CAPITULO SEGUNDO: LA CELEBRACION SACRAMENTAL
DEL MISTERIO PASCUAL
1135 La catequesis de la Liturgia implica en
primer lugar la inteligencia de la economía sacramental
(capítulo primero). A su luz se revela la novedad de su
celebración. Se tratará, pues, en este capítulo de la
celebración de los sacramentos de la Iglesia. A través de la
diversidad de las tradiciones litúrgicas, se presenta lo que es
común a la celebración de los siete sacramentos. Lo que es
propio de cada uno de ellos, será presentado más adelante. Esta
catequesis fundamental de las celebraciones sacramentales
responderá a las cuestiones inmediatas que se presentan a un fiel
al respecto:
– quién celebra
– cómo celebrar
– cuándo celebrar
– dónde celebrar
Artículo 1 CELEBRAR LA LITURGIA DE LA IGLESIA
I ¿QUIEN CELEBRA?
1136 La Liturgia es "acción" del
"Cristo total" (Christus totus). Por tanto, quienes
celebran esta "acción", independientemente de la
existencia o no de signos sacramentales, participan ya de la
Liturgia del cielo, allí donde la celebración es enteramente
Comunión y Fiesta.
La celebración de la Liturgia celestial
1137 El Apocalipsis de S. Juan, leído en la
liturgia de la Iglesia, nos revela primeramente que "un trono
estaba erigido en el cielo y Uno sentado en el trono" (Ap
4,2): "el Señor Dios" (Is 6,1; cf Ez 1,26-28). Luego
revela al Cordero, "inmolado y de pie" (Ap 5,6; cf Jn
1,29): Cristo crucificado y resucitado, el único Sumo Sacerdote
del santuario verdadero (cf Hb 4,14-15; 10, 19-21; etc), el mismo
"que ofrece y que es ofrecido, que da y que es dado"
(Liturgia de San Juan Crisóstomo, Anáfora). Y por último,
revela "el río de Vida que brota del trono de Dios y del
Cordero" (Ap 22,1), uno de los más bellos símbolos del
Espíritu Santo (cf Jn 4,10-14; Ap 21,6).
1138 "Recapitulados" en Cristo,
participan en el servicio de la alabanza de Dios y en la
realización de su designio: las Potencias celestiales (cf Ap 4-5;
Is 6,2-3), toda la creación (los cuatro Vivientes), los
servidores de la Antigua y de la Nueva Alianza (los veinticuatro
ancianos), el nuevo Pueblo de Dios (los ciento cuarenta y cuatro
mil, cf Ap 7,1-8; 14,1), en particular los mártires
"degollados a causa de la Palabra de Dios", Ap 6,9-11),
y la Santísima Madre de Dios (la Mujer, cf Ap 12, la Esposa del
Cordero, cf Ap 21,9), finalmente "una muchedumbre inmensa,
que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y
lenguas" (Ap 7,9).
1139 En esta Liturgia eterna el Espíritu y la
Iglesia nos hacen participar cuando celebramos el Misterio de la
salvación en los sacramentos.
Los celebrantes de la liturgia sacramental
1140 Es toda la Comunidad, el Cuerpo de Cristo
unido a su Cabeza quien celebra. "Las acciones litúrgicas no
son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es
`sacramento de unidad', esto es, pueblo santo, congregado y
ordenado bajo la dirección de los obispos. Por tanto, pertenecen
a todo el Cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan,
pero afectan a cada miembro de este Cuerpo de manera diferente,
según la diversidad de órdenes, funciones y participación
actual" (SC 26). Por eso también, "siempre que los
ritos, según la naturaleza propia de cada uno, admitan una
celebración común, con asistencia y participación activa de los
fieles, hay que inculcar que ésta debe ser preferida, en cuanto
sea posible, a una celebración individual y casi privada"
(SC 27)
1141 La asamblea que celebra es la comunidad de
los bautizados que, "por el nuevo nacimiento y por la unción
del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y
sacerdocio santo para que ofrezcan a través de todas las obras
propias del cristiano, sacrificios espirituales" (LG 10).
Este "sacerdocio común" es el de Cristo, único
Sacerdote, participado por todos sus miembros (cf LG 10; 34; PO
2):
La Madre Iglesia desea ardientemente que se
lleve a todos los fieles a aquella participación plena,
consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la
naturaleza de la liturgia misma y a la cual tiene derecho y
obligación, en virtud del bautismo, el pueblo cristiano
"linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo
adquirido" (1 P 2,9; cf 2,4-5) (SC 14).
1142 Pero "todos los miembros no tienen la
misma función" (Rm 12,4). Algunos son llamados por Dios en y
por la Iglesia a un servicio especial de la comunidad. Estos
servidores son escogidos y consagrados por el sacramento del
Orden, por el cual el Espíritu Santo los hace aptos para actuar
en representación de Cristo-Cabeza para el servicio de todos los
miembros de la Iglesia (cf PO 2 y 15). El ministro ordenado es
como el "icono" de Cristo Sacerdote. Por ser en la
Eucaristía donde se manifiesta plenamente el sacramento de la
Iglesia, es también en la presidencia de la Eucaristía donde el
ministerio del obispo aparece en primer lugar, y en comunión con
él, el de los presbíteros y los diáconos.
1143 En orden a ejercer las funciones del
sacerdocio común de los fieles existen también otros ministerios
particulares, no consagrados por el sacramento del Orden, y cuyas
funciones son determinadas por los obispos según las tradiciones
litúrgicas y las necesidades pastorales. "Los acólitos,
lectores, comentadores y los que pertenecen a la 'schola cantorum'
desempeñan un auténtico ministerio litúrgico" (SC 29).
1144 Así, en la celebración de los
sacramentos, toda la asamblea es "liturgo", cada cual
según su función, pero en "la unidad del Espíritu"
que actúa en todos. "En las celebraciones litúrgicas, cada
cual, ministro o fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y
sólo aquello que le corresponde según la naturaleza de la
acción y las normas litúrgicas" (SC 28)
II ¿COMO CELEBRAR?
Signos y símbolos
1145 Una celebración sacramental esta tejida
de signos y de símbolos. Según la pedagogía divina de la
salvación, su significación tiene su raíz en la obra de la
creación y en la cultura humana, se perfila en los
acontecimientos de la Antigua Alianza y se revela en plenitud en
la persona y la obra de Cristo.
1146 Signos del mundo de los hombres. En la
vida humana, signos y símbolos ocupan un lugar importante. El
hombre, siendo un ser a la vez corporal y espiritual, expresa y
percibe las realidades espirituales a través de signos y de
símbolos materiales. Como ser social, el hombre necesita signos y
símbolos para comunicarse con los demás, mediante el lenguaje,
gestos y acciones. Lo mismo sucede en su relación con Dios.
1147 Dios habla al hombre a través de la
creación visible. El cosmos material se presenta a la
inteligencia del hombre para que vea en él las huellas de su
Creador (cf Sb 13,1; Rm 1,19-20; Hch 14,17). La luz y la noche, el
viento y el fuego, el agua y la tierra, el árbol y los frutos
hablan de Dios, simbolizan a la vez su grandeza y su proximidad.
1148 En cuanto creaturas, estas realidades
sensibles pueden llegar a ser lugar de expresión de la acción de
Dios que santifica a los hombres, y de la acción de los hombres
que rinden su culto a Dios. Lo mismo sucede con los signos y
símbolos de la vida social de los hombres: lavar y ungir, partir
el pan y compartir la copa pueden expresar la presencia
santificante de Dios y la gratitud del hombre hacia su Creador.
1149 Las grandes religiones de la humanidad
atestiguan, a a menudo de forma impresionante, este sentido
cósmico y simbólico de los ritos religiosos. La liturgia de la
Iglesia presupone, integra y santifica elementos de la creación y
de la cultura humana confiriéndoles la dignidad de signos de la
gracia, de la creación nueva en Jesucristo.
1150 Signos de la Alianza. El pueblo elegido
recibe de Dios signos y símbolos distintivos que marcan su vida
litúrgica: no son ya solamente celebraciones de ciclos cósmicos
y de acontecimientos sociales, sino signos de la Alianza,
símbolos de las grandes acciones de Dios en favor de su pueblo.
Entre estos signos litúrgicos de la Antigua Alianza se puede
nombrar la circuncisión, la unción y la consagración de reyes y
sacerdotes, la imposición de manos, los sacrificios, y sobre todo
la pascua. La Iglesia ve en estos signos una prefiguración de los
sacramentos de la Nueva Alianza.
1151 Signos asumidos por Cristo. En su
predicación, el Señor Jesús se sirve con frecuencia de los
signos de la Creación para dar a conocer los misterios el Reino
de Dios (cf. Lc 8,10). Realiza sus curaciones o subraya su
predicación por medio de signos materiales o gestos simbólicos
(cf Jn 9,6; Mc 7,33-35; 8,22-25). Da un sentido nuevo a los hechos
y a los signos de la Antigua Alianza, sobre todo al Exodo y a la
Pascua (cf Lc 9,31; 22,7-20), porque él mismo es el sentido de
todos esos signos.
1152 Signos sacramentales. Desde Pentecostés,
el Espíritu Santo realiza la santificación a través de los
signos sacramentales de su Iglesia. Los sacramentos de la Iglesia
no anulan, sino purifican e integran toda la riqueza de los signos
y de los símbolos del cosmos y de la vida social. Aún más,
cumplen los tipos y las figuras de la Antigua Alianza, significan
y realizan la salvación obrada por Cristo, y prefiguran y
anticipan la gloria del cielo.
Palabras y acciones
1153 Toda celebración sacramental es un
encuentro de los hijos de Dios con su Padre, en Cristo y en el
Espíritu Santo, y este encuentro se expresa como un diálogo a
través de acciones y de palabras. Ciertamente, las acciones
simbólicas son ya un lenguaje, pero es preciso que la Palabra de
Dios y la respuesta de fe acompañen y vivifiquen estas acciones,
a fin de que la semilla del Reino dé su fruto en la tierra buena.
Las acciones litúrgicas significan lo que expresa la Palabra de
Dios: a la vez la iniciativa gratuita de Dios y la respuesta de fe
de su pueblo.
1154 La liturgia de la Palabra es parte
integrante de las celebraciones sacramentales. Para nutrir la fe
de los fieles, los signos de la Palabra de Dios deben ser puestos
de relieve: el libro de la Palabra (leccionario o evangeliario),
su veneración (procesión, incienso, luz), el lugar de su anuncio
(ambón), su lectura audible e inteligible, la homilía del
ministro, la cual prolonga su proclamación, y las respuestas de
la asamblea (aclamaciones, salmos de meditación, letanías,
confesión de fe...).
1155 La palabra y la acción litúrgica,
indisociables en cuanto signos y enseñanza, lo son también en
cuanto que realizan lo que significan. El Espíritu Santo, al
suscitar la fe, no solamente procura una inteligencia de la
Palabra de Dios suscitando la fe, sino que también mediante los
sacramentos realiza las "maravillas" de Dios que son
anunciadas por la misma Palabra: hace presente y comunica la obra
del Padre realizada por el Hijo amado.
Canto y música
1156 "La tradición musical de la Iglesia
universal constituye un tesoro de valor inestimable que sobresale
entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el
canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte
necesaria o integral de la liturgia solemne" (SC 112). La
composición y el canto de Salmos inspirados, con frecuencia
acompañados de instrumentos musicales, estaban ya estrechamente
ligados a las celebraciones litúrgicas de la Antigua Alianza. La
Iglesia continúa y desarrolla esta tradición: "Recitad
entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y
salmodiad en vuestro corazón al Señor" (Ef 5,19; cf Col
3,16-17). "El que canta ora dos veces" (S. Agustín,
sal. 72,1).
1157 El canto y la música cumplen su función
de signos de una manera tanto más significativa cuanto "más
estrechamente estén vinculadas a la acción litúrgica" (SC
112), según tres criterios principales: la belleza expresiva de
la oración, la participación unánime de la asamblea en los
momentos previstos y el carácter solemne de la celebración.
Participan así de la finalidad de las palabras y de las acciones
litúrgicas: la gloria de Dios y la santificación de los fieles
(cf SC 112):
¡Cuánto lloré al oír vuestros himnos y
cánticos, fuertemente conmovido por las voces de vuestra Iglesia,
que suavemente cantaba! Entraban aquellas voces en mis oídos, y
vuestra verdad se derretía en mi corazón, y con esto se
inflamaba el afecto de piedad, y corrían las lágrimas, y me iba
bien con ellas (S. Agustín, Conf. IX,6,14).
1158 La armonía de los signos (canto, música,
palabras y acciones) es tanto más expresiva y fecunda cuanto más
se expresa en la riqueza cultural propia del pueblo de Dios que
celebra (cf SC 119). Por eso "foméntese con empeño el canto
religioso popular, de modo que en los ejercicios piadosos y
sagrados y en las mismas acciones litúrgicas", conforme a
las normas de la Iglesia "resuenen las voces de los
fieles" (SC 118). Pero "los textos destinados al canto
sagrado deben estar de acuerdo con la doctrina católica; más
aún, deben tomase principalmente de la Sagrada Escritura y de las
fuentes litúrgicas" (SC 121).
Imágenes sagradas
1159 La imagen sagrada, el icono litúrgico,
representa principalmente a Cristo. No puede representar a Dios
invisible e incomprensible; la Encarnación del Hijo de Dios
inauguró una nueva "economía" de las imágenes:
En otro tiempo, Dios, que no tenía cuerpo ni
figura no podía de ningún modo ser representado con una imagen.
Pero ahora que se ha hecho ver en la carne y que ha vivido con los
hombres, puedo hacer una imagen de lo que he visto de Dios...con
el rostro descubierto contemplamos la gloria del Señor (S. Juan
Damasceno, imag. 1,16).
1160 La iconografía cristiana transcribe
mediante la imagen el mensaje evangélico que la Sagrada Escritura
transmite mediante la palabra. Imagen y Palabra se esclarecen
mutuamente:
Para expresar brevemente nuestra profesión de
fe, conservamos todas las tradiciones de la Iglesia, escritas o no
escritas, que nos han sido transmitidas sin alteración. Una de
ellas es la representación pictórica de las imágenes, que está
de acuerdo con la predicación de la historia evangélica,
creyendo que, verdaderamente y no en apariencia, el Dios Verbo se
hizo carne, lo cual es tan útil y provechoso, porque las cosas
que se esclarecen mutuamente tienen sin duda una significación
recíproca (Cc. de Nicea II, año 787: COD 111).
1161 Todos los signos de la celebración
litúrgica hacen referencia a Cristo: también las imágenes
sagradas de la Santísima Madre de Dios y de los santos.
Significan, en efecto, a Cristo que es glorificado en ellos.
Manifiestan "la nube de testigos" (Hb 12,1) que
continúan participando en la salvación del mundo y a los que
estamos unidos, sobre todo en la celebración sacramental. A
través de sus iconos, es el hombre "a imagen de Dios",
finalmente transfigurado "a su semejanza" (cf Rm 8,29; 1
Jn 3,2), quien se revela a nuestra fe, e incluso los ángeles,
recapitulados también en Cristo:
Siguiendo la enseñanza divinamente inspirada
de nuestros santos Padres y la tradición de la Iglesia católica
(pues reconocemos ser del Espíritu Santo que habita en ella),
definimos con toda exactitud y cuidado que las venerables y santas
imágenes, como también la imagen de la preciosa y vivificante
cruz, tanto las pintadas como las de mosaico u otra materia
conveniente, se expongan en las santas iglesias de Dios, en los
vasos sagrados y ornamentos, en las paredes y en cuadros, en las
casas y en los caminos: tanto las imágenes de nuestro Señor Dios
y Salvador Jesucristo, como las de nuestra Señora inmaculada la
santa Madre de Dios, de los santos ángeles y de todos los santos
y justos (Cc. de Nicea II: DS 600).
1162 "La belleza y el color de las
imágenes estimulan mi oración. Es una fiesta para mis ojos, del
mismo modo que el espectáculo del campo estimula mi corazón para
dar gloria a Dios" (S. Juan Damasceno, imag. 127). La
contemplación de las sagradas imágenes, unida a la meditación
de la Palabra de Dios y al canto de los himnos litúrgicos, forma
parte de la armonía de los signos de la celebración para que el
misterio celebrado se grabe en la memoria del corazón y se
exprese luego en la vida nueva de los fieles.
III ¿CUANDO CELEBRAR?
El tiempo litúrgico
1163 "La santa Madre Iglesia considera que
es su deber celebrar la obra de salvación de su divino Esposo con
un sagrado recuerdo, en días determinados a través del año.
Cada semana, en el día que llamó 'del Señor', conmemora su
resurrección, que una vez al año celebra también, junto con su
santa pasión, en la máxima solemnidad de la Pascua. Además, en
el círculo del año desarrolla todo el misterio de Cristo... Al
conmemorar así los misterios de la redención, abre la riqueza de
las virtudes y de los méritos de su Señor, de modo que se los
hace presentes en cierto modo, durante todo tiempo, a los fieles
para que los alcancen y se llenen de la gracia de la
salvación" (SC 102)
1164 El pueblo de Dios, desde la ley mosaica,
tuvo fiestas fijas a partir de la Pascua, para conmemorar las
acciones maravillosas del Dios Salvador, para darle gracias por
ellas, perpetuar su recuerdo y enseñar a las nuevas generaciones
a conformar con ellas su conducta. En el tiempo de la Iglesia,
situado entre la Pascua de Cristo, ya realizada una vez por todas,
y su consumación en el Reino de Dios, la liturgia celebrada en
días fijos está toda ella impregnada por la novedad del Misterio
de Cristo.
1165 Cuando la Iglesia celebra el Misterio de
Cristo, hay una palabra que jalona su oración: ¡Hoy!, como eco
de la oración que le enseñó su Señor (Mt 6,11) y de la llamada
del Espíritu Santo (Hb 3,7-4,11; Sal 95,7). Este "hoy"
del Dios vivo al que el hombre está llamado a entrar, es la
"Hora" de la Pascua de Jesús que es eje de toda la
historia humana y la guía:
La vida se ha extendido sobre todos los seres y
todos están llenos de una amplia luz: el Oriente de los orientes
invade el universo, y el que existía "antes del lucero de la
mañana" y antes de todos los astros, inmortal e inmenso, el
gran Cristo brilla sobre todos los seres más que el sol. Por eso,
para nosotros que creemos en él, se instaura un día de luz,
largo, eterno, que no se extingue: la Pascua mística (S.
Hipólito, pasc. 1-2).
El día del Señor
1166 "La Iglesia, desde la tradición
apostólica que tiene su origen en el mismo día de la
resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho
días, en el día que se llama con razón `día del Señor' o
domingo" (SC 106). El día de la Resurrección de Cristo es a
la vez el "primer día de la semana", memorial del
primer día de la creación, y el "octavo día" en que
Cristo, tras su "reposo" del gran Sabbat, inaugura el
Día "que hace el Señor", el "día que no conoce
ocaso" (Liturgia bizantina). El "banquete del
Señor" es su centro, porque es aquí donde toda la comunidad
de los fieles encuentra al Señor resucitado que los invita a su
banquete (cf Jn 21,12; Lc 24,30):
El día del Señor, el día de la
Resurrección, el día de los cristianos, es nuestro día. Por eso
es llamado día del Señor: porque es en este día cuando el
Señor subió victorioso junto al Padre. Si los paganos lo llaman
día del sol, también lo hacemos con gusto; porque hoy ha
amanecido la luz del mundo, hoy ha aparecido el sol de justicia
cuyos rayos traen la salvación (S. Jerónimo, pasch.).
1167 El domingo es el día por excelencia de la
Asamblea litúrgica, en que los fieles "deben reunirse para,
escuchando loa palabra de Dios y participando en la Eucaristía,
recordar la pasión, la resurrección y la gloria del Señor
Jesús y dar gracias a Dios, que los 'hizo renacer a la esperanza
viva por la resurrección de Jesucristo de entre los
muertos'" (SC 106):
Cuando meditamos, oh Cristo, las maravillas que
fueron realizadas en este día del domingo de tu santa
Resurrección, decimos: Bendito es el día del domingo, porque en
él tuvo comienzo la Creación...la salvación del mundo...la
renovación del género humano...en él el cielo y la tierra se
regocijaron y el universo entero quedó lleno de luz. Bendito es
el día del domingo, porque en él fueron abiertas las puertas del
paraíso para que Adán y todos los desterrados entraran en él
sin temor (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía, vol 6, 1ª
parte del verano, p.193b).
El año litúrgico
1168 A partir del "Triduo Pascual",
como de su fuente de luz, el tiempo nuevo de la Resurrección
llena todo el año litúrgico con su resplandor. De esta fuente,
por todas partes, el año entero queda transfigurado por la
Liturgia. Es realmente "año de gracia del Señor" (cf
Lc 4,19). La Economía de la salvación actúa en el marco del
tiempo, pero desde su cumplimiento en la Pascua de Jesús y la
efusión del Espíritu Santo, el fin de la historia es anticipado,
como pregustado, y el Reino de Dios irrumpe en el tiempo de la
humanidad.
1169 Por ello, la Pascua no es simplemente una
fiesta entre otras: es la "Fiesta de las fiestas",
"Solemnidad de las solemnidades", como la Eucaristía es
el Sacramento de los sacramentos (el gran sacramento). S. Atanasio
la llama "el gran domingo" (Ep. fest. 329), así como la
Semana santa es llamada en Oriente "la gran semana". El
Misterio de la Resurrección, en el cual Cristo ha aplastado a la
muerte, penetra en nuestro viejo tiempo con su poderosa energía,
hasta que todo le esté sometido.
1170 En el Concilio de Nicea (año 325) todas
las Iglesias se pusieron de acuerdo para que la Pascua cristiana
fuese celebrada el domingo que sigue al plenilunio (14 del mes de
Nisán) después del equinoccio de primavera.Por causa de los
diversos métodos utilizados para calcular el 14 del mes de
Nisán, en las Iglesias de Occidente y de Oriente no siempre
coincide la fecha de la Pascua. Por eso, dichas Iglesias buscan
hoy un acuerdo, para llegar de nuevo a celebrar en una fecha
común el día de la Resurrección del Señor.
1171 El año litúrgico es el desarrollo de los
diversos aspectos del único misterio pascual. Esto vale muy
particularmente para el ciclo de las fiestas en torno al Misterio
de la Encarnación (Anunciación, Navidad, Epifanía) que
conmemoran el comienzo de nuestra salvación y nos comunican las
primicias del misterio de Pascua.
El santoral en el año litúrgico
1172 "En la celebración de este círculo
anual de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con
especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María,
unida con un vínculo indisoluble a la obra salvadora de su Hijo;
en ella mira y exalta el fruto excelente de la redención y
contempla con gozo, como en una imagen purísima, aquello que ella
misma, toda entera, desea y espera ser" (SC 103).
1173 Cuando la Iglesia, en el ciclo anual, hace
memoria de los mártires y los demás santos "proclama el
misterio pascual cumplido en ellos, que padecieron con Cristo y
han sido glorificados con El; propone a los fieles sus ejemplos,
que atraen a todos por medio de Cristo al Padre, y por sus
méritos implora los beneficios divinos" (SC 104; cf SC 108 y
111).
La Liturgia de las Horas
1174 El Misterio de Cristo, su Encarnación y
su Pascua, que celebramos en la Eucaristía, especialmente en la
Asamblea dominical, penetra y transfigura el tiempo de cada día
mediante la celebración de la Liturgia de las Horas, "el
Oficio divino" (cf SC IV). Esta celebración, en fidelidad a
las recomendaciones apostólicas de "orar sin cesar" (1
Ts 5,17; Ef 6,18), "está estructurada de tal manera que la
alabanza de Dios consagra el curso entero del día y de la
noche" (SC 84). Es "la oración pública de la
Iglesia" (SC 98) en la cual los fieles (clérigos, religiosos
y laicos) ejercen el sacerdocio real de los bautizados. Celebrada
"según la forma aprobada" por la Iglesia, la Liturgia
de las Horas "realmente es la voz de la misma Esposa la que
habla al Esposo; más aún, es la oración de Cristo, con su mismo
Cuerpo, al Padre" (SC 84).
1175 La Liturgia de las Horas está llamada a
ser la oración de todo el Pueblo de Dios. En ella, Cristo mismo
"sigue ejerciendo su función sacerdotal a través de su
Iglesia" (SC 83); cada uno participa en ella según su lugar
propio en la Iglesia y las circunstancias de su vida: los
sacerdotes en cuanto entregados al ministerio pastoral, porque son
llamados a permanecer asiduos en la oración y el servicio de la
Palabra (cf. SC 86 y 96; PO 5); los religiosos y religiosas por el
carisma de su vida consagrada (cf SC 98); todos los fieles según
sus posibilidades: "Los pastores de almas debe procurar que
las Horas principales, sobre todo las Vísperas, los domingos y
fiestas solemnes, se celebren en la en la Iglesia
comunitariamente. Se recomienda que también los laicos recen el
Oficio divino, bien con los sacerdotes o reunidos entre sí, e
incluso solos" (SC 100).
1176 Celebrar la Liturgia de las Horas exige no
solamente armonizar la voz con el corazón que ora, sino también
"adquirir una instrucción litúrgica y bíblica más rica
especialmente sobre los salmos" (SC 90).
1177 Los signos y las letanías de la Oración
de las Horas insertan la oración de los salmos en el tiempo de la
Iglesia, expresando el simbolismo del momento del día, del tiempo
litúrgico o de la fiesta celebrada. Además, la lectura de la
Palabra de Dios en cada Hora (con los responsorios y los troparios
que le siguen), y, a ciertas Horas, las lecturas de los Padres y
maestros espirituales, revelan más profundamente el sentido del
Misterio celebrado, ayudan a la inteligencia de los salmos y
preparan para la oración silenciosa. La lectio divina, en la que
la Palabra de Dios es leída y meditada para convertirse en
oración, se enraíza así en la celebración litúrgica.
1178 La Liturgia de las Horas, que es como una
prolongación de la celebración eucarística, no excluye sino
acoge de manera complementaria las diversas devociones del Pueblo
de Dios, particularmente la adoración y el culto del Santísimo
Sacramento.
IV ¿DONDE CELEBRAR?
1179 El culto "en espíritu y en
verdad" (Jn 4,24) de la Nueva Alianza no está ligado a un
lugar exclusivo. Toda la tierra es santa y ha sido confiada a los
hijos de los hombres. Cuando los fieles se reúnen en un mismo
lugar, lo fundamental es que ellos son las "piedras
vivas", reunidas para "la edificación de un edificio
espiritual" (1 P 2,4-5). El Cuerpo de Cristo resucitado es el
templo espiritual de donde brota la fuente de agua viva.
Incorporados a Cristo por el Espíritu Santo, "somos el
templo de Dios vivo" (2 Co 6,16).
1180 Cuando el ejercicio de la libertad
religiosa no es impedido (cf DH 4), los cristianos construyen
edificios destinados al culto divino. Estas iglesias visibles no
son simples lugares de reunión, sino que significan y manifiestan
a la Iglesia que vive en ese lugar, morada de Dios con los hombres
reconciliados y unidos en Cristo.
1181 "En la casa de oración se celebra y
se reserva la sagrada Eucaristía, se reúnen los fieles y se
venera para ayuda y consuelo los fieles la presencia del Hijo de
Dios, nuestro Salvador, ofrecido por nosotros en el altar del
sacrificio. Debe ser hermosa y apropiada para la oración y para
las celebraciones sagradas" (PO 5; cf SC 122-127). En esta
"casa de Dios", la verdad y la armonía de los signos
que la constituyen deben manifestar a Cristo que está presente y
actúa en este lugar (cf SC 7):
1182 El altar de la Nueva Alianza es la Cruz
del Señor (cf Hb 13,10), de la que manan los sacramentos del
Misterio pascual. Sobre el altar, que es el centro de la Iglesia,
se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos
sacramentales. El altar es también la mesa del Señor, a la que
el Pueblo de Dios es invitado (cf IGMR 259). En algunas liturgias
orientales, el altar es también símbolo del sepulcro (Cristo
murió y resucitó verdaderamente).
1183 El tabernáculo debe estar situado
"dentro de las iglesias en un lugar de los más dignos con el
mayor honor" (MF). La nobleza, la disposición y la seguridad
del tabernáculo eucarístico (SC 128) deben favorecer la
adoración del Señor realmente presente en el Santísimo
Sacramento del altar.
El Santo Crisma (Myron), cuya unción es signo
sacramental del sello del don del Espíritu Santo, es
tradicionalmente conservado y venerado en un lugar seguro del
santuario. Se puede colocar junto a él el óleo de los
catecúmenos y el de los enfermos.
1184 La sede del obispo (cátedra) o del
sacerdote "debe significar su oficio de presidente de la
asamblea y director de la oración" (IGMR 271).
El ambón: "La dignidad de la Palabra de
Dios exige que en la iglesia haya un sitio reservado para su
anuncio, hacia el que, durante la liturgia de la Palabra, se
vuelva espontáneamente la atención de los fieles" (IGMR
272).
1185 La reunión del pueblo de Dios comienza
por el Bautismo; por tanto, el templo debe tener lugar apropiado
para la celebración del Bautismo y favorecer el recuerdo de las
promesas del bautismo (agua bendita).
La renovación de la vida bautismal exige la
penitencia. Por tanto el templo debe estar preparado para que se
pueda expresar el arrepentimiento y la recepción del perdón, lo
cual exige asimismo un lugar apropiado.
El templo también debe ser un espacio que
invite al recogimiento y a la oración silenciosa, que prolonga e
interioriza la gran plegaria de la Eucaristía.
1186 Finalmente, el templo tiene una
significación escatológica. Para entrar en la casa de Dios
ordinariamente se franquea un umbral, símbolo del paso desde el
mundo herido por el pecado al mundo de la vida nueva al que todos
los hombres son llamados. La Iglesia visible simboliza la casa
paterna hacia la cual el pueblo de Dios está en marcha y donde el
Padre "enjugará toda lágrima de sus ojos" (Ap 21,4).
Por eso también la Iglesia es la casa de todos los hijos de Dios,
ampliamente abierta y acogedora.
RESUMEN
1187 La Liturgia es la obra de Cristo total,
Cabeza y Cuerpo. Nuestro Sumo Sacerdote la celebra sin cesar en la
Liturgia celestial, con la santa Madre de Dios, los Apóstoles,
todos los santos y la muchedumbre de seres humanos que han entrado
ya en el Reino.
1188 En una celebración litúrgica, toda la
asamblea es "liturgo", cada cual según su función. El
sacerdocio bautismal es el sacerdocio de todo el Cuerpo de Cristo.
Pero algunos fieles son ordenados por el sacramento del Orden
sacerdotal para representar a Cristo como Cabeza del Cuerpo.
1189 La celebración litúrgica comprende
signos y símbolos que se refieren a la creación (luz, agua,
fuego), a la vida humana (lavar, ungir, partir el pan) y a la
historia de la salvación (los ritos de la Pascua). Insertos en el
mundo de la fe y asumidos por la fuerza del Espíritu Santo, estos
elementos cósmicos, estos ritos humanos, estos gestos del
recuerdo de Dios se hacen portadores de la acción salvífica y
santificadora de Cristo.
1190 La Liturgia de la Palabra es una parte
integrante de la celebración. El sentido de la celebración es
expresado por la Palabra de Dios que es anunciada y por el
compromiso de la fe que responde a ella.
1191 El canto y la música están en estrecha
conexión con la acción litúrgica. Criterios para un uso
adecuado de ellos son: la belleza expresiva de la oración, la
participación unánime de la asamblea, y el carácter sagrado de
la celebración.
1192 Las imágenes sagradas, presentes en
nuestras iglesias y en nuestras casas, están destinadas a
despertar y alimentar nuestra fe en el misterio de Cristo. A
través del icono de Cristo y de sus obras de salvación, es a él
a quien adoramos. A través de las sagradas imágenes de la
Santísima Madre de Dios, de los ángeles y de los santos,
veneramos a quienes en ellas son representados.
1193 El domingo, "día del Señor",
es el día principal de la celebración de la Eucaristía porque
es el día de la Resurrección. Es el día de la Asamblea
litúrgica por excelencia, el día de la familia cristiana, el
día del gozo y de descanso del trabajo. El es "fundamento y
núcleo de todo el año litúrgico" (SC 106).
1194 La Iglesia, "en el círculo del año
desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la
Navidad hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la
dichosa esperanza y venida del Señor" (SC 102).
1195 Haciendo memoria de los santos, en primer
lugar de la santa Madre de Dios, luego de los Apóstoles, los
mártires y los otros santos, en días fijos del año litúrgico,
la Iglesia de la tierra manifiesta que está unida a la liturgia
del cielo; glorifica a Cristo por haber realizado su salvación en
sus miembros glorificados; su ejemplo la estimula en el camino
hacia el Padre.
1196 Los fieles que celebran la Liturgia de las
Horas se unen a Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, por la oración de
los salmos, la meditación de la Palabra de Dios, de los cánticos
y de las bendiciones, a fin de ser asociados a su oración
incesante y universal que da gloria al Padre e implora el don del
Espíritu Santo sobre el mundo entero.
1197 Cristo es el verdadero Templo de Dios,
"el lugar donde reside su gloria"; por la gracia de Dios
los cristianos son también templos del Espíritu Santo, piedras
vivas con las que se construye la Iglesia.
1198 En su condición terrena, la Iglesia tiene
necesidad de lugares donde la comunidad pueda reunirse: nuestras
iglesias visibles, lugares santos, imágenes de la Ciudad santa,
la Jerusalén celestial hacia la cual caminamos como peregrinos.
1199 En estos templos, la Iglesia celebra el
culto público para gloria de la Santísima Trinidad; en ellos
escucha la Palabra de Dios y canta sus alabanzas, eleva su
oración y ofrece el Sacrificio de Cristo, sacramentalmente
presente en medio de la asamblea. Estas iglesias son también
lugares de recogimiento y de oración personal.
Artículo 2 DIVERSIDAD LITURGICA Y UNIDAD DEL
MISTERIO
Tradiciones litúrgicas y catolicidad de la
Iglesia
1200 Desde la primera comunidad de Jerusalén
hasta la Parusía, las Iglesias de Dios, fieles a la fe
apostólica, celebran en todo lugar el mismo Misterio pascual. El
Misterio celebrado en la liturgia es uno, pero las formas de su
celebración son diversas.
1201 La riqueza insondable del Misterio de
Cristo es tal que ninguna tradición litúrgica puede agotar su
expresión. La historia del nacimiento y del desarrollo de estos
ritos testimonia una maravillosa complementariedad. Cuando las
iglesias han vivido estas tradiciones litúrgicas en comunión en
la fe y en los sacramentos de la fe, se han enriquecido mutuamente
y crecen en la fidelidad a la tradición y a la misión común a
toda la Iglesia (cf EN 63-64).
1202 Las diversas tradiciones litúrgicas
nacieron por razón misma de la misión de la Iglesia. Las
Iglesias de una misma área geográfica y cultural llegaron a
celebrar el Misterio de Cristo a través de expresiones
particulares, culturalmente tipificadas: en la tradición del
"depósito de la fe" (2 Tm 1,14), en el simbolismo
litúrgico, en la organización de la comunión fraterna, en la
inteligencia teológica de los misterios, y en tipos de santidad.
Así, Cristo, Luz y Salvación de todos los pueblos, mediante la
vida litúrgica de una Iglesia, se manifiesta al pueblo y a la
cultura a los cuales es enviada y en los que se enraíza. La
Iglesia es católica: puede integrar en su unidad,
purificándolas, todas las verdaderas riquezas de las culturas (cf
LG 23; UR 4).
1203 Las tradiciones litúrgicas, o ritos,
actualmente en uso en la Iglesia son el rito latino
(principalmente el rito romano, pero también los ritos de algunas
iglesias locales como el rito ambrosiano, el rito
hispánico-visigótico o los de diversas órdenes religiosas) y
los ritos bizantino, alejandrino o copto, siriaco, armenio,
maronita y caldeo. "El sacrosanto Concilio, fiel a la
Tradición, declara que la santa Madre Iglesia concede igual
derecho y honor a todos los ritos legítimamente reconocidos y
quiere que en el futuro se conserven y fomenten por todos los
medios" (SC 4).
Liturgia y culturas
1204 Por tanto, la celebración de la liturgia
debe corresponder al genio y a la cultura de los diferentes
pueblos (cf SC 37-40). Para que el Misterio de Cristo sea
"dado a conocer a todos los gentiles para obediencia de la
fe" (Rm 16,26), debe ser anunciado, celebrado y vivido en
todas las culturas, de modo que estas no son abolidas sino
rescatadas y realizadas por él (cf CT 53). La multitud de los
hijos de Dios, mediante su cultura humana propia, asumida y
transfigurada por Cristo, tiene acceso al Padre, para glorificarlo
en un solo Espíritu.
1205 "En la liturgia, sobre todo en la de
los sacramentos, existe una parte inmutable –por ser de
institución divina– de la que la Iglesia es guardiana, y partes
susceptibles de cambio, que ella tiene el poder, y a veces incluso
el deber, de adaptar a las culturas de los pueblos recientemente
evangelizados (cf SC 21)" (Juan Pablo II, Lit. Ap.
"Vicesimusquintus Annus" 16).
1206 "La diversidad litúrgica puede ser
fuente de enriquecimiento, puede también provocar tensiones,
incomprensiones recíprocas e incluso cismas. En este campo es
preciso que la diversidad no perjudique a la unidad. Sólo puede
expresarse en la fidelidad a la fe común, a los signos
sacramentales que la Iglesia ha recibido de Cristo, y a la
comunión jerárquica. La adaptación a las culturas exige una
conversión del corazón, y, si es preciso, rupturas con hábitos
ancestrales incompatibles con la fe católica" (ibid.).
RESUMEN
1207 Conviene que la celebración de la
liturgia tienda a expresarse en la cultura del pueblo en que se
encuentra la Iglesia, sin someterse a ella. Por otra aparte, la
liturgia misma es generadora y formadora de culturas.
1208 Las diversas tradiciones litúrgicas, o
ritos, legítimamente reconocidas, por significar y comunicar el
mismo Misterio de Cristo, manifiestan la catolicidad de la
Iglesia.
1209 El criterio que asegura la unidad en la
pluriformidad de las tradiciones litúrgicas es la fidelidad a la
Tradición apostólica, es decir: la comunión en la fe y los
sacramentos recibidos de los Apóstoles, comunión que está
significada y garantizada por la sucesión apostólica.