CAPITULO PRIMERO: “AMARAS AL SEÑOR TU DIOS
CON TODO TU CORAZON, CON TODA TU ALMA Y CON TODAS TUS FUERZAS”
2083. Jesús resumió los deberes del hombre
para con Dios en estas palabras: "Amarás al Señor tu Dios
con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente"
(Mt 22,37; cf Lc 10,27: "...y con todas tus fuerzas").
Estas palabras siguen inmediatamente a la llamada solemne:
"Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único
Señor" (Dt 6,4).
Dios amó primero. El amor del Dios Unico es
recordado en la primera de las "diez palabras". Los
mandamientos explicitan a continuación la respuesta de amor que
el hombre está llamado a dar a su Dios.
Artículo 1 EL PRIMER MANDAMIENTO
Yo, el Señor, soy tu Dios, que te ha sacado
del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti
otros dioses delante de mí. No te harás escultura ni imagen
alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay
abajo en la tierra, ni en lo que hay en las aguas debajo de la
tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto" (Ex
20,2-5; cf Dt 5,6-9).
Está escrito: Al Señor tu Dios adorarás,
sólo a él darás culto (Mt 4,10).
I “ADORARAS AL SEÑOR TU DIOS, Y LE DARAS
CULTO”
2084 Dios se da a conocer recordando su acción
todopoderosa, bondadosa y liberadora en la historia de aquel a
quien se dirige: "Yo te saqué del país de Egipto, de la
casa de servidumbre". La primera palabra contiene el primer
mandamiento de la ley: "Adorarás al Señor tu Dios y le
servirás...no vayáis en pos de otros dioses" (Dt 6,13-14).
La primera llamada y la justa exigencia de Dios consiste en que el
hombre lo acoja y lo adore.
2085 El Dios único y verdadero revela primero
su gloria a Israel (cf Ex 19,16-25; 24,15-18). La revelación de
la vocación y de la verdad del hombre está ligada a la
revelación de Dios. El hombre tiene la vocación de manifestar a
Dios mediante su obrar en conformidad con su creación "a
imagen y semejanza de Dios":
No habrá jamás otro Dios, Trifón, y no ha
habido otro desde los siglos sino el que ha hecho y ordenado el
universo. Nosotros no pensamos que nuestro Dios es distinto del
vuestro. Es el mismo que sacó a vuestros padres de Egipto
"con su mano poderosa y su brazo extendido". Nosotros no
ponemos nuestras esperanzas en otro, que no existe, sino en el
mismo que vosotros, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob (S.
Justino, dial. 11,1).
2086 "El primero de los preceptos abarca
la fe, la esperanza y la caridad. En efecto, quien dice Dios, dice
un ser constante, inmutable, siempre el mismo, fiel, perfectamente
justo. De ahí se sigue que nosotros debemos necesariamente
aceptar sus Palabras y tener en él una fe y una confianza
completas. El es todopoderoso, clemente, infinitamente inclinado a
hacer el bien. ¿Quién podría no poner en él todas sus
esperanzas? ¿Y quién podrá no amarlo contemplando todos los
tesoros de bondad y de ternura que ha derramado en nosotros? De
ahí esa fórmula que Dios emplea en la Sagrada Escritura tanto al
comienzo como al final de sus preceptos: `Yo soy el Señor'"
(Catec. R. 3,2,4).
La fe
2087 Nuestra vida moral tiene su fuente en la
fe en Dios que nos revela su amor. S. Pablo habla de la
"obediencia de la fe" (Rm 1,5; 16,26) como de la primera
obligación. Hace ver en el "desconocimiento de Dios" el
principio y la explicación de todas las desviaciones morales (cf
Rm 1,18-32). Nuestro deber para con Dios es creer en él y dar
testimonio de él.
2088 El primer mandamiento nos pide que
alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y
que rechacemos todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras
de pecar contra la fe:
La duda voluntaria respecto a la fe descuida o
rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y que la
Iglesia propone creer. La duda involuntaria designa la vacilación
en creer, la dificultad de superar las objeciones ligadas a la fe
o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de ésta. Si es
cultivada deliberadamente, la duda puede conducir a la ceguera del
espíritu.
2089 La incredulidad es la menosprecio de la
verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento.
"Se llama herejía la negación pertinaz, después de
recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe
divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía
es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la
sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de
la Iglesia a él sometidos" (CIC, can. 751).
La esperanza
2090 Cuando Dios se revela y llama al hombre,
éste no puede responder plenamente al amor divino por sus propias
fuerzas. Debe esperar que Dios le dé la capacidad de devolverle
el amor y de obrar conforme a los mandamientos de la caridad. La
esperanza es la espera confiada de la bendición divina y de la
visión bienaventurada de Dios; es también el temor de ofender al
amor de Dios y de provocar el castigo.
2091 El primer mandamiento condena también los
pecados contra la esperanza, que son la desesperación y la
presunción:
Por la desesperación, el hombre deja de
esperar de Dios su salvación personal, el auxilio para llegar a
ella o el perdón de sus pecados. Se opone a la Bondad de Dios, a
su Justicia -porque el Señor es fiel a sus promesas- y a su
Misericordia.
2092 Hay dos clases de presunción. O bien el
hombre presume de sus capacidades (esperando poder salvarse sin la
ayuda de lo alto), o bien presume de la omnipotencia o de la mise
ricordia divinas, (esperando obtener su perdón sin conversión y
la gloria sin mérito).
La caridad
2093 La fe en el amor de Dios encierra la
llamada y la obligación de responder a la caridad divina mediante
un amor sincero. El primer mandamiento nos ordena amar a Dios
sobre todas las criaturas por él y a causa de él (cf Dt 6,4-5).
2094 Se puede pecar de diversas maneras contra
el amor de Dios. La indiferencia olvida o rechaza la
consideración de la caridad divina; desprecia su acción
preveniente y niega su fuerza. La ingratitud omite o se niega a
reconocer la caridad divina y devolverle amor por amor. La tibieza
es una vacilación o una negligencia en responder al amor divino;
puede implicar la negación a entregarse al movimiento de la
caridad. La acedia o pereza espiritual llega a rechazar el gozo
que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. El odio de
Dios tiene su origen en el orgullo; se opone al amor de Dios cuya
bondad niega y lo maldice porque condena el pecado e inflige
penas.
II “A EL SOLO DARAS CULTO”
2095 Las virtudes teologales, fe esperanza y
caridad, informan y vivifican las virtudes morales. Así, la
caridad nos lleva a dar a Dios lo que en toda justicia le debemos
en cuanto criaturas. La virtud de la religión nos dispone a esta
actitud.
La adoración
2096 La adoración es el primer acto de la
virtud de la religión. Adorar a Dios es reconocerle como Dios,
como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe,
como Amor infinito y misericordioso. "Adorarás al Señor tu
Dios y sólo a él darás culto" (Lc 4,8), dice Jesús
citando el Deuteronomio (6,13).
2097 Adorar a Dios es reconocer, en el respeto
y la sumisión absoluta, la "nada de la criatura", que
sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y
humillarse a sí mismo, como hace María en el Magnificat,
confesando con gratitud que él ha hecho grandes cosas y que su
nombre es santo (cf Lc 1,46-49). La adoración del Dios único
libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud
del pecado y de la idolatría del mundo.
La oración
2098 Los actos de fe, esperanza y caridad que
ordena el primer mandamiento se realizan en la oración. La
elevación del espíritu hacia Dios es una expresión de nuestra
adoración a Dios: oración de alabanza y de acción de gracia s,
de intercesión y de súplica. La oración es una condición
indispensable para poder obedecer los mandamientos de Dios.
"Es preciso orar siempre sin desfallecer" (Lc 18,1).
El sacrificio
2099 Es justo ofrecer a Dios sacrificios en
señal de adoración y de gratitud, de súplica y de comunión:
"Toda acción realizada para unirse a Dios en la santa
comunión y poder ser bienaventurado es un verdadero
sacrificio" (S. Agustín, civ. 10,6).
2100 El sacrificio exterior, para ser
auténtico, debe ser expresión del sacrificio espiritual.
"Mi sacrificio es un espíritu contrito..." (Sal 51,19).
Los profetas de la Antigua Alianza denunciaron con frecuencia los
sacrificios hechos sin participación interior (cf Am 5,21-25) o
sin amor al prójimo (cf Is 1,10-20). Jesús recuerda las palabras
del profeta Oseas: "Misericordia quiero, que no
sacrificio" (Mt 9,13; 12,7; cf Os 6,6). El único sacrificio
perfecto es el que ofreció Cristo en la cruz en ofrenda total al
amor del Padre y por nuestra salvación (cf Hb 9,13-14).
Uniéndonos a su sacrificio, podemos hacer de nuestra vida un
sacrificio para Dios.
Promesas y votos
2101 En varias circunstancias, el cristiano es
llamado a hacer promesas a Dios. El bautismo y la confirmación,
el matrimonio y la ordenación las exigen siempre. Por devoción
personal, el cristiano puede también prometer a Dios un acto, una
oración, una limosna, una peregrinación, etc. La fidelidad a las
promesas hechas a Dios es una manifestación de respeto a la
Majestad divina y de amor hacia el Dios fiel.
2102 "El voto, es decir, la promesa
deliberada y libre hecha a Dios acerca de un bien posible y mejor,
debe cumplirse por la virtud de la religión" (CIC
can.1191,1). El voto es un acto de devoción en el que el
cristiano se consagra a Dios o le promete una obra buena. Por
tanto, mediante el cumplimiento de sus votos da a Dios lo que le
ha prometido y consagrado. Los Hechos de los Apóstoles nos
muestran a S. Pablo cumpliendo los votos que había hecho (cf Hch
18,18; 21,23-24).
2103 La Iglesia reconoce un valor ejemplar al
voto de practicar los consejos evangélicos (cf CIC, can 654).
La santa Iglesia se alegra de que haya en su
seno muchos hombres y mujeres que siguen más de cerca y muestran
más claramente el anonadamiento de Cristo, escogiendo la pobreza
con la libertad de los hijos de Dios y renunciando a su voluntad
propia. Estos, pues, se someten a los hombres por Dios en la
búsqueda de la perfección más allá de lo que está mandado,
para parecerse más a Cristo obediente (LG 42).
En algunos casos, la Iglesia puede, por razones
proporcionadas, dispensar de los votos y las promesas (cf CIC
can.692; 1196-97).
El deber social de la religión y el derecho a
la libertad religiosa
2104. "Todos los hombres están obligados
a buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su
Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla" (DH
1). Este deber se desprende de "su misma naturaleza" (DH
2). No contradice al "respeto sincero" hacia las
diversas religiones, que "no pocas veces reflejan, sin
embargo, un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los
hombres" (NA 2), ni a la exigencia de la caridad que empuja a
los cristianos "a tratar con amor, prudencia y paciencia a
los hombres que viven en el error o en la ignorancia de la
fe" (DH 14).
2105. El deber de dar a Dios un culto
auténtico corresponde al hombre individual y socialmente. Esa es
"la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de
los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera
y a la única Iglesia de Cristo" (DH 1). Al evangelizar sin
cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan
"informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las
costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que
cada uno vive" (AA 13). Deber social de los cristianos es
respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del
bien. Les exige dar a conocer el culto de la única verdadera
religión, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica (cf
DH 1). Los cristianos son llamados a ser la luz del mundo (cf AA
13). La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la
creación y, en particular, sobre las sociedades humanas (cf León
XIII, enc. "Inmortale Dei"; Pío XI "Quas
primas").
2106 "En materia religiosa, ni se obligue
a nadie a actuar contra su conciencia, ni se le impida que actúe
conforme a ella, pública o privadamente, solo o asociado con
otros" (DH 2). Este derecho se funda en la naturaleza misma
de la persona humana, cuya dignidad le hace adherirse libremente a
la verdad divina, que transciende el orden temporal. Por eso,
"permanece aún en aquellos que no cumplen la obligación de
buscar la verdad y adherirse a ella" (DH 2).
2107 "Si, teniendo en cuenta las
circunstancias peculiares de los pueblos, se concede a una
comunidad religiosa un reconocimiento civil especial en el
ordenamiento jurídico de la sociedad, es necesario que al mismo
tiempo se reconozca y se respete el derecho a la libertad en
materia religiosa a todos los ciudadanos y comunidades
religiosas" (DH 6).
2108 El derecho a la libertad religiosa no es
ni la permisión moral de adherirse al error (cf León XIII, enc.
"Libertas praestantissimum"), ni un derecho supuesto al
error (cf Pío XII, discurso 6 Diciembre 1953), sino un derecho
natural de la persona humana a la libertad civil, es decir, a la
inmunidad de coacción exterior, en los justos límites, en
materia religiosa por parte del poder político. Este derecho
natural debe ser reconocido en el orden jurídico de la sociedad
de manera que constituya un derecho civil (cf DH 2).
2109 El derecho a la libertad religiosa no
puede ser de suyo ni ilimitado (cf Pío VI, breve "Quod
aliquantum"), ni limitado solamente por un "orden
público" concebido de manera positivista o naturalista (cf
Pío IX, enc. "Quanta cura"). Los "justos
límites" que le son inherentes deben ser determinados para
cada situación social por la prudencia política, según las
exigencias del bien común, y ratificados por la autoridad civil
según "normas jurídicas, conforme con el orden objetivo
moral" (DH 7).
III “NO HABRA PARA TI OTROS DIOSES DELANTE DE
MI”
2110 El primer mandamiento prohíbe honrar a
dioses distintos del Unico Señor que se reveló a su pueblo.
Proscribe la superstición y la irreligión. La superstición
representa en cierta manera un exceso perverso de religión. La
irreligión es un vicio opuesto por defecto a la virtud de la
religión.
La superstición
2111 La superstición es la desviación del
sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Puede
afectar también al culto que damos al verdadero Dios, por
ejemplo, cuando se atribuye una importancia, de algún modo,
mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o
necesarias. Atribuir su eficacia a la sola materialidad de las
oraciones o de los signos sacramentales, prescindiendo de las
disposiciones interiores que exigen, es caer en la superstición
(cf Mt 23,16-22).
La idolatría
2112 El primer mandamiento condena el
politeísmo. Exige al hombre no creer en más dioses que el Dios
verdadero. Y no venerar otras divinidades que al único Dios. La
Escritura recuerda constantemente este rechazo de los
"ídolos, oro y plata, obra de las manos de los
hombres", que "tienen boca y no hablan, ojos y no
ven..." Estos ídolos vanos hacen vano al que les da culto:
"Como ellos serán los que los hacen, cuantos en ellos ponen
su confianza" (Sal 115,4-5.8; cf. Is 44,9-20; Jr 10,1-16; Dn
14,1-30; Ba 6; Sb 13,1-15,19). Dios, por el contrario, es el
"Dios vivo" (Jos 3,10; Sal 42,3, etc.), que da vida e
interviene en la historia.
2113 La idolatría no se refiere sólo a los
cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe.
Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde que
el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios.
Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de
poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del
dinero, etc. "No podéis servir a Dios y al dinero",
dice Jesús (Mt 6,24). Numerosos mártires han muerto por no
adorar a "la Bestia" (cf Ap 13-14), negándose incluso a
simular su culto. La idolatría rechaza el único Señorío de
Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina (cf Gál
5,20; Ef 5,5).
2114 La vida humana se unifica en la adoración
del Dios Unico. El mandamiento de adorar al único Señor da
unidad al hombre y lo salva de una dispersión infinita. La
idolatría es una perversión del sentido religioso innato en el
hombre. El idólatra es el que "aplica a cualquier cosa en
lugar de Dios su indestructible noción de Dios" (Orígenes,
Cels. 2,40).
Adivinación y magia
2115 Dios puede revelar el porvenir a sus
profetas o a otros santos. Sin embargo, la actitud cristiana justa
consiste en ponerse con confianza en las manos de la Providencia
en lo que se refiere al futuro y en abandonar toda curiosidad
malsana al respecto. La imprevisión puede constituir una falta de
responsabilidad.
2116 Todas las formas de adivinación deben
rechazarse: recurso a Satán o a los demonios, evocación de los
muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone
"desvelan" el porvenir (cf Dt 18,10; Jr 29,8). La
consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la
interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de
visión, el recurso a "mediums" encierran una voluntad
de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres,
a la vez que un deseo de conciliarse los poderes ocultos. Están
en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor
amoroso, que debemos solamente a Dios.
2117 Todas las prácticas de magia o de
hechicería mediante las que se pretende domesticar las potencias
ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder
sobrenatural sobre el prójimo -aunque sea para procurar la
salud-, son gravemente contrarias a la virtud de la religión.
Estas prácticas son más condenables aún cuando van acompañadas
de una intención de dañar a otro o recurren a la intervención
de los demonios. El llevar amuletos es también reprensible. El
espiritismo implica con frecuencia prácticas adivinatorias o
mágicas. Por eso la Iglesia advierte a los fieles que se guarden
de él. El recurso a las medicinas llamadas tradicionales no
legitima ni la invocación de las potencias malignas, ni la
explotación de la credulidad del prójimo.
La irreligión
2118 El primer mandamiento de Dios reprueba los
principales pecados de irreligión, la acción de tentar a Dios en
palabras o en obras, el sacrilegio y la simonía.
2119 La acción de tentar a Dios consiste en
poner a prueba de palabra o de obra, su bondad y su omnipotencia.
Así es como Satán quería conseguir de Jesús que se arrojara
del templo y obligase a Dios, mediante este gesto, a actuar (cf Lc
4,9). Jesús le opone las palabras de Dios: "No tentarás al
Señor tu Dios" (Dt 6,16). El reto que contiene este tentar a
Dios lesiona el respeto y la confianza que debemos a nuestro
Criador y Señor. Incluye siempre una duda respecto a su amor, su
providencia y su poder (cf 1 Co 10.9; Ex 17,2-7; Sal 95,9).
2120 El sacrilegio consiste en profanar o
tratar indignamente los sacramentos y las otras acciones
litúrgicas, así como las personas, las cosas y los lugares
consagrados a Dios. El sacrilegio es un pecado grave sobre todo
cuando es cometido contra la Eucaristía, pues en este sacramento
el Cuerpo de Cristo se nos hace presente sustancialmente (cf CIC,
can. 1367; 1376).
2121 La simonía (cf Hch 8,9-24) se define como
la compra o venta de las realidades espirituales. A Simón el
mago, que quiso comprar el poder espiritual del que vio dotado a
los apóstoles, Pedro le responde: "Vaya tu dinero a la
perdición y tú con él, pues has pensado que el don de Dios se
compra con dinero" (Hch 8,20). Así se ajustaba a las
palabras de Jesús: "Gratis lo recibisteis, dadlo
gratis" (Mt 10,8; cf Is 55,1). Es imposible apropiarse de los
bienes espirituales y de comportarse respecto a ellos como un
posesor o un dueño, pues tienen su fuente en Dios. Sólo es
posible recibirlos gratuitamente de él.
2122 "Fuera de las ofrendas determinadas
por la autoridad competente, el ministro no debe pedir nada por la
administración de los sacramentos, y ha de procurar siempre que
los necesitados no queden privados de la ayuda de los sacramentos
por razón de su pobreza" (CIC, can. 848). La autoridad
competente puede fijar estas "ofrendas" atendiendo al
principio de que el pueblo cristiano debe subvenir al
sostenimiento de los ministros de la Iglesia. "El obrero
merece su sustento" (Mt 10,10; cf Lc 10,7; 1 Co 9,5-18; 1 Tm
5,17-18).
El ateísmo
2123 "Muchos de nuestros contemporáneos
no perciben de ninguna manera esta unión íntima y vital con Dios
o la rechazan explícitamente , hasta tal punto que el ateísmo
debe ser considerado entre los problemas más graves de esta
época" (GS 19,1).
2124 El nombre de ateísmo abarca fenómenos
muy diversos. Una forma frecuente del mismo es el materialismo
práctico, que limita sus necesidades y sus ambiciones al espacio
y al tiempo. El humanismo ateo considera falsamente que el hombre
es "el fin de sí mismo, el artífice y demiurgo único de su
propia historia" (GS 20,1). Otra forma del ateísmo
contemporáneo espera la liberación del hombre de una liberación
económica y social a la que "la religión, por su propia
naturaleza, es un obstáculo para esta liberación, porque, al
orientar la esperanza del hombre hacia una vida futura ilusoria,
lo apartaría de la construcción de la ciudad terrena" (GS
20,2).
2125 En cuanto rechaza o niega la existencia de
Dios, el ateísmo es un pecado contra la virtud de la religión
(cf Rm 1,18). La imputabilidad de esta falta puede quedar
ampliamente disminuida en virtud de las intenciones y de las
circunstancias. En la génesis y difusión del ateísmo
"puede corresponder a los creyentes una parte no pequeña; en
cuanto que, por descuido en la educación para la fe, por una
exposición falsificada de la doctrina, o también por los
defectos de su vida religiosa, moral y social, puede decirse que
han velado el verdadero rostro de Dios y de la religión, más que
revelarlo" (GS 19,3).
2126 Con frecuencia el ateísmo se funda en una
concepción falsa de la autonomía humana, llevada hasta el
rechazo de toda dependencia respecto a Dios (cf GS 20,1). Sin
embargo, "el reconocimiento de Dios no se opone en ningún
modo a la dignidad del hombre, ya que esta dignidad se funda y se
perfecciona en el mismo Dios" (GS 21,3). "La Iglesia
sabe muy bien que su mensaje conecta con los los deseos más
profundos del corazón humano" (GS 21,7).
El agnosticismo
2127 El agnosticismo reviste varias formas. En
ciertos casos, el agnóstico se resiste a negar a Dios; al
contrario, postula la existencia de un ser transcendente que no
podría revelarse y del que nadie podría decir nada. En otros
casos, el agnóstico no se pronuncia sobre la existencia de Dios,
declarando que es imposible probarla e incluso afirmarla o
negarla.
2128 El agnosticismo puede a veces contener una
cierta búsqueda de Dios, pero puede igualmente representar un
indiferentismo, una huida ante la cuestión última de la
existencia, y una pereza de la conciencia moral. El agnosticismo
equivale con mucha frecuencia a un ateísmo práctico.
IV “NO TE HARAS ESCULTURA NI IMAGEN ALGUNA...”
2129 El mandamiento divino entrañaba la
prohibición de toda representación de Dios por mano del hombre.
El Deuteronomio lo explica así: "Puesto que no visteis
figura alguna el día en que el Señor os habló en el Horeb de en
medio del fuego, no vayáis a prevaricar y os hagáis alguna
escultura de cualquier representación que sea..." (Dt
4,15-16). Quien se revela a Israel es el Dios absolutamente
Transcendente. "El lo es todo", pero al mismo tiempo
"está por encima de todas sus obras" (Si 43,27-28). Es
la fuente de toda belleza creada (cf Sb 13,3).
2130 Sin embargo, ya en el Antiguo Testamento
Dios ordenó o permitió la institución de imágenes que
conducirían simbólicamente a la salvación por el Verbo
encarnado: la serpiente de bronce (cf Nm 21,4-9; Sb 16,5-14; Jn
3,14-15), el arca de la Alianza y los querubines (cf Ex 25, 10-12;
1 R 6,23-28; 7,23-26).
2131 Fundándose en el misterio del Verbo
encarnado, el séptimo Concilio ecuménico (celebrado en Nicea en
787), justificó contra los iconoclastas el culto de las
imágenes: las de Cristo, pero también las de la Madre de Dios,
de los ángeles y de todos los santos. Encarnándose, el Hijo de
Dios inauguró una nueva "economía" de las imágenes.
2132 El culto cristiano de las imágenes no es
contrario al primer mandamiento que proscribe los ídolos. En
efecto, "el honor dado a una imagen se remonta al modelo
original" (S. Basilio, spir. 18,45), "el que venera una
imagen, venera en ella la persona que en ella está
representada" (Cc. de Nicea II: DS 601; cf Cc. de Trento: DS
1821-25; Cc. Vaticano II: SC 126; LG 67). El honor tributado a las
imágenes sagradas es una "veneración respetuosa", no
una adoración, que sólo corresponde a Dios:
El culto de la religión no se dirige a las
imágenes en sí mismas como realidades, sino que las mira bajo su
aspecto propio de imágenes que nos conducen a Dios encarnado.
Ahora bien, el movimiento que se dirige a la imagen en cuanto tal,
no se detiene en ella sino que tiende a la realidad de que ella es
imagen (S. Tomás de Aquino, s. th. 2-2, 81, 3, ad 3).
RESUMEN
2133 "Amarás al Señor tu Dios con todo
tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (Dt
6,5).
2134 El primer mandamiento llama al hombre para
que crea en Dios, espere en él y lo ame sobre todas las cosas.
2135 "Al Señor tu Dios adorarás"
(Mt 4,10). Adorar a Dios, orar a él, ofrecerle el culto que le
corresponde, cumplir las promesas y los votos que se le han hecho,
son actos de la virtud de la religión que constituyen la
obediencia al primer mandamiento.
2136 El deber de dar a Dios un culto auténtico
concierne al hombre individual y socialmente.
2137 El hombre debe "poder profesar
libremente la religión en público y en privado" (DH 15).
2138 La superstición es una desviación del
culto que debemos al verdadero Dios. Desemboca en la idolatría y
en las distintas formas de adivinación y de magia.
2139 La acción de tentar a Dios de palabra o
de obra, el sacrilegio, la simonía, son pecados de irreligión,
prohibidos por el primer mandamiento.
2140 En cuanto niega o rechaza la existencia de
Dios, el ateísmo es un pecado contra el primer mandamiento.
2141 El culto de las imágenes sagradas está
fundado en el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios. No es
contrario al primer mandamiento.
Artículo 2 EL SEGUNDO MANDAMIENTO
"No tomarás en falso el nombre del Señor
tu Dios" (Ex 20,7; Dt 5,11).
"Se dijo a los antepasados: `No
perjurarás'...Pues yo os digo que no juréis en modo alguno"
(Mt 5,33-34).
I EL NOMBRE DEL SEÑOR ES SANTO
2142 El segundo mandamiento prescribe respetar
el nombre del Señor. Pertenece, como el primer mandamiento, a la
virtud de la religión y regula más particularmente nuestro uso
de la palabra en las cosas santas.
2143 Entre todas las palabras de la revelación
hay una, singular, que es la revelación de su Nombre. Dios
confía su nombre a los que creen en él; se revela a ellos en su
misterio personal. El don del Nombre pertenece al orden de la
confidencia y la intimidad. "El nombre del Señor es
santo". Por eso el hombre no puede usar mal de él. Lo debe
guardar en la memoria en un silencio de adoración amorosa (cf Za
2,17). No lo hará intervenir en sus propias palabras sino para
bendecirlo, alabarlo y glorificarlo (cf Sal 29,2; 96,2; 113, 1-2).
2144 La deferencia respecto a su Nombre expresa
la que es debida al misterio de Dios mismo y a toda la realidad
sagrada que evoca. El sentido de lo sagrado pertenece a la virtud
de la religión:
Los sentimientos de temor y de "lo
sagrado" ¿son sentimientos cristianos o no? Nadie puede
dudar razonablemente de ello. Son los sentimientos que tend
ríamos, y en un grado intenso, si tuviésemos la visión del Dios
soberano. Son los sentimientos que tendríamos si verificásemos
su presencia. En la medida en que creemos que está presente,
debemos tenerlos. No tenerlos es no verificar, no creer que está
presente (Newman, par. 5,2).
2145 El fiel debe dar testimonio del nombre del
Señor confesando su fe sin ceder al temor (cf Mt 10,32; 1 Tm
6,12). La predicación y la catequesis deben estar penetradas de
adoración y de respeto hacia el nombre de Nuestro Señor
Jesucristo.
2146 El segundo mandamiento prohíbe usar mal
del nombre de Dios, es decir, todo uso inconveniente del nombre de
Dios, de Jesucristo, de la Virgen María y de todos los santos.
2147 Las promesas hechas a otro en nombre de
Dios comprometen el honor, la fidelidad, la veracidad y la
autoridad divinas. Deben ser respetadas en justicia. Ser infiel a
ellas es usar mal el nombre de Dios y, en cierta manera, hacer de
Dios un mentiroso (cf 1 Jn 1,10).
2148 La blasfemia se opone directamente al
segundo mandamiento. Consiste en proferir contra Dios -interior o
exteriormente- palabras de odio, de reproche, de desafío; en
decir mal de Dios, faltarle al respeto, en las conversaciones,
usar mal el nombre de Dios. Santiago reprueba a "los que
blasfeman el hermoso Nombre (de Jesús) que ha sido invocado sobre
ellos" (St 2,7). La prohibición de la blasfemia se extiende
a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas
sagradas. Es también blasfemo recurrir al nombre de Dios para
justificar prácticas criminales, reducir pueblos a servidumbre,
torturar o dar muerte. El abuso del nombre de Dios para cometer un
crimen provoca el rechazo de la religión.
La blasfemia es contraria al respeto debido a
Dios y a su santo nombre. Es de suyo un pecado grave (cf CIC, can
1369).
2149 Los palabras mal sonantes que emplean el
nombre de Dios sin intención de blasfemar son una falta de
respeto hacia el Señor. El segundo mandamiento prohíbe también
el uso mágico del Nombre divino.
El Nombre de Dios es grande donde se pronuncia
con el respeto debido a su grandeza y a su Majestad. El nombre de
Dios es santo donde se le nombra con veneración y el temor de
ofenderle (S. Agustín, serm. Dom. 2, 45, 19).
II TOMAR EL NOMBRE DEL SEÑOR EN VANO
2150 El segundo mandamiento prohibe el falso
juramento . Hacer juramento o jurar es tomar a Dios por testigo de
lo que se afirma. Es invocar la veracidad divina como garantía de
la propia veracidad. El juramento compromete el nombre del Señor.
"Al Señor tu Dios temerás, a él le servirás, por su
nombre jurarás" (Dt 6,13).
2151 La reprobación del falso juramento es un
deber para con Dios. Como Creador y Señor, Dios es la norma de
toda verdad. La palabra humana está de acuerdo o en oposición
con Dios que es la Verdad misma. El juramento, cuando es veraz y
legítimo, pone de relieve la relación de la palabra humana con
la verdad de Dios. El falso juramento invoca a Dios como testigo
de una mentira.
2152 Es perjuro quien, bajo juramento, hace una
promesa que no tiene intención de cumplir, o que, después de
haber prometido bajo juramento, no la mantiene. El perjurio
constituye una grave falta de respeto hacia el Señor de toda
palabra. Comprometerse mediante juramento a hacer una obra mala es
contrario a la santidad del Nombre divino.
2153 Jesús expuso el segundo mandamiento en el
Sermón de la Montaña: "Habéis oído que se dijo a los
antepasados: `no perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus
juramentos'. Pues yo os digo que no juréis en modo alguno...sea
vuestro lenguaje: `sí, sí'; `no, no': que lo que pasa de aquí
viene del Maligno" (Mt 5,33-34. 37; cf St 5,12). Jesús
enseña que todo juramento implica una referencia a Dios y que la
presencia de Dios y de su verdad debe ser honrada en toda palabra.
La discreción del recurso a Dios al hablar va unida a la
atención respetuosa a su presencia, reconocida o menospreciada en
cada una de nuestras afirmaciones.
2154 Siguiendo a San Pablo (cf 2 Co 1,23; Gal
1,20), la tradición de la Iglesia ha comprendido las palabras de
Jesús en el sentido de que no se oponen al juramento cuando éste
se hace por una causa grave y justa (por ejemplo, ante el
tribunal). "El juramento, es decir, la invocación del Nombre
de Dios como testigo de la verdad, sólo puede prestarse con
verdad, con sensatez y con justicia" (CIC, can. 1199,1).
2155 La santidad del nombre divino exige no
recurrir a él para cosas fútiles, y no prestar juramento en
circunstancias que pudieran hacerlo interpretar como una
aprobación del poder que lo exigiese injustamente. Cuando el
juramento es exigido por autoridades civiles ilegítimas, puede
ser rechazado. Debe serlo, cuando es impuesto con fines contrarios
a la dignidad de las personas o a la comunión de la Iglesia.
III EL NOMBRE CRISTIANO
2156 El sacramento del Bautismo es conferido
"en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo" (Mt 28,19). En el bautismo, el nombre del Señor
santifica al hombre, y el cristiano recibe su nombre en la
Iglesia. Este puede ser el de un santo, es decir, de un discípulo
que vivió una vida de fidelidad ejemplar a su Señor. Al ser
puesto bajo el patrocinio de un santo, se le ofrece un modelo de
caridad y se le asegura su intercesión. El "nombre de
bautismo" puede expresar también un misterio cristiano o una
virtud cristiana. "Procuren los padres, los padrinos y el
párroco que no se imponga un nombre ajeno al sentir
cristiano" (CIC, can. 855).
2157 El cristiano comienza su jornada, sus
oraciones y sus acciones con la señal de la cruz, "en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén". El
bautizado consagra la jornada a la gloria de Dios e invoca la
gracia del Señor que le permite actuar en el Espíritu como hijo
del Padre. La señal de la cruz nos fortalece en las tentaciones y
en las dificultades.
2158 Dios llama a cada uno por su nombre (cf Is
43,1; Jn 10,3). El nombre de todo hombre es sagrado. El nombre es
la imagen de la persona. Exige respeto en señal de la dignidad
del que lo lleva.
2159 El nombre recibido es un nombre de
eternidad. En el reino, el carácter misterioso y único de cada
persona marcada con el nombre de Dios brillará en plena luz.
"Al vencedor...le daré una piedrecita blanca, y grabado en
la piedrecita, un nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo
recibe" (Ap 2,17). "Miré entonces y había un Cordero,
que estaba en pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta
y cuatro mil, que llevaban escrito en la frente el nombre del
Cordero y el nombre de su Padre" (Ap 14,1).
RESUMEN
2160 "Señor, Dios Nuestro, ¡qué
admirable es tu nombre por toda la tierra!" (Sal 8,2).
2161 El segundo mandamiento prescribe respetar
el nombre del Señor. El nombre del Señor es santo.
2162 El segundo mandamiento prohíbe todo uso
inconveniente del Nombre de Dios. La blasfemia consiste en usar de
una manera injuriosa el nombre de Dios, de Jesucristo , de la
Virgen María y de los santos.
2163 El falso juramento invoca a Dios como
testigo de una mentira. El perjurio es una falta grave contra el
Señor, siempre fiel a sus promesas.
2164 "No jurar ni por Criador ni por
criatura, si no fuere con verdad, necesidad y reverencia" (S.
Ignacio de Loyola, ex. spir. 38).
2165 En el Bautismo, la Iglesia da un nombre al
cristiano. Los padres, los padrinos y el párroco deben procurar
que se dé un nombre cristiano al que es bautizado. El patrocinio
de un santo ofrece un modelo de caridad y asegura su intercesión.
2166 El cristiano comienza sus oraciones y sus
acciones con la señal de la cruz "en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo. Amén".
2167 Dios llama a cada uno por su nombre (cf.
Is 43,1).
Artículo 3 EL TERCER MANDAMIENTO
"Recuerda el día del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos,
pero el día séptimo es día de descanso para el Señor, tu Dios.
No harás ningún trabajo" (Ex 20,8-10; cf. Dt 5,12-15).
"El sábado ha sido instituido para el
hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del
hombre también es señor del sábado" (Mc 2,27-28).
I EL DIA DEL SABADO
2168 El tercer mandamiento del Decálogo
proclama la santidad del sábado: "El día séptimo será
día de descanso completo, consagrado al Señor" (Ex 31,15).
2169 La Escritura hace a este propósito
memoria de la creación: "Pues en seis días hizo el Señor
el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el
séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el día del sábado
y lo hizo sagrado" (Ex 20,11).
2170 La Escritura ve también en el día del
Señor un memorial de la liberación de Israel de la esclavitud de
Egipto: "Acuérdate de que fuiste esclavo en el país de
Egipto y de que el Señor tu Dios te sacó de allí con mano
fuerte y tenso brazo; por eso el Señor tu Dios te ha mandado
guardar el día del sábado" (Dt 5,15).
2171 Dios confió a Israel el Sábado para que
lo guardara como signo de la alianza inquebrantable (cf Ex 31,16).
El Sábado es para el Señor, santamente reservado a la alabanza
de Dios, de su obra de creación y de sus acciones salvíficas en
favor de Israel.
2172 El obrar de Dios es el modelo del obrar
humano. Si Dios "tomó respiro" el día séptimo (Ex
31,17), también el hombre debe "holgar" y hacer que los
otros, sobre todo los pobres, "recobren aliento" (Ex
23,12). El Sábado interrumpe los trabajos cotidianos y concede un
respiro. Es un día de protesta contra las servidumbres del
trabajo y el culto al dinero (cf Ne 13, 15-22; 2 Cro 36,21).
2173 El evangelio relata numerosos incidentes
en que Jesús es acusado de quebrantar la ley del sábado. Pero
Jesús nunca falta a la santidad de este día (cf Mc 1,21; Jn
9,16). Da con autoridad la interpretación auténtica de la misma:
"El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre
para el sábado" (Mc 2,27). Con compasión, Cristo proclama
que "es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal,
salvar una vida en vez de destruirla" (Mc 3,4). El sábado es
el día del Señor de las misericordias y del honor de Dios (cf Mt
12,5; Jn 7,23). "El Hijo del hombre es señor del
sábado" (Mc 2,28).
II EL DIA DEL SEÑOR
¡Este es el día que ha hecho el Señor,
exultemos y gocémonos en él! (Sal 118,24).
El día de la Resurrección: la nueva creación
2174 Jesús resucitó de entre los muertos
"el primer día de la semana" (Mt 28,1; Mc 16,2; Lc
24,1; Jn 20,1). En cuanto "primer día", el día de la
Resurrección de Cristo recuerda la primera creación. En cuanto
"octavo día", que sigue al sábado (cf Mc 16,1; Mt
28,1), significa la nueva creación inaugurada con la
resurrección de Cristo. Para los cristianos vino a ser el primero
de todos los días, la primera de todas las fiestas, el día del
Señor ("Hè kyriakè hèmera", "dies
dominica"), el "domingo":
Nos reunimos todos el día del sol porque es el
primer día (después del sábado judío, pero también el primer
día), en que Dios, sacando la materia de las tinieblas, creó al
mundo; ese mismo día, Jesucristo nuestro Salvador resucitó de
entre los muertos (S. Justino, Apol. 1,67).
El domingo, plenitud del sábado
2175 El Domingo se distingue expresamente del
sábado, al que sucede cronológicamente cada semana, y cuya
prescripción litúrgica reemplaza para los cristianos. Realiza
plenamente, en la Pascua de Cristo, la verdad espiritual del
sábado judío y anuncia el descanso eterno del hombre en Dios.
Porque el culto de la ley preparaba el misterio de Cristo, y lo
que se practicaba en ella prefiguraba algún rasgo relativo a
Cristo (cf 1 Co 10,11):
Los que vivían según el orden de cosas
antiguo han venido a la nueva esperanza, no observando ya el
sábado, sino el día del Señor, en el que nuestra vida es
bendecida por él y por su muerte (S. Ignacio de Antioquía, Magn.
9,1).
2176 La celebración del domingo observa la
prescripción moral, inscrita en el corazón del hombre, de "
dar a Dios un culto exterior, visible, público y regular bajo el
signo de su bondad universal hacia los hombres" (S. Tomás de
Aquino, s. th. 2-2, 122,4). El culto dominical realiza el precepto
moral de la Antigua Alianza, cuyo ritmo y espíritu recoge
celebrando cada semana al Creador y Redentor de su pueblo.
La eucaristía dominical
2177 La celebración dominical del Día y de la
Eucaristía del Señor tiene un papel principalísimo en la vida
de la Iglesia. "El domingo en el que se celebra el misterio
pascual, por tradición apostólica, ha de observarse en toda la
Iglesia como fiesta primordial de precepto" (CIC, can.
1246,1).
"Igualmente deben observarse los días de
Navidad, Epifanía, Ascensión, Santísimo Cuerpo y Sangre de
Cristo, Santa María Madre de Dios, Inmaculada Concepción y
Asunción, San José, Santos Apóstoles Pedro y Pablo y,
finalmente, todos los Santos" (CIC, can. 1246,1).
2178 Esta práctica de la asamblea cristiana se
remonta a los comienzos de la edad apostólica (cf Hch 2,42-46; 1
Co 11,17). La carta a los Hebreos dice: "no abandonéis
vuestra asamblea, como algunos acostumbran hacerlo, antes bien,
animaos mutuamente" (Hb 10,25).
La tradición conserva el recuerdo de una
exhortación siempre actual: "Venir temprano a la Iglesia,
acercarse al Señor y confesar sus pecados, arrepentirse en la
oración...Asistir a la sagrada y divina liturgia, acabar su
oración y no marchar antes de la despedida...Lo hemos dicho con
frecuencia: este día os es dado para la oración y el descanso.
Es el día que ha hecho el Señor. En él exultamos y nos gozamos
(Autor anónimo, serm. dom.).
2179 "La parroquia es una determinada
comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia
particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo
diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor
propio" (CIC, can. 515,1). Es el lugar donde todos los fieles
pueden reunirse para la celebración dominical de la eucaristía.
La parroquia inicia al pueblo cristiano en la expresión ordinaria
de la vida litúrgica, la congrega en esta celebración; le
enseña la doctrina salvífica de Cristo. Practica la caridad del
Señor en obras buenas y fraternas:
No puedes orar en casa como en la Iglesia,
donde son muchos los reunidos, donde el grito de todos se dirige a
Dios como desde un solo corazón. Hay en ella algo más: la unión
de los espíritus, la armonía de las almas, el vínculo de la
caridad, las oraciones de los sacerdotes (S. Juan Crisóstomo,
incomprehens. 3,6).
La obligación del Domingo
2180 El mandamiento de la Iglesia determina y
precisa la ley del Señor: "El domingo y las demás fiestas
de precepto los fieles tienen obligación de participar en la
Misa" (CIC, can. 1247). "Cumple el precepto de
participar en la Misa quien asiste a ella, dondequiera que se
celebre en un rito católico, tanto el día de la fiesta como el
día anterior por la tarde" (CIC, can. 1248,1)
2181 La eucaristía del Domingo fundamenta y
ratifica toda la práctica cristiana. Por eso los fieles están
obligados a participar en la eucaristía los días de precepto, a
no ser que estén excusados por una razón seria (por ejemplo,
enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o dispensados por su
pastor propio (cf CIC, can. 1245). Los que deliberadamente faltan
a esta obligación cometen un pecado grave.
2182 La participación en la celebración
común de la eucaristía dominical es un testimonio de pertenencia
y de fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Los fieles proclaman así
su comunión en la fe y la caridad. Testimonian a la vez la
santidad de Dios y su esperanza de la salvación. Se reconfortan
mutuamente, guiados por el Espíritu Santo.
2183 "Cuando falta el ministro sagrado u
otra causa grave hace imposible la participación en la
celebración eucarística, se recomienda vivamente que los fieles
participen en la liturgia de la palabra, si ésta se celebra en la
iglesia parroquial o en otro lugar sagrado conforme a lo prescrito
por el Obispo diocesano, o permanezcan en oración durante un
tiempo conveniente, solos o en familia, o, si es oportuno, en
grupos de familias" (CIC, can. 1248,2).
Día de gracia y de descanso
2184 Así como Dios "cesó el día
séptimo de toda la tarea que había hecho" (Gn 2,2), la vida
humana sigue un ritmo de trabajo y descanso. La institución del
Día del Señor contribuye a que todos disfruten del tiempo de
descanso y de solaz suficiente que les permita cultivar su vida
familiar, cultural, social y religiosa (cf GS 67,3).
2185 Durante el domingo y las otras fiestas de
precepto, los fieles se abstendrán de entregarse a trabajos o
actividades que impidan el culto debido a Dios, la alegría propia
el día del Señor, la práctica de las obras de misericordia, la
distensión necesaria del espíritu y del cuerpo (cf CIC, can.
1247). Las necesidades familiares o una gran utilidad social
constituyen excusas legítimas respecto al precepto del descanso
dominical. Los fieles deben cuidar que legítimas excusas no
introduzcan hábitos perjudiciales a la religión, a la vida de
familia y a la salud.
El amor de la verdad busca el santo ocio, la
necesidad del amor acoge el justo trabajo (S. Agustín, civ.
19,19).
2186 Los cristianos que disponen de ocio deben
acordarse de sus hermanos que tienen las mismas necesidades y los
mismos derechos y no pueden descansar a causa de la pobreza y la
miseria. El domingo está tradicionalmente consagrado por la
piedad cristiana a obras buenas y a servicios humildes con los
enfermos, débiles y ancianos. Los cristianos deben santificar
también el domingo dedicando a su familia el tiempo y los
cuidados difíciles de prestar los otros días de la semana. El
domingo es un tiempo de reflexión, de silencio, de cultura y de
meditación, que favorecen el crecimiento de la vida interior y
cristiana.
2187 Santificar los domingos y los días de
fiesta exige un esfuerzo común. Cada cristiano debe evitar
imponer sin necesidad a otro lo que le impediría guardar el día
del Señor. Cuando las costumbres (deportes, restaurantes, etc.) y
los compromisos sociales (servicios públicos, etc.) requieren de
algunos un trabajo dominical, cada uno tiene la responsabilidad de
un tiempo suficiente de descanso. Los fieles cuidarán con
moderación y caridad evitar los excesos y las violencias
engendrados a veces por espectáculos multitudinarios. A pesar de
las presiones económicas, los poderes públicos deben asegurar a
los ciudadanos un tiempo destinado al descanso y al culto divino.
Los patronos tienen una obligación análoga respecto a sus
empleados.
2188 En el respeto de la libertad religiosa y
del bien común de todos, los cristianos deben reclamar el
reconocimiento de los domingos y días de fiesta de la Iglesia
como días festivos legales. Deben dar a todos un ejemplo público
de oración, de respeto y de alegría, y defender sus tradiciones
como una contribución preciosa a la vida espiritual de la
sociedad humana. Si la legislación del país u otras razones
obligan a trabajar el domingo, este día debe ser al menos vivido
como el día de nuestra liberación que nos hace participar en
esta "reunión de fiesta", en esta "asamblea de los
primogénitos inscritos en los cielos" (Hb 12,22-23).
RESUMEN
2189 "Guardarás el día del sábado para
santificarlo" (Dt 5,12). "El día séptimo será día de
descanso completo, consagrado al Señor" (Ex 31,15).
2190 El sábado, que representaba la
coronación de la primera creación, es sustituido por el domingo
que recuerda la nueva creación, inaugurada en la resurrección de
Cristo.
2191 La Iglesia celebra el día de la
Resurrección de Cristo el octavo día, que es llamado con pleno
derecho día del Señor, o domingo (cf SC 106).
2192 "El domingo...ha de observarse en
toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto" (CIC, can
1246,1). "El domingo y las demás fiestas de precepto, los
fieles tienen obligación de participar en la Misa" (CIC,
can. 1247).
2193 "El domingo y las demás fiestas de
precepto...los fieles se abstendrán de aquellos trabajos y
actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría
propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso de la
mente y del cuerpo" (CIC, can 1247).
2194 La institución del domingo contribuye a
que todos disfruten de un "reposo y ocio suficientes para
cultivar la vida familiar, cultural, social y religiosa" (GS
67,3).