CAPITULO PRIMERO: LOS SACRAMENTOS DE LA
INICIACION CRISTIANA
1212 Mediante los sacramentos de la iniciación
cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, se
ponen los fundamentos de toda vida cristiana. "La
participación en la naturaleza divina que los hombres reciben
como don mediante la gracia de Cristo, tiene cierta analogía con
el origen, el crecimiento y el sustento de la vida natural. En
efecto, los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el
sacramento de la Confirmación y finalmente, son alimentados en la
Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y, así por medio de
estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez
con más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia
la perfección de la caridad" (Pablo VI, Const. apost.
"Divinae consortium naturae"; cf OICA, praen. 1-2).
Artículo 1 EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO
1213 El santo Bautismo es el fundamento de toda
la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu
("vitae spiritualis ianua") y la puerta que abre el
acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados
del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser
miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos
partícipes de su misión (cf Cc. de Florencia: DS 1314; CIC, can
204,1; 849; CCEO 675,1): "Baptismus est sacramentum
regenerationis per aquam in verbo" ("El bautismo es el
sacramento del nuevo nacimiento por el agua y la palabra",
Cath. R. 2,2,5).
I EL NOMBRE DE ESTE SACRAMENTO
1214 Este sacramento recibe el nombre de
Bautismo en razón del carácter del rito central mediante el que
se celebra: bautizar (baptizein en griego) significa
"sumergir", "introducir dentro del agua"; la
"inmersión" en el agua simboliza el acto de sepultar al
catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale por la
resurrección con El (cf Rm 6,3-4; Col 2,12) como "nueva
criatura" (2 Co 5,17; Ga 6,15).
1215 Este sacramento es llamado también “baño
de regeneración y de renovación del Espíritu Santo” (Tt 3,5),
porque significa y realiza ese nacimiento del agua y del Espíritu
sin el cual "nadie puede entrar en el Reino de Dios" (Jn
3,5).
1216 "Este baño es llamado iluminación
porque quienes reciben esta enseñanza (catequética) su espíritu
es iluminado..." (S. Justino, Apol. 1,61,12). Habiendo
recibido en el Bautismo al Verbo, "la luz verdadera que
ilumina a todo hombre" (Jn 1,9), el bautizado, "tras
haber sido iluminado" (Hb 10,32), se convierte en "hijo
de la luz" (1 Ts 5,5), y en "luz" él mismo (Ef
5,8):
El Bautismo es el más bello y magnífico de
los dones de Dios...lo llamamos don, gracia, unción,
iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de
regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque
es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque, es dado
incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el
agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son
ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura,
porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque
nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios (S. Gregorio
Nacianceno, Or. 40,3-4).
II EL BAUTISMO EN LA ECONOMIA DE LA SALVACION
Las prefiguraciones del Bautismo en la Antigua
Alianza
1217 En la Liturgia de la Noche Pascual, cuando
se bendice el agua bautismal, la Iglesia hace solemnemente memoria
de los grandes acontecimientos de la historia de la salvación que
prefiguraban ya el misterio del Bautismo:
¡Oh Dios!, que realizas en tus sacramentos
obras admirables con tu poder invisible, y de diversos modos te
has servido de tu criatura el agua para significar la gracia del
bautismo (MR, Vigilia Pascual, bendición del agua bautismal, 42)
1218 Desde el origen del mundo, el agua,
criatura humilde y admirable, es la fuente de la vida y de la
fecundidad. La Sagrada Escritura dice que el Espíritu de Dios
"se cernía" sobre ella (cf. Gn 1,2):
¡Oh Dios!, cuyo espíritu, en los orígenes
del mundo, se cernía sobre las aguas, para que ya desde entonces
concibieran el poder de santificar (MR, ibid.).
1219 La Iglesia ha visto en el Arca de Noé una
prefiguración de la salvación por el bautismo. En efecto, por
medio de ella "unos pocos, es decir, ocho personas, fueron
salvados a través del agua" (1 P 3,20):
¡Oh Dios!, que incluso en las aguas
torrenciales del diluvio prefiguraste el nacimiento de la nueva
humanidad, de modo que una misma agua pusiera fin al pecado y
diera origen a la santidad (MR, ibid.).
1220 Si el agua de manantial simboliza la vida,
el agua del mar es un símbolo de la muerte. Por lo cual, pudo ser
símbolo del misterio de la Cruz. Por este simbolismo el bautismo
significa la comunión con la muerte de Cristo.
1221 Sobre todo el paso del Mar Rojo, verdadera
liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, es el que
anuncia la liberación obrada por el bautismo:
¡Oh Dios!, que hiciste pasar a pie enjuto por
el mar Rojo s los hijos de Abraham, para que el pueblo liberado de
la esclavitud del faraón fuera imagen de la familia de los
bautizados (MR, ibid.).
1222 Finalmente, el Bautismo es prefigurado en
el paso del Jordán, por el que el pueblo de Dios recibe el don de
la tierra prometida a la descendencia de Abraham, imagen de la
vida eterna. La promesa de esta herencia bienaventurada se cumple
en la nueva Alianza.
El Bautismo de Cristo
1223 Todas las prefiguraciones de la Antigua
Alianza culminan en Cristo Jesús. Comienza su vida pública
después de hacerse bautizar por S. Juan el Bautista en el Jordán
(cf. Mt 3,13 ), y, después de su Resurrección, confiere esta
misión a sus Apóstoles: "Id, pues, y haced discípulos a
todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo
os he mandado" (Mt 28,19-20; cf Mc 16,15-16).
1224 Nuestro Señor se sometió voluntariamente
al Bautismo de S. Juan, destinado a los pecadores, para
"cumplir toda justicia" (Mt 3,15). Este gesto de Jesús
es una manifestación de su "anonadamiento" (Flp 2,7).
El Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera
creación desciende entonces sobre Cristo, como preludio de la
nueva creación, y el Padre manifiesta a Jesús como su "Hijo
amado" (Mt 3,16-17).
1225 En su Pascua, Cristo abrió a todos los
hombres las fuentes del Bautismo. En efecto, había hablado ya de
su pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un
"Bautismo" con que debía ser bautizado (Mc 10,38; cf Lc
12,50). La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de
Jesús crucificado (cf. Jn 19,34) son figuras del Bautismo y de la
Eucaristía, sacramentos de la vida nueva (cf 1 Jn 5,6-8): desde
entonces, es posible "nacer del agua y del Espíritu"
para entrar en el Reino de Dios (Jn 3,5).
Considera donde eres bautizado, de donde viene
el Bautismo: de la cruz de Cristo, de la muerte de Cristo. Ahí
está todo el misterio: El padeció por ti. En él eres rescatado,
en él eres salvado. (S. Ambrosio, sacr. 2,6).
El bautismo en la Iglesia
1226 Desde el día de Pentecostés la Iglesia
ha celebrado y administrado el santo Bautismo. En efecto, S. Pedro
declara a la multitud conmovida por su predicación:
"Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en
el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y
recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hch 2,38). Los
Apóstoles y sus colaboradores ofrecen el bautismo a quien crea en
Jesús: judíos, hombres temerosos de Dios, paganos (Hch 2,41;
8,12-13; 10,48; 16,15). El Bautismo aparece siempre ligado a la
fe: "Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu
casa", declara S. Pablo a su carcelero en Filipos. El relato
continúa: "el carcelero inmediatamente recibió el bautismo,
él y todos los suyos" (Hch 16,31-33).
1227 Según el apóstol S. Pablo, por el
Bautismo el creyente participa en la muerte de Cristo; es
sepultado y resucita con él:
¿O es que ignoráis que cuantos fuimos
bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?
Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a
fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los
muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros
vivamos una vida nueva (Rm 6,3-4; cf Col 2,12).
Los bautizados se han "revestido de
Cristo" (Ga 3,27). Por el Espíritu Santo, el Bautismo es un
baño que purifica, santifica y justifica (cf 1 Co 6,11; 12,13).
1228 El Bautismo es, pues, un baño de agua en
el que la "semilla incorruptible" de la Palabra de Dios
produce su efecto vivificador (cf. 1 P 1,23; Ef 5,26). S. Agustín
dirá del Bautismo: "Accedit verbum ad elementum, et fit
sacramentum" ("Se une la palabra a la materia, y se hace
el sacramento", ev. Io. 80,3).
III LA CELEBRACION DEL SACRAMENTO DEL BAUTISMO
La iniciación cristiana
1229 Desde los tiempos apostólicos, para
llegar a ser cristiano se sigue un camino y una iniciación que
consta de varias etapas. Este camino puede ser recorrido rápida o
lentamente. Y comprende siempre algunos elementos esenciales: el
anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la
conversión, la profesión de fe, el Bautismo, la efusión del
Espíritu Santo, el acceso a la comunión eucarística.
1230 Esta iniciación ha variado mucho a lo
largo de los siglos y según las circunstancias. En los primeros
siglos de la Iglesia, la iniciación cristiana conoció un gran
desarrollo, con un largo periodo de catecumenado, y una serie de
ritos preparatorios que jalonaban litúrgicamente el camino de la
preparación catecumenal y que desembocaban en la celebración de
los sacramentos de la iniciación cristiana.
1231 Desde que el bautismo de los niños vino a
ser la forma habitual de celebración de este sacramento, ésta se
ha convertido en un acto único que integra de manera muy
abreviada las etapas previas a la iniciación cristiana. Por su
naturaleza misma, el Bautismo de niños exige un catecumenado
postbautismal. No se trata sólo de la necesidad de una
instrucción posterior al Bautismo, sino del desarrollo necesario
de la gracia bautismal en el crecimiento de la persona. Es el
momento propio de la catequesis.
1232 El Concilio Vaticano II ha restaurado para
la Iglesia latina, "el catecumenado de adultos, dividido en
diversos grados" (SC 64). Sus ritos se encuentran en el Ordo
initiationis christianae adultorum (1972). Por otra parte, el
Concilio ha permitido que "en tierras de misión, además de
los elementos de iniciación contenidos en la tradición
cristiana, pueden admitirse también aquellos que se encuentran en
uso en cada pueblo siempre que puedan acomodarse al rito
cristiano" (SC 65; cf. SC 37-40).
1233 Hoy, pues, en todos los ritos latinos y
orientales la iniciación cristiana de adultos comienza con su
entrada en el catecumenado, para alcanzar su punto culminante en
una sola celebración de los tres sacramentos del Bautismo, de la
Confirmación y de la Eucaristía (cf. AG 14; CIC
can.851.865.866). En los ritos orientales la iniciación cristiana
de los niños comienza con el Bautismo, seguido inmediatamente por
la Confirmación y la Eucaristía, mientras que en el rito romano
se continúa durante unos años de catequesis, para acabar más
tarde con la Confirmación y la Eucaristía, cima de su
iniciación cristiana (cf. CIC can.851, 2º; 868).
La mistagogia de la celebración
1234 El sentido y la gracia del sacramento del
Bautismo aparece claramente en los ritos de su celebración.
Cuando se participa atentamente en los gestos y las palabras de
esta celebración, los fieles se inician en las riquezas que este
sacramento significa y realiza en cada nuevo bautizado.
1235 La señal de la cruz, al comienzo de la
celebración, señala la impronta de Cristo sobre el que le va a
pertenecer y significa la gracia de la redención que Cristo nos
ha adquirido por su cruz.
1236 El anuncio de la Palabra de Dios ilumina
con la verdad revelada a los candidatos y a la asamblea y suscita
la respuesta de la fe, inseparable del Bautismo. En efecto, el
Bautismo es de un modo particular "el sacramento de la
fe" por ser la entrada sacramental en la vida de fe.
1237 Puesto que el Bautismo significa la
liberación del pecado y de su instigador, el diablo, se
pronuncian uno o varios exorcismos sobre el candidato. Este es
ungido con el óleo de los catecúmenos o bien el celebrante le
impone la mano y el candidato renuncia explícitamente a Satanás.
Así preparado, puede confesar la fe de la Iglesia, a la cual
será "confiado" por el Bautismo (cf Rm 6,17).
1238 El agua bautismal es entonces consagrada
mediante una oración de epíclesis (en el momento mismo o en la
noche pascual). La Iglesia pide a Dios que, por medio de su Hijo,
el poder del Espíritu Santo descienda sobre esta agua, a fin de
que los que sean bautizados con ella "nazcan del agua y del
Espíritu" (Jn 3,5).
1239 Sigue entonces el rito esencial del
sacramento: el Bautismo propiamente dicho, que significa y realiza
la muerte al pecado y la entrada en la vida de la Santísima
Trinidad a través de la configuración con el Misterio pascual de
Cristo. El Bautismo es realizado de la manera más significativa
mediante la triple inmersión en el agua bautismal. Pero desde la
antigüedad puede ser también conferido derramando tres veces
agua sobre la cabeza del candidato.
1240 En la Iglesia latina, esta triple
infusión va acompañada de las palabras del ministro: "N, Yo
te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu
Santo". En las liturgias orientales, estando el catecúmeno
vuelto hacia el Oriente, el sacerdote dice: "El siervo de
Dios, N., es bautizado en el nombre del Padre, y del Hijo y del
Espíritu Santo". Y mientras invoca a cada persona de la
Santísima Trinidad, lo sumerge en el agua y lo saca de ella.
1241 La unción con el santo crisma, óleo
perfumado y consagrado por el obispo, significa el don del
Espíritu Santo al nuevo bautizado. Ha llegado a ser un cristiano,
es decir, "ungido" por el Espíritu Santo, incorporado a
Cristo, que es ungido sacerdote, profeta y rey (cf OBP nº 62).
1242 En la liturgia de las Iglesias de Oriente,
la unción postbautismal es el sacramento de la Crismación
(Confirmación). En la liturgia romana, dicha unción anuncia una
segunda unción del santo crisma que dará el obispo: el
sacramento de la Confirmación que, por así decirlo,
"confirma" y da plenitud a la unción bautismal.
1243 La vestidura blanca simboliza que el
bautizado se ha "revestido de Cristo" (Ga 3,27): ha
resucitado con Cristo. El cirio que se enciende en el cirio
pascual, significa que Cristo ha iluminado al neófito. En Cristo,
los bautizados son "la luz del mundo" (Mt 5,14; cf Flp
2,15).
El nuevo bautizado es ahora hijo de Dios en el
Hijo Unico. Puede ya decir la oración de los hijos de Dios: el
Padre Nuestro.
1244 La primera comunión eucarística. Hecho
hijo de Dios, revestido de la túnica nupcial, el neófito es
admitido "al festín de las bodas del Cordero" y recibe
el alimento de la vida nueva, el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Las
Iglesias orientales conservan una conciencia viva de la unidad de
la iniciación cristiana por lo que dan la sagrada comunión a
todos los nuevos bautizados y confirmados, incluso a los niños
pequeños, recordando las palabras del Señor: "Dejad que los
niños vengan a mí, no se lo impidáis" (Mc 10,14). La
Iglesia latina, que reserva el acceso a la Sagrada Comunión a los
que han alcanzado el uso de razón, expresa cómo el Bautismo
introduce a la Eucaristía acercando al altar al niño recién
bautizado para la oración del Padre Nuestro.
1245 La bendición solemne cierra la
celebración del Bautismo. En el Bautismo de recién nacidos, la
bendición de la madre ocupa un lugar especial.
IV QUIEN PUEDE RECIBIR EL BAUTISMO
1246 "Es capaz de recibir el bautismo todo
ser humano, aún no bautizado, y solo él" (CIC, can. 864:
CCEO, can. 679).
El Bautismo de adultos
1247 En los orígenes de la Iglesia, cuando el
anuncio del evangelio está aún en sus primeros tiempos, el
Bautismo de adultos es la práctica más común. El catecumenado
(preparación para el Bautismo) ocupa entonces un lugar
importante. Iniciación a la fe y a la vida cristiana, el
catecumenado debe disponer a recibir el don de Dios en el
Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.
1248 El catecumenado, o formación de los
catecúmenos, tiene por finalidad permitir a estos últimos, en
respuesta a la iniciativa divina y en unión con una comunidad
eclesial, llevar a madurez su conversión y su fe. Se trata de una
"formación y noviciado debidamente prolongado de la vida
cristiana, en que los discípulos se unen con Cristo, su Maestro.
Por lo tanto, hay que iniciar adecuadamente a los catecúmenos en
el misterio de la salvación, en la práctica de las costumbres
evangélicas y en los ritos sagrados que deben celebrarse en los
tiempos sucesivos, e introducirlos en la vida de fe, la liturgia y
la caridad del Pueblo de Dios" (AG 14; cf OICA 19 y 98).
1249 Los catecúmenos "están ya unidos a
la Iglesia, pertenecen ya a la casa de Cristo y muchas veces
llevan ya una una vida de fe, esperanza y caridad" (AG 14).
"La madre Iglesia los abraza ya con amor tomándolos a sus
cargo" (LG 14; cf CIC can. 206; 788,3)
El Bautismo de niños
1250 Puesto que nacen con una naturaleza humana
caída y manchada por el pecado original, los niños necesitan
también el nuevo nacimiento en el Bautismo (cf DS 1514) para ser
librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio
de la libertad de los hijos de Dios (cf Col 1,12-14), a la que
todos los hombres están llamados. La pura gratuidad de la gracia
de la salvación se manifiesta particularmente en el bautismo de
niños. Por tanto, la Iglesia y los padres privarían al niño de
la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran
el Bautismo poco después de su nacimiento (cf CIC can. 867; CCEO,
can. 681; 686,1).
1251 Los padres cristianos deben reconocer que
esta práctica corresponde también a su misión de alimentar la
vida que Dios les ha confiado (cf LG 11; 41; GS 48; CIC can. 868).
1252 La práctica de bautizar a los niños
pequeños es una tradición inmemorial de la Iglesia. Está
atestiguada explícitamente desde el siglo II. Sin embargo, es muy
posible que, desde el comienzo de la predicación apostólica,
cuando "casas" enteras recibieron el Bautismo (cf Hch
16,15.33; 18,8; 1 Co 1,16), se haya bautizado también a los
niños (cf CDF, instr. "Pastoralis actio": AAS 72 [1980]
1137-56).
Fe y Bautismo
1253 El Bautismo es el sacramento de la fe (cf
Mc 16,16). Pero la fe tiene necesidad de la comunidad de
creyentes. Sólo en la fe de la Iglesia puede creer cada uno de
los fieles. La fe que se requiere para el Bautismo no es una fe
perfecta y madura, sino un comienzo que está llamado a
desarrollarse. Al catecúmeno o a su padrino se le pregunta:
"¿Qué pides a la Iglesia de Dios?" y él responde:
"¡La fe!".
1254 En todos los bautizados, niños o adultos,
la fe debe crecer después del Bautismo. Por eso, la Iglesia
celebra cada año en la noche pascual la renovación de las
promesas del Bautismo. La preparación al Bautismo sólo conduce
al umbral de la vida nueva. El Bautismo es la fuente de la vida
nueva en Cristo, de la cual brota toda la vida cristiana.
1255 Para que la gracia bautismal pueda
desarrollarse es importante la ayuda de los padres. Ese es
también el papel del padrino o de la madrina, que deben ser
creyentes sólidos, capaces y prestos a ayudar al nuevo bautizado,
niño o adulto, en su camino de la vida cristiana (cf CIC can.
872-874). Su tarea es una verdadera función eclesial (officium;
cf SC 67). Toda la comunidad eclesial participa de la
responsabilidad de desarrollar y guardar la gracia recibida en el
Bautismo.
V QUIEN PUEDE BAUTIZAR
1256 Son ministros ordinarios del Bautismo el
obispo y el presbítero y, en la Iglesia latina, también el
diácono (cf CIC, can. 861,1; CCEO, can. 677,1). En caso de
necesidad, cualquier persona, incluso no bautizada, puede bautizar
(Cf CIC can. 861, § 2) si tiene la intención requerida y utiliza
la fórmula bautismal trinitaria. La intención requerida consiste
en querer hacer lo que hace la Iglesia al bautizar. La Iglesia ve
la razón de esta posibilidad en la voluntad salvífica universal
de Dios (cf 1 Tm 2,4) y en la necesidad del Bautismo para la
salvación (cf Mc 16,16).
VI LA NECESIDAD DEL BAUTISMO
1257 El Señor mismo afirma que el Bautismo es
necesario para la salvación (cf Jn 3,5). Por ello mandó a sus
discípulos a anunciar el Evangelio y bautizar a todas las
naciones (cf Mt 28, 19-20; cf DS 1618; LG 14; AG 5). El Bautismo
es necesario para la salvación en aquellos a los que el Evangelio
ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este
sacramento (cf Mc 16,16). La Iglesia no conoce otro medio que el
Bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna;
por eso está obligada a no descuidar la misión que ha recibido
del Señor de hacer "renacer del agua y del espíritu" a
todos los que pueden ser bautizados. Dios ha vinculado la
salvación al sacramento del Bautismo, pero su intervención
salvífica no queda reducida a los sacramentos.
1258 Desde siempre, la Iglesia posee la firme
convicción de que quienes padecen la muerte por razón de la fe,
sin haber recibido el Bautismo, son bautizados por su muerte con
Cristo y por Cristo. Este Bautismo de sangre como el deseo del
Bautismo, produce los frutos del Bautismo sin ser sacramento.
1259 A los catecúmenos que mueren antes de su
Bautismo, el deseo explícito de recibir el bautismo unido al
arrepentimiento de sus pecados y a la caridad, les asegura la
salvación que no han podido recibir por el sacramento.
1260 "Cristo murió por todos y la
vocación última del hombre en realmente una sola, es decir, la
vocación divina. En consecuencia, debemos mantener que el
Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo
conocido sólo por Dios, se asocien a este misterio pascual"
(GS 22; cf LG 16; AG 7). Todo hombre que, ignorando el evangelio
de Cristo y su Iglesia, busca la verdad y hace la voluntad de Dios
según él la conoce, puede ser salvado. Se puede suponer que
semejantes personas habrían deseado explícitamente el Bautismo
si hubiesen conocido su necesidad.
1261 En cuanto a los niños muertos sin
Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia
divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto,
la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se
salven (cf 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los niños, que le
hizo decir: "Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo
impidáis" (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un
camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por
esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir
que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo
bautismo.
VII LA GRACIA DEL BAUTISMO
1262 Los distintos efectos del Bautismo son
significados por los elementos sensibles del rito sacramental. La
inmersión en el agua evoca los simbolismos de la muerte y de la
purificación, pero también los de la regeneración y de la
renovación. Los dos efectos principales, por tanto, son la
purificación de los pecados y el nuevo nacimiento en el Espíritu
Santo (cf Hch 2,38; Jn 3,5).
Para la remisión de los pecados...
1263 Por el Bautismo, todos los pecados son
perdonados, el pecado original y todos los pecados personales así
como todas las penas del pecado (cf DS 1316). En efecto, en los
que han sido regenerados no permanece nada que les impida entrar
en el Reino de Dios, ni el pecado de Adán, ni el pecado personal,
ni las consecuencias del pecado, la más grave de las cuales es la
separación de Dios.
1264 No obstante, en el bautizado permanecen
ciertas consecuencias temporales del pecado, como los
sufrimientos, la enfermedad, la muerte o las fragilidades
inherentes a la vida como las debilidades de carácter, etc., así
como una inclinación al pecado que la Tradición llama
concupiscencia, o "fomes peccati": "La
concupiscencia, dejada para el combate, no puede dañar a los que
no la consienten y la resisten con coraje por la gracia de
Jesucristo. Antes bien `el que legítimamente luchare, será
coronado'(2 Tm 2,5)" (Cc de Trento: DS 1515).
“Una criatura nueva”
1265 El Bautismo no solamente purifica de todos
los pecados, hace también del neófito "una nueva
creación" (2 Co 5,17), un hijo adoptivo de Dios (cf Ga
4,5-7) que ha sido hecho "partícipe de la naturaleza
divina" ( 2 P 1,4), miembro de Cristo (cf 1 Co 6,15; 12,27),
coheredero con él (Rm 8,17) y templo del Espíritu Santo (cf 1 Co
6,19).
1266 La Santísima Trinidad da al bautizado la
gracia santificante, la gracia de la justificación que :
– le hace capaz de creer en Dios, de esperar
en él y de amarlo mediante las virtudes teologales;
– le concede poder vivir y obrar bajo la
moción del Espíritu Santo mediante los dones del Espíritu
Santo;
– le permite crecer en el bien mediante las
virtudes morales.
Así todo el organismo de la vida sobrenatural
del cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo.
Incorporados a la Iglesia, Cuerpo de Cristo
1267 El Bautismo hace de nosotros miembros del
Cuerpo de Cristo. "Por tanto...somos miembros los unos de los
otros" (Ef 4,25). El Bautismo incorpora a la Iglesia. De las
fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva
Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de
las naciones, las culturas, las razas y los sexos: "Porque en
un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más
que un cuerpo" (1 Co 12,13).
1268 Los bautizados vienen a ser "piedras
vivas" para "edificación de un edificio espiritual,
para un sacerdocio santo" (1 P 2,5). Por el Bautismo
participan del sacerdocio de Cristo, de su misión profética y
real, son "linaje elegido, sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha
llamado de las tinieblas a su admirable luz" (1 P 2,9). El
Bautismo hace participar en el sacerdocio común de los fieles.
1269 Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado
ya no se pertenece a sí mismo (1 Co 6,19), sino al que murió y
resucitó por nosotros (cf 2 Co 5,15). Por tanto, está llamado a
someterse a los demás (Ef 5,21; 1 Co 16,15-16), a servirles (cf
Jn 13,12-15) en la comunión de la Iglesia, y a ser
"obediente y dócil" a los pastores de la Iglesia (Hb
13,17) y a considerarlos con respeto y afecto (cf 1 Ts 5,12-13).
Del mismo modo que el Bautismo es la fuente de responsabilidades y
deberes, el bautizado goza también de derechos en el seno de la
Iglesia: recibir los sacramentos, ser alimentado con la palabra de
Dios y ser sostenido por los otros auxilios espirituales de la
Iglesia (cf LG 37; CIC can. 208-223; CCEO, can. 675,2).
1270 Los bautizados "por su nuevo
nacimiento como hijos de Dios están obligados a confesar delante
de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la
Iglesia" (LG 11) y de participar en la actividad apostólica
y misionera del Pueblo de Dios (cf LG 17; AG 7,23).
El vínculo sacramental de la unidad de los
cristianos
1271 El Bautismo constituye el fundamento de la
comunión entre todos los cristianos, e incluso con los que
todavía no están en plena comunión con la Iglesia católica:
"Los que creen en Cristo y han recibido ritualmente el
bautismo están en una cierta comunión, aunque no perfecta, con
la Iglesia católica... justificados por la fe en el bautismo, se
han incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran
con el nombre de cristianos y son reconocidos con razón por los
hijos de la Iglesia Católica como hermanos del Señor" (UR
3). "Por consiguiente, el bautismo constituye un vínculo
sacramental de unidad, vigente entre los que han sido regenerados
por él" (UR 22).
Un sello espiritual indeleble...
1272 Incorporado a Cristo por el Bautismo, el
bautizado es configurado con Cristo (cf Rm 8,29). El Bautismo
imprime en el cristiano un sello espiritual indeleble (character)
de su pertenencia a Cristo. Este sello no es borrado por ningún
pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de
salvación (cf DS 1609-1619). Dado una vez por todas, el Bautismo
no puede ser reiterado.
1273 Incorporados a la Iglesia por el Bautismo,
los fieles han recibido el carácter sacramental que los consagra
para el culto religioso cristiano (cf LG 11). El sello bautismal
capacita y compromete a los cristianos a servir a Dios mediante
una participación viva en la santa Liturgia de la Iglesia y a
ejercer su sacerdocio bautismal por el testimonio de una vida
santa y de una caridad eficaz (cf LG 10).
1274 El "sello del Señor" (Dominicus
character: S. Agustín, Ep. 98,5), es el sello con que el
Espíritu Santo nos ha marcado "para el día de la
redención" (Ef 4,30; cf Ef 1,13-14; 2 Co 1,21-22). "El
Bautismo, en efecto, es el sello de la vida eterna" (S.
Ireneo, Dem.,3). El fiel que "guarde el sello" hasta el
fin, es decir, que permanezca fiel a las exigencias de su
Bautismo, podrá morir marcado con "el signo de la fe"
(MR, Canon romano, 97), con la fe de su Bautismo, en la espera de
la visión bienaventurada de Dios –consumación de la fe– y en
la esperanza de la resurrección.
RESUMEN
1275 La iniciación cristiana se realiza
mediante el conjunto de tres sacramentos: el Bautismo, que es el
comienzo de la vida nueva; la Confirmación que es su
afianzamiento; y la Eucaristía que alimenta al discípulo con el
Cuerpo y la Sangre de Cristo para ser transformado en El.
1276 "Id, pues, y haced discípulos a
todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os
he mandado" (Mt 28,19-20).
1277 El Bautismo constituye el nacimiento a la
vida nueva en Cristo. Según la voluntad del Señor, es necesario
para la salvación, como lo es la Iglesia misma, a la que
introduce el Bautismo.
1278 El rito esencial del Bautismo consiste en
sumergir en el agua al candidato o derramar agua sobre su cabeza,
pronunciando la invocación de la Santísima Trinidad, es decir,
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
1279 El fruto del Bautismo, o gracia bautismal,
es una realidad rica que comprende: el perdón del pecado original
y de todos los pecados personales; el nacimiento a la vida nueva,
por la cual el hombre es hecho hijo adoptivo del Padre, miembro de
Cristo, templo del Espíritu Santo. Por la acción misma del
bautismo, el bautizado es incorporado a la Iglesia, Cuerpo de
Cristo, y hecho partícipe del sacerdocio de Cristo.
1280 El Bautismo imprime en el alma un signo
espiritual indeleble, el carácter, que consagra al bautizado al
culto de la religión cristiana. Por razón del carácter, el
Bautismo no puede ser reiterado (cf DS 1609 y 1624).
1281 Los que padecen la muerte a causa de la
fe, los catecúmenos y todos los hombres que, bajo el impulso de
la gracia, sin conocer la Iglesia, buscan sinceramente a Dios y se
esfuerzan por cumplir su voluntad, pueden salvarse aunque no hayan
recibido el Bautismo (cf LG 16).
1282 Desde los tiempos más antiguos, el
Bautismo es dado a los niños, porque es una gracia y un don de
Dios que no suponen méritos humanos; los niños son bautizados en
la fe de la Iglesia. La entrada en la vida cristiana da acceso a
la verdadera libertad.
1283 En cuanto a los niños muertos sin
bautismo, la liturgia de la Iglesia nos invita a tener confianza
en la misericordia divina y a orar por su salvación.
1284 En caso de necesidad, toda persona puede
bautizar, con tal que tenga la intención de hacer lo que hace la
Iglesia, y que derrame agua sobre la cabeza del candidato
diciendo: "Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo".
Artículo 2 EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACION
1285 Con el Bautismo y la Eucaristía, el
sacramento de la Confirmación constituye el conjunto de los
"sacramentos de la iniciación cristiana", cuya unidad
debe ser salvaguardada. Es preciso, pues, explicar a los fieles
que la recepción de este sacramento es necesaria para la plenitud
de la gracia bautismal (cf OCf, Praenotanda 1). En efecto, a los
bautizados "el sacramento de la confirmación los une más
íntimamente a la Iglesia y los los enriquece con una fortaleza
especial del Espíritu Santo. De esta forma se comprometen mucho
más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y defender
la fe con sus palabras y sus obras" (LG 11; cf OCf,
Praenotanda 2):
I LA CONFIRMACION EN LA ECONOMIA DE LA
SALVACION
1286 En el Antiguo Testamento, los profetas
anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías
esperado (cf. Is 11,2) para realizar su misión salvífica (cf Lc
4,16-22; Is 61,1). El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús en
su Bautismo por Juan fue el signo de que él era el que debía
venir, el Mesías, el Hijo de Dios (Mt 3,13-17; Jn 1,33-34).
Habiendo sido concedido por obra del Espíritu Santo, toda su vida
y toda su misión se realizan en una comunión total con el
Espíritu Santo que el Padre le da "sin medida" (Jn
3,34).
1287 Ahora bien, esta plenitud del Espíritu no
debía permanecer únicamente en el Mesías, sino que debía ser
comunicada a todo el pueblo mesiánico (cf Ez 36,25-27; Jl 3,1-2).
En repetidas ocasiones Cristo prometió esta efusión del
Espíritu (cf Lc 12,12; Jn 3,5-8; 7,37-39; 16,7-15; Hch 1,8),
promesa que realizó primero el día de Pascua (Jn 20,22) y luego,
de manera más manifiesta el día de Pentecostés (cf Hch 2,1-4).
Llenos del Espíritu Santo, los Apóstoles comienzan a proclamar
"las maravillas de Dios" (Hch 2,11) y Pedro declara que
esta efusión del Espíritu es el signo de los tiempos mesiánicos
(cf Hch 2, 17-18). Los que creyeron en la predicación apostólica
y se hicieron bautizar, recibieron a su vez el don del Espíritu
Santo (cf Hch 2,38).
1288 "Desde aquel tiempo, los Apóstoles,
en cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban a los
neófitos, mediante la imposición de las manos, el don del
Espíritu Santo, destinado a completar la gracia del Bautismo (cf
Hch 8,15-17; 19,5-6). Esto explica por qué en la Carta a los
Hebreos se recuerda, entre los primeros elementos de la formación
cristiana, la doctrina del bautismo y de la la imposición de las
manos (cf Hb 6,2). Es esta imposición de las manos la ha sido con
toda razón considerada por la tradición católica como el
primitivo origen del sacramento de la Confirmación, el cual
perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de
Pentecostés" (Pablo VI, const. apost. "Divinae
consortium naturae").
1289 Muy pronto, para mejor significar el don
del Espíritu Santo, se añadió a la imposición de las manos una
unción con óleo perfumado (crisma). Esta unción ilustra el
nombre de "cristiano" que significa "ungido" y
que tiene su origen en el nombre de Cristo, al que "Dios
ungió con el Espíritu Santo" (Hch 10,38). Y este rito de la
unción existe hasta nuestros días tanto en Oriente como en
Occidente. Por eso en Oriente, se llama a este sacramento
crismación, unción con el crisma, o myron, que significa
"crisma". En Occidente el nombre de Confirmación
sugiere que este sacramento al mismo tiempo confirma el Bautismo y
robustece la gracia bautismal.
Dos tradiciones: Oriente y Occidente
1290 En los primeros siglos la Confirmación
constituye generalmente una única celebración con el Bautismo, y
forma con éste, según la expresión de S. Cipriano, un
"sacramento doble. Entre otras razones, la multiplicación de
los bautismos de niños, durante todo el tiempo del año, y la
multiplicación de las parroquias (rurales), que agrandaron las
diócesis, ya no permite la presencia del obispo en todas las
celebraciones bautismales. En Occidente, por el deseo de reservar
al obispo el acto de conferir la plenitud al Bautismo, se
establece la separación temporal de ambos sacramentos. El Oriente
ha conservado unidos los dos sacramentos, de modo que la
Confirmación es dada por el presbítero que bautiza. Este, sin
embargo, sólo puede hacerlo con el "myron" consagrado
por un obispo (cf CCEO, can. 695,1; 696,1).
1291 Una costumbre de la Iglesia de Roma
facilitó el desarrollo de la práctica occidental; había una
doble unción con el santo crisma después del Bautismo: realizada
ya una por el presbítero al neófito al salir del baño
bautismal, es completada por una segunda unción hecha por el
obispo en la frente de cada uno de los recién bautizados (véase
S. Hipólito de Roma, Trad. Ap. 21). La primera unción con el
santo crisma, la que daba el sacerdote, quedó unida al rito
bautismal; significa la participación del bautizado en las
funciones profética, sacerdotal y real de Cristo. Si el Bautismo
es conferido a un adulto, sólo hay una unción postbautismal: la
de la Confirmación.
1292 La práctica de las Iglesias de Oriente
destaca más la unidad de la iniciación cristiana. La de la
Iglesia latina expresa más netamente la comunión del nuevo
cristiano con su obispo, garante y servidor de la unidad de su
Iglesia, de su catolicidad y su apostolicidad, y por ello, el
vínculo con los orígenes apostólicos de la Iglesia de Cristo.
II LOS SIGNOS Y EL RITO DE LA CONFIRMACION
1293 En el rito de este sacramento conviene
considerar el signo de la unción y lo que la unción designa e
imprime: el sello espiritual.
La unción, en el simbolismo bíblico y
antiguo, posee numerosas significaciones: el aceite es signo de
abundancia (cf Dt 11,14, etc.) y de alegría (cf Sal 23,5;
104,15); purifica (unción antes y después del baño) y da
agilidad (la unción de los atletas y de los luchadores); es signo
de curación, pues suaviza las contusiones y las heridas (cf Is
1,6; Lc 10,34) y el ungido irradia belleza, santidad y fuerza.
1294 Todas estas significaciones de la unción
con aceite se encuentran en la vida sacramental. La unción antes
del Bautismo con el óleo de los catecúmenos significa
purificación y fortaleza; la unción de los enfermos expresa
curación y el consuelo. La unción del santo crisma después del
Bautismo, en la Confirmación y en la Ordenación, es el signo de
una consagración. Por la Confirmación, los cristianos, es decir,
los que son ungidos, participan más plenamente en la misión de
Jesucristo y en la plenitud del Espíritu Santo que éste posee, a
fin de que toda su vida desprenda "el buen olor de
Cristo" (cf 2 Co 2,15).
1295 Por medio de esta unción, el confirmando
recibe "la marca", el sello del Espíritu Santo. El
sello es el símbolo de la persona (cf Gn 38,18; Ct 8,9), signo de
su autoridad (cf Gn 41,42), de su propiedad sobre un objeto (cf.
Dt 32,34) -por eso se marcaba a los soldados con el sello de su
jefe y a los esclavos con el de su señor-; autentifica un acto
jurídico (cf 1 R 21,8) o un documento (cf Jr 32,10) y lo hace, si
es preciso, secreto (cf Is 29,11).
1296 Cristo mismo se declara marcado con el
sello de su Padre (cf Jn 6,27). El cristiano también está
marcado con un sello: "Y es Dios el que nos conforta
juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que
nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en
nuestros corazones" (2 Co 1,22; cf Ef 1,13; 4,30). Este sello
del Espíritu Santo, marca la pertenencia total a Cristo, la
puesta a su servicio para siempre, pero indica también la promesa
de la protección divina en la gran prueba escatológica (cf Ap
7,2-3; 9,4; Ez 9,4-6).
La celebración de la Confirmación
1297 Un momento importante que precede a la
celebración de la Confirmación, pero que, en cierta manera forma
parte de ella, es la consagración del santo crisma. Es el obispo
quien, el Jueves Santo, en el transcurso de la Misa crismal,
consagra el santo crisma para toda su Diócesis. En las Iglesias
de Oriente, esta consagración está reservada al Patriarca:
La liturgia de Antioquía expresa así la
epíclesis de la consagración del santo crisma (myron): "
(Padre...envía tu Espíritu Santo) sobre nosotros y sobre este
aceite que está delante de nosotros y conságralo, de modo que
sea para todos los que sean ungidos y marcados con él, myron
santo, myron sacerdotal, myron real, unción de alegría,
vestidura de la luz, manto de salvación, don espiritual,
santificación de las almas y de los cuerpos, dicha imperecedera,
sello indeleble, escudo de la fe y casco terrible contra todas las
obras del Adversario".
1298 Cuando la Confirmación se celebra
separadamente del Bautismo, como es el caso en el rito romano, la
liturgia del sacramento comienza con la renovación de las
promesas del Bautismo y la profesión de fe de los confirmandos.
Así aparece claramente que la Confirmación constituye una
prolongación del Bautismo (cf SC 71). Cuando es bautizado un
adulto, recibe inmediatamente la Confirmación y participa en la
Eucaristía (cf CIC can.866).
1299 En el rito romano, el obispo extiende las
manos sobre todos los confirmandos, gesto que, desde el tiempo de
los apóstoles, es el signo del don del Espíritu. Y el obispo
invoca así la efusión del Espíritu:
Dios Todopoderoso, Padre de nuestro Señor
Jesucristo, que regeneraste, por el agua y el Espíritu Santo, a
estos siervos tuyos y los libraste del pecado: escucha nuestra
oración y envía sobre ellos el Espíritu Santo Paráclito;
llénalos de espíritu de sabiduría y de inteligencia, de
espíritu de consejo y de fortaleza, de espíritu de ciencia y de
piedad; y cólmalos del espíritu de tu santo temor. Por
Jesucristo nuestro Señor.
1300 Sigue el rito esencial del sacramento. En
el rito latino, "el sacramento de la confirmación es
conferido por la unción del santo crisma en la frente, hecha
imponiendo la mano, y con estas palabras: "Recibe por esta
señal el don del Espíritu Santo" (Paulus VI, Const. Ap. Divinae
consortium naturae). En las Iglesias orientales, la unción
del myron se hace después de una oración de epíclesis,
sobre las partes más significativas del cuerpo: la frente, los
ojos, la nariz, los oídos, los labios, el pecho, la espalda, las
manos y los pies, y cada unción va acompañada de la fórmula:
"Sfragi~ dwrea~ Pneumto~ æAgiou"
("Rituale per le Chiese orientali di rito bizantino in lingua
greca, I -LEV 1954), p. 36". ("Signaculum
doni Spiritus Sancti" - "Sello del don que es el
Espíritu Santo").
1301 El beso de paz con el que concluye el rito
del sacramento significa y manifiesta la comunión eclesial con el
obispo y con todos los fieles (cf S. Hipólito, Trad. ap. 21).
III LOS EFECTOS DE LA CONFIRMACION
1302 De la celebración se deduce que el efecto
del sacramento es la efusión especial del Espíritu Santo, como
fue concedida en otro tiempo a los Apóstoles el día de
Pentecostés.
1303 Por este hecho, la Confirmación confiere
crecimiento y profundidad a la gracia bautismal:
– nos introduce más profundamente en la
filiación divina que nos hace decir "Abbá, Padre" (Rm
8,15).;
– nos une más firmemente a Cristo;
– aumenta en nosotros los dones del Espíritu
Santo;
– hace más perfecto nuestro vínculo con la
Iglesia (cf LG 11);
– nos concede una fuerza especial del
Espíritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra
y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar
valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás
vergüenza de la cruz (cf DS 1319; LG 11,12):
Recuerda, pues, que has recibido el signo
espiritual, el Espíritu de sabiduría e inteligencia, el
Espíritu de consejo y de fortaleza, el Espíritu de conocimiento
y de piedad, el Espíritu de temor santo, y guarda lo que has
recibido. Dios Padre te ha marcado con su signo, Cristo Señor te
ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del Espíritu
(S. Ambrosio, Myst. 7,42).
1304 La Confirmación, como el Bautismo del que
es la plenitud, sólo se da una vez. La Confirmación, en efecto,
imprime en el alma una marca espiritual indeleble, el
"carácter" (cf DS 1609), que es el signo de que
Jesucristo ha marcado al cristiano con el sello de su Espíritu
revistiéndolo de la fuerza de lo alto para que sea su testigo (cf
Lc 24,48-49).
1305 El "carácter" perfecciona el
sacerdocio común de los fieles, recibido en el Bautismo, y
"el confirmado recibe el poder de confesar la fe de Cristo
públicamente, y como en virtud de un cargo (quasi ex
officio)" (S. Tomás de A., s.th. 3, 72,5, ad 2).
IV QUIEN PUEDE RECIBIR ESTE SACRAMENTO
1306 Todo bautizado, aún no confirmado, puede
y debe recibir el sacramento de la Confirmación (cf CIC can. 889,
1). Puesto que Bautismo, Confirmación y Eucaristía forman una
unidad, de ahí se sigue que "los fieles tienen la
obligación de recibir este sacramento en tiempo oportuno"
(CIC, can. 890), porque sin la Confirmación y la Eucaristía el
sacramento del Bautismo es ciertamente válido y eficaz, pero la
iniciación cristiana queda incompleta.
1307 La costumbre latina, desde hace siglos,
indica "la edad del uso de razón", como punto de
referencia para recibir la Confirmación. Sin embargo, en peligro
de muerte, se debe confirmar a los niños incluso si no han
alcanzado todavía la edad del uso de razón (cf CIC can. 891;
893,3).
1308 Si a veces se habla de la Confirmación
como del "sacramento de la madurez cristiana", es
preciso, sin embargo, no confundir la edad adulta de la fe con la
edad adulta del crecimiento natural, ni olvidar que la gracia
bautismal es una gracia de elección gratuita e inmerecida que no
necesita una "ratificación" para hacerse efectiva.
Santo Tomás lo recuerda:
La edad del cuerpo no constituye un prejuicio
para el alma. Así, incluso en la infancia, el hombre puede
recibir la perfección de la edad espiritual de que habla la
Sabiduría (4,8): `la vejez honorable no es la que dan los muchos
días, no se mide por el número de los años'. Así numerosos
niños, gracias a la fuerza del Espíritu Santo que habían
recibido, lucharon valientemente y hasta la sangre por Cristo
(s.th. 3, 72,8,ad 2).
1309 La preparación para la Confirmación debe
tener como meta conducir al cristiano a una unión más íntima
con Cristo, a una familiaridad más viva con el Espíritu Santo,
su acción, sus dones y sus llamadas, a fin de poder asumir mejor
las responsabilidades apostólicas de la vida cristiana. Por ello,
la catequesis de la Confirmación se esforzará por suscitar el
sentido de la pertenencia a la Iglesia de Jesucristo, tanto a la
Iglesia universal como a la comunidad parroquial. Esta última
tiene una responsabilidad particular en la preparación de los
confirmandos (cf OCf, Praenotanda 3).
1310 Para recibir la Confirmación es preciso
hallarse en estado de gracia. Conviene recurrir al sacramento de
la Penitencia para ser purificado en atención al don del
Espíritu Santo. Hay que prepararse con una oración más intensa
para recibir con docilidad y disponibilidad la fuerza y las
gracias del Espíritu Santo (cf Hch 1,14).
1311 Para la Confirmación, como para el
Bautismo, conviene que los candidatos busquen la ayuda espiritual
de un padrino o de una madrina. Conviene que sea el mismo que para
el Bautismo a fin de subrayar la unidad entre los dos sacramentos
(cf OCf, Praenotanda 5.6; CIC can. 893, 1.2).
V EL MINISTRO DE LA CONFIRMACION
1312 El ministro originario de la Confirmación
es el obispo (LG 26).
En Oriente es ordinariamente el presbítero que
bautiza quien da también inmediatamente la Confirmación en una
sola celebración. Sin embargo, lo hace con el santo crisma
consagrado por el patriarca o el obispo, lo cual expresa la unidad
apostólica de la Iglesia cuyos vínculos son reforzados por el
sacramento de la Confirmación. En la Iglesia latina se aplica la
misma disciplina en los bautismos de adultos y cuando es admitido
a la plena comunión con la Iglesia un bautizado de otra comunidad
cristiana que no ha recibido válidamente el sacramento de la
Confirmación (cf CIC can 883,2).
1313 En el rito latino, el ministro
ordinario de la Conformación es el obispo (CIC can. 882). Aunque
el obispo puede, en caso de necesidad, conceder a presbíteros la
facultad de administrar el sacramento de la Confirmación (CIC
can. 884,2), conviene que lo confiera él mismo, sin olvidar que
por esta razón la celebración de la Confirmación fue
temporalmente separada del Bautismo. Los obispos son los sucesores
de los apóstoles y han recibido la plenitud del sacramento del
orden. Por esta razón, la administración de este sacramento por
ellos mismos pone de relieve que la Confirmación tiene como
efecto unir a los que la reciben más estrechamente a la Iglesia,
a sus orígenes apostólicos y a su misión de dar testimonio de
Cristo.
1314 Si un cristiano está en peligro de
muerte, cualquier presbítero puede darle la Confirmación (cf CIC
can. 883,3). En efecto, la Iglesia quiere que ninguno de sus
hijos, incluso en la más tierna edad, salga de este mundo sin
haber sido perfeccionado por el Espíritu Santo con el don de la
plenitud de Cristo.
RESUMEN
1315 "Al enterarse los apóstoles que
estaban en Jerusalén de que Samaría había aceptado la Palabra
de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por
ellos para que recibieran el Espíritu Santo; pues todavía no
había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido
bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían
las manos y recibían el Espíritu Santo" (Hch 8,14-17).
1316 La Confirmación perfecciona la gracia
bautismal; es el sacramento que da el Espíritu Santo para
enraizarnos más profundamente en la filiación divina,
incorporarnos más firmemente a Cristo, hacer más sólido nuestro
vínculo con la Iglesia, asociarnos todavía más a su misión y
ayudarnos a dar testimonio de la fe cristiana por la palabra
acompañada de las obras.
1317 La Confirmación, como el Bautismo,
imprime en el alma del cristiano un signo espiritual o carácter
indeleble; por eso este sacramento sólo se puede recibir una vez
en la vida.
1318 En Oriente, este sacramento es
administrado inmediatamente después del Bautismo y es seguido de
la participación en la Eucaristía, tradición que pone de
relieve la unidad de los tres sacramentos de la iniciación
cristiana. En la Iglesia latina se administra este sacramento
cuando se ha alcanzado el uso de razón, y su celebración se
reserva ordinariamente al obispo, significando así que este
sacramento robustece el vínculo eclesial.
1319 El candidato a la Confirmación que ya ha
alcanzado el uso de razón debe profesar la fe, estar en estado de
gracia, tener la intención de recibir el sacramento y estar
preparado para asumir su papel de discípulo y de testigo de
Cristo, en la comunidad eclesial y en los asuntos temporales.
El rito esencial de la Confirmación es la
unción con el Santo Crisma en la frente del bautizado (y en
Oriente, también en los otros órganos de los sentidos), con la
imposición de la mano del ministro y las palabras: "Accipe
signaculum doni Spiritus Sancti" ("Recibe por esta
señal el don del Espíritu Santo"), en el rito romano;
"Signaculum doni Spiritus Sancti" ("Sello del don
del Espíritu Santo"), en el rito bizantino.
Cuando la Confirmación se celebra
separadamente del Bautismo, su conexión con el Bautismo se
expresa entre otras cosas por la renovación de los compromisos
bautismales. La celebración de la Confirmación dentro de la
Eucaristía contribuye a subrayar la unidad de los sacramentos de
la iniciación cristiana.
Artículo 3 EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTIA
1322 La Sagrada Eucaristía culmina la
iniciación cristiana. Los que han sido elevados a la dignidad del
sacerdocio real por el Bautismo y configurados más profundamente
con Cristo por la Confirmación, participan por medio de la
Eucaristía con toda la comunidad en el sacrificio mismo del
Señor.
1323 "Nuestro Salvador, en la última
Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio
eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los
siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a
su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y
resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de
amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se
llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura"
(SC 47).
I LA EUCARISTIA - FUENTE Y CUMBRE DE LA VIDA
ECLESIAL
1324 La Eucaristía es "fuente y cima de
toda la vida cristiana" (LG 11). "Los demás
sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las
obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se
ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien
espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra
Pascua" (PO 5).
1325 "La Eucaristía significa y realiza
la comunión de vida con Dios y la unidad del Pueblo de Dios por
las que la Igle sia es ella misma. En ella se encuentra a la vez
la cumbre de la acción por la que, en Cristo, Dios santifica al
mundo, y del culto que en el Espíritu Santo los hombres dan a
Cristo y por él al Padre" (CdR, inst. "Eucharisticum
mysterium" 6).
1326 Finalmente, la celebración eucarística
nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna
cuando Dios será todo en todos (cf 1 Co 15,28).
1327 En resumen, la Eucaristía es el compendio
y la suma de nuestra fe: "Nuestra manera de pensar armoniza
con la Eucaristía, y a su vez la Eucaristía confirma nuestra
manera de pensar" (S. Ireneo, haer. 4, 18, 5).
II EL NOMBRE DE ESTE SACRAMENTO
1328 La riqueza inagotable de este sacramento
se expresa mediante los distintos nombres que se le da. Cada uno
de estos nombres evoca alguno de sus aspectos. Se le llama:
–Eucaristía porque es acción de gracias a
Dios. Las palabras "eucharistein" (Lc 22,19; 1 Co 11,24)
y "eulogein" (Mt 26,26; Mc 14,22) recuerdan las
bendiciones judías que proclaman -sobre todo durante la comida-
las obras de Dios: la creación, la redención y la
santificación.
1329 –Banquete del Señor (cf 1 Co 11,20)
porque se trata de la Cena que el Señor celebró con sus
discípulos la víspera de su pasión y de la anticipación del
banquete de bodas del Cordero (cf Ap 19,9) en la Jerusalén
celestial.
–Fracción del pan porque este rito, propio
del banquete judío, fue utilizado por Jesús cuando bendecía y
distribuía el pan como cabeza de familia (cf Mt 14,19; 15,36; Mc
8,6.19), sobre todo en la última Cena (cf Mt 26,26; 1 Co 11,24).
En este gesto los discípulos lo reconocerán después de su
resurrección (Lc 24,13-35), y con esta expresión los primeros
cristianos designaron sus asambleas eucarísticas (cf Hch 2,42.46;
20,7.11). Con él se quiere significar que todos los que comen de
este único pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con
él y forman un solo cuerpo en él (cf 1 Co 10,16-17).
–Asamblea eucarística (synaxis), porque la
Eucaristía es celebrada en la asamblea de los fieles, expresión
visibl e de la Iglesia (cf 1 Co 11,17-34).
1330 –Memorial de la pasión y de la
resurrección del Señor.
– Santo Sacrificio, porque actualiza el
único sacrificio de Cristo Salvador e incluye la ofrenda de la
Iglesia; o también santo sacrificio de la misa, "sacrificio
de alabanza" (Hch 13,15; cf Sal 116, 13.17), sacrificio
espiritual (cf 1 P 2,5), sacrificio puro (cf Ml 1,11) y santo,
puesto que completa y supera todos los sacrificios de la Antigua
Alianza.
– Santa y divina Liturgia, porque toda la
liturgia de la Iglesia encuentra su centro y su expresión más
densa en la celebración de este sacramento; en el mismo sentido
se la llama también celebración de los santos misterios. Se
habla también del Santísimo Sacramento porque es el Sacramento
de los Sacramentos. Con este nombre se designan las especies
eucarísticas guardadas en el sagrario.
1331 – Comunión, porque por este sacramento
nos unimos a Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su
Sangre para formar un solo cuerpo (cf 1 Co 10,16-17); se la llama
también las cosas santas [ta hagia; sancta] (Const. Apost. 8, 13,
12; Didaché 9,5; 10,6) -es el sentido primero de la comunión de
los santos de que habla el Símbolo de los Apóstoles-, pan de los
ángeles, pan del cielo, medicina de inmortalidad (S. Ignacio de
Ant. Eph 20,2), viático...
1332 – Santa Misa porque la liturgia en la
que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío
de los fieles (missio) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en
su vida cotidiana.
III LA EUCARISTIA EN LA ECONOMIA DE LA
SALVACION
Los signos del pan y del vino
1333 En el corazón de la celebración de la
Eucaristía se encuentran el pan y el vino que, por las palabras
de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten
en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Fiel a la orden del Señor, la
Iglesia continúa haciendo, en memoria de él, hasta su retorno
glorioso, lo que él hizo la víspera de su pasión: "Tomó
pan...", "tomó el cáliz lleno de vino...". Al
convertirse misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo,
los signos del pan y del vino siguen significando también la
bondad de la creación. Así, en el ofertorio, damos gracias al
Creador por el pan y el vino (cf Sal 104,13-15), fruto "del
trabajo del hombre", pero antes, "fruto de la
tierra" y "de la vid", dones del Creador. La
Iglesia ve en en el gesto de Melquisedec, rey y sacerdote, que
"ofreció pan y vino" (Gn 14,18) una prefiguración de
su propia ofrenda (cf MR, Canon Romano 95).
1334 En la Antigua Alianza, el pan y el vino
eran ofrecidos como sacrificio entre las primicias de la tierra en
señal de reconocimiento al Creador. Pero reciben también una
nueva significación en el contexto del Exodo: los panes ácimos
que Israel come cada año en la Pascua conmemoran la salida
apresurada y liberadora de Egipto. El recuerdo del maná del
desierto sugerirá siempre a Israel que vive del pan de la Palabra
de Dios (Dt 8,3). Finalmente, el pan de cada día es el fruto de
la Tierra prometida, prenda de la fidelidad de Dios a sus
promesas. El "cáliz de bendición" (1 Co 10,16), al
final del banquete pascual de los judíos, añade a la alegría
festiva del vino una dimensión escatológica, la de la espera
mesiánica del restablecimiento de Jerusalén. Jesús instituyó
su Eucaristía dando un sentido nuevo y definitivo a la bendición
del pan y del cáliz.
1335 Los milagros de la multiplicación de los
panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó
los panes por medio de sus discípulos para alimentar la multitud,
prefiguran la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía
(cf. Mt 14,13-21; 15, 32-29). El signo del agua convertida en vino
en Caná (cf Jn 2,11) anuncia ya la Hora de la glorificación de
Jesús. Manifiesta el cumplimiento del banquete de las bodas en el
Reino del Padre, donde los fieles beberán el vino nuevo (cf Mc
14,25) convertido en Sangre de Cristo.
1336 El primer anuncio de la Eucaristía
dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los
escandalizó: "Es duro este lenguaje, ¿quién puede
escucharlo?" (Jn 6,60). La Eucaristía y la cruz son piedras
de tropiezo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión de
división. "¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn
6,67): esta pregunta del Señor, resuena a través de las edades,
invitación de su amor a descubrir que sólo él tiene
"palabras de vida eterna" (Jn 6,68), y que acoger en la
fe el don de su Eucaristía es acogerlo a él mismo.
La institución de la Eucaristía
1337 El Señor, habiendo amado a los suyos, los
amó hasta el fin. Sabiendo que había llegado la hora de partir
de este mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una
cena, les lavó los pies y les dio el mandamiento del amor (Jn
13,1-17). Para dejarles una prenda de este amor, para no alejarse
nunca de los suyos y hacerles partícipes de su Pascua, instituyó
la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección y
ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno,
"constituyéndoles entonces sacerdotes del Nuevo
Testamento" (Cc. de Trento: DS 1740).
1338 Los tres evangelios sinópticos y S. Pablo
nos han tran smitido el relato de la institución de la
Eucaristía; por su parte, S. Juan relata las palabras de Jesús
en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que preparan la
institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como
el pan de vida, bajado del cielo (cf Jn 6).
1339 Jesús escogió el tiempo de la Pascua
para realizar lo que había anunciado en Cafarnaúm: dar a sus
discípulos su Cuerpo y su Sangre:
Llegó el día de los Azimos, en el que se
había de inmolar el cordero de Pascua; (Jesús) envió a Pedro y
a Juan, diciendo: `Id y preparadnos la Pascua para que la
comamos'...fueron... y prepararon la Pascua. Llegada la hora, se
puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: `Con ansia he
deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os
digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en
el Reino de Dios'...Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo
dio diciendo: `Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por
vosotros; haced esto en recuerdo mío'. De igual modo, después de
cenar, el cáliz, diciendo: `Este cáliz es la Nueva Alianza en mi
sangre, que va a ser derramada por vosotros' (Lc 22,7-20; cf Mt
26,17-29; Mc 14,12-25; 1 Co 11,23-26).
1340 Al celebrar la última Cena con sus
apóstoles en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio su
sentido definitivo a la pascua judía. En efecto, el paso de
Jesús a su Padre por su muerte y su resurrección, la Pascua
nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía que
da cumplimiento a la pascua judía y anticipa la pascua final de
la Iglesia en la gloria del Reino.
"Haced esto en memoria mía"
1341 El mandamiento de Jesús de repetir sus
gestos y sus palabras "hasta que venga" (1 Co 11,26), no
exige solamente acordarse de Jesús y de lo que hizo. Requiere la
celebración litúrgica por los apóstoles y sus sucesores del
memorial de Cristo, de su vida, de su muerte, de su resurrección
y de su intercesión junto al Padre.
1342 Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la
orden del Señor. De la Iglesia de Jerusalén se dice:
Acudían asiduamente a la enseñanza de los
apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan
y a las oraciones...Acudían al Templo todos los días con
perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las
casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de
corazón (Hch 2,42.46).
1343 Era sobre todo "el primer día de la
semana", es decir, el domingo, el día de la resurrección de
Jesús, cuando los cristianos se reunían para "partir el
pan" (Hch 20,7). Desde entonces hasta nuestros días la
celebración de la Eucaristía se ha perpetuado, de suerte que hoy
la encontramos por todas partes en la Iglesia, con la misma
estructura fundamental. Sigue siendo el centro de la vida de la
Iglesia.
1344 Así, de celebración en celebración,
anunciando el misterio pascual de Jesús "hasta que
venga" (1 Co 11,26), el pueblo de Dios peregrinante
"camina por la senda estrecha de la cruz" (AG 1) hacia
el banquete celestial, donde todos los elegidos se sentarán a la
mesa del Reino.
IV LA CELEBRACION LITURGICA DE LA EUCARISTIA
La misa de todos los siglos
1345 Desde el siglo II, según el testimonio de
S. Justino mártir, tenemos las grandes líneas del desarrollo de
la celebración eucarística. Estas han permanecido invariables
hasta nuestros días a través de la diversidad de tradiciones
rituales litúrgicas. He aquí lo que el santo escribe, hacia el
año 155, para explicar al emperador pagano Antonino Pío
(138-161) lo que hacen los cristianos:
El día que se llama día del sol tiene lugar
la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la
ciudad o en el campo.
Se leen las memorias de los Apóstoles y los
escritos de los profetas, tanto tiempo como es posible.
Cuando el lector ha terminado, el que preside
toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan
bellas cosas.
Luego nos levantamos todos juntos y oramos por
nosotros...y por todos los demás donde quiera que estén a fin de
que seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones y
seamos fieles a los mandamientos para alcanzar así la salvación
eterna.
Cuando termina esta oración nos besamos unos a
otros:
Luego se lleva al que preside a los hermanos
pan y una copa de agua y de vino mezclados.
El presidente los toma y eleva alabanza y
gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del
Espíritu Santo y da gracias (en griego: eucharistian) largamente
porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones.
Cuando terminan las oraciones y las acciones de
gracias todo el pueblo presente pronuncia una aclamación
diciendo: Amén.
Cuando el que preside ha hecho la acción de
gracias y el pueblo le ha respondido, los que entre nosotros se
llaman diáconos distribuyen a todos los que están presentes pan,
vino y agua "eucaristizados" y los llevan a los ausentes
(S. Justino, apol. 1, 65; 67).
1346 La liturgia de la Eucaristía se
desarrolla conforme a una estructura fundamental que se ha
conservado a través de los siglos hasta nosotros. Comprende dos
grandes momentos que forman una unidad básica:
– La reunión, la liturgia de la Palabra, con
las lecturas, la homilía y la oración universal;
– la liturgia eucarística, con la
presentación del pan y del vino, la acción de gracias
consecratoria y la comunión.
Liturgia de la Palabra y Liturgia eucarística
constituyen juntas "un solo acto de culto" (SC 56); en
efecto, la mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la
vez la de la Palabra de Dios y la del Cuerpo del Señor (cf. DV
21).
1347 He aquí el mismo dinamismo del banquete
pascual de Jesús resucitado con sus discípulos: en el camino les
explicaba las Escrituras, luego, sentándose a la mesa con ellos,
"tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo
dio" (cf Lc 24,13-35).
El desarrollo de la celebración
1348 Todos se reúnen. Los cristianos acuden a
un mismo lugar para la asamblea eucarística. A su cabeza está
Cristo mismo que es el actor principal de la Eucaristía. El es
sumo sacerdote de la Nueva Alianza. El mismo es quien preside
invisiblemente toda celebración eucarística. Como representante
suyo, el obispo o el presbítero (actuando "in persona
Christi capitis") preside la asamblea, toma la palabra
después de las lecturas, recibe las ofrendas y dice la plegaria
eucarística. Todos tienen parte activa en la celebración, cada
uno a su manera: los lectores, los que presentan las ofrendas, los
que dan la comunión, y el pueblo entero cuyo "Amén"
manifiesta su participación.
1349 La liturgia de la Palabra comprende
"los escritos de los profetas", es decir, el Antiguo
Testamento, y "las memorias de los apóstoles", es decir
sus cartas y los Evangelios; después la homilía que exhorta a
acoger esta palabra como lo que es verdaderamente, Palabra de Dios
(cf 1 Ts 2,13), y a ponerla en práctica; vienen luego las
intercesiones por todos los hombres, según la palabra del
Apóstol: "Ante todo, recomiendo que se hagan plegarias,
oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres;
por los reyes y por todos los constituidos en autoridad" (1
Tm 2,1-2).
1350 La presentación de las ofrendas (el
ofertorio): entonces se lleva al altar, a veces en procesión, el
pan y el vino que serán ofrecidos por el sacerdote en nombre de
Cristo en el sacrificio eucarístico en el que se convertirán en
su Cuerpo y en su Sangre. Es la acción misma de Cristo en la
última Cena, "tomando pan y una copa". "Sólo la
Iglesia presenta esta oblación, pura, al Creador, ofreciéndole
con acción de gracias lo que proviene de su creación" (S.
Ireneo, haer. 4, 18, 4; cf. Ml 1,11). La presentación de las
ofrendas en el altar hace suyo el gesto de Melquisedec y pone los
dones del Creador en las manos de Cristo. El es quien, en su
sacrificio, lleva a la perfección todos los intentos humanos de
ofrecer sacrificios.
1351 Desde el principio, junto con el pan y el
vino para la Eucaristía, los cristianos presentan también sus
dones para compartirlos con los que tienen necesidad. Esta
costumbre de la colecta (cf 1 Co 16,1), siempre actual, se inspira
en el ejemplo de Cristo que se hizo pobre para enriquecernos (cf 2
Co 8,9):
Los que son ricos y lo desean, cada uno según
lo que se ha impuesto; lo que es recogido es entregado al que
preside, y él atiende a los huérfanos y viudas, a los que la
enfermedad u otra causa priva de recursos, los presos, los
inmigrantes y, en una palabra, socorre a todos los que están en
necesidad (S. Justino, apol. 1, 67,6).
1352 La Anáfora: Con la plegaria eucarística,
oración de acción de gracias y de consagración llegamos al
corazón y a la cumbre de la celebración:
– En el prefacio, la Iglesia da gracias al
Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, por todas sus obras ,
por la creación, la redención y la santificación. Toda la
asamblea se une entonces a la alabanza incesante que la Iglesia
celestial, los ángeles y todos los santos, cantan al Dios tres
veces santo;
1353 – En la epíclesis, la Iglesia pide al
Padre que envíe su Espíritu Santo (o el poder de su bendición
(cf MR, canon romano, 90) sobre el pan y el vino, para que se
conviertan por su poder, en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, y
que quienes toman parte en la Eucaristía sean un solo cuerpo y un
solo espíritu (algunas tradiciones litúrgicas colocan la
epíclesis después de la anámnesis);
– en el relato de la institución, la fuerza
de las palabras y de la acción de Cristo y el poder del Espíritu
Santo hacen sacramentalmente presentes bajo las especies de pan y
de vino su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido en la cruz
de una vez para siempre;
1354 – en la anámnesis que sigue, la Iglesia
hace memoria de la pasión, de la resurrección y del retorno
glorioso de Cristo Jesús; presenta al Padre la ofrenda de su Hijo
que nos reconcilia con él;
– en las intercesiones, la Iglesia expresa
que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia del
cielo y de la tierra, de los vivos y de los difuntos, y en
comunión con los pastores de la Iglesia, el Papa, el obispo de la
diócesis, su presbiterio y sus diáconos y todos los obispos del
mundo entero con sus iglesias.
1355 En la comunión, precedida por la oración
del Señor y de la fracción del pan, los fieles reciben "el
pan del cielo" y "el cáliz de la salvación", el
Cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó "para la vida
del mundo" (Jn 6,51):
Porque este pan y este vino han sido, según la
expresión antigua "eucaristizados", "llamamos a
este alimento Eucaristía y nadie puede tomar parte en él si no
cree en la verdad de lo que se enseña entre nosotros, si no ha
recibido el baño para el perdón de los pecados y el nuevo
nacimiento, y si no vive según los preceptos de Cristo" (S.
Justino, apol. 1, 66,1-2).
V EL SACRIFICIO SACRAMENTAL: ACCION DE GRACIAS,
MEMORIAL, PRESENCIA.
1356 Si los cristianos celebran la Eucaristía
desde los orígenes, y de forma que, en su substancia, no ha
cambiado a través de la gran diversidad de épocas y de
liturgias, sucede porque sabemos que estamos sujetos al mandato
del Señor, dado la víspera de su pasión: "haced esto en
memoria mía" (1 Co 11,24-25).
1357 Cumplimos este mandato del Señor
celebrando el memorial de su sacrificio. Al hacerlo, ofrecemos al
Padre lo que él mismo nos ha dado: los dones de su Creación, el
pan y el vino, convertidos por el poder del Espíritu Santo y las
palabras de Cristo, en el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo:
Así Cristo se hace real y misteriosamente presente
1358 Por tanto, debemos considerar la
Eucaristía
– como acción de gracias y alabanza al Padre
– como memorial del sacrificio de Cristo y de
su Cuerpo,
– como presencia de Cristo por el poder de su
Palabra y de su Espíritu.
La acción de gracias y la alabanza al Padre
1359 La Eucaristía, sacramento de nuestra
salvación realizada por Cristo en la cruz, es también un
sacrificio de alabanza en acción de gracias por la obra de la
creación. En el sacrificio eucarístico, toda la creación amada
por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y
resurrección de Cristo. Por Cristo, la Iglesia puede ofrecer el
sacrificio de alabanza en acción de gracias por todo lo que Dios
ha hecho de bueno, de bello y de justo en la creación y en la
humanidad.
1360 La Eucaristía es un sacrificio de acción
de gracias al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa
su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que
ha realizado mediante la creación, la redención y la
santificación. "Eucaristía" significa, ante todo,
acción de gracias.
1361 La Eucaristía es también el sacrificio
de alabanza por medio del cual la Iglesia canta la gloria de Dios
en nombre de toda la creación. Este sacrificio de alabanza sólo
es posible a través de Cristo: él une los fieles a su persona, a
su alabanza y a su intercesión, de manera que el sacrificio de
alabanza al Padre es ofrecido por Cristo y con Cristo para ser
aceptado en él.
El memorial sacrificial de Cristo y de su
Cuerpo, que es la Iglesia
1362 La Eucaristía es el memorial de la Pascua
de Cristo, la actualización y la ofrenda sacramental de su único
sacrificio, en la liturgia de la Iglesia que es su Cuerpo. En
todas las plegarias eucarísticas encontramos, tras las palabras
de la institución, una oración llamada anámnesis o memorial.
1363 En el sentido empleado por la Sagrada
Escritura, el memorial no es solamente el recuerdo de los
acontecimientos del pasado, sino la proclamación de las
maravillas que Dios ha realizado en favor de los hombres (cf Ex
13,3). En la celebración litúrgica, estos acontecimientos se
hacen, en cierta forma, presentes y actuales. De esta manera
Israel entiende su liberación de Egipto: cada vez que es
celebrada la pascua, los acontecimientos del Exodo se hacen
presentes a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su
vida a estos acontecimientos.
1364 El memorial recibe un sentido nuevo en el
Nuevo Testamento. Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace
memoria de la Pascua de Cristo y esta se hace presente: el
sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz,
permanece siempre actual (cf Hb 7,25-27): "Cuantas veces se
renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo,
nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra
redención" (LG 3).
1365 Por ser memorial de la Pascua de Cristo,
la Eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial
de la Eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la
institución: "Esto es mi Cuerpo que será entregado por
vosotros" y "Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre,
que será derramada por vosotros" (Lc 22,19-20). En la
Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros entregó
en la cruz, y la sangre misma que "derramó por muchos para
remisión de los pecados" (Mt 26,28).
1366 La Eucaristía es, pues, un sacrificio
porque representa (= hace presente) el sacrificio de la cruz,
porque es su memorial y aplica su fruto:
(Cristo), nuestro Dios y Señor, se ofreció a
Dios Padre una vez por todas, muriendo como intercesor sobre el
altar de la cruz, a fin de realizar para ellos (los hombres) una
redención eterna. Sin embargo, como su muerte no debía poner fin
a su sacerdocio (Hb 7,24.27), en la última Cena, "la noche
en que fue entregado" (1 Co 11,23), quiso dejar a la Iglesia,
su esposa amada, un sacrificio visible (como lo reclama la
naturaleza humana), donde sería representado el sacrificio
sangriento que iba a realizarse una única vez en la cruz cuya
memoria se perpetuaría hasta el fin de los siglos (1 Co 11,23) y
cuya virtud saludable se aplicaría a la redención de los pecados
que cometemos cada día (Cc. de Trento: DS 1740).
1367 El sacrificio de Cristo y el sacrificio de
la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: "Es una y la
misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de los
sacerdotes, que se ofreció a si misma entonces sobre la cruz.
Sólo difiere la manera de ofrecer": (CONCILIUM TRIDENTINUM,
Sess. 22a., Doctrina de ss. Missae sacrificio, c. 2: DS 1743)
"Y puesto que en este divino sacrificio que se realiza en la
Misa, se contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en
el altar de la cruz "se ofreció a sí mismo una vez de modo
cruento"; …este sacrificio [es] verdaderamente
propiciatorio" (Ibid).
1368 La Eucaristía es igualmente el sacrificio
de la Iglesia. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa
en la ofrenda de su Cabeza. Con él, ella se ofrece totalmente. Se
une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres. En la
Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de
los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su
sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a
su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio
de Cristo, presente sobre el altar, da a todas alas generaciones
de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda.
En las catacumbas, la Iglesia es con frecuencia
representada como una mujer en oración, los brazos extendidos en
actitud de orante. Como Cristo que extendió los brazos sobre la
cruz, por él, con él y en él, la Iglesia se ofrece e intercede
por todos los hombres.
1369 Toda la Iglesia se une a la ofrenda y a la
intercesión de Cristo. Encargado del ministerio de Pedro en la
Iglesia, el Papa es asociado a toda celebración de la Eucaristía
en la que es nombrado como signo y servidor de la unidad de la
Iglesia universal. El obispo del lugar es siempre responsable de
la Eucaristía, incluso cuando es presidida por un presbítero; el
nombre del obispo se pronuncia en ella para significar su
presidencia de la Iglesia particular en medio del presbiterio y
con la asistencia de los diáconos. La comunidad intercede
también por todos los ministros que, por ella y con ella, ofrecen
el sacrificio eucarístico:
Que sólo sea considerada como legítima la
eucaristía que se hace bajo la presidencia del obispo o de quien
él ha señalado para ello (S. Ignacio de Antioquía, Smyrn. 8,1).
Por medio del ministerio de los presbíteros,
se realiza a la perfección el sacrificio espiritual de los fieles
en unión con el sacrificio de Cristo, único Mediador. Este, en
nombre de toda la Iglesia, por manos de los presbíteros, se
ofrece incruenta y sacramentalmente en la Eucaristía, hasta que
el Señor venga (PO 2).
1370 A la ofrenda de Cristo se unen no sólo
los miembros que están todavía aquí abajo, sino también los
que están ya en la gloria del cielo: La Iglesia ofrece el
sacrificio eucarístico en comunión con la santísima Virgen
María y haciendo memoria de ella así como de todos los santos y
santas. En la Eucaristía, la Iglesia, con María, está como al
pie de la cruz, unida a la ofrenda y a la intercesión de Cristo.
1371 El sacrificio eucarístico es también
ofrecido por los fieles difuntos "que han muerto en Cristo y
todavía no están plenamente purificados" (Cc. de Trento: DS
1743), para que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo:
Enterrad este cuerpo en cualquier parte; no os
preocupe más su cuidado; solamente os ruego que, dondequiera que
os hallareis, os acordéis de mi ante el altar del Señor (S.
Mónica, antes de su muerte, a S. Agustín y su hermano; Conf.
9,9,27).
A continuación oramos (en la anáfora) por los
santos padres y obispos difuntos, y en general por todos los que
han muerto antes que nosotros, creyendo que será de gran provecho
para las almas, en favor de las cuales es ofrecida la súplica,
mientras se halla presente la santa y adorable
víctima...Presentando a Dios nuestras súplicas por los que han
muerto, aunque fuesen pecadores,... presentamos a Cristo inmolado
por nuestros pecados, haciendo propicio para ellos y para nosotros
al Dios amigo de los hombres (s. Cirilo de Jerusalén, Cateq.
mist. 5, 9.10).
1372 S. Agustín ha resumido admirablemente
esta doctrina que nos impulsa a una participación cada vez más
completa en el sacrificio de nuestro Redentor que celebramos en la
Eucaristía:
Esta ciudad plenamente rescatada, es decir, la
asamblea y la sociedad de los santos, es ofrecida a Dios como un
sacrificio universal por el Sumo Sacerdote que, bajo la forma de
esclavo, llegó a ofrecerse por nosotros en su pasión, para hacer
de nosotros el cuerpo de una tan gran Cabeza...Tal es el
sacrificio de los cristianos: "siendo muchos, no formamos
más que un sólo cuerpo en Cristo" (Rm 12,5). Y este
sacrificio, la Iglesia no cesa de reproducirlo en el Sacramento
del altar bien conocido de los fieles, donde se muestra que en lo
que ella ofrece se ofrece a sí misma (civ. 10,6).
La presencia de Cristo por el poder de su
Palabra y del Espíritu Santo
1373 "Cristo Jesús que murió, resucitó,
que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros" (Rm
8,34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia (cf LG
48): en su Palabra, en la oración de su Iglesia, "allí
donde dos o tres estén reunidos en mi nombre" (Mt 18,20), en
los pobres, los enfermos, los presos (Mt 25,31-46), en los
sacramentos de los que él es autor, en el sacrificio de la misa y
en la persona del ministro. Pero, "sobre todo, (está
presente) bajo las especies eucarísticas" (SC 7).
1374 El modo de presencia de Cristo bajo las
especies eucarísticas es singular. Eleva la eucaristía por
encima de todos los sacramentos y hace de ella "como la
perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos
los sacramentos" (S. Tomás de A., s.th. 3, 73, 3). En el
santísimo sacramento de la Eucaristía están "contenidos
verdadera, real y substancialmente" el Cuerpo y la Sangre
junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y,
por consiguiente, Cristo entero" (Cc. de Trento: DS 1651).
"Esta presencia se denomina `real', no a título exclusivo,
como si las otras presencias no fuesen `reales', sino por
excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y
hombre, se hace totalmente presente" (MF 39).
1375 Mediante la conversión del pan y del vino
en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento.
Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia
en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del
Espíritu Santo para obrar esta conversión. Así, S. Juan
Crisóstomo declara que:
No es el hombre quien hace que las cosas
ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo
mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de
Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia
provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra
transforma las cosas ofrecidas (Prod. Jud. 1,6).
Y S. Ambrosio dice respecto a esta conversión:
Estemos bien persuadidos de que esto no es lo
que la naturaleza ha producido, sino lo que la bendición ha
consagrado, y de que la fuerza de la bendición supera a la de la
naturaleza, porque por la bendición la naturaleza misma resulta
cambiada...La palabra de Cristo, que pudo hacer de la nada lo que
no existía, ¿no podría cambiar las cosas existentes en lo que
no eran todavía? Porque no es menos dar a las cosas su naturaleza
primera que cambiársela (myst. 9,50.52).
1376 El Concilio de Trento resume la fe
católica cuando afirma: "Porque Cristo, nuestro Redentor,
dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente
su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción,
que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del
pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en
la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la
substancia del vino en la substancia de su sangre; la Iglesia
católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio
transubstanciación" (DS 1642).
1377 La presencia eucarística de Cristo
comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo
que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero
presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de
sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo
(cf Cc. de Trento: DS 1641).
1378 El culto de la Eucaristía. En la liturgia
de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo
bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras,
arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de
adoración al Señor. "La Iglesia católica ha dado y
continua dando este culto de adoración que se debe al sacramento
de la Eucaristía no solamente durante la misa, sino también
fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las
hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las
veneren con solemnidad, llevándolas en procesión" (MF 56).
1379 El Sagrario (tabernáculo) estaba
primeramente destinado a guardar dignamente la Eucaristía para
que pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de la
misa. Por la profundización de la fe en la presencia real de
Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido
de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies
eucarísticas. Por eso, el sagrario debe estar colocado en un
lugar particularmente digno de la iglesia; debe estar construido
de tal forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia
real de Cristo en el santo sacramento.
1380 Es grandemente admirable que Cristo haya
querido hacerse presente en su Iglesia de esta singular manera.
Puesto que Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible,
quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse
en la cruz por muestra salvación, quiso que tuviéramos el
memorial del amor con que nos había amado "hasta el
fin" (Jn 13,1), hasta el don de su vida. En efecto, en su
presencia eucarística permanece misteriosamente en medio de
nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros (cf Ga
2,20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican este
amor:
La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad
del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del
amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la
adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar
las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra
adoración. (Juan Pablo II, lit. Dominicae Cenae, 3).
1381 "La presencia del verdadero Cuerpo de
Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, `no
se conoce por los sentidos, dice S. Tomás, sino solo por la fe ,
la cual se apoya en la autoridad de Dios'. Por ello, comentando el
texto de S. Lucas 22,19: `Esto es mi Cuerpo que será entregado
por vosotros', S. Cirilo declara: `No te preguntes si esto es
verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Señor,
porque él, que es la Verdad, no miente" (S. Tomás de
Aquino, s.th. 3,75,1, citado por Pablo VI, MF 18):
Adoro te devote, latens Deitas,
Quae sub his figuris vere latitas:
Tibi se cor meum totum subjicit,
Quia te contemplans totum deficit.
Visus, gustus, tactus in te fallitur,
Sed auditu solo tuto creditur:
Credo quidquod dixit Dei Filius:
Nil hoc Veritatis verbo verius.
(Adórote devotamente, oculta Deidad,
que bajo estas sagradas especies te ocultas
verdaderamente:
A ti mi corazón totalmente se somete,
pues al contemplarte, se siente desfallecer por
completo.
La vista, el tacto, el gusto, son aquí
falaces;
sólo con el oído se llega a tener fe segura.
Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios,
nada más verdadero que esta palabra de
Verdad.)
VI EL BANQUETE PASCUAL
1382 La misa es, a la vez e inseparablemente,
el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la
cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la
Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio
eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de
los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es
recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros.
1383 El altar, en torno al cual la Iglesia se
reúne en la celebración de la Eucaristía, representa los dos
aspectos de un mismo misterio: el altar del sacrificio y la mesa
del Señor, y esto, tanto más cuanto que el altar cristiano es el
símbolo de Cristo mismo, presente en medio de la asamblea de sus
fieles, a la vez como la víctima ofrecida por nuestra
reconciliación y como alimento celestial que se nos da.
"¿Qué es, en efecto, el altar de Cristo sino la imagen del
Cuerpo de Cristo?", dice S. Ambrosio (sacr. 5,7), y en otro
lugar: "El altar representa el Cuerpo (de Cristo), y el
Cuerpo de Cristo está sobre el altar" (sacr. 4,7). La
liturgia expresa esta unidad del sacrificio y de la comunión en
numerosas oraciones. Así, la Iglesia de Roma ora en su anáfora:
Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso, que
esta ofrenda sea llevada a tu presencia hasta el altar del cielo,
por manos de tu ángel, para que cuantos recibimos el Cuerpo y la
Sangre de tu Hijo, al participar aquí de este altar, seamos
colmados de gracia y bendición.
“Tomad y comed todos de él”: la comunión
1384 El Señor nos dirige una invitación
urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: "En
verdad en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del
hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en
vosotros" (Jn 6,53).
1385 Para responder a esta invitación, debemos
prepararnos para este momento tan grande y santo. S. Pablo exhorta
a un examen de conciencia: "Quien coma el pan o beba el
cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la
Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces
del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el
Cuerpo, come y bebe su propio castigo" ( 1 Co 11,27-29).
Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el
sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.
1386 Ante la grandeza de este sacramento, el
fiel sólo puede repetir humildemente y con fe ardiente las
palabras del Centurión (cf Mt 8,8): "Señor, no soy digno de
que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para
sanarme". En la Liturgia de S. Juan Crisóstomo, los fieles
oran con el mismo espíritu:
Hazme comulgar hoy en tu cena mística, oh Hijo
de Dios. Porque no diré el secreto a tus enemigos ni te daré el
beso de Judas. Sino que, como el buen ladrón, te digo: Acuérdate
de mí, Señor, en tu Reino.
1387 Para prepararse convenientemente a recibir
este sacramento, los fieles deben observar el ayuno prescrito por
la Iglesia (cf CIC can. 919). Por la actitud corporal (gestos,
vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese
momento en que Cristo se hace nuestro huésped.
1388 Es conforme al sentido mismo de la
Eucaristía que los fieles, con las debidas disposiciones (cf CIC,
can. 916), comulguen cuando participan en la misa (cf CIC, can
917. Los fieles, en el mismo día, pueden recibir la Santísima
Eucaristía sólo una segunda vez: Cf PONTIFICIA COMMISSIO CODICI
IURIS CANONICI AUTHENTICE INTERPRETANDO, Responsa ad proposita
dubia, 1: AAS 76 (1984) 746): "Se recomienda
especialmente la participación más perfecta en la misa,
recibiendo los fieles, después de la comunión del sacerdote, del
mismo sacrificio, el cuerpo del Señor" (SC 55).
1389 La Iglesia obliga a los fieles a
participar los domingos y días de fiesta en la divina liturgia
(cf OE 15) y a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, si
es posible en tiempo pascual (cf CIC, can. 920), preparados por el
sacramento de la Reconciliación. Pero la Iglesia recomienda
vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y
los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los
días.
1390 Gracias a la presencia sacramental de
Cristo bajo cada una de las especies, la comunión bajo la sola
especie de pan ya hace que se reciba todo el fruto de gracia
propio de la Eucaristía. Por razones pastorales, esta manera de
comulgar se ha establecido legítimamente como la más habitual en
el rito latino. "La comunión tiene una expresión más plena
por razón del signo cuando se hace bajo las dos especies. Ya que
en esa forma es donde más perfectamente se manifiesta el signo
del banquete eucarístico" (IGMR 240). Es la forma habitual
de comulgar en los ritos orientales.
Los frutos de la comunión
1391 La comunión acrecienta nuestra unión con
Cristo. Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto
principal la unión íntima con Cristo Jesús. En efecto, el
Señor dice: "Quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en
mí y yo en él" (Jn 6,56). La vida en Cristo encuentra su
fundamento en el banquete eucarístico: "Lo mismo que me ha
enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el
que me coma vivirá por mí" (Jn 6,57):
Cuando en las fiestas del Señor los fieles
reciben el Cuerpo del Hijo, proclaman unos a otros la Buena Nueva
de que se dan las arras de la vida, como cuando el ángel dijo a
María de Magdala: "¡Cristo ha resucitado!" He aquí
que ahora también la vida y la resurrección son comunicadas a
quien recibe a Cristo (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía,
vol. I, Commun, 237 a-b).
1392 Lo que el alimento material produce en
nuestra vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable
en nuestra vida espiritual. La comunión con la Carne de Cristo
resucitado, vivificada por el Espíritu Santo y vivificante (PO
5), conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en
el Bautismo. Este crecimiento de la vida cristiana necesita ser
alimentado por la comunión eucarística, pan de nuestra
peregrinación, hasta el momento de la muerte, cuando nos sea dada
como viático.
1393 La comunión nos separa del pecado. El
Cuerpo de Cristo que recibimos en la comunión es "entregado
por nosotros", y la Sangre que bebemos es "derramada por
muchos para el perdón de los pecados". Por eso la
Eucaristía no puede unirnos a Cristo sin purificarnos al mismo
tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados:
"Cada vez que lo recibimos, anunciamos la
muerte del Señor" (1 Co 11,26). Si anunciamos la muerte del
Señor, anunciamos también el perdón de los pecados . Si cada
vez que su Sangre es derramada, lo es para el perdón de los
pecados, debo recibirle siempre, para que siempre me perdone los
pecados. Yo que peco siempre, debo tener siempre un remedio (S.
Ambrosio, sacr. 4, 28).
1394 Como el alimento corporal sirve para
restaurar la pérdida de fuerzas, la Eucaristía fortalece la
caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta
caridad vivificada borra los pecados veniales (cf Cc. de Trento:
DS 1638). Dándose a nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos
hace capaces de romper los lazos desordenados con las criaturas y
de arraigarnos en él:
Porque Cristo murió por nuestro amor, cuando
hacemos conmemoración de su muerte en nuestro sacrificio, pedimos
que venga el Espíritu Santo y nos comunique el amor; suplicamos
fervorosamente que aquel mismo amor que impulsó a Cristo a
dejarse crucificar por nosotros sea infundido por el Espíritu
Santo en nuestro propios corazones, con objeto de que consideremos
al mundo como crucificado para nosotros, y sepamos vivir
crucificados para el mundo...y, llenos de caridad, muertos para el
pecado vivamos para Dios (S. Fulgencio de Ruspe, Fab. 28,16-19).
1395 Por la misma caridad que enciende en
nosotros, la Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales.
Cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos
en su amistad, tanto más difícil se nos hará romper con él por
el pecado mortal. La Eucaristía no está ordenada al perdón de
los pecados mortales. Esto es propio del sacramento de la
Reconciliación. Lo propio de la Eucaristía es ser el sacramento
de los que están en plena comunión con la Iglesia.
1396 La unidad del Cuerpo místico: La
Eucaristía hace la Iglesia. Los que reciben la Eucaristía se
unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a
todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La comunión
renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia
realizada ya por el Bautismo. En el Bautismo fuimos llamados a no
formar más que un solo cuerpo (cf 1 Co 12,13). La Eucaristía
realiza esta llamada: "El cáliz de bendición que bendecimos
¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? y el pan que
partimos ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque aun
siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos
participamos de un solo pan" (1 Co 10,16-17):
Si vosotros mismos sois Cuerpo y miembros de
Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor,
y recibís este sacramento vuestro. Respondéis "Amén"
(es decir, "sí", "es verdad") a lo que
recibís, con lo que, respondiendo, lo reafirmáis. Oyes decir
"el Cuerpo de Cristo", y respondes "amén".
Por lo tanto, se tú verdadero miembro de Cristo para que tu
"amén" sea también verdadero (S. Agustín, serm. 272).
1397 La Eucaristía entraña un compromiso en
favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la
Sangre de Cristo entregados por nosotros debemos reconocer a
Cristo en los más pobres, sus hermanos (cf Mt 25,40):
Has gustado la sangre del Señor y no reconoces
a tu hermano. Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir
tu alimento al que ha sido juzgado digno de participar en esta
mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a
ella. Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso (S.
Juan Crisóstomo, hom. in 1 Co 27,4).
1398 La Eucaristía y la unidad de los
cristianos. Ante la grandeza de esta misterio, S. Agustín
exclama: "O sacramentum pietatis! O signum unitatis! O
vinculum caritatis!" ("¡Oh sacramento de piedad, oh
signo de unidad, oh vínculo de caridad!", Ev. Jo. 26,13; cf
SC 47). Cuanto más dolorosamente se hacen sentir las divisiones
de la Iglesia que rompen la participación común en la mesa del
Señor, tanto más apremiantes son las oraciones al Señor para
que lleguen los días de la unidad completa de todos los que creen
en él.
1399 Las Iglesias orientales que no están en
plena comunión con la Iglesia católica celebran la Eucaristía
con gran amor. "Mas como estas Iglesias, aunque separadas,
tienen verdaderos sacramentos, y sobre todo, en virtud de la
sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, con los que
se unen aún más con nosotros con vínculo estrechísimo"
(UR 15). Una cierta comunión in sacris, por tanto, en la
Eucaristía, "no solamente es posible, sino que se
aconseja...en circunstancias oportunas y aprobándolo la autoridad
eclesiástica" (UR 15, cf CIC can. 844,3).
1400 Las comunidades eclesiales nacidas de la
Reforma, separadas de la Iglesia católica, "sobre todo por
defecto del sacramento del orden, no han conservado la sustancia
genuina e íntegra del Misterio eucarístico" (UR 22). Por
esto, para la Iglesia católica, la intercomunión eucarística
con estas comunidades no es posible. Sin embargo, estas
comunidades eclesiales "al conmemorar en la Santa Cena la
muerte y la resurrección del Señor, profesan que en la comunión
de Cristo se significa la vida, y esperan su venida gloriosa"
(UR 22).
1401 Si, a juicio del ordinario, se presenta
una necesidad grave, los ministros católicos pueden administrar
los sacramentos (eucaristía, penitencia, unción de los enfermos)
a cristianos que no están en plena comunión con la Iglesia
católica, pero que piden estos sacramentos con deseo y rectitud:
en tal caso se precisa que profesen la fe católica respecto a
estos sacramentos y estén bien dispuestos (cf CIC, can. 844,4).
VII LA EUCARISTIA, "PIGNUS FUTURAE
GLORIAE"
1402 En una antigua oración, la Iglesia aclama
el misterio de la Eucaristía: "O sacrum convivium in quo
Christus sumitur. Recolitur memoria passionis eius; mens impletur
gratia et futurae gloriae nobis pignus datur" ("¡Oh
sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el
memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la
prenda de la gloria futura!"). Si la Eucaristía es el
memorial de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el
altar somos colmados "de toda bendición celestial y
gracia" (MR, Canon Romano 96: "Supplices te
rogamus"), la Eucaristía es también la anticipación de la
gloria celestial.
1403 En la última cena, el Señor mismo atrajo
la atención de sus discípulos hacia el cumplimiento de la Pascua
en el reino de Dios: "Y os digo que desde ahora no beberé de
este fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros, de
nuevo, en el Reino de mi Padre" (Mt 26,29; cf. Lc 22,18; Mc
14,25). Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda
esta promesa y su mirada se dirige hacia "el que viene"
(Ap 1,4). En su oración, implora su venida: "Maran
atha" (1 Co 16,22), "Ven, Señor Jesús" (Ap
22,20), "que tu gracia venga y que este mundo pase"
(Didaché 10,6).
1404 La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor
viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin
embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos la
Eucaristía "expectantes beatam spem et adventum Salvatoris
nostri Jesu Christi" ("Mientras esperamos la gloriosa
venida de Nuestro Salvador Jesucristo", Embolismo después
del Padre Nuestro; cf Tt 2,13), pidiendo entrar "en tu reino,
donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu
gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque,
al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre
semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por
Cristo, Señor Nuestro" (MR, Plegaria Eucarística 3, 128:
oración por los difuntos).
1405 De esta gran esperanza, la de los cielos
nuevos y la tierra nueva en los que habitará la justicia (cf 2 P
3,13), no tenemos prenda más segura, signo más manifiesto que la
Eucaristía. En efecto, cada vez que se celebra este misterio,
"se realiza la obra de nuestra redención" (LG 3) y
"partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad,
antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para
siempre" (S. Ignacio de Antioquía, Eph 20,2).
RESUMEN
1406 Jesús dijo: "Yo soy el pan vivo,
bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para
siempre...el que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida
eterna...permanece en mí y yo en él" (Jn 6, 51.54.56).
1407 La Eucaristía es el corazón y la cumbre
de la vida de la Iglesia, pues en ella Cristo asocia su Iglesia y
todos sus miembros a su sacrificio de alabanza y acción de
gracias ofrecido una vez por todas en la cruz a su Padre; por
medio de este sacrificio derrama las gracias de la salvación
sobre su Cuerpo, que es la Iglesia.
1408 La celebración eucarística comprende
siempre: la proclamación de la Palabra de Dios, la acción de
gracias a Dios Padre por todos sus beneficios, sobre todo por el
don de su Hijo, la consagración del pan y del vino y la
participación en el banquete litúrgico por la recepción del
Cuerpo y de la Sangre del Señor: estos elementos constituyen un
solo y mismo acto de culto.
1409 La Eucaristía es el memorial de la Pascua
de Cristo, es decir, de la obra de la salvación realizada por la
vida, la muerte y la resurrección de Cristo, obra que se hace
presente por la acción litúrgica.
1410 Es Cristo mismo, sumo sacerdote y eterno
de la nueva Alianza, quien, por el ministerio de los sacerdotes,
ofrece el sacrificio eucarístico. Y es también el mismo Cristo,
realmente presente bajo las especies del pan y del vino, la
ofrenda del sacrificio eucarístico.
1411 Sólo los presbíteros válidamente
ordenados pueden presidir la Eucaristía y consagrar el pan y el
vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre del Señor.
1412 Los signos esenciales del sacramento
eucarístico son pan de trigo y vino de vid, sobre los cuales es
invocada la bendición del Espíritu Santo y el presbítero
pronuncia las palabras de la consagración dichas por Jesús en la
última cena: "Esto es mi Cuerpo entregado por
vosotros...Este es el cáliz de mi Sangre..."
1413 Por la consagración se realiza la
transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de
Cristo. Bajo las especies consagradas del pan y del vino, Cristo
mismo, vivo y glorioso, está presente de manera verdadera, real y
substancial, con su Cuerpo, su Sangre, su alma y su divinidad (cf
Cc. de Trento: DS 1640; 1651).
1414 En cuanto sacrificio, la Eucaristía es
ofrecida también en reparación de los pecados de los vivos y los
difuntos, y para obtener de Dios beneficios espirituales o
temporales.
1415 El que quiere recibir a Cristo en la
Comunión eucarística debe hallarse en estado de gracia. Si uno
tiene conciencia de haber pecado mortalmente no debe acercarse a
la Eucaristía sin haber recibido previamente la absolución en el
sacramento de la Penitencia.
1416 La Sagrada Comunión del Cuerpo y de la
Sangre de Cristo acrecienta la unión del comulgante con el
Señor, le perdona los pecados veniales y lo preserva de pecados
graves. Puesto que los lazos de caridad entre el comulgante y
Cristo son reforzados, la recepción de este sacramento fortalece
la unidad de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.
1417 La Iglesia recomienda vivamente a los
fieles que reciban la sagrada comunión cuando participan en la
celebración de la Eucaristía; y les impone la obligación de
hacerlo al menos una vez al año.
1418 Puesto que Cristo mismo está presente en
el Sacramento del Altar es preciso honrarlo con culto de
adoración. "La visita al Santísimo Sacramento es una prueba
de gratitud, un signo de amor y un deber de adoración hacia
Cristo, nuestro Señor" (MF).
1419 Cristo, que pasó de este mundo al Padre,
nos da en la Eucaristía la prenda de la gloria que tendremos
junto a él: la participación en el Santo Sacrificio nos
identifica con su Corazón, sostiene nuestras fuerzas a lo largo
del peregrinar de esta vida, nos hace desear la Vida eterna y nos
une ya desde ahora a la Iglesia del cielo, a la Santa Virgen
María y a todos los santos.