IV. RECOMENDACIONES Y SUGERENCIAS.
1. Textos eucológicos.
La Cuaresma es el tiempo del año que posee mayor riqueza de
textos eucológicos (conjunto de oraciones de un libro litúrgico o
de una celebración). La misa no sólo tiene propia la primera
oración de cada día, sino incluso la oración sobre las ofrendas y
la oración después de la comunión. Pero, además de estos textos
obligatorios, subrayaríamos la importancia de otros formularios que
pueden usarse libremente:
a. El acto penitencial de la misa.
Sería recomendable destacar, durante este tiempo, esta parte de
la celebración. Podrían, por ejemplo, variarse cada día de la
semana las invocaciones (la nueva edición del Misal Romano ofrece
para ello una variedad de posibilidades), y cantar a diario -no
limitarse a rezar- el "Señor ten piedad". Es una manera
sencilla de subrayar el carácter penitencial de estos días.
b. Oración de los fieles.
Convendría emplear algunos formularios en los que se atendiese
el significado propio de este tiempo, y en los que se incluyeran
algunas peticiones por los pecadores, a tenor de lo que se dice al
respecto en el Concilio Vaticano II (ver Sacrosanctum Concilium, N.
109). Asimismo, y siguiendo el pedido del Papa, se pueden incluir
peticiones por la paz del mundo, por la familia, por la defensa de
la vida, y por las vocaciones.
c. Prefacios.
En el año A, todos los domingos tienen un prefacio propio que
glosa el evangelio del día. En los años B y C, tienen prefacio
propio los domingos I y II y el domingo de Ramos. Los restantes
domingos, se usa uno de los prefacios comunes de Cuaresma. El más
apropiado para el domingo IV es el prefacio I, por sus alusiones a
la Pascua que, se avecina. En cambio el prefacio IV por sus
alusiones al ayuno, no es apropiado para el domingo.
Para las ferias hay cinco prefacios. Todos estos prefacios habrá
que distribuirlos de manera que ninguno de ellos quede olvidado. Por
su carácter penitencial, el IV está especialmente indicado para
los viernes.
c. 1 El espíritu de la Cuaresma en sus Prefacios.
La última edición de Misal Romano en castellano (1988), trae
cinco Prefacios de Cuaresma, destinados a las cuatro primeras
semanas de este tiempo.
La semana V y VI, como se recuerda, disponen de dos Prefacios de
la Pasión del Señor. Los cinco prefacios cuaresmales son éstos:
Prefacio I: Significación espiritual de la Cuaresma.
A usarse sobre todo el domingo, cuando no hay señalado prefacio
propio.
Este prefacio presenta cuatro líneas de fuerza:
En primer lugar define la actitud del cristiano en la cuaresma:
"anhelar año tras año la solemnidad de la pascua". Este
prefacio presenta la meta positiva del proceso cuaresmal y de la
vida cristiana: participar en plenitud del misterio pascual del
Señor Jesús. Lo que deseamos y celebramos es el misterio de Cristo
renovado en nuestra vida: la Iglesia, que se incorpora a la Pascua
de su Señor.
En segundo lugar la tarea cuaresmal se describe con tres
pinceladas: librarnos del pecado y purificarnos interiormente;
dedicarnos con mayor empeño a la alabanza divina (vida de
oración); y finalmente vivir más intensamente el amor fraterno (la
caridad).
En tercer lugar subraya que la meta última a la que tiende el
proceso cuaresmal es "llegar a ser con plenitud hijos de
Dios", en Cristo, el Hijo por excelencia, en quien hemos sido
injertados por el Bautismo.
Finalmente, en cuarto lugar, el prefacio subraya que todo es
iniciativa divina, a la que la persona humana debe corresponder
según el máximo de sus posibilidades u capacidades: "por Él
concedes a tus hijos anhelar, año tras año..." La Palabra de
Dios y los Sacramentos nos ayudan en nuestro camino hacia la
santidad.
Prefacio II: La penitencia espiritual.
A usarse sobre todo el domingo, cuando no hay señalado un
prefacio propio.
Este prefacio subraya el sentido de la penitencia cuaresmal. La
Cuaresma es presentada como un tiempo de gracia (tiempo de
misericordia), que Dios nos ofrece para conseguir la purificación
interior del espíritu. Vernos libres del pecado, de nuestros vicios
y esclavitudes, reordenando adecuadamente nuestras potencias y
pasiones, aprendiendo a usar los bienes materiales como medios y no
como fines, comprendiendo su naturaleza perecedera y por tanto no
apegándonos a ellos desordenadamente. Este es el sentido de la
penitencia cuaresmal: cambio de mentalidad (metanoia), despojarse
del hombre viejo para revestirse del hombre nuevo.
Prefacio III: Los frutos de las privaciones voluntarias.
A usarse durante las ferias y los días de abstinencia y ayuno.
Este prefacio concreta aún más esta "penitencia" y
señala el por qué de la abstinencia y el ayuno. El ayuno tiene una
doble finalidad: por una parte mitigar nuestros apetitos
desordenados, y por otra parte aliviar las necesidades del prójimo
con el fruto de nuestra renuncia. Con ello damos gracias a Dios y
nos hacemos discípulos e instrumentos de su amor.
Prefacio IV: Los frutos del ayuno.
A usarse durante las ferias y los días de abstinencia y ayuno.
Es el más antiguo de los prefacios cuaresmales. Se limita a
destacar el ayuno como elemento central de la Cuaresma,
presentándonos el aspecto "ascético" de este tiempo
litúrgico.
Prefacio V: El camino del éxodo cuaresmal.
A usarse durante las ferias de este tiempo.
Este prefacio fue incorporado en la última edición del Misal
Romano en castellano (1988). Tiene un título dinámico y sugestivo.
Presenta a Dios como Padre rico en misericordia, quien toma la
iniciativa de nuestra salvación porque "por el grande amor con
que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos
vivificó juntamente con Cristo -por gracia habéis sido salvados- y
con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo
Jesús" (Ef 2,4-6). El prefacio presenta el camino de la
Iglesia en la Cuaresma como un "nuevo éxodo", donde la
Iglesia está llamada a hacer penitencia y renovar su vocación de
pueblo de la alianza nueva y eterna, llamado a bendecir el nombre de
Dios, a escuchar su Palabra y a experimentar con gozo sus
maravillas.
Además de estos cinco prefacios numerados, hay otros varios,
prácticamente para cada domingo, sobre todo en el Ciclo A.
El domingo primero, se centra en las tentaciones de Jesús en el
desierto.
El domingo segundo, sobre la Transfiguración del Señor.
Los domingos tercero, cuarto y quinto, tienen unos prefacios
claramente bautismales, respondiendo a las lecturas evangélicas,
que presentan los grandes temas cuaresmales del agua (la
samaritana), la luz (el ciego de nacimiento) y la vida (Lázaro).
Como ya hemos indicado hay otros dos prefacios de Pasión, para
los últimos días de la Cuaresma y Semana Santa.
Son once prefacios en total. Podemos sacar provecho de ellos para
nuestra predicación y nuestra catequesis. En ellos están las
ideas-fuerza del misterio de salvación que sucede en nuestro camino
cuaresmal-pascual.
d. Plegarias Eucarísticas.
Pueden usarse las dos plegarias eucarísticas sobre la
reconciliación, sobre todo los días miércoles y viernes, que son
los días más penitenciales de la Cuaresma.
e. Monición introductoria al Padrenuestro.
Durante el tiempo de Cuaresma, puede ser sugestivo recalcar en la
monición al Padrenuestro la petición: "Perdónanos nuestras
ofensas", o bien "Líbranos del mal".
f. Bendición Solemne y Oraciones sobre el pueblo.
La nueva edición del Misal Romano en castellano (1988), ha
incorporado una bendición solemne para este tiempo, que en la
edición anterior del Misal no existía. Por ello será oportuno
usarla sobre todo el Miércoles de Ceniza y los domingos de
Cuaresma.
También se pueden usar para los domingos las "oraciones
sobre el pueblo" que trae el Misal Romano al final del elenco
de las Bendiciones Solemnes, y que son las antiguas bendiciones
romanas. Para los domingos las más aconsejables son las de los
números 4, 11, 18, 20 y 21. No hay que olvidar el domingo VI de
Cuaresma o de Pasión tiene bendición propia.
Si para las ferias se quiere emplear alguna de las
"oraciones sobre el pueblo", las más apropiadas son las
de los números, 6, 10, 12, 15, 17 y 24. La 17 resulta muy apropiada
para los días viernes.
2. Programa de cantos.
a) Canto de entrada de la misa.
Este canto ha de dar el color cuaresmal al conjunto de la
celebración eucarística. Debe ser penitencial o, en los días
viernes y en las dos últimas semanas, alusivos a la cruz del
Señor. Por tanto hay que poner mucho cuidado en su elección.
b) Salmo responsorial.
Se debe respetar siempre en la liturgia de la Misa y no ser
alegremente sustituido por cualquier canto. No nos cansaremos de
decir que el Salmo forma parte integral de la Liturgia de la
Palabra; que es Palabra de Dios, y que la palabra divina nunca puede
ser sustituida por la palabra humana.
En la medida de lo posible se debe cantar. Pero si la asamblea no
puede cantar la antífona propia del salmo de la misa, se pueden
buscar algunas antífonas aplicables a todas las misas, siempre y
cuanto estas antífonas respeten el sentido del salmo.
Así por ejemplo se pueden seleccionar antífonas penitenciales,
cuando el salmo sea penitencial (por ejemplo, "Perdón, Señor,
Perdón"; o "Sí me levantaré"); o aclamaciones que
aludan a la pasión del Señor, cuando el salmo sugiera la oración
de Cristo en la cruz (por ejemplo "Protégeme Dios mío").
En caso que esto tampoco se pueda hacer es preferible leer el
salmo, y la asamblea responder con la antífona indicada, a cantar
una respuesta que no tenga el mismo sentido del salmo.
c) Aclamación antes del evangelio.
Pueden hacerse estas indicaciones:
- Es mejor reservarla únicamente para los días más solemnes
(domingos y tres primeras ferias de Semana Santa), y omitirla en las
ferias.
- Nunca la debe cantar un solista (no es un segundo salmo
responsorial), sino la asamblea o un coro. Lo mejor es que sea un
canto vibrante y aclamación a Cristo que hablará en el santo
evangelio.
d) Cantos de comunión.
Deberán evitarse los que tuvieren un matiz penitencial, pues la
comunión es siempre un momento festivo. En el momento de comulgar
no se trata de crear un ambiente cuaresmal, sino acompañar
festivamente la procesión eucarística. Por ello es bueno para este
momento de la Santa Misa escoger cantos alusivos al convite
eucarístico.
e) Preparación de los cantos de la Vigilia y de la Cincuentena
pascual.
Hay que dedicar durante la Cuaresma un tiempo cada semana para
ensayar cantos pascuales. Esto no se sitúa solamente en la línea
de una necesidad práctica con vistas a las fiestas y al tiempo
litúrgico que se aproximan, sino que además contribuirá a vivir
la Cuaresma como un camino hacia la pascua, creando el deseo de
anhelar su celebración.
En esta línea, tiene tanta importancia los ensayos en sí como
la explicación de algunos textos cantados. En estos ensayos
cuaresmales debería procurarse que el repertorio pascual progresara
de año en año, y, así, los cantos pascuales superaran los de los
otros ciclos, como la Pascua supera en solemnidad las otras fiestas.
Como cantos más importantes podrían citarse:
Un "Aleluya" vibrante (y quizá nuevo) que, bien
ensayado desde el principio de la Cuaresma, lo podría saber bien
toda la asamblea.
Un "Gloria" solemne y extraordinario, que podría
estrenarse en la Noche santa de Pascua y convertirse en el
"Gloria" propio de la cincuentena, o por lo menos de la
Octava de Pascua. Es bueno recordar que el "Gloria" que se
escoja debe recoger en su totalidad el texto litúrgico del Misal
Romano.
Aquel que cantará el "Pregón Pascual" en la Vigilia
Pascual, deberá practicarlo con la suficiente anticipación y nunca
dejar su ensayo para el último momento.
3. Preparación del cirio pascual.
El cirio pascual es quizás el signo más propio y expresivo de
las celebraciones pascuales. Por ello, no es suficiente comprarlo
(sería imperdonable usar el cirio de otros años, pues la Pascua es
la renovación de todo), sino que es necesario ambientar su futura
presencia, y, lograr que los fieles lo anhelen, pues el representa
al Señor glorificado.
Por ello sugerimos que se organice el IV Domingo de Cuaresma una
colecta entre los fieles para adquirirlo. El IV Domingo de Cuaresma,
es el domingo de la alegría en el camino penitencial hacia la
Pascua, y nos invita a pensar en la Pascua como una celebración ya
muy próxima.
Con ello resultaría más verdadera la expresión que se cantará
en el pregón pascual: "En esta noche de gracia, acepta, Padre
santo, este sacrificio vespertino de alabanza que la santa Iglesia
te ofrece por medio de sus ministros en la solemne ofrenda de este
cirio". Es evidente que esta expresión pierde todo su sentido
si se usa un cirio que ya ha sido, por decirlo así,
"ofrecido" anteriormente.
4. Oración, mortificación y caridad.
Son las tres grandes prácticas cuaresmales o medios de la
penitencia cristiana (ver Mt 6,1-6.16-18).
Ante todo, está la vida de oración, condición indispensable
para el encuentro con Dios. En la oración, el cristiano ingresa en
el diálogo íntimo con el Señor, deja que la gracia entre en su
corazón y, a semejanza de Santa María, se abre a la oración del
Espíritu cooperando a ella con su respuesta libre y generosa (ver
Lc 1,38). Por tanto debemos en el este tiempo animar a nuestros
fieles a una vida de oración más intensa.
Para ello podría ser aconsejable introducir el rezo de Laúdes o
Vísperas, en la forma que resulte más adecuada: los domingos o en
los días laborables, como una celebración independiente o unidos a
la Misa; invitar a nuestros fieles a formar algún grupo de oración
que se reúna establemente bajo nuestra guía, una vez por semana
durante media hora. De esta manera además de rezar podemos
enseñarles a hacer oración; incentivar la oración por la
conversión de los pecadores, oración propia de este tiempo; etc.
Además, no hay que olvidar que la Cuaresma es tiempo propicio para
leer y meditar diariamente la Palabra de Dios.
Por ello sería muy bueno ofrecer a nuestros fieles la relación
de las lecturas bíblicas de la liturgia de la Iglesia de cada día
con la confianza de que su meditación sea de gran ayuda para la
conversión personal que nos exige este tiempo litúrgico.
La mortificación y la renuncia, en las circunstancias ordinarias
de nuestra vida, también constituyen un medio concreto para vivir
el espíritu de la Cuaresma. No se trata tanto de crear ocasiones
extraordinarias, sino más bien ofrecer aquellas circunstancias
cotidianas que nos son molestas; de aceptar con humildad, gozo y
alegría, los distintos contratiempos que nos presenta el ritmo de
la vida diaria, haciendo ocasión de ellos para unirnos a la cruz
del Señor. De la misma manera, el renunciar a ciertas cosas
legítimas nos ayuda a vivir el desapego y el desprendimiento.
Incluso el fruto de esas renuncias y desprendimientos lo podemos
traducir en alguna limosna para los pobres. Dentro de esta práctica
cuaresmal están el ayuno y la abstinencia, de los que nos
ocuparemos más adelante en un acápite especial.
La caridad. De entre las distintas prácticas cuaresmales que nos
propone la Iglesia, la vivencia de la caridad ocupa un lugar
especial. Así nos lo recuerda San León Magno: "estos días
cuaresmales nos invitan de manera apremiante al ejercicio de la
caridad; si deseamos llegar a la Pascua santificados en nuestro ser,
debemos poner un interés especialísimo en la adquisición de esta
virtud, que contiene en sí a las demás y cubre multitud de
pecados". Esta vivencia de la caridad debemos vivirla de manera
especial con aquel a quien tenemos más cerca, en el ambiente
concreto en el que nos movemos. De esta manera, vamos construyendo
en el otro "el bien más precioso y efectivo, que es el de la
coherencia con la propia vocación cristiana" (JuanPablo II).
"Hay mayor felicidad en dar que en recibir" (Hch
20,35). Según Juan Pablo II, el llamado a dar "no se trata de
un simple llamamiento moral, ni de un mandato que llega al hombre
desde fuera" sino que "está radicado en lo más hondo del
corazón humano: toda persona siente el deseo de ponerse en contacto
con los otros, y se realiza plenamente cuando se da libremente a los
demás". "¿Cómo no ver en la Cuaresma la ocasión
propicia para hacer opciones decididas de altruismo y generosidad?
Como medios para combatir el desmedido apego al dinero, este tiempo
propone la práctica eficaz del ayuno y la limosna. Privarse no
sólo de lo superfluo, sino también de algo más, para distribuirlo
a quien vive en necesidad, contribuye a la negación de sí mismo,
sin la cual no hay auténtica praxis de vida cristiana. Nutriéndose
con una oración incesante, el bautizado demuestra, además, la
prioridad efectiva que Dios tiene en la propia vida".
Por ello será oportuno discernir, conforme a la realidad de
nuestras comunidades, qué campañas a favor de los pobres podemos
organizar durante la Cuaresma, y cómo debemos alentar a nuestros
fieles a la caridad personal.
La oración, la mortificación y la caridad, nos ayudan a vivir
la conversión pascual: del encierro del egoísmo (pecado), estas
tres prácticas de la cuaresma nos ayuda a vivir la dinámica de la
apertura a Dios, a nosotros mismos y a los demás.
5. La abstinencia y el ayuno.
La práctica del ayuno, tan característica desde la antigüedad
en este tiempo litúrgico, es un "ejercicio" que libera
voluntariamente de las necesidades de la vida terrena para
redescubrir la necesidad de la vida que viene del cielo: "No
sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la
boca de Dios" (Mt 4,4; ver Dt 8,3; Lc 4,4; antífona de
comunión del I Domingo de Cuaresma)
¿Qué exige la Abstinencia y del Ayuno?
La abstinencia prohíbe el uso de carnes, pero no de huevos,
lactinios y cualquier condimento a base de grasa de animales. Son
días de abstinencia todos los viernes del año.
El ayuno exige hacer una sola comida durante el día, pero no
prohíbe tomar un poco de alimento por la mañana y por la noche,
ateniéndose, en lo que respecta a la calidad y cantidad, a las
costumbres locales aprobadas (Constitución Apostólica poenitemi,
sobre doctrina y normas de la penitencia, III, 1,2). Son días de
ayuno y abstinencia el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.
Según acuerdo de los Obispos del Perú reunidos en Enero de
1985, y conforme a las Normas complementarias de la Conferencia
Episcopal Peruana al Código de Derecho Canónico de Enero de 1986
aprobadas por la Santa Sede, el Ayuno y la Abstinencia puede ser
reemplazado por:
- Prácticas de piedad (por ejemplo, lectura de la Sagrada
Escritura, Santa Misa, Rezo del Santo Rosario).
- Mortificaciones corporales concretas.
- Abstención de bebidas alcohólicas, tabaco, espectáculos.
- Limosna según las propias posibilidades. Obras de caridad,
etc.
¿Quiénes están llamados a la abstinencia y al ayuno?
A la Abstinencia de carne: los mayores de 14 años.
Al Ayuno: los mayores de edad (18 años) hasta los 59 años.
¿Por qué el Ayuno? Nos habla el Santo Padre:
"Es necesario dar una respuesta profunda a esta pregunta,
para que quede clara la relación entre el ayuno y la conversión,
esto es, la transformación espiritual que acerca el hombre a Dios.
"El abstenerse de la comida y la bebida tiene como fin
introducir en al existencia del hombre no sólo el equilibrio
necesario, sino también el desprendimiento de lo que se podría
definir como "actitud consumística.
"Tal actitud ha venido a ser en nuestro tiempo una de las
características de la civilización occidental. ¡La actitud
consumística! El hombre, orientado hacia los bienes materiales, muy
frecuentemente abusa de ellos. La civilización se mide entonces
según la cantidad y la calidad de las cosas que están en
condiciones de proveer al hombre y no se mide con el metro adecuado
al hombre.
"Esta civilización de consumo suministra los bienes
materiales no sólo para que sirvan al hombre en orden a desarrollar
las actividades creativas y útiles, sino cada vez más para
satisfacer los sentidos, la excitación que se deriva de ellos, el
placer momentáneo, una multiplicación de sensaciones cada vez
mayor.
"El hombre de hoy debe ayunar, es decir, abstenerse de
muchos medios de consumo, de estímulos, de satisfacción de los
sentidos: ayunar significa abstenerse de algo. El hombre es él
mismo solo cuando logra decirse a sí mismo: No. No es la renuncia
por la renuncia: sino para el mejor y más equilibrado desarrollo de
sí mismo, para vivir mejor los valores superiores, para el dominio
de sí mismo".
6. La Confesión.
La Cuaresma es tiempo penitencial por excelencia y por tanto se
presenta como tiempo propicio para impulsar la pastoral de este
sacramento conforme a lo que nos ha pedido recientemente el Santo
Padre y nuestro Arzobispo Primado, ya que la confesión sacramental
es la vía ordinaria para alcanzar el perdón y la remisión de los
pecados graves cometidos después del Bautismo.
No hay que olvidar que nuestros fieles saben, por una larga
tradición eclesial, que el tiempo de Cuaresma-Pascua está en
relación con el precepto de la Iglesia de confesar lo propios
pecados graves, al menos una vez al año. Por todo ello, habrá que
ofrecer horarios abundantes de confesiones.
7. La Cuaresma y la Piedad Popular.
La Cuaresma es tiempo propicio para una interacción fecunda
entre liturgia y piedad popular. Entre las devociones de piedad
popular más frecuentes durante la Cuaresma, que podemos alentar
están:
La Veneración a Cristo Crucificado.
En el Triduo pascual, el Viernes Santo, dedicado a celebrar la
Pasión del Señor, es el día por excelencia para la
"Adoración de la santa Cruz". Sin embargo, la piedad
popular desea anticipar la veneración cultual de la Cruz. De hecho,
a lo largo de todo el tiempo cuaresmal, el viernes, que por una
antiquísima tradición cristiana es el día conmemorativo de la
Pasión de Cristo, los fieles dirigen con gusto su piedad hacia el
misterio de la Cruz.
Contemplando al Salvador crucificado captan más fácilmente el
significado del dolor inmenso e injusto que Jesús, el Santo, el
Inocente, padeció por la salvación del hombre, y comprenden
también el valor de su amor solidario y la eficacia de su
sacrificio redentor.
En las manifestaciones de devoción a Cristo crucificado, los
elementos acostumbrados de la piedad popular como cantos y
oraciones, gestos como la ostensión y el beso de la cruz, la
procesión y la bendición con la cruz, se combinan de diversas
maneras, dando lugar a ejercicios de piedad que a veces resultan
preciosos por su contenido y por su forma.
No obstante, la piedad respecto a la Cruz, con frecuencia, tiene
necesidad de ser iluminada. Se debe mostrar a los fieles la
referencia esencial de la Cruz al acontecimiento de la
Resurrección: la Cruz y el sepulcro vacío, la Muerte y la
Resurrección de Cristo, son inseparables en la narración
evangélica y en el designio salvífico de Dios.
La Lectura de la Pasión del Señor.
Durante el tiempo de Cuaresma, el amor a Cristo crucificado
deberá llevar a la comunidad cristiana a preferir el miércoles y
el viernes, sobre todo, para la lectura de la Pasión del Señor.
Esta lectura, de gran sentido doctrinal, atrae la atención de
los fieles tanto por el contenido como por la estructura narrativa,
y suscita en ellos sentimientos de auténtica piedad:
arrepentimiento de las culpas cometidas, porque los fieles perciben
que la Muerte de Cristo ha sucedido para remisión de los pecados de
todo el género humano y también de los propios; compasión y
solidaridad con el Inocente injustamente perseguido; gratitud por el
amor infinito que Jesús, el Hermano primogénito, ha demostrado en
su Pasión para con todos los hombres, sus hermanos; decisión de
seguir los ejemplos de mansedumbre, paciencia, misericordia, perdón
de las ofensas y abandono confiado en las manos del Padre, que
Jesús dio de modo abundante y eficaz durante su Pasión.
El Vía Crucis.
Entre los ejercicios de piedad con los que los fieles veneran la
Pasión del Señor, hay pocos que sean tan estimados como el Vía
Crucis. A través de este ejercicio de piedad los fieles recorren,
participando con su afecto, el último tramo del camino recorrido
por Jesús durante su vida terrena: del Monte de los Olivos, donde
en el "huerto llamado Getsemani" (Mc 14,32) el Señor fue
"presa de la angustia" (Lc 22,44), hasta el Monte
Calvario, donde fue crucificado entre dos malhechores (ver Lc
23,33), al jardín donde fue sepultado en un sepulcro nuevo,
excavado en la roca (ver Jn 19,40-42).
Un testimonio del amor del pueblo cristiano por este ejercicio de
piedad son los innumerables Vía Crucis erigidos en las iglesias, en
los santuarios, en los claustros e incluso al aire libre, en el
campo, o en la subida a una colina, a la cual las diversas
estaciones le confieren una fisonomía sugestiva. En el ejercicio de
piedad del Vía Crucis confluyen también diversas expresiones
características de la espiritualidad cristiana: la comprensión de
la vida como camino o peregrinación; como paso, a través del
misterio de la Cruz, del exilio terreno a la patria celeste; el
deseo de conformarse profundamente con la Pasión de Cristo; las
exigencias del seguimiento de Cristo, según la cual el discípulo
debe caminar detrás del Maestro, llevando cada día su propia cruz
(ver Lc 9,23) Por tanto debemos motivar su rezo los miércoles y/o
viernes de cuaresma.
8. La Virgen María en la Cuaresma.
En el plan salvífico de Dios (ver Lc 2,34-35) están asociados
Cristo crucificado y la Virgen dolorosa. Como Cristo es el
"hombre de dolores" (Is 53,3), por medio del cual se ha
complacido Dios en "reconciliar consigo todos los seres: los
del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su
cruz" (Col 1,20), así María es la "mujer del
dolor", que Dios ha querido asociar a su Hijo, como madre y
partícipe de su Pasión. Desde los días de la infancia de Cristo,
toda la vida de la Virgen, participando del rechazo de que era
objeto su Hijo, transcurrió bajo el signo de la espada (ver Lc
2,35).
Por ello la Cuaresma es también tiempo oportuno para crecer en
nuestro amor filial a Aquella que al pie de la Cruz nos entregó a
su Hijo, y se entregó Ella misma con Él, por nuestra salvación.
Este amor filial lo podemos expresar durante la Cuaresma impulsando
ciertas devociones marianas propias de este tiempo: "Los siete
dolores de Santa María Virgen"; la devoción a "Nuestra
Señora, la Virgen de los Dolores" (cuya memoria litúrgico se
puede celebrar el viernes de la V semana de Cuaresma; y el rezo del
Santo Rosario, especialmente los misterios de dolor.
También podemos impulsar el culto de la Virgen María a través
de la colección de Misas de la Bienaventurada Virgen María, cuyos
formularios de Cuaresma pueden ser usados el día sábado.