Martes 29 de enero de 2008
“Nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, por vosotros se hizo
pobre” (2Cor 8,9)
¡Queridos hermanos y hermanas!
1. Cada año, la Cuaresma nos ofrece una ocasión providencial
para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, y nos
estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que
también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros
hermanos. En el tiempo cuaresmal la Iglesia se preocupa de proponer
algunos compromisos específicos que acompañen concretamente a los
fieles en este proceso de renovación interior: son la oración, el
ayuno y la limosna. Este año, en mi acostumbrado Mensaje cuaresmal,
deseo detenerme a reflexionar sobre la práctica de la limosna, que
representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al
mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los
bienes terrenales. Cuán fuerte es la seducción de las riquezas
materiales y cuán tajante tiene que ser nuestra decisión de no
idolatrarlas, lo afirma Jesús de manera perentoria: “No podéis
servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13).
La limosna nos ayuda a vencer esta constante tentación,
educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir
con los demás lo que poseemos por bondad divina. Las colectas
especiales en favor de los pobres, que en Cuaresma se realizan en
muchas partes del mundo, tienen esta finalidad. De este modo, a la
purificación interior se añade un gesto de comunión eclesial, al
igual que sucedía en la Iglesia primitiva. San Pablo habla de ello
en sus cartas acerca de la colecta en favor de la comunidad de
Jerusalén (cf. 2Cor 8,9; Rm 15,25-27 ).
2. Según las enseñanzas evangélicas, no somos propietarios de
los bienes que poseemos, sino administradores: por tanto, no debemos
considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través de los
cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un medio
de su providencia hacia el prójimo. Como recuerda el Catecismo de
la Iglesia Católica, los bienes materiales tienen un valor social,
según el principio de su destino universal (cf. nº 2404).
En el Evangelio es clara la amonestación de Jesús hacia los que
poseen las riquezas terrenas y las utilizan solo para sí mismos.
Frente a la muchedumbre que, carente de todo, sufre el hambre,
adquieren el tono de un fuerte reproche las palabras de San Juan:
“Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está
necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en
él el amor de Dios?” (1Jn 3,17). La llamada a compartir los
bienes resuena con mayor elocuencia en los países en los que la
mayoría de la población es cristiana, puesto que su
responsabilidad frente a la multitud que sufre en la indigencia y en
el abandono es aún más grave. Socorrer a los necesitados es un
deber de justicia aun antes que un acto de caridad.
3. El Evangelio indica una característica típica de la limosna
cristiana: tiene que ser en secreto. “Que no sepa tu mano
izquierda lo que hace la derecha”, dice Jesús, “así tu limosna
quedará en secreto” (Mt 6,3-4). Y poco antes había afirmado que
no hay que alardear de las propias buenas acciones, para no correr
el riesgo de quedarse sin la recompensa de los cielos (cf. Mt
6,1-2). La preocupación del discípulo es que todo vaya a mayor
gloria de Dios. Jesús nos enseña: “Brille así vuestra luz
delante de los hombres, para que vean vuestra buenas obras y
glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16).
Por tanto, hay que hacerlo todo para la gloria de Dios y no para la
nuestra. Queridos hermanos y hermanas, que esta conciencia acompañe
cada gesto de ayuda al prójimo, evitando que se transforme en una
manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no
tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien de
nuestros hermanos, sino que más bien aspiramos a satisfacer un
interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los
demás, nos situamos fuera de la óptica evangélica. En la sociedad
moderna de la imagen hay que estar muy atentos, ya que esta
tentación se plantea continuamente. La limosna evangélica no es
simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la
caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al
amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que
muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. ¿Cómo no
dar gracias a Dios por tantas personas que en el silencio, lejos de
los reflectores de la sociedad mediática, llevan a cabo con este
espíritu acciones generosas de sostén al prójimo necesitado?
Sirve de bien poco dar los propios bienes a los demás si el
corazón se hincha de vanagloria por ello. Por este motivo, quien
sabe que “Dios ve en el secreto” y en el secreto recompensará
no busca un reconocimiento humano por las obras de misericordia que
realiza.
4. Invitándonos a considerar la limosna con una mirada más
profunda, que trascienda la dimensión puramente material, la
Escritura nos enseña que hay mayor felicidad en dar que en recibir
(Hch 20,35). Cuando actuamos con amor expresamos la verdad de
nuestro ser: en efecto, no hemos sido creados para nosotros mismos,
sino para Dios y para los hermanos (cf. 2Cor 5,15). Cada vez que por
amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado
experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo
recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción
interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras
limosnas con su alegría. Y hay más: San Pedro cita entre los
frutos espirituales de la limosna el perdón de los pecados. “La
caridad –escribe– cubre multitud de pecados” (1P 4,8). Como a
menudo repite la liturgia cuaresmal, Dios nos ofrece, a los
pecadores, la posibilidad de ser perdonados. El hecho de compartir
con los pobres lo que poseemos nos dispone a recibir ese don. En
este momento pienso en los que sienten el peso del mal que han hecho
y, precisamente por eso, se sienten lejos de Dios, temerosos y casi
incapaces de recurrir a él. La limosna, acercándonos a los demás,
nos acerca a Dios y puede convertirse en un instrumento de
auténtica conversión y reconciliación con él y con los hermanos.
5. La limosna educa a la generosidad del amor. San José Benito
Cottolengo solía recomendar: “Nunca contéis las monedas que
dais, porque yo digo siempre: si cuando damos limosna la mano
izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, tampoco la
derecha tiene que saberlo” (Detti e pensieri, Edilibri, n. 201).
Al respecto es significativo el episodio evangélico de la viuda
que, en su miseria, echa en el tesoro del templo “todo lo que
tenía para vivir” (Mc 12,44). Su pequeña e insignificante moneda
se convierte en un símbolo elocuente: esta viuda no da a Dios lo
que le sobra, no da lo que posee sino lo que es. Toda su persona.
Este episodio conmovedor se encuentra dentro de la descripción
de los días inmediatamente precedentes a la pasión y muerte de
Jesús, el cual, como señala San Pablo, se ha hecho pobre a fin de
enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor 8,9); se ha entregado a sí
mismo por nosotros. La Cuaresma nos empuja a seguir su ejemplo,
también a través de la práctica de la limosna. Siguiendo sus
enseñanzas podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total;
imitándole conseguimos estar dispuestos a dar, no tanto algo de lo
que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos. ¿Acaso no se resume
todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto,
la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para
profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando
gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la
riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el
amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que
inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las
condiciones de cada uno.
6. Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma nos invita a “entrenarnos”
espiritualmente, también mediante la práctica de la limosna, para
crecer en la caridad y reconocer en los pobres a Cristo mismo. Los
Hechos de los Apóstoles cuentan que el Apóstol San Pedro dijo al
hombre tullido que le pidió una limosna en la entrada del templo:
“No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: en nombre de
Jesucristo, el Nazareno, echa a andar” (Hch 3,6). Con la limosna
regalamos algo material, signo del don más grande que podemos
ofrecer a los demás con el anuncio y el testimonio de Cristo, en
cuyo nombre está la vida verdadera. Por tanto, que este tiempo
esté caracterizado por un esfuerzo personal y comunitario de
adhesión a Cristo para ser testigos de su amor. María, Madre y
Sierva fiel del Señor, ayude a los creyentes a llevar adelante la
“batalla espiritual” de la Cuaresma armados con la oración, el
ayuno y la práctica de la limosna, para llegar a las celebraciones
de las fiestas de Pascua renovados en el espíritu. Con este deseo,
os imparto a todos una especial Bendición Apostólica.