Queridos Hermanos y Hermanas,
1. Nos disponemos a recorrer de nuevo el camino cuaresmal, que
nos conducirá a las solemnes celebraciones del misterio central de
la fe, el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo.
Nos preparamos para vivir el tiempo apropiado que la Iglesia ofrece
a los creyentes para meditar sobre la obra de la salvación
realizada por el Señor en la Cruz. El designio salvífico del Padre
celeste se ha cumplido en la entrega libre y total del Hijo
unigénito a los hombres. "Nadie me quita la vida; yo la doy
voluntariamente", dice Jesús (cf. Jn 10, 18), resaltando que
Él sacrifica su propia vida, de manera voluntaria, por la
salvación del mundo. Como confirmación de don tan grande de amor,
el Redentor añade: "Nadie tiene mayor amor que el que da su
vida por sus amigos"(Jn 15, 13).
La Cuaresma, que es una ocasión providencial de conversión, nos
ayuda a contemplar este estupendo misterio de amor. Es como un
retorno a las raíces de la fe, porque meditando sobre el don de
gracia inconmensurable que es la Redención, nos damos cuenta de que
todo ha sido dado por amorosa iniciativa divina. Precisamente para
meditar sobre este aspecto del misterio salvífico, he elegido como
tema del Mensaje cuaresmal de este año las palabras del Señor:
"Gratis lo recibisteis; dadlo gratis"(Mt 10, 8).
2. Dios nos ha dado libremente a su Hijo: ¿quién ha podido o
puede merecer un privilegio semejante? San Pablo dice: "todos
pecaron y están privados de la gloria de Dios y son justificados
por el don de su gracia" (Rm 3, 23-24). Dios nos ha amado con
infinita misericordia, sin detenerse ante la condición de grave
ruptura ocasionada por el pecado en la persona humana. Se ha
inclinado con benevolencia sobre nuestra enfermedad, haciendo de
ella la ocasión para una nueva y más maravillosa efusión de su
amor. La Iglesia no deja de proclamar este misterio de infinita
bondad, exaltando la libre elección divina y su deseo de no de
condenar, sino de admitir de nuevo al hombre a la comunión consigo.
"Gratis lo recibisteis; dadlo gratis". Que estas
palabras del Evangelio resuenen en el corazón de toda comunidad
cristiana en la peregrinación penitencial hacia la Pascua. Que la
Cuaresma, llamando la atención sobre el misterio de la muerte y
resurrección del Dios, lleve a todo cristiano a asombrarse
profundamente ante la grandeza de semejante don. ¡Sí! Gratis hemos
recibido. ¿Acaso no está toda nuestra existencia marcada por la
benevolencia de Dios? Es un don el florecer de la vida y su
prodigioso desarrollo. Precisamente por ser un don, la existencia no
puede ser considerada una posesión o una propiedad privada, por
más que las posibilidades que hoy tenemos de mejorar la calidad de
vida podrían hacernos pensar que el hombre es su
"dueño". Efectivamente, las conquistas de la medicina y
la biotecnología pueden en ocasione inducir al hombre a creerse
creador de sí mismo y a caer en la tentación de manipular "el
árbol de la vida" (Gn 3, 24).
Conviene recordar también a este propósito que no todo lo que
es técnicamente posible es también moralmente lícito. Aunque
resulte admirable el esfuerzo de la ciencia para asegurar una
calidad de vida más conforme a la dignidad del hombre, eso nunca
debe hacer olvidar que la vida humana es un don, y que sigue
teniendo valor aún cuando esté sometida a sufrimientos o
limitaciones. Es don que siempre se ha de acoger: recibido gratis y
gratuitamente puesto al servicio de los demás.
3. La Cuaresma, proponiendo de nuevo el ejemplo de Cristo que se
inmola por nosotros en el Calvario, nos ayuda de manera especial a
entender que la vida ha sido redimida en Él. Por medio del
Espíritu Santo, Él renueva nuestra vida y nos hace partícipes de
esa misma vida divina que nos introduce en la intimidad de Dios y
nos hace experimentar su amor por nosotros. Se trata de un regalo
sublime, que el cristiano no puede dejar de proclamar con alegría.
San Juan escribe en su Evangelio: "Esta es la vida eterna: que
te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has
enviado, Jesucristo" (Jn 17, 3). Esta vida, que se nos ha
comunicado con el Bautismo, hemos de alimentarla continuamente con
una respuesta fiel, individual y comunitaria, mediante la oración,
la celebración de los Sacramentos y el testimonio evangélico.
En efecto, habiendo recibido gratis la vida, debemos, por nuestra
parte, darla a los hermanos de manera gratuita. Así lo pide Jesús
a los discípulos, al enviarles como testigos suyos en el mundo:
"Gratis lo recibisteis; dadlo gratis". Y el primer don que
hemos de dar es el de una vida santa, que dé testimoniodel amor
gratuito de Dios. Que el itinerario cuaresmal sea por todos los
creyentes una llamada constante a profundizar en esta peculiar
vocación nuestra. Como creyentes, hemos de abrirnos a una
existencia que se distinga por la "gratuidad",
entregándonos a nosotros mismos, sin reservas, a Dios y al
próximo.
4. "¿Qué tienes- advierte san Pablo - que no lo hayas
recibido?(1 Co 4, 7). Amar a los hermanos, dedicarse a ellos, es una
exigencia que proviene de esta constatación. Cuanto mayor es la
necesidad de los otros, más urgente es para el creyente la tarea de
serviles. ¿Acaso no permite Dios que haya condiciones de necesidad
para que, ayudando a los demás, aprendamos a liberarnos de nuestro
egoísmo y a vivir el auténtico amor evangélico? Las palabras de
Jesús son muy claras: "si amáis a los que os aman, ¿qué
recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los
publicanos?"(Mt 5, 46). El mundo valora las relaciones con los
otros en función del interés y el provecho propio, dando lugar a
una visión egocéntrica de la existencia, en la que demasiado a
menudo no queda lugar para los pobres y los débiles. Por el
contrario, toda persona, incluso la menos dotada, ha de ser acogida
y amada por sí misma, más allá de sus cualidades y defectos. Más
aún, cuanto mayor es la dificultad en que se encuentra, más ha de
ser objeto de nuestro amor concreto. Éste es el amor del que la
Iglesia da testimonio a través de innumerables instituciones,
haciéndose cargo de enfermos, marginados, pobres y oprimidos. De
este modo, los cristianos se convierten en apóstoles de esperanza y
constructores de la civilización del amor.
Es muy significativo que Jesús pronuncie las palabras:
"Gratis lo recibisteis; dadlo gratis", precisamente antes
de enviar a los apóstoles a difundir el Evangelio de la salvación,
el primero y principal don que Él ha dado a la humanidad. Él
quiere que su Reino, ya cercano (cf. Mt 10, 5ss), se propague
mediante gestos de amor gratuito por parte de sus discípulos. Así
hicieron los apóstoles en el comienzo del cristianismo, y quienes
los encontraban, los reconocían como portadores de un mensaje más
grande de ellos mismos. Como entonces, también hoy el bien
realizado por los creyentes se convierte en un signo y, con
frecuencia, en una invitación a creer. También cuando el cristiano
se hace cargo de las necesidades del prójimo, como en el caso del
buen samaritano, nunca se trata de una ayuda meramente material. Es
también anuncio del Reino, que comunica el pleno sentido de la
vida, de la esperanza, del amor.
5. ¡Queridos Hermanos y Hermanas! Que sea éste el estilo con el
que nos preparamos a vivir la Cuaresma: la generosidad efectiva
hacia los hermanos más pobres. Abriéndoles el corazón, nos
hacemos cada vez más conscientes de que nuestra entrega a los
demás es una respuesta a los numerosos dones que Dios continúa
haciéndonos.Gratis lo hemos recibido, ¡démoslo gratis!
¿Qué momento más oportuno que el tiempo de Cuaresma para dar
este testimonio de gratuidad que tanto necesita el mundo? El mismo
amor que Dios nos tiene lleva en sí mismo la llamada a darnos, por
nuestra parte, gratuitamente a los otros. Doy las gracias a todos
los que -laicos, religiosos, sacerdotes- dan este testimonio de
caridad en cada rincón del mundo. Que sea así para cada cristiano,
en cualquier situación en que se encuentre.
Que María, la Virgen y Madre del buen Amor y de la Esperanza,
sea guía y sustento en este itinerario cuaresmal. Aseguro a todos,
con afecto, mis oraciones, a la vez que les imparto complacido,
especialmente a los que trabajan cotidianamente en las múltiples
fronteras de la caridad, una especial Bendición Apostólica.