LIBRO DE ANECDOTAS

 

| Inicio | Imágenes | Diversión | Temas | Música | Oraciones | La Biblia | ConocerLibrosVideos | Chat | Cine | Autor | MapaEnlacesWebmasters | Televisión | Radio |



Únete a "Mi Comunidad Católica" Nuestra Red Social

 

 

"LAS ANECDOTAS"

 

UNA NIÑA HERMOSA (Nov. 22, 2000)

 

Anoche tuve un sueño, de pronto sin saber como, puede ver delante de mí a una hermosa niña que jugueteaba graciosamente; sin parar, corría y bailaba, luego, levantando ambos brazos giraba su cuerpo, para después ponerse a dar de brincos mientras reía de una manera encantadora y divertida.

 

De inmediato sentí por ella un enorme apego y cariño, sin embargo, percibí que el amor que sentía por ella no era de hacía unos instantes, era un amor de hacia tiempo, un amor de años, de unos tres o cuatro, que era la edad aproximada de aquella bella pequeña. Y aquella sensación de algún modo me llevó a darme cuenta de que por lo menos en mi sueño, aquella chiquita era mi hija, y así entendí por que mi cariño por ella me parecía de mucho tiempo.

 

Ella no dejaba de reír mientras jugaba, giraba, brincaba y su larga cabellera volaba graciosa por los aires. Yo la contemplaba lleno de gozo y orgullo, ya que podía darme cuenta, de que mi pequeña hija, hacía todas aquellas gracias, expresamente para mí, para su papá. Todo era armonía en mi sueño, una gran felicidad me embargaba por lo que me incliné hacia ella, con toda la ternura de que soy capaz la abracé y le di un beso, a lo que ella respondió con una gran sonrisa y como si hubiese recibido “cuerda”, imprimió aún más alegría a sus piruetas. Fue un momento precioso, yo estaba feliz y era evidente que la pequeña se sentía contenta, pero sobre todo amada.

 

Sólo unos segundos había durado mi sueño y ya una enorme alegría llenaba mi corazón… más de pronto, mi pequeñita de ensueño desapareció, y  quedó un vacío donde antes todo era alegría. Tan rápido como había llegado el amor, del mismo modo una gran tristeza ensombreció mi sueño. ¿Dónde está mi hija? –me pregunté-. Y en ese preciso instante obtuve la respuesta. No puedo decir que fue una voz, más bien creo que fue como un mensaje escrito en mi mente, que fue puesto ahí y que de pronto se corría un velo para que yo pudiera verlo.

 

Y decía: “Esta niña que has visto y amado en tan poco tiempo, realmente es una niña que nunca nació, esta niña fue abortada y nunca nadie pudo amarla como tú lo has hecho, nunca nadie pudo ver lo hermosa que era y nadie disfrutó de su risa ni recibió sus besos. Es una niña que no pudo dar al mundo todos los dones que Dios había puesto en ella.”

 

Y sentí un dolor inmenso en mi corazón, comprendí entonces que aquella pequeñita no había tenido la oportunidad de nacer,  y comprendí que el haber terminado con aquella preciosa vida, lejos de lograr algún beneficio, más bien se había convertido en una pérdida irreparable para toda la humanidad. Tan bella, graciosa, cariñosa e inteligente; la conocí tan sólo por unos instantes, pero fueron suficientes para darme cuenta de que hubiera sido una gran mujer.

 

Todo en mi sueño se ensombreció y sólo pude ver el vacío. No quedó nada, donde poco antes había tanto. Y así, mi triste sueño terminó, justo en el momento, en el que desperté llorando.

 

 

Los malvados llaman a la muerte con obras y palabras. La consideran su amiga, se desviven por ella y con ella hacen alianza: bien merecen que ella los haga suyos.                  

                                                       Sabiduría 1;16

 

 

 

 

HOLA PEDRO (Oct. 3, 2000)

 

Cierta mañana, hace unos cuantos días, recibí un email que evidentemente no era para mí, el primer indicio del error, y por si sólo suficiente, era el hecho de que estaba dirigido a Pedro, y ese, puedo asegurar que no soy yo. Aún así, leí su contenido, pero sólo para confirmar sin lugar a dudas que había una gran equivocación. He aquí el texto del correo:

 

 

Hola Pedro

 

Ya encontré la página que me pediste por IRC con las 12000 fotos gratis, esta algo cambiada pero es http://www.sexo?????.com .

Además he visitado la página que me diste sobre Ovnis y me ha parecido maravillosa.

 

Un abrazo de tu amigo Mallorquin

 

 

Debo confesar que mi corazón se entristeció pues recordé el texto bíblico que dice: “Ahí donde está tu tesoro, ahí también está tu corazón”. Y me pregunté: ¿Dónde están el tesoro y la motivación de Pedro y de Mallorquin?, ¿en 12000 fotos de sexo y en los Ovnis? E ingenuamente me puse hacer oración por ellos.

 

Y digo ingenuamente, porque unas horas después revisé otra de mis cuentas de correo, una cuenta totalmente distinta a la primera y cual sería mi sorpresa cuando  me topé con el mismo email, con los mismos puntos y comas, sólo que este apareció en el apartado de lotes de correo (o sea en los emails que se envían por miles con fines de publicidad). Fue entonces cuando caí en la cuenta de que recibir este email no había sido un error, simplemente comprendí que ni Pedro ni Mallorquín existían y que este email me fue enviado intencionalmente, al igual que a otros cientos o miles de personas, con el objetivo de hacerme entrar al Sitio de las famosas 12000 fotografías.

 

Y por segunda  vez, el mismo email me puso triste, porque el nuevo giro de esta historia me llevó a recordar un segundo  texto bíblico: “Yo les digo, a cualquiera que haga caer a uno de estos pequeños, más le valdría que lo hundieran en el mar con una gran piedra atada al cuello.”

 

Y de nuevo hice oración, pero ahora no por Pedro y Mallorquin, sino por todos aquellos que tienen su tesoro en la pornografía, y ensucian con ella a tanto corazón limpio que neciamente sucumbe ante la tentación de hacer click.

 

“No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.”

Mateo 6;19-21

 

 

“A cualquiera que haga caer en pecado a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que lo hundieran en lo profundo del mar con una gran piedra de molino atada al cuello. ¡Qué malo es para el mundo que haya tantas incitaciones al pecado! Tiene que haberlas, pero ¡ay del hombre que haga pecar a los demás!”

Mateo 18;6-7

 

 

 

 

LA MAMÁ DEL MONAGUILLO (Sept. 2, 2000)

 

Esta tarde en misa, me encontraba absorto en mi acostumbrado recorrido visual del Altar, cuando  descubrí que algo faltaba y me pregunté: ¿Dónde están  los servidores?  Pero al poner atención  noté que en esta misa no había un servidor, sino tres, tres pequeñines de escasos 7 u 8 años,  a quienes  por su escasa estatura no pude distinguir a simple vista.

 

La celebración dio inicio, pero no pude sustraerme a dedicar unos instantes a observar a aquellos pequeños y al enfocar mi vista en el rostro de uno de ellos aprecié algo inusual: Aquel niño, sin perder la postura ensayada de su cuerpo, no podía evitar sonreír con alguien en la asamblea.

 

Y sin esforzarme, pude descubrir con quien sonreía. Aquella comunicación se llevaba a cabo con una señora joven, misma que correspondía a la sonrisa disimulada de aquel monaguillo con una expresión de felicidad que la desbordaba. Pude entonces adivinar que aquella madre en esos instantes estaba viviendo uno de los momentos más bellos de su vida, y en su maternal rostro podía apreciarse fácilmente una enorme alegría y al mismo tiempo un gran orgullo. Para ella, en esos momentos no existíamos, dialogaba con su hijo y aunque el pequeño no lo percibía, aquella madre lo arropaba amorosamente con su mirada.

 

Aquella madre prácticamente no perdía movimiento alguno de su pequeño, ensimismada lo cuidaba, le sonreía y de cuando en cuando algo en silencio le decía. Entre tanto, el pequeñín estaba en lo suyo, se arreglaba el alba, corregía su postura y gallardamente levantaba su rostro hacía el frente con actitud solemne;  y esta por demás decir, que esto provocaba nuevamente la admiración de su madre.

 

Y así transcurrió la misa, y aquella mujer vivió más que cualquiera cada momento de ella, le hizo señas a su pequeño para que se acercara a comulgar, sonrió con orgullo cada vez que su pequeñín mantuvo su pose de Santo, y claro, también sudó de nervios cuando después de la comunión a su hijo le correspondió recoger el cáliz.

 

Hasta aquí pude observar aquella hermosa relación, pero he querido dejar al final lo que me pareció lo más bello de este suceso. Un momento especial que coincidió con la Consagración de las ostias, con los instantes más maravillosos de toda Eucaristía.

 

Cuando el Sacerdote elevaba al cielo sus manos y con ellas la ostia para ser consagrada, aquella madre se encontraba inmersa en un nuevo diálogo, tenía ahora sus ojos fundidos en la figura de Cristo, quien desde su cruz le correspondía a su vez con una tierna mirada.

 

Ella con sus manos juntas cerca de su boca, le hablaba a Jesús en el volumen bajo que Cristo escucha con tanto agrado, y sin dejar de hablarle, volvía su mirada hacia su hijo, luego regresaba con Cristo y mientras que, una contra otra, apretaba con fuerza sus manos,  le seguía rogando con ahínco. Finalmente la consagración terminó y quedándose hincada unos instantes más, por fin aquella madre se puso de pie y tanto ella como yo, pusimos atención al resto de la celebración.

 

¿Qué le dijo aquella madre a Jesús? ¿Qué peticiones le habrá hecho? ¿Con cuánto amor le habrá encomendado a su hijo? Yo no pude escuchar sus palabras, tan sólo pude imaginar cuales fueron los términos de aquel amoroso ruego materno. Más de lo que sí estoy seguro es que Jesús la escuchó; que Jesús, de cuerpo presente, en el momento del milagro eucarístico tomó en cuenta cada palabra de aquella oración.

 

Quizá nunca volvamos a saber de la vida de aquel pequeño, pero con una madre que ora así por él, seguramente no habrá obstáculo para que Jesús sea por siempre parte importante de su vida. 

 

Hijo mío, atiende la instrucción de tu padre y no abandones la enseñanza de tu madre, pues serán para ti un bello adorno: como un collar o una corona.

Provervios 1;8-9

 

 

 

 

NADA ES CASUALIDAD (Nov. 11, 2003)

 

Hace unos días, la empresa para la que trabajo llevó a cabo un evento de Ventas para el que se requirió la participación de todos los departamentos, incluyendo los administrativos.

 

Así pues, se distribuyeron las actividades a realizar y a mí me llegó mi listado. Y tal como en otros eventos anteriores una de mis actividades fue la de encargarme de organizar y supervisar el desempeño de los encargados de la vigilancia y seguridad del evento.

 

Así las cosas, durante dos semanas estuve a cargo del personal de vigilancia de la empresa y de dos elementos de seguridad que se contrataron con una agencia externa. De tal forma, que cada cinco días debía pagar la factura por el servicio de esos dos elementos de seguridad externa, pero debía ser en efectivo ya que así se me había indicado.

 

Cierto día, en que tocaba pagar la factura por aquel servicio de vigilancia externa, precavido como siempre, pero distraído para variar, durante el día me preparé y tramité en las oficinas el cheque para pagar y me dije: “ Ya tengo el cheque, todo es cuestión de ir a alguna de las cajas instaladas en el evento, lo cambió y listo para pagar”.

 

Pero distraído como dije, me dedique a otras actividades y olvidé por completo cambiar aquel cheque. Y fue sólo hasta unos cuantos minutos antes de las 10:00 PM, hora en que tendría que pagar, que recordé que no tenía el dinero en efectivo que necesitaría. Y rápidamente me dirigí a las cajas, sólo para observar que la cajera en jefe, ponía el último depósito del día en una caja fuerte que ya nadie de los presentes podría abrir. Me detuve en seco, ya no habría manera de cambiar aquel cheque.

 

Y me puse a pensar: ¿cómo solucionar esto?, ¿quién me podrá ayudar?. Pensé y pensé mientras el tiempo transcurría. Providencialmente se me ocurrió ir tan rápido como fuera posible al cajero automático de algún banco y utilizar mi tarjeta personal para obtener el efectivo. Ya con calma, al día siguiente cambiaría el cheque y lo repondría a mi tarjeta. Pero había un problema, el cierre del evento estaba por llegar, el tiempo estaba encima, tendría que correr.

 

Así que fui al estacionamiento, subí a mi auto y conduje tan deprisa como pude.

 

Y mientras avanzaba calculaba, tantos minutos para llegar, tantos minutos en el cajero, otros tantos para regresar, me estaciono, me disculpo y pago. Pero ¿y el tiempo que voy a hacer esperar a esas personas? ¿y el tiempo que voy a perder yo por no haber puesto atención al reloj?, cuando llegue a la casa los niños ya van a estar dormidos, ¿y mi esposa?, ¿querrá darme cena tan tarde?.

 

Y conforme conducía empecé a reprocharme duramente y me decía: “No es la primera vez, ¿cuándo vas a aprender?.” Y así pasé rápidamente de la preocupación a la auto recriminación, misma que no tardó en convertirse un coraje que me puso de muy mal humor.

 

Y así sufrí los 25 o 30 minutos que transcurrieron antes de que lograra regresar a cumplir mi compromiso.

 

Al volver al lugar del evento, no fue sorpresa para mi entrar al enorme estacionamiento y encontrarlo prácticamente vacio, todos se había ido ya, tan sólo se veían los autos de algunos gerentes, uno que otro auto desconocido y el auto de los dos agentes de seguridad externa quienes seguramente habrían ya preguntado a todos por mí.

 

Pero, ¿ y aquel otro auto?, ese no estaba cuando yo me fui. Efectivamente, allá, en la parte posterior del edificio, por las puertas de carga y descarga pude ver estacionada una ambulancia, con sus espeluznantes luces de colores encendidas y a dos socorristas bajando una camilla por las puertas traseras.

 

Apresurando la velocidad me estacioné y corrí hacia el edificio para ver que sucedía. Entré por una de las grandes puertas de carga y ahí, a unos cuantos metros pude ver las piernas, una sobre la otra, de un hombre mayor que estaba tendido sobre el piso; y a su lado, de rodillas, a uno de los agentes externos de los que me estaban esperando para pagarles. Este agente como dije, se encontraba de rodillas al lado de aquella persona, desabrochaba su camisa, al tiempo que le tomaba el pulso y de vez en vez le hacía preguntas acercándose lo más posible al rostro de aquel hombre que lo miraba con ojos desorbitados, evidentemente angustiado.

 

De pie, a un lado, estaba el compañero de aquel agente, sostenía en alto un frasco de suero cuya sonda estaba ya conectada al brazo de aquel hombre que yacía sobre el suelo. A un lado los elementos de la ambulancia, al ver la situación controlada, preparaban todo para el traslado de aquella persona.

 

Unos momentos después, subieron a aquel hombre a la ambulancia y lo llevaron al hospital más cercano. Mientras todo esto ocurría yo observaba a los presentes, quienes con ojos preocupados contemplaban la escena a una distancia prudente. Finalmente la ambulancia se fue y me dirigí hacía el lugar donde se encontraba la documentación que necesitaba para hacer el pago ya mencionado, luego me dirigí hacía donde estaban los agentes de seguridad quienes para entonces habían ya recogido el equipo de resucitación que habían utilizado.

 

Evidentemente hablamos de aquel incidente: “Por poco entra en paro –me comentó el agente que yo había visto de rodillas junto a aquel hombre-. Ya se estaba poniendo frío y nada más se ponen pegajosos y después ya es muy difícil, por suerte traía mi equipo y lo pudimos atender, incluso traigo para electroshock, pero ya llegando a eso, es muy difícil”.

 

“Que bueno que no llegó a eso –le contesté-.

 

“No –dijo el agente- ya con el suero que le puse se estabilizó y ya no va a haber ningún problema.”

 

Luego le dije que había sido muy bueno que él estuviera ahí y que supiera estas técnicas médicas. Le pregunté si su empresa lo había capacitado, pero me contestó que no, que él se había pagado los cursos y se había comprado el equipo por iniciativa propia, más que nada pensando en su familia.

 

Y así, entre felicitándolo por su salvamento, firmando documentos, entregando el efectivo y con el retraso disculpado, y no sin antes, hacerle la promesa de al día siguiente reponerle los suplementos utilizados, nos despedimos y pudimos retirarnos a nuestras casas.

 

Momentos más tarde, ahí iba yo, conduciendo por las calles vacías, con hambre, pensando en aquel hombre enfermo y aún con el coraje por aquel olvido que provocaría que cenara tan sólo unas galletas con jugo de manzana. Mientras conducía, me recriminaba en mi mente: “Si hubieras cambiado ese cheque a tiempo, a las 10:00 en punto hubieras pagado a los agentes y tú y ellos ya estarían cenado o durmiendo”.

 

Y fue hasta ese momento que comprendí las implicaciones de lo sucedido. Si yo hubiera pagado a tiempo, el agente se hubiera retirado y estando él o no, aquel otro hombre hubiera tenido el problema con su corazón. Y me pregunté: “¿Qué hubieras hecho?, ¿quién más traía en su auto un frasco con suero y una sonda para ponerlo en el brazo de aquel hombre? Y más aún, ¿quién de las pocas personas que estaban ahí hubiera podido atenderlo?, ¿hubiera llegado a tiempo la ambulancia? Y me di cuenta de mi egoísmo y de mi poca paciencia.

 

Yo me había molestado, pateado el piso y golpeado varias veces el volante del auto mientras corría por el efectivo, sin saber que Dios tenía otro plan. Dios no me necesitaba a mí pagándole a aquellas personas a tiempo. Pensé que me entretuvo a mí, aún sabiendo que haría un berrinche infantil, mientras El ponía los medios para que aquel agente sacara adelante a otro de sus hijos.

 

En un instante mi actitud cambió, en ese momento pude ver la mano de Dios en aquel incidente. Todo el día estuvo en mis manos el que aquellos agentes se fueran a casa un poco más temprano, pero por mi olvido estuvieron ahí para salvar aquella vida. Pude ver una vez más, como los planes de Dios son mucho más inteligentes que los míos.

 

El resto del camino ya no renegué, ya no me preocupó la cena. Después de todo, algo bueno había surgido de mi olvido.

 

Momentos después llegué a casa, y efectivamente todos estaban dormidos, besé a mi esposa, ella entreabrió uno de sus ojos, pero volvió a cerrarlo cuando le dije que no se preocupara que ya había cenado. Luego fui al cuarto de los niños y le di un beso a cada uno, agradecido porque dormían placidamente. Después, fui a la cocina a meditar, si, a meditar, ya que mientras cenaba unas galletas con jugo no dejaba de pensar: “Que bárbaro Dios mío, que grande eres. Te agradezco porque hoy me has enseñado que nada, pero absolutamente nada en esta vida, es casualidad.”

 

Señor, tú me examinas y conoces: sabes cuándo me siento y cuándo me levanto; tu conoces de lejos lo que pienso; tú sabes si camino o me acuesto, tú conoces bien todos mis pasos. Aún no está en mi lengua la palabra cuando ya tú, Señor, la conoces entera.

Salmos 139,1-4

 

 

 

Del libro “Libro de Anécdotas”

De: José Luis Contreras Sáenz.

Chihuahua, Chih., Méx.

Inicio: Abril 23 del 2000  

 

 

Ir al Indice de este libro

 

 

 

Si esta Página ha sido de su agrado

por favor entre aquí y

Recomiéndela


 

El Administrador de este Sitio tiene algo que decirte, escúchalo en su Album "Mis Charlas en el Chat Católico Omega Voz". Escúchalo y si te gusta algún mensaje, descárgalo y compártelo. Para ir y escucharlo presiona aquí

 

 

VISITE NUESTRO CHAT CATOLICO "OMEGA VOZ", CHAT DE TEXTO Y AUDIO

 

Ir a Chat Omega Voz

  

 



 

| Inicio | Imágenes | Diversión | Temas | Música | Oraciones | La Biblia | ConocerLibrosVideos | Chat | Cine | Autor | MapaEnlacesWebmasters | Televisión | Radio |



 

Presione g+1 para recomendar esta página