmente por haber publicado un libro de entrevistas a
Juan Pablo II, titulado Cruzando el umbral de la esperanza, y otro
con el cardenal Ratzinger: Informe sobre la fe. Pero no ha sido
católico de toda la vida. Él dice:
Mis padres me inculcaron la aversión, no al Evangelio o al
cristianismo, sino al clero, a la Iglesia institucional. Me habían
bautizado como si fuera una especie de rito supersticioso,
sociológico, pero después no tuve ningún contacto con la
Iglesia... Después de la guerra, asistí a un colegio público,
donde no se hablaba de religión más que para inculcarnos el
desprecio hacia ella... Me comprometí con los partidos de
izquierda... El Evangelio era par mí un objeto desconocido; nunca
lo había abierto, pese a tenerlo en mi biblioteca, porque pensaba
que formaba parte del folklore oriental, del mito y de la leyenda.
Pero un día sucedió... Mi hallazgo de la fe fue muy protestante.
Fue un encuentro directo con la misteriosa figura de Jesús, a
través de las palabras griegas del Nuevo Testamento. No vi luces ni
oí cantos de ángeles. Pero la lectura de ese texto, hecha
probablemente en un momento sicológico particular, fue algo que
todavía hoy me tiene aturdido. Cambió mi vida, obligándome a
darme cuenta de que allí había un misterio, al que valía la pena
dedicar la vida. De inmediato, me vino una gran alegría, pero a la
vez un miedo terrible por varios motivos. Por una parte, mi vida
debía cambiar, sobre todo, mi orientación intelectual... Me hacía
sufrir, especialmente, que mi familia se enterara de lo que me
sucedía y me echasen de casa. De hecho, cuando mi madre supo que
asistía a misa a escondidas, telefoneó al médico y le dijo:
Venga, doctor. Mi hijo padece una fuerte depresión nerviosa.
¿Qué síntomas tiene? Un síntoma gravísimo, he descubierto
que va a misa.
¿Cuándo decidí aceptar a la Iglesia? Cuando al reflexionar
sobre el Evangelio para intentar conocer mejor el mensaje de Jesús,
me di cuenta de que el Dios de Jesús es un Dios que quiso necesitar
al hombre, que no quiso hacerlo todo solo, sino que quiso confiar su
mensaje y signos de su gracia (los sacramentos) a una comunidad
humana. Es decir, si uno reflexiona bien, acepta la Iglesia, no
porque la ame, sino porque forma parte del proyecto de Dios. Me ha
costado muchos años, pero ahora estoy convencido de que sin la
mediación de una grupo humano, en el fondo, no tomaríamos en serio
la mediación de Jesús...
Mi aventura fue solitaria, porque era uno de los pocos que andaba
contracorriente. Entraba a la Iglesia, cuando tantos clericales
salían de ella gritando: ¡Qué maravilla, finalmente la tierra
prometida! ¡Hemos descubierto la cultura laicista! Y yo, asombrado,
intentaba pararlos: ¿Qué hacéis? ¡La verdadera cultura está
aquí dentro, en la Iglesia! Por eso, algunos me han acusado de ser
un reaccionario, un nostálgico. Es absurdo.
Yo no he conocido la Iglesia preconciliar, no he escuchado jamás
una misa en latín, porque antes del concilio nunca había asistido
a misa y, cuando comencé a ir, era ya en italiano... Lo que sí he
conocido de cerca es la cultura laicista. Y luego el encuentro
misterioso y fulgurante con el Evangelio, con una persona:
Jesucristo; y después con la Iglesia.
² ² ²
Ciertamente, los ateos convertidos asumen su nueva fe con
entusiasmo. Se han enamorado de Cristo y no pueden dejar de hablar
de Él. Cristo, que antes era un desconocido o a quien rechazaban de
plano, llega a convertirse en el centro de su vida. Su encuentro con
Cristo es como una luz resplandeciente, que ilumina toda su
existencia y hace brillar estrellas de luz, amor y paz en su
corazón. Imitemos a los ateos convertidos en su entusiasmo por
Cristo Eucaristía y en su ardor por comunicar a todos la fe.
SEGUNDA PARTE
EL JUDAÍSMO
En esta segunda parte, presentaremos algunos testimonios
significativos de judíos convertidos al catolicismo. Ellos, mejor
que nadie, pueden ayudarnos a comprender que el cristianismo es la
plenitud del judaísmo y que el judío que se hace cristiano, no
pierde nada, sino que encuentra todo lo que Dios quiso dar a su
pueblo en el Mesías prometido por medio de Jesús.
Podemos decir que el judaísmo es el padre del cristianismo. Los
cristianos hemos heredado del judaísmo el Antiguo Testamento y
muchas cosas de su auténtica espiritualidad. Un judío, que se hace
cristiano, no es un renegado de su patria o de su fe. Más bien,
podríamos decir, que es un judío en plenitud, pues Jesucristo
lleva al judaísmo a la plenitud, y es el Mesías prometido durante
siglos al pueblo de Israel.
Un verdadero judío debe sentirse orgulloso de que Jesucristo fue
judío y lo mismo la Virgen María y san José. Los apóstoles y los
primeros cristianos, con tantos santos y mártires, fueron judíos
en su mayoría.
Los de raza judía, superando el nacionalismo, deben abrirse a
todos los pueblos. Ser judío de verdad debe significar ser
universal. Ser judío, en sentido auténtico, significa ahora haber
sido llamado desde Abrahám para formar un pueblo universal, en el
que lo judío llega a su plenitud. Los judíos deben sentirse
orgullosos de haber sido llamados, en sus antepasados, para dar luz
al nuevo pueblo cristiano, que salió de sus entrañas.
Por eso, cuando un judío se convierte y se hace cristiano, debe
sentirse como en su propia casa. No debe irse lejos, no debe
renunciar a su vocación ancestral de ser pueblo de Dios;
simplemente, debe aceptar en su casa a otros pueblos y a otras
gentes sin cerrarse en sí mismo, como si la salvación de Dios
fuera exclusivamente para ellos.
Ser judío de verdad es ser judío en plenitud, de acuerdo al
plan de Dios, es decir, significa hacerse cristiano para vivir con
Cristo, el Mesías, y con todos los pueblos la salvación, que Dios
vino a traer al mundo por medio del pueblo de Israel. Esto lo
comprendieron muy bien muchos judíos que, a lo largo de la
historia, se han convertido al cristianismo. Ellos han podido decir
en conciencia: El judaísmo era la promesa y el cristianismo es el
cumplimiento de la promesa. No nos alejamos de casa, sino que
descubrimos todo lo que teníamos en casa, asumiendo la fe judía
hasta sus últimas consecuencias en Cristo y con Cristo, nuestro
hermano común.
CONVERTIDOS
Veamos ahora algunos judíos convertidos a nuestra fe católica.
Hermann Cohen (1820-1871) fue un famoso músico y pianista
judío, nacido en Hamburgo (Alemania), aunque vivió casi toda su
vida en Francia. Desde niño fue considerado como un niño prodigio
de la música, pero sus triunfos musicales hicieron de él un joven
caprichoso e inmoral. Escribe en su Diario: Las lecciones de música
me proporcionaban dinero y el dinero me proporcionaba placeres. Mi
vida fue entonces el abandono completo a todos los caprichos y a
todas las fantasías ¿Era más feliz? No, Dios mío, la sed de
felicidad que me abrasaba no se saciaba con esto.
Me permitía a mí mismo toda licencia... Esta era la vida de
casi todos los jóvenes de la buena sociedad, de las tertulias
elegantes y del mundo artístico. No exagero, todos los jóvenes que
conocía vivían como yo, buscando el placer dondequiera que se
ofreciere, deseando la riqueza con ardor, a fin de poder seguir
todas sus inclinaciones y satisfacer cualquier capricho. En cuanto
al pensamiento de Dios, no se presentaba jamás a la mente .
Pero Dios lo estaba esperando. Tenía veintiséis años. Un
viernes de mayo de 1847 fue a la iglesia de santa Valeria de París,
situada en la calle Borgoña, cercana a su domicilio. Tenía que
dirigir el coro de la iglesia, porque su amigo, el príncipe de la
Moscowa, le había pedido que lo reemplazara, ya que él no podía
asistir. Y, en el momento de la bendición con el Santísimo
Sacramento, sintió una gran emoción y una gran paz. Volvió los
viernes siguientes y, en el momento de la bendición con el
Santísimo, sentía la misma emoción con una paz inmensa.
Pasado el mes de mayo, volvió cada domingo a la misa a la
iglesia de santa Valeria, como si un fuerte instinto lo guiara hasta
allí. Buscó un sacerdote, el Padre Legrand, para que le hablara de
la religión católica y dice: La benévola acogida del sacerdote me
impresionó vivamente e hizo caer de un golpe uno de los prejuicios
más sólidamente arraigados en mi mente: Tenía miedo a los
sacerdotes. Sólo los conocía por las novelas, que los
representaban como hombres intolerantes, que sin cesar tenían en
los labios las amenazas de la excomunión y las llamas del infierno.
Y me encontré con un hombre instruido, modesto, bueno, franco, que
lo esperaba todo de Dios .
A principios de agosto de ese año 1847, tuvo que hacer un viaje
a Alemania y el domingo 8 de agosto fue a misa a la parroquia de
Ems. Allí la presencia invisible, pero sentida por mí, de un poder
sobrehumano, empezaron a agitarme. La gracia divina se complacía en
derramarse sobre mí con toda su fuerza. En el acto de la elevación
(de la hostia y del cáliz) a través de mis párpados sentí, de
pronto, brotar un diluvio de lágrimas, que no cesaban de correr...
¡Oh momento por siempre jamás memorable para la salud de mi alma!
Te tengo presente en mi mente con todas las sensaciones celestiales
que me trajiste de lo Alto... Experimenté, entonces, lo que sin
duda san Agustín debió sentir en su jardín de Casicíaco al oír
el famoso Toma y lee... De pronto y espontáneamente, como por
intuición, empecé a manifestar a Dios una confesión general
interior y rápida de todas las enormes faltas cometidas desde mi
infancia... Y, al mismo tiempo, sentía también una calma
desconocida, que pronto vino a extenderse sobre mi alma como
bálsamo consolador... Al salir de la iglesia de Ems, era ya
cristiano. Sí, tan cristiano como es posible serlo, cuando no se ha
recibido aún el santo bautismo.
A partir de ese día, estaba hambriento de la comunión
eucarística. Regresó a París y el día 15 de ese mes de agosto,
asistió en la capilla de la calle Regard al bautismo de cuatro
judíos convertidos. El bautismo lo administraba el Padre Teodoro de
Ratisbona, también judío convertido. Para él la ceremonia fue de
gran emoción y le hizo suspirar por su propio bautismo, que se
realizó el 28 de agosto, fiesta de san Agustín. Y en el momento de
la ceremonia, dice él mismo:
Mi cuerpo se estremeció y sentí una conmoción tan viva y tan
fuerte que no sabría compararla mejor que al choque de una máquina
eléctrica. Los ojos de mi cuerpo se cerraron, al mismo tiempo que
los del alma se abrían a una luz sobrenatural y divina. Me
encontré como sumido en un éxtasis de amor y me pareció
participar de los gozos del paraíso y beber el torrente de delicias
con las que el Señor inunda en la tierra a sus elegidos .
Su entrega a Jesús era total. Por eso, entró en el convento de
los Padres carmelitas descalzos, tomando el nombre religioso de fray
Agustín del Santísimo Sacramento. Y se ordenó de sacerdote el 20
de abril de 1851. A partir de ese día, toda su actividad sacerdotal
la enfocó en fomentar el culto a Jesús Eucaristía. Por eso, se le
llama el apóstol de la Eucaristía. Se había comprometido ante
Dios con voto a predicar siempre sobre la Eucaristía. Toda su vida
fue amar y hacer amar a Jesús Eucaristía, lo que no quiere decir
que no amara también a María... Precisamente, decía después de
convertido: Todos los pasos, todos los adelantos, los debo de manera
bien evidente a nuestra Madre común, a la buena y santa Virgen
María, refugio de pecadores, a quien cada día he implorado con
fervor .
Una de sus grandes obras fue la fundación de la Adoración
nocturna a Jesús Eucaristía. Murió el 20 de enero de 1871 en
Spandau, cerca de Berlín, atendiendo a los prisioneros franceses
allí confinados, durante la guerra franco-prusiana.
Teodoro de Ratisbona nació en 1802. Era hijo de un banquero
judío de Estrasburgo y consideraba al cristianismo como una especie
de idolatría. Escribe:
¡Cuántos combates tuve que sostener contra mis prejuicios y mis
repugnancias anticristianas! ¡Más que dificultades de orden
intelectual eran las torturas de una conciencia judaica las que
había de superar! ¡Yo creía en Jesucristo, pero no podía
invocarlo ni pronunciar su Nombre! ¡Tan profunda e inveterada es la
aversión que sienten los judíos hacia Él!
Estando enfermo, no me atrevía a invocar al Dios de la fe
cristiana por temor de ofender al Dios de Abraham. La oscuridad era
terrible, pero triunfó la gracia. El nombre de Jesús brotó de mi
boca como un grito de angustia. Esto era en la tarde, a la mañana
siguiente, mi fiebre había desaparecido y estaba totalmente
restablecido. Desde entonces, me fue dulce invocar el Nombre de
Jesús. También me atreví a invocar a la Virgen santa y llamarla
mi Madre .
Oh, ¡cómo suspiraba por ser cristiano! ¡Cómo temblaba de gozo
al asistir a una solemnidad católica! ¡No puedo olvidar la
impresión primera que recibí en la celebración de una misa,
cuando oí los cánticos sagrados, cuyos acordes resonaban en mi
alma, colmándola de paz y recogimiento!
Teodoro de Ratisbona se convirtió y se ordenó sacerdote,
trabajando incansablemente en la conversión de muchos otros
judíos, por medio de la Congregación de Nuestra Señora de Sión,
que él mismo fundó.
Alfonso María de Ratisbona (1814-1884) es hermano del anterior y
es otro gran judío convertido. A los quince años había sufrido al
ver convertirse a su hermano Teodoro, que al poco tiempo se hizo
sacerdote. A los veintiocho años, siendo un banquero exitoso,
anticristiano y sólo preocupado de las cosas y placeres del mundo,
acepta el reto de su amigo católico, Teodoro de Bussières, de
llevar la llamada medalla milagrosa y rezar cada día la oración
Acordaos a la Virgen María (compuesta por san Bernardo). En esos
días, estaba en Roma a punto de casarse. Entra con su amigo a la
iglesia Sant’Andrea delle Fratte de Roma y ocurre el milagro.
Mientras miraba la iglesia, desde un punto de vista artístico, se
le aparece la Virgen María.
Dice así: Paseé maquinalmente la mirada en torno a mí, sin
detenerme en ningún pensamiento; recuerdo tan sólo a un perro
negro que saltaba y brincaba ante mis pasos… En seguida, el perro
desapareció, la iglesia entera desapareció, ya no vi, o más bien,
¡Oh Dios mío, vi una sola cosa! ¿Cómo sería posible explicar lo
que es inexplicable? Cualquier descripción, por sublime que fuera,
no sería más que una profanación de la inefable verdad. Yo estaba
allí, prosternado, en lágrimas, con el corazón fuera de mí
mismo, cuando M. de Bussières me devolvió a la vida.
Al fin, tomé la medalla, que había colgado sobre mi pecho,
besé efusivamente la imagen de la Virgen, radiante de gracia…
¡Oh, era, sin duda, Ella! No sabía dónde estaba; si yo era
Alfonso u otro distinto; sentí un cambio tan total que me creía
otro yo mismo… Buscaba cómo reencontrarme y no daba conmigo. La
más ardiente alegría estalló en el fondo de mi alma… Sentí en
mí algo solemne y sagrado que me hizo pedir un sacerdote. Se me
condujo ante él y, sólo después de recibir su positiva orden,
hablé como pude: de rodillas y con el corazón estremecido.
Todo lo que sé es que, al entrar en la iglesia, ignoraba todo;
que saliendo de ella, veía claro. No puedo explicar ese cambio,
sino comparándolo a un hombre a quien se despertara súbitamente de
un profundo sueño; o por analogía, con un ciego de nacimiento que,
de golpe, viera la luz del día; ve, pero no puede definir la luz
que le ilumina y en cuyo ámbito contempla los objetos de su
admiración. Si no se puede explicar la luz física ¿cómo podría
explicarse la luz que, en el fondo, es la verdad misma? Creo
permanecer en la verdad, diciendo que yo no tenía ciencia alguna de
la letra, pero “entreveía el sentido y el espíritu de los dogmas”.
Sentía, más que veía, esas cosas; y las sentía por los efectos
inexpresables que produjeron en mí. Todo ocurría en mi interior; y
esas impresiones, mil veces más rápidas que el pensamiento, no
habían tan sólo conmocionado mi alma, sino que la habían como
vuelto al revés, dirigiéndola en otro sentido, hacia otro fin y
hacia una nueva vida. A partir de ese momento, mis prevenciones
contra el cristianismo se borraron sin dejar rastro, lo mismo que
los prejuicios de mi infancia. El amor de Dios ocupaba el lugar de
cualquier otro amor.
A su amigo Teodoro, que escribió un libro sobre su conversión,
le pudo decir al salir de la iglesia:
La he visto, la he visto. Todo el edificio desapareció de mi
vista, vi un gran resplandor y en medio de aquel resplandor sobre el
altar, se me apareció erguida, espléndida, llena de majestad y de
dulzura la Virgen María y me sonrió, no me dijo nada, pero yo lo
comprendí todo .
Tal como su hermano Teodoro, se hizo un sacerdote ejemplar y hoy
es un santo conocido como san Alfonso de Ratisbona. En la iglesia de
Sant’Andrea delle Fratte hay una inscripción que recuerda el
milagro y donde se leen estas palabras en la capilla de la Virgen:
El 20 de enero de 1842, Alfonso de Ratisbona de Estrasburgo, vino
aquí judío empedernido. La Virgen se le apareció como la ves.
Cayó judío y se levantó cristiano. Extranjero, lleva contigo este
preciso recuerdo de la misericordia de Dios y de la Santísima
Virgen.
Henri Bergson (1859-1941) ha sido el mejor filósofo francés. Su
camino hacia la Iglesia lo hizo desde el materialismo científico y
ateo hasta encontrar a Cristo como plenitud de la fe judía en la
Iglesia. Sus libros La evolución creadora y Las dos fuentes de la
moral y de la religión, marcaron su descubrimiento de la existencia
del alma y de lo espiritual. No llegó a ser bautizado públicamente
por no querer traicionar a sus hermanos judíos en tiempos de
persecución, pero era totalmente católico de corazón. En su
testamento, escrito el 8 de febrero de 1937, dice así: ¡Mis
reflexiones me han llevado cada vez más cerca del catolicismo,
donde yo veo el cumplimiento total del judaísmo. Me habría
convertido, si no hubiera visto que se prepara una formidable ola de
antiseminismo. Yo he querido quedarme entre los que serán
perseguidos. Pero yo espero que un sacerdote católico querrá, si
el cardenal arzobispo de París lo autoriza, venir a orar ante mis
restos. En caso de que no sea posible esta autorización, habría
que dirigirse a un rabino sin ocultarle y sin ocultar a nadie mi
adhesión moral al catolicismo así como el deseo manifestado por
mí de tener en primer lugar las oraciones de un sacerdote católico
.
El sacerdote católico vino y él, como diría el Padre
Sertillanges, recibió un bautismo de deseo, siendo así católico
de corazón.
Edith Stein (1891-1948) nació en Breslau, Alemania, en 1891. Era
de familia judía. Destacó en el colegio y fue a Göttingen a
estudiar filosofía. Allí conoció a Husserl y quedó deslumbrada
por la nueva fenomenología. En 1914, en tiempo de la primera guerra
mundial, se apuntó como enfermera voluntaria. La enviaron a un
hospital austríaco. Atendió a soldados con tifus y heridas de toda
clase, recibiendo la medalla al valor por su trabajo en el hospital.
Con el tiempo, algunas conversiones de amigos suyos le impresionaron
y empezó a leer obras sobre el cristianismo.
Cuando murió su profesor de filosofía Adolfo Reinach, fue a
visitar a la viuda, de la que era amiga, y al ver su fortaleza
espiritual, dice: Allí encontré por primera vez la cruz y el poder
divino que comunica a los que la llevan. Fue mi primer vislumbre de
la Iglesia, nacida de la pasión redentora de Cristo, de su victoria
sobre la mordedura de la muerte. En ese momento, mi incredulidad se
derrumbó; el judaísmo palideció ante la aurora de Cristo, Cristo
en el misterio de la cruz .
Su fe en Cristo se acrecentó de forma decisiva al leer la Vida
de santa Teresa de Jesús, escrita por la misma santa. Dice: Empecé
a leer y fui cautivada inmediatamente, sin poder dejar de leer hasta
el fin. Cuando cerré el libro, me dije: Ésta es la verdad .
A la mañana siguiente, se compró un catecismo católico y un
misal y se puso a estudiarlos rápidamente. Después, se decidió a
asistir en Bergzabern a la misa parroquial por primera vez. He aquí
sus impresiones: Nada me parecía extraño. Gracias al estudio que
había hecho previamente, seguía todas las ceremonias hasta el
último detalle. Un sacerdote venerable se llegó al altar y
celebró el santo sacrificio con profundo fervor. Terminada la misa,
esperé que acabara su acción de gracias. Luego, le seguí hasta la
casa parroquial. Allí le pedí el bautismo... El sacerdote me hizo
un examen. Mis contestaciones eran perfectas. Pasó revista a toda
la doctrina católica. El buen sacerdote, lleno de admiración, ya
no se atrevía a rechazar mi bautismo.
El 1 de enero de 1922 renacía a una nueva vida con el bautismo y
recibía la comunión. Su madrina Hedwig Conrad-Martius, recuerda
aquel día con estas palabras: Lo más bello de todo era su alegría
radiante, una alegría infantil .
A partir de ese día, con permiso, pudo comulgar todos los días.
Pero fue tanto su entusiasmo por su nueva fe, que se decidió a
entregar su vida totalmente a Dios y entró en las carmelitas
descalzas de Colonia el 15 de octubre de 1933, a los 42 años de
edad, con el nombre de Sor Teresa Benedicta de la Cruz. Así
terminaba su itinerario, desde la filosofía fenomenológica de
Husserl hasta el Carmelo.
Pero la situación de los judíos de Alemania se hacía cada vez
más difícil, así que salió de su convento de Colonia para ir al
Carmelo de Echt, en Holanda. Cuando, en la primavera de 1940,
Holanda fue ocupada por los nazis, la jerarquía católica holandesa
escribió una carta al comisario del Reich, Seyss Inquart,
protestando contra el trato vejatorio a los judíos. Se oyeron
protestas en los púlpitos como la del obispo de Utrecht. Las SS.
alemanas reaccionaron con represalias, deteniendo a todos los
católicos de origen hebreo. El 2 de agosto de 1942, se presentaron
al convento de Echt en busca de Edith Stein y su hermana Rosa,
refugiada allí. Se las llevaron de Holanda con destino desconocido.
Más tarde se supo que el destino final de Edith fue las cámaras de
gas en el campo de Auschwitz. Allí entregó su alma a Dios el 9 de
agosto de 1942.
El Papa Juan Pablo II la canonizó el 11 de octubre de 1998.
Ahora es santa Edith Stein.
Max Jacob (1876-1944) fue un gran pintor y poeta de familia
judía. Su juventud estuvo llena de desórdenes y placeres, pero en
el interior de su alma estaba insatisfecho consigo mismo y buscaba,
como por intuición, un mundo espiritual. Y Dios le sale al
encuentro. Dice así:
Era el 7 de setiembre de 1909. Al volver de la Biblioteca
nacional, he dejado mi cartera, he buscado mis zapatillas y, al
volver la cabeza, había alguien delante de la pared. Sí, había
alguien. Mi carne se ha desplomado en tierra. El cuerpo celeste
estaba sobre la pared de la alcoba. ¿Por qué, Señor? ¡Oh,
perdóname! Se hallaba en un paisaje que yo había dibujado hace
tiempo... pero Él ¡qué belleza, qué elegancia y dulzura! ¡Sus
hombros, su andar! Llevaba una túnica de seda amarilla con adornos
azules. ¡Se ha vuelto y he visto su rostro apacible,
resplandeciente!
Él aseguró haber visto a Jesucristo. Y presentó siempre este
acontecimiento como la causa de su conversión. Al día siguiente,
va a la iglesia a pedir el bautismo, pero fue despachado con buenas
palabras.
El pobre Max no había llegado al extremo de sus penas y
desilusiones. La ruta de la conversión era más ardua de lo que él
pensaba. No bastaba creer, hacía falta también reajustar su vida
entera, lo que no le resultaba fácil, pero el 17 de diciembre de
1914, otra vez se le presenta la aparición en un cine. Él dice:
¿Por qué a mí y no a los otros? ¡Es imposible y con todo es
verdad! En el cine, de repente, estoy seguro que era Él, con su
túnica blanca, sus largos cabellos negros y ondulados, recogidos un
poco en la nuca, ¡Oh Dios mío, yo os amo! A partir de ese día,
insiste tanto en el bautismo que el 18 de febrero de 1915 recibe
este sacramento. Como todo convertido, tenía una gran devoción a
María, en cuyo honor compuso una letanía.
El 24 de febrero de 1944 era detenido por los alemanes y llevado
al campo de concentración de Drancy. Murió el 5 de marzo. En su
bolsillo le encontraron un rosario.
Raphael Simon, siquíatra judío, nacido en 1907 en Nueva York.
En el escrito sobre su conversión, titulado The road to Damascus
(El camino a Damasco), dice:
Un día, abrí el Nuevo Testamento y leí: “No os inquietéis
por vuestra vida, qué comeréis ni por vuestro cuerpo con qué os
vestiréis. Mirad las aves del cielo, que no siembran ni siegan ni
tienen graneros y vuestro Padre celestial las alimenta... Buscad
primero el reino de Dios y su justicia que todo lo demás se os
dará por añadidura” (Mt 6, 24-34). Aquí estaba la respuesta de
Dios a mis atormentadas preguntas. Una gran paz me invadió. Y
decidí dedicar todos los días cierto tiempo para la lectura del
Nuevo Testamento... Se me habían abierto los ojos del alma, al
descubrir cuán digno de amor es Jesús. Él era verdaderamente el
hijo de Dios y había venido a la tierra en forma carnal, habiendo
tomado la naturaleza humana en el seno de la Virgen María. Yo
había llegado al convencimiento de la divinidad de Jesucristo. Mi
origen judío no era ningún obstáculo. ¿No fue su fundador
Jesucristo, un judío? ¿No fueron judíos su madre y sus
apóstoles? ¿No se formó con judíos la primera comunidad de
Jerusalén?... Después de recibir mi bautismo el 6 de noviembre de
1936, encontré en abundancia todo aquello que había esperado. En
la Iglesia hallé lo que faltaba en el moderno judaísmo. Dios
vivía en medio de su pueblo, los semitas espirituales .
Al final de su vida, se hizo sacerdote y religioso cisterciense.
Kenneth Simon, médico y científico judío, nació en 1909.
Escribió su historia y conversión en el libro The glory of the
people (La gloria del pueblo). Se hizo sacerdote en la Trapa de
Nuestra Señora del Valle en el estado norteamericano de Rhode
Island.
René Schwob (1895-1946) escribió su conversión en el libro Yo
judío. En su otro libro Lourdes, ciudad de oración habla de su
gran amor a María.
Jean Jacques Bernard (1888-1972), escritor y dramaturgo francés
de familia judía. Cuando fue detenido en diciembre de 1941, no era
todavía católico, pero en el campo de concentración encontró a
Cristo a través de auténticos cristianos y, entonces, se dio
cuenta de que Cristo es la culminación del judaísmo, que, en vez
de alejarlo de su pueblo, lo había acercado más a él. Dice: Un
judío es un hombre de la raza de Cristo, de la raza de la madre de
Cristo. Y démonos cuenta también de que un cristiano es un hombre
que lleva a Cristo en sí. Cristo se perpetúa sobre la tierra en
cada cristiano. Así, un judío que llega a ser cristiano, completa
en sí toda una evolución; compensa en cierta medida, la ceguera de
aquellos que no han reconocido al Dios anunciado. Y esto exige que
un judío hecho cristiano, hecho Cristo sobre la tierra, podrá ser
crucificado por los hermanos aún extraviados, aunque él, en su
corazón cristiano, no dejará de amarles y de rezar por ellos...
Nunca repetirá bastante que el Dios de Israel es nuestro Dios, los
profetas de Israel son nuestros profetas y los salmos de Israel
impregnan toda nuestra liturgia. El cristianismo se asienta en el
judaísmo; igual que una encina echa raíces en el suelo donde fue
plantada su simiente...
Antes de mi conversión, iba hacia la Iglesia sin sospechar que
iba, al mismo tiempo, hacia Israel. La Iglesia e Israel son una
misma y única religión. La religión madre y el complemento. El
Antiguo y el Nuevo Testamento. ¡Un mismo Dios! ¡Una misma fe!
Después de esto, el sentimiento de mi deuda respecto a los judíos
no ha cesado de aumentar... Sé bien lo que venimos a buscar los
hijos de Israel en la Iglesia. Por encima de todos los errores, las
cegueras, las incomprensiones y las deformaciones, por encima
también de los olvidos y de las rutinas, de la pereza y de las
somnolencias, venimos a buscar la palabra verdadera de nuestro
común hermano, de Jesús, que siempre está vivo .
Eugenio Zolli (1881-1956) nació en 1881 en Polonia. En 1904 va a
Viena a seguir la carrera de rabino, fiel a la tradición familiar,
ya que por vía materna se habían sucedido rabinos por más de dos
siglos. En 1913 se casa con Adela Litwak, una judía polaca muy
religiosa, que muere en 1917, dejando una hija: Dora. En 1920 es
nombrado jefe rabino de Trieste (Italia) y, ese mismo año, se casa
con Emma Majonica, de la que tuvo otra hija: Myriam. En 1933
adquiere la ciudadanía italiana y se cambia el apellido Zoller por
Zolli. Fue nombrado profesor de lengua y literatura hebraica en la
Universidad de Padua.
En 1935 escribió una carta al rabino jefe de Roma sobre los
actos inhumanos cometidos contra los hebreos en Alemania, para que
informara a Mussolini. En 1938, ante las leyes racistas,
introducidas en Italia, Zolli protestó públicamente. Pero el
gobierno italiano le quitó la nacionalidad italiana. En 1940
recibió el cargo de rabino jefe de Roma. Los judíos de Roma
estaban divididos entre filofascistas y sionistas. En Roma, durante
los primeros meses de su cargo, procuró defender a los hebreos de
las leyes antisemitas. Pero la situación empeoró con la llegada de
los alemanes a Roma en setiembre de 1943.
El 26 de setiembre, el comandante Herbert Kappler impone a los
judíos de Roma el pago de cincuenta kilos de oro para no deportar a
300 de ellos, que estaban fichados. La comunidad judía reúne 35
kilos. Zolli acude al Vaticano para pedir el resto y la respuesta es
positiva. Al final, los quince kilos del Vaticano no harán falta,
porque se habían conseguido por otros medios. Pero el oro no
sirvió de nada, pues las deportaciones comenzaron. Sólo se
frenaron por intervención del Papa Pío XII. Por eso, dice él que
el hebraísmo mundial tiene una gran deuda de gratitud con el Papa
Pío XII.
En 1944, presentó su renuncia al cargo de rabino de Roma por
motivos personales. ¿Qué había pasado? Había decidido
convertirse al catolicismo. Su conversión no fue cosa de un día,
sino un largo proceso, que fue madurando a lo largo de los años.
Él cuenta en su Autobiografía algunos de estos momentos
importantes, en su camino hacia su conversión o hacia la plenitud
de su amor a Jesús.
Hacia fines de 1917 o principios de 1918, una tarde, estaba en
casa solo, escribiendo uno de los acostumbrados artículos para la
Lehrerstime. De pronto, dejé la pluma sobre la mesa y, como
arrobado, comencé a invocar el nombre de Jesús, encontrando mucha
paz. Entonces, apareció Jesús en un gran cuadro sin marco, en el
ángulo oscuro de la habitación. Lo contemplé durante largo tiempo
sin ningún nerviosismo, con perfecta serenidad de espíritu. Ni
entonces ni ahora, después de más de treinta años, sabría decir
qué pasó en mi alma para producir un fenómeno semejante. ¿De
qué se trataba? Ni entonces ni ahora me hago problemas. Para mí,
me bastaba saber que era la presencia cercana de Jesús. Entonces,
no se me presentó el deseo de hablar de ello con nadie y tampoco me
planteé el problema de mi conversión… Jesús había entrado en
mi vida interior como un dulce huésped, invocado y bien acogido. El
amor de Jesús no significaba renegar de mi fe judía ni abrazar al
cristianismo… Yo me sentía judío, naturalmente judío, y amaba
naturalmente a Jesucristo. Y, en este amor mío por Jesús, no
debían entrar ni el judaísmo ni el cristianismo. Yo con Jesús y
Jesús en mí.
Una vez invoqué a Jesús y a María para pedirles la curación
de mi esposa, gravemente enferma. Delante de una imagen de la
Piedad, dije: “Tú eres madre, madre toda santa, toda santa en el
dolor y en el amor. La mujer enferma es madre. Y callé. Vuelto
hacia Jesús, le dije: Señor, tú sabes todo. ¿Me ayudarás? Sí,
me dijo”. Me sentía con deseos de correr a casa para ver a la
enferma. Pero tenía que trabajar y hasta me olvidé de haber
rezado. Olvidé hasta el sí del Señor.
Al llegar a casa, la fiebre y el delirio estaban llegando a su
grado máximo y yo hacía de enfermero, porque estábamos solos.
Pero, a medianoche, de un momento al otro, todo cambió de
improviso. No podía creerme a mí mismo. Toqué la mano de la
enferma y era una ex-enferma. Comenzamos a hablar… y razonaba
perfectamente. Me sentí inquieto, como si me faltara algo,
descubriendo que era el Sí de Jesús.
Yo amaba a Jesús y lo amaba cada vez más. Por muchos años, me
parecía que se podía unir el judaísmo y el cristianismo. ¿Era
esto una ilusión?, ¿una idea absurda? Yo amaba a ambos. ¿Qué
podía hacer? El “Día de la Expiación” (Yom Kippur), de otoño
de 1944, estaba presidiendo las liturgias religiosas en el Templo
(sinagoga de Roma). Estaba en medio de una multitud de personas y
comencé a sentir como una niebla espesa en mi alma, y perdiendo
contacto con las personas y cosas que me rodeaban… Era la última
función litúrgica y yo estaba con dos asistentes, uno a mi derecha
y el otro a mi izquierda; pero les dejé recitar a ellos solos las
oraciones y el canto. No sentía ni alegría ni dolor. Y, de pronto,
vi con los ojos de la mente un prado con hierba luminosa, pero sin
flores. En ese prado, vi a Jesucristo, vestido con un manto blanco y
sobre su cabeza el cielo azul. Entonces, experimenté una inmensa
paz interior. Si tuviera que dar una imagen del estado de mi alma,
diría que era un límpido lago cristalino entre altas montañas.
Dentro de mi corazón, escuché las palabras: “Tú estás aquí
por última vez”. Las tomé en consideración con la más grande
serenidad de espíritu. Y yo respondí. Amén. Así es, así será,
así debe ser.
Al llegar a casa, mi esposa me dijo: “Hoy mientras estabas
delante del Arca de la Ley, me pareció, como si la blanca figura de
Jesús, te impusiera las manos sobre tu cabeza, como si te estuviera
bendiciendo”. Yo me quedé sorprendido, pero muy tranquilo. E hice
como si no hubiera entendido. Y ella volvió a repetírmelo palabra
por palabra. En ese momento, nuestra hija Myriam, que estaba en su
habitación, nos llamó y nos dijo: “Esta noche estaba soñando y
veía a Jesús muy alto, blanco, pero no recuerdo nada más”. Unos
días después, renuncié a mi cargo de rabino de la Comunidad
judía y busqué un sacerdote (Padre Dezza) para que me preparara
para el bautismo. Mi conversión fue motivada por el amor a
Jesucristo, un amor que vino, poco a poco, por mis meditaciones de
la Escritura.
En su libro Mi encuentro con Cristo, dice claramente: Yo había
llegado hasta los confines extremos del reino de la Sagrada
Escritura del Antiguo Pacto. Yo me dije: ¿no era Jesucristo un hijo
de mi pueblo? ¿No era espíritu de mi mismo espíritu? Volví a
emprender el difícil camino, camino sembrado de zarzas, que herían
la planta del pie e iba dejando a lo largo de todas las sendas
huellas de mi sangre bermeja, sangre que brotaba de heridas antiguas
no cicatrizadas y de otras que se iban abriendo. Y yo no sabía que
ésta era la sangre del Pacto Nuevo, que gracias a esta sangre yo
encontraría el camino y la vida en un lejano mañana .
Toda mi vida pasada, ahora lo comprendo, no era más que un
fatigoso, largo y doloroso camino hacia la gran luz de Jesucristo y
yo doy gracias a Dios por su caridad infinita .
Jesucristo es el camino y el guía sublime. ¡Qué dulzura!
¡Qué suave es nuestro Señor! ¡Soy tan feliz en este mi amor
hacia Jesús! Lo quiero y lo debo decir: “Yo amo mucho a Jesús.
Yo quisiera que todos lo amaran. ¡Qué hermosa sería la vida!
¡Oh, si el amor de Jesús encendiese e iluminase todos los
corazones! En un mundo así, todos serían felices. Los hombres se
amarían todos. Todos seríamos hermanos y más que hermanos.
¡Dulce Jesús, difunde el amor! Tú, que eres la Bondad, haznos
dignos de amarte y concédenos el don celestial de tu amor. Jesús
mío, yo te amo. Te amo siempre más, siempre mejor. Acoge, acoge,
acoge este pobre corazón. Es tuyo, es todo tuyo. El mismo amor con
que te amo, es tuyo. Soy todo tuyo. Soy feliz de ser tuyo. Quiero
serlo siempre, ahora y siempre, ahora y en la hora de la muerte” .
El Padre Dezza, jesuita, rector de la Universidad gregoriana de
Roma, fue quien tomó a su cargo prepararlo para el bautismo. Fue
bautizado con su esposa Emma por Mons. Traglia el 13 de febrero de
1945 con el nombre de Eugenio en honor del Papa Pío XII. El padre
Dezza le dio la primera comunión.
Su hija Myriam se convirtió y se bautizó un año después.
Pero, a raíz de su conversión, llovieron sobre él toda clase de
amenazas y calumnias. Los judíos lo excomulgaron y declararon
apóstata; guardaron ayuno varios días y llevaron luto, como si
hubiese muerto. Algunos judíos americanos hasta le ofrecieron
dinero para que regresara a su antigua fe. Pero él decía: Después
del santo bautismo, no soy capaz de odiar a nadie. Perdono a todos.
Perdono, como Cristo me ha enseñado.
Algunos protestantes también se le acercaron para ofrecerle
dinero, si con su estudio de la Escritura, encontraba una
justificación de las tesis protestantes contra el primado del Papa.
Oscar Cullmann, teólogo protestante, en una entrevista al
periódico 30 días, declaró que le hubiera gustado poder ofrecerle
una cátedra en la Universidad de Basilea. Zolli no sólo rechazó
la idea sino que se puso a escribir un libro para probar el primado
del Papa, titulado La confesión y el drama de Pedro, que quedó
inconcluso a su muerte.
Cuando le preguntaron algunos por qué no se había hecho
protestante, respondió: Protestar no es testimoniar. ¿Para qué
han esperado 1500 años para protestar? La Iglesia católica fue
reconocida por el mundo cristiano como la verdadera Iglesia durante
quince siglos seguidos. Después de estos quince siglos nadie puede
decir que la Iglesia católica no es la Iglesia de Cristo sin
plantearse serios problemas. Yo admito la autenticidad de una sola
Iglesia, aquella que fue anunciada a todos por mis propios
antepasados, los doce apóstoles, que, como yo, han salido de la
Sinagoga.
El Padre Dezza le ofreció alojamiento a él y a su familia
dentro de la Universidad gregoriana y allí se desempeñó, varios
años, como profesor del Instituto bíblico. El mismo Padre Dezza
dice que, siendo profesor, cada mañana asistía a la misa en la
capilla, comulgaba y se quedaba largo tiempo en oración. Cuando,
una vez, le dije que era hora de desayunar, me dijo: “Se está tan
bien en la capilla con el Señor que no quisiera salir jamás”. Y
les decía a los católicos: Vosotros, que habéis nacido en la
religión católica, no sois conscientes de la riqueza que habéis
recibido desde la infancia por la fe y la gracia de Cristo, pero yo,
que he llegado a la fe después de un largo trabajo de años y
años, aprecio la grandeza del don de la fe y siento toda la
alegría de ser cristiano.
Murió el 2 de marzo de 1956 a los 75 años y sus restos
descansan en el cementerio de Verano de Roma. El gran mensaje que
nos deja a todos es: El judaísmo es la promesa y el catolicismo el
cumplimiento de la promesa; el Mesías, prometido al pueblo judío,
ya vino en la persona adorable de Jesús, nuestro Dios y Señor; a
quien él tanto amó, incluso antes de convertirse.
Karl Stern (1905-1975), de familia judía, nació en Alemania,
pero pudo huir, cuando comenzaron las persecuciones contra los
judíos por los nazis. Su proceso de conversión comenzó poco a
poco, cuando estaba trabajando en el Instituto de Siquiatría de
Munich. Por las noches, se reunía a estudiar la Biblia con una
mujer católica, Frau Flamm, y una pareja de esposos japoneses, los
Yamagiwa, que eran protestantes. Un día de diciembre de 1933 fue
por primera vez a una iglesia católica a oír el tema Judaísmo y
cristianismo, que iba a ser dictado por el cardenal de la ciudad.
Esto tuvo un efecto muy positivo.
Dice: El sermón me vino como especialmente pensado y dicho para
mí y dejó una huella imborrable en mi alma. Recuerdo que las
ligeras alusiones al pensamiento paulino con respecto al judaísmo
postcristiano, descubrieron ante mi vista un mundo nuevo.
Debo confesar aquí, anticipadamente, que me costó mucho tiempo
(aproximadamente diez años) el aceptar la divinidad de Jesucristo.
Cuanto más creía en Él como Mesías, más me veía arrastrado
hacia una especie de arrianismo, considerándolo simplemente como el
personaje histórico o el profeta, que cumplía y rebasaba todas las
profecías.
Fue una sensación dolorosísima para mí el ver que,
precisamente, cuando acababa de redescubrir al judaísmo, cuando
comenzaba a sentir en mi corazón el inmenso orgullo de mi rica
herencia espiritual, en medio de un mundo de vulgar estupidez,
cuando apenas había logrado la posesión de una verdad absoluta,
tenía que abandonar lo que había hallado. Hoy día veo que,
realmente, no tenía que abandonar nada. En el plano espiritual, el
cristianismo es judaísmo, judaísmo llevado a su consumación. No
hay una sola verdad esencial del Antiguo Testamento que rechace el
cristianismo.
Vi, entonces, que la suerte de mi pueblo estaba estrechamente
asociada a la suerte de Cristo en el mundo, que había gentes en
torno mío que llevaban en su corazón al Dios de Israel, aunque no
eran judíos; y, en la intensidad y profundidad de sus vidas, vi
cumplida la profecía mesiánica de Isaías. Esto fue para mí el
principio de una nueva perspectiva de la vida.
Se había roto en pedazos algo de lo antiguo, aunque yo me
empeñaba en que no era así, y había brotado algo nuevo. No veía
aún claro adónde era conducido, pero sentía que nuevas luces
significaban nuevos deberes y barruntaba que llegaría la hora en
que tendría que dar el tremendo salto hacia lo desconocido.
Empecé a pensar: Si fuera cierto que Dios se hizo hombre por
nosotros y que su vida y muerte tienen sentido personal para cada
uno de los millones de seres humanos que se gastan en la hediondez
de los tugurios, en un mundo sin horizontes, en sofocante angustia
de odio, enfermedades y muerte; si fuera eso cierto, aún habría
algo que da a la vida un valor infinito. ¡Pensar que llama a las
puertas de esos millones de oscuras moradas, quien puede ofrecer
promesas seguras a cada uno de sus habitantes! Cristo salva el caos
de la historia y, al mismo tiempo, salva la mezquindad de cada
existencia personal.
Un día de 1938, estando ya en Londres, entré a una iglesia
católica a orar. Era la iglesia de los padres dominicos de
Hampstead, cerca de nuestra casa. Iba todas las mañanas antes del
trabajo. Oraba en el altar derecho. No tenía idea exacta de ello,
pero creía, de algún modo, en el poder de la oración. No recuerdo
de qué forma había llegado a esa convicción, pero aceptaba la
eficacia de la oración como una verdad incuestionable. Y ponía en
ella mucha fuerza, por no saber qué otro socorro práctico podía
ofrecer a mi padre y a mi hermano (lejanos).
La providencia me había hecho judío. Me sentía tal con todas
las fibras de mi corazón. Sentía en el judaísmo el calor
protector de la sangre. ¿Cómo podría dudar nunca de que mi deber
estaba entre ellos? Sin embargo, lejos, a mi espalda, oía voces
apagadas que me recordaban otra lealtad.
Aquellos cristianos de Munich, que habían sufrido por nosotros
en la noche de la aniquilación y con los cuales había visto, por
primera vez, un Israel supranacional, parecían hacerme señas de
que no los traicionara. También aquello me imponía una
obligación. Sabía que había sacerdotes y ministros en los campos
de concentración; sabía que, entre tanta ruindad y brutalidad,
había infinidad de inestimables sacrificios anónimos, que se
llevaban a cabo en nombre de Jesús de Nazaret, el ungido de Israel;
sacrificios realizados por quienes no pertenecían a nosotros por la
carne... Durante bastante tiempo pensé que me sería posible
permanecer judío, conservando el secreto de Jesús... Imposible que
Cristo exigiera de nosotros la deserción en el momento preciso en
que nuestro pueblo se debatía entre espasmos de agonía. La mayor
parte de los judíos, que se mantienen con el pie en el umbral de la
Iglesia, creen que ni Jesús hubiera abandonado la comunidad judía
del dolor en un momento tan crítico de la historia. Sin embargo,
había algo oscuro en este pensamiento y es que, por primera vez en
la historia desde Cristo, en esta persecución nazi, no se acosaba a
los judíos a causa de su religión, sino únicamente a causa de su
raza.
En rigor, había visto que los cristianos judíos de Alemania lo
pasaban, frecuentemente, peor que los judíos de religión,
repudiados por los cristianos por judíos, y por los judíos por
renegados. Participaban en esto de la suerte de Cristo, de quien
dice Pascal que era, igualmente, indeseado por paganos y por
judíos. Por este tiempo, pasé muchas tardes en conversación con
una monja del Sagrado Corazón.
La Iglesia católica está formada por la masa de la humanidad y
de aquí que, el extraño que se acerca a ella, tropiece con una
espesa corteza de mediocridad... Nos costó también a nosotros
tiempo y trabajo el ver el inmenso tesoro escondido de santidad
anónima, que hay en la Iglesia; el poder espiritual que fluye y
refluye a diario en millones de almas desconocidas, los ríos de
sacrificios que hacen por motivos sobrenaturales multitudes de
humildes obreros, religiosos de comunidad, sacerdotes y laicos
juntamente. Bajo un aspecto superficial, hay otra vez aquí una
extraña semejanza entre el judaísmo y la Iglesia: la mala conducta
de un miembro se hace más pública que la santidad de cien.
En Londres escuché a predicadores no católicos de diversas
denominaciones. Varias cosas me causaron sorpresa en ellos. No les
oí jamás nada positivo, incompatible con la doctrina católica.
Todos, me parecía, que recalcaban ideas que había ya encontrado en
la Iglesia. Los únicos puntos en que no se expresaban como
católicos eran negaciones. Lo que en sus orígenes fueron anhelos
de libertad los ha conducido a un extraordinario subjetivismo... la
Iglesia refleja facetas diversas de la historia. El Evangelio es
siempre el mismo, pero la vida del Evangelio, en la barahúnda del
siglo IV se echa de ver en san Agustín. La vida del Evangelio en
las alturas de los siglos medievales, se contempla en santo Tomás
de Aquino. En el siglo XIX, la Iglesia comenzó a exaltar el
caminito (de infancia espiritual de santa Teresita), la vida
mística de las almas humildes. Ésta era la única respuesta
apropiada a la amenaza de la época de los negocios. Cristo tiene
siempre la respuesta más propia a flor de labios y nos la da por
medio de sus santos... La Iglesia no hace más que reafirmar un
aspecto de su doctrina eterna. Cada siglo, la Iglesia toma un lápiz
rojo en la mano y subraya ciertas palabras del Evangelio, que
resultan ser las más a propósito para las circunstancias del
momento.
No olvidaré jamás la mañana de mi bautismo y primera comunión
(21 de diciembre de 1943). Exteriormente todo parecía igual que
todas las mañanas de diciembre. Al entrar en la iglesia de los
padres franciscanos de Montreal, afuera era todavía oscuro. Dentro
estaba la aglomeración de pueblo que uno encuentra siempre en todas
las iglesias católicas en los distritos más poblados de las
grandes ciudades. Eran hombres y mujeres de las pequeñas viviendas
contiguas a los andenes del tren y de las vecindades del núcleo
comercial de la ciudad. Algunos parecían empleados de un hospital
vecino. Iban a misa temprano, después de trabajar toda la noche.
Nuestras vidas, la de mi esposa y de mis amigos, habían llevado una
marcha convergente con la de aquellos desconocidos, que nos
rodeaban. También sentí como si estuvieran con nosotros: mis
padres, Kaspar Russ, Jacques Maritain, Dorothy Day y las piadosas
sirvientas de casa de nuestra infancia. Sobre una cosa no tenía la
menor duda: nosotros habíamos corrido acercándonos o alejándonos
de Cristo, pero Él había estado siempre en el punto céntrico de
los acontecimientos.
Karl Stern, gran siquíatra canadiense de origen alemán, que
encontró en Cristo al Mesías prometido al pueblo judío durante
siglos.
Bernard Nathanson, considerado el rey del aborto, porque había
dirigido la clínica abortista más grande del mundo en Nueva York,
era de familia judía, aunque había perdido la fe y era
prácticamente ateo.
En su libro autobiográfico La mano de Dios, nos cuenta su
conversión.
He trabajado como nadie para hacer el aborto legal y disponible a
petición (en USA). En 1968 fui uno de los tres fundadores de la
liga de acción nacional por el derecho al aborto. Dirigí la mayor
clínica abortista de Estados Unidos y, como director, supervisé
decenas de miles de abortos (más de 70.000).
Nuestra línea de conducta favorita era achacar a la Iglesia cada
muerte producida por abortos caseros. Se daban cada año unas
trescientas muertes por abortos delictivos en los años sesenta en
USA, pero Naral y sus notas de prensa afirmaban tener datos que
apoyaban la cifra de cinco mil... Cuando la nueva normativa (del
aborto legal) entró en vigor el 1 de julio de 1970, organicé y
puse en escena un amplio simposio sobre técnicas abortistas en el
centro médico de la Universidad de Nueva York... El negocio se
disparó. En seis meses, la clínica, cuyo nombre oficial era “Centro
para la salud reproductora y sexual”, pero se conocía vulgarmente
como Servicios a mujeres, aumentó su cuenta diaria de abortos
pasando de 10 a 120.
Yo mismo realicé el aborto de mi propio hijo... A mitad de los
años sesenta, dejé en cinta a una mujer que me quería mucho. Me
rogó seguir adelante con el embarazo y tener a nuestro hijo... Yo
ya había tenido dos matrimonios fracasados, ambos destruidos, sobre
todo por mi narcisismo egoísta y mi incapacidad de amar... No veía
salida a la situación y le dije que no me casaría con ella y que,
de momento, tampoco me llegaba para mantener un hijo y no sólo
exigí que acabara con el embarazo como condición para continuar
nuestras relaciones, sino que también le informé fríamente que yo
mismo realizaría el aborto. Y lo hice.
Había realizado muchos miles de abortos a niños inocentes y
había fallado a mis seres queridos. De mi segundo y tercer
matrimonio no puedo escribir en detalle, todavía es demasiado
doloroso para mí. Cuando escribo esto, yo he pasado por toda la
panoplia de remedios seculares: alcohol, tranquilizantes, libros de
autoasistencia, consejeros. Incluso me he permitido cuatro años de
psicoanálisis a principios de los setenta... Yo me despreciaba a
mí mismo. Quizás había llegado por fin al principio de la
búsqueda de la dignidad humana. Había empezado a hacer un
autoexamen serio... Yo sabía que la enfermedad principal consistía
en cortar los lazos entre el pecado y la culpa... Necesitaba ser
llamado al orden y educado.
Cuando a principios de los años setenta, los ultrasonidos me
mostraron a un embrión en el vientre materno, sencillamente perdí
la fe en el aborto a petición... Quedé estremecido hasta el fondo
del alma por lo que vi. Las cintas eran asombrosas. Algunas no eran
de mucha calidad, pero seleccioné una de mejor calidad que el resto
y empecé a ponerla en encuentros pro-vida por todo el país... Don
Smith quiso convertir mi video en una película y así es como
acabó haciéndose “El grito silencioso”, que tanto furor había
de causar... El grito silencioso mostraba cómo se despedazaba en el
útero un feto de doce semanas con una combinación de succión e
instrumental de aplastamiento por parte del abortista... El grito
silencioso era un arma poderosa. No consiguió cambiar la mente de
los legisladores, pero creo, y lo digo humildemente, que ha salvado
la vida de algunos bebés. Al menos, espero que así haya sido.
Y, por primera vez, en toda mi vida adulta, empecé a considerar
seriamente la noción de Dios, un Dios que me había conducido
inexplicablemente por todos los intricados círculos del infierno,
sólo para enseñarme el camino de la redención y la misericordia a
través de su gracia... No experimenté una instantánea epifanía
cegadora ni empecé a rezar Avemarías... En mi caso, fui llevado a
una búsqueda, revisando las literaturas de las conversiones,
incluyendo “El pilar de fuego” de Karl Stern. También leí a
Malcolm Muggeridge, Walter Percy, Graham Greene, C.S. Lewis, al
cardenal Newman y a otros más.
Por fin se bautizó en la catedral de San Patricio de Nueva York,
el 9 de diciembre de 1996. Fue un momento muy difícil. Estaba
completamente emocionado. Y, después, cayó esa fría agua
purificadora sobre mí y voces suaves y un inexpresable sentimiento
de paz... Soy optimista ante el futuro, independientemente, de lo
que puede traer consigo, porque he vuelto mi vida hacia Cristo. Ya
no tengo control de mi vida ni quiero tenerlo. Nadie puede hacerlo
peor de lo que yo lo hice. Ahora estoy, simplemente, en las manos de
Dios.
Bernard Nathanson se dedicó hasta su muerte a practicar la
ginecología en las zonas más pobres de Nueva York para ayudar a
los más necesitados. Un hombre que nació de nuevo por el bautismo
y a quien Dios dio una nueva oportunidad de ser feliz, como te la da
también a ti.
Jeri Westerson, periodista, escritora y novelista. Dice sobre su
conversión: Yo era judía, pero sólo de nombre. Me consideraba
atea y actuaba como tal, pero crecí en la tradición del judaísmo
americano...
Yo quería ser novelista y estaba escribiendo mi última novela
sobre los monjes de la Edad Media. Por eso, fui a entrevistar a
monjes reales a un monasterio benedictino. Yo no sabía si sería
bien recibida como mujer y como judía... Tenía muchos prejuicios y
equivocadas ideas sobre la Iglesia como muchos no-católicos. En el
monasterio me dieron una habitación para alojarme. Sobre mi cama,
había en la pared un crucifijo. Algunos años antes, la presencia
de tal símbolo me habría vuelto nerviosa, pero ahora no estaba
nerviosa. ¿Era familiaridad? ¿Era otra cosa?
Pero en medio de mis reflexiones sobre la vida de los monjes,
aquella primera noche sucedió algo. Es difícil describirlo con
palabras, aunque lo he intentado varias veces. Yo sentí, de
repente, una presencia inmensa, que venía de fuera y que me rodeó
y llegó a lo más profundo de mi ser. Y una voz, que no era voz,
dijo dos simples palabras: “Wake up” (Despierta). Yo me sentía
como un vaso vacío que es llenado al instante. En aquel momento, la
atea judía se dio cuenta de que aquella voz no era imaginación,
sino que era la verdadera voz del Espíritu de Dios... ¿Era aquello
una experiencia cristiana? ¿Estaba aceptando a Dios y a Jesucristo?
Decidí intentar dormir, pero, después de una noche sin dormir,
me levanté a las 4,45 a.m., la hora en que los monjes van a
rezar... En la misa, fui de nuevo tocada por una emoción que no
podía comprender. Me senté y lloré sin comprender la gran
magnitud de lo que el Espíritu Santo estaba haciendo en mí.
En mi camino a casa, mientras manejaba mi coche, me preguntaba
qué pensaría mi esposo de estos sentimientos que estaba teniendo.
Yo pensaba que estos sentimientos podrían desaparecer en un mes y
los olvidaría como un sueño agradable. Pero, para mi sorpresa,
después de un mes, los sentimientos eran aún más intensos, hasta
que le dije a mi esposo que estaba pensando en convertirme a la
Iglesia católica... Tuve que rehacer toda la novela y comencé a
leer los Evangelios y a ir a misa... Busqué hablar con un
sacerdote, Fr. Gerard McGuinness, quien me llevó a su oficina y
escuchó toda mi historia.
Empecé a leer libros sobre la Iglesia, pues no podía aceptar
todo fácilmente. Escuchaba misa todos los días... Después de
varios meses de oír misa todos los días, comenzó mi preparación
llamada “Iniciación cristiana de adultos”. Algunas doctrinas,
como la Trinidad o la Eucaristía, no fueron difíciles de aceptar,
pero la devoción a María y rezar rosarios fue algo más duro...
Fui bautizada en Pentecostés, y ese día recibí la Eucaristía. Yo
me emocioné muchísimo... Mi hijo fue bautizado seis meses después
de mí y, dos años más tarde, mi esposo. En mi primer año de
católica, fui lectora y ministro de la Eucaristía, me uní al coro
y llegué a ser profesora de educación religiosa. En mi segundo
año, me nombraron directora del coro y ahora soy coordinadora y
enseño en el programa de Iniciación cristiana de adultos. Me
siento muy agradecida de haber vuelto a casa en la Iglesia
católica.
Jean Marie Lustiger, nacido en París en 1926 de familia judía,
originaria de Polonia, relata en su libro La elección de Dios los
recuerdos de su infancia y juventud hasta su conversión al
catolicismo. También responde a una serie de preguntas que le hacen
los periodistas, Missika y Wolton, escéptico uno y agnóstico el
otro respectivamente.
Cuenta Lustiger la desesperación de sus padres, cuando quiso
hacerse católico y los esfuerzos que hicieron para desanimarlo de
esta decisión, que tomó junto con su hermana. Había comenzado
hacía tiempo a leer a escondidas el Evangelio y algunos libros
cristianos. También influyeron en su decisión algunos amigos
católicos. Él cuenta así el momento clave: Entré un día en la
catedral (de Orleans). Era un día que hoy sé que era Jueves Santo.
Me detuve en el crucero sur, donde brillaban un amontonamiento
ordenado de flores y luces. Permanecí un buen rato absorto. Yo
ignoraba el significado de lo que veía. No sabía qué fiesta se
celebraba ni qué hacía aquella gente allí en silencio. Volví a
mi habitación. No dije nada a nadie. Al día siguiente, volví a la
catedral. Quería volver a ver aquel lugar. La iglesia estaba
vacía. Espiritualmente vacía también. Sufrí la prueba de aquel
vacío: no sabía que era viernes santo. No hago más que describir
la materialidad de las cosas y, en aquel momento, fue cuando pensé:
quiero que me bauticen... La persona de la casa, donde nos
hospedábamos, me dirigió al obispo de Orleans, Monseñor Courcoux.
Era un oratoriano muy culto; me instruyó en la doctrina cristiana
mediante clases particulares. Desde el comienzo de nuestros
encuentros, me aconsejó que pidiera permiso a mis padres. El día
que hablé con mis padres fue una escena muy dolorosa, totalmente
insoportable. Al final, aceptaron... Yo no tenía en absoluto la
sensación de traicionar (la condición judía) ni de esconderme ni
de abandonar algo, sino, por el contrario, de haber descubierto el
alcance, el significado de lo que había recibido al nacer. Pero a
ellos les parecía incomprensible, absurdo, era lo peor de todo, la
peor desgracia que podía haberles sucedido...
Para ser exacto, creí en Jesucristo, el Mesías de Israel.
Cristalizó en mí algo que llevaba dentro desde hacía años y que
no había explicado a nadie. Supe que Jesús es el Mesías, el Hijo
de Dios.
A su madre la deportaron y murió en el campo de concentración
de Auschwitz. Él empezó a ir a misa todos los días. Y en 1946, a
los veinte años, ingresa al Seminario, porque quiere ser sacerdote.
Es ordenado sacerdote en 1954 y, durante quince años, se dedica a
trabajar como capellán de universitarios. En 1969, es nombrado
párroco. En 1979 es nombrado obispo de Orleans y dice:
El hecho de encontrarme en la catedral de Orleans, exactamente en
el mismo lugar en el que por primera vez tuve la intuición del
Mesías sufriente, la ofrenda del cuerpo y la sangre derramada, y su
presencia en la Eucaristía, aquello daba a mi existencia en Orleans
una intensidad extraordinaria... El despacho donde el obispo
Monseñor Courcoux me había instruido en la doctrina cristiana, se
convertía en mi despacho; celebraba la misa en la misma capilla
donde me habían bautizado. Me encontraba con sacerdotes y laicos
que habían sido mis compañeros de clase y ahora era yo su pastor.
Dios me pedía que les diera lo que yo había recibido de ellos.
Al año y tres meses de ser obispo de Orleans, lo nombraron
arzobispo de París y después cardenal.
Jean Marie Lustiger, un hombre de gran cultura y mucha apertura a
todas las culturas, que vivió en propia carne la discriminación
por ser judío y que aprendió que el Mesías prometido al pueblo de
Israel era un Mesías sufriente, que se nos presentó en la persona
de Jesús.
Martin K. Barrack escribe sobre su conversión: Yo nací en una
familia judía. Cristo y los católicos eran las cosas más lejanas
de mi mente. Conocí a Irene, una católica fervorosa, y me casé
con ella. Durante los siguientes veinte años, ella vivió como
católica y yo como judío. Yo la llevaba a misa los domingos,
cuando hacía mal tiempo, y ella me preparaba cariñosamente comidas
judías en las fiestas. Un día, cuando yo tenía 43 años, caminaba
hacia un centro comercial, cuando sentí una paz muy grande según
me acercaba a la iglesia católica cercana, y una voz interior me
decía: “Yo te amo, siempre te he amado. Ven a casa...” Cuando
pasé la iglesia, el sentido de paz disminuyó.
Yo lo atribuí todo eso a mi imaginación y no le di importancia,
pues desapareció al llegar al centro comercial. Pero lo mismo
sucedió al regresar. Según me acercaba a la iglesia, tenía el
mismo sentimiento de paz. Unas semanas más tarde, hice el mismo
recorrido. Ya había olvidado lo ocurrido y me sucedió lo mismo, y
vino a mí la misma voz interior. Entonces, empecé a pensar que
Dios me llamaba para algo.
Una noche, Irene y yo vimos un documental sobre la Sábana Santa
de Turín. Estudié el asunto y me convencí de que allí, en la
Sábana Santa, había estado el cuerpo de Jesús y que su imagen se
había grabado en el momento de la resurrección, según decían
también algunos científicos.
Entonces, empecé a pensar: Si Jesús resucitó, Jesús es Dios.
Así empecé a pensar seriamente en hacerme cristiano. Leí el
catecismo de la Iglesia con todas las enseñanzas de la fe católica
y comencé a asistir a clases para la formación cristiana de
adultos. Así comprendí que el catolicismo completa al judaísmo, y
que hacerse católico era llegar a casa.
La Vigilia de Pascua de 1989 fue el día más grande de mi vida.
Recibí los tres sacramentos: bautismo, confirmación y comunión. A
mi familia judía les decía que aceptaba a Jesús como el Mesías
prometido y, aceptaba toda la herencia judía. Que así como en la
sinagoga hay un tabernáculo con la Palabra de Dios escrita, así en
la Iglesia católica hay un tabernáculo con la Palabra de Dios
hecha carne, Jesús Eucaristía.
Padre José Cuperstein es un amigo personal. Él me manifestaba
así su testimonio:
Yo soy de familia judía y practicaba la religión judía. Estaba
casado y tengo dos hijos. Después de algunas desavenencias con mi
esposa, decidimos divorciarnos y yo le di el libelo de repudio
según nuestra religión. El 24 de setiembre de 1982, fui a cenar a
un restaurante en compañía de mis padres. Este restaurante Agua
viva estaba dirigido por unas laicas consagradas. A la entrada, me
impactó una linda imagen de María y, por un impulso interior, le
pedí que ayudara a mi padre enfermo. Al final de la cena, las
hermanas cantaron el Ave María y esto me emocionó. Aquí comenzó
el proceso de mi conversión, pues la Virgen Santísima me concedió
lo que le pedí y, a partir de entonces, todos los meses le llevaba
flores para su imagen.
En febrero de 1983 tuve un sueño decisivo. Soñé que me
perseguían y me refugié en una casa antigua colonial. Llegué a un
salón grande, donde había un crucifijo. Me postré ante el Cristo
crucificado y vi cómo desaparecieron mis enemigos. Sentí tanta paz
al despertar que, desde entonces, comencé a amar a Jesús. Ese
mismo año pedí que me prepararan en la iglesia de San Pedro, del
centro de Lima, y me bauticé. Después de mi bautismo, acostumbraba
a ir a esa misma iglesia a rezar el rosario, oír misa y comulgar
todos los días, después del trabajo. Era mi encuentro diario y
personal con Jesús. Así, sin darme cuenta, empezó mi deseo de ser
sacerdote. Por supuesto que no fue fácil, tuve que dejarlo todo.
Mis hijos ni me hablan. Pero mi amor a Cristo fue más fuerte y me
preparé en el Seminario hasta que el 7 de octubre de 1993 me
ordené de sacerdote.
El Padre Cuperstein, como muchos otros convertidos, llegó a
Cristo por medio de María. Y ha hecho de la Eucaristía el centro
de su vida. Actualmente, es párroco en una parroquia de la
periferia de Lima.
Sor Mary of Carmel me contaba su conversión en una carta
personal. Me escribía así: Yo nací en Londres, en una familia
judía. A los 11 años, mis padres me enviaron a estudiar a una
escuela, regentada por unas religiosas católicas. Un día, una
amiga católica me invitó a visitar la capilla del colegio y, al
entrar, instantáneamente, sin pensarlo, sentí, con una fuerte
claridad, que allí en el sagrario, que yo llamaba Box (caja), allí
estaba Dios. No sabría explicarlo, pero esto mismo me pasó en las
dos siguientes iglesias católicas que visité. Entonces, me di
cuenta de que la Iglesia católica tenía la presencia de Dios y que
yo debía hacerme católica y ser religiosa como las hermanas de mi
colegio.
Me bauticé a los 14 años. Al día siguiente, hice mi primera
comunión. Mis padres se bautizaron y se casaron por la Iglesia
cuatro años más tarde. Yo, por mi parte, decidí ser religiosa
carmelita descalza, después de leer la Autobiografía de santa
Teresita.
Sor Mary of Carmel me sigue escribiendo desde Up Holland,
Inglaterra, donde vive en su convento. Ya tiene 80 años, pero es
feliz en su vida religiosa, amando a Jesús, que siempre la sigue
esperando en la Eucaristía.
² ² ²
REFLEXIONES
Los convertidos del judaísmo han visto en Cristo al Mesías de
Israel, al Dios hecho hombre que vino a cumplir las esperanzas de
Israel. Esto lo explica muy bien san Pablo de sí mismo:
Circuncidado al octavo día, de la raza de Israel, de la tribu de
Benjamín, hebreo, hijo de hebreos, y según la Ley un fariseo; por
el celo de ella, perseguidor de la Iglesia y, según la justicia de
la Ley, intachable. Pero lo que tenía como ganancia, ahora lo tengo
por Cristo como pérdida y todo lo tengo por pérdida a causa del
conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por cuyo amor todo lo
sacrifiqué y todo lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo
(Fil 3,5-8).
Para Pablo, una vez convertido, Cristo es el centro de su vida.
Todo lo demás no vale nada, es como basura. Si sois de Cristo, sois
descendencia de Abraham, herederos según la promesa (Gál 3,29).
Por eso, la Iglesia es la continuación del Israel de Dios, el
cristiano es un judío en plenitud, y Cristo es el Mesías prometido
a través del cual Dios da la salvación al mundo entero. De ahí
que, cuando un judío se convierte, no tiene que dejar de ser judío
sino asumir su herencia y vivirla plenamente en Cristo y por Cristo.
Todos los católicos somos espiritualmente judíos y participamos de
la herencia espiritual del pueblo judío.
Ojalá aprendamos nosotros de los judíos convertidos ese amor a
Jesucristo como Mesías, como Dios y Señor, a quien debemos
entregar nuestra vida entera con todo lo que somos y tenemos. Jesús
quiere transformarnos en sus testigos y predicadores de su Palabra a
través del mundo. ¿Estás dispuesto? Él te necesita.
² ² ²
Sólo hay dos clases de personas razonables: las que sirven a
Dios de todo corazón, porque lo conocen y las que le buscan de todo
corazón, porque no lo conocen (Blas Pascal) TERCERA PARTE
CONSIDERACIONES
En cierta ocasión, un ateo me preguntó: ¿Qué haría, si la
ciencia demostrara que Dios no existe? Yo respondí: Y ¿qué haría
usted, si la ciencia demostrara que sí existe? Al fin de cuentas,
según las leyes conocidas, la materia no es eterna, el mundo no es
eterno, luego ha tenido un principio creador, a quien podemos llamar
Dios.
André Frossard, el gran convertido, ante esta misma pregunta
respondió: Para demostrar que Dios no existe, sería necesario que
eso que llaman “ciencia” descubriera un elemento primero que
existiera sin causa, que existiera por sí mismo, cuya presencia
explicara todo lo demás, aboliendo todo interrogante. Ese elemento
es justamente al que llamamos Dios.
LA CIENCIA
Frecuentemente, hay muchos que hablan de ciencia, como si fuera
un nuevo dios ante el que hay que inclinar la cabeza y aceptarlo
todo sin duda ni murmuración. Pero, en nombre de la ciencia, se han
cometido muchos errores, porque se toma por ciencia lo que no es
sino una teoría que hoy está de moda y mañana se cambia por otra.
Veamos:
En 1903, el astrónomo y matemático Newcomb Simon publicó un
estudio científico en el que demostraba la imposibilidad
científica de que el hombre pudiera volar, porque era más pesado
que el aire. Ese mismo año de 1903 los hermanos Wright volaron 266
metros en su primer biplano.
Los positivistas del siglo XVIII y del XIX hablaban con toda
convicción, como si fuera una verdad científica, de la
inferioridad natural de la mujer respecto al hombre. Hoy día esta
opinión nos parecería poco menos que descabellada.
Durante muchos años, la teoría darwinista de la evolución de
las especies fue considerada como una verdad absoluta,
científicamente comprobada. Y era, frecuentemente, usada como un
argumento claro de que Dios no existe, pues el hombre no habría
sido creado por Dios, sino que vendría del mono.
En 1912 se encontró lo que se estaba buscando: el eslabón
perdido, la especie intermedia entre el orangután y el homo
sapiens. En unas canteras de piedra, en el condado de Sussex, en
Inglaterra, junto al pueblo de Piltdown, se encontró la parte
superior de un cráneo con una capacidad cerebral superior a la de
un mono, pero inferior a la de un hombre moderno.
A su lado había un mandíbula, sin duda alguna, de mono y que,
realmente, había estado unida a aquel cráneo. El mundo
científico, comenzando por los paleontólogos del Museo británico
de Londres, se llenaron de alegría. A los tres científicos autores
del descubrimiento se les otorgó el título de barones de la Corona
inglesa y en el pueblo de Piltdown se erigió un monumento en el
lugar del hallazgo. Al final, resultó que todo era una
falsificación, pero esto se descubrió en 1953, después de 40
años. Durante cuarenta años, los científicos se gozaban de haber
encontrado al mono-hombre, llamado científicamente Eoanthropus.
Al descubrirse la mentira, se presentó entonces al hombre de
Neanderthal como el eslabón perdido, a pesar de que se ha
descubierto también que no es un antepasado nuestro, como se había
asegurado durante más de siglo y medio. Es sólo un ejemplar de una
especie extinguida de mono antropomorfo.
Actualmente, las teorías darwinistas están puestas en tela de
juicio por los científicos. En el libro Evolution: a theory in
crisis, se dice: El misterio de los misterios, el origen de las
especies sobre la tierra, es hoy tan misterioso como en aquel 1831,
cuando el joven Darwin se embarcaba en el bergantín Beagle para dar
la vuelta al mundo.
Como diría Isaac Bashevis Singer, premio Nóbel de literatura de
1978: Son muchos los pensadores que han atribuido al ciego mecanismo
de la evolución muchos más milagros que todos los que le han sido
atribuidos a Dios por todos lo teólogos del mundo.
Luigi Luca Cavalli-Sforza, profesor de genética de la
Universidad de Standford, responsable del proyecto genoma humano, un
programa científico internacional que se propone catalogar el ADN
de todas las etnias del mundo, dice en su libro: En la actualidad
muchos biólogos creen que la vida en la tierra tiene un origen
único, dada la existencia en las células vivas de un único tipo
de aminoácidos, lo cual no sería posible si existieran dos tipos
con distinta composición química.
Algunos lingüistas internacionales como Merrit Ruhlen o
Greenberg dicen que todas las lenguas habladas hoy en el mundo, más
de cincuenta mil, todas tienen una raíz común.
De hecho, el darwinismo, con su teoría de la lucha por la vida,
ha desencadenado muchas concepciones erróneas, como la creación de
una raza superior. Ya sabemos a dónde llegó Hitler con sus
teorías del hombre ario, matando a los no arios, viendo las guerras
como algo necesario e indispensable en la evolución del ser humano.
Así se pueden justificar las guerras como factor de selección
natural o de progreso. Según esta mentalidad anticristiana, la
lucha a muerte sería un principio de vida y progreso de los
pueblos. Por eso, el evolucionismo ateo con todas las consecuencias
extraídas de él, ha hecho mucho daño a la humanidad.
¿Cómo puede atribuirse al azar de la simple selección natural
o evolución las maravillas del Universo? La belleza de los paisajes
en los mares y en el mundo submarino, la aurora y el ocaso, los
ríos, los valles y montañas; el firmamento, el sol, la luna y las
estrellas… Pensemos también en la belleza de los árboles,
plantas, flores, frutos, los peces en su mundo submarino, las aves,
los animales terrestres y sobre todo, el ser humano. No hay cosa
más hermosa que el cuerpo humano animado por la vida inteligente,
que se transparenta y expresa en los ojos, en el rostro, en todos
sus miembros… Pues bien, para los ateos y materialistas toda esa
inmensa hermosura, toda esa prodigiosa belleza, que embelesa la
mente y el corazón humanos, se deben únicamente a la casualidad, a
las fuerzas ciegas de la materia, que operan por medio de la
selección natural en el proceso de la evolución… Yo creo, y lo
dice la lógica más elemental y consistente, que toda esa belleza
natural hay que atribuírsela en definitiva a un “artista”
omnipotente.
Desde las órbitas infinitas de las estrellas hasta el pequeño
mundo del átomo, la naturaleza se rige por unas leyes de orden. Por
ejemplo, por cada cuatro partes de nitrógeno hay una parte de
oxígeno en la composición del aire. Otras mezclas serían
peligrosas… Los enormes océanos, con sus billones de seres vivos,
comenzarían a podrirse, si la sal no los preservara de la
corrupción. Para esto se requiere un 4 por ciento, más o menos, de
sal en el agua. Es la proporción que encontramos en los mares… En
cuanto a los animales, pensemos en las abejas, en las golondrinas,
en las marmotas, en el vuelo de los pájaros, en la construcción
del nido, en la búsqueda de alimentos y en la defensa contra los
enemigos. ¿Por qué la gallina remueve los huevos cada dos horas
durante la incubación? Porque sólo así salen los pollitos sanos.
¿Por qué los animales del fondo de los mares son luminosos? Porque
a seiscientos metros de profundidad, dominan las tinieblas. La
historia natural animal abunda en mil ejemplos. Y podíamos hablar
de la maravilla del cuerpo humano y del Universo entero…
Dondequiera se mire, reina un orden, que no ha podido ser creado por
simple azar.
El azar no explica nada. Dice el gran científico F. Hoyle que el
que la vida haya surgido por azar es menos probable que el que un
huracán reconstruya un boeing 747 despiezado en una cacharrería.
La Iglesia puede aceptar el evolucionismo, pero aceptando la
intervención de Dios en la creación del alma humana. Lo que no se
puede aceptar es que las fuerzas ciegas de la naturaleza hayan dado
lugar al hombre sin intervención divina. Por eso, el Papa Juan
Pablo II en su mensaje a los miembros de la Academia pontificia de
Ciencias, el 22-10-1996, les decía: Las teorías de la evolución,
que consideran que el espíritu surge de las fuerzas de la materia
viva o que se trata de un simple epifenómeno de esta materia, son
incompatibles con la verdad sobre el hombre; estas teorías son
incapaces de fundar la dignidad de la persona humana. Al llegar al
hombre, nos encontramos con una diferencia de orden ontológico ante
un salto ontologico, podríamos decir. El momento del paso a lo
espiritual no es objeto de observación... Compete a la teología
deducir el sentido del hombre según los designios del Creador.
Jean Guitton (1901-1999), gran filósofo y miembro de la Academia
francesa, en su libro Dios y la ciencia nos recuerda que una célula
viva está compuesta de una veintena de aminoácidos, que forman una
cadena compacta. La función de estos aminoácidos depende, a su
vez, de 2000 enzimas específicas. Los biólogos han calculado que
la probabilidad de que un millar de enzimas diferentes, durante
miles de millones de años, se unan ordenadamente para formar una
célula viva es del orden de 1 entre 101000, que es tanto como decir
que la probabilidad es nula. Por eso, Francis Crack, premio Nóbel
de biología, por el descubrimiento del ADN, dijo: “Un hombre
honesto, que estuviera provisto de todo el saber que hoy está a
nuestro alcance, debería afirmar que el origen de la vida parece un
milagro, a juzgar por tantas condiciones como es preciso reunir para
establecerla”. Y, una vez originadas estas células arcaicas,
viene el problema de la reproducción. Aquí el azar se descarta de
nuevo. Para que la unión de los nucleótidos produzca por azar una
molécula de ARN utilizable, es necesario que la naturaleza
multiplique a ciegas los ensayos durante al menos 1015 años, es
decir, un tiempo cien mil veces más largo que la edad total del
nuestro universo.
Si en un principio, alguna de las grandes constantes universales
como la gravitación, la velocidad de la luz o la constante de
Planck, hubieran sufrido una mínima alteración, el Universo no
habría tenido ninguna posibilidad de albergar seres vivos e
inteligentes…
Tengo entre mis manos esta sencilla flor. Algo espantosamente
complejo: la danza de miles y miles de millones de átomos (cuyo
número supera al de todos los posibles seres que se puedan contar
sobre nuestro planeta, el de los granos de arena de todas las
playas, átomos que vibran y oscilan en equilibrios inestables).
Miro la flor y pienso: Ninguno de los elementos que componen un
átomo puede explicar por qué y cómo existen tales equilibrios.
Estos se apoyan en una causa, que, en sentido estricto, no me parece
que pertenezca a este mundo.
La evolución es perfectamente conciliable con la religión y la
Biblia. Sin embargo, no olvidemos que la evolución es sólo una
teoría.
Evidentemente, si todo es fruto del azar, no hay Dios. Pero si es
fruto de un proyecto querido por Dios, que ha puesto en las cosas su
capacidad de desarrollo y ha dirigido todo hacia el hombre,
entonces, podemos creer en Dios como creador del universo.
¿EXISTE DIOS?
Quizás los creyentes no sean capaces de demostrar que Dios
existe, pero lo que sí es cierto es que los ateos nunca podrán
demostrar que no exista. Decía Pascal: la última etapa de la
razón es reconocer que hay infinidad de cosas que la superan.
André Gide decía: No creer en Dios es mucho más difícil de lo
que se piensa. Por de pronto, para seguir haciéndolo es
absolutamente necesario abstenerse de mirar a la naturaleza y
reflexionar sobre lo que vemos.
Para Marx la materia existe por sí misma, se autocrea y
autoevoluciona, no depende de nada, ella misma es la que ha creado y
organizado la vida y la que crea sin descanso los instrumentos
necesarios para que los organismos no sólo sobrevivan sino que se
perfeccionen cada vez más (son citas textuales de Marx). ¿Podrán
demostrar esto los ateos?
Los científicos marxistas de la URSS sostenían que la fe
cristiana había tenido su origen en un movimiento de esclavos,
proletarios oprimidos, que al desesperar de una redención
materialista, inventaron, a modo de consuelo, una redención
espiritual. Y estos doctores marxistas publicaron con el dinero del
pueblo, estudios científicos sobre la insostenible teoría de que
Cristo nunca existió. Los nazis publicaron muchos libros con muchas
citas con la teoría de que Cristo sí había existido, pero que no
era judío sino ario y había nacido del adulterio de María con un
soldado romano, por supuesto germano. En el museo del Instituto para
el Ateísmo científico de Leningrado, que cada año recibía
millones de visitantes forzosos, había secciones para desacreditar
la religión cristiana con una serie de razones científicas y se
editaban folletos y libros en muchos idiomas para repartirlos en el
mundo entero. Ha sido el mayor empeño mundial, sin escatimar medios
y hombres, para destruir la religión y, al final, cuando ha venido
la libertad, nos damos cuenta de que todo ha sido un auténtico
fracaso y de que los jóvenes rusos están hambrientos de Dios. Los
setenta años de educación atea no ha dado lugar al supuesto
superhombre, sino a hombres llenos de miedo por la represión
policial.
El ateísmo no ha perdurado ni se ha incrustado en la sociedad
rusa o de otros países comunistas, porque en el ser humano hay un
anhelo de libertad y un sentido de Dios que le llevan a creer a
pesar de la educación atea. ¿Acaso el azar puede ser capaz de
producir un universo tan perfecto y ordenado como el nuestro?
¿Acaso el sentido del bien y del mal, que tienen todos los hombres,
que se manifiesta a través de la conciencia, se debe a fuerzas
automáticas físico-químicas? ¿Por qué entonces es un
sentimiento universal en todos los hombres de todos los pueblos, que
consideran ciertas cosas unánimemente como buenas y otras como
malas? ¿Acaso se puede explicar por la simple casualidad?
¿Se puede argumentar que Dios no existe simplemente, porque no
lo han visto? ¿Acaso sólo existe lo que se ve y se toca? ¿Acaso
las ondas de radio o de televisión no existen, porque no se ven?
¿Cómo pueden explicar que algunos grandes ateos como Alexis
Carrel, André Frossard o García Morente se hayan convertido y
hayan dado fe de que Dios existe y que existen los milagros? ¿Acaso
son menos inteligentes que ellos? Produce lástima, por decir lo
menos, el que algún militante ateo, como Puente Ojea, en su libro
Elogio del ateísmo considere a los creyentes poco menos que tontos
por creer en algo inexistente.
La mayoría de los más grandes científicos de todos los tiempos
han sido y son creyentes. Veamos algunos como Keppler (1571-1630) y
Copérnico (1473-1543) astrónomos; Newton (1643-1727), fundador de
la física teórica clásica; Linneo (1707-1778), fundador de la
botánica sistemática; Volta (1745-1827), descubridor de las
nociones básicas de electricidad; Ampère (1775-1836), descubridor
de la ley fundamental de la corriente eléctrica; Cauchy
(1789-1857), insigne matemático; Gauss (1777-1855), gran
científico y matemático alemán; Liebig (1803-1873), célebre
químico; Darwin (1809-1882), fundador de la teoría de la
evolución y que siempre creyó en Dios; Edison (1847-1931), el
inventor más fecundo del mundo con 1.200 patentes; Marconi
(1874-1937), inventor del telégrafo sin hilos; Einstein
(1879-1955), fundador de la teoría de la relatividad; Planck
(1858-1947), creador de la teoría de los cuanta y premio Nóbel de
1918; Schrödinger, premio Nóbel de 1933, creador de la mecánica
ondulatoria y Wernher von Braun, constructor de los cohetes. Decía
el gran filósofo alemán Kant y está escrito sobre su tumba: Hay
dos cosas que llenan mi mente cada vez más de admiración y
respeto: el cielo estrellado encima de mí y la ley moral dentro de
mí. Son para mí las pruebas de que hay un Dios por encima de mí y
un Dios dentro de mí.
François Mitterrand, presidente de Francia, hermano del gran
maestro de la Gran Logia masónica de ese país, encarnizado
anticlerical, agnóstico furibundo, sólo creía en el poder. Cuando
la edad y la enfermedad se manifestaron en él con todo su poder, se
atrevió a buscar ayuda en la Iglesia, tan vilipendiada por él
durante toda su vida. Quería morir con los sacramentos de los que
antes se reía. En su testamento, redactado en sus últimos días,
dejó escrito para sus funerales que se le celebrara una misa.
Benito Mussolini, militante socialista y blasfemo, había
desafiado a Dios desde lo alto de una tribuna electoral, dándole un
minuto de reloj para fulminarlo. Él había dicho que Jesús nunca
había existido y que, si había existido, había sido un hombre
pequeño y mezquino. Él, en sus años de triunfo, miraba con
lástima la moral de esclavos del Evangelio. Cuando cayó el
fascismo, el 25 de julio de 1943, pidió a sus carceleros la vida de
Cristo y un sacerdote para confesarse. En su última conversación
con el cardenal Schuster, arzobispo de Milán, reivindicó su
catolicismo. Algo parecido, según algunos, le sucedió al gran
Napoleón, que quiso destruir la Iglesia.
Pascal decía: Tú debes apostar. Estás embarcado y debes
decidir: “o Dios existe o no existe”. ¿Qué escoges? Tú debes
escoger necesariamente, no puedes eludir la cuestión. Piensa bien
lo que ganas o pierdes en la apuesta. Si ganas, ganas todo; si
pierdes, pierdes todo. Apuesta porque Dios existe sin vacilar.
Dios existe o no existe. Si yo creo que existe y, en realidad, no
existe, no he perdido nada, porque, al final, todos moriremos y todo
terminará en la nada. Más bien, habré ganado algo, pues el creer
en Dios, según enseña la experiencia, me ha hecho ser mejor y
servicial con los demás y me ha dado mucha paz.
Pero, si yo creo que Dios no existe y Él existe de verdad, lo he
perdido todo. ¿Qué podría decir yo a mi Padre Dios creador, si
realmente me encuentro con Él en el momento de la muerte? ¿Lo
seguiría rechazando para pasarme toda una eternidad sin Él, en el
más completo vacío, en un verdadero infierno, fabricado por mi
egoísmo? ¿O preferiré aceptarlo, reconocer mi gravísimo error y
amarlo para siempre en el cielo, aunque sea en el último rincón,
porque ya no hay tiempo para rectificar los errores?
¿Me atreveré a decirle que Él es malo, porque hace sufrir a
los niños inocentes y no tiene compasión del sufrimiento de tantos
seres humanos enfermos o castigados injustamente? ¿Estoy seguro de
que Dios es el culpable de todos los sufrimientos del mundo? Si Dios
no hubiera sufrido, como uno de nosotros y más que cualquiera de
nosotros en la persona de Jesús, quizás tendríamos derecho a
increparle que se ha olvidado de nosotros y se lo pasa muy bien
disfrutando de su felicidad en el cielo. Pero Jesús ha sufrido para
dar sentido a nuestro sufrimiento. Por eso, como diría Nicolás
Wolterstorff: Él sufre al ver nuestro mundo pecaminoso lleno de
sufrimiento. Las lágrimas de Dios son el secreto de la historia
humana, porque Dios es amor y nos ama y quiere lo mejor para
nosotros.
Por eso, no esperes al final, aprovecha este tiempo de vida, que
todavía te queda, para amarlo y creer en Él. La vida sin Dios es
como un arpa sin sonidos, una flor sin aroma, un pájaro sin alas,
un desierto sin palmeras, una vida sin sentido y sin luz en el
camino.
Y ahora piensa: ¿Quién nivela y dirige en el vacío la legión
de los astros numerosa? ¿Quién opone a la noche tenebrosa la luz
del día y el calor al frío? ¿Quién las nieves engendra y el
rocío? ¿Quién desata la fuente bulliciosa? ¿Quién tiñe en el
vergel la fresca rosa? ¿Quién platea a los peces en el río?
¿Quién da instinto a los brutos y a las aves? ¿Quién modera las
aguas turbulentas, que son terror a las cansadas naves? ¿Quién
apaga la voz de las tormentas? ¿Quién te habla en la voz de tu
conciencia? Responde a mis preguntas, si lo sabes, Y, si no crees en
Dios, calla y no mientas. (Raimundo de Miguel)
CATÓLICOS COMPROMETIDOS
En un pueblecito de la Sierra peruana, en el Departamento de
Cajamarca, en la provincia de Cutervo, había cuatro campesinos que,
después de haber vivido alejados de Dios y de toda práctica
religiosa, empezaron a sentir inquietud de amar al Señor. Un día,
del año 1963, se presentaron al párroco de la parroquia de Sócota
para pedirle confesión y que les diera unas charlas para que ellos
pudieran conocer más la fe católica y así poder transmitirla a
sus hermanos de los caseríos.
Al cabo de seis meses, habían conseguido que otros doce (en
total dieciséis) fueran juntos a pedirle de nuevo al Padre que los
confesara y que, una vez por semana, les diera una charla para ellos
darla en sus comunidades del campo. El sacerdote acogió la idea con
beneplácito y comenzaron así a recibir formación católica y
ellos daban los temas recibidos en sus caseríos.
Poco a poco, se enamoraron de Jesús y de nuestra fe. Aquellos
primeros dieciséis fueron convirtiendo a otros y cada día
aumentaban más los que deseaban recibir formación espiritual. Y
empezaron a construir capillas en todos los caseríos y a reunirse
una vez por semana. Así surgieron los primeros catequistas, que se
comprometieron a reunirse una vez al año con el obispo, el día del
Corazón de Jesús, y, una vez al mes, como mínimo, en la
parroquia, el día de primer viernes para confesar y comulgar.
Este movimiento de catequistas, que surgió de aquellos cuatro
pioneros, se fue extendiendo sin parar. En todas las parroquias de
la Prelatura de Chota, comenzaron a surgir nuevos catequistas y
personas comprometidas con la promesa de confesar y comulgar los
primeros viernes de cada mes. Era como un movimiento incontenible,
avivado por el Espíritu Santo. Cuando visité aquellas comunidades
por primera vez el año 1972, el movimiento de catequistas y laicos
comprometidos era una hermosa realidad. En mi propia parroquia de
Pimpincos, se reunían los primeros viernes unos 300 hombres y
mujeres. Algunos llegaban descalzos, otros con sus llanques o
sandalias, pero todos con mucho fervor, con lluvia o con sol, de
cerca o de lejos, de hasta cinco horas de camino.
Era hermoso ver a todo un pueblo ponerse en camino hacia Dios. La
iglesia se llenaba ese día. El sacerdote debía confesar durante
horas y la misa era una fiesta con Jesús. Y Dios bendecía a
aquellos campesinos pobres, pero con mucha fe. El amor a María era
muy fuerte entre ellos, pero, sobre todo, Jesús Eucaristía era el
centro de sus vidas y esperaban con ansia el primer viernes para ir
a comulgar.
Pronto se organizaron cursillos con distintas etapas de
crecimiento para conocer mejor la Biblia y todos los temas
importantes de nuestra fe. Actualmente, hay unos 1.600 catequistas
en la Prelatura de Chota y un número inmenso de católicos
comprometidos.
En todos los caseríos hay capilla y catequista, que reúne a los
fieles un día a la semana. Realmente, Dios ha bendecido y sigue
bendiciendo a la Prelatura de Chota, que es uno de los lugares del
mundo con más número de vocaciones.
Y todo comenzó con cuatro hermanos, que tuvieron la osadía de
cambiar de vida, de confesarse después de muchos años y de
dedicarse con todo su fervor a convertir a sus hermanos. Ellos se
habían enamorado de Jesús y no podían quedarse callados, debían
compartir su fe y su amor a Jesús con los demás.
Ahora yo te pregunto: ¿Eres tú apóstol entre los que te
rodean? ¿Das testimonio de tu fe ante los demás? ¿Qué has hecho
hasta ahora? ¿Qué piensas hacer? ¿Estás dispuesto a servir al
Señor? Tu fe es un regalo hermoso, que Dios te ha dado, y debes
compartirla con los demás.
EXPERIENCIA DE DIOS
Para terminar este libro, quisiera citar unas palabras del gran
ateo, convertido, André Frossard. Él fue un gran apóstol y
misionero compartiendo nuestra fe a través de sus escritos, como
periodista católico.
Dice así: Me he convertido, más valdría decir yo he sido
convertido, al cristianismo en ese momento casi imperceptible de la
historia en que los cristianos comenzaban a convertirse al mundo; y
he roto con el ambiente marxista de mi infancia, justamente a tiempo
para oír a los religiosos hablarme de Karl Marx. Nuestros caminos
discurrían en sentido inverso. Nos cruzamos cortésmente, pero vi
con claridad que, en su interior, se sorprendían de que yo hubiera
abandonado tan cómodamente un sistema completamente nuevo y con su
material científico, por creencias de dos mil años de edad, que
ellos se preparaban a poner en tela de juicio unas tras otras. No
comprendían que el marxismo es una religión estrictamente, nada
más, y que esta religión era ya más fuerte que lo que les quedaba
de la suya… ¿Cambiaríamos la milagrosa dádiva divina de la
Eucaristía, que contiene el objeto mismo de nuestra fe, la última
de nuestras esperanzas y el principio de toda caridad, por la moneda
falsa de las mentirosas ideologías que, como torres de humo, se
elevan sobre las ruinas del pensamiento cristiano?
Lo que voy a contarles no es la historia de un descubrimiento
intelectual. Es el relato de una experiencia física, casi de una
experiencia de laboratorio. Al empujar el portón de hierro del
convento (de las Adoratrices), yo era ateo… Yo era todavía ateo
al pasar la puerta de la capilla y lo era aún en el interior de
ella. La gente a contraluz no me ofrecía más que sombras, entre
las cuales no podía distinguir a mi amigo, y una especie de sol
brillaba en el fondo del recinto, pero no sabía que se trataba del
Santísimo sacramento.
Yo no tenía ni penas de amor, ni inquietudes ni curiosidad. La
religión era una vieja quimera, los cristianos, una especie
retrasada en el camino de la evolución: la historia se había
pronunciado por nosotros, la izquierda, y el problema de la
existencia de Dios estaba resuelto por la negativa desde hacía por
lo menos dos o tres siglos. En mi ambiente, la religión aparecía
tan superada que uno ya no era ni siquiera anticlerical, salvo en
los días de elecciones…
Veo todavía a ese muchacho de veinte años que era yo entonces
(año 1935). No he olvidado el estupor que sintió, cuando
súbitamente se alzó ante él desde el fondo de esa modesta
capilla, un mundo, otro mundo, de un esplendor imposible de
soportar, de una densidad prodigiosa, cuya luz revelaba y encubría
al mismo tiempo la presencia de Dios, de ese Dios respecto del cual
él habría jurado, un momento antes, que jamás había existido
salvo en la imaginación de los hombres. Y, al mismo tiempo, lo
recubría una oleada fulgurante de dulzura y alegría entremezcladas
de una potencia capaz de destrozar el corazón y cuyo recuerdo
jamás perdió, ni siquiera en los peores momentos de una vida, más
de una vez atravesada por el horror y la desgracia; ese muchacho
que, desde entonces, no tiene otra tarea que ensalzar esa dulzura y
esa desgarradora pureza de Dios después de que aquel día, por
contraste, le mostró de qué barro estaba hecho…
Esa luz que no vi con los ojos del cuerpo, no era la que nos
ilumina o la que nos broncea. Era una luz espiritual, es decir, una
luz orientadora como la incandescencia de la verdad. Desde que la
entreví, casi podría decir que para mí sólo existe Dios, y que
lo demás no es más que hipótesis… Insisto. Fue aquella una
experiencia objetiva, casi del orden de la física y no tengo nada
más precioso para transmitirles que eso: más allá hay otra
realidad, infinitamente más concreta que aquella a la que por lo
general damos crédito y que es la última realidad.
Yo no he soñado. Por lo demás, si hubiera soñado, la vida se
habría encargado de despertarme. No he imaginado nada… Fue una
experiencia objetiva. Quiero decir que la alegría… me cayó
encima como una onda luminosa de potencia irresistible y dulce, cuya
irrupción me cogió de repente. Fue como la ola que puede
sorprender al bañista en la playa sin que éste la haya visto
formarse; además, debo añadir que ignoraba encontrarme al borde de
ese océano.
Hay otro mundo. Su tiempo no es nuestro tiempo; su espacio no es
nuestro espacio, pero existe. No se le puede situar ni fijar su
residencia en ningún lugar de nuestro universo sensible: sus leyes
no son nuestras leyes, pero existe. Con la mirada del espíritu, yo
lo he visto alzarse como fulguración silenciosa y como
transcendencia en la insospechable capilla de la calle Ulm, donde
ese mundo se encontraba misteriosamente incluido. En parecida
circunstancia, el espíritu ve, dentro de una claridad cegadora, lo
que no ven los ojos del cuerpo…
Ese mundo existe. Es más bello que lo que llamamos belleza, más
luminoso que lo que llamamos luz… Hacia ese mundo, donde tiene
lugar la resurrección de los cuerpos, todos nos dirigimos; en él
se realizará en un instante imperceptible, esa parte esencial de
nosotros mismos que el bautismo alumbra en unos, la intuición
espiritual en otros, y en todos la caridad. En él volvemos a
encontrar a quienes creíamos haber perdido y que han sido salvados.
No entraremos en una forma etérea, sino en el corazón de la vida
misma, y allí experimentaremos una inaudita alegría.
Si, hay otro mundo. Y no hablo de él por hipótesis, por
razonamientos o de oídas. Hablo por experiencia.
CONCLUSIÓN
Después de haber visto algunos testimonios de ateos y judíos
convertidos, podemos decir que en la Iglesia católica, se encuentra
la plenitud de la verdad. Como diría Chesterton, el gran escritor
convertido: Me he hecho católico, porque la fe católica es la
verdad.
Hoy, cuando millones de ateos y agnósticos por todas partes, y
miles de sectas y grupos de todo tipo, van pregonando por todas
partes ser dueños de la verdad; hoy cuando hay muchos grupos que
propagan la idea de que ellos solos tienen la salvación de Dios y
que los demás se van a condenar..., debemos levantar la voz y decir
con toda la fuerza de nuestra fe católica: Cristo es la VERDAD.
Ahora bien, la plenitud de la verdad que Cristo vino a
enseñarnos sólo la encontraremos en la Iglesia católica. La fe
cristiana encuentra su mayor esplendor, belleza y plenitud en la
Iglesia católica. Ser católico es ser cristiano en plenitud. Amar
a la Iglesia es amar a Cristo que la fundó. Vivir en la Iglesia es
vivir en el pueblo de Dios, en el Israel del nuevo Pacto, en el
pueblo que cumple hoy las promesas de Israel.
A todos los lectores, les deseo una vida llena de fe, de amor y
de verdad en plenitud con Cristo en la Iglesia católica. ¡Buen
viaje! ¡Jesús los espera!
Los que se hayan alejado de la Iglesia, pueden regresar a casa,
Jesús los sigue esperando en su Iglesia.
Que Él los bendiga por medio de María. Su amigo y hermano para
siempre, Ángel Peña OAR.
Un poco de ciencia aleja de Dios, pero mucha ciencia nos acerca a
Él (Pasteur)
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