NO ME DEJARON COMULGAR

"De diálogo en diálogo"

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         "Yo siento que no necesito confesarme, yo creo que ahorita estoy bien con Dios"

 

            Esta era la respuesta que daba Norma a las aclaraciones que le hacía Juan sobre la importancia de la confesión como medio para obtener la Gracia.

 

            Y es que aquella mañana de lunes, Juan aún no se acomodaba en su escritorio cuando ya Norma le contaba: "Sabe Juan, fíjese que ayer fui con mi esposo y uno de mis hijos a la misa de las siete en Catedral. Fuimos a pasearnos en el centro y ya tenemos varios domingos que nos pasamos a esa misa. Y déjeme decirle que ayer, cuando la gente se levantó para comulgar, sentí unas ganas enormes de hacerlo yo también. Nunca me había pasado, pero sentí como si algo me estuviera hablando para ir. Estaba ya a punto de levantarme y le dije a mi esposo: "Ahora si voy a comulgar", pero él me dijo que no podía, y no sabe usted como me sentí, casi hasta quería llorar."

 

            "En verdad me da mucha pena Norma, -le contestó Juan acongojado- pero si tenía tantas ganas de comulgar, ¿Por qué no pudo hacerlo?."

 

            "Pues mi esposo me dijo que era porque no estaba en gracia, porque no me he confesado"-contestó Norma-.

 

            Juan se enderezó en su silla y adoptando una posición mas seria le confirmó a su compañera de trabajo: "Bueno pues sí, eso si es cierto, para poder comulgar debemos estar en gracia y eso sólo se puede conseguir a través de la confesión". (1)

 

            "Pero yo siento que no necesito confesarme, yo creo que ahorita estoy bien con Dios"- respondió Norma tajantemente.

 

            Juan sabía perfectamente que Norma vivía en unión libre con Álvaro, un hombre algunos años mayor que ella, a quien Norma en sus pláticas nombraba como “mi esposo”. Eran ya casi dos años en los que Juan había estado tratando de convencerla de que esa unión requería de la bendición de Dios en el sacramento del matrimonio. Comentario al que ella invariablemente respondía con evasivas, argumentando que tenía miedo, debido a su primer matrimonio por lo civil, mismo que después del divorcio le había dejado tan sólo penas y dos hijos.

 

            Sin pretender ser brusco, Juan no quiso recordarle aquello, por lo que tan sólo le insinuó:"O sea que no tiene nada de que arrepentirse, no tiene ningún pecado, considera que está totalmente bien”.

           

            "Sí, -le respondió Norma- yo siento que no tengo nada que ir a confesar"

 

            "Pues tenga cuidado, -le advirtió Juan- porque en una de las cartas de Juan, la Biblia afirma; que si decimos que no tenemos pecados, nos engañamos nosotros mismos: y mentimos al afirmar eso. (2) Pero, sígame contando; ¿Cuánto, más o menos hace que no se confiesa?."

 

            Una burlona y amplia sonrisa apareció en el rostro de Norma, al tiempo que contestaba: "Huuu, pues más o menos desde que tenía como doce años, pero, -se apresuró a explicar- no crea que es por culpa mía, lo que pasa es que el Padre con el que me confesé tuvo la culpa".

 

            Juan esbozó también una sonrisa y con expresión de curiosidad en su rostro, invitó a Norma para que continuara.

 

            Ella prosiguió:"Sabe, cuando yo tenía doce años, yo no sabía ni lo que era confesarse. A mí me gustaba mucho entrar a la Iglesia, aunque yo no entendía nada. Yo iba porque me gustaba estar ahí, y un día vi que estaban unas personas formadas esperando para hablar con el Padre y me formé. Y cuando llegué con el Padre me preguntó no sé que cosas, y como yo no le respondía nada se enojó y me regañó. Quien sabe que tanto me decía y yo me asusté, salí corriendo y jamás he vuelto a acercarme a ellos, todavía siento mucho miedo".

 

            "Bueno Norma, -intervino de nuevo Juan- pero eso sucedió hace muchos años, cuando era casi una niña, pero ahora que es adulta no creo que todavía sea por miedo a los Padres por lo que no se confiesa, mas bien creo que eso es tan sólo un pretexto".

 

            "Bueno pues sí, no es tanto que tenga miedo,                 -reconoció Norma- lo que pasa es que yo tengo una manera distinta de estar bien con Dios".

 

            Intrigado, Juan no esperó mucho para preguntar: "¿Y cuál es esa manera, a ver Norma, platíqueme?"

 

            Y ella, feliz de haber sorprendido a Juan comenzó a explicarle muy segura de si misma: "Bueno pues en primer lugar yo pienso que Diosito me quiere mucho y que se entristece cuando hago algo malo, por eso cuando me porto mal, trato siempre de hacer después algo bueno, para así ponerme a mano. Y así estoy siempre bien con Él".

 

            Juan esbozó una ligera sonrisa, al tiempo que sus ojos se posaban pensativos en una de las ventanas de su oficina. Norma al notar esta reacción de Juan, bastante intrigada le preguntó: "¿Qué pasa, de que se ríe, en que piensa?".

 

            Y Juan, regresando de un paseo por sus recuerdos le respondió: "Ay, Norma, lo que pasa es que con eso que me acaba de decir hizo que viniera a mi mente una época muy agradable de mi vida, cuando mi esposa y yo éramos novios."

 

            Norma lo observaba atentamente, no dijo nada, tan sólo esperaba a que Juan continuara contándole.

 

            Y así, Juan comenzó el relato:"Recuerdo que hubo un tiempo, casi al principio de nuestro noviazgo, en el que yo me divertía mucho haciéndole bromas y haciéndola prevaricar. Ella no tuvo hermanos, por lo que no estaba acostumbrada a las bromas ni pesadas ni ligeras, y era por eso que me tenía muy poca paciencia.

 

            Más un día me sorprendió con algo inesperado; En aquella ocasión, cuando despreocupadamente le hice la primer broma del día. Ella sin molestarse ni decir palabra introdujo su mano derecha en su bolsa y sacó algo pequeño que yo no pude ver. Luego acercó a sus ojos la mano en la que tenía aquel misterioso objeto y con su otra mano empezó a hacer el ademán de que estaba pasando las hojas de un libro pequeño o algo así. Yo me incliné para ver que era, pero ella no me lo permitió y dándome la espalda prosiguió su búsqueda. Después de unos instantes se detuvo, se llevó su dedo índice a la boca como si fuera un lápiz y empezó a escribir algo en la libreta  imaginaria que tenía abierta sobre su mano izquierda. Hizo en ella algunas anotaciones ficticias y la guardó de nuevo en su bolsa.

 

            Aquello me pareció bastante gracioso, y claro, fue motivo para que me burlara de nuevo. Pero nunca lo hubiera hecho, mis risas provocaron que por segunda ocasión en apenas unos minutos ella sacara su libretita y realizara más de aquellas anotaciones imaginarias.

 

             Después, con una pose y una actitud muy digna, me explicó que así sería en adelante, que cada vez que yo hiciera alguna travesura o broma sobre su familia  o sobre ella,  sacaría su libretita y me anotaría tantas tachitas como ameritara mi mal comportamiento.

 

            Me pareció un juego muy ingenioso y al mismo tiempo divertido. Por eso, lejos de portarme mejor, en cualquier oportunidad que se me presentaba, jugando claro está, trataba de hacerla enojar, para así verla de nuevo sacar su libretita para anotar mis nuevas tachitas con su dedo-lápiz. Esto, la verdad me divertía mucho.

 

            Pero luego, sin darme cuenta las cosas cambiaron, no sé en que momento ya no me agradó tanto hacerme el gracioso y estar siempre en pie de guerra. Ella siempre en guardia protegiéndose de mis bromas y yo siempre inventando nuevas travesuras. No sé cuando, pero decidí portarme bien, decidí que las tachitas que ya tenía eran suficientes, ya no quería que se me anotara ni una más, por el contrario, quería que fueran borradas.

 

            Dejé de hacer bromas pesadas, y mandé al olvido mi comportamiento altanero. Entonces fui nuevamente atento, cariñoso, comprensivo, estudioso, etc., etc. Y gustoso contemplaba como ella sacaba su libretita imaginaria y complacida hacía anotaciones en ella.

           

            Más cierto día, en que le hice un pequeño obsequio, me enteré de algo con lo que no contaba; al preguntarle cuantas tachitas me iba a borrar  por aquel regalo, ella tranquilamente me contestó: "¿Tachitas?, ninguna, todas las tachitas que te ganaste aquí están, lo que te he estado marcando cada vez que te portas bien son palomitas". Aquella respuesta me sorprendió mucho, porque si había cambiado mi comportamiento no había sido pensando en ganarme puntos buenos, sino para que me borrara los malos. Y lo intenté todo, pero no hubo manera de convencerla, ella seguía anotando palomitas y no me borraba las malas notas, que eran muchas.

 

            Con esto, dio inicio un juego nuevo; pocos días después, sintiéndome preocupado por la existencia de aquella libreta con tantas malas notas para mí, decidí quitársela. Y en la primera oportunidad abrí su bolsa, introduje en ella mi mano y ante sus ojos atónitos extraje rápidamente la famosa libretita imaginaria. Sin poderlo creer ella tan sólo se quedó mirando, mientras que yo, aprovechando su confusión empecé a borrar hojas enteras de tachitas con mi recién estrenado dedo-borrador imaginario. Claro, como era de esperarse, no pasó mucho tiempo para que ella reaccionara y con un movimiento casi felino la tomó de entre mis manos recuperándola. Ella salió corriendo para que yo no intentara quitársela nuevamente y ya lejos de mí, con calma, procedió a registrar lo que yo había borrado, y no sólo eso, sino que de paso, por mi nueva mala acción me anotó algunas hojas más con nuevos puntos malos.

 

             Este divertido juego duró algunas semanas, pero ella nunca quiso borrarme tacha alguna. Con el tiempo, otro divertido juego substituyó al de la libretita. Pero yo no dejaba de pensar, que si bien, había logrado acumular más palomitas que tachitas en aquel librito imaginario, después de todo, no tenía un registro impecable, aquellos puntos malos no permitían que lo fuera."

 

            Juan guardó silencio un momento y dándose cuenta que Norma continuaba expectante en espera de la conclusión, continuó: "Con el tiempo, comprendí que es igual en el cielo, que tengo abierto un libro, en donde se van registrando todas mis buenas y malas acciones. Si cometo alguna mala acción, tacha, si realizo alguna buena acción, palomita. Y con el tiempo he aprendido que no es con una buena acción como voy a lograr que quede olvidada una mala. Si yo realizo una buena acción esta se toma en cuenta y se registra, pero aunque realice un millón de obras buenas, el registro de cada una de mis malas obras  ahí se queda. Y dime Norma, ¿cómo puede decirse que una hoja de papel blanca, con una pequeña mancha negra en el centro, es totalmente blanca?, ¿Cómo puedo decir que mi registro es impecable e irreprochable, cuando entre muchas buenas notas existen también algunas malas que nunca serán borradas?.

 

            Para finalizar, Juan hizo un pequeño resumen: "Con el tiempo Norma, aprendí que no es con una obra buena como compenso una mala. Aprendí que la única manera como puedo lograr que al final de mi vida mi libreta sea irreprochable es borrando mis malas acciones. Y eso, sólo puedo lograrlo a través de la confesión. -Y con énfasis Juan concluyó- Confesándome en el templo, con el sacerdote, mientras no sea de esa manera el registro de mis faltas ahí se queda." (3)

 

            Juan guardó silencio en espera de la respuesta de Norma, quien después de algunos instantes tan sólo atinó a decir, al tiempo que tomaba su escoba para seguir trabajando: "Pues, la verdad es que yo si quería comulgar, pero no me dejaron".

           

             A lo que Juan resignadamente tan sólo respondió con una ligera inclinación de cabeza. Después de todo, no era la primera vez, ni sería la última, en que Norma después de una larga charla como ésta, finalmente se hacía la desentendida.

 

 

FIN

 

 

 

 

(1)   "Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. S. Pablo exhorta a un examen de conciencia: "Quien coma el pan  o beba el  cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual,  y coma entonces del pan  y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio  castigo"  (1 Co 11,27-29).. Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación (confesión) antes de acercarse a comulgar.

Catecismo de la Iglesia Católica, No.1385

 

(2)  Si decimos: “Nosotros no tenemos pecado”. nos engañamos a nosotros mismos...

1a. Juan 1,8-10

 

(3)  Pecados mortales

      La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la Penitencia: “En confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos.

 

      Pecados veniales

      Sin ser estrictamente necesaria, la confesión de los pecados veniales, sin embargo, se recomienda vivamente por la Iglesia. En efecto, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu.

Catecismo de la Iglesia Católica No.1456 y 1458

              

 

 

Del libro “De diálogo en diálogo”.

De: José Luis Contreras Sáenz.

Chihuahua, Chih., Méx. Septiembre 27, 1999.

2,225 palabras.  

 

 

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