"La caridad no toma en cuenta el mal" (1 Cor 13,5)
1. "Mirad que subimos a Jerusalén" (Mc 10, 33).
Mediante estas palabras el Señor invita a los discípulos a
recorrer junto a Él el camino que partiendo de Galilea conduce
hasta el lugar donde se consumará su misión redentora. Este camino
a Jerusalén, que los Evangelistas presentan como la culminación
del itinerario terreno de Jesús, constituye el modelo de vida del
cristiano, comprometido a seguir al Maestro en la vía de la Cruz.
Cristo, también, dirige esta misma invitación de "subir a
Jerusalén" a los hombres y mujeres de hoy. Y lo hace con
particular fuerza en este tiempo de Cuaresma, favorable para
convertirse y encontrar la plena comunión con Él, participando
íntimamente en el misterio de su muerte y resurrección. Por tanto,
la Cuaresma representa para los creyentes la ocasión propicia para
una profunda revisión de vida. En el mundo contemporáneo, junto a
generosos testigos del Evangelio, no faltan bautizados que, frente a
la exigente llamada para emprender la "subida a
Jerusalén", adoptan una posición de sorda resistencia y, a
veces, también de abierta rebelión. Son situaciones en las que la
experiencia de la oración se vive de manera bastante superficial,
de modo que la palabra de Dios no incide sobre la existencia. Muchos
consideran insignificante el mismo Sacramento de la Penitencia y la
Celebración eucarística del domingo simplemente un deber que hay
que cumplir.
¿Cómo acoger la llamada a la conversión que Jesús nos dirige
también en esta Cuaresma? ¿Cómo llevar a cabo un serio cambio de
vida? Es necesario, ante todo, abrir el corazón a los conmovedores
mensajes de la liturgia. El periodo que prepara la Pascua representa
un providencial don del Señor y una preciosa posibilidad de
acercarse a Él, entrando en uno mismo y poniéndose a la escucha de
sus sugerencias interiores.
2. Hay cristianos que creen poder prescindir de dicho constante
esfuerzo espiritual, porque no advierten la urgencia de confrontarse
con la verdad del Evangelio. Ellos intentan vaciar y convertir en
inocuas, para que no turben su manera da vivir, palabras como:
"Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien"
(Lc 6, 27). Tales palabras, para estas personas, resultan difíciles
de aceptar y de traducir en coherentes comportamientos de vida. De
hecho, son palabras que, si tomadas en serio, obligan a una radical
conversión. En cambio, cuando se está ofendido y herido, se está
tentado a ceder a los mecanismos psicológicos de la autocompasión
y de la revancha, ignorando la invitación de Jesús a amar al
proprio enemigo. Sin embargo, los sucesos humanos de cada día sacan
a la luz, con gran evidencia, cómo el perdón y la reconciliación
son imprescindibles para llevar a cabo una real renovación personal
y social. Esto vale en las relaciones interpersonales, pero también
en las relaciones entre las comunidades y entre las naciones.
3. Los numerosos y trágicos conflictos que atenazan a la
humanidad, tal vez causados también por malentendidas cuestiones
religiosas, han hecho que profundos fosos de odio y de violencia
surgieran entre pueblos y pueblos. En algunas ocasiones, esto se ha
producido entre grupos y fracciones de una misma nación. De hecho,
a veces asistimos con doloroso sentido de impotencia, al reflorecer
de conflictos que creíamos definitivamente superados y se tiene la
impresión que algunos pueblos viven atrapados en una espiral de
imparable violencia, que continuará a cosechar víctimas y
víctimas, sin una concreta perspectiva de solución. Y los
auspicios de paz, que se elevan de todas las partes del mundo,
resultan ineficaces: el compromiso necesario para encaminar la
concordia deseada no logra afianzarse.
Frente a este inquietante escenario, los cristianos no pueden
permanecer indiferentes. Es por ello que en el Año jubilar, apenas
concluido, me he hecho eco de la petición de perdón de la Iglesia
a Dios por los pecados de sus hijos. Somos conscientes que, por
desgracia, las culpas de los cristianos han ofuscado el rostro
inmaculado, pero confiando en el amor misericordioso de Dios que no
tiene en cuenta el mal al ver el arrepentimiento, sabemos también
que podemos continuamente retomar el camino llenos de esperanza. El
amor de Dios encuentra su más alta expresión justo cuando el
hombre, pecador e ingrato, es readmitido a la plena comunión con
Él. Bajo esta óptica, la "purificación de la memoria"
es ante todo una renovada confesión de la misericordia divina, una
confesión que la Iglesia, en sus diferentes niveles, está llamada
constantemente a hacer propia con renovada convicción.
4. El único camino de la paz es el perdón. Aceptar y ofrecer el
perdón hace posible una nueva cualidad de relaciones entre los
hombres, interrumpe la espiral de odio y de venganza, y rompe las
cadenas del mal que atenazan el corazón de los contrincantes. Para
las naciones en busca de reconciliación y para cuantos esperan una
coexistencia pacífica entre los individuos y pueblos, no hay más
camino que éste: el perdón recibido y ofrecido. ¡Cuan ricas de
saludables enseñanzas resuenan las palabras del Señor: "Amad
a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis
hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos
y buenos, y hace llover sobre justos e injustos!" (Mt 5,
44-45). Amar a quien nos ha ofendido desarma al adversario y puede
incluso transformar un campo de batalla en un lugar de solidaria
cooperación.
Éste es un desafío que concierne a cada individuo, pero
también a las comunidades, a los pueblos y a la entera humanidad.
Afecta, de manera especial, a las familias. No es fácil convertirse
al perdón y a la reconciliación. Reconciliarse puede resultar
problemático cuando en el origen se encuentra una culpa propia. Si
en cambio la culpa es del otro, reconciliarse puede incluso ser
visto como una irrazonable humillación. Para dar semejante paso es
necesario un camino interior de conversión; se precisa el coraje de
la humilde obediencia al mandato de Jesús. Su palabra no deja lugar
a dudas: no sólo quien provoca la enemistad, sino también quien la
padece debe buscar la reconciliación (cfr. Mt 5, 23-24). El
cristiano debe hacer la paz aún cuando se sienta víctima de aquel
que le ha ofendido y golpeado injustamente. El Señor mismo ha
obrado así. Él espera que el discípulo le siga, cooperando de tal
manera a la redención del hermano.
En nuestro tiempo, el perdón aparece principalmente como
dimensión necesaria para una auténtica renovación social y para
la consolidación de la paz en el mundo. La Iglesia, anunciando el
perdón y el amor a los enemigos, es consciente de introducir en el
patrimonio espiritual de la entera humanidad una nueva forma de
relacionarse con los demás, una forma ciertamente fatigosa, pero
rica en esperanza. En esto, ella sabe que puede contar con la ayuda
del Señor, que nunca abandona a quien, frente a las dificultades,
recurre a Él.
5. "La caridad no toma en cuenta el mal" (l Cor 13,5).
En esta expresión de la primera Epístola a los Corintios, el
apóstol Pablo recuerda que el perdón es una de las formas más
elevadas del ejercicio de la caridad. El periodo cuaresmal
representa un tiempo propicio para profundizar mejor sobre la
importancia de esta verdad. Mediante el Sacramento de la
reconciliación, el Padre nos concede en Cristo su perdón y esto
nos empuja a vivir en la caridad, considerando al otro no como un
enemigo, sino como un hermano.
Que este tiempo de penitencia y de reconciliación anime a los
creyentes a pensar y a obrar bajo la orientación de una caridad
autentica, abierta a todas las dimensiones del hombre. Esta actitud
interior los conducirá a llevar los frutos del Espíritu (cfr Gal
5, 22) y a ofrecer, con corazón nuevo, la ayuda material a quien se
encuentra en necesidad. Un corazón reconciliado con Dios y con el
prójimo es un corazón generoso. En los días sagrados de la
Cuaresma la "colecta" asume un valor significativo, porque
no se trata de dar lo que nos es superfluo para tranquilizar la
propia conciencia, sino de hacerse cargo con solidaria solicitud de
la miseria presente en el mundo. Considerar el rostro doliente y las
condiciones de sufrimiento de muchos hermanos y hermanas no puede no
impulsar a compartir, al menos parte de los propios bienes, con
aquellos que se encuentran en dificultad. Y la ofrenda de Cuaresma
resulta todavía más rica de valor, si quien la cumple se ha
librado del resentimiento y de la indiferencia, obstáculos que
alejan de la comunión con Dios y con los hermanos.
El mundo espera de los cristianos un testimonio coherente de
comunión y de solidaridad. Al respecto, las palabras del apóstol
Juan son más que nunca iluminadoras: "Si alguno que posee
bienes de la tierra y ve a su hermano padecer necesidad y le cierra
su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?"
(1 Jn 3, 17).
¡Hermanos y Hermanas! San Juan Crisostomo, comentando la
enseñanza del Señor sobre el camino a Jerusalén, recuerda que
Cristo no oculta a los discípulos las luchas y los sacrificios que
les aguardan. Él mismo subraya cómo la renuncia al proprio
"yo" resulta difícil, pero no imposible cuando se puede
contar con la ayuda que Dios nos concede "mediante la comunión
con la persona de Cristo" (PG 58, 619s).
He aquí porque en esta Cuaresma deseo invitar a todos los
creyentes a una ardiente y confiada oración al Señor, para que
conceda a cada uno hacer una renovada experiencia de su
misericordia. Sólo este don nos ayudará a acoger y a vivir de
manera siempre más jubilosa y generosa la caridad de Cristo, que
"no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la
injusticia; se alegra de la verdad" (1 Cor 13, 5-6).
Con estos sentimientos invoco la protección de la Madre de la
Misericordia sobre el camino cuaresmal de la entera Comunidad de los
creyentes y de corazón imparto a cada uno la Bendición
Apostólica.