CAPITULO PRIMERO: LA DIGNIDAD DE LA PERSONA
HUMANA
1700. La dignidad de la persona humana está
enraizada en su creación a imagen y semejanza de Dios (artículo
1); se realiza en su vocación a la bienaventuranza divina
(artícul o 2). Corresponde al ser humano llegar libremente a esta
realización (artículo 3). Por sus actos deliberados (artículo
4), la persona humana se conforma, o no se conforma, al bien
prometido por Dios y atestiguado por la conciencia moral
(artículo 5). Los seres humanos se edifican a sí mismos y crecen
desde el interior: hacen de toda su vida sensible y espiritual un
material de su crecimiento (artículo 6). Con la ayuda de la
gracia crecen en la virtud (artículo 7), evitan el pecado y, si
lo cometen, recurren como el hijo pródigo (cf. Lc 15,11-31) a la
misericordia de nuestro Padre del cielo (artículo 8). Así
acceden a la perfección de la caridad.
Artículo 1 EL HOMBRE IMAGEN DE DIOS
1701 "Cristo, el nuevo Adán, en la misma
revelación del misterio de Padre y de su amor, manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de
su vocación" (GS 22,1). En Cristo, "imagen del Dios
invisible" (Col 1,15; cf 2 Co 4,4), el hombre ha sido creado
"a imagen y semejanza" del Creador. En Cristo, redentor
u salvador, la imagen divina alterada en el hombre por el primer
pecado ha sido restaurada en su belleza original y ennoblecida con
la gracia de Dios (cf GS 22,2).
1702 La imagen divina está presente en todo
hombre. Resplandece en la comunión de las personas a semejanza de
la unidad de las personas divinas entre sí (cf capítulo
segundo).
1703 Dotada de un alma "espiritual e
inmortal" (GS 14), la persona humana es la "única
criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma"
(GS 24,3). Desde su concepción está destinada a la
bienaventuranza eterna.
1704 La persona humana participa de la luz y la
fuerza del Espíritu divino. Por la razón es capaz de comprender
el orden de las cosas establecido por el Creador. Por su voluntad
es capaz de dirigirse por sí misma a su bien verdadero. Encuentra
su perfección en la búsqueda y el amor de la verdad y del bien
(cf GS 15,2).
1705 En virtud de su alma y de sus potencias
espirituales de entendimiento y de voluntad, el hombre está
dotado de libertad, "signo eminente de la imagen divina"
(GS 17).
1706 Mediante su razón, el hombre conoce la
voz de Dios que le impulsa "a hacer el bien y a evitar el
mal" (GS 16). Todo hombre debe seguir esta ley que resuena en
la conciencia y que se realiza en el amor de Dios y del prójimo.
El ejercicio de la vida moral proclama la dignidad de la persona
humana.
1707 "El hombre, persuadido por el
Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la
historia" (GS 13,1). Sucumbió a la tentación y cometió el
mal. Conserva el deseo del bien, pero su naturaleza lleva la
herida del pecado original. Quedó inclinado al mal y sujeto al
error.
De ahí que el hombre esté dividido en su
interior. Por esto, toda vida humana, singular o colectiva,
aparece como una lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el
mal, entre la luz y las tinieblas (GS 13,2).
1708 Por su pasión, Cristo nos libró de
Satán y del pecado. Nos mereció la vida nueva en el Espíritu
Santo. Su gracia restaura lo que el pecado había deteriorado en
nosotros.
1709 El que cree en Cristo se hace hijo de
Dios. Esta adopción filial lo transforma dándole la posibilidad
de seguir el ejemplo de Cristo. Le hace capaz de obrar rectamente
y de practicar el bien. En la unión con su Salvador el discípulo
alcanza la perfección de la caridad, la santidad. La vida moral,
madurada en la gracia, culmina en vida eterna, en la gloria del
cielo.
RESUMEN
1710 "Cristo manifiesta plenamente el
hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su
vocación" (GS 22,1).
1711 Dotada de alma espiritual, de
entendimiento y de voluntad, la persona humana está desde su
concepción ordenada a Dios y destinada a la bienaventuranza
eterna. Camina hacia su perfección en la búsqueda y el amor de
la verdad y del bien (cf GS 15,2).
1712 La libertad verdadera es en el hombre el
"signo eminente de la imagen divina" (GS 17).
1713 El hombre debe seguir la ley moral que le
impulsa "a hacer el bien y a evitar el mal" (GS 16).
Esta ley resuena en su conciencia.
1714 El hombre, herido en su naturaleza por el
pecado original, está sujeto al error e inclinado al mal en el
ejercicio de su libertad.
1715 El que cree en Cristo tiene la vida nueva
en el Espíritu Santo. La vida moral, desarrollada y madurada en
la gracia, culmina en la gloria del cielo.
Artículo 2 NUESTRA VOCACION A LA
BIENAVENTURANZA
I LAS BIENAVENTURANZAS
1716 Las bienaventuranzas están en el centro
de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas
hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona
ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino
de los cielos:
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque
de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los mansos porque ellos
poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos
serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de
justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque
ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque
ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que buscan la paz, porque
ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la
justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, os
persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por
mi causa.
Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa
será grande en los cielos.
(Mt 5,3-12).
1717 Las bienaventuranzas dibujan el rostro de
Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los
fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección;
iluminan las acciones y las actitudes características de la vida
cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en
las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y
las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la
Virgen María y de todos los santos.
II EL DESEO DE FELICIDAD
1718 Las bienaventuranzas responden al deseo
natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha
puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia él, el
único que lo puede satisfacer:
Ciertamente todos nosotros queremos vivir
felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su
asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea
plenamente enunciada (S. Agustín, mor. eccl. 1,3,4).
¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al
busc arte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para
que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive
de ti (S. Agustín, conf. 10,20.29).
Sólo Dios sacia (S. Tomás de Aquino, symb.
1).
1719 Las bienaventuranzas descubren la meta de
la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios
nos llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a
cada uno personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia,
pueblo nuevo de los que han acogido la promesa y viven de ella en
la fe.
Artículo 3 LA BIENAVENTURANZA CRISTIANA
1720 El Nuevo Testamento utiliza varias
expresiones para caracterizar la bienaventuranza a la que Dios
llama al hombre: la venida del Reino de Dios (cf Mt 4,17); la
visión de Dios: "Dichosos los limpios de corazón porque
ellos verán a Dios" (Mt 5,8; cf 1 Jn 3,2; 1 Co 13,12); la
entrada en el gozo del Señor (cf Mt 25,21.23); la entrada en el
Descanso de Dios (He 4,7-11):
Allí descansaremos y veremos; veremos y nos
amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá al
fin sin fin. ¿Y qué otro fin tenemos, sino llegar al Reino que
no tendrá fin? (S. Agustín, civ. 22,30)
1721 Porque Dios nos ha puesto en el mundo para
conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo. La
bienaventuranza nos hace participar de la naturaleza divina (2 P
1,4) y de la Vida eterna (cf Jn 17,3). Con ella, el hombre entra
en la gloria de Cristo (cf Rom 8,18) y en el gozo de la vida
trinitaria.
1722 Semejante bienaventuranza supera la
inteligencia y las solas fuerzas humanas. Es fruto del don
gratuito de Dios. Por eso la llamamos sobrenatural, así como la
gracia que dispone al hombre a entrar en el gozo divino.
"Bienaventurados los limpios de corazón
porque ellos verán a Dios". Ciertamente, según su grandeza
y su inexpresable gloria, "nadie verá a Dios y
vivirá", porque el Padre es inasequible; pero según su
amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llega hasta
conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios...
"porque lo que es imposible para los hombres es posible para
Dios" (S. Ireneo, haer. 4,20,5).
1723 La bienaventuranza prometida nos coloca
ante elecciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro
corazón de sus instintos malvados y a buscar el amor de Dios por
encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en
la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni
en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las
técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino en Dios solo,
fuente de todo bien y de todo amor:
El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él
rinde homenaje "instintivo" la multitud, la masa de los
hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la
fortuna también, miden la honorabilidad...Todo esto se debe a la
convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza por
tanto es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es
otro...La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido
en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa) ha
llegado a ser considerada como un bien en sí misma, un bien
soberano, un objeto de verdadera veneración (Newman, mix. 5,
sobre la santidad).
1724 El Decálogo, el Sermón de la Montaña y
la catequesis apostólica nos describen los caminos que conducen
al Reino de los Cielos. Por ellos avanzamos paso a paso mediante
actos cotidianos, sostenidos por la gracia del Espíritu Santo.
Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la
Iglesia para la gloria de Dios (cf La parábola del sembrador: Mt
13,3-23).
RESUMEN
1725 Las bienaventuranzas recogen y
perfeccionan las promesas de Dios desde Abraham ordenándolas al
Reino de los Cielos. Responden al deseo de felicidad que Dios ha
puesto en el corazón del hombre.
1726 Las bienaventuranzas nos enseñan el fin
último al que Dios nos llama: el Reino, la visión de Dios, la
participación en la naturaleza divina, la vida eterna, la
filiación, el descanso en Dios.
1727 La bienaventuranza de la vida eterna es un
don gratuito de Dios; es sobrenatural como la gracia que conduce a
ella.
1728 Las bienaventuranzas nos colocan ante
elecciones decisivas respecto a los bienes terrenos; purifican
nuestro corazón para enseñarnos a amar a Dios por encima de
todo.
1729 La bienaventuranza del Cielo determina los
criterios de discernimiento en el uso de los bienes terrenos
conforme a la Ley de Dios.
Artículo 3 LA LIBERTAD DEL HOMBRE
1730 Dios ha creado al hombre racional
confiriéndole la dignidad de una persona dotada de la iniciativa
y del dominio de sus actos. "Quiso Dios `dejar al hombre en
manos de su propia decisión' (Si 15,14), de modo que busque sin
coacciones a su Creador y, adhiriéndose a él, llegue libremente
a la plena y feliz perfección" (GS 17):
El hombre es racional, y por ello semejante a
Dios, creado libre y dueño de sus actos (S. Ireneo, haer. 4,4,3).
I LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD
1731 La libertad es el poder, radicado en la
razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o
aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por
el libre arbitrio cada uno dispone de sí. La libertad es en el
hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y
la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está
ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza.
1732 Mientras no está centrada definitivamente
en su bien último que es Dios, la libertad implica la posibilidad
de elegir entre el bien y el mal, por tanto, de crecer en
perfección o de fracasar y pecar. Caracteriza a los actos
propiamente humanos. Se convierte en fuente de alabanza o de
reproche, de mérito o de demérito.
1733 En la medida en que el hombre hace más el
bien, se va haciendo también más libre. No hay libertad
verdadera más que en el servicio del bien y de la justicia. La
elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad
y conduce a "la esclavitud del pecado" (cf Rom 6,17).
1734 La libertad hace al hombre responsable de
sus actos en la medida en que estos son voluntarios. El progreso
en la virtud, el conocimiento del bien, y la ascesis acrecientan
el dominio de la voluntad sobre los propios actos.
1735 La imputabilidad y la responsabilidad de
una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas por la
ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los
hábitos, las afecciones desordenadas y otros factores síquicos o
sociales.
1736 Todo acto directamente querido es
imputable a su autor:
Así el Señor pregunta a Adán tras el pecado
en el paraíso: "¿Qué has hecho?" (Gn 3,13).
Igualmente a Caín (cf Gn 4,10). Así también el profeta Natán
al rey David, tras el adulterio con la mujer de Urías y la muerte
de éste (cf 2 S 12,7-15).
Una acción puede ser indirectamente voluntaria
cuando resulta de una negligencia respecto a lo que se habría
debido conocer o hacer, por ejemplo, un accidente provocado por la
ignorancia del código de la circulación.
1737 Un efecto puede ser tolerado sin ser
querido por el que obra, por ejemplo, el agotamiento de una madre
a la cabecera de su hijo enfermo. El efecto malo no es imputable
si no ha sido querido ni como fin ni como medio de la acción,
como la muerte acontecida al auxiliar a una persona en peligro.
Para que el efecto malo sea imputable, es preciso que sea
previsible y que el que actúa tenga la posibilidad de evitarlo,
por ejemplo, en el caso de un homicidio cometido por un conductor
en estado de embriaguez.
1738 La libertad se ejerce en las relaciones
entre los seres humanos. Toda persona humana, creada a imagen de
Dios, tiene el derecho natural de ser reconocida como un ser libre
y responsable. Todos están obligados a no conculcar el derecho
que cada uno tiene a ser perfecto. El derecho al ejercicio de la
libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona
humana, especialmente en materia moral y religiosa (cf DH 2). Este
derecho debe ser reconocido y protegido civilmente dentro de los
límites del bien común y del orden público (cf DH 7).
II LA LIBERTAD HUMANA EN LA
ECONOMIA DE LA SALVACION
1739 Libertad y pecado. La libertad del hombre
es finita y falible. De hecho el hombre erró. Libremente pecó.
Al rechazar el proyecto del amor de Dios se engañó a sí mismo;
se hizo esclavo del pecado. Esta alienación primera engendró una
multitud de otras alienaciones. La historia de la humanidad, desde
sus orígenes, testimonia desgracias y opresiones nacidas del
corazón del hombre a consecuencia de un mal uso de la libertad.
1740 Amenazas para la libertad. El ejercicio de
la libertad no implica el derecho a decir y hacer todo. Es falso
concebir al hombre "sujeto de esa libertad como un individuo
autosuficiente que busca la satisfacción de su interés propio en
el goce de los bienes terrenales" (CDF, instr.
"Libertatis Conscientia" 13). Por otra parte, las
condiciones de orden económico y social, político y cultural
requeridas para un justo ejercicio de la libertad son, con mucha
frecuencia, desconocidas y violadas. Estas situaciones de ceguera
y de injusticia gravan la vida moral y colocan tanto a los fuertes
como a los débiles en la tentación de pecar contra la caridad.
Apartándose de la ley moral, el hombre atenta contra su propia
libertad, se encadena a sí mismo, rompe la fraternidad de sus
semejantes y se rebela contra la verdad divina.
1741 Liberación y salvación. Por su Cruz
gloriosa, Cristo alcanzó la salvación para todos los hombres.
Los rescató del pecado que los tenía sometidos a esclavitud.
"Para ser libres nos libertó Cristo" (Gal 5,1). En él
participamos de "la verdad que nos hace libres" (Jn
8,32). El Espíritu Santo nos ha sido dado, y, como enseña el
apóstol, "donde está el Espíritu, allí está la
libertad" (2 Co 3,17). Desde ahora nos gloriamos de la
"libertad de los hijos de Dios" (Rom 8,21).
1742 Libertad y gracia. La gracia de Cristo no
se opone de ninguna manera a nuestra libertad cuando ésta
corresponde al sentido de la libertad y del bien que Dios ha
puesto en el corazón del hombre. Al contrario, como lo atestigua
la experiencia cristiana, especialmente en la oración, a medida
que somos más dóciles a los impulsos de la gracia, se
acrecientan nuestra íntima libertad y nuestra seguridad en las
pruebas, como ante las presiones y coacciones del mundo exterior.
Por el trabajo de la gracia, el Espíritu Santo nos educa en la
libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de
su obra en la Iglesia y en el mundo.
Dios omnipotente y misericordioso, aparta de
nosotros los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo
nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad (MR,
colecta del domingo 32).
RESUMEN
1743 Dios ha querido "dejar al hombre en
manos de su propia decisión" (Si 15,14). Para que pueda
adherirse libremente a su Creador y llegar así a la
bienaventurada perfección (cf GS 17,1).
1744 La libertad es el poder de obrar o de no
obrar y de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. La
libertad alcanza su perfección, cuando está ordenada a Dios, el
supremo Bien.
1745 La libertad caracteriza los actos
propiamente humanos. Hace al ser humano responsable de los actos
de que es autor voluntario. Es propio del hombre actuar
deliberadamente.
1746 La imputabilidad o la responsabilidad de
una acción puede quedar disminuida o incluso anulada por la
ignorancia, la violencia, el temor y otros factores síquicos o
sociales.
1747 El derecho al ejercicio de la libertad es
una exigencia inseparable de la dignidad del hombre, especialmente
en materia religiosa y moral. Pero el ejercicio de la libertad no
implica el supuesto derecho de decir ni de hacer todo.
1748 "Para ser libres nos libertó
Cristo" (Gal 5,1).
Artículo 4 LA MORALIDAD DE LOS ACTOS HUMANOS
1749 La libertad hace del hombre un sujeto
moral. Cuando actúa de manera deliberada, el hombre es, por así
decirlo, el padre de sus actos. Los actos humanos, es decir,
libremente elegidos tras un juicio de conciencia, son calificables
moralmente. Son buenos o malos.
I LAS FUENTES DE LA MORALIDAD
1750 La moralidad de los actos humanos depende
:
– del objeto elegido;
– del fin que se busca o la intención;
– de las circunstancias de la acción.
El objeto, la intención y las circunstancias
forman las "fuentes" o elementos constitutivos de la
moralidad de los actos humanos.
1751 El objeto elegido es un bien hacia el cual
tiende deliberadamente la voluntad. Es la materia de un acto
humano. El objeto elegido especifica moralmente el acto del
querer, según que la razón lo reconozca y lo juzgue conforme o
no conforme al bien verdadero. Las reglas objetivas de la
moralidad enuncian el orden racional del bien y del mal,
atestiguado por la conciencia.
1752 Frente al objeto, la intención se sitúa
del lado del sujeto que actúa. La intención, por estar ligada a
la fuente voluntaria de la acción y determinarla por el fin, es
un elemento esencial en la calificación moral de la acción. El
fin es el término primero de la intención y designa el objetivo
buscado en la acción. La intención es un movimiento de la
voluntad hacia un fin; mira al término del obrar. Apunta al bien
esperado de la acción emprendida. No se limita a la dirección de
cada una de nuestras acciones tomadas aisladamente, sino que puede
también ordenar varias acciones hacia un mismo objetivo; puede
orientar toda la vida hacia el fin último. Por ejemplo, un
servicio que se hace a alguien tiene por fin ayudar al prójimo,
pero puede estar inspirado al mismo tiempo por el amor de Dios
como fin último de todas nuestras acciones. Una misma acción
puede también estar inspirada por varias intenciones como hacer
un servicio para obtener un favor o para satisfacer la vanidad.
1753 Una intención buena (por ejemplo: ayudar
al prójimo) no hace ni bueno ni justo un comportamiento en sí
mismo desordenado (como la mentira y la maledicencia). El fin no
justifica los medios. Así, no se puede justificar la condena de
un inocente como un medio legítimo para salvar al pueblo. Por el
contrario, una intención mala sobreañadida (como la vanagloria)
convierte en malo un acto que, de suyo, puede ser bueno (como la
limosna; cf Mt 6,2-4).
1754 Las circunstancias, comprendidas las
consecuencias, son los elementos secundarios de un acto moral.
Contribuyen a agravar o a disminuir la bondad o la malicia moral
de los actos humanos (por ejemplo, la cantidad de dinero robado).
Pueden también atenuar o aumentar la responsabilidad del que obra
(como actuar por miedo a la muerte). Las circunstancias no pueden
de suyo modificar la cualidad moral de los actos; no pueden hacer
ni buena ni justa una acción que de suyo es mala.
II LOS ACTOS BUENOS Y LOS ACTOS MALOS
1755 El acto moralmente bueno supone a la vez
la bondad del objeto, del fin y de las circunstancias. Un fin malo
corrompe la acción, aunque su objeto sea de suyo bueno (como orar
y ayunar "para ser visto por los hombres").
El objeto de la elección puede por sí solo
viciar el conjunto de todo el acto. Hay comportamientos concretos
-como la fornicación- que son siempre errados, porque su
elección comporta un desorden de la voluntad, es decir, un mal
moral.
1756 Es, por tanto, erróneo juzgar de la
moralidad de los actos humanos considerando sólo la intención
que los inspira o las circunstancias (ambiente, presión social,
coacción o necesidad de obrar, etc.) que son su marco. Hay actos
que, por sí y en sí mismos, independientemente de las
circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente
ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el
perjurio, el homicidio y el adulterio. No está permitido hacer el
mal para obtener un bien.
RESUMEN
1757 El objeto, la intención y las
circunstancias constituyen las tres "fuentes" de la
moralidad de los actos humanos.
1758 El objeto elegido especifica moralmente el
acto de la voluntad según que la razón lo reconozca y lo juzgue
bueno o malo.
1759 "No se puede justificar una acción
mala hecha con una intención buena" (S. Tomás de Aquino,
dec. praec. 6). El fin no justifica los medios.
1760 El acto moralmente bueno supone a la vez
la bondad del objeto, del fin y de las circunstancias.
1761 Hay comportamientos concretos cuya
elección es siempre errada porque comporta un desorden de la
voluntad, es decir, un mal moral. No está permitido hacer un mala
para obtener un bien.
Artículo 5 LA MORALIDAD DE LAS PASIONES
1762 La persona humana se ordena a la
bienaventuranza por sus actos deliberados: las pasiones o
sentimientos que experimenta pueden disponerla y contribuir a
ellos.
I LAS PASIONES
1763 El término "pasiones" pertenece
al patrimonio del pensamiento cristiano. Los sentimientos o
pasiones designan las emociones o impulsos de la sensibilidad que
inclinan a obrar o a no obrar en razón de lo que es sentido o
imaginado como bueno o como malo.
1764 Las pasiones son componentes naturales del
siquismo humano, constituyen el lugar de paso y aseguran el
vínculo entre la vida sensible y la vida del espíritu. Nuestro
Señor señala al corazón del hombre como la fuente de donde
brota el movimiento de las pasiones (cf Mc 7,21).
1765 Las pasiones son numerosas. La más
fundamental es el amor que la atracción del bien despierta. El
amor causa el deseo del bien ausente y la esperanza de obtenerlo.
Este movimiento culmina en el placer y el gozo del bien poseído.
La aprehensión del mal causa el odio, la aversión y el temor
ante el mal que puede venir. Este movimiento culmina en la
tristeza del mal presente o la ira que se opone a él.
1766 "Amar es desear el bien a
alguien" (S. Tomás de Aquino, s. th. 1-2,26,4). Las demás
afecciones tienen su fuerza en este movimiento original del
corazón del hombre hacia el bien. Sólo el bien es amado (cf. S.
Agustín, Trin. 8,3,4). "Las pasiones son malas si el amor es
malo, buenas si es bueno" (S. Agustín, civ. 14,7).
II PASIONES Y VIDA MORAL
1767 En sí mismas, las pasiones no son buenas
ni malas. Solo reciben calificación moral en la medida en que
dependen de la razón y de la voluntad. Las pasiones se llaman
voluntarias "o porque están ordenadas por la voluntad, o
porque la voluntad no se opone a ellas" (S. Tomás de Aquino,
s. th. 1-2,24,1). Pertenece a la perfección del bien moral o
humano el que las pasiones estén reguladas por la razón (cf
s.th. 1-2, 24,3).
1768 Los sentimientos más profundos no deciden
ni la moralidad, ni la santidad de las personas; son el depósito
inagotable de las imágenes y de las afecciones en que se expresa
la vida moral. Las pasiones son moralmente buenas cuando
contribuyen a una acción buena, y malas en el caso contrario. La
voluntad recta ordena al bien y a la bienaventuranza los
movimientos sensibles que asume; la voluntad mala sucumbe a las
pasiones desordenadas y las exacerba. Las emociones y los
sentimientos pueden ser asumidos en las virtudes, o pervertidos en
los vicios.
1769 En la vida cristiana, el Espíritu Santo
realiza su obra movilizando el ser entero incluidos sus dolores,
temores y tristezas, como aparece en la agonía y la pasión del
Señor. Cuando se vive en Cristo, los sentimientos humanos pueden
alcanzar su consumación en la caridad y la bienaventuranza
divina.
1770 La perfección moral consiste en que el
hombre no sea movido al bien sólo por su voluntad sino también
por su apetito sensible según estas palabras del salmo: "Mi
corazón y mi carne gritan de alegría hacia el Dios vivo"
(Sal 84,3).
RESUMEN
1771 El término "pasiones" designa
los afectos y los sentimientos. Por medio de sus emociones, el
hombre intuye lo bueno y lo malo.
1772 Ejemplos eminentes de pasiones son el amor
y el odio, el deseo y el temor, la alegría, la tristeza y la ira.
1773 En las pasiones, en cuanto impulsos de la
sensibilidad , no hay ni bien ni mal moral. Pero según dependan o
no de la razón y de la voluntad, hay en ellas bien o mal moral.
1774 Las emociones y los sentimientos pueden
ser asumidos por las virtudes, o pervertidos en los vicios.
1775 La perfección del bien moral consiste en
que el hombre no sea movido al bien sólo por su voluntad, sino
también por su "corazón".
Artículo 6 LA CONCIENCIA MORAL
1776 "En lo más profundo de su conciencia
el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la
que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los
oídos de su corazón, llamándole siempre a amar y a hacer el
bien y a evitar el mal...El hombre tiene una ley inscrita por Dios
en su corazón...La conciencia es el núcleo más secreto y el
sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz
resuena en lo más íntimo de ella" (GS 16).
I EL DICTAMEN DE LA CONCIENCIA
1777 Presente en el corazón de la persona, la
conciencia moral (cf Rom 2,14-16) le ordena, en el momento
oportuno, practicar el bien y evitar el mal. Juzga también las
elecciones concretas aprobando las que son buenas y denunciando
las que son malas (cf Rom 1,32). Atestigua la autoridad de la
verdad con referencia al Bien supremo por el cual la persona
humana se siente atraída y cuyos mandamientos acoge. El hombre
prudente, cuando escucha la conciencia moral, oye a Dios que
habla.
1778 La conciencia moral es un juicio de la
razón por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de
un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho. En
todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir
fielmente lo que sabe que es justo y recto. Mediante el dictamen
de su conciencia el hombre percibe y reconoce las prescripciones
de la ley divina:
La conciencia es una ley de nuestro espíritu,
pero que va más allá de él, nos da órdenes, significa
responsabilidad y deber, temor y esperanza...La conciencia es la
mensajera del que, tanto en el mundo de la naturaleza como en el
de la gracia, a través de un velo nos habla, nos instruye y nos
gobierna. La conciencia es el primero de todos los vicarios de
Cristo (Newman, carta al duque de Norfolk 5).
1779 Es preciso que cada uno preste mucha
atención a sí mismo para oír y seguir la voz de su conciencia.
Esta exigencia de interioridad es tanto más necesaria cuanto que
la vida nos impulsa con frecuencia a prescindir de toda
reflexión, examen o interiorización:
Retorna a tu conciencia,
interrógala...retornad, hermanos, al interior, y en todo lo que
hagáis mirad al Testigo, Dios (S. Agustín, ep.Jo. 8,9).
1780 La dignidad de la persona humana implica y
exige la rectitud de la conciencia moral. La conciencia moral
comprende la percepción de los principios de la moralidad
("sindéresis"), su aplicación en las circunstancias
dadas mediante un discernimiento práctico de las razones y de los
bienes, y en conclusión el juicio formado sobre los actos
concretos que se van a realizar o se han realizado. La verdad
sobre el bien moral, declarada en la ley de la razón, es
reconocida práctica y concretamente por el dictamen prudente de
la conciencia. Se llama prudente al hombre que elige conforme a
este dictamen o juicio.
1781 La conciencia hace posible que se asuma la
responsabilidad de los actos realizados. Si el hombre comete el
mal, el justo juicio de la conciencia puede ser en él el testigo
de la verdad universal del bien, al mismo tiempo que de la malicia
de su elección concreta. El veredicto del dictamen de conciencia
constituye una garantía de esperanza y de misericordia. Al hacer
patente la falta cometida recuerda el perdón que se ha de pedir,
el bien que se ha de practicar todavía y la virtud que se ha de
cultivar sin cesar con la gracia de Dios:
Tranquilizaremos nuestra conciencia ante él,
en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor
que nuestra conciencia y conoce todo (1 Jn 3,19-20).
1782 El hombre tiene el derecho de actuar en
conciencia y en libertad a fin de tomar personalmente las
decisiones morales. "No debe ser obligado a actuar contra su
conciencia. Ni se le debe impedir que actúe según su conciencia,
sobre todo en materia religiosa" (DH 3).
II LA FORMACION DE LA CONCIENCIA
1783 Hay que formar la conciencia, y esclarecer
el juicio moral. Una conciencia bien formada es recta y veraz.
Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero
querido por la sabiduría del Creador. La educación de la
conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a
influencias negativas y tentados por el pecado de preferir su
juicio propio y de rechazar las enseñanzas autorizadas.
1784 La educación de la conciencia es una
tarea de toda la vida. Desde los primeros años despierta al niño
al conocimiento y la práctica de la ley interior reconocida por
la conciencia moral. Una educación prudente enseña la virtud;
preserva o cura del miedo, del egoísmo y del orgullo, de los
insanos sentimientos de culpabilidad y de los movimientos de
complacencia, nacidos de la debilidad y de las faltas humanas. La
educación de la conciencia garantiza la libertad y engendra la
paz del corazón.
1785 En la formación de la conciencia, la
Palabra de Dios es la luz que nos ilumina; es preciso que la
asimilemos en la fe y la oración, y la pongamos en práctica. Es
preciso también que examinemos nuestra conciencia atendiendo a la
cruz del Señor. Estamos asistidos por los dones del Espíritu
Santo, ayudados por el testimonio o los consejos de otros y
guiados por la enseñanza autorizada de la Iglesia (cf DH 14).
III DECIDIR EN CONCIENCIA
1786 Ante la necesidad de decidir moralmente,
la conciencia puede formular un juicio recto de acuerdo con la
razón y con la ley divina, o al contrario un juicio erróneo que
se aleja de ellas.
1787 El hombre se ve a veces enfrentado con
situaciones que hacen el juicio moral menos seguro, y la decisión
difícil. Pero debe buscar siempre lo que es justo y bueno y
discernir la voluntad de Dios expresada en la ley divina.
1788 Para esto, el hombre se esfuerza por
interpretar los datos de la experiencia y los signos de los
tiempos gracias a la virtud de la prudencia, los consejos de las
personas entendidas y la ayuda del Espíritu Santo y de sus dones.
1789 En todos los casos son aplicables las
siguientes reglas:
–Nunca está permitido hacer el mal para
obtener un bien.
–La "regla de oro": "Todo
cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también
vosotros" (Mt 7,12; cf. Lc 6,31; Tb 4,15).
–La caridad actúa siempre en el respeto del
prójimo y de su conciencia: "Pecando así contra vuestros
hermanos, hiriendo su conciencia...pecáis contra Cristo" (1
Co 8,12). "Lo bueno es...no hacer cosa que sea para tu
hermano ocasión de caída, tropiezo o debilidad" (Rom
14,21).
IV EL JUICIO ERRONEO
1790 La persona humana debe obedecer siempre el
juicio cierto de su conciencia. Si obrase deliberadamente contra
este último, se condenaría a sí mismo. Pero sucede que la
conciencia moral puede estar en la ignorancia y formar juicios
erróneos sobre actos proyectados o ya cometidos.
1791 Esta ignorancia puede con frecuencia ser
imputada a la responsabilidad personal. Así sucede "cuando
el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a
poco, por el hábito del pecado, la conciencia se queda casi
ciega" (GS 16). En estos casos, la persona es culpable del
mal que comete.
1792 La desconocimiento de Cristo y de su
evangelio, los malos ejemplos recibidos de otros, la servidumbre
de las pasiones, la pretensión de una mal entendida autonomía de
la conciencia, el rechazo de la autoridad de la Iglesia y de su
enseñanza, la falta de conversión y de caridad pueden conducir a
desviaciones del juicio en la conducta moral.
1793 Si por el contrario, la ignorancia es
invencible, o el juicio erróneo sin responsabilidad del sujeto
moral, el mal cometido por la persona no puede serle imputado.
Pero no deja de ser un mal, una privación, un desorden. Por
tanto, es preciso trabajar por corregir la conciencia moral de sus
errores.
1794 La conciencia buena y pura es iluminada
por la fe verdadera. Porque la caridad procede al mismo tiempo
"de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe
sincera" (1 Tim 1,5; 3,9; 2 Tim 1,3; 1 P 3,21; Hch 24,16).
Cuanto mayor es el predominio de la conciencia
recta, tanto más las personas y los grupos se apartan del
arbitrio ciego y se esfuerzan por adaptarse a las normas objetivas
de moralidad (GS 16).
RESUMEN
1795 "La conciencia es el núcleo más
secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios,
cuya voz resuena en lo más íntimo de ella" (GS 16).
1796 La conciencia moral es un juicio de la
razón por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de
un acto concreto.
1797 Para el hombre que ha cometido el mal, el
veredicto de su conciencia constituye una garantía de conversión
y de esperanza.
1798 Una conciencia bien formada es recta y
veraz.Formula sus juicios según la razón, conforme al bien
verdadero querido por la sabiduría del Creador. Cada uno debe
poner los medios para formar su conciencia.
1799 Ante una decisión moral, la conciencia
puede formar un juicio recto de acuerdo con la razón y la ley
divina o, al contrario, un juicio erróneo que se aleja de ellas.
1800 El ser humano debe obedecer siempre el
juicio cierto de su conciencia.
1801 La conciencia moral puede permanecer en la
ignorancia o formar juicios erróneos. Estas ignorancias y estos
errores no están siempre exentos de culpabilidad.
1802 La Palabra de Dios es una luz para
nuestros pasos. Es preciso que la asimilemos en la fe y en la
oración, y la pongamos en práctica. Así se forma la conciencia
moral.
Artículo 7 LAS VIRTUDES
1803 "Todo cuanto hay de verdadero, de
noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea
virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta"
(Flp 4,8).
La virtud es una disposición habitual y firme
a hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos
buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas
sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el
bien, lo busca y lo elige en acciones concretas.
El objetivo de una vida virtuosa consiste en
llegar a ser semejante a Dios (S. Gregorio de Nisa, beat. 1).
I LAS VIRTUDES HUMANAS
1804 Las virtudes humanas son actitudes firmes,
disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento
y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras
pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe.
Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida
moralmente buena. El hombre virtuoso es el que practica libremente
el bien.
Las virtudes morales son adquiridas mediante
las fuerzas humanas. Son los frutos y los gérmenes de los actos
moralmente buenos. Disponen todas las potencias del ser humano
para comulgar en el amor divino.
Distinción de las virtudes cardinales
1805 Cuatro virtudes desempeñan un papel
fundamental. Por eso se las llama "cardinales"; todas
las demás se agrupan en torno a ellas. Estas son la prudencia, la
justicia, la fortaleza y la templanza. "¿Amas la justicia?
Las virtudes son el fruto de sus esfuerzos, pues ella enseña la
templanza y la prudencia, la justicia y la fortaleza" (Sb
8,7). Bajo otros nombres, estas virtudes son alabadas en numerosos
pasajes de la Escritura.
1806 La prudencia es la virtud que dispone la
razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro
verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo.
"El hombre cauto medita sus pasos" (Prov 14,15).
"Sed sensatos y sobrios para daros a la oración" (1 P
4,7). La prudencia es la "regla recta de la acción",
escribe S. Tomás (s.th. 2-2, 47,2, siguiendo a Aristóteles). No
se confunde ni con la timidez o el temor, ni con la doblez o la
disimulación. Es llamada "auriga virtutum": Conduce las
otras virtudes indicándoles regla y medida. Es la prudencia quien
guía directamente el juicio de conciencia. El hombre prudente
decide y ordena su conducta según este juicio. Gracias a esta
virtud aplicamos sin error los principios morales a los casos
particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer
y el mal que debemos evitar.
1807 La justicia es la virtud moral que
consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al
prójimo lo que les es debido. La justicia para con Dios es
llamada "la virtud de la religión". Para con los
hombres, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y
a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la
equidad respecto a las personas y al bien común. El hombre justo,
evocado con frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue
por la rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con
el prójimo. "Siendo juez no hagas injusticia, ni por favor
del pobre, ni por respeto al grande: con justicia juzgarás a tu
prójimo" (Lv 19,15). "Amos, dad a vuestros esclavos lo
que es justo y equitativo, teniendo presente que también vosotros
tenéis un Amo en el cielo" (Col 4,1).
1808 La fortaleza es la virtud moral que
asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la
búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las
tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La
virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso la
muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones.
Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia
vida por defender una causa justa. "Mi fuerza y mi cántico
es el Señor" (Sal 118,14). "En el mundo tendréis
tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo" (Jn
16,33).
1809 La templanza es la virtud moral que modera
la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de
los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los
instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad.
La persona moderada orienta hacia el bien sus apetitos sensibles,
guarda una sana discreción y no se deja arrastrar "para
seguir la pasión de su corazón" (Si 5,2; cf. 37,27-31). La
templanza es también alabada en el Antiguo Testamento: "No
vayas detrás de tus pasiones, tus deseos refrena" (Si
18,30). En el Nuevo Testamento es llamada "moderación"
o "sobriedad". Debemos "vivir moderación, justicia
y piedad en el siglo presente" (Tt 2,12).
Vivir bien no es otra cosa que amar a Dios con
todo el corazón, con toda el alma y con todo el obrar. Quien no
obedece más que a él (lo cual pertenece a la justicia), quien
vela para discernir todas las cosas por miedo a dejarse sorprender
por la astucia y la mentira (lo cual pertenece a la prudencia), le
entrega un amor entero (por la templanza), que ninguna desgracia
puede derribar (lo cual pertenece a la fortaleza) (S. Agustín,
mor. eccl. 1,25,46).
Las virtudes y la gracia
1810 Las virtudes humanas adquiridas mediante
la educación, mediante actos deliberados, y una perseverancia,
reanudada siempre en el esfuerzo, son purificadas y elevadas por
la gracia divina. Con la ayuda de Dios forjan el carácter y dan
soltura en la práctica del bien. El hombre virtuoso es feliz al
practicarlas.
1811 Para el hombre herido por el pecado no es
fácil guardar el equilibrio moral. El don de la salvación por
Cristo nos otorga la gracia necesaria para perseverar en la
búsqueda de las virtudes. Cada uno debe siempre pedir esta gracia
de luz y de fortaleza, recurrir a los sacramentos, cooperar con el
Espíritu Santo, seguir sus invitaciones a amar el bien y
guardarse del mal.
II LAS VIRTUDES TEOLOGALES
1812 Las virtudes humanas se arraigan en las
virtudes teologales que adaptan las facultades del hombre a la
participación de la naturaleza divina (cf 2 P 1,4). Las virtudes
teologales se refieren directamente a Dios. Disponen a los
cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen
a Dios uno y trino como origen, motivo y objeto.
1813 Las virtudes teologales fundan, animan y
caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican
todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de
los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y
merecer la vida eterna. Son la garantía de la presencia y la
acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano. Hay
tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad (cf 1 Co 13,13).
La fe
1814 La fe es la virtud teologal por la que
creemos en Dios y en todo lo que El nos ha dicho y revelado, y que
la Santa Iglesia nos propone, porque El es la verdad misma. Por la
fe "el hombre se entrega entera y libremente a Dios" (DV
5). Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la
voluntad de Dios. "El justo vivirá por la fe" (Rom
1,17). La fe viva "actúa por la caridad" (Gál 5,6).
1815 El don de la fe permanece en el que no ha
pecado contra ella (cf Cc Trento: DS 1545). Pero, "la fe sin
obras está muerta" (St 2,26): Privada de la esperanza y de
la caridad, la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de
él un miembro vivo de su Cuerpo.
1816 El discípulo de Cristo no debe sólo
guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla,
testimoniarla con firmeza y difundirla: "Todos vivan
preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a
seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones
que nunca faltan a la Iglesia" (LG 42; cf DH 14). El servicio
y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación:
"Por todo aquél que se declare por mí ante los hombres, yo
también me declararé por él ante mi Padre que está en los
cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo
también ante mi Padre que está en los cielos" (Mt
10,32-33).
La esperanza
1817 La esperanza es la virtud teologal por la
que aspiramo s al Reino de los cielos y a la vida eterna como
felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de
Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas sino en los auxilios
de la gracia del Espíritu Santo. "Mantengamos firme la
confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la
promesa" (Hb 10,23). "El Espíritu Santo que él
derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo
nuestro Salvador para que, justificados por su gracia, fuésemos
constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna" (Tt
3,6-7).
1818 La virtud de la esperanza responde al
anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre;
asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres;
las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del
desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón
en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la
esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la
caridad.
1819 La esperanza cristiana recoge y
perfecciona la esperanza del pueblo elegido que tiene su origen y
su modelo en la esperanza de Abraham, colmada en Isaac, de las
promesas de Dios y purificada por la prueba del sacrificio (cf Gn
17,4-8; 22,1-18). "Esperando contra toda esperanza, creyó y
fue hecho padre de muchas naciones" (Rm 4,18).
1820 La esperanza cristiana se manifiesta desde
el comienzo de la predicación de Jesús en la proclamación de
las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas elevan nuestra
esperanza hacia el cielo como hacia la nueva tierra prometida;
trazan el camino hacia ella a través de las pruebas que esperan a
los discípulos de Jesús. Pero por los méritos de Jesucristo y
de su pasión, Dios nos guarda en "la esperanza que no
falla" (Rom 5,5). La esperanza es "el ancla del
alma", segura y firme, "que penetra...adonde entró por
nosotros como precursor Jesús" (Hb 6,19-20). Es también un
arma que nos protege en el combate de la salvación:
"Revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo
de la esperanza de salvación" (1 Ts 5,8). Nos procura el
gozo en la prueba misma: "Con la alegría de la esperanza;
constantes en la tribulación" (Rm 12,12). Se expresa y se
alimenta en la oración, particularmente en la del Padre Nuestro,
resumen de todo lo que la esperanza nos hace desear.
1821 Podemos, por tanto, esperar la gloria del
cielo prometida por Dios a los que le aman (cf Rm 8,28-30) y hacen
su voluntad (cf Mt 7,21). En toda circunstancia, cada uno debe
esperar, con la gracia de Dios, "perseverar hasta el
fin" (cf Mt 10,22; cf Cc de Trento: DS 1541) y obtener el
gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras
buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la esperanza, la
Iglesia implora que "todos los hombres se salven" (1 Tm
2,4). Espera estar en la gloria del cielo unida a Cristo, su
esposo:
Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el
día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad,
aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo.
Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que
tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y
deleite que no puede tener fin (S. Teresa de Jesús, excl. 15,3).
La caridad
1822 La caridad es la virtud teologal por la
cual amamos a Dios sobre todas las cosas por él mismo y a nuestro
prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.
1823 Jesús hace de la caridad el mandamiento
nuevo (cf Jn 13,34). Amando a los suyos "hasta el fin"
(Jn 13,1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose
unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben
también en ellos. Por eso Jesús dice: "Como el Padre me
amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi
amor" (Jn 15,9). Y también: "Este es el mandamiento
mío: que os améis unos a otros como yo os he amado" (Jn
15,12).
1824 Fruto del Espíritu y plenitud de la ley,
la caridad guarda los mandamientos de Dios y de Cristo:
"Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos,
permaneceréis en mi amor" (Jn 15,9-10; cf Mt 22,40; Rm
13,8-10).
1825 Cristo murió por amor a nosotros cuando
éramos todavía enemigos (cf Rm 5,10). El Señor nos pide que
amemos como él hasta nuestros enemigos (cf Mt 5,44), que nos
hagamos prójimos del más lejano (cf Lc 10,27-37), que amemos a
los niños (cf Mc 9,37) y a los pobres como a él mismo (cf Mt
25,40.45).
El apóstol S. Pablo ofrece una descripción
incomparable de la caridad: "La caridad es paciente, es
servicial; la caridad no es envidiosa. no es jactanciosa, no se
engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma
en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la
verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo
soporta (1 Co 13,4-7).
1826 "Si no tengo caridad -dice también
el apóstol- nada soy...". Y todo lo que es privilegio,
servicio, virtud misma..."si no tengo caridad, nada me
aprovecha" (1 Co 13,1-4). La caridad es superior a todas las
virtudes. Es la primera de las virtudes teologales: "Ahora
subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la
mayor de todas ellas es la caridad" (1 Co 13,13).
1827 El ejercicio de todas las virtudes está
animado e inspirado por la caridad. Esta es "el vínculo de
la perfección" (Col 3,14); es la forma de las virtudes; las
articula y las ordena entre sí; es fuente y término de su
práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra
facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural
del amor divino.
1828 La práctica de la vida moral animada por
la caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de
Dios. Este no se halla ante Dios como un esclavo, en el temor
servil, ni como el mercenario en busca de un jornal, sino como un
hijo que responde al amor del "que nos amó primero" (1
Jn 4,19):
O nos apartamos del mal por temor del castigo y
estamos en la disposición del esclavo, o buscamos el incentivo de
la recompensa y nos parecemos a mercenarios, o finalmente
obedecemos por el bien mismo del amor del que manda...y entonces
estamos en la disposición de hijos (S. Basilio, reg. fus. prol.
3).
1829 La caridad tiene por frutos el gozo, la
paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la
corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es
siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión:
La culminación de todas nuestras obras es el
amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; haci a él
corremos; una vez llegados, en él reposamos (S. Agustín, ep. Jo.
10,4).
III DONES Y FRUTOS DEL ESPIRITU SANTO
1830 La vida moral de los cristianos está
sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son
disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir
los impulsos del Espíritu Santo.
1831 Los siete dones del Espíritu Santo son:
sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y
temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf
Is 11,1-2). Completan y llevan a su perfección las virtud de
quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con
prontitud a las inspiraciones divinas.
Tu espíritu bueno me guíe por una tierra
llana (Sal 143,10)
Todos los que son guiados por el Espíritu de
Dio s son hijos de Dios...Y, si hijos, también herederos;
herederos de Dios y coherederos de Cristo (Rm 8,14.17).
1832 Los frutos del Espíritu son perfecciones
que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la
gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce:
"caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad,
benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia,
castidad" (Gál 5,22-23, vulg.).
RESUMEN
1833 La virtud es una disposición habitual y
firme para hacer el bien.
1834 Las virtudes humanas son disposiciones
estables del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros
actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según
la razón y la fe. Pueden agruparse en torno a cuatro virtudes
cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
1835 La prudencia dispone la razón práctica
para discernir, en toda circunstancia, nuestro verdadero bien y
elegir los medios justos para realizarlo.
1836 La justicia consiste en la constante y
firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido.
1837 La fortaleza asegura, en las dificultades,
la firmeza y la constancia en la práctica del bien.
1838 La templanza modera la atracción hacia
los placeres sensibles y procura el equilibrio en el uso de los
bienes creados.
1839 Las virtudes morales crecen mediante la
educación, mediante actos deliberados y la perseverancia en el
esfuerzo. La gracia divina las purifica y las eleva.
1840 Las virtudes teologales disponen a los
cristianos a vivir en relación con la santísima Trinidad. Tienen
a Dios por origen, motivo y objeto, Dios conocido por la fe,
esperado y amado por él mismo.
1841 Hay tres virtudes teologales: fe,
esperanza y caridad (cf. 1 Co 13,13). Informan y vivifican todas
las virtudes morales.
1842 Por la fe creemos en Dios y creemos todo
lo que él nos ha revelado y que la santa Iglesia nos propone
creer.
1843 Por la esperanza deseamos y esperamos de
Dios con una firme confianza la vida eterna y las gracias para
merecerla.
1844 Por la caridad amamos a Dios sobre todas
las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de
Dios. Es el "vínculo de la perfección" (Col 3,14) y la
forma de todas las virtudes.
1845 Los siete dones del Espíritu Santo
concedidos a los cristianos son: sabiduría, entendimiento,
consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.
Artículo 8 EL PECADO
I LA MISERICORDIA Y EL PECADO
1846 El Evangelio es la revelación, en
Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores (cf Lc
15). El ángel anuncia a José: "Tú le pondrás por nombre
Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt
1,21). Y en la institución de la Eucaristía, sacramento de la
redención, Jesús dice: "Esta es mi sangre de la alianza,
que va a ser derramada por muchos para remisión de los
pecados" (Mt 26,28).
1847 "Dios nos ha creado sin nosotros,
pero no ha querido salvarnos sin nosotros" (S. Agustín,
serm. 169,11,13). La acogida de su misericordia exige de nosotros
la confesión de nuestras faltas. "Si decimos: `no tenemos
pecado', nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si
reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos
los pecados y purificarnos de toda injusticia" (1 Jn 1,8-9).
1848 Como afirma S. Pablo, "donde abundó
el pecado, sobreabundó la gracia" (Rm 5,20). Pero para hacer
su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro
corazón y conferirnos "la justicia para vida eterna por
Jesucristo nuestro Señor" (Rm 5,20-21). Como un médico que
descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y
su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado:
La conversión exige la convicción del pecado,
y éste, siendo una verificación de la acción del Espíritu de
la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo
el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor:
"Recibid el Espíritu Santo". Así, pues, en este
"convencer en lo referente al pecado" descubrimos una
"doble dádiva": el don de la verdad de la conciencia y
el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad
es el Paráclito (DeV 31).
II DEFINICION DE PECADO
1849 El pecado es una falta contra la razón,
la verdad, la conciencia recta; es un faltar al amor verdadero
para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso
a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra
la solidaridad humana. Ha sido definido como "una palabra, un
acto o un deseo contrarios a la ley eterna" (S. Agustín,
Faust. 22,27; S. Tomás de Aquino, s.th., 1-2, 71,6).
1850 El pecado es una ofensa a Dios:
"Contra ti, contra ti solo he pecado, lo malo a tus ojos
cometí" (Sal 51,6). El pecado se levanta contra el amor que
Dios nos tiene y aparta de él nuestros corazones. Como el primer
pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el
deseo de hacerse "como dioses", pretendiendo conocer y
determinar el bien y el mal (Gn 3,5). El pecado es así "amor
de sí hasta el desprecio de Dios" (S. Agustín, civ.
1,14,28). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es
diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la
salvación (cf Flp 2,6-9).
1851 En la Pasión, la misericordia de Cristo
vence al pecado. En ella, es donde éste manifiesta mejor su
violencia y su multiplicidad: incredulidad, rechazo y burlas por
parte de los jefes y del pueblo, debilidad de Pilato y crueldad de
los soldados, traición de Judas tan dura a Jesús, negaciones de
Pedro y abandono de los discípulos. Sin embargo, en la hora misma
de las tinieblas y del príncipe de este mundo (cf Jn 14,30), el
sacrificio de Cristo se convierte secretamente en la fuente de la
que brotará inagotable el perdón de nuestros pecados.
III DIVERSIDAD DE PECADOS
1852 La variedad de pecados es grande. La
Escritura contiene varias listas. La carta a los Gálatas opone
las obras de la carne al fruto del Espíritu: "Las obras de
la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje,
idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas,
divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas
semejantes, sobre las cuales os prevengo como ya os previne, que
quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios"
(5,19-21; cf Rm 1,28-32; 1 Co 6,9-10; Ef 5, 3-5; Col 3, 5-8; 1 Tm
1, 9-10; 2 Tm 3, 2-5).
1853 Se pueden distinguir los pecados según su
objeto, como en todo acto humano, o según las virtudes a las que
se oponen, por exceso o por defecto, o según los mandamientos que
quebrantan. Se los puede agrupar también según que se refieran a
Dios, al prójimo o a sí mismo; se los puede dividir en pecados
espirituales y carnales, o también en pecados de pensamiento,
palabra, acción u omisión. La raíz del pecado está en el
corazón del hombre, en su libre voluntad, según la enseñanza
del Señor: "De dentro del corazón salen las intenciones
malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos
testimonios, injurias. Esto es lo que hace impuro al hombre"
(Mt 15,19-20). En el corazón reside también la caridad,
principio de las obras buenas y puras, que es herida por el
pecado.
IV LA GRAVEDAD DEL PECADO: PECADO MORTAL Y
VENIAL
1854 Conviene valorar los pecados según su
gravedad. La distinción entre pecado mortal y venial, perceptible
ya en la Escritura (cf 1 Jn 5,16-17) se ha impuesto en la
tradición de la Iglesia. La experiencia de los hombres la
corroboran.
1855 El pecado mortal destruye la caridad en el
corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios;
aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su
bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior.
El pecado venial deja subsistir la caridad,
aunque la ofende y la hiere.
1856 El pecado mortal, que ataca en nosotros el
principio vital que es la caridad, necesita una nueva iniciativa
de la misericordia de Dios y una conversión del corazón que se
realiza ordinariamente en el marco del sacramento de la
reconciliación:
Cuando la voluntad se dirige a una cosa de suyo
contraria a la caridad por la que estamos ordenados al fin
último, el pecado, por su objeto mismo, tiene causa para ser
mortal...sea contra el amor de Dios, como la blasfemia, el
perjurio, etc., o contra el amor del prójimo, como el homicidio,
el adulterio, etc...En cambio, cuando la voluntad del pecador se
dirige a veces a una cosa que contiene en sí un desorden, pero
que sin embargo no es contraria al amor de Dios y del prójimo,
como una palabra ociosa, una risa superflua, etc. tales pecados
son veniales (S. Tomás de Aquino, s.th. 1-2, 88, 2).
1857 Para que un pecado sea mortal se requieren
tres condiciones: "Es pecado mortal lo que tiene como objeto
una materia grave y que, además, es cometido con pleno
conocimiento y deliberado consentimiento" (RP 17).
1858 La materia grave es precisada por los Diez
mandamientos según la respuesta de Jesús al joven rico: "No
mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes testimonio
falso, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre" (Mc
10,19). La gravedad de los pecados es mayor o menor: un asesinato
es más grave que un robo. La cualidad de las personas lesionadas
cuenta también: la violencia ejercida contra los padres es más
grave que la ejercida contra un extraño.
1859 El pecado mortal requiere plena conciencia
y entero consentimiento. Presupone el conocimiento del carácter
pecaminoso del acto, de su oposición a la Ley de Dios. Implica
también un consentimiento suficientemente deliberado para ser una
elección personal. La ignorancia afectada y el endurecimiento del
corazón (cf Mc 3,5-6; Lc 16,19-31) no disminuyen, sino aumentan,
el carácter voluntario del pecado.
1860 La ignorancia involuntaria puede
disminuir, si no excusar, la imputabilidad de una falta grave,
pero se supone que nadie ignora los principios de la ley moral que
están inscritos en la conciencia de todo hombre. Los impulsos de
la sensibilidad, las pasiones pueden igualmente reducir el
carácter voluntario y libre de la falta, lo mismo que las
presiones exteriores o los trastornos patológicos. El pecado por
malicia, por elección deliberada del mal, es el más grave.
1861 El pecado mortal es una posibilidad
radical de la libertad humana contra el amor. Entraña la pérdida
de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir,
del estado de gracia. Si no es eliminado por el arrepentimiento y
el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la
muerte eterna del infierno; de modo que nuestra libertad tiene
poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno. Sin embargo,
aunque podamos juzgar que un acto es en sí una falta grave, el
juicio sobre las personas debemos confiarlo a la justicia y a la
misericordia de Dios.
1862 Se comete un pecado venial cuando no se
observa en una materia leve la medida prescrita por la ley moral,
o cuando se desobedece a la ley moral en materia grave pero sin
pleno conocimiento y sin entero consentimiento.
1863 El pecado venial debilita la caridad;
entraña un afecto desordenado a bienes creados; impide el
progreso del alma en el ejercicio de las virtudes y la práctica
del bien moral; merece penas temporales. El pecado venial
deliberado, que permanece sin arrepentimiento, nos dispone poco a
poco a cometer el pecado mortal. No obstante, el pecado venial no
rompe la Alianza con Dios. Es humanamente reparable con la gracia
de Dios. "No priva de la gracia santificante, de la amistad
con Dios, de la caridad, ni, por tanto, de la bienaventuranza
eterna" (RP 17):
El hombre, mientras permanece en la carne, no
puede evitar todo pecado, al menos los pecados leves. Pero estos
pecados, que llamamos leves, no los consideres poca cosa: si los
tienes por tales cuando los pesas, tiembla cuando los cuentas.
Muchos objetos leves hacen una gran masa; muchas gotas de agua
llenan un río. Muchos granos hacen un montón. ¿Cuál es
entonces nuestra esperanza? Ante todo, la confesión...(S.
Agustín, ep. Jo. 1,6).
1864 "Todo pecado y blasfemia será
perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no
será perdonada" (Mc 3,29; Lc 12,10). No hay límites a la
misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger
la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el
perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu
Santo (cf DeV 46). Semejante endurecimiento puede conducir a la
condenación final y a la perdición eterna.
V LA PROLIFERACION DEL PECADO
1865 El pecado crea una facilidad para el
pecado, engendra el vicio por la repetición de actos. De ahí
resultan inclinaciones desviadas que oscurecen la conciencia y
corrompen la valoración concreta del bien y del mal. Así el
pecado tiende a reproducirse y a reforzarse, pero no puede
destruir el sentido moral hasta su raíz.
1866 Los vicios pueden ser catalogados según
las virtudes a que se oponen, o también pueden ser comprendidos
en los pecados capitales que la experiencia cristiana ha
distinguido siguiendo a S. Juan Casiano y a S. Gregorio Magno
(mor. 31,45). Son llamados capitales porque generan otros pecados,
otros vicios. Entre ellos soberbia, avaricia, envidia, ira,
lujuria, gula, pereza.
1867 La tradición catequética recuerda
también que existen "pecados que claman al cielo".
Claman al cielo: la sangre de Abel (cf Gn 4,10); el pecado de los
Sodomitas (cf Gn 18,20; 19,13); el clamor del pueblo oprimido en
Egipto (cf Ex 3,7-10); el lamento del extranjero, de la viuda y el
huérfano (cf Ex 22,20-22); la injusticia para con el asalariado
(cf Dt 24,14-15; Jc 5,4).
1868 El pecado es un acto personal. Pero
nosotros tenemos una responsabilidad en los pecados cometidos por
otros cuando cooperamos a ellos:
– participando directa y voluntariamente;
– ordenándolos, aconsejándolos,
alabándolos o aprobándolos;
– no revelándolos o no impidiéndolos cuando
se tiene obligación de hacerlo;
– protegiendo a los que hacen el mal.
1869 Así el pecado convierte a los hombres en
cómplices unos de otros, hace reinar entre ellos la
concupiscencia, la violencia y la injusticia. Los pecados provocan
situaciones sociales e instituciones contrarias a la Bondad
divina. Las "estructuras de pecado" son expresión y
efecto de los pecados personales. Inducen a sus víctimas a
cometer a su vez el mal. En un sentido analógico constituyen un
"pecado social" (cf RP 16).
RESUMEN
1870 "Dios encerró a todos los hombres en
la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia" (Rm
11,32).
1871 El pecado es "una palabra, un acto o
un deseo contrarios a la ley eterna"(S. Agustín, Faust. 22).
Es una ofensa a Dios. Se alza contra Dios en una desobediencia
contraria a la obediencia de Cristo.
1872 El pecado es un acto contrario a la
razón. Lesiona la naturaleza del hombre y atenta contra la
solidaridad humana.
1873 La raíz de todos los pecados está en el
corazón del hombre. Sus especies y su gravedad se miden
principalmente por su objeto.
1874 Elegir deliberadamente, es decir
sabiéndolo y queriéndolo, una cosa gravemente contraria a la ley
divina y al fin último del hombre es cometer un pecado mortal.
Este destruye en nosotros la caridad sin la cual la
bienaventuranza eterna es imposible. Sin arrepentimiento, tal
pecado conduce a la muerte eterna.
1875 El pecado venial constituye un desorden
moral reparable por la caridad que deja subsistir en nosotros.