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CAPITULO TERCERO: CREO EN EL ESPIRITU SANTO
683 "Nadie puede decir: "¡Jesús es
Señor!" sino por influjo del Espíritu Santo" (1 Co 12,
3). "Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su
Hijo que clama ¡Abbá, Padre!" (Ga 4, 6). Este conocimiento
de fe no es posible sino en el Espíritu Santo. Para entrar en
contacto con Cristo, es necesario primeramente haber sido atraído
por el Espíritu Santo. El es quien nos precede y despierta en
nosotros la fe. Mediante el Bautismo, primer sacramento de la fe,
la Vida, que tiene su fuente en el Padre y se nos ofrece por el
Hijo, se nos comunica íntima y personalmente por el Espíritu
Santo en la Iglesia:
El Bautismo nos da la gracia del nuevo
nacimiento en Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu
Santo. Porque los que son portadores del Espíritu de Dios son
conducidos al Verbo, es decir al Hijo; pero el Hijo los presenta
al Padre, y el Padre les concede la incorruptibilidad. Por tanto,
sin el Espíritu no es posible ver al Hijo de Dios, y, sin el
Hijo, nadie puede acercarse al Padre, porque el conocimiento del
Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo de Dios se logra por
el Espíritu Santo (San Ireneo, dem. 7).
684 El Espíritu Santo con su gracia es el
"primero" que nos despierta en la fe y nos inicia en la
vida nueva que es: "que te conozcan a ti, el único Dios
verdadero, y a tu enviado, Jesucristo" (Jn 17, 3). No
obstante, es el "último" en la revelación de las
personas de la Santísima Trinidad . San Gregorio Nacianceno,
"el Teólogo", explica esta progresión por medio de la
pedagogía de la "condescendencia" divina:
El Antiguo Testamento proclamaba muy claramente
al Padre, y más obscuramente al Hijo. El Nuevo Testamento revela
al Hijo y hace entrever la divinidad del Espíritu. Ahora el
Espíritu tiene derecho de ciudadanía entre nosotros y nos da una
visión más clara de sí mismo. En efecto, no era prudente,
cuando todavía no se confesaba la divinidad del Padre, proclamar
abiertamente la del Hijo y, cuando la divinidad del Hijo no era
aún admitida, añadir el Espíritu Santo como un fardo
suplementario si empleamos una expresión un poco atrevida ...
Así por avances y progresos "de gloria en gloria", es
como la luz de la Trinidad estalla en resplandores cada vez más
espléndidos (San Gregorio Nacianceno, or. theol. 5, 26).
685 Creer en el Espíritu Santo es, por tanto,
profesar que el Espíritu Santo es una de las personas de la
Santísima Trinidad Santa, consubstancial al Padre y al Hijo,
"que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración
gloria" (Símbolo de Nicea-Constantinopla). Por eso se ha
hablado del misterio divino del Espíritu Santo en la
"teología" trinitaria, en tanto que aquí no se
tratará del Espíritu Santo sino en la "Economía"
divina.
686 El Espíritu Santo coopera con el Padre y
el Hijo desde el comienzo del Designio de nuestra salvación y
hasta su consumación. Pero es en los "últimos
tiempos", inaugurados con la Encarnación redentora del Hijo,
cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando es reconocido
y acogido como persona. Entonces, este Designio Divino, que se
consuma en Cristo, "primogénito" y Cabeza de la nueva
creación, se realiza en la humanidad por el Espíritu que nos es
dado: la Iglesia, la comunión de los santos, el perdón de los
pecados, la resurrección de la carne, la vida eterna.
Artículo 8 “CREO EN EL ESPIRITU SANTO”
687 "Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino
el Espíritu de Dios" (1 Co 2, 11). Pues bien, su Espíritu
que lo revela nos hace conocer a Cristo, su Verbo, su Palabra
viva, pero no se revela a sí mismo. El que "habló por los
profetas" nos hace oír la Palabra del Padre. Pero a él no
le oímos. No le conocemos sino en la obra mediante la cual nos
revela al Verbo y nos dispone a recibir al Verbo en la fe. El
Espíritu de verdad que nos "desvela" a Cristo "no
habla de sí mismo" (Jn 16, 13). Un ocultamiento tan
discreto, propiamente divino, explica por qué "el mundo no
puede recibirle, porque no le ve ni le conoce", mientras que
los que creen en Cristo le conocen porque él mora en ellos (Jn
14, 17).
688 La Iglesia, Comunión viviente en la fe de
los apóstoles que ella transmite, es el lugar de nuestro
conocimiento del Espíritu Santo:
– en las Escrituras que El ha inspirado:
– en la Tradición, de la cual los Padres de
la Iglesia son testigos siempre actuales;
– en el Magisterio de la Iglesia, al que El
asiste;
– en la liturgia sacramental, a través de
sus palabras y sus símbolos, en donde el Espíritu Santo nos pone
en Comunión con Cristo;
– en la oración en la cual El intercede por
nosotros;
– en los carismas y ministerios mediante los
que se edifica la Iglesia;
– en los signos de vida apostólica y
misionera;
– en el testimonio de los santos, donde El
manifiesta su santidad y continúa la obra de la salvación.
I LA MISION CONJUNTA DEL HIJO Y DEL ESPIRITU
689 Aquel al que el Padre ha enviado a nuestros
corazones, el Espíritu de su Hijo (cf. Ga 4, 6) es realmente
Dios. Consubstancial con el Padre y el Hijo, es inseparable de
ellos, tanto en la vida íntima de la Trinidad como en su don de
amor para el mundo. Pero al adorar a la Santísima Trinidad
vivificante, consubstancial e individible, la fe de la Iglesia
profesa también la distinción de las Personas. Cuando el Padre
envía su Verbo, envía también su aliento: misión conjunta en
la que el Hijo y el Espíritu Santo son distintos pero
inseparables. Sin ninguna duda, Cristo es quien se manifiesta,
Imagen visible de Dios invisible, pero es el Espíritu Santo quien
lo revela.
690 Jesús es Cristo, "ungido",
porque el Espíritu es su Unción y todo lo que sucede a partir de
la Encarnación mana de esta plenitud (cf. Jn 3, 34). Cuando por
fin Cristo es glorificado (Jn 7, 39), puede a su vez, de junto al
Padre, enviar el Espíritu a los que creen en él: El les comunica
su Gloria (cf. Jn 17, 22), es decir, el Espíritu Santo que lo
glorifica (cf. Jn 16, 14). La misión conjunta y mutua se
desplegará desde entonces en los hijos adoptados por el Padre en
el Cuerpo de su Hijo: la misión del Espíritu de adopción será
unirlos a Cristo y hacerles vivir en él:
La noción de la unción sugiere ...que no hay
ninguna distancia entre el Hijo y el Espíritu. En efecto, de la
misma manera que entre la superficie del cuerpo y la unción del
aceite ni la razón ni los sentidos conocen ningún intermediario,
así es inmediato el contacto del Hijo con el Espíritu... de tal
modo que quien va a tener contacto con el Hijo por la fe tiene que
tener antes contacto necesariamente con el óleo. En efecto, no
hay parte alguna que esté desnuda del Espíritu Santo. Por eso es
por lo que la confesión del Señorío del Hijo se hace en el
Espíritu Santo por aquellos que la aceptan, viniendo el Espíritu
desde todas partes delante de los que se acercan por la fe (San
Gregorio Niceno, Spir. 3, 1).
II EL NOMBRE, LOS APELATIVOS Y LOS SIMBOLOS DEL
ESPIRITU SANTO
El nombre propio del Espíritu Santo
691 "Espíritu Santo", tal es el
nombre propio de Aquél que adoramos y glorificamos con el Padre y
el Hijo. La Iglesia ha recibido este nombre del Señor y lo
profesa en el Bautismo de sus nuevos hijos (cf. Mt 28, 19).
El término "Espíritu" traduce el
término hebreo "Ruah", que en su primera acepción
significa soplo, aire, viento. Jesús utiliza precisamente la
imagen sensible del viento para sugerir a Nicodemo la novedad
transcendente del que es personalmente el Soplo de Dios, el
Espíritu divino (Jn 3, 5-8). Por otra parte, Espíritu y Santo
son atributos divinos comunes a las Tres Personas divinas. Pero,
uniendo ambos términos, la Escritura, la Liturgia y el lenguaje
teológico designan la persona inefable del Espíritu Santo, sin
equívoco posible con los demás empleos de los términos
"espíritu" y "santo".
Los apelativos del Espíritu Santo
692 Jesús, cuando anuncia y promete la Venida
del Espíritu Santo, le llama el "Paráclito",
literalmente "aquél que es llamado junto a uno",
"advocatus" (Jn 14, 16. 26; 15, 26; 16, 7).
"Paráclito" se traduce habitualmente por
"Consolador", siendo Jesús el primer consolador (cf. 1
Jn 2, 1). El mismo Señor llama al Espíritu Santo "Espíritu
de Verdad" (Jn 16, 13).
693 Además de su nombre propio, que es el más
empleado en el libro de los Hechos y en las cartas de los
apóstoles, en San Pablo se encuentran los siguientes apelativos:
el Espíritu de la promesa(Ga 3, 14; Ef 1, 13), el Espíritu de
adopción (Rm 8, 15; Ga 4, 6), el Espíritu de Cristo (Rm 8, 11),
el Espíritu del Señor (2 Co 3, 17), el Espíritu de Dios (Rm 8,
9.14; 15, 19; 1 Co 6, 11; 7, 40), y en San Pedro, el Espíritu de
gloria (1 P 4, 14).
Los símbolos del Espíritu Santo
694 El agua. El simbolismo del agua es
significativo de la acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya
que, después de la invocación del Espíritu Santo, ésta se
convierte en el signo sacramental eficaz del nuevo nacimiento: del
mismo modo que la gestación de nuestro primer nacimiento se hace
en el agua, así el agua bautismal significa realmente que nuestro
nacimiento a la vida divina se nos da en el Espíritu Santo. Pero
"bautizados en un solo Espíritu", también "hemos
bebido de un solo Espíritu"(1 Co 12, 13): el Espíritu es,
pues, también personalmente el Agua viva que brota de Cristo
crucificado (cf. Jn 19, 34; 1 Jn 5, 8) como de su manantial y que
en nosotros brota en vida eterna (cf. Jn 4, 10-14; 7, 38; Ex 17,
1-6; Is 55, 1; Za 14, 8; 1 Co 10, 4; Ap 21, 6; 22, 17).
695 La unción. El simbolismo de la unción con
el óleo es también significativo del Espíritu Santo, hasta el
punto de que se ha convertido en sinónimo suyo (cf. 1 Jn 2, 20.
27; 2 Co 1, 21). En la iniciación cristiana es el signo
sacramental de la Confirmación, llamada justamente en las
Iglesias de Oriente "Crismación". Pero para captar toda
la fuerza que tiene, es necesario volver a la Unción primera
realizada por el Espíritu Santo: la de Jesús. Cristo
["Mesías" en hebreo] significa "Ungido" del
Espíritu de Dios. En la Antigua Alianza hubo "ungidos"
del Señor (cf. Ex 30, 22-32), de forma eminente el rey David (cf.
1 S 16, 13). Pero Jesús es el Ungido de Dios de una manera
única: La humanidad que el Hijo asume está totalmente
"ungida por el Espíritu Santo". Jesús es constituido
"Cristo" por el Espíritu Santo (cf. Lc 4, 18-19; Is 61,
1). La Virgen María concibe a Cristo del Espíritu Santo quien
por medio del ángel lo anuncia como Cristo en su nacimiento (cf.
Lc 2,11) e impulsa a Simeón a ir al Templo a ver al Cristo del
Señor(cf. Lc 2, 26-27); es de quien Cristo está lleno (cf. Lc 4,
1) y cuyo poder emana de Cristo en sus curaciones y en sus
acciones salvíficas (cf. Lc 6, 19; 8, 46). Es él en fin quien
resucita a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 1, 4; 8, 11). Por
tanto, constituido plenamente "Cristo" en su Humanidad
victoriosa de la muerte (cf. Hch 2, 36), Jesús distribuye
profusamente el Espíritu Santo hasta que "los santos"
constituyan, en su unión con la Humanidad del Hijo de Dios,
"ese Hombre perfecto ... que realiza la plenitud de
Cristo" (Ef 4, 13): "el Cristo total" según la
expresión de San Agustín.
696 El fuego. Mientras que el agua significaba
el nacimiento y la fecundidad de la Vida dada en el Espíritu
Santo, el fuego simboliza la energía transformadora de los actos
del Espíritu Santo. El profeta Elías que "surgió como el
fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha" (Si 48, 1), con
su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del
monte Carmelo (cf. 1 R 18, 38-39), figura del fuego del Espíritu
Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, "que precede
al Señor con el espíritu y el poder de Elías" (Lc 1, 17),
anuncia a Cristo como el que "bautizará en el Espíritu
Santo y el fuego" (Lc 3, 16), Espíritu del cual Jesús
dirá: "He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto
desearía que ya estuviese encendido!" (Lc 12, 49). Bajo la
forma de lenguas "como de fuego", como el Espíritu
Santo se posó sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y
los llenó de él (Hch 2, 3-4). La tradición espiritual
conservará este simbolismo del fuego como uno de los más
expresivos de la acción del Espíritu Santo (cf. San Juan de la
Cruz, Llama de amor viva). "No extingáis el
Espíritu"(1 Te 5, 19).
697 La nube y la luz. Estos dos símbolos son
inseparables en las manifestaciones del Espíritu Santo. Desde las
teofanías del Antiguo Testamento, la Nube, unas veces oscura,
otras luminosa, revela al Dios vivo y salvador, tendiendo así un
velo sobre la transcendencia de su Gloria: con Moisés en la
montaña del Sinaí (cf. Ex 24, 15-18), en la Tienda de Reunión
(cf. Ex 33, 9-10) y durante la marcha por el desierto (cf. Ex 40,
36-38; 1 Co 10, 1-2); con Salomón en la dedicación del Templo
(cf. 1 R 8, 10-12). Pues bien, estas figuras son cumplidas por
Cristo en el Espíritu Santo. El es quien desciende sobre la
Virgen María y la cubre "con su sombra" para que ella
conciba y dé a luz a Jesús (Lc 1, 35). En la montaña de la
Transfiguración es El quien "vino en una nube y cubrió con
su sombra" a Jesús, a Moisés y a Elías, a Pedro, Santiago
y Juan, y "se oyó una voz desde la nube que decía: Este es
mi Hijo, mi Elegido, escuchadle" (Lc 9, 34-35). Es,
finalmente, la misma nube la que "ocultó a Jesús a los
ojos" de los discípulos el día de la Ascensión (Hch 1, 9),
y la que lo revelará como Hijo del hombre en su Gloria el Día de
su Advenimiento (cf. Lc 21, 27).
698 El sello es un símbolo cercano al de la
unción. En efecto, es Cristo a quien "Dios ha marcado con su
sello" (Jn 6, 27) y el Padre nos marca también en él con su
sello (2 Co 1, 22; Ef 1, 13; 4, 30). Como la imagen del sello
["sphragis"] indica el carácter indeleble de la Unción
del Espíritu Santo en los sacramentos del Bautismo, de la
Confirmación y del Orden, esta imagen se ha utilizado en ciertas
tradiciones teológicas para expresar el "carácter"
imborrable impreso por estos tres sacramentos, los cuales no
pueden ser reiterados.
699 La mano. Imponiendo las manos Jesús cura a
los enfermos(cf. Mc 6, 5; 8, 23) y bendice a los niños (cf. Mc
10, 16).En su Nombre, los Apóstoles harán lo mismo (cf. Mc 16,
18; Hch 5, 12; 14, 3). Más aún, mediante la imposición de manos
de los Apóstoles el Espíritu Santo nos es dado (cf. Hch 8,
17-19; 13, 3; 19, 6). En la carta a los Hebreos, la imposición de
las manos figura en el número de los "artículos
fundamentales" de su enseñanza (cf. Hb 6, 2). Este signo de
la efusión todopoderosa del Espíritu Santo, la Iglesia lo ha
conservado en sus epíclesis sacramentales.
700 El dedo. "Por el dedo de Dios expulso
yo [Jesús] los demonios" (Lc 11, 20). Si la Ley de Dios ha
sido escrita en tablas de piedra "por el dedo de Dios"
(Ex 31, 18), la "carta de Cristo" entregada a los
Apóstoles "está escrita no con tinta, sino con el Espíritu
de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne
del corazón" (2 Co 3, 3). El himno "Veni Creator"
invoca al Espíritu Santo como "digitus paternae
dexterae" ("dedo de la diestra del Padre").
701 La paloma. Al final del diluvio (cuyo
simbolismo se refiere al Bautismo), la paloma soltada por Noé
vuelve con una rama tierna de olivo en el pico, signo de que la
tierra es habitable de nuevo(cf. Gn 8, 8-12). Cuando Cristo sale
del agua de su bautismo, el Espíritu Santo, en forma de paloma,
baja y se posa sobre él (cf. Mt 3, 16 par.). El Espíritu
desciende y reposa en el corazón purificado de los bautizados. En
algunos templos, la santa Reserva eucarística se conserva en un
receptáculo metálico en forma de paloma (el columbarium),
suspendido por encima del altar. El símbolo de la paloma para
sugerir al Espíritu Santo es tradicional en la iconografía
cristiana.
III EL ESPIRITU Y LA PALABRA DE DIOS
EN EL TIEMPO DE LAS PROMESAS
702 Desde el comienzo y hasta "la plenitud
de los tiempos" (Ga 4, 4), la Misión conjunta del Verbo y
del Espíritu del Padre permanece oculta pero activa. El Espíritu
de Dios preparaba entonces el tiempo del Mesías, y ambos, sin
estar todavía plenamente revelados, ya han sido prometidos a fin
de ser esperados y aceptados cuando se manifiesten. Por eso,
cuando la Iglesia lee el Antiguo Testamento (cf. 2 Co 3, 14),
investiga en él (cf. Jn 5, 39-46) lo que el Espíritu, "que
habló por los profetas", quiere decirnos acerca de Cristo.
Por "profetas", la fe de la Iglesia
entiende aquí a todos los que fueron inspirados por el Espíritu
Santo en el vivo anuncio y en la redacción de los Libros Santos,
tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. La tradición judía
distingue la Ley [los cinco primeros libros o Pentateuco], los
Profetas [que nosotros llamamos los libros históricos y
proféticos] y los Escritos [sobre todo sapienciales, en
particular los Salmos, cf. Lc 24, 44].
En la Creación
703 La Palabra de Dios y su Soplo están en el
origen del ser y de la vida de toda creatura (cf. Sal 33, 6; 104,
30; Gn 1, 2; 2, 7; Qo 3, 20-21; Ez 37, 10):
Es justo que el Espíritu Santo reine,
santifique y anime la creación porque es Dios consubstancial al
Padre y al Hijo ... A El se le da el poder sobre la vida, porque
siendo Dios guarda la creación en el Padre por el Hijo (Liturgia
bizantina, Tropario de maitines, domingos del segundo modo).
704 "En cuanto al hombre, es con sus
propias manos [es decir, el Hijo y el Espíritu Santo] como Dios
lo hizo ... y él dibujó sobre la carne moldeada su propia forma,
de modo que incluso lo que fuese visible llevase la forma
divina" (San Ireneo, dem. 11).
El Espíritu de la promesa
705 Desfigurado por el pecado y por la muerte,
el hombre continua siendo "a imagen de Dios", a imagen
del Hijo, pero "privado de la Gloria de Dios" (Rm 3,
23), privado de la "semejanza". La Promesa hecha a
Abraham inaugura la Economía de la Salvación, al final de la
cual el Hijo mismo asumirá "la imagen" (cf. Jn 1, 14;
Flp 2, 7) y la restaurará en "la semejanza" con el
Padre volviéndole a dar la Gloria, el Espíritu "que da la
Vida".
706 Contra toda esperanza humana, Dios promete
a Abraham una descendencia, como fruto de la fe y del poder del
Espíritu Santo (cf. Gn 18, 1-15; Lc 1, 26-38. 54-55; Jn 1, 12-13;
Rm 4, 16-21). En ella serán bendecidas todas las naciones de la
tierra (cf. Gn 12, 3). Esta descendencia será Cristo (cf. Ga 3,
16) en quien la efusión del Espíritu Santo formará "la
unidad de los hijos de Dios dispersos" (cf. Jn 11, 52).
Comprometiéndose con juramento (cf. Lc 1, 73), Dios se obliga ya
al don de su Hijo Amado (cf. Gn 22, 17-19; Rm 8, 32;Jn 3, 16) y al
don del "Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda ...
para redención del Pueblo de su posesión" (Ef 1, 13-14; cf.
Ga 3, 14).
En las Teofanías y en la Ley
707 Las Teofanías [manifestaciones de Dios]
iluminan el camino de la Promesa, desde los Patriarcas a Moisés y
desde Josué hasta las visiones que inauguran la misión de los
grandes profetas. La tradición cristiana siempre ha reconocido
que, en estas Teofanías, el Verbo de Dios se dejaba ver y oír, a
la vez revelado y "cubierto" por la nube del Espíritu
Santo.
708 Esta pedagogía de Dios aparece
especialmente en el don de la Ley (cf. Ex 19-20; Dt 1-11; 29-30),
que fue dada como un "pedagogo" para conducir al Pueblo
hacia Cristo (Ga 3, 24). Pero su impotencia para salvar al hombre
privado de la "semejanza" divina y el conocimiento
creciente que ella da del pecado (cf. Rm 3, 20) suscitan el deseo
del Espíritu Santo. Los gemidos de los Salmos lo atestiguan.
En el Reino y en el Exilio
709 La Ley, signo de la Promesa y de la
Alianza, habría debido regir el corazón y las instituciones del
Pueblo salido de la fe de Abraham. "Si de veras escucháis mi
voz y guardáis mi alianza, ... seréis para mí un reino de
sacerdotes y una nación santa" (Ex 19,5-6; cf. 1 P 2, 9).
Pero, después de David, Israel sucumbe a la tentación de
convertirse en un reino como las demás naciones. Pues bien, el
Reino objeto de la promesa hecha a David (cf. 2 S 7; Sal 89; Lc 1,
32-33) será obra del Espíritu Santo; pertenecerá a los pobres
según el Espíritu.
710 El olvido de la Ley y la infidelidad a la
Alianza llevan a la muerte: el Exilio, aparente fracaso de las
Promesas, es en realidad fidelidad misteriosa del Dios Salvador y
comienzo de una restauración prometida, pero según el Espíritu.
Era necesario que el Pueblo de Dios sufriese esta purificación
(cf. Lc 24, 26); el Exilio lleva ya la sombra de la Cruz en el
Designio de Dios, y el Resto de pobres que vuelven del Exilio es
una de la figuras más transparentes de la Iglesia.
La espera del Mesías y de su Espíritu
711 "He aquí que yo lo renuevo"(Is
43, 19): dos líneas proféticas se van a perfilar, una se refiere
a la espera del Mesías, la otra al anuncio de un Espíritu nuevo,
y las dos convergen en el pequeño Resto, el pueblo de los Pobres
(cf. So 2, 3), que aguardan en la esperanza la "consolación
de Israel" y "la redención de Jerusalén" (cf. Lc
2, 25. 38).
Ya se ha dicho cómo Jesús cumple las
profecías que a él se refieren. A continuación se describen
aquellas en que aparece sobre todo la relación del Mesías y de
su Espíritu.
712 Los rasgos del rostro del Mesías esperado
comienzan a aparecer en el Libro del Emmanuel (cf. Is 6, 12)
("cuando Isaías tuvo la visión de la Gloria" de
Cristo: Jn 12, 41), en particular en Is 11, 1-2:
Saldrá un vástago del tronco de Jesé,
y un retoño de sus raíces brotará.
Reposará sobre él el Espíritu del Señor:
espíritu de sabiduría e inteligencia,
espíritu de consejo y de fortaleza,
espíritu de ciencia y temor del Señor.
713 Los rasgos del Mesías se revelan sobre
todo en los Cantos del Siervo (cf. Is 42, 1-9; cf. Mt 12, 18-21;
Jn 1, 32-34; después Is 49, 1-6; cf. Mt 3, 17; Lc 2, 32, y en fin
Is 50, 4-10 y 52, 13-53, 12). Estos cantos anuncian el sentido de
la Pasión de Jesús, e indican así cómo enviará el Espíritu
Santo para vivificar a la multitud: no desde fuera, sino
desposándose con nuestra "condición de esclavos" (Flp
2, 7). Tomando sobre sí nuestra muerte, puede comunicarnos su
propio Espíritu de vida.
714 Por eso Cristo inaugura el anuncio de la
Buena Nueva haciendo suyo este pasaje de Isaías (Lc 4, 18-19; cf.
Is 61, 1-2):
El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido.
Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena
Nueva,
a proclamar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor.
715 Los textos proféticos que se refieren
directamente al envío del Espíritu Santo son oráculos en los
que Dios habla al corazón de su Pueblo en el lenguaje de la
Promesa, con los acentos del "amor y de la fidelidad"
(cf. Ez. 11, 19; 36, 25-28; 37, 1-14; Jr 31, 31-34; y Jl 3, 1-5,
cuyo cumplimiento proclamará San Pedro la mañana de
Pentecostés, cf. Hch 2, 17-21).Según estas promesas, en los
"últimos tiempos", el Espíritu del Señor renovará el
corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva; reunirá
y reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará
la primera creación y Dios habitará en ella con los hombres en
la paz.
716 El Pueblo de los "pobres" (cf. So
2, 3; Sal 22, 27; 34, 3; Is 49, 13; 61, 1; etc.), los humildes y
los mansos, totalmente entregados a los designios misteriosos de
Dios, los que esperan la justicia, no de los hombres sino del
Mesías, todo esto es, finalmente, la gran obra de la Misión
escondida del Espíritu Santo durante el tiempo de las Promesas
para preparar la venida de Cristo. Esta es la calidad de corazón
del Pueblo, purificado e iluminado por el Espíritu, que se
expresa en los Salmos. En estos pobres, el Espíritu prepara para
el Señor "un pueblo bien dispuesto" (cf. Lc 1, 17).
IV EL ESPIRITU DE CRISTO EN LA PLENITUD DE LOS
TIEMPOS
Juan, Precursor, Profeta y Bautista
717 "Hubo un hombre, enviado por Dios, que
se llamaba Juan. (Jn 1, 6). Juan fue "lleno del Espíritu
Santo ya desde el seno de su madre" (Lc 1, 15. 41) por obra
del mismo Cristo que la Virgen María acababa de concebir del
Espíritu Santo. La "visitación" de María a Isabel se
convirtió así en "visita de Dios a su pueblo" (Lc 1,
68).
718 Juan es "Elías que debe venir"
(Mt 17, 10-13): El fuego del Espíritu lo habita y le hace correr
delante [como "precursor"] del Señor que viene. En Juan
el Precursor, el Espíritu Santo culmina la obra de "preparar
al Señor un pueblo bien dispuesto" (Lc 1, 17).
719 Juan es "más que un profeta" (Lc
7, 26). En él, el Espíritu Santo consuma el "hablar por los
profetas". Juan termina el ciclo de los profetas inaugurado
por Elías (cf. Mt 11, 13-14). Anuncia la inminencia de la
consolación de Israel, es la "voz" del Consolador que
llega (Jn 1, 23; cf. Is 40, 1-3). Como lo hará el Espíritu de
Verdad, "vino como testigo para dar testimonio de la
luz" (Jn 1, 7;cf. Jn 15, 26; 5, 33). Con respecto a Juan, el
Espíritu colma así las "indagaciones de los profetas"
y la ansiedad de los ángeles (1 P 1, 10-12): "Aquél sobre
quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el
que bautiza con el Espíritu Santo ... Y yo lo he visto y doy
testimonio de que este es el Hijo de Dios ... He ahí el Cordero
de Dios" (Jn 1, 33-36).
720 En fin, con Juan Bautista, el Espíritu
Santo, inaugura, prefigurándolo, lo que realizará con y en
Cristo: volver a dar al hombre la "semejanza" divina. El
bautismo de Juan era para el arrepentimiento, el del agua y del
Espíritu será un nuevo nacimiento (cf. Jn 3, 5).
“Alégrate, llena de gracia”
721 María, la Santísima Madre de Dios, la
siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del
Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en
el designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado,
el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu
pueden habitar entre los hombres. Por ello, los más bellos textos
sobre la sabiduría, la tradición de la Iglesia los ha entendido
frecuentemente con relación a María (cf. Pr 8, 1-9, 6; Si 24):
María es cantada y representada en la Liturgia como el trono de
la "Sabiduría".
En ella comienzan a manifestarse las
"maravillas de Dios", que el Espíritu va a realizar en
Cristo y en la Iglesia:
722 El Espíritu Santo preparó a María con su
gracia . Convenía que fuese "llena de gracia" la madre
de Aquél en quien "reside toda la Plenitud de la Divinidad
corporalmente" (Col 2, 9). Ella fue concebida sin pecado, por
pura gracia, como la más humilde de todas las criaturas, la más
capaz de acoger el don inefable del Omnipotente. Con justa razón,
el ángel Gabriel la saluda como la "Hija de Sión":
"Alégrate" (cf. So 3, 14; Za 2, 14). Cuando ella lleva
en sí al Hijo eterno, es la acción de gracias de todo el Pueblo
de Dios, y por tanto de la Iglesia, esa acción de gracias que
ella eleva en su cántico al Padre en el Espíritu Santo (cf. Lc
1, 46-55).
723 En María el Espíritu Santo realiza el
designio benevolente del Padre. La Virgen concibe y da a luz al
Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo. Su virginidad se
convierte en fecundidad única por medio del poder del Espíritu y
de la fe (cf. Lc 1, 26-38; Rm 4, 18-21; Ga 4, 26-28).
724 En María, el Espíritu Santo manifiesta al
Hijo del Padre hecho Hijo de la Virgen. Ella es la zarza ardiente
de la teofanía definitiva: llena del Espíritu Santo, presenta al
Verbo en la humildad de su carne dándolo a conocer a los pobres
(cf. Lc 2, 15-19) y a las primicias de las naciones (cf. Mt 2,
11).
725 En fin, por medio de María, el Espíritu
Santo comienza a poner en Comunión con Cristo a los hombres
"objeto del amor benevolente de Dios" (cf. Lc 2, 14), y
los humildes son siempre los primeros en recibirle: los pastores,
los magos, Simeón y Ana, los esposos de Caná y los primeros
discípulos.
726 Al término de esta Misión del Espíritu,
María se convierte en la "Mujer", nueva Eva "madre
de los vivientes", Madre del "Cristo total" (cf. Jn
19, 25-27). Así es como ella está presente con los Doce, que
"perseveraban en la oración, con un mismo espíritu"
(Hch 1, 14), en el amanecer de los "últimos tiempos"
que el Espíritu va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con
la manifestación de la Iglesia.
Cristo Jesús
727 Toda la Misión del Hijo y del Espíritu
Santo en la plenitud de los tiempos se resume en que el Hijo es el
Ungido del Padre desde su Encarnación: Jesús es Cristo, el
Mesías.
Todo el segundo capítulo del Símbolo de la fe
hay que leerlo a la luz de esto. Toda la obra de Cristo es misión
conjunta del Hijo y del Espíritu Santo. Aquí se mencionará
solamente lo que se refiere a la promesa del Espíritu Santo hecha
por Jesús y su don realizado por el Señor glorificado.
728 Jesús no revela plenamente el Espíritu
Santo hasta que él mismo no ha sido glorificado por su Muerte y
su Resurrección. Sin embargo, lo sugiere poco a poco, incluso en
su enseñanza a la muchedumbre, cuando revela que su Carne será
alimento para la vida del mundo (cf. Jn 6, 27. 51.62-63). Lo
sugiere también a Nicodemo (cf. Jn 3, 5-8), a la Samaritana (cf.
Jn 4, 10. 14. 23-24) y a los que participan en la fiesta de los
Tabernáculos (cf. Jn 7, 37-39). A sus discípulos les habla de
él abiertamente a propósito de la oración (cf. Lc 11, 13) y del
testimonio que tendrán que dar (cf. Mt 10, 19-20).
729 Solamente cuando ha llegado la Hora en que
va a ser glorificado Jesús promete la venida del Espíritu Santo,
ya que su Muerte y su Resurrección serán el cumplimiento de la
Promesa hecha a los Padres (cf. Jn 14, 16-17. 26; 15, 26; 16,
7-15; 17, 26): El Espíritu de Verdad, el otro Paráclito, será
dado por el Padre en virtud de la oración de Jesús; será
enviado por el Padre en nombre de Jesús; Jesús lo enviará de
junto al Padre porque él ha salido del Padre. El Espíritu Santo
vendrá, nosotros lo conoceremos, estará con nosotros para
siempre, permanecerá con nosotros; nos lo enseñará todo y nos
recordará todo lo que Cristo nos ha dicho y dará testimonio de
él; nos conducirá a la verdad completa y glorificará a Cristo.
En cuanto al mundo lo acusará en materia de pecado, de justicia y
de juicio.
730 Por fin llega la Hora de Jesús (cf. Jn 13,
1; 17, 1): Jesús entrega su espíritu en las manos del Padre (cf.
Lc 23, 46; Jn 19, 30) en el momento en que por su Muerte es
vencedor de la muerte, de modo que, "resucitado de los
muertos por la Gloria del Padre" (Rm 6, 4), enseguida da a
sus discípulos el Espíritu Santo dirigiendo sobre ellos su
aliento (cf. Jn 20, 22). A partir de esta hora, la misión de
Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia:
"Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20,
21; cf. Mt 28, 19; Lc 24, 47-48; Hch 1, 8).
V EL ESPIRITU Y LA IGLESIA EN LOS ULTIMOS
TIEMPOS
Pentecostés
731 El día de Pentecostés (al término de las
siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la
efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como
Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor (cf. Hch 2,
36), derrama profusamente el Espíritu.
732 En este día se revela plenamente la
Santísima Trinidad. Desde ese día el Reino anunciado por Cristo
está abierto a todos los que creen en El: en la humildad de la
carne y en la fe, participan ya en la Comunión de la Santísima
Trinidad. Con su venida, que no cesa, el Espíritu Santo hace
entrar al mundo en los "últimos tiempos", el tiempo de
la Iglesia, el Reino ya heredado, pero todavía no consumado:
Hemos visto la verdadera Luz, hemos recibido el
Espíritu celestial, hemos encontrado la verdadera fe: adoramos la
Trinidad indivisible porque ella nos ha salvado (Liturgia
bizantina, Tropario de Vísperas de Pentecostés; empleado
también en las liturgias eucarísticas después de la comunión)
El Espíritu Santo, El Don de Dios
733 "Dios es Amor" (1 Jn 4, 8. 16) y
el Amor que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor
"Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu
Santo que nos ha sido dado" (Rm 5, 5).
734 Puesto que hemos muerto, o al menos, hemos
sido heridos por el pecado, el primer efecto del don del Amor es
la remisión de nuestros pecados. La Comunión con el Espíritu
Santo (2 Co 13, 13) es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los
bautizados la semejanza divina perdida por el pecado.
735 El nos da entonces las "arras" o
las "primicias" de nuestra herencia (cf. Rm 8, 23; 2 Co
1, 21): la Vida misma de la Santísima Trinidad que es amar
"como él nos ha amado" (cf. 1 Jn 4, 11-12). Este amor
(la caridad de 1 Co 13) es el principio de la vida nueva en
Cristo, hecha posible porque hemos "recibido una fuerza, la
del Espíritu Santo" (Hch 1, 8).
736 Gracias a este poder del Espíritu Santo
los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la
Vid verdadera hará que demos "el fruto del Espíritu que es
caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad,
mansedumbre, templanza"(Ga 5, 22-23). "El Espíritu es
nuestra Vida": cuanto más renunciamos a nosotros mismos (cf.
Mt 16, 24-26), más "obramos también según el
Espíritu" (Ga 5, 25):
Por la comunión con él, el Espíritu Santo
nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al
Reino de los cielos y a la adopción filial, nos da la confianza
de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de
ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna
(San Basilio, Spir. 15,36).
El Espíritu Santo y la Iglesia
737 La misión de Cristo y del Espíritu Santo
se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu
Santo. Esta misión conjunta asocia desde ahora a los fieles de
Cristo en su Comunión con el Padre en el Espíritu Santo: El
Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia,
para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado,
les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y
su Resurrección. Les hace presente el Misterio de Cristo, sobre
todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la
Comunión con Dios, para que den "mucho fruto" (Jn 15,
5. 8. 16).
738 Así, la misión de la Iglesia no se añade
a la de Cristo y del Espíritu Santo, sino que es su sacramento:
con todo su ser y en todos sus miembros ha sido enviada para
anunciar y dar testimonio, para actualizar y extender el Misterio
de la Comunión de la Santísima Trinidad (esto será el objeto
del próximo artículo):
Todos nosotros que hemos recibido el mismo y
único espíritu, a saber, el Espíritu Santo, nos hemos fundido
entre nosotros y con Dios ya que por mucho que nosotros seamos
numerosos separadamente y que Cristo haga que el Espíritu del
Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, este Espíritu único
e indivisible lleva por sí mismo a la unidad a aquellos que son
distintos entre sí ... y hace que todos aparezcan como una sola
cosa en él . Y de la misma manera que el poder de la santa
humanidad de Cristo hace que todos aquellos en los que ella se
encuentra formen un solo cuerpo, pienso que también de la misma
manera el Espíritu de Dios que habita en todos, único e
indivisible, los lleva a todos a la unidad espiritual (San Cirilo
de Alejandría, Jo 12).
739 Puesto que el Espíritu Santo es la Unción
de Cristo, es Cristo, Cabeza del Cuerpo, quien lo distribuye entre
sus miembros para alimentarlos, sanarlos, organizarlos en sus
funciones mutuas, vivificarlos, enviarlos a dar testimonio,
asociarlos a su ofrenda al Padre y a su intercesión por el mundo
entero. Por medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo
comunica su Espíritu, Santo y Santificador, a los miembros de su
Cuerpo (esto será el objeto de la segunda parte del Catecismo).
740 Estas "maravillas de Dios",
ofrecidas a los creyentes en los Sacramentos de la Iglesia,
producen sus frutos en la vida nueva, en Cristo, según el
Espíritu (esto será el objeto de la tercera parte del
Catecismo).
741 "El Espíritu viene en ayuda de
nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene;
mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos
inefables" (Rm 8, 26). El Espíritu Santo, artífice de las
obras de Dios, es el Maestro de la oración (esto será el objeto
de la cuarta parte del Catecismo).
RESUMEN
742 "La prueba de que sois hijos es que
Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que
clama:Abba, Padre" (Ga 4, 6).
743 Desde el comienzo y hasta de la
consumación de los tiempos, cuando Dios envía a su Hijo, envía
siempre a su Espíritu: la misión de ambos es conjunta e
inseparable.
744 En la plenitud de los tiempos, el Espíritu
Santo realiza en María todas las preparaciones para la venida de
Cristo al Pueblo de Dios. Mediante la acción del Espíritu Santo
en ella, el Padre da al mundo el Emmanue l, "Dios con
nosotros" (Mt 1, 23).
745 El Hijo de Dios es consagrado Cristo
[Mesías] mediante la Unción del Espíritu Santo en su
Encarnación (cf. Sal 2, 6-7).
746 Por su Muerte y su Resurrección, Jesús es
constituído Señor y Cristo en la gloria (Hch 2, 36). De su
plenitud derrama el Espíritu Santo sobre los Apóstoles y la
Iglesia.
747 El Espíritu Santo que Cristo, Cabeza,
derrama sobre sus miembros, construye, anima y santifica a la
Iglesia. Ella es el sacramento de la Comunión de la Santísima
Trinidad con los hombres.
Articulo 9 “CREO EN LA SANTA IGLESIA CATOLICA”
748 "Cristo es la luz de los pueblos. Por
eso, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea
vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo,
que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el
evangelio a todas las criaturas". Con estas palabras comienza
la "Constitución dogmática sobre la Iglesia" del
Concilio Vaticano II. Así, el Concilio muestra que el artículo
de la fe sobre la Iglesia depende enteramente de los artículos
que se refieren a Cristo Jesús. La Iglesia no tiene otra luz que
la de Cristo; ella es, según una imagen predilecta de los Padres
de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol.
749 El artículo sobre la Iglesia depende
enteramente también del que le precede, sobre el Espíritu Santo.
"En efecto, después de haber mostrado que el Espíritu Santo
es la fuente y el dador de toda santidad, confesamos ahora que es
El quien ha dotado de santidad a la Iglesia" (Catech. R. 1,
10, 1). La Iglesia, según la expresión de los Padres, es el
lugar "donde florece el Espíritu" (San Hipóli to, t.a.
35).
750 Creer que la Iglesia es "Santa" y
"Católica", y que es "Una" y
"Apostólica" (como añade el Símbolo
nicenoconstantinopolitano) es inseparable de la fe en Dios, Padre,
Hijo y Espíritu Santo. En el Símbolo de los Apóstoles, hacemos
profesión de creer que existe una Iglesia Santa ("Credo ...
Ecclesiam"), y no de creer en la Iglesia para no confundir a
Dios con sus obras y para atribuir claramente a la bondad de Dios
todos los dones que ha puesto en su Iglesia (cf. Catech. R. 1, 10,
22).
Párrafo 1 LA IGLESIA EN EL DESIGNIO DE DIOS
I LOS NOMBRES Y LAS IMAGENES DE LA IGLESIA
751 La palabra "Iglesia"
["ekklèsia", del griego "ek-kalein" -
"llamar fuera"] significa "convocación".
Designa asambleas del pueblo (cf. Hch 19, 39), en general de
carácter religioso. Es el término frecuentemente utilizado en el
texto griego del Antiguo Testamento para designar la asamblea del
pueblo elegido en la presencia de Dios, sobre todo cuando se trata
de la asamblea del Sinaí, en donde Israel recibió la Ley y fue
constituido por Dios como su pueblo santo (cf. Ex 19). Dándose a
sí misma el nombre de "Iglesia", la primera comunidad
de los que creían en Cristo se reconoce heredera de aquella
asamblea. En ella, Dios "convoca" a su Pueblo desde
todos los confines de la tierra. El término "Kiriaké",
del que se deriva las palabras "church" en inglés, y
"Kirche" en alemán, significa "la que pertenece al
Señor".
752 En el lenguaje cristiano, la palabra
"Iglesia" designa no sólo la asamblea litúrgica (cf. 1
Co 11, 18; 14, 19. 28. 34. 35), sino también la comunidad local
(cf. 1 Co 1, 2; 16, 1) o toda la comunidad universal de los
creyentes (cf. 1 Co 15, 9; Ga 1, 13; Flp 3, 6). Estas tres
significaciones son inseparables de hecho. La "Iglesia"
es el pueblo que Dios reúne en el mundo entero. La Iglesia de
Dios existe en las comunidades locales y se realiza como asamblea
litúrgica, sobre todo eucarística. La Iglesia vive de la Palabra
y del Cuerpo de Cristo y de esta manera viene a ser ella misma
Cuerpo de Cristo.
Los símbolos de la Iglesia
753 En la Sagrada Escritura encontramos
multitud de imágenes y de figuras relacionadas entre sí,
mediante las cuales la revelación habla del Misterio inagotable
de la Iglesia. Las imágenes tomadas del Antiguo Testamento
constituyen variaciones de una idea de fondo, la del "Pueblo
de Dios". En el Nuevo Testamento (cf. Ef 1, 22; Col 1, 18),
todas estas imágenes adquieren un nuevo centro por el hecho de
que Cristo viene a ser "la Cabeza" de este Pueblo (cf.
LG 9) el cual es desde entonces su Cuerpo. En torno a este centro
se agrupan imágenes "tomadas de la vida de los pastores, de
la agricultura, de la construcción, incluso de la familia y del
matrimonio" (LG 6).
754 "La Iglesia, en efecto, es el redil
cuya puerta única y necesaria es Cristo(Jn 10, 1-10). Es también
el rebaño cuy pastor será el mismo Dios, como él mismo anunció
(cf. Is 40, 11; Ez 34, 11-31). Aunque son pastores humanos quien
es gobiernan a las ovejas, sin embargo es Cristo mismo el que sin
cesar las guía y alimenta; El, el Buen Pastor y Cabeza de los
pastores (cf. Jn 10, 11; 1 P 5, 4), que dio su vida por las ovejas
(cf. Jn 10, 11-15)".
755 "La Iglesia es labranza o campo de
Dios (1 Co 3, 9). En este campo crece el antiguo olivo cuya raíz
santa fueron los patriarcas y en el que tuvo y tendrá lugar la
reconciliación de los judíos y de los gentiles (Rm 11, 13-26).
El labrador del cielo la plantó como viña selecta (Mt 21, 33-43
par.; cf. Is 5, 1-7). La verdadera vid es Cristo, que da vida y
fecundidad a a los sarmientos, es decir, a nosotros, que
permanecemos en él por medio de la Iglesia y que sin él no
podemos hacer nada (Jn 15, 1-5)".
756 "También muchas veces a la Iglesia se
la llama construcción de Dios (1 Co 3, 9). El Señor mismo se
comparó a la piedra que desecharon los constructores, pero que se
convirtió en la piedra angular (Mt 21, 42 par.; cf. Hch 4, 11; 1
P 2, 7; Sal 118, 22). Los apóstoles construyen la Iglesia sobre
ese fundamento (cf. 1 Co 3, 11), que le da solidez y cohesión.
Esta construcción recibe diversos nombres: casa de Dios: casa de
Dios (1 Tim 3, 15) en la que habita su familia, habitación de
Dios en el Espíritu (Ef 2, 19-22), tienda de Dios con los hombres
(Ap 21, 3), y sobre todo, templo santo. Representado en los
templos de piedra, los Padres cantan sus alabanzas, y la liturgia,
con razón, lo compara a la ciudad santa, a la nueva Jerusalén.
En ella, en efecto, nosotros como piedras vivas entramos en su
construcción en este mundo (cf. 1 P 2, 5). San Juan ve en el
mundo renovado bajar del cielo, de junto a Dios, esta ciudad santa
arreglada como una esposa embellecidas para su esposo (Ap 21,
1-2)".
757 "La Iglesia que es llamada también
"la Jerusalén de arriba" y "madre nuestra"
(Ga 4, 26; cf. Ap 12, 17), y se la describe como la esposa
inmaculada del Cordero inmaculado (Ap 19, 7; 21, 2. 9; 22, 17).
Cristo `la amó y se entregó por ella para santificarla' (Ef 5,
25-26); se unió a ella en alianza indisoluble, `la alimenta y la
cuida' (Ef 5, 29) sin cesar" (LG 6).
II ORIGEN, FUNDACION Y MISION DE LA IGLESIA
758 Para penetrar en el Misterio de la Iglesia,
conviene primeramente contemplar su origen dentro del designio de
la Santísima Trinidad y su realización progresiva en la
historia.
Un designio nacido en el corazón del Padre
759 "El Padre eterno creó el mundo por
una decisión totalmente libre y misteriosa de su sabiduría y
bondad. Decidió elevar a los hombres a la participación de la
vida divina" a la cual llama a todos los hombres en su Hijo:
"Dispuso convocar a los creyentes en Cristo en la santa
Iglesia". Esta "familia de Dios" se constituye y se
realiza gradualmente a lo largo de las etapas de la historia
humana, según las disposiciones del Padre: en efecto, la Iglesia
ha sido "prefigurada ya desde el origen del mundo y preparada
maravillosamente en la historia del pueblo de Israel y en la
Antigua Alianza; se constituyó en los últimos tiempos, se
manifestó por la efusión del Espíritu y llegará gloriosamente
a su plenitud al final de los siglos" (LG 2).
La Iglesia, prefigurada desde el origen del
mundo
760 "El mundo fue creado en orden a la
Iglesia" decían los cristianos de los primeros tiempos
(Hermas, vis.2, 4,1; cf. Arístides, apol. 16, 6; Justino, apol.
2, 7). Dios creó el mundo en orden a la comunión en su vida
divina, "comunión" que se realiza mediante la
"convocación" de los hombres en Cristo, y esta
"convocación" es la Iglesia. La Iglesia es la finalidad
de todas las cosas (cf. San Epifanio, haer. 1,1,5), e incluso las
vicisitudes dolorosas como la caída de los ángeles y el pecado
del hombre, no fueron permitidas por Dios más que como ocasión y
medio de desplegar toda la fuerza de su brazo, toda la medida del
amor que quería dar al mundo:
Así como la voluntad de Dios es un acto y se
llama mundo, así su intención es la salvación de los hombres y
se llama Iglesia (Clemente de Alej. paed. 1, 6).
La Iglesia, preparada en la Antigua Alianza
761 La reunión del pueblo de Dios comienza en
el instante en que el pecado destruye la comunión de los hombres
con Dios y la de los hombres entre sí. La reunión de la Iglesia
es por así decirlo la reacción de Dios al caos provocado por el
pecado. Esta reunificación se realiza secretamente en el seno de
todos los pueblos: "En cualquier nación el que le teme [a
Dios] y practica la justicia le es grato" (Hch 10, 35; cf LG
9; 13; 16).
762 La preparación lejana de la reunión del
pueblo de Dios comienza con la vocación de Abraham, a quien Dios
promete que llegará a ser Padre de un gran pueblo (cf Gn 12, 2;
15, 5-6). La preparación inmediata comienza con la elección de
Israel como pueblo de Dios (cf Ex 19, 5-6; Dt 7, 6). Por su
elección, Israel debe ser el signo de la reunión futura de todas
las naciones (cf Is 2, 2-5; Mi 4, 1-4). Pero ya los profetas
acusan a Israel de haber roto la alianza y haberse comportado como
una prostituta (cf Os 1; Is 1, 2-4; Jr 2; etc.). Anuncian, pues,
una Alianza nueva y eterna (cf. Jr 31, 31-34; Is 55, 3).
"Jesús instituyó esta nueva alianza" (LG 9).
La Iglesia - instituida por Cristo Jesús
763 Corresponde al Hijo realizar el plan de
Salvación de su Padre, en la plenitud de los tiempos; ese es el
motivo de su "misión" (cf. LG 3; AG 3). "El Señor
Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es
decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía
siglos en las Escrituras" (LG 5). Para cumplir la voluntad
del Padre, Cristo inauguró el Reino de los cielos en la tierra.
La Iglesia es el Reino de Cristo "presente ya en
misterio" (LG 3).
764 "Este Reino se manifiesta a los
hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de
Cristo" (LG 5). Acoger la palabra de Jesús es acoger
"el Reino" (ibid.). El germen y el comienzo del Reino
son el "pequeño rebaño" (Lc 12, 32), de los que Jesús
ha venido a convocar en torno suyo y de los que él mismo es el
pastor (cf. Mt 10, 16; 26, 31; Jn 10, 1-21). Constituyen la
verdadera familia de Jesús (cf. Mt 12, 49). A los que reunió
así en torno suyo, les enseñó no sólo una nueva "manera
de obrar", sino también una oración propia (cf. Mt 5-6).
765 El Señor Jesús dotó a su comunidad de
una estructura que permanecerá hasta la plena consumación del
Reino. Ante todo está la elección de los Doce con Pedro como su
Cabeza (cf. Mc 3, 14-15); puesto que representan a las doce tribus
de Israel (cf. Mt 19, 28; Lc 22, 30), ellos son los cimientos de
la nueva Jerusalén (cf. Ap 21, 12-14). Los Doce (cf. Mc6, 7) y
los otros discípulos (cf. Lc 10,1-2) participan en la misión de
Cristo, en su poder, y también en su suerte (cf. Mt 10, 25; Jn
15, 20). Con todos estos actos, Cristo prepara y edifica su
Iglesia.
766 Pero la Iglesia ha nacido principalmente
del don total de Cristo por nuestra salvación, anticipado en la
institución de la Eucaristía y realizado en la Cruz. "El
agua y la sangre que brotan del costado abierto de Jesús
crucificado son signo de este comienzo y crecimiento" (LG 3
."Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el
sacramento admirable de toda la Iglesia" (SC 5). Del mismo
modo que Eva fue formada del costado de Adán adormecido, así la
Iglesia nació del corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz
(cf. San Ambrosio, Luc 2, 85-89).
La Iglesia, manifestada por el Espíritu Santo
767 "Cuando el Hijo terminó la obra que
el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el
Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara
continuamente a la Iglesia" (LG 4). Es entonces cuando
"la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se
inició la difusión del evangelio entre los pueblos mediante la
predicación" (AG 4). Como ella es "convocatoria"
de salvación para todos los hombres, la Iglesia, por su misma
naturaleza, misionera enviada por Cristo a todas las naciones para
hacer de ellas discípulos suyos (cf. Mt 28, 19-20; AG 2,5-6).
768 Para realizar su misión, el Espíritu
Santo "la construye y dirige con diversos dones jerárquicos
y carismáticos" LG 4). "La Iglesia, enriquecida con los
dones de su Fundador y guardando fielmente sus mandamientos del
amor, la humildad y la renuncia, recibe la misión de anunciar y
establecer en todos los pueblos el Reino de Cristo y de Dios. Ella
constituye el germen y el comienzo de este Reino en la
tierra" (LG 5).
La Iglesia, consumada en la gloria
769 La Iglesia "sólo llegará a su
perfección en la gloria del cielo" (LG 48), cuando Cristo
vuelva glorioso. Hasta ese día, "la Iglesia avanza en su
peregrinación a través de las persecuciones del mundo y de los
consuelos de Dios" (San Agustín, civ. 18, 51;cf. LG 8).
Aquí abajo, ella se sabe en exilio, lejos del Señor (cf. 2Co 5,
6; LG 6), y aspira al advenimimento pleno del Reino, "y
espera y desea con todas sus fuerzas reunirse con su Rey en la
gloria" (LG 5). La consumación de la Iglesia en la gloria, y
a través de ella la del mundo, no sucederá sin grandes pruebas.
Solamente entonces, "todos los justos desde Adán, `desde el
justo Abel hasta el último de los elegidos' se reunirán con el
Padre en la Iglesia universal" (LG 2).
III EL MISTERIO DE LA IGLESIA
770 La Iglesia está en la historia, pero al
mismo tiempo la transciende. Solamente "con los ojos de la
fe" (Catech. R. 1,10, 20) se puede ver al mismo tiempo en
esta realidad visible una realidad espiritual, portadora de vida
divina.
La Iglesia, a la vez visible y espiritual
771 "Cristo, el único Mediador,
estableció en este mundo su Iglesia santa, comunidad de fe,
esperanza y amor, como un organismo visible. La mantiene aún sin
cesar para comunicar por medio de ella a todos la verdad y la
gracia". La Iglesia es a la vez:
– "sociedad dotada de órganos
jerárquicos y el Cuerpo Místico de Cristo;
– el grupo visible y la comunidad espiritual
– la Iglesia de la tierra y la Iglesia llena
de bienes del cielo".
Estas dimensiones juntas constituyen "una
realidad compleja, en la que están unidos el elemento divino y el
humano" (LG 8):
Es propio de la Iglesia "ser a la vez
humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles,
entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el
mundo y, sin embargo, peregrina. De modo que en ella lo humano
esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo
invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la
ciudad futura que buscamos" (SC 2).
¡Qué humildad y qué sublimidad! Es la tienda
de Cadar y el santuario de Dios; una tienda terrena y un palacio
celestial; una casa modestísima y una aula regia; un cuerpo
mortal y un templo luminoso; la despreciada por los soberbios y la
esposa de Cristo. Tiene la tez morena pero es hermosa, hijas de
Jerusalén. El trabajo y el dolor del prolongado exilio la han
deslucido, pero también la hermosa su forma celestial (San
Bernardo, Cant. 27, 14).
La Iglesia, Misterio de la unión de los
hombres con Dios
772 En la Iglesia es donde Cristo realiza y
revela su propio misterio como la finalidad de designio de Dios:
"recapitular todo en El" (Ef 1, 10). San Pablo llama
"gran misterio" (Ef 5, 32) al desposorio de Cristo y de
la Iglesia. Porque la Iglesia se une a Cristo como a su esposo
(cf. Ef 5, 25-27), por eso se convierte a su vez en Misterio (cf.
Ef 3, 9-11). Contemplando en ella el Misterio, San Pablo escribe:
el misterio "es Cristo en vosotros, la esperanza de la
gloria" (Col 1, 27)
773 En la Iglesia esta comunión de los hombres
con Dios por "la caridad que no pasará jamás"(1 Co 13,
8) es la finalidad que ordena todo lo que en ella es medio
sacramental ligado a este mundo que pasa (cf. LG 48). "Su
estructura está totalmente ordenada a la santidad de los miembros
de Cristo. Y la santidad se aprecia en función del 'gran
Misterio' en el que la Esposa responde con el don del amor al don
del Esposo" (MD 27). María nos precede a todos en la
santidad que es el Misterio de la Iglesia como la "Esposa sin
tacha ni arruga" (Ef 5, 27). Por eso la dimensión mariana de
la Iglesia precede a su dimensión petrina" (ibid.).
La Iglesia, sacramento universal de la
salvación
774 La palabra griega "mysterion" ha
sido traducida en latín por dos términos: "mysterium"
y "sacramentum". En la interpretación posterior, el
término "sacramentum" expresa mejor el signo visible de
la realidad oculta de la salvación, indicada por el término
"mysterium". En este sentido, Cristo es El mismo el
Misterio de la salvación: "Non est enim aliud Dei mysterium,
nisi Christus" ("No hay otro misterio de Dios fuera de
Cristo") (San Agustín, ep. 187, 34). La obra salvífica de
su humanidad santa y santificante es el sacramento de la
salvación que se manifiesta y actúa en los sacramentos de la
Iglesia (que las Iglesias de Oriente llaman también "los
santos Misterios"). Los siete sacramentos son los signos y
los instrumentos mediante los cuales el Espíritu Santo distribuye
la gracia de Cristo, que es la Cabeza, en la Iglesia que es su
Cuerpo. La Iglesia contiene por tanto y comunica la gracia
invisible que ella significa. En este sentido analógico ella es
llamada "sacramento".
775 "La Iglesia es en Cristo como un
sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y
de la unidad de todo el género humano "(LG 1): Ser el
sacramento de la unión íntima de los hombres con Dios es el
primer fin de la Iglesia. Como la comunión de los hombres radica
en la unión con Dios, la Iglesia es también el sacramento de la
unidad del género humano. Esta unidad ya está comenzada en ella
porque reúne hombres "de toda nación, raza, pueblo y
lengua" (Ap 7, 9); al mismo tiempo, la Iglesia es "signo
e instrumento" de la plena realización de esta unidad que
aún está por venir.
776 Como sacramento, la Iglesia es instrumento
de Cristo. Ella es asumida por Cristo "como instrumento de
redención universal" (LG 9), "sacramento universal de
salvación" (LG 48), por medio del cual Cristo
"manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del amor de
Dios al hombre" (GS 45, 1). Ella "es el proyecto visible
del amor de Dios hacia la humanidad" (Pablo VI, discurso 22
junio 1973) que quiere "que todo el género humano forme un
único Pueblo de Dios, se una en un único Cuerpo de Cristo, se
coedifique en un único templo del Espíritu Santo" (AG 7;
cf. LG 17).
RESUMEN
777 La palabra "Iglesia" significa
"convocación". Designa la asamblea de aquellos a
quienes convoca la palabra de Dios para formar el Pueblo de Dios y
que, alimentados con el Cuerpo de Cristo, se convierten ellos
mismos en Cuerpo de Cristo.
778 La Iglesia es a la vez camino y término
del designio de Dios: prefigurada en la creación, preparada en la
Antigua Alianza, fundada por las palabras y las obras de
Jesucristo, realizada por su Cruz redentora y su Resurrección, se
manifiesta como misterio de salvación por la efusión del
Espíritu Santo. Quedará consumada en la gloria del cielo como
asamblea de todos los redimidos de la tierra (cf. Ap 14,4).
779 La Iglesia es a la vez visible y
espiritual, sociedad jerárquica y Cuerpo Místico de Cristo. Es
una, formada por un doble elemento humano y divino. Ahí está su
Misterio que sólo la fe puede aceptar.
780 La Iglesia es, en este mundo, el sacramento
de la salvación, el signo y el instrumento de la Comunión con
Dios y entre los hombres.
Párrafo 2 LA IGLESIA, PUEBLO DE DIOS, CUERPO
DE CRISTO, TEMPLO DEL ESPIRITU SANTO
I LA IGLESIA, PUEBLO DE DIOS
781 "En todo tiempo y lugar ha sido grato
a Dios el que le teme y practica la justicia. Sin embargo, quiso
santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados,
sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo para que le
conociera de verdad y le sirviera con una vida santa. Eligió,
pues, a Israel para pueblo suyo, hizo una alianza con él y lo fue
educando poco a poco. Le fue revelando su persona y su plan a lo
largo de su historia y lo fue santificando. Todo esto, sin
embargo, sucedió como preparación y figura de su alianza nueva y
perfecta que iba a realizar en Cristo..., es decir, el Nuevo
Testamento en su sangre convocando a las gentes de entre los
judíos y los gentiles para que se unieran, no según la carne,
sino en el Espíritu" (LG 9).
Las características del Pueblo de Dios
782 El Pueblo de Dios tiene características
que le distinguen claramente de todos los grupos religiosos,
étnicos, políticos o culturales de la Historia:
– Es el Pueblo de Dios: Dios no pertenece en
propiedad a ningún pueblo. Pero El ha adquirido para sí un
pueblo de aquellos que antes no eran un pueblo: "una raza
elegida, un sacerdocio real, una nación santa" (1 P 2, 9).
– Se llega a ser miembro de este cuerpo no
por el nacimiento físico, sino por el "nacimiento de
arriba", "del agua y del Espíritu" (Jn 3, 3-5), es
decir, por la fe en Cristo y el Bautismo.
– Este pueblo tiene por jefe [cabeza] a
Jesús el Cristo [Ungido, Mesías]: porque la misma Unción, el
Espíritu Santo fluye desde la Cabeza al Cuerpo, es "el
Pueblo mesiánico".
– "La identidad de este Pueblo, es la
dignidad y la libertad de los hijos de Dios en cuyos corazones
habita el Espíritu Santo como en un templo".
– "Su ley, es el mandamiento nuevo: amar
como el mismo Cristo mismo nos amó (cf. Jn 13, 34)". Esta es
la ley "nueva" del Espíritu Santo (Rm 8,2; Ga 5, 25).
– Su misión es ser la sal de la tierra y la
luz del mundo (cf. Mt 5, 13-16). "Es un germen muy seguro de
unidad, de esperanza y de salvación para todo el género
humano".
– "Su destino es el Reino de Dios, que
el mismo comenzó en este mundo, que ha de ser extendido hasta que
él mismo lo lleve también a su perfección" (LG 9).
Un pueblo sacerdotal, profético y real
783 Jesucristo es aquél a quien el Padre ha
ungido con el Espíritu Santo y lo ha constituido "Sacerdote,
Profeta y Rey". Todo el Pueblo de Dios participa de estas
tres funciones de Cristo y tiene las responsabilidades de misión
y de servicio que se derivan de ellas (cf.RH 18-21).
784 Al entrar en el Pueblo de Dios por la fe y
el Bautismo se participa en la vocación única de este Pueblo: en
su vocación sacerdotal: "Cristo el Señor, Pontífice tomado
de entre los hombres, ha hecho del nuevo pueblo `un reino de
sacerdotes para Dios, su Padre'. Los bautizados, en efecto, por el
nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan
consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo" (LG 10).
785 "El pueblo santo de Dios participa
también del carácter profético de Cristo". Lo es sobre
todo por el sentido sobrenatural de la fe que es el de todo el
pueblo, laicos y jerarquía, cuando "se adhiere
indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para
siempre" (LG 12) y profundiza en su comprensión y se hace
testigo de Cristo en medio de este mundo.
786 El Pueblo de Dios participa, por último,
en la función regia de Cristo". Cristo ejerce su realeza
atrayendo a sí a todos los hombres por su muerte y su
resurrección (cf. Jn 12, 32). Cristo, Rey y Señor del universo,
se hizo el servidor de todos, no habiendo "venido a ser
servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos"
(Mt 20, 28). Para el cristiano, "servir es reinar" (LG
36), particularmente "en los pobres y en los que sufren"
donde descubre "la imagen de su Fundador pobre y
sufriente" (LG 8). El pueblo de Dios realiza su
"dignidad regia" viviendo conforme a esta vocación de
servir con Cristo.
De todos los que han nacido de nuevo en Cristo,
el signo de la cruz hace reyes, la unción del Espíritu Santo los
consagra como sacerdotes, a fin de que, puesto aparte el servicio
particular de nuestro ministerio, todos los cristianos
espirituales y que usan de su razón se reconozcan miembros de
esta raza de reyes y participantes de la función sacerdotal.
¿Qué hay, en efecto, más regio para un alma que gobernar su
cuerpo en la sumisión a Dios? Y ¿qué hay más sacerdotal que
consagrar a Dios una conciencia pura y ofrecer en el altar de su
corazón las víctimas sin mancha de la piedad? (San León Magno,
serm. 4, 1).
II LA IGLESIA, CUERPO DE CRISTO
La Iglesia es comunión con Jesús
787 Desde el comienzo, Jesús asoció a sus
discípulos a su vida (cf. Mc. 1,16-20; 3, 13-19); les reveló el
Misterio del Reino (cf. Mt 13, 10-17); les dio parte en su
misión, en su alegría (cf. Lc 10, 17-20) y en sus sufrimientos
(cf. Lc 22, 28-30). Jesús habla de una comunión todavía más
íntima entre él y los que le sigan: "Permaneced en Mí,
como yo en vosotros ... Yo soy la vid y vosotros los
sarmientos" (Jn 15, 4-5). Anuncia una comunión misteriosa y
real entre su propio cuerpo y el nuestro: "Quien come mi
carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él" (Jn 6,
56).
788 Cuando fueron privados los discípulos de
su presencia visible, Jesús no los dejó huérfanos (cf. Jn 14,
18). Les prometió quedarse con ellos hasta el fin de los tiempos
(cf. Mt 28, 20), les envió su Espíritu (cf. Jn 20, 22; Hch 2,
33). Por eso, la comunión con Jesús se hizo en cierto modo más
intensa: "Por la comunicación de su Espíritu a sus
hermanos, reunidos de todos los pueblos, Cristo los constituye
místicamente en su cuerpo" (LG 7).
789 La comparación de la Iglesia con el cuerpo
arroja un rayo de luz sobre la relación íntima entre la Iglesia
y Cristo. No está solamente reunida en torno a El: siempre está
unificada en El, en su Cuerpo. Tres aspectos de la Iglesia-Cuerpo
de Cristo se han de resaltar más específicamente: la unidad de
todos los miembros entre sí por su unión con Cristo; Cristo
Cabeza del Cuerpo; la Iglesia, Esposa de Cristo.
“Un solo cuerpo”
790 Los creyentes que responden a la Palabra de
Dios y se hacen miembros del Cuerpo de Cristo, quedan
estrechamente unidos a Cristo: "La vida de Cristo se comunica
a a los creyentes, que se unen a Cristo, muerto y glorificado, por
medio de los sacramentos de una manera misteriosa pero real"
(LG 7). Esto es particularmente verdad en el caso del Bautismo por
el cual nos unimos a la muerte y a la Resurrección de Cristo (cf.
Rm 6, 4-5; 1 Co 12, 13), y en el caso de la Eucaristía, por la
cual, "compartimos realmente el Cuerpo del Señor, que nos
eleva hasta la comunión con él y entre nosotros" (LG 7).
791 La unidad del cuerpo no ha abolido la
diversidad de los miembros: "En la construcción del cuerpo
de Cristo existe una diversidad de miembros y de funciones. Es el
mismo Espíritu el que, según su riqueza y las necesidades de los
ministerios, distribuye sus diversos dones para el bien de la
Iglesia". La unidad del Cuerpo místico produce y estimula
entre los fieles la caridad: "Si un miembro sufre, todos los
miembros sufren con él; si un miembro es honrado, todos los
miembros se alegran con él" (LG 7). En fin, la unidad del
Cuerpo místico sale victoriosa de todas las divisiones humanas:
"En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis
revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni
libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en
Cristo Jesús" (Ga 3, 27-28).
Cristo, Cabeza de este Cuerpo
792 Cristo "es la Cabeza del Cuerpo que es
la Iglesia" (Col 1, 18). Es el Principio de la creación y de
la redención. Elevado a la gloria del Padre, "él es el
primero en todo" (Col 1, 18), principalmente en la Iglesia
por cuyo medio extiende su reino sobre todas las cosas:
793 El nos une a su Pascua: Todos los miembros
tienen que esforzarse en asemejarse a él "hasta que Cristo
esté formad o en ellos" (Ga 4, 19). "Por eso somos
integrados en los misterios de su vida ..., nos unimos a sus
sufrimientos como el cuerpo a su cabeza. Sufrimos con él para ser
glorificados con él" (LG 7).
794 El provee a nuestro crecimiento (cf. Col 2,
19): Para hacernos crecer hacia él, nuestra Cabeza (cf. Ef 4,
11-16), Cristo distribuye en su cuerpo, la Iglesia, los dones y
los servicios mediante los cuales nos ayudamos mutuamente en el
camino de la salvación.
795 Cristo y la Iglesia son, por tanto, el
"Cristo total" ["Christus totus"]. La Iglesia
es una con Cristo. Los santos tienen conciencia muy viva de esta
unidad:
Felicitémonos y demos gracias por lo que hemos
llegado a ser, no solamente cristianos sino el propio Cristo.
¿Comprendéis, hermanos, la gracia que Dios nos ha hecho al
darnos a Cristo como Cabeza? Admiraos y regocijaos, hemos sido
hechos Cristo. En efecto, ya que El es la Cabeza y nosotros somos
los miembros, el hombre todo entero es El y nosotros ... La
plenitud de Cristo es, pues, la Cabeza y los miembros: ¿Qué
quiere decir la Cabeza y los miembros? Cristo y la Iglesia (San
Agustín, ev. Jo. 21, 8).
Redemptor noster unam se personam cum sancta
Ecclesia, quam assumpsit, exhibuit ("Nuestro Redentor muestra
que forma una sola persona con la Iglesia que El asumió")
(San Gregorio Magno, mor. praef.1,6,4).
Caput et membra, quasi una persona mystica
("La Cabeza y los miembros, como si fueran una sola persona
mística") (Santo Tomás de Aquino, s.th. 3, 42, 2, ad 1).
Una palabra de Santa Juana de Arco a sus jueces
resume la fe de los santos doctores y expresa el buen sentido del
creyente: "De Jesucristo y de la Iglesia, me parece que es
todo uno y que no es necesario hacer una dificultad de ello"
(Juana de Arco, proc.).
La Iglesia es la Esposa de Cristo
796 La unidad de Cristo y de la Iglesia, Cabeza
y miembros del Cuerpo, implica también la distinción de ambos en
una relación personal. Este aspecto es expresado con frecuencia
mediante la imagen del Esposo y de la Esposa. El tema de Cristo
esposo de la Iglesia fue preparado por los profetas y anunciado
por Juan Bautista (cf. Jn 3, 29). El Señor se designó a sí
mismo como "el Esposo" (Mc 2, 19; cf. Mt 22, 1-14; 25,
1-13). El apóstol presenta a la Iglesia y a cada fiel, miembro de
su Cuerpo, como una Esposa "desposada" con Cristo Señor
para "no ser con él más que un solo Espíritu" (cf. 1
Co 6,15-17; 2 Co 11,2). Ella es la Esposa inmaculada del Cordero
inmaculado (cf. Ap 22,17; Ef 1,4; 5,27), a la que Cristo
"amó y por la que se entregó a fin de santificarla"
(Ef 5,26), la que él se asoció mediante una Alianza eterna y de
la que no cesa de cuidar como de su propio Cuerpo (cf. Ef 5,29):
He ahí el Cristo total, cabeza y cuerpo, un
solo formado de muchos ... Sea la cabeza la que hable, sean los
miembros, es Cristo el que habla. Habla en el papel de cabeza
["ex persona capitis"] o en el de cuerpo ["ex
persona corporis"]. Según lo que está escrito: "Y los
dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo
respecto a Cristo y la Iglesia."(Ef 5,31-32) Y el Señor
mismo en el evangelio dice: "De manera que ya no son dos sino
una sola carne" (Mt 19,6). Como lo habéis visto bien, hay en
efecto dos personas diferentes y, no obstante, no forman más que
una en el abrazo conyugal ... Como cabeza él se llama
"esposo" y como cuerpo "esposa" (San Agustín,
psalm. 74, 4:PL 36, 948-949).
III LA IGLESIA, TEMPLO DEL ESPIRITU SANTO
797 "Quod est spiritus noster, id est
anima nostra, ad membra nostra, hoc est Spiritus Sanctus ad membra
Christi, ad corpus Christi, quod est Ecclesia" ("Lo que
nuestro espíritu, es decir, nuestra alma, es para nuestros
miembros, eso mismo es el Espíritu Santo para los miembros de
Cristo, para el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia") (San
Agustín, serm. 267, 4). "A este Espíritu de Cristo, como a
principio invisible, ha de atribuirse también el que todas las
partes del cuerpo estén íntimamente unidas, tanto entre sí como
con su excelsa Cabeza, puesto que está todo él en la Cabeza,
todo en el Cuerpo, todo en cada uno de los miembros" (Pío
XII: "Mystici Corporis": DS 3808). El Espíritu Santo
hace de la Iglesia "el Templo del Dios vivo" (2 Co 6,
16; cf. 1 Co 3, 16-17;Ef 2,21):
En efecto, es a la misma Iglesia, a la que ha
sido confiado el "Don de Dios ...Es en ella donde se ha
depositado la comunión con Cristo, es decir el Espíritu Santo,
arras de la incorruptibilidad, confirmación de nuestra fe y
escala de nuestra ascensión hacia Dios ...Porque allí donde
está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios; y
allí donde está el Espíritu de Dios, está la Iglesia y toda
gracia. (San Ireneo, haer. 3, 24, 1).
798 El Espíritu Santo es "el principio de
toda acción vital y verdaderamente saludable en todas las partes
del cuerpo" (Pío XII, "Mystici Corporis": DS
3808). Actúa de múltiples maneras en la edificación de todo el
Cuerpo en la caridad(cf. Ef 4, 16): por la Palabra de Dios,
"que tiene el poder de construir el edificio" (Hch 20,
32), por el Bautismo mediante el cual forma el Cuerpo de Cristo
(cf. 1 Co 12, 13); por los sacramentos que hacen crecer y curan a
los miembros de Cristo; por "la gracia concedida a los
apóstoles" que "entre estos dones destaca" (LG 7),
por las virtudes que hacen obrar según el bien, y por las
múltiples gracias especiales [llamadas "carismas"]
mediante las cuales los fieles quedan "preparados y
dispuestos a asumir diversas tareas o ministerios que contribuyen
a renovar y construir más y más la Iglesia" (LG 12; cf. AA
3).
Los carismas
799 Extraordinarios o sencillos y humildes, los
carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o
indirectamente, una utilidad eclesial; los carismas están
ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres
y a las necesidades del mundo.
800 Los carismas se han de acoger con
reconocimiento por el que los recibe, y también por todos los
miembros de la Iglesia. En efecto, son una maravillosa riqueza de
gracia para la vitalidad apostólica y para la santidad de todo el
Cuerpo de Cristo; los carismas constituyen tal riqueza siempre que
se trate de dones que provienen verdaderamente del Espíritu Santo
y que se ejerzan de modo plenamente conforme a los impulsos
auténticos de este mismo Espíritu, es decir, según la caridad,
verdadera medida de los carismas (cf. 1 Co 13).
801 Por esta razón aparece siempre necesario
el discernimiento de carismas. Ningún carisma dispensa de la
referencia y de la sumisión a los Pastores de la Iglesia. "A
ellos compete sobre todo no apagar el Espíritu, sino examinarlo
todo y quedarse con lo bueno" (LG 12), a fin de que todos los
carismas cooperen, en su diversidad y complementariedad, al
"bien común" (cf. 1 Co 12, 7) (cf. LG 30; CL, 24).
RESUMEN
802 "Cristo Jesús se entregó por
nosotros a fin de rescatarnos de toda iniquidad y purificar para
sí un pueblo que fuese suyo" (Tt 2, 14).
803 "Vosotros sois linaje elegido,
sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido" (1 P 2, 9).
804 Se entra en el Pueblo de Dios por la fe y
el Bautismo. "Todos los hombres están invitados al Pueblo de
Dios" (LG 13), a fin de que, en Cristo, "los hombres
constituyan una sola familia y un único Pueblo de Dios"(AG
1).
805 La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Por el
Espíritu y su acción en los sacramentos, sobre todo en la
Eucaristía, Cristo muerto y resucitado constituye la comunidad de
los creyentes como Cuerpo suyo.
806 En la unidad de este cuerpo hay diversidad
de miembros y de funciones. Todos los miembros están unidos unos
a otros, particularmente a los que sufren, a los pobres y
perseguidos.
807 La Iglesia es este Cuerpo del que Cristo es
la Cabeza: vive de El, en El y por El: El vive con ella y en ella.
808 La Iglesia es la Esposa de Cristo: la ha
amado y se ha entregado por ella. La ha purificado por medio de su
sangre. Ha hecho de ella la Madre fecunda de todos los hijos de
Dios.
809 La Iglesia es el Templo del Espíritu
Santo. El Espíritu es como el alma del Cuerpo Místico, principio
de su vida, de la unidad en la diversidad y de la riqueza de sus
dones y carismas.
810 "Así toda la Iglesia aparece como el
pueblo unido `por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo' (San Cipriano)" (LG 4).
Párrafo 3 LA IGLESIA ES UNA, SANTA, CATÓLICA
Y APOSTÓLICA
811 "Esta es la única Iglesia de Cristo,
de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y
apostólica" (LG 8). Estos cuatro atributos, inseparablemente
unidos entre sí (cf DS 2888), indican rasgos esenciales de la
Iglesia y de su misión. La Iglesia no los tiene por ella misma;
es Cristo, quien, por el Espíritu Santo, da a la Iglesia el ser
una, santa, católica y apostólica, y Él es también quien la
llama a ejercitar cada una de estas cualidades.
Sólo la fe puede reconocer que la Iglesia
posee estas propiedades por su origen divino. Pero sus
manifestaciones históricas son signos que hablan también con
claridad a la razón humana. Recuerda el Concilio Vaticano I:
"La Iglesia por sí misma es un grande y perpetuo motivo de
credibilidad y un testimonio irrefutable de su misión divina a
causa de su admirable propagación, de su eximia santidad, de su
inagotable fecundidad en toda clase de bienes, de su unidad
universal y de su invicta estabilidad" (DS 3013).
I LA IGLESIA ES UNA
"El sagrado Misterio de la Unidad de la
Iglesia" (UR 2)
813 La Iglesia es una debido a su origen:
"El modelo y principio supremo de este misterio es la unidad
de un solo Dios Padre e Hijo en el Espíritu Santo, en la Trinidad
de personas" (UR 2). La Iglesia es una debido a su Fundador:
"Pues el mismo Hijo encarnado, Príncipe de la paz, por su
cruz reconcilió a todos los hombres con Dios... restituyendo la
unidad de todos en un solo pueblo y en un solo cuerpo" (GS
78, 3). La Iglesia es una debido a su "alma": "El
Espíritu Santo que habita en los creyentes y llena y gobierna a
toda la Iglesia, realiza esa admirable comunión de fieles y une a
todos en Cristo tan íntimamente que es el Principio de la unidad
de la Iglesia" (UR 2). Por tanto, pertenece a la esencia
misma de la Iglesia ser una:
¡Qué sorprendente misterio! Hay un solo Padre
del universo, un solo Logos del universo y también un solo
Espíritu Santo, idéntico en todas partes; hay también una sola
virgen hecha madre, y me gusta llamarla Iglesia (Clemente de
Alejandría, paed. 1, 6, 42).
Desde el principio, esta Iglesia una se
presenta, no obstante, con una gran diversidad que procede a la
vez de la variedad de los dones de Dios y de la multiplicidad de
las personas que los reciben. En la unidad del Pueblo de Dios se
reúnen los diferentes pueblos y culturas. Entre los miembros de
la Iglesia existe una diversidad de dones, cargos, condiciones y
modos de vida; "dentro de la comunión eclesial, existen
legítimamente las Iglesias particulares con sus propias
tradiciones" (LG 13). La gran riqueza de esta diversidad no
se opone a la unidad de la Iglesia. No obstante, el pecado y el
peso de sus consecuencias amenazan sin cesar el don de la unidad.
También el apóstol debe exhortar a "guardar la unidad del
Espíritu con el vínculo de la paz" (Ef 4, 3).
815 ¿Cuáles son estos vínculos de la unidad?
"Por encima de todo esto revestíos del amor, que es el
vínculo de la perfección" (Col 3, 14). Pero la unidad de la
Iglesia peregrina está asegurada por vínculos visibles de
comunión:
- la profesión de una misma fe recibida de los
apóstoles;
- la celebración común del culto divino,
sobre todo de los sacramentos;
- la sucesión apostólica por el
sacramento del orden, que conserva la concordia fraterna de la
familia de Dios (cf UR 2; LG 14; CIC, can. 205).
816 "La única Iglesia de Cristo...,
Nuestro Salvador, después de su resurrección, la entregó a
Pedro para que la pastoreara. Le encargó a él y a los demás
apóstoles que la extendieran y la gobernaran... Esta Iglesia,
constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste
en ["subsistit in"] la Iglesia católica, gobernada por
el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él"
(LG 8).
El decreto sobre Ecumenismo del Concilio
Vaticano II explicita: "Solamente por medio de la Iglesia
católica de Cristo, que es auxilio general de salvación, puede
alcanzarse la plenitud total de los medios de salvación. Creemos
que el Señor confió todos los bienes de la Nueva Alianza a un
único colegio apostólico presidido por Pedro, para constituir un
solo Cuerpo de Cristo en la tierra, al cual deben incorporarse
plenamente los que de algún modo pertenecen ya al Pueblo de
Dios" (UR 3).
Las heridas de la unidad
817 De hecho, "en esta una y única
Iglesia de Dios, aparecieron ya desde los primeros tiempos algunas
escisiones que el apóstol reprueba severamente como condenables;
y en siglos posteriores surgieron disensiones más amplias y
comunidades no pequeñas se separaron de la comunión plena con la
Iglesia católica y, a veces, no sin culpa de los hombres de ambas
partes" (UR 3). Tales rupturas que lesionan la unidad del
Cuerpo de Cristo (se distingue la herejía, la apostasía y el
cisma [cf CIC can. 751]) no se producen sin el pecado de los
hombres:
Ubi peccata sunt, ibi est multitudo, ibi
schismata, ibi haereses, ibi discussiones. Ubi autem virtus, ibi
singularitas, ibi unio, ex quo omnium credentium erat cor unum et
anima una ("Donde hay pecados, allí hay desunión, cismas,
herejías, discusiones. Pero donde hay virtud, allí hay unión,
de donde resultaba que todos los creyentes tenían un solo
corazón y una sola alma" Orígenes, hom. in Ezech. 9, 1).
818 Los que nacen hoy en las comunidades surgidas
de tales rupturas "y son instruidos en la fe de Cristo, no pueden
ser acusados del pecado de la separación y la Iglesia católica los
abraza con respeto y amor fraternos... justificados por la fe en el
bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se
honran con el nombre de cristianos y son reconocidos con razón por
los hijos de la Iglesia católica como hermanos en el Señor" (UR
3).
819 Además, "muchos elementos de
santificación y de verdad" (LG 8) existen fuera de los límites
visibles de la Iglesia católica: "la palabra de Dios escrita, la
vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad y otros dones
interiores del Espíritu Santo y los elementos visibles" (UR 3;
cf LG 15). El Espíritu de Cristo se sirve de estas Iglesias y
comunidades eclesiales como medios de salvación cuya fuerza viene de
la plenitud de gracia y de verdad que Cristo ha confiado a la Iglesia
católica. Todos estos bienes provienen de Cristo y conducen a Él (cf
UR 3) y de por sí impelen a "la unidad católica" (LG 8).
Hacia la unidad
820 Aquella unidad "que Cristo concedió desde
el principio a la Iglesia... creemos que subsiste indefectible en la
Iglesia católica y esperamos que crezca hasta la consumación de los
tiempos" (UR 4). Cristo da permanentemente a su Iglesia el don de
la unidad, pero la Iglesia debe orar y trabajar siempre para mantener,
reforzar y perfeccionar la unidad que Cristo quiere para ella. Por eso
Cristo mismo rogó en la hora de su Pasión, y no cesa de rogar al
Padre por la unidad de sus discípulos: "Que todos sean uno. Como
tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos sean también uno en
nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17,
21). El deseo de volver a encontrar la unidad de todos los cristianos
es un don de Cristo y un llamamiento del Espíritu Santo (cf UR 1).
821 Para responder adecuadamente a este
llamamiento se exige:
— una renovación permanente de la
Iglesia en una fidelidad mayor a su vocación. Esta
renovación es el alma del movimiento hacia la unidad (UR 6);
— la conversión del corazón para
"llevar una vida más pura, según el Evangelio" (cf
UR 7), porque la infidelidad de los miembros al don de Cristo
es la causa de las divisiones;
— la oración en común, porque
"esta conversión del corazón y santidad de vida, junto
con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los
cristianos, deben considerarse como el alma de todo el
movimiento ecuménico, y pueden llamarse con razón ecumenismo
espiritual" (cf UR 8);
— el fraterno conocimiento recíproco (cf
UR 9);
— la formación ecuménica de los fieles
y especialmente de los sacerdotes (cf UR 10);
— el diálogo entre los teólogos y los
encuentros entre los cristianos de diferentes Iglesias y
comunidades (cf UR 4, 9, 11);
— la colaboración entre cristianos en
los diferentes campos de servicio a los hombres (cf UR 12).
822 "La preocupación por el
restablecimiento de la unión atañe a la Iglesia entera, tanto a
los fieles como a los pastores" (cf UR 5). Pero hay que ser
"conocedor de que este santo propósito de reconciliar a
todos los cristianos en la unidad de la única Iglesia de
Jesucristo excede las fuerzas y la capacidad humana". Por eso
hay que poner toda la esperanza "en la oración de Cristo por
la Iglesia, en el amor del Padre para con nosotros, y en el poder
del Espíritu Santo" (UR 24).
II LA IGLESIA ES SANTA
"La fe confiesa que la Iglesia... no puede
dejar de ser santa. En efecto, Cristo, el Hijo de Dios, a quien con
el Padre y con el Espíritu se proclama 'el solo santo', amó a su
Iglesia como a su esposa. Él se entregó por ella para
santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó
del don del Espíritu Santo para gloria de Dios" (LG 39). La
Iglesia es, pues, "el Pueblo santo de Dios" (LG 12), y sus
miembros son llamados "santos" (cf Hch 9, 13; 1 Co 6, 1;
16, 1).
La Iglesia, unida a Cristo, está santificada
por Él; por Él y con Él, ella también ha sido hecha
santificadora. Todas las obras de la Iglesia se esfuerzan en
conseguir "la santificación de los hombres en Cristo y la
glorificación de Dios" (SC 10). En la Iglesia es en donde
está depositada "la plenitud total de los medios de
salvación" (UR 3). Es en ella donde "conseguimos la
santidad por la gracia de Dios" (LG 48).
"La Iglesia, en efecto, ya en la tierra se
caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía
imperfecta" (LG 48). En sus miembros, la santidad perfecta
está todavía por alcanzar: "Todos los cristianos, de
cualquier estado o condición, están llamados cada uno por su
propio camino, a la perfección de la santidad, cuyo modelo es el
mismo Padre" (LG 11).
826 La caridad es el alma de la santidad a la
que todos están llamados: "dirige todos los medios de
santificación, los informa y los lleva a su fin" (LG 42):
Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo,
compuesto por diferentes miembros, el más necesario, el más
noble de todos no le faltaba, comprendí que la Iglesia tenía un
corazón, que este corazón estaba ARDIENDO DE AMOR. Comprendí
que el Amor solo hacía obrar a los miembros de la Iglesia, que si
el Amor llegara a apagarse, los Apóstoles ya no anunciarían el
Evangelio, los Mártires rehusarían verter su sangre...
Comprendí que EL AMOR ENCERRABA TODAS LAS VOCACIONES. QUE EL AMOR
ERA TODO, QUE ABARCABA TODOS LOS TIEMPOS Y TODOS LOS LUGARES... EN
UNA PALABRA, QUE ES ¡ETERNO! (Santa Teresa del Niño Jesús, ms.
autob. B 3v).
827 "Mientras que Cristo, santo, inocente,
sin mancha, no conoció el pecado, sino que vino solamente a
expiar los pecados del pueblo, la Iglesia, abrazando en su seno a
los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de
purificación y busca sin cesar la conversión y la
renovación" (LG 8; cf UR 3; 6). Todos los miembros de la
Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores (cf 1
Jn 1, 8-10). En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra
mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los
tiempos (cf Mt 13, 24-30). La Iglesia, pues, congrega a pecadores
alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de
santificación:
La Iglesia es, pues, santa aunque abarque en su
seno pecadores; porque ella no goza de otra vida que de la vida de
la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida
se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas
del alma, que impiden que la santidad de ella se difunda radiante.
Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados,
teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de
Cristo y el don del Espíritu Santo (SPF 19).
Al canonizar a ciertos fieles, es decir, al
proclamar solemnemente que esos fieles han practicado heroicamente
las virtudes y han vivido en la fidelidad a la gracia de Dios, la
Iglesia reconoce el poder del Espíritu de santidad, que está en
ella, y sostiene la esperanza de los fieles proponiendo a los
santos como modelos e intercesores (cf LG 40; 48-51). "Los
santos y las santas han sido siempre fuente y origen de
renovación en las circunstancias más difíciles de la historia
de la Iglesia" (CL 16, 3). En efecto, "la santidad de la
Iglesia es el secreto manantial y la medida infalible de su
laboriosidad apostólica y de su ímpetu misionero" (CL 17,
3).
"La Iglesia en la Santísima Virgen llegó
ya a la perfección, sin mancha ni arruga. En cambio, los
creyentes se esfuerzan todavía en vencer el pecado para crecer en
la santidad. Por eso dirigen sus ojos a María" (LG 65): en
ella, la Iglesia es ya enteramente santa.
III LA IGLESIA ES CATOLICA
Qué quiere decir "católica"
830 La palabra "católica" significa
"universal" en el sentido de "según la
totalidad" o "según la integridad". La Iglesia es
católica en un doble sentido:
Es católica porque Cristo está presente en
ella. "Allí donde está Cristo Jesús, está la Iglesia
Católica" (San Ignacio de Antioquía, Smyrn. 8, 2). En ella
subsiste la plenitud del Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza (cf Ef
1, 22-23), lo que implica que ella recibe de Él "la plenitud
de los medios de salvación" (AG 6) que Él ha querido:
confesión de fe recta y completa, vida sacramental íntegra y
ministerio ordenado en la sucesión apostólica. La Iglesia, en
este sentido fundamental, era católica el día de Pentecostés
(cf AG 4) y lo será siempre hasta el día de la Parusía.
831 Es católica porque ha sido enviada por
Cristo en misión a la totalidad del género humano (cf Mt 28,
19):
Todos los hombres están invitados al Pueblo de
Dios. Por eso este pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo
el mundo a través de todos los siglos, para que así se cumpla el
designio de Dios, que en el principio creó una única naturaleza
humana y decidió reunir a sus hijos dispersos... Este carácter
de universalidad, que distingue al pueblo de Dios, es un don del
mismo Señor. Gracias a este carácter, la Iglesia Católica
tiende siempre y eficazmente a reunir a la humanidad entera con
todos sus valores bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su
Espíritu (LG 13).
Cada una de las Iglesias particulares es
"católica"
832 "Esta Iglesia de Cristo está
verdaderamente presente en todas las legítimas comunidades
locales de fieles, unidas a sus pastores. Estas, en el Nuevo
Testamento, reciben el nombre de Iglesias... En ellas se reúnen
los fieles por el anuncio del Evangelio de Cristo y se celebra el
misterio de la Cena del Señor... En estas comunidades, aunque
muchas veces sean pequeñas y pobres o vivan dispersas, está
presente Cristo, quien con su poder constituye a la Iglesia una,
santa, católica y apostólica" (LG 26).
833 Se entiende por Iglesia particular, que es en
primer lugar la diócesis (o la eparquía), una comunidad de fieles
cristianos en comunión en la fe y en los sacramentos con su obispo
ordenado en la sucesión apostólica (cf CD 11; CIC can. 368-369;
CCEO, cán. 117, § 1. 178. 311, § 1. 312). Estas Iglesias
particulares están "formadas a imagen de la Iglesia Universal.
En ellas y a partir de ellas existe la Iglesia católica, una y
única" (LG 23).
834 Las Iglesias particulares son plenamente
católicas gracias a la comunión con una de ellas: la Iglesia de Roma
"que preside en la caridad" (San Ignacio de Antioquía, Rom.
1, 1). "Porque con esta Iglesia en razón de su origen más
excelente debe necesariamente acomodarse toda Iglesia, es decir, los
fieles de todas partes" (San Ireneo, haer. 3, 3, 2; citado por
Cc. Vaticano I: DS 3057). "En efecto, desde la venida a nosotros
del Verbo encarnado, todas las Iglesias cristianas de todas partes han
tenido y tienen a la gran Iglesia que está aquí [en Roma] como
única base y fundamento porque, según las mismas promesas del
Salvador, las puertas del infierno no han prevalecido jamás contra
ella" (San Máximo el Confesor, opusc.).
"Guardémonos bien de concebir la Iglesia
universal como la suma o, si se puede decir, la federación más o
menos anómala de Iglesias particulares esencialmente diversas. En
el pensamiento del Señor es la Iglesia, universal por vocación y
por misión, la que, echando sus raíces en la variedad de terrenos
culturales, sociales, humanos, toma en cada parte del mundo
aspectos, expresiones externas diversas" (EN 62). La rica
variedad de disciplinas eclesiásticas, de ritos litúrgicos, de
patrimonios teológicos y espirituales propios de las Iglesias
locales "con un mismo objetivo muestra muy claramente la
catolicidad de la Iglesia indivisa" (LG 23).
Quién pertenece a la Iglesia católica
836 "Todos los hombres, por tanto, están
invitados a esta unidad católica del Pueblo de Dios... A esta unidad
pertenecen de diversas maneras o a ella están destinados los
católicos, los demás cristianos e incluso todos los hombres en
general llamados a la salvación por la gracia de Dios" (LG 13).
"Están plenamente incorporados a la
sociedad que es la Iglesia aquellos que, teniendo el Espíritu de
Cristo, aceptan íntegramente su constitución y todos los medios de
salvación establecidos en ella y están unidos, dentro de su
estructura visible, a Cristo, que la rige por medio del Sumo
Pontífice y de los obispos, mediante los lazos de la profesión de
la fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la
comunión. No se salva, en cambio, el que no permanece en el amor,
aunque esté incorporado a la Iglesia, pero está en el seno de la
Iglesia con el 'cuerpo', pero no con el 'corazón"' (LG 14).
"La Iglesia se siente unida por muchas
razones con todos los que se honran con el nombre de cristianos a
causa del bautismo, aunque no profesan la fe en su integridad o no
conserven la unidad de la comunión bajo el sucesor de Pedro"
(LG 15). "Los que creen en Cristo y han recibido ritualmente
el bautismo están en una cierta comunión, aunque no perfecta,
con la Iglesia católica" (UR 3). Con las Iglesias ortodoxas,
esta comunión es tan profunda "que le falta muy poco para
que alcance la plenitud que haría posible una celebración común
de la Eucaristía del Señor" (Pablo VI, discurso 14
diciembre 1975; cf UR 13-18).
La Iglesia y los no cristianos
839 "Los que todavía no han recibido el
Evangelio también están ordenados al Pueblo de Dios de diversas
maneras" (LG 16):
La relación de la Iglesia con el pueblo
judío. La Iglesia, Pueblo de Dios en la Nueva Alianza, al
escrutar su propio misterio, descubre su vinculación con el
pueblo judío (cf NA 4) "a quien Dios ha hablado
primero" (MR, Viernes Santo 13: oración universal VI). A
diferencia de otras religiones no cristianas la fe judía ya es
una respuesta a la revelación de Dios en la Antigua Alianza.
Pertenece al pueblo judío "la adopción filial, la gloria,
las alianzas, la legislación, el culto, las promesas y los
patriarcas; de todo lo cual procede Cristo según la carne"
(cf Rm 9, 4-5), "porque los dones y la vocación de Dios son
irrevocables" (Rm 11, 29).
Por otra parte, cuando se considera el futuro, el
Pueblo de Dios de la Antigua Alianza y el nuevo Pueblo de Dios
tienden hacia fines análogos: la espera de la venida (o el retorno)
del Mesías; pues para unos, es la espera de la vuelta del Mesías,
muerto y resucitado, reconocido como Señor e Hijo de Dios; para los
otros, es la venida del Mesías cuyos rasgos permanecen velados
hasta el fin de los tiempos, espera que está acompañada del drama
de la ignorancia o del rechazo de Cristo Jesús.
Las relaciones de la Iglesia con los musulmanes.
"El designio de salvación comprende también a los que
reconocen al Creador. Entre ellos están, ante todo, los musulmanes,
que profesan tener la fe de Abraham y adoran con nosotros al Dios
único y misericordioso que juzgará a los hombres al fin del
mundo" (LG 16; cf NA 3).
842 El vínculo de la Iglesia con las
religiones no cristianas es en primer lugar el del origen y el del
fin comunes del género humano:
Todos los pueblos forman una única comunidad y
tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el
género humano sobre la entera faz de la tierra; tienen también
un único fin último, Dios, cuya providencia, testimonio de
bondad y designios de salvación se extienden a todos hasta que
los elegidos se unan en la Ciudad Santa (NA 1).
843 La Iglesia reconoce en las otras religiones
la búsqueda "todavía en sombras y bajo imágenes", del
Dios desconocido pero próximo ya que es Él quien da a todos
vida, el aliento y todas las cosas y quiere que todos los hombres
se salven. Así, la Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero, que
puede encontrarse en las diversas religiones, "como una
preparación al Evangelio y como un don de aquel que ilumina a
todos los hombres, para que al fin tengan la vida" (LG 16; cf
NA 2; EN 53).
844 Pero, en su comportamiento religioso, los
hombres muestran también límites y errores que desfiguran en
ellos la imagen de Dios:
Con demasiada frecuencia los hombres,
engañados por el Maligno, se pusieron a razonar como personas
vacías y cambiaron el Dios verdadero por un ídolo falso,
sirviendo a las criaturas en vez de al Creador. Otras veces,
viviendo y muriendo sin Dios en este mundo, están expuestos a la
desesperación más radical (LG 16).
845 El Padre quiso convocar a toda la humanidad en
la Iglesia de su Hijo para reunir de nuevo a todos sus hijos que el
pecado había dispersado y extraviado. La Iglesia es el lugar donde la
humanidad debe volver a encontrar su unidad y su salvación. Ella es
el "mundo reconciliado" (San Agustín, serm. 96, 7-9). Es,
además, este barco que "pleno dominicae crucis velo Sancti
Spiritus flatu in hoc bene navigat mundo" ("con su velamen
que es la cruz de Cristo, empujado por el Espíritu Santo, navega bien
en este mundo") (San Ambrosio, virg. 18, 188); según otra imagen
estimada por los Padres de la Iglesia, está prefigurada por el Arca
de Noé que es la única que salva del diluvio (cf 1 P 3, 20-21).
"Fuera de la Iglesia no hay
salvación"
846 ¿Cómo entender esta afirmación tantas
veces repetida por los Padres de la Iglesia? Formulada de modo
positivo significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por
la Iglesia que es su Cuerpo:
El santo Sínodo... basado en la Sagrada
Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina
es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único
Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su
Cuerpo, en la Iglesia. Él, al inculcar con palabras, bien
explícitas, la necesidad de la fe y del bautismo, confirmó al
mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los
hombres por el bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían
salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de
Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la
salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar
en ella (LG 14).
847 Esta afirmación no se refiere a los que,
sin culpa suya, no conocen a Cristo y a su Iglesia:
Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio
de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e
intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad
de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia,
pueden conseguir la salvación eterna (LG 16; cf DS 3866-3872).
848 "Aunque Dios, por caminos conocidos sólo
por Él, puede llevar a la fe, 'sin la que es imposible agradarle' (Hb
11, 6), a los hombres que ignoran el Evangelio sin culpa propia,
corresponde, sin embargo, a la Iglesia la necesidad y, al mismo
tiempo, el derecho sagrado de evangelizar" (AG 7).
La misión, exigencia de la catolicidad de la
Iglesia
El mandato misionero. "La Iglesia, enviada
por Dios a las gentes para ser 'sacramento universal de salvación',
por exigencia íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al
mandato de su Fundador se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos
los hombres" (AG 1): "Id, pues, y haced discípulos a
todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he
mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el
fin del mundo" (Mt 28, 19-20).
850 El origen la finalidad de la misión. El
mandato misionero del Señor tiene su fuente última en el amor eterno
de la Santísima Trinidad: "La Iglesia peregrinante es, por su
propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión
del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios
Padre" (AG 2). E;i fin último de la misión no es otro que hacer
participar a los hombres en la comunión que existe entre el Padre y
el Hijo en su Espíritu de amor (cf Juan Pablo II, RM 23).
851 El motivo de la misión. Del amor de Dios por
todos los hombres la Iglesia ha sacado en todo tiempo la obligación y
la fuerza de su impulso misionero: "porque el amor de Cristo nos
apremia..." (2 Co 5, 14; cf AA 6; RM 11). En efecto, "Dios
quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno
de la verdad" (1 Tm 2, 4). Dios quiere la salvación de todos por
el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad.
Los que obedecen a la moción del Espíritu de verdad están ya en el
camino de la salvación; pero la Iglesia a quien esta verdad ha sido
confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela.
Porque cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe
ser misionera.
852 Los caminos de la misión. "El Espíritu
Santo es en verdad el protagonista de toda la misión eclesial"
(RM 21). Él es quien conduce la Iglesia por los caminos de la
misión. Ella "continúa y desarrolla en el curso de la historia
la misión del propio Cristo, que fue enviado a evangelizar a los
pobres... impulsada por el Espíritu Santo, debe avanzar por el mismo
camino por el que avanzó Cristo; esto es, el camino de la pobreza, la
obediencia, el servicio y la inmolación de sí mismo hasta la muerte,
de la que surgió victorioso por su resurrección" (AG 5). Es
así como la "sangre de los mártires es semilla de
cristianos" (Tertuliano, apol. 50).
Pero en su peregrinación, la Iglesia experimenta
también "hasta qué punto distan entre sí el mensaje que ella
proclama y la debilidad humana de aquellos a quienes se confía el
Evangelio" (GS 43, 6). Sólo avanzando por el camino "de
la conversión y la renovación" (LG 8; cf 15) y "por el
estrecho sendero de Dios" (AG 1) es como el Pueblo de Dios
puede extender el reino de Cristo (cf RM 12-20). En efecto,
"como Cristo realizó la obra de la redención en la
persecución, también la Iglesia está llamada a seguir el mismo
camino para comunicar a los hombres los frutos de la
salvación" (LG 8).
Por su propia misión, "la Iglesia... avanza
junto con toda la humanidad y experimenta la misma suerte terrena
del mundo, y existe como fermento y alma de la sociedad humana, que
debe ser renovada en Cristo y transformada en familia de Dios"
(GS 40, 2). El esfuerzo misionero exige entonces la paciencia.
Comienza con el anuncio del Evangelio a los pueblos y a los grupos
que aún no creen en Cristo (cf RM 42-47), continúa con el
establecimiento de comunidades cristianas, "signo de la
presencia de Dios en el mundo" (AG lS), y en la fundación de
Iglesias locales (cf RM 48-49); se implica en un proceso de
inculturación para así encarnar el Evangelio en las culturas de
los pueblos (cf RM 52-54), en este proceso no faltarán también los
fracasos. "En cuanto se refiere a los hombres, grupos y
pueblos, solamente de forma gradual los toca y los penetra y de este
modo los incorpora a la plenitud católica" (AG 6).
La misión de la Iglesia reclama el esfuerzo
hacia la unidad de los cristianos (cf RM 50). En efecto, "las
divisiones entre los cristianos son un obstáculo para que la
Iglesia lleve a cabo la plenitud de la catolicidad que le es
propia en aquellos hijos que, incorporados a ella ciertamente por
el bautismo, están, sin embargo, separados de su plena comunión.
Incluso se hace más difícil para la propia Iglesia expresar la
plenitud de la catolicidad bajo todos los aspectos en la realidad
misma de la vida" (UR 4).
856 La tarea misionera implica un diálogo
respetuoso con los que todavía no aceptan el Evangelio (cf RM
55). Los creyentes pueden sacar provecho para sí mismos de este
diálogo aprendiendo a conocer mejor "cuanto de verdad y de
gracia se encontraba ya entre las naciones, como por una casi
secreta presencia de Dios" (AG 9). Si ellos anuncian la Buena
Nueva a los que la desconocen, es para consolidar, completar y
elevar la verdad y el bien que Dios ha repartido entre los hombres
y los pueblos, y para purificarlos del error y del mal "para
gloria de Dios, confusión del diablo y felicidad del hombre"
(AG 9).
IV LA IGLESIA ES APOSTÓLICA
857 La Iglesia es apostólica porque está
fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido:
- Fue y permanece edificada sobre "el
fundamento de los apóstoles" (Ef 2, 20; Hch 21, 14),
testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo (cf
Mt 28, 16-20; Hch 1, 8; 1 Co 9, 1; 15, 7-8; Ga 1, l; etc.).
- Guarda y transmite, con la ayuda del
Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza (cf Hch 2, 42),
el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles (cf
2 Tm 1, 13-14).
- Sigue siendo enseñada, santificada y
dirigida por los apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a
aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de
los obispos, "a los que asisten los presbíteros juntamente
con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia" (AG 5):
Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino
que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y
quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos
pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio
(MR, Prefacio de los apóstoles).
La misión de los apóstoles
858 Jesús es el enviado del Padre. Desde el
comienzo de su ministerio, "llamó a los que él quiso, y
vinieron donde él. Instituyó Doce para que estuvieran con él y para
enviarlos a predicar" (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus
"enviados" [es lo que significa la palabra griega
"apostoloi"]. En ellos continúa su propia misión:
"Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20, 21;
cf 13, 20; 17, 18). Por tanto su ministerio es la continuación de la
misión de Cristo: "Quien a vosotros recibe, a mí me
recibe", dice a los Doce (Mt 10, 40; cf Lc 10, 16).
859 Jesús los asocia a su misión recibida del
Padre: como "el Hijo no puede hacer nada por su cuenta" (Jn
5, 19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así,
aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin Él (cf Jn
15, 5) de quien reciben el encargo de la misión y el poder para
cumplirla. Los apóstoles de Cristo saben por tanto que están
calificados por Dios como "ministros de una nueva alianza"
(2 Co 3, 6), "ministros de Dios" (2 Co 6, 4),
"embajadores de Cristo" (2 Co 5, 20), "servidores de
Cristo y administradores de los misterios de Dios" (1 Co 4, 1).
En el encargo dado a los apóstoles hay un
aspecto intransmisible: ser los testigos elegidos de la
Resurrección del Señor y los fundamentos de la Iglesia. Pero hay
también un aspecto permanente de su misión. Cristo les ha
prometido permanecer con ellos hasta el fin de los tiempos (cf Mt
28, 20). "Esta misión divina confiada por Cristo a los
apóstoles tiene que durar hasta el fin del mundo, pues el Evangelio
que tienen que transmitir es el principio de toda la vida de la
Iglesia. Por eso los apóstoles se preocuparon de instituir...
sucesores" (LG 20).
Los obispos sucesores de los apóstoles
861 "Para que continuase después de su muerte
la misión a ellos confiada, encargaron mediante una especie de
testamento a sus colaboradores más inmediatos que terminaran y
consolidaran la obra que ellos empezaron. Les encomendaron que
cuidaran de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les había
puesto para ser los pastores de la Iglesia de Dios. Nombraron, por
tanto, de esta manera a algunos varones y luego dispusieron que,
después de su muerte, otros hombres probados les sucedieran en el
ministerio" (LG 20; cf San Clemente Romano, Cor. 42; 44).
862 "Así como permanece el ministerio
confiado personalmente por el Señor a Pedro, ministerio que debía
ser transmitido a sus sucesores, de la misma manera permanece el
ministerio de los apóstoles de apacentar la Iglesia, que debe ser
elegido para siempre por el orden sagrado de los obispos". Por
eso, la Iglesia enseña que "por institución divina los obispos
han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los
escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia
a Cristo y al que lo envió" (LG 20).
El apostolado
863 Toda la Iglesia es apostólica mientras
permanezca, a través de los sucesores de San Pedro y de los
apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen. Toda la
Iglesia es apostólica en cuanto que ella es "enviada" al
mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes
maneras, tienen parte en este envío. "La vocación cristiana,
por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado". Se
llama "apostolado" a "toda la actividad del Cuerpo
Místico" que tiende a "propagar el Reino de Cristo por toda
la tierra" (AA 2).
864 "Siendo Cristo, enviado por el Padre,
fuente y origen del apostolado de la Iglesia", es evidente que la
fecundidad del apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el
de los laicos, depende de su unión vital con Cristo (cf Jn 15, 5; AA
4). Según sean las vocaciones, las interpretaciones de los tiempos,
los dones variados del Espíritu Santo, el apostolado toma las formas
más diversas. Pero es siempre la caridad, conseguida sobre todo en la
Eucaristía, "que es como el alma de todo apostolado" (AA
3).
La Iglesia es una, santa, católica y apostólica
en su identidad profunda y última, porque en ella existe ya y será
consumado al fin de los tiempos "el Reino de los cielos",
"el Reino de Dios" (cf Ap 19, 6), que ha venido en la
persona de Cristo y que crece misteriosamente en el corazón de los
que le son incorporados hasta su plena manifestación escatológica.
Entonces todos los hombres rescatados por él, hechos en él
"santos e inmaculados en presencia de Dios en el Amor" (Ef
1, 4), serán reunidos como el único Pueblo de Dios, "la
Esposa del Cordero" (Ap 21, 9), "la Ciudad Santa que baja
del Cielo de junto a Dios y tiene la gloria de Dios" (Ap 21,
10-11); y "la muralla de la ciudad se asienta sobre doce
piedras, que llevan los nombres de los doce apóstoles del
Cordero" (Ap 21, 14).
RESUMEN
La Iglesia es una: tiene un solo Señor; confiesa
una sola fe, nace de un solo Bautismo, no forma más que un solo
Cuerpo, vivificado por un solo Espíritu, orientado a una única
esperanza (cf Ef 4, 3-5) a cuyo término se superarán todas las
divisiones.
La Iglesia es santa: Dios santísimo es su
autor; Cristo, su Esposo, se entregó por ella para santificarla;
el Espíritu de santidad la vivifica. Aunque comprenda pecadores,
ella es "ex maculatis immaculata" ("inmaculada
aunque compuesta de pecadores"). En los santos brilla su
santidad; en María es ya la enteramente santa.
La Iglesia es católica: Anuncia la totalidad
de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de
salvación; es enviada a todos los pueblos; se dirige a todos los
hombres; abarca todos los tiempos; "es, por su propia
naturaleza, misionera" (AG 2).
La Iglesia es apostólica: Está edificada
sobre sólidos cimientos: "los doce apóstoles del
Cordero" (Ap 21, 14); es indestructible (cf Mt 16, 18); se
mantiene infaliblemente en la verdad: Cristo la gobierna por medio
de Pedro y los demás apóstoles, presentes en sus sucesores, el
Papa y el colegio de los obispos.
"La única Iglesia de Cristo, de la que
confesamos en el Credo que es una, santa, católica y
apostólica... subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el
sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él. Sin duda,
fuera de su estructura visible pueden encontrarse muchos elementos
de santificación y de verdad " (LG 8).
Párrafo 4 LOS FIELES DE CRISTO:
JERARQUIA, LAICOS, VIDA CONSAGRADA
871 "Son fieles cristianos quienes,
incorporados a Cristo por el bautismo, se integran en el Pueblo de
Dios y, hechos partícipes a su modo por esta razón de la
función sacerdotal, profética y real de Cristo, cada uno según
su propia condición, son llamados a desempeñar la misión que
Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo" (CIC, can.
204, 1; cf. LG 31).
872 "Por su regeneración en Cristo, se da
entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la
dignidad y acción, en virtud de la cual todos, según su propia
condición y oficio, cooperan a la edificación del Cuerpo de
Cristo" (CIC can. 208; cf. LG 32).
873 Las mismas diferencias que el Señor quiso
poner entre los miembros de su Cuerpo sirven a su unidad y a su
misión. Porque "hay en la Iglesia diversidad de ministerios,
pero unidad de misión. A los Apóstoles y sus sucesores les
confirió Cristo la función de enseñar, santificar y gobernar en
su propio nombre y autoridad. Pero también los laicos,
partícipes de la función sacerdotal, profética y real de
Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les
corresponde en la misión de todo el Pueblo de Dios" (AA 2).
En fin, "en esos dos grupos [jerarquía y laicos], hay fieles
que por la profesión de los consejos evangélicos ... se
consagran a Dios y contribuyen a la misión salvífica de la
Iglesia según la manera peculiar que les es propia" (CIC
can. 207, 2).
I LA CONSTITUCION JERARQUICA DE LA IGLESIA
Razón del ministerio eclesial
874 El mismo Cristo es la fuente del ministerio
en la Iglesia. El lo ha instituido, le ha dado autoridad y
misión, orientación y finalidad:
Cristo el Señor, para dirigir al Pueblo de
Dios y hacerle progresar siempre, instituyó en su Iglesia
diversos ministerios que está ordenados al bien de todo el
Cuerpo. En efecto, los ministros que posean la sagrada potestad
están al servicio de sus hermanos para que todos los que son
miembros del Pueblo de Dios...lleguen a la salvación (LG 18).
875 "¿Cómo creerán en aquél a quien no
han oído? ¿cómo oirán sin que se les predique? y ¿cómo
predicarán si no son enviados?" (Rm 10, 14-15). Nadie,
ningún individuo ni ninguna comunidad, puede anunciarse a sí
mismo el Evangelio. "La fe viene de la predicación" (Rm
10, 17). Nadie se puede dar a sí mismo el mandato ni la misión
de anunciar el Evangelio. El enviado del Señor habla y obra no
con autoridad propia, sino en virtud de la autoridad de Cristo; no
como miembro de la comunidad, sino hablando a ella en nombre de
Cristo. Nadie puede conferirse a sí mismo la gracia, ella debe
ser dada y ofrecida. Eso supone ministros de la gracia,
autorizados y habilitados por parte de Cristo. De El los obispos y
los presbíteros reciben la misión y la facultad (el "poder
sagrado") de actuar in persona Christi Capitis, los
diáconos las fuerzas para servir al pueblo de Dios en la
"diaconía" de la liturgia, de la palabra y de la
caridad, en comunión con el Obispo y su presbiterio. Este
ministerio, en el cual los enviados de Cristo hacen y dan, por don
de Dios, lo que ellos, por sí mismos, no pueden hacer ni dar, la
tradición de la Iglesia lo llama "sacramento". El
ministerio de la Iglesia se confiere por medio de un sacramento
específico.
876 El carácter de servicio del ministerio
eclesial está intrínsecamente ligado a la naturaleza
sacramental. En efecto, enteramente dependiente de Cristo que da
misión y autoridad, los ministros son verdaderamente
"esclavos de Cristo" (Rm 1, 1), a imagen de Cristo que,
libremente ha tomado por nosotros "la forma de esclavo"
(Flp 2, 7). Como la palabra y la gracia de la cual son ministros
no son de ellos, sino de Cristo que se las ha confiado para los
otros, ellos se harán libremente esclavos de todos (cf. 1 Co 9,
19).
877 De igual modo es propio de la naturaleza
sacramental del ministerio eclesial tener un carácter colegial .
En efecto, desde el comienzo de su ministerio, el Señor Jesús
instituyó a los Doce, "semilla del Nuevo Israel, a la vez
que el origen de la jerarquía sagrada" (AG 5). Elegidos
juntos, también fueron enviados juntos, y su unidad fraterna
estará al servicio de la comunión fraterna de todos los fieles;
será como un reflejo y un testimonio de la comunión de las
Personas divinas (cf. Jn 17, 21-23). Por eso, todo obispo ejerce
su ministerio en el seno del colegio episcopal, en comunión con
el obispo de Roma, sucesor de San Pedro y jefe del colegio; los
presbíteros ejercen su ministerio en el seno del presbiterio de
la diócesis, bajo la dirección de su obispo.
878 Por último, es propio también de la
naturaleza sacramental del ministerio eclesial tener carácter
personal. Cuando los ministros de Cristo actúan en comunión,
actúan siempre también de manera personal. Cada uno ha sido
llamado personalmente ("Tú sígueme", Jn 21, 22;cf. Mt
4,19. 21; Jn 1,43) para ser, en la misión común, testigo
personal, que es personalmente portador de la responsabilidad ante
Aquél que da la misión, que actúa "in persona
Christi" y en favor de personas : "Yo te bautizo en el
nombre del Padre ..."; "Yo te perdono...".
879 Por lo tanto, en la Iglesia, el ministerio
sacramental es un servicio ejercitado en nombre de Cristo y tiene
una índole personal y una forma colegial. Esto se verifica en los
vínculos entre el colegio episcopal y su jefe, el sucesor de San
Pedro, y en la relación entre la responsabilidad pastoral del
obispo en su Iglesia particular y la común solicitud del colegio
episcopal hacia la Iglesia Universal.
El colegio episcopal y su cabeza, el Papa
880 Cristo, al instituir a los Doce,
"formó una especie de Colegio o grupo estable y eligiendo de
entre ellos a Pedro lo puso al frente de él" (LG 19).
"Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los
demás Apóstoles forman un único Colegio apostólico, por
análogas razones están unidos entre sí el Romano Pontífice,
sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los Apóstoles
"(LG 22; cf. CIC, can 330).
881 El Señor hizo de Simón, al que dio el
nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le
entregó las llaves de ella (cf. Mt 16, 18-19); lo instituyó
pastor de todo el rebaño (cf. Jn 21, 15-17). "Está claro
que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza,
recibió la función de atar y desatar dada a Pedro" (LG 22).
Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece
a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo
el primado del Papa.
882 El Papa, obispo de Roma y sucesor de San
Pedro, "es el principio y fundamento perpetuo y visible de
unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles
"(LG 23). "El Pontífice Romano, en efecto, tiene en la
Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de
toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede
ejercer siempre con entera libertad" (LG 22; cf. CD 2. 9).
883 "El Colegio o cuerpo episcopal no
tiene ninguna autoridad si no se le considera junto con el Romano
Pontífice, sucesor de Pedro, como Cabeza del mismo"".
Como tal, este colegio es "también sujeto de la potestad
suprema y plena sobre toda la Iglesia" que "no se puede
ejercer...a no ser con el consentimiento del Romano
Pontífice" (LG 22; cf. CIC, can. 336).
884 La potestad del Colegio de los Obispos
sobre toda la Iglesia se ejerce de modo solemne en el Concilio
Ecuménico "(CIC can 337, 1). "No existe concilio
ecuménico si el sucesor de Pedro no lo ha aprobado o al menos
aceptado como tal "(LG 22).
885 "Este colegio, en cuanto compuesto de
muchos, expresa la diversidad y la unidad del Pueblo de Dios; en
cuanto reunido bajo una única Cabeza, expresa la unidad del
rebaño de Dios " (LG 22).
886 "Cada uno de los obispos, por su
parte, es el principio y fundamento visible de unidad en sus
Iglesias particulares" (LG 23). Como tales ejercen "su
gobierno pastoral sobre la porción del Pueblo de Dios que le ha
sido confiada" (LG 23), asistidos por los presbíteros y los
diáconos. Pero, como miembros del colegio episcopal, cada uno de
ellos participa de la solicitud por todas las Iglesias (cf. CD 3),
que ejercen primeramente "dirigiendo bien su propia Iglesia,
como porción de la Iglesia universal", contribuyen
eficazmente "al Bien de todo el Cuerpo místico que es
también el Cuerpo de las Iglesias" (LG 23). Esta solicitud
se extenderá particularmente a los pobres (cf. Ga 2, 10), a los
perseguidos por la fe y a los misioneros que trabajan por toda la
tierra.
887 Las Iglesias particulares vecinas y de
cultura homogénea forman provincias eclesiásticas o conjuntos
más vastos llamados patriarcados o regiones (cf. Canon de los
Apóstoles 34). Los obispos de estos territorios pueden reunirse
en sínodos o concilios provinciales. "De igual manera, hoy
día, las Conferencias Episcopales pueden prestar una ayuda
múltiple y fecunda para que el afecto colegial se traduzca
concretamente en la práctica"" (LG 23).
La misión de enseñar
888 Los obispos con los presbíteros, sus
colaboradores, "tienen como primer deber el anunciar a todos
el Evangelio de Dios" (PO 4), según la orden del Señor (cf.
Mc 16, 15). Son "los predicadores del Evangelio que llevan
nuevos discípulos a Cristo. Son también los maestros
auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo" (LG
25).
889 Para mantener a la Iglesia en la pureza de
la fe transmitida por los apóstoles, Cristo, que es la Verdad,
quiso conferir a su Iglesia una participación en su propia
infalibilidad. Por medio del "sentido sobrenatural de la
fe", el Pueblo de Dios "se une indefectiblemente a la
fe", bajo la guía del Magisterio vivo de la Iglesia (cf. LG
12; DV 10).
890 La misión del Magisterio está ligada al
carácter definitivo de la Alianza instaurada por Dios en Cristo
con su Pueblo; debe protegerlo de las desviaciones y de los
fallos, y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin
error la fe auténtica. El oficio pastoral del Magisterio está
dirigido, así, a velar para que el Pueblo de Dios permanezca en
la verdad que libera. Para cumplir este servicio, Cristo ha dotado
a los pastores con el carisma de infalibilidad en materia de fe y
de costumbres. El ejercicio de este carisma puede revestir varias
modalidades:
891 "El Romano Pontífice, Cabeza del
Colegio episcopal, goza de esta infalibilidad en virtud de su
ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los
fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto
definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral... La
infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo
episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de
Pedro", sobre todo en un Concilio ecuménico (LG 25; cf.
Vaticano I: DS 3074). Cuando la Iglesia propone por medio de su
Magisterio supremo que algo se debe aceptar "como revelado
por Dios para ser creído" (DV 10) y como enseñanza de
Cristo, "hay que aceptar sus definiciones con la obediencia
de la fe" (LG 25). Esta infalibilidad abarca todo el
depósito de la Revelación divina (cf. LG 25).
892 La asistencia divina es también concedida
a los sucesores de los apóstoles, cuando enseñan en comunión
con el sucesor de Pedro (y, de una manera particular, al obispo de
Roma, Pastor de toda la Iglesia), aunque, sin llegar a una
definición infalible y sin pronunciarse de una "manera
definitiva", proponen, en el ejercicio del magisterio
ordinario, una enseñanza que conduce a una mejor inteligencia de
la Revelación en materia de fe y de costumbres. A esta enseñanza
ordinaria, los fieles deben "adherirse...con espíritu de
obediencia religiosa" (LG 25) que, aunque distinto del
asentimiento de la fe, es una prolongación de él.
La misión de santificar
893 El obispo "es el `administrador de la
gracia del sumo sacerdocio'" (LG 26), en particular en la
Eucaristía que él mismo ofrece, o cuya oblación asegura por
medio de los presbíteros, sus colaboradores. Porque la
Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia particular. El
obispo y los presbíteros santifican la Iglesia con su oración y
su trabajo, por medio del ministerio de la palabra y de los
sacramentos. La santifican con su ejemplo, "no tiranizando a
los que os ha tocado cuidar, sino siendo modelos de la grey"
(1 P 5, 3). Así es como llegan "a la vida eterna junto con
el rebaño que les fue confiado"(LG 26).
La misión de gobernar
894 "Los obispos, como vicarios y legados
de Cristo, gobiernan las Iglesias particulares que se les han
confiado, no sólo con sus proyectos, con sus consejos y con
ejemplos, sino también con su autoridad y potestad sagrada
"(LG 27), que deben, no obstante, ejercer para edificar con
espíritu de servicio que es el de su Maestro (cf. Lc 22, 26-27).
895 "Esta potestad, que desempeñan
personalmente en nombre de Cristo, es propia, ordinaria e
inmediata. Su ejercicio, sin embargo, está regulado en último
término por la suprema autoridad de la Iglesia "(LG 27).
Pero no se debe considerar a los obispos como vicarios del Papa,
cuya autoridad ordinaria e inmediata sobre toda la Iglesia no
anula la de ellos, sino que, al contrario, la confirma y tutela.
Esta autoridad debe ejercerse en comunión con toda la Iglesia
bajo la guía del Papa.
896 El Buen Pastor será el modelo y la
"forma" de la misión pastoral del obispo. Consciente de
sus propias debilidades, el obispo "puede disculpar a los
ignorantes y extraviados. No debe negarse nunca a escuchar a sus
súbditos, a a los que cuida como verdaderos hijos ... Los fieles,
por su parte, deben estar unidos a su obispo como la Iglesia a
Cristo y como Jesucristo al Padre" (LG 27):
Seguid todos al obispo como Jesucristo (sigue)
a su Padre, y al presbiterio como a los apóstoles; en cuanto a
los diáconos, respetadlos como a la ley de Dios. Que nadie haga
al margen del obispo nada en lo que atañe a la Iglesia (San
Ignacio de Antioquía, Smyrn. 8,1)
II LOS FIELES LAICOS
897 "Por laicos se entiende aquí a todos
los cristianos, excepto los miembros del orden sagrado y del
estado religioso reconocido en la Iglesia. Son, pues, los
cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que
forman el Pueblo de Dios y que participan de las funciones de
Cristo. Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan, según su
condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y
en el mundo" (LG 31).
La vocación de los laicos
898 "Los laicos tienen como vocación
propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades
temporales y ordenándolas según Dios... A ellos de manera
especial les corresponde iluminar y ordenar todas las realidades
temporales, a las que están estrechamente unidos, de tal manera
que éstas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y sean para
alabanza del Creador y Redentor" (LG 31).
899 La iniciativa de los cristianos laicos es
particularmente necesaria cuando se trata de descubrir o de idear
los medios para que las exigencias de la doctrina y de la vida
cristianas impregnen las realidades sociales, políticas y
económicas. Esta iniciativa es un elemento normal de la vida de
la Iglesia:
Los fieles laicos se encuentran en la línea
más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el
principio vital de la sociedad. Por tanto ellos, especialmente,
deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de
pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la
comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del Jefe
común, el Papa, y de los Obispos en comunión con él. Ellos son
la Iglesia (Pío XII, discurso 20 Febrero 1946; citado por Juan
Pablo II, CL 9).
900 Como todos los fieles, los laicos están
encargados por Dios del apostolado en virtud del bautismo y de la
confirmación y por eso tienen la obligación y gozan del derecho,
individualmente o agrupados en asociaciones, de trabajar para que
el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos
los hombres y en toda la tierra; esta obligación es tanto más
apremiante cuando sólo por medio de ellos los demás hombres
pueden oír el Evangelio y conocer a Cristo. En las comunidades
eclesiales, su acción es tan necesaria que, sin ella, el
apostolado de los pastores no puede obtener en la mayoría de las
veces su plena eficacia (cf. LG 33).
La participación de los laicos en la misión
sacerdotal de Cristo
901 "Los laicos, consagrados a Cristo y
ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y
preparados para producir siempre los frutos más abundantes del
Espíritu. En efecto, todas sus obras, oraciones, tareas
apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el
descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu,
incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo
ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios
por Jesucristo, que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en
la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del
cuerpo del Señor. De esta manera, también los laicos, como
adoradores que en todas partes llevan una conducta sana, consagran
el mundo mismo a Dios" (LG 34; cf. LG 10).
902 De manera particular,los padres participan
de la misión de santificación "impregnando de espíritu
cristiano la vida conyugal y procurando la educación cristiana de
los hijos" (CIC, can. 835, 4).
903 Los laicos, si tienen las cualidades
requeridas, pueden ser admitidos de manera estable a los
ministerios de lectores y de acólito (cf. CIC, can. 230, 1).
"Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya
ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores ni
acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir,
ejercitar el ministerio de la palabra, presidir las oraciones
litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión,
según las prescripciones del derecho" (CIC, can. 230, 3).
Su participación en la misión profética de
Cristo
904 "Cristo,... realiza su función
profética ... no sólo a través de la jerarquía ... sino
también por medio de los laicos. El los hace sus testigos y les
da el sentido de la fe y la gracia de la palabra" (LG 35).
Enseñar a alguien para traerlo a la fe es
tarea de todo predicador e incluso de todo creyente (Sto. Tomás
de A., STh III, 71. 4 ad 3).
905 Los laicos cumplen también su misión
profética evangelizando, con "el anuncio de Cristo
comunicado con el testimonio de la vida y de la palabra". En
los laicos, esta evangelización "adquiere una nota
específica y una eficacia particular por el hecho de que se
realiza en las condiciones generales de nuestro mundo" (LG
35):
Este apostolado no consiste sólo en el
testimonio de vida; el verdadero apostolado busca ocasiones para
anunciar a Cristo con su palabra, tanto a los no creyentes ...
como a los fieles (AA 6; cf. AG 15).
906 Los fieles laicos que sean capaces de ello
y que se formen para ello también pueden prestar su colaboración
en la formación catequética (cf. CIC, can. 774, 776, 780), en la
enseñanza de las ciencias sagradas (cf. CIC,can. 229), en los
medios de comunicación social (cf. CIC, can 823, 1).
907 "Tienen el derecho, y a veces incluso
el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y
prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre
aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestarla a
los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de
las costumbres y la reverencia hacia los Pastores, habida cuenta
de la utilidad común y de la dignidad de las personas" (CIC,
can. 212, 3).
Su participación en la misión real de Cristo
908 Por su obediencia hasta la muerte (cf. Flp
2, 8-9), Cristo ha comunicado a sus discípulos el don de la
libertad regia, "para que vencieran en sí mismos, con la
apropia renuncia y una vida santa, al reino del pecado" (LG
36).
El que somete su propio cuerpo y domina su
alma, sin dejarse llevar por las pasiones es dueño de sí mismo:
Se puede llamar rey porque es capaz de gobernar su propia persona;
Es libre e independiente y no se deja cautivar por una esclavitud
culpable (San Ambrosio, Psal. 118, 14, 30: PL 15, 1403A).
909 "Los laicos, además, juntando
también sus fuerzas, han de sanear las estructuras y las
condiciones del mundo, de tal forma que, si algunas de sus
costumbres incitan al pecado, todas ellas sean conformes con las
normas de la justicia y favorezcan en vez de impedir la práctica
de las virtudes. Obrando así, impregnarán de valores morales
toda la cultura y las realizaciones humanas" (LG 36).
910 "Los seglares también pueden sentirse
llamados o ser llamados a colaborar con sus Pastores en el
servicio de la comunidad eclesial, para el crecimiento y la vida
de ésta, ejerciendo ministerios muy diversos según la gracia y
los carismas que el Señor quiera concederles" (EN 73).
911 En la Iglesia, "los fieles laicos
pueden cooperar a tenor del derecho en el ejercicio de la potestad
de gobierno" (CIC, can. 129, 2). Así, con su presencia en
los Concilios particulares (can. 443, 4), los Sínodos diocesanos
(can. 463, 1 y 2), los Consejos pastorales (can. 511; 536); en el
ejercicio de la tarea pastoral de una parroquia (can. 517, 2); la
colaboración en los Consejos de los asuntos económicos (can.
492, 1; 536); la participación en los tribunales eclesiásticos
(can. 1421, 2), etc.
912 Los fieles han de "aprender a
distinguir cuidadosamente entre los derechos y deberes que tienen
como miembros de la Iglesia y los que les corresponden como
miembros de la sociedad humana. Deben esforzarse en integrarlos en
buena armonía, recordando que en cualquier cuestión temporal han
de guiarse por la conciencia cristiana. En efecto, ninguna
actividad humana, ni siquiera en los asuntos temporales, puede
sustraerse a la soberanía de Dios" (LG 36).
913 "Así, todo laico, por el simple hecho
de haber recibido sus dones, es a la vez testigo e instrumento
vivo de la misión de la Iglesia misma `según la medida del don
de Cristo'" (LG 33).
III LA VIDA CONSAGRADA
914 "El estado de vida que consiste en la
profesión de los consejos evangélicos, aunque no pertenezca a la
estructura de la Iglesia, pertenece, sin embargo, sin discusión a
su vida y a su santidad" (LG 44).
Consejos evangélicos, vida consagrada
915 Los consejos evangélicos están propuestos
en su multiplicid ad a todos los discípulos de Cristo. La
perfección de la caridad a la cual son llamados todos los fieles
implica, para quienes asumen libremente el llamamiento a la vida
consagrada, la obligación de practicar la castidad en el celibato
por el Reino, la pobreza y la obediencia. La profesión de estos
consejos en un estado de vida estable reconocido por la Iglesia es
lo que caracteriza la "vida consagrada" a Dios (cf. LG
42-43; PC 1).
916 El estado de vida consagrada aparece por
consiguiente como una de las maneras de vivir una consagración
"más íntima" que tiene su raíz en el bautismo y se
dedica totalmente a Dios (cf. PC 5). En la vida consagrada, los
fieles de Cristo se proponen, bajo la moción del Espíritu Santo,
seguir más de cerca a Cristo, entregarse a Dios amado por encima
de todo y, persiguiendo la perfección de la caridad en el
servicio del Reino, significar y anunciar en la Iglesia la gloria
del mundo futuro (cf. CIC, can. 573).
Un gran árbol, múltiples ramas
917 "El resultado ha sido una especie de
árbol en el campo de Dios, maravilloso y lleno de ramas, a partir
de una semilla puesta por Dios. Han crecido, en efecto, diversas
formas de vida, solitaria o comunitaria, y diversas familias
religiosas que se desarrollan para el progreso de sus miembros y
para el bien de todo el Cuerpo de Cristo" (LG 43).
918 "Desde los comienzos de la Iglesia
hubo hombres y mujeres que intentaron, con la práctica de los
consejos evangélicos, seguir con mayor libertad a Cristo e
imitarlo con mayor precisión. Cada uno a su manera, vivió
entregado a Dios. Muchos, por inspiración del Espíritu Santo,
vivieron en la soledad o fundaron familias religiosas, que la
Iglesia reconoció y aprobó gustosa con su autoridad" (PC
1).
919 Los obispos se esforzarán siempre en
discernir los nuevos dones de vida consagrada confiados por el
Espíritu Santo a su Iglesia; la aprobación de nuevas formas de
vida consagrada está reservada a la Sede Apostólica (cf. CIC,
can. 605).
La vida eremítica
920 Sin profesar siempre públicamente los tres
consejos evangélicos, los ermitaños, "con un apartamiento
más estricto del mundo, el silencio de la soledad, la oración
asidua y la penitencia, dedican su vida a la alabanza de Dios y
salvación del mundo" (CIC, can. 603 1).
921 Los eremitas presentan a los demás ese
aspecto interior del misterio de la Iglesia que es la intimidad
personal con Cristo. Oculta a los ojos de los hombres, la vida del
eremita es predicación silenciosa de Aquél a quien ha entregado
su vida, porque El es todo para él. En este caso se trata de un
llamamiento particular a encontrar en el desierto, en el combate
espiritual, la gloria del Crucificado.
Las vírgenes y las viudas consagradas
922 Desde los tiempos apostólicos, vírgenes
(Cf. 1 Co 7, 34-36) y viudas cristianas (Cf. Vita consecrata,
7) llamadas por el Señor para consagrarse a El enteramente (cf. 1
Co 7, 34-36) con una libertad mayor de corazón, de cuerpo y de
espíritu, han tomado la decisión, aprobada por la Iglesia, de
vivir en estado de virginidad o de castidad perpetua "a causa
del Reino de los cielos" (Mt 19, 12).
923 "Formulando el propósito santo de
seguir más de cerca a Cristo, [las vírgenes] son consagradas a
Dios por el Obispo diocesano según el rito litúrgico aprobado,
celebran desposorios místicos con Jesucristo, Hijo de Dios, y se
entregan al servicio de la Iglesia" (CIC, can. 604, 1). Por
medio este rito solemne ("Consecratio virginum",
"Consagración de vírgenes"), "la virgen es
constituida en persona consagrada" como "signo
transcendente del amor de la Iglesia hacia Cristo, imagen
escatológica de esta Esposa del Cielo y de la vida futura"
(Ordo Cons. Virg., Praenot. 1).
924 "Semejante a otras formas de vida
consagrada" (CIC, can. 604), el orden de las vírgenes sitúa
a la mujer que vive en el mundo (o a la monja) en el ejercicio de
la oración, de la penitencia, del servicio a los hermanos y del
trabajo apostólico, según el estado y los carismas respectivos
ofrecidos a cada una (OCV., Praenot. 2). Las vírgenes consagradas
pueden asociarse para guardar su propósito con mayor fidelidad
(CIC, can. 604, 2).
La vida religiosa
925 Nacida en Oriente en los primeros siglos
del cristianismo (cf. UR 15) y vivida en los institutos
canónicamente erigidos por la Iglesia (cf. CIC, can. 573), la
vida religiosa se distingue de las otras formas de vida consagrada
por el aspecto cultual, la profesión pública de los consejos
evangélicos, la vida fraterna llevada en común, y por el
testimonio dado de la unión de Cristo y de la Iglesia (cf. CIC,
can. 607).
926 La vida religiosa nace del misterio de la
Iglesia. Es un don que la Iglesia recibe de su Señor y que ofrece
como un estado de vida estable al fiel llamado por Dios a la
profesión de los consejos. Así la Iglesia puede a la vez
manifestar a Cristo y reconocerse como Esposa del Salvador. La
vida religiosa está invitada a significar, bajo estas diversas
formas, la caridad misma de Dios, en el lenguaje de nuestro
tiempo.
927 Todos los religiosos, exentos o no (cf.
CIC, can. 591), se encuentran entre los colaboradores del obispo
diocesano en su misión pastoral (cf. CD 33-35). La implantación
y la expansión misionera de la Iglesia requieren la presencia de
la vida religiosa en todas sus formas "desde el período de
implantación de la Iglesia" (AG 18, 40). "La historia
da testimonio de los grandes méritos de las familias religiosas
en la propagación de la fe y en la formación de las nuevas
iglesias: desde las antiguas Instituciones monásticas, las
Ordenes medievales y hasta las Congregaciones modernas" (Juan
Pablo II, RM 69).
Los institutos seculares
928 "Un instituto secular es un instituto
de vida consagrada en el cual los fieles, viviendo en el mundo,
aspiran a la perfección de la caridad, y se dedican a procurar la
santificación del mundo sobre todo desde dentro de él" (CIC
can. 710).
929 Por medio de una "vida perfectamente y
enteramente consagrada a [esta] santificación" (Pío XII,
const. ap. "Provida Mater"), los miembros de estos
institutos participan en la tarea de evangelización de la
Iglesia, "en el mundo y desde el mundo", donde su
presencia obra a la manera de un "fermento" (PC 11). Su
"testimonio de vida cristiana" mira a "ordenar
según Dios las realidades temporales y a penetrar el mundo con la
fuerza del Evangelio". Mediante vínculos sagrados, asumen
los consejos evangélicos y observan entre sí la comunión y la
fraternidad propias de su "modo de vida secular" (CIC,
can. 713, 2).
Las sociedades de vida apostólica
930 Junto a las diversas formas de vida
consagrada se encuentran "las sociedades de vida apostólica,
cuyos miembros, sin votos religiosos, buscan el fin apostólico
propio de la sociedad y, llevando vida fraterna en común, según
el propio modo de vida, aspiran a la perfección de la caridad por
la observancia de las constituciones. Entre éstas, existen
sociedades cuyos miembros abrazan los consejos evangélicos
mediante un vínculo determinado por las constituciones"
(CIC, can. 731, 1 y 2).
Consagración y misión: anunciar el Rey que
viene
931 Aquel que por el bautismo fue consagrado a
Dios, entregándose a él como al sumamente amado, se consagra, de
esta manera, aún más íntimamente al servicio divino y se
entrega al bien de la Iglesia. Mediante el estado de consagración
a Dios, la Iglesia manifiesta a Cristo y muestra cómo el
Espíritu Santo obra en ella de modo admirable. Por tanto, los que
profesan los consejos evangélicos tienen como primera misión
vivir su consagración. Pero "ya que por su misma
consagración se dedican al servicio de la Iglesia están
obligados a contribuir de modo especial a la tarea misionera,
según el modo propio de su instituto" (CIC 783; cf. RM 69).
932 En la Iglesia que es como el sacramento, es
decir, el signo y el instrumento de la vida de Dios, la vida
consagrada aparece como un signo particular del misterio de la
Redención. Seguir e imitar a Cristo "desde más cerca",
manifestar "más claramente" su anonadamiento, es
encontrarse "más profundamente" presente, en el
corazón de Cristo, con sus contemporáneos. Porque los que siguen
este camino "más estrecho" estimulan con su ejemplo a
sus hermanos; les dan este testimonio admirable de "que sin
el espíritu de las bienaventuranzas no se puede transformar este
mundo y ofrecerlo a Dios" (LG 31).
933 Sea público este testimonio, como en el
estado religioso, o más discreto, o incluso secreto, la venida de
Cristo es siempre para todos los consagrados el origen y la meta
de su vida:
El Pueblo de Dios, en efecto, no tiene aquí
una ciudad permanente, sino que busca la futura. Por eso el estado
religioso...manifiesta también mucho mejor a todos los creyentes
los bienes del cielo, ya presentes en este mundo. También da
testimonio de la vida nueva y eterna adquirida por la redención
de Cristo y anuncia ya la resurrección futura y la gloria del
Reino de los cielos (LG 44).
RESUMEN
934 "Por institución divina, entre los
fieles hay en la Iglesia ministros sagrados, que en el derecho se
denomi nan clérigos; los demás se llaman laicos". Hay, por
otra parte, fieles que perteneciendo a uno de ambos grupos, por la
profesión de los consejos evangélicos, se consagran a Dios y
sirven así a la misión de la Iglesia (CIC, can. 207, 1, 2).
935 Para anunciar su fe y para implantar su
Reino, Cristo envía a sus apóstoles y a sus sucesores. El les da
parte en su misión. De El reciben el poder de obrar en su nombre.
936 El Señor hizo de San Pedro el fundamento
visible de su Iglesia. Le dio las llaves de ella. El obispo de la
Iglesia de Roma, sucesor de San Pedro, es la "cabeza del
Colegio de los Obispos, Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia
universal en la tierra" (CIC, can. 331).
937 El Papa "goza, por institución
divina, de una potestad suprema, plena, inmediata y universal para
cuidar las almas" (CD 2).
938 Los obispos, instituidos por el Espíritu
Santo, suceden a los apóstoles. "Cada uno de los obispos,
por su parte, es el principio y fundamento visible de unidad en
sus Iglesias particulares" (LG 23).
939 Los obispos, ayudados por los presbíteros,
sus colaboradores, y por los diáconos, los obispos tienen la
misión de enseñar auténticamente la fe, de celebrar el culto
divino, sobre todo la Eucaristía, y de dirigir su Iglesia como
verdaderos pastores. A su misión pertenece también el cuidado de
todas las Iglesias, con y bajo el Papa.
940 "Siendo propio del estado de los
laicos vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, Dios
les llama a que movidos por el espíritu cristiano, ejerzan su
apostolado en el mundo a manera de fermento" (AA 2).
941 Los laicos participan en el sacerdocio de
Cristo: cada vez más unidos a El, despliegan la gracia del
Bautismo y la de la Confirmación a través de todas las
dimensiones de la vida personal, familiar, social y eclesial y
realizan así el llamamiento a la santidad dirigido a todos los
bautizados.
942 Gracias a su misión profética, los
laicos, "están llamados a ser testigos de Cristo en todas
las cosas, también en el interior de la sociedad humana" (GS
43, 4).
943 Debido a su misión regia, los laicos
tienen el poder de arrancar al pecado su dominio sobre sí mismos
y sobre el mundo por medio de su abnegación y santidad de vida
(cf. LG 36).
944 La vida consagrada a Dios se caracteriza
por la profesión pública de los consejos evangélicos de
pobreza, castidad y obediencia en un estado de vida estable
reconocido por la Iglesia.
945 Entregado a Dios supremamente amado, aquél
a quien el Bautismo ya había destinado a El, se encuentra en el
estado de vida consagrada, más íntimamente comprometido en el
servicio divino y dedicado al bien de toda la Iglesia.
Párrafo 5 LA COMUNION DE LOS SANTOS
946 Después de haber confesado "la Santa
Iglesia católica", el Símbolo de los Apóstoles añade
"la comunión de los santos". Este artículo es, en
cierto modo, una explicitación del anterior: "¿Qué es la
Iglesia, sino la asamblea de todos los santos?" (Nicetas,
symb. 10). La comunión de los santos es precisamente la Iglesia.
947 "Como todos los creyentes forman un
solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros ... Es,
pues, necesario creer que existe una comunión de bienes en la
Iglesia. Pero el miembro más importante es Cristo, ya que El es
la cabeza ... Así, el bien de Cristo es comunicado a todos los
miembros, y esta comunicación se hace por los sacramentos de la
Iglesia" (Santo Tomás, symb.10). "Como esta Iglesia
está gobernada por un solo y mismo Espíritu, todos los bienes
que ella ha recibido forman necesariamente un fondo común"
(Catech. R. 1, 10, 24).
948 La expresión "comunión de los
santos" tiene entonces dos significados estrechamente
relacionados: "comunión en las cosas santas ['sancta']"
y "comunión entre las personas santas ['sancti']".
"Sancta sanctis" [lo que es santo
para los que son santos] es lo que se proclama por el celebrante
en la mayoría de las liturgias orientales en el momento de la
elevación de los santos Dones antes de la distribución de la
comunión. Los fieles ["sancti"] se alimentan con el
cuerpo y la sangre de Cristo ["sancta"] para crecer en
la comunión con el Espíritu Santo ["Koinônia"] y
comunicarla al mundo.
I LA COMUNION DE LOS BIENES ESPIRITUALES
949 En la comunidad primitiva de Jerusalén,
los discípulos "acudían asiduamente a la enseñanza de los
apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las
oraciones" (Hch 2, 42):
La comunión en la fe. La fe de los fieles es
la fe de la Iglesia recibida de los Apóstoles, tesoro de vida que
se enriquece cuando se comparte.
950 La comunión de los sacramentos. “El
fruto de todos los Sacramentos pertenece a todos. Porque los
Sacramentos, y sobre todo el Bautismo que es como la puerta por la
que los hombres entran en la Iglesia, son otros tantos vínculos
sagrados que unen a todos y los ligan a Jesucristo. La comunión
de los santos es la comunión de los sacramentos ... El nombre de
comunión puede aplicarse a cada uno de ellos, porque cada uno de
ellos nos une a Dios ... Pero este nombre es más propio de la
Eucaristía que de cualquier otro, porque ella es la que lleva
esta comunión a su culminación” (Catech. R. 1, 10, 24).
951 La comunión de los carismas : En la
comunión de la Iglesia, el Espíritu Santo "reparte gracias
especiales entre los fieles" para la edificación de la
Iglesia (LG 12). Pues bien, "a cada cual se le otorga la
manifestación del Espíritu para provecho común" (1 Co 12,
7).
952 “Todo lo tenían en común” (Hch 4,
32): "Todo lo que posee el verdadero cristiano debe
considerarlo como un bien en común con los demás y debe estar
dispuesto y ser diligente para socorrer al necesitado y la miseria
del prójimo" (Catech. R. 1, 10, 27). El cristiano es un
administrador de los bienes del Señor (cf. Lc 16, 1, 3).
953 La comunión de la caridad : En la
"comunión de los santos" "ninguno de nosotros vive
para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo" (Rm
14, 7). "Si sufre un miembro, todos los demás sufren con
él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su
gozo. Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus
miembros cada uno por su parte" (1 Co 12, 26-27). "La
caridad no busca su interés" (1 Co 13, 5; cf. 10, 24). El
menor de nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio
de todos, en esta solidaridad entre todos los hombres, vivos o
muertos, que se funda en la comunión de los santos. Todo pecado
daña a esta comunión.
II LA COMUNION ENTRE LA IGLESIA DEL CIELO
Y LA DE LA TIERRA
954 Los tres estados de la Iglesia. "Hasta
que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y,
destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos
peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican;
mientras otros están glorificados, contemplando `claramente a
Dios mismo, uno y trino, tal cual es'" (LG 49):
Todos, sin embargo, aunque en grado y modo
diversos, participamos en el mismo amor a Dios y al prójimo y
cantamos en mismo himno de alabanza a nuestro Dios. En efecto,
todos los de Cristo, que tienen su Espíritu, forman una misma
Iglesia y están unidos entre sí en él (LG 49).
955 "La unión de los miembros de la
Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de
Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la
constante fe de la Iglesia, se refuerza con la comunicación de
los bienes espirituales" (LG 49).
956 La intercesión de los santos. "Por el
hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con
Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la
santidad...no dejan de interceder por nosotros ante el Padre.
Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres,
Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su
solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad"
(LG 49):
No lloréis, os seré más útil después de mi
muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida (Santo
Domingo, moribundo, a sus hermanos, cf. Jordán de Sajonia, lib
43).
Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la
tierra (Santa Teresa del Niño Jesús, verba).
957 La comunión con los santos. "No
veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos
nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia
en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor
fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos
todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la
comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de
Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios"
(LG 50):
Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de
Dios: en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e
imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción
incomparable hacia su rey y maestro; que podamos nosotros,
también nosotros, ser sus compañeros y sus condiscípulos (San
Policarpo, mart. 17).
958 La comunión con los difuntos. "La
Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de
todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos
del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los
difuntos y también ofreció por ellos oraciones `pues es una idea
santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres
de sus pecados' (2 M 12, 45)" (LG 50). Nuestra oración por
ellos puede no solamente ayudarles sino también hacer eficaz su
intercesión en nuestro favor.
959 ... en la única familia de Dios.
"Todos los hijos de Dios y miembros de una misma familia en
Cristo, al unirnos en el amor mutuo y en la misma alabanza a la
Santísima Trinidad, estamos respondiendo a la íntima vocación
de la Iglesia" (LG 51).
RESUMEN
960 La Iglesia es "comunión de los
santos": esta expresión designa primeramente las "cosas
santas" ["sancta"], y ante todo la Eucaristía,
"que significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los
creyentes, que forman un solo cuerpo en Cristo" (LG 3)
961 Este término designa también la comunión
entre las "personas santas" ["sancti"] en
Cristo que ha "muerto por todos", de modo que lo que
cada uno hace o sufre en y por Cristo da fruto para todos.
"Creemos en la comunión de todos los
fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra,
de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de
la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola
Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra
disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que
siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones" (SPF
30).
Párrafo 6 MARIA, MADRE DE CRISTO, MADRE DE LA
IGLESIA
963 Después de haber hablado del papel de la
Virgen María en el Misterio de Cristo y del Espíritu, conviene
considerar ahora su lugar en el Misterio de la Iglesia. "Se
la reconoce y se la venera como verdadera Madre de Dios y del
Redentor... más aún, `es verdaderamente la madre de los miembros
(de Cristo) porque colaboró con su amor a que nacieran en la
Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza'(S. Agustín,
virg. 6)" (LG 53). "...María, Madre de Cristo, Madre de
la Iglesia" (Pablo VI discurso 21 de noviembre 1964).
I LA MATERNIDAD DE MARIA RESPECTO DE LA IGLESIA
Totalmente unida a su Hijo...
964 El papel de María con relación a la
Iglesia es inseparable de su unión con Cristo, deriva
directamente de ella. "Esta unión de la Madre con el Hijo en
la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la
concepción virginal de Cristo hasta su muerte" (LG 57). Se
manifiesta particularmente en la hora de su pasión:
La Bienaventurada Virgen avanzó en la
peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo
hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió
intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón
de Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la
inmolación de su Hijo como víctima. Finalmente, Jesucristo,
agonizando en la cruz, la dio como madre al discípulo con estas
palabras: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’ (Jn 19, 26-27)"
(LG 58).
965 Después de la Ascensión de su Hijo,
María "estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con
sus oraciones" (LG 69). Reunida con los apóstoles y algunas
mujeres, "María pedía con sus oraciones el don del
Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su
sombra" (LG 59).
... también en su Asunción ...
966 "Finalmente, la Virgen Inmaculada,
preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el
curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y
elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser
conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y
vencedor del pecado y de la muerte" (LG 59; cf. la
proclamación del dogma de la Asunción de la Bienaventurada
Virgen María por el Papa Pío XII en 1950: DS 3903). La Asunción
de la Santísima Virgen constituye una participación singular en
la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la
resurrección de los demás cristianos:
En tu parto has conservado la virginidad, en tu
dormición no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios: tú te
has reunido con la fuente de la Vida, tú que concebiste al Dios
vivo y que, con tus oraciones, librarás nuestras almas de la
muerte (Liturgia bizantina, Tropario de la fiesta de la Dormición
[15 de agosto]).
... ella es nuestra Madre en el orden de la
gracia
967 Por su total adhesión a la voluntad del
Padre, a la obra re dentora de su Hijo, a toda moción del
Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de
la fe y de la caridad. Por eso es "miembro muy eminente y del
todo singular de la Iglesia" (LG 53), incluso constituye
"la figura" ["typus"] de la Iglesia (LG 63).
968 Pero su papel con relación a la Iglesia y
a toda la humanidad va aún más lejos. "Colaboró de manera
totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y
ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los
hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la
gracia" (LG 61).
969 "Esta maternidad de María perdura sin
cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que
dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie
de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los
escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó
su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su
múltiple intercesión los dones de la salvación eterna... Por
eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los
títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora" (LG
62).
970 "La misión maternal de María para
con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la
única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En
efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación
de los hombres ... brota de la sobreabundancia de los méritos de
Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de
ella saca toda su eficacia" (LG 60). "Ninguna creatura
puede ser puesta nunca en el mismo orden con el Verbo encarnado y
Redentor. Pero, así como en el sacerdocio de Cristo participan de
diversa manera tanto los ministros como el pueblo creyente, y así
como la única bondad de Dios se difunde realmente en las
criaturas de distintas maneras, así también la única mediación
del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una
colaboración diversa que participa de la única fuente" (LG
62).
II EL CULTO A LA SANTISIMA VIRGEN
971 "Todas las generaciones me llamarán
bienaventurada" (Lc 1, 48): "La piedad de la Iglesia
hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto
cristiano" (MC 56). La Santísima Virgen "es honrada con
razón por la Iglesia con un culto especial. Y, en efecto, desde
los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el
título de `Madre de Dios', bajo cuya protección se acogen los
fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades... Este
culto... aunque del todo singular, es esencialmente diferente del
culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al
Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy
poderosamente" (LG 66); encuentra su expresión en las
fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios (cf. SC 103) y en
la oración mariana, como el Santo Rosario, "síntesis de
todo el Evangelio" (cf. Pablo VI, MC 42).
III MARIA, ICONO ESCATOLOGICO DE LA IGLESIA
972 Después de haber hablado de la Iglesia, de
su origen, de su misión y de su destino, no se puede concluir
mejor que volviendo la mirada a María para contemplar en ella lo
que es la Iglesia en su Misterio, en su "peregrinación de la
fe", y lo que será al final de su marcha, donde le espera,
"para la gloria de la Santísima e indivisible
Trinidad", "en comunión con todos los santos" (LG
69), aquella a quien la Iglesia venera como la Madre de su Señor
y como su propia Madre:
Entre tanto, la Madre de Jesús, glorificada ya
en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la
Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en
este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el
Pueblo de Dios en Marcha, como señal de esperanza cierta y de
consuelo (LG 68)
RESUMEN
973 Al pronunciar el "fiat" de la
Anunciación y al dar su consentimiento al Misterio de la
Encarnación, María col abora ya en toda la obra que debe llevar
a cabo su Hijo. Ella es madre allí donde El es Salvador y Cabeza
del Cuerpo místico.
974 La Santísima Virgen María, cumplido el
curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria
del cielo, en donde ella participa ya en la gloria de la
resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de todos
los miembros de su Cuerpo.
975 "Creemos que la Santísima Madre de
Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo
ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de
Cristo (SPF 15).
Artículo10 "CREO EN EL PERDON DE LOS
PECADOS"
976 El Símbolo de los Apóstoles vincula la fe
en el perdón de los pecados a la fe en el Espíritu Santo, pero
también a la fe en la Iglesia y en la comunión de los santos. Al
dar el Espíritu Santo a su apóstoles, Cristo resucitado les
confirió su propio poder divino de perdonar los pecados:
"Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los
pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les
quedan retenidos" (Jn 20, 22-23).
(La IIª parte del Catecismo tratará
explícitamente del perdón de los pecados por el Bautismo, el
Sacramento de la Penitencia y los demás sacramentos, sobre todo
la Eucaristía. Aquí basta con evocar brevemente, por tanto,
algunos datos básicos).
I UN SOLO BAUTISMO PARA EL PERDON DE LOS
PECADOS
977 Nuestro Señor vinculó el perdón de los
pecados a la fe y al Bautismo: "Id por todo el mundo y
proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea
bautizado se salvará" (Mc 16, 15-16). El Bautismo es el
primero y principal sacramento del perdón de los pecados porque
nos une a Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para
nuestra justificación (cf. Rm 4, 25), a fin de que "vivamos
también una vida nueva" (Rm 6, 4).
978 "En el momento en que hacemos nuestra
primera profesión de Fe, al recibir el santo Bautismo que nos
purifica, es tan pleno y tan completo el perdón que recibimos,
que no nos queda absolutamente nada por borrar, sea de la falta
original, sea de las faltas cometidas por nuestra propia voluntad,
ni ninguna pena que sufrir para expiarlas... Sin embargo, la
gracia del Bautismo no libra a la persona de todas las debilidades
de la naturaleza. Al contrario, todavía nosotros tenemos que
combatir los movimientos de la concupiscencia que no cesan de
llevarnos al mal" (Catech. R. 1, 11, 3).
979 En este combate contra la inclinación al
mal, ¿quién será lo suficientemente valiente y vigilante para
evitar toda herida del pecado? "Si, pues, era necesario que
la Iglesia tuviese el poder de perdonar los pecados, también
hacía falta que el Bautismo no fuese para ella el único medio de
servirse de las llaves del Reino de los cielos, que había
recibido de Jesucristo; era necesario que fuese capaz de perdonar
los pecados a todos los penitentes, incluso si hubieran pecado
hasta en el último momento de su vida" (Catech. R. 1, 11,
4).
980 Por medio del sacramento de la penitencia
el bautizado puede reconciliarse con Dios y con la Iglesia:
Los padres tuvieron razón en llamar a la
penitencia "un bautismo laborioso" (San Gregorio Nac.,
Or. 39. 17). Para los que han caído después del Bautismo, es
necesario para la salvación este sacramento de la penitencia,
como lo es el Bautismo para quienes aún no han sido regenerados
(Cc de Trento: DS 1672).
II EL PODER DE LAS LLAVES
981 Cristo, después de su Resurrección envió
a sus apóstoles a predicar "en su nombre la conversión para
perdón de los pecados a todas las naciones" (Lc 24, 47).
Este "ministerio de la reconciliación" (2 Co 5, 18), no
lo cumplieron los apóstoles y sus sucesores anunciando solamente
a los hombres el perdón de Dios merecido para nosotros por Cristo
y llamándoles a la conversión y a la fe, sino comunicándoles
también la remisión de los pecados por el Bautismo y
reconciliándolos con Dios y con la Iglesia gracias al poder de
las llaves recibido de Cristo:
La Iglesia ha recibido las llaves del Reino de
los cielos, a fin de que se realice en ella la remisión de los
pecados por la sangre de Cristo y la acción del Espíritu Santo.
En esta Iglesia es donde revive el alma, que estaba muerta por los
pecados, a fin de vivir con Cristo, cuya gracia nos ha salvado
(San Agustín, serm. 214, 11).
982 No hay ninguna falta por grave que sea que
la Iglesia no pueda perdonar. "No hay nadie, tan perverso y
tan culpable, que no deba esperar con confianza su perdón siempre
que su arrepentimiento sea sincero" (Catech. R. 1, 11, 5).
Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su
Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a
cualquiera que vuelva del pecado (cf. Mt 18, 21-22).
983 La catequesis se esforzará por avivar y
nutrir en los fieles la fe en la grandeza incomparable del don que
Cristo resucitado ha hecho a su Iglesia: la misión y el poder de
perdonar verdaderamente los pecados, por medio del ministerio de
los apóstoles y de sus sucesores:
El Señor quiere que sus discípulos tengan un
poder inmenso: quiere que sus pobres servidores cumplan en su
nombre todo lo que había hecho cuando estaba en la tierra (San
Ambrosio, poenit. 1, 34).
Los sacerdotes han recibido un poder que Dios
no ha dado ni a los ángeles, ni a los arcángeles... Dios
sanciona allá arriba todo lo que los sacerdotes hagan aquí abajo
(San Juan Crisóstomo, sac. 3, 5).
Si en la Iglesia no hubiera remisión de los
pecados, no habría ninguna esperanza, ninguna expectativa de una
vida eterna y de una liberación eterna. Demos gracias a Dios que
ha dado a la Iglesia semejante don (San Agustín, serm. 213, 8).
RESUMEN
984 El Credo relaciona "el perdón de los
pecados" con la profesión de fe en el Espíritu Santo. En
efecto, Cristo resucitado confió a los apóstoles el poder de
perdonar los pecados cuando les dio el Espíritu Santo.
985 El Bautismo es el primero y principal
sacramento para el perdón de los pecados: nos une a Cristo muerto
y resucitado y nos da el Espíritu Santo.
986 Por voluntad de Cristo, la Iglesia posee el
poder de perdonar los pecados de los bautizados y ella lo ejerce
de forma habitual en el sacramento de la penitencia por medio de
los obispos y de los presbíteros.
987 "En la remisión de los pecados, los
sacerdotes y los sacramentos son meros instrumentos de los que
quiere servirse nuestro Señor Jesucristo, único autor y
dispensador de nuestra salvación, para borrar nuestras
iniquidades y darnos la gracia de la justificación" (Catech.
R. 1, 11, 6).
Artículo 11 "CREO EN LA RESURRECCION DE
LA CARNE"
988 El Credo cristiano –profesión de nuestra
fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en su acción
creadora, salvadora y santificadora– culmina en la proclamación
de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la
vida eterna.
989 Creemos firmemente, y así lo esperamos,
que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de
entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos
después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado
y que El los resucitará en el último día (cf. Jn 6, 39-40).
Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima
Trinidad:
Si el Espíritu de Aquél que resucitó a
Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquél que
resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a
vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros
(Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).
990 El término "carne" designa al
hombre en su condición de debilidad y de mortalidad (cf. Gn 6, 3;
Sal 56, 5; Is 40, 6). La "resurrección de la carne"
significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del
alma inmortal, sino que también nuestros "cuerpos
mortales" (Rm 8, 11) volverán a tener vida.
991 Creer en la resurrección de los muertos ha
sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana.
"La resurrección de los muertos es esperanza de los
cristianos; somos cristianos por creer en ella" (Tertuliano,
res. 1.1):
¿Cómo andan diciendo algunos entre vosotros
que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de
muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana
es nuestra predicación, vana también vuestra fe... ¡Pero no!
Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que
durmieron (1 Co 15, 12-14. 20).
I LA RESURRECCION DE CRISTO Y LA NUESTRA
Revelación progresiva de la Resurrección
992 La resurrección de los muertos fue
revelada progresivamente por Dios a su Pueblo. La esperanza en la
resurrección corporal de los muertos se impuso como una
consecuencia intrínseca de la fe en un Dios creador del hombre
todo entero, alma y cuerpo. El creador del cielo y de la tierra es
también Aquél que mantiene fielmente su Alianza con Abraham y su
descendencia. En esta doble perspectiva comienza a expresarse la
fe en la resurrección. En sus pruebas, los mártires Macabeos
confiesan:
El Rey del mundo a nosotros que morimos por sus
leyes, nos resucitará a una vida eterna (2 M 7, 9). Es preferible
morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios otorga de
ser resucitados de nuevo por él (2 M 7, 14; cf. 7, 29; Dn 12,
1-13).
993 Los fariseos (cf. Hch 23, 6) y muchos
contemporáneos del Señor (cf. Jn 11, 24) esperaban la
resurrección. Jesús la enseña firmemente. A los saduceos que la
niegan responde: "Vosotros no conocéis ni las Escrituras ni
el poder de Dios, vosotros estáis en el error" (Mc 12, 24).
La fe en la resurrección descansa en la fe en Dios que "no
es un Dios de muertos sino de vivos" (Mc 12, 27).
994 Pero hay más: Jesús liga la fe en la
resurrección a la fe en su propia persona: "Yo soy la
resurrección y la vida" (Jn 11, 25). Es el mismo Jesús el
que resucitará en el último día a quienes hayan creído en él.
(cf. Jn 5, 24-25; 6, 40) y hayan comido su cuerpo y bebido su
sangre (cf. Jn 6, 54). En su vida pública ofrece ya un signo y
una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos
muertos (cf. Mc 5, 21-42; Lc 7, 11-17; Jn 11), anunciando así su
propia Resurrección que, no obstante, será de otro orden. De
este acontecimiento único, El habla como del "signo de
Jonás" (Mt 12, 39), del signo del Templo (cf. Jn 2, 19-22):
anuncia su Resurrección al tercer día después de su muerte (cf.
Mc 10, 34).
995 Ser testigo de Cristo es ser "testigo
de su Resurrección" (Hch 1, 22; cf. 4, 33), "haber
comido y bebido con El después de su Resurrección de entre los
muertos" (Hch 10, 41). La esperanza cristiana en la
resurrección está totalmente marcada por los encuentros con
Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como El, con El, por El.
996 Desde el principio, la fe cristiana en la
resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones (cf. Hch
17, 32; 1 Co 15, 12-13). "En ningún punto la fe cristiana
encue ntra más contradicción que en la resurrección de la
carne" (San Agustín, psal. 88, 2, 5). Se acepta muy
comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona
humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que
este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida
eterna?
Cómo resucitan los muertos
997 ¿Qué es resucitar? En la muerte,
separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la
corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en
espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su
omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida
incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la
Resurrección de Jesús.
998 ¿Quién resucitará? Todos los hombres que
han muerto:"los que hayan hecho el bien resucitarán para la
vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación" (Jn
5, 29; cf. Dn 12, 2).
999 ¿Cómo? Cristo resucitó con su propio
cuerpo: "Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo" (Lc
24, 39); pero El no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo,
en El "todos resucitarán con su propio cuerpo, que tienen
ahora" (Cc de Letrán IV: DS 801), pero este cuerpo será
"transfigurado en cuerpo de gloria" (Flp 3, 21), en
"cuerpo espiritual" (1 Co 15, 44):
Pero dirá alguno: ¿cómo resucitan los
muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio! Lo que tú
siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el
cuerpo que va a brotar, sino un simple grano..., se siembra
corrupción, resucita incorrupción; ... los muertos resucitarán
incorruptibles. En efecto, es necesario que este ser corruptible
se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista
de inmortalidad (1 Cor 15,35-37. 42. 53).
1000 Este "cómo" sobrepasa nuestra
imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en
la fe. Pero nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un
anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo:
Así como el pan que viene de la tierra,
después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan
ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas, una
terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en
la eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza
de la resurrección (San Ireneo de Lyon, haer. 4, 18, 4-5).
1001 ¿Cuándo? Sin duda en el "último
día" (Jn 6, 39-40. 44. 54; 11, 24); "al fin del
mundo" (LG 48). En efecto, la resurrección de los muertos
está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:
El Señor mismo, a la orden dada por la voz de
un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los
que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar (1 Ts 4, 16).
Resucitados con Cristo
1002 Si es verdad que Cristo nos resucitará en
"el último día", también lo es, en cierto modo, que
nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al
Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora,
una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo:
Sepultados con él en el bautismo, con él
también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que
le resucitó de entre los muertos... Así pues, si habéis
resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está
Cristo sentado a la diestra de Dios (Col 2, 12; 3, 1).
1003 Unidos a Cristo por el Bautismo, los
creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo
resucitado (cf. Flp 3, 20), pero esta vida permanece
"escondida con Cristo en Dios" (Col 3, 3) "Con El
nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos con Cristo
Jesús" (Ef 2, 6). Alimentados en la Eucaristía con su
Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando
resucitemos en el último día también nos "manifestaremos
con El llenos de gloria" (Col 3, 4).
1004 Esperando este día, el cuerpo y el alma
del creyente participan ya de la dignidad de ser "en
Cristo"; donde se basa la exigencia del respeto hacia el
propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente cuando
sufre:
El cuerpo es para el Señor y el Señor para el
cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también
a nosotros mediante su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos
son miembros de Cristo?... No os pertenecéis... Glorificad, por
tanto, a Dios en vuestro cuerpo.(1 Co 6, 13-15. 19-20).
II MORIR EN CRISTO JESUS
1005 Para resucitar con Cristo, es necesario
morir con Cristo, es necesario "dejar este cuerpo para ir a
morar cerca del Señor" (2 Co 5,8). En esta
"partida" (Flp 1,23) que es la muerte, el alma se separa
del cuerpo. Se reunirá con su cuerpo el día de la resurrección
de los muertos (cf. SPF 28).
La muerte
1006 "Frente a la muerte, el enigma de la
condición humana alcanza su cumbre" (GS 18). En un sentido,
la muerte corporal es natural, pero por la fe sabemos que
realmente es "salario del pecado" (Rm 6, 23;cf. Gn 2,
17). Y para los que mueren en la gracia de Cristo, es una
participación en la muerte del Señor para poder participar
también en su Resurrección (cf. Rm 6, 3-9; Flp 3, 10-11).
1007 La muerte es el final de la vida terrena.
Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual
cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la
tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la
vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el
recuerdo de nuestra mortalidad sirve también par hacernos pensar
que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a
término nuestra vida:
Acuérdate de tu Creador en tus días mozos,
... mientras no vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el
espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio (Qo 12, 1. 7).
1008 La muerte es consecuencia del pecado.
Intérprete auténtico de las afirmaciones de la Sagrada Escritura
(cf. Gn 2, 17; 3, 3; 3, 19; Sb 1, 13; Rm 5, 12; 6, 23) y de la
Tradición, el Magisterio de la Iglesia enseña que la muerte
entró en el mundo a causa del pecado del hombre (cf. DS 1511).
Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba
a no morir. Por tanto, la muerte fue contraria a los designios de
Dios Creador, y entró en el mundo como consecuencia del pecado
(cf. Sb 2, 23-24). "La muerte temporal de la cual el hombre
se habría liberado si no hubiera pecado" (GS 18), es así
"el último enemigo" del hombre que debe ser vencido
(cf. 1 Co 15, 26).
1009 La muerte fue transformada por Cristo.
Jesús, el Hijo de Dios, sufrió también la muerte, propia de la
condición h umana. Pero, a pesar de su angustia frente a ella
(cf. Mc 14, 33-34; Hb 5, 7-8), la asumió en un acto de
sometimiento total y libre a la voluntad del Padre.La obediencia
de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición
(cf. Rm 5, 19-21).
El sentido de la muerte cristiana
1010 Gracias a Cristo, la muerte cristiana
tiene un sentido positivo. "Para mí, la vida es Cristo y
morir una ganancia" (Flp 1, 21). "Es cierta esta
afirmación: si hemos muerto con él, también viviremos con
él" (2 Tm 2, 11). La novedad esencial de la muerte cristiana
está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya
sacramentalmente "muerto con Cristo", para vivir una
vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física
consuma este "morir con Cristo" y perfecciona así
nuestra incorporación a El en su acto redentor:
Para mí es mejor morir en (eis) Cristo Jesús
que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a El, que
ha muerto por nosotros; lo quiero a El, que ha resucitado por
nosotros. Mi parto se aproxima ...Dejadme recibir la luz pura;
cuando yo llegue allí, seré un hombre (San Ignacio de
Antioquía, Rom. 6, 1-2).
1011 En la muerte Dios llama al hombre hacia
Sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un
deseo semejante al de San Pablo: "Deseo partir y estar con
Cristo" (Flp 1, 23); y puede transformar su propia muerte en
un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de
Cristo (cf. Lc 23, 46):
Mi deseo terreno ha desaparecido; ... hay en
mí un agua viva que murmura y que dice desde dentro de mí
"Ven al Padre" (San Ignacio de Antioquía, Rom. 7, 2).
Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario
morir (Santa Teresa de Jesús, vida 1).
Yo no muero, entro en la vida (Santa Teresa del
Niño Jesús, verba).
1012 La visión cristiana de la muerte (cf. 1
Ts 4, 13-14) se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la
Iglesia:
La vida de los que en ti creemos, Señor, no
termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal,
adquirimos una mansión eterna en el cielo.(MR, Prefacio de
difuntos).
1013 La muerte es el fin de la peregrinación
terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que
Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio
divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido fin
"el único curso de nuestra vida terrena" (LG 48), ya no
volveremos a otras vidas terrenas. "Está establecido que los
hombres mueran una sola vez" (Hb 9, 27). No hay
"reencarnación" después de la muerte.
1014 La Iglesia nos anima a prepararnos para la
hora de nuestra muerte ("De la muerte repentina e imprevista,
líbranos Señor": antiguas Letanías de los santos),
a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros "en la
hora de nuestra muerte" (Ave María), y a confiarnos a San
José, Patrono de la buena muerte:
Habrías de ordenarte en toda cosa como si
luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías
mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la
muerte. Si hoy no estás aparejado, ¿cómo lo estarás mañana?
(Imitación de Cristo 1, 23, 1).
Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor!
Ningún viviente escapa de su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!
(San Francisco de Asís, cant.)
RESUMEN
1015 "Caro salutis est cardo"
("La carne es soporte de la salvación") (Tertuliano,
res., 8, 2). Creemos en Dios que es el creador de la carne;
creemos en el Verbo hecho carne para rescatar la carne; creemos en
la resurrección de la carne, perfección de la creación y de la
redención de la carne.
1016 Por la muerte, el alma se separa del
cuerpo, pero en la resurrección Dios devolverá la vida
incorruptible a nuestro cuerpo transformado reuniéndolo con
nuestra alma. Así como Cristo ha resucitado y vive para siempre,
todos nosotros resucitaremos en el último día.
1017 "Creemos en la verdadera
resurrección de esta carne que poseemos ahora" (DS 854). No
obstante, se siembra en el sepulcro un cuerpo corruptible,
resucita un cuerpo incorruptible (cf. 1 Co 15, 42), un
"cuerpo espiritual" (1 Co 15, 44).
1018 Como consecuencia del pecado original, el
hombre debe sufrir "la muerte corporal, de la que el hombre
se habría liberado, si no hubiera pecado" (GS 18).
1019 Jesús, el Hijo de Dios, sufrió
libremente la muerte por nosotros en una sumisión total y libre a
la voluntad de Dios, su Padre. Por su muerte venció a la muerte,
abriendo así a todos los hombres la posibilidad de la salvación.
Artículo 12 “CREO EN LA VIDA ETERNA”
1020 El cristiano que une su propia muerte a la
de Jesús ve la muerte como una ida hacia El y la entrada en la
vida eterna. Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras
de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano
moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y
le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le
habla entonces con una dulce seguridad:
Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha
en el nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó, en el
nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti, en el
nombre del Espíritu Santo, que sobre ti descendió. Entra en el
lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios en Sión, la
ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, con San
José y todos los ángeles y santos. ... Te entrego a Dios, y,
como criatura suya, te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que
te formó del polvo de la tierra. Y al dejar esta vida, salgan a
tu encuentro la Virgen María y todos los ángeles y santos. ...
Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor... (OEx.
"Commendatio animae").
I EL JUICIO PARTICULAR
1021 La muerte pone fin a la vida del hombre
como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina
manifestada en Cristo (cf. 2 Tm 1, 9-10). El Nuevo Testamento
habla del juicio principalmente en la perspectiv a del encuentro
final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura
reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después
de la muerte de cada uno con consecuencia de sus obras y de su fe.
La parábola del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 22) y la palabra de
Cristo en la Cruz al buen ladrón (cf. Lc 23, 43), así como otros
textos del Nuevo Testamento (cf. 2 Co 5,8; Flp 1, 23; Hb 9, 27;
12, 23) hablan de un último destino del alma (cf. Mt 16, 26) que
puede ser diferente para unos y para otros.
1022 Cada hombre, después de morir, recibe en
su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular
que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación
(cf. Cc de Lyon: DS 857-858; Cc de Florencia: DS 1304-1306; Cc de
Trento: DS 1820), bien para entrar inmediatamente en la
bienaventuranza del cielo (cf. Benedicto XII: DS 1000-1001; Juan
XXII: DS 990), bien para condenarse inmediatamente para siempre
(cf. Benedicto XII: DS 1002).
A la tarde te examinarán en el amor (San Juan
de la Cruz, dichos 64).
II EL CIELO
1023 Los que mueren en la gracia y la amistad
de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con
Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven
"tal cual es" (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12;
Ap 22, 4):
Definimos con la autoridad apostólica: que,
según la disposición general de Dios, las almas de todos los
santos ... y de todos los demás fieles muertos después de
recibir el bautismo de Cristo en los que no había nada que
purificar cuando murieron;... o en caso de que tuvieran o tengan
algo que purificar, una vez que estén purificadas después de la
muerte ... aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del juicio
final, después de la Ascensión al cielo del Salvador, Jesucristo
Nuestro Señor, estuvieron, están y estarán en el cielo, en el
reino de los cielos y paraíso celestial con Cristo, admitidos en
la compañía de los ángeles. Y después de la muerte y pasión
de nuestro Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia con
una visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de ninguna
criatura (Benedicto XII: DS 1000; cf. LG 49).
1024 Esta vida perfecta con la Santísima
Trinidad, esta comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen
María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el
cielo" . El cielo es el fin último y la realización de las
aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y
definitivo de dicha.
1025 Vivir en el cielo es "estar con
Cristo" (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17). Los elegidos
viven "en El", aún más, tienen allí, o mejor,
encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre (cf. Ap
2, 17):
Pues la vida es estar con Cristo; donde está
Cristo, allí está la vida, allí está el reino (San Ambrosio,
Luc. 10,121).
1026 Por su muerte y su Resurrección
Jesucristo nos ha "abierto" el cielo. La vida de los
bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la
redención realizada por Cristo quien asocia a su glorificación
celestial a aquellos que han creído en El y que han permanecido
fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de
todos los que están perfectamente incorporados a El.
1027 Estes misterio de comunión bienaventurada
con Dios y con todos los que están en Cristo sobrepasa toda
comprensión y toda representación. La Escritura nos habla de
ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del
reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso: "Lo que
ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó,
lo que Dios preparó para los que le aman" (1 Co 2, 9).
1028 A causa de su transcendencia, Dios no
puede ser visto tal cual es más que cuando El mismo abre su
Misterio a la contemplación inmediata del hombre y le da la
capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria
celestial es llamada por la Iglesia "la visión
beatífica":
¡Cuál no será tu gloria y tu dicha!: Ser
admitido a ver a Dios, tener el honor de participar en las
alegrías de la salvación y de la luz eterna en compañía de
Cristo, el Señor tu Dios, ...gozar en el Reino de los cielos en
compañía de los justos y de los amigos de Dios, las alegrías de
la inmortalidad alcanzada (San Cipriano, ep. 56,10,1).
1029 En la gloria del cielo, los
bienaventurados continúan cumpliendo con alegría la voluntad de
Dios con relación a los demás hombres y a la creación entera.
Ya reinan con Cristo; con El "ellos reinarán por los siglos
de los siglos' (Ap 22, 5; cf. Mt 25, 21.23).
III LA PURIFICACION FINAL O PURGATORIO
1030 Los que mueren en la gracia y en la
amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están
seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una
purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar
en la alegría del cielo.
1031 La Iglesia llama Purgatorio a esta
purificación final de los elegidos que es completamente distinta
del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina
de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en los Concilios de
Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820: 1580). La
tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de
la Escritura (por ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego
purificador:
Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario
creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según
lo que afirma Aquél que es la Verdad, al decir que si alguno ha
pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le
será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En
esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser
perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San
Gregorio Magno, dial. 4, 39).
1032 Esta enseñanza se apoya también en la
práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la
Escritura: "Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este
sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran
liberados del pecado" (2 M 12, 46). Desde los primeros
tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha
ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio
eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan
llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también
recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de
penitencia en favor de los difuntos:
Llevémosles socorros y hagamos su
conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el
sacrificio de su Padre (cf. Jb 1, 5), ¿por qué habríamos de
dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un
cierto consuelo? No dudemos, pues, en socorrer a los que han
partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos (San Juan
Crisóstomo, hom. in 1 Cor 41, 5).
IV EL INFIERNO
1033 Salvo que elijamos libremente amarle no
podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si
pecamos gravemente contra El, contra nuestro prójimo o contra
nosotros mismos: "Quien no ama permanece en la muerte. Todo
el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún
asesino tiene vida eterna permanente en él" (1 Jn 3, 15).
Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de El si no
omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los
pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado
mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de
Dios, significa permanecer separados de El para siempre por
nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión
definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es
lo que se designa con la palabra "infierno".
1034 Jesús habla con frecuencia de la
"gehenna" y del "fuego que nunca se apaga"
(cf. Mt 5,22.29; 13,42.50; Mc 9,43-48) reservado a los que, hasta
el fin de su vida rehusan creer y convertirse , y donde se puede
perder a la vez el alma y el cuerpo (cf. Mt 10, 28). Jesús
anuncia en términos graves que "enviará a sus ángeles que
recogerán a todos los autores de iniquidad..., y los arrojarán
al horno ardiendo" (Mt 13, 41-42), y que pronunciará la
condenación:" ¡Alejaos de Mí malditos al fuego
eterno!" (Mt 25, 41).
1035 La enseñanza de la Iglesia afirma la
existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que
mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos
inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del
infierno, "el fuego eterno" (cf. DS 76; 409; 411; 801;
858; 1002; 1351; 1575; SPF 12). La pena principal del infierno
consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente
puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido
creado y a las que aspira.
1036 Las afirmaciones de la Escritura y las
enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un
llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de
su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al
mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión:
"Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y
espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los
que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto
el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la
encuentran" (Mt 7, 13-14) :
Como no sabemos ni el día ni la hora, es
necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en
vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la
tierra, mereceremos entrar con él en la boda y ser contados entre
los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos,
al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde `habrá llanto
y rechinar de dientes' (LG 48).
1037 Dios no predestina a nadie a ir al
infierno (cf DS 397; 1567); para que eso suceda es necesaria una
aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él
hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegari as
diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios,
que "quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la
conversión" (2 P 3, 9):
Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de
tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros
días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus
elegidos (MR Canon Romano 88)
V EL JUICIO FINAL
1038 La resurrección de todos los muertos,
"de los justos y de los pecadores" (Hch 24, 15),
precederá al Juicio final. Esta será "la hora en que todos
los que estén en los sepulcros oirán su voz y los que hayan
hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el
mal, para la condenación" (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo
vendrá "en su gloria acompañado de todos sus ángeles,...
Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él
separará a los unos de los otros, como el pastor separa las
ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las
cabras a su izquierda... E irán estos a un castigo eterno, y los
justos a una vida eterna." (Mt 25, 31. 32. 46).
1039 Frente a Cristo, que es la Verdad, será
puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de
cada hombre con Dios (cf. Jn 12, 49). El Juicio final revelará
hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de
bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena:
Todo el mal que hacen los malos se registra - y
ellos no lo saben. El día en que "Dios no se callará"
(Sal 50, 3) ... Se volverá hacia los malos: "Yo había
colocado sobre la tierra, dirá El, a mis pobrecitos para
vosotros. Yo, su cabeza, gobernaba en el cielo a la derecha de mi
Padre -pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubierais
dado a mis miembros algo, eso habría subido hasta la cabeza.
Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la tierra, los constituí
comisionados vuestros para llevar vuestras buenas obras a mi
tesoro: como no habéis depositado nada en sus manos, no poseéis
nada en Mí" (San Agustín, serm. 18, 4, 4).
1040 El Juicio final sucederá cuando vuelva
Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que
tendrá lugar; sólo El decidirá su advenimiento. Entonces, El
pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra
definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido
último de toda la obra de la creación y de toda la economía de
la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que
Su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último.
El juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas
las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más
fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6).
1041 El mensaje del Juicio final llama a la
conversión mientras Dios da a los hombres todavía "el
tiempo favorable, el tiempo de salvación" (2 Co 6, 2).
Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del
Reino de Dios. Anuncia la "bienaventurada esperanza" (Tt
2, 13) de la vuelta del Señor que "vendrá para ser
glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan
creído" (2 Ts 1, 10).
VI LA ESPERANZA DE LOS CIELOS NUEVOS
Y DE LA TIERRA NUEVA
1042 Al fin de los tiempos el Reino de Dios
llegará a su plenitud. Después del juicio final, los justos
reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma,
y el mismo universo será renovado:
La Iglesia ... sólo llegará a su perfección
en la gloria del cielo...cuando llegue el tiempo de la
restauración universal y cuando, con la humanidad, también el
universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que
alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado
en Cristo (LG 48)
1043 La Sagrada Escritura llama "cielos
nuevos y tierra nueva" a esta renovación misteriosa que
trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1).
Esta será la realización definitiva del designio de Dios de
"hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en
los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10).
1044 En este "universo nuevo" (Ap 21,
5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los
hombres. "Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá
ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo
viejo ha pasado" (Ap 21, 4;cf. 21, 27).
1045 Para el hombre esta consumación será la
realización final de la unidad del género humano, querida por
Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era
"como el sacramento" (LG 1). Los que estén unidos a
Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa
de Dios (Ap 21, 2), "la Esposa del Cordero" (Ap 21, 9).
Ya no será herida por el pecado, las manchas (cf. Ap 21, 27), el
amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los
hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de
modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de
felicidad, de paz y de comunión mutua.
1046 En cuanto al cosmos, la Revelación afirma
la profunda comunidad de destino del mundo material y del hombre:
Pues la ansiosa espera de la creación desea
vivamente la revelación de los hijos de Dios ... en la esperanza
de ser liberada de la servidumbre de la corrupción ... Pues
sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre
dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos
las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro
interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo (Rm 8, 19-23).
1047 Así pues, el universo visible también
está destinado a ser transformado, "a fin de que el mundo
mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo
esté al servicio de los justos", participando en su
glorificación en Jesucristo resucitado (San Ireneo, haer. 5, 32,
1).
1048 "Ignoramos el momento de la
consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se
transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo,
deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha
preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la
justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los
deseos de paz que se levantan en los corazones de los
hombres"(GS 39, 1).
1049 "No obstante, la espera de una tierra
nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de
cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia
humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por
ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno
del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en
la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad
humana, interesa mucho al Reino de Dios" (GS 39, 2).
1050 "Todos estos frutos buenos de nuestra
naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la
tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los
encontramos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados
y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y
universal" (GS 39, 3; cf. LG 2). Dios será entonces
"todo en todos" (1 Co 15, 22), en la vida eterna:
La vida subsistente y verdadera es el Padre
que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin
excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia,
nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible
de la vida eterna (San Cirilo de Jerusalén, catech. ill. 18, 29).
RESUMEN
1051 Al morir cada hombre recibe en su alma
inmortal su retribución eterna en un juicio particular por
Cristo, juez de vivos y de muertos.
1052 "Creemos que las almas de todos
aquellos que mueren en la gracia de Cristo... constituyen el
Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida
totalmente el día de la Resurrección, en el que estas almas se
unirán con sus cuerpos" (SPF 28).
1053 "Creemos que la multitud de aquellas
almas que con Jesús y María se congregan en el paraíso, forma
la Iglesia celestial, donde ellas, gozando de la bienaventuranza
eterna, ven a Dios como El es, y participan también, ciertamente
en grado y modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en el
gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como
quiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud
ayudan grandemente a nuestra flaqueza" (SPF 29).
1054 Los que mueren en la gracia y la amistad
de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros
de su salvación eterna, sufren una purificación después de su
muerte, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el
gozo de Dios.
1055 En virtud de la "comunión de los
santos", la Iglesia encomienda los difuntos a la misericordia
de Dios y ofrece sufragios en su favor, en particular el santo
sacrificio eucarístico.
1056 Siguiendo las enseñanzas de Cristo, la
Iglesia advierte a los fieles de la "triste y lamentable
realidad de la muerte eterna" (DCG 69), llamada también
"infierno".
1057 La pena principal del infierno consiste en
la separación eterna de Dios en quien solamente puede tener el
hombre la vida y la felicidad para las cuales ha sido creado y a
las cuales aspira.
1058 La Iglesia ruega para que nadie se pierda:
"Jamás permitas, Señor, que me separe de ti". Si bien
es verdad que nadie puede salvarse a sí mismo, también es cierto
que "Dios quiere que todos los hombres se salven" (1 Tm
2, 4) y que para El "todo es posible" (Mt 19, 26).
1059 "La misma santa Iglesia romana cree y
firmemente confiesa que todos los hombres comparecerán con sus
cuerpos en el día del juicio ante el tribunal de Cristo para dar
cuenta de sus propias acciones (DS 859; cf. DS 1549).
1060 Al fin de los tiempos, el Reino de Dios
llegará a su plenitud. Entonces, los justos reinarán con Cristo
para siempre, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo
material será transformado. Dios será entonces "todo en
todos" (1 Co 15, 28), en la vida eterna.
“AMEN”
1061 El Credo, como el último libro de la
Sagrada Escritura (cf. Ap 22, 21), se termina con la palabra
hebrea Amen. Se encuentra también frecuentemente al final de las
oraciones del Nuevo Testamento. Igualmente, la Iglesia termina sus
oraciones con un "Amen".
1062 En hebreo, "Amén" pertenece a
la misma raíz que la palabra "creer". Esta raíz
expresa la solidez, la fiabilidad, la fidelidad. Así se comprende
por qué el "Amén" puede expresar tanto la fidelidad de
Dios hacia nosotros como nuestra confianza en El.
1063 En el profeta Isaías se encuentra la
expresión "Dios de verdad", literalmente "Dios del
Amén", es decir, el Dios fiel a sus promesas: "Quien
desee ser bendecido en la tierra, deseará serlo en el Dios del
Amén" (Is 65, 16). Nuestro Señor emplea con frecuencia el
término "Amen" (cf. Mt 6, 2. 5. 16), a veces en forma
duplicada (cf. Jn 5, 19) para subrayar la fiabilidad de su
enseñanza, su Autoridad fundada en la Verdad de Dios.
1064 Así pues, el "Amén" final del
Credo recoge y confirma su primera palabra: "Creo".
Creer es decir "Amén" a las palabras, a las promesas, a
los mandamientos de Dios, es fiarse totalmente de El que es el
Amén de amor infinito y de perfecta fidelidad. La vida cristiana
de cada día será también el "Amén" al
"Creo" de la Profesión de fe de nuestro Bautismo:
Que tu símbolo sea para ti como un espejo.
Mírate en él: para ver si crees todo lo que declaras creer. Y
regocíjate todos los días en tu fe (San Agustín, serm. 58, 11,
13: PL 38,399).
1065 Jesucristo mismo es el "Amén"
(Ap 3, 14). Es el "Amén" definitivo del amor del Padre
hacia nosotros; asume y completa nuestro "Amén" al
Padre: "Todas las promesas hechas por Dios han tenido su
`sí' en él; y por eso decimos por él 'Amén' a la gloria de
Dios" (2 Co 1, 20):
Por El, con El y en El,
A ti, Dios Padre omnipotente
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria,
por los siglos de los siglos.
AMEN.
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