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CAPITULO SEGUNDO
DIOS AL ENCUENTRO
DEL HOMBRE
Mediante la razón natural, el hombre puede
conocer a Dios con certeza a partir de sus obras. Pero existe otro
orden de conocimiento que el hombre no puede de ningún modo
alcanzar por sus propias fuerzas, el de la Revelación divina (cf.
Cc. Vaticano I: DS 3015). Por una decisión enteramente libre,
Dios se revela y se da al hombre. Lo hace revelando su misterio,
su designio benevolente que estableció desde la eternidad en
Cristo en favor de todos los hombres. Revela plenamente su
designio enviando a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, y al
Espíritu Santo.
Artículo 1 LA REVELACION DE DIOS
I DIOS REVELA SU DESIGNIO AMOROSO
"Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a
sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el
cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen
acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la
naturaleza divina" (DV 2).
Dios, que "habita una luz
inaccesible" (1 Tm 6,16) quiere comunicar su propia vida
divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de
ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos (cf. Ef 1,4-5). Al
revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de
responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos
serían capaces por sus propias fuerzas.
El designio divino de la revelación se realiza
a la vez "mediante acciones y palabras", íntimamente
ligadas entre sí y que se esclarecen mutuamente (DV 2). Este
designio comporta una "pedagogía divina" particular:
Dios se comunica gradualmente al hombre, lo prepara por etapas
para acoger la Revelación sobrenatural que hace de sí mismo y
que culminará en la Persona y la misión del Verbo encarnado,
Jesucristo.
S. Ireneo de Lyon habla en varias ocasiones de
esta pedagogía divina bajo la imagen de un mutuo acostumbrarse
entre Dios y el hombre: "El Verbo de Dios ha habitado en el
hombre y se ha hecho Hijo del hombre para acostumbrar al hombre a
comprender a Dios y para acostumbrar a Dios a habitar en el
hombre, según la voluntad del Padre" (haer. 3,20,2; cf. por
ejemplo 17,1; 4,12,4; 21,3).
II LAS ETAPAS DE LA REVELACION
Desde el origen, Dios se da a conocer
"Dios, creándolo todo y conservándolo
por su Verbo, da a los hombres testimonio perenne de sí en las
cosas creadas, y, queriendo abrir el camino de la salvación
sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros
primeros padres ya desde el principio" (DV 3). Los invitó a
una comunión íntima con él revistiéndolos de una gracia y de
una justicia resplandecientes.
Esta revelación no fue interrumpida por el
pecado de nuestros primeros padres. Dios, en efecto,
"después de su caída alentó en ellos la esperanza de la
salvación con la promesa de la redención, y tuvo incesante
cuidado del género humano, para dar la vida eterna a todos los
que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas
obras" (DV 3).
Cuando por desobediencia perdió tu amistad, no
lo abandonaste al poder de la muerte...Reiteraste, además, tu
alianza a los hombres (MR, Plegaria eucarística IV,118).
La alianza con Noé
Una vez rota la unidad del género humano por
el pecado, Dios decide desde el comienzo salvar a la humanidad a
través de una serie de etapas. La Alianza con Noé después del
diluvio (cf. Gn 9,9) expresa el principio de la Economía divina
con las "naciones", es decir con los hombres agrupados
"según sus países, cada uno según su lengua, y según sus
clanes" (Gn 10,5; cf. 10,20-31).
Este orden a la vez cósmico, social y
religioso de la pluralidad de las naciones (cf. Hch 17,26-27),
está destinado a limitar el orgullo de una humanidad caída que,
unánime en su perversidad (cf. Sb 10,5), quisiera hacer por sí
misma su unidad a la manera de Babel (cf. Gn 11,4-6). Pero, a
causa del pecado (cf. Rom 1,18-25), el politeísmo así como la
idolatría de la nación y de su jefe son una amenaza constante de
vuelta al paganismo para esta economía aún no definitiva.
La alianza con Noé permanece en vigor mientras
dura el tiempo de las naciones (cf. Lc 21,24), hasta la
proclamación universal del evangelio. La Biblia venera algunas
grandes figuras de las "naciones", como "Abel el
justo", el rey-sacerdote Melquisedec (cf. Gn 14,18), figura
de Cristo (cf. Hb 7,3), o los justos "Noé, Daniel y
Job" (Ez 14,14). De esta manera, la Escritura expresa qué
altura de santidad pueden alcanzar los que viven según la alianza
de Noé en la espera de que Cristo "reúna en uno a todos los
hijos de Dios dispersos" (Jn 11,52).
Dios elige a Abraham
Para reunir a la humanidad dispersa, Dios elige
a Abraham llamándolo "fuera de su tierra, de su patria y de
su casa" (Gn 12,1), para hacer de él "Abraham", es
decir, "el padre de una multitud de naciones" (Gn 17,5):
"En ti serán benditas todas las naciones de la tierra"
(Gn 12,3 LXX; cf. Ga 3,8).
El pueblo nacido de Abraham será el
depositario de la promesa hecha a los patriarcas, el pueblo de la
elección (cf. Rom 11,28), llamado a preparar la reunión un día
de todos los hijos de Dios en la unidad de loa Iglesia (cf. Jn
11,52; 10,16); ese pueblo será la raíz en la que serán
injertados los paganos hechos creyentes (cf. Rom 11,17-18.24).
Los patriarcas, los profetas y otros personajes
del Antiguo Testamento han sido y serán siempre venerados como
santos en todas las tradiciones litúrgicas de la Iglesia.
Dios forma a su pueblo Israel
Después de la etapa de los patriarcas, Dios
constituyó a Israel como su pueblo salvándolo de la esclavitud
de Egipto. Estableció con él la alianza del Sinaí y le dio por
medio de Moisés su Ley, para que lo reconociese y le sirviera
como al único Dios vivo y verdadero, Padre providente y juez
justo, y para que esperase al Salvador prometido (cf. DV 3).
Israel es el pueblo sacerdotal de Dios (cf. Ex
19,6), el que "lleva el Nombre del Señor" (Dt 28,10).
Es el pueblo de aquellos "a quienes Dios habló primero"
(MR, Viernes Santo 13: oración universal VI), el pueblo de los
"hermanos mayores" en la fe de Abraham.
Por los profetas, Dios forma a su pueblo en la
esperanza de la salvación, en la espera de una Alianza nueva y
eterna destinada a todos los hombres (cf. Is 2,2-4), y que será
grabada en los corazones (cf. Jr 31,31-34; Hb 10,16). Los profetas
anuncian una redención radical del pueblo de Dios, la
purificación de todas sus infidelidades (cf. Ez 36), una
salvación que incluirá a todas las naciones (cf. Is 49,5-6;
53,11). Serán sobre todo los pobres y los humildes del Señor
(cf. So 2,3) quienes mantendrán esta esperanza. Las mujeres
santas como Sara, Rebeca, Raquel, Miriam, Débora, Ana, Judit y
Ester conservaron viva la esperanza de la salvación de Israel. De
ellas la figura más pura es María (cf. Lc 1,38).
III CRISTO JESUS-"MEDIADOR Y PLENITUD
DE TODA LA REVELACION" (DV 2)
Dios ha dicho todo en su Verbo
"De una manera fragmentaria y de muchos
modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los
Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo"
(Hb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra
única, perfecta e insuperable del Padre. En El lo dice todo, no
habrá otra palabra más que ésta. S. Juan de la Cruz, después de
otros muchos, lo expresa de manera luminosa, comentando Hb 1,1-2:
Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es
una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de
una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar; porque lo
que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en el
todo, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora
quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no
sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo
los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad
(San Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo 2,22,3-5: Biblioteca
Mística Carmelitana, v. 11 (Burgos 1929), p. 184.).
No habrá otra revelación
"La economía cristiana, como alianza nueva
y definitiva, nunca cesará y no hay que esperar ya ninguna
revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro
Señor Jesucristo" (DV 4). Sin embargo, aunque la Revelación
esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a
la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el
transcurso de los siglos.
A lo largo de los siglos ha habido revelaciones
llamadas "privadas", algunas de las cuales han sido
reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo, no
pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de
"mejorar" o "completar" la Revelación
definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en
una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la
Iglesia, el sentir de los fieles (sensus fidelium) sabe
discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una
llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia.
La fe cristiana no puede aceptar
"revelaciones" que pretenden superar o corregir la
Revelación de la que Cristo es la plenitud. Es el caso de ciertas
Religiones no cristianas y también de ciertas sectas recientes que
se fundan en semejantes "revelaciones".
RESUMEN
Por amor, Dios se ha revelado y se ha entregado
al hombre. De este modo da una respuesta definitiva y sobreabundante
a las cuestiones que el hombre se plantea sobre el sentido y la
finalidad de su vida.
Dios se ha revelado al hombre comunicándole
gradualmente su propio Misterio mediante obras y palabras.
Más allá del testimonio que Dios da de sí
mismo en las cosas creadas, se manifestó a nuestros primeros
padres. Les habló y, después de la caída, les prometió la
salvación (cf. Gn 3,15), y les ofreció su alianza.
Dios selló con Noé una alianza eterna entre El
y todos los seres vivientes (cf. Gn 9,16). Esta alianza durará
tanto como dure el mundo.
Dios eligió a Abraham y selló una alianza con
él y su descendencia. De él formó a su pueblo, al que reveló su
ley por medio de Moisés. Lo preparó por los profetas para acoger
la salvación destinada a toda la humanidad.
Dios se ha revelado plenamente enviando a su
propio Hijo, en quien ha establecido su alianza para siempre. El
Hijo es la Palabra definitiva del Padre, de manera que no habrá ya
otra Revelación después de El.
Artículo 2 LA TRANSMISION DE LA
REVELACION DIVINA
Dios "quiere que todos los hombres se salven
y lleguen al conocimiento de la verdad" ( 1 Tim 2,4), es decir,
al conocimiento de Cristo Jesús (cf. Jn 14,6). Es preciso, pues,
que Cristo sea anunciado a todos los pueblos y a todo s los hombres
y que así la Revelación llegue hasta los confines del mundo:
Dios quiso que lo que había revelado para
salvación de todos los pueblos se conservara por siempre íntegro y
fuera transmitido a todas las edades (DV 7).
I LA TRADICION APOSTOLICA
"Cristo nuestro Señor, plenitud de la
revelación, mandó a los Apóstoles predicar a todos los hombres el
Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de
conducta, comunicándoles así los bienes divinos: el Evangelio
prometido por los profetas, que el mismo cumplió y promulgó con su
boca" (DV 7).
La predicación apostólica...
La transmisión del evangelio, según el mandato
del Señor, se hizo de dos maneras:
oralmente: "los apóstoles, con su
predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de
palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y
lo que el Espíritu Santo les enseñó";
por escrito: "los mismos apóstoles y
otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la
salvación inspirados por el Espíritu Santo" (DV 7).
… continuada en la sucesión apostólica
"Para que este Evangelio se conservara
siempre vivo y entero en la Iglesia, los apóstoles nombraron como
sucesores a los obispos, 'dejándoles su cargo en el
magisterio'" (DV 7). En efecto, "la predicación
apostólica, expresada de un modo especial en los libros sagrados,
se ha de conservar por transmisión continua hasta el fin de los
tiempos" (DV 8).
Esta transmisión viva, llevada a cabo en el
Espíritu Santo es llamada la Tradición en cuanto distinta de la
Sagrada Escritura, aunque estrechamente ligada a ella. Por ella,
"la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y
transmite a todas las edades lo que es y lo que cree" (DV 8).
"Las palabras de los Santos Padres atestiguan la presencia viva
de esta Tradición, cuyas riquezas van pasando a loa práctica y a
la vida de la Iglesia que cree y ora" (DV 8).
Así, la comunicación que el Padre ha hecho de
sí mismo por su Verbo en el Espíritu Santo sigue presente y activa
en la Iglesia: "Dios, que habló en otros tiempos, sigue
conservando siempre con la Esposa de su Hijo amado; así el
Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la
Iglesia, y por ella en el mundo entero, va introduciendo a los
fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la
palabra de Cristo" (DV 8).
II LA RELACION ENTRE LA TRADICION
Y LA SAGRADA ESCRITURA
Una fuente común...
La Tradición y la Sagrada Escritura "están
íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la
misma fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo
fin" (DV 9). Una y otra hacen presente y fecundo en la Iglesia
el misterio de Cristo que ha prometido estar con los suyos
"para siempre hasta el fin del mundo" (Mt 28,20).
… dos modos distintos de transmisión
"La Sagrada Escritura es la palabra
de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu
Santo".
"La Tradición recibe la palabra de
Dios, encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a los apóstoles,
y la transmite íntegra a los sucesores; para que ellos, iluminados
por el Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y la
difundan fielmente en su predicación"
De ahí resulta que la Iglesia, a la cual está
confiada la transmisión y la interpretación de la Revelación
"no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo
revelado. Y así se han de recibir y respetar con el mismo espíritu
de devoción" (DV 9).
Tradición apostólica y tradiciones eclesiales
La Tradición de que hablamos aquí es la que
viene de los apóstoles y transmite lo que estos recibieron de las
enseñanzas y del ejemplo de Jesús y lo que aprendieron por el
Espíritu Santo. En efecto, la primera generación de cristianos no
tenía aún un Nuevo Testamento escrito, y el Nuevo Testamento mismo
atestigua el proceso de la Tradición viva.
Es preciso distinguir de ella las
"tradiciones" teológicas, disciplinares, litúrgicas o
devocionales nacidas en el transcurso del tiempo en las Iglesias
locales. Estas constituyen formas particulares en las que la gran
Tradición recibe expresiones adaptadas a los diversos lugares y a
las diversas épocas. Sólo a la luz de la gran Tradición aquellas
pueden ser mantenidas, modificadas o también abandonadas bajo la
guía del Magisterio de la Iglesia.
III LA INTERPRETACION DEL DEPOSITO DE LA FE
El depósito de la fe confiado a la totalidad de
la Iglesia
"El depósito sagrado" (cf. 1 Tm 6,20;
2 Tm 1,12-14) de la fe (depositum fidei), contenido en la
Sagrada Tradición y en la Sagrada Escritura fue confiado por los
apóstoles al conjunto de la Iglesia. "Fiel a dicho depósito,
el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores, persevera siempre
en la doctrina apostólica y en la unión, en la eucaristía y la
oración, y así se realiza una maravillosa concordia de pastores y
fieles en conservar, practicar y profesar la fe recibida" (DV
10).
El Magisterio de la Iglesia
"El oficio de interpretar auténticamente la
palabra de Dios, oral o escritura, ha sido encomendado sólo al
Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de
Jesucristo" (DV 10), es decir, a los obispos en comunión con
el sucesor de Pedro, el obispo de Roma.
"El Magisterio no está por encima de la
palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo
transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del
Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo
explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo
que propone como revelado por Dios para ser creído" (DV 10).
Los fieles, recordando la palabra de Cristo a sus
Apóstoles: "El que a vosotros escucha a mi me escucha"
(Lc 10,16; cf. LG 20), reciben con docilidad las enseñanzas y
directrices que sus pastores les dan de diferentes formas.
Los dogmas de la fe
El Magisterio de la Iglesia ejerce plenamente la
autoridad que tiene de Cristo cuando define dogmas, es decir, cuando
propone, de una forma que obliga al pueblo cristiano a una adhesión
irrevocable de fe, verdades contenidas en la Revelación divina o
también cuando propone de manera definitiva verdades que tienen con
ellas un vínculo necesario.
Existe un vínculo orgánico entre nuestra vida
espiritual y los dogmas. Los dogmas son luces en el camino de
nuestra fe, lo iluminan y lo hacen seguro. De modo inverso, si
nuestra vida es recta, nuestra inteligencia y nuestro corazón
estarán abiertos para acoger la luz de los dogmas de la fe (cf. Jn
8,31-32).
Los vínculos mutuos y la coherencia de los
dogmas pueden ser hallados en el conjunto de la Revelación del
Misterio de Cristo (cf. Cc. Vaticano I: DS 3016: "nexus
mysteriorum"; LG 25). "Existe un orden o `jerarquía' de
las verdades de la doctrina católica, puesto que es diversa su
conexión con el fundamento de la fe cristiana" (UR 11)
El sentido sobrenatural de la fe
Todos los fieles tienen parte en la comprensión
y en la transmisión de la verdad revelada. Han recibido la unción
del Espíritu Santo que los instruye (cf. 1 Jn 2,20.27) y los
conduce a la verdad completa (cf. Jn 16,13).
"La totalidad de los fieles ... no puede
equivocarse en la fe. Se manifiesta esta propiedad suya, tan
peculiar, en el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo:
cuando 'desde los obispos hasta el último de los laicos cristianos'
muestran estar totalmente de acuerdo en cuestiones de fe y de
moral" (LG 12).
"El Espíritu de la verdad suscita y
sostiene este sentido de la fe. Con él, el Pueblo de Dios, bajo la
dirección del magisterio...se adhiere indefectiblemente a la fe
transmitida a los santos de una vez para siempre, la profundiza con
un juicio recto y la aplica cada día más plenamente en la
vida" (LG 12).
El crecimiento en la inteligencia de la fe
Gracias a la asistencia del Espíritu Santo, la
inteligencia tanto de las realidades como de las palabras del
depósito de la fe puede crecer en la vida de la Iglesia:
– "Cuando los fieles las contemplan y
estudian repasándolas en su corazón" (DV 8); es en particular
la investigación teológica quien debe " profundizar en el
conocimiento de la verdad revelada" (GS 62,7; cfr. 44,2; DV 23;
24; UR 4).
– Cuando los fieles "comprenden
internamente los misterios que viven" (DV 8); "Divina
eloquia cum legente crescunt" (S.Gregorio Magno, Homilía sobre
Ez 1,7,8: PL 76, 843 D).
– "Cuando las proclaman los obispos,
sucesores de los apóstoles en el carisma de la verdad" (DV 8).
"La Tradición, la Escritura y el Magisterio
de la Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos y
ligados, de modo que ninguno puede subsistir sin los otros; los
tres, cada uno según su carácter, y bajo la acción del único
Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las
almas" (DV 10,3).
RESUMEN
Lo que Cristo confió a los apóstoles, estos lo
transmitieron por su predicación y por escrito, bajo la
inspiración del Espíritu Santo, a todas las generaciones hasta el
retorno glorioso de Cristo.
"La Tradición y la Sagrada Escritura
constituyen el depósito sagrado de la palabra de Dios" (DV
10), en el cual, como en un espejo, la Iglesia peregrinante
contempla a Dios, fuente de todas sus riquezas.
"La Iglesia con su enseñanza, su vida, su
culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que
cree" (DV 8).
En virtud de su sentido sobrenatural de la fe,
todo el Pueblo de Dios no cesa de acoger el don de la Revelación
divina, de penetrarla más profundamente y de vivirla de modo más
pleno.
El oficio de interpretar auténticamente la
Palabra de Dios ha sido confiado únicamente al Magisterio de la
Iglesia, al Papa y a los obispos en comunión con él.
Artículo 3: LA SAGRADA ESCRITURA
I CRISTO, PALABRA ÚNICA DE LA SAGRADA ESCRITURA
101 En la condescendencia de su bondad, Dios,
para revelarse a los hombres, les habla en palabras humanas:
"La palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace
semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre
asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los
hombres " (DV 13).
102 A través de todas las palabras de la Sagrada
Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien
él se dice en plenitud (cf. Hb 1,1-3):
Recordad que es una misma Palabra de Dios la que
se extiende en todas las escrituras, que es un mismo Verbo que
resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo
al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está
sometido al tiempo (S. Agustín, Psal. 103,4,1).
103 Por esta razón, la Iglesia ha venerado
siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del
Señor. No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se
distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo
(cf. DV 21).
104 En la Sagrada Escritura, la Iglesia encuentra
sin cesar su alimento y su fuerza (cf. DV 24), porque, en ella, no
recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la
Palabra de Dios (cf. 1 Ts 2,13). "En los libros sagrados, el
Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus
hijos para conversar con ellos" (DV 21).
II INSPIRACION Y VERDAD DE LA SAGRADA ESCRITURA
105 Dios es el autor de la Sagrada Escritura.
"Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y
manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración
del Espíritu Santo".
"La santa Madre Iglesia, fiel a la base de
los apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y del
Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos,
en cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen
a Dios como autor, y como tales han sido confiados a la
Iglesia" (DV 11).
106 Dios ha inspirado a los autores humanos de
los libros sagrados. "En la composición de los libros
sagrados, Dios se valió de hombres elegidos, que usaban de todas
sus facultades y talentos; de este modo obrando Dios en ellos y por
ellos, como verdaderos autores, pusieron por escrito todo y sólo lo
que Dios quería" (DV 11).
107 Los libros inspirados enseñan la verdad.
"Como todo lo que afirman los hagiógrafos, o autores
inspirados, lo afirma el Espíritu Santo, se sigue que los libros
sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que
Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra"
(DV 11).
Sin embargo, la fe cristiana no es una
"religión del Libro". El cristianismo es la religión de
la "Palabra" de Dios, "no de un verbo escrito y mudo,
sino del Verbo encarnado y vivo" (S. Bernardo, hom. miss.
4,11). Para que las Escrituras no queden en letra muerta, es preciso
que Cristo, Palabra eterna del Dios vivo, por el Espíritu Santo,
nos abra el espíritu a la inteligencia de las mismas (cf. Lc
24,45).
III EL ESPÍRITU SANTO, INTÉRPRETE DE LA
ESCRITURA
En la Sagrada Escritura, Dios habla al hombre a
la manera de los hombres. Por tanto, para interpretar bien la
Escritura, es preciso estar atento a lo que los autores humanos
quisieron verdaderamente afirmar y a lo que Dios quiso manifestarnos
mediante sus palabras (cf. DV 12,1).
Para descubrir la intención de los autores
sagrados es preciso tener en cuenta las condiciones de su tiempo
y de su cultura, los "géneros literarios" usados en
aquella época, las maneras de sentir, de hablar y de narrar en
aquel tiempo. "Pues la verdad se presenta y se enuncia de modo
diverso en obras de diversa índole histórica, en libros
proféticos o poéticos, o en otros géneros literarios" (DV
12,2).
Pero, dado que la Sagrada Escritura es inspirada,
hay otro principio de la recta interpretación , no menos importante
que el precedente, y sin el cual la Escritura sería letra muerta:
"La Escritura se ha de leer e interpretar con el mismo
Espíritu con que fue escrita" (DV 12,3).
El Concilio Vaticano II señala tres criterios
para una interpretación de la Escritura conforme al Espíritu que
la inspiró (cf. DV 12,3):
112 1. Prestar una gran atención "al
contenido y a la unidad de toda la Escritura". En efecto,
por muy diferentes que sean los libros que la componen, la Escritura
es una en razón de la unidad del designio de Dios , del que Cristo
Jesús es el centro y el corazón, abierto desde su Pascua (cf. Lc
24,25-27. 44-46).
El corazón (cf. Sal 22,15) de Cristo designa la
sagrada Escritura que hace conocer el corazón de Cristo. Este
corazón estaba cerrado antes de la Pasión porque la Escritura era
oscura. Pero la Escritura fue abierta después de la Pasión, porque
los que en adelante tienen inteligencia de ella consideran y
disciernen de qué manera deben ser interpretadas las profecías (S.
Tomás de A. Expos. in Ps 21,11).
113 2. Leer la Escritura en "la
Tradición viva de toda la Iglesia". Según un adagio de
los Padres, "sacra Scriptura pincipalius est in corde Ecclesiae
quam in materialibus instrumentis scripta" ("La Sagrada
Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la
materialidad de los libros escritos"). En efecto, la Iglesia
encierra en su Tradición la memoria viva de la Palabra de Dios, y
el Espíritu Santo le da la interpretación espiritual de la
Escritura ("...secundum spiritualem sensum quem Spiritus donat
Ecclesiae": Orígenes, hom. in Lev. 5,5).
3. Estar atento "a la analogía de la
fe" (cf. Rom 12,6). Por "analogía de la fe"
entendemos la cohesión de las verdades de la fe entre sí y en el
proyecto total de la Revelación.
El sentido de la Escritura
Según una antigua tradición, se pueden
distinguir dos sentidos de la Escritura: el sentido literal y el
sentido espiritual; este último se subdivide en sentido alegórico,
moral y anagógico. La concordancia profunda de los cuatro sentidos
asegura toda su riqueza a la lectura viva de la Escritura en la
Iglesia.
El sentido literal . Es
el sentido significado por las palabras de la Escritura y
descubierto por la exégesis que sigue las reglas de la justa
interpretación. "Omnes sensus (sc. sacrae Scripturae)
fundentur super litteralem" (S. Tomás de Aquino., s.th.
1,1,10, ad 1) Todos los sentidos de la Sagrada Escritura se fundan
sobre el sentido literal.
El sentido espiritual. Gracias a la unidad
del designio de Dios, no solamente el texto de la Escritura, sino
también las realidades y los acontecimientos de que habla pueden
ser signos.
El sentido alegórico. Podemos adquirir
una comprensión más profunda de los acontecimientos reconociendo
su significación en Cristo; así, el paso del Mar Rojo es un signo
de la victoria de Cristo y por ello del Bautismo (cf. 1 Cor 10,2).
El sentido moral. Los acontecimientos
narrados en la Escritura pueden conducirnos a un obrar justo. Fueron
escritos "para nuestra instrucción" (1 Cor 10,11; cf. Hb
3-4,11).
El sentido anagógico. Podemos ver
realidades y acontecimientos en su significación eterna, que nos
conduce (en griego: "anagoge") hacia nuestra Patria. Así,
la Iglesia en la tierra es signo de la Jerusalén celeste (cf. Ap
21,1-22,5).
118 Un dístico medieval resume la significación
de los cuatro sentidos:
"Littera gesta docet, quid credas
allegoria,
Moralis quid agas, quo tendas anagogia"
(AGUSTÍN DE DACIA, Rotulus pugillaris, I: ed. A. Walz:
Angelicum 6 (1929), 256.
"A los exegetas toca aplicar estas normas en
su trabajo para ir penetrando y exponiendo el sentido de la Sagrada
Escritura, de modo que con dicho estudio pueda madurar el juicio de la
Iglesia. Todo lo dicho sobre la interpretación de la Escritura queda
sometido al juicio definitivo de la Iglesia, que recibió de Dios el
encargo y el oficio de conservar e interpretar la palabra de
Dios" (DV 12,3).
Ego vero Evangelio non credere, nisi me
catholicae Ecclesiae commoveret auctoritas (S. Agustín, fund.
5,6).
IV EL CANON DE LAS ESCRITURAS
La Tradición apostólica hizo discernir a la
Iglesia qué escritos constituyen la lista de los Libros Santos (cf.
DV 8,3). Esta lista integral es llamada "Canon" de las
Escrituras. Comprende para el Antiguo Testamento 46 escritos (45 si
se cuentan Jr y Lm como uno solo), y 27 para el Nuevo (cf. DS 179;
1334-1336; 1501-1504):
Génesis, Exodo, Levítico, Números,
Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, los dos libros de Samuel, los dos
libros de los Reyes, los dos libros de las Crónicas, Esdras y
Nehemías, Tobías, Judit, Ester, los dos libros de los Macabeos,
Job, los Salmos, los Proverbios, el Eclesiastés, el Cantar de los
Cantares, la Sabiduría, el Eclesiástico, Isaías, Jeremías, las
Lamentaciones, Baruc, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías,
Jonás Miqueas, Nahúm , Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías,
Malaquías para el Antiguo Testamento; los Evangelios de Mateo, de
Marcos, de Lucas y de Juan, los Hechos de los Apóstoles, las cartas
de Pablo a los Romanos, la primera y segunda a los Corintios, a los
Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses, la
primera y la segunda a los Tesalonicenses, la primera y la segunda a
Timoteo, a Tito, a Filemón, la carta a los Hebreos, la carta de
Santiago, la primera y la segunda de Pedro, las tres cartas de Juan,
la carta de Judas y el Apocalipsis para el Nuevo Testamento.
El Antiguo Testamento
El Antiguo Testamento es una parte de la Sagrada
Escritura de la que no se puede prescindir. Sus libros son libros
divinamente inspirados y conservan un valor permanente (cf. DV 14),
porque la Antigua Alianza no ha sido revocada.
En efecto, "el fin principal de la economía
antigua era preparar la venida de Cristo, redentor universal".
"Aunque contienen elementos imperfectos y pasajeros", los
libros del Antiguo Testamento dan testimonio de toda la divina
pedagogía del amor salvífico de Dios: "Contienen enseñanzas
sublimes sobre Dios y una sabiduría salvadora acerca del hombre,
encierran tesoros de oración y esconden el misterio de nuestra
salvación" (DV 15).
Los cristianos veneran el Antiguo Testamento como
verdadera Palabra de Dios. La Iglesia ha rechazado siempre
vigorosamente la idea de prescindir del Antiguo Testamento so
pretexto de que el Nuevo lo habría hecho caduco (marcionismo).
El Nuevo Testamento
"La palabra de Dios, que es fuerza de Dios
para ala salvación del que cree, se encuentra y despliega su fuerza
de modo privilegiado en el Nuevo Testamento" (DV 17). Estos
escritos nos ofrecen la verdad definitiva de la Revelación divina.
Su objeto central es Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, sus
obras, sus enseñanzas, su pasión y su glorificación, así como
los comienzos de su Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo (cf.
DV 20).
Los evangelios son el corazón de todas las
Escrituras "por ser el testimonio principal de la vida y
doctrina de la Palabra hecha carne, nuestro Salvador" (DV 18).
126 En la formación de los
evangelios se pueden distinguir tres etapas:
1. La vida y la enseñanza de Jesús. La
Iglesia mantiene firmemente que los cuatro evangelios, "cuya
historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús,
Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente
para ala salvación de ellos, hasta el día en que fue levantado al
cielo" (DV 19).
2. La tradición oral. "Los
apóstoles ciertamente después de la ascensión del Señor
predicaron a sus oyentes lo que El había dicho y obrado, con
aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban, amaestrados por
los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu
de verdad" (DV 19).
3. Los evangelios escritos. Los autores
sagrados escribieron los cuatro Evangelios escogiendo algunas cosas
de las muchas que ya se transmitían de palabra o por escrito,
sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de
las Iglesias, conservando por fin la forma de proclamación, de
manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de
Jesús" (DV 19).
127 El Evangelio cuadriforme ocupa en la Iglesia
un lugar único; de ello dan testimonio la veneración de que lo
rodea la liturgia y el atractivo incomparable que ha ejercido en
todo tiempo sobre los santos:
No hay ninguna doctrina que sea mejor, más
preciosa y más espléndida que el texto del evangelio. Ved y
retened lo que nuestro Señor y Maestro, Cristo, ha enseñado
mediante sus palabras y realizado mediante sus obras (Santa Cesárea
la Joven, Rich. ).
Es sobre todo el Evangelio lo que me ocupa
durante mis oraciones; en él encuentro todo lo que es necesario a
mi pobre alma. En él descubro siempre nuevas luces, sentidos
escondidos y misteriosos (Santa Teresa del Niño Jesús, ms. auto. A
83v).
La unidad del Antiguo y del Nuevo Testamento
128 La Iglesia, ya en los tiempos apostólicos
(cf. 1 Cor 10,6.11; Hb 10,1; 1 Pe 3,21), y después constantemente
en su tradición, esclareció la unidad del plan divino en los dos
Testamentos gracias a la tipología. Esta reconoce en las
obras de Dios en la Antigua Alianza prefiguraciones de lo que Dios
realizó en la plenitud de los tiempos en la persona de su Hijo
encarnado.
Los cristianos, por tanto, leen el Antiguo
Testamento a la luz de Cristo muerto y resucitado. Esta lectura
tipológica manifiesta el contenido inagotable del Antiguo Testamento.
Ella no debe hacer olvidar que el Antiguo Testamento conserva su valor
propio de revelación que nuestro Señor mismo reafirmó (cf. Mc
12,29-31). Por otra parte, el Nuevo Testamento exige ser leído
también a la luz del Antiguo. La catequesis cristiana primitiva
recurrirá constantemente a él (cf. 1 Cor 5,6-8; 10,1-11). Según un
viejo adagio, el Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo,
mientras que el Antiguo se hace manifiesto en el Nuevo: "Novum in
Vetere latet et in Novo Vetus patet" (S. Agustín, Hept. 2,73;
cf. DV 16).
130 La tipología significa un dinamismo que se
orienta al cumplimiento del plan divino cuando "Dios sea todo en
todos" (1 Cor 15,28). Así la vocación de los patriarcas y el
Exodo de Egipto, por ejemplo, no pierden su valor propio en el plan de
Dios por el hecho de que son al mismo tiempo etapas intermedias.
V LA SAGRADA ESCRITURA EN LA VIDA DE LA IGLESIA
131 "Es tan grande el poder y la fuerza de la
palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia,
firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y
perenne de vida espiritual" (DV 21). "Los fieles han de
tener fácil acceso a la Sagrada Escritura" (DV 22).
132 "La Escritura debe ser el alma de la
teología. El ministerio de la palabra, que incluye la predicación
pastoral, la catequesis, toda la instrucción cristiana y en puesto
privilegiado, la homilía, recibe de la palabra de la Escritura
alimento saludable y por ella da frutos de santidad" (DV 24).
La Iglesia "recomienda insistentemente a
todos los fieles...la lectura asidua de la Escritura para que
adquieran 'la ciencia suprema de Jesucristo' (Flp 3,8), 'pues
desconocer la Escritura es desconocer a Cristo' (S. Jerónimo)"
(DV 25).
RESUMEN
134 Toda la Escritura divina es un libro y este
libro es Cristo, "porque toda la Escritura divina habla de
Cristo, y toda la Escritura divina se cumple en Cristo" (Hugo de
San Víctor, De arca Noe 2,8: PL 176, 642; cf. Ibid., 2,9: PL 176,
642-643).
"La sagrada Escritura contiene la palabra de
Dios y, en cuanto inspirada, es realmente palabra de Dios" (DV
24).
Dios es el Autor de la Sagrada Escritura porque
inspira a sus autores humanos: actúa en ellos y por ellos. Da
así la seguridad de que sus escritos enseñan sin error la verdad
salvífica (cf. DV 11).
La interpretación de las Escrituras inspiradas
debe estar sobre todo atenta a lo que Dios quiere revelar por
medio de los autores sagrados para nuestra salvación. Lo que
viene del Espíritu sólo es plenamente percibido por la acción
del Espíritu (Cf Orígenes, hom. in Ex. 4,5).
La Iglesia recibe y venera como inspirados los
cuarenta y seis libros del Antiguo Testamento y los veintisiete
del Nuevo.
139 Los cuatro evangelios ocupan un lugar
central, pues su centro es Cristo Jesús.
140 La unidad de los dos Testamentos se deriva
de la unidad del plan de Dios y de su Revelación. El Antiguo
Testamento prepara el Nuevo mientras que éste da cumplimiento al
Antiguo; los dos se esclarecen mutuamente; los dos son verdadera
Palabra de Dios.
"La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada
Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo" (DV 21):
aquellas y éste alimentan y rigen toda la vida cristiana.
"Para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi
sendero" (Sal 119,105; Is 50,4).
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