CAPITULO PRIMERO
CREO EN DIOS PADRE
Nuestra profesión de fe comienza por Dios,
porque Dios es "el Primero y el Ultimo" (Is 44,6),
el Principio y el Fin de todo. El Credo comienza por Dios
Padre, porque el Padre es la Primera Persona Divina de la
Santísima Trinidad; nuestro Símbolo se inicia con la
creación del Cielo y de la tierra, ya que la creación es el
comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios.
Artículo 1: "CREO EN DIOS, PADRE
TODOPODEROSO, CREADOR
DEL CIELO Y DE LA TIERRA"
Párrafo 1 CREO EN DIOS
"Creo en Dios": Esta primera
afirmación de la profesión de fe es también la más
fundamental. Todo el Símbolo habla de Dios, y si habla
también del hombre y del mundo, lo hace por relación a Dios.
Todos los artículos del Credo dependen del primero, así como
los mandamientos son explicitaciones del primero. Los demás
artículos nos hacen conocer mejor a Dios tal como se reveló
progresivamente a los hombres. "Los fieles hacen primero
profesión de creer en Dios" (Catech.R. 1,2,2).
I "CREO EN UN SOLO DIOS"
Con estas palabras comienza el Símbolo de
Nicea-Constantinopla. La confesión de la unicidad de Dios,
que tiene su raíz en la Revelación Divina en la Antigua
Alianza, es inseparable de la confesión de la existencia de
Dios y asimismo también fundamental. Dios es Unico: no hay
más que un solo Dios: "La fe cristiana confiesa que hay
un solo Dios, por naturaleza, por substancia y por
esencia" (Catech.R., 1,2,2).
A Israel, su elegido, Dios se reveló como
el Unico: "Escucha Israel: el Señor nuestro Dios es el
único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu alma y con toda tu fuerza" (Dt 6,4-5). Por
los profetas, Dios llama a Israel y a todas las naciones a
volverse a él, el Unico: "Volveos a mí y seréis
salvados, confines todos de la tierra, porque yo soy Dios, no
existe ningún otro...ante mí se doblará toda rodilla y toda
lengua jurará diciendo: ¡Sólo en Dios hay victoria y
fuerza!" (Is 45,22-24; cf. Flp 2,10-11).
Jesús mismo confirma que Dios es "el
único Señor" y que es preciso amarle con todo el
corazón, con toda el alma, con todo el espíritu y todas las
fuerzas (cf. Mc 12,29-30). Deja al mismo tiempo entender que
él mismo es "el Señor" (cf. Mc 12,35-37). Confesar
que "Jesús es Señor" es lo propio de la fe
cristiana. Esto no es contrario a la fe en el Dios Unico.
Creer en el Espíritu Santo, "que es Señor y dador de
vida", no introduce ninguna división en el Dios único:
Creemos firmemente y afirmamos sin ambages
que hay un solo verdadero Dios, inmenso e inmutable,
incomprensible, todopoderoso e inefable, Padre, Hijo y
Espíritu Santo: Tres Personas, pero una Esencia, una
Substancia o Naturaleza absolutamente simple (Cc. de Letrán
IV: DS 800).
II DIOS REVELA SU NOMBRE
A su pueblo Israel Dios se reveló dándole
a conocer su Nombre. El nombre expresa la esencia, la
identidad de la persona y el sentido de su vida. Dios tiene un
nombre. No es una fuerza anónima. Comunicar su nombre es
darse a conocer a los otros. Es, en cierta manera, comunicarse
a sí mismo haciéndose accesible, capaz de ser más
íntimamente conocido y de ser invocado personalmente.
Dios se reveló progresivamente y bajo
diversos nombres a su pueblo, pero la revelación del Nombre
Divino, hecha a Moisés en la teofanía de la zarza ardiente,
en el umbral del Exodo y de la Alianza del Sinaí, demostró
ser la revelación fundamental tanto para la Antigua como para
la Nueva Alianza.
El Dios vivo
Dios llama a Moisés desde una zarza que
arde sin consumirse. Dios dice a Moisés: "Yo soy el Dios
de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios
de Jacob" (Ex 3,6). Dios es el Dios de los padres. El que
había llamado y guiado a los patriarcas en sus
peregrinaciones. Es el Dios fiel y compasivo que se acuerda de
ellos y de sus promesas; viene para librar a sus descendientes
de la esclavitud. Es el Dios que más allá del espacio y del
tiempo lo puede y lo quiere, y que pondrá en obra toda su
Omnipotencia para este designio.
"Yo soy el que soy"
Moisés dijo a Dios: Si voy a los hijos de
Israel y les digo: `El Dios de vuestros padres me ha enviado a
vosotros'; cuando me pregunten: `¿Cuál es su nombre?',
¿qué les responderé?" Dijo Dios a Moisés: "Yo
soy el que soy". Y añadió: "Así dirás a los
hijos de Israel: `Yo soy' me ha enviado a
vosotros"...Este es ni nombre para siempre, por él seré
invocado de generación en generación" (Ex 3,13-15).
Al revelar su nombre misterioso de YHWH,
"Yo soy el que es" o "Yo soy el que soy" o
también "Yo soy el que Yo soy", Dios dice quién es
y con qué nombre se le debe llamar. Este Nombre Divino es
misterioso como Dios es Misterio. Es a la vez un Nombre
revelado y como la resistencia a tomar un nombre propio, y por
esto mismo expresa mejor a Dios como lo que él es,
infinitamente por encima de todo lo que podemos comprender o
decir: es el "Dios escondido" (Is 45,15), su nombre
es inefable (cf. Jc 13,18), y es el Dios que se acerca a los
hombres.
Al revelar su nombre, Dios revela, al mismo
tiempo, su fidelidad que es de siempre y para siempre,
valedera para el pasado ("Yo soy el Dios de tus
padres", Ex 3,6) como para el porvenir ("Yo estaré
contigo", Ex 3,12). Dios que revela su nombre como
"Yo soy" se revela como el Dios que está siempre
allí, presente junto a su pueblo para salvarlo.
Ante la presencia atrayente y misteriosa de
Dios, el hombre descubre su pequeñez. Ante la zarza ardiente,
Moisés se quita las sandalias y se cubre el rostro (cf. Ex
3,5-6) delante de la Santidad Divina. Ante la gloria del Dios
tres veces santo, Isaías exclama: "¡ Ay de mí, que
estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!" (Is
6,5). Ante los signos divinos que Jesús realiza, Pedro
exclama: "Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre
pecador" (Lc 5,8). Pero porque Dios es santo, puede
perdonar al hombre que se descubre pecador delante de él:
"No ejecutaré el ardor de mi cólera...porque soy Dios,
no hombre; en medio de ti yo el Santo" (Os 11,9). El
apóstol Juan dirá igualmente: "Tranquilizaremos nuestra
conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra
conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce
todo" (1 Jn 3,19-20).
Por respeto a su santidad el pueblo de
Israel no pronuncia el Nombre de Dios. En la lectura de la
Sagrada Escritura, el Nombre revelado es sustituido por el
título divino "Señor" ("Adonai", en
griego "Kyrios"). Con este título será aclamada la
divinidad de Jesús: "Jesús es Señor".
"Dios misericordioso y clemente"
Tras el pecado de Israel, que se apartó de
Dios para adorar al becerro de oro (cf. Ex 32), Dios escucha
la intercesión de Moisés y acepta marchar en medio de un
pueblo infiel, manifestando así su amor (cf. Ex 33,12-17). A
Moisés, que pide ver su gloria, Dios le responde: "Yo
haré pasar ante tu vista toda mi bondad (belleza) y
pronunciaré delante de ti el nombre de YHWH" (Ex
33,18-19). Y el Señor pasa delante de Moisés, y proclama:
"YHWH, YHWH, Dios misericordioso y clemente, tardo a la
cólera y rico en amor y fidelidad" (Ex 34,5-6). Moisés
confiesa entonces que el Señor es un Dios que perdona (cf. Ex
34,9).
El Nombre Divino "Yo soy" o
"El es" expresa la fidelidad de Dios que, a pesar de
la infidelidad del pecado de los hombres y del castigo que
merece, "mantiene su amor por mil generaciones" (Ex
34,7). Dios revela que es "rico en misericordia" (Ef
2,4) llegando hasta dar su propio Hijo. Jesús, dando su vida
para librarnos del pecado, revelará que él mismo lleva el
Nombre divino: "Cuando hayáis levantado al Hijo del
hombre, entonces sabréis que Yo soy" (Jn 8,28)
Solo Dios ES
En el transcurso de los siglos, la fe de
Israel pudo desarrollar y profundizar las riquezas contenidas
en la revelación del Nombre divino. Dios es único; fuera de
él no hay dioses (cf. Is 44,6). Dios transciende el mundo y
la historia. El es quien ha hecho el cielo y la tierra:
"Ellos perecen, mas tú quedas, todos ellos como la ropa
se desgastan...pero tú siempre el mismo, no tienen fin tus
años" (Sal 102,27-28). En él "no hay cambios ni
sombras de rotaciones" (St 1,17). El es "El que
es", desde siempre y para siempre y por eso permanece
siempre fiel a sí mismo y a sus promesas.
Por tanto, la revelación del Nombre
inefable "Yo soy el que soy" contiene la verdad que
sólo Dios ES. En este mismo sentido, ya la traducción de los
Setenta y, siguiéndola, la Tradición de la Iglesia han
entendido el Nombre divino: Dios es la plenitud del Ser y de
toda perfección, sin origen y sin fin. Mientras todas las
criaturas han recibido de él todo su ser y su poseer. El solo
es su ser mismo y es por sí mismo todo lo que es.
III DIOS, "EL QUE ES", ES VERDAD
Y AMOR
Dios, "El que es", se reveló a
Israel como el que es "rico en amor y fidelidad" (Ex
34,6). Estos dos términos expresan de forma condensada las
riquezas del Nombre divino. En todas sus obras, Dios muestra
su benevolencia, su bondad, su gracia, su amor; pero también
su fiabilidad, su constancia, su fidelidad, su verdad.
"Doy gracias a tu nombre por tu amor y tu verdad"
(Sal 138,2; cf. Sal 85,11). El es la Verdad, porque "Dios
es Luz, en él no hay tiniebla alguna" (1 Jn 1,5); él es
"Amor", como lo enseña el apóstol Juan (1 Jn 4,8).
Dios es la Verdad
"Es verdad el principio de tu palabra,
por siempre, todos tus justos juicios" (Sal 119,160).
"Ahora, mi Señor Dios, tú eres Dios, tus palabras son
verdad" (2 S 7,28); por eso las promesas de Dios se
realizan siempre (cf. Dt 7,9). Dios es la Verdad misma, sus
palabras no pueden engañar. Por ello el hombre se puede
entregar con toda confianza a la verdad y a la fidelidad de la
palabra de Dios en todas las cosas. El comienzo del pecado y
de la caída del hombre fue una mentira del tentador que
indujo a dudar de la palabra de Dios, de su benevolencia y de
su fidelidad.
La verdad de Dios es su sabiduría que rige
todo el orden de la creación y del gobierno del mundo ( cf.Sb
13,1-9). Dios, único Creador del cielo y de la tierra (cf.
Sal 115,15), es el único que puede dar el conocimiento
verdadero de todas las cosas creadas en su relación con El
(cf. Sb 7,17-21).
Dios es también verdadero cuando se
revela: La enseñanza que viene de Dios es "una doctrina
de verdad" (Ml 2,6). Cuando envíe su Hijo al mundo,
será para "dar testimonio de la Verdad" (Jn 18,37):
"Sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado
inteligencia para que conozcamos al Verdadero" (1 Jn
5,20; cf. Jn 17,3).
Dios es Amor
A lo largo de su historia, Israel pudo
descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y
escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor
gratuito (cf. Dt 4,37; 7,8; 10,15). E Israel comprendió,
gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de
salvarlo (cf. Is 43,1-7) y de perdonarle su infidelidad y sus
pecados (cf. Os 2).
El amor de Dios a Israel es comparado al
amor de un padre a su hijo (Os 11,1). Este amor es más fuerte
que el amor de una madre a sus hijos (cf. Is 49,14-15). Dios
ama a su Pueblo más que un esposo a su amada (Is 62,4-5);
este amor vencerá incluso las peores infidelidades (cf. Ez
16; Os 11); llegará hasta el don más precioso: "Tanto
amó Dios al mundo que dio a su Hijo único" (Jn 3,16).
El amor de Dios es "eterno" (Is
54,8). "Porque los montes se correrán y las colinas se
moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará" (Is
54,10). "Con amor eterno te he amado: por eso he
reservado gracia para ti" (Jr 31,3).
Pero S. Juan irá todavía más lejos al
afirmar: "Dios es Amor" (1 Jn 4,8.16); el ser mismo
de Dios es Amor. Al enviar en la plenitud de los tiempos a su
Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto
más íntimo (cf. 1 Cor 2,7-16; Ef 3,9-12); él mismo es una
eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y
nos ha destinado a participar en Él.
IV CONSECUENCIAS DE LA FE EN EL DIOS UNICO
Creer en Dios, el Unico, y amarlo con todo
el ser tiene consecuencias inmensas para toda nuestra vida:
Es reconocer la grandeza y la majestad de
Dios: "sí, Dios es tan grande que supera nuestra
ciencia" (Jb 36,26). Por esto Dios debe ser "el
primer servido" (Santa Juan de Arco).
Es vivir en acción de gracias: Si Dios
es el Unico, todo lo que somos y todo lo que poseemos vienen
de él: "¿Qué tienes que no hayas recibido?" (1 Co
4,7). "¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha
hecho?" (Sal 116,12).
Es reconocer la unidad y la verdadera
dignidad de todos los hombres: Todos han sido hechos
"a imagen y semejanza de Dios" (Gn 1,26).
Es usar bien de las cosas creadas: La
fe en Dios, el Unico, nos lleva a usar de todo lo que no es
él en la medida en que nos acerca a él, y a separarnos de
ello en la medida en que nos aparta de Él (cf. Mt 5,29-30;
16, 24; 19,23-24):
Señor mío y Dios mío, quítame todo lo
que me aleja de ti. Señor mío y Dios mío, dame todo lo que
me acerca a ti. Señor mío y Dios mío, despójame de mi
mismo para darme todo a ti (S. Nicolás de Flüe, oración).
Es confiar en Dios en todas las
circunstancias, incluso en la adversidad. Una oración de
Santa Teresa de Jesús lo expresa admirablemente:
Nada te turbe / Nada te espante
Todo se pasa / Dios no se muda
La paciencia todo lo alcanza /
quien a Dios tiene/Nada le falta:
Sólo Dios basta
(poes. 30)
RESUMEN
"Escucha, Israel, el Señor nuestro
Dios es el Unico Señor..." (Dt 6,4; Mc 12,29). "Es
absolutamente necesario que el Ser supremo sea único, es
decir, sin igual...Si Dios no es único, no es Dios"
(Tertuliano, Marc. 1,3).
La fe en Dios nos mueve a volvernos solo a
El como a nuestro primer origen y nuestro fin último;, y a no
preferirle a nada ni sustituirle con nada.
Dios al revelarse sigue siendo Misterio
inefable: "Si lo comprendieras, no sería Dios" (S.
Agustín, serm. 52,6,16).
El Dios de nuestra fe se ha revelado como El
que es; se ha dado a conocer como "rico en amor y
fidelidad" (Ex 34,6). Su Ser mismo es Verdad y Amor.
Párrafo 2 EL PADRE
I "EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO
Y DEL ESPIRITU SANTO"
Los cristianos son bautizados "en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt
28,19). Antes responden "Creo" a la triple pregunta
que les pide confesar su fe en el Padre, en el Hijo y en el
Espíritu: "Fides omnium christianorum in Trinitate
consistit" ("La fe de todos los cristianos se
cimenta en la Santísima Trinidad") (S. Cesáreo de
Arlés, symb.).
Los cristianos son bautizados en "el
nombre" del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y no
en "los nombres" de estos (cf. Profesión de fe del
Papa Vigilio en 552: DS 415), pues no hay más que un solo
Dios, el Padre todopoderoso y su Hijo único y el Espíritu
Santo: la Santísima Trinidad.
El misterio de la Santísima Trinidad es el
misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el
misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos
los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la
enseñanza más fundamental y esencial en la "jerarquía
de las verdades de fe" (DCG 43). "Toda la historia
de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y
los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre,
Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los
hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos"
(DCG 47).
En este párrafo, se expondrá brevemente
de qué manera es revelado el misterio de la Bienaventurada
Trinidad (I), cómo la Iglesia ha formulado la doctrina de la
fe sobre este misterio (II), y finalmente cómo, por las
misiones divinas del Hijo y del Espíritu Santo, Dios Padre
realiza su "designio amoroso" de creación, de
redención, y de santificación (III).
Los Padres de la Iglesia distinguen entre
la "Theologia" y la "Oikonomia",
designando con el primer término el misterio de la vida
íntima del Dios-Trinidad, con el segundo todas las obras de
Dios por las que se revela y comunica su vida. Por la
"Oikonomia" nos es revelada la
"Theologia"; pero inversamente, es la
"Theologia", quien esclarece toda la
"Oikonomia". Las obras de Dios revelan quién es en
sí mismo; e inversamente, el misterio de su Ser íntimo
ilumina la inteligencia de todas sus obras. Así sucede,
analógicamente, entre las personas humanas, La persona se
muestra en su obrar y a medida que conocemos mejor a una
persona, mejor comprendemos su obrar.
La Trinidad es un misterio de fe en sentido
estricto, uno de los "misterios escondidos en Dios, que
no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo
alto" (Cc. Vaticano I: DS 3015. Dios, ciertamente, ha
dejado huellas de su ser trinitario en su obra de Creación y
en su Revelación a lo largo del Antiguo Testamento. Pero la
intimidad de su Ser como Trinidad Santa constituye un misterio
inaccesible a la sola razón e incluso a la fe de Israel antes
de la Encarnación del Hijo de Dios y el envío del Espíritu
Santo.
II LA REVELACION DE DIOS COMO TRINIDAD
El Padre revelado por el Hijo
La invocación de Dios como
"Padre" es conocida en muchas religiones. La
divinidad es con frecuencia considerada como "padre de
los dioses y de los hombres". En Israel, Dios es llamado
Padre en cuanto Creador del mundo (Cf. Dt 32,6; Ml 2,10). Pues
aún más, es Padre en razón de la alianza y del don de la
Ley a Israel, su "primogénito" (Ex 4,22). Es
llamado también Padre del rey de Israel (cf. 2 S 7,14). Es
muy especialmente "el Padre de los pobres", del
huérfano y de la viuda, que están bajo su protección
amorosa (cf. Sal 68,6).
Al designar a Dios con el nombre de
"Padre", el lenguaje de la fe indica principalmente
dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad
transcendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud
amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios
puede ser expresada también mediante la imagen de la
maternidad (cf. Is 66,13; Sal 131,2) que indica más
expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios
y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la
experiencia humana de los padres que son en cierta manera los
primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta
experiencia dice también que los padres humanos son falibles
y que pueden desfigurar la imagen de la paternidad y de la
maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios transciende
la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es
Dios. Transciende también la paternidad y la maternidad
humanas (cf. Sal 27,10), aunque sea su origen y medida (cf. Ef
3,14; Is 49,15): Nadie es padre como lo es Dios.
Jesús ha revelado que Dios es
"Padre" en un sentido nuevo: no lo es sólo en
cuanto Creador; Él es eternamente Padre en relación a su
Hijo único, el cual eternamente es Hijo sólo en relación a
su Padre: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al
Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se
lo quiera revelar" (Mt 11,27).
Por eso los apóstoles confiesan a Jesús
como "el Verbo que en el principio estaba junto a Dios y
que era Dios" (Jn 1,1), como "la imagen del Dios
invisible" (Col 1,15), como "el resplandor de su
gloria y la impronta de su esencia" Hb 1,3).
Después de ellos, siguiendo la tradición
apostólica, la Iglesia confesó en el año 325 en el primer
concilio ecuménico de Nicea que el Hijo es
"consubstancial" al Padre, es decir, un solo Dios
con él. El segundo concilio ecuménico, reunido en
Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su
formulación del Credo de Nicea y confesó "al Hijo Unico
de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos, luz
de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no
creado, consubstancial al Padre" (DS 150).
El Padre y el Hijo revelados por el
Espíritu
Antes de su Pascua, Jesús anuncia el
envío de "otro Paráclito" (Defensor), el Espíritu
Santo. Este, que actuó ya en la Creación (cf. Gn 1,2) y
"por los profetas" (Credo de Nicea-Constantinopla),
estará ahora junto a los discípul os y en ellos (cf. Jn
14,17), para enseñarles (cf. Jn 14,16) y conducirlos
"hasta la verdad completa" (Jn 16,13). El Espíritu
Santo es revelado así como otra persona divina con relación
a Jesús y al Padre.
244 El origen eterno del Espíritu se
revela en su misión temporal. El Espíritu Santo es enviado a
los Apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre en nombre del
Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que vuelve junto al
Padre (cf. Jn 14,26; 15,26; 16,14). El envío de la persona
del Espíritu tras la glorificación de Jesús (cf. Jn 7,39),
revela en plenitud el misterio de la Santa Trinidad.
245 La fe apostólica relativa al Espíritu
fue confesada por el segundo Concilio ecuménico en el año
381 en Constantinopla: "Creemos en el Espíritu Santo,
Señor y dador de vida, que procede del Padre" (DS 150).
La Iglesia reconoce así al Padre como "la fuente y el
origen de toda la divinidad" (Cc. de Toledo VI, año 638:
DS 490). Sin embargo, el origen eterno del Espíritu Santo
está en conexión con el del Hijo: "El Espíritu Santo,
que es la tercera persona de la Trinidad, es Dios, uno e igual
al Padre y al Hijo, de la misma sustancia y también de la
misma naturaleza: Por eso, no se dice que es sólo el
Espíritu del Padre, sino a la vez el espíritu del Padre y
del Hijo" (Cc. de Toledo XI, año 675: DS 527). El Credo
del Concilio de Constantinopla (año 381) confiesa: "Con
el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria"
(DS 150).
246 La tradición latina del Credo confiesa
que el Espíritu "procede del Padre y del Hijo
(filioque)". El Concilio de Florencia, en el año
1438, explicita: "El Espíritu Santo tiene su esencia y
su ser a la vez del Padre y del Hijo y procede eternamente
tanto del Uno como del Otro como de un solo Principio y por
una sola espiración...Y porque todo lo que pertenece al
Padre, el Padre lo dio a su Hijo único, al engendrarlo, a
excepción de su ser de Padre, esta procesión misma del
Espíritu Santo a partir del Hijo, éste la tiene eternamente
de su Padre que lo engendró eternamente" (DS 1300-1301).
247 La afirmación del filioque
no figuraba en el símbolo confesado el año 381 en
Constantinopla. Pero sobre la base de una antigua tradición
latina y alejandrina, el Papa S. León la había ya confesado
dogmáticamente el año 447 (cf. DS 284) antes incluso que
Roma conociese y recibiese el año 451, en el concilio de
Calcedonia, el símbolo del 381. El uso de esta fórmula en el
Credo fue poco a poco admitido en la liturgia latina (entre
los siglos VIII y XI). La introducción del Filioque en el
Símbolo de Nicea-Constantinopla por la liturgia latina
constituye, todavía hoy, un motivo de no convergencia con las
Iglesias ortodoxas.
248 La tradición oriental
expresa en primer lugar el carácter de origen primero del
Padre por relación al Espíritu Santo. Al confesar al
Espíritu como "salido del Padre" (Jn 15,26), esa
tradición afirma que este procede del Padre por el Hijo (cf.
AG 2). La tradición occidental expresa en primer lugar la
comunión consubstancial entre el Padre y el Hijo diciendo que
el Espíritu procede del Padre y del Hijo (Filioque). Lo dice
"de manera legítima y razonable" (Cc. de Florencia,
1439: DS 1302), porque el orden eterno de las personas divinas
en su comunión consubstancial implica que el Padre sea el
origen primero del Espíritu en tanto que "principio sin
principio" (DS 1331), pero también que, en cuanto Padre
del Hijo Unico, sea con él "el único principio de que
procede el Espíritu Santo" (Cc. de Lyon II, 1274: DS
850). Esta legítima complementariedad, si no se desorbita, no
afecta a la identidad de la fe en la realidad del mismo
misterio confesado.
III LA SANTISIMA TRINIDAD EN LA DOCTRINA DE
LA FE
La formación del dogma trinitario
249 La verdad revelada de la Santa Trinidad
ha estado desde los orígenes en la raíz de la fe viva de la
Iglesia, principalmente en el acto del bautismo. Encuentra su
expresión en la regla de la fe bautismal, formulada en la
predicación, la catequesis y la oración de la Iglesia. Estas
formulaciones se encuentran ya en los escritos apostólicos,
como este saludo recogido en la liturgia eucarística:
"La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y
la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros"
(2 Co 13,13; cf. 1 Cor 12,4-6; Ef 4,4-6).
250 Durante los primeros siglos, la Iglesia
formula más explícitamente su fe trinitaria tanto para
profundizar su propia inteligencia de la fe como para
defenderla contra los errores que la deformaban. Esta fue la
obra de los Concilios antiguos, ayudados por el trabajo
teológico de los Padres de la Iglesia y sostenidos por el
sentido de la fe del pueblo cristiano.
251 Para la formulación del
dogma de la Trinidad, la Iglesia debió crear una
terminología propia con ayuda de nociones de origen
filosófico: "substancia", "persona" o
"hipóstasis", "relación", etc. Al hacer
esto, no sometía la fe a una sabiduría humana, sino que daba
un sentido nuevo, sorprendente, a estos términos destinados
también a significar en adelante un Misterio inefable,
"infinitamente más allá de todo lo que podemos concebir
según la medida humana" (Pablo VI, SPF 2).
252 La Iglesia utiliza el término
"substancia" (traducido a veces también por
"esencia" o por "naturaleza") para
designar el ser divino en su unidad; el término
"persona" o "hipóstasis" para designar al
Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en su distinción real
entre sí; el término "relación" para designar el
hecho de que su distinción reside en la referencia de cada
uno a los otros.
El dogma de la Santísima Trinidad
253 La Trinidad es una. No
confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas:
"la Trinidad consubstancial" (Cc. Constantinopla II,
año 553: DS 421). Las personas divinas no se reparten la
única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente
Dios: "El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo
mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el
Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza"
(Cc. de Toledo XI, año 675: DS 530). "Cada una de las
tres personas es esta realidad, es decir, la substancia, la
esencia o la naturaleza divina" (Cc. de Letrán IV, año
1215: DS 804).
254 Las personas divinas son realmente
distintas entre si. "Dios es único pero no
solitario" (Fides Damasi: DS 71). "Padre",
"Hijo", Espíritu Santo" no son simplemente
nombres que designan modalidades del ser divino, pues son
realmente distintos entre sí: "El que es el Hijo no es
el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu
Santo el que es el Padre o el Hijo" (Cc. de Toledo XI,
año 675: DS 530). Son distintos entre sí por sus relaciones
de origen: "El Padre es quien engendra, el Hijo quien es
engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede" (Cc.
Letrán IV, año 1215: DS 804). La Unidad divina es Trina.
255 Las personas divinas son relativas
unas a otras. La distinción real de las personas entre
sí, porque no divide la unidad divina, reside únicamente en
las relaciones que las refieren unas a otras: "En los
nombres relativos de las personas, el Padre es referido al
Hijo, el Hijo lo es al Padre, el Espíritu Santo lo es a los
dos; sin embargo, cuando se habla de estas tres personas
considerando las relaciones se cree en una sola naturaleza o
substancia" (Cc. de Toledo XI, año 675: DS 528). En
efecto, "todo es uno (en ellos) donde no existe
oposición de relación" (Cc. de Florencia, año 1442: DS
1330). "A causa de esta unidad, el Padre está todo en el
Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el
Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está
todo en el Padre, todo en el Hijo" (Cc. de Florencia
1442: DS 1331).
256 A los catecúmenos de Constantinopla,
S. Gregorio Nacianceno, llamado también "el
Teólogo", confía este resumen de la fe trinitaria:
Ante todo, guardadme este
buen depósito, por el cual vivo y combato, con el cual quiero
morir, que me hace soportar todos los males y despreciar todos
los placeres: quiero decir la profesión de fe en el Padre y
el Hijo y el Espíritu Santo. Os la confío hoy. Por ella os
introduciré dentro de poco en el agua y os sacaré de ella.
Os la doy como compañera y patrona de toda vuestra vida. Os
doy una sola Divinidad y Poder, que existe Una en los Tres, y
contiene los Tres de una manera distinta. Divinidad sin
distinción de substancia o de naturaleza, sin grado superior
que eleve o grado inferior que abaje...Es la infinita
connaturalidad de tres infinitos. Cada uno, considerado en sí
mismo, es Dios todo entero...Dios los Tres considerados en
conjunto...No he comenzado a pensar en la Unidad cuando ya la
Trinidad me baña con su esplendor. No he comenzado a pensar
en la Trinidad cuando ya la unidad me posee de nuevo...(0r.
40,41: PG 36,417).
IV LAS OBRAS DIVINAS Y LAS MISIONES
TRINITARIAS
257 "O lux beata Trinitas et
principalis Unitas!" ("¡Oh Trinidad, luz
bienaventurada y unidad esencial!") (LH, himno de
vísperas) Dios es eterna beatitud, vida inmortal, luz sin
ocaso. Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios
quiere comunicar libremente la gloria de su vida
bienaventurada. Tal es el "designio benevolente" (Ef
1,9) que concibió antes de la creación del mundo en su Hijo
amado, "predestinándonos a la adopción filial en
él" (Ef 1,4-5), es decir, "a reproducir la imagen
de su Hijo" (Rom 8,29) gracias al "Espíritu de
adopción filial" (Rom 8,15). Este designio es una
"gracia dada antes de todos los siglos" (2 Tm
1,9-10), nacido inmediatamente del amor trinitario. Se
despliega en la obra de la creación, en toda la historia de
la salvación después de la caída, en las misiones del Hijo
y del Espíritu, cuya prolongación es la misión de la
Iglesia (cf. AG 2-9).
258 Toda la economía divina es la obra
común de las tres personas divinas. Porque la Trinidad, del
mismo modo que tiene una sola y misma naturaleza, así
también tiene una sola y misma operación (cf. Cc. de
Constantinopla, año 553: DS 421). "El Padre, el Hijo y
el Espíritu Santo no son tres principios de las criaturas,
sino un solo principio" (Cc. de Florencia, año 1442: DS
1331). Sin embargo, cada persona divina realiza la obra común
según su propiedad personal. Así la Iglesia confiesa,
siguiendo al Nuevo Testamento (cf. 1 Co 8,6): "uno es
Dios y Padre de quien proceden todas las cosas, un solo el
Señor Jesucristo por el cual son todas las cosas, y uno el
Espíritu Santo en quien son todas las cosas (Cc. de
Constantinopla II: DS 421). Son, sobre todo, las misiones
divinas de la Encarnación del Hijo y del don del Espíritu
Santo las que manifiestan las propiedades de las personas
divinas.
259 Toda la economía divina, obra a la vez
común y personal, da a conocer la propiedad de las personas
divinas y su naturaleza única. Así, toda la vida cristiana
es comunión con cada una de las personas divinas, sin
separarlas de ningún modo. El que da gloria al Padre lo hace
por el Hijo en el Espíritu Santo; el que sigue a Cristo, lo
hace porque el Padre lo atrae (cf. Jn 6,44) y el Espíritu lo
mueve (cf. Rom 8,14).
260 El fin último de toda la economía
divina es la entrada de las criaturas en la unidad perfecta de
la Bienaventurada Trinidad (cf. Jn 17,21-23). Pero desde ahora
somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad:
"Si alguno me ama -dice el Señor- guardará mi Palabra,
y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en
él" (Jn 14,23).
Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a
olvidarme enteramente de mí mismo para establecerme en ti,
inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la
eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de
ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en
la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella
tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no
te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí
enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración,
entregada sin reservas a tu acción creadora (Oración de la
Beata Isabel de la Trinidad).
RESUMEN
261 El misterio de la Santísima Trinidad
es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Sólo
Dios puede dárnoslo a conocer revelándose como Padre, Hijo y
Espíritu Santo.
262 La Encarnación del Hijo de Dios revela
que Dios es el Padre eterno, y que el Hijo es consubstancial
al Padre, es decir, que es en él y con él el mismo y único
Dios.
263 La misión del Espíritu Santo, enviado
por el Padre en nombre del Hijo (cf. Jn 14,26) y por el Hijo
"de junto al Padre" (Jn 15,26), revela que él es
con ellos el mismo Dios único. "Con el Padre y el Hijo
recibe una misma adoración y gloria".
264 "El Espíritu Santo procede del
Padre en cuanto fuente primera y, por el don eterno de este al
Hijo, del Padre y del Hijo en comunión" (S. Agustín,
Trin. 15,26,47).
265 Por la gracia del bautismo "en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" somos
llamados a participar en la vida de la Bienaventurada
Trinidad, aquí abajo en la oscuridad de la fe y, después de
la muerte, en la luz eterna (cf. Pablo VI, SPF 9).
266 "La fe católica es esta: que
veneremos un Dios en la Trinidad y la Trinidad en la unidad,
no confundiendo las personas, ni separando las substancias;
una es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del
Espíritu Santo; pero del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo una es la divinidad, igual la gloria, coeterna la
majestad" (Symbolum "Quicumque").
Las personas divinas, inseparables en lo su
ser, son también inseparables en su obrar. Pero en la única
operación divina cada una manifiesta lo que le es propio en
la Trinidad, sobre todo en las misiones divinas de la
Encarnación del Hijo y del don del Espíritu Santo.
Párrafo 3 EL TODOPODEROSO
De todos los atributos divinos, sólo la
omnipotencia de Dios es nombrada en el Símbolo: confesarla
tiene un gran alcance para nuestra vida. Creemos que es esa
omnipotencia universal, porque Dios, que ha creado todo
(cf. Gn 1,1; Jn 1,3), rige todo y lo puede todo; es amorosa,
porque Dios es nuestro Padre (cf. Mt 6,9); es misteriosa,
porque sólo la fe puede descubrirla cuando "se
manifiesta en la debilidad" (2 Co 12,9; cf. 1 Co 1,18).
"Todo lo que El quiere, lo hace"
(Sal 115,3)
269 Las Sagradas Escrituras confiesan con
frecuencia el poder universal de Dios. Es llamado "el
Poderoso de Jacob" (Gn 49,24; Is 1,24, etc.), "el
Señor de los ejércitos", "el Fuerte, el
Valeroso" (Sal 24,8-10). Si Dios es Todopoderoso "en
el cielo y en la tierra" (Sal 135,6), es porque él los
ha hecho. Por tanto, nada ale es imposible (cf. Jr 32,17; Lc
1,37) y dispone a su voluntad de su obra (cf. Jr 27,5); es el
Señor del universo, cuyo orden ha establecido, que le
permanece enteramente sometido y disponible; es el Señor de
la historia: gobierna los corazones y los acontecimientos
según su voluntad (cf. Est 4,17b; Pr 21,1; Tb 13,2): "El
actuar con inmenso poder siempre está en tu mano. ¿Quién
podrá resistir la fuerza de tu brazo?" (Sb 11,21).
"Te compadeces de todos porque lo
puedes todo" (Sb 11,23)
Dios es el Padre todopoderoso. Su
paternidad y su poder se esclarecen mutuamente. Muestra, en
efecto, su omnipotencia paternal por la manera como cuida de
nuestras necesidades (cf. Mt 6,32); por la adopción filial
que nos da ("Yo seré para vosotros padre, y vosotros
seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor
todopoderoso": 2 Co 6,18); finalmente, por su
misericordia infinita, pues muestra su poder en el más alto
grado perdonando libremente los pecados.
La omnipotencia divina no es en modo alguno
arbitraria: "En Dios el poder y la esencia, la voluntad y
la inteligencia, la sabiduría y la justicia son una sola
cosa, de suerte que nada puede haber en el poder divino que no
pueda estar en la justa voluntad de Dios o en su sabia
inteligencia" (S. Tomás de A., s.th. 1,25,5, ad 1).
El misterio de la aparente impotencia de
Dios
272 La fe en Dios Padre Todopoderoso puede
ser puesta a prueba por la experiencia del mal y del
sufrimiento. A veces Dios puede parecer ausente e incapaz de
impedir el mal. Ahora bien, Dios Padre ha revelado su
omnipotencia de la manera más misteriosa en el anonadamiento
voluntario y en la Resurrección de su Hijo, por los cuales ha
vencido el mal. Así, Cristo crucificado es "poder de
Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más
sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina,
más fuerte que la fuerza de los hombres" (1 Co 2,
24-25). En la Resurrección y en la exaltación de Cristo es
donde el Padre "desplegó el vigor de su fuerza" y
manifestó "la soberana grandeza de su poder para con
nosotros, los creyentes" (Ef 1,19-22).
273 Sólo la fe puede adherir a las vías
misteriosas de la omnipotencia de Dios. Esta fe se gloría de
sus debilidades con el fin de atraer sobre sí el poder de
Cristo (cf. 2 Co 12,9; Flp 4,13). De esta fe, la Virgen María
es el modelo supremo: ella creyó que "nada es imposible
para Dios" (Lc 1,37) y pudo proclamar las grandezas del
Señor: "el Poderoso ha hecho en mi favor maravillas,
Santo es su nombre" (Lc1,49).
274 "Nada es, pues, más propio para
afianzar nuestra Fe y nuestra Esperanza que la convicción
profundamente arraigada en nuestras almas de que nada es
imposible para Dios. Porque todo lo que (el Credo) propondrá
luego a nuestra fe, las cosas más grandes, las más
incomprensibles, así como las más elevadas por encima de las
leyes ordinarias de la naturaleza, en la medida en que nuestra
razón tenga la idea de la omnipotencia divina, las admitirá
fácilmente y sin vacilación alguna" (Catech. R.
1,2,13).
RESUMEN
275 Con Job, el justo, confesamos:
"Sé que eres Todopoderoso: lo que piensas, lo puedes
realizar" (Job 42,2).
276 Fiel al testimonio de la Escritura, la
Iglesia dirige con frecuencia su oración al "Dios
todopoderoso y eterno" ("omnipotens sempiterne
Deus..."), creyendo firmemente que "nada es
imposible para Dios" (Gn 18,14; Lc 1,37; Mt 19,26).
277 Dios manifiesta su omnipotencia
convirtiéndonos de nuestros pecados y restableciéndonos en
su amistad por la gracia ("Deus, qui omnipotentiam tuam
parcendo maxime et miserando manifestas..." -"Oh
Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y
la misericordia..."- : MR, colecta del Dom XXVI).
278 De no ser por nuestra fe en que el amor
de Dios es todopoderoso, ¿cómo creer que el Padre nos ha
podido crear, el Hijo rescatar, el Espíritu Santo santificar?
Párrafo 4 EL CREADOR
279 "En el principio, Dios creó el
cielo y la tierra" (Gn 1,1). Con estas palabras solemnes
comienza la Sagrada Escritura. El Símbolo de la fe las recoge
confesando a Dios Padre Todopoderoso como "el Creador del
cielo y de la tierra", "del universo visible e
invisible". Hablaremos, pues, primero del Creador, luego
de su creación, finalmente de la caída del pecado de la que
Jesucristo, el Hijo de Dios, vino a levantarnos.
280 La creación es el fundamento de
"todos los designios salvíficos de Dios", "el
comienzo de la historia de la salvación" (DCG 51), que
culmina en Cristo. Inversamente, el Misterio de Cristo es la
luz decisiva sobre el Misterio de la creación; revela el fin
en vista del cual, "al principio, Dios creó el cielo y
la tierra" (Gn 1,1): desde el principio Dios preveía la
gloria de la nueva creación en Cristo (cf. Rom 8,18-23).
281 Por esto, las lecturas de la Noche
Pascual, celebración de la creación nueva en Cristo,
comienzan con el relato de la creación; de igual modo, en la
liturgia bizantina, el relato de la creación constituye
siempre la primera lectura de las vigilias de las grandes
fiestas del Señor. Según el testimonio de los antiguos, la
instrucción de los catecúmenos para el bautismo sigue el
mismo camino (cf. Aeteria, pereg. 46; S. Agustín, catech.
3,5).
I LA CATEQUESIS SOBRE LA CREACION
282 La catequesis sobre la Creación
reviste una importancia capital. Se refiere a los fundamentos
mismos de la vida humana y cristiana: explicita la respuesta
de la fe cristiana a la pregunta básica que los hombres de
todos los tiempos se han formulado: "¿De dónde
venimos?" "¿A dónde vamos?" "¿Cuál es
nuestro origen?" "¿Cuál es nuestro fin?"
"¿De dónde viene y a dónde va todo lo que
existe?" Las dos cuestiones, la del origen y la del fin,
son inseparables. Son decisivas para el sentido y la
orientación de nuestra vida y nuestro obrar.
283 La cuestión sobre los orígenes del
mundo y del hombre es objeto de numerosas investigaciones
científicas que han enriquecido magníficamente nuestros
conocimientos sobre la edad y las dimensiones del cosmos, el
devenir de las formas vivientes, la aparición del hombre.
Estos descubrimientos nos invitan a admirar más la grandeza
del Creador, a darle gracias por todas sus obras y por la
inteligencia y la sabiduría que da a los sabios e
investigadores. Con Salomón, estos pueden decir: "Fue
él quien me concedió el conocimiento verdadero de cuanto
existe, quien me dio a conocer la estructura del mundo y las
propiedades de los elementos...porque la que todo lo hizo, la
Sabiduría, me lo enseñó" (Sb 7,17-21).
284 El gran interés que despiertan a estas
investigaciones está fuertemente estimulado por una cuestión
de otro orden, y que supera el dominio propio de las ciencias
naturales. No se trata sólo de saber cuándo y cómo ha
surgido materialmente el cosmos, ni cuando apareció el
hombre, sino más bien de descubrir cuál es el sentido de tal
origen: si está gobernado por el azar, un destino ciego, una
necesidad anónima, o bien por un Ser transcendente,
inteligente y bueno, llamado Dios. Y si el mundo procede de la
sabiduría y de la bondad de Dios, ¿por qué existe el mal?
¿de dónde viene? ¿quién es responsable de él? ¿dónde
está la posibilidad de liberarse del mal?
285 Desde sus comienzos, la fe cristiana se
ha visto confrontada a respuestas distintas de las suyas sobre
la cuestión de los orígenes. Así, en las religiones y
culturas antiguas encontramos numerosos mitos referentes a los
orígenes. Algunos filósofos han dicho que todo es Dios, que
el mundo es Dios, o que el devenir del mundo es el devenir de
Dios (panteísmo); otros han dicho que el mundo es una
emanación necesaria de Dios, que brota de esta fuente y
retorna a ella ; otros han afirmado incluso la existencia de
dos principios eternos, el Bien y el Mal, la Luz y las
Tinieblas, en lucha permanente (dualismo, maniqueísmo);
según algunas de estas concepciones, el mundo (al menos el
mundo material) sería malo, producto de una caída, y por
tanto que se ha de rechazar y superar (gnosis); otros admiten
que el mundo ha sido hecho por Dios, pero a la manera de un
relojero que, una vez hecho, lo habría abandonado a él mismo
(deísmo); otros, finalmente, no aceptan ningún origen
transcendente del mundo, sino que ven en él el puro juego de
una materia que ha existido siempre (materialismo). Todas
estas tentativas dan testimonio de la permanencia y de la
universalidad de la cuestión de los orígenes. Esta búsqueda
es inherente al hombre.
286 La inteligencia humana puede
ciertamente encontrar ya una respuesta a la cuestión de los
orígenes. En efecto, la existencia de Dios Creador puede ser
conocida con certeza por sus obras gracias a la luz de la
razón humana (DS: 3026), aunque este conocimiento es con
frecuencia oscurecido y desfigurado por el error. Por eso la
fe viene a confirmar y a esclarecer la razón para la justa
inteligencia de esta verdad: "Por la fe, sabemos que el
universo fue formado por la palabra de Dios, de manera que lo
que se ve resultase de lo que no aparece" (Hb 11,3).
287 La verdad en la creación es tan
importante para toda la vida humana que Dios, en su ternura,
quiso revelar a su pueblo todo lo que es saludable conocer a
este respecto. Más allá del conocimiento natural que todo
hombre puede tener del Creador (cf. Hch 17,24-29; Rom
1,19-20), Dios reveló progresivamente a Israel el misterio de
la creación. El que eligió a los patriarcas, el que hizo
salir a Israel de Egipto y que, al escoger a Israel, lo creó
y formó (cf. Is 43,1), se revela como aquel a quien
pertenecen todos los pueblos de la tierra y la tierra entera,
como el único Dios que "hizo el cielo y la tierra"
(Sal 115,15;124,8;134,3).
288 Así, la revelación de la creación es
inseparable de la revelación y de la realización de la
Alianza del Dios único, con su Pueblo. La creación es
revelada como el primer paso hacia esta Alianza, como el
primero y universal testimonio del amor todopoderoso de Dios
(cf. Gn 15,5; Jr 33,19-26). Por eso, la verdad de la creación
se expresa con un vigor creciente en el mensaje de los
profetas (cf. Is 44,24), en la oración de los salmos (cf. Sal
104) y de la liturgia, en la reflexión de la sabiduría (cf.
Pr 8,22-31) del Pueblo elegido.
289 Entre todas las palabras de la Sagrada
Escritura sobre la creación, los tres primeros capítulos del
Génesis ocupan un lugar único. Desde el punto de vista
literario, estos textos pueden tener diversas fuentes. Los
autores inspirados los han colocado al comienzo de la
Escritura de suerte que expresa, en su lenguaje solemne, las
verdades de la creación, de su origen y de su fin en Dios, de
su orden y de su bondad, de la vocación del hombre,
finalmente, del drama del pecado y de la esperanza de la
salvación. Leídas a la luz e Cristo, en la unidad de la
Sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia, estas
palabras siguen siendo la fuente principal para la catequesis
de los Misterios del "comienzo": creación, caída,
promesa de la salvación.
II LA CREACION: OBRA DE LA SANTISIMA
TRINIDAD
290 "En el principio, Dios creó el
cielo y la tierra": tres cosas se afirman en estas
primeras palabras de la Escritura: el Dios eterno ha dado
principio a todo lo que existe fuera de él. El solo es
creador (el verbo "crear" -en hebreo
"bara"-tiene siempre por sujeto a Dios). La
totalidad de lo que existe (expresada por la fórmula "el
cielo y la tierra") depende de aquel que le da el ser.
291 "En el principio existía el
Verbo... y el Verbo era Dios...Todo fue hecho por él y sin
él nada ha sido hecho" (Jn 1,1-3). El Nuevo Testamento
revela que Dios creó todo por el Verbo Eterno, su Hijo amado.
"En el fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en
la tierra...todo fue creado por él y para él, él existe con
anterioridad a todo y todo tiene en él su consistencia"
(Col 1, 16-17). La fe de la Iglesia afirma también la acción
creadora del Espíritu Santo: él es el "dador de
vida" (Símbolo de Nicea-Constantinopla), "el
Espíritu Creador" ("Veni, Creator Spiritus"),
la "Fuente de todo bien" (Liturgia bizantina,
tropario de vísperas de Pentecostés).
292 La acción creadora del Hijo y del
Espíritu, insinuada en el Antiguo Testamento (cf. Sal
33,6;104,30; Gn 1,2-3), revelada en la Nueva Alianza,
inseparablemente una con la del Padre, es claramente afirmada
por la regla de fe de la Iglesia: "Sólo existe un
Dios...: es el Padre, es Dios, es el Creador, es el Autor, es
el Ordenador. Ha hecho todas las cosas por sí mismo, es
decir, por su Verbo y por su Sabiduría" (S. Ireneo,
haer. 2,30,9), "por el Hijo y el Espíritu", que son
como "sus manos" (ibid., 4,20,1). La creación es la
obra común de la Santísima Trinidad.
III “EL MUNDO HA SIDO CREADO PARA LA
GLORIA
DE DIOS”
293 Es una verdad fundamental que la
Escritura y la Tradición no cesan de enseñar y de celebrar:
"El mundo ha sido creado para la gloria de Dios"
(Cc. Vaticano I: DS 3025). Dios ha creado todas las cosas,
explica S. Buenaventura, "non propter gloriam augendam,
sed propter gloriam manifestandam et propter gloriam suam
communicandam" ("no para aumentar su gloria, sino
para manifestarla y comunicarla") (sent. 2,1,2,2,1).
Porque Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su
bondad: "Aperta manu clave amoris creaturae
prodierunt" ("Abierta su mano con la llave del amor
surgieron las criaturas") (S. Tomás de A. sent. 2,
prol.) Y el Concilio Vaticano primero explica:
En su bondad y por su fuerza todopoderosa,
no para aumentar su bienaventuranza, ni para adquirir su
perfección, sino para manifestarla por los bienes que otorga
a sus criaturas, el solo verdadero Dios, en su libérrimo
designio , en el comienzo del tiempo, creó de la nada a la
vez una y otra criatura, la espiritual y la corporal (DS
3002).
294 La gloria de Dios consiste en que se
realice esta manifestación y esta comunicación de su bondad
para las cuales el mundo ha sido creado. Hacer de nosotros
"hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el
beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su
gracia" (Ef 1,5-6): "Porque la gloria de Dios es el
hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios: si ya
la revelación de Dios por la creación procuró la vida a
todos los seres que viven en la tierra, cuánto más la
manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los
que ven a Dios" (S. Ireneo, haer. 4,20,7). El fin último
de la creación es que Dios , "Creador de todos los
seres, se hace por fin `todo en todas las cosas' (1 Co 15,28),
procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad"
(AG 2).
IV EL MISTERIO DE LA CREACION
Dios crea por sabiduría y por amor
295 Creemos que Dios creó el mundo según
su sabiduría (cf. Sb 9,9). Este no es producto de una
necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar. Creemos
que procede de la voluntad libre de Dios que ha querido hacer
participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su
bondad: "Porque tú has creado todas las cosas; por tu
voluntad lo que no existía fue creado" (Ap 4,11).
"¡Cuán numerosas son tus obras, Señor! Todas las has
hecho con sabiduría" (Sal 104,24 "Bueno es el
Señor para con todos, y sus ternuras sobre todas sus
obras" (Sal 145,9).
Dios crea “de la nada”
296 Creemos que Dios no necesita nada
preexistente ni ninguna ayuda para crear (cf. Cc. Vaticano I:
DS 3022). La creación tampoco es una emanación necesaria de
la substancia divina (cf. Cc. Vaticano I: DS 3023-3024). Dios
crea libremente " de la nada" (DS 800; 3025):
¿Qué tendría de extraordinario si Dios
hubiera sacado el mundo de una materia preexistente? Un
artífice humano, cuando se le da un material, hace de él
todo lo que quiere. Mientras que el poder de Dios se muestra
precisamente cuando parte de la nada para hacer todo lo que
quiere (S. Teófilo de Antioquía, Autol. 2,4).
297 La fe en la creación "de la
nada" está atestiguada en la Escritura como una verdad
llena de promesa y de esperanza. Así la madre de los siete
hijos macabeos los alienta al martirio:
Yo no sé cómo aparecisteis en mis
entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida,
ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno. Pues así
el Creador del mundo, el que modeló al hombre en su
nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas, os
devolverá el espíritu y la vida con misericordia, porque
ahora no miráis por vosotros mismos a causa de sus leyes...Te
ruego, hijo, que mires al cielo y a la tierra y, al ver todo
lo que hay en ellos, sepas que a partir de la nada lo hizo
Dios y que también el género humano ha llegado así a la
existencia (2 M 7,22-23.28).
298 Puesto que Dios puede crear de la nada,
puede por el Espíritu Santo dar la vida del alma a los
pecadores creando en ellos un corazón puro (cf. Sal 51,12), y
la vida del cuerpo a los difuntos mediante la Resurrección.
El "da la vida a los muertos y llama a las cosas que no
son para que sean" (Rom 4,17). Y puesto que, por su
Palabra, pudo hacer resplandecer la luz en las tinieblas (cf.
Gn 1,3), puede también dar la luz de la fe a los que lo
ignoran (cf. 2 Co 4,6).
Dios crea un mundo ordenado y bueno
299 Porque Dios crea con sabiduría, la
creación está ordenada: "Tú todo lo dispusiste con
medida, número y peso" (Sb 11,20). Creada en y por el
Verbo eterno, "imagen del Dios invisible" (Col
1,15), la creación está destinada, dirigida al hombre,
imagen de Dios (cf. Gn 1,26), llamado a una relación personal
con Dios. Nuestra inteligencia, participando en la luz del
Entendimiento divino, puede entender lo que Dios nos dice por
su creación (cf. Sal 19,2-5), ciertamente no sin gran
esfuerzo y en un espíritu de humildad y de respeto ante el
Creador y su obra (cf. Jb 42,3). Salida de la bondad divina,
la creación participa en esa bondad ("Y vio Dios que era
bueno...muy bueno": Gn 1,4.10.12.18.21.31). Porque la
creación es querida por Dios como un don dirigido al hombre,
como una herencia que le es destinada y confiada. La Iglesia
ha debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la
creación, comprendida la del mundo material (cf. DS 286;
455-463; 800; 1333; 3002).
Dios transciende la creación y está
presente en ella
300 Dios es infinitamente más grande que
todas sus obras (cf. Si 43,28): "Su majestad es más alta
que los cielos" (Sal 8,2), "su grandeza no tiene
medida" (Sal 145,3). Pero porque es el Creador soberano y
libre, causa primera de todo lo que existe, está presente en
lo más íntimo de sus criaturas: "En el vivimos, nos
movemos y existimos" (Hch 17,28). Según las palabras de
S. Agustín, Dios es "superior summo meo et interior
intimo meo" ("Dios está por encima de lo más alto
que hay en mí y está en lo más hondo de mi intimidad")
(conf. 3,6,11).
Dios mantiene y conduce la creación
301 Realizada la creación, Dios no
abandona su criatura a ella misma. No sólo le da el ser y el
existir, sino que la mantiene a cada instante en el ser, le da
el obrar y la lleva a su término. Reconocer esta dependencia
completa con respecto al Creador es fuente de sabiduría y
de libertad, de gozo y de confianza:
Amas a todos los seres y nada de lo que
hiciste aborreces pues, si algo odiases, no lo hubieras
creado. Y ¿cómo podría subsistir cosa que no hubieses
querido? ¿Cómo se conservaría si no la hubieses llamado?
Mas tú todo lo perdonas porque todo es tuyo, Señor que amas
la vida (Sb 11, 24‑26).
V DIOS REALIZA SU DESIGNIO: LA DIVINA
PROVIDENCIA
302 La creación tiene su bondad y su
perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las
manos del Creador. Fue creada "en estado de vía"
("In statu viae") hacia una perfección última
todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos
divina providencia a las disposiciones por las que Dios
conduce la obra de su creación hacia esta perfección:
Dios guarda y gobierna por su providencia
todo lo que creó, "alcanzando con fuerza de un extremo
al otro del mundo y disponiéndolo todo con dulzura" (Sb
8, 1). Porque "todo está desnudo y patente a sus
ojos" (Hb 4, 13), incluso lo que la acción libre de las
criaturas producirá (Cc. Vaticano I: DS 3003).
303 El testimonio de la Escritura es
unánime: la solicitud de la divina providencia es concreta
e inmediata; tiene cuidado de todo, de las cosas
más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y
de la historia. Las Sagradas Escrituras afirman con fuerza la
soberanía absoluta de Dios en el curso de los
acontecimientos: "Nuestro Dios en los cielos y en la
tierra, todo cuanto le place lo realiza" (Sal 115, 3); y
de Cristo se dice: "si él abre, nadie puede cerrar; si
él cierra, nadie puede abrir" (Ap 3, 7); "hay
muchos proyectos en el corazón del hombre, pero sólo el
plan de Dios se realiza" (Pr 19, 21).
304 Así vemos al Espíritu Santo, autor
principal de la Sagrada Escritura atribuir con frecuencia a
Dios acciones sin mencionar causas segundas. Esto no es
"una manera de hablar" primitiva, sino un modo
profundo de recordar la primacía de Dios y su señorío
absoluto sobre la historia y el mundo (cf Is 10, 5‑15;
45, 5‑7; Dt 32, 39; Si 11, 14) y de educar así para la
confianza en E1. La oración de los salmos es la gran escuela
de esta confianza (cf Sal 22; 32; 35; 103; 138).
305 Jesús pide un abandono filial en la
providencia del Padre celestial que cuida de las más
pequeñas necesidades de sus hijos: "No andéis, pues,
preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿qué vamos a
beber?... Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis
necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia,
y todas esas cosas se os darán por añadidura" (Mt 6, 31‑33;
cf 10, 29‑31).
La providencia y las causas segundas
306 Dios es el Señor soberano de su
designio. Pero para su realización se sirve también del
concurso de las criaturas. Esto no es un signo de debilidad,
sino de la grandeza y bondad de Dios Todopoderoso. Porque Dios
no da solamente a sus criaturas la existencia, les da también
la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas y
principios unas de otras y de cooperar así a la realización
de su designio.
307 Dios concede a los hombres incluso
poder participar libremente en su providencia confiándoles la
responsabilidad de "someter'' la tierra y dominarla (cf
Gn 1, 26‑28). Dios da así a los hombres el ser causas
inteligentes y libres para completar la obra de la Creación,
para perfeccionar su armonía para su bien y el de sus
prójimos. Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de
la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino
no sólo por su acciones y sus oraciones, sino también por
sus sufrimientos (cf Col I, 24) Entonces llegan a ser
plenamente "colaboradores de Dios" (1 Co 3, 9; 1 Ts
3, 2) y de su Reino (cf Col 4, 11).
308 Es una verdad inseparable de la fe en
Dios Creador: Dios actúa en las obras de sus criaturas. Es la
causa primera que opera en y por las causas segundas:
"Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar,
como bien le parece" (Flp 2, 13; cf 1 Co 12, 6). Esta
verdad, lejos de disminuir la dignidad de la criatura, la
realza. Sacada de la nada por el poder, la sabiduría y la
bondad de Dios, no puede nada si está separada de su origen,
porque "sin el Creador la criatura se diluye" (GS
36, 3); menos aún puede ella alcanzar su fin último sin la
ayuda de la gracia (cf Mt 19, 26; Jn 15, 5; Flp 4, 13).
La providencia y el escándalo del mal
309 Si Dios Padre Todopoderoso, Creador del
mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas,
¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como
inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una
respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la
respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama
del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del
hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de su
Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la
Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a
una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a
aceptar libremente, pero a la cual, también libremente, por
un misterio terrible, pueden negarse o rechazar. No hay un
rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta
a la cuestión del mal.
310 Pero ¿por qué Dios no creó un mundo
tan perfecto que en él no pudiera existir ningún mal? En su
poder Infinito, Dios podría siempre crear algo mejor (cf S.
Tomás de A., s. th. I, 25, 6). Sin embargo, en su sabiduría
y bondad Infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo ``en
estado de vía" hacia su perfección última. Este
devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con la
aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto
con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las
construcciones de la naturaleza también las destrucciones.
Por tanto, con el bien físico existe también el mal
físico, mientras la creación no haya alcanzado su
perfecciGn (cf S. Tomás de A., s. gent. 3, 71).
311 Los ángeles y los hombres, criaturas
inteligentes y libres, deben caminar hacia su destino último
por elección libre y amor de preferencia. Por ello pueden
desviarse. De hecho pecaron. Y fue así como el mal moral entró
en el mundo, incomparablemente más grave que el mal físico.
Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la
causa del mal moral, (cf S. Agustín, lib. 1, 1, 1; S. Tomás
de A., s. th. 1‑2, 79, 1). Sin embargo, lo permite,
respetando la libertad de su criatura, y, misteriosamente,
sabe sacar de él el bien:
Porque el Dios Todopoderoso... por ser
soberanamente bueno, no permitiría jamás que en sus obras
existiera algún mal, si El no
fuera suficientemente
poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo
mal (S. Agustín, enchir. 11, 3).
312 Así, con el tiempo, se puede descubrir
que Dios, en su providencia todopoderosa, puede sacar un
bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado
por sus criaturas: "No fuisteis vosotros, dice José a
sus hermanos, los que me enviasteis acá, sino Dios... aunque
vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien,
para hacer sobrevivir... un pueblo numeroso" (Gn 45,
8;50, 20; cf Tb 2, 12‑18 Vg.). Del mayor mal moral que
ha sido cometido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de
Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por
la superabundancia de su gracia (cf Rm 5, 20), sacó el mayor
de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra
Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un
bien.
313 "Todo coopera al bien de los que
aman a Dios" (Rm 8, 28). E1 testimonio de los santos no
cesa de confirmar esta verdad:
Así Santa Catalina de Siena dice a
"los que se escandalizan y se rebelan por lo que les
sucede": "Todo procede del amor, todo está ordenado
a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con
este fin" (dial.4, 138).
Y Santo Tomás Moro, poco antes de su
martirio, consuela a su hija: "Nada puede pasarme que
Dios no quiera. Y todo lo que El quiere, por muy malo que nos
parezca, es en realidad lo mejor" (carta).
Y Juliana de Norwich: "Yo comprendí,
pues, por la gracia de Dios, que era preciso mantenerme
firmemente en la fe y creer con no menos firmeza que todas las
cosas serán para bien..." "Thou shalt see
thyself that all MANNER of thing shall be well " (rev.32).
314 Creemos firmemente que Dios es el
Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su
providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al
final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando
veamos a Dios "cara a cara" (1 Co 13, 12), nos
serán plenamente conocidos los caminos por los cuales,
incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios
habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat
(cf Gn 2, 2) definitivo, en vista del cual creó el cielo
y la tierra.
RESUMEN
315 En la creación del mundo y del
hombre, Dios ofreció el primero y universal testimonio de su
amor todopoderoso y de su sabiduría, el primer anuncio de su
"designio benevolente" que encuentra su fin en la
nueva creación en Cristo.
316 Aunque la obra de la creación se
atribuya particularmente al Padre, es igualmente verdad de
fe que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el principio
único e indivisible de la creación.
317 Sólo Dios ha creado el universo,
libremente, sin ninguna ayuda.
318 Ninguna criatura tiene el poder
Infinito que es necesario para "crear" en el sentido
propio de la palabra, es decir, de producir y de dar el ser a
lo que no lo tenía en modo alguno (llamar a la existencia de
la nada) (cf DS 3624).
319 Dios creó el mundo para manifestar
y comunicar su gloria. La gloria para la que Dios creó a
sus criaturas consiste en que tengan parte en su verdad, su
bondad y su belleza.
320 Dios, que ha creado el universo, lo
mantiene en la existencia por su Verbo, "el Hijo que
sostiene todo con su palabra poderosa" (Hb 1, 3) y por
su Espirita Creador que da la vida.
321 La divina providencia consiste en
las disposiciones por las que Dios conduce con sabiduría y
amor todas las criaturas hasta su fin último.
322 Cristo nos invita al abandono filial
en la providencia de nuestro Padre celestial (cf Mt 6, 26‑34)
y el apóstol S. Pedro insiste: "Confiadle todas
vuestras preocupaciones pues él cuida de vosotros" (I P
5, 7; cf Sal 55, 23).
323 La providencia divina actúa
también por la acción de las criaturas. A los seres humanos
Dios les concede cooperar libremente en sus designios.
324 La permisión divina del mal físico
y del mal moral es misterio que Dios esclarece por su Hijo,
Jesucristo, muerto y resucitado para vencer el mal. La fe nos
da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera
salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo
coneceremos plenamente en la vida eterna.
Parrafo 5 EL CIELO Y LA TIERRA
325 El Símbolo de los Apóstoles profesa
que Dios es "el Creador del cielo y de la tierra", y
el Símbolo de Nicea‑Constantinopla explicita:
"...de todo lo visible y lo invisible".
326 En la Sagrada Escritura, la expresión
"cielo y tierra" significa: todo lo que existe, la
creación entera. Indica también el vínculo que, en el
interior de la creación, a la vez une y distingue cielo y
tierra: "La tierra", es el mundo de los hombres (cf
Sal 115, 16). "E1 cielo" o "los cielos"
puede designar el firmamento (cf Sal 19, 2), pero también el
"lugar" propio de Dios: "nuestro Padre que
está en los cielos" (Mt 5, 16; cf Sal 115, 16), y por
consiguiente también el "cielo", que es la gloria
escatológica. Finalmente, la palabra "cielo" indica
el "lugar" de las criaturas espirituales ‑los
ángeles‑ que rodean a Dios.
327 La profesión de fe del IV Concilio de
Letrán afirma que Dios, "al comienzo del tiempo, creó a
la vez de la nada una y otra criatura, la espiritual y la
corporal, es decir, la angélica y la mundana; luego, la
criatura humana, que participa de las dos realidades, pues
está compuesta de espíritu y de cuerpo" (DS 800; cf DS
3002 y SPF 8).
I LOS ANGELES
La existencia de los ángeles, una verdad
de fe
328 La existencia de seres espirituales, no
corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente
ángeles, es una verdad de fe. E1 testimonio de la Escritura
es tan claro como la unanimidad de la Tradición.
Quiénes son los ángeles
329 S. Agustín dice respecto a ellos:
"Angelus officii nomen est, non naturae. Quaeris numen
huins naturae, spiritus est; quaeris officium, ángelus est:
ex eo quad est, spiritus est, ex eo quod agit, ángelus"
("El nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza.
Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu;
si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel")
(Psal. 103, 1, 15). Con todo su ser, los ángeles son servidores
y mensajeros de Dios. Porque contemplan
"constantemente el rostro de mi Padre que está en los
cielos" (Mt 18, 10), son "agentes de sus órdenes,
atentos a la voz de su palabra" (Sal 103, 20).
330 En tanto que criaturas puramente espirituales,
tienen inteligencia y voluntad: son criaturas personales
(cf Pío XII: DS 3891) e inmortales (cf Lc 20, 36). Superan en
perfección a todas las criaturas visibles. El resplandor de
su gloria da testimonio de ello (cf Dn 10, 9‑12).
Cristo "con todos sus ángeles"
331 Cristo es el centro del mundo de los
ángeles. Los ángeles le pertenecen: "Cuando el Hijo del
hombre venga en su gloria acompañado de todos sus
ángeles..." (Mt 25, 31). Le pertenecen porque fueron
creados por y para E1: "Porque en él fueron
creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las
visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los
Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para
él" (Col 1, 16). Le pertenecen más aún porque los ha
hecho mensajeros de su designio de salvación: "¿Es que
no son todos ellos espíritus servidores con la misión de
asistir a los que han de heredar la salvación?" (Hb 1,
14).
332 Desde la creación (cf Jb 38, 7, donde
los ángeles son llamados "hijos de Dios") y a lo
largo de toda la historia de la salvación, los encontramos,
anunciando de lejos o de cerca, esa salvación y sirviendo al
designio divino de su realización: cierran el paraíso
terrenal (cf Gn 3, 24), protegen a Lot (cf Gn 19), salvan a
Agar y a su hijo (cf Gn 21, 17), detienen la mano de Abraham
(cf Gn 22, 11), la ley es comunicada por su ministerio (cf Hch
7,53), conducen el pueblo de Dios (cf Ex 23, 20‑23),
anuncian nacimientos (cf Jc 13) y vocaciones (cf Jc 6, 11‑24;
Is 6, 6), asisten a los profetas (cf 1 R 19, 5), por no citar
más que algunos ejemplos. Finalmente, el ángel Gabriel
anuncia el nacimiento del Precursor y el de Jesús (cf Lc 1,
11.26).
333 De la Encarnación a la Ascensión, la
vida del Verbo encarnado está rodeada de la adoración y del
servicio de los ángeles. Cuando Dios introduce "a su
Primogénito en el mundo, dice: 'adórenle todos los ángeles
de Dios"' (Hb 1, 6). Su cántico de alabanza en el
nacimiento de Cristo no ha cesado de resonar en la alabanza de
la Iglesia: "Gloria a Dios..." (Lc 2, 14). Protegen
la infancia de Jesús (cf Mt 1, 20; 2, 13.19), sirven a Jesús
en el desierto (cf Mc 1, 12; Mt 4, 11), lo reconfortan en la
agonía (cf Lc 22, 43), cuando E1 habría podido ser salvado
por ellos de la mano de sus enemigos (cf Mt 26, 53) como en
otro tiempo Israel (cf 2 M 10, 29‑30; 11,8). Son
también los ángeles quienes "evangelizan" (Lc 2,
10) anunciando la Buena Nueva de la Encarnación (cf Lc 2, 8‑14),
y de la Resurrección (cf Mc 16, 5‑7) de Cristo. Con
ocasión de la segunda venida de Cristo, anunciada por los
ángeles (cf Hb 1, 10‑11), éstos estarán presentes al
servicio del juicio del Señor (cf Mt 13, 41; 25, 31 ; Lc 12,
8‑9).
Los ángeles en la vida de la Iglesia
334 De aquí que toda la vida de la Iglesia
se beneficie de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles
(cf Hch 5, 18‑20; 8, 26‑29; 10, 3‑8; 12, 6‑11;
27, 23‑25).
335 En su liturgia, la Iglesia se une a los
ángeles para adorar al Dios tres veces santo (cf MR,
"Sanctus"); invoca su asistencia (así en el
"In Paradisum deducant te angeli..." ("Al
Paraíso te lleven los ángeles...") de la liturgia de
difuntos, o también en el "Himno querubínico" de
la liturgia bizantina) y celebra más particularmente la
memoria de ciertos ángeles (S. Miguel, S. Gabriel, S. Rafael,
los ángeles custodios).
336 Desde su comienzo (cf Mt 18, 10) a la
muerte (cf Lc 16, 22), la vida humana está rodeada de su
custodia (cf Sal 34, 8; 91, 1013) y de su intercesión (cf Jb
33, 23‑24; Za 1,12; Tb 12, 12). "Cada fiel tiene a
su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la
vida" (S. Basilio, Eun. 3, 1). Desde esta tierra, la vida
cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada
de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios.
II EL MUNDO VISIBLE
337 Dios mismo es quien ha creado el mundo
visible en toda su riqueza, su diversidad y su orden. La
Escritura presenta la obra del Creador simbólicamente como
una secuencia de seis días "de trabajo" divino que
terminan en el "reposo" del día séptimo (Gn 1, 1‑2,4).
El texto sagrado enseña, a propósito de la creación,
verdades reveladas por Dios para nuestra salvación (cf DV 11)
que permiten "conocer la naturaleza íntima de todas las
criaturas, su valor y su ordenación a la alabanza
divina" (LG 36).
338 Nada existe que no deba su
existencia a Dios creador. El mundo comenzó cuando fue
sacado de la nada por la palabra de Dios; todos los seres
existentes, toda la naturaleza, toda la historia humana están
enraizados en este acontecimiento primordial: es el origen
gracias al cual el mundo es constituido, y el tiempo ha
comenzado (cf S. Agustín, Gen. Man. 1, 2, 4).
339 Toda criatura posee su bondad y su
perfección propias. Para cada una de las obras de los
"seis días" se dice: "Y vio Dios que era
bueno". "Por la condición misma de la creación,
todas las cosas están dotadas de firmeza, verdad y bondad
propias y de un orden" (GS 36, 2). Las distintas
criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su
manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad Infinitas de
Dios. Por esto, el hombre debe respetar la bondad propia de
cada criatura para evitar un uso desordenado de las cosas, que
desprecie al Creador y acarrce consecuencias nefastas para los
hombres y para su ambiente.
340 La interdependencia de las criaturas
es querida por Dios. E1 sol y la luna, el cedro y la
florecilla, el águila y el gorrión: las innumerables
diversidades y desigualdades significan que ninguna criatura
se basta a sí misma, que no existen sino en dependencia unas
de otras, para complementarse y servirse mutuamente.
341 La belleza del universo: el
orden y la armonía del mundo creado derivan de la diversidad
de los seres y de las relaciones que entre ellos existen. El
hombre las descubre progresivamente como leyes de la
naturaleza que causan la admiración de los sabios. La belleza
de la creación refleja la Infinita belleza del Creador. Debe
inspirar el respeto y la sumisión de la inteligencia del
hombre y de su voluntad.
342 La jerarquía de las criaturas está
expresada por el orden de los "seis días", que va
de lo menos perfecto a lo más perfecto. Dios ama todas sus
criaturas (cf Sal 145, 9), cuida de cada una, incluso de los
pajarillos. Pero Jesús dice: "Vosotros valéis más que
muchos pajarillos" (Lc 12, 6‑7), o también:
"¡Cuánto más vale un hombre que una oveja!" (Mt
12, 12).
343 El hombre es la cumbre de la
obra de la creación. El relato inspirado lo expresa
distinguiendo netamente la creación del hombre y la de las
otras criaturas (cf Gn 1, 26).
344 Existe una solidaridad entre todas
las criaturas por el hecho de que todas tienen el mismo
Creador, y que todas están ordenadas a su gloria:
Loado seas por toda criatura, mi Señor, y
en especial loado por el hermano Sol, que alumbra, y abre el
día, y es bello en su esplendor y lleva por los cielos
noticia de su autor.
Y por la hermana agua, preciosa en su
candor, que es útil, casta, humilde: ¡loado mi Señor!
Y por la hermana tierra que es toda
bendición, la hermana madre tierra, que da en toda ocasión
las hierbas y los frutos y flores de
color, y nos
sustenta y rige: ¡loado mi Señor!
Servidle con ternura y humilde corazón,
agradeced sus dones, cantad su creación. Las criaturas todas,
load a mi Señor. Amén.
(S. Francisco de Asís, Cántico de las
criaturas.)
345 El Sabbat, culminación de la obra
de los "seis días". El texto sagrado dice que
"Dios concluyó en el séptimo día la obra que había
hecho" y que así "el cielo y la tierra fueron
acabados"; Dios, en el séptimo día,
"descansó", santificó y bendijo este día (Gn 2, 1‑3).
Estas palabras inspiradas son ricas en enseñanzas
salvíficas:
346 En la creación Dios puso un fundamento
y unas leyes que permanecen estables (cf Hb 4, 3‑4), en
los cuales el creyente podrá apoyarse con confianza, y que
son para él el signo y garantía de la fidelidad
inquebrantable de la Alianza de Dios (cf Jr 31, 35‑37,
33, 19‑26). Por su parte el hombre deberá permanecer
fiel a este fundamento y respetar las leyes que el Creador ha
inscrito en la creación.
347 La creación está hecha con miras al
Sabbat y, por tanto, al culto y a la adoración de Dios. El
culto está inscrito en el orden de la creación (cf Gn 1,
14). "Operi Dei nihil praeponatur" ("Nada se
anteponga a la dedicación a Dios"), dice la regla de S.
Benito, indicando así el recto orden de las preocupaciones
humanas.
348 El Sabbat pertenece al corazón de la
ley de Israel. Guardar los mandamientos es corresponder a la
sabiduría y a la voluntad de Dios, expresadas en su obra de
creación.
349 El octavo día. Pero para
nosotros ha surgido un nuevo día: el día de la Resurrección
de Cristo. El séptimo día acaba la primera creación. Y el
octavo día comienza la nueva creación. Así, la obra de la
creación culmina en una obra todavía más grande: la
Redención. La primera creación encuentra su sentido y su
cumbre en la nueva creación en Cristo, cuyo esplendor
sobrepasa el de la primera (cf MR, vigilia pascual 24,
oración después de la primera lectura).
RESUMEN
350 Los ángeles son criaturas espirituales
que glorifican a Dios sin cesar y que sirven sus designios
salv/ficos con las otras criaturas: "Ad omnia bona nostra
cooperantur angeli" ("Los ángeles cooperan en
toda obra buena que hacemos") (S. Tomás de A., s. th .
1, 114, 3, ad 3).
351 Los ángeles rodean a Cristo, su
Señor. Le sirven particularmente en el cumplimiento de su
misión salvífica para con los hombres.
352 La Iglesia venera a los ángeles que la
ayudan en su peregrinar terrestre y protegen a todo ser
humano.
353 Dios quiso la diversidad de sus
criaturas y la bondad peculiar de cada una, su
interdependencia y su orden. Destinó todas las criaturas
materiales al bien del género humano. El hombre, y toda la
creación a través de él, está destinado a la gloria de
Dios.
354 Respetar las leyes inscritas en la
creación y las relaciones que derivan de la naturaleza de las
cosas es un principio de sabiduría y un fundamento de la
moral.
Párrafo 6 EL HOMBRE
355 "Dios creó al hombre a su imagen,
a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó" (Gn
1,27). El hombre ocupa un lugar único en la creación:
"está hecho a imagen de Dios" (I); en su propia
naturaleza une el mundo espiritual y el mundo material (II);
es creado "hombre y mujer" (III); Dios lo
estableció en la amistad con él. (IV).
I "A IMAGEN DE DIOS"
356 De todas las criaturas visibles sólo
el hombre es "capaz de conocer y amar a su Creador"
(GS 12,3); es la "única criatura en la tierra a la que
Dios ha amado por sí misma" (GS 24,3); sólo él está
llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la
vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la
razón fundamental de su dignidad:
¿Qué cosa, o quién, te ruego, fue el
motivo de que establecieras al hombre en semejante dignidad?
Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el
que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste
cautivar de amor por ella. Por amor lo creaste, por amor le
diste un ser capaz de gustar tu Bien eterno (S. Catalina de
Siena, Diálogo 4,13).
357 Por haber sido hecho a imagen de Dios,
el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente
algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de
darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y
es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a
ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser
puede dar en su lugar.
358 Dios creó todo para el hombre (cf. Gs
12,1; 24,3; 39,1), pero el hombre fue creado para servir y
amar a Dios y para ofrecerle toda la creación:
¿Cuál es, pues, el ser que va a venir a
la existencia rodeado de semejante consideración? Es el
hombre, grande y admirable figura viviente, más precioso a
los ojos de Dios que la creación entera; es el hombre, para
él existen el cielo y la tierra y el mar y la totalidad de la
creación, y Dios ha dado tanta importancia a su salvación
que no ha perdonado a su Hijo único por él. Porque Dios no
ha cesado de hacer todo lo posible para que el hombre subiera
hasta él y se sentara a su derecha (S. Juan Crisóstomo, In
Gen. Sermo 2,1).
359 "Realmente, el el misterio del
hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo
encarnado" (GS 22,1):
San Pablo nos dice que dos hombres dieron
origen al género humano, a saber, Adán y Cristo...El primer
hombre, Adán, fue un ser animado; el último Adán, un
espíritu que da vida. Aquel primer Adán fue creado por el
segundo, de quien recibió el alma con la cual empezó a
vivir... El segundo Adán es aquel que, cuando creó al
primero, colocó en él su divina imagen. De aquí que
recibiera su naturaleza y adoptara su mismo nombre, para que
aquel a quien había formado a su misma imagen no pereciera.
El primer Adán es, en realidad, el nuevo Adán; aquel primer
Adán tuvo principio, pero este último Adán no tiene fin.
Por lo cual, este último es, realmente, el primero, como él
mismo afirma: "Yo soy el primero y yo soy el
último". (S. Pedro Crisólogo, serm. 117).
360 Debido a la comunidad de origen, el
género humano forma una unidad. Porque Dios "creó, de
un solo principio, todo el linaje humano" (Hch 17,26; cf.
Tb 8,6):
Maravillosa visión que nos hace contemplar
el género humano en la unidad de su origen en Dios ...: en la
unidad de su naturaleza, compuesta de igual modo en todos de
un cuerpo material y de un alma espiritual; en la unidad de su
fin inmediato y de su misión en el mundo; en la unidad de su
morada: la tierra, cuyos bienes todos los hombres, por derecho
natural, pueden usar para sostener y desarrollar la vida; en
la unidad de su fin sobrenatural: Dios mismo a quien todos
deben tender; en la unidad de los medios para alcanzar este
fin; ... en la unidad de su rescate realizado para todos por
Cristo (Pío XII, Enc. "Summi Pontificatus" 3; cf.
NA 1).
361 "Esta ley de solidaridad humana y
de caridad (ibid.), sin excluir la rica variedad de las
personas, las culturas y los pueblos, nos asegura que todos
los hombres son verdaderamente hermanos.
II “CORPORE ET ANIMA UNUS”
362 La persona humana, creada a imagen de
Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual. El relato
bíblico expresa esta realidad con un lenguaje simbólico
cuando afirma que "Dios formó al hombre con polvo del
suelo e insufló en sus narices aliento de vida y resultó el
hombre un ser viviente" (Gn 2,7). Por tanto, el hombre en
su totalidad es querido por Dios.
363 A menudo, el término alma designa en
la Sagrada Escritura la vida humana (cf. Mt 16,25-26; Jn
15,13) o toda la persona humana (cf. Hch 2,41). Pero designa
también lo que hay de más íntimo en el hombre (cf. Mt
26,38; Jn 12,27) y de más valor en él (cf. Mt 10,28; 2 M
6,30), aquello por lo que es particularmente imagen de Dios:
"alma" significa el principio espiritual en el
hombre
364 El cuerpo del hombre participa de la
dignidad de la "imagen de Dios": es cuerpo humano
precisamente porque está animado por el alma espiritual, y es
toda la persona humana la que está destinada a ser, en el
Cuerpo de Cristo, el Templo del Espíritu (cf. 1 Co 6,19-20;
15,44-45):
Uno en cuerpo y alma, el hombre, por su
misma condición corporal, reúne en sí los elementos del
mundo material, de tal modo que, por medio de él, éstos
alcanzan su cima y elevan la voz para la libre alabanza del
Creador. Por consiguiente, no es lícito al hombre despreciar
la vida corporal, sino que, por el contrario, tiene que
considerar su cuerpo bueno y digno de honra, ya que ha sido
creado por Dios y que ha de resucitar en el último día (GS
14,1).
365 La unidad del alma y del cuerpo es tan
profunda que se debe considerar al alma como la
"forma" del cuerpo (cf. Cc. de Vienne, año 1312, DS
902); es decir, gracias al alma espiritual, la materia que
integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el
hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas
unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza.
366 La Iglesia enseña que cada alma
espiritual es directamente creada por Dios (cf. Pío XII, Enc.
Humani generis, 1950: DS 3896; Pablo VI, SPF 8) -no es
"producida" por los padres-, y que es inmortal (cf.
Cc. de Letrán V, año 1513: DS 1440): no perece cuando se
separa del cuerpo en la muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo
en la resurrección final.
367 A veces se acostumbra a distinguir
entre alma y espíritu. Así S. Pablo ruega para que nuestro
"ser entero, el espíritu, el alma y el cuerpo" sea
conservado sin mancha hasta la venida del Señor (1 Ts 5,23).
La Iglesia enseña que esta distinción no introduce una
dualidad en el alma (Cc. de Constantinopla IV, año 870: DS
657). "Espíritu" significa que el hombre está
ordenado desde su creación a su fin sobrenatural (Cc.
Vaticano I: DS 3005; cf. GS 22,5), y que su alma es capaz de
ser elevada gratuitamente a la comunión con Dios (cf. Pío
XII, Humani generis, año 1950: DS 3891).
368 La tradición espiritual de la Iglesia
también presenta el corazón en su sentido bíblico de
"lo más profundo del ser" (Jr 31,33), donde la
persona se decide o no por Dios (cf. Dt 6,5; 29,3;Is 29,13; Ez
36,26; Mt 6,21; Lc 8,15; Rm 5,5).
III “HOMBRE Y MUJER LOS CREO”
Igualdad y diferencia queridas por Dios
369 El hombre y la mujer son creados, es
decir, son queridos por Dios: por una parte, en una perfecta
igualdad en tanto que personas humanas, y por otra, en su ser
respectivo de hombre y de mujer. "Ser hombre",
"ser mujer" es una realidad buena y querida por
Dios: el hombre y la mujer tienen una dignidad que nunca se
pierde, que viene inmediatamente de Dios su creador (cf. Gn
2,7.22). El hombre y la mujer son, con la misma dignidad,
"imagen de Dios". En su "ser-hombre" y su
"ser-mujer" reflejan la sabiduría y la bondad del
Creador.
370 Dios no es, en modo alguno, a imagen
del hombre. No es ni hombre ni mujer. Dios es espíritu puro,
en el cual no hay lugar para la diferencia de sexos. Pero las
"perfecciones" del hombre y de la mujer reflejan
algo de la infinita perfección de Dios: las de una madre (cf.
Is 49,14-15; 66,13; Sal 131,2-3) y las de un padre y esposo
(cf. Os 11,1-4; Jr 3,4-19).
“El uno para el otro”, “una unidad de
dos”
371 Creados a la vez, el hombre y la mujer
son queridos por Dios el uno para el otro. La Palabra de Dios
nos lo hace entender mediante diversos acentos del texto
sagrado. "No es bueno que el hombre esté solo. Voy a
hacerle una ayuda adecuada" (Gn 2,18). Ninguno de los
animales es "ayuda adecuada" para el hombre (Gn
2,19-20). La mujer, que Dios "forma" de la costilla
del hombre y presenta a éste, despierta en él un grito de
admiración, una exclamación de amor y de comunión:
"Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi
carne" (Gn 2,23). El hombre descubre en la mujer como un
otro "yo", de la misma humanidad.
372 El hombre y la mujer están hechos
"el uno para el otro": no que Dios los haya hecho
"a medias" e "incompletos"; los ha creado
para una comunión de personas, en la que cada uno puede ser
"ayuda" para el otro porque son a la vez iguales en
cuanto personas ("hueso de mis huesos...") y
complementarios en cuanto masculino y femenino. En el
matrimonio, Dios los une de manera que, formando "una
sola carne" (Gn 2,24), puedan transmitir la vida humana:
"Sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra" (Gn
1,28). Al trasmitir a sus descendientes la vida humana, el
hombre y la mujer, como esposos y padres, cooperan de una
manera única en la obra del Creador (cf. GS 50,1).
373 En el plan de Dios, el hombre y la
mujer están llamados a "someter" la tierra (Gn
1,28) como "administradores" de Dios. Esta
soberanía no debe ser un dominio arbitrario y destructor. A
imagen del Creador, "que ama todo lo que existe" (Sb
11,24), el hombre y la mujer son llamados a participar en la
Providencia divina respecto a las otras cosas creadas. De ahí
su responsabilidad frente al mundo que Dios les ha confiado.
IV EL HOMBRE EN EL PARAISO
374 El primer hombre fue no solamente
creado bueno, sino también constituido en la amistad con su
creador y en armonía consigo mismo y con la creación en
torno a él; amistad y armonía tales que no serán superadas
más que por la gloria de la nueva creación en Cristo.
375 La Iglesia, interpretando de manera
auténtica el simbolismo del lenguaje bíblico a la luz del
Nuevo Testamento y de la Tradición, enseña que nuestros
primeros padres Adán y Eva fueron constituidos en un estado
"de sant idad y de justicia original" (Cc. de
Trento: DS 1511). Esta gracia de la santidad original era una
"participación de la vida divina" (LG 2).
376 Por la irradiación de esta gracia,
todas las dimensiones de la vida del hombre estaban
fortalecidas. Mientras permaneciese en la intimidad divina, el
hombre no debía ni morir (cf. Gn 2,17; 3,19) ni sufrir (cf.
Gn 3,16). La armonía interior de la persona humana, la
armonía entre el hombre y la mujer, y, por último, la
armonía entre la primera pareja y toda la creación
constituía el estado llamado "justicia original".
377 El "dominio" del mundo que
Dios había concedido al hombre desde el comienzo, se
realizaba ante todo dentro del hombre mismo como dominio de
sí. El hombre estaba íntegro y ordenado en todo su ser por
estar libre de la triple concupiscencia (cf. 1 Jn 2,16), que
lo somete a los placeres de los sentidos, a la apetencia de
los bienes terrenos y a la afirmación de sí contra los
imperativos de la razón.
378 Signo de la familiaridad con Dios es el
hecho de que Dios lo coloca en el jardín (cf. Gn 2,8). Vive
allí "para cultivar la tierra y guardarla" (Gn
2,15): el trabajo no le es penoso (cf. Gn 3,17-19), sino que
es la colaboración del hombre y de la mujer con Dios en el
perfeccionamiento de la creación visible.
379 Toda esta armonía de la justicia
original, prevista para el hombre por designio de Dios, se
perderá por el pecado de nuestros primeros padres.
RESUMEN
380 "A imagen tuya creaste al hombre y
le encomendaste el universo entero, para que, sirviéndote
sólo a ti, su Creador, dominara todo lo creado" (MR,
Plegaria eucarística IV, 118).
381 El hombre es predestinado a reproducir
la imagen del Hijo de Dios hecho hombre -"imagen del Dios
invisible" (Col 1,15)-, para que Cristo sea el
primogénito de una multitud de hermanos y de hermanas (cf. Ef
1,3-6; Rm 8,29).
382 El hombre es "corpore et anima
unus" ("una unidad de cuerpo y alma") (GS
14,1). La doctrina de la fe afirma que el alma espiritual e
inmortal es creada de forma inmediata por Dios.
383 "Dios no creó al hombre solo: en
efecto, desde el principio `los creó hombre y mujer' (Gn
1,27). Esta asociación constituye la primera forma de
comunión entre personas" (GS 12,4).
384 La revelación nos da a conocer el
estado de santidad y de justicia originales del hombre y la
mujer antes del pecado: de su amistad con Dios nacía la
felicidad de su existencia en el paraíso.
Párrafo 7 LA CAIDA
385 Dios es infinitamente bueno y todas sus
obras son buenas. Sin embargo, nadie escapa a la experiencia
del sufrimiento, de los males en la naturaleza -que aparecen
como ligados a los límites propios de las criaturas-, y sobre
todo a la cuestión del mal moral. ¿De dónde viene el mal?
"Quaerebam unde malum et non erat exitus"
("Buscaba el origen del mal y no encontraba
solución") dice S. Agustín (conf. 7,7.11), y su propia
búsqueda dolorosa sólo encontrará salida en su conversión
al Dios vivo. Porque "el misterio de la iniquidad"
(2 Ts 2,7) sólo se esclarece a la luz del "Misterio de
la piedad" (1 Tm 3,16). La revelación del amor divino en
Cristo ha manifestado a la vez la extensión del mal y la
sobreabundancia de la gracia (cf. Rm 5,20). Debemos, por
tanto, examinar la cuestión del origen del mal fijando la
mirada de nuestra fe en el que es su único Vencedor (cf. Lc
11,21-22; Jn 16,11; 1 Jn 3,8).
I DONDE ABUNDO EL PECADO, SOBREABUNDO
LA GRACIA
La realidad del pecado
386 El pecado está presente en la historia
del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura
realidad otros nombres. Para intentar comprender lo que es el
pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo
profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación,
el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera
identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe
pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia.
387 La realidad del pecado, y más
particularmente del pecado de los orígenes, sólo se
esclarece a la luz de la Revelación divina. Sin el
conocimiento que ésta nos da de Dios no se puede reconocer
claramente el pecado, y se siente la tentación de explicarlo
únicamente como un defecto de crecimiento, como una debilidad
sicológica, un error, la consecuencia necesaria de una
estructura social inadecuada, etc. Sólo en el conocimiento
del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el
pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas
creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente.
El pecado original - una verdad esencial de
la fe
388 Con el desarrollo de la Revelación se
va iluminando también la realidad del pecado. Aunque el
Pueblo de Dios del Antiguo Testamento conoció de alguna
manera la condición humana a la luz de la historia de la
caída narrada en el Génesis, no podía alcanzar el
significado último de esta historia que sólo se manifiesta a
la luz de la Muerte y de la Resurrección de Jesucristo (cf.
Rm 5,12-21). Es preciso conocer a Cristo como fuente de la
gracia para conocer a Adán como fuente del pecado. El
Espíritu-Paráclito, enviado por Cristo resucitado, es quien
vino "a convencer al mundo en lo referente al
pecado" (Jn 16,8) revelando al que es su Redentor.
389 La doctrina del pecado original es, por
así decirlo, "el reverso" de la Buena Nueva de que
Jesús es el Salvador de todos los hombres, que todos
necesitan salvación y que la salvación es ofrecida a todos
gracias a Cristo. La Iglesia, que tiene el sentido de Cristo
(cf. 1 Cor 2,16) sabe bien que no se puede lesionar la
revelación del pecado original sin atentar contra el Misterio
de Cristo.
Para leer el relato de la caída
390 El relato de la caída (Gn 3) utiliza
un lenguaje hecho de imágenes, pero afirma un acontecimiento
primordial, un hecho que tuvo lugar al comienzo de la historia
del hombre (cf. GS 13,1). La Revelación nos da la certeza de
fe de que toda la historia humana está marcada por el pecado
original libremente cometido por nuestros primeros padres (cf.
Cc. de Trento: DS 1513; Pío XII: DS 3897; Pablo VI, discurso
11 Julio 1966).
II LA CAIDA DE LOS ANGELES
391 Tras la elección desobediente de
nuestros primeros padr es se halla una voz seductora, opuesta
a Dios (cf. Gn 3,1-5) que, por envidia, los hace caer en la
muerte (cf. Sb 2,24). La Escritura y la Tradición de la
Iglesia ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o
diablo (cf. Jn 8,44; Ap 12,9). La Iglesia enseña que primero
fue un ángel bueno, creado por Dios. "Diabolus enim et
alii daemones a Deo quidem natura creati sunt boni, sed ipsi
per se facti sunt mali" ("El diablo y los otros
demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena,
pero ellos se hicieron a sí mismos malos") (Cc. de
Letrán IV, año 1215: DS 800).
392 La Escritura habla de un pecado de
estos ángeles (2 P 2,4). Esta "caída" consiste en
la elección libre de estos espíritus creados que rechazaron
radical e irrevocablemente a Dios y su Reino. Encontramos un
reflejo de esta rebelión en las palabras del tentador a
nuestros primeros padres: "Seréis como dioses" (Gn
3,5). El diablo es "pecador desde el principio" (1
Jn 3,8), "padre de la mentira" (Jn 8,44).
393 Es el carácter irrevocable de su
elección, y no un defecto de la infinita misericordia divina
lo que hace que el pecado de los ángeles no pueda ser
perdonado. "No hay arrepentimiento para ellos después de
la caída, como no hay arrepentimiento para los hombres
después de la muerte" (S. Juan Damasceno, f.o. 2,4: PG
94, 877C).
394 La Escritura atestigua la influencia
nefasta de aquel a quien Jesús llama "homicida desde el
principio" (Jn 8,44) y que incluso intentó apartarlo de
la misión recibida del Padre (cf. Mt 4,1-11). "El Hijo
de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo"
(1 Jn 3,8). La más grave en consecuencias de estas obras ha
sido la seducción mentirosa que ha inducido al hombre a
desobedecer a Dios.
395 Sin embargo, el poder de Satán no es
infinito. No es más que una criatura, poderosa por el hecho
de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no puede impedir
la edificación del Reino de Dios. Aunque Satán actúe en el
mundo por odio contra Dios y su Reino en Jesucristo, y aunque
su acción cause graves daños -de naturaleza espiritual e
indirectamente incluso de naturaleza física-en cada hombre y
en la sociedad, esta acción es permitida por la divina
providencia que con fuerza y dulzura dirige la historia del
hombre y del mundo. El que Dios permita la actividad
diabólica es un gran misterio, pero "nosotros sabemos
que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le
aman" (Rm 8,28)
III EL PECADO ORIGINAL
La prueba de la libertad
396 Dios creó al hombre a su imagen y lo
estableció en su amistad. Criatura espiritual, el hombre no
puede vivir esta amistad más que en la forma de libre
sumisión a Dios. Esto es lo que expresa la prohibición hecha
al hombre de comer del árbol del conocimiento del bien y del
mal, "porque el día que comieres de él, morirás"
(Gn 2,17). "El árbol del conocimiento del bien y del
mal" evoca simbólicamente el límite infranqueable que
el hombre en cuanto criatura debe reconocer libremente y
respetar con confianza. El hombre depende del Creador, está
sometido a las leyes de la Creación y a las normas morales
que regulan el uso de la libertad.
El primer pecado del hombre
397 El hombre, tentado por el diablo, dejó
morir en su corazón la confianza hacia su creador (cf. Gn
3,1-11) y, abusando de su libertad, desobedeció al
mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del
hombre (cf. Rm 5,19). En adelante, todo pecado será una
desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad.
398 En este pecado, el hombre se prefirió
a sí mismo en lugar de Dios, y por ello despreció a Dios:
hizo elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias
de su estado de criatura y, por tanto, contra su propio bien.
El hombre, constituido en un estado de santidad, estaba
destinado a ser plenamente "divinizado" por Dios en
la gloria. Por la seducción del diablo quiso "ser como
Dios" (cf. Gn 3,5), pero "sin Dios, antes que Dios y
no según Dios" (S. Máximo Confesor, ambig.).
399 La Escritura muestra las consecuencias
dramáticas de esta primera desobediencia. Adán y Eva pierden
inmediatamente la gracia de la santidad original (cf. Rm
3,23). Tienen miedo del Dios (cf. Gn 3,9-10) de quien han
concebido una falsa imagen, la de un Dios celoso de sus
prerrogativas (cf. Gn 3,5).
400 La armonía en la que se encontraban,
establecida gracias a la justicia original, queda destruida;
el dominio de las facultades espirituales del alma sobre el
cuerpo se quiebra (cf. Gn 3,7); la unión entre el hombre y la
mujer es sometida a tensiones (cf. Gn 3,11-13); sus relaciones
estarán marcadas por el deseo y el dominio (cf. Gn 3,16). La
armonía con la creación se rompe; la creación visible se
hace para el hombre extraña y hostil (cf. Gn 3,17.19). A
causa del hombre, la creación es sometida "a la
servidumbre de la corrupción" (Rm 8,21). Por fin, la
consecuencia explícitamente anunciada para el caso de
desobediencia (cf. Gn 2,17), se realizará: el hombre
"volverá al polvo del que fue formado" (Gn 3,19).
La muerte hace su entrada en la historia de la humanidad (cf.
Rm 5,12).
401 Desde este primer pecado, una verdadera
invasión de pec ado inunda el mundo: el fratricidio cometido
por Caín en Abel (cf. Gn 4,3-15); la corrupción universal, a
raíz del pecado (cf. Gn 6,5.12; Rm 1,18-32); en la historia
de Israel, el pecado se manifiesta frecuentemente, sobre todo
como una infidelidad al Dios de la Alianza y como
transgresión de la Ley de Moisés; e incluso tras la
Redención de Cristo, entre los cristianos, el pecado se
manifiesta, entre los cristianos, de múltiples maneras (cf. 1
Co 1-6; Ap 2-3). La Escritura y la Tradición de la Iglesia no
cesan de recordar la presencia y la universalidad del pecado
en la historia del hombre:
Lo que la revelación divina nos enseña
coincide con la misma experiencia. Pues el hombre, al examinar
su corazón, se descubre también inclinado al mal e inmerso
en muchos males que no pueden proceder de su Creador, que es
bueno. Negándose con frecuencia a reconocer a Dios como su
principio, rompió además el orden debido con respecto a su
fin último y, al mismo tiempo, toda su ordenación en
relación consigo mismo, con todos los otros hombres y con
todas las cosas creadas (GS 13,1).
Consecuencias del pecado de Adán para la
humanidad
402 Todos los hombres están implicados en
el pecado de Adán. S. Pablo lo afirma: "Por la
desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos
pecadores" (Rm 5,19): "Como por un solo hombre
entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así
la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos
pecaron..." (Rm 5,12). A la universalidad del pecado y de
la muerte, el Apóstol opone la universalidad de la salvación
en Cristo: "Como el delito de uno solo atrajo sobre todos
los hombres la condenación, así también la obra de justicia
de uno solo (la de Cristo) procura a todos una justificación
que da la vida" (Rm 5,18).
403 Siguiendo a S. Pablo, la Iglesia ha
enseñado siempre que la inmensa miseria que oprime a los
hombres y su inclinación al mal y a la muerte no son
comprensibles sin su conexión con el pecado de Adán y con el
hecho de que nos ha transmitido un pecado con que todos
nacemos afectados y que es "muerte del alma" (Cc. de
Trento: DS 1512). Por esta certeza de fe, la Iglesia concede
el Bautismo para la remisión de los pecados incluso a los
niños que no han cometido pecado personal (Cc. de Trento: DS
1514).
404 ¿Cómo el pecado de Adán vino a ser
el pecado de todos sus descendientes? Todo el género humano
es en Adán "sicut unum corpus unius hominis"
("Como el cuerpo único de un único hombre") (S.
Tomás de A., mal. 4,1). Por esta "unidad del género
humano", todos los hombres están implicados en el pecado
de Adán, como todos están implicados en la justicia de
Cristo. Sin embargo, la transmisión del pecado original es un
misterio que no podemos comprender plenamente. Pero sabemos
por la Revelación que Adán había recibido la santidad y la
justicia originales no para él solo sino para toda la
naturaleza humana: cediendo al tentador, Adán y Eva cometen
un pecado personal, pero este pecado afecta a la naturaleza
humana, que transmitirán en un estado caído (cf. Cc. de
Trento: DS 1511-12). Es un pecado que será transmitido por
propagación a toda la humanidad, es decir, por la
transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y
de la justicia originales. Por eso, el pecado original es
llamado "pecado" de manera análoga: es un pecado
"contraído", "no cometido", un estado y
no un acto.
405 Aunque propio de cada uno (cf. Cc. de
Trento: DS 1513), el pecado original no tiene, en ningún
descendiente de Adán, un carácter de falta personal. Es la
privación de la santidad y de la justicia originales, pero la
naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida
en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al
sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado
(esta inclinación al mal es llamada
"concupiscencia"). El Bautismo, dando la vida de la
gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el
hombre a Dios, pero las consecuencias para la naturaleza,
debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo
llaman al combate espiritual.
406 La doctrina de la Iglesia sobre la
transmisión del pecado original fue precisada sobre todo en
el siglo V, en particular bajo el impulso de la reflexión de
S. Agustín contra el pelagianismo, y en el siglo XVI, en
oposición a la Reforma protestante. Pelagio sostenía que el
hombre podía, por la fuerza natural de su voluntad libre, sin
la ayuda necesaria de la gracia de Dios, llevar una vida
moralmente buena: así reducía la influencia de la falta de
Adán a la de un mal ejemplo. Los primeros reformadores
protestantes, por el contrario, enseñaban que el hombre
estaba radicalmente pervertido y su libertad anulada por el
pecado de los orígenes; identificaban el pecado heredado por
cada hombre con la tendencia al mal
("concupiscentia"), que sería insuperable. La
Iglesia se pronunció especialmente sobre el sentido del dato
revelado respecto al pecado original en el II Concilio de
Orange en el año 529 (cf. DS 371-72) y en el Concilio de
Trento, en el año 1546 (cf. DS 1510-1516).
Un duro combate...
407 La doctrina sobre el pecado original
-vinculada a la de la Redención de Cristo- proporciona una
mirada de discernimiento lúcido sobre la situación del
hombre y de su obrar en el mundo. Por el pecado de los
primeros padres, el diablo adquirió un cierto dominio sobre
el hombre, aunque éste permanezca libre. El pecado original
entraña "la servidumbre bajo el poder del que poseía el
imperio de la muerte, es decir, del diablo" (Cc. de
Trento: DS 1511, cf. Hb 2,14). Ignorar que el hombre posee una
naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores
en el dominio de la educación, de la política, de la acción
social (cf. CA 25) y de las costumbres.
408 Las consecuencias del pecado original y
de todos los pecados personales de los hombres confieren al
mundo en su conjunto una condición pecadora, que puede ser
designada con la expresión de S. Juan: "el pecado del
mundo" (Jn 1,29). Mediante esta expresión se significa
también la influencia negativa que ejercen sobre las personas
las situaciones comunitarias y las estructuras sociales que
son fruto de los pecados de los hombres (cf. RP 16).
409 Esta situación dramática del mundo
que "todo entero yace en poder del maligno" (1 Jn
5,19; cf. 1 P 5,8), hace de la vida del hombre un combate:
A través de toda la historia del hombre se
extiend e una dura batalla contra los poderes de las tinieblas
que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el
último día según dice el Señor. Inserto en esta lucha, el
hombre debe combatir continuamente para adherirse al bien, y
no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de Dios, es
capaz de lograr la unidad en sí mismo (GS 37,2).
IV “NO LO ABANDONASTE AL PODER DE LA
MUERTE”
410 Tras la caída, el hombre no fue
abandonado por Dios. Al contrario, Dios lo llama (cf. Gn 3,9)
y le anuncia de modo misterioso la victoria sobre el mal y el
levantamiento de su caída (cf. Gn 3,15). Este pasaje del
Génesis ha sido llamado "Protoevangelio", por ser
el primer anuncio del Mesías redentor, anuncio de un combate
entre la serpiente y la Mujer, y de la victoria final de un
descendiente de ésta.
411 La tradición cristiana ve en este
pasaje un anuncio del "nuevo Adán" (cf. 1 Co
15,21-22.45) que, por su "obediencia hasta la muerte en
la Cruz" (Flp 2,8) repara con sobreabundancia la
descendencia de Adán (cf. Rm 5,19-20). Por otra parte,
numerosos Padres y doctores de la Iglesia ven en la mujer
anunciada en el "protoevangelio" la madre de Cristo,
María, como "nueva Eva". Ella ha sido la que, la
primera y de una manera única, se benefició de la victoria
sobre el pecado alcanzada por Cristo: fue preservada de toda
mancha de pecado original (cf. Pío IX: DS 2803) y, durante
toda su vida terrena, por una gracia especial de Dios, no
cometió ninguna clase de pecado (cf. Cc. de Trento: DS 1573).
412 Pero, ¿por qué Dios no impidió que
el primer hombre pecara? S. León Magno responde: "La
gracia inefable de Cristo nos ha dado bienes mejores que los
que nos quitó la envidia del demonio" (serm. 73,4). Y S.
Tomás de Aquino: "Nada se opone a que la naturaleza
humana haya sido destinada a un fin más alto después de
pecado. Dios, en efecto, permite que los males se hagan para
sacar de ellos un mayor bien. De ahí las palabras de S.
Pablo: `Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia' (Rm
5,20). Y el canto del Exultet: `¡Oh feliz culpa que mereció
tal y tan grande Redentor!'" (s.th. 3,1,3, ad 3).
RESUMEN
413 "No fue Dios quien hizo la muerte
ni se recrea en la destrucción de los vivientes...por envidia
del diablo entró la muerte en el mundo" (Sb 1,13; 2,24).
414 Satán o el diablo y los otros demonios
son ángeles caídos por haber rechazado libremente servir a
Dios y su designio. Su opción contra Dios es definitiva.
Intentan asociar al hombre en su rebelión contra Dios.
415 "Constituido por Dios en la
justicia, el hombre, sin em bargo, persuadido por el Maligno,
abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia,
levantándose contra Dios e intentando alcanzar su propio fin
al margen de Dios" (GS 13,1).
416 Por su pecado, Adán, en cuanto primer
hombre, perdió la santidad y la justicia originales que
había recibido de Dios no solamente para él, sino para todos
los humanos.
417 Adán y Eva transmitieron a su
descendencia la naturaleza humana herida por su primer pecado,
privada por tanto de la santidad y la justicia originales.
Esta privación es llamada "pecado original".
418 Como consecuencia del pecado original,
la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas,
sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la
muerte, e inclinada al pecado (inclinación llamada
"concupisc encia").
419 "Mantenemos, pues, siguiendo el
concilio de Trento, que el pecado original se transmite,
juntamente con la naturaleza humana, `por propagación, no por
imitación' y que `se halla como propio en cada uno'"
(Pablo VI, SPF 16).
420 La victoria sobre el pecado obtenida
por Cristo nos ha dado bienes mejores que los que nos quitó
el pecado: "Donde abundó el pecado, sobreabundó la
gracia" (Rm 5,20).