UN VIRUS CON PIEL DE OVEJA

"De diálogo en diálogo"

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“El SIDA es al cuerpo,

lo que la Nueva Era es al alma.

El sida, es conocido como el azote del fin de siglo para la humanidad,

en tanto que la Nueva Era lo es para su espíritu.

Y aún así, tanto miedo que a todos provoca el SIDA,

contrasta con la complacencia que le otorgamos a ese otro virus.

Pueden pasar años antes que un infectado de sida se entere de su mal y resienta los estragos,

sucede exactamente igual, pero con el espíritu de quien es infectado por la Nueva Era."

                                                                                                                                    El autor.

           

 

            Aquella calurosa mañana de sábado, Juan hojeaba distraídamente el periódico cuando fue atraído por lo que en aquellos instantes veía. Ahí, en el centro de una página se encontró con algo que en apariencia sería de su interés.

 

            Si bien aquel no era un anuncio grande, lo era lo suficiente como para llamar instantáneamente la atención de Juan. Lo que en primer lugar había atrapado su mirada fueron los retratos dibujados de dos personajes que aparecían en la parte superior del anuncio. El primer personaje era joven y delgado, el otro un poco más entrado en años, ambos usaban barba, el cabello largo y túnica. Para Juan aquellos dibujos no podían representar a otros  mas que a Jesucristo y a Pedro, aunque sobre el segundo tenía sus dudas.

           

            Después de cavilar un poco sobre aquellos rostros, se dispuso a leer el contenido del aviso, pensó que se trataba de algún agradecimiento por algún favor recibido o la invitación a alguna actividad de la Iglesia, pero, ¡oh sorpresa!, ni una cosa ni otra, el aviso no tenía ningún motivo católico, ni de alguna denominación cristiana, y ni siquiera de los Testigos de Jehová o de los Mormones. Aquel anuncio era una invitación al público en general para asistir a una conferencia que ofrecería un grupo que se denominaba textualmente New Age (Nueva Era).

 

            Juan se puso en guardia, no hacía mucho tiempo que se había propuesto estudiar que era aquello de la nueva era, y por eso tenía ya algunos meses investigando sobre este movimiento no cristiano, devorando cuanta información confiable conseguía sobre este tema.

 

            Y ahora se hacían presentes ante sus ojos, se convertían en algo real, ahí estaban, invitando a todo aquel que quisiera conocer sobre sus enseñanzas. Juan tenía muy claro que el movimiento Nueva Era no era cristiano y que por lo tanto no era católico, que si bien hablaban en ocasiones de Jesús y de Dios, para ellos estas dos palabras significaban algo muy distinto comparado con lo que representan para un católico.

 

            Juan ya en alerta continuó leyendo aquel desplegado. La invitación era para aquel mismo día, y Juan sintió un repentino vuelco en su estómago cuando cruzó por su mente la posibilidad de asistir a aquella conferencia. Más que curiosidad sintió miedo ya que Juan sabía por lo que había investigado quien era el Ser y la fuerza espiritual que se encuentra detrás de aquel complejo movimiento.

           

            Sin embargo, no lo pensó mucho, el miedo quedó pequeño comparado con el ánimo de confirmar por si mismo, con sus ojos y oídos si era cierto lo que había leído y escuchado de varias fuentes, acerca de que las enseñanzas de la  New Age iban en contra de la doctrina de Jesús. Sin embargo prudentemente decidió no asistir en plan de alumno, más bien pensó en ir simplemente como observador ya que su intención no era ser parte activa de aquello, sino simplemente comparar lo que ahí se dijera contra lo que se decía de ellos.

 

            Y así, trazó su plan:

a.- 5:45 P.M.   Salgo de la casa y me dirijo al Templo (Divina Providencia) con el fin de asistir a misa.

b.- 6:00 P.M.   Asisto a misa y me encomiendo por lo que pudiera suceder.

c.- 7:00 P.M.   Saliendo del templo reconsidero sobre la posibilidad de asistir a la conferencia New Age.

d.- 7:05 P.M.   Si la decisión es asistir a la conferencia, caminar hasta el local donde se realizará la reunión (a 4 o 5 cuadras del templo).

e.- 7:25 P.M.   Arribo al local de la plática, sin mostrar ningún tipo de temor.

f.- 7:30 P.M.   Presenciar aquella conferencia sólo como observador.

g.- 8:30 P.M.   Una vez terminada la plática regresar al templo para recoger el auto (aunque el motivo real de Juan era hacer nuevamente oración ante el Santísimo).

h.- 8:40 P.M.   Llegar a su casa y olvidar el asunto.

 

            En fin, se llegó la tarde y todo el plan se fue realizando al pie de la letra, de tal forma que Juan se encontró de pronto en la entrada del lugar de aquella reunión, justo en el momento en que la misma estaba por iniciar.

 

            No había sido difícil dar con aquel lugar, la Avenida en que se encontraba era bastante conocida y sólo tuvo que localizar el número, al encontrarlo viró a su derecha y se encontró en una pequeña explanada al aire libre, rodeada por unos también pequeños locales comerciales que al parecer de Juan se encontraban vacíos. Ahí, justo en medio de aquella explanada entre bancas de cemento y algunos maceteros se encontraban los lugares dispuestos para aquella conferencia.

 

            Cuando Juan se encaminó hacia una de las sillas desocupadas, todos los asistentes lo observaron con actitud amable,  y no se diga de los organizadores quienes afable e inmediatamente le regalaron una amplia sonrisa. Más Juan no se confió y sin bajar la guardia se sentó en la silla mas cercana a la salida, a unos 30 metros de la Avenida.

 

            Una vez que se sentó y que mostró actitud de poner atención, todos los demás lo tomaron como uno de los suyos y la plática dio inicio.

 

            Bastaron tan sólo unos minutos para que la mente de Juan trabajara como nunca, ponía atención a cada palabra y a cada movimiento del expositor (pulcramente vestido completamente de blanco), estaba también atento a la actitud y movimientos de los demás oyentes, incluso se percató de los dos hombres que detrás de la audiencia jugueteaban inocentemente con dos pequeñitos bajo la mirada candorosa de dos damas quienes aparentemente eran sus esposas. A Juan aquel cuadro familiar le pareció bello, sin embargo más tarde cayó en la cuenta de que precisamente con esa intención había sido preparado.

 

            Ante la indulgencia que el expositor mostraba para estos dos hombres que jugueteaban aparentemente sin poner atención, Juan dedujo que seguramente eran parte del equipo de organizadores, pero que como sucede en algunos grupos católicos, al ya saberse conocedores del tema se sentían con derecho de estar un tanto ajenos.

 

            Juan también notó la presencia de una señora joven, quien muy probablemente era la esposa del expositor y que estaba colocada de pie al frente de los asistentes, se encontraba a unos cuantos metros del conferencista esbozando una amable sonrisa, mostrándose afable y solícita durante la exposición.

 

            Pero en fin, Juan se acomodó en su silla y se dispuso a escuchar. Y se habló de las dietas para lograr una buena salud, de los beneficios del ejercicio para adquirir la salud no solo física sino sobre todo mental, se habló no sólo del ejercicio tradicional, sino de otros que posteriormente se enseñarían y practicarían, de lo provechoso que resultaban tales ejercicios si se acompañaban de ciertos vocablos repetidos concentrándose profundamente. También se explicó auxiliándose con una lámina ilustrativa cómo a través de la purificación espiritual podemos crecer tanto que llegamos a ser Dioses, y se explicó para los cristianos presentes como ese camino nos debe llevar primero a ser Cristos. Y así por una hora Chacras fueron y vinieron, Mantras y Karmas se explicaron por aquí y por allá a lo largo de un bien practicado y animado discurso, ante los ojos azorados de la mayoría de los impresionados asistentes. La reencarnación  fue sugerida sutilmente en varias ocasiones, los maestros ascendidos fueron elogiados en otras, y todo esto frecuentemente adornado con comentarios religiosos en donde se dejó claro que ser católico, protestante, ateo o lo que fuera no importaba, que ellos no eran una religión por lo que tenían prácticas de todas las iglesias y que incluso ellos también leían la Biblia.

 

            Y así entre verdades y mentiras, entre sonrisas y cuadros ensayados, entre crédulos y herejías, a la mitad del discurso, el paso "f" del plan de Juan cayó por tierra. Desde un inicio, Juan se había percatado que punto por punto, todo lo que había estudiado sobre la mala intención de las enseñanzas de este grupo se había ido cumpliendo sin lugar a dudas. Su primer impulso había sido el levantar la mano en el primer punto sobre el que no estuvo de acuerdo, pero lo correcto era esperar y así lo hizo, sabía que llegaría un momento en que el expositor preguntaría si alguien tenía dudas, y en ese momento hablaría.

 

            Por lo pronto Juan se limitó a escuchar y a anotar en un pedazo de papel cada punto que se exponía y que no concordaba con su fe católica. Fue muy pronto cuando aquel improvisado cuaderno de apuntes no fue suficiente, y al no encontrar más papel a la mano empezó a registrar mentalmente los aspectos importantes sobre los que difería y sobre los que comentaría, si tenía oportunidad.

 

            Más tarde, como no hay plazo que no se cumpla, el discurso terminó puntualmente y el expositor tal como Juan lo había supuesto invitó con voz pausada y segura; "¿Hay alguien que quiera hacer alguna pregunta o comentario sobre lo que hemos hablado?". Juan inmediatamente levantó su mano derecha, él sabía que no podría hablar sobre cada punto que había anotado, y que debía aprovechar su tiempo para abarcar lo más posible. Repasó rápidamente sus notas escritas y también las que estaban en su memoria y se dio a la difícil tarea de decidir; ¿Cuál primero?.

 

            Y en la cabeza de Juan muchas preguntas se agolparon, se remolinearon y lucharon por ser las primeras en salir:

- Si dices que una Mantra es lo mismo que el Rosario católico, entonces; ¿Por qué no rezan el Rosario en vez de pronunciar una Mantra en un vocablo que no se entiende?.

- Dicen que ustedes también utilizan la Biblia, pero, ¿Por qué no leíste ningún texto bíblico, ni se ve por aquí alguna Biblia?.

- Los cristianos tenemos muy claro que Jesús resucitó, no que reencarnó. Yo en cada misa digo en mi credo: "Creo en la resurrección de los muertos"; ¿Por qué tú ahora quieres convencerme de que voy a reencarnar, cuando mi Iglesia me enseña y yo confío que al igual que Cristo voy a resucitar?.

- ¿Por qué al hablar de la reencarnación no mencionaste la enseñanza completa?, ¿Por qué no comentaste que la teoría de la reencarnación también dice que si yo no hago el bien y que si no logro crecer espiritualmente en esta vida, en la próxima puedo retroceder y reencarnar en un animal o en una planta?, ¿Por qué no mencionaste que aún en lo que tu enseñas hay un castigo si mi comportamiento es incorrecto?, ¿Por qué sólo mencionaste lo agradable?.

- ¿Por qué, a pesar de que tratas de adoctrinarnos sobre tantas cosas distintas a lo que mi Iglesia me enseña, todavía dices que no tratas de cambiarme mis creencias?.

- ¿Por qué si hablas de Dioses, de Cristos, de espíritus, de rezos (mantras), de otro mundo distinto al nuestro y nos invitas a unirnos a tu grupo todavía dices que ustedes no son una religión?.

 

            Estas y otras más eran las preguntas que Juan quería hacer, pero sabía que no tendría tiempo, así que simplemente se encomendó y empezó a hablar:

 

            "Discúlpenme, yo realmente no pertenezco a su grupo, la verdad yo no hubiera venido, pero como pusieron el anuncio en el periódico pues entonces pensé que la invitación era para cualquier persona, y por eso me tomé la libertad de venir".

 

            "No hay ningún problema, -contestó el conferencista- efectivamente la invitación era para quien quisiera venir".

 

            Entonces, ya animado Juan comentó: "Mira, pues gracias por darme la oportunidad de  comentar sobre algunas de las cosas que expusiste y que la verdad son bastantes en las que no estoy de acuerdo".

 

            El conferencista ni se inmutó, y sin ningún aspaviento,  y animado ante la posibilidad de un debate le preguntó a Juan: "A sí,  sobre que puntos no estás de acuerdo".

 

            Juan tuvo entonces la palabra y comentó: "A lo largo de tu exposición en varias ocasiones de manera breve y rápida mencionaste: vamos a reencarnar..., cuando reencarnemos..., en nuestra siguiente vida..., en nuestra vida anterior..., hiciste disimuladamente muchas alusiones a la reencarnación, más lo que yo sé y en lo que creo es que vamos a resucitar, y entre la reencarnación que tú enseñas y la resurrección en la que yo creo hay mucha diferencia, son cosas muy distintas". (1)

 

            Y aquel hombre vestido impecablemente de blanco, sin sobresaltarse y con un rostro que denotaba complacencia explicó: "Es cierto, son cosas distintas, tu crees que tienes sólo una vida para llegar al cielo y que al morir vas a resucitar y te irás al cielo o al infierno, o bueno si eres católico puede ser que por un tiempo al purgatorio, mientras que  por otro lado efectivamente yo no creo eso, yo creo que después de esta vida voy a reencarnar, o sea que voy a nacer otra vez para seguir creciendo espiritualmente y así una y otra vez hasta que mi espíritu este totalmente purificado".

 

            ¿Pero, no te parece muy cómodo creer eso  -objetó Juan-, porque si te equivocas en tus decisiones y te portas mal, y si simplemente no haces nada bueno en toda tu vida, muy tranquilamente simplemente vuelves a nacer y no pasó nada, puedes despreocuparte del pecado, puedes hacer lo que quieras, total vas a tener todas las oportunidades que quieras?”

 

            Por primera vez, aunque de una manera casi imperceptible Juan notó que su interlocutor empezaba a incomodarse, y lo escuchó decir con cierto tono de voz de mando: "¡Yo creo en la reencarnación y tú en la resurrección, yo te respeto, si tu quieres seguir creyendo en eso  está bien, cada quien tiene su verdad!".

 

            Juan sí que se sorprendió, abrió los ojos, se inclinó hacia adelante y sentándose en la orilla de su asiento exclamó: "¡Como!, ¿que cada quien tiene su verdad?. ¿Acaso la verdad no es una sola?, hasta donde yo sé solo hay una verdad, o existe la reencarnación o existe la resurrección, no las dos, aquí no son antojitos.  No se trata de que cada quien escoja lo que quiere, y que al final dependiendo de lo que cada uno haya elegido así será.”  (2)

 

"¿Y si tengo razón yo?" -preguntó tajante el expositor-.

 

            "Antes de contestarte quiero dejar bien claro que la reencarnación es una mentira, -expresó Juan con firmeza-. Pero como tú dices, suponiendo que tuvieras razón y que la verdad fuera la reencarnación entonces no tengo nada de que preocuparme, porque creyendo que sólo tengo una vida para ganarme el cielo  pongo todo mi esfuerzo en lograrlo, te imaginas cuanto habré de crecer, y si al final me muero y reencarno no habré perdido nada, simplemente habré avanzado mucho. Pero ahora aquí es en donde debes preocuparte, porque si por el contrario, lo que es verdad es la resurrección, al final de esta vida que estás viviendo te darás cuenta que era la primera y la última oportunidad, y si tú le apostaste a que tendrías mas vidas, en el mejor de los casos te salvas, pero ¿qué me dices de los corazones que se pierdan por las enseñanzas equivocadas que estás impartiendo?. También vas a rendir cuentas por esas almas, no sólo por la tuya". (3)

 

            El conferencista no exclamó palabra, tan sólo observaba detenidamente a Juan con un gesto de condolencia, quizás pensando para sí confiado en su gran sabiduría cósmica: “Pobrecito, cuán pequeño es. ¿Qué hago yo hablando con este niñito?”.

 

            Juan en espera de algún comentario, al mismo tiempo pensaba: "No me contesta, quizás mi tiempo ha terminado, pero bueno cuando menos pude decir algo". Se equivocaba, más el expositor no fue quien habló sino una señora como de unos 50 años, de apariencia tan normal que a Juan le causó escalofríos el escucharla decir: "Se equivoca en lo que usted está diciendo, hay algunos sacerdotes que si creen en la reencarnación".

 

            Juan reflexionó por unos instantes y realmente extrañado le preguntó: "A sí, pero dígame Señora, ¿y cuales sacerdotes,  se trata de su párroco o  de algún sacerdote de otro templo?. Me gustaría saber el nombre de alguno para ponerme en contacto con él y preguntarle personalmente sobre esto".

 

            "No, - respondió la Señora- yo no le he preguntado a ninguno, ni los he escuchado, pero me lo dijeron."

 

            "Bueno, pero ¿quién se lo contó?".-preguntó Juan-.

 

            "Él, en la plática del sábado pasado" - respondió la Señora señalando al conferencista con su mano derecha-.

 

            De buena gana Juan se hubiera reído si el asunto no hubiera sido tan serio. Más no tuvo mucho tiempo para pensar en la tristeza que le causó el comentario de aquella cándida señora, ya que casi inmediatamente el conferencista tomó la palabra y en un tono mucho menos amable que al principio le preguntó a Juan: "¿Hay alguna otra cosa sobre la que quieras hablar?".

 

            El corazón de Juan se alegró pues sí tenía más preguntas, estas se atropellaron de nuevo en su mente y al fin eligió: "Dicen que ustedes también leen la Biblia, ¿En donde está, no la veo?."

 

            El conferencista sonrió victoriosamente, al tiempo que buscaba con su mirada los ojos de la joven señora, misma que todo el tiempo había estado de pie al frente sin perder la sonrisa de sus labios. A una señal del expositor ella giró y caminó hacia el interior de uno de los locales que estaban a sus espaldas, todos guardaron silencio esperando su regreso y en unos segundos apareció de nuevo con un enorme libro de gruesas pastas azules. El conferencista dirigió de nuevo una señal a la joven y ésta con algo de esfuerzo por el peso de aquel libro se dirigió a Juan y se lo entregó en sus manos claramente aliviada.

           

            Juan pudo leer entonces la portada de aquel libro en cuya gruesa pasta se leía en grandes letras doradas: "BIBLIA" y debajo de esta inscripción en letras más pequeñas leyó: "Versión Reina-Valera", por lo demás, Juan pudo observar el excelente estado de aquella enorme Biblia, por lo que después de unos instantes comentó: "Efectivamente tienen una Biblia, claro que es protestante, aunque de cualquier forma sería útil  si la leyeran, porque está Biblia está prácticamente nueva, se ve que no la usan."

 

            Al menos para Juan quedaba claro que aquella Biblia había sido adquirida precisamente para un momento así, para cuando alguien preguntara por ella, por ese motivo era grande, para que todos pudieran verla. Además, por su buen estado evidenciaba que no era usada, que estaba como nueva y que sólo era por si acaso. Sin embargo Juan no quería agotar toda la paciencia de aquel hombre,  y no comentó nada más sobre este particular, como quiera que sea, por la expresión seria que ahora presentaba el rostro del conferencista Juan se dio cuenta de que había dado en el clavo.

 

En eso, el breve silencio fue roto por las palabras cortantes de otra persona, un señor bajito de estatura, gordito y con una ligera calva, por lo menos es lo que Juan desde su lugar pudo observar, ya que este señor (sentado junto a una joven que aparentemente era su hija), se encontraba en las primeras filas y nunca volvió su rostro para ver a Juan. Ni siquiera cuando le dijo bruscamente: "Usted aquí no es bienvenido, si no es de los nuestros entonces a que vino, mírenos ahorita estamos aquí sentados en pleno día, al aire libre y sin escondernos de nadie, al principio éramos pocos y ahora mire cuántos somos, antes nos escondíamos, nos reuníamos en secreto por las noches para que no nos vieran, pero ahora nadie nos dice nada, ya no tenemos que escondernos".

 

            Juan escuchaba esta atenta invitación a retirarse, al tiempo que observó como la expresión en el rostro del conferencista se ensombrecía, y con la mirada le decía a su improvisado defensor, “mejor no me ayude”. El conferencista logró el silencio de su discípulo, pero no el de Juan, quien comentó sobre la última declaración: "El que algo se haga a la luz del día y al aire libre no es ningún indicativo de que aquello sea bueno; Antes los adictos y los ladrones se escondían en las sombras de la noche y ahora los vemos a cualquier hora del día realizando sus actividades. Antes los divorcios eran contados y se mantenían casi en secreto, ahora son cientos cada día y quienes se divorcian lejos de avergonzarse, propagan el evento como si fuera digno de aplauso. No porque una mentira se diga a mediodía  se convierte en verdad. Por otro lado, el que en una actividad equivocada participen muchas personas no quiere decir que aquello por el volumen de practicantes se volverá correcto. Lo único que indica lo que usted me argumenta, es que cada vez son más los confundidos".

 

            De nuevo se hizo el silencio tras las palabras de Juan, el conferencista tan sólo lo observaba esforzándose por no dar a conocer sus sentimientos, la joven señora después de guardar la Biblia ya no mostraba aquella sonrisa que había logrado conservar durante mas de una hora, la mayoría de los asistentes se encontraban expectantes, mientras que el resto no podía ocultar su incomodidad. Fue en ese instante cuando Juan se percató  de que su tiempo había terminado. Sensación que le fue confirmada cuando a su espalda sintió una presencia, al volver su rostro se encontró con que realmente eran dos presencias, eran nada menos que aquellos dos señores que en un inicio jugueteaban con unos pequeñitos. Juan no supo en que momento, pero aquellos hombres habían dejado de jugar y ahora ambos estaban de pie a sus espaldas. Volvió su rostro hacia uno, luego hacia el otro y se topó casi con el rostro del que le hacía guardia a su lado derecho, quien se había inclinado intencionalmente hacía adelante para mostrarle a Juan su rostro molesto, nunca olvidaría Juan el vaporcito en los vidrios de los lentes de aquel hombre, y para siempre se quedaría con la duda de si había sido el ejercicio o el enojo, el origen de aquel vapor.

 

            Juan supo en ese momento que debía retirarse, dirigió su mirada hacia el maestro de la Nueva Era y le dijo en tono afirmativo: “Se llegó el momento de retirarme”.

 

            Y el expositor, manteniendo su ya largo silencio, le contestó  tan sólo con una seria afirmación de su cabeza.

 

            Juan por fin se puso de pie con la intención de retirarse, más no pudo irse sin hacer un último comentario, y con una calma que él no sabía de donde le venía, con voz tranquila se dirigió a todos los asistentes: "Antes de retirarme quiero decirles a todos ustedes que todo esto es un engaño, los que aquí predican estas mentiras habrán de rendir cuentas. Pero ustedes aún tienen oportunidad de pensarlo bien y decidir si continúan en esto o se retiran. Más aún, en caso de que continúen, lo que sí les puedo decir es que después de hoy no podrán decir que nadie los previno, no podrán decir que nadie les dijo que esto era falso, no podrán argumentar que no sabían". (4)

 

            En ese momento, ya de pie y sin decir más, Juan empezó a caminar calmadamente hacia la Avenida, que ajena a aquella reunión continuaba con su tráfico habitual. Mientras Juan caminaba alejándose de aquel grupo ya no pensaba, tan sólo escuchaba y sentía. Escuchaba el silencio que había quedado detrás de él, y sentía el temblor de sus piernas,  un temblor que aún después de dos días se negaba a desaparecer.

 

 

FIN

 

 

 

(1)   “Entre las ideas del New Age, merece particular atención la de la reencarnación que se encuentra en la mitología religiosa de algunos pueblos y, en especial, en la espiritualidad oriental. La idea de que el “yo” personal del ser humano viva varias existencias en forma cíclica, cambiando sólo de cuerpo, a lo largo de centenares o miles de años hasta lograr su “iluminación definitiva” es algo totalmente irreconciliable con la fe cristiana.”

Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México.

Instrucción Pastoral sobre el New Age. (1996)

 

      “El credo cristiano culmina con la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna. creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado”

Catecismo de la Iglesia Católica No.988-989

 

(2)  “Y puesto que los hombres mueren una sola vez, y después viene para ellos el juicio...”

Hebreos 9;27-28

 

(3)  “Si alguien hace tropezar y caer a uno de estos pequeños que creen en mí..., ¡Ay del que hace caer a los demás!.

Mateo 18;1-7

 

(4)  “Tengan cuidado con los falsos profetas, que vienen a ustedes disfrazados de ovejas, cuando en realidad son lobos feroces.”

Mateo 7;15

 

 

 

Del libro “De diálogo en diálogo"

De: José Luis Contreras Sáenz.

Chihuahua, Chih., Méx. Septiembre 27, 1999.

4,252 palabras.

 

 

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