CAPITULO SEGUNDO: LA TRADICION DE LA ORACION
2650. La oración no se reduce al brote
espontáneo de un impulso interior: para orar es necesario querer
orar. No basta sólo con saber lo que las Escrituras revelan sobre
la oración: es necesario también aprender a orar. Pues bien, por
una transmisión viva (la santa Tradición), el Espíritu Santo,
en la "Iglesia creyente y orante" (DV 8), enseña a orar
a los hijos de Dios.
2651 La tradición de la oración cristiana es
una de las formas de crecimiento de la Tradición de la fe, en
particular mediante la contemplación y la reflexión de los
creyentes que conservan en su corazón los acontecimientos y las
palabras de la Economía de la salvación, y por la penetración
profunda en las realidades espirituales de las que adquieren
experiencia (cf DV 8).
Artículo 1 LAS FUENTES DE LA ORACION
2652 El Espíritu Santo es el "agua
viva" que, en el corazón orante, "brota para vida
eterna" (Jn 4, 14). El es quien nos enseña a recogerla en la
misma Fuente: Cristo. Pues bien, en la vida cristiana hay
manantiales donde Cristo nos espera para darnos a beber el
Espíritu Santo.
La Palabra de Dios
2653 La Iglesia "recomienda
insistentemente todos sus fieles... la lectura asidua de la
Escritura para que adquieran 'la ciencia suprema de Jesucristo'
(Flp 3,8)... Recuerden que a la lectura de la Santa Escritura debe
acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con
el hombre, pues 'a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos
cuando leemos sus palabras' (San Ambrosio, off. 1, 88)" (DV
25).
2654 Los Padres espirituales parafraseando Mt
7, 7, resumen así las disposiciones del corazón alimentado por
la palabra de Dios en la oración: "Buscad leyendo, y
encontraréis meditando ; llamad orando, y se os abrirá por la
contemplación" (cf El Cartujano, scala: PL 184, 476C).
La Liturgia de la Iglesia
2655 La misión de Cristo y del Espíritu Santo
que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza
y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el
corazón que ora. Los Padres espirituales comparan a veces el
corazón a un altar. La oración interioriza y asimila la liturgia
durante y después de su celebración. Incluso cuando la oración
se vive "en lo secreto" (Mt 6, 6), siempre es oración
de la Iglesia, comunión con la Trinidad Santísima (cf IGLH 9).
Las virtudes teologales
2656 Se entra en oración como se entra en la
liturgia: por la puerta estrecha de la fe. A través de los signos
de su presencia, es el rostro del Señor lo que buscamos y
deseamos, es su palabra lo que queremos escuchar y guardar.
2657 El Espíritu Santo nos enseña a celebrar
la liturgia esperando el retorno de Cristo, nos educa para orar en
la esperanza. Inversamente, la oración de la Iglesia y la
oración personal alimentan en nosotros la esperanza. Los salmos
muy particularmente, con su lenguaje concreto y variado, nos
enseñan a fijar nuestra esperanza en Dios: "En el Señor
puse toda mi esperanza, él se inclinó hacia mí y escuchó mi
clamor" (Sal 40, 2). "El Dios de la esperanza os colme
de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por
la fuerza del Espíritu Santo" (Rm 15, 13).
2658 "La esperanza no falla, porque el
amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el
Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rm 5, 5). La oración,
formada en la vida litúrgica, saca todo del amor con el que somos
amados en Cristo y que nos permite responder amando como El nos ha
amado. El amor es la fuente de la oración: quien saca el agua de
ella, alcanza la cumbre de la oración:
Te amo, Dios mío, y mi único deseo es amarte
hasta el último suspiro de mi vida. Te amo, Dios mío
infinitamente amable, y prefiero morir amándote a vivir sin
amarte. Te amo, Señor, y la única gracia que te pido es amarte
eternamente... Dios mío, si mi lengua no puede decir en todos los
momentos que te amo, quiero que mi corazón te lo repita cada vez
que respiro (S. Juan María Bautista Vianney, oración).
"Hoy"
2659 Aprendemos a orar en ciertos momentos
escuchando la palabra del Señor y participando en su Misterio
Pascual; pero, en todo tiempo, en los acontecimientos de cada
día, su Espíritu se nos ofrece para que brote la oración. La
enseñanza de Jesús sobre la oración a nuestro Padre está en la
misma línea que la de la Providencia (cf. Mt 6, 11. 34): el
tiempo está en las manos del Padre; lo encontramos en el
presente, ni ayer ni mañana, sino hoy: "¡Ojalá oyerais hoy
su voz!: No endurezcáis vuestro corazón" (Sal 95, 7-8).
2660 Orar en los acontecimientos de cada día y
de cada instante es uno de los secretos del Reino revelados a los
"pequeños", a los servidores de Cristo, a los pobres de
las bienaventuranzas. Es justo y bueno orar para que la venida del
Reino de justicia y de paz influya en la marcha de la historia,
pero también es importante amasar con la oración las humildes
situaciones cotidianas. Todas las formas de oración pueden ser
esa levadura con la que el Señor compara el Reino (cf Lc 13,
20-21).
RESUMEN
2661 Mediante la Tradición viva, el Espíritu
Santo, en la Iglesia, enseña a los hijos de Dios a orar.
2662 La Palabra de Dios, la liturgia de la
Iglesia y las virtudes de fe, esperanza y caridad son fuentes de
la oración.
Artículo 2 EL CAMINO DE LA ORACION
2663 En la tradición viva de la oración, cada
Iglesia propone a sus fieles, según el contexto histórico,
social y cultural, el lenguaje de su oración: palabras,
melodías, gestos, iconografía. Corresponde al magisterio (cf. DV
10) discernir la fidelidad de estos caminos de oración a la
tradición de la fe apostólica y compete a los pastores y
catequistas explicar el sentido de ello, con relación siempre a
Jesucristo.
La oración al Padre
2664 No hay otro camino de oración cristiana
que Cristo. Sea comunitaria o individual, vocal o interior,
nuestra oración no tiene acceso al Padre más que si oramos
"en el Nombre" de Jesús. La santa humanidad de Jesús
es, pues, el camino por el que el Espíritu Santo nos enseña a
orar a Dios nuestro Padre.
La oración a Jesús
2665 La oración de la Iglesia, alimentada por
la palabra de Dios y por la celebración de la liturgia, nos
enseña a orar al Señor Jesús. Aunque esté dirigida sobre todo
al Padre, en todas las tradiciones litúrgicas incluye formas de
oración dirigidas a Cristo. Algunos salmos, según su
actualización en la Oración de la Iglesia, y el Nuevo Testamento
ponen en nuestros labios y gravan en nuestros corazones las
invocaciones de esta oración a Cristo: Hijo de Dios, Verbo de
Dios, Señor, Salvador, Cordero de Dios, Rey, Hijo amado, Hijo de
la Virgen, Buen Pastor, Vida nuestra, nuestra Luz, nuestra
Esperanza, Resurrección nuestra, Amigo de los hombres...
2666 Pero el Nombre que todo lo contiene es
aquel que el Hijo de Dios recibe en su encarnación: Jesús. El
nombre divino es inefable para los labios humanos (cf Ex 3, 14;
33, 19-23), pero el Verbo de Dios, al asumir nuestra humanidad,
nos lo entrega y nosotros podemos invocarlo: "Jesús",
"YHVH salva" (cf Mt 1, 21). El Nombre de Jesús contiene
todo: Dios y el hombre y toda la Economía de la creación y de la
salvación. Decir "Jesús" es invocarlo desde nuestro
propio corazón. Su Nombre es el único que contiene la presencia
que significa. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque
su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él
(cf Rm 10, 13; Hch 2, 21; 3, 15-16; Ga 2, 20).
2667 Esta invocación de fe bien sencilla ha
sido desarrolla da en la tradición de la oración bajo formas
diversas en Oriente y en Occidente. La formulación más habitual,
transmitida por los espirituales del Sinaí, de Siria y del Monte
Athos es la invocación: "Jesús, Cristo, Hijo de Dios,
Señor, ¡Ten piedad de nosotros, pecadores!" Conjuga el
himno cristológico de Flp 2, 6-11 con la petición del publicano
y del mendigo ciego (cf Lc 18,13; Mc 10, 46-52). Mediante ella, el
corazón está acorde con la miseria de los hombres y con la
misericordia de su Salvador.
2668 La invocación del santo Nombre de Jesús
es el camino más sencillo de la oración continua. Repetida con
frecuencia por un corazón humildemente atento, no se dispersa en
"palabrerías" (Mt 6, 7), sino que "conserva la
Palabra y fructifica con perseverancia" (cf Lc 8, 15). Es
posible "en todo tiempo" porque no es una ocupación al
lado de otra, sino la única ocupación, la de amar a Dios, que
anima y transfigura toda acción en Cristo Jesús.
2669 La oración de la Iglesia venera y honra
al Corazón de Jesús, como invoca su Santísimo Nombre. Adora al
Verbo encarnado y a su Corazón que, por amor a los hombres, se
dejó traspasar por nuestros pecados. La oración cristiana
practica el Vía Crucis siguiendo al Salvador. Las estaciones
desde el Pretorio, al Gólgota y al Sepulcro jalonan el recorrido
de Jesús que con su santa Cruz nos redimió.
“Ven, Espíritu Santo”
2670 "Nadie puede decir: '¡Jesús es
Señor!' sino por influjo del Espíritu Santo" (1 Co 12, 3).
Cada vez que en la oración nos dirigimos a Jesús, es el
Espíritu Santo quien, con su gracia preveniente, nos atrae al
Camino de la oración. Puesto que él nos enseña a orar
recordándonos a Cristo, ¿cómo no dirigirnos también a él
orando? Por eso, la Iglesia nos invita a implorar todos los días
al Espíritu Santo, especialmente al comenzar y al terminar
cualquier acción importante.
Si el Espíritu no debe ser adorado, ¿cómo me
diviniza él por el bautismo? Y si debe ser adorado, ¿no debe ser
objeto de un culto particular? (San Gregorio Nacianceno, or.
theol. 5, 28).
2671 La forma tradicional para pedir el
Espíritu es invocar al Padre por medio de Cristo nuestro Señor
para que nos dé el Espíritu Consolador (cf Lc 11, 13). Jesús
insiste en esta petición en su Nombre en el momento mismo en que
promete el don del Espíritu de Verdad (cf Jn 14, 17; 15, 26; 16,
13). Pero la oración más sencilla y la más directa es también
la más tradicional: "Ven, Espíritu Santo", y cada
tradición litúrgica la ha desarrollado en antífonas e himnos:
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de
tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor (cf secuencia
de Pentecostés).
Rey celeste, Espíritu Consolador, Espíritu de
Verdad, que estás presente en todas partes y lo llenas todo,
tesoro de todo bien y fuente de la vida, ven, habita en nosotros,
purifícanos y sálvanos. ¡Tú que eres bueno! (Liturgia
bizantina. Tropario de vísperas de Pentecostés).
2672 El Espíritu Santo, cuya unción impregna
todo nuestro ser, es el Maestro interior de la oración cristiana.
Es el artífice de la tradición viva de la oración. Ciertamente
hay tantos caminos en la oración como orantes, pero es el mismo
Espíritu el que actúa en todos y con todos. En la comunión en
el Espíritu Santo la oración cristiana es oración en la
Iglesia.
En comunión con la Santa Madre de Dios
2673 En la oración, el Espíritu Santo nos une
a la Persona del Hijo Unico, en su humanidad glorificada. Por
medio de ella y en ella, nuestra oración filial comulga en la
Iglesia con la Madre de Jesús (cf Hch 1, 14).
2674 Desde el sí dado por la fe en la
anunciación y mantenido sin vacilar al pie de la cruz, la
maternidad de María se extiende desde entonces a los hermanos y a
las hermanas de su Hijo, "que son peregrinos todavía y que
están ante los peligros y las miserias" (LG 62). Jesús, el
único Mediador, es el Camino de nuestra oración; María, su
Madre y nuestra Madre es pura transparencia de él: María
"muestra el Camino" ["Hodoghitria"], ella es
su "signo", según la iconografía tradicional de
Oriente y Occidente.
2675 A partir de esta cooperación singular de
María a la acción del Espíritu Santo, las Iglesias han
desarrollado la oración a la santa Madre de Dios, centrándola
sobre la persona de Cristo manifestada en sus misterios. En los
innumerables himnos y antífonas que expresan esta oración, se
alternan habitualmente dos movimientos: uno "engrandece"
al Señor por las "maravillas" que ha hecho en su
humilde esclava, y por medio de ella, en todos los seres humanos
(cf Lc 1, 46-55); el segundo confía a la Madre de Jesús las
súplicas y alabanzas de los hijos de Dios ya que ella conoce
ahora la humanidad que en ella ha sido desposada por el Hijo de
Dios.
2676 Este doble movimiento de la oración a
María ha encontrado una expresión privilegiada en la oración
del Ave María:
"Dios te salve, María [Alégrate,
María]". La salutación del Angel Gabriel abre la oración
del Ave María. Es Dios mismo quien por mediación de su ángel,
saluda a María. Nuestra oración se atreve a recoger el saludo a
María con la mirada que Dios ha puesto sobre su humilde esclava
(cf Lc 1, 48) y a alegrarnos con el gozo que El encuentra en ella
(cf So 3, 17b)
"Llena de gracia, el Señor es
contigo": Las dos palabras del saludo del ángel se aclaran
mutuamente. María es la llena de gracia porque el Señor está
con ella. La gracia de la que está colmada es la presencia de
Aquél que es la fuente de toda gracia. "Alégrate... Hija de
Jerusalén... el Señor está en medio de ti" (So 3, 14,
17a). María, en quien va a habitar el Señor, es en persona la
hija de Sión, el arca de la Alianza, el lugar donde reside la
Gloria del Señor: ella es "la morada de Dios entre los
hombres" (Ap 21, 3). "Llena de gracia", se ha dado
toda al que viene a habitar en ella y al que entregará al mundo.
"Bendita tú eres entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús". Después del
saludo del ángel, hacemos nuestro el de Isabel. "Llena del
Espíritu Santo" (Lc 1, 41), Isabel es la primera en la larga
serie de las generaciones que llaman bienaventurada a María (cf.
Lc 1, 48): "Bienaventurada la que ha creído... " (Lc 1,
45): María es "bendita entre todas las mujeres" porque
ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor. Abraham,
por su fe, se convirtió en bendición para todas las
"naciones de la tierra" (Gn 12, 3). Por su fe, María
vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las
naciones de la tierra reciben a Aquél que es la bendición misma
de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre.
2677 "Santa María, Madre de Dios, ruega
por nosotros... " Con Isabel, nos maravillamos y decimos:
"¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a
mí?" (Lc 1, 43). Porque nos da a Jesús su hijo, María es
madre de Dios y madre nuestra; podemos confiarle todos nuestros
cuidados y nuestras peticiones: ora para nosotros como oró para
sí misma: "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,
38). Confiándonos a su oración, nos abandonamos con ella en la
voluntad de Dios: "Hágase tu voluntad".
"Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en
la hora de nuestra muerte". Pidiendo a María que ruegue por
nosotros, nos reconocemos pecadores y nos dirigimos a la
"Madre de la Misericordia", a la Virgen Santísima. Nos
ponemos en sus manos "ahora", en el hoy de nuestras
vidas. Y nuestra confianza se ensancha para entregarle desde
ahora, "la hora de nuestra muerte". Que esté presente
en esa hora, como estuvo en la muerte en Cruz de su Hijo y que en
la hora de nuestro tránsito nos acoja como madre nuestra (cf Jn
19, 27) para conducirnos a su Hijo Jesús, al Paraíso.
2678 La piedad medieval de Occidente
desarrolló la oración del Rosario, en sustitución popular de la
Oración de las Horas. En Oriente, la forma litánica del
Acathistós y de la Paráclisis se ha conservado más cerca del
oficio coral en las Iglesias bizantinas, mientras que las
tradiciones armenia, copta y siríaca han preferido los himnos y
los cánticos populares a la Madre de Dios. Pero en el Ave María,
los theotokia, los himnos de San Efrén o de San Gregorio de
Narek, la tradición de la oración es fundamentalmente la misma.
2679 María es la orante perfecta, figura de la
Iglesia. Cuando le rezamos, nos adherimos con ella al designio del
Padre, que envía a su Hijo para salvar a todos los hombres. Como
el discípulo amado, acogemos (cf Jn 19, 27) a la madre de Jesús,
hecha madre de todos los vivientes. Podemos orar con ella y a
ella. La oración de la Iglesia está sostenida por la oración de
María. Le está unida en la esperanza (cf LG 68-69).
RESUMEN
2680 La oración está dirigida principalmente
al Padre; igualmente se dirige a Jesús, en especial por la
invocación de su santo Nombre: "Jesús, Cristo, Hijo de
Dios, Señor, ¡ten piedad de nosotros, pecadores!"
2681 "Nadie puede decir: 'Jesús es
Señor', sino por influjo del Espíritu Santo" (1 Co 12, 3).
La Iglesia nos invita a invocar al Espíritu Santo como Maestro
interior de la oración cristiana.
2682 En virtud de su cooperación singular con
la acción del Espíritu Santo, la Iglesia ora también en
comunión con la Virgen María para ensalzar con ella las
maravillas que Dios ha realizado en ella y para confiarle
súplicas y alabanzas.
Artículo 3 MAESTROS Y LUGARES DE ORACION
Una pléyade de testigos
2683 Los testigos que nos han precedido en el
Reino (cf Hb 12, 1), especialmente los que la Iglesia reconoce
como "santos", participan en la tradición viva de la
oración, por el modelo de su vida, por la transmisión de sus
escritos y por su oración actual. Contemplan a Dios, lo alaban y
no dejan de cuidar de aquellos que han quedado en la tierra. Al
entrar "en la alegría" de su Señor, han sido
"constituidos sobre lo mucho" (cf Mt 25, 21). Su
intercesión es su más alto servicio al plan de Dios. Podemos y
debemos rogarles que intercedan por nosotros y por el mundo
entero.
2684 En la comunión de los santos, se han
desarrollado diversas espiritualidades a lo largo de la historia
de la Iglesia. El carisma personal de un testigo del amor de Dios
hacia los hombres, por ejemplo el "espíritu" de Elías
a Eliseo (cf 2 R 2, 9) y a Juan Bautista (cf Lc 1, 17), ha podido
transmitirse para que unos discípulos tengan parte en ese
espíritu (cf PC 2). En la confluencia de corrientes litúrgicas y
teológicas se encuentra también una espiritualidad que muestra
cómo el espíritu de oración incultura la fe en un ámbito
humano y en su historia. Las diversas espiritualidades cristianas
participan en la tradición viva de la oración y son guías
indispensables para los fieles. En su rica diversidad, reflejan la
pura y única Luz del Espíritu Santo.
"El Espíritu es verdaderamente el lugar
de los santos, y el santo es para el Espíritu un lugar propio, ya
que se ofrece a habitar con Dios y es llamado su templo" (San
Basilio, Spir. 26, 62).
Servidores de la oración
2685 La familia cristiana es el primer lugar de
la educación en la oración. Fundada en el sacramento del
matrimonio, es la "Iglesia doméstica" donde los hijos
de Dios aprenden a orar "en Iglesia" y a perseverar en
la oración. Particularmente para los niños pequeños, la
oración diaria familiar es el primer testimonio de la memoria
viva de la Iglesia que es despertada pacientemente por el
Espíritu Santo.
2686 Los ministros ordenados son también
responsables de la formación en la oración de sus hermanos y
hermanas en Cristo. Servidores del buen Pastor, han sido ordenados
para guiar al pueblo de Dios a las fuentes vivas de la oración:
la Palabra de Dios, la liturgia, la vida teologal, el hoy de Dios
en las situaciones concretas (cf PO 4-6).
2687 Muchos religiosos han consagrado y
consagran toda su vida a la oración. Desde el desierto de Egipto,
eremitas, monjes y monjas han dedicado su tiempo a la alabanza de
Dio s y a la intercesión por su pueblo. La vida consagrada no se
mantiene ni se propaga sin la oración; es una de las fuentes
vivas de la contemplación y de la vida espiritual en la Iglesia.
2688 La catequesis de niños, jóvenes y
adultos, está orientada a que la Palabra de Dios se medite en la
oración personal, se actualice en la oración litúrgica, y se
interiorice en todo tiempo a fin de fructificar en una vida nueva.
La catequesis es también el momento en que se puede purificar y
educar la piedad popular (cf. CT 54). La memorización de las
oraciones fundamentales ofrece una base indispensable para la vida
de oración, pero es importante hacer gustar su sentido (cf CT
55).
2689 Grupos de oración, es decir,
"escuelas de oración", son hoy uno de los signos y uno
de los acicates de la renovación de la oración en la Iglesia, a
condición de beber en las auténticas fuentes de la oración
cristiana. La salvaguarda de la comunión es señal de la
verdadera oración en la Iglesia.
2690 El Espíritu Santo da a ciertos fieles
dones de sabiduría, de fe y de discernimiento dirigidos a este
bien común que es la oración (dirección espiritual). Aquellos y
aquellas que han sido dotados de tales dones son verdaderos
servidores de la Tradición viva de la oración:
Por eso, el alma que quiere avanzar en la
perfección, según el consejo de San Juan de la Cruz, debe
"considerar bien entre qué manos se pone porque tal sea el
maestro, tal será el discípulo; tal sea el padre, tal será el
hijo". Y añade: "No sólo el director debe ser sabio y
prudente sino también experimentado... Si el guía espiritual no
tiene experiencia de la vida espiritual, es incapaz de conducir
por ella a las almas que Dios en todo caso llama, e incluso no las
comprenderá" (Llama estrofa 3).
Lugares favorables para la oración
2691 La iglesia, casa de Dios, es el lugar
propio de la oración litúrgica de la comunidad parroquial. Es
también el lugar privilegiado para la adoración de la presencia
real de Cristo en el Santísimo Sacramento. La elección de un
lugar favorable no es indiferente para la verdad de la oración:
– para la oración personal, el lugar
favorable puede ser un "rincón de oración", con las
Sagradas Escrituras e imágenes, para estar " en lo
secreto" ante nuestro Padre (cf Mt 6, 6). En una familia
cristiana este tipo de pequeño oratorio favorece la oración en
común.
– en las regiones en que existen monasterios,
una vocación de estas comunidades es favorecer la participación
de los fieles en la Oración de las Horas y permitir la soledad
necesaria para una oració n personal más intensa (cf PC 7).
– las peregrinaciones evocan nuestro caminar
por la tierra hacia el cielo. Son tradicionalmente tiempos fuertes
de renovación de la oración. Los santuarios son, para los
peregrinos en busca de fuentes vivas, lugares excepcionales para
vivir "en Iglesia" las formas de la oración cristiana.
RESUMEN
2692 En su oración, la Iglesia peregrina se
asocia con la de los santos cuya intercesión solicita.
2693 Las diferentes espiritualidades cristianas
participan en la tradición viva de la oración y son guías
preciosos para la vida espiritual.
2694 La familia cristiana es el primer lugar de
educación para la oración.
2695 Los ministros ordenados, la vida
consagrada, la catequesis, los grupos de oración, la
"dirección espiritual" aseguran en la Iglesia una ayuda
para la oración.