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"De diálogo en diálogo"
"No, yo no
estoy de acuerdo en eso de la confesión".
"Bueno, pero, ¿en
qué no estás de acuerdo?".
Respondió Juan a la
tajante afirmación de su amigo.
A lo que Horacio con mucha seguridad y con un ligero tono de
molestia respondió: "No estoy de acuerdo con los que me dicen que
debo confesarme con un sacerdote,
con un hombre igual de pecador o a lo mejor más que yo."
No era
la primera vez que Juan recibía aquella respuesta, la había escuchado
con mucha frecuencia de muchas personas distintas y en diversos
momentos de su vida.
Cuando Juan en su adolescencia, por primera vez la había
escuchado, le había parecido brillante, era una respuesta lógica, clara
y contundente. Con el tiempo él también la usó, sobre todo en
discusiones sobre religión en las que había querido lucirse, o cuando
necesitó evadirse de ir confesarse ya que por algún motivo se le requería
que lo hiciera. En su juventud, también este fue uno de sus argumentos
preferidos, con éste demostraba a quienes discutían con él, cuanto
sabía, y junto con otros muchos argumentos parecidos, dejaba muy clara
su inconformidad por como veía que se llevaban a cabo las cosas en la
Iglesia.
Más con el tiempo, El Señor se había encargado de Juan, y poco a
poco le había ido quitando de sus ojos la venda que lo tenía ciego.
"Además, yo no necesito
ir a la Iglesia para confesarme" -remató Horacio, al tiempo
que cruzaba su pierna derecha sobre la izquierda, acomodándose más a sus
anchas en el enorme y cómodo sillón en el que se encontraba
descansando.
"Eso ya es algo, -respondió
Juan-¿O sea, que por lo menos si
aceptas que debemos confesar nuestros pecados para que nos sean
perdonados?".
"Bueno, en eso si creo -respondió
Horacio a la pregunta de Juan-, pero
yo pienso que no hay en la tierra una persona que no tenga pecados,
una persona que esté tan limpia como para ir a contarle los
errores que he cometido en mi vida. Por eso yo me confieso directamente
con Dios."
"Sí, -reconoció
Juan al momento en que tomaba la palabra- creo
saber de lo que me hablas, yo pensaba más o menos como tú, yo creía que
era suficiente con que cada noche, en la soledad de mi recámara me
pusiera a hacer una pequeña oración antes de dormirme. Y cada noche, le
decía a Dios que Él sabía cuan torpe y necio era yo, que Él sabía las
cosas malas que había hecho durante el día.
Pero como yo sabía que Él era bueno, confiaba y estaba seguro de
que me entendía y que me perdonaba.
Sí, Horacio, sé de lo que me hablas, pero déjame decirte que con
el tiempo he podido aprender algunas cosas, con el tiempo pude darme
cuenta que estaba equivocado".
Horacio
se enderezó en su asiento y entreabrió un poco más los ojos, era
evidente que aquel preparado profesionista, estaba muy interesado en
saber como era que Juan había descubierto su error sobre la confesión,
¿Acaso estaría también él equivocado?.
- Juan continuó- "Sabes
Horacio, no me conformé con
lo que yo razonaba por mí mismo, me di
cuenta de que necesitaba estudiar,
de que necesitaba preguntarle a personas con más experiencia que yo. Y
me puse a estudiar y a buscar a esas personas mas crecidas. Pero déjame
decirte que en un inicio lo hacía con el afán de convencerlos de que yo
tenía razón, para así, una vez que lograra convencer a esos
"defensores de la confesión" de que estaban
equivocados, entonces ya podría tranquilamente seguir confesándome
con Dios, en la comodidad de mi recámara".
"¿Y que pasó?" -Interrumpió Horacio intrigado-.
"Que
no pude convencerlos, sino todo lo contrario. Y lo primero que les
agradezco es que hicieron que
me diera cuenta, que el Dios
con el que me había estado
confesando toda mi vida no era Dios, el Padre de Jesús, no era el Dios de
la Biblia, no era el Dios que creó el cielo y la tierra, sino un Dios que
yo mismo me había inventado a mi conveniencia".
"A ver, ¿cómo fue eso?. -le cuestionó Horacio-, ¿Qué fue lo que te
dijeron?. ¿De qué es de lo que te diste cuenta?. Explícamelo".
"Pues mira, -Prosiguió Juan- me
di cuenta que yo realmente no
tenía ninguna seguridad de que Dios me perdonaba. Me di cuenta de que el
Dios con el que yo me confesaba directamente me perdonaba todo muy
fácilmente,
lo único que necesitaba era
contárselo y ya, listo para
seguir portándome igual, incluso para cometer la misma falta. Me di
cuenta poco a poco de que realmente me había estado confesando
con un Dios personal que yo me había inventado, ya que muy
comodinamente para mí Él me comprendía todo,
me tenía mucha paciencia e incluso en el colmo de mi excelente
comunicación directa con Él en varias ocasiones llegué a verlo
sonriendo por mis travesuras, siendo que realmente algunas de ellas
fueron más que simples faltas. Y
hasta casi puedo decir que lo escuchaba disculpándome y riéndose mientras me decía: "Ay Juan, que muchachito
tan vago, ay hijito pero yo te comprendo, si Yo fuera tú, tal vez
hubiera hecho lo mismo". Fue de lo primero que me di cuenta, que no
me había estado confesando con Dios Padre
Todo Poderoso, sino con un Dios individual que yo me inventé para
que me perdonara todo y poder seguir haciendo lo que yo quisiera, al final
de cuentas ¿Cuál preocupación?, yo sabía que Él me iba a
perdonar".
Juan
guardó silencio para dar oportunidad a Horacio de expresar su opinión.
Pero éste estaba inmerso en sus propios pensamientos, esto le indicó a
Juan, que quizás el Dios con el que se confesaba directamente su amigo
era bastante parecido al complaciente y falso Dios que Juan le acababa de
describir.
Horacio al tomar de nuevo la palabra, había cambiado ya un poco
su opinión sobre la validez de su "confesión línea directa con
Dios". Sin embargo rehaciéndose, y no queriendo ceder tan fácilmente
argumentó con énfasis: "Bueno, tal vez eso es cierto, pero sigo sin estar de acuerdo con
lo que me dicen en la Iglesia, en donde me dicen que mi confesión debe
ser con un sacerdote". (1)
Después
de unos instantes de reflexión, Juan le respondió tranquilamente: "Mira Horacio, recuerdas que te dije que me había puesto a
estudiar para ver que tanta razón tenía de
no querer confesarme en el
templo; Pues sobre eso también
me llevé algunas sorpresas, ¿recuerdas que hay un texto en la Biblia,
que habla sobre la ocasión
en que Jesús le dijo a un paralítico: "Tus pecados te quedan
perdonados", y que los maestros de la ley pensaron que aquello que
hacía Jesús era incorrecto?” (2)
Horacio
fijó primero su mirada en la de Juan, luego vio hacia el suelo y después
hacia el techo, como tratando de recordar ese pasaje, luego inclinándose
hacía adelante apoyó su codo izquierdo sobre una de sus rodillas y
tomándose
la barbilla con su mano respondió titubeante: "Pués
si, algo he escuchado, creo que en una misa hablaron de eso".
"Bueno, -
Continuó Juan- pues si recuerdas,
en ese momento Jesús supo lo que pensaban los fariseos y les preguntó:
¿Qué es más fácil, decirle
al paralítico tus pecados te son perdonados o levántate toma tu
camilla y anda?. Sepan pues que el hijo del hombre tiene en la tierra
poder para perdonar los pecados. Y le dijo al paralítico: Levántate,
toma tu camilla y vete a tu casa. El paralítico al momento se levantó,
tomó su camilla y se fue a su casa. Como ves Horacio, Jesús dejó muy
claro que él tenía en la tierra el poder de perdonar los pecados".
"Sí, de acuerdo, pero mira quien era él, Jesús, el hijo de
Dios. -Respondió
Horacio inmediatamente. Y casi seguro de un desenlace favorable a su causa
preguntó desafiante- ¿Y eso qué
tiene que ver con los
sacerdotes?. En que Jesús tenía ese poder estoy de acuerdo, ¿pero los
Padres?".
A lo
que con calma Juan contestó: "Para
allá vamos, ¿recuerdas que hay otra parte en la Biblia, en donde nos
habla de cuando Jesús resucitó, y que después se les presentó a los
discípulos y que al
enviarlos a llevar al mundo sus enseñanzas les dijo: Reciban el Espíritu
Santo: a quienes ustedes perdonen queden perdonados, y a quienes no libren
de sus pecados, queden atados?." (3)
"Si, de eso si me acuerdo, eso si estoy seguro de haberlo
escuchado. -Respondió
Horacio animado de poder demostrar a Juan que él también sabía algunas
cosas sobre la Biblia-.
"Muy bien, -Dijo
Juan, tomando de nuevo la palabra- como nos podemos dar cuenta
fue el mismo Jesús quien dio
a los apóstoles el poder para perdonar los pecados. Y debemos tomar en
cuenta que ellos eran hombres comunes, que si bien eran los discípulos de
Jesús, y que eran nada menos que los futuros apóstoles, también es
cierto que eran hombres, como tú o como yo".
A lo
que Horacio argumentó inmediatamente: "Bueno,
pero los apóstoles fueron escogidos directamente por Jesús,
ellos lo vieron y además escucharon sus enseñanzas directamente de su
boca".
"Muy bien, -Aceptó Juan- pero te puedo hacer
algunas preguntas."
"Sí, claro." -Respondió Horacio prestando toda su atención a las palabras de Juan.
E
inició Juan:"¿Tu crees que
Jesús era inteligente, ó que no lo era?."
"Claro que era inteligente, si no, no hubiera podido hacer lo
que hizo, la gente no lo hubiera seguido, claro que era muy
inteligente" -aseguró
Horacio-.
"Y, ¿Crees que todo lo que está escrito en la Biblia sobre lo que hizo Jesús, está escrito en ella porque era
importante
que nosotros lo supiéramos?".
"Si, -respondió
Horacio- pienso que
todo lo que está escrito en la Biblia, está ahí
por algo, Jesús siempre hacía todo tratando de
dejarnos alguna enseñanza".
"Pues bien, -argumentó Juan a continuación-
si Jesús era inteligente, entonces sabía que los apóstoles iban a
morir, ¿Cuántos años más
iban a vivir los apóstoles?, ¿setenta,
ochenta?. Y si Jesús sabía que los apóstoles iban a morir tarde o
temprano, ¿Qué caso tenía darles un poder que iba a morir
junto con ellos?, ¿Qué caso tenía otorgar un poder que iba a
durar en la tierra un máximo de ochenta años?, ¿Acaso después de esos
ochenta años ya nadie iba a cometer pecados?,
¿Acaso la Iglesia de Jesús nada mas iba a durar mientras vivieran
los apóstoles?".
"Pues sí- aceptó Horacio-, es un hecho que
Jesús sabía todo eso".
"Además -continuó
Juan-, ¿Qué caso tendría, que ese
pasaje en donde les da el poder a sus enviados para perdonar los pecados
estuviera en la Biblia, si era un poder que iba a perderse conforme los apóstoles
fueran muriendo?".
"Pues si, no tendría caso" -reconoció Horacio-.
Ambos guardaron unos instantes de silencio, tras los cuales Horacio
dirigió su mirada hacia Juan y encogiéndose de hombros con un ademán
de sus brazos le dijo a Juan: “¿Y?,
todavía no me queda claro lo de los sacerdotes”.
"Continuemos -le
respondió Juan-, hay otro pasaje en
la Biblia donde se nos enseña que la Iglesia empezó a crecer mucho y que
los discípulos enviados inicialmente por Jesús ya no fueron suficientes
para realizar todas las labores. Entonces los apóstoles escogieron de
entre la Iglesia a algunos de ellos que reunieran ciertas cualidades,
como la sabiduría y la buena conducta para que los ayudaran con
las labores de la Iglesia. Y una vez que los escogieron oraron y les
impusieron las manos para instituirlos.(4)
Como sabrás Horacio, es a través de esa imposición de manos que
se transmitió a otras personas la encomienda y los poderes que Jesús les
había dejado. ¿Te ha tocado estar en la ordenación de un nuevo
sacerdote?".
Horacio
se dio unos instantes para hacer memoria, pero luego meciendo lentamente
su cabeza de un lado a otro tuvo que admitir que no.
"Déjame entonces
decirte que uno de los momentos más importantes de una ordenación
sacerdotal es cuando el Obispo le impone las manos al nuevo sacerdote. ¿Y
qué crees que significa ese momento?" - le preguntó Juan a
Horacio-.
"Pues el momento en que le están transmitiendo
el poder para perdonar los pecados" -respondió Horacio tímidamente-.
"Sí, eso entre otras cosas, porque eso no es lo único que
los sacerdotes reciben en su
ordenación, pero para lo que
nos interesa en éste momento sí, reciben el poder de perdonar los
pecados. Y lo reciben directamente de Jesús, ya que a través de
estos dos mil años, en nuestra Iglesia se ha transmitido este
poder a través de la misma
imposición de manos de que nos habla la Biblia." (5)
Por
unos instantes Juan guardó silencio, permitiendo con esto que Horacio
reordenara sus ideas. Más por la expresión en su rostro, era evidente
que si bien aceptaba estos argumentos como válidos, aún había algunas
dudas en la mente de su amigo.
Y Juan no se equivocaba, ya que a los pocos segundos Horacio
arremetió de nuevo: "Pues sí, hasta aquí todo esto me queda
claro, pero,
la verdad lo que pasa es que con tanta cosa que de pronto se sabe
de los sacerdotes, pues como que no me nace ir a confesarme".
Juan
respiró profundo y con tono triste se aprestó a responder: "Sí, Horacio, sé por que me dices eso, la verdad es que hay
algunos sacerdotes que no se han portado muy bien que digamos, pero
según lo que me ha tocado ver, la mayoría de ellos sí tienen
verdadera vocación y están cumpliendo fielmente su labor aún con todos
los sacrificios que tienen que realizar. Pero es cierto que hay algunos
a los que uno les da mejor la vuelta. Pero sabes algo, no recuerdo cuando
ni donde, pero una vez en un tema aprendí que no tengo que preocuparme
por la conducta, por
el carácter o por la falta de santidad del sacerdote que me va a
confesar. En esa ocasión me quedó muy claro que el sacerdote que nos
confiesa nos concede el perdón en el nombre de Jesucristo, (6)
y que es Jesús mismo quien recibe nuestros pecados para destruirlos.
Más aún, déjame decirte que el otro día en una misa, el Padre dijo que el mérito del sacramento de la confesión
era tan poderoso, que prevalecía aún por encima del probable pecado del
sacerdote.” (7)
"Pero, -objetó
Horacio- yo siempre he pensado que
un Padre es alguien que está dedicado a Dios y que está muy cerca de Él,
por lo que su comportamiento siempre debe ser cariñoso e intachable, pero
me ha tocado ver y oír algunas cosas que..., la verdad que por eso no me
confieso, hay algunos que en lugar de hacer que me acerque hacen que mejor
no vaya ni a misa"
Juan
aguardó algunos segundos antes de contestar: “Los
sacerdotes católicos han recibido grandes facultades dentro de la
Iglesia, pero también es cierto que con ellas también han adquirido
responsabilidades, y te aseguro que el primer interesado en que ellos
cumplan fielmente sus encargos es Dios mismo, y será Él quien se
encargará de juzgar la actuación de cada uno. Por lo tanto Horacio, que
eso no te aleje de las cosas de Dios.” (8)
Horacio
no respondió, tan sólo asintió lentamente con su cabeza.
"Ya por último
quisiera decirte algo -le dijo Juan a Horacio a manera de
conclusión-. Que ya no te detenga el pensar si un
Padre es digno de confesarte o no. Yo lo que puedo decirte es que te
acerques, al fin y al cabo ya sabes que es Jesús el que te está
esperando en el confesionario, ya que fue él quien pagó por nuestras
faltas, y por lo tanto es él, quien te absolverá de ellas cuando vayas y
se las pongas en sus manos." (9)
Después
de este último comentario dieron ambos por terminada esta plática. Y
cada uno inició las labores de ese día, después de todo estaban en el
trabajo y era el momento de justificar su sueldo. Ya en otra plática Juan
sabría si sus palabras habían caído en saco roto o si Horacio había
cambiado su manera de pensar por menos un poco. FIN
(1)
"Es
llamado sacramento de la confesión porque la declaración o manifestación,
la confesión de los pecados ante el sacerdote, es elemento esencial
en este sacramento." Catecismo de
la Iglesia Católica, No.1424 (2)
Cuando vio la fe de aquella
gente, Jesús dijo al paralítico “Hijo, tus
pecados te son perdonados...” Marcos
2,5-10. (3)
“Reciban al Espíritu
Santo: a quienes ustedes perdonen
queden perdonados...” Juan
20,19-23. (4)
“Busquen, pues, de entre ustedes a siete hombres de buena fama llenos de sabiduría
y Espíritu...” Hechos
6,3-7. (5)
“Hoy la palabra ordinato
está reservada al acto sacramental que incorpora al orden de los obispos,
de los presbíteros y de los diáconos y que va mas allá de una simple
elección, designación, delegación o institución por la comunidad, pues
confiere un don del Espíritu Santo que permite ejercer un poder
sagrado que sólo puede venir
de Cristo, a través de su Iglesia. La imposición de manos del obispo,
con la oración consecratoria, constituye el siglo visible de esta
consagración.” Catecismo de
la Iglesia Católica. No.1538 (6)
"Por medio del obispo
y de sus presbíteros, la Iglesia en
nombre de Jesucristo, concede el perdón de los pecados, determina
la modalidad de la satisfacción, ora también por el pecador y hace
penitencia con él. Así el pecador es curado y restablecido en la comunión
eclesial." Catecismo de
la Iglesia Católica, No. 1448 (7)
“Esta presencia de Cristo
en el ministro no debe ser entendida como si éste estuviese exento de
todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores, es decir, del
pecado. No todos los actos del ministro son garantizados de la misma
manera por la fuerza del Espíritu Santo. Mientras que en
los sacramentos esta garantía es dada de modo que ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de la gracia.” Catecismo de
la Iglesia Católica, No.1550 (8)
“Los sacerdotes
ha recibido un poder que Dios no ha dado ni a los ángeles, ni a los
arcángeles... Dios sanciona allá arriba todo lo que los sacerdotes hagan aquí
abajo.”
(S. Juan Crisóstomo) Catecismo de
la Iglesia Católica, No.983 3er. párrafo (9)
"En la remisión de los
pecados, los sacerdotes y los sacramentos son meros instrumentos
de los que quiere servirse
nuestro Señor Jesucristo, único autor y dispensador de nuestra
salvación, para borrar nuestras
iniquidades y darnos la gracia de la justificación." Catecismo de
la Iglesia Católica, No.987
Del libro “De diálogo en diálogo” De: José Luis Contreras Sáenz Chihuahua, Chih., Méx. Septiembre 27, 1999 3,132 palabras
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