LIBRO DE ANECDOTAS

 

| Inicio | Imágenes | Diversión | Temas | Música | Oraciones | La Biblia | ConocerLibrosVideos | Chat | Cine | Autor | MapaEnlacesWebmasters | Televisión | Radio |



Únete a "Mi Comunidad Católica" Nuestra Red Social

 

 

  "LAS ANECDOTAS"

 

JUGANDO A STAR WAR (Nov. 11, 2003)

 

Hace unos días, a la hora de la comida, mi hijo Daniel nos contó algo que en un principio nos causó mucha gracia.

 

Y empezó así: ¿Saben que pasó hoy en la mañana cuando pedí permiso para ir al baño?. Todos los que estábamos en la mesa, incluyendo a Gabriel, nuestro hijo menor que está en la misma escuela, nos volteamos a ver, pero nadie contestó nada.

 

Dany tomó nuestro silencio como un “no” y prosiguió con su plática: “Pues bien, cuando iba al baño, los niños de Kinder estaban en su receso y vi que Gabriel andaba corriendo junto con el resto de los niños de su salón. Cuando pasé junto a ellos, camino al baño, Gabriel me vio y se vino corriendo hacia mí para saludarme. Y cuando llegó conmigo, yo le pregunté que a que estaban jugando y él me respondió muy emocionado que estaban jugando a STAR WAR, o sea, a la Guerra de las Galaxias. Y yo abrí los ojos, pues se me hizo muy extraño que estuvieran jugando a algo llamado así, pero luego Gabrielito me repitió: “Estamos jugando a STAR WAR, pero sin espadas ni pistolas.”

 

Para este momento de su plática, Dany tenía la atención completa de todos los que nos encontrábamos en la mesa, así que continuó narrando: “Eso último de sin espadas ni pistolas se me hizo todavía más extraño, así que le pregunté que como se jugaba ese juego. “Pues ven y mira”, me respondió Gabriel. Así que fui a verlos jugar y pude ver como todos corrían y se perseguían, y vi que un niño alcanzó a una niña y le jaló el cabello hasta casi tirarla al piso, luego vi a un niño que le daba un golpe a otro en el estómago. Y luego Gabrielito ya no aguantó más y salió corriendo hacía sus compañeritos del salón y empezó a perseguir y a golpear al que alcanzaba.

 

A mi ese juego no me gustó –nos contó Dany-, se me hizo muy brusco. Después, cuando se llegó la hora de mi receso pasé por donde habían estado los del salón de Gabriel y vi que había tirados algunos listones de esos que usan las niñas en el pelo y algunos cabellos también, así que dije: Esto se lo voy a contar a mis papás.”

 

Terminado el relato de Daniel, después de algunas recomendaciones de mi esposa, yo le pedí a Gabriel que buscaran otros juegos que no fueran tan bruscos porque alguien podría salir muy lastimado. Pero para mí pensé: “No cabe duda, a cualquier edad, con pistolas o sin ellas, con espadas o a mano limpia, en inglés o en español, una guerra siempre es una guerra. Y jugando o en serio, a la larga, siempre alguien sale lastimado. En una guerra, realmente nadie gana.”

 

Demasiado he vivido entre los que odian la paz; ¡cuando yo hablo de paz, ellos hablan de guerra!

 Salmos 120,6-7

 

Vale más la sabiduría que las armas de guerra. Un solo error causa grandes destrozos.

 Eclesiastés 9,18

 

Pero, no contentos con su error de no conocer a Dios, viven los hombres en una espantosa guerra causada por la ignorancia, ¡y a tan terribles males llaman paz!

Sabiduría 14,22

 

 

 

 

SOLO UNA COSA LE FALTABA (Nov. 11, 2003)

 

Hace unos seis años, un buen amigo y hermano de una Parroquia vecina a la mía, me invitó con cierta frecuencia a un retiro nocturno al que asistían unas cuarenta personas y que llamaban Veladas de Oración. Este amigo mío me invitó a participar como temista y yo intervenía como a las 2 de la madrugada reflexionando y haciendo oración enfocada a la petición.

 

Así participé en varias de estas veladas, pero una de ellas marcó mi vida. El significado nocturno de estas veladas, era el decirle a Jesús que estábamos despiertos, que no nos habíamos quedado dormidos y que orábamos y pensábamos en El en representación e intercesión por todos aquellos que a aquellas horas de la noche estaban dormidos. Pues bien, la gran enseñanza que aquellas veladas dejaron en mi, llegó en labios de una hermana, pintora de profesión, muy reconocida en mi Diócesis por su entrega a Dios.

 

Y recuerdo que eran como las 4 de la mañana, cuando ella, durante su participación, con lágrimas en los ojos nos contó cuanto dolor había sufrido su mamá durante los últimos años de su vida. Pero lloró aún más, al grado de casi no poder hablar, cuando ella, la mujer entregada a Dios, nos compartió que debido a la enfermedad de su madre, ella se había molestado con Dios, que en un arranque de desesperación le había preguntado, ¿por qué?, pero que no le preguntaba: ¿por qué has permitido que mi madre se enferme?, sino que ella le había reclamado a Dios: ¿por qué no te la llevas?, ¿por qué permites que sufra tanto?.

 

Esta hermana nuestra nos contó que su madre siempre había sido una mujer fuerte y emprendedora, que siempre había buscado la forma de ayudar a todo el que estaba cerca de ella, oraba por todo el mundo y no dudaba en ayudar a quien fuera, conocido o desconocido. Nos contó que nunca vio a su madre detenerse para pensar en ella, siempre estaban primero todos los demás. Ella había sido siempre su inspiración y la de muchos que veían en su madre el ejemplo de cómo desgastarse entregándose al servicio de los demás. Nunca paraba, hoy rezaba por unos, mañana por otros, ayudaba en la Parroquia y servía en sus ministerios. Toda su vida, según recordaba nuestra hermana, ella la había visto activa, nunca enferma, nunca necesitada de ayuda, siempre fuerte como un roble y lista para ayudar a los demás.

 

Sin embargo, y es aquí donde la voz de nuestra hermana se quebró aún más, cierto día, aquella gran señora cayó enferma, sufrió una embolia cerebral y de la noche a la mañana, simplemente no podría volver a moverse; si pensaba, si entendía, pero sólo el movimiento de sus ojos, al abrirlos, cerrarlos y llorar, eran los que indicaban que seguía viva.

 

Aquello, contó nuestra hermana, como es entendible, causó gran dolor en la familia y poco a poco cada una de los integrantes de la familia se fue resignando al estado de la enferma. Incluso, nos contó que ella misma empezó a aceptarlo, pero todo cambió cuando se dio cuenta del gran dolor interior que había en su madre. Nos contó como ella empezó a percibir un inmenso sufrimiento interno en su mamá, que iba mucho más allá de la enfermedad. Nuestra hermana percibió que el verdadero dolor de su madre consistía en que en ese estado ya no podía servirle a nadie, que aquel estado de postración le impedía hacer todo lo que estaba acostumbrada a hacer por los demás. Ya no podría llevar comida a nadie, ya no podría visitar enfermos ni servir en el templo. De que le serviría ahora tanto conocimiento bíblico y de la vida en Cristo si ya no podía hablar, nunca más podría aconsejar a alguien.

 

Recuerdo ver a nuestra hermana, de rodillas frente nosotros, con su cabeza inclinada hacia delante y como se frotaba una mano contra la otra, mientras sus ojos cerrados lloraban.

 

Pude sentir el dolor, pude palpar la tristeza de aquella hermana, pero también pude sentir la enorme frustración de aquella madre enferma que había caído en la parálisis. Dentro de mí, sentí mucha pena, una desesperación enorme al pensar que aquello me pudiera pasar a mí, con tantos planes y proyectos, con mi matrimonio aún joven, y en aquel entonces, con un precioso niño que no pasaba de los 5 años. Ya lo creo que la sola idea de caer enfermo y en el aparente desuso simplemente me aterraba.

 

Y nuestra hermana continuó su relato, nos contó como ella era la única que entendía el sufrimiento real de su madre, y de cómo pasaron los meses y que ella pensaba que Dios, en atención a todo el servicio de su madre, no permitiría que su mamá estuviera así por mucho tiempo. Pero no sucedió así, los meses se hicieron años y ella pudo ver como su madre se apagaba. Le parecía increíble que aquella mujer fuera la misma que nunca paraba, que siempre ayudo a los demás en todo, que siempre había servido y que ahora ya llevaba años postrada, teniendo que ser atendida hasta en los más mínimos detalles.

 

Y fue así, después de años de dolor contenido, que nuestra hermana estalló contra Dios, preguntándole ¿por qué?, ¿por qué has permitido que pase tanto tiempo antes de llevártela?. Nuestra hermana nos dijo que ella no podía entender como Dios permitía tanto sufrimiento en quien le había servido tan bien.

 

Al fin, nuestra hermana nos contó que después de varios años empezó a notar que el semblante de su madre cada vez era mas sereno, se le empezó a ver mas calmada y que con sus ojos agradecía la atención de quien estaba cerca de ella. Nuestra hermana dice que llegó un momento en que incluso el color de su rostro empezó a tomar de nuevo vida y que incluso se podía percibir que había vuelto a ser feliz a pesar de su estado. Y nuestra hermana cuenta que todos empezaron a notar y a conversar sobre este cambio, pero sólo por un breve tiempo, ya que en paz, en unos cuantos días, su mamá murió.

 

Pero nuestra hermana no, ella siguió viva y nos contó como su coraje hacia Dios no murió junto con su madre. Ella se sentía resentida, y dice que le decía a Dios: “Yo te quiero Señor y voy seguir sirviéndote, pero ¿de qué sirve si me vas a tratar igual que a mi madre?”

 

Y dice que aquella frase se la repitió a nuestro Señor por años. Y nuestra hermana sirvió en sus ministerios, pintó retratos preciosos del rostro de Jesús e hizo muchos otros servicios, pero dice que en su interior había una espina de tristeza que no la dejaba ser completamente feliz.

 

Y pasaron años, pero como en la vida de Job, de José el hijo de Jacob e incluso de la vida del mismo Pablo quien ya convertido a Cristo tuvo que pasar varios años olvidado en Tarso, a nuestra hermana se le llego el momento de apretarse el cinturón porque ahora Dios iba a hablar.

 

Y nuestra hermana cuenta que cierto día, estando de vacaciones en una región montañosa conocida aquí en Chihuahua como La Sierra, fue sola a caminar por el bosque a una pequeña loma. Y dice que en esa ocasión se sintió con una confianza con Dios como nunca la había sentido antes, que sentía su presencia tan fuerte que simplemente se sentó en la tierra, cerró los ojos y empezó a hacer oración. Pero dice que fueron unos instantes, que fue sólo un segundo el que bastó para que desapareciera el velo que la había tenido ciega y enfadada con Dios durante años.

 

Nos contó que pudo recordar con una rapidez asombrosa toda la vida de servicio de su madre, y pudo percibir que todo aquello era de gran valor ante los ojos de nuestro Señor. Que aquellos esfuerzos de su madre le habían valido el cielo. Pero pudo ver algo más, y es aquí donde nuestra hermana encontró la explicación de lo sucedido los últimos años de vida de su madre.

 

Nuestra hermana pudo ver que a su madre le faltaba algo para entrar al cielo, le faltaba tan sólo una cosa: “A su madre le había faltado abandonarse en los brazos de Dios cuando ella había sentido necesidad”.

 

En su fortaleza y dedicación por los demás, se había olvidado de dejarse abrazar por Dios y a pesar de todo lo dicho y hecho en favor de otros, ella misma no se había permitido conocer cuanto amor puede contener el abrazo que nuestro Dios le da al más necesitado de sus hijos.

 

Y continuó nuestra hermana contándonos como pudo ver que su madre se había ganado el cielo, pero que no estaba lista para ir a él porque le faltaba experimentar por ella misma el amor de Dios a través del servicio “de los demás” hacia ella. Había sido tan servicial que no se había permitido el lujo de ser servida, ayudada o aconsejada. Necesitaba obtener aquí la plena conciencia del amor de Dios a través del servicio de nuestros hermanos, y de ahí, que antes de ir al cielo, tuvo que ser doblegada para que pudiera ser atendida.

 

Y fue después de años de enfermedad, cuando ella en su fortaleza aún postrada, entendió y aceptó con gratitud, y sin poder retribuir, el servicio de los demás como una prueba del amor de Dios, estuvo lista para partir.

 

Nuestra hermana nos contó para terminar que ella le había y le seguía pidiendo disculpas a nuestro Señor por haber estado molesta con El durante tantos años, pero que ahora entendía y aceptaba, que era humana y que una vez más se había equivocado al juzgarlo.

 

Vale más hombre sabio que hombre fuerte; vale más el saber que el poder.

Provervios 24,5

 

 

Del libro “Libro de Anécdotas”

De: José Luis Contreras Sáenz

Chihuahua, Chih., Méx.

Inicio: Abril 23 del 2000  

 

 

Ir al Indice de este libro

 

 

 

Si esta Página ha sido de su agrado

por favor entre aquí y

Recomiéndela


 

El Administrador de este Sitio tiene algo que decirte, escúchalo en su Album "Mis Charlas en el Chat Católico Omega Voz". Escúchalo y si te gusta algún mensaje, descárgalo y compártelo. Para ir y escucharlo presiona aquí

 

 

VISITE NUESTRO CHAT CATOLICO "OMEGA VOZ", CHAT DE TEXTO Y AUDIO

 

Ir a Chat Omega Voz

  

 



 

| Inicio | Imágenes | Diversión | Temas | Música | Oraciones | La Biblia | ConocerLibrosVideos | Chat | Cine | Autor | MapaEnlacesWebmasters | Televisión | Radio |



 

Presione g+1 para recomendar esta página