LOS OLVIDADOS DE DIOS

"De diálogo en diálogo"

| Inicio | Imágenes | Diversión | Temas | Música | Oraciones | La Biblia | ConocerLibrosVideos | Chat | Cine | Autor | MapaEnlacesWebmasters | Televisión | Radio |



Únete a "Entre Católicos" Nuestra Red Social

 

 

 

"No, no, te digo que no".

 

            "Pero es que..."

 

            "Bueno, si sales..."

 

            Estas frases entrecortadas, intercambiadas entre cuchicheos fueron las que sacaron a Juan del hilo de su conversación. Quienes discutían eran Paty y Aarón, una joven pareja de novios muy querida por él. En aquel instante Juan creyó oportuno dejar de hablar, hacia ya algunos minutos que había notado como los integrantes de aquel grupo de jóvenes habían empezado a inquietarse,  y más aún, que su distracción iba en aumento.

 

            En cuanto suspendió su charla, Juan perdió definitivamente la atención de todos aquellos jóvenes, quienes atentos prestaban ya todo su interés a lo que estaba ocurriendo en la calle, a unos cuantos metros, frente al salón de pastoral del templo en el que se encontraban.

 

            "No Aarón, no salgan". -insistía Paty cada vez más preocupada, al tiempo que Aarón se ponía de pie.-

 

            Juan entonces rápidamente se adelantó y caminó hacia la puerta de cristales, y así por fin pudo enterarse de lo que estaba causando aquel alboroto.

 

            Para este momento, Juan había ya elaborado mentalmente algunas conjeturas, él pensaba  que quizás se trataba de algún accidente ocurrido en la calle,  o que alguien de la casa de Aarón había venido por él,  o que tal vez se trataba de algún exnovio de Paty y que venía con intención de molestarlos. También podían ser algunos muchachos de la colonia, que habían venido a burlarse de sus amigos que como niños bien portados estaban participando en aquel grupo. Pero Juan sospechaba que lo más probable era que un grupo de jóvenes revoltosos de otro barrio habían venido a buscar pleito.

 

            Y efectivamente, Juan no se equivocó en su conjetura final, afuera, en la calle, frente al templo, pudo observar a alrededor de una docena de jóvenes, que con actitud amenazadora hacían señas de advertencia a los muchachos del grupo que los observaban desde el interior de aquel salón.

 

            Esta situación en aquel templo no era nueva, Juan recordó que apenas hacía unos meses mientras visitaba a un grupo de jóvenes un poco más avanzados de edad, había sucedido algo parecido, sólo que en aquella ocasión los revoltosos eran tan sólo dos y uno de ellos, el más ruidoso iba tan tomado que prácticamente se caía solo. Juan recordaba que todo había salido bien ya que se encontraba ahí el Padre Poncho y aquellos dos jóvenes resultaron conocidos de él, ya que ambos vivían muy cerca de la parroquia.

 

            Mas ahora no estaba el Padre Poncho, y Juan, por la experiencia adquirida en su secundaria sabía cuan fácilmente ese tipo de situaciones se salían de control. Así que decidió actuar rápidamente. Giró su cuerpo hacia el inquieto grupo y captando su atención les dijo tratando de calmarlos:

 

            "Les pido por favor que nadie se salga".

 

            "No son de aquí, son de allá arriba" -le explicó Julia, la coordinadora de aquel grupo juvenil-.

 

            "¿Y por qué quieren pelear?". -preguntó Juan-

 

            "Siempre ha sido así -le contestó Aarón-, desde que construyeron esta colonia nada más se les pone y vienen a buscar pleito.”

 

            "Bueno, por favor no se salgan, vamos a tratar de no empeorar las cosas". -les pidió Juan antes de salir-.

 

            Y decididamente con una sonrisa en sus labios Juan abrió la puerta y salió al atrio del templo. Se sentía tranquilo, eran jóvenes menores que él, además de alguna manera, el que se hubieran quedado en la calle y no subieran al pequeño atrio del templo le permitía confiar que cuando menos respetaban el lugar donde se encontraban.

 

            Y dirigiendo su mirada hacia aquellos jóvenes, siempre sonriendo, Juan llegó al centro del atrio y se detuvo, no dijo nada, realmente no se le ocurría nada que decir, por lo que tan sólo se quedo ahí parado. Después de unos instantes uno de los jóvenes caminó hacia él. Aquel joven que avanzaba decidido hacia Juan no era el más alto, ni el mas fornido de aquel grupo, era mas bien bajito y de complexión delgada, pero eso sí, la expresión en su rostro moreno, de alguna manera le hizo entender a Juan que era uno de los más peleoneros.

 

            Aquel joven caminó despreocupadamente hacia Juan y se detuvo como a un metro de él, lo miró fijamente a los ojos y también guardó silencio. En eso, Juan sin perder mas tiempo extendiéndole la mano derecha le dijo amablemente: "Que tal, ¿cómo estás?, soy Juan".

 

            "¿Que hubo?, soy Manuel" -contestó serio aquel joven-.

 

            Juan percibió una buena señal, ya que no había notado agresividad en aquel saludo. Para sí, consideró que si abordaba el problema directamente quizás no arreglaría nada, sino que muy probablemente sólo empeoraría la situación, así que decidió que la plática tomara otro rumbo y ver que pasaba.

 

            Con actitud amable y evadiendo intencionalmente lo obvio, Juan le dijo a Manuel: "Me da mucho gusto que hayan venido, me dicen que ustedes son de las colonias de arriba, ¿vinieron al grupo?, ¿quieren entrar?".

 

            Manuel se sorprendió, abrió los ojos y apretó sus labios. Sin pronunciar palabra Manuel dio un paso atrás, evidentemente se había puesto nervioso, comenzó a balancear su cuerpo y de cuando en cuando volvía su rostro hacia atrás, hacia la calle, donde estaban sus amigos.

 

            "No, -respondió al fin- nosotros no venimos al grupo, esta iglesia es para los de aquí, nosotros somos de allá arriba, pasando la Avenida Nueva España".

 

            "No importa" -le contestó Juan, al tiempo que inclinaba su cuerpo hacia la puerta del templo y extendía su brazo derecho como un gesto de cortesía para que Manuel pasara-.

 

            Manuel no se movió, y sonriendo nerviosamente observó a los muchachos que expectantes esperaban adentro, luego de unos instantes dirigió sus ojos hacia Juan y después a sus amigos. Finalmente volvió a mirar a Juan y le dijo: "No, la verdad no podemos entrar, ya nos tenemos que ir".

 

            "¿Por qué? - le preguntó Juan-, ¿nunca has entrado a un grupo de jóvenes?, se me hace que tu crees que nada más nos estamos hincados, rezando por horas y horas. De ninguna manera, tenemos pláticas muy interesantes con temas atractivos para tu edad. Vemos videos y a veces proyectamos acetatos. También tenemos actividades fuera del templo y vamos a conciertos y a congresos para jóvenes".

 

            Aquel joven lo observaba muy atento, Juan podía percibir que Manuel estaba realmente interesado: "Si, está suave   -contestó el joven convencido-, pero quizás después, ahorita no nos podemos quedar. Además aquí no nos quieren".

 

            "¿Quién no los quiere?” - preguntó Juan in­genuamente.-

 

            "Nadie -contestó el joven-, aquí en este barrio no nos quieren, nos corren cuando nos ven por aquí y siempre nos andan echando a la policía. Ni en nuestro barrio, ¡ni en nuestras casas nos quieren!".

 

            Manuel se entristecía con cada frase que pronunciaba, al ir enunciando cada uno de los lugares y personas en donde y por quienes no eran queridos. Juan conmovido tan sólo lo observaba. Manuel no veía a Juan a los ojos, la mirada del joven divagaba triste entre las delgadas grietas del piso de cemento de aquel atrio.

 

            Más de pronto, sorpresivamente el joven pendenciero se repuso, levantó su rostro, irguió su cuerpo y retomando ánimo le preguntó a Juan con un tono de gran dignidad en su voz: " ¡Ah!, pero por eso, porque nadie nos quiere, ¿sabe cómo nos llamamos?, ¿sabe cual es el nombre de nuestro grupo?".

 

            Ahora el sorprendido era Juan, evidentemente no tenía ni la menor idea de cual sería ese nombre, así que tan sólo se encogió de hombros y esperó a que Manuel se lo dijera.

 

            Manuel, tal como esperaba, al ver que Juan nunca adivinaría tomó el aire suficiente, levantó su mano derecha y con el dedo índice apuntando al cielo exclamó con orgullo: “Nos llamamos: ¡Los olvidados de Dios!".

 

            Juan abrió desmesuradamente sus ojos y conteniendo la risa, mantuvo su mirada en Manuel, mientras que éste rebosaba de orgullo. Evidentemente emocionado era claro que Manuel tenía aún más que decir, así que Juan no hizo ningún comentario y lo dejó continuar.

 

            "Sí, así nos llamamos porque nadie nos quiere, en todos lados nos tienen miedo y nos corren". - recalcó el joven con desdeño-

 

            Juan saliendo un poco de su asombro exclamó sin poder evitar sonreír: "¿Los olvidados de Dios?, pero si Dios no olvida a nadie. Él nos ama a todos, no importa que nadie nos acepte, El siempre nos va a querer." (1)

 

            "Bueno si -contestó Manuel ya más calmado-, eso ya lo sabemos porque nosotros también creemos en Dios - se apresuró a decir-, nosotros también somos católicos, por eso respetamos la iglesia, sabemos que Él si nos quiere aunque a veces nos portemos mal. Es más, mira, ve -le insistía el joven a Juan para que observara la playera debajo de su sudadera- mira, aquí traigo a Jesús, -y señalando a unas personas con ropas cholas debajo del dibujo de Cristo le indicó- y estos que están aquí, somos nosotros; "Los olvidados de Dios”. Y mira atrás -le insistió dándose la vuelta- acá en la espalda traigo a María, a la virgen de Guadalupe, lo ves nosotros también creemos en Dios”.

 

            Después de aquella demostración de religiosidad urbana, y ya con un poco más en confianza,  Juan le preguntó: "Bueno, pero entonces, ¿por qué el nombre de "Los olvidados de Dios", realmente creen que Él los tiene olvidados?".

 

            "No, -contestó- Dios nunca nos olvida, pero nos pusimos así porque a todos los chavos se nos hizo que sonaba bien, nos gustó el nombre".

 

            Juan soltó una carcajada y el joven lejos de molestarse también se sonrió, había comprendido, él mismo, lo gracioso de sus razonamientos.

 

            "¡Bueno! -exclamó Juan alegremente-, que bueno que me dices que ustedes también son católicos porque entonces este templo también es de ustedes y pueden pasar,  y estoy seguro de que por los muchachos del grupo no habrá ningún problema".

 

            "No de veras, gracias pero ya nos tenemos que ir"    -respondió el joven al tiempo que daba dos pasos hacia atrás-. Otro día de veras vamos a venir y si entramos, pero hoy no".

 

            Al ver ahora a aquel joven, mostrándose como realmente era, sin sombra de agresividad en su juvenil rostro y al ver los movimientos nerviosos de su pequeño y delgado cuerpo, Juan no pudo más que enternecerse y pensó: "¿Cómo Señor?, ¿Cómo podrías Tú olvidarte de este pequeñito?."

 

            Y sin más tardanza, Manuel se despidió de Juan con un gesto de su mano y se dirigió hacía los jóvenes que ya lo esperaban de pie sobre la calle. Juan amigablemente le devolvió el gesto, al tiempo que le decía: "¡Creo que sería bueno que le buscaran otro nombre a su banda!".

 

            Y Manuel por última vez volvió su rostro hacia Juan, más no contestó, tan sólo se sonrió. El nuevo amigo de Juan llegó hasta sus compañeros, brevemente intercambiaron unas cuantas palabras, y finalmente, los ahora “Sin nombre” se alejaron por la calle, caminando hacia su casa, hacia las colonias de arriba.

 

 

FIN

 

 

 

 

 (1)  El amor de Dios es “eterno” (Isaías 54;8). “Porque los montes se correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará” (Isaías 54;10). “Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti” (Jeremías 31;3).

               Catecismo de la Iglesia Católica No.220

 

 

 

Del libro “Los Diálogos de Juan”

José Luis Contreras Sáenz.

Chihuahua, Chih., Méx. Septiembre 27, 1999.

1,912 palabras  

 

 

 

Ir al Indice de este libro

 

 

 

Si esta Página ha sido de su agrado

por favor entre aquí y

Recomiéndela


 

El Administrador de este Sitio tiene algo que decirte, escúchalo en su Album "Mis Charlas en el Chat Católico Omega Voz". Escúchalo y si te gusta algún mensaje, descárgalo y compártelo. Para ir y escucharlo presiona aquí

 

VISITE NUESTRO CHAT CATOLICO "OMEGA VOZ", CHAT DE TEXTO Y AUDIO

 



 

| Inicio | Imágenes | Diversión | Temas | Música | Oraciones | La Biblia | ConocerLibrosVideos | Chat | Cine | Autor | MapaEnlacesWebmasters | Televisión | Radio |



 

Presione g+1 para recomendar esta página