CAPITULO TERCERO: LA SALVACION DE DIOS: LA LEY
Y LA GRACIA
1949. El hombre, llamado a la bienaventuranza,
pero herido por el pecado, necesita la salvación de Dios. La
ayuda divina le viene en Cristo por la ley que le dirige y en la
gracia que le sostiene:
Trabajad con temor y temblor por vuestra
salvación, pues Dios es quien obra en vosotros el querer y el
obrar como bien parece (Flp 2,12-23).
Artículo 1 LA LEY MORAL
1950 La ley moral es obra de la Sabiduría
divina. Se la puede definir, en el sentido bíblico, como una
instrucción paternal, una pedagogía de Dios. Prescribe al hombre
los caminos, las reglas de conducta que llevan a la
bienaventuranza prometida; proscribe los caminos del mal que
apartan de Dios y de su amor. Es a la vez firme en sus preceptos y
amable en sus promesas.
1951 La ley es una regla de conducta proclamada
por la autoridad competente para el bien común. La ley moral
supone el orden racional establecido entre las criaturas, para su
bien y con miras a su fin, por el poder, la sabiduría y la bondad
del Creador. Toda ley tiene en la ley eterna su verdad primera y
última. La ley es declarada y establecida por la razón como una
participación en la providencia del Dios vivo, Creador y Redentor
de todos. "Esta ordenación de la razón es lo que se llama
la ley" (León XIII, enc. "Libertas
praestantissimum" citando a S. Tomás de Aquino, s. th. 1-2,
90,1):
El hombre es el único entre todos los seres
animados que puede gloriarse de haber sido digno de recibir de
Dios una ley: Animal dotado de razón, capaz de comprender y de
discernir, regular su conducta disponiendo de su libertad y de su
razón, en la sumisión al que le ha entregado todo (Tertuliano,
Marc. 2,4).
1952 Las expresiones de la ley moral son
diversas, y todas están coordinadas entre sí: La ley eterna,
fuente en Dios de todas las leyes; la ley natural; la ley
revelada, que comprende la Ley antigua y la Ley nueva o
evangélica; finalmente, las leyes civiles y eclesiásticas.
1953 La ley moral tiene en Cristo su plenitud y
su unidad. Jesucristo es en persona el camino de la perfección.
Es el fin de la Ley, porque sólo él enseña y da la justicia de
Dios: "Porque el fin de la ley es Cristo para justificación
de todo creyente" (Rm 10,4).
I LA LEY MORAL NATURAL
1954 El hombre participa de la sabiduría y la
bondad del Creador que le confiere el dominio de sus actos y la
capacidad de gobernarse con miras a la verdad y al bien. La ley
natural expresa el sentido moral original que permite al hombre
discernir mediante la razón lo que son el bien y el mal, la
verdad y la mentira:
La ley natural está escrito y grabada en el
alma de todos y cada uno de los hombres porque es la razón humana
que ordena hacer el bien y prohibe pecar...Pero esta prescripción
de la razón humana no podría tener fuerza de ley si no fuese la
voz y el intérprete de una razón más alta a la que nuestro
espíritu y nuestra libertad deben estar sometidos (León XIII,
enc. "Libertas praestantissimum").
1955 La ley "divina y natural" (GS
89,1), muestra al hombre el camino que debe seguir para practicar
el bien y alcanzar su fin. La ley natural contiene los preceptos
primeros y esenciales que rigen la vida moral. Tiene por raíz la
aspiración y la sumisión a Dios, fuente y juez de todo bien,
así como el sentido del prójimo como igual a sí mismo. Está
expuesta, en sus principales preceptos, en el Decálogo. Esta ley
se llama natural no por referencia a la naturaleza de los seres
irracionales, sino porque la razón que la proclama pertenece
propiamente a la naturaleza humana:
¿Dónde, pues, están inscritas estas normas
sino en el libro de esa luz que se llama la Verdad? Allí está
escrita toda ley justa, de allí pasa al corazón del hombre que
cumple la justicia; no que ella emigre a él, sino que en él pone
su impronta a la manera de un sello que de un anillo pasa a la
cera, pero sin dejar el anillo (S. Agustín, Trin. 14,15,21).
La ley natural no es otra cosa que la luz de la
inteligencia puesta en nosotros por Dios; por ella conocemos lo
que es preciso hacer y lo que es preciso evitar. Esta luz o esta
ley, Dios la ha dado a la creación (S. Tomás de Aquino, dec.
praec. 1)
1956 La ley natural, presente en el corazón de
todo hombre y establecida por la razón, es universal en sus
preceptos, y su autoridad se extiende a todos los hombres. Expresa
la dignidad de la persona y determina la base de sus derechos y
sus deberes fundamentales:
Existe ciertamente una verdadera ley: la recta
razón. Es conforme a la naturaleza, extendida a todos los
hombres; es inmutable y eterna; sus órdenes imponen deber; sus
prohibiciones apartan de la falta...Es un sacrilegio sustituirla
por una ley contraria; Está prohibido dejar de aplicar una sola
de sus disposiciones; en cuanto a abrogarla enteramente, nadie
tiene la posibilidad de ello (Cicerón, rep. 3, 22,33).
1957 La aplicación de la ley natural varía
mucho; puede exigir una reflexión adaptada a la multiplicidad de
las condiciones de vida según los lugares, las épocas, y las
circunstancias. Sin embargo, en la diversidad de culturas, la ley
natural permanece como una norma que une entre sí a los hombres y
les impone, por encima de las diferencias inevitables, principios
comunes.
1958 La ley natural es inmutable (cf GS 10) y
permanente a través de las variaciones de la historia; subsiste
bajo el flujo de ideas y costumbres y sostiene su progreso. Las
normas que la expresan permanecen sustancialmente valederas.
Incluso cuando se llega a rechazar sus principios, no se la puede
destruir ni arrancar del corazón del hombre. Resurge siempre en
la vida de individuos y sociedades:
El robo está ciertamente sancionado por tu
ley, Señor, y por la ley que está escrita en el corazón del
hombre, y que la misma iniquidad no puede borrar (S. Agustín,
conf. 2,4,9).
1959 La ley natural, obra maravillosa del
Creador, proporciona los fundamentos sólidos sobre los que el
hombre puede construir el edificio de las normas morales que
guían sus decisiones. Establece también la base moral
indispensable para la edificación de la comunidad de los hombres.
Finalmente proporciona la base necesaria a la ley civil que se
adhiere a ella, bien mediante una reflexión que extrae las
conclusiones de sus principios, bien mediante adiciones de
naturaleza positiva y jurídica.
1960 Los preceptos de la ley natural no son
percibidos por todos de una manera clara e inmediata. En la
situación actual, la gracia y la revelación son necesarias al
hombre pecador para que las verdades religiosas y morales puedan
ser conocidas "de todos y sin dificultad, con una firme
certeza y sin mezcla de error" (Pío XII, enc. "Humani
generis": DS 3876). La ley natural proporciona a la Ley
revelada y a la gracia un cimiento preparado por Dios y otorgado a
la obra del Espíritu.
II LA LEY ANTIGUA
1961 Dios, nuestro Creador y Redentor, eligió
a Israel como su pueblo y le reveló su Ley, preparando así la
venida de Cristo. La Ley de Moisés contiene muchas verdades
naturalmente accesibles a la razón. Estas están declaradas y
autentificadas en el interior de la Alianza de la salvación.
1962 La Ley antigua es el primer estado de la
Ley revelada. Sus prescripciones morales están resumidas en los
Diez mandamientos. Los preceptos del Decálogo establecen los
fundamentos de la vocación del hombre, formado a imagen de Dios.
Prohiben lo que es contrario al amor de Dios y del prójimo, y
prescriben lo que le es esencial. El Decálogo es una luz ofrecida
a la conciencia de todo hombre para manifestarle la llamada y los
caminos de Dios, y para protegerle contra el mal:
Dios escribió en las tablas de la ley lo que
los hombres no leían en sus corazones (S. Agustín, Sal. 57,1).
1963 Según la tradición cristiana, la Ley
santa (cf. Rm 7,12), espiritual (cf Rm 7,14) y buena (cf Rm 7,16)
es todavía imperfecta. Como un pedagogo (cf Gal 3,24) muestra lo
que es preciso hacer, pero no da de suyo la fuerza, la gracia del
Espíritu para cumplirlo. A causa del pecado, que ella no puede
quitar, no deja de ser una ley de servidumbre. Según S. Pablo
tiene por función principal denunciar y manifestar el pecado, que
forma una "ley de concupiscencia" (cf Rm 7) en el
corazón del hombre. No obstante, la Ley constituye la primera
etapa en el camino del Reino. Prepara y dispone al pueblo elegido
y a cada cristiano a la conversión y a la fe en el Dios Salvador.
Proporciona una enseñanza que subsiste para siempre, como la
Palabra de Dios.
1964 La Ley antigua es una preparación para el
Evangelio. "La ley es profecía y pedagogía de las
realidades venideras" (S. Ireneo, haer. 4, 15, 1). Profetiza
y presagia la obra de liberación del pecado que se realizará con
Cristo; suministra al Nuevo Testamento las imágenes los
"tipos", los símbolos para expresar la vida según el
Espíritu. La Ley se completa mediante la enseñanza de los libros
sapienciales y de los profetas, que la orientan hacia la Nueva
Alianza y el Reino de los Cielos.
Hubo..., bajo el régimen de la antigua
alianza, gentes que poseían la caridad y la gracia del Espíritu
Santo y aspiraban ante todo a las promesas espirituales y eternas,
en lo cual se adherían a la ley nueva. Y al contrario, existen,
en la nueva alianza, hombres carnales, alejados todavía de la
perfección de la ley nueva: para incitarlos a las obras
virtuosas, el temor del castigo y ciertas promesas temporales han
sido necesarias, incluso bajo la nueva alianza. En todo caso,
aunque la ley antigua prescribía la caridad, no daba el Espíritu
Santo, por el cual "la caridad es difundida en nuestros
corazones" (Rm 5,5) (S. Tomás de Aquino, s. th. 1-2, 107,1
ad 2).
III LA LEY NUEVA O LEY EVANGELICA
1965 La ley nueva o Ley evangélica es la
perfección aquí abajo de la ley divina, natural y revelada. Es
obra de Cristo y se expresa particularmente en el Sermón de la
montaña. Es también obra del Espíritu Santo, y por él viene a
ser la ley interior de la caridad: "Concertaré con la casa
de Israel una alianza nueva...pondré mis leyes en su mente, en
sus corazones las grabaré; y yo seré su Dios y ellos serán mi
pueblo" (Hb 8,8-10; cf Jr 31,31-34).
1966 La ley nueva es la gracia del Espíritu
Santo dada a los fieles mediante la fe en Cristo. Obra por la
caridad, utiliza el Sermón del Señor para enseñarnos lo que hay
que hacer, y los sacramentos para comunicarnos la gracia de
hacerlo:
El que quiera meditar con piedad y perspicacia
el Sermón que nuestro Señor pronunció en la montaña, según lo
leemos en el Evangelio de S. Mateo, encontrará en él sin duda
alguna la carta perfecta de la vida cristiana...Este Sermón
contiene todos los preceptos propios para guiar la vida cristiana
(S. Agustín, serm. Dom. 1,1):
1967 La Ley evangélica "da
cumplimiento" (cf Mt 5,17-19), purifica, supera, y lleva a su
perfección la Ley antigua. En las "Bienaventuranzas" da
cumplimiento a las promesas divinas elevándolas y ordenándolas
al "Reino de los Cielos". Se dirige a los que están
dispuestos a acoger con fe esta esperanza nueva: los pobres, los
humildes, los afligidos, los limpios de corazón, los perseguidos
a causa de Cristo, trazando así los caminos sorprendentes del
Reino.
1968 La Ley evangélica lleva a plenitud los
mandamientos de la Ley. El Sermón del monte, lejos de abolir o
devaluar las prescripciones morales de la Ley antigua, extrae de
ella las virtualidades ocultas y hace surgir de ella nuevas
exigencias: revela toda su verdad divina y humana. No añade
preceptos exteriores nuevos, pero llega a reformar la raíz de los
actos, el corazón, donde el hombre elige entre lo puro y lo
impuro (cf Mt 15,18-19), donde se forman la fe, la esperanza y la
caridad, y con ellas las otras virtudes. El Evangelio conduce así
la Ley a su plenitud mediante la imitación de la perfección del
Padre celestial (cf Mt 5,48), mediante el perdón de los enemigos
y la oración por los perseguidores, según el modelo de la
generosidad divina (cf Mt 5,44).
1969 La Ley nueva practica los actos de la
religión: la limosna, la oración y el ayuno, ordenándolos al
"Padre que ve en lo secreto" por oposición al deseo
"de ser visto por los hombres" (cf Mt 6,1-6. 16-18). Su
oración es el Padre Nuestro (Mt 6,9-13).
1970 La Ley evangélica entraña la elección
decisiva entre "los dos caminos" (cf Mt 7,13-14) y la
práctica de las palabras del Señor (cf Mt 7,21-27); está
resumida en la regla de oro: "Todo cuanto queráis que os
hagan los hombres, hacédselo también vosotros; porque esta es la
Ley y los profetas" (Mt 7,12; cf Lc 6,31).
Toda la Ley evangélica está contenida en el
"mandamiento nuevo" de Jesús (Jn 13,34): amarnos los
unos a los otros como él nos ha amado (cf Jn 15,12).
1971 Al Sermón del monte conviene añadir la
catequesis mora l de las enseñanzas apostólicas, como Rm 12-15;
1 Co 12-13; Col 3-4; Ef 4-5, etc. Esta doctrina trasmite la
enseñanza del Señor con la autoridad de los apóstoles,
especialmente exponiendo las virtudes que se derivan de la fe en
Cristo y que anima la caridad, el principal don del Espíritu
Santo. "Vuestra caridad se sin fingimiento...amándoos
cordialmente los unos a los otros...con la alegría de la
esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la
oración; compartiendo las necesidades de los santos; practicando
la hospitalidad" (Rm 12,9-13). Esta catequesis nos enseña
también a tratar los casos de conciencia a la luz de nuestra
relación con Cristo y con la Iglesia (cf Rm 14; 1 Co 5-10).
1972 La Ley nueva es llamada ley de amor,
porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más
que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la
gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de
libertad (cf St 1,25; 2,12), porque nos libera de las observancias
rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar
espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de
la condición del siervo "que ignora lo que hace su
señor", a la de amigo de Cristo, "porque todo lo que he
oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15,15), o
también a la condición de hijo heredero (cf Gál 4,1-7. 21-31;
Rm 8,15).
1973 Más allá de los preceptos, la Ley nueva
contiene los consejos evangélicos. La distinción tradicional
entre mandamientos de Dios y consejos evangélicos se establece
por relación a la caridad, perfección de la vida cristiana. Los
preceptos están destinados a apartar loo que es incompatible con
la caridad. Los consejos tienen por fin apartar lo que, incluso
sin serle contrario, puede constituir un impedimento al desarrollo
de la caridad (cf S. Tomás de Aquino, s.th. 2-2, 184,3).
1974 Los consejos evangélicos manifiestan la
plenitud viva de una caridad que nunca se sacia. Atestiguan su
fuerza y estimulan nuestra prontitud espiritual. La perfección de
la Ley nueva consiste esencialmente en los preceptos del amor de
Dios y del prójimo. Los consejos indican vías más directas,
medios más apropiados, y han de practicarse según la vocación
de cada uno:
(Dios) no quiere que cada uno observe todos los
consejos, sino solamente los que son convenientes según la
diversidad de las personas, los tiempos, las ocasiones, y las
fuerzas, como la caridad lo requiera. Porque es ésta la que, como
reina de todas las virtudes, de todos los mandamientos, de todos
los consejos, y en suma de todas leyes y de todas las acciones
cristianas, la que da a todos y a todas rango, orden, tiempo y
valor (S. Francisco de Sales, amor 8,6).
RESUMEN
1975 Según la Escritura, la ley es una
instrucción paternal de Dios que prescribe al hombre los caminos
que llevan a la bienaventuranza prometida y proscribe los caminos
del mal.
1976 "La ley es una ordenación de la
razón al bien común, promulgada por el que está a cargo de la
comunidad" (S. Tomás de Aquino, s.th. 1-2, 90, 4).
1977 Cristo es el fin de la ley (cf Rm 10,4);
sólo él enseña y otorga la justicia de Dios.
1978 La ley natural es una participación en la
sabiduría y la bondad de Dios por parte del hombre, formado a
imagen de su Creador. Expresa la dignidad de la persona humana y
constituye la base de sus derechos y sus deberes fundamentales.
1979 La ley natural es inmutable, permanente a
través de la historia. Las normas que la expresan son siempre
sustancialmente válidas. Es una base necesaria para la
edificación de las normas morales y la ley civil.
1980 La Ley antigua es la primera etapa de la
Ley revelada. Sus prescripciones morales se resumen en los Diez
mandamientos.
1981 La Ley de Moisés contiene muchas verdades
naturalmente accesibles a la razón. Dios las ha revelado porque
los hombres no las leían en su corazón.
1982 La Ley antigua es una preparación para el
Evangelio.
1983 La Ley nueva es la gracia del Espíritu
Santo recibida mediante la fe en Cristo, que opera por la caridad.
Se expresa especialmente en el Sermón del Señor en la montaña y
utiliza los sacramentos para comunicarnos la gracia.
1984 La Ley evangélica cumple, supera y lleva
a su perfección la Ley antigua: sus promesas mediante las
bienaventuranzas del Reino de los cielos, sus mandamientos,
reformando la raíz de los actos, el cor azón.
1985 La Ley nueva es una ley de amor, una ley
de gracia, una ley de libertad.
1986 Más allá de sus preceptos, la Ley nueva
comprende los consejos evangélicos. "La santidad de la
Iglesia también se fomenta de manera especial con los múltiples
consejos que el Señor propone en el Evangelio a sus discípulos
para que los practiquen" (LG 42).
Artículo 2 GRACIA Y JUSTIFICACION
I LA JUSTIFICACION
1987 La gracia del Espíritu Santo tiene el
poder de santificarnos, es decir, de lavarnos de nuestros pecados
y comunicarnos "la justicia de Dios por la fe en
Jesucristo" (Rm 3,22) y por el Bautismo (cf Rm 6,3-4):
Y si hemos muerto con Cristo, creemos que
también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez
resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte
no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado,
de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así
también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para
Dios en Cristo Jesús (Rm 6, 8-11).
1988 Por el poder del Espíritu Santo
participamos en la Pasión de Cristo, muriendo al pecado, y en su
Resurrección, naciendo a una vida nueva; somos miembros de su
Cuerpo que es la Iglesia (cf 1 Co 12), sarmientos unidos a la Vid
que es él mismo (cf Jn 15,1-4):
Por el Espíritu Santo participamos de Dios.
Por la participación del Espíritu venimos a ser partícipes de
la naturaleza divina...Por eso, aquellos en quienes habita el
Espíritu están divinizados (S. Atanasio, ep. Serap. 1,24).
1989 La primera obra de la gracia del Espíritu
Santo es la conversión, que obra la justificación según el
anuncio de Jesús al comienzo del evangelio: "Convertíos
porque el Reino de los Cielos está cerca" (Mt 4,17). Movido
por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado,
acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto. "La
justificación entraña, por tanto, el perdón de los pecados, la
santificación y la renovación del hombre interior (Cc. de
Trento: DS 1528).
1990 La justificación separa al hombre del
pecado que contradice al amor de Dios, y purifica su corazón. La
justificación sigue a la iniciativa de la misericordia de Dios
que ofrece el perdón. Reconcilia al hombre con Dios, libera de la
servidumbre del pecado y cura.
1991 La justificación es al mismo tiempo la
acogida de la justicia de Dios por la fe en Jesucristo. La
justicia designa aquí la rectitud del amor divino. Con la
justificación son difundidas en nuestros corazones la fe, la
esperanza y la caridad, y nos es concedida la obediencia a la
voluntad divina.
1992 La justificación nos fue merecida por la
pasión de Cristo, que se ofreció en la cruz como hostia viva,
santa y agradable a Dios y cuya sangre vino a ser instrumento de
propiciación por los pecados de todos los hombres. La
justificación es concedida por el bautismo, sacramento de la fe.
Nos conforma a la justicia de Dios que nos hace interiormente
justos por el poder de su misericordia. Tiene por fin la gloria de
Dios y de Cristo, y el don de la vida eterna (cf Cc. de Trento: DS
1529):
Pero ahora, independientemente de la ley, la
justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los
profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los
que creen -pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están
privados de la gloria de Dios- y son justificados por el don de su
gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a
quien Dios exhibió como instrumento de propiciación por su
propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, pasando
por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la
paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo
presente, para ser él justo y justificador del que cree en Jesús
(Rm 3,21-26).
1993 La justificación establece la
colaboración entre la gracia de Dios y la libertad del hombre.
Por parte del hombre se expresa en el asentimiento de la fe a la
Palabra de Dios que lo invita a la conversión, y en la
cooperación de la caridad al impulso del Espíritu Santo que lo
previene y lo guarda:
Cuando Dios toca el corazón del hombre
mediante la iluminación del Espíritu Santo, el hombre no está
sin hacer nada al recibir esta inspiración, que por otra parte
puede rechazar; y, sin embargo, sin la gracia de Dios, tampoco
puede dirigirse, por su voluntad libre, hacia la justicia delante
de él (Cc. de Trento: DS 1525).
1994 La justificación es la obra más
excelente del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús y
concedido por el Espíritu Santo. S. Agustín afirma que "la
justificación del impío es una obra más grande que la creación
del cielo y de la tierra", porque "el cielo y la tierra
pasarán, mientras la salvación y la justificación de los
elegidos permanecerán" (ev. Jo. 72,3). Dice incluso que la
justificación de los pecadores supera a la creación de los
ángeles en la justicia porque manifiesta una misericordia mayor.
1995 El Espíritu Santo es el maestro interior.
Haciendo nacer al "hombre interior" (Rm 7,22; Ef 3,16),
la justificación implica la santificación de todo el ser:
Si en otros tiempos ofrecisteis vuestros
miembros como esclavos a la impureza y al desorden hasta
desordenaros, ofrecedlos igualmente ahora a la justicia para la
santidad...al presente, libres del pecado y esclavos de Dios,
fructificáis para la santidad; y el fin, la vida eterna (Rm 6,
19.22).
II LA GRACIA
1996 Nuestra justificación es obra de la
gracia de Dios. La gracia es el favor, el auxilio gratuito que
Dios nos da para responder a su llamada, ser hijos de Dios (cf Jn
1,12-18), hijos adoptivos (cf Rm 8, 14-17), partícipes de la
naturaleza divina (cf 2 P 1,3-4), de la vida eterna (cf Jn 17,3).
1997 La gracia es una participación en la vida
de Dios. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria: por
el Bautismo el cristiano participa de la gracia de Cristo, Cabeza
de su Cuerpo. Como "hijo adoptivo" puede ahora llamar
"Padre" a Dios, en unión con el Hijo único. Recibe la
vida del Espíritu que le infunde la caridad y que forma la
Iglesia.
1998 Esta vocación a la vida eterna es
sobrenatural. Depende enteramente de la iniciativa gratuita de
Dios, porque sólo él puede revelarse y darse a sí mismo.
Sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la
voluntad humana, como de toda criatura (1 Co 2,7-9).
1999 La gracia de Cristo es el don gratuito que
Dios nos hace de su vida infundida por el Espíritu Santo en
nuestra alma para curarla del pecado y santificarla: es la gracia
santificante o deificante, recibida en el Bautismo. Es en nosotros
la fuente de la obra de santificación (cf Jn 4,14; 7,38-39):
Por tanto, el que está en Cristo es una nueva
creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios,
que nos reconcilió consigo por Cristo (2 Co 5,17-18).
2000 La gracia santificante es un don habitual,
una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma
para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor. Se
debe distinguir entre la gracia habitual, disposición permanente
para vivir y obrar según la llamada divina, y las gracias
actuales, que designan las intervenciones divinas sea en el origen
de la conversión o en el curso de la obra de la santificación.
2001 La preparación del hombre para acoger la
gracia es ya una obra de la gracia. Esta es necesaria para
suscitar y sostener nuestra colaboración a la justificación
mediante la fe y a la santificación mediante la caridad. Dios
acaba en nosotros lo que él mismo comenzó, "porque él, por
su operación, comienza haciendo que nosotros queramos; acaba
cooperando con nuestra voluntad ya convertida" (S. Agustín,
grat. 17):
Ciertamente nosotros trabajamos también, pero
no hacemos más que trabajar con Dios que trabaja. Porque su
misericordia se nos adelantó para que fuésemos curados; nos
sigue todavía para que, una vez curados, seamos vivificados; se
nos adelanta para que seamos llamados, nos sigue para que seamos
glorificados; se nos adelanta para que vivamos según la piedad,
nos sigue para que vivamos por siempre con Dios, pues sin él no
podemos hacer nada (S. Agustín, nat. et grat. 31).
2002 La libre iniciativa de Dios exige la libre
respuesta del hombre, porque Dios creó al hombre a su imagen
concediéndole, con la libertad, el poder de conocerle y amarle.
El alma sólo libremente entra en la comunión del amor. Dios toca
inmediatamente y mueve directamente el corazón del hombre. Puso
en el hombre una aspiración a la verdad y al bien que sólo él
puede colmar. Las promesas de la "vida eterna"
responden, por encima de toda esperanza, a esta aspiración:
Si tú descansaste el día séptimo, al
término de todas tus obras muy buenas, fue para decirnos por la
voz de tu libro que al término de nuestras obras, "que son
muy buenas" por el hecho de que eres tú quien nos las ha
dado, también nosotros en el sábado de la vida eterna
descansaremos en ti (S. Agustín, conf. 13, 36, 51).
2003 La gracia es primera y principalmente el
don del Espíritu que nos justifica y nos santifica. Pero la
gracia comprende también los dones que el Espíritu Santo nos
concede para asociarnos a su obra, para hacernos capaces de
colaborar a la salvación de los otros y al crecimiento del Cuerpo
de Cristo, la Iglesia. Estas son las gracias sacramentales, dones
propios de los distintos sacramentos. Son además las gracias
especiales, llamadas también "carismas", según el
término griego empleado por S. Pablo, y que significa favor, don
gratuito, beneficio (cf LG 12). Cualquiera que sea su carácter, a
veces extraordinario, como el don de milagros o de lenguas, los
carismas están ordenados a la gracia santificante y tienen por
fin el bien común de la Iglesia. Están al servicio de la
caridad, que edifica la Iglesia (cf 1 Co 12).
2004 Entre las gracias especiales conviene
mencionar las gracias de estado, que acompañan el ejercicio de
las responsabilidades de la vida cristiana y de los ministerios en
el seno de la Iglesia:
Teniendo dones diferentes, según la gracia que
nos ha sido dada, si es el don de profecía, ejerzámoslo en la
medida de nuestra fe; si es el ministerio, en el ministerio; la
enseñanza, enseñando; la exhortación, exhortando. El que da,
con sencillez; el que preside, con solicitud; el que ejerce la
misericordia, con jovialidad (Rm 12,6-8).
2005 Siendo de orden sobrenatural, la gracia
escapa a nuestra experiencia y sólo puede ser conocida por la fe.
Por tanto, no podemos fundarnos en nuestros sentimientos o
nuestras obras para deducir de ellos que estamos justificados y
salvados (cf Cc. de Trento: DS 1533-34). Sin embargo, según las
palabras del Señor: "Por sus frutos los conoceréis"
(Mt 7,20), la consideración de los beneficios de Dios en nuestra
vida y en la vida de los santos nos ofrece una garantía de que la
gracia está actuando en nosotros y nos incita a una fe cada vez
mayor y a una actitud de pobreza confiada:
Una de las más bellas ilustraciones de esta
actitud se encuentra en la respuesta de Santa Juana de Arco a una
pregunta capciosa de sus jueces eclesiásticos: "Interrogada
si sabía que estaba en gracia en Dios, responde: `si no lo estoy,
que Dios me quiera poner en ella; si estoy, que Dios me quiera
guardar en ella'" (Juana de Arco, proc.).
III EL MERITO
Manifiestas tu gloria en la asamblea de los
santos, y, al coronar sus méritos, coronas tu propia obra (MR,
prefacio de los santos, citando al "Doctor de la
gracia", S. Agustín, Sal. 102,7).
2006 El término "mérito" designa en
general la retribución debida por parte de una comunidad o una
sociedad por la acción de uno de sus miembros, experimentada como
obra buena u obra mala, digna de recompensa o de sanción. El
mérito depende de la virtud de la justicia conforme al principio
de igualdad que la rige.
2007 Frente a Dios no hay, en el sentido de un
derecho estricto, mérito por parte del hombre. Entre él y
nosotros, la desigualdad no tiene medida, porque nosotros lo hemos
recibido todo de él, nuestro Creador.
2008 El mérito del hombre ante Dios en la vida
cristiana proviene de que Dios ha dispuesto libremente asociar al
hombre a la obra de su gracia. La acción paternal de Dios es lo
primero, en cuanto que él impulsa, y el libre obrar del hombre es
lo segundo en cuanto que éste colabora, de suerte que los
méritos de las obras buenas tengan que atribuirse a la gracia de
Dios en primer lugar, y al fiel en segundo lugar. Por otra parte
el mérito del hombre recae también en Dios, pues sus buenas
acciones proceden, en Cristo, de las gracias prevenientes y de los
auxilios del Espíritu Santo.
2009 La adopción filial, haciéndonos
partícipes por la gracia de la naturaleza divina, puede
conferirnos, según la justicia gratuita de Dios, un verdadero
mérito. Se trata de un derecho por gracia, el pleno derecho del
amor, que nos hace "coherederos" de Cristo y dignos de
obtener la "herencia prometida de la vida eterna" (Cc.
de Trento: DS 1546). Los méritos de nuestras buenas obras son
dones de la bondad divina (cf. Cc. de Trento: DS 1548). "La
gracia ha precedido; ahora se da lo que es debido...los méritos
son dones de Dios" (S. Agustín, serm. 298,4-5).
2010 Por pertenecer a Dios la iniciativa en el
orden de la gracia, nadie puede merecer la gracia primera, en el
inicio de la conversión, del perdón y de la justificación. Bajo
la moción del Espíritu Santo y de la caridad, podemos después
merecer en favor nuestro y de los demás gracias útiles para
nuestra santificación, para el crecimiento de la gracia y de la
caridad, y para la obtención de la vida eterna. Los mismos bienes
temporales, como la salud, la amistad, pueden ser merecidos según
la sabiduría de Dios. Estas gracias y estos bienes son objeto de
la oración cristiana. Esta remedia nuestra necesidad de la gracia
para las acciones meritorias.
2011 La caridad de Cristo es en nosotros la
fuente de todos nuestros méritos ante Dios. La gracia,
uniéndonos a Cristo con un amor activo, asegura la cualidad
sobrenatural de nuestros actos y por consiguiente su mérito tanto
ante Dios como ante los hombres. Los santos han tenido siempre una
conciencia viva de que sus méritos eran pura gracia.
Tras el destierro en la tierra espero gozar de
ti en la Patria, pero no quiero amontonar méritos para el Cielo,
quiero trabajar sólo por vuestro amor...En el atardecer de esta
vida compareceré ante ti con las manos vacías, Señor, porque no
te pido que cuentes mis obras. Todas nuestras justicias tienen
manchas a tus ojos. Por eso, quiero revestirme de tu propia
Justicia y recibir de tu Amor la posesión eterna de ti
mismo...(S. Teresa del Niño Jesús, ofr.).
IV LA SANTIDAD CRISTIANA
2012 "Sabemos que en todas las cosas
interviene Dios para bien de los que le aman...a los que de
antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen
de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos
hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los llamó; y
a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que
justificó, a )sos también los glorificó" (Rm 8,28-30).
2013 "Todos los fieles, de cualquier
estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida
cristiana y a la perfección de la caridad" (LG 40). Todos
son llamados a la santidad: "Sed perfectos como vuestro Padre
celestial es perfecto" (Mt 5,48):
Para alcanzar esta perfección, los creyentes
han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo,
para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del
prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose
conformes a su imagen, y siendo obedientes en todo a la voluntad
del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios
producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la
historia de la Iglesia la vida de los santos (LG 40).
2014 El progreso espiritual tiende a la unión
cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama
"mística", porque participa en el misterio de Cristo
mediante los sacramentos -"los santos misterios"- y, en
él, en el misterio de la Santa Trinidad. Dios nos llama a todos a
esta unión íntima con él, aunque gracias especiales o signos
extraordinarios de esta vida mística sean concedidos solamente a
algunos para así manifestar el don gratuito hecho a todos.
2015 El camino de la perfección pasa por la
cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf 2
Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la
mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el
gozo de las bienaventuranzas:
El que asciende no cesa nunca de ir de comienzo
en comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que
asciende deja de desear lo que ya conoce (S. Gregorio de Nisa,
hom. in Cant. 8).
2016 Los hijos de nuestra madre la Santa
Iglesia esperan justamente la gracia de la perseverancia final y
de la recompensa de Dios, su Padre, por las obras buenas
realizadas con su gracia en comunión con Jesús (cf Cc. de
Trento: DS 1576). Siguiendo la misma norma de vida, los creyentes
comparten la "bienaventurada esperanza" de aquellos a
los que la misericordia divina congrega en la "Ciudad Santa,
la nueva Jerusalén, que baja del cielo, de junto a Dios,
engalanada como una novia ataviada para su esposo" (Ap 21,2).
RESUMEN
2017 La gracia del Espíritu Santo nos confiere
la justicia de Dios. Uniéndonos por la fe y el Bautismo a la
Pasión y a la Resurrección de Cristo, el Espíritu nos hace
participar en su vida.
2018 La justificación, como la conversión,
presenta dos aspectos. Bajo la moción de la gracia, el hombre se
vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y
la justicia de lo Alto.
2019 La justificación entraña la remisión de
los pecados, la santificación y la renovación del hombre
interior.
2020 La justificación nos fue merecida por la
Pasión de Cristo. Nos es concedida mediante el Bautismo. Nos
conforma con la justicia de Dios que nos hace justos. Tiene su fin
en la gloria de Dios y de Cristo y el don de la vida eterna. Es la
obra más excelente de la misericordia de Dios.
2021 La gracia es el auxilio que Dios nos da
para responder a nuestra vocación de llegar a ser sus hijos
adoptivos. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria.
2022 La iniciativa divina en la obra de la
gracia previene, prepara y suscita la respuesta libre del hombre.
La gracia responde a las aspiraciones profundas de la libertad
humana; llama al hombre a cooperar con ella y la perfecciona.
2023 La gracia santificante es el don gratuito
que Dios nos hace de su vida, infundida por el Espíritu Santo en
nuestra alma para curarla del pecado y santificarla.
2024 La gracia santificante nos hace
"agradables a Dios". Los carismas, gracias especiales
del Espíritu Santo, están ordenados a la gracia santificante y
tienen por fin el bien común de la Iglesia. Dios actúa así
mediante gracias actuales múltiples que se distinguen de la
gracia habitual, permanente en nosotros.
2025 El hombre no tiene, por sí mismo, mérito
ante Dios sino como consecuencia del libre designio divino de
asociarlo a la obra de su gracia. El mérito pertenece a la gracia
de Dios en primer lugar, y a la colaboración del hombre en
segundo lugar. El mérito del hombre recae en Dios.
2026 La gracia del Espíritu Santo, en virtud
de nuestra filiación adoptiva, puede conferirnos un verdadero
mérito según la justicia gratuita de Dios. La caridad es en
nosotros la fuente principal del mérito ante Dios.
2027 Nadie puede merecer la gracia primera que
está en el inicio de la conversión. Bajo la moción del
Espíritu Santo podemos merecer en favor nuestro y de los demás
todas las gracias útiles para llegar a la vida eterna, como
también los necesarios bienes temporales.
2028 "Todos los fieles...son llamados a la
plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la
caridad" (LG 40). "La perfección cristiana sólo tiene
un límite: el de no tener límite" (S. Gregorio de Nisa, v.
Mos.).
2029 "Si alguno quiere venir en pos de
mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mt
16,24).
Artículo 3 LA IGLESIA, MADRE Y EDUCADORA
2030 El cristiano realiza su vocación en la
Iglesia, en comunión con todos los bautizados. De la Iglesia
recibe la Palabra de Dios, que contiene las enseñanzas de la ley
de Cristo (Gal 6,2). De la Iglesia recibe la gracia de los
sacramentos que le sostienen en el camino. De la Iglesia aprende
el ejemplo de la santidad; reconoce en la Bienaventurada Virgen
María la figura y la fuente de esa santidad; la discierne en el
testimonio auténtico de los que la viven; la descubre en la
tradición espiritual y en la larga historia de los santos que le
han precedido y que la liturgia celebra a lo largo del santoral.
2031 La vida moral es un culto espiritual.
Ofrecemos nuestros cuerpos "como una hostia viva, santa,
agradable a Dios" (Rm 12,1) en el seno del Cuerpo de Cristo
que formamos y en comunión con la ofrenda de su Eucaristía. En
la liturgia y la celebración de los sacramentos, plegaria y
enseñanza se conjugan con la gracia de Cristo para iluminar y
alimentar el obrar cristiano. Como el conjunto de la vida
cristiana, la vida moral tiene su fuente y su cumbre en el
sacrificio eucarístico.
I VIDA MORAL Y MAGISTERIO DE LA IGLESIA
2032 La Iglesia, "columna y fundamento de
la verdad" (1 Tm 3,15), "recibió de los apóstoles este
solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos
salva" (LG 17). "Compete siempre y en todo lugar a la
Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes
al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera
asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos
fundamentales de la persona humana o la salvación de las
almas" (CIC, can. 747,2).
2033 El magisterio de los pastores de la
Iglesia en materia moral se ejerce ordinariamente en la catequesis
y en la predicación, con la ayuda de las obras de los teólogos y
de los autores espirituales. Así se ha trasmitido de generación
en generación, bajo la dirección y vigilancia de los pastores,
el "depósito" de la moral cristiana, compuesto de un
conjunto característico de normas, de mandamientos y de virtudes
que proceden de la fe en Cristo y están vivificados por la
caridad. Esta catequesis ha tomado tradicionalmente como base,
junto al Credo y el Padrenuestro, el Decálogo que enuncia los
principios de la vida moral válidos para todos los hombres.
2034 El romano pontífice y los obispos como
"maestros auténticos por estar dotados de la autoridad de
Cristo... predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que
creer y que hay que llevar a la práctica" (LG 25). El
magisterio ordinario y universal del Papa y de los obispos en
comunión con él enseña a los fieles la verdad que han de creer,
la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de
esperar.
2035 El grado supremo de la participación en
la autoridad de Cristo está asegurado por el carisma de la
infalibilidad. Esta se extiende a todo el depósito de la
revelación divina (cf LG 25); se extiende también a todos los
elementos de doctrina, comprendida la moral, sin los cuales las
verdades salvíficas de la fe no pueden ser guardadas, expuestas u
observadas (cf CDF, decl. "Mysterium ecclesiae" 3).
2036 La autoridad del Magisterio se extiende
también a los preceptos específicos de la ley natural, porque su
observancia, exigida por el Creador, es necesaria para la
salvación. Recordando las precripciones de la ley natural, el
Magisterio de la Iglesia ejerce una parte esencial de su función
profética de anunciar a los hombres lo que son en verdad y de
recordarles lo que deben ser ante Dios (cf. DH 14).
2037 La ley de Dios, confiada a la Iglesia, es
enseñada a los fieles como camino de vida y de verdad. Los
fieles, por tanto, tienen el derecho (cf CIC can. 213) de ser
instruidos en los preceptos divinos salvíficos que purifican el
juicio y, con la gracia, curan la razón humana herida. Tienen el
deber de observar las constituciones y los decretos promulgados
por la autoridad legítima de la Iglesia. Aunque sean
disciplinares, estas determinaciones requieren la docilidad en la
caridad.
2038 En la obra de enseñanza y de aplicación
de la moral cristiana, la Iglesia necesita la dedicación de los
pastores, la ciencia de los teólogos, la contribución de todos
los cristianos y de los hombres de buena voluntad. La fe y la
práctica del Evangelio procuran a cada uno una experiencia de la
vida "en Cristo" que ilumina y da capacidad para estimar
las realidades divinas y humanas según el Espíritu de Dios (cf 1
Co 10-15). Así el Espíritu Santo puede servirse de los más
humildes para iluminar a los sabios y los más elevados en
dignidad.
2039 Los ministerios deben ejercerse en un
espíritu de servicio fraternal y de dedicación a la Iglesia en
nombre del Señor (cf Rm 12,8.11). Al mismo tiempo, la conciencia
de cada uno en su juicio moral sobre sus actos personales, debe
evitar encerrarse en una consideración individual. Con mayor
empeño debe abrirse a ala consideración del bien de todos según
se expresa en la ley moral, natural y revelada, y
consiguientemente en la ley de la Iglesia y en la enseñanza
autorizada del Magisterio sobre las cuestiones morales. No se ha
de oponer la conciencia personal y la razón a la ley moral o al
Magisterio de la Iglesia.
2040 Así puede crearse entre los cristianos un
verdadero espíritu filial frente a la Iglesia. Es el desarrollo
normal de la gracia bautismal, que nos engendró en el seno de la
Iglesia y nos hizo miembros del Cuerpo de Cristo. En su solicitud
materna, la Iglesia nos concede la misericordia de Dios que
desborda todos nuestros pecados y actúa especialmente en el
sacramento de la reconciliación. Como una madre previsora nos
prodiga también en su liturgia, día tras día, el alimento de la
Palabra y de la Eucaristía del Señor.
II LOS MANDAMIENTOS DE LA IGLESIA
2041 Los mandamientos de la Iglesia se sitúan
en esta línea de una vida moral ligada a la vida litúrgica y que
se alimenta de ella. El carácter obligatorio de estas leyes
positivas promulgadas por la autoridad eclesiástica tiene por fin
garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu
de oración y en el esfuerzo moral, en el crecimiento del amor de
Dios y del prójimo. Los mandamientos más generales de la santa
Madre Iglesia son cinco:
2042 El primer mandamiento (oír misa entera y
los domingos y demás fiestas de precepto y no realizar trabajos
serviles") exige a los fieles que santifiquen el día en el
cual se conmemora la Resurrección del Señor y las fiestas
litúrgicas principales en honor de los misterios del Señor, de
la Santísima Virgen María y de los santos, en primer lugar
participando en la celebración eucarística, y descansando de
aquellos trabajos y ocupaciones que puedan impedir esa
santificación de estos días (cf CIC can. 1246-1248; CCEO, can.
880, § 3; 881, §§ 1. 2. 4).
El segundo mandamiento ("confesar los
pecados mortales al menos una vez al año") asegura la
preparación para la Eucaristía mediante la recepción del
sacramento de la Reconciliación, que continúa la obra de
conversión y de perdón del Bautismo (cf CIC can. 989; CCEO
can.719).
El tercer mandamiento ("recibir el
sacramento de la Eucaristía al menos por Pascua") garantiza
un mínimo en la recepción del Cuerpo y la Sangre del Señor en
conexión con el tiempo de Pascua, origen y centro de la liturgia
cristiana (cf CIC can. 920; CCEO can. 708. 881, § 3).
2043 El cuarto mandamiento (abstenerse de comer
carne y ayunar en los días establecidos por la Iglesia) asegura
los tiempos de ascesis y de penitencia que nos preparan para las
fiestas litúrgicas y para adquirir el dominio sobre nuestros
instintos, y la libertad del corazón (cf CIC can. 1249-51; CCEO
can. 882).
El quinto mandamiento (ayudar a las necesidades
de la Iglesia) enuncia que los fieles están además obligados a
ayudar, cada uno según su posibilidad, a las necesidades
materiales de la Iglesia (cf CIC can. 222; CCEO, can. 25. Las
Conferencias Episcopales pueden además establecer otros preceptos
eclesiásticos para el propio territorio. Cf CIC, can. 455).
III VIDA MORAL Y TESTIMONIO MISIONERO
2044 La fidelidad de los bautizados es una
condición primordial para el anuncio del evangelio y para la
misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los
hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la
salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los
cristianos. "El mismo testimonio de la vida cristiana y las
obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son eficaces
para atraer a los hombres a la fe y a Dios" (AA 6).
2045 Los cristianos, por ser miembros del
Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo (cf Ef 1,22), contribuyen, mediante
la constancia de sus convicciones y de sus costumbres, a la
edificación de la Iglesia. La Iglesia aumenta, crece y se
desarrolla por la santidad de sus fieles (cf LG 39), "hasta
que lleguemos al estado de hombre perfecto, a la madurez de la
plenitud en Cristo" (Ef 4,13).
2046 Mediante un vivir según Cristo, los
cristianos apresuran la venida del Reino de Dios, "Reino de
justicia, de verdad y de paz" (MR, Prefacio de Jesucristo
Rey). Sin embargo, no abandonan sus tareas terrenas; fieles al
Maestro, las cumplen con rectitud, paciencia y amor.
RESUMEN
2047 La vida moral es un culto espiritual. El
obrar cristiano se alimenta en la liturgia y la celebración de
los sacramentos.
2048 Los mandamientos de la Iglesia se refieren
a la vida moral y cristiana, unida a la liturgia, y que se
alimenta de ella.
2049 El Magisterio de los pastores de la
Iglesia en materia moral se ejerce ordinariamente en la catequesis
y la predicación sobre la base del Decálogo que enuncia los
principios de la vida moral válidos para todo hombre.
2050 El romano pontífice y los obispos, como
Maestros auténticos, predican al pueblo de Dios la fe que debe
ser creída y aplicada en las costumbres. A ellos corresponde
también pronunciarse sobre las cuestiones morales que atañen a
la ley moral y a la razón.
2051 La infalibilidad del Magisterio de los
pastores se extiende a todos los elementos de doctrina,
comprendida la moral, sin el cual las verdades salvíficas de la
fe no pueden ser custodiadas, expuestas u observadas.
LOS DIEZ MANDAMIENTOS
Exodo 20, 2-17 Deuteronomio 5,6-21
Yo soy el Señor tu Yo soy el Señor, tu
Dios que te ha sacado Dios, que te ha
del país de Egipto, sacado de Egipto,
de la casa de servidumbre. de la servidumbre.
No habrá para ti otros No habrá para tí
otros Amarás a Dios sobre
dioses delante de mí. dioses delante de mí...
todas las cosas.
No te harás escultura
ni imagen alguna, ni
de lo que hay arriba
en los cielos, ni de lo
que hay abajo en la
tierra. No te postrarás
ante ellas ni les darás
culto, porque el
Señor, tu Dios, soy
un Dios celoso, que
castigo la iniquidad
de los padres en los
hijos, hasta la tercera
y cuarta generación
de los que me odian,
y tengo misericordia
por millares con los
que me aman y
guardan mis
mandamientos.
No tomarás en falso No tomarás en falso No
tomarás el
el nombre del Señor, el nombre del Señor
nombre de Dios en
tu Dios, porque el tu Dios... vano.
Señor no dejará sin
castigo a quien toma
su nombre en falso.
Recuerda el día del Guardarás el día del
Santificarás
sábado para sábado para las fiestas.
santificarlo. Seis días santificarlo.
trabajarás y harás
todos tus trabajos,
pero el día séptimo es
día de descanso para
el Señor, tu Dios. No
harás ningún trabajo,
ni tú, ni tu hijo, ni tu
hija, ni tu siervo, ni tu
sierva, ni tu ganado,
ni el forastero que
habita en tu ciudad.
Pues en seis días hizo
el Señor el cielo y la
tierra, el mar y todo
cuanto contienen, y el
séptimo descansó; por
eso bendijo el Señor
el día del sábado.
Honra a tu padre y a Honra a tu padre y a
Honrarás a tu padre y
tu madre para que se tu madre. a tu madre.
prolonguen tus días
sobre la tierra que el
Señor, tu Dios, te va a
dar.
No matarás. No matarás. No matarás.
No cometerás No cometerás No cometerás actos
adulterio. adulterio. impuros.
No robarás. No robarás. No robarás
No darás falso No darás testimonio No dirás
falso
testimonio contra tu prójimo falso contra tu
prójimo. Testimonio ni mentirás.
.
No codiciarás la casa No desearás la mujer No
consentirás
de tu prójimo. No de tu prójimo. pensamientos
ni
codiciarás la mujer de deseos impuros
tu prójimo, ni su No codiciarás...
siervo, ni su sierva, ni nada que sea de tu No
codiciarás los
su buey ni su asno, prójimo. bienes ajenos.
ni nada que sea de tu