CAPITULO SEGUNDO: CREO EN JESUCRISTO, HIJO
UNICO DE DIOS
La Buena Nueva: Dios ha enviado a su Hijo
422. "Pero, al llegar la plenitud de los
tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la
ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que
recibiéramos la filiación adoptiva" (Ga 4, 4-5). He aquí
"la Buena Nueva de Jesucristo, Hijo de Dios" (Mc 1, 1):
Dios ha visitado a su pueblo (cf. Lc 1, 68), ha cumplido las
promesas hechas a Abraham y a su descendencia (cf. Lc 1, 55); lo
ha hecho más allá de toda expectativa: El ha enviado a su
"Hijo amado" (Mc 1, 11).
423 Nosotros creemos y confesamos que Jesús de
Nazaret, nacido judío de una hija de Israel, en Belén en el
tiempo del rey Herodes el Grande y del emperador César Augusto;
de oficio carpintero, muerto crucificado en Jerusalén, bajo el
procurador Poncio Pilato, durante el reinado del emperador
Tiberio, es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, que ha
"salido de Dios" (Jn 13, 3), "bajó del cielo"
(Jn 3, 13; 6, 33), "ha venido en carne" (1 Jn 4, 2),
porque "la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre
nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre
como Hijo único, lleno de gracia y de verdad... Pues de su
plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia" (Jn 1,
14. 16).
424 Movidos por la gracia del Espíritu Santo y
atraídos por el Padre nosotros creemos y confesamos a propósito
de Jesús: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo"
(Mt 16, 16). Sobre la roca de esta fe, confesada por San Pedro,
Cristo ha construido su Iglesia (cf. Mt 16, 18; San León Magno,
serm. 4, 3;51, 1;62, 2;83, 3).
"Anunciar... la inescrutable riqueza de
Cristo" (Ef 3, 8)
425 La transmisión de la fe cristiana es ante
todo el anuncio de Jesucristo para llevar a la fe en el. Desde el
principio, los primeros discípulos ardieron en deseos de anunciar
a Cristo: "No podemos nosotros dejar de hablar de lo que
hemos visto y oído" (Hch 4, 20). Y ellos mismos invitan a
los hombres de todos los tiempos a entrar en la alegría de su
comunión con Cristo:
Lo que existía desde el principio, lo que
hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que
contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de
vida, -pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y
damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba con el
Padre y se nos manifestó- lo que hemos visto y oído, os lo
anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con
nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su
Hijo, Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro gozo sea
completo (1 Jn 1, 1-4).
En el centro de la catequesis: Cristo
426 "En el centro de la catequesis
encontramos esencialmente una Persona, la de Jesús de Nazaret,
Unigénito del Padre, que ha sufrido y ha muerto por nosotros y
que ahora, resucitado, vive para siempre con nosotros...
Catequizar es ... descubrir en la Persona de Cristo el designio
eterno de Dios... Se trata de procurar comprender el significado
de los gestos y de las palabras de Cristo, los signos realizados
por El mismo" (CT 5). El fin de la catequesis: "conducir
a la comunión con Jesucristo: sólo El puede conducirnos al amor
del Padre en el Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la
Santísima Trinidad". (ibid.).
427 "En la catequesis lo que se enseña es
a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en
referencia a El; el único que enseña es Cristo, y cualquier otro
lo hace en la medida en que es portavoz suyo, permitiendo que
Cristo enseñe por su boca... Todo catequista debería poder
aplicarse a sí mismo la misteriosa palabra de Jesús: 'Mi
doctrina no es mía, sino del que me ha enviado' (Jn 7, 16)"
(ibid., 6)
428 El que está llamado a "enseñar a
Cristo" debe por tanto, ante todo, buscar esta "ganancia
sublime que es el conocimiento de Cristo"; es necesario
"aceptar perder todas las cosas ... para ganar a Cristo, y
ser hallado en él" y "conocerle a él, el poder de su
resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme
semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la
resurrección de entre los muertos" (Flp 3, 8-11).
429 De este conocimiento amoroso de Cristo es
de donde brota el deseo de anunciarlo, de "evangelizar",
y de llevar a otros al "sí" de la fe en Jesucristo. Y
al mismo tiempo se hace sentir la necesidad de conocer siempre
mejor esta fe. Con este fin, siguiendo el orden del Símbolo de la
fe, presentaremos en primer lugar los principales títulos de
Jesús: Cristo, Hijo de Dios, Señor (Artículo 2). El Símbolo
confiesa a continuación los principales misterios de la vida de
Cristo: los de su encarnación (Artículo 3), los de su Pascua
(Artículos 4 y 5), y, por último, los de su glorificación
(Artículos 6 y 7).
Artículo 2 “Y EN JESUCRISTO, SU UNICO HIJO,
NUESTRO SEÑOR”
I JESUS
430 Jesús quiere decir en hebreo: "Dios
salva". En el momento de la anunciación, el ángel Gabriel
le dio como nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la vez
su identidad y su misión (cf. Lc 1, 31). Ya que "¿Quién
puede perdonar pecados, sino sólo Dios?"(Mc 2, 7), es él
quien, en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre "salvará a su
pueblo de sus pecados" (Mt 1, 21). En Jesús, Dios recapitula
así toda la historia de la salvación en favor de los hombres.
431 En la historia de la salvación, Dios no se
ha contentado con librar a Israel de "la casa de
servidumbre" (Dt 5, 6) haciéndole salir de Egipto. El lo
salva además de su pecado. Puesto que el pecado es siempre una
ofensa hecha a Dios (cf. Sal 51, 6), sólo el es quien puede
absolverlo (cf. Sal 51, 12). Por eso es por lo que Israel tomando
cada vez más conciencia de la universalidad del pecado, ya no
podrá buscar la salvación más que en la invocación del Nombre
de Dios Redentor (cf. Sal 79, 9).
432 El nombre de Jesús significa que el Nombre
mismo de Dios está presente en la persona de su Hijo (cf. Hch 5,
41; 3 Jn 7) hecho hombre para la redención universal y definitiva
de los pecados. El es el Nombre divino, el único que trae la
salvación (cf. Jn 3, 18; Hch 2, 21) y de ahora en adelante puede
ser invocado por todos porque se ha unido a todos los hombres por
la Encarnación (cf. Rm 10, 6-13) de tal forma que "no hay
bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros
debamos salvarnos" (Hch 4, 12; cf. Hch 9, 14; St 2, 7).
433 El Nombre de Dios Salvador era invocado una
sola vez al año por el sumo sacerdote para la expiación de los
pecados de Israel, cuando había asperjado el propiciatorio del
Santo de los Santos con la sangre del sacrificio (cf. Lv 16,
15-16; Si 50, 20; Hb 9, 7). El propiciatorio era el lugar de la
presencia de Dios (cf. Ex 25, 22; Lv 16, 2; Nm 7, 89; Hb 9, 5).
Cuando San Pablo dice de Jesús que "Dios lo exhibió como
instrumento de propiciación por su propia sangre" (Rm 3, 25)
significa que en su humanidad "estaba Dios reconciliando al
mundo consigo" (2 Co 5, 19).
434 La Resurrección de Jesús glorifica el
nombre de Dios Salvador (cf. Jn 12, 28) porque de ahora en
adelante, el Nombre de Jesús es el que manifiesta en plenitud el
poder soberano del "Nombre que está sobre todo nombre"
(Flp 2, 9). Los espíritus malignos temen su Nombre (cf. Hch 16,
16-18; 19, 13-16) y en su nombre los discípulos de Jesús hacen
milagros (cf. Mc 16, 17) porque todo lo que piden al Padre en su
Nombre, él se lo concede (Jn 15, 16).
435 El Nombre de Jesús está en el corazón de
la plegaria cristiana. Todas las oraciones litúrgicas se acaban
con la fórmula "Per Dominum Nostrum Jesum Christum..."
("Por Nuestro Señor Jesucristo..."). El
"Avemaría" culmina en "y bendito es el fruto de tu
vientre, Jesús". La oración del corazón, en uso en
oriente, llamada "oración a Jesús" dice:
"Jesucristo, Hijo de Dios, Señor ten piedad de mí,
pecador". Numerosos cristianos mueren, como Santa Juana de
Arco, teniendo en sus labios una única palabra:
"Jesús".
II CRISTO
436 Cristo viene de la traducción griega del
término hebreo "Mesías" que quiere decir
"ungido". No pasa a ser nombre propio de Jesús sino
porque él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra
significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios
los que le eran consagrados para una misión que habían recibido
de él. Este era el caso de los reyes (cf. 1 S 9, 16; 10, 1; 16,
1. 12-13; 1 R 1, 39), de los sacerdotes (cf. Ex 29, 7; Lv 8, 12)
y, excepcionalmente, de los profetas (cf. 1 R 19, 16). Este debía
ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para
instaurar definitivamente su Reino (cf. Sal 2, 2; Hch 4, 26-27).
El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor (cf. Is
11, 2) a la vez como rey y sacerdote (cf. Za 4, 14; 6, 13) pero
también como profeta (cf. Is 61, 1; Lc 4, 16-21). Jesús cumplió
la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de
sacerdote, profeta y rey.
437 El ángel anunció a los pastores el
nacimiento de Jesús como el del Mesías prometido a Israel:
"Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es
el Cristo Señor" (Lc 2, 11). Desde el principio él es
"a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo"(Jn
10, 36), concebido como "santo" (Lc 1, 35) en el seno
virginal de María. José fue llamado por Dios para "tomar
consigo a María su esposa" encinta "del que fue
engendrado en ella por el Espíritu Santo" (Mt 1, 20) para
que Jesús "llamado Cristo" nazca de la esposa de José
en la descendencia mesiánica de David (Mt 1, 16; cf. Rm 1, 3; 2
Tm 2, 8; Ap 22, 16).
438 La consagración mesiánica de Jesús
manifiesta su misión divina. "Por otra parte eso es lo que
significa su mismo nombre, porque en el nombre de Cristo está
sobre entendido El que ha ungido, El que ha sido ungido y la
Unción misma con la que ha sido ungido: El que ha ungido, es el
Padre. El que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el
Espíritu que es la Unción" (S. Ireneo de Lyon, haer. 3, 18,
3). Su eterna consagración mesiánica fue revelada en el tiempo
de su vida terrena en el momento de su bautismo por Juan cuando
"Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder"(Hch
10, 38) "para que él fuese manifestado a Israel" (Jn 1,
31) como su Mesías. Sus obras y sus palabras lo dieron a conocer
como "el santo de Dios" (Mc 1, 24; Jn 6, 69; Hch 3, 14).
439 Numerosos judíos e incluso ciertos paganos
que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos
fundamentales del mesiánico "hijo de David" prometido
por Dios a Israel (cf. Mt 2, 2; 9, 27; 12, 23; 15, 22; 20, 30; 21,
9. 15). Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía
derecho (cf. Jn 4, 25-26;11, 27), pero no sin reservas porque una
parte de sus contemporáneos lo comprendían según una
concepción demasiado humana (cf. Mt 22, 41-46), esencialmente
política (cf. Jn 6, 15; Lc 24, 21).
440 Jesús acogió la confesión de fe de Pedro
que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima
pasión del Hijo del Hombre (cf. Mt 16, 23). Reveló el auténtico
contenido de su realeza mesiánica en la identidad transcendente
del Hijo del Hombre "que ha bajado del cielo" (Jn 3, 13;
cf. Jn 6, 62; Dn 7, 13) a la vez que en su misión redentora como
Siervo sufriente: "el Hijo del hombre no ha venido a ser
servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por
muchos" (Mt 20, 28; cf. Is 53, 10-12). Por esta razón el
verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado más que
desde lo alto de la Cruz (cf. Jn 19, 19-22; Lc 23, 39-43).
Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica
podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios:
"Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha
constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis
crucificado" (Hch 2, 36).
III HIJO UNICO DE DIOS
441 Hijo de Dios, en el Antiguo Testamento, es
un título dado a los ángeles (cf. Dt 32, 8; Jb 1, 6), al pueblo
elegido (cf. Ex 4, 22;Os 11, 1; Jr 3, 19; Si 36, 11; Sb 18, 13), a
los hijos de Israel (cf. Dt 14, 1; Os 2, 1) y a sus reyes (cf. 2 S
7, 14; Sal 82, 6). Significa entonces una filiación adoptiva que
establece entre Dios y su criatura unas relaciones de una
intimidad particular. Cuando el Rey-Mesías prometido es llamado
"hijo de Dios" (cf. 1 Cro 17, 13; Sal 2, 7), no implica
necesariamente, según el sentido literal de esos textos, que sea
más que humano. Los que designaron así a Jesús en cuanto
Mesías de Israel (cf. Mt 27, 54), quizá no quisieron decir nada
más (cf. Lc 23, 47).
442 No ocurre así con Pedro cuando confiesa a
Jesús como "el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,
16) porque este le responde con solemnidad "no te ha revelado
esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los
cielos" (Mt 16, 17). Paralelamente Pablo dirá a propósito
de su conversión en el camino de Damasco: "Cuando Aquél que
me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia,
tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que le anunciase entre
los gentiles..." (Ga 1,15-16). "Y en seguida se puso a
predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de
Dios" (Hch 9, 20). Este será, desde el principio (cf. 1 Ts
1, 10), el centro de la fe apostólica (cf. Jn 20, 31) profesada
en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia (cf. Mt 16,
18).
443 Si Pedro pudo reconocer el carácter
transcendente de la filiación divina de Jesús Mesías es porque
éste lo dejó entender claramente. Ante el Sanedrín, a la
pregunta de sus acusadores: "Entonces, ¿tú eres el Hijo de
Dios?", Jesús ha respondido: "Vosotros lo decís: yo
soy" (Lc 22, 70; cf. Mt 26, 64; Mc 14, 61). Ya mucho antes,
El se designó como el "Hijo" que conoce al Padre (cf.
Mt 11, 27; 21, 37-38), que es distinto de los "siervos"
que Dios envió antes a su pueblo (cf. Mt 21, 34-36), superior a
los propios ángeles (cf. Mt 24, 36). Distinguió su filiación de
la de sus discípulos, no diciendo jamás "nuestro
Padre" (cf. Mt 5, 48; 6, 8; 7, 21; Lc 11, 13) salvo para
ordenarles "vosotros, pues, orad así: Padre Nuestro"
(Mt 6, 9); y subrayó esta distinción: "Mi Padre y vuestro
Padre" (Jn 20, 17).
444 Los Evangelios narran en dos momentos
solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz
del Padre lo designa como su "Hijo amado" (Mt 3, 17; 17,
5). Jesús se designa a sí mismo como "el Hijo Unico de
Dios" (Jn 3, 16) y afirma mediante este título su
preexistencia eterna (cf. Jn 10, 36). Pide la fe en "el
Nombre del Hijo Unico de Dios" (Jn 3, 18). Esta confesión
cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de
Jesús en la cruz: "Verdaderamente este hombre era Hijo de
Dios" (Mc 15, 39), porque solamente en el misterio pascual
donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título
"Hijo de Dios".
445 Después de su Resurrección, su filiación
divina aparece en el poder de su humanidad glorificada:
"Constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de
santidad, por su Resurrección de entre los muertos" (Rm 1,
4; cf. Hch 13, 33). Los apóstoles podrán confesar "Hemos
visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad "(Jn 1, 14).
IV SEÑOR
446 En la traducción griega de los libros del
Antiguo Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se reveló
a Moisés (cf. Ex 3, 14), YHWH, es traducido por
"Kyrios" ["Señor"]. Señor se convierte desde
entonces en el nombre más habitual para designar la divinidad
misma del Dios de Israel. El Nuevo Testamento utiliza en este
sentido fuerte el título "Señor" para el Padre, pero
lo emplea también, y aquí está la novedad, para Jesús
reconociéndolo como Dios (cf. 1 Co 2,8).
447 El mismo Jesús se atribuye de forma velada
este título cuando discute con los fariseos sobre el sentido del
Salmo 109 (cf. Mt 22, 41-46; cf. también Hch 2, 34-36; Hb 1, 13),
pero también de manera explícita al dirigirse a sus apóstoles
(cf. Jn 13, 13). A lo largo de toda su vida pública sus actos de
dominio sobre la naturaleza, sobre las enfermedades, sobre los
demonios, sobre la muerte y el pecado, demostraban su soberanía
divina.
448 Con mucha frecuencia, en los Evangelios,
hay personas que se dirigen a Jesús llamándole
"Señor". Este título expresa el respeto y la confianza
de los que se acercan a Jesús y esperan de él socorro y
curación (cf. Mt 8, 2; 14, 30; 15, 22, etc.). Bajo la moción del
Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de
Jesús (cf. Lc 1, 43; 2, 11). En el encuentro con Jesús
resucitado, se convierte en adoración: "Señor mío y Dios
mío" (Jn 20, 28). Entonces toma una connotación de amor y
de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana:
"¡Es el Señor!" (Jn 21, 7).
449 Atribuyendo a Jesús el título divino de
Señor, las primeras confesiones de fe de la Iglesia afirman desde
el principio (cf. Hch 2, 34-36) que el poder, el honor y la gloria
debidos a Dios Padre convienen también a Jesús (cf. Rm 9, 5; Tt
2, 13; Ap 5, 13) porque el es de "condición divina"
(Flp 2, 6) y el Padre manifestó esta soberanía de Jesús
resucitándolo de entre los muertos y exaltándolo a su gloria
(cf. Rm 10, 9;1 Co 12, 3; Flp 2,11).
450 Desde el comienzo de la historia cristiana,
la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la
historia (cf. Ap 11, 15) significa también reconocer que el
hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a
ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor
Jesucristo: César no es el "Señor" (cf. Mc 12, 17; Hch
5, 29). " La Iglesia cree.. que la clave, el centro y el fin
de toda historia humana se encuentra en su Señor y Maestro"
(GS 10, 2; cf. 45, 2).
451 La oración cristiana está marcada por el
título "Señor", ya sea en la invitación a la oración
"el Señor esté con vosotros", o en su conclusión
"por Jesucristo nuestro Señor" o incluso en la
exclamación llena de confianza y de esperanza: "Maran
atha" ("¡el Señor viene!") o "Maran
atha" ("¡Ven, Señor!") (1 Co 16, 22):
"¡Amén! ¡ven, Señor Jesús!" (Ap 22, 20).
RESUMEN
452 El nombre de Jesús significa "Dios
salva". El niño nacido de la Virgen María se llama
"Jesús" "porque él salvará a su pueblo de sus
pecados" (Mt 1, 21); "No hay bajo el cielo otro nombre
dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos"
((...) Hch 4, 12).
453 El nombre de Cristo significa
"Ungido", "Mesías". Jesús es el Cristo
porque "Dios le ungió con el Espíritu Santo y con
poder" (Hch 10, 38). Era "el que ha de venir" (Lc
7, 19), el objeto de "la esperanza de Israel"(Hch 28,
20).
454 El nombre de Hijo de Dios significa la
relación única y eterna de Jesucristo con Dios su Padre: el es
el Hijo único del Padre (cf. Jn 1, 14. 18; 3, 16. 18) y él mismo
es Dios (cf. Jn 1, 1). Para ser cristiano es necesario creer que
Jesucristo es el Hijo de Dios (cf. Hch 8, 37; 1 Jn 2, 23).
455 El nombre de Señor significa la soberanía
divina. Confesar o invocar a Jesús como Señor es creer en su
divinidad "Nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!"
sino por influjo del Espíritu Santo"(1 Co 12, 3).
Artículo 3 "JESUCRISTO FUE CONCEBIDO
POR OBRA Y GRACIA DEL
ESPIRITU SANTO Y NACIO
DE SANTA MARIA VIRGEN"
Párrafo 1 EL HIJO DE DIOS SE HIZO HOMBRE
I POR QUE EL VERBO SE HIZO CARNE
456 Con el Credo Niceno-Constantinopolitano
respondemos co nfesando: "Por nosotros los hombres y por
nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo
se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre".
457 El Verbo se encarnó para salvarnos
reconciliándonos con Dios: "Dios nos amó y nos envió a su
Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4,
10)."El Padre envió a su Hijo para ser salvador del
mundo" (1 Jn 4, 14). "El se manifestó para quitar los
pecados" (1 Jn 3, 5):
Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada;
desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos
perdida la posesión del bien, era necesario que se nos
devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacia falta que nos
llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador;
prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían
importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios
hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana
para visitarla ya que la humanidad se encontraba en un estado tan
miserable y tan desgraciado? (San Gregorio de Nisa, or. catech.
15).
458 El Verbo se encarnó para que nosotros
conociésemos así el amor de Dios: "En esto se manifestó el
amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo
único para que vivamos por medio de él" (1 Jn 4, 9).
"Porque tanto amó Dio s al mundo que dio a su Hijo único,
para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida
eterna" (Jn 3, 16).
459 El Verbo se encarnó para ser nuestro
modelo de santidad: "Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended
de mí ... "(Mt 11, 29). "Yo soy el Camino, la Verdad y
la Vida. Nadie va al Padre sino por mí" (Jn 14, 6). Y el
Padre, en el monte de la transfiguración, ordena:
"Escuchadle" (Mc 9, 7;cf. Dt 6, 4-5). El es, en efecto,
el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva:
"Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15,
12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí
mismo (cf. Mc 8, 34).
460 El Verbo se encarnó para hacernos
"partícipes de la naturaleza divina" (2 P 1, 4):
"Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre,
y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al entrar
en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina,
se convirtiera en hijo de Dios" (S. Ireneo, haer., 3, 19, 1).
"Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos
Dios" (S. Atanasio, Inc., 54, 3). "Unigenitus Dei
Filius, suae divinitatis volens nos esse participes, naturam
nostram assumpsit, ut homines deos faceret factus homo"
("El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos
participantes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para
que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres")
(Santo Tomás de A., opusc 57 in festo Corp. Chr., 1).
II LA ENCARNACION
461 Volviendo a tomar la frase de San Juan
("El Verbo se encarnó": Jn 1, 14), la Iglesia llama
"Encarnación" al hecho de que el Hijo de Dios haya
asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra
salvación. En un himno citado por S. Pablo, la Iglesia canta el
misterio de la Encarnación:
Tened entre vosotros los mismos sentimientos
que tuvo Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo
ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo
tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres
y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo,
obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. (Flp 2, 5-8; cf. LH,
cántico de vísperas del sábado).
462 La carta a los Hebreos habla del mismo
misterio:
Por eso, al entrar en este mundo, [Cristo]
dice: No quisiste sacrificio y oblación; pero me has formado un
cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron.
Entonces dije: ¡He aquí que vengo ... a hacer, oh Dios, tu
voluntad! (Hb 10, 5-7, citando Sal 40, 7-9 LXX).
463 La fe en la verdadera encarnación del Hijo
de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana: "Podréis
conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa
a Jesucristo, venido en carne, es de Dios" (1 Jn 4, 2). Esa
es la alegre convicción de la Iglesia desde sus comienzos cuando
canta "el gran misterio de la piedad": "El ha sido
manifestado en la carne" (1 Tm 3, 16).
III VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE
464 El acontecimiento único y totalmente
singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que
Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el
resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. El se
hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios.
Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió
defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos
frente a unas herejías que la falseaban.
465 Las primeras herejías negaron menos la
divinidad de Jesucristo que su humanidad verdadera (docetismo
gnóstico). Desde la época apostólica la fe cristiana insistió
en la verdadera encarnación del Hijo de Dios, "venido en la
carne" (cf. 1 Jn 4, 2-3; 2 Jn 7). Pero desde el siglo III, la
Iglesia tuvo que afirmar frente a Pablo de Samosata, en un
concilio reunido en Antioquía, que Jesucristo es hijo de Dios por
naturaleza y no por adopción. El primer concilio ecuménico de
Nicea, en el año 325, confesó en su Credo que el Hijo de Dios es
"engendrado, no creado, de la misma substancia ['homoousios']
que el Padre" y condenó a Arrio que afirmaba que "el
Hijo de Dios salió de la nada" (DS 130) y que sería
"de una substancia distinta de la del Padre" (DS 126).
466 La herejía nestoriana veía en Cristo una
persona humana junto a la persona divina del Hijo de Dios. Frente
a ella S. Cirilo de Alejandría y el tercer concilio ecuménico
reunido en Efeso, en el año 431, confesaron que "el Verbo,
al unirse en su persona a una carne animada por un alma racional,
se hizo hombre" (DS 250). La humanidad de Cristo no tiene
más sujeto que la persona divina del Hijo de Dios que la ha
asumido y hecho suya desde su concepción. Por eso el concilio de
Efeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda
verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de
Dios en su seno: "Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios
haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella,
de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido
a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació
según la carne" (DS 251).
467 Los monofisitas afirmaban que la naturaleza
humana había dejado de existir como tal en Cristo al ser asumida
por su persona divina de Hijo de Dios. Enfrentado a esta herejía,
el cuarto concilio ecuménico, en Calcedonia, confesó en el año
451:
Siguiendo, pues, a los Santos Padres,
enseñamos unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo
Hijo y Señor nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y
perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente
hombre compuesto de alma racional y cuerpo; consustancial con el
Padre según la divinidad, y consustancial con nosotros según la
humanidad, `en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado'
(Hb 4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la
divinidad; y por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los
últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la
humanidad. Se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor,
Hijo único en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin
división, sin separación. La diferencia de naturalezas de
ningún modo queda suprimida por su unión, sino que quedan a
salvo las propiedades de cada una de las naturalezas y confluyen
en un solo sujeto y en una sola persona (DS 301-302).
468 Después del concilio de Calcedonia,
algunos concibieron la naturaleza humana de Cristo como una
especie de sujeto personal. Contra éstos, el quinto concilio
ecuménico, en Constantinopla el año 553 confesó a propósito de
Cristo: "No hay más que una sola hipóstasis [o persona],
que es nuestro Señor Jesucristo, uno de la Trinidad" (DS
424). Por tanto, todo en la humanidad de Jesucristo debe ser
atribuído a su persona divina como a su propio sujeto (cf. ya Cc.
Efeso: DS 255), no solamente los milagros sino también los
sufrimientos (cf. DS 424) y la misma muerte: "El que ha sido
crucificado en la carne, nuestro Señor Jesucristo, es verdadero
Dios, Señor de la gloria y uno de la santísima Trinidad"
(DS 432).
469 La Iglesia confiesa así que Jesús es
inseparablemente verdadero Dios y verdadero hombre. El es
verdaderamente el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, nuestro
hermano, y eso sin dejar de ser Dios, nuestro Señor:
"Id quod fuit remansit et quod non fuit
assumpsit" ("Permaneció en lo que era y asumió lo que
no era"), canta la liturgia romana (LH, antífona de laudes
del primero de enero; cf. S. León Magno, serm. 21, 2-3). Y la
liturgia de S. Juan Crisóstomo proclama y canta: "Oh Hijo
Unico y Verbo de Dios, siendo inmortal te has dignado por nuestra
salvación encarnarte en la santa Madre de Dios, y siempre Virgen
María, sin mutación te has hecho hombre, y has sido crucificado.
Oh Cristo Dios, que por tu muerte has aplastado la muerte, que
eres Uno de la Santa Trinidad, glorificado con el Padre y el Santo
Espíritu, sálvanos! (Tropario "O monoghenis").
IV COMO ES HOMBRE EL HIJO DE DIOS
470 Puesto que en la unión misteriosa de la
Encarnación "la naturaleza humana ha sido asumida, no
absorbida" (GS 22, 2), la Iglesia ha llegado a confesar con
el correr de los siglos, la plena realidad del alma humana, con
sus operaciones de inteligencia y de voluntad, y del cuerpo humano
de Cristo. Pero paralelamente, ha tenido que recordar en cada
ocasión que la naturaleza humana de Cristo pertenece propiamente
a la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido. Todo lo
que es y hace en ella pertenece a "uno de la Trinidad".
El Hijo de Dios comunica, pues, a su humanidad su propio modo
personal de existir en la Trinidad. Así, en su alma como en su
cuerpo, Cristo expresa humanamente las costumbres divinas de la
Trinidad (cf. Jn 14, 9-10):
El Hijo de Dios... trabajó con manos de
hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de
hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María,
se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a
nosotros, excepto en el pecado (GS 22, 2).
El alma y el conocimiento humano de Cristo
471 Apolinar de Laodicea afirmaba que en Cristo
el Verbo había sustituído al alma o al espíritu. Contra este
error la Iglesia confesó que el Hijo eterno asumió también un
alma racional humana (cf. DS 149).
472 Este alma humana que el Hijo de Dios
asumió está dotada de un verdadero conocimiento humano. Como
tal, éste no podía ser de por sí ilimitado: se desenvolvía en
las condiciones históricas de su existencia en el espacio y en el
tiempo. Por eso el Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso
progresar "en sabiduría, en estatura y en gracia" (Lc
2, 52) e igualmente adquirir aquello que en la condición humana
se adquiere de manera experimental (cf. Mc 6, 38; 8, 27; Jn 11,
34; etc.). Eso ... correspondía a la realidad de su anonadamiento
voluntario en "la condición de esclavo" (Flp 2, 7).
473 Pero, al mismo tiempo, este conocimiento
verdaderamente humano del Hijo de Dios expresaba la vida divina de
su persona (cf. S. Gregorio Magno, ep 10,39: DS 475). "La
naturaleza humana del Hijo de Dios, no por ella m isma sino por su
unión con el Verbo, conocía y manifestaba en ella todo lo que
conviene a Dios" (S. Máximo el Confesor, qu. dub. 66 ). Esto
sucede ante todo en lo que se refiere al conocimiento íntimo e
inmediato que el Hijo de Dios hecho hombre tiene de su Padre (cf.
Mc 14, 36; Mt 11, 27; Jn 1, 18; 8, 55; etc.). El Hijo, en su
conocimiento humano, demostraba también la penetración divina
que tenía de los pensamientos secretos del corazón de los
hombres (cf Mc 2, 8; Jn 2, 25; 6, 61; etc.).
474 Debido a su unión con la Sabiduría divina
en la persona del Verbo encarnado, el conocimiento humano de
Cristo gozaba en plenitud de la ciencia de los designios eternos
que había venido a revelar (cf. Mc 8,31; 9,31; 10, 33-34;
14,18-20. 26-30). Lo que reconoce ignorar en este campo (cf. Mc
13,32), declara en otro lugar no tener misión de revelarlo (cf.
Hch 1, 7).
La voluntad humana de Cristo
475 De manera paralela, la Iglesia confesó en
el sexto concilio ecuménico (Cc. de Constantinopla III en el año
681) que Cristo posee dos voluntades y dos operaciones naturales,
divinas y humanas, no opuestas, sino cooperantes, de forma que el
Verbo hecho carne, en su obediencia al Padre, ha querido
humanamente todo lo que ha decidido divinamente con el Padre y el
Espíritu Santo para nuestra salvación (cf. DS 556-559). La
voluntad humana de Cristo "sigue a su voluntad divina sin
hacerle resistencia ni oposición, sino todo lo contrario estando
subordinada a esta voluntad omnipotente" (DS 556).
El verdadero cuerpo de Cristo
476 Como el Verbo se hizo carne asumiendo una
verdadera humanidad, el cuerpo de Cristo era limitado (cf. Cc. de
Letrán en el año 649: DS 504). Por eso se puede "pintar la
faz humana de Jesús (Ga 3,2). El séptimo Concilio ecuménico
(Cc. de Nicea II, en el año 787: DS 600-603) la Iglesia
reconoció que es legítima su representación en imágenes
sagradas.
477 Al mismo tiempo, la Iglesia siempre ha
admitido que, en el cuerpo de Jesús, Dios "que era invisible
en su naturaleza se hace visible" (Prefacio de Navidad). En
efecto, las particularidades individuales del cuerpo de Cristo
expresan la persona divina del Hijo de Dios. El ha hecho suyos los
rasgos de su propio cuerpo humano hasta el punto de que, pintados
en una imagen sagrada, pueden ser venerados porque el creyente que
venera su imagen, "venera a la persona representada en
ella" (Cc. Nicea II: DS 601).
El Corazón del Verbo encarnado
478 Jesús, durante su vida, su agonía y su
pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y
se ha entregado por cada uno de nosotros: "El Hijo de Dios me
amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20). Nos ha
amado a todos con un corazón humano. Por esta razón, el sagrado
Corazón de Jesús, traspasado por nuestros pecados y para nuestra
salvación (cf. Jn 19, 34), "es considerado como el principal
indicador y símbolo...del amor con que el divino Redentor ama
continuamente al eterno Padre y a todos los hombres" (Pio
XII, Enc."Haurietis aquas": DS 3924; cf. DS 3812).
RESUMEN
479 En el momento establecido por Dios, el Hijo
único del Padre, la Palabra eterna, es decir, el Verbo e Imagen
substancial del Padre, se hizo carne: sin perder la naturaleza
divina asumió la naturaleza humana.
480 Jesucristo es verdadero Dios y verdadero
hombre en la unidad de su Persona divina; por esta razón él es
el único Mediador entre Dios y los hombres.
481 Jesucristo posee dos naturalezas, la divina
y la humana, no confundidas, sino unidas en la única Persona del
Hijo de Dios.
482 Cristo, siendo verdadero Dios y verdadero
hombre, tien e una inteligencia y una voluntad humanas,
perfectamente de acuerdo y sometidas a su inteligencia y a su
voluntad divinas que tiene en común con el Padre y el Espíritu
Santo.
483 La encarnación es, pues, el misterio de la
admirable unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana
en la única Persona del Verbo.
Párrafo 2 “... CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA
DEL
ESPIRITU SANTO, NACIO DE SANTA
MARIA VIRGEN”
I CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPIRITU
SANTO ...
484 La anunciación a María inaugura la
plenitud de "los tiempos"(Gal 4, 4), es decir el
cumplimiento de las promesas y de los preparativos. María es
invitada a concebir a aquel en quien habitará "corporalmente
la plenitud de la divinidad" (Col 2, 9). La respuesta divina
a su "¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?"
(Lc 1, 34) se dio mediante el poder del Espíritu: "El
Espíritu Santo vendrá sobre ti" (Lc 1, 35).
485 La misión del Espíritu Santo está
siempre unida y ordenada a la del Hijo (cf. Jn 16, 14-15). El
Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen
María y fecundarla por obra divina, él que es "el Señor
que da la vida", haciendo que ella conciba al Hijo eterno del
Padre en una humanidad tomada de la suya.
486 El Hijo único del Padre, al ser concebido
como hombre en el seno de la Virgen María es "Cristo",
es decir, el ungido por el Espíritu Santo (cf. Mt 1, 20; Lc 1,
35), desde el principio de su existencia humana, aunque su
manifestación no tuviera lugar sino progresivamente: a los
pastores (cf. Lc 2,8-20), a los magos (cf. Mt 2, 1-12), a Juan
Bautista (cf. Jn 1, 31-34), a los discípulos (cf. Jn 2, 11). Por
tanto, toda la vida de Jesucristo manifestará "cómo Dios le
ungió con el Espíritu Santo y con poder" (Hch 10, 38).
II ... NACIDO DE LA VIRGEN MARIA
487 Lo que la fe católica cree acerca de
María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que
enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo.
La predestinación de María
488 "Dios envió a su Hijo" (Ga 4,
4), pero para "formarle un cuerpo" (cf. Hb 10, 5) quiso
la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la
eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo, a una hija
de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a "una
virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David;
el nombre de la virgen era María" (Lc 1, 26-27):
El Padre de las misericordias quiso que el
consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre
precediera a la encarnación para que, así como una mujer
contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a
la vida (LG 56; cf. 61).
489 A lo largo de toda la Antigua Alianza, la
misión de María fue preparada por la misión de algunas santas
mujeres. Al principio de todo está Eva: a pesar de su
desobediencia, recibe la promesa de una descendencia que será
vencedora del Maligno (cf. Gn 3, 15) y la de ser la Madre de todos
los vivientes (cf. Gn 3, 20). En virtud de esta promesa, Sara
concibe un hijo a pesar de su edad avanzada (cf. Gn 18, 10-14;
21,1-2). Contra toda expectativa humana, Dios escoge lo que era
tenido por impotente y débil (cf. 1 Co 1, 27) para mostrar la
fidelidad a su promesa: Ana, la madre de Samuel (cf. 1 S 1),
Débora, Rut, Judit, y Ester, y muchas otras mujeres. María
"sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que
esperan de él con confianza la salvación y la acogen.
Finalmente, con ella, excelsa Hija de Sión, después de la larga
espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo
plan de salvación" (LG 55).
La Inmaculada Concepción
490 Para ser la Madre del Salvador, María fue
"dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan
importante" (LG 56). El ángel Gabriel en el momento de la
anunciación la saluda como "llena de gracia" (Lc 1,
28). En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al
anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente
poseída por la gracia de Dios
491 A lo largo de los siglos, la Iglesia ha
tomado conciencia de que María "llena de gracia" por
Dios (Lc 1, 28) había sido redimida desde su concepción. Es lo
que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en
1854 por el Papa Pío IX:
... la bienaventurada Virgen María fue
preservada inmune de toda la mancha de pecado original en el
primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio
de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo
Salvador del género humano (DS 2803).
492 Esta "resplandeciente santidad del
todo singular" de la que ella fue "enriquecida desde el
primer instante de su concepción" (LG 56), le viene toda
entera de Cristo: ella es "redimida de la manera más sublime
en atención a los méritos de su Hijo" (LG 53). El Padre la
ha "bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en
los cielos, en Cristo" (Ef 1, 3) más que a ninguna otra
persona creada. El la ha elegido en él antes de la creación del
mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor (cf.
Ef 1, 4).
493 Los Padres de la tradición oriental llaman
a la Madre de Dios "la Toda Santa"
("Panagia"), la celebran como inmune de toda mancha de
pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva
criatura" (LG 56). Por la gracia de Dios, María ha
permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su
vida.
"Hágase en mí según tu palabra
..."
494 Al anuncio de que ella dará a luz al
"Hijo del Altísimo" sin conocer varón, por la virtud
del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 28-37), María respondió por
"la obediencia de la fe" (Rm 1, 5), segura de que
"nada hay imposible para Dios": "He aquí la
esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,
37-38). Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María
llegó a ser Madre de Jesús y , aceptando de todo corazón la
voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo
impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la
obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la
gracia de Dios, al Misterio de la Redención (cf. LG 56):
Ella, en efecto, como dice S. Ireneo, "por
su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el
género humano". Por eso, no pocos Padres antiguos, en su
predicación, coincidieron con él en afirmar "el nudo de la
desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que
ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María
por su fe". Comparándola con Eva, llaman a María `Madre de
los vivientes' y afirman con mayor frecuencia: "la muerte
vino por Eva, la vida por María". (LG. 56).
La maternidad divina de María
495 Llamada en los Evangelios "la Madre de
Jesús"(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es
aclamada bajo el impulso del Espíritu como "la madre de mi
Señor" desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43).
En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del
Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según
la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda
persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María
es verdaderamente Madre de Dios ["Theotokos"] (cf. DS
251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe
(cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido
en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del
Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este
suceso: Jesús fue concebido "absque semine ex Spiritu
Sancto" (Cc Letrán, año 649; DS 503), esto es, sin elemento
humano, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la
concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de
Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, S. Ignacio de Antioquía (comienzos del
siglo II): "Estáis firmemente convencidos acerca de que
nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la
carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de
Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen, ...Fue
verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato
... padeció verdaderamente, como también resucitó
verdaderamente" (Smyrn. 1-2).
497 Los relatos evangélicos (cf. Mt 1, 18-25;
Lc 1, 26-38) presentan la concepción virginal como una obra
divina que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas
(cf. Lc 1, 34): "Lo concebido en ella viene del Espíritu
Santo", dice el ángel a José a propósito de María, su
desposada (Mt 1, 20). La Iglesia ve en ello el cumplimiento de la
promesa divina hecha por el profeta Isaías: "He aquí que la
virgen concebirá y dará a luz un Hijo" (Is 7, 14 según la
traducción griega de Mt 1, 23).
498 A veces ha desconcertado el silencio del
Evangelio de S. Marcos y de las cartas del Nuevo Testamento sobre
la concepción virginal de María. También se ha podido plantear
si no se trataría en este caso de leyendas o de construcciones
teológicas sin pretensiones históricas. A lo cual hay que
responder: La fe en la concepción virginal de Jesús ha
encontrado viva oposición, burlas o incomprensión por parte de
los no creyentes, judíos y paganos (cf. S. Justino, Dial 99, 7;
Orígenes, Cels. 1, 32, 69; entre otros); no ha tenido su origen
en la mitología pagana ni en una adaptación de las ideas de su
tiempo. El sentido de este misterio no es accesible más que a la
fe que lo ve en ese "nexo que reúne entre sí los
misterios" (DS 3016), dentro del conjunto de los Misterios de
Cristo, desde su Encarnación hasta su Pascua. S. Ignacio de
Antioquía da ya testimonio de este vínculo: "El príncipe
de este mundo ignoró la virginidad de María y su parto, así
como la muerte del Señor: tres misterios resonantes que se
realizaron en el silencio de Dios" (Eph. 19, 1;cf. 1 Co 2,
8).
María, la "siempre Virgen"
499 La profundización de la fe en la
maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la
virginidad real y perpetua de María (cf. DS 427) incluso en el
parto del Hijo de Dios hecho hombre (cf. DS 291; 294; 442; 503;
571; 1880). En efecto, el nacimiento de Cristo "lejos de
disminuir consagró la integridad virginal" de su madre (LG
57). La liturgia de la Iglesia celebra a María como la
"Aeiparthenos", la "siempre-virgen" (cf. LG
52).
500 A esto se objeta a veces que la Escritura
menciona unos hermanos y hermanas de Jesús (cf. Mc 3, 31-55; 6,
3; 1 Co 9, 5; Ga 1, 19). La Iglesia siempre ha entendido estos
pasajes como no referidos a otros hijos de la Virgen María; en
efecto, Santiago y José "hermanos de Jesús" (Mt 13,
55) son los hijos de una María discípula de Cristo (cf. Mt 27,
56) que se designa de manera significativa como "la otra
María" (Mt 28, 1). Se trata de parientes próximos de
Jesús, según una expresión conocida del Antiguo Testamento (cf.
Gn 13, 8; 14, 16;29, 15; etc.).
501 Jesús es el Hijo único de María. Pero la
maternidad espiritual de María se extiende (cf. Jn 19, 26-27; Ap
12, 17) a todos los hombres a los cuales, El vino a salvar:
"Dio a luz al Hijo, al que Dios constituyó el mayor de
muchos hermanos (Rom 8,29), es decir, de los creyentes, a cuyo
nacimiento y educación colabora con amor de madre" (LG 63).
La maternidad virginal de María en el designio
de Dios
502 La mirada de la fe, unida al conjunto de la
Revelación, puede descubrir las razones misteriosas por las que
Dios, en su designio salvífico, quiso que su Hijo naciera de una
virgen. Estas razones se refieren tanto a la persona y a la
misión redentora de Cristo como a la aceptación por María de
esta misión para con los hombres.
503 La virginidad de María manifiesta la
iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación. Jesús no tiene
como Padre más que a Dios (cf. Lc 2, 48-49). "La naturaleza
humana que ha tomado no le ha alejado jamás de su Padre ...;
consubstancial con su Padre en la divinidad, consubstancial con su
Madre en nuestras humanidad, pero propiamente Hijo de Dios en sus
dos naturalezas" (Cc. Friul en el año 796: DS 619).
504 Jesús fue concebido por obra del Espíritu
Santo en el seno de la Virgen María porque El es el Nuevo Adán
(cf. 1 Co 15, 45) que inaugura la nueva creación: "El primer
hombre, salido de la tierra, es terreno; el segundo viene del
cielo" (1 Co 15, 47). La humanidad de Cristo, desde su
concepción, está llena del Espíritu Santo porque Dios "le
da el Espíritu sin medida" (Jn 3, 34). De "su
plenitud", cabeza de la humanidad redimida (cf Col 1, 18),
"hemos recibido todos gracia por gracia" (Jn 1, 16).
505 Jesús, el nuevo Adán, inaugura por su
concepción virginal el nuevo nacimiento de los hijos de adopción
en el Espíritu Santo por la fe "¿Cómo será eso?" (Lc
1, 34;cf. Jn 3, 9). La participación en la vida divina no nace
"de la sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre,
sino de Dios" (Jn 1, 13). La acogida de esta vida es virginal
porque toda ella es dada al hombre por el Espíritu. El sentido
esponsal de la vocación humana con relación a Dios (cf. 2 Co 11,
2) se lleva a cabo perfectamente en la maternidad virginal de
María.
506 María es virgen porque su virginidad es el
signo de su fe "no adulterada por duda alguna" (LG 63) y
de su entrega total a la voluntad de Dios (cf. 1 Co 7, 34-35). Su
fe es la que le hace llegar a ser la madre del Salvador:
"Beatior est Maria percipiendo fidem Christi quam concipiendo
carnem Christi" ("Más bienaventurada es María al
recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de
Cristo" (S. Agustín, virg. 3).
507 María es a la vez virgen y madre porque
ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia
(cf. LG 63): "La Iglesia se convierte en Madre por la palabra
de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo,
engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por
el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que
guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo" (LG
64).
RESUMEN
508 De la descendencia de Eva, Dios eligió a
la Virgen María para ser la Madre de su Hijo. Ella, "llena
de gracia", es "el fruto excelente de la
redención" (SC 103); desde el primer instante de su
concepción, fue totalmente preservada de la mancha del pecado
original y permaneció pura de todo pecado personal a lo largo de
toda su vida.
509 María es verdaderamente "Madre de
Dios" porque es la madre del Hijo eterno de Dios hecho
hombre, que es Dios mismo.
510 María "fue Virgen al concebir a su
Hijo, Virgen al parir, Virgen durante el embarazo, Virgen después
del parto, Virgen siempre" (S. Agustín, serm. 186, 1): Ella,
con todo su ser, es "la esclava del Señor" (Lc 1, 38).
511 La Virgen María "colaboró por su fe
y obediencia libres a la salvación de los hombres" (LG 56).
Ella pronunció su "fiat" "loco totius humanae
naturae" ("ocupando el lugar de toda la naturaleza
humana") (Santo Tomás, s.th. 3, 30, 1 ): Por su obediencia,
Ella se convirtió en la nueva Eva, madre de los vivientes.
Párrafo 3 LOS MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO
512 Respecto a la vida de Cristo, el Símbolo
de la Fe no habla más que de los misterios de la Encarnación
(concepción y nacimiento) y de la Pascua (pasión, crucifixión,
muerte, sepultura, descenso a los infiernos, resurrección,
ascensión). No dice nada explícitamente de los misterios de la
vida oculta y pública de Jesús, pero los artículos de la fe
referente a la Encarnación y a la Pascua de Jesús iluminan toda
la vida terrena de Cristo. "Todo lo que Jesús hizo y
enseñó desde el principio hasta el día en que ... fue llevado
al cielo" (Hch 1, 1-2) hay que verlo a la luz de los
misterios de Navidad y de Pascua.
513 La Catequesis, según las circunstancias,
debe presentar toda la riqueza de los Misterios de Jesús. Aquí
basta indicar algunos elementos comunes a todos los Misteri os de
la vida de Cristo (I), para esbozar a continuación los
principales misterios de la vida oculta (II) y pública (III) de
Jesús.
I TODA LA VIDA DE CRISTO ES MISTERIO
514 Muchas de las cosas respecto a Jesús que
interesan a la curiosidad humana no figuran en el Evangelio. Casi
nada se dice sobre su vida en Nazaret, e incluso una gran parte de
la vida pública no se narra (cf. Jn 20, 30). Lo que se ha escrito
en los Evangelios lo ha sido "para que creáis que Jesús es
el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en
su nombre" (Jn 20, 31).
515 Los Evangelios fueron escritos por hombres
que pertenecieron al grupo de los primeros que tuvieron fe (cf. Mc
1, 1; Jn 21, 24) y quisieron compartirla con otros. Habiendo
conocido por la fe quién es Jesús, pudieron ver y hacer ver los
rasgos de su Misterio durante toda su vida terrena. Desde los
pañales de su natividad (Lc 2, 7) hasta el vinagre de su Pasión
(cf. Mt 27, 48) y el sudario de su resurrección (cf. Jn 20, 7),
todo en la vida de Jesús es signo de su Misterio. A través de
sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que
"en él reside toda la plenitud de la Divinidad
corporalmente" (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el
"sacramento", es decir, el signo y el instrumento de su
divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de
visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su
filiación divina y de su misión redentora.
Los rasgos comunes en los Misterios de Jesús
516 Toda la vida de Cristo es Revelación del
Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos,
su manera de ser y de hablar. Jesús puede decir: "Quien me
ve a mí, ve al Padre" (Jn 14, 9), y el Padre: "Este es
mi Hijo amado; escuchadle" (Lc 9, 35). Nuestro Señor, al
haberse hecho para cumplir la voluntad del Padre (cf. Hb 10,5-7),
nos "manifestó el amor que nos tiene" (1 Jn 4,9) con
los menores rasgos de sus misterios.
517 Toda la vida de Cristo es Misterio de
Redención. La Redención nos viene ante todo por la sangre de la
cruz (cf. Ef 1, 7; Col 1, 13-14; 1 P 1, 18-19), pero este misterio
está actuando en toda la vida de Cristo: ya en su Encarnación
porque haciéndose pobre nos enriquece con su pobreza (cf. 2 Co 8,
9); en su vida oculta donde repara nuestra insumisión mediante su
sometimiento (cf. Lc 2, 51); en su palabra que purifica a sus
oyentes (cf. Jn 15,3); en sus curaciones y en sus exorcismos, por
las cuales "él tomó nuestras flaquezas y cargó con
nuestras enfermedades" (Mt 8, 17; cf. Is 53, 4); en su
Resurrección, por medio de la cual nos justifica (cf. Rm 4, 25).
518 Toda la vida de Cristo es Misterio de
Recapitulación. Todo lo que Jesús hizo, dijo y sufrió, tuvo
como finalidad restablecer al hombre caído en su vocación
primera:
Cuando se encarnó y se hizo hombre,
recapituló en sí mismo la larga historia de la humanidad
procurándonos en su propia historia la salvación de todos, de
suerte que lo que perdimos en Adán, es decir, el ser imagen y
semejanza de Dios, lo recuperamos en Cristo Jesús (S. Ireneo,
haer. 3, 18, 1). Por lo demás, esta es la razón por la cual
Cristo ha vivido todas las edades de la vida humana, devolviendo
así a todos los hombres la comunión con Dios (ibid. 3,18,7; cf.
2, 22, 4).
Nuestra comunión en los Misterios de Jesús
519 Toda la riqueza de Cristo "es para
todo hombre y constituye el bien de cada uno" (RH 11). Cristo
no vivió su vida para sí mismo, sino para nosotros, desde su
Encarnación "por nosotros los hombres y por nuestra
salvación" hasta su muerte "por nuestros pecados"
(1 Co 15, 3) y en su Resurrección para nuestra justificación
(Rom 4,25). Todavía ahora, es "nuestro abogado cerca del
Padre" (1 Jn 2, 1), "estando siempre vivo para
interceder en nuestro favor" (Hb 7, 25). Con todo lo que
vivió y sufrió por nosotros de una vez por todas, permanece
presente para siempre "ante el acatamiento de Dios en favor
nuestro" (Hb 9, 24).
520 Toda su vida, Jesús se muestra como
nuestro modelo (cf. Rm 15,5; Flp 2, 5): él es el "hombre
perfecto" (GS 38) que nos invita a ser sus discípulos y a
seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar
(cf. Jn 13, 15); con su oración atrae a la oración (cf. Lc 11,
1); con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las
persecuciones (cf. Mt 5, 11-12).
521 Todo lo que Cristo vivió hace que podamos
vivirlo en El y que El lo viva en nosotros. "El Hijo de Dios
con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo
hombre"(GS 22, 2). Estamos llamados a no ser más que una
sola cosa con él; nos hace comulgar en cuanto miembros de su
Cuerpo en lo que él vivió en su carne por nosotros y como modelo
nuestro:
Debemos continuar y cumplir en nosotros los
estados y Misterios de Jesús, y pedirle con frecuencia que los
realice y lleve a plenitud en nosotros y en toda su Iglesia ...
Porque el Hijo de Dios tiene el designio de hacer participar y de
extender y continuar sus Misterios en nosotros y en toda su
Iglesia por las gracias que él quiere comunicarnos y por los
efectos que quiere obrar en nosotros gracias a estos Misterios. Y
por este medio quiere cumplirlos en nosotros (S. Juan Eudes,
regn.)
II LOS MISTERIOS DE LA INFANCIA
Y DE LA VIDA OCULTA DE JESUS
Los preparativos
522 La venida del Hijo de Dios a la tierra es
un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante
siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la
"Primera Alianza"(Hb 9,15), todo lo hace converger hacia
Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se
suceden en Israel. Además, despierta en el corazón de los
paganos una espera, aún confusa, de esta venida.
523 San Juan Bautista es el precursor (cf. Hch
13, 24) inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino
(cf. Mt 3, 3). "Profeta del Altísimo" (Lc 1, 76),
sobrepasa a todos los profetas (cf. Lc 7, 26), de los que es el
último (cf.Mt 11, 13), e inaugura el Evangelio (cf. Hch 1, 22;Lc
16,16); desde el seno de su madre ( cf. Lc 1,41) saluda la venida
de Cristo y encuentra su alegría en ser "el amigo del
esposo" (Jn 3, 29) a quien señala como "el Cordero de
Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29). Precediendo a
Jesús "con el espíritu y el poder de Elías" (Lc 1,
17), da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de
conversión y finalmente con su martirio (cf. Mc 6, 17-29).
524 Al celebrar anualmente la liturgia de
Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías:
participando en la larga preparación de la primera venida del
Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda
Venida (cf. Ap 22, 17). Celebrando la natividad y el martirio del
Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: "Es preciso
que El crezca y que yo disminuya" (Jn 3, 30).
El Misterio de Navidad
525 Jesús nació en la humildad de un establo,
de una familia pobre (cf. Lc 2, 6-7); unos sencillos pastores son
los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se
manifiesta la gloria del cielo (cf. Lc 2, 8-20). La Iglesia no se
cansa de cantar la gloria de esta noche:
La Virgen da hoy a luz al Eterno
Y la tierra ofrece una gruta al Inaccesible.
Los ángeles y los pastores le alaban
Y los magos avanzan con la estrella.
Porque Tú has nacido para nosotros,
Niño pequeño, ¡Dios eterno!
(Kontakion, de Romanos el Melódico)
526 "Hacerse niño" con relación a
Dios es la condición para entrar en el Reino (cf. Mt 18, 3-4);
para eso es necesario abajarse (cf. Mt 23, 12), hacerse pequeño;
más todavía: es necesario "nacer de lo alto" (Jn 3,7),
"nacer de Dios" (Jn 1, 13) para "hacerse hijos de
Dios" (Jn 1, 12). El Misterio de Navidad se realiza en
nosotros cuando Cristo "toma forma" en nosotros (Ga 4,
19). Navidad es el Misterio de este "admirable
intercambio":
O admirabile commercium! El Creador del género
humano, tomando cuerpo y alma, nace de una virgen y, hecho hombre
sin concurso de varón, nos da parte en su divinidad (LH,
antífona de la octava de Navidad).
Los Misterios de la Infancia de Jesús
527 La Circuncisión de Jesús, al octavo día
de su nacimiento (cf. Lc 2, 21) es señal de su inserción en la
descendencia de Abraham, en el pueblo de la Alianza, de su
sometimiento a la Ley (cf. Ga 4, 4) y de su consagración al culto
de Israel en el que participará durante toda su vida. Este signo
prefigura "la circuncisión en Cristo" que es el
Bautismo (Col 2, 11-13).
528 La Epifanía es la manifestación de Jesús
como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Con el
bautismo de Jesús en el Jordán y las bodas de Caná (cf. LH
Antífona del Magnificat de las segundas vísperas de Epifanía),
la Epifanía celebra la adoración de Jesús por unos
"magos" venidos de Oriente (Mt 2, 1) En estos
"magos", representantes de religiones paganas de pueblos
vecinos, el Evangelio ve las primicias de las naciones que acogen,
por la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación. La llegada
de los magos a Jerusalén para "rendir homenaje al rey de los
Judíos" (Mt 2, 2) muestra que buscan en Israel, a la luz
mesiánica de la estrella de David (cf. Nm 24, 17; Ap 22, 16) al
que será el rey de las naciones (cf. Nm 24, 17-19). Su venida
significa que los gentiles no pueden descubrir a Jesús y adorarle
como Hijo de Dios y Salvador del mundo sino volviéndose hacia los
judíos (cf. Jn 4, 22) y recibiendo de ellos su promesa mesiánica
tal como está contenida en el Antiguo Testamento (cf. Mt 2, 4-6).
La Epifanía manifiesta que "la multitud de los gentiles
entra en la familia de los patriarcas"(S. León Magno,
serm.23 ) y adquiere la "israelitica dignitas" (MR,
Vigilia pascual 26: oración después de la tercera lectura).
529 La Presentación de Jesús en el templo
(cf.Lc 2, 22-39) lo muestra como el Primogénito que pertenece al
Señor (cf. Ex 13,2.12-13). Con Simeón y Ana toda la expectación
de Israel es la que viene al Encuentro de su Salvador (la
tradición bizantina llama así a este acontecimiento). Jesús es
reconocido como el Mesías tan esperado, "luz de las
naciones" y "gloria de Israel", pero también
"signo de contradicción". La espada de dolor predicha a
María anuncia otra oblación, perfecta y única, la de la Cruz
que dará la salvación que Dios ha preparado "ante todos los
pueblos".
530 La Huida a Egipto y la matanza de los
inocentes (cf. Mt 2, 13-18) manifiestan la oposición de las
tinieblas a la luz: "Vino a su Casa, y los suyos no lo
recibieron"(Jn 1, 11). Toda la vida de Cristo estará bajo el
signo de la persecución. Los suyos la comparten con él (cf. Jn
15, 20). Su vuelta de Egipto (cf. Mt 2, 15) recuerda el Exodo (cf.
Os 11, 1) y presenta a Jesús como el liberador definitivo.
Los misterios de la vida oculta de Jesús
531 Jesús compartió, durante la mayor parte
de su vida, la condición de la inmensa mayoría de los hombres:
una vida cotidiana sin aparente importancia, vida de trabajo
manual, vida religiosa judía sometida a la ley de Dios (cf. Ga 4,
4), vida en la comunidad. De todo este período se nos dice que
Jesús estaba "sometido" a sus padres y que
"progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios
y los hombres" (Lc 2, 51-52).
532 Con la sumisión a su madre, y a su padre
legal, Jesús cumple con perfección el cuarto mandamiento. Es la
imagen temporal de su obediencia filial a su Padre celestial. La
sumisión cotidiana de Jesús a José y a María anunciaba y
anticipaba la sumisión del Jueves Santo: "No se haga mi
voluntad ..."(Lc 22, 42). La obediencia de Cristo en lo
cotidiano de la vida oculta inaugurada ya la obra de restauración
de lo que la desobediencia de Adán había destruido (cf. Rm 5,
19).
533 La vida oculta de Nazaret permite a todos
entrar en comunión con Jesús a través de los caminos más
ordinarios de la vida humana:
Nazaret es la escuela donde se comienza a
entender la vida de Jesús: la escuela del Evangelio ...Una
lección de silencio ante todo. Que nazca en nosotros la estima
del silencio, esta condición del espíritu admirable e
inestimable ... Una lección de vida familiar. Que Nazaret nos
enseñe lo que es la familia, su comunión de amor, su austera y
sencilla belleza, su carácter sagrado e inviolable ... Una
lección de trabajo. Nazaret, oh casa del "Hijo del
Carpintero", aquí es donde querríamos comprender y celebrar
la ley severa y redentora del trabajo humano ...; cómo
querríamos, en fin, saludar aquí a todos los trabajadores del
mundo entero y enseñarles su gran modelo, su hermano divino
(Pablo VI, discurso 5 enero 1964 en Nazaret).
534 El hallazgo de Jesús en el Templo (cf. Lc
2, 41-52) es el único suceso que rompe el silencio de los
Evangelios sobre los años ocultos de Jesús. Jesús deja entrever
en ello el misterio de su consagración total a una misión
derivada de su filiación divina: "¿No sabíais que me debo
a los asuntos de mi Padre?" María y José "no
comprendieron" esta palabra, pero la acogieron en la fe, y
María "conservaba cuidadosamente todas las cosas en su
corazón", a lo largo de todos los años en que Jesús
permaneció oculto en el silencio de una vida ordinaria.
III LOS MISTERIOS DE LA VIDA PUBLICA DE JESUS
El Bautismo de Jesús
535 El comienzo (cf. Lc 3, 23) de la vida
pública de Jesús es su bautismo por Juan en el Jordán (cf. Hch
1, 22). Juan proclamaba "un bautismo de conversión para el
perdón de los pecados" (Lc 3, 3). Una multitud de pecadores,
publicanos y soldados (cf. Lc 3, 10-14), fariseos y saduceos (cf.
Mt 3, 7) y prostitutas (cf. Mt 21, 32) viene a hacerse bautizar
por él. "Entonces aparece Jesús". El Bautista duda.
Jesús insiste y recibe el bautismo. Entonces el Espíritu Santo,
en forma de paloma, viene sobre Jesús, y la voz del cielo
proclama que él es "mi Hijo amado" (Mt 3, 13-17). Es la
manifestación ("Epifanía") de Jesús como Mesías de
Israel e Hijo de Dios.
536 El bautismo de Jesús es, por su parte, la
aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente.
Se deja contar entre los pecadores (cf. Is 53, 12); es ya "el
Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29);
anticipa ya el "bautismo" de su muerte sangrienta (cf Mc
10, 38; Lc 12, 50). Viene ya a "cumplir toda justicia"
(Mt 3, 15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de su
Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de
nuestros pecados (cf. Mt 26, 39). A esta aceptación responde la
voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo (cf. Lc 3,
22; Is 42, 1). El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su
concepción viene a "posarse" sobre él (Jn 1, 32-33;
cf. Is 11, 2). De él manará este Espíritu para toda la
humanidad. En su bautismo, "se abrieron los cielos" (Mt
3, 16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron
santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como
preludio de la nueva creación.
537 Por el bautismo, el cristiano se asimila
sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y
su resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento
humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para
subir con él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse,
en el Hijo, en hijo amado del Padre y "vivir una vida
nueva" (Rm 6, 4):
Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para
resucitar con él; descendamos con él para ser ascendidos con
él; ascendamos con él para ser glorificados con él (S. Gregorio
Nacianc. Or. 40, 9).
Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña
que después del baño de agua, el Espíritu Santo desciende sobre
nosotros desde lo alto del cielo y que, adoptados por la Voz del
Padre, llegamos a ser hijos de Dios. (S. Hilario, Mat 2).
Las Tentaciones de Jesús
538 Los Evangelios hablan de un tiempo de
soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su
bautismo por Juan: "Impulsado por el Espíritu" al
desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días;
vive entre los animales y los ángeles le servían (cf. Mc 1,
12-13). Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces
tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús
rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en
el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja
de él "hasta el tiempo determinado" (Lc 4, 13).
539 Los evangelistas indican el sentido
salvífico de este acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo
Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la
tentación. Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel:
al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante
cuarenta años por el desierto (cf. Sal 95, 10), Cristo se revela
como el Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina.
En esto Jesús es vencedor del diablo; él ha "atado al
hombre fuerte" para despojarle de lo que se había apropiado
(Mc 3, 27). La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador
es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de
su amor filial al Padre.
540 La tentación de Jesús manifiesta la
manera que tiene de ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a
la que le propone Satanás y a la que los hombres (cf Mt 16,
21-23) le quieren atribuir. Es por eso por lo que Cristo venció
al Tentador a favor nuestro: "Pues no tenemos un Sumo
Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino
probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado" (Hb
4, 15). La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta
días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto.
"El Reino de Dios está cerca"
541 "Después que Juan fue preso, marchó
Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: El tiempo
se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed
en la Buena Nueva" (Mc 1, 15). "Cristo, por tanto, para
hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de
los cielos" (LG 3). Pues bien, la voluntad del Padre es
"elevar a los hombres a la participación de la vida
divina" (LG 2). Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su
Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la
tierra "el germen y el comienzo de este Reino" (LG 5).
542 Cristo es el corazón mismo de esta
reunión de los hombres como "familia de Dios". Los
convoca en torno a él por su palabra, por sus señales que
manifiestan el reino de Dios, por el envío de sus discípulos.
Sobre todo, él realizará la venida de su Reino por medio del
gran Misterio de su Pascua: su muerte en la Cruz y su
Resurrección. "Cuando yo sea levantado de la tierra,
atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32). A esta unión con
Cristo están llamados todos los hombres (cf. LG 3).
El anuncio del Reino de Dios
543 Todos los hombres están llamados a entrar
en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel (cf.
Mt 10, 5-7), este reino mesiánico está destinado a acoger a los
hombres de todas las naciones (cf. Mt 8, 11; 28, 19). Para entrar
en él, es necesario acoger la palabra de Jesús:
La palabra de Dios se compara a una semilla
sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al
pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la
semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la
siega (LG 5).
544 El Reino pertenece a los pobres y a los
pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde.
Jesús fue enviado para "anunciar la Buena Nueva a los
pobres" (Lc 4, 18; cf. 7, 22). Los declara bienaventurados
porque de "ellos es el Reino de los cielos" (Mt 5, 3); a
los "pequeños" es a quienes el Padre se ha dignado
revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes (cf. Mt
11, 25). Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida
de los pobres; conoce el hambre (cf. Mc 2, 23-26; Mt 21,18), la
sed (cf. Jn 4,6-7; 19,28) y la privación (cf. Lc 9, 58). Aún
más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor
activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino (cf. Mt
25, 31-46).
545 Jesús invita a los pecadores al banquete
del Reino: "No he venido a llamar a justos sino a
pecadores" (Mc 2, 17; cf. 1 Tim 1, 15). Les invita a la
conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les
muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su
Padre hacia ellos (cf. Lc 15, 11-32) y la inmensa "alegría
en el cielo por un solo pecador que se convierta" (Lc 15, 7).
La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia
vida "para remisión de los pecados" (Mt 26, 28).
546 Jesús llama a entrar en el Reino a través
de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza (cf. Mc 4,
33-34). Por medio de ellas invita al banquete del Reino(cf. Mt 22,
1-14), pero exige también una elección radical para alcanzar el
Reino, es necesario darlo todo (cf. Mt 13, 44-45); las palabras no
bastan, hacen falta obras (cf. Mt 21, 28-32). Las parábolas son
como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo
duro o como una buena tierra (cf. Mt 13, 3-9)? ¿Qué hace con los
talentos recibidos (cf. Mt 25, 14-30)? Jesús y la presencia del
Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las
parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse
discípulo de Cristo para "conocer los Misterios del Reino de
los cielos" (Mt 13, 11). Para los que están
"fuera" (Mc 4, 11), la enseñanza de las parábolas es
algo enigmático (cf. Mt 13, 10-15).
Los signos del Reino de Dios
547 Jesús acompaña sus palabras con numerosos
"milagros, prodigios y signos" (Hch 2, 22) que
manifiestan que el Reino está presente en El. Ellos atestiguan
que Jesús es el Mesías anunciado (cf, Lc 7, 18-23).
548 Los signos que lleva a cabo Jesús
testimonian que el Padre le ha enviado (cf. Jn 5, 36; 10, 25).
Invitan a creer en Jesús (cf. Jn 10, 38). Concede lo que le piden
a los que acuden a él con fe (cf. Mc 5, 25-34; 10, 52; etc.). Por
tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquél que hace las obras
de su Padre: éstas testimonian que él es Hijo de Dios (cf. Jn
10, 31-38). Pero también pueden ser "ocasión de
escándalo" (Mt 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad
ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús
es rechazado por algunos (cf. Jn 11, 47-48); incluso se le acusa
de obrar movido por los demonios (cf. Mc 3, 22).
549 Al liberar a algunos hombres de los males
terrenos del hambre (cf. Jn 6, 5-15), de la injusticia (cf. Lc 19,
8), de la enfermedad y de la muerte (cf. Mt 11,5), Jesús realizó
unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos
los males aquí abajo (cf. LC 12, 13. 14; Jn 18, 36), sino a
liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado
(cf. Jn 8, 34-36), que es el obstáculo en su vocación de hijos
de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.
550 La venida del Reino de Dios es la derrota
del reino de Satanás (cf. Mt 12, 26): "Pero si por el
Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a
vosotros el Reino de Dios" (Mt 12, 28). Los exorcismos de
Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios (cf Lc 8,
26-39). Anticipan la gran victoria de Jesús sobre "el
príncipe de este mundo" (Jn 12, 31). Por la Cruz de Cristo
será definitivamente establecido el Reino de Dios: "Regnavit
a ligno Deus" ("Dios reinó desde el madero de la
Cruz", himno "Vexilla Regis").
"Las llaves del Reino"
551 Desde el comienzo de su vida pública
Jesús eligió unos hombres en número de doce para estar con él
y participar en su misión (cf. Mc 3, 13-19); les hizo partícipes
de su autoridad "y los envió a proclamar el Reino de Dios y
a curar" (Lc 9, 2). Ellos permanecen para siempre permanecen
asociados al Reino de Cristo porque por medio de ellos dirige su
Iglesia:
Yo, por mi parte, dispongo el Reino para
vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí, para que comáis y
bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos para
juzgar a las doce tribus de Israel (Lc 22, 29-30).
552 En el colegio de los doce Simón Pedro
ocupa el primer lugar (cf. Mc 3, 16; 9, 2; Lc 24, 34; 1 Co 15, 5).
Jesús le confía una misión única. Gracias a una revelación
del Padre , Pedro había confesado: "Tú eres el Cristo, el
Hijo de Dios vivo". Entonces Nuestro Señor le declaró:
"Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y
las puertas del Hades no prevalecerán contra ella" (Mt 16,
18). Cristo, "Piedra viva" (1 P 2, 4), asegura a su
Iglesia, edificada sobre Pedro la victoria sobre los poderes de la
muerte. Pedro, a causa de la fe confesada por él, será la roca
inquebrantable de la Iglesia. Tendrá la misión de custodiar esta
fe ante todo desfallecimiento y de confirmar en ella a sus
hermanos (cf. Lc 22, 32).
553 Jesús ha confiado a Pedro una autoridad
específica: "A ti te daré las llaves del Reino de los
cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y
lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos"
(Mt 16, 19). El poder de las llaves designa la autoridad para
gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia. Jesús, "el Buen
Pastor" (Jn 10, 11) confirmó este encargo después de su
resurrección:"Apacienta mis ovejas" (Jn 21, 15-17). El
poder de "atar y desatar" significa la autoridad para
absolver los pecados, pronunciar sentencias doctrinales y tomar
decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús confió esta
autoridad a la Iglesia por el ministerio de los apóstoles (cf. Mt
18, 18) y particularmente por el de Pedro, el único a quien él
confió explícitamente las llaves del Reino.
Una visión anticipada del Reino: La
Transfiguración.
554 A partir del día en que Pedro confesó que
Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro
"comenzó a mostrar a sus discípulos que él debía ir a
Jerusalén, y sufrir ... y ser condenado a muerte y resucitar al
tercer día" (Mt 16, 21): Pedro rechazó este anuncio (cf. Mt
16, 22-23), los otros no lo comprendieron mejor (cf. Mt 17, 23; Lc
9, 45). En este contexto se sitúa el episodio misterioso de la
Transfiguración de Jesús (cf. Mt 17, 1-8 par.: 2 P 1, 16-18),
sobre una montaña, ante tres testigos elegidos por él: Pedro,
Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron
fulgurantes como la luz, Moisés y Elías aparecieron y le
"hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en
Jerusalén" (Lc 9, 31). Una nube les cubrió y se oyó una
voz desde el cielo que decía: "Este es mi Hijo, mi elegido;
escuchadle" (Lc 9, 35).
555 Por un instante, Jesús muestra su gloria
divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también
que para "entrar en su gloria" (Lc 24, 26), es necesario
pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la
gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían
anunciado los sufrimientos del Mesías (cf. Lc 24, 27). La Pasión
de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa
como siervo de Dios (cf. Is 42, 1). La nube indica la presencia
del Espíritu Santo: "Tota Trinitas apparuit: Pater in voce;
Filius in homine, Spiritus in nube clara" ("Apareció
toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el
Espíritu en la nube luminosa" (Santo Tomás, s.th. 3, 45, 4,
ad 2):
Tú te has transfigurado en la montaña, y, en
la medida en que ellos eran capaces, tus discípulos han
contemplado Tu Gloria, oh Cristo Dios, a fin de que cuando te
vieran crucificado comprendiesen que Tu Pasión era voluntaria y
anunciasen al mundo que Tú eres verdaderamente la irradiación
del Padre (Liturgia bizantina, Kontakion de la Fiesta de la
Transfiguración,)
556 En el umbral de la vida pública se sitúa
el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración. Por el
bautismo de Jesús "fue manifestado el misterio de la primera
regeneración": nuestro bautismo; la Transfiguración
"es es sacramento de la segunda regeneración": nuestra
propia resurrección (Santo Tomás, s.th. 3, 45, 4, ad 2). Desde
ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el
Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de
Cristo. La Transfiguración nos concede una visión anticipada de
la gloriosa venida de Cristo "el cual transfigurará este
miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo"
(Flp 3, 21). Pero ella nos recuerda también que "es
necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el
Reino de Dios" (Hch 14, 22):
Pedro no había comprendido eso cuando deseaba
vivir con Cristo en la montaña (cf. Lc 9, 33). Te ha reservado
eso, oh Pedro, para después de la muerte. Pero ahora, él mismo
dice: Desciende para penar en la tierra, para servir en la tierra,
para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende
para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el Camino
desciende para fatigarse andando; la Fuente desciende para sentir
la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir? (S. Agustín, serm. 78,
6).
La subida de Jesús a Jerusalén
557 "Como se iban cumpliendo los días de
su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a
Jerusalén" (Lc 9, 51; cf. Jn 13, 1). Por esta decisión,
manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a morir. En tres
ocasiones había repetido el anuncio de su Pasión y de su
Resurrección (cf. Mc 8, 31-33; 9, 31-32; 10, 32-34). Al dirigirse
a Jerusalén dice: "No cabe que un profeta perezca fuera de
Jerusalén" (Lc 13, 33).
558 Jesús recuerda el martirio de los profetas
que habían sido muertos en Jerusalén (cf. Mt 23, 37a). Sin
embargo, persiste en llamar a Jerusalén a reunirse en torno a
él: "¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como
una gallina reúne a sus pollos bajo las alas y no habéis
querido!" (Mt 23, 37b). Cuando está a la vista de
Jerusalén, llora sobre ella y expresa una vez más el deseo de su
corazón:" ¡Si también tú conocieras en este día el
mensaje de paz! pero ahora está oculto a tus ojos" (Lc 19,
41-42).
La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén
559 ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su
Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de
hacerle rey (cf. Jn 6, 15), pero elige el momento y prepara los
detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de "David, su
Padre" (Lc 1,32; cf. Mt 21, 1-11). Es aclamado como hijo de
David, el que trae la salvación ("Hosanna" quiere decir
"¡sálvanos!", "Danos la salvación!"). Pues
bien, el "Rey de la Gloria" (Sal 24, 7-10) entra en su
ciudad "montado en un asno" (Za 9, 9): no conquista a la
hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la
violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad
(cf. Jn 18, 37). Por eso los súbditos de su Reino, aquel día
fueron los niños (cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y los "pobres
de Dios", que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a
los pastores (cf. Lc 19, 38; 2, 14). Su aclamación "Bendito
el que viene en el nombre del Señor" (Sal 118, 26), ha sido
recogida por la Iglesia en el "Sanctus" de la liturgia
eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.
560 La entrada de Jesús en Jerusalén
manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo
mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Con su
celebración, el domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre
la Semana Santa.
RESUMEN
561 "La vida entera de Cristo fue una
continua enseñanza: su silencio, sus milagros, sus gestos, su
oración, su amor al hombre, su predilección por los pequeños y
los pobres, la aceptación total del sacrificio en la cruz por la
salvación del mundo, su resurrección, son la actuación de su
palabra y el cumplimiento de la revelación" (CT 9).
562 Los discípulos de Cristo deben asemejarse
a él hasta que él crezca y se forme en ellos (cf. Ga 4, 19).
"Por eso somos integrados en los misterios de su vida: con
él estamos identificados, muertos y resucitados hasta que
reinemos con él (LG 7).
563 Pastor o mago, nadie puede alcanzar a Dios
aquí abajo sino arrodillándose ante el pesebre de Belén y
adorando a Dios escondido en la debilidad de un niño.
564 Por su sumisión a María y a José, así
como por su humilde trabajo durante largos años en Nazaret,
Jesús nos da el ejemplo de la santidad en la vida cotidiana de la
familia y del trabajo.
565 Desde el comienzo de su vida pública, en
su bautismo, Jesús es el "Siervo" enteramente
consagrado a la obra redentora que llevará a cabo en el
"bautismo" de su pasión.
566 La tentación en el desierto muestra a
Jesús, humilde Mesías que triunfa de Satanás mediante su total
adhesión al designio de salvación querido por el Padre.
567 El Reino de los cielos ha sido inaugurado
en la tierra por Cristo. "Se manifiesta a los hombres en las
palabras, en las obras y en la presencia de Cristo" (LG 5).
La Iglesia es el germen y el comienzo de este Reino. Sus llaves
son confiadas a Pedro.
568 La Transfiguración de Cristo tiene por
finalidad fortalecer la fe de los Apóstoles ante la proximidad de
la Pasión: la subida a un "monte alto" prepara la
subida al Calvario. Cristo, Cabeza de la Iglesia, manifiesta lo
que su cuerpo contiene e irradia en los sacramentos: "la
esperanza de la gloria" (Col 1, 27) (cf. S. León Magno,
serm. 51, 3).
569 Jesús ha subido voluntariamente a
Jerusalén sabiendo perfectamente que allí moriría de muerte
violenta a causa de la contradicción de los pecadores (cf. Hb
12,3).
570 La entrada de Jesús en Jerusalén
manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías, recibido en su
ciudad por los niños y por los humildes de corazón, va a llevar
a cabo por la Pascua de su Muerte y de su Resurrección.
Artículo 4 “JESUCRISTO PADECIO BAJO EL PODER
DE PONCIO PILATO, FUE CRUCIFICADO, MUERTOY SEPULTADO”
571 El Misterio pascual de la Cruz y de la
Resurrección de Cristo está en el centro de la Buena Nueva que
los Apóstole s, y la Iglesia a continuación de ellos, deben
anunciar al mundo. El designio salvador de Dios se ha cumplido de
"una vez por todas" (Hb 9, 26) por la muerte redentora
de su Hijo Jesucristo.
572 La Iglesia permanece fiel a "la
interpretación de todas las Escrituras" dada por Jesús
mismo, tanto antes como después de su Pascua: "¿No era
necesario que Cristo padeciera eso y entrara así en su
gloria?" (Lc 24, 26-27, 44-45). Los padecimientos de Jesús
han tomado una forma histórica concreta por el hecho de haber
sido "reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los
escribas" (Mc 8, 31), que lo "entregaron a los gentiles,
para burlarse de él, azotarle y crucificarle" (Mt 20, 19).
573 Por lo tanto, la fe puede escrutar las
circunstancias de la muerte de Jesús, que han sido transmitidas
fielmente por los Evangelios (cf. DV 19) e iluminadas por otras
fuentes históricas, a fin de comprender mejor el sentido de la
Redención.
Párrafo 1 JESUS E ISRAEL
574 Desde los comienzos del ministerio público
de Jesús, fariseos y partidarios de Herodes, junto con sacerdotes
y escribas, se pusieron de acuerdo para perderle (cf. Mc 3, 6).
Por algunas de sus obras (expulsión de demonios, cf. Mt 12, 24;
perdón de los pecados, cf. Mc 2, 7; curaciones en sábado, cf. 3,
1-6; interpretación original de los preceptos de pureza de la
Ley, cf. Mc 7, 14-23; familiaridad con los publicanos y los
pecadores públicos, (cf. Mc 2, 14-17), Jesús apareció a algunos
malintencionados sospechoso de posesión diabólica (cf. Mc 3, 22;
Jn 8, 48; 10, 20). Se le acusa de blasfemo (cf. Mc 2, 7; Jn 5,18;
10, 33) y de falso profetismo (cf. Jn 7, 12; 7, 52), crímenes
religiosos que la Ley castigaba con pena de muerte a pedradas (cf.
Jn 8, 59; 10, 31).
575 Muchas de las obras y de las palabras de
Jesús han sido, pues, un "signo de contradicción" (Lc
2, 34) para las autoridades religiosas de Jerusalén, aquellas a
las que el Evangelio de S. Juan denomina con frecuencia "los
Judíos" (cf. Jn 1, 19; 2, 18; 5, 10; 7, 13; 9, 22; 18, 12;
19, 38; 20, 19), más incluso que a la generalidad del pueblo de
Dios (cf. Jn 7, 48-49). Ciertamente, sus relaciones con los
fariseos no fueron solamente polémicas. Fueron unos fariseos los
que le previnieron del peligro que corría (cf. Lc 13, 31). Jesús
alaba a alguno de ellos como al escriba de Mc 12, 34 y come varias
veces en casa de fariseos (cf. Lc 7, 36; 14, 1). Jesús confirma
doctrinas sostenidas por esta élite religiosa del pueblo de Dios:
la resurrección de los muertos (cf. Mt 22, 23-34; Lc 20, 39), las
formas de piedad (limosna, ayuno y oración, cf. Mt 6, 18) y la
costumbre de dirigirse a Dios como Padre, carácter central del
mandamiento de amor a Dios y al prójimo (cf. Mc 12, 28-34).
576 A los ojos de muchos en Israel, Jesús
parece actuar contra las instituciones esenciales del Pueblo
elegido:
– Contra el sometimiento a la Ley en la
integridad de sus preceptos escritos, y, para los fariseos, su
interpretación por la tradición oral.
– Contra el carácter central del Templo de
Jerusalén como lugar santo donde Dios habita de una manera
privilegiada.
– Contra la fe en el Dios único, cuya gloria
ningún hombre puede compartir.
I JESUS Y LA LEY
577 Al comienzo del Sermón de la montaña,
Jesús hace una advertencia solemne presentando la Ley dada por
Dios en el Sinaí con ocasión de la Primera Alianza, a la luz de
la gracia de la Nueva Alianza:
"No penséis que he venido a abolir la Ley
y los Profetas. No he venido a abolir sino a dar cumplimiento.
Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase
una i o un ápice de la Ley sin que todo se haya cumplido. Por
tanto, el que quebrante uno de estos mandamientos menores, y así
lo enseñe a los hombres, será el menor en el Reino de los
cielos; en cambio el que los observe y los enseñe, ese será
grande en el Reino de los cielos" (Mt 5, 17-19).
578 Jesús, el Mesías de Israel, por lo tanto
el más grande en el Reino de los cielos, se debía sujetar a la
Ley cumpliéndola en su totalidad hasta en sus menores preceptos,
según sus propias palabras. Incluso es el único en poderlo hacer
perfectamente (cf. Jn 8, 46). Los judíos, según su propia
confesión, jamás han podido cumplir jamás la Ley en su
totalidad, sin violar el menor de sus preceptos (cf. Jn 7, 19; Hch
13, 38-41; 15, 10). Por eso, en cada fiesta anual de la
Expiación, los hijos de Israel piden perdón a Dios por sus
transgresiones de la Ley. En efecto, la Ley constituye un todo y,
como recuerda Santiago, "quien observa toda la Ley, pero
falta en un solo precepto, se hace reo de todos" (St 2, 10;
cf. Ga 3, 10; 5, 3).
579 Este principio de integridad en la
observancia de la Ley, no sólo en su letra sino también en su
espíritu, era apreciado por los fariseos. Al subrayarlo para
Israel, muchos judíos del tiempo de Jesús fueron conducidos a un
celo religioso extremo (cf. Rm 10, 2), el cual, si no quería
convertirse en una casuística "hipócrita" (cf. Mt 15,
3-7; Lc 11, 39-54) no podía más que preparar al pueblo a esta
intervención inaudita de Dios que será la ejecución perfecta de
la Ley por el único Justo en lugar de todos los pecadores (cf. Is
53, 11; Hb 9, 15).
580 El cumplimiento perfecto de la Ley no
podía ser sino obra del divino Legislador que nació sometido a
la Ley en la persona del Hijo (cf Ga 4, 4). En Jesús la Ley ya no
aparece grabada en tablas de piedra sino "en el fondo del
corazón" (Jr 31, 33) del Siervo, quien, por "aportar
fielmente el derecho" (Is 42, 3), se ha convertido en
"la Alianza del pueblo" (Is 42, 6). Jesús cumplió la
Ley hasta tomar sobre sí mismo "la maldición de la
Ley" (Ga 3, 13) en la que habían incurrido los que no
"practican todos los preceptos de la Ley" (Ga 3, 10)
porque, ha intervenido su muerte para remisión de las
transgresiones de la Primera Alianza" (Hb 9, 15).
581 Jesús fue considerado por los Judíos y
sus jefes espirituales como un "rabbi" (cf. Jn 11, 28;
3, 2; Mt 22, 23-24, 34-36). Con frecuencia argumentó en el marco
de la interpretación rabínica de la Ley (cf. Mt 12, 5; 9, 12; Mc
2, 23-27; Lc 6, 6-9; Jn 7, 22-23). Pero al mismo tiempo, Jesús no
podía menos que chocar con los doctores de la Ley porque no se
contentaba con proponer su interpretación entre los suyos, sino
que "enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus
escribas" (Mt 7, 28-29). La misma Palabra de Dios, que
resonó en el Sinaí para dar a Moisés la Ley escrita, es la que
en él se hace oír de nuevo en el Monte de las Bienaventuranzas
(cf. Mt 5, 1). Esa palabra no revoca la Ley sino que la
perfecciona aportando de modo divino su interpretación
definitiva: "Habéis oído también que se dijo a los
antepasados ... pero yo os digo" (Mt 5, 33-34). Con esta
misma autoridad divina, desaprueba ciertas "tradiciones
humanas" (Mc 7, 8) de los fariseos que "anulan la
Palabra de Dios" (Mc 7, 13).
582 Yendo más lejos, Jesús da plenitud a la
Ley sobre la pureza de los alimentos, tan importante en la vida
cotidiana judía, manifestando su sentido "pedagógico"
(cf. Ga 3, 24) por medio de una interpretación divina: "Todo
lo que de fuera entra en el hombre no puede hacerle impuro ...
-así declaraba puros todos los alimentos- ... Lo que sale del
hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del
corazón de los hombres, salen las intenciones malas" (Mc 7,
18-21). Jesús, al dar con autoridad divina la interpretación
definitiva de la Ley, se vio enfrentado a algunos doctores de la
Ley que no recibían su interpretación a pesar de estar
garantizada por los signos divinos con que la acompañaba (cf. Jn
5, 36; 10, 25. 37-38; 12, 37). Esto ocurre, en particular,
respecto al problema del sábado: Jesús recuerda, frecuentemente
con argumentos rabínicos (cf. Mt 2,25-27; Jn 7, 22-24), que el
descanso del sábado no se quebranta por el servicio de Dios (cf.
Mt 12, 5; Nm 28, 9) o al prójimo (cf. Lc 13, 15-16; 14, 3-4) que
realizan sus curaciones.
II JESUS Y EL TEMPLO
583 Como los profetas anteriores a él, Jesús
profesó el más profundo respeto al Templo de Jerusalén. Fue
presentado en él por José y María cuarenta días después de su
nacimiento (Lc. 2, 22-39). A la edad de doce años, decidió
quedarse en el Templo para recordar a sus padres que se debía a
los asuntos de su Padre (cf. Lc 2, 46-49). Durante su vida oculta,
subió allí todos los años al menos con ocasión de la Pascua
(cf. Lc 2, 41); su ministerio público estuvo jalonado por sus
peregrinaciones a Jerusalén con motivo de las grandes fiestas
judías (cf. Jn 2, 13-14; 5, 1. 14; 7, 1. 10. 14; 8, 2; 10,
22-23).
584 Jesús subió al Templo como al lugar
privilegiado para el encuentro con Dios. El Templo era para él la
casa de su Padre, una casa de oración, y se indigna porque el
atrio exterior se haya convertido en un mercado (Mt 21, 13). Si
expulsa a los mercaderes del Templo es por celo hacia las cosas de
su Padre: "no hagáis de la Casa de mi Padre una casa de
mercado. Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: 'El
celo por tu Casa me devorará' (Sal 69, 10)" (Jn 2, 16-17).
Después de su Resurrección, los Apóstoles mantuvieron un
respeto religioso hacia el Templo (cf. Hch 2, 46; 3, 1; 5, 20. 21;
etc.).
585 Jesús anunció, no obstante, en el umbral
de su Pasión, la ruina de ese espléndido edificio del cual no
quedará piedra sobre piedra (cf. Mt 24, 1-2). Hay aquí un
anuncio de una señal de los últimos tiempos que se van a abrir
con su propia Pascua (cf. Mt 24, 3; Lc 13, 35). Pero esta
profecía pudo ser deformada por falsos testigos en su
interrogatorio en casa del sumo sacerdote (cf. Mc 14, 57-58) y
serle reprochada como injuriosa cuando estaba clavado en la cruz
(cf. Mt 27, 39-40).
586 Lejos de haber sido hostil al Templo (cf.
Mt 8, 4; 23, 21; Lc 17, 14; Jn 4, 22) donde expuso lo esencial de
su enseñanza (cf. Jn 18, 20), Jesús quiso pagar el impuesto del
Templo asociándose con Pedro (cf. Mt 17, 24-27), a quien acababa
de poner como fundamento de su futura Iglesia (cf. Mt 16, 18).
Aún más, se identificó con el Templo presentándose como la
morada definitiva de Dios entre los hombres (cf. Jn 2, 21; Mt 12,
6). Por eso su muerte corporal (cf. Jn 2, 18-22) anuncia la
destrucción del Templo que señalará la entrada en una nueva
edad de la historia de la salvación:"Llega la hora en que,
ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre"(Jn 4,
21; cf. Jn 4, 23-24; Mt 27, 51; Hb 9, 11; Ap 21, 22).
III JESUS Y LA FE DE ISRAEL EN EL DIOS UNICO
Y SALVADOR
587 Si la Ley y el Templo pudieron ser ocasión
de "contradicción" (cf. Lc 2, 34) entre Jesús y las
autoridades religiosas de Israel, la razón está en que Jesús,
para la redención de los pecados -obra divina por excelencia-
acepta ser verdadera piedra de escándalo para aquellas
autoridades (cf. Lc 20, 17-18; Sal 118, 22).
588 Jesús escandalizó a los fariseos comiendo
con los publicanos y los pecadores (cf. Lc 5, 30) tan
familiarmente como con ellos mismos (cf. Lc 7, 36; 11, 37; 14, 1).
Contra algunos de los "que se tenían por justos y
despreciaban a los demás" (Lc 18, 9; cf. Jn 7, 49; 9, 34),
Jesús afirmó: "No he venido a llamar a conversión a
justos, sino a pecadores" (Lc 5, 32). Fue más lejos todavía
al proclamar frente a los fariseos que, siendo el pecado una
realidad universal (cf. Jn 8, 33-36), los que pretenden no tener
necesidad de salvación se ciegan con respecto a sí mismos (cf.
Jn 9, 40-41).
589 Jesús escandalizó sobre todo porque
identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la
actitud de Dios mismo con respecto a ellos (cf. Mt 9, 13; Os 6,
6). Llegó incluso a dejar entender que compartiendo la mesa con
los pecadores (cf. Lc 15, 1-2), los admitía al banquete
mesiánico (cf. Lc 15, 22-32). Pero es especialmente, al perdonar
los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante
un dilema. Porque como ellas dicen, justamente asombradas,
"¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?"
(Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema porque
es un hombre que pretende hacerse igual a Dios (cf. Jn 5, 18; 10,
33) o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el
Nombre de Dios (cf. Jn 17, 6-26).
590 Sólo la identidad divina de la persona de
Jesús puede justificar una exigencia tan absoluta como ésta:
"El que no está conmigo está contra mí" (Mt 12, 30);
lo mismo cuando dice que él es "más que Jonás ... más que
Salomón" (Mt 12, 41-42), "más que el Templo" (Mt
12, 6); cuando recuerda, refiriéndose a que David llama al
Mesías su Señor (cf. Mt 12, 36-37), cuando afirma: "Antes
que naciese Abraham, Yo soy" (Jn 8, 58); e incluso: "El
Padre y yo somos una sola cosa" (Jn 10, 30).
591 Jesús pidió a las autoridades religiosas
de Jerusalén creer en él en virtud de las obras de su Padre que
el realizaba (Jn 10, 36-38). Pero tal acto de fe debía pasar por
una misteriosa muerte a sí mismo para un nuevo "nacimiento
de lo alto" (Jn 3, 7) atraído por la gracia divina (cf. Jn
6, 44). Tal exigencia de conversión frente a un cumplimiento tan
sorprendente de las promesas (cf. Is 53, 1) permite comprender el
trágico desprecio del sanhedrín al estimar que Jesús merecía
la muerte como blasfemo (cf. Mc 3, 6; Mt 26, 64-66). Sus miembros
obraban así tanto por "ignorancia" (cf. Lc 23, 34;Hch
3, 17-18) como por el "endurecimiento" (Mc 3, 5;Rm 11,
25) de la "incredulidad" (Rm 11, 20).
RESUMEN
592 Jesús no abolió la Ley del Sinaí, sino
que la perfeccionó (cf. Mt 5, 17-19) de tal modo (cf. Jn 8, 46)
que reveló su hondo sentido (cf. Mt 5, 33) y satisfizo por las
transgresiones contra ella (cf. Hb 9, 15).
593 Jesús veneró el Templo subiendo a él en
peregrinación en las fiestas judías y amó con gran celo esa
morada de Dios entre los hombres. El Templo prefigura su Misterio.
Anunciando la destrucción del templo anuncia su propia muerte y
la entrada en una nueva edad de la historia de la salvación,
donde su cuerpo será el Templo definitivo.
594 Jesús realizó obras como el perdón de
los pecados que lo revelaron como Dios Salvador (cf. Jn 5, 16-18).
Algunos judíos que no le reconocían como Dios hecho hombre (cf.
Jn 1, 14) veían en él a "un hombre que se hace Dios"
(Jn 10, 33), y lo juzgaron como un blasfemo.
Párrafo 2 JESUS MURIO CRUCIFICADO
I EL PROCESO DE JESUS
Divisiones de las autoridades judías respecto
a Jesús
595 Entre las autoridades religiosas de
Jerusalén, no solamente el fariseo Nicodemo (cf. Jn 7, 50) o el
notable José de Arimatea eran en secreto discípulos de Jesús
(cf. Jn 19, 38-39), sino que durante mucho tiempo hubo disensiones
a propósito de El (cf. Jn 9, 16-17; 10, 19-21) hasta el punto de
que en la misma víspera de su pasión, S. Juan pudo decir de
ellos que "un buen número creyó en él", aunque de una
manera muy imperfecta (Jn 12, 42). Eso no tiene nada de extraño
si se considera que al día siguiente de Pentecostés
"multitud de sacerdotes iban aceptando la fe" (Hch 6, 7)
y que "algunos de la secta de los Fariseos ... habían
abrazado la fe" (Hch 15, 5) hasta el punto de que Santiago
puede decir a S. Pablo que "miles y miles de judíos han
abrazado la fe, y todos son celosos partidarios de la Ley"
(Hch 21, 20).
596 Las autoridades religiosas de Jerusalén no
fueron unánimes en la conducta a seguir respecto de Jesús (cf.
Jn 9, 16; 10, 19). Los fariseos amenazaron de excomunión a los
que le siguieran (cf. Jn 9, 22). A los que temían que "todos
creerían en él; y vendrían los romanos y destruirían nuestro
Lugar Santo y nuestra nación" (Jn 11, 48), el sumo sacerdote
Caifás les propuso profetizando: "Es mejor que muera uno
solo por el pueblo y no que perezca toda la nación" (Jn 11,
49-50). El Sanedrín declaró a Jesús "reo de muerte"
(Mt 26, 66) como blasfemo, pero, habiendo perdido el derecho a
condenar a muerte a nadie (cf. Jn 18, 31), entregó a Jesús a los
romanos acusándole de revuelta política (cf. Lc 23, 2) lo que le
pondrá en paralelo con Barrabás acusado de "sedición"
(Lc 23, 19). Son también las amenazas políticas las que los
sumos sacerdotes ejercen sobre Pilato para que éste condene a
muerte a Jesús (cf. Jn 19, 12. 15. 21).
Los Judíos no son responsables colectivamente
de la muerte de Jesús
597 Teniendo en cuenta la complejidad
histórica manifestada en las narraciones evangélicas sobre el
proceso de Jesús y sea cual sea el pecado personal de los
protagonistas del proceso (Judas, el Sanedrín, Pilato) lo cual
solo Dios conoce, no se puede atribuir la responsabilidad del
proceso al conjunto de los judíos de Jerusalén, a pesar de los
gritos de una muchedumbre manipulada (Cf. Mc 15, 11) y de las
acusaciones colectivas contenidas en las exhortaciones a la
conversión después de Pentecostés (cf. Hch 2, 23. 36; 3, 13-14;
4, 10; 5, 30; 7, 52; 10, 39; 13, 27-28; 1 Ts 2, 14-15). El mismo
Jesús perdonando en la Cruz (cf. Lc 23, 34) y Pedro siguiendo su
ejemplo apelan a "la ignorancia" (Hch 3, 17) de los
Judíos de Jerusalén e incluso de sus jefes. Y aún menos,
apoyándose en el grito del pueblo: "¡Su sangre sobre
nosotros y sobre nuestros hijos!" (Mt 27, 25), que significa
una fórmula de ratificación (cf. Hch 5, 28; 18, 6), se podría
ampliar esta responsabilidad a los restantes judíos en el espacio
y en el tiempo:
Tanto es así que la Iglesia ha declarado en el
Concilio Vaticano II: "Lo que se perpetró en su pasión no
puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que vivían
entonces ni a los judíos de hoy...no se ha de señalar a los
judíos como reprobados por Dios y malditos como si tal cosa se
dedujera de la Sagrada Escritura" (NA 4).
Todos los pecadores fueron los autores de la
Pasión de Cristo
598 La Iglesia, en el magisterio de su fe y en
el testimonio de sus santos no ha olvidado jamás que "los
pecadores mismos fueron los autores y como los instrumentos de
todas las penas que soportó el divino Redentor" (Catech. R.
I, 5, 11; cf. Hb 12, 3). Teniendo en cuenta que nuestros pecados
alcanzan a Cristo mismo (cf. Mt 25, 45; Hch 9, 4-5), la Iglesia no
duda en imputar a los cristianos la responsabilidad más grave en
el suplicio de Jesús, responsabilidad con la que ellos con
demasiada frecuencia, han abrumado únicamente a los judíos:
Debemos considerar como culpables de esta
horrible falta a los que continúan recayendo en sus pecados. Ya
que son nuestras malas acciones las que han hecho sufrir a Nuestro
Señor Jesucristo el suplicio de la cruz, sin ninguna duda los que
se sumergen en los desórdenes y en el mal "crucifican por su
parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen a pública infamia (Hb
6, 6). Y es necesario reconocer que nuestro crimen en este caso es
mayor que el de los Judíos. Porque según el testimonio del
Apóstol, "de haberlo conocido ellos no habrían crucificado
jamás al Señor de la Gloria" (1 Co 2, 8). Nosotros, en
cambio, hacemos profesión de conocerle. Y cuando renegamos de El
con nuestras acciones, ponemos de algún modo sobre El nuestras
manos criminales (Catech. R. 1, 5, 11).
Y los demonios no son los que le han
crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo
sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los
pecados (S. Francisco de Asís, admon. 5, 3).
II LA MUERTE REDENTORA DE CRISTO
EN EL DESIGNIO DIVINO DE SALVACION
"Jesús entregado según el preciso
designio de Dios"
599 La muerte violenta de Jesús no fue fruto
del azar en una desgraciada constelación de circunstancias.
Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica S.
Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de
Pentecostés: "fue entregado según el determinado designio y
previo conocimiento de Dios" (Hch 2, 23). Este lenguaje
bíblico no significa que los que han "entregado a
Jesús" (Hch 3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un
drama escrito de antemano por Dios.
600 Para Dios todos los momentos del tiempo
están presentes en su actualidad. Por tanto establece su designio
eterno de "predestinación" incluyendo en él la
respuesta libre de cada hombre a su gracia: "Sí,
verdaderamente, se han reunido en esta ciudad contra tu santo
siervo Jesús, que tú has ungido, Herodes y Poncio Pilato con las
naciones gentiles y los pueblos de Israel (cf. Sal 2, 1-2), de tal
suerte que ellos han cumplido todo lo que, en tu poder y tu
sabiduría, habías predestinado" (Hch 4, 27-28). Dios ha
permitido los actos nacidos de su ceguera (cf. Mt 26, 54; Jn 18,
36; 19, 11) para realizar su designio de salvación (cf. Hch 3,
17-18).
"Muerto por nuestros pecados según las
Escrituras"
601 Este designio divino de salvación a
través de la muerte del "Siervo, el Justo" (Is 53,
11;cf. Hch 3, 14) había sido anunciado antes en la Escritura como
un misterio de redención universal, es decir, de rescate que
libera a los hombres de la esclavitud del pecado (cf. Is 53,
11-12; Jn 8, 34-36). S. Pablo profesa en una confesión de fe que
dice haber "recibido" (1 Co 15, 3) que "Cristo ha
muerto por nuestros pecados según las Escrituras" (ibidem:
cf. también Hch 3, 18; 7, 52; 13, 29; 26, 22-23). La muerte
redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo
doliente (cf. Is 53, 7-8 y Hch 8, 32-35). Jesús mismo presentó
el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente
(cf. Mt 20, 28). Después de su Resurrección dio esta
interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús (cf.
Lc 24, 25-27), luego a los propios apóstoles (cf. Lc 24, 44-45).
"Dios le hizo pecado por nosotros"
602 En consecuencia, S. Pedro pudo formular
así la fe apostólica en el designio divino de salvación:
"Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de
vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una
sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo,
predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los
últimos tiempos a causa de vosotros" (1 P 1, 18-20). Los
pecados de los hombres, consecuencia del pecado original, están
sancionados con la muerte (cf. Rm 5, 12; 1 Co 15, 56). Al enviar a
su propio Hijo en la condición de esclavo (cf. Flp 2, 7), la de
una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado
(cf. Rm 8, 3), Dios "a quien no conoció pecado, le hizo
pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios
en él" (2 Co 5, 21).
603 Jesús no conoció la reprobación como si
él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor
que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el
alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto
de poder decir en nuestro nombre en la cruz: "Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15, 34; Sal 22,2).
Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores,
"Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó
por todos nosotros" (Rm 8, 32) para que fuéramos
"reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo" (Rm 5,
10).
Dios tiene la iniciativa del amor redentor
universal
604 Al entregar a su Hijo por nuestros pecados,
Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de
amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte:
"En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a
Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como
propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10; cf. 4, 19).
"La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros
todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm 5, 8).
605 Jesús ha recordado al final de la
parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción:
"De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre
celestial que se pierda uno de estos pequeños" (Mt 18, 14).
Afirma "dar su vida en rescate por muchos" (Mt 20, 28);
este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la
humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para
salvarla (cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles
(cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por
todos los hombres sin excepción: "no hay, ni hubo ni habrá
hombre alguno por quien no haya padecido Cristo" (Cc Quiercy
en el año 853: DS 624).
III CRISTO SE OFRECIO A SU PADRE POR NUESTROS
PECADOS
Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre
606 El Hijo de Dios "bajado del cielo no
para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado"
(Jn 6, 38), "al entrar en este mundo, dice: ... He aquí que
vengo ... para hacer, oh Dios, tu voluntad ... En virtud de esta
voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para
siempre del cuerpo de Jesucristo" (Hb 10, 5-10). Desde el
primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio
divino de salvación en su misión redentora: "Mi alimento es
hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su
obra" (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús "por los
pecados del mundo entero" (1 Jn 2, 2), es la expresión de su
comunión de amor con el Padre: "El Padre me ama porque doy
mi vida" (Jn 10, 17). "El mundo ha de saber que amo al
Padre y que obro según el Padre me ha ordenado" (Jn 14, 31).
607 Este deseo de aceptar el designio de amor
redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús (cf. Lc 12,50;
22, 15; Mt 16, 21-23) porque su Pasión redentora es la razón de
ser de su Encarnación: "¡Padre líbrame de esta hora! Pero
¡si he llegado a esta hora para esto!" (Jn 12, 27). "El
cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?" (Jn 18,
11). Y todavía en la cruz antes de que "todo esté
cumplido" (Jn 19, 30), dice: "Tengo sed" (Jn 19,
28).
"El cordero que quita el pecado del
mundo"
608 Juan Bautista, después de haber aceptado
bautizarle en compañía de los pecadores (cf. Lc 3, 21; Mt 3,
14-15), vio y señaló a Jesús como el "Cordero de Dios que
quita los pecados del mundo" (Jn 1, 29; cf. Jn 1, 36).
Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se
deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7; cf. Jr 11, 19) y
carga con el pecado de las multitudes (cf. Is 53, 12) y el cordero
pascual símbolo de la Redención de Israel cuando celebró la
primera Pascua (Ex 12, 3-14;cf. Jn 19, 36; 1 Co 5, 7). Toda la
vida de Cristo expresa su misión: "Servir y dar su vida en
rescate por muchos" (Mc 10, 45).
Jesús acepta libremente el amor redentor del
Padre
609 Jesús, al aceptar en su corazón humano el
amor del Padre hacia los hombres, "los amó hasta el
extremo" (Jn 13, 1) porque "Nadie tiene mayor amor que
el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 13). Tanto en el
sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento
libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los
hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó
libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los
hombres que el Padre quiere salvar: "Nadie me quita la vida;
yo la doy voluntariamente" (Jn 10, 18). De aquí la soberana
libertad del Hijo de Dios cuando él mismo se encamina hacia la
muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53).
Jesús anticipó en la cena la ofrenda libre de
su vida
610 Jesús expresó de forma suprema la ofrenda
libre de sí mismo en la cena tomada con los Doce Apóstoles (cf
Mt 26, 20), en "la noche en que fue entregado"(1 Co 11,
23). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús
hizo de esta última Cena con sus apóstoles el memorial de su
ofrenda voluntaria al Padre (cf. 1 Co 5, 7), por la salvación de
los hombres: "Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por
vosotros" (Lc 22, 19). "Esta es mi sangre de la Alianza
que va a ser derramada por muchos para remisión de los
pecados" (Mt 26, 28).
611 La Eucaristía que instituyó en este
momento será el "memorial" (1 Co 11, 25) de su
sacrificio. Jesús incluye a los apóstoles en su propia ofrenda y
les manda perpetuarla (cf. Lc 22, 19). Así Jesús instituye a sus
apóstoles sacerdotes de la Nueva Alianza: "Por ellos me
consagro a mí mismo para que ellos sean también consagrados en
la verdad" (Jn 17, 19; cf. Cc Trento: DS 1752, 1764).
La agonía de Getsemaní
612 El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús
anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo (cf. Lc 22, 20), lo
acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de
Getsemaní (cf. Mt 26, 42) haciéndose "obediente hasta la
muerte" (Flp 2, 8; cf. Hb 5, 7-8). Jesús ora: "Padre
mío, si es posible, que pase de mí este cáliz .." (Mt 26,
39). Expresa así el horror que representa la muerte para su
naturaleza humana. Esta, en efecto, como la nuestra, está
destinada a la vida eterna; además, a diferencia de la nuestra,
está perfectamente exenta de pecado (cf. Hb 4, 15) que es la
causa de la muerte (cf. Rm 5, 12); pero sobre todo está asumida
por la persona divina del "Príncipe de la Vida" (Hch 3,
15), de "el que vive" (Ap 1, 18; cf. Jn 1, 4; 5, 26). Al
aceptar en su voluntad humana que se haga la voluntad del Padre
(cf. Mt 26, 42), acepta su muerte como redentora para "llevar
nuestras faltas en su cuerpo sobre el madero" (1 P 2, 24).
La muerte de Cristo es el sacrificio único y
definitivo
613 La muerte de Cristo es a la vez el
sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de
los hombres (cf. 1 Co 5, 7; Jn 8, 34-36) por medio del
"cordero que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29; cf. 1
P 1, 19) y el sacrificio de la Nueva Alianza (cf. 1 Co 11, 25) que
devuelve al hombre a la comunión con Dios (cf. Ex 24, 8)
reconciliándole con El por "la sangre derramada por muchos
para remisión de los pecados" (Mt 26, 28;cf. Lv 16, 15-16).
614 Este sacrificio de Cristo es único, da
plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Ante
todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al
Hijo para reconciliarnos con él (cf. Jn 4, 10). Al mismo tiempo
es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por
amor (cf. Jn 15, 13), ofrece su vida (cf. Jn 10, 17-18) a su Padre
por medio del Espíritu Santo (cf. Hb 9, 14), para reparar nuestra
desobediencia.
Jesús reemplaza nuestra desobediencia por su
obediencia
615 "Como por la desobediencia de un solo
hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la
obediencia de uno solo todos serán constituidos justos" (Rm
5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la
sustitución del Siervo doliente que "se dio a sí mismo en
expiación", "cuando llevó el pecado de muchos", a
quienes "justificará y cuyas culpas soportará" (Is 53,
10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por
nuestros pecados (cf. Cc de Trento: DS 1529).
En la cruz, Jesús consuma su sacrificio
616 El "amor hasta el extremo"(Jn 13,
1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de
expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha
conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida (cf. Ga 2, 20;
Ef 5, 2. 25). "El amor de Cristo nos apremia al pensar que,
si uno murió por todos, todos por tanto murieron" (2 Co 5,
14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en
condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y
ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la
persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a
todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la
humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.
617 "Sua sanctissima passione in ligno
crucis nobis justif icationem meruit" ("Por su
sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la
justificación")enseña el Concilio de Trento (DS 1529)
subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como
"causa de salvación eterna" (Hb 5, 9). Y la Iglesia
venera la Cruz cantando: "O crux, ave, spes unica"
("Salve, oh cruz, única esperanza", himno "Vexilla
Regis").
Nuestra participación en el sacrificio de
Cristo
618 La Cruz es el único sacrificio de Cristo
"único mediador entre Dios y los hombres" (1 Tm 2, 5).
Pero, porque en su Persona divina encarnada, "se ha unido en
cierto modo con todo hombre" (GS 22, 2), él "ofrece a
todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida,
se asocien a este misterio pascual" (GS 22, 5). El llama a
sus discípulos a "tomar su cruz y a seguirle" (Mt 16,
24) porque él "sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para
que sigamos sus huellas" (1 P 2, 21). El quiere en efecto
asociar a su sacrificio redentor a aquéllos mismos que son sus
primeros beneficiarios(cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24).
Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más
íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor (cf.
Lc 2, 35):
Fuera de la Cruz no hay otra
escala por donde subir al cielo
(Sta. Rosa de Lima, vida)
RESUMEN
619 "Cristo murió por nuestros pecados
según las Escrituras"(1 Co 15, 3).
620 Nuestra salvación procede de la iniciativa
del amor de Dios hacia nosotros porque "El nos amó y nos
envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1
Jn 4, 10). "En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo
consigo" (2 Co 5, 19).
621 Jesús se ofreció libremente por nuestra
salvación. Este don lo significa y lo realiza por anticipado
durante la última cena: "Este es mi cuerpo que va a ser
entregado por vosotros" (Lc 22, 19).
622 La redención de Cristo consiste en que él
"ha venido a dar su vida como rescate por muchos" (Mt
20, 28), es decir "a amar a los suyos hasta el extremo"
(Jn 13, 1) para que ellos fuesen "rescatados de la conducta
necia heredada de sus padres" (1 P 1, 18).
623 Por su obediencia amorosa a su Padre,
"hasta la muerte de cruz" (Flp 2, 8) Jesús cumplió la
misión expiatoria (cf. Is 53, 10) del Siervo doliente que
"justifica a muchos cargando con las culpas de ellos".
(Is 53, 11; cf. Rm 5, 19).
Párrafo 3 JESUCRISTO FUE SEPULTADO
624 "Por la gracia de Dios, gustó la
muerte para bien de todos" (Hb 2, 9). En su designio de
salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente "muriese
por nuestros pecados" (1 Co 15, 3) sino también que
"gustase la muerte", es decir, que conociera el estado
de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo,
durante el tiempo comprendido entre el momento en que él expiró
en la Cruz y el momento en que resucitó . Este estado de Cristo
muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos.
Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la
tumba (cf. Jn 19, 42) manifiesta el gran reposo sabático de Dios
(cf. Hb 4, 4-9) después de realizar (cf. Jn 19, 30) la salvación
de los hombres, que establece en la paz el universo entero (cf.
Col 1, 18-20).
El cuerpo de Cristo en el sepulcro
625 La permanencia de Cristo en el sepulcro
constituye el vínculo real entre el estado pasible de Cristo
antes de Pascua y su actual estado glorioso de resucitado. Es la
misma persona de "El que vive" que puede decir:
"estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los
siglos" (Ap 1, 18):
Dios [el Hijo] no impidió a la muerte separar
el alma del cuerpo, según el orden necesario de la natur aleza
pero los reunió de nuevo, uno con otro, por medio de la
Resurrección, a fin de ser El mismo en persona el punto de
encuentro de la muerte y de la vida deteniendo en él la
descomposición de la naturaleza que produce la muerte y
resultando él mismo el principio de reunión de las partes
separadas (S. Gregorio Niceno, or. catech. 16).
626 Ya que el "Príncipe de la vida que
fue llevado a la muerte" (Hch 3,15) es al mismo tiempo
"el Viviente que ha resucitado" (Lc 24, 5-6), era
necesario que la persona divina del Hijo de Dios haya continuado
asumiendo su alma y su cuerpo separados entre sí por la muerte:
Por el hecho de que en la muerte
de Cristo el alma haya sido separada de la carne, la persona
única no se encontró dividida en dos personas; porque el cuerpo
y el alma de Cristo existieron por la misma razón desde el
principio en la persona del Verbo; y en la muerte, aunque
separados el uno de la otra, permanecieron cada cual con la misma
y única persona del Verbo (S. Juan Damasceno, f.o. 3, 27).
"No dejarás que tu santo vea la
corrupción"
627 La muerte de Cristo fue una verdadera
muerte en cuanto que puso fin a su existencia humana terrena. Pero
a causa de la unión que la Persona del Hijo conservó con su
cuerpo, éste no fue un despojo mortal como los demás porque
"no era posible que la muerte lo dominase" (Hch 2, 24) y
por eso de Cristo se puede decir a la vez: "Fue arrancado de
la tierra de los vivos" (Is 53, 8); y: "mi carne
reposará en la esperanza de que no abandonarás mi alma en el
Hades ni permitirás que tu santo experimente la corrupción"
(Hch 2,26-27; cf.Sal 16, 9-10). La Resurrección de Jesús
"al tercer día" (1Co 15, 4; Lc 24, 46; cf. Mt 12, 40;
Jon 2, 1; Os 6, 2) era el signo de ello, también porque se
suponía que la corrupción se manifestaba a partir del cuarto
día (cf. Jn 11, 39).
"Sepultados con Cristo ... "
628 El Bautismo, cuyo signo original y pleno es
la inmersión, significa eficazmente la bajada del cristiano al
sepulcro muriendo al pecado con Cristo para una nueva vida:
"Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la
muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre
los muertos por medio de la gloria del Padre, así también
nosotros vivamos una vida nueva" (Rm 6,4; cf Col 2, 12; Ef 5,
26).
RESUMEN
629 Jesús gustó la muerte para bien de todos
(cf. Hb 2, 9). Es verdaderamente el Hijo de Dios hecho hombre que
murió y fue sepultado.
630 Durante el tiempo que Cristo permaneció en
el sepulcro su Persona divina continuó asumiendo tanto su alma
como su cuerpo, separados sin embargo entre sí por causa de la
muerte. Por eso el cuerpo muerto de Cristo "no conoció la
corrupción" (Hch 13,37).
Artículo 5 "JESUCRISTO DESCENDIO A LOS
INFIERNOS, AL TERCER DIA RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS"
631 "Jesús bajó a las regiones
inferiores de la tierra. Este que bajó es el mismo que
subió" (Ef 4, 9-10). El Símbolo de los Apóstoles confiesa
en un mismo artículo de fe el descenso de Cristo a los infiernos
y su Resurrección de los muertos al tercer día, porque es en su
Pascua donde, desde el fondo de la muerte, él hace brotar la
vida:
Christus, filius tuus,
qui, regressus ab inferis,
humano generi serenus illuxit,
et vivit et regnat in saecula saeculorum. Amen.
(Es Cristo, tu Hijo resucitado,
que, al salir del sepulcro,
brilla sereno para el linaje humano,
y vive y reina glorioso por los siglos de los
siglos.Amén).
(MR, Vigilia pascual 18: Exultet)
Párrafo 1 CRISTO DESCENDIO A LOS INFIERNOS
632 Las frecuentes afirmaciones del Nuevo
Testamento según las cuales Jesús "resucitó de entre los
muertos" (Hch 3, 15; Rm 8, 11; 1 Co 15, 20) presuponen que,
antes de la resurrección, permaneció en la morada de los muertos
(cf. Hb 13, 20). Es el primer sentido que dio la predicación
apostólica al descenso de Jesús a los infiernos; Jesús conoció
la muerte como todos los hombres y se reunió con ellos en la
morada de los muertos. Pero ha descendido como Salvador
proclamando la buena nueva a los espíritus que estaban allí
detenidos (cf. 1 P 3,18-19).
633 La Escritura llama infiernos, sheol, o
hades (cf. Flp 2, 10; Hch 2, 24; Ap 1, 18; Ef 4, 9) a la morada de
los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que
se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios (cf.
Sal 6, 6; 88, 11-13). Tal era, en efecto, a la espera del
Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos (cf. Sal
89, 49;1 S 28, 19; Ez 32, 17-32), lo que no quiere decir que su
suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del
pobre Lázaro recibido en el "seno de Abraham" (cf. Lc
16, 22-26). "Son precisamente estas almas santas, que
esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que
Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos"
(Catech. R. 1, 6, 3). Jesús no bajó a los infiernos para liberar
allí a los condenados (cf. Cc. de Roma del año 745; DS 587) ni
para destruir el infierno de la condenación (cf. DS 1011; 1077)
sino para liberar a los justos que le habían precedido (cf. Cc de
Toledo IV en el año 625; DS 485; cf. también Mt 27, 52-53).
634 "Hasta a los muertos ha sido anunciada
la Buena Nueva ..." (1 P 4, 6). El descenso a los infiernos
es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación.
Es la última fase de la misión mesiánica de Jesús, fase
condensada en el tiempo pero inmensamente amplia en su significado
real de extensión de la obra redentora a todos los hombres de
todos los tiempos y de todos los lugares porque todos los que se
salvan se hacen partícipes de la Redención.
635 Cristo, por tanto, bajó a la profundidad
de la muerte (cf. Mt 12, 40; Rm 10, 7; Ef 4, 9) para "que los
muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan
vivan" (Jn 5, 25). Jesús, "el Príncipe de la
vida" (Hch 3, 15) aniquiló "mediante la muerte al
señor de la muerte, es decir, al Diablo y libertó a cuantos, por
temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud
"(Hb 2, 14-15). En adelante, Cristo resucitado "tiene
las llaves de la muerte y del Hades" (Ap 1, 18) y "al
nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y
en los abismos" (Flp 2, 10).
Un gran silencio reina hoy en la tierra, un
gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey
duerme. La tierra ha temblado y se ha calmado porque Dios se ha
dormido en la carne y ha ido a despertar a los que dormían desde
hacía siglos ... Va a buscar a Adán, nuestro primer Padre, la
oveja perdida. Quiere ir a visitar a todos los que se encuentran
en las tinieblas y a la sombra de la muerte. Va para liberar de
sus dolores a Adán encadenado y a Eva, cautiva con él, El que es
al mismo tiempo su Dios y su Hijo...'Yo soy tu Dios y por tu causa
he sido hecho tu Hijo. Levántate, tú que dormías porque no te
he creado para que permanezcas aquí encadenado en el infierno.
Levántate de entre los muertos, yo soy la vida de los muertos
(Antigua homilía para el Sábado Santo).
RESUMEN
636 En la expresión "Jesús descendió a
los infiernos", el símbolo confiesa que Jesús murió
realmente, y que, por su muerte en favor nuestro, ha vencido a la
muerte y al Diablo "Señor de la muerte" (Hb 2, 14).
637 Cristo muerto, en su alma unida a su
persona divina, descendió a la morada de los muertos. Abrió las
puertas del cielo a los justos que le habían precedido.
Párrafo 2 AL TERCER DIA RESUCITO DE ENTRE LOS
MUERTOS
638 "Os anunciamos la Buena Nueva de que
la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los
hijos, al resucitar a Jesús (Hch 13, 32-33). La Resurrección de
Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y
vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central,
transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los
documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del
Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz:
Cristo resucitó de entre los muertos.
Con su muerte venció a la muerte.
A los muertos ha dado la vida.
(Liturgia bizantina, Tropario de Pascua)
I EL ACONTECIMIENTO HISTORICO Y TRANSCENDENTE
639 El misterio de la resurrección de Cristo
es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente
comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya San Pablo,
hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os
transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo
murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue
sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras;
que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4).
El Apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección
que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco
(cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío
640 "¿Por qué buscar entre los muertos
al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En
el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que
se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba
directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría
explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de
eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo
esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso
para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso,
en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23),
después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús
amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío
y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6)
"vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en
el estado del sepulcro vacío (cf.Jn 20, 5-7) que la ausencia del
cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no
había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el
caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).
Las apariciones del Resucitado
641 María Magdalena y las santas mujeres, que
venían de embalsamar el cuerpo de Jesús (cf. Mc 16,1; Lc 24, 1)
enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del
Sábado (cf. Jn 19, 31. 42) fueron las primeras en encontrar al
Resucitado (cf. Mt 28, 9-10;Jn 20, 11-18).Así las mujeres fueron
las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los
propios Apóstoles (cf. Lc 24, 9-10). Jesús se apareció en
seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce (cf. 1 Co
15, 5). Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc
22, 31-32), ve por tanto al Resucitado antes que los demás y
sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama:
"¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a
Simón!" (Lc 24, 34).
642 Todo lo que sucedió en estas jornadas
pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles - y a Pedro en
particular - en la construcción de la era nueva que comenzó en
la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los apóstoles
son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera
comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres
concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría,
viviendo entre ellos todavía. Estos "testigos de la
Resurrección de Cristo" (cf. Hch 1, 22) son ante todo Pedro
y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de
más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una
sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles (cf. 1 Co
15, 4-8).
643 Ante estos testimonios es imposible
interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y
no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos
que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de
la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por él
de antemano(cf. Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la
pasión fue tan grande que los discípulos (por lo menos, algunos
de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la
resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad
arrobada por una exaltación mística, los evangelios nos
presentan a los discípulos abatidos ("la cara
sombría": Lc 24, 17) y asustados (cf. Jn 20, 19). Por eso no
creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y
"sus palabras les parecían como desatinos" (Lc 24, 11;
cf. Mc 16, 11. 13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la
tarde de Pascua "les echó en cara su incredulidad y su
dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto
resucitado" (Mc 16, 14).
644 Tan imposible les parece la cosa que,
incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los
discípulos dudan todavía (cf. Lc 24, 38): creen ver un espíritu
(cf. Lc 24, 39). "No acaban de creerlo a causa de la alegría
y estaban asombrados" (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma
prueba de la duda (cf. Jn 20, 24-27) y, en su última aparición
en Galilea referida por Mateo, "algunos sin embargo
dudaron" (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual
la resurrección habría sido un "producto" de la fe (o
de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al
contrario, su fe en la Resurrección nació - bajo la acción de
la gracia divina- de la experiencia directa de la realidad de
Jesús resucitado.
El estado de la humanidad resucitada de Cristo
645 Jesús resucitado establece con sus
discípulos relaciones directas mediante el tacto (cf. Lc 24, 39;
Jn 20, 27) y el compartir la comida (cf. Lc 24, 30. 41-43; Jn 21,
9. 13-15). Les invita así a reconocer que él no es un espíritu
(cf. Lc 24, 39) pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo
resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha
sido martirizado y crucificado ya que sigue llevando las huellas
de su pasión (cf Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27). Este cuerpo
auténtico y real posee sin embargo al mismo tiempo las
propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el
espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad
donde quiere y cuando quiere (cf. Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15. 36;
Jn 20, 14. 19. 26; 21, 4) porque su humanidad ya no puede ser
retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino
del Padre (cf. Jn 20, 17). Por esta razón también Jesús
resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la
apariencia de un jardinero (cf. Jn 20, 14-15) o "bajo otra
figura" (Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a los
discípulos, y eso para suscitar su fe (cf. Jn 20, 14. 16; 21, 4.
7).
646 La Resurrección de Cristo no fue un
retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones
que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el
joven de Naim, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos
milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a
tener, por el poder de Jesús, una vida terrena
"ordinaria". En cierto momento, volverán a morir. La
resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo
resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del
tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se
llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina
en el estado de su gloria, tanto que San Pablo puede decir de
Cristo que es "el hombre celestial" (cf. 1 Co 15,
35-50).
La resurrección como acontecimiento
transcendente
647 "¡Qué noche tan dichosa, canta el
'Exultet' de Pascua, sólo ella conoció el momento en que Cristo
resucitó de entre los muertos!". En efecto, nadie fue
testigo ocular del acontecimiento mismo de la Resurrección y
ningún evangelista lo describe. Nadie puede decir cómo sucedió
físicamente. Menos aún, su esencia más íntima, el paso a otra
vida, fue perceptible a los sentidos. Acontecimiento histórico
demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de
los encuentros de los apóstoles con Cristo resucitado, no por
ello la Resurrección pertenece menos al centro del Misterio de la
fe en aquello que transciende y sobrepasa a la historia. Por eso,
Cristo resucitado no se manifiesta al mundo (cf. Jn 14, 22) sino a
sus discípulos, "a los que habían subido con él desde
Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el
pueblo" (Hch 13, 31).
II LA RESURRECCION OBRA DE LA SANTISIMA
TRINIDAD
648 La Resurrección de Cristo es objeto de fe
en cuanto es una intervención transcendente de Dios mismo en la
creación y en la historia. En ella, las tres personas divinas
actúan juntas a la vez y manifiestan su propia originalidad. Se
realiza por el poder del Padre que "ha resucitado" (cf.
Hch 2, 24) a Cristo, su Hijo, y de este modo ha introducido de
manera perfecta su humanidad - con su cuerpo - en la Trinidad.
Jesús se revela definitivamente "Hijo de Dios con poder,
según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los
muertos" (Rm 1, 3-4). San Pablo insiste en la manifestación
del poder de Dios (cf. Rm 6, 4; 2 Co 13, 4; Flp 3, 10; Ef 1,
19-22; Hb 7, 16) por la acción del Espíritu que ha vivificado la
humanidad muerta de Jesús y la ha llamado al estado glorioso de
Señor.
649 En cuanto al Hijo, él realiza su propia
Resurrección en virtud de su poder divino. Jesús anuncia que el
Hijo del hombre deberá sufrir mucho, morir y luego resucitar
(sentido activo del término) (cf. Mc 8, 31; 9, 9-31; 10, 34). Por
otra parte, él afirma explícitamente: "doy mi vida, para
recobrarla de nuevo ... Tengo poder para darla y poder para
recobrarla de nuevo" (Jn 10, 17-18). "Creemos que Jesús
murió y resucitó" (1 Te 4, 14).
650 Los Padres contemplan la Resurrección a
partir de la persona divina de Cristo que permaneció unida a su
alma y a su cuerpo separados entre sí por la muerte: "Por la
unidad de la naturaleza divina que permanece presente en cada una
de las dos partes del hombre, éstas se unen de nuevo. Así la
muerte se produce por la separación del compuesto humano, y la
Resurrección por la unión de las dos partes separadas" (San
Gregorio Niceno, res. 1; cf.también DS 325; 359; 369; 539).
III SENTIDO Y ALCANCE SALVIFICO DE LA
RESURRECCION
651 "Si no resucitó Cristo, vana es
nuestra predicación, vana también vuestra fe"(1 Co 15, 14).
La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo
que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más
inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si
Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad
divina según lo había prometido.
652 La Resurrección de Cristo es cumplimiento
de las promesas del Antiguo Testamento (cf. Lc 24, 26-27. 44-48) y
del mismo Jesús durante su vida terrenal (cf. Mt 28, 6; Mc 16, 7;
Lc 24, 6-7). La expresión "según las Escrituras" (cf.
1 Co 15, 3-4 y el Símbolo nicenoconstantinopolitano) indica que
la Resurrección de Cristo cumplió estas predicciones.
653 La verdad de la divinidad de Jesús es
confirmada por su Resurrección. El había dicho: "Cuando
hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo
Soy" (Jn 8, 28). La Resurrección del Crucificado demostró
que verdaderamente, él era "Yo Soy", el Hijo de Dios y
Dios mismo. San Pablo pudo decir a los Judíos: "La Promesa
hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros ... al
resucitar a Jesús, como está escrito en el salmo primero: 'Hijo
mío eres tú; yo te he engendrado hoy" (Hch 13, 32-33; cf.
Sal 2, 7). La Resurrección de Cristo está estrechamente unida al
misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su plenitud
según el designio eterno de Dios.
654 Hay un doble aspecto en el misterio
Pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección
nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la
justificación que nos devuelve a la gracia de Dios (cf. Rm 4, 25)
"a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre
los muertos ... así también nosotros vivamos una nueva
vida" (Rm 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el
pecado y en la nueva participación en la gracia (cf. Ef 2, 4-5; 1
P 1, 3). Realiza la adopción filial porque los hombres se
convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus
discípulos después de su Resurrección: "Id, avisad a mis
hermanos" (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza,
sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva
confiere una participación real en la vida del Hijo único, la
que ha revelado plenamente en su Resurrección.
655 Por último, la Resurrección de Cristo - y
el propio Cristo resucitado - es principio y fuente de nuestra
resurrección futura: "Cristo resucitó de entre los muertos
como primicias de los que durmieron ... del mismo modo que en
Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo"
(1 Co 15, 20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo
resucitado vive en el corazón de sus fieles. En El los cristianos
"saborean los prodigios del mundo futuro" (Hb 6,5) y su
vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina (cf. Col
3, 1-3) para que ya no vivan para sí los que viven, sino para
aquél que murió y resucitó por ellos" (2 Co 5, 15).
RESUMEN
656 La fe en la Resurrección tiene por objeto
un acontecimiento a la vez históricamente atestiguado por los
discípulos que se encontraron realmente con el Resucitado, y
misteriosamente transcendente en cuanto entrada de la humanidad de
Cristo en la gloria de Dios.
657 El sepulcro vacío y las vendas en el suelo
significan por sí mismas que el cuerpo de Cristo ha escapado por
el poder de Dios de las ataduras de la muerte y de la corrupción
. Preparan a los discípulos para su encuentro con el Resucitado.
658 Cristo, "el primogénito de entre los
muertos" (Col 1, 18), es el principio de nuestra propia
resurrección, ya desde ahora por la justificación de nuestra
alma (cf. Rm 6, 4), más tarde por la vivificación de nuestro
cuerpo (cf. Rm 8, 11).
Artículo 6 “JESUCRISTO SUBIO A LOS CIELOS,
Y ESTA SENTADO A LA DERECHA
DE DIOS, PADRE TODOPODEROSO”
659 "Con esto, el Señor Jesús, después
de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de
Dios" (Mc 16, 19). El Cuerpo de Cristo fue glorificado desde
el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades
nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo
disfruta para siempre (cf.Lc 24, 31; Jn 20, 19. 26). Pero durante
los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con
sus discípulos (cf. Hch 10, 41) y les instruye sobre el Reino
(cf. Hch 1, 3), su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una
humanidad ordinaria (cf. Mc 16,12; Lc 24, 15; Jn 20, 14-15; 21,
4). La última aparición de Jesús termina con la entrada
irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por
la nube (cf. Hch 1, 9; cf. también Lc 9, 34-35; Ex 13, 22) y por
el cielo (cf. Lc 24, 51) donde él se sienta para siempre a la
derecha de Dios (cf. Mc 16, 19; Hch 2, 33; 7, 56; cf. también Sal
110, 1). Sólo de manera completamente excepcional y única, se
muestra a Pablo "como un abortivo" (1 Co 15, 8) en una
última aparición que constituye a éste en apóstol (cf. 1 Co 9,
1; Ga 1, 16).
660 El carácter velado de la gloria del
Resucitado durante este tiempo se transparenta en sus palabras
misteriosas a María Magdalena: "Todavía no he subido al
Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro
Padre, a mi Dios y vuestro Dios" (Jn 20, 17). Esto indica una
diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado
y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento
a la vez histórico y transcendente de la Ascensión marca la
transición de una a otra.
661 Esta última etapa permanece estrechamente
unida a la primera es decir, a la bajada desde el cielo realizada
en la Encarnación. Solo el que "salió del Padre" puede
"volver al Padre": Cristo (cf. Jn 16,28). "Nadie ha
subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del
hombre" (Jn 3, 13; cf, Ef 4, 8-10). Dejada a sus fuerzas
naturales, la humanidad no tiene acceso a la "Casa del
Padre" (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Solo
Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, "ha querido
precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su
Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su
Reino" (MR, Prefacio de la Ascensión).
662 "Cuando yo sea levantado de la tierra,
atraeré a todos hacia mí"(Jn 12, 32). La elevación en la
Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo.
Es su comienzo. Jesucristo, el único Sacerdote de la Alianza
nueva y eterna, no "penetró en un Santuario hecho por mano
de hombre, ... sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante
el acatamiento de Dios en favor nuestro" (Hb 9, 24). En el
cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio. "De ahí
que pueda salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios,
ya que está siempre vivo para interceder en su favor"(Hb 7,
25). Como "Sumo Sacerdote de los bienes futuros"(Hb 9,
11), es el centro y el oficiante principal de la liturgia que
honra al Padre en los cielos (cf. Ap 4, 6-11).
663 Cristo, desde entonces, está sentado a la
derecha del Padre: "Por derecha del Padre entendemos la
gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo
de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial al
Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y
de que su carne fue glorificada" (San Juan Damasceno, f.o. 4,
2; PG 94, 1104C).
664 Sentarse a la derecha del Padre significa
la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión
del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se le
dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y
lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca
pasará, y su reino no será destruido jamás" (Dn 7, 14). A
partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los
testigos del "Reino que no tendrá fin" (Símbolo de
Nicea-Constantinopla).
RESUMEN
665 La ascensión de Jesucristo marca la
entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste
de Dios de donde ha de volver (cf. Hch 1, 11), aunque mientras
tanto lo esconde a los ojos de los hombres (cf. Col 3, 3).
666 Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos
precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros
de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con él
eternamente.
667 Jesucristo, habiendo entrado una vez por
todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros
como el mediador que nos asegura permanentemente la efusión del
Espíritu Santo.
Artículo 7 “DESDE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR
A
VIVOS Y MUERTOS”
I VOLVERA EN GLORIA
Cristo reina ya mediante la Iglesia ...
668 "Cristo murió y volvió a la vida
para eso, para ser Señor de muertos y vivos" (Rm 14, 9). La
Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su
humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo
es Señor: Posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está
"por encima de todo Principado, Potestad, Virtud,
Dominación" porque el Padre "bajo sus pies sometió
todas las cosas"(Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos
(cf. Ef 4, 10; 1 Co 15, 24. 27-28) y de la historia. En él, la
historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su
recapitulación (Ef 1, 10), su cumplimiento transcendente.
669 Como Señor, Cristo es también la cabeza
de la Iglesia que es su Cuerpo (cf. Ef 1, 22). Elevado al cielo y
glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la
tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad
que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia
(cf. Ef 4, 11-13). "La Iglesia, o el reino de Cristo presente
ya en misterio", "constituye el germen y el comienzo de
este Reino en la tierra" (LG 3;5).
670 Desde la Ascensión, el designio de Dios ha
entrado en su consumación. Estamos ya en la "última
hora" (1 Jn 2, 18; cf. 1 P 4, 7). "El final de la
historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está
ya decidida de manera irrevocable e incluso de alguna manera real
está ya por anticipado en este mundo. La Iglesia, en efecto, ya
en la tierra, se caracteriza por una verdadera santidad, aunque
todavía imperfecta" (LG 48). El Reino de Cristo manifiesta
ya su presencia por los signos milagrosos (cf. Mc 16, 17-18) que
acompañan a su anuncio por la Iglesia (cf. Mc 16, 20).
... esperando que todo le sea sometido
671 El Reino de Cristo, presente ya en su
Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado "con gran
poder y gloria" (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el
advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los
ataques de los poderes del mal (cf. 2 Te 2, 7) a pesar de que
estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de
Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15, 28), y
"mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que
habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos
e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este
mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en
dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de
los hijos de Dios" (LG 48). Por esta razón los cristianos
piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 26), que se
apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican:
"Ven, Señor Jesús" (cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).
672 Cristo afirmó antes de su Ascensión que
aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino
mesiánico esperado por Israel (cf. Hch 1, 6-7) que, según los
profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a todos los hombres el
orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo
presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del
testimonio (cf Hch 1, 8), pero es también un tiempo marcado
todavía por la "tristeza" (1 Co 7, 26) y la prueba del
mal (cf. Ef 5, 16) que afecta también a la Iglesia(cf. 1 P 4, 17)
e inaugura los combates de los últimos días (1 Jn 2, 18; 4, 3; 1
Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt 25, 1-13; Mc
13, 33-37).
El glorioso advenimiento de Cristo, esperanza
de Israel
673 Desde la Ascensión, el advenimiento de
Cristo en la gloria es inminente (cf Ap 22, 20) aun cuando a
nosotros no nos "toca conocer el tiempo y el momento que ha
fijado el Padre con su autoridad" (Hch 1, 7; cf. Mc 13, 32).
Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier
momento (cf. Mt 24, 44: 1 Te 5, 2), aunque tal acontecimiento y la
prueba final que le ha de preceder estén "retenidos" en
las manos de Dios (cf. 2 Te 2, 3-12).
674 La Venida del Mesías glorioso, en un
momento determinad o de la historia se vincula al reconocimiento
del Mesías por "todo Israel" (Rm 11, 26; Mt 23, 39) del
que "una parte está endurecida" (Rm 11, 25) en "la
incredulidad" respecto a Jesús (Rm 11, 20). San Pedro dice a
los judíos de Jerusalén después de Pentecostés:
"Arrepentíos, pues, y convertíos para que vuestros pecados
sean borrados, a fin de que del Señor venga el tiempo de la
consolación y envíe al Cristo que os había sido destinado, a
Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la
restauración universal, de que Dios habló por boca de sus
profetas" (Hch 3, 19-21). Y San Pablo le hace eco: "si
su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será
su readmisión sino una resurrección de entre los muertos?"
(Rm 11, 5). La entrada de "la plenitud de los judíos"
(Rm 11, 12) en la salvación mesiánica, a continuación de
"la plenitud de los gentiles (Rm 11, 25; cf. Lc 21, 24),
hará al Pueblo de Dios "llegar a la plenitud de Cristo"
(Ef 4, 13) en la cual "Dios será todo en nosotros" (1
Co 15, 28).
La última prueba de la Iglesia
675 Antes del advenimiento de Cristo, la
Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de
numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que
acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn
15, 19-20) desvelará el "Misterio de iniquidad" bajo la
forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres
una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la
apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del
Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre
se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su
Mesías venido en la carne (cf. 2 Te 2, 4-12; 1Te 5, 2-3;2 Jn 7; 1
Jn 2, 18.22).
676 Esta impostura del Anticristo aparece
esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la
esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse
sino más allá del tiempo histórico a través del juicio
escatológico: incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha
rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de
milenarismo (cf. DS 3839), sobre todo bajo la forma política de
un mesianismo secularizado, "intrínsecamente perverso"
(cf. Pío XI, "Divini Redemptoris" que condena el
"falso misticismo" de esta "falsificación de la
redención de los humildes"; GS 20-21).
677 La Iglesia sólo entrará en la gloria del
Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su
Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino
no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la
Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por
una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal
(cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el Cielo a su Esposa
(cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal
tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20, 12) después de la
última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cf. 2 P 3,
12-13).
II PARA JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS
678 Siguiendo a los profetas (cf. Dn 7, 10;
Joel 3, 4; Ml 3,19) y a Juan Bautista (cf. Mt 3, 7-12), Jesús
anunció en su predicación el Juicio del último Día. Entonces,
se pondrán a la luz la conducta de cada uno (cf. Mc 12, 38-40) y
el secreto de los corazones (cf. Lc 12, 1-3; Jn 3, 20-21; Rm 2,
16; 1 Co 4, 5). Entonces será condenada la incredulidad culpable
que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios (cf Mt 11,
20-24; 12, 41-42). La actitud con respecto al prójimo revelará
la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino (cf. Mt 5,
22; 7, 1-5). Jesús dirá en el último día: "Cuanto
hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me
lo hicisteis" (Mt 25, 40).
679 Cristo es Señor de la vida eterna. El
pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones
de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo.
"Adquirió" este derecho por su Cruz. El Padre también
ha entregado "todo juicio al Hijo" (Jn 5, 22;cf. Jn 5,
27; Mt 25, 31; Hch 10, 42; 17, 31; 2 Tm 4, 1). Pues bien, el Hijo
no ha venido para juzgar sino para salvar (cf. Jn 3,17) y para dar
la vida que hay en él (cf. Jn 5, 26). Es por el rechazo de la
gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo
(cf. Jn 3, 18; 12, 48); es retribuido según sus obras (cf. 1 Co
3, 12- 15) y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el
Espíritu de amor (cf. Mt 12, 32; Hb 6, 4-6; 10, 26-31).
RESUMEN
680 Cristo, el Señor, reina ya por la Iglesia,
pero todavía no le están sometidas todas las cosas de este
mundo. El triunfo del Reino de Cristo no tendrá lugar sin un
último asalto de las fuerzas del mal.
681 El día del Juicio, al fin del mundo,
Cristo vendrá en la gloria para llevar a cabo el triunfo
definitivo del bien sobre el mal que, como el trigo y la cizaña,
habrán crecido juntos en el curso de la historia.