Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado
en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente
al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso,
en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre. Le llama y
le ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas.
Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad
de su familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió
como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En
él y por él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo,
sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida
bienaventurada.
Para que esta llamada resuene en toda la
tierra, Cristo envió a los apóstoles que había escogido,
dándoles el mandato de anunciar el evangelio: "Id, pues, y
haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a
guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt
28,19-20). Fortalecidos con esta misión, los apóstoles
"salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor
con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la
acompañaban" (Mc 16,20).
Quienes con la ayuda de Dios han acogido el
llamamiento de Cristo y han respondido libremente a ella, se
sienten por su parte urgidos por el amor de Cristo a anunciar por
todas partes en el mundo la Buena Nueva. Este tesoro recibido de
los apóstoles ha sido guardado fielmente por sus sucesores. Todos
los fieles de Cristo son llamados a transmitirlo de generación en
generación, anunciando la fe, viviéndola en la comunión
fraterna y celebrándola en la liturgia y en la oración (cf. Hch
2,42).
II TRANSMITIR LA FE: LA CATEQUESIS
Muy pronto se llamó catequesis al
conjunto de los esfuerzos realizados en la Iglesia para hacer
discípulos, para ayudar a los hombres a creer que Jesús es el
Hijo de Dios a fin de que, por la fe, tengan la vida en su nombre,
y para educarlos e instruirlos en esta vida y construir así el
Cuerpo de Cristo (cf. Juan Pablo II, CT 1,2).
En su sentido más restringido,
"globalmente, se puede considerar aquí que la catequesis es
una educación en la fe de los niños, de los jóvenes y
adultos que comprende especialmente una enseñanza de la doctrina
cristiana, dada generalmente de modo orgánico y sistemático con
miras a iniciarlos en la plenitud de la vida cristiana" (CT
18).
Sin confundirse con ellos, la catequesis se
articula dentro de un cierto número de elementos de la misión
pastoral de la Iglesia, que tienen un aspecto catequético, que
preparan para la catequesis o que derivan de ella: primer anuncio
del Evangelio o predicación misionera para suscitar la fe;
búsqueda de razones para creer; experiencia de vida cristiana:
celebración de los sacramentos; integración en la comunidad
eclesial; testimonio apostólico y misionero (cf. CT 18).
"La catequesis está unida íntimamente a
toda la vida de la Iglesia. No sólo la extensión geográfica y
el aumento numérico de la Iglesia, sino también y más aún su
crecimiento interior, su correspondencia con el designio de Dios
dependen esencialmente de ella" (CT 13).
Los periodos de renovación de la Iglesia son
también tiempos fuertes de la catequesis. Así, en la gran época
de los Padres de la Iglesia, vemos a santos obispos consagrar una
parte importante de su ministerio a la catequesis. Es la época de
S. Cirilo de Jerusalén y de S. Juan Crisóstomo, de S. Ambrosio y
de S. Agustín, y de muchos otros Padres cuyas obras catequéticas
siguen siendo modelos
.
El ministerio de la catequesis saca energías
siempre nuevas de los Concilios. El Concilio de Trento constituye
a este respecto un ejemplo digno de ser destacado: dio a la
catequesis una prioridad en sus constituciones y sus decretos; de
él nació el Catecismo Romano que lleva también su nombre y que
constituye una obra de primer orden como resumen de la doctrina
cristiana; este Concilio suscitó en la Iglesia una organización
notable de la catequesis; promovió, gracias a santos obispos y
teólogos como S. Pedro Canisio, S. Carlos Borromeo, S. Toribio de
Mogrovejo, S. Roberto Belarmino, la publicación de numerosos
catecismos.
No es extraño, por ello, que, en el dinamismo
del Concilio Vaticano segundo (que el Papa Pablo VI consideraba
como el gran catecismo de los tiempos modernos), la catequesis de
la Iglesia haya atraído de nuevo la atención. El
"Directorio general de la catequesis" de 1971, las
sesiones del Sínodo de los Obispos consagradas a la
evangelización (1974) y a la catequesis (1977), las exhortaciones
apostólicas correspondientes, "Evangelii nuntiandi"
(1975) y "Catechesi tradendae" (1979), dan testimonio de
ello. La sesión extraordinaria del Sínodo de los Obispos de 1985
pidió "que sea redactado un catecismo o compendio de toda la
doctrina católica tanto sobre la fe como sobre la moral"
(Relación final II B A 4). El santo Padre, Juan Pablo II, hizo
suyo este deseo emitido por el Sínodo de los Obispos reconociendo
que "responde totalmente a una verdadera necesidad de la
Iglesia universal y de las Iglesias particulares" (Discurso
del 7 de Diciembre de 1985). El Papa dispuso todo lo necesario
para que se realizara la petición de los padres sinodales.
III FIN Y DESTINATARIOS DE ESTE CATECISMO
Este catecismo tiene por fin presentar una
exposición orgánica y sintética de los contenidos esenciales y
fundamentales de la doctrina católica tanto sobre la fe como
sobre la moral, a la luz del Concilio Vaticano II y del conjunto
de la Tradición de la Iglesia. Sus fuentes principales son la
Sagrada Escritura, los Santos Padres, la Liturgia y el Magisterio
de la Iglesia. Está destinado a servir "como un punto de
referencia para los catecismos o compendios que sean compuestos en
los diversos países" (Sínodo de los Obispos 1985. Relación
final II B A 4).
Este catecismo está destinado principalmente a
los responsables de la catequesis: en primer lugar a los Obispos,
en cuanto doctores de la fe y pastores de la Iglesia. Les es
ofrecido como instrumento en la realización de su tarea de
enseñar al Pueblo de Dios. A través de los obispos se dirige a
los redactores de catecismos, a los sacerdotes y a los
catequistas. Será también de útil lectura para todos los demás
fieles cristianos.
IV LA ESTRUCTURA DE ESTE CATECISMO
El plan de este catecismo se inspira en la gran
tradición de los catecismos los cuales articulan la catequesis en
torno a cuatro "pilares": la profesión de la fe
bautismal (el Símbolo), los Sacramentos de la fe, la vida de fe
(los Mandamientos), la oración del creyente (el Padre Nuestro).
Primera parte: la profesión de la fe
Los que por la fe y el Bautismo pertenecen a
Cristo deben confesar su fe bautismal delante de los hombres (cf.
Mt 10,32; Rom 10,9). Para esto, el Catecismo expone en primer
lugar en qué consiste la Revelación por la que Dios se dirige y
se da al hombre, y la fe, por la cual el hombre responde a Dios
(Sección primera). El Símbolo de la fe resume los dones que Dios
hace al hombre como Autor de todo bien, como Redentor, como
Santificador y los articula en torno a los "tres
capítulos" de nuestro Bautismo -la fe en un solo Dios: el
Padre Todopoderoso, el Creador; y Jesucristo, su Hijo, nuestro
Señor y Salvador; y el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia
(Sección segunda).
Segunda parte: Los sacramentos de la fe
La segunda parte del catecismo expone cómo la
salvación de Dios, realizada una vez por todas por Cristo Jesús
y por el Espíritu Santo, se hace presente en las acciones
sagradas de la liturgia de la Iglesia (Sección primera),
particularmente en los siete sacramentos (Sección segunda).
Tercera parte: La vida de fe
La tercera parte del catecismo presenta el fin
último del hombre, creado a imagen de Dios: la bienaventuranza, y
los caminos para llegar a ella: mediante un obrar recto y libre,
con la ayuda de la ley y de la gracia de Dios (Sección primera);
mediante un obrar que realiza el doble mandamiento de la caridad,
desarrollado en los diez Mandamientos de Dios (Sección segunda).
Cuarta parte: La oración en la vida de la fe
La última parte del Catecismo trata del
sentido y la importancia de la oración en la vida de los
creyentes (Sección primera). Se cierra con un breve comentario de
las siete peticiones de la oración del Señor (Sección segunda).
En ellas, en efecto, encontramos la suma de los bienes que debemos
esperar y que nuestro Padre celestial quiere concedernos.
V INDICACIONES PRACTICAS PARA EL USO
DE ESTE CATECISMO
Este Catecismo está concebido como una exposición
orgánica de toda la fe católica. Es preciso, por tanto,
leerlo como una unidad. Numerosas referencias en el interior del
texto y el índice analítico al final del volumen permiten ver
cada tema en su vinculación con el conjunto de la fe.
Con frecuencia, los textos de la Sagrada
Escritura no son citados literalmente, sino indicando sólo la
referencia (mediante cf). Para una inteligencia más
profunda de esos pasajes, es preciso recurrir a los textos mismos.
Estas referencias bíblicas son un instrumento de trabajo para la
catequesis.
Cuando, en ciertos pasajes, se emplea letra
pequeña, con ello se indica que se trata de puntualizaciones
de tipo histórico, apologético o de exposiciones doctrinales
complementarias.
Las citas, en letra pequeña, de fuentes
patrísticas, litúrgicas, magisteriales o hagiográficas tienen
como fin enriquecer la exposición doctrinal. Con frecuencia estos
textos han sido escogidos con miras a un uso directamente
catequético.
Al final de cada unidad temática, una serie de
textos breves resumen en fórmulas condensadas lo esencial de la
enseñanza. Estos "resúmenes" tienen como finalidad
ofrecer sugerencias para fórmulas sintéticas y memorizables en
la catequesis de cada lugar.
VI LAS ADAPTACIONES NECESARIAS
El acento de este Catecismo se pone en la
exposición doctrinal. Quiere, en efecto, ayudar a profundizar el
conocimiento de la fe. Por lo mismo está orientado a la
maduración de esta fe, su enraizamiento en la vida y su
irradiación en el testimonio (cf. CT 20-22; 25).
Por su misma finalidad, este Catecismo no se
propone dar una respuesta adaptada, tanto en el contenido cuanto
en el método, a las exigencias que dimanan de las diferentes
culturas, de edades, de la vida espiritual, de situaciones
sociales y eclesiales de aquellos a quienes se dirige la
catequesis. Estas indispensables adaptaciones corresponden a
catecismos propios de cada lugar, y más aún a aquellos que toman
a su cargo instruir a los fieles:
El que enseña debe "hacerse todo a
todos" (1 Cor 9,22), para ganarlos a todos para
Jesucristo...¡Sobre todo que no se imagine que le ha sido
confiada una sola clase de almas, y que, por consiguiente, le es l
ícito enseñar y formar igualmente a todos los fieles en la
verdadera piedad, con un único método y siempre el mismo! Que
sepa bien que unos son, en Jesucristo, como niños recién
nacidos, otros como adolescentes, otros finalmente como poseedores
ya de todas sus fuerzas... Los que son llamados al ministerio de
la predicación deben, al transmitir la enseñanza del misterio de
la fe y de las reglas de las costumbres, acomodar sus palabras al
espíritu y a la inteligencia de sus oyentes (Catech. R.,
Prefacio, 11).
Por encima de todo la Caridad. Para
concluir esta presentación es oportuno recordar el principio
pastoral que enuncia el Catecismo Romano: